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CLÉRIGOS Y LAICOS. Consideraciones sobre la falsa distinción social en las iglesias cristianas denominacionales católicas y evangélicas (Armando H. Toledo)

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En todas las religiones que hay en el mundo, se emplean diversos términos para distinguir al clero religioso de los laicos comunes: muy reverendo, reverendísimo, padre, santísimo padre, santísimo, pastor, rabí, su eminencia, su excelencia, su santidad, etc. La distinción es muy común en los sistemas religiosos establecidos, pero en esta lección queremos saber si Dios la originó y lo aprueba, o si es solamente una tradición humano-religiosa no bíblica que debiéramos rechazar. La separación entre clérigos y laicos se hizo muy notoria durante el siglo III d.C., y, como veremos en esta lección, la distinción no sigue el modelo que estableció Jesús ni los apóstoles ni el resto de la Iglesia del siglo primero. En La UCLi creemos que lo anterior es importante, porque, como dice el Dr. Rivera: “Si la Iglesia no es una comunidad genuina no podrá cumplir su verdadero llamado. Su vida debe ser una vida de comunidad. Esto significa entre otras cosas que en una iglesia cristiana genuina no hay lugar para la dicotomía entre ministros y laicos”.
En todas las religiones que hay en el mundo, se emplean diversos términos para distinguir al clero religioso de los laicos comunes: muy reverendo, reverendísimo, padre, santísimo padre, santísimo, pastor, rabí, su eminencia, su excelencia, su santidad, etc. La distinción es muy común en los sistemas religiosos establecidos, pero en esta lección queremos saber si Dios la originó y lo aprueba, o si es solamente una tradición humano-religiosa no bíblica que debiéramos rechazar. La separación entre clérigos y laicos se hizo muy notoria durante el siglo III d.C., y, como veremos en esta lección, la distinción no sigue el modelo que estableció Jesús ni los apóstoles ni el resto de la Iglesia del siglo primero. En La UCLi creemos que lo anterior es importante, porque, como dice el Dr. Rivera: “Si la Iglesia no es una comunidad genuina no podrá cumplir su verdadero llamado. Su vida debe ser una vida de comunidad. Esto significa entre otras cosas que en una iglesia cristiana genuina no hay lugar para la dicotomía entre ministros y laicos”.

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Currícula de La Universidad Libre para Cristo

Divinidades y teología Críticas al paradigma eclesiástico vigente

CLÉRIGOS Y LAICOS
Consideraciones sobre la falsa distinción social en las iglesias cristianas denominacionales católicas y evangélicas

Armando H. Toledo

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I.

INTRODUCCIÓN A. En todas las religiones que hay en el mundo, se emplean diversos términos para distinguir al clero religioso de los laicos comunes: muy reverendo, reverendísimo, padre, santísimo padre, santísimo, pastor, rabí, su eminencia, su excelencia, su santidad, etc. La distinción es muy común en los sistemas religiosos establecidos, pero en esta lección queremos saber si Dios la originó y la aprueba, o si es solamente una tradición humano-religiosa no-bíblica que debiéramos rechazar. El profesor de teología Cletus Wessels dice que “no hay mención alguna del clero ni de los laicos en el Nuevo Testamento ni pruebas de que existieran en tiempos apostólicos” (Wessels, 2003:93). La Enciclopedia del Cristianismo comenta: “Se produjo gradualmente una diferencia: el clero, ―la clase dirigente―, y los laicos, todos los demás. […] A los miembros ‘comunes y corrientes’ de la iglesia se les veía como personas sin ninguna preparación en temas religiosos”.1 En su tesis doctoral titulada La iglesia como comunidad redentora y terapéutica, el Dr. Mario E. Rivera, ha dicho que la iglesia primitiva no conoció tal jerarquía en la que había unos por encima de otros, y afirma que “dicha dicotomía es el resultado de un error que se introdujo [...] en los primeros siglos de la Iglesia, y el cual dio origen a las jerarquías eclesiásticas. Tal error no fue nunca el espíritu de la comunidad cristiana primitiva”.2 La separación entre clérigos y laicos se hizo muy notoria durante el siglo III d.C., y, como veremos en esta lección, la distinción no sigue el modelo que estableció Jesús ni los apóstoles ni el resto de la Iglesia del siglo primero. En La UCLi creemos que lo anterior es importante, porque, como dice el Dr. Rivera: “Si la Iglesia no es una comunidad genuina no podrá cumplir su verdadero llamado. Su vida debe ser una vida de comunidad. Esto significa entre otras cosas que en una iglesia cristiana genuina no hay lugar para la dicotomía entre ministros y laicos”.

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Enciclopedia del Cristianismo (2005). Pág. 752. Rivera, Mario E. (1979): La Iglesia como Comunidad Redentora y Terapéutica; San Juan, Puerto Rico; Págs. 50,51.

II.

UN TIPO DE MINISTERIO ALTERNATIVO A. La víspera de la muerte de Jesús, sus más íntimos amigos se enzarzaron en una apasionada disputa “sobre cuál de ellos sería el más importante” (Lucas 22:24). 3 1. Más de una vez, Jesús se había visto en la necesidad de intervenir para detener los altercados que estallaban entre sus apóstoles sobre temas acerca de los cuales tenían una forma incorrecta de pensar. En aquella noche crucial, Jesús se vio obligado a recordarles una vez más lo que se esperaba de un ministro cristiano verdadero: “El mayor debe comportarse como el menor, y el que manda como el que sirve” (Lucas 22:26).

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¿Cuáles fueron las raíces de la disputa apostólica sobre la primacía? Los apóstoles tenían una idea equivocada de la importancia de la jerarquía y la prominencia. 1. Antes de Jesús, el principal ejemplo en materia de liderazgo religioso lo habían puesto los escribas y los fariseos: en lugar de ofrecer al pueblo una verdadera guía espiritual, estos falsos ministros se ratificaban en las rigurosas tradiciones y reglas que ‘cerraban a los demás el reino de los cielos’.4 Se trataba de seres egocéntricos que solo estaban interesados en adquirir una buena posición y un papel preponderante en la sociedad y efectuaban sus obras “para ser vistos por los demás” (Mateo 23:4, 5, 13).

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Jesús da a conocer un nuevo tipo de ministerio, no basado en el egoísmo sino en el servicio abnegado. 1. “No permitan que a ustedes se les llame ‘Rabí’ […] y no llamen ‘Padre’ a nadie en la tierra […] ni permitan que los llamen ‘Maestro’ […] El más importante entre ustedes será siervo de los demás” (Mateo 23:8-11). Si los discípulos de Jesús querían ser verdaderos ministros, no debían imitar a los caudillos religiosos de su época, sino a Jesús, quien había venido “para servir” (Mateo 20:28). Jesús, literalmente se desvivió por servir al prójimo. Se compadeció de las muchedumbres maltratadas en sentido espiritual que acudían a él. Deseaba ayudarlas. Y puesto que el móvil de su ministerio fue el amor generoso, esperaba que sus discípulos tuvieran esa misma actitud (Mateo 9:36). El énfasis que Cristo puso en dar y en atender las necesidades ajenas fue lo que hizo tan peculiar su concepto de ministerio. Él educó a sus propios ministros para ser obreros, pescadores y pastores en sentido espiritual, más bien que místicos y académicos ataviados de forma especial (Mateo 4:19; 23:5; Juan 21:15-17).

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Con el paso de los siglos, este virtuoso modelo alternativo de servicio (o ministerio) cristiano quedaría desvirtuado. 1. Lo que empezó siendo un ministerio cristiano plural de predicadores y maestros genuinos, se convirtió en una institución formal y jerárquica.

Los énfasis son míos, y a menos que se indique otra cosa, las citas bíblicas serán tomadas básicamente de la Sagrada Biblia Nueva Versión Internacional en español y de la New International Version en inglés. Cuando se trate de la traducción al español, la llamaremos NVI; cuando se trate de la traducción al inglés, NIV. 4 Mateo 23:13.

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Se formaron órdenes y categorías, las cuales fueron investidas de prestigio y autoridad que llegaron a amasar grandes fortunas. Surgió una clase clerical dedicada más que nada a la administración de los sacramentos y a dar consejo a los laicos descarriados. El cristianismo de la era apostólica cambió. Pasó de ser una religión activa en la que todos sus integrantes eran y actuaban como ministros a una pasiva en la que solo un puñado de personas ordenadas (o autorizadas) y que habían recibido una preparación académica de élite podían predicar y enseñar.

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III.

LOS OBISPOS DE LA IGLESIA Y OTROS DIÁCONOS A. Las Escrituras del Nuevo Testamento enseñan claramente que todos los creyentes cristianos bautizados son ministros de Dios y que ninguno es superior o inferior a los demás. 1. 2 Corintios 3:5-6. “Nuestra capacidad viene de Dios. Él nos ha capacitado para ser servidores de un nuevo pacto, no el de la letra sino el del Espíritu…” Alexandre Faivre: “Efectivamente, la época apostólica insistirá en la ausencia de clases […] en el seno de las comunidades cristianas”.5 La ausencia de clases en la iglesia primitiva estaba en conformidad con lo que Jesús dijo a sus discípulos: “No permitan que a ustedes se les llame ‘Rabí’ [maestro], porque tienen un solo maestro y todos ustedes son hermanos” (Mateo 23:8).

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Se entiende que en las comunidades cristianas (iglesias) siempre hubo discípulos espiritualmente maduros que ejercieron la supervisión de las mismas, lo cual incluía ser diáconos, obispos (pastores) y maestros. 1. Hechos 20:28: “Tengan cuidado de sí mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios,6 que él adquirió con su propia sangre.7” Los obispos o encargados, no eran profesionales de la religión, ni clérigos u oficiales a sueldo. En su mayoría eran padres de familia con trabajos convencionales. Obispo: Traducción tradicional del término griego epískopos, de epi- (sobre, por encima) y skopos (mirar, observar, examinar), que significa “supervisor, superintendente, inspector, guardián”. Parece ser equivalente a presbyteros, anciano, (véase Hechos 20:17,28; 1 Pedro 2:25). Más tarde comenzó a usarse el término para designar a los que supervisaban varias congregaciones en un mismo distrito. El título “presbítero” o “anciano” indicaba la madurez y experiencia espiritual de aquellos a quienes se les atribuía; el término “obispado” hace referencia a la naturaleza del trabajo que los ancianos realizaban. Los que ejercían esa labor de supervisión o superintendencia eran varones que cultivaban las cualidades que Dios esperaba (y espera) de un hombre espiritual: “El obispo debe ser intachable, esposo de una sola mujer, moderado, sensato, respetable, hospitalario, capaz de enseñar; no debe ser borracho ni pendenciero, ni amigo del dinero, sino amable y apacible. Debe gobernar bien su casa…” (1 Timoteo 3:1-7).

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Faivre, Alexandre (1990): The Emergence of the Laity in the Early Church, p. 47. Variante textual: “…del Señor”. 7 Variante textual: “…la sangre de su propio hijo”.

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La palabra griega diáconos se emplea muchas veces en la Biblia con el sentido de “ministro”. 1. La Enciclopedia de la Religión dice que esta palabra “indica no una posición, sino la relación de servicio del ministro con la persona a quien sirve: seguir el ejemplo de Cristo […] es la esencia del entendimiento cristiano del ministerio”. W. E. Vine afirma que diákonos primeramente denota a un miembro de la servidumbre. Añade que también “se refiere en el Nuevo Testamento [tanto] a los sirvientes domésticos [como a] los seguidores de Cristo en relación los unos con los otros, […] los siervos de Cristo en el trabajo de predicación y enseñanza, [y a] aquellos que sirven en las iglesias”.8 El Nuevo Testamento indica que lo que hace a alguien ministro cristiano no es un atuendo distintivo, un ritual elaborado, un salario o un certificado académico de estudios teológicos, sino su labor desinteresada. El apóstol Pablo señaló la actitud que debían tener los ministros y les animó a que ‘no hicieran nada por egoísmo o vanidad; más bien con humildad considerando a los demás como superiores’ (Filipenses 2:3).

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IV.

ALGUNAS CONSECUENCIAS DE UNA FALSA ESTRATIFICACIÓN SOCIAL CRISTIANA El apóstol Pablo animó a los creyentes a que observaran aquel viejo dicho que aconseja “no ir más allá de lo que está escrito” (1ª Corintios 4:6). Y es que, cuando las personas pasan por alto esta sabia directriz, suelen producirse daños espirituales. Este ha sido el resultado de la falsa estratificación social de la iglesia entre clérigos y laicos. A. La existencia de una clase clerical da a entender que la persona tiene que sentir una vocación o llamado especial de ser ministro de Dios a fin de formar parte de ella. Pero las Escrituras enseñan que todos los verdaderos cristianos deben servir a Dios y alabarlo (Romanos 10:9-10). También anima a los varones cristianos a que se esfuercen por alcanzar el privilegio de ministrar, o servir, a la congregación sobre la base de los dones que el Espíritu Santo les otorgó (1 Corintios 12:4-11; 1 Timoteo 3:1). La distinción entre el clero y los laicos contribuye a ensalzar al clero, y prueba de ello son los títulos religiosos adulatorios (“reverendísimo”) y hasta francamente blasfemos (“santo padre”). Sin embargo, Jesús dijo: “El que es más insignificante entre todos ustedes, ese es el más importante” (Lucas 9:48). En coherencia con esa actitud humilde, también aconsejó a sus discípulos que no adoptaran títulos religiosos como “rabino”, “padre” o “maestro” (Mateo 23:8-12). Una clase clerical asalariada puede representar una pesada carga económica para los laicos sobre todo si dicha clase lleva un lujoso estilo de vida. En contraste, los supervisores cristianos atienden sus propias necesidades económicas realizando trabajos seculares comunes como los de cualquier otra persona, poniendo de esta manera un buen ejemplo a los demás discípulos (Hechos 18:1-3; 20:33,34; 2 Tesalonicenses 3:7-10). Cuando un clérigo depende completamente de que otros lo apoyen económicamente, puede verse tentado a suavizar el mensaje bíblico a fin de que los feligreses no se sientan incómodos con el contenido de su predicación. Las Escrituras predijeron que esto ocurriría, al decir: “Llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír” (2 Timoteo 4:3). La separación entre clero y laicos hace que estos últimos releguen tanto los asuntos religiosos como las responsabilidades espirituales al clero, mientras ellos se limitan a ir a la iglesia una vez a la semana. No obstante, todos los cristianos deben tener conciencia de su necesidad

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Vine, W. A. (1966): An Expository Dictionary of New Testament Words, p. 272, 273.

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espiritual y de sus responsabilidades como discípulos a fin de convertirse en verdaderos estudiantes de la Biblia. F. Cuando los laicos no conocen lo que dice la Biblia, es más fácil que los clérigos los engañen o hasta los exploten. Las páginas de la historia están repletas de tales abusos (Hechos 20:29-30).9

V.

UNA REFLEXIÓN FINAL Entendemos ahora que quienes aceptaron el Evangelio de Jesucristo, lo hicieron completamente conscientes de que el Señor había hecho verles que “los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás, así como el Hijo del Hombre no vino para que le sirvan, sino para servir” (Mateo 20:25-28). Bajo este modelo, pues, cualquier creyente podía aspirar a convertirse en un siervo o ministro.10 La misma actitud podemos observar en la persona del apóstol Pablo, quien percatándose de que los creyentes de Cristo comenzaban a exaltar a unos siervos sobre otros, no solo los calificó de “inmaduros, apenas niños en Cristo”, sino que les hizo ver que tal favoritismo no reflejaba la naturaleza de servicio de la vida cristiana. “¿Acaso no se están comportando según criterios meramente humanos?”, preguntó. Enseguida aclaró: “Después de todo, ¿qué es Apolos? ¿Y qué es Pablo? Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno” (1 Corintios 3:5). Observen cómo incluso Pablo no tiene una actitud de superioridad jerárquica frente a Apolos. El mismo Pablo que había dicho que si había alguien que tuviera motivos humanos para sentirse superior a los demás era él, prefirió afirmar que “no cuenta ni el que siembra [Pablo] ni el que riega [Apolos], sino solo Dios, quien es el que hace crecer” (3:7). Apolos no había experimentado un llamado o elección sobrenatural, pero Pablo sí; sin embargo, pudiendo usar su experiencia sobrenatural camino a Damasco para legitimar una superioridad espiritual, prefirió decir que “el que siembra y el que riega están al mismo nivel” (3:8). Es cierto que “cada uno será recompensado según su propio trabajo”, sí, pero la recompensa es futura: en el día de Cristo; y mientras se permanezca en este mundo, la grandeza no se ha de medir por la voz de mando sino por la voluntad de servicio. En el mundo, el que “se ama” se sirve de los demás; en el Reino, el que ama sirve a los demás. La división que en todo caso encontramos expresada en la iglesia neotestamentaria, es aquella en la que unos habrían asimilado más rápidamente el carácter de servicio a los demás basado en el espíritu de Cristo, a diferencia de aquellos individuos oportunistas que prefirieron más bien servirse de los demás, según el espíritu del mundo. Al respecto, Pablo, preocupado por un problema semejante en la Iglesia de Jerusalén, fue... “...en obediencia a una revelación, y me reuní en privado con los que eran reconocidos como dirigentes. [...] El problema era que algunos falsos hermanos se habían infiltrado entre nosotros para coartar la libertad que tenemos en Cristo Jesús a fin de esclavizarnos. Ni por un momento accedimos a someternos a ellos, pues queríamos que se preservara entre ustedes la integridad del Evangelio [...] eran reconocidos como personas importantes—aunque no me interesa lo que fueran, porque Dios no juzga por las apariencias” (Gálatas 2: 2-6). El Nuevo Testamento no da lugar a individuos o clases sacerdotales que se convierten en el foco de atención y servicio del Pueblo de Dios. Más bien, es al revés: el foco de atención y servicio son el

No debe olvidarse la venta de indulgencias, la Inquisición católica e incluso la quema de Biblias por parte de clérigos que no querían que sus rebaños tuvieran las Escrituras a su alcance. 10 Ver: Toledo, Armando H. (2000); El caso bereano. O sobre el espíritu filoalético del movimiento cristiano del primer siglo; UCLi-Int’l Ministries-México.

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grueso de los individuos que forman la congregación; un cuerpo formado, quizá, por individuos que, desde la perspectiva de los “criterios meramente humanos”11 no valemos mucho la pena, porque ‘no somos muy poderosos, ni de noble cuna, ni muy educados’, pero que Dios, desde su perspectiva eterna, considera príncipes, sacerdotes, herederos, luz y sal del mundo, y hasta hermanos de Cristo. En las Comunidades Ágape de estudiantes avanzados de la Biblia, de acuerdo con la sana enseñanza basada en el Nuevo Testamento, rechazamos toda forma de “esclavitud” de los creyentes en Cristo que se realice mediante la manipulación de conceptos tales como los de “siervo”, “pastor”, “templo” y “diezmo”. En estas comunidades “hemos renunciado a todo lo vergonzoso que se hace a escondidas; no actuamos con engaño ni torcemos la palabra de Dios [...] A diferencia de muchos, nosotros no somos de los que trafican con la palabra de Dios” (2ª Corintios 4:2; 2:17. Énfasis mío). Rechazamos y rechazaremos pues a cualquiera que, alegando haber recibido un “llamado especial de Dios para ser siervo de tiempo completo” —como si solo unos cuantos cristianos estuvieran llamados a servir a Dios “de tiempo completo”— se convierte en profesional de la religión a sueldo mediante la manipulación del concepto judío de “diezmo” (el cual tiene sentido exclusivamente en el contexto de la antigua cultura judía) y también mediante la manipulación del concepto de “pastor”. Lo rechazamos porque los individuos que se adjudican tal título ‘son de los que piensan que la religión es un medio de obtener ganancias. Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero solo si uno está satisfecho con lo que tiene’ (1ª Timoteo 6:5,6). Errores como el que hemos reseñado en este documento fueron los que mantuvieron esclavizados ideológicamente durante la Edad Media a los católicos, y desde el Renacimiento hasta el día de hoy a los evangélico-protestantes. Tanto el clero católico (sacerdotes católicos) como el clero evangélico (pastores evangélicos) han utilizado tendenciosamente el concepto de “siervo” (o “ministro”) y “templo” para seguir justificando la existencia de una clase sacerdotal que medie entre la Divinidad y la Humanidad, ignorando voluntariamente que toda forma de ejercicio sacerdotal quedó definitivamente anulada con el sacrificio vicario del Último Sumo Sacerdote, y contradiciendo la sana doctrina, la cual indica que “hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1ª Timoteo 2:5), el verdadero y único Pastor de nuestras almas.

“Por una fe inteligente…” © 2010-2013. The UCLi International Ministries. 12

1 Corintios 1:26. La totalidad o partes de este documento pueden ser libremente usados en cualquier círculo de estudio, siempre y cuando (1) solicite el permiso a la UCLi, (2) no se altere el contenido del mismo, (3) se mencione su procedencia y (4) se atribuyan los respectivos créditos a La UCLi.
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