Carlos Antonio Aguirre Rojas

PARA COMPRENDER EL MUNDO ACTUAL
UNA GRAMÁTICA DE LARGA DURACIÓN

prohistoria
ediciones

Carlos Antonio Aguirre Rojas

PARA COMPRENDER EL MUNDO ACTUAL
UNA GRAMÁTICA DE LARGA DURACIÓN

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ISBN 987-20884-8-9 Rosario, 2005

Aguirre Rojas, Carlos Antonio Para comprender el mundo actual – 1ª. Ed – Rosario : Prohistoria Ediciones, 2005 176 p. ; 23 x 16 cm. (Colección Protextos, 4; dirigida por Darío Barriera) ISBN 987-20884-8-9 1. Historia I. Título CDD 900

colección prote tos — 4 dirigida por Darío Barriera
Tirada: 1000 ejemplares Composición y diseño: Prohistoria Ediciones Diseño de Tapa: El Tiburón Rivarola TODOS LOS DERECHOS REGISTRADOS HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY 11723

© prohistoria ediciones
Tucumán 2253, S2002JVA ROSARIO, Argentina Email: prohistoriaediciones@yahoo.com.ar URL: www.prohistoria.com.ar Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, gráfico, magnético, electrónico u óptico, incluyendo su diseño de portada, tipográfico y logos, sin expresa autorización del editor. ISBN 987-20884-8-9 Impreso en la Argentina – Printed in Argentina

Índice

A modo de Introducción. Una perspectiva histórico-crítica de la globalización y de la mundialización ...................................................... I Balance crítico del siglo XX histórico ¿Breve, largo o muy largo siglo xx? ....................................................... 1968: La gran ruptura ............................................................................. Repensando los movimientos de 1968 en el mundo ............................... 1989 en perspectiva histórica ................................................................. 1992: Una lectura crítica del pasado desde el presente ........................ 11 de septiembre de 2001. Una puesta en perspectiva histórica ............

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II III IV V VI

VII Las lecciones de la invasión a Irak ......................................................... VIII Marxismo, Liberalismo y expansión de la «economía mundo» europea .......................................................... IX X XI América Latina hoy. Una visión desde la larga duración ...................... América Latina después del 11 de septiembre de 2001 .......................... Chiapas y la revolución mexicana de 1910-1921 ...................................

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XII Encrucijadas actuales del neozapatismo mexicano ...............................

A MODO DE INTRODUCCIÓN

Una perspectiva histórico-crítica de la globalización y de la mundialización
“... Creo que el término de ‘globalización’ es en gran parte sólo un slogan y una mistificación, y no una realidad nueva” Immanuel Wallerstein, entrevista “A ruina do capitalismo”, en el diario Folha de Sao Paulo, 17 de octubre de 1999

La supuesta “globalización” y sus avatares principales La “globalización” está hoy, en este último año del siglo XX y en estos meses finales del segundo milenio, completamente a la moda. Porque sea para aplaudirla o para vituperarla, para señalar sus enormes virtudes y sus benéficos efectos, o para demostrar las calamidades que produce, y las consecuencias nefastas que acarrea, es un hecho que la casi totalidad de los analistas de lo contemporáneo, y la mayoría de los científicos sociales actuales, han terminado por aceptar dicho concepto y la supuesta realidad que el mismo connota, como si se tratase de una realidad evidente y completamente nueva, y de un concepto prácticamente incuestionable.1 Porque además, y reforzando esta aparente evidencia e incuestionabilidad, es también claro que dicho concepto de la “globalización” ha terminado por imponerse mucho más allá del sólo ámbito del mundo académico intelectual, para convertirse también en una categoría habitual del vasto sentido común, utilizada profusamente tanto en todos los medios de comunicación masiva, como en el lenguaje más cotidiano de la gente común y corriente.2 Difundiéndose entonces con una amplitud extraordinaria, e integrándose de lleno tanto en el discurso académico como en el lenguaje cotidiano, el término de “globalización” –o su hermano gemelo, de matriz y origen europeos, que es el término

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Por citar sólo un ejemplo, entre los muchos posibles, cfr. IANNI, Octavio Teorías de la globalización¸ Siglo XXI, México, 1996. Así, una revista de gran circulación mundial como es la National Geographic puede publicar un número cuyo artículo central es sobre “Cultura Global”, en el cual la “globalización” se da como un hecho incuestionable, cuyos efectos, en este caso culturales, habría que analizar. Cfr. National Geographic (edición en español) Vol. 5, No. 2, agosto de 1999.

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de “mundialización”–, ha terminado convirtiéndose en parte de las premisas o presupuestos obligados para toda consideración, análisis, evaluación, diagnóstico o incluso simple referencia al mundo actual. Y así, se habla por ejemplo de la globalización económica, y por ende de la producción, distribución, intercambio y consumo “mundializados” de cada vez más bienes, lo que se ilustra, por ejemplo, con los procesos de la fabricación y la manufactura del “auto mundial”, o con el pequeño mercado que combina y vende mercancías de todos los puntos del planeta, lo mismo que con el consumidor “universal” y universalizado, que es capaz de ordenar desde su computadora bienes provenientes de cualquier país, a la vez que integra, progresivamente y cada vez más, su hábitat más inmediato y su mundo circundante, con objetos y elementos de los cuatro puntos del mapa terrestre. O también, se insiste en los efectos de esta postulada globalización reciente, efectos que debilitarían el papel de los Estados y de las instituciones y aparatos “nacionales”, en beneficio de crecientes y cada vez más poderosos organismos multinacionales, internacionales, de escala macroregional o continental, e incluso en ocasiones, abiertamente mundiales o planetarios, tales como el FMI, el Banco Mundial, la OMC, etc.. Y así, a la vez que se insiste en el papel cada vez más frágil o disminuido de las “fronteras nacionales”, y en el papel reducido de los Estados nacionales frente a las decisiones de los grandes centros de poder “globales”, se reitera la crisis de los símbolos y señas de las identidades nacionales, socavadas desde arriba por esas estructuras transnacionales, y desde abajo por la irrupción de las múltiples expresiones de identidades locales, regionales o espaciales de la más diversa medida, y de los más distintos orígenes y caracteres. Igualmente, hay quienes han insistido en las dimensiones más sociales de esta supuesta “globalización”, subrayando la ubicuidad de la “civilización” de la CocaCola y del Mc Donald’s, con todas las consecuencias diversas que ello acarrea. Así, insistiendo en la difusión planetaria de ciertos hábitos y costumbres cotidianas, de ciertos modos de vestir y de ciertos gustos musicales, y de algunos comportamientos, patrones o imágenes que parecerían tender a “estandarizar” a las sociedades de todo el mundo, los defensores de esta “globalización”, parecen sólo poner énfasis en las similitudes y en los elementos compartidos por dichas sociedades contemporáneas. Entonces, a la vez que recalcan el carácter prácticamente instantáneo de la información y de las noticias, y por ende la posible simultaneidad absoluta del impacto de “todos” los acontecimientos sucedidos en el mundo, sobre prácticamente todos sus habitantes, los defensores o estudiosos o hasta los simples observadores de esta pretendida globalización, van a repetir con insistencia las hoy ya clásicas afirmaciones sobre la “aldea global” de nuestra propia época. Finalmente, y siempre en esta línea de describir e ilustrar esa realidad supuestamente evidente de la globalización, se ha reiterado también el proceso de sus impactos culturales, que al mismo tiempo que universalizan el uso y el conocimiento

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del idioma inglés –hoy hablado, en mayor o menor medida, por un quinto de los habitantes del mundo–, divulgan ampliamente los modelos de la cultura urbana, moderna, cosmopolita, móvil e innovadora, modelos que más allá de las identidades culturales locales o de los patrones específicos de cada lugar, tienden a reproducirse y a adaptarse en los más diferentes rincones del planeta, para imponer en todas partes ciertos patrones y ciertas concepciones del mundo a ellos vinculados. Radiografiando entonces, de este modo, estas múltiples y diversas expresiones de la llamada globalización, en los planos económico, político, social y cultural de las sociedades más contemporáneas, la mayoría de los científicos sociales ha terminado por aceptar, como algo legítimo e incuestionable, a este repetido concepto de la globalización. Un concepto que además de no tener, hasta el día de hoy, una definición única, rigurosa y precisa, estructurada conceptualmente y fundamentada de manera lógica y bien argumentada, parecería en cambio obtener su supuesta legitimidad científica, de un lado, de su evidente y casi voluntaria ambigüedad, y de otra parte, del simple hecho de las supuestas evidencias empíricas de la realidad que lo respaldan, y a las que él, de modo directo e inmediato, pretendería simplemente expresar. Pero dado que la filosofía nos ha enseñado, desde hace mucho tiempo, que los conceptos nunca son la “copia” fiel y la transposición “directa” de la realidad, y puesto que la razón crítica, que debe ser el fundamento de toda la ciencia social que producimos, nos exige revisar con cuidado la fundamentación rigurosa, los contenidos específicos y la capacidad explicativa y heurística de los conceptos que utilizamos, entonces puede resultar pertinente revisar este difundido “concepto” de la “globalización”, sometiéndolo a esta triple interrogación, de su fundamentación específica, de los contenidos que revela y sobre todo de los que oculta, así como de su verdadera capacidad de dar cuenta de los procesos que han caracterizado al capitalismo mundial y a las sociedades contemporáneas de todo el planeta, durante los últimos treinta años que hemos vivido.3
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Siguiendo en este punto las observaciones de Immanuel Wallerstein que en un artículo reciente afirma: “Los años de 1990 han estado sumergidos bajo el discurso referente a la globalización: hemos estado escuchando, de prácticamente todas partes, que ahora estamos viviendo nosotros, por primera vez, en una era de globalización. Y hemos estado escuchando que la globalización ha cambiado todo: la soberanía de los Estados está declinado, la habilidad de cada uno de nosotros para resistir las reglas del mercado ha desaparecido, nuestra posibilidad de autonomía cultural se encuentra virtualmente anulada, y la estabilidad de nuestras identidades ha venido a ser muy seriamente cuestionada. Esta situación de presunta globalización ha sido celebrada por algunos y lamentada por otros. Pero este discurso es, de hecho, un gigantesco error respecto de la realidad actual, realidad que nos ha sido impuesta por grupos poderosos, e incluso, lo que es peor todavía, que nos hemos autoimpuesto nosotros mismos, y frecuentemente sin reflexionar [...] El futuro, lejos de ser inevitable y de ser algo que no acepta alternativas, está siendo determinado en esta transición por un conjunto de salidas extremamente inciertas. Los hechos a los que usualmente se refieren los que hablan de la globalización, no son en verdad para nada nuevos. Ellos han existido durante aproximadamente quinientos años”. WALLERSTEIN, Immanuel “Globalization or the age of transition? A long-term view of the trajectory of the world-system”, en el sitio del Centro Fernand Braudel en Internet: http://www.binghamton.edu/ fbc

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Y ello, no sólo para establecer la posible utilidad y pertinencia, o no, de este término o concepto, sino más allá y sobre todo, para aportar algunas claves importantes para la comprensión adecuada y crítica de estas mismas realidades del capitalismo mundial más contemporáneo. Los contenidos viejos y seculares de la “globalización” Basta releer con cuidado, aunque sólo sea el texto del Manifiesto del partido comunista,4 escrito por Marx y Engels hace un siglo y medio, un texto todavía tan vigente y que encierra aun tantas claves importantes para entender el mundo actual, para comenzar a darse cuenta de que quizá los rasgos y procesos que, de manera ambigua e imprecisa aunque repetida, se inscriben como “característicos” o como “definitorios” de dicha “globalización”, no son ni tan novedosos ni tan originales como lo pretenden sus teóricos recientes. Porque cuando volvemos, tanto a la lectura del texto del Manifiesto del Partido Comunista, como también a las lecciones generales contenidas en las obras de Marx,5 nos percatamos inmediatamente de que él había ya registrado, de una manera aguda y que atiende a las realidades esenciales, el doble proceso tanto de creación económica del mercado mundial capitalista, como del concomitante proceso de universalización civilizatoria que lo acompaña y complementa. Doble proceso o línea de tendencia que se despliega a lo largo de la entera curva de vida de la modernidad capitalista, desde el siglo XVI y hasta hoy, y que constituiría, en nuestra opinión, el único contenido central de la verdadera “globalización” capitalista, tanto antigua como reciente. Ya que al observar con cuidado, todo el conjunto de manifestaciones o expresiones de esa supuestamente nueva globalización, resulta claro que las mismas no son más que los últimos avatares, o los eslabones finales, de largas cadenas que remontan siempre a los orígenes mismos del capitalismo moderno, eslabones que sólo expresan de una forma nueva, a procesos, tendencias y realidades siempre pluriseculares. Tendencias y realidades que, por lo demás, no han sido solamente detectadas y teorizadas por Marx, sino también y muy claramente, por otros grandes autores que se han ocupado igualmente de intentar explicar la historia del moderno capitalismo, tales como Fernand Braudel o Immanuel Wallerstein, entre otros. Por eso, cuando repasamos los discursos construidos sobre la globalización económica, no podemos dejar de recordar que el comercio transnacional, que traspasa fronteras y que redistribuye los bienes producidos en cualquier parte del mundo, hacia
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Cfr. MARX, Carlos y ENGELS, Federico Manifiesto del Partido Comunista, Progreso, Moscú, 1970. Vale la pena recordar que, más allá del propio libro de El Capital y de la mayoría de sus borradores preparatorios, el texto que mejor expresa la rica y compleja visión de Marx sobre estos puntos del mercado mundial y de la universalización histórica que acompaña al proyecto de expansión e imposición de la civilización burguesa capitalista en todo el globo, es el de sus Grundrisse. Cfr. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. Borrador 1857-1858, Siglo XXI, México, 1971-1976.

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cualquier otro lugar del planeta, es una añeja realidad que comenzó desde el siglo XVI, cuando el planeta se “redondeó” en términos geográficos, realidad que se ha ido expandiendo e intensificando sin cesar, conforme crecía y se ensanchaba también esa realidad ya aludida de la construcción progresiva del mercado mundial capitalista. Mercado mundial capitalista que también, desde esas tempranas épocas posteriores al descubrimiento de América, comenzó a desarrollar la producción de bienes que se elaboraban con materias primas provenientes de lejanas zonas o países, las que a través de intercambios desiguales y de mecanismos coloniales diversos, eran integradas progresivamente a una entonces incipiente “mundialización” o “globalización”, tanto productivas como comerciales, pero también referidas al nivel de los patrones de consumo entonces vigentes. Y si bien es cierto que la medida cuantitativa de estos procesos, y el alcance respecto de los grupos y clases sociales, es hoy mucho mayor que hace uno, dos o tres siglos, también es verdad que no parece haber grandes diferencias cualitativas, entre las formas ya mundializadas de la producción, el intercambio, el comercio, y el consumo presentes en la Génova del siglo XVI, la Holanda del XVII y XVIII, o la Inglaterra del siglo XIX, con las que hoy existen en Tokio, Nueva York, París, la ciudad de México o Bonn.6 Lo mismo sucede cuando uno reflexiona en torno a las repetidas tesis de los efectos políticos y geopolíticos de la globalización. Pues frente a dichas tesis, puede ser interesante volver a preguntarse que tan reales han sido, históricamente, la autonomía y la fuerza, así como el papel efectivo tanto de los Estados nacionales, como de las múltiples fronteras entre las naciones. Pues si es verdad que el capital nunca ha tenido patria, y que la invención moderna del “Estado-nación” sólo tenía como fin, acotar espacios determinados para la constitución de mercados nacionales, con todas sus múltiples consecuencias, a la vez que crear las formas políticas para delimitar las zonas que correspondían al control de cada burguesía específica, entonces resulta pertinente interrogarse acerca de esta supuesta novedad de la debilidad de los Estados y la fronteras nacionales, frente a las instituciones y los centros de poder y decisión globales. Así, y recordando en este punto los trabajos de Immanuel Wallerstein,7 podemos cuestionarnos cuándo es que ha habido Estados fuertes, autónomos y soberanos, en todo el vasto y mayoritario espacio de lo que abarcan los países menos desarrollados en términos capitalistas, o la periferia capitalista, o el llamado “tercer mundo”, o el
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Sobre el carácter ya ampliamente globalizado, o mundializado, de estos procesos económicos de los siglos XVI, XVII, etc., cfr. ARRIGHI, Giovanni El largo siglo XX, Akal, Madrid, 1999. Por eso, una de las tesis principales de Immanuel Wallerstein, es la de que el Estado-nación, o la “sociedad nacional” no debe ser nunca la unidad de análisis de los científicos sociales, y que por lo tanto, el único marco pertinente para explicar los fenómenos sociales, debería ser el del sistemamundo en su conjunto. Al respecto, y por mencionar sólo algunos de los textos donde esta idea está desarrollada, véase WALLERSTEIN, Immanuel “Hold the tiller firm: on method and the unit of analysis”

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hoy nombrado “sur”. O también cuándo no se han impuesto, por encima de fronteras y Estados, los poderes económicos más fuertes, ubicados hoy como ayer, en los países más desarrollados en términos capitalistas, o centrales, o del llamado “primer mundo” o de lo que ahora se denomina como el “norte”. O también, al revisar las manifestaciones tanto sociales como culturales de dicha globalización, viene a la mente la lección que muchos historiadores nos han enseñado, y que nos ha ilustrado abundantemente como, desde el siglo XVI, las ideas, los hábitos, las costumbres y las modas comienzan a circular planetariamente, difundiendo lo mismo al maíz en Asia y Europa, que al arroz y al trigo en América, pero también creando las modas universales del chocolate, del café o de las diferentes bebidas alcohólicas en los sucesivos siglos del itinerario de la modernidad capitalista.8 Con lo cual, desde la difusión del francés como lengua de las élites culturales de occidente, o la expansión y difusión de estilos arquitectónicos, de las sociedades secretas, de los partidos políticos o de las formas de vestir europeas, hasta la popularización y readaptación múltiples del pensamiento socialista y luego marxista, del liberalismo ilustrado, o de las distintas variantes del individualismo posesivo moderno, resulta realmente amplio el inventario de realidades culturales y sociales que han sido progresivamente “globalizadas” o “mundializadas” a lo largo de los últimos cinco siglos recorridos. Revisando entonces, con más detenimiento, los múltiples “signos” argumentados como rasgos o trazos de la globalización, en sus dimensiones económicas, sociales, políticas y culturales, parece revelarse claramente que todos ellos aluden, en su esencia, a realidades y a procesos mucho más antiguos, y en general, constitutivos todos ellos de la esencia misma de la modernidad capitalista.9 Pero entonces, ni la globalización sería una etapa nueva e inédita del capitalismo, ni esos rasgos constitutivos implicarían ningún nuevo esfuerzo de teorización, más allá de la simple y elemental constatación

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en Comparative Civilizations Review, num. 30, primavera de 1994; “World-System” en el libro A dictionary of marxist thought, 2ª edición, Blackwell, Oxford, 1991; “An agenda for world-system analysis” en el libro Contending approaches to world-system analysis, Sage, Beverly Hills, 1983, “World-System Analysis” en el libro Encyclopedia of Political Economy, Routledge, Londres, 1999, así como en varios de los artículos incluidos en el libro Impensar las ciencias sociales, Siglo XXI, México, 1998. Sobre este punto, puede verse también nuestro artículo, AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio, “Chiapas, América Latina y el sistema-mundo capitalista” en Pensamiento historiográfico e historiografía del siglo XX, Prohistoria, Rosario, 2000. Sobre este punto, cfr. por citar sólo un ejemplo posible, la brillante obra de Fernand Braudel, Civilización material, economía y capitalismo. Siglos XV-XVIII, Alianza Editorial, Madrid, 1984 (tres volúmenes). Puede verse también AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio Fernand Braudel y las ciencias humanas, Montesinos, Barcelona, 1996, y Ensayos braudelianos. Itinerarios intelectuales y aportes historiográficos de Fernand Braudel, Prohistoria, Rosario, 2000. Con lo cual dicha “globalización” se manifestaría, o bien como un proceso iniciado hace cinco siglos, y que acompaña a la entera curva de la historia capitalista, o bien sólo como el posible nombre para connotar las formas más recientes, o las manifestaciones más contemporáneas, de un conjunto de

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de las características de estas formas más recientes, de las viejas y trans-seculares tendencias que animan a los principales procesos del capitalismo moderno.10 Sin embargo, sigue siendo cierto que un término que fue acuñado y luego ampliamente popularizado por los propios medios de comunicación masiva, pretende no sólo tener una cierta legitimidad científica, sino incluso convertirse en el marco de referencia obligado de nuestras reflexiones y análisis dentro de las ciencias sociales. Lo que entonces, nos lleva a investigar no tanto lo que intenta connotar y revelar dicho término de la globalización, sino más bien, lo que con su intento de imposición, trata claramente de ocultar o de evadir. Las “zonas oscuras” del concepto de la globalización Quizá el problema mayor que implica tratar de pensar la situación actual del capitalismo, desde este concepto de la globalización, sea el de que entonces se piensa a la etapa que estamos viviendo hoy, exclusiva o predominantemente en términos positivos. Y por lo tanto, poniendo el énfasis fundamental en el carácter progresivo, y todavía vigente, de ese mismo capitalismo. Porque sea de manera explícita o implícita, es claro que concebir a la globalización como “la más nueva” o la “más reciente” etapa de vida del capitalismo, implica presuponer que dicho capitalismo continúa desarrollándose y floreciendo, a la par que engendra, sucesiva y progresivamente, nuevas formas, etapas, periodos y figuras de su propio despliegue general. Y entonces, al mismo tiempo que se saludan y aplauden los ya mencionados avances tecnológicos, informáticos y económicos que acarrea esta globalización, se reclama también que las sociedades y las poblaciones de todo el planeta se adapten, de un modo u otro, a sus consecuencias políticas, sociales y culturales antes referidas. E incluso, y aun entre grupos, o sectores, o analistas que son críticos de esta supuesta “globalización” y de sus múltiples efectos negativos, es común la idea de que dicho proceso es inevitable, y de que entonces la disyuntiva no está entre aceptarlo o rechazarlo, sino sólo y más bien, en cómo confrontarlo o adaptarse críticamente a el, o denunciarlo, pero siempre partiendo de dicha asunción de su carácter de realidad ineludible y obligada.11 Pero si, como hemos ya sugerido, esa “globalización” o “mundialización” no hace más que prolongar y ahondar ciertas tendencias seculares y estructurales del propio capitalismo, creando para ellas nuevas formas de expresión, entonces su supuesta
tendencias y de realidades cuyo origen y existencia remontan, aproximadamente, a medio milenio. A este respecto, puede ser útil leer los agudos textos de Bolívar Echeverría, incluidos en sus libros Las ilusiones de la modernidad, UNAM/El Equilibrista, México, 1995, y Valor de uso y utopía, Siglo XXI, México, 1998. Sobre este punto, cfr. Immanuel Wallerstein “The balance-sheet of the world-economy in the 1990’s” en el sitio del Centro Fernand Braudel en Internet: http://www.binghamton.edu/fbc. Algo que incluso, llega a influir en la construcción de los discursos de los partidos. Aun los partidos que se dicen críticos de la “globalización”, aceptan sin cuestionar, esta supuesta inevitabilidad de su existencia, lo que necesariamente limita el potencial y el filo crítico de sus propias posturas.

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inevitabilidad no es tal, y su imposición y despliegue o no, son tan dependientes de las luchas sociales y de los movimientos de resistencia que ellas generan, como lo han sido siempre, las distintas formas de expresión del capitalismo, desplegadas durante los cinco siglos de su existencia histórica. Además, y en términos precisamente más profundos o estructurales, al poner el acento solamente en este supuesto carácter nuevo de este capitalismo ahora “globalizado” o “mundializado”, y en sus múltiples efectos, lo que se oculta totalmente es el claro proceso de crisis general que ha vivido la civilización capitalista mundial durante los últimos treinta años. Porque justamente, resulta notable el hecho de que la inmensa mayoría de los teóricos, analistas, comentadores o simples repetidores acríticos de este concepto de la globalización, no aludan nunca, en sus explicaciones de las realidades del capitalismo actual, a esta crisis múltiple y civilizatoria de las sociedades contemporáneas, que se expresa lo mismo en el nivel tecnológico y económico, que en las dimensiones sociales, políticas y culturales del entero tejido de estas mismas sociedades. Crisis general o civilizatoria del capitalismo, que habiendo comenzado precisamente con la revolución cultural de 196812 y con la crisis económica mundial de 1972-73, se ha ido desplegando a lo largo de las tres últimas décadas que, no por casualidad, coinciden con el supuesto periodo que abarca también la “globalización”. Eliminando entonces la visión tersa y sin conflictos que propone ese concepto de “globalización”, la mirada crítica presta en cambio atención a todas esas mutaciones civilizatorias de los últimos seis lustros, que en su conjunto, lejos de aparecer como una etapa nueva y promisoria del capitalismo, parecen más bien estar anunciando ya su crisis terminal definitiva, y su entrada evidente dentro de una clara situación de transición histórica global.13 De este modo, si nos distanciamos críticamente de los conceptos o términos de la mundialización/globalización, y cuestionando en consecuencia su supuesta “inexorabilidad”, pasamos a revisar con más detalle los procesos y fenómenos más esenciales del capitalismo mundial en los últimos treinta años, podremos entonces

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Sobre los significados más profundos de esta revolución cultural de 1968, cfr. BRAUDEL, Fernand “Renacimiento, Reforma, 1968: Revoluciones Culturales de Larga Duración” en La Jornada Semanal, No. 226, México, octubre de 1993; WALLERSTEIN, Immanuel “1968: Revolución en el sistemamundo. Tesis e interrogantes” en Estudios Sociológicos, No. 20, México, 1989 y AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio “1968: La gran ruptura” en La Jornada Semanal, No. 225, México, octubre de 1993, y “Repensando los movimientos de 1968” en el libro 1968: raíces y razones, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Ciudad Juárez, 1999. Sobre esta caracterización de los últimos treinta años, como una “situación de bifurcación histórica” o situación de transición histórica global, cfr. WALLERSTEIN, Immanuel “Globalization…”, cit.; The end of the world as we know it, Minnesota University Press, Minneapolis, 1999, y su libro con Terence K. Hopkins, The age of transition. Trajectory of the world-system 1945-2025, Zed Books, Nueva York, 1996.

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percibir de modo más claro, esos múltiples síntomas de la actual crisis general o civilizatoria que vive la modernidad capitalista, a la escala del mundo en su conjunto. Y entonces, lejos de mirar solamente a las maravillas tecnológicas de la comunicación instantánea o de extasiarse con la circulación mundial de los bienes, podremos también comenzar a analizar la posible catástrofe ecológica que, cada vez más, se cierne como amenaza real del mundo actual, poniendo en evidencia el carácter depredador y destructivo del uso capitalista de la tecnología, así como los límites aún no asumidos de la actitud capitalista prepotente hacia el conjunto del universo de lo natural. O también, más allá de discutir acerca del “fin de los mercados nacionales” y de la integración económica planetaria, recordaremos que el mundo actual no ha dejado de ser un mundo cada vez más polarizado, en el que los “beneficios” de esta “mundialización” siguen limitados siempre a pequeñas minorías y grupos, al concentrarse de modo muy desigual en ciertas clases sociales, en ciertos países ricos, en ciertos espacios urbanos y en ciertas culturas específicas. Con lo cual, volvemos a descubrir que hoy, lo mismo que desde hace cinco siglos, la subsunción global y planetaria del mundo al capital, avanza siempre de modo irregular y accidentado, en un proceso lleno de contradicciones internas, que lejos de ser una línea ascendente y progresiva, se dibuja como lleno de límites, de fracasos totales y parciales, de espacios inalcanzables y de zonas de débil implantación. Así, al incorporar todas estas “zonas ocultas” de las que no habla nunca el concepto de globalización, incluso las mismas realidades que este último término intenta connotar, adquieren una nueva significación. Y entonces, en vez de hablar solamente del “fin” de las fronteras nacionales, y de la reestructuración de la geopolítica mundial, quizá debamos empezar a teorizar acerca del fin o la crisis definitiva global del “hecho nacional” y de su función histórica particular, y en consecuencia, de la posible muerte histórica de dicho ‘hecho nacional’. Porque ha sido sin duda la modernidad capitalista, la que ha creado el ente “nación” y todo lo que gira en torno a él, desde las fronteras geográficas y los ejércitos defensores de la patria, hasta los Estados y los mercados nacionales, pasando por los mitos de la identidad nacional, las banderas, los héroes y las leyendas patrióticas, entre tantos otros signos de esta estructura de la ‘nación’. Entonces, si es la modernidad la que crea a la nación, resulta también lógico que con la crisis global de esta modernidad, entren en crisis sus principales creaciones históricas, y junto con ellas el núcleo mismo de esta construcción de lo “nacional”. Algo similar a lo que acontece con el “Estado-nación”. Pues quizá la pérdida de vigor de estos Estados nacionales que señala la globalización, apunta a un proceso mucho más profundo, que aludiría en verdad a la crisis misma de lo estatal y hasta de lo político en cuanto tal. Una crisis quizá, de ciertas estructuras de larga duración, como son el Estado mismo y el nivel de la dimensión política de lo social, que parecen estar expresando cada vez más, la caducidad definitiva y absoluta de la política como actividad humana y social, la verdadera “muerte de la política” que Marx había ya

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anunciado claramente, en su libro Miseria de la filosofía, como una de las tendencias evidentes del capitalismo más actual, y como uno de los objetivos necesarios de la inminente eliminación histórica del capitalismo. Crisis terminal de la estatalidad y del mundo de lo político, que se manifestaría tanto en la creciente incapacidad de prácticamente todos los Estados del mundo, para cumplir adecuadamente con sus tradicionales y habituales funciones sociales –tales como la seguridad, la salud o la educación–, como también en el descrédito igualmente universal que padecen los partidos, los políticos, los Estados y la política toda, en prácticamente todas las sociedades del orbe. Igualmente, tal vez más que hablar de las dificultades de sobrevivencia de las culturas y de las identidades “locales”, y de su integración o subordinación progresiva, folklorizada o no, dentro de una única y homogeneizante “cultura global”, podríamos comenzar a revisar más cuidadosamente los significados profundos de la revolución cultural mundial de 1968, que han puesto en cuestión, radicalmente, los fundamentos mismos de la cultura burguesa moderna, desmontando sus trazos como cultura eurocéntrica y pro-occidental, lo mismo que sus elementos y sesgos racistas, patriarcales, machistas y represores de la sexualidad, de la locura, del sueño, de las emociones y de los instintos y pasiones diversos. Con lo cual, en vez de cantar las glorias de esa imposible cultura única y global, se puede registrar la crisis profunda de las instituciones y aparatos culturales, que abarca tanto a la familia y a la escuela como a los medios de comunicación masiva, y que, entre tantas otras formas, se expresa también como crisis del entero sistema de los saberes humanos, como reorganización total del “episteme” que fue vigente hasta esa misma fecha de la revolución de 1968. Incorporando entonces en nuestro análisis, todas estas dimensiones y realidades de la crisis civilizatoria del capitalismo en los últimos treinta años, a las que nunca aluden los teóricos o los analistas de la “mundialización” o “globalización”, se hace posible redefinir la agenda necesaria de los temas que, ineludiblemente, debe abarcar toda investigación crítica de “nuestro más actual presente”. La agenda pendiente de la globalizacion. Pensar adecuadamente el mundo actual, y diagnosticar correctamente las encrucijadas que enfrenta, implica mucho más que simplemente aceptar o rechazar un concepto ambiguo, puramente descriptivo y hoy a la moda. Pues más allá de lo que revela, y sobre todo de lo que oculta y omite el término de “globalización”, están los problemas que cualquier caracterización del capitalismo contemporáneo debería necesariamente afrontar. Entre ellos, todos los que ya hemos apuntado antes, pero también otros igualmente relevantes. Como el del momento económico que ahora vivimos, caracterizado desde el punto de vista de los ciclos económicos mas cortos –como, por ejemplo el célebre ciclo Kondratiev–, pero también desde el punto de vista de las tendencias económicas

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pluriseculares o ciclos económicos ‘de larga duración’. Porque si la economía capitalista se ha afirmado, a lo largo de toda su vida histórica, a través de un mecanismo de evidentes alzas y bajas recurrentes, que conforman claros movimientos de múltiples ciclos económicos imbricados, entonces es pertinente preguntarse en qué momento de dichos ciclos se encuentra hoy la economía mundial, y sobre todo, que perspectivas tendenciales parecen avizorarse, desde dichas curvas económicas hoy todavía vigentes. Entonces, se vuelve importante reflexionar sobre los efectos que tendrá la inminente entrada a la rama expansiva de un ciclo Kondratiev, que aproximadamente deberá cubrir el período de los años 2000 – 2025. Pero eso, sobre el telón de fondo mas profundo de una rama descendente de la tendencia secular, cuya línea declinante se está desplegando y se continuará afirmando entre 1973/75 y el año 2050.14 Porque si la historia del mundo en los próximos cincuenta años, será similar, en términos de su tonalidad económica de larga duración, a por ejemplo el deprimido y atónico siglo XVII de la historia de la economía europea, bien conocido por los historiadores, entonces toda consideración o diagnóstico sobre las perspectivas inmediatas y mediatas de la economía mundial, debe partir necesariamente de este marco general que la ubica como una economía que, en términos estructurales, crecerá mas bien lentamente, polarizandose todavía mas y proyectando su tendencia secular depresiva en múltiples efectos económicos negativos, tales como el incremento espectacular del desempleo, el descenso general de los niveles de vida, las crecientes dificultades para la venta y la realización de las mercancias producidas, junto sin embargo a un crecimiento demográfico indetenible, o el reparto una vez más asimétrico e injusto de los ‘costos de la crisis’ desplazados hacia los países mas pobres y menos desarrollados. Pero también, y en el plano de los movimientos sociales antisistémicos y anticapitalistas, se impone replantearse las necesarias lecciones de mas de 150 años de lucha y resistencia. Porque si la tendencia económica profunda del medio siglo por venir será depresiva, y vendrá acompañada de todos los efectos mencionados, entonces habrán de incrementarse tanto las acciones de resistencia, como los múltiples movimientos de oposición a estos previsibles estragos que sufrirán la mayoría de las economías nacionales del planeta. Y entonces, aflorarán con fuerza las preguntas sobre que tipo de movimientos sociales nuevos es necesario construir, con que objetivos inmediatos y de largo plazo, con que estrategias y que tácticas, y con que políticas y posiciones respecto de los distintos grupos, sectores y clases sociales diversos. Ya que si el ‘socialismo real’ ha entrado en una crisis sin retorno, eso no implica que el objetivo de acabar con el injusto y desigual sistema capitalista, sustituyéndolo
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Así, sería muy interesante debatir con más cuidado esta hipótesis de Fernand Braudel, que postula la existencia de una larga rama depresiva de la tendencia secular, que recorrería desde la crisis mundial de 1972-73 hasta aproximadamente el año 2050. Algo que resulta muy esclarecedor respecto del futuro económico del mundo, en el próximo medio siglo. BRAUDEL, Fernand Civilización material…, cit., pp. 50-64.

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por una sociedad diferente y más igualitaria, haya también naufragado. Pero para mantener ese objetivo, hoy y en los cincuenta años por venir, no basta con ‘hacer de lado’ dicho socialismo real, calificándolo de simple desviación o perversión del ‘esquema original’, sino que se hace necesario explicar, tanto las razones y circunstancias que le dieron vida y existencia histórica, como también las enseñanzas y lecciones, en negativo y en positivo, que se derivan de esta serie fundamental y difícil de experiencias concretas.15 Y entonces, y desde este balance crítico y detenido de esas complejas experiencias, en gran parte fallidas pero al mismo tiempo y en otro sentido profundamente exitosas,16 de los diferentes ‘socialismos’ del siglo XX, habrá que redefinir también la naturaleza, las formas de organización y las formas de lucha de esos nuevos movimientos sociales que ya despuntan claramente en el horizonte, como el movimiento neozapatista mexicano, el movimiento de los ‘sin tierra’ de Brasil, los movimientos de los desocupados, el movimiento indígena ecuatoriano o las manifestaciones contra la ‘globalización’ de Seattle o de Francia, entre tantos otros. Igualmente, y vinculado con este nuevo rol de los movimientos sociales antisistémicos mas contemporáneos, se impone la teorización sobre las formas y los desarrollos previsibles de la ya aludida crisis terminal de los Estados, y de la anunciada ‘muerte de la política’ que la acompaña. Porque cuando los Estados de todo el mundo, comienzan a privatizar la educación en todos sus niveles, a suprimir las jubilaciones, las pensiones y los seguros de desempleo, a recortar y escatimar los servicios de salud, y a demostrar su incapacidad total para mantener un mínimo de control sobre la violencia global del cuerpo social y para proveer de un mínimo de seguridad a la sociedad, entonces es claro que lo que está desestructurándose de modo definitivo, es ese aparato que se construyó y se afianzó junto con la modernidad capitalista, que es el Estado moderno. Estado moderno que, si en esos orígenes históricos del capitalismo, se erigió
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Así, en nuestra opinión, cualquier balance global de lo que ha sido el siglo veinte histórico debería necesariamente hacer frente a esta caracterización del sentido profundo, de la naturaleza singular y de la significación histórica específica de este conjunto de experiencias del llamado ‘socialismo real’. Sobre este punto cfr. HABERMAS, Jürgen “Nuestro breve siglo”, en Nexos, agosto, 1998; WALLERSTEIN, Immanuel “The twentieth century: darkness at noon?” en el sitio de Internet del Fernand Braudel Center, cit., HOBSBAWM, Eric Historia del siglo XX, Critica, Barcelona, 1996 y ARRIGHI, Giovanni El largo siglo XX, cit. También nuestros ensayos, AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio, “1989 en perspectiva histórica” y “Marxismo, liberalismo y expansión de la economíamundo europea”, ambos en el libro Breves Ensayos Críticos, Universidad Michoacana, Morelia, 2000. En nuestra opinión, es importante insistir en el hecho de que, si bien todos estos intentos de construir el socialismo en distintas partes del mundo han fracasado, en el sentido de que no han logrado edificar sociedades y mundos superiores al capitalismo, todos ellos han triunfado igualmente, en el sentido de provocar, dentro de las sociedades que han llevado a cabo estos intentos, un enorme y muy sustancial desarrollo global de esas mismas sociedades en los planos económico, político, social y cultural. Así, lo que hace hoy distinta a Cuba de Haití, o a la China Popular de la India, es justamente ese hecho de que los primeros han intentado desarrollar el socialismo y los segundos no. Las consecuencias de ello saltan a la vista.

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como el detentor único del monopolio de la violencia legítima, y como el responsable de la gestión y administración de los sevicios sociales mínimos para el conjunto de la población, ahora, en esta etapa terminal de la vida histórica de esa misma modernidad capitalista, va a ir abandonando progresivamente esas mismas funciones de gestión y de monopolio de la violencia, conforme mas avanza su propio colapso y crisis histórica globales. Pero si esta muerte de lo político se despliega frente a nuestros ojos, resulta imperativo preguntarse como es que lo social habrá de reabsorber de nuevo esas funciones que ha dejado de cumplir lo político. Y entonces, comenzar a pensar que pasará con los partidos, con las organizaciones políticas, con los profesionales de la política mismos y con toda la actividad de la política en su conjunto. Ya que si este movimiento de desintegración y de pérdida de vigencia de lo político esta en curso y es evidente, es mucho menos clara la forma en que habremos de sustituirlo, colmando los vacíos que dicha desintegración y disolución provocan. Al mismo tiempo, y siempre en esta línea de pensar los nuevos temas que implica la situación contemporánea del capitalismo mundial, se impone la reflexión sobre como habremos de construir las verdaderas condiciones del diálogo multicultural e intercivilizatorio que reclaman cada vez con mas fuerza, la mayoría de los pueblos y sociedades del planeta. Porque si bien es cierto que Europa ha rehecho el mundo desde hace cinco siglos, difundiendo e intentando imponer en todas partes su cultura, su religión y sus cosmovisiones del mundo en general, también es cierto que es justamente en este plano cultural, en donde dichos esfuerzos colonizadores han sido mas fallidos, incompletos y limitados. Y ello felizmente. Pues eso es lo que ha permitido sobrevivir a las múltiples visiones del mundo, religiones y culturas, que aún hoy se afirman a lo largo y ancho de todo el globo terrestre, constituyendo a este último en un mosaico diverso y rico de modos de concebir a la naturaleza y al mundo, mosaico cuya diversidad cultural enorme conforma la obligada plataforma de edificación de la futura y necesariamente plural cultura universal. Entonces, si las descolonizaciones de todo el siglo veinte, y la evidenciación de los límites del proyecto de la civilización capitalista europea manifestados en los efectos intelectuales de las dos guerras mundiales de este siglo, han tenido algún resultado cultural importante, ese ha sido el de poner en cuestión a todos y cada uno de los fundamentos mismos de la razón europea moderna, generando la revolución cultural mundial de 1968, y abriendo el espacio para esta confrontación, comparación y diálogo inicial entre las identidades culturales de todo el mundo. De este modo, a la vez que repensamos esas condiciones del nuevo diálogo transcultural planetario, todavía en estado de simple esbozo o proyecto futuro, debemos también reorganizar completamente nuestro sistema de los saberes y de los conocimientos humanos, colapsado desde sus cimientos después de 1968 con el advenimiento de la teoría del caos, con los desarrollos de las ciencias de la complejidad,

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igual que con la crítica de la estructura ‘disciplinar’ vigente dentro de las ciencias sociales actuales. Una reorganización total del ‘episteme’ del saber humano social, que se encuentra también, hoy en día, solo en sus estrictos comienzos. Lejos entonces de seguir repitiendo esos términos poco explicativos, y quizá mas complicados que útiles para la comprensión del mundo actual, que son los conceptos de la ‘globalización’ y de la ‘mundialización’, podríamos mas bien comenzar a trabajar todo este universo de complejos problemas, que aquí hemos solamente esbozado de una manera muy general. Después de cinco siglos de existencia, la modernidad capitalista parece por fin estar llegando al final de su ciclo de vida histórica general. Un ciclo de vida que, lejos de continuar ahora, con la nueva y transformadora etapa de la “globalización”, se acerca más bien a su terminación, con la crisis y desestructuración globales que ahora presenciamos. Trabajemos entonces activamente, en términos intelectuales y también prácticos, para que el resultado futuro de esta crisis actual sea, no la “mundialización” del injusto y desigual capitalismo “globalizado”, sino más bien el de su definitiva y absoluta superación real.

CAPÍTULO I

BALANCE CRÍTICO DEL SIGLO XX HISTÓRICO
¿Breve, largo o muy largo siglo xx?

“...ninguna ley de la historia impone que los años cuya milésima sea la cifra 1 coincidan con los puntos críticos de la evolución humana” Marc Bloch, Apología para la historia o el Oficio de historiador, 1941-1943

De siglos cronológicos y de siglos históricos HACE YA UNA buena cantidad de décadas, que los historiadores de la corriente francesa de la mal llamada “Escuela de los Annales”, nos enseñaron que, desde una perspectiva rigurosamente histórica, los siglos cronológicos, de perfectos cien años, carecen totalmente de relevancia y de interés para los historiadores. Y ello, no solamente porque nada realmente importante aconteció ni en 1300, ni en 1400, ni en 1500 ó 1600, etc. –algo importante que permitiera justificar, entonces, la utilización de estos años como “cortes significativos” de una eventual periodización fundada de los procesos históricos–, sino y sobre todo, porque la noción de temporalidad en que se apoya la determinación de estos siglos puramente cronológicos es una noción demasiado limitada, frente a las exigencias y a la complejidad que el verdadero análisis histórico reclama. Criticando entonces la noción del tiempo propia de los historiadores positivistas y oficiales, y que es la noción del tiempo físico newtoniano, concebido como un tiempo lineal, constante y siempre idéntico en cuanto a sus distintas partes constitutivas, los historiadores de la corriente de los Annales van a proponer, en cambio, la idea de un tiempo social-histórico compuesto por múltiples duraciones, tiempo que es complejo, diverso y variable –en cuanto a sus ritmos, densidades, medidas, cortes, duraciones y articulaciones diversas–, siendo además un tiempo que, en rigor, se encuentra cortado a la medida de los mismos hechos, fenómenos y procesos sociales que, tanto los científicos sociales como los seguidores de Clío, estudian y analizan cotidianamente.17
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Sobre esta muy distinta noción del tiempo, concebida como tiempo histórico-social, dentro de la tradición de la corriente de los Annales, cfr. BLOCH, Marc Apología para la historia o el oficio de

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Por eso, y ya desde hace varios lustros, los historiadores críticos se han acostumbrado a dejar de lado a esos simples y vacíos siglos cronológicos de perfectos y precisos cien años, para hablarnos en cambio de diferentes siglos históricos, de duraciones cronológicas muy diversas, que los han llevado a postular la existencia de, por ejemplo, un ‘largo siglo XVI’ de aproximadamente 200 años y que abarcaría entre 1450 y 1650, o también de un siglo XVII que sólo culmina hacia 1730, lo mismo que de un estudio sobre ‘los siglos XVI y XVII’ definidos en este caso entre 1492 y 1715, o de un ensayo sobre el siglo XVIII concebido como el periodo que cubre aproximadamente entre 1715 y 1815. Subdividiendo además ‘el largo siglo XVI’ en un ‘primer siglo XVI’ y en un ‘segundo siglo XVI’, o proponiendo que todos los siglos históricos son siglos largos, que por lo tanto y forzosamente se encabalgan o superponen todo el tiempo los unos sobre los otros, los historiadores o científicos sociales realmente críticos han terminado por establecer, muy claramente, que la específica duración de cada siglo histórico depende, esencialmente, de los principales procesos y fenómenos históricos que lo caracterizan y que dentro de él se despliegan, los que con su propia curva o itinerario de vida global, determinan justamente esos cortes iniciales y terminales de cada siglo histórico estudiado.18 De este modo, y siguiendo esta lección importante de la historiografía francesa del último medio siglo, es que los distintos científicos sociales han tratado de caracterizar cuál puede ser la temporalidad específica que corresponde al siglo XX histórico, temporalidad que entonces debería de establecerse en función de cuáles han sido los procesos y los fenómenos fundamentales que han tenido vida dentro de esta misma centuria histórica considerada. Lo que entonces ha llevado a algunos a hablar de un ‘corto siglo XX’ o de un ‘breve siglo XX’, pero también a otros a postular un ‘largo siglo XX’, poniendo a veces el énfasis en el nacimiento, desarrollo y crisis del socialismo como proyecto histórico, o también en la irrupción del fascismo y el nazismo con todas sus profundas secuelas históricas, pero igualmente y en otras explicaciones,
historiador, FCE, México, 1996 y BRAUDEL, Fernand Escritos sobre Historia, FCE, México, 1991. Véase también nuestros trabajos, AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio, La Escuela de los Annales. Ayer, hoy, mañana, Montesinos, Barcelona, 1999; Fernand Braudel y las ciencias humanas, Montesinos, Barcelona, 1996 y Ensayos Braudelianos, Prohistoria, Rosario, 2000. Pensamiento historiográfico e historiografía del siglo XX, Prohistoria, Rosario, 2000, 264 pp. Sobre los ejemplos recién mencionados cfr. Fernand Braudel, que habla de un ‘largo siglo XVI’, por ejemplo en su ensayo “European expansion and capitalism. 1450-1650” en Chapters in Western Civilization, Columbia University, Nueva York, 1961, o Pierre Goubert, que define la temporalidad del siglo XVII desde 1598-1602 hasta 1730, en su libro Cent mille provinciaux au XVIIe siecle, Flammarion, París, 1968. También MOUSNIER, Roland Los siglos XVI y XVII, Destino, Barcelona, 1981 o MOUSNIER, Roland y LABROUSSE, Ernest El siglo XVIII. Revolución intelectual, técnica y política (1715-1815), Destino, Barcelona, 1981. De un ‘primer’ y un ‘segundo’ siglo XVI ha hablado Immanuel Wallerstein en El moderno sistema mundial, tomo I, Siglo XXI, México, 1979. También es Wallerstein quien defiende la idea de los siempre ‘largos siglos históricos’ que se superponen constantemente, en su libro Crítica del sistema-mundo capitalista. Entrevista con Immanuel Wallerstein, Era, México, 2003.

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a subrayar como trazos dominantes de este siglo XX histórico, los procesos de la emergencia, desarrollo y crisis de la hegemonía norteamericana sobre el conjunto del sistema capitalista mundial.19 Abogando entonces por un ‘breve siglo XX’, que en la mayoría de los casos es concebido como un siglo corto que comienza hacia 1914 ó 1917 para cerrarse hacia 1989 ó 1991, o en el otro caso por un ‘largo siglo XX’, que correría aproximadamente entre 1870 y quizá 2025 ó 2050, el primer punto de discrepancia en torno a este balance crítico de lo que ha sido el siglo XX histórico, se establece respecto de cuál es el proceso fundamental que se ha desarrollado dentro del siglo XX cronológico, proceso que entonces sería el que, con su propia temporalidad, determinaría también la posible duración de dicho siglo XX histórico referido. Debate entonces inicial en torno a cuál puede ser considerado el proceso más relevante de todo este siglo XX histórico, sobre el cual vale la pena detenerse con más detalle ahora.

Las líneas de fuerza del siglo XX histórico “No creemos tampoco que pueda verse a la Segunda Guerra Mundial, en sus orígenes, únicamente como un conflicto de ideologías… (más bien) es todo un mundo social, el del capitalismo decadente, según Sombart, el que entonces vacila en sus propios fundamentos, el que se tambalea”. Fernand Braudel, “La faillite de la paix 1918-1939”, Conferencia en la Universidad de Sao Paulo, 1947. ¿Cuál es entonces el trazo dominante y esencial del siglo XX, el proceso central que en él ha tenido lugar, y que en consecuencia resignifica y sobredetermina a todos los restantes procesos y fenómenos de esta misma centuria? ¿Cuál es la clave maestra que nos da el acceso inicial e imprescindible para la comprensión global de ese momento histórico fundamental que ha sido ese mismo siglo XX considerado en términos rigurosamente históricos?
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Sobre estas distintas caracterizaciones del siglo veinte histórico, cfr. HOBSBAWM, Eric Historia del siglo XX, cit., HABERMAS, Jürgen “Nuestro breve siglo”, cit., ARRIGHI, Giovanni El largo…, cit., WALLERSTEIN, Immanuel “Siglo pasado, milenio pasado” en el diario La Jornada, 10 de marzo de 2000, y “El siglo XX: ¿oscuridad al mediodía?” en Eseconomía, num. 2, 2003, Bolívar Echeverría, “El sentido del siglo XX” en Prohistoria, num. 8, 2004, y AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio, “1989

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Frente a esta pregunta inicial se han delineado claramente dos respuestas diferentes, las que más allá de los matices de cada autor, definen de entrada dos visiones muy distintas de lo que ha sido el siglo XX, y por ende dos evaluaciones también muy diversas de varios de los procesos principales acontecidos en esta centuria histórica en discusión. Por un lado, estaría la tesis de que el proceso esencial del siglo XX histórico sería el de la construcción y afirmación del proyecto socialista mundial, iniciado en 1914-1917 con el triunfo de la revolución rusa durante la primera guerra mundial, y concluido en 1989-1991, con la caída del Muro de Berlín y el concomitante fin de la Unión Soviética. Así, este proyecto de crear en escala planetaria un mundo socialista sería la empresa histórica más importante de todo el siglo XX, lo que nos llevaría a hablar de un ‘corto’ o ‘breve siglo XX’ cuya periodización general coincidiría con ese itinerario mismo de dicho proyecto de edificación del socialismo.20 En esta línea de razonamiento, la hegemonía norteamericana no sería entonces más que el capítulo más reciente de una serie más larga y repetida de diversas hegemonías capitalistas, las que renovándose y sucediéndose a lo largo de los últimos 500 años, sólo tendrían en esa hegemonía de Estados Unidos, a su último avatar o encarnación hasta ahora conocida. Un avatar cuya diferencia con sus homólogos anteriores, sería tal vez el de ser ahora una hegemonía del ‘capitalismo imperialista’ o del ‘imperialismo’, pero no un proceso nuevo, ni tampoco más importante y ni siquiera de lejos equiparable a la significación del intento representado por el proyecto socialista. Además, esta hegemonía norteamericana no habría sido ni tan fuerte ni tan decisiva, pues su dominio se habría visto cuestionado y seriamente socavado durante varias décadas, por la existencia de un vasto ‘mundo socialista’ que llegó a cubrir un tercio de todos los países del globo. Igualmente, y desde esta perspectiva que privilegia al socialismo como la línea de fuerza principal de ese breve siglo XX, el fascismo, el nazismo, e incluso las dos guerras mundiales sólo serían la expresión renovada de la violencia capitalista o
en perspectiva histórica” en el suplemento La Jornada Semanal, num. 199, 4 de abril de 1993. De manera complementaria a estos textos véase también SAID, Edward “La experiencia histórica” en Viento del Sur, num. 8, 1996, el libro colectivo Le court vingtieme siecle. 1914-1991, De l’Aube, La Tour d’Aigües, 1991, HOBSBAWM, Eric Entrevista sobre el siglo XXI, Crítica, Barcelona, 2000, y de Fernand Braudel “La faillite de la paix 1918-1939” en Les écrits de Fernand Braudel. L’histoire au quotidien, De Fallois, París, 2001 y Las civilizaciones actuales, Tecnos, Madrid, 1978. La más representativa de las defensas de la posición que sostiene la existencia de un breve siglo XX puede que sea la de Eric Hobsbawm, en su libro Historia del siglo XX, antes citado. Aunque también coincide en ella, por ejemplo, Jürgen Habermas, en su ensayo igualmente citado. Desde 1993, antes de la publicación del libro de Eric Hobsbawm y del ensayo de Jürgen Habermas nosotros habíamos defendido esta misma tesis de un ‘breve siglo XX’ en “1989 en perspectiva histórica”, también ya citado. Aunque consideramos que las principales tesis desarrolladas en ese ensayo siguen siendo esencialmente correctas, pensamos en cambio que reencuadrar a ese posible ‘breve’ siglo XX histórico dentro de un ‘muy largo siglo XX’, en la perspectiva que desarrollaremos más adelante, permite explicar con más elementos esos mismos procesos que entonces habíamos caracterizado en ese sentido.

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imperialista correspondiente a esta época, violencia que lo mismo se habría ejercido entre las propias potencias capitalistas para definir el nuevo reparto del mundo, que en contra del pueblo judío en la irracional cruzada de su persecución y exterminio por parte de los nazis, pero también en contra, primero de la Unión Soviética, y luego de todo el mundo socialista, en el intento de ahogar sus logros principales e incluso de eliminarlos completamente como alternativa histórica posible frente a ese mismo imperialismo y capitalismo reinantes. En el otro extremo, estaría la posición que caracterizaría al siglo XX como el siglo de la ‘hegemonía norteamericana’ y en consecuencia postularía la existencia de un ‘largo siglo XX’, cuya curva de vida sería idéntica al itinerario más general de la construcción, el auge y la decadencia de esa misma dominación histórica de los Estados Unidos. Por lo tanto, ese largo siglo XX arrancaría hacia 1870, cuando se apaga claramente el periodo de auge de la hegemonía capitalista inglesa y cuando comienza a esbozarse la nítida disputa entre Alemania y Estados Unidos, por la conquista del puesto de relevo de esa misma hegemonía capitalista planetaria. Largo siglo XX que no habría concluido aún su existencia, la que se prolongaría, hipotéticamente y acompasándose tal vez con los conocidos ciclos económicos de Kondratiev, sea hasta el año de 2025, sea tal vez hasta la fecha más lejana de más o menos 2050.21 Posición que afirma la centralidad de esta curva de la hegemonía estadounidense, que entonces va a considerar al socialismo desplegado durante el siglo XX como un hecho no existente, es decir como un conjunto de sociedades que, más allá de su retórica socialista y del supuesto combate ideológico al capitalismo, continuaron en esencia y a lo largo de todo el siglo XX siendo sociedades capitalistas, caracterizadas por la clara existencia de una división de clases y una lucha de clases, y en las que más allá de ciertos cambios jurídicos y políticos formales, sobrevivieron la explotación económica, la opresión política y la desigualdad social crecientes. Y en consonancia con esto, estos defensores de la tesis de un largo siglo XX, insistirán en que la magnitud desmesurada del horror que han representado las dos guerras mundiales, pero también y sobre todo el fenómeno del holocausto judío, se explicarían sobre todo por la magnitud igualmente enorme que alcanzó, durante este siglo XX, la curva del crecimiento demográfico, y con ella todos los fenómenos sociales posibles, ahora convertidos en fenómenos literalmente masivos, y ello sobre un telón de fondo de una sociedad que, siendo capitalista, es entonces estructuralmente racista, violenta, represiva e indiferente respecto de la suerte de sus poblaciones pobres u oprimidas.
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Quizá el autor más representativo de esta posición sea Immanuel Wallerstein. De este último autor, cfr. su artículo “El siglo XX ¿oscuridad al mediodía?”, cit., y Crítica del sistema-mundo capitalista…, cit. Véanse también sus artículos “La imagen global y las posibilidades alternativas de la evolución del sistema-mundo, 1945-2025”, en Revista Mexicana de Sociología, num. 2, México, 1999 y “Paz, estabilidad y legitimación, 1990 – 2025/2050” incluido en Después del Liberalismo, Siglo XXI, México, 1996.

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Más allá de estas dos claras posturas, y tal vez sin pretender proponer por su parte una nueva temporalidad específica para el conjunto del siglo XX histórico, hay autores que han tratado de insistir en ciertos fenómenos del siglo XX, como sus fenómenos decisivos o centrales, los que quizá marcarían el parteaguas fundamental de su itinerario global, o en otro caso definirían su sentido de desarrollo más profundo y esencial. Por ejemplo, al afirmar que dicho parteaguas esencial es el hecho de la ‘derrota del fascismo’, después de la segunda guerra mundial, derrota que vendría entonces acompañada de una reivindicación radical de los valores de la herencia de la Ilustración, reivindicación que abriría el espacio para el desarrollo del Estado de bienestar social, y para todos los procesos de descolonización de la segunda posguerra mundial.22 O también, en la postura que vería a la violencia nazi y fascista como la respuesta radical y exacerbada del ‘partido del orden’ europeo, y del proyecto burgués de la modernidad, frente a la posibilidad del triunfo del proyecto comunista proletario, prefigurado y afianzado a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XIX, y que habría tenido una primera y fugaz encarnación extraña en la revolución rusa de 1917 y en los primeros años de la historia de la Unión Soviética. Una postura que nos recuerda el diagnóstico radical de la Escuela de Frankfurt sobre la significación esencial del holocausto y de la barbarie nazi, a la vez que lo recontextualiza dentro de esta más vasta confrontación histórico-global, entre el proyecto de la modernidad burguesa y un posible modelo de una modernidad comunista alternativa a la primera.23 ¿Deberíamos entonces hablar de un ‘breve siglo XX’ o de un ‘largo siglo XX’? ¿Y deberíamos considerar como el trazo dominante de este siglo veinte histórico, al proyecto histórico del socialismo en el mundo, o a la curva de la hegemonía norteamericana? Y en cualquier caso, ¿cómo reexplicamos desde ese trazo dominante a la primera guerra mundial, al nazismo y al fascismo, a la segunda guerra mundial, a los movimientos y a la revolución de 1968, o a la caída del Muro de Berlín, entre otros de los fenómenos esenciales de este siglo XX histórico?

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Este punto de vista es defendido por Jürgen Habermas, en “Nuestro breve siglo”, cit. En nuestra opinión, a pesar de que Habermas menciona varios de los procesos y de los fenómenos importantes característicos del siglo XX, no logra articularlos dentro de una explicación más comprehensiva, que resaltara dentro de ellos, justamente, a una línea central o a un proceso fundamental y articulador de todos los demás, proceso cuya temporalidad permitiera justificar su postura en torno a un breve siglo XX. Para el desarrollo más amplio de esta postura cfr. Bolívar Echeverría, “El sentido del siglo XX”, cit. En nuestra opinión esta postura, que hace remontar la raíz de la explicación del fascismo y de la barbarie nazi plasmada en el holocausto judío, a esa confrontación de larga duración entre el proyecto comunista y el proyecto burgués, parecería apuntar también hacia una posible coincidencia con la hipótesis que aquí trataremos de desarrollar acerca de la existencia de un ‘muy largo siglo XX’. Sobre la postura de la Escuela de Frankfurt referida, cfr. ADORNO, Theodor y HORKHEIMER, Max La dialéctica del iluminismo, Sudamericana, Buenos Aires, 1969, y también de Theodor Adorno, Mínima Moralia, Taurus, Madrid, 1987.

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En nuestra opinión, y tratando de superar esa antinomia entre las dos posiciones ya reseñadas, a la vez que recuperamos sus aportes principales, podríamos quizá postular la existencia de un muy largo siglo XX histórico, similar al también muy largo siglo XVI, que habiendo comenzado su existencia aproximadamente a partir de las revoluciones europeas de 1848, extendería su periodo de vigencia a lo largo de los últimos ciento cincuenta años y más allá, para cerrarse quizá en alguna fecha comprendida entre los años de 2030 y 2050. Muy largo siglo XX, de alrededor de doscientos años cronológicos, cuyo proceso esencial o trazo dominante sería más bien el de abarcar a la entera rama descendente del proyecto de la modernidad burguesa, proyecto comenzado hacia 1492 con el descubrimiento de América, y también con ese ‘nudo histórico privilegiado’ que es el siglo XVI –el siglo que, a decir de Marx, marca el inicio de ‘la era del capital’–, y que habría desplegado su rama ascendente durante aproximadamente trescientos cincuenta años, y justo hasta la irrupción de esas revoluciones europeas de 1848. Lo que, analizado desde una perspectiva de larga duración, se hace evidente en los planos geográfico, tecnológico, económico, social, político y cultural en general. Porque es claro que el conjunto de tareas histórico-progresivas que le corresponden a este periodo histórico de la modernidad capitalista burguesa se ha cumplido ya, llegando a su punto cualitativo de culminación histórica, cuando en el nivel geográfico territorial, la presencia de la civilización europea capitalista se volvió estrictamente mundial, en el momento en que las potencias europeas lograron incluir dentro de las mallas del mercado mundial capitalista a todo el planeta, lo que justamente se logra con las guerras del opio en contra de China y con el reparto completo de África cumplidos hacia esas décadas intermedias del siglo XIX cronológico.24 Y junto a esa culminación de la ‘tarea geográfica’ se dan también la revolución industrial y la creación de las formas más adecuadas del modo de producción capitalista, es decir las claras expresiones del coronamiento tecnológico y económico de la función histórico-progresiva de la civilización capitalista. Al mismo tiempo, y con la formación completa de la estructura global de las clases sociales hoy existentes, y con la Revolución Francesa, van a crearse tanto las jerarquías y las figuras sociales principales características del mundo burgués moderno, como también las formas del Estado y de la política más acabadas y más desarrolladas posibles que corresponden a este mismo proyecto de la modernidad burguesa aún vigente. Finalmente, y con el vasto movimiento de la Ilustración burguesa, van a culminar también todas las transformaciones progresivas que dicha modernidad capitalista ha podido aportar a la historia cultural del género humano.25
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Sobre las diversas vicisitudes históricas de este proceso de expansión geográfico-económico, de magnitudes planetarias, de la civilización europea, BRAUDEL, Fernand Civilización material…cit.; Las civilizaciones actuales, cit; y WALLERSTEIN, Immanuel El moderno sistema mundial, tomos I, II y III, Siglo XXI, México, 1979, 1984, y 1998, respectivamente. Esta idea de que el siglo XIX es el siglo que culmina los aportes histórico-progresivos de la modernidad

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Por eso, si 1848 es la fecha en que simbólicamente culmina ese movimiento ascendente y progresista de la modernidad burguesa, es también el momento de inicio de esa rama descendente de la curva de vida global de ese mismo proyecto de la modernidad capitalista. Lo que explica el hecho de que, después de esa primera mitad del siglo XIX cronológico, la modernidad burguesa no haya ya creado ninguna nueva forma cualitativa que no existiera antes de 1848, dedicándose tan sólo a incrementar y potenciar cuantitativamente los mismos aportes y las mismas realidades antes conquistadas, al mismo tiempo que expandía e intensificaba su presencia planetaria en todo el globo terráqueo, al acelerar el desarrollo del capitalismo en todos los rincones y espacios del mundo no europeo. Y si 1848 es ese punto de viraje de la curva de larga duración del itinerario global de la modernidad, que cancela la posibilidad de la aparición de nuevos aportes o contribuciones histórico-progresivas, es también el inicio de una larga y compleja curva de desarrollo histórico que estará marcada, simultáneamente, por la lenta pero progresiva e indetenible demostración de la caducidad histórico universal del proyecto de esa modernidad, a la vez que por la aparición recurrente de cada vez más, y cada vez más sólidos, intentos y esfuerzos históricos prácticos para trascender y superar a esta civilización capitalista moderna, sustituyéndola por un nuevo sistema histórico distinto. Y este sería, en nuestra opinión, el trazo dominante de ese muy largo siglo XX que postulamos: el de la existencia de una lenta desestructuración y vaciamiento de contenido de todas las diversas formas y expresiones sociales del capitalismo, con la también lenta construcción de las diversas premisas y prerrequisitos necesarios para la edificación de un nuevo sistema histórico no capitalista. Coexistencia larga y a la vez permanentemente conflictiva, que explica el hecho, para nada casual, de que el marxismo haya nacido precisamente hacia esa fecha de 1848, y que con él se haya dado también la génesis de todo el horizonte del pensamiento crítico contemporáneo,26 pero también la realidad de la existencia de cada vez más sólidos movimientos sociales antisistémicos y anticapitalistas, cuya acción, luchas y vicisitudes recorren también toda la historia hasta hoy transcurrida de ese muy largo siglo XX. Entonces, y frente a los defensores del breve siglo XX y de la idea del proyecto socialista como su trazo dominante, esta perspectiva de un muy largo siglo XX aceptaría

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es expresada claramente por Carlos Marx en su célebre Manifiesto del Partido Comunista, pero también y de una manera mucho más compleja y desarrollada en sus importantes Elementos fundamentales…, cit. Sobre este nacimiento del marxismo y sobre el desarrollo del horizonte del pensamiento crítico contemporáneo cfr. Bolívar Echeverría, El discurso crítico de Marx, Era, México, 1986, y también AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio Antimanual del mal historiador, Prohistoria, Rosario, 2003 y “El problema de la historia en la concepción de Marx y Engels”, en Revista Mexicana de Sociología, núm. 4, 1983.

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que sí se trató de toda una serie de genuinos intentos de superar al capitalismo, intentos nacidos de potentes revoluciones anticapitalistas inicialmente triunfantes que, sin embargo, luego de cortos periodos de algunos lustros o décadas –quizá hasta aproximadamente 1927 para el caso ruso, o hasta 1976 para el caso de China, por ejemplo— terminaron involucionando, para concluir construyendo bizarras versiones del capitalismo en sus respectivos países. Pero ello, no sin antes representar reales victorias de los movimientos sociales anticapitalistas, cuyo legado será fundamental – como en el caso de los profundos debates en torno a la construcción de una economía no capitalista escenificados en la Rusia de los años veintes, o como la revolución cultural china— en los futuros intentos y esfuerzos de superación del capitalismo todavía reinante. Involución de esas revoluciones anticapitalistas triunfantes que, en gran medida, se debe al hecho de que las mismas tuvieron siempre lugar en países muy poco desarrollados en términos capitalistas, y por lo tanto en sociedades poco maduras en términos económicos, sociales, políticos y culturales. Lo que, de una manera dramática, nos recuerda la tesis ya planteada por Marx de la necesidad de un cierto grado mínimo de desarrollo general capitalista, como precondición de todo intento exitoso de su propia superación histórica.27 Pero por otra parte, y frente a los defensores de un largo siglo XX, y de la centralidad de la hegemonía norteamericana, habría que subrayar que se ha tratado de una hegemonía mundial propia de la etapa de la decadencia de la modernidad capitalista, y por ende de una hegemonía no progresista sino destructiva, que sin aportar casi ningún nuevo desarrollo cualitativo importante ni en los planos político, social o cultural, se ha limitado sólo a potenciar el crecimiento económico y la riqueza material desde el esquema vacío y limitadamente técnico del american way of life. Y si este muy largo siglo XX es el siglo de una hegemonía mundial decadente, y de la decadencia general de la modernidad, eso es lo que explica que en vez de nuevas ‘Américas por descubrir’ sólo haya habido nuevos repartos mezquinos del mundo, y que los progresos tecnológicos y económicos actuales estén más que nunca orientados a los fines de su uso bélico en las guerras cada vez más destructivas que ahora presenciamos, lo mismo que de una explotación económica creciente y también del desarrollo cada vez más sofisticado de procesos complejos de manipulación de la conciencia y de la opinión pública, a la vez que la polarización social entre las clases, grupos y naciones alcanza extremos escandalosos, y que las grandes y nuevas ‘invenciones’ políticas del siglo XX son el fascismo, el nazismo, el franquismo y las dictaduras militares, junto a una cultura cada vez más vacía y cada vez más consumista y cosificada en general.

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Sobre este punto pueden verse los trabajos de Carlos Marx, La ideología alemana, cap. I, ECP, México, 1974, y también la Crítica del Programa de Gotha, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1979.

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De este modo, tanto el proyecto real pero fallido de construir el socialismo en varios países del mundo, como la curva de vida de la decadente hegemonía norteamericana se integrarán dentro de un proceso más global y dominante que sería el de esa rama descendente de la modernidad burguesa capitalista, caracterizada al mismo tiempo por toda la serie de manifestaciones de la lenta desestructuración y descomposición progresiva del capitalismo, como también por todo el conjunto de experiencias, de ensayos –triunfantes y fallidos– y de manifestaciones tanto del pensamiento crítico como de los movimientos sociales anticapitalistas. Una clave que permite, no sólo entender las dos guerras mundiales, el fascismo y el nazismo, las dictaduras militares, y los recientes fenómenos del 11 de septiembre de 2001,28 y de las injustas invasiones a Afganistán e Irak por parte de Estados Unidos, sino también, en el otro extremo, las revoluciones europeas de 1848 y la Comuna de París, el crecimiento impetuoso del movimiento socialista, primero europeo y después mundial, la revolución rusa de 1917 y la revolución china de 1949, pero también las revoluciones culturales de 1968, el desarrollo de las nuevas izquierdas, la rebelión neozapatista de Chiapas,29 o los Foros Sociales Mundiales de Porto Alegre, entre muchos otros. Y también, una clave que permite aproximarnos, con nuevas luces críticas, al tema de la posible periodización de ese siglo XX histórico.

Periodizando y caracterizando el siglo xx histórico “La verdadera exactitud consiste en dejarse guiar, en cada ocasión, por la naturaleza del fenómeno considerado” Marc Bloch, Apología para la historia o el Oficio de historiador, 1941-1943 Una vez que hemos establecido los límites inicial y terminal de ese posible siglo XX histórico, se plantea entonces el problema de su posible periodización, es decir de los posibles cortes significativos que, en un segundo momento del análisis, subdividirían internamente a esa historia del siglo XX que aquí intentamos explicar.
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Sobre este problema cfr. AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio “11 de septiembre de 2001: una puesta en perspectiva histórica” en el diario electrónico La Insignia en el sitio en Internet http:// www.lainsignia.org, del 20 de noviembre de 2001, y también el ensayo “El maccartismo planetario. América Latina después del 11 de septiembre” en el diario La Jornada, Suplemento Masiosare, num. 237, 7 de julio de 2002. Sobre esta rebelión neozapatista de Chiapas, véase el libro de Bolivar Echeverría, Immanuel Wallerstein, Carlos Montemayor y Carlos Antonio Aguirre Rojas Chiapas en perspectiva histórica, El Viejo Topo, 2ª. Edición, Barcelona, 2002.

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Y aquí, vuelven a dividirse los criterios de aquellos que defienden la tesis de un breve siglo XX, frente a los que postulan la idea de un siglo XX largo dentro de la historia. Porque para los defensores del corto siglo XX, el primer y más esencial punto de periodización de todo el itinerario histórico recorrido entre 1914-17 y 198991, sería sin duda el del corte de 1945, que finaliza la segunda guerra mundial. Y ello porque, si el proceso esencial del siglo XX es el de la existencia misma de un mundo socialista, entonces será 1945 el momento que va a condensar simbólicamente ese nacimiento de todo un “sistema global de sociedades socialistas”, el que con todas las naciones de Europa oriental que se convierten al socialismo después de la segunda guerra mundial, y con la revolución china triunfante de 1949, vendría a respaldar y a fortalecer enormemente al proyecto iniciado en 1917 con la revolución rusa, implicando que un tercio de los territorios del planeta en su conjunto estuviesen entonces, y durante varias décadas, dentro del espacio de este mundo socialista. Con lo cual, y para esta perspectiva de un corto siglo XX, el único corte significativo de periodización sería este de 1939-45, el que dividiría en dos a ese breve siglo XX. Y entonces, desde esta óptica, simplemente no sería relevante ni significativa la profunda y radical revolución cultural planetaria de 1968, la que más bien es considerada como un conjunto de movimientos y de agitaciones estudiantiles de importancia menor, lo que lleva a ni siquiera ubicarla como un punto de ruptura o de viraje histórico trascendental. Más bien, esa revolución de 1968 es subsumida totalmente dentro de la idea de que, entre 1945 y 1990, el mundo vivió toda una serie de profundas revoluciones, demográficas, sociales y culturales de gran envergadura, pero que para nada se hallarían asociadas a esa fecha simbólica esencial de 1968. En el otro extremo del abanico, la postura que aboga por la existencia de un largo siglo XX, entre 1870 y 2025-2050, reconocería en cambio que el primer y más significativo corte para una periodización interna de ese siglo XX largo, sería justamente el de la doble ruptura representada por 1968 y por 1972-73. Es decir, la ruptura que al acompasar esa revolución cultural y civilizatoria de larga duración que ha sido 1968,30 con la crisis económica mundial del sistema monetario internacional de 1972-73, abriría, dentro de esa misma historia del largo siglo XX, la etapa de la bifurcación histórica general o crisis terminal del sistema mundo capitalista mundial.31 Entonces, considerando a 1945 sólo como el fin de la “guerra de los treinta años”, que define la derrota total de Alemania y el triunfo de Estados Unidos en su disputa por la hegemonía mundial, los defensores de este largo siglo XX van en cambio a subrayar la centralidad y prioridad del corte de 1968-73, corte que inicia un doble y
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Sobre esta revolución cultural de larga duración de 1968 cfr. BRAUDEL, Fernand “Renacimiento, Reforma, 1968…”, cit.; WALLERSTEIN, Immanuel “1968: revolución en el sistema-mundo….”, cit.; AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio “1968: la gran ruptura”, cit. y “Repensando…”, cit. Sobre esta tesis de la bifurcación histórica o crisis terminal del capitalismo, cfr. WALLERSTEIN, Immanuel Después del liberalismo…, cit. y Utopística o las opciones históricas del siglo XXI, Siglo XXI, 1998; también The Age of Transition…, cit.

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superpuesto proceso, que es, en primer lugar, el del inicio de la fase de decadencia de la hegemonía norteamericana sobre el planeta, hegemonía que habría sido ejercida prácticamente sin contestación entre 1945 y 1973, y que a partir de esta última fecha se irá erosionando y debilitando cada vez más, hasta desembocar en las desesperadas y fraudulentas respuestas belicistas de Estados Unidos al 11 de septiembre con las inmorales invasiones a Afganistán y a Irak. Y en segundo lugar, el inicio también de la crisis terminal del capitalismo como sistema histórico, crisis que desde hace treinta años desestructura lo mismo a la entidad ‘nación’ o a la figura misma del Estado, que comienza a colapsar a la economía, a la sociedad, a la política y a la cultura modernas. Un colapso que se produce cuando estas realidades y niveles de la modernidad capitalista actual se ven acosadas lo mismo por una insoluble crisis ecológica, que con una catastrófica baja de la rentabilidad capitalista de las inversiones, pero también por una democratización social generalizada que rebasa cada vez más los marcos capitalistas, o por un descrédito generalizado de las poblaciones respecto a la actividad misma de la política y de lo político en general, junto a una crisis global de todo el sistema de los saberes y de los conocimientos humanos, construido desde hace cinco siglos por esta misma modernidad burguesa capitalista. Así, separándose en su evaluación de estos cortes de 1945 y de 1968, las dos perspectivas sobre un largo o un breve siglo XX van a tener también visiones distintas respecto de las dos fechas que limitarían al siglo XX corto, y que son las de 1914-17, por un lado, y la de 1989-91 por el otro. Y mientras para los defensores del breve siglo XX, 1914-17 es la fecha fundamental del inicio del proyecto socialista y por ello el inicio de ese siglo corto, para los autores que hablan de un largo siglo XX se trata en cambio más bien del inicio de la disputa definitiva –disputa que en esta concepción llevará treinta años en resolverse, hasta 1945–, entre Alemania y Estados Unidos, por el puesto de comando de la hegemonía global dentro del sistema capitalista mundial. Lo que implica que la revolución rusa de 1917 sea vista, en esta última concepción, y más allá de su heroísmo y abnegación, como un proyecto que estaba condenado desde su origen al fracaso, al intentar desarrollar una sociedad nueva y socialista, y por ende superior al capitalismo, dentro de un solo país, y además de un país pobre, semirrural y que entonces era sin duda parte de la periferia global del capitalismo en aquella época. Lo que entonces, lleva a estos autores a afirmar que más que ser una revolución socialista, la revolución rusa de 1917 –como también sucederá con las revoluciones posteriores de China, de Europa Oriental, de Vietnam o de Cuba— será en el fondo y solamente una revolución nacionalista triunfante, impregnada tal vez de un profundo y hasta radical sentido social, pero cuyo resultado global será, no la construcción real de una sociedad socialista, sino más bien un proceso que le permitirá a Rusia pasar desde el estrato de la periferia capitalista del sistema hasta el estrato de su semiperiferia.

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Igualmente es divergente la evaluación del quiebre histórico de 1989-91, el que si de un lado es visto, por los defensores del siglo XX breve, como el derrumbe fundamental de ese vital proyecto del socialismo, que a lo largo del siglo se convirtió en el “socialismo realmente existente”, marcando sin embargo con su sombra a todo ese siglo XX histórico, en el otro lado es más bien concebido, por los defensores del largo siglo XX histórico, como la fecha simbólica del colapso definitivo de la ideología del liberalismo en tanto geocultura dominante del sistema capitalista mundial. Porque si en esta visión, el socialismo nunca llegó a ser tal, entonces lo que representa el simbólico acontecimiento de la caída del Muro de Berlín es más bien la crisis final del dominio que el liberalismo, en tanto ideología política y en tanto geocultura dominante, ejerció durante prácticamente dos siglos tanto sobre la ideología “conservadora” como sobre la ideología “socialista”. Acorde entonces con su idea del fracaso y de la no existencia histórica del socialismo, esta postura va a plantear que a lo largo de todo el último tercio del siglo XIX cronológico, y sobre todo de casi todo el siglo XX cronológico, el liberalismo va a dominar efectivamente la escena geocultural mundial, infiltrándose tanto en la concepción socialista como en el pensamiento conservador, para terminar subsumiéndolos e incorporándolos dentro de sí mismo, como simples variantes suyas, en un caso como su versión liberal-conservadora, y en el otro como su ala o vertiente liberal-radical o liberal-socialista de su propia hegemonía y dominio globales. Con lo cual, el verdadero sentido profundo de la ruptura de 1989-91, no sería el de la crisis final del socialismo realmente existente, sino más bien el del colapso final de esa hegemonía englobante del pensamiento liberal sobre las dos ramas del pensamiento que le eran supuestamente alternativas, y que eran la de la ideología conservadora de derecha, y de otra parte la del pensamiento socialista crítico.32 Colapso del liberalismo como ideología dominante del sistema capitalista mundial, que sería una de las claves centrales para explicar los procesos de los últimos trece años, procesos de un claro resurgimiento de una derecha conservadora, belicosa y militante, que ahora detenta el poder por ejemplo en Estados Unidos, España, Austria, México e Italia, y que de manera desvergonzada y abierta promueve sus posiciones ideológicas ultraconservadoras y de ultraderecha. E igualmente, del renacimiento de múltiples nuevas izquierdas, que de una manera cada vez más crítica y más consciente se deslindan también de los elementos de la ideología liberal, para definir más nítidamente su perfil ideológico genuinamente de izquierda.

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Sobre este colapso total del liberalismo, y sobre esta dialéctica histórica entre las tres ideologías que caracterizan a la cultura de los últimos dos siglos, cfr. WALLERSTEIN, Immanuel “El colapso del liberalismo” en Después del liberalismo, cit. Sobre algunos de los efectos principales de esta crisis del liberalismo posterior a 1989, cfr. AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio, “Chiapas, América Latina y el sistema-mundo capitalista” en Pensamiento… y también la Introducción “Una perspectiva global del ‘Análisis de los sistemas-mundo’”, en Crítica del sistema-mundo capitalista…, cit.

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De este modo, resulta claro que las dos posiciones divergentes en torno a defender por un lado la existencia de un largo siglo XX, y por el otro la de un siglo XX histórico breve, no sólo difieren en cuanto a la caracterización de cuál ha sido el proceso fundamental que singulariza a este mismo siglo XX histórico, sino también en cuanto a la evaluación y explicación de lo que, en términos generales, han representado esas rupturas o puntos de viraje histórico fundamentales que han sido 1914-17, 1939-45, 1968-73 y 1989-91. Fechas todas de una indudable relevancia histórica general, que también pueden ser evaluadas bajo otra luz, cuando las abordamos desde la perspectiva que aquí proponemos, de la existencia de un muy largo siglo XX comenzado en 1848 y todavía hoy vigente. Así, desde este punto de vista, que caracteriza a ese siglo XX muy largo desde la tensión permanente entre una larga decadencia del capitalismo mundial y un también lento pero persistente proceso de aprendizaje y fortalecimiento de los movimientos anticapitalistas, y de construcción de las premisas generales para el paso hacia un nuevo sistema histórico, la fecha simbólica que representaría el parteaguas principal y más relevante de todo este muy largo siglo sería, sin duda alguna, la del corte de 19681973. Porque, como lo afirman los defensores de la tesis del largo siglo XX, es claro que, efectivamente, se trató de una verdadera revolución cultural mundial, de consecuencias profundas que han afectado y continúan afectando a las estructuras mismas de la civilización capitalista creada por la modernidad, en una línea de transformaciones que sólo culminará con la disolución total de esa civilización capitalista, y con su sustitución por parte de un nuevo proyecto de civilización humana. Y ello porque cuando analizamos este corte de 1968-73, desde la óptica de ese muy largo siglo XX, podemos observar que hacia esa fecha no sólo comienzan tanto una crisis cultural de grandes proporciones, como una aguda crisis económica mundial, sino también y más ampliamente una crisis general de todas las estructuras de la civilización burguesa moderna, que afecta lo mismo, por ejemplo a las premisas básicas y a la concepción general de las propias ciencias naturales, que a las estructuras del Estado y de la Nación modernos, pero también a la misma relación fundante del hombre con su entorno natural que a las relaciones y formas diversas de la socialidad contemporánea, junto a los patrones globales del comportamiento demográfico de las sociedades o a las formas de la moralidad y de las costumbres vigentes, entre muchas otras. Hemos entrado, después de 1968, en una situación de una crisis civilizatoria global, que se manifiesta al mismo tiempo como caos, confusión y disolución de todo tipo de vínculos y de relaciones antes vigentes y sólidas, que como múltiple búsqueda de salidas, alternativas y formas nuevas de organización para esas mismas relaciones en crisis. Y ello, desde el nivel primario de la ecología y de la relación con la naturaleza, hasta las formas más sofisticadas del arte y de la creación humana, y pasando por toda

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la vasta gama de realidades tecnológicas, económicas, sociales, familiares, religiosas, jurídicas, políticas, culturales, etcétera, del más diverso orden.33 Entonces, si el periodo que corre desde 1848 hasta 1968 es el de la lenta decadencia del capitalismo como sistema, ya incapaz durante estos ciento veinte años de crear nada cualitativamente nuevo en términos histórico-progresivos, y sólo dedicado a expandirse cuantitativamente a lo largo y ancho del planeta, a la vez que comienza a desplegar con más fuerza sus rasgos histórico-regresivos –como la guerra, el nazismo y el fascismo, las nuevas formas de la violencia social y política, o la razón cuantificante y parcelada en distintos ámbitos–, el periodo posterior a 1968 será claramente el de la crisis terminal de este mismo sistema capitalista, crisis que vacía de contenido aceleradamente a todas las estructuras y realidades principales de dicho sistema, encaminándolas directamente a su irreversible colapso final. Al mismo tiempo, si esta crisis global crea una verdadera situación de caos histórico y social generalizado, se trata de un caos muy creativo, que desata sin límites los distintos esfuerzos, proyectos, caminos, esbozos e intentos de crear realidades y relaciones no capitalistas, o en todo caso, de ir construyendo los elementos que preparen y acerquen cada vez más ese inminente paso histórico hacia otro sistema social no capitalista. Y a esta luz, de la óptica de un muy largo siglo XX histórico, no sólo se matiza un poco ese significado profundo del corte esencial de 1968-73, sino también los otros puntos de quiebre históricos antes mencionados. Así, 1914-17 se presenta, a diferencia tanto de los defensores del largo siglo XX, como de los del siglo XX breve, como uno de los eslabones cruciales de una larga cadena, cadena que arranca desde 1848 y que encuentra en Seattle, Praga o Génova a algunos de sus últimos anillos componentes. Pues si 1848 es la primera vez en que el proletariado se manifiesta como fuerza independiente y autónoma, y la Comuna de París de 1870 es la primera ocasión en que un movimiento anticapitalista logra tomar el poder del Estado, el corte de 1914-17 representa, genuinamente, el primer intento histórico orgánico de construir una sociedad no capitalista en la escala de una nación entera. Es decir que 1917 sí es una revolución anticapitalista inicialmente triunfante, y por lo tanto una victoria esencial y una experiencia fundamental para la historia de los movimientos sociales anticapitalistas del mundo entero. Pero, por esas extrañas paradojas de la historia, es una revolución anticapitalista que triunfa dentro de un país muy poco desarrollado en términos capitalistas, en lo económico, lo social, lo político y lo cultural. Porque luego del trágico “encuentro fallido” o más bien desencuentro histórico entre la Europa capitalista desarrollada y el proyecto socialista, que representó la primera guerra mundial, ese esfuerzo socialista se vio obligado a ‘emigrar’ fuera de

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Sobre esta crisis global de la civilización capitalista cfr. ECHEVERRÍA, Bolívar Valor de uso y Utopía, Siglo XXI, México, 1998.

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Europa, alojándose en 1917 en la Rusia predominantemente rural y poco desarrollada de aquellos tiempos. Lo que significa que, desde este punto de vista, 1917 sí es un primer esbozo genuino de construir una sociedad no capitalista, esbozo que sin embargo, y debido a las adversas condiciones de un muy pobre desarrollo capitalista general anterior, terminará involucionando hacia una forma extraña de capitalismo estatal centralizado, que dará forma a las bizarras sociedades del llamado “socialismo real”. Pero, si al cabo de una década, este proyecto socialista se descarrila e involuciona bajo el gobierno de Stalin, eso no elimina el hecho de que, si bien fracasa el intento de construir una sociedad no capitalista en la Unión Soviética, sin embargo esa realidad capitalista de lo que se llamó el “socialismo realmente existente” haya representado un enorme progreso social, económico, político y cultural para la inmensa mayoría de la población soviética o rusa. Porque si hoy ni Rusia ni China sufren la miseria y el atraso que sí padece la India, y si hoy Cuba no está en la difícil y extrema situación de Haití, eso se debe, en todos estos casos, al hecho de que en Cuba, China y Rusia si hubo esos intentos primero victoriosos y luego deformados de construir mundos y sociedades no capitalistas, mientras que India y Haití continuaron todo el tiempo bajo los marcos capitalistas tradicionales. Entonces, si tanto Rusia, China, Vietnam o Cuba, entre otros, son a fin de cuentas, y desde el punto de vista del objetivo de construir sociedades no capitalistas, intentos finalmente fallidos, son al mismo tiempo enormes éxitos, tanto en lo que se refiere al progreso económico, social, político y cultural que alcanzaron todas estas sociedades durante el siglo XX cronológico, como también en cuanto que experiencias importantes y pasos adelante en el largo y secular proceso de “acumulación de fuerzas” de los movimientos anticapitalistas en sus procesos de lucha actuales y por venir, en pos de la construcción de esa misma nueva sociedad no capitalista. Por otra parte, y también desde esta más amplia perspectiva temporal de un muy largo siglo XX, los cortes de 1914-17 y 1939-45, tienen una significación profunda que no ha sido hasta hoy señalada suficientemente ni por los autores que hablan de un breve siglo XX, ni por los que conciben un siglo XX largo. Pues si todo el itinerario posterior a 1848 es el de la lenta decadencia del capitalismo mundial, entonces es claro que la primera y la segunda guerra mundiales, pero también el fascismo, el nazismo y el franquismo, constituyen varios de los eslabones centrales de una clara regresión de la civilización capitalista, en lo que toca al desarrollo de los mecanismos de autocontrol de los impulsos violentos, y al establecimiento del Estado como detentor del monopolio exclusivo de la violencia legítima, procesos tan brillantemente estudiados por Norbert Elias.34
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Sobre este problema cfr. ELIAS, Norbert El proceso de la civilización, FCE, México, 1989, y La sociedad cortesana, FCE, México, 1982. En su libro de Los Alemanes, Instituto Mora, México, 1999,

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Pues más allá de que estos cortes de la primera y la segunda guerra mundiales, sean efectivamente etapas de la construcción de la hegemonía estadounidense, y también los momentos iniciales de reiteradas victorias de los movimientos anticapitalistas y de intentos luego desviados de construir mundos socialistas, es claro que representan, igualmente, desbordamientos desmesurados de la violencia social y política capitalista, violencia que en esta rama descendente de la curva de la modernidad va a manifestarse más repetidamente y de modo mucho más agudo, radical y descarnado, que durante la larga etapa de la rama ascendente de esa misma modernidad. Y es por eso que otra cadena que cruza todo este muy largo siglo XX, es la de esa violencia desenfrenada, irracional, creciente y absurda, de 1914-18, del holocausto judío, de la segunda guerra mundial, pero también de la guerra en contra de Vietnam, de las masacres de las dictaduras y los gobiernos de América Latina, África y Asia, de las guerras étnicas fratricidas de Ruanda y de Kosovo, lo mismo que de las injustas invasiones recientes de Estados Unidos en contra de Afganistán y de Irak, entre muchas otras de sus terribles manifestaciones. Finalmente, y siempre a esta misma luz de un muy largo siglo XX, la fecha de 1989 se presenta, además de como la conclusión del periplo histórico recorrido por esas extrañas sociedades del “socialismo realmente existente” –que para esta fecha, de “socialistas” no tenían ya más que el nombre–, y también del colapso general del liberalismo como ideología dominante del capitalismo mundial, como el momento simbólico de la apertura de un proceso de radicalización y agudización crecientes de la más general tendencia decadente del capitalismo mundial, agudización radical que permite explicar lo mismo la tragedia del 11 de septiembre de 2001 y las irracionales invasiones de Estados Unidos a Afganistán e Irak, que el creciente auge de los nuevos movimientos anticapitalistas y antisistémicos, desde el levantamiento neozapatista mexicano de 1994 hasta la geografía mundial de las protestas iniciadas en Seattle, junto a los dos Foros Sociales Mundiales de Porto Alegre en Brasil. Detengámonos con un poco más de detalle en esta etapa más reciente de ese muy largo siglo XX todavía vivo y vigente.

Elias desarrolla también una brillante explicación del holocausto judío por parte de los nazis, en esta vía de un proceso “descivilizatorio” o de regresión de los avances de lo que él llama el proceso de la civilización. Cfr. también nuestro ensayo, AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio, “Norbert Elias, historiador y crítico de la modernidad” en Pensamiento historiográfico… cit.

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Ocasos de siglo y de milenio histórico, albores de un mundo nuevo. «Periodos de este tipo, periodos de transición, ofrecen una ocasión especial para la reflexión: (...) los hombres ponen en cuestión gran parte del comportamiento de generaciones anteriores...» Norbert Elías, El proceso de la civilización, 1939 Para los defensores de la tesis de un corto siglo XX, la caída del Muro de Berlín y el fin de los proyectos del socialismo realmente existente, es en ocasiones interpretada en el sentido de que una de sus posibles consecuencias principales sería la del fortalecimiento, quizá sólo coyuntural pero importante, del poderío de Estados Unidos y del unilateralismo claro en cuanto al diseño actual de la geopolítica mundial. Es decir, una situación en la que, a la espera de nuevas revoluciones sociales o de nuevas transformaciones radicales, el capitalismo actual parecería enseñorearse ampliamente por todo el planeta.35 En cambio, para los defensores de un largo siglo XX, cuyo desarrollo estaría todavía en curso, esa fecha simbólica de 1989 sólo habría representado el colapso total del liberalismo y de su hegemonía ideológica mundial, lo que implica que los trece últimos años transcurridos sean más bien evaluados como la continuación de los dos procesos de decadencia iniciados desde 1968-73, procesos que acompasan el declive y el fin de la hegemonía mundial norteamericana, con el periodo terminal de vida del capitalismo como sistema histórico específico. Procesos que, entonces, se verían todavía agudizados y acrecentados con ese desmoronamiento de la ideología liberal, la que hasta antes de 1989, funcionaba como un cierto elemento de cohesión ideológica de ese mismo sistema capitalista mundial. Dos evaluaciones muy diferentes de la última década recién vivida, que también llevan, lógicamente, a muy distintas evaluaciones de los agitados sucesos que hemos vivido en los últimos veinte meses, sucesos que, en tanto signos o señales de procesos y de realidades más profundos, pueden permitirnos también avizorar un poco los futuros previsibles que habremos de enfrentar en los próximos años y décadas por venir. Entonces, cuando analizamos estos últimos trece años vividos, y también los sucesos más recientes, desde esa visión de un muy largo siglo XX que aquí hemos planteado, coincidiríamos mucho más con la tesis que ubica a estos años y a estos sucesos más recientes como manifestaciones de esa creciente e indetenible decadencia de Estados Unidos como potencia hegemónica mundial, y al mismo tiempo también como claras evidencias de esa crisis final del capitalismo en tanto que sistema histórico particular. Pero, a diferencia de los promotores de un siglo XX largo, y puesto que
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Sobre este punto, cfr. por ejemplo HOBSBAWM, Eric Entrevista sobre el siglo XXI, cit. y HABERMAS, Jürgen “Nuestro breve siglo”, cit.

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consideramos a las múltiples experiencias de la revolución rusa, china, vietnamita o cubana, como eslabones de la línea de progreso reales y genuinos de los movimientos anticapitalistas de los últimos ciento cincuenta años, pensamos que el corte de 198991 es también el de la crisis definitiva y el colapso general de las viejas izquierdas, reformistas y autoritarias, que vivieron durante décadas apoyándose en el falso mito de que el “socialismo realmente existente” si era un proyecto no capitalista, después de su etapa de vida inicial, y que divulgaron por todo el mundo, durante casi todo el siglo XX cronológico, una versión simplificada, manualesca y vulgar, del marxismo en particular y del pensamiento crítico en general. Lo que nos permite entonces analizar, de una manera más profunda, los últimos años y los sucesos recientes. Y entonces, comprender que esa respuesta de Estados Unidos a la tragedia del 11 de septiembre, está dictada no por su gran fuerza y por su poderío como potencia única del sistema mundial, sino más bien por su creciente e indetenible debilidad, sumada a su también irreversible declive como poder hegemónico mundial. Pues lo que representan, tanto la absurda invasión a Afganistán, como el inmoral ataque en contra de Irak –realizado contra el pueblo afgano y contra el pueblo iraquí, bajo el pretexto de capturar a Osama Bin Laden y a Saddam Hussein–, es en el fondo el fraudulento uso de la fuerza militar norteamericana dentro de la guerra económica en contra de Europa. Porque desde hace treinta años, Estados Unidos ha estado perdiendo sistemáticamente la competencia económica, tanto con Europa occidental como con Japón, en los planos tecnológico, productivo, comercial y financiero, lo que ha hecho que hoy, en el año 2003, Estados Unidos no sea ya el líder en ninguno de esos cuatro ámbitos mencionados. Pero, dado que el único liderazgo que aún conserva es el liderazgo como primera potencia militar del mundo, entonces Estados Unidos está recurriendo, en Afganistán y sobre todo en Irak, a este poderío militar, el que utiliza como su última carta posible para tratar de revertir su derrota tecnológica, productiva, comercial y financiera en una eventual victoria futura.36 Como un jugador tramposo, que al ir perdiendo mientras se respetan las reglas del juego, saca su pistola al final para tratar de quedarse con toda la apuesta, así Estados Unidos ha estado usando su fuerza militar para tratar de cambiar el rumbo general de esa competencia económica mundial con Europa occidental y con Japón. Pero, dado que el poder militar depende del poderío económico, y puesto que la economía norteamericana está también en un claro proceso de decadencia, entonces este uso fraudulento de la fuerza militar no puede triunfar en el mediano plazo en lo que corresponde a la competencia económica. Lo que quiere decir que, más allá de las

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Immanuel Wallerstein ha estado desarrollando sistemáticamente esta tesis de la decadencia norteamericana y del uso de su poderío militar como elemento de ‘compensación’ en esta derrota económica frente a Europa y frente a Japón. Al respecto y por citar sólo un ejemplo posible, véase su artículo reciente “¿Conmoción y pavor?” en La Jornada, 19 de abril de 2003.

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apariencias inmediatas, Estados Unidos se derrumbará muy pronto como potencia hegemónica mundial, igual que le sucedió a Holanda a finales del siglo XVII y a Inglaterra en el último tercio del siglo XIX.37 También desde esta óptica del muy largo siglo XX, resultan muy importantes hechos como la emergencia o el relanzamiento fuerte de varios nuevos movimientos sociales anticapitalistas, que han cobrado un protagonismo especial después de la caída del Muro de Berlín y del fin histórico de la Unión Soviética. Movimientos como el de los dignos indígenas rebeldes neozapatistas de México, o el de los ‘Sin Tierra’ brasileños, pero también como el movimiento de los piqueteros argentinos, y los de los indígenas ecuatorianos, bolivianos o peruanos entre otros. Nuevos o renovados movimientos anticapitalistas, que estando presentes un poco a todo lo largo y ancho del planeta, parecen sin embargo haber alcanzado un grado de presencia social y de desarrollo político más alto, dentro de los distintos espacios nacionales de nuestro semicontinente latinoamericano. Concentración mucho mayor y mas intensa de varios de los más importantes movimientos anticapitalistas del mundo, dentro de las naciones y el espacio global de América Latina, que permite presagiar la tesis de que, en los lustros inmediatos por venir, nuestro semicontinente habrá de jugar un rol central y de primera importancia dentro de la transformación histórica global que terminará con el capitalismo, para sustituirlo con un nuevo sistema histórico, rol central derivado de esa especie de función que ahora parece detentar Latinoamérica, en tanto que frente de vanguardia principal del movimiento anticapitalista mundial. Lo que explica el hecho de que, tanto el Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo, como también los dos grandes Foros Sociales Mundiales, hayan tenido lugar en países de América Latina, en México y en Brasil respectivamente.38 Y si estos nuevos o renovados movimientos anticapitalistas son también el último eslabón de la larga cadena comenzada con las revoluciones de 1848, están entonces obligados a asumir las lecciones principales de la herencia de todos los ensayos y experiencias que los han precedido en el siglo y medio anterior. Y ello tanto respecto del tipo de movimiento anticapitalista que hoy hace falta construir, como también
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Para una evaluación más detenida de estos sucesos recientes, cfr. el conjunto de los Boletines redactados por Immanuel Wallerstein, y publicados cada 15 días en el sitio del Fernand Braudel Center en Internet: http://fbc.binghamton.edu, Sección “Commentaries”, en especial los Boletines posteriores a los sucesos del 11 de septiembre de 2001. También véase AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio, “11 de septiembre de 2001: una puesta en perspectiva histórica” antes citado, y “Otra mirada sobre el 11 de septiembre. Un balance provisional” en Le Monde Diplomatique – Edición Colombia, num. 5, septiembre de 2002, y también “El maccartismo planetario. América Latina después del 11 de septiembre”, antes referido. Sobre las razones de este rol de vanguardia, de los movimientos anticapitalistas actuales de América Latina cfr. AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio “América Latina hoy: una perspectiva desde la larga duración” en Theomai en el sitio en Internet, http://unq.edu.ar/revista-theomai, en el num. 6, del segundo semestre de 2002, y también el ensayo El maccartismo…, cit.

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respecto del tipo de cambios radicales y de transformaciones globales que ahora sería necesario impulsar. Porque a diferencia de los movimientos impulsados por las viejas izquierdas verticales, reformistas y autoritarias, las nuevas izquierdas se presentan en cambio como movimientos plurales, abiertos, tolerantes y mucho más horizontales y flexibles en sus formas de organización y de decisión. Al mismo tiempo, y a tono con estos nuevos movimientos sociales, más incluyentes, más diversos y más plurales, van a multiplicarse y diversificarse también sus diferentes demandas y frentes de lucha, pasando a incorporar, junto a las esenciales reivindicaciones económicas y políticas de cambio social, también los problemas culturales, las cuestiones de género, los temas de la discriminación social y del racismo, los reclamos de los grupos ecologistas, la lucha por la gestión y el uso de los espacios sociales, la defensa de los derechos de las minorías de todo tipo, o el derecho a la diferencia en sus múltiples expresiones, entre muchos otros de los nuevos temas de la agenda de lucha de estos nuevos movimientos sociales anticapitalistas. Simultáneamente, han cambiado también los modos de concebir los procesos de cambio social global que promueven e impulsan estos nuevos movimientos anticapitalistas, los que en vez de fomentar el cambio puramente político de sustituir a un pequeño grupo en el poder por otro, delegándole a este último todas las decisiones importantes, han comenzado a pelear en cambio por un involucramiento permanente de las masas en la toma de decisiones políticas, involucramiento que desarrolla distintas formas de la autogestión popular, en una lógica en la que las propias masas populares se vuelven no sólo el apoyo colectivo del movimiento, sino los propios constructores activos y permanentes de las nuevas formas y figuras del también nuevo sistema histórico con el que ellas intentarán sustituir al agonizante sistema capitalista actual. Y si el capitalismo mundial de los últimos trece años, tiene como dos de sus líneas de evolución centrales a estas que hemos mencionado, la de la gestación de una familia de múltiples nuevas izquierdas modernas, inclusivas y mucho más radicales que las antiguas, y de otra parte la de la acelerada doble decadencia de la hegemonía de Estados Unidos y la del conjunto de las principales estructuras de esta misma sociedad burguesa capitalista, es pertinente entonces preguntarse acerca de cuál podría ser la naturaleza y el carácter del nuevo sistema histórico que, en las próximas décadas, terminará por sustituir a este capitalismo mundial. Y es claro que la respuesta a esta pregunta se encuentra más allá del final del muy largo siglo XX histórico, y del segundo milenio histórico que también concluye con ese siglo XX muy largo. Pero esa respuesta sólo será el fruto de nuestra acción colectiva, de nuestra inteligencia social, y de nuestra voluntad y capacidad de construir, allende este capitalismo injusto, explotador, despótico y discriminador, una nueva sociedad más libre, más justa, más autogestiva y más racional en todos los sentidos. Confiemos en que con el nuevo siglo XXI histórico, y con el nuevo tercer milenio histórico, llegará también ese mundo nuevo y superior con el que soñaron y por el que pelearon tantas generaciones de hombres lúcidos, honestos, abnegados e inteligentes, que vivieron a

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lo largo de este muy largo siglo XX de la historia humana, que en unos pocos lustros habrá sin duda llegado ya a su fin.

CAPÍTULO II

1968: LA GRAN RUPTURA39

“Que la revolución europea occidental, casi mundial, de 1968 ha fracasado políticamente, lo sabemos todos a casi quince años de distancia. Pero triunfó y no volverá atrás por lo que concierne a las costumbres, a la relación entre los sexos, a la crisis aguda de la familia...” Fernand Braudel, «Domina la parola ‘cambiamento’», Corriere della Sera, 7 de mayo de 1982

Una sacudida planetaria

VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS de esa enorme ruptura que fue el año de 1968, resulta un poco más fácil tratar de descifrar lo que dicha ruptura encerraba, y que en esos mismos tiempos era tal vez menos evidente. Porque frente a las secuelas de este «acontecimiento ruptura», que se han ido desplegando claramente a lo largo del último cuarto de siglo vivido –y entre las cuales destacan, sin duda alguna, las también fundamentales transformaciones del año de 1989–, se han disipado ya las primeras interpretaciones de este simbólico acontecimiento, que intentaron reducirlo o a las dimensiones de un simple «movimiento estudiantil» efímero, o a la escala de una sencilla ruptura o explosión social pasajera sin mayores consecuencias ulteriores. Ahora, en 1993, tiende cada vez más a convertirse en un dato del consenso establecido el reconocimiento de que 1968 ha sido, en primer lugar, una ruptura de dimensiones prácticamente planetarias, y en segundo lugar, un punto de crisis global o generalizado, que presentándose como un momento de condensación histórica excepcional, alcanzó a poner en cuestión los fundamentos civilizatorios mismos –es decir, las formas de la «cultura» moderna en el sentido más amplio de este término- de las sociedades contemporáneas entonces existentes.
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Publicado originalmente en La Jornada Semanal, num. 225, México, octubre de 1993.

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Si concebimos entonces al 68, como el momento de clímax de una evidente ola de grandes movimientos sociales que fueron protagonizados entre 1966 y 1969, e intentamos reconstruir su mapa específico, veremos que el mismo se nos presenta, prácticamente, como un nuevo «fantasma» que ahora «recorre el mundo», cubriendo en su itinerario desde Pekín hasta Berlín, y desde Nueva York hasta Dakar, pasando por la ciudad de México, Praga, Córdoba, Roma, Berkeley, Belgrado o Calcuta, sin olvidar por supuesto al emblemático París. Reivindicando así, según los distintos lugares y contextos, lo mismo una «vuelta al camino socialista» y una radical «revolución cultural-proletaria», que el respeto de las libertades políticas elementales y del mínimo ejercicio democrático, o cuestionando igual a las formas de la vida cotidiana del mundo capitalista que al rígido sistema escolar entonces vigente, las protestas sociales realizadas en ese conjunto de movimientos simbolizados por el año de 1968 cambiaron de hecho la página de la historia que entonces se estaba escribiendo, abriendo a partir de su irrupción una nueva coyuntura global, cuyo primer desenlace radical acabamos de presenciar en 1989. Porque al acercarnos con más detalle hacia el examen de las consecuencias provocadas por esta ruptura semiubicua de fin de los años sesenta, no podrá sorprendernos la comprobación de que, después de la misma, y como una suerte de respuesta/recuperación parcial de su agenda principal, han comenzado a modificarse absolutamente todos los elementos del paisaje que conforma a las sociedades actuales. Con más o menos lentitud, y con muy diverso énfasis según los también muy heterogéneos medios nacionales de que se trate, hemos vivido así unos años setenta y ochenta que bien podemos calificar de profundamente revolucionarios, medidos desde el parámetro de las profundas transformaciones que en este mismo período han sido generadas. Pues mientras las economías occidentales desarrolladas –seguidas sólo de lejos, y a un ritmo más lento, por las economías del «bloque socialista» y por las del llamado «tercer mundo»- introducían en escala importante las nuevas formas de la automatización flexible, y comenzaban a montar las reestructuraciones productivas que han ocupado a los analistas económicos durante los últimos 20 años, comenzaban también a eclipsarse cada vez más rápidamente las viejas formas de los Estados intervencionistas y/o autoritarios, los que frente al declive del rol de los partidos tradicionales y a las crisis de las viejas izquierdas reformistas, y a tono con la emergencia de los nuevos movimientos sociales y con la «reaparición» multitudinaria de la sociedad civil frente al Estado, se han visto obligados, también en estas dos décadas a redefinir las formas de articulación de su hegemonía sobre los distintos cuerpos sociales en que ellos se apoyaban. Pero junto a estos grandes procesos de cambio económico, social y político, que tradicionalmente más han atraído la mirada de los «especialistas» de las ciencias sociales, se colapsaban también otras estructuras profundas de las sociedades humanas, viéndose igualmente forzadas a mudar no sólo de piel sino también de esencia.

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Porque como ha sido muchas veces señalado, aunque no igualmente explicado y teorizado, 1968 ha puesto también en cuestión las dimensiones más elementales de la vida moderna, así como sus estructuras de funcionamiento más universales, impugnando por esta vía todo el conjunto completo del tejido social contemporáneo. Así desde las estructuras de la hegemonía del sistema capitalista mundial, hasta las actitudes de los hombres respecto a la vida, el trabajo, el disfrute y el uso del tiempo libre, y desde la conciencia de las implicaciones de la relación fundante entre el hombre y su medio ecológico circundante, hasta el reconocimiento de la diversidad y pluralidad de los caminos u opciones civilizatorias que el hombre ha emprendido a lo largo de su historia. Todo ha sido sucesivamente cuestionado y luego problematizado por la generación de los soixante-huitards críticos en todo el mundo. Cuestionamiento y replanteamiento que a su vez es en parte expresión de los importantes cambios reales que estas estructuras han estado sufriendo durante este mismo cuarto de siglo inmediatamente vivido. No es entonces casual que al revisar la historia de los últimos cinco lustros, salte a nuestra vista el abundante florecimiento de nuevos movimientos de protesta o de impugnación social, que impulsan nuevas temáticas y nuevos intentos de aproximación hacia viejos y también hacia nuevos problemas desde la antipsiquiatría hasta el muy heterogéneo arcoiris de los movimientos de los «verdes», pasando por el feminismo, los estudios sobre los fundamentos del racismo, la historia de las mentalidades o la recuperación y revival del «orientalismo» en sus múltiples expresiones, todos son elementos que pueden fácilmente inscribirse dentro de la estela dejada por la gran ruptura de 1968. 1968 se presenta entonces, a 25 años de distancia, como el inicio de una coyuntura excepcional, desplegada en el mundo entero y vivida como una coyuntura profundamente revolucionaria, en tanto que cargada de mutaciones y de cambios realmente radicales, que afectando a todas las dimensiones del tejido social, y a todo el conjunto global de las estructuras civilizatorias de las sociedades contemporáneas, ha tenido una primera conclusión, igualmente decisiva, con los procesos y acontecimientos simbolizados en el también emblemático año de 1989. De tal modo que estamos viviendo ahora, todavía, bajo la sombra que proyecta esta coyuntura de 1968/1989, la que con su muy singular herencia marca hasta el día de hoy las realidades que cotidianamente estamos presenciando.

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México, la sacudida civilizatoria ¡Cómo me acuerdo de ti, JOSÉ, en medio de todas estas REVUELTAS! Graffiti del movimiento estudiantil mexicano de 1987/1988 Si 1968 tuvo en París y en Praga, dos de sus epicentros principales y más representativos –el primero corresponde al mundo capitalista desarrollado, y el segundo inserto en el área de las economías del bloque europeo-oriental bajo la influencia soviética–, encontró en la ciudad de México el espacio de su tercer epicentro, éste, representativo de la revuelta y de la impugnación características de todo el conjunto de rupturas, que en diversos escenarios protagonizaron los países del llamado «tercer mundo». A tono con sus significados y secuelas asumidos y provocados en todo el mundo, también en México la ruptura del año de 1968 constituyó un verdadero parteaguas en nuestra historia. No sólo porque concluyó de hecho, con un prolongado ciclo que podemos llamar «posrevolucionario» de la historia de nuestro país, que había vivido alimentándose de las instituciones, herencias y transformaciones provocadas por la Revolución Mexicana desde 1921 y hasta justamente ese fin de los años sesenta; sino también porque reactualiza y hace impostergable el acceso forzoso –en nuestras peculiares condiciones, muchas veces brutal y salvaje– hacia la modernidad capitalista entonces imperante y vigente a nivel mundial. Así, más allá de la derrota política inmediata del movimiento de 1968 en México, y a un cuarto de siglo de distancia, resulta ahora fácil observar el modo radical en que esa misma fecha transformó el nivel de lo político en nuestro país, es decir, a ese nivel menos espectacular pero más profundo de los comportamientos políticos más cotidianos de las grandes masas de la población, de sus actitudes frente a los partidos y frente al Estado, y de su posición más global frente al mundo mismo de la vida política institucional. Porque en nuestra opinión, y a diferencia de las décadas anteriores a los años sesenta, la ruptura del 68 desencadenó en México un proceso de profunda politización, lenta pero progresiva y creciente de la vida social mexicana: desde los años setenta y en adelante, la política se convierte en asunto cotidiano de los mexicanos, que no sólo empiezan a interesarse por participar en diferentes movimientos sociales y políticos –recuérdese como estos años setenta y ochenta estarán marcados por el auge de los movimientos campesinos, por la efervescencia y la riqueza de las discusiones de las izquierdas, por el renacimiento de los movimientos obreros combativos y por la primera eclosión orgánica del movimiento urbano-popular–; sino que abandonan progresivamente su tradicional apatía política para intentar buscar los canales adecuados de expresión de esta nueva politización.

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Dejando de lado, cada vez más, ese consenso pasivo que caracterizó a un sector mayoritario de la población mexicana, durante la larga historia política transcurrida hasta la sexta década de este siglo, los mexicanos se incorporan, luego de los acontecimientos de 1968, de manera masiva a la vida social y política que llena los últimos 20 años de nuestra historia, tal y como lo demuestra de manera fehaciente la reciente votación de julio de 1988. Ella misma, en un cierto sentido, hija también de la ruptura vivida cuatro lustros atrás. Cerrando de esta manera, la coyuntura social y política iniciada con el fin de la Segunda Guerra Mundial, e inaugurando la nueva coyuntura que hemos vivido hasta 1989, el acontecimiento-ruptura de 1968 y sus secuelas constituyen la clave de lectura que permite comprender varios de los datos y de los procesos recientes de la historia social y política mexicana. Historia que hemos vivido durante los últimos 25 años. Pues si todos los partidos políticos, sin excepción alguna, entran en crisis profundas en este período, viéndose obligados a escindirse, renovarse, o transformarse de raíz, eso se explica justamente por las nuevas demandas y solicitaciones a que los somete la población mexicana, ahora inmersa en el mencionado proceso de una politización creciente. Así, el surgimiento del neopanismo o la escisión de la «corriente democrática» y luego la formación del PRD, pero también la crisis del viejo Partido Comunista Mexicano y sus sucesivas metamorfosis hasta su condición actual, o el florecimiento de los nuevos partidos «paraestatales», pueden todos ser leídos como distintos síntomas de esa clara politización en aumento de la sociedad mexicana. Politización progresiva que además se expresa no solamente en esta redefinición constante del espectro partidario, sino también en el ámbito de los movimientos sociales: es también en estos cinco últimos lustros que se colapsa definitivamente el sindicalismo oficial –hoy, cada vez más, una fachada que se sobrevive a sí misma, más que una realidad viva–, frente a la emergencia y consolidación del sindicalismo independiente, y luego de lo que popularmente ha sido llamado el «neocharrismo» sindical, a la vez que se suceden en la escena social mexicana, en una suerte de carrera de relevos, los movimientos de la tendencia democrática de los electricistas, las luchas campesinas –en prácticamente todo el país–, el sindicalismo universitario, el movimiento urbano-popular, el movimiento estudiantil o la movilización general pre y post-88. Al mismo tiempo que cambia la estructura social y la vida política de México, se modifica también completamente la esfera productiva de nuestro «capitalismo salvaje». No sólo porque se agota el movimiento ascendente de la economía mexicana, que entre el «milagro mexicano» y el «desarrollo estabilizador» da curso a la coyuntura expansiva mundial de la segunda posguerra (en el período de 1945-1973), sino también porque se consolida hacia estos años un verdadero sector nacional de procesos que por fin podemos caracterizar como de gran industria. Del tal modo que, luego de la primera irrupción de la crisis económica internacional, con todos sus devastadores efectos sobre la economía de nuestro país -crisis que en México se encubre y se posterga realmente a causa del «paréntesis petrolero» del segundo lustro de los años setenta-,

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avanza incontenible la reestructuración productiva de nuestra economía, que introduce las nuevas tecnologías y las nuevas formas de organización del trabajo, al mismo tiempo que reduce a la mitad el salario real y acrecienta el fenómeno del desempleo. Acompañado entonces a la retracción del viejo Estado populista, interventor y proteccionista, que ahora privatiza renglones que antes fueron constitutivos de sus propios mecanismos esenciales para preparar y hacer más expedito el camino de «integrar» a México en el nuevo «bloque económico de América del Norte» –otro nombre que designa ahora el nuevo mecanismo de hegemonía de la economía norteamericana sobre las economías canadiense y mexicana–, no sólo se modifican las relaciones sociales, económicas y políticas de nuestro país, sino también y de manera profunda, las estructuras mismas de nuestra vida cotidiana. Porque comparando una vez más la situación actual con la situación previa a 1968, no nos sorprenderá comprobar la mutación radical de las costumbres del pueblo mexicano en lo que toca a sus estructuras familiares, al rol de la mujer en la sociedad, a los modos y formas de educación de los hijos, igual que en las formas de utilización y consumo del tiempo libre, de las actitudes hacia el trabajo o hacia la vida, o incluso de las cosmovisiones actuales sostenidas por las «nuevas» generaciones. Expresando bajo estas modalidades el carácter más urbano, alfabetizado y «moderno» del que nos hablan los analistas de la sociedad mexicana reciente, esta recomposición sustancial del sistema, de las necesidades y de las formas de conciencia que se han desplegado en el último cuarto de siglo, testimonian también de los profundos efectos que en el plano civilizatorio ha tenido igualmente dentro de México, la gran ruptura de 1968.

Las lecciones de 1968 Yo formo parte de esa oposición que se llama vida... Honoré de Balzac Si 1968 abre una coyuntura excepcional de dos décadas, que estará marcada por cambios profundamente revolucionarios del tejido social y de la vida toda de las sociedades contemporáneas, esa coyuntura se cierra en cambio, luego de 1989, con los paradójicos y un poco confusos presagios que estamos viviendo actualmente. Porque hoy, pareciera que luego de 20 años de tantas y tan profundas transformaciones, las sociedades quisieran darse una especie de «pausa de reposo», dejando que todo vuelva a ser como antes y renegando hasta del nombre mismo de cualquier cambio posible. Y así, la ola posmoderna y desencantada que hoy se expande con cierta fuerza, y que descree de certidumbres anteriores y de utopías antes ampliamente movilizadoras, al mismo tiempo que constata derrotas y fracasos evidentes, olvida que ella misma no es más que el síntoma efímero de un mundo que,

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obligado a avanzar, pero cansado momentáneamente del último tramo recorrido, quisiera poder suspender por un instante su vertiginosa marcha. Pero igual que el «fin de la historia» no es más que una efímera ilusión, así también son efímeras las señas del neoconservadurismo, de la atomización y del reflujo que hoy parecen ser los signos de identidad de algunas corrientes sociales y de algunos movimientos intelectuales de ciertas partes o regiones del mundo. Frente a la confusión que hoy pretende imponerse como una virtud, y frente a la renuncia y la apatía que hoy se quiere presentar como la única salida, siempre es útil recordar que hace 25 años, en 1968, el fin del capitalismo y el advenimiento de una sociedad verdaderamente humana y libre, se aparecía como una cosa segura y parte de la historia inmediata que entonces estaba por venir. Pero más allá de esta historia inmediata, que se divierte siempre engañando a sus protagonistas al hacerlos creer que el «ahora vivido» encierra todo el espesor de los futuros posibles, más allá de ella, existe también una historia profunda, de más largo aliento, que nos permite descifrar con más y mejores elementos la verdadera trama de ese mismo devenir histórico. Y desde ese registro de la historia profunda, desde esa perspectiva de la larga duración en la que se inscriben los verdaderos acontecimientos históricos, 1968 aparece como una enorme ruptura, planetaria y civilizatoria, que ha transformado radicalmente, desde el traje hasta los personajes, y desde el escenario hasta el argumento profundo, del drama histórico en que se juegan los destinos del mundo actual. Pero al mismo tiempo, y también desde ese horizonte subterráneo en el que se escriben esas telehistorias de reiteraciones y recurrencias históricas, 1968 se presenta sólo como el último eslabón de una inmensa y más que milenaria cadena de grandes rupturas que, periódicamente, le recuerdan a la humanidad que lo único eterno es el cambio, y no la permanencia. 1968 esta ahí, y ahí permanecerá hasta la llegada de una nueva ruptura comparable, en México y en el mundo entero, para no permitirnos olvidarlo.

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