Revista Literaria Remolinos # 43 Abril - Mayo de 2010

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© Revista Literaria Remolinos # 43 ISSN: 1997-3489 Abril - Mayo del 2010 Diseño y edición: Paolo Astorga Web: http://revistaremolinos.blogspot.com E-Mail: colaboracionesremolinos@gmail.com Dirección postal: Sr. Paolo Astorga Av. Malecón Checa 557 San Juan de Lurigancho, Lima 036, Lima-Perú

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Revista Literaria Remolinos # 43

Índice
Editorial................................................. .......5 Poesía.................................................... .......7
Arturo Accio....................................................................... ...... Ingrid Chicote.................................................................... ..... Marco Antonio Valencia Calle.................................................. Carlos Ramírez Vuelvas........................................................... A. Giovanni Collazos Carrasco................................................. Argenis Díaz......................................................................... ... Héctor F. Ranea Sandoval....................................................... Luis Calama Rodriguez............................................................ Juan Carlos Rivera Quintana................................................... Francisco Jesús Muñoz Soler................................................... Johnny Barbieri................................................................... .... Ana Ema Llanos Bravo............................................................. Remisson Aniceto.................................................................... Cromwell Castillo Cabrejos..................................................... 8 20 30 38 41 46 53 57 61 65 73 96 101 108

Página

Narrativa................................................ .....119
Antonio Mora
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120 3

Vélez............................................................... Pedro Sevylla de Juana......................................................... Salvador Moreno Valencia.................................................... Magda Lago Russo................................................................ Raúl Barrozo.................................................................. ....... Yolanda Arroyo Pizarro......................................................... Elsy Santillán Flor................................................................. Gaspar Jover Polo................................................................. Ángel Castaño Guzmán......................................................... Yurimia Boscán................................................................... ..

122 126 134 136 139 141 144 151 154

Crítica Literaria..........................................156
Lydda Franco Farías: Una poesía donde la razón esclarece la irreverencia, y la transparencia incita la valentía y la ironía Por: María Cristina Solaeche Galera..................................... Nuestra esquiva memoria de Don Luis de Góngora Por: Gustavo Rubén Giorgi................................................... Juana de Ibarbourou Juana de América Por: Magda Lago Russo......................................................... Novela negra, novela rosa y poesía de color Por: Joaquín Robles Zabala.................................................. 157 169 173 178

Artículos................................................ .....185
Un señor que miraba raro y bello Por: Alejandro José López Cáceres....................................... Valores y contravalores en la literatura Por: Nicolás Hidrogo Navarro...............................................
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Sobre El Árbol de los libres a propósito de la situación actual de Chile Por: Daniel Rojas Pachas......................................................

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Entrevistas............................................. ....200
Entrevista a Miguel Canta Sifuentes.................................... Entrevista a Carlos Rubio Albet............................................ 201 204

Reseñas................................................. .....208
Erocéntrica de Rocío Santillana.............................................................. . Poemas encontrados De Roger García Clavo.......................................................... Lo que siempre está allí de Marcelino Menéndez Gonzáles........................................ Alma: Cuando un corazón emigra de Roy Dávatoc................................................................. .... Canciones de cuna para un hombre y una ciudad de Antonio Sajid................................................................... Detritos de Wilver Moreno Tineo........................................................ 209 213 216 219 222 226

Enviar Textos..............................................229

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Editorial
Guerra de soportes: Físico vs. Virtual

¿Qué hay de malo en publicar un poema o un cuento en una revista digital de creación literaria como ésta? Mucho. Hay riesgos como el que nos cierren de la noche a la mañana el blog o la página web (véase el caso Yahoo Geocities), que gente inescrupulosa robe la contraseña y destruya la página, hay riesgo de que se “plagie” el texto publicado, de que algunas personas piensen que no es “lo mismo” leer desde una pantalla que leer desde una página impresa, peligro latente de que los errores ortográficos y el spam literario inunden las revistas, peligro mil veces peligro de que el papel sea reemplazado por el USB; así pues, hay mucho de malo en esta selva de ceros y unos. Pero tengamos calma. No todos publican sus textos en la web, no todos creen en este soporte. No todos se aventuran a ser leídos, a ser, en algunos casos, masivamente
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leídos. Y es que para eso sirve una revista, no solo para ser el soporte, el cartel, el muro informativo sobre la actividad cultural de una época, sino también ser enlace, puente directo, territorio solidario y comunicativo de la sensibilidad, de la creación misma de la palabra hecha literatura. No se trata de imponer un medio sobre otro, se trata de compartir espacios, abrir caminos y oportunidades a todos los que deseen producir literatura ya sea desde el más re-conocido, hasta el ignoto que por primera vez será leído por algún incauto apasionado. Y cómo no van a existir revistas digitales, si las que hay en físico son tan escasas como lectores en poesía. Y cómo no van a existir revistas digitales de literatura, si muchas veces el texto de tal autor es inaccesible, si tal o cual artículo no lo podemos encontrar en ninguna biblioteca dado que las revistas físicas por su limitación en el espacio o de tiraje, apenas contribuye a crearnos una idea deficiente de la gran cantidad de militantes de la palabra y la creación literaria y cultural. Es cierto. Uno se siente privilegiado de ser publicado en papel impreso, se siente semidiós si lo leen y dios completo si lo comentan. Pero el que se atreve a publicar en una revista digital como ésta, puede ser leído por más gente, difundido de manera más rápida, más accesible, sin tantas trabas editoriales o burocráticas. Sentimos la brecha entre lo físico y lo virtual, no solo por el soporte (clásiconuevo), sino también por la idea de portabilidad (recordemos que no es lo “mismo” leer desde un computador que desde un libro o revista en físico). Pero no debemos dejar de un lado la innovación: Existen ahora libros en formato digital para celulares, ¿Quizá Remolinos para celulares, muy pronto? El hecho es que no hay formato infalible, los dos son un complemento entre sí, sino preguntemos a cualquier autor contemporáneo: ¿Tiene Ud. un blog, una cuenta de Facebook, o una web personal? Obviamente las respuestas en su mayoría serán afirmativas y en algunos casos hasta apasionadas como “primero un post, luego existo”. Ojo, debemos separar la paja, la gran paja, del trigo. No todo lo que está publicado en las revistas literarias digitales es bueno o fiable (!), existe mucha cosa sin importancia, sin embargo esto último comentado es subjetivo al lector, pues al fin y al cabo es él (Pequeño dios del anonimato) quien decide qué leer y que no leer. Yo por mi parte y sin andamiajes o máscaras, debo confesar que una revista vale por lo que es, por su intensión, su perseverancia, su locura creativa, su buena onda, su desquiciado compromiso con el trabajo y la difusión al mundo de buena literatura a pesar de los desmanes.

Paolo Astorga Editor de la Revista Literaria Remolinos
Blog: http://sinllegaraloinvisible.blogspot.com/

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Poesía
Yo, poeta sin brazos, perdido entre la multitud que vomita Federico García Lorca

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Arturo Accio
sergiopoet@hotmail.com

FUGACIDAD

Soy una mosca atrapada entre las manos de un niño que corre a dejarle en un frasco para mirar como se golpea contra las paredes, escuchar su zumbido de desesperación, pondrá un poco de azúcar por la noche con la esperanza de no decepcionarse a la mañana siguiente y encontrarme tieso; carente de vida, aleteos rápidos, estaré igual a mis predecesoras; inerte, vencida, sin un ápice de gracia.

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NOTA DE DESPEDIDA

No se la des a nadie, en medio de la tormenta resguárdala asegura que continué ardiendo, aun sea en un trabajo ensordecedor donde seas visto como una ardilla que corre moviendo cajas de un lugar a otro para matar el tiempo y estar ocupado, cuídala de las miradas de los curiosos te preguntan por ella pero mantente firme, callado, incluso si te promete una mujer hermosa el mejor sexo oral, sin importar sea Jesús lleno de rayos, rodeado de corderos mansos con luz en el entorno y te diga que descansaras al dársela, niégasela, miéntele, sabotéale su eternamente inconcluso plan divino, al estar solo, borracho o drogado puedes sentir el ardor de esa braza adentro, aun sea una para ti algo terrible, un tatuaje en el pecho, es encantadora; te aseguro muchacho que con eso podrás incendiar de nuevo el infierno.

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IN CRECENDO
Gotea el sudor incansable; una cama, otra cama, otra esperanza que se va; los audífonos son mas potentes, decibeles, mas decibeles, nada tiene sentido, el idiota que mueve los hilos parece que se le acabo la imaginación y ha contratado tecnócratas, un cero, otro cero, autos alocados que nunca terminan de llegar, los frenos fallan una nuca contra el piso otra lamentándose y hablando al seguro, un claxon, otro claxon, los esperanza es un ciego en busca de una lámpara que ilumine una mosca, otra mosca, se pudre el sueño de poder lograrlo bajo el peso de una bota invisible, y eso me recuerda por mi propia salud mental que no debo ni siquiera pensarlo.

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YO CREO EN EL MAL

Sintiendo el mundo al rededor puedo decir con seguridad que creo en el mal; en el pánico eterno de los hospitales, en el tiempo perdido en las filas bancarias, en el horror de un examen complicado hecho por diversión, en el dolor inventando en los laboratorios; Me declaro convencido de su interminable reino aquí en la tierra; Yo creo en el mal, en lo destructivo de cada uno de nosotros que se oculta tras las sombras que queremos olvidar; Yo creo en el mal que hay en mi, al mirar mis manos moverse sin sentido con hipersensibilidad a la luz y al ruido, sé que esta conmigo adentro; veo en el horizonte tragedias, un dragón que revive las ganas de sentir la propia sangre escurrir en la cara de los demás ¡Oh Satán! Tu que habitas en las camisas de los metaleros parece que no queda otra opción que ser otro ferviente hijo tuyo mas.

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RATA EN RUEDA

Erika tiene un puesto ejecutivo en el banco y se lo piensa en aceptar una invitación a salir mas allá de la oficina donde trabaja, al cursar la universidad éramos novios, las cosas mas lindas del mundo pasaron entre nosotros pero hay otras imperdonables a las que le tuve que pedirle perdón, y así cada que mi madre puede me dice lo idiota que fui al dejarla alegando que tendría familia y sería un hombre derecho. Una vez a media platica Erika me preguntó; ¿Ya tienes lo que tanto has buscado? ¿Cómo me ves en realidad? A lo primero le dije que esperaba nunca encontrarlo a lo segundo le dije que era la persona mas gris que conocía, no chistó ante ninguna respuesta; al estar la sucursal cerrada mientras la besaba me dijo que todos a su modo son ratas dando vueltas en una rueda, le desabroche la blusa y nunca estuve mas de acuerdo con ella.

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¿TANQUE LLENO?

Lo primero que recuerdo con claridad es estar de rodillas en la escuela primaria, el amor que le tuve a una rubia que aun me escribe, la mirada de mi perra antes de morir. Una pistola en la cien es algo fácil es un clic que puede borrar todo, algunos se lo soluciona a otros no. Luego miré mis manos llenas de sangre y desde entonces no he dejado de escribir.

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A PRIMERA VISTA

Lo intenté sin éxito y nada me costaba continuar haciendo al loco; tomar cerveza, vomitar, morir de S.I.D.A. con las putas, y sabes en realidad no estuviera tan mal, al menos habría sido divertido y la señorita muerte no se hubiera fija en mi.

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EL BOMBARDERO KOSHER

Johnny me platica de la luz divina, dice que el amor es la clave a la cuarta dimensión, procura la comida Kosher pero también es un alcohólico que no recuerda lo que hace durante la borrachera, se acuesta con mujeres que sabe lo abandonaran, estoy seguro que no todo me cuenta de sus periodos de depresión y soledad; para él todo tiene que ser compulsivo; el ejercicio, la abstinencia, o el exceso de los vicios, escribe novelas ecológicas con tintes ocultistas; hemos leído en muchos recitales juntos, se espanto al grado de persignarse cuando le dije que después de iniciar ni en el manicomio dejaría de escribir.

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LO MEJOR DE TI

No son tus pechos gigantes o tu sonrisa linda, tampoco tu inteligencia o amor a la poesía, es mirar tu nuca y después tu boca llena de mi semen.

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COMO LA LUZ

Ya sea a medio orgasmo con una prostituta o con una virgen inflable, ya sea cargando un costal de papas o en un espacio Feng Shui, a media pelea en la calle, arreglando el tejado, resistiendo al dentista; si lo tienes en todo momento puedes respirar tranquilo para ti existe un eterno anuncio luminoso en el desierto que te dice que la locura tarde o temprano se apoderará de ti.

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MADUREZ
Llega un punto en que no se trata de soledad, o amor, sino de que tanto resiste el cuerpo y la billetera.

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AVESTRUZ

Sostenido en los brazos de la locura, en la fiebre de sus deseos mi mente arde sin dirección, el infierno es un lugar tan personal donde dejo hundir mi alma, el dolor/placer es una practica tenebrosa donde dejo hundir mi alma; y ya no me pregunto si las figuras de sal son posibles o sólo palabras de un crucigrama difícil del que no me interesa salir.

Ω
Arturo Accio (1975. Guadalajara, México) Activista Literario.

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ingridchicote123@gmail.com

Ingrid Chicote

Claroscuro y clandestino
Selección 2009 – 2010

“Nos morimos, amor, y nada hacemos sino morirnos más, hora tras hora, y escribirnos y hablarnos y morirnos.” Jaime Sabines

XVI
Mi corazón cree que puede ir como si el solo se mandara como si poseyera vida propia y se nutriera por sí mismo de manglares Es por eso que a veces lo regaño lo controlo lo acorralo para que pueda tranquilizar su vuelo insomne Este corazón que tiene alas a veces no me obedece y es entonces cuando lo siento al borde de la ventana y lo suicido

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XVIII
Heme aquí ante estas teclas tratando de saber si este ron me hará daño mañana y habré amanecido con la respectiva intoxicación que se refleja en las coyunturas. Mientras tanto me quedo esperando que un mensaje llegue como que si de verdad tu existes o me quieres o esta ebriedad se convierte en cierta condición indispensable para dormir en esta luna que se llena de pistolas No sé ya cual es mi oficio He dejado el trabajo - los amigos Dejo la noche abierta como un poema inconcluso en esta oscuridad en que me encuentro con las palabras que necesito en las voces de poetas muertos

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XIX
Me extiendo en la tarde como cualquier sabana para que corran por ella los caballos Me vuelvo sedienta en la ausencia en esta nada que se mitiga en los olores de la cocina Tolero el puente de la tarde y me envuelvo con mis propios zurcidos para atajar el hilván que se me va en un espacio de tiempo

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XIX
Porque las palabras pueblan mis días ansío escuchar las ventanas hablarme al oído Remitirme a la belleza de un susurro o simplemente que ocurra un milagro de escuchar un te quiero

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XX
Tolero la tristeza de los días de sol cuando se cubre de amarillo la nostalgia y salgo a pasear por la orilla del papagayo de colores de los niños de la sombra Vulnero cada parte de mí ahogando las lágrimas en la repisa donde los medicamentos obligan a que la locura se quede dentro de los espejos Pero la tolerancia no me tolera y escapo a mares llenos en estas olas que me arrastran nuevamente a la orilla de los recuerdos

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XXI
Nadie muere de reposo ni de ladrillos ni de túneles que no terminan ni de agujeros en los pantalones Se muere de muerte cuando la mirada se obstruye por la naturaleza en llamas y el agua se la bebe el cielo Por eso conjuro a la muerte en estos días donde la lluvia no existe y el desierto me lleva alucinar oasis Despierto con montones de arena en mi garganta

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XXII
Ideo una tregua para pensarte de lejos como pienso en dios y en los unicornios Para sentirte desde lejos en toda esta maraña de nubes que se va quedando en las coyunturas para esperanzarme de ti Sin ti sin mi la vida es un duelo que jamás será el mismo por la mañana

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XXIII
Me duele la tarea de barrer las sombras buscando los cabellos que no se hayan en ninguna parte Barro el misterio de los adioses el clerical fantasma de las guitarras y este sueño que cuando despierto se convierte en dolor en las entrañas

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XXIV
Convertida en zahorí tomo las ramas de almendro buscando en el desierto un pozo de agua La rama se mueve envestida de los aires que el sol contraviene hacia mí y me desvía nuevamente a tu casa

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XXV
No sé si Lir se convierta en la diosa de la triada donde amor, ternura y profecía se embriagan en los bosques por donde los duendes y las faire se preparan para los encantamientos De ser así pediría a esa madre diosa ser un roble para que el cielo y la tierra pasen a través de mí y pueda dar mejores sombras a quienes se cobijan debajo de mis ramas

Ω
Ingrid Chicote (Caracas, 1965). Escritora. Docente de Teatro. Estudiante de Educación en la UNESR. Facilitadora, comunicadora, cultora y trabajadora comunitaria de diversas instituciones. Ha recibido reconocimientos a su labor de instituciones internacionales, nacionales, estadales y locales y su obra poética y ensayística ha sido publicada en medios impresos nacionales, regionales y en diversas webs. Foto tomada por: Patricia Blanco

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Marco Antonio Valencia Calle
valenciacalle@yahoo.com

Conversaciones extrañas

1. CUANDO LA MUERTE SE DISFRAZA
La muerte se disfraza de espectáculo y asiste a un carnaval. La muerte entre ríos de licor y gritos de fiesta se mete a una batalla de flores. La muerte se recupera de su mala fama y se deja acariciar, besar y gritar. La muerte crea mundos con esencias vitales para premiar a los que sueñan, a los que bailan a su lado en hilos de música, de sol, del sudor, de mar. La muerte de fiesta no se mortifica ni cohabita con el dolor de nadie. No quita esperanzas pero tampoco sirve de salvavidas. La muerte baila sus alegrías y no interroga ni pacta, ni quema para el olvido de las desgracias, ni engendra ilusiones en los desheredados. La muerte no hace promesas con cantos ajenos, ni habla con nadie para que vuelva al latir el corazón de los poetas.

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2. POR ESTOS LADOS DEL MUNDO
Por estos lados del mundo nos azota una extraña enfermedad. La otra cara de la melancolía para sorprender a los desconocidos. Una larga nota musical que no nos ayuda a descubrir la crueldad, a enrollar las angustias. Un puñado de difuntos que nos tapiza el pánico y nos llena de brisa triste la sonrisa. El idioma del abandono. Todos andamos con la carne desgarrada, el corazón lapidado y las entrañas sin misericordia. Con los ojos dorados después de haber visto todos los horrores, los vértigos y desastres que se viven cuando hay una guerra.

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3. PARA VIVIR EN EL OLVIDO
Extraños crímenes de guerra se develan por entero para vivir en el olvido. No es la historia la que olvida las mentiras en flor, es la alquimia del alma de este pueblo la que olvida los malos olores para sobrevivir a sus defectos. Cada olvido es un nuevo principio en los sembrados de hortalizas junto a los cultivos del fracaso. Hay lugares en el cuerpo de un hombre donde nadie puede llegar para ayudarnos, darnos un consejo, rescatar los afectos, sobrevivir a las alegrías perdidas; o regresarnos al instante previo de la desgracia que nos enluta el alma, los días, y la rabia. Entonces viene el olvido y de todo se encarga.

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Conversaciones difíciles

1. EL ESPANTO DE LA AUSENCIA:
Si mueres en la batalla para salvar la patria de los apátridas, me decía el abuelo, una mujer de vuelo suave te llevará al más allá. Una hada, una valquiria, un ángel, una hermosa princesa de ojos azules, alzará tu espíritu y te guiará hasta tu nueva morada donde te prodigará alimentos, besos y caricias; al borde de un jardín de melodiosas cascadas de agua, que nunca olvidarás. Y si muero en la batalla, de forma tan perversa y fantasiosa a nombre de la patria, seré el héroe amado de mi abuelo y de todos mis antepasados. No sabe el abuelo que los miedos que me habitan no necesito imaginarlos. Que ya sospecho la muerte, que ya he visto el horror que dejan en el alma los que desaparecen. Que me he desnudado en las noches para ensayar la experiencia, frente a la cama de mi madre. Que puede más el espanto de la ausencia de mi vida en la vida de mi madre y de las mujeres que amo, que los dones y los placeres que me ofrecen las valquirias sobre la tierra sucia, negra, gusanienta y floreada de los cementerios. Ignora mi abuelo, que sospecho de la existencia de otras vidas y que no creo que en esta guerra de hermanos idiotas, existan héroes diferentes a los desplazados.

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2. EN ESTE ROMPECABEZAS DE PAÍS:
En este castillo donde he llorado la muerte de mis parientes. En este rompecabezas de país donde todos los mortales por vanidad hemos asistido a batir pañuelos blancos en la calle. Donde las arrogancias de clase se han ido río a bajo como los cadáveres sin rostro que anuncian en la radio como si fueran muebles a la venta. Donde hemos besado con duda las ofertas de paz como si fueran sueños a medio recordar. Donde todos los modos y formas del miedo se han hecho presentes para mitigar el aburrimiento de los domingos. Donde los vampiros y monstruos de ultratumba nos asuntan menos que los terroristas o las elecciones populares. En este castillo donde he llorado la muerte de mis parientes y aúllan las pesadillas de mis días, escribo con sangre un puñado de cartas a los poetas en busca de la solidaridad perdida, de la conciencia extraviada.

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Conversaciones alucinadas

1. Somos víctimas más allá del rostro, de la noticia, del espejo, de lo que parece. Víctimas de los espantos sin nombre, de los cantos del demonio, de la curiosidad de los santos, de la incapacidad de las moscas, del horror de la limosna, de la lluvia de consideraciones, de los juicios laberínticos. Somos tragedia, relatos con olor a gladiolo y tierra podrida, nombres indeseados en las noticias del almuerzo, un escándalo para unos, una suerte de historia con subtítulos para otros. Somos víctimas más allá de la jungla de mujeres desnudas que nos acosan en vallas y periódicos, de las estadísticas fantasmales, el maquillaje de las desgracias, la salud de los unicornios.

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2. En un país donde la poesía no es tan esencial como el pan, ni tan cotidiana como el ruido de las metrallas. En un país donde el hambre sale a las calles en busca de un dolor más lírico y menos perfumado. Donde las metáforas del malestar se olvidan con las imágenes de bellas mujeres en la televisión. A uno le dan ganas de distraer el horror horadando batallas de resistencia por la cacería de ballenas o la tala de árboles de guayacán. Vivir en el extranjero, calmar a carne viva el miedo punzante con himnos de iglesia, sembrar con cuidado las ilusiones en jardines estériles de un poema. Ser menos metafísico, más esencial, menos oral, más valiente, menos distante, más lúcido, menos palabra, más digno. Pero el miedo, el miedo que no es fantasma y galopa entre nosotros como un ser de carne y hueso no deja fluir, ni respirar, ni soñar, ni ser más.

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3. El teatro de la vida mirado a través del espejo. Es el de un hombre sentado que se aguanta la hediondez de las fosas comunes donde han enterrado a sus vecinos y no espanta los buitres que le despeinan la indiferencia. La sangre de los condenados a muerte y el grito horroroso de los inocentes salpicándole el silencio cómplice, es la alfombra que lo transporta. Veo un hombre que pinta fantasmas cuando pinta su autorretrato. El palpitar de un corazón helado y descuartizado por la duda, sin fantasías para escapar. Un tullido buscando un lugar en el mundo, una rueda suelta donde reina la apatía, un poeta vacilante.

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Marco Antonio Valencia Calle. Nació en Popayán, en el año de 1967. Es miembro de la Asociación Caucana de Escritores. Profesional universitario en Literatura con maestría en Filología Hispánica del Instituto de la Lengua Española, de Madrid, España. Su trabajo literario ha sido reconocido, nacional e internacionalmente, entre otros, por los siguientes premios: 2º Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 100 años, en Temuco Chile, 2004; por el Premio Nacional de Poesía Casa Silva, Descanse en paz la guerra (2003); y el Premio Nacional de poesía ciudad de Chiquinquirá (2002). Entre sus publicaciones cabe destacar Los versos de la iguana (2005), libro de poemas que ya va por la tercera edición. Las novelas Oscuro por Claritas (2000) y El Profesor Espantapájaros (2008). Es docente de literatura, columnista semanal para varios medios de comunicación en América Latina, y autor de varios de poesía inéditos. Actualmente (2010) Coordinador del Bicentenario de la Independencia en el departamento del Cauca. Web: www.marcoantoniovalenciacalle.blogspot.com

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Carlos Ramírez Vuelvas
vuelvas@hotmail.com

ESQUEMAS DEL QUINTO PISO

LAS PIERNAS Y EL TIEMPO
Amo largamente el peso de mis piernas/ y el jardín de carne del pubis de mis manos./ Amo rabiosamente estos días cansados, en los que el tiempo se apoltrona,/ un percherón violento, concentrado./ La furia de su sueño bebe hastío,/ las fuentes de su alba le escuecen la mirada.// Amo con rabia estas tardes de amigos inconclusos y buenos días y nada,/ el teléfono a medias y oficina y claustro detrás de las persianas./ Qué intensidad zozobra en las palabras no dichas,/ los sobres que permanecen sellados en su desgracia virginal.// Y sin embargo, qué dios furtivo se revela/ si al invocar las cosas las tocan mis manos./ Qué dios daría de mi parte si al tocarlas sangraran./ Porque amo también la rubia rabia del sol que abre caminos de cáncer y asesinos,/ lamentos de soledad a las cinco de la tarde;/ la rubia rabia del sol de mediodía, y el peso de Sísifo y la sangre y la sed/ y el hambre. Este andar a ciegas cantando para nadie, y la cabeza, el corazón, la tierra blanca/ de la página en blanco regándose de algún modo,/ fértil, diseminada en los días que me sobreviven.// Si yo fuera esta invocación posible, una balanza para el lodazal y el grito,/ la primavera. (Adentro del zarzal/ llevaba la niña el alma y la tormenta y la quimera.)/ Si yo fuera por siempre la incertidumbre que soy a veces,/ ciegamente, sinceramente,/ daría todo mi largo amor completo, profundo y rabioso,/ que también poseo en el peso amoroso de carne de mis manos y mis piernas.

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MIÉRCOLES
Se fornica con red y a plazos fijos./ Se da en la piel gato por liebre./ Se forman largas filas de dos al excusado./ Se limpia con papel estraza lo que de sudor hay en las ingles,/ lo que del jugo nutricio para bruñir la vida derrama su miel en los placeres.// Pero yo hablo de lo contrario,/ cuando no existen débiles albas,/ sino turbias tormentas de mujeres acechando el apostolado de la soledad/ con encajes de carne sonrosada./ Pienso en lo contrario a los broncíneos soles y los apolos en frío quemando/ esta religión de sábanas y piernas,/ de alcobas, labios, lenguas y un gemido/ sonoro, prolongado, para lograr que la inversión suba y luego caiga/ interminablemente/ al precipicio que es uno mismo,/ repetido,/ cotidiano,/ clandestino.

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PARA VENCER AL CALENDARIO
Luz del ciego que soy en el trance de los días,/ agua en la canícula interna./ Te celebro con versos anticuados de ardiente y escandalosa y sonora y grave y dulce sangre,/ escrita para el futuro del polvo./ Frente a la voluntad indecisa de mis hermanos/ que escriben laxitud también con la pereza en lo más gris y sucio del asfalto.// Yo labro mi palabra como amante, sobre las páginas doradas que me permite el calendario./ Ya sabes del rigor para atrapar el rayo, con la firmeza del corazón y del cerebro alertas./ Desgajar el manantial de la frente con la piedra de los días,/ y colocar en los poemas el ciclo tempestuoso de las estaciones/ para morder tu cuerpo./ Abrir la fruta lengua adentro./ Quemarte luego, completa, para que de ti no sepa nadie/ sino las páginas de oro donde se escribe el Tiempo.

Ω
Carlos Ramírez Vuelvas (Colima, México, 1981). Autor de los libros Brazo de sol (2000), Cuadernos de la lengua y el viento (2006), Ruleta rusa (2007) y Calíope baila con el poeta ebrio (2009). Sus poemas aparecen en las antologías Un orbe más ancho (UNAM, 2007), La luz que va dando nombre (BUAP, 2007) y El oro más granado (UTEP, 2009). Actualmente estudia el Doctorado en Literatura hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid.

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A. Giovanni Collazos Carrasco
elterror_acechando@hotmail.com

MUSGOS Sin estridencias, sin fanfarrias, vamos a hilvanar sutilmente las palabras para romper los cristales de todos los vehículos barrocos que sólo sirven para detenernos en los balcones sin mirar por las ventanas a los caballos que se desmontan de un baquiano desquiciado perdido en un musgo del cerebro vamos a destejer suavemente la violencia de las horas que nos deshacen, nos adormecen y nos engullen en un cavilar ralentizado.

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PAÍS DESCONOCIDO mi poquedad se relame, galopa por una esquina donde sedimentos de lluvia gobiernan reversos de esquirlas que me traspasan circulan las facciones inertes de los huesos próximos a los caquinos de almas postreras y golpean los vetustos estragos de un País de bálsamo que nunca he conocido.

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OTROS ASUNTOS He venido de Lima a Madrid y no hay tiempo para otros asuntos la contemplación es la ruina en una ciudad rumiante que salta en el vértigo los octubres son pluviosos se van cerrando por los trapecios distantes en el afán que se abre difunto por las estrías de los años del poeta de esfera y aguja que goza el afecto de los martillos la abstracción me sabe a miel traicionera en el aeropuerto que se traga mi continente, en el hermetismo boreal de mi trastornado verso insidia de este sol diminuto en las orillas de mis costuras a golpe de cajón nocturno que ruega descalzo a mi camino para que la intemperie azogue mis huellas.

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GOTA A GOTA Qué importa si las placas tectónicas remueven los cimientos de mi serpentín, haciendo que la última gota de pisco se halle curtiendo mi deshabitado cuerpo si el temblor se lo debo a tu boca constrictora, a tu vientre batiente que no filtró mi torpeza el temblor se lo debo a mi bardo formado en charcas de carne, entre muslos y fermentos desglosados por los avernos que coexisten en la eufonía del cencerro y de la caja que recoge mis pedazos qué importa el redoble de los dedos, el sabor de la uva, si despides la embriaguez del alambique que me reduce a sangre profética que queda pegada en la pared, mientras tiemblo gota a gota sobre el adobe y la quincha de mi casa.

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ELEFANTES Los frugales elefantes que habitan en mi estómago se descarrilaron y jubilosos llegaron al matadero para desequilibrar los relojes a esas trompas les han crecido garras pintadas con achiote, zurcidas con escombros que construyen cañones pegados a los policromados señores elegantes con sus facciones hediondas el marfil nunca se resignó a su estiaje, fue parte del andamio enquistado en el menisco son mis elefantes que se llenan de pumas entre galernas de caballos reverberando el inalterable deseo de esculpir las palabras con la carne.

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A. Giovanni Collazos Carrasco, nació en Lima-Perú el 24 de octubre de 1977. Actualmente lleva residiendo en Madrid desde hace más de 10 años. Se inició en los talleres de poesía y creatividad de la asociación cultural Clave 53 de Madrid. Ha publicado poemas en dos libros de antologías poéticas en el 2009 en Madrid y ha colaborado con diversas revistas literarias en ediciones digitales e impresas, también en España. Es participe en diversos recitales de poesía organizados por grupos poéticos y asociaciones culturales del País de Cervantes.

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jargenisd@yahoo.com

Argenis Díaz

Descreo de concilios mañana será lo mismo hablaremos otras lenguas seremos pájaro ángel con seis alas de papel para alzar el vuelo cuando todo sea inútil y nos busquen en los avisos clasificados y en los envíos contra reembolso

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Aproveche la luz no ve que todo está rojo y por estas calles ya nadie suele decir verdades que el toque de queda hacia el amor ya no funciona que la vida pende de un hilo de sangre que me estoy cansando de ir y venir, como quien dice que herido de bala por tu ausencia sólo atino a decir la misma oración aprendida de memoria en un libro de primaria.

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No logró entender que soy aire y no tierra que todavía cabalgo caballo de mar indómito sobre montañas de fuego que giro en círculos buscando el sustantivo la palabra precisa otra mirada otra lluvia bajo el mismo cielo espejo que me devuelve tu imagen

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Una gota de agua es similar a otra amo la soledad que te rodea estas calles no son las de Venecia pero el llanto corre igual en cualquier lugar del mundo.

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Aprendí que el amor redime de sufrimientos mientas sigues atado al árbol de la vida.

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VUELVO AL SILENCIO DE LAS HORAS
A la fría calma de los aciagos días en que vi de cerca tu rostro cuando hundías tu daga en mi memoria. Marchita de siglos de ausencia tu malvada risa me persigue cuando menos lo espero. Tal vez no llegues nunca a vencerme pero el miedo sigue oculto al asecho del perdón por no ser quien quiero ser El hombre más valiente de esta historia.

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GRAFFITI
Cómo ignorar las voces que me dicen: Se puede hacer poesía de esta ciudad; “cómo meter una moto en un poema”, una Cherokee, un Mercedes o un Monza. Un corazón metálico que se cansa de esperarte. Cómo decir que las flores son bellas, con este bullicio de bocinas y ruidos de carrocerías. Caminar con los árboles que imploran oxígeno; como yo a ti, a tus ojos solitarios perdidos en estos bosques donde la vida va de un autobús a otro, de un semáforo aun libro, a un poema con luz roja. Ya basta, está bueno de tanto quejarse del calor, de la miseria de este mundo, de las utopías, del estrés, del tiempo que nos aniquila entre amarillos y verdes que no son nuestras banderas. Lo mío y lo tuyo no importa; sólo quedar atrapados en un ascensor quizás o entre las ruedas de esta vida de perros, de estos infiernos que devoran la palabra y los graffitis en las paredes de los bancos o de las escuelas, donde escribo y leo: “Soy el lobo feroz que hace mucho tiempo te busca entre las rejas, entre las flores rojas de los cementerios...” O borrar todo esto y empezar a escribir: “Te amo...”

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Argenis Díaz (Villa de Cura, Aragua, Venezuela 1954). Escritor, poeta y ensayista. Miembro activo de Senderos Literarios y miembro fundador de Villa Literaria. Publicó: De Espaldas al silencio (1992); Alas de Papel (1997); también en Antología Poesía de Aragua (1997); Selección poética. Senderos Literarios (2004) y Senderos en el tiempo (2005). Ha trabajado como redactor en diarios, suplementos literarios y revistas regionales y en la revista digital Letralia. Asimismo viene realizando una importante labor formativa a través de talleres de literatura para niños, jóvenes y adultos en su ciudad natal y otros lugares de la provincia de Aragua, Venezuela.

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Héctor F. Ranea Sandoval
hfraneasan@gmail.com

blindado corazón a los recuerdos malditos aquel cigarrillo negado una palabra que se quedó entrampada en tiempos inaccesibles los vientos que nos apagaron la mirada ya triste memorias blindadas casi hasta el olvido patrañas del recuerdo que cesa inevitable en el salón mortuorio de las ideas olvidadas algún día llegará la oscura golondrina la palabra del día en que la memoria deje de ser una piedra clavada en los sesos ese día en que las capas de máscaras superpuestas a chapas voladas en los aires sumadas a las conchas descompuestas en los terremotos adheridas a lechos de obsidiana y jade se hagan pan en las breves alas de mariposas que volverán a morir con la llama de la vela nuestra que se apaga ese día cada vez siempre para siempre de: corazón blindado

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no tengo donde ir dentro de mí no hay más espacio todo se llena de músicas que comparto con vos sin saberlo pero están ellos los recuerdos además desborrados que nacen todos los instantes nacen en cada orilla de mis dedos al escribir un verso todavía triste todavía más triste que esa noche esa mano que me desnuda el blindado pecho la mano blindada el tiempo blindado la mañana blindada ciega el pozo abierto sin fondo hasta el desnudo corazón de la tierra y en el manto marchito de las flores pobres avispas pobres lirios la curva de la vida los abandona tal vez estamos arriesgándonos a largar la cuerda o atárnosla en el cuello de: corazón blindado

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¿Qué sexo no contiene un deseo de desaparecer después del acto? La propuesta es desaparecer antes para que la pesadilla contenga su propio castigo Dejar la acción suspendida en el deseo, colgando en la neblina como una joven recién asesinada por el amante celoso de la voz de otro que escuchó su voz en las campanas Sólo lágrimas quedan en el acto de desvanecer. Las lágrimas son condensaciones de la niebla que rodea los deseos pero el deseo está detrás del acto el placer nunca delante ¿Qué placer más fantástico que amar la niebla que nos cubre como un cuerpo que se desvaneció en nuestro deseo? de: y si de amor se trata

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dos líneas alguien me sueña moscas grises moscas grises me sueño al crepúsculo las sueño en el sueño de alguien sueño las moscas que siguen a mi sueño el sueño último en el aire sin brisas sueño de moscas en un cuarto en verano solo en ocasión de sueño sin sueños encierro los sueños en ignición en un bártulo viejo de pordiosero hurto en los zaguanes la basura junto los papeles donde otros se limpiaron la abundancia para llenar la alforja con sueños para caminar el resto del camino con sueños que me sigan del otro lado de esa senda oscura los sueños que llevo en la mochila los sueños que alimento en la basura los sueños que lamento en la argucia de ganarle un verano más a mi destino para seguir hasta el próximo otoño robado en los pasadizos de las moscas grises en los sueños de los jardines ausentes caminando con el paquete de sueños tristes robados a quienes saben soñar en otros sueños espero encontrar un buen lugar donde soltar las moscas grises de los últimos demonios encontrarme entonces cara a cara con el otro lado del camino de: y si de amor se trata

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Héctor F. Ranea Sandoval. Nacido en Salta (Argentina) en 1950. Es poeta, escritor, físico, profesor universitario e investigador científico. Tiene un libro de poesía publicado en Último Reino (Buenos Aires) en 2000 y varios poemas en sitios de Internet dedicados a poesía. Mantiene un blog de poesía colaborando con el Grupo Heliconia: Poemia. El fuego de Heliconia. Como narrador mantiene, en la misma condición, otros tres blogs de narrativa. De Sergio Gaut vel Hartman: Químicamente Impuro Breves no tan breves y Ráfagas y parpadeos.
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Luis Calama Rodríguez
lcal@usal.es

SERÉ DEL VIENTO
Pronto seré la tierra que agarrada al olivo alimenta sus ramas besando sus raíces desde el suelo, y llegaré a la copa que frondosa se mece al placer de su vuelo disfrutando el perfume de sus hojas. Pronto seré la hierba que se asoma al camino alfombrando los prados donde crecen las flores y los pinos, y la luz de los días me besará de nuevo cuando el sol haga mías las mañanas que surgen del rocío. Pronto seré del viento un juguete que apenas inventará unas alas para poder subir hacia lo alto, y la fuerza del aire empujará mis sueños para que sin cadenas se transporten al fin hasta los cielos. Pronto seré tan sólo un recuerdo fugaz que una vez escribiera sentimientos atados a unos versos, y quizás en tus labios sonarán mis poemas, como en aquellas tardes adornadas de azul junto a los cerros.

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EN MIS SILENCIOS
Cuantas noches llenas de sol colmando de cálidos sueños el embozo de mi almohada, imaginando regiones llenas de luz en los vacíos rincones del cerebro, despertando alegorías infinitas como sutiles vientos que soplan caracolas de cristal entre el aroma incierto de la vida. Cuantas noches llenas de luna, llenas de pálidos reflejos plateados como corales incandescentes, llenas de tacto, navegando en la dulce ternura del mar de los deseos. Cuantas noches llenas de sol y de luna, de estrellas y de firmamento, he vivido contigo en mis silencios.

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HACIENDO MEMORIA
I Tras el soneto gris de lo vivido y escrutando el perfil de la memoria no me da miedo el juicio de la historia a contraluz de todo lo aprendido. Doy por bueno el tiempo acontecido agarrando mis manos a la noria que unas veces te sube hasta la gloria y en otras te sumerge en el olvido. He tratado de ser siempre juicioso y aunque no lo lograra cada instante, salvo que mienta la voz del inconsciente, no se me puede tachar de pretencioso, pues nunca pretendí ser importante, ya que me cuesta trabajo ser corriente.

II Mirando atrás el fondo de lo habido he dejado de lado muchas cosas sueños rotos que pesan como losas y un poso pertinaz de arrepentido. He tratado de hacer lo que he podido, escanciando veranos en las rosas, primaveras de infancia y mariposas enterradas atrás con lo perdido. Y aunque ignorante y torpe a cada paso, no quisiera encontrarme ni más cerca ni más lejos del mundo recorrido, y cuando el sol se ponga en el ocaso me dormiré en el sueño si se acerca y olvidaré sin más lo que he sentido.

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MIRÉ LA LUZ DEL ROSTRO DE LA TARDE

Miré la luz del rostro de la tarde, invadí del otoño el mediodía, rocé el espacio sublime del silencio y sucumbí a su suave caricia displicente. Miré la luz del rostro de la tarde, imaginé el resplandor antes de verlo, reconocí el color que dibujaran las flores nuevas de su dulce espera. Miré la luz del rostro de la tarde, roja de fuego, añosa y despiadada mientras yo estaba quieto en la ventana acodado en la cresta de los sueños, y vi ponerse el sol tan de mañana que las horas ladraron como perros.

Ω
Luis Calama Rodríguez, soy médico y profesor de la Universidad de Salamanca, España, en donde resido. Publico habitualmente en revistas y medios de comunicación de mi ciudad, así como en diversos medios de publicación electrónicos, a los que se puede acceder mediante mi nombre en los buscadores.

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Juan Carlos Rivera Quintana
islaenpeso@yahoo.com.ar

ESPASMÓDICO BAILE, BAUTIZADO MAR

“Pero soy esto, la mala roca que busca erupcionar en las entrañas del poema, parir su libertad, sin nombres, como un islote escondido entre las olas”. Abel González Facundo, “La isla de Virgilio”.

La masa de agua fosca y verde me devolvió su resaca cierta rabia de naufragio justo en medio de la nada, como un buque fantasma que junta cadáveres y luego los devuelve a la orilla para que sean enterrados en el limo putrefacto. El mar se fue amontonando en mi espalda, en mis costillas/ entre los confines de mis piernas, por tanto peregrinar amputado a hachazos, a punta de cuchillo/ por tanto camino salobre y espasmódico entre tablas salvavidas que desaparecen tragadas por esa porción de líquido difuso al que todos vuelven en rito/ (recordar que sólo el culpable regresa dos veces a la escena del crimen) para agradecer al silencio que le da fuerzas, que lo alienta a seguir o perderse entre la multitud de la gran ciudad donde nadie repara en nadie. En definitiva, ese es el sino de los que rompen sus naves, partir para retornar a un muelle equivocado/ intentar reconstruir su existencia para terminar siendo ni de aquí ni de allá. Yo también heredé una gabarra, un pedazo de barcaza para cambiar el cuadrante difuminado a fuego, pero nunca reparé en la isla adónde nacía, ni en la inexistencia de un camino de ripio para la estampida donde esconder los infortunios que bucean algún antídoto justo cuando cae la tarde (y todo se inmoviliza). Entonces salgo a la proa y siento la caricia salobre y obstinada esa música atávica del ir y venir que todo lo disipa, engulle y corroe/ lanzo mi velamen sobre las cabezas y desato los cabos para franquear una salida del puerto, observo las bollas y tuerzo el rumbo, puras veleidades intelectuales de ciudadano que olvidó su lugar y ahora intenta habitar otros dominios, aunque sólo sea pura ilusión
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trasnochada de alguna pesadilla no contada a su psicoanalista. Escapo, huyo, me sumerjo, pero apenas es una alucinación como recordar cementerios, epitafios y piedras sobre bóvedas que nunca puse antiguas pesadillas para cuando ya no quede ni mar, ni barcaza, ni bollas y el muelle se haya esfumado en la neblina del tiempo.

21 de octubre, sin sextantes ni brújulas.

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INTERROGANTES COSIDAS A LAS PUERTAS

“eres aquel que vuelve a borrar de la arena la oquedad de su paso; el miserable héroe que escapó del combate y apoyado en su escudo mira arder la derrota” José Emilio Pacheco, “Éxodo”

No preguntes quiénes quedan, no preguntes las calles han resultado dilatadas/ pero vacías…barridas por una bocanada de aire febril, casi bochornoso, la poca gente que subsiste mira desangelada y abúlica el calendario que se desliza como uva seca… las vidas han quedado suspendidas en el umbral de las puertas y bajo los pocos campanarios en pie. Cansina las abuelas cosen y descosen los mismos vestidos que sus nietas ya no quieren llevar a las escasas fiestas (“hay muy poco que celebrar”, dicen solemnes las viejas). Muchas paredes de veteranos edificios yacen sostenidas porque Dios existe y la cultura de la ruina campea ciudad abajo/ buscando alguna viga escondida donde guarecer los miedos al derrumbe y la mirada de la policía que todo lo observa impúdicamente, casi con interés malsano, con codicia impropia para la decencia ciudadana. No preguntes cuántos escaparon clandestinamente, no escudriñes por discreción profana, te lo ruego. se van advirtiendo descomunales vacíos en medio de la tempestad, entre los fragmentos de reuniones políticas adonde pocos acuden (pues ya no hay nada que discutir- se perdió el interés al monólogo vacuo)y hasta los discursos conminando al combate y los ejercicios militares arrancan grandes carcajadas en medio del clima suicida que todo lo pinta sepia. Casas destartaladas por la humedad carcomen las estadísticas que paralizan el alma de los organismos de vivienda; el paso de huracanes mengua los recursos - y posibilidades de salir a flote -. La ciudad de las carpas progresa, se asienta impiadosamente al margen de las rutas desde donde se miran los trenes fantasmas casi exánimes de mercaderías para llenar el tiempo de la gente que piensa en lo que pudo ser pero quedó a la vera del camino por negligencia y tozudez doctrinal. No preguntes cuándo lloverá el buen destino, ni lo intentes por cordura/ todos se acostumbraron a bajar sus cabezas y ya nadie tiene tiempo para predicciones agoreras bajo el Sol… ha sido muy dilatada la expectativa
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y no hay cambios perceptibles, que limpien el ánimo de parálisis y fobias que solo conducen al patíbulo sin bonanza, a la expiración. La gente se remacha a las espaldas el síndrome del exegeta derrotado y solo acierta a calcular los días en que subastará en el infierno una pelea que ya sabe adonde conduce y lo ha dejado maltrecho y sin “escudo donde mirar arder la derrota”.

Buenos Aires, 2 de diciembre 09, expiando mis culpas

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Juan Carlos Rivera Quintana (La Habana, 1960): Lic. en Periodismo por la Universidad de La Habana, tiene una currícula terminada de un Master en Planificación y Gestión de la Comunicación por la Universidad de La Plata. Periodista, poeta, ensayista y narrador. Reside definitivamente en Buenos Aires, Argentina, donde trabaja como periodista y profesor de Redacción Periodística, en el Círculo de la Prensa y en Oficina de Comunicación Social de la Presidencia de la Nación. Ha publicado libros de crónicas periodísticas, ensayos historiográficos, cuentos, poemas en España, Argentina y Cuba. Acaba de salir al mercado su ensayo historiográfico “Breve Historia de Fidel Castro” o Metástasis de una ilusión, con la Editorial Nowtilus, de España.

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Francisco Jesús Muñoz Soler
franciscomuozs2003@yahoo.es

LA VOZ DEL PENSAMIENTO

¿Acaso es más que un sueño la voz del pensamiento? ARTHUR RIMBAUD

Esa voz tan cercana e independiente formaciones de ondas en su idioma que reverberan audaces en la mente vertebrando la consciencia indeleble maestra llave del pensamiento que abre espacios en lo ignoto ¿Acaso es más que un sueño? ese magma de impulsos eléctricos y transciende a otros niveles o sólo es un pasajero embeleso con articuladas resonancias que brotan en fugaces terrenos.

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POEMAS

Una fuente sin fin que mana liquido inmortal desde el cielo rebosante. JOHN KEATS

Esencias que fluyen de ricos encantos con suave tintineo o tropeles sones amamantando nutricio magna de deleites, deliciosos sonidos que recrean el pensamiento de bardos que nutren desde los inicios con verdaderos goces plenos de bellezas, con musicales ecos que transcienden en las profundas concavidades refulgentes de generaciones de esenciales espíritus esparciendo continua luz sobre almas apresadas por fugacidad y penumbra esencias inmortales de cielo rebosante.

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SE AÚN EL ESTÍMULO

“Se aún el estímulo que, extendiéndose por esta tierra abotargada, la alce” JOHN KEATS

En este mundo tan sutilmente abotargado donde las meninges clamas copiosos consumismos y las materias blancas y grises acomodadas en parsimoniosa languidez desisten de nutrirse de ricas bellezas que franquean los canales de aberturas de las sensaciones de deleites esos que catalizan hermosos deseos y pensamientos incipientes o plenos de esencial iniciativas esas que nos distingue en el reino animal de seres simples, diestramente amaestrados. En esta tierra sistemáticamente abotargada es necesario el irreverente estímulo que nos alce del adocenamiento: la poesía.

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PERPETUA DICHA

“Perpetua dicha son las cosas bellas” JOHN KEATS

Envío mi heraldo a un lugar desierto para que alcance ecos de significados allende de los mundanos sentidos ordinarios, formaciones de etéreas y delicadas áureas diseminadas esencias que estructuran bellezas musicales luces de alboradas tenues y aéreas, con esencial carga de hermosos deleites volverá ahíto de extraños orígenes ambicionando surtir de gozosos placeres y como Keats nunca sumirse en la nada.

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JUNGLA TROPICAL LLUVIOSA

Nos adentramos por el camino de la rana, después de dejar atrás el puente donde dos chiquillos saltaban gozosos el Sarapiquí y hermosísimos sotacaballos y bromélias, desde ahí, desde ese ancestral punto, dispusimos nuestros pasos en la jungla bajo una intensa lluvia que sacudía nuestros hombros ansiosos de recibir savia de telúricos impulsos de semillas para nuestros espíritus, vacilantes bajo la espesura caminamos con nuestras zapatillas ligeras, llegamos a un breve claro, encrucijada de destinos quien sabe si de almas y entre la senda de las intensas arlequines y una empinada intrincada a la izquierda optamos por la intrépida que nos giraba aún no brotaban corrientes de lágrimas formando surcos entre raíces y lianas, el agua, el agua, resbalaba sobre las caras, ya nuestros cuerpos empapados de gracia brincaban entre vainas depositadas en los márgenes del intricado sendero, donde enamoradores labios de un magnífico rojo seductor nos llamaba y entre graciosos comentarios divisamos un bello claro donde nos inmortalizamos con entrañables fotos, bañados de brumosa luz y sostenidos sonidos de majestuosos cantos que siguen envolviendo con su circular manto la esencia de ese lluvioso espacio de armonía, con gozadoras miradas dispusimos el regreso más ligeros, con un áurea más liviana pero atrapados por invisibles ficus estranguladores que siempre nos reclamaran encantados cuando nuestras emociones estén embargadas por retorcidas impresiones, entonces siempre nos quedara la atmósfera de la selva, allí donde nuestras áureas retozaron bajo intensa lluvia con pies livianos.

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MIS OJOS

Te envío mis ojos a través de las ondas de los queridos corazones que nos dejaron y velan por nosotros en el permanente intangible, en mis ojos tienes toda la dulzura y serenidad que mis córneas y mi alma sostienen.

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CAMILLE

Desde la incógnita y desamparada tumba Donde se pierde el tiempo y el espacio De la consciencia vertebradora de memoria Desde la innominada fría reclusión Donde los huesos forjaron cenizas Y germinará alimento cárdenos labios Desde cielos de arrojes invisibles De imaginados días sin escenarios De moldeadas tallas sin cincelado Desde la lejana cercanía de la sangre Páramos de colmillos inclementes Desgarrada Gaia de eclipse lunar Desde los vitrales de su lumínica gloria Cenit de emociones de hermosas formas Plácet de sensuales curvaturas en el arte Desde los vértices de un tiempo excluyente De la consustancial libertad inmanente Del carácter apresador de movimiento Desde el plenilunio del agudo detalle Atalaya trasmisora del proporcionado énfasis Que ilumina la cara oculta de los seres Desde la certeza del sendero de búsqueda Fragante melodía de un tiempo futuro Alejado de las huellas de sus valientes pasos Desde la paterna y desbordada alegría La decidida complicidad de sueños e ideales A partir de la pila de agua bendita: Camille
A Orlando Ferrand

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ENFRENTADO AL VACÍO DEL INEXPRESIVO PAPEL

Enfrentado al vacío del inexpresivo papel como ante la vida misma, palpando la textura blanquecina como quién ausculta las nubes, ante el infinito inmaculado desnudo, descarnado de lumbres generadoras de bellezas originales ricas en verbos y sustantivos, finas eclosiones de ideas y emociones corpus de espacios fructíferos que nos diferencia de seres simples firmes de hermosuras intangibles repletas de intrínsecas sensaciones alma esencial del acto creativo.

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Francisco Jesús Muñoz Soler. Nacido en Málaga el 24 de Diciembre de 1.957, ciudad que ha resguardado sus días. Es miembro de la Red Mundial de Escritores (REMES), del movimiento Poetas del mundo, también ha publicado en las Revistas de Literatura digitales Artepoética, Remolinos, Encontrarte, Cinosargo, Letras Nuevas, Palabras de Tramontana, Amigos de la Urraka, Divague, El Laberinto de Ariadna, Herederos del Caos, Perito, 40cheragh , Urraka Internacional, Es hora de Embriagarse, Voces de Hoy, Almiar/Mar de Poesías, Letras, AriadnaRC Laberinto La Rosa Profunda, Nevando en la Guinea, Espíritu Literario, Laberinto de Torogaz, Pensamientos Likidos, Dulce Arsénico, Contra la Oscuridad, Buracos Quentes, Carrollera, Palabras Salvajes, Antaria, Mondo Kronhela, Efory Atocha, Álbum Nocturno, Imaginante, Poesimistas, Nueva Literatura, Antología Literaria Actual, La Botica, Radio Sentidos, Radio Web Mundial, Colectivo Clepsidra, Comunidad P. La Revista, Azul@rte, The Big Thimes, Isla Negra, Árbol invertido, Caminos de poesía, Papirolas, Arte pasión y locura, Plataforma Placa, Otros rincones, Letras de Chile, Realidad Literal, Literarte, Botella de Náufrago, Mis Poetas Contemporáneos, La Fábrica de Sombras, Anacleta, Sinalefa, Baquiana, Cañasanta. Bibliografía: 2009- Restauración. 2009- La isla infinita. 2008- El sabor de las palabras. 2008- En tiempos de prodigios. 2007- Caminar para sentirme vivido. 2006- Áspero tránsito. 2000- Intentando conocer el mundo. 1998- Elijo mi libertad. 1998- La mágica unidad de mi vida. 1998- Veinticuatro poemas de amor. 1996- Frágil grandeza. 1987- El sentido de ser. 1983- Significación. 1980- Juventud primera. Poeta, como necesidad vital y regeneradora de sí mismo, al menos hasta que la curiosidad siga alimentando sus sueños.

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Johnny Barbieri
casabarbieri@hotmail.com

LOS PERROS DE HOPKINS
Hubo un perro que creció por la derecha alto y libre entre muchos otros marginal cuando los matices no armonizaban sus dolores aquellos dolores enormes e interminables que se pegaban a las paredes a esas paredes sucias de Lima en otoño donde también nosotros crecimos de cara a los vanos recuerdos un perro baldío y un corazón dispuesto a llenarse de tatuajes el alma un perro en el umbral un perro en la confitería un perro equivocadamente perro como muchos porque le dio asco ser una jauría y ladrar como todos para no morir con una bala en la panza lo conozco nació conmigo embebido de falsas manías académico y creyente lo recuerdo porque dimos juntos los primeros pasos caminamos los mismos caminos vertiendo lágrimas diferentes Hubo un hombre que era un perro persiguiendo gatos pintados en las aceras tomó un arma y derribó algunos pájaros se hizo perro miliciano asmático y suicida fue héroe de su propia piedad de sus propios espectros lo conozco como me conozco yo porque lo soñé temblando en un rincón del cuarto porque lo escuché en el silencio de un blues siglos y siglos yo estuve entre cuatro paredes solo y desnudo delgado hasta los huesos arrancándome las penas para no morir más arrancándome lo que soy arrancándome lo que he sido cien veces a espaldas de todo el mundo
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Esta es mi vida y este es mi revés soy yo y eres tú querido perro maldito pero hoy yo me adhiero a tus penas y a tus sueños. (del poemario MAKA de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 1999)

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MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES
Estoy frente a Zelda en Port-au-Prince frente a la acostumbrada necesidad de volver a intentarlo todo una vez más Avanzo a ciegas camino un largo trecho a ciegas nadie está conmigo la tarde crea geometrías y bosquejos de una soledad que sólo yo entiendo avanzo y un ruido ciego avanza conmigo Ronsard avanza conmigo un vacío en la pared avanza conmigo En este pequeño espacio donde la benzedrina avanza sin rumbo sólo estoy yo y un puñado de recuerdos atrás queda Drummond Desnos el caballo que se fue la casa roja y su rincón de cristal el rapto de Helena el silencio en el Peloponeso Allí está Zelda tras el haz de luz repitiéndose y la noche que se hace negra después del silencio repitiéndose está la piedra repitiéndose el pan multiplicándose y la sombra es sombra mil veces y el silencio mil veces más silencio que de costumbre y estás tú con tu café y tus vómitos parado en medio de un mundo que crece entorno a un sinfín de nadas Nada somos Nada Juan atrás un retrato cubista 1966 tú tartufo ese pedacito de papel Nada somos N A D A (del poemario Jugando a ser Dios de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2000)

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TRES
Camino oblicuo por donde retornas caballo emplumado fantasma de las sábanas blancas del cuarto oscuro con tu paso pausado llegas libre sangre anónima que va pintando el cuarto de suplicios rojos torturas rojas verdugos rojos de aullidos rojos que no callan jamás puñado de ojos rojos puñado de peces y de pájaros nada más nada más que un puñado de horror para morir cuando tú no estás caballo ascético pequeño caballo para este espacio empequeñecido para este infierno que está clavado en mi pecho ahora que sólo soy yo y mi gato y mi coñac para beber hasta el amanecer mientras voy de un lugar a otro recorriendo calles y calles siempre las mismas calles repitiéndose Sólo yo busco volver hacia el lugar correcto hacia el camino correcto por donde retornas caballo agujereado camino que se ha hecho interminable para recorrerla veinte veces durante veinte años a donde el destino quiera llevarnos. (del poemario Carne de mi carne de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2002)

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DIEZ

Cuatro espaldas decrépitas componen las paredes de mi casa los ojos miopes son las ventanas por donde entra el verano con sus viejas trivialidades ya olvidadas la puerta es una enorme boca con incisivos amarillos hay una oreja roja diseccionada una luz tenue dispersa y un surco de centellas abriéndose paso por donde crece la hierba En una de las espaldas he pintado el mar y sobre ella un navío en llamas y sobre el navío un caballo de obsidiana huyendo despavorido por el campo En mi sala hay muebles de cristal una mesilla de mimbre dos candelabros y una utopía despedazada tirada por el suelo En la ventana tengo una estatua de sal de Dios en el horizonte creando el mundo allí está la griega mirándonos a través del vidrio allí están sus grandes ojos buscándonos de lado a lado por toda una vida Tengo un perro con espuelas y con la noche rabiosa es negro y tiene hormigas en la espalda En mi habitación hay veintitrés flores petrificadas un rayo clavado en el suelo algunas calles desconocidas por donde voy huyendo de la noche Tengo por espejo un lago una hielera de días de invierno cuatro ranas muertas colgando de la vieja vitrina Hay un desierto al este por donde sale el sol por ratos camino a solas recordando cosas y cosas hasta que llega la hora de volver y estoy solo solo otra vez con un atado de nervios y un silencio sepulcral quizás hubiese preferido abandonarlo todo ir a París puntual a los diecisiete años casarme con la griega en Santander dosificar mejor estos martes interminables Pound estaría mejor acomodado en mi cajón y yo ya no estaría buscando a nadie
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por estas cuatro paredes del cuarto donde me desangro hasta morir. (del poemario Carne de mi carne de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2002)

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TRECE

Necesito un color y las líneas del tren en medio de estas cuatro paredes un trapo blanco y un arco iris clavado cuidadosamente de lado a lado necesito unos ojos que me miren la sensación de una larga existencia que esté allí aunque no sea la mía Veo a Dios pintado sobre el techo el trece rojizo en cada pared donde las flores van tejiendo sus hogueras sus grietas ocres todo lo real que es vivir para atrás para los jardines con pétalos artificiales para el ápice para evocarte una vez más sin haberlo deseado y tú lo sabes Necesito un color y una bala en la sien la agudeza para verte a través del vidrio del humor nocturno donde tú habitas total parcial inmensa Necesito una gran ventana para que salgan los dolores el alarido insoportable y la benzedrina con su raíz arrancada de mis ojos de mis ojos rojos de mis ojos vacíos ametrallados en una esquina Necesito un lago y un cisne y un agujero en el lago para escapar y ser libre y contar la libertad con mis dedos y la nostalgia con mis dedos y todos los recuerdos con mis dedos apuñalados. (del poemario Carne de mi carne de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2002)

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DIECISIETE
Un ataúd para Rosa Vrúbel busco un ataúd rojo para sus escupitajos una hora del día para construirle el camino por donde irá exhumando muertes Rosa náutica Rosa ascética Rosa agnóstica toda rosa reluciente María Rosa Vrúbel tuvo para sí los fantasmas que llegaban por las tardes y se tragaban la luz de sus ojos Cogí una rosa del jardín y la rosa me clavó sus espinas y me cortó las venas habitó mi alcoba mezcló su sangre con la mía se amarró a mi cuerpo por siglos La rosa se hizo un puñado de lumbre e iluminó la vida mi vida ésta vida que escogí para vivirla tirada hacia las cosas que más amo hacia la real irrealidad de siempre allí donde estoy atado a tu piel a tus entrañas a tu Cracovia natal Rosa Vrúbel tiene la edad de la media luna el cuerpo de los quejidos que nadie soporta tiene por sueño la podredumbre de los pasos que se van para no volver de las mariposas que vuelan y se parten en dos en DOS largos gritos Es dos de octubre y los árboles se parten en dos dos veces en dos las rosas en dos los caminos por donde regreso a casa Rosa es la noche dos veces Rosa las constelaciones dos veces El recuerdo de Rosa crece en este rincón donde está pintada con sus senos pequeños sus violines sus murciélagos su migraña su cárcel sus balas sus tatuajes sus traumas y etc etc etc. (del poemario Carne de mi carne de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2002)

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VEINTE

Lo único real son mis manos clavadas en la pared y mi caballo ciego tropezando por la habitación mi pequeño caballo muerto por esta habitación sin puertas ni ventanas ni luz ni espacio sólo espaldas sólo siluetas sólo la soledad clavada junto a mí lo demás son puras palabras allá afuera es trece de octubre y hay sol y hay muchos caballos vivos y está BUKOWSKI amarilleándose hoja por hoja y un pájaro expuesto al sol amarilleándose y un árbol frente a la casa amarilleándose dos veces Pablo toma un arma y va a morir al patio María pinta sus senos de azul y sale a la calle a comprar legumbres allá afuera los obreros están trabajando las mujeres están vendiéndose en las esquinas es Lima y una vez más sólo queda vestirse con un necio disfraz para gritarle a todo el mundo que estás bien que estarás bien por el resto de tu vida pero ya nada importa hace muchos años que ya nada importa no importas tú y no importo yo Allá afuera Manuel tiene una patria Efraín tiene un jardín con lirios rotos y una mujer con un arco iris grabado en la espalda Cecilia lava ropa por las mañanas y cuenta las estrellas por las noches tiene un hermano pequeño dos meses de gestación y un triángulo isósceles enrollado a su cintura Aquí adentro sólo estoy yo sin patria sin jardín y sin estrellas en la noche sólo con un candelabro encendido y algunos cráneos tirados por el suelo
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pero yo estoy aquí y eso es lo que cuenta. (del poemario Carne de mi carne de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2002)

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I
Hay una virgen negra en la página veintitrés con cabellos que despliegan albas de orfebrería hosannas fotografiadas de perfil al pie de un despeñadero una virgen alumbrada con teas de alambres oxidados un esqueleto de luz que se levanta sobre un piso de dominó cargado de espectros se abren surcos sobre el charco que refleja un cielo de azul cobalto Dentro de un libro de defunciones que te contiene mañana iré a ponerte rosas a prenderte inciensos y tú estarás en la página acostumbrada con una luz alumbrando tu muerte. (del poemario La virgen negra de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2003)

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III

Lo azul era pequeño el raudo giro a la derecha era pequeño el cielo poseía lo azul de tu confín soñado lo sucio de tus ojos dos nubes engrapadas a lo largo de tu existencia el piso del cuarto estaba cargado de polvo las bancas de los parques estaban cargadas de viejas cicatrices un árbol sin hojas exhibía sus pulmones enfermos un perro desconocido excavaba hasta perderse bajo la tierra las calles estaban vacías largas como nunca toda esa vastedad de imaginarte se había reducido a un par de imágenes fijas monótonas que se hacían indistinguibles atrás quedaban los vanos gritos los atajos a la noche el ir a no sé donde con los muñones de una utopía en la mano sólo ir perderse largarse de inmediato envejecer en un rincón cualquiera a solas y morir de una vez para que todos te olviden. (del poemario La virgen negra de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2003)

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XXXV
Virgen de basalto en este día cargado de muerte te pido que guíes los pasos de Eleanor te pido que le bajes los frutos porque ella es pequeña desquiciada no tiene ojos está decrépita y se desangra. (del poemario La virgen negra de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2003)

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XXXVI
Al sur está Eleanor tejiendo sobre un tapiz el instante de su muerte al sur está el dorsal quebrado al sur está mi patria sin ruedas al sur está la vuelta a la luz que ilumina el mundo. (del poemario La virgen negra de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2003)

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XXXVII
Un candelabro alumbra Europa desde aquí lo veo desde esta terraza anacrónica donde el horizonte nos muestra Lima bajo un invierno gris allí creció tus sueños de recorrer el mundo pero aún estás aquí entre nosotros comprando los colores más intensos para pintar Europa con sus ciudades y sus mares y pintarle nuevos ríos y nuevas llanuras barcazas de hojalata para echarlas a andar por el mediterráneo de papel serán los murciélagos las islas serán violetas con cadáveres de pájaros del subterráneo harás crecer alambreras con buitres colgados y crearás rascacielos pondrás alas a los lagos de negro pintarás las lamentaciones las tinieblas lo harás verde safari la espina dorsal del continente sangrará sangre azul los frutos crecerán por el septentrión el Sena se levantará y huirá por los Pirineos Europa será un horror un horror que tú quisiste crear un bello horror que se fue contigo. (del poemario La virgen negra de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2003)

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XXXVIII
Aquella muchacha senil está colgada el martes conocí su color oscuro su tristeza subterránea su corazón roto regado por el suelo desempacaba equipajes de un viaje que nunca emprendió sé que odiaba los espacios cerrados la multitud estática desconocida llena de tribulaciones los edificios que oscurecían las calles Aquella mujer tenía la cabeza tirada en el suelo nueces amontonadas al pie de un retrato familiar flores que crecían sobre la alfombra descolorida clavaba montañas con nubes negras y lluvias que caían sólo para ella encendía inciensos para crear bosques de humo que se extendían por toda la tierra la mujer que estaba muerta sacó su cuerpo de su catafalco tomó su muerte y la aventó por la ventana. (del poemario La virgen negra de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2003)

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INDRANI EN TUS OJOS

Un hoyo al sur intangible que fue abriéndose para mirar el mundo, las variaciones ascendentes de una naturaleza presente en tus ojos. Una voz de mujer anunció el inicio de la transformación, ahora está allí dibujando el cielo sobre el tapiz de las paredes, clavando aquellos cuchillos sobre su pecho en un ritual de iniciación. Indrani está en la hierba edificando una casa bajo un piano, llamando a Galba que se oculta en esa choza polvorienta de esteras rotas donde ayer colgaba las cicatrices de su cabeza, estaba desnuda multiplicándose, delineando sus formas con los cosméticos viejos y las cenizas de aquella tarde muerta en sus manos. Un hoyo al sur sobre la polvareda la recuerda, una belleza eterna tirada hacia atrás por el viento que levantaba sus cabellos, los muérdagos bajo los pies, la rafia celeste que hacía el cielo, la línea bifurcada hacia los extremos de su ser y la nada, la recuerda esta cuesta arriba hacia el infinito que no termina. La luz de la vida no estaba en sus ojos, estaba en el bus yendo al Nirvana. (del poemario Libro hindú de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2005)

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VIAJANDO A NAIROBI

Una suma de recuerdos que fueron quedando regados a lo largo del camino, viajando a Nairobi en octubre endeudado con un poco de arroz cocido en los bolsillos y algunas memorias casi inquebrantables. Me fui a ver los clavos que sujetaban tu alma, la lluvia que mojaba tus cabellos cuando estabas en medio del jardín taoísta iniciando el Dharma. Una silla de ruedas esperando por años aquellos pasos que alguna vez te llevaron al Ganges, los mismos pasos que anduvieron aquellos mismos caminos que desde aquí los veo, están allí lanzados al azar como unos dados, a metros está tu historia envuelta en polvo, por allí debo andar, debo pintar puertas para que salgas a caminar por el mundo, hay flores amarillas de pétalos ovalados, empezaré a cortarlas y te las pondré a los pies. Tiraré al abismo el olvido que se ha acumulado por años a tu alrededor, el mundanal rito del olvido que ahora nos persigue, es el charco extendido en el campo donde alguna vez sembramos un puñado de sueños, el oasis imaginado en el desierto contenido en un reloj de arena que no avanza nunca para darnos el tiempo, la lasitud que está parada en la puerta por donde tendremos que salir a buscar un poco de iluminación, de números pares para nuestros pasos renqueantes cuando vamos por el horizonte visualizando imágenes y tú eres la imagen proyectada, ofrecida a mis sentidos por siempre. Viajando a Nairobi en bus te llevaré al Tantra. (del poemario Libro hindú de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2005)

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VARIACIONES ASCENDENTES

Hay un sol colgado en el corredor de la casa y nos alumbra en la noche, la lluvia que ha dejado de caer por años nos moja lentamente, atrás hay variaciones de color que van creciendo sobre la tierra, un pozo de cieno que genera espectrales figuras que luego andan por estas calles ennegrecidas y dan miedo. Un yogui se ha petrificado en su habitación en práctica Hatha y ha ascendido al centro de sí, ha encontrado un vínculo entre su ser y la nada, entre la nada y una flor longeva tirada en el camino hacia donde hemos llegado el lunes en abril después de andar días y días por todo el sur buscando un sol para anudártelo en el cuello y salir al mundo con toda la luz posible resplandeciente, la luz eterna como salida de tus ojos, tus ojos que los soñé para ti iluminando el día, el dolor del día, el árbol del día envejecido a cinco metros de nosotros. (del poemario Libro hindú de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2005)

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MUDRA

La cantante retira su belleza con las pinzas más pequeñas, la coloca al costado de su peluca roja, su tez delgada evidencia recetas caras, trasluce huesos como las pinturas de una xilografía oriental, danza sobre sus vestidos recién quitados, alcanza el éxtasis en medio de la habitación, sus tonos asimilan indicios de un cuerpo sutil. Como una recién nacida se dobla, se enreda en sí misma, a veces su cabeza gira, sus miembros inferiores autónomos van de un lado al otro, caminan por las paredes balanceándose, pisan los gladiolos sembrados en enero, tal lasitud se apodera de ella, irritada salta sobre las pedrerías que la rodean desde siempre. La cantante coge su belleza y se la pone en la cara a un costado de una grieta que abrupta el suelo, el seno izquierdo se le ha caído sin darse cuenta, la forma de mujer oriental se ha roto, hay mudez en todos los rincones, una inercia casi vegetativa que se va extendiendo raudamente, coge los clavos que sujetan sus extremidades, salta y da vueltas, se acuerda que le falta un pie y que el plexo lo lleva atrofiado por años, sin importarle nada, una vez más, la cantante se ha puesto a cantar. (del poemario Libro hindú de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2005)

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KRISHNA LILA

Al principio su cabeza estaba ligeramente abultada a la derecha con pequeños muñones de flores amarillas recién arrancadas del jardín. Tenía en las manos el hueso astillado de aquellos martes de almizcle impregnados en su piel, los Mantras hecho de hierbas que se extendían a lo largo del camino para que anduviera en las tardes. Nada hubo detrás más que aquella belleza lila de cinco minutos que se fue con los años. A veces su cabeza rapada presentaba una lobotomía sacra como símbolo de conversión, y aquella mancha lila en la frente se disimulaba cuando se dejaba caer en los rituales del Yoga Samadhi y su desnudez era lila total, y los pies del aprendizaje Krishna se le acercaban lentamente y la poseía a horcajadas, y el césped celestial se volvía lila interior, y los espacios que los ojos distinguían llevaban en las manos un corazón lila, un latido lila latiendo en el aire para que todo el mundo lo viera. Así lo vieron mis ojos desde siempre. (del poemario Libro hindú de Johnny Barbieri, Ediciones Noble Katerba, Lima, 2005)

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La luz es gris en abril la luz es gris
el perro del dieciséis está muerto pero todavía muere ante mis ojos recuerdo las rondas que hacía sobre sí décadas enteras los círculos sobre sus miedos sus caninos destruidos por la vejez El perro que tenía el aullido del dolor la patada del enemigo clavada en el estómago ha muerto sin ladrar nunca está muriendo viéndose morir lentamente está muriendo le han crecido alas hay alas que van volando hasta alcanzar aquella muerte yo le acariciaba el pelo ensortijado le cepillaba los dientes él me abrazaba sus ladridos fueron mudos silenciosos secos en abril se llenaron de una tos incontrolable la luz se hizo gris y gris se hizo la luz y en un rincón la ausencia esperaba para devorarnos el perro ladró sin ladrar le brillaron los ojos graznó la noche entera yo recuerdo su cuerpo oscuro su oscuro sueño el corcel oscuro casi negro que vino y se lo llevó el cadáver del animal muerto abandonado se eternizaba ante mis ojos que ya no lloran más la luz es gris ahora la luz es gris en abril hay un sol hecho de cirios oscuros y nos alumbra el perro del dieciséis ladra el funeral y da vueltas ladra el funeral presintiendo que nada termina nunca. (poema inédito)

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1
unas manos elegidas para la crucifixión un escalpelo para seccionar las manos que aún poseen los dolores un madero de hule recién tallada a la medida de tu cuerpo bálsamo para aromar tu cabeza cuando se desprenda de tu tronco mirra para tus pies que han de andar descalzos sobre la grama incinerada azafrán para tu heredad antes que los pájaros bajen de los cielos y coman de tus ojos tálamo para tu cuerpo cuando converjan los ángeles sobre tu corazón y te lleven con ellos hacia la gran luz que ilumina el mundo. (poema inédito)

Ω
Johnny Barbieri (Lima, 1966) es poeta, narrador y editor. Integrante de la generación poética peruana del 90. Fue formado en la enseñanza budista (1973-1977), lo que marcaría sus primeros textos. Hizo estudios en Lengua y Literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal y Sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1990 fundó la agrupación poética Noble Katerba. Además integró en 1995 el grupo nihilista La Mano Anarka. Sus poemas han aparecido publicados en diversos diarios, revistas y páginas web del Perú y del extranjero, así como en diversas antologías poéticas. Ha publicado los siguientes poemarios: Branda y la Mesón de los Pandos (1993), El Libro Azul (1996), MAKA (1999), Jugando a ser Dios (2000), Carne de mi Carne (2002), La Virgen Negra (2003), Libro Hindú (2005) y Yo es otro (2007). El año 2003 obtuvo el Premio Nacional de Educación HORACIO con la obra Viajando a Nairobi. Hizo una Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha participado en Encuentros Internacionales de Poesía en Perú, Chile y Cuba. Es Cónsul del Movimiento Poetas del Mundo por Lima y es Director de la Red “Poetas de las Américas”. Actualmente trabaja como profesor de literatura.

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Ana Ema Llanos Bravo
aemallanos@hotmail.com

TU MIRADA

Lo lapidario fue tu mirada, como diciendo: “Hey, nena, te he estado esperando toda mi vida”, o “me encantan las mujeres que usan desodorante-perfume Bouquet de Magnolias”, o “sabía que tú también preferías Roca-Coca”. Tu mirada que fue como un rayo que me partió en dos (menos mal que no me pisó un tren); al mismo tiempo que tus ojos me bañaban vi el letrero luminoso de mi micro y, to be or not to be, subí a mi micro; pero, no importa porque en mi retina, en mis neuronas y en mi memoria quedó tu mirada.

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POSICIÓN FETAL

Para protegerme me voy al Sur; para esconderme me voy al Sur; me arrincono en Linares, Cauquenes o Chillán; me guarezco tras una muralla de adobe, una higuera, un libro o un naranjo; tras un piano, un cerro, un bote, tras un palto; y allí no me llegan balas, ni ruidos, ni tanques, ni humos, ni peligros ni temores.

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MI INFANCIA

Mi infancia quedó sujeta entre dos esquinas de una calle de un pueblo centrino. De una calle de adobe, tierra y madera. De una calle con vista al ferrocarril y a la cordillera. Mi infancia se quedó brincando en un patio verde, jugando entre los ciruelos y los olivos y durmiendo a la sombra de un melancólico limonero. Mi infancia sigue quebrando las hojas del otoño y cogiendo los higos más maduros; sigue navegando en el río Maule y volando sobre un columpio. Desde lejos mi infancia me mira, solitaria, vestida con un delantal de cuadrillé rosado.

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MALVADO

A ti te reconozco un mérito: con tus buenas y malas artes te has dedicado a conocerme, a engatuzarme, a hurguetear los rincones de mi alma y de allí te agarraste para hacerme bailar al ritmo de tu canción; pero cometiste un error, un solo error y quedaste al descubierto (para mi fortuna). Así es que ahora ya no me vas a mover más el piso, no vas a tenerme al filo de la navaja, en el alambre, jugando con fuego, porque aún me queda algo de dignidad; estoy para siempre inmune a tus arrumacos y a tus sonrisitas. Yo no soy de ésas.

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EVOCACIÓN

¿Existió todo en realidad? Alguna vez ¿tuve catorce años? ¿alguna vez jugué en los durmientes de la línea férrea? ¿O es todo una imagen difusa, una ensoñación? Alguna vez ¿ fuiste un dulce pedazo de amor? Alguna vez ¿se fotografiaron mis padres en este rincón, o siempre estuvo así, silencioso y estático? Alguna vez ¿estuvo la mesa completa o lo imaginé o soñé? Creo haber jugado alguna vez con tierra, creo haber volado a través de un camino frondoso de ramas juguetonas, creo haber palpado el bronce helado, el mimbre cálido y el carbón liviano.

Ω
Ana Ema Llanos Bravo, tengo 51 años, soy Asistente Social y egresada de la carrera de Derecho. Nací en la ciudad de Linares, Chile y actualmente resido en la ciudad de Santiago, Chile.

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remisson8@yahoo.com.br

Remisson Aniceto

LLUVIA
Un cuerpo sobre la mesay fuera el día llora aguas de la tristeza

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PRENDAS DE VESTIR
Ropa, telas, prendas de vestir, engaños del cuerpo, mentiras, disfraces. Telas y prendas de vestir, líneas gruesas o transparentes, obstrucción de caminos...

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O TAL O CUAL
Entre el amor o el odio entre la fe y el no creer entre la vida o la muerte entre Dios y el diablo prefiero esto a aquello.

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ÁUREA
Hago poemas en versos negros y versos blancos para que todo poema sea libre.

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INSURRECTO

Misérrima vida de favela que viví. Desvalida vida ávida desprovista, vida sin brío, bajo puentes, sobre ríos. La vi vil, hostil, dividida. Quisiera verla a la luz de velas, vajillas... ¡Ah! Vida vil, vil vida. ¿Vio vida más vil? ¿Vio? Oh Orco! Al verme vil gusano, osaré verla in extremis a la luz de velas!

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TRANSICIÓN
¡Es tan frío el hueco, tan oscuro el huerto donde depositan mi cuerpo doliente! —¿Cómo el hueco es frío si el cuerpo está muerto? A partir de ahora sólo el alma siente... Ah! Esta cama tosca donde estoy echado y este cuarto oscuro y tan bien cerrado! Quiero levantarme, pero estoy cansado... ¿Qué rumor es ese en el cuarto de al lado? Hay un jardín cerca: siento aroma a flores. Quiero levantarme, pero estoy cansado... Estoy tan cansado pero sin dolores. Y el rumor aumenta en el cuarto de al lado. —¡Bajen el cajón! —dice alguno ahora. ¿Quién murió en tanto estuve durmiendo? Cercano a la puerta oigo alguien que llora, lamenta la suerte de quien va partiendo. Quiero levantarme, con fuerza tamaña inertes mis manos y mi cuerpo duro. Reza el sacerdote en una lengua extraña, mientras quedo preso de este cuarto oscuro. Va cayendo tierra sobre mi tejado. Parece que el mundo se está derrumbando... El aire me falta del cuarto cerrado y una multitud fuera está llorando. Siento un temblor leve, un escalofrío... Casi nada escucho; nada estoy sintiendo. ¿Por qué no me sacan de este cuarto frío? Alguien murió mientras estuve durmiendo. ¡Es tan frío el hueco, tan oscuro el huerto donde depositan mi cuerpo doliente! —¿Cómo el hueco es frío si el cuerpo está muerto? A partir de ahora sólo el alma siente.

(Traducción: Graciela Cariello.)

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ENVOLTURA
¿Idiota! ¿No ves que nada eres? Apenas fina capa mohosa te protege de la podredumbre. Gusanos hambrientos te rodean. ¿Ignoras que en un pase mágico, en un segundo apenas cae por tierra toda la altivez y el bello papel de regalo revela la fétida masa? El gusto amargo de la hiel, la visión incierta, el torcerse de las piernas, el descontrol total... todo es inevitable! Cualquier día serás presa fácil: el tiempo es impiedoso. El trágico fin no depende de tu voluntad. La arrogancia que derramas no pasa de ser faceta inútil de tus diversas faces vanas y mundanas. Al sol poniente, el rostro marchito y los huesos corroídos dolerán más que en aquellos que tuvieron la precaución y el buen tino de ser simples y ocultos. Quedarán tus lindos cabellos... ¿Y qué utilidad tendrán tus cabellos, hilos huérfanos y subterráneos, dispersos, opacos sobre los huesos.

Ω
Remisson Aniceto (Nova Era, Brasil) Narrador y poeta. Ha publicado: Poesia para o mundo (Bubok, 2009), Todo dia é dia de poesia (iG Editores, Stella Maris/Pão-de-Açúcar – SP, 2002), Palavras de Poetas (Physis Editora–SP, 1997), Novos talentos da poesia brasileira (Forever Editora – SP, 1995), Escrevo nos espaços que me restam (Editora Bauhaus–SP, 1982). Textos suyos aparecen publicados en la Revista Internacional de Poesía de Rosario, Revista Partes, Revista Bacamarte y en la web Auténtica Poesía y otras. Ha obtenido algunos premios en los géneros de cuento y poesía.

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Cromwell Castillo Cabrejos
cromwellpierre@hotmail.com

De AGUA

1
Esta vez su disposición adquiere la forma de mi lenguaje, es decir, su aspecto se hace universal desde mi boca. De todas sus posibles determinaciones, aquí, en lo habitable, sólo se espera su adaptabilidad; después de esto, quizá ella deba ser algo que no comprenda. Pero lo no comprendido se explica también a partir de mi desorden: Silenciosa ventaja suya la de enturbiar mi contenido. Todo forma y se deforma magníficamente a partir de su espacio, entonces, de mi voz a lo insondable, ella es un poema transmutando sus abismos.

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7
Si estoy aquí es por el Agua. ¿Cómo no transfigurarla más cuando desciende? Esta vez discurre desde mí bajo la forma de lágrimas.

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8
Aunque su orientación siga siendo la misma, se han primitivado mis palabras buscando apariciones en lo absoluto. Huyen mortalmente como imágenes sedientas de esta superficie: Desde aquí, desplomarse en círculos como un poema hondo. Después de todo este tiempo, en todo lo que surge de mí, no han dejado de allanarse a partir de mi tintura: Agua oculta, inmanente, confirmación de todo lo extraviado en mi desorden. Pero al ser yo quien las escribe, yo quien merodea en torno a esta superficie incalculable, soy una especie de Agua oscura que observa otra, sin sentido aparente para intentar escapar de las palabras que también me escriben; entonces sucumbe la forma de lo que no se ve entre lo que está dispuesto a frecuentarme. Soy yo la misma búsqueda de siempre. La misma aparición en lo transcurrido. Lo mismo.

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De TRANSFIGURACIÓN O EL SONIDO

Sucesión
En mí hay otros que caminan hasta el final del día, y toda escena diferente que originan se parece a mí en lo insondable. Frágil resonancia. Después de toda puerta hay una puerta contenida, y esta sucesión nos atormenta, nos obsesiona, nos hermetiza. Tenaz lucha que no cabe en un espejo (todo cabe pero nada se transporta). Espaciosa orilla donde no me veo, ésta, la desconocida. Pero todo nos incluye y soy otros igual que yo-mismo. ¿Qué otro en mí se podría mirar tanto como yo no? Reflejo recurrente, signo estancado, imagen sublimada dentro de todas las preguntas, me hallo, me invento, me ubico. Entonces ¿Qué soy, o quiénes?

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El Poema
Por cada sueño que te habita le nacen alas conocidas a mi vuelo. Oh región desconocida y habitada de mi cuerpo, todo sueño que prolongas es definitivo y todo vuelo que me hace conjugarte me lleva a tierras más lejanas que la tuya. Tiene de condena tu origen terrenal o pedregoso. Y yo que también soy ave, tengo una jaula dentro de mí -esperando por mí mismo-, aquí en las entrañas.

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De ¿DÓNDE ACASO ES CAMINO?

Hábitat
Tu cuerpo es ese tugurio donde vivo y reconstruyo mi venganza: Cosa fugitiva, hueco sin infancia donde entierro mi irreparable afecto, magia monótona hasta llegar a vestirse, tumba imposible, corazón sin dónde. Ahí he vuelto a escribirte. Sin duda he mejorado mucho: Estoy al borde de una locura incendiaria. Pese a todo, también ahí tengo un lecho donde hacer reposar mis últimas preguntas, donde puedo desangrar rabiosamente y sonreír el instante en que se cierra la puerta.

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Argumento
Las piedras entrechocan su obstinada forma. Aprietan sus cuerpos como haciéndose puño. Ah, las piedras circulan torpes a descubrir su fuego. Nosotros, mujer, somos su argumento irremediable.

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Aprendizaje
Cuando nuestro silencio cese otro aire denso gobernará tu garganta. Esta es una estación de días muertos. Por eso búscate, mira el vacío, alisa tus alas y despliégate: Algún día también aprenderás a volar como yo, Mosca Doméstica.

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¿Dónde acaso es camino?
El hombre se encontraba en el umbral de la puerta. No sabía qué arrojado paso le conduciría fuera de su estática contemplación. Uno atrás y uno adelante lo hacía el mismo umbral, metafísica distancia de sí mismo. Sólo le quedaba cerrar los ojos, cerrarlos al punto de hacerse escombros y transgredir las respuestas de la puerta. Cuando lo hizo, un nuevo paso había devorado las preguntas. El hombre tiene sueños como él.

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Canto inútil
La ostentación del silencio es secreta colisión en el abismo. No es buscarse en otra carne con desprecio, o escribir poemas para burlar la danza elástica del ojo ciego, o sentarse de noche en un parque a esperar el sol lo que justifica la parca orilla. No. Nunca es suficiente confiar en que caiga la última bomba una tarde y abrazar con hielo el calor de las sombras. Ah, el miedo nocturno y la revelación estacionaria. ¿Qué entonces el silencio? ¿A quién el canto? ¿Qué es quién?

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Negación
La respuesta está en ti mismo: Mejor no preguntes.

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Cromwell Castillo Cabrejos (Motupe – Lambayeque – 1981) Artista plástico y diseñador gráfico. Ha obtenido en Poesía: Primer Premio Regional (2007), Premio de Plata Macroregional (2007), Mención Honrosa Nacional (2008) y Finalista en un concurso internacional (2007). Ha publicado los poemarios “Agua” y “Transfiguración o el sonido” (2007). Trabajos suyos aparecen publicados en revistas físicas y virtuales de Perú, Venezuela, Chile, Argentina, México, Estados Unidos, España y Francia. Administra la bitácora http://grupoliterariosignos.blogspot.com. Dirige Tiro de gracia Editores.

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Narrativa
Para el hombre que conoce al mundo nada hay bueno. Goethe

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Antonio Mora Vélez
depaulatoo48@gmail.com

ERROR DE APRECIACIÓN*

La nave galáctica se posó suavemente sobre un paraje del gran desierto americano. El sol se ocultaba, en ese instante, allende los montes Grapevine y un hermoso cielo anaranjado anunciaba la llegada del frío. En la distancia, dos zorros jugueteaban cerca de una chumbera florecida y una serpiente reptaba afanosamente en pos de un roedor solitario. -¡Hay vida! -exclamó entusiasmado uno de los tripulantes. Su cara triangular huesuda asomaba por una de las ventanillas de la astronave. -El aire es como el de Pólux -agregó el otro, luego de leer la pantalla de su microprocesador. Cerca de allí, un poco más allá de las primeras dunas, recostado a un saguaro de tres metros, un viejo indio fumaba y contaba las estrellas que ya empezaban a tachonar el firmamento. Era la hora del coyote. Entre una y otra fumarada el viejo indio silbaba una melodía dulce que más parecía un lamento nacido desde bien adentro en el ancestro. -¿Escuchas ese canto nostálgico? -preguntó el comandante del espacio. Éste encabezaba el grupo que ascendía lentamente por las dunas hacia el cactus gigante cuya copa sobresalía por encima de las arenas. -Parece un silbido de piroxal -le anotó su más cercano compañero. Al rato, ya casi en el límite de la fatiga, los astronautas llegaron al lugar del indio. Lo encontraron sentado, con un sombrero alerón casi cubriéndole el rostro y una pequeña rama en la mano que masticaba después de cada fumada. -¿Hay otros como tú en este planeta? -le interrogó el comandante haciendo uso de su traductor instantáneo. El viejo aborigen se quedó mirando fijamente el infinito de las dunas hacia el norte y le respondió: ¡Están muertos!. -¿Muertos? ¿Todos? -insistió el comandante. -¡Todos! -respondió el indio-. Todos murieron de soberbia. Quisieron llegar más lejos de sus límites y lo destruyeron todo y se destruyeron ellos mismos.

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El joven del cosmos inquirió otra vez pero el solitario de las dunas no habló más. Es una lástima porque el planeta es hermoso, dijo entonces al partir. Cuando los navegantes de Pólux retomaron el trayecto y se volvieron a su lugar de origen: varios años luz arriba en la dirección de Venus a las seis de la tarde, el anciano indio sacudió la arena de su poncho mientras se erguía, escupió las huellas dejadas por los forasteros plateados y musitó indignado: -¡Blancos de mierda! 1.981
*Tomado del libro El juicio de los dioses, Ediciones Casa de la Cultura, Montería, 1982. Publicado en la Primera Antología Colombiana de Ciencia Ficción: Contemporáneos del porvenir, Espasa, Bogotá, 2000. Y en la antología internacional Joyas de la Ciencia Ficciòn, Ediciones Gente Nueva, La Habana, 1989. Ganador del concurso de minicuento de la Revista Ekuóreo de Cali en 1981.

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Antonio Mora Vélez, escritor colombiano de ciencia-ficción, considerado uno de los pioneros y clásicos de este género en su país. Ha publicado tres libros de cuentos, tres poemarios, dos libros de artículos y ensayos y una novela. Actualmente disfruta su pensión como docente universitario.

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Pedro Sevylla de Juana
valdepero@hotmail.com

DE LA MUERTE Y SUS BROMAS

Ataúd es una palabra extraña de por sí, y a lo que parece muy baqueteada. El idioma castellano la recibió del árabe hablado en la península Ibérica durante la época larga de la ocupación musulmana. Ha llovido desde entonces; incluso en el desierto de Atacama, donde nunca llueve. Pero no queda ahí la cosa; se sabe que el árabe la había tomado prestada del arameo, el arameo del hebreo y éste del egipcio. Todo por no adquirir responsabilidades en la denominación de arca tan simple. Todo por superstición, por temor a la muerte, último episodio de la vida, transición, culmen y deslizadero hacia lo desconocido. El territorio más árido de La Tierra va, en Chile, desde Antofagasta, hasta Atacama, y desde los Andes hasta la Costa. Allí no hay tormentas; los vientos alisios se llevan las nubes. Los anticiclones del Pacífico y las altas presiones permanentes originan sequías larguísimas. En algunas partes del triángulo formado por Copiapó, Antofagasta y Calama, generaciones enteras se suceden sir poder presenciar el milagro de la lluvia. No obstante, si sucede el prodigio, surgen millones de flores alfombrando el desierto; paciencia incólume de las semillas. El cerro de Chañarcillo, de más de trescientos metros de altura sobre la base, desveló su secreto en 1832, resultando estar hecho de pura plata; o casi. Juan Godoi, un cateador según unos, alguien que busca vetas minerales; cazador al decir de otros, puede que pastor de rumiantes; halló pedazos de plata en estado nativo asomando de la tierra. Se hizo Juan con los derechos de explotación, pero, extravagancia de pobre, precisó dinero inmediato. Así que Miguel Gallo, minero viejo de Copiapó, falto de suerte hasta entonces, se hizo con la mitad del tesoro por unas pocas monedas de curso legal. Gastó Godoy lo cobrado en muy pocos meses, fue a por más a la misma fuente, y Miguel Gallo se convirtió en propietario de la totalidad. Vivió Juan todavía unos años y lo hizo en la miseria, llamada absoluta, de quien no tiene donde caer muerto; circunstancia que no impide obrar a la muerte según su instinto. El viejo Gallo murió rodeado de propiedades, que en ese momento dejaron de pertenecerle; y es que la muerte, sobre todo, es rasero. Una plaza de Copiapó quiso acoger la efigie del insensato que carecía de paciencia y desconfiaba del futuro; tiempo, como se sabe, subordinado a los caprichos de la esquelética dama de la guadaña. El pueblo minero nacido al pie del Chañarcillo tomó su nombre: Juan Godoi. Broma del destino, el pobre dejó, al marcharse, más memoria que el rico. Cuando ocurre la historia referida en el cuento, las minas de plata de Chañarcillo ya han rendido ingentes beneficios a sus explotadores; habiendo contribuido en buena medida a la prosperidad de la región. Estamos en la última década del siglo XIX, y la geografía se corresponde con los alrededores del pueblo de Juan Godoi, las trochas abiertas hasta Pabellón y un tramo del valle aprovechado por el río
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Copiapó para llevar su cambiante caudal al Océano Pacífico. Los mineros que remueven la tierra se saben situados en el extremo del mundo; pues la plata merma a ojos vistas, los trabajadores sobrantes se van a otros lugares y los trenes que parten hacia Copiacó y Caldera salen cada vez con menor frecuencia. Evodio Cañas, descendiente de indígenas likan-antai, trabaja de barretero en la mina San Francisco, la Colorada; y su veta duerme a sesenta metros por debajo de la superficie. Luciendo el indumento indio, con un sombrero emplumado en la testa y ojotas nuevas en los pies, desposó Evodio a Eduvigis en una ceremonia que duró media hora y se celebró durante tres días, los tres días de fiesta del carnaval de febrero. Clarín, putu-putu, chorimori, ocarina y tamborín, juntos y por separado, amenizaron la parranda sacando los sones de la mejor música andina. Mi bella caití, le decía al acostarse cuando se ponía meloso; equiparando la nariz respingona de la esposa al pico curvado hacia arriba del ave negra y blanca. A su debido tiempo, parió Eduvigis un varón de cuatro kilos trescientos gramos y más de medio metro, que produjo en las entrañas maternas, rasgaduras suficientes para incapacitarla en lo tocante a similares procesos venideros. Pusieron al niño el nombre de Jovino, y hoy es un muchachote de algunas luces que gana 15 pesos mensuales como apir en la mina, la mitad que el padre. Pretende el puesto de mecánico o de maquinista de las nuevos ingenios que van llegando a la explotación; pero todo lo cambiaría por una plaza de carabinero. La víspera de San Pedro, invierno de mil ochocientos noventa y tres, un error de cálculo que afecta al número de postes, vigas y puntales, produce el derrumbe de un tramo de techo en la galería donde Evodio desentierra el mineral: sales de plata mezcladas con arcilla ocre. Recibe el trabajador, influjo de su buena estrella, tan sólo el impacto de una roca, y no muy grande; que, sin embargo, obra de la mala suerte, basta para romperle la crisma y machacarle la sesera. Deberá enterrarlo Eduvigis; y la alegra que decayeran las antiguas costumbres de los ascendientes de Evodio, sobre todo la de enterrar a los deudos dentro de un hoyo cavado en la alcoba, dando al difunto una postura grotesca: casi sentado, las nalgas cerca del suelo, pegadas a los zancajos. Ensabanado quedaba en la tumba, rodeado del mejor manto y atado en fardo con cintas de colores. Prefiere lo de ahora. Echa cuentas la viuda, y el dinero prometido por la empresa en concepto de indemnización, apenas le da para el pago de un maestro que ayude a Jovino a ingresar en el cuerpo de carabineros. Así que el entierro no provocará un despilfarro que se lleve el presente y el futuro. El responso del cura cuesta lo que la voluntad pueda comprometer, y el ataúd ha de ser cosa de su hermano, carpintero en Nantoco, pueblito de menos de medio millar de habitantes. A él le pedirá el cajón; y piensa pagarlo con referencias al parentesco y el desgrane de los recuerdos infantiles que originaron el cariño fraterno ya diluido. Pagados el tinte y el arreglo de ropas, la compra de velos y calzado negro, en lo sucesivo habrán de comer papas y porotos cocidos, vistiendo de lo antiguo hasta donde alcance. Pero el hijo, un día cercano, lucirá uniforme y arreos de gala. El jefe de estación, el bodeguero y los dos cargadores, disponen la salida del tren cuando llega Eduvigis a la taquilla para comprar un boleto de tercera clase. La unidad que lleva a la viuda camino de Nantoco, pasa por ambos Molle y toma las numerosas curvas y los pronunciados desniveles con tal parsimonia, que la buena mujer entretiene su intranquilidad contando las durmientes que ve por las rendijas del piso: zoquetes de madera renegrida que aguantan desganados el peso de los raíles y de cuanto ellos soportan. En Pabellón se fija en los depósitos de agua, dos, menores que el de Juan Godoi aunque de fierro, más modernos sin duda. De Pabellón a Nantoco se la

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hace muy corto, y el abrazo dado al hombre de su misma sangre, de su mismo rostro, de su mismo pensar, se acorta debido a la urgencia de la embajada. Encargo del ricacho enfermo que al cabo agonizó en el mejor hospital de Santiago, un arcón de lujo, olorosa madera de algarrobo y el interior mullido; tan caro que nadie en la región lo querría ni a mitad de precio, es el regalo que el hermano de Eduvigis entrega a la hermana para enterrar al cuñado. “Mil años resiste ese tronco a la intemperie y dos mil bajo tierra”: Explica quien sabe de eso. Ayuda a la generosidad la falta de salida de urna funeraria tan suntuosa, y el riesgo de robo que representa. Pero aún así, la memoria de las privaciones a las que estuvieron sometidos ambos en la niñez, de los comunes correctivos recibidos del padre, de las veces que ella ocultó las escapadas nocturnas del muchacho; allanaron las dificultades que doce años sin trato personal oponían. Y no es poco acicate el desconsuelo que la viuda demuestra vestida de negro, velos y tules cubriéndole el rostro, lágrimas obedientes a la llamada de la conveniencia. Debe apurarse, pues si la corrupción del cadáver que fue Evodio Cañas queda suspendida por la arena salitrosa que lo recubre y la sequedad del ambiente, el hijo ha de permanecer velándolo y no podrá bajar a la mina. Tres veces en semana sale de Copiapó un tren mixto con destino a Chañarcillo. Tiene suerte Eduvigis; ese día nuboso es un día de tren. Llega el convoy con muy poco retraso, y ve la mujer que tras el coche de viajeros rueda un vagón de mercancías descubierto, la mera plataforma protegida por tableros abatibles, empleado en el transporte de los equipajes y algunas vituallas para la mina. A él suben el ataúd de fragante algarrobo y mullido interior; dejándolo apartado por precaución de medrosos. Cuando en lo alto se van concretando las nubes, concluida la estiva, con cuatro bufidos de vapor arranca la máquina. Arrastra tras ella el carro de viajeros, dividido en tres compartimentos disímiles. En los destinados a primera y segunda clase, los pasajeros disponen de dos y cuatro filas de asientos respectivamente, de los que se ve alguno libre. El resto corresponde a tercera, y lo forman bancos corridos donde se apretuja la gente ordinaria. A continuación, casi colmado de enseres, va el vagón de equipajes. Hay cuatro kilómetros desde Nantoco a Cerrillos, que pasan ante los ojos de Eduvigis descubriéndole el menguante caudal del río -filtrado, evaporación o robo- y las verdes orillas vegetales. En la estación de llegada baja un pasajero y suben dos: el señor Zenón, abarrotero local en declive, y Antimo Maquia, un mozo bragado de rostro ceniciento, gesto hosco y bigotes hirsutos. Una población variopinta llena el coche, hombres más que nada, de muy diversas procedencias a tenor de las parlas oídas y las fachas vistas. En tercera no quedan agarres libres para los que van de pie, y el incesante vaivén del suelo impide a Maquia continuar suelto; así que como el invierno viene suave pasa sin prejuicios al vagón de carga. Al caer las primeras gotas de lo que luego sería una breve nubada, se sienta sobre los maderos serrados en forma de viga, puestos junto a un atado de capachos, próximos al ataúd. Arrecia el goteo y si al principio lo recibe contento, luego se incomoda. Piensa regresar al coche con los demás pasajeros; él conoce tretas para hacerse con alguna de las asas ya conquistadas. Tratando de embromar, de asumir su propia valentía o haciéndo burla a la muerte, ni corto ni perezoso abre el arcón fragante y se encierra en el interior mullido. Bien por la comodidad sentida, bien por la tibieza hallada dentro, acaso por el traqueteo o consecuencia de haber estado parrandeando buena parte de la noche, el caso es que al momento se duerme. Mero soplo enredador, un vientecillo de nada lleva las nubes a otra parte dejando el cielo limpio y el aire reanimado. Entra el tren en Totoralillo cuando el Sol se presenta evaporando charquitos, volviendo la apariencia a lo previo. Rico o pobre,
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nadie baja en la estación; pero suben dos personas, un matrimonio que habrá de hacer transbordo en Pabellón si quiere llegar a Loros, donde con unos allegados partirá hacia Argentina. Marido y mujer siembran esa confidencia tres veces mientras buscan un equilibrio imposible. Después pasan al vagón de equipajes, se sientan en los maderos destinados a tirantes y fustes de mina y dibujan la sonrisa ambigua de quien no sabe a qué carta quedarse. Desde su posición observan el horizonte inestable, acercando la mirada a su alrededor para llevarla de objeto en objeto, utensilios y vituallas, y ponerla sobresaltada en el ataúd. Se rebulle su mente hasta dar con los prejuicios supersticiosos guardados. Para ayudar a encontrarlos, la tapa del arca mortuoria inicia el movimiento de apertura y un rechinar inquietante. Por la creciente rendija asoma de pronto un rostro cetrino, mal encarado, ensombrecido por los bigotes híspidos; un muerto recién revivido que extendiendo la mano, con voz entrecortada, alcanza a decir: ¿Ha parado de llover? Antimo Maquia descabezó un sueñecito dentro del arcón hecho de algarrobo y mullido de tela; y al despertarse obró como su natural pedía, sin intención de asustar. Pero los que iban a Loros con propósito de partir hacia Argentina, vieron lo que creyeron ver y saltaron del vagón corriendo como vicuñas asustadas carentes de rumbo. Por eso, ni los parientes que esperaban para acompañarlos, ni los hijos y nietos, tuvieron jamás noticias de su paradero. Y es que Antimo saltó tras el matrimonio miedoso, asustado del espanto percibido en los ojos abiertos de los asustados.

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Pedro Sevylla de Juana nació en Valdepero (Palencia), España, en marzo de 1946. Deseoso de resolver las incógnitas de la existencia, comenzó a leer libros a los once años. Para explicar sus razones, a los doce se inició en la escritura. Ha vivido en Palencia, Valladolid, Barcelona y Madrid; pasando temporadas en Ginebra, Estoril, Tánger, París y Ámsterdan. Publicitario, conferenciante, articulista, poeta, ensayista y narrador; ha publicado diecisiete libros y colabora en diversas revistas de Europa y América, tanto en lengua española como portuguesa. Reside en El Escorial, dedicado por entero a sus aficiones más arraigadas: vivir, leer y escribir. Página personal: www.sevylla.com

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Salvador Moreno Valencia
alvaeno@alvaeno.com

EL SONIDO LACÓNICO DE LAS BALAS (Fragmento de novela)

Buscando a mamá; (Crecí con Marco y su mono sufriendo por el mundo en su inútil búsqueda, como la humanidad en su desenfrenada carrera hacia el holocausto.) Elías Mandrágora Poeta

1 La playa; lugar paradisíaco exento de cualquier ápice de naturaleza, robada ésta sin escrúpulo alguno en las mismas barbas de Neptuno. Desperté de sobresalto, y empapado en sudor. Eran las doce de la mañana de otro domingo más. Me levanté con una sensación extraña, otra vez había tenido esos sueños raros; tan reales, tan reales que me aterrorizaban. Desayuné, me di una ducha fría; me puse unos vaqueros, una camiseta, metí el bañador y una toalla en la mochila, y me dirigí a la playa para refrescarme en un día en el que el calor podía llegar a los 42 grados; pensar en las olas producía alivio. Pero antes recogí a mis amigos: Pe, Ju y Pa, que me esperaban hacía rato y yo, para hacer honor a mi peor defecto o quizá, mi mayor virtud, llegaba tarde, con una hora de retraso. -No podrías irte a vivir a Suecia- dijo burlón Pe. -Ni a Noruega- guiñó Ju. -Y menos todavía a Finlandia- rió Pa. -¿Vosotros qué sabéis?- les espeté para defenderme, aunque, evidentemente no tenía excusa alguna, pero estábamos en España, más a mi favor, en el sur, donde la vida se toma con otra perspectiva: menos prisa, más calma... << Para cuándo dice que lo quiere, sí, mejor venga mañana>> (pausa reflexiva del que ofrece el servicio), <<mejor venga el próximo lunes, que sí, que no se apure, que para el lunes, se lo aseguro>>. Y lo que, en principio, iba a ser arreglado en un día termina siendo solucionado en un par de semanas. Cargamos una nevera de playa con birras (birras checas baratas), bocatas, y tinto de verano y nos pusimos en marcha. El calor sofocante invitaba a poner el aire acondicionado, pero el auto no tenía, así que pusimos el más ecológico de todos los climatizadores que existen: el aire natural, que ha decir verdad nos abofeteaba con una densa brisa casi masticable, tan roja y sofocante como la brasas de los rescoldos de las hogueras de San Juan. Bajamos todas las ventanillas como he dicho en espera, o esperanzados, de que el aire refrescara el interior del vehículo que parecía una plancha precalentada dispuesta a acoger en sus espaldas, o lomos, tiernos bistec de ternera, o de cerdo.

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Encendí el reproductor de CD y la música invadió con dificultad estentórea el denso aire de plomo que hacía fundir nuestras grasas en un ritmo acelerado de sudor incesante (puercos bañados en su orina cervecera); grasas, que no eran, precisamente excesivas por ser, tanto mis colegas como yo, más bien unos esqueletos andantes sin haber llegado a introducirnos en el tenebroso mundo de la anorexia. Flacos, pero ágiles, y musculosos, con los pantalones caídos y las gorras (para no romper el estereotipo de chicos de barrio): (se camufla la mufla; horneado el chocolate contonea la cadera la chula; no soy un pardillo, no me creas un pollino, aunque venga de barrio torbellino, yo a ti niño pijo te las vengo a dar con el calibre de mi Anita, la perversa Anita…) Conducía fatigado, resacoso, ansioso, la música de algún modo me despejaba. -¡Una birra tío! -¡No conduzcas borracho que es peor!- dijo Pe con su risa de pazguato. -No seas bobo, saca cuatro y te las mato- apuntó con su pistola Ju. -Carajo tío, por qué traes esa mierda- dije disimulando para no dejar ver el respecto que le tenía a Anita. -Por si acaso tenemos que pegarle tres tiros a un chulapo- bromeó apuntándonos el irresponsable de Ju. -Quita que las putas esas las carga el diablo- dijo Pa que era, del todo, partidario de la armas. -Éstas y las otras, no te jode, con el mismo peligro llevas una pipa que te follas a una puta- dije tras dar un largo, y refrescante trago a mi lata de birra checa, eructé, y tiré la lata por la ventana. -¡Tío un poco de respeto por el medio ambient!- me regañó Pe. -¡Será el ambient eco! -Ni eco ni leche, no ves que la estamos cagando- apuntó Ju con su pistola hacia un árbol que agonizaba de calor. -Dame otra cerveza y deja de defender la naturaleza, vaya mierda- desprecié la opinión de mi amigo, para lo que valía, no su opinión, que podría ser, o no, respetable, sino las acciones para salvarle el culo al planeta y por supuesto el nuestro al que ya, hacía mucho que habíamos prendido fuego. El aire cada vez estaba más caliente, tanto que quemaba. -Creo que hoy no vamos a salir del chiringuito- dijo Ju guardando su juguete favorito. -Eso creo- respondió Pe que se mantenía pensativo observando la carretera. -Tío vaya mierda de coche te has pillao- volvió a sacar la pipa Ju, que atacado, siempre, por los nervios, no podía estar quieto, y cuando tenía que permanecer sentado mucho tiempo siempre estaba dando vueltas a su juguetito con el que le había sacado los cuartos a medio país, y con el que había mandando a la gloria, o al infierno, a algunos tipos, todavía más peligrosos, si cabe, que él; también se había cepillado a unos cuantos más inocentes que un mosquito. Un chico conflictivo decían que había sido en su adolescencia, que comenzó cuando tenía nueve años, a los trece ya había pasado varios meses en un centro de rehabilitación, a los quince un año en preventiva, y a los dieciséis, tres más en la cárcel para menores, de la que salió, como es lógico con la mayoría de edad y con más malahosti de la que había entrado. -Mejor nos ligamos a unas titis lo pasaremos en grande- se pasó la lengua por la comisura de los labios Pa. -Dame un cigarrillo don Juan- le dije a Pa que tenía entre otras virtudes, la de levantarse las tías con la misma facilidad que Ju le pegaba dos tiros a cualquier machito.

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Mientras encendía el pito abandoné por unos instantes la atención en la carretera, confiado en mi destreza de conductor nato, no en vano, a los doce, le había sacado el carro a mi vieja y lo había estampado, para enviarlo, a su mejor vida, al desguace de las Rabitas, cementerio de automóviles, que desde aquel día, y como castigo por la faena, tuve que habituarme a frecuentar, dos veces en semana, para poder pagar la factura del arreglo de dos semáforos, una cabina de teléfono, y una terraza que arroyé, para mi suerte, sin público a esas horas de la madrugada. De repente, sonó un golpe, y tras el estrépito el silencio angustioso; el masticable calor se apoderó de todo el espacio. Recuerdo el cielo y la tierra girando al mismo ritmo.

2 Ju y la pistola, Anita; como dos ángeles vengadores enviados por un satánico dios para ajustar cuentas entre los miserables. La verdad es que Ju tuvo una infancia terrible, si hay que buscar algún motivo por el cual hacer responsable a algo, o alguien; por ejemplo: la circunstancia que lo depositó en un mundo cruel e insolidario, parece suficiente. ¿Había pedido él vivir en un mundo así? No, como tampoco lo hemos pedido ninguno de nosotros. Sin embargo, unos, como es bien sabido, han tenido mejor suerte, también sin haberla solicitado. O quizá la terrible Fortuna haya barajado las cartas con su malévola e injusta forma de equidad. El caso es que Ju tuvo, como tantos otros, una desgraciada infancia, una infeliz, si cabe, adolescencia, y mucho más desdichada la juventud. Nos habíamos conocido en una pelea. Él lideraba la banda de su barrio, yo la del mío, un coro de niñas bien con las que jugaba al escondite con la intención de recibir algún restregón durante el patético juego: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, y diez, el que no se haya escondido tiempo ha tenido; y sonó; sí, un disparo que nos dejó a las cinco niñas, a mí, y a mi hermano, tres años más pequeño que yo, sin habla. Teníamos entonces entre once y doce años. Y allí estaba la panda de Ju, con sus peculiares rostros tersos enseñándonos una mueca de rivalidad, y prepotencia. Ju empuñaba una pistola de aire comprimido, y nos apuntaba con ella, pero nosotros no sabíamos si el arma era inofensiva, al menos, no capaz de producir la muerte en alguno de nosotros; pero la muerte a esa edad es algo tan lejano como podía ser Australia cuando en la clase de geografía la estudiábamos, mirando sobre una bola del mundo, un mapamundi, estupefactos el vasto continente, pero tan lejano que incluso, parecía irreal, un lugar propio de libros, de cuentos o algo parecido, y ese mismo efecto causaba el pensamiento de la muerte, al menos en mí, a esa edad. Y recuerdo que una vez el profesor de ciencias nos hizo calcular, que no sé por qué motivo, la edad que tendríamos al llegar el siglo veintiuno. Cosa, que una vez calculada me volvió a resultar como Australia, tan lejana. Bueno allí estaban Ju, su pistola, amenazantes, y sus fieles seguidores, una chusma de barrio, precisamente del más pobre y peligroso de la ciudad. No sé por qué la violencia está tan relacionada con la miseria y la pobreza. Al menos me cuesta entenderlo porque yo he pertenecido a una clase privilegia que no pasaba calamidades, donde la miseria, y la pobreza de otros barrios se veía como Australia que estudiábamos en geografía, lejana, al otro lado. Cinco matones de menos de trece años, y el cabecilla, quizá con catorce, se mostraba como el hombre más temible del planeta, al menos a nosotros nos lo parecía; el más asesino, el más capaz de realizar la peor de las fechorías. Y sin embargo, a pesar del miedo que me producía la presencia de aquella banda (y,
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sobre todo, de su cabecilla; pelo revuelto y rapado, cicatriz en la nariz, ojos achinados y tan negros que daba miedo mirarlos directamente, estatura dos cuartas por encima de mi cabeza y tres por la de mis compañeras de juego), resolví enfrentarme a la canalla, entre otras cosas porque lo primero que hicieron fue insultarme buscando la humillación con ello, mi respuesta fue unánime. -¡Mariquita, mariquita!- entonaron al unísono los desgarbados muchachos del barrio de la Polacha. -Mariquita será tu padre- les respondí yo sin pensar, porque si lo hubiera hecho habría mantenido la boca cerrada, intuyendo la que se me venía encima. Pero con el arrebato de ira producido por el orgullo herido, no pensé en las consecuencias, olvidándome, también, de la amenazante pistola. Nada ni nadie en aquel momento, podía haberme indicado, o predicho que un día Ju, y yo, íbamos a ser grandes amigos, casi como hermanos, e inseparables como almas gemelas. Así que tras mi reacción se produjo el enfrentamiento físico; que bien es conocido que todas las reyertas comienzan con el enfrentamiento psíquico para medir las fuerzas del rival, y acaban con el choque, inevitable, de la fuerza bruta. Me lancé sin pensar sobre el cabecilla, el temible Ju que jugueteaba con su pistola, y en el despiste de su juego lo alcancé tirándolo al suelo. La pistola cayó a un metro nuestro, nos ensalzamos en un toma, y daca de puñetazos yendo a parar la mayoría al aire, por estar, ambos, más resueltos en esquivar los golpes que en llevarlos a un objetivo concreto; algunos llegaron a su objetivo, fijado o al azar, sí, a mí un par de ellos me pusieron el ojo a la virulé, a Ju la nariz y el labio le sangraban sin parar. Sus compinches, viendo el resultado, poco satisfactorio, de la pelea, para su jefe, no dudaron en poner su granito de arena, y a mí, en vez de un grano lo que me cayó fue el camión entero. Las chicas asustadas salieron corriendo con mi hermano de la mano, y alertaron a algunos padres que platicaban en la puerta de las casas. Era verano y solían sentarse al fresco por la tarde. Así que el padre de Raquel fue el que ahuyentó a la trupe de impresentables que salieron que se las pelaban calle abajo hasta perderse en el parque del sur, donde un murmullo de agua indicaba que habían abierto la presa para el riego de los bancales que en él había: (pequeños huertos cedidos a los ancianos para que los cultivasen como entretenimiento.) Precisamente después de aquel día, tiempo más tarde, iba a nacer nuestra amistad, y sería por mediación de Raquel que iría a convertirse en la novia del mismo Ju, siendo ya un joven todavía más peligroso que el adolescente al que yo había retado con mi osadía, al enfrentarme a él y a su banda. No debo negar que tuve la suerte de mi lado, a pesar de que me estuvieron doliendo los huesos tres semanas. Pasó mucho tiempo hasta que lo volví a ver, cuando lo vi, me miró, me echó el brazo por encima, se metió la mano en el bolsillo, y sacó una pistola, pero ésta, no era de aire comprimido, ésta era de balas auténticas, de las que matan, de las que suenan con un silbido que deja en el aire el sonido, y el olor de la muerte, y me dijo: -No me he olvidado de ti, pero tuviste agallas, eso es lo que te salva la vida, que si no te dispararía ahora mismo con mí maravillosa Anita. -Gracias- alcancé a decir con el miedo bajando por mis pantalones en forma sólida y líquida. -¡Verdad Anita que le vamos a perdonar la vida a este marica! Y la pistola daba vueltas sin parar sobre su dedo índice que la mantenía girando con cadenciosos movimientos de muñeca. -Si no te importa he de irme- le dije con voz atribulada. -No te apures muchacho, ve y cuando estés seco vuelve que te invito a una birra.
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Salí que me las pelaba dejando tras de mí un tufo inconfundible. Me pregunto si cuando se está en la última hora ese olor se apodera del aire. No sé. Pero Anita hizo que mi esfínter cediera en contra de mi voluntad, que, evidentemente, no era otra que la de evitar cagarme en los pantalones. Más tarde, unas dos horas después del incidente, volví a encontrarme con Ju, y es que parecía que me lo iba encontrando por todos lados, como cuando uno no quiere ver a alguien, y por más que lo intente evitar, lo encuentra por todos lados, lo mismo me ocurrió con Ju. Hasta que ya sin remedio cedí a sus encantos, más bien a los de Anita, tan inofensiva como peligrosa. Me causó algo de sorpresa, ver, en esa ocasión a Raquel con él, ella me sonrió pellizcándome la cara, libertad que jamás se hubiera permitido en mi barrio, donde vivíamos frente por frente, y donde guardábamos la compostura según lo indicado, y lo establecido por nuestros educadores, quiero decir padres. -¡Hola Lu!- dijo guiñándole el ojo a Ju que la estrechaba con su brazo derecho. -¡Hola Raquel!- respondí algo aliviado de verla allí. -No tengas miedo, acércate- me pidió alargando su mano. -Vamos hombre, ya te he dicho que mi Anita no te va hacer daño. ¿Verdad Anita? -Está bien- dije y me acerqué a ambos. Fui con ellos a un bar de la plaza Calada y allí probé mi primera cerveza.

3 Lluvia de cristal; recuerdo el cielo y la tierra girando al mismo ritmo y un repiqueteo incesante como de pequeños cristales cayendo sobre mis ojos. Anita desplegó todo su encanto, y rabiosa como una loba herida que ha perdido a sus lobeznos, se liberó del collar que la estrangulaba; la mano de Ju, sudorosa, pegada siempre a ella; liberada, Anita, también del bozal que la asfixiaba soltó una retahíla de palabras con olor a pólvora; palabras que fueron impactando con su brillo de plomo sobre los cristales, el techo, las puertas, y nuestros cuerpos que giraban al ritmo de la caída. El coche se precipitaba sin control por un abismo de piedras y árboles secos. Nunca acepté con agrado la lluvia, ese elemento tan molesto, y tan fructífero para la existencia de la naturaleza. Y girando en la lavadora en la que se había convertido el automóvil fui obsequiado, junto con mis compañeros, por una incesante lluvia de vidrios astillados; minúsculas partículas de cristal que parecían formar parte del mundo, o ser ellas parte determinante del universo. Átomos brillantes, en los que se reflejaban los rayos de un sol insolente, para abrir como bisturís rebeldes y descontrolados, fuera del alcance del cirujano metódico, miles de pequeñas hendiduras por las que se acabarían liberando millones de eritrocitos para volver al aire; partículas de oxigeno que vuelven al agua, a la rama, a la tierra, a la nube, a la cabra… Anita había dejado de emitir sus alaridos de loba herida. La oscuridad comenzaba a ocupar todo el espacio en el interior de la lavadora que nos centrifugaba sin compasión. Los golpes se sucedían con un monótono ritmo, endiablado, y monótono ritmo que penetraba por el oído para destruir el tímpano. Pronto (o quizá eso fue lo que a mí me pareció, que el tiempo había transcurrido en la pauta de un segundo y nada más), los golpes fueron cayendo en una lenta decadencia, y con ellos el ritmo de los giros fue, también, dejando paso al vértigo que produce la quietud tras bajar del tío vivo. La lluvia fina dejó de mojar con aquella marea roja nuestros cuerpos, en los que se siguieron abriendo canales hacia la nada. La nada debe ser un lugar apacible y sin luz.

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Un sepulcral silencio siguió al torbellino en el que acabábamos de viajar sin meta preconcebida; un objetivo ajeno a nuestros planes. ¿O es que son propios los planes del destino? Anita no decía ni palabra con su peculiar aroma de pólvora, parecía haber quedado enmudecida por los efectos de la lluvia vidriosa. Tampoco abrían sus bocas, ni siquiera para maldecir, Ju, Pe, y Pa. Intenté movilizar algún músculo en mi dolorido cuerpo, pero pude comprobar que ninguno de ellos obedecía a las órdenes enviadas por mi cerebro. Lo intenté varias veces, y en todas hubo la misma suerte, ninguna respuesta, como cuando intentaba comunicarme con mi primera novia, y no recibía respuesta. Lo volvía a intentar, y ella ni siquiera me otorgaba una mirada, una leve sonrisa, había llegado el tiempo en que su amor se fugaba hacia los lagos de otros cristalinos más verdes, más azulados, quizá más grises, pero llenos de otras lágrimas, de otras frases con otras palabras de amor, de otros besos en otra boca… En mi cabeza comenzaron a fluir un sin fin de imágenes como para desviar mi atención, o mi intención de mover el cuerpo hacia la salvación. Aquellas imágenes eran tan nítidas, tan reales, que me estremecí al comprender, que aquello era el espacio atemporal donde se ubican los cuerpos en espera de ser desalojados por sus almas. Entonces fui, sin voluntad propia, rememorando mi vida. Empujado por una fuerza desconocida llegué al momento en que colgaba, cabeza abajo, asido por las fuertes manos del pescadero, en un pozo de agua. Abajo miraba la oscuridad, y el eco silencioso, y frío del miedo se apoderaba de mí, luego las lágrimas que iban a confundirse con las oscuras aguas (que allá abajo, se abrían como las feroces fauces de un monstruo abandonado, y herido por la espada de algún caballero errante), me mostraban el alivio que produce el llorar. Y sentí cómo las manos del pescadero se escurrían, o más bien, eran mis frágiles y delgadas piernas las que se escurrían, cual pez, de las manos del insolente canalla. Luego el estruendo, y el chasquido en el agua, fui tragado por el dragón que me escupió directamente a la edad de once años. -¡Lu, vamos!- invitaba la voz del hermano de Raquel, años antes de que ella se liara con Ju. -¿A dónde quieres que vayamos?- le preguntaba yo un tanto angustiado porque tenía costumbre, Ra, de meterse en líos, y de meter en fregados, todavía mayores a los que le acompañaban. -No te apures Lu, ésta vez lo vamos a pasar muy bien. -No me fío de ti- le dije algo curioso. -Pues, tú te lo pierdes- dijo y se marchó calle abajo, mirando, de vez en cuando, para ver si yo lo seguía. -¡Espera!- le grité cuando estaba a punto de perderse por la calle del Pez. Corriendo llegué a su altura. -Ya verás, Lu, como esta vez me lo vas a agradecer- dijo soltándome una colleja cariñosa. -Voy a confiar por última vez en ti- le amenacé con el ultimátum. Corrimos riendo, y, sin pensar, llegamos al lugar donde Ra tenía, o decía tener, o prometía que tendríamos, el paraíso. Era un almacén abandonado en las afueras de la ciudad, por los arrabales del Este. Lugar que había servido de granero en otro tiempo, y también de corrales para cabras y ovejas. Entramos sigilosamente por una ventana, y si no llega a taparme la boca, en ese momento nos descubren los que abajo disfrutaban haciendo algo que yo no había visto hacer nunca, aunque sí habíamos hablado, entre los chicos, de ello. Raquel gemía debajo de un chico que con el culo al descubierto empujaba con vehemencia. Ra no dudó en lanzarles unas piedras. El chico, al vernos, salió que se las pelaba con los pantalones a medio subir, y con el pito como si fuese el badajillo de una campanilla.
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Raquel quedó abierta de par en par y yo tuve un acaloramiento que casi me estallan las arterias. -No seas bobo- dijo ella sin inmutarse y con una sonrisa incitadora me invitó a cabalgar sobre su vientre de nácar. -Te lo dije, Lu, hoy vas a visitar el paraíso, y cuando tú acabes lo haré yo- dijo riéndose a carcajadas el hermano de la que me invitaba a la lujuria. En el coche hubo nuevamente un atisbo de movimiento, sin embargo, mi cerebro seguía enviando órdenes con el mismo resultado. El silencio fue desapareciendo al mismo tiempo en que el vehículo volvió a emprender su descabella caída al abismo. La lluvia de átomos cristalinos volvió con un trueno que precedía al holocausto.

4 Esqueletos gemelos, Pe y Pa; aparecieron como sombras de una noche desterrada de todos los silencios gritando, y dando órdenes protegidos bajo sus medias de nylon, respaldados por una linda escopeta de cañones recortados que brillaban en la penumbra del bar a donde fuimos Ju, Raquel y yo para celebrar el encuentro fortuito.. -¿Te gusta la birra?- preguntó Ju mientras besuqueaba a Raquel. -No sé, está algo amarga- respondí con los ojos inundados de lágrimas, efecto, éste, propio de los efluvios del gas de la cerveza. Era como si la espuma quisiese salir por los ojos, porque por la nariz ya lo había hecho al primer trago, y, luego, el nudo en la garganta que parece haberse instalado allí para ahogarte, seguido de esa sensación de que algo duro va bajando, lenta y pesadamente, por el esófago como una piedra. -Aquí tienes otra- puso Raquel un nuevo botellín sobre la mesa, al agacharse me dejó ver, o mejor dicho puso ante mis ojos sus turgentes tetas. Las había tocado en aquella ocasión, pero la inmadurez, y el miedo, no dejaron que disfrutase el delicioso manjar que ahora, disfrutaba con exclusividad el cabrón de Ju. -¿Es que no te gustan las tetas de mi chica?- preguntó Ju dando vueltas a Anita con su dedo índice. -¡Claro que me gustan, ella lo sabe!- respondí sin miedo envalentonado por el efecto de la cerveza y media que me acababa de tomar. Ju y Raquel seguían en su encarnizada lucha, yo me sumí en una especie de letargo cervecil cuando me sobresaltó el sonido de voces que provenían de la barra. Allí, dos tipos encapuchados, largos y delgados, con pantalones idénticos, camisetas del mismo color, con estampaciones de la cara de un súper héroe, “el capitán trueno”, encañonaban al atribulado camarero que se negaba a soltar la guita. -Pon toda la guita en la bolsa, joputa- gritaba uno de ellos: el que no llevaba arma como si con sus gritos quisiera suplir la ausencia de la que al otro le otorgaba un poder inconmensurable. -Haz caso a mi hermano Pe y no habrá que lamentar nada- dijo el chico armado. -Te he dicho que no pronuncies mi nombre; eres un imbécil- le espetó el desarmado malhumorado. -Perdona Pe, pero se me ha escapado- al dirigir estas palabras a su hermano hizo un leve movimiento hacia él, con lo que el arma quedó apuntando al vientre del desenmascarado, nominalmente, Pe, que seguía con el rostro embutido en una media de mujer. -¡Otra vez! ¡Por qué no lo envías al periódico, o a la policía! ¡Cretino!- gritaba más enfadado todavía Pe.
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-Lo siento, perdona tío, pero es que soy muy despistado, y, además, estoy tan…-él otro, Pe, le arrebató el arma y de nuevo encañonó al camarero que compungido tiritaba de miedo. -No vales para nada Pa- dijo ya con un tono menos aireado. -Ves, y ahora lo haces tú, no puedes enfadarte conmigo por algo que luego tú no llevas a rajatabla- dijo casi gimiendo el pobre Pa. Yo contemplaba la escena desde la mesa que habíamos ocupado nada más llegar al bar, le daba vueltas a un botellín, la segunda botella de cerveza bailaba entre mis manos nerviosas. No me atrevía a mover ni un solo músculo. Mis ojos no dejaban de mirar la escena que aquellos dos colgados protagonizaban. El camarero parecía haber sufrido una embolia cerebral porque estaba totalmente paralizado; ni siquiera sus ojos se movían, ni un pestañeo, ni un tic en la piel o en la comisura de los labios que habían quedado petrificados por el horror de verse encañonado por aquella arma que, a su parecer, era invencible. Entonces ocurrió, Anita, nerviosa, hizo su aparición en el acto del crimen como una actriz que entra a escena en una representación teatral de la que es protagonista, e interpretó, con el boato que le es propio a las grandes actrices, su papel a la medida de su genialidad como diva de los escenarios teatrales, besando con su fría boca de acero la sien del que empuñaba el arma, una escopeta de dos cañones recortados, que prometía, en caso de ser utilizada, dejar salpicadas de sesos las estanterías que detrás de la barra albergaban todo un vademécum de bebidas espirituosas, y reconfortantes para la mente y el cuerpo. -Suelta el arma ahora mismo Pe- dijo Ju con su peculiar acento, y sus dotes para hacer desistir, al más pintado, de sus propósitos, fueren cuales fueran estos. -Está bien, no te pongas nervioso- dijo el gemelo Pe, azorado dejando la escopeta sobre la barra.

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Salvador Moreno Valencia. Escribo artículos de opinión, novela, poesía en verso libre, relato breve y cuentos. Realizo entrevistas a escritores, políticos, cantantes, y poetas. Una de mis últimas entrevistas ha sido a Miguel Oscar Menassa, candidato al Premio Nobel de Literatura 2010. Dirijo la revista cultural Letras (Fuengirola), y soy subdirector del diario Online El Librepensador. Soy socio de AIPEP (Asociación independiente de periodistas, escritores y profesionales en nuevas tecnologías de comunicación), con el número 118/08. Soy miembro de la Biblioteca Digital Siglo XXI, de Poetas del Mundo y de REMES...

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Magda Lago Russo
rosauro@adinet.com.uy

EL OLVIDO

Con paso lento, camina por un sendero que atraviesa el bosque de pinos. Los últimos rayos del sol se filtran entre las ramas y transmiten al paisaje una luz iridiscente que se pierde en lo verde. Como contando los pasos, la mujer recorre el lugar aspirando el olor fresco que se desprende del follaje. Siente en su cuerpo la presencia de la naturaleza como un traspaso de energía. Cabellos lacios cuidados enmarcan un rostro firme, con ojos velados por la tristeza. Todo en ella es distinción desde el broche que recoge su pelo hasta las uñas nacaradas. Sin embargo su cuerpo denota un cansancio antiguo que lo afloja. Los dos últimos años han sido duros, por eso llega al lugar, a recuperar las fuerzas perdidas en la lucha diaria que de algún modo mitigó el dolor, por al alejamiento de un amor que se fue sin explicaciones. Aún no entiende, como sucedieron los hechos, su mente se cierra a todo razonamiento, fue tan fuerte el golpe emocional que la descoloca en cuerpo y alma. No puede entender como aquel hombre pleno de ternura que hacía irrepetible cada momento de encuentro, se hubiera alejado diluyéndose en el tiempo. Cierra los ojos, puede sentir aún sus manos abarcando las suyas, repitiendo su nombre bajito. Sólo una pregunta como una luz intermitente cruza su mente. ¿Por qué? Que se une al cuándo, cómo y a la duda que surge implacable dejando un sabor amargo. Se siente vacía, sin corazón ni alma, sin sentimientos para expresar la partida. El se llevó la paz, la seguridad y el aplomo. Se desconoce a sí misma, se transformó en un ser tímido, sin fe, desconfiado y nuevas preguntas se suman a las anteriores, la angustia la ahoga pensando que ella tuvo algo de culpa. Las respuestas a sus interrogantes, no las tiene en el momento, necesitó de días y meses, para elaborar su duelo mas las preguntas siguen allí. Sus interrogantes, fueron contestadas con monosílabos sólo supo que se había ido del país. Se da cuenta que la frase “para siempre”, la tiene que borrar de su lenguaje. Lo sucedido, ha borrado todo el sentir romántico de su adolescencia y juventud primera. A pesar de su plenitud, siente su cuerpo insensible, inerte, con la partida del hombre, los diques de la pasión y el amor están contenidos, no se permite una ilusión, un deseo, se auto castiga como si fuera culpable. Lo único que la mantiene de pie es el trabajo, en el cual vuelca todo su tiempo, gasta horas y días en viajes, gestiones empresariales, todo lo que demanda el alto cargo que ocupa en una empresa de cosméticos.
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Mucho le cuesta ubicarse en el mundo, su cabeza siempre mira un suelo gris, camina detrás de pasos desconocidos, con sonrisas olvidadas, sueños sin cumplir. Sin embargo la caminata por el bosque, el contacto con el paisaje, le hace concebir sensaciones nuevas, es como despertar de un largo sueño. Mira alrededor, descubre al ave en la cima del árbol, el cielo azul, el ruido de las hojas secas y hasta el murmullo de lejano mar. No se le ocurrió pensar que aquella fuera la primera manifestación del olvido.

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Magda Lago Russo 1934 – Montevideo – Uruguay). Escritora uruguaya, Químico Farmacéutica. Co – fundadora del Taller de Creatividad Literaria ” La Aventura de Escribir” de la Asociación Cristiana Femenina “Costa de Oro.” (YWCA COSTA DE ORO) Excolaboradora del Boletín de la Institución. Incursionó en Talleres Literarios y Clubes del Libro. Cursos: “La palabra y la comunicación”.”Taller de reflexión intergeneracional” Producción literaria. Narrativa. Novela Grupal: “Las Cuatro Estaciones” Novelas individuales cortas. “La caja de Nyco” “De Recuerdos y Soledades” “Todo tiene su Tiempo” “Mundos Diferentes” “Leyendas” Cuentos Breves. Revistas Literarias Recibe dos Menciones de Honor 1997 y 2006 respectivamente, otorgadas por la revista “Xicóalt” (Estrella Errante) de la organización Yage (Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericana) en Salzburgo. Por trabajos sobre temas ecológicos.

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Raúl Barrozo

VIDAS MODIFICADAS

Ahora, un poco más tranquila y con todo el tiempo del mundo puedo escribirlo, contarlo minuciosamente, entrar en los vericuetos finos de éste tiempo que ha transcurrido. Fue a fines del 2008 que empezó el drama. Un año que consideraba como el más feliz de mi vida. Porque uno tiende a rotularlo así cuando siente que el amor se concreta. Por eso nos casamos y nos fuimos a vivir a la isla. Y por todo ello también, lo impensable de que Marcelo comenzara a caerse de la manera en que lo hizo. Claro, al principio pensamos lo del tremendo trabajo de la oficina, lo del strees de estar en el Directorio y soportar la inmensa presión que se ejerció desde la oficina central para que renunciara finalmente. Terminaba diciembre, con uno de esos días de calor insoportable, sin aire casi, a pesar de la cercanía del río. Estábamos en la casa de la isla, rodeados de gente amiga pero a sabiendas de que la mudanza era ya irreversible. No se podía con el aislamiento, regresábamos a la ciudad. En eso estábamos, preparando la mudanza, con canastos repletos por todas partes que a pesar de las etiquetas, se mezclaban de manera increíble. Ya habría tiempo, pensé, de acomodar todo de nuevo. Fue en ese momento que Marcelo tuvo el brote. Un brote psicótico. Antes me llama a los gritos desde el muelle. Yo primero pensé que me quería mostrar algo. No sé, un nuevo grupo de hongos, un árbol que se había derrumbado luego de la última tormenta. La última nos había sorprendido juntos en el living, gozando la plenitud de la noche, el cielo inmenso de estrellas con una luna casi nueva. Hasta que imperceptiblemente todo fue cambiando. Las nubes comenzaron a cubrir el cielo, la luna que desaparecía, los primeros estallidos en las alturas y las inmensas luminosidades de los rayos que preludiaron el diluvio de esa noche. Las tormentas no son así en la isla. Pero ésta particularmente fue tremenda. Ya ves. Todo puede cambiar tan rápido. Pero no. No me quería mostrar nada. O sí. Pero ésto era más importante que todo lo acontecido en los días plácidos del verano en la isla. Lo encontré así, tumbado contra uno de los robles de la inmensa avenida que comunicaba la casa con el muelle. Lo cargué en el auto y lo llevé al hospital. En la guardia lo doparon a full. Pasó la noche allí. Y cuando las primeras luces del nuevo año clareaban el comienzo de la jornada, yo, también media zombi, sentada junto al chofer de la ambulancia nos dirigíamos a la clínica psiquiatrita donde quedaría internado.

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Clínica. Si se puede llamar así a ese alojamiento hiriente donde lo que menos importaba era el paciente. Una atención pésima. Con una deplorable atención. Mejor dicho, sin atención. Con medicamentos que no le cayeron bien, con dos descomposturas terribles, que ni siquiera les preocupó. Es allí que decidí pedir el alta. Y lo saqué, lo llevé a otra. Y allí, en esta nueva clínica el nuevo brote. El segundo en poco más de una semana. Ya la espiral se estaba armando y mi capacidad de asombro, sin límite. Porque las circunstancias fueron parecidas, pero también, en cierta forma, distintas. Me hago amiga de la médica, la Dra Turner. Diana Turner. A la que convenzo de hacer algo más. Algunos estudios, análisis. Algo más, le pido. Alguna certeza que pudiera abrir un camino distinto, más cierto, especialmente por la medicación espantosa que le estaban dando. Es así que le hacen una resonancia de cerebro donde aparecen un "agujero" en el lóbulo temporal izquierdo, un quiste acuoso, y un par de cositas más. Bueno, de mal en peor, no sabía cual era el diagnóstico exacto, y las predicciones eran de terror, imaginate mi estado de ánimo y el de él. Porque Marcelo, vos sabés, es un adicto al tenis. Siempre le admiramos esa capacidad de recuperarse cuando corría de un lado al otro de la cancha en segundos. El famoso limpiaparabrisas. Pero a una velocidad envidiable. Ahora, ¿dónde estan ahora esas piernas?, me preguntaba. Ni siquiera podía caminar hasta el baño. Ni hablar de tenerse en pie solo por un minuto. Recuerdo esos días que recorríamos del brazo los escasos treinta metros del pasillo contiguo a la habitación sosteniéndolo del brazo. Cada tanto nos sentábamos, para que no se cansara. Ni hablar de hablar. Sólo algunos murmullos inconexos, sólo esas ganas de comunicarse que lo exasperaban hasta que ya no lo intentaba más. Le habían suministrado dosis bestiales de drogas, por las dudas, hasta que “pegaran” con alguna y detectaran la enfermedad. Otra vez empecé a procurar un alta para llevarlo a Buenos Aires. Le pedí a una pareja amiga de médicos que me consiguieran un buen lugar para ir. Ya en la ciudad fuimos a buscar dos consultas: en un instituto privado muy importante y en el hospital Posadas en los servicios de neurocirugía (se pensaba que había un tumor), neuróloga y psiquiatra y finalmente nos dieron el diagnóstico y tratamiento: el agujero y el quiste estaban desde toda la vida y el cerebro había autocompensado las funciones afectadas, aparte había microsímcopes y probablemente algún desorden enzimático del hígado por una dieta muy estricta. En resumen estuvimos 3 meses con esto, muy mal, angustiados y con mucho dolor, miedo, bronca, incertidumbre y frustración.

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Fue en ese momento que decidimos hacer terapia. Los dos. Porque después de tamaña experiencia yo también quedé desarmada, con el carburador flojo, como me decía un amigo. Terapia, medicación, rehabilitación física, y mucha paciencia y esfuerzo para aceptar que nuestra vida se modifica en un montón de aspectos y expectativas. En todo momento me dije que ésto era una lección y teníamos que buscar cual era esa lección, esa enseñanza que nos dejaba el trauma. El amor no varió para mí. Aprendí el significado de una palabra muy antigua y poco usada: abnegación. Aprendí a vivir en función del hombre que amo, de su salud, de su recuperación, de su bienestar, y por muchos días me olvidé de mí, y no necesité de nada para vivir que no fuera verlo y cuidarlo. Y descubrí que lo amaba más de lo que lo imaginaba. Era un empezar de nuevo. Ser felices con nada de nada. Nos levantábamos preparábamos café con tostadas. Marcelo recogía el diario. Lo traía a la cama. Hacíamos lo que podíamos, compartiendo casi todo, para estar juntos y unidos. Yo ansiosa, tratando de que mejorara en tiempo récord, egoísta yo olvidándome que el necesitaba reacomodar toda su vida, ahora, en que él no está. Porque yo dejé terapia. Pero él siguió. Dos veces por semana, o tres. Era lo recomendable para una recuperación que resultó asombrosa. Llena de futuro y de buenos presagios. Hasta que me lo dijo. Me dijo, que no tuviera dudas. Que me amaba. Pero que sentía “cosas por otra persona”. Me confesó lo de Lidia. Porque así se llama esa otra persona. Un nombre común para nosotros en éste año. Lidia. Precisamente a la que le habíamos contado nuestras angustias, nuestras desazones, nuestros proyectos. Ella lo sabía todo. Yo no. Claro. Ella era nuestra terapeuta. Y se van juntos. A Nueva York, creo. Buenos Aires. Verano del 2010.

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Raúl Barrozo, nació en Villa Dolores Córdoba, cursó sus estudios en la Universidad Nacional de Córdoba, provincia de Buenos Aires. Ejerció el periodismo y conducción en programas de radio y televisión en la provincia de Neuquén. Actualmente reside en Buenos Aires, donde se desempeña como Cronista Parlamentario, colaborando para diversos medios audiovisuales. Su primer libro de cuentos: Sopa seca. Colabora en revistas literarias.

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Yolanda Arroyo Pizarro
yarroyo@vernetwork.com

DESPUÉS DE MARTILLAR

(Del libro ‘Historias para morderte los labios’)

Diana mira el cielo de su habitación y decide abrazarse. No hay lagartos ni tortugas. Ignora, por unos segundos, al cuerpo femenino a su lado. Coloca las palmas de las manos sobre sus hombros, tuerce las piernas para enroscarse, oprime los muslos con el fervor de una trenza. Reconoce ese momento. Se da cuenta de que una vez, cuando era chica, se prometió regresar en el tiempo y abrazar a la niña que lloraba. Hay un hombre que usa un martillo. La niña se extrae del dolor que siente y libera el karma. Dolor en el punto de encuentro de cada pierna. Botón que late. La curva que une su osamenta y que la punza quiere rajarse. El hombre que espera a que la madre salga al trabajo martilla como si Diana fuera de madera. También taladra al dejarlo al cuido de la nena mientras mamá va a la farmacia. Mamá busca medicinas para la fiebre de Diana. Diana se aterra. El martilleo la desquicia. Sabe que es demasiado chica para soportar tanto peso sobre ella. Suda. Intuye que desarrollará fobias, traumas de la conducta, desconfianza excesiva con todas y cada una de sus parejas. Nadie podrá jamás penetrarla, tratarla con seductor anhelo. Cierra los ojos y mira hacia la pared del lado derecho por donde ve arañas deslizándose. Se promete que cuando sea grande, retrocederá en el tiempo. Diana Grande llegará justo en ese punto de la historia. Se acercará a su oído. Jurará proteger a la pequeña, cuidarla del inicuo. No nos dejes caer
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en la tentación, mas líbranos de todo mal. Quebrará el cuello del hombre del martillo. Disfrutará su agonizante salivar. Contará cada glándula de su lengua colgada y asqueante mientras atestigua su asfixia. Diana va a tomar clases de defensa personal en la adolescencia. Más tarde, a sus veintipico, practicará la lucha olímpica. Sabe cómo concentrarse y partir, de un manotazo, pedazos de tablas. Sabe movimientos de jiu-jitsu y llaves de karate. Regresa como su bushido único y personal para susurrar a Diana Pequeña una plegaria de protección en donde jura que nada ni nadie va a hacerle más daño. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria. Con sus propias manos alojadas de pasión enfermiza, sostiene el cuello del padrastro muchos minutos después de que éste ya no se mueve. Durante la investigación del homicidio se hace imposible establecer un asesino, detectar un sospechoso. Diana Pequeña no cuenta con los años, ni la fuerza, ni la constitución física. La curvatura que une su osamenta y que late punzante ahora descansa relajada. Ahora ya hay más memorias felices. Ahora se han rescatado de la niñez recuerdos de una playa, de una lluvia de meteoros, de un baño de luna con las Pléyades en el manto del cielo. A partir de este nuevo reinicio, encontrará noches en que no ha tenido que empujar con las piernas, en que no ha tenido quien le parta el centro del alma, en que ha podido dormir sin interrupción toda una noche. Diana se toca los labios y mira el cielo de su habitación. Decide abrazarse. Se escurre, por unos segundos, sobre las sábanas, para llegar hasta el cuerpo femenino que la acompaña y que despide feromonas. Resurgir entre los lagartos. Desovar los huevos de tortugas. Desembarcar, por fin, en un orgasmo que no se estrangula.

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Yolanda Arroyo Pizarro: Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Ha sido elegida como una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Ha sido merecedora de varias premiaciones literarias a nivel nacional e internacional; seis en Argentina, una en Chile, siete en Puerto Rico. Ha escrito para los periódicos El Nuevo Día, El Vocero de Puerto Rico, Claridad y La Expresión. Algunos de sus cuentos confluyen en las revistas culturales Identidad de la UPR Aguadilla, Revista Púrpura, Preámbulos y Tonguas de la UPR Río Piedras. Es autora de los libros de cuentos, ‘Historias para morderte los labios’ (2009), ‘Ojos de Luna’ (Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día) y ‘Origami de letras’ (2004), además de la novela ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006).

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e.santillan@andinanet.net

Elsy Santillán Flor

EXTRAÑA CANCIÓN HECHICERA

Va por la calle exhibiendo esa rara mueca de descontento que ya es habitual en su rostro. No nació con ella, se le pegó cuando conoció a la diosa que veneró siempre. Sin embargo, las manos aún mantienen algo de curiosidad y no han volado al interior de los bolsillos, siguen al término de los brazos, delgadas y expectantes balanceándose al compás de los pasos achatados. Son unas manos hermosas, a no ser que se las mire con detenimiento. La derecha guarda en la palma una señal de algo así dos milímetros de profundidad. Sangró mucho cuando tuvo siete años y la afilada punta de la pluma se hincó en ella, luego se hizo molestia hasta que terminó por desaparecer. Ahora, cuando la casualidad hecha una mirada hacia esa palma, es incapaz de recordar la historia de aquel corte. La mueca de descontento es más fácil recordarla. Se hizo con los años, con los días inagotables, con el tedio que labró su existencia sin saber que lo estaba haciendo. Con el correr del tiempo su vida era una continua repetición. Nada nuevo o extraordinario aparecía en sus instantes. En el trabajo –cuando lo conseguía- el trámite fue siempre el mismo, nada variaba a su derredor. Los dos años que pasó en el empleo A, así como los once meses en el empleo B, fueron una lúgubre repetición de frases, papeleos y actitudes. Conoció siempre el mismo escritorio, la misma máquina, la misma almohadilla de tinta para sellos, el mismo tipo de papel, la misma llave de la cerradura. Si alguna vez amó, ese sentimiento se mantuvo invariable, jamás hizo el intento de darle una forma nueva, un color más claro. La ilusión terminaba muriendo de la misma manera rutinaria como había empezado. En los últimos cinco años todo era imperfectamente simple, sobrecogedoramente lento. Alquilaba un cuarto en el centro y hoy, con un par de panecillos bajo el brazo cruzó el umbral que tampoco le preemitía terminar con la monotonía. Al encender la luz, la visión era la de siempre: la butaca cenicienta, el escritorio repleto de papeles, el par de mesas laterales cargadas de libros, el biombo que separaba la cama –eternamente vestida con la eterna colcha-, el cuadro de La Anunciación del Siglo XVII, la ventana con el bacón hacia fuera y la maceta descolorida arrinconada sin plana alguna. Cerca de la cama tenía una mesa antigua, sobre ella una cocineta de gas, la cafetera. Mas allá el lavabo y en él platos sucios de por lo menos cuatro días. Puso los panes en la mesa y con un suspiro de cansancio fue al inodoro que era apenas un cuchitril de uno por uno, en donde había que moverse en las puntas de los pies. Se lavó las manos con un jabón a punto de terminar, alzó el rostro y se enfrentó al espejo que colgó hace mucho tiempo. El rostro era largo, blanquecino, la frente exhibía arrugas prematuras, la mirada lánguida apenas si brillaba. Fue a hundirse en la butaca mascullando su canción eterna. El remolino del pasado volvía envolvente y gutural aprisionando su garganta, soplando tras la nuca, fisgoneando certeramente en los cajones del alma. Poco a poco la tensión fue pasando.
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El brillo del foco hirió sus ojos cansados cuando se animó a abrirlos. En algún rincón de su mente pensó que era mejor un cuarto en tinieblas, pero de golpe le llegó el otro recuerdo, la escena que empezó cuando vivía en la casa antigua y solariega, donde la servidumbre se persignaba (cada cinco minutos) afirmando ver fantasmas y súcubos en los largos corredores o en las mohosas azoteas, y se volvió a mirar como aquella vez, al fondo del corredor principal, mientras jugaba a armar el rompecabezas nuevo. Desde la cocina le llegaba el familiar ruido de una fritura que preparaba la sirvienta. En el comedor, su madre ponía la mesa con los cubiertos de plata para el almuerzo, entonces, como presintiendo que la hora que cambiaría su vida se acercaba, alzó los ojos hacia los salones y la vio. En principio supuso que era su amiga imaginaria vestida de novia, pero luego la miró sonreír enigmáticamente, mientras se dirigía a la sala llena de vidrios y recuerdos. La buscó unos segundos congelados, unos minutos infinitos, pero la extraña novia jamás atravesó el salón de los cristales. Amortiguados le llegaban los ruidos familiares; se apagó el sol aunque era un día caluroso. Empezó a gritar y desde aquella vez la lámpara de su velador que se apagaba a las ocho, no volvió a apagarse jamás. Un escalofrío la estremeció totalmente. Se acostó por completo en la butaca y cerrando los ojos otra vez se resignó a continuar en el remolino. Desfilaban rostros, máscaras, caretas; lujos, comodidades, miserias, arrogancias, desplantes, vergüenzas; compañías, soberbias, soledades. Abrió los ojos y la luz del foco le pegó de lleno una vez más. Su mirada no tenía ahora emoción alguna, pero frente a su nariz desfilaban las palabras sacrílegas confundiéndose en la brillante vaguedad. Entonces y por primera vez en estos cinco años, se peguntó si había valido la pena su sacrificio. Lo veía tan inútil, como inútil y tedioso era el entorno, con los libros apilados abiertos o cerrados en confusos guiños y piropos. Se acordó de donde venía, de lo que había pasado aquella tarde y parte de esa noche: la premiación se realizó y por millonésima vez la suerte no estuvo de su lado..., ¿la suerte? Bien sabía que esa no era la palabra precisa, pero de cualquier manera un sentimiento de frustración le estaba corroyendo interiormente. Ese mismo sentimiento que lo conocía tan bien desde hace cinco años; sus sueños se asemejaban a espléndidos vitrales hasta esa mañana, hoy habían multicolores vidrios desperdigados en el asfalto. Tuvo ganas de llorar y de reír al unísono. De un brinco abandonó la butaca y volvió a recorrer aquel espacio que durante cinco años alimentó sus sueños y sepultó su ayer (¿Definitivamente?); acarició la vieja sobrecama, rozó las paredes desvaídas con sus dedos maltratados por el tiempo y las borrascas, sentía enormes ganas de patear los libros y desgarrar los papeles. Conteniéndose, volvió al único espejo que había en aquella sordidez, contempló una desfigurada calavera. Los recuerdos volaban por todas partes, se retorcían en una danza angustiante de rebelión, formaban un patético caso de regresión tardía, de problema resuelto, de cuadro finalmente develado. Estaba llorando en honor a esos cinco años. El ácido escozor de la realidad calcinaba el interior de sus venas; todo era un caos abierto al otro lado de la vorágine. De un zarpazo se limpió la cara y tuvo rabia por ser tan cobarde, pero no pasó de eso, el sentimiento era tan patético que terminó desvencijando lo poco que quedaba de cordura. De algún lugar venían las voces extraviadas... Se escuchó salmodiando los versos cortaos, antiquísimos..., se trasladó al lugar soñado que alguna vez creó en sus pesadillas. La luna sangraba aluminio en la grama, recogiéndola estaba la pareja furtiva. Era una noche ideal de romanticismo congelado.

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Volvió a mirar, enfrentó al rostro cadavérico en la lisa superficie. Tenía veinte años más. El extraño himno seguía allí –proveniente de la calle sin retorno-. Se arrastró al balcón y pudo distinguir el ensueño: la plazoleta iluminada, la gran torre que avizoraba la nocturnidad, vestida con su mejor traje, y junto a la pileta centenaria la serenata de los ciegos que desgranaba en la noche su lamento. Apagó la luz sin dudarlo. Una oleada de emociones sacudía su cuerpo amurallado. Escuchó anhelante, casi sin respirar, perfeccionando un ritmo nuevo que no rompiera la pompa de jabón que se estaba formando entre la plazoleta y su alma. La quietud recorría esa noche. Una quietud rara que acabó cuando el imperceptible estallido de la pompa se cumplió. Muy cerca del balcón alguien cerró una ventana y el golpe tenue descolgó la última piñata del encanto. Los músicos guardaron sus instrumentos; la tiniebla súbitamente se tornó helada, el alma se agitó rebelde. Los pasos y las sombras se perdieron, la plazoleta, ahora silenciosa, brillaba. Se pasó las manos por la cara. Había vencido al súcubo de la sombra, y a la vez la magia de lo ocurrido daba a su existencia un rumbo diferente. Olvidó la tristeza, el desamor, la frustración... empezaría, reconstruiría. Pasó la noche en vela. Muy temprano, con su carpeta de sueños al hombro marchó en búsqueda de infinitos. En el cuarto los panecillos volaron dulcemente al cuadro de la pared.

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Elsy Santillán Flor. Quito, Ecuador, 1957. Doctora en Jurisprudencia y Abogada. Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Obras Publicadas: -“De mariposas, espejos y sueños” Cuentos. 1987 -“De espantos y minucias”. Cuentos. 1992 -“Furtivas vibraciones olvidadas”. Cuentos. 1993 -“En las cuevas ajenas de la noche”. Poesía. 1997 -“Gotas de cera en la ceniza”. Cuentos. 1998 -“Las doce habitaciones de la magia”. Narrativa infantil. 2000 Libro electrónico. -DESEABULOS 1 y -DESEABULOS 2. Libros en colectivo de cuento y poesía, 1993 y 2000, publicados en Ibiza, España. -LOS MIEDOS JUNTOS, Cuentos, 2009 -Las ficciones de la soledad, Cuentos, 2010. Premios obtenidos: -Premio Nacional “Jorge Luis Borges”. 1995 -Premio Nacional “Pablo Palacio”. 1998. Fue Secretaria de la Sociedad de Escritores y actualmente es Vocal Principal de la misma.

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Gaspar Jover Polo
joverpolo@hotmail.com

Gente del Norte
(Fragmento de Novela) NURIA SOSA

Esta gente del Norte manifiesta una notable falta de energía en el debate. Aunque sostenga sus ideas hasta el final, aunque no carezca de argumentos, no parece segura de sus puntos de vista y se toma un tiempo extraordinariamente largo para decirlo todo. Es como si los nórdicos no tuvieran prisa en convencer, como si les sobrara todo el tiempo del mundo para expresar sus ideas. Y lo mismo sucede cuando van de paseo o cuando se divierten; no tienen prisa tampoco y no parecen entusiasmados con los placeres más fuertes que puede sentir el ser humano. Tal vez sea por el clima fresco o frío, según la época del año, siempre destemplado incluso en la estación más benigna: neblinoso de forma constante. Los contornos no resaltan con nitidez meridiana en esta parte del mundo y, en los ratos peores, la angustia también parece como adormecida o muy en el interior. Nuria Sosa no era una mujer alta ni rubia. No tenía defectos apreciables a la vista ni tampoco un atractivo físico fuera de lo común. Andaba despacio y marcando los pasos, avanzaba como meciéndose al apoyar en el suelo la planta del pie. No llamaba la atención en su tierra de origen, en la América del Sur, cuando pasaba por la calle, pero los transeúntes europeos sí la miraban de reojo porque sus rasgos les resultaban exóticos, típicamente meridionales: Nuria era muy morena y con el pelo lacio cayéndole sobre la espalda. No recuerdo la fecha exacta en que la conocí, pero sí recuerdo que su serenidad en el juicio obedecía a unas razones de perogrullo y a una confianza férrea en su sistema de ideas. Aunque no tuviera razón en algún caso, aunque los argumentos le fallaran por la base, su serenidad me desorientaba en el debate político que a menudo sosteníamos y me dejaba sin réplica. Y también recuerdo que yo me oponía a sus razones por oponerme, por no quedar como un ignorante frente a la autoridad de la camarada comunista. Lo principal que recuerdo es que Nuria no hablaba de filosofía; de arte, apenas; de música, muy poco; pero no dejaba perder la ocasión de dar consejos sobre asuntos prácticos que también tenían que ver con sus ideas políticas. Estaba segura de muchas cosas y muy segura de algunas que le parecían de suma importancia y que no dejaba de subrayar cuando venía a cuento. Su obsesión principal era el entendimiento entre el grupo de los líderes revolucionarios del que ella formaba parte y la mayoría de los ciudadanos, lo que llamaba el pueblo o su pueblo. No aceptaba que se
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considerase a la masa social como retrasada y fácilmente manipulable. Y esa concepción de la base popular como un ente complejo, pero muy capaz de comprender le servía tanto para sus compatriotas hispanoamericanos como para los ciudadanos europeos con los que nos cruzábamos en el paseo de por las tardes. Paseábamos bajo la lluvia menuda por los alrededores de la universidad en la que estudiábamos juntos, charlábamos mucho y, casi todos los días, salía a relucir alguna discusión sobre política. Andaba con pausa, se balanceaba armoniosa al mismo tiempo que nos ofrecía con gran seguridad sus opiniones. − Esta gente del Norte no sabe lo que tiene − afirmaba alguien de nuestro grupo porque esta era la opinión mayoritaria entre los estudiantes extranjeros− Yo los mandaría a . pasar un mes, sólo un mes, a uno de nuestros países capitalistas para que se dieran cuenta de los privilegios que disfrutan. No tienen conciencia de las ventajas que trae vivir en el socialismo real. Con una temporada corta en la cadena de montaje de una fábrica mi pueblo, estoy seguro de que dejarían de pensar en Occidente como en un paraíso. − llama la atención que tengáis una opinión tan severa − Me saltaba Nuria en defensa de los trabajadores nórdicos− sobre la gente de por aquí. Me parece que, si la mayoría de la población fuera así de estúpida, haría ya muchos años que el modelo social comunista hubiera degenerado hasta desaparecer. Nos fijamos solamente en las deficiencias que saltan más a la vista, pero no creo que tengamos suficiente base para enjuiciar su situación con tanta severidad. Con unas semanas de estancia en el socialismo real, no estamos en condiciones de emitir juicios de valor. Ella oponía razones de peso a la sentencia mayoritaria en el grupo de los estudiantes meridionales pues, en su selva, había trabajado precisamente con el objetivo de estrechar lazos entre la guerrilla y el pueblo despolitizado. Trabajaba como enlace entre la rama política y la militar de una organización comunista y revolucionaria. Nuria acababa de llegar a la Europa del Norte para estudiar y, como es lógico suponer, sus rasgos de india llamaban la atención de los ciudadanos nativos. No recuerdo en qué fecha exactamente se produjo el aterrizaje, pero tengo la obligación de fijar con urgencia, para que no se pierdan del todo, las conversaciones entre los compañeros universitarios que todavía guardo en la memoria. Me acuerdo de Nuria sobre todo y me apresto también a la tarea de poner por escrito el extraño ambiente social en que nos desenvolvíamos los estudiantes latinos. Pongo unos papelitos de libreta corriente sobre mi mesa y los voy rellenando conforme me vienen las anécdotas de entonces, conforme me azota la añoranza de aquellos meses de universidad y de camaradería. A veces noto que el pulso se me acelera y que eso sucede, de manera especial, cuando encuentro la expresión oportuna o cuando recuerdo con precisión un detalle. Me pongo a escribir con los descansos imprescindibles para comer o para dormir, y, cuando ya creo disponer por escrito de todo el material, siento que tengo que organizar mejor el conjunto, las distintas secuencias apuntadas con precipitación y que pertenecen a la misma peripecia en el Norte. Pienso utilizar un criterio cronológico para organizar el montón de mis papeles − parece lo más lógico en el caso de reproducir un suceso verídico− pero me , encuentro con el gran obstáculo de que ya no recuerdo las fechas exactas, los días de la semana en que paseé con ella, tampoco las semanas en que se produjeron las anécdotas, y solamente puedo deducir qué momentos pertenecen al principio y que otros se sucedieron en la última semana del curso por el grado de intimidad que mantengo con la
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protagonista; por el grado de bienestar o de dolor que el recuerdo de Nuria Sosa me proporciona. Nada de fechas concretas; semanas o meses, me digo, sino solamente las referencias espaciales que me comprometan menos. Me esfuerzo por organizar y noto que los papelitos aislados y distribuidos sin orden por encima de la mesa empiezan a cobrar mayor relación, más sentido, que se explican entre sí y que contribuyen a formar una historia que es mi historia aunque la protagonista principal sea ella. Las anécdotas tomarían una implicación más estrecha si me ciñera al orden cronológico de un modo estricto, si empezara tal vez por describir un poco más al personaje importante para que se pudiera entender mejor los hechos que protagonizó mi camarada. Nuria Sosa procedía de clase alta, de una familia terrateniente; yo, por el contrario, tengo una familia humilde que no me ha podido dar una carrera. Ella vino a estudiar desde un país con una situación política muy difícil; yo, de una sociedad también pobre aunque mucho menos conflictiva. Fuimos a estudiar a una universidad del Norte que era también residencia de estudiantes y, claro está que, viviendo bajo el mismo techo enseguida nos conocimos. Mi interés era subir en el escalafón de mi organización política de procedencia pues no pasaba por entonces de cuadro político con porvenir; Nuria, por el contrario, era ya una destacada dirigente. Yo tenía la intención de ampliar mis conocimientos y obtener estudios oficiales, una carrera homologada; ella, sobre todo, llegaba para descansar de la lucha en la selva y para recuperarse síquicamente de la tensión que se acumula en la actividad clandestina. Recuerdo que nuestros camaradas anfitriones nos acogían con grandes muestras de atención, que vivíamos cómodamente y fuera de peligro en la universidad, pero también que mi protagonista tenía que volver pronto para seguir con una lucha armada que en aquellos momentos resultaba muy desigual. Los hechos objetivos, las fechas exactas, la de la separación, la del desamor me quedan lejos y se me difuminan, pero tengo fresco el sentimiento de cómo era mi compañera de clase y el recuerdo de cuando me fijé en ella por primera vez. Recuerdo, por ejemplo, la primera o la segunda vez que nos vimos, la primera ocasión en que yo tuve conciencia de su existencia en el edificio universitario. Estábamos discutiendo varios muchachos en una de las habitaciones destinadas al colectivo de estudiantes extranjeros, oímos toc, toc, toc en la puerta y era la mujer india la que llamaba. El encuentro resultaba inevitable y podía haber sucedido en cualquier otro momento, una horas antes o unas horas después pues llevamos una vida en común dentro del aula y por los pasillos de nuestra ala del edificio: − Ah, perdonen ustedes − dijo al aparecer en el umbral− Yo iba buscando a Úrsula, mi . compañera de cuarto y creo que... Pero ya veo que están en una reunión exclusiva para hombres; así que me voy. Yo no me di mucha cuenta de ella en la primera impresión porque era un cómodo mes primaveral con mucha discusión teórica y mucha concentración en el debate. Recuerdo que la lluvia golpeaba contra los ventanales que resultaban a menudo empañados por el vaho. Cuando estábamos libres de las clases y de las actividades extraescolares, la lluvia o la nieve nos hacían a menudo quedarnos en el edificio discutiendo sobre cuestiones políticas de la mayor urgencia porque, por aquel entonces, nos sentíamos un grupo de voraces revolucionarios.

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− Pase compañera − dijo el camarada Pepe, mi compañero de habitación− No es una le . reunión exclusiva ni mucho menos. Aquí los compañeros y yo estábamos divagando un rato sobre no gran cosa. Pero la dirigente india no pudo oír la última frase de Pepe porque cerró enseguida la puerta y se quedó del lado del pasillo. Recuerdo ese instante como si lo estuviera viendo y, además, me viene ahora a la cabeza que esa no fue la primera vez pues, unas horas antes, ya la había visto en el bar y sé también que yo le había prestado mi bolígrafo para que tomara las señas de otro estudiante. Fue una aparición truncada, breve, ambas lo fueron, y no creo que me deslumbrara en ningún sentido. Sus breves apariciones se fueron sumando sin que yo advirtiera en ella nada extraordinario. Yo tenía claro también que nos seguiríamos viendo y hablando durante los próximos días, semanas, meses, y que la vida en común por el edificio de la universidad hacía obligatorio que nos encontráramos a la entrada o a la salida de clase, en el autobús que llevaba al centro o a lo largo y ancho del comedor. No cabía otra alternativa pues nuestro destino común estaba decidido por otros antes de que nos pusiéramos a hablar. El ambiente era bueno o muy bueno y estaba plagado de optimismo y buen rollo. Todos éramos paisanos en cierto modo; todos teníamos una lengua común y nos reíamos con las mismas ocurrencias. Era un grupo compacto en el que las desavenencias internas no se habían mostrado todavía o, por lo menos, no se notaban. Hablábamos en español en nuestras habitaciones con una exaltación del ánimo que nos llevaba a la precipitación. Nos excitábamos hablando porque todos estabamos convencidos del éxito de nuestras ideas. Sobre todo, creíamos en el éxito logrado por nuestros camaradas anfitriones en la construcción de la nueva sociedad. Otra tarde, en cambio, durante el trayecto en autobús de camino al casco antiguo, Nuria sí se dirigió a mí de forma particular para ofrecerme un regalo y recuerdo que, en esa ocasión, la mujer india sí que despertó mi interés. Aunque íbamos en grupo, se me acercó y me dio una piedra pequeña, redonda, una común y corriente. Supe después que esta mujer tenía la afición de recoger piedras por el margen de los caminos, que las coleccionaba y que las ordenaba sobre un mueble: unas piedras pequeñas y de apariencia corriente, redondeadas o con aristas, que, sin embargo, ella sabía distinguir de entre el montón de sus semejantes cuando las veía al pasear por el campo. Algunos días después me contó que, en las largas marchas a través de las montañas de la selva amazónica, a veces había sido reprendida por cargar con el peso extra de las piedritas, como ella las llamaba. Obediente, tiraba el lastre a la cuneta, pero, al poco tiempo, volvía a sentirse entusiasmada por un objeto brillante de rocío y se lo llevaba al bolsillo. Nuria me dio la piedra y recuerdo también que ese regalo sin importancia me sirvió en aquel momento para bromear con los compañeros que iban con nosotros. Yo dije algo así como que aquel objeto en apariencia insignificante podía ser el símbolo del internacionalismo proletario entre los pueblos hermanos. Los demás compañeros me rieron la gracia; pero noté enseguida que la muchacha se ponía seria y que apartaba la vista. Me di cuenta de que no le había hecho gracia mi ocurrencia aunque, pocos días después, me confesara que, por aquel entonces, me había regalado la piedra como podía habérsela dado a cualquier otro, como un signo de camaradería entre compañeros de clase, que todavía no sentía por mí una inclinación especial. A lo largo de ese primer trayecto en autobús, y a pesar de que me tocara sentarme a su lado, en vano le busqué la mirada porque tenía los ojos puestos en la ventanilla o sobre
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el libro que llevaba abierto encima de las piernas. Y creo que fue, a partir de entonces, de ese enfado tan sin sustancia por su parte, cuando me llamó la atención y cuando me dediqué a observarla con interés: no sabía aún que fuera una importante líder comunista; ni siquiera conocía su nombre. En esos primeros viajes de turismo por el centro o por los alrededores de la ciudad, Nuria disfrutaba de los encantos del paisaje mirando por la ventanilla o aprovechaba el tiempo para leer, mientras el resto de la expedición tenía los ojos puestos todavía en sus casas: parecían estar saboreando aún los últimos minutos en el suelo patrio; el momento de la despedida en el aeropuerto antes de subirse al avión. Podía calificarse nuestra parte del edificio universitario como una pequeña ciudad cosmopolita en la que se entremezclaban los estudiantes extranjeros de muy distintos países. Y dentro de esa torre de babel juvenil, los estudiantes extranjeros de nacionalidades y continentes distintos nos íbamos acercando poco a poco y Nuria y Frank también se acercaban sin remedio. Ninguno de los dos podía suponer todavía que iban a comer juntos casi todos los mediodías durante varios meses, a caminar en amena conversación casi todas las tardes, o que el grado de la tensión emocional iría creciendo entre ellos sin pausa hasta el final del curso y un poco más allá. Crecía la emoción, la tensión todos los días entre clase y clase y entre las clases y las actividades extraescolares que se realizaban fuera del edificio. La facultad de ciencias políticas disponía también de un plan de ocio con viajes turísticos en autobús para los extranjeros. Nos llevaban a ver partidos de baloncesto, de fútbol, al teatro o al cine. Recuerdo que los muchachos sentíamos una mayor atracción por los espectáculos deportivos; Nuria y Úrsula, las únicas mujeres, se pirraban por las funciones de ballet. Desde que se acabó el curso, ya no hemos vuelto a vernos; somos ya dos extraños prácticamente, pero no puedo evitar que, de pronto, me vengan las instantáneas de aquellos cuatro o cinco meses en el Norte y que me sienta en la obligación de explicar con pelos y señales las anécdotas más destacadas. Pienso también que debo ordenar todas estas secuencias que ya tengo por escrito, aunque a veces creo que, si me pusiera a describir aquella experiencia con más orden, a organizarla con mayor cuidado, no me saldría mucho mejor. Todo sucedió sin gran lógica y como a salto de mata; así que el orden de aparición importa menos. Puede que la trama resultase más clara, que fuera más fácil de entender con una estructura sólida, pero es seguro que el esfuerzo por alcanzar la coherencia le quitaría la gracia de la espontaneidad. Recuerdo sobre todo a Nuria, pero también a Pepe, a Toledo, a Julián, a Santiago, al jefe Robledo: todos los que estábamos dispuestos a liderar, con la mejor de las intenciones, la decisiva batalla contra el enemigo capitalista. Todos éramos jóvenes y estábamos entusiasmado con la política; todos éramos un tanto inexpertos y enamoradizos. Cada uno destacaba a su manera, pero, a posteriori, puedo afirmar sin ninguna duda que, de aquel grupo insurgente a más no poder, la mujer india era la que más llamaba la atención y no porque dispusiera de mayores conocimientos teóricos o de mejor oratoria; sino porque tenía la experiencia en el campo de la acción práctica, en el campo de batalla; y porque, en ella, la intuición del líder estaba tan marcada sobre la superficie de su piel como las propias venas. Sobre todo, era la india la que me llamaba la atención dentro del grupo; la que de una forma todavía difícil de entender para mí, se me acercó con cariño como si yo fuera un igual, otro líder revolucionario y no un simple militante de base. La gran dama de la política subversiva me eligió a mí por algún extraño capricho y se quedó conmigo todo el tiempo que le fue posible.

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Alquilo un taxi de vez en cuando y salgo de casa para tomar el aire, para descansar de mi tarea de reproducción y de fijación por escrito. Doy una vuelta por la ciudad para volver a ver los puntos claves de nuestros recorridos turísticos: el estanque y su dique de hormigón, las colinas que rodean el edificio universitario, la plaza grande del centro o el castillo medieval con sus dos torres, y, ante todo esos sitios marcados por la añoranza, detengo la vista y me vienen el sonido y el olor de la aventura con Nuria. Tengo delante el borrador de una carta que le escribí poco después de terminar el curso y de que ella se marchara otra vez a la selva y, al releerlo, noto que, ya entonces, intentaba explicarle y explicarme sin éxito lo que fueron aquellos cuatro meses de internado y de vida en común. Es un párrafo confuso porque yo me empeñaba en sacar las conclusiones que aclararan el caso sin tener aún la distancia precisa; y porque me sentía demasiado solo como para pensar con claridad: Cada día que pasa descubro en ti nuevas cosas, pequeños detalles que me pasaron por alto pero que tengo la obligación de entender. Todas esas cosas que sentía o intuía pero que no racionalizaba, y que, de una manera casi inconsciente, me hicieron estar a tu lado día y noche. No sé si recordarás cuando te decía que no me explicaba mi paciencia contigo, y cómo me mostraba de humilde ante lo que yo consideraba desplantes tuyos; ha tenido que pasar algún tiempo para que lo pueda comprender del todo. Comprendo como lo que en mí fue, por mi carácter atolondrado y también por aquello de: “los amores cobardes no llegan a historias”, un sentimiento irreflexivo, en ti fue una lucha constante contra tu educación y tu situación, porque tú preveías con mucha más serenidad que yo las consecuencias que nuestra relación podía traerte. Tú no querías enamorarte por temor a las consecuencias que esto podría llevar a tu actividad política, y porque defendías el principio de que los revolucionarios no pueden sentirse demasiado afectados por una relación sentimental pasajera. No deben llorar por cualquier cosa. Recuerdo que yo le intentaba explicar, al mismo tiempo que me explicaba, como fue lo nuestro en unos textos muy largos y bastante teóricos como si ella no estuviera al tanto de todo lo ocurrido, como si fuera pobre espíritu o un espíritu poco inteligente. Desde mi cuarto en el barrio del centro y por la única ventana de que dispongo, no se puede ver apenas el paisaje característico de esta ciudad del Norte y es por eso que me veo en la obligación de salir de vez en cuando, de coger el taxi o de alquilar un coche de caballos si hace buen tiempo para confrontar la memoria con el paisaje urbano que nos cobijó. Tomo un taxi y doy vueltas sin precisar el destino hasta que me encuentro con algo que me salta a la vista y que me sobresalta: el escenario de alguna anécdota protagonizada por Nuria y por nuestro colectivo de estudiantes. Yo no recordaba así esa secuencia o no la tenía en la mente, pero, al detenerme en el sitio exacto, la instantánea me viene con todo su desarrollo. Voy paseando paseando y recojo los momentos a posteriori para mi archivo de instantes excepcionales. Me siento ante la mesa escritorio a continuación y los fijo en el papel. También voy a ponerlos en orden de tal manera que el conjunto siga un criterio cronológico. Creo que llegamos a finales de marzo en el avión y que, ya en el mes de abril, nos conocimos de lleno y todo empezó a desarrollarse con absoluta anormalidad. Me siento y escribo todo lo insólito tanto sobre nuestra relación de pareja como sobre el medio ambiente que nos rodeaba; me siento a recordar y escribo, y, cuando voy por la calle, también repaso lo que todavía no he puesto sobre el papel. Creo que, si consiguiera contarlo todo y estuviera conforme con el resultado, me pararía y descansaría. Ya no sentiría el impulso constante que ahora me excita y me sobreexcita. Me sentiría más conforme y, acto seguido, creo que me vendría una gran tranquilidad de ánimo. De eso estoy seguro, tengo una confianza ciega en que terminará siendo así, pero, por el momento, se trata de un proceso de rescate que no se
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detiene y que me anima a actuar en una sola dirección. Aquello y solamente aquello me interesa, me empuja, me conduce. Avanzo en ese sentido sin elección posible y, aunque no sea lo que más me conviene, ya no puedo detenerme. Resulta paradójico que el análisis nos resultara fácil y fluido mientras caminábamos por la plaza del centro cogidos de la mano, y que, ahora, sin embargo, o desde el momento en que dejamos de vernos, me cueste horrores explicarme, analizar el vínculo y ponerme a describir cómo fue que se marchitó de pronto. Quizás me falte algún dato y por eso me sumerjo de nuevo en la reproducción de cómo sucedió.

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Gaspar Jover Polo. Escritor español (Alicante, 1961). Profesor de lengua y literatura. Cuentos suyos han aparecido en revistas digitales y en publicaciones impresas de su provincia. Tiene inéditas, también, varias novelas.

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Ángel Castaño Guzmán
cortazar_73@hotmail.com

LA SONRISA DE LOS MANIQUÍES
“La fiebre de un sábado azul y un domingo sin tristezas…” C.G.

La ruta 16 avanza con discreción por la autopista principal. Los pasajeros se bambolean al compás del viejo motor. Las luces de los focos entran por las ventanillas y el viento apenas estremece las hojas del tabloide que un anciano ojea sentado en la parte de atrás. Una rubia recostada contra la registradora afina una guitarra al tiempo que su compañera saca de la mochila una roja pañoleta y se la anuda en el cuello. En cuestión de segundos, la guitarrista suelta un incendiario discurso contra la democracia capitalista. Ya no hay diferencias abismales entre izquierda y derecha, pienso al observar una hilera de acacias. Tal vez, hace años, la contradicción consistía básicamente en el imperio escogido. La izquierda, el soviético. La derecha, el yankee. Los cofrades del martillo y la hoz hacían largas filas en los consulados para subir a un avión rumbo al eterno invierno moscovita. Los adeptos al libre mercado exhibían orgullosos en la mesa de centro la foto de la Casa Blanca recortándose sobre un cielo marron. Los revolucionarios peregrinaban a la Higuera y encendían veladoras amarillas en el lavadero del mítico hospital mientras los reaccionarios se disputaban el honor de bailar el vals con la hija mayor del general. El mundo nunca ha sido sencillo, y estas denominaciones resultan hoy esquelas nostálgicas de una época marcada por los continuos anuncios del Apocalipsis nuclear. Hace unos minutos salí del taller de poesía de Ramírez Hoffman. Desde hace mes y medio estudiamos la cadencia de la generación del 27, con García Lorca a la cabeza.
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Antes de concluir, los más temerarios nos lanzamos a la palestra con la libreta apretada en la mano izquierda. Valentina, como siempre, se llevó las palmas. Influenciada por Sylvia Plath, desgranó flores sangrantes, veladas imágenes de la muerte de su hermana menor. En los hombros de esa menuda muchacha descansa el futuro de la poesía latinoamericana, escribió R.H en su blog. Por mi parte, recité tres haykús. La gorda Posada criticó mis infortunados escarceos con la lírica oriental. Martín leyó un fragmento de su inacabada oda a la conquista del espacio. Nadie comentó. Los hombres del taller, y R.H no es la excepción, estamos prendados de Valentina. He salido con ella un par de veces, pero, muy a mi pesar, las conversaciones no pasaron al campo de las confidencias. En la última cita me prestó un libro de narradores argentinos. Antes de iniciar la sesión de hoy se lo devolví. Sus labios, contraídos por la incómoda sonrisa nacida del silencio, aceptaron comentar los relatos al calor de un café. En realidad no pasé de la página 20, pero mis intenciones con ella se desplomarían al instante si le confieso que al terminar cada párrafo el recuerdo de la sutil alevosía de sus breves senos volvía ilegibles los textos. Nuestros poemas, dijo R.H una vez, son incitación al desenfreno. Galerías de adjetivos maltrechos, apuntó la gorda Posada. Granujas mareados por el vértigo de las carreteras, notas marginales en la historia de la poesía colombiana. No habrá una calle con mi nombre ni un busto de Martín. Ningún pretendiente escribirá en sus cartas mis líneas y nuestros poemarios serán recitados en los bailes de las mariposas de arrabal. En las escuelas las maestras no escribirán sobre la piel del pizarrón las metáforas que le arranco al vacío. Soy, y lo digo sin dramatismo, un fantasma encerrado para siempre en el laberinto de la desidia y la pusilanimidad. Cambié la obra fundacional, una bandada de pájaros del bien y el mal, por una caja de fuegos fatuos. Me apeo antes del final del repertorio contestatario, a pocos metros de la universidad, una mole gris de tres plantas con barrotes en las ventanas. Camino unas cuantas cuadras, hasta llegar a mi apartamento. Encontró, tras muchos desvelos, / El lirio feroz. / Adjetivo perfecto para la mudez Martina murió a causa de los repetidos golpes con un objeto contundente. El informe del forense reveló ruptura de cráneo y contusiones en la zona pélvica. Martina encontró una nota sobre la mesa de noche. Después de leerla, salió de su casa con evidente enfado, según contaron sus vecinos a la policía. Sufrió en carne propia el frenesí de la fatalidad. /Tuvo la suerte de olfatear el rastro que deja la bala a su paso. Colecciono notas de la sección judicial del periódico de la ciudad. Busco en esas historias cargadas de sangre las pistas para descifrar el acertijo de la poesía. Suena cursi, lo sé; la verdad no estoy muy seguro de que sea el motivo real. La imagen de Valentina nubla cualquier razonamiento. Mis manos y pies tiemblan con la sola visión de su ajustado vestido azul y su rubia caballera cortando la brisa de la tarde. En alguna ocasión soñé que antes de entregarnos a la lujuria, canturreaba con un tono a medio camino entre el abatimiento y la coquetería: y regresé a la maldición del cajón sin su ropa, a la perdición de los bares... No quiero hallar en su útero las precisas coordenadas del jardín del Edén ni mucho menos, faltaría a la decencia, endulzarle el oído con proyecciones de una vida de champán cuando mi sueldo apenas alcanza para un par de libros usados. Sólo pretendo asaltar su entrepierna y morder sus pezones con el desespero del reo en libertad condicional. La historia de Martina llamó de inmediato mi atención. El reportero le concedió a la muerte los renglones indispensables para saciar el apetito de la metrópoli. Martina era el nombre de mi madre; la coincidencia ni siquiera me estremeció. La vieja sabía cómo levantar mi ánimo; a la hora del desayuno, mientras el chocolate burbujeaba, resaltaba
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la similitud de mis gestos con los ademanes patibularios de Marlon Brando. Su mano acariciaba mi lustroso cabello. Este texto, plagado de torpes giros, no pretende alcanzar la esquiva gloria de las letras de molde. Es una especie de conjuro, algo así como un niño extraviado en un inmenso centro comercial. La blanca sonrisa de los maniquíes dice que todo seguirá igual.

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Ángel Castaño Guzmán (1988). Editor de la revista cultural La Avenida.

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igaryurimiaboscan@yahoo.es

Yurimia Boscán

LA MUJER DE ROGELIO

No supe nunca su nombre. La última vez que la vi tendía una ropa lejana en un patio de tierra color ladrillo. Como ganchos, a su falda se adherían sus hijos, dos pedacitos de carne con cabellos ásperos. Llegué a su casa una noche de esas donde los excesos del alcohol imponen el lugar para seguir la juerga a salvo de las calles en asecho. Recuerdo el pasillo largo, la casa semi destruida, el arsenal de botellas vacías de anís y el gorgojeo de seres extraños que llegaban goteando la madrugada y se cobijaban en sus paredes, apartando un pedazo de piso donde dormir. Quienes arribaban eran personajes de un mundo ajeno al mío, protagonistas de una calle salvaje que trascendía mi manoseada aventura de lo fortuito. La calle de ellos pesaba en los gestos y las cicatrices, en el hedor a tabaco y aguardiente añejado por años, en las ojeras de su insomnio congénito. La casa de Rogelio era una especie de fortaleza donde podían llegar pintores, escritores, carteristas, ladronzuelos y borrachos; en fin, un asilo de soledades puestas a resguardo de las neblinas altas de los callejones de cualquier ciudad. Rogelio era un tipo extraño: maravilloso conversador, consumado lector que delataba el tiempo dedicado a saborear clásicos y filósofos sin ninguna ingenuidad. Siempre pensé que había estudiado Filosofía o Letras. Yo elucubraba sobre el porqué de su abandono, no comprendía la hidalguía que se imponía a sus harapos. En sobriedad, Rogelio me deleitaba con su alma altruista en medio de la miseria, siempre dejando espacio en la tierra pelada para quien necesitara resguardarse de la muerte o del frío, que para él eran lo mismo. Su mujer, diminuta en su mirar, en su andar, en su esencia toda, caminaba sin levantar los ojos, sigilosa india conocedora del poder monstruoso que le otorgaba sobre el macho su facultad de vivir sin pronunciar palabra en cualquier condición, lo que la hacía invisible para los inquilinos de ojirrojos que descansaban bajo su mismo techo. Bastó esa noche para conocer el porche undergraund que imitaba pobremente a los suburbios franceses de la bohemia del siglo XIX, la calle dentro de la calle en su más salvaje representación. Cuando amaneció, era claro que no pertenecía al lugar. El sol delató una piel sin curtir que reveló mi impostura, pero Rogelio, caballero al fin, supo disimular mi falta de lugar ordenando a su mujer traer un tobo de agua para que lavara mi cara de recién
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llegada al suburbio. Nunca olvidaré el chancletear quejumbroso ni el tobo curtido repleto de un agua indefinible. Después de aquel día, nunca volví a esa casa. A Rogelio lo seguí viendo en las mañanas vendiendo periódicos en una esquina. No sé cuando desapareció porque la vida siguió su curso y yo me olvidé de coquetear con la noche y sus secretos. Cuentan los poetas, huérfanos de la casa de Rogelio, que un día llegó a la casa el hermano de la mujer. Que este hombre tenía debilidad por las cosas limpias, por lo que dedicó su tiempo a fregar y refregar los pisos. Cuentan que como era el hermano de la mujer, él sí podía verla, y mandarla, y regañarla y enseñarla a hacerse cargo de sus hijos. Cuentan que cuando la casa comenzó a parecerse a una casa, sus huéspedes nocturnos comenzaron a inquietarse por el olor a cloro, por las miradas que el hombre clavaba en ellos durante el gargajear que precedía los escupitajos mañaneros. Cuentan que Rogelio reclamó una noche la llegada de dos sillones de mimbre y que el hombre lo amenazó frente a sus hijos, que corrieron veloces al lado de su tío. Quienes allí estuvieron, recuerdan haber oído silbar el cuchillo…un silbido siniestro que se ahogó con el chasquido de una puerta que cerraba para siempre la entrada a la indigencia. Esta historia me la contaron años después de aquel episodio, cuando indagué sobre el destino de aquel erudito venido a menos con quien tanto había conversado una noche de tragos. Dicen que está enterrado en el mismo patio de tierra rojiza de la casa, que nadie lo reclamó, que nadie dijo nada, que todos los testigos tenían cuentas pendientes con la justicia… La casa de Rogelio tiene ahora en su largo porche una peluquería que regenta el marido de la mujer, el mismo que antes era su hermano.

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Yurimia Boscán (Caracas 1963) Licenciada en Letras UCV. Cursó postgrado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (falta tesis), Actualmente realiza postgrado en tecnología Educativa en la Unefa. Se desempeña como profesora universitaria y correctora de prueba. Ha incursionado también en la narrativa y el ensayo. Ha publicado dos libros de poesía, Poemas, (1983) y Neón, (2001), además de cuentos, ensayos y poemas en diversos medios de comunicación nacionales e internacionales. Fundó, con otros tres compañeros de vida, el suplemento cultural de circulación regional Sábado y Domingo, donde recogieron parte del quehacer cultural de la localidad de Los Teques (Miranda).

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Crítica Literaria
La ciencia acrecienta nuestro poder en la misma proporción en que disminuye nuestro orgullo. Claude Bernard

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Lydda Franco Farías
Una poesía donde la razón esclarece la irreverencia, y la transparencia incita la valentía y la ironía.

Por: María Cristina Solaeche Galera gsmldcm@yahoo.es

Cómo van a verme buena si me truena la vida en las venas ¡si toda canción se me enreda como una llamarada! y vengo sin dios y sin miedo ¡Si tengo sangre insubordinada! y no puedo mostrarme dócil como una criada mientras tenga un recuerdo de horizonte, un retazo de cielo y una cresta de monte María Calcaño

Lydda Franco Farías, es una de las más vitales voces de la poesía venezolana de la beligerante década de los años sesenta; nace el 3 de enero de 1943, en la Sierra de Coro o Sierra de San Luis, zona pródiga en bellezas generosas, donde se encuentran los lagos subterráneos más extensos del país, cuevas con grandes salas, simas y galerías, en el Estado Falcón, Venezuela.

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Estudia primaria en su pueblo natal, y los estudios secundarios los realiza en el Liceo Cecilio Acosta de la ciudad de Coro. Comienza a escribir desde la adolescencia en 1958 y posteriormente, colabora en los diarios La Mañana de Coro y Panorama de Maracaibo, entre otros. A partir de 1963, se radica definitivamente en Maracaibo, Estado Zulia, Venezuela. En la Universidad del Zulia, trabaja de bibliotecaria en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Allí nos narran algunos compañeros, sus protestas por el asesinato de Jorge Rodríguez, por el golpe de estado en Chile contra el presidente Allende, sus discusiones sobre las tendencias del MAS, sobre los “perros” y los “patriotas”… hasta que llegó el día, que renunció a todo partidismo político, abandonó totalmente la militancia activa, y a partir de allí, se dedicó a escribir, decisión que nos permite deleitarnos con su legado poético: si tengo que ceder hasta quedar desprovista de vanidad si nada tengo y esa nada me es arrebatada (…) si he dejado de creer en líderes si la dialéctica se pudre en las cabezas de todos ellos (y en la mía por supuesto) si la unidad es un sofisma si el partido deviene tertulia de burócratas y afines (…) si hasta aquí me trajo el río entonces tendré que contradecir al río y seguir aferrada a mis convicciones aun en contra de mi pequeñez 9 Suele asistir en los años sesenta, a las tertulias del grupo literario maracaibero Cal y Agua, que surgió en Maracaibo en 1964, en el bar El Milonga. La poetisa Lydda Franco Farías, guarda en su obra, inflexiones poéticas de las lecturas de los venezolanos: el mirandino Caupolicán Ovalles, iniciador en el país de la antipoesía y perteneciente al grupo El Techo de la Ballena; la alquimia de la palabra poética por su fuerza y honestidad del trujillano Víctor Valera Mora; de Miyó Vestrini, la única mujer del grupo Apocalipsis, el tránsito del dolor de su cuerpo como creación; el desenfado en la antipoesía y el uso de modismos de su región del zuliano Blas Perozo Naveda y, las lecturas de los extranjeros: los barrocos y simbólicos el cubano José Lezama Lima y el peruano César Vallejo y, el existencialista checo Frank Kafka, para citar a tres clásicos contemporáneos. Su trajinar por las letras, nos deja una larga lista de títulos publicados y otros, inéditos o editados post-mortem. En su primer poemario Poemas Circunstanciales. 1965 (ENC), el desplome, la inteligencia, el tiempo y el espacio son los motivos, con una lectura tan hermosa como extraña sobre los trances externos e internos del ser humano, escritos desde las esquinas material y metafísica.
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Su segundo poemario Armas blancas, estuvo perdido muchos años antes de ser editado, y fue su amigo el pintor trashumante Emiro Lobo, quien logró rescatarlo, y se publica en 1969; en él, ficción y realidad son recíprocas e irreversibles y la caída en el tiempo mantiene la indagación del enigma entre ellas. Con el grupo Cal y Agua, publica como coautora con Ricardo Ruiz Caldera y José Parra Finol, el tercer poemario Edad de los grandes ataúdes, en 1977, sin embargo, la obra no circula por contrariedades entre sus autores; luego, sigue en soledad con el ejercicio de su poesía apocalíptica. Summarius, publicado en 1985 es su cuarto poemario, con un formato en prosa poética continúa, donde solamente los puntos permiten las pausas en la tonalidad de la voz o el cambio en la intención de la caída, la lucidez y el tiempo, con un encabalgamiento abrupto y una entropía rebosada a contraluz. En 1991, aparece el quinto poemario A / Leve, que contiene, una amalgama entre la perfidia y la futilidad, entre la alevosía y la levedad, términos estos últimos reducidos en el mismo título y la barra intermedia significando el límite insalvable entre estas dos formas de conductas. Su epígrafe de Francisco de Quevedo: Serán cenizas, más tendrán sentido; / polvo serán, más polvo enamorado. Contiene en sí mismo, la idea de la poetisa de que, el amor corporal y espiritual deberían persistir más allá de la muerte. Un texto inédito, su sexto poemario, Estar en el envés, escrito en 1993, en el que Lydda comienza escribiendo: Vamos a llamar a esta nueva etapa de transformación poética, una realidad más abierta, cercana a las formas de conversación, a un cierto tono coloquial, a un cierto humor, a una cierta parodia del otro realismo tradicional… Estar en el envés, donde la oralidad se agrupa en la duplicación, en la reduplicación, en la gestación, sea de la inicial o de la palabra final en muchos modos de enciframiento. Recordar a los dormidos, es su séptimo poemario, publicado por EDILUZ en 1994, en él, el arcano de la muerte es el núcleo determinante de su enfoque, donde el lector o la lectora, asisten al abismo final de la existencia. Su octavo poemario Bolero a media luz, escrito también en 1994, es un alud corpóreo en el forcejeo del acoplamiento musical del cuerpo, la poetisa se distiende en fracturas, más deja claro, no existe Eros sin Tánatos, la fuerza natural de atracción vital y el reino de las sombras se entrelazan por siempre. Esta prolífica poetisa, Lydda Franco Farías, escribe en el mismo feraz año de 1994, Descalabros en Obertura Mientras Ejercito mi Coartada, su noveno poemario, donde desde el título ya vislumbramos un anuncio de jitanjáfora, es decir, de enunciados donde el sentido no es lo pretendido, sino las hermosas eufonías. La nostalgia del tiempo transcurrido desde la infancia, trasciende y se instala en el espacio de la realización creativa, contando con el contraste diatópico y la cáustica ironía. En el décimo poemario, inédito, Estantes, escrito también ese prolífico año de 1994, los muertos son luminosamente despertados; la metagoge designa atributos humanos a las
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piezas de un juego de ajedrez; el desdibuje del caligrama corporal en la caída que trastrueca el mundo visible en el invisible, yendo más allá de las ceremonias judeo cristiana o cualquier otra religión; el mundo reversible que convierte la oscuridad en luz; el matrimonio plagado de martirios y los acertijos, son los diferentes temas que se vuelcan en lances directos. En 1998, aparece su undécimo poemario UNA, dedicado a su hija Mirna, con un epígrafe que ya anuncia la intención de cada verso: … el tiempo de la mujer es muy corto y si no lo aprovecha, ya nadie quiere, y se pasa la vida en consultar augurios. Tomado de boca de la ateniense Lisístrata, personaje central de la obra del comediógrafo griego Aristófanes. Aracné, su duodécimo poemario escrito en el 2000, y dedicado al Profesor del Instituto de Investigaciones Literarias y Linguísticas de la Universidad del Zulia, Dr. Enrique Arenas, tiene como médula precisa, la escritura mirándose a sí misma, la grafía, el vocablo, la letra, todo el entretejido escritural entrecruzándose con premeditación literaria girando en la órbita del minimalismo, representado por el hilo que el arácnido teje deliberadamente para provocar la fatalidad y el desplome. La Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, conjuntamente con la Dirección de Cultura y el Fondo Editorial del Estado Falcón, Incudef, editan una Antología en el 2002, con una selección y un estudio de Pedro Cuartín, Profesor titular de la Universidad de Los Andes –Trujillo y miembro del Centro de Investigaciones Literarias y Lingüísticas “Mario Briceño-Iragorry. En 2005, Monte Ávila Editores edita póstumamente una nueva Antología. Durante su vida y después de fallecida recibe varios reconocimientos: A los dos años de su permanencia en Maracaibo, gana el Primer premio del Concurso Literario del Ateneo de Coro, con su primer poemario Poemas Circunstanciales. 1965 (ENC), suscitando una fuerte polémica a nivel nacional, sobre su muy particular idiosincrasia estética y su estilo contestatario. En 1987, en la Universidad del Zulia, se realiza la Lectura Nacional “Lydda Franco Farías, y se aprueba una cátedra con su nombre. En 1988, la Universidad Experimental Francisco de Miranda, el Instituto de Cultura del Estado Falcón y el Instituto Universitario de Tecnología Alonso Gamero, organizan el Encuentro Nacional de poesía Lydda Franco Farías. En 1990, es condecorada con la Orden Francisco Rivera Reyes, por la Alcaldía del Municipio Bolívar del Estado Falcón. En 1994, recibe el Premio Regional de Literatura “Jesús Enrique Lossada” mención poesía, otorgado por la Gobernación del Estado Zulia. Al año siguiente 1995, el Premio Regional de Poesía, le es otorgado por la Secretaría de Cultura del Estado Zulia.
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En acto solemne el 18 de octubre de 2005, en el Teatro Baralt, de Maracaibo, se le confiere póstumamente, el título Doctora Honoris Causa de la Universidad del Zulia. El 25 de septiembre de 2009, en el marco del ciclo Noche de Poesía. Para celebrar a los maestros del asombro, se ofrece un homenaje a los poetas Lydda Franco Farías y Ludovico Silva, en el Centro Cultural Chacao de El Rosal, bajo la organización de María Teresa Ogliastri y Alexis Romero, con el apoyo de Cultura Chacao. El encuentro cuenta con la participación de los poetas Víctor Alarcón, Adalber Salas, Astrid Lander y Adriana Bertorelli, moderados por Alexis Romero. En su poesía alcanzamos a distinguir dos discursos: uno privado, oracular, consigo misma y para ser develado; otro público, desde ella para con todos. El privado, quizás el más leído y posiblemente el menos contemplado y percibido, es el propósito de este ensayo: LYDDA FRANCO FARÍAS: Una poesía donde la razón esclarece la irreverencia, y la transparencia incita la valentía y la ironía. Recordarlo, releer cada verso, y sentir como se deslía en nuestro ser la expresión de su fase selénica, donde la poetisa teje la trama de su intenso yo lírico a través de vocaciones de mujer y profesiones asfixiantes en el recinto-clausura de la casa: las pesadumbres de la diaria entrega, “ama de casa”, “oficios del hogar”, la bandera de la sexualidad en una erotia pacífica y sobreentendida, madre y antimadre, médium, hechicera, mitificadora, “casi-ciudadana”, civilizada por el varón, el patrón, el marido, el cónyuge, el concubino, el hermano, el hijo … Un esfuerzo mayéutico para no abortar al hombre un esfuerzo violento, definitivo para que nazca íntegro.1 En una cultura masculina desde sus cimientos, la poetisa desenfada, con una conmoción de la conciencia y los sentidos, cantando en cada verso, para poder respirar a pulmón pleno cada palabra e intentar enmendarlas con su propio ser, crea hendiduras para quebrantar y escapar de ese enrarecido mundo que la asfixia, y evadirse a través de las grietas como la hembra que seduce con lo femenino, con sus lecturas, su mirada y su poesía: adentro hay una mujer que monta guardia a fuerza de balancear las caderas se ha convertido en péndulo y gravita sobre las cabezas de los que todavía no comprenden la magnitud del encantamiento 11

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Un mundo hecho de voces que se tejen y destejen entre variados tonos genéricos, juega para crear o crea para jugar conservando el espíritu crítico que siempre la ha catapultado a un país donde las mujeres eran sólo un murmullo. Alberto Hernández No nací para ocupar un espacio y nada más. Ignoro cuál será mi participación. Me tocó ser mujer y no me quejo, me tocó caer en la humedad del tiempo, en la inhóspita sequedad de los caminos pero aquí me quedo entre escombros y desperdicios. Destruyan mi epidermis resentida, despedacen mis sueños, mi alegría, aniquílenme porque un día aparecí sobre la tierra y tuve voz y grité 1 No pudieron moldearme a su antojo, ni darle la forma requerida a mis palabras, ni templar los metales de mi risa con sus martillazos de odio, ni siquiera lograron meterme de cabeza en un canon infesto 1 Una poesía definida por diversas líneas de significación, entre las que destacamos dos en este ensayo: la enunciación de lo femenino y el erotismo femíneo, como elementos fustigadores de cuestionamientos que atraviesan entre otros y todos, la totalidad de su obra y es, efecto fundamental para la disposición de una imagen cambiante y compleja que da cuenta de lo que son las configuraciones actuales de la mujer, entendida como minoría social-cultural; con un ars poética que hace libre el coloquio consigo misma, con el lector y con la lectora, por medio de una oralidad discursiva, en textos que a veces, afloran con el formato de la prosa continua sin el deslinde de los versos, con el encabalgamiento intrincado de dispersión de la colmada entropía: nadie verá el estante vacío. el montón de ropa sucia libros viejos y maltratados por mis notas al margen. por mis subrayados imprevisibles. por mis oh y mis coños admirativos. soy posesiva, no lo niego. mi única propiedad son libros casi libros. palabras no correspondidas pero útiles e igualmente equívocas. pero abajo. en el sótano, eres débil, cabizbaja. se diría que ciega. asustada. no entienden porque has hecho lo posible por enajenarte en lo cotidiano y ridículo (…)no te entienden porque no aceptas vivir parcelada (…) tu ternura es clandestina. no colma. tu deseo es quizás lo único humano capaz de retener una sombra . tu estallido nocturno. 4 Procedimientos verbales e imaginativos, a través de los cuales, Lydda crea e irrumpe en un espacio que conmueve, apasiona, forcejea y sobresalta, en un horizonte femenino que pasa inadvertido para el hombre, anquilosado en la rutina de los gestos, los desempeños, los pensares, aciertos y desaciertos, carencias y despropósitos concebidos por él, para la vida de la mujer. Más allá de su tono irónico, la poetisa se rebela contra toda mansedumbre impuesta desde el androcentrismo, sin disgresiones, se autoriza a sí misma al goce de invadir una
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“comarca” donde solamente existe un “rey”, el hombre, y con irreverencia e inspiración, se lo apropia en cada verso suyo: voy a desayunarme la claraboya de la mañana voy a atragantarme periódico con tus crónicas violentas voy a tener noticias del mundo hasta la ingesta de par en par ventanas muéstrenme lo que sin mi despierta sacúdete ropa inmunda los dobleces espanta con lejías la penumbra soliviántate plancha aplasta en un desliz las pérfidas arrugas a volar escoba sin bruja que respire el polvo dancen muebles al ritmo que los aviente púlete piso en redención de no empañado espejo arde sin paz cocina del infierno tápate olla impúdica cuece a la sazón luego evapórate suenen cubiertos en estampida muda a fregarse platos les llegó su hora la carta por favor quiero probar el albedrío 11 En cada palabra no vamos a decir “intenta”, no, no lo intenta, lo consigue, con vehemencia, con transparencia abate contra la mecanicidad y el letargo paralizante de lo cotidiano y los en un cuasi infinito plural, lastres con los que la humanidad (léase el hombre) a retenido el cuerpo y la mente, y por ende, la espiritualidad de la mujer, reduciendo a un único dislate su existencia: el ancestro se adueña del perfil de la mujer agobiada y displicente que yace en la umbelas a medio dormir indócil en el registro11 Su antiritualidad trasvasa su poética partiendo de la cosmogonía de una existencia que exige, que enrumba su creación hacia el territorio del reclamo, del reverso de la mujer ante el anverso del hombre, y lo hace, con un humor corrosivo, ácido, agudo y exquisito: de sobra sabes que me averguenzo de ese otro ser que me esquilma y me avasalla de repetir hasta borrarme el gesto heredado de pálidas enhiestas amas de casa remotísimas pero hay un rótulo en la sangre
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una danza del vientre una marca rotunda ten en cuenta muchacho de las cavernas que he ido ganando el derecho a perder de igual el paraíso la paciencia a compartir la cama el santo y seña el mundo fifty fifty o no hay trato vete acostumbrando hombre voraz mujer no es sólo receptáculo flor que se arranca y herida va a doblarse en el florero al fondo de la repisa entre santos y candelabros y trastos de cocina 11 En eso basa ella el vigor existencial y la singularidad de sus versos, en templar al máximo el arco de la letra, la palabra, el verso, el poema, para que resulten, no sólo un reflejo crítico de lo social, sino también, un verbo fustigador y lúcido, asumido siempre desde el sarcasmo como un tropo, a partir de su incisivo estilo para desahogarse del hastío, girando y girando en hipérboles. La poesía de Franco Farías puso de relieve una voz femenina cuyo ejercicio poético, se caracterizó por la ruptura con ese modelo de poesía intimista, de sensualidad sutil y la introspección, para destacar la ironía y la oralidad Ana María Romero Polifónico el arreglo al mostrarse su “yo” plural, donde la ceremonia poética se posesiona de su condición de ser femenino, siempre al lado de los rituales absorbentes de nuestra sociedad, y fuertemente asida de la mano de las herencias atávicas que tiranizan a la mujer, en un cimbrado hilarante e ingrato: quedé para ser la última invitada estoy alegre de las botellas sordas puedes beberme soy todos los licores no distingo y si respondo es para ligar placeres inimaginables contra el tiempo a una temperatura en que tampoco sabes lo que haces 2 Ella es su poesía, su poesía es ella, briosa, sensible, mordaz y laudante, que se empeña en perseguir mundos mejores en sus temibles alocuciones poéticas: mientras dormía me crecieron alas al principio ni yo misma lo creí hice cálculos sobre las ventajas y desventajas de este suceso inesperado
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decidí ensayar un vuelo corto tropecé contra los vidrios de las ventanas no me di por vencida llegué a libélula fui uno que otro pájaro ave de rapiña mi ambición no tuvo fronteras fui escalando jerarquías hasta agotarlas todas ahora soy un ángel y me aburro 11 Y en el amor, dulce, seductora y erótica, canta desde sus más añejas raíces, trepando por su tronco, sus hojas, hasta llegar a sus flores en arco iris que regala a la vida, en un soflama reverberante con sus requiebros, impregnado de simbolismos que expresan las vivencias amorosas del cuerpo en la relación afectiva entre dos seres humanos, escrito desde su visión femenina extraordinaria, respirando visceralmente cada grafema, cada aliento de palabra y con la depuración del verso: una trepa la desnudez de otro cuerpo una encuentra la rama dorada y la codicia abre las puertas de otro reino inaugura otra carencia una se deja llevar por sacudimientos extremos 8 Echar raíces florecer sobre tu cuello enredadera 1 Ascenderé por los tallos transformada, me sentirás como nunca, palpitante, en el latido de las hojas y en el crujir voluptuoso de las ramas.1 tu boca resguardada por dragones por la antropófaga inocencia de tus dientes bosque de menta la saliva picor de orégano la lengua succión y mordedura tu boca laberinto de mis cosquillas 8 La lluvia canta afuera su canción, la miro con ojos sorprendidos y pienso en unas bodas bajo el agua, que un novio vegetal me acaricie, que sienta el perfume silvestre de mis manos, mi cálida ternura abierta en gajos.1

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Lydda es esencial, de gran vitalidad, luchadora incansable, defensora de lo femenino y del amor, de hermosísima pluralidad semiótica, plétora de expresividad, álgida, irreverente, en ausencia de rima y con el uso del hipérbaton invirtiendo el tradicional orden del discurso poético, y las anáforas que incitan provocando con la repetición: con papel de lija froto la piel donde alguna vez estuvo tu tibieza parpadeante me estoy quedando en cueros y sin vos en los puritos huesos y sin vos esqueleto ambulante y sin vos (…) y sin vos con el alma en un hilo y sin vos ay y sin vos y sin voz y sin voz 11 los amantes precisan largas vueltas y nada es comparable a este final sin trampas y nada se parece a tu cuerpo y al mío me refiero a los muslos fosforescentes no a la piel sedosa y repetida no estamos dentro ni fuera y es falso que desprendo de tu voracidad mis latidos bajan cautelosamente para que sepas que voy que siempre voy ya puedes descubrirme y patinar en el aire rígido cuando abras los ojos y desvíes el aliento 2 Con miradas envolventes de los vestigios humanos del placer y del amor, la lucidez, el tiempo y la fusión de géneros: tu cabeza en mi almohada el sol para nosotros deshaces sombras antiguas vienes de la calle hacia el gesto buscas / deshaces reparo en el caracol algo furtivo tus manos exhibiendo excavaciones hacen de claustro refugio ardo junto a ti 2 cuando la boca hace su trabajo de orfebre en sabbat
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en oriflama de entre tus muslos sale un vellocino de oro una serpiente emplumada un vendaval de helechos una larga vocal impronunciable 8 con obstinada delicadeza se fabrica en la piel se hace patio en la memoria ojo de agua con altos y bajos puente entre dos sangres diatriba amorosa blindada huella indeleble que nos filtra 9 William Estany, refiere, que hasta el último momento la poetisa Lydda Franco Farías, estuvo activa: Invitada especial en la Semana Internacional de la Poesía. A pesar de encontrarse delicada de salud, siempre siguió escribiendo… Allí se presenta, a las 7:00 de la noche, el jueves 22 de julio del 2004, al Recital Internacional de Poesía, en homenaje a Eugenio Montejo, en la que sería su última lectura en público, ante más de 400 personas, con una hermosa manta guajira de soberbio colorido, un cabestrillo en un brazo y apoyada en su bastón, participa en el recital internacional junto a poetas como Luis Muñoz de España; Alessandro Ceni de Italia, Tone Skrjanec de Eslovenia; Ramón Bolívar de México y Alejandro Chacón de Venezuela, entre otros tantos poetas que participaron en los recitales programados para el evento. Dedicó sus poemas a todos, ausentes y presentes y en particular, a su hija fallecida Mirna. A los sesenta y un años, la parca que no falta jamás a la cita, nos despoja de esta poetisa de las letras venezolanas; muere a las 8:00 de la mañana del lunes 2 de agosto de 2004, en Maracaibo, Estado Zulia. Fue sepultada en el cementerio Jardines del Edén, donde también se encuentra su hija. Y sostendremos con Goethe: El sentido de la vida radica solamente en la vida misma. Así parece entenderlo también, la poetisa venezolana Lydda Franco Farías: me encontrarán tendida a ras de luna o flotando lluvia abajo en la resaca del último cigarro en el silencio que vibra emparamado desde donde pronuncio mi postrer discurso (…) ya voy tierra ya voy cenizas ya voy olvido 9 una vida se aplaza y se desplaza mínima sustancia
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cerrazón.7

Obra poética: 1. Poemas Circunstanciales. Policrom, Caracas, 1965. 2. Las armas blancas 1969 3. Edad de los grandes ataúdes (coautor con Ricardo Ruiz Caldera y José Parra Finol). Ediciones Cal y Agua. Maracaibo, 1977 4. Summarius. Asamblea Legislativa del Estado Falcón, Coro, 1985 5. A / Leve 1991 6. Estar en el envés. s/e, 1993. 7. Recordar a los dormidos. EDILUZ. Maracaibo, Vicerrectorado Académico, Facultad de Humanidades, Universidad del Zulia, 1994. 8. Bolero a media luz. Ediciones Mucuglifo. Dirección Sectorial de Literatura CONAC, Mérida, 1994. 9. Descalabros en obertura mientras ejercito mi coartada. Gobernación del Estado Zulia. Secretaria de Cultura/Universidad del Zulia, Dirección de Cultura, Maracaibo, 1994. 10. Estante. s/e, 1994. 11. Una. Ediciones de la Secretaría de Cultura del Estado Zulia y la Asociación Cultural del Caribe (ASOCARIBE), 1998. 12. Aracné, s/e, 2000. 13. Antología. Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, Dirección de Cultura, Fondo Editorial del Estado Falcón, Incudef, 2002. 14. Antología poética. Monte Ávila Editores. Caracas, 2004.

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María Cristina Solaeche Galera. Docente venezolana (Maracaibo, Zulia, 1948). Licenciada en educación mención Matemática, Magíster en Educación y Magíster en Matemática Pura, en la Universidad del Zulia (LUZ), donde es profesora titular. Fundadora y miembro de la Biblioteca “Teresa de la Parra” en la extensión Cabimas de LUZ. Miembro de la Sociedad Venezolana de Matemáticas, la Asociación de Escritores del Estado Zulia, la Casa de la Poesía y la Peña Literaria César David Rincón y otras organizaciones. Textos suyos han aparecido en diversas publicaciones científicas y literarias, además de webs literarias como Légamos, PoeSite y Texto Sentido. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el premio “Vicente López y Planes” (Buenos Aires, 2004).

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Nuestra esquiva memoria de Don Luis de Góngora

Por: Gustavo Rubén Giorgi gustavogiorgi@arnet.com.ar

Resulta de rigor, en conciliábulo de poetas, citar en amable contienda de la memoria las obras de los grandes. También, es posible verificar que si la evocación se dirige a los clásicos españoles, Quevedo resulta puntualmente el primero y el más recordado; después pueden presentarse, según el gusto y la circunstancia, el dulce Garcilaso o el prolífico Lope; Manrique, claro, eventualmente Fray Luis de León y, a las cansadas, don Luis de Góngora y Argote. Y digo todavía más, paradójicamente, al
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Gran Culterano se lo suele recodar por sus transparentes décimas y redondillas, antes que por las célebres “Soledades” o sus copiosos sonetos ¿Por qué? Es un riesgo no menudo revisar a los clásicos; el fantasma de la impertinencia nos acecha y cohíbe, y tememos por igual incurrir en el desliz del insolente, como a recaer en el halago medroso y adocenado que no aporta nada a una herencia que merece el estudio renovado de los tiempos. Por eso, parafraseando a Paul Valery, quien si no me equivoco prescribió como mandato irrenunciable para cada generación traducir a los clásicos, yo digo que tenemos el deber (y el derecho) de releerlos, y de intentar una crítica propia. En el caso citado de Góngora, me gustaría compartir una parcial y pequeña certeza que no pretende compararse con los eruditos pareceres de Dámaso Alonso o Pedro Henríquez Ureña, ni desmerecer siquiera en un ápice la grandeza del poeta cordobés. Es la que sigue. Se sabe y se acepta que Góngora es oscuro. Sus poemas proponen obstáculos a la comprensión que no siempre se aceptan con paciencia. El lector es puesto a prueba una y otra vez por el empleo sistemático de una sintaxis tortuosa y un piélago de referencias librescas, de suerte que el resultado suele ser el desinterés o el fastidio, sentimientos que por lo general malcasan con el recuerdo. Los alardes conceptistas de Quevedo, tan barrocos como los suyos, resultan en cambio comprensibles siquiera a medias, y la inadvertencia de un segundo sentido del discurso, o de alguna intención, no conspiran contra la eficacia del poema. Además, fuerza es reconocerlo, no hay en Góngora el rigor formal que el endecasílabo exige para ser una música: una combinación tal de acentos, de pausas y de entonación, que lo han erigido en el admirable punto medio entre la sencillez del octosílabo y la retórica del alejandrino. Garcilaso de la Vega (1501-36), tempranamente ya lo manejaba con maestría en sus “Églogas”: ¡Oh más dura que el mármol a mis quejas, Y al encendido fuego en que me quemo Más helada que, nieve, Galatea! Por inadvertencia, por desapego, o por escasa familiaridad con el metro, Góngora incurre en defectos de versificación que obstan a la lectura fluida de sus sonetos. La ubicación descuidada de los acentos supernumerarios es una de las falencias que se le pueden señalar. En los versos de acentuación en la sexta sílaba, los coloca en forma obstructiva en la quinta, y lo mismo hace cuando las constituyentes son la cuarta y la octava: menudean las ocupaciones indebidas de las sílabas tercera y séptima. Tampoco se cuida de acentuar la novena. Otras veces otorga el rol de preponderancia en la sílaba constituyente a un monosílabo de escaso vigor, de manera que el lector se pierde y no sabe dónde enfatizar. Abusa de las licencias poéticas –hiato, diéresis, sinéresis- haciendo de éstas una regla compositiva y no, como debe ser, una excepción. Por añadidura, se permite violentos viajes acentuales de vocales dominables que desequilibran la sinalefa, tornándola caprichosa y dura. Estas deficiencias, no tengamos miedo de utilizar la palabra , se hallan presentes en todos sus sonetos, pero en forma muy acusada en los compuestos entre 1582 y 1604. Entiendo que la memoria no sufre con facilidad tales bruscos sobresaltos de tono, y es así que no sabe o no quiere hospedar a Góngora con la fidelidad que prodiga a otros y que él, sin dudas, merece con largueza. Por ejemplo, yo no sé cuál me gusta más de sus poemas, si el que comienza:
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Urnas plebeyas, túmulos reales, penetrad sin temor, memorias mías por donde ya el verdugo de los días con igual pie dio pasos desiguales. (Nº 109, de 1612) o el que termina (“De la brevedad engañosa de la vida”): ¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras? Peligro corres, Licio, si porfías En seguir sombras y abrazar engaños. Mal te perdonarán a ti las horas; Las horas que limando están los días, Los días que royendo están los años. (Nº 159, de 1623) Pero, como la belleza revelada nos deslumbra más que la descubierta por nuestros propios medios, es imposible soslayar el soneto que le gustaba tanto a Borges, el mismo que no se privó de analizar críticamente en “El tamaño de mi esperanza” (1926): Raya dorado Sol, orna y colora del alto monte la lozana cumbre, sigue con agradable mansedumbre el paso rojo de la blanca aurora; suelta las riendas a Favonio y Flora, y usando al esparcir tu nueva lumbre el mar argenta, las campañas dora, para que de esta vega el campo raso borde, saliendo Flérida, de flores; más sino hubiere de salir acaso, ni el monte rayes, ornes ni colores, ni sigas de la aurora el rojo paso, ni el mar argentes, ni los campos dores. (Nº 6 de 1582) O aquél otro, del que Roberto Alifano me hizo notar tanto su belleza como su sorprendente actualidad: Cosas, Celalba mía, he visto extrañas: cascarse nubes, desbocarse vientos, altas torres besar sus fundamentos, y vomitar la tierra sus entrañas; duras puentes romper cual tiernas cañas, arroyos prodigiosos, ríos violentos mal vadeados de los pensamientos y enfrenados peor de las montañas;
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los días de Noé, gentes subidas en los más altos pinos levantados, en las robustas hayas más crecidas. Pastores, perros, chozas y ganados sobre las aguas ví, sin forma y vidas, y nada temí más que mis cuidados. (Nº 46 de 1596) Los grandes artistas ven lo que nadie ve, y lo dicen del modo que todos quisieran oírlo y decir: llana y bellamente. También suelen ser premonitorios y terribles. La asombrosa literalidad del tercer verso, que remite como un rayo a los sucesos del 11 de septiembre de 2001, no es nada si se lo compara con el modo en que está dicho. En efecto, torres se han venido cayendo desde que el mundo es mundo, pero, la expresión: altas torres besar sus fundamentos nos habla de un modo improbable de concebir en el siglo XVI, cual es que la cresta de un edificio busque la tierra, no quebrándose en ángulos cada vez más agudos, sino bruscamente y por implosión, que fue lo que pasó en Nueva York aquel infausto día. Las objeciones formales que anteceden, esbozadas para explicar una rareza, no deben, empero, apartarnos de lo que es esencial en toda relectura. Hay que volver a los clásicos como Góngora, para gozar del descubrimiento de bellezas nuevas o no fácilmente asequibles, y también, como en el caso del soneto Nº 46, en procura de las advertencias que un alma superior es capaz de dirigir desde el pasado a nuestra insensatez y nuestra incuria.

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Gustavo Rubén Giorgi. Abogado y escritor argentino (Zárate, Provincia de Buenos Aires, 1955). Trabaja como funcionario público en el cargo de jefe del Registro Civil de Zárate. Ha publicado Cuentos de la resignación (Editorial Dunken, Buenos Aires, 1997), el libro de relatos históricos El profeta y el traidor (Ediciones Proa, Buenos Aires, 2000), los poemarios El último bien (Proa, 2001) y El retorno de Hipsipila (Alloni-Proa, Buenos Aires, 2005), la colección de ensayos Aunque sean los papeles rotos de las calles (Alloni-Proa, 2005) y un volumen con el relato “El emisoriario” y el soneto “Elección” (colección “Biblioteca Mínima” del diario Opinión; Cochabamba, Bolivia, 2007). Además, textos suyos aparecen, traducidos al italiano, en la Antologia della Poesia Argentina Contemporanea (Edizioni Sentieri Meridiani, traducción de Emilio Coco; Foggia, Italia, 2007). Ha dado conferencias sobre cine, historia y literatura en Buenos Aires, y en el interior y exterior de Argentina. Integra el plantel de colaboradores permanentes de la revista Proa, fundada en 1922 por Jorge Luis Borges y en la que ha publicado cuentos, poemas y ensayos desde 1998.

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Juana de Ibarbourou
Juana de América

Por: Magda Lago Russo rosauro@adinet.com.uy

“Y yo fui la bendita, la colmada. Fui la mendiga convertida en reina. Me levanté tan alta, que podía Elegir con mis manos las estrellas.” Juana de Ibarbourou ( en “Inmensidad”, Perdida, 1950 )

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Cuando en nuestra América, en la segunda mitad del siglo XIX, se sintió el cansancio por la poesía romántica, la atmósfera estaba preparada para el comienzo de un movimiento renovador denominado: Modernismo. Se caracterizó por una elegante orientación esteticista, nuevo ritmo de pensamiento y cultivo de la lengua. Así se manifestó en José Martí, José Asunción Silva; Rubén Darío, entre otros. La segunda generación uruguaya del período modernista ofreció nombres de poetas heterogéneos tales como: Carlos Sabat Ercasty, filósofo, Fernán Silva Valdés, indigenista y la versátil y lograda Juana de Ibarbourou. En Chile, la excelente Gabriela Mistral demostraba su talento en su primer libro, en Argentina, Alfonsina Storni, luchaba con su forma, en Uruguay, al morir Delmira Agustini y el silencio de la talentosa María Eugenia Vaz Ferreira hicieron surgir una llamativa figura, de voz cuidada pese a la juventud con la que escribió sus libros iniciales, Juana de Ibarbourou. Juana de Ibarbourou, (Melo, Uruguay, 1895 – Montevideo, 1979 ) poetisa uruguaya, considerada una de las voces más personales de la lírica hispanoamericana , siendo su verdadero nombre; Juana Fernández Morales. A los veinte años se casó con el capitán Lucas Ibarbourou, del cual adoptó el apellido con el que firmó su obra. Tuvieron un hijo, Julio César. Tres años después se trasladó a Montevideo donde vivió desde entonces. Un día, la mujer – madre – esposa laboriosa de Melo decidió dar a conocer a Janette d’Ibar y con Julito en una mano y un par manuscritos en la otra, se dirigió hasta el diario La Razón, donde Vicente Salaverri dirigía una página literaria. Entró en el periódico y pidió hablar con él, al que le dejó "Las lenguas de diamante”, su primer libro de poesía. De ahí en más un ascenso vertiginoso, Salaverri publica algunos poemas, luego se lo pasa al novelista argentino Manuel Gálvez, quien le escribe el prólogo y lo publica en papel pluma bajo el sello de la editorial Buenos Aires. El goce de existir generó sus poemas de juventud, animados por imágenes vegetales y animales. La conciencia de la propia belleza la hizo cantar la búsqueda del amor, ora casto, ora erótico. Además, en Juana predomina el paisaje que se transforma gradualmente en comprobación tenaz de lo natural. En “Lenguas de diamante” su primer poemario ( 1919 ), puede comprobarse que la naturaleza aparece como escenografía: luna de cobre, arenas de bronce, corola deshecha. Bajo la luna llena, que es una oblea de cobre, vagamos taciturnos en un éxtasis vago, como sombras delgadas que se deslizan sobre las arenas de bronce de la orilla del lago. Silencio en nuestros labios una rosa ha florecido. ¡Oh, si a mi amante vencen tentaciones de hablar!, la corola, deshecha, como un pájaro herido, caerá, rompiendo el suave misterio sublunar. ¡Oh dioses, que no hable! ¡Con la venda más fuerte
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que tengáis en las manos, su acento sofocad! ¡Y si es preciso, el manto de piedra de la muerte para formar la venda de su boca, rasgad! Yo no quiero que hable. Yo no quiero que hable. Sobre el silencio éste, ¡qué ofensa la palabra! ¡Oh lengua de ceniza! ¡Oh lengua miserable, no intentes que ahora el sello de mis labios te abra! Bajo la luna-cobre, taciturnos amantes, con los ojos gimamos, con los ojos hablemos. Serán nuestras pupilas dos lenguas de diamantes movidas por la magia de diálogos supremos. ( Las lenguas de diamante ) Progresivamente, un soplo doméstico toca este mundo, en él la acumulación de elementos magnifica y decora. La naturaleza se hace más íntima como una alcoba acogedora. Oh! lino madura, que quiso tejer Sábanas del lecho donde dormirá Mi amante, que pronto, pronto tornará! ( La espera ) Su segundo poemario ”El cántaro fresco” (1920) junto a “Raíz salvaje” (1922) traen un aire de renovación, de luz, de sencillez, que permiten una íntima comunión con el lector. “Raíz salvaje” marcado por el modernismo, lo expresó con imágenes sensoriales y cromáticas, alusiones bíblicas y míticas. Me ha quedado clavada en los ojos La visión de ese carro de trigo, Que cruzó rechinante y pesado, Sembrando de espigas el recto camino (Raíz salvaje) En la trilogía, hay una confidencia, una poetisa que se abre, dichosa o con dolor a un lector solidario, hacia el cual el poema se extiende como un círculo creciente. El diez de agosto de 1929, el diario el País de Montevideo titulaba con grandes caracteres:”Será un acto consagratorio de nuestra gran poetisa. El pueblo y las asociaciones culturales se reunirán en el Palacio Legislativo” En ese ámbito fue consagrada “Juana de América”, acompañada por lo más granado de la cultura uruguaya, en el comité de honor se encontraban: Juan Zorrilla de San Martín, Carlos Vaz Ferreira, Emilio Oribe, entre otros. Juana dará la espalda, tras su consagración, a la obra que la condujo a ella, para entregarse a una nueva corriente que trae el estremecimiento de la post guerra y que
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conjuga varios elementos: ansias de viajes, espacio, geometría los cuales son volcados en su obra “La rosa de los vientos”, considerada como un paréntesis de experimentación. Según Zum Felde:”La poetisa no se ha dejado seducir, al final por las escuelas llamadas “de vanguardia” Entre 1930 y 1950, publica: ”Los loores de Nuestra señora” (1934), “Estampas de la Biblia”, época de Dios, del Dios único. Mientras tanto cambiaban los gobiernos, se sucedían las condecoraciones y los premios oficiales. Había sido premiada más por el lugar que su literatura venía a ocupar en un determinado entramo social que por su literatura a secas. Juana optó entonces por la sumisión religiosa: Fidel Castro, Stroessner, el Che Guevara, la dictadura militar; todo lo mismo. La generación del 45 no se lo perdonó; dejó caer un absoluto silencio sobre su obra. Fue la penitencia, se encerró en su casa a cumplirla. Otras obras de cuentos fueron: “Chico Carlo” (1944 ) y “Los sueños de Natacha” (1945). Merece un comentario aparte “Chico Carlo”, contiene un resumen cronológico de la vida de Juana., el tiempo terrestre del artista. Y como los más grandes de entre sus pares, ella sabe que en la infancia se encuentran las hondas raíces de la obra. Por eso vuelve, una y otra vez, a la que fue, a la niña o acaso no haya dejado nunca esa condición y por eso pueda regalarnos páginas encantadoras. Por la vía del cuento "revive y fantasea... a "la niña vivaz" y a la "jovencita huraña" que alentó... en la protagonista de su evocación literaria y sentimental". Los años pasan, la muerte toca en torno y se lleva los amores mayores, poeta, marido, madre, amigo, empieza a verse sola, esa soledad es el anticipo de otra soledad más radical. Con “La rosa de los vientos” (1930) comienza alejarse de aquella primera y luminosa alegría para orientarse hacia la melancolía volviéndose su expresión cada vez más oscura. El tema se replantea con nostalgia de lo que es presencia inevitable: Se me acabó la muerte, Que cultivé hasta ahora, La muerte romance o de leyenda, Tránsito de cinema en alba o sombra, Deslumbramiento de película, Curiosidad gustosa, Esto se puede percibir en “Perdida” (1950) esta opción fue como una voluntad de auto imprimirse un remate novelesco: los últimos capítulos de la novela de su vida, los que preparan el desenlace la etapa de su claustro es considerada como el “otoño” de su vida. De ese encierro expresa:”Porque salgo poco y me ven menos todavía…Eso favorece mucho, porque da alas a la fantasía. Y en general las gentes son bondadosas. Las alas las fabrican muy generosamente.” Pero ni las gentes son bondadosas, ni las alas son la de los ángeles, Juana no pasó inadvertida para los ávidos de leyendas. Y la leyenda fue. Nada fue como se contó. O casi nada. Una mujer hermosa y con talento que antes de cumplir treinta años logró la fama y la gloria.

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Una mujer que en el ocaso de su vida decidió contemplar el mundo a través de una ventana. Hasta aquí la historia conocida. ¿Cuánto hay de cierto en ella? El periodista uruguayo Diego Fischer escribe en el 2008 la biografía novelada de Juana a la que tituló “Al encuentro de las Tres Marías” ( Juana de Ibarbourou más allá del mito ), en ella se revelan pasajes de la vida de Juana desconocidos donde se mezclan el amor, el desamor, la violencia, la soledad. Obra documentada con una gran investigación por parte del autor. La muerte vino cuando ya tenía ochenta y cuatro años, en el 79. Vino con duelo oficial y honores de ministro – los primeros rendidos a una mujer en el Uruguay – con velatorio en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, donde hacía cincuenta años había sido proclamada :Juana de América. Bibliografía.
Poesía uruguaya ( de Herrera a Ibarbourou ) – Colección diario “El País”. La raíz campesina en la poesía de Juana de Ibarbourou – Dora Isella Russel. Juana – Vida y Obra – Ida Vitale. Juana de Ibarbourou – María Inés Allo Strobach Mujeres uruguayas –Juana de Ibarbourou –“Fábrica de alas”– Sofí Richero.

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Magda Lago Russo 1934 – Montevideo – Uruguay. Escritora uruguaya, Químico Farmacéutica. Co – fundadora del Taller de Creatividad Literaria “La Aventura de Escribir” de la Asociación Cristiana Femenina “Costa de Oro.” (YWCA COSTA DE ORO) Ex-colaboradora del Boletín de la Institución. Incursionó en Talleres Literarios y Clubes del Libro. Cursos: “La palabra y la comunicación”.”Taller de reflexión intergeneracional” Producción literaria. Narrativa. Novela Grupal: “Las Cuatro Estaciones.” Novelas individuales cortas: “La caja de Nyco” - “De Recuerdos y Soledades” - “Todo tiene su Tiempo” - “Mundos Diferentes” “Leyendas.” Cuentos Breves. Colabora en la producción de las Revistas Literarias anuales del Taller de Creatividad “La Aventura de Escribir.” Recibe dos Menciones de Honor 1997 y 2006 respectivamente, otorgadas por la revista “Xicóalt” (Estrella Errante) de la organización Yage (Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericana) en Salzburgo por trabajos sobre temas ecológicos.

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Novela negra, novela rosa y poesía de color

Por: Joaquín Robles Zabala robleszabala@gmail.com

Uno

No sé si las novelas puedan clasificarse por colores, o la poesía dividirse en tonalidades y subgéneros. En algunos manuales de literatura se habla de novela negra; en otros, de novela rosa. Algunos estudiosos le apuestan al término novela femenina, quizá porque piensan que la historia está hecha sólo por hombres. Quizá porque la encauzan dentro de esa realidad obvia de que son relatos escritos por mujeres. Algunos innovadores conceptuales hablan de novela equis; otros, van más allá y la califican de triple equis, para definir las novelas que pasan las fronteras del erotismos y se pasean por las orillas del porno. Incluso la industria cinematográfica, siguiendo quizá los pasos de la literatura, define ciertas películas con categorías como A, B, B15 y C, con el propósito de dejar claro qué películas pueden ver los niños y cuáles los adultos. La novela, además, es en muchos casos infantilizada, pues encontramos en el mercado editorial historias con el rótulo de para niños y adolescentes, pero necesariamente escritas por adultos. Julio Cortázar llegó a hablar de poesía rosa e hizo una clasificación de los lectores entre machos y hembras. Por su lado, un afamado escritor colombiano, ganador
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de un premio nacional de novela, definió su ópera prima como la oveja rosa de la literatura colombiana. Borges, en una entrevista concedida para la HJCK a finales de los setenta, recordaba que su interés por la literatura nació a las siete años, y a los diez era ya un lector consumado que había leído un gran números de los libros de los maestros que lo acompañarían a lo largo de su vida: Conrad, Kafka, Chesterton, Stevenson y otros de los cuales siempre guardó gratos recuerdos. Algo similar expresó Octavio Paz: a los doce años había devorado un cuarto de los libros de una biblioteca de más de tres mil unidades que su abuelo conservaba en una hacienda a las afueras de Ciudad de México. Juan Rulfo, por su parte, de lo único que se enorgullecía era de haber leído a los quince años todos los libros que le ayudarían a convertirse luego en un escritor de verdad. El lugar común de estos maestros, que el tiempo convertiría en puntos de referencia obligados en el amplio panorama universal de la literatura, es que durante su niñez y adolescencia habían leído con juicio crítico todo un corpus literario destinado supuestamente para lectores adultos. Es posible que Borges haya leído El largo adiós de Raymond Chandler, o El halcón maltés de Dashiel Hammett sin saber quizá que la “crítica seria” norteamericana había empezado el juego de la clasificación, denominando a este tipo de novela con el adjetivo ‘negra’, término con el que se enmarcó un subgénero que consideraban menor, pues había tenido su origen en la segunda década del siglo XX, durante la gran depresión y el surgimiento de la ‘ley seca’, y cuyo gran lunar, según algunos críticos, era que su órgano de difusión lo constituían las famosas revistas pulp, que publicaban igualmente relatos de ciencia ficción, terror y otros que hoy se enmarcan con el rótulo de historias fantásticas. La denominada ‘novela negra’, como la conocemos hoy, tiene su origen en los cambios socio-económicos que se dieron en los Estados Unidos entre las décadas de 1920 y 1940. En este ambiente de crisis, según John Steinbeck, lo que se produce en la mente del pueblo estadounidense es una reconversión axiológica, una transformación de los valores dominantes que menosprecia el universo burgués y opta por acercarse a una realidad social más cercana al momento histórico que se estaba viviendo: el crimen político, el canibalismo económico y los robos a mano armada a instituciones bancarias. Estos hechos, que para algunos estudiosos literarios superaban con creces la realidad ficcional, darían origen a la figura del gánster, un ser producto de la miseria, que busca crear un universo de bienestar en su comercio con el crimen y la extorsión. Lo que la ‘crítica seria’ quizá no advirtió es que este tipo de relatos hacía un tratamiento realista de los sucesos que narraba, utilizando las técnicas de origen periodístico, un lenguaje de carácter oral pero antirretórico, un ritmo cadencioso de diálogos precisos pero recargados de argot, que tenían como espacios de desarrollo el lado oscuro de las grandes ciudades, y unos personajes que defendían con sus vidas los valores propios del ghetto. Lo que llamaba la atención de todas estás novelas, es que la acción del relato giraba siempre en torno a unos detectives despiadados, crueles y violentos, procedentes de espacios tan marginados como los que transitaban los delincuentes que perseguían. El marginamiento de los sistemas que componen el Estado, dio origen sin duda a una serie de comportamientos que estaban por fuera de la legalidad. El sistema legal es, a grosso modo, los lineamientos sobre los cuales se fijan las formas de actuar de una sociedad, pero son las condiciones de vida de los individuos las que en ocasiones lo llevan al desencanto del universo que transitan y a ubicarse por fuera de las convenciones sociales. La incertidumbre es quizá el punto de partida del desencanto, y en los años en que empieza a aparecer la denominada novela negra, los Estados Unidos atravesaba uno de los baches más profundos de su historia: la depresión económica,
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producto del derrumbamiento del sistema financiero y el desplome en picada de la bolsa de Nueva York, que produjo una caía en cadena del sistema financiero mundial y el deterioro de la banca. El resultado de esta crisis fue, entre muchos otros, el despido masivo de miles de hombres y mujeres de sus sitios de trabajo y un aumento sin precedentes de la delincuencia en las calles de las grandes urbes. A lo anterior, se le sumaría las olas migratorias que llegaban de Europa, especialmente de países como Irlanda, Italia e Inglaterra, en busca de mejores condiciones de vida. A estas migraciones, se sumarían igualmente las judías y las latinas. El mito del sueño americano, que tenía sus bases en la fortaleza de la economía estadounidense, se vino abajo como un castillo de naipes. En Las uvas de la ira, una novela de 1939, escrita por John Steinbeck, se hace un retrato de este momento trascendental en la vida norteamericana, y nos describen cómo los campesinos y productores agrícolas eran expulsados de sus tierras y obligados a emigrar porque no podían pagar los préstamos hechos a los bancos. La legendaria historia de Bonnie Parker y Clyde Barrow nos da quizá las claves para comprender las razones por las que esta pareja de ladrones, que protagonizó una de las historias de amor más recordadas del cine y la literatura, tuviera en su momento el gran respaldo de un sinnúmero de campesinos que habían sido víctimas del sistema legal financiero, razón que los llevó a salir del terruño y ganarse la vida pidiendo monedas en la calles de las metrópolis. Otros, ante el derrumbamiento de sus sueños, optaron por el suicidio. Los más temerarios, tomaron el rumbo de la ilegalidad y se convirtieron en seres despiadados, asesinos a sangre fría, contrabandistas de licores y de otras mercancías, que se enfrentaban a tiros en las calles con miembros de la policía, sometían a jueces y políticos y crearon un gran sistema de la ilegalidad que ha trascendido hasta hoy con el rótulo de mafia. Como era de esperarse, la literatura no podía estar al margen de los sucesos que dominaban el ámbito social. La gran América del norte, el gran imperio económico, había empezado a empobrecer, y la enorme tasa de corrupción política y judicial daba vida a una nueva clase de estadounidenses y a una figura relevante, surgida de los bajos fondos: el gánster, que sería retratado en novelas tan recordadas como El sueño eterno y La ventana siniestra, de Raymond Chandler, donde hace su aparición la legendaria figura del detective Phillip Marlowe, y Cosecha roja, de Dashiel Hammett. No obstante del tiempo transcurrido, la denominada novela negra sigue tan viva y activa como en la década de los veinte y treinta. La muestra de ello es la aparición en los Estados Unidos de una nueva generación de novelistas como Walter Mosley, James Ellroy y Michael Conelly, que le han dado brillo a un tipo de relato que fue considerado por algunos comentaristas literarios y escritores conocidos como narraciones menores. Fernando Savater, en este sentido, definía esta clase de novelas como “extrovertidas”, pues consideraba que su eje central era la acción por la acción, sin profundizar en los tópicos que le daban vida. Es decir, las consideraba relatos de colores vivos, brillantes, y ritmo acelerado, que se preocupaba más por la exhibición muscular, como un fisiculturista, que profundizar en el análisis de los hechos. Ernest Hemingway, sin embargo, un maestro de las letras universales y premio Nobel literatura, tomó muchos elementos técnicos de estas historias y los incorporó a las suyas, haciendo grandes aportes a través de relatos como Los asesinos, considerado por García Márquez como una de las mejores piezas narracionales escritas por el novelista norteamericano.

Dos
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Así como la llamada novela negra es producto de un momento histórico y de unas condiciones específicas, la novela rosa surge como paliativo de una realidad coaccionante. Guillermo Cabrera Infante consideraba poco claro el término novela rosa, y proponía a cambio la expresión romance para definir un tipo de relato que tenía como centro temático una relación amorosa con final feliz. Otros, le apostaron a la definición de novela romántica, que resultaba mucho menos claro que el anterior. Para investigadores como Norbert Elias, el concepto romántico está muy alejado de la definición escuelera que se le ha dado, y considera esta denominación confusa, vaga y arbitraria, ya que el ‘romanticismo’ no es una moda ni un estado de ánimo sino la posición de un grupo social frente al mundo. En términos clasificatorios, una novela como el Quijote de Cervantes sería considerada por Lukács un relato romántico, pues lo que se alcanza a ver es la ruptura del personaje con la realidad circundante. Para Elias, “una de las formas en las que tales sentimientos pueden expresarse es la proyección de los ideales propios en una imagen utópica de una vida mejor, más libre y natural en el pasado”, pues “la luz de una añoranza invivible, de un ideal inalcanzable, de un amor irrealizable, constituye el reflejo del conflicto”1 de todo romántico. Lo que alcanzamos a observar entonces en el Quijote es una posición del personaje mediada por un conflicto, un conflicto que nace en la usurpación axiológica de un momento histórico que no le pertenece, pero que él trae a su espacio, produciendo de esta manera una ruptura con los valores dominantes de ese espacio que transita. Lo anterior, ayuda al romántico a inclinar la balanza hacia un pasado libre de coacciones, idealizado y más puro. En palabras de Elias, esa mirada al pretérito busca un alivio de las necesidades de un presente que no se muestra acogedor, pues se proyecta oscuro y dificultoso, sin la posibilidad de un futuro sin tensiones que le permita una vida libre, un lugar diferente, una posición reivindicarte en la sociedad. La glorificación del personaje cervantino de los caballeros andantes, es la glorificación de una sociedad medieval libre de coacciones, donde no es necesaria la utilización de la máscara ni el control de las emociones, hechos fundamentales en los hombres que viven en una sociedad moderna. El hombre medieval, a diferencia del moderno, estaba regido sólo por sus necesidades básicas, ya que la vida rural se le mostraba libre, espontánea, sencilla y natural. En este sentido, la luz del pasado para el romántico es una luz bienhechora, glorificante como las estrellas para los navegantes. No hay controles que lo cohíban, ni reglas, más allá de la naturaleza, que exalten sus sentimientos. Visto desde los postulados de Elias, el Quijote es un relato romántico, pues no solo enaltece el pasado, sino que retoma elementos axiológicos del mismo y lo traslada a una realidad donde estos, al entrar en contacto con otros modelos axiológicos dominantes, son rechazados por la sencilla razón de que no encajan dentro de los modelos ya existentes. Es decir, en este tipo de relatos se advierte una magnificación de un pasado dorado que encarna los altos valores que en el presente se han hecho inalcanzables. En el relato cervantino, estos altos valores solo lo encarnan las figuras de personajes fabulosos como Amadís de Gaula y los pastores de las novelas bucólicas, donde los miembros de la alta nobleza sueñan, disfrazados de humildes campesinos, con una corte menos coaccionante, pero con el deseo profundo de no perder el estatus que el rey les ha asignado. Este tipo de novela, que se caracteriza por la actividad del héroe y por su conciencia excesivamente estrecha con respecto de la complejidad del mundo, es definida por
1

ELIAS, Norbert. (1996) La sociedad cortesana. México: Fondo de Cultura Económica, p.297.

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Lukács como la novela del “idealismo abstracto”, en la cual se inserta también Madame Bovary de Flaubert. Para René Girard, los hilos que enlazan el relato cervantino y el flaubertiano están mediados por lo que él ha llamado el deseo según el otro, uno de los males ontológicos que nace con la llegada de la modernidad. Este deseo, según el analista francés, puede ser externo o interno. Es decir, puede hacer parte del mundo en el que se desarrollan los hechos o estar por fuera de este. En ambos caso, el deseo sólo es posible gracias a la presencia de un mediador. En el caso del Quijote, ese mediador es externo, está por fuera del espacio del personaje cervantino. Es un ser fabuloso que emerge de las páginas de los libros que lee. Este deseo no existe en el Quijote. El deseo es provocado por Amadís de Gaula, quien habita un lugar creado por la imaginación del novelista que le dio vida. Tanto Emma Bovary como Quijano, sólo conciben el mundo a través de las heroínas y héroes con los que han atiborrado su imaginación. Ambos han escogido un modelo que, por sus cualidades excepcionales, han decidido imitar, incluso en sus detalles menos relevantes. Emma, quien ha pasado la mayor parte de su vida en el campo, odia ese espacio con todo su corazón. Odia a los hombres sucios y poco agraciados con los que se relaciona. Odie el estiércol de las vacas y cerdos. Odia el barro que se adhiere a las suelas de los zapatos después de la lluvia. En su cabeza flotan las imágenes de caballeros elegantes, de salones suntuosos, de damas refinadas, de duques y duquesas, de ambientes exquisitos --de imposibles acceso para ella-- que son el telón de fondo de las llamadas novelas rosa con las que ha alimentado su imaginación. Como odia el campo, por oposición ama a la ciudad. Ama sus parques, sus calles adoquinadas, sus centros de comercio, sus bibliotecas y su gente. Ama los perfumes que se fabrican en París. Ama los vestidos que se promocionan en las vitrinas de los almacenes y, por lo tanto, a los hombres que viven en la gran ciudad. Así como los románticos primigenios de los que habla Norbert Elias idealizan el campo sucio y maloliente, convirtiéndolo en un bosque de aromas frescos, Emma metamorfea la ciudad, eliminando en su mente toda la posible suciedad que le caracteriza, limando las asperezas que producen fricción, creando de esta manera un muro entre ella y la realidad poco atractiva que le circunda. La poca diferencia que Girard cree ver entre Emma Bovary y Alonso Quijano, es que el objeto del deseo del personaje flaubertiano está mucho más cercano a ella que el objetivo deseado del Quijote, pues Paris es accesible a Emma, es una ciudad a la cual podría ir y vivir en ella si las circunstancias se lo permitieran. La mediación externa del Quijote, por el contrario, no sólo está distanciada en el tiempo sino también por la razón de que es un ser fabuloso, inventado por un novelista del cual desconoce incluso su nombre. Lo anterior, no quiere decir que la mediación sea menos real y menos intensa en el Quijote que en Emma. Por el contrario, en la medida en que el objeto deseado se distancia del deseador, la pasión es mucho mayor. El Quijote, nos recuerda Girard, grita a voz en cuello el objeto de su deseo. No escatima alabanza ni oculta su pasión por Amadís, pues este es el modelo al que intenta llegar. Emma, por estar más cerca de su pasión, la oculta, y sólo aflora en los momentos de intimidad con sus amantes. En el fondo, todo deseador lleva consigo una pesada carga de resentimiento. Cree que la vida, la naturaleza o el azar lo despojaron de ese algo que debió ser suyo. De ahí la apasionada voluntad de exploración, de emular, porque considerada que con él o ella se cometió una injusticia. Emma, en su desesperada y febril búsqueda del objeto deseado, no reflexiona sobre sus hechos. Permanece obnubilada. Es como un drogadicto que sólo piensa en la droga. La hija se convierte entonces en un obstáculo, en una carga que dificulta su andar, al igual que el marido.
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Toda mediación, explica Girard, lleva consigo su dosis de celos y envidias. “Los celos y la envidia suponen una triple presencia del objeto, presencia del sujeto, presencia de aquel de quien se siente celos o del que se siente envidia. Así pues, ambos defectos, son triangulares: en cualquier caso, nunca percibimos un modelo en quien inspira los celos porque siempre adoptamos sobre estos el punto de vista del propio celosa”.2 En ocasiones, la búsqueda del objeto deseado lleva al sujeto deseador al abismo de su propia desilusión. Es en este momento cuando alcanza el grado más alto de lucidez. Advierte que su búsqueda es utópica, que el camino ha llegado a su fin y que la única salida posible es la muerte. Tanto en el Quijote, como en Madame Bovary, el momento último es el estallido de la lucidez, la toma de conciencia, que es, en término más claro, el final de la búsqueda obsesiva.

Tres
El maestro Fernando Charry Lara decía en alguna oportunidad que lo único que hoy sigue alimentado el ejercicio poético es el romanticismo. Si se miran estas palabras a través de las observaciones de Elias, podríamos llegar a la conclusión de que en ella subyace una verdad irrefutable. Pues para Elias, el “romanticismo” no se inserta en un periodo específico ni se puede encajonar como escuela, sino como una posición de un grupo ante mundo, que se puede dar, o haber dado, en cualquier momento de la historia de la humanidad. Lo que no hay que dudar es que ciertos productos culturales son necesariamente el resultado de un momento histórico y de una sociedad específica. Algunos ritmos musicales y danzas folclóricas como el blues o el mapalé, surgen precisamente de la añoranza, de la búsqueda interior de un espacio físico perdido, al que resulta imposible regresar. En la denominada ‘poesía negra’ del Caribe, lo se alcanza a escuchar son los sonidos repicantes del tambor. El tambor es en sí mismo un instrumento ancestral de comunicación espiritual, que hoy, cinco siglos después de que grandes grupos de negros fuesen sacados de sus tierras y traídos a la fuerza al continente americano, siguen escuchándose, siguen repicantes, ya no sólo con una implicación cultural, sino también política. Esas implicaciones, como lo indica la profesora Nicole Roberts de la Universidad de West Indies, de Trinidad y Tobago, ha sido un intento de resistencia, de descolonización ante la hegemonía conservadora sobre la cual gira la sociedad. No obstante de las manifestaciones de la cultura negra, evidentes en la música de tambor, en la poesía y la danza, el protagonismo del negro en las sociedades latinoamericana no ha sido tan relevante como si la ha sido la actividad del afrodescendiente en la vida política de los Estados Unidos. Si es cierto, por ejemplo, que en la poesía de Artel se alcanzan a observar visos de su posición política, también es cierto que esta se encuentra más centrada en las experiencias de sus ancestros y en la necesidad de no dejar morir una voz que reclama su espacio en el concierto de la vida colombiana actual. La historia de América Latina ha dedicado solo un pie de página a la rica historia de los negros de esta parte del continente. Y la literatura escrita por negros sigue siendo limitada y de poca difusión. De los libros escritos por Artel, sólo encontramos una compilación de poema editada por una universidad de Antioquia a principios de los noventa. De Manuel Zapata Olivella no se ha reeditado un libro suyo en una editorial grande desde hace casi diez años. De Obeso, ni se diga. La gran mayoría de estos textos
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GIRARD, René (1985). Mentira romántica y verdad novelesca. Barcelona: Anagrama, p. 18.

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como Cantos populares de mi tierra o Tambores en la noche, están destinados a los anaqueles de las bibliotecas particulares, y muy poco a las bibliotecas públicas, donde, en ocasiones, se encuentra una ejemplar de una edición remota. Para la profesora Nicole Roberts, las razones por las que en América Latina se presenta aún una subvaloración del negro, se debe en gran parte porque acá no se ha dado una organización afrodescendiente de la misma manera como se ha dado en los Estados Unidos. Pero esto, aclara, no indica que no haya una conciencia del fenómeno. La poca literatura escrita por negros en la América Hispana, se ha venido desarrollando casi de una manera sistemática en el Caribe, donde se han gestados corrientes literarias que han plasmado con mucho acierto los procesos históricos que se han desarrollado. En este sentido, comenta la profesora Graciela Maglia, directora de la maestría de Literatura de la Universidad Javeriana, se trata de un Caribe que define su región como el resultado de un proceso colonial, que ha sintetizado el tránsito de África hacia América. Es el resultado de ese encuentro de las culturas indígena, europea y esclavista, lo que ha definido su posición.

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Joaquín Robles Zabala es profesor de comunicación y literatura de la Universidad Tecnológica de Bolívar. Reside en Cartagena de Indias, Colombia. Ha obtenido varios premios nacionales en cuento y ensayo.

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Artículos
Es una gran ventaja para el hombre sabio no parecerlo. Séneca

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Un señor que miraba raro y bello

Por: Alejandro José López Cáceres alejolopz@hotmail.com

Sí, leer por encargo suele fatigar; por eso, quienes vivimos de hacerlo no tenemos por costumbre echarnos una, sino muchas canas al aire. Eso fue lo que me ocurrió con este libro. Andaba entre los anaqueles de una biblioteca pública buscando un mamotreto que debía reseñar y, justo cuando lo hallé, se me ocurrió mirar hacia el lado. Ahí estaba la pequeña golosina: “La casa inundada y otros cuentos”, de Felisberto Hernández -una selección de siete relatos propuesta por Cristina Peri Rossi, con dibujos de Glauco
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Capozzoli y prólogo de Julio Cortázar-. Entonces pensé: “primero el gusto y después el susto”, así que solté mi trabajo y agarré aquella edición de 1975. Lo de Felisberto (Montevideo, 1902-1964) es al mismo tiempo raro y bello; quiero decir, su manera de mirar el mundo. Quizá porque sus apreciaciones sobre la vida están regidas por algo muy cercano al desvarío y, no obstante, pleno de verdad. Al recorrer sus páginas, uno se percata de que en estos cuentos aparecen perfectamente fundidos lo cotidiano y lo insólito. Estamos ante una escritura que se regodea en la digresión y se recrea en la ironía. En primer término, los relatos siempre se pausan para acotar esas percepciones inusitadas -de gestos, vestuarios, acciones, objetos-; en segundo, dichas glosas derrumban cualquier asomo de solemnidad para instalarnos en el extrañamiento o en la risa. Nunca esperábamos que las cosas pudieran ser como las cuenta él. Bien lo dijo Italo Calvino en su momento: “Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie”. Entre su ingenioso expediente de recursos, hay auténticas ocurrencias. Como aquella de andar buscándole biografía a los objetos. En esa preciosa obra maestra titulada “El balcón”, el narrador se sienta a un comedor que está dispuesto y nos dice: “Estos seres de la vajilla tendrían que servir a toda clase de manos. Cualquiera de ellas echaría los alimentos en las caras lisas y brillosas de los platos; obligaría a las jarras a llenar y a volcar sus caderas; y a los cubiertos, a hundirse en la carne, a deshacerla y a llevar los pedazos a la boca. Por último, los seres de la vajilla eran bañados, secados y conducidos a sus pequeñas habitaciones.” Ahora bien, en la grata desfachatez lúdica de Felisberto, incluso la identidad es algo que está siempre al borde de diluirse o de huir; de manera que, entre los muchos seres extraños que pueblan su mundo, el propio cuerpo es uno más. Así le sucede al protagonista de “Lucrecia”: “No sé por qué pensé que aquel hombre era yo y que yo tenía que seguir en sus asuntos. Pero pronto me sentí caminar”. O al de “El acomodador”: “Me juré no mirar nunca más aquella cara mía y aquellos ojos de otro mundo. Eran de un color amarillo verdoso que brillaba como el triunfo de un enfermedad desconocida”. La mayoría de los cuentos que integran este volumen presenta una estructura similar. Quien cuenta la historia -por lo general un pianista itinerante, como lo fuera Felisberto durante buena parte de su vida- es invitado a una mansión, o casa, o convento. Allí este personaje es atendido con mucha hospitalidad mientras nos va relatando las cosas inauditas con que se topa y los dramas de sus anómalos anfitriones. Esto lo vemos en “La casa inundada”, “Nadie encendía las lámparas”, “El balcón”, “Lucrecia” y “Menos Julia”. En los otros dos cuentos que completan el ejemplar, “El acomodador” y “El cocodrilo”, se nos narran las inusitadas enfermedades que sufren sus respectivos protagonistas. El primero ha desarrollado la destreza de ver en la oscuridad a través de una rara luz que emana de sus ojos, y ahora no puede evitar entregarse a la “lujuria de ver”. Al otro, un concertista de piano devenido a golpes de fracaso en vendedor ambulante de medias femeninas, le sucede algo inexplicable: jugando con un niño, finge llorar -pronto este gesto se le convertirá en una infalible estrategia de ventas-; sin embargo, luego perderá todo control sobre el llanto y éste acabará convirtiéndose en su inexorable destino. Tan pronto como concluyo este exquisito libro, lo regreso a su estante. Me propongo retomar mi trabajo; pero, cuando cojo el volumen que debo reseñar, éste se me zafa de las manos y cae al suelo estrepitosamente. No puedo evitar pensarlo. Se tiró porque está molesto conmigo, por haberlo llamado “mamotreto” sin conocerlo siquiera. Y tiene razón. Lo recojo, lo acaricio con mi pañuelo y le presento excusas. Animismos aparte, esto es lo justo: el mundo se ve de otro modo después de leer a Felisberto. ----------------------------------------------Revista Literaria Remolinos # 43 Abril - Mayo de 2010

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HERNÁNDEZ, Felisberto. “La casa inundada y otros cuentos”. Editorial Lumen. Barcelona, 1975. 147 páginas.

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Alejandro José López Cáceres. Escritor y realizador audiovisual colombiano, nacido en Tuluá, en 1969. Ha publicado un libro de crónicas: Tierra posible (1999), otro de ensayos: Entre la pluma y la pantalla: reflexiones sobre literatura, cine y periodismo (2003), otro de cuentos: Dalí violeta (2005), y uno más de entrevistas y crónicas: Al pie de la letra (2007). Ha sido finalista en diversos certámenes literarios a nivel nacional e internacional. Entre los años 2004 y 2008 dirigió, en la ciudad de Cali, la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Actualmente reside en Madrid. Página WEB: www.alejandrojoselopez.com

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Valores y contravalores en la literatura

Por: Nicolás Hidrogo Navarro hacedor1968@yahoo.es

La relación entre literatura y educación, profesor y escritor, texto literario y valores, con los autores que no se encuentran beneficiados en la selección oficial de autores leídos en la programación oficial, siempre ha sido tiranuela y contraproducente. Una manera de tirar el tablero del inconformismo y de la repulsa a la exclusión, es ser cada vez “más maldito” y generar una corriente de antivalores, disoluta o contracultural (llevar una vida perdularia de excesos, exhibicionismo alcohólico, vicios y escándalos callejeros, macular la imagen cuando más maldita mejor, remar contra la corriente, “hacer lo que se venga en gana”, prostituir los antivalores, apologetizar todo lo obsceno, chabano, procaz, lúbrico e ignominiar el espíritu y la naturaleza del escritor como sinónimo de rebeldía autodestructora, perdición y ahorcamiento mental y espiritual.
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A) Aspecto pedagógico: Literatura y educación
Pedagógicamente, todos los que hemos tenido la oportunidad de pasar las cuatro etapas de la formación educativa, desde escuela hasta el postgrado, al leer y conceptuar la actividad lectora nos hemos formado con la idea que la literatura sirve para edificar el espíritu humano a través de los paradigmas axiológicos, ensanchar el universo verbal a través del torrente lingüístico y sintáctico de los escritores y regocijarnos con la estética de la palabra bellamente trabajada, para diferenciarla del lenguaje subestándar o coloquial que utilizamos diariamente. Esto tiene su correlato mismo en la selección apropiada de los autores oficializados que se incorporan como lecturas ad doc porque cumplen ciertos requisitos: a) Autores cuyo discurso literario lleve mensajes relevantes y edificantes para el niño, el joven o adulto y que construyan en su mente e imaginario inconsciente personal y colectivo, a través de la estética, una cosmovisión optimista del mundo a pesar de sus adversidades. b) Obras cuyo contenido temático refleje la visión de la realidad y la fantasía recreada del universo y sociedad globalizada, para extraer lecciones educativas, moralejas, mensajes y enseñanza que hagan reflexionar, analizar e interpretar al estudiante sobre su realidad existencial en búsqueda de una lectura metacognitiva para transformar el mundo y recrearlo mejor. c) La intencionalidad estética del autor permita construir modelos de comunicación metalingüística, influencia de estilo y generar empatías y emulaciones hacia los alumnos para animarlo no sólo al disfrute y valoración de la lectura y el autor, sino a la producción de sus propios textos literarios y científicos. Este aparente direccionamiento impositivo de obras y autores literarios, puede resultar arbitrario, cuando mayoritariamente los autores que están en la programación en un 92% ya no están vivos y en el grueso de la caballería de escritores y poetas vivos sólo un 3% represente esta inmensa totalidad de los autores que se han denominado al margen de la oficialidad de lectores del sistema educativo. Que tiene importancia, esto claro. El peruano sólo lee mientras es estudiante y todo ello de manera condicionada por una nota o aprobación de una asignatura. Así que la utopía de dejar al alumnos al libre albedrío de dejémosle leer lo quiera y cuando pueda, funcionalmente no es una opción en una idiosincrasia remolona, díscola y del menor esfuerzo. En una sociedad como la nuestra funciona en el sistema educativo escolar “una dictadura de la lectura”, lo cual no suena muy bien democráticamente. De la misma manera que una familia tiene que ponerse firme con sus hijos para imponerle una educación bien aprovechada enviándolas a la escuela cada mañana, pues si fuera opcional nuestros chicos y chicas no asistirían voluntariamente a cargarse de responsabilidades y aprender con esfuerzo y dedicación.
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En el currículo formativo de educación secundaria y superior, el menú literario no sobrepasa los 82 autores entre mundiales (41%), hispanoamericanos (26%) , peruanos (29%) y regionales (4%). Esto puede constituir una injusticia contra muchos buenos autores que cumplen los requisitos arriba señalados, por ello es importante que las propuestas de los autores nazcan no solo de la sociedad de escritores, sino también de lectores. Tengo la profunda sospecha que en el Perú hay más libros que lectores. Que de haber una moratoria de diez años de no edición de más textos, estos todavía no se terminarían de leerse aún si se empieza a hacerlo desde esta noche y cada cinco horas de lectura promedio. Se estila el cliché que la obra es el reflejo del autor y el autor es reflejo de su época. En parte es mitad verdad y mitad construcción ideal sobre el autor que lleva una vida de ficción en su voz poética y otra en su yo mundano. Esta incorrespondencia ha devenido en varios cuestionamientos de la vida misma nada ejemplar de los autores que se condicen y contraponen a su texto poético. En educación esto sí importa, porque a través de la literatura no sólo se debe aprender a leer y a escribir, valorar y juzgar una obra, sino fundamentalmente educar el espíritu y humanizar al hombre. Porque en educación hay una premisa fundamental: se educa con el ejemplo.

B) Aspecto creador: Creador e incorrespondencia obra y vida

La crisis social, educativa también ha afecta a la cultura literaria. El paradigma de los noveles escritores –y parte de escritores noventeros- no es parecerse a un portentoso escritor como Lope de Vega único espécimen en su género, un Voltaire polígrafo asombroso, un inconforme Malebranche en la refundición de su texto, un poderoso Honorato de Balzac en su febril fecundidad novelística, un virtuoso del verso en Garcilaso de la Vega el español, un erudito Juan Pico de la Mirandola, un afiebrado loco productor de novelas como Emilio Salgari, un Gustave Flaubert prodigioso, un apasionado de la intriga como Henry Miller, un William Faulkner potente en sus descripciones, un Walt Whitman universal y descollante en sus metáforas, un ingenioso sin igual del hipérbaton como Luis de Góngora y Argote, un Thomas Stein Eliot cerebral, etc. Prefieren idealizar y emular (en sus aspectos sórdidos, en los renglones torcidos y defectuosos muchos, no en el literario) a un degenerado total como Charles Bukowski, un antisocial J.D. Salinger, un pobre y triste Edgard Allan Poe, un experimentalista del fracaso comercial como Jean Arthur Rimbaud, un prostibulario como Charles Baudelaire, etc. Todos ellos con innegables dotes y genialidad literaria, pero de vida para pasar al olvido y a la elipsis en el campo educativo y formativo. Todos ellos son los héroes de varios de nuestros escritores actuales. No sólo quieren emularlos y parecerse, sino que quieren vivir y morir así: alcohólicos, sifilíticos, abandonados, suicidas, orates, atropellados toreando combis, etc. ¿Si este es el ideal y paradigma de nuestros noveles escritores, que podemos esperar de su producto, actitud ante la vida y sociedad, emulando a antihéroes, qué podemos esperar de sus mensajes
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subliminales y sus paradigmas argumentales? Sólo perdición, suicidio, homicidio, paranoia, bakkake literario, esquizofrenia, rebeldía atronadora, demencia apocalíptica, depresión y suicidio colectivo. Si no, haga Ud. Un recuento de las denominaciones de los círculos o grupos literarios de los últimos veinte años, más parecen nombre de pandillas delincuenciales, de yacuzas, de lumpen de presidio, de pirañitas de barrio malogrado. Si el sistema social, político me agrede, me discrimina, me ningunea, ¿yo debo para defenderme de todo esto agarrar una chaveta y chuzarme desde los pelos, pasando por la cara, la lengua, la epiglotis, el abdomen, el pene, las piernas y las pezuñas escribiéndome la palabra “malditazo”, debo cañonearme con veinte tiros de marihuana, una cisterna de alcohol para protegerme todos los días en señal de protesta? Ese tipo de literatura y seres descarriados en el sistema educativo no entra jamás.

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Nicolás Hidrogo Navarro. Escritor. Docente. Promotor Cultural.

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Sobre El Árbol de los libres a propósito de la situación actual de Chile

Por: Daniel Rojas Pachas carrollera@hotmail.com “Los anillos de una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera”. Gilles Deleuze El árbol de los libres “Poetas de la generación NN de Chile” es una antología publicada en México por Arlequín Ediciones el año 2008. La selección estuvo a cargo de Fabián Muñoz y el prólogo del libro lo realizó el poeta nacional Eduardo Llanos. La obra llegó a mis manos en Serena en agosto del año pasado gracias a uno de los antologados. El poeta y gestor cultural Arturo Volantines me obsequió el texto durante la ceremonia de premiación del concurso de poesía y ensayo “Lagar” del cual fui jurado

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junto a otra poeta que forma parte del libro con su simbólico poema “Bandera de Chile”. Me refiero a Elvira Hernández. Desde entonces he querido escribir algo sobre esta antología. Algo más que una simple reseña y enumeración de los autores que participan de ella. No me parece justo sólo loar el criterio de Fabián Muñoz y la poesía de los congregados. Ello me parece poca cosa ante un trabajo valiente y de calidad pues como dice Llanos en el prólogo: “el antólogo bien pudo ahorrarse este trabajo, por el cual Chile no ofrece más pago que las enemistades y el resentimiento, pero asumió el desafío, y eso merece nuestra gratitud” El libro además ofrece en su actualización una gama de sensaciones que se avivan si pensamos en la tragedia que Chile atraviesa. Un devastador terremoto, crisis natural y social con ribetes políticos y económicos que no vamos a anteponer a lo humano pero que quien redacta no puede ignorar al pensar su artículo pues fue también un momento álgido y de crisis el que toco afrontar a las múltiples voces que componen El árbol de los libres. Voces que dialogan con nosotros en su esfuerzo por surcar el oscuro bosque de la represión y censura dictatorial. Muchos de ellos formaron además parte de la llamada neovanguardia y sin duda en su conjunto dan forma al cuerpo extenso y variopinto de la generación de los ochenta con todas sus líneas de percepción de la realidad y formas de comunicar desde lo apocalíptico religioso pasando por lo testimonial, etnocultural y la poesía de las minorías sexuales. De todos modos obviando el tema taxonómico recalco el espíritu de diálogo que El árbol de los libres provee, gestando charlas inagotables con voces que ya conocía y admiraba por su quehacer: Elvira Hernández, Verónica Zondek, Teresa Calderón, Tomás Harris, Diego Maqueira, Rodrigo Lira, Javier Campos, Gonzalo Millán, Elicura Chihuailaf, Pedro Lemebel, Roberto Bolaño entre otros que con sus relatos en prosa y verso permiten rememorar fragmentos y construir pasajes de lecturas y lugares que en un continuo devenir van dando forma, ritmo y color a la realidad. Asimismo el libro no termina en los límites del papel y su índice pues el entramado al cual da vida permite abordar otros textos y autores no presentes e igual de entrañables que los mentados como Carmen Berenguer y Eugenia Brito y al mismo tiempo descubre percepciones poéticas que al menos para mí, eran desconocidas hasta el momento. Me refiero a poetas presentes en la edición como Natasha Valdés y Galvarino Santibáñez. Esta apreciación se suma a lo que Eduardo Llanos dice en el prólogo luego de hacer una lista cronológica y geográfica de los autores de su generación: “Tanta convergencia cronológica contrasta con la divergencia de los estilos y los temas, pero marca un contexto histórico común. Debimos asistir a grandes cambios, a veces como espectadores impotentes y otras veces como participantes críticos y activos. Durante los años de terror dictatorial por ejemplo, resultaba notorio que entre nosotros predominaban las posiciones de izquierda, y hasta quienes estaban lejos de la izquierda mostraban también rebeldía anárquica o al menos independencia con respecto de los poderes fácticos –o más bien putrefácticos- que controlaban tras bambalinas la escena nacional”. Esta visión de Llanos nos habla de los autores de la selección como hijos de su época, inmersos en un estado de terror ideado y puesto en práctica a la manera de los sistemas disciplinarios que Foucault detalla a lo largo de su obra y que Deleuze explica del siguiente modo: “Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX;
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estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del XX, y proceden a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo no deja de pasar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela (“acá ya no estás en tu casa”), después el cuartel (“acá ya no estás en la escuela”), después la fábrica, de tanto en tanto el hospital, y eventualmente la prisión, que es el lugar de encierro por excelencia. Es la prisión la que sirve de modelo analógico” En tal medida, desde diversos ángulos y con variados estilos los autores presentes en “El árbol de los libres” se preocuparon y más bien podríamos decir se arriesgaron a combatir el silencio haciendo una radiografía de Chile y su devenir sin concesiones y derroches gratuitos de heroísmo. Llanos al respecto agrega: “No pretendíamos ser <<la voz de los sin voz>> (…) “Sentíamos con dolor y también dolores propios” Esto va en concordancia con lo que Foucault demuestra al abordar las herramientas que el sistema disciplinario tiene a la hora de Vigilar y Castigar. La disciplina de ese entonces en Chile impactó a muchos, Llanos agrega: “varios sufrieron la prisión política (Zurita, Bolaño, Riedemann, Redolés, Montealegre, España). Además, el exilio, la dispersión geográfica y la atmósfera de terror impidieron que nuestra hornada cultivara los vínculos y esas amistades tan naturales en otras generaciones” Afirmaciones como esta junto a otras citas tomadas del prólogo de Eduardo Llanos, conforman la materia que sin duda me motivó a escribir sobre “El árbol de los libres” y continuar la redacción del artículo entroncando la catástrofe que enfrenta el país y cómo esta se puede entender desde una lógica diversa a la que tuvo el Chile previo al llamado retorno a la democracia. Me gustaría referirme a la situación del centro-sur de Chile. Ciudades devastadas con serios problemas de abastecimiento en recursos básicos (luz, agua y alimentos), sumidas en toques de queda, bajo saqueos y con una marcada incomunicación. Mucho se ha dicho además de la negligencia de organismos de gobierno como la Onemi, la prepotencia de ciertas autoridades o el silencio de otras al abordar lo que denominaron de modo reduccionista una cacería de brujas cuando se buscaba hablar de responsabilidades en cuanto a la caída de caminos y edificios relativamente nuevos o la demora o simple ineptitud en la reacción de alerta, eso sin obviar lo que algunos medios festinaron en un comienzo aminorando la envergadura de la situación con una clara mirada centralista y desde el Sheraton en Viña para luego hacer un mea culpa que mostró el verdadero rostro del horror en las poblaciones más alejadas de la mirada del Luminoso (A la manera del cartel en Lumpérica de Diamela Eltit) Desde luego que este estado de catástrofe nace bajo causas diversas a las de ese Chile que le tocó vivir a los autores del árbol de los libres pues hoy enfrentamos un desastre natural aunque paradójicamente y quizá por una broma macabra del destino, ocurre semanas previas a que un nuevo gobierno de derecha asuma el poder en Chile. La pregunta de rigor entonces es ¿Cómo perciben lo acontecido los poetas de la generación NN? ¿Qué pensar ahora de la imagen de reloj suizo que Chile promueve ante sus pares de Latinoamérica? y en esa medida no es menor el siguiente cuestionamiento: Cómo perciben lo acaecido los jóvenes poetas de hoy, los pensadores, ensayistas, críticos y artistas que transitan bajo los treinta y que en línea general han crecido en un Chile ambiguo, ya no de polos marcados al estilo guerra fría con hombres
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grises detrás, sino un Chile de máscaras y apariencias, de socialismo neoliberal o lo que algunos llaman dictadura blanda pero que otros defiende a ultranza como la ruta del éxito y del consabido progreso con cambios invocados en slogans con trademark incluido. Esos hijos también de su época, ya no responden a la disciplina como podemos verlo en los colegios del Chile actual. Deleuze dice al respecto: “Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un “interior” en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias”. El panorama de Chile nunca pudo estar más claro, reforma penal, carcelaria, educativa, de transporte y salud y a la par podemos ver los resultados funestos en todos esos ámbitos; niños que se intercambian por error en los hospitales, mujeres dando a luz en baños, cárceles hacinadas y colegios sin mobiliario o contaminados con plomo como ocurre en Arica. Sociológica y tecnológica-mente no estamos preparados. Nos decimos de primer mundo, antes éramos los jaguares ahora estamos en listas rimbombantes empero ¿Cómo respondemos ante una crisis interna? Eso dice mucho más que una cifra o top ten. ¿Cómo enfrentamos un terremoto?, no sólo de la magnitud abismal del que tenemos encima, sino ¿Cómo enfrentamos el que ocurrió no hace tanto en el norte y qué aprendimos de él?… No mucho al parecer… Bueno esta crisis da como resultado a una nueva generación o un nuevo tipo de Chileno por decirlo de alguna manera. Vástagos de las sociedades que Deleuze llamó de control. “Esto se ve bien en la cuestión de los salarios: la fábrica era un cuerpo que llevaba a sus fuerzas interiores a un punto de equilibrio: lo más alto posible para la producción, lo más bajo posible para los salarios; pero, en una sociedad de control, la empresa ha reemplazado a la fábrica, y la empresa es un alma, un gas. Sin duda la fábrica ya conocía el sistema de primas, pero la empresa se esfuerza más profundamente por imponer una modulación de cada salario, en estados de perpetua metastabilidad que pasan por desafíos, concursos y coloquios extremadamente cómicos. Si los juegos televisados más idiotas tienen tanto éxito es porque expresan adecuadamente la situación de empresa. La fábrica constituía a los individuos en cuerpos, por la doble ventaja del patrón que vigilaba a cada elemento en la masa, y de los sindicatos que movilizaban una masa de resistencia; pero la empresa no cesa de introducir una rivalidad inexplicable como sana emulación, excelente motivación que opone a los individuos entre ellos y atraviesa a cada uno, dividiéndolo en sí mismo”. La sociedad que estamos viviendo es un escandaloso reality en el cual nos vamos eliminando por popularidad y convivencia. Por esa viabilidad que prefiere negar o permitir accesos delegando la responsabilidad a los propios usuarios en lugar de desterrar o someter a palos y con la cacha del fusil a sus gobernados. Por un tema de relaciones públicas es mejor vender una imagen políticamente correcta hacia fuera pues vale la pena ocupar el arma del momento, el canibalismo empresarial de grandes redes y
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abismantes espacios de intercambio que exigen ser operativo a la altura del software del momento. Esta mirada pensando lo que los autores del árbol de los libres tuvieron que enfrentar en su juventud y lo que nos toca a los que estamos pensando y escribiendo en este momento, me hace reflexionar la catástrofe nacional más allá de lo inmediato y situarla sin chauvinismos desde el norte extremo de Chile. Lugar en que habito y desde el cual desarrollo mi literatura. Acá el panorama es también particular y no menos ambiguo. Arica frontera entrañable y heroica dirán los partidarios de la disciplina de antaño, rememorando aquella cuna de regimientos y bastión de la soberanía en cambio otros, podemos pensar en una Arica post-guerra del pacífico y desterritorializar la discusión. Sobre todo si nos detenemos ante la reacción de Bolivia frente a la tragedia que vive hoy Chile. Por años los medios con su morbo usual han insistido en mostrar a los bolivianos como un pueblo que a regañadientes espera ver al país por los suelos para lanzar la estocada de gracia. Hacer leña del árbol caído, dirán algunos. Pero la realidad ha contradicho al mito pues ante la falta de agua potable en las zonas afectadas, los bolivianos donaron toneladas del preciado líquido que siempre ha sido el tema de escisión entre los dos países. Una especie de metáfora iluminadora al igual que el gesto del presidente y gabinete de ese país al donar parte sustancial de sus sueldos para los damnificados. Algunos dirán que es una especie de manipulación sentimental otros que es la frugalidad más sincera y humana la que motiva estos actos, cada cual puede tener su punto de vista y argumentar libremente. Nosotros en cambio viviendo en este norte que crece junto a Perú y Bolivia, creo y quizá es sólo mi parecer, no podemos cuestionar el proceder de Bolivia sin hacer un alto y pensar en los repetidos festivales y carnavales con la fuerza del sol (incluido Américo) que muestran la interculturalidad bullente. Además la economía turística y el comercio, principales sustentos de la región, dependen del cruce e intercambio, de la simbiosis entre las provincias que se encuentran ya no como antes dividas por un soldado y minas antipersonales sino por la posibilidad de ser un inmigrante viable ante los ojos del canon social y económico. Como dice Deleuze: “No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal”. Bueno para no irme por las ramas del árbol quiero recalcar y sintetizar este inestable equilibrio o contradictorio estado que siempre se ha vivido en Chile, usando a días del desastre en el país, otras palabras expuestas por Llanos en su prólogo: “<<Loca geografía>>: país largo, angosto y montañoso como ninguno, con enorme diversidad de paisajes y de climas (desde el desierto más seco del mundo hasta los hielos “eternos” de la antártica), con gran frecuencia e intensidad de sismos y un número de volcanes que ningún otro país supera (aquí se encuentra 15 por ciento de los volcanes del planeta) (…) Durante tres años concitamos la atención internacional por el triunfo electoral de Salvador Allende, primer socialista en el mundo elegido democráticamente para el cargo de presidente de un país; sin embargo, a partir del derrocamiento de
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Allende, Pinochet se convirtió en el arquetipo del dictador latinoamericano. (…) Ninguna otra nación de la Tierra aplicó con tanta ortodoxia el modelo neoliberal, y ninguna otra ha acumulado en el último decenio más desigualdad en la redistribución del ingreso. Por si fuera poco, en el año 2000 un miembro del Opus Dei estuvo a punto de ser elegido presidente del país, lo que habría constituido otra plusmarca mundial”. En el texto citado Llanos casi profético más bien lúcido expone toda una serie de imágenes que pintan por entero el cuerpo de una Chilenidad que se debate entre el morbo sensacionalista y la solidaridad, el oportunismo y la fraternidad desinteresada. La intención de mi artículo de cualquier modo no ha sido la de politizar la situación pero ante todo lo ocurrido, las tragedias de antaño y la reciente, las provocadas por la lucha de poder en los setenta y las que demuestran el poder real de la naturaleza y la inmediatez del hombre y sus devaneos y desde luego pensando en lo que vendrá durante los siguientes días y por delante, queda pensar en lo que dice Deleuze: “El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villas-miseria y guetos. (…) ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas formas futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes reclaman extrañamente ser “motivados”, piden más cursos, más formación permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se los usa, como sus mayores descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera”. Entonces insisto, qué harán los escritores, pensadores y los artistas de una nueva hornada en Chile, pues los que están presentes en la antología “El árbol de los libres”, combatieron, cantaron, relataron, testimoniaron y también cuando fue necesario se evadieron para volver a arremeter contra una realidad adversa y disciplinaria, pero hoy nos toca otro mundo, otra situación y en este momento, otro Chile que en esencia no dista del anterior, no en la superficie quizá, pero si en los mecanismos que nos coartan al tiempo que nos dan alas… Los medios de masa nos bombardean pero también podemos usarlos para responder y hermanar. Facebook y Twitter fueron de mayor utilidad que el roñoso fax de la Onemi. Creo que la respuesta esta en otro texto de Eduardo Llanos. Me refiero al escrito titulado “Aclaración preliminar” también presente en “El árbol de los libres”. Este texto en su visceralidad y capacidad de crítica siempre me ha parecido de gran vuelo. Dice así: (…) Pero si ser poeta significa sudar y defecar como todos los mortales, contradecirse y remorderse, debatirse entre el cielo y la tierra, escuchar no tanto a los demás poetas como a los transeúntes anónimos, no tanto a los lingüistas cuanto a los analfabetos de precioso corazón; si ser poeta significa enterarse de que un Juan violó a su madre y a su propio hijo y que luego lloró terriblemente sobre el Evangelio de San Juan, su remoto tocayo, entonces, bueno, podría ser poeta y agregar algún suspiro a esta neblina.
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Todo lo dicho en relación con el libro “El árbol de los libres”, con el perdón de la digresión personal sobre la coyuntura, forma a mi parecer parte del diálogo incesante que el trabajo de Fabián Muñoz promueve a través de su selección sobre todo si consideramos que el antólogo Mexicano confiesa al inicio del libro que este proyecto nació después de un paseo por las playas de Con Con al enterarse en su departamento en que cumplía la residencia artística, por medio de la prensa televisiva, del deceso de Pinochet. Esta suma de fenómenos y efectos concatenados lleva a reflexionar sobre nuestra vía para procurar ser libres. Ella no reposa en la superficie del árbol, superficie que por lo demás ha mostrado muchas veces ser acartonada y manipulable en Chile, sino que al contrario subyace bajo esa tierra que se mueve con mucha vitalidad para nuestro disgusto. Busquemos entonces en la raíz o el rizoma que las generaciones anteriores atisbaron, esnifaron y sobre la cual poetizaron en sus relatos, algunos incluso llegaron a perderse en ella por eso la generación actual quizá debe también perderse en ese tránsito sin centros para encontrar nuevas salidas y entradas, nuevos puntos de fuga por entre las ruinas y fragmentos que permitan una alternativa de libertad y no una verdad que se maquilla como el rostro univoco de la felicidad, arco iris procesado y empaquetado para el bien del logo de campaña y la sonrisa en cadena.
Marzo del 2010

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Daniel Rojas Pachas, (Lima-1983) escritor y Profesor de Literatura egresado de la Universidad de Tarapacá, reside en Arica-Chile donde ejerce la docencia universitaria y cursa el magíster en Ciencias de la comunicación en su casa de estudios. Dirige el Colectivo y taller Literario Clepsidra, es Miembro fundador del Grupo literario MAL y actualmente edita la Revista Literaria virtual y editora Cinosargo. www.cinosargo.cl.kz Ha publicado los poemarios Música Histórica y Delusión en el 2006 y 2007 (autoedición) y Gramma en el 2009 con Editorial Cinosargo, en investigación ha publicado Realidades Dialogantes, un análisis pragmático de cinco novelas Latinoamericanas Generacionales, por el cual fue beneficiado el 2008, con el fondo nacional de fomento del libro que otorga el consejo nacional de la Cultura y las Artes de Chile. Actualmente su publicaciones aparecen periódicamente en revistas literarias nacionales e internacionales, en la Linterna de Papel del Mercurio de Antofagasta y ha sido seleccionado para formar parte de la Antología de poesía 2009 para autores peruanos, ediciones Jaguar de México. Más información en su weblog Personal: http://www.danielrojaspachas.blogspot.com

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Entrevistas
Con frecuencia bajo un traje sucio se esconde una gran sabiduría. Marco Tulio Cicerón

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Entrevista a Miguel Canta Sifuentes

-¿Desde cuándo comenzó a escribir? -Desde que estaba en el colegio. En primaria comenzaron los primeros esbozos, composiciones de cualquier tipo para ya paralelamente con la secundaria para delante ir reconociendo y dando más forma a este particular ejercicio de impresiones escritas. -¿Qué es para usted la Poesía? -La poesía asumo que es una manera de expresarse, una especie de magia resplandeciente, lenguaje asimilado o por asimilar pero sobre todo considero que es una búsqueda constante de algo que sospechamos que existe, que hay, que puede ser. Creación. -Cuéntenos sobre su vida, sus obras, sus proyectos, su actividad literaria. -Bueno sobre mi no tengo mucho que decir. Para tal ocasión es más pertinente y preciso hablar sobre mi producción en la cual en buena medida me retrato: “MONARCA”. Que es un conjunto de apuntes influenciados por el Blues. Hasta el momento casi en su totalidad inéditos y que dicen sobre mi y sobre la mundanal manera que tengo de ver por donde paso, pienso y repaso. Sobre árboles, edificios, escaleras, malecones, cines, plazas, ómnibus, calles y todos esos lugares a los que siempre regreso.

-¿Cómo define su poesía?
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-No tengo mucha conciencia de eso. Más bien diría que no es una definición sino un pasar. Como lo podrían ser muchas otras cosas o lugares o lecturas por donde transitas y te deja una impresión. -¿Cree qué el escritor es un ser obsesivo? Podría ser. -¿Cómo ve la nueva poesía de estos últimos tiempos? No estoy muy enterado al respecto de la poesía en estos últimos tiempos. Noticias de poetas tengo a partir de mi propia incursión en el ámbito de las letras con otros contemporáneos a mí. Mayoritariamente son nacionales. No veo mucha novedad en la forma, estética del género, en la cual yo también me incluyo, pero definitivamente hay poetas que destacan. Además la poesía peruana en general es de alto nivel. -¿Es necesario que el escritor sea un hombre comprometido? -Un poco difícil la pregunta. No lo se. Pero te puedo decir que a veces es lo único que queda. Y es más que fiel. Por que la encuentras. Y cuando lo haces se siente tan bien. Que siempre vas a querer regresar a ella. -¿Cuál es el fin de su poética? -Ninguno. -¿Cuáles son los autores que influyen en su obra? -Mis textos están bastante influenciados por el blues. Más precisamente por el jazz de: Coltrane, Billie Holiday, Charlie Parker, Lester Young, Miles Davis, Sonny Rollins, Chat Baker y todos esos maravillosos asesinos que surgieron aproximadamente entre el ‘45 y mediados del ’70. -¿Qué libro nos recomendaría leer? -Si hay algo que me gustaría seria leer más. Pero puedo recomendar algo, libros que siempre tengo al alcance. La poesía de Martin Adan, Cesar Calvo, Cesar Moro, Juan Gonzalo Rose, Eielson, William Blake, Jorge Manrique, Ernest Hemingway, la obra de Julio Ramon Ribeyro… increíble, te deja sin palabra. -¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a través de los años? -Definitivamente ha ido tomando forma en el sentido del estilo y justamente como lo venia diciendo influenciado por el jazz y todo lo que implica ese sentimiento muchas veces desasido y melancólico y en otras agresivo e impredecible. -¿Qué hace antes de escribir? -Que hago antes de escribir? Casi siempre esta antecedido por algún trago. -¿Cómo ve usted hoy por hoy la industria editorial? ¿Como autor qué soluciones le daría a este problema? -La industria editorial hoy por hoy me tiene sin cuidado. -¿Cree en los concursos o certámenes literarios?
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-No. -¿Qué opina de las nuevas formas de difusión literaria por Internet como revistas literarias, blogs, páginas sobre literatura? -Bueno los medios están y todo indica que son de fácil acceso basta con crearse una cuenta. Y como tal hay de todo para todos los gustos y necesidades lo cual puede resultar una ventaja para el consumidor que al fin y al cabo es el que elige. -Por último: ¿Desea agregar algo más? -Sí... Nunca es suficiente. Saludos.

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Miguel Canta Sifuentes. Un día se reunieron ciertas palabras para hablar entorno a Miguel Canta y lo encontraron triste y asustado por que no tenía la respuesta. Contacto: mgabi7@ciudad.com.ar

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Entrevista a Carlos Rubio Albet

-¿Desde cuándo comenzó a escribir? ¿Por qué? -Desde muy joven me interesé en la literatura. Mi madre escribía poesía y a mi casa acudían con frecuencia otros escritores para leer de sus nuevos textos o simplemente organizar tertulias literarias. Ése fue el ambiente en que crecí. Supongo que era inevitable que yo también siguiera ese camino. -¿Qué es para usted ser escritor? -En realidad es lo que me define como persona, lo que le otorga dimensión a todos mis actos. De la larga lista de oficios que he desempeñado en mi vida (desde albañil a docente universitario), ser escritor es el que más satisfacción me ha traído. Si no pudiera ser escritor, sería músico de jazz. -Cuéntenos sobre su vida, sus obras, sus proyectos, su actividad literaria. -Mi vida podría ser una novela, hasta ahora inconclusa, pero siempre interesante. Abandoné Cuba, mi país natal, antes de terminar el bachillerato, así que ninguno de mis planes de adolescente se llevó a cabo. Sin transición ni el apoyo de mi familia tuve que
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irme adaptando a la realidad que me tocó vivir; esto no lo digo como queja, sino como un hecho. Sin embargo, yo he tenido la gran fortuna que a través de los años siempre me he encontrado con mucha gente dispuesta a ayudarme. Muchos dirían que es la mano de Dios que me ha abierto el camino. Mi obra literaria tiene dos vertientes, una en español y la otra en inglés, ya que he cursado mis estudios en los Estados Unidos. En realidad mis libros reflejan esa dualidad, esa dicotomía innegable que a veces me sorprende a mí mismo. Los libros que escribo en español tienen que ver con el mundo y personajes casi siempre latinoamericanos. Los que escribo en inglés no tienen puntos de contacto con ese mundo, sino con la vida en los Estados Unidos. Aunque parezca paradójico, ambas vertientes me reflejan de una manera fidedigna. Actualmente trabajo en una nueva novela titulada Forgotten Objects (Objetos olvidados), la cual me ocupa desde el año 2006. Espero poder terminarla este año. -¿Cómo define el estilo de su narrativa? -¿En inglés o en español? Los dos escritores tienen estilos bastante diferentes. Mi obra en español se podría calificar de neobarroca; la estructura de las frases es compleja y el vocabulario es poco común. En inglés mi estilo es más accesible, con más diálogo y menos pasajes puramente descriptivos. -¿Cómo ve la Narrativa de estos últimos años? -Supongo que se refiere a la narrativa en nuestro idioma. Hay una nueva generación de escritores que está aportando puntos de vista muy interantes sobre lo que es la literatura. Siempre son los jóvenes los que nos sorprenden con sus nuevas técnicas y enfoques. Podría mencionar algunos nombres, pero son demasiado numerosos y no quiero olvidar a nadie. -¿Qué autores influyen en su obra? -Es mi opinión que las influencias se adquieren a principios de una carrera literaria; es cuando más se lee y uno está en ese período de formación, tratando de encontrar una voz propia. En español tendría que mencionar a Alejo Carpentier y a José Lezama Lima. Y, por supuesto, a Borges, pues él ha influenciado a todo el mundo, de una forma o de otra. Yo tuve la gran fortuna y privilegio de conocerlo en persona, y lo que más me impresionó de él fue su humildad y accesibilidad. En inglés me gusta mucho la obra de Aldous Huxley, a quien considero un genio, y en francés al existencialista Albert Camus. -¿Cree qué el escritor es un ser obsesivo? -Por supuesto; no hay otra alternativa. Cuando uno se adentra en ese sendero, cada día la literatura se convierte en algo muy esencial y todo lo otro va quedando relegado a un plano secundario. Todos los pensamientos, conscientes y subconscientes, se enfocan en ese campo. -¿Cuál es el fin que desea lograr con su escritura?

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-Lo que más me interesa es conocerme a mí mismo. Con cada nuevo libro que escribo voy descubriendo facetas de mi personalidad que habían pasado desapercibidas o estaban ocultas. Los temas que elige un autor revelan mucho sobre él. -Dentro de su producción literaria, ¿Qué obra elegiría usted por optar en una en especial? -En español me gusta muchísimo la novela Orisha, que traza la vida de un sacerdote de santería en Cuba. Es mi obra más cubana, y me dio la oportunidad de explorar el aspecto africano, que es parte íntegra de la nuestra cultura. En inglés tendría que decir Orpheus´ Blues (El blues de Orfeo), pues logré decir muchas cosas sobre el jazz, un tipo de música que me apasiona. El protagonista de la novela es saxofonista y vive en Nueva York. Es una novela completamente norteamericana que no tiene puntos de contacto con mis raíces hispanoamericanas. -¿Cómo ha cambiado su lenguaje a los largo de los años? -No sé si cambiar sea el verbo adecuado. Creo que al correr de los años he adquirido más control sobre el texto literario que voy creando. También puedo ver más temprano las fallas que con frecuencia no advertía cuando era un escritor más joven y con menos experiencia. -¿Es necesario que el escritor sea un hombre comprometido? -Es indispensable. ¿Pero comprometido con qué? ¿Con la política? ¿Con el medio ambiente que lo rodea? ¿Con la justicia social? Es mi opinión que el compromiso va (o deber ir) mucho más lejos de todo lo que acabo de enumerar. Ese compromiso debe ser completa y exclusivamente con El Arte. Primero que todo somos escritores, no otra cosa. También recordemos que los documentos que han cambiado sociedades enteras no han sido novelas (La Carta Magna, La declaración de los derechos del hombre, la Constitución de los Estados Unidos, el Manifiesto Comunista, etc.). Cuando se trata de convertir la literatura en un instrumento de esos ideales, no importa los que sean, ni las buenas intenciones del escritor, el resultado es siempre un producto mediocre. -¿Qué libros nos recomendaría leer? -Gústenos o no, somos herederos de toda la riqueza que nos ofrece la literatura española. Por ahí hay que empezar, desde el Poema del mío Cid hasta los textos de la generación del noventa y ocho. Digo esto pues fue en ese año (1898), en que España perdió sus últimas colonias en América. También sugiero que leamos las crónicas de Garcilaso, pues nos dan una idea de ese choque cultural de esos dos mundos de los cuales surgimos nosotros. Pero creo que usted me pide títulos específicos. La lista sería interminable, pero le puedo ofrecer unos cuantos: Don Quijote de la Mancha, de Cervantes; Los cuatro jinetes del apocalipsis, de Blasco Ibáñez: El señor Presidente, de Asturias: Paradiso, de Lezama Lima; Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier; Rayuela, de Julio Cortázar. Y por supuesto la obra de Borges; no es necesario que lo diga. -¿Qué hace antes de escribir? -A mí me gusta escribir por las mañanas. Primero leo mi correo y entonces me preparo una taza de té verde. Con frecuencia escucho música cuando escribo, casi simpre jazz o música clásica.

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-¿Cómo ve usted hoy por hoy la industria editorial? ¿Como autor qué soluciones le daría a este problema? -Cada día es más difícil publicar, especialmente para los nuevos escritores. Las casas editoras son negocios, nunca olvidemos eso. Ellos quieren asegurarse de que recobrarán su inversión y lograrán ganancias. Desde el punto de vista de escritor, aconsejaría a las nuevas generaciones a que fueran publicando poco a poco en revistas literarias, que vayan madurando y haciéndose de un nombre. Ya después pueden presentar su obra a los editores. -¿Cree en los concursos o certámenes literarios? -Creo que depende del concurso. A mí me consta que hay concursos completamente imparciales, donde la mejor obra prevalece, pues se presentan con pseudónimos y los jueces votan independientemente. También he oído rumores de concursos que están fallados de antemano, pero eso no puedo aseverarlo. Yo aconsejo enviar las obras a los concursos, pues no se pierde nada. -¿Qué opina de las nuevas formas de difusión literaria por Internet como revistas literarias, blogs, páginas sobre literatura? -Creo que es algo fabulos, pues les da salida a talentos que de otra forma jamás se conocerían. Al mismo tiempo, hace la tarea más difícil para los lectores, pues la cantidad de material es verdaderamente abrumadora.. Recordemos también que aunque un cuento, una novela, un blog, etc., esté accesible no quiere decir necesariamente merezca ser leído. Es imposible leerlo todo, así que tenemos que ser selectivos. -Por último: ¿Desea agregar algo más? -Sí, quiero recordarles a los escritores jóvenes que las carreras literarias son carreras largas, que los frutos se cosechan hacia el final. Es necesario tener paciencia. También aconsejo que pidan opiniones a escritores con más experiencia. Siempre hay alguien dispuesto a brindar ayuda. También les extiendo una invitación a todos lo lectores a que visiten mi sitio de internet y que me manden sus comentarios. La dirección es www.carlosrubioalbet.com

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Carlos Rubio Albet nació en la ciudad de Pinar del Río, Cuba. Adolescente aún abandonó su país y se trasladó a los Estados Unidos, donde terminó sus estudios de bachillerato en la ciudad de Wilmington, Delaware. Ha obtenido grados universitarios de Concord College y de West Virginia University. Escritor bilingüe, en inglés es autor de Secret Memories, Orpheus´s Blues, y de la trilogía de novelas satíricas American Triptych. En español es autor de Saga, Orisha y Hubris. En 1989 su novela Quadrivium obtuvo el Premio Internacional de Novela Nuevo León. Más recientemente, en el año 2004 su novela Dead Time recibíó el prestigioso Book of the Year Award, patrocionado por las revista norteamericana ForeWord. Actualmente trabaja en una nueva novela titulada Forgotten Objects. Contacto: dbtcarlos@yahoo.com

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Reseñas
Pues quien vive sin pensar no puede decir que vive Pedro Cardenal De La Barca

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Erocéntrica

Erocéntrica Rocío Santillana Ediciones – México 2009

El cuerpo como reivindicación de la expresión que trasciende lo erótico para forjarse en el desenfreno, en la inconsecuencia es siempre signo de identidad y desvanecencia. La poesía casi siempre se esgrime sobre un totalitario Eros, una comunión muchas veces inconstante con el otro, una exploración performática, un intento por desvirtualizar todo acto tabú, toda traba sensual, todo desprecio por las formas amatorias. La poesía siempre ha sido una larga afirmación al erotismo, una caricia existencial a la turbulenta oleada de los sentidos excitados, de lo erógeno y orgánico, humano al fin, de nuestra terrenalidad, donde la angustia, la soledad, la inconstancia, se muestran como dagas de luminosa expresión para abrirnos el camino a seguir. Esta intensidad poética se refleja en Erocéntrica (DHB Ediciones – México 2009) de la poeta peruana Rocío Santillana (Lima, 1967). Estamos aquí ante una poesía sarcástica, copulativa, interior, desenfadada, presa del mismo destino funesto que se
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goza en el placer de los sentidos, en el ansia que la carne exige, pero no como un simple disfrute de la carne por la carne, sino también la lapidación de los clichés, la liberación de todo sentimiento trágico, acaso, un ansia por escapar de ese deseo por cosificarlo todo (el fetiche, otra vez), pero que a su vez se es presa de los mismos sentimientos que nos hacen delirantes, desenfrenados y entonces es allí, en la unión de los cuerpos, donde resiste etérea nuestra identidad:
7. Vampiros acróbatas colgados del cielo húmedo de nuestra cueva. tu cuerpo forma un arco en mi columna se baña en tu boca una estalagmita y gotea una estalactita mi otra boca. aturdida, apenas oigo el eco de nuestro aleteo.

El acto amoroso en este poemario es lo céntrico, la descripción al coito, a la penetración (Lo imagino / o el humo que te enmudece se cuela / desde el otro lado de la cerradura? // Atravesándome), no solo develan la majestuosidad de nuestra esencia amatoria, sino también un vacío excelso colma sus versos que a la vez son reprimidos en última instancia, por ese deseo de saberse viva, de lograr el disfrute del placer como entidad sensual, el placer como unión carnal, la verdad que solo se descubre en la unión infinita de un segundo:
16. trae condones lávate las manos. tira tu llavero de playboy. te quiero vulnerable como mi palabra entre tus dientes porque no existimos más allá de mis sabanas.

¿Ninfomanía? No. La poesía de Santillana, es una larga e intensa exploración y descripción del mundo erótico centrado en ese deseo por el “vivir”. La intensidad, la trasgresión de espacios muchas veces vedados para el género. El desenfado, la frescura, la plasticidad, son caracteres esenciales en esta poesía del cuerpo y el disfrute. La ironía es signo de una libertad que se sabe temeraria, que se conoce y reconoce a cada instante entre las sábanas como la vencedora. Aquí, señores, la superación de la mujer frígida, la emancipación de cualquier tara existencial o temporal:
11. ¿Cuál crisis? voy a hacer a los 40 lo que no me atreví a los 20 sin pedir carnet de identidad a ninguno de los 60. haré a los 41
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lo que debí hacer a los 30 confundiendo nombres a los 70 seguiré a los 42 lo que empecé a los 40 hasta llegar a los 80. si llego. si no me he pasado ya.

La mujer alter ego en este libro se presupone un ser dual. Por una parte es la de la identidad sensual, liberal, desenfrenada o “erocéntrica” y por otro lado está la que ve en ese otro que le produce placer, un ser al cual odiar por no sufrir la “naturaleza” de ser mujer o en todo caso ser esa inconsecuencia que inunda toda su poesía a cada paso con más intensidad como desando el impacto, no solo audiovisual, sino también reflexivoexcitativo-sensorial girando dinámicamente entre ese dolor-placer-placer-dolor.
18. Bendigo mi clítoris en tus dedos y tu fórceps en mi útero. por no padecer el dolor de mis ovarios te maldigo.

Como vemos hay en la poesía de Santillana una pieza extraña y apasionante; palabras como caricias, palabras como sugerencias de mujer que se desnuda para mostrarnos cuál es su nombre dentro del caos del mundo que esconde sus instintos. Ella es el Eros verdadero, la realidad del sentir y la expresión, libertándose.
19. yo no escribo derrocho inconsecuencias como la isla que me salva de poner los pies en el suelo.

La voz poética es incorregible, rebelde, libre, mil veces libre. Su voz de género, su imagen certera de un futuro lleno de sordidez, hacen que el deseo por quedarse en el momento de placer se haga cada vez más angustiante, pero sin dejar su cuota de interna soledad, de putridez, de asco que no se va de la piel, que es identidad, que es uno mismo, en la oquedad de algo que nos sangra, que nos hace polvo, mugre, miasma en el clímax del todo-nada.
Que yo me creía reina, y mira que soy repartera, chea, farandulera. Así que baja de una vez y apúntame esa pinga prieta.

Al fin esta Erocéntrica, nos termina con un reconocimiento. El reconocimiento de que ella es pertenencia del tiempo perdido, el yo, es otra vez un minuto distante, pero que en su distancia, permite la nostalgia y la valentía que imprime la libertad de ser el instante más-turbador, la pugna por el sentir sin tapujos, ser mujer y tocar la luz aún después de amanecer sin nada más que el recuerdo.
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llorar, babear, empaparse, eyacular, orinar, son sublimes formas de amarse, de amarlos a todos, strippers, modelos, culturistas, jineteros, bricheros, folladores, románticos y trogloditas intelectuales como al instante de todos los orgasmos con y sin todos ustedes porque todos, efímeros, eternos me recuerdan a mí.

P.A.

Sobre la autora:

Rocío Santillana, Lima, 1967. Trabaja habitualmente como guionista de series de tv en Madrid, donde descubrió la teoría de género y su aplicación en la comunicación... En La Habana coguionizó la película documental hispano – cubana Reyita, estrenada en el Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano. Poemas y cuentos suyos pueden leerse en webs y blogs de Brasil, Perú, España y Cuba. Ha realizado lecturas performáticas y dirigido los cortometrajes Erocéntrica, ¿cuál crisis? y Mi otra lengua, producidos en La Habana en 2009 y basados en su poemario Erocéntrica.

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Poemas encontrados

Poemas encontrados Roger García Clavo Editorial Arteidea, 2009

Poemas encontrados (Editorial Arteidea, 2009) escrito por el poeta peruano Roger García Clavo, es el canto poético vital y urgente que invita a la reflexión sobre nuestro papel dentro de la sociedad. El mar en este breve libro es el signo sensible de todas estas preocupaciones que muchas veces se nos confieren de manera tan certera que nos aproxima al desahogo del alma dañada por la incoherencia del sistema y su hambre de alienación, su injusticia, su poder que se acrecienta con nuestra ignorancia. García Clavo, intenta una poesía suave y a la vez certera, puntual, sencilla, colmada de ternura e imágenes para la gente humilde; el verdadero pueblo. Sus poemas están marcados por sus personajes relacionados al mar que de alguna manera es ese destinatario de nuestros sentimientos de furia, de amor, de venganza, de lucha, de esperanza, que nunca cesan, sino acaso son producto de abrir bien los ojos y mirar al otro en su eterna miseria:

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Te preguntarás Mar, ¿qué hubo hoy en la mesa? Te diré: ¡Mucha vergüenza Mar, mucha vergüenza!

Como en libros anteriores, el poeta hace hablar a la naturaleza, la enfrenta a su dialéctica, canta y denuncia. Ese diálogo entre el ser y la naturaleza, crean la intensidad en el poema. No debemos olvidar también, que aquí, la esperanza en ese Mar que nos mantiene con vida, es entregada sin ansias de lobo, sin ganas de devastar su equilibro, sino el poeta y su canto se funden como en un solo lenguaje: el amor a la vida desde el compromiso con la sociedad.
Mar, aunque estés lejana con este rocío de contratiempos, el pajarillo proseguirá a compartir su nido. Déjanos orillarnos en tu voz para bromear con tu canto. Extiende tus orillas Mar, hasta nuestros sustantivos para no llorar.

El poeta es un activista por la vida, por la igualdad. Su loa es el tributo a lo que le provee de vida, de sustento (muchas veces negado), para existir en un mundo que provoca amar hasta el compromiso más puro que solo puede imprimir la poesía hecha sin más interés que el de comunicar, el de convocar y reunir en comunión el universo entero en un solo canto: el de la solidaridad para con la naturaleza:
Qué hacer para mar-ovillar las masas de tus orillas que en tiempos fueron dioses y ahora hombres adueñados de la sal y el agua. Qué hacer Mar, para salir sin sandalias por el puerto y repetir nuestros pasos sobre la arena hasta borrarlos y hacerlos raíces o pelotas de trapo. Tu canto Tu corazón, nace como un motín de voces hasta brisar nuestros labios Mar.

El poeta vive la existencia de ese Mar como patente testigo de la más intensa ternura, pero también de la más descarnada violencia, la incomunicación, la injusticia, la inmensa exclusión, hacen que el poeta acreciente su canto y haga más suya la vitalidad que entrega esperanza a un pueblo dañado por la desidia y la traición:
Mar, esta vez con todo dicho y ajustando más miseria, sueños, abrazos, tristezas, esperanzas
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y todo lo exclamado, los estamos ganando. Así será nuestra persistencia, Mar.

Por último estos Poemas encontrados, nos alienta a esa insurgencia que solo la palabra poética puede conferir. El amor a la libertad ante la tiranía aquí es ese signo totalizador. El poeta ha fusionado por fin su alma, su espíritu y su accionar apuntando hacia el horizonte del cambio. La vida por fin del hombre es aquella que no deja que su denuncia solo sea un rumor en el aire colmado de esperanza, pues hay más que palabras y cantos en esta poesía que quema en su sosiego, en su imperante esperanza de vernos verdaderamente (como diría Vallejo) desayunados todos.

P.A.
Sobre el autor: Roger García Clavo es del Dpto. de Amazonas del distrito de Camporredondo. Es Licenciado en Educación en la Especialidad de Lengua y Literatura, otorgado por la Universidad Enrique Guzmán y Valle “La Cantuta”. En la Colección El río y el Huarango dirigido por el CEPS a cargo del Prof. Luis Morón E. han publicado el poemario Marea Celeste (2004). El 2006 ha publicado el poemario Camino de Serpiente y la plaqueta Piel de madero. Es integrante del Círculo Literario “Zumbayllu”. Es integrante del Colectivo de Escritores Clasistas. Es miembro del Consejo Directivo del Gremio de Escritores del Perú. Es ganador de los Juegos Florales Víctor Mazzi Trujillo 2006, en Cuento y poesía, organizado por CEPS de la Faculta de Humanidad y la Universidad La Cantuta.

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Lo que siempre está allí

Lo que siempre está allí Marcelino Menéndez Gonzáles Editorial Azarbe, 2009

Lo que siempre está allí (Editorial Azarbe, 2009) del poeta español Marcelino Menéndez Gonzáles (Asturias, 1933) es un canto etéreo que se sumerge en el enigma de lo ignoto. El poeta nos dice desde sus primeros versos que somos de alguna manera pasajeros del destino, de lo innombrable, del tiempo y su devenir. Y es que la sencillez de los primeros versos, muestran de manera certera y consecuente el tema capital con el que se irá hilvanando este poemario: El deseo por conocer y explicar aquello que parece incognoscible o inexplicable.
Los misterios no se eslabonan unos a otros, ya que surgen de manera inesperada para que los podamos descubrir y, al hacerlo, despierten y enciendan sensaciones únicas que, sin duda, alteran nuestra forma de vida.
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La voz del poeta como observamos, intenta una expresión de lo misterioso, de aquello que no está en concreto, sino que está de alguna manera sugerido en sentimientos para que al captarse se logre una especie de revelación placentera. Es aquí donde la idea del destino y el tiempo se funden en un solo discurso que madurará ineludiblemente en un canto universal hacia la vida y su intenso disfrute diario a pesar de desconocer lo que ella nos depara:
Entregarme a cada instante de vida buscando lo mágico que pueda caber en un día, o el sabor que puede tener una tarde, creyendo, eso sí, que todo es posible a pesar de la realidad que quiera cambiarlo.

A lo largo de este poemario, el poeta va a cuestionarse a cada instante en que descubre las inconsecuencias del mundo que lo rodea. Lo inexplicable de algunas cosas que alrededor se suscitan son fuentes expresivas para el yo poético que busca en el problema existencial de la duda, un nuevo conocimiento en el convite de la reflexión:
Y me pregunto ¿para qué soñar si no hay sueños? Y en la nada ¿todo es infinito? A veces pienso que somos como una peonza de distintas franjas de colores pero que, al girar a gran velocidad se diluyen en uno solo, y así acabamos siéndolo, como un ser finito creado, en su propio crisol de vida, rotando alrededor de nuestro propio mundo.

En la poesía de Marcelino el rezo se hace de manera casi de aforismo. Aquí las distintas alusiones al tiempo, a la experiencia de vida, a ese palpar la soledad, la angustia, el amor y el odio, ser del día y aprehenderlo hasta hacerlo identidad, nombre propio, crean en el discurso un magnetismo que motiva a una lectura pausada, pero a la vez intensa y sin andamiajes, como en el poema Percepción, donde la vida cobra un sentido que trasciende lo meramente sensual para convertirse en ese conocimiento, en esa experiencia vital con la que ni el tiempo, ni la soledad pueden combatir: La belleza del instante inmortalizado en poesía.
Palpar las diferencias, cambios y alteraciones y del cómo la soledad no hace preguntas cuando se vuelve infinita... y, en el ámbito de las meditaciones, ver cómo surge aquella en la que te detienes, porque no encuentras la respuesta, ya que se necesita poseer una inteligencia que juzgue y un conocimiento previo que sea la base en que se apoye un juicio moral y que, A veces, llamamos conciencia...

Y ya el poeta en su último cantar, nos vuelve a dar esa esperanza del vivir. Su canto es ahora el aforismo de la vida a pesar de lo adverso, a pesar de los desmanes. Los últimos poemas de este libro son un honesto discurso hacia la vida y la experiencia de la misma. El poeta quiere que vivamos, que sintamos, que nos dolamos, que soñemos y a
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la vez pisemos tierra, porque la poesía es experiencia en el andar, sensación hecha palabra, anhelo de querer ser el instante a pesar del tiempo que no cesa nunca:
Vivir el continuo instante que viene tal como surge, aceptándolo sin condiciones y saber disfrutarlo con intensidad. Si es positivo y afrontarlo con realidad, si es negativo, pero sin perder el equilibrio del horizonte emocional y matizándolo del sentimiento adecuado.

Poesía de la sencillez, de la experiencia vital que cobra forma con cada verso, con cada testimonio que nos confiere la palabra en este libro. Marcelino ha logrado pausadamente, pero con gran acierto e intensidad, un lenguaje para todos, un Norte personal al cual orientarse en esos momentos de incertidumbre. He aquí el poeta que ha vivido mil mundos y mil sensaciones, y acaso, aún espera mucho de la vida.

P.A.
Sobre el autor:
Marcelino Méndez González. 24 de Febrero de 1933, en Asturias, España. Ha vivido en varios países de América, Estados Unidos, Canadá, México 35 años. Actualmente en Murcia (España). Escribe desde el año 2000. Tiene 47 libros escritos de los cuales 38 son de poesía. Pendientes de editar los títulos Vibraciones, Plectro (Fantasía), Destellos y Las Páginas Gastadas. Es socio de poetas de las Torres de Cotillas, Poetas del Casino de Murcia y de la Fundación Amigos de la Lectura. Su página web es: http://marcelinomenendez.blogspot.com

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Alma
Cuando un corazón emigra

Alma: Cuando un corazón emigra Roy Dávatoc Toro de trapo editores, 2010

“Existes / y al final nada es oscuridad / solo una luz redonda / que cae interminablemente / y a sucesiones tormentosas”. Con estos primeros versos el poeta peruano Roy Dávatoc (1981) con su libro Alma: Cuando un corazón emigra (Toro de trapo editores, 2010) es el canto intenso al amor que está desde la lejanía del recuerdo, en esa nostalgia que nos permite el contemplar, el reinventar el cuerpo amado y así poder lograr esa comunión sensual y trascendente en un mundo real, pero marcado por la intensidad de las imágenes que se van a ir hilvanando de manera acertada en este breve poemario. El poeta comienza su viaje cargado de una esperanza avivada por la presencia del ser amado. Su descripción, su sentir, su desnudo, sus formas, su “alma” se van a ir difuminando por todo el libro. El canto es intenso, mientras más intenso es el acercamiento de los cuerpos, mientras el placer se hace disfrute, y lo sensual como momento previo a la comunión final, se transforma en experiencia que Roy ha sabido
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transformar de manera apasionada en poesía; el amor que se hace “exclusivo” para dos, en una ciudad que se devasta con el tiempo y la desidia. El poeta y su amada, aparecen atemporales, inmortales, dueños de la belleza del fuego robado a las horas, donde solo laten dos corazones ardiendo, la certeza de la pertenencia mutua:
Éramos pequeños e inocentes luchando constantemente por amarnos; y fuimos esa tarde transeúntes de nuestros cuerpos y como raíces hinchadas de nervios nos atamos Éramos fecundación en silencio y nos incendiábamos como pequeñas brasas mientras lloraban los autos en el tránsito insano de la sombra y afuera una selva de cemento devoraba otras almas.

Y es que esa voz lírica, ese yo de todos, sabe muy bien dónde pertenece. Su loa es ese incesante deseo por ser solo si esa otra amada lo reconoce como tal. El poeta es “afortunadamente” esclavo de lo amado, esa mujer que se reinventa para desnudar su humanidad, su perfume a cielo, su inconmensurable belleza que a través del alma, se intenta alcanzar como caricia entre las tinieblas:
Invento tus esquinas; acertijos de soledad que los resuelvo de golpe, que seducen mi voluntad y liberan mi sombra con múltiples lenguajes para hoy condenarme -afortunadamentea tu eternidad de ave nocturna.

La voz poética a lo largo del poemario acerca su discurso a lo cuasi apocalíptico. Los dos sujetos amándose son a la vez los dos sujetos viviendo la destrucción del mundo. Y es la pasión del acto amatorio lo que contiene los amantes, lo que hace que el mundo se desmorone, tiemble, esté a punto de explotar, sea adrenalina, un latir furioso en medio del silencio:
Entonces mordimos nuestras bocas y nos desgranamos sobre la tempestad de la tierra desgarrándose

Y el amante a pesar de los desmanes, de la derrota o el olvido, retorna a ese cuerpo amado, que ya es cielo verdadero, receptáculo de eternidad. Aquí él nos habla de esa “lealtad de cuerpo”, el amor que se va a repetir ad infinitum:
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Vuelvo a ti y a tu regazo con las manos cárdenas aguzando la noche y mi plegaria entre tu luz en la ausencia de la muerte y mi helada lealtad de cuerpo.

Por otro lado el poeta busca vencer el olvido y el tiempo. La forma más sencilla de lograrlo es el escape, el desenfado, la furia del espíritu en libertad, el abandono de la piel por la piel, la trascendencia de ese cuerpo que ahora es reminiscencia:
Amor la tarde es troquelada magníficamente para perdernos lo suficiente en el abandono de todas las experiencias.

Por último este poemario nos termina con una cuota de esperanza, un aliento de vida para resurgir de esa ceniza que nos crea inanición. El poeta termina su marcha, su evocación, su acto amoroso, alentándonos a la valentía de amar en tiempos del cólera (como diría García Márquez). He aquí el verso sudoroso, la pasión desmesurada, la soledad hecha carne que ha trascendido la carne, he aquí esa sensualidad que rechaza al tiempo y a la derrota, pues solo basta amar para crear el cielo o destruirlo:
seamos la renuncia de los afligidos y la dosis de los solitarios sin abandonar el corazón y la esperanza en el póstumo reglón de esta última oración.

P.A.

Sobre el autor: Roy Dávatoc. (Perú, 1981) Actualmente reside en la ciudad de Lima. Estudia la carrera de Administración de empresas en la universidad nacional Enrique Guzmán y Valle “La Cantuta”. Forma parte de la fundación cultural “Laberintos” en Colombia. Algunos de sus poemas y textos han sido publicados en revistas de difusión artística. Es parte de la Antología Virtual de Poesía de Ediciones La silla BíoBío- Chile. Este es su primer libro.

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Canciones de cuna para un hombre y una ciudad

Canciones de cuna para un hombre y una ciudad Antonio Sajid Proyectos Biik, 2009

Canciones de cuna para un hombre y una ciudad (Proyectos Biik, 2009) del poeta puertorriqueño Antonio Sajid (Ponce, 1980) es la búsqueda poética de una trascendencia dentro de la iniquidad e incoherencia de la ciudad que en su furia desnuda su tragedia, su belleza interior, su dolor y su ausencia de manera tal que los sujetos que la habitan son de alguna manera testimonio de su hedor, de su magnetismo infernal, de su bullicio a flor de piel, de su vana consagración, su hedonismo, su propia ansiedad por

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poseernos bajo la noche, en el silencio abrasante de la muchedumbre que existe entre el tugurio de la soledad y el olvido. Estas canciones de cuna, no son solo descripciones de la ciudad y su sordidez, es también el retrato de esa metrópolis universal, de esa “multitud que vomita” (por citar a Lorca en Poeta en Nueva York) y a la vez es también la ciudad donde se puede sentir, amar, odiar, asesinar, apretar el acelerador del alma y arrojarla por algún puente, intentar la cabalgata nocturna por la piel más excitante, el deseo del cuerpo que se enfrenta a los demonios que son su propio reflejo, el ser-otro, el ser-nada que son en este libro una constante que perduran como un trauma hasta encerrarnos en esa soledad que nos vacía con su desconsuelo, su indiferencia, su dolor más intenso:
Oigo los huesos, oigo el aliento de los drogos, oigo la piel herida de un perro, oigo a un estudiante pedir desesperado un cigarrillo. (...) Río Piedras, San Juan de Puerto Rico. No tienes días. No tengo horas. No tienes gente. No tengo nada.

El poeta a lo largo de su viaje busca su identidad, se comunica a través del testimonio que colinda con el hedonismo de las imágenes poéticas que vierte a lo largo del libro. Su poesía intenta el desnudo de esa urbe que nos ha hecho “posmodernos”, seres de plástico, extraños animales que se acercan al infierno nocturno del placer (un hombre de ciudad en busca de alguna mujerzuela, sin alma, sin sueños, solo un cuerpo apetitoso, cuerpo lunar, gárgolas de lo oscuro), ante el desenfado existencial, ante la indiferencia que se transforma en ausencia de sí mismo y de los demás:
La luna las celebra. Las dueñas de la noche saturan el aire de emociones arenadas y se sacuden a los hombres. La noche se agrieta y las gárgolas no duermen. ¡Nunca!

Sajid, no solo describe esa ciudad-tormento que nos existe, sino también denuncia la incoherencia de ser seres “programados”, autómatas en la rutina de pasos que se gastan hasta el infinito. El poeta vislumbra esa característica de la ciudad que nunca duerme, que nos brota del pensamiento lleno de megabites, lleno de virtualidad, el fingir sobre un mundo de incomunicación existencial, belleza desechable, donde creemos que la felicidad es para siempre, mas es solo un espejismo, una máscara en plena putrefacción:
Pobres diablos los que se abren en rosas de mayo bajo los faroles de un infierno también FINGIDO para recrear el Danubio azul sobre sus propios espíritus abandonados por la indiferencia de un mundo fría-mente tecnológico.
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El poeta desea amar, ser original en una ciudad habitada de seres idénticos y a la vez extirpados de toda imaginación. La insensibilidad, la inanición son cuestiones principales en este libro. La violencia es otro tema, sin embargo aquí el poeta ha sabido beber de esos fuegos, hacerse de un lenguaje certero, extremadamente crudo, intenso:
Caricia Tengo una pasión que masacra los pechos. Disparo una carcajada, me burlo de mí. ¡Y te seduce! Idiota. No te deleites. Lo que escribo es para acariciarte la lengua con un arma.

Y para este siglo cargado de tecnologías, de ciencia, de distancias, el poeta nos vuelve a dar como en un disparo directo a la sien, una visión de esa angustia que nos trae el vivir siempre en busca de un amor, de una esperanza, de un paliativo a nuestro vacío que es como sangre empozada en la boca silenciosa. He aquí al hombre que ya no puede más que pasarse la breve eternidad de sus días esclavizado a su Hotmail o a Google, en busca de un sentimiento (siquiera virtual, por unas cuantas horas, desde algún Chat, o cámara web), un intento vano por querer tapar el vacío que se esconde con cada clic:
Agito el buscador, cliqueando desesperadamente el anhelo; amo cibernéticamente en el chat y me esperanzo en el Hotmail. Agarro el mundo en mis manos y giro a carcajadas en mi silla ejecutiva (que no es tan mía) para burlarme de la cercanía de las cosas... y de mi soledad. (¿Podrá el servidor de Google completar mis vacíos?)

Y es pues esta ciudad sitiada, hastiada de indiferencia, de somnolencia, es esta, la ciudad que nos extermina hasta hacernos simples voces que tratan de reconstruirse, mas muchas veces son vencidas por algo más violento que la muerte misma: La miseria del alma totalmente infértil, llena de cemento, de orines, de precios, de ofertas, de regalos, de felicidad en una bolsa negra, de juventud en un frasco de píldoras. Esta es la ciudad donde el poeta nos termina, esperando aquello que a pesar de la crueldad de las noches, aún se intenta amar, aunque en realidad jamás se pueda concretar:
Te fuiste. Y aquí estoy, espero. Yo aquí eterno. Te dejaré partir. Sin ataques. Sin gemidos. Sin nada.

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Con un lenguaje intenso y desenfadado Antonio Sajid, nos muestra estas Canciones de cuna, para que podamos calmar a esa bestia que nos habita y comprender que somos más que carne entregada al azar de una urbe que lentamente y como gozando, se va comiendo la memoria de nuestros días.

P.A.

Sobre el autor: Antonio Sajid. Nació en Ponce, Puerto Rico, el 6 de enero de 1980. Es profesor, productor, promotor cultural, director escénico, actor, poeta, dramaturgo y ensayista. Cursó estudios de Drama en la Escuela de Bellas Artes de Ponce y en el Recinto Universitario de Río Piedras. Egresa de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico con grado de bachiller en Educación Secundaria, con una concentración en Español y Francés. Recibe una formación en Didáctica de literatura y lengua española en la Universidad Antonio de Nebrija en Madrid, luego prosigue sus estudios graduados en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Actualmente trabaja para el Departamento de Educación de Puerto Rico y dirige el Taller de Teatro de la Universidad Interamericana, Recinto de Guayama. Es miembro de la Junta de Gobierno del Ateneo de Ponce y dirige la compañía de teatro La Bruja Fortuna, INC.

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Detritos

Detritos Wilver Moreno Tineo Paracaídas editores, 2009

Detritos (Paracaídas editores, 2009) del poeta peruano Wilver Moreno Tineo (Ayacucho, 1982), es la reconstrucción del universo poético a través de un lenguaje fragmentario. El poeta intenta en este breve poemario la confección de un cuerpo plural. Su voz se combina con los objetos a poetizar y a la vez se crea en el discurso una dialéctica entre las partes cual rompecabezas de imágenes, cual collage de cielo, la poesía de Wilver es transparente y a la vez ignota; siempre en una búsqueda hacia lo infinito, la incalculable riqueza del verbo en su devenir en carne:
Ante mi piel Cubierta de oscuridad
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O alma dura Piedra Voy en busca de mis Manos o nocturnidad Que reina

El poeta trata de construir una identidad con palabras. Su poesía se sujeta con nudos expresivos, con destellos líricos, que eslabonan un cuerpo que muy bien puede ser muchos. El poeta desea ser expresión del mundo que lo rodea, intento universal por querer comunicar su existencia a ese otro, signo que le permite el ser: boca humana, refugio sagrado, con la carne palpitante, entregado, me dirijo, vigoroso, a tu puerta. Es así como el poeta nos enfrenta a su destino: La creación. Él expresa esa característica del arte en su infinito movimiento; esa búsqueda del producto de la perfección: “Este Dios es otro / Siempre en búsqueda de su creación”. Y es que aquí hay una serie de cuerpos, cuerpos que son un todo. (Véase Eielson), cuerpos en asenso, cuerpos que se mutilan para lograr intensidad, cuerpos que se enturbian, que se reinventan, que desaparecen:
El cuerpo se eriza Las líneas se aprietan Blancas murallas conducen los dedos a las rugosidades del devenir Sentirse bajo la garúa de la calle La humedad El tiempo indeterminado / gris como las manos que conducen el frío a la aridez de las líneas (...) Casi amanece el silencio en las bragas del amanecer La anunciación de la muerte Y el cuerpo sobre la acera

Por último el poeta nos muestra la cúpula. El cuerpo entregándose en su movimiento natural, el cuerpo que para lograr ser completado, necesita del universo, de otro cuerpo, de las palabras, de esos detritos, que son flameos de imágenes y reminiscencias. El poeta en este “descenso” lo deja todo y se hace uno, otra vez máquina purísima atravesando el mundo:
Descenso Abres tu boca y entra mi dedo inmensa tu boca se abre y yo entro completo primero mi dedo luego mi mano mis dos manos mis cabellos mis hombros mi cuerpo entero tu boca inmensa me contiene tu noche negra y clara pura y pura sobre todo tu boca inmensa que se ocupa conmigo tu lengua moviéndose juega con mi cuerpo cada vez más ínfimo más residual tu cielo se eleva tu conducto se abre mis ojos se ciegan siento atravesar tu cavidad interna siento ser destilado a mi estado real tu cuerpo inmenso lento y hermoso llenándome de jugos celestiales me consume y me excreta y yo caído y glorioso me
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disipo en luz gracias a tu digestión oh evanescente sensación quise desprenderme del cuerpo que tengo y terminé sumergiéndome en él.

P.A.

Sobre el autor: Wilver Moreno Tineo. (Ayacucho, 1982) Estudiante de Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Integra el grupo literario “El Club de la Serpiente”. Ha publicado el libro grupal “Club de la Serpiente: Muestra Poética” (Hipocampo Editores, 2007). Ha sido antologazo en “Poesía Perú S. XXI. 60 Poetas Contemporáneos” (Escuela de Lima del C.C. Yacana Editores, Lima, 2007). Actualmente prepara dos libros de poesía.

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La Revista Literaria Remolinos Número 43 Se terminó de diagramar el 5 de Abril de 2010 en la ciudad de Lima, Perú.

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