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a Almadraba
del oro

L

por
José Antonio Mayo Abargues

L

a almadraba del Loro estaba situada a dos
millas a Levante de la torre del Loro. La actividad
de esta pesca artesanal para capturar el atún rojo,
el “Pata Negra” del mar, comenzaba en el mes de
marzo y se prolongaba hasta agosto.

desde el Atlántico, y la otra es de revés o de retorno
del Mediterráneo. El atún de derecho es un atún
muy apreciado gastronómicamente, es vigoroso, de
carne apretada y muy sabrosa; sin embargo, el de
revés, es de carne magra y seca, ya que retorna muy
debilitado por la puesta.

El arte de la almadraba es un laberinto de
mallas, mediante las que se acorrala y encierra a los
atunes. Su estructura, formada por cables de acero,
está anclada al fondo, y la red se mantiene a flote
con boyas. Hay varios tipos de almadrabas, pero todas funcionan bajo el mismo principio: interceptar
el camino de los atunes y atraparlos en la “cámara
de la muerte”, al final de ese laberinto. La del Loro
era de las denominadas de Buche, y se calaba de
revés o de retorno.

La almadraba del Loro, como todas las almadrabas suratlánticas, pertenecía al Consorcio
Nacional Almadrabero (1928-1971), una empresa
estatal creada bajo la dictadura de Primo de Rivera,
con sede en Tarifa y posteriormente en Isla Cristina.
La instauración del CNA generó una serie de protestas políticas y mediáticas por la concesión de este
monopolio a un grupo reducido de industriales del
atún de las costas de Huelva y Cádiz.

Hay dos maneras de calar la almadraba para
capturar a los atunes, una es de derecho o venida

En la primera mitad del siglo XX, los pescadores llegaban al Loro dos meses antes de la tempo-

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Momento de la “levantá” en la almadraba del Loro. Foto: Luis Claus

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rada para calar la almadraba, un trabajo muy laborioso, ya que había que armar un tinglado de redes
y cables y fijarlo al fondo con numerosas anclas, de
entre 300 y 600 kilos de peso. Los primeros en llegar eran los capitanes, y lo primero que hacían era ir
a ver a un pescador lepero que vivía en el poblado
del Loro, llamado Joaquín el de La Barca, para que
les indicara el estado de la zona; los cambios que
las mareas habían provocado en la morfología del
fondo marino. Nadie mejor que él conocía la costa y
sus continuos cambios.
Las almadrabas tenían que estar señalizadas obligatoriamente de un punto perfectamente
visible en tierra. Eran unas torres cilíndricas, huecas, construidas con ladrillos, de mayor a menor y
terminando en forma de chimenea, que servían de
atalaya para marcar la situación de la almadraba, así
como punto de referencia para calar las anclas. Para
ello se encendía una hoguera en su interior con ramas húmedas para provocar mucho humo y ser vista
desde alta mar para proceder al calado. En los acantilados de El Asperillo, entre la Cuesta Maneli y el
cuartel de Mata del Difunto hay una torre de marcación que, a pesar del paso del tiempo, se encuentra bien conservada.
La pesquería de la almadraba no dejaba ni
un céntimo en esta localidad, pues los pescadores
eran de Almería, Lepe e Isla Cristina. La almadraba
del Loro tenía varios encargados que controlaban
cada uno a la gente de sus pueblos. Para entrar a
trabajar allí había que llevar una buena carta de recomendación. Allí no entraba a trabajar cualquiera.
Además, los atunes que se capturaban no se comercializaban en Mazagón, sino en Huelva, y eran transportados hasta allí por el vapor Martínez Campos y
cuatro barcos más de motor: el César, el Pérez Lila,
el Consorcio y el San Fernando. El único que obtenía
algún beneficio económico era el pescador lepero,
Joaquín el de La Barca. El Consorcio tenía contratado
a Joaquín para recoger con sus barcos los flotadores
de corcho que se soltaban con los temporales de la
almadraba. Éstos eran retirados del mar y llevados
a tierra para almacenarlos, apilándolos al sol en distintos lugares; los buenos, los que se podían volver a
utilizar eran devueltos a la almadraba, cobrando un
real por pieza, y los que estaban rotos se cargaban
en un camión con destino a una fábrica de Algeciras
para su posterior reciclado y transformación.
Para más inri, el poblado donde estaban instalados los pescadores de la almadraba del Loro, estaba situado muy lejos de la zona, concretamente en
un lugar conocido como La Cascajera, en la Isla Saltés,
por lo que los pescadores no compraban ni el tabaco
en Mazagón. Se trasladaban todos los días hasta la almadraba por mar en los barcos del Consorcio.

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Marcación de la almadraba en El Asperillo.
Foto: J. A. Mayo

Allí estaban centralizadas tres almadrabas
que se encontraban relativamente cerca una de otra:
la almadraba del Loro, la almadraba de La Cinta, calada frente a la laguna de Las Madres, y la almadraba
de Las Torres, calada en la isla de Banco del Manto,
frente a la isla Saltés.
En la Cascajera estaba ubicado el real de las
tres almadrabas; un poblado que albergaba a todos
los trabajadores relacionados con esta industria, y
que contaba con una gran infraestructura para el
sostenimiento de la misma: naves dedicadas a almacén, calderas para alquitranar las redes y las amarras, una instalación para el combustible y un muelle
de atraque, así como un cuartel de Carabineros que
controlaban el tráfico de mercancías del real de la
almadraba.

Plano de La Cascajera. Instituto Oceanográfico. Archivo
de la Biblioteca Nacional.

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Vecinos de Mazagón al regreso de ver una “levantá”. Foto: Familia de Joaquín Suárez.

La “levantá”
Presenciar una “levantá” de la almadraba era un espectáculo maravilloso que nadie se quería perder, siendo motivo de una gran expectación
entre los vecinos de los diferentes asentamientos que había en Mazagón, y
todos los años se daban cita en el poblado del Loro para asistir a una “levantá”. Desde allí se lanzaba un cohete para avisar a un barco de la almadraba
para que fuera a recogerlos junto a la torre del Loro.
La “levantá” es la operación de levantar los atunes que han sido
atrapados en el copo o “cámara de la muerte” para ser izados a las embarcaciones. Cuando el capitán de la almadraba consideraba que la concentración de atunes en el copo era buena, ordenaba la “levantá”, y las
embarcaciones se abarloaban sobre los corchos del copo y comenzaban a
elevar la red del fondo para llevar los atunes hacia la superficie. Los pescadores van jalando de la red hasta que los atunes se quedan prácticamente
sin agua, momento en el que son enganchados por la cabeza con garfios o
bicheros para subirlos a las embarcaciones. El agua se agita como si estuviera hirviendo por su aleteo, y el cerco de la almadraba se tiñe de rojo por la
sangre que brota de sus cabezas. Si el capitán lanzaba su sombrero al copo,
significaba que la captura había sido excelente y que todos los pescadores
tendrían una buena gratificación, por lo que se apresuraban en subir rápidamente los atunes a bordo.

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