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***Gómez

Supo que en ese momento debía dejar de insistir con su pregunta. No fue un gesto de amenaza el
que hizo cambiar de opinión al trasnochado operario que casi de inmediato desvió la vista de su
virtual interlocutor dando fin así a la atmósfera de tensión que por un instante lo llegó a perturbar.
El resto de la jornada Héctor desapareció del piso.
Luego de terminar por fin con la tediosa actividad, Gómez se quitó la ropa de trabajo, lavó su cara,
se peinó y dio paso a perderse por las poco iluminadas y calurosas calles de aquel ardiente verano.
Esa noche el aire parecía hacerlo a uno entrar en combustión, así que decidió pasar por el bar
Richmond a beber algo que le animara a continuar con su camino.
No es que fuera habitué del bar, pero lo conocía bien. En más de una oportunidad le había sido útil
la presencia de ese sitio tan cerca de todo.
Las antiguas puertas de vaivén del bar rechinaron como quejumbrosa respuesta al empujón de
Gómez, quien se dirigió casi arrastrando sus zapatos hasta llegar al mostrador de Don Adelmo,
dueño del local y un viejo vecino del barrio.
-¡Algo fresco, Adelmo!
- Parece que viene usted del Infierno mismo – dijo en tono irónico la desgastada voz al otro lado del
mostrador.
Las familiares palabras de aquel hombre aliviaron el peso del largo día. A pesar de ello, un vago
sopor se apoderaba de su mente, y fue en un vahído que le pareció ver pasar a Héctor, a través de
las nicotinadas ventanas, caminando con una energía que le era impropia a su persona. Pensó en
alcanzarlo para conversar sobre la extraña actitud que había tenido horas antes; pero sabía que el
intento sería en vano y que no debía dar más vueltas sobre lo mismo. Sintió mucha impotencia,
terminó lo que estaba tomando y para sorpresa de Adelmo pidió que le sirviera algo más fuerte.
- Gómez, ¿está usted bien? - preguntó con particular curiosidad mientras destapaba una de las
botellas del mejor güisqui.
- Bien... necesito espabilar.
Luego de unos sorbos sintió que las cosas volvían a estar en orden. El güisqui doble, como le fue
servido, lo mantuvo entretenido por un buen rato. A pesar del calor, el hielo permanecía sin
derretirse en el líquido color melaza.
Ya con el bar a punto de cerrar, bebió lo que quedaba de un solo trago, y sin mucha conversación,
más que el pedido de la cuenta que pagó con propina, se encaminó hacia la salida desde donde se
despidió de Adelmo y del resto de los allí presentes que aún hocicaban el contenido de sus copas
como si se tratara de un mágico acto de expiación.
Afuera seguía igual de sofocante, y así continuaría.
Al llegar a su casa notó que el silencio llenaba la cuadra. Buscó las llaves en el habitual bolsillo de
su pantalón, pero no las encontró. Revisó los otros y tampoco. Recordó que al llegar al trabajo las
había cambiado para su bolso por miedo a que se le cayeran; tiempo atrás se le había extraviado un
juego por este motivo, lo que en definitiva, resultó toda una complicación. Cuando fue a sacarlas se
dio cuenta de que estaban enredadas en la costura del forro. Después de forcejear unos segundos,
logró arrancárselas a los hilos con un fuerte tirón. Abrió la puerta, dejó el bolso colgado en el
respaldo de una de las sillas del comedor, se dirigió a la cocina en donde retiró de la heladera los
restos de la comida del mediodía. Así como los sacó, los devoró con gran avidez. Esa fue su cena.
Sin más, se dirigió al dormitorio, apagó la luz y se tiró sobre la cama sin quitarse la ropa. El güisqui
y el plato frío resultarían una desafortunada combinación. Las pérfidas claridades provenientes de la
luz de la calle se infiltraban por los diáfanos cortinados de la habitación socavando su débil sueño.
Por la mañana serían cientos las vueltas que daría para tomar la decisión de levantarse. Sentía como
si hubiera dejado algunos de sus pocos quilos en la caliente y húmeda cama. Muy a pesar suyo,
sabía que un minuto más que se excusara para ponerse en pie lo conduciría a la total apatía y sería
un nuevo día perdido. No podía darse ese lujo, las cuentas lo abrasarían aún más que la infernal
canícula. Ese mes tuvo que faltar un par de veces. Había estado internado en observación en una de
las salas del Hospital Central recuperándose de un fuerte golpe en su rostro producto de una caída
ocasionada por un desmayo. Se consideró afortunado de despertar por sí mismo ya que en la zona

en la que cayó y permaneció incosciente por un buen tiempo pudo correr serio riesgo su vida.
Lamentablemente, Lánimirc por esos días se había vuelto una ciudad un tanto agitada.
Cuando logró escapar de su letargo, tomó una ducha fría y al salir del baño se sintió otro.
Con el ánimo restituido, se preparó un frugal desayuno; no era cuestión de amodorrarse demasiado,
solo algo que lo mantuviera con la energía suficiente hasta el almuerzo. Media taza de café batido lo
acompañó al escritorio, tomó asiento en su vieja silla y abrió el primero de los tres cajones del que
sacó una de las hojas que allí guardaba y en la cual había comenzado a garabatear unas pocas ideas
con el fin de producir alguna narración que lo sacara de aquello que volvía a convertirse en rutina,
su trabajo. Retomar el papel como soporte de escritura le pareció como encontrarse con un querido
y olvidado hábito. Este reencuentro le causó gran placer y pronto olvidó la fastidiosa dependencia
que conlleva el desmesurado crecimiento de la tecnología.
Se detuvo un instante en aquellas anotaciones y observó que no justificaban el uso de la procesada
celulosa, y que tampoco satisfacían a su creador. Ensayó varias situaciones y personajes, pero nada
constituía materia con la cual involucrarse. Aburridas digresiones que iban apareciendo lo indujeron
en un sueño profundo del que despertó con gran agitación cuatro horas más tarde. Sorprendido al
hallarse en el dormitorio, supuso que medio dormido habría decidido hacer una pequeña siesta antes
de ir al trabajo.
Se le había hecho tarde para almorzar. Se lavó las manos, se refrescó la cara y el cuello, agarró el
bolso, cerró la puerta de calle y emprendió su camino dando grandes pasos con la intención de tener
más tiempo y así pasar por la casa de comidas a comprar algo para almorzar en algún momento
libre del día.
Llegó quince minutos pasada de la hora. En los vestidores no había nadie. Pensó que ya todos
estarían tomando sus lugares en la rotativa. Dejó sus cosas en su casillero, se cambió de ropa y
escuchó la prueba de funcionamiento indicando que la revisión del equipo se había realizado más
tarde de lo habitual, lo que le daría un breve margen para llegar a tiempo a su puesto de trabajo. Los
motores estaban corriendo. Esperó que le trajeran las placas. Le extrañó que funcionando todo con
normalidad demoraran en llegar.
Pareció como si lo hubiera creado con el pensamiento, al levantar la vista del tambor, vio acercarse
a Héctor con el conjunto de placas. Continuaba con esa expresión inusual del día anterior, pero esta
vez no hubo sentimiento que lo contrariara. Gómez agradeció cortésmente, y sin pronunciar más
palabras se dispuso a realizar el montado de las placas; ajustó las mordazas al tambor, calibró el
equipo y se preparó para las siguientes actividades de costumbre.
En el correr del día evocó en reiteradas ocasiones las amenas conversaciones con Héctor que solía
quedarse un rato después de haberle entregado las placas y amenazar con el hecho de que estaría allí
poco tiempo más. No solo extrañaba la ausencia de ese comienzo en la actividad diaria, sino que
además le inquietaba el dramático cambio en la actitud de su compañero. No entendía la causa, no
había ocurrido nada fuera de lo común que justificara esa falta de comunicación. Aparte de esta
nueva situación y de lo espeso del magenta, el resto de la jornada transcurrió con absoluta
normalidad.
Al terminar y ya en los vestidores le preguntó a Pedro, uno de los más veteranos de la imprenta, si
le parecía haber observado algo raro en el comportamiento del nuevo encargado de placas.
-Gómez amigo, no soy de detenerme a ver qué hacen los demás. Lo único que te puedo decir es que
últimamente no lo he visto mucho por la vuelta.
-Ah, ha... No me hagas caso, son tonterías mías, nada más que eso.
La breve charla se vio interrumpida por la cascada voz de Juan pidiendo poder jubilarse pronto.
Gómez se despidió, con un preocupado “Hasta mañana”, al que Pedro respondió – Cuidate Gómez,
y si te enterás de algo me contás.
De camino a su casa se acordó de la vianda que llevaba en el bolso y pensó en pasar por el
Richmond para comprar un refresco, pero pudo ver al doblar la esquina que estaba cerrado. Esto
llamó la atención de Gómez , ya que habitualmente el bar no cerraba como hasta las dos y media o
tres. En eso recordó que tiempo atrás Héctor le mencionó que hacía unos meses habían abierto un
veinticuatro horas en el barrio. Con dificultad reconstruyó las indicaciones que su compañero le

había referido y afortunadamente encontró pronto el lugar.
Contó el poco cambio que le quedaba en el bolsillo del pantalón y confirmó que le alcanzaba.
A las afueras del negocio vio un pequeño grupo de chicos y dudó en acercarse, pero sintió que
tampoco podía dejarse atemorizar por lo que todos los días se escuchaba en las noticias. Después de
un amable “Buenas noches” ingresó al pequeño local. Compró lo que había ido a buscar y cuando
salía pudo ver, en una de las columnas del alumbrado público, un afiche pegado con un anuncio en
el que se leía: Buscamos joven corredor para levantar pedidos en los negocios de la zona y
proximidades. En el aviso parecía no se especificarse mucho más que lo detallado. Pensó en
comentarle a Héctor sobre el trabajo ofrecido, pero imaginó que probablemente ya lo hubiera leído
y que difícilmente le interesara, siendo que en la imprenta sus ganancias posiblemente fueran
superiores. Continuó leyendo, ya por curiosidad personal y hubo algo que le llamó sobremanera la
atención; la pequeña porción del afiche destinada a la dirección de la empresa había sido oculta tras
un borrón grueso e irregular. Como si alguien con el dedo empastado en rojo lo hubiera restregado
por encima. No lograba reconocer qué era, pero algo en ello le resultaba muy familiar. Desistió del
recuerdo al darse cuenta de que ya hacía unos minutos que estaba parado frente al cartel y que este
no le diría lo que no podía contestarse a sí mismo.
La temperatura se mantenía igual al termómetro de la noche anterior, pero Gómez se sentía
particularmente bien por lo que no le llevó mucho tiempo llegar a su casa. Ya allí se dispuso a
disfrutar de su olvidado almuerzo. Comió y bebió como si al otro día fuera asueto. Las voces del
barrio se fueron solapando bajo el sonido de una vieja radio que conservaba con actitud porfiada y
que encendía muy de vez en cuando. La suave música y la más que cálida brisa que se deslizaba por
entre las cortinas conspiraban para dejarlo tumbado allí. No se permitió un pestañeo más y decidió
ir a tomar un merecido descanso.
Conciliar el sueño le resultaría difícil. Su estómago le empezó a arder como si tuviera dentro de sí
un gran brasa ardiente. De ida y venida el camino al baño. Supuso que todo se debía a la porción de
comida que había comprado a media tarde y que, con el calor del día, se habría puesto en mal
estado.
Totalmente destruido por la mañana, y sabiendo que se lamentaría, llamó al trabajo para dar aviso
de que estaba indispuesto y que no concurriría a desempeñar su labor. Luego de una serie de
lamentaciones a los oídos de Julia, se despidió de la secretaria de la imprenta de la que se sabía
tenía todo el respeto y consideración del dueño.
Se levantó de la cama para ir al baño. Un fuerte mareo casi lo hace terminar en el piso. Llegó a
duras penas, y aferrándose al inodoro, con un fuerte dolor en sus tripas, devolvió de su interior una
dura flema de sangre. Se asustó tanto que pensó en llamar al médico, pero pronto achacó todo a las
irregularidades en las comidas de los últimos días.
Como pudo se dio una ducha con agua tibia y se fue de nuevo a la cama. Sus pensamientos
empezaron a trabajar hasta que cayó en la cuenta de que hacía ya más de una año que su cuerpo no
respondía como él esperaba. Muchas de sus ausencias al empleo eran causa de un gran cansancio
que él atribuía al estrés de la rutina.
Sobre las dieciocho horas sonó el teléfono. Se levantó casi desfalleciendo a atender. Era Julia que
llamaba para saber cómo seguía. Gómez le contó lo sucedido y le pidió que mandara al médico de
la empresa cuanto antes. Julia se despidió con la dulce voz que la caracterizaba, no sin antes dejarlo
tranquilo haciéndole saber que el médico allí estaría sin falta. Ese día no se volvió a levantar más
que para prepararse una ligera infusión.
Al día siguiente sobre el mediodía, entre sueños, escuchó el timbre de calle.
Como pudo se puso de pie. Preguntó quién era. A lo que una voz apagada respondió que era el
médico que la imprenta había mandado.
Con gran esfuerzo reconstruyó en su memoria la mala noche que había pasado. El médico lo revisó
ligeramente y le dejó dos cajas de comprimidos, le dijo que hiciera reposo todo el día y que el
viernes fuera al consultorio para ver cómo continuaba. El maltrecho Gómez acompañó al médico
hasta la puerta y le agradeció que hubiera venido pronto.
Después de despedirse del galeno se sintió con algo de fuerzas como para permanecer levantado, al

menos un rato. Fue a la cocina, sacó de la heladera el agua de la que se sirvió medio vaso para
comenzar con la primera batería de comprimidos, luego fue hasta el comedor, corrió las cortinas
para que entrara algo de la luz del día, prendió la radio y se apoltronó en el sillón. A pesar del calor
decidió cubrirse con una manta liviana. Al momento quedó profundamente dormido.
Seis horas más tarde se despertó con el murmullo de la radio. Era la hora de las noticias. En el
estado de somnolencia en el que se encontraba, le pareció escuchar “Maurer”. Se despertó medio
atolondrado tratando de acordarse de dónde conocía esa palabra, hasta que dio con que “Maurer”
era el apellido paterno de Adelmo.
No acostumbraba ver televisión, salvo alguna película por recomendación de sus compañeros de
trabajo. Ese aparato era uno más de los inertes muebles dentro del domicilio de Gómez, pero la
ocasión requería revivirlo.
Faltaba aún buen rato para que iniciara el noticiero de la noche y Gómez entró en un gran estado de
ansiedad por saber de qué se trataba aquella mención, de un apellido tan ajeno pero a su vez tan
conocido. Le preocupaba que le pudiera haber pasado algo malo al dueño del Richmond. Esta
sensación se acrecentó más cuando le vino a la memoria el hecho de que dos noches atrás había
visto cerradas las puertas del bar antes.
Decidió acortar la espera preparándose un pequeño y sano bocado con el fin de tomar algo de fuerza
y recuperarse cuanto antes y no perder un día más de trabajo. Untó mermelada en pan de molde,
puso un poco de leche en el fuego como para sacarle el frío de la heladera y que no resultara tan
pesada a su vapuleado estómago. Cuando tuvo todo listo volvió a recluirse en el sillón a esperar que
llegara la hora de las noticias.
En los avances se mencionó un homicidio, el temor respecto de lo peor lograba cada vez mayor
consistencia... cuando se anunciaba la crónica policial sus sospechas, de forma brutal y lamentable,
se confirmaban. La información decía que se había descubierto el cuerpo sin vida de un hombre de
sesenta y siete años. El fallecido, según relataban, había sido golpeado en la cabeza con un objeto
que le produjo un profundo corte que le habría ocasionado un fuerte sangrado causándole, en
definitiva, la muerte. Gómez palideció cuando, mientras escuchaba la descripción del cruel
asesinato, iban mostrando imágenes de la fachada del bar Richmond. Le costaba vincular suceso
con realidad. No solo por el material homicidio de Adelmo Maurer, sino porque además era la
segunda persona asesinada en las cercanías del barrio. Al otro cadáver lo habían encontrado hacía
unas semanas, y el cuerpo, según informaron, se hallaba en estado avanzado de descomposición,
una de sus manos había sido mutilada y parte de la misma no apareció en el lugar del siniestro
hallazgo. Si bien no habían sido las únicas muertes en los alrededores, sí eran las más recientes.
Aparte del dolor que le causaba el fallecimiento de Adelmo, le asustaba el poco tiempo que
separaba una muerte de la otra y lo vecino del terror. El mundo de Gómez se reducía ante la
amenaza del miedo. No podía creer que un par de días antes había conversado con la persona que
ahora se convertía en una mala noticia. Invadido por la frustración apagó el televisor, tomó los
comprimidos indicados por el doctor y se fue a la cama.
Al otro día sin haber descansado adecuadamente, realizó el enorme esfuerzo de levantarse, tomó la
medicación y se preparó un nutritivo desayuno. Encendió la radio por si se sabía algo nuevo sobre
el asesinato de Adelmo. No se mencionó nada sobre el hecho. No pudo dejar de pensar en el vacuo
sentido de la existencia. Cambió de emisora buscando escuchar algo de música, ya que el resto de
las noticias nada tenían que ver con la pérdida de su vecino. Tomó asiento en el comedor, respiró
hondo y se puso a revisar una vieja licuadora que tenía sobre la mesa en vías de arreglo. Miró las
partes que le parecían conocidas y no mucho más. Los intentos de reparar tal invención fueron
totalmente infértiles y lo llevaron a abandonar su empresa. El fin próximo del electrodoméstico
sería el contenedor que estaba a media cuadra. Puso los pedazos del artefacto en una bolsa de
plástico y los colocó cerca de la puerta.
Se acercaba la hora de continuar con su vida laboral, así que decidió que debía ponerse a preparar el
almuerzo. Comería algo liviano, pero a su vez que lo ayudara a sobrellevar la jornada.
Luego de la comida, tomó una ducha tibia, se vistió, agarró sus llaves, la bolsa con el destartalado
aparato y salió nuevamente al mundo. Caminó media cuadra hasta el contenedor para dejar los

desechos de la licuadora y al final de la cuadra dobló a la izquierda con la idea de evitar el camino
habitual, creyó que no se sentía con ánimo para ver el fantasma del Richmond encarnado en la
ahora material ausencia de Adelmo.
En cuanto entró a la imprenta se dirigió primero que nada a las oficinas en donde agradeció a Julia
el llamado. Luego se dirigió a los vestidores.
Mucho tiempo hacía que no llegaba antes que todos sus compañeros. Abrió el casillero, sacó la ropa
de trabajo y empezó a cambiarse.
- Pensé que estabas preso. Ja, ja, ja – dijo Pedro con voz de bienvenida.
- Presos deberían estar los criminales.
- ¡Está bravo el barrio! Lamentando lo de su vecino... ¿Estás un poco mejor?
- No. Pero igual... ¿Héctor?
- Ese sí que debe estar preso. Y si no lo está, consiguió un muy buen trabajo.
Gómez tomó la valija de herramientas y se fue a su lugar de inicio. Un muchacho nuevo le trajo las
placas. Sin muchas vueltas que dar se puso a montar la primera en el tambor. Alguien había estado
trabajando en él de mala forma y lo había dejado un tanto sucio. Debía tenerlo en condiciones
cuanto antes ya que se aproximaba la hora de la prueba de funcionamiento y de no estar todo en
orden el equipo se estropearía, y lo que es peor, podría resultar peligroso para operar. Buscó dentro
de sus herramientas la cuña de metal para asegurar el tambor adecuadamente y poder limpiar sin
problemas la superficie sucia. La cuña faltaba de la caja de herramientas y la prueba comenzaría en
cualquier momento; un taco de madera que encontró junto al carro de productos de limpieza sirvió
para mantener firme el tambor mientras Gómez trabajaba en él. La improvisada maniobra resolvió
el inconveniente con éxito.
Las palabras de Pedro lo habían dejado pensando. Comenzó a imaginar una abigarrada trama que
vinculaba los oscuros hechos que se venían suscitando, con su ausente compañero de trabajo...
“Adelmo había fallecido desangrado como consecuencia de un importante corte en su cabeza
ocasionado por un objeto de un tamaño considerable, un objeto que perfectamente podría ser la
cuña ausente en la caja de herramientas. Héctor tenía fácil acceso a ella y pudo haberla sacado al
menor descuido. Es más, la noche anterior, si mal no recuerdo, había estado rondando en las
inmediaciones del bar. O al menos eso me pareció. Había sido él quien me había recomendado el
veinticuatro horas y fue allí que vi el aviso en el que se buscaba un joven para tareas de corredor;
esto podría haber oficiado de muy oportuna excusa para un encuentro bastante personal con el
dueño del Richmond. En relación con el primer homicidio....” La secuencia de ideas se vio
interrumpida de forma abrupta por una gran carcajada producto de tomar conciencia de lo
demencial de sus cavilaciones. Sin embargo pensó que había encontrado al fin algo sobre lo que
podría escribir. No dejaba de sentirse contrariado y con sentimiento de culpa por el hecho de que la
historia estaba sustentada en crudos hechos reales. Pero presentía que debía dejar registro de
aquellos sucesos.
La jornada no le resultó pesada. Se sentía bastante bien en contraste con días anteriores. No se
detuvo ni un momento, tenía una fuerte necesidad de plasmar por escrito la intriga. Tomó del
casillero sus pertenencias y salió sin otro destino que su domicilio. Las cuadras de camino a su casa
las hizo casi corriendo. Llegó en estado de completa agitación, abrió rápidamente la puerta de calle,
tiró sus cosas sobre el sillón y se dirigió al escritorio. Tomó asiento y sacó las hojas; al introducir
nuevamente la mano para buscar el lápiz sintió que una de ellas había quedado adherida al fondo
del cajón. Intentó despegarla pero no lo consiguió. Retiró el cajón del escritorio y vio que en la hoja
aparecía algo garabateado con un grueso trazo rojo. Quitó con fuerza la hoja del cajón y la acercó a
la lámpara del escritorio. Una desagradable sensación lo invadió. Antes de desmayarse, un
perturbador recuerdo de desconocido origen lo espantó. La imagen de Héctor en la vereda opuesta
al veinticuatro horas mientras él borraba la dirección que aparecía al final del anuncio pegado a la
columna del alumbrado público. Vio la huella de una víctima en la impresión de un criminal.
D.P. 23. 01. 2013