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Ernest Hemingway - Fiesta

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04/11/2013

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Por la mañana bajé por el Boulevard hacia la Rue Soufflot, para tomar
café y un brioche. Era una hermosa mañana. Los castaños de Indias de
los jardines del Luxembourg estaban en flor, y se sentía la agradable
impresión que proporcionan las primeras horas de un día caluroso. Con
el café, leí los periódicos, y luego fumé un cigarrillo. Las floristas iban
llegando del mercado y ponían en orden el surtido del día. Los
estudiantes pasaban, hacia arriba, en dirección a la Facultad de
Derecho, o hacia abajo, a la Sorbona. El Boulevard bullía de tranvías y
de gente que iba a trabajar. Subí a un autobús de la línea S y, de pie
en la plataforma trasera, bajé hasta la Madeleine. Desde allí recorrí
andando el Boulevard des Capucines hasta la Ópera, en dirección a mi
despacho. Pasé por delante del hombre de las ranas saltarinas y del de
los muñecos boxeadores. Me desvié para no tropezar con el hilo con el
que la chica que ayudaba a este último manipulaba los muñecos.
Estaba de pie, mirando a otro sitio, con el hilo entre las manos
enlazadas. El hombre instaba a dos turistas a que compraran, y tres
turistas más se habían parado a mirar. Continué andando detrás de un
hombre que empujaba un rodillo que imprimía sobre la acera el nombre
CINZANO, con húmedas letras. Por todas partes, gente que iba a
trabajar. Era una sensación agradable ir a trabajar. Atravesé la avenida
y me metí en mi oficina.
Al llegar arriba, después de leer los periódicos franceses de la mañana y
fumar, me senté ante la máquina de escribir y me quité de encima una
buena cantidad de trabajo. A las once, fui en taxi al Quai d'Orsay, entré
y me senté con una docena más de corresponsales, mientras que el
portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, un joven diplomático de
la Nouvelle Revue Française con gafas de montura de concha, hablaba y
respondía a las preguntas que se le hacían durante media hora. El
Presidente del Consejo estaba en Lyon, dando una conferencia; mejor
dicho, estaba en el viaje de regreso. Unos cuantos individuos hicieron
preguntas para escucharse a sí mismos, y unos agentes de servicios de
información preguntaron un par de cosas con la intención de conocer

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las respuestas. No había información. Para volver del Quai d'Orsay
tomé un taxi con Woolsey y Krum.
–¿Qué haces por las noches, Jake? –preguntó Krum–. No te veo nunca
por ahí.
–Es que estoy al otro lado, en el Quartier.
–Voy a ir cualquier noche. Al Dingo. Es el gran sitio, ¿no?
–Sí. O él o este nuevo antro, el Select.
–Siempre me propongo ir –dijo Krum–. Pero ya sabes lo que pasa
cuando se tiene mujer e hijos.
–¿Juegas al tenis? –preguntó Woolsey.
–No –respondió Krum–. No puedo decir que haya jugado nada este año.
He tratado de escaparme, pero los domingos ha llovido siempre, y las
pistas están condenadamente abarrotadas.
–Todos los ingleses tienen el sábado libre –dijo Woolsey.
–¡Afortunados mortales! –dijo Krum–. Bueno, te diré: algún día dejaré
de trabajar para una agencia, y tendré todo el tiempo que quiera para
salir al campo.
–Eso es lo que hay que hacer. Vivir en el campo y tener un cochecito.
–He estado pensando un poco en comprar un coche el año que viene.
Golpeé en el cristal y el chofer se paró.
–Ésta es mi calle –dije–. Venid a tomar un trago.
–Gracias, viejo –dijo Krum.
Woolsey sacudió la cabeza:
–Tengo que hilvanar el discurso que soltó aquel individuo esta mañana.
Puse una moneda de dos francos en la mano de Krum.
–Estás loco, Jake –dijo–. De esto me encargo yo.
–De todas formas es a cuenta de la oficina...
–¡Que no! Quiero encargarme yo.
Dije adiós con la mano. Krum sacó la cabeza:
–Te veré el miércoles, en el lunch.
–Claro que sí.
Subí a la oficina en el ascensor. Robert Cohn me estaba esperando.
–Hola, Jake –dijo–. ¿Sales a comer?
–Sí. Déjame ver si hay alguna novedad.
–¿Adonde vamos a comer?
–A cualquier parte –dije, mientras echaba una ojeada a mi mesa
escritorio–. ¿Dónde quieres comer tú?
–¿Qué te parece el Wetzel? Tienen buenos hors d'oeuvres.
En el restaurante encargamos hors d'oeuvres y cerveza. El sommelier
trajo la cerveza, fría, en altas jarras llenas de gotitas por el exterior.
Había doce platos distintos de hors d'oeuvres.

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–¿Te divertiste anoche?
–No, no mucho.
–¿Cómo va esa obra?
–Un desastre. No puedo lograr que este segundo libro marche.
–Eso le pasa a todo el mundo.
–Sí, ya lo sé. Pero, de todas formas, me pone de mal humor.
–¿Has seguido pensando en ir a Sudamérica?
–Estoy decidido.
–Entonces, ¿por qué no te pones en marcha?
–Frances.
–Bueno –dije–, llévala contigo.
–No le gustaría. No es el tipo de cosa que le agrada. Le gusta tener un
montón de gente a su alrededor.
–Dile que se vaya al cuerno.
–No puedo. He contraído ciertas obligaciones con respecto a ella.
Echó a un lado los pepinos cortados a rodajas y cogió un arenque en
escabeche.
–¿Qué sabes de lady Brett Ashley, Jake?
–Su título es lady Ashley. Brett es su propio nombre. Es una chica
simpática –dije–. Está tramitando el divorcio y va a casarse con Mike
Campbell. Él está ahora en Escocia. ¿Por qué?
–Es una mujer de un atractivo notable.
–¿Verdad que sí?
–Hay en ella cierta clase, cierta distinción. Parece poseer una elegancia
y rectitud absolutas.
–Es muy agradable.
–No sé cómo definir esta cualidad –dijo Cohn–. Creo que es buena
educación.
–Da la impresión de que te gusta mucho.
–Así es. No me extrañaría enamorarme de ella.
–Es una borrachina –dije–. Está enamorada de Mike Campbell y va a
casarse con él. Va a ser fabulosamente rico, algún día.
–No creo que ella llegue a casarse con él.
–¿Por qué no?
–No lo sé. Sencillamente, no lo creo. ¿Hace mucho tiempo que la
conoces?
–Sí –respondí–. Era una V. A. D. en un hospital en el que yo estuve
durante la guerra.
–Debía de ser casi una niña entonces.
–Ahora tiene treinta y cuatro años.
–¿Cuándo se casó con Ashley?

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–Durante la guerra. Su único amor acababa de estirar la pata a causa
de una disentería.
–Hablas de una manera mordaz.
–Lo siento. No era mi intención. Sólo estaba tratando de contarte los
hechos.
–No creo que se casara con alguien a quien no quisiera.
–Pues lo ha hecho dos veces –repuse yo.
–No lo creo.
–Está bien; no me hagas preguntas estúpidas, si no te gustan las
respuestas –dije.
–No te pregunté eso.
–Me preguntaste qué sabía yo sobre Brett Ashley.
–No te pedí que la insultaras.
–¡Vete al infierno!
Se levantó de la mesa con la cara pálida y permaneció así, pálido e
irritado, detrás de los platitos de hors d'oeuvres.
–Siéntate –dije–. No seas idiota.
–Has de retirar lo que has dicho.
–¡Oh! ¡Acaba de una vez con estas ridiculeces de colegial!
–Retíralo.
–Sí, hombre, todo lo que quieras. Nunca oí hablar de Brett Ashley.
¿Qué te parece así?
–No, no se trata de eso. Es sobre lo de que yo me fuera al infierno.
–¡Ah, sí! Pues no te vayas al infierno –dije–. Cuídate. No hemos hecho
más que empezar a comer...
Cohn volvió de nuevo a sonreír y se sentó. Pareció alegrarse de
sentarse. ¿Qué diablos hubiera hecho en el caso de no sentarse?
–¡Dices cosas tan horriblemente insultantes, Jake!
–Lo siento. Tengo una lengua indecente. Cuando digo cosas ofensivas
no las pienso nunca de veras.
–Ya lo sé –respondió Cohn–. En realidad, seguramente eres el mejor
amigo que tengo, Jake.
«Que Dios te asista», pensé; y añadí en voz alta:
–Olvida lo que he dicho. Lo siento.
–Está bien. Todo está olvidado. Sólo he estado enfadado durante un
minuto.
–Bueno. Comamos algo más.
Después del almuerzo subimos andando hacia el Café de la Paix y
tomamos café. Me daba cuenta de que Cohn quería sacar de nuevo a
colación a Brett, pero le mantuve apartado del tema. Hablamos de
otras cosas y le dejé para irme a la oficina.

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