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***Nuria

– Hola…
Embistió al de seguridad y descargó sobre él los más indignados improperios mientras su amiga
trastabillaba balbuceando incoherencias en la puerta del lugar. Tal era el sentimiento de ofensa que
la encarnaba que debió intervenir el resto de los no muy fornidos patovicas que escuchaban a pocos
metros de la entrada. La apenas contenida ira detonó en un botellazo que con vehemencia asestó la
joven en la cabeza de uno de ellos haciendo que cayera ensangrentando el vaporoso piso. La misma
sangre en la que patinó Nuria en tanto que amenazaba a otro con la botella astillada que fuertemente
sostenía en su mano izquierda.
Algo de eso le parecía recordar cuando despegaba su hinchado y adormecido rostro del vómito de
Alicia que yacía junto a ella en el corredor del caluroso y desvencijado apartamento de la calle
Washington que a duras penas lograban mantener. Era el tipo de escenario que quería cambiar, y
que al parecer la vida se había ensañado en presentarle. Pero se consoló sabiendo que tenía el día
para olvidarse de lo pasado, por lo menos, hasta la próxima. Era como si un sino heredado la
persiguiera. Hay personas que lo sienten así. A pesar de esa orbitante percepción de la realidad
parecía capaz de enfrentarlo todo.
Alicia creyó escuchar el ruido del cerebro de Nuria pensando y lentamente comenzó a reingresar a
lo que para ella era la inocua realidad. Sus ojos, ahora sin destello, se encontraron con los de su
compañera de apartamento que se abrían y cerraban mirándola; como buscando la energía necesaria
para darle otro empujón a la rueda. Alicia era la anestesia.
Despiertas y luego de una improvisada merienda decidieron darle un poco de color a lo que quedaba
día y caminaron la rambla hasta las últimas trazas de sol. La oblicua tranquilidad y el rumor a esa
hora devino en sinestesia. Una idea desde otros tiempos. Tiempos en los que Nuria solía defenderla
de los vivos del barrio. La que de quince decidió tatuarse un corazón en su mano derecha. Son
menos las imágenes en su memoria en las que vio esa mano interponiéndose ante la ciega justicia.
Justicia – relativizó.
Al ocaso le sobrevino el ámbar blanquecino del alumbrado público. Más tarde estuvieron a punto de
desistir. De evitar la filosa inercia. De continuar mirando las flores desde donde las ven el resto de
los mortales. No ser demolidas por la ley del derrumbe. No dejarse solas. No era una noche más, era
seguir.
Los vivos del barrio siempre fueron los vivos. Están donde tienen que estar y hacen lo que la falta
de principios les dicta.
Lo que Nuria, en el murmullo del bar, dijo al oído de Alicia hizo que se sonrojara. Se levantó de la
mesa fue al baño y ya no volvió.
– Vine a verte.
D.P.
2016

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