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J J Millás 2006

J J Millás 2006

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Y él sin enterarse Levante 02.01.2006 Llamábamos a Alfredo di Stéfano Alfredo Diestéfano.

Debemos al jugador el descubrimiento de que algunas palabras se decían de un modo y se escribían de otro. El mundo, en fin, comenzaba a mostrar alguna complejidad. Fue también la época de los efectos ópticos. Había muchos juegos dirigidos a demostrar que el ojo engaña, puesto que entre lo que uno ve y lo que ocurre en la realidad hay con frecuencia una distancia insoportable. Recuerdo una moneda en una de cuyas caras había un pájaro y en la otra una jaula. Haciéndola girar, el pájaro se metía dentro de la jaula. Un día descubrimos al padre de un amigo saliendo de un prostíbulo. Era un tipo excelente, muy bien considerado por los vecinos, pero llevaba una doble vida. Debió ser por entonces cuando descubrimos la expresión doble vida. Doble moral llegó más tarde, en la universidad. Significaba hacer lo contrario de aquello en lo que creías o decías creer. A mí no me gustaba el fútbol, pero me volvían loco las palabras. Cuando vi en un cromo que Alfredo Diestéfano se escribía Alfredo di Estéfano comprendí que también las palabras tenían una vida doble, a veces triple. Luego resultó que Richard Taylor se decía Teilor y que significaba sastre. Qué curioso que alguien tan famoso tuviera un apellido tan modesto. En mi barrio había un sastre cojo, un teilor cojo, si ustedes lo prefieren, que no tenía ningún glamour. La vida secreta de las palabras, en fin, que además de escribirse de un modo distinto al que se pronunciaban, tenían más prestigio en un idioma que en otro. Siempre miré a Di Estéfano, que era un ídolo hasta para aquellos a los que no nos gustaba el fútbol, como un sujeto con dos vidas. Habría dado cualquier cosa por conocer la otra, pero no la encontré ni en la colección de cromos ni en aquella película sobre su existencia titulada La saeta rubia. Ahora, que aparece todos los días en el periódico por sus problemas cardíacos, me acuerdo de aquella época y del hallazgo de que las cosas no son como se pronuncian como uno de mis primeros deslumbramientos literarios. Y él sin enterarse. Que vaya todo bien, viejo.

Escala de valores Levante 03.01.2006 Estoy en una oficina cualquiera, guardando cola frente a una ventanilla para llevar a cabo una gestión. Para entretenerme, observo a las personas, tomo noto de sus reacciones, anoto mentalmente sus palabras. Dos mujeres hablan a mis espaldas. Una de ellas dice de súbito en un tono perfectamente inteligible: -Pero es que ésa es tu escala de valores. Hacía años que no escuchaba tal expresión, «escala de valores». En mi juventud se usaba mucho. Implicaba que había valores y que estaban jerarquizados. Podías enumerar diez de esos valores, ordenados del primero al último. Nos gustan los decálogos. Hoy, la expresión «escala de valores» está desgastada por el uso. No significa nada. Sólo una persona muy ingenua se atrevería a utilizarla. Disimuladamente, vuelvo la cabeza para localizar a la dueña de la voz. Es una chica como de 20 años. Habla con una mujer de cuarenta y tantos que quizá sea su madre. Dos escalas de valores enfrentadas en el interior de una oficina del Estado, adonde hemos ido para realizar una gestión burocrática. Al volver la cabeza a su posición original, me llama la atención el lema de un cartel de Unicef colgado de la pared. Dice así: «Envía una tarjeta, salva una vida. De venta aquí.» Intuyo que se trata de tarjetas postales navideñas, los beneficios de cuya venta se dedican a la infancia. Probablemente sea verdad que por el precio de una de esas tarjetas se pueda salvar una vida. Sin embargo, la noticia no nos ha movilizado a ninguno de los que hacemos cola. Ello no quiere decir que, si tuviéramos la oportunidad de salvar una vida en ese instante, no lo hiciéramos, incluso corriendo cierto riesgo. Pero necesitamos, quizá, que sea una vida concreta, con rostro. Eso es lo que pienso. De otro modo, seríamos unos monstruos de no comprar cien o doscientas tarjetas cada uno. Pero nadie las compra. Hay una perversidad, bien en el mensaje, bien en la forma en la que lo recibimos. Finalmente, me llega el turno. El funcionario me informa de que me faltan unos requisitos, así que tendré que volver mañana. Salgo a la calle, hace una hermosa mañana de frío y sol. Durante el resto del día, la expresión «escala de valores» se repite en mi cabeza, como un estribillo.

El chivo expiatorio Levante 06.01.2006 Una organización mafiosa, un jefe de personal, un director de recursos humanos, una empresa de demoscopia, no sé, alguien ha calculado que las pausas por dejar de fumar costarán a cada empresa 14 jornadas por empleado y año. Un periódico de tirada nacional lo llevó el otro día como titular principal a su portada. Catorce jornadas son muchas jornadas. Medio mes. Esas criaturas repugnantes, los fumadores, tendrán medio mes más de vacaciones que el resto del personal. ¿Es o no es para enfadarse? ¿Es o no es para tomar medidas? Venga usted fumado de su casa, por favor, que el trabajo es sagrado y aquí le pagamos por producir, no por echar humo. Dejé de fumar hace años. No se me ocurriría hacer apología del tabaco, no es bueno para la salud ni para la creatividad ni para los nervios, esa es la verdad. Una vez que logras desengancharte, los beneficios se perciben enseguida: Se afila el olfato, mejora la sinapsis, subes las escaleras sin agobios. Pero llevamos cinco siglos mamando humo y no lo vamos a dejar en cuatro días. Démonos un poco de tiempo. Y no hagamos, por favor, cálculos miserables sobre el tiempo que el fumador detrae de la jornada laboral. Sé de mucha gente que va a la oficina con catarro, incluso con fiebre (yo mismo lo he hecho en más de una ocasión), pero todavía no he visto ninguna encuesta en la que se calculen los beneficios que obtienen las empresas de estos empleados que cumplen cuando podrían estar de baja. Tampoco he visto ningún cómputo acerca de las plusvalías que obtiene el capital de la gente con empleos precarios, con contratos basura, con empleos a tiempo parcial. No seamos mezquinos, pues. Pero, sobre todo, no establezcamos falsas ecuaciones. Fumar no equivale a rendir menos. Hay personas muy virtuosas que no dan un palo al agua. Una cosa es la ley antitabaco y otra la búsqueda de chivos expiatorios. El fumador es un ser tan inocente como usted o como yo. No tiene la culpa del la subida del IPC ni del aumento de la inflación ni de la caída del consumo. Si su empresa de usted va mal, no eche las culpas a quien no debe. Y buenos beneficios.

Endocrinos El País 06.01.2006 Así que Putin cierra un grifo en Rusia y provoca un ictus en Ucrania. El mundo está hecho a imagen y semejanza del cuerpo, donde las relaciones diplomáticas entre las vísceras son con frecuencia mejorables. El caso es que estamos friendo un huevo y nos quedamos sin gas. ¿Qué hacer? Llamar a la compañía. ¿Qué nos dicen? Que hay un conflicto entre Moscú y Kiev. A lo mejor no sabemos dónde está Kiev, ni Moscú, pero tampoco sabemos de dónde viene la tiroxina, que es una hormona que regula el crecimiento. La ignorancia de la anatomía no te pone a salvo de las enfermedades. Si la hipófisis cierra el grifo, estás listo. Las razones del PP para que no prospere la OPA de Gas Natural contra Endesa parecen de orden glandular más que económico, pero es un decir porque uno no tiene ni idea de economía, ni de glándulas. El metabolismo ha alcanzado tal punto de complejidad que muchos estómagos digieren pitanzas que no han pasado por sus bocas. ¿Y por qué tienen que descomponer mis jugos biliares un caviar del que no han disfrutado mis papilas? Porque los conductos están mal colocados, qué le vamos a hacer. Los intestinos no saben ya para quién trabajan ni el cerebro para quién piensa. Los médicos dicen "mi paciente ha hecho un infarto" o "una úlcera de estómago" como si las úlceras y los infartos pertenecieran al ámbito de la voluntad. Y quizá sea así, aunque no de la voluntad consciente, porque hay más de una, incluso más de dos. Este divorcio se expresa con el dicho popular de que el corazón tiene razones que la razón desconoce. Es evidente que por el alma de Yúshenko no pasan las mismas cosas que por el encéfalo de Putin, pero los argumentos de uno y las pasiones del otro pueden, llegado el caso, impedir que usted fría un huevo en Guadalajara. Algunos médicos aseguran que cuando nos duele la cabeza debemos hacernos ver el hígado. ¿Qué relación hay entre la cabeza y el hígado? Pues la misma que entre Guadalajara y Moscú. Quiere decirse que los analistas políticos deberían estudiar endocrinología, porque proporciona una visión global del funcionamiento del cuerpo. Además, a los endocrinos da gusto oírles.

¡Coño! El País 13.01.2006 El general Mena se ha pronunciado en Sevilla al mismo tiempo que la gripe aviar en Turquía: aquí mismo como el que dice. Insistir en que son casos aislados, cuando sus portavoces mediáticos aseguran lo contrario, es esconder la cabeza debajo del ala. Hay malestar en los cuarteles y en los reservorios virales. Eso no quiere decir que la pandemia esté a la vuelta de la esquina, ni lo contrario: las mutaciones genéticas son imprevisibles. Uno no es partidario de los virus, pero tampoco de provocarlos. Ante la posibilidad de un golpe de Estado no nos crucemos de brazos, por favor. Quizá no haya modo de solucionar el problema, pero sí de retrasarlo, o de aliviar el síntoma: rindámonos, en suma. Fuera estatutos, fuera tribunales constitucionales, y leyes de educación y partidos políticos y matrimonios homosexuales y política exterior. No creemos un caldo de cultivo favorable a la plaga para arrepentirnos después. Lleva razón Rajoy: algo ha tenido que pasar para llegar a este estado de cosas. Si no hubiera ganado las elecciones la izquierda, por ejemplo, viviríamos tan tranquilos, con los generales en Irak, haciendo la guerra, que es lo suyo, y los obispos en la sacristía, que es lo suyo también. Pero nos empeñamos en votarlos, porque no tenemos arreglo. Y no era suficiente con que volvieran al poder tan sólo a las dos legislaturas de haberlo perdido, no, además tenían que gobernar y tocar las narices, en definitiva, a la gripe española (la más mortífera de todas) con esas mariconadas de la justicia histórica y de la apertura de las fosas de la Guerra Civil. Lo milagroso es que el virus no haya mutado ya con el ruido de sables que hay en los cuarteles y las condiciones higiénicas de los humedales. Ríndanse, señores del PSOE. ¿Qué les cuesta entregarse al virulento Martínez Pujalte? Uno no es golpista, y condena la gripe venga de donde venga, lo que no le impide preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí: quizá en la respuesta esté también la solución: hemos llegado hasta aquí porque el golpe de Estado homeopático de Tejero nos había hecho creer invulnerables al mal español. Pero ya van a las manifestaciones, juntos, los militares y los curas, y ya tienen su brazo PPolítico, que es alargado. ¡Se sienten, coño!

Qué confuso es todo Levante 13.01.2006 Al parecer, el homicida de Correos culpaba a sus compañeros de impedirle librar los días de caza. «Las cacerías eran su obsesión», han dicho sus vecinos a quien quisiera oírlo. Ahora, cuando no tiene remedio, como siempre, nos preguntamos qué controles pasan los vigilantes de seguridad para obtener esa calificación profesional. Mucho nos tememos que ninguna. Los hemos visto allá donde vamos, y los hay gordos y delgados, incluso famélicos, realizando tareas administrativas detrás de los mostradores que hay en los vestíbulos de las empresas. La mayoría, con toda franqueza, no tienen cara ni músculos de seguratas. Dirán ustedes que tampoco Francisco Hernando tiene cara de presidente del Tribunal Supremo, ni se comporta como tal. Pero es que para llegar a ese puesto hay que haber hecho decenas de oposiciones que le dejan a uno el encéfalo como un tarugo. Lo de confundir los idiomas con los bailes regionales es una tontería para lo que podía haber ocurrido. Los vigilantes de seguridad lo tienen más sencillo. Tan sencillo, que los dos agentes muertos ni siquiera disponían de la autorización que expide el Ministerio del Interior, que es como si va usted a la consulta y le atiende un señor disfrazado de médico, pero que no ha pasado por la facultad. Se da la circunstancia de que el único que disponía la titulación de Interior era el homicida. O sea, que había superado las pruebas, incluso las psicotécnicas. ¿No detectó nadie esa tendencia a la manía persecutoria? ¿No hay modo de olfatear un delirio paranoico? ¿Se puede obtener la licencia de armas, y el título de vigilante de seguridad, sin pasar por serios controles físicos y psíquicos? Todo son preguntas. Lo cierto es que la noticia de que las dos víctimas mortales carecían de la autorización para ejercer el oficio ha pasado sin pena ni gloria, en letra pequeña, como si se tratara de un asunto menor, de carácter administrativo. Pero esa gente se estaba jugando la vida, en un puesto de mucha responsabilidad, sin preparación ninguna para hacer frente a una emergencia. Claro que a nadie se le iba a ocurrir que el que la provocara fuera precisamente un titulado. Qué confuso es todo.

Héroes Levante 17.01.2006 Qué imagen imborrable, la de Carlos Sainz en el París-Dakar, gritando indignado a unos nativos perezosos: «Push, push, push», mientras su copiloto, con más experiencia que él y sabedor de la presencia de las cámaras, intentaba calmarlo. Se había atascado en una duna y exigía a los negros que le ayudaran a salir del trance con maneras increíblemente coloniales. Habríamos dado cualquier cosa por ver cómo pedía ayuda a los transeúntes si el coche le hubiera dejado tirado en una avenida de París. Y no es una crítica a Carlos Sainz. Él éramos nosotros. ¿Qué hacen ahí, quietos, esos negros indolentes, cuando se les ha concedido el privilegio de empujar un deportivo europeo? Decidí este año, sobrecogido por la aureola de aventura que le precede, seguir el París-Dakar. Al final, empezaron a atraerme más los detalles periféricos que la carrera. A su paso por Mauritania, un grupo de nativos contemplaba el espectáculo desde un árbol, sorprendidos quizá de que esos blancos locos hubieran logrado convertir algo tan cotidiano para ellos como la muerte en un asunto heroico. En África no necesitas jugarte la vida para perderla; la muerte forma parte del menú de cada día. De hecho, los participantes atropellaron a un par de niños, pero no hemos logrado averiguar sus nombres ni la cantidad que han pagado por ellos las aseguradoras. Son datos que no forman parte del quién, cómo, cuándo y dónde del periodismo clásico. Nos hemos quedado sin saber a cuánto sale el kilo de niño negro. En un programa de TV-1 sobre la carrera, algunos de sus responsables y participantes aseguraban estar muy preocupados por la cultura y el medio ambiente de los lugares por los que pasaban a cien por hora. Lo decían completamente en serio. La organización del París-Dakar mueve aviones de vigilancia, camiones de abastecimiento, hospitales ambulantes, funerarias. Es una locura, pero no mucho más grande, la verdad, que el resto de nuestras actividades. Acabo de enterarme de que a Sharon le ponen a Mozart para ayudarle a despertar. Conociendo la biografía de Sharon, y la de Mozart, resulta extraordinario. Lo que hace falta es que sea para bien.

El arroz El País 20.01.2006 El buen acosador sabe que los insultos tienen un límite. Si no se pasa a las manos en el momento justo, el matón pierde prestigio, autoridad, reputación, influencia. Tal comienza a ser el caso del PP. Por Dios, han llamado a Zapatero cobarde, bobo, terrorista, traidor, loco, esbirro de ETA, triturador de la Constitución, golpista... ¿A qué esperan para pegarle? No pedimos que le rompan las piernas, pero tampoco le vendría mal una tanda de empujones. En el Congreso hay un patio parecido al de los colegios (el colegio, por lo que vemos, continúa siendo una excelente representación de la vida) donde podrían esperarle Acebes, Zaplana y Rajoy un día cualquiera. En principio, se trataría de darle un susto, de pasárselo de mano en mano mientras le mientan a la madre y Martínez Pujalte suelta dos o tres siniestras carcajadas desde la ventana de la clase. Nada de dejarle señales, sólo la humillación de que se vea zarandeado y comprenda quién manda. El PP prepara estos días un homenaje a Fraga, que ha pedido perdón por los errores que pudiera haber cometido durante la democracia, pero no por las barbaridades que perpetró, como sicario de Franco, bajo la dictadura. Lo bueno de las dictaduras es que uno sólo es responsable de sus actos ante Dios y ante la historia. Se puede matar y torturar y encarcelar sin problemas de ningún tipo. Cada sistema tiene sus pros y sus contras, pero la gente lista los atraviesa todos sin romperse ni mancharse. Es el caso de Fraga, que habiendo salido de la nada en un coche oficial, logró alcanzar la más profunda de las miserias morales sin bajarse de él. Pero es que Fraga supo combinar los insultos con los golpes. Cuando se tenía que quitar la chaqueta para amedrentar a un contrincante, se la quitaba y le invitaba a salir a la calle. Y si eran más de uno llamaba a los antidisturbios. Lo que no se puede, una vez que uno ha decidido ir por la vida de matón, es quedarse sólo en el registro del insulto, o en el de la porra. Conviene alternarlos, modularlos, armonizarlos. De acuerdo, Zapatero es un cagón, un idiota, un terrorista, un loco, un compañero de viaje de Bin Laden... Pues habrá que hacer algo, y ya, que a Rajoy se le está pasando el arroz.

Trastornos alimenticios Levante 24.01.2006 La interpretación general acerca de esa serpiente del zoo de Tokio que no se ha comido su ración de hámster es que se ha enamorado del ratón. Nos gustan las historias de Navidad incluso en enero, cuando deberíamos poner toda la atención en las rebajas. Lo cierto es que el zoo se ha encontrado, sin comerlo ni beberlo, con una campaña de publicidad fabulosa. No habrá padre que se resista a pagar la entrada para mostrar a los niños el extraño y moralizante caso de la serpiente que perdonó la vida al roedor y se hizo amiga de él. Lo que no hemos conseguido averiguar es la moraleja de toda esta historia, pues ya hay miles de niños que perdonarían la vida al pollo asado de los domingos a cambio de que le permitieran tenerlo en su habitación, para jugar con él. Seguramente, el pollo hubiera preferido ser asado a tiempo (no olvidemos lo crueles que son los niños y las serpientes). Quizá el inocente ratón (lo de inocente es otra interpretación ingenua) hubiera preferido que se lo tragaran el primer día a soportar este sufrimiento diario. Si quieren que les diga la verdad, estoy convencido de que los responsables del zoo han untado al ratón con alguna sustancia repelente para el olfato del reptil. De este modo, podían montar la historia de la amistad entre un bicho de sangre fría y otro de sangre caliente que Walt Disney no tardará en llevar al cine. En las cárceles (y el zoo lo es) ocurren, de todos modos, las historias más raras que quepa imaginar. Recuerdo una película en blanco y negro -El hombre de Alcatraz- en la que un asesino salvaba la vida a un gorrión que descubría congelado en el patio. Con el tiempo, el preso se convertía en un ornitólogo mundialmente famoso. La historia estaba basada en un caso real, como la de Aochan y Guhan, que así se llaman, respectivamente, la serpiente y el ratón. Pero si a usted le dan repelús los ofidios, podemos ofrecerle la historia de una ballena despistada que apareció en el Támesis y a la que un grupo de voluntarios intentaron devolver el sentido de la orientación, en lugar de comérsela. Guardamos unas relaciones rarísimas con la comida, incluso cuando nos la comemos, que es lo suyo. Lo que hace falta es que sea para bien.

Hojear El País 27.01.2006 "Un médico noruego lleva cinco años publicando datos absurdos", rezaba el otro día un titular de este periódico. Fíjense que no decía datos falsos o poco contrastados, sino absurdos, o sea, disparatados, sin sentido. El último era una afirmación según la cual la utilización habitual de antiinflamatorios reducía el riesgo de padecer cáncer de boca. A nadie se le ocurriría, me asegura un médico amigo, recetar una dosis diaria de antiinflamatorios a un fumador para reducir ese riesgo. Frente a esta clase de noticias, cabe pensar dos cosas: o bien que la frontera entre lo absurdo y lo razonable es ya invisible, o bien que nadie leía los trabajos de este señor. Me inclino por las dos explicaciones: no hay frontera y nadie lee. De hecho, el médico noruego, de nombre Jon Subdo, fue descubierto porque un día de las pasadas navidades, la directora del Instituto Noruego de Salud Pública estaba hojeando perezosamente un número atrasado de la revista donde apareció el artículo absurdo y vio que citaba una base de datos controlada por ella y a la que el noruego no podía haber tenido acceso. Cayó, en fin, por utilizar herramientas ajenas, no por decir tonterías. Si se hubiera inventado la fuente, tampoco habría pasado nada, primero porque no hay nada más probable que lo absurdo y, segundo, porque no vivimos en una sociedad de lectores, sino de hojeadores. Me piden a veces que hojee libros o revistas y que informe sobre ellos. Cuando digo que para informar necesito leer todo el texto, me miran con piedad, como a un tonto. Nadie lee un libro entero en la actualidad. No hay tiempo, es para ayer, por Dios, ábrelo por tres o cuatro sitios para hacerte una idea. El problema es que los libros siempre se abren por donde no deben, para engañarte. Por eso tienen tanto éxito los antiinflamatorios. Nunca se habían consumido en las cantidades actuales, pese a sus efectos secundarios. Pero es que los efectos secundarios vienen en letra pequeña, como las noticias verdaderamente importantes de los periódicos. La de Jon Subdo, sin embargo, incluía una foto a dos columnas en la que aparecía sonriente, como un autor de teatro en pleno éxito. Era una foto absurda, desde luego, de ahí que pareciera razonable.

La diferencia Levante 27.01.2006 Lo mejor del arte es su capacidad para hablar de una cosa cuando finge hablar de otra (o quizá al mismo tiempo que habla de otra). Eso explica que algunos libros en apariencia dirigidos a minorías se conviertan en superventas, o que algunas películas pensadas para circuitos reducidos invadan las salas comerciales. No es previsible que los productores de Brokeback Mountain pensaran que podían ganar cuatro Globos de Oro con una historia de vaqueros gays en una sociedad puritana e intolerante, donde se puede aplicar la inyección letal a un reo sordo, ciego y paralítico sin que ocurra una conmoción social. En la propia película, uno de los personajes recuerda con espanto el día en que su padre le llevó a ver, de niño, para que aprendiera, cómo había acabado sus días un vecino sospechoso de comportamiento homosexual. Y había terminado mal, muy mal, pues la gente virtuosa del pueblo (quizá su propio padre) se habían ensañado con él, antes de asesinarlo y arrojarlo a las alimañas del desierto. A priori, en fin, el guión de Brokeback Mountain no tenía muchas posibilidades de salir adelante ni de triunfar como lo que está haciendo. Pero es que no es una historia de vaqueros gays, o no es sólo eso. Cualquier persona un poco más evolucionada que Swarzenegger puede haber sentido la soledad de esos dos vaqueros, pues lo que la película muestra es el odio de los biempensantes a la diferencia. Narra una historia, sí, pero a través de esa anécdota cuenta las relaciones del que se siente distinto frente al poder establecido, a la costumbre, a las normas sociales. Curiosamente, las escenas más desgarradoras de esos dos hombres condenados a ocultar su amor, son aquellas con las que más fácilmente se puede identificar (y se identifica sin duda) el espectador heterosexual. Ésa es su virtud. Ése es su secreto: su capacidad de representación. Venderla o hablar de ella como una historia de homosexuales es (aunque también lo sea) reducirla, hacerla más pequeña, condenarla a ser una mera historia de costumbres. Cuando una película tiene la capacidad de trascender su peripecia argumental, como es el caso, el público la consagra como está consagrando la de Ang Lee.

Un respeto Levante 29.01.2006 De tanto oír hablar de la mosca Drosophila, ha empezado a parecerme un nombre familiar. Drosophila tiene la sonoridad del nombre de esa cuñada que vive en el piso de arriba y a la que pides de vez en cuando un huevo (frito). -Oye, Drosophila, que me he quedado con la nevera vacía. ¿Podrías invitarme a cenar? Drosophila es la típica cuñada a la que le puedes dejar el niño mientras vas al híper. En Navidad, se ocupa de asar el cordero y de conseguir los langostinos más baratos porque tiene un amigo que trabaja en el mercado de abastos. Drosophila es una institución familiar de la que ninguna sociedad puede prescindir. Es limpia, dispuesta, biempensante y siempre está de buen humor. Cuando tu hermano, que es un cerdo, abandona a Drosophila, ella continúa manteniendo la amistad contigo y llevándote los niños al colegio. Todas esas virtudes se concentran en su nombre. Si la mosca Drosophila se hubiera llamado musca cacae o diptera vomitoria, jamás la habríamos confundido con un ser humano. Hay que llevar mucho cuidado con los nombres que se ponen a las cosas, porque luego pasa lo que pasa. Y lo que pasa es que acabamos de leer una información según la cual una científica española ha encontrado el nexo entre las causas del cáncer. Nos parece muy bien, sobre todo porque la científica en cuestión es una chica joven que trabaja en unas condiciones que convierten su hallazgo en un acto heroico. Se llama María Domínguez y dirige un pequeño laboratorio en el Instituto de Neurociencias de Alicante. Hasta aquí todo bien, nuestra enhorabuena. Pero si te adentras en la información, se te ponen los pelos de punta cuando ves las cosas que hacen en ese laboratorio con la Drosophila, desde provocarle tumores dolorosísimos a estimular la aparición de una metástasis. No nos importaría si la mosca sobre la que se investiga tan cruelmente fuera la cojonera, especializada en tocar las pelotas, como todos sabemos. Pero la Drosophila, la Drosophila? Por Dios, si el mismo nombre lo dice. Pronuncias Drosophila y estás viendo a tu cuñada volver cargada del mercado. Un respeto con la familia, ¿no?

Arrepentíos Levante 31.01.2006 Por fin hemos pescado a Zapatero en un renuncio importante, y gracias a uno de sus socios: durante la negociación del Estatuto con Artur Mas, y según este último, se pasaron las horas fumando dentro del despacho. Ahí es nada. ZP, te has caído con todo el equipo. El pueblo español no reaccionó frente a las amenazas de desintegración de España, ni frente a la afirmación de que se estaba robando a todos los españoles un dinero que se iba a entregar a los catalanes. El pueblo español es lento de reflejos. Les dijimos por activa y por pasiva que Zapatero era preso de Carod Rovira, que el Estatuto era un plazo de la hipoteca que tenía que pagar a cambio del apoyo de los radicales. No nos creyeron (y quizá con razón, puesto que finalmente ha firmado con CiU). De acuerdo, nos equivocamos, la hipoteca era con otro. Pero en lo del Apocalipsis no retrocedemos ni un paso. Creednos, el fin del mundo está cerca. Hay señales de sobra: Mena, Tejero, Monseñor Blázquez, la encíclica de Benedicto XVI sobre el sexo sin amor. Pero si todo eso no os basta, ahí tenéis la confesión de que Zapatero fuma en la Moncloa. ¿Acaso no es la Moncloa un centro de trabajo? ¿Qué se puede esperar de un individuo que no cumple las leyes que él mismo impulsa? Ahora sí que sí. Estamos preparando un referéndum con la siguiente pregunta: «¿Considera usted que la Moncloa es un centro de trabajo y que por lo tanto ninguno de sus trabajadores, aunque se trate del mismísimo presidente del Gobierno, debe fumar en su interior?» Como tenemos experiencias en mesas petitorias, puesto que nuestras señoras llevan años presidiendo las de la Cruz Roja, llenaremos las aceras del país de señoras con abrigos de visón, solicitando la firma de los españoles de bien. Quizá no logremos parar el Estatuto. Quizá no se rompa España. Quizá el fin de los tiempos no esté tan cerca como presumíamos, pero Zapatero tendrá que salir a fumar a la calle. Eso, si no le obligamos a dimitir por prevaricar de forma tan escandalosa. Nuestro Rajoy no se ha fumado un solo puro en Génova desde la promulgación de la ley antitabaco. Sólo por eso merecería gobernar. Arrepentíos.

Mala leche El País 03.02.2006 Rajoy podría haber jugado en estos dos años de oposición a la tolerancia, al centrismo, al juego limpio, al saber hacer, lo que le habría proporcionado simpatía y votos en sectores distantes del PP. Pero es de esas personas que se preguntan por qué estar bien pudiendo estar mal, convicción que lleva a todos y cada uno de los actos de su vida diaria. Ha renunciado a un futuro político interesante por ser fiel a la úlcera de estómago, a la pirosis, a la irritación gástrica. Cualquier otra persona, en su lugar, pensando que bien vale la Moncloa una sonrisa, habría hecho la vida más agradable a sus contemporáneos. Pero él no, él tiene una fe inquebrantable en el mal sabor de boca, en el prurito, en las digestiones pesadas. Y no nos vayamos a creer que sus eructos obedecen a principios políticos. Si su partido (con otro al frente, él está liquidado) ganara un día las elecciones por una diferencia tal que necesitara, para gobernar, el apoyo de los nacionalistas, hablaría catalán en la intimidad de rodillas, y euskera con los brazos en cruz, y gallego a la pata coja, y cedería a estas nacionalidades el 200% del IRPF. Si lo dudan, acudan ustedes a las hemerotecas y comparen lo que decía Aznar antes y después de ganar por los pelos las elecciones del 96. No se trata, pues, de una cuestión de orden moral, sino de una fidelidad inquebrantable al colon irritable, a la mala leche. Cuando uno cree en la mala leche por encima de la inflación y del PIB y de la patria, no sobra el apoyo de nadie, sea un general de división loco, un teniente coronel golpista de la Guardia Civil o un presidente cutre de la Conferencia Episcopal. El referéndum para el que tan acertadamente está pidiendo firmas ahora, desengáñense ustedes, no es para averiguar si estamos de acuerdo con que llueva, sino para remover un poco la bilis ciudadana, increíblemente adormecida. Lo hace porque es un hombre que cree profundamente en la amargura, en la caspa, en las tinieblas, en el crujir y rechinar de dientes. Y el empeño que pone en su fe le honra y nos solaza. No se deje seducir, señor Rajoy, por la bonhomía relajante de Acebes ni por las felices digestiones económicas de Zaplana. Viva el rencor, la pena, viva el odio.

Habitaciones Levante 07.02.2006 Una mujer pobre, objeto de un reportaje en una publicación dominical, confiesa al periodista que su mayor deseo, ahora que ya tiene una chabola, sería hacer tabiques, para convertir en habitaciones lo que le parece un espacio informe. En la misma revista, o quizá en la de al lado, veo un reportaje sobre la casa de un actor famoso: ha echado abajo todos los tabiques, creando espacios abiertos. La tendencia actual es la de los espacios abiertos. Las habitaciones empiezan a ser una vulgaridad, cuando no la representación de una mente estrecha, excesivamente compartimentada, dividida. Las propuestas de las revistas de decoración pasan por unir lo que antes estaba separado. Hace poco visité la casa de campo de un amigo, construida sobre un antiguo establo. Me dio la impresión de entrar en un auditorio. Casi no había horizonte sobre el que descansar la vista. No digo que no me gustara, pero me desconcertó. -¿Dónde están las habitaciones? -pregunté. Estaban escondidas, ocultas. A mi amigo le daba vergüenza tener habitaciones. Imaginé un test de una sola pregunta para reconocer si uno tiene alma de pobre o de rico: «¿Prefiere usted un piso con tres habitaciones o una habitación que sea la suma de las tres?» Me di cuenta, al responder, de que tengo mentalidad de pobre. Me gustan las habitaciones, incluso las celdas (las de los conventos, no las de las cárceles). Me gustan las puertas, que unen y separan a la vez lo privado de lo público, incluso lo público de lo íntimo. Me pareció un error arquitectónico sacrificar el pasillo, porque tenía una carga simbólica que no ha sido sustituida por ningún otro invento espacial. Por todo ello, me identifiqué con la respuesta de la mujer pobre, que no está al tanto de las nuevas tendencias decorativas. Comprendo que en los apartamentos de 40 metros, en los que la mayoría de la gente se ve obligada a vivir, la cocina y el salón compartan el mismo espacio. Pero donde esté una cocina independiente, por favor, que se quite ese engendro. Tirar tabiques no siempre es un síntoma de liberación. Puede serlo de pánico a la soledad, a la independencia, al aislamiento.

Cristaleros 10.02.2006 La historia de Kándido Azpiazu se ha convertido en un clásico porque parece difícil acumular tanta degradación, tanta ignominia, tanta brutalidad, pero también tanto matonismo, en un solo individuo. Este sujeto, ya lo saben ustedes, asesinó fríamente a un hombre (que para más inri le había salvado la vida) y al salir de la cárcel puso una cristalería en los bajos del edificio donde vive la viuda de su víctima. Parece la historia de la humanidad resumida en siete líneas. Y es que el mundo está lleno, en efecto, de cristaleros a quienes, con una frecuencia preocupante, aplaudimos, votamos, apoyamos, justificamos, protegemos. Tienen derecho, bla, bla, bla, a rehacer sus vidas, bla, bla, bla, bla. Qué intolerantes son las víctimas, exclaman los pobres, protegidos cobardemente tras la seguridad de que éstas jamás emplearán sus métodos. Fíjense en la Bachelet, huérfana de un hombre asesinado y ella misma torturada por algunos de los militares de los que luego fue una ministra cabal. Su cristalero vivía en el piso de abajo, a veces coincidían en las escaleras. El cristalero cuenta con la decencia de la víctima. Si la víctima fuera como él, se iría con la música a otra parte. Nosotros mismos, y como consecuencia de aquella Ley de Punto Final a la que otros llaman Transición, tuvimos que aguantar que en un Parlamento democrático se sentaran más de uno y más de dos cristaleros pertenecientes a una banda armada que había hecho lo que las bandas armadas: asesinar, extorsionar, torturar, robar... Al más gritón de aquellos cristaleros le han hecho ahora un hueco en el Senado con el aplauso de sus cómplices, pero también de sus víctimas. Un caso de reinserción ejemplar. Aunque, para cristalero masivo, Dios. Ha producido más muertos, más guerras y más infelicidad a lo largo de la historia que la suma de todas las catástrofes naturales de las que tenemos recuerdo. Y ahí está, ahí está, en la parroquia de la esquina, a dos pasos de la panadería, felizmente desactivado entre nosotros, pero todavía muy virulento en otros ámbitos. "Al menos dos mujeres muertas por sus parejas en 24 horas", reza un titular de un día cualquiera. Hay cristaleros a los que hacemos un hueco en la cama.

La rueda Levante 12.02.2006 Bush ha subido los presupuestos de Defensa y Seguridad a costa de los de Justicia, Transporte, Vivienda y Cultura. También han pagado el pato las ayudas médicas para ancianos y jubilados. No sé, resulta un poco incongruente. Es como si decidiéramos aumentar los bíceps y los tríceps a costa del encéfalo. - Mira, me he rebanado el cerebro para tener más fuerza bruta. El caso es que las conquistas realmente importantes del ser humano no provienen del uso de la fuerza bruta, sino del pensamiento. El oso puede quebrarte la caja craneal de un golpe, pero jamás podría inventar la rueda. Y la rueda es importante, oiga, no habríamos hecho nada sin ella. Bush está en contra de la cultura, que es tanto como estar en contra de la rueda. Así que nada, ni justicia, ni vivienda, ni sabiduría, ni desarrollo urbano. Tanques, misiles, escopetas, pistolas, todo, en fin, lo que tenga que ver con nuestros instintos más primarios. Alguien debería decirle que los presupuestos son un invento cultural, por lo que no debería emplearlos en contra de la cultura. A todo esto, Aznar va a Washington y propone crear un puente de prosperidad entre Europa y Estados Unidos. Pero no explica a qué llama prosperidad. De hecho, en un momento dado dice que no puede haber prosperidad sin seguridad, con lo que da la impresión de estar de acuerdo con los presupuestos de Bush en contra del pensamiento. Bush y Aznar llaman prosperidad al crecimiento desmesurado de los bíceps. La época en la que los vimos más felices fue en los días previos a la invasión de Iraq. Las fiestas se reconocen por las vísperas. Estaban, frente a los bombardeos, más excitados que un amante de teatro frente a la posibilidad de ver un Shakespeare. Miedo da oírlos hablar de prosperidad. Como la semana es muy larga, vino Putin y nos dio una lección moral sobre la lucha antiterrorista. Se basaba en su propia experiencia, que le pone a uno los pelos de punta. También a Putin le gustan más los músculos que el cerebro. No es probable que haya empleado la palabra cultura más de tres veces en su vida. Es como para preocuparse, en fin.

Recelos españoles 14.02.2006 Hace poco, uno de los arquitectos que había participado en la construcción de la nueva terminal del aeropuerto de Barajas, escribía a un periódico quejándose de que en los días posteriores a su inauguración se hubieran resaltado los retrasos, las pérdidas de maletas, etc., en vez de la magnificencia arquitectónica de la obra, la mayor de Europa. Quizá llevara razón. Tal vez los desajustes que la prensa enumeró fueran pasajeros y no imputables al edificio en sí. Pero no nos faltan motivos para temernos lo peor. Somos demasiado aficionado a construir cosas que no funcionan. -De acuerdo, no funciona, pero no me negará su belleza. -La belleza de un reloj consiste en dar la hora exacta. La de un barco, navegar, y así sucesivamente. -Por Dios, qué temperamento más práctico. Y es que aquí hemos construido auditorios hermosísimos sin condiciones acústicas, que es como fabricar un paraguas con agujeros. La lista española de disparates arquitectónicos llenaría siete guías telefónicas de Pekín, de manera que la gente está a la que salta. Y ha saltado, lógicamente, con la T-4, porque tiene nombre de virus. Hablando de arquitecturas fallidas, fíjense en la del cisne, que posee una elegancia insuperable. Sin embargo, ya tenemos, en Grecia e Italia, varios casos de estas aves infectadas por el H5N1, que no es, pese al nombre, una obra pública, sino el microorganismo de la gripe aviar. Pues no será tan elegante ni estará tan bien hecho el cisne cuando puede morir como un pato, el arquetipo de la torpeza. O como una gaviota, que se alimenta de basura. En cuanto a que la T-4 es la obra pública más grande de Europa, no nos conmueve porque estamos acostumbrados a lo grande. Aquí, siempre que se construye algo -sea un centro comercial o un puentees lo más grande de Europa. Pobre Europa, cuánto tiene que envidiarnos. Quiere decirse que el recelo español, por injusto que sea, está justificado. Vean, si no: somos el único país del mundo que ha invertido miles de millones de pesetas (perdón por la tristeza) en construir un tren de alta velocidad que va despacio. Otro día hablaremos de los ruidos.

Verosímil El País 17.02.2006 Unos vecinos me confiaron a su hijo de ocho años mientras iban al Carrefour a hacer la compra. Senté al niño frente a la tele y yo me puse en el otro extremo del salón con un libro, fingiendo que leía. De cuando en cuando nos mirábamos de reojo, pues cada uno desconfiaba profundamente del otro. Al fin, para romper esa tensión, fui a la cocina y regresé con unas galletas que le ofrecí. El niño las tomó y empezó a desmigarlas, más que a comerlas, sobre el sofá. De súbito, me hizo una pregunta extraordinaria: "¿Tú te comes a tu mujer?". Me quedé atónito, sin saber qué decir. ¿Que si me comía a mi mujer? ¿Se trataba de una pregunta con connotaciones sexuales o meramente caníbal? "¿En qué sentido balbuceé al fin?". "Digo que si te la comes", insistió él. Entonces tuve una iluminación y respondí con otra pregunta: "¿Tu padre se come a tu madre?". "Sí, todas las noches". "¿Estás seguro?" "Seguro. Se la come, pero sólo hasta los huesos. Luego coloca el esqueleto a su lado y se duerme. Mientras él duerme, a mi madre le vuelve a crecer la carne. Cada día se la come y cada día le vuelve a crecer". Imaginé el esqueleto de mi vecina sobre la cama, con el marido al lado, durmiendo plácidamente mientras los músculos y las vísceras y la piel de su cónyuge se regeneraban, y me quedé espantado. Al ver el pánico escrito en mi cara, el niño me juró que él mismo había visto el esqueleto de su madre un día que entró por sorpresa en el dormitorio del matrimonio. "Mi padre estaba dormido y no se enteró", añadió muy serio. Estoy hablando de una familia normal, de clase media, sin ninguna psicopatía aparente. Él es experto en resistencia de materiales y construye puentes. Ella, que estudió Veterinaria, trabaja en unos laboratorios farmacéuticos. Al poco, mis vecinos regresaron del Carrefour. Charlamos un poco, me dieron las gracias y recogieron al niño. Desde entonces, miro a esa familia de otro modo y procuro no coincidir con ninguno de sus miembros en el ascensor. No es que me haya creído la historia, pero se trata, conociéndolos, de una invención tan verosímil que me pone la carne de gallina. Se lo he contado a ustedes porque sólo olvido lo que soy capaz de escribir. Disculpen el atrevimiento.

Un mentiroso Levante 19.02.2006 Un tipo, en el restaurante, alababa la silueta de su compañero de mesa. -Estás estupendo, de verdad. ¿Cómo consigues mantenerte? -Por odio a mi mujer –respondía el interpelado-. Cada día está más gorda y cada día se lamenta más de ello. Me he comprado un peso para el cuarto de baño. Cuando salgo de la ducha diciendo que he adelgazado cien gramos, le amargo el día, je,je. El tipo tenía pinta de jefe de departamento. Me pareció que llevaba un peluquín, pero no estoy seguro. Hay cabellos que acaban adquiriendo la textura de una prótesis, del mismo modo que hay labios que parecen operados sin haber pasado por el quirófano. El tipo delgado presumía, además de haber dejado de fumar. Su compañero de mesa le preguntaba cómo. -También gracias a mi mujer –respondía-. Vi que ella era incapaz de dejarlo, aunque lo deseaba, y me apeteció darle una lección. Ahora, cada vez que enciende un cigarrillo la miro con lástima y la pobre lo pasa fatal. A veces, se esconde para fumar, pero siempre me las arreglo para sorprenderla. Empecé a imaginarme a la esposa del susodicho y me excité: una mujer que fumaba con culpa, que comían sin desearlo… Quizá vivía también a su pesar. Esa mujer y yo, me dije, somos almas gemelas. -Lo mejor –añadió el hombre delgado- es que he comenzado a escribir poesías gracias también a mi mujer. Un día, habiendo gente en casa, comentó que no entendía la poesía, que sólo era capaz de leer novelas. Esa noche me puse a ello y me salieron unos versos que presenté a los juegos florales. Y los gané. Una mujer gorda que fumaba y que no entendía la poesía, como Platón. Aquello era demasiado. Habría dado cualquier cosa por conocerla en ese mismo instante. -Me voy –dijo el poeta-, he quedado con ella, con mi mujer, para ir al cine y no soporta que sea puntual, porque ella siempre llega con diez o quince minutos de retraso. Pedí la cuenta y le seguí. Pero todo era mentira, porque se metió en un cine cualquiera, más solo que la una, y se pasó la película durmiendo.

El caballo de vapor Levante 21.02.2006 Leo con asombro que un clérigo pakistaní ha ofrecido un coche y 14.000 euros, por este orden, a quien asesine al caricaturista de Mahoma. Sorprende la vigencia del automóvil. Era el premio más preciado del Un, dos, tres (hasta que apareció el apartamento en Torrevieja) y sigue siéndolo en el ámbito de las creencias religiosas. Ni huríes, ni vírgenes, ni Cristo que lo fundó (con perdón): dennos un Seat Toledo y moveremos el mundo. He dicho un Seat Toledo al buen tuntún, pues el clérigo no ha especificado marca alguna. Todos sabemos que no es lo mismo un Twingo (¿se escribe así?) que un Mercedes. Pero lo importante es el concepto coche; la materialización resulta secundaria. Parece mentira que a nadie se le haya ocurrido todavía fundar una religión basada en la adoración al profeta Automóvil, o al dios Tráfico. La marcha de nuestra economía depende, en gran medida, de las ventas medias de automóviles. Ninguna otra actividad, excepto la construcción, produce tantos empleos indirectos. Ni tantos muertos de fin de semana. Una industria que proporciona prosperidad económica y cadáveres debería ser admitida en el club de las religiones históricas. Hay nichos de mercado a los que no se presta ninguna atención. Van a tener que venir los musulmanes a hacernos comprender la importancia de esta industria. El coche lo tenía todo, pero quizá le faltaba el toque místico que acaba de darle el clérigo pakistaní. Si usted mata al caricaturista de Mahoma, nosotros le damos un cuatro por cuatro. Cuatro por cuatro no quiere decir, sorprendentemente, dieciséis, pero eso es materia para otra columna. Resulta evidente que el Islam no está en la Edad Media. Conocen las ventajas del caballo de vapor. Ahora les falta descubrir el apartamento en Torrevieja, que es una religión menor (una secta si ustedes quieren) de gran penetración en las clases medias cristianas. El día en el que por matar a un caricaturista te entreguen las llaves de un apartamento en Torrevieja, el Islam y la Cristiandad se habrán encontrado. Tal vez el coche sea el profeta del apartamento, con perdón de los profetas (y de los apartamentos). Lo que hace falta es que sea para bien.

Inversiones El País 24.02.2006 Recuerdo que estaba en el sofá, con las piernas apoyadas en la mesa, perdido en alguna ensoñación inconfesable, cuando dijeron por la tele que en Asia, víctima de la gripe del pollo, había muerto una niña. Hace de eso tres, cuatro, siete años, no sé, pero era la primera vez que oía hablar del virus de la gripe aviar y la verdad es que ni se me pasó por la cabeza llamar al banco para dar la orden de comprar acciones de Pescanova. "Por Dios, si era evidente que iban a subir como la espuma", me dice un vecino con el que juego al futbolín y tomo el vermú los domingos por la mañana. Hay gente con un olfato especial para establecer este tipo de asociaciones mercantiles, y sin haber olido la Teoría del Caos. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Usted puede saber mucho acerca del caos y no tener ni idea de cómo se practica. Se practica invirtiendo. Estuve escuchando en la radio los comentarios sobre Endesa y la empresa alemana que la quiere engullir. Pero no saqué en claro si debo comprar acciones de Gas Natural o de velas de cera. Mucha gente, en EE UU, se arruinó cuando sustituyeron la cámara de gas por la silla eléctrica: no vendieron a tiempo. Pero algunos de los que se forraron adquiriendo eléctricas tampoco supieron desprenderse de ellas cuando apareció la inyección letal, que puso por las nubes las acciones de los laboratorios farmacéuticos. La pena de muerte, y la muerte en general, es determinante en los movimientos de la Bolsa. Lo que pasa es que hay que estar muy atento. El otro día, Schwarzenegger no se pudo cargar a un reo, porque un par de médicos hipocráticos, dos gilipollas, se negaron a colaborar. Se quedó con la jeringuilla en la mano, como si fuera un pene flácido. Si el ejemplo cunde, las farmacéuticas podrían caer en picado. Quizá sea el momento de volver al gas, y a las eléctricas. Pero primero tendrían que gasear o electrocutar a una niña. La Bolsa parece indescifrable, aunque si le dedicas tiempo acabas comprendiendo sus sutilezas. Las sutilezas de la Bolsa son lo que en otros ámbitos llamamos rudimentos. Si escuchas que un pollero ha muerto en Asia y, en lugar de venirte a la cabeza Pescanova, te pones a pensar en los misterios de la vida, estás perdido.

La vida virtual Levante 24.02.2006 En una tele de Cataluña han sacado un meteorólogo virtual sin que el gremio se sintiera ofendido. Este curioso hombre del tiempo da las previsiones de lluvias, de nieves, de granizo y anuncia con total naturalidad las temperaturas. Los espectadores están encantados con él. Y no se ha producido ninguna reacción corporativa, pese a la amenaza laboral que representa. ¿Por qué? Quizá porque los meteorólogos no están organizados, pero tal vez también porque se considera que el tiempo es una cosa menor. ¿Qué más da si el frente frío, en vez de entrar por la Cornisa Cantábrica, entra por el Mediterráneo? Craso error: si hay en la actualidad un asunto que nos concierne es el del cambio climático. Lo que ocurre es que nos excita más el desmembramiento de España. Vi por la tele un glaciar abierto por la mitad, rompiéndose con un crujido que le ponía a uno los pelos de punta. Ni España cruje así cuando se rompe ni los estatutos de autonomía hacen que crezca el nivel de mar. Decía un científico que dentro de 50 años la mayoría de las playas del Cantábrico Oriental habrán desaparecido bajo las aguas por culpa del deshielo. Eso sí que es un Apocalipsis y no lo que nos anuncia Rajoy cada mañana. Pero estábamos en lo virtual. Hay gremios que no se ofenden por nada. Imagínense que sustituyen a Matías Prats por un locutor virtual. Pondríamos el grito en el cielo. Las noticias, diríamos, requieren un rostro que dé credibilidad a lo que dice. La credibilidad es el parámetro más utilizado en la cocina de los telediarios. Hay gente que tiene los músculos del rostro colocados de tal manera que te crees todo lo que te cuentan. Y lo que no te cuentan, porque en las noticias es más importante lo que se queda fuera. De momento, tenemos asociada la credibilidad a la carne, pero eso es un atavismo que ha empezado a quebrar el hombre del tiempo virtual de Cataluña. Si hay algo que miente (además del mundo y el demonio) es la carne. Llevo un año a pescado y verduras y me he quedado sin colesterol, además de haber recuperado mi peso. Los locutores de carne y hueso provocan más colesterol que las grasas saturadas. No nos vendría mal un régimen de noticias virtuales.

Fetiches Levante 26.02.2006 La llave de la luz, la llave del gas, la cadena del váter: he aquí tres expresiones domésticas que uno escucha millones de veces a lo largo de la vida. La cadena del váter ya no existe, ha sido sustituida por otro mecanismo al que continuamos llamando cadena. Pero las llaves del gas y de la luz continúan ahí, al alcance de la mano. Básicamente, son idénticas a las de nuestra infancia. Mis hermanos y yo, fascinados desde siempre por la electricidad, jugábamos todo el rato a «que se haga la luz». -Que se haga la luz -decíamos al entrar en una habitación, al tiempo de accionar el interruptor. Y la luz se hacía, milagrosamente. Nunca me he acostumbrado a eso. Todavía hoy pronuncio esa frase para mis adentros cuando entro en un espacio oscuro. De la llave del gas se hablaba por la noche, en el momento de la retirada. Siempre era mi padre el que hacía la pregunta: -¿Habéis cerrado la llave del gas? No es que le diera pereza cerrarla a él, sino que estaba empeñado en transmitirnos su obsesión. -Moriréis durante la noche -nos amenazaba. Yo entendía por qué había que encerrar a los perros, pero no al gas. Crecí con la idea de que durante esas horas el gas cambiaba de personalidad y se convertía en un fluido asesino. No les he dicho nada de esto a mis hijos, para no crearles un trauma, pero cada noche, antes de acostarme, cierro la llave del maldito gas. En realidad, la cierra el padre obsesivo que llevo dentro de mí. Mis hermanos me reprochan que no vaya el Día de Difuntos a poner flores al cementerio. Los pobres no se han enterado de que papá está dentro de mi cabeza, y no en la tumba. Teniendo asociadas de este modo las llaves del gas y de la luz, no me extrañan los intentos de asociación entre las empresas que se dedican a una cosa y a la otra. Los padres de sus presidentes tenían, sin duda, manías idénticas a las del mío. La infancia marca mucho. Lo que me llama la atención es que no intenten poseer asimismo el suministro del agua, para controlar la cadena de váter, otro objeto fetiche de nuestra época.

Nieve Levante 28.02.2006 Un día, de pequeño, me desperté en medio de la noche y me asomé a la ventana. La calle estaba nevada. Enfrente de mi casa había una fuente pública, de granito. Me fijé en las formas que la nieve había adoptado en cada una de sus partes y no se me escapó la perfección con que los copos habían cubierto unas, dejando al aire libre otras. El conjunto tenía algo de pintura, como si un artista hubiera pasado su pincel por aquel trozo del paisaje urbano al que daba mi dormitorio. Un gato dejó unas huellas diminutas sobre la superficie blanca de la acera. La calle, pese a la hora, resplandecía. Parte de aquel fulgor se colaba en la habitación. Estuve así, embobado frente al espectáculo, varios minutos, limpiando con la manga de la chaqueta del pijama, cada poco, el cristal, que se empañaba con mi aliento. Finalmente, el frío me hizo volver a la cama. Pese a la excitación, volví a dormirme enseguida, agradecido por el privilegio de haber visto la nevada unas horas antes que los demás. En el desayuno, cuando todos pronunciaran frases de asombro, yo contaría mi experiencia nocturna. O quizá no: me acusarían de mentir. Tenía pocos años, pero había aprendido que no es bueno mostrar determinadas singularidades en público. Me guardaría aquella experiencia para mí solo, pues. No necesitaba compartirla para que me hiciera feliz. Estaba, por otra parte, habituado al secreto. Se empieza a escribir porque se tiene un secreto que sólo la página en blanco escucha sin juzgar, sin censurar, sin rechazar. El caso es que al día siguiente, cuando me desperté, fui corriendo a la ventana y no había nieve. Quiero decir que no había nevado. Ustedes dirán que fue un sueño, pero no, no fue un sueño. Sé que estaba despierto cuando lo vi. Fue una de tantas cosas inexplicables que nos pasan a lo largo de la vida y que olvidamos, o negamos, para no complicárnosla. El caso es que de todas formas tuve que guardar el secreto. Y no se lo había desvelado a nadie hasta hoy que, al levantarme, he visto la calle nevada una vez más. Por fortuna, no la he visto yo solo: también el quiosquero y el panadero y el vecino estaban de acuerdo en que había nevado.

Falsificación 03.03.2006 Entré en una tienda de ahumados para comprar un cuarto de kilo de anguila y me atendió una mujer con una bata blanca y un gorrito verde. Si la vida fuese un viaje entre Sevilla y Bilbao, ella estaría a la altura de Despeñaperros, aunque lo llevaba sin desasosiego aparente. Yo le hablaba ya desde Burgos, quizá desde un poco más arriba, pero mis amigos dicen que parece que estoy en Burgos todavía. La gente es muy amable, sobre todo cuando no tiene otra cosa que hacer. Como si me hubiera leído el pensamiento, la mujer me preguntó qué edad le echaba. "Pues está usted a la altura de Despeñaperros", le dije, "un momento existencial difícil". Me miró con expresión de asombro y se echó a reír. "En el caso de que la vida fuera un viaje entre Sevilla y Bilbao", añadí para que me entendiera. "Según eso", dijo ella, "usted está ya a la altura de Burgos". Le dije que no, que un poco más arriba y no se lo podía creer. "El secreto", le confesé, "no es otro que comer verduras, y frutas". La verdad es que como carne a todas horas, pero las respuestas vegetarianas gozan de un prestigio increíble. Como la mujer no paraba de hablar, continué comprando cosas que no había previsto. Ya entrados en intimidades, me confesó que muchos días imaginaba que aquello que hacía, vender ahumados, era una representación teatral. "Es como si ahí detrás hubiera una butaca de patio llena de público que nos está viendo actuar a usted y a mí en este instante". Volví la cabeza y no me costó nada imaginar trescientas o cuatrocientas cabezas pendientes de nuestro diálogo. "Ese es mi secreto para atender bien a la gente, pensar que me miran", añadió. Pagué con la Visa, pero la mujer dijo que mi firma no se parecía a la de la tarjeta. Hace años que no se parece, aunque nadie se fija en esos detalles. Ella, sin embargo, prefirió anular la compra y pasar el plástico otra vez por la máquina, pidiéndome que me esforzara en parecer yo. Lo hice, y falsifiqué mi firma de tal modo que resultó idéntica a la mía. Salí a la calle satisfecho, con el orgullo de haber realizado la curiosa hazaña de hacerme pasar por mí. Pero a eso es a lo que se dedica uno a partir de Burgos, pensé, quizá a partir de Madrid, aunque hay modos y modos de hacerlo.

Tortilla de patatas Levante 04.03.2006 La lectura de titulares de periódico constituye uno de los mejores ejercicios para mantener en forma el músculo de la extrañeza, que tiende a atrofiarse cuando no se usa. Fíjense en éste: «Un tercio de los adolescentes ve la televisión sin ningún criterio». Lo que quiere decir que dos tercios la ven con criterio. Pero ver la tele con criterio constituye una especie de contradicción en los términos. Es como decir que un tercio de los alcohólicos bebe con conocimiento de causa. O que un tercio de los heroinómanos elige la cantidad que se pincha. Hay cosas que no pueden ser. Si las dos terceras partes de la población se parara a pensar, antes de manipular el mando a distancia, con qué criterio apretar este botón o este otro, la mitad de los programas no existirían. Pero qué digo la mitad, ni siquiera un tercio (lo más probable es que ni siquiera existiera la tele). Ver la televisión no constituye un ejercicio filosófico, ni una decisión existencial. Ver la tele, tal como está (y quizá no pueda estar de otra manera) es como beber a morro. Y uno no bebe a morro para disfrutar del caldo, sino para narcotizarse. Parece que no, pero en estas breves líneas ya hemos cultivado un poco la extrañeza frente a la realidad, y quedándonos sólo en el titular. Si usted es de esas personas a las que les gusta profundizar y lee la noticia entera, la extrañeza se puede convertir en estupefacción, pues los datos se han obtenido de un estudio muy serio cuya procedencia le ahorro. De lo que se trata ahora no es de estar más informados, sino más extrañados. Mucho se preguntarán la ventaja que le encuentra uno a ser extraño. No tiene ninguna, la verdad. Por el contrario, constituye una fuente de marginación, de soledad, de aislamiento. Así las cosas, no se entiende bien por qué uno querría extrañarse continuamente de todo. La única excusa que se nos ocurre es que esa actitud no se elige. Se nace extraño como se nace cojo, o tuerto, o mediopensionista. Un tercio de los mediopensionistas come sin criterio. Los otros dos tercios se llevan la comida de casa. Yo era mediopensionista, pero mi madre no tenía tiempo ni para hacerme una tortilla de patata.

Gente que oye voces Levante 07.03.2006 Tony Blair se ha encomendado al juicio de Dios y de la Historia (por este orden) para justificar la invasión de Iraq. Aquí sabemos muy bien lo que significan ese tipo de apelaciones porque estuvimos 40 años gobernados por un individuo elegido por Dios (y por la Historia, claro). De hecho, en las monedas de la época ponía: Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Lo peor es que Dios, y sus representantes en la Tierra, estaban de acuerdo con este modo de selección política. El Vaticano se sentía tan identificado con la leyenda de nuestra calderilla que delegó en Franco la tarea de proponer obispos. Mandaba más en la Iglesia el Generalísimo que el Nuncio. ¿Qué necesidad teníamos de urnas cuando el mismísimo Creador se ocupaba de seleccionar al personal? Pues eso. ¿Para qué continuar incordiando con la guerra de Iraq y su secuela de muertos, mutilados y torturados cuando el que ha movido los hilos de la invasión ha sido un ser superior? Ya Bush, en su día, confesó que había recibido órdenes de arriba. Pero a Bush no nos lo tomábamos en serio porque es un tipo pintoresco, con las neuronas hechas polvo debido al alcohol. Se le puede aparecer el mismísimo Mahoma, y quizá se le haya aparecido en alguna ocasión. Pero Blair daba la impresión de tener un temperamento más científico. Podía ser malvado, pragmático, un punto psicópata si ustedes quieren, pero no imaginábamos que tenía visiones. El problema de la gente con visiones es que siempre recibe unas órdenes desastrosas. No se ha dado el caso de que una visión que recomiende hacer un regalo al vecino. La gente que oye voces (pertenezcan a Dios o la Historia) se dedica, indefectiblemente, a matar. Qué curioso. Así las cosas, creíamos que los fanáticos eran ellos y resulta que nosotros también invadimos países y destruimos torres (gemelas o no) por imperativo religioso. Lo acaba de decir Blair, que además pertenece al partido Laborista. No queremos ni pensar lo que dirían los conservadores. El problema del juicio de Dios y de la Historia es que nunca llega. Y a nosotros nos gustaría que se liquidaran responsabilidades en un tiempo razonable.

Milagros El País 10.03.2006 Un chico y una chica, en la mesa de al lado, discutían acaloradamente. Él decía que la vida era una mierda y ella que no, que era un milagro. "Tú mismo", añadía, "eres la demostración de ese milagro". "Y tú", respondía él, "la de esa mierda". Al principio, pensé que eran hermanos. Quizá hermanos de la misma madre y de distinto padre, pues en algún momento aludieron a los apellidos como una fuente de conflicto. Pero no: habían sido novios y ahora se repartían el ajuar verbal acumulado a lo largo de los últimos años. Yo estaba alternativamente de acuerdo con uno o con otro, pues ambos defendían muy bien sus posiciones. A ratos, me daban ganas de decirles que los dos llevaban razón. No os peleéis, muchachos, las dos cosas son verdad y mentira a la vez. Intuí que a ella le habría gustado escuchar que eran verdad, y a él, que eran mentira. Como si me hubieran oído, empezaron a cambiar los papeles. La joven, con expresión de derrota, dijo: "Me rindo, la vida es una mierda, sí, y tú eres el ejemplo palpable". El chico recibió sus palabras como un golpe en el hígado. Perdió el color, se quedó mudo, y enseguida imploró: "No digas eso, por favor; si tú dices eso, me hundo. Necesito que creas que la vida es un milagro. De hecho, lo es. No hay más que estar un rato contigo para darse cuenta. Cómo he podido ser tan burro. Repíteme que la vida es un milagro, por favor, repítemelo". La chica se resistió, pero finalmente volvió a sus posiciones iniciales, lo que permitió al joven regresar poco a poco a las suyas. Estuvieron media hora cambiando de lugar. De súbito, ella abandonó la cuestión de la vida. Dijo que, últimamente, en el coche, cuando quería girar a la derecha giraba a la izquierda. "Un día voy a tener un accidente", añadió. "Pues no conduzcas", respondió él. "Lo haría", replicó ella, "pero es que cuando no quiero conducir conduzco". El muchacho volvió a quedarse pálido. No soportaba ninguna debilidad en su novia. Las quería todas para él. Quizá por eso estaban a punto de romper. Al llegar a casa, telefoneé a un médico amigo y le comenté, preocupado, el síntoma de la chica. Temí que fuera un tumor cerebral, pero me dijo que no y sentí un alivio inexplicable. La vida es un milagro.

Los duelistas Levante 11.03.2006 Siguiendo el fin de semana pasado la convención del PP traté de imaginar una reunión de dirigentes de Philips cuyas ponencias versaran, sin excepción, sobre IBM. O un congreso de Seat cuyos participantes solo hablaran de Audi. O una fiesta de Coca Cola en la que se agasajara a los invitados con un vaso de Pepsi. Esto es lo que hicieron los responsables del PP. Increiblemente, el protagonista de la convención no fue Rajoy, ni siquiera Aznar: ¡fue Zapatero!, a quien le dedicaron un espacio absurdo, sólo explicable desde disciplinas que se dedican al estudio del alma. Lo que vimos, en fin, fue una exhibición de un tipo de pulsiones masculinas muy bien descritas por la literatura (recuerden el caso de Los Duelistas, de Joseph Conrad), aunque con escasos ejemplos en la vida diaria. La convención del PP, pese a los esfuerzos de Ana Pastor por aportar algún estrógeno, fue un derroche de testosterona dirigido contra Rodríguez Zapatero, un tipo blando, por cierto, preocupado por la igualdad de las mujeres, de los homosexuales; un sujeto sin músculo, sin mentón (comparado al menos con Acebes), que promueve leyes para ayudar a los minusválidos, a los anciones dependientes, a los inmigrantes... La pregunta es si va a continuar gestionando tan mal la testosterona del PP. No debería derrochar el patrimonio hormonal de su organización en quien no debe. Tales desafecciones glandulares se explican en primer curso de psicología. Es imposible que en un partido con doscientos millones de militantes no haya ningún psicólogo que le explique el significado de que cada vez que abra la boca lo primero que salga de sus labios sea la palabra Zapatero. Lo mejor, con todo, fue la oferta de pacto a condición de que su adversario renunciara a lo que representa, es decir, si usted se convierte en yo. ¿Qué le pasa con la diferencia? ¿Por qué no puede concebir una negociación en la que el otro no dimita de su identidad? Zapatero, en fin se encontró con la respuesta hecha: Ni yo merezco que me preste tanta atención ni los españoles que les preste tan poca.

Perdonen la tristeza Levante 12.03.2006 Esa niña en coma, maltratada por su padrastro, que hoy paseamos por todos los medios de comunicación, como mercadería informativa, se paseó antes por juzgados en los que no se le prestó atención. Todo el mundo conocía su vida, pero por algún motivo no les parecía un caso atractivo. Qué raro. Recuerda el de cientos de catástrofes anunciadas. El Carmel, por ejemplo. Tuvo que hundirse para que conociéramos todo aquel lío de subcontratas que sin embargo era público. Las subcontratas son a las catástrofes lo que los árboles al bosque: conviven en una relación de necesidad. Y bien, la justicia, que aún no ha sido privatizada, presenta con frecuencia los síntomas característicos de la temporalidad laboral, de la chapuza, del ahorro de costes, del trabajo basura. No sabemos que ocurrirá el día que la desregulen. Por otra parte, un ingeniero que participó en las obras de la línea 9, del metro de Madrid, ha desvelado estos días que dicha ampliación se efectuó con materiales defectuosos. Ha asegurado, sin ningún tipo de matiz, que pudo haber ocurrido una catástrofe. Manuel de Melis, que así se llama el ingeniero en cuestión, ocupaba entonces el puesto de Director General de Infraestructuras. Conocía el problema, pero no lo denunció a la policía. Ahora, tras su peculiar autoinculpación, tampoco ha sido llamado a declarar. Es más: los medios de comunicación ha prestado al caso una atención similar a la que prestaron a la niña por la que hoy tanto nos preocupamos. Queremos noticias frescas, no meros anticipos. Quizá la cultura de la subcontrata ha llegado también a los medios de comunicación. Queremos información barata, que no nos exija grandes desplazamientos, ni grandes inversiones de tiempo y energía. -Oiga, es que el ingeniero de Melis ha dicho que podría haber ocurrido una catástrofe con centenares de muertos y de heridos -Pues que nos avise cuando suceda la catástrofe, como en el Carmel. Desde luego, informativamente hablando, son más rentables las catástrofes sucedidas que las anunciadas. Pero deberíamos pensar también la rentabilidad moral de las cosas. Y perdonen la tristeza.

Cultura clínica Levante 14.03.2006 Lo que más me impresionó de mi primer viaje a México fue un cartel del aeropuerto en el que ponía: No a la fiebre aftosa. Estaba colocado estratégicamente en todas las esquinas, compitiendo con la publicidad de las marcas de güisqui o de tequila. Yo no sabía lo que era la fiebre aftosa, pero sí lo que era la faringitis crónica, que padezco desde la adolescencia, así que esa noche soñé que llegaba a un país en cuyo aeropuerto había grandes vallas con esta leyenda: No a la faringitis crónica. Éste es mi país, me dije en sueños. En el control de policía y en la aduana, en vez de exigirte que abrieras la maleta, te pedían que abrieras la boca, para que un otorrino te examinara la garganta. Pero si la tenías mal, como era mi caso, no te metían en la cárcel, sino que te recetaban unas pastillas milagrosas. Ya en la calle, a bordo del taxi que me llevaba al hotel (todavía dentro del sueño), vi que las avenidas estaban llenas de grandes carteles contra el ardor del estómago y contra las migrañas y contra el insomnio. En una plaza, junto a un obelisco, había un monumento de piedra erigido en honor a las digestiones fáciles. Un grupo de manifestantes portaba pancartas en las que se condenaba la artrosis; otro daba vivas a la respiración pulmonar. El taxista me contó que acababan de detener al cabecilla de una banda que predicaba la respiración anaerobia. «Respiración anaerobia, imagínese», añadió observándome por el retrovisor. Yo puse cara de espanto, aunque en el sueño, no sé por qué, era más partidario de las branquias que de los pulmones. En el hotel, en vez de conserje, había un médico que antes de darte la llave de la habitación te hacía un escáner. Era el paraíso de un hipocondríaco. Me desperté con unas décimas de fiebre porque había cogido frío con el aire acondicionado del avión. Llamé a recepción y me enviaron a un médico que me puso en cuarentena, por si se tratara de la fiebre aftosa, a la que ya he dicho que odiaban. Cuando me dieron el alta, tuve que regresar a España sin haber salido prácticamente del hotel. Lo único que vi de México fueron aquellos carteles contra la fiebre aftosa. De donde se deduce que viajar da cultura, al menos cultura clínica.

La “ropa” El País 17.03.2006 En mi casa, cuando yo era pequeño, los domingos se comía "ropa". Llamábamos así a un animal que se alimentaba de la indumentaria de la gente. Si desaparecía una prenda, era porque una "ropa" se había colado en el dormitorio. Como se trataba de un animal muy astuto, no había manera de cazarlo. De hecho, la "ropa" que comíamos nosotros venía del mercado, donde mi madre la compraba a un precio, decía ella, "colosal". A mí me gustaba imaginar que las "ropas" se nutrían, sobre todo, de las prendas interiores de las mujeres. Con frecuencia, hacía incursiones clandestinas en los cajones de mis hermanas y hundía mis aterrorizadas manos en su lencería de espuma, cuyo único defecto era el de no ser comestible. Por fortuna, la "ropa" convertía aquellos tejidos deliciosos en carne como el cordero transformaba la hierba en chuletas. Pasado el tiempo, empezó a darme asco comer "ropa". A veces, se me quedaba una hebra de carne del animal entre los dientes y tenía la sensación de que era un trozo del calzoncillo de mi padre, o un nervio de la bragueta de mi hermano. Me di cuenta, además, de que el día que comíamos "ropa" se esfumaba "casualmente" un conejo de los que criábamos en el patio. Yo quería mucho a estos animales, a los que cuidaba y ponía nombre. Quizá por eso no me atrevía a preguntar qué era de ellos cuando desaparecían. En cualquier caso, una vez que se hizo patente esta correspondencia entre el menú de los domingos y la desaparición de los conejos, vomitaba la comida a espaldas de mi madre, que no me lo habría permitido. Los tiempos eran difíciles y la "ropa", muy, muy cara. Un día, de madrugada, me despertó mi hermano para despedirse, pues se iba al servicio militar. Ese día comimos "ropa", pero no desapareció ningún conejo, por lo que deduje que nos habíamos comido a Jacinto, al que me resultó imposible vomitar. Para mayor confusión, no volvió de la mili, donde murió manipulando una granada. Aunque de mayor comprendí que mi madre se había inventado la existencia de la "ropa" para que yo no sufriera por la desaparición de los conejos, siempre sentí que en algún plano de la realidad nos comimos, verdaderamente, a mi hermano.

Ofensores y ofendidos Levante 18.03.2006 Francisco Vázquez será un perfecto embajador de España ante el Vaticano. Tiene la untuosidad de un obispo y puede, como cualquier prelado que se precie, manifestar una idea y practicar otra. La diplomacia vaticana es poliédrica. Sus portavoces condenan el aborto a las nueve de la mañana y aplauden la pena de muerte a las diez. Gran parte de su éxito histórico consiste en tener discursos para todos los gustos. La Iglesia es una gran superficie de peroratas: -Perdón, deseo una perorata capitalista. -Al fondo a la derecha. -Y yo una perorata socialista. -Al fondo a la izquierda. -Yo busco un mensaje agresivo, bravucón, guerracivilista, un mensaje de ultraderecha puro y duro. -Pues sintonice la COPE, que también es nuestra. Francisco Vázquez habla como un socialista, pero su lenguaje no verbal es de derechas, o al revés, según convenga. Se declara demócrata y admirador de Fraga sin cambiar de color (me refiero a Fraga Iribarne, ese individuo felizmente reinsertado tras haber pertenecido al núcleo duro de la banda armada de Franco). También le gusta el Opus, que como todo sabemos es un ejemplo de democracia interna, de antisecta, de racionalidad histórica. Hará un papel brillante en Roma. Ya lo ha empezado a hacer. Acaba de declarar, para ganarse las simpatías de la curia, que la ley de matrimonios homosexuales fue una agresión al Vaticano. Aquí tenemos un ejemplo claro de actitud sibilina, monjil, furtiva. Resulta que es el Vaticano el ofendido. La Iglesia lleva siglos persiguiendo a los homosexuales. Los ha calificado de enfermos, de perversos, de malignos. Los ha llevado a la hoguera, ha recomendado para ellos los manicomios, el electroshock y los tratamientos psiquiátricos o carcelarios más duros que quepa imaginar en mente humana. Pero los homosexuales no deben ofenderse por toda esa injusticia histórica. Es la Iglesia la que debe molestarse cuando se les deja de perseguir. Eso es diplomacia vaticana y lo demás son cuentos. Enhorabuena, tío.

Universos Levante 19.03.2006 La expresión universo femenino remite a la existencia de un mundo formado, lógicamente, por mujeres, y del que los hombres se sienten, en mayor o menor grado, excluidos. Ocurre lo mismo con (¿su contraria?) universo masculino, del que las mujeres se excluyen voluntariamente, quizá porque alude a un espacio previsible y turbio, un espacio de letrinas que Torrente, el personaje de Santiago Segura, escenifica a la perfección. Los hombres hablan de sus intimidades con coartada, es decir, mientras hacen otra cosa. Las confidencias masculinas más estremecedoras se perpetran de cara a la pared, mientras las vejigas se vacían (de cerveza, previsiblemente), pero en el momento de cerrar la cremallera, los hombres clausuran el alma y regresan al fútbol. O al tenis, según su grado de evolución. Poca gente se atreve, desde la literatura o el cine, a entrar en el llamado universo femenino. Viene todo esto a cuenta de Volver, la película de Pedro Almodóvar, formada por una conmovedora constelación de mujeres. Quizá ustedes hayan visitado alguna vez el planetario, ese curioso mapa del universo, quedándose embrujados ante el modo en que se relacionan los astros. Asistir a la proyección de Volver tiene algo de visita al planetario, sólo que aquí los astros son cinco mujeres que representan al cosmos femenino. Observar ese universo a una escala comprensible, y desde la oscuridad cómplice de la butaca de patio, proporciona un placer sin límites, pero también una extraña inquietud. Si el movimiento de los astros está regulado por las fuerzas de la gravitación universal, las mujeres, en las películas de Almodóvar (y seguramente en la vida), se relacionan alrededor de un secreto. El secreto mueve ese curioso firmamento en el que Penélope Cruz, Carmen Maura, Blanca Portillo, Johana Cobo y Lola Dueñas, cada una diferente a la otra, giran para hacer y deshacer el mundo cada día. Las vemos amanecer, anochecer, llover, granizar, nevar, con una precisión absorbente. Las mujeres saben cosas de la vida que los hombres ignoramos (de dónde vienen los niños, por ejemplo). Almodóvar, que lleva toda la vida escuchándolas, descubre en Volver algunos de esos misterios al sorprendido espectador.

Lo bueno y lo malo Levante 21.03.2006 Érase un autor que llevaba diez años sin escribir. Pese a ello, los periódicos se acordaban de vez en cuando de él y le proponían entrevistas. «¿Para cuándo su próxima novela?», le preguntaban indefectiblemente. «No lo sé», mentía, «llevo todos estos años trabajando en una historia muy complicada». A veces, tenía la tentación de asegurar que estaba escribiendo una obra maestra, pero se contenía por miedo a levantar unas expectativas indeseables. Si por fin escribiera y publicara algo, algunos críticos intentarían demostrar que se trataba de una basura por el simple afán de disentir. Se le ocurrió entonces la posibilidad de declarar que estaba escribiendo una novela muy mala, la peor del mundo. Tal vez entonces, también por llevarle la contraria, la calificaran de obra maestra. ¿Y por qué no escribir una novela mala, pero de una maldad no convencional?, se preguntó ¿Resultaría posible perpetrarla sin recurrir a ninguno de los estereotipos de la maldad literaria? Llevaba años preguntándose tal cosa, harto de una carrera llena de éxitos convencionales logrados con obras convencionalmente buenas. Conocía las convenciones sobre lo bueno. Sabía cómo escribir una novela buena tópica, pero no una novela mala original. Una novela horrible, pero insólita, si fuera verdad que los extremos se tocan, sería en el fondo una novela buena. ¿Se plantearía la sociedad literaria todas estas complejidades si declarara públicamente que llevaba diez años trabajando en una mala novela? «Novelas malas hay muchas», le dirían, «para qué queremos una más». «La mía -respondería él- rompe todas las convenciones del género malo; se trata de una novela mala genial.» Imaginaba la cara de los críticos, de los lectores, de sus padres, de sus hijos? Dirían de él que estaba acabado, que se había vuelto loco. En realidad llevaba diez años ocioso, sin hacer nada. Le había abandonado el deseo de escribir, quizá porque no le había costado demasiado triunfar. Ahora quería fracasar, pero fracasar con éxito, porque sólo eso le devolvería la pasión por la vida. Esa misma tarde se puso a escribir una novela genial, pero volvió a salirle una obra maestra convencional, así que se tomó un somnífero y se metió en la cama.

Cadenas El País 24.03.2006 La cadena de la custodia, he ahí el problema. ¿Cómo asegurar que no se rompió un solo instante? Es muy difícil estar mirando una mochila durante dos años seguidos, sin pestañear. Al poco, te empiezan a picar los ojos, se te seca la córnea, se desbordan los conductos lacrimales, comienzas a ver manchas... Caes, al fin, en la tentación de parpadear y se va al carajo la cadena de la custodia. Luego se lleva la culpa Al Qaeda, cuando es evidente que fue ETA, o sea, el Movimiento de Liberación Nacional Vasco o el Movimiento Vasco de Liberación Nacional, no caigo ahora en qué orden colocaba Aznar la Liberación. Tarde o temprano se rompen todas las cadenas: la del frío, en los productos congelados; la de mando, en los ejércitos; la de la mentira, en los partidos políticos... Aunque no trasnocho por prescripción facultativa, el miércoles estuve zapeando hasta las tantas. Curiosamente, los mismos que daban por hecho el cambiazo de la mochila, aseguraban que el comunicado de ETA era el de siempre. ¿Acaso llevaban años observándolo sin pestañear? ¿No había posibilidad alguna de que fuera distinto? ¿Significa lo mismo "tregua indefinida" que "alto el fuego permanente"? Lo más raro, con todo, es que algunos aseguraban que el alto el fuego era "culpa" de Zapatero. ¿Se puede tratar una buena noticia en términos de culpa? ¿Por qué aquel mal humor? Cuando estaba a punto de irme a la cama, di con un programa sobre la guerra de Irak y comprendí que era la misma de hace tres años. Se continúa torturando, sojuzgando y asesinando al pueblo al que teóricamente se iba a liberar con mentiras idénticas a la de las armas de destrucción masiva. Ni siquiera un hombre tan dubitativo como el inspector jefe Álvarez podría negar esta evidencia. Da igual que cierres los ojos, que mires a otro lado, que interrumpas la cadena de la custodia, la cadena de frío, la cadena de mando, porque por encima de todas esas cadenas permanece, intacta, la cadena de la lógica, según la cual invadimos un país y nos pusieron una bomba. El alto el fuego ha dejado muchas cosas antiguas, entre ellas la mochila, pero aquella guerra, pese a Zaplana, continúa sucediendo hoy allí y aquí, en Bagdad y en Madrid.

La noticia Levante 24.03.2006 Tomé un taxi y le pedí al conductor que pusiera la radio, para ver si decían algo sobre el alto el fuego. -¿Qué alto el fuego? -dijo. -El de ETA. -¿Se ha rendido ETA? Al principio, pensé que me estaba tomando el pelo, pero resultó que no, que vivía completamente al margen de la realidad. En momentos en los que todos hablamos de lo mismo, resulta chocante que alguien tenga otras preocupaciones. Este hombre tenía toda su atención puesta en unos análisis que se acababa de hacer. -Me dolía aquí y al final fui al médico. A lo mejor es algo malo, ya ve usted. Ahora que me voy a jubilar igual tengo algo malo. ¿Quiere oír lo de ETA entonces? -No, no prefiero oír lo de usted. ¿Está asustado? -Asustado exactamente no. Un poco preocupado, sí. Tengo tres chicos. Los dos mayores viven ya su vida, pero el pequeño tiene 13 años. Vino fuera de tiempo y no lo íbamos a tirar a la basura. El caso es que es un chico un poco frágil, muy vulnerable, se dice así. Muy vulnerable, me gusta esta palabra, vulnerable. Se la escuché al psicólogo por primera vez. Quiere decir que le afecta todo. Es un chico normal en los estudios, en las relaciones con la gente, en sus gustos, pero como alguien le diga una mala palabra se queda destrozado. No lo soporta. Tiene una sensibilidad enfermiza. Eso dijo el psicólogo, sensibilidad enfermiza. Yo quiero con locura a ese crío. No es que no quiera a los otros, pero por éste siento una pasión especial. A lo mejor lo he hecho yo así de sensible, no sé? El caso es que no puedo morirme mientras no se haga un poco más fuerte. Abandoné el taxi conmovido. La historia de este hombre no saldría, lógicamente, en ningún periódico. Y sin embargo era un notición, un alto el fuego dentro del fuego cruzado de opiniones, comunicados, tesis, juicios, veredictos, dictámenes. Me propuse no escuchar la radio en dos horas, para disfrutar de la sensación que me había dejado. Pero no pude. Estoy enganchado a la realidad como otros al tabaco.

Fantasmagorías Levante 26.03.2006 Asombra, observando las portadas de los periódicos de los últimos días, el contraste entre la noticia (buena) y la foto (mala). Los titulares hablaban de alto el fuego, de oportunidad para la paz, etc. Pero la foto mostraba una mesa con tres encapuchados. Alrededor de los encapuchados, toda esa parafernalia cutre de las patrias, de todas las patrias. El texto invitaba a la alegría, pero la foto ponía los pelos de punta. Daban ganas de decir: o es mentira lo que dicen los titulares o es mentira lo que dice la foto, porque las dos cosas no pueden ser verdad. No vamos a pedir a un terrorista sensibilidad escénica, ni conocimientos decorativos, pero podían haber solicitado el asesoramiento de un experto. Servir el alto el fuego de ese modo es como regalar un pastel de nata envuelto en papel higiénico. Ya sabemos que en este caso no regalan nada, que el comunicado es una forma de rendición, pero también hay formas y formas de rendirse. Siempre escribimos. No hacemos otra cosa que escribir. Cuando hablamos, cuando caminamos, cuando comemos, escribimos frases en el aire con los brazos, con el movimiento de las cejas, con la intensidad de la Mirada. Escribimos sin saberlo, sin darnos cuenta. Muchas veces, decimos una cosa con la boca y otra con la escritura corporal. Los expertos llaman a esto lenguaje no verbal. Las fotografías son el lenguaje no verbal de los periódicos. Como se trata de un tipo de lenguaje sin codificar, las fotografías se colocan sin otro objetivo que el de manchar la página, para que el ojo descanse del texto. Pero en ese descuido se dicen, inevitablemente, cosas. ¿Qué dicen las capuchas? En este caso, dicen uuuuhhhh, que es la expresión favorita de los fantasmas. Uuuuhhh? No significa nada, pero acojona, con perdón. Al mismo tiempo, muestra toda la capacidad de articulación de un terrorista. Donde no hay pensamiento, hay ruido. Pero ustedes no se asusten, porque cuando se alcanza la condición de fantasma, uno es completamente inofensivo. No se fijen las fotos de los etarras, en fin, lean sólo el texto en el que expresan su rendición y crucen los dedos, para que todo salga bien

El miedo y las glándulas Levante 31.03.2006 El cambio de horario provoca miedo. Todas las alteraciones que le atribuyen los médicos son producto del miedo. Suena el despertador de noche y te incorporas con una punzada en el estómago. Algo no es como ayer y cuando algo no es como ayer nos asustamos. La conquista más importante de la cultura es la rutina. El hombre inventó la agricultura para no tener que andar de acá para allá. Queremos amanecer en la misma cama en la que nos hemos acostado y, a ser posible, a la misma hora. Los torturadores saben que no hay tormento más eficaz que el de las alteraciones del sueño. Hay un cuento de terror famoso nucleado en torno a un despertador que suena a las cuatro de la mañana, con independencia de la hora a la que se haya programado. Lo que nos pasa estos días no tiene que ver, en fin, con un problema glandular, sino con un desconcierto mental. Quizá las glándulas se alteren, pero como producto del miedo, no al revés. La gente se pasa el día haciendo cálculos. -Hoy son las doce de la semana pasada. -Pero la una de la que viene -responde el compañero pensando en el cambio de horario del otoño. Cerca de mi casa hay un colegio con cuyos alumnos coincido cuando saco a pasear al perro. Los chicos llevan cara de miedo porque se han despertado a una hora que no era. Los chicos quieren romper los horarios, las reglas del juego, quizá los semáforos, pero a condición de que haya, enfrente, una autoridad que intente impedírselo. En el caso del cambio de horario primaveral es la autoridad la que introduce el desorden. Da miedo que la autoridad no se atenga a lo pactado. Nos acostumbraremos al cambio, desde luego. De aquí a un par de semanas más, nadie hablará de ello. Pero esta noche, cuando a las nueve sea casi de día, un punto de extrañeza nos encogerá el ánimo. Tengamos el valor de nombrarlo: es miedo. La rotura del tiempo resulta insoportable. Ignoramos cuánta energía eléctrica se ahorra en esta operación (las autoridades no se ponen de acuerdo), pero es seguro que mueren un montón de neuronas. El pánico mata. Hasta el próximo cambio.

Próstata El País 31.03.2006 Dios y Luzbel coincidieron en la consulta del urólogo. Tras recibir malas noticias respecto a sus próstatas, Dios propuso que fueran a tomar un café. El diablo, que se jactaba de haber inventado la lucha de clases, se resistió por miedo a que aquello dañara su reputación. Pero el Todopoderoso dijo que se lo debía: "No habrías podido descubrir la lucha de clases si yo no hubiera concebido previamente las clases". Tras pedir las consumiciones, Dios le preguntó quién le había recomendado aquel urólogo, y si podía pagarlo. "Le compré el alma al poco de que terminara la carrera", dijo Satán, "a cambio del éxito. Durante estos años han pasado por sus manos las próstatas de los artistas más famosos, de los escritores con más prestigio, de los obispos con la mitra más larga... No me cobra nada con la esperanza de que en un arranque de generosidad le devuelva el alma. Si nos saca adelante, igual se la devuelvo". Dios le agradeció el interés por su salud, pero dijo que había pocas esperanzas. "Además", añadió, "estoy cansado de llevar esta doble vida. Predico la bondad, pero ya ves que la gente tortura y mata y se suicida en mi nombre. Al principio me divertía que resultara tan fácil proclamar una cosa y hacer otra, pero ha dejado de hacerme gracia. También tú estarías harto si tus seguidores fueran tipos como Bush o Bin Laden. La verdad es que habría dado cualquier cosa por tener entre mis filas a algunos de tus admiradores". "Si te gusta Julio Iglesias", objetó el diablo, "no puedes pretender llenar los estadios con aficionados a los Rolling. Tienes que ser un poco coherente". "Hay algo", añadió Dios, "que llevo muy mal, y es la sospecha de que al final tú has sido el más feliz de los dos". "No te creas", respondió el diablo, "cuando me di cuenta de que yo, comparado contigo, era un pedazo de pan, se me vino el mundo abajo. Por más empeño que ponía en hacer bien el mal, tú siempre me sacabas una cabeza de ventaja. Por decirlo rápido: yo debería haber inventado las clases sociales, desde luego, pero también la Inquisición, y el Opus y los cilicios de siete puntas". "Total, que somos un par de fracasados", resumió el Creador llamando al camarero. Pagó la cuenta el diablo, porque Dios no llevaba suelto.

Pistas Levante 02.04.2006 Un profesor de la Universidad Rey Juan Carlos ha encontrado excrementos de lince ibérico en los alrededores de la localidad de Navas del Rey, cerca de Madrid. La noticia carecería de importancia (un excremento es un excremento) de no ser porque creíamos que el animal había desaparecido de ese entorno. Si hay mierda de lince, dice la lógica, es que hay lince. Algunos estudiosos han negado que los excrementos aportados por el profesor Emilio Virgós sean del felino en cuestión. Pero un examen profundo de las deposiciones ha demostrado que contiene su ADN. Lo sorprendente, en cualquier caso, es el protagonismo de las heces, que algunos periódicos han fotografiado dentro de un tubo de ensayo, para ilustrar el texto. Una vez encontrada la caca, los ecologistas se disponen a buscar al lince, que, como su nombre indica, es muy listo. Quiere decirse que no se deja ver. Inevitablemente, un servidor ha imaginado un mundo en el que lo seres vivos sólo se manifestasen por sus deposiciones. -¿Habéis visto al director general? -No, pero no debe andar lejos porque esta caca es suya. No quiero dar nombres, pero hay personas que sólo se manifiestan a través de la caca. O son invisibles o son astutas, como el lince ibérico. El caso es que cuando llegas a donde se suponen que han hecho su última declaración (o deyección) sólo encuentras una boñiga. Los seres humanos hemos perdido la capacidad de leer los excrementos. Mi perro, que no dispone de laboratorios, huele una secreción y deduce la altura de la hembra, el color del pelo, su disponibilidad venérea y su número de teléfono. Nosotros, en cambio, no distinguimos ya la diferencia entre la defecación y el habla. Basta con que alguien cague con un poco de sintaxis para que confundamos sus boñigas con un discurso verbal. Algunos líderes radiofónicos y políticos sin pensamiento ponen por la mañana un huevo y se retiran. Luego llegan los exegetas o los falsos ecologistas, le hacen el ADN a la mierda y aseguran que está llena de pensamiento. Así nos va.

Los muertos y los vivos Levante 04.04.2006 El diccionario dice del término fosforescencia: «Propiedad de emitir una luz muy débil que persiste cuando ha desaparecido su causa». En cierto modo, si lo entiendo bien, se refiere a la posibilidad de continuar existiendo cuando ya se ha dejado de existir. Ocurre con las estrellas que han muerto hace millones de años, aunque luz continúa viajando por el espacio, a través del tiempo, para llegar a los ojos del espectador ingenuo que una noche de verano se tumba boca arriba, sobre la hierba, y contempla el cielo. Este espectador no distingue las estrellas muertas de las vivas. Todas tienen el mismo color, la misma intensidad, la misma forma. A veces, tiene uno la impresión de que la realidad más inmediata se comporta de un modo semejante. Cómo saber si las personas con las que nos cruzamos existen o no. Todas emiten luz, con independencia de que haya desaparecido o no su causa. Cuando éramos pequeños, en mi barrio, jugábamos a distinguir entre las personas vivas y las muertas. Se trataba de un juego extraño, que luego no he visto en otros barrios, en otras culturas. No tengo ni idea quién lo inventó, pero recuerdo que cuando uno creía ver a un muerto en el autobús, en la ferretería, en la iglesia, se lo comunicaba corriendo a los demás. Por lo general, nadie intentaba pasar gato por liebre. Si habías visto a un muerto, habías visto a un muerto. Y tus amigos, lo aceptaban. No logro recordar qué características tenía una persona muerta, puesto que hablaba y se movía como las demás. Pero nosotros sabíamos. Un día llegué a contar hasta 10 muertos y gané. El último era un niño de unos seis años que iba de la mano de su madre (una viuda). Nunca se nos ocurrió pensar que nosotros mismos estuviésemos muertos, que continuáramos emitiendo luz después de que hubiese desaparecido su causa. Ahora pienso que sí, que quizá estuviésemos muertos entonces y que hubiésemos crecido muertos sin saberlo. Nos gustaba mucho el brillo que producía el fósforo. A veces, nos dibujábamos con él rayas en la cara y nos asustábamos en la oscuridad con aquella luz que persistía después de que hubiera desaparecido su causa. Qué raro es todo.

La ley El País 07.04.2006 Supongamos que a los 30 años de edad llama usted al 091 porque han entrado ladrones en su casa. Imaginemos que la policía tarda 30 años en aparecer, o sea, cuando usted tiene 60. Para esas fechas, el jefe de la banda se ha casado con su hija y le ha dado nietos: un ladrón, por duro que sea, no puede estar atracando 30 años seguidos a la misma persona sin que se establezcan lazos afectivos. No hablo del síndrome de Estocolmo ni nada parecido, sino del roce que, como todo el mundo sabe, engendra cariño. Total, que lo sensato, a estas alturas, sería que la policía no interviniera. Pero supongamos que el día que usted cumple 60 años se abre violentamente la puerta y aparece la bofia. "¿Nos han llamado ustedes?". "Hace 30 años, pero como tardaban tanto en llegar hemos formado una familia. El atracador es ahora mi yerno". "Pues lo tenemos que detener". "No, hombre, no, que dejan a mis nietos sin padre". "La ley es la ley", etcétera. La policía hace lo que debe y no se lo podemos reprochar. Después de todo, actúa a instancias del juez, cuyo jefe no caemos ahora quién es (en EE UU, durante una época, fue Al Capone). El caso es que la Justicia, pretendiendo hacer el bien, hace el mal. ¿Quién se acuerda a estas alturas de que ese yerno suyo intentó robarle un día el televisor? Parece que estamos contando una historia fantástica, pero es real como Marbella misma, donde la policía ha tardado 30 años en llegar. Durante ese tiempo, los ladrones han construido 30.000 viviendas ilegales (1.000 por año), en las que, sin embargo, vive gente legal, que está pagando hipotecas reglamentarias. Y quien habla de casas, habla de locales comerciales ocupados por sucursales bancarias que proporcionan trabajo genuino a cientos de personas. La confusión ha llegado al punto de que las calles ilícitas se cruzan con las lícitas de tal manera que no se pueden destruir unas sin echar abajo las otras. Vas a detener a un mafioso y resulta que durante este tiempo ha hecho oposiciones y es el párroco, o el jefe de la policía. ¿Qué hacer? Llamar a Gómez de Liaño, claro, que al haber estado en los dos lados de la ley se mueve con idéntica soltura en ambos. Parecía que no, pero la Rubia tiene cabeza.

La burbuja desciende Levante 09.04.2006 De un lado, la vivienda continúa subiendo. De otro, en el Salón Inmobiliario celebrado estos días en Madrid te regalaban un coche si te comprabas un piso. Una de las dos cosas debería ser mentira (si hay demanda, para qué estimularla), pero los expertos aseguran que ambas son ciertas. Hay una tercera vía para comprender el fenómeno: que las dos sean irreales. Lo irreal no compite con lo verdadero porque se sitúa en otra dimensión. Si los precios de la vivienda son irreales, ¿por qué no alentar su adquisición con el sorteo de un purasangre? Han leído bien, un purasangre: tal era la promoción de otra de las constructoras presentes en el Salón. Un purasangre es un caballo geométrico, un teorema orgánico, un cuadrúpedo con pedigrí cuyos cuartos traseros remiten a un universo moral. Resulta que va usted al Salón Inmobiliario a comprarse un piso de 35 metros (antes los llamaban apartamentos) y le puede tocar un caballo de cien metros. O sobra caballo o falta piso, eso es evidente, pero si los comerciales de la promotora inmobiliaria, que saben de qué va la cosa, han lanzado la oferta es porque la consideran atractiva. ¿Y por qué es atractiva? Porque es irreal. Ni en nuestras fantasías más delirantes, usted o yo hemos soñado con tener un purasangre. ¿A quién está asociado este tipo de animal? A Gil y Gil o al tal Roca, el de Marbella, que se dedicaba, curiosamente a la construcción. A nosotros nos regalan un purasangre y nos crean un problema, oiga, porque lo tienes que llevar todas las semanas al veterinario. Otras constructoras más sensatas (quizá más realistas), regalaban, por la compra de un piso, un cheque de un millón de pesetas, o una plaza de garaje. Quiere decirse que el mercado inmobiliario ha empezado a copiar el modelo de los jabones de baño, que te regalan un frasquito de champú. Muy mal les deben ir las cosas para moverse entre los extremos del purasangre y de la promoción droguera. Por decirlo rápido: se están volviendo locos. Y se están volviendo locos porque la burbuja ha comenzado a caer hacia la realidad. Otra cosa es lo que dure ese descenso, o si pincha antes de tocar el suelo.

Una extraña asociación Levante 11.04.2006 El Metro de Madrid cuenta desde hace unos días con una especie de tren fantasma que recorre durante la noche las galerías subterráneas para detectar fallos. No nos interesan tanto los detalles técnicos de este invento como la imagen que provoca en nuestra imaginación: mientras la red duerme, una especie de robot solitario inspecciona cada uno de sus rincones. Quizá mientras nosotros permanecemos en la cama, entregados al sueño, un fantasma recorre también nuestro cuerpo buscando en su interior peligros potenciales. Lo que ocurre debajo de la realidad, especialmente cuando se va la luz, constituye siempre un misterio entre excitante y amenazador. Así es como lo sienten los insomnes cuando, al recorrer la casa a las tres de la mañana, comprenden que se trata de una casa diferente a la que habitan durante el día. Lo cierto es que todo lo importante sucede ahí, debajo de la piel, o debajo del asfalto. Ese grano que descubrimos en la barbilla al aplicarnos la crema de afeitar es el resultado de una actividad interna. El robot del Metro de Madrid tiene la función de detectar el grano antes de que se manifieste. Para ello, se desliza silenciosamente por los raíles, con todos sus sensores atentos a cualquier movimiento extraño. Su fiabilidad es tal que la información que envía a los ordenadores es el Evangelio. Por cierto que, por los días en los que se inauguró este sistema de detección de fallos, saltó a la prensa el descubrimiento del Evangelio de Judas. Según este escrito, ya lo saben ustedes, este apóstol era el preferido de Jesús. Pero lo que nos importa, porque nos conmovió, fue una cita extraída del texto para la confección de un titular. Decía así: «Aléjate de los otros y te contaré los misterios del Reino». De repente, se imagina uno a Judas como un individuo solitario, braceando por debajo de la realidad para saber lo que sucede arriba. La imagen de este Judas subterráneo se confundió en nuestra cabeza con la del tren fantasma del Metro de Madrid. En ambos casos parece cumplirse una ley según la cual, para conocer la realidad, conviene retirarse de ella y trabajar, si no de noche, en las sombras. Qué extrañas asociaciones establece el cerebro y qué miedo da verbalizarlas.

Pansexualismo El País 14.04.2006 Ya anunciamos en su momento que, aunque los dirigentes del PP hubieran combatido con ferocidad en las instituciones y en la calle la ley que ampliaba a los homosexuales el derecho a casarse y a formar una familia, no tardarían en beneficiarse de ella. Pero pensábamos que esperarían por lo menos a que se resolviera el recurso que, en contra de esta iniciativa, presentaron ante el Constitucional. Nada de eso: un concejal popular de Orense acaba de contraer matrimonio con su novio en una ceremonia a la que ha asistido el mismísimo presidente del PP gallego. ¿Somos adivinos? No, somos observadores. El PP también estuvo en contra de la Constitución (a la que ahora veneran); del divorcio (al que exprimen); del aborto (al que suponemos que recurrirán como todo hijo de vecino). Son sólo tres ejemplos, pero para muestra vale un botón. Tampoco nos ha decepcionado la Conferencia Episcopal, que ha puesto el grito en el cielo (dónde si no), atribuyendo el suceso al "exasperado pansexualismo" que se vive en España. "Exasperado pansexualismo", no se pierdan la expresión porque es de las que marcan época. Nosotros no sabemos, ni nos importa, cómo son las relaciones venéreas entre el concejal de Orense y su cónyuge (que sean exasperadas o serenas es un problema de ellos). Lo que sí sabemos es el significado del término pansexualismo, que el diccionario de la Academia define de este modo: "Tendencia a encontrar en toda conducta una motivación sexual". Este es el problema de la Conferencia Episcopal, y de la Iglesia en general, que sus representantes no pueden abrir la boca sin hablar de sexo. Tanto es así que el obispo encargado de condenar el pansexualismo español recordó, acto seguido, que el onanismo continúa siendo un pecado mortal que se paga con el infierno. Asegurar con ese desparpajo que una actividad tan natural, inocente y cotidiana como la masturbación constituye una ofensa gravísima a alguien que sólo existe en la cabeza de quienes creen en él, resulta tan pintoresco como negar el movimiento de traslación de la Tierra. También, por cierto, en su día lo negaron, del mismo modo que el PP pidió firmas contra el divorcio. No somos nadie.

Ni el día ni la hora Levante 16.04.2006 -¿Cree usted que va a morir en la carretera? Pues, francamente, no lo descarto, pero tampoco lo anticipo. Sólo puedo decirle que llevo un décimo de esa lotería negativa, como todo el mundo que conduce. -¿Cree usted que va a morir de cáncer de pulmón? -le pregunto a un fumador. -No estoy seguro -me responde-, porque soy conductor, de modo que quizá muera en la carretera. Cerca de nosotros hay un ecuatoriano en traje de faena. -¿Y por qué a los obreros de la construcción no nos preguntan si vamos a morir en la obra? ¿Sabe usted cuantos accidentes laborales hay en España al año? -Ahora no caigo -digo-, pero ¿cree usted que va a morir en el andamio? -Pues teniendo en cuenta que ni fumo ni conduzco... Lo cierto es que, aunque no conocemos el día ni la hora, nos parece encomiable, a la par que turbador, el esfuerzo de la Dirección General de Tráfico por arrebatarle un puñado de muertos a la estadística, que es como arrebatárselo a un dios cruel, sediento de sangre, de sacrificio, de dolor. -Este año, la Estadística (con mayúscula, puesto que es una divinidad) se ha llevado un 5% menos de seres humanos. -¿Se refiere usted a la estadística de los fumadores, de los trabajadores de la construcción, o de la operación retorno? -En estas fechas tan señaladas sólo me puedo referir a la operación retorno. -Pues que sea enhorabuena. Las autoridades hacen lo que pueden en todas las áreas, y nosotros se lo agradecemos, pero de vez en cuando nos podían lanzar algún anuncio alegre, porque esto es un sinvivir. -¿Cree usted que llegará a fin de mes con un trabajo precario y un sueldo de 900 euros? -Malamente, señor. Por eso mismo he tenido que dejar de fumar y renunciado al coche. -Dos loterías menos. Una cosa por otra.

Bestiario fantástico Levante 17.04.2006 Los medios de comunicación han difundido un conjunto de fotografías donde aparecen las propiedades de Juan Antonio Roca, el exasesor de urbanismo del Ayuntamiento de Marbella. La mayoría de estas propiedades son animales disecados. Jirafas, osos polares y leones, entre otros, formaban parte de ese raro zoo que la policía ha descubierto debajo de su cama. En realidad, todas las riquezas que atesoraba este caballero estaban muertas, aunque en buen estado de conservación. Entre los cadáveres más interesantes apreciamos un coche de línea antiguo, con su baca, al que la muerte le sienta mejor que al oso polar. También tenía palacetes vacíos y un helipuerto fuera de uso, además de un número indeterminado de fincas sin cultivar. Todo el dinero que robaba (presuntamente) se lo entregaba a la muerte, pero la muerte nunca tenía bastante porque la muerte es insaciable. Entre las pertenencias disecadas de Juan Antonio Roca, quizá la que más impresiona es la de Isabel García Marcos, una socialista extinta en la que el taxidermista se ha empleado a fondo, sin piedad. Da miedo observarle los labios, excesivamente trabajados, así como los pliegues de la piel. Eso se debe a que, al contrario que al resto de los animales, la disecó viva. No hay precedentes de una práctica semejante en los museos de ciencias naturales. El resultado, en cualquier caso, resulta estremecedor. Imagínense que esa ardilla disecada del restaurante de la carretera se sacudiera de repente el polvo y comenzara a abrir o cerrar los ojos y a caminar por el mostrador. Nos quedaríamos espantados. Eso es lo que nos ocurría cada vez que aparecía en la tele Isabel García Marcos. Entonces no sabíamos por qué. Ahora sí: estaba disecada. Ha sido una suerte coger a este hombre vivo, pues su pasión por lo inerte, por lo vacío, por lo deshabitado es tal que quizás había encargado ya a su disecador de guardia que empezara a vaciarle. Marbella debería ser declarada ya mismo patrimonio de la humanidad. No es probable que haya habido un caso semejante de bestiario fantástico, llevado a la práctica, en toda la historia de la evolución.

La luz Levante 18.04.2006 El caso de Joyce Vincent ha sido noticia de milagro. Me refiero a esa mujer cuyo esqueleto acaban de encontrar en el interior de un apartamento, en Alemania, mirando atentamente la televisión, que permanecía encendida. No es el primer caso, ni el último. Mucha gente muere ya viendo las noticias, lo que constituye un modo de equilibrar un poco las cosas: no es justo que sólo la palmen al otro lado del televisor. Por cada cien personas que pierden la vida en el interior de las noticias, una al menos debería perderla dentro de los hogares. Joyce Vincent no puede saberlo, pero ha aportado un punto de equilibrio a un mundo desquiciado. El día en el que fallezca el mismo número de televidentes que, pongamos por caso, de iraquíes, podremos empezar una contabilidad funeraria digna de tal nombre. Pero decíamos que el caso de esta mujer ha sido noticia de milagro, pues su muerte forma ya parte de la rutina. A ver, vivía en una casa de 200 apartamentos, en un hormiguero como el que dice. Yo tuve un hormiguero artificial, de metacrilato, y veía ir y venir las hormigas de acá para allá con sus automatismos, sin preocuparse de las bajas que se producían en la colonia. Ahora bien, si aparecía una hormiga muerta en medio de una galería, constituyendo un estorbo, la retiraban a una especie de cementerio que había junto al almacén. Joyce Vincent se murió discretamente, sin molestar a nadie, pero cometió el error de dejar de pagar el alquiler. Por eso la han descubierto. Pero no le podrán hacer la autopsia, porque se ha quedado en los huesos. Nosotros, tal como están las cosas, llamamos a eso una muerte digna. Lo que más nos ha llamado la atención, con todo, es que durante los dos años que permaneció difunta no se le fuera ni una sola vez la luz (de otro modo, habrían encontrado el televisor apagado). A mí se me va dos veces al mes. No puede uno morirse tranquilo pensando que la tele se va a apagar antes del juicio final. Si la compañía eléctrica de esa mujer era E. On, estoy de acuerdo en que se quede con Endesa. Queremos morir en nuestros apartamentos con la tranquilidad de que no se irá la luz en el momento más interesante de Frazier, o Los Soprano.

500 El País 21.04.2006 Yo no creo en los billetes de 500 euros, pero existir existen. Personas que no suelen mentir juran que se les han aparecido. Después de todo, somos un país con tradición de visiones místicas, quizá por eso aquí brotan más que en el resto de Europa. Es lo que aseguran al menos las autoridades económicas, que acaban de informar de que la cuarta parte de los billetes de 500 euros que hay en el universo mundo se manifiestan en España, aureolados por lo general con el resplandor del dinero negro. Lo lógico es que la economía sumergida, que es a todas luces ilegal, trabajara con dinero falso, pero las cosas no son tan sencillas, amigo. A veces, lo normal y lo paranormal se abrazan de tal modo que no hay manera de tirar del hilo. Quizá hayan cambiado las cosas, pero hasta ayer mismo, en los despachos de los notarios, cuando se firmaba una escritura, la parte contratante de la primera parte le pasaba una cantidad de dinero negro por debajo de la mesa a la parte contratante de la segunda parte. El notario, para no dar fe, se iba a hacer pis. Si eso ocurre en los despachos de los notarios, qué no ocurrirá en los del hampa, cuyos titulares están de la próstata. Hacienda no ha proporcionado característica personal alguna acerca de esos billetes de 500 euros, pero estamos por asegurar que, si se analizaran, encontrarían en ellos restos de cocaína. O de cal. La cal produce más euforia que la coca. Esnifas una raya y te da por levantar una urbanización. Al final todo está relacionado, porque el dinero de la droga se blanquea en la construcción, eso es lo que aseguran los expertos. El caso es que va usted a comprarse un pisito y sin darse cuenta se mete en una red de narcotraficantes. "Si quiere usted el piso, tiene que darnos un millón en dinero negro". "Pero yo no tengo dinero negro, soy un trabajador". "No se preocupe, lo oscurecemos en el despacho del notario". "¿En el despacho del notario? ¿Entonces es legal?". "Prácticamente sí. Puede traernos el millón en billetes de 500 euros con restos de cal o cocaína". El que no haya pagado un millón de pesetas en dinero negro al adquirir la casa de sus sueños (y delante de la bragueta del notario) que tire la primera piedra. Uno de cada cuatro billetes de 500 euros circula por España. ¿Uno de cada cuatro delincuentes también?

Porque sí Levante 21.04.2006 Me gustan los delirios. Las mejores obras de la literatura universal son la descripción de un delirio (El Quijote, Alicia en el País de las Maravillas, La Metamorfosis). Contra lo que podamos creer, el delirio está instalado en la vida cotidiana, convivimos con él. Los profetas, tan abundantes a lo largo de la historia, eran personas delirantes cuyas alucinaciones, por una u otra razón, conectaban con las necesidades de su entorno. El mundo está plagado de edificios, de estatuas, incluso de ciudades, que son un monumento al delirio. Cada día, amasamos la realidad con cantidades ingentes de ensueños. Lo que ocurre estos días con el precio del barril de petróleo, un líquido que sirve para que nos matemos en los coches (y al salir de vacaciones, por cierto) es una locura en la que vivimos ya perfectamente instalados. Si otras culturas cuentan con terroristas suicidas, nosotros tenemos turistas suicidas: personas aparentemente normales que se inmolan al Dios Tráfico con el seguro a todo riesgo. Hay grupos sociales más delirantes que otros. Los niños, por ejemplo, atraviesan la raya de la locura en un suspiro. Hace poco, le pregunté a uno por qué, habiendo dientes de leche, no había ojos de leche también y orejas de leche. A los dos minutos estábamos imaginando ese momento mágico en el que se nos caerían las orejas con las que habíamos nacido para dar paso a las nuevas. En cuanto a los ojos, decidimos que no se desprenderían a la vez, por razones obvias. Al final, llegamos a la conclusión de que el cuerpo entero con el que venimos al mundo debería ser de leche, como los dientes, de modo que en torno a los 8 ó 9 años pudiéramos cambiarlo de arriba abajo. El único problema, según el niño, es que en lugar de visitarnos el ratoncito Pérez, nos visitaría la rata Gutiérrez, por una cuestión de proporciones Tom Cruise ha anunciado que se comerá la placenta y el cordón umbilical de su próximo hijo. «Son muy nutritivos», ha asegurado. Eso es lo que se llama un delirio con coartada gastronómica. Pero es que Cruise tiene un temperamento religioso y necesitan que las cosas tengan un porqué, se trate de la salvación o de las proteínas. Hay que atreverse a devorar la placenta porque sí.

Oraciones subordinadas Levante 23.04.2006 Coincidí en un acto social con una periodista de televisión que me contó la evolución del medio en los últimos tiempos: -Hasta hace dos años -me dijo- en mi programa podía entrevistar a escritores. Se aceptaba que tenían algo que decir, aunque lo dijesen en un cuarto de hora. Hoy es imposible. Un cuarto de hora de televisión es una eternidad. Tienes que cambiar de asunto, de personaje, de enfoque cada quince segundos. Has de darlo todo muy picado. Al principio no entendí la expresión «muy picado». Creí que se refería a una cuestión relacionada con las cámaras, pero no, «muy picado» significaba muy picado, o sea, lo que hacemos con la carne para darle forma de hamburguesa. Quiere decirse que la redacción se reúne, decide los contenidos y después los pasa por la túrmix para que el usuario no tenga que esforzarse en masticar. A mí me gusta picar mucho el ajo y la cebolla en los sofritos, para que no se noten. Pero un guiso no es un programa de actualidad (aunque los programas de cocina tienen mucho éxito). No estoy seguro de que sea tan necesario picarlo todo tanto. Aunque es cierto que un día que estuve en la tele, no hace mucho, el entrevistador me dijo: -Procura no dar respuestas de más de diez segundos y di frases muy cortas, muy directas, porque la gente, si no, se marcha a otro canal. Comencé la entrevista aterrado, pues a veces, sin querer, me salen oraciones subordinadas. Las oraciones subordinadas están completamente prohibidas en la tele. No hay nada que perjudique tanto a la audiencia como la subordinación gramatical. De entre las subordinadas, las condicionales son las más perseguidas por alguna razón que nadie ha conseguido explicarme. Si estás en la tele y no tienes más remedio que introducir una oración subordinada, procura que sea temporal. Verbi gratia (con perdón): «Cuando yo me afeito, mi mujer se pone las medias». El caso es que la televisión, en su afán por conquistar un grado de simpleza semejante al de la oligofrenia, se ha puesto muy, muy complicada. Si alguien dice cosas inteligentes (oración condicional), lo toman por tonto.

El siglo XXI Levante 25.04.2006 Han pasado casi seis años desde el 31 de enero de 2000, cuando el cambio de siglo. La fecha se consideraba tan importante que las personas más desgraciadas de este mundo eran aquellas que no tenían con quién celebrarla. No todas las generaciones tienen el privilegio de atravesar una frontera de esta naturaleza, se decía entonces, en medio de los preparativos para un instante mitificado hasta el absurdo. Entre las profecías malas, que son las que gustan, destacaba aquella según la cual todos los sistemas informáticos se volverían locos y pondrían el mundo patas arriba. Las cajas fuertes de los bancos se abrirían, la información de los departamentos oficiales se borraría, los robots se volverían contra sus creadores. No se cumplieron las profecías malas, pero tampoco las buenas, según las cuales se trataba de un siglo para elegidos. Se había extendido la idea de que había, entre un siglo y otro, una especie de filtro que sólo lograrían atravesar los más inteligentes, no los más fuertes. Pues ni los más inteligentes ni los más fuertes: los más idiotas, entre los que me cuento. De hecho, continúo publicando mis artículos con la misma tranquilidad que hace seis años. -¿Pero el cambio de siglo no implicaba un cambio de tendencias, de personas, de costumbres? -Eso creíamos, pero no. Mi permanencia, debo añadir, no tiene ningún mérito. En un mundo en el que sobrevive Bush, sale adelante cualquier bacteria con un par de habilidades. Es ese mi caso. Soy una bacteria y tengo un par de habilidades. Pero soy una bacteria con la autoestima baja, por lo que no me lo acabo de creer. Uno pensaba que el siglo XXI iba a ser exigente de verdad. A veces, intentaba imaginarme al jefe de Recursos Humanos de ese siglo y visualizaba a un tipo que era una hábil mezcla de filósofo existencialista y teólogo jesuita, con unos toques de jefe de personal de El Corte Inglés: un genio en suma. Pero nada de eso. Nos hemos colado todos y estamos haciendo un siglo XXI que no tiene nada que envidiar al XX. Aquí paz y después gloria.

¡Ojo! El País 28.04.2006 Estados Unidos tiene repartidas por el mundo cien mil personas cuya función es tomar apuntes. Son espías, la mayoría de ellos destacados en lugares que tradicionalmente no representaban ninguna amenaza, pues cada día es más difícil saber dónde se encuentra el enemigo. Puede ser el marido de tu hermana (cuando no tu hermana misma), el lechero, el vendedor de lotería, el mendigo del metro, la bibliotecaria... En Los tres días del Cóndor aparecía una oficina de los servicios secretos norteamericanos cuyos empleados -padres de familia absolutamente normales- buscaban mensajes ocultos en las novelas de moda. La vigilancia no es incompatible con la lectura, ni con el matrimonio. Además, basta con tener un poco desarrollado el sentimiento de persecución. No es por promocionarme, pero yo sería un espía excelente. Esta mañana, sin ir más lejos, al leer el horóscopo de los Tauro, me di cuenta de que pertenecía en realidad a los Virgo. Estaban cambiados, pues a aquéllos les anunciaba buen estado de ánimo, cuando todos sabemos que están por los suelos, y a éstos dificultades psicológicas, cuando, según Urano, se encuentran en su mejor momento. Esto quiere decir algo, me dije. Investigué más a fondo, averiguando qué cargos de la Administración norteamericana actual son Virgo o Tauro, y llegué a conclusiones estremecedoras que, por prudencia, omito. Si la CIA está interesada en mis análisis, que me contacte, como siempre, a través de los anuncios clasificados de EL PAÍS. Ya saben lo que tienen que poner: "La cecina está cruda". Sólo pido que lleguen antes de que me pase lo que a Robert Redford en Los tres días del Cóndor. Y, como yo, hay cien mil personas en el mundo. Cien mil pares de ojos, doscientos mil oídos, decenas de miles de fosas nasales y un millón de dedos (sin contar, claro está, los de los pies) observan, escuchan, huelen y palpan la realidad para demostrar que nos persiguen. En la mayoría de los casos son gente anónima, incluso vulgar, pero con un olfato entrenado para detectar mensajes ocultos en las canciones de Bisbal, en los anuncios por palabras o en los envases del Ajax Cloro. Y todavía hay gente que se aburre.

Las tardes muertas Levante 02.05.2006 Uno siempre pensó que había más muertos que vivos, que los muertos eran una especie de océano, mientras que los vivos apenas superábamos el tamaño de una charca. Había un cierto consuelo en el hecho de que al morir ingresabas por fin en algún tipo de mayoría. Pero he echado cuentas y creo que estaba equivocado; es posible que los muertos hayan sido, hasta ahora al menos, minoría respecto a los vivos. Quizá en los últimos tiempos, con el crecimiento desmesurado de la población, hayamos comenzado a igualarnos. Lo único seguro es que los muertos, siendo muchos o pocos, mandan más que los vivos. No ha habido cultura en la que no se les consultara a la hora de tomar decisiones importantes. Lo curioso es que respondían. Los muertos casi siempre responden. Tengo un amigo que llevaba 20 años escribiendo una novela. El año pasado, por estas fechas, falleció su madre. Tras el funeral, mi amigo se puso a escribir de forma disciplinada y ayer mismo me entregó el original, por si me apetecía leerlo. -¿Para quién has escrito esta novela? -Para mi madre. Mientras su madre estuvo viva, no la obedeció en nada. Pero la noche de su defunción se le apareció en sueños y le ordenó que terminara ese libro al que llevaba media vida dando vueltas. La novela es mala, pero eso no significa nada a los efectos que estamos discutiendo. Aquí hablábamos de la influencia de unos sobre otros y lo que queda demostrado es que los muertos influyen más en los vivos que al revés. Todo esto me ha hecho pensar en las tardes muertas. No he llevado una contabilidad muy precisa, pero creo que en mi vida hay más tardes muertas que vivas. Dada mi edad, me sobra perspectiva para saber cuáles han sido realmente importantes. Y las importantes son las tardes muertas. Ellas han preñado a las vivas. Las tardes vivas, sin el consejo de las tardes muertas, habrían sido tardes desastrosas, tardes zombis, por entendernos. Qué raro es todo, cada día más.

Matrimonios El País 05.05.2006 Los matrimonios entre las palabras son más sólidos que los del Hollywood actual. Echas un vistazo al periódico y ahí están, envejeciendo juntos, términos como uranio enriquecido, despliegue militar, memoria frágil, asignatura pendiente, banda armada, seguridad privada, gas natural, guardia civil, páginas amarillas, realidad nacional, inyección moral, consejero delegado, comunicado oficial, inflación anual... Inflación, por cierto, es bígama, pues se la ve mucho también con subyacente. No es el único caso, pero sí uno de los más activos: hay días en los que aparece copulando con anual en la primera página y con subyacente en la segunda, es que no para. En cualquier caso, sería muy de agradecer que todos estos matrimonios hicieran un intercambio de parejas para alumbrar uniones más estimulantes: militar frágil, guardia amarillo, uranio moral, memoria enriquecida, seguridad civil... Aunque no todos los matrimonios entre palabras son tan convencionales. Ayer encontré un trío: "Proyecto Gran Simio". Estos enlaces de tres palabras, sin ayuda de preposición o artículo que les ayude a articularse, constituyen rarezas muy interesantes. Proyecto Gran Simio. Sorprende la naturalidad con la que se pronuncia, la sencillez con la que sale de la boca, lo que quiere decir que los tres vocablos se llevan bien. Tal vez no se trate de un trío sexual, sino de una familia. Posiblemente, proyecto sea hijo de simio, que es a su vez cónyuge de gran. Ello explicaría la ausencia de conflicto. He aquí, en cualquier caso, un ejemplo de convivencia verbal del que, con la que está cayendo, deberíamos tomar nota. Pero no es la única rareza con la que he tropezado esta semana. Así, entre los matrimonios convencionales, de sólo dos palabras, descubrí uno completamente nuevo, al menos para mí. Se trata de "inteligencia seductora". Di con él en la contraportada de La Vanguardia. Inteligencia venía metiéndose en la cama hasta ahora con voces tales como diabólica, emocional, aguda, incluso con militar, pese a la incompatibilidad aparente, pero jamás con seductora. Me gusta este nuevo maridaje, inteligencia seductora. Lo que hace falta es que pase de la gramática a la realidad. Y que sea para bien.

Media conspiración Levante 07.05.2006 Me encontré en la calle con un amigo de la juventud y nos fuimos a tomar un café. Me dijo que estaba muy contento porque había escrito media novela. Le felicité, augurándole una alegría todavía mayor cuando la terminara. -No voy a terminarla -dijo-, el proyecto era escribir media novela. No supe qué decir. Normalmente, la gente quiere grabar un disco, no medio; o realizar una escultura, no la mitad; o dirigir una película entera. -¿Y qué vas a hacer ahora? -pregunté ingenuamente. -Escribir otro medio libro, pero esta vez de ensayo. Voy a hacer medio ensayo sobre la mitad de las cosas. -Lógico -apunté. -De lógico nada. Es sólo medio lógico. No entiendo la manía que tiene la gente con las cosas enteras. -Bueno -apunté con prudencia-, se trata de un afán explicable. -Pues los médicos aseguran que si comiéramos la mitad de lo que necesitamos viviríamos más. Si pasar hambre de pan es bueno, por qué no va a ser buena el hambre de novela. He dicho que se trataba de un amigo, pero lo cierto es que mi relación con él fue siempre un poco complicada. Los dos queríamos ser escritores, pero manteníamos puntos de vista muy distintos sobre la literatura. Al terminar los estudios, la vida nos dispersó y no había vuelto a saber nada de él. En un momento de la conversación comenzó a meterse con mi carrera literaria. Me acusó de pequeño burgués por escribir novelas enteras y cuentos enteros y artículos enteros. Para no discutir le di la razón y se enfadó aún más, porque, según él, le debía haber dado sólo la mitad de la razón. Como es lógico, pagamos a medias y nos despedimos a la mitad, sin darnos la mano, con una especie de hasta luego. Ya en casa, le relaté el encuentro a mi mujer y le hizo mucha gracia. «Estará medio loco», añadió, cuando era evidente que se trataba de un loco entero, lo que me puso en guardia sobre una conspiración universal contra la completud. Lo malo es que yo mismo me corregí de inmediato, reduciendo el caso a media conspiración, para no parecer paranoico.

La ruleta rusa Levante 09.05.2006 Cada familia española tiene un arma, o dos, en el garaje de su casa. El arma se llama coche. Las familias que no disponen de garaje abandonan el arma en la calle con el gesto cansado con el que el policía se desprende de la sobaquera al entrar en su piso. Así que hay armas en todas partes: en las viviendas, en las plazas, en las alamedas, en los sótanos de los grandes almacenes... Las autoridades piden que las utilicemos con prudencia, tal es su obligación, pero no se puede estar jugando a todas horas con una pistola sin que de vez en cuando se dispare. En EE UU, donde la posesión de rifles es tan legal como la de automóviles, los rifles organizan de vez en cuando una carnicería porque ésa es su vocación. Sin embargo, no prohíben los rifles. Allá ellos. Nosotros no prohibimos los coches. Nos limitamos a recomendar prudencia en su utilización. Ahora, con la mejor de las voluntades, se ha puesto en marcha una campaña dirigida a sensibilizarnos acerca de los accidentes absurdos de cada fin de semana. Se trata de que esas muertes nos escandalicen tanto como cualquier otra. Pero es inútil. El coche cumple entre nosotros la misma función que las armas en EE UU. Son el símbolo de nuestra riqueza, de nuestra independencia, de nuestro poder sexual. No podemos renunciar a él sin sentirnos un poquitín castrados, como los estadounidenses no pueden renunciar a las pistolas sin perder algo de su virilidad. La vuelta al transporte público está bien para los discursos, pero no para el día a día. Por eso, cada mañana jugamos a la ruleta rusa con los modelos de tracción a las cuatro ruedas. Nos gusta la ruleta rusa. Hagan campañas a favor del cinturón de seguridad, pero no se pongan ñoños con los muertos. Lo curioso es que esas armas que guardamos en el garaje están alimentadas con un líquido precioso, el petróleo, que procede de países a los que ni entendemos ni nos entienden. Cada año, nos asombran las muertes que produce la peregrinación a La Meca. Pero nosotros vamos a La Meca todos los días de la semana, aunque los puentes más, con las consecuencias que revelan las estadísticas. Es todo muy confuso.

Zoo El País 12.05.2006 Soñé que iba de la mano de mi madre a un zoológico de oraciones gramaticales donde nada más entrar, a la derecha, dentro de una jaula con los barrotes oxidados, reposaba la siguiente frase: "Me duele la cabeza". Aunque mi madre la repetía mucho, me impresionó verla enjaulada, quizá porque no había comprendido hasta ese instante su auténtico significado. De súbito, dentro de mi cabeza apareció otra cabeza dolorida, en una relación semejante a la de las cajas chinas. La frase, en la jaula, permanecía dormida, de modo que golpeé los barrotes para llamar su atención. Entonces se incorporó con un estremecimiento y comenzó a ir de un lado a otro. Al caminar cambiaba las palabras de sitio: la cabeza me duele, duéleme la cabeza, me duele la cabeza... Mi madre, temblando, dijo entonces: "Salgamos de aquí, hijo mío". Enseguida advertí que las frases estaban distribuidas temáticamente. Ahora nos encontrábamos ante una serie de jaulas ocupadas por oraciones absurdas. En la primera haraganeaba la siguiente: "El mejillón no tiene ingles". Mamá la observó durante unos segundos con expresión de perplejidad y luego me instó a salir también de allí como si se tratara de un sitio inconveniente para un niño. "Además", añadió, "lo que no tiene el mejillón es cabeza". "¿Entonces es mentira que no tiene ingles?", pregunté. "Ni ingles ni cabeza", respondió irritada, "pero que no tenga ingles es normal". A mí me dolían las ingles con la frecuencia con la que a mi madre le dolía la cabeza, pero no me pareció el momento de confesarlo. Buscando un lugar menos comprometido, fuimos a dar con el foso de las frases hechas, que se parecía al de los monos en la vida real. Había cientos de frases correteando de acá para allá ante el asombro de los niños. Me dio mucho asco, por razones evidentes, "en boca cerrada no entran moscas", así que tiré con fuerza del brazo de mi madre, pero ella se enfadó mucho y me pidió que intentara disfrutar de aquellas oraciones vulgares como los demás niños. Argumenté entonces que me dolía la cabeza y ella me observó preocupada como si aquella visita estuviera resultando un error. "No se te puede llevar a ningún sitio", concluyó, y me desperté.

Rarezas Levante 14.05.2006 Tengo un amigo que, en vez de oír voces dentro de su cabeza, escucha de vez en cuando el ruido de una cisterna al vaciarse. El hombre está tranquilamente en su casa, tomándose un yogur, cuando de repente, ¡zas!, alguien tira de la cadena en el interior de su bóveda craneal. El ruido es tan intenso que con frecuencia tiene la impresión de que su cabeza es la cisterna. Como es lógico, no muestra ningún interés en visitar las cataratas del Niágara ni ninguna extravagancia natural semejante. Las descargas se producen en cualquier momento del día o de la noche. Si es por la noche, se despierta sobresaltado y no concilia el sueño hasta que el depósito se colma de nuevo. El proceso de llenado es menos agresivo que el de vaciado, pero dura más. Como estas cosas no suelen ir a mejor, mi amigo ha empeorado. Desde hace algún tiempo, una vez que la cisterna se llena, escucha también el ruido de una puerta y el de unos pasos a lo largo de un pasillo. Él deduce que pertenecen al usuario del cuarto de baño en el que sucede todo. Parece que después de tirar de la cadena, el hombre (o quizá la mujer), tras subirse los pantalones o bajarse la falda, abandona el cuarto de baño y se dirige desde él a alguna dependencia del resto de la casa en la que sucede todo. Los pasos dejan de sonar a los treinta o cuarenta segundos de haberse iniciado. A veces son ágiles y secos, como si los pies que los produjeran fueran calzados con unos zapatos de suela dura, y a veces borrosos, como si esos mismos pies se hubieran calzado unas zapatillas de cuadros. En todo caso, atendiendo al ritmo, parece que se trata siempre de la misma persona. Mi amigo no vive. Ya no le molesta tanto el ruido de la cisterna como el no saber nada del sujeto que se mueve por el interior de su cabeza como Pedro por su casa. Yo le digo que, si tiene paciencia, tal vez la alucinación continúe creciendo y cualquier día de éstos escuche hablar a la misma persona que ahora se limita a andar por ella. Pero la verdad es que me da pánico que lo averigüe porque, no me pregunten por qué, creo que soy yo.

Saberes innatos Levante 16.05.2006 Es común que los estafadores inviertan en pintura. Cada vez que salta un escándalo (Marbella, Afinsa, Forum Filatélico?) resulta que los delincuentes implicados ocultaban en sus casas, además de dinero, claro, cuadros de Picasso, de Miró, de Tàpies? La verdad es que empieza a molestar esta relación entre el pillaje y la pintura. ¿Cuándo le va a llegar el turno a la literatura? Es hora, en fin, de que sepamos qué libros conservan en sus salones toda esta panda de sinvergüenzas, aunque no los lean. Los novelistas nos sentimos muy relegados, francamente. Y los poetas más, así que vamos a decir muy alto a las mafias en general que si nos hubieran leído, les habrían ido mejor las cosas. Soy un gran lector de novelas policíacas, y gracias a ello, he podido cometer más de un crimen, y más de dos, con total impunidad. ¿Por qué? Porque me sé todos los trucos del oficio. Ahora querrán saber ustedes a quién he matado, pero eso no lo puedo decir porque iría a dar con mis huesos en la cárcel, en compañía de gente que sólo aprecia la pintura. También, gracias a mis lecturas de John Le Carré, he espiado mucho en mi vida. Me gusta espiar y matar, es mi carácter. A veces, una cosa conduce a la otra. Pero tampoco han logrado llevarme ante los tribunales por espía: me sé todas las técnicas. Si me quieren creer, me creen y, si no, Santas Pascuas. Ahora bien, ¿podría haberme convertido en un espía sutil y en un asesino perfecto contemplando las obras de Miró? Desde luego que no. Este es, pues, mi mensaje a los delincuentes: que lean más, por favor, y que en el cuarto de baño, junto al cuadro de Picasso, tengan por los menos siete o diez libros con lo que solazarse. Lo que no he logrado, pese a haber leído tanto (y a los mejores autores) es acumular dinero. ¿Pero dónde se aprende esto? Dirán ustedes que en la facultad de Económicas, pero no es verdad. Con frecuencia, estos tipos que guardan diez millones de euros debajo de la cama carecen de estudios superiores, incluso inferiores. Y no hay novelas de economía del mismo modo que las hay de crímenes o de espías. Quizá se trate de un saber innato. Qué complicado es todo.

Vamos mejorando Levante 16.05.2006 «Inversores modestos», tal es la expresión más utilizada para referirse a los damnificados de Afinsa y Fórum. Quiere decirse que eran, en su mayor parte, gente que había ahorrado con mucho esfuerzo lo que ahora acaba de perder. Una vez más, la historia se repite porque la economía de mercado consiste, precisamente, en que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Sucedió hace unos años, de forma legal, en la bolsa. El asunto funciona de este modo: usted tiene un dinerito debajo del colchón, o en la cuenta corriente. Un día, en la boda del hijo del vecino, alguien le dice al oído que esos ahorros están siendo devorados cruelmente por la inflación y que debería mover su dinero para que produjeran algo. Usted es un hombre conservador, prudente, pero, cuando no es el vecino, es el cuñado el que ridiculiza su postura: -Ese dinero, bien invertido en la bolsa, se habría multiplicado ya por siete. El caso es que usted, para no sentirse un idiota, acaba cediendo a las presiones especuladoras del entorno. En ese instante, por hache o por be, la bolsa se viene abajo y con ella miles de inversores modestos (también hay formas legales de arruinarse). Lo de Afinsa y Fórum estaba muy bien montado porque sus vendedores hablaban de «bienes tangibles», es decir, que, a diferencia de los de la bolsa, se podían tocar. -Usted dispondrá en todo momento de su colección de sellos. Y los sellos, históricamente, siempre se han revalorizado. La expresión bien tangible era muy tranquilizadora. Y de eso se trataba, de que usted se fuera confiando poco a poco hasta entregar todo su capital a una inversión absurda, porque, digámoslo de una vez, no hay nada más absurdo que adquirir estampitas con la efigie de la reina de Inglaterra. Estamos en un mundo absurdo, ya lo sé, y quizá convenga invertir en disparates. Pero hay disparares y disparates. Si hasta la palabra filatelia suena a perversión sexual. En cuanto a la justicia, ha llegado con diez años de retraso, lo que no es mal un récord. En el caso de Marbella tardaron treinta. Vamos mejorando.

Conversión 19.05.2006 En ocasiones especiales, como la del miércoles, mi familia y yo, para no sentirnos desplazados, fingimos que nos gusta el fútbol. Así que nos dispusimos a ver el Barça-Arsenal con unción religiosa (anteayer quedó demostrado que, como se ha dicho tantas veces, el fútbol es la religión, y quizá el opio, del siglo XXI). Vino también el novio de mi hija mayor, un chico estupendo, muy cariñoso y complaciente, que, sin necesidad de que se le diera ninguna indicación, fingió, para crear un poco de controversia, que iba con el Arsenal: todos los demás habíamos apostado por el equipo de Rijkaard. A los pocos minutos de que comenzara el encuentro, observé disimuladamente a mi familia y me emocionó verla tan unida en torno al televisor (de plasma y pantalla plana). Sólo el rezo del rosario, hace años, creaba vínculos tan sólidos. En un momento, con la excusa de ir al baño, me asomé a la ventana del patio interior y se me erizó el vello al comprobar el silencio general del bloque, interrumpido únicamente por la voz eléctrica del oficiante. Me hizo sentir muy bien saber que yo formaba parte de aquel silencio general, que pertenecía a alguien o a algo que estaba más allá de los tabiques de mi casa. Cuando volví, mi yerno, que administra muy bien los tópicos, dijo que, mientras uno de los dos equipos no marcara, el partido resultaría aburrido. Por mi parte, cuando el Arsenal se quedó con 10 jugadores, aseguré que con 10 se juega mejor que con 11 (ventajas de haber leído a Gonzalo Suárez). Mi mujer señaló entonces que el Barça estaba haciendo un juego muy estático, asombrándonos a todos con su aparente erudición. Cuando el Arsenal marcó, mi yerno nos acompañó en el sentimiento y abrimos otra cerveza. A los 15 minutos del segundo tiempo, apunté en tono reflexivo que si no se producía un empate enseguida, el partido perdería gas. Después comencé a prestar atención a los detalles laterales y comprendí, como en una revelación, por qué llamamos al Barça el equipo azulgrana. Luego todo se enderezó de súbito y ganamos. Lo curioso es que la alegría de mi familia y la tristeza de mi yerno parecían verdaderas. Me pregunté si nos habíamos convertido.

Mientan ustedes con más juicio Levante 19.05.2006 En cuanto a Zaplana y las comisiones de Terra Mítica (y tan mítica), hay cosas que saltan a la vista. A mí me dicen que Luis Roldán es un chorizo y digo vale, lo lleva escrito en la cara. No podría demostrarlo, pero ya se encargará la realidad de hacerlo, como lo hizo en su día. Me lo dicen de Mario Conde y respondo de acuerdo, no hay más que verle el nudo de la corbata para comprender que oculta algo, ya se encargará la justicia de pillarle en un renuncio. Pero me dicen que Zaplana es un comisionista y no me lo creo. Por favor, si no hay más verle para darse cuenta de que es un hombre cuya única preocupación es el bien común. A mí, personalmente, me recuerda a Antonio Machado, no sólo en lo del torpe aliño indumentario, sino en su vuelo poético al hablar, al expresarse, pero, sobre todo, en la forma de mirar a los ojos al interlocutor. Todo ello por no citar sus intereses culturales: me han contado que en Terra Mítica hay una atracción que se llama Edipo. Con eso está dicho todo. No calumnien, señores. La primera obligación de la calumnia, como la primera obligación de una novela, es ser creíble. Y a mí me dicen que Zaplana ha cobrado comisiones ilegales y qué quieren que les diga, no me lo creo, pese a la vivienda de 500 metros2 que se ha comprado en la zona más cara de Madrid. Es como lo de que el PP subvencionó a Afinsa entre los años 1998 y 2003. Pero qué maniobras más zafias. ¿Quién se va a creer eso de un partido cuyo número dos (o tres, ahora no caigo) es el mismísimo Eduardo Zaplana? Pues bien, no contentos con estas historietas de tebeo, ahora salen con que Martínez Pujalte (Vicente) presentó, cuando gobernaba el PP, una enmienda que excluía a Afinsa y a Forum Filatélico del control financiero del Banco de España y de la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Me cuentan eso de Fraga, es un decir, y digo vale, un colaborador de la banda armada de Franco es capaz de cualquier cosa. Pero Martínez Pujalte, una persona discreta, trabajadora, educada, honrada a carta cabal, incluso tímida, Martínez Pujalte (Vicente), no, por favor. Si quieren que les creamos, mientan ustedes con más juicio.

Sin gloria ni pena Levante 21.05.2006 Un señor, en Londres, fue a pedir trabajo a la BBC y lo confundieron con un experto en informática al que habían citado para entrevistar en directo. Como llegaba con retraso, una azafata le hizo pasar corriendo a la sala de maquillaje y después lo condujo al plató, donde la conductora del programa empezó a hacerle preguntas. El hombre, que no sabía nada de informática, respondió con ambigüedades, un poco al estilo del personaje de la película Bienvenido, Mr. Chance, saliendo del paso sin gloria, pero también sin pena: no desentonó, en fin, del tono medio de las cosas que vemos en la tele. Como el malentendido, cuando se conoció, hizo mucha gracia a los espectadores de la BBC, el buen hombre ha saltado a la fama y continúa dando entrevistas sin sustancia, pero sin veneno, a los medios de comunicación. Así va el mundo. El personaje de la película de Peter Sellers citada más arriba llegaba a presidente de los EE UU a base de no decir nada. Todo es muy raro. Si nos hace gracia este tipo de malentendidos es porque en el fondo intuimos que son la materia prima de la realidad. Visto con perspectiva, el mundo es fruto de una sucesión de mutaciones azarosas. Entendemos por mutación que vayas a pedir trabajo a la BBC y te confundan con un experto en informática. O bien que al ir al por el periódico te caiga una teja en la cabeza y pierdas la memoria. O bien que a un pez le salgan pulmones y tenga que emigrar. Cada uno de nosotros, Dios mío, es el producto de una casualidad, o de siete, depende hasta dónde nos remontemos en el árbol genealógico. Sobre el papel, había muy pocas posibilidades, por ejemplo, de que mis padres se conocieran (cada uno era de un sitio), pero el azar los reunió y tuvieron nueve hijos, otras tantas casualidades, que no han dejado de producir, por su parte, nuevas mutaciones que ha hecho, si no mejor, más grande el edificio de la realidad. Un día, te agachas para atarte el zapato y en ese instante pasa por tu lado la suerte, a la que no ves. Esto es lo que podríamos llamar una mutación negativa, a las que prestamos poca atención, pues si el mundo es lo que es por casualidad, también es lo que no es por chiripa.

Expertos El País 26.05.2006 Un grupo de expertos comentaba en la radio las oscilaciones de la Bolsa. Coincidían en que era tan difícil predecir el futuro bursátil (qué palabra) como enumerar las causas de lo que sucedía en el presente. A las presiones del director del programa, uno de ellos añadió que todo dependería del estado de ánimo del dinero. Esto ocurría a las nueve de la mañana, cuando la radio lucha por obtener las mayores cotas de credibilidad, pero los analistas, en lugar de hablar de variables económicas, hablaban de emociones. Calificaron al dinero de sujeto cobarde, sin personalidad: una especie de alimaña que en las situaciones de pánico huía en cualquier dirección, incluso en la más contraproducente para sus intereses. El dinero, en fin, estaba asustado. Se iba de la Bolsa porque el "parqué" había empezado a dar síntomas de cansancio (lo que en términos clínicos llamamos depresión), pero lo raro -añadían- es que no había buscado refugio en la renta fija, que es donde se refugia el capital cobarde. Yo iba paseando a mi perro, con los periódicos debajo del brazo, y me tenía que pellizcar para admitir que no estaba dormido. ¿Era ése el modo de expresarse de unos analistas financieros? ¿Para eso habían hecho una carrera dificilísima y siete masters? ¿Por qué adoptaban el discurso de quienes no entendemos nada de economía ni de la vida en general? ¿Sería normal que en una tertulia de filósofos alguien dijera que no había oído hablar de Kant? No es probable que se lo consintieran. El director del programa, desesperado ante la falta de concreción de sus peritos, les imploró que aconsejaran a la gente qué hacer con sus ahorros en estos tiempos de tribulación. No tenemos ni idea, respondieron con increíble diligencia todos y cada uno, porque el ladrillo empieza a quemar (la burbuja) y la filatelia está que arde. Se me ocurrió entonces que, siempre con el permiso de los neurobiólogos, la emisora debería prescindir de los expertos en Bolsa y contratar a un psicólogo que tumbara al dinero en el diván y le invitara a hablar de su infancia, de sus padres, de sus conflictos adolescentes... En realidad, no sabemos nada del dinero. Tal vez de ese modo, los inversores averigüen por fin qué hacer con él.

Bidé Levante 02.06.2006 Pongamos una palabra cualquiera, la primera que se nos venga a la cabeza: Pañuelo, ya está. No la he buscado yo, lo juro, se me ha metido dentro, como un ratón por un agujero, y ha vuelto a salir por la yema de los dedos, al golpear las teclas del ordenador. Lo que quiere decir que las palabras vienen a por nosotros todo el rato. Son el único invento del hombre al que no es preciso ir a buscar (al contrario, por ejemplo, del dinero). Vas por la calle y no te sale al paso un solo billete de cien euros (ni siquiera una moneda de uno), pero las palabras te atraviesan como agujas de hielo, procedentes de lugares misteriosos. En el tramo que hay de tu casa al quiosco de periódicos, te han asaltado no menos de cincuenta o cien palabras: Café, nubes, calor, hijos, vacaciones, árbol, dolor, mamá, hígado, médico, análisis de sangre. Lo curioso, como digo, es que no es necesario buscarlas. Te tienes que esforzar, sí, en ganarte la vida, pero las palabras, de momento, son gratis. Cierto que no se te puede ocurrir una palabra que no conozcas previamente. Es muy raro que a alguien sin estudios se le aparezca el término hipotenusa, por ejemplo. Pero una vez que habéis sido presentados la palabra y tú, ella volverá, tarde o temprano volverá. Quizá en sueños, o el lecho de la muerte. A lo mejor es lo último que dices antes de expirar. Hipotenusa. Siendo así, ¿por qué los escritores se pasan el día buscando palabras? Pues porque vienen de cualquier modo, como si a un albañil se le aparecieran mezclados los materiales de construcción. Un conjunto de palabras sueltas no son una oración. Un conjunto de ladrillos sueltos tampoco son una casa. Hay que colocarlos de manera que den lugar a un cuarto de baño. La ventaja de las palabras, frente a los ladrillos, es que sugieren. Si yo digo «el bidé tenía una mancha de sangre», usted ve un cuarto de baño entero, lo cual es increíble porque yo no he dicho que el bidé con sangre estuviera en un cuarto de baño. De hecho, me refería a uno que vi hace poco en un vertedero. Las palabras provocan malentendidos todo el rato. ¿Que a cuento de qué venía todo esto? No sé, yo había salido a comprar el periódico y las palabras me asaltaron.

Horóscopo El País 02.06.2006 Empiezo los periódicos por el final y desde ahí avanzo trabajosamente (cada día más) hacia la primera página. He llegado a esta situación inversa poco a poco, casi sin darme cuenta, lo que no deja de asombrarme. ¿Qué ha provocado este distanciamiento progresivo entre mis intereses y los de los editores? A veces, estoy haraganeando en el horóscopo y me ataca un sentimiento de culpa. Dios mío, me digo, si hubiera hecho el camino correcto, ahora estaría en el editorial. El problema es que no he dado todavía con un editorial que me explicara mejor que el horóscopo por qué el precio de la vivienda, un ejemplo al alcance de todos, es completamente irreal. Vivimos con la idea de que la realidad está dirigida por el discurso sesudo de los editoriales, pero el mundo parece construido por el loco que escribe los Ecos de Sociedad, o las necrológicas. Ahí tienen los casos de Afinsa y Fórum, perfectamente incompatibles con el tono intelectual de la parte de delante de la prensa, aunque muy explicables desde las historietas delirantes de la parte de atrás. A ningún lector atento de anuncios por palabras puede extrañarle que ocurran tales disparates. Lo raro, créanme, es que no haya más Afinsas. Uno, que no es analista financiero ni nada semejante, ha comprobado que la realidad, tal como la conocemos, no es el producto de un cálculo, sino de una alucinación. A ver, si no, cómo le explicaríamos a un marciano que, habiendo en España tres millones de viviendas vacías, continúen por las nubes. Están por las nubes porque vivimos dentro de un sueño especulador. Cada vez que despertamos de ese sueño, la realidad hace un reajuste, para cuadrar los números. ¿Qué diferencia hay entre comprar un sello a un euro y venderlo a mil, y comprar un piso a cien y venderlo a cien mil? Mañana mismo, en fin, podría ocurrirle al mercado inmobiliario lo que le ha ocurrido al de los sellos. La realidad, cuando despierta, ataca, como el león, al ciervo más débil de la manada. Ahí están Marbella, Gescartera, Afinsa, Fórum... ¿Por dónde embestirá la próxima vez que suene el despertador? ¿Por las hipotecas? ¿Por los planes de pensiones? Si de verdad quiere usted saberlo, lea los anuncios por palabras. Y las necrológicas.

Un pedazo de pan Levante 04.06.2005 El otro día, mira qué bien, encontraron en Colombia una rana que se creía extinguida. Fue como coincidir en el ascensor con un vecino al que se creía muerto. O como encontrar una bolsa de galletas en el fondo del armario, cuando estabas convencido de que se habían agotado las existencias. Ya tenemos una rana que llevarnos a la boca, porque lo más probable es que nos la comamos, si no entera, por partes. Un día, en un bar, confundí un anca de rana con una gamba con gabardina y me la comí. Todavía tengo atravesado su sabor en la conciencia. Fui, de niño, un cazador de ranas. Nos fascinaban esos bichos porque se parecían a los sueños: eran gelatinosos, escurridizos, difíciles de interpretar. Muchas veces, te metías una rana en el bolsillo y al llegar a casa, o sea, al abrir los ojos, ya no estaba. Un compañero de colegio que murió en primero de bachillerato se reencarnó en una rana. Nos pasábamos la tarde jugando con él –ahora ella- y juro que tenía sus ojos, su boca, casi su voz. Y le gustaba meterse moscas en la boca, como cuando era niño. Las ancas de rana deberían estar prohibidas. Tal vez la rana que han encontrado en Colombia no estaba extinguida, sino oculta. El mejor modo de librarse del hombre es hacerle creer que no existes. Al menos por ahora, porque cuando acabemos con lo existente empezaremos a comernos lo inexistente. Si yo fuera rata (y no hagan chistes fáciles), propondría a mi especie el fingimiento de una extinción masiva. Para poder vivir en paz. Cada vez que entro en un laboratorio siento más piedad por los roedores. Hay teorías según las cuales el hombre del Neardental, que era un pedazo de pan en relación al sapiens, se ha hecho el muerto para que no nos metamos con él. Todo es posible. Phil K. Dick aseguraba, con datos en la mano, que los alemanes ganaron la Segunda Guerra Mundial, aunque nos hicieron creer que la habían perdido para que la victoria resultase más eficaz. Y eficaz sí ha sido: miren cómo está el mundo. Felicito efusivamente a los científicos que han dado con la rana extinguida, pero a ella le ruego que no confiese, ni bajo tortura, dónde está el resto de su familia.

La plaga Levante 06.06.2006 Cuando la nueva generación de pesticidas, insuficientemente experimentados, acabó con las moscas, la palabra mosca ocupó su lugar resultando más molesta que el insecto desaparecido. Dicho vocablo zumbaba por las habitaciones durante el verano, golpeándose contra los cristales de las ventanas, en los que dejaba una mancha de tinta difícil de limpiar. La palabra mosca se posaba también en la encimera de la cocina, cerca de los alimentos, y en la frente de los enfermos. Acudía a los cadáveres con una diligencia sorprendente, donde depositaban sus larvas. Y sólo se podía eliminar por medios mecánicos, pues los químicos no le afectaban. Las había de todos los tamaños, aunque las más molestas pertenecían a la familia tipográfica Times y se presentaban con un cuerpo 13, en negrita (mosca), lo que las hacía más repugnantes. Cuando la plaga alcanzó un punto insufrible, alguien sugirió que se quitaran del alfabeto las letras de que estaba compuesto el término mosca. Pero la idea se desechó enseguida, habida cuenta de que la desaparición de la eme, la o, la ese, la ce y la a atacaría a la estructura de la lengua. Las palabras caso y cosa, por ejemplo, desparecerían por completo, pero otras como mano y boca quedarían gravemente mutiladas. Un presentador de televisión muy aficionado a la expresión «por antonomasia» llevó adelante la campaña que evitó lo que sin duda habría sido un desastre lingüístico. De modo que nos tuvimos que resignar a la invasión de la palabra mosca, a la que se sumó muy pronto la de moscardón, que, aunque tardó más en extinguirse, también desapareció, siendo sustituido por su término. Hace poco fui al médico para que me mirara una especie de hormigueo que venía sintiendo en las piernas. El doctor me recetó unas pastillas con las que desapareció. Pero ayer estaba observando cómo copulaba una mosca con un moscardón sobre el brazo del sofá, cuando volví a sentir el hormigueo. Al ir a rascarme, tropecé con la palabra hormigueo subiéndome por las piernas. Estaba compuesta de itálicas, del cuerpo ocho. Me temo que esto no ha hecho más que empezar.

Mal asunto El País 09.06.2006 Escucho a los detractores de Chávez con la misma distancia que a sus apologistas. No he logrado, lo siento, construir un criterio propio sobre el presidente de Venezuela. En vez de eso, dispongo de la caricatura que él mismo se empeña en construir cada vez que abre la boca. Ahora ha decidido acabar con "la dictadura de Hollywood" creando unos estudios cinematográficos que producirán películas sobre los grandes héroes venezolanos. Chávez ha apoyado su decisión en ideas de manual (y de todo a cien) tales como que el cine constituye una forma de dominación ideológica, ya que es el vehículo a través del que se inoculan los modelos de vida estadounidenses. Por eso, ha añadido, los indios, en las películas del Oeste, son siempre los malos. Acaba de descubrir América. Conmueve encontrar temperamentos tan inocentes. La pretensión de acabar con Hollywood, o de neutralizarlo, desde un país sin industria cinematográfica es un delirio. Promocione usted el cine de su país, pero no le imponga una tarea tan difícil. Es como si ordenara crear una religión netamente venezolana para competir con el Vaticano. O una novelística del siglo XIX, para acabar con la tiranía de la novela europea de ese siglo. Madame Bovary es un modelo jodido, de acuerdo, a través del que se inocula el modo de vida francés, pero es improbable que acabara con ella un novelista venezolano de nuestra época, aun haciendo horas extras. Con todos los respetos, tampoco le aconsejo, señor presidente, que intente inventar las salchichas de Francfort, aunque sea con el noble fin de acabar con la tiranía alemana de los productos cárnicos. Piense usted en áreas menos explotadas, o donde hayan fracasado otros. El socialismo, sin ir más lejos, está por hacer. Y no debe ser fácil a juzgar por el talento de la gente que lo ha intentado a lo largo de la historia. Te pones a hacer el socialismo y al principio parece sencillo, sobre todo si has leído a Marta Harneker. Pero después de los primeros pasos, el manual de instrucciones no sirve para nada. Entonces es cuando un funcionario trepa, listo y con gafas nos convence de que lo primero es acabar con Hollywood, o con la novela francesa del XIX. Mal asunto.

Los tiempos cambian Levante 10.06.2006 Cada vez que compro el periódico me ataca una impresión contradictoria: la de tener entre mis manos un artefacto que es, simultáneamente, nuevo y viejo. El periódico de papel con el que desayunamos cada día no es ya un producto de nuestro tiempo, pero continúa resistiendo de forma milagrosa, bien es verdad que a costa de regalar vajillas o patinetes. A veces, llega uno a casa con la impresión de que el diario es la coartada moral para vender productos que nada tienen que ver con él. Hace poco, un periódico de circulación nacional te regalaba un cruasán (un poco seco, la verdad). Yo lo compré un par de veces, para ver qué se sentía, y en lugar de leer el periódico y comerme el bollo, leía el bollo y me comía el periódico. Pero yo soy un usuario antiguo de la prensa, un vicioso. Si a las 9 de la mañana no me he metido al cuerpo tres o cuatro diarios, estoy fuera de mí. Las noticias impresas, aun cuando informan de catástrofes, actúan como verdaderos ansiolíticos. Quizá debiera decir que actuaban. En la actualidad, paso sus páginas con la impresión de que todo lo que leo es muy antiguo. Lo que me cuenta el periódico a las 8 de la mañana me lo ha contado la radio a las 7. Además, como he adquirido la costumbre de dar un paseo por la Red nada más levantarme, mi nivel de información es incomparablemente mejor que el del diario de papel. Hay primeras páginas que, pese a no tener más de tres o cuatro horas de vida, parecen del siglo pasado. Todo va a tal velocidad que ayer era el siglo pasado. Muchos días vuelvo a casa, más que con un periódico, con un cadáver debajo del brazo. ¿Y quién se come un cruasán servido por un cadáver? Cuando observo los cambios que ha experimentado el mundo en sólo 15 años (el fax, un aparato mágico, ha nacido y muerto en este breve periodo de tiempo), no me cuesta nada imaginar que quizá dentro de diez años no exista ya el periódico de papel, a menos que sea capaz de reconvertirse. ¿Pero reconvertirse en qué? Tal es el problema y tal es el reto. De momento, la venta de periódicos ha descendido a lo largo de 2005 en EE UU y Europa. Las alarmas comienzan a sonar. Hagan algo.

Un sanatorio Levante 11.06.2006 Popularizar una expresión constituye un modo de legalizar su contenido. Dices vuelos secretos de la CIA y no te imaginas la carga de significado que hay detrás de esas cinco palabras. No ves a la gente secuestrada en su interior, con los ojos tapados. Te dicen que los vuelos secretos de la CIA formaban una red sobre el cielo europeo y ni se te pasa por la cabeza que ese avión que tu hijo señaló con el dedo, después de que lo recogieras del colegio, iba cargado de carne humana maniatada, un poco tumefacta por los golpes. No se te ocurre que quizás allá dentro vaya un individuo al que secuestraron en una calle de Berlín, o de Madrid, porque era un poco moreno o porque se llamaba Alí. Aunque también te pueden secuestrar si te llamas Ricardo y eres rubio. Ya no hay pautas de comportamiento. Nunca las hay en el terrorismo, ni siquiera en el terrorismo de Estado. Y no estamos hablando de un Estado o dos, sino de catorce. Unos colaboraron y otros miraron para otro lado. El terrorismo de Estado se ha globalizado para abaratarlo moralmente. Cuestión de sinergias. El caso es que dices cárceles secretas de la CIA y tampoco eres consciente del horror que hay en cada una de esas palabras. Cárceles secretas de la CIA. Se digiere mejor que un yogur. Vuelos secretos de la CIA, cárceles secretas de la CIA. Antes de llegar al estómago se han disuelto. Además, no nos engañemos, están contaminadas por la aureola negra del espionaje. Pues bien, estas cárceles secretas son sótanos perdidos en edificios oscuros de Polonia o Rumanía, entre otros países europeos, en los que se aplican tormentos espantosos a personas que, con frecuencia, dio la casualidad de que pasaban por allí. Pero es que aunque no hubieran pasado por casualidad, tampoco son maneras. Deberíamos hacer el esfuerzo de espantarnos un poco, en fin, frente a noticias tan poco tranquilizadoras. Después de todo, usted o yo podemos ser los próximos. A la vista de los casos que han salido a la luz, no hay nadie a salvo de los servicios de inteligencia norteamericanos, que cuentan con la complicidad de gran parte de los países europeos. Te vas acostumbrando, te vas acostumbrando y al final Guantánamo parece un sanatorio.

Acaban con nosotros Levante 13.06.2006 El otro día, para fastidiar a Bush, se suicidaron tres presos de la prisión de Guantánamo. Menos mal que las autoridades norteamericanas se dieron cuenta en seguida de que se trataba de un acto terrorista. Así lo anunció Harry Harris, contralmirante de la famosa prisión ilegal: «Los suicidios no fueron un acto de desesperación». «Fueron un acto de guerra». Para quien tuviera dudas, añadió que las muertes habían sido claramente planeadas para dañar los intereses de los EE UU. Si estando presos hacen tanto daño al mundo, no queremos imaginar su capacidad de destrucción en libertad. La maldad de esta gente llega al punto de que hay, por lo visto, 18 presos en huelga del hambre, con el dolor que proporciona al mundo libre el hambre. O se suicidan o no comen, tal es el panorama. ¿Es o no es para matarlos? Los terroristas siempre obtienen ventajas de la democracia. Los cadáveres de los tres presos aludidos más arriba fueron tratados con el máximo respeto a su cultura. Y no porque se lo mereciesen, sino porque nosotros somos así, señora. Bush ha ordenado que no se suicide un preso más. No sabemos cómo podrá evitarlo, pero las torturas ensayadas en Abu Grahib fueron muy eficaces. De hecho, en aquella prisión no se suicidó nadie. Los matábamos nosotros, que es lo que debe ser. El fallo de Guantánamo es que se les ha tratado demasiado bien. Tienen unas celdas con toda la luz del mundo (a las que los enemigos de la libertad llaman jaulas) y no se les aplica la picana, ni se les sodomiza, ni se les asusta con perros policía. La única tortura que se aplica en Guantánamo es la privación sensorial, que consiste en marearte de tal modo que al final no sabes ni quién eres, ni de dónde vienes ni a dónde vas. Pero nos ocurre a todos, por favor. Es un problema filosófico. Siempre se ha dicho que los suicidios proliferan en las sociedades acomodadas. Y esto es lo que pasa en Guantánamo, que los presos viven como ricos y se vuelven flojos. No basta con que la prisión sea ilegal, ni con que lo presos ignoren de qué se les acusa, ni con tenerlos a pan y agua detrás de los barrotes. Hay que endurecer un poco las condiciones de su secuestro. Si no, a base de suicidarse, acaban con nosotros.

Golpe franco El País 13.06.2006 Cuando mi mujer me preguntó en qué consistía el fuera de juego, me di cuenta de que era endiabladamente difícil de explicar. -Te lo voy a dibujar, dije. -No quiero que me lo dibujes, quiero que me lo expliques. ¿No eres escritor? Pues demuéstralo. -Está bien, balbuceé, supongamos al equipo A y al equipo B. -No me hables de equipos A o B. Háblame del Madrid y el Barça. -Pero el Madrid y el Barça no juegan en el Mundial -¿Entonces de qué va todo este lío? -Por Dios, presta más atención a la realidad. Los equipos del Mundial están formados por los mejores jugadores de cada país. -Pues utiliza como ejemplo a la selección de España. Y a la de Turquía. -La Selección Española, aventuré, cometerá un fuera de juego cuando uno o varios de sus jugadores penetre en las líneas del equipo contrario... Me detuve comprendiendo que había iniciado una jugada verbal con muy pocas posibilidades de llegar a la línea de meta. Veía la situación del fuera de juego dentro de mi cabeza, pero no era capaz de traducirla a una oración sencilla. Enseguida aparecían las subordinadas dispuestas a zancadillearme. -Me rindo, dije. Veámoslo en el diccionario. El Clave y el de la Real Academia despachaban el asunto calificándolo de "posición antirreglamentaria de un jugador". Así, cualquiera. El Seco tampoco me solucionó nada. Acudí entonces a la Larousse, que raramente me decepciona. Decía así: "En el fútbol se produce el fuera de juego cuando entre un jugador que no posee la pelota y la línea de meta contraria se encuentran menos de dos adversarios". Hasta ahí, perfecto. Pero añadía: "Salvo en casos excepcionales (saques de esquina, fuera de banda, etc.), dicho jugador será sancionado con un golpe franco en cuanto intervenga en la jugada de manera directa (entrando en posesión de la pelota) o indirecta (influyendo en el desarrollo del juego)". Como no sabía explicar qué rayos era un golpe franco, me levanté y fui a la cocina a por unos panchitos. Al volver, mi mujer dijo con malicia: "Mañana estudiamos el saque de esquina".

Alopecia El País 16.06.2006 En la actualidad sólo se cultivan 150 especies agrícolas frente a las más de 7.000 utilizadas por el ser humano a lo largo de su historia. Tenemos menos semen, menos idiomas, menos escarabajos, menos palabras y, ahora, menos vegetales. De modo que lo que no conduce al pensamiento único, conduce a la dieta única, al idioma único, a la novela única... Así las cosas, los editores de títulos raros se han organizado para defender la bibliodiversidad, pues también en el territorio de la cultura escrita hay cada vez menos especies. El mundo no se acaba, pero implosiona como una goma elástica llevada al límite. En estos momentos, hay menos librerías que entonces, signifique lo que signifique entonces. Y menos piezas dentales, pues las mandíbulas son más pequeñas. Dicen los expertos que a lo largo del último siglo ha desaparecido el 75% de los cultivos, lo que constituye una forma exagerada de alopecia. La Tierra se está quedando calva. Los que hayan perdido las tres cuartas partes de su pelo en los últimos años entenderán perfectamente de qué hablamos. No aprecias la importancia de la melena hasta que te quedas sin ella. En tales circunstancias, ¿quién nos asegura que no se han perdido días de la semana, meses del año, letras del alfabeto, números primos? Siempre sentí que entre el jueves y el viernes faltaba algo, lo mismo que entre el siete y el ocho. Son cosas que no se pueden demostrar, pero que se perciben como ciertas. Un amigo mío notaba un vacío entre él y su hermano mayor. Un día se enteró de que su madre había tenido entre ambos una niña rubia que murió al poco de nacer. Total, que vas a la frutería (en el caso de que no hayan desaparecido, como las librerías) y notas que entre el pimiento y la lechuga falta algo. Falta, para ser exactos, el 75% de lo que debería haber. Por otro lado, la mitad de la población mundial sólo se alimenta de trigo y arroz. No es que esos miles de millones de personas hayan perdido el día domingo, que no sirve para nada, es que han perdido las patatas, los pimientos, los tomates, las berenjenas... La mitad de la humanidad, en fin, está a punto de perder a la otra media. Haga usted el favor de ponernos otra cerveza. Gracias.

Urbanismo salvaje Levante 16.06.2006 La noticia, si ustedes me lo permiten, no es que se case Carmencita Franco (ya lo ha hecho otras veces sin que ocurriera nada); el problema es la unión entre las palabras urbanismo y salvaje, un matrimonio mucho más brutal y estéril que cualquiera de los protagonizados hasta el momento por la nieta de aquel dictador repugnante (y perdón por la redundancia) que sembró España de estatuas ecuestres. Ayer mismo tropecé en el periódico con este matrimonio verbal: Urbanismo salvaje. Ignoro desde cuándo están unidos. Sí sé que hace treinta o cuarenta años podías encontrar la palabra urbanismo por un sitio y el término salvaje por otro. Cada uno, en su ámbito, cumplía una función social. Urbanismo tenía el prestigio del desarrollo arquitectónico y salvaje poseía una reputación literaria, procedente de las novelas de aventuras. Pero se casaron (no sabemos cuándo exactamente, ésa es la verdad) y organizaron la de Dios es Cristo. Si tuviéramos que buscar una boda con resultados así de catastróficos, tendríamos que remitirnos a la del mismo Franco con la misma doña Carmen Polo, donde se unieron el fanatismo militar y el religioso, ocurriendo lo que ocurrió (en la boda de la nietísima, en cambio, sólo se unen el hambre y las ganas de comer). La boda secreta entre urbanismo y salvaje (entre la especulación y la falta de escrúpulos) se ha traducido, sólo entre los años 1987 y 2005, en un aumento de la superficie ocupada del 40%. Los datos proceden del Observatorio de Sostenibilidad de España, nombre raro donde los haya, pero son fiables. Ello significa que han desaparecido innumerables humedales, charcas o paisajes naturales con sus habitantes correspondientes. Urbanismo salvaje, he ahí una asociación marital a la que convendría prestar más atención. En el universo de las palabras, el divorcio es más difícil que entre los humanos (no pagan por las exclusivas, como en el caso de Carmecita y Cía). De hecho, urbanismo salvaje es un matrimonio muy sólido. No hay más que asomarse a las costas de Valencia, de Murcia, de Andalucía. Y lo que nos queda por ver.

El papel impreso Levante 18.06.2006 En mi barrio había una fábrica de hielo. De ella salían unos preciados lingotes que se repartían por las casas en un carrito de dos ruedas. El muchacho encargado del reparto llevaba un garfio que manejaba con sorprendente maestría. Le servía para sujetar la barra de hielo sobre el hombro, pero también para partirla. La gente le compraba un cuarto de barra, media como mucho, y había que golpear en el lugar adecuado para que se partiera sin producir esquirlas. Cuando éstas saltaban, los críos las atrapábamos en el aire, para metérnoslas en la boca. Mal hecho. El hielo se fabricaba con agua no potable. Servía para enfriar, no para beber. En una ocasión, vimos, en el núcleo de la barra, el rabo de una rata. Todo lo que rodeaba al mundo del hielo era mágico. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Pues eso. Un día, llegó al barrio una nevera eléctrica. Una Whestinghouse. Había colas para verla. Yo era amigo del hijo de los propietarios, por lo que fui de los primeros en rendirle admiración. No sólo mantenía los alimentos frescos, sino que fabricaba hielo. Parecía increíble que dentro de una casa cupiera una fábrica de hielo, pero era así. Los críos introducíamos mondadientes en la cubitera y nos hacíamos la ilusión de fabricar polos. Recuerdo, en fin, la llegada de aquel electrodoméstico como uno de los sucesos más excitantes de mi vida. Durante algún tiempo, la fábrica de hielo convivió con la progresiva difusión de neveras eléctricas. El propietario de la fábrica, que nunca creyó que éstas llegaran a popularizarse, continuó produciendo hielo a toda pastilla. Y se arruinó, claro. A veces me preguntó si las actuales empresas editoras (de libros, de periódicos, de revistas?) no son el equivalente a aquella fábrica. Hoy, cada uno tiene en Internet su propia fábrica de noticias. Y su impresora. Invertir en rotativas es como fabricar hielo cuando ya todo el mundo posee una nevera. Personalmente, tengo la misma sensación de pérdida y de ganancia de entonces. Y también una suerte de nostalgia anticipada por el papel impreso.

¡Viva la catástrofe! El País 20.06.2006 Si lo piensas, lo normal debería ser el caos. Quiere decirse que hay pocos cortocircuitos en relación al número de enchufes. Y pocas explosiones de gas en relación al número de bombonas. Hay pocos ictus en relación al número de cerebros y pocos infartos en relación al número de corazones. Hay pocas úlceras en relación al número de estómagos y pocos esguinces en relación al número de músculos. Hay poca ceguera en relación al número de ojos y pocas peritonitis en relación al número de peritoneos. Lo normal es que hubiera más accidentes de automóvil y más inundaciones y más disgustos familiares y más suspensos en Lengua y Literatura. Lo normal es que el microondas estallara de vez en cuando y que el secador diera calambre. Son tantas las cosas que tienen que funcionar al mismo tiempo para sacar adelante la civilización occidental que parece mentira que no fallen ni los semáforos ni el camión de la basura ni el alumbrado público... Parece mentira que el cura esté en su confesionario, el camarero en su bar, el juez en su audiencia, el periodista en su periódico... Resulta increíble que los grifos funcionen, que las cartas lleguen, que la radio se oiga, que los niños nazcan, que los ancianos mueran, que los pájaros vuelen, que los gatos maúllen, que los enamorados sufran, que las esquelas se impriman. Es tan frágil, en el fondo, el equilibrio del mundo que me extraña no recibir una carta en la que se me comunique que a partir de mañana queda suspendida la sucesión de los días y las noches, excepto para aquellos que puedan pagársela. Por algún milagro (el mismo que evita la proliferación de úlceras o de trombosis), los fenómenos naturales son gratis todavía. Llueve lo mismo para mí que para Bill Gates. La realidad, increíblemente, continúa sin codificar, pese a los beneficios que produciría su privatización. Y no salgan ahora con aquello de que la realidad, como el fútbol, es un asunto de interés general porque no es cierto. Viene todo esto a cuento de lo difícil que es que entre el balón en la portería del contrario, o en la propia. Dice Martín Girard que un gol es un accidente porque han de coincidir un montón de cosas para que suceda. Y ya hemos visto lo raros que son los accidentes. Tiene, pues, tanto mérito ganar como perder, pero, no nos equivoquemos, gana el que gana. Y las cosas han quedado como sigue: Sí, 73,90%; no, 20,76; blancos, 5,34. ¿De qué hablamos, si no, cuando hablamos de fútbol?

Duralex Levante 21.06.2006 En EE UU hay un general llamado Formica (como las mesas de cocina de mi adolescencia) que ha hecho un informe homónimo según el cual los militares estadounidenses en Iraq torturan de forma habitual a sus presos. Esto de la tortura es como lo de la lluvia fina de Aznar. Al principio no te lo crees porque no es posible que nosotros, los representantes de la cultura occidental y del humanismo cristiano y del Ibuprofeno, hagamos esas cosas. Pero luego te enseñan unas fotos y dices vale, pero son casos aislados. De acuerdo, sí, se ha sodomizado a críos de quince años. ¿Pero a cuántos críos? ¿Veinte, treinta, cuarenta? ¿Qué son cuarenta niños comparados con la población árabe del mundo? ¿Que se les ha hecho comer caca también? ¿Y orinar sobre el Corán? Siempre hay algún militar perverso. Conviene esperar a los informes oficiales. De acuerdo con el informe formal Formica, y perdón por la cacofonía, mantenían a los presos en unas celdas construidas de tal forma que no podía estar ni acostados ni levantados. Eso cansa, sobre todo si el único alimento que recibes es un vaso de agua y un trozo de pan. Pero fatiga aún más si estás completamente desnudo, a temperaturas muy bajas. Y resulta casi insoportable si de vez en cuando te amenazan con un perro. No obstante, los expertos han concluido que ese trato es inadecuado, pero no ilegal. Es lo que tiene la formica, que es muy sufrida. No se notan las manchas. Pasas un paño húmedo y ya está. Ya está de momento, porque la lluvia fina, que decía Aznar, va penetrando, si no en la formica, en los cerebros. A ver si va a ser cierto lo de las torturas generalizadas. Una cosa es bombardear al por mayor, sin ver dónde cae el misil, y otra este encarnizamiento particular, esta minuciosidad sexual (y sin haber leído a Sade). La tortura al detalle debería ser pecado. Debería estar perseguida por la ley. Dura lex, sed lex, que dice el adagio latino. El problema es que en EE UU no hay ningún juez llamado Duralex como los vasos de mi juventud. Bastante han hecho, de momento, con inventar al general Formica. Ahora, lo que hace falta es un comandante apellidado Ajax Cloro, para que no se noten las manchas de sangre

Otra ronda El País 23.06.2006 Antiguamente las conversiones religiosas tenían un prestigio extraordinario. Se miraba a los conversos con tanta admiración que le daban a uno ganas de convertirse también. El problema es que es muy difícil convertirse en lo que ya se es, y nosotros éramos católicos, la religión verdadera por antonomasia (qué rayos querrá decir antonomasia). Emigrar a otras religiones, además de ser pecado mortal, no reportaba ningún beneficio de imagen. Contra lo que muchos creen, lo que los alquimistas perseguían no era la sustancia capaz de convertirlo todo en oro, sino de convertir las cosas en lo que son, aunque parezca un sinsentido. Imagínense, si no, a un guardia civil convertido en guardia civil, a un arzobispo convertido en arzobispo, a un escritor convertido en escritor, incluso a un gusano convertido en gusano. El resultado, fantástico a todas luces, sería un guardia civil hiperrealista, un arzobispo brutal (en el mejor sentido), un escritor de los pies a la cabeza, y un gusano elegans. Pero no se ha dado con la fórmula capaz de convertir a las cosas en lo que son. Por eso mismo, resulta imposible convertirse al catolicismo siendo ya católico. Y ése es el drama de la Conferencia Episcopal, que, al tratarse de una institución profundamente cristiana, no encuentra el modo de imitar a Cristo. Pero eso se ha acabado. Ahora ya no hay religiones verdaderas, lo que quiere decir que puedes convertirte y reconvertirte a tu gusto en las que quieras. Ahí tienen el caso de Nicole Kidman, que tras haber veraneado unos años en la Cienciología vuelve ahora al catolicismo, del que era originaria, sin que le pongan problemas de ningún tipo ni en la religión de la que huye ni en la que abraza. Como si dentro de dos años le apetece incurrir en el budismo o en la Cábala. Las religiones son como estaciones de metro. Yo me bajo en hinduismo, ¿y usted? El término conversión sólo se utiliza ya para el cambio de moneda. Y tiene su mérito que un dólar se convierta al euro, que es un recién llegado, con lo que de religión verdadera tuvo siempre el dólar. A veces, en la conversión se ganan unos céntimos. Antiguamente se ganaba el cielo. Todo va a menos. Por eso uno admira tanto las monedas no convertibles. Otra ronda, que es el cumple de éste.

Excesos Levante 25.06.2006 La diputada del PP Dolors Nadal acusó en sede parlamentaria a José Montilla, ministro de Industria, de haberse embolsado mil millones y de haber enviado a sus matones a romper las piernas a los compañeros de su partido. Lo repetimos para que no haya dudas: José Montilla, actual ministro de Industria, tiene mil millones que no son suyos y dirige una banda de matones con los que extorsiona a la gente de bien. Conviene añadir, en descargo de Dolors Nadal, que intervino después de que lo hubieran hecho Zaplana y Acebes, que acusaron a Montilla de no dar la talla como ministro, ni como candidato a la presidencia del Gobierno de la Generalitat ni siquiera como demócrata. ¿Qué iba a hacer la pobre Dolors después de esto? Pues acusarle de robar mil millones y de tutelar, desde el ministerio, una panda de mafiosos. En el PP, si no superas los insultos del orador anterior, te tachan de flojo y en la siguiente legislatura no te ponen en las listas. Por eso, el modelo a seguir es Vicente Martínez Pujalte, que es el que más grita, el que más insulta y el que más ostentóreamente, que diría Jesús Gil, se ríe. La diputada Nadal no hacía, en fin, otra cosa que asegurarse el pan de sus hijos, pues fuera del Parlamento, incluso en verano, hace mucho frío. No se lo reprochamos. Así que, de acuerdo, Montilla es un ladrón y un facineroso. De hecho, cuando Marín invitó a la diputada a retirar sus palabras, duplicó sus acusaciones, que no había formulado, que nosotros sepamos, en el juzgado de guardia. Marín, en uso de sus funciones, ordenó retirar aquellas barbaridades del Diario de Sesiones haciéndole un favor a la señora diputada. Un caballero. Como por casualidad, al día siguiente de esta intervención parlamentaria, Antonio Hernández Mancha, ex presidente de Alianza Popular, publicaba un artículo en el que aconsejaba a sus compañeros que bajaran a la realidad. Si usted dice todos los días que España se rompe y no se rompe, usted pierde toda la credibilidad. Si usted dice que el PP ha sido el partido más eficaz en la lucha contra ETA y a continuación asegura que el 11M fue obra de ETA, usted está loco. O sea, que a la diputada Nadal le convendría demostrar lo de Montilla. De nada.

Una frase misteriosa Levante 26.06.2006 La bóveda palatina -el paladar- está tan lejos de nosotros como la bóveda celeste. Sólo la percibimos cuando nos sale un grano o cuando la herimos con una corteza de pan. La bóveda del paladar tiene el misterio de la bóveda celeste, pues no sabemos muy bien qué hay al otro lado de sus paredes. La bóveda palatina está al alcance de la punta de la lengua. Podemos acariciarla con ella. Ahora, mientras escribo estas líneas, estoy haciéndolo. Sólo nos damos cuenta de que es material cuando la tocamos. Pero su dimensión más importante es la otra, la invisible. Cuando la bóveda es invisible, resulta idéntica al cielo. En el cuerpo todo está cerca, pero todo está lejos. El útero, por ejemplo, tiene mucho de construcción imaginaria. Hay medios para llegar a él como hay medios para llegar al paladar. Pero lo que transmite es que se encuentra en otra dimensión. El cuerpo. Tengo un amigo al que el estrés le provoca una especie de bola muscular en la cerviz. Y otro al que las preocupaciones le dan dolor de estómago. El cuerpo traduce el miedo en un número mayor de pulsaciones. Hay entre el psiquismo y el cuerpo una relación extraña, puesto que resulta imposible localizar el punto en el que se articulan. De otro lado, una de esas dos partes -el psiquismo- es invisible. No hay autopsia capaz de localizar el aparato psíquico, ni siquiera un fragmento de él. Somos dueños de un territorio -la geografía psíquica- cuyos accidentes ignoramos. Pero se trata de una geografía esencial. Por lo general, pensamos que es el cuerpo el que contiene al psiquismo, pero quizá sea al revés. Tal vez, el cuerpo físico se encuentre rodeado del psíquico. Es posible que el aura sean sus bordes. Hace poco, Rafael Olalla, un bombero catalán, sufrió un accidente muy grave mientras realizaba un servicio. Tuvieron que levantarle la cara y ponerle implantes de titanio. Está aprendiendo a comer de nuevo, y a andar. El otro día, en una entrevista, aseguraba: «No me quiero desvincular del cuerpo.» Lo decía como si estuviera regresando a él después de haberlo abandonado. No me quiero desvincular del cuerpo. Qué frase tan misteriosa.

Un millón de euros El País 27.06.2006 Se me apareció el diablo y me dio a elegir entre que España llegara a los cuartos de final o que me tocara la lotería. Tuve un movimiento mezquino y le pregunté de qué cantidad estábamos hablando. Me dijo que podía ser un euro o un millón y que no estaba autorizado a dar más datos. Conociendo al diablo, supuse que me tocaría un euro. De otro lado, imaginé la decepción general, incluso la mía, si perdíamos contra Francia, sobre todo ahora que los chicos se habían colocado tan bien y que respetaban al entrenador como a un padre. La selección, me dije, había devenido en un ejemplo de comportamiento familiar, aunque faltaba la figura femenina. Los equipos deberían tener un entrenador y una entrenadora para huir del modelo sacerdotal, sobre todo en unos momentos en los que la familia, como acertadamente denuncian Rouco y Rajoy, está tan amenazada por las iniciativas del PSOE. Es obligación de todos colaborar al mantenimiento de los roles tradicionales con el mismo empeño que ponemos en la difusión de los Rolex de siempre. Le pregunté al diablo qué quería decir la expresión "cuartos de final" porque llevo años oyendo hablar de los cuartos de final y de los octavos de final sin saber qué rayos significa. En una de éstas, me lo pregunta mi mujer y la tenemos. Ya la tuvimos con el fuera de juego, y delante de los niños, que no tienen la culpa del Mundial. Y es que, cuando me enteré de que España había llegado a los octavos de final, interpreté erróneamente que estaba entre los ocho mejores. Luego, viendo un programa de la Cuatro, advertí con pavor que en los octavos de final había dieciséis. El diablo me reveló que en los octavos de final había cuatro grupos de cuatro equipos cada uno. Y que en los cuartos de final habría dos grupos de cuatro. O sea, que, de llegar a los cuartos de final, quedaríamos entre los ochos finalistas. No entendí la mecánica, pero asentí. -¿Qué prefieres, eso o la lotería?, me apremió. -Que sean los cuartos de final, dije en un arranque de generosidad (convencido de que me tocaría un euro, claro). Esa tarde, estábamos viendo un partido del Mundial (no iba a ser de la Liga, no los grabo, no soy un perverso) cuando mi mujer intentó explicarme qué eran los octavos de final. La miré con horror y advertí que se lo había explicado el diablo. De qué, si no, iba a saber ella una cosa así. Le dije que ya lo sabía y dedujo, por su parte, que yo también había hecho tratos con Satán. No logré averiguar qué le había propuesto a ella, pero me llamó idiota (y, lo que es peor, patriota) cuando le conté lo de la lotería. -Conociendo al diablo, añadió, seguro que era un millón de euros.

Un respeto Levante 27.06.2006 Cuando escucho la expresión voz enlatada me acuerdo de las sardinas en aceite. A veces, hasta me viene a la boca su sabor. Hay gente que cuenta los ciervos que ha abatido o los besos que ha dado. Yo sé el número de latas de sardinas que he abierto con la respiración entrecortada por la emoción, como el niño que abre el cajón de la ropa interior de su madre o el buscador de perlas que descerraja una ostra. Jamás he encontrado dentro de una lata de sardinas unas bragas, ni siquiera una perla, pero una vez di con un yacimiento de mejillones. Mi madre dijo que se habían equivocado al colocar la etiqueta, pero yo mantuve que las sardinas se habían transformado. Cómo saber lo que ocurre en el interior de un recipiente sellado, en el que no entra el aire, ni la luz, ni el tiempo, ni la humedad, ni la mirada, ni la lluvia? El padre de un compañero del colegio patentó una lata de sardinas con mirilla, para que se pudiera ver lo que ocurría dentro. No tuvo ningún éxito porque, dada la oscuridad reinante, no se veía nada. Propuso entonces que se untara a las sardinas con alguna materia fosforescente, pero le dijeron que eso podía alterar sus propiedades. La idea de colocar una pequeña bombilla con un interruptor que se accionara desde el exterior hizo reír al empleado de la oficina de patentes. Dijo que nadie en su sano juicio comercializaría una conserva tan complicada. Que investiguen otros, le faltó añadir con esa suficiencia tan española. Y así seguimos, sin saber qué ocurre en las profundidades abisales de las conservas de pescado, tan parecidas a las de la conciencia. La expresión voz enlatada sugiere la posibilidad de tomar una voz y envasarla al vacío, para que no pasen los meses ni los años por ella. Tengo en mi despensa latas de atún que caducarán más tarde de que terminemos de pagar la hipoteca. ¿No sería fantástico tener también latas de voces que no caducaran hasta dentro de 100 años? «¿Puedo abrir esta lata de voz de voz del bisabuelo?», preguntarían mis bisnietos. Y al levantar la tapadera, saldría mi voz de las profundidades de la lata, pronunciando, desde uno o dos siglos antes: «Me he levantado con jaqueca». Lo registraría si en la oficina de patentes fueran más respetuosos.

Nichos El País 30.06.2006 Habíamos acudido al cementerio para enterrar a un amigo, lógicamente muerto. Tras escuchar unas palabras de despedida improvisadas por el hijo mayor, los funcionarios alzaron el ataúd para introducirlo en el nicho. Hubo un movimiento de estupor general al comprobar que no cabía. La sepultura era más pequeña que el féretro. Los enterradores bajaron de nuevo la caja y la depositaron en el suelo, sin saber qué hacer. Alguien retiró delicadamente a la viuda mientras se trataba de alcanzar una solución. Como el nicho de la izquierda estaba vacío, el hijo mayor pidió a los enterradores que retiraran el frágil tabique de separación, pues había decidido comprarlo para ampliar el espacio dedicado a su padre. Los enterradores dijeron que las cosas no se hacían así. Aunque el nicho apareciera vacío, podía estar reservado, o vendido. Mientras el grupo de deudos más cercano negociaba, los demás iniciamos una conversación absurda. Así, un compañero de trabajo del muerto comparó la situación de los nichos con la de las viviendas, cada vez eran más pequeñas y más caras. Alguien, por analogía, se refirió a la "burbuja funeraria" augurando que el día menos pensado nos levantaríamos y las tumbas estarían por los suelos. "Como ocurrió en Japón", añadió. Un tipo con bigote afirmó que no le cabía en la cabeza la idea de que un ataúd no cupiera en un nicho. "Es que las ideas vienen también más grandes que las cabezas", señalé yo por decir algo. El ambiente, en fin, empezaba a aflojarse. Al poco llegó el director comercial. Jamás se me habría ocurrido que los cementerios tuvieran directores comerciales. Jefes de departamento y de división, sí, incluso jefes de operaciones, pero directores comerciales... ¿En qué podría consistir una buena política comercial funeraria? ¿Necesita ese mercado más estímulos de los que ya recibe? El director comercial confirmó que el nicho, aunque vacío, estaba vendido. "Se lo han quitado de las manos por los pelos", añadió, "la operación se cerró ayer". Finalmente, la familia, con gran disgusto por parte de la viuda, tuvo que adquirir un ataúd más pequeño. Pero no les han devuelto el dinero del grande. Y no saben qué hacer con él.

Una caja de sorpresas Levante 30.06.2006 El taxista dijo que el dopaje masivo iba a terminar con el ciclismo. Le respondí que me parecía muy bien, como si terminaba con la nueva cocina. Me había levantado fatal y no tenía humor para conversaciones trascendentes. Pero el hombre, lejos de retirarse, atacó de nuevo. -No sé -dijo- qué tiene que ver el ciclismo con la nueva cocina. -He dicho la nueva cocina como podía haber dicho la alta costura. Quiero decir que me importan un pito el dopaje y el ciclismo. Hasta el fútbol me importa un pito. Imagínese el dolor de cabeza con el que me he levantado. El taxista me ofreció una pastilla que fue mano de santo. A los dos minutos de tragármela, me invadió un bienestar inexplicable. Le pregunté la marca, pero no quiso dármela. Me dijo sólo que estaba hecha a base de cafeína. -Y en un control antidoping -añadió- no dejaría rastro. Resuelto el problema del dolor de cabeza y de mi mal humor consecuente, el taxista se preguntó por qué sólo hacían el control antidoping a los ganadores. Aventuró que quizá los perdedores se metían también algo para perder. -De ser así -añadió-, convendría localizar la sustancia y prohibirla. Fíjese si el ejemplo cumple entre los jóvenes y empiezan a meterse cosas en el cuerpo para perder. El hombre me pareció una caja de sorpresas. Sería horrible, en efecto, estar estimulando desde el deporte la creación de una sociedad de perdedores. O quizá no tan tremendo. No sé. La pastilla que me había proporcionado bienestar me hacía dudar de todo. Continuamos hablando y al poco me confesó que él había hecho una pequeña encuesta, sin valor científico, entre los perdedores llegando a la conclusión de que la mayoría de ellos había leído a Sartre en algún momento de su vida. Le confesé que yo había leído a Sartre y me dijo que lo llevaba escrito en la cara. «El existencialismo», añadió, «ha hecho mucho daño al deporte». Le dije que yo no era deportista y me dijo que por eso, por haber leído a Sartre. Cuando llegamos a mi destino, le pedí que me devolviera al punto de partida, para continuar disfrutando de su conversación (y de sus pastillas), pero me dijo que en ese momento se acababa su turno y me dejó tirado. Perro mundo.

Famaztella Levante 02.07.2006 Aznar cobraba diez mil euros al mes (es un diezmileurista) por charlar con Murdoch y dejarle notitas sueltas sobre la mesa. Eso es lo que ponía en sus facturas. Diez mil euros por la conversación que tuvimos en un café de París sobre la reproducción asistida. Y otros diez mil por la notita que te envié recordándote que te tomaras las medicinas. Si a usted o a mí nos abre Hacienda una investigación y nos descubre un taco de facturas con esos conceptos (o con esos concetos), vamos a la cárcel, como los de Filesa, por montar una trama de facturas falsas sobre asesorías inexistentes. Pero Aznar tiene una conversación tan productiva que, en lugar de eso, lo han ascendido. Ahora es consejero y cobra sin necesidad de dar conversación a nadie ni de dejar notitas. Basta con se reporte una vez al mes, en compañía de otros. Ahora entendemos lo de los pies sobre la mesa, al lado de Bush. Por colocar los pies sobre la mesa, Aznar debe cobrar un ojo de la cara. Hay personas con suerte. Es lo que tiene ser ingenioso, que la gente está dispuesta a cualquier cosa por escucharte. -¿Saben por qué mi empresa se llama Famaztella, S.L.? Pues porque ese palabro es el resultante de la concentración de Familia Aznar Botella, je, je. -¿Y lo de S.L.? -A lo de S.L. no he logrado sacarle punta, ni siquiera sé lo que significa, pero mis abogados dijeron que era obligatorio. Famaztella se dedica entre otras cosas a la gestión de los derechos de autor, porque Aznar es autor. Yo llevo escribiendo toda la vida, pero no se me ha ocurrido montar una empresa para gestionar mis derechos. Seguramente no estoy bien asesorado. Claro que mis derechos no son sobre conversaciones ni sobre notas escritas en servilletas de papel. Uno es un autor serio, que se escribe sus libros (los dos que ha publicado Aznar estaban escritos por un negro) y sus artículos y sus conferencias. Además, carezco de imaginación para buscar nombres. Famaztella S.L., no me cansaría jamás

La luna El País 04.07.2006 Algo me despertó en la mitad de la noche. Abrí los ojos y vi la Luna al otro lado de la ventana. Me di cuenta de que tenía costuras, como un balón de fútbol, y recibí la visión como un mensaje. Al día siguiente fui a una tienda de deportes y pedí un balón blanco de primera calidad. Me mostraron uno cuyas costuras, más que cicatrices, parecían las señales de una operación de cirugía estética. Pregunté si lo había cosido un cirujano plástico, pero me dijeron que no, que era obra de un niño indio o coreano, no estaban seguros. Me lo dieron deshinchado, porque tal era la costumbre, pero me indicaron la cantidad de aire que debía introducir en él y cómo hacerlo. Fue una sorpresa, pues yo creía que los balones nacían inflados. Creía, de hecho, que la inflación constituía uno de sus rasgos constitutivos, pero no me atreví a protestar por miedo a hacer el ridículo (la tienda estaba llena). Lo inflé en lo alto de una montaña, para que el aire estuviera limpio, pues me pareció, al acariciar su piel, que poseía cierta textura de pulmón. Además, en lo alto de las montañas hay menos oxígeno. Se me ocurrió que, ante tal escasez, la pelota se movería con un poco de angustia, lo que le daría más viveza. No me equivoqué. De vuelta a casa, jugué un poco en el pasillo y el balón daba, en efecto, tres botes donde yo había calculado que daría dos. Nunca antes había jugado al fútbol, de manera que era como aprender a deletrear o a escribir. Enviaba la pelota contra la pared con la delicadeza del que escribe una frase en el cuaderno de caligrafía. Mi mamá me mima, parecía decir el balón cuando regresaba hasta mis pies. Recordé la infancia de los grandes jugadores brasileños y comprendí que, cuando daban patadas a una pelota de trapo en las calles de su barrio, estaban realmente aprendiendo a leer. Un buen partido de fútbol es un recital, una lectura. Cuando Ronaldo se interna en las filas del adversario da sentido al movimiento, crea una sintaxis. Si además mete gol, cambia de párrafo. A veces me despertaba en medio de la noche. Ahora, en vez de mirarme la Luna, me miraba el balón que había colocado sobre una silla, al lado de la cama. Estaba deseando moverse en busca de esa pizca de oxígeno que le faltaba. Comprendí entonces que había descubierto un secreto que podría haber sido de gran utilidad para la selección de mi país. No deberían haber jugado con un balón inflado en Alemania y a poca altura respecto al nivel del mar, donde hay un aire que evidentemente nos perjudica. Telefoneé a la Federación para decírselo a Luis Aragonés, pero no se puso al teléfono. Peor para él.

Organización Levante 04.07.2006 El dinero negro no se ve, pero nos traspasa. Me recuerda a los neutrinos, esas partículas que atraviesan la materia sin perturbarla. Estamos usted y yo sentados, tomando un café, y los neutrinos nos atraviesan como balas sin causarnos el mínimo daño. Y cuando nos traen las vueltas de ese café al que le he invitado yo -permítame- resulta que esos billetes provienen de un almacén de dinero negro desde el que han salido para traspasar el sistema sin que el sistema se entere. Hay un punto de misterio en el dinero negro y en los neutrinos. Llegados a un límite, ambos se resisten al análisis. Si con el dinero negro sólo se pudieran adquirir sustancias ilegales, lo entenderíamos, pero es que lo mismo puede usted comprar con él un piso que un paquete de pañales para el bebé. Va usted a una joyería, compra a su progenitora un collar por el día de la madre y ese collar es tan bueno como si lo hubiera adquirido con el sudor de su frente. Debería haber un mercado de cosas ocultas al que sólo se pudiera acceder con dinero negro. Algo así como lo que ocurre en Cuba con los dólares. Si usted tiene dólares, usted puede comprar, por ejemplo, en las tiendas de los hoteles. Si no, se fastidia. Pero las cosas están claras. Un dinero sirve para una cosa y el otro para otra. En las cárceles españolas circula una especie de dinero de juguete, expedido por la Dirección general de Instituciones Penitenciarias, con el que los presos pueden comprar los productos del economato. Cada preso tiene asignada una cantidad máxima semanal. Si a usted le gusta fumar Ducados y en el economato no venden Ducados, usted se joroba. Hay un principio de igualdad, en fin, garantizado por la existencia de ese dinero. Eso no quiere decir que no circulen euros, pero de forma clandestina, de forma oscura o negra. Con los euros, usted se compra su morfina o su hachís o su cadena de oro. Cada mercado tiene su moneda. Nadie le vendería una raya de coca con el dinero de juguete. El problema del dinero negro que se genera en lugares como Marbella es que lo mismo sirve para echar en el cepillo de la Iglesia que para pagar a un asesino a sueldo. Y eso confunde al usuario, oiga. ¿No se podría organizar la cosa de otro modo?

Cirugía El País 07.07.2006 El Banco de España acaba de asegurar que la vivienda está sobrevalorada entre un 24% y un 32%. Si el Banco de España tuviera alguna credibilidad, todas las operaciones de venta de pisos en marcha se paralizarían, sobre todo porque la banca privada no concedería préstamos hipotecarios respaldados por bienes inexistentes. De otro lado, la gente que ha adquirido, con intenciones especuladoras, un piso en los últimos años lo pondría inmediatamente a la venta para quitárselo de encima antes de que la denuncia acerca de su sobrevaloración llegara a todos los rincones. Nada de eso ha sucedido ni parece que vaya a suceder en los próximos días. ¿Quién miente entonces, el Banco de España o el mercado inmobiliario? Mienten los dos. El mercado inmobiliario porque es su carácter y el Banco de España porque la sobrevaloración es superior al 30%. No importa. Cuando la ciudadanía se instala en el delirio, no hay forma de apearla de él. Hace años, un gobernante argentino decidió que un peso y un dólar valían lo mismo. Conociendo la situación de Argentina y de EE UU, el sentido común decía que eso no podía ser. Era como si se determinara por decreto que cien gramos de carne tuvieran las mismas calorías que cien gramos de alfalfa. Pues no, no tienen las mismas calorías, lo diga quien lo diga. Años después, cuando cesó el delirio (en las sociedades bipolares, a las situaciones de euforia les sigue una de depresión), hubo que decretar el corralito. El corralito, que actuó como representante de la realidad en Argentina, puso las cosas en su sitio al establecer que donde usted creía que tenía 100 sólo tenía 20. ¿Y el 80 restante? El 80 restante desapareció al despertar, pues era un sueño. Un 30% del valor que usted atribuye a su piso es irreal. Una quimera provocada por la ingestión masiva de sustancias especuladoras. Pura euforia. Los economistas del Banco de España, muy prudentes, aseguran que el problema se solucionará con "una absorción gradual de la sobrevaloración existente". La imagen procede del mundo de la medicina. Hay, en efecto, tumores que se disuelven en los tejidos sin haber provocado grandes daños. Pero lo normal, como ocurrió en Argentina, es acudir a la cirugía.

Usted no es Estado Levante 10.07.2006 Usted no es Estado, le ha dicho Rajoy a un señor que ha ganado las elecciones democráticamente y que gobierna de acuerdo con las providencias tomadas por mayoría en el Parlamento. Usted no es Estado, ha insistido Rajoy, lo que me autoriza a colocarme en una situación extraparlamentaria y a actuar por mi cuenta. Si las condiciones objetivas se lo permitieran, Rajoy daría un golpe de Estado para salvar al Estado. Le ha salido, de súbito, todo su ADN, todo su genotipo y su fenotipo y todos sus caracteres hereditarios secundarios. -Usted no es Estado. Sus palabras han sonado igual que cuando se negaba la condición de español a los rojos. Ustedes no son españoles, por lo tanto podemos hacer con ustedes lo que nos venga en gana. Y vaya si lo hicieron. Enseguida nos referiremos a eso. De momento, reflexionemos unos instantes más sobre la gravedad de la afirmación de Rajoy. Usted no es Estado. Suena también como cuando los alemanes decían a los judíos: usted no es una persona, usted no es un hombre, usted es un animal y yo puedo hacer con usted lo que me venga en gana. Casualmente, coincidiendo con las declaraciones de Rajoy, el PP se ha negado a condenar el franquismo en el Parlamento Europeo. Piqué ha explicado muy bien por qué: Porque el franquismo, ha dicho, no fue técnicamente hablando un régimen fascista, sino de derecha autoritaria. Es verdad que Franco y sus secuaces mataban, robaban, violaban. Es cierto que Franco firmaba las sentencias de muerte después del café, para sentirse más magnánimo. Está documentado que en las comisarías de la época se aplicaba la picana a los detenidos y se les arrojaba por el hueco de la escalera para fingir su suicidio. Pero todo eso, técnicamente hablando, no era fascismo. Y por eso no condenamos el franquismo. De hecho, Franco se alzó en armas contra un Gobierno legítimamente constituido porque no representaba al Estado. Usted, pese a que tiene los papeles en orden, tampoco es Estado, así que aténgase a las consecuencias. Qué pesadilla, ¿no?

Gambusinos Levante 11.07.2006 El H5N1 ha llegado a España en un vuelo en el que no se le esperaba. Y en una época absurda. Por eso no hemos ido a recibirlo como se merecía. De hecho, nos hemos enterado de su presencia por casualidad, al hacerle la autopsia a un somormujo, un somormujo lavanco, para más señas, que fue el vehículo en el que el virus viajó hasta Vitoria. Si no hubiéramos adquirido la costumbre de hacerle la autopsia a los somormujos, aún continuaríamos in albis. El caso es que yo digo somormujo y no me viene ninguna imagen a la cabeza, al contrario de cuando digo gorrión, golondrina, cigüeña, incluso gambusino. Soy capaz de representarme mentalmente a un gambusino, que no existe. En los campamentos de verano, cuando éramos pequeños, siempre había una primera noche en la que salíamos a cazar gambusinos. Se trataba de una aventura de iniciación, de aprendizaje. El segundo año, aun sabiendo que los gambusinos no existían, organizábamos de nuevo una cacería apasionante. Nos vuelven locos las quimeras. Volvíamos, claro, con el saco vacío, que es lo que hacemos la mayor parte de nuestros días: volver a casa con el saco vacío. Por eso digo que lo de cazar gambusinos tiene algo de aventura de iniciación. Los expertos aseguran que no corremos ningún peligro, etc. Se basan para ello en el cálculo de probabilidades. Es cierto que este cálculo, con el somormujo, ha saltado por los aires, pero no queda más remedio que aferrarse a lo real, y lo real es que las epidemias se mueven por unos patrones que eliminan, casi al 100%, el peligro de contagio en aves de corral. Sería absurdo que las autoridades hubieran utilizado otro discurso. Imagínense a un director general asegurando, en rueda de prensa, que somos continuamente víctimas del azar y que por lo tanto no cabe descartar que el H5N1 asalte de un momento nuestras granjas. En el azar creemos usted y yo. Lo malo es que el azar nos da la razón a usted y a mí con más frecuencia de lo deseable. Dicho esto, entro en internet para familiarizarme con la imagen del somormujo lavanco (qué sonoridad), por si me tropiezo con uno. Buenos días.

El píloro El País 14.07.2006 La máxima de que no hay venenos, sino dosis, se puede aplicar indistintamente a las sustancias químicas y a las obsesiones. Un grado pequeño de obsesión no viene mal, incluso puede resultar beneficioso. En todas las familias debería haber alguien que cerrara la llave del gas dos veces antes de irse a la cama, pues con una no basta (vean, si no, la cantidad de accidentes). Tampoco sobra cultivar unas porciones homeopáticas de paranoia. El delirio de persecución, si no adquiere las proporciones patológicas del nacionalismo, te empuja hacia delante, o hacia la izquierda (depende de por dónde te persigan). Los escritores lo utilizamos mucho para justificar nuestros fracasos, detrás de los cuales siempre hay una mano negra (el poder político, la crítica, los editores, la mediocridad ambiental, etcétera) empeñada en amargarnos la vida. El fin de semana pasado miles de personas protestaron en Valencia por la persecución de que es víctima la familia tradicional española. Dado que el Libro de Familia es un éxito de ventas no superado por el Quijote y la Divina comedia juntos, resulta evidente que la familia goza de muy buena salud. Pero no pasa nada. Imaginar que estamos rodeados de enemigos (como la patria, por cierto) empeñados en que nos divorciemos, no hace daño a nadie y estimula la creación de mecanismos de defensa, por si acaso. De hecho, nos alimentamos de las amenazas irreales tanto como de las reales, incluso más. Manifestarse a favor de la familia es como manifestarse a favor del hígado o el páncreas, pero si nos llena de adrenalina, de ganas de vivir, de euforia, adelante, manifestémonos. El problema surge cuando el grado de paranoia se dispara. Una joven asistente a la concentración aseguró en la radio que Dios aborrece a los homosexuales porque son asquerosos. A esto nos referimos. Mientras te persigan entidades abstractas como las que persiguen a los escritores, todo está controlado. El problema estalla cuando la culpa de lo que te ocurre la tienen los homosexuales, porque entonces hay que meterlos en la cárcel, que es lo que hacían la Iglesia y el Ejército (curiosa asociación) hasta hace poco. Por lo demás, estamos de acuerdo con el Papa. ¡Viva la familia! ¡Y el píloro!

Cambio de formato Levante 16.07.2006 El otro día, una cajera tomó a Naomí Campbell por una impostora disfrazada de Naomí Campbell. Cuando la modelo sacó la tarjeta de crédito para pagar, la empleada del establecimiento la acusó de habérsela robado a su verdadera dueña. Se armó un lío. A lo mejor, piensa uno, ser Naomí Cambell todo el tiempo fatiga mucho y de vez en cuando la chica descansa. El problema es que descansó cuando no debía, o sea, en una tienda de lujo y en el trance de saldar una factura astronómica. Cuando llega el instante de la verdad, tienes que ser tú a tope; en caso contrario no te aceptan la VISA ni la Cuatro B, con las tarjetas no se juega. Tengo comprobado que a mí me piden siempre el DNI, para comprobar que el nombre de la tarjeta coincide con el del carné. Ayer mismo, en la cola de una librería, dejaron pasar a los tres clientes que tenía delante sin mayores comprobaciones, pero a mí me revisaron hasta los dientes. Con esto no quiero decir que tenga cosas en común con Naomí Cambell, sino que tengo problemas de identidad. Las cajeras cazan al vuelo este tipo de conflictos. -No estamos seguros de que usted sea Juan José Millás. -Yo tampoco, la verdad. La diferencia entre Naomí Campbell y yo es que ella está segura de ser quien es. Por eso defendió su identidad con uñas y dientes y al final le tuvieron que pedir perdón. Yo habría dudado. A mí me cambian por la noche el DNI y las tarjetas de crédito por las de un individuo llamado, pongamos por caso, José Luis Azcárraga y Garrigues y en pocas horas actúo como si fuera él. Si existe un sujeto con tales apellidos, debe llevar una vida regalada. A estas alteraciones de la personalidad, en televisión las llaman cambios de formato. Precisamente, al poco de que retiraran de la parrilla una serie titulada Divinos porque tenía muy poca audiencia, Antena 3 se ha apresurado a declarar que la recuperará dentro de unos meses, tras revisar el formato. Eso es lo que tenían que hacer con los seres humanos poco dotados para la identidad: formatearnos de nuevo. A lo mejor es lo que tenían que hacer también con Naomí, o con la cajera, pues a una de las dos le ha fallado el disco duro. Que sea otra cerveza. Gracias.

Reparto de Papeles Levante 18.07.2006 Leí un reportaje muy curioso sobre el modo de clonar una tarjeta de crédito. Mientras usted saca 60 euros de su cajero habitual, le están copiando la tarjeta con un hábil dispositivo colocado sobre el teclado. Después usted se va sin saber que su tarjeta tiene una hermana gemela un poco insaciable. De modo que mientras usted se gasta sus sesenta euros uno a uno, para que le duren más, la hermana gemela de su VISA le vacía la cuenta para hacer sabe Dios qué cosas con el dinero robado. Como la vida misma. No es raro que, en el caso de los hermanos gemelos, uno sea ahorrador y el otro dilapidador. En realidad, a los gemelos les encantaría ser uno moreno y otro rubio, uno alto y otro bajo, y así sucesivamente. Como eso no puede ser, porque entonces no serían gemelos, son uno tímido y el otro atrevido, por ejemplo. Es lo que pasa con las tarjetas de crédito. Sería absurdo que dos tarjetas de crédito idénticas se comportaran del mismo modo, porque entonces serían una. Ser dos implica una serie de compromisos con uno mismo y con la sociedad. De ahí lo que decíamos de los gemelos. Sometidos a una indiferenciación física dolorosa, intentan discriminarse al menos psíquicamente, lo que implica una división del trabajo. -Yo te apruebo la Geografía y tú me apruebas la Lengua. -De acuerdo. Lo que no sabemos es quién decide a cuál de los dos gemelos le toca ser bueno y a cuál malo. Podríamos resolver el expediente asegurando que lo decide la vida, pero no es tan sencillo. Debe haber un momento fundacional en el que se asignan los papeles. Quizá ese momento suceda antes de nacer. Hay mucha mitología acerca de la relación de los gemelos en el útero. El caso más celebrado es el del gemelo caníbal, o sea, el que se come a su hermano. Pero no se lo crean ustedes, es pura leyenda. De todos modos, las leyendas significan cosas. Todo esto no era para que se ofendieran los gemelos (yo mismo soy gemelo), sino para decirles a ustedes que lleven cuidado con sus tarjetas de crédito. Procuren que no se las clonen. Pero, si se las clonan, procuren quedarse con la mala, que es más divertida.

Carne argentina Levante 21.07.2006 En Madrid hay apagones todos los días. Yo me voy librando porque vivo en un barrio periférico y de momento es el centro el que no resiste el tirón de los aires acondicionados. Se queman los generadores, las subestaciones. No sabemos lo que es una subestación. Es como si nos dijeran que se ha incendiado el anividrio. Pues que cambien el anividrio o la subestación, pero que los cambien rápido porque la gente está que arde. ¿Saben ustedes lo que más desespera a la gente? Que los congelados se echan a perder. Las víctimas no piden ya nada para sí mismas, sino para sus congelados. De repente, te das cuenta de que vivimos en la cultura del congelado. Cada familia tiene invertidos 600 ó 700 euros en productos tiesos de frío. Voy a mi propia nevera, abro el congelador y observo. Sería un desastre, desde luego, que un apagón me echara a perder todo esto. Hay dos paquetes de carne argentina congelada, y 15 ó 20 bolsas de arroz tres delicias congelado. Hay al menos dos cajas de filetes de merluza congelados. Y hay también verduras, legumbres, pastas italianas y una cosa que no sé lo que es, pero que parece una medicina. Es lo que he visto en una primera ojeada, sin necesidad de revolver. Un corte de luz sería una ruina económica, desde luego, pero también ecológica. ¿Cómo me desprendería de todos esos cadáveres si se descongelaran de golpe? ¿Qué hacer con un pollo flácido, con un atún blando, con unos guisantes aplastados? Calculo que si en mi calle se fuera la luz durante 40 horas, como en el centro, se extendería por el barrio un olor a descomposición insoportable. Y después del olor vienen la peste, el cólera y las plagas de Egipto. Y eso que yo no tengo uno de esos arcones congeladores tan de moda. Me han tentado para comprarlo en varias ocasiones, pero siempre he dicho que no porque es el primer paso para convertirte en un asesino múltiple. La tentación de matar a alguien para amortizar narrativamente el arcón sería demasiado fuerte. Quizá es eso lo que desespera a los vecinos del centro de Madrid, que se les descompone el muerto que toda familia guardaba antes en el armario y que ahora esconde en el arcón. No somos nadie.

Como si nada El País 21.07.2006 Ya de vacaciones, Rajoy, saturado de política, de declaraciones, de cócteles, de estrategias, de escuelas de verano y de mítines, estuvo unos días sin leer periódicos ni ver la televisión. Paseaba con su mujer, jugaba con sus hijos y fumaba puros frente al mar. Con cada calada se vaciaba un poco de las tensiones propias del curso político. Las ideas iban y venían dentro de su cabeza con la monotonía de las olas. Al cuarto día era casi feliz y al quinto le atacó una especie de nirvana que confundió con una lipotimia. Llamó al médico y éste le respondió que los políticos, sin excepción, tenían horror vacui. Procura relajarte, es muy saludable ese vértigo, pues te espera un otoño duro. Por lo demás, pescado y verduras. A los diez días de nirvana, Rajoy no podía más, de modo que llamó a su secretaria, que se presentó con un montón de carpetas. Lo primero era ver cómo habían quedado las cosas antes de comenzar las vacaciones. A medida que revisaba papeles, recortes de prensa, declaraciones y vídeos, se iba poniendo pálido. ¿Pero yo he dicho esto? ¿Yo he insinuado que Zapatero y ETA negociaron, juntos, el modo de sacarnos de la Moncloa? ¿Nosotros hemos dejado caer que el 11-M fue obra del PSOE? ¿Tenemos de verdad tantas ganas de que ETA vuelva como aparentamos al abrir la boca? ¿He dado yo el visto bueno a ese vídeo en el que se afirmaba sin rubor que socialismo era igual a terrorismo? ¿Y cómo es que no han actuado, frente a tales despropósitos, la justicia ni Dios? ¿Vivimos ya en un mundo sin límites? ¿De verdad se han tragado los ciudadanos la especie de que no pagamos a ETA el precio político de reconocerla como el Movimiento Vasco de Liberación? ¿No concedimos terceros grados? ¿No excarcelamos presos? ¿No abrimos la reunión de Zurich asegurando a los encapuchados que ni pretendíamos la derrota de ETA ni contemplábamos un escenario de vencedores y vencidos?, se preguntaba fuera de sí el político. La secretaria, preocupada, telefoneó a Acebes y se lo pasó. Al poco, Rajoy salió hipnotizado al jardín, se ratificó ante la prensa de todo lo dicho antes del verano y la vida continuó como si nada, como si nada, la quiero a morir.

El viaje de Zapatero El País 23.07.2006 Aquel día nos despertamos con la revelación de que los intereses de Zapatero coincidían punto por punto con los de ETA. Así apareció en los periódicos, que citaban fuentes del PP cuyos líderes confirmaron y amplificaron la noticia a través de las emisoras de radio, mientras desayunábamos. La revelación funcionó a la manera de un Apocalipsis de bolsillo que alivió la contrariedad de que el mundo, pese a ser el 6-06-06, no se hubiera acabado. El fin del mundo tiene un extraordinario tirón electoral que había venido explotando en régimen de monopolio el PP. Lo normal, pues, es que ofreciera algo a cambio. Y ahí estaba: Zapatero y ETA eran siameses. Todos pensamos que el Gobierno, tras este descubrimiento escandaloso, se iría al carajo. Inconcebiblemente, no ocurrió nada, en parte porque el fin del mundo no es lo que era y en parte porque España no existía. Así lo había asegurado también Rajoy unos días antes sin que nadie le prestara atención. “Este hombre”, dijo refiriéndose a Zapatero, “ha borrado a España del mapa”. Y no la había borrado de cualquier manera, sino con la minuciosidad de un psicópata, desmembrándola región a región y escondiendo sus extremidades en la nevera, para devorarlas poco a poco. No era todo: un columnista, apenas unos días antes de la fecha del fin del mundo, había escrito que la capacidad de Zapatero para el Mal (así, con mayúscula) carecía de límites; otro, que era un tontiloco al que atribuía sin embargo poderes especiales para acabar él solo con el Estado de derecho. Uno más lo comparó con Harry Potter, asegurando que vivía, junto a su mujer e hijas, rodeado de búhos. Alguien nos advirtió de que sus formas suaves ocultaban a un lobo sediento de sangre. Un profesor, no recordamos ahora mismo de qué materia, lo describiría como “un hombre resentido, simulador, visceral, con obsesiones políticamente inconfesables”. Rajoy, solo o en compañía de otros, había dicho de él una y otra vez que era un inconsistente, un tonto, un inútil, un bobo, un incapaz, un acomplejado, un cobarde, un prepotente, un mentiroso, un inestable, un desleal, un perezoso, un pardillo, un irresponsable, un revanchista, un débil, un arcángel, un sectario, un radical, un chisgarabís, un maniobrero, un indecente, un loco, un hooligan, un propagandista, un visionario, un chapucero, un excéntrico, un disimulador, un estafador, un agitador, un fracasado, un triturador constitucional, un malabarista, un mendigo de treguas, un traidor a los muertos… Había asegurado que no tenía programa, que no tenía equipo, que no tenía proyecto, que no tenía ideas, que no tenía agallas (el buen gusto le impedía añadir que no tenía pilila). Pese a tantas y tan graves carencias, se le atribuían empeños heroicos, como el de pretender ganar la Guerra Civil con setenta años de retraso. El domingo anterior a este martes negro, una caricatura del diario El Mundo mostraba a Zapatero regando una planta (la de la paz) con las aguas fecales procedentes de una manguera que salía de una alcantarilla. La manguera estaba dibujada de tal forma que parecía al mismo tiempo la cola de una rata estratégicamente colocada en el cuerpo del presidente del Gobierno. Se sugería así que reinaba en las cloacas, como uno de los más célebres enemigos de Batman y de Robin. “Este presidente”, escribía un catedrático en Abc, “adolece de una inanidad intelectual indisimulable, casi espectacular”. Álex VidalQuadras, en La Razón, le atribuía el empeño de “resucitar el clima cainita de la II República”. Santos Juliá escribía en EL PAÍS: “Hay que mirar muy atrás para encontrar un presidente de pensamiento tan débil, pero tan rebosante de lo que, a falta de mejor definición, acostumbramos a llamar instinto de poder”. José García Abad atribuía a Felipe González la siguiente frase, referida a Zapatero: “Éste sigue con su idea… Que no pasa nada… Que no pasa nada… Y se nos cae el invento. Está loco…”. Si tuviéramos que hacer una relación de los calificativos (con frecuencia contradictorios) aplicados a José Luis Rodríguez Zapatero desde diferentes sectores y a lo largo de estos dos años de Gobierno, necesitaríamos un volumen de la Espasa. Y ello sin contabilizar los lanzados desde las manifestaciones de la derecha que salió a la calle en varias ocasiones, unas a favor del matrimonio (cuya destrucción, junto a España y el Estado de derecho, era uno de los objetivos de Zapatero); otras, a favor de Dios (que, increíblemente, estaba perdiendo la batalla también frente a este individuo de formas educadas), y, otras, en contra de su política antiterrorista, pues llevábamos ya tres años sin muertos, dos de los cuales se podían imputar, evidentemente, a su gestión. Asimismo, durante este periodo se había derogado una norma no escrita, dictada por Aznar y aceptada por las fuerzas políticas y la ciudadanía, según la cual el responsable de un crimen era el criminal. Ahora, si alguien lanzaba un cóctel molotov contra un cajero automático, el responsable era, indefectiblemente, Zapatero. En cuanto a los

comunicados de la banda, gozaban también, al contrario de lo que ocurría en otras épocas, de más credibilidad que los del Gobierno. Si el 11-M se calificaba de miserables a quienes creían a Otegi en vez de al ministro del Interior, ahora los miserables eran quienes creían al ministro del Interior en vez de a Otegi. Lo que decían ETA o Batasuna iba a misa. Y, hablando de misas, hasta los obispos, que no se habían manifestado jamás, nunca, por nada, pese a las imperfecciones del mundo, abandonaron ostentóreamente (cortesía de Gil y Gil) sus palacios y tomaron las calles con sus gafas de sol para rasgarse las vestiduras frente a las cámaras de la tele. Entre unos y otros, habían convertido a Zapatero en un superhéroe inverso, en un canalla, si ustedes quieren, pero un canalla con cualidades sobrenaturales contra el que no habían aparecido un Batman, un Supermán, ni siquiera un Hombre Araña capaz de hacerle frente. Las fuerzas del bien, representadas por Rajoy, Acebes y Zaplana (tres flojos), sólo podían rezar el rosario y encargar novenas frente a una población que parecía anestesiada. Tanto era así que Zapatero ni siquiera necesitó defenderse de la evidencia de haberse puesto al servicio de ETA. Más aún, ordenó a su gente que no respondiera a aquella imputación que, de ser cierta, constituiría un delito de colaboración con banda armada. Cuando la tarde del 6-06-06 Rajoy anunció en el Congreso que daba por rotas las relaciones con el Gobierno de España, España, España, el presidente del Gobierno subió a la tribuna de oradores y le respondió con educación, con cortesía, con amabilidad, invitándole una y otra vez a sumarse al resto de la Cámara para terminar con la violencia. Por no responder, Zapatero no respondió ni a Esperanza Aguirre, que ese mismo día le echó en cara que aún no hubiera pedido perdón por los “Gulag” de Stalin. Zapatero le podía haber contestado que Manuel Fraga, felizmente reinsertado sin haber pedido perdón por sus crímenes, fue uno de los colaboradores más activos de la banda armada de Franco antes de presidir el PP. En lugar de eso, calló y ordenó a los suyos tender puentes con el adversario. Al día siguiente, un José Blanco lívido, si se me permite la redundancia, pedía públicamente disculpas al PP si se le había ofendido en algo. Un hombre del que se afirmaba simultáneamente que era listo y tonto, grande y pequeño, alto y bajo, ingenuo y malicioso, bondadoso y perverso, vanidoso y humilde, calculador y visceral, etcétera, era, literariamente hablando, un mito. Y con la actitud sobrecogida del que espera a un mito le aguardaba yo la mañana del domingo 21 de mayo en el helipuerto del palacio de la Moncloa, para acompañarle a Barakaldo, donde daría un mitin. Aunque habían anunciado que las temperaturas a mediodía serían altas, ahora hacía un fresco que combatíamos frotándonos las manos mientras íbamos de un lado a otro de la pista. En esto, apareció un coche con los cristales ahumados del que descendió un individuo normalmente constituido, con expresión de sueño. Al darle la mano, observé que se había dejado al afeitarse tres o cuatro pelillos de difícil acceso debajo de la nariz y que tenía un pequeño derrame en el ojo derecho. Costaba creer que se tratara de José Luis Rodríguez Zapatero, pues no se advertía en él ningún atributo sobrenatural. O sea, que mucho ruido y pocas nueces. Aunque, para ruido, el que había dentro del helicóptero de las Fuerzas Armadas que nos trasladó a Torrejón, donde tomaríamos una aeronave. El viaje desde Moncloa a la base aérea apenas dura 10 minutos, pero resultan inolvidables por el estruendo de las aspas y también por el olor a gasolina, que coloca mucho, una cosa por otra. Le pregunté a Zapatero si el helicóptero de Bush sería tan agresivo y me dijo que no estaba seguro, pero que creía que no. Luego fingimos mantener una conversación, pues aunque ni yo le oía a él ni él a mí, sonreíamos mucho y asentíamos sin parar como cuando hablas con alguien cuyo idioma no entiendes y no te atreves a decírselo. De vez en cuando, mirábamos por la ventanilla. Madrid tenía el aire característico de un domingo por la mañana, sin tráfico, sin humo, sin nervios: un mundo de café con leche y periódicos desplegados sobre las mesas de las primeras terrazas veraniegas. Le pregunté qué iba a decir en Barakaldo, donde los socialistas celebraban el Día de la Rosa, y me dijo que iba a dar un par de titulares. –Ya he aprendido a dar titulares –añadió con ironía–. Al principio creía que bastaba con dar ideas. Pero me decían que no, que había que dar titulares. De modo que él se dedicó a lo suyo y yo a lo mío. Pero tuvo más éxito él en lo suyo que yo en lo mío, pues triunfó en el mitin, donde la gente se mató a aplaudirle, y logró ser cabecera de todos los telediarios. Yo, en cambio, no di con ningún signo que delatara su alianza con los poderes infernales. Y después de triunfar, en vez de quedarse a comer con los amigotes, volvió a casa, para pasar el resto del domingo en familia. Todo muy decepcionante, incluido el discurso con el que arrebató los aplausos,

en el que no insultó a nadie ni se cagó en nada ni ridiculizó a sus adversarios. Recordó con emoción a los muertos, dijo que los valientes son los que usan la palabra, pues sólo el miedo recurre a la fuerza, y tras lanzar un mensaje de esperanza a los asistentes, asegurándoles que lo iban a conseguir, que iban a ver el final de la violencia, anunció que a lo largo del mes de junio acudiría al Congreso para anunciar el principio de los contactos con ETA. Todo en un tono muy civilizado, muy reflexivo, asegurando que la fórmula para obtener resultados era una combinación de paciencia democrática más valentía. Ya en el avión, durante el viaje de vuelta, decidí meter el dedo en una zona de su biografía sobre la que sabemos poco. Rodríguez Zapatero fue diputado por León durante 20 años. Eso quiere decir que pasaba prácticamente la mitad de la semana en Madrid, completamente solo, alejado de su familia y sin nadie que le controlara. Era como vivir una vida dentro de otra. Sabemos a lo que se dedicaba en la vida de afuera. ¿Pero en la de dentro? ¿Adónde iba por las tardes, al salir del Congreso? ¿Qué hacía al llegar al apartamento o al hotel? ¿Qué libros había en su mesilla? ¿Qué pensaba cuando se despertaba en medio de la noche y durante una fracción de segundo no sabía si estaba aquí o allí? ¿Cómo imaginaba que sería el resto de su vida? ¿Cómo, el resto de la nuestra? La historia de la literatura está llena de individuos que en situaciones semejantes se aficionan al satanismo, al bricolaje, a los burdeles o a la investigación sobre el movimiento continuo. Convencido aún de encontrarme frente a un mito, me dio por imaginar que durante aquellos años le había ocurrido algo esencial que explicaría, de un lado, la existencia de sus superpoderes, y, de otro, el hecho de que los dedicara a la propagación del mal. Pero me quitó la idea de la cabeza enseguida. Dijo que no le había ocurrido nada esencial durante aquellos años. Había llegado a Madrid, desde León, con lo esencial puesto. Añadió que paraba siempre en hoteles, porque la idea del apartamento le desagradaba, y que su dedicación al Parlamento era tal que no le quedaba tiempo para otra cosa. No era un diputado conocido, pero sí reconocido, pues echaba muchas horas en el despacho y trabajaba bien, según los cronistas parlamentarios de la época. Cuando salía, era, por lo general, de noche, y o bien se iba a cenar con los compañeros o bien se metía en un cine de la Gran Vía. Al salir del cine, entraba en el VIPS, tomaba algo y compraba la prensa del día siguiente, con la que se iba al hotel como un niño con zapatos nuevos. Recuerda, el de leer la prensa del día siguiente antes de acostarse, como uno de los grandes placeres de la época. Intenté extraer alguna conclusión sobre esta afición a sacar unas horas de ventaja a sus contemporáneos, pero tampoco me ayudó. En vez de alimentar el mito, como Dios manda, se empeñaba en destruirlo, comportándose como un sujeto normal. Así las cosas, la conversación comenzó a languidecer. Me pareció, sin embargo, que miraba por la ventanilla del avión con expresión nostálgica, como si se acordara de algo perdido o muerto. Se trataba de una expresión que ya le había visto en el coche oficial. Estuvo de acuerdo conmigo en que echaba de menos aquellos días en los que podía caminar solo por la calle, un placer del que no había vuelto a disfrutar desde que ganara el congreso de su partido. Tal vez, cuando se asomaba al mundo por la ventanilla, contemplaba una versión de sí en la que continuaba siendo un desconocido que compraba la prensa del día siguiente en VIPS. Tal vez se veía saliendo del cine, caminando, Gran Vía abajo, hacia uno de los hoteles –el Prado, el Suecia, el Carlton, el Inglés– que entonces frecuentaba. Tal vez se imaginaba entrando en la habitación, quitándose la chaqueta y la corbata. Podemos verlo sentado en el borde de la cama, telefoneando a su mujer, para ver cómo estaba todo por León. Dice que sí, que llamaba mucho a su mujer, varias veces al día. Por lo demás, no le molestaba estar solo. Siempre ha apreciado un cierto grado de soledad. El avión de las Fuerzas Armadas en el que viajábamos tenía, pese a sus comodidades, un aire un poco cuartelero. Las almendras y la cerveza que nos sirvieron sabían a cantina. No se puede ganar una cosa (ni las elecciones) sin perder otra. Se lo comenté a Zapatero y me dijo que la vida era así, una curiosa mezcla entre la nostalgia y la esperanza. –Cuando nació mi hija mayor, por ejemplo, yo estaba asistiendo al declive de mi partido. Una cosa muere y nace otra. Un primo carnal mío, al que mi padre quería mucho, murió a los nueve años, cuando yo estaba a punto de nacer. Y mi madre falleció cuando tomaba las riendas del partido. La muerte y la vida van juntas. Siempre es así. Sentí mucho lo de mi madre porque nadie, como ella, habría disfrutado tanto de esta época. Yo era su ojito derecho –añadió riéndose con un punto de malicia.

Nos despedimos en Moncloa, después de otra sobredosis de gasolina y ruido, y yo me fui a casa completamente decepcionado. No había conseguido ver al diablo ni al arcángel ni al brujo ni al psicópata que, de acuerdo con mi documentación, habitaban sucesiva o simultáneamente en el cuerpo de ese hombre. Pero sí había dado titulares, pues también los periódicos del día siguiente abrieron con sus palabras en el mitin de Barakaldo. José Luis Rodríguez Zapatero lleva dos años gobernando, pero parece que lleva quince debido a la velocidad diabólica (nunca mejor dicho) que ha impreso a su legislatura. Trabaja con la tenacidad de un aficionado al bricolaje y llega con el destornillador a todas partes. A la rapidez con la que cumplió la promesa de traer las tropas de Irak, se sumó la creación de un Consejo de Ministros paritario desde el que ha sacado adelante la ley contra la violencia de género, la de igualdad, la de matrimonios homosexuales, la de dependencia, la del tabaco, la de reproducción asistida… Éstas son algunas de las más conocidas, porque afectan a la vida cotidiana de grandes colectivos y han acaparado la atención de los medios. Pero también en lo aparentemente pequeño se percibe la actividad del destornillador. Así, durante este tiempo se ha suprimido la tartamudez como causa de exclusión en el acceso al empleo público; se ha incrementado en un 30% la inserción laboral de personas con discapacidad; se ha aprobado la ley que reconoce la lengua de signos (una antiquísima reivindicación del colectivo de sordos) y la de asistencia gratuita jurídica a personas con discapacidad. Ha mejorado la ley del divorcio (ya no es necesario que haya un culpable)… De entre sus perversas pasiones, la de la igualdad es la que más le obsesiona y a la que más tiempo dedica. Lo curioso, con todo, no es que Zapatero dé la impresión de gobernar desde hace quince años, sino que Rajoy parece que lleva treinta años en la oposición. Y al día siguiente de haber perdido el último debate sobre el estado de la nación parecía que llevaba treinta y uno. Ni los propios socialistas comprendían muy bien qué le había ocurrido al que pasa por ser el mejor orador de la Cámara. La justificación más extendida era que Rajoy había perdido por negarse a hablar de terrorismo. Pero esa justificación resultaba terrible, pues confirmaba la idea, muy extendida, de que si al PP le quitas ETA se queda sin discurso. El 31 de mayo, segunda jornada del debate sobre el estado de la nación, conseguí un pase especial para moverme a mis anchas por el Congreso. A las nueve en punto me encontraba en la tribuna de invitados. Miré hacia abajo y no vi a nadie, excepto a Zapatero y a María Teresa Fernández de la Vega, recién duchados y planchados los dos. Enseguida apareció Marín y tres o cuatro parlamentarios más. Poco a poco, la marea subió y a eso de las once había media entrada. El segundo día del debate carece del morbo del primero, pero es excelente para apreciar el estado de ánimo de los grupos. La Cámara tiene la forma de un vaso en cuyo borde superior se encuentra la tribuna de invitados. Lo que se veía al mirar hacia abajo desde ese borde eran los restos del naufragio del grupo parlamentario popular. Los escasos asistentes de esa formación flotaban a la deriva entre un desolado mar de sillas. Recordé un verso de Virgilio, en La Eneida: “Aparent rari in gurgite vasto” (aparecen pocos náufragos en el vasto mar). Al mediodía entró en escena Rajoy, braceando penosamente hacia su escaño, que se había convertido en un resto de la embarcación con el que mantenerse a flote. Mientras el orador de turno hablaba, algunos de los que habían naufragado con él se acercaban nadando al pecio del dirigente popular e intercambiaban algunas palabras antes de regresar a su pedazo de madera. Leyendo los periódicos, te dabas cuenta de que lo único que había hecho Zapatero para ganar el debate había sido poner enfrente de Rajoy un espejo. A cada crítica del dirigente popular, Zapatero le había respondido recordándole lo que hizo el PP, cuando gobernaba, en esa materia. Finalmente, le dio la puntilla con una frase capicúa muy apropiada para las vísperas de un Apocalipsis fallido: “Es usted, señor Rajoy, un profeta del desastre, pero un desastre como profeta”. Punto y aparte. Tras echar una cabezada en mi silla de la tribuna de invitados (un periodista de La Vanguardia me pilló y lo publicó en su crónica), poco antes de la hora de la comida me acerqué a la zona del Gobierno, colándome en el despacho del presidente sin pedir permiso, a ver qué pasaba. No pasó nada. Lo encontré tomándose unas almendras con coca-cola en vez de sorprenderlo esnifando una raya de coca. Cogí una almendra del platillo, para analizarla más tarde, y le pregunté sagazmente cómo se encontraba (no lo puedo remediar, soy un tipo incisivo). Me dijo que el debate sobre el estado de la nación era un poco agotador, como jugar dos partidos de fútbol seguidos, pero se sentía en forma. Le

pregunté entonces cómo se explicaba el costalazo de Rajoy y me dijo que un debate de esas características no se pierde o se gana porque tengas una buena o una mala tarde, sino porque hayas entrenado durante todo el año. –Y Rajoy –añadió– ha venido sin entrenar. Se pasó el primer año de oposición hablando del 11-M y llegó al segundo sin respiración, y muy averiado respecto al Estatuto catalán. Su problema, ahora se ha visto, es que sólo tenía una oportunidad y se la ha jugado a la desesperada. En política las cosas no pasan porque sí. La política tiene una lógica aplastante. Se ha caído porque se tenía que caer. En ese momento le llevaron la comida, y, aunque no me pidió que me marchara, lo hice por iniciativa propia, para aflojar un poco la presión y que se confiara. Tarde o temprano lo descubriría metiéndose un pico de heroína o hablando con Luzbel. Pasaban de las dos de la tarde y a las cuatro comenzaba de nuevo el debate. Pero no me fui lejos. Salí al pasillo y estuve merodeando por los alrededores del despacho, a la espera de alguna señal. Todo el mundo, excepto las secretarias del presidente, que pidieron unos bocadillos, se había ido a comer. No había moros en la costa, con perdón. En esto, escuché la voz de Zapatero, a través de la puerta del despacho que daba al pasillo. Hablaba por teléfono con alguien. Pegué el oído, convencido de que le iba a sorprender pactando con Josu Ternera el modo en que el Gobierno entregaría las armas a ETA, pero estaba resolviendo un asunto doméstico, algo relacionado con sus hijas. Me sorprendió que un tipo empeñado en acabar con la familia tuviera aquellas preocupaciones, pero lo cierto es que ya empezaba a dudar de todo. Por la tarde, cuando terminó el debate sobre el estado de la nación, lo acompañé a Moncloa. Esa noche daba una entrevista en directo para un programa muy conocido de la televisión catalana. Su equipo estaba preocupado, pues podía ser el remate a dos días demasiado intensos. Pero no pasó nada. Zapatero llegó, se dio una ducha, se fotografió con las maquilladoras, habló por el móvil (es un vicioso del móvil), dio la entrevista, y aquí paz y después gloria. Tras despedirlo a la puerta de su casa, un coche me llevó a la mía. En la radio había una tertulia de periodistas. Escuchándolos, daba la impresión de que quien había ganado el debate había sido Rajoy. Como tengo complejo de inferioridad, estuve a punto de dudar de mis sentidos. Al llegar a casa, en vez de acostarme, entré en Internet y revisé atentamente los titulares de la prensa de ese día y del anterior, advirtiendo de súbito la falta de apoyos mediáticos de Zapatero. Los periódicos de la derecha apoyaban sin excepción a Rajoy, intentando rebajar la magnitud de su descalabro, cuando no negándola, pero no había uno sólo que aplaudiera la actuación de Zapatero. Comparado con Aznar, que, además de manipular sin rubor los medios públicos, creó con el dinero de todos los españoles un gigantesco grupo mediático a su servicio, Zapatero se encontraba, desde el punto de vista mediático, desnudo. En parte, por voluntad propia, pues ni siquiera había intentado utilizar los medios públicos, como si no los quisiera o no diera importancia a su influencia. Esto puede chocar con una idea muy instalada según la cual hay una prensa que es mera correa de transmisión de sus iniciativas, pero basta repasar con cierta objetividad los titulares de estos dos años, así como los artículos de opinión, para comprobar lo que decimos. Hay, desde luego, unos medios que están más cerca de los planteamientos del PSOE que de los del PP, pero la figura de Zapatero no goza, ni de lejos, de los favores de los que gozó en su día Felipe González ni de los que disfrutó Aznar. Pensé: Zapatero pertenece a una generación cuyos hermanos mayores forman parte de la del 68, caracterizada por ser una generación tapón. La generación del 68 siempre ha mirado con cierta displicencia a la del 80, cuyos componentes no se habían tenido que enfrentar al franquismo, no habían sufrido la clandestinidad, no habían leído los mismos libros (quizá ni siquiera habían leído). La gente del 80, desde el punto de vista de la gente del 68, eran unos flojos. No estaban politizados, no eran agresivos, pedían las cosas por favor y, en vez de asesinar a sus hermanos mayores, los habían observado siempre con admiración. Se me ocurrió que quizá la indiferencia, cuando no la hostilidad, con la que Zapatero era tratado en los mismos medios que tanto habían protegido a González se explicaba en términos generacionales, y llamé a José Andrés Torres Mora para comentárselo. José Andrés Torres Mora es sociólogo y diputado del PSOE por Málaga. Pertenece a la generación de Zapatero y fue su jefe de gabinete desde que accedió a la secretaría general del PSOE hasta que ganó las elecciones. Su despacho, que se encontraba al lado del de Rodríguez Zapatero, estaba lleno de libros de teoría política. Si pasabas por allí, salías con tres o cuatro manuales de republicanismo debajo del brazo. Torres Mora habla como si hubiera alguien durmiendo, en un murmullo. Al principio ni le

escuchas porque te parece mentira que de unas maneras tan sosegadas pueda salir algo medianamente agudo. Pero si prestas un poco de atención, resulta que pronuncia una o dos frases afiladas por minuto. Me confirmó, desde la sociología, que las dificultades de Zapatero con los medios se explicaban en clave generacional. –La generación de Felipe González –añadió– tiene un gran relato sobre sí misma, un relato épico. Nosotros somos una generación sin relato. Más aún: nuestra generación no hace relato, no relata, no escribimos, no hay cosas nuestras. No estuvimos detenidos, no conocimos el mayo del 68, no contribuimos a construir una democracia que apreciábamos, pero en la que no había sitio para nosotros, pues cuando intentamos irnos de casa, no había un mercado laboral en el que refugiarnos. No podíamos ser ciudadanos porque no se puede ser ciudadano en casa. Se es ciudadano en la calle, en el trabajo, en el ágora, en el Parlamento. Sin embargo, y como dijo Zapatero en su día, nuestra lengua materna es la democracia. Por eso entendemos a la generación de Felipe mejor que ella a la nuestra. Nosotros, para salir adelante, nos hemos tenido que mover en ángulo ciego de la sociedad. Adelantamos a Bono en el congreso del PSOE por ese lado, lo mismo que a Aznar. Ni Bono ni Aznar se lo podían creer, porque ni nos habían visto llegar. Y no necesitamos a los medios como los necesitaron Felipe o Aznar porque nosotros conectamos con el ciudadano gracias a la fuerza que nos da creer en lo que decimos. Esa fuerza nos conecta con el mundo. En ese sentido, Zapatero inauguró una tendencia nueva cuando hizo, desde la oposición, su primer debate sobre el estado de la nación. En vez de dirigirse a los periodistas, se dirigió a los ciudadanos. El resultado fue que los periódicos dijeron al día siguiente que había perdido el debate. A los pocos días, la encuesta del CIS lo dio como ganador. ¿Por qué se equivocaron los medios? Porque estaban en manos de una generación que no le entendía. Nosotros creemos en las palabras que decimos; esto nuestro no es un experimento de laboratorio, sino una convicción. En ese sentido, la generación de Felipe fue una generación antipolítica, muy pragmática, pero antipolítica. Les estamos muy agradecidos porque modernizaron España y nos colocaron en Europa. Pusieron las bases para convertir a este país en lo que es. Pero eran antipolíticos en el sentido de que tendían a separar el pensamiento de la acción. Separar el pensamiento de la acción significa que unos piensan y que otros actúan, y los que piensan no hablan con los que actúan, no hay diálogo. Eso equivale a expulsar el pensamiento democrático con la coartada de que hay una verdad política preexistente al debate. Nosotros creemos que la realidad social es el punto de partida y que el acuerdo es el punto de llegada. Somos una generación de políticos porque estamos convencidos de que las decisiones mejoran cuanto mayor es la obligación pública de explicarlas. Creemos que hay que devolver el poder al demos, al pueblo, y eso los ciudadanos lo perciben sin necesidad de grandes estrategias de comunicación. Lo que hace fuerte a Zapatero es su apoyo social. Conecta con la gente, no con los medios. De otro lado, nosotros hemos sido con la generación de nuestros mayores más generosos que ella con nosotros. Tenemos en el Gobierno a María Teresa Fernández de la Vega, a Rubalcaba, a Solbes. Y tuvimos a Bono… Mi siguiente cita con Zapatero era el domingo 4 de junio (estaba empeñado en hacerme trabajar los domingos). Le acompañaría a Lleida, donde participaría en un mitin a favor del sí en el referéndum sobre el Estatuto catalán. Zapatero estaba ilusionado con ese viaje porque iríamos en el AVE de Cascos, un tren de alta velocidad paradójico (va despacio). –Cuando viajo de una ciudad a otra, siempre veo las cosas desde el helicóptero o desde el avión – me dijo–. El AVE me permitirá verlas al nivel de suelo. Se equivocaba: nada más entrar en el vagón lo condujeron a un departamento con aspecto de caja fuerte en el que los asientos estaban colocados de espaldas a las ventanillas. –Siempre impidiendo que vea usted la realidad –le dije. –Así son las cosas –respondió resignado, abriendo un periódico. A mí me venía bien aquella especie de caja fuerte porque no le permitiría distraerse con el paisaje. Aunque el departamento estaba preparado para cuatro personas, íbamos él y yo solos, uno enfrente del otro. Es muy difícil quedarse a solas con un presidente de Gobierno. Ahora es la mía, pensé observándole los tobillos, para ver si tenía pies de cabra, uno de los síntomas que delatan la presencia del diablo. Pero advertí, pese al filtro de los calcetines, que los tenía normalmente conformados. Por lo demás, estaba alegre, descansado, bromeando sobre sí mismo con aciertos surrealistas.

–Hoy me he levantado delgado –dijo– porque ayer nadé mucho y cené poco. Como no había manera de que se comportara como un mito para darme una satisfacción y resolverme de paso el reportaje, le pregunté cómo se defendía del proceso de mitificación al que estaba siendo sometido por sus adversarios, pero también por la gente más cercana a él, que lo adoraba. Me dijo que no corría ningún peligro de creerse las exageraciones de los amigos ni las de los enemigos, que eso les ocurría a los que tenían más pasión por el poder que por la política. –Pero mi pasión –añadió– es la política, no el poder. –¿Eso explica también su relación con los medios? –le pregunté tras hacerle partícipe de mis conclusiones (y de las de Torres Mora). –En parte, sí. Los medios son una forma de hacer política desde el poder, porque quieren poder, pero no quieren transformar la sociedad. ¿Tienen los medios alguna vocación transformadora, de cambio? Tiene mucho más afán de cambio la ciudadanía. Por eso, yo trabajo cada día más pensando en los ciudadanos que en los periodistas, tanto en mi forma de actuar como en la de comunicar. Y esto constituye un acto de fe democrática. La fe en la democracia informa cada acto de mi vida. La idea es que mandan los ciudadanos. En mi campaña electoral dije varias veces que me proponía quitar poder a los poderosos y entregárselo a los ciudadanos, y a eso es a lo que me dedico. El único poder que tiene el 90% de los ciudadanos es su voto, cada cuatro años. Los poderosos, en cambio, votan todos los días. Y esta convicción hay que llevarla a todas partes. Te voy a poner un ejemplo muy claro, el de la energía nuclear, que va a provocar un debate muy importante. En nuestro programa, que coincidía con un deseo muy fuerte de la ciudadanía, se incluía la reducción de centrales. Ya hemos cerrado una. Es evidente que hay problemas de energía, y que quizá aumenten por el precio del petróleo. Pues bien, nosotros, en ese contexto, vamos a hacer un calendario de cierre de centrales. Esto va a generar mucha polémica porque la mayoría política, estoy seguro, va a apostar por la energía nuclear. La energía nuclear es la respuesta sencilla. Yo, sin embargo, creo que hay que hacer crecer las energías alternativas. Y eso, cuando lo haces por convicción, trasciende, con independencia de lo que digan los medios. Los ciudadanos desconfían con razón de la energía nuclear porque no está resuelta la seguridad ni está resuelto el problema de los residuos. Además, una cultura que contempla un límite a la energía nuclear es una cultura que pone freno también a los proyectos militares. No sólo tenemos Irán como problema. Hay otros países que van a caer en esa tentación. Siempre se empieza con fines civiles y de ahí se pasa a los militares. Al hablar, inclina el cuerpo hacia mí e invade con frecuencia mi burbuja. Cuando algo de lo que dice le entusiasma, me golpea la rodilla, para subrayarlo. En las pausas, echa el cuerpo hacia atrás, hasta alcanzar el límite del respaldo y desde allí me observa como el pintor observa una pincelada de su cuadro. Más que hablar al interlocutor, lo utiliza como un lienzo sobre el que dibuja apasionadamente sus ideas. Da la impresión de que puede ver el efecto que han producido dentro de su cabeza. Después de valorar ese efecto, adelanta otra vez los brazos y el cuerpo hacia el oyente, rompe de nuevo su burbuja, le mira francamente a los ojos y vuelve a la carga poniendo más convicción o más matices o más datos, todo ello en función de unos cálculos que ha llevado a cabo mientras te observaba. No se advierte en él ninguna afectación, ninguna reserva, ninguna distancia. A los diez minutos te olvidas de que estás hablando con el presidente del Gobierno. –Yo –está diciendo ahora– procuro cumplir cada día mi compromiso con los ciudadanos porque eso es lo único que me preocupa. De hecho, el grado de cumplimiento de nuestro programa, cuando termine la legislatura, va a ser espectacular. Ya lo es a dos años vista. Quizá el grado de reconocimiento de los medios no esté a la altura del grado de cumplimiento, pero a mí me parece bien que sea así, porque no estamos aquí para que los medios nos halaguen, sino para cumplir el mandato de los ciudadanos. A veces, en el Consejo, algún ministro se queja de que los telediarios de TVE no nos tratan bien. Y yo les digo que hemos ganado las elecciones para esto, para que los telediarios de la televisión pública sean, al fin, independientes. Si quieres que te traten mejor, hazlo mejor. A mí las satisfacciones más grandes no me las producen los aplausos, sino el hecho de ver a los demás felices. Un hombre en el poder no es un hombre en su destino. Lo que importa es el destino del país al que sirve. En eso consiste la visión republicana de la vida. La norma es muy sencilla: austeridad con uno mismo y generosidad con los demás.

Al observar que está El Mundo entre los periódicos que acaba de hojear, le pregunto si no le ha molestado la caricatura citada más arriba, en la que se le tacha de rata de albañal. –En absoluto. Estas cosas no me llegan –asegura sonriendo–. Y cuanto más alejadas están de la realidad, menos me llegan. –¿Qué le llega entonces? ¿Qué le emociona? –Me emocionan, por ejemplo, los subsaharianos. El problema de la inmigración ocupa mucho mi pensamiento porque vivo respecto a él en una contradicción absoluta. Sé que no podemos dejarles pasar, pero mi deseo sería ofrecerles trabajo a todos. Y tenemos que encontrar fórmulas para resolver eso. También me preocupa mucho la generación de los llamados mileuristas. Por eso, al debate sobre el estado de la nación llevé una serie de medidas dirigidas a estas personas. Un país tan rico como España ha de tener a esta generación, que representa el arranque del siglo XXI, absolutamente comprometida con el proyecto político del futuro. Dentro de quince años serán ellos lo que tengan que cambiar el país, y no será posible si no les hemos hecho sentir afecto por lo público. Hoy tienen poco afecto porque, perteneciendo a una generación mejor formada que la mía, encuentran dificultades para salir a la vida. Y el problema no es que tengan que esperar cinco o seis años para acceder a un piso, que lo es y estamos trabajando en ello, el problema es que nosotros no nos podemos permitir el lujo de que las ideas con las que esa generación va a cambiar el mundo lleguen a la sociedad con cinco o seis años de retraso. Me gustaría que esa generación estuviese tan politizada como lo estuve yo. Yo sentía tanta pasión por la política como por mi mujer. Creía tanto en ella como en mi mujer. Yo sentí que la democracia del 78 estaba hecha para mi generación, para mí, que voy a pasar, al contrario de mi padre, el 80% de mi vida en democracia. Yo soy la primera generación que ha disfrutado de España. Tenía 16 años cuando las primeras elecciones. Iba con mi hermano por León repartiendo propaganda de izquierdas porque teníamos la impresión de habernos ligado a la chica más guapa del mundo, que era la democracia. Y esa creencia nos salvó. Por eso considero tan importante que esta otra generación sienta también afecto por lo público, que crea en la política, en la democracia. –¿Y lo está consiguiendo? –Claro que sí. De hecho, en las próximas elecciones el voto joven va a ser decisivo. –Por cierto que, hablando de su hermano, con el que repartía propaganda, creo que tanto él como su padre estaban más a la izquierda que usted. –Mi hermano era del PC, y muy activo, y mi padre había colaborado con el PC en la clandestinidad. Recuerdo que en mi casa había una multicopista de esas. ¿Cómo se llamaban? –¿Vietnamitas? –Eso es, una vietnamita. Pero mi padre ya votó al PSOE en el 77. Marx es un extraordinario pensador y un excelente analista del capitalismo. Pero le falta reflexión sobre la democracia. El monopolio económico produce efectos negativos. El origen de la izquierda se encuentra en los valores de la Revolución Francesa, que es una revolución ciudadana porque se enfrenta a quienes en esos momentos monopolizan el poder: la nobleza y el campesinado. De ahí salen todos los valores de la izquierda. Lo malo es que habitualmente se piensa más en términos de poder que de democracia. Quienes piensan que al poder se puede llegar de cualquier manera (a través de la lucha armada, por ejemplo) también piensan que se puede ejercer de cualquier manera. Y eso no puede ser. El Muro de Berlín fue un argumento excelente para la derecha. Era tan bueno que Berlusconi todavía lo utilizó en las últimas elecciones. Ahora la derecha no tiene fantasmas con los que azuzarnos para ejercitar el poder. Por eso utiliza a Bin Laden. Pero nadie se cree que Bin Laden pueda debilitarnos tanto. No tiene el poder que había al otro lado del Muro. Lo que da fuerza a un proyecto democrático es la transparencia, la deliberación democrática, el debate. El poder tiene que tener todos los controles del mundo. Cuantos más controles tenga, mejor. Por eso puse tanto empeño en dar libertad a los medios públicos Ahora bien, yo creo que los medios deberían aportar más ideas de cambio. Aportan poco en esa dirección. Y se equivocan, porque un medio de comunicación puede dar muchas satisfacciones a los suyos, pero carecer de influencia social.

–Acaba de hacer frente al debate sobre el estado de la nación. Dentro de unos días se votará el Estatuto catalán. Además, ha asegurado que de un momento a otro anunciará en el Parlamento el inicio de los contacto con ETA. ¿No hay una concentración excesiva de asuntos capitales en muy poco tiempo? –La política es el control de los tiempos. La política es tiempo, mucho más en una sociedad cuyo volumen de información al día es impresionante. Hay que pensar no sólo cómo dices las cosas, sino cuándo las dices. Siempre hay un margen aleatorio de error, siempre se corre algún riesgo, pero estamos aquí también para correr riesgos. Antes de ganar las elecciones, comenté con algunas personas que me iba a tocar la tarea de poner fin a ETA, no porque yo tuviera cualidades especiales o porque dispusiera de unos recursos que no hubiera descubierto nadie, sino porque era el tiempo de acabar con ETA. No gané el congreso de mi partido por ser José Luis Rodríguez Zapatero, sino porque había llegado el momento de los Zapateros. Pues bien, ahora ha llegado el momento de desatar este nudo. Si a esa certeza le pones unas gotas de sentido común y de intuición (y esto se da por descontado en una persona muy bregada políticamente como yo), lo normal es que las cosas salgan bien. Cuando le recuerdo una idea muy extendida en determinados ambientes según la cual es más beneficioso (incluso electoralmente) mantener a ETA como una enfermedad crónica que intentar eliminarla, me dice que ese tipo de análisis pertenecen a aquellos que aman el poder por encima de la política y cuyo deseo es perpetuarse en el poder. –Mi experiencia de estos dos años en el Gobierno –añade– es que el poder es un buscador incansable de excusas para demorar la solución de las tareas difíciles. Yo no estoy dispuesto a caer en ese vicio. Por eso tomo decisiones cuando creo que es el momento de tomarlas. Evalúo los riesgos y mido las consecuencias, desde luego, pero en esta evaluación jamás intervienen cálculos electoralistas. No te puedes imaginar hasta qué punto esos cálculos pueden retrasar las decisiones importantes. En el problema de ETA, si no hubiera elecciones dentro de dos años, estaríamos todos de acuerdo. Fíjate, por ejemplo, en el asunto de las pensiones. Yo llevo 20 años oyendo que no se pueden subir las pensiones porque el sistema no aguanta. Pues las hemos subido y no sólo aguanta, sino que mejora. Si se hubieran cumplido las profecías de los agoreros, el sistema de pensiones habría saltado a mediados de los noventa. –¿Qué más ha aprendido durante estos dos años? –He aprendido a estimar aún más a la ciudadanía común, en la que hay un verdadero afán de cambio, y a ignorar a los que justifican tanto. Y veo con ironía ese aire de superioridad que transmiten algunos como Rajoy: “Usted no sabe nada, usted es un insolvente, usted no tiene proyecto, ni equipo ni ideas…”. Me divierte. Mira, yo no estaba de acuerdo con Aznar, pero Aznar tenía un proyecto político. Rajoy es como el recuelo del café. Es un hombre de hace 30 años, incluso del siglo XIX. ¿No te lo imaginas perfectamente en el casino, pasando la tarde? Cuando llegamos a Lleida, un colaborador se acerca a él y le dice que tiene que bajarse el último del tren. –Siempre me tengo que bajar el último o el primero, pero aún no he averiguado de qué depende – me confía con expresión divertida. A pie de vagón le están esperando Montilla, Maragall y las autoridades locales. Tras los saludos de rigor, la comitiva se dirige a una sala de la estación habilitada para un pequeño ágape. Antes de llegar a la sala, aún en pleno andén, Zapatero ve entre el público a un grupo de limpiadoras a las que se acerca, rompiendo el circuito establecido. Son ocho o diez chicas a las que besa y con las que bromea unos instantes antes de preguntar cuántas de ellas son catalanas. Sólo hay dos. El resto son inmigrantes. Zapatero registra el dato y continúa el recorrido. Dedicó gran parte del mitin a los jóvenes, a los mileuristas de los que me había hablado en el tren. Dijo que ellos gobernarían mejor que él porque entenderían su tiempo mejor que él. En contra de la tentación, tan extendida, de vaticinar que con uno se acaba el mundo, Zapatero asegura siempre que lo mejor está por llegar.

Ese día regresamos a Madrid en avión, desde Zaragoza. Después de que nos sirvieron las almendras y la cerveza cuarteleras, le dije si pensaba a veces en el día que dejara de gobernar y si no le daba miedo salir mal de La Moncloa, lo que parece que es, hasta ahora, el destino de todos los que han pasado por ella. –Lo peor –bromeó– no es cómo salen, sino en lo que se convierten después. Enseguida, cambiando de gesto, como diciendo ahora en serio, añadió: –Soy psicológicamente muy distinto a Aznar o a Felipe González. Me veo, una vez que termine esta etapa, tranquilo, trabajando para el Consejo de Estado, ayudando en lo que pueda y, sobre todo, dando algunas clases a los alumnos de Políticas, para decirles la verdad sobre este mundo. No me veo opinando ni intentando dar clases a mi sucesor de cómo se es presidente. Los ex presidentes creen que hay que enseñar a ser presidente, lo cual en democracia es absurdo. Hay que aprender a ser presidente, pero no se enseña a serlo. Además, lo que se aprende sin estudiar no se olvida. Cuando estamos llegando a Madrid, me pregunta si es muy difícil escribir un reportaje. Le miro con desconfianza, dando por supuesto que se trata de una pregunta retórica, pero él pone un gesto de estar a la escucha que me conmueve, de modo que empiezo a mostrarle mi cocina. Cuando llevo un rato hablando, me doy cuenta de lo absurdo de la situación, pero él continúa prestándome una atención desmesurada. Así que le explico cómo reúno los materiales, cómo los articulo, cómo intento ponerlos al servicio del sentido… Todo ello con una sensación insoportable de cazador cazado. Zapatero ganó el debate sobre el estado de la nación celebrado los días 30 y 31 de mayo. Según la encuestas del CIS, a la pregunta de quién cree usted que ganó el debate, el 50,2% de los encuestados respondió que Zapatero, frente al 14,3%, que atribuyó la victoria a Rajoy. Una goleada que los medios no reflejaron al día siguiente ni de lejos. El 18 de junio, el pueblo catalán dio al Estatuto un sí abrumadoramente mayoritario con una participación escasa, aunque superior a las de otras consultas de este tipo. Y el 29 de junio, por fin, Zapatero anunció en el Congreso el comienzo de las conversaciones con ETA. No le cabía en la cabeza, me había dicho, que hubiera una fuerza política que no quisiera participar en este esfuerzo por acabar con la violencia. No podía entenderlo y siempre tuvo la esperanza de recuperar a Rajoy. Por ello demoró el anuncio, aunque lo llevó a cabo dentro del mes de junio, como había prometido el día de nuestro primer encuentro, en el mitin de Barakaldo. Para no subrayar la soledad de Rajoy en aquel momento histórico, hizo el anuncio en una comparecencia ante la prensa, en vez de en el hemiciclo, y ordenó a su gente que no hiciera una sola crítica al jefe de la oposición ni al PP. Era jueves, día de pleno parlamentario. –Qué va usted a hacer ahora? –le pregunté al acabar la conferencia de prensa. –Irme al pleno a trabajar, es un día cualquiera. Se fue al pleno, se sentó en su sitio y logró de este modo impregnar de cotidianidad un hecho histórico. En apenas cinco semanas había resuelto tres asuntos que podía haber sacado adelante en dos legislaturas sin que nadie se lo reprochara. José Luis Rodríguez Zapatero se encuentra en medio de la legislatura y en la mitad de su vida. Le apasiona su trabajo, tiene una vida familiar apacible y un optimismo sin límites sobre las posibilidades del país en el que le ha tocado vivir. En los aviones y en los trenes en los que viaja se sigue respirando el mismo ambiente informal que hace dos años, cuando llegó al poder. La gente del equipo está atenta a sus responsabilidades, pero jamás se la ve tensa. –Soy –me diría para explicarme cómo logra crear esa atmósfera– el presidente de la democracia que menos distancia ha marcado con sus subordinados. Soy poco jerárquico, lo que a veces puede parecer anárquico. Nunca he echado a nadie una bronca, jamás. Cuando algo no me gusta, me callo. Esa es la máxima reacción de disgusto que me permito. Es fundamental que la gente se encuentre bien, que sienta que reconoces su trabajo y sabes lo que hace. Me cuentan las cosas tres y cuatro veces, porque yo recibo información por vías muy distintas. Jamás le he dicho a un colaborador que ya sé lo que me quiere contar.

Cuando hace dos años ganó las elecciones, decíamos de él que era un enigma. Hoy, en muchos ambientes (también fuera de España), es un mito. Entre el enigma y el mito, oculto o protegido por ambos, cabalga un hombre de izquierdas, excepcionalmente dotado para la política (que no para el poder) y empeñado en cumplir el punto más importante de su programa electoral: no decepcionar a los votantes. A la hora de cerrar estás líneas, y según la última encuesta del instituto Opina, Zapatero sacaba 20 puntos de ventaja a Rajoy en valoración ciudadana. Y una parte significativa de los votantes del PP aseguraba preferir que ganara el PSOE. Pero Rajoy continuaba predicando el fin del mundo con una pasión que evidenciaba su deseo de que sucediera, pues sólo en un escenario apocalíptico podía germinar su mensaje. Continuará…

Persecuciones absurdas Levante 23.07.2006 Vi la detención de Julián Muñoz por la tele. El hombre salió de una casa con verja, una casa de ricos, en un cuatro por cuatro (dieciséis). Según unos, salía a desayunar; según otros, a comprar el periódico. Un coche camuflado de la policía secreta le siguió. Otro coche (suponemos que de la policía también) grabó al automóvil que seguía al cuatro por cuatro (dieciséis) de Julián Muñoz. Todo esto es un poco lioso, pero sucedió como lo cuento. Cuando Julián Muñoz había recorrido una distancia indeterminada, el automóvil de la policía se cruzó en su camino y lo detuvo con gran aparato propagandístico y cinematográfico. La carretera quedó cortada, como si se estuviese llevando a cabo una acción heroica, pero sólo se estaba deteniendo a un chorizo del tres al cuarto, incluso a un supuesto chorizo del tres al cuarto que no huía en un cuatro por cuatro (dieciséis). ¿Por qué aquel despliegue? No tenemos ni idea. Si yo hubiera sido el juez o el jefe de la policía (Dios no lo permita), habría dicho a mis subordinados que fuera a casa del chorizo y que lo detuvieran. ¿Cómo? Llamando a la puerta. -Buenas, venimos a detener a Julián Muñoz. -Un momentito que ahora le aviso. Pasen y siéntense. Como hemos comentado en alguna ocasión, la justicia ha tardado en llegar a Marbella 15 años. Durante este tiempo se han cometido toda clase de tropelías urbanísticas, toda especie de cohechos, todo tipo de corrupciones. Se cometían además a la vista del público. Nos asomábamos al balcón y veíamos que Marbella era una ciudad sin ley. ¿Y cómo no hay nadie que pare esto?, nos preguntábamos. Ya hemos avisado a la policía, pero debe estar lejos porque tarda mucho en venir, nos respondían. Quince años, más o menos, ha tardado en venir. Quizá quieran compensar esa tardanza realizando operaciones espectaculares. Pero nosotros no queremos espectáculo, queremos justicia. El espectáculo ya lo dará Isabel Pantoja cuando vaya a visitar a su novio. Ustedes limítense a detener y ahórrense las persecuciones a 30 quilómetros por hora, que quedan un poco ridículas. Gracias.

Universidades de verano Levante 25.07.2006 Aznar ha hecho estos días unas gracias sobre la foto de las Azores. No sólo no se arrepiente de haber quedado inmortalizado en ella, sino que se vanagloria de que su imagen esté ligada a ese instante fundacional en que se decidió invadir un país a base de mentiras y con resultados catastróficos. Cuando decimos resultados catastróficos, nos estamos refiriendo a los muertos y mutilados civiles, además de a la destrucción física del país. También podríamos señalar la inestabilidad que tal acción criminal llevó a esa zona del mundo, que ya era complicada de por sí. Pero no pretendemos hacer un análisis político, ni mucho menos, sino señalar que el crimen, pese a lo que creemos, no está mal visto. Está mal visto el menudeo, el asesinato al por menor, el navajazo en la ingle en la esquina de tu calle, el tiro en la nuca. Si asesinas a una persona, pueden convertirte en un monstruo de maldad, y quizá lo seas, pero si asesinas a 20.000 civiles indefensos lo mismo te dan una medalla. ¿Acaso no tenían madre esos muertos? Sí, pero hemos matado también a las madres y a los hermanos, incluso a los cuñados, para evitar problemas. Y gracias a eso, lejos de señalarnos con el dedo, nos invitan a acudir a las universidades de verano, donde nos morimos de la risa, ja, ja, ja, por las repercusiones de aquella foto que nos sacamos antes de invadir aquel país de árabes de mierda. Nadie, a estas alturas, duda que fue una acción criminal. Sin embargo, los autores de la masacre duermen tranquilos. O sea, que si debes seis mil euros a tu banco, tienes un problema. Pero si le debes un millón, el problema es del banco. Con los muertos viene a ocurrir lo mismo. A más muertos, menos problemas, incluso menos problemas psíquicos. Aznar dice que en sus memorias va a hacer una lista de los individuos que le envidian por haber salido en la foto de las Azores. Se lo agradeceremos mucho, para cambiar de acera cuando nos crucemos con ellos. En el mismo periódico en el que leí esta noticia venía otra según la cual el homo antecesor era caníbal. No sabemos a quién refería con el homo antecesor, pero no hay que irse tan lejos. Están aquí, entre nosotros. En las universidades de verano.

Duro destino El País 26.07.2006 Como la situación es un poco difícil de entender, el comunicado del museo la aclara asegurando que se ha llegado al acuerdo de llevar a cabo "la reposición de las piezas de acero que conforman la escultura Equal-Parallel / Guernica-Bengasi, que se encuentra en paradero desconocido". La verdad es que debería decir: Nos han robado una escultura de 38.000 kilos cuya búsqueda está resultando más complicada que la de una aguja en un pajar, por lo que hemos decidido realizar una copia exacta, una réplica idéntica, un facsímil análogo. Nada de eso. Vamos a reponer las piezas de acero que forman la escultura etcétera, etcétera, que se encuentra en paradero desconocido, etcétera. Pero a continuación, ladinamente, añade: "La escultura resultante tendrá a todos los efectos la consideración de original". Pura magia. Nada por aquí, nada por allá. ¿Sería usted capaz de adivinar en qué momento la expresión "reposición de piezas" se ha convertido en "la escultura resultante"? Alguien con esa capacidad para ocultar un hecho evidente -que se va a proceder a la copia de una escultura- puede esconder 38.000 kilos delante de sus narices. O sea, que yo investigaría entre los miembros del patronato (es broma, no se envisquen).

Con todo, lo mejor es que ahora vamos a tener dos esculturas, una falsa, pero legal, y otra auténtica, pero ilegal. La escultura falsa, pese a su legitimidad, vivirá el resto de sus días amenazada por la existencia invisible de su hermana gemela. Duro destino saber que eres original porque lo dice un papel, un acuerdo, un decreto y no porque lo seas de verdad. La escultura robada no tiene papeles, es cierto, pero todo el mundo sabe -quizá ella misma también- que es la verdadera. Fantástica metáfora en un mundo amenazado por oleadas de sin papeles a los que llamamos ilegales, cuando quizá seamos una copia de ellos.

Complicado El País 28.07.2006 He aquí algunas de las combinaciones que se nos ocurren: a) que usted ponga el espermatozoide, su señora de usted el óvulo y una mujer de Arkansas, por ejemplo, el útero; b) que usted ponga el deseo, pero que el espermatozoide provenga de un banco, en tal caso, su esposa podría aportar el óvulo y el útero; sólo el óvulo, o sólo el útero; c) que su esposa aporte el útero sin haber tenido nada que ver con la formación del embrión; d) que ni usted haya puesto el espermatozoide ni su esposa el óvulo y que el útero se encuentre en Wichita; e) cabe también, desde luego, la posibilidad clásica de que entre su señora y usted construyan un embrión que se desarrolle en el útero familiar. El embrión, a su vez, puede haberse formado dentro del cuerpo o en un laboratorio; f) etcétera. De momento, creo, los espermatozoides y los óvulos (también los embriones) son gratis, pero el útero sale por unos 6.000 euros al mes. A esta cantidad hay que añadir los gastos de mantenimiento propios del embarazo, que podrían doblar el precio del producto final. Todo esto no es ni bueno ni malo; es raro. Si hace 20 o 30 años nos hubieran dicho que se podrían alquilar úteros por catálogo, habríamos sonreído con incredulidad. Lo curioso es que en el catálogo no viene la fotografía del útero, sino la de su dueña. La gente piensa que la cara es el espejo del útero. Los futuros padres creen que un rostro dulce implica una matriz acogedora, cuando el rostro, de momento, sólo es el espejo del alma. Grave error deducir la calidad del útero de las virtudes del alma, pero la biología y los afectos, en los seres humanos, forman un todo inseparable. Así, podría darse el caso de que una mujer que sólo hubiera puesto el útero se encaprichara con la criatura que ha crecido en él y estuviera dispuesta a devolver los honorarios percibidos en calidad de alquiler para quedarse con el huésped. También hay gente que pone el espermatozoide sin deseo o el óvulo sin amor (tales ausencias, aunque no lo parezca, son variantes de la pasión). El caso es que por cada posibilidad orgánica se nos ocurren dos o tres de carácter psicológico. Las leyes pueden actuar sobre los órganos, pero no sobre los afectos. Quiero decir que todo es muy complicado.

Las formas de morir Levante 30.07.2006 Sadam Hussein prefiere el fusilamiento a la horca, para morir como un hombre de guerra y no como un bandido (dice). Por lo general, se considera que el fusilamiento es más digno que la horca. La dignidad, en este caso, guarda una relación proporcional con el sufrimiento. No se trata, pues, de una cuestión de valentía, sino de economía (economía de angustia). A veces me he preguntado qué tipo de muerte elegiría yo en un trance parecido. La horca, como la decapitación, mancha más al verdugo que a la víctima. Pero no se trata de una muerte agradable, desde luego. La silla eléctrica es obra de un perverso. Tiene demasiados prolegómenos, demasiados cables y pocos voltios, pues los condenados tardan siglos en morir. Se ha dado el caso de gente a la que le ha ardido el pelo, pero le ha continuado latiendo el corazón. En cuanto a la cámara de gas, parece también mal inventada. Quizá utilizan el gas que no es, pues conocemos relatos de supervivencia espeluznantes. Ahora, en EEUU al menos, tiene mucho predicamento la inyección letal. Lo bueno de la inyección letal es que la atmósfera en la que mueres recuerda a la de una enfermería. Te matan con una higiene digna de encomio y lo hace un profesional (un sanitario, suponemos). También te puede poner la inyección un celador, desde luego, pero seguramente está prohibido. En mi barrio había un señora que ponía inyecciones sin tener título de enfermera. En cierta ocasión se le murió un paciente y fue a la cárcel. En el caso que nos ocupa, el celador podría ir a la cárcel si el paciente le vive. Para poner inyecciones, como para conducir, hay que tener carné, estar acreditado, poseer una capacitación. Dirán ustedes que con qué naturalidad hablo de la pena de muerte. No más que con la que se ejecuta. Si vivimos en un mundo donde matar es normal, también debería ser normal que formara parte de nuestras conversaciones. En ese sentido, la petición de Sadam Hussein se ha colado en el periódico, y en nuestra cabeza, con una naturalidad pasmosa. El horror está siempre al otro lado de la puerta, o al volver la página del periódico.

El nombre de las cosas Levante 01.08.2006 La ley de la Memoria Histórica ya no se llamará Ley de la Memoria Histórica, sino Ley de Reconocimiento y Extensión de los Derechos a las Víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura. ¿Cómo nos referiremos sin embargo a ella? Como Ley de la Memoria Histórica, es decir, la llamaremos como ya se llama. Así son las cosas. Si yo les hablo de Francisco Hernando, a lo mejor ustedes no saben a quién me refiero. Pero si digo Paco el pocero, enseguida lo identificarán con ese constructor que ha dado un pelotazo en Seseña. Las cosas no se llaman como quieren ellas, sino como desea su naturaleza. La expresión violencia de género, si ustedes se acuerdan, fue muy discutida por las autoridades académicas, pero se quedó en violencia de género. Paco el pocero ha bautizado a la urbanización que está levantando en Seseña Residencial Francisco Hernando. Pretende, de este modo, convertir las 13.000 viviendas en un espejo de su grandeza. Cada vez que pasa por delante de aquellos bloques, se ve en ellos. Yo soy así de grande, se dice. Le ocurría lo mismo a Franco cuando pasaba por delante del Valle de los Caídos. Franco y Paco el pocero tienen muchas cosas en común, entre otras, la obsesión por el tamaño. A Franco le habría gustado que el Valle de los Caídos se hubiera llamado Residencial Francisco Franco, pues había previsto vivir allí después de muerto, pero sus consejeros carecían de sentido del humor y se quedó en Valle de los Caídos. Ahora vamos a ver dónde se sitúa el PP durante la tramitación de la Ley de la Memoria Histórica. Por las primeras declaraciones de sus dirigentes, no sería raro que se colocaran al lado de Franco, o sea, de Paco el pocero. Aunque tampoco debemos descuidar los movimientos del PSOE en relación a las investigaciones sobre el Manhattan cutre de Seseña. Hay datos como para sospechar que los concejales del PSOE se dejaron seducir por el constructor franquista. Los hilos de la historia se trenzan a veces de este modo diabólico. Una forma de destrenzarlos consiste en llamar a las cosas por su nombre. Si memoria histórica, memoria historica; si Paco el pocero, Paco el pocero; etcétera.

La manta y la cabeza Levante 04.08.2006 Yo crecí en la cultura del qué dirán. Qué dirán significaba qué dirán los vecinos, los parientes, la portera, el párroco, tu cuñada, mamá. El qué dirán era un corsé social de acero. Muchos pueblos desaparecieron porque sus habitantes, hartos del qué dirán, huyeron a lugares más poblados, donde podían llevar una vida anónima. En España, por culpa del qué dirán, hay muchas personas que son hijas de sus abuelas y hermanas de sus madres. En efecto, si la niña se quedaba embarazada, la madre de la niña se empezaba a colocar en la tripa cojines y almohadones para fingir estar preñada. A la niña, por su parte, se le aplicaban fajas que disimularan su estado. Llegado el momento, madre e hija partían de vacaciones y regresaban con un hermoso bebé que llamaría mamá a su abuela y hermana a su madre: una atrocidad sintáctica de la que no se recuperaba nadie. El qué dirán es más propio de la derecha que de la izquierda (aunque hay una izquierda muy puritana, no se crean). El PP no ha prohibido a sus cargos públicos que casen a homosexuales. Pueden hacerlo, pero en la clandestinidad. Lo que se le reprocha a Gallardón no es que haya cumplido la ley, sino que la haya cumplido a la luz del día, sin tener en cuenta el qué dirán. El qué dirán está en la base de la doble moral. No importa qué perversiones cultives si las cultivas, como los champiñones, a la sombra. O debajo de la cama. El problema, en fin, no es que Gallardón haya casado a dos homosexuales, sino que se haya enterado todo el mundo. Qué dirán los obispos, los votantes, el párroco, qué dirá Bush. El qué dirán es una peste. Lo contrario del qué dirán ha sido, tradicionalmente liarse la manta a la cabeza. Liarse la manta a la cabeza quiere decir empezar a vivir de acuerdo con los principios de uno en vez de con los de la portera. Si en este país ha habido durante mucho tiempo una moral de porteras, ha sido por el qué dirán. Ya va siendo hora, en fin, de que los hijos llamen madres a sus madres y abuelas a sus abuelas. ¿Y qué dirán los vecinos? Que digan lo que les venga en gana, por favor. Liémonos de una vez la manta a la cabeza.

La transmigración de las vísceras Levante 11.08.2006 Uno de los equipajes abandonados en el aeropuerto del Prat por la huelga contenía un riñón que se habrá echado a perder. Platón creía en la transmigración de las almas, o metempsicosis. Comparaba al cuerpo con un caballo y al espíritu con un jinete que podía cambiar de cabalgadura. La concepción dualista (y quizá esquizofrénica) del ser humano ha producido mucha filosofía y mucha religión y mucha literatura de misterio, todo ello en el caso de que la filosofía, la religión y la literatura de misterio sean cosas distintas. La metempsicosis ha perdido prestigio a medida que se perdía la fe en el alma. Si hiciéramos una encuesta, la mayoría de la gente respondería que se trata de una enfermedad relacionada con el delirio de persecución. Ahora creemos en la transmigración de los riñones, aunque lo llamamos trasplante. La transmigración de los riñones tiene, frente a la de las almas, la ventaja de que se puede demostrar. Los filósofos antiguos tenían una concepción esencialista de la vida. Pensaban que lo que había que salvar era el espíritu porque la materia se descomponía enseguida. No tenían neveras y aunque conocían la salazón del pescado, carecían de técnicas eficaces para la conservación de las vísceras. El giro copernicano en la historia de la filosofía se produce cuando, en detrimento de la esencia, se carga el acento en la existencia. Curiosamente, ese giro coincide con la aparición de las primeras industrias del frío. Ahí late un pensamiento todavía sin verbalizar que viene a resumirse en la ambición de conservar el páncreas, ya que no hay manera de almacenar el alma. Y bien, en esas estamos. Quizá Platón no se equivocó tanto. Él tenía la intuición de que había algo en el cuerpo capaz de transmigrar. Pero no era el alma, vaya por Dios. Eran el páncreas, el corazón, el hígado, quizá dentro de poco el cerebro. Pero quién se atrevería a fundar una teoría filosófica con el nombre de La transmigración de las vísceras. Nadie. Y sin embargo, es así. Ese riñón perdido entre los equipajes del Prat se encontraba en pleno proceso de transmigración. Pero del mismo modo que hay almas que se malogran, hay órganos que se echan a perder. Nadie es perfecto.

Soluciones imaginativas Levante 13.08.2006 Vi una pintada que decía: «Viva la realidad». Iba yo, por cierto, a bordo de un automóvil real, conduciendo por una carretera real, escuchando una música real y dando vueltas en mi cabeza a preocupaciones reales. Me dirigía a una casa real donde me aguardaban una esposa y unos hijos reales, un perro real y una comida real también. Venía de una oficina real donde me había estado ganando la vida realmente, rodeado de compañeros y jefes reales desde los pies a la cabeza. No había en mi vida nada que no fuera real, incluso mis sueños eran reales (aunque quizá no realistas). No acababa de entender muy bien, por tanto, desde qué posición se podía escribir una pintada así. Viva la realidad. Como si la realidad necesitase de más estímulos de los que tiene para salir adelante. Evoqué entonces una pintada de mucho éxito en mi juventud: «Debajo de los adoquines está la playa». Fue uno de los lemas triunfantes de mayo del 68. Pero no era cierto. Debajo de los adoquines no estaba la playa. También se gritaba mucho «Viva la imaginación», como si la realidad no fuese suficientemente imaginativa, lo que tampoco era cierto. La realidad estaba llena de bancos y de urinarios y de policías y de ladrones y de urólogos. La realidad era, si te parabas a pensarlo, la cosa más imaginativa del mundo. Por no faltarle, no le faltaban ni los pulmones de acero ni las piernas ortopédicas ni los ojos de cristal ni las cuentas bancarias a plazo fijo. La realidad era un derroche de imaginación. Quizá incluso nos habíamos pasado, pues qué necesidad teníamos de una realidad con ricos y pobres y explotadores y explotados. Qué necesidad teníamos de la jornada laboral de 42 horas o de los relojes de fichar. Desde ese punto de vista, quizá no fuera tan ocioso dar vivas a la realidad. Entrevistaban en ese momento por la radio del coche a un político que reclamó soluciones imaginativas para los incendios de Galicia. Y ahí fue donde comprendí la sabiduría de la pintada. De soluciones imaginativas, nada. Soluciones reales, por favor. Mangueras, coches de bomberos, aviones, helicópteros, etcétera. O sea, que de acuerdo. ¡Viva la realidad!

Extrañas conclusions Levante 15.08.2006 Según un estudio recientemente publicado, un café no debería costar más que un periódico. Uno habría pensado que la proposición debería hacerse al revés (un periódico no debería costar más que un café), pero lo cierto es que ya hay periódicos gratuitos mientras que el café continúa valiendo un euro. Hay incluso periódicos que te regalan el cruasán para mojar en el café, mientras que no hay ningún café que te regale el periódico. También hay periódicos que regalan la taza del café. Quizá no tarden en regalarte el café. Llegado ese momento, el desayuno vendrá incluido en el precio del periódico. Esta asociación entre el café y el periódico, siendo muy antigua, no deja, como vemos, de dar juego. Si me preguntaran de qué prefiero prescindir por las mañanas, si del café o del periódico, me pondrían en un dilema. Cómo digerir una cosa sin la otra. Un café no debería costar más que un periódico. A partir de cierta edad, por otra parte, conviene sustituir el café por el té, que hace menos daño y es anticancerígeno (el verde). No se ha encontrado sin embargo ningún sustituto para el periódico, aunque muchos días hace más daño que el café. Todos estos estudios no vienen a cuento de que la gente se esté quitando del café, sino de que se está quitando del periódico. Los sectores más jóvenes pasan del papel impreso. No sabemos qué hacen mientras se toman un café o el té (verde), pero desde luego no leen el periódico. Quizá ponen mensajes en el móvil, o revisan los del día anterior. El móvil ha venido a rellenar los tiempos muertos (qué expresión, tiempos muertos) que antes cubría el periódico. No sabemos si el estudio citado al principio de estas líneas ha sido encargado por una marca de café o por una asociación de editores de prensa diaria. Tampoco cuánto ha obrado la agencia seleccionada por alcanzar una conclusión tan brillante. En cualquier caso, la noticia nos ha dejado un regusto amargo en la punta de la lengua (el que se queda tras mojar el dedo en saliva para pasar la página del periódico). Ese regusto se quita con un sorbo del café que no debería costar más de lo que cuesta un periódico etcétera.

¡Viva la catástrofe! Levante 19.08.2006 Todo el mundo da por supuesto que los Rolling Stones han cancelado sus cuatro conciertos en España porque son unos chorizos. Y no decimos que no, quizá sean unos chorizos, pero no es la única posibilidad. Tal vez sean unos ancianos empeñados en hacer cosas que no pueden. Se puede ser, desde luego, chorizo y anciano, pero no es obligatorio que ambas cosas coincidan. A la edad de esos chicos, si un día te levantas y no te duele nada es porque estás muerto. Lo lógico es que sufran, sea de la laringe o del estómago. Las posibilidades de que unos ancianos cancelen un concierto (sobre todo un concierto de los suyos, en los que el esqueleto juega un papel fundamental) son muy altas sin necesidad de que sean unos caraduras, unos sinvergüenzas, unos tuercebotas, unos desalmados. ¿Por qué entonces no hemos leído ningún comentario en esa dirección? ¿Por qué preferimos atribuir sus cancelaciones a un instinto de perversión en vez de a los achaques propios de la edad? ¿Y por qué preferimos pensar que en Galicia han ardido más hectáreas de las que han ardido? Tenemos distintas posibilidades, todas igual de documentadas, de demostrables, pero parece que nos atraen más aquellas que magnifican la catástrofe. Piensa mal y acertarás, dice un refrán muy nuestro. Los obispos tienen una emisora de radio para difundir el mensaje de Cristo. Cualquier persona sensata pensaría que el programa estrella de esa emisora cristiana debería conducirlo un creyente, pero lo lleva un señor que se acaba de declarar ateo. ¿Por qué? Porque pudiendo estar mal, para qué vamos a estar bien. Es otra de nuestras máximas, junto a la de piensa mal y acertarás. Si puedes estar mal, para qué estar bien. Y es que estar bien día a día es muy duro. La felicidad, como la fe, valen para un rato, pero semana a semana resultan agotadoras. Por eso, si los Rolling Stones, que son unos ancianos decrépitos, fallan, preferimos pensar que lo hacen para fastidiar. Y si la Iglesia actúa de forma consecuente, sospechamos que hay algo detrás. Si el PP se ha apuntado a la versión más catastrofista respecto a las hectáreas quemadas en Galicia, es porque la catástrofe da votos. España y yo somos así, señora.

Condecoraciones Levante 20.08.2006 A Günter Grass le han pedido que devuelva el Nobel y el título de hijo adoptivo de Gdansk. Si por algunos fuera, lo colocarían en posición de firmes, como a los generales deshonrados, y le irían arrancando todas las medallas. He visto esa escena (la de las medallas) en el cine con alguna frecuencia. Cuando la operación acaba, el militar transmite la impresión de haberse quedado sin identidad. Los militares llevan su identidad pegada a la guerrera, con hilvanes. No son los únicos. En más de una ocasión, por una cuestión de temperamento, he imaginado esa escena, pero sustituyendo las medallas por vísceras. Fuera el hígado y el intestino grueso y el píloro y el páncreas y el apéndice. Devuelva usted el duodeno y el corazón y la pleura. Es probable que muchos militares prefirieran devolver sus vísceras a sus condecoraciones. ¿Dónde, pues, reside la identidad? Si a Kafka le quitaras La metamorfosis, El castillo y El proceso se quedaría en nada, lo mismo que si a Flaubert le arrancaras Madame Bovary o La Regenta a Clarín. Si Joyce estuviera vivo y le dieras a elegir entre el estómago y Ulises, entregaría el estómago con gusto, y quizá el brazo derecho. Un hígado lo tiene cualquiera, por favor, pero se cuentan con los dedos de una mano las personas que poseen una Cruz al Mérito Militar o un Nobel. Personalmente no daría un euro por una condecoración militar, pero entregaría la oreja derecha (y la izquierda y varios dedos de las manos y de los pies, además de alguna glándula) por haber escrito El tambor de hojalata. Cada uno tiene sus manías y baja las escaleras como quiere. También daría algún órgano por haber escrito Mediterráneo, la canción de Serrat. A Grass le han pedido que devuelva el Nobel, pero lo que quieren en realidad es que devuelva El tambor de hojalata. Es más difícil arrancarle una obra a un escritor que una medalla a un militar, porque la obra tiene unas raíces más profundas que la medalla. Pero en el fondo, lo que a la gente le gustaría es que Grass dejara de ser Grass, cosa, como estamos viendo estos días, harto difícil. Suerte.

Una mujer excepcional Levante 22.08.2006 Me parece absolutamente injusto que una persona de la valía de Gema Ruiz Cuadrado haya tenido que casarse con un ministro de Fomento (que vaya usted a saber lo que significa) y divorciarse de él para darse a conocer. Ello dice muy poco del mundo en el que vivimos, donde el talento continúa teniendo serias dificultades para salir a flote por sí mismo. Empezamos a sospechar que Gema Ruiz era genial el invierno pasado, cuando participó en un concurso de TVE titulado Mira quién baila, donde mostró unas dotes de bailarina y actriz que nadie habría sospechado. Al principio, y como es lógico, pensamos que había sido seleccionada por el morbo que le daba ser la ex de Álvarez Cascos, uno de los hombres que con más ardor (y menos resultados) ha luchado en este país contra el divorcio. Pero no, resultó ser una auténtica artista capaz de mover el cuerpo en los registros más variados y con los disfraces, sobre el papel, menos favorecedores que quepa imaginar. Brilló con luz propia en un programa de una exigencia estética (y moral, por cierto) poco común en nuestras emisoras de televisión. Pero hete aquí (qué rayos significará hete aquí) que el otro día enciendo la tele y cojo en marcha un programa de Tele 5 titulado Dolce Vita. Era el típico programa basura sobre cotilleos de la jet en el que, mira por dónde, actuaba de contertulia Gema Ruiz Cuadrado. Me dije a mí mismo que no podía ser, que una artista de su talla no se podía rebajar a hurgar entre las vísceras de los famosos marbellíes y todo eso. ¿Qué ocurrió? Que, en lugar de rebajarse ella, logró elevar el programa a una altura intelectual sólo comparable con los niveles artísticos a los que ya había llevado Mira quién baila. Citaba el Código Penal con una naturalidad que ponía los pelos de punta. Destacó tanto sobre los demás contertulios que nos obligó a preguntarnos qué habría sido de esta mujer excepcional de no haberse dado a conocer pescando el campanu con su ex marido en los ríos de Asturias. Tal vez no sería famosa, lo que a ella le daría igual, porque es muy sencilla, aunque para nosotros habría sido un drama. Le sobra sensibilidad para dirigir una galería de arte. O dos.

El descubrimiento de la lentitud Levante 25.08.2006 Ese tren de Palencia también descarriló por exceso de velocidad. El exceso de velocidad es lo que más muertes provoca en la carretera y fue asimismo el causante de la tragedia de Valencia. Quiere decirse que corremos mucho, lo que no es raro dada la valoración social de la prisa. He leído muchos epitafios en los que se decía, de forma laudatoria, que el muerto había vivido a 200 por hora, pero ninguno en el que se valorara la lentitud del difunto. Tengo un amigo que tarda en llegar al estanco, que está a la vuelta de la esquina, dos horas, lo que pone de los nervios a su mujer. A mí me parece muy meritorio recorrer tan poco espacio en tanto tiempo, pero no logro convencer a nadie. Hay en torno al apresuramiento un consenso absurdo (y criminal, porque además nos mata). Las instituciones casi estatales, tipo Renfe o metro, deberían llevar cuidado con este asunto. Vale que uno se mate en su propio coche por ir a 200, pero un tren debe circular a la velocidad que marca la ley. Si la ley dice que a 40, a 40, y no a 120, que es lo que marcaba el cuentakilómetros del tren de Villada. Parece mentira que siendo las administraciones tan lentas en unas cosas sean tan rápidas en otras. A mí me da igual que el metro tarde medio minuto más en llegar a mi estación, pero me encantaría que en las ventanillas de Hacienda, pongamos por caso, las colas se disolvieran a la velocidad del rayo. Comprendo que el tren tienda a la velocidad como la burocracia tiende a la lentitud, porque cada animal tiene su naturaleza. Pero debería encontrarse el modo de insuflar a la burocracia algo del nervio de las máquinas de correr. Me convertí a la lentitud con un libro titulado El descubrimiento de la lentitud, de Sten Nadolny, que cuenta la historia John Franklin, un explorador del Ártico que vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Este individuo, debido a un problema cerebral, veía las cosas unas décimas de segundo más tarde que el resto de la gente. Tal particularidad, que sobre el papel parecía una desventaja, fue la que enriqueció su vida, haciendo de él uno de los marinos más importantes de su época. Léanla y quizá empiecen a apreciar la parsimonia. De nada.

El hábito hace al monje Levante 27.08.2006 Hay culturas en las que a los recién nacidos se les ponen nombres tales como Perro Apestoso, Cubo de la Basura, o Trapo Sucio para alejar a los malos espíritus. Se trata de una ingenuidad conmovedora, típica del pensamiento mágico, que a veces funciona. De hecho, hay gusanos que imitan la forma de una cagada de pájaro, para confundir a sus depredadores (que son sus malos espíritus), y los confunden. Es posible que si usted pone a su hijo Cagada de Avestruz, lo proteja de los fantasmas, pero a qué precio. De otro lado, lo lógico es que tampoco se acerquen a alguien con ese nombre los espíritus buenos. ¿O es que a los buenos les gustan los trapos sucios, los cubos de la basura y los perros apestosos? Entre nosotros había un conocido autor teatral que cuando tenía un éxito se hacía el cojo para alejar la envidia, que es el peor de los malos espíritus. -Mira, lleva dos años en cartel con una comedia. -Sí, pero está cojo. Muchos escritores (por no decir todos) elegirían la cojera a cambio del éxito, del mismo modo que muchos animistas, frente a la amenaza de los malos espíritus, prefieren llamarse Orín de Hiena. El éxito teatral (o de cualquier otro tipo) es una de las formas en la que se presentan los malos espíritus, pero aún no nos hemos dado cuenta. Ahora bien, lo que queríamos decir es que si uno se llama Perro Apestoso puede acabar comportándose como un perro apestoso, del mismo modo que si uno finge ser cojo puede acabar sufriendo una cojera auténtica. Tuve de pequeño un insecto palo al que me pasaba las horas observando con una lupa, maravillado de su capacidad para hacerse pasar por lo que no era. Lo creerán ustedes o no, pero el insecto palo, con el tiempo, se convirtió en un palo. Tardé semanas en darme cuenta porque no había modo de saber cuándo decía la verdad. Aunque mi padre mantuvo que alguno de mis hermanos me había dado el cambiazo para robarme el bicho, yo creo que no, porque estoy convencido de que el hábito hace al monje. De hecho, mi tía Angustias estaba todo el día agobiada, mientras que mi tía Placeres disfrutaba con cualquier cosa. Yo no soy ni muy feliz ni muy desgraciado porque Juan José es completamente neutro.

¡Qué duro es todo! Levante 29.08.2006 En algunos despachos de gente muy seria se ha calculado ya el valor económico de la historia de Natascha Kampusch, la niña que ha permanecido secuestrada desde los 10 hasta los 18 años en un zulo practicado debajo de un garaje. Un periódico ha ofrecido doscientos mil euros por ser el primero en entrevistarla. Pero la puja no ha hecho más que empezar. Habrá que ver lo que valen sus memorias para hacernos una idea de lo que ha supuesto su cautiverio. Cada vez hay menos distancia entre los conflictos morales y su reflejo económico. No comprendemos el valor sentimental de una noticia hasta que no se convierte en euros. Y todas son convertibles. Si usted no puede vender su divorcio a una publicación, su divorcio es irrelevante desde cualquier punto de vista que se mire. A lo mejor ni le compensa llevarlo a cabo. Piénseselo, no vaya a comenzar el curso con el pie equivocado. En los cayucos llegan todos los días menores secuestrados por el hambre. Son sus propios padres quienes los depositan en las balsas si saber siquiera a qué costa arribarán. Han leído bien: sus progenitores los conducen hasta la frágil embarcación, le pagan a Caronte el precio de la travesía y los abandonan a su suerte tras recordarles que deben enviar cuanto antes una remesa de dinero europeo a la familia. Si lo piensas, ahí hay una historia. -¿Qué tal una entrevista con uno de esos niños de diez o doce años que se juegan la vida para llegar a Canarias? -le preguntas al redactor jefe. -Hay demasiados niños en esa situación. A ver si encuentras en Internet algo de interés sobre Natascha Kampush, aunque sea mentira. La niña austriaca se ha convertido en una industria. No sabemos si conoce el valor del dinero. Quizá sí, porque veía la tele. No habrá ejército de psicólogos ni de padres ni de policías capaz de frenar la maquinaria económica que ha empezado a moverse en torno a ella. Hay muy poca oferta de casos como el suyo y muchísima demanda, sorprendentemente. Niños senegaleses tenemos a punta de pala, ya empiezan a cansar. Además, nadie los ha violado durante la travesía. Qué duro es todo.

Cosas raras El País 01.09.2006 Imagine que va usted a Sevilla y no la encuentra. Lo lógico es que dude de usted, no de Sevilla. Una ciudad tan grande no puede desaparecer así como así. Pero suponga que ocurre, póngase en ínterin, como diría Gil y Gil. Póngase usted en el ínterin de que al llegar a la frontera de Sevilla tiene que pegar un frenazo para no caer al vacío. Pero, coño, dónde está Sevilla, le dice a su mujer, que dormita en el asiento de al lado. La habrás dejado en cualquier parte. Un día pierdes la cabeza. A ver si has cogido el mapa del revés. Mi madre rezaba siete padrenuestros seguidos cuando perdía el dedal, pero siempre encontraba otra cosa. De modo que si recurre usted a este método, en vez de Sevilla, podría aparecer Pontevedra, lo que le sumiría sin duda en el desconcierto. Quiere decirse que nos gusta que las cosas estén en su lugar, lo que no deja de ser una fantasía loca. Un día, me levanté a la tres de la madrugada, en mi propia casa, y el cuarto de baño, que habitualmente está a la derecha del pasillo, se encontraba a la izquierda. Aparenté que me parecía normal y cuando se hizo de día había regresado a su sitio. En otra ocasión, también de noche, entré en la habitación de mi hija y al inclinarme para darle un beso descubrí que no era mi hija, era otra que por alguna razón había ocupado su cama. Hice también como que no me había dado cuenta y espere a ver qué pasaba en el desayuno. Y lo que pasó es que apareció mi hija verdadera. El mundo está lleno de misterios a los que no prestamos atención porque si les prestáramos atención nos volveríamos locos. Viene todo esto a cuento de que el otro día entré en Internet y no había Internet. Busqué desesperadamente las páginas por las que navego habitualmente y no estaba ninguna en su sitio ni fuera de su sitio. Sentí el mismo pánico de usted al ver que había desaparecido Sevilla, pero como tengo experiencia en este tipo de situaciones raras, procuré disimular. Hice como que no pasaba nada y al día siguiente me enteré, por los periódicos, de que España había desaparecido, en efecto, del mundo virtual durante dos horas. Se lo enseñé a mi mujer, para demostrarle que lo de Sevilla es perfectamente posible, pero no quiso escucharme. Es muy incrédula.

Contabilidad negativa Levante 03.09.2006 La entrada en vigor del carné por puntos está produciendo el raro efecto de que por primera vez contamos la gente que no ha muerto, en vez de la que ha fallecido. Acabo de leer en el periódico que durante el verano, y gracias a esta iniciativa, no murieron dos personas al día. Lo que el periódico no puede dar, lógicamente, es el nombre de esas dos personas, porque no lo saben ni ellas. Los lectores conocen mi gusto por esta contabilidad negativa. Logré dejar de fumar no fumando veinte cigarrillos al día. Como sabía perfectamente a qué hora me fumaba cada uno, llegado el momento no me fumaba el que me correspondía. Ahora voy a no fumarme el cigarrillo de después de comer, me decía a mí mismo, y en ése no fumármelo pasaba un rato muy agradable. El caso es que al final de la jornada podía asegurar sin ningún género de dudas que no me había fumado 20 cigarrillos. Lo que no sé es a dónde iban a parar, no tengo ni idea. Quizá alguien se cogió una bronquitis que me correspondía a mí, pero uno no puede ir por la vida con estos escrúpulos porque se volvería loco. Dejé de fumar hace diez años, por lo que en todo este tiempo no me he fumado unos 80.000 cigarrillos. Cuando acabe este artículo, voy a no fumarme uno más, un Camel. El Camel me volvía loco, que raro es todo. Durante una época de mi vida no maté a una persona diaria aproximadamente. Y eso que eran malas personas, pero no acabé con ellas, ya ven. Recuerdo especialmente a un jefe de personal, un canalla del que la humanidad podría haber prescindido sin ningún problema. Se llamaba Jesús (no diré, por discreción, su apellido). Pues bien, yo no maté a Jesús. Recuerdo que un día me tropecé con él en un bar. Iba yo con un amigo al que le dije: ¿Ves a aquel tipo? Lo veo, respondió. Pues a ese tipo no le he matado yo. Mi amigo se quedó perplejo, como si no entendiera bien lo que le quería decir. Ayer le llamé por teléfono y le leí esa noticia según la cual no han muerto dos personas al día desde la invención del carné por puntos. ¿Lo entiendes ahora? Es como a aquel tipo al que no maté. Hubo un silencio al otro lado de la línea y al final me dijo que sí, pero lo hacía por llevarme la razón. Qué vida.

La invasion de los kilos Levante 05.09.2006 Que la obesidad fuera a constituir una de las plagas más graves de la humanidad no se le ocurrió ni al autor del Antiguo Testamento. Entre las siete plagas de Egipto no figura, en efecto, la de las grasas, de la que los médicos hablan ya como de una peste. Cardiólogos de todo el mundo, reunidos recientemente en Barcelona, pronostican lo peor si no cambiamos de hábitos. Cambiar de hábitos significa que pasemos menos tiempo sentados, que dejemos de fumar (incluso en locales de más de cien metros) y que comamos frutas y verduras. El 20% de los adultos españoles es obeso, el 40% tiene sobrepeso, el 60% es sedentario. Las encuestas no dicen si los sedentarios coinciden con los gordos, pero sería absurdo que los gordos se pasaran el día caminando mientras los delgados ven la tele. O sea, que sí, que coinciden. Recuerdo como si hubiera sucedido ayer la clase de Religión en la que el profesor nos contó las siete plagas de Egipto. Las describió con tal realismo y tal viveza que la mayoría de los alumnos pudimos ver cómo las aguas se convertían en sangre y cómo las ranas primero y los mosquitos después invadían el país. Cuando los tábanos llenaron el aire, cerramos la boca por miedo a que se nos metieran en el cuerpo. Leyendo las noticias sobre el congreso de cardiólogos, no pude evitar asociar aquellas plagas a esta otra, la de los kilos. Los médicos describieron con tanto entusiasmo negativo la situación que me fue dado ver cómo los kilos se adueñaban cruelmente de los cuerpos, de nuestros cuerpos. Y es verdad: pasas siete meses sin ver a un amigo y cuando te encuentras con él se ha convertido en un gordo. Los médicos no han calculado cuántos seres humanos se podrían fabricar con los kilos sobrantes en EE UU y Europa, pero seguro que saldrían varios millones. Aunque lo más sensato sería devolvérselos a sus legítimos dueños, concentrados en el continente africano. Allí, la plaga es la ausencia de kilos. Cada día se despiertan más delgados porque la globalización o el capitalismo o la mala suerte, vaya usted a saber, les roba los kilos por la noche. Quizá sea bueno para su corazón, pero es fatal para su estómago. Entre morir de hambre y morir de infarto, elegimos el infarto.

Bajarse en marcha Levante 08.09.2006 En Japón ha nacido un niño, noticia que ha dado la vuelta al mundo porque si algo necesitaban en ese país es que naciera un niño. Los emperadores mandan mucho, pero desde hace 40 años sólo parían hembras, lo que está muy mal visto, vaya por Dios, entre la gente de su clase. A mí me ha dado mucha alegría ver que los telediarios dedicaban grandes espacios al nacimiento de ese varón, hijo, por cierto, de una princesa llamada Kiko, como Kiko Veneno y Kiko Legard y Kiko González, que es un compañero de despacho. Luego me pregunté por qué me había alegrado tanto y no supe responderme. Quizá el locutor me transmitió su entusiasmo, porque la verdad es que a mí me la trae floja, con perdón, que en Japón haya nacido un niño. El periódico es un muestrario increíble de insectos raros, cada uno con su respectivo alfiler en el tórax. Al lado de una noticia según la cual, pongamos por caso, se ha descubierto en un gusano el gen capaz de explicar el ardor de estómago, aparecen unas declaraciones en las que Bush confiesa que tiene cárceles secretas repartidas por todo el mundo. Bush es un tipo con ambición, quiere crecer, poseer sucursales. Hay gente que empieza con una tienda de ultramarinos y acaba construyendo un Carrefour. Bush comenzó torturando en una cueva de cuatro metros cuadrados y ha llenado el universo de franquicias (Torturas, S.A.) apenas en un par de mandatos. No sabe uno de qué alegrarse más, si del nacimiento del pequeño emperador japonés o del éxito comercial (y moral) de Bush. No es todo. Resulta que sale a la palestra Natascha Campusch, la niña que etcétera, y está más sana física y mentalmente que cualquiera de nosotros. La diferencia es que ella ha permanecido secuestrada durante los últimos años por un loco y nosotros por veinte locos, además del Fondo Monetario Internacional. Por si fuera poco, pese a no tener otra versión del mundo que la que le han proporcionado la tele y la radio (o quizá por eso), ya ha conseguido amasar su primer millón de dólares. Las conclusiones, se mire por donde se mire, son estremecedoras. Y sólo voy por la página nueve del periódico. Casi que me bajo en marcha.

Bonjour El País 08.09.2006 Tengo un amigo paranoico. Es muy religioso en el sentido más profundo (y etimológico) del término. Cree que todo sucede al servicio de algo, por algo, para algo. Su nacimiento fue el producto de una maquinación. El cosmos conspiró para que su padre y su madre lo engendraran hace cuarenta años, no sabe con qué objeto, pero está en ello y acabará descubriéndolo. Sus padres se han divorciado por algo, su madre se ha vuelto a casar por algo, su padre permanece soltero por algo. Mi amigo tartamudea un poco por algo. Si se le estropea la lavadora, es por algo, lo mismo que si hace frío o calor, si llueve o deja de llover. A veces le duele la cabeza por algo. Ahora está tratando de averiguar por qué, pese a conocer la leyenda paranoica del león que sodomiza al camello en los paquetes de Camel, todavía prefiere el Marlboro, en cuyo envase nadie persigue a nadie. De momento ha llegado a la conclusión de que la ley antitabaco forma parte de una conjura cuyo objeto es evitar el descubrimiento de las verdaderas relaciones entre el león y el camello, o quizá entre la nicotina y el PSOE. Todos muy preocupados por la marca de los explosivos del 11-M, pero nadie ha preguntado todavía qué fumaban los terroristas. ¿A qué viene todo este furor antitabaco? ¿Qué saben los estanqueros de la ministra de Sanidad para que los persiga de ese modo? ¿Qué teme que digan de ella los camellos (o quizá los leones) si les permite circular sin trabas? Mi amigo paranoico piensa, lógicamente, que Trashorras se llama así por algo (en eso estamos de acuerdo). Asegura que las personas como el traficante asturiano son los nudos de la red invisible sobre la que descansa el mundo. Antes de declarar que el 11-M fue un golpe de Estado diseñado por la policía, la banda terrorista ETA y el PSOE (combinación verosímil donde las haya), Trashorras advirtió de que padecía alucinaciones auditivas y visuales características de los delirios de persecución. No engañaba a nadie, pues. Desde idénticos presupuestos, Cristo pretendía ser hijo de Dios (otra revelación perfectamente verosímil), pero ya ven el éxito de crítica y público que tuvo. La vida es una historia llena de ruido y furia narrada por un loco. Bonjour, folie.

¡Qué bien! Levante 10.09.2006 Es verdad que lo que sucedió en forma de tragedia se repite en forma de comedia. Gracias a Dios. Si hace 70 años las dos Españas se peleaban a tiros, ahora lo hacen a golpes de esquelas, o esquelazos, neologismo que de continuar las cosas así no tardará en recibir las bendiciones de la Academia. Ayer leí una esquela que decía: «70 aniversario. Don Fulano de Tal (omitimos el nombre verdadero), asesinado en Madrid por las hordas marxistas por haberse educado en el colegio de los Jesuitas. Descanse en paz.» Había, a su lado, esta otra: «70 aniversario. Don Mengano de Cual (nombre supuesto) murió por Dios y por España vilmente asesinado por las hordas marxistas el 7 de septiembre de 1936.» No tengo constancia personal, pero me dicen que también los de la España roja están salpicando la prensa con esquelas conmemorativas de parientes y amigos vilmente asesinados por las tropas fascistas. Cada España, desde su trinchera de papel, dispara esquelas convencionales a la otra. El espectáculo, lejos de sobrecoger, provoca una sonrisa y un suspiro de alivio. Continúen ustedes dándose esquelazos, porque las esquelas no matan. Además, hace que el dinero circule, pues he llamado para preguntar por el precio y valen una pasta. Me parece un signo de civilización que las dos Españas, todavía en activo, hayan cambiado las pistolas por las palabras, aunque se continúe hablando de hordas marxistas, expresión que a estas alturas sólo se puede emplear en broma. Las esquelas, en fin, han devenido en chistes, en viñetas, que alegran las crispadas páginas de nuestra prensa nacional. Bienvenidas sean. Las dos Españas. Este verano las veíamos insultarse desde los dos extremos de una piscina privada construida sobre suelo público (práctica habitual, según me dicen). Una de las Españas se manifestaba a favor del uso privado de lo público y la otra no. Pero, en vez de dispararse, se insultaban, como en la guerra de Gila. Nos pareció fantástico. Lo que sucedió en forma de tragedia se repite en forma de comedia. Lo mejor de todo es que se repite en forma de comedia mala. No hay, en fin, ningún peligro de que volvamos a las andadas. Qué bien.

La caída Levante 12.09.2006 La piel del estanque se altera a veces por productos llegados desde el fondo. Imposible saber qué ha ocurrido en las profundidades para que una porción de fango ascienda de repente y permanezca flotando a la deriva sobre la superficie. No siempre llega fango. En ocasiones, si permaneces atento, sube una burbuja de aire que provoca una levísima explosión al contacto con la atmósfera. Resulta imposible averiguar también cómo se ha formado esa burbuja. Quizá se trate de una reacción química. O anímica, en el caso de que el estanque tenga alma, que no digo que no. Todo lo que procede de los fondos resulta sorprendente por inesperado. Ahora acaba de llegar a los quioscos una colección de mística en fascículos. Resulta divertido verlos explotar, como burbujas, al alcanzar la superficie. Me gusta imaginar que los quioscos de prensa tienen un sótano profundo, una especie de conciencia desde la que proceden esas rarezas. Hace un año o dos, estaba un día contemplando el escaparate de un quiosco de prensa cuando apareció de súbito la Interpretación de los sueños, de Freud. Casi me desmayo. Si uno permanece atento a sí mismo, también ve llegar cosas desde el fondo. A veces, un poco de fango, desde luego, pero también fragmentos de sucesos antiguos, en los que estuvimos implicados. Si cierras los ojos, los materiales llegan antes, o se ven mejor. Hacen un ruido curioso al salir a flote, una especie de plop, plop, como el de las burbujas al romperse. En cada burbuja hay una imagen, una información, una frase. Oyes plop y estás delante del escaparate de una tienda, hace veinte años. Oyes otro plop y te ves en la cola del instituto, aguardando tu turno para realizar la matrícula. Uno más y lo que esta ascendiendo ahora, desde las profundidades del cuerpo de tu mujer, es un hijo tuyo. Un hijo tuyo, qué raro. Sobre la superficie de la realidad flotan muebles que proceden de allá abajo. El rubor, que se manifiesta en la piel, viene de la conciencia. A veces, en la epidermis de septiembre aparecen productos de diciembre y, en la del lunes, materiales del domingo. La vida es una caída. Cuando tocamos fondo, un fragmento de nosotros regresa y hace plop.

Priklopil El País 15.09.2006 Ese momento en el que Wolfang Priklopil decide hacer un agujero en el suelo del garaje de su casa. Ese instante en el que quiebra la defensa de cemento y obtiene la primera palada de tierra. Ese cuidado con el que desvía las conducciones de agua, de gas, de luz, mientras se abre paso hacia lo más hondo de sí mismo... Quizá no sospecha que ha comenzado la construcción de un relato cuyo personaje principal acabaría siendo el secundario. Obsérvenle trabajar día y noche en la excavación de lo que venimos llamando erróneamente zulo, porque era la habitación de una casa de muñecas, con su camita, su cómoda, su lavabo, su espejo, su mesa para hacer los deberes... Cada detalle que añadía a esa estancia secreta, construida dentro de sí, era un nuevo capítulo de la novela. Terminada la obra y consumado el secuestro, este hombre, cuyo apellido suena a fármaco contra el Parkinson, empezó a alternar dos vidas, una en la superficie de la realidad; la otra, debajo. Mucha gente lleva dos vidas separadas, pero en barrios distintos. Priklopil había aislado las suyas con materiales especiales. Podía comer con su madre en el salón, sobre la casa de muñecas en la que había instalado a una niña de verdad, sin que se escucharan sus gritos. A ratos, cuidaba del jardín y saludaba amablemente a los vecinos que pasaban por la calle. Luego se cambiaba de ropa, levantaba la trampilla de 150 kilos que separaba el universo de arriba del de abajo y descendía al fondo de su imaginación para jugar a las muñecas. Estuvo ocho años jugando a las muñecas, construyendo un cuento de terror cuyo argumento no daba más de sí. Quizá había empezado a sentir frente a su existencia el aburrimiento de un autor ante una novela podrida. Mucha gente tiene dentro de sí una habitación secreta en la que suceden escenas que nos pondrían los pelos de punta. Es gente normal, como usted y como yo, que ayuda a las ancianas a cruzar la calle y come un día a la semana con sus padres. No sabemos de qué depende la decisión de trasladar esa habitación desde la conciencia al garaje, desde la fantasía a la realidad. Pero lo cierto es que en ese instante se rompe algo más que la capa de cemento del suelo.

Una de calamares Levante 19.09.2006 Las autoridades académicas francesas han prohibido esas camisetas que llevan estampada una hoja de cannabis. De vez en cuando hay que prohibir algo, para que se vea quién manda. En este caso, sin embargo, debe haber otra causa. Quizá los prohibidores creen de buena fe que el mensaje de esas camisetas, si alguno tienen, resulta pernicioso para la juventud. Aunque de acuerdo con ese criterio habría que prohibir a Sarkozy. ¿Por qué Sarkozy sí y la hoja de cannabis no? La segunda es un dibujo que no hace daño a nadie, mientras que el primero es un señor real que cada vez que abre la boca nos pone los pelos de punta. Hay más cosas que nos ponen los pelos de punta y que tampoco están prohibidas, pero esto no es una carta a los Reyes Magos. Sólo añadir que las sociedades que prohíben lo banal y alientan lo grave están completamente desnortadas. No lo digo por Francia, sino por nosotros en general. ¿Por qué no confiar el tráfico de camisetas con la hoja de cannabis a la regulación del mercado? A los liberales les parece que el tráfico de productos de primera necesidad como la vivienda debe regularlos el mercado, pero se reservan el derecho de admisión de las camisetas. Hombre, hombre, eso no está bien. Hay que establecer alguna jerarquía. Y, entre nosotros, lo mismo: se prohíbe el consumo de alcohol en la calle, pero la televisión pública contrata a Carmen Martínez Bordiu, cuya visión coloca más, en el peor sentido de la palabra, que un canuto y un calimocho juntos. Vale que al contratar también a su marido les ha salido el paquete, con perdón, más barato. Pero es que a esa familia no la queremos ni regalada. Con nuestro dinero no. Por cierto que cuando un chico sea sorprendido bebiendo, pagaremos la multa los padres. ¿A quién multar cuando se sorprende al director de personal de TVE en el acto de contratar a Carmencita? El caso es que el mercado laboral castiga a las mujeres por quedarse embarazadas y el Gobierno las multa por alumbrar hijos aficionados al botellón. Así no hay forma de crecer. Sólo los hijos irreales no dan problemas, pero tampoco satisfacciones. Una de calamares. Y tres cañas.

Desastres empresariales Levante 20.09.2006 Dice Benedicto XVI que cuando el hombre explica el mundo sin Dios, las cuentas no salen. Es cierto. Lo malo es que cuando lo explicas con él, salen peor. El mundo no es una excepción. Cuando intentas explicar cómo se llega a fin de mes con la hipoteca, no salen las cuentas. Pero sin hipoteca tampoco, porque el alquiler hace más daño. El daño siempre ataca, si no es por aquí, es por allá. Durante una época de mi vida me interesó mucho la contabilidad, no para aprender a manejar el dinero, sino para averiguar cómo se cuadraban los afectos. Me parecía fascinante la invención del Debe y el Haber y la necesidad empresarial de que el uno se ajustara al otro. Aunque entonces era poeta, conseguí trabajo en una oficina donde me pasaba el día haciendo columnas de números que parecían versos. Y siempre conseguía que rimaran. A veces hacíamos trampas. Eran pecados pequeños, licencias poéticas, podríamos decir, que en nada afectaban a la marcha de la economía de la empresa. Años después, tales licencias recibirían el nombre de contabilidad creativa. Algunos de sus más conspicuos cultivadores, como Mario Conde o de la Rosa, acabarían en la cárcel. Pero toda contabilidad es creativa. Todo el mundo sabe que las cuentas no salen nunca, aunque cortando un poco por aquí o por allá acaban entrando en cintura. Cuando llegaba el auditor, que aparecía una vez al año, se le distraía con fuegos artificiales y luego se le llevaba a comer. Si se ponía muy pesado, se le abandonaba en el sótano, frente a una estantería con cinco mil archivadores, y entraba en razón. Si hubiera una empresa auditora capaz de investigar la Creación, Dios saldría peor parado que Mario Conde. No hay hoja de cálculo ni programa de contabilidad capaz de analizar el universo en términos de Debe y Haber. No salen, en efecto, las cuentas. La dimensión del fraude, en este caso, alcanza un tamaño cósmico. Los balances de Fórum Filatélico y Afinsa son un modelo de perfección frente a los del mundo. Ignoro las relaciones existentes entre la teología y la contabilidad, pero es mejor que continúen separadas. Con Dios o sin Dios, el mundo es un desastre.

Cabreo El País 22.09.2006 Tuve un compañero de colegio que cuando se acercaba la fecha de su cumpleaños rezaba a Dios para que nadie en su casa se acordara. Si su deseo se cumplía, al día siguiente echaba en cara a su madre, a su padre, a sus hermanos, el olvido. Con los compañeros establecía estrategias semejantes. Los domingos lo organizaba todo para que no le llamáramos y el lunes nos recriminaba que no le hubiéramos llamado. Se relacionaba con el mundo desde el agravio. De mayor, cuando murió su madre, procuró que nadie se enterara. Pasó las semanas siguientes telefoneando a los ingratos que no habían acudido al funeral, para afearles su conducta. Hay personas para las que la queja constituye un extraño bálsamo. Lo peor que les puede ocurrir es tener éxito. Si les llega, jamás les parece bastante en relación a sus méritos. Son un coñazo. Dios, sin ser una persona física (aunque sí jurídica), pertenece a este arquetipo psicológico. No le basta con que le atribuyan la creación del día y de la noche, de los reptiles y las aves, de la aurora boreal y el arco iris. Quiere más fama. Y en realidad la tiene. De hecho, las religiones causan más muertos que los nacionalismos. Y las hay a miles: más que sistemas filosóficos, que teorías matemáticas, que doctrinas políticas. Pero a Dios, que no comprende otra forma de trato con el universo que el cabreo, no le basta. Por eso se enfada todo el rato. Su necesidad de crisparse es tal que a veces se encoleriza consigo mismo. Benedicto XVI, que conoce y adora al iracundo Dios del Antiguo Testamento, debería saberlo. Puede pedir todas las disculpas que quiera, pero si se ha olvidado del cumpleaños de Alá, lo tiene crudo. Esta tendencia al cabreo es lo que hace que Dios se lleve tan bien con regímenes intratables como el de Franco, el de Pinochet, el de Videla o el de los ayatolás. Es también lo que explica que la Conferencia Episcopal tenga una emisora en permanente estado de crispación o que a un caricaturista danés que no hacía daño a nadie le dieran con el Corán en la cabeza. Es el carácter de los dioses. Mi amigo se curó yendo al psicoanalista, pero quién se imagina a Dios tumbado en el diván, desliando su complejo de omnipotencia ante un porteño.

De nonatos y póstumos Levante 22.09.2006 Entre las expresiones que más me marcaron de pequeño se encuentra la de hijo póstumo. Tuve un vecino del que mi madre, viniera a cuento o no, afirmaba que era hijo póstumo. El chico tenía mi edad y era, lógicamente, huérfano. En algún momento me enteré de que había nacido después de que muriera su padre, y que por eso precisamente era póstumo. La situación me habría colmado de perplejidad de no ser porque ya estaba repleto de ella. Soy perplejo por naturaleza, es mi carácter. La cosa más normal del mundo me produce extrañeza. Pero hay extrañezas y extrañezas. Un hijo póstumo le pone los pelos de punta al más templado. Pregunté a mi madre si se podía ser hijo póstumo de madre y me dio un bofetón. -¿Te imaginas a alguien naciendo de una mujer muerta? La verdad es que sí me lo imaginaba. Casi podía ver al crío creciendo dentro de la madre fallecida, moviéndose por sus entrañas como por las habitaciones de un caserón vacío. Escribí un cuento que escondí. Aun lo tengo escondido, para no disgustar a mi madre. El tiempo, por otra parte, me ha dado casi la razón. De vez en cuando nace un niño de una madre en coma. El coma no es la muerte, pero se parece mucho. He escrito un cuento también sobre un niño que crece en el interior de una madre en coma. El crío se mueve por las oquedades de la mujer como un fantasma por un palacio casi deshabitado. Lo tengo sin publicar, también por miedo a mamá. No me había repuesto de la expresión hijo póstumo cuando escuché la palabra nonato referida a un santo. Pregunté a mi madre qué rayos quería decir y me respondió que un nonato era alguien que no había nacido. Tampoco resultó fácil entender cómo se podía ser alguien sin haber nacido, pero mamá no cejó hasta colmar mi perplejidad. Me dijo que los ricos comían corderos y cochinillos nonatos porque estaban más tiernos. Es mi deseo publicar una novela póstuma y otra nonata. Lo de la póstuma no presenta mayores problemas: basta con que la deje escrita antes de morir (o de entrar en coma). No he encontrado, sin embargo, solución a la nonata. Y es en lo que estoy ahora.

Fuera de quicio Levante 24.09.2006 Pues nada, que también hay una página web donde puedes escuchar las últimas palabras de los condenados a muerte antes de pasar por caja. Se trata de un servicio de alguna institución de Texas, donde la pena de muerte ha devenido en deporte olímpico. Al público le produce mucha curiosidad saber qué se dice en esos momentos, cuando en esos momentos o se calla uno o pronuncia alguna banalidad. El fenómeno de las últimas palabras está estudiado a fondo y no parecen las últimas, sino las de en medio, o sea, las que diríamos cualquier jueves de cualquier semana en el autobús, viniendo de la oficina. Cela, en el lecho de muerte, gritó «¡Viva Iria Flavia!». Y era un Nobel de literatura, un hombre con imaginación, poco convencional y todo eso. De modo que imagínense lo que gritaría un Nobel de la Paz, obligado a guardar la corrección política. Un desastre, en fin, al que no nos resignamos. Tenemos la convicción de que dos metros antes de la cámara de gas el lenguaje penetrará en el cuerpo del reo y le obligará a pronunciar una revelación. Pero el lenguaje sólo entra para decir tonterías. «Señor, perdóname mis pecados», imploró un reo frente a la mirada atónita, suponemos, de los perversos sexuales que acudían a la ejecución. Otros reos blasfemaban o se cagaban en tal, pero la página web ha eliminado esos testimonios por buen gusto. Llevan razón sus responsables. Un padre de familia interesado en contemplar una cosa tan normal como un tipo atado a una silla llena de cables, por los que le van a meter una tonelada de vatios, no tiene por qué soportar que la víctima empiece a decir cosas feas. Si carece de educación, que lo ejecuten en privado. No te digo. Te permiten gritar Viva Iria Flavia o Viva Arkansas, pero no Viva la madre que te parió. Desde el punto de vista de la salud mental no hay mucha diferencia entre gritar una cosa u otra, pero las formas son las formas, amigo. Total, que hay más palabras que significados. El significado, cada vez más, está fuera de las palabras. Y por eso nosotros estamos, cada vez más, fuera de quicio. Buenos días.

Un espectáculo de feria Levante 26.09.2006 En Brasil vive un tipo capaz de sacarse los globos oculares de la cara casi hasta que se caen al suelo. Hay en internet un vídeo de él realizando esta curiosa hazaña orgánica. A mí me ha puesto los pelos de punta. Claudio Paulo Pinto -tal es su nombre- se gana la vida sacándose los ojos en la calle, ante los turistas, que lo contemplan asombrados, y asustados. Me pregunto si Claudio ha oído hablar de Edipo, me imagino que no. Pero si Edipo perteneciera al mundo real y le hubiera tocado vivir en nuestros días, también tendría su vídeo en Youtube. -Miren a un tipo que se arranca los ojos por haberse acostado con su madre. -¿Por haberse acostado con su madre? Vaya tontería. -Es que mató a su padre previamente. -¿Y qué necesidad tenía de matar a su padre para acostarse con su madre? Cada época tiene sus tabúes. El vídeo de Edipo, hoy, se perdería entre los cientos de miles de vídeos de la Red, donde triunfan los que reproducen escenas domésticas. Ayer mismo estuve viendo uno en el que un ama de casa limpiaba un cuarto de baño. Juro que tenía una calidad hipnótica muy superior a la del de Claudio Paulo Pinto sacándose los globos oculares de sus órbitas. Por cierto, que no se informaba de las relaciones del tal Claudio con sus progenitores. Para mí, que soy un antiguo, habría sido interesante saber si este hombre ha matado a su padre y se ha casado con su madre, aunque en la actualidad se considere una perversión menor. Para perversión, la del gasto militar, que en 2006 será quince veces mayor que el destinado a ayuda internacional. Ocho mil millones de euros dedicaremos en España a la tontería de las armas y 834.000 millones en todo el mundo (no hay calculadora capaz de expresarlo en pesetas). Gastamos más en pistolas que en alimentación, más que en cultura, más que en vivienda. ¿Es o no es para sacarse los ojos, como hizo Edipo al darse cuenta de su error? Lo sería si sacarse los ojos no hubiera devenido también en un espectáculo de feria.

Curiosidades 29.09.2006 Me ha dicho el médico que me pese cada mañana. De ese modo, si un día cojo unos gramos, al siguiente pondré los medios para perderlos. No es preciso añadir que se trata de un médico obsesivo, pero ni los médicos ni las esposas nos tocan en la lotería. Si estoy con él, me digo, por algo será. De otro lado, me gusta la idea de corregir el martes los errores del lunes. Lo primero que hago al sentarme frente al ordenador, a primera hora, es repasar las páginas escritas la jornada anterior. Siempre tacho algunas palabras o añado otras. Gracias al médico obsesivo he empezado a relacionarme con mi cuerpo como si fuera una novela que escribo día a día. Hoy peso 200 gramos más que ayer por culpa de una cena que ni siquiera me hizo feliz. Pues nada: a tachar esos doscientos gramos a base de frutas y punto (punto y aparte). Tachar kilos es tan difícil como tachar adjetivos. Se les coge cariño a los unos y los otros. Aunque sabes que no le vienen bien a la escritura ni al cuerpo, nos cuesta cortar por lo sano, ésa es la verdad. Pero quiero insistir en la idea del cuerpo como novela; a veces, como novela de terror. Me hice unos análisis que me entregaron en un sobre cerrado donde ponía la palabra "confidencial". Iba por la calle con aquel sobre debajo del brazo como si fuera un agente de Centro Nacional de Inteligencia. Pero sólo era un espía de mi propio cuerpo. Se lo entregué al médico y fue entonces cuando me recomendó que me pesara todos los días, para tachar el miércoles los gramos de más escritos durante el martes. En eso estoy. Para amortizar la báscula, me peso siempre que paso cerca de ella. Por las noches, no sé por qué, peso siempre dos kilos más que por la mañana. Pero son dos kilos que se tachan solos, también de forma inexplicable, durante el sueño, como si los gramos se colaran por un sumidero invisible. El otro día me desperté de madrugada y estuve una hora sobre el peso, para sorprender al cuerpo en el instante de adelgazar, pero es más difícil que ver crecer la hierba. He hecho también experimentos con algunos libros. Las novelas pesan más por la noche que por la mañana. La poesía, en cambio, siempre pesa igual. Cuestión de metabolismo, supongo.

Los genitales de las eléctricas Levante 30.09.2006 Me abro paso entre los vocablos puestos estos días en circulación para describir lo que ocurre en las empresas de electricidad. No es fácil. Los periódicos califican el suceso de seísmo, de terremoto; de conmoción sin precedentes. Alguien asegura que la locura del sector energético ha provocado un movimiento de optimismo euforizante (quizá haya optimismos que depriman) en Wall Street. Aunque se trata de una noticia financiera, los cronistas, lejos de utilizar un lenguaje económico, recurren a las jergas procedentes de la geología, de la psiquiatría, de las ciencias sociales. No es todo. Si a usted le gustan las referencias oníricas, también las hay: un experto en bolsa aseguraba ayer que las acciones de esas compañías llevaban dormidas 13 meses. Cabe preguntarse si soñaban con esta conmoción, con este seísmo, con este terremoto, con esta bendición de Dios, pues también más de uno ha recurrido a la teología para explicarnos la importancia de las fusiones y contrafusiones en marcha. Hace un rato, en la cola del puente aéreo, mientras un servidor buscaba entre la prensa un análisis no contaminado por todos estos lenguajes excéntricos, un ejecutivo le decía a otro que ya era hora de que las empresas de la construcción le palparan los genitales a las eléctricas. Si habían echado ustedes en falta la referencia sexual, ahí la tienen. O sea, que también es eso: un intercambio sexual entre dos o más personas jurídicas. A final, todo se resume en una cuestión de huevos, pues la frontera entre la plusvalía y el sexo es cada día más delgada. De todos modos, a uno, que es un ignorante, le gustaría que le explicaran las cosas de manera sencilla. Mire usted, esto es algo tan simple como que alguien compra y alguien vende. Ah, vale, alguien compra y alguien vende. Pero no se puede comprar ni vender sin poner en ello un poco de instinto venéreo, una pizca de sentimiento patriótico (a E.On, que le den, que es alemana), unos gramos de emoción religiosa, una cantidad discreta de locura. En los negocios intervienen todas las facultades del hombre, de ahí la necesidad de recurrir a las metáforas. ¿Comprende usted? Comprendo y le quedo muy agradecido.

A vueltas con la copia Levante 01.10.2006 «Soy una persona auténtica», declaraba un político en campaña a un periodista. En la comunicación cotidiana, llamamos falsos a los individuos que no cumplen lo que prometen o que no dicen lo que piensan. Pero, tomada la expresión en su literalidad, un sujeto falso sería una copia de un individuo verdadero. En tal caso, habría personas falsas del mismo modo que hay Levis falsos, Adidas falsas o relojes de marca falsos. El asunto de lo verdadero y lo falso, así como la frágil línea que separa una cosa de la otra, va cobrando importancia a medida que aumentan las posibilidades de copiar la realidad. Un disco pirata se escucha exactamente igual que uno legal. Recientemente, el Museo Reina Sofía de Madrid decidió reproducir una escultura desaparecida de sus almacenes. La nota de prensa, si no recuerdo mal, decía que en el futuro se consideraría a la copia como original. A todos los efectos. No hay mucho más que añadir. La piratería empieza a llegar a sectores hasta ahora vírgenes. A las personas, por ejemplo. Quizá haya por ahí individuos no auténticos en el sentido literal de la palabra; individuos que son copia de otros. De modo que se encuentra usted en la calle con un hermano de su mujer, se detiene a saludarle, toma un café con él mientras hablan de la familia, etc., y a lo mejor no es el hermano de su mujer, sino una copia que le han sacado ilegalmente. -Pero si era igual de tonto que mi cuñado, igual de gordo, igual de pesado. Lo que usted quiera, pero no era su cuñado. Yo tengo un libro pirata de García Márquez (Cien años de soledad)absolutamente idéntico al de verdad. Lo compré como curiosidad en una calle de Bogotá. Lo leí de vuelta, en el avión, sin encontrar nada que delatara su condición. Al llegar a casa lo coloqué en la estantería junto al verdadero y ahora no sé cuál es cuál. En algunos productos podría darse la circunstancia de que la copia fuera más verdadera, en un sentido metafísico, que el original. Digo todo esto porque ayer iba por la calle y me vi pasar por la acera de enfrente. De no haber sabido que yo era el original, habría dudado, francamente.

La culpa Levante 03.10.2006 Cuando leemos que las temperaturas de la Tierra son las más altas de los últimos doce mil años, no nos preguntamos cómo lo saben. Eso es porque tenemos una fe sin límites en la ciencia, incluso en la cienciología. Seguro que hay en internet una página web donde son capaces de decirte qué tiempo tenían tal día como hoy hace sesenta siglos. En aquellas fechas no había lunes ni martes ni miércoles, pero había clima y la gente (es un decir, porque tampoco había gente propiamente dicha) iba a la playa. Como no tenían días de la semana, no sabemos con qué criterio descansaban. Pero a lo que íbamos: que no habíamos tenido desde aquella época remota unas temperaturas tan altas como las actuales. Lo ha dicho el periódico. Hace doce mil años tampoco había sentimiento de culpa. Ni días de la semana ni sentimiento de culpa. Quiere decirse que la gente no estaba todo el día atribuyéndose los efectos del calentamiento global. Tenían calor, desde luego, pero no se arrepentían de él los domingos, no porque no tuvieran domingos, que tampoco, sino porque no tenían remordimientos. A nosotros no nos falta de nada. Tenemos sábados y domingos, y enero y febrero. Y remordimientos. -Niño, no te eches tanto desodorante que contribuyes al calentamiento de la atmósfera. -¿Qué tiene que ver el calentamiento de la atmósfera con que yo huela de un modo u otro el sábado por la tarde? -Pues que con el spray echas muchos gases a la atmósfera, de modo que se ensancha el agujero de ozono y sucede el efecto invernadero, no sé si por este orden. -¿Y quién dice eso? -La ciencia, o la cienciología, ahora no caigo. -Entonces va a ser que sí. De modo que ya lo saben ustedes. Éste es el lunes o el martes o el miércoles más caluroso desde hace doce mil años. Y la culpa, a diferencia de entonces, la tiene usted, por el desodorante, o por el coche, o quizá por la estantería de metacrilato. Hace miles de años que no hacía tanto calor. Ni tanta culpa.

Mezclas El País 06.10.2006 El primer invento del hombre es el tabique. Viene impuesto por la necesidad de separar el dentro del afuera, lo crudo de lo cocido, la muerte de la vida. Por la conveniencia de distinguir la dicha del dolor, la cordura de la enajenación, el calor del frío. Por el deber de discriminar al policía del delincuente, al verdugo del reo, al juez del legislador. Por el impulso de diferenciar al secretario del subsecretario, al pobre del rico, al mamífero del ovíparo, al vertebrado del invertebrado, al pez del ave. Por el miedo de confundir el día con la noche, la muerte con la vida, los laborables con los festivos, el territorio con el mapa, la gimnasia con la magnesia. También por el gusto de aislar la novela del ensayo, la poesía del teatro, la comedia del drama. Y así sucesivamente, para eso están los tabiques. Pero no siempre funcionan. El otro día, en EE UU, un tipo del siglo XXI, asesinó a cinco niñas del XIX. Su mujer declaró que era un padre "excepcional". De hecho, acababa de despedir a sus hijos con un beso en el autobús del cole. ¿Dónde estaban los tabiques que debían separar un siglo de otro? ¿Dónde los encargados de discriminar la locura de la razón? ¿Por qué esta confusa mezcla de besos y tiros? Y ahí está el caso de Francisco Anguas, el policía de Salvador Puig Antich, un hombre al que le gustaba Truffaut, pero que también se deleitaba torturando, dos cosas que deberían ser incompatibles. ¿Por qué no había un tabique capaz de impedir que un tipo con sensibilidad artística, amante del cine y la literatura, perteneciera también a la Brigada Política Social? En el Consejo General del Poder Judicial hay un individuo para el que la unión entre dos homosexuales es lo mismo que el ayuntamiento entre un hombre y un animal (no dijo, sin duda para no delatarse, en qué animal estaba pensando). En principio, cabría atribuir a este señor un grado de cultura ajustado a sus estudios, pero la ignorancia y la sabiduría, como la oligofrenia y el talento, se cruzan a veces dentro de la misma cabeza, sin que haya tabique capaz de separarlos. Subes a un roedor a un rascacielos y continúa viendo el mundo desde la perspectiva de una rata. Hemos inventado el tabique, sí, pero lo hemos inventado mal porque separa poco.

El perro Levante 07.10.2006 "No nos iremos (de Iraq) ni aunque Laura y Barney sean los únicos que me apoyen". La frase es de Bush. Laura es su esposa y Barney su perro, un terrier que sube y baja del avión oficial con tal autoridad que los militares dudan si cuadrarse o no ante él. La frase, pese a su brutalidad, podría ser una broma, pero a las bromas las carga el diablo. Resulta que sin querer (o no) Bush ha puesto a su esposa al mismo nivel que al perro, o viceversa. Laura no se ha quejado. El terrier tampoco. Por ese lado no va a tener complicaciones, pero la frase aparece en un libro de Bob Woodward que acaba de aparecer en EEUU y en el que se analizan los errores de esa invasión de la que Bush no desistirá aunque sólo se quede con el apoyo de su mujer y su mascota. Se ha olvidado de citar a Dios. Y es que Dios también le apoyó. No recordamos ahora si se le apareció entero o en forma de alucinación auditiva, pero Bush aseguró que había arrasado Bagdad siguien órdens directas del Todopoderoso (además del consejo de Laura y Barney). La diferencia entre Bin Laden y Bush es que el primero sólo tiene a Dios. Le faltan un perro y una esposa que le conforten en los momentos de duda. Dios está bien para el primer momento, para el impulso de salida, pero luego te deja tirado porque hay más locos que dioses y no da abasto el pobre. Ahí te las compongas, que yo tengo que provocar más alucinaciones. No sabemos si Dios ha abandonado a Bin Laden, pero es evidente que ha dejado tirado a Bush. Le quedan la esposa y el perro, menos mal. He visto miles de veces por la televisión el rostro de Laura y el de Barney, además del de Bush, claro. De los tres, el que más confianza me produce es el del perro. Quiera Dios que un día de estos, mientras el matrimonio dormita frente a la chimenea de su rancho, Barney tenga un momento de lucidez y aconseje a su amo retirarse de Iraq. Después de todo, en aquel país han muerto muchos perros también. Ningún terrier, es cierto, pero los perros tienen menos prejuicios raciales que los hombres. Desaparecido Dios completamente de esta guerra, no veo otro ser con capacidad de influencia sobre Bush para poner fin al desaguisado.

Relájense y disfruten Levante 08.10.2006 La cabra tira al monte como TVE al franquismo. Esto es así con independencia de quien gobierne porque estamos hablando de comportamientos atávicos, de impulsos hereditarios, de tendencias innatas. A TVE le gusta el franquismo como a Renfe los bancos de madera. Hay asuntos que están en la naturaleza de las cosas y contra los que quizá sea mejor no rebelarse. TVE fue franquista con Alfonso Guerra, que censuraba los escotes ideológicos de los invitados y, si era preciso, los tapaba (que se lo pregunten, si no, a Balbín, el autor de La Clave). Fue franquista y de las JONS con el PP porque en este caso había una coincidencia emocional, y es franquista con Zapatero porque no sabe ser otra cosa. El franquismo de la TVE actual es más sociológico que político. Le han dejado libertad para que haga lo que quiera y lo que quiere, la pobre, es tener de estrellas invitadas a Gema Ruiz, la ex del ex ministro más franquista de Aznar, y a Carmen Martínez Bordiú, la nietísima del dictador. Gema y Carmen podrían haber sido hermanas, incluso hermanas gemelas. A ambas se les derraman las carnes del vaso corporal como el bizcocho con exceso de levadura se sale por los bordes del molde. No sabemos si por contrato, pero lo cierto es que las dos han aparecido con modelos preparados para que tales excesos de grasas franquistas (típicos de señoras de mesa petitoria) salten a la vista. Viendo a Carmencita y a Gema agitar el bizcocho sobrante comprende uno toda la sociología de aquellos años cutres. La cabra tira al monte y TVE tiene los genes que tiene. Se ha criticado mucho que estas contrataciones franquistas se hayan llevado a cabo bajo el mandato de un gobierno socialista que, a diferencia del de Felipe González, es de izquierdas. Pero el único modo de que no ocurran estas cosas pasa por que Televisión Española deje de ser española y quizá televisión. Es probable que ni privatizándola perdiera ese carácter cultural que está en sus entretelas. Es como pedirle a una planta que no busque la luz, o a un sapo que no escupa, o a un jardín que no dé flores. De modo que relájense y disfruten. Más se perdió en la guerra.

El tamaño de las glándulas Levante 11.10.2006 En el paseo marítimo de Las Palmas de Gran Canaria habían puesto una bandera de 300 metros cuadrados que ondeaba a 50 metros de altura y que se veía desde todas partes. La idea era que la gente, al pasar, dijera: -Mira, la bandera. Es lo mismo que si en la plaza Mayor de cualquier ciudad colocas, pongamos por caso, un centollo de plástico de siete pisos de altura. La gente, al pasar, diría: -Mira, el centollo. En la plaza de Colón de Madrid, durante la época de Aznar, se colocó una bandera española de las características del centollo citado más arriba y, en efecto, la gente, al pasar, dice: -Mira, la bandera. No sabemos si es mejor que la gente diga «Mira, la bandera» o «Mira, el centollo». La gente tiende a señalar lo obvio. El caso es que la bandera de Gran Canaria ha costado 360.000 euros. Quiere decirse que el metro cuadrado de bandera está muy por debajo del metro cuadrado de la vivienda. En Madrid al menos por 360.000 euros no te puedes comprar un piso de 300 metros cuadrados. Lo que ocurre es que un piso sirve para acoger a una familia mientras que una bandera gigante sólo sirve para que la gente diga: «Mira, la bandera». El hígado es una glándula muy importante. Pero debe tener el volumen adecuado. Un hígado de 300 metros cúbicos mataría a su usuario. Sólo serviría para que la gente, al verlo, dijera: «Mira, el hígado». Yo no soy patólogo e ignoro qué extensión debe tener una bandera, pero seguro que 300 metros cuadrados no. Las banderas de ese tamaño sólo sirven para que la gente discuta por ellas; a veces, para que la gente se mate. La de Gran Canaria se ha caído al suelo por su propio peso más que por la fuerza de la gravedad. Ha acabado con ella su tamaño. Seguramente la volverán a izar, pero tendrán que ponerle unos refuerzos anormales. Es lo que pasa con las banderas anormales, con los centollos anormales y con los hígados anormales. Aunque, como decía el otro, sarna con gusto no pica.

La vieja El País 13.10.2006 En una escala de preferencias, lo ideal es que nadie tuviera la bomba atómica. Después, que sólo la tuvieran los países listos. A continuación, los países listos y un país tonto. En cuarto lugar, los países listos y dos países tontos Y así sucesivamente. Si incluyéramos las variantes de pobreza y riqueza, el asunto se complicaría, pues el rencor de clase funciona en las dos direcciones. Quiere decirse que lo mismo te podrían arrojar la bomba por pobre que por rico, cuestión de suerte o de geoestrategia, y perdón por la palabra geoestrategia en un artículo que no es de análisis político. En esta zona del periódico calculamos las cosas por la cuenta de la vieja, cuyo método, pese a su simpleza radical, no falla nunca. La vieja es también la inventora de aquella máxima según la cual si algo malo puede pasar pasa. Total, que el mundo está lleno de tontos listos y de listos tontos. Según nos han explicado los observadores políticos estos días, el presidente de Corea del Norte lleva alzas en los zapatos y se carda el pelo para parecer más alto. Lo de la bomba atómica es también para disimular la estatura de su nación, que, siempre según los expertos, es pobre y tonta como él. En una escala de uno a cien, su rencor de clase es de 80, de ahí que se gaste el 80% de su presupuesto en ferretería bélica. Los observadores políticos aseguran que si el loco -además de bajo, tonto y pobre- de Kim Jong Il consigue la bomba atómica, toda la zona quedará desestabilizada, lo que es un modo de decir que hasta ahora gozaba de estabilidad. A mí, por la cuenta de la vieja, no me sale. Tendríamos que aclarar de qué hablamos cuando hablamos de estabilidad. Otros países con la bomba atómica son EE UU, Rusia, China, Reino Unido, Francia, India, Pakistán e Israel. No sé cómo se verán las cosas desde el punto de vista de un licenciado en Políticas, pero en ese club (como los analistas políticos se empeñan en denominar al conjunto nuclear) hay más tontos que listos. Y no es preciso saber ecuaciones de tercer grado para averiguarlo. Quiere decirse que ya estábamos jodidos antes de lo de Kim Jong Il. Lo que sí es verdad es que ha parido la abuela. O sea, la vieja una vez más.

Los días Levante 13.10.2006 A veces, los titulares de prensa no dejan ver la noticia del mismo modo que los árboles impiden ver el bosque. Vean éste (titular) sacado de un periódico cualquiera: «El comisario acude al rescate de Tele- 5 para reflotar los martes». De acuerdo, usted sabe que El comisario es una serie de televisión, que Tele5 es una cadena y que el martes es un día de la semana (damos por supuesto que estamos de acuerdo en lo que es una semana). Pero imagine que acaba de venir de Marina D´Or, ciudad de vacaciones, o sea, de Marte y que lo primero que lee en el periódico es que el comisario acude al rescate de Tele-5 para reflotar los martes. A mí, personalmente, no me cuesta nada imaginar un martes hundido. Se me han ido al cuerno días más sagrados de la semana, pero no te acostumbras nunca. Piense, si no, que abre usted la puerta del lunes y que donde debía haber un martes no hay nada, sólo un vacío cósmico, un abismo al otro lado del cual se encuentra la puerta del miércoles. A ver cómo salta de un día a otro sin romperse la crisma. En no recuerdo qué curso de bachillerato teníamos Matemáticas los lunes, miércoles y viernes, y Lengua los martes y los jueves. No me pregunten cómo, pero yo me saltaba los días de Matemáticas. Para mí la semana estaba constituida por martes, jueves, sábado y domingo. Y no había comisario capaz reflotar los lunes, miércoles y viernes. Por eso tengo de los días un concepto casi físico. Los siento como lugares en los que puedes entrar o de los que te puedes quedar fuera. Cada noche, a las doce, imagino que cierro la puerta del día que muere y abro la del que empieza a vivir. Si de pequeño odiaba el lunes, ahora me parece el mejor amueblado. Es un día con moqueta en el suelo y cuadros de Matisse en las paredes, un día blando (ventajas de los que trabajamos en casa). El martes es más hosco, más desolado, quizá por eso es el que necesitan reflotar los de Tele-5. Pero no es probable que lo consigan con la ayuda de un comisario. Los comisarios están bien para los domingos por la tarde. Desde aquí les digo que contraten a un novelista. Si puede ser de misterio, mejor. De nada, hombre.

Lengua y literature Levante 15.10.2006 Empiezan a llegar las primeras cifras fiables acerca de los muertos en Iraq desde que se produjera la invasión humanitaria patrocinada por Bush y compañía: 650.000, de los que 600.000 se han ido al otro mundo de forma violenta. Más de medio millón de cadáveres. Ignoramos su traducción a dólares o a euros, pero en términos gramaticales equivalen a una coma. Es lo que dijo Bush el otro día, al hacer examen de conciencia. Dentro de unos años, aseguró, cuando los libros de historia cuenten la ocupación criminal de aquel país por fuerzas extrajeras, todo ese montón de esqueletos equivaldrá a una coma. Podría haber dicho a un sustantivo, a un verbo, a un pronombre, a un adverbio, pero dijo a una coma. ¿Quiso con ello restar importancia a la masacre? Seguramente sí. Por eso no eligió tampoco un punto, un guión, un paréntesis. Nada, nada, una coma que a lo mejor hasta se puede quitar sin que cambie el sentido del texto. Desde que escuché las palabras de Bush, cuando la televisión saca imágenes de Bagdad, en vez de hombres y mujeres, veo vírgulas. Están las calles llenas de vírgulas que se mueven de acá para allá como los bacilos en una gota de agua vista al microscopio. De vez en cuando estalla cerca de ellas un coche bomba y se van todas las vírgulas al carajo. Si reúnes 600.000 vírgulas muertas te dan una coma. Tienen que morir al por mayor para ser algo. Un hombre occidental, en cambio, es una frase entera. Qué digo una frase: un párrafo, con palabras llenas de tildes, de diéresis; un párrafo con su oración principal y sus subordinadas, con cada signo ortográfico colocado en su sitio, con sus haches intercaladas y sus jotas sonoras. Un hombre occidental es mucho hombre y ahí está Bush en su rancho tejano para demostrarlo. No sabemos si Bush pasará a la historia de la política, pero merecería pasar a los libros de gramática por esta aportación tan original. Para que le gente entienda las cosas, hay que buscar ejemplos fáciles, imágenes poderosas. La de la coma es más que poderosa, es brutal, cruel, feroz, sanguinaria, si ustedes quieren, pero eficaz. Ningún niño, sobre todo ningún niño árabe, volverá a olvidar qué es una coma.

A trabajar Levante 18.10.2006 A propósito del Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, habrán observado ustedes que los medios no dejan de destacar su condición de turco. Todos los titulares referidos a él comienzan diciendo: «El escritor turco» No sé si cuando lo gana un norteamericano o un portugués se insiste tanto en su origen, creo que no, de otro modo no me habría llamado la atención. Quiero decir que después de leer la noticia en distintos periódicos y escucharla en distintas emisoras de radio y televisión, me fui a la cama con la impresión de que le habían dado el premio por turco más que por escritor. Si alguien no lo remedia, acabaremos pensando que el verdadero mérito de este hombre es ser de allí. Y no digo que no sea de allí, pero lo importante es su condición de escritor. A ver si nos aclaramos. Además, el primer deber de un escritor turco es dejar de ser turco, como la primera obligación de un poeta búlgaro es dejar de ser búlgaro, y así sucesivamente. No es fácil, de acuerdo. Si a alguno le resultara imposible, le permitiríamos que fuera búlgaro, pero sólo un poco, y a la manera de Cernuda, que era un español sin ganas, un español cansado. Resulta tan absurdo ser turco con ganas como camerunés con ganas o conquense con ganas. No sé si me explico. Tal vez, para evitar estos malentendidos, deberíamos inventar un Nobel otorgado a la nacionalidad. Se le entregaría cada año al mejor español, al mejor vasco, al mejor canadiense o al mejor noruego: premios, en fin, a la vasquicidad, a la españolidad, a la catalanidad, a la germanidad... Lo difícil sería elegir un jurado con criterio, pues ya me dirán cómo se reconoce a un buen holandés, a un buen ruso, a un buen austríaco. Si tenemos dificultades para reconocer a un buen escritor (la mayoría alcanza la gloria tras su muerte), cómo distinguir a un buen finlandés. Pero a retos más importantes se ha enfrentado el ser humano. Vean, si no: Marta Sánchez acaba de ser elegida como la española mejor calzada a lo largo de 2005. No me pregunten cómo ha llegado el jurado a esta curiosa conclusión, pero lo he leído en los periódicos como si se tratara de una noticia de verdad. A ver si va a ser más fácil averiguar quién es el mejor calzado que quién es el mejor francés. No me lo creo, de modo que venga, a trabajar.

Hambre El País 20.10.2006 A veces imagino un pulmón que fuera la suma de todos los pulmones, un corazón que fuera la suma de todos los corazones, un hígado que fuera la suma de todos los hígados, un hombre que fuera la suma de todos los hombres y una mujer que fuera la suma de todas las mujeres. Sólo habría en el mundo un hombre y una mujer, pero tendrían un tamaño enorme. Y habría un solo perro, pero un perro gigantesco también, pues provendría de la adición de todos los perros. Y un solo gato, desde luego, y un solo gorrión, pero estamos hablando de un gorrión con un tamaño colosal, imagínenselo. En buena lógica, habría también una sola bacteria, un único virus, una sola rosa, sólo un clavel, una espina nada más, una lágrima... Ahora mismo, al tiempo que usted respira, están respirando miles de millones de seres humanos en todo el mundo. Muchos toman y arrojan el aire en el mismo momento en el que lo toma y lo arroja usted. Los pulmones de unos y de otros son básicamente idénticos, quizá, en alguna medida difícil de entender, aunque fácil de intuir, sean el mismo. La idea de que todos respiramos con el mismo pulmón es a la vez estimulante e inquietante, como la de que hubiera un solo estómago para el conjunto de la humanidad. ¿Cómo nos las arreglaríamos en este caso? No es tan difícil de imaginar. Las abejas, sin ir más lejos, disponen de un estómago social, además del propio, en el que guardan la miel comunitaria. Supongamos que tuviéramos que compartir el intestino grueso, el bazo, el páncreas, los riñones, el útero, los ojos, la lengua... Supongamos que tuviéramos que compartir la Tierra, que tuviéramos que compartir la atmósfera. Imaginemos que hubiera una sola biosfera para todos. De hecho, hay una sola Tierra, una sola atmósfera, una sola biosfera, lo que es tan espectacular como disponer de un solo estómago, de un solo corazón, de una sola lengua, de un ojo único, un abdomen indiferenciado. Parece terrorífico, sí, pero resulta fantástico también que todos los cuerpos sean el mismo cuerpo, que todos los seres humanos seamos el mismo ser humano. Ahora tendríamos que deducir que el hambre de aquéllos es la nuestra, pero la imaginación no nos da para tanto.

Revalorizaciones Levante 20.10.2006 Qué fea es la expresión «pelotazo inmobiliario», pero qué placer proporciona a sus beneficiarios. El pelotazo inmobiliario consiste en comprar por diez y vender por mil con una diferencia de dos o tres semanas. Lo que sucede entre el día de la compra y el de la venta es que el terreno se ha recalificado. Quiere decirse que alguien lo toca con una varita mágica al tiempo que dice: «Desde ahora serás urbanizable.» Y todavía hay gente que no cree en la magia. Como ya hemos entrado en campaña, los periódicos publican un día sí y otro también milagros de este tipo. Hay individuos que ganan tres o cuatro millones de euros en lo que usted tarda en llegar a la oficina. No es justo, pero es normal. Unos parientes de Esperanza Aguirre beneficiados por una de estas operaciones milagrosas han dicho que lo suyo es normal, que entra en la lógica del mercado que los terrenos se revaloricen. Piensa uno que si lo suyo es normal, lo de de usted y lo mío es anormal, pues para ganar, trabajando honradamente, los que esos señores ganan en dos días tendríamos que reencarnarnos siete veces siete. Lo grave es que los parientes de Esperanza Aguirre llevan razón. Los pelotazos son normales y eso es lo que los hace terribles. Si estuvieran perseguidos, como el terrorismo, su existencia sería más llevadera. Lejos de eso, se alientan, se promueven, se aplauden. -Oiga, que lo mío es normal, entra dentro del mercado. -Pero usted le compró el terreno por dos duros a un campesino. -Pues eso es lo que le estoy diciendo, eso es el mercado. Para eso hay campesinos, por favor, para eso hay clases sociales y alcaldes corruptos. Los sucesos más escalofriantes del mundo son normales, y no me refiero sólo a los asesinos en serie, que dan de comer a las palomas, sino a los secuestros patrocinados por Bush, a las hipotecas de cuarenta años (incluso a las de treinta), al número de muertos en la carretera. Personalmente entiendo la existencia de los asesinos en serie, lo incomprensible es que no fueran perseguidos. Y eso es lo que duele del pelotazo inmobiliario: su impunidad. O sea, que a ver si nos ponemos las pilas.

Perversiones públicas Levante 22.10.2006 No hemos reflexionado suficientemente acerca de la crueldad que supone sortear pisos. Me refiero a esa práctica con que los ayuntamientos y comunidades entregan viviendas a la gente más necesitada. Dado que no hay casas para todos, asignan las que son capaces de construir (pocas) por medio de una tómbola que provoca más infartos que el colesterol. El acto suele ser público y se hace en domingo, para dar al juego un carácter medieval. Entre los asistentes hay parejas de novios, familias, ancianos y gente soltera. Muchas de estas personas no han jugado jamás al bingo ni a la lotería ni han apostado en las carreras de caballos. Quiere decirse que es gente sana a la que las circunstancias han llevado a esta perversión. Ahí están, mirando con ansiedad su papeleta y rezando a Dios para que el piso les toque a ellos y no a los otros. Se trata de un juego en el que para que uno gane es preciso que los otros pierdan, es decir, un juego inhumano, feroz, que saca a flote lo peor de cada uno. Pero los ayuntamientos y comunidades lo venden como una función humanitaria, filantrópica, benefactora. A mí me parece lo mismo que si en un país con hambre se sortearan bocadillos de jamón. Quizá se sorteen. No hay crueldad ajena al ser humano. Al paso que vamos, pronto aparecerán nuevas formas de lotería que aplaudiremos incompresiblemente en la plaza pública. Se me ocurre, dada la cantidad de mileuristas que forman el mercado laboral, que entre todos ellos se sortee una vez al mes un salario justo. Lo efectuaríamos en domingo, por supuesto, para no perder horas de trabajo. Y habría que solicitar una papeleta en la ventanilla de personal de las empresas. Mejor aún: habría que adquirirla a un precio módico, pues las cosas que se regalan carecen de valor. Llegado el día de la tómbola, los mileuristas saldrían al patio de su empresa con su billete en la mano y el empresario, disfrazado de capitalista (sombrero de copa, puro, anillo de oro, etc.) daría tres o cuatro vueltas al bombo. Ha sido agraciado con un salario justo para el resto de su vida Fulano de Tal. Aplausos, parabienes y hasta el próximo sorteo. No pasan más cosas porque Dios no quiere.

Agua mineral Levante 25.10.2006 Hay tantos pozos ilegales como estrellas en el firmamento. Es muy fácil hacerlos y conservarlos de forma clandestina. Los poseedores de estos pozos son modernos dráculas que hincan el colmillo en el sistema sanguíneo de la Tierra y nos chupan la sangre a usted y a mí, a todos. Mientras dormimos la siesta, el nuevo Drácula sale de puntillas al patio de atrás, pone en marcha el motor de su pozo ilegal y obtiene en un instante cuatro o cinco litros del preciado líquido. Ese malestar que sentimos al despertar, esas dificultades para ponernos en marcha de nuevo, se deben a que mientras dormíamos nos han vaciado las arterias. El agua subterránea es el subconsciente colectivo. No pertenece a nadie y pertenece a todos. En el interior de esos yacimientos ocultos se encuentran todos los sueños y pesadillas de la humanidad. Si analizáramos una gota de esas aguas profundas con la minuciosidad con la que analizamos una gota de sangre, descubriríamos que estamos a punto de entrar en la Edad Media. Nos impresiona mucho el tipo que entierra sus cadáveres en el jardín. ¿Qué pasa con el que desentierra un líquido que no es de él? Ayer me decía un taxista que el agua es el petróleo del futuro. Quiere decirse que estamos condenados a matarnos por ella, a invadir países por ella, a renegar de nuestro padre por ella. Creíamos que nada podría sustituir al petróleo como representación del subconsciente (es oscuro y viene de dentro), pero resulta que también el agua cristalina puede realizar esa función. De momento la utilizamos para regar campos de golf, pero pronto servirá para regar nuestras pasiones. Y mientras unos hacen agujeros en la Tierra, Bush los hace en el cielo. Acaba de declarar que el espacio cósmico es suyo, o algo parecido. Bush tiene el inconsciente fuera, en vez de dentro, que es lo normal. Se trata de una rareza clínica poco estudiada, aunque ya vemos que provoca trastornos de carácter gravísimos. Total, que entre los que nos chupan la sangre y los que nos chupan la atmósfera, estamos hechos polvo. Vamos a ver qué pasa. Póngame una garrafa de cinco litros de agua mineral y una botella de oxígeno. Gracias.

Subcolumna El País 27.10.2006 Estoy leyendo un libro sobre insectos en el que aparece una mosca llamada "suboscura". Suboscura, fíjense, nada de melanogáster ni de drosóphila ni de tsé tsé, no: suboscura. Me estremezco al imaginar una mosca suboscura. El prefijo sub proporciona a las palabras una suerte de prestigio inverso, un toque demoniaco, un semblante aciago. Ahí están suburbano, subteniente, subsuelo, subdirector, subsecretario, subjúdice, subafluente, subalimentación, subalterno, subarrendar, subcontrata, suburbio, subconsciente... ¡Dios mío, subconsciente! Se me ocurre de súbito que el hábitat natural de la mosca suboscura sea el subconsciente, tan rico en materiales en descomposición. Las larvas (¿o debería decir las sublarvas?) de las moscas suboscuras tienen garantizado el alimento, al menos el alimento onírico. Una vez, hace años, estábamos en la oficina después de comer y mi jefe se quedó dormido con la boca abierta. Estaba dudando si despertarle o no cuando vi aparecer entre sus labios una mosca. La imagen me persiguió durante meses, creo que por su aspereza biológica. Al llegar a casa me duché y me afeité, confiando en que la limpieza exterior me quitaría la pesadumbre interna. Pero no sirvió de nada. Me fui a la cama sin cenar, con mal sabor de boca, como si la mosca de mi jefe se hubiera paseado por mi boca en vez de por la suya. Pasé la noche inquieto y tuve pesadillas orgánicas que olvidé al despertar. Si hubiera sabido que se trataba de una mosca suboscura, habría considerado un privilegio asistir a su aparición. Nos perdemos las mejores cosas de la vida por ignorancia. Lo que me pregunto es cómo logró aquel insecto escapar del subconsciente de mi jefe, tan hermético. Quizá por el ojo de la cerradura. El caso es que esta mañana, al levantarme, he visto una mosca, o quizá una submosca, al lado del zapato. Estaba muerta, boca arriba, es invierno. Le he dicho a mi mujer que no sé de dónde ha podido salir, pero sí lo sé. Ha salido de mi subconsciente por el ojo de la cerradura y ha trepado por las vías respiratorias hasta la boca, o hasta la nariz. Se trata, pues, de una suboscura, mi suboscura. He guardado el cadáver en el estuche de la pluma estilográfica.

!Viva el sentido! Levante 27.10.2006 No siempre se me ocurren cosas inútiles. A veces, en medio de la noche, me atacan ideas industriales, proyectos que, de llevarse a la práctica, producirían pingües beneficios (¿acaso hay un beneficio que no sea pingüe?) al empresario que se atreviera a llevarlos adelante. La Brigada del Sentido, por ejemplo. Estaría compuesta por un grupo de personas especializado, como su nombre indica, en producir sentido. Imaginemos que se encuentra usted un sábado por la tarde en casa, hundido en la miseria porque ha comprendido al fin que su vida es absurda. No tendría más que llamarnos para resolver el problema. ¿Cómo? Ése es nuestro secreto, aunque podemos adelantarles que la base del sentido es la misma que la del sinsentido. La Brigada del Sentido podría actuar también a requerimiento de instancias gubernamentales. Imaginemos que una realidad nacional descubre de repente que su existencia carece de dirección, de norte. No es que esté mal económicamente, o que le llueva demasiado (o demasiado poco), sino que es incapaz de comprender a dónde se dirige todo ese esfuerzo de crear banderas y ejércitos e himnos patrios. Lo más probable es que no haya ningún país con la capacidad de reflexión suficiente para advertir el terrible vacío que se oculta tras sus símbolos, pero, si lo hubiera, ahí estaríamos nosotros para rellenar la oquedad, de modo que sus ciudadanos se sintieran orgullosos de ser suecos o marroquíes o daneses; de ser noruegos, belgas, alemanes; incluso de ser españoles, andaluces, catalanes o vascos. La Brigada del Sentido también actuaría en el ámbito de las grandes corporaciones multinacionales. Si fuera IBM, por poner un ejemplo, la que cayera en el estado de postración característico de quienes no saben para qué hacen las cosas, nosotros se lo recordaríamos. Y quien dice IBM dice Coca Cola, Adidas, Rolex, Renault, Disney, Telefónica, incluso Repsol YPF, que lleva el desatino en sus entrañas. ¿Que ya existe el teléfono de la esperanza? Hombre, sí, pero no comparen. Nosotros seríamos capaces de generar esperanza en cantidades industriales, en serie. ¿Que la idea es absurda? Desde luego, tan absurda como el sentido, de ahí sus posibilidades.

Desnudos Levante 29.10.2006 Unos vecinos del barrio de Hortaleza de Madrid han posado desnudos para un calendario. Es su modo de quejarse de la política municipal de Gallardón. Pero no es el primer calendario protesta. En los últimos años, numerosos colectivos incómodos con la vida o consigo mismos han intentado aliviar su pena de este modo. Da la impresión de que al quitarnos la ropa nos desprendiéramos con ella de conflictos que están en la cabeza. Tampoco es raro si consideramos que al ponérnosla nos llenamos de obligaciones. Imagínense a un general desnudo saliendo de la cama. Seguramente es un tipo amable, barrigón, indolente? Pero se coloca el uniforme y las medallas y un no sé qué le empuja a dar órdenes. Y quien dice un general dice un subsecretario, un director general, un jefe de negociado, un arquitecto. Si la corbata tiene tanto valor simbólico es por la asociación que hacemos entre ella y la oficina. ¿Deja un general de ser general al arrancarse el uniforme? Quizá no, pero no se le nota. Si me cruzo en la calle con un anciano desnudo, me llamará la atención, pero no me impresionará. Si me cruzo, en cambio, con un anciano lleno de medallas, cambio de acera. Y si es un director de personal, cambio de acera y de calle. Tengo más miedo a los directores de personal que a los coroneles (y ya es decir). Total, que la ropa nos constituye y nos desconstituye. Tradicionalmente, los calendarios de desnudos adornaban los talleres mecánicos y las cabinas de los camiones. La clase media los miraba de frente con indulgencia y de reojo con apetito sexual. La clase media es muy rara. Se va adaptando a todo. Ha adoptado el piercing, el tatuaje y la separación matrimonial sin traumas. Ahora está decidida a asaltar los calendarios. Sea bienvenida a este espacio. Pero para fotografiarse desnudo no es preciso abrazar ninguna causa ecológica, política o religiosa. Uno se puede desnudar porque sí, porque le apetece verse y que le vean. Y es que uno necesita que le quieran o que le escuchen sin necesidad de ir disfrazado de administrativo, de general o de ama de casa. Ánimo, el siguiente paso es Penthouse.

Turismo de grandes almacenes Levante 02.11.2006 Me metí en unos grandes almacenes huyendo de la lluvia y me parecieron muy curiosos. Había de todo lo que necesitaba y de lo que no necesitaba. Como lo que más gusta es lo que no necesito, acudí a la sección de relojería para echar un vistazo. Vi un cartel en el que habían escrito: «Por la compra de un reloj de 600 euros le regalamos un seguro antiatraco de 6 meses». Pregunté a una señorita qué significaba aquello y me dijo que si me robaban el reloj a punta de pistola o de cuchillo me daban uno nuevo. -¿Pero tantas posibilidades hay de que me atraquen? -pregunté. -A mi hija le robaron ayer a la luz del día el móvil, así que usted verá. Me quedé pensativo, francamente. Comprarte un reloj con la idea de que te van atracar da mal rollo. Generalmente no pienso que me va a suceder nada malo. Y no me sucede. Jamás me han asaltado. Seguro que si me compraba el reloj comenzaba a sucederme toda clase de catástrofes. Se lo dije a la señorita: -Me compraría el reloj, pero tengo miedo de que me suceda algo malo. -Nosotros se lo aseguramos por seis meses, pero le tienen que atracar, claro. -¿Y si muero en el atraco le darían un reloj nuevo a mis herederos? -Cabe suponer que sí, aunque tendría que consultarlo. Finalmente decidí no comprármelo. Después de todo me encontraba allí para refugiarme de la lluvia. Continué dando vueltas por la sección y tropecé con una zona de relojes de pared. Pregunté a una señorita si también esos relojes incluían un seguro antiatraco. Me dijo que sí, pero a condición de que lo llevara en la muñeca. Lo dijo de broma, creo, porque me pareció que se aguantaba la risa. Vi otro cartel que decía: «Hermetizamos relojes». Me pareció muy fuerte lo de hermetizar relojes, de modo que salí corriendo de la sección. Me asomé a la calle, pero no había dejado de llover. Compré un paraguas sin seguro antiatracos (y sin hermetizar) y abandoné el establecimiento. Llegué a casa sin que me asaltaran. Qué vida.

Misterio El País 03.11.2006 Me echaron del último bar a las seis de la mañana, pero no me veía con ánimos de conducir. Encendí un cigarrillo como el que se toma un consomé, para templar el cuerpo, y anduve un rato a la deriva. No había taxis o yo no era capaz de verlos. En esto, pasé por delante de una iglesia cuya puerta empujé y cedió. Tenía una nave central y dos laterales. En las laterales había pequeñas capillas consagradas a santos o vírgenes de escayola que me intimidaron ligeramente. Encendí una vela a san Aurelio porque mi padre se llamaba así, y otra a la Virgen de los Remedios, por mamá. Estaba arrepentido de mi vida, como siempre a esas horas, y lloré un poco delante de san Cipriano. Unas lágrimas burocráticas, de trámite. En esto, vi un confesionario con una puerta central y dos ventanillas laterales. Tenía sobre el asiento un cojín rojo muy blando, como de plumas. Parecía un hogar, de modo que entré, me senté, apoyé la cabeza en una de las paredes y me quedé dormido. Pasó un tiempo indeterminado antes de que me despertara la voz de una mujer que me hablaba desde la ventanilla derecha. Decía que había deseado mil veces la muerte de su marido, pero que ahora que había muerto se sentía sola y estúpida, además de culpable. Veía mucho la televisión, a veces programas sucios, indecentes, incluso había llegado a asomarse a una película pornográfica. Quería consejo y perdón. Le dije que los maridos se mueren con independencia o no de que se desee su muerte. Se mueren más maridos que esposas, añadí absurdamente antes de darle la absolución. Tras esta rara experiencia, abandoné el confesionario y salí a la calle. Había amanecido; el tráfico comenzaba a desperezarse. Miré el reloj y calculé que no me daría tiempo a pasar por casa antes de ir al trabajo. Algunos días iba directamente del bar a la oficina, así era mi vida. Comprendí que algo se había roto aquella madrugada, pero no sabía qué. De hecho, hice lo de todos los días y por la noche volví a incurrir en los bares. Al amanecer regresé a la iglesia y ocupé el confesionario. Al poco, se asomó por la ventanilla de la derecha la mujer del día anterior y comenzó a hablar. Entonces me pareció que lo que se había roto comenzaba a arreglarse de forma misteriosa.

Negociaciones Levante 04.11.2006 En su reaparición para desmentir los rumores de su fallecimiento, Fidel Castro ha recordado al público que ya advirtió que su recuperación sería larga y que no estaría exenta de riesgos: lo mismo, curiosamente, que venimos diciendo nosotros del llamado proceso de paz o de las negociaciones con ETA, como ustedes prefieran. Pero hay más paralelismos, pues tanto la enfermedad de Castro como las conversaciones con la banda armada son secretos de Estado en los que la discreción, se dice, es la virtud fundamental. De este modo, el dictador cubano ha convertido a su enfermedad en una forma de terrorismo, de terrorismo de azar, si ustedes quieren, pero de terrorismo al fin. El cáncer de colon (o de estómago, ahora no caemos) se ha aliado con el imperialismo para acabar con los logros de la revolución. El enemigo no descansa y además se encuentra en todas partes. Qué vida. Castro ha intentado vencer a la enfermedad a base de cirugía. Ha bajado a su estómago con el bisturí en la mano como el que baja de la sierra con el fusil al hombro y ha cortado por aquí o por allá. Pero lo cierto es que tiene peor cara ahora que hace un mes. Quizá ha llegado el momento de negociar con la enfermedad contrarrevolucionaria que le aqueja. Castro no ha negociado jamás con nadie. Ha encarcelado a sus enemigos, los ha fusilado, los ha arrojado al mar… Esto de la negociación tiene que ser muy duro (y muy nuevo) para él. Además, el cáncer de colon (o de estómago) no habla: se expande. Ha de ser muy difícil, para alguien acostumbrado a que sus deseos sean órdenes, soportar la situación sin darse un tiro. Nosotros, en cambio, nos pasamos la vida negociando: con Batasuna, con la hipoteca, con la vida. Hay en España miles de viviendas ilegales que son un auténtico cáncer para el paisaje. ¿Qué hacer? ¿Demolerlas o llegar a un acuerdo? El fiscal coordinador de Urbanismo y Medio Ambiente dice que hay que meter el bisturí, pero nosotros no nos lo creemos. Negociarán una vez más con ellas, porque la realidad no admite otra forma de trato. Fíjense en Castro, el pobre.

Preferencias Levante 05.11.2006 Conocí a un gran poeta del que se decía que era frígido y que fingía el éxtasis que le producían sus versos. Pero lo fingía tan bien que todos le creíamos. Recuerdo haber leído sus poemas en estado de trance. Fue el poeta favorito de nuestra juventud. Con frecuencia, nos reuníamos en la casa de algún compañero de la facultad o alrededor de la mesa de un bar para leer sus textos en voz alta y comentarlos luego con la religiosidad de un grupo de devotos. Cuesta creer que los escribiera con la frialdad con la que un aparejador dibuja un plano o una calculadora lleva a cabo una ecuación, pero él mismo lo confesó en un diario póstumo que sorprendió a propios y a extraños. Lo más curioso es que incluso después de conocer esa declaración, sus versos continúan haciéndonos temblar de emoción (no digo de quién se trata porque no quiero compartirlo con nadie). Me he acordado de él tras leer una entrevista con Sylvia Cristel, la actriz que representó a Emmanuelle, el mito erótico de los 70, en la que la actriz francesa confiesa que era frígida. Dios mío, Sylvia Cristel frígida. Como ustedes saben, fue amante de políticos y artistas porque era una llama en la que todos querían abrasarse. Pero era una llama fría. Cristel asegura no haber entendido jamás la atracción que provocaba su cuerpo, que a ella le producía extrañeza. Se dejaba hacer por los hombres con un distanciamiento no exento de curiosidad. ¿Por qué querrán tocarme?, se preguntaba. Al parecer confiesa todo esto en unas memorias frígidas que acaban de aparecer en Francia y cuya traducción esperamos con ansia en España. ¿Cómo podemos equivocarnos tanto? Casi al mismo tiempo que me entero de lo de Sylvia Cristel, leo que Andersen odiaba a los niños, o sea, que también era, en algún sentido, frígido. Me pregunto si hay jueces frígidos, magistrados que fingen amar a la Justicia, por la que en realidad no sienten nada. Me pregunto si hay profesores de literatura frígidos, maestros que gimen de placer al hablar de Flaubert, al que quizá detestan. No me pregunto si hay obispos frígidos (que no creen en Dios), porque eso salta a la vista. Así las cosas, quizá uno mismo hubiera preferido ser frígido, pero eso no se elige.

Viva el malestar Levante 08.11.2006 Francamente, yo empecé a leer como el que comienza a medicarse, porque me encontraba mal. Por eso apoyo la iniciativa extremeña de tratar los libros como medicamentos. Un título adecuado a la situación y a la persona relaja más que un Valium. Y si hay títulos que relajan, hay otros que colocan (estoy pensando en los de Castaneda). A medida que cierran las librerías tradicionales, los libros pueden pasar a las farmacias. Podrían pasar también a los estancos, ya que uno empieza a fumar por las mismas razones por las que empieza a leer: porque quiere ser un hombre, porque quiere impresionar a las chicas, porque le parece interesante jugar con un cigarrillo entre los dedos, o sea, porque se encuentra mal en la situación presente. El malestar es el motor del progreso. Si nos hubiéramos encontrado bien en las cavernas, no habría aparecido la arquitectura. Y si no hubiéramos tenido frío, tampoco hubiéramos descubierto el modo de hacer fuego. La gente que se encuentra bien ni fuma ni lee ni construye edificios, se limita a estar bien. Entre estar bien y creer que se está bien hay una diferencia. Nosotros, en las sociedades de occidente, creemos que estamos bien, pero estamos fatal. Estamos locos. No hay más que ver el precio de una vivienda de 40 metros cuadrados para darse cuenta. El mismo hecho de llamar vivienda a un espacio de ese tamaño ya indica un desvarío. Leemos poco porque creemos que estamos bien. Pero la primera condición para estar bien es no tener una hipoteca a 30 años. Ni soñar con un Opel Corsa. Ni pretender comprarse un apartamento en Marina d’Or, ciudad de vacaciones. Si fuéramos conscientes de hasta qué punto estamos mal, pero mal mal de verdad, iríamos corriendo a la farmacia a por algún remedio. Y si el farmacéutico fuera sensato (o extremeño), en vez de darnos unas pastillas, nos daría un libro. Se empieza a leer a partir de un desacuerdo con el mundo (o con la hipoteca). Cuantas más contraindicaciones tenga un libro, mejor (en eso se diferencian de los medicamentos). Aplaudimos, en fin, una vez más la iniciativa de la consejería de Cultura extremeña, incluso aunque no receten nuestros libros.

Humillante El País 10.11.2006 Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que las medidas de "seguridad" adoptadas a partir de esta semana en los aeropuertos son una locura. Nada es más inseguro ni humillante que cruzar un arco antimetales descalzo y sujetándote los pantalones ante la mirada irónica o suspicaz de un grupo de uniformados. La seguridad a ese precio es sólo precio. El problema es dónde protestar, porque, si lo hemos entendido bien, se trata de una "directiva europea", es decir, no sabemos quién es exactamente el paranoico al que se le ha ocurrido. El interruptor de la luz lo maneja un alemán y el tránsito aeroportuario un belga. Como ven, todo muy tranquilizador. Afirmar que se trata de una "directiva europea" es tanto como atribuir la decisión a Dios, lo que no está mal si pensamos que Dios siempre ha sido partidario, en todas las culturas, de fomentar el miedo, el susto, el castigo, el delirio de persecución. Pese a la apariencia de laicidad en la que vivimos instalados, nunca hemos sido tan religiosos. Ahora nuestro Dios es Alá, puesto que a él se atribuye en última instancia esta normativa que ha caído del cielo como la gota fría. No lo he descubierto yo, sino un funcionario de la T-4 madrileña con el que me animé a compartir mi perplejidad. Me pidió que no le echara la culpa al PSOE ni al PP ni a CiU, ni siquiera al tripartito. Me dijo literalmente que la culpa era de Alá. De modo que no queríamos Dios y tenemos dos tazas. Si de verdad fuéramos laicos y demócratas, ningún Estado se atrevería a humillarnos con estas prácticas religiosas. De momento tenemos que atravesar el arco medio desnudos, con la tarjeta de embarque en la boca y haciendo equilibrios con las bandejas en las que hemos agrupado obsesivamente los objetos por densidades. Lo de los 100 mililitros, créanme, carece de importancia. El problema será cuando no nos dejen pasar con toda la masa encefálica. O con cantidades de pensamiento superiores a las permitidas por la directiva europea o por Alá. Aunque quizá esas restricciones hayan entrado ya en vigor sin que seamos conscientes de ello. Ninguna sociedad con un pensamiento entero se habría tragado esta imposición. El fundamentalismo religioso ha ganado la guerra.

Todos tranquilos Levante 11.11.2006 Quienes aseguran que es mejor el bipartidismo que el pentapartidismo tendrían que aceptar que, según está lógica reductora, la situación ideal es la del partido único. El pentapartidismo resulta incómodo en la medida en que es más complejo, pero también es más real. Las personas humanas, salvo excepciones como la de Aznar, somos poliédricas. Nos preocupa el calentamiento global, pero abandonamos las pilas usadas en cualquier sitio. No sé si lo de las pilas usadas tiene que ver con el cambio climático, pero esta ignorancia es una muestra más de nuestra diversidad psicológica. Tenemos partes sabias y partes necias; partes sensibles y partes insensibles; somos a la vez consecuentes e inconsecuentes, tanto en los niveles domésticos y personales como globales. Fíjense en el caso de Sadam Hussein, un asesino múltiple recién condenado a la pena de muerte. Las palabras dicen que si se utilizara la misma vara de medir con todos los asesinos múltiples en activo, algunos políticos tendrían que pasar por la horca. Es tan evidente que no vamos a perder un minuto en demostrarlo. Pero, como aseguraba aquel personaje de Lewis Carroll, lo importante no es lo que digan las palabras, sino quién manda. Y quien manda es Bush. El hecho de que importe poco lo que digan las palabras es un problema descomunal que también el pentapartidismo alivia. Cuanto menos manda el que manda, más matices adquiere el vocabulario. ¿Que el pentapartidismo lleva a contradicciones difíciles de explicar? También es difícil de explicar la Teoría de la Relatividad y no por eso prescindimos de ella. No pasa nada por el hecho de que el que pierde las elecciones encuentre el modo de gobernar, mientras que el que las gana se vaya a la oposición. La vida está llena de situaciones semejantes. La lotería, según diversos estudios, tampoco hace felices a quienes toca. Los ciudadanos somos simultáneamente activos y pasivos, generosos y avaros, altos y bajos, gordos y delgados. Cuando toda esa complejidad queda reducida en la representación política a republicanos y demócratas, pasa lo que pasa (lo que está pasando queremos decir). O sea, que todos tranquilos.

El agente de la KGB Levante 12.11.2006 Recibo un correo electrónico de una mujer rusa llamada Ekaterina. Dice que es la segunda vez que se dirige a mí para enumerarme sus cualidades personales, que son las siguientes: es romántica y femenina, encantadora y dulce. Es fácil de llevar y tiene buen corazón. Se esfuerza siempre en ser natural y detesta la hipocresía y la mentira. Considera que la decencia es la más importante de las virtudes. Quiere a sus padres mucho y les está muy agradecida. A continuación me formula las siguientes preguntas: ¿Por qué estoy interesado en una mujer rusa? ¿Qué es lo más importante para mí en las relaciones? ¿Encaja ella en el perfil que busco? ¿Me gustaría que habláramos por teléfono? ¿He estado alguna vez en Rusia? ¿Tengo planeado visitar Rusia? ¿Estoy interesado en mantener relaciones serias con una mujer rusa? El mensaje quiebra mi ritmo de trabajo. Supongo que lo habrán recibido 200.000 europeos y americanos, entre los que me cuento. Soy un pez dando vueltas alrededor de un anzuelo. Hay a mi alrededor otros 199.000 usuarios de Internet considerando la posibilidad de morder la carnaza. Pero no creo que haya entre ellos uno solo que valore las virtudes de Ekaterina. Eso suponiendo que Ekaterina no sea un espía de la KGB, una menor malvada, o un monje de clausura ruso que ha encontrado el modo de entrar en la red a través de una grieta abierta en la pared de su celda. ¿Por qué íbamos a estar interesados en una mujer rusa? ¿Y por qué no? En las páginas de contactos de los periódicos hay mujeres que dan una gran importancia a su origen. Chica de Cuenca, dicen, o de Segovia. Madurita de Cantabria. Qué complicado es todo. No es la segunda vez que se dirige a mí. Ekaterina lleva un mes dándome la lata. Todos los días envío a la papelera de reciclaje un par de correos suyos. Pero qué pasaría si yo fuera un anciano solo, pobre, con su pensión de la Seguridad Social y un gato. ¿Creería que Ekaterina es Ekaterina? ¿Picaría el anzuelo? ¿Viajaría a Rusia para conocer a sus encantadores padres? ¿Entraría a mi edad en esa dimensión de la realidad de la cita a ciegas? Posiblemente sí. Las Ekaterinas del universo y los agentes de la KGB tienen un gran futuro.

Plataforma 10 minutos Levante 15.11.2006 Miles de médicos de la Seguridad Social se han puesto en huelga exigiendo poder dedicar diez minutos a cada paciente. Como ahora les dedican cinco o seis, la huelga se ha notado poco. ¿Qué diferencia hay entre cinco y cero? -Buenos días, doctor. -Buenos días. Usted dirá. -Llevo varios días con unas molestias en este lado, aquí, ¿qué hay aquí?, ¿el hígado? -El hígado, sí. -Pues va a ser el hígado. Me da como pinchazos. -¿En algunos momentos determinados del día? -No, va y viene sin pauta alguna. -¿Bebe usted? -Un vaso de vino en las comidas. -¿Y hay algún antecedente de enfermedades hepáticas en la familia? -Que yo sepa, no. -Verá -añade el médico-, lo suyo sería que le hiciera una exploración manual, pero entre que escribo la ficha, se desnuda, le exploro y me contesta al cuestionario, nos vamos más allá de los cinco minutos que tiene asignados. De modo que lo mejor es que se vaya. -Por lo menos, déme una pastilla. -¿Qué clase de pastilla? -Me gusta el Trankimazín. -Pues tome dos, pero no se lo diga a nadie. Si los médicos se ponen en huelga para pedir diez minutos, ¿qué hacían hasta ahora? Es como si los escritores reclamaran la capacidad para usar la sintaxis. -¿Y cómo escribía hasta el momento? -Pues del mismo modo que usted atendía a sus pacientes. Leo que se ha creado una asociación de médicos llamada Plataforma 10 minutos, que parece el título de una novela de ciencia ficción. ¿Todo esto es la realidad? ¿Qué cuentan entonces las novelas?

Granjas de moscas Levante 17.11.2006 La agricultura y la ganadería, ahora prácticamente desaparecidas de nuestro campo de visión, permitieron al hombre establecerse en un sitio y contemplar las puestas de sol desde su sillón preferido. Resultaba fantástico disponer de una vaca lechera en la habitación de al lado y de un campo de trigo a la puerta de casa. Desde esa perspectiva, el andar de un sitio a otro parecía un atraso. La granja es uno de los grandes inventos de la humanidad, pues pone al alcance de tu mano los huevos para el desayuno, las alubias para la comida, el tocino para la cena y el pollo asado (o casi) para los domingos y fiestas de guardar. Por si fuera poco, el granjero y su esposa eran gente sencilla, afable, capaz de darte de comer durante dos semanas a cambio de un poco de conversación. Resulta asombroso que no existiendo ya la granja propiamente dicha, continuemos disponiendo de todos los beneficios que nos proporcionaba. Los nuevos granjeros son muy raros. Cultivan peces, por ejemplo. ¿Qué es eso?, preguntas al pasar por delante de un edificio grande, húmedo, un poco siniestro. Es una piscifactoría, te contestan. Mire usted, un rodaballo criado en esas condiciones tiene que ser un rodaballo triste. Quizá tenga las mismas proteínas, incluso el mismo sabor que un rodaballo alegre, pero da aprensión hincarle el diente, igual te transmite la tristeza. También hay piscifactorías abiertas en el mar, a modo de cárceles donde las merluzas encerradas ven pasar a las merluzas libres al otro lado de las rejas. Tampoco es muy alentador. Pero la granja más extraña es la de las moscas. Parece mentira que pudiendo criar vacas o caballos, incluso ovejas, nos haya dado por las moscas. Cuando las moscas se hacen adultas, las sueltan dentro de los invernaderos, para que polinicen con sus patitas, yendo de acá para allá, los pimientos, los tomates y las fresas. Y cuesta un ojo de la cara cada mosca, no se crean, porque, si no, tendría que polinizar usted manualmente, lo que resulta agotador. Quiere decirse que el objetivo de las granjas de moscas es bueno, y necesario, pero no me negarán que resulta un poco raro. Granjas de moscas. Si hasta da grima oírlo.

Utilidades El País 17.11.2006 Anda por ahí una Asociación Profesional de la Usabilidad cuyos promotores exigen el advenimiento de abrelatas sencillos, de teteras funcionales, de mandos a distancia comprensibles y así de forma sucesiva. Se les podría reprochar la invención del término usabilidad, de embarazoso uso, pero ellos mismos se han adelantado a las críticas explicando que lo han alumbrado adrede, para que el público comprenda lo molesto que es tener cosas con las que no sabes qué hacer (con "usabilidad" ocurrirá lo mismo que con la bicicleta estática: que acabará en el trastero). El argumento nos parece poco consistente, como si alguien fabricara una rueda cuadrada para hacernos comprender las virtudes de las redondas. Sabemos que lo que define a la rueda es rodar. Confiesen, en fin, que han puesto usabilidad porque se les ha escapado. No pasa nada. Lo que le vemos a la Asociación Profesional de la Usabilidad, además de la torpeza lingüística, es poco horizonte, pues relega su ámbito de actuación al mundo de los objetos. Está bien exigir que los cuchillos corten, desde luego, y que los bolígrafos escriban y que las regaderas rieguen. Nada complace más al usuario de una escalera que ésta tenga escalones o, al de un tenedor, que disponga de púas. Es muy de agradecer que los preservativos preserven y que los paraguas puedan abrirse (y cerrarse, por cierto). Y no siempre es así, lo reconocemos, porque también los objetos tienen su carácter, su idiosincrasia, por decirlo con una palabra poco usada, y con frecuencia nos hacen la vida imposible o nos dejan sin dedos. Pero quizá una asociación partidaria de la usabilidad debería preguntarse también por qué, llevando veinte siglos creando estupendos sistemas filosóficos, tenemos tantas dificultades a la hora de aplicarlos. ¿Por qué, disponiendo de más teorías económicas que de dinero, no hemos resuelto aún la lacra de la pobreza? ¿Por qué hay democracias que queman al cogerlas por el mango? ¿Por qué hay decálogos a los que les sobran diez puntos? Una idea inhábil puede hacer más daño que un sacacorchos mal concebido. Una paradoja sin instrucciones de uso puede hacer incomprensible la visita de Obiang. No todo es abrir latas. Buenos días.

Sangre y lapsus Levante 22.11.2006 En la antigüedad era muy frecuente sangrar por la nariz. Ya no, ignoramos por qué. Lo cierto es que la sangre venía siempre en tu ayuda: en medio de la clase de matemáticas, por ejemplo, cuando el profesor estaba a punto de sacarte a la pizarra. A veces, incluso, era el profesor el que sangraba. Evoquemos la escena: de repente alguien sacaba el pañuelo del bolsillo, se lo llevaba a la nariz y miraba hacia arriba, para contrarrestar los efectos de la fuerza de la gravedad. Qué tiempos. La nariz sangraba cuando ella quería. Según unos, se debía a un exceso de presión; según otros, a un exceso de glóbulos rojos. Todos, en fin, lo atribuían a un exceso, aunque lo más probable es que se debiera a una carencia. El lapsus freudiano se parece a este tipo de hemorragias inesperadas. Está uno hablando tranquilamente y de súbito le sale algo que no quería. El problema del lapsus freudiano es que, en vez de ayudarte a escapar de una pregunta incómoda, provoca más. Tal le ocurrió el otro día a Tony Blair, que bajó la guardia en una entrevista y afirmó sin querer que la invasión de Irak había sido un desastre. Inmediatamente, intentó contener la hemorragia de verdad que se desprendía de sus palabras. Pero ya era tarde. Se le quedó al pobre toda la pechera manchada de una verdad que daba lástima ver. Con todo, lo sorprendente es que la noticia sea que Blair ha reconocido el error. La noticia es que, pese a las evidencias, Aznar y Bush continúen en sus trece. Aunque para hemorragia, o lapsus, el del vídeo del PP sobre la inseguridad ciudadana actual. Al parecer, se les escaparon unas imágenes terribles del Gobierno de Aznar. Lo peor, cuando te sangra la nariz, es fingir que no te sangra, sobre todo si estás en un acto público. Mariano Rajoy hizo como que no se había dado cuenta y arruinó una conferencia sobre seguridad. Las narices y la conciencia son muy suyas, actúan cuando quieren. De ahí el dicho «no me sale de las narices». De ahí también la existencia del lapsus freudiano, tan rico en significados. Para las hemorragias, lo mejor es ponerse un poco de hielo en la nuca. Para los lapsus, permanecer en silencio.

Mi escritor favorito Levante 24.11.2006 He seguido con curiosidad un concurso de la tele, llamado Supermodelo 2006, en el que varias chicas muy jóvenes se disputaban un trono fantástico cambiándose de ropa cada poco. El programa tenía algo de documental de la naturaleza, aunque faltaba la voz narradora que explicara los comportamientos de las personas que participaban en él. Admiro la vida de las modelos y la capacidad de dibujar sobre la pasarela todo un alfabeto misterioso. Muchas veces imagino que escriben con sus pies frases que no sabemos interpretar. Una vez fui a la Semana de la Moda, en París, y escribí un reportaje que figura entre mis preferidos. Aprendí mucho hablando con aquellas mujeres delgadas. Quizá por eso, lo que más me sorprendió del concurso citado más arriba era la absoluta falta de cultura de sus participantes. Exhibían un vocabulario y unas construcciones sintácticas que desde mi punto de vista deberían estar reñidos con ese mundo de celofán y gasas. Daba la impresión de que los responsables del concurso habían elegido a las chicas más ignorantes y con peores maneras. Su nivel, se mirara por donde se mirara, resultaba deplorable. Por lo que a mí respecta, una modelo ignorante es como un tenista sin brazos. Quizá la fascinación del programa residía en que era un desfile permanente de tenistas sin brazos, de pianistas sin dedos, de filósofos sin cabeza. Visto así, el espectáculo tenía algo de barraca de feria. No concursaban personas, sino monstruos. Ayer leí una entrevista con María José Gallego, la ganadora. En un momento dado, la Supermodelo 2006 aseguraba: «Ahora me falta algo de cultura, seguir las noticias, saber quién es mi escritor favorite.» Quiere decirse que ha empezado la casa por el tejado. En todo caso, se refería a la cultura como a una prótesis con la que dar el pego. Necesito saber quién es mi escritor favorito. La frase no tiene desperdicio. Quizás a estas alturas le hayan dicho ya quién es su escritor favorito y su metal pesado favorito y su cocinero favorito. En otras palabras, la cultura como barniz. Jamás creí que se pudiera desfilar sin saber quién era el escritor favorito de una, pero parece que sí.

Talio El País 24.11.2006 Hoy vamos a hablar de un elemento químico de la tabla periódica. No pregunten qué es un elemento químico ni qué es la tabla periódica porque así no hay forma de avanzar. Basta con saber que se trata de un metal maleable y que se corta con un cuchillo porque posee la consistencia al dente del estaño. En cuanto a su punto de fusión, señalar que es más bajo de lo esperado (tampoco pregunten quién esperaba que fuera más alto), lo que significa que es líquido en un intervalo amplio. Su símbolo es Tl y, su número atómico, 81, seguido del plomo. Si se quedan con hambre, añadiremos que al contacto con el aire pierde el brillo metálico que le caracteriza y se empaña, adoptando un gris azulado semejante al plomo. ¿Es o no es un metal interesante? Supongamos que está usted leyendo la página de contactos del periódico, donde quizá busca a su media naranja, y que tropieza con un ser humano, hombre o mujer, que además de pertenecer a la tabla periódica, afirma de sí que es maleable, y que se corta con un cuchillo debido a que posee la consistencia dolorosa del estaño. Luego añade que su punto de fusión es más bajo de lo esperado, lo que significa que es líquido en un intervalo amplio, casi nada. Personalmente, ya me habría enamorado. ¿Cómo no hacerlo de una mujer que es líquida en un intervalo amplio? Pero no es todo: imagínese que la persona del anuncio asegura que su número atómico es 81 y que al contacto con el aire pierde el brillo que le caracteriza y se empaña, adoptando un gris azulado semejante al del plomo. Dios mío, ¿hay de verdad en el mundo una persona con todas esas cualidades morales?

Pues estamos hablando del talio, que en su versión criminal es un veneno inodoro, incoloro e insípido que ha estado a punto de acabar con un ex agente de la KGB que investigaba el asesinato de una periodista rusa. El mundo es muy difícil de entender, cada día más, pero a veces, en medio de la oscuridad, surge un relámpago de sentido. Así, te enteras de que un ex agente de la KGB ha sido envenenado con talio, te pica la curiosidad, vas a la enciclopedia y resulta que leyendo las virtudes morales del talio adivinas el perfil del hombre o la mujer a los que estás destinado. Qué raro es todo.

Peste de burocracia Levante 26.11.2006 Decía una historiadora en el periódico de ayer que en la actualidad hay las mismas cantidades de miedo que en la Edad Media. Jamás se me había ocurrido pensar en el miedo de esa forma, es decir, como algo exterior a mí mismo. Y mensurable. Siempre pensé en el miedo en términos de calidad y de propiedad privada. Mis miedos eran míos porque venían de mi tuétano, de mis entretelas, de mi pasado, pero, sobre todo, de mi futuro. Me consuela la idea de que haya en el universo una cantidad equis de miedo como hay una cantidad equis de recursos energéticos. Me gusta que el miedo sea un bien escaso, en fin, una energía no renovable. Si ahora hay tanto miedo como en la Edad Media, es porque lo hemos administrado bien, aunque quizá su distribución no haya sido muy justa. Añade la historiadora (Joanna Bourke es su nombre) que entre 1870 y 1910 se tenía pánico al entierro prematuro, a que te enterraran vivo, por lo que se inventaron nuevos métodos para averiguar si se estaba muerto o no. Aunque nací muchos años más tarde de esas fechas, padecí ese miedo durante toda la infancia y a lo largo de la juventud. Todavía me quedan restos. Hay días en los que salgo de la cama sin saber a ciencia cierta si me he levantado vivo o muerto. Leí en la Espasa un procedimiento consistente en acercar la llama de una cerilla al dedo gordo del pie. Si el pie se hincha y estalla, estás vivo. No me he atrevido a aplicarlo, ni a mi dedo ni al de los seres queridos, de modo que sigo con la duda. Lo que se desprende de todo esto es que el miedo, como la riqueza, está muy mal repartido. Esperanza Aguirre no llega a fin de mes y yo sí, pero yo llego asustado, mientras que a ella se la vez más contenta que unas pascuas. Personalmente, estoy dispuesto a cederle parte de mi salario si ella toma algo de mi miedo. Siempre he sido partidario de la igualdad. Si el miedo es un producto global, un fruto objetivo, debería repartirse entre ricos y pobres con criterios más justos. En tal caso, yo he recibido ya el miedo correspondiente a siete vidas, es decir, que me puedo prejubilar de la Edad Media, incluso de la Contemporánea. Pero no sé en qué ventanilla se hace. Peste de burocracia.

Alimentos básicos Levante 29.11.2006 Un amigo mío se pasa alimentando durante un año al cerdo que se come al año siguiente. Siempre que voy a verle está cuidando al cerdo. Cuando no lo asea, lo vacuna y, cuando no, le da de comer. Lo alimenta a base de productos naturales, para que dé buena carne, pero de vez en cuando no puede evitar la tentación de darle un puñado de pienso, para que engorde. Lo hace casi en contra de sus principios, pues los principios están para saltárselos; si no, no serían principios, serían finales. Es lo que dice él para justificar las raciones de pienso. Viven, el cerdo y él, muy cerca de Madrid, en una casa con una pequeña huerta y un corral donde también cría gallinas. Trabajaba de ejecutivo en una editorial hasta que se cansó de relacionarse con cosas y personas irreales. Nada más real que un cerdo, eso es verdad, sobre todo si lo comparamos con un escritor. El cerdo produce jamones y el escritor, libros. Viendo la delicadeza con la que mi amigo prepara la comida del cerdo, comprendo el sabor de su jamón (pese a los piensos), de sus chorizos, de sus morcillas. No es por comparar una cosa con otra, pero cuando leo un libro me pregunto con frecuencia de qué rayos se ha alimentado su autor para que le haya salido tan bien o tan mal. Hay escritores que sólo se alimentan de piensos compuestos, es decir, de telediarios y series de televisión. Soy un consumidor de ambas cosas y sé de lo que hablo. Una dieta de telediarios y de series, por rigurosos que sean aquéllos e imaginativas éstas, puede ser desastrosa para la creación. Una cosa es meterse una serie de vez en cuando (y siempre con el sentimiento de culpa con el que mi amigo da pienso a su cerdo de vez en cuando) y otra muy distinta que constituyan la base de la alimentación intelectual. El escritor tiene la obligación de alimentarse de Shakespeare, de Virgilio, de Cervantes, de Rojas, de Truman Capote, de Norman Mailer, por poner cuatro o cinco ejemplos, como el cerdo tiene la obligación de alimentarse de bellotas. Y no es que quiera comparar a los escritores con los cerdos ni a sus novelas con los jamones, pero algo de novela tiene un jamón y algo de jamón tiene una novela.

Fulgores El País 01.12.2006 Instrucciones para tener una experiencia rara: cómprese (mejor a plazos) una cinta de correr y andar y hágale un hueco en el dormitorio. Las hay con diversas prestaciones, en función del precio, pero basta con que tenga dos o tres velocidades para aumentar el ritmo una vez que se le hayan calentado los músculos. Súbase a ella, póngala en marcha y comience a caminar. No le preocupe no ir a ningún sitio; es más, disfrute de la curiosa sensación de andar sin desplazarse. Acepte el absurdo como parte del juego y extráñese del curioso paisaje formado por la cama, el armario empotrado, el tocador, quizá el galán de noche con sus hombros desnudos y una corbata colgándole de cualquier parte, a la manera de una víscera. Cuando lleve diez minutos andando, aumente un poco la velocidad de la cinta y cierre los ojos. Ahora, mientras camina a ciegas, sufrirá la experiencia más rara que quepa imaginar. Notará enseguida que, más que andar sobre una cinta móvil, se mueve en realidad por el interior de usted mismo. No verá nada, porque no hay nada más oscuro que un cuerpo ni más negro que la conciencia, pero enseguida comenzará a percibir sonidos familiares, quizá el ruido de un par de palas golpeando alternativamente a una pelota. Eso quiere decir que ha llegado usted a una playa, quizá la playa de su infancia. A medida que avance, los golpes sonarán más cerca de sus oídos. Quizá tenga suerte y se produzca dentro de usted un fulgor, una especie de fuego fatuo que le permita ver por unos instantes a los jugadores: tal vez su padre y su hermano mayor, tal vez usted mismo y un amigo. Quien habla de la playa, habla del patio del colegio. Las experiencias son de lo más variado, depende de la concentración que se ponga en el paseo y de la biografía del usuario de la cinta. Hay personas que cuando llegan a uno de estos lugares prefieren reducir (siempre sin abrir los ojos) la velocidad del aparato y caminar a ritmo de paseo. Hay, por el contrario, quienes echan a correr. Corriendo mucho, si la cinta es muy buena, puedes llegar al útero mismo de tu madre en una sola sesión. Se recomienda volver a la realidad poco a poco. Algunas cintas tienen marcha atrás.

Y eso fue todo Levante 01.12.2006 En la mesa de al lado, dos hombres hablaban de la vida. Uno de ellos decía que no estaba preparado para la edad que había alcanzado, 65 años. Hace 20 años, añadió, cuando firmé la hipoteca, di por supuesto que me moriría antes de cancelarla, que la heredarían mi mujer y mis hijos. Creo que para vivir tanto tiempo es preciso que sucedan muchas casualidades cada día. Vale que en cuarenta años de ir a trabajar por el mismo camino no te caiga una teja, o que no caiga cuando pases tú. Pero te puede atropellar un coche, darte un infarto, te pueden asesinar por error. Yo he viajado mucho en tren, en avión, en coche. Cada mes llevaba cuatro o cinco boletos de lotería para matarme. Después están las enfermedades. Pues nada, a lo largo de estos veinte años de hipoteca creo que he cogido dos catarros. -Pero la gente vive mucho -le contestaba el otro.

-La gente sí, pero yo nunca me consideré gente. Me parecía milagroso haber nacido. ¿Tú te has parado a pensar en la cantidad de coincidencias que se tienen que dar para que uno no nazca?

-No estoy de acuerdo, la gente nace todos los días.

-La gente, la gente? Yo te estoy hablando de mí. Te aseguro que todo estaba en contra de que naciera. Pero nací, vale, no se puede hacer nada contra eso. Ahora bien, de nacer a vivir 65 años, que son los que he cumplido, habiendo cancelado dos hipotecas, hay una distancia. ¡Pero si hay gente que no sobrevive ni a la fecha de caducidad del yogur! La conversación siguió un rato por estos derroteros absurdos, pero atractivos. El de los 65 años se acababa de jubilar, lo que le enfrentaba, según dijo, a una etapa de la vida que ni por lo más remoto había pensado vivir. No sabía qué hacer. El otro le sugirió que aprendiera inglés. Había un método de mil palabras. El 85% de la gente, añadió, sólo maneja mil palabras. El otro dijo que tal como se estaban poniendo las cosas sobreviviría a las mil palabras.

-Quizá me abra otra hipoteca, pero esta vez de cuarenta años, a ver qué pasa. Pidieron otro café y eso fue todo.

Todo en la vida pasa por algo Levante 03.12.2006 “Todo en la vida pasa por algo”, afirma un actor en una entrevista del periódico. Quiere decir que la realidad está al servicio de un sentido que se nos escapa. Esa mosca que acaba de detenerse en el cristal lo ha hecho por algo. Bush ha llegado a la presidencia de EE UU por algo. La materia orgánica se descompone por algo. La idea de que todo sucede por algo está muy extendida, casi como su contraria: la de que todo es absurdo. Esta última se escucha menos. No imagino a un cocinero asegurando que la vida carece de sentido tras dar la receta del pollo al chilindrón. -El pollo al chilindrón es excelente, pero la vida es absurda. La cuestión es ésta: ¿Se puede asegurar que la vida es absurda sin cierto desgarro? Quizá no. Este tipo de afirmaciones incluyen un reproche. ¿A quién? No tenemos ni idea. En cambio, la idea de que todo se encuentra al servicio del sentido proporciona al que la dice una imagen como de buena persona. Ahí está el prestigio atávico de la religión, de la magia, de la búsqueda de una explicación superior. Si consumes toda clase de ideas, puedes pensar unas temporadas que todo tiene un sentido (oculto) y, otras, que todo es absurdo (manifiestamente). Muchas ideas de este tipo son productos de consumo estacionales. El invierno invita al recogimiento. Es una buena época para pensar que todo sucede por algo. Si tienes un conflicto en la oficina, es por algo que quizá no comprendas ahora, pero que manifestará su sentido más tarde (quizá después de la muerte). Hay gente que hasta cuando le toca la lotería, que es puro azar, piensa que se lo ha merecido de algún modo, como si hubiera elegido ese décimo y no otro en función de una lógica secreta. Todo en la vida pasa por algo. Todo en la vida es puro azar. Los extremos se tocan. La prueba de que los extremos se tocan es que asegurar que todo pasa por algo y que todo es absurdo viene a ser lo mismo. Constituyen dos enunciados espectaculares. ¿Cómo escapar de esa simetría agobiante? No sé, quizá dejando caer que, aunque resultaría absurdo que todo estuviera al servicio de algo, podría ser así. De nada.

El inglés en mil palabras Levante 06.12.2006 Recibo cada día decenas de coreos electrónicos no deseados. Así se denominan. Yo preferiría llamarlos correos electrónicos indeseables, pero el porqué del nombre de las cosas constituye un misterio. Estos mensajes, en su mayoría tienen dos características: vienen en inglés y ofrecen pastillas. ¿Qué clase de inglés? Malo. ¿Qué clase de pastillas? Viagra, Valium, Propecia, Cialis, Soma y Ambien, por este orden. La Viagra y el Valium sabemos para qué sirven. La Propecia, como su nombre indica, es para que te salga el pelo. El Cialis, para tener erecciones como Dios manda. Del Soma no he logrado averiguar nada. En algunas culturas se llama así al elixir de la inmortalidad, de ahí que los dioses necesiten tomarlo todos los días con el desayuno, a veces también con la cena, depende de lo inmortal que quieras ser. El Soma es también un sindicato minero, pero no creo que guarde ninguna relación con el Soma del anuncio. En cuanto al Ambien, se trata de un somnífero. El prospecto te garantiza siete u ocho horas de sueño seguidas. Un chollo. Nadie duerme esas cantidades en la actualidad. Por lo general, al lado del nombre de cada pastilla, viene un dibujo de la misma. La Viagra parece un platillo volante. El Valium es redondo. La Propecia es hexagonal. El Cialis tiene forma de mejillón y así sucesivamente. También sus colores son distintos. Lo cierto es que da gusto verlas. Tienen algo de pócima milagrosa. De hecho, prometen milagros. Pero lo más llamativo es que viendo esta publicidad da la impresión de que el ser humano, para ser feliz, sólo necesita una erección, una buena mata de pelo y una siesta de ocho horas seguidas. Hay otras cosas en la vida, de acuerdo, pero los vendedores de Internet dan por supuesto que no faltan. O que, si faltan, podemos suplir su carencia con lo que ellos nos ofrecen. A mí todo esto me deja un poco perplejo, como el método de El Inglés en mil palabras. O sea, la felicidad en seis pastillas. Tienes que usarlas con cierta orden, porque si tomas un Ambien para dormir, al mismo tiempo que un Cialis para la erección se te puede caer el pelo, lo que te obligaría a aumentar la dosis de Propecia. Todo esto en un inglés muy básico, ya digo. Personalmente, prefiero quedarme como estoy.

Las horas El País 08.12.2006 Hay formas y formas de comprender el mundo. Siempre tenemos la impresión de que los otros se acercan mejor a él que uno. Leo con asombro que sube el precio de la trucha y baja el de las judías verdes. Jamás la trucha ha formado parte de mis preocupaciones existenciales. Sabía que estaba ahí, que era un animal de río, que le gustaban las aguas frías y cristalinas (me revienta escribir "cristalinas", pero los sinónimos no son mejores); sabía en fin que hay gente aficionada a pescarla, pero nunca imaginé que un pez tan escurridizo llegara a los titulares de los periódicos. Pues ahí está. Sube el precio de la trucha y baja el de las judías verdes. Las judías verdes me resultan más familiares que la trucha, pero podría vivir también sin ellas. En mi infancia se tomaban rehogadas, como las acelgas, y eran capaces de contener y resumir toda la tristeza ambiental de aquellos años. Las verduras, aunque buenas para la salud, gozan de mala imagen. Ningún restaurante triunfaría anunciando un plato de judías verdes de 60 calorías, pongamos por caso. En cambio, ya ven la que ha organizado el Burger King con la hamburguesa de 900 calorías hecha a base de materia fecal. Es muy doloroso que tengamos que alimentarnos de truchas, y de judías verdes, y de hamburguesas. Hay en la necesidad de nutrirse, de comer, algo profundamente humillante, como en la obligación de ganarse la vida. Por eso el salario mínimo resulta tan triste y tan escaso y tan doliente. Sin duda, conocer la evolución de los precios es un modo de aproximarse a la realidad, de comprenderla. En noviembre subieron también los de las sardinas y los de las acelgas y los del conejo de granja y los de las cebollas. Podríamos decir que subió el precio de los bodegones, o de las naturalezas muertas, pues más que una noticia económica parece la descripción de un cuadro clásico. Bajaron los de la merluza. Y los de los mejillones. En cuanto a los alimentos envasados, se pusieron por las nubes el café soluble y la merluza congelada. A mí todo esto no me ayuda a comprender el mundo, ni a comprenderme a mí mismo. Pero mientras tomo nota voy matando el tiempo y van pasando las horas. Feliz regreso.

Una cuestión de tiempo Levante 08.12.2006 Han sido noticia de primera página las declaraciones del nuevo jefe del Pentágono según las cuales EE UU no está ganando la guerra de Iraq. La admisión de lo evidente constituyó una bomba informativa de tal calibre que el jerarca citado, Robert Gates, se vio inmediatamente compelido a matizar: “Tampoco la estamos perdiendo, pero lo que hacemos ahora no es satisfactorio”. No queremos ni pensar lo que habría ocurrido si en vez de la palabra guerra hubiera utilizado el término invasión. Pero todo esto no es tan nuevo como parece. El reconocimiento por parte de la Iglesia de que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol, y no al revés, produjo en su día una conmoción sin precedentes, ya que muchos particulares habían sido liquidados en la hoguera por afirmar lo contrario. La verdad es muy turbadora. Imagínense que Pinochet reconociera en una rueda de prensa multitudinaria que es, en efecto, un asesino múltiple. O que Acebes admitiera que entre el 11 y el 14 M mintió como un bellaco. O que Aznar confesara que se arrastró ante ETA. -Ya lo sabíamos. -Nosotros sí, pero ellos no. No siempre hay que atribuir mala fe a las mentiras. A veces se dan porque sus usuarios no se enteran. Las declaraciones de Robert Gates constituyen un milagro, como cuando un ciego ve. Fidel Castro, por ejemplo, ignora que es mortal. El mundo entero sabe que se está muriendo a chorros, por todos los orificios de su cuerpo, pero él piensa que lo suyo es como un catarro. Seguramente está preparando un discurso de cinco días para cuando le den el alta. No es raro que el protagonista de una historia sea el único que no se entere de lo que le pasa. En mi oficina había un chico y una chica enamorados. Lo sabíamos todos menos ellos. Tanto es así que tuvimos que darles la noticia de que se casaban. Todo el mundo sabía que EE UU estaba perdiendo la guerra menos EE UU. Ahora ya hay al menos en aquel país un señor que se ha dado cuenta. A ver si poco a poco van cayendo el resto de las verdades relacionadas con Iraq. Todo es cuestión de tiempo.

A ver si hacen algo Levante 13.12.2006 Los anuncios de televisión aburren a la mitad del público y dejan indiferente a la otra media. Desde el punto de vista del espectador, la primera obligación de un anuncio es divertir, no informar. Ya sabemos que todos los perfumes huelen bien y que todos los automóviles excitan y que todo el mundo vuelve a casa por Navidad. Ahora queremos que nos lo cuenten como Dios manda. Ahí tienen a Bruce Lee relatándonos desde la tumba una historia líquida fantástica que ha revolucionado el panorama. Un día escuché decir a Carme Riera que Ana Ozores, el personaje de La Regenta, no quería que la hicieran el amor, sino que le contaran un cuento. Fue una revelación, una caída del caballo. El deseo sexual, como la metáfora, siempre habla de otra cosa. El éxito de Youtube procede de haberse convertido en una especie de las mil y una noches posmoderna. En dos minutos, a veces en menos, te administran una historieta. La gente no quiere una pastilla de viagra, quiere que le administren un relato. Lo mejor del viagra, como del valium, es el prospecto. A un somnífero le quitas la literatura y se queda en nada. Al primero que se le ocurra hacer una edición de bolsillo del Vademécum empleado por los médicos para recetar, se forra. Yo tengo la edición grande, muy poco manejable, y me paso las tardes enteras en su interior, leyendo las propiedades de los medicamentos. Hay uno que produce saliva artificial. Con eso está dicho todo, pues demuestra que hay personas sin jugos como hay funcionarios sin sentimientos. Fue leerlo y comenzar a segregar saliva, sin necesidad de tomarme la pastilla. Es probable que a usted mismo, al leer, estas líneas, se le llene la boca. Con la televisión pasa lo mismo: a veces divierte más la descripción de un programa que el programa. Yo empiezo los periódicos por las páginas de la tele. Pero acaba de salir un estudio según el cual los anuncios aburren porque todavía se empeñan en informar. Lo que nos sobra es información, amigos. Lo que necesitamos urgentemente es que nos cuenten un cuento, si puede ser de Navidad, por las fechas, mejor. El del anisakis está bien, pero dura poco y no asusta ni a los niños. A ver si hacen algo.

Cansancio, perplejidad, pereza Levante 15.12.2006 Cansancio de escuchar a Fraga justificando el golpe militar de Pinochet. Perplejidad frente al hecho de que el decano de un partido político califique de pequeños excesos las torturas, los crímenes, las desapariciones de aquel régimen. En una tertulia de la radio dicen que Fraga está mayor, como si de joven hubiera sido más compasivo. Fue un cachorro de Franco (el siamés del militar chileno), cómplice de sus crímenes, de sus torturas, de sus decretos, de los juicios del Tribunal de Orden Público y toda esa basura. Se reinsertó sin arrepentirse y a la menor oportunidad le sale el costado golpista. Mientras escucho que quizá Pinochet cometió algunos excesos, veo caer a los muertos que arrojaba vivos desde los helicópteros de las fuerzas armadas. Me recuerdan a los difuntos que se arrojaban al vacío desde las Torres Gemelas. No sé cuántos años hace de la catástrofe y aún siguen cayendo dentro de mi cabeza. La humanidad no deja de caer. En los buenos tiempos de Fraga, los detenidos políticos se arrojaban por el hueco de las escaleras, para evitar los interrogatorios. Tampoco ellos han llegado al suelo de nuestro entendimiento. ¿Cómo se pueden justificar tales regímenes? ¿Por qué ni Rajoy ni Acebes ni Zaplana han desautorizado aún a su presidente? Mucho se teme uno que las democracias, como los períodos interglaciares, sean meros paréntesis en la historia del mundo. Pereza de escuchar a los obispos mencionar las virtudes del finado. El celebrante no era un cura loco, un particular, una pieza excéntrica, no, era un obispo, o sea, un representante del Papa, un embajador del Vaticano. El golpe contaba, en fin, con el beneplácito de Dios. La Conferencia Episcopal chilena bendijo una vez más las torturas, los crímenes, la «suspensión temporal de los derechos constitucionales», que dijo el otro con toda la cara. La misma Iglesia que asegura que en España peligran las libertades sigue dando su aliento allí a los generales psicópatas. Cansancio, en fin, de repetir lo obvio, de contemplar cómo las cosas se repiten al modo de una mala digestión, a la manera de una pesadilla recurrente. Felices Navidades, o lo que sean.

Regalos El País 15.12.2006 Un tipo cualquiera, comprando una merluza en el supermercado de unos grandes almacenes, ¿está ejecutando un acto cultural o económico, una actividad social o religiosa, un ejercicio político o publicitario? ¿Con qué lado de la endiablada naturaleza del hombre se actúa en la sección de pescados de una gran superficie en estas fechas tan señaladas? Para comprar una merluza no hace falta haber leído a Flaubert, pero ¿sabemos desde qué sector de sí mismo actuaba el escritor francés en el momento de escribir Madame Bovary? ¿Desde el cultural, el místico, el social, el económico, el militar, el publicitario, el burgués, el sentimental, el gastronómico? Estamos hechos de todas esas piezas y de muchas más, si consideramos que también los anuncios por palabras, las cartas al director y la sección de contactos sexuales son regiones del alma. ¿En qué porcentaje se moviliza cada una al salir de casa? Ahí tenemos a un padre responsable reprochando a su hijo las notas del primer trimestre del curso escolar. El chico sólo ha aprobado la Historia y la Lengua, quizá el Latín. El padre, justamente agobiado por el futuro de su vástago (los hijos, cuando suspenden, se convierten en vástagos), le dice que con la Historia y la Lengua no se va a ninguna parte, que la Historia y la Lengua no tienen salidas. ¿Desde dónde efectúa tales afirmaciones, desde la Filosofía, desde la Biología, desde la Resistencia de Materiales (el hombre es ingeniero)? Supongamos que este sujeto que riñe a su hijo es el mismo que compraba una merluza en el primer párrafo. ¿Era más sincero cuando adquiría el pescado que ahora? ¿Es compatible la sinceridad con el acto de consumir, de educar, de montar en bicicleta? Sé que me despeño hacia el sinsentido, pero en diciembre todas las categorías tienden a confundirse. El tipo de la merluza y del hijo poco aficionado a las matemáticas está ahora comprando un libro de poesía en la librería de Alcampo, valga la paradoja. Lo hojea con la misma expresión con la que antes comprobaba las agallas del pez. Lo miro y me parece que todos los tipos somos el mismo tipo, especialmente durante estos días tan nostálgicos. Haga usted el favor de envolverme la merluza en celofán, que es para un regalo.

El macho se pierde Levante 17.12.2006 Leo en la sala de espera del urólogo una entrevista con un viticultor al que el reportero pregunta si practica el cultivo ecológico. «Sí», responde, «y respetamos la planta y su entorno. Trabajamos con inhibidores sexuales, para provocar la confusión sexual, a partir de pequeñas cápsulas que se colocan en los alambres que sueltan feromonas, que provocan confusión sexual en los insectos y, en lugar de fecundar a la hembra, el macho se pierde. De este modo hay poca cantidad en la puesta de huevos, por lo cual se respeta la especie. Nuestros abonos son orgánicos». El periodista continúa la entrevista como si hubiera entendido la respuesta, y como si le pareciera normal lo que acaba de escuchar, pero el lector se dice quieto ahí, pero qué acaba de decir este hombre. ¿Se puede confundir sexualmente a los machos soltando cerca de ellos unos polvitos? ¿Puede perderse un macho por el simple hecho de oler una sustancia fabricada en el laboratorio? ¿Será eso lo que me ocurre a mí? ¿Toda esta confusión venérea, todo este desorden glandular, con sus consecuencias de orden sentimental, pueden estar causadas por unas cápsulas que alguien coloca, pongamos por caso, en el suelo del ascensor? Si se hace con las moscas, que son animales de Dios, que no se meten con nadie, ¿por qué no con usted o conmigo, que tenemos adversarios en la oficina, en el taller, en el periódico, en el restaurante y en la comunidad de vecinos? Pasa uno al lado de una cepa y no tiene ni idea del drama que se está desarrollando alrededor de sus hojas. Mira qué uvas tan hermosas, nos decimos. Sí, pero a qué precio. Cuántos insectos se habrán vuelto locos al no saber qué hacer con su sexualidad. La vida de uno de estos animalillos es de unas 24 horas y no tiene otro objeto que el de fecundar a la hembra. Tanto es así que algunos carecen de estómago porque no les daría tiempo ni a hacer una digestión. Vienen al mundo comidos y bebidos. Si se les desvía de la función reproductora, su paso por el mundo se convierte en un absurdo atroz. «Nuestros abonos son orgánicos», asegura el viticultor sin aclarar a qué se refiere, aunque nos tememos lo peor. Que pase el siguiente, dice la enfermera y el siguiente soy yo. Ahora qué le digo al urólogo.

Tengo que preguntarlo Levante 19.12.2006 En los últimos días he tirado a la basura veinte o treinta calendarios de 2007. Desembocan en casa como los ríos en el mar. Llegan a través del correo, embutidos en la prensa diaria, mezclados con el pedido del supermercado. Algunos de ellos son calendarios solidarios, así los llaman, recreándose en la rima. Calendarios solidarios. Me desprendo de estos últimos con un poco de culpa, pues visibilizan alguno de los problemas sociales a los que prestamos poca atención durante el resto del año. De un modo u otro el papel nos invade más de lo que debería en tiempos de escasez de bosques. Todo el mundo tiene una vida de papel en algún armario de su casa. Pero el calendario tradicional, señores, se ha quedado obsoleto. O quizá sea el tiempo el que se ha pasado de moda. Hace años, esperábamos con ansia el instante en el que nos regalaban nuestro primer reloj. El primer reloj era con frecuencia el último, pues duraban toda la vida y se pasaba a los descendientes. Ahora, una vida dura más que 20 ó 30 relojes sucesivos. Los adolescentes actuales los detestan. Aseguran que para saber la hora sólo hay que mirar el móvil. O levantar la vista, pues en todas las esquinas de todas las ciudades hay un reloj municipal. El paso del tiempo, que en otras épocas era una actividad privada, en la actualidad es competencia de los ayuntamientos. Ello indica hasta qué punto el tiempo ha devenido en algo cutre, propio de espíritus funcionariales. El tiempo sólo existe en las covachas de las administraciones públicas, en la caspa de los ministerios menos renovados, en los bolsillos rotos de los pobres. El tiempo se ha acabado, amigos. No otra cosa indica esa proliferación de calendarios con los que cada día de estas fechas tan señaladas llenamos el cubo de la basura. Hemos entrado en una especie de sinfín en el que el cómputo de los días resulta miserable. Lo evidencia el desprestigio en el que han caído los relojes y los calendarios. Y sin embargo aún envejecemos y morimos. Pero lo hacemos como si le ocurriera a otro. Quizá el paso de las horas tenga todavía algún significado en las cárceles. Tengo que preguntarlo.

Godot El País 22.12.2006 Quizá mientras usted lee estas líneas dos hombres que no tienen nada que decirse permanecen sentados frente a frente, con cara de circunstancias, en el palacio de la Moncloa, sede de la Presidencia del Gobierno. El visitante se llama Rajoy y el anfitrión Zapatero. Como el encuentro ha de durar al menos lo que marca el protocolo, no sería raro que hablaran del tiempo o que Rajoy, por cumplir, exigiera a Zapatero que cambie de arriba abajo su política antiterrorista. Hago lo mismo que harías tú si te encontraras en mi lugar, le respondería el presidente. Yo haría más, bobo, afirmaría Rajoy, yo habría pagado ya un precio político, yo habría reconocido a ETA como el auténtico Movimiento de Liberación Nacional Vasco, yo habría acercado presos, habría provocado excarcelaciones, habría prometido generosidad, habría jurado ante la Biblia que no habría vencedores ni vencidos... A la pregunta de por qué tú sí y yo no, el líder de la oposición, con una sonrisa sardónica (qué rayos querrá decir sardónica), respondería: porque yo contaría con tu apoyo desde la oposición, muchacho, mientras que tú no contarás en ningún momento con el mío. Si llegados a este punto Zapatero le tachara de incoherente, el líder del PP, rápido como el rayo, respondería qué dices de coherencia, petimetre, ¿me estás pidiendo que pierda mi retranca gallega, mi ironía, mi sentido del humor, mi gusto por la contradicción, por la extravagancia verbal? ¿Pretendes que defraude a mi electorado, que deje de hacer gracia, que dimita de subir y bajar la escalera al mismo tiempo? Me dejas estupefacto, chico, y no sabes lo peligroso que es un registrador de la propiedad estupefacto. Las conversaciones entre el PP y el PSOE parecen un cruce entre Groucho Marx y el teatro del absurdo. Bajo el auspicio de estos modelos, dos hombres actúan hoy en Moncloa con todas las entradas vendidas desde el lunes. Veremos qué pasa, pero si los excesos del teatro del absurdo echaron en su día a los espectadores de las salas, ahora están expulsando a los ciudadanos de la política. A mí no me importa que Rajoy y Zapatero se pasen el viernes esperando a Godot. Me revienta que me lo hagan esperar a mí, que sé que no llega.

La guerra de los pronombres Levante 23.12.2006 No sé si se puede tener más Tú que Yo, pero la revista Times nos ha puesto el Tú por las nubes con la última elección del personaje del año, que ha resultado, en efecto, ser Tú. ¿Y por qué? Por utilizar las nuevas tecnologías, por entrar un día y otro en Internet, por navegar por la Red. Tú eres el personaje del año, tú eres ya un Tú así de grande. Que se fastidien los políticos, los cantantes, las princesas, los actores de cine, las organizaciones de consumidores, los partidos políticos... Este año eres Tú. Dicho así parece que se trata de un Tú colectivo, un Tú gigantesco que resultaría de la suma de todos los túes del universo mundo. Pero nada de eso. El premio es para tu Tú individual e intransferible. De manera que hoy me he levantado con un Tú mucho más desarrollado que mi Yo. Algunos preferirían que esta curiosa batalla entre pronombres personales la ganara su él, o su Él, con mayúscula, pues el sueño de la mayoría de la gente es que le señalen con el dedo al tiempo que dicen: -Mira, es él, es él. Incluso es Él (de nuevo con mayúscula). Dios, por poner un ejemplo, tiene más Él que Yo. Y el diablo también. Si me apuran, los personajes más grandes de la historia poseen un Él que no les cabe en el cuerpo. Si comparamos, por ejemplo, el Yo de Felipe II con su Él, gana sin duda el Él. Felipe II tenía muy poco YO, como han demostrado todos los estudiosos de su personalidad. Si hubiera sido por su Yo, no habría pasado a la historia ni de broma. ¿Y el monasterio del Escorial?, preguntarán algunos. El monasterio del Escorial lo construyó fundamentalmente con su Él. No digo que su Yo no interviniera un poco, pero sólo en la decoración. Hace poco, en una entrevista con un psicólogo budista, leí que el que se lleva el gato al agua en las reuniones de empresa es el primero que pronuncia el término nosotros. Nosotros es muy estimulante, pero muy retórico, porque implica una generosidad de la que todos hablan y en la que nadie cree. El día que la revista Times haga personaje del año a Nosotros habremos alcanzado un grado de evolución digno de nuestra especie. Entretanto, conformémonos con poseer un Tú más grande que un YO.

Una visita al endocrine Levante 27.12.2006 Muchos periódicos regalan estos días suplementos de regalos para Navidad y Reyes. Por lo general, los regalos vienen organizados de manera temática (tecnología, libros, electrodomésticos, chorradas...), pero también por precios (hasta 60 euros, de 60 a 200 euros, etc.). Recuerdan un poco, por sus intenciones didácticas, a los libros de texto. Así les gusta establecer también la distinción entre el regalo práctico y el absurdo, entre el educativo y el bárbaro, entre el de compromiso y el sincero. Los catálogos siempre tienen aspiraciones que no les corresponden. Eso se debe a que su autoestima es muy baja, no se quieren, en fin, no se dan valor. Lo que le gustaría a un catálogo de libros, por ejemplo, es ser él mismo un libro. De hecho, se editan con un lujo que no corresponde a su función. Durante las primeras páginas crees que estás leyendo una novela, o una historia de la letra impresa. Quieren ser lo que no son. Los suplementos de regalos de la prensa caen también en este fallo. Los adornan con entrevistas a personajes famosos que cuentan lo que ellos regalan, lo que les regalan y lo que les gustaría que les regalasen. Tampoco es raro que incluyan alguna firma que relata cómo fueron sus primeros reyes o su último Papá Noel. No se conforman con ser una mera relación de los productos porque no tenemos buen concepto de las meras relaciones. A mí me parece mentira, pues conozco pocas cosas más bellas y significativas que la lista de la compra. Tengo una colección de listas de la compra. A través de ella he ido observando el progreso (no sólo económico, aunque también) de mis parientes y amigos. Sería absurdo disfrazar una lista de la compra de lo que no es. Pero lo más alarmante de estos suplementos-catálogo es que no te dicen nada que no supieras. Son repetitivos y previsibles hasta la náusea. Si no sirven para darnos ideas, deberían al menos entretenernos un cuarto de hora. Pues ni eso. Cuando los miembros de una sociedad no saben qué regalar ni qué desean que les regalen y han de acudir a estos catálogos venidos a más, algo grave sucede en esa sociedad. A mí, que me regalen una visita al endocrino. Gracias.

Agonía El País 29.12.2006 Un médico de prestigio mundial ha viajado a Cuba para hacer un diagnóstico acerca de lo que Fidel Castro no padece. Y no padece cáncer. Seguramente tampoco sufre de cálculos renales ni de sarcoma de Kaposi ni de hidronefrosis, o riñón dilatado, pero eso lo tendrán que determinar otros especialistas de prestigio que quizá viajen a la isla en los próximos días. ¿Qué tiene, pues, que le impide gobernar y pronunciar discursos? Eso no nos lo ha podido revelar el doctor García Sabrido porque forma parte del secreto profesional, al que se debe. Quiere decirse que tu médico de cabecera puede pasarse la cena de Nochevieja relatando a sus amigotes lo que no tienes, pero si cuenta lo que tienes lo enchironan. Personalmente (de qué modo si no), me importa un pito que la gente sepa que tengo genu varo, pero me gustaría mantener en secreto que no tengo tuberculosis (estoy releyendo La montaña mágica). Dada la identificación popular existente entre Castro y el régimen cubano, tal vez se nos haya querido señalar subliminalmente que la Revolución goza de buena salud, que no tiene cáncer, en fin, aunque sufre de hemorragias intestinales, lo que quizá sea peor. Podemos imaginar una Revolución con cáncer, pero no una revolución con sangre en las heces, ni siquiera una revolución con heces. En otras palabras, que los responsables de imagen han metido la pata, sobre todo porque nos hemos enterado al mismo tiempo de que Cuba no tiene médicos, que era uno de sus mitos. Si todo lo que se dice del comandante fuera predicable de la Revolución por antonomasia (qué rayos querrá decir antonomasia), probablemente Cuba tampoco tenga sistema educativo, pues no parece muy cortés ni muy solidario, tal como están las cosas en la isla, fletar un avión con medicinas, aparatos y personal sanitario para atender a un solo hombre. Y aún dice García Sabrido con sorpresa que Castro está de muy buen humor. Si con esas atenciones excepcionales estuviera cabreado, sería para matarle. Nos recuerda a aquellos dictadores que movilizan una flota para hacerse traer el caviar del Báltico (en el caso de que el caviar sea de allí). O sea, que Fidel está bien, pero la Revolución se ha ido al carajo.

Perfiles psicológicos Levante 29.12.2006 Durante los últimos años se ha escrito mucho acerca de las relaciones entre Clinton y Monica Lewinsky, pero jamás se ha investigado si entre ellos había amor o sólo sexo. De este modo se amputan las noticias, hurtándole al lector lo que más le importa. Porque si había amor, por poco que fuese, la separación tuvo que haber sido desgarradora para ambos. Si hubo amor, por otro lado, el despacho oval, desde donde se dirige el mundo, podría mostrarse sin vergüenza al universo. Un amigo mío me envió hace poco desde Washington una postal de esa habitación que he tenido que ocultar a los niños, para no estimular sus fantasías sexuales. Ve uno aquella mesa, aquella silla, aquellas alfombras y no se imagina a un señor gobernando, sino a un individuo dejándose hacer una felación por el personal administrativo. A los responsables de prensa de la Casa Blanca les faltaron la sordidez en armonía: bastaba con que nos hubieran vendido el asunto como una historia de amor. Viene todo esto a cuento de que el Washington Post, en un reciente análisis acerca de las personalidades de la becaria y del ex presidente, ha asegurado que Clinton es un hombre listo que hace tonterías, mientras que Monica es una mujer tonta que hace cosas inteligentes. Es lo que pasa con las medicinas (que a veces fastidian el hígado) y con los venenos (que en cantidades adecuadas curan). Quizá los del Washington Post han querido decir que la estupidez, en dosis homeopáticas, puede resultar más eficaz que la inteligencia, pero no estamos seguros, pues no dominamos los juegos de palabras. Lo que nos mosquea es que el papel de listo tonto le toque al hombre mientras que el de la tonta lista le toque a la mujer. Se trata de un reparto excesivamente tradicional. Allá ellos. No obstante, una vez enganchados a esta lógica, nos habría encantado que definieran el perfil de Bush, pues a primera vista no parece un listo que haga cosas tontas ni un tonto que haga cosas listas. Bush es un presidente unidimensional, de una sola neurona, y hace cosas tontas todo el rato, lo que no sabemos si es bueno para la imagen del despacho oval, aunque resulta nefasto para la marcha del mundo. Y eso que está enamorado de Laura.

Ahorrar costes Levante 31.12.2006 El sistema sanitario inglés ha decidido que en el futuro no tratará las enfermedades autoinfligidas, refiriéndose, por ejemplo, a la obesidad, ya que a partir de cierta edad cada uno es responsable de su peso (y de su rostro, según algunos). Entre las enfermedades autoinfligidas se incluyen también las derivadas del consumo del tabaco u otras drogas. El asunto parece razonable hasta que uno se pregunta si existen las enfermedades heteroinfligidas. El siguiente paso será decir que si el cuerpo no reacciona adecuadamente frente a un virus, «será por algo». Algo habrá hecho usted para que el sistema inmune no funcione como Dios manda. El sistema sanitario inglés es experto en culpabilizar al usuario, sobre todo desde que pasara por encima de él, con todas sus vértebras, la Dama de Hierro. Hablar de enfermedades autoinfligidas significa además negar la existencia del subsconsciente. Nadie se come una hamburguesa de mil calorías por razones ideológicas. Se come porque no se puede hacer otra cosa. La razón te dice que es un disparate, pero el inconsciente te empuja a ello con la fuerza de un tren de mercancías. Dios mío, no debería comerme esta hamburguesa; Dios mío, no debería fumarme cuatro paquetes de cigarrillos; Dios mío, no debería casarme. Lo cierto es que no se hacen todas estas cosas por placer. El placer se lo lleva esa bestia llamada inconsciente. Creo que era Lacan el que afirmaba que Dios es el inconsciente. ¿De qué hablamos, pues, cuando hablamos de enfermedades autoinfligidas? El cuerpo social también tiene inconsciente, también tiene Dios. Por eso hay guerras autoinfligidas y calentamiento global autoinfligido y bosques incendiados autoinfligidos. Sadam Husein y Bush son evidentemente enfermedades autoinfligidas, pero no por eso debemos resignarnos a ellas. Al contrario, quizá debamos preguntarnos por qué los votamos o los toleramos del mismo modo que nos preguntamos por qué nos gustan tanto las comidas que provocan colesterol. La teoría inglesa del autoinfligimiento es, en fin, un invento neoliberal. Para ahorrar costes.

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