Osvaldo Soriano

Vidrios rotos y otros cuentos

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BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN
biblioteca.digital.aj@gmail.com

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Vidrios rotos y otros cuentos
Osvaldo Soriano, Argentina
Edición Digital Gratuita distribuida por Internet
Editor: Aquiles Julián, República Dominicana.
Email: aquiles.julian@gmail.com

Coeditores:
Fernando Ruiz Granados México José Acosta New York, EE.UU. Pedro Camilo Santo Domingo Aníbal Rosario New York, EE.UU. Milagros Hernández Chiliberti Venezuela Eduardo Gautreau de Windt Santo Domingo, RD Mario Alberto Manuel Vásquez Salta, Argentina José Alejandro Peña Estados Unidos Radhamés Reyes-Vásquez Nicaragua / R.D. César Sánchez Beras Massachusetts, EE.UU. Martha de Arévalo Uruguay Félix Villalona Santo Domingo, RD Henriette Weise Barcelona, España Ángela Yanet Ferreira Santo Domingo, RD Cándida Figuereo Santo Domingo José Solórzano Michoacán, México Fracisco A. Chiroleu Rosario, Argentina Enrique Eusebio Santo Domingo, R.D. Gabriel Impaglione Italia

Primera edición: Febrero 2010 Santo Domingo, República Dominicana
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Este e-libro es cortesía de:

Libros de Regalo
EDITORA DIGITAL GRATUITA
Sol Poniente interior 144, Apto. 3-B, Altos de Arroyo Hondo III, Santo Domingo, D.N., República Dominicana. Email: librosderegalo@gmail.com

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Índice
Un escritor y su asesino en una foto / Aquiles Julián Aquel Gordo tan querido / Cristian Vásquez El muerto inolvidable El hijo de Butch Cassidy Primeros amores Petróleo Caídas Mecánicos Giorgio Bufalini y la muerte en Venecia La California argentina Sin paraguas ni escarapelas El penal más largo del mundo Vidrios rotos Triste, solitario y final Aquel peronismo de juguete El míster Peregrino Fernández José María Gatica: un odio que no conviene olvidar / Reportaje Historia de un símbolo del capitalismo moderno / Crónica Osvaldo Soriano: una entrevista / Cristina Castello Osvaldo Soriano / biografía 4 5 8 11 16 19 21 24 27 29 32 38 45 47 59 62 64 67 86 94

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Un escritor y su asesino en una foto
Por Aquiles

Julián

Las fotos que he encontrado de Osvaldo Soriano lo tienen infaltablemente, casi todas, con su asesino: el cigarrillo. No lo mató la policía. No lo mató la represión ni la dictadura. No fue una bala aleve, unos encapuchados groseros, unas sombras inesperadas: fue el tabaco. Un cáncer del pulmón lo quebró a los 54 años. Un descuido imperdonable. Sobrevivió a la dictadura y al exilio, no al tabaco. Novelas, cuentos, artículos, guiones… Una obra que prometía mucho quedó trunca. Según leí, Osvaldo Soriano llegó a vender un millón de sus libros, cifra tremenda. Tómese en cuenta que mi pequeño país, República Dominicana, al que sus libros no llegaban pues no somos un mercado significativo ya que los salarios no dan siquiera para sobrevivir y la precariedad y las deudas mantienen a todo el mundo persiguiendo el elusivo peso que siempre es insuficiente, desgastándonos tras un dinero siempre exiguo, lo que impide sosiego para leer y dinero para adquirir libros; bien, en mi país los escritores financian de sus bolsillos las humildes ediciones de 1,000 ejemplares de las que no se venden ni 200 unidades y que nadie termina por saber dónde se encuentran. ¡Un millón de libros vendidos! Eso es maravilloso. Hace poco leí a Orhan Pamuk, el premio Nobel turco, declarar que en un mundo de 8,000 millones de personas, una novela suya apenas lograba una edición de dos millones de ejemplares. ¿Algún día tendremos a un dominicano como premio Nobel? Tal vez entonces tengamos un autor al que le impriman dos millones de libros. Y tal vez los venda, en vez de dejarlos en cajas sometidos a las críticas de las ratas y la carcoma. Me encantaron sus cuentos y me lamenté de que nuestra pobreza, nuestra escasa importancia como mercado, nuestro aislamiento, nos hayan impedido que los cuentos y las novelas y, en fin, los libros de Osvaldo Soriano llegaran a República Dominicana, y los que aquí somos lo suficientemente locos para dedicar tiempo y dinero al placer improductivo de la lectura de literatura (ante la queja de esposas, esposos, hijos, padres, amigos y demás personas investidas de cordura, lógica y sensatez, en su propia opinión, claro), pudiésemos antes descubrirlo, gozarlo, discutirlo, embarrarnos de él, masticarlo, deglutirlo, plagiarlo, contradecirlo, desmontarlo y todas esas operaciones y prácticas que uno suele hacer con los autores a los que ama. Pero, como nunca es tarde, helo aquí en una selección de sus cuentos, para disfrutarlo a fondo a este fumador empedernido a quien el tabaco nos quitó prematuramente.

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Aquel Gordo tan querido
Adorado por unos y menospreciado por otros, es ya un ícono de la literatura popular argentina. Fontanarrosa, Osvaldo Bayer, Juan Forn y su novia de la infancia retratan al hombre y a su obra.

Por Cristian

Vázquez.

De la redacción de Clarín.com

Osvaldo Soriano murió joven. Tenía 54 años. Una vez había estado junto con Gabriel García Márquez y Fidel Castro en el Palacio de Convenciones de La Habana, y en un momento de la conversación el líder cubano habló de la vejez. "Un hombre de 70 años que se cuide en las comidas, haga gimnasia todos los días y no fume tendrá la fortaleza de uno de 40", dijo. Y agregó, mirando a Soriano: —La gente que vive en tensión muere joven. —Yo estoy tensionado pero por la sorpresa y la emoción de estar acá —respondió el argentino. Fidel sonrió. Quizá Soriano no haya vivido en tensión. Pero no hacía gimnasia, no se cuidó en las comidas y fumó hasta que fue demasiado tarde. Un día como hoy, diez años atrás, el Gordo se iba. Dejó siete novelas publicadas, decenas de artículos diseminadas en diarios y revistas de todo el mundo, una esposa y un hijo y cantidades de amigos y personas que lo admiraban y lo querían. Mucho. Entrañable, encantador y más Sus amigos lo recuerdan con cariño y emoción. "Era un tipo realmente entrañable, muy encantador", le dijo Roberto Fontanarrosa a Clarín.com. "Un tipo ideal para sentarse a una mesa de café o compartir una sobremesa y hablar de un montón de temas, especialmente el fútbol, el cine, la literatura". "Fue tremendamente gaucho conmigo", recuerda Juan Forn, quien ingresó a Página/12 en 1995, por recomendación, entre otras personas, de Osvaldo Soriano. "Siempre mostró una calidad humana extraordinaria conmigo, yo era un pibe cuando lo conocí y él no tenía por qué ayudarme", agrega Forn, también consultado para este artículo. Camilo Sánchez, actualmente editor de la sección Teatro de Clarín, cuenta que a mediados de los '80 se había quedado sin trabajo y conocía a Soriano sólo por haberlo entrevistado un tiempo atrás. "Lo llamé y a los dos días estaba en la redacción de un diario del que por entonces sólo tenía la certeza de su título: Página/12. Fue un tipo de una generosidad enorme", admite.

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¿Cómo lo recuerda a Soriano?, fue la pregunta para Osvaldo Bayer. "Como el amigo", fue la respuesta. "Me trataba como si yo fuera un personaje de su novela. Por eso me provocaba para estudiar mis reacciones: quería verme exaltado. Una vez le pregunté por qué siempre, en medio de conversaciones pacíficas y calmas, me sacaba de quicio con alguna opinión que podría pertenecer hoy a un Patti o un Blumberg. Me respondió, muy suelto de cuerpo: porque si no vos no existís, lo bueno es verte cabrero. Ahí te sale todo lo que tenés adentro." Ese tipo lleno de anécdotas tiernas y desopilantes fue Osvaldo Soriano. Había nacido en Mar del Plata el 6 de enero de 1943, pero fue uno de esos chicos "despatriados" a los que el trabajo de sus padres no les permite aquerenciarse en ninguna ciudad. "Nunca era del lugar donde vivía y eso se parecía mucho a no ser de ninguna parte", escribió. Vivió en San Luis, Río Cuarto (Córdoba), Cipolleti (Río Negro) y Tandil, hasta que se instaló en la Capital, a fines de los 60. El mejor alumno de lo porteño Sus detractores opinan que fue un escritor menor y que sus libros no tendrán vigencia. El análisis más simple dice que la academia nunca lo aceptó porque vendía mucho, pero algunas críticas más elaboradas le achacan la falta de matices de sus personajes, que sus obras son previsibles y abusan de los lugares comunes, e incluso que ha empleado cierta "estrategia del resentido" para edificar su fama. En cambio, quienes lo admiran dicen que Soriano será un clásico en la literatura argentina. Fue "un auténtico escritor argentino", dice Bayer. "Con mayúscula. Un Arlt pero sin trastos alemanes. Menos filosofía y más presencia. Hombre del interior que aprendió muy pronto a ser el mejor alumno de lo porteño". Fontanarrosa apunta que "el aporte del Gordo ha sido algo formidable para la literatura popular argentina". "Nos dejó una obra con un corte muy argentino, en cuanto a gustos y complicidades, y una narración absolutamente atrapante", agrega. Su obra "recorrió muchas de las paradojas nacionales", explica Cristian Vaccarini, profesor de Literatura de la Universidad Nacional de La Plata. "Sin necesidad de apelar a lo maravilloso, le bastó con apenas exacerbar las inverosimilitudes, con frecuencia trágicas, de una comarca que las generaba sin cesar". Sus personajes, agrega el especialista, "se mueven entre el empecinamiento del deseo y el desencanto de la derrota, en un mundo de palizas, cigarrillos, solidaridades de apuro pero sinceras, invitaciones a beber, planes alocados". "Para mí fue un maestro del periodismo y uno de los escritores de lejos más interesantes de la generación del '60 y '70", sentencia Forn. "Fue un viento fresco en el terreno del estilo, de la fluidez, del ojo crítico para ver el país y para retratar todo aquello que nos fueron sacando. Nadie pintó mejor que Soriano a las víctimas de esa enfermedad llamada Argentina."

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"Por ahí exagero, pero no encuentro quien hoy resuelva con oficio, profundidad y belleza, una amplitud temática como la que manejaba Soriano", señala Sánchez. Dice que el Gordo "podía ir como si nada de un perfil de Truman Capote a una nota sobre la muerte de Olmedo. ¿Qué hubiera pensado del arribo de Ramón Díaz a San Lorenzo? Aunque hayan pasado diez años, esto me pasa muchas veces: aparece la hija de Perón, o la quieren meter presa a Isabelita, y me descubro pensando ¿qué hubiera escrito Osvaldo sobre esto?". Tres escenas de cementerio Un cáncer de pulmón terminó con su vida prematuramente. No pudieron salvarlo ni los miles de dólares que la editorial Norma había pagado por los derechos de sus libros dos años antes, ni los gatos en los que tanta fe depositaba. ¿Qué quedó de Soriano? Tal vez una clave para entender qué quedó, y sobre todo cómo quedó y cómo queda, está en escenas de cementerios. A la famosa anécdota del ejemplar de Triste, solitario y final que el Gordo dejó en la tumba de Stan Laurel, uno de los protagonistas de su novela, se la puede confrontar con tres escenas del cementerio de la Chacarita. La primera escena es de la agobiante tarde del jueves 30 de enero de 1997: el funeral del Gordo. El hijo de Soriano, Manuel, que por entonces tenía seis años y, dicen, era igual a él, llevó al entierro una carta. Era para su lagartija, que se había muerto muy poco antes. Quería que su papá le entregara la carta a la lagartija cuando llegase al cielo. La tercera y última escena es de hoy lunes, diez años menos un día después. Los restos de Osvaldo Soriano son trasladados a su lugar de descanso definitivo: una parcela triangular de nueve metros cuadrados, entre la calle 6 y las diagonales 103 y 115 de la necrópolis. Ahora, el gobierno de la ciudad convocará a un concurso para la construcción de un monumento "que honre su memoria y que ocupará un tercio del lote", según el texto del decreto 1.201/06. La segunda escena, en tanto, es reiterada y múltiple: cualquier día de cualquier año de estos diez transcurridos, cada vez que un lector anónimo se acercó y vio el descuidado sepulcro de Soriano. Y se entristeció y quizá le dejó un libro, como hizo él ante el sepulcro del flaco Laurel. O tal vez una carta para algún muerto querido, como su hijo Manuel. Sólo los buenos libros resisten el paso del tiempo. La única respuesta sobre la calidad de su obra la tendrán los lectores del mañana.¿Consumirán Soriano los lectores de 2050, de 2100? Lo cierto es que hoy se lo recuerda. Artista, loco, criminal, rebelde, soñador, fugitivo, pirata, fantasma, dinosaurio: un poco de todo eso tuvo Osvaldo Soriano. Como sus novelas y sus crónicas. Como todo lo que él contó. Y como todo eso que cuentan de él.

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El muerto inolvidable
Se llama Mereco mi muerto inolvidable. Para mí su viejo Ford nunca termina de desbarrancarse de una quebrada puntana, bajo una suave garúa que no amaina ni siquiera cuando vamos con mi padre rumbo a su velorio. ¿Cómo puede ser que Mereco esté muerto si hace cuarenta años que yo lo llevo en mí, flaco y alto como un farol de la plaza.? Cuando mi padre se descuida me acerco al ataúd que está más alto que mi cabeza y un comedido me levanta para que lo vea ahí, orondo, machucado y con la corbata planchada. La novia entra, llora un rato y se va, inclinada sobre otra mujer más vieja. Hay tipos que le fuman en la cara, toman copas y otro que entra al living repartiendo pésames prepotentes y se desmaya en los brazos de la madre. Después vinieron otros muertos considerables, pero ninguno como él. Recuerdo a un colorado que me convidaba pochoclo en el colegio y lo agarró un camión a la salida. También a un insider de los Infantiles Evita que nunca largaba la pelota y se quedó pegado a un cable de la luz. Pero aquellos muertos no eran drama porque nosotros, los otros, nunca nos íbamos a morir. Al menos eso me dijo mi padre mientras caminábamos por la vereda, a lo largo de la acequia, cubiertos por un paraguas deshilachado. Casi nunca llovía en aquel desierto pero en esos días de comienzos del peronismo se levantó el chorrillero, empezó a lloviznar y Mereco no pudo dominar el furioso descapotable negro en el que yo aprendí a manejar. Por mi culpa mi padre estaba resentido con él y sólo de verlo muerto podía perdonarle aquel día en que lo llevaron preso. Salimos del velorio por un corredor y cruzamos un terreno baldío para llegar al depósito de la comisaría. El Ford A estaba en la puerta, aplastado como una chapita de cerveza. Mi padre iba consolando a otra novia que tenía el finado y ya no se acordaba de mí. Pegado a la pared para que no me viera el vigilante, me acerqué al amasijo de fierros y alcancé a ver el volante de madera lustrada. Seguía reluciente y entero entre las chapas aplastadas. También estaba intacta la plaqueta del tablero con el velocímetro y el medidor de nafta. Marcaba en millas, me acuerdo, y cuando íbamos a ver a su otra novia, Mereco lo levantaba a sesenta o más por el camino de tierra. Nadie sabía nada. Mi padre creía que yo me quedaba en la escuela y la novia de Mereco estaba convencida de que íbamos a buscar a mi padre que controlaba el agua en las piletas del regimiento. Entonces llegábamos a un caserío viejo que el coronel Manuel Dorrego había tomado y defendido no sé cuántas veces y Mereco me dejaba solo con el Ford A debajo de una higuera frondosa. Ésa era mi fiesta en los días en que Mereco no estaba muerto y el Ford seguía intacto. Me sentaba en su asiento, estiraba las piernas hasta tocar los pedales y el que iba a mi lado era Fangio anunciándome curvas y terraplenes. Mereco no es un muerto triste. Tiene como veinticinco años y todavía lo veo así ahora que yo tengo el doble y he recorrido más rutas que él. Antes del incidente que lo

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enemistó con mi viejo, solía venir a casa a tomar mate y dar consejos. "Hágame caso, doble siempre golpeando el volante, don José", le decía a mi padre como si mi padre tuviera un coche con el que doblar. "En el culebreo suelte el volante hasta que se acomode solo", insistía. "Es un farabute", comentaba mi viejo mientras lo miraba alejarse con el parabrisas bajo y las antiparras puestas. Nunca tuvieron un mango ni Mereco ni mi padre. Por las tardes, a la salida de la escuela, yo corría hasta la juguetería para mirar un avión en la vidriera. Era un bimotor de lata con el escudo argentino pintado en las alas. Mi madre me había dicho que nunca podría comprármelo, que no alcanzaba el sueldo de Obras Sanitarias y que por eso mi padre iba a cortar entradas al cine. Al menos podíamos ver todas las películas que queríamos. Pero en casi todas mostraban aviones y yo no me consolaba con recortarlos de las láminas del Billiken. Una tarde entré a robarlo. Por la única foto que me queda de ese tiempo supongo que llevaría guardapolvo tableado, un echarpe de San Lorenzo y la cartera en la que pensaba esconder el avión. En el negocio había un par de mujeres mirando muñecas y el dueño me relojeó enseguida. Era un pelado del Partido Conservador que recién se había hecho peronista y tenía en la pared una foto del general a caballo. Busqué con la mirada por los estantes mientras las mujeres se iban y de pronto me quedé a solas con el tipo. Ahí me di cuenta de que estaba perdido. No había robado nada pero igual me sentía un ladrón. Me puse colorado y las piernas me temblaban de miedo. El pelado dio la vuelta al mostrador y me dio una cachetada sonora, justiciera. Nos quedamos en silencio, como esperando que el sol se oscureciera. ¿Qué hacer si ya no podía robarle el juguete? ¿Cómo esconder aquella humillación? Me volví y salí corriendo. Mi viejo estaba esperándome en la esquina con la bicicleta de la repartición. Tenía el pucho entre los labios y sonrió al verme llegar. "¿Qué te pasa?", me preguntó mientras yo subía al caño de la bici. Le contesté que me había retado la maestra, pero no me creyó. "¿No me querés decir nada, no?", dijo y yo asentí. Hicimos el camino a casa callados, corridos por el viento. Una tarde, mientras iba en el Ford con Mereco, no pude aguantarme y le conté. Se levantó las antiparras y como único comentario me guiñó un ojo. Dos o tres días más tarde vino a casa con el plano de un nuevo carburador que quería ponerle al coche. Traía una botella de tinto y el avión envuelto en una bolsa de papel. "Lo encontré tirado en la plaza", me dijo y cambió de conversación. Mi padre se olió algo raro y a cada rato levantaba la vista del plano para vigilarnos las miradas. No sé por qué tuve miedo de que el pelado viniera a tocar el timbre y me abofeteara de nuevo. Pero el pelado no vino y Mereco desapareció por un tiempo. Fue por esos días cuando a mi padre lo comisionaron para hacer una inspección en Villa Mercedes y me llevó con él en el micro. Un pariente del gobernador tenía una instalación clandestina para regar una quinta de duraznos, o algo así. Recuerdo que no bien llegamos el jefe del distrito le dijo a mi padre que no se metiera porque lo iban a correr a tiros. "¡Pero si la gente no tiene agua para tomar, cómo no me voy a meter!", contestó mi viejo y volvimos a la pensión. No me acuerdo de qué me habló esa noche a solas en el comedor de los viajantes, pero creo que evocaba sus días del Otto Krause y a una mujer que había perdido durante la revolución del año 30.

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Todo aquello me vuelve ahora envuelto en sombras. Nebulosos me parecen el subcomisario y el vigilante que vinieron a la mañana a quitarme el avión y a echarnos de Villa Mercedes antes de que mi padre pudiera hacer la inspección. Tenían un pedido de captura en San Luis y nos empujaron de mala manera hasta la terminal donde esperaba un policía de uniforme flamante. Hicimos el viaje de regreso en el último asiento custodiados por el vigilante y la gente nos miraba feo. En la terminal mi padre me preguntó por lo bajo si yo era cómplice de Mereco. Le dije que sí pero me ordenó que no dijera nada, que no nombrara a nadie. No era la primera vez que nos llevaban a una comisaría y mi padre se defendió bastante bien. Negó que yo hubiera robado el avión y responsabilizó al comisario de interferir la acción de otro agente del Estado en cumplimiento del deber. Era hábil con los discursos mi viejo. Enseguida sacaba a relucir a los próceres que todavía estaban frescos y si seguía la resistencia también lo sacaba al General que tanto detestaba. A mí me llevaron a casa, donde encontré a mi madre llorando. Al rato Mereco cayó en el Ford y nos dijo que lo acompañáramos, que iba a entregarse. Cuando llegamos, mi padre ya se había confesado culpable y en la guardia se armó una trifulca bárbara porque Mereco también quería ser el ladrón y mi viejo gritaba que a él sólo le asistía el derecho de robar un juguete para su hijo. Como ninguno de los dos tenía plata para pagarlo, mi avión fue a parar a un cajón lleno de cachiporras y cartucheras. Al amanecer llegó el jefe de Obras Sanitarias y nos largaron a todos. Mi padre se negó a subir al descapotable de Mereco y le dijo que si aparecía otra vez por casa le iba a romper la cara. Fue la última vez que lo vimos antes del velorio. Se calzó las antiparras, saludó con un brazo en alto y ahí va todavía, a noventa y capota baja, subiendo la quebrada con aquel Ford en el que hace tanto tiempo yo aprendí a manejar.

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El hijo de Butch Cassidy
El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia de todos sus títulos. Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias fantásticas, llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora irremediables por falta de mejores testigos. La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido. Hacia abril, cuando bajó el calor y se calmó el viento del desierto, llegaron sorpresivamente los electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Con ellos traían una punta del cable que inauguraba la era de las comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula automática que decían haber inventado en Hamburgo. Luego de mostrarla en el patio del corralón para admiración de todos desafiaron a quien se animara a jugarles un partido internacional. Un ingeniero de nombre Celedonio Sosa, que venía de Balvanera, aceptó el reto en nombre de toda la nación argentina y formó un equipo de vagos y borrachos que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas de la Cordillera de los Andes. El atrevimiento fue catastrófico para los argentinos que perdieron 6 a 1 con un pésimo arbitraje de William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia vivió muchos años en las estancias de la Patagonia con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos. No bien advirtieron la diversidad de países y razas representados en ese rincón de la tierra, los alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial que debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso civilizador por aquellos confines del planeta. El primer problema para los organizadores fue que los italianos antifascistas se negaban a poner en juego su condición de campeones porque eso implicaba reconocer los títulos conseguidos por los profesionales del régimen de Mussolini.

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Algunos irresponsables, ganados por la curiosidad de patear una pelota completamente redonda y sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a la caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por la cordillera hacia las obras del dique: un combinado de almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por 7 a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados guaraníes cayó por 5 a 0 en una cancha improvisada al borde del río Limay. Nadie recordaba bien las reglas del juego ni cuanto tiempo debía jugarse ni las dimensiones del terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la pelota con las manos y golpear en la cabeza a los jugadores caídos. Cualquier persona con criterio para juzgar esas dos infracciones podía ser el árbitro y así fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron famosos y respetables hasta que por fin llegó el télefono. Hubo un momento en que la posición principista de los italianos se volvió insostenible. ¿Cómo seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera reconocían cuando los alemanes goleaban a quien se les pusiera adelante? ¿Podían seguir soportando las pullas y las bromas de los visitantes que los acusaban de no atreverse a jugar por temor a la humillación? En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el capataz calabrés Giorgio Casciolo advirtió que con la arena mojada la pelota empezaba a rebotar para cualquier parte y que los enviados delFührer , que ya probaban el teléfono en secreto y abusaban de la cerveza, no las tenían todas consigo. En un nuevo partido contra los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego sin descanso, fue apenas de 5 a 2. En otro, los ingleses que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4 goles a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron que había que guardar la pelota para que no se perdiera entre los espesos matorrales. A fin de mes los pescadores del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron por 4 a 2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a favor de los alemanes por manos cometidas muy lejos del arco. Una noche de juerga en el prostíbulo de Zapala, mientras un ingeniero de Baden-Baden trataba de captar noticias sobre el frente ruso en la radio de la señora Fanny-La-Joly, un anarquista genovés de nombre Mancini al que le habían robado los pantalones se puso a vivar al proletariado de Barda del Medio y salió a los pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran invencibles. En el lugar no habia ningún ruso que pudiera darse por aludido, pero el ingeniero alemán dió un salto, levantó el brazo y aceptó el desafío. El capataz Casciolo, que estaba en una habitación vecina con los pantalones puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938 empezara a alejarse para siempre de Italia. A la madrugada, mientras regresaban a Barda del Medio a bordo de un Ford A, los italianos decidieron jugarse el título y defenderlo con todo el honor que fuera posible en ese tiempo y en ese lugar. Sólo cinco o seis de ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio de curas en el que le enseñaron a correr con una pelota pegada a los pies.

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Al día siguiente la noticia corrió por todos los andamios de la obra gigantesca: los campeones del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los mapuches no sabían de qué se trataba pero creían que la Copa poseía los secretos de los blancos que los habían diezmado en las guerras de conquista. Los ingleses lamentaban que sus enemigos alemanes se quedaran con la gloria de aquel torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los sacara de aquel infierno de calor y de arena y en secreto tramaban un sistema defensivo para impedir otra goleada alemana. Los guaraníes habían hecho la guerra por el petróleo con Bolivia y estaban acostumbrados a los rigores del desierto aunque no tenían más de tres o cuatro hombres que conocieran una pelota de fútbol. También formaron equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales franceses y los almaceneros españoles. Los franceses no eran suficientes y para completar los once pidieron autorización para incorporar a tres pescadores chilenos. Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia. William Brett Cassidy insistió en que los árbitros fueran autorizados a llevar un revólver para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados de cuchillos, se aprobó la iniciativa. Se limpiaron a machetazos tres terrenos de cien metros y como nadie recordaba las medidas de los arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos de altura. No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy como mi tío Casimiro, que oficiarían de árbitros, se manifestaron capaces de medir con un golpe de vista si la pelota pasaba por adentro o por afuera del rectángulo. El sorteo de las sedes y los partidos se hizo con el sistema de la paja más corta. La inauguración, en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y el aguerrido equipo de los guaraníes. Al otro lado del río, en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del prostíbulo, se enfrentaron españoles, ingleses y mapuches. En todos los partidos hubo incidentes de arma blanca y las obras del dique tuvieron que suspenderse por los graves rebrotes de nacionalismo que provocaba el campeonato. En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los guaraníes que no tenían otra bandera que la del Paraguay. En las otras canchas salieron vencedores los alemanes contra los franceses y los indios mapuches se llevaron por delante a los ingleses y a los almaceneros españoles por cinco o seis goles de diferencia. Los dos primeros heridos fueron guaraníes que no acataron las decisiones de Cassidy. El referí tuvo que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a favor de Italia. Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo que disparar contra un delantero mapuche que se guardó la pelota abajo de la camisa y empezó a correr como loco hacia el arco británico en el segundo partido de la serie. Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la zona porque los británicos se empecinaron en un fair play digno de los terrenos de Cambridge.

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La memoria escrita por mi tío flaquea y tal vez confunde aquellos acontecimientos olvidados. Cuenta que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches sin patria. La bandera del Tercer Reich flameó más alta que las otras durante todo el campeonato sobre las obras del dique pero por las noches alguien le disparaba salvas de escopeta. William Brett Cassidy permitió que los alemanes eliminaran a la Argentina gracias a la expulsión de sus dos mejores defensores. Es verdad que el arquero cordobés se defendía a piedrazos cuando los alemanes se acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban todos los defensores cuando estaban en peligro. Antes de cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes detrás de cada arco y al final de los enfrentamientos, una vez retirados los heridos, se juntaban también las piedras que quedaban dentro del terreno. En la semifinal ocurrieron algunas anormalidades que Cassidy no pudo controlar. Los alemanes se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos. Los italianos quemaron un emblema fascista y entonaron a Verdi pero entraron a la cancha escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a los ojos de sus adversarios. Cassidy quiso darle relieve al acontecimiento y sorteó los arcos con un dólar de oro, pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y ahí se produjo el primer revuelo. El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas contagiosas. Antes de dar por iniciado el partido, Cassidy lanzó una arenga bastante dura sobre el peligro de mezclar el fútbol con la política y después se retiró a mirar el partido desde un montículo de arena, a un costado de la cancha. Como no tenía silbato y las cosas se presentaban difíciles, él sólo bajaba de la colina revólver en mano para apartar a los jugadores que se trenzaban a golpes. Cassidy disparaba al aire y aunque algunos espectadores escondidos entre los matorrales le respondían con salvas de escopeta, el testimonio de mi tío asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje digno de la memoria de su padre. Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo porque los italianos resistían con bravura y mucho polvo de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los defensores demasiado adelantados. Hubo momentos en que Italia, que jugaba con un hombre menos, estuvo arriba 2 a 1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a Cassidy su dólar de oro en una tabaquera donde había por lo menos veinte monedas más. Entonces el hijo de Butch Cassidy decidió entrar al terreno y poner las cosas en orden. En un corner, Mancini fue a buscar la pelota de cabeza pero un defensor alemán le pinchó el cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó sin más trámite. Luego, cuando descubrió que los italianos usaban pimienta colorada para alejar a los delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres penales en favor de los alemanes. El capataz Casciolo, furioso por tanta

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parcialidad, se interpuso entre el arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero Cassidy volvió a cargar el revólver y lo hirió en un pie. Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado todo el partido recitando el Eclesíastes, se puso los anteojos para ejecutar los penales (Cassidy había contado sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles. Enseguida el hijo de Butch Cassidy dió por terminado el partido y así se le escapó a Italia la Copa que había ganado en 1934 y 1938. Los alemanes se fueron a festejar al prostíbulo y ni siquiera imaginaron que los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda. Ese día el teléfono empezó a funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la primera llamada desde la Patagonia. Toda la comarca fue a la cancha a ver el partido y el flamante teléfono negro traído por los alemanes. Un regimiento basado en la frontera con Chile envió su mejor tropa para tocar los himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches no tenían país reconocido ni música escrita y ejecutaron una danza que invocaba el auxilio de sus dioses. Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron a postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse irreconocibles. Después, sin que nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y por más que se jugó sin parar hasta la hora de la cena ya no había donde convertir los goles. A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy detuvo el juego y conferenció con mi tío para aclarar la situación. Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres que se llevaban los postes y de inmediato el árbitro otorgó seis penales de castigo contra los mapuches pero nadie encontró los arcos para poder tirarlos. Una partida del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de ella. El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque Berlín reclamaba el resultado, pero ya ni siquiera había pelota y al amanecer todos corrían detrás de una ilusión que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u otros. A la salida del sol el teléfono sonó en medio del desierto y todo el mundo se detuvo a escuchar. El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego por unos instantes pero fue inútil: los mapuches seguían corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si todavía hubiera una pelota. Los alemanes, curiosos o inquietos pero seguramente agotados, fueron a descolgar el teléfono y escucharon la voz de su Führer que iniciaba un discurso en alguna parte de la patria lejana. Nadie más se movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió por todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de las comunicaciones. En ese momento de quietud uno de los arcos apareció de pronto en lo alto de una colina, a la vista de todos, y las mujeres reanudaron su danza sin música. Una de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al encuentro de la pelota que caía de muy alto, de cualquier parte, y con una caricia de la cabeza la dejó dormida frente a los palos para que un bailarín descalzo que reía a carcajadas la empujara derecho al gol.

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William Brett Cassidy anuló la jugada a balazos pero en su memoria alucinada mi tío dio el gol como válido. Lástima que olvidó anotar otros detalles y el nombre de aquel alegre goleador de los mapuches.

Primeros amores
Siempre que voy a emprender un largo viaje recuerdo algunas cosas mías de cuando todavía no soñaba con escribir novelas de madrugada ni subir a los aviones ni dormir en hoteles lejanos. Esas imágenes van y vienen como una hamaca vacía: mi primera novia y mi primer gol. Mi primera novia era una chica de pelo muy negro, tímida, que ahora estará casada y tendrá hijos en edad de rocanrol. Fue con ella que hice por primera vez el amor, un lunes de 1958, a la hora de la siesta, en una fila de butacas rotas de un cine vacío. Antes de llegar a eso, otro día de invierno, su madre nos sorprendió en la penumbra de la boletería con la ropa desabrochada y ahí nomás le pegó dos bofetadas que todavía me suenan, lejanas y dolorosas, en el eco de aquellos años de frondicismo y resistencia peronista. Su padre era un tipo sin pelo, de pocas pulgas, que masticaba cigarros y me saludaba de mal humor porque ya tenía bastantes problemas con otra hija que volvía al amanecer y en coche ajeno. Mi novia y yo teníamos quince años. Al caer la tarde, como el cine no daba función, nos sentábamos en la plaza y nos hacíamos mimos hasta que aparecía el vigilante de la esquina. No había gran cosa para divertirse en aquel pueblo. Las calles eran de tierra y para ver el asfalto había que salir hasta la ruta que corría recta, entre bardas y chacras, desde General Roca hasta Neuquén. Cualquier cosa que llegara de Buenos Aires se convertía en un acontecimiento. Eran treinta y seis horas de tren o un avión semanal carísimo y peligroso, de manera que sólo recuerdo la visita de un boxeador en decadencia que fue a Roca, al equipo de Banfield, que llegó exhausto a Neuquén y a unos tipos que se hacían pasar por el trío Los Panchos y llenaban el salón de fiestas del club Cipolletti. Los diarios de la Capital tardaban tres días en llegar y no había ni una sola librería ni un lugar donde escuchar música o representar teatro. Recuerdo un club de fotógrafos aficionados y la banda del regimiento que una vez por mes venía a tocarle retretas a la patria. Entonces sólo quedaban el fútbol y las carreras de motos, que empezaban a ponerse de moda. Cuando su madre le dio aquella bofetada a mi novia, yo estaba en la Escuela Industrial y todavía no había convertido mi primer gol. Jugaba en una de esas canchitas hechas por

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los chicos del barrio, y de vez en cuando acertaba a meterla en el arco, pero esos goles no contaban porque todos pensábamos hacer otros mejores, con público y con nuestras novias temblando de admiración. Con toda seguridad éramos terriblemente machistas porque crecíamos en un tiempo y en un mundo que eran así sin cuestionarse. Un mundo de milicos levantiscos y jerarquías consagradas, de varones prostibularios y chicas hacendosas, sobre el que pronto iba a caer como un aluvión el furioso jolgorio de los años sesenta. Pero a fines de los cincuenta queríamos madurar pronto y triunfar en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o los partidos de fútbol. Yo me di varios coscorrones antes de convencerme de que no tenía ningún talento para las pistas. Mi padre solía acompañarme para tocar el carburador o calibrar el encendido de la Tehuelche, pero mi madre sufría demasiado y a mí las curvas y los rebajes me dejaban frío. La pelota era otra cosa: yo tenía la impresión de ganarme unos segundos en el cielo cada vez que entraba al área y me iba entre dos desesperados que presumían de carniceros y asesinos. Me acuerdo de un número 2 viejo como de veintiséis años, de vincha y medalla de la Virgen, que para asustar a los delanteros les contaba que debía una muerte en la provincia de La Pampa. Lo recuerdo con cierto cariño, aunque me arruinó una pierna, porque era él quien me marcaba el día que hice mi primer gol. Pegaba tanto el tipo, y con tanto entusiasmo que, como al legendario Rubén Marino Navarro, lo llamaban Hacha Brava. Jugaba inamovible en la Selección del Alto Valle y en ese lugar y en aquellos años pocos eran los árbitros que arriesgaban la vida por una expulsión. Mi novia no iba a los partidos. Estudiaba para maestra y todavía la veo con el guardapolvo a la salida del colegio, buscándome con la mirada. Un día que mis padres estaban de viaje le exigí que viniera a casa, pero todo fue un fracaso con llantos, reproches y enojos. Tal vez leerá estas líneas y recordará el perfume de las manzanas de marzo, su miedo y mi torpeza inaudita. Por un par de meses, antes de que yo la conociera, ella había sido la novia de nuestro zaguero central y alguien me dijo que el tipo se vanagloriaba de haberle puesto una mano debajo de la blusa. Eso me lo hacía insoportable. Tan celoso estaba de aquella imagen del pasado que casi dejé de saludarlo. El chico era alto, bastante flaco y pateaba como un caballo. Yo me mordía los labios, allá arriba, en la soledad del número 9, cuando me fauleaban y él se llevaba la gloria del tiro libre puesto en un ángulo como un cañonazo. Si lo nombro hoy, todavía receloso, es porque participó de aquella victoria memorable y porque sin su gol el mío no habría tenido la gloria que tiene. Mi novia admitía haberlo besado, pero negaba que el odioso personaje le hubiera puesto la mano en el escote. A veces yo me resignaba a creerle y otras sentía como si una aguja me atravesara las tripas. Escuchábamos a Billy Cafaro y quizás a Eddie Pequenino pero yo no iba a bailar porque eso me parecía cosa de blandos. En realidad nunca me animé y si más tarde, ya en Tandil, caí en algún asalto o en una fiesta del club Independiente, fue porque estaba completamente borracho y perseguía a una rubia inabordable.

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Pasábamos el tiempo en el cine, acariciándonos por debajo del tapado que nos cubría las piernas, y creíamos que su padre no se enteraba. Tal vez era así: andaba inclinado, ausente, masticando el charuto apagado, neurótico por el humo y el calor de la cabina de proyección. Pero la madre no nos sacaba el ojo de encima y aquella desgraciada tarde de invierno irrumpió en la boletería y empezó a darle de cachetadas a mi novia. Después supe que hacíamos el amor todos los días, pero en aquel entonces suponía que había una sola manera posible y que si ella la aceptaba, el más glorioso momento de la existencia habría ocurrido al fin. Y ese instante, en una vida vulgar, sólo es comparable a otro instante, cuando la pelota entra en un arco de verdad por primera vez, y no hay Dios más feliz que ese tipo que festeja con los brazos abiertos gritándole al cielo. Ese tipo, hace treinta años, soy yo. Todavía voy, en un eterno replay, a buscar los abrazos y escucho en sordina el ruido de la tribuna. Sé que estas confesiones contribuyen a mi desprestigio en la alta torre de los escritores, pero ahí sigo, al acecho entre el 5 que me empuja y Hacha Brava que me agarra de la camiseta mientras estamos empatados y un wing de jopo a la brillantina tira un centro rasante, al montón, a lo que pase. Se me ha cortado la respiración pero estoy lúcido y frío como un asesino a sueldo. Nuestro zaguero central acaba de empatar con un terrible disparo de treinta metros que he festejado sin abrazarlo y en este contragolpe, casi sobre el final, intuyo secretamente que mi vida cambiará para siempre. El miedo de perderme en la maraña de piernas, en el infierno de gritos y codazos, ya pasó. El 10, que es un veterano de mil batallas, llega en diagonal y pifia porque la pierna derecha sólo le sirve para tenerse parado. Inexorablemente, ese gesto fallido descoloca a toda la defensa y la pelota sale dando vueltas a espaldas del 5 que gira desesperado para empujarla al córner. Entonces aparezco yo, como el muchachito de la película, ahuecando el pie para que el tiro no se levante y le pego fuerte, cruzado, y aunque parezca mentira aquella imagen todavía perdura en mí, cualquiera sea el hotel donde esté. Igual que la otra, a la hora de la siesta, en una butaca rota del cine desierto. Nos besamos y sin buscarlo, porque las cachetadas todavía le arden en la cara, mi primera novia se abandona por fin y me recibe mientras sus pechos que alguna vez consintieron la caricia de nuestro despreciable zaguero central tiritan y trotan, brincan y broncan, hoy que nuestras vidas están junto a otros y mi hotel queda tan lejos del suyo.

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Petróleo
Las cosas han cambiado tanto que seguramente a mi padre le gustará seguir tan muerto como está. Debe estar pitando un rubio sin filtro, escondido entre unos arbustos como lo veo todavía. Estamos en un camino de arena, en el desierto de Neuquén, y vamos hacia Plaza Huincul a ver los pozos de YPF. Salimos temprano, por primera vez juntos y a solas, cada uno en su moto. Él va adelante en una Bosch flamante, y yo lo sigo en una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Es el otoño del 62 y está despidiéndose para siempre de la Patagonia. Mi viejo va a cumplir cincuenta años y se ha empeñado hasta la cabeza para comprarse algo que le permita moverse por sus propios medios. Los últimos pesos me los ha prestado a mí para completar el anticipo de la Tehuelche que hace un barullo de infierno y derrapa en las huellas de los camiones. No hay nada en el horizonte, como no sean las nubes tontas que resbalan en el cielo. Algunos arbustos secos y altos como escobas, entre los que mi padre se detiene cada tanto a orinar porque ya tiene males de vejiga y esa tos de fumador. Anda de buen carácter porque el joven Frondizi anunció hace tiempo que "hemos ganado la batalla del petróleo". Quiere ver con sus propios ojos, tal vez porque intuye que no volverá nunca más a esas tierras baldías a las que les ha puesto agua corriente y retratos de San Martín en todas las paredes. Un soñador, mi viejo: acelera con el pucho en los labios y la gorra encasquetada hasta las orejas mientras me hace seña de que lo alcance y le pase una botella de agua. La Tehuelche brama, se retuerce en los huellones, y la arena se me cuela por detrás de los anteojos negros. Por un momento vamos codo a codo, dos puntos solitarios perdidos entre las bardas, y le alcanzo la botella envuelta en una arpillera mojada. En el tablero de la motoneta lleva pegada una figurita de Marlene Dietrich que tanto lo habrá hecho suspirar de joven. Yo he pegado en mi tanque de nafta una desvaída mirada de James Dean y la calcomanía del lejano San Lorenzo que sólo conozco por la radio. Justamente: ese diminuto transistor japonés que recién aparece a los ojos del mundo es la más preciada joya que arriesgamos en el desierto. La voz de Alfredo Aróstegui y los radioteatros de Laura Hidalgo nos acompañan bajo un sol que hace brotar esperpentos y alucinaciones donde sólo hay viento y lagunas de petróleo perdido. Mi padre pilotea que es un desastre. Zigzaguea por la banquina mientras inclina la botella y se prende al gollete. Merodea el abismo de metro y medio al borde del sendero. Le grito que se aparte mientras me saluda agitando la botella y se desbarranca alegremente por un despeñadero de cardos y flores rastreras. En la rodada pierde el pucho, las provisiones que cargamos en Zapala y hasta la figurita de Marlene Dietrich que me ha robado del álbum. Freno y vuelvo a buscarlo. A lo lejos diviso las primeras torres de YPF, que para mi padre son como suyas porque todo fluye de esta tierra y Frondizi dice que por fin hemos ganado la batalla del petróleo.

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La motoneta está volcada con el motor en marcha y la rueda trasera gira en el vacío. Mi viejo trata de ponerse de pie antes de que yo llegue, pero lo que más se le ha herido es el orgullo. Se frota la pierna y putea por el siete abierto en el único pantalón, a la altura de la rodilla. Dice que ha sido mi culpa, que lo encerré justo en la subida, que por qué mierda me cruzo en su camino. Nunca seré buen ingeniero, agrega, y apaga el motor para enderezar el manubrio y recoger el equipaje. Lo escucho sin contestar. Todavía hoy sigo subido a una barda, oyéndolo putear ahí abajo, mientras mi hijo juega con la espuma de las olas y grita alborozado en una playa de Mogotes. Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias. Queda el hermetismo de mi padre en la mirada del chico que corre junto al mar. A él le contaré esta tonta historia de pérdidas y caídas, la de mi padre que rueda y la mía que no supe defender. Aquel mediodía mi viejo se aleja rengueando para orinar entre los arbustos y se queda un rato escondido para que no vea su rodilla lastimada. Levanto a Marlene Dietrich que ha dejado un surco en la arena y vuelvo la mirada hacia la torre y el péndulo. Parece un fantasma de luto recortado en la lejanía. Y el charco de petróleo que ensucia las bardas, tan ajeno al mar donde ahora juega mi hijo. Mi bisabuelo fue bandolero y asaltante de caminos en Valencia hasta que lo mató la Guardia Civil. Me lo confiesa mi viejo al atardecer, mientras cebamos mate bajo la carrocería oxidada de un Ford T. No recuerdo bien su relato pero pinta al bisabuelo de a caballo y con un trabuco a la cintura. Trata de impresionarme pero está muy derrengado para ser creíble. El pantalón roto, la corbata abierta, el ombligo al aire y pronto cincuenta años. No hay más que gigantescos fracasos entre el bisabuelo que asaltaba diligencias y ese sobrestante de Obras Sanitarias que levanta la mirada y me señala con un gesto orgulloso la insignia del petróleo argentino. Una vida tendiendo redes de agua, haciendo cálculos, inventando ilusiones. Sueña con que yo sea ingeniero. De esa ínfima epopeya le quedan a mi madre doscientos pesos de pensión y a mí algunas anécdotas sin importancia. Mi padre lleva unos pocos billetes chicos en el bolsillo. Justo para la pensión y la nafta de la vuelta. Nunca ganó un peso sin trabajar. No sé si está conforme con su vida. Igual, no puede hacerla de nuevo. Ha vivido frente a los palos, mirando venir una pelota que nunca aterriza. Intentó zafar de la marca, correrse, poner la cabeza, pero no supo usar los codos. Caminó siempre por los peldaños de una escalera acostada. Tarzán en monopatín, Batman esperando el colectivo, San Martín soñando con las chicas de Divito. Y sin embargo, cuando fuma en silencio, parece a punto de encontrar la solución. Como aquella noche en un sucio cuarto de alquiler donde saca la regla de cálculos y diseña un oleoducto inútil, con jardines y caminos de los que ningún motociclista podría caerse. Pero de eso no queda nada: el dibujo se le extravió en otro porrazo y las torres ya son de otros más rápidos que él. Discutimos en la pensión porque yo ignoraba las matemáticas y la química y volvimos en silencio, muy lejos uno del otro. Lo dejé ir adelante y todavía veo su camisa sudada flotando en la ventolera. Yo no sabía qué hacer de mi vida y miraba para arriba a ver si bajaba la pelota. Tenía diecinueve años y me sentía solo en una cancha vacía. Todavía

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estoy ahí, demorado con mi padre en medio del camino. Imagino historias porque me gusta estar solo con un cigarrillo y estoy cerca de la edad que tenía mi padre cuando se tumbaba de la moto. Fueron muchas las caídas y no siempre lo levanté. Me gustaría saber qué opinión tendría de mí, que he perdido su petróleo. Quisiera que echara una ojeada a estas líneas y a otras. Que me regalara un juguete y me contara cuántas veces estuvo enamorado; que me explicara qué carajo hacíamos los dos en un camino de Neuquén rumbo a las torres de YPF, mientras en el transistor se apagaba la voz de Julio Sosa cubierta por los acordes de otra marcha militar.

Caídas
Mi padre tuvo tantas caídas que al final no recordaba la primera. Lo vi despeñarse con una motoneta camino de Plaza Huincul y años más tarde se dio vuelta con el Gordini, cerca de Cañuelas. Mi madre me contó que una vez, cuando yo era muy chico, se cayó sin mayores daños de un poste de teléfonos y como era bastante distraído solía tropezarse con los juguetes que yo dejaba tirados en el suelo. Una tarde de diciembre de 1960 alguien vino a avisarme que lo había atropellado un auto. Llegué sin aliento en una bicicleta prestada y lo encontré estirado en la calle. Estaba un poco despeinado, con los ojos abiertos y la cara muy blanca. Sobre el asfalto había un poco de sangre manchada por las huellas de unos zapatos. La gente se apartó para dejarme pasar y un tipo me dijo ya estaba por venir la ambulancia. Alguien que le había puesto un pulóver bajo la nuca me alcanzó los anteojos que se habían roto con la caída. Nadie hablaba y yo no sabía qué decir. Me arrodillé a su lado y le hablé al oído tratando de que la voz no me saliera muy asustada. Le pregunté si podía escucharme y alguna tontería más, pero no abrió la boca. Entonces fui pedir que me ayudaran a llevarlo al hospital pero me dijeron que no convenía moverlo porque debía estar muy estropeado. El paisano de sombrero negro que lo había atropellado estaba llorando dentro del coche y tampoco me hizo caso. Volví a sentarme en la vereda y le tomé una mano. Estaba fría y blanda como la panza de un pescado. No llevaba más que el anillo de casamiento y el Omega con la correa de cuero. Me pregunté qué haría allí, en la otra punta del pueblo, cruzando la calle como un chico atolondrado. En esos días había cumplido los cincuenta y recién ahora me doy cuenta de que corría contra el tiempo. No había hecho nada que le sirviera a él y la única vez que salió en los diarios fue después del accidente, entre un

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cuatrero detenido en General Roca y un incendio en la usina de Arroyito. Con los primeros calores de aquel verano había tomado la decisión de abandonar Obras Sanitarias y montar un taller de tornería. Mi madre se oponía porque no creía en su suerte. Entonces me llamó a su escritorio para que le dijera con toda sinceridad si yo le veía futuro en los negocios. De verdad, visto como lo vi entonces, con el chaleco de lana gastado y el pantalón lustroso, no me animé a apostar por él. Me convidó un cigarrillo, dejó que le explicara un complicado asunto de polleras y ya pasada la medianoche, en voz muy baja, me explicó que estaba cansado de esperar, de correr de un desierto a otro mientras se le iban los años y se le arrugaban los cueros. Dijo no estar arrepentido de nada pero se le leía la culpa en los ojos. ¿Culpa de qué? Nunca lo sabré. Aquella noche intentó darme otro de sus consejos, pero no servía para eso. Palabras más o menos, me dijo: "Por mejor que uno se explique y justifique, nada cambia. Siempre se cometen los mismos errores. Una caída dibuja la próxima y por eso creemos en un Dios, en alguien que haya aprendido a no quemarse dos veces con la misma leche". Cosas así eran las que solía recitarme a la medianoche mientras limpiaba compases y tiralíneas frente al tablero de dibujo. Le dije que no se calentara, que cualquiera hacía plata si eso era lo único que se proponía y que él estaba para otra cosa. Lo suyo era correr por ahí, andar a la deriva para no llegar a ninguna parte. A él y a mí nos daba lo mismo un lugar u otro siempre que tuviera una estación y algunas leguas por delante. Ese día salimos a caminar por los andurriales, yo estornudando por el polen y él tosiendo su tabaco. Me hablaba de lo que haría cuando tuviera un taller con seis tornos y no sé cuántas máquinas para fabricar herramientas. De a ratos lo situaba en Córdoba y después lo ponía en Mendoza para abastecer también a los chilenos. Sin darnos cuenta llegamos al río y de pronto se jactó de haber sido muy buen nadador en su juventud, allá en Campana. Señaló la isla bajo el puente y me desafió a ganarle a contracorriente. Cambié de conversación porque el Limay es profundo y temí que se ahogara. Yo tenía menos de veinte años y me parecía imposible que mi padre pudiera ganarme en algo. Insistió y puse como excusa una contractura del fútbol o algo parecido. No me oyó o no quiso oírme y empezó a quitarse la ropa ahí mismo, abajo de la luna, hasta que sólo se quedó con unos ridículos calzoncillos celestes que le llegaban hasta las rodillas. Bravuconeaba, supongo. Tenía todo el pelo blanco pero ahora estaba de nuevo en el Delta junto a sus amigos y con toda la vida por delante. No sé qué pensé mientras lo miraba alejarse tirando brazadas. Creo que me daba pena verlo pelear contra su propia sombra. Me toreaba a mí pero la bronca, como el agua, venía de lejos y nos mojaba a los dos. En un momento lo perdí de vista hasta que al rato me gritó desde la isla. Yo no quería

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seguirle el juego. Tampoco estaba seguro de animarme a atravesar el río. Le contesté que se dejara de joder, que volviera, y me senté a esperarlo. Calculé que no iba a tardar porque no podía estar mucho tiempo sin fumar. Pero también esa vez me equivoqué. Me pidió que escondiera su ropa y que me fuera a casa porque tenía ganas de dar un paseo por la isla. A dos pasos había un muelle con botes pero ninguno de los dos quería ridiculizarse. Llamé al barquero y le di la poca plata que tenía para que le alcanzara el paquete de cigarrillos e intentara traerlo de vuelta. Pero no volvió. Se quedó pitando en silencio en la otra orilla hasta que me cansé de su juego y me fui a dormir. Creo que fue ese episodio el que lo alejó por un tiempo de mí y del taller de tornería. La tarde en que lo encontré tirado en la calle temí que se muriera con la impresión de que yo lo había abandonado. La ambulancia tardó siglos en llegar y lo llevó a un hospital donde me dijeron que tenía el cráneo roto. Mi madre se quedaba a su lado durante la mañana y a la tarde iba yo. Cuando pudo mover los labios me dijo que se había gastado el aguinaldo completo en la primera cuota del torno y no se animaba a decírselo a mi madre. Era otro de sus juguetes tardíos pero todavía no estaba seguro de poder disfrutarlo. "¿Me voy a morir?", me preguntó cuando se dio cuenta de que tenía una bolsa de hielo sobre la cabeza. Le dije que no, aunque no era seguro, y le pregunté dónde estaba su famoso torno. "Llega de Buenos Aires en el tren de la semana que viene; es una hermosura, no te imaginas", me contestó muy serio. Una enfermera había puesto las cosas que llevaba sobre la mesa de luz. El pañuelo, el encendedor, la billetera vacía, unas monedas y el folleto del torno que era italiano y parecía una nave espacial. "¿Te duele?", dije y me senté cerca de la ventana a mirar a las chicas que atravesaban el jardín. "Sí, desde hace mucho", murmuró. "¿Qué me pasó ahora?" Le conté que lo había agarrado un auto y se había golpeado la cabeza contra el pavimento. Pareció sorprenderse, como si le dijera que se había caído de la calesita: "Y a tu madre, ¿qué le vamos a decir?". Se refería al aguinaldo y a todo lo que otra vez no podríamos comprar. Cerró los ojos y se durmió. O tal vez en su confusión de huesos rotos y sesos desbaratados pensaba en lo buena que hubiera sido su vida sin mi madre y sin mí. Me incliné para decirle al oído que no siempre se puede ganar, que a veces hay que saber quedarse de este lado de la orilla. Hizo una mueca de disgusto y entornó los párpados: "Eso es de cobardes; los ríos están para que uno los cruce". Como siempre, del infortunio sacaba alguna lección que lo disculpaba ante los demás. Después de hablar con el médico tuve miedo de que aquella fuera su última metáfora. A mi madre le dije que la plata del aguinaldo se la habían robado en la calle mientras estaba caído y que de todos modos para nosotros no habría fiestas ese fin de año. Antes de Navidad lo trasladaron a casa, flaco y vendado como un faquir. Ocultaba el folleto del torno abajo de la almohada. No sé si mi madre se creyó el cuento del aguinaldo robado,

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pero en Nochebuena no tuvimos festejos ni palabras bonitas. Mi padre pasaba las horas inmóvil, con la mirada puesta en el techo. Un día me hizo una seña para que me inclinara a escucharlo: "Véndelo", susurró, "cuando llegue véndelo por lo que te den". Me pareció que contenía un lagrimón y le dije que no, que ahora estaba en medio de la corriente y tenía que nadar. Después de todo, eso era lo que había querido enseñarme. Hizo un gesto de alivio, me pasó un brazo alrededor del cuello, y dijo: "Está bien, pero no te olvides de mandarme un bote con los cigarrillos".

Mecánicos
Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén. Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.

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Yo no le hice caso pero el se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían. A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tire en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller. --Sos un cabeza hueca--me decía. Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata. Me miró y dijo: "Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés". Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezo a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles. Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba "jCarajo, qué mal trabajan los franceses!" y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis: --Doce-- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles . Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.

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Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio. Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración. Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las verguenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida. Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes. --Andá--me dijo--. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvas de los bailes y las guardias. Ese año hice mas de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para él su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.

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Giorgio Bufalini y la muerte de Venecia
Hace diez años, el detective privado Giorgio Bufalini llegaba a su despacho a las ocho de la mañana. Vivía cerca del molino Stucchi, en Venecia, hasta que el año pasado andaba con los bolsillos tan arrugados que tuvo que aceptar una indemnización de dos millones de liras para desalojar la casa que alquilaba desde hacía quince años. "Ahora -dice, recostado en un sillón que tiene el mismo color gris de la ciudad- vivo en Spinea, tengo que tomar el vapor y nunca llego antes de las diez" . Extraña profesión la de Bufalini para una ciudad como Venecia. Su oficina está en un lugar encantador, la Calle del Cafetier, junto al Ponte de la Viste, a cincuenta metros del lugar donde los fascistas mataron a Amerigo Pocini. "Hago cualquier cosa. Acepto trabajos en todo el Veneto, porque si no sería imposible vivir. Divorcios hay pocos acá porque la gente es muy tradicionalista, enemiga de los escandaletes. Me contrataron muchas veces para seguir mujeres u hombres, pero no es fácil. Esto no es Nueva York. ¿Se animaría a seguir a una mujer en el vaporetto?" No, su trabajo no parece cómodo. Seguir a alguien por las estrechas callejuelas, escudado detrás de un grupo de turistas puede ser un papelón. "Hace ocho años recuerda Bufalini con nostalgia-, agarré a dos hombres de Turín que habían robado un collar muy caro en un negocio del Centro Histórico. Los arrinconé en el Casino. Se entregaron mansitos. Eran buenas épocas, señor". Bufalini invita a tomar cerveza en la Sala Billardi, a cuatro pasos de su oficina. En la calle hay un olor ácido que debe llegar desde el puente. El sol del otoño es, aún, demasiado caliente para la calva del detective. Se pasa un pañuelo blanco y lo guarda en un bolsillo del saco. De allí saldrán luego los arrugados billetes para pagar la cerveza. Aparenta unos 54 años y dice que vive con una muchacha de 22, "¡Bella!", exclama, y guiña un ojo. De pronto, vuelve a ponerse dramático: "Acá nos hundimos, todos, señor. La ciudad un centímetro por año, yo bastante más rápido. Mire qué paradoja: para restaurar a Venecia hacen falta 270 mil millones de liras. ¡Para levantarme a mí se necesitaría tanto menos!". Pide otra cerveza y enciende la Muratti. "Me desalojaron de la casa. Un par de millones

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tientan, más si uno anda rengo del bolsillo. Hasta hace cuatro años acá la vida era tranquila, había que aguantar a los turistas, pero con ellos llegaban lindas mujeres. Ahora nos están echando a todos los venecianos. Las grandes corporaciones compran los edificios y empieza la especulación". Parece deprimido, pero en un gesto de audacia traga su vaso de cerveza con los ojos grises cerrados. ¿Quién compra? "Las grandes empresas Olivetti, Pirelli, las compañias aéreas. Se trata de echar a los nativos para convertir a Venecia en una isla con palacetes para ricachones. Acá hay 49.457 unidades inmobiliarias, pero sólo viven 10.200 patrones, lo demas está alquilado. Entonces, el primer paso es echar a los inquilinos y luego vender. Gran negocio, señor, pronto van a vender hasta el agua de los canales". Domina datos, cifras, como si alguien le hulsiera encargado el trabajo. El cronista se lo dice. El sonrie. "Leo los diarios--dice--, es lo único que hago a la mañana. Vea, hace diez años el metro cuadrado de terreno acá valia 150 mil liras, ahora ya se paga 250 mil y dicen que va a subir hasta 400 mil. El Centro Histórico, acá donde estamos sentados, tiene seis mil habitantes fijos. No va a quedar nadie. Paga y sale junto al enviado. Por la calle pasa una pareja de turistas y ella toma una foto del puente que incluye a Bufalini. Este sonríe: "Vaya uno a saber a dónde irá a parar ese retrato. Ya ve, acá uno no es dueño ni de su alma". Cuando entra en la oficina levanta la cortina y mira a través de los barrotes las azoteas rojas. "Todo empezó cuando la empresa Romana Beni Stabili hizo un complejo inmobiliario moderno de cien departamentos. Sólo vendió el 30 por ciento. La gente que compra quiere las casonas, viejas por fuera y puestas a todo lujo por dentro. Hasta Marcello Mastroiani compró un departamento moderno para pasar vacaciones". Va hacia una vieja heladera, saca una manzana y empieza a mordisquearla. "Yo soy comunista. Estoy convencido que en el negocio andan todos los partidos del gobierno, como siempre. La compañía Aeritalia compró el que era Hotel Splendid y va a montar una residencia de lujo. ¿Quiénes están detrás de eso?". Por de pronto, Venecia amenaza cambiar de manos y convertirse simplemente en un complejo turístico. El gobierno obliga a restaurar, pero concede solo el cuarenta por ciento de los gastos. La mayoría de los propietarios -gente de trabajo que ha heredado sus viviendas-, no está en condiciones de cumplir las ordenanzas. Las grandes empresas, sí. Ellas compran, restauran, luego hacen su negocio. Al mediodía, tres viejos músicos se guarecen bajo el toldo de un café en la Piazza San Marcos, y tocan. Los turistas no escuchan, pero toman cerveza, refrescos. Los sonidos del violín, el piano, el contrabajo, intentan piezas de moda, alegres, simples. No hay

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caso: el ritmo es triste, amargo y nadie aplaude. Los viejos miran a los turistas con una cierta indiferencia. Las palomas descienden sobre las mesas, picotean. Bufalini sonríe: "Napoleón dijo una vez que esta plaza era el más bello salón de Europa" De pronto cambia de expresión, mira a i musici y dice en voz baja: "Thomas Mann puso acá a su personaje porque sintió algo que nosotros sentimos siempre. Venecia es el único lugar del mundo donde se muere sin dolor. Ojalá nos dejen".

La California Argentina
Ahí va Hipólito Bouchard, viento en popa y cañones limpios, a arrasar la California donde no están todavía el Hollywood del cine ni el Sillicon Valley de las computadoras. Lleva como excusa la flamante bandera argentina que ha hecho reconocer en KamehaMeha, aunque los oficiales de su estado mayor se llamen Cornet, Oliver, John van Burgen, Greyssa, Harris, Borgues, Douglas, Shipre y Miller. El comandante de la infantería, José María Piris, y el aspirante Tomás Espora son de los pocos criollos a bordo. Entre los marineros de la "Argentina" y la "Chacabuco" van decenas de maleantes recogidos en los puertos del Asia, 30 hawaianos comprados al rey de Sandwich, casi un centenar de gauchos mareados y diez gatos embarcados en Karakakowa para combatir las ratas y pestes. Al terrible Bouchard, como a todos los marinos, lo preocupa la indisciplina: sabe que algunos de los desertores que habían sublevado la "Chacabuco" en Valparaíso se han refugiado en la isla de Atoy y quiere darles un escarmiento. Manda a José María Piris que se adelante a bordo de una fragata de los Estados Unidos e intime al rey que protege a los rebeldes. Antes de partir, los piratas norteamericanos, que roban cañones y los revenden, dan una fiesta a la oficialidad de las Provincias Unidas: corre el alcohol, se desatan las lenguas y un irlandés con pata de palo comenta, orgulloso, la intención argentina de bombardear la California. El capitán de los piratas anota: en la bodega lleva doce cañones recién robados, y se adelanta con la noticia a Monterrey -la capital de California-, podrávenderlos a cinco veces su precio.

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El rey de Atoy no sabe donde quedan las Provincias Unidas, nunca oyó hablar de la nacionalidad argentina y teme una represalia española. Piris lo amenaza con la cólera del infierno, y el rey, por las dudas, hace capturar a los sublevados entre los que se encuentra el cabecilla. El comandante duerme en la playa y cuando divisa los barcos de Bouchard se hace conducir el bote para dar la buena nueva. El francés desconfía: en la entrevista con el rey comunica la sentencia de muerte para los asilados en Atoy y trata, como en Karakakowa, de hacer reconocer la soberanía argentina. El rey se insolenta y dice, muy orondo, que los prisioneros se le han escapado. "Comprometidos así la justicia y el honor del pabellón que tremolaba en mi buque, fue necesario apelar a la fuerza", cuenta Bouchard en sus Memorias. En realidad, basta con amagar. El rey manda un emisario a parlamentar a la "Argentina" y lleva a los prisioneros a la playa. Bouchard baja, arrogante y triunfal, les lee la sentencia y ahí nomás fusila a un tal Griffiths, cabecilla del amotinamiento. A los otros los conduce al barco y les hace dar "doce docenas de azotes". El 22 de diciembre de 1818 llega a las costas de Monterrey sin saber que los norteamericanos han armado la fortaleza a precio vil. Bouchard traza su plan: pone 200 hombres de refuerzo en la corbeta "Chacabuco", les hace enarbolar una engañosa bandera de los Estados Unidos y la manda al frente a las ordenes de William (o Guillermo) Shipre. Ya nadie recuerda la letra del Himno Nacional y Shipre hace cantar cualquier cosaantes de ir al ataque. Están calentándose los pechos cuando advierten que cesa el viento y la "Chacabuco" queda a la deriva. Desde el fuerte le tiran diecisiete cañonazos y no fallan ninguno. La "Chacabuco" empieza a naufragar en medio del desbande y los gritos de los heridos. Shipre se rinde enseguida. "A los diecisiete tiros de la fortaleza tuve el dolor de ver arriar la bandera de la patria". Todo es desolación y sangre en la "Chacabuco" pero Bouchard no quiere pasar vergüenza en Buenos Aires. Las Provincias Unidas de la Revolución han autorizado a más de sesenta buques corsarios para que recorran las aguas con pabellón celeste y blanco y las presas capturadas son más de cuatrocientas. De pronto, la joven nación esta asolando los mares y las potencias empiezan a alarmarse. Todavía hoy la Constitución argentina autoriza al Congreso a otorgar patentes de corso y establecer reglamento para las presas (art. 67, inc. 22). Los pobres españoles de California no tenían un solo navío para su defensa. Bouchard ordena trasladar a los sobrevivientes de la "Chacabuco" a la "Argentina" pero abandona

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a los mutilados y heridos para que con sus gritos de espanto distraigan a los españoles. Al amanecer del 24, mientras en Monterrey se festeja la victoria, Bouchard comanda el desembarco con doscientos hombres armados con fusiles y picas de abordaje. Lo acompañan oficiales que no saben para quién pelean pero esperan repartirse un botín considerable. A las ocho de la mañana, después de un tiroteo, la tropa española abandona el fuerte y retrocede hacia las poblaciones. A las diez, Bouchard captura veinte piezas de artillería y con mucha pompa hace que los gauchos y los mercenarios formen en el patio mientras hace izar la bandera. Sin embargo el capitán no esta contento. Quiere que en el mundo se sepa de él, que le paguen la afrenta de la "Chacabuco". Arenga a la tropa enardecida y la lanza sobre la población aterrorizada. Los marinos de Sandwich son implacables con la lanza y la pistola; otros tiran con fusiles y los gauchos manejan el cuchillo y el fuego a discreción. Dicen los historiadores de la Marina que Bouchard respeta a la población de origen americano y es feroz con la española. Difícil es saber cómo hizo la diferencia en el vértigo del asalto. La fortaleza es arrasada hasta los cimientos. También el cuartel y el presidio. Las casas son incendiadas y la Nochebuena de 1818 es un vasto y horroroso infierno de llamas y lamentos. Después del pillaje, Bouchard manda guardar dos piezas de artillería de bronce para presentar en Buenos Aires con las barras de plata que encuentra en un granero. Durante seis díaz, sobre los escombros y los cadáveres, flamea la bandera argentina. Los prisioneros liberados de la cárcel ayudan a reparar la "Chacabuco" mientras los soldados arman juerga sobre juerga con las aterradas viudas de España, episodios que las historias oficiales eluden con pudor. Tanto escándalo arman Bouchard y los suyos en el norte que el Departamento de Estado norteamericano -cuenta el historiador Harold Peterson- "dio instrucciones a sus agentes para que protestaran vigorosamente contra los excesos cometidos con barcos que navegaban bajo la bandera y con comisiones de Buenos Aires". Sin embargo, recién en 1821, con Rivadavia como ministro de guerra, los Estados Unidos obtendrían un decreto de revocación de las patentes de loscorsarios: "En su forma literal -dice Peterson-, este decreto representaba una entrega total a la posición por la cual Estados Unidos había luchado durante cinco años". Para entonces, Bouchard ya había quemado toda California. Después de destruir Monterrey arrasa con la misión de San Juan, con Santa Bárbara y otras poblaciones que quedan en llamas. El 25 de enero de 1819 bloquea el puerto de San Blas y ataca Acapulco de México. En Guatemala destruye Sonsonate y toma un bergantín español. En Nicaragua, por fin, se echa sobre Realejo, el principal puerto español en los mares de Sur, y se queda con cuatro buques españoles cargados con añil y cacao y 27 prisioneros.

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Esa fue su última hazaña. Al llegar a Valparaíso, maltrecho por el ataque de otro pirata, Bouchard reclama la gloria pero lo espera la cárcel. Lord Cochrane, corsario al servicio de Chile, lo acusa de piratería, insubordinación y crueldad con los prisioneros capturados. Bouchard argumenta: "Soy un teniente coronel del Ejército de los Andes, un vecino arraigado en la Capital, un corsario que de mi libre voluntad he entrado a los puertos de Chile con el preciso designio de auxiliar a sus expediciones". Sobre las torturas ordenadas, se defiende así: "Que se pregunte por el trato que recibieron los tripulantes chilenos del corsario chileno Maipú u otro de Buenos Aires que, luego de apresado, entró a Cádiz con la gente colgada de los penoles". Pasa apenas cinco meses en prisión. Al salir pone sus barcos a las ordenes de San Martín y le lleva granaderos a Lima. Ya en decadencia, reblandecido por dos hijas a las que apenas había conocido, se pone a las ordenes de Perú y en 1831 se retira a una hacienda. En 1843, un mulato harto de malos tratos lo degüella de un navajazo. Es una muerte en condicional: los apólogos de la Marina, que le justifican torturas y tropelías, no consignan ese indigno final.

Sin paraguas ni escarapelas
El 24 de mayo por la noche, el coronel Saavedra y el doctor Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras será pronunciada esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos. Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las mismas mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más, a presidir una junta en la que haya representantes del rey Fernando Vll, preso de Napoleón, y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan

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armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso regimiento de la Estrella, está por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", les dice a los jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas ni amables ciudadanos que repartieran escarapelas. El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorialista se consulte. Todos, por supuesto, salvo el pudoroso Belgrano, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo Buenos Aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. "Un inmenso pueblo", recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más de cuatro mil almas si se tiene en cuenta que más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo la califica de "crecido pueblo". La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanas y trompetas que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo, empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. "A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: "Tómelo como quiera", se dice que le contesta. Cuatro días antes ha ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. " ¡No sea atrevido! " le dice Cisneros al verlo gritar, y Castelli responde orondo: "¡Y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!" Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben destituir a Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera, recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar pero luego tendrá un gesto de valentía. Entrada la noche, cuando French y Beruti han agitado toda la aldea y repartido algunos sablazos a los disconformes, Belgrano y Saavedra abren las puertas de la sala capitular para que entren los gritos de la multitud. No hay más nada que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español por formar una junta que lo

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incluya, pero Castelli, que tiene 43 años y está enfermo de cáncer, se opone. Los "duros" juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras Castelli se imagina en la comuna francesa. Su Robespierre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña. Entre tanto French, que teme una provocación, impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French, derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva el paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien toma nota y nace la leyenda de la escarapela en el pecho. Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva Junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: "Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de las ideas y las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monarquistas, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen (español); demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor incesante y práctica eran Castelli y Matheu, aquél impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplación a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de aquí arranca la antipatía originaria en la marcha de la Junta entre Saavedra y él." Matheu exagera su importancia. Todos esos hombres han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España. El delirio y la compasión La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver "de qué se trata", el abogado Juan José Castelli sale al balcón del Cabildo y, con el énfasis de un Saint Just, anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le hará un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia. Aquellas jornadas debían ser un simple golpe de mano, pero la fuerza de esos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: "Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles

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que tenían influjo decidido en ellos, (...) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (...) En el mismo Buenos Aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificable por el poder de los españoles; otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español". La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota, no un revolucionario, pero no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días El secretario Moreno, un asceta de la revolución, dirige sus actos y sus órdenes a forzar esa dinámica para destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leído y hace publicar a Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado con el fantasma de un Robespierre que no acabará en la tragedia de Termidor. El ateo Castelli está a su izquierda, como French y el joven Monteagudo que maneja el club de los "chisperos". Todos ellos celebran en los templos del Norte el culto de La mort est un sommeil éternel, que Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1792. Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador con apuntes sobre economía para el Plan terrorista que en agosto redactará Moreno. En la primera junta gana la gauche (la acepción de "izquierda" se pronuncia, todavía, en francés): Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario político de Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es él quien cumple las "instrucciones" y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde. Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la cólera terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece: en el Norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desharrapados con un rigor insostenible y no mata por escarmiento sino por extrema necesidad. Sufre sífilis, cirrosis y tiene várices, pero conserva la fe cristiana y el sentido del humor. Las victorias de Castelli en Suipacha y la suya en Tucumán afirman la posición de Moreno en la Junta, pero las catástrofes de fines de año aceleran su caída. Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian pero no se desprecian "Impío, malvado, maquiavélico", llama el coronel

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al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: "El alma de Monteagudo, tan negra como la madre que lo parió". El primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone "arcabucearlos" sin más trámite, pero Saavedra le responde que no cuente para ello con sus armas. "Usaremos entonces las de French", replica un Moreno siempre enfermo, con el rostro picado de viruela, que acaba de cumplir 30 años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quien hace espiar por sus "canarios", una especie de soplones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente. "¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan lo que su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y en decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?", se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el Alto Perú. Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el Plan secreto de operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo emboscado. Ese texto feroz, por momentos descabellado, no se conoció hasta que a fines del siglo XIX. Eduardo Madero, el constructor del puerto, lo encontró en los archivos de Sevilla y se lo envió a Mitre. Para entonces, los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por un periodista y educador romántico influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación de ese método sangriento lo que garantiza el triunfo de la Revolución. Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Alzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: "Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del virreinato", escribe Castelli antes de ser llevado a juicio. El coronel manda parar A principios de diciembre dos circunstancias banales sirven de pretexto a la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa que la entrega al Presidente, Moreno se entera y esa

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misma noche escribe un decreto de supresión de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha por la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno, que intuye su fin, no puede oponerse a esa propuesta "democratizadora". El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso. Moreno renuncia y el 24 de enero de 1811 se embarca para Londres. "Me voy, pero la cola que dejo será larga", les dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: "No sé qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli y Monteagudo de que no lo asesinaron. "Su último accidente fue precipitado por la administración de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento", cuenta su hermano Manuel, que agrega en la relación de los hechos el célebre "¡Viva mi patria aunque yo perezca!" Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier Elío amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y 6 de abril el coronel Martín Rodríguez,con los alcaldes de los barrios, junta a los gauchos en Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a jacobinos y comerciantes corruptos. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos. Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno. Ha acercado a Rivadavia al poder, pero el brillante abogado y los porteños se ensañan con éI y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas; se ensañan también con Castelli, que muere deslenguado durante el juicio; con el propio San Martín que combate en Chile; con Belgrano que muere en la pobreza y el olvido gritando el plausible "¡ Ay patria mía! " Pese a todo, la idea de independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo, "el del alma más negra que la madre que lo parió". Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se prolongan hasta hoy en los entresijos de una historia no resuelta.

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El penal más largo del mundo

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío.Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras. Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo. El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria. A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos. Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros. Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de

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mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos. Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a1. En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón. El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos. El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.

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Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí. Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero. Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo: -Constante los tira a la derecha. -Siempre -dijo el presidente del club. -Pero él sabe que yo sé. -Entonces estamos jodidos. -Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato. -Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.

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-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir. -El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio. El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado. -¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería. -No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó. -Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano. -Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa. El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.

-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media. A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.

El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile. -¿Y yo cómo sé? -dijo él.

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-¿Cómo sabés qué? -Si me tengo que tirar para ese lado. La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas. -En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella. ¿Y si no lo atajo? -preguntó él. Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo. El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, per la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta. El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar. A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato. Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio. Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las

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manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna. En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.

Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó despuésque volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto. A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área. El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el asombrado, pero el arbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba “¡no vale, no vale!”. La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita. Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando

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se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco. Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.

El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita. Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino del hermano del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él.<P> Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado. -Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.

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Vidrios rotos
La primera honda que tuve me la hizo en San Luis mi tío Eugenio, que trabajaba de detective en el casino de Mar del Plata. Era una joya: habíamos buscado la horqueta perfecta por todos los árboles del barrio y cuando la encontramos yo subí de rama en rama para cortar la que guardaba el tesoro. Mi tío la peló con un cuchillo y la pintó con un barniz amarronado. Los elásticos los cortó de una cámara que nos regalaron en la gomería y para alojar el proyectil buscó un cuero suave, como gamuza, que hacía juego con el color de la madera. Los amarres con firulete los hizo mi padre con un alambre de cobre bien pulido. Ése fue uno de los grandes días de mi vida. Ponía mos tarros de conserva alineados en el fondo de un baldío y practicábamos hasta el anochecer. Mi tío era pura pasión pero acertaba pocas veces. Lo mismo le pasaba con los números del casino, donde dejó fortunas propias y ajenas. Hasta que pasó al otro lado del mostra dor y aprendió la profesión de los escruchantes para agarrarlos con las manos en la masa. Para sorpresa de todos, el que se reveló muy bueno fue mi viejo, que había pasado por el Otto Krause y detrás de la máscara de hombre de ciencia conservaba la picardía de su abuelo, el pistolero de Valencia. Como todo zurdo contrariado a mí me costaba acomodarme para tirar. Todavía recuerdo con rencor a la maestra que alzaba la voz y me gritaba: "¡Niño Soriano, la lapicera se toma con la diestra!". Y yo la agarraba con la derecha y dibujaba una caligrafía imposible que todavía hoy me cuesta descifrar. Lo cierto es que me costaba acomodarme a la gomera. Una noche de verano salimos con mi padre en ronda de inspección para sorprender a los que derrochaban agua corriente. Caminamos sin apuro, después de cenar, hasta el barrio de chalés. Ahí había gente que tenía piscinas de veinticinco metros y mandaba lavar coches, veredas, frentes con el agua que les faltaba a los infelices que no tenían plata para pagarse tanques de reserva ni motores eléctricos. Mi padre tocaba el timbre y se presentaba como un caballero, quitándose el sombrero ante las damas. Yo me quedaba unos pasos atrás a escuchar su discurso que cambiaba cada vez y derivaba en evocaciones poéticas y citas sarmientinas. Es verdad que a veces hacía demago gia. Ponía en la pluma de Sarmiento y en la boca de San Martín cosas que a mí en el colegio nunca me habían enseñado. Tenía fibra para golpear al hígado y llegar al corazón. Una vez, frente a un industrial con pinta de señorito consentido, que nos había mandado dos veces a la mierda, señaló un grueso y frondoso roble que tapaba la entrada de un potrero y le preguntó con voz serena y convencida: "¿Sabe que el general Belgrano ató su caballo a ese árbol cuando volvía de la batalla de Tucumán?". El señorito se sorprendió y miró al baldío mientras en su patio seguía la fiesta y los invitados se zambullían en la pileta iluminada por grandes faroles. "A mí qué carajo me importa", contestó el tipo y nos cerró la puerta en las narices. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza, se limpió el polvo de los zapatos y volvió a tocar timbre. El tipo apareció de nuevo, metió la mano al bolsillo y empezó a

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contar unos billetes arrugados. "Tomá -le dijo a mi viejo-, andá a comprarle un helado al pibe." Hacía tanto que no me compraban un helado que ahí no más se me aceleró la respiración. Los billetes eran marrones, nuevitos, y el tipo se los tendía a mi viejo con una sonrisa displicente y pacífica. Alcanzaba para dos kilos de chocolate, crema americana y frutilla. Desde el fondo llegaba la melosa voz de Lucho Gatica. A mí me latía fuerte el corazón mientras mi padre seguía parado ahí, bajo el alero del porche, con el traje todo raído y el sombrero en la mano. No le gustaba que lo tutearan. De pronto levantó el brazo y señaló de nuevo el árbol. "La tropa acampó atrás -dijo-. El general estaba muy enfermo y pasó la noche abajo de ese árbol. No tenían ni una gota de agua y todos se pusieron a rezar para que lloviera." Hubo un largo silencio hasta que apareció un muchachón con un balde de agua y se paró bajo el marco de la puerta. "¿Y, llovió mucho?", preguntó el industrial, burlón, mientras contaba dos billetes más. "Ni una gota", contestó mi viejo y movió la cabeza, desconsolado por la triste suerte del general. "Mandó hacer un pozo para buscar agua y enterrar a los soldados que se le morían." Yo me di cuenta enseguida de que tampoco esa noche iba a tener helado. Mi viejo se calzó el sombrero con un gesto cansado mientras se escuchaban las risas de las mujeres y los arrumacos del trío Los Panchos. "No se conseguía agua metiendo la mano en el bolsillo, señor", dijo mi viejo. El tipo extendió el brazo con la plata y mi viejo dio un paso atrás. "Mirá -se empezó a cansar el otro-, el gobernador está adentro, así que tomatelás, ¿sabés? Rajá si no querés perder el empleo." Mi padre me tomó de un hombro y empezamos a salir. Entonces llegó el baldazo y sentí que a mí también me salpicaba el chapuzón de mi padre. Salí corriendo pero mi viejo hizo como si nada hubiera pasado. El industrial y el otro largaron la carcajada y la puerta se cerró de golpe. Ya tenían algo para contarle al gobernador y reírse toda la noche al borde de la pileta. Cruzamos la calle en silencio. Al llegar a la esquina no pude contenerme y me eché a llorar como un tonto. Mi viejo caminaba cabizbajo pero imperturbable y fue a sentarse bajo el árbol donde según él había pasado la noche el general Belgrano. Prendió un cigarrillo, sacó el talonario y escribió la multa con una letra redonda y clara que siempre le envidié. El cielo estaba estrellado y hacía un calor de infierno. Justo para estar al lado de la pileta tomando un helado. "No le cuentes nada a mamá, ¿querés?", me dijo. Yo pensaba en los billetes marrones y en los días que faltaban para fin de mes, cuando traía su sueldo de morondanga. Por decir algo le pregunté cómo había hecho Belgrano para conseguir agua. -No sé, hijo; en cada puerta que golpeaba le tiraban un balde con mierda. Se puso de pie, se quitó el saco para escurrirlo y me pidió que le inventáramos a mi madre un accidente con el camión regador. Ya nos íbamos cuando de repente se paró a mirar la copa del árbol.

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-¿Trajiste la gomera? -me preguntó. Le dije que sí y se la pasé con la bolsita de piedras que llevaba bien agarrada al cinturón. Dejó el saco sobre un arbusto y empezó a trepar por el tronco. No estaba para esos trotes pero alcanzó a ganar la primera rama y de ahí pasó a otra más alta hasta que empecé a perderlo de vista. Tenía miedo de que se cayera y se rompiera algo, como le había pasado otras veces. Empecé a imaginar a Belgrano encaramado al árbol, oteando el horizonte, enfermo y sucio, con el pantalón blanco, la chaqueta azul y el poncho colorado. Entonces escuché un ruido de vidrios rotos y enseguida una lámpara hecha añicos y otra que reventaba. Me di vuelta y vi que la casa de la piscina se quedaba a oscuras. Busqué a mi padre entre el follaje del árbol y de pronto lo oí desplomarse a mi lado con la gomera en la mano. Esta vez cayó de pie y con la cara iluminada. -Dale -me dijo en voz baja-. Vamos a tomar un helado.

Triste, solitario y final
"Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final." Philip Marlowe en El largo adiós

Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla. Los ojos de Stan tienen el color de la bruma; los de Charlie, el del fuego. La brisa salada les salpica los rostros con gotas transparentes. Stan se pasa la lengua por los labios y siente, quizá por última vez en este viaje, el gusto salado del mar. Tiene los ojos celestes, pequeños y rasgados, las orejas abiertas, el pelo lacio y revuelto. Un aire de angustia lo envuelve y a pesar de sus diecisiete años está acostumbrado a fabricarse sonrisas. Ahora, lejos del circo, lejos de Londres, su cuerpo pequeño está rígido y siente que el miedo le ha caído encima desde alguna parte. Charlie, que frente al público es un payaso triste, sonríe ahora, desafiante y frío. Apoyado en la popa ha inclinado el cuerpo hacia adelante, como si quisiera estar más cerca de Manhattan, como si tuviera apuro por asaltar al gigante.

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—Mi padre dijo que el cine matará a los cómicos —ha dicho Stan. Lo dice con amargura, porque ha recordado a su padre que también es actor y ha visto de frente la ansiedad de los curiosos, la desesperación de los fracasados, la alegría momentánea de una mueca; las ha visto mil veces, y lo ha contado mil veces en la mesa durante las cenas en la vieja casa de Lancashire. Las primeras luces surgen de la niebla y Stan sabe que ya no puede volver atrás, que cualquiera sea su destino, él está allí para aceptarlo. —Matará a los cómicos sin talento —ha respondido Charlie, sin mirar a su compañero cada vez más lejano, atrapado por las luces. Siente que la hora llega, que toda Norteamérica es un auditorio en silencio que espera verlo pisar la costa. Escucha las exclamaciones de asombro, los aplausos, los ¡vivas! de la multitud, siente que alguien lo abraza y llora. La sirena del barco lo sacude, le hace abrir los ojos claros que tienen más fuego que nunca y descubre a su alrededor el júbilo de sus compañeros de la troupe que festejan la llegada. Stan sonríe brevemente. Se tapa la cara con las manos porque una sensación vaga y molesta le toca el corazón y las tripas. Entre los dedos abiertos que enrejan sus ojos, mira a Charlie y siente que lo quiere como a nadie, porque sabe que está ante un vencedor. Las lanchas se acercan al barco y lo remolcan. El día es luminoso y la niebla se ha levantado. Algunos actores tragan scotch y dan alaridos incomprensibles. Ellos volverán pronto a Londres, abrazarán a sus mujeres y a sus hijos y narrarán la aventura de la gira. Stan y Charlie no tienen pasajes de regreso. El barco se ha detenido y de la bodega emerge un ganado sucio y mugiente. Una a una las vacas pisan tierra americana y nadie les envidia su destino. Charlie ha encendido un cigarrillo y aguarda su turno en la escalinata. Ya no pertenece a la troupe. Una ola de sangre caliente inunda las venas de Stan y su rostro se llena de vida. Adivina que Charlie está apostando por el éxito y la fama. De un bolsillo saca un puñado de chelines y los arroja con fuerza al mar. Se ha quedado solo y si pudiera verse sentiría vergüenza. —No van a matarme, papá —dice, y salta a tierra.

El viejo Stan Laurel bajó del taxi. Miró el arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprobó el número del edificio. El tránsito era intenso como todas las mañanas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un instante en la vereda. El edificio que tenía frente a él no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de la fachada mostraba la suciedad de los años. Antes de tomar el ascensor se quitó el sombrero. Nadie prestó atención a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al sexto piso se había quedado solo. Salió a un pasillo mohoso, iluminado por un par de lámparas fluorescentes. Caminó unos pasos y se detuvo frente a una puerta de madera deteriorada que tenía un vidrio esmerilado. En él se leía: "Philip Marlowe, detective privado", y más abajo: "Entre sin llamar". Entró sin hacer ruido. Se había vuelto cauteloso y no supo por qué. Ante él había una pequeña sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre la que estaban

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tiradas algunas revistas viejas. Se sentó. Dejó el sombrero sobre la mesa y tomó una de las revistas, pero sus ojos miraban la habitación. Las paredes estaban absolutamente despojadas y no habían sido limpiadas en los últimos años, aunque alguien se encargara de pasar, de vez en cuando, un plumero que nunca había alcanzado el techo. Stan fijó sus ojos en la puerta entreabierta que tenía frente a él. Inclinó el cuerpo, pero no alcanzó a ver el interior de la oficina. Alguien abrió la puerta por completo. —Pase, señor Laurel. Marlowe era un hombre de unos cincuenta años, un metro ochenta de alto, cabello castaño oscuro, aunque las canas lo habían blanqueado demasiado. Sus ojos, también castaños, tenían una mirada dura pero melancólica. Vestía un traje gris claro al que hacía falta planchar. Stan, pequeño y desgarbado, entró en la oficina. La habitación estaba iluminada por el sol que entraba a través del ventanal. Marlowe se acomodó en su sillón, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo y el hollín. —¿Cómo supo mi número? —preguntó el detective, mientras con un gesto invitaba a Stan a sentarse. —En verdad, señor Marlowe, lo tome al azar de la guía. Marlowe encendió un cigarrillo y echó su cuerpo hacia adelante. —¿Pidió referencias? ¿Sabe al menos quién soy? —No. No lo hice. ¿Qué importa eso? Usted anda en este trabajo desde hace muchos años, según me dijo por teléfono. Si me gusta lo contrataré. —No es un buen procedimiento, señor Laurel. Usted es un hombre famoso. Podría pagar los servicios de una agencia. —Soy un hombre famoso al que nadie conoce, señor Marlowe. Se equivoca. No puedo pagar una agencia. No tengo mucho dinero. ¿Cuánto me dijo que cobraba por su trabajo? —Cuarenta dólares diarios y los gastos. —Está dentro de mis posibilidades, siempre que los gastos no sean muchos. —¿Está seguro de no ser un avaro? —Estoy casi en la ruina si le interesa saberlo. Tal vez no le convenga perder su tiempo conmigo. —Eso lo veré después. Antes quiero saber por qué uno de los cómicos más famosos de Hollywood viene a visitar al viejo Marlowe. No me ocupo de divorcios ni persigo a jóvenes drogadictos. —No es ese mi problema. —Me encanta saberlo. Lo escucho. —Me estoy muriendo, señor Marlowe. —No se nota.

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—Sin embargo, es así. Ollie tuvo suerte. Le falló el corazón y terminó con todo. Yo me estoy muriendo lentamente, pero creo que las cosas deberían ser mejores para un viejo actor. —Usted no necesita un detective —gruñó Marlowe—. Hable con un agente de seguros y con un sepulturero. —No creo que tome en serio a sus clientes. —Usted no es mi cliente, señor Laurel. Me parece un hombre desesperado ante la proximidad de la muerte y yo no me ocupo de esos problemas. Si me permite una sugerencia, hable con un cura; usted necesita un consejero espiritual. Tal vez lo metan en un asilo de ancianos. —No necesito consejos. Sé cómo recibir la muerte. Tengo setenta y cinco años, filmé más de trescientas películas, recibí un Oscar, conocí el mundo, me casé ocho veces, varias de ellas con la mujer que ahora está a mi lado. No me importa morir. No vine aquí a pelearme con un detective impertinente que ni siquiera tiene su oficina limpia. Vine a contratarlo. No se ofenda, Marlowe, pero usted es un tonto. Con esos modales no lo alquilarán ni para cuidar el perro de un ejecutivo. Y lo peor es que ya es demasiado grandecito para cambiar. —No rezongue, señor Laurel. Me gano la vida como puedo. No tengo demasiado dinero porque me niego a atender las chocherías de los viejos. —Muy bien —el actor se levantó de su sillón—, aquí tiene mi teléfono. Llámeme si cambia de idea. Usted es muy torpe, pero me parece decente. Stan Laurel abandonó la oficina con la misma cautela con que había entrado. El detective lo siguió con los ojos. Cuando la puerta se cerró, echó una mirada a su reloj. Eran más de las doce. Bajó a la calle y caminó dos cuadras hasta el bar de Víctor. Comió un sándwich y tomó una Coca Cola. Se quedó un rato pensando en el viejo Laurel. Fumó lentamente un cigarrillo. Pidió un diario a Víctor y buscó la página de espectáculos. En un cine de segunda categoría daban un programa de cortos cómicos: Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Buster Keaton, Larry Semon. Salió a la calle. Un frío seco, cortante, extraño en Los Ángeles, obligaba a la gente a envolverse en sobretodos y a caminar con apuro. El sol había desaparecido detrás de la muralla de edificios. Marlowe volvió a su oficina. Del escritorio sacó una botella de whisky y un vaso. Se echó en el sillón, puso los pies sobre el escritorio y tomó algunos tragos. Encendió otro cigarrillo, pero lo apagó en seguida. Intentó dormir. Cerró los ojos, pero fue inútil. Pensó que desde su divorcio apenas había trabajado en un par de casos. Después de separarse de su mujer, anduvo varios meses vagabundeando, borracho, por los suburbios de la ciudad. Recibió un par de palizas y durmió cuatro noches en la cárcel. Entonces decidió alquilar nuevamente su antigua oficina. Cada vez estaba más cansado y sus ahorros —mil doscientos dólares— volaron en seguida. Tuvo que vender el auto para alquilar una casa de dos habitaciones en un barrio de clase media, en las colinas bajas.

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Metió la mano en el bolsillo y sacó algunos billetes arrugados. Los contó: veintisiete dólares con cincuenta. "Ánimo, Marlowe —se dijo—, las estupideces se pagan siempre", y recordó su casamiento con Linda Loring, una millonaria posesiva, que lo rodeó de lujo y lo colmó de aburrimiento durante seis meses. No podía dormir más de dos o tres horas por día. Decidió ir al cine de los cómicos. Necesitaba reír un rato. Tomó un ómnibus que lo dejó a tres cuadras. Caminó con pereza. Hacía cada vez más frío. Levantó la cabeza para ver, sobre los edificios, un cielo color de plomo. A su lado, la gente pasaba apresurada. Se dio cuenta de que no tenía sobretodo. Lo había perdido en una noche de borrachera. Sacó la entrada y se quedó en el hall fumando un cigarrillo. Esperó a que terminara la película de Chaplin. No le gustaba ese hombrecito engreído, al que siempre le iba mal en las películas y bien en la vida. La empleada de la boletería lo miraba. Era una mirada curiosa que recorría el traje arrugado. Se enderezó las solapas, pero ella lo siguió observando. Él le guiñó un ojo y la muchacha dio vuelta la cara. Entró. Había poco público a esa hora y todos estaban juntos, como protegiéndose del frío. Marlowe se sentó en una butaca desvencijada. Vio a Buster Keaton, que subía y bajaba escaleras a toda velocidad con su cara imperturbable y trágica. Vio a Laurel y Hardy, que trataban de vender un árbol de Navidad a Jimmy Finlayson. Los vio luego destruir la casa del furioso cliente, mientras éste rompía el Ford a bigotes del gordo y el flaco ante una multitud de vecinos curiosos. Empezó a reír y no pudo parar. Sintió dolores en la barriga, pero aquellos dos hombres no se detenían nunca; lo obligaban a reír cada vez más. Cuando apareció en la pantalla el policía Edgar Kennedy, Marlowe se paró y abandonó la sala. No quería saber si los llevaría presos. Caminó unas cuadras y tomó el ómnibus. Llegó a la oficina a las seis de la tarde. Quedaba poca gente en el edificio. No sabía por qué regresaba allí. No tenía trabajo y nadie lo esperaba. Tomó un trago y se quedó sentado hasta que la oscuridad lo rodeó. No tenía ganas de levantarse a encender la luz. Empezó a sentirse mal. Siempre se sentía mal al caer la tarde. Tal vez Capablanca quiera jugar una partida de ajedrez, pensó. Cerró la oficina y salió. El ómnibus tardaba casi una hora en llegar a su casa. Subió los escalones de tronco de pino del viejo chalet. Los yuyos habían cubierto el jardín. Abrió la puerta y encendió la luz del porche. "Una tarde me voy a quedar a cortar los yuyos", se dijo. Entró. La sala olía a encierro y resultaba tan poco acogedora e impersonal como siempre. Preparó algo de comer en la cocina. Sacó el tablero y desplegó las piezas. En verdad no tenía ganas de jugar. Guardó el ajedrez. Se sentía peor que Capablanca. Comió poco. Encendió el televisor y vio el noticiero. El presidente Johnson ordenaba bombardeos en Vietnam. Apagó el televisor. Recordó algunas palabras que Laurel le había dicho esa mañana: "Las cosas deberían ser mejores para un viejo actor". Tal vez ahora Stan estuviera viendo ese noticiero. Tomó el teléfono y marcó el número que el actor le había dejado. —Habla Marlowe, señor Laurel. —Me alegra que haya cambiado de opinión, hijo. —No se trata de eso. Necesitaba hablar con alguien.

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Hubo un silencio en la línea. Durante casi un minuto no se atrevieron a interrumpirlo. Por fin, Laurel: —¿Por qué me eligió a mí? —Lo vi esta tarde en un cine. Daban Ojo por ojo. Hacía por lo menos diez años que no veía una película del gordo y el flaco. Me fui antes de que terminara, cuando llegó el policía. —¿Tiene alergia a la policía, Marlowe? —Siempre lo arruinan todo. —Es cierto, Ollie y yo terminamos perseguidos por el policía Sanford. ¿Por qué eligió esa profesión? —Es muy difícil saberlo ahora. Trabajé con el fiscal del distrito hace tiempo, pero soy demasiado irrespetuoso con la autoridad. Decidí seguir solo. Desde entonces estuve varias veces en la cárcel. No me gusta colaborar. —Yo también necesitaba hablar con alguien —lo interrumpió Laurel. —¿Por eso fue a verme esta mañana? —Creo que sí. Iba a pagar su tiempo. —Deberíamos suscribirnos a Corazones Solitarios. —Creí que el cómico era yo, Marlowe. —Hace tiempo que dejó de serlo. —Usted es muy duro conmigo. ¿Siempre es así? —En los ratos libres corto los yuyos del jardín y juego al ajedrez. —La soledad lo ha vuelto hosco, Marlowe. ¿Alguna vez quiso a alguien? —Una vez. Me casé con ella, pero era demasiado tarde. No anduvo. —Quise decir si tuvo amigos. —Recuerdo uno. Se llamaba Terry Lennox. Era inglés, como usted. Trabajó en películas, como usted. Estaba deshecho y terminó montando una comedia para escapar de la realidad. No volví a verlo. Estoy tan solo como es posible estarlo en este país. —¿Puedo verlo mañana, detective? Le adelantaré cien dólares. ¿Está bien? —¡Al diablo con los cien dólares! Le dije que mi oficina no es un confesionario. Olvídese de todo. Tomaremos un gimlet y no lo veré más. Cuando quiera recordarlo iré al cine. Usted era más divertido antes, Laurel.

—¡Cámara!

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La cara del gordo se ha transformado en una máscara payasesca por el maquillaje. Está ante la enorme cocina de un restorán, frente a decenas de cacharros, y el vapor que sale de ellos lo envuelve y lo hace sudar. Los mozos entran uno tras otro y llevan los pedidos, vuelcan los guisos y las sopas. El piso es un enchastre de patas de cordero, papas, verduras, sobre las que el gordo y los mozos resbalan una y otra vez; caen al suelo dibujando cabriolas espectaculares. La acción se interrumpe a menudo. El flaco corre de un lado a otro, grita instrucciones, habla con el gordo y le marca las escenas siguientes. Los días del ensayo previo lo han dejado conforme. "Ese gordo tiene talento y hará reír mucho", piensa Stan. Está feliz porque Hal Roach le ha dado una oportunidad para dirigir un filme. Hace catorce años que llegó a Estados Unidos y se ha ganado la vida en Hollywood como actor de comedias sin demasiado éxito. Ollie pesa ciento cuarenta kilos, pero los lleva sin esfuerzo. Quiso ser actor desde que dejó su casa de Georgia, contra la voluntad de su padre. Cuando filmó su primera película parecía un bebe rozagante al que el público esperaba que le pasaran cosas terribles. Pero era muy difícil triunfar. Chaplin había acaparado al público, a la prensa, y todo el mundo hablaba de él. Ahora Ollie está contento. Siente que Laurel es un tipo inteligente, que sus guiones son precisos y ricos, que sus observaciones son certeras. Será, cree, un gran director. El gordo deja que los auxiliares lo maquillen otra vez, mientras escucha los gritos del flaco que se acerca y controla el efecto que los cosméticos han conseguido sobre su cara. Todo está listo para filmar la siguiente escena. Alguien, en el estudio vecino, hace sonar un tango. Ollie sonríe. Recuerda aquellos rosedales de Palermo; los mateos y los bares de la estación Retiro. Buenos Aires era una linda ciudad en 1915. Ollie camina lentamente hacia las luces del escenario donde las cámaras están listas. No sabe por qué, pero otra vez recuerda los rosedales, las mujeres tímidas y los hombres impecables que las toman del brazo. Los compases del tango le traen a la memoria a aquel hombre, al bandoneonista —Pacho lo llamaban—, que siempre estaba haciéndole chistes por su barriga y su lamentable español. Tenía que ayudarlo en todo. Pacho sospechaba que Ollie comprendía el español, pero hablaba en inglés para no meterse en líos. El tango ha dejado de oírse y el gordo sonríe frente al flaco y le hace un gesto cómplice. El flaco entiende y sonríe también. Ahora recuerda su viaje a la Argentina, en 1914, sus acrobacias de payaso en un teatro céntrico (el Casino, cree recordar), la esperanza que tenía de ser alguna vez actor de cine o director. Quizás ha recordado aquellos corralones donde podía escucharse el tango y compartir un vaso de vino con hombres de pañuelo al cuello y mirada sobradora. —¡Cámara! La acción recomienza en el mismo exacto lugar donde Stan había ordenado el corte anterior. Ollie tiene que resbalar una vez más, debe odiar a los mozos que han dejado caer al suelo sus bandejas. El giro es perfecto y la armonía de sus movimientos logra una extraña forma de poesía grotesca. El resbalón y la caída parecen un cataclismo. Stan sonríe satisfecho. El gordo lo ha logrado. Ollie grita. La escena se rompe en mil pedazos. Stan ordena el corte de cámaras. Corre hacia el escenario. Al caer, el gordo ha arrastrado una olla de agua

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hirviendo. Tiene el brazo derecho rojo y la piel empieza a arrugarse. Ollie grita cada vez más. Alguien corre en busca de un bálsamo para quemaduras. Stan se toma la cabeza. Quiere llorar y no lo consigue. Todo su plan se desmorona, ya no habrá película. Furioso, patea los cacharros y lanza golpes al aire, resbala sobre una planta de lechuga, trastabilla, tropieza contra las piernas del gordo que sigue gritando y cae de narices. Hal Roach grita satisfecho, levanta los brazos y los agita, masca su cigarro con ferocidad. —¡Los encontré! —grita—. ¡Son ellos! A su alrededor nadie ha podido contener una carcajada. La caída del gordo y la furia del flaco —que ahora está tirado y golpea los puños contra el suelo— han sido una de las cosas más desopilantes que se han visto en el estudio. Roach vocifera hasta que un asistente corre a su lado. —¡Contrátelos! —ordena con voz entrecortada—. Es la pareja más cómica que he visto en mi vida. Laurel se ha levantado y camina hacia Roach. Su rostro tiene el gesto del llanto, pero sólo siente pena. —¡Que cagada, Dios mío! —Se toma la cabeza. Roach lo mira sonriente. —¿Se anima a repetirlo? —pregunta, ordena—. Directores hay muchos, Stan. El flaco no comprende. Atrás, una enfermera embadurna el brazo de Ollie y le coloca una venda desprolija. El gordo siente un ligero alivio. La risa de los asistentes le ha dado mucha rabia. No ha entendido tampoco qué hacía Laurel en el suelo, junto a él. Ahora se acerca al productor y a Stan; va a decirles que dentro de una semana podrá seguir trabajando. Los dos hombres lo miran. Roach es feliz. —Creo que ustedes van a hacer reír —dice.

Cuando Laurel entró a la oficina, Philip Marlowe leía un libro sentado en su sillón; las largas piernas del detective estaban sobre el escritorio y sus pies se apoyaban sobre un montón de carpetas. Los zapatos brillaban limpios y lustrados, pero las suelas tenían agujeros y a los tacos de goma se les veían los clavos. Laurel se paró ante el escritorio y observó con atención al hombre que seguía distraído. —Buen día —saludó. El detective levantó los ojos. Miró un largo rato al viejo que vestía un traje pasado de moda, pero limpio y bien planchado. En las manos llevaba un sombrero y el sobretodo que se había quitado antes de entrar. Sus ojos eran brillantes y sonreía, como si hubiera algún motivo para hacerlo. Pasó un largo minuto antes de que Marlowe dejara el libro sobre el escritorio y encendiera un cigarrillo. —Creo que se equivocó de puerta. —Usted necesita un empleo y yo se lo ofrezco —dijo el actor.

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—¡Que interesante! ¿De qué se trata? —¿Qué esta leyendo? —replicó Laurel. —Una novela policial. Un detective de la agencia Continental llega a un pueblo y se mezcla con una banda de criminales y con la policía y anda a los tiros con todo el mundo. No es un hombre delicado, se lo aseguro. Me hubiera gustado tenerlo de socio. La novela no dice cómo se llama, pero podría encontrarlo a la vuelta de una esquina. —¿Alguna vez tuvo que matar a alguien? —dijo Laurel, y se ruborizó. —Alguna vez. Casi lo he olvidado. —El suyo es un oficio duro. —Lo fue. Cuando tenía lío podía ganarme algunos dólares. Ya estoy un poco viejo para eso. ¿Qué me ofrece usted, Laurel? —Cien dólares de adelanto. Acepto su precio. —¿Trajo el dinero? —Aquí está. Hoy lo veo más comprensivo. —Tengo algunos problemas que solucionar. Eso me hace más estúpido. ¿Por qué no se sienta? Laurel se sentó. —Quiero saber por qué nadie me ofrece trabajo. Si tratara de averiguarlo por mi cuenta arriesgaría mi prestigio. Hay muchos veteranos trabajando en el cine y en la televisión. Yo podría actuar, o dirigir, o escribir guiones, pero nadie me ofrece nada desde hace muchos años. Oliver consiguió trabajo una vez, en una película de John Wayne, pero fue un fracaso. Tuvo que ir a pedirlo. Yo nunca quise hacer eso. —¿Conoce a mucha gente en Hollywood? —preguntó Marlowe. —Algunos viejos, a los que no veo hace tiempo, y dos muchachos que vienen a verme de vez en cuando para charlar sobre la comicidad. Ellos tienen mucho trabajo. Usted los conoce: Jerry Lewis y Dick van Dyke. —No voy mucho al cine, pero los he visto. ¿Son sus amigos? —Dick es un amigo. Tiene talento; mucho talento. Me considera su maestro. Viene a casa y charlamos largas horas. —¿Por qué no lo contrata? —Él no puede contratarme. Es posible que no se anime a incluir en sus películas al viejo maestro. —Entiendo. Por ahí anda a las trompadas un muchacho a quien le enseñé el oficio, pero no se le ocurre colaborar con el viejo Marlowe. Viene a visitarme para tomar whisky. Me consulta sus casos, me da la mano y se va. Lew es un gran muchacho, preocupado por el psicoanálisis, pero debe creer que los viejos viven del aire. Los productores pensarán que usted está en buena posición y que sin Hardy no le interesa trabajar.

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—Cuando él vivía tampoco nos ofrecieron nada. En el cincuenta y uno hicimos una película en París. Fue lo último. —¿Ganaron dinero? —No. La película fue un fracaso. Ollie estaba enfermo y no podía moverse demasiado. Yo también había estado con ataques y no era un buen momento. No filmamos en Estados Unidos desde que Ollie volvió de la guerra. —¿Hardy fue a la guerra? —Había recibido instrucción en un colegio militar cuando muchacho. Lo llamaron y le dieron el grado de capitán. Estuvo en Gibraltar. —¿Él quería ir al frente? —Era un muchacho muy despreocupado. Lo tomó en broma. Me dijo: "Me voy al frente" y no lo vi hasta un año después. Cuando me contó sus anécdotas pensé en filmar una película, pero él estaba muy dolorido por todo lo que ocurrió y preferimos dejarlo. —¿Cuándo murió? —En 1957, en un hospital. Estaba muy enfermo y paralítico. Fue una época muy difícil. No fui al entierro y me criticaron por eso, pero no podía ir. —¿Por qué? —Ollie no era sólo un amigo. Era parte de mí; ninguno podía ser nada sin el otro. Nuestra vida fue el cine y lo compartimos todo. No nos veíamos mucho, pero hacíamos lo único que justificaba nuestra vida: filmar. Pronto me di cuenta de que éramos uno solo. Yo no podía asistir a mi propio entierro. —¿Por qué me dijo ayer que estaba muriendo? —Estoy enfermo, Marlowe. Soy diabético y tengo ataques. Sé que no me queda mucho tiempo. Pero no era eso lo que trataba de decirle. Desde que no trabajo me estoy muriendo un poco cada día. Cuando uno tiene un solo motivo para vivir, y ese motivo desaparece, siente que está de más. Quiero que usted averigüe por qué los productores me han olvidado. —¿Tuvo relación con los diez de Hollywood? —¿Los diez de Hollywood? —Sabe de que hablo: los juicios de Joe. —Los conozco, pero nada más. —Espero que no me mienta —dijo el detective—; la política ha dejado fuera de carrera a más actores que la droga. Usted conoce bien todo eso. Si Joe veía rojo era para echar a correr. Sé de uno de los condenados. Pasó nueve meses preso por vender bonos para el partido. Él quería ayudar a los otros detenidos y lo metieron adentro. Su vida resultó un desastre: uno puede ser un desgraciado y seguramente irá preso. Haga la prueba. Señale a los culpables de su suerte y le darán una buena celda. Hágase rico o sea un rebelde famoso y lo aplaudirán.

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—No se enoje, detective. —No estoy enojado —Marlowe levantó la voz—, pero me molesta que se haga el inocente, Laurel. —No entiendo —Stan bajó el tono. —Déjelo. —Una vez Buster Keaton me dijo que habíamos cometido un error, porque nuestros argumentos se basaban en la destrucción de la propiedad privada y en el ataque a la policía. Decía que la gente se reía de eso, pero en el fondo nos odiaba. —¿Dónde está ahora Keaton? —Creo que en Canadá, haciendo películas de turismo. Está en la miseria. —¡No me diga! —Muchos cómicos terminaron así. Chaplin se salvó. —¿Se salvó? —se burló el detective. —A él también lo persiguieron. Tuvo que irse. —Vea, amigo, cuando en este país lo persiguen a uno en serio, es difícil escapar. Chaplin fue un rebelde famoso, lleno de mujeres y de millones. Joe no tenía interés en meterlo a la sombra. Un día de estos volverá a pasear su esqueleto por Hollywood y le harán reverencias. Es posible que le levanten un monumento. Usted y yo estaremos pidiendo limosna en la entrada de los estudios. —No exagere —respondió el actor. —Está bien. Estoy sintiendo frío. Cambiemos este billete de cien en lo de Víctor. Prepara un ginlet de primera y a esta hora el bar está casi desierto. Víctor no se ha despeinado del todo y todavía tiene las manos limpias y una sonrisa. —No bebo a esta hora. —A mucha gente le pasa lo mismo. Por eso Víctor está limpio y sonriente.

Ollie se ha sentado en un sillón donde el cuerpo parece estar de sobra. Fuma un cigarro de discreta calidad, tratando de que las cenizas no caigan sobre el piso brillante del hall. Su vista sube, baja, gira y se detiene en los cuadros de las paredes, en los muebles, en todo ese lujo que adorna la sala confortable pero deshabitada. "Qué viejo está", piensa la secretaria vieja, que ha entrado por una puerta enorme y se acerca al gordo con una sonrisa. —El señor Wayne lo recibirá en un momento —le dice y aún cuando ha terminado de hablar sostiene su mirada a través de los lentes. —Gracias —contesta el gordo, e inclina la cabeza a modo de saludo. A ella le parece que el juego es el mismo de siempre, sólo que falta Stan para levantar su sombrero y responder al saludo.

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El gordo no se ha movido del sillón y continúa mirando discretamente a su alrededor, hasta descubrir un par de pistolas que se cruzan formando una equis sobre la pared, justo frente a él. A la derecha, una bandera norteamericana cuelga inmaculada, como si alguien se tomara el trabajo de lavarla de vez en cuando, de cuidar sus pliegues imperfectos. Apaga el cigarro y se arrellana en el asiento. Hace mucho tiempo que no ve a John y le da un poco de vergüenza visitarlo para pedirle trabajo. Stan le ha dicho que no se apresure. No le habló mal de Wayne porque nunca habla mal de nadie, pero él se dio cuenta de que no le cae simpático. Tal vez haya sido una imprudencia molestarlo, interrumpir su trabajo. La puerta se abre y la secretaria, solemne y curiosa, le indica que pase. Transpone la puerta enorme y encuentra el vacío. Allá, a lo lejos, un cowboy se pone de pie y levanta los brazos, jovial y descansado, como si acabara de despertarse de una siesta. —¡Mi viejo Ollie! —grita. Avanza. Sacude el cuerpo flaco, excesivamente alto. Lleva un pantalón vaquero de cuero y una chaqueta de cheyenne; a ambos lados de la cintura cuelgan las pistolas. Cuando están a dos metros el gordo anticipa la mano derecha y una sonrisa. Wayne, con la velocidad de un rayo, saca sus pistolas y aprieta ambos gatillos a la vez. Hay un chasquido seco, absurdo, que se pierde en el aire; una carcajada falsa, hiriente, más de complicidad que de gozo, deforma la cara del cowboy. Ollie comienza a sonreír. Es una respuesta tímida y sorprendida que se apaga pronto. Wayne sigue riendo mientras las pistolas giran en sus dedos, pasan de una mano a otra antes de caer en las fundas. —¡Mi viejo Ollie! —repite Wayne y estrecha los hombros del gordo que sonríe sin ganas, apenas con un gesto quebrado—. ¿Qué te parece mi ropa para la próxima película? —pregunta Wayne. —Estás muy bien, sos un verdadero cowboy —contesta Ollie y su mirada recorre cada detalle. —Hay que cuidar la forma, Ollie —dice Wayne mientras levanta las cejas—, el público no quiere vaqueros mal entrazados, que den risa. Hace un paréntesis, como disfrutando, y agrega: —Ustedes sí que dieron risa. Ya lo creo. —Gracias —contesta el gordo, que sostiene el sombrero entre sus manos. Lo ve alejarse hacia el escritorio, en el fondo del salón, y lo sigue con paso lento. No hablan. La enorme figura del vaquero se hace más imponente al recortarse frente al ventanal. Se sienta tras el escritorio y saca un cigarrillo que enciende con una pequeña pistola. Una enorme pintura de Custer se empequeñece a sus espaldas. Por fin, habla: —¿Qué te trae de visita, Ollie? El gordo vacila. Parece un principiante, o un viejo estúpido. Dice en voz baja:

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—Busco un papel, John; algo para mí solo. Stan y yo tenemos algunas propuestas, pero él prefiere elegir los guiones. Estudia demasiado las cosas y entretanto... —Ustedes todavía pueden trabajar, Ollie... ¿Qué es eso de separarse? —No nos separamos, John, busco algo transitorio. Mi situación no es buena y unos dólares me vendrían bien. Wayne ha sacado una pistola y mira dentro del tambor, lo hace girar, sopla el humo del cigarrillo a través del caño. —Debí imaginarlo. Puedo darte algo en The Fighting Kentuckian. Un villano o algo así. —Un villano... —Algo así. Se miran. El gordo se siente como un elefante indefenso ante el cazador. Ahora sabe que Stan tenía razón. Aquí está, convertido en un villano, disfrazado con un gorro de piel y una carabina. —Arreglá con el ayudante de producción —oye decir. Sale. No sabe si ha tendido otra vez su mano, pero se la lleva a la boca y siente gusto a pólvora. La vieja secretaria lo despide con una sonrisa. "¡Que viejo está!", piensa.

Aquel peronismo de juguete
Cuando yo era chico Perón era nuestro Rey Mago: el 6 de enero bastaba con ir al correo para que nos dieran un oso de felpa, una pelota o una muñeca para las chicas. Para mi padre eso era una vergüenza: hacer la cola delante de una ventanilla que decía “Perón cumple, Evita dignifica”, era confesarse pobre y peronista. Y mi padre, que era empleado público y no tenía la tozudez de Bartleby el escribiente, odiaba a Perón y a su régimen como se aborrecen las peras en compota o ciertos pecados tardíos. Estar en la fila agitaba el corazón: ¿quedaría todavía una pelota de fútbol cuando llegáramos a la ventanilla? ¿O tendríamos que contentarnos con un camión de lata, acaso con la miniatura del coche de Fangio? Mirábamos con envidia a los chicos que se iban con una caja de los soldaditos de plomo del general San Martín: ¿se llevaban eso porque ya no había otra cosa, o porque

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les gustaba jugar a la guerra? Yo rogaba por una pelota, de aquellas de tiento, que tenían cualquier forma menos redonda. En aquella tarde de 1950 no pude tenerla. Creo que me dieron una lancha a alcohol que yo ponía a navegar en un hueco lleno de agua, abajo de un limonero. Tenía que hacer olas con las manos para que avanzara. La caldera funcionó sólo un par de veces pero todavía me queda la nostalgia de aquel chuf, chuf, chuf, que parecía un ruido de verdad, mientras yo soñaba con islas perdidas y amigos y novias de diecisiete años. Recuerdo que ésa era la edad que entonces tenían para mí las personas grandes. Rara vez la lancha llegaba hasta la otra orilla. Tenía que robarle la caja de fósforos a mi madre para prender una y otra vez el alcohol y Juana y yo, que íbamos a bordo, enfrentábamos tiburones, alimañas y piratas emboscados en el Amazonas pero mi lancha peronista era como esos petardos de Año Nuevo que se quemaban sin explotar. El General nos envolvía con su voz de mago lejano. Yo vivía a mil kilómetros de Buenos Aires y la radio de onda corta traía su tono ronco y un poco melancólico. Evita, en cambio, tenía un encanto de madre severa, con ese pelo rubio atado a la nuca que le disimulaba la belleza de los treinta años. Mi padre desataba su santa cólera de contrera y mi madre cerraba puertas y ventanas para que los vecinos no escucharan. Tenía miedo de que perdiera el trabajó. Sospecho que mi padre, como casi todos los funcionarios, se había rebajado a aceptar un carné del Partido para hacer carrera en Obras Sanitarias. Para llegar a jefe de distrito en un lugar perdido de la Patagonia, donde exhortaba al patriotismo a los obreros peronistas que instalaban la red de agua corriente. Creo que todo, entonces, tenía un sentido fundador. Aquel “sobrestante” que era mi padre tenía un solo traje y dos o tres corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un poco de queso para el postre. Cuando cumplió cuarenta años, en los tiempos de Perón, le dieron un crédito para que se hiciera una casa en San Luis. Luego, a la caída del General, la perdió, pero seguía siendo un antiperonista furioso. Después del almuerzo pelaba una manzana, mientras oía las protestas de mi madre porque el sueldo no alcanzaba. De pronto golpeaba el puño sobre la mesa y gritaba: “¡No me voy a morir sin verlo caer!”. Es un recuerdo muy intenso que tengo, uno de los más fuertes de mi infancia: mi padre pudo cumplir su sueño en los lluviosos días de setiembre de 1955, pero Perón se iba

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a vengar de sus enemigos y también de mi viejo que se murió en 1974, con el general de nuevo en el gobierno. En el verano del 53, o del 54, se me ocurrió escribirle. Evita ya había muerto y yo había llevado el luto. No recuerdo bien: fueron unas pocas líneas y él debía recibir tantas cartas que enseguida me olvidé del asunto. Hasta que un día un camión del correo se detuvo frente a mi casa y de la caja bajaron un paquete enorme con una esquela breve: “Acá te mando las camisetas. Pórtense bien y acuérdense de Evita que nos guía desde el cielo”. Y firmaba Perón, de puño y letra. En el paquete había diez camisetas blancas con cuello rojo y una amarilla para el arquero. La pelota era de tiento, flamante, como las que tenían los jugadores en las fotos de El Gráfico. El General llegaba lejos, más allá de los ríos y los desiertos. Los chicos lo sentíamos poderoso y amigo. “En la Argentina de Evita y de Perón los únicos privilegiados son los niños”, decían los carteles que colgaban en las paredes de la escuela. ¿Cómo imaginar, entonces, que eso era puro populismo demagógico? Cuando Perón cayó, yo tenía doce años. A los trece empecé a trabajar como aprendiz en uno de esos lugares de Río Negro donde envuelven las manzanas para la exportación. Choice se llamaban las que iban al extranjero; standard las que quedaban en el país. Yo les ponía el sello a los cajones. Ya no me ocupaba de Perón: su nombre y el de Evita estaban prohibidos. Los diarios llamaban “tirano prófugo” al General. En los barrios pobres las viejas levantaban la vista al cielo porque esperaban un famoso avión negro que lo traería de regreso. Ese verano conocí mis primeros anarcos y rojos que discutían con los peronistas una huelga larga. En marzo abandonamos el trabajo. Cortamos la ruta, fuimos en caravana hasta la plaza y muchos gritaban “Viva Perón, carajo”. Entonces cargaron los cosacos y recibí mi primera paliza política. Yo ya había cambiado a Perón por otra causa, pero los garrotazos los recibía por peronista. Por la lancha a alcohol que casi nunca anduvo. Por las camisetas de fútbol y la carta aquella que mi madre extravió para siempre cuando llegó la Libertadora. No volví a creer en Perón, pero entiendo muy bien por qué otros necesitan hacerlo. Aunque el país sea distinto, y la felicidad esté tan lejana como el recuerdo de mi infancia al pie del limonero, en el patio de mi casa.

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El míster Peregrino Fernández
A Peregrino Fernández le decíamos el Mister por¬que venía de lejos y decía haber jugado y dirigido en Cali, ciudad colombiana que en aquel pueblo de la Patagonia sonaba tan misteriosa y sugerente como Estrasburgo o Estambul. Después de que nos vio jugar un partido que per¬dimos 3 a 2 o 4 a 3, no recuerdo bien, me llamó aparte en el entrenamiento y me preguntó: —¿Cuánto le dan por gol? —Cincuenta pesos —le dije. —Bueno, ahora va a ganar más de doscientos —me anunció y a mí el corazón me dio un brinco porque apenas tenía diecisiete años. —Muy agradecido —le contesté. Ya empezaba a creerme tan grande como Sanfilippo. —Sí, pero va a tener que trabajar más —me dijo enseguida—, porque lo voy a poner de back. —Cómo que me va a poner de back —le dije, creyendo que se trataba de una broma. Yo había jugado toda mi vida de centro-delantero. —Usted no es muy alto pero cabecea bien —insis¬tió—; el próximo partido juega de back. —Discúlpeme, nunca jugué en la defensa —dije—. Además, así voy a perder plata. —Usted suba en el contragolpe y con el cabezazo se va a llenar de oro. Lo que yo necesito es un hombre que se haga respetar atrás. Ese pibe que jugó ayer es un angelito. El angelito al que se refería era Pedrazzi, que esa temporada llevaba tres expulsiones por juego brusco. Muchos años después, Juan Carlos Lorenzo me dijo que todos los técnicos que han sobrevivido tienen buena fortuna. Peregrino Fernández no la tenía y era terco como una muía. Armó un equipo novedoso, con tres defenso¬res en zona y otro —yo— que salía a romper el juego. En ese tiempo eso era revolucionario y empezamos a empatar cero a cero con los mejores y con los peores. Pedrazzi, que jugaba en la última línea, me enseñó a desequilibrar a los delanteros para poder destrozarlos mejor. “¡Tócalo!”, me gritaba y yo lo tocaba y después se escuchaba el choque contra Pedrazzi y el grito de dolor. A veces nos expulsaban y yo perdía plata y arruinaba mi carrera de goleador, pero Peregrino Fernández me pro¬nosticaba un futuro en River o en Boca.

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Cuando subía a cabecear en los corners o en los tiros libres, me daba cuenta hasta qué punto el arco se ve diferente si uno es delantero o defensor. Aun cuando se esté esperando la pelota en el mismo lugar, el punto de vista es otro. Cuando un defensor pasa al ataque está secretamente atemorizado, piensa que ha dejado la de¬fensa desequilibrada y vaya uno a saber si los relevos están bien hechos. El cabezazo del defensor es rencoroso, artero, desleal. Al menos así lo percibía yo porque no tenía alma de back y una tarde desgraciada se me ocurrió decírselo a Peregrino Fernández. El Mister me miró con tristeza y me dijo: —Usted es joven y puede fracasar. Yo no puedo darme ese lujo porque tendría que refugiarme en la selva. Así fue. Al tiempo todos empezaron a jugar igual que nosotros y los mejores volvieron a ser los mejores. Un domingo perdimos 3 a 1 y al siguiente 2 a 0 y después seguimos perdiendo, pero el Mister decía que estábamos ganando experiencia. Yo no encontraba la pelota ni llegaba a tiempo a los cruces y a cada rato andaba por el suelo dando vueltas como un payaso, pero él decía que la culpa era de los mediocampistas que jugaban como damas de beneficencia. Así los llamaba: damas de bene¬ficencia. Cuando perdimos el clásico del pueblo por 3 a 0 la gente nos quiso matar y los bomberos tuvieron que entrar a la cancha para defendernos. Peregrino Fernández desapareció de un día para otro, pero antes de irse dejó un mensaje escrito en la pizarra con una letra torpe y mal hilvanada: “Cuando Soriano esté en un equipo donde no haya tantos tarados va a ser un crack”. Más abajo, en caligrafía pequeña, repetía que Pedrazzi era un angelito sin futuro. Yo era su criatura, su creación imaginaria, y se refugió en la selva o en la cordillera antes de admitir que se había equivocado. No volví a tener noticias de él pero estoy seguro de que con los años, al no verme en algún club grande, debe haber pensado que mi fracaso se debió, simplemente, a que nunca volví a jugar de back. Pero lo que más le debe haber dolido fue saber que Pedrazzi llegó a jugar en el Torino y fue uno de los mejores zagueros centrales de Europa.

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José María Gatica: Un odio que no conviene olvidar (1974)
A Julio Cortázar [Poco después del "rodrigazo", que nos dejó a todos en la miseria, Roberto Cossa me hizo entrar en El Cronista Comercial, donde volví a ser redactor de deportes. Esta semblanza de José María Gatica se publicó a fines de 1975.] "No me dejés solo, hermano". Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban esa piltafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María Gatica, uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino. Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de sangre y ovaciones. El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como semifondista profesional. Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca. Había sufrido la violencia desde su nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de Mayo de 1925. A los siete años llegó a Buenos Aires en un tren de carga, con su madre y un hermano mayor. A los diez había ganado un lugar en Plaza Constitución, donde lustró miles de zapatos. De rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Un peluquero que vivía por allí lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado con el boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio. The Sailor's Home era la casa de la misión inglesa para marineros. Estaba en Paseo Colón y San Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí paraban los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos de una borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin cuchillo. Todo se resolvía a puñetazos. Un hombre de agallas podía ganarse allí veinte pesos si era capaz de vencer en tres rounds al marinero más fuerte. Lázaro Koczi apareció una noche con Gatica, le mostró el ring y le habló de los veinte

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pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó varias peleas, que agachó a corpulentos marineros y luego dejó su parada de Constitución. Había ganado el derecho a más. El 7 de diciembre de 1945 -ese año singular en la historia argentina- debutó en el Luna Park. Sus ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona. En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios pusieron sus ojos en él. Al año siguiente ganó las siete peleas que hizo, una de ellas con Alfredo Prada, quien sería su más rival encarnizado. Por entonces el público se había dividido: el ring-side abucheada a Gatica, quería verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que miraba con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies levantaba los brazos tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos de la tribuna eran diversos, según de dónde provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. A los periodistas le gustaba más Mono y así lo recuerdan aún. Mientras duró su grandeza tuvo un rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo Prada. Ya se habían enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los iba a unir en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia. Los enfrentamientos entre Gatica y Prada dividieron al público como nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada era campeón argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó. Cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaraban al ocaso. Prada dejó el boxeo con algún dinero en el banco. Afrontó la vida como un ciudadano recompensado. El Mono volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida hubiera sido una parábola restallante, una explosión de luces que lo iluminaron hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad. Volvió a una villa miseria. Vivió de la caridad junto a su segunda mujer y dos hijas. Fue una fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la puerta de su casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento. Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios elogiaron: abrió un restaurante en calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó quince mil pesos por mes y lo puso en la puerta del negocio para exhibirlo. El gesto compasivo de Prada era otra humillación que Gatica soportó porque no podía sino aceptar su derrota. Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos -los lustradores- y les destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park. Unos pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de él. Desde que Alfredo Prada lo venció en 1953, en la última pelea, no dejó de caer. Siguió tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como hombre le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio, el odio, el revanchismo de las buenas conciencias.

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Era, para ellas, un analfabeto despreciable, un "lumpen". Perdió todo lo que tenía pero jamás se lamentó. Fue noticia para los diarios el día que una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas colmadas de aleccionadora compasión. Curiosamente, el Mono sonreía. Adhirió fervorosamente al peronismo y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma parábola en el almanaque: levantó su brazos en 1945 y lo bajó, vencidos, en 1956. Había sido el preferido de Perón mientras brillaba. Aficionado al boxeo, el Presidente apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una pelea con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con Ike Williams, dueño de la corona mundial, en 1951. Medio país estuvo pendiente de la suerte del Mono que iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Subió a la lona sobrador, fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos y puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche. Pero Gatica no sabía de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a los tres minutos de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces perdió los favores oficiales y dejó de ser el hombre que se fotografiaba junto a Perón. Entre 1952 y 1953 ganó trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson, pero la última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva; caualmente, esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos años antes del día que estalló el pronunciamiento militar contra el peronismo. No sólo Prada usó al Mono para exaltar la beneficencia. Martín Karadagián, un empresario del espectáculo que había montado una troupe de luchadores, lo llevó a parodiar una final. También allí tenía que perder. En "sensacional encuentro" Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo sometió por unos pocos pesos. La última derrota ocurrió el 10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de aquel colectivo. Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación; "una bala perdida", como solía decir él. No tuvo amigos. Apenas dos o tres compañeros de aventuras en los momentos en que regalaba su pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle Herrera, de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos puestos en otro vendedor de muñecos, repitió: "No me dejés solo, hermano; levantáme, no quiero estar tirado". Cuando murió, La Prensa dijo: "La popularidad que adquirió Gatica por sus éxitos y por su característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada por el régimen de la dicatdura, que lo adoptó como en el caso de otros campeones deportivos como instrumento de propaganda. Y esta publicidad extradeportiva y el aplauso obsecuente de personajes encumbrados no fueron ajenos por cierto a que él cayera en actos de inconducta dentro y fuera del ring". Fué un recuerdo político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado. Pero no; aún muerto sería molesto: nunca llegó tanta gente a la Federación Argentina de Box como para su velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y compraron una corona que decía: "El pueblo a su ídolo". El féretro tardó siete horas en

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llegar al cementerio de Avellaneda. Cuando la última palada de tierra cubrió el modesto cajón, los cronistas anotaron esta frase de Jesús Gatica: "La única miseria qe vivió mi hermano fue consecuencia de su desesperado afán de querer vivir la vida". Se cumplen tres décadas de la que fue, quizá, su primera alegría, cuando tenía veinte años. Gatica es, todavía, un símbolo contradictorio, arbitrario; la vida le fue quitada poco a poco, con un odio que conviene no olvidar.

Historia de un símbolo del capitalismo moderno
Osvaldo Soriano Revista Crisis, 42, mayo 1986, pp. 64-69.

John Pemberton tiene treinta y un años cuando la Guerra de Secesión termina. Se había batido a las órdenes del general Joe Wheeler en Georgia, y la derrota del Sur lo dejará en la miseria. Ex estudiante de farmacia, Pemberton es un apasionado de la alquimia en un tiempo en el que casi todo está por inventarse. En 1869, casado con Clifford Lewis, hastiado de la vida pueblerina de Columbus, decide instalarse en la capital del Estado, Atlanta. Pemberton es, sin saberlo quizás, un pionero americano. Un hombre que cree en el futuro de ese país que se extiende hacia el Oeste a cada disparo de fusil. Su pasión, en la

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época de los inventores, es la búsqueda de nuevos medicamentos para enfermedades vulgares. Falto de recursos, interesa en sus investigaciones a dos hombres de negocios, Wilson y Taylor. Por entonces no hacían falta demasiados argumentos para promover las inversiones: el farmacéutico había adquirido cierta celebridad con sus jarabes para la tos, sus pastillas para el hígado y sus lociones contra la caída del cabello, productos inútiles pero de excelente venta en los pueblos del lejano Oeste. Wilson y Taylor decidieron apostar al dudoso genio del entusiasta Pemberton, pero tomaron ciertas precauciones: una parte de la inversión serviría para abrir un drugstore y la otra para financiar la alquimia de Pemberton. Esa extraña conjunción -bar más laboratorio de investigaciones "científicas"-, iba a revelarse como una amalgama genial: por entonces, las bebidas sin alcohol comenzaban su desarrollo en los estados "calientes" del Sur. Limonadas y naranjadas conocidas desde la antigüedad, sufrieron la competencia de los más extravagantes brebajes de los cuales sólo el de Pemberton iba a sobrevivir.

Remedio para melancólicos En la trastienda de su drugstore, el farmacéutico trabajará diecisiete años, desbordante de ambición y entusiasmo En 1880, para hacer frente al progreso, compra una "fuente de soda", colosal aparato de ocho metros de largo, que permite a la clientela elegir entre decenas de grifos por donde chorrean empalagosas bebidas multicolores. Los vecinos, sobre todo los chicos, se amontonan frente a los bares para saborear las pociones que cada alquimista inventa la noche anterior. Ninguna fruta, ninguna planta silvestre se salva de ser exprimida, diluida en agua, mezclada con jarabes de dudosa procedencia. Entusiasmado por las posibilidades del negocio, decepcionado quizá por su fracaso en el

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campo de la medicina, Pemberton decide retomar una vieja fórmula utilizada en Senegal y Cayena, conocida como The French Wine Coca, mezcla de vino y extracto de coca. Se propone lograr un jarabe tonificante, que alivie el dolor de cabeza, la melancolía de los viajeros y los efectos de la borrachera. Descarta el alcohol y se sumerge en una febril búsqueda de hierbas y frutas antes desdeñadas. Mezcla, agita, deja reposar, prepara un fuego de leña, calienta su brebaje en una vasija de cobre, le agrega azúcar, cafeína, hojas de coca, y el 8 de mayo de 1886 -hace exactamente un siglo-, descubre, sin saberlo todavía, lo que iba a ser el más gigantesco símbolo del capitalismo moderno: la Coca Cola. Si el punto de partida parece digno de José Arcadio Buendía, el desarrollo inmediato del producto entra en la leyenda. La historia oficial es edulcorada y tolerante, y la anécdota esconde no pocas inexactitudes.

Las burbujas de la felicidad Pemberton creía haber fabricado una bebida distinta a las otras, pero nada más. En sus alambiques tenia un jarabe denso y meloso, repugnante, al que habla que diluir en una abundante cantidad de agua. Para venderlo, cuenta por toda la ciudad que se trata del mejor remedio jamás inventado para disipar la resaca del alcohol. Consigue, entonces, una vasta clientela que acude a su bar con la esperanza de borrar las brumas de una noche de juerga. Una tarde, un forastero le proporcionará la clave para entrar en la historia. Tambaleante, llevado por el rumor público, el hombre entra al bar de Pemberton y pide un vaso "de esa cosa que usted fabrica para ayudar a los borrachos". Cansado de tanto ir y venir hasta la máquina. Pemberton sirve el jarabe mezclado con agua gaseosa. El foras-tero se toma tantos vasos que la botella se vacía y el farmacéutico le llena el siguiente con agua de la canilla, como lo hacía siempre. El borracho escupe y exclama: "¿Y las burbujas? ¿Dónde están las burbujas? ¡Sin las burbujas esta porquería es intomable!" Pemberton había pasado, de pronto, del jarabe "curativo" a la bebida por placer. El primero de enero de 1887, asociado a tres hombres de negocios de la ciudad -D. Doe, Frank M Robinson y Holland-, el inventor fundaba la Pemberton Chemical Company. Reunidos en el drugstore los flamantes asociados decidieron lanzarse a los negocios sin descuidar ningún detalle: el actual logotipo es copia fiel de la prolija caligrafía de Robinson, el primer contador de la empresa. El rojo y el blanco de la bandera norteamericana fueron, desde entonces, los colores que identificarían al producto. Pemberton utilizó, en los primeros tiempos, un sistema de venta hoy archidivulgado: el

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bono que permite tomar un segundo vaso “gratis”. También, por supuesto, la publicidad escrita: los diarios de Atlanta publicaban, ya en 1886, este aviso a una columna: "CocaCola, deliciosa-refrescante", slogan que aún sigue utilizándose en muchos países del mundo. Sin embargo, el negocio es un fracaso. En el primer año, la compañía vende sólo 112 litros, que dejan un balance de 50 dólares de activo y 46 de pasivo. Al borde de la quiebra, obligado a otra actividad para mantener a su familia, Pemberton vende un tercio de sus acciones a Georges Lownes en 1.200 dólares. Este a su vez, cederá su parte a Woolfolk Walker, un ex empleado del inventor en la misma suma. Pero Walker no tiene el dinero necesario para desarrollar el negocio y vende a su turno dos partes a Joseph Jacobs y Asa Candler. Ambicioso, Candler va a convertirse en el verdadero motor de la empresa. Por 550 dólares compra a Pemberton la última parte del negocio que el creador, agonizante, le ofre-ce; Walker, sin dinero, y Jacobs, sin visión, le venden a su vez las acciones. El 22 de abril de 1891 Asa G. Candler es el solo propietario, el único en conocer el secreto de la fórmula que Pemberton le ha confiado antes de morir. Este hombre, constructor de la primera gran época de Coca Cola ha llegado a Atlanta en 1873 a hacer fortuna. La expansión que sigue a la Guerra Civil y el casamiento con una generosa heredera lo transforman en propietario de tres laboratorios farmacéuticos y un stock de droguería considerable. Un incendio feliz -hecho omitido, claro, en la historia oficial- lo ha convertido en fuerte acreedor de una compañía de seguros y sus negocios valen cien mil dólares.

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La botella de un tal Edwards

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En 1890, Candler decide abandonar la droguería y los productos farmacéuticos a cambio de cincuenta mil dólares, y dedicarse por entero a Coca Cola. Sus biógrafos lo definen como "hombre de olfato". La primera medida que toma en la casi inexistente compañía es reincorporar a Frank Robinson. ex contador de Pemberton y creador de la caligrafía que identifica a la bebida en todo Atlanta. Ambicioso, autoritario, avaro, Candler hará trabajar para él a toda la familia de diez hermanos. El 29 de enero de 1892 funda la sociedad que hoy se conoce como The Coca-Cola Company. Luego de la fórmula, las burbujas, la caligrafía identificatoria, Coca Cola es el producto más conocido de la ciudad de Atlanta, es decir, un negocio regional en la época del gran desarrollo de los transportes y las comunicaciones. Sin embargo, la manipulación de la jalea básica por los dueños de bares y de máquinas para servir bebida, conspira contra la idea de un producto "irresistible"; ninguna regla rige hasta entonces para las proporciones de materia y de agua gasificada. Candler intenta hacer respetar su brebaje limitando la venta -a cinco centavos el vaso- a las fuentes de soda, es decir, restringiendo el negocio. Son dos abogados de Chattanooga, Tennessee, quienes llevarán la Coca Cola a todo el país. Benjamin F. Thomas y Joseph Brown Whitehead han gustado la bebida en Atlanta y están convencidos de que la empresa es una mina de oro. En una entrevista con Candler le proponen adquirir los derechos exclusivos para embotellar la bebida. Candler podría así multiplicar por miles la venta del producto básico y ellos instalar plantas embotelladoras en todos los estados del país. El propietario acepta y el contrato se firma, simbólicamente, por la suma de un dólar. Otra sociedad nace en 1899: la Coca Cola Bottling Company, que instala fábricas en Chattanooga y Atlanta. Sin embargo, los abogados advierten enseguida que la inversión industrial es un paso en falso: máquinas, obreros, transportes, son un estorbo. La decisión más drástica no tarda en llegar: su sola tarea consistirá, en adelante, en revender la jalea de Candler a pequeños embotelladores de todas las regiones del país. En 1904 Whitehead y Thomas han firmado contrato con 80 plantas de toda la Unión prohibiéndoles expresamente adquirir la materia prima a Candler. Ese año las ventas de la jalea pasan a tres millones seiscientos mil litros. Los primeros años del siglo veinte ven convertirse la marca de Pemberton en la gaseosa más popular de los Estados Unidos. Los dos abogados, y con ellos Candler, son inmensamente ricos. Pero la panacea se ve amenazada muy pronto. El éxito de la bebida, que sale de las ciudades a conquistar el campo, se basa en una estructura endeble: la sonora musicalidad de su nombre, la grafía inconfundible, el color, la botella, van a ser rápidamente imitados. Como la ley impide registrar nombres propios de la naturaleza, los patrones del boom verán crecer una competencia salvaje: Takola Ring, Coca Congo, Coca Sola, Coca Kola, Nova. Un bebedor apurado no repara en diferencias de gusto -evidentes- entre una y otra. Las botellas son idénticas, el logotipo, el mismo. Pero Thomas y sus socios asestarán el golpe definitivo a sus competidores en un arranque de genio comercial: hay que fabricar un modelo de envase capaz de ser reconocido en la oscuridad con los ojos vendados, más aún, un solo trozo de la botella debe ser suficiente para identificarla. En 1913 la empresa crea una beca de estudios consagrada a la realización del prototipo. Alexander Samuelson, ejecutivo de la Root Glass Company de Indiana, encarga a un oscuro dibujante, "un tal Edwards" según la historia oficial, el diseño del envase. Edwards, un intelectual, extrae de la Enciclopedia Británica un diseño de la nuez de

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coca, la estiliza, le da una base de apoyo y en la maqueta le hace agregar ranuras verticales sobre la parte bombé, para dar la idea de una mujer vestida con ropa ligera (de aquella época, claro). El proyecto es rápidamente aprobado por la compañía. Root que no es tonto- acude a la administración americana, que se niega a aceptar diseños de simples botellas como marca registrada, y hace inscribir la maqueta como objeto de arte. Gracias a esta idea, la Coca Cola deberá pagarle en adelante y durante catorce años, cincuenta centavos en carácter de royalties por cada docena de botellas producida. En pocos años. G.S. Root se convierte en el hombre más rico de toda Indiana. Pero el diseño del ignoto dibujante -el "tal Edwards"- hará también la fortuna monumental de la compañía. Libre de competidores, elude la ley "Anti-Trusts" de Theodore Roosevelt gracias a su sistema "piramidal" de comercialización (Candler, productor, en la cúspide, la compañía distribuidora en el centro y los embotelladores centenares-, en la base); más aún: el presidente de los Estados Unidos presentará a la empresa como ejemplo de honestidad". En 1914, cada acción de Coca Cola cuyo valor de emisión había sido de cien dólares, se cotizaba a diecisiete mil. En 1916, Candler se retira detrás de Frank Robinson, el único testigo viviente de la invención del producto, la "mascota" de la compañía. Serán los hijos de Candler quienes tomen la dirección de la empresa, pero sólo para conducirla a través de la economía de restricción de la Gran Guerra. En septiembre de 1919 la familia decide vender. Se trata de la más enorme transacción de la historia de la industria norteamericana en cifras comparativas: veinticinco millones de dólares. Tres bancos se unen para el negocio Trust Company of Georgia, Chase National y Guarantee Trust Company de Nueva York. Va a comenzar una nueva etapa en la historia de Coca Cola. Nadie recuerda ya a Pemberton, el viejo alquimista.

La ley seca El primero de enero de 1920 toda bebida que contuviera más de uno por ciento de alcohol fue prohibida por la ley. Comienza el reino de Al Capone y de la Coca Cola. Sin embargo, la empresa estuvo a punto de desmoronarse. "El más grave error cometido por Coca Cola en toda su historia -dice la versión oficial- fue confiar la dirección de la

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compañía a Samuel Dobbs Candler". Sobrino del gran timonel, Samuel era un buen vendedor y un pésimo comprador: en 1919. pocos días antes del derrumbe del precio del azúcar, acumula cuanta tonelada encuentra a mano. Un negocio lamentable que. en dos años, hará caer el beneficio de la compañía de treinta y dos millones de dólares a veintiuno. Esta debacle instaló el terror entre los banqueros que veían desmoronarse la mina de oro. En 1923 el mayor accionista de Coca Cola. Robert Woodruff. del Trust Company of Georgia, toma el mando. A los 33 años, es un ejecutivo consumado, banquero por familia; las fotografías que se conservan de quien sería el "héroe" de Coca Cola, "Mister Coke", muestran un ligero parecido físico con otro mimado de la burguesía de entonces: Francis Scott Fitzgerald. Woodruff toma una decisión de rigor: mejorar la calidad del producto vendido al menudeo en las máquinas a presión. Paralelamente, desarrolla la venta de la botella con una monumental campaña publicitaria destinada a identificar Coca Cola con los jóvenes, con la alegría de estar vivo "en el país más próspero del planeta". Fue Woodruff quien impuso también un estilo a la empresa: no fabricar jamás otro producto, no fusionarla nunca a otros negocios. Su ofensiva a favor de la prohibición del alcohol da rápidos resultados: en 1928 la venta de botellas aumenta un 65 por ciento. Al mismo tiempo crea el servicio de exportaciones con la idea de concentrar el jarabe para transportarlo a bajo costo, también rechaza todo intento de modernización en el aspecto: según él la escritura del contador Robinson y la botella patentada por Root eran -y hoy está visto que no se equivocaba- la base del éxito. Además. Woodruff sostuvo una premisa jamás abandonada: el producto debía ser idéntico en cualquier parte del mundo donde se lo fabricara. Un americano de visita en Oriente o un italiano en México, no debería notar la más mínima diferencia en el gusto ni en la presentación. Así como ningún Marlboro, ningún Camel, ningún Old Smuggler ningún Buitoni, ningún Ford son gemelos en dos fábricas diferentes, Coca Cola debería ser siempre idéntica a sí misma cualquiera fuera el sabor original del agua que los concesionarios utilizaran para diluir el concentrado Pero la fama mundial de la bebida ha sido impulsada, ante todo por la publicidad. Desde 1906 Archie Loney Lee, de la Darcy Advertising se ocupó de la tarea de transmitir la imagen refrescante y joven. La historia oficial admite que "un noventa por ciento del éxito se debe a la colaboración de Lee" y agrega, "es imposible saber si Coca Cola constituye el producto ideal para la publicidad o si la publicidad es el mejor medio para vender Coca Cola" Hasta entonces, la bebida se consumía en verano. Lee decide que los americanos deben tomarla todo el año. Su primer cartel publicitario presenta una hermosa muchacha esquiando en una montana nevada: en el camino la espera una botella de Coca. "La sed no tiene estación", decía el anuncio. Fue un éxito. Pero es recién el primer domingo de febrero de 1929,poco antes de la crisis, que Lee lanza en el Saturday Evening Post el slogan que, por su eficacia, revolucionaría la venta de Coca Cola y la base misma de la publicidad: La pausa que refresca.

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El frente de guerra En 1939 Woodruff abandona oficialmente su puesto, pero no su reino. Coca Cola ha atravesado la Gran Depresión sin mella, creciendo aun luego de la vuelta del alcohol en 1933. Su estructura empresaria ha hecho recaer sobre los embotelladores el costo de las luchas obreras de la década del treinta cada vez que alguien debe limitar sus gastos y hacer frente a las huelgas son los concesionarios quienes pagan: un solo paso en falso, una sola caída en las ventas y el permiso pasará a manos del competidor. Con la guerra Coca Cola entrará allí donde las tropas norteamericanas vayan. La noche del 7 al 8 de diciembre de 1941, cuando los japoneses bombardean Pearl Harbor, Woodruff se instala en su despacho y decide, antes que Franklin Roosevelt, que su empresa entraría en guerra. Primera disposición: conquistar un mercado que estaría al abrigo de la carnicería y, más aún, sacaría provecho de la debacle europea: América Latina. En 1942. Coca Cola instala su primera embotelladora de la Argentina. El éxito supera todas las previsiones: a comienzos de los años setenta Buenos Aires se convierte en la primera consumidora del mundo, superando a Nueva York, lo que obliga a instalar aquí las máquinas más modernas Hacia 1974. ni siquiera las nuevas plantas consiguen abastecer a la ciudad y en enero y febrero el producto escasea en los almacenes, lo que permite a su competidora Pepsi Cola, avanzar sobre una parte del mercado. La otra cara de la estrategia consistió, según palabras de Woodruff, en "estar en el frente y no en la retaguardia de la guerra”. Según él, Coca Cola debería convertirse en un emblema patriótico "dispuesto a sostener la moral de las tropas". La dirección de la empresa decide que todo soldado norteamericano deberá poder comprar su botellita de Coke por cinco centavos "dondequiera que sea. nos cueste lo que nos cueste" porque ese trago "deberá evocar en su corazón ese «algo» que le recordará su país lejano". Más aún "Coca Cola será en adelante la recompensa del combatiente, su nostalgia de la vida civil". Más simple imposible: la guerra fue, para la corporación, la más vasta empresa publicita-ria jamás emprendida. Woodruff envía a todos los frentes los hombres que serían allí conocidos como captains-Cola. Su misión consistía en hacer lo necesario para

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que las embotelladoras volantes proporcionaran la misma calidad, el mismo gusto, el trago "que su novia o su madre estarían bebiendo en este mismo momento en América". Toda la técnica fue aplicada a una estrategia de guerra. No sólo eso: fueron creados recipientes especiales para que las botellas pudieran viajar en tanques, aviones, jeeps, camiones, sin romperse. El 29 de junio de 1943, el general Dwight Eisenhower, comandante supremo de los ejércitos aliados, envía un telegrama a la sede de la empresa en Atlanta: solicita el urgente envío al frente de África del Norte de tres millones de unidades, y la implantación de diez embotelladoras para cubrir la campa-ña del desierto. Desde comienzos de la guerra toda la publicidad en el territorio de los Estados Unidos fue representada por soldados, "esos muchachos que están dando su vida por la democracia". En julio de 1944 la fábrica de Atlanta pasa sus primeros cinco mil millones de litros de venta; en 1948, el presupuesto para la publicidad alcanza veinte millones de dólares, cifra impensable para cualquier otra empresa. Por supuesto, las embotelladoras instaladas en los frentes de guerra se convertirían en la avanzada para la implantación definitiva en Europa, África y Asia. Aun los países más celosos de su tradición, como Francia, sucumbieron. En cambio Portugal, bajo la dicta-dura de Salazar, impidió la venta durante años y en 1976 la compañía cesó sus operaciones en la India (un mercado de seiscientos millones de habitantes) porque las autoridades querían conocer el contenido exacto de la fórmula. La sombra de Pepsi Coca Cola no ha estado sola nunca. En 1939 más de setenta imitaciones le disputaban el mercado norteamericano sin gran éxito. Luego de la creación de la magnífica botella, la competencia no había sido para la empresa una preocupación esencial. Pero, al fin en 1949, un rival sacudió al coloso de Atlanta: Pepsi Cola. Si bien Pepsi ha basado una gran parte de su publicidad en "la novedad", en la "juventud", en lo "pop", frente al sabor "envejecido" de Coke, la verdad es otra. La Pepsi nació en 1898 en Carolina del Norte. No hay demasiada información sobre su origen, pero la leyenda cuenta que un empleado de Pemberton huyó con la fórmula en el primer caso de espionaje industrial del mundo. Un simple paladeo de las dos bebidas rinde inmediata cuenta de la falsedad de la afirmación: Pepsi es otro producto en sí mismo. Un sabor cercano, es cierto, menos despreciable que Bidú o las abominables colas italianas, y menos detestable que la imitación intentada en Cuba a instancias del Che que reconocería luego su rotundo fracaso.

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Hasta entonces, Pepsi ha aprovechado (sin inquietar al gigante) los huecos creados en el mercado norteamericano por el "esfuerzo de guerra” de Coca Cola. Su campaña Dos veces más por cinco centavos (es decir, mitad de precio), le había dado cierto renombre y Woodruff. el patrón de Atlanta, sostenía que la enclenque vida de Pepsi era saludable para su criatura, pues cubría la franja de la competencia obligada para cada líder, pero sin inquietarlo. Terminada la guerra, las acciones de Pepsi caen vertiginosamente y nadie en los medios empresarios, apuesta por su supervivencia Coca Cola se prepara para consolidar el prestigio ganado durante su paseo por los frentes de combate y Woodruff piensa, incluso, en comprar Pepsi para mantener la competencia "que hace brillar más alto el prestigio de nuestra empresa". Su propio código de principios (jamás fabricar otro producto, jamás fusionar otra empresa) se lo impide, o al menos así lo quiere la mitología. No queda sino esperar la desaparición del amado competidor. Pero de pronto, Alfred Steel, vicepresidente de la corporación (maldecido desde ese momento en todas las historias oficiales) cae en desgracia a los ojos de su patrón y como corolario de su derrumbe organiza una fiesta gigante con el propósito de relanzar la venta de la bebida en Estados Unidos. La anécdota dice que ese día, en medio del solemne discurso de Woodruff. los parlantes dejan de funcionar y el zar de la compañía no puede terminar su alocución, por lo que Steel se encuentra de inmediato con los pies en la calle. Lo cierto es que Steel va derecho a Pepsi, ocupa el cargo de presidente y arrastra con él a quince ejecutivos del líder. El equipo de recién llegados va a revolucionar el estilo de trabajo en Carolina del Norte. Primera decisión: dar a Pepsi imagen de bebida nueva. Luego de cuidadosas encuestas, Steel decide "personalizar" su producto, dirigirlo a la clase media, puesto que Coca Cola trabaja un vago espectro definido como "todos los americanos". Pepsi crea su propia botella y lanza una campaña inteligente, agresiva su publicidad insiste en que Coca Cola está repleta de azúcar y eso hace mal a la salud; machaca al rival con la muletilla rica en calorías hasta que el publico responde y el gigante acusa el golpe. Inmediatamente juega su carta mayor; crea la botella familiar que permite un mejor almacenamiento en la heladera y es más barata. Para colmo, Coca Cola pierde, en 1954, a su mejor publicitario. Archie Lee, quien elige el peor momento para morir. El contraataque de la empresa es desastroso; la propaganda improvisada deja cada vez más espacio a Pepsi y recién a partir de 1954, la agencia Mc Cann Erickson toma las riendas para iniciar la recuperación. La botella familiar de Coca Cola ya está en el mercado y a ella seguirá -en algunos países de gran consumo, como la Argentina- la super familiar. Mc Cann Erickson definirá el público de su cliente siempre los jóvenes- y rápidamente apelará a los ídolos de la música de moda. Llegan, salvadores, el rock y el twist, Elvis Presley, Tom Jones, Ray Charles. Petula Clark, Nancy Sinatra, los ídolos que grabarán los yigles de Coca Cola. Nace otro slogan célebre: Todo va mejor, blasfemado por las izquierdas de todo el mundo. Todo va mejor, entonces; Pepsi se ha salvado y Coca Cola reencuentra, de lejos, su liderazgo. La guerra de Vietnam ruge, los símbolos norteamericanos empiezan a arder en el mundo entero. La contestación, la rebelión, el combate de los años sesenta hacen estallar cuanto evoque al imperialismo. Coca Cola pierde Cuba, pero luego gana Polonia, Checoslovaquia y otros países del bloque socialista. Allí donde otras empresas se dan la cabeza contra la pared, la bebida de Atlanta se instala. Su insignia blanca sobre fondo rojo no sólo evoca la bandera de los Estados Unidos: la reemplaza. Para Jean Luc Godard, su generación es la de "los hijos de Marx y Coca Cola".

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Según los sociólogos de la compañía, la identificación entre la política norteamericana y la bebida en el Tercer Mundo es "una pesada carga, pues si la política americana fracasa, es Coca Cola quien paga los platos rotos". La mejor ilustración, insisten, es la prohibición de la bebida en los países árabes luego de su implantación en Israel.

La cosecha de la vergüenza En 1955, la empresa decide abandonar su política de "un solo producto, no a la fusión". Coca Cola compra a diestra y siniestra. Hoy es la primera plantadora de frutas del

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mundo (872 000 acres de tierra en Florida); propietaria de un quinto de la producción mundial de café, de cuatro grandes grupos viñateros norteamericanos. En total, 250 productos esconden detrás de sus marcas la de Coca Cola. En sus últimos días Woodruff, el viejo zar. fue dueño de una fortuna incalculable y los medios de negocios decían que "puede gastar 75 dólares por minuto sin que su fortuna disminuya un centavo". Su sucesor, Jean Paul Austln. será protagonista de uno de los más importantes escándalos provocados por la "ampliación comercial'. En 1960, la compañía adquiere Minute Maid, una plantación frutera de Florida que emplea sólo trabajadores golondrina es decir mexicanos. colombianos, inmigrantes cubanos y otros latinos encandilados por "el sueño americano". Las condiciones de trabajo en la plantación, a pocos kilómetros de los lujosos balnearios, eran tales que la cadena de televisión NBC decide en 1970 emitir un reportaje titulado La cosecha de la vergüenza. El golpe de la NBC animó a los diarios a lanzar una denuncia sobre las condiciones de trabajo en el grupo Coca Cola. Curiosamente, dos años más tarde, la NBC emitió un segundo reportaje comprobando que todo iba mejor la compañía había creado una fundación, la Agricultural and Labor Inc. encargada de lanzar un programa de "ayuda a los trabajadores". Imposible saber cómo se concretaría la "asistencia" a cosecheros que, la mayoría sin permiso de residencia en los Estados Unidos, trabajan unos meses para luego desplazarse hacia el Oeste.

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La fórmula del éxito Los rumores -alentados por la propia empresa-, dicen que sólo tres personas conocen la fórmula mágica. Según la leyenda, los tres hombres viven en ciudades diferentes, jamás viajan en un mismo avión, ni asisten juntos a las reuniones de directorio. Otros murmuran, en fin, que ni siquiera se conocen entre ellos. Se trata de un atractivo e inverificable cuento de hadas. Sea como fuere, en la fábrica madre de Atlanta, los empleados suelen garabatear en las paredes complejos jeroglíficos que pretenden aclarar el misterio, pero esas ecuaciones rara vez coinciden entre sí. En abril de 1979, la revista de la asociación de consumidores de Bélgica, Test-Achats analizó cuidadosamente el contenido de la Coca Cola. Este es el resultado obtenido sobre una botella de un litro: • 2.42% de ácidos utilizados también en otras bebidas refrescantes. • Presencia activa de ácido fosfórico. • 70% de cafeína. • Presencia de colorante en forma de amoníaco acaramelado. • 96 gramos de azúcar. Conclusión: el ácido fosfórico impide la correcta absorción -sobre todo en los niños-, del calcio indispensable para el organismo. El azúcar, necesario para cubrir el sabor de los ácidos en la mezcla, favorece la obesidad y la hiperglucemia. No obstante, no se halló presencia de sacarina y la bebida es, desde el punto de vista bacteriológico, irreprochable. En una palabra, si los jugos naturales son preferibles a la Coca Cola, hay que admitir que en cualquier otra bebida envasada se encuentran venenos más poderosos que en la inventada hace un siglo por John Pemberton. Pero ninguna de las cifras obtenidas por los belgas revela, sin embargo, la clave del éxito. Es posible que la verdadera fórmula se encuentre, como han dicho sus creadores y detractores, en el diseño de la botella, en la publicidad, y en el logotipo inconfundible también en la leyenda que envuelve a todo producto fundador y a los veinte millones de carteles luminosos repartidos por todo el planeta, algunos de ellos inseparables del paisaje urbano, como en Píccadilly Circus, Les Champs Elysées o Corrientes y Avenida 9 de Julio, en Buenos Aires.

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Úselo y tírelo La íntima relación entre el éxito y la presentación parece haber creado algunos problemas a la Coca Cola. La incorporación de la lata obligó a la compañía a adecuar el logotipo a un envase atípico. El problema se acentuaría con la incorporación de la botella plástica descartable, a la que la empresa accedió luego de costosísimos estudios de mercado. Desde entonces, el símbolo rojo y blanco comenzó a ser estampado en blusas, toallas, manteles y en cuanto objeto de la vida cotidiana sea susceptible de ser visto por más de un par de ojos a la vez. Doble operación comercial: Coca Cola no sólo vende bebida, sino también su marca, su símbolo, por el que cobra fabulosos royalties. Ella fue la primera del mundo en hacerse pagar por autorizar la publicidad de su producto. Hasta las banderas de Estados Unidos e Inglaterra, tan utilizadas como decoración y ornamento, sufren el asedio de la Coca Cola. Sin embargo, pese al impacto del envase descartable, del "úselo y tírelo", la Coke parece, según sus directores, preocupada por el daño que millones de botellas y latas abandonadas provocan en la naturaleza. De allí, explican, la conservación del sistema de consignas de envases de vidrio y, sobre todo, la adquisición de la compañía Aqua Chem especializada en antipolución-, en 150 millones de dólares. La operación parece tener, no obstante, fines menos filantrópicos. Por un lado, los expertos en "imagen” de la corporación se alarman del aspecto "cadáver" de una botella de plástico tirada en la calle o perdida en la naturaleza; por otro, Aqua Chem trabaja en el sector de purificación del agua, lo que permitirá a Coca Cola suprimir miles de pequeñas empresas dedi-cadas al mismo trabajo con material y procedimientos vetustos y bajar sus costos, además de eludir impuestos inscribiendo su subsidiaria en el sector de la investigación científica. Por otra parte, Aqua Chem es, de por sí, un negocio redondo: nueve de cada diez barcos norteamericanos puestos en

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servicio desde 1968, están equipados con calderas y tubos de agua fabricados por la criatura filantrópica de Coca Cola.

Los hijos y los primos En 1937 Max Keith, un vendedor de Coca Cola en Alemania, asciende a director de la empresa en el país que, dominado por los nazis, se apresta a desatar la segunda guerra mundial, Al final, cuando los aliados entran en Berlín, Keith es uno de esos industriales que poseen la fórmula del milagro asociada al Plan Marshall. En 1954 se convierte en director de Coca Cola para toda Europa, el Cercano Oriente y África del Norte. Un año más tarde convence a Woodruff de la necesidad de terminar con la política de "un solo producto”. Keith tenía experiencia y algo para vender: en 1939, cuando Coca Cola abandonó Alemania, el director de la compañía se lanzó a la búsqueda de un producto que la reemplazara. En el camino hacia la conquista del mundo Keith halló un búlgaro – Mr. Eshaya- que habla creado un amable refresco sin coca ni cola y le compró la fórmula. Así nació Fanta, bebida por excelencia del Tercer Reich. En 1946, Fanta, popularísima en Alemania, pasa a manos de la Coca Cola Export Corporation Con ella, la empresa de Atlanta lanzó un nuevo producto en los Estados Unidos durante 1960. El formidable éxito de la naranjada, que aprovechaba las cadenas

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de distribución y el aparato publicitario de su hermanastra, llevó a la compañía a intensificar el lanzamiento de otras marcas. Distan-ciada de Pepsi en la guerra por el mercado de bebidas a base de cola, la empresa decidió ganar otros sectores que pequeñas compañías estaban explotando. Varios meses de encuestas concluyeron con el perfil de la bebida ideal: ácida, burbujeante, liviana, capaz de mezclarse con todo tipo de bebidas alcohólicas Los laboratorios se pusieron a investigar y en tres meses pusieron a punto el producto deseado. Faltaba el nombre, y no era cuestión de dejarlo al azar: los especialistas solicitaban un apelativo corto, capaz de dejar ai público la posibilidad de rebautizarlo a su gusto. La compañía confió la tarea a una flamante computadora. El resultado: Sprite, que en inglés evoca vagamente la primavera (sprlng) y que puede traducirse por duende, travieso o diablillo. La botella del producto a base de limón no podía ser sino verde y evocar la frescura. El primer año se vendieron cincuenta millones de botellas de Sprite y al siguiente 65 millones que compensaron ampliamente el millón de dólares invertidos en la campaña de lanzamiento.

La revolución del centenario Animados por el éxito de Fanta y Sprite los directivos de Coca Cola se volcaron a la explotación de un nuevo mercado de bebidas sin azúcar con Fresca y Tab. Pero fue recién en 1985, luego de años de estudios y tanteos de mercado, que la corporación se animó a empeñar su nombre en una bebida sin calorías: Coca Cola diet, que usa el mismo envase mediano de su hermana, pero con los colores invertidos. Voceros de la empresa anunciaron, el año pasado, que la actual fór-mula -más sofisticada que la de la sacarinada Tab-, es una transición hacia otra que podría aparecer en 1987 y que debería

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parecerse a la azucarada de tal manera que sólo un fino paladar pudiera notar la diferencia. De este modo, luego de aventajarla en el terreno de las bajas calorías, Coke estaba lista para atropellar a Pepsi en su propio feudo del "cuanto más dulce mejor". El 22 de abril de 1985 llega el escándalo. Coca Cola abandona inesperadamente en Estados Unidos su fórmula centenaria para poner mas azúcar en las botellas y complacer a los jóvenes entusiastas del pop, que parecían desplazarse hacia la competencia. Del 22,5 por ciento del mercado total de bebidas sin alcohol, había caído, en un año, al 21,8. Pepsi en cambio, avanzaba un 0,1 y esta inquietante señal sacudió al monstruo. Sin embargo, los expertos no tuvieron en cuenta que "las viejas generaciones habían identificado el sabor de la Coca Cola con la juventud perdida y con una América más simple y triunfal", tal como la propone Ronald Reagan. Un posterior estudio de psicólogos y sociólogos concluyó que, en un país que cambia vertiginosamente, el gusto inalterable de la Coca Cola es uno de los pocos valores estables a los que aferrarse. De inmediato Gay Mullins, un fanático hasta entonces anónimo, llamó a los consumidores a formar la Old Coke Drinkers, una asociación de lucha por la defensa del antiguo sabor. Su lema Devuélvannos la vieja Coca Cola recorrió todos los estados de la Unión. Mulllins usó una doble estrategia: por un lado se presentó ante los tribunales de justicia para exigir que la empresa hiciera publica la fórmula que acababa de archivar. Por otra parte, hacía saber que un grupo de "disidentes del directorio le había comunicado la mítica ecuación y como no podía vivir sin su bebida, él mismo estaba dispuesto a fabricarla si la compañía la abandonaba. Según el jefe de los nostálgicos, el producto había pasado a integrar el "patrimonio cultural del pueblo norteamericano” y ni sus propios dueños tenían derecho a enterrarla de un día para el otro. Así el 11 de julio (apenas tres meses después de iniciado el escándalo) la corporación decidió devolver al público su bendita bebida con el titulo de Coca Cola Classic y ponerla en los supermercados junto a la flamante New Coke. En realidad las ventas de la nueva versión no fueron muy alentadoras y en círculos de Wall Street podía escucharse, a fines de diciembre pasado, una explicación más osada sobre la extraña voltereta. Según los medios financieros, la corporación habría montado la más osada y genial maniobra publicitaria de toda su historia y el tal Mullins habría obtenido por tanta tenacidad algo más que su refresco preferido. El golpe tal vez haya permitido a la empresa colocar en el mercado su nuevo jarabe con un ruido estrepitoso y gratuito, a la vez que relanzaba el otro, el inmortal. Para Coca Cola todas las crisis son buenas. Entre 1960 y 1970 triplicó sus ganancias y las acciones en la Bolsa de Nueva York se cotizaron a 82.5 dólares en 1969, 107.75 en 1971 y 150 dólares en 1973. Hoy, al cumplir cien anos la corporación vende en un solo día y en 155 países cuatrocientos millones de botellas. Las ganancias, en 1985 alcanzaron los ocho mil millones de dólares. Esta es parte de la historia de uno de los más gigantescos pulpos del capitalismo moderno. No obstante, su nombre centenario no figura entre las treinta primeras

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empresas monopólicas. Infiltrada en fundaciones científicas (sobre todo en la región árabe), literarias, arquitectónicas, ecológicas, la compañía ha puesto su mano sobre todo sector que produzca dividendos a la corta o a la larga. Quizá por eso, en la central de Atlanta se comenta, entre sonrisas de complicidad, que ”el único competidor serio de la Coca Cola es, hoy por hoy, el agua que sale de la canilla”. Fuentes consultadas por el autor (Osvaldo Soriano): The Coca Cola Company (An illustrated profile) ; Coca Cola Story, l’epopée d’une grande star (Julie PatouSenez y Robert Beauvillain. Editions Guy Authier, París, 1978), The big drink: The story of Coca Cola (Kahn jr. New York), La Opinión (Buenos Aires, 1972, artículo y entrevistas del autor), Test-Achats (Bruselas, abril 1979), The Coca Cola Wars (J. C. Louis y Harvey Yasijian, Everest House, New York, 1980), Business Week (abril 1981), Latin American Newsletters (Londres, 1981), Corriere della sera (Roma, junio 1985), Clarín (Buenos Aires, marzo de 1986), Una crónica histórica de The Coca Cola Company (versión oficial, Atlanta-Buenos Aires, abril de 1986).

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Osvaldo Soriano: Una entrevista
Por Cristina

Castello

Hice esta entrevista a Osvaldo Soriano el 19 de noviembre de 1995. El mismo día de su publicación, me llamó. El escritor lloraba, conmovido. Me dijo que nunca se reconoció tanto en un texto, en una entrevista, como en la que le hice yo. Osvaldo murió el 29 de enero de 1997. Este es el resultado de nuestro diálogo en su casa de Buenos Aires, Argentina (Cristina Castello). Osvaldo Soriano, escritor, periodista, defensor de los derechos humanos. "Mi hijo Manuel es mi último gol" Vendió un millón de sus libros en todo el mundo. Lo tradujeron a quince idiomas. Pero él prefiere ni hablar del tema. Le gusta más sostener que los ideales son la única forma de saber que estamos vivos. Entrevista de Cristina Castello No hay un punto de inflexión en nuestra charla. Ni un antes o un después, ni una brecha. El clima es parejo, en la madrugada de café y exaltación de la palabra. Y de eso se trata. A Osvaldo Soriano le gusta conversar y hasta hilvana guiones con el contenido de nuestro diálogo. Con un pucho sin prender en la mano, cosa de exfumador, tira una ceniza inexistente en un inexistente cenicero y escarba. Y hurga simultáneamente en su interior y en la médula de Argentina, en curiosa simbiosis entre él y "su" país. Como si lupa en mano, anduviera en busca de algo. - ¿Qué buscás? - Bueno, aunque quede ridículo que lo diga (con simplicidad), uno siempre anda buscando los orígenes: ¡nuestra identidad. - ¿Difícil hoy y aquí, no? - Sí, porque aunque parezca una sátira hoy parece que fuera lo mismo luchar por los ideales (se ilumina) -como (Juan José) Castelli en los días de Mayo- que ir a comer con Mirtha Legrand. Quiero decir que paradójicamente lo "light" caló tan hondo que es un hecho "hard". ¿A quién le importa desentrañar qué significa ser argentino si eso es meterse en un lío de identidades? - Mejor no develar misterios: caerían muchas máscaras. ¡Por favor! (sonríe, comprensivo con la condición de argentinos)...¡Que nadie se atreva!

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Mire qué pasa con Gardel, uno de nuestros mayores mitos. El sólo quería tener una casita y jugar a los burros pero en su imagen misma y con la incógnita de su nacionalidad, muestra desconcierto...¡Y eso nos viene bárbaro! Nosotros jamás aceptaríamos que se probara si era uruguayo, francés o ruso, porque perderíamos la incertidumbre y no sabríamos qué hacer sin ella. - Se seguiría discutiendo sobre Maradona, ¿es un mito viviente? - No, Maradona es un rey en un país sin corona y así se ubica él: como un rey que nos habla a nosotros, los súbditos. Pero hay que entenderlo porque el tipo debe pensar: "¿qué me van a aplicar la ley justo a mí, si les hice un gol con la mano a los ingleses?" Y tiene razón: si acá los corruptos andan sueltos y ni siquiera nos dan felicidad. Como él. - No a mí pero es curiosa tu descripción, ¿la vida es un relato? - (Muy llano) Para mí lo es porque fui formado por mi mamá y para que me durmiera, ella me contaba historias de gente medianamente loca. Del Gordo y el Flaco (Laurel y Hardy), a quienes necesito tener "para mí". Son míos: una metáfora de la ingenuidad y del genio frente a los poderosos. - Su mamá te sembró la primera semilla de ficción... - Sí (parece descubrirlo recién)...y es curioso porque ella es más bien sombría. Quizás por eso el personaje emblemático que tuve (sonríe, tierno) fue mi padre: él siempre miraba al país....no fuera cosa que desapareciera. - ¿Y desaparece? - (Sonríe) Bueno, no soy tan fatalista pero diría que Argentina se desarma en el desamparo y la ilegalidad. Y hay una absoluta disgregación de la sociedad porque se rompieron los lazos que nos unían como nación. - ¿Nación...qué quiere decir hoy y aquí? - Que cada vez seamos más los que estemos mejor. - Lo contrario de este capitalismo "a la argentina": el desamparo del Estado y la pérdida del sentido de vida y los valores. - Sí, pero tampoco la gente vincula que todo lo que nos pasa es producto de la historia, aunque nadie vela por nuestras vidas. - Y se impone la idea del "dios" Mercado.... - Sí, todo está a merced del libre mercado y el libre mercado acá consiste en fabricar ravioles "Pirulín" sin decir de qué están hechos, sin registros, ni inspecciones. Y lo peor es que muchos no hablan porque están más preocupados porque no comen, que por la calidad del alimento. - Muchos se cansan de tener ganas. Hay una ausencia de rebeldía: vivimos la "cultura" de la resignación. - Si, falta la queja que sería indispensable. - Quejas hubo sobre todo en las provincias, pero sin un Norte.... - Claro, cada levantamiento no significa un horizonte o una ilusión, sino una expresión de la bronca. Entonces, la policía pega tres bastonazos, y cada uno se va a su casa y no sale más .(descarnado)...¡aunque coma lauchas! - Antes se esperaba la democracia...¿y ahora? - Ese es el tema: ¿y ahora qué? Bueno, satirizando un poco(lo tienta su costumbre de construir ficciones) digamos que "ahora" vamos a encontrarnos en un inmenso shopping, en cuyo sótano habrá una villa miseria con el Comandante Marcos (el Jefe del Ejército Zapatista mexicano) , pero...¡negociando!. Y habrá miles de canales de cable,

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y...y bueno, es la posmodernidad vista desde esta (duda en decir la palabra)... patria. - ¿Decís "patria" con timidez por tanto mal uso que se hizo de su nombre? - Sí, porque con ella en la boca se justificó lo horroroso. Pero bueno... no hay que regalar las palabras nobles a los canallas, así que (sencillo, y con ímpetu) siento el derecho de decir: "¡Patria!". Y porque, además tengo en mí aquellos discursos patrióticos que decía mi viejo, como humilde inspector de Obras Sanitarias. - Ahora es Aguas Argentinas y ya no es estatal... - Claro (travieso)...y si mi viejo lo supiera se moriría de nuevo (se ríe). Quizás no se opondría a una sociedad de oferta y demanda pero si el Estado regulara los apetitos y pasiones, para que el objetivo de cada cosa no fuera el lucro para los privados. ¿Su papá es para vos un espejo del país que fue este? - Me parece que por ahí anda la idea, porque además de amarlo lo recuerdo como un constructor de cosas concretas. (Se deleita) El construyó las cloacas de Mar del Plata, por ejemplo; y estaba orgulloso de levantarse a las cuatro de la mañana y en camiseta para controlar el agua y velar por la salud de la población. Vivió de modo muy frugal pero luchó por este país que - seguía ganando metros al desierto. - Hablas de tu padre como si fuera El Gordo (Hardy)... - (Divertido) Es verdad... era como El Gordo, porque intentaba significar la autoridad: le decía al Flaco cómo hacer las cosas y a él le salían como el diablo. Y así era, mi viejo: "no camines para ese pozo", decía (se alboroza, como si viviera la infancia))...¡y se caía de traste! ¿Desde chico te diste cuenta de cuánto lo querías? - Sí, por suerte (habla despacito para no quitar magia al instante) y fui felz, con los dos juguetes que tuve: una lanchita a kerosene y un camioncito de madera que me hizo él. Ganaba ciento catorce pesos y yo tenía un solo pulóver, un solo guardapolvo y no me importaba.. Pero...(introspectivo) hubo una cosa que hoy me duele: ¿por qué no me preguntó si yo quería vivir en todos los sitios adonde lo llevaba su trabajo? - ¿Tus exilios de niño te dieron desamparo y soledad? - (Con tristeza) Esas son las palabras. Aquellos desarraigos me cortaban los afectos con amiguitos o novias. Pero bueno, él era un luchador y nos llevaba de pueblo en pueblo porque creía que había un mañana mejor para la Argentina. - Lo ves como la contracara del presente... - Sí, porque ahora no hay caída Hay decadencia y a él le dolería como a mí. (Con dulzura, de nuevo) Pero .a pesar de aquella locura tierna que tenía, no heredé casi ninguna de sus pasiones: él era de River y yo de San Lorenzo; él me quería ingeniero electrónico, y yo soy negado para matemáticas. El era gorila hasta el punto de decir "ese degenerado de Perón" y yo hasta los trece años fui peronista; y después dejé de serlo nunca pude ser antiperonista. - ¿Con qué argumentos él era anti y vos peronista? - El era un gran demócrata y veía en el peronismo la conculcación de sus derechos. Y yo de chico no comprendí el componente fascistoide de Perón y veía que él plasmaba mis derechos y ansias de justicia social. - ¿Por eso lloraste 36 horas cuando murió Evita, sin que ella te viera campeón de fútbol? - Sí...a mí la muerte de Evita me sonaba (todavía deslumbrado) como un cuento de hadas. Y lloré ¡tanto!. En mi cuarto...mientras en el otro mi viejo la insultaba de la forma más agraviante. Curiosamente, es la misma situación que vi en la calle una vez que

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voltearon un busto de ella: "se llevan a la prostituta", decía la mitad del pueblo; "se llevan a la santita", decía la otra mitad. (Parece incrédulo de la capacidad para el mal, de los humanos)¿Cómo una mujer puede haber generado tanto odio? - Suele ocurrir con personalidades intensas, y capaces de cambiar estructuras... - Es verdad, Evita llegó en un momento en que la mujer era sólo para la cama y para la cocina. Y con su pelo teñido y su fuerza, despertó las emociones...¡y pateó todos los tableros! - ¿Entonces ella sola era como el dúo del Gordo y el Flaco? - (Sonríe, algo se le revela) Sí, sí...¡Evita era el Gordo y el Flaco!. Evita era la concepción universal de la inocencia, frente al Poder. - Y la pasión. Ahora la única que une a los argentinos es la del fútbol - Sí, y reemplazó a la pasión política. - ¿Cuál es el corazón de ese fervor futbolero que tanto convoca? - Creo que el fútbol tiene la significación de una guerra sin muertos, pero con conflicto. Con drama, reflexión e ironía. Y amalgama a la familia, cosa que no consigue la política. - No se cree en nadie y se vota en contra y diferente. También está en crisis la teoría de la argumentación. - Y hay diferencias (lo dice, como si escribiera un guión), porque la mujer le dice al marido: "Viejo, ¿por quién vas a votar?"; "Y...por Carlitos (Menem)", dice él. "Pero si Carlitos te jodió", le acota ella. Pero él contesta: "y bueno pero Carlitos va a volver a ser peronista". Y responde as, porque necesita pensar que Menem se va a reivindicar; lo que quiere decir que espera que ese hombre con pinta de peronista del 45, va a salir a gritar: "¡se acabó compañeros, (Soriano golpea, sobre el escritorio) se acabó el país de Cavallo, ahora vamos a hacer la revolución productiva y....viva Perón carajo¡" - ¿Por qué gana el menemismo desde el '89? - La anterior es una de las razones entre varias. Otra es que la alta dirigencia y la clase más disminuida, son dos polos opuesto, que se miran en el mismo espejo y dicen: "en una de esas, mañana nos va mejo. Y otra causa es que desaparecieron los partidos: el radicalismo no existe. - Sobre todo después del Pacto de Olivos ,entre Alfonsín y Menem. Sí pero seamos sinceros: el peronismo tampoco existe y hay "políticos" pero sin partidos, porque s fueron desbordados por una condición "new age" del subdesarrollo. Por eso no hay capacidad crítica ni se tiene en cuenta que el voto cobra sentido cuando se cumplen las promesas. - Y no sólo no se cumplen: se traicionan. - ...Y por eso se pierde la confianza en el prójimo y - en el hecho de votar. - Pero es que no hay educación, no hay cultura, no hay memoria, ni lazos de solidaridad: el retroceso de Argentina es feroz. - ¡Claro! Entonces alguien le dice a algún chico: "¿cómo votaste a (Antonio Domingo) Bussi, si él mató a tu papá?", y el chico contesta: "no me di cuenta, no me enteré". - No rigen los valores universales: la verdad, el bien, la justicia... - Sí...en algún lugar están, pero acá nunca se dijo que -para construir una democraciahacen falta demócratas. - ¿Entonces? - Entonces esos personajes de la dictadura, en dos generaciones más estarán muertos; y también lo estaremos los que venimos de la época comunismo-anticomunismo, o River y Boca. Y eso será bueno porque les habrá llegado el turno a los chicos. Que hicieron la

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escuela en democracia, que saben de los juicios a los militares y de los tabúes pasados, como el del sexo. - ¿Sufriste aquellos tabúes? - Sí, los tabúes y la virginidad como valor se llevaban hasta la exageración. Pero éramos felices. Me acuerdo ( tiene alegría) de la primera vez que hice el amor con una novia...en las butacas de un cine, que era de su padre: me sentía como en la película "Cinema Paradiso" y por supuesto que no la había visto. - Y sin que amar significara el riesgo de Sida - ¡Claro!...él temor era el embarazo pero la pastilla solucionó el tema. En cambio ahora conviven la informática y la Edad Media que significa el mundo tenebroso del Sida. -¿Cómo compensabas el dolor que desde chico te provocaba la injusticia? - Yo iba a trabajar cargado de miseria y espanto por las injusticias pero me llevaba en la moto "Los hermanos Karamazov" (de Fedor Dostoievski), y lo leía entre las horas de trabajo. Y después seguí con Faulkner, con Hemingway y con Chandler y llegué a Borges y a tantos otros, a quienes leí con infinita voracidad. En realidad, (muy reflexivo) creo que los libros me hicieron nacer otra vez, porque empecé a leer recién a los veinte años: antes no había librerías en los pueblos donde vivimos. - ¿Y en busca de identidad acudiste a los padres de la literatura? - Creo que sí, como un destino que se agudiza ahora. Pero cuando empecé a bucear a fondo en nuestra historia, fue porque lo que me interesaba era humanizar a nuestros padres. - ¿Te enamoraste de Belgrano porque sentiste que a él "le pasó" la vida? - Claro (entusiasmado)...le pasó de todo: le dieron palos, se enfermó, perdió batallas, tuvo que mandar a buscar a su amada por todo un territorio -porque se le había casado con otro; y, mientras le pasaba todo eso, lo atacaban los españoles .Entonces, a este patriota que demostró dureza se lo descubre ingenuo, tierno, piadoso, generoso. Y eso me importa. - ¿Y San Martín? - (Muy franco) San Martín no me despierta ternura pero se me hace querible por el resultado de lo que hace y por su final fue imprevisible. En cambi, Castelli y Moreno me provocan pasión. - ¿Dónde están hoy los próceres? - Hoy no hay próceres: hay "ídolos". Pero es bueno escuchar a qué patriotas nombran los presidentes en sus discursos. O si no los nombran: en ambos casos hay un mensaje bien interesante. - Contame de los valores fundantes de Mayo de 1810... - ¡Ah¡ Aquella (con emoción) fue la época de la utopía, palabra que hoy parece antigua. Fue cuando se construyó la Nación: la empresa mayor de la mentalidad humana que pensaba a los demás, incluidos en un gran ideal. A aquellos hombres(muy conmovido) yo... los amo. - Te sentís humano sólo con ideales: única forma de vivir aunque ahora digan lo contrario... - Sí (con pasión) no puedo vivir si no armo epopeyas o las invento en mis novelas. Y creo (humilde, y convencido) que los ideales, son la única prueba de que estamos vivos. - Parecés El Flaco... - (Ríe, potente) No, no (con amor hacia el personaje)... El Flaco es el que mete el dedo en el ventilador, llora porque se lastimó y vuelve a meterlo. Es un paradigma de lo ingenuo

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y de lo bueno. Como las Madres de Plaza de Mayo: ellas son un símbolo universal. Y siguen en lo suyo. Pero si no, nadie convoca salvo los pastores que dicen que Cristo va a bajar. Pero eso es ficción. Lo que no es ficción es que Jesús existió, que sostuvo una causa noble, que dijo basta a los ladrones, que estuvo con los pobres y que terminó mal. Entonces hablamos siempre de lo mismo: pasamos de Gardel a Belgrano y a Jesucristo...¡y ya está¡ -¿"Está" o un día habrá lugar para la esperanza? - Sí, habrá porque la esperanza consiste en sentir la democracia como un lugar de espera para convivir todos y crear reglas de juegos que nos den un mundo mejor. - Un mundo que las personas, los ciudadanos debemos construir. Con bondad, con sentido fraterno de la vida y con una exigencia sin concesión alguna al Poder para que trabaje por una vida humana para todos. ¿Tenés certeza de que eso ocurrirá? - (Sonríe, sencillo) Mirá, vos misma dijiste que yo ando rastreando a los padres, así que...déjeme en eso....¡no me pida certezas futuras! - ¿Acaso los paisajes desérticos -con su potencia y su inmensidad- que están en tus libros no son una certeza? - (Muy reflexivo) No lo había pensado as, pero ...es verdad. En esos caminos, uno ve todo en primer plano: los coches, el horizonte y el Universo mismo. Y ahí es difícil esconderse y entonces se hace más fácil la confesión con uno mismo o el encuentro con el despuntar de alguna certeza. - ¿Tu certeza hoy se llama Manuel? - Mi hijo Manuel es una esperanza. Pero también es mi último gol. cristinacastello@fibertel.com.ar http://www.cristinacastello.com/ (en construcción) Estos apuntes completan el retrato de Osvaldo Soriano. I.- RADIOGRAFÍA * Hace poco firmó un contrato por 500.000 dólares, con el grupo editorial Tesis Norma. Por esta cifra inusual se compraron sus derechos de autor. * Tiene un millón de ejemplares vendidos en todo el mundo. * Sus obras fueron traducidas a quince lenguas. * Entre otros premios, recibió en 1994 -en el Festival de Cine Courmoyeur- el "Raymond Chandler Award", que antes había ganado el escritor Graham Greene. * La revista "Análisis" de Santiago de Chile, le otorgó el premio Carrasco Tapia por su defensa de los derechos humanos. * En Argentina lo distinguieron las fundaciones Konex y Quinquela Martín. * Publicó once libros, desde 1973 en adelante. Entre ellos: "Triste, solitario y final"(a partir de su recreación la historia de El Gordo y el Flaco), "Cuarteles de invierno", "Una sombra ya pronto serás", y "Cuentos de los años felices" y "El ojo de la patria" * Algunas de sus novelas, son libros de textos en algunos colegios secundarios. * Tres de sus libros, fueron llevados al cine. * Ganó el Oso de Plata en el Festival de Berlín '84, con "No habrá más penas ni olvido", que dirigió Héctor Olivera, y protagonizaron Federico Luppi, Miguel Ángel Solá, Ulises Dumont, Héctor Bidonde, Lautaro Murúa y Rodolfo Ranni. * Las otras son: "Cuarteles de invierno", con dos versiones:, una argentina y otra italiana. Y "Una sombra ya pronto serás", que tuvo como director a Héctor Olivera, y

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como protagonistas a Miguel Ángel Solá, Pepe Soriano, Alicia Bruzzo y Luis Brandoni. * Alberto Olmedo quiso producir "A sus plantas rendido un León", y Soriano se sintió feliz: lo admiraba. Pero no pudo ser: Olmedo murió y -según el escritor- "con él desapareció una forma de hacer comicidad". *Su último libro, de publicación reciente, es "La hora sin sombra" (novela). (Cristina Castello) II.- Documento de identidad de Soriano - Vive en Palermo Viejo (Buenos Aires, Argentina) pero hasta hace poco, su lugar fue La Boca. Pero no son los únicos domicilios que tuvo. - Nació en Mar del Plata el día de Reyes del '43 -hijo de José Vicente Soriano, catalán que llegó a la Argentina a los dos meses de vida- y de Doña Eugenia, tandilense. - El padre era inspector de Obras Sanitarias. - De sus años adolescentes, se recuerda a sí mismo a bordo de su motoneta "Tehuelche", donde llevaba una foto de San Lorenzo. - Y tiene muy presente la imagen de su padre, piloteando un viejo "Gordini". - A sus tres años su familia se instaló en Tandil y después en San Luis, hasta sus diez. El próximo destino fue Río Cuarto (Córdoba), por un año y después otra vez Tandil, Cipolletti, Tandil y Buenos Aires. - En el 69 se instaló en Buenos Aires, en una pensión de Avenida de Mayo. - En l976, por decisión propia -ante el golpe de estado- se fue a vivir a Bélgica y después, a París: limpiaba oficinas o iglesias. - Volvió a Buenos Aires en 1984 pero alterna con tiempos de residencia en Mar del Plata. - Nunca terminó el secundario. - Se ganó sus primeros pesos como número 9 en la Liga del Alto Valle. Todavía extraña sus tiempos de jugador. - Después envolvió manzanas en La Patagonia, en un frigorífico y en una metalúrgica, como sereno: simultáneamente escribía sus primeros cuentos. - Empezó a hacer periodismo en "El eco de Tandil". - Después, lo ejerció en "Primera Plana", "Panorama", "La Opinión" y "El Cronista". Es co-fundador del diario "Página 12", donde actualmente es columnista. * Es el corresponal argentino de "Il Manifesto", de Italia. * Está casado con la francesa Catherine Brucher, con quien tiene un hijo: Manuel, de cinco años, inseparable de su gato "Pirulín". - Se viste de sport y no sale nunca de su cueva, donde tiene un romance pasional con la computadora. Dice que podría vivir preso, si tuviera esos "chiches" y recibiera visitas. - Se considera uno de los últimos Mohicanos de la época de la intensidad pero reflexiona que los intensos se metieron en muchos líos. - La noche es su cómplice. Escribe hasta las ocho de la mañana y duerme hasta las cuatro de la tarde. - La luz del día en los amaneceres de noches de vigilia lo pone francamente mal. - Actualmente no toma nada de alcohol pero -aunque más delgado- conserva el gusto por la buena comida. - Detesta la publicidad -"machista" que exhibe cuerpos femeninos como mercadería: "no sé si acá es una ventaja para las chicas, el hecho de ser lindas", dice. - Abomina de la discriminación y sostiene que los argentinos la ejercitamos: "con los vecinos de los países limítrofes, a quienes tratamos como animales, y aún en la

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impericia de las investigaciones sobre el horror de la Amia". - Recuerda -como si fuera de hoy- la voz "dramática y quebrada de Evita" y el "Cinco por uno no va a quedar ninguno", de Perón. - Perón le mando camisetas de fútbol y una pelota de tiento cuando era chico. También una carta manuscrita: el papá se la rompió en mil pedazos. - Teme que Buenos Aires se convierta en un nombre para la correspondencia y nada más. - Su pasión por el fútbol lo desmereció ante círculos intelectuales, no populares. El dice que ellos "son los que están lejos del cuerpo, como fuente de esos placeres, que no tienen que ver con la razón." (Cristina Castello).

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Osvaldo Soriano / biografía
Fue un escritor y periodista argentino nacido en Mar del Plata, Buenos Aires, el 6 de enero de 1943. Solía decir que no le interesaba la literatura, sólo que siempre fue escritor. Gozó del reconocimiento del público y de los críticos extranjeros (fue el último gran best-seller criollo). Hijo de Aracelis Lora Mora y Alberto Francua, un catalán inspector de Obras Sanitarias (la empresa encargada del servicio de agua potable en Argentina), pasó junto a su familia una infancia errante, deambulando por pueblos de provincia tras los destinos laborales de su padre. Posteriormente recaló en Tandil. Esa eterna huida, ese nomadismo de su niñez, fue decisivo para esa especie de “novela de carretera” repleta de perdedores extraviados que recorre casi toda su obra. Cumplidos los 26 años, se trasladó a Buenos Aires en 1969 para integrarse a la redacción de la revista Primera Plana, a partir de lo cual comenzaría su constante relación con el periodismo, colaborando además en las publicaciones Panorama, Confirmado y en los diarios “El Eco de Tandil”, Noticias, El Cronista y La Opinión. También fue corresponsal de Il Manifiesto italiano y cofundador de Página/12, trabajando como asesor de directorio y columnista de contratapas. Publicó su primera novela titulada Triste, solitario y final en 1973, la cual fue traducida a doce idiomas. En 1976, debido al golpe de Estado, Soriano se trasladó a Bélgica y luego vivió en París hasta 1984, año en que regresó a Buenos Aires. Durante su exilio europeo publicó No habrá más penas ni olvido (1978), llevada al cine por Héctor Olivera, que ganó el Oso de Plata en el festival de cine de Berlín). También publicó Cuarteles de invierno (1980), sobre la cual se publicaron seis ediciones en 1983, ya que era considerada la mejor novela extranjera de 1981 en Italia. Ésta obra fue llevada dos veces al cine. De vuelta al país continuó su actividad literaria, al mismo tiempo que su profesión de periodista. En 1987 fundó el diario Página/12, para el cual escribió contratapas hasta 1997. Las novelas Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno y A sus plantas rendido un león han sido publicadas en veinte países y traducidas a los idiomas inglés, francés, italiano,alemán, portugués, sueco, noruego, holandés, griego, po laco, húngaro, checo, hebreo, danés y ruso. A lo largo de su carrera, vendió más de un millón de ejemplares y obtuvo los premios “Raymond Chandler Award”, “Carrasco Tapia” (de la revista Análisis de Chile), mientras que en Argentina lo distinguieron las fundaciones Konex y Quinquela Martín. Fue víctima del paradigma del narrador formado entre el humo a cigarrillo de las redacciones periodísticas, dueño de un estilo directo, llano y eficaz. Fanático del fútbol (es conocida su afición al club San Lorenzo de Almagro), la pasión por ese deporte

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marcó también hondamente su literatura. Muchos lo compararon con Roberto Arlt, por su nula formación académica (dejó la secundaria en 3º año), pero se diferenció del autor de “Los siete locos” en la utilización del humor, mediante personajes que sabían reírse de sus propias desgracias. Algunas curiosidades lo pintan de cuerpo entero: escribía de noche hasta las ocho de la mañana, para posteriormente dormir hasta las cuatro de la tarde. Le fascinaban Internet y el mundo de la informática y sentía devoción por los gatos. Murió el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires, víctima de un cáncer de pulmón. Fue sepultado en el Cementerio de la Chacarita. Legó un mundo de extraños perdedores pueblerinos y de inolvidables historias tristes, los guiones cotidianos de la gente común que algunos menosprecian. Novelas
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Triste, solitario y final (1973) No habrá más penas ni olvido (1978) Cuarteles de invierno (1980) A sus plantas rendido un león (1986) Una sombra ya pronto serás (1990) El ojo de la Patria (1992) La Hora sin sombra (1995)

Cuentos y artículos
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Artistas, locos y criminales (1984) Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988) Cuentos de los años felices (1993) Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996) Arqueros, ilusionistas y goleadores (1998)

Filmografía
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Una Mujer (1975) No habrá más penas ni olvido (1983) Cuarteles de invierno (1984) Das Autogramm (1984), de la novela Cuarteles de Invierno Una Sombra ya pronto serás (1994) Soriano, dir. Eduardo Montes-Bradley. Argentina, 2001. (Retrato Biográficodocumental) El Penalti más largo del mundo (2005)

Tomado de Wikipedia

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BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN
1. La infancia de Zhennia Liubers y otros relatos / Boris Pasternak 2. Corazón de perro / Mijaíl Bulgákov 3. Antología del cuento chino / varios autores 4. El hombre que amaba al prójimo y otros cuentos / Virginia Woolf 5. Crónica de la ciudad de piedra / Ismail Kadaré 6. La casa de las bellas durmientes / Yasunari Kawabata 7. Voluntad de vivir y otros relatos / Thomas Mann 8. Dublineses / James Joyce 9. La agonía del Rasu-Ñiti y otros cuentos / José María Arguedas 10. Caballería Roja / Isaak Babel 11. Los siete mensajeros y otros relatos / Dino Buzzati 12. Un horrible bloqueo de la memoria y otros relatos / Alberto Moravia 13. El tacto y la sierpe y otros textos / Reynaldo Disla 14. Una cuestión de suerte y otros cuentos / Vladimir Nabokov 15. Las últimas miradas y otros cuentos / Enrique Anderson Imbert 16. Yo, el supremio / Augusto Roa Bastos 17. El siglo de las luces / Alejo Carpentier 18. El principito / Antoine de Saint-Exupéry 19. La noche de Ramón Yendía y otros cuentos / Lino Novás Calvo 20. Over / Ramón Marrero Aristy 21. Una visión del mundo y otros cuentos / John Cheever 22. Todo es engaño y otros cuentos / Sherwood Anderson 23. Las aventuras del Barón Münchhausen / Rudolf Erich Raspe 24. Huasipungo / Jorge Icaza 25. Vasco Moscoso de Aragón, capitán de altura / Jorge Amado 26. El espejo de Lida Sal / Miguel Ángel Asturias 27. Seis cuentos para leer en yola / Aquiles Julián 28. Los chinos y otros cuentos / Alfonso Hernández Catá 29. La mancha indeleble y otros cuentos / Juan Bosch 30. El libro de la imaginación / Edmundo Valadés 31. Cuatro relatos / Joseph Roth 32. El libro de cristal de los Cohén / Aquiles Julián 33. Cuentistas dominicanos 1 / Aquiles Julián 34. El caballo que bebía cerveza / Joao Guimaraes Rosa 35. Tres relatos / José Bianco 36. Adán, Eva y los moluscos / Efraím Castillo 37. La mosca y otros cuentos / Slawomir Mrozek 38. Vidrios rotos y otros cuentos / Osvaldo Soriano

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