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Lisa Marie Rice

MIDNIGHT, 3

M I D NI G H T A N G E L

ÍNDICE
Capítulo 1 ........................................................................ 3
Capítulo 2 .......................................................................10
Capítulo 3 .......................................................................16
Capítulo 4 .......................................................................26
Capítulo 5 .......................................................................39
Capítulo 6 .......................................................................52
Capítulo 7 .......................................................................72
Capítulo 8 .......................................................................81
Capítulo 9 .......................................................................93
Capítulo 10 .....................................................................99
Capítulo 11 ...................................................................108
Capítulo 12 ...................................................................114
Capítulo 13 ...................................................................120
Capítulo 14 ...................................................................135
Capítulo 15 ...................................................................150
Capítulo 16 ...................................................................161
Epílogo..........................................................................188
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA .............................................191

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

Capítulo 1
Portland, Oregón
Sábado, 15 de enero
Parks Fundation
Ceremonia de apertura de la exposición de “Las Joyas de los Zares”
—Jodido smoking —refunfuñó John Huntington en voz baja, tirando de la
pajarita negra del esmoquin.
El mayor Douglas Kowalski, de la marina de los Estados Unidos, miró como el
ex oficial bajo su mano y socio actual en la empresa, movía los hombros con
inquietud. Kowalski no era de natural sonriente, no había sonreído en años, pero se
vio tentado. Él y John, alias Midnight, habían pasado casi veinte malditos años juntos
en el lado opuesto del planeta jugándose la vida bajo las condiciones más peligrosas.
Habían buceado en aguas próximas al Círculo Polar Ártico, habían pasado cuatro
meses bajo el sol del desierto de Afganistán sin ningún refugio, una vez se habían
quedado atrapados bajo el fuego en líneas enemigas durante una semana sin
alimentos y con ni siquiera cuatro litros de agua para los dos.
Midiéndolo con esta escala de incomodidad, un esmoquin, por muy apretado
que fuera, era algo tan nimio que no entraba en los registros. Y ahí estaba ese enorme
y peligroso Midnight gruñendo disgustado por un par de trapos.
—Esmoquin de mierda. ¿Por qué tengo que joderme…? —La voz de Midnight
se cortó de repente, silenciado por el codo delicado y puntiagudo de su esposa
incrustado en un costado.
El torso de John estaba surcado por unos enormes músculos iguales a los de
Kowalski. Era imposible que su hermosa esposa Suzanne pudiera hacerle daño. Lo
más probable era que Midnight ni siquiera hubiera sentido el codo. Sin embargo,
Kowalski había aprendido durante las dos semanas que llevaba siendo socio de John
en la empresa, que Suzanne podía herir a Midnight de modos que no eran físicos. Por
alguna razón que sólo conocía el propio Midnight, le había dado a su flamante
esposa un poder enorme sobre su vida. Lo que ella quería, lo conseguía. En aquel
momento lo que quería era que él se callase, así que eso fue lo que el hombre hizo,
apretó los labios y mantuvo la boca cerrada.
—¡Calla, John! —siseó ella mirando a su alrededor, con una sonrisa tan brillante
como falsa en su precioso rostro. Podría haberse ahorrado la preocupación. No había
nadie cerca para oírlos. Todo el mundo estaba demasiado ocupado con los ohs y ahs
de admiración ante la exhibición de las joyas rusas de un valor incalculable. Suzanne
había diseñado las vitrinas, y Kowalski tenía que admitir que eran impresionantes.

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Esta noche era un triunfo profesional para ella. La atractiva Suzanne era la única cosa
sobre la faz de la tierra que haría que John se embutiera en un esmoquin.
Kowalski se giró para mirar al rutilante auditorio que se había reunido en la
magnífica mansión centenaria de Parks Foundation. Él se encontraba cómodo con su
esmoquin. Nunca hubiera podido alquilar uno que tuviera sus dimensiones, así que
se había hecho hacer dos a la medida de su altura y anchura de hombros por un
sastre de Singapur. Los dos estaban maravillosamente adaptados, con un lugar
arreglado bajo la axila izquierda para llevar su pistola.
La que había tenido que dejar en casa.
Lo único que hacía que Kowalski se encontrara incómodo era la falta de un
arma, algo en lo que Suzanne había insistido mucho. John había protestado
enfadado, pero Suzanne había se había plantado con su precioso y pequeño cuerpo y,
ante el asombro de Kowalski, John había cedido. Era la primera vez que había visto a
Midnight retractarse en algo.
Un Midnight desarmado ya era bastante malo, pero a Kowalski casi le había
dado un ataque cuando Suzanne insistió en que él también fuera desarmado a la
inauguración de la exposición de joyas. Además la mujer había sido bastante
específica sobre ello, lo que quería decir que aprendía con rapidez lo que significaba
estar casada con John.
Ningún arma. Ninguna. Ningún arma, ninguna pistola, ningún fusil, ninguna
ametralladora, ninguna automática. Ninguna K-Bar. Ningún Emerson CQC6
desplegable. Ninguna otra clase de cuchillo. Ningún garrote, ninguna arma
paralizadora. Nada. Punto final. Nada. Nada de nada.
Kowalski había mirado consternado a Midnight. John era el que estaba atado, el
que tenía que complacer a su esposa. ¿Por qué coño tenía él que aceptar el ir
desarmado? ¿Por qué no podía llevar su arma como hacía siempre? Odiaba ir
desarmado. Le hacía sentirse desnudo. Él no estaba enamorado de Suzanne, así que,
¿por qué tenía que acceder a esa gilipollez?
Kowalski había abierto la boca para decir “lo siento pero no, desde luego que
no, que me jodan si accedo” cuando vio por un momento la súplica en los ojos de
Midnight.
John le había salvado la vida tres veces y en el 98 se había interpuesto en el
camino de una bala que iba destinada a él. Kowalski también le había salvado el
pellejo, por supuesto. Los lazos entre ellos eran demasiado fuertes y profundos para
decir que no.
Con un silencioso suspiro, miró a Suzanne Huntington y le dijo, con las
mandíbulas apretadas, que por supuesto se sentiría feliz de ir a la inauguración de la
exposición de joyas rusas. Desarmado. Hubiera preferido que le arrancaran todos los
dientes sin ayuda de la anestesia.
Sin embargo, John parecía agradecido. Eso era como un pagaré, y Kowalski se
lo cobraría, con el tiempo.
Suzanne lo miró.
—¿Te lo estás pasando bien, Douglas?

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Kowalski casi no contestó hasta que se dio cuenta que se dirigía a él. Douglas.
Nadie sobre la faz de la tierra lo llamaba Douglas, excepto Suzanne. Había sido
Kowalski, o mayor, durante tanto tiempo que casi se había olvidado de su nombre de
pila.
—Por supuesto —mintió él—. Una exposición fascinante. Unas joyas
magníficas. Unas vitrinas grandiosas.
—Bien, estoy encantada que te lo pases bien. Ahora por favor dile a mi marido
que se divierta.
Kowalski miró a John.
—Diviértete Midnight. Es una orden.
John lo miró con el ceño fruncido.
Suzanne le dirigió a Kowalski una resplandeciente sonrisa. Él casi se dio la
vuelta para mirar a su alrededor y ver a quién era que sonreía.
Las mujeres bellas no sonreían a Kowalski. Y no es que él las culpase ya que
sabía cuál era su aspecto. Parecía un matón. Un matón duro, peligroso y malvado.
Probablemente porque era duro, peligroso y malvado.
Era insólito que una mujer le sonriera. Hacía honor a Suzanne que consiguiera
fingir que él se parecía a todos los demás.
Y no era verdad. Había nacido grande, con rasgos rudos e irregulares y la vida
no había suavizado ninguno de ellos. Le habían roto la nariz cuatro veces. Hacía diez
años que un terrorista había ido a por él con un cuchillo. El muy jodido había
logrado abrirle la mandíbula de un tajo antes de que Kowalski lo dejara fuera de
combate. Había ocurrido a unos mil kilómetros del hospital más cercano y se había
tenido que coser él mismo el profundo corte usando la hoja del cuchillo como espejo.
La marina le había ofrecido pagar la operación de cirugía plástica para reparar el
daño, pero él la había rechazada.
A Kowalski le importaba una mierda la cicatriz —cuanto más hosco pareciera,
mejor—, y de todos modos, ya estaba harto de cuchillas.
Se había pasado toda su vida adulta siendo un hombre duro entrenando a otros
hombres duros para enfrentarse a la muerte. Y eso no se hacía sonriendo con
amabilidad y con ojos resplandecientes. Se había esforzado tanto para que su cara
mostrara severidad que se había convertido en su segunda naturaleza.
Se sentía raro al sonreír, así que nunca lo hacía.
—¡Suzanne! ¡Aquí estás! ¡Qué triunfo, querida! —Dos hombres esbeltos con
esmóquines blancos se acercaron a ellos envueltos en una nube de perfume y besaron
el aire que había junto a las mejillas de Suzanne. Eran muy elegantes y demasiado
esmirriados. Recorrieron de arriba a abajo a Midnight con una mirada de aprobación,
miraron a Kowalski, se estremecieron, y volvieron a dirigirse a Suzanne.
—Querida —dijo uno de los hombres tomándola del brazo—. Has ideado unos
diseños fabulosos. Te aseguro que Nomura está muerto de celos —Frunció los
labios—. Se lo tiene bien merecido esa víbora, ¿te imaginas?, quería usar cristal y
cobre. No habría sido lo mismo en absoluto. Iremos a almorzar con él la semana que
viene para regodearnos. Mejor aún, vamos a dar una vuelta y a regodearnos ahora

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mismo. Será delicioso.
El ceño de John se hizo aún más profundo. Ni siquiera él podría estar celoso de
aquellos dos hombres. Estaba claro que ninguno de ellos había follado alguna vez a
una mujer, y también que no la habían querido follar. Kowalski pensó que lo que
John no veía con buenos ojos era que Suzanne no estuviera al alcance de sus brazos.
—Mi querida Suzanne —dijo el otro hombre—, acabo de ver entrar a Marvin
Lipinsky. Has de venir con nosotros ahora mismo y hablar con él. ¿Sabes que está
pensando en exponer el año que viene su colección pre colombina? Apuesto a que
harías un trabajo brillante en la exposición. Vamos, cariño. No lo dejemos escapar.
John dio un paso hacia delante.
—No —dijo—. No voy a…
Suzanne le puso la mano en el brazo. Se puso de puntillas y lo besó en la mejilla
con suavidad.
—Vuelvo enseguida —dijo mientras sus ojos color azul grisáceo le enviaban un
mensaje bien claro “Quédate aquí quieto. Y compórtate”
La mirada que le dirigió a Kowalski también estaba muy clara. “Y tú, tú vas a
asegurarte que él se queda aquí y que no me avergüenza”
Con una última mirada risueña a su marido, Suzanne se alejó.
John se la quedó mirando con expresión sombría.
Un camarero con un elegante uniforme se detuvo delante de ellos. Llevaba una
bandeja de plata maciza con copas altas de champán. John cogió una y se la bebió de
un trago.
El camarero vaciló un momento antes de ofrecerle una a Kowalski. Kowalski
apretó la mandíbula. Sabía que parecía un obrero tosco, alguien más cómodo junto a
una cuadrilla de construcción o en un muelle de carga que en un escenario elegante.
Pero mierda, estaba claro que era un invitado, con un perfecto comportamiento y
vestido para la ocasión con esmoquin y todo.
Kowalski cogió una copa de la bandeja y bebió un sorbo. El champán era
magnífico, seco y frío. Observó a John que miraba como su esposa iba de grupo en
grupo, y tomó otro sorbo. Era mejor aprovechar el placer allá donde se pudiera
encontrar. Estaba condenadamente seguro que John no iba a ser una compañía
entretenida.
—Parece duro eso de estar casado —dijo por fin Kowalski.
—No creas —contestó John sin apartar la mirada de su esposa—. Estar casado
es jodidamente fácil. Mierda, no tenía ni idea, porque si llego a saberlo me habría
casado antes. Vivo en una casa magnífica. Mi esposa me diseñó una oficina
fantástica. Mis comidas son regulares y deliciosas. Tengo sexo habitual. La ropa
lavada y planchada. No, no es estar casado lo que es duro —John giró la cabeza para
mirar a Kowalski. Y Kowalski vio algo en el rostro de John que nunca jamás pensó
que vería. Miedo. Vulnerabilidad—. Lo realmente duro es estar enamorado. Es
desgarrador.
Ese era un John Huntington completamente nuevo y esto casi mata del susto a
Kowalski.

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—Casi la perdí, mayor —murmuró John, y su rostro se tornó lívido.
Kowalski respondió con brusquedad.
—“Casi” no es suficiente, Midnight. Lo sabes —El mantra de los grupos de
asalto. Casi, nunca es suficiente. Con “casi” no puedes dar en el blanco. Con “casi”
no puedes atrapar a un terrorista. A nadie le preocupa si "casi" te han matado al
regresar a la base bajo el fuego enemigo, haces lo que tengas que hacer y vuelves al
campo de acción.
Los músculos de la mandíbula de John se tensaron.
Kowalski había llegado a Portland hacía poco más de dos semanas como socio
de la nueva empresa de John. Justo a tiempo para encargarse de Alpha Security
International, cuando John desapareció. La mujer de la que Midnight se había
enamorado había sido amenazada de muerte por Paul Carson, un hombre de
negocios con conexiones con el crimen organizado. Ella había sido testigo del
asesinato de la esposa de Carson, así que el hombre la había estado cazando antes de
que pudiera declarar como testigo de la acusación.
Cuando Midnight desapareció, Kowalski le había reemplazado temporalmente,
recibiendo un curso intensivo de cómo llevar una empresa de seguridad de
crecimiento rápido.
Midnight reapareció cuatro días más tarde, cuando el FBI liberó a Suzanne de la
vigilancia policial. El peligro había terminado. Paul Carson había tenido un accidente
mortal. Su frente se había interpuesto por casualidad en el camino de una bala de
rifle de calibre 50 de un francotirador.
Al día siguiente, John se casaba con Suzanne. A Kowalski aún le parecía raro
que su amigo estuviera casado. Los guerreros no se casaban. Tenían sexo, claro, para
desfogarse. Era un hecho que los soldados follaban tanto como podían, porque solían
estar bajo mucha tensión y a veces se pasaban meses sin poder hacerlo. El sexo era un
relajante garantizado de los músculos. ¿Pero el amor? ¿El matrimonio? No en el
manual.
Negó con la cabeza y bebió otro sorbo.
Suzanne se abrió paso hacia ellos, balanceándose con gracia por las baldosas de
mármol. John se enderezó, vigilando cada paso que daba.
Desapasionadamente, Kowalski tenía que admitir que aquella Suzanne
Huntington era en verdad una mujer bellísima.
Ella sonrió al llegar junto a su marido.
—Ya estoy aquí, John, ¿lo ves? No ha sido tan malo, ¿verdad?, me he ido, he
hablado con algunas personas sobre el negocio, he hecho algunos contactos y he
vuelto —Negó con la cabeza, haciendo que el cabello rubio tomara la forma de una
campana alrededor de su cara—. Y no ha pasado nada.
El ceño de John se hizo más profundo y Suzanne se rió. Otra hermosa mujer se
acercó por detrás de ella. De cabello oscuro, delgada, con un vestido rojo sin tirantes.
Kowalski sabía quién era. Claire Parks, heredera de la fortuna Parks y esta
noche la anfitriona. Muy rica. Asquerosamente rica, de hecho. Era también la mujer
que había estado sorbiéndole el coco al amigo de John, el teniente de policía de

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Portland Bud Morrison.
Ella había roto su compromiso con Bud unos días después de que llegara
Kowalski, y desde entonces Bud había sido un cadáver andante.
Kowalski se acabó la copa y cogió otra de la bandeja de un camarero que
pasaba. Mujeres. Había visto hombres fuertes, hombres que ni el enemigo más
entrenado podía derrotar, quedar destrozados por una mujer. Hechos polvo. Y no
había nada más cierto: las mujeres, particularmente las mujeres hermosas, le daban
un miedo de muerte. Sin embargo nunca había estado esclavizado por ninguna.
Gracias a Dios, él era inmune.
Claire Parks le puso a Suzanne las manos en los hombros.
—Hola —murmuró dándole un beso en la mejilla—. Felicidades por las
vitrinas. Son magníficas. Casi tan hermosas como las mismas joyas.
—Gracias, cariño —Suzanne sonrió y se puso un mechón de pelo rubio oscuro
detrás de una oreja.
—He trabajado mucho en ellas. Ha sido un placer y un privilegio. Las joyas son
de verdad exquisitas.
Sonriendo, Clara Parks miró a su alrededor y se quedó helada al ver a
Kowalski. Se le quedó mirando con una mezcla de curiosidad y horror, y luego
desvió los ojos mirando hacia lo lejos. Suzanne se dio cuenta y suspiró.
—Claire —dijo con una sonrisa forzada—. Me gustaría presentarte al mayor
Douglas Kowalski. Es el nuevo socio de John.
Era como si los pensamientos de Claire Parks estuvieron siendo emitidos por
radio en voz alta y clara. ¿Ese es el nuevo socio de John? ¿Este matón enorme y temible,
que parece un asesino a sueldo con esmoquin? Kowalski podía leer con toda claridad lo
que estaba pensando Claire Parks, ¿Suzanne tiene que vivir donde lo ve continuamente?
Pobre, pobre Suzanne.
La empresa de John, Alpha Security International, ocupaba la mitad de una
fábrica restaurada en una zona peligrosa de la ciudad. Suzanne había hecho un
trabajo magnífico restaurando el edificio, y el que estuviera en una zona violenta de
la ciudad era una circunstancia que satisfacía la naturaleza del negocio de ambos. La
pega estaba en que ella y John vivían en la otra mitad de la fábrica.
La preciosa señorita Parks cumplió con su deber. No tembló y no retrocedió. Le
habían enseñado modales. Tendió la mano, lo miró a los ojos durante una milésima
de segundo, y luego desvió la vista hacia algún punto por encima de su hombro
derecho.
—Mayor Kowalski —Los labios se alzaron en las comisuras. No se podía decir
que fuera una sonrisa, más bien un pequeño vislumbre de los dientes—. Enencantada de co-conocerle.
Mierda. La había hecho tartamudear y ni siquiera se atrevía a mirarlo a la cara.
Él le cogió la mano con delicadez, una mano que temblaba ligeramente. ¿Qué coño
creía esa mujer? ¿Que se comía manos femeninas para cenar?
Kowalski odiaba esto. Odiaba que lo mirasen como a un maldito animal de un
zoo. Le había pasado durante toda la vida, y era el motivo por el que se alejaba de los

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civiles.
Venir aquí esta noche había sido un error, uno que no volvería a repetir. Ya
había tenido bastante. Iba a estrecharle la mano a Claire Parks, excusarse ante John y
su mujer, meterse en su SUV e irse a casa.
Tal vez lo que necesitaba era follar. Tal vez podría llamar a aquella mujer que
había recogido en Pearl la semana pasada y follarla. Charlene algo.
Mierda, no. La tal Charlene le asustaba. No dejaba de pedir sexo cada vez más
rudo, incluso cuando ya estaba seguro que la estaba lastimando. Al final él se había
marchado sin tener un orgasmo. Eso fue cuando ella sugirió que le gustaría que la
atara y la follara con más violencia. Él pesaba por lo menos cincuenta kilos más que
la mujer. Sabía que tenía un aspecto aterrador, y en muchos aspectos lo era, pero
nunca podría hacerle daño a una mujer, de ninguna de las maneras. Fue sólo cuando
vio el destello febril en sus ojos que comprendió que tal vez Charlene quería que le
hicieran daño. A ella le encantaba tener sexo con alguien a quien consideraba
violento. Como una droga, estaba enganchada al sexo violento.
No, nada de sexo esta noche. De todas maneras Suzanne —que, desde luego,
estaba prohibida para el señor Monstruo— era la única mujer que conocía en
Portland. Bueno, se iría a casa y escucharía el álbum nuevo de Norah Jones. Sí,
decidido, se pondría cómodo en el sofá con una botella de whisky al lado y
escucharía y se envolvería en esa voz aterciopelada y se emborracharía. Era lo más
cerca que llegaría estar nunca de una mujer hermosa.
Pero primero tenía que superar los siguientes minutos.
—Señora —dijo. Apretó la mano de Claire Parks durante justo cuatro segundos.
Kowalski tenía las manos grandes y fuertes. Hacía mucho tiempo que había
aprendido como evitar el hacer daño. Apretó suave y cuidadosamente. Escogió las
palabras, una por una, para que fueran lo menos amenazadoras posibles—.
Encantado. Este es un edificio muy hermoso. Enhorabuena por la exposición.
Tenía una voz excepcionalmente profunda y vio como los ojos de la mujer se
abrían mucho al oírla. La mano de Claire Parks se estremeció y él se contuvo para no
suspirar y alzar los ojos al cielo cuando la soltó. Por millonésima vez, Kowalski se
alegró de no tener citas con damas. Las mujeres a las que follaba no se fijaban en su
aspecto. Sólo querían sexo con él, duro y abundante. Exactamente lo que podía
darles. Todo volvería a estar en su lugar mientras no esperase nada más de la
próxima fiesta. Fue entonces cuando oyó la Voz. La voz de un ángel que venía
directa desde el cielo.

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Capítulo 2
Portland, Oregón
Sábado, 15 de enero
Instituto Psiquiátrico y Prisión de Spring Harbor
Estaban tocando aquella canción, la canción de ella, en alguna parte del edificio.
Alguien tocaba aquella canción. Corey Sanderson no podía soportarlo.
Tan trillada, tan anticuada, con tan poco ritmo, y eso sólo la melodía. La voz
sonaba como si fuera del siglo diecinueve.
Puaj. Que mierda.
No era raro que las ventas de aquella perra cayeran en picado. ¿Por qué no le
había escuchado? Él la había llevado hasta lo más alto. Primero había conseguido un
espacio en el show Today y luego una presentación en el Vanity Fair, con fotos de
desnudos artísticos hechas por Richard North, el célebre fotógrafo, nada menos.
Había sido una verdadera hazaña. Le había llevado semanas conseguirlo. Y cuando
se lo anunció a ella, la putita lo rechazó. Lo rechazó de plano. ¡Lo rechazó a él! Nadie
decía que no a Corey Sanderson, nadie.
Ella se lo había dicho con demasiada frialdad, justo antes de cancelar el
concierto de San Diego, donde él había contratado a una banda de hip-hop como
teloneros. Había invertido mucho dinero en aquella perra, había pedido muchos
favores. Favores que tampoco habían sido fáciles de conseguir, porque ya había
pasado… un tiempo desde que había sido el primero en su actividad. Nada serio,
sólo unos pequeños reveses, pero el negocio de la música se movía rápido, y era
implacable. La gente empezaba a hablar de él en pasado y eso era intolerable. Corey
Sanderson era El Hombre. Siempre lo había sido y siempre lo sería. Y ninguna perra
irlandesa podría cambiarlo.
La había escogido como su medio para regresar y en lugar de estar agradecida,
lo había… rechazado. Aún ahora seguía estupefacto. Aún la veía, aquella tarde, en su
ático de lujo con la enorme hipoteca que podría haber cancelado con aquella
desastrosa gira. Cuando ella le había pedido una cita, había estado seguro que era
para disculparse. Para prometerle que haría mejor las cosas, para ofrecerse a hacerle
una mamada como expiación. Y estaba decidido a aceptarlo todo. La muchacha era
una preciosidad y él había estado intentando meterse en su cama desde hacía un año.
Así que estaba totalmente preparado para perdonarla y follarla. Y ella había
aparecido con su padre, ¡con su padre!, para romper el contrato.
¿Acaso era raro que hubiera perdido el control?
Se había merecido todo lo que le había pasado, la muy perra. Una mandíbula

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rota y la ceguera eran un justo castigo, sobre todo porque él había tenido que vender
el ático para pagarse un abogado.
De todos modos, había valido la pena vender el ático, el apartamento en Aspen
y el mercedes para pagar a Edwin Gossett, el abogado que lo había mantenido fuera
de la cárcel. Sanderson había pasado dos semanas en chirona antes de que Gosset
lograra convencer al juez y al jurado que necesitaba atención psiquiátrica. Se
estremeció con violencia. Nunca volvería a la cárcel. Se le puso la piel de gallina sólo
de pensarlo.
No, soportaría quedarse aquí durante los próximos años. Era el paciente
favorito de la doctora Serena Childers, y esta le permitía su música, sus libros, y su
comida favorita. Serena era la directora del instituto y estaba medio enamorada de él.
Se quedaría aquí a no ser que la perra irlandesa recobrara la memoria, en ese caso se
vería en serios problemas.
Aquel verano…
La cabeza empezó a darle punzadas al oír la voz. Allegra Ennis, la mujer a la
que había querido convertir en la cantante más famosa de América y que le había
dado la espalda. Y la responsable de su caída en desgracia.
La música flotó desde alguna parte del pasillo. Tal vez uno de los guardias
había conectado la radio y sintonizado una de esas jodidas estaciones locales, esas
que emitían viejas canciones intercaladas entre la publicidad de comida para perros.
¿Qué otra clase de emisora la emitiría?
Aquel verano, hace mucho tiempo…
Temblando de rabia, Sanderson miró a su alrededor buscando algo para hacer
ruido, pero no encontró nada. No algo que pudiera romper tirándolo contra la pared.
La botella de agua y la taza eran de plástico. La cama estaba clavada en el suelo. Los
cristales eran irrompibles, con una tela metálica encastrada.
Sanderson cogió las zapatillas y las arrojó contra la puerta. Hicieron un ruido
sordo y apagado.
Aquel verano, el invierno quedaba muy lejos…
¡Los libros! Dos libros pesados con encuadernación rústica y un libro de tapa
dura. Los lanzó contra la puerta. El sonido que hicieron fue satisfactorio. El lomo del
libro de tapa dura se rompió y aterrizó en el suelo como un pájaro herido.
Como íbamos a saber que el verano no volvería…
¡Perra! Trinando a lo lejos, como un pequeño y despreciable ruiseñor irlandés.
Él había hecho lo posible para que su voz sonara actual, moderna, pero no había
conseguido nada. Había sido tan difícil formarla. Resistir, siempre resistir. Esa putita
no sabía lo que le convenía.
Se abrió la puerta y Alvin asomó la cabeza.
—¿Señor Sanderson? ¿Necesita algo? —preguntó al entrar con voz y actitud
respetuosa.
Joder que sí, ya podía tenerla. Alvin sabía lo que era él, y lo que podía hacer en
su beneficio.
Alvin era alto, demasiado alto, y también pelirrojo, como Doody Howdy pero

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sin la voz, sin ningún sentido musical. Pero quería convertirse en una estrella, y
Sanderson le había prometido que con él lograría triunfar.
A cambio, Sanderson quería que matara a Allegra Ennis.
—Alvin, consígueme un magnetófono —le dijo mirándole con una sonrisa, a la
vez que encontraba ridícula su estatura y odiaba la estúpida cara pecosa—.
Empezamos mañana. Cuando se haya acabado, me pondré en contacto con algunas
personas que conozco en California. Empezaremos con una cinta de muestra de lo
que harás.
La fea cara de Alvin se iluminó cuando salió corriendo para conseguir un
magnetófono. Ya tenía la cabeza llena de imágenes de coches de lujo, mujeres de lujo
—tías buenas peleándose para meterse en su cama— y fotografías suyas en todas las
revistas de cotilleo, con su mansión al fondo. Iba a ser una estrella.
Alvin estaba sin aliento cuando volvió y puso un magnetófono barato en las
manos de Sanderson que lo giró pensativo. Era una mierda de magnetófono, pero
seguro que podría registrar una voz con exactitud. Con eso bastaba.
—Muy bien, Alvin, ya puedes irte —Necesitaba concentrarse durante los
siguientes minutos—. Dentro de media hora trae a la doctora Childers, y no te
sorprendas por lo que veas.
—Sí, señor —Alvin desapareció. Cuando trajera a Serena todo se pondría en
marcha. Lo único que tenía que hacer Alvin era volver loca a Allegra Ennis y luego
matarla, haciendo que pareciera un suicidio. Sanderson sabía que nunca se lo
podrían atribuir a él.
Allegra era mujer muerta.

Kowalski era el más alto de todos, así que tenía una visión despejada.
Una mujer pelirroja estaba sobre una tarima elevada. Una hermosa pelirroja,
con un diáfano vestido de noche verde, tocando el arpa. Con una voz de ángel.
Nunca había oído nada igual. La voz competía con el arpa en pureza. No
conocía aquella canción, pero la música, el ritmo, se le metió en el cerebro como si la
hubieran grabado a fuego para que no la olvidara jamás. Como si hubiera un lugar
en su cabeza esperando justo aquella canción.
Algo acerca de un verano. Un verano perdido y un amor perdido. La melodía lo
estaba hechizando, introduciéndose en los huesos a través de la piel y los músculos.
Todo él vibraba con las notas. En toda una vida escuchando música, Kowalski nunca
había oído nada ni la mitad de hermoso.
La cantante también era hermosa. No de la misma manera que Suzanne o Claire
Parks. De un modo diferente. Mejor. Brillaba tenuemente sobre el escenario como si
fuera mitad de este mundo y mitad no. La piel pálida resplandecía como si la luz
viniera desde el interior, como una perla bajo el agua.
Si alguien le hubiera dicho que era un ángel, se lo hubiera creído. No hacía falta
mucha persuasión con aquella voz que se elevaba majestuosamente. Pero era una
mujer de carne y hueso. El cabello largo castaño-rojizo le caía sobre la espalda,

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brillando, moviéndose mientras los dedos de ella flotaban con gracia al tocar las
cuerdas. Mantuvo los ojos cerrados cuando acabó la canción, apoyándose en el arpa
como si fuera un amante. Su voz se fue apagando en un susurro, en un último
“glissando” cristalino de acordes de arpa que se elevó en el aire, luego levantó la
cabeza y abrió los ojos al oír el aplauso espontáneo.
En ningún momento miró a la audiencia. Era como si tocara para sí misma
cuando empezó una canción nueva, sonriendo con suavidad, sumida en sus
pensamientos. Primero una larga introducción musical, y luego empezó a cantar.
Otra vez era una canción que Kowalski no había oído nunca, pero que reconoció al
instante, como si fuera parte de una memoria atávica que había estado en espera
hasta ahora.
“Sol cruel”. Una balada delicada, una fusión de jazz y música céltica. La
crueldad del sol, que sigue brillando después de la muerte de un ser amado.
Añoranza, dolor, impotencia, todo estaba allí, junto con la cáustica aceptación final
de que al sol no le importaba. Seguía brillando con crueldad.
Kowalski oyó vagamente discutir a un hombre enfadado detrás de él.
Reconoció la voz de Bud, el amigo de John, peleándose con Claire. Hubiera querido
decirles que cerraran la jodida boca, pero para hacerlo tendría que girarse. No quería
perderse ni un segundo de la música que surgía de aquella extraordinaria mujer.
Las canciones siguieron, una tras otra. No se podía creer que no las hubiera
oído antes, que nunca hubiera oído hablar de la cantante. No tenía ni la menor idea
de quién era, pero sabía que estaba ante un talento de categoría mundial. Había oído
a Pavarotti en directo, y esta de ahora era una experiencia tan increíble como lo había
sido aquella. Algo divino y conmovedor.
Kawolski se fue acercando a la tarima, molesto con la gente que había a su
alrededor. Al infierno con todos ellos, con sus ropas y sus voces estridentes, que
ahogaban la de la cantante. Habían empezado de nuevo con sus estúpidas charlas,
como si lo que oían fuera música de fondo, ruido de fondo. Música de ambiente para
la exhibición de las joyas. Estaban oyendo magia pura y eran demasiado estúpidos
para comprenderlo.
A la cantante no le importaba. Ni siquiera parecía notarlo. Estaba cantado por y
para ella. En ningún momento miró hacia la audiencia, intentando hacer contacto
visual. Casi todo el tiempo tuvo los ojos cerrados como si estuviera concentrada en la
canción, con los dedos volando sobre las cuerdas del arpa, y la voz cristalina y pura.
Kowalski odió a la muchedumbre, deseando que desaparecieran todos para
poder disfrutar de ella a solas. Se quedó rozando el borde de la tarima, lo más cerca
que podía estar de ella.
Cristo, era preciosa. No era sólo la voz, aunque seguiría siendo exquisita si ella
tuviera siete barbillas y pelos en cada una de ellas.
Pero no tenía siete barbillas, sólo una. Una muy bonita, y sin un solo pelo. Todo
en ella era pura magia, perfección y delicadeza. Tenía la pigmentación de una
verdadera pelirroja, pero sin las pecas. El vestido verde esmeralda, largo hasta los
pies, era elegante, pero modesto. La piel que mostraba era pálida y cremosa, los

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MIDNIGHT ANGEL

rasgos de la cara casi desprovista de maquillaje eran perfectos, acentuados por unas
cejas de un castaño oscuro. Incluso sentada se veía que no era muy alta, pero con
piernas largas y un cuello largo y esbelto. Cuando giró la cabeza ligeramente hacia él,
Kowalski casi jadeó. Los ojos medio cerrados eran de un bellísimo verde oscuro, el
verde de océanos tumultuosos, de los prados al final de la primavera.
Kowalski no podía apartar los ojos de ella.
Después de siete canciones, se echó hacia atrás en la bonita sillita dorada donde
había estado sentada, y dejó caer las manos en el regazo. La primera parte había
acabado. Los oyentes aplaudieron con educación y enseguida fueron hacia el bufete,
que habían colocado en la parte de atrás del vestíbulo, sobre largas mesas con
caballete, mientras ella cantaba. Fluyeron como un río hacia la comida hablando sin
cesar en grupos de tres o cuatro.
Idiotas, pensó Kowalski. Estaban en presencia de un genio musical y lo único en
lo que pensaban era en comer gratis.
Por primera vez, Kowalski advirtió que Suzanne y John estaban al lado de la
tarima. Suzanne subió los cuatro escalones y fue hacia la cantante, poniéndole una
mano en el hombro. La cantante puso una mano sobre la de Suzanne y sonrió.
Kowalski retuvo el aliento durante unos segundos, luego lo soltó.
Ella no había sonreído hasta ahora. Había estado demasiado concentrada en las
canciones. Su sonrisa era tan mágica como la música, iluminándole la cara. Suzanne
tenía el brazo alrededor de la esbelta cintura de la mujer y las dos atravesaron la
plataforma de madera. Suzanne murmuró algo en su oído y la cantante asintió.
Bajaron juntas las escaleras y fueron hacia donde estaban Kowalski y John.
Suzanne dijo algo y la mujer se rió, un sonido lleno de luz y de gracia, una
continuación de su música. Dios, aquel sonido penetró hasta el centro de los huesos
de Kowalski.
Era, en todos los aspectos, una mujer tocada por la magia. La cantante y
Suzanne caminaban hacia Midnight y él. Suzanne era hermosa, de eso no cabía duda,
pero Kowalski ni la miró mientras se acercaban a ellos. No podía apartar los ojos de
la cantante. Su belleza era algo más que rasgos regulares, una buena piel y un cabello
brillante. Había una luminosidad en ella, como si hubiera un halo rodeándola. Un
ángel.
Kowalski casi resopló ante los pensamientos que le pasaban por la cabeza.
Necesitaba echar un polvo pronto, esta vez con una mujer normal. No con algún
monstruo sadomasoquista que sólo quería esclavitud y dolor.
Halos. Ángeles. La vida civil lo estaba volviendo loco.
De todos modos no había ninguna duda sobre el talento de la cantante.
Kowalski amaba la música. Cualquier tipo de música. Rock, jazz, clásica, ópera.
Vocal e instrumental. Lo que se tocara, él lo escuchaba. Iba a ser un placer felicitar a
esta mujer por su voz y su manera de tocar el arpa.
Suzanne pareció vacilar. Tendría que pasar por su lado para llegar hasta John.
No iba a poder evitar presentarle a la cantante.
—Allegra —dijo Suzanne—, me gustaría presentarte al nuevo socio de John, el

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mayor Douglas Kowalski. Douglas, te presento a mi amiga Allegra. Allegra Ennis.
—Mayor Kowalski —murmuró ella, tendiéndole la mano.
¡Joder joder joder! El luminoso y cálido placer por su música desapareció,
dejándole vacío, abriéndole una brecha en el pecho. Allegra Ennis se quedó mirando
su corbata. Ni siquiera consiguió lo que había hecho Claire Parks —una breve mirada
a los ojos— antes de fingir que él no tenía rostro.
Al diablo con ello. Al diablo con todo.
Por primera vez, Kowalski se preguntó si se las arreglaría en el mundo de los
civiles. No podía regresar al otro. Se había jubilado. Nadie en la marina o en
cualquiera cuerpo de las fuerzas armados había tenido problemas en mirarle la cara.
De acuerdo, él no era guapo, pero era jodidamente bueno en su trabajo y eso era lo
que contaba.
Había estado en la marina toda su vida, pero ya no. ¿Era eso lo que le esperaba
aquí fuera? ¿Pasarse el resto de su vida con gente que con la mayor educación se
negaría a mirarlo? Que se jodieran.
El intenso placer de la música de Allegra Ennis se había desvanecido, había
desaparecido con la mirada cortés y vacía de su cara. Bien, pensó, elógiala y lárgate.
Tal vez esta noche se bebería toda la botella de Jim Beam.
—Señora Ennis —retumbó su voz cuando le cogió la mano. Si había estrechado
la mano de Claire Parks durante cuatro segundos, a Allegra Ennis se la tendría que
soltar a los tres—. Tiene una voz preciosa y las canciones eran muy hermosas.
Realmente exquisitas. Le ruego que acepte mi enhorabuena.
Allegra Ennis hizo algo extraño. Alzó la cabeza con rapidez y se tambaleó
ligeramente cuando alzó la mirada, intentando enfocarlo, como un francotirador
cuando apunta para disparar. Había algo en aquella mirada fija…
Y entonces Kowalski sintió como si le dieran un puñetazo en el estómago.
Allegra Ennis era ciega.

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Capítulo 3
—Por fin vas a pagar por lo que me has hecho, putita.
Sonriendo, Corey Sanderson apagó el magnetófono. Esa era la última de las
grabaciones. Bien, eso era todo, lo único que faltaba era que Allegra Ennis muriera. Él
estaría a salvo sólo cuando ella muriera. Mientras estuviera viva, podrían volver a
meterlo en la cárcel. Si no fuera por Gosset, Sanderson estaría todavía allí, en aquella
negra pesadilla sin fondo.
Pero no iba a volver, por supuesto. No iba a permitirlo. Tenía el cerebro y la
voluntad para asegurarse que la vida transcurriera en torno a él y sus necesidades.
No era por casualidad que él fuera el productor de música con más éxito de la
historia, con cuatro platinos, diecisiete oros, e industrias enteras de música girando
alrededor de sus gustos… Oh, sí, él era un hombre de acción y un revolucionario. Un
creador, un artista. Encerrarlo en una prisión era obsceno. Este lugar, con las paredes
color crema, Mozart en los altavoces y bonitas enfermeras, ya era lo suficiente malo.
Puso el pequeño magnetófono que Alvin le había traído encima de la mesita de
noche, una mesita art decó que sustituía a la de plástico… una cosa horrible que
había encontrado al llegar. Serena había comprendido que un hombre con sus gustos
y sensibilidades necesitaba una decoración mejor de lo que se solía proporcionar a
los pacientes, así que Sanderson tenía su butaca favorita, su propia vajilla de
porcelana, cubertería de plata, copas de cristal y trajes de cachemir. Nada de platos
de plástico ni de lúgubres batas de hospital para él. Serena era muy buena al
consentirle lo que quería, no, lo que necesitaba.
Sanderson siempre tenía dos grandes líneas de persuasión para cualquier
ocasión. Una era “Juntos haremos la música más hermosa” Los conciertos
vespertinos de Sanderson le proporcionaban un tratamiento muy especial. Serena era
bastante parcial en lo referente a Bach.
Tocó el timbre de la cabecera de la cama y dos minutos más tarde, Alvin
Mitchell asomó su cabeza pelirroja por la puerta.
—¿Señor Sanderson?
—Trae a la doctora Childers. Ya ha llegado la hora.
La otra línea era, “Criatura, te convertiré en una estrella”.

Allegra Ennis le sonrió. Una sonrisa cálida y sincera.
—Mayor Kowalski. Haré el mismo elogio pero refiriéndome a usted. Tiene una
voz magnífica —La sonrisa se hizo más amplia—. Un verdadero “basso profondo”.
No es nada común. Tendría que estar cantando Falstaff.

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Él la miró a la cara. No había nada allí excepto cordialidad y una belleza
devastadora.
—Falstaff en un buen papel para un bajo —contestó él—. O Boris Godunov. Me
gustó Falchinette en el papel de Boris. Lo oí el año pasado en Nueva York.
Aquella preciosa cara se iluminó.
—Sí, es cierto. Es una voz tan poderosa. Que privilegio debe haber sido oírlo en
directo —añadió levantando la cabeza y con los ojos ciegos fijos en el rostro del
hombre. Él comprendió que la señorita Ennis escuchaba su voz con tanta atención
como cualquier experto en arte contempla una pintura—. Su voz sería perfecta para
Hagen. Tengo grabada la interpretación de Schumacher. Y apostaría que podría
usted cantar “Old Man River” como Paul Robeson.
La mano de ella era como seda cálida. Notaba la delicada estructura bajo la piel,
esa combinación mágica de huesos y tendones en los dedos largos y esbeltos que le
permitían extraer aquella música tan bella de las cuerdas del arpa. Ella no había
retirado la mano, así que la sostuvo un poco más.
—Yo también tengo el CD de Schumacher, pero no canto —Soltó un bufido al
imaginarse cantando—. Me gustaría cantar a pleno pulmón “Old Man River”, si
pudiera cantar, que no puedo. Puede estar segura que no querría oírme cuando lo
hago, ya que más que cantar croo en la ducha, y es una suerte que las paredes de esa
ducha no sean de cristal, si no las rompería.
Ella soltó una risa divertida, que sonó como plata líquida.
—Vamos, mayor Kowalski, eso lo conseguiría con una C alta, y usted no podría
conseguir nunca una C alta —Retiró la mano deslizándola con suavidad como una
larga caricia—. Y de todas maneras, el concepto de que una nota rompa el cristal son
cuentos de viejos. Nunca he roto nada cuando subo a C alta.
—Douglas —se sorprendió a sí mismo diciendo. Nadie sobre la faz de la tierra
lo llamaba Douglas, excepto Suzanne. Pero no podía dejar que Allegra lo llamara
mayor o señor o ni siquiera Kowalski. En sus labios eso sonaba… raro. Él era
Kowalski o mayor para todos a quienes conocía excepto Suzanne… y ahora esta
mujer—. Por favor, llámeme Douglas.
—De acuerdo, Douglas. Y yo soy Allegra. Así que tranquilízate y dúchate en
paz. No importa lo mal que cantes, no vas a romper nada.
Kowalski era vagamente consciente de que John lo estaba mirando asombrado.
No sabía si porque había usado su nombre de pila o porque sabía de ópera. John no
tenía ni idea de que le gustara la ópera. Nadie lo sabía.
John abrió la boca, sin duda para reírse de él —Kowalski no conseguiría nunca
que se le olvidara esta información— cuando un grupo bullicioso de gente
parloteando se acercó a Suzanne, la rodeó y la alejó de allí. John se puso rígido y la
siguió.
Kowalski se quedó solo con Allegra.
Ella estaba sonriendo con la cara girada hacia él, esperando.
Kowalski comprendió que podría mirarla todo lo que quisiera. Era algo que
nunca había sido capaz de hacer con nadie, y eso sin hablar de mujeres hermosas. Si

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alguien como él mirara fijamente, se consideraría hostigamiento o algo peor. Se vería
como algo escalofriante y de muy mal gusto.
En cambio, ahora, podría mirar hasta hartarse. Estudiar cómo sus rasgos
expresaban cada emoción que sentía. Aquella mujer tenía un tono de piel exquisito,
como el marfil más pálido, enmarcado por el cabello suave, brillante y de un
profundo rojo, sin ninguna duda natural. Dios, se la podría quedar mirando para
siempre, pero no se atrevió. Mejor seguir con la música.
—Las canciones eran muy hermosas. ¿Quién las ha escrito?
Un suave y encantador rubor le coloreó las mejillas.
—Gracias. La verdad es que… um, yo. Al menos la mayor parte de ellas.
—¿Tú? —Kowalski se la quedó mirando. Ya el tener aquella voz y esa maestría
con el arpa era un caudal de talento musical. El que encima fuera capaz de componer
aquella clase de música…—. ¿Haces grabaciones? ¿Vas de gira?
—Antes sí —contestó ella con suavidad, desapareciendo todo rastro de
sonrisa—. Pero después de… esto —Se llevó los dedos a los ojos—, no he vuelto a ir.
Esta noche estoy aquí sólo porque Suzanne y Claire insistieron. Es la primera vez que
he cantado en público desde el… accidente.
Oh, Dios. El corazón se le encogió. Ella se había quedado ciega de adulta.
—¿Cuándo perdiste la vista? —preguntó sin rodeos.
—Hace unos cinco meses —Un velo de tristeza cubrió sus rasgos cuando bajó
los ojos, desapareciendo toda diversión, animación y viveza de su expresión. Era
como si alguien hubiera apagado la luz. Allegra miró a los lejos durante un
momento.
Kowalski tuvo que hacer acopio de toda su autodisciplina para no tocarla, para
no consolarla.
—Lo siento mucho —dijo él—. Debe ser terrible perder la vista.
Allegra giró la cabeza hacia él. Se quedó en silencio durante unos largos
momentos, con una expresión solemne y absorta en aquel rostro encantador.
—¿Sabes, Douglas? —dijo con suavidad—. Una cosa buena de estar… ciega, es
que me he visto obligada a concentrarme en las voces de la gente. Escuchar de
verdad, de verdad. He aprendido como distinguir cuando la gente dice la verdad y
cuando dicen las cosas sólo por cortesía. Creo que tú de verdad lo sientes. Muchas
gracias.
Jesús. ¿Qué podía contestar a esto? Pasó un camarero.
—¿Quieres…? —carraspeó—. ¿Quieres algo para beber? ¿Puedes beber
champán en medio de una actuación?
—Claro, un poco de alcohol nunca ha podido evitar que una chica cante —
contestó ella, con un brillo travieso en los ojos, y con un acento en la voz que
recordaba a las bebidas de menta verde como el trébol que se bebía en Irlanda el día
de San Patricio.
—Connemara —dijo Kowalski—. La parte oriental del condado —Durante los
cinco años que estuvo con los SAS había estado viajando al norte de Irlanda en
misiones secretas. Siempre que tenía algún día libre iba a la parte oriental—. Pero

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debe hacer tiempo que no vives allí. Tienes un deje americano muy fuerte en tu
acento.
Kowalski le hizo una señal al camarero que pasaba para que les trajera dos
copas altas de champán. Con esta serían ya tres copas, pero no pasaba nada. Las
copas sólo estaban un tercio llenas. Y de todos modos, tenía toda la intención de
quedarse hasta que Allegra Ennis abandonara el edificio. En ese tiempo ya habría
quemado todo el alcohol.
—Tienes un oído maravilloso, Douglas, y has dado en el clavo. Cuando murió
mi madre, mi padre y yo vinimos a Portland. Yo tenía diez años. Pero cuando
regreso a Irlanda para visitar a mis primos, enseguida vuelvo a coger el acento de
allá. Nunca creerías que me hubiera ido de allí.
—Supongo que son los primeros años los que dejan huella en una persona.
Dame la mano —El camarero se acercaba.
Con total confianza ella se la dio. Él se la cogió en el mismo momento en que
algún cabrón que había detrás de ella la empujó. Allegra dio un traspiés hacia
delante, sobresaltada. Kowalski le pasó un brazo por la cintura para estabilizarla
mientras fulminaba con la mirada al hombre que le había dado el empujón. El
hombre se estremeció, levantó la mano en un gesto de excusa y se escabulló.
—¿Estás bien? —le preguntó. Él le había cogido las dos manos y se las había
llevado al pecho. Con el brazo alrededor de ella, estaban unidos en un abrazo.
—Sí, claro. Lo siento —dijo ella con un jadeo—. He sido muy torpe.
—No, eso no es cierto —contestó él sombrío—. Ese ca-idiota te ha empujado.
Ella era tan suave y cálida, allá entre sus brazos. Esa brillante melena castaño
rojiza sobre su brazo, extendiéndose por la chaqueta y cosquilleándole la mano. Un
aroma, algo ligero y primaveral, flotó hasta las ventanas de su nariz y se quedó muy
quieto olisqueando, como un perro.
Lo único que deseaba era quedarse allí para siempre, con aquella mujer entre
sus brazos. Apretando los dientes para resistir la tentación, se aseguró que ella se
mantuviera firme, y luego apartó el brazo de la cintura. No, no podía quedarse allí,
metiéndole mano. Por mucho que lo deseara.
Sin mencionar el hecho que tenía una erección, una erección de campeonato. Y
si ella se acercaba medio centímetro más, se daría cuenta.
Kowalski tenía un gran control de su cuerpo. Había pasado toda una vida
desarrollándolo. Podría estar sin agua, alimento, luz del sol, sueño o sexo durante
más o menos el tiempo que él quisiera. Y nunca tenía erecciones no deseadas, sobre
todo en público.
Pero allí estaba, bien duro, en una sala en la que había al menos doscientas
personas. Tendría el mismo éxito deteniendo la reacción de su cuerpo al tocar a esta
mujer que ordenando a su corazón que dejara de latir.
Él todavía le sujetaba la mano. Con la otra se estiró la chaqueta del esmoquin
sobre la ingle, y cogió una copa de champán de la bandeja que sostenía con paciencia
un camarero, cuyos ojos estudiaban el techo. Kowalski le colocó con cuidado la copa
en la mano, dobló los dedos de Allegra alrededor del tallo y le soltó la mano. Cogió

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una copa para él, y le echó al camarero la mirada con ojos entrecerrados que solía
reservar para los nuevos reclutas. El camarero retrocedió de inmediato.
Vaya hombre, sólo con sostenerle la mano había hecho que la erección
aumentara hasta proporciones dolorosas.
—¿Tienes tu copa? —preguntó ella, con la cara girada hacia él.
—Sí —Jesús, hasta su voz lo ponía duro. Clara, con aquel leve deje de Irlanda.
Haría que hasta a un muerto se le levantara, y él no estaba muerto. Con cuidado hizo
chocar las copas. El sonido fue el de cristal de verdad—. Salud.
—Slaintè.
—Moda saol agat.
La sonrisa se volvió más amplia.
—Así que tú también has pasado tiempo en Irlanda.
—Bueno, claro. Kowalski es un famoso nombre irlandés, ¿no lo sabías?
—¿He de suponer entonces que vienes de County Cork Kowalskis?
—Del mismo —Kowalski tenía un buen oído y sacó a relucir el acento de York
en el momento oportuno.
Allegra se rió y empezó a beber sorbitos de champán. Cuando hubo acabado la
copa, suspiró.
—Creo que tendría que volver al escenario. Le prometí a Claire un par de
canciones más. ¿La ves a ella o a Suzanne?
—Me parece que Claire se ha marchado para pelearse con Bud, y Suzanne… —
Kowalski miró por encima de las cabezas de la gente que había en la sala—. Suzanne
está al otro lado de la sala, cerca de la mesa del buffet, hablando con algunos tíos con
frac.
—Oh —El tono era de decepción.
—¿Qué ocurre? ¿Necesitas a Suzanne para algo? Si quieres puedo ir y…
—No —dijo ella negando con la cabeza—. No, por favor, no lo hagas. Esta es su
noche. Tiene que relacionarse. Todos hablan de ella, va a ser muy bueno para su
negocio. Ha trabajado mucho en las vitrinas y se merece recoger los frutos de su
esfuerzo.
Allegra irradiaba ansiedad. Kowalski no se podía imaginar la razón, pero el aire
alrededor de ella vibraba de tristeza.
—¿Allegra? ¿Algo va mal? ¿Quieres que vaya a buscar a Claire?
—No, no por favor. No la molestes. Espero que arregle las cosas con Bud. Claire
ha sido muy infeliz desde que rompieron.
Sí, tal vez, pero era Bud el que iba con barba de una semana y ojos enrojecidos.
Claire parecía resplandeciente.
—Vale, no quieres ni a Claire ni a Suzanne. Dime lo que necesitas. Tal vez te
pueda ayudar.
—Douglas… —Ella extendió la mano, buscando a tientas hasta que encontró su
brazo y lo agarró. Sin una palabra, Kowalski le cubrió la mano con la suya y esperó a
que hablara.
—Dime, Allegra —dijo con suavidad, al ver que ella no decía nada.

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—Odio esto —Su voz de repente se convirtió en un susurro feroz y hundió los
dedos en su brazo—. Lo odio —Se mordió el labio y en sus ojos apareció el brillo de
las lágrimas. Aflojó un poco los dedos y luego volvió a apretarlos sobre la manga de
la americana. Él sintió aquel contacto en cada célula de su cuerpo.
—¿Odias el qué? —preguntó manteniendo bajo el tono de voz.
—Me temo que ne-necesito tu ayuda —Inspiró profundamente—. No puedo
subir a la tarima yo sola. ¿Podrías-podrías acompañarme, por favor? —preguntó
apartando la cara muy avergonzada.
Ella se avergonzaba por no poder ver. Jesús. Se le hizo un nudo en la garganta.
Si hacía sólo algunos meses que estaba ciega, lo más posible es que aún no
hubiera desarrollado aquellos sentidos extraordinarios que los ciegos parecían
desarrollar como compensación a su pérdida de visión. Tropezaría con algo o se
caería por las escaleras. Se haría daño. Dios mío, ni siquiera quería pensarlo.
—Desde luego que te acompañaré —Kowalski le puso un dedo bajo la barbilla
y le hizo girar la cara. Le alisó la arruga entre las cejas con el pulgar. No podía
soportar ni un segundo más ver su dolor y frustración—. Será un placer. Y eso
significa que conseguiré un asiento en primera fila.
—Tonto —ella aspiró por la nariz y se medio rió—. No hay ningún asiento.
—Pues un puesto en primera fila. Estaré allí cuando termines. Así no tendrás
que preocuparte cuando vuelvas a bajar las escaleras.
Allegra soltó un largo suspiro de alivio.
—Muchas gracias, no será muy largo. Sólo unas canciones más.
—No me importa cuánto tiempo necesites —dijo él con suavidad—. Soy un
hombre paciente y no tengo ningún sitio a donde ir. Estaré aquí. Te esperaré. El
tiempo que haga falta.
Allegra se detuvo, con la cara girada hacia él. Kowalski notaba la intensidad
con la que ella le escuchaba, con la que escuchaba sus palabras. Lo que él daba a
entender con las palabras. Ella no lo veía, pero lo podía sentir.
Algo estaba ocurriendo allí. Él lo sentía y ella también. Y Allegra ni siquiera
fingió no sentirlo.
Con la mano todavía apoyada sobre la mango, ella asintió.
—Bien —susurró.
Jesús. Sí. Bien.
Sintiendo de repente un rayo de alegría en el pecho, Kowalski dejó la mano en
su brazo y la condujo hacia las escaleras. Dirigió la mirada asesina que había
perfeccionado a todo aquel que estaba a menos de seis metros de ellos. Y en cuanto
vieron la mirada en su rostro se dispersaron. La muchedumbre se separó ante ellos
como el Mar Rojo ante Moisés. Kowalski hubiera lanzado una granada para despejar
el camino. Llegaron a las escaleras sin incidentes y él se detuvo. Obedientemente,
Allegra también se detuvo.
—Estamos en las escaleras —dijo Kowalski con voz queda—. Si levantas el pie
derecho, estarás sobre el primer escalón. Hay cuatro.
Ella asintió y él subió acompañándola y la guió hacia el arpa. Con una mano

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apoyada en su espalda, la ayudó con suavidad a sentarse. Allegra alargó la mano
para acariciar la suavidad de la madera curvada, esbozando una sonrisa ante la
sensación familiar del instrumento.
—Gracias —susurró.
—Cuando hayas acabado, vendré a buscarte. Así que no te mueves, que estaré
aquí. Puedes contar con ello.
Allegra giró poco a poco la cabeza hacia él, siendo obvio que entendía lo que
había detrás de aquellas palabras. Volvió a asentir y se giró hacia el arpa,
inclinándose hacia ella como un niño se inclina hacia su madre. Kowalski se dio la
vuelta y mientras abandonaba el escenario sonaron a su espalda las notas vibrantes
de un “glissando”. Un saludo para él.
Los músculos de la mejilla se le movieron. Tardó todo un minuto darse cuenta
de que estaba sonriendo.

Alvin recibió las órdenes, y fueron muy claras. Él podría cumplir cualquier
orden, sí, podría. Por supuesto que podría. Cualquier cosa por el señor Sanderson,
cualquier cosa.
El señor Sanderson iba a ayudarle a iniciar su carrera musical. Ser un
ordenanza, limpiar la mierda de los idiotas y fregar los vómitos no era para él. No
por mucho tiempo.
El señor Sanderson se había dado cuenta enseguida. Oh, sí.
Aquel hombre era una leyenda. Él le decía a Alvin que estaba destinado a cosas
mejores. Y tenía un plan para lanzar a Alvin al estrellato, pero no podría hacerlo si
volvían a enviarlo a prisión. No, el señor Sanderson tenía que quedarse en Spring
Harbor hasta que dentro de unos años le dieran la libertad. Era imposible que
pudiera ayudar a Alvin desde la cárcel. La única persona que podría volver a enviar
al señor Sanderson a la cárcel era Allegra Ennis, y Alvin iba a ocuparse de ella.
Allegra Ennis era sólo un pequeño escollo en el camino de su carrera musical y
su ascenso al estrellato.
Alvin recorrió el pasillo largo y aséptico hasta llegar a la oficina de la doctora
Childers, y llamó con suavidad.
—¿Sí? —La doctora Childers parecía molesta.
—Doctora Childers… el señor Sanderson necesita… ayuda.
Ella dejó la pluma con expresión alarmada y se puso en pie.
—¿Ayuda?
Alvin se dio la vuelta y empezó de nuevo a recorrer el pasillo, oyendo tras él los
tacones de la doctora Childers sobre el suelo de pizarra. Y oía algo más, sonidos de
destrucción que se hacían más fuertes cuanto más se acercaba a la habitación de
Corey Sanderson. La doctora Childers también los oyó y corrió hacia el cuarto. Alvin
la siguió. Ya sabía lo que ella se encontraría.
Pero incluso sabiéndolo, se sobresaltó cuando la doctora Childers abrió la
puerta. En diez minutos la habitación había quedado destrozada, el carísimo equipo

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de música estaba en el suelo hecho pedazos, la porcelana china del señor Sanderson
rota en mil pedazos, los CDs hechos añicos. Y el señor Sanderson…
Él estaba gimiendo, un gemido terrible, mientras continuaba con su orgía
destructiva. Una silla de hospital voló hacia el cristal antibalas de las ventanas,
acompañada de un grito que le puso a Alvin los pelos de punta.
La doctora Alvin cerró la puerta justo a tiempo. El sonido de otra silla
golpeando la puerta cerrada se pudo oír desde el pasillo.
—¡Enfermera! —gritó la doctora Childers. Era la primera vez que Alvin la había
oído expresar alguna emoción—. ¡Enfermera!
Era aterrador. Pero justo cuando la doctora se movió para cerrar la puerta de
golpe, Alvin vio por un momento al señor Sanderson. Los ojos de ambos se
encontraron y pudo ver la luz de la razón en los ojos azules del señor Sanderson. ¡Si
hasta le guiñó un ojo!
Alvin luchó con todas sus fuerzas para mantener una expresión impávida. El
señor Sanderson era un genio. Sabía lo que estaba haciendo. Estaba preparando el
camino.
Mañana todo empezaría.

Allegra acarició su adorada arpa, Dagda, llamada así por el feroz rey de Eire,
antiguo nombre de Irlanda. Cuando una tribu rival le robó el arpa, esta volvió
volando a su mano, matando a nueve de sus enemigos.
Su Dagda no era una guerrera feroz. En absoluto. Su Dagda era pacífica. Era su
amiga, su confidente, su hija, su amante y durante los pasados cinco meses su
consuelo. Dagda la había mantenido viva y cuerda cuando creía que iba a volverse
loca. Había perdido a su padre, su carrera, su memoria y su vista en una sola noche.
Si también hubiera perdido su música se habría tirado por la ventana del hospital.
Suzanne y Claire habían luchado ferozmente con los doctores y las enfermeras
para que le permitieran tener a Dagda en su habitación del hospital. Habían tirado de
algunos hilos, habían engatusado y habían amenazado. El padre de Claire, muy
amablemente, le había recordado a la Dirección que el año anterior Parks Foundation
había donado doce millones y medio para la nueva ala de oncología.
Así que Dagda había estado con ella el día que por fin había sido capaz de
sentarse en la cama. Habían colocado el arpa al lado de la cabecera donde podría
tocarla. Las enfermeras se habían limitado a limpiar alrededor del instrumento cada
mañana y cada tarde. Dondequiera que hubiera humanos, lo insólito se convertía en
normal con rapidez. Y cuando Allegra fue capaz de levantarse de la cama, se había
erguido apoyándose en la columna de Dagda.
En el mismo momento en que pudo sentarse en una silla, Suzanne le había
colocado a Dagda al lado de las rodillas y Allegra rasgueó las cuerdas por primera
vez en lo que parecía toda una vida. No necesitaba la vista para tocar a Dagda. Sus
manos sabían que hacer por su propia cuenta.
Aquellos primeros sonidos, unos acordes indecisos, habían bastado para saber

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que, después de todo, lo había conseguido. Había sobrevivido. A partir de entonces
Dagda había sido su compañera constante.
Tal vez ahora tenía otro compañero, además de la oscuridad.
No, Dios, eso era una locura. Un deseo que provenía del dolor y la soledad.
No sabía absolutamente nada de él, excepto su nombre. Douglas Kowalski. Un
buen nombre irlandés. Oh, y su graduación en la marina. Mayor. No tenía ni idea de
lo que esto significaba.
Sabía que era amigo del marido de Suzanne. Y socio. Lo más probable es que
fueran moralmente honrado, o al menos no iba a desfalcar los fondos de la empresa.
Allegra sólo se había encontrado un par de veces con el nuevo marido de Suzanne,
pero no le parecía que fuera un tipo confiado e inocente. Cualquiera que él escogiera
sería honesto e inteligente. El marido de Suzanne nunca escogería a alguien
deshonroso o torpe como socio.
¿Qué más sabía de él?
Era soltero. ¿Cómo lo había expresado? No tengo ningún sitio adonde ir.
Le gustaba la música. Había estado en Irlanda. Tenía sentido del humor.
Tenía una voz hermosísima. La más profunda que había oído en su vida, una
profunda voz de bajo que hacía que el diafragma le vibrase. No era sólo el timbre, era
la firmeza de la voz. La clase de voz en la que uno confiaba al instante y de forma
instintiva. La clase de voz que si decía que la luna estaba hecha de queso fresco, uno
se preguntaba a que sabría una loncha.
Era alto. Muy alto. Recordó el instante de incredulidad en el que por primera
vez oyó su voz por encima de la cabeza. Por un momento se había preguntado si él
estaba subido a unos escalones, o incluso, de algún modo, en otro piso.
Era fuerte. El segundo en que le había tocado el brazo, había notado los
músculos bajo la manga de la chaqueta, como acero cálido y en movimiento. La había
cogido entre sus brazos, durante sólo un momento, pero había sido suficiente para
sentirse segura y protegida por algo muy poderoso.
Sabía que él estaba allí de pie junto a la tarima, escuchándola, esperándola.
Allegra no tenía ninguna duda sobre ello. Estaba exactamente donde había dicho que
estaría. Lo sabía con tanta seguridad como sabía las palabras de “Sublime Gracia”.
Se sentía unida a él. Era de locos, pero así se sentía. ¿Cómo diablos podía
sentirse unida a alguien que acababa de conocer? ¿Con quién sólo había
intercambiado unas palabras?
Tocó un acorde para probar. La lista de canciones se había decidido la semana
anterior y debería estar cantando “Flying” pero salió otra canción. Una antigua
tonada celta que su padre y sus hermanos solían cantar cuando era niña. La solían
cantar después de tomarse demasiadas cervezas, algo que hacían a menudo.
“El alba”. Siempre la había relacionado con la felicidad, la alegría sin trabas. Los
barítonos y los tenores de los hombres Ennis la habían transformado en una balada
conmovedora, un coro masculino lleno de un sencillo júbilo, pero ella la toco más
lenta, en un clave menor. Apropiada para alguien que era indeciso e inseguro sobre
la felicidad y la alegría.

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MIDNIGHT ANGEL

Alguien que pensaba que la alegría había desaparecido de este mundo. Que no
estaba seguro que todavía existiera. Pero que aún tenía esperanzas.
Seguro que Douglas no había oído nunca la canción. No sabría que la cambiaba
para él, que le salía del corazón.
O tal vez sí.
Estaba a mitad de la canción, alargando algunas notas cuando oyó
exclamaciones de la multitud que la rodeaba. Un grito, un murmullo de enfado. La
voz teñida por el dolor de una mujer. Pasos moviéndose con brusquedad
atravesando el suelo de mármol.
Y luego una explosión hizo oscilar su mundo.

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Capítulo 4
Kowalski estaba apoyado en la tarima, mirándola. Había una pequeña isla de
espacio vacío a su alrededor. Les había echado una mirada tan espeluznante a
aquellos que estaban cerca y que no escuchaban que habían acabado por alejarse.
Que les dieran. De todas maneras, alguien incapaz de escuchar esa música
maravillosa, no se merecía oírla.
Esta canción también era hermosa, aunque no la había compuesto ella. “El
alba”. La había oído una vez en una cantina cerca de los muelles de Dublín. Recordó
la cantina con cariño. Era un verdadero garito, los entarimados antiguos de madera
manchados por incontables litros de espuma de cerveza derramada y miles de
colillas, y probablemente un par de pintas de sangre de todas las paleas a través de
los años.
“The Shanty”. Kowalski se preguntó si habría sobrevivido a la prohibición de
fumar en Irlanda.
Algunos trabajadores borrachos habían cantado a coro un conmovedor “El
alba”, algo sorprendente considerando lo colocados que iban. A Kowalski le había
encantado. Los obreros irlandeses no habían sido capaces de mantenerse derechos,
pero sí de cantar maravillosamente.
La versión de Allegra era mucho más bella, un “bluesy” lento, la misma canción
pero con un significado diferente.
Entendió muy bien lo que ella hacía con la canción. Era un lamento por la
felicidad perdida, pero con un tímido toque de esperanza, como la primera luz del
amanecer.
Estaba más o menos a mitad de la canción cuando las luces se apagaron. El
salón se quedó completamente a oscuras.
Eso era una mala noticia.
El catálogo de la exposición explicaba servicialmente que el valor aproximado,
calculando por lo bajo, de “Las joyas de los zares” ascendía a 520 millones de dólares.
“Sin contar”, agregaba el catálogo con despreocupación, “su valor como
antigüedades y objetos históricos. En ese aspecto, las joyas no tienen precio”.
En la puerta centenaria de Parks Mansion, que servía de oficina central de Parks
Foundation, Midnight y él habían contado cinco guardias de seguridad custodiando
los alrededores de la exposición. Lo que significaba que al menos había diez,
contando a los de dentro. Y no eran unos blandengues, ni tampoco tenían problemas
en los pies. Eran jóvenes, preparados y estaban ojo avizor, armados con MP5s.
En cuanto al sistema de seguridad, estaba basado en rayos láser y células
infrarrojas que no dependían de la red eléctrica. Ningún sistema de seguridad que

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valiera algo se instalaría sin generadores autónomos. Si estos no se habían puesto en
funcionamiento al fallar la red eléctrica, quería decir que habían jodido todo el
sistema. Junto con los guardias de seguridad.
Muy mala noticia.
Kowalski fue a sacar el arma por instinto antes de recordar que no llevaba.
Muy, muy mala noticia. La peor.
Oyó voces masculinas enfadadas, el grito agudo de una mujer, los pasos de un
hombre atravesando el piso de mármol. Las notas del arpa de Allegra.
¡¡Joder, joder y joder!!
Era imposible que Allegra supiera que las luces se habían apagado. Algo iba
mal y ella estaba allí expuesta, desvalida y vulnerable. Completamente sola y ciega
sobre una tarima. Kowalski ya estaba subiendo las escaleras y atravesando el
escenario cuando la primera granada explotó.
Las granadas eran pequeñas bombas de mano que al explotar provocaban como
un estallido en la mente, dos millones de unidades de flujo luminoso y ciento
ochenta decibelios, más una onda expansiva de aire. Lo suficiente para bloquear el
sistema central nervioso y cegar por unos momentos. Una víctima de una granada
caía sentado de culo, atontado, completamente incapaz de actuar e incluso de pensar.
Kowalski se libró de ello por el hecho de que cuando subió a la tarima, estaba
de espaldas a la entrada, de donde vino la granada, y también porque había tenido
miles de sesiones de entrenamiento con explosiones reales de granadas. Había sido
adiestrado para adelantarse al rápido estupor inicial. Ya planeaba sus movimientos
mientras corría, y cuando el ruido y la luz se abrieron a presión, continuó por
instinto, aunque su mente ya no era capaz de un pensamiento lógico.
Fue por instinto que levantó a Allegra y saltó saliendo a la parte trasera del
escenario con una ligera contorsión en el aire para que ella cayera sobre él. Mientras
la sala estaba todavía alumbrada por la explosión, él ya los hacía rodar bajo la
plataforma de madera.
Consiguió que llegaran bajo el centro del escenario, más o menos debajo de
donde Allegra había estado tocando. Cuando las luces se encendieran, iluminarían
los extremos del escenario, pero no llegarían hasta el centro que permanecería en la
oscuridad.
Allegra luchaba desesperada debajo de él, intentando golpearlo con los puños,
intentando darle con la rodilla en la ingle. Kowalski le sujetó los brazos con un puño
sin ningún problema y abrió las piernas para aprisionar las de ella con las rodillas,
inmovilizándola con todo el peso del cuerpo. Ella estaba dominada por completo,
incapaz de moverse.
El cuerpo de la mujer se convulsionaba con violentos temblores. Él se inclinó
acercándose a su oído y apartándole el cabello con suavidad.
—Allegra, deja de luchar, soy Douglas —Ella se detuvo de inmediato
respirando con jadeos entrecortados.
El tono de voz de Kowalski era apenas un susurro que sabía que no podía oírse.
Aunque no tenía que preocuparse mucho. Nadie los oiría con todos aquellos gritos y

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disparos que ahora venían del salón.
AK-47s, pensó sombrío. Esos tipos eran profesionales.
Volvieron a encenderse las luces y Kowalsi giró la cabeza, para hacerse una idea
de la situación.
En el salón había cinco tipos desalmados armados hasta los dientes con
pasamontañas, lo que significaba al menos cuatro, o tal vez cinco, fuera, controlando
el perímetro. Todos los guardias de seguridad que circundaban el área de exposición
estaban muertos, y los guardias de fuera también debían estarlo.
Los ladrones eran hombres que ya habían matado, tenían el derramamiento de
sangre grabado en la expresión de sus ojos. No les importaría volver a matar otra
vez. ¿Dónde diablos estaba Midnight…?
A Kowalski la sangre se le congeló en las venas. Esos malditos hijos de puta
habían apartado a un grupo de unas diez mujeres, manteniéndolas como rehenes, y
estaban ordenando a gritos que todo el mundo arrojara sus móviles al suelo y se
sentara con las manos en la cabeza.
Todos se sentaron. Todos lo móviles cayeron al suelo como cartas en un cuarto
infantil.
Uno de los ladrones estaba de pie vigilando a las mujeres, haciendo la única
cosa en este mundo que podría inmovilizar a John Huntington. El hombre
enmascarado había comprendido la situación en un instante. Calculó que amenazar a
las mujeres mantendría a raya a los hombres, y había escogido a la más atractiva
como la mejor fuerza disuasoria.
El hombre que vigilaba a las mujeres apoyaba el cañón de su ametralladora
directamente en la hermosa cabeza de Suzanne Huntington. El cabello rubio de la
mujer se rizaba alrededor del cañón. John estaba sentado contra la pared con las
manos encima de la cabeza y los ojos clavados en el hombre que amenazaba a su
esposa. El ladrón no sabía que estaba apuntando con un arma a la cabeza de la
esposa de uno de los hombres más peligrosos del planeta.
Pero John estaba desarmado, maldición.
A Bud y a Claire no se les veía por ninguna parte.
—Douglas —el susurro de Allegra era débil. Estaba temblando por la
conmoción—. ¿Qué está pasando? ¿Qué ocurre?
Él la miró. La situación sería bastante espantosa para una persona vidente. Para
Allegra debía ser aterrador. Había oído dos explosiones fuertes, disparos y gritos. Era
imposible que pudiera hacerse una idea de la situación. Cualquier otra mujer estaría
gritando, como estaban haciendo muchas en el salón. Pero ella mantenía el control.
La única reacción eran aquellos violentos temblores.
Kowalski le puso la boca al lado del oído.
—Ladrones de joyas. Armados. Los mantienen a todos como rehenes —Ella
abrió la boca y él supo lo que quería preguntar—. Bud y Claire no están en la sala.
John y Suzanne están sentados. Los dos están a salvo —Allegra tendría que
perdonarle por la mentira. No quería que se preocupara por Suzanne, la situación ya
era bastante aterradora para ella.

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Un hombre enmascarado, armado, corrió con rapidez hacia el escenario y
Kowalski se tensó, cubriendo a Allegra todo lo que pudo. Le colocó los brazos hacia
dentro.
—Acurrúcate debajo de mí, cariño. Tengo mucha masa muscular. Puedo recibir
un balazo.
Obedientemente, ella juntó lo más posible al cuerpo brazos y piernas. Kowalski
calculó que más o menos le cubría el noventa y cinco por ciento del cuerpo.
Cualquier bala que los alcanzara tendría que ser de rebote, y ya habría perdido
fuerza cuando le diera. Y era muy probable que pudiera evitar que ella recibiera un
balazo.
El ladrón giró hacia la derecha con un golpeteo de sus botas de combate.
Un hombre de cabello cano se puso en pie de repente, discutiendo a gritos con
la voz arrogante de los muy ricos. Uno de los ladrones levantó la ametralladora sin
mediar palabra y disparó una ráfaga de fuego. Grandes gotas de sangre aparecieron
en el pecho del anciano y la cabeza le explotó en una nube de niebla rosada.
El cuerpo destrozado cayó a cinco metros de distancia, deslizándose
desmadejado hasta golpear contra la pared, dejando un rastro de sangre que
resaltaba de forma macabra sobre el suelo de mármol blanco. El hombre se quedó
encogido en un cúmulo sangriento, como una muñeca rota. Se hizo un completo
silencio en el salón. Una mujer soltó un breve sollozo y luego calló.
Allegra se estremeció.
—¿Han…?
—Sí —La voz de Kowlaski era sombría. Le puso una mano en la cabeza y con la
otra sacó el móvil de la chaqueta del esmoquin. Tenía el número que necesitaba en el
listado de llamadas rápidas. Larry Morton, antiguo marino, buen camarada de
borracheras, un tipo serio cuando era necesario.
En la actualidad jefe en Portland de los SWAT.
Marcó el número.
—¡Eh! Kowalski —contestó una voz cordial—. ¿En qué andas? Apostaría…
—Parks Foundation —dijo Kowalski en voz baja—. Toma de rehenes.
—Informe de situación —Gritó Larry de inmediato. No hubo vacilación, ni
siquiera un segundo de incertidumbre para asimilar el impacto de lo que había dicho
Kowalski. Éste oyó ruidos de fondo. Larry se había puesto en marcha. Un tiempo de
respuesta mínimo y una habilidad para adaptarse a la situación en un instante era
parte de la estructura mental de un miembro de los SWAT, el equipo de Armas y
Tácticas Especiales.
—Cinco ladrones en el salón principal. Seguramente hay más en el exterior.
Armados con Ak-47s. Dos armas diferentes cada uno. Han matado a todos los
guardias de seguridad.
—¿Rehenes? —La voz de Larry sonó amortiguada. Se estaría poniendo el
blindaje personal.
—Al menos doscientos. Unos de los tipos apunta con el arma a un grupo de
diez mujeres en el centro de la sala. Las joyas están en el lado este del edificio, donde

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están los ladrones. Yo estoy debajo del escenario con la cantante.
—No intentes nada, ya estamos en camino. Quince minutos como mucho —Y
colgó.
No hacía falta que le dijeran a Kowalski que si intentara algo, aún en el caso de
llevar el arma encima, sería un acto suicida. Y además no tenía la menos intención de
dejar desprotegida a Allegra. Ni por un maldito segundo.
Que robaran las joyas. A él le importaba una mierda. A fin de cuentas ¿qué
eran?, piedras bonitas, sólo eso. Lo que le preocupaba era que los ladrones podrían
llenar el salón de balas antes de irse, para evitar que los que había allí les siguieran.
Sería la táctica más inteligente. Dejar atrás un montón de gente gravemente
herida que sería el foco de atención, y escaparse sin contratiempos con quinientos
millones de dólares.
Kowalski envolvió la cabeza de Allegra con los antebrazos.
—¿Qué está ocurriendo ahora? —preguntó ella girándose un poco hacia él.
Tenían la táctica del saqueo planificado. Suzanne había diseñado las vitrinas
con fuertes prestaciones de seguridad, con mucha colaboración de John, por lo que
les estaba costando destrozar las cubiertas y coger las joyas. A la velocidad que iban,
todavía estarían allí cuando los tíos de SWAT llegaran.
El cabrón que apuntaba a la cabeza de Suzanne no se había movido.
—La situación está igual —le contestó él con un susurro—. La ayuda está en
camino. Lo único que tenemos que hacer es esperar.
Allegra asintió con una leve inclinación de cabeza y poco a poco fue subiendo la
mano hasta ponérsela a él en el cuello. Un gesto tranquilizador para él o para ella, no
estaba seguro.
Kowalski no alzó la cabeza. Tenía la boca cerca del oído y la cabeza apoyada en
la suave y abundante cabellera de la mujer. El humo acre de las granadas y la
munición de las ametralladoras todavía flotaba en el aire del salón, pero allí donde
estaba él, encima de Allegra con la nariz a un centímetro de su sien, a lo único que
olía era a primavera.
La situación era peligrosa. Había nueve, tal vez diez hijos de puta con AK-47
con casi toda la munición. No había habido tantos disparos, las granadas habían
sometido a la muchedumbre. Cada uno de aquellos cabrones tenía dos armas
suplementarias colgando de una funda atada al cinturón. Cada arma tenía treinta
cartuchos. Eso sumaba cerca de novecientos jodidos cartuchos dentro del edificio, en
las manos de hombres que ya habían mostrado demasiada buena disposición para
matar.
Pero aún más peligroso era lo que le pasaba a su cuerpo. Todo él estaba encima
de Allegra, y notaba cada centímetro de la parte frontal del cuerpo de la mujer. Cada
delicioso centímetro.
Y en la parte frontal de su propio cuerpo estaba creciendo una erección. Maldita
fuera, tenía una erección. En cuestión de cinco segundos había pasado de ser el
guerrero que evaluaba la situación con sangre fría en la cabeza, al tío cachondo con la
nariz pegada al oído de una belleza y cada onza de sangre de su cuerpo fluyendo

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como ardiente lava hacia la polla.
Seguro que ella lo notaba. Se le había puesto muy grande y muy dura, justo
entre los suaves muslos. Y no había nada que él pudiera hacer para remediarlo. No
haría nada para remediarlo. Hasta que tuviera una condenada buena razón para
hacerlo, o hasta saber que Allegra estaba a salvo, no tenía la menor intención de
bajarse de encima de ella.
Cada pequeño movimiento de Allegra sólo servía para aumentar aún más la
erección. Su respiración, Dios, hacía que el contacto con los pechos fuera más íntimo.
Su aliento le llegaba al cuello en pequeños jadeos, y la polla le pulsaba con cada uno
de ellos. Aunque ella intentaba permanecer inmóvil, él sabía que era pesado y que la
aplastaba. Allegra hacía pequeñísimos ajustes para encontrar una postura más
cómoda. Movió las caderas y la condenada polla se le puso aún más dura, apretada
allí entre los dos.
Era imposible que ella lo siguiera ignorando.
—Lo siento —susurró Kowalski.
Para su asombro, en la boca femenina apareció una tenue sonrisa.
—Es una reacción algo… inusual.
No, en realidad no. Montones de pollas se ponían duras cuando la sangre ardía.
Kowalski sabía que había hombres que tenían una erección cuando entraban en
combate, aunque él no era uno de ellos. Un médico le dijo una vez que los cirujanos
en el campo de batalla a menudo metían la pata mientras operaban.
Allegra no necesitaba enterarse de esto.
—Es la tensión —susurró él, aunque no era verdad. La causa era tener a la
mujer más deseable que había visto en su vida a un beso de distancia.
Que buena idea. Diablos, ¿por qué no? Si no fuera por la ropa, en la posición
que estaban, su polla estaría dentro de ella. Fue acercando la cabeza, poco a poco.
Quería que Allegra tuviera tiempo suficiente para decirle que se echara hacia atrás.
Pero ella no hizo nada. Estaba seguro que Allegra notaba como iba acercándose,
que notaba su aliento en el cuello, que notaba su polla. Lo más seguro es que supiera
lo que venía después. Pero no apartó la cabeza, ni se puso rígida, ni susurró
“Detente”.
La mano que antes le había puesto en el cuello, se abrió como una flor al sol y
aquellos dedos largos y delgados lo acariciaron. ¡Ohhh!, sólo aquella suave caricia
casi lo hace estallar, como si se tratara de un cable eléctrico entre el cuello y las
pelotas. Le puso la boca en el cuello, no era un beso, sino un suave contacto con los
labios. La boca se entretuvo allí por unos instantes. Ella suspiró y cerró los ojos.
La lamió, justo donde una vena latía con fuerza y rapidez. También el corazón
le latía a toda velocidad. Lo sentía bajo la tela diáfana y elegante de su vestido.
¿Miedo? ¿Deseo?
Movió la mano hasta cubrirle un pecho, dejando que el peso cálido de la mano
lo moldeara. Allí estaba el pezón, duro y pequeño. Ella también estaba excitada. Sin
ninguna duda. Tenía el pezón tieso y duro. Y siempre que la polla le latía, levantaba
un poco las caderas yendo a su encuentro. Puede que ella no fuera consciente de ello,

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pero él sí. Cristo, él sí. Podía sentir todos y cada uno de los movimientos del cuerpo
femenino.
La besó en el cuello y ella suspiró. Esa era la bienvenida que quería, la que
había estado esperando. Fue deslizando los labios por el cuello, por la mandíbula, y
por fin se centró en la boca.
Allegra la abrió de inmediato, una boca suave y ardiente, dándole la bienvenida
con la lengua. Fue el beso más electrizante de su vida. Movió la boca para encajar
mejor, y le metió la lengua, hasta el fondo, tanteando, saboreándola.
Desde luego era mucho mejor besarla a ella que follar con alguna otra. Eso de
besar era genial. ¿Por qué había ignorado los besos durante todos aquellos años? Un
beso se daba al principio, como un preliminar para el sexo que vendría después.
Raras veces besaba mientras estaba follando, y las mujeres raras veces se lo pedían.
Pero era tan delicioso. Cada terminación nerviosa que no conectaba
directamente con su polla, lo hacía con su boca. Sentía todo en ella, en sus respuestas,
con los labios y la lengua. Encajaban a la perfección. Cuando le acercó los labios,
Allegra fue a su encuentro, impaciente, hasta que lo sintió por entero en su boca. Era
tan íntimo como el sexo, y cuando su lengua se encontró con la de ella que le daba la
bienvenida, la polla se le puso aún más dura, muriéndose por estar dentro de la
mujer.
Las lenguas de ambos se acariciaban y las caderas de Allegra se alzaron,
rozándole. Jesús, estaba tan duro como una piedra.
Kowalski rompió el beso por unos momentos. Tenía que respirar y tenía que
comprobar la situación antes que se le derritiera la mente. Giró la cabeza e intentó
concentrarse en algo que no fuera la piel perfecta de Allegra, su sabor. Y se quedó
helado.
¡Mierda! ¡¡Oh joder, joder, joder!!
Mientras él estaba ocupado con la boca de Allegra, la situación había cambiado
drásticamente. Para peor.
Claire Parks había aparecido por la pared de enfrente, en la que se apoyaba
Midnight. Su brillante vestido rojo era como una bandera para cualquiera que
quisiera verla. Se había sentado apoyándose en la pared, igual que Midnight, y uno
tenía que fijarse bien para ver que iba deslizándose poco a poco hacia él.
Por suerte, aquellos miserables estaban muy ocupados destrozando y robando,
poniendo las joyas en bolsas de gimnasia de lona. El cabrón que tenía el cañón
apoyado en la cabeza de Suzanne iba mirando alternativamente a ella y a sus
compañeros. No miraba hacia la pared de atrás, donde de repente había aparecido
Claire Parks. La avaricia los había cegado a todos.
Kowalski ya había visto esto antes, sobre todo en África. Un leve indicio de
diamantes en algún conflicto podía convertir a guerreros endurecidos por las batallas
y centrados en su misión en animales estúpidos. Nunca, nunca se tenía que dejar de
concentrarse en la misión. La avaricia, la lujuria y la venganza eran emociones a las
que se podía sucumbir una vez la misión hubiera acabado.
Estos estúpidos ya estaban cegados por la niebla de la avaricia. Veían cientos de

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millones de dólares en sus manos y no podían ver a Claire avanzando y acercándose
poco a poco a Midnight.
Kowalski estaba acostumbrado a prever los posibles movimientos y ahora lo
estaba viendo todo en su mente, como si estuviera leyendo una novela, saltando un
par de páginas para saber qué ocurriría después.
—Joder —jadeó.
Claire seguía acercándose a John. Kowalski tuvo que admitir que estaba
haciendo un buen trabajo. Si no supiera que ella no estaba allí antes, no se hubiera
percatado de que se movía. Pero Claire lo hacía. Se detuvo a unos centímetros de
Midnight y Kowalski vio que movía el brazo.
Estaba deslizando algo.
Bud estaba vivo. Si no lo estuviera, Claire no estaría aquí. Y si Bud estaba vivo,
cumpliría con su obligación. Kowalski sólo había coincidido con él unas cuantas
veces, pero sabía cómo era el hombre. Bud, y ahora Midnight, iban a enfrentarse ellos
solos a los ladrones de joyas. No sabía lo que Claire había deslizado hacia John, pero
ya fuera un pistola que hubiera encontrado en alguna parte o un cuchillo, no había
duda que John aprovecharía la distracción que Bud iba a crear para cargarse al tío
que apuntaba con un arma a la cabeza de Suzanne.
Quedándose completamente al descubierto.
—¿Douglas? —Allegra le aferró los brazos. Había captado su tensión. La miró
por unos instantes. Estaba pálida, como una afligida figura mitológica, con aquella
preciosa boca, húmeda por sus besos, rígida por la tensión. Sus ojos intentaban
encontrarle, fallando, y comprendió aturdido lo horrible que debía ser la ceguera.
—Shh —murmuró él y se inclinó para darle un beso muy breve. Justo una
caricia en los labios y se apartó porque la tentación de seguir, de quedarse allá en su
boca, era casi aplastante.
—¿Qué está ocurriendo? —Allegra le tocó la mejilla con la mano—. ¿Qué pasa?
Tenía que decírselo. Kowalski se inclinó hacia su oído manteniendo los ojos en
lo que estaba ocurriendo en el salón. Había tensión en los hombros de Midnight.
Pronto empezaría la acción.
—Creo que John y Bud van a hacer algún movimiento —dijo en voz muy baja—
. Tengo que ayudarles.
—No, Dios mío, ¿estás loco? ¿Qué te pasa? ¡No puedes salir allí! ¡Esos hombres
tienen armas y tú no! —Parecía desesperada e hizo un visible esfuerzo para
recuperar el control—. Quédate aquí —suplicó con un susurro ronco.
—No puedo, cariño —Había un verdadero pesar en su voz, mientras con
cuidado le apartaba las manos de la solapa del esmoquin—. No puedo dejar que lo
hagan solos.
—¡Pero has llamado a la policía! He oído la voz del hombre, te ha dicho que
vendría pronto —El susurro era feroz cuando se aferró a sus bíceps.
Kowalski casi soltó un suspiro.
—Sí, pero John no lo sabe. Tengo que ir. No puedo dejar que Bud y él se
enfrenten solos a estos canallas —Observó el rostro precioso de Allegra,

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aprendiéndoselo de memoria. Si lo mataban, quería morir con su imagen en la
cabeza.
Los guerreros profesionales no se hacían ilusiones sobre la batalla. No
importaba lo bueno que se fuera o lo duro que se hubiera entrenado, a veces las cosas
salen mal. Y la mayoría de las veces ocurría cuando menos se deseaba. Había visto a
tipos eliminados dos días antes de retirarse, el día del nacimiento del primer hijo,
una semana antes de la boda…
Kowalski estaba preparado para morir, si era necesario, cada vez que entraba
en combate. Todos los guerreros lo estaban, si no fuera así no podrían hacer lo que
hacían.
La ley de Murphy estaba más que comprobada en la guerra. El hecho de que
acabara de encontrar a la mujer más deseable sobre la faz de la tierra, y que ella
parecía también sentir la misma chispa, sólo hacía más probable que lo eliminaran,
como si el enfrentarse desarmado a cinco AK-47s, tal vez más, no fuera ya bastante
malo.
Daría su huevo derecho para poder quedarse allí, encima de Allegra, besándola,
hasta que los buenos llegaran y salvaran la situación. Pero no tenía aquella opción.
La vida es dura. Acéptala. El Credo de los Guerreros.
—Escúchame con atención, cariño —Ella se quedó quieta, intentando seguirle
con los ojos ciegos cuando él se movió. Kowalski se enderezó y se quitó la chaqueta
del esmoquin. La colocó en sentido vertical sobre ella. Casi la cubrió del todo—. No
te muevas hasta que no venga a por ti. Si no vengo, espera a que la policía te
descubra. No te muevas. Larry Morton, el tipo al que he llamado, sabe que hay
alguien bajo el escenario —Le metió los bordes de la chaqueta por debajo—. Te he
puesto mi chaqueta encima, es oscura, así te servirá de camuflaje. Recuerda, pase lo
que pase, no te muevas hasta que alguien venga a por ti.
—No te vayas —susurró ella con la cabeza girada hacia él. Una lágrima solitaria
se deslizó por la pálida piel de su mejilla—. Por favor no te vayas.
Kowalski cerró los ojos, atormentado. Jesús, era la cosa más difícil que había
hecho nunca.
—Tengo que hacerlo, cariño —susurró mirando hacia atrás.
Los hombros de Midnight estaban rígidos. Quien no conociera a John no notaría
nada, pero Kowalski lo conocía como a un hermano. Fuera lo que fuera que John
planeara hacer, iba a hacerlo ya.
Kowalski se inclinó para darle un rápido beso a Allegra, atrapando la lágrima
con la boca, y metiéndole los brazos bajo la protección de la chaqueta.
—Vuelve a mí —susurró la mujer con urgencia, sacando los brazos para
rodearle la cara con las manos.
—Claro, cuenta con ello —le dijo con prisas, alejándose de ella. Midnight había
empezado a hiperventilar poco a poco, absorbiendo el oxígeno necesario para la
explosión de energía necesaria para empezar el combate—. Ahora quédate quieta —
murmuró por encima del hombro.
Empezó a rodar hacia el final de la tarima, empezando a hiperventilar. La

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escenificación de una operación era siempre el momento más peligroso. Una vez que
el combate empezaba, sabía exactamente qué hacer y cómo hacerlo. Aquí iba a
ciegas. No podía empezar ningún movimiento no fuera que saboteara un ataque
sorpresa, tampoco podía permitirse retrasar ni un segundo ese movimiento después
de que Midnight y Bud hicieran el suyo. Tenía que cronometrarse al segundo.
Respiró hondo y esperó, tenso y preparado.
—Buena suerte —El sonido fue más un movimiento de aire que un susurro. Él
asintió. Ella no podía verlo, pero no se atrevía a arriesgarse a hacer cualquier sonido.
Los ladrones ya estaban acabando con el saqueo. Y estaban teniendo éxito. Habían
matado a los guardias de seguridad y habían neutralizado a los hombres del salón, o
eso creían. La edad media de los viejos ricos de la sala era de sesenta años, casi todos.
Ninguna amenaza.
Los saqueadores ya debían tener danzando por la cabeza visiones de quinientos
millones de dólares. Todas las mujeres, alcohol o cocaína —o cosas como fletar sus
propios yates— que pudieran desear durante el resto de sus vidas estaban metidas
en las cuatro bolsas de gimnasia de lona que tenían a sus pies. Ya estaban colocados
sólo con la idea.
Incluso el tipo que tenía retenidas a las mujeres había bajado la guardia,
olvidando la regla más importante en la batalla. No ha acabado hasta que no haya
acabado. La última bala mata con tanta facilidad como la primera.
Kowalski tendría que usar el arma de ese tipo, porque si había algo seguro, era
que John empezaría con él. Memorizó las posiciones de los otros ladrones de joyas.
Barajó quince situaciones hipotéticas, calculando como apropiarse del arma del
cabrón que vigilaba a las mujeres cuando estuviera muerto. Si John tenía un cuchillo,
lo lanzaría directo a la garganta, y lo más probable es que el tipo cayera al suelo de
espaldas. O eso esperaba. Era su única posibilidad de apropiarse con rapidez del
arma. Si tuviera que girar de espaldas a un muerto para conseguir el arma, usaría
unos segundos preciosos.
¡Ya empieza!
Las enormes puertas dobles en la parte de atrás del salón se abrieron de golpe y
entró Bud. Midnight se levantó, enviando una imagen borrosa de acero que atravesó
el salón como un rayo. El hombre que apoyaba el arma en la cabeza de Suzanne salió
lanzado hacia atrás con los pies en alto, mientras con movimientos frenéticos se
agarraba el cuchillo que tenía clavado en el cuello.
Kowalski echó a correr agachado, luego empezó a rodar para no ser un blanco
tan grande, y se alzó para coger el AK—47 del tipo, haciendo fuego con explosiones
cortas y controladas, bendiciendo los cientos de miles de rondas que había disparado
en los entrenamientos de combate. No había nada suave en las prácticas de tiro de los
Seals. Nada de dudas al avistar el objetivo por la mira del cañón, inmóviles,
ambidiestros. No, ellos entrenaban para enfrentarse a la realidad, corriendo, rodando
mientras disparaban a un blanco en movimiento difícil de acertar, ocho horas al día,
varios meses al año.
Disparó a un ladrón a la cabeza antes que el hombre ni siquiera tuviera tiempo

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MIDNIGHT ANGEL

de disparar, y a otro —con un certero doble disparo a la cabeza— mientras se movía
agachado. Los dos quedaron desplomados en el suelo con la inmovilidad
inconfundible de la muerte.
John se había cargado a dos con cuchillos antes de agarrar a Suzanne. Bud le
dio a un ladrón en el brazo y en la cabeza, y después se tambaleó y cayó al suelo. Con
un grito, Claire fue corriendo hacia él. La pechera de la camisa de Bud se había
teñido de un rojo brillante, estaba herido, y grave a juzgar por la sangre. Midnight
sujetaba con fuerza a Suzanne entre sus brazos, con la cabeza enterrada en su cabello.
¡Mierda! Todavía quedaban los que vigilaban fuera. Bud estaba fuera de
combate y Midnight estaba fuera de sí, aterrorizado por Suzanne.
Kowalski se giró y levantó el arma ante el sonido de las puertas laterales que se
abrieron con violencia debido a los explosivos. Ya tenía el dedo en el gatillo cuando
reconoció la figura alta y fuerte de Larry Morton bajo la armadura corporal.
Diez miembros de los SWAT entraron en la sala con movimientos rápidos y
precisos. Estaban bien entrenados. A los cinco segundos tenían cada centímetro del
salón cubierto, superponiendo la cobertura de los sectores. Mantuvieron las armas
levantadas y a punto, aunque era obvio que el peligro había pasado.
Kowalski fue hacia Larry, dejando el cañón del AK-47 apuntando hacia el suelo.
—¿Por qué coño habéis tardado tanto? Lo hemos tenido que hacer todo
nosotros solos.
—¿De verdad? Creía que te había dicho que esperaras —Las palabras de Larry
iban dirigidas a él, aunque sus ojos, oscuros y penetrantes, diseccionaban todo el
salón. Pero ya no había peligro allí. Los únicos que estaban de pie armados eran su
equipo y el propio Kowalski. Los malos estaban todos muertos. Al menos los que
había allí dentro.
—¿Y los tipos de fuera?
Larry se encogió de hombros.
—Ya nos hemos ocupado de ellos.
Kowalski indicó con la cabeza la parte de atrás del salón.
—El teniente Morrison va a necesitar asistencia médica.
Los agudos ojos de francotirador de Larry se abrieron asombrados.
—¿Bud? ¿Está aquí?
—Sí, se ocupó de unos de esos tipos, pero está herido. Ya debían haberle
pegado un tiro porque ninguno de los canallas de aquí tuvo tiempo de disparar.
—De acuerdo —Larry se giró y habló por el micrófono de sus auriculares con
voz baja y urgente. Asintió con gravedad mirando a Kowalski—. Bien. Los médicos
están fuera. Entrarán en pocos…
Un equipo de médicos irrumpió en la sala. Larry llevó a dos de ellos hacia
donde estaba Bud desplomado en el suelo, inconsciente, cuidado por Claire. Otros
médicos se desplegaban en abanico, tocando los cuellos de cada ladrón, y luego
continuando con el siguiente. Uno comprobó al invitado al que habían matado. Negó
con la cabeza y se levantó. Dos mujeres se habían desmayado y estaban siendo
reanimadas por los médicos.

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

Midnight se acercó a Kowalski y a Larry, con el brazo fuertemente apretado
alrededor de los hombros de Suzanne. Ella estaba temblando, algo que Kowalski ya
se esperaba puesto que casi la habían matado de un tiro en la cabeza. Pero Midnight
también temblaba, y eso dejó totalmente aturdido a Kowalsdi. Nunca había visto a
John Huntington mostrar ninguna emoción en absoluto después del combate. Y aquí
estaba él, pálido y tembloroso.
—Me voy a casa —dijo Midnight, mirando a Larry—. Sé que tenéis que
interrogarme, y a dos de esos —miró a los ladrones muertos en el suelo de mármol
con ojos fríos y sin interés—, los he matado yo. Con un cuchillo en la garganta.
Encontrarás mis huellas en las hojas. Iré mañana al centro si me necesitas, pero ahora
mismo me llevo a mi esposa a casa.
Larry asintió.
—De acuerdo. Me parece que aquí está todo bajo control. Querremos una
declaración pero eso puede esperar. Los del CSI llegarán en un minuto. Estaremos
ocupados durante un rato limpiando el suelo e identificando a los muertos.
Estaremos en contacto —miró más allá—. Tú también, Kowalski. Te llamaré pronto.
Los médicos habían puesto a Bud en una camilla y lo sacaban de la Fundación.
Claire iba al lado de Bud, manteniendo una mano en la camilla mientras caminaba.
Alguien, probablemente unos de los invitados, le había dejado una chaqueta y ella se
la sujetaba con fuerza a su alrededor. Larry fue a comprobar cómo estaba Bud.
La mandíbula de John se tensó. Apretó con más fuerza el brazo alrededor de los
hombros de Suzanne.
—Venga, amor mío. Vámonos a casa.
Suzanne había estado llorando, se le había corrido el maquillaje y tenía un
enorme rasgón en la falda del vestido, y aún así todavía estaba hermosa. Murmuró
asintiendo, luego se detuvo y miró hacia arriba.
—John, ¿dónde está Allegra? No podemos irnos sin ella. Ha venido con
nosotros. ¿Cómo va a irse a su casa…?
—Ella está a salvo —dijo Kowalski—. Hice que se escondiera bajo el escenario
—Miró a Midnight con dureza—. Yo cuidaré de ella. Me aseguraré de que llegue
sana y salva a su casa.
Midnight se lo quedó mirando durante unos largos instantes, luego asintió.
—De acuerdo. Vámonos, amor.
—No, no nos vamos. Allegra es nuestra responsabilidad. Ha venido con
nosotros y nosotros tenemos que llevarla a casa —se mantuvo firme Suzanne—. No
voy a marcharme sin ella.
Kowalski estaba exasperado, pero al mismo tiempo no le quedó más remedio
que admirar a Suzanne. Estaba pálida y temblorosa, había estado a punto de que los
sesos le salieran volando, era muy probable que deseara la seguridad y tranquilidad
del hogar y los brazos de su marido, pero no iba a moverse de allí sin su amiga.
—Ya he dicho que yo me encargaré de ello, Suzanne —dijo él con voz queda.
—Um… no sé —Miró a su marido y luego volvió a mirar a Kowalski—. Tienes
que prometerme que la acompañarás hasta la puerta, Douglas. Es ciega y se asustará.

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La verdad es que me sentiría mejor si la lleváramos nosotros a su casa.
Kowalski asintió una vez.
—Te entiendo, Suzane. Pero no tienes por qué preocuparte por Allegra. Cuidaré
de ella.
—Pobre Allegra… —susurró ella. Miró a Kowalski a los ojos, buscando algo, y
la barbilla empezó a temblarle. Se le humedecieron los ojos. Cuando cayó una
lágrima, Midnight alargó la mano para enjugarla. La tensión empezaba a romper las
defensas de Suzanne.
—Puedes confiar en Kowalski, mi amor. No dejará que le pase nada —le
murmuró Midnight en el oído. Luego le echó a Kowalski una mirada que decía con
toda claridad, si le ocurre algo a la amiga de mi esposa, te arrancaré la piel.
Habían pasado mucho tiempo juntos bajo las condiciones más peligrosas y
habían perfeccionado una comunicación tácita. Kowalski lo miró a los ojos, Allegra
ahora está conmigo y no le ocurrirá nada. Midnight asintió y se dirigió a su esposa.
—Vamos, cariño, todo está bien, te lo prometo. Allegra está bien. Kowalski sabe
lo que tiene que hacer. Vámonos ya —Giró a Suzanne hacia la puerta y ella se fue sin
protestar.
Kowalski puso el seguro del arma, se la dio a uno del equipo de los SWAT y
corrió hacia el escenario. Se agachó para mirar abajo y la vio.
Como siempre, se estaba restaurando el orden con la rapidez inusual que los
soldados habían aprendido en tiempos de combate. Sus hombres y él estaban tan
bien entrenados que lo que les parecía a los civiles una confusión atemorizante era en
realidad una serie de movimientos expertos repetidos tantas veces que podrían
hacerlos con los ojos cerrados. Aunque pareciera que habían pasado horas, sabía que
no había transcurrido más de quince minutos desde que había dejado a Allegra.
Aunque quince minutos sola y ciega en mitad de una acción violenta debía
haber sido aterrador.
Ella yacía de espaldas tal como la había dejado, con el brillante pelo rojo
resaltando sobre el suelo de mármol blanco. Los largos dedos de una mano se
aferraban a la chaqueta. Tenía la cara girada hacia el salón, mortalmente pálida y
demacrada. Parecía tan perdida y tan vulnerable, un ángel abandonado en la tierra,
tocado por la tragedia. El corazón le dio un vuelco en el pecho.
—Allegra —dijo con suavidad.

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Capítulo 5
Los gritos, la sangre, el terror… aquella cara cruel burlándose de ella, ojos
medio enloquecidos, él de pie al lado del cuerpo inmóvil de su padre.
Sangre, tanta sangre. Ríos de sangre que se extendían sobre la encimera de
cristal de la mesa, como arroyos fluyendo. La alfombra blanca y las paredes color
crema estaban salpicadas de brillantes gotas rojas. La sangre de la cabeza destrozada
de su padre deslizándose como una marea roja por la orilla de la mesa, deteniéndose
temblorosa en el borde biselado para luego desbordarse e ir cayendo poco a poco, en
grandes gotas, sobre la alfombra. Cayendo, cayendo, cayendo…
Su padre se quedó inmóvil, oh, tan inmóvil, con aquel amado rostro girado
hacia ella. Su sonrisa permanente ya no estaba, no estaba el humor en sus ojos, no
estaba la suavidad de sus hermosos rasgos irlandeses.
Él no estaba. Su padre no estaba. Muerto. Para siempre.
Y entonces su cabeza, aplastada con tanta crueldad, se movió. Se giró hacia ella.
Los párpados estaban abiertos y vio los ojos azules verdosos de su padre. La boca
muerta también estaba abierta y, oh Dios, él habló, de manera sorprendente, con una
voz profunda, muy profunda, diferente a la voz de tenor ligero de su padre.
—Allegra —dijo.
Su padre hablaba desde más allá de la tumba. Dios santo, estaba muerto y se
dirigía a ella.
—Allegra —repitió la voz profunda que no era la de su padre, pero que salía de
la boca muerta de su padre.
Su padre nunca la llamaba Allegra. La solía llamar “Allie”. “Allie, querida mía”
cuando había bebido. Y su voz era luminosa como Irlanda, no profunda como la
noche.
Su boca muerta se abrió de par en par, de manera antinatural, con los labios y
los dientes manchados de sangre.
—Allegra —la voz profunda repetía su nombre por la boca de su padre, y era
como si saliera de las mismas entrañas del infierno…
A Allegra se le cortó la respiración por el horror, irguiéndose de golpe. Se dio
muy fuerte en la cabeza con algo duro y metálico, y cayó de espaldas otra vez,
atontada.
—¡Cristo! —exclamó la voz profunda y una mano fuerte la arrastró por la
frialdad del suelo. Alguien la levantó y la sujetó con fuerza.
—¡Médico! —bramó alguien por encima de su cabeza—. ¡Que alguien traiga a
un maldito médico!
Allegra se sobresaltó ante aquel bramido. Parpadeó ante la oscuridad, luego

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recordó —con un cruel y salvaje estremecimiento del corazón— que el parpadeo no
la ayudaría a despejar la visión. Nada en el mundo lo haría.
Perdió el sentido de la realidad, quedando desprotegida, hundiéndose en la
desesperación, deslizándose en un mundo de pesadilla. ¡No podía ver! ¿Dónde
estaba? Había habido disparos, gritos…
—Apártese —dijo una voz masculina nueva, y añadió con más brusquedad—.
Escuche, señor, suéltela. Tengo que examinarla.
Había estado apoyada en el cuerpo fuerte de Douglas, eran sus enormes brazos
los que la sujetaban. No quería dejar aquel refugio seguro, nunca. Se acurrucó con
más fuerza contra él.
—Déjela ir ahora, tengo que mirar si se el golpe ha sido fuerte —El médico
parecía exasperado.
Los brazos se aflojaron y otra mano masculina, más pequeña, le tocó con
cuidado la frente.
—Señorita, ¿ve doble? —preguntó el hombre.
—No ve nada en absoluto, es ciega —dijo aquella voz profunda, y de repente
todo encajó. Parks Foundation, la noche del estreno, ladrones de joyas…
—¡Douglas! —casi gritó ella, apartando la mano que le tocaba la frente con
tanto cuidado. Se inclinó hacia delante hasta que encontró a Douglas, movió las
manos sobre el pecho enorme, hasta los hombros anchos, bajándolas por los brazos.
—¿Estás bien? He oído disparos. Oh, Dios mío. ¿Estás bien?
—Estoy bien —retumbó él. La volvió a atraer hacia su pecho, abrazándola con
fuerza—. ¿Y tú? Te has dado un buen golpe.
Ella enterró la cara en la calidez del torso masculino y negó con la cabeza.
—No tiene importancia —refunfuñó sobre la pechera almidonada—. Estoy
bien, sólo me escuece un poco —Alguien intentaba girarla y ella apartó los
hombros—. No necesito ayuda. Dile que se marche.
—Señorita, creo que debería ir al hospital y que la tengan en observación esta
noche —Otra vez esa segunda voz—. Tiene un golpe bastante feo.
El corazón de Allegra empezó a latir aterrorizado.
—¡No! —exclamó con brusquedad—. Nada de hospitales.
Nada de hospitales, nunca más. Sólo el olor de hospital hacía que el estómago
se le removiera tanto que casi le dolía. Se había pasado meses en una cama con
aquellos olores, ciega y atada a tubos intravenosos como una prisionera.
—No iré a ningún hospital, de ninguna manera. Sólo quiero ir a casa —Levantó
la cabeza. No podía ver a Douglas, pero el sí podía verla a ella. Sabía que la
desesperación se reflejaba en su rostro—. Por favor, quiero ir a casa —susurró con
voz temblorosa—. Suzanne y John me pueden llevar…
—Ya se han ido —dijo Douglas.
Ella supo que su rostro mostró la consternación que sentía. Había venido con
Suzanne. Ni siquiera se le había ocurrido que su amiga la dejaría allí, que se olvidaría
de ella. Allegra perdió un poco más del escaso control que le quedaba.
—Oh, Dios mío, y cómo…

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—Le he dicho a Suzanne que yo te llevaría a casa —añadió Douglas con
rapidez—. Ella quería esperarte, pero estaba muy afectada, así que John se la ha
llevado a casa. No te preocupes, Allegra. Te llevaré en mi coche. ¿Pero no crees que
primero te tendría que ver un médico? Tal vez el doctor que te ha examinado tiene
razón. Tal vez tendrías que ir al hospital.
Allegra intentó parecer racional y tranquila, Oh, no, no creo que haga falta, cuando
lo que de verdad quería era gritar. Sólo de pensar en un médico y en un hospital
hacía que se deslizara en un agujero negro del que nunca podría volver a salir.
—No —Le temblaba la voz. Esperó un momento para asegurarse que volvía a
tenerla firme—. Estoy bien. Sólo me he dado un golpe en la cabeza, nada serio. No he
perdido el conocimiento ni nada por el estilo. Estaré bien.
Miró hacia arriba, ansiosa, sabiendo que estaba en manos de aquel hombre,
intentando con desesperación adivinar lo que decidiría. No tenía ninguna otra forma
de volver a casa, salvo llamar a un taxi. Estaba completamente segura que él no lo
permitiría. Si creía que necesitaba ir al hospital, la llevaría allí. El corazón empezó a
latirle con fuerza sólo de pensarlo.
—Por favor —susurró.
—De acuerdo —Douglas parecía reacio—. Pero me has de prometer que si te
mareas me lo dirás.
Ella siempre estaba mareada. Por la mañana, al mediodía y por la noche. Había
estado mareada desde que había perdido la vista.
—Te lo prometo —dijo con fervor.
—Si no va al hospital, asegúrese que no se encuentra mareada —indicó el
médico—. Y debería llevarla si tiene dolor de cabeza, dificultad en concentrarse,
depresión o ansiedad.
Así era más o menos como se sentía cada minuto que estaba despierta de cada
día. Ningún golpe en la cabeza iba a cambiarlo.
—Tú…
—Por supuesto —mintió ella—. Lo prometo.
—Bueno, si está segura —dijo el médico de mala gana.
—Me encargaré que se haga así —La voz de Douglas eran tan calmada. La
tranquilizaba a ella y también debía haber tranquilizado al otro hombre porque oyó
pasos que se alejaban. Douglas la atrajo hacia él una vez más.
—¿Dónde está Claire? ¿Se encuentra bien? —La voz sonó amortiguada contra el
pecho masculino, una enorme mano le rodeó la nuca, abrazándola con fuerza. Fue un
abrazo sorprendentemente íntimo, casi más íntimo que el beso bajo el escenario,
porque estaban a la vista de todos. Pero a ella no le importaba.
Había una confusión enorme en la habitación. Recordó el gran salón de Parks
Fountation de… de antes. De cuando podía ver. Claire había dicho que esperaban
que asistieran alrededor de doscientas personas a la inauguración. Y al parecer casi
todos estaban allí hablando a la vez. Allá cerca distinguía los sollozos de unas
mujeres y dos agudas voces masculinas que hablaban cada vez más enfadadas, voces
que hacían eco en el altísimo techo. Las interferencias de unas radios formaban un

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desagradable ruido de fondo y de vez en cuando se oía una voz que parecía la de un
funcionario diciéndole a alguien que continuara.
Era imposible saber de dónde procedían los sonidos, era un enorme muro de
ruidos impacientes y descontentos, de sonidos que rebotaban en las paredes hasta
entremezclarse de tal manera que apenas podía adivinar de dónde venían. Desde el
accidente, nunca había estado en una habitación con más de dos o tres personas.
Pasaba días y días sola en su silencioso apartamento, con sólo un poco de música
para hacerle compañía. En ningún momento desde que había perdido la vista había
sido incapaz de localizar la fuente de un sonido.
Aquel completo caos la desorientó y la mareó. Lo único seguro y sólido era
Douglas Kowalski, alto, ancho y fuerte, inmóvil, el tranquilizador centro de su
mundo. Cuando se aferró a él, el vértigo fue desapareciendo poco a poco hasta que
los ruidos se transformaron en voces individuales. La multitud caminaba arrastrando
los pies hacia la salida. El corazón dejó de golpear con aquel latido frenético de
pánico.
Respiró hondo una vez, después otra.
—¿Mejor? —le preguntó él en voz baja.
Él lo sabía. De alguna manera lo sabía.
Allegra tragó saliva. Apartó la cabeza de su pecho de repente, avergonzada de
sí misma. El inesperado momento de pesadilla, los disparos, los gritos, todo la había
dejado bastante desorientada, como si cayera en un profundo agujero que no sabía
que estaba ahí. Por lo general su control era mayor de lo que parecía ahora.
Frunció el ceño, preocupada.
—No me has dicho donde está Claire —Se aferró con fuerza a sus brazos,
dominada de golpe por el miedo. Douglas no se había olvidado de decirle donde
estaba Claire, lo que hacía era ocultar algo—. ¿Dónde está? ¿Está bien? Oh, Dios mío,
espero que no le haya pasado nada —Allegra giró la cabeza, como si pudiera ver a
Claire en la sala.
—Supongo que estará en el hospital —contestó Douglas con calma, sujetándola
cuando ella intentó separarse de un tirón—. A Claire no le ha pasado nada, no te
preocupes. Pero a Bud le han disparado en el pecho. Los médicos se lo han llevado y
ella ha ido con él.
—Oh, Dios, pobre Claire… ¿Podemos averiguar si Bud está bien? ¿A quién se lo
preguntamos? —Bud tenía que estar bien, por favor, que estuviera bien. La
alternativa —que Bud estuviera muerto, asesinado al intentar salvarlos a ellos— era
algo que Allegra no podía ni imaginarse. Claire estaba desesperadamente enamorada
de Bud. Claire ya había sufrido demasiado en su vida. Había sacrificado mucho de sí
misma. Diez años sacrificados a la leucemia. ¿Cómo podría soportar la pérdida del
amor de su vida sólo unas pocas semanas después de encontrarlo?
Antes —en su reencarnación anterior como Allegra Ennis, la cantante y arpista
feliz— Allegra habría estado absolutamente segura de que Bud estaría bien. Tendría
una herida superficial que serviría para arreglar las cosas entre Claire y él. Esa era la
manera en que transcurría la vida. Algunas cosas malas pasaban una y otra vez, pero

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no demasiado malas. Sólo lo justo para apreciar lo que se tenía. Y luego todo volvía a
ir bien de inmediato.
Pero ahora era más sabia. Cosas terribles y aterradoras ocurrían de continuo,
cosas que no tenían arreglo, nunca. El mundo estaba lleno de sufrimiento y dolor, las
pérdidas nunca podrían recuperarse. El dolor era infinito.
—Por favor, averigua si Bud está vivo —le susurró a Douglas, estremeciéndose
ante la posibilidad que Bud estuviera muerto y que a Claire se le hubiera roto el
corazón.
—De acuerdo —Douglas la soltó y dio un paso atrás—. Pero primero ponte
esto. Han abierto todas las puertas y hace frío. Luego iré a preguntar si alguien tiene
noticias del hospital.
Un segundo más tarde le puso su chaqueta sobre los hombros. La reconoció por
el olor y el tamaño. Emanaba un débil aroma a naftalina y jabón. Nada de aftershave,
ya que él no parecía usar. Y era enorme. La había cubierto casi como una manta
mientras esperaba impotente bajo el escenario.
Ella se la colocó bien, agradecida por aquel calor extra. Le colgaba casi hasta las
rodillas, pero la calentaba. Cuando se envolvió en ella los temblores más fuertes
desaparecieron. Se quedó allí esperando las noticias, estremeciéndose, pero no de
frío.
Pasos que volvían.
—Bien —dijo Douglas tocándole el brazo—. Esto es lo que he averiguado. Ha
sido ingresado en el hospital Laurel Park y ahora mismo está en el quirófano. Tengo
un número para llamar y pedir más información.
—Yo también tengo el número del móvil de Claire, si es que lo lleva consigo.
—De acuerdo, pues ya está. No hay nada más que podamos hacer aquí. Quiero
llevarte a tu casa y hacer que tomes algo caliente —Una enorme mano la cogió por el
brazo, que se perdía en la manga de la chaqueta—. Vámonos, cariño.
No habían dado más de diez pasos cuando Allegra se detuvo, sobresaltada por
lo que había estado a punto de olvidar.
—¡Oh, Dios mío! ¡Dagda! Estaba a punto de irme sin Dagda.
Él también se detuvo.
—¿Quién? ¿Dagda?
—No quién, qué —Aunque para ella Dagda estaba tan viva como cualquiera de
sus amigos—. Mi arpa. No puedo dejarla aquí. Es irremplazable —El fabricante de
arpas más importante de Irlanda había hecho a Dagda a mano. Charlie McKerron
había muerto de un infarto dos años atrás mientras tocaba en un pub más borracho
que una cuba. Nunca podría hacer otra Dagda—. Necesitarás el estuche para llevarla.
Está en el guardarropa. Pero Dagda pesa mucho. Alrededor de veintisiete quilos —A
Allegra le pareció oír un pequeño resoplido.
—De acuerdo —Douglas le tiró un poco del brazo para apartarla a un lado.
Debían estar parados en las enormes puertas abiertas que daban a la calle porque la
gente la empujaba al salir. Soplaba un viento gélido y notó pequeñas agujas de
aguanieve en la cara. A lo lejos, los motores se ponían en marcha. El olor de los tubos

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de escape de los coches llenó el aire—. Esto es lo que vamos a hacer. Voy a llevarte al
coche y encenderé la calefacción. Luego vendré a buscar a Dagda.
—Metida en el estuche.
—Metida en el estuche.
Ella alzó la cara hacia él, preocupada.
—Dagda es muy delicada. Tiene que estar cuidadosamente cubierta con una
manta. Está dentro del estuche. El frío es muy malo para ella, se le comba la madera.
—De acuerdo —Había una nota de humor en la voz profunda. Él le alisó el ceño
fruncido entre las cejas con el pulgar—. Entonces rectifico. Voy a llevarte al coche y
encenderé la calefacción. Luego vendré a buscar a Dagda y el estuche. Arroparé a
Dagda con la manta para que esté cómoda y caliente y la meteré en el estuche, y si es
necesario le pondré una botella de agua caliente, luego la traeré al coche que ya
estará caliente. ¿Cómo suena eso?
Fue un pobre intento de humor, pero la hizo sonreír.
—Muchas gracias.
—Es un placer —dijo él, y la cogió en brazos.
—¡Oh! ¿Qué haces?
La llevaba con tanta facilidad como llevaría a un niño la mayoría de los
hombres, bajando primero por la elegante escalera de granito y caminando después
por el camino de grava de entrada a la Fundación. Oía el sonido de los zapatos sobre
la grava y cuando él habló también sintió en el costado las vibraciones de su voz
profunda.
—Hay nieve en el suelo y placas grandes de hielo. Tus zapatos son muy bonitos
pero no sirven para la nieve.
Ella llevaba unas sandalias abiertas de satén con tacón de cuña.
—Bueno, las botas no van bien con los vestidos de noche.
—No, desde luego que no. Ni siquiera irían bien botas de satén verde —La
sujetaba entre sus brazos, a gran altura. La única manera de conservar el equilibrio
era pasarle los brazos por el cuello. Ambas mejillas quedaron unidas y Allegra sintió
moverse los músculos de su cara cuando sonrió.
Nunca la habían llevado en brazos desde que era adulta. Ahora entendía por
qué esta escena salía tanto en las novelas y las películas. Era una sensación deliciosa,
con un romanticismo de otra época. Era como ser transportado a otro lugar, a otro
tiempo. Y además él lo estaba haciendo muy bien. Ni resoplaba ni jadeaba ni se
tambaleaba. Respiraba con normalidad y sus pasos eran firmes y constantes, como si
estuviera dando un paseo nocturno. Aquellos músculos tan fuertes que había notado
no eran para impresionar, los usaba de verdad.
Douglas era fuerte y valiente. Aunque viviera mil años nunca podría olvidar su
voz diciendo que podía recibir un balazo en su lugar. Y lo había dicho muy en serio.
La había cubierto tanto como había podido, dejando bien claro y sin lugar a dudas
que estaba decidido a recibir la bala él.
Sólo la había dejado cuando vio que sus amigos iban a enfrentarse solos a los
ladrones. Podría haberse salvado a sí mismo con facilidad. Lo único que tenía que

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hacer era quedarse bajo el escenario con ella, sabiendo además que la ayuda estaba
en camino. Pero había decidido ayudar a sus amigos, desarmado. Estaba segura que
no había tenido ningún arma. Había sentido cada centímetro de él cuando lo tuvo
encima. El recuerdo de la única arma letal que él tenía, el pene ardiente, duro y
enorme, la hizo enrojecer.
Y besaba de cine. Esa también era un arma bastante poderosa.
La verdad es que había olvidado el peligro, lo había olvidado todo, mientras la
besaba. Se había perdido en un mundo de fuego y poder vital, aferrándose a aquel
cuerpo tan fuerte como se estuviese aferrando a la vida misma. En un instante, el
beso había pasado de ser una dulce unión de labios a sexo puro y duro. Una
pronunciada pendiente de pasión ardiente. Lo había sentido enorme encima de ella,
presionando con fuerza contra el monte de Venus. Su cuerpo se había preparado
para él abriéndose como una flor. Una vez que el pene se había hecho sitio entre los
labios del sexo, rozándolos, ella había empezado a estremecerse, arqueándose contra
él para absorber más aquel fuego y poder vital. Cada vez que se arqueaba, él se
volvía más grande hasta sentir las ondulaciones de la erección en los labios abiertos
del sexo. Había sido lo más excitante del mundo.
Cuando él se apartó ya estaba casi a punto de llegar al clímax.
Qué hombre tan extraordinario. La había hecho sonreír, le había dado valor y
protección, y la había excitado como ningún otro hombre antes. Y ahora la llevaba en
brazos para que no se mojara los pies.
Ya habían llegado al coche. O al SUV, a juzgar por la altura. Oyó el “whump”
de las puertas al abrir el seguro con el mando a distancia y él se las ingenió para abrir
la puerta del pasajero y meterla dentro sin zarandearla. Unos segundos más tarde ya
estaba en el asiento del conductor, poniendo en marcha el motor. El asiento crujió
cuando se giró para coger algo detrás de él. Una manta suave la cubrió por entero y
luego unas manos le metieron los bordes por debajo del cuerpo. El coche se estaba
calentando.
—Eso es, si tu arpa se merece una manta, tú también. Esto se calentara en un
minuto. Iré a buscar a Dagda y luego te llevaré a casa.
Allegra alargó la mano y le tocó el antebrazo. Douglas sólo llevaba puesta la
camisa a pesar del intenso frío porque le había dado a ella la chaqueta.
—¿Quieres la chaqueta? Yo estaré bien con la manta.
—No. Déjatela puesta. Vuelvo enseguida.
Ella se metió la mano en un bolsillo diminuto cosido al corpiño del vestido.
—Aquí está la llave del estuche de Dagda, y mi bolso está dentro del estuche.
—Vale.
Ella todavía tenía la mano en su brazo. El brazo era cálido y duro, igual que el
resto de él. Cuando Douglas se movió, ella lo agarró con más fuerza.
—¿Douglas?
Él se quedó inmóvil.
—¿Sí?
—Gracias por todo.

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El hombre carraspeó.
—No hay problema. No te muevas —Un segundo más tarde la puerta se cerró
detrás de él.
Fiel a su palabra, la cabina se calentó con rapidez. Los escalofríos fueron
desapareciendo poco a poco mientras esperaba pacientemente envuelta en la enorme
chaqueta y reconfortada por la suavidad de la manta.
Oyó que se abría la puerta trasera.
—Aquí está Dagda —dijo Douglas—. Sana y salva, y muy cómoda en el
estuche.
Ella se giró.
—Le has puesto…
—Sí, se la he puesto. No tiene frío, te lo prometo —La puerta se cerró y Allegra
no pudo evitar sonreír al pensar en Dagda a salvo y, como ella misma, bien envuelta.
El SUV pareció hundirse un poco bajo el peso de Douglas que se inclinó hacia ella, le
pasó el cinturón de seguridad y se lo abrochó. Luego le puso en el regazo el bolsito
de noche—. Bueno, y ahora me tendrías que dar tu dirección.
Allegra podía verlo en su imaginación, con las manos en el volante, girado
hacia ella. Que daría por saber cómo era. Desde que había perdido la vista, sólo había
salido con amigos cercanos, sobre todo Claire y Suzanne, el padre de Claire, el ama
de llaves de los Park, Rosa, y la familia de Rosa. No era capaz de relacionarse con
alguien cuya cara no pudiera imaginar.
—1046 Adams Drive. Está al otro lado de la ciudad, cerca de…
—Sé dónde está —El SUV se puso en movimiento con las ruedas rechinando en
la grava del camino.
—Creía que eras nuevo en Portland. Que acababas de trasladarte aquí.
—Lo soy, pero un buen soldado siempre explora el terreno. ¿Estás cómoda?
¿Quieres que ponga la calefacción más fuerte?
—No, estoy bien, gracias. ¿Cuándo lleguemos a mi casa podremos llamar al
hospital? O tal vez puedo intentar llamar al móvil de Claire. Tengo que saber qué
pasa —No podía soportar la idea de que Claire estuviera sola en el hospital, tal vez
llorando por la muerte de su hombre. Allegra todavía lloraba por la muerte de su
padre cinco meses atrás. Aún tenía el corazón destrozado.
—No hace falta que esperemos a llegar a tu casa —Oyó los pitidos electrónicos
al marcar un número en un móvil.
—¿Kowalski? —dijo una voz metálica. El coche tenía manos libres—. ¿Qué
pasa?
—Larry, ¿sabes cómo está el teniente Morrison?
—¿Bud?, espera un segundo, lo comprobaré —Hubo unos cuantos ruidos
sordos, luego la voz volvió a estar en línea. Sonaba sombría.
—Negativo, Kowalski, no hay noticias. Bud está todavía en quirófano.
—Mantenme informado, Larry.
—Lo haré.
Allegra se acurrucó más dentro de las capas de ropa que la envolvían. Los

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MIDNIGHT ANGEL

temblores habían vuelto a empezar. Douglas apretó un botón y una ráfaga de aire
caliente salió del tablero de mandos para calentarle los pies.
—¿Mejor?
—Muchísimo mejor, gracias. La próxima vez me aseguraré de llevar botas de
satén —La sonrisa que había aparecido en su rostro, desapareció. La próxima vez…
tal vez la próxima vez, Claire tendría el corazón destrozado—. ¿Qué crees que le
pasará a Bud?
—Si una herida de bala no es mortal en el momento de recibirla, hay el noventa
por ciento de posibilidades de recuperación. Si Bud ha llegado vivo al quirófano,
continuará vivo el tiempo que quede.
La voz profunda sonaba tan pragmática, tan segura, que Allegra notó como se
le relajaban los músculos.
—¿Es verdad o te los estás inventando para hacerme sentir mejor?
—Me lo inventaría si eso hiciera que te sintieras mejor, pero resulta que es
verdad. Nunca he visto morir a un soldado que haya logrado superar el traslado en
helicóptero hasta el hospital y llegar a quirófano. Con cada minuto que pasa, las
posibilidades de Bud son más grandes.
Tal vez eran tonterías, pero hizo que se sintiera mejor.
Siguieron el trayecto en silencio. En un determinado momento Douglas puso en
marcha el limpiaparabrisas. Los oía moviéndose hacia arriba y hacia abajo.
—¿Nieva?
—Es más bien aguanieve. No cuajará, pero las calles están heladas.
Allegra no podía ver cómo conducía, pero sabía que Douglas era un buen
conductor. Incluso aunque las calles estuvieran resbaladizas con el hielo, la marcha
del vehículo parecía estable y las frenadas y las curvas eran suaves. Dos días antes
tuvo que tomar un taxi para ir al neurólogo y el hombre había conducido como un
maníaco, casi matándola del susto.
—Gracias por llevarme. Me alegro de no haber tenido que llamar a un taxi para
ir a casa.
—Nunca habría permitido que cogieras un taxi.
Allegra giró la cabeza hacia Douglas al oír esto, pero él no dijo nada más. Ahora
hacía calor en el coche, y estaba empezando a sentir los efectos de la violencia vivida.
Era un trayecto en coche hacia su casa de cuarenta minutos. El silencio, la sensación
de aquella máquina enorme y poderosa retumbando bajo ella y el susurro constante
del movimiento de los limpiaparabrisas la adormecía. Allegra se estaba quedando
dormida cuando el timbre agudo de un teléfono la despertó de golpe.
—¿Sí? —oyó decir a Douglas.
—Soy Larry, tiarrón. Escucha, acabamos de saber que Bud ha salido de
quirófano. Se va a cabrear mucho cuando se despierte, tiene agujeros donde no es
habitual, le va a doler y va a tener tubos entrando y saliendo de su cuerpo durante
unos días, pero saldrá de esta.
Ella oyó como Douglas inspiraba profundamente.
—Esas son buenas noticias. Muy buenas. Gracias por llamar, Larry.

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—De nada. Escucha, el detective Swanson dice que tienes que venir el lunes por
la mañana. Necesitamos una declaración. De ti y de John Huntington. La de Bud
esperaremos a que pueda hablar, pero vosotros dos, tíos, tenéis que venir.
—De acuerdo, entonces te veré el lunes por la mañana.
Allegra dejó escapar un largo y tembloroso suspiro de alivio.
—¡Oh, gracias a Dios! Estaba tan preocupada. Claire se hubiera quedado tan
desolada si le hubiera ocurrido algo a Bud —Se llevó las manos temblorosas a la cara,
casi aturdida por lo feliz que se sentía por Claire. Otra pérdida hubiera sido
insoportable.
—Sí, han sido unas noticias realmente buenas —Él cogió la mano izquierda de
Allegra con una de las suyas, mucho más grande, y se la llevó a los labios. Le besó la
palma, le cerró la mano en un puño y se la volvió a poner en el regazo—. Escucha, si
quieres dormir un poco, hazlo. Las calles están demasiado heladas para que vayamos
deprisa. Por lo menos pasarán otros tres cuartos de hora hasta que lleguemos a tu
casa.
Allegra se giró hacia él.
—¿Dónde vives, Douglas? —Procuró mantener la voz firme, como si no
estuviera afectada por el beso. Porque lo estaba. La palma de la mano le ardía
mientras la mantenía cerrada en el regazo, como una cálida flor.
—Encontré un apartamento en East Meadows.
Ella se sobresaltó.
—Eso está al otro lado de la ciudad —Parks Foundation, su casa y el
apartamento de él hacían un triángulo enorme—. Siento muchísimo haberte
desviado tanto de tu camino.
Giraron una esquina y el movimiento la inclinó hacia él.
—Ni siquiera pienses en ello. Descansa ahora, te despertaré cuando lleguemos.
Me apuesto lo que quieras a que estás cansada.
¿Que ella estaba cansada? No había sido ella quien había entrado en combate,
moviéndose con rapidez para salvar la situación como algún superhéroe. Allegra
abrió la boca con indignación para decírselo.
—No, yo no estoy… —empezó, pero la palabra se convirtió en un enorme
bostezo, tan repentino e incontrolable que ni siquiera tuvo la oportunidad de
cubrirse la boca—… cansada —terminó con remordimientos.
—Ajá —Él apretó algo y el respaldo del asiento se reclinó varios grados—.
Descansa de todas maneras.
—Bueno —refunfuñó ella. El asiento era muy cómodo. Se dio la vuelta
ligeramente hacia él y cerró los ojos. Notó como los bordes de la manta se metían aún
más bajo ella y sonrió… El coche se detuvo y Douglas apagó el motor.
Allegra se sentó derecha, parpadeando.
—¿Qué hay? ¿Qué pasa?
—Ya hemos llegado —dijo Douglas con toda tranquilidad.
—¿Llegado adónde?
—A tu casa. He aparcado justo delante de tu puerta.

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—¿Mi casa? ¡Oh, Dios mío, me he dormido de verdad! —Se echó el pelo hacia
atrás mientras se sentaba bien—. Lo siento mucho.
—No tienes que disculparte —Le desabrochó el cinturón de seguridad y le puso
en el hombro una mano reconfortante—. Bueno, ya sabes el procedimiento. El mismo
de antes. Te meto en casa y luego vuelvo a buscar a Dagda. ¿Te parece bien?
—Muy bien.
—De acuerdo. Dame las llaves de tu casa —En el tiempo que le llevó sacar las
llaves del bolso, él ya había llegado a la puerta del pasajero—. Dame las llaves y
luego inclínate hacia delante —le dijo, y ella lo hizo, con una fe absoluta que él la
cogería. Douglas la cogió en brazos, con manta y todo, y se dirigió hacia la casa. Otra
vez con aquellos pasos largos, tranquilos y poderosos.
El tiempo se había vuelto muy frío, casi ártico. La nieve le caía en cada uno de
los pocos centímetros de piel expuesta. Douglas la había envuelto bien, pero las
manos y las mejillas se le quedaron al instante entumecidas por el frío. Incluso
envuelta en la chaqueta de él y la manta, empezó a temblar, pero él no. Tal vez él no
tenía frío. Era posible, considerando la enorme cantidad de calor que irradiaba aquel
cuerpo tan grande. Todo el lado derecho, allí donde tenía contacto con él, estaba
caliente.
Había treinta y cinco pasos desde la verja a la puerta de su casa. Los había
contado. Había tenido que contarlos para no darse de bruces con la verja o tropezar
con los escalones del porche delantero. Que Douglas había subido sin ninguna
dificultad. Sólo le había llevado veinte pasos el llegar.
De alguna forma logró abrir la puerta sin problemas, incluso con ella en brazos.
Entró en la casa y la soltó con suavidad. No dejó de sujetarla hasta no estar seguro
que ella se mantenía derecha. Mientras la dejaba en el suelo, ella tuvo que deslizarse
hacia abajo, rozándole, y se quedó sorprendida una vez más de lo alto que era. Por lo
menos una cabeza más alto, probablemente más.
—Voy a traer a Dagda —La puerta se cerró sin ruido detrás de ella, y se quedó
sola.
Después de la cálida temperatura del SUV y del calor de su cuerpo, la casa
estaba fría. Vacía. Muerta. Oscura.
Como siempre.
El pánico y la bilis le subieron del estómago a la garganta.
Allegra no sabía en qué lugar estaba de la sala de estar. No había prestado
atención cuando Douglas había entrado en la casa, demasiado distraída por la
sensación de unos músculos muy duros que se movían bajo ella mientras la llevaba,
por el calor tan intenso que desprendía, hasta tal punto que lo único que quería era
acurrucarse más contra él. Al entrar, ¿había girado un poco a la izquierda o a la
derecha?
Se quedó bloqueada, completamente desorientada en su propia casa. ¿Dónde la
había dejado? Si la había dejado cerca del sofá, tropezaría con el cojín que había
colocado a la derecha. Por otro lado, si estaba cerca de la ventana, un movimiento a
la izquierda significaría que se golpearía contra la lámpara de pie de hierro forjado

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en forma de pétalos con bordes afilados.
Suzanne le habría decorado la casa “a prueba de ciegos”. Bendita fuera,
Suzanne había hecho una exhaustiva investigación de arquitectura para ciegos y se
había entusiasmado ante la idea de poner tiras de orientación táctil en el suelo,
señales acústicas sensibles al movimiento en todas las habitaciones, barras en todas
las puertas.
Allegra la había parado. No, de ninguna manera. No iba a estar ciega para
siempre. Lo creía de todo corazón. Los médicos habían dicho que había una
operación. Algo nuevo, experimental, incluso potencialmente peligroso, habían
añadido, pero ya se sabía lo rápido que avanzaba la medicina. Si la técnica era
experimental en septiembre, ahora sería algo de práctica corriente. Maldita fuera, no
iba a acostumbrarse a ser ciega. No lo haría.
No iba a aprender Braille. No iba a comprar un bastón blanco. No iba a tener un
perro guía. Y sobre todo, no iba a destrozar su casa cambiándola de arriba a abajo.
Y ahora estaba completamente perdida en su sala de estar, con nada que
pudiera orientarla. De la única manera que podría moverse era de arriba a abajo, y
eso sin despegar los pies del suelo. Todo lo demás era un abismo negro.
El pánico apareció, el pánico ciego y opresivo que le nublaba la razón y la
invadía varías veces al día, dejándola perdida y temblorosa, llorando. No podía ver.
A menudo tenía pesadillas. Escenas que apenas recordaba al despertar
aterrorizada, con el corazón latiéndole a toda velocidad y las lágrimas deslizándose
por las mejillas. De vez en cuando los sueños eran que se ahogaba, a veces que la
habían enterrado viva. A veces la habían golpeado. Pero fuera lo que fuera, siempre,
siempre, el corazón se le encogía horrorizado.
Ya había tenido una pesadilla esta noche, antes, cuando había visto a su padre.
Lo que significaba que podía empezar a hacerse a la idea que volvería a tener otra
particularmente horrible esta misma noche.
Y como siempre estaría sola. En el silencio opresivo y oscuridad de su casa.
Tropezando con los objetos que había olvidado volver a colocar en su lugar habitual.
Atemorizada de salir a dar un paseo.
Con pesadillas espantosas, despertando aterrada en una oscuridad siempre
sombría, buscando a tientas una luz que nunca volvería a encenderse.
Allegra empezaba a sentir como el pánico iba invadiéndola mientras esperaba,
inmóvil, en el mismo lugar porque tenía miedo de moverse. Casi tenía miedo de
respirar, el corazón le latía frenéticamente en el pecho, como un pájaro que se viera
de repente enjaulado.
Esta noche iba a ser una mala noche, lo presentía. El terror y la violencia en
Parks Foundation habían minado sus defensas. Por eso había tenido aquella
pesadilla cuando estaba despierta y había visto a su padre. Muerto y ensangrentado.
Esta noche sería aterradora.
Detrás de ella se abrió la puerta, dejando entrar un remolino de frío. Oyó como
Douglas dejó a Dagda en el suelo. De forma instintiva había escogido el sitio habitual
de Dagda, en la esquina delantera derecha. Pasos detrás de ella, rodeándola. Se

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movía en silencio para ser un hombre tan grande, pero los oídos de ella se habían
adaptado al silencio.
Sentía su respiración, su calor.
Casi le podía leer la mente. La había acompañado a casa, Dagda estaba a salvo.
Tenía otro trayecto en coche de al menos media hora, o más, con aquel tiempo tan
malo. Quería partir rumbo a su casa.
De repente, Allegra comprendió que no podría pasar esta noche, de entre todas
las noches, sola. No podría. Preferiría morir antes de despertarse sudorosa y
temblando, con un grito ahogándose en la garganta. Sola, en la oscuridad.
Se retorció las manos, reuniendo valor. Intentó que la voz le saliera calmada,
pero no lo consiguió. Pensaba que podría sacar el tema de una manera indirecta, pero
fue incapaz. Lo que sentía era demasiado fuerte, demasiado aterrador para ir
escogiendo las palabras. Le salió una súplica llena de desolación.
Intentó adivinar dónde estaba él, pero no lo logró. Lo único que sabía era que
estaba en la misma habitación.
Las palabras le salieron a borbotones, breves y sin tapujos.
—Douglas —dijo con voz temblorosa, sin saber hacia dónde hablar—, por
favor, no me dejes sola esta noche. Creo que no podría soportarlo. Por favor.
Él estaba delante de ella. Una enorme mano le tocó el pelo, y luego la rodeó con
sus brazos. Apoyó la cabeza en él y sintió las palabras vibrando en su pecho cuando
contestó.
—No, claro que no me iré —La apretó más entre sus brazos—. No hay fuerza en
este mundo lo bastante fuerte para hacer que te deje esta noche.

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Capítulo 6
Por favor no me dejes sola esta noche.
Allegra estaba allí, en el centro de su sala de estar, desesperada y mojada, con la
enorme chaqueta y la manta del coche encima, y una mano pálida fuera de la ropa,
sujetándosela a su alrededor.
Estaba lívida y el golpe en la frente, que iba oscureciéndose, destacaba en un
contraste estremecedor. El brillante cabello pelirrojo, que a él tanto le gustaba, le caía
sobre los hombros en una maraña de rizos rojos. El poco maquillaje que había
llevado había desaparecido ya hacía tiempo. En los ojos verdes desenfocados ya no
quedaba nada de rimel y los exuberantes labios estaban pálidos.
Estaba desaliñada, asustada y perdida.
Y tan hermosa que hacía daño mirarla.
Kowalski la abrazó aún más fuerte. Había dicho la verdad escueta. No había
poder en la tierra lo bastante fuerte para hacer que se fuera. Durante todo el viaje a
través de la ciudad había estado buscando la manera de quedarse con ella y
conseguir al final tenerla entre sus brazos.
Era muy bueno ideando estrategias y tácticas antes de la acción. Lo tenía todo
planeado en la cabeza.
Le haría un poco de té, tomándose su tiempo, tal vez incluso le prepararía algo
de comer. Le diría que tenía que quedarse para asegurarse que no tenía una
conmoción. Le diría que dormiría en el sofá.
Ya se vería qué pasaba a la mañana siguiente. Ya se vería si conseguiría una
repetición de aquel asombroso beso seguido de algo más.
Y al final resultaba que no tenía que hacer nada, y la razón era su propia
maldita estupidez. La había asustado con su actitud de mierda. La había dejado allí
de pie y se había ido porque quería coger el arpa y volver a su lado lo más rápido
posible.
Y como el estúpido zoquete que era, se le había olvidado por completo que era
ciega. Que lo más posible era que no supiera donde la había dejado. ¿En qué narices
estaba pensando? La había dejado y había desaparecido. Al volver la había
encontrado exactamente en el mismo sitio donde la había puesto. Tan hermosa, y tan
perdida.
¿Acaso se había molestado en decirle dónde estaba? No. Tenía demasiada prisa.
¿Resultado? Ella no tenía ningún indicio de su situación. ¿Qué le hubiera costado
tranquilizarla? Nada. Lo único que tenía que hacer era decir, estás al lado del sofá, a
tu derecha hay un cojín, y delante está la mesita de centro.
Mierda, si ella hubiera hecho un movimiento equivocado habría tropezado con

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el cojín y se habría caído sobre el cristal de la mesita. Y se habría herido, tal vez de
gravedad. La sangre se le heló en las venas sólo de pensarlo y la apretó más entre sus
brazos.
Los brazos de ella aparecieron de debajo de la chaqueta y la manta para
abrazarlo. Era enloquecedor el modo en que ella le respondía. Cada movimiento de
él era correspondido por otro igual por parte de ella.
—Estás temblando —dijo Kowalski, y ella asintió apoyada en su camisa. La
recorrían pequeños estremecimientos. Y no era por el frío. La casa estaba caliente y
ella iba cubierta con varias capas de ropa—. Tienes una reacción a la tensión.
—¿Eso es lo que tengo?
—Sí. Pasará. Aunque mientras dura no resulta nada divertido.
Había visto con frecuencia aquellos temblores que venían después de una
acción violenta. Ella había sido valiente —increíblemente valiente considerando su
condición— y no se había derrumbado hasta ahora, pero al final la tensión nerviosa
había podido con ella. Ahora estaba temblando. Las lágrimas llegarían después.
No fallaba. Pura fisiología. Las hormonas del estrés eran liberadas por los
conductos lacrimales.
Sus hombres no lloraban después del combate, por lo general bebían hasta
olvidar, se metían en peleas, o follaban hasta no poder más si estaba disponible
alguna mujer. Y si no, siempre quedaba la propia mano de uno.
Kowalski los había intentado todos, cualquier manera que supiera para aliviar
la tensión, excepto las lágrimas. Follando, bebiendo, peleando, masturbándose. Una
vez, después de un enfrentamiento armado especialmente peligroso donde había
perdido a cuatro hombres, no le había servido en lo más mínimo ninguno de los
remedios habituales, así que se puso una sudadera y corrió toda la noche. La base
tenía una pista de obstáculos de cinco kilómetros y él la hizo corriendo una y otra vez
durante horas, hasta que las piernas se le doblaban, hasta que le ardían los pulmones
al respirar, hasta que la entrepierna le escocía por el sudor. Corrió hasta que el cielo
empezó a clarear con el alba y luego volvió corriendo a su litera, se dejó caer en la
cama y se quedó con la mirada clavada en el techo agrietado de madera hasta que
empezó un día más de tantos otros.
Pelear, beber, follar… sabía lo que quería hacer ahora mismo, y si no se movía,
ella lo notaría justo en el estómago.
Se apartó y dio un paso a un lado, manteniendo el brazo en la pequeña cintura.
A la izquierda, un aparador tenía una colección pequeña pero muy atrayente de
whiskys irlandeses.
—¿Eso que veo ahí en tu aparador no es algo de lo mejor que tiene Irlanda? —
preguntó con su mejor acento de Cork.
—Sí —Allegra se sorbió las lágrimas—. ¿Quieres un poco?
—Oh, ya lo creo que sí —contestó Kowalski con fervor. Un whisky sonaba
perfecto en aquellos momentos. Tal vez le entumecería el cerebro lo suficiente para
que la polla se le bajara.
Ella giró la cabeza hacia él y le dirigió una sonrisa tan lacrimosa que casi se le

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doblaron las rodillas. La sangre volvió a precipitarse hacia abajo, y él casi suspiró.
—Por aquí —Con una mano en la espalda, la llevó al sofá y la sentó—. Tú
también te tomarás un whisky.
—¿Yo? —Pareció asustada ante la idea.
—Oh, sí. Confía en mí en esto.
Allegra se colocó en el sofá como una reina. Kowalski no podía entender como
alguien con un aspecto tan desaliñado parecía todavía tan regio. El pelo enmarañado,
sin maquillaje, con lágrimas secas en las mejillas pálidas, con su chaqueta que le
podría dar dos vueltas y la manta vieja encima. Y a pesar de ello estaba sentada toda
remilgada, con las manos blancas y delgadas cruzadas en el regazo, como si estuviera
vestida de satén y oro, con una tiara de diamantes, mostrándose ante todos como la
maldita reina Allegra, preparada para saludar a sus súbditos.
Encontró los vasos, sirvió un dedo para ella, lleno tres cuartos el vaso para él y
se sentó a su lado, frunciendo el ceño. Algo no estaba bien en el cuadro. Puso los
vasos en la mesita.
—Ven aquí —murmuró, levantándola y colocándola sobre su regazo. Allegra se
revolvió un poco sobre él, moviéndose hasta ponerse cómoda y acabando con la
cabeza apoyado sobre su hombro derecho y la suave cadera justo al lado de la polla
bien dura. Ahora. Perfecto—. Dame la mano.
Como antes, ella se la dio sin dudar y él le cogió los dedos poniéndoselos
alrededor del vaso de cristal.
—Ahora bebe —Él se tragó la mitad del vaso de un trago, disfrutando del calor
y del sabor fragante de la turba mientras el alcohol se deslizaba hacia abajo y se
asentaba formando una pequeña bola caliente en el estómago. Ah, nada como el
whisky irlandés. En su opinión el whisky escocés no se le podía comparar. Allegra
también estaba bebiendo el suyo a sorbos.
Kowalski esperó. La bebida la calentaría y empezaría a minar sus defensas. Ella
no quería llorar delante de él, pero el whisky anularía la parte de su mente que no le
dejaría hacer lo que necesitaba, derramar lágrimas.
Allegra se acabó el vaso y se lo tendió con una mano temblorosa. Él lo cogió, lo
dejó al lado del suyo y la tomó de la mano, que siguió temblando dentro de la suya.
Se la llevó a los labios y el besó el dorso, maravillándose de la piel satinada, de lo
delicada que era.
—Puedes llorar si quieres —le dijo con voz queda, y su cabeza giró un poco
hacia el sonido de la voz. Ella no había sabido donde estaba su cara, hasta que con
aquellas pocas palabras, los ojos ciegos lo miraron.
De pronto comprendió, en un destello de perspicacia que penetró en su
cabezota, que ella tenía que oír su voz para orientarse. Y él casi no le había hablado.
No era muy hablador con nadie, y mucho menos con las mujeres. Tal como él lo
veía, nunca convencería a una mujer para tener sexo con conversaciones dulces. Las
mujeres con las que se acostaba no necesitaban ni querían conversación. Querían ser
folladas y la mayoría de las veces se lo proponían ellas sin que él hubiera tenido que
esforzarse demasiado. No necesitaba convencerlas.

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Las mujeres hermosas ni siquiera le darían la hora. La verdad es que nunca
había intentado dirigirse a una mujer hermosa, a excepción de Suzanne.
Pero Allegra necesitaba que él hablase. Necesitaba poder anclarse en la
oscuridad de su mundo a través de su voz. Los pequeños temblores aumentaban, a
pesar de que era obvio que intentaba contenerlos.
—Si quieres llorar, hazlo, te irá bien —Kowalski movió un poco el brazo para
que apoyara la espalda—. Llorar libera un montón de hormonas de tensión. Después
te sentirás mejor.
Ella movió la cabeza con brusquedad, negando.
—No quiero llorar. Llorar no sirve para nada.
La voz estaba llena de lágrimas. Una pequeña línea fruncida apareció entre sus
cejas castañas. Kowalski esperó.
Ella de repente enterró la cabeza en su hombro. Un estremecimiento le recorrió
todo el cuerpo y rompió a llorar. Por fin. Era lo que él había estado esperando. Los
brazos esbeltos de Allegra se enroscaron alrededor de su cuello, apretó más la cara
sobre su hombro y lloró a lágrima viva. Al principio era violentos y pequeños
gimoteos mientras intentaba reprimir las lágrimas, luego estalló en un gran sollozo,
dando rienda suelta a una inundación. Su pequeña caja torácica se estremecía con la
fuerza del llanto.
Kowalski comprendía muy bien que ella no sólo lloraba por la tensión de la
tarde, sino también por la tensión de la pérdida de su mundo. No sabía lo que le
había pasado —y ahora no era el momento para preguntárselo— pero había perdido
mucho.
Un accidente, le había dicho ella. ¿Un accidente de coche? ¿Había resbalado y se
había caído? Fuera lo que fuese, debía haber sido un accidente grave para dejarla
ciega. Estaría empezando una carrera maravillosa, con aquella voz, su virtuosismo
con el arpa y una belleza tan increíble. No había oído hablar de ella, pero se había
pasado la mayor parte de los últimos diez años en el extranjero. Mientras tanto esta
mujer bella y con un talento increíble había grabado, había hecho giras y su carrera y
su vida se había detenido en seco por un accidente, dejándola ciega.
Llorar era lo menos que podía hacer.
La siguió abrazando en silencio, dándole el calor y la comodidad de su cuerpo.
Ella fue calmándose, agotada. Kowalski bajó la vista para mirarla. Incluso después de
una tormenta de lágrimas, seguía igual de hermosa. Le apartó un mechón de rizos
que le había puesto delante de los ojos. Aquel cabello brillante era de un rojo tan
ardiente que siempre se sorprendía de que estuviera frío al tacto.
Tenía los ojos cerrados, con las gruesas pestañas castaño rojizas sombreando la
piel blanca de las mejillas. Le quitó las últimas lágrimas con el pulgar.
—Estaba tan asustada —susurró ella al final.
Por supuesto que se había asustado. Había oído las explosiones de las granadas,
el fuego de la ametralladora, el grito de la gente. Todo sin ser capaz de ver lo que
pasaba. Debía haber sido aterrador para ella.
—Lo sé, cariño —le dijo él—. Lo siento mucho. Pero ya ha terminado. No hay

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nada que pueda asustarte ahora. Olvídalo. Estás a salvo.
—Estaba tan asustada de que te hubiera pasado algo —continuó Allegra, como
si él no hubiera hablado. Kowalski se quedó boquiabierto—. No podía creer que
hubieras salido sin ningún arma. Y luego oí tiros y-y gritos… —la voz le tembló y
calló unos instantes hasta volver a recuperar el control—. Creía que te habían
disparado y estabas muerto —murmuró con voz teñida de lágrimas—. Estaban todos
esos disparos… y el ruido… y nadie venía a por mí. Sabía que volverías a mí, pero no
lo hiciste. Pareció pasar una eternidad hasta que oí tu voz. Fue tan horrible no saber
qué pasaba. Te imaginaba en medio de un charco de tu propia sangre —La recorrió
un estremecimiento y Kowalski tensó los brazos.
Dios mío. ¿Cuánto tiempo había pasado mientras hablaba con Midnight,
Suzanne y Larry? ¿Quince minutos? Para él no era mucho tiempo, pero a ella debió
parecerle una eternidad.
Había estado preocupada por él.
Kowalski no recordaba ninguna época en su vida en que alguien se preocupara
por él. Preocuparse por sus hombres en combate era su trabajo. Nadie se preocupaba
por el mayor. Todo el mundo daba por sentado que el jefe podía valerse por sí
mismo.
—Todo estaba bajo control —dijo él por fin—. Bud me dio una oportunidad y
yo la aproveché.
—¿Qué sucedió?
—Había cinco cabr-canallas en el salón. Bud se ocupó de uno de los ladrones.
John tenía cuchillos y se los tiró a dos de los malos y ambos quedaron fueran de
combate. Agarré una pistola y me encargué de los otros dos. Larry y los SWAT se
ocuparon de los que había fuera. No tuvieron ni una oportunidad, ni siquiera
lograron pegar un tiro.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con que no lograron pegar un tiro? Hirieron a Bud.
—Lo hirieron antes de que entrara en el salón. Así que no tenías que
preocuparte por mí.
—Pues claro que tenía que preocuparme —Su voz era suave, vacilante. Aflojó la
presión con la que le agarraba el cuello, bajando un brazo. Con la mano le acarició la
mandíbula. Gracias a Dios que la cicatriz estaba en el otro lado. Era tan desagradable
al tacto como a la vista—. Rezaba para que lo lograras.
Kowalski la miró. Jesús, era tan jodidamente hermosa. Nunca se hubiera
imaginado que podría tener entre sus brazos a una mujer tan bella. Y además lo
miraba con admiración, lo que todavía lo tenía más confundido. Bueno, mirar mirar
no. Pero algo así.
Un pequeño hoyuelo aparecía en el lado derecho de la boca de Allegra cuando
sonreía. Apareció ahora.
—Eres muy valiente. Creo que no conozco a nadie que vaya tras hombres
armados sin llevar ningún arma —Un pequeño entrecejo apareció entre las cejas—.
Bueno, puede que el marido de Suzanne, John. Trabajasteis juntos, ¿verdad?

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—Sí, durante casi veinte años. Y no hemos sido tan valientes.
Allegra soltó un bufido muy poco apropiado para una dama.
—Sí, claro.
—No, no había ninguna duda en cuanto al resultado.
Y era verdad. John y él se habían enfrentado a enemigos mucho, mucho peores
en sus tiempos en las Fuerzas de Asalto. Y Bud había sido marine. Por mucho que los
SEALS se burlaran de los marinos, se respetaban mutuamente. Los marines eran
duros, hoscos y peligrosos, y hacían su trabajo a la perfección. Los tres se habían
enfrentado a profesionales en sus tiempos, hombres que se habían entrenado día y
noche para matar, al igual que ellos. En comparación, los ladrones a los que habían
matado eran unos aficionados de mierda, buscando dinero fácil, pensando que eran
unos tipos duros porque iban armados. Los ladrones no habían tenido ni una
posibilidad contra Midnight, Bud y él.
Lo que había aterrorizado a Midnight era el tipo que apuntaba con la
ametralladora a la cabeza de Suzanne. Era para estos casos para lo que se había
inventado la jodida ley de Murphy. El tipo podría haber apretado el gatillo por
equivocación, o tropezar, o podría haber decidido celebrar su riqueza recién
adquirida haciendo volar los sesos de la cabeza de Suzanne. Lo único que hacía falta
era una presión de poco más de un kilo y medio. La misma cantidad de energía que
se necesitaba para abrir una lata de cerveza, y la parte más importante del mundo de
Midnight se hubiera hecho pedazos.
Esta había sido el único peligro real.
—Pues yo creo que eres tú la que ha sido bastante valiente esta noche.
—¿Yo? —Se le quedó la boca abierta por la sorpresa—. ¡Por Dios! No hice nada
más que esconderme y temblar. Eso no es ser valiente.
—No sé. Hay muchas clases de valor. Subir a un escenario, tocar un
instrumente y cantar delante de cientos de personas —Se estremeció de forma tan
exagerada que a ella no le quedó más remedio que notarlo, sintiéndose complacido al
verla sonreír—. Me hubiera cagado-er, muerto del susto.
La sonrisa se hizo más amplia.
—Puedes decirlo. He oído la palabra antes. A menudo.
—¿De verdad? —La voz se le puso ronca—. Eso está bien.
Dios mío, cuando ella sonreía, era algo devastador. Incluso se olvidó de lo que
hablaban. La movió con un brazo hasta que estuvo completamente girada hacia él y
con un dedo de la mano libre la acarició. Tenía que tocarla, tocar toda aquella
suavidad.
Con ternura, apenas rozándole la piel, deslizó el dedo por el pómulo, bajando,
bajando, pasándolo por el contorno de los labios.
Él tenía las manos ásperas, llenas de callos. Le dio un miedo atroz arañarle esa
piel increíblemente delicada. Ella dejó de sonreír cuando él le pasó la punta del
índice alrededor de los labios, quedándose absorta como si se concentrara en la
sensación de su mano acariciándola. Allegra se movió un poco y la cadera se deslizó
justo sobre su polla. A él se le cortó la respiración mientras la polla se le ponía dura.

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MIDNIGHT ANGEL

—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —Preguntó con la voz suave casi sin
aliento.
—Seguro —La respuesta le salió estrangulada. Esperaba poder contestar. Toda
la de la cabeza se había ido hacia abajo y le pareció casi imposible concentrarse en
otra cosa que no fuera la sensación de su piel.
Ella se balanceó un poco sobre su erección y Kowalski tuvo que morderse los
labios para impedir un gemido.
—¿Esto es… —Con la cadera le frotó de un lado a otro, poniéndosela aún más
dura—… esto es, um, un estado permanente en ti?
La honda respiración se convirtió en una explosión de risa.
—Al parecer, sí. Al menos cuando estoy contigo. Por lo visto no hay diferencia
en qué situación esté, disparos, peligro… se me sube cuando estás cerca. Aunque a
decir verdad, por lo general, hace más o menos lo que yo le digo. Excepto contigo.
—Me siento… halagada —El hoyuelo volvió a aparecer—. Creo.
—Um…
¡Hijo de puta, di algo!
Pero lo que quería salir de su boca no era algo que pudiera decirle a ella. Jesús,
¿cómo iba a decirle que no podía imaginarse ni por un momento que la polla le
bajara estando ella en la misma habitación? En la misma casa. Diablos, en la misma
ciudad. Apretó los labios con fuerza para evitar que las palabras le salieran a
borbotones.
Lo que tenía que hacer era hablarle con normalidad, sin que la voz sonara
estrangulada y sin que ella se diera cuenta que ya no le quedaba nada de sangre en la
cabeza. Allegra tenía que saber que no era un obseso sexual, aunque así es como se
sentía ahora mismo.
Había conversaciones que podía mantener con una mujer hermosa. Había
montones de cosas de las que hablar con ella. La música era una. A él le gustaba la
música, siempre le había gustado, pero nunca había tenido la oportunidad de hablar
con un músico de verdad. Y desde luego no con uno con tanto talento como ella. O
podrían habar sobre el accidente, de cómo se había quedado ciega. Lo que le gustaba
leer, eso estaría muy bien. Había toneladas de libros en la sala, probablemente de
antes del accidente. Eran posibles toda clase de tácticas coloquiales.
Lo más seguro es que fuera su única oportunidad en esta vida de mantener una
conversación con alguien como Allegra. Lo malo es que no le salía ninguna palabra.
Apenas podía recordar su propio nombre.
Kowalski inclinó la cabeza mientras el brazo que la sujetaba, la alzaba hacia él.
Cuando poco a poco la hizo levantar la cabeza, acercándola a la suya, la sonrisa de
ella se desvaneció y los ojos se le cerraron. Cuando los labios de ambos se rozaron,
ella ya estaba preparada. Se abrió de inmediato a él y fue como antes, bajo el
escenario. Como sumergirse en un estanque caliente, perfumado y tropical. Quería
quedarse allí para siempre, con la lenguas enredadas. Allegra apretó el brazo con el
que le rodeaba el cuello y él profundizó el beso, demorándose en su boca, con la
lengua metida hasta el fondo. Su sabor era dulce y excitante, totalmente

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

embriagador.
Nada de malvados con armas robando joyas, nada de tiros, nada de
distracciones exteriores, nada de nada, sólo ellos dos en la quietud de la noche
nevada, con el único sonido en la habitación de los suspiros y gemidos. De los
sonidos húmedos de sus bocas unidas, del susurro de ropas cuando ella se movió
entre sus brazos.
Kowalski apartó un momento la boca para mirarla, asombrado una vez más de
estar abrazando a Allegra. Observarla era casi voyerismo. Siempre apartaba la
mirada de las mujeres hermosas. Y aún así, en lo más profundo de su ser, en una
parte de él que nadie había visto nunca, o incluso sospechado que existía, amaba la
belleza. Nadie pensaría en él como alguien con sentido de la estética, y más cuando
se aspecto se parecía a un tosco descargador de muelles y se había pasado la vida
entrenando a hombres duros para matar. No había mucha belleza en eso. Pero la
verdad era que la belleza le conmovía.
Y ahora estaba conmovido. Ella era hermosa pero era más que eso. Allegra era
algo más que una cara bonita. Había humor, carácter e inteligencia en ella. Coraje,
también, si no se había desmoronado al quedarse ciega.
Podía mirarla todo lo que quisiera, y su mirada vagó por los finos rasgos, por la
piel blanca como una delicada perla, por toda aquella suavidad y exquisitez. Allegra
debió notar que la miraba absorto porque esbozó una ligera sonrisa y dijo:
—¿Qué?
—Eres tan jodidamente hermosa —susurró Kowalski, y luego se sobresaltó.
¡Muy bien!, pensó, muy elegante—. Lo siento.
Por suerte, aquella sonrisa no vaciló.
—También he oído esa palabra. No estoy hecha de algodón de azúcar. No me
derretiré sólo por oír un taco.
Tal vez no, pero sí parecía que estaba hecha de algodón de azúcar. Tenía la piel
tan pálida y tan delicada. Observó, fascinado, como aparecía un ligero rubor allá
donde la tocaba. Para comprobarlo, deslizó el dedo por la piel, desde el pómulo alto
hasta la barbilla, con un golpecito en la pequeña hendidura de allí, luego por el
cuello largo y delgado, y a través de las delicadas clavículas. Todo era igual de
fascinante, puro placer allá donde tocara.
Kowalski no tenía ni idea de si lo que ellos hacían iba a conducir al sexo. Sólo
de pensarlo hizo que el corazón le latiera más rápido, pero tenía que ser realista.
¿Qué haría en la cama con él alguien como Allegra?
Si ella le decía que parase, él lo haría. Lo haría, lo haría.
Esperaba.
La erección que tenía no iba a desaparecer, pero bueno, no desaparecería
aunque follasen. Por el camino que iba, podría estar con ella tres días y seguir duro.
Y de todos modos, lo que hacía ahora era casi tan bueno como follar.
Casi. Tal vez.
Sólo de pensar en estar dentro de Allegra hacía que la erección le latiera y que
se pusiera a temblar, y comprendió que estaba a punto de correrse en los pantalones.

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

Ella le mordisqueó el labio inferior y las caderas de él se alzaron en un movimiento
incontrolable.
Allegra lo notó y se ruborizó.
Él la observó fascinado. Los sentimientos que lo atravesaron fueron tan intensos
que fue casi como entrar en combate a cámara lenta. Tanto que de pronto se le quedó
la mente en blanco. Y la sensación de ella, la cosa más suave que había tocado nunca.
Los colores, desde la perla más pálida de los hombros y la parte superior de los
pechos hasta el débil rosado de las mejillas y el rosado más intenso de los labios. Se
inclinó para besarla, mordiéndole los labios con suavidad, levantando la boca para
encajar mejor, y luego besándola profundamente una y otra vez.
Ella le puso los dos brazos alrededor del cuello, suspirando con suavidad. La
mano derecha de Kowalski le rodeaba la cintura. Abrió la mano para pasar la palma
a lo largo de su caja torácica, deleitándose por la sensación suave y delicada de ella
bajo la tela. No huía de él. Al contrario, apretó aún más los brazos a su alrededor.
Él le rodeó el pecho con la mano. Era pequeño, perfecto, cabía a la perfección en
la enorme palma. Notó como se le hinchaba bajo la mano, al igual que estaba
haciendo la polla. De repente el tocarle el pecho por encima de aquel material suave
y diáfano no era suficiente. Necesitaba tocarle la piel, necesitaba ver cómo eran los
pezones. Era un verdadero adicto de los pezones rosa pálido, sus favoritos.
Kowalski le puso las manos en la espalda y poco a poco le abrió la cremallera
del vestido. El sonido que hizo al abrirse no fue muy fuerte pero Allegra debía
haberlo notado, debía haber notado como se abría el vestido y el aire más frío de la
habitación en la piel de la espalda repentinamente desnuda. Si quería protestar,
ahora era el momento para hacerlo.
Pero no protestó, en absoluto. Lo que hizo fue suspirar y separar la boca lo
suficiente para murmurar “Douglas” y volver a besarlo otra vez.
Lo estaba besando. Kowalski era un buen estratega y en ese momento eléctrico
se dio cuenta que iban a tener sexo y pronto.
Cada músculo se le tensó mientras luchaba consigo mismo. Una parte de él
quería levantarse —ya mismo— llevarla al dormitorio, lanzarla sobre la cama y
dejarse caer directamente sobre ella. Ahora que el vestido estaba desabrochado por
completo, no se lo tendría que arrancar, sólo deslizarlo hacia abajo con un
movimiento de las manos. Lo que fuera que llevara debajo, tendría que desaparecer.
Conseguiría quitarle la ropa interior de la forma usual… o se la arrancaría. De una u
otra manera, no estaba dispuesto a esperar más de dos segundos para tenerla
desnuda.
Y un segundo después, estaría dentro de ella, follándola duro. A toda
velocidad, con toda su fuerza, machacándole el pubis, haciendo que la cama se
zarandeara al follarla. Manteniéndole las piernas arriba y abierta mientras se la metía
y se la sacaba tan fuerte como pudiera.
Aquella imagen le horrorizó. De hecho pegó un salto del susto.
—¿Qué? —susurró sin abrir los ojos—. ¿Qué pasa?
—Nada —murmuró él y volvió a inclinarse para besarla otra vez.

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LISA MARIE RICE

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Mierda, la partiría en dos si le hiciera eso. Él era grande y estaba más excitado
de lo que había estado en su vida. La polla era como una pelota de béisbol. Allegra
tenía un cuerpo delicado, estaba seguro que sería pequeña y estrecha. Esas dos cosas
juntas no iban a funcionar en la cama sin hacerle daño, a no ser que se asegurara que
estaba preparada.
Una vez acostados tendría que tener mucho cuidado. Kowalski estaba
acostumbrado a polvos algo violentos y lo más probable era que, inconscientemente,
hubiera escogido compañeras que querían eso, porque nunca nadie se había quejado.
Las mujeres con quien había compartido la cama no buscaban más que una polla
grande que pudiera estar dura el tiempo suficiente para darles placer. Eso era
exactamente lo que él tenía para ofrecer, ni más ni menos.
Esto de ahora era algo más.
Allegra era una dama y tenía que ser tratada como tal.
Y era ciega. Estaba indefensa. Aquella idea también le sobresaltó.
Kowalski no se hacía ninguna ilusión sobre cómo había acabado con aquella
belleza entre sus brazos. No era por su encanto y estaba condenadamente seguro que
no era por su aspecto. Allegra había pasado esta noche por una experiencia
traumática y tenía miedo de quedarse sola. Era muy probable que esta fuera la única
noche que conseguiría estar con ella. Tenía que hacerlo bien. No podía perder el
control y olvidar que era ciega.
Lo último que él necesitaba era hacérselo demasiado duro y asustarla, darle
miedo.
Kowalski sabía de estrategia militar. Era su especialidad. La parte de la
estrategia en que uno se pone en la piel del enemigo. En este caso Allegra no era el
enemigo, desde luego, pero de todos modos durante un segundo podría ponerse en
su piel. Se podía imaginar la mar de bien la sensación de estar en la cama con alguien
como él, con su rudeza. Él pesaba ciento ocho kilos de puro músculo, Un hombre que
se había entrenado en artes marciales durante toda su vida adulta. Ella no podría con
él en ningún caso, ninguna mujer podría. Pero una ciega…
Jesús. Allegra estaría a su merced. Completamente. Sería incapaz de defenderse
de cualquier manera. Incapaz de agarrar algo para golpearle si la asustaba. Incapaz
de telefonear a nadie.
A propósito suavizó el abrazo, decidido a que ella no dudara ni un segundo de
él, que no se inquietara ni por un momento. Esta noche tenía que ser puro placer.
Se entretuvo en su boca durante un largo rato, trazando suavemente con la
mano el contorno de su pecho sobre la tela diáfana. Allegra se movió otra vez y el
vestido se abrió del todo.
Kowalski le puso la mano bajo el corpiño del vestido, sobre la curva superior
del pecho, y la dejó allí, pesada y caliente, mientras deslizaba la boca por la
mandíbula con besos suaves. Las comisuras de los labios de Allegra se curvaron
hacia arriba. Siguió deslizando la mano hacia abajo, deleitándose con la sensación de
seda de la piel en la palma de la mano y la tela de seda en el dorso.
Jesús, todo esto es puro deleite, el tocarla, los sonidos que hacía, su olor.

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

Le apoyó la mano en el pecho y el pezón, pequeño y duro, se le clavó en el
hueco de la palma de la mano. Oh, sí.
Le frotó el pezón y ella ronroneó. Era la única palabra que podía definir aquel
sonido. Joder, Allegra no debería hacer eso. Él estaba intentando ir poco a poco pero
estaba a punto de explotar. Tenía las pelotas tensas, casi en la ingle.
Fue deslizando la boca hacia abajo, hacia abajo, por toda aquella piel tersa,
sujetándole el pecho. Abrió los ojos el tiempo suficiente para mirar un momento
hacia abajo, encantado con la vista. Allí estaba ella y —síii— el pezón era pálido, de
un rosa pálido, su favorito.
Allegra también sabía a rosa pálida, como algunas fresas en un cucurucho de
vainilla. Chupó, intentando ser suave. Cuando levantó la cabeza, el rubor le había
dado un ligero tono de rosa más profundo y el pezón y la aureola brillaban de
humedad. Un mechón de cabello de un rojo profundo le había caído sobre el hombro
y él lo apartó, besando la piel que quedó al descubierto.
—¿Seguimos con esto en el dormitorio? —preguntó él con voz tranquila.
Allegra sonrió, y le rodeó la cabeza con ambas manos, gracias a Dios que se
había saltado otra vez la cicatriz. Ella le acarició el cuello con la nariz y fue subiendo
hasta el oído.
—Oh, sí, Douglas, te deseo tanto —le susurró en el oído, haciendo que se le
erizara el vello de la nuca. Entonces giró la cabeza y le besó la oreja y —¡bam!— él
sintió como le venía el orgasmo.
Casi.
¡Maldición! ¡Había estado cerca! Fue capaz de retenerlo en el último momento,
apretando todos y cada uno de los músculos que tenía, pero tuvo que quedarse
quieto allí durante unos segundos, temblando.
Se levantó del sofá con ella en brazos y la llevó al dormitorio.

Cuando Douglas la levantó en brazos, para Allegra fue como si la liberaran de
los odiados grilletes.
Cada instante de cada día desde que se había quedado ciega requería un
esfuerzo insoportable, segundo a segundo tenía que planificar cada movimiento que
hacía para no caer o no golpearse con algo o hacerse daño de alguna forma. Cuando
por la noche se iba a la cama estaba agotada, sólo para quedarse despierta durante
horas, tensa y desalentada, mirando ciegamente el techo.
Y cuando por fin se dormía, tenía pesadillas.
Ahora era como haber vuelto a la vida.
Estaba en los brazos fuertes de Douglas, dejando que la llevara donde él
quisiera. Donde los dos querían estar, en el dormitorio.
Nunca había estado tan excitada como en ese sofá, besándolo, sintiendo su
mano enorme y fuerte en el pecho, tan suave como una pluma. Era tal el contraste, el
profundo poder, los enormes músculos, los miembros grandes y largos y esa
suavidad, incluso ternura, cuando la tocaba.

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

Allegra se relajó por completo en los brazos de Douglas. No tenía que pensar,
no tenía que planear, no tenía que preocuparse, podía ser ella misma. Nada malo iba
a ocurrirle, no mientras él la sostuviera. No mientras estuviera con ella. En ese
aspecto confiaba completamente en él.
La soltaba, así que debían estar en el dormitorio. Allegra se quedó de pie,
cogiéndole de los brazos.
—No voy a encender la luz —dijo él con su voz profunda y grave, que parecía
penetrarle hasta el núcleo de los huesos.
—Gracias —susurró ella. Allegra se derritió. Las luces encendidas la pondrían
en desventaja, así que él se privaba de la luz. Era un gesto tan atento que las lágrimas
fluyeron de sus ojos.
—¡Eh! —retumbó él. Un enorme pulgar le secó la piel bajo los ojos—. ¿Es que
quieres las luces? ¿Es eso?
Allegra esbozó una sonrisa húmeda.
—No, no quiero las luces encendidas, tonto. Lo que de verdad quiero es que me
beses.
—Oh, sí —el susurro en la noche era ardiente.
Ella se puso de puntillas y sus bocas se encontraron a mitad del camino. Oh,
Dios, su boca. Daba unos besos magníficos, besaba con tanta habilidad que el calor la
inundó concentrándose en el estómago y más abajo. Cada vez que la lengua de él
tocaba la suya notaba como se le tensaban los músculos del estómago, como se le
tensaba la vagina. Se estremeció y se aferró a él con más fuerza.
Era tan, tan delicioso, mucho más de lo que había sentido al excitarse o incluso
hacer el amor con otro hombre. Tanto fuego, tanto poder. Se derritió y se habría
caído si él no la hubiera sujetado.
Allegra se perdió en la boca de Douglas, contorsionándose para sentir más de
él, con los brazos alzados a gran altura para rodearle el cuello.
Era tanto el calor que se desprendía de él que tardó un momento en darse
cuenta que le había bajado el vestido de los hombros y lo tenía enroscado en las
caderas sin poder llegar a caer al suelo porque la fuerza con que la abrazaba. Se
separó un segundo, el tiempo imprescindible para que el vestido cayera al suelo, y
luego volvió a aferrarse a él y Douglas volvió a besarla, y a besarla, y a besarla. Un
beso largo, perfecto y eterno.
Los pechos desnudos estaban aplastados contra la camisa del traje, pero bajo la
tela notaba las superficies duras de su torso. Dios, cuanto poder, quería sentir su piel
en la de ella y desnudarle lo más rápido posible. Le desabotonó la camisa y para
deslizársela por los hombros tuvo que esforzarse tanto por lo alto como por lo ancho.
La tela se resistía y ella gimió de impaciencia.
Oyó un sonido bajo como un trueno, encantador por su intensidad. Douglas se
estaba riendo.
—Espera, cariño. Déjame a mí —La voz era grave con tonos cálidos. La apartó
un momento y ella se sintió helada y abandonada. Susurros de tela, el roce de ropa
cayendo al suelo y luego, él volvía a estar a su lado, completamente desnudo,

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besándola y, ¡oh, sí! Piel desnuda contra piel desnuda. La sensación de Douglas era
tan deliciosa, tan poderosa como había imaginado.
Estiró los brazos para tocarlo. Con las palmas de las manos recorrió los
hombros amplios y fuertes, y siguió subiendo hasta el cuello. Estaba de puntillas,
apretada contra él. El pene erecto le apretaba el estómago, duro y ardiente, como
acero caliente. Todo en él era como acero velludo y caliente. Douglas levantó un
momento la cabeza, abrazándola con fuerza. Estaban allí de pie, con el corazón
latiéndole a tanta velocidad y tan fuerte que creyó que le saldría del pecho.
El corazón ya le había latido así antes, bajo el escenario, de miedo. Su corazón
estaba teniendo esta noche una buena sesión de aerobic, terror y sexo en vez de una
carrera de ocho kilómetros. Bueno, no le importaría tener sexo cuando fuera si se
parecía a esto. Estaba tan excitada que apenas podía mantenerse en pie, y ni siquiera
estaban juntos en la cama.
Sentirlo era tan delicioso. Apartando las manos del cuello de Douglas, Allegra
las bajó hasta el pecho, entreteniéndose en los pezones planos, tan diferentes a los de
ella. Eran muy pequeños y estaban duros, como un perdigón. Cuando movió el
pulgar sobre uno de los pezones, preguntándose de qué color sería, el pene se movió
entre ellos, aumentando y ondulando.
¡Qué delicioso! ¡Ella había hecho esto! Canturreando de placer, Allegra dejó el
dedo en el pezón derecho para poder encontrarlo con la boca y lo besó, lo lamió y lo
chupeteó. Muy por encima de su cabeza oyó un gemido, los pulmones del hombre
retumbaron y un ligero brillo de sudor cubrió el pecho masculino.
Oh, ya no era la pobre, ciega y desvalida Allegra. No, no, era la grande y
poderosa Allegra, reduciendo a este hombre enorme a una masa temblorosa. Le
mordió el contorno del pezón con suavidad y él soltó un grito. Casi se echó a reír de
placer. Mordisqueándole los músculos duros del pecho, dejó caer una mano hasta su
ingle. El pene era enorme, duro como la piedra, con grandes venas sobresaliendo
tanto que incluso podía sentirlas. Pasó la mano por todo lo largo, los dedos apenas
podían rodearlo, y acarició con el pulgar la cabeza grande y protuberante. Goteaba
semen, sabía que eso era un signo de excitación masculina incontrolable.
Perfecto, ella también estaba muy excitada, mojada y caliente, en una parte más
íntima de su cuerpo.
Las manos de Douglas la rodeaban, una por detrás de la cabeza y otra alrededor
de la cintura. Él rompió el silencio de la noche mientras la guiaba poco a poco de
espaldas hacia la cama.
—No te preocupes por nada, cariño. Llevo protección.
Sólo moverse con él ya era tan atractivo. Allegra estaba encantada del
movimiento de sus músculos contra ella cuando se movía. Le costó un momento a su
deslumbrado cerebro entender las palabras. ¿Protección? ¿Qué…? Oh.
Era algo atrevido y probablemente arriesgado, pero la sensación de su piel era
tan maravillosa que no quería renunciar ni a un centímetro de contacto de su cuerpo
con el de ella. Ni dentro de ella.
Se estremeció de anticipación. Un último roce de los dos cuerpos y ya se había

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decidido. De todas formas, este hombre no estaba enfermo.
—Tú, um, no necesitas condones.
Él se quedó inmóvil. La había estado besando en el cuello pero ahora levantó la
cabeza. Allegra sintió el cuello frío y vacío.
—¿Qué?
—He dicho que, um, no necesitarás condones. Estuve en el hospital… mucho
tiempo, y tuvieron que recetarme la píldora.
Una lenta exhalación de aire.
—¿Puedo correrme dentro de ti? ¿Sin una goma?
Bueno, no era exactamente así la manera en que ella lo había expresado, pero…
—Sí.
En un segundo la levantó, unas manos temblorosas le quitaron las bragas y las
medias y la depositaron con cuidado en la cama y luego Douglas estaba encima de
ella, duro y pesado, besándola profundamente. Eran besos feroces, absorbentes,
como si Allegra tuviera algún elixir secreto que él necesitara con desesperación y que
sólo pudiera conseguir de ella. La sujetaba con fuerza por la cabeza, inclinándosela
hacia un lado y hacia otro para poder besarla en todos los ángulos posibles.
A pesar de lo maravillosos que eran sus besos, Allegra estaba distraída por la
sensación del cuerpo desnudo que tenía encima. Ya había estado así antes, bajo el
escenario de la Fundación, pero esto era diferente. Allá habían tenido capas y capas
de ropa, y cada segundo había sido tiempo robado. Ahora era como si se hubiera
deslizado a alguna dimensión diferente, donde el tiempo era como la miel, dorado y
lento.
La percepción del hombre era tan deliciosa que quería aferrarse a él con fuerza.
Cada vez que él se movía, cada vez que respiraba, se frotaba contra ella, con todo su
peso y su dureza, aumentando la sensualidad a un cien por cien. Nunca antes el sexo
había sido tan… sensual, donde cada sentido aparte de la vista se despertaba y olía a
rosas.
Una de las manos se apartó de la cabeza y fue bajando poco a poco por un lado.
Él se movió justo lo imprescindible para tocarle el pecho y fue tan apasionante como
antes. Más, porque sabía que pronto iban a hacer el amor y cada caricia la preparaba
para aceptar el cuerpo masculino.
Era tan asombroso. Su cuerpo había asumido por completo el control. Estaba
haciendo cosas sin que ella lo dirigiera. Ahora se daba cuenta que en cierto modo,
con amantes anteriores había tenido que excitarse a sí misma. Su mente había tenido
que enviar sensaciones eróticas a los pechos y la vagina porque no había existido esta
conexión con el hombre. Pero ahora no. Oh Dios, ahora no. Ahora su cuerpo se
derretía en cualquier parte que Douglas tocara sin que su mente tuviera nada que ver
con ello.
Él apartó la boca y la fue bajando por el cuello, poco a poco, hasta el pecho.
Allegra se estremeció al sentir sus labios recorriéndola.
Un toquecito en el pecho y la boca en el pezón, y se excitó más allá de lo
imaginable. Los pezones se le estaban poniendo muy duros, mientras la boca de él

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parecía tocarle el pecho y entre los muslos al mismo tiempo. Cada tirón de la boca
desembocaba en una profunda contracción de la vagina.
Notaba lo húmeda que estaba, lo suave que se sentía. También notaba lo
húmedo que estaba él, ligeramente sudado, con la punta del pene mojada por el
semen.
Por ella.
Douglas era tan cuidadoso, tocándola como si estuviera hecha del más fino
cristal, capaz de romperse con el más ligero de los toques. Ella no era delicada y
estaba más excitada de lo que había estado nunca. El hombre necesitaba un ligero
empujón.
Movía la mano poco a poco, muy poco a poco hacia la ingle. A este paso le
llevaría toda la noche. Allegra se contoneaba bajo él, recorriéndole la amplia espalda
con las manos.
—Estoy preparada, Douglas. Ahora —Las palabras susurradas sonaron
chillonas y parecieron hacer eco en su cabeza.
El enorme cuerpo se quedó quieto excepto por el pecho que se movía como un
fuelle. Los fuertes jadeos resonaron en el silencio de la noche.
—No quiero hacerte daño.
Sí, lo notaba. En la forma que la tocaba que era un reflejo exacto de las palabras.
En el modo obvio en que se contenía, en la manera en que nunca, jamás usaba su
fuerza contra ella… No, él no quería hacerle daño.
Como respuesta, Allegra abrió las piernas, levantándolas junto a los muslos
masculinos. Estaba completamente abierta a él, húmeda, hinchada y preparada.
Douglas tenía que notarlo.
Oh, sí, lo notaba. El hombre gimió, y se movió un poco hasta que estuvo situado
en la entrada. Era grande, enorme. Lo sabía porque lo había sentido y tocado pero en
cierta forma era más real ahora que se disponía a penetrarla. No usaba la mano. Las
dos estaban ahora rodeándole la cabeza, y con la lengua le acariciaba profundamente
la boca, repitiendo lo que quería hacer más abajo.
Algunos de los hombres con los que había compartido la cama tenían que usar
las manos para ayudarse a penetrarla porque —ahora lo comprendía— no habían
estado del todo erectos. No era el caso presente. Douglas podría haber estado hecho
sin lugar a dudas de acero caliente. Tenía el pene completamente erecto y
perfectamente capaz de penetrarla sin ayuda de nadie.
Sintió el movimiento de los músculos de la espalda cuando empezó a
penetrarla. Poco a poco. No le dolía porque era muy cuidadoso, pero hubiera podido
dolerle. Se introducía en ella despacio, creando con aquella fricción un calor
increíble, y besándola con intensidad, y sólo eso ya fue el mejor sexo que había
tenido en su vida. Era como si la penetraran por primera vez, tocando partes suyas
que nunca antes habían sido tocadas. Cuando por fin se detuvo, estaba tan
profundamente metido que ella estaba estirada al máximo.
Allegra le recorrió otra vez la espalda con una mano, notando la ondulación de
cada resistente músculo, hasta que llegó a la carne rígida del trasero. Cuando lo tocó

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allí, él gimió otra vez e hizo rodar las caderas en un movimiento circular. El vello
púbico, corto y áspero, parecía tieso al rozar la carne súper sensibilizada.
La gran base del pene embestía contra los labios hinchados de su sexo y se
sintió atravesada, completamente tomada. Le temblaban los muslos por el esfuerzo
de mantenerlos muy abiertos y por el orgasmo que ya empezaba a notar.
Las manos de Douglas se apartaron de su cabeza y bajaron hasta la curva de las
caderas, sujetándola fuerte, penetrándola aún más, y Allegra contuvo el aliento en
una lenta caída libre que la acercaba inexorablemente al orgasmo. Él no se movía
pero su peso, la fiereza con que la sujetaba, la profundidad de la penetración fue casi
demasiado. Pero cuando separó labios y recorrió besando la mandíbula hasta el
cuello, y la mordió allí, justo allí, donde los sementales mordían a sus yeguas, fue
como acercar un fósforo a un fusible. Con un grito salvaje, Allegra explotó,
contrayéndose con brusquedad alrededor de él mientras él se incrustaba aún más
profundo.
Douglas le acercó la boca al oído.
—Ahora empieza —le susurró misteriosamente.

Kowalski creía que era muy bueno follando. Tenía que serlo. Los hombres feos
tenían que saber más si querían echar un polvo con regularidad. Él necesitaba mucho
sexo así que había aprendido a hacerlo bien. La propia mano iba bien cuando era
necesario, pero las mujeres eran mejores, y había aprendido a darles placer.
Así que sabía cómo controlar las embestidas, sabía leer las señales que daba el
cuerpo de una mujer sobre si quería una follada lenta y profunda, o dura y rápida, o
una mezcla. Sabía que lo hacía bien, porque por lo general ellas le pedían segundas y
terceras partes.
Darle placer a una mujer significaba utilizar la cabeza y no sólo la polla.
Kowalski era capaz de mantener vivo en su mente un atisbo de consciencia mientras
follaba, observando a quienquiera que estuviera con él y ajustando los movimientos
para satisfacer sus deseos. Había siempre un poquito de él, conteniéndose, mirando.
Nunca perdía del todo el control.
Sabía cómo mantenerse frío en el combate, y en la cama.
Así que nada en su experiencia personal lo había preparado para el placer
ardiente y crudo de abrir los suaves tejidos de Allegra con la polla, el placer que
sintió desde la punta de la cabeza a la punta de los pies. El placer feroz, abrasador
que lo atravesó, un segundo antes de correrse. El placer que borró casi todo
pensamiento racional de su cabeza y lo redujo a un animal actuando por puro
instinto.
Nunca había follado a pelo y cuando ella le había dicho que podía, había estado
a punto de tirarla encima de la cama y meterle la polla lo más rápido posible. Por dos
motivos, porque sería la primera vez para él y porque era Allegra, la mujer más
hermosa y deseable que había visto en su vida.
Pero no lo había hecho. Se había aferrado a su control con uñas y dientes,

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incluso al resistir la convulsión inicial al penetrarla. Había sido como meter la polla
en un enchufe, la convulsión había sido colosal.
Un último vestigio de razón, en alguna parte en lo más profundo de su mente,
le recordó que tenía que ir despacio, porque cada instinto que poseía le pedía a gritos
que empujara con fuerza con embestidas duras, rápidas y profundas, que la follara
con violencia.
No podía hacerle eso a Allegra. En el mismo momento en que le metió la polla,
incluso sólo la cabeza, comprendió que le haría daño si se dejaba ir. Ella estaba
excitada, estaba mojada —eso no era un problema— pero era pequeña y tal vez con
poca experiencia. Así que empujó despacio, sudando por todas partes. No podía
taladrarla con la polla, pero podía hacer estragos en su boca, y eso fue lo que hizo.
Deseó tener cien lenguas y unas mil pollas, todo dentro de Allegra.
Dentro de Allegra era el lugar más fabuloso del mundo para estar. Ardiente,
acogedor, la fuente de un placer enloquecedor.
Le mordió los labios, luego le lamió con la lengua todo el interior de la boca,
inclinándole un poco la cabeza hacia un lado para conseguir un contacto más íntimo.
El sabor de ella era celestial. Se apostaba lo que fuera a que el coño también tendría
un sabor celestial, pero lo dejaría para más tarde, cuando la excitación hubiera cedido
un poco, cuando la hubiera tenido unas cinco… docenas de veces. Oh Dios, sólo de
pensarlo…
Tener la lengua dentro de su boca era tan excitante como tener la polla dentro
del coño, y allí estaba, en su boca, notando como se acercaba el primer clímax de
Allegra.
Por fin tenía toda la polla metida dentro de ella, pero no se atrevía a moverse.
Apenas se atrevía a respirar. Empujó un poco, justo un poco, y notó como la boca de
ella se suavizaba, soltaba un pequeño gemido que sintió en su propia boca, y llegaba
al clímax, así sin más.
Y así sin más, él también llegó.
Esto era inaudito. Kowalski duraba horas, pero a la primera contracción de
aquella pequeña vagina alrededor de la carne desnuda de la polla, había explotado.
Le devoró la boca, sujetándole la cabeza con las manos porque si le sujetaba las
caderas la lastimaría. Y ambos siguieron besándose, corriéndose, temblando y
gimiendo durante una eternidad. Al menos eso era lo que había parecido. Kowalski
perdió todo sentido del tiempo mientras se corría dentro de Allegra, la primera vez
que se había corrido dentro de una mujer y no dentro de una goma.
Esto hizo que cualquier pensamiento coherente que le quedara desapareciera de
su cabeza. Se aferró a su boca, jadeando y gimiendo, manteniéndose rígido dentro de
ella mientras cada gota de líquido le salía a chorros de la polla. Y el poco líquido que
no salió por allí lo hizo por los poros del cuerpo. Al final, estaba mojado por todas
partes, por la boca de ella, por su propio sudor, y por los chorros del orgasmo.
Había sido el clímax más intenso de su vida. La verdad es que había visto
estrellas detrás de los párpados, y aún estaba muy lejos de acabar con ella, todavía
estaba duro como una piedra y tan excitado que apenas podía respirar.

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

—¿Cómo estás? —susurró él sobre los labios de Allegra. Sintió en su boca la
sonrisa de ella, levantó la cabeza y, con un esfuerzo, abrió los pesados párpados.
La había dejado escoger si quería las luces encendidas o apagadas para darle
algo de control, pero él tenía una visión nocturna excelente y veía bastante bien con
la luz de los faroles que se filtraba por la ventana. Ella todavía se estaba corriendo, lo
notaba en las contracciones del coño. Por la experiencia que tenía, las mujeres se
ponían tensas cuando se corrían, los músculos se les ponían rígidos y la cara crispada
como si sufrieran. Pero Allegra no. La cara de Allegra era suave, soñadora, delicada.
Tenía la boca hinchada y mojada por sus besos. Y sonreía con los ojos ciegos
entreabiertos.
Ella había puesto la mano en su mejilla, acariciándolo con los delicados dedos.
Las contracciones iban disminuyendo y los muslos se deslizaron de sus caderas
donde habían estado aferrados con fuerza.
—¿Cómo estoy? —suspiró ella—. Guau. Así es como estoy —Alzó la cabeza y lo
besó, con torpeza, fuera del destino inicial del beso, chocando con un lado de la
boca—. Gracias —dijo con suavidad.
A Kowalski se le hizo un nudo en el pecho y se le tensaron los músculos. El
beso había sido tierno, conmovedor. No estaba acostumbrado a la ternura mientras
follaba. Lo dejó asombrado e inquieto. Nada de lo que pasaba allí era lo que ocurría
normalmente al follar. Todo era nuevo y un poco intimidante.
—No me des las gracias aún —gruñó—. No hemos terminado.
—¿Eh? ¡Oh! —gritó ella, asustada, cuando él invirtió las posiciones de repente,
dando media vuelta con ella en sus brazos hasta que la tuvo encima de él. Una suave
cortina de cabello rojo fragante le rodeó a ella la cabeza y le cayó sobre los hombros
como una manta caliente y viva. Necesitaba empezar a moverse y si se quedaba él
encima sabía que sería rudo.
Al menos eso era la teoría, ponerla a ella encima para darle un poco de control
de lo que él hacía. En la práctica, todavía la sujetaba con fuerza, pechos contra pecho,
boca con boca, manos en las caderas que todavía tenía sujetas para las embestidas
que ya no podía evitar. El acto se volvió duro y rápido porque estaba perdiendo el
control. Al ponerla a ella encima al menos se aseguraba que no tenía que soportar su
peso además de las embestidas.
Allegra estaba caliente y mojada con su propia excitación y el semen de él. Era
muy probable que la polla hiciera ruido al entrar en ella, pero era imposible que
Kowalski lo oyera por encima de sus propios gruñidos, el crujir de la cama y el
atronar del corazón en sus oídos.
Le rodeó el trasero con sus enormes manos, apretando y adoptando un ritmo
instintivo, duro y rápido, los movimientos que normalmente se hacían justo antes del
clímax. No tenía ni idea de cuánto tiempo pasó, sólo sabía que se precipitaba a otro
orgasmo con un fuerza imparable e incontrolable, lanzando el semen dentro de ella y
gritando al mismo tiempo.
Kowalski solía llevar reloj, aunque no lo necesitaba. Tenía un reloj muy preciso
en la cabeza y podía decir la hora exacta que era, de la noche o del día, sin mirar el

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MIDNIGHT ANGEL

reloj. El reloj de su cabeza siempre estaba funcionando allá en el fondo y le decía
cuánto tiempo había durado algo. Excepto ahora. Ahora no tenía ni idea de cuánto
tiempo había pasado dentro de ella hasta que explotó.
Kowalski, temblando, se aferró a ella al correrse. Siguió follándola, incapaz de
parar, con arremetidas pequeñas y rápidas, la polla ardiendo, corriéndose con tanta
fuerza que casi perdió el conocimiento. Cuando el orgasmo le había exprimido la
última gota que le quedaba, fue capaz de pensar… un poco.
Ella también se había corrido, gracias a Dios. Cuando él dejó de moverse, pudo
sentir sus contracciones, un regalo del universo porque él no había hecho nada para
merecer aquel orgasmo. Se había comportado como un animal. Tenía suerte de que
ella no estuviera allí de pie, ordenándole que saliera de su cama, que era lo que él se
merecía.
Allegra gimió y él se detuvo, jadeando, alzándola un poco para poder verle la
cara. Tenía los ojos cerrados e intentó sonreír.
—Douglas —murmuró. Ella también sudaba, no como un cerdo, que era el
modo en que sudaba él, era más bien un rocío sobre el labio superior y en la frente.
Parecía agotada y no respondía a las pequeñas embestidas exploratorias que hacía
con la polla. Él aún no estaba saciado, ni mucho menos, pero ella sí.
Kowalski la besó en el cuello y en la boca, con suavidad —su boca era una dulce
trampa de miel— y la levantó apartándola de él al sacársela. Los músculos de Allegra
estaban laxos, flexibles, no ofrecían ninguna resistencia.
Dejó caer la mano a su lado, maravillado de lo hermosa que estaba bajo aquella
luz tenue, como una princesa en un cuento de hadas. Una princesa cansadísima. La
besó en la mejilla.
—Duerme ahora —y observó como ella se quedaba dormida de inmediato.
La miró durante mucho tiempo mientras el sudor se iba enfriando sobre su piel.
Había sudado una barbaridad. Las sábanas estaban mojadas por todo ese sudor y por
el semen. Había bombeado lo que parecía varios litros al correrse dentro de ella y se
preguntó si se habría deshidratado.
Allegra estaba sobre un costado, con la pierna de abajo más abierta, tenía los
muslos húmedos y en sus rizos púbicos se veían gotitas nacaradas que relucían como
pequeñas joyas.
Estaba tan hermosa allí, con el cabello largo lleno de rizos sedosos cayendo
sobre los hombros y los pechos, y una hebra de pelo entre sus labios. La hebra se
movía con suavidad cada vez que respiraba. Kowalski la apartó con un dedo,
intentando no tocarle la piel. Ahora que la había tenido entre sus brazos, si la tocara,
aunque fuera un ligero roce, querría más. La tentación de inclinarse y besarla en la
boca otra vez era tan grande que casi temblaba.
Kowalski no estaba acostumbrado a reprimirse en la cama. Cuando una mujer
estaba allí, él entendía que era porque quería y que él podía tener tanto de ella como
quisiera, y aún no se había equivocado. Pero Allegra estaba cansada y estresada por
la violencia y el sexo. Aunque la deseara más de lo que había deseado a cualquier
otra mujer, también quería que descansase.

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Se miró, el vello del pecho y del pubis estaba más oscuro por la humedad, la
polla a punto de hacer estallar la piel. No mostraba ningún signo de que se le fuera a
bajar. Ni siquiera había empezado a sacarse a esa mujer del organismo. Bueno, sólo
había un remedio para una erección cuando no podía tener una mujer. Con un
suspiro se dirigió a la ducha, donde podría solucionar dos problemas al mismo
tiempo.
Pero una vez en la ducha, se llevó un susto, el último de toda la maldita serie de
sobresaltos que se había llevado aquella noche. Se estaba enjabonando con el jabón
que olía a Allegra mientras la mano iba de manera refleja hacia la polla. El puño
apenas se había cerrado alrededor del pene cuando apartó de golpe la mano, como si
la polla fuera radioactiva.
Kowalski tenía manos ásperas, manos de alguien que trabajaba mucho con ellas
al aire libre. Se aseguraba de llevar las uñas limpias y cortas, pero eso era todo. La
piel de las palmas estaba llena de callos y nunca había pensado ni dos veces en ello
hasta que se había agarrado la polla, y esta casi aulló como protesta.
La polla no quería que la envolviera con su mano. Quería que la envolviera
Allegra. Quería sus tejidos suaves, rodeándola con calor húmedo, no su mano.
Y lo jodido era que sólo la quería a ella. A Allegra. Otra mujer no serviría.
Kowalski mirando hacia abajo observó, desconcertado, como le caía el agua
caliente por el cuerpo, como corría en riachuelos y giraba en torno al desagüe. Se
quedó allí durante un largo rato, bajo el agua que salía a presión. Se miró la polla
excitada y roja, no, no se le bajaría. La masturbación —su remedio infalible— no
funcionaba. El único remedio en toda la faz de la tierra era Allegra, y eso hacía que
estuviera condenadamente asustado.
Apretando los dientes, cerró el grifo, se secó y volvió al dormitorio.
Allí estaba ella, estirada encima de la cama, esbelta, deliciosa y pálida. La
princesa de las hadas, el ángel, la concertista y cantante mágica, todo en uno. Se
había movido, abrazándose a sí misma. Tal vez tenía frío. El pensar en que Allegra
estuviera incómoda, aunque fuera sólo un poco, era inquietante.
Se metió en la cama, la cogió entre sus brazos, tiró de la manta y la cubrió,
metiéndole los bordes por debajo de los hombros. Ella suspiró profundamente y se
apoyó en él con una rodilla en su ingle.
Jesús. Directamente sobre la polla hinchada.
Le apartó la rodilla con cuidado y se quedó con la mirada clavada en el techo, la
mano izquierda llena con los pechos de esa mujer maravillosa y la derecha deseosa
de bajar hasta su propia ingle y hacer algo, algo, y acabar con aquella erección. Pero
no había nada que hacer.
Resignado, se puso la mano derecha detrás de la cabeza y empezó a contar
ovejas.
Y así se quedó, con la mirada clavada en el techo y escuchando respirar a
Allegra hasta que el cielo fue del color gris perla.

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Capítulo 7
Por primera vez en cinco meses, Allegra se despertó feliz. Lo normal era que se
despertara con las mejillas llenas de lágrimas. Tenía pesadillas casi cada noche, a
juzgar por la opresión que tenía en el pecho cada mañana. Sólo las muy malas la
despertaban por la noche, las demás eran como fragmentos breves y desiguales de
horror que le dejaba restos opresivos y aterradores en la mente. Nunca recordaba el
contenido de las pesadillas, sólo la sensación de pánico y terror. A menudo le costaba
la mitad de la mañana volver a controlar sus emociones.
Pero esta mañana no. Esta mañana, se despertó sobre una superficie dura,
caliente y velluda. El pecho de Douglas, para ser exactos. Los labios se le curvaron en
una sonrisa cuando movió la mano por aquel pecho velludo. El hombre era tan
grande y tan fuerte, que no dejaba de asombrarla.
Estaba despierto. Había algo en el aire alrededor de él que se lo decía. ¿Estaba
desarrollando las capacidades extrasensoriales que le habían dicho los médicos?
Apartó la idea en el mismo momento que se le ocurrió.
—¡Hola! —susurró sobre la piel firme y cálida de los bíceps.
—Buenos días —Oh, Dios, casi se había olvidado de lo deliciosa y profunda que
era su voz. Una voz que le retumbó en el pecho.
—Sí —dijo ella con sencillez y una sonrisa en la cara—. Son unos muy buenos
días.
—¿Estás… bien? Anoche me dejé llevar un poco. Espero no haberte hecho daño.
Allegra no se molestó en fingir que no sabía de lo que hablaba. Douglas había
perdido el control, embistiéndola con fuerza hasta que al final había estado
demasiado agotada para continuar. Cuando él se dio cuenta, se la había sacado,
todavía dura como la piedra, la había abrazado pasándole un enorme brazo
alrededor de la cintura y la había besado en la mejilla húmeda de sudor.
“Duerme” le había dicho con aquella voz tan profunda y ella se había dormido
de golpe. Y había dormido sin soñar por primera vez en cinco meses.
Allegra se desperezó y le cogió desprevenida sentir todos los músculos
doloridos. Le dolía por todas partes, sobre todo entre los muslos, donde aún parecía
que sentía a Douglas. Allí estaba dolorida y pegajosa. Los pezones estaban
hipersensibilizados donde él había chupado con fuerza. Incluso tenía los brazos
doloridos de aferrarse a los amplios hombros.
Cada sentido que tenía —excepto la vista— tenía una sobrecarga sensorial.
Podía olerlo y —suspiró— también a sí misma. Incluso distinguía sus diferentes
olores, una mezcla de almizcle masculino, algo metálico —que imaginó que sería la
pólvora del arma que había disparado, aunque superpuesto estaba el aroma de su

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jabón, así que tal vez se había duchado durante la noche— y su propio olor, colonia y
sudor. También había el olor a sexo, una combinación del olor de ambos y de la
cantidad asombrosa de semen que había bombeado anoche dentro de ella.
Oía el latido del corazón en las profundidades del pecho de Douglas, lento y
poderoso. Lo sentía en cada centímetro del cuerpo, cálido y fuerte.
Douglas la zarandeó con suavidad.
—Allegra —la llamó con la voz profunda teñida de preocupación y los
músculos de repente tensos—. Dime que no te he hecho daño. Dime que estás bien.
—Oh, sí —suspiró ella, y giró la cabeza para que pudiera verle la cara. Los
músculos tensos del hombro se relajaron al verla sonreír. Estaba dolorida, pero era
como una sensación lejana, como si le pasara a otro cuerpo—, estoy bien —Se movió
un poco y le rozó el pene. Enorme y erguido, como la noche anterior—. Y tú también
pareces estar bien. Otra vez.
—Otra vez no —la enorme mano le acariciaba la nuca—. Todavía.
—Todavía —Allegra, al oírlo, levantó la cabeza boquiabierta. ¿Había estado
erecto toda la noche?—. ¿Esto es… esto es normal? ¿Estás tomando algo?
Hubo un profundo sonido retumbando en el amplio pecho. Tardó un momento
en comprender que Douglas se estaba riendo. Sonrió. Nunca, ni en sus sueños más
salvajes, se hubiera imaginado despertarse con este hombre. Con este hombre
enorme y fuerte en su cama. La noche pasado él había hecho arder su habitual
angustia nocturna. La pena, la tristeza, el miedo, el pánico, todo ardió en el fuego de
la pasión.
—¿Algo? ¿Cómo qué? ¿Te refieres a algo como Viagra?
—Bueno, algo así. No sabía que fuera posible que los hombres siguieran, um,
erectos tanto tiempo.
Otra risa profunda.
—No, no tomo Viagra. No tomo nada. En realidad, técnicamente hablando, te
estoy tomando a ti.
Allegra sonrió.
—Así que soy yo —Frotó con la punta del pie la espinilla del hombre y le
acarició los hombros amplios y fuertes con las manos.
—Y la pregunta esta mañana es, ¿qué vas a hacer al respecto?
—¿Hacer? —Allegra levantó la cabeza, sorprendida—. ¿Qué quieres decir?
Como si fuera una muñeca, Douglas la levantó por el torso, la alzó y, abriéndole
las piernas con las suya, la sentó a horcajadas sobre él.
—Oh —Eso era lo que quería decir.
Ella se contoneó, experimentando. La había colocado —estaba bastante segura
que a propósito— para que su sexo quedara sobre el pene. Lo único que hizo falta
fue un pequeño movimiento y los labios del sexo se abrieron sobre él. Era
electrizante. Él se puso aún más grande, Allegra notó las ondulaciones del pene bajo
la carne sensible de la vagina.
Se sonrojó profundamente. Tenía la piel muy pálida y hasta el más mínimo
rubor era visible. Debía estar roja como la remolacha. Las manos del hombre le

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rodearon la cintura y ella se inclinó hacia delante para apoyar las manos en su pecho.
Cuando el pene se movió, hubo una reacción instantánea en su propio sexo.
Allegra se estaba derritiendo, ardiendo por todas partes, pero todavía dolorida.
Douglas levantó las caderas, moviéndolas hacia delante y hacia atrás para
acariciarla. Ella notaba cada centímetro de él, los surcos y las gruesas venas. Eso la
excitó, pero…
—Douglas —murmuró cuando él tensó las manos en su cintura. Estaba a punto
de levantarla otra vez, y colocarla para la penetración. Ella no podía hacerlo—. Lo
siento tanto, pero creo que no puedo. Ahora no.
Estaba demasiado dolorida. El pensar en volver a tenerlo dentro, moviéndose
duro y rápido, la seducía en teoría, pero no podría tomarlo. Aún no.
Douglas se quedó quieto de inmediato. Estaba enorme y muy duro entre los
labios del sexo, con las manos apretando la cintura. Era como estar sentada sobre un
poderoso motor, acelerando al máximo y a punto de despegar.
Durante justo un segundo, una fracción de segundo, Allegra tuvo miedo. Había
dicho que no. Y no a cualquiera, sino a un hombre muy fuerte, muy excitado y con
los músculos tensos de necesidad.
No había pensado decir que no, sin pensar le habían salido los sentimientos
más profundos. Justo en este preciso momento, aunque estaba excitada, no lo quería
dentro de ella.
Como una nebulosa, un atisbo de recuerdo le vino a la memoria, un
pensamiento fantasma, que desapareció incluso antes de poder retenerlo. Sólo quedó
una emoción breve, pero era suficiente.
No puedes decir que no. No puedes cambiar de opinión. No provoques. En
caso contrario…
Se puso a temblar, helada de repente.
—Lo siento —susurró tensa—. No pretendía… si tú quieres, desde luego que
puedes… um…
Él estaba inmóvil, una estatua de mármol inmensa, excitada y velluda.
—Así también se está bien.
Allegra tenía las manos sobre los pectorales y sintió la vibración de aquella voz
tan profunda.
—No, no, lo siento —dijo a toda prisa. Le cogió el pene con la mano, moviendo
las rodillas para poder alzarse y ponerse encima. Estaba tan tieso que apenas podía
apartarlo del estómago. Este hombre estaba muy, muy excitado. Tal vez le dolería si
no pudiera tener sexo—. Está bien, no importa. De verdad —Se preparó para la
penetración, aunque no estaba lo bastante excitada. Esperó que no le doliera.
—Para —dijo él con voz calmada. Todos los músculos masculinos se relajaron,
excepto por el grande que tenía entre las piernas. Permaneció increíblemente duro.
Sus manos la sujetaban ahora con gentileza. No, sujetaban no, la tocaban. Las deslizó
con suavidad por la espalda, arriba y abajo, con suavidad, más para tranquilizar que
para excitar—. No hay ningún problema, cariño. No tenemos por qué fo-hacer el
amor ahora.

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—No, de verdad, no importa.
—Así se está bien —Las manos subieron por la espalda, le acariciaron los
hombros, y volvieron a recorrer las espina dorsal hasta la cintura—. Más que bien.
Tiene su propia magia.
Ella no podía verlo, pero había diversión en su voz.
—Lo siento —murmuró ella, triste, luego se mordió el labio inferior—. No
quería provocar. Es sólo que estoy un poco…
—¿Dolorida? Me había imaginado que podías estarlo —La zarandeó, sólo un
poquito—. Te lo he preguntado. ¿Te acuerdas?
Era todo tan complicado. Ella no se había dado cuenta con precisión de lo
dolorida que estaba hasta que no se había sentado encima de él, hasta que no
estuvieron a punto de hacer el amor.
Douglas le masajeó los hombros con delicadeza.
—Oh —Allegra, derritiéndose, se apoyó en las enormes manos. Fue muy difícil
no convertirse en una masa de gelatina—. Eso es muy agradable.
—Mmm. Oh sí —Ronroneó él. Era la única palabra que describía aquel
extraordinario sonido. Como un león en la sabana, reposando al sol. Aquellas manos
tan grandes, ásperas y cálidas se deslizaban por la espalda haciendo desaparecer de
algún modo la tensión de los músculos—. Es estupendo. Me gusta tocarte.
Douglas no intentó transformarlo en algo sexual. No le tocó los pechos, o el
sexo. Pero aunque no fuera sexual, era sensual, un regalo de simple y cálido contacto
humano en la paz de la mañana.
—No quiero que nunca hagas algo conmigo que no quieras, cariño.
Prométemelo —La profunda voz era tan firme, tan segura.
Allegra cerró los ojos. No para cerrarse al mundo, el mundo ya estaba cerrado
para ella permanentemente. Sólo quería saborear este momento de confianza
absoluta y calidez humana.
—Allegra… contéstame —Los fuertes músculos abdominales de Douglas se
tensaron cuando él se dispuso a levantar el torso—. Quiero tu promesa.
—De acuerdo —murmuró ella, suspirando—. Te lo prometo.
—Esa es mi chica. No tienes que sentirte obligada a hacer cualquier cosa
conmigo. No finjas nunca. No quiero eso, no lo necesito. Sólo estar contigo así ya es
un placer increíble. Ahora relájate para mí.
Lo último fue casi una orden. Bueno, lo más probable es que en la marina se
hubiera acostumbrado a dar órdenes. Y seguro que también era obedecido al
instante, porque todos los músculos de Allegra se relajaron aún más, uno por uno.
Era tan delicioso.
Douglas no le pedía que actuara, que se animara, que hiciera algo excepto estar
allí con él, disfrutando de sentirlo entre los muslos, disfrutando de sus manos sobre
su piel.
El mero contacto humano era tan maravilloso. No había tocado a nadie desde…
el accidente. Bueno, no, para ser exactos se había cogido del brazo de Claire y
Suzanne, pero sólo para franquear algún obstáculo. Nunca había dado largos paseos

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con ellas. No podía orientarse y le daba miedo que se les olvidara avisarla de algún
bordillo o algún agujero en la acera. Lo único que había tenido era una mano en el
codo cubierto por el abrigo. Un beso en la mejilla. Un abrazo rápido. Eso era todo.
Sólo ahora se daba cuenta de lo sola que había estado, de la necesidad que
había tenido de contacto humano.
Bueno, lo estaba compensando al máximo. Había mucho que tocar en Douglas
Kowalski.
Con delicadeza, esperando que él no lo confundiera con un avance sexual,
Allegra le puso las manos en los hombros. Lo había tocado durante toda la noche,
pero esto era diferente. No se aferraba a él en medio de una pasión salvaje. Quería —
necesitaba— tocarlo, llegar a conocerlo.
Los músculos sobre los huesos del hombre eran profundos y duros. No había la
menor posibilidad de percibir el hueso de debajo. ¿Cómo diablos podía un ser
humano desarrollar músculos así? Cada día debía pasarse horas levantando pesas.
Cada característica de su cuerpo era completamente diferente al de ella.
Músculos largos, poderosos, marcados, incluso en reposo. Los contornos
esculpidos y delineados de un cuerpo masculino en toda su plenitud. Las texturas de
piel suave y piel áspera por el vello.
En la actualidad se había puesto de moda que los hombres se afeitasen el pelo
del pecho, pero era obvio que Kowalski no se había enterado, porque había una capa
de vello grueso, rizado y áspero cubriéndole el pecho, desde los músculos pectorales
hasta el final del estómago. Siguió la línea del vello y, sobresaltada, rozó el pene con
la mano, justo debajo del ombligo. Apartó de golpe las manos, en el mismo momento
en que a Douglas se le escapaba un jadeo.
—Lo siento —susurró al oírle tragar saliva.
—Toca lo que quieras, cariño. El tiempo que quieras —Su voz era baja,
tranquila. Tan increíblemente reconfortante.
Las manos de Allegra volvieron al pecho, extendiendo los dedos para llegar a
los hombros.
No se había ido a la cama con muchos hombres y todos habían sido músicos,
como ella. Recordaba cuerpos faltos de forma y desde luego con músculos sin
marcar. Su último amante, Steve, estaba como un palillo. No recordaba qué le
pareció. Apenas recordaba cómo era.
Tenía la cara alargada, recordó de golpe, con una barbita bastante despoblada.
¿Cómo era Douglas?
El médico le había dicho que los ciegos aprendían a visualizar mentalmente a
una persona tocándola. También lo había visto en películas. ¿Cómo lo hacían? Tal
vez debería haber practicado con Suzanne y Claire, cuyas caras le eran tan familiares
como la suya propia. ¿El tocar narices y frentes, el perfilar bocas, la ayudaría a
aprender a “ver” una cara?
Tenía que intentarlo ahora. Era casi angustiosa la necesidad de tener una
imagen de Douglas en la mente. En sólo unas horas, significaba más para ella que
cualquier otro hombre que hubiera conocido, pero no tenía ni idea de cómo era.

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Tenía que saber cómo era, ya.
Sabía cómo era su cuerpo. Sabía que era alto y muy, muy ancho de espaldas.
Tenía miembros muy largos. Los brazos parecían ser el doble de largos de los de ella.
Sabía por experiencia propia la fuerza que contenían los enormes músculos. Sabía
que sus manos eran ásperas, con la piel llena de callos, pero que acariciaban con
mucha suavidad.
¿Y la cara?
Allegra deslizó los dedos con suavidad por las clavículas y por el cuello. Había
un indicio de barba. Empezaba por la mitad del cuello, dejando sólo un breve espacio
de piel suave entre el pecho y el vello facial. Los dedos empezaron a subir hacia…
Douglas le agarró las manos, cerrando los dedos alrededor de las muñecas
como esposas cálidas y vivas. No la lastimaba, pero no podía moverse.
—¿Douglas? —susurró y tiró con suavidad. La sujeción no cedió ni un ápice—.
Quiero saber cómo eres. Déjame que te toque.
Aquel sonido debía ser pelo al frotar la almohada al negar él con la cabeza. No
le hacía falta ver para saber el significado, no.
—¿Douglas? —Intentó de nuevo liberarse de la presión implacable sobre las
muñecas.
De las profundidades del pecho del hombre salió un sonido ahogado.
—No —La palabra resonó en el aire severa y decidida.
—¿Por qué? —preguntó ella con suavidad.
—Soy… feo —Esta vez la palabras salieron bajas, ásperas y guturales. Como si
tuviera los dientes apretados. Como si vinieran de algún lugar de su interior lleno de
desesperación.
—¿Eres feo?
—Mucho.
La idea la dejó impactada. ¿Cómo iba a ser feo Douglas? Él parecía el mismo
epítome de la atracción, un verdadero macho alfa.
Tenía el físico de un dios. Estaba casi superdotado en todos los aspectos, pensó
sonriendo mentalmente mientras se contoneaba sobre él.
En respuesta, Douglas se arqueó bajo ella, ardiente, duro y enorme. Y se dejó
caer de inmediato.
Por supuesto. Ella había dicho no y él lo respetaba. Era un hombre honorable.
Eso era atractivo.
Le gustaba la música y también era un entendido en ella.
Poseía una especie de caballerosidad anticuada, prefiriendo llevarla en brazos
hasta el coche antes de que se mojara los pies.
Había estado dispuesto a morir por ella. Y por sus amigos. Gracias a su valor,
no había habido un baño de sangre en Parks Foundation. Bud y Claire, John y
Suzanne estaban vivos porque él había sido lo bastante valiente para enfrentarse sin
arma alguna a hombres armados.
Tenía la voz masculina más deliciosa que había oído en su vida. Después de
una conversación de dos minutos, había estado a punto de enamorarse de él sólo por

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la voz.
¿Y era feo?
—Déjame que te toque, Douglas. No puedes ser feo. No para mí.
Él guardó silencio, con los dedos alrededor de sus muñecas, increíblemente
inmóvil. Era como si incluso hubiera dejado de respirar.
—Por favor, Douglas —suplicó—. Tengo que tocarte la cara. No sé cómo eres.
Hemos hecho el amor. Estamos juntos en la cama, desnudos y… y no tengo tu
imagen en la mente.
Allegra no tenía ninguna posibilidad de obligar a Douglas a hacer algo que no
quisiera hacer. Lo único era preguntar y esperar.
Los dedos alrededor de la muñeca se tensaron, y luego la dejaron ir, bajando los
brazos a los costados y apoyándolos en los muslos de ella.
—De acuerdo. Tócame si quieres —La profunda voz era inexpresiva,
impasible—. Adelante.
Indecisa, Allegra se inclinó hacia él.
De todas maneras, ¿cómo eran las caras de las personas? Básicamente eran
todas iguales, a menos que estuvieran desfiguradas. Dos ojos, dos orejas, una nariz,
una boca. Cejas y pestañas. Barba y bigote, algunas veces, si eras hombre. Y algunas
veces incluso si no lo eras.
Allegra pensó en Rosa Mancino, el ama de llaves de los Parks. La hermana de
Rosa, Elena, estaba bien provista en cuestión de barba y bigote.
¿Cómo se sentiría al tacto alguien que te gustara?
Las manos se movían sin rumbo, con suavidad, acumulando impresiones
sensoriales.
Los dedos, como plumas, le recorrieron el cuello, donde destacaban, tensos,
músculos y tendones. Luego pasó un dedo con delicadeza por una vena que
sobresalía, después por la parte inferior de la mandíbula y vuelta atrás otra vez. Por
todas partes había venas que sobresalían, igual que en los atletas olímpicos. Había
leído en algún sitio algo de que llevaban más oxígeno a los músculos.
Sentía la sangre de la vida latiendo por la vena, al mismo ritmo que el del
corazón, tranquilo y lento bajo la mano derecha que tenía apoyada en su pecho.
Ahora llevó ambas manos hacia la mandíbula.
Le volvió a coger las muñecas con aquella sujeción suave e inquebrantable.
Allegra no intentó tirar de ellas o empujarle, sólo esperó.
—Tengo… una cicatriz —confesó con los dientes apretados.
—¿Ah sí? —preguntó ella con suavidad. Tenía sentido. Había sido un soldado,
por descontado que tendría cicatrices—. ¿Sabes qué? No me importa.
Ella tenía su propia cicatriz, por Dios. La diferencia era que la suya no se veía.
Esperó pacientemente con las manos sujetas. Era él quien tenía que permitir
aquella intimidad. Habían hecho el amor, habían tenido sexo, se corrigió. No había ni
una parte de su cuerpo que él no hubiera tocado, mimado, acariciado. Y a pesar de
ello, estaba molesto porque ella fuera a tocarle la cara.
No podía hacer nada más que esperar mientras Douglas luchaba contra esos

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demonios que tenía dentro de él.
Ella lo sabía todo sobre luchar contra demonios. Es lo que hacía, todos los días,
cada día.
Había un completo silencio en la habitación, salvo el débil sonido de su propia
respiración. Douglas estaba tan quieto, tan silencioso, que bien podría haber estado
muerto. Si no fuera porque sentía entre las piernas como se le dilataba el pecho con
cada respiración, tendría que preguntarse si seguía vivo.
—Adelante —La soltó con un pequeño suspiro, y las manos volvieron a posarse
con suavidad en su cuello para proseguir el viaje de descubrimiento.
En efecto, tenía una cicatriz en el lado izquierdo de la mandíbula, grande y fea.
Era como un mapa de caminos de dolor, amplia y larga, recorriéndole toda la
longitud de la mandíbula, sin vello, muy gruesa y uniforme, con un gran reborde
sobresaliente. La cruzaban líneas irregulares. ¿Puntos de suturas? Si era así, el
cirujano había sido muy torpe.
—Te debió doler mucho.
Él no contestó, sólo hizo un leve movimiento al encogerse de hombros.
Allegra sabía que ella había tenido la mejor asistencia médica posible. Se había
pasado casi tres meses con las mandíbulas protegidas con alambre, y sin embargo le
habían dicho que no tenía ninguna marca en la cara.
Esa cicatriz debía verse mucho en el rostro de Douglas.
—¿Te preocupa? ¿La cicatriz?
—No —La voz fue brusca, despojada de cualquier emoción.
Allegra recorrió la profunda cicatriz con el dedo, hacia abajo y hacia arriba,
mientras él se quedaba completamente quieto bajo ella. Era como si intentara borrar
los recuerdos del dolor que debió sentir, absorbiéndolo a través de la yema del dedo.
Por fin, Allegra pasó a la tarea de crear la imagen de la cara de su amante.
¿Cómo hacerlo? Rodeó con delicadeza los contornos del rostro. Era amplio y de
mandíbula cuadrada, la mitad inferior rascaba por la barba incipiente.
Le pasó los dedos por el pelo. Lo llevaba corto, pero no el corto típico de las
Fuerzas Armadas, sino con un corte a la navaja.
—¿De qué color tienes el pelo?
—Rubio oscuro.
—¿Y los ojos?
—Castaño claro.
Era probable que el color se debiera a su ascendencia eslava, al igual que los
pómulos altos y anchos que palpaba. Tenía la frente alta y grande con algunas
arrugas muy profundas. También las tenía en el rabillo de los ojos.
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta y ocho.
Entonces las profundas arrugas que tocaba eran las de un hombre que había
pasado demasiado tiempo al aire libre, no las de alguien que ya va acercándose a la
vejez.
Allegra siguió tocando. Siguiendo las líneas de los rasgos, sintiendo las texturas

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de la piel, recorriendo las cejas, bajando hacia los labios. La nariz era grande, amplia
y con el cartílago torcido.
—Te has roto la nariz.
—Sí, un par de veces.
Le era imposible unir todas las sensaciones para formar una imagen en su
cabeza. Pero había algo que tenía claro y que iba más allá del aspecto y la forma de la
cara. Lo que estaba claro era que tenía el rostro que correspondía a la fuerza de su
cuerpo, sin adornos, pura y simplemente un hombre.
Se sentó derecha, muy consciente de la desnudez de ambos. Consciente que, de
algún modo, el ligero contacto al tocarle la cara se había convertido en caricias.
Aunque él no se había movido mientras lo tocaba, al pasarle los dedos por la boca
notó como el pene, situado entre los labios del sexo, se hacía mucho más grande. La
fricción también la excitó a ella, humedeciéndola y suavizándola.
En algún lugar muy dentro de ella, se estaba preparando para él. Tal vez en
unos momentos podría…
Pero primero, había algo que tenía que hacer.
—¿Douglas?
Los dedos del hombre se tensaron sobre sus muslos cuando ella le pasó el
índice por el labio superior.
—¿Sí?
Allegra se echó hacia delante a fin de que los pechos se le apoyaran sobre el
torso del hombre, con el pene, un cilindro duro, entre ambos vientres. Bajó la cara
hasta que las narices se encontraron. Con las manos le enmarcó la cara, notando la
dureza de los pómulos, las arrugas profundas de los ojos, la barba áspera. El aliento
en la cara, la quietud absoluta y completa.
Cuánto deseó poder verle.
—Para que conste, Douglas, no creo que seas feo —dijo Allegra con suavidad—.
De hecho creo que eres guapo.
Él se arqueó, una vez, con fuerza. De repente, la besaba como un loco, sin
ninguna delicadeza, sujetándole la cabeza mientras le devoraba la boca, dientes
contra dientes, la lengua empujando hasta el fondo. Entre sus vientres, el pene latió y
se hinchó. Douglas gimió profunda y ásperamente en la boca de ella mientras
alcanzaba el orgasmo. Allegra quedó empapada por el semen que salía a chorros
entre los dos estómagos, y con un grito de excitación, también ella llegó al clímax.

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Capítulo 8
Allegra estaba cantando algo bajo la ducha. Algo complicado, aunque de
madera extraña también sencillo, desgarradoramente hermoso. Fascinante e
inquietante. Seductor como la canción de una sirena, tentándolo.
De ninguna manera. Mierda, no.
Kowalski no iba a acercarse ni por asomo al baño. No iba a acercarse a ella. En
realidad, si tuviera el más mínimo sentido común, se iría de aquella casa enseguida.
Maldición, debería irse de Alpha Security ya y trasladarse a la otra punta del país
porque incluso estar en la misma ciudad de la mujer era peligroso para su salud
mental.
Debería irse lejos, lo más lejos posible de esta mujer.
Kowalski había tenido unos cinco mil orgasmos en su vida, pero nada —
¡nada!— hubiera podido prepararlo para la emoción en forma de bola de fuego
explosivo —totalmente descontrolado— que tenía en el pecho cuando se había
corrido. Y ni siquiera estaba follándola. Había sido muy poderoso, y por un segundo
había llegado a creer que se había muerto.
Se había conmovido hasta límites insospechados al observar el intento de
Allegra de formar una imagen recorriéndole la cara. Había estado tan absorta, tan
concentrada, intentando aprender a ver con los dedos. Era obvio que nunca lo había
hecho antes. La suya era la primera cara con que lo había intentando desde que había
quedado ciega.
A cualquier otra mujer la habría detenido de inmediato, no había ninguna
razón para que nadie le recorriera la cara. Pero, ¿cómo iba a decirle que no a Allegra?
Ella tenía toda la razón, habían tenido sexo y tenía un cierto derecho a intentar
averiguar cómo era él.
Después se había inclinado hacia él, golpeándole la nariz con su propia nariz,
con tanta torpeza, tan cautivadora.
Él se había estado esforzando para ignorar el hecho de que ambos estaban
desnudos y que él había tenido una buena erección durante la mitad de la noche y
que no mostraba signos de bajar.
No agarrarla, no ponerla debajo y entrar en ese cuerpo suave y pequeño había
sido una de las cosas más difíciles que había hecho en su vida.
Luego le había cogido la cara, rodeándola con las delicadas manos, con los
enormes ojos ciegos brillando con tanta intensidad que nunca podría olvidarlo, y le
había dicho que era guapo.
Se había corrido tanto tiempo y con tanta fuerza que era un milagro que le
quedara algo de líquido en el cuerpo.

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Tardó unos largos momentos en recuperar el aliento, en que su corazón dejara
de intentar salirle del pecho, en volver a ver, en no sentirse avergonzado. Los
estómagos de los dos habían quedado bien untados con el semen y él se sintió como
un adolescente corriéndose en los pantalones. No le había pasado desde que tenía
quince años y una erección perpetua.
Estaba avergonzado. Pero era la sensación de aturdimiento, de haber perdido
por completo el control lo que le asustaba.
Tenía treinta y ocho años y en el transcurso de esos años se había follado a un
batallón de mujeres y nunca había tenido aquella sensación de estar al borde de un
precipicio.
Se había aterrorizado.
Con la excusa que tenía que lavarse, había salido de la cama lo más pronto
posible, se había metido en la ducha y puesto un chándal. Desde la seguridad de la
puerta, fuera del alcance de la mano, le dijo que prepararía el desayuno mientras ella
se duchaba y había huido a la cocina.
Anheló estar en su apartamento. Era grande y estaba casi vacío, con una cocina
funcional, una cama de gran tamaño, un sofá y un equipo informático de tecnología
avanzada, todo lo que necesitaba. Cuando hacía algún ruido, había eco, pero lo tenía
todo bajo control.
Escucha, pensó él, acercándose a la puerta del cuarto de baño. Escucha esto. Era
una jodida magia. Ahora intentaba las escalas, de arriba a abajo, tan puras como una
cascada. Al cabo de un rato, volvió a la melodía original, un poco más compleja ya
que estaba algo más segura de ella.
El agua de la ducha se detuvo y Kowalski volvió a la cocina. Hacer el desayuno
no había sido demasiado difícil. Allegra tenía una nevera muy bien surtida y un
congelador lleno de recipientes de plástico con comidas caseras listas para comer.
Encima de la tapa de los envases habían sido anotados con puntos letras D, A y C.
Desayuno, almuerzo y cena. Cuando abrió uno con la letra D vio que estaba lleno de
magdalenas caseras de arándano. Justo al lado había otro recipiente con la letra D
con una tortilla de queso. También lo pondría para desayunar.
Se tomaría el desayuno y saldría de aquí, saldría de la vida de Allegra Ennis,
tan hermosa y con tanto talento. No por ella, sino por él. Todo esto hacía que
estuviera jodidamente asustado y podría derrumbarse en cualquier momento. Él era
alto, fuerte y resistente, había sido así toda la vida. No había un hombre vivo en la
faz de la tierra al que temiera.
Pero Allegra lo aterrorizaba.
El café se estaba filtrando en la cafetera, el microondas había sonado y el vello
de la nuca se le puso de punta.
Ella estaba aquí.
La sentía, la olía, inspiró aquel tenue aroma de primavera.
—Hola —dijo ella con suavidad.
—Hey —respondió Kowalski dándose la vuelta con lentitud. Se había puesto
unos vaqueros descoloridos y un jersey de un verde brillante. Llevaba el pelo suelo

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alrededor de los hombros e iba descalza.
Era tan condenadamente hermosa. No era justo. ¿Por qué tenía que ser tan
hermosa?
Ella miraba hacia él, titubeando en la puerta, con un pie doblado sobre el otro.
Kowalski fue hacia ella poco a poco, asegurándose de que oyera sus pasos.
Podía moverse sin hacer ruido cuando tenía que hacerlo, pero quería que ella le
oyera acercarse.
Si la mujer le escupía a la cara, se lo tendría bien merecido por la forma en que
había salido de la cama y había huido hacia la ducha sin ni siquiera un beso.
Cuando estuvo tan cerca de ella que el aroma primaveral le llenó las fosas
nasales, Allegra se enderezó.
—Douglas —dijo ella y sonrió tendiéndole la mano.
A Kowalski el corazón le dio un vuelco y se frotó el pecho, distraído, antes de
cogerle la mano y ponérsela en el antebrazo. ¡Y entonces sintió el chasquido casi
audible! Como si todo el universo se alineara, como vasos en un distribuidor
automático. El brazo de él estaba hecho para la mano de ella. La mano de ella le
pertenecía a él. Así era como tenía que ser.
Allegra Ennis iba a romperle el maldito corazón, y él no podía hacer
absolutamente nada para evitarlo.
—El desayuno está listo. Espero que tengas hambre porque he hecho mucho.
—Estupendo —Ella inspiró profundamente, abriendo con delicadeza las
ventanas de la nariz. Y aunque Kowalski era incapaz de oler nada que no fuera ella,
supo que Allegra olía el café, las magdalenas, la tortilla y las tostadas—. Me muero
de hambre.
La guió a la mesa de la cocina y separó una silla para ella con la mano libre.
—Aquí, cariño.
—Espera un momento —Se detuvo un instante, frunciendo el ceño, y apartó los
dedos de la manga—. Esto no es un esmoquin. ¿Qué diablos llevas? No hay nada mío
que te quepa.
Él la sentó en la silla y colocó delante de ella un plato con una magdalena
caliente. Ella buscó con torpeza el cuchillo. Una vez que lo encontró, cortó la
magdalena en cuatro partes iguales y empezó a comerse una con delicadeza.
Kowalski se sentó a su lado por si necesitaba que la ayudara.
—Llevo una bolsa de gimnasia en el coche con dos mudas de ropa, un cepillo
de dientes y la navaja de afeitar por si quiero salir durante un fin de semana sin pasar
por casa. También llevo un chándal. Si no te importa, más tarde saldré a correr un
rato. Estoy acostumbrado a hacer mucho ejercicio.
—Magnífico. Yo también necesito tiempo para practicar con el arpa —Sonrió
cuando le dio otro mordisco a la magdalena—. Supongo que es algo que tenemos en
común, los dos somos bastante disciplinados.
La idea le sobresaltó. Hasta ese momento, sólo se había dado cuenta de las
diferencias entre ellos. Su belleza, su aspecto delicado, su voz increíble y el talento
musical. Su encantadora sonrisa y el trato fácil con la gente. Ella era su polo opuesto.

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Pero mirando más allá de todo eso, ahora se daba cuenta que en otros aspectos se
parecían mucho.
Las mujeres con las que hasta ahora se había citado Kowalski —bueno, follado
más que citado— no sabían mucho de disciplina, trabajo dura y determinación.
Habían sido la clase de mujeres que esperaban atrapar a algún Seal en las barras de
los bares —por alguna condenada razón los Seals se habían puesto de moda y tenían
sus propias fans— o al menos tener con ellos un encuentro ardiente entre las sábanas.
Eran mujeres que no tenían un trabajo aceptable y que veían a las otras mujeres como
competidoras, que no les interesaba nada más que fiestas nocturnas llenas de
cerveza.
Allegra era completamente diferente. Todo en ella era una muestra de
disciplina y trabajo duro, de una forma de vida sobria. Su casa estaba llena de libros
—de cuando podía leer— y CDs. Todo estaba limpio y era de buen gusto. Su amistad
con Suzanne y Claire era de verdad. Nunca olvidaría el deseo de no molestar a
ninguna de las dos cuando necesitaba con desesperación su ayuda para que la
acompañaran al escenario. Después de una experiencia cercana a la muerte, el primer
pensamiento de Suzanne había sido para Allegra.
—¿Cuántas horas practicas al día? —preguntó él.
—Depende —Con delicadeza cogió otro trozo de magdalena. Kowalski ya se
había comido cuatro—. Si tengo un concierto pronto o una grabación, puedo llegar a
hacer ocho horas al día —Giró la cabeza hacia él—. Si viviéramos juntos te volvería
loco. Garantizado.
A Kowalski el corazón le dio otro enorme vuelco en el pecho ante la idea de
compartir la vida con aquella mujer. A este paso iba a tener un infarto.
—Mira —Ella le tendió la mano y él se la cogió—. Mira mis callos. Me ha
sorprendido que no dijeras nada cuando te tocaba la cara.
Kowalski le sostuvo la mano, delicada y de largos dedos, intentando averiguar
de qué le estaba hablando. Y entonces los vio, unos callos circulares y diminutos en
las yemas de los dedos. Eran callos por el arpa, increíblemente bonitos.
—Yo tengo la piel bastante curtida, cariño. Tus callos tendrían que ser más
grandes para que yo los notara. Mira, toca los míos —Le llevó la mano a la zona entre
el pulgar y el índice de la mano derecha, a la piel en la que había una gruesa cicatriz.
—Oh, Dios —La expresión de Allegra mostró tanta alarma como cautela—.
¿Cómo te la has hecho?
—Cuando empezamos a entrenar con armas cortas, se nos forman callos. Estas
armas tienen un retroceso muy grande. Cuando disparamos, la mano absorbe la
energía cinética. Se forma una buena ampolla en la parte de la mano donde el arma
tiene más impacto. La ampolla sangra y se abre todas las noches porque disparamos
cientos de rondas al día. Miles a la semana. Al final la ampolla cicatriza formando un
callo bastante grande. Es como la medalla de honor de un tirador. ¿Lo notas? —Le
ofreció la mano izquierda, tocándola ligeramente para dejarle saber que la mano
estaba allí.
Ella también le recorrió con delicadeza aquella mano.

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—Tienes las mismas cicatrices en esta mano. ¿Eres zurdo o diestro?
—Da la casualidad de que soy diestro, pero eso no significa nada. Al disparar
no puedes decantarte por una mano. ¿Qué pasaría si estás en medio de un tiroteo y te
hieren la mano buena? Tenemos que ser capaces de disparar con ambas y
practicamos con ambas.
Allegra le frotó aquella zona de las manos.
—Debe haber dolido.
Una barbaridad, pensó.
—Un poco, al principio —se permitió admitir.
Ella se sonrió.
—Otra cosa que tenemos en común. Los callos —Le soltó las manos y él, al
instante, echó de menos aquel contacto, como si se hubiera apagado la luz—. Por
favor ¿me dices dónde está la leche?
Le asustaba que su contacto pudiera afectarle tanto. Pensaba en cuanto le
gustaría quedarse así para siempre, a su lado, en la luminosa y tranquila mañana,
bebiendo café y hablando. Y también pensaba que si tuviera un mínimo de sentido
común, se metería en el SUV y se largaría a toda velocidad. ¿Qué le había
preguntado? Ah, sí. Donde estaba la leche.
—Bravo rojo, once —dijo él, distraído.
—¿Perdona? —Allegra giró la cabeza hacia él con tanta rapidez que gruesas y
suaves hebras de cabello ardiente se enredaron en la cremallera de la sudadera del
chándal. La exuberante boca formó una O.
—Lo siento —Qué idiota era. Había hablado sin pensar—. Lo siento, cariño. Es
el lenguaje de los francotiradores. La leche est…
Un momento, pensó él, mientras con cuidado desenredaba el pelo de la
cremallera antes de que pudiera lastimarla. Tenía que pensar en esto con
detenimiento.
El trabajo de Kowalski en la marina era quebrantar a hombres fuertes y duros,
machacarlos hasta hacerlos papilla, arrebatarles la confianza en sí mismos, reducirlos
a nada. Para quedarse allá no podían ser intimidados, y si lo eran, estaban fuera.
Kowalski había sido la peor pesadilla de los reclutas porque sabía muy bien que se
enfrentarían a cosas terribles en la batalla, peores incluso que las más terribles que él
pudiera ponerles en el camino.
Hacer trabajar a los hombres hasta hacerlos sangrar en los campos de
entrenamientos para que no sangraran en combate no era agradable. Había sido
amenazado de muerte tres veces por hombres que estaban desesperados por entrar
en los Teams, pero que se habían desplomado bajo su presión brutal e implacable.
Kowalski había visto a hombres buenos, hombres fuertes, que al final habían
abandonado su ambición más alta, su sueño más querido, porque él les había exigido
casi lo imposible y no pudieron hacerlo. Kowalski no estaba particularmente
orgulloso de ello, pero era lo que hacía. Era un experto en hombres que se venían
abajo hasta tocar fondo. El que se levantaran era problema de ellos, pero si lo hacían,
eran inquebrantables.

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Ahora tenía la oportunidad de hacer lo contrario, de darle a esa maravillosa
mujer un poco de confianza en sí misma, enseñarle a enfrentarse a su mundo de
oscuridad un poco mejor. Ella no se las apañaba bien con su ceguera. Él podía
ayudarla.
—Oye, cariño —Acercó más su silla a ella—. Cuando los soldados observan
algo en su campo de acción, necesitan un lenguaje para decir a los demás lo que ven.
Tienen que dar la información rápido y ha de ser correcta. Así que hemos ideado un
código que permite que un compañero sepa exactamente donde está algo. La cosa va
así. Imagínate un edificio, cualquier edificio. Imagínatelo en la cabeza.
—Vale —Allegra cerró los ojos al concentrarse. Sonrió—. La casa de la abuela en
Irlanda.
—¿Cuánto pisos tiene?
—Tres. Mis abuelos tenían once hijos. Mi prima segunda Moira la transformó el
año pasado en una pensión de mucho éxito. Pasé mucho tiempo allí cuando era niña.
Siempre había reuniones familiares. Reuniones grandes y ruidosas, donde todos
cantábamos y bailábamos.
Kowalski intentó imaginarse grandes y ruidosas reuniones familiares con
canciones y bailes, y fracasó. Él había crecido con un padre triste y borracho y una
madre que los había abandonado cuando él tenía ocho años.
—¿Tenías tu propio dormitorio?
—No. Siempre dormía con las dos hijas mayores de Moira, Catherina y Sinaid.
—¿Dónde estaba tu dormitorio?
—En el tercer piso. Mirando a la fachada, la ventana de la esquina derecha.
—Bien. Lo primero que necesitas es un sistema de puntos de referencia para un
edificio. Lo llamamos reloj de color. Cada lado del edificio tiene un código de colores.
Delante es blanco, detrás es negro, el lado izquierdo es rojo y el derecho verde.
¿Puedes repetirlo?
—Delante blanco, detrás negro, izquierda rojo y derecha verde —recitó ella de
inmediato.
—Buena chica —dijo Kowalski, y ella le dirigió una sonrisa resplandeciente,
complacida consigo misma.
Mierda, el corazón le volvió a dar ese enorme vuelco. Oh, Cristo.
—Empecemos otra vez. Cada piso tiene una letra y nosotros usamos términos
militares. Alfa, Bravo, Charlie…
—¿Entonces yo habría estado durmiendo en Charlie verde?
—¡Eh! Tú ya sabes esto. Así que has estado en la marina y no me lo has dicho.
Eso es contrario a las reglas —Kowalski lo dijo en un tono de sospecha bastante
exagerado, y Allegra se puso a reír a carcajadas.
—No creo que pudiera estar en la marina. ¿Se puede estar en la marina si no se
puede nadar?
—Es un poco difícil —le cogió la mano y se la llevó a los labios—. Pero eres lista
y valiente. Si alguien puede hacerlo, yo apostaría por ti.
—Ah, Douglas Kowalski, de los Kowalski del condado de Cork, has besado la

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Piedra de la Elocuencia 1 demasiado a menudo —Le puso la mano en el brazo, algo
que él ya empezaba a reconocer como su modo de orientarse. De tener una referencia
del entorno a través de él—. Pero bendito seas por ello, mi muchacho.
—No, no, tienes talento —A Kowalski le encantaba todo aquello. El tierno
coqueteo, la sensación de poder ayudarla a ganar confianza en sí misma. La
sensación de que ella dependiera de él para algo en lo que podía ayudarla—. Bien,
ahora escucha. Digamos que hablamos de una superficie, como esta mesa. Debajo de
la mesa es Alfa. La mesa en sí misma es Bravo, encima de la mesa es Charlie. Ahora
vamos a otro reloj, esta vez uno de verdad. Imagínate la superficie de la mesa como
la esfera del reloj. Cogiéndote a ti como punto de referencia, donde tú estás son las
seis, el otro lado de la mesa son las doce, a tu derecha son las tres y a tu izquierda…
—Las nueve —Movió la cabeza de un lado a otro como gravándoselo dentro—.
Vale, empecemos de nuevo. ¿Dónde está la leche?
—Bravo rojo once —dijo él, y la mano de ella fue directa al cartón de leche.
—¡Oh! ¡Oh, Dios mío! —El rostro de Allegra se iluminó cuando cogió la caja de
cartón. No había otra descripción para definirlo, simplemente brilló llena de orgullo,
y encantada y sorprendida—. ¡Otra vez! ¡Dime algo más que pueda encontrar!
—La cafetera Bravo verde tres.
Ella tendió la mano hacia la cafetera y Kowalski se las arregló para girar el asa
hacia ella para que no se quemara, maldiciéndose por no haberlo previsto. Mierda, él
siempre estudiaba las cosas detenidamente, yendo con varios movimientos de
adelanto, pero Allegra consumía una gran parte de su raciocinio.
—¡Bingo! —exclamó ella, cogiéndola.
—Espera, cariño, deja que te sirva —Había límites en lo que iba a dejar que
hiciera. Que se derramara café hirviendo en el regazo no estaba en el programa.
Mientras ella bebía, Kowalski observaba los pensamientos que le pasaban por la
cabeza al darse cuenta de todas las nuevas posibilidades. Palpó el platito, colocó con
delicadeza la taza encima y se giró hacia él con los enormes ojos brillando.
—Otra vez —susurró ella.
—Magdalenas. Bravo blanco doce.
Magdalenas, comprobado. Azúcar, comprobado. Tortilla, comprobado. El
tenedor de él, comprobado. El tenedor de ella, comprobado. Abarcaron todos los
objetos de la mesa.
Por fin, Allegra se recostó en la silla con una sonrisa radiante en el rostro.
—Es genial —dijo—. Ahora inténtalo tú —Con la mano izquierda fue subiendo
por su brazo derecho y se detuvo, colocándosela en el hombro y dándole un suave
masaje—. Charlie rojo.
Kowalski colocó su mano sobre la de ella.
La Piedra de la Elocuencia, piedra de Blarney o Blarney Stone es un bloque de piedra en lo alto del
Castillo de Blarney en las afueras de Cork, en Irlanda. Según cuenta la leyenda, besando la piedra por la
parte de abajo se obtiene el Don de la elocuencia.
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—Ya está —indicó con voz ronca.
Allegra subió poco a poco la mano derecha por el otro brazo hasta el hombro.
—Charlie verde.
Ella lo abrazaba con torpeza, inclinada hacia delante en la silla. Kowalski la
levantó y la sentó a horcajadas encima de él.
Estuvieron sentados en silencio durante un momento, amoldándose a las
sensaciones de estar ella sobre él, de las manos de Kowalski descansando sin apretar
en la pequeña cintura. El cabello cayó sobre los brazos de él en una brillante cascada.
Kowalski la observó con atención. Ella miraba hacia delante, al nivel de la barbilla.
Su aliento le besaba el cuello. Sus manos le acariciaban los hombros, poco a poco,
conociéndole una vez más a través del contacto.
Allegra, despacio, se inclinó hacia delante hasta que con la frente le tocó la
barbilla, moviendo el rostro de un lado a otro como si pudiera llegar a conocerlo a
través de la piel. Luego giró un poco la cabeza para besarle en la mandíbula.
Exactamente en el lugar donde estaba la fea cicatriz, y luego apartó la cabeza para
dirigirle una mirada ciega.
A Kowalski se le encogió el corazón. No era posible confundir la expresión de
Allegra, una mezcla de admiración y afecto. Ni siquiera intentó mentirse a sí mismo
sobre ello porque era la primera vez que una mujer lo miraba así.
Las mujeres lo miraban con dos expresiones, repulsión o lujuria. Nunca un
término medio, y desde luego nunca algo parecido a lo que veía ahora mismo en la
cara de Allegra.
Ella bajó poco a poco la mano derecha por el pecho hasta posarla sobre el
corazón. Un corazón que latía con rapidez bajo la mano femenina, como el de alguien
con fibrilación, a punto de un infarto.
Kowalski era un atleta, lo había sido toda la vida. Tenía un pulso lento, de
sesenta y cinco latidos, pero ahora no. Ahora el corazón le latía el triple de rápido,
con las pulsaciones retumbando por todo el cuerpo, enloquecidas.
Él era un hombre cuyo ritmo cardíaco bajaba de velocidad en situaciones de
peligro, como el de una cobra. El corazón no le palpitaba así ni bajo fuego enemigo.
—Tu corazón —Lo rozó—. Charlie blanco —dijo en voz baja. Las comisuras de
la boca se le curvaron ligeramente hacia arriba. Tenía que estar dándose cuenta de
hasta qué punto le afectaba.
Ella alzó la mirada y su sonrisa se hizo más amplia, llenando el horizonte de él,
hasta que no pudo ver nada más. Hasta que no pudo pensar en nada más excepto en
aquel rostro encantador.
—Oh, Douglas —susurró ella, con la mano sobre su corazón.
Fue demasiado para Kowalski, le desbordó. No tenía nombre para lo que estaba
pasando dentro de él y no sabía cómo reaccionar ante Allegra. ¿Cómo podía
enfrentarse a la suave expresión de su rostro, a aquella sonrisa que era sólo para él, a
la evidente ternura de su voz?
Estaba empezando a temblar y se aterrorizó. Tenía que cambiar esto a algo que
reconociera y tenía que hacerlo ya, si no volaría en pedazos. Tenía que reducirlo a

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algo a lo que pudiera enfrentarse.
Lujuria. Podía hacer que fuera lujuria.
No lo que veía en la cara de ella.
La cogió con fuerza, quitándole a propósito toda suavidad al contacto. Le aferró
el pelo con la mano, y tirando con brusquedad de ella, la besó. Le devoró la boca con
desesperación, le metió la lengua hasta el fondo, inclinándola para un ataque lo más
duro y profundo posible, aunque sabía que le arañaría la piel con la de él aún más
áspera por la barba.
No le importaba. Sólo quería estar dentro de ella.
Separó la boca y la miró, la cabeza un poco echada hacia atrás por su propia
mano y una vena que le latía en el cuello blanco y esbelto. Allegra tenía los labios
mojados e hinchados, los ojos muy abiertos y desenfocados, y un rubor de excitación
en los pómulos. Kowalski le quitó el suéter por la cabeza, con brusquedad, en un
movimiento deliberado para tenerla desnuda lo más rápido posible, no para
excitarla. No llevaba sujetador. Bien. Kowalski la alzó, dejándola de pie el tiempo
suficiente para abrirle los vaqueros y quitárselos junto con las bragas.
Allegra se quedó allí quieta, como una muñequita, con la mirada ciega fija por
encima de su hombro izquierdo. Desnudarse para él no era ningún problema porque
no se había molestado en ponerse ropa interior. Lo único que tenía que hacer era
bajar la cremallera de la sudadera y bajarse los pantalones del chándal. Lo hacía todo
con una mano, porque la otra estaba deslizándose entre las piernas de ella,
separando los suaves pliegues de carne, explorando.
Si no estaba mojada, la cosa no iba a funcionar. Pero —¡¡¡Shi!!!— lo estaba. No
tanto como le habría gustado, pero tendría que bastar porque si no la penetraba
ahora mismo, primero le explotaría la cabeza y luego la polla, e incluso tal vez se
quemaría por combustión espontánea por el calor que de repente le inundaba como
un fuego incontrolado.
Acabar de desnudarse le llevó sólo unos segundos y luego la levantó del suelo
con un brazo. Con la otra mano mantenía separada la polla del estómago mientras
colocaba a Allegra sobre él. Gimió cuando, con un solo movimiento, todo su Bravo
blanco empinado se deslizó duro y rápido en el Bravo blanco suave y mojado de ella.

Douglas estaba jadeando, sudando y con el corazón latiendo a toda velocidad.
Casi fuera de control. Allegra debería estar asustada —algo profundo y oscuro la
acechaba en lo más profundo de la consciencia que tenía el color y la forma de un
hombre descontrolado— pero por algún motivo extraño no lo estaba.
La forma en que la sujetaba no era dolorosa, no hacía que se sintiera en peligro,
era más bien una sensación de deseo ardiente, increíblemente erótico en sí mismo.
Nunca la habían deseado así. La había besado como si fuera a morirse si no lo hacía.
Le temblaban las manos. Allegra no creía que las manos de un pistolero
experimentado, de un guerrero, temblaran en muchas ocasiones.
Y eso se lo hacía ella. Ella, Allegra Ennis, arpista y cantante muy formal, hacía

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que ese hombre increíblemente fuerte y duro se estremeciera y perdiera el control.
Allegra podía llegar a afectar a la gente. Antes, cuando veía, se daba cuenta que
entre la audiencia siempre había a quien se le escapaban las lágrimas al oír su
música. Sobre todo mujeres, en las baladas del amor encontrado y el amor perdido,
pero también algunos hombres. Hombres que probablemente tenían ascendencia
irlandesa, embrujados por el dolor y la tragedia de otros irlandeses que se filtraba
por la belleza embrujadora de la música celta. De todos modos era la música la que
los afectaba, no ella.
A Douglas lo afectaba ella, como mujer. Era embriagador y emocionante. Por
primera vez desde el accidente se sintió poderosa, capaz de coger al hombre más
fuerte que había conocido en su vida y reducirlo a un ser sudoroso y tembloroso.
Estaban desnudos, y él metido dentro de ella hasta el fondo. Dolía justo un
poco. Ella se había excitado al tocarlo. Era tan emocionante tener la libertad de
recorrer todo aquel cuerpo enorme y fuerte. Él no podía haberlo dejado más claro,
ella podía hacer lo que quisiera con él. Y se había excitado.
De todos modos, era tan grande y la había penetrado con tanta rapidez que se
sentía un poco incómoda. Douglas pareció entenderlo, porque no se movía. Estaban
allí sentados como un dibujo erótico viviente, pensó.
—Dios estás tan apretada —murmuró él, con aquella voz profunda y un poco
ronca retumbando, abrasando—. No me atrevo a moverme. No quiero hacerte daño.
Allegra se meneó, estaba un poco incómoda, un poco… no. La abrazaba con
fuerza y ella le pasó los brazos por el cuello, dejando las manos colgando por detrás.
Poco a poco, con cuidado, le tocó los músculos de la espalda, excitándose una vez
más con su tamaño y su fuerza. Dejó que las manos recorrieran los profundos huecos
de la espina dorsal, los omoplatos, la nuca y el pelo.
Con indecisión, maldiciéndose por su torpeza, Allegra buscó la boca de él.
Cuando la encontró, se dejó caer sobre él, aturdida por el placer cuando Douglas
tomó el mando del beso metiéndole la lengua hasta el fondo. Dios, era tan
apasionante. Lo agarró por la nuca cuando él apartó la boca, ladeó la cabeza y volvió
a besarla, tan profundamente que fue como si cayera en un interminable y dulcísimo
templo de placer.
Allegra estaba tan cautivada por el beso que le costó unos momentos darse
cuenta que él se movía dentro de ella con breves golpes rítmicos. No le dolía nada.
Tal vez Douglas había esperado hasta notar que estaba más mojada. La conocía mejor
de lo que se conocía ella a sí misma. Porque desde luego la cosa funcionaba muy
bien.
Aunque técnicamente ella estaba encima, no tenía que hacer nada, sólo
abrazarlo mientras él la besaba y le hacía el amor.
Las embestidas fueron haciéndose poco a poco más profundas, más duras.
Douglas seguía sujetándole las caderas con las manos. Cuando él se arqueó hacia
arriba, le pareció como si llegara hasta las zonas más profundas de su cuerpo, donde
había puntos de placer que nunca hubiera imaginado. Oh, Dios, el placer era
electrizante. Él la sujetaba con fuerza y cada vez se arqueaba con más fuerza, con

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embestidas aún más duras. Allegra gimió mientras se besaban, incapaz de hablar,
incapaz de moverse, incapaz de pensar.
Ahora estaba tan mojada que hacían ruidos, ruidos embarazosos cuando sus
caderas se encontraban. Ella soltaba un pequeño gruñido con cada embestida, como
si se convulsionara. Eran el contrapunto a los gruñidos bajos de él. Esto era sexo puro
y duro, en su aspecto más básico, más animal.
Se le estaba haciendo difícil mantener los labios pegados a los de él. Las
embestidas la movían con fuerza arriba y abajo. Y aunque estaba muy mojada, debía
haber fricción ya que había un calor enorme allí donde estaban unidos.
Douglas apartó una mano de la cadera y la deslizó hacia donde ella estaba
completamente abierta rodeándole la erección, haciendo avanzar un dedo áspero y
lleno de callos hasta que la tocó… allí.
Allegra soltó un grito, con el cuerpo tensado alrededor de él. Cuando
empezaron las intensas contracciones, los movimientos de él fueron más duros, más
profundos, manteniéndola en un delicado equilibrio entre el placer y el dolor. El
clímax fue interminable haciendo que el mundo desapareciera. Allegra sólo era
consciente de Douglas moviéndose dentro de ella, con fuerza y rapidez, clavándole
los dedos en las caderas, devorándole la boca.
Cuando creyó que ya no podría resistir más, cuando estaba laxa por el
agotamiento, él se hinchó dentro de ella y con un grito llegó al orgasmo, vaciándose
con ferocidad en sus profundidades.
Parecía imposible, pero Allegra sintió las intensas contracciones de otro clímax.
La sensación era tan intensa que se puso a llorar, hundiendo la cara en su cuello
cuando el organismo asumió el control. Douglas siguió moviéndose dentro de ella,
incluso mientras él mismo llegaba al orgasmo, dejándola resbaladiza y suave con el
semen.
A ambos les llevó bastante tiempo tranquilizarse. Cuando Allegra pudo por fin
respirar otra vez, pensar otra vez, se dio cuenta que se había desplomado sobre
Douglas, pegajosa y mojada. Las lágrimas le bañaban las mejillas, y estaba cubierta
de sudor, no sabía si era suyo o de él ya que estaba pegada al cuerpo del hombre y
tenía tanto la ingle como el sexo mojados por la excitación y el semen.
Allegra esbozó una sonrisa, se secó los ojos con el hombro desnudo de Douglas
y se apartó.
—Ruego a Dios que esas lágrimas sean de alegría —retumbó la voz de él por
encima de su cabeza.
—Sí —Allegra sorbió por la nariz con muy poca elegancia—. Todo ha sido, um,
bastante intenso.
—Sí, lo ha sido.
Por increíble que pareciera, Douglas todavía estaba duro dentro de ella. No de
acero como antes, pero desde luego estaba erecto. Ella se contoneó y notó la oleada
de sangre recorriendo el pene.
Inspiró profundamente.
—Espero que esto no signifique que estás preparado para la tercera ronda,

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porque estoy segura que yo no.
Silencio. Ella alzó la mirada.
—¿Douglas?
Era horrible no ver la expresión de alguien.
La abrazó un momento, le dio un beso en la cabeza y suspiró al levantarla.
—Puedo esperar. ¡Eh!, despacio.
Las piernas de Allegra se tambalearon al intentar mantenerse en pie. Se habría
caído si él no la hubiera sujetado. Un segundo más tarde, Allegra estaba en sus
brazos camino del cuarto de baño.
Douglas mantuvo un brazo alrededor de ella mientras abría el grifo del agua
caliente de la ducha. El calor y el vapor iban llenando el pequeño baño. Poco
después, Douglas le pasaba una manopla caliente por todo el cuerpo, incluyendo
entre las piernas.
Ya la habían lavado antes, en el hospital, pero esto era completamente diferente.
No era impersonal, un trabajo que alguien tenía que hacer. De vez en cuando
Douglas se inclinaba hacia ella para besarla en la mejilla, en la oreja, en la punta de la
nariz. Era mucho, mucho más agradable que ser lavada por una enfermera. La tapó
con una toalla caliente que debía haber puesto sobre el radiador y la secó con
delicadeza.
—Espera un segundo, cariño —dijo él la dejó. La puerta del baño se abrió y se
cerró, dejando entrar un remolino de aire más frío. Un segundo más tarde él había
vuelto con la ropa y la ayudó a vestirse.
Douglas aclaró la manopla y ella le oyó lavarse con energía y el susurro de la
tela al vestirse. La acercó a él y la abrazó y Allegra se apoyó en él, la mar de contenta.
Podría quedarse así para siempre. No había demonios en ninguna parte de la casa ni
en su cabeza, sólo el cálido brillo de la felicidad.
Inspiró y se armó de valor. El sexo había sido ardiente y salvaje, pero esto
también era tan agradable. ¿A él también le gustaba esto, la dulzura y la paz, o sólo
estaba allí por el sexo? No había más que una manera de averiguarlo. Echó la cabeza
hacia atrás aunque no pudiera verlo.
—¿Puedes-puedes quedarte todo el día?
—Oh, sí —La profunda voz era baja y suave—. Intenta echarme. Pero tengo que
ir a correr. ¿Tienes un juego de llaves que puedas darme y así no tendrás que ir a
abrir la puerta cuando vuelva?
—Hay uno en un cuenco de cristal en el aparador a la derecha de la entrada.
Mientras tanto yo practicaré.
—De acuerdo. Te guiaré hasta donde está Dagda y luego me iré a correr.
Volveré dentro de una o dos horas.
Allegra sonrió. Un domingo con Dagda y Douglas. Como decía la canción,
¿quién podría pedir algo más?

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Capítulo 9
Kowalski corrió, corrió y corrió. Corrió hasta estar empapado de sudor, hasta
que le estallaban los pulmones, hasta que dejó de oír el ruido de los coches sobre la
nieve por encima del tronar del corazón.
Portland era una ciudad bastante pequeña, circular y compacta. El bosque
empezaba en las afueras. Kowalski podría haber corrido sin problemas hasta los
límites de la ciudad y continuar más allá. Tal vez eso es lo que debería hacer, salir
corriendo de la ciudad.
Pero por muy duro y rápido que corriera, le era imposible escapar de Allegra.
La llevaba en la cabeza, en las fosas nasales, en las mismas células.
Correr siempre le aclaraba la mente y hacia el final de la carrera, todo lo que le
molestaba se había difuminado y desaparecido. Había solucionado el problema o
había decidido que, después de todo, no era un problema.
Pero Allegra era un problema que no podía solucionar, de ninguna manera. Los
problemas eran algo exterior, cosas o situaciones que podían razonarse. Kowalski era
muy bueno con esas cosas y situaciones, capaz de manejarlas hasta que quedaban
bajo su control.
Nunca tenía problemas consigo mismo. Sabía lo que era, sabía lo que podía
hacer y lo que no. Sabía lo que podía conseguir de esta vida y lo que no y nunca
mezclaba ambas cosas. Siempre sabía lo que quería y lo que no podía tener no lo
quería. Eso hacía que todo fuera sencillo.
El problema de ahora no era sencillo ni fácil. No era nada que pudiera
solucionar por la fuerza o la inteligencia. No tenía forma de enfrentarse a sus
sentimientos que se deslizaban escurridizos al pensar en Allegra.
Era algo más que la excitación de una nueva compañera sexual, aunque el sexo
era más intenso del que hubiera tenido nunca. Las nuevas compañeras de cama se
convertían con rapidez en antiguas compañeras de cama, pero eso no iba a ocurrir
con Allegra.
De repente cayó una nevisca y Kowalski se detuvo, corriendo sin moverse para
no enfriarse. Inconscientemente, se había dirigido hacia su casa como si se tratase de
un refugio o santuario. Un santuario grande, frío y vacío. Allí no habría ninguno de
esos sentimientos tan fuertes que no sabía cómo manejar. No habría ningún
sentimiento en absoluto.
Pero no quería ir a su casa. Quería estar en el hogar de Allegra, con ella dentro,
oyéndola hablar con su voz suave y el leve acento irlandés, oírla canta y tocar el arpa.
No, tenía que ser honesto consigo mismo. No lo quería, lo deseaba con todas sus
fuerzas.

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De repente comprendió, mientras saltaba primero con un pie y luego con el
otro, mientras el aliento formaba un vaho en el aire delante de él, que nunca volvería
a estar contento solo en su apartamento. Había quedado atrás el modo de vida que
había tenido hasta ahora, de repente había desaparecido, y la nueva vida en la que
necesitaba a Allegra tanto como respirar había tomado su lugar.
Era una verdadera mierda. Ni siquiera cuando era niño había dependido de
alguien, y ahora, de repente, en un descuido, una mujer se había hecho esencial para
su bienestar. Era un condenado desastre, pero era lo que había. Kowalski no se
escondía de la realidad, y ahora la realidad era que necesitaba a Allegra en su vida
durante todo el tiempo que ella quisiera quedarse.
Con una mezcla de fatalidad y expectación, giró a la derecha y volvió a recorrer
el mismo camino por el que había venido. Si se daba prisa, podría estar otra vez con
Allegra en media hora. Aumentó la velocidad.

Lo oía a medio bloque de distancia. Al principio era un sonido celestial e
incorpóreo que venía de las profundidades de los remolinos de nieve, tan
amortiguado que no tenía ningún origen que no fuera al parecer los mismos copos de
nieve. Como si la nieve fuera la portadora de la música, copo tras copo, nota tras
nota. Fue sólo cuando vio las ventanas iluminadas de la sala de estar que se dio
cuenta que la música venía del arpa que tocaba Allegra.
Kowalski se detuvo un momento en el porche cubierto para recuperar el
aliento. Jadeaba y estaba sudando, y quería tranquilizarse un poco antes de entrar.
Ahora podía distinguirse el sonido de la tonada que atravesaba la puerta y los
cristales. Reconoció la melodía que ella había estado tarareando en la ducha, sólo que
ahora no había indecisión ni duda. Ahora era una melodía en toda la extensión de la
palabra, fascinante y preciosa, compleja aunque desgarradoramente sencilla, la clase
de música que se metía hasta en los huesos. Ella cantaba al ritmo de la melodía
aunque no podía distinguir las palabras.
La estaba viendo por la ventana, frunció el ceño. Mierda. Lo primero que haría
al entrar sería cerrar las cortinas. Allegra estaba tan absorta que no quiso
interrumpirla. Quería oír la canción.
Utilizando la llave que ella le había dado, Kowalski abrió la puerta sin hacer
ruido, justo un resquicio. Ella estaba en la esquina más apartada así que no debería
sentir el aire frío.
Cuando abrió la puerta, las palabras de la canción fueron como un martillazo en
el corazón.
Un nuevo amor, estaba cantando, palabras que repetía una y otra vez en un
estribillo perturbador de tan hermoso. He encontrado un nuevo amor, que llena el vacío
de mi corazón. Un nuevo amor…
A Kowalski se le pusieron los pelos de punta de todo el cuerpo.
Un nuevo amor. Esa canción hablaba de él. Él era el nuevo amor.
Con las rodillas débiles de repente, Kowalski cerró la puerta sin hacer ruido, se

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tambaleó hasta el borde del porche y se dejó caer en los escalones, sentándose allí,
aturdido, mirando cómo caía la nieve, oyendo apenas la música por encima del latido
del corazón.
La canción era tan hermosa. Sabía lo bastante de música para comprender que
se convertiría en un clásico de inmediato. La música hermosa siempre lo era. Nunca
moría. Dentro de cien años, mil años, la gente seguiría cantando Un nuevo amor, y un
poco de él seguiría viviendo cuando sus huesos blanqueados se hubieran podrido en
la tierra fría.
Nunca, ni en sus más remotos sueños se hubiera imaginado que una mujer
como Allegra compondría una canción que hablara de su amor por él. O —su mente
se mostraba reacia a aceptarlo— que una mujer como Allegra pudiera amarle.
Kowalski se quedó allí sentado mientras ella ensayaba la canción, mientras iba
perfeccionándola con cada canto, hasta que al final le parecía tan perfecta como una
sonata de Mozart o un Picasso o una puesta de sol en el mar.
Cuando estuvo seguro que las piernas le sostendrían y la voz no le temblaría, se
levantó asegurándose de hacer ruido al caminar. Se detuvo ante la puerta, tocó dos
veces y usó la llave.
La música había parado. Allegra estaba sentada en la sillita, apoyada en el
respaldo, con las manos descansando en el regazo y la cara girada hacia la puerta.
—¿Douglas?
—Sí… —la voz le salió ronca. Carraspeó—. Sí, ya he vuelto de correr.
Ella había estado moviendo la cabeza, hasta que localizó su voz. Le dirigió una
sonrisa resplandeciente, y él dio un paso atrás ante aquella bienvenida y la calidez de
su expresión. Nadie en toda su vida lo había mirado así.
—Me alegro que estés de vuelta. Te he echado de menos.
Él se quedó allí de pie, apretando los dientes con fuerza, apretando los puños
con fuerza, con el corazón encogido, hasta que ella dijo:
—¿Douglas?
Tuvo que obligarse a moverse.
—Pues ha sido una suerte que tuvieras a Dagda para hacerte compañía —
Caminó hacia ella y alargó la mano para tocarle el rostro. Deslizó el índice por la
mejilla, maravillándose de la suavidad aterciopelada—. ¿Qué estabas tocando?
Ella se ruborizó y tocó una escala con la mano izquierda.
—La verdad es que nada. Tenía una idea para una canción y estaba probando a
ver qué tal. Es un proceso algo caótico, me alegro que no estuvieras por aquí para
oírlo.
Kowalski le rodeó el cuello con una mano y se inclinó para darle un rápido beso
en los labios.
—Cuando la hayas acabado de componer, cuando estés satisfecha con la
canción, ¿me dejarás oírla?
—Claro —La mano de Allegra le aferró la muñeca—. ¿Cómo ha ido la carrera?
Parece que estás mojado, ¿está nevando?
—Bastante, pero ahora ya amaina. Hay unos ocho centímetros de nieve en la

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calle.
Ella suspiró y se levantó, apoyándose en su brazo.
—Me encanta la nieve —dijo con tristeza—. Era una de las cosas de Portland
que más me gustó cuando nos trasladamos aquí. En Irlanda no nieva mucho, sólo
llueve. Me gustaría salir. Aparte de leer, es lo que más añoro desde el accidente. No ir
a pasear.
—No hay problema —Kowalski la sentó en el sofá, fue hasta las ventanas para
cerrar las cortinas y luego volvió donde estaba ella. Le cogió la mano y se la llevó a
los labios—. Te llevaré a pasear siempre que quieras, cariño. Lo único que tienes que
hacer es pedirlo.
—Gracias —contestó ella con una amarga sonrisa—. Pero es que es-es difícil. A
veces la gente no saben cuando avisarme de un bordillo de la acera o de un bache, y
tropiezo. O me lo dicen muy tarde o demasiado pronto y siempre tropiezo. Al
principio me caía mucho. Y además creo que también-también me asusta salir a
pasear.
—Conmigo no te caerás, garantizado —dijo él—. No dejaré que tropieces o te
caigas.
—No —estuvo de acuerdo ella, acariciándole el antebrazo con la mano—.
Puede que no.
Le dolió pensar en todo aquello de lo que se había visto privada. Cinco meses
sin ir a pasear. Se estremeció sólo de pensarlo.
Kowalski se acercó más a ella, preguntándose como decirlo, intentado escoger
con cuidado las palabras.
—¿Sabes, cariño? Uno de mis hombres perdió la vista en Afganistán. Por una
mina terrestre —Scotti había perdido más que la vista. Había perdido un brazo y el
bazo. A pesar de ello, más tarde se había casado y había encontrado un trabajo en
una emisora de radio. La vida después de la catástrofe era posible—. En el hospital
de Veteranos, tenían cursos de rehabilitación. Le enseñaron a leer el Braille y usar un
bastón…
—¡No! —Allegra se levantó con brusquedad—. No necesito… —se calló y se
mordió el labio.
Kowalski guardó silencio. Sí, lo necesitaba, por supuesto que lo necesitaba.
Necesitaba aprender Braille y usar un bastón. Necesitaba un perro-guía. Necesitaba
cambiar toda la casa. Por lo que veía, la casa no estaba en absoluto adaptada para
una persona ciega. Había miles de modos en los que podía hacerse daño.
Como ahora, por ejemplo. Se estremecía de angustia, era obvio que deseaba
caminar de un lado a otro de la habitación para calmar los nervios, pero estaba
desorientada. Un movimiento equivocado y chocaría contra la mesita de centro de
cristal. Una mesa de cristal no era algo adecuado para que una persona ciega tuviera
en su casa.
—Siéntate —Kowalski le tiró de la manga del suéter. Ella se alejó.
—¿No tienes que darte una ducha después de ir a correr? —Lo dijo de forma
agresiva, y levantando aquella barbilla preciosa y pequeña.

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—Seguro que sí —contestó Kowalski con serenidad—. Apesto como un cerdo.
Ahora siéntate.
—Cielos —Una inspiración rápida—. Lo siento —Movió la cabeza negando,
mordiéndose el labio—. Oh, Douglas, no quería… no pretendía…
Kowalski se echó a reír. No pudo evitarlo. Allegra creía que había herido sus
sentimientos. Había mencionado la ducha para sacarse de encima a un tipo
susceptible.
Bien, era un buen momento para una reflexión. Se necesitaba algo más que la
sugerencia de una ducha para ofenderlo, cuando se había pasado veinte años en la
marina recibiendo cada insulto y blasfemia que los reclutas más imaginativos y
enfadados pudieran idear. Y por la misma razón hacía falta más que un cambio de
conversación para distraerle cuando quería información.
—No, tienes razón, necesito una ducha, pero antes tengo que enfriarme —
mintió—. Siéntate. Ahora —Esto último lo dijo con voz de mando y ella se dejó caer
con brusquedad en el sofá, maldiciéndose por su obediencia instantánea.
—Hablábamos de aprender a desenvolverse cuando uno está ciego.
—No, no hablábamos —El bonito labio inferior de Allegra sobresalió
ligeramente. La boca estaba a punto de hacer pucheros—. Tú hablabas de eso.
—Uh-uh —Él le cogió la mano—. Nosotros hablábamos de eso. Como estaba
diciendo, puedo hablar con ese tipo que conozco en el hospital de Veteranos y
preguntarle si sabe de alguien por esta zona que sea bueno en rehabilitación.
Podemos…
—No —Allegra apartó la mano y se quedó mirando al frente, sin intención de
escucharle. Lo estaba dejando fuera. Esta era una conversación que ella no quería
mantener.
Le estaba diciendo que no.
No. A él.
Kowalski apretó los dientes con tanta fuerza que fue un milagro que no le
salieran el esmalte por las orejas.
Él tenía ideas muy precisas sobre cómo debían ser las cosas, y se había pasado
la mayor parte de su vida consiguiendo lo que quería. Y más concretamente, se había
pasado los últimos veinte años siendo obedecido al instante.
La marina estaba llena de hombres realistas que sabían lo que querían, lo que
sería una receta excelente para el desastre si no fuera por la palabra mágica que hacía
que todo funcionara, que hacía que todo el sistema fuera como la seda: jerarquía.
Kowalski daba órdenes a los hombres de rango inferior y él a su vez acataba las
órdenes de sus superiores. Durante los últimos doce años el oficial bajo su mando
había sido John Huntington, algo que había sido genial porque él y Midnight estaban
de acuerdo la mayoría de las veces.
Kowalski no tenía ni idea de cómo enfrentarse a un no.
Allegra no era una recluta a la que pudiera dar órdenes. Ni siquiera era su
novia o —¡Dios!— su prometida, aunque si fuera por él, sería suya ante los ojos de
todo el mundo. Pero no lo era. Aún. No tenía ningún derecho a decirle qué hacer y

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aún más, no tenía que obedecerle. Incluso si, tal como llevaba ella el asunto, estaba
destinada a hacerse daño tarde o temprano, y la sola idea le volvía loco. No podía
hacer nada para protegerla de ella misma.
Kowalski no se sentía capaz de usar un tono de voz razonable, pero lo intentó.
—Escucha, cariño, la verdad es que necesitas…
Ella se giró hacia él con el mentón aún más levantado.
—Hablando de necesidades, me gustaría que te dieras prisa en ducharte,
porque me está entrando hambre —le obsequió una brillante sonrisa con hoyuelos—.
Si tienes suerte dejaré que me prepares algo de comer mientras termino de practicar,
¿crees que así aprenderé a ser una discapacitada?
Kowalski apretó otra vez con fuerza la mandíbula. Ella le había devuelto la
pelota.
—De acuerdo —se rindió él de momento, levantándose a regañadientes.
Tendría que ser muy persuasivo, pero no iba a ser fácil. No estaba acostumbrado a
usar la persuasión. Al parecer, con Allegra, iba a recibir un curso intensivo sobre el
tema—. Voy a ducharme y después miraré que hay en el congelador.
Ella se había girado hacia el arpa y había empezado a tocar From the Halls de
Montezuma, el himno de la marina de los Estados Unidos con una sonrisa diabólica.
—Ve, ve.

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Capítulo 10
Estoy desarrollando ese sexto sentido del que todos hablan, pensó Allegra, mientras
practicaba las escalas. Prácticamente había sentido la fuerza de voluntad de Douglas
intentando dominarla. Era un hombre muy enérgico, pero ella era una mujer terca.
Incluso a veces había llegado a exasperar a su padre.
—Allie, querida —le había dicho su padre una vez, levantando las manos—,
podrías dar lecciones de obstinación a una cabra montesa.
Parpadeó para contener las lágrimas ante el recuerdo, apartando una mano de
Dagda para llevársela a la cara.
Douglas quería que pusiera la casa a prueba de ciegos, que caminase con
bastón, que aprendiese Braille. Todo eso ya lo había oído antes más de cien veces, de
los médicos, de las enfermeras, de Suzanne y Claire con sus voces suaves, del padre
de Claire, y no digamos de un buen grupo de Mancinos que se turnaban para cuidar
de ella.
Era una total pérdida de tiempo, porque no iba a hacerlo. De ninguna manera.
Allegra no sería ciega siempre. Creía en eso con cada célula de su cuerpo. Tenía
miedo —mucho miedo, un miedo supersticioso— de que si cedía y se adaptaba, la
ceguera la atraparía para siempre. No se atrevía ni a pensarlo.
Los médicos de Boston habían dejado bien claro los peligros de la operación,
pero a ella no le importaba. La medicina avanzaba con mucha rapidez y pronto la
intervención quirúrgica estaría perfeccionada y la vida volvería a ser como había sido
antes de… antes.
Algo oscuro y doloroso le rozó la mente, perturbándola.
Movió la cabeza de un lado a otro para hacer menos opresiva la sensación, y se
inclinó sobre Dagda. Probó una o dos escalas, y luego se relajó y se concentró en la
música. Empezaría con The Cliffs of Moher, decidió.
El ataque vino, como siempre, sin avisar, golpeándola, dejándola caer al
instante en el más negro de los agujeros negros.
¡… tú, putita estúpida! ¡Yo te enseñaré a hablar de romper contratos!
¡… no puede hablarse así a mi hija!
¡No papá!
Sangre. ¡Oh Dios, cuánta sangre! Demasiado, manando de la cabeza de él,
formando un oscuro lago negro… Las piernas de papá estremeciéndose, y luego, de
repente, quedándose inmóvil…
Ella girándose, retrocediendo, pero no había escapatoria. Venía a por ella.
Intentó correr pero la cogió por el pelo, tirando con tanta fuerza que le salieron
las lágrimas. Un tirón cruel que la envió contra la pared que manchó con gotas de

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sangre, oh Dios, ella también iba a morir, igual que papá…
Allegra se enderezó, aturdida, abrumada por el torrente de imágenes que le
atravesaba la mente, surgiendo de un infierno oscuro y frío. Era como si un monstruo
se hubiera apoderado de su cabeza.
Había una nota nueva, oscura y satánica en las pesadillas que tenía cuando
estaba despierta. Olía el perfume metálico y cobrizo de la sangre y el olor fétido de la
muerte. Todavía estaba en sus fosas nasales, incluso cuando las imágenes
desaparecieron, retrocediendo al horrible lugar de donde habían venido, como una
oscura ola gigante e infernal que dejaba a su paso partículas rotas de horror en la
orilla.
Allegra se puso en pie de repente y luego se quedó congelada, paralizada, con
el corazón latiendo aterrorizado y sin poder moverse. Había perdido por completo el
sentido de orientación, excepto arriba o abajo.
Los sonidos que venían de la derecha debían ser de donde estaba la cocina. Se
dio la vuelta agradecida, y de repente recordó que no estaba sola. Instintivamente
alargó la mano para tocarlo, aunque él estuviera en otra habitación.
—¿Douglas?
La voz le salió chirriante y débil, tenía la garganta obstruida por el terror que la
había paralizado durante el ataque de pánico.
¿Cómo iba a oírla? Temblando inspiró para intentar volver a llamarlo cuando
de repente él estaba allí, y las manos tocaban los sólidos músculos del antebrazo.
¿Cómo había podido oírla cuando apenas se había oído ella misma? Pero lo había
hecho, y la opresión del pecho debida al pánico empezó a desaparecer. Una mano
grande y cálida cubrió la suya.
—Estoy aquí, cariño —dijo con calma aquella voz profunda—. Estás bien.
No, no estaba bien, pero al menos la horrible sensación de que un paso en
cualquier dirección la sumergiría en un abismo profundo y oscuro había
desaparecido. Si él no hubiera estado allí, ella se habría quedado inmóvil hasta que el
pánico hubiera disminuido y pudiera dar algunos pasos pequeños e inseguros antes
de tropezar con el primer obstáculo que ella misma hubiera dejado en medio. En
lugar de eso había encontrado el equilibro en el fuerte antebrazo de Douglas.
Allegra se inclinó hacia delante con los brazos abiertos y de inmediato se vio
envuelta en su abrazo. Se acurrucó aterrorizada, apretándose contra él con todas sus
fuerzas. Aquel hombre era tan valiente y sólido, cuando todo alrededor de ella era
tan frío y escurridizo.
—Douglas —susurró con voz temblorosa—. Oh, Dios mío, Douglas, la sangre.
—Todo está bien —repitió, abrazándola más fuerte y cubriéndole la nuca con la
mano—. ¿Qué sangre, cariño?
Ella se apretó más, intentando recuperar el aliento, intentando detener los
intensos temblores que le recorrían el cuerpo.
—¿Cariño? —La voz profunda de Douglas estaba justo en su oído—. ¿Qué
sangre? No estás sangrando, te lo prometo.
No, donde se pudiera ver no. Allegra se secó los ojos con la suave tela del

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chándal, todavía aterrorizada.
Esta pesadilla se parecía a las que tenía por la noche, sólo que ahora estaba
despierta. Era verse inmersa en algún horror, provocado por Dios sabe qué, que la
dejaba temblando, llorando y perdida. Y tanto dormida como despierta, era incapaz
de recordar que pasaba en la pesadilla. El ataque venía de ninguna parte y estaba
impotente mientras duraba. Luego iba desapareciendo en una marea que se
deslizaba dejándola desolada y abandonada en alguna orilla solitaria.
Esta vez no había sido tan malo porque se aferraba a Douglas. Él era tan firme
como una roca. Le ayudó un poco el poder empujarle, apartarle, porque eso le daba
una sensación de control.
Era probable que pareciera una salvaje. Parecía una salvaje, con los ojos rojos
por las lágrimas, balbuceando. El pelo, que ni en los mejores momentos podía
dominar, debía estar apuntando en todas direcciones.
Allegra empujó con más fuerza el ancho pecho de Douglas. Cuando él la soltó,
ella se secó la cara con las manos.
—Lo siento —jadeó ella, inspirando una enorme cantidad de aire. Era como si
no hubiera respirado durante una hora.
Todo era tan horrible. Si pudiera ver, se excusaría con serenidad, se apresuraría
hacia el cuarto de baño y se mojaría la cara y las muñecas con agua fría. Se
maquillaría y se peinaría, todo eso que hacen las mujeres para componerse, para
poder enfrentarse al mundo después de algo devastador. Pero en estos momentos, si
corriera al cuarto de baño, se daría contra una pared y se rompería la nariz.
Estaba, como siempre, atrapada.
—¿Allegra? —Aquella voz tranquila otra vez, con un leve deje de preocupación.
—Lo siento —volvió a decir ella. No había palabras para describir lo que había
pasado, no sin parecer una loca de atar—. He tenido, um, un ataque de pánico. Los
tengo, um, de vez en cuando. Nunca sé cuando. Lo siento.
—No te disculpes. No puedes controlar los ataques de pánico —Oh Dios, sólo el
sonido de su voz ya hacía que se sintiera mejor. Era tan tranquilo, tan profundo, tan
poderoso. Ojalá pudiera coger aquella voz y sujetarse a ella como se sujetaba a su
brazo. Con todas sus fuerzas. Nada malo podría pasarle mientras escuchara aquella
voz y se sujetara a aquel brazo.
—Ven conmigo —El brazo de Douglas estaba allí, y como si fuera hierro y la
mano de ella un imán, lo encontró de forma infalible. Los dos fueron juntos a la
cocina—. Siéntate y te haré una taza de té. ¿Qué te parece?
Le parecía maravilloso.
—Estupendo. ¡Espera! —Sorbió por la nariz—. Lo siento, pero necesito un… —
Antes de poder acabar la frase, se encontró con una servilleta de papel en la mano.
Allegra se secó los ojos, se sonó y se sintió un poco mejor. Aunque seguro que
parecía una bruja no parecía que él fuera a huir horrorizado. Ese era un buen
síntoma.
Sonó algo —el microondas— y oyó el ruido de alguna cosa sobre la mesa
delante de ella. Té de vainilla, lo olía. Su favorito.

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Allegra esbozó una sonrisa.
—¿Has hecho el té en el microondas?
—Siempre lo hago así, es más fácil y más rápido. Y hay menos que limpiar. Dios
mío —Un pausa y ella casi oía como se le movían los engranajes en la cabeza… junto
con los dientes. Pensó que incluso le oía fruncir el ceño. El hombre tenía una
personalidad fortísima si su desaprobación le llegaba desde el otro lado de la mesa—.
Por favor, por favor, no me digas que calientas el agua del té en los fogones.
—Bueno, um… sí. Eso hago —¿Qué se pensaba, que soplaba sobre el agua para
calentarla? ¿Que agitaba una varita mágica por encima del té?
—Tienes cocina de gas —inspiró más que dijo, en un tono igual de horrorizado
que si hubiera dicho, te comes niños para desayunar.
—Sí, la tengo. Tengo una cocina de gas. Siempre la he tenido. La comida se
cocina mejor con gas —afirmó Allegra, desconcertada. Cogió la taza por el asa y se la
llevó a la boca. Era como un ritual para ella. Primero olería el aroma maravilloso de
la vainilla y del té, dejando que le llegara hasta los huesos, luego empezaría a beber
pequeños sorbos. El té de vainilla era quizás la única cosa de su vida que había
mejorado desde que estaba ciega—. ¿Es que es un delito?
—Eres ciega —dijo él con su voz profunda llena de desagrado y desaprobación.
Allegra se puso rígida.
—Mira, el ser ciego no significa ser inútil o estúpido. Te hago saber…
La voz profunda se superpuso a la de ella.
—Un error de cálculo y tu put-condenada manga puede prenderse fuego. O si
te olvidas de apagar el gas te puedes quemar la mano, de gravedad. Una cocina de
gas es un desastre seguro. Tienes que ponerte una de esas encimeras vitrocerámicas.
Tener fogones con llama cuando no puedes ver es de locos.
Bien, había quedado bastante claro. Allegra odiaba que la criticaran, eso sacó lo
peor de ella y ya había soltado las palabras antes de poder detenerlas. Encolerizada,
dijo lo que no le había dicho a nadie, ni siquiera a Suzanne y Claire.
Las palabras fueron saliendo a borbotones, elevando el tono hasta que al final
estaba gritando.
—Escúchame bien. No quiero una vitrocerámica, no quiero aprender Braille, no
quiero un perro guía. No quiero andar con un bastón blanco, no quiero reorganizar
mi casa. No quiero lecciones para ciegos porque harás muy bien en creer que no
estaré siempre ciega.
Allegra se llevó la mano a la boca, pero ya era demasiado tarde. Se le habían
escapado las palabras, y ahora estaban allí, entre los dos, vehementes y sinceras.
¿Era posible oír el silencio? Douglas era un hombre excepcionalmente tranquilo,
parecía que nunca estaba inquieto o que hiciera ruidos molestos, pero ahora estaba
absoluta y completamente quieto. No notaba para nada su presencia. Era como si se
hubiera evaporado de la cocina.
El momento se alargó, Allegra con la mano tapándose la boca y Douglas al
parecer desaparecido. No había ningún ruido en la cocina, ni siquiera los habituales
del tráfico que llegaban desde el exterior. El único sonido que oía era el de su

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corazón, que latía tres veces más rápido de lo normal.
Por fin, Douglas se movió. La silla chirrió sobre las baldosas de la cocina
cuando extendió la mano y cogió la de ella. Como siempre, el contacto la conectó a la
tierra, hizo que se sintiera ligada al resto del mundo a través de él.
—¿Es eso cierto? ¿Vas a recuperar la vista?
Allegra asintió, tenía la garganta demasiado cerrada para hablar.
—¿Estás segura? ¿Te lo han dicho los médicos?
En realidad no, pero Allegra asintió de todos modos.
—Cuéntamelo —dijo él, con su voz profunda llena de ternura.
Ella esperó un momento para aliviar la opresión en el pecho y tranquilizarse.
Esto iba a ser algo difícil y tendría que evitar algunas cosas con la esperanza de que
él no lo notase.
—Ya sabes que tuve-tuve un accidente. Un trauma cerebral. Estuve en coma
durante un breve periodo de tiempo. La razón por la que perdí la vista es que tengo
un micro-hematoma que presiona el nervio óptico principal. Un hematoma es una
hinchazón…
—Sé lo que es un hematoma. Continúa.
—De acuerdo —Inspiró profundamente. Esa era la parte difícil porque todo era
muy poco convincente y basado en esperanza y oraciones—. El hematoma es
estacionario. No crece, pero por el mismo motivo tampoco se hace más pequeño. El
primer escáner que me hicieron al hospitalizarme muestra la misma forma y
dimensiones que el que me hicieron hace tres semanas. Esto son buenas y malas
noticias. Las buenas noticias es que mi vida no corre peligro. Podría vivir para
siempre con esta-esta cosa en mi cabeza —Allegra intentó que no se le notara la
aversión en la voz, que sonara como un mero informe médico, hay un coágulo de
sangre que presiona los nervios ópticos, pero ¡eh! ningún problema, no me voy a morir por
esto, cuando lo que quería hacer era gritar hasta quedarse ronca—. Las malas noticias
es que no disminuye de tamaño. Seré-seré ciega mientras el coágulo esté ahí. Otra
mala noticia es que el coágulo está en un lugar casi inaccesible en términos de
extracción quirúrgica. Los médicos me lo han explicado todo en unos términos
técnicos que me sería difícil repetir, pero la idea esencial es que tendrían que
atravesar tanto tejido que podría acabar como un vegetal con una vista excelente.
La mano de Douglas apretó la suya con tanta fuerza que casi se la aplastó.
—¿Pero? Hay un “pero” en algún sitio. Estoy seguro.
—Sí, lo hay. Existe una técnica quirúrgica. Es, ah experi… —Se calló—. Es-es
nueva —dudó—. Pero creen que pueden acercarse quirúrgicamente lo suficiente a la
zona inflamada para usar un instrumento nuevo que elimina sólo ciertos tipos
especiales de tejido. Los coágulos son uno de ellos. Los médicos me inundaron con
términos científicos, pero lo esencial es que hay un nuevo tipo de rayo concentrado
de microondas que quemará el hematoma sin afectar el tejido que tiene que
atravesar. Y entonces, ¡voilà! —terminó con una sonrisa brillante—. Adiós al coágulo
de sangre y yo podré… —Le tembló la voz y tragó convulsivamente, aunque no tenía
nada de humedad en la boca— podré volver a ver.

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Por favor, por favor, Dios.
Cada vez que Allegra pensaba en recobrar la vista, se ponía a temblar. Era una
idea tan temible y enorme que a veces pensaba que la cabeza le explotaría por la
fuerza de la misma. El anhelo la corroía hasta devorarla del todo, dejando una fina
cáscara rodeando un agujero vacío de anhelo.
Las lágrimas asomaron a sus ojos y se apartó de donde estaba él. De donde ella
creía que estaba él. Una persona ciega nunca podría esconderse, nunca se le
concedería la dignidad de los videntes que podían dar la vuelta e irse. Ella se sentía
despojada de todo, con todas sus emociones en carne viva y expuestas.
Su miedo, sus alocadas esperanzas, su vulnerabilidad, todo estaba ahí, para que
Douglas lo viera.
—¿Van a agredir tu cerebro con microondas? —Había incredulidad y
desaprobación en su voz.
Con eso logró que le saliera el genio.
—Las microondas se usan en medicina. Es como la radiación. Controladas
pueden ser beneficiosas.
—Ajá —La silla chirrió cuando se acercó aún más a ella—. ¿Y es muy nueva esta
operación? ¿A cuántas personas se la han hecho?
Allegra se mantuvo en silencio.
—¿Cariño? —Una mano grande y pesada le rodeó el hombro—. ¿Es muy nueva
la operación?
—Es nueva. Ya te lo he dicho —dijo ella apartando la mano.
—De acuerdo, es nueva. ¿A cuántas personas les han hecho esta operación?
Allegra se apartó girando hacia otro lado la cabeza y permaneció con los labios
cerrados. Silencio. Silencio completo y total, excepto por el sonido de su propia
respiración. A él no lo oía respirar. Pero le oía pensar.
—Vale. Ya me hago una idea aproximada. Haré un pequeño resumen de la
situación y si me equivoco, me dices donde. ¿Te parece bien?
Allegra se encogió de hombros. No quería tener esta conversación. No había
nada que él pudiera hacer o decir que le hiciera cambiar de idea.
—Por lo que has dado a entender, esa operación de la que hablas no es sólo
nueva, sino que todavía está en la etapa experimental. Sé que no soy médico, pero he
recibido entrenamiento médico y la medicina me interesa. En los Teams a veces hay
heridas de gravedad y siempre sigo la evolución de mis hombres cuando los han
herido. Tenemos una asistencia médica bastante buena, una de las mejores que hay.
Creo que sé bastante de tecnologías médicas avanzadas, pero nunca he oído hablar
de rayos microondas que apunten a un determinado tejido sin dañar el tejido
intermedio. Lo que creo es que se han hecho algunos estudios en animales y ahora
están engatusando a la gente para conseguir voluntarios humanos. Lo que, como ya
sabes, es una insensatez en la cirugía programada.
Allegra cerró los ojos e inclinó la cabeza.
La voz de él era serena, incluso razonable.
—Lo sabes, ¿verdad, cariño? No tienes una enfermedad de vida o muerte…

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—¡No es verdad! —dijo ella de repente—. ¡Es de vida o muerte! ¡Ya no tengo
vida, en ningún sentido! ¡No tengo ninguna razón para vivir!
—No, ahí es donde te equivocas —Le cogió las manos y continuó con aquella
voz lenta y profunda—. Tienes una vida maravillosa. Estás sana, tienes un talento
increíble, eres hermosa, tienes amigos que te quieres, tienes… —Se calló, como si
reprimiera una reflexión—. Tienes todas las razones para vivir. Y dentro de algunos
años, cuando la técnica se haya perfeccionado, cuando sea algo rutinario, puedes
decidir si te operan.
Douglas tenía “Aquel Tono” en su voz. ¿Cuántas veces lo había oído?
Señora Ennis, no quiero que se haga falsas esperanzas. Tal vez debería empezar a
aprender a vivir con su condición. Y luego, dentro de algunos años, cuando la técnica haya
sido perfeccionada, podemos volver a hablar.
Ella no quería escuchar la voz de la razón. ¡Sabía con exactitud lo que quería, y
quería ver ya! Lo quería con tanta intensidad que ni la idea de morir bajo el bisturí
del cirujano la hacía desistir.
No era decisión de nadie más, sólo de ella. No quería hablar de ello y no quería
ninguna interferencia.
—¿Sabes qué? Tengo hambre —dijo con una sonrisa brillante—. Estoy muy,
muy hambrienta, y ya que no quieres que yo cocine, y que eres jefe en la marina, te
nombro jefe de cocina —Sonrió con la falsa sonrisa brillante de un escenario, la que
podía poner en su cara en cualquier momento del día o de la noche. Los intérpretes
aprendían el truco pronto y bien—. Así que pon manos a la obra, jefe.
Silencio, luego una fuerte exhalación de aire, que en un hombre más pequeño
habría sido un suspiro.
—De acuerdo. El almuerzo.
Le oyó levantarse, abrirse la puerta del congelador y un pequeño remolino de
aire helado cruzó la habitación.
—Aquí dentro tienes una enorme cantidad de alimentos —retumbó él—.
Podrías alimentar bien a un equipo de los Seals durante un mes con lo que hay aquí,
y eso es mucho. Vamos a ver —Sonidos de envases de plástico rascando el hielo—.
Tenemos, hmmm, parece sopa minestrone. Y aquí, ¡caramba!, uno de mis favoritos,
berenjenas al queso parmesano. Pan de masa fermentada congelado, pastel de
manzana. Es asombroso. Espero que sepa tan bueno como parece. ¿Tienes un hada
secreta que cocina para ti durante la noche o algo por el estilo?
Mejor que un hada secreta.
—Los Mancinos —sonrió Allegra.
—¿Los qué?
—El ama de llaves de Claire se llama Rosa Mancino y pertenece a esa enorme y
maravillosa familia. Durante años he cantado en sus bodas, entierros, fiestas de
graduación y bautizos —Por no mencionar la fiesta salvaje del divorcio, sólo para
mujeres, que había organizado la sobrina de Rosa después de deshacerse “del
vagabundo”, como llamaba a su ex—. Desde, um, el accidente, he tenido que
mantenerlos a raya con un garrote. Las mujeres se turnan para venir a limpiar y

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siempre dejan comidas preparadas en el congelador. De hecho, Francesca, la
hermana de Rosa, viene el lunes. Todas son magníficas cocineras. La verdad es que
soy muy afortunada. Y los hombres también cuidan de mí haciendo reparaciones y
esas cosas. Tan pronto acabe de nevar, un Mancino aparecerá por aquí para quitar la
nieve de la acera con una pala, espera y verás.
—A partir de hoy, yo te quitaré la nieve de la acera y haré las reparaciones, no
los necesitas —dijo Douglas—. Avisa a los hombres Mancino que ahora yo estoy
aquí.
—Oh. Vale.
Allegra no sabía si lo haría. ¿Lo haría? Para los hombres Mancino era cuestión
de honor que uno y otro pasaran por su casa cada dos o tres días por si necesitaba
algo. Y ella siempre necesitaba algo. Desde que se había quedado ciega era como si la
casa la avisase con ruidos que se estaba cayendo a pedazos. Siempre había algo que
necesitaba un ajuste. Sería una locura decirle a los Mancinos que no vinieran cuando
ella no sabía cuánto tiempo se quedaría Douglas.
Ahora estaba aquí. Habían tenido un sexo maravilloso, y tal vez él quisiera
quedarse un poco más. Pero a largo plazo, ¿que querría un hombre tan vital con
alguien como ella?
El microondas sonó y dos segundos más tarde tuvo un tazón delante de ella. No
tenía que ver para saber lo que era. El olor lo delataba.
—Mmm —Aspiró profundamente la fragancia—. La sopa minestrone de Rosa.
Divina. ¿Tú también te has puesto?
—Por lo menos el doble de lo que te he puesto a ti —La voz de Douglas sonaba
divertida—. Y además me he calentado berenjenas a la parmesana, tal vez te dé un
poco si me lo pides con amabilidad. Por cierto, me he abierto una cerveza, ¿te sirvo
una?
—Reservo el alcohol para las noches. Prefiero agua, gracias —Era una suerte
que el alcohol no la tentara. Si fuera bebedora, si hubiera heredado el gen bebedor de
los Ennis en vez del carácter moderado de su madre, habría desaparecido dentro de
una botella después del accidente, y nunca hubiera salido de allí. Una copa de vino
por la noche era más que suficiente—. Si miras bien encontrarás por algún sitio un
envase con tiramisú de verdad, no la papilla de los falsos restaurantes italianos, y
helado casero.
—Sí, antes he explorado un poco y los he visto, esto y mucho más. Ahí dentro
tienes una selección muy interesante. Comes mejor que nadie que conozca.
—Los Mancinos son personas muy dulces.
—Eso parece. Y también parece que se preocupan mucho por ti. Se desviven
por ti. Apuesto a que les gustaría hacer algo más efectivo que grabar una D, una A o
una C en las tapas. Si aprendieras a leer Braille, apuesto a que se esforzarían por
conseguir una maquina que marcara con Braille las tapas de los envases, poniendo lo
que contiene cada uno, y así sabrías lo que escoges para comer, en vez de adivinarlo.
Había aprovechado el tema para volver a hablar de ella. Bien, los dos podían
jugar al mismo juego.

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Allegra alzó la barbilla.
—¿Estabas fanfarroneando cuando antes has dicho que me acompañarías a dar
un paseo? ¿O estás demasiado cansado después de correr? ¿Qué tiempo hace fuera?
Otra exhalación de aire. Un lento tamborileo de las uñas sobre la mesa. Una
tensión palpable.
Ella lo exasperaba. Bien, exasperaba a mucha gente. Mucho. Pero él ya era un
chico grande, muy grande, podía soportarlo.
En la cocina volvió a reinar el silencio mientras los engranajes giraban en la
cabeza de Douglas.
De repente, notó una diferencia en la piel del lado derecho del cuerpo. Se giró y
notó la luz en la cara. Era una sensación inconfundible.
—Ha salido el sol —dijo ella.
—Sí —habló por fin Douglas—. Ha dejado de nevar y hace un poco de sol. Si
quieres ir a dar un paseo, ahora es el momento. Lo más probable es que vuelva a
nevar más tarde, cuando baje la temperatura. ¿Tienes ropa apropiada para el frío? ¿Y
botas con suela de goma?
—Sí. A todo. Y sólo porque anoche llevaba un calzado inadecuado no significa
que sea una estúpida, mayor Kowalski. Te hago saber…
—Vale, vale —Allegra no tenía que verlo para saber que había alzado las manos
con las palmas hacia fuera.
La calidad del aire a su alrededor cambió, se hizo más densa, y comprendió que
él estaba de pie a su lado. Como si fuera la cosa más natural del mundo, Allegra le
ofreció la mano y no se sorprendió que quedase apoyada en el firme antebrazo.
—Te acompañaré a la habitación y cogeremos esas botas y la ropa para el frío.
—Se lo agradezco mucho, mayor —dijo ella, con su mejor y más melosa
imitación de Tara, una belleza sureña en Escarlett O’Hara. Movió las pestañas al
mismo tiempo que movía un imaginario miriñaque—. Es tan gentil por su parte. Ah,
es usted un caballero de la vieja escuela.
Hubo un pequeño resoplido por encima de su cabeza, risa o exasperación. Uno
de las dos cosas, daba igual. Era tan excitante. Iba a salir a dar un paseo por primera
vez en lo que le parecía toda una vida.

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Capítulo 11
Nunca le había pasado antes, pero Kowalski no era tonto. Reconocía el hecho
por lo que era. Se estaba enamorando de Allegra Ennis. Diablos, a qué andarse por
las ramas. Ya estaba enamorado de ella, lo había estado desde el instante en que la
oyó cantar la primera nota. Al principio había sido fácil confundirlo con la lujuria
porque su cuerpo había sentido lujuria antes, muchas veces. Sólo ahora su cabeza
comprendía lo que pasaba en realidad.
Vaya chiste. Se había pasado treinta y ocho años sin ninguna relación emocional
seria, ni algo que se le pareciera, y ahora se enamoraba de una mujer que tenía la
palabra “problemas” escrita por todo su hermoso rostro.
No eran exactamente lo que se dice una pareja ideal. Cualquier agencia de
contactos que se respetara pensaría que era una aberración juntarlos a los dos, sus
archivos serían cancelados en el acto.
No tenían nada en común.
Allegra era diez años más joven que él, hablando en años humanos, y alrededor
de un millón de años más joven si eran años Seals. Él había visto y hecho cosas que
ella no podría ni imaginar sin huir despavorida.
La mujer era tan, tan hermosa que hacía volver las cabezas a su paso.
Las cabezas también se volvían cuando pasaba él, pero hacia el otro lado.
Ella provenía de una familia feliz y se llevaba bien con la gente. Tenía facilidad
para hacer amigos y parecía que su vida estaba llena de gente que se preocupaba por
ella.
Kowalski tenía los peores antecedentes familiares imaginables e incluso
sociales. Sus habilidades para relacionarse con la gente eran insignificantes. Tenía
compañeros, no amigos, quizás con la única excepción de Midnight.
Por si fuera poco, la bellísima y talentosa Allegra Ennis, que tenía el poder de
dejarle la mente bien jodida, tenía una veta de obstinación de un kilómetro de ancho,
y Kowalski era incapaz de abrir una brecha.
Él era un hombre valiente. Se había enfrentado a la muerte muchas veces. Había
pocas cosas que lo asustasen, pero ahora estaba condenadamente asustado. Cuando
ella había levantado esa bonita y pequeña barbilla para decirle que estaba
considerando someterse a una operación quirúrgica experimental, estilo Frankeistein
que seguro que sólo se había probado en perros cockers y monos de la India, tuvo
que apelar a todo su auto control para no gritar y vociferar y prohibirle que ni
siquiera lo pensara.
Por desgracia, no tenía ningún derecho a prohibirle nada. Aunque lo tendría.
Oh, sí. Se quedaría allí hasta que comprendiera que era suya, y luego tendría ese

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derecho.
Y como si lo de la cirugía no bastara, Allegra se negaba de plano a enfrentarse a
su ceguera, poniéndose en peligro cada maldito segundo de cada maldito día.
Había estado a punto de tener un infarto en la cocina cuando comprendió que
cocinaba con gas. Alguien ciego, cocinando con gas, era un desastre seguro.
A partir de ahora tendría pesadillas imaginándosela bajo el cuchillo de algún
científico que añadiría sus datos a su propia estadística o —peor aún— totalmente
quemada.
Estaba todo tembloroso y estresado cuando ella salió de la habitación vestida
para hacer frente al frío, feliz y hermosa, y sonriendo hacia la derecha por encima de
él. Kowalski se frotó el pecho, allá donde le dolía.
—¿Y bien, mayor? —Se giró como una modelo—. ¿Estoy aceptable?
Oh, sí. Llevaba un abrigo de plumón largo, verde oscuro, con una capucha
forrada de piel blanca que enmarcaba la cara en forma de corazón, guantes gruesos,
pantalones térmicos y forrados, y botas impermeables.
Alzó la cabeza hacia él, algo descentrada. Tenía que decir algo para que ella se
orientara, pero las palabras se le habían quedado pegadas a la garganta.
—¿Douglas? —dijo ella, frunciendo el ceño y alargando la mano. Cuando
aquella mano le tocó el brazo, fue como si se encendiera un interruptor, liberándolo
de un hechizo.
—Sí, aquí estoy —Ella localizó la fuente de la voz y se giró un poco, con los ojos
radiantes aún fijos algo por encima de él. Kowalski le metió un rizo rojo rebelde
dentro de la capucha y luego le besó la punta de la nariz—. Pareces una preciosa
esquimal. ¿Listos para ir a dar una vuelta?
—Del todo. Oh, Douglas, no puedo esperar —Estaba temblando de
entusiasmo—. ¿Todavía hace sol?
Él miró a través de la ventana hacia el cielo azul. El sol pálido y dorado había
empezado el recorrido descendente hacia la noche. Tenían por delante varias horas
de clima suave y aceptable.
—Sí, es un buen momento para ir a pasear, pero hará frío. ¿Seguro que vas
bastante abrigada?
—Sí. Dios, sí —Ella casi saltaba por la energía reprimida—. Vamos, vamos, no
puedo esperar más, venga.
Fuera en el pórtico, Allegra alzó el rostro al cielo. Con los ojos cerrados, las
delicadas ventanas de la nariz se abrieron para aspirar el aroma limpio y frío de la
nieve. Parecía tan feliz que lo hizo feliz a él. La rodeó con el brazo derecho, deseando
tocarle la piel en vez de aquella enorme cantidad de plumas de pato.
Ella le tocó el anorak.
—Así que también tenías un anorak en el todoterreno. Estoy impresionada.
Parece que tienes previstas todas las contingencias. ¿Qué más llevas ahí dentro?
¿Pelotas de playa y bronceador? ¿Un traje de vestir?
Bueno, vamos a ver. En el SUV llevaba el subfusil MP-5 de 9 milímetros con seis
recámaras de treinta disparos, el fusil de precisión M24 y las municiones, la pistola

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M9 con cinco recámaras, blindaje corporal con el casco PSGT, suficiente comida lista
para consumir durante dos semanas, cinco galones de agua, un receptor GPS, gafas
de visión nocturna y un ordenador portátil conectado a un transmisor por satélite.
Llevaba ciento veinticinco gramos de explosivo C4, ilegal por descontado, en el
doble fondo de la caja de herramientas. Si fuera necesario sabría como usarlo. Estaba
de acuerdo con la filosofía de los Seals, no había ningún problema que no pudiera
solucionarse con el uso juicioso de un explosivo correctamente calculado, medido,
cronometrado y detonado.
También llevaba un botiquín de emergencia para heridas y lesiones, guantes
extrafinos de cuero para disparar, material de supervivencia para climas fríos, un
equipo de alpinismo, el traje de buzo, un tanque de oxígeno y aletas.
Y cuatro cajas de condones.
—No gran cosa —dijo él—. Eso y aquello. Algunos objetos. Nunca sabes lo que
puedes necesitar y me gusta estar preparado. Bueno, ahora escúchame. Esto es lo que
vamos a hacer. Cuando estés cerca de una valla o un bordillo tensaré un poco el
brazo, así —Le dio un breve apretón con el brazo—, para que te prepares. Y cuando
te diga que subas un escalón o lo bajes, lo harás en el mismo momento en que lo diga.
Entre las cejas de Allegra apareció un pequeño ceño fruncido. La mujer no
había tenido una buena experiencia con la gente que la avisaba de las distancias y los
obstáculos.
Claro que no podía saber que él era un experto en telemetría. Usaba telémetros
de láser en el campo, para medir la distancia de los disparos, pero podría hacerlo sin
el equipo, ya que tenía muy buen ojo para el terreno y la distancia, e infinitas horas
de entrenamiento. Tal vez el tiro no fuera perfecto sin el telémetro, pero seguro que
podría ayudarla a franquear los obstáculos.
—Confía en mí —dijo él—, no dejaré que te caigas o que tropieces con algo.
—No —Los labios se le curvaron hacia arriba y el pequeño ceño fruncido
desapareció. Vio en el hermoso rostro una completa confianza en él—. No lo harás.
Ya me los habías dicho, y te creo. Venga, vamos —Se puso a dar saltitos—. Ahora.
Ahora mismo.
—Bien —Tensó el brazo—. Tres escalones hacia abajo… ahora. Uno, dos, tres.
Allegra bajó las escaleras con tanta facilidad como si se estuviera mirando las
botas. Un minuto más tarde estaban fuera, en la acera. Kowalski mantuvo el paso
lento, amoldando sus pasos largos a los mucho más cortos de ella, dejando que
empezara a sentirse más segura.
Allegra iba girando la cabeza de izquierda a derecha, como un cachorro
impaciente al que hubieran soltado después de tenerlo encerrado en la casa durante
demasiado tiempo. No veía, pero absorbía sensaciones por cada centímetro cuadrado
de piel expuesta. Kowalski dejó que ella marcara el paso.
Su trabajo era asegurarse que ella no se lastimaba. El trabajo de ella era disfrutar
del paseo.
Pronto encontraron un ritmo que le permitió a Allegra empezar a moverse más
rápido. Que estaba claro que era lo que quería. Debía haber pasado los meses

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anteriores andando despacio, titubeando. Ahora que no tenía miedo de tropezar o
chocar contra una farola, empezó a andar con más confianza, con la cabeza bien alta.
A los diez minutos, tenía las mejillas rosadas por el frío. Charlaba excitada de
cualquier cosa con aquella voz musical. Kowalski daba las respuestas apropiadas
mientras exploraba el terreno buscando obstáculos. Sin embargo, le costaba mantener
la atención en el camino. Allegra estaba cobrando vida, como una flor abriéndose, la
cosa más increíble que había visto nunca, y todo gracias a él.
Él había hecho esto. Él le había dado el regalo de la libertad de movimientos.
Era casi insoportable como le conmovía verla saborear su reencontrada libertad.
Después de haber salvado varios bordillos y escalones, Allegra se olvidó por
completo de arrastrar los pies y empezó a caminar con normalidad. Su excitación era
enorme. Vibraba llena de energía y vivacidad.
El tiempo era frío, pero seco y soleado, perfecto para dar un paseo. Había la
nieve justa para que sonara al pisarla, pero sin que hiciera falta ralentizar el paso.
—¿Ya hemos pasado por delante de la casa azul? —preguntó Allegra—.
Tendría que estar a la derecha.
Sí, allí estaba, Cape Cod, en varios tonos de azul. No había ninguna cortina
descorrida, ningún coche en la entrada, parecía desierta.
—Sí, la pasamos ahora. Aunque parece que está desierta.
—No, no lo está. Es propiedad de una pareja maravillosa, Tom y Jerry. ¿Puedes
creer que se llamen así? Tom Edelman y Jerry Solarian. Jerry sacó las acciones de su
empresa a la bolsa y las vendió por muchísimo dinero, no tendrá que volver a
trabajar nunca más, tipo afortunado. Los dos están dando la vuelta al mundo durante
un año. Supongo que ahora deben estar en Tahití. Se van a llevar un disgusto cuando
vuelvan y se encuentren esa horrible construcción McMansion al lado. El dueño tiene
una cadena de restaurantes y organiza actividades para recaudar fondos para los
republicanos. Es un pelota total y siempre se está jactando del dinero que tiene. Tom
y Jerry van a odiarlo. Te apuesto algo a que pondrán en venta la casa cuando lleguen
y averigüen quién es su vecino y la monstruosidad que ha construido al lado. ¿No es
horrible?
Sin duda, la casa al lado de la azul, parecía casi más grande que el solar sobre el
que estaba. Tenía las mismas líneas de las otras casas de la calle pero multiplicado
por diez. Un Cape Cod lleno de asteroides.
—Sí, es bastante horrible —dijo Kowalski con suavidad—. Pero no creo que los
republicanos tengan la exclusiva de las casas feas.
Ella se echó a reír.
—Tal vez no, tal vez sólo lo parece. La casa al lado de la McMansion es de una
pareja muy agradable. Él enseña historia americana en Portland y ella es abogada. Él
toca bluegrass, una variedad de música country, con la guitarra. Hace dos años que
me está dando la lata para que toque con él. ¿Te imaginas? Bluegrass con un arpa
céltica.
Kowalski lo pensó.
—¿Por qué no? Te lo podrías pasar bien.

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MIDNIGHT ANGEL

—Tal vez. Puede que uno de estos días acepte la oferta. ¿Aún estamos en la
esquina de McPherson? Porque quiero girar a la derecha e ir hacia Lawrence Square.
Algunos domingos por la tarde hay un grupo que canta madrigales.
—Llegamos a la esquina… ahora —Kowalski le dio un apretón con el brazo—.
Un escalón abajo —Cruzaron hacia la derecha, andando por otra calle. Allegra
también parecía conocer a todos los que vivían allí.
¿Cómo lo hacía? ¿Cómo podía saber todas esas cosas? Aunque él viviera veinte
años en su apartamento nuevo, nunca llegaría a conocer nada sobre las vidas
privadas de los vecinos.
Ella le contó la historia de la calle, una vez fue un camino de tierra con
profundos surcos hechos por los carros de caballos que trasportaban madera desde el
bosque a un molino que había en aquel entonces a unos tres kilómetros de allí. Todo
aquello era fascinante para un hombre que jamás había tenido vecinos y que nunca
había vivido en un sitio lo suficiente para conocer la historia local, a no ser que fuera
la historia de una base militar.
Pero aún más fascinante era Allegra, con ojos brillantes y vivaces. Fue todo un
golpe el descubrir que así era Allegra. Una mujer preciosa y risueña. No se había
dado cuenta de la melancolía que la rodeaba como un velo sombrío hasta que éste no
desapareció. Si antes pensaba que era hermosa, ahora era impresionante, un imán
para los ojos.
Y no era el único que lo creía. Las pocas personas con las que se cruzaron
pensaban lo mismo. Casi se oían las ruedas de sus mentes girando cuando fijaban los
ojos en ella, lo miraban a él, se estremecían, y volvían a mirarla a ella. ¿Qué hacía
alguien como ella con alguien como él? Kowalski ponía su cara de combate y se
divertía de lo lindo cuando les dirigía su Mirada Asesina, vigilándolos hasta que se
alejaban con los ojos bajos.
Habían estado andando durante media hora y se acercaban a una especie de
alameda pública que se prolongaba hasta un largo edificio. La acera estaba
abarrotada.
Todos se quedaban mirando a la Bella y la Bestia que era lo que parecían.
Kowalski suponía que si ambos estuvieran caminando uno al lado del otro, sin
tocarse, no habrían atraído toda aquella atención. Él podría ser el chófer o el
mayordomo o el guardaespaldas. Guardaespaldas. Sí, alguien que actuaba en los
escenarios podría tener uno. Una mujer joven y hermosa con un matón, tenía que ser
el guardaespaldas, ¿verdad? ¿Quién más podría ser?
Pero con el brazo alrededor de ella, y la cara de adoración con que lo miraba la
mujer, eran amantes. No podían pasarlo por alto y eso molestaba a algunos. La gente
reaccionaba como si él fuera el hermano mayor de Frankenstein y ella la princesa
Leia.
Ahora tenía la Mirada Asesina todo el tiempo y la gente se alejaba temerosa. No
había secuestrado a Allegra, no la obligaba a estar con él, y era obvio que ella
disfrutaba en su compañía. Si alguien tenía un problema con ello, que se jodiera.
—¿Estamos cerca de la alameda?

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

Al final de la larga acera se veía una plaza ajardinada.
—Sí, llegaremos enseguida.
—¿Qué hora es?
Jesús, la hora. Otra cosa en la que pensar. ¿Cómo sabían la hora los ciegos? Se
apostaría algo a que existía alguna clase de reloj al que se le pudiera levantar la tapa,
y podría regalárselo si no estuviera tan condenadamente decidida en rechazar la
ceguera.
—Las tres.
Ella empezó a ir más despacio hasta detenerse. Kowalski también se detuvo.
Allegra ladeó la cabeza hacia él.
—Ahora es todo acera, ¿verdad? ¿No hay bordillos ni escalones?
—No hay bordillos ni escalones —confirmó él—. Va directo a la plaza.
—Entonces quiero caminar del brazo contigo como cualquier pareja normal.
¿Podemos? Y si hay algo que necesite saber me lo dices, ¿de acuerdo?
Como una pareja.
Mierda, ¿qué sabía él sobre parejas? ¿Y encima una pareja normal? Nada de
nada. De todos modos merecía la pena intentarlo. Era un aprendiz rápido.
Allegra estaba allí de pie, mirando en su dirección, la boca ligeramente curvada
hacia arriba en una sonrisa, la cosa más hermosa que había visto en su vida y aquella
expresión radiante iba dirigida a él.
Kowalski dobló el brazo, cogió la manita enguantada de Allegra, se la puso en
el codo y se inclinó. Ella debió notar el movimiento porque cerró los ojos cuando se
inclinó hacia ella. La besó en la boca. Tenía los labios calientes y la punta de la nariz
fría. Ella abrió la boca de inmediato, cálida y acogedora. Kowalski no podía
permitirse besarla más de un minuto. Si la besaba más no sería capaz de parar.
Apartó la boca. Ella le sonreía.
—Como una pareja —confirmó él, con voz ronca—. Vamos.

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Capítulo 12
Pasear con Douglas era como… como volar.
A Allegra siempre le habían gustado los largos paseos. Pero como todo lo
demás, parecía que ese placer tan sencillo también le había sido arrebatado. ¿Quién
saldría a pasear cuando se arriesgaba a darse un porrazo en la cara o tropezar con
una piedra en cualquier momento? Las pocas veces que había intentado ir a pasear
con amigos, había sido un desastre. Le decían que girase o que subiese o bajase un
escalón demasiado pronto o demasiado tarde. La última vez que había ido a dar un
paseo con una de las hermanas de Rosa, había vuelto llena de moratones.
Douglas le había devuelto esto. Cuando comprendió que podía confiar en que
Douglas la advirtiera de los bordillos y otros obstáculos, y que en todo caso la fuerza
de su mano impediría que cayera, fue como si él hubiera roto los grilletes de las
odiosas cadenas que la inmovilizaban.
Era tan maravilloso sentirse libre otra vez.
Si —¡cuando!— recuperara la vista, no iba a dar nada por sentado otra vez.
Daría gracias por todo. Por poder dar un paseo por el parque, por leer, por cocinar —
había sido demasiado orgullosa para decírselo a Douglas ya que había armado tal
jaleo, pero la cocina de gas la aterrorizaba— por un arco iris o una puesta de sol.
Por Douglas.
Ahora misma daba gracias por él y por todo lo que tan generosamente le daba.
Sin Douglas, hubiera pasado una noche atormentada por las pesadillas, seguida de
un día hueco y vacío.
Suzanne estaba con su marido y Claire en el hospital con Bud.
Allegra tenía muchos amigos, pero ninguno de ellos la había llamado ni había
ido a pasar el día con ella. Y nadie le habría hecho la misma compañía que Douglas.
Se sonrojó al recordar la noche febril entre sus brazos. Nada de pesadillas, nada
de caídas en el agujero negro de terror, nada de soledad angustiosa, sólo sexo
ardiente y poderoso.
Eso también había sido como volar.
—Hay mucha gente —dijo ella. No sólo oía a la gente, sino que la sentía.
Había voces, muchas, risas que se elevaban en el aire frío, una madre riñendo a
un niño, una pareja discutiendo, juegos infantiles. Algunos se movían con rapidez, lo
sabía por el desplazamiento del aire cuando pasaban. Lawrence Square no era
grande y los domingos estaba siempre abarrotado.
Pero nadie la empujaba. Era como si caminara en una burbuja protectora.
Bueno, y en realidad era así. La burbuja se llamaba Douglas.
—Sí. Todos parecen pasarlo bien. Es un lugar agradable.

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

Allegra sonrió.
—Sí, lo es. En verano también es fabuloso.
¿Douglas estaría con ella el próximo verano? Alzó la cara y al instante fue
recompensada por un beso ardiente.
Tal vez sí.
Unas notas de plata sonaron en el aire y Allegra se giró ansiosa hacia el sonido.
—¡Están aquí! —Saltó, colgándose del brazo de Douglas—. Oh, tenemos que ir,
el grupo está casi siempre en la esquina de delante de la cafetería. ¡Te van a encantar!
Fueron directamente hacia la música, que se oía más fuerte y más pura con cada
paso. Nadie los molestó, ni tuvieron que esquivar a ninguna persona. Era como si
estuvieran completamente solos en la plaza. ¿Cómo lo conseguía Douglas? Ni
siquiera la rozaron.
Douglas la detuvo con gentileza. Por la calidad del sonido, estaban delante de
los cantantes, en un asiento de primera fila, sólo que de pie.
Allegra, feliz, se preparó para escuchar al grupo. Eran tan buenos. Recordó que
todos eran jóvenes, tres hombres y cuatro mujeres, con un sonido de una pureza
insólita. Cantaban Take Time While Time Doth Last, etéreo y delicado, uno de sus
favoritos. Ella lo había cantado una vez con sus primos, aunque ellos habían estado
borrachos. Sin embargo eso no había afectado a la armonía, recordó con cariño. No
había nada que un Ennis pudiera hacer sobrio que no pudiera hacerlo con una copa
en la mano.
—Una soprano maravillosa —retumbó Douglas—, con un gran control de la
respiración.
Allegra asintió. Recordaba a la mujer. Alta, con aspecto de cerebrito y un
cabello largo y negro de rizos salvajes. Sí, era una gran soprano y sí, controlaba la
respiración a la perfección. Qué placer era escucharla, escucharlos a todos. Y el placer
se multiplicaba porque los escuchaba con Douglas, a quien también le gustaba la
música.
Ahora cantaban una recopilación de La Reina de las Hadas, su ópera favorita.
Douglas se había colocado detrás de ella, rodeándole la cintura con los brazos,
un muro cálido de fuerza.
Allegra cerró los ojos, moviéndose con suavidad al compás de la música,
apoyándose en Douglas, sintiendo los brazos fuertes cerrándose a su alrededor. Era
todo tan perfecto, el hombre, la música y el día. Si permaneciera con los ojos cerrados
casi podría creer que su vida volvía a estar intacta. Más que intacta. Con un nuevo
amor en ella. Sonrió al pensar en la canción que había estado componiendo Un nuevo
amor. Encajaba a la perfección con sus sentimientos. Con esa excitación deliciosa de
hormigueo cuando había alguien nuevo. Aquella sensación de conexión, el fuego de
la expectación. El presentimiento de que quizás esta vez sería Él.
Pero en Douglas había algo más, también. Algo más poderoso que la novedad.
Había tenido muchos ligues, pero pocos amantes, y todos los hombres habían tenido
algo en común, habían sido divertidos y, ahora se daba cuenta, superficiales. Intentó
imaginarse a Billy Trudloe o Davis Cleaver pasando un día con ella después de

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

haberse quedado ciega. Le fue imposible.
Ahora no era divertida, lo sabía. Hacía falta paciencia y poner atención en los
detalles para estar con ella. Los hombres que conocía habrían huido de ella y sus
problemas, escapando como las ratas del barco que se hundía, tal como decía el
refrán. Ella necesitaba ayuda cada segundo de cada día y eso era lo fácil.
No podía ir al cine ni al ballet ni al teatro, o al menos no disfrutaría. Los
restaurantes eran una pesadilla porque en cualquier momento podría armar un
desastre. Tal como estaba ahora, sólo iría a un restaurante con Claire o Suzanne, que
la querían.
Por ejemplo hoy, dar un paseo por la nieve era una gozada. Pero requería
planificación, tiempo y atención. ¿Qué clase de hombre querría ese problema?
¿Qué clase de hombre quería empezar una relación con una mujer minusválida,
una mujer que no veía? Que tenía pesadillas por la noche y demonios en la cabeza.
Que lloraba más a menudo que reía.
No, no ella no era una buena pareja. Era una carga. Aunque al parecer —por
algún milagro— Douglas no lo veía así.
Por alguna razón, Douglas no parecía darse cuenta de aquel trato tan poco
equitativo. Ni una vez había mostrado impaciencia o molestia o cualquier cosa
excepto un deseo abrasador junto al instinto de ayudarla. Había algo parecido al
acero en él, incluso más allá de su enorme fuerza y tamaño. Algo inmensamente
reconfortante y tranquilizador. Confiable. Estaba aquí, con ella, y al parecer, tenía la
intención de quedarse.
Músculos que habían estado tensos durante meses empezaron a relajarse poco a
poco. Apartó a un lado la preocupación y dejó que fuera desapareciendo junto con la
desesperación y la tristeza. Fue como dejar que se fuera por el desagüe un agua
negra y pútrida. La alegría empezó a filtrarse y a recorrer el camino hacia el alma, y
ella le dio la bienvenida como a un amigo que vuelve después de haber estado fuera
demasiado tiempo. Esto era la felicidad, aquí mismo, ahora mismo. Sentía la luz del
sol en la cara por primera vez en meses, escuchaba música hermosa, y tenía a
Douglas para recostarse.
De repente el futuro brilló con una luz nueva. Había estado viviendo el día a
día. Al pensar que el futuro era demasiado doloroso, se había limitado a dejar pasar
con lentitud los días. Uno a uno. Ahora había algo que esperar con ilusión. Tal vez
Douglas la llevaría al concierto de Bach el jueves por la noche. Tal vez la
acompañaría a pasear otra vez durante la semana si no nevaba demasiado. Tal vez el
próximo domingo podrían regresar a Lawrence Square.
—¿Si el amor es una pasión dulce, por qué atormenta? —cantaban los músicos.
Allegra sonrió y, con los ojos todavía cerrados, se giró para besar a Douglas en
el hombro. En vez de músculo duro y cálido, besó el nylon del anorak. Ya le iba bien.
Los cantantes estaban acabando. Cuando la última nota gloriosa quedó
prendida en el aire, la gente prorrumpió en aplausos. ¿Qué clase de sombrero
emplearía el grupo para pedir donativos? El verano pasado había sido un sombrero
de copa.

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MIDNIGHT ANGEL

Giró la cabeza alzándola hacia arriba.
—No he traído dinero, ¿puedes darles algo? Son estudiantes y es muy probable
que sean pobres.
—Claro, cariño —contestó el—. ¿Veinte dólares te parece bien?
—Oh, sí —Con veinte dólares tendrían perritos calientes y café para todos—.
Gracias, Douglas. Eres muy generoso.
—Enseguida vuelvo —La dejó un momento para ir a poner dinero en el
sombrero.
—Ese ha sido un concierto bastante malo, querida, pero ya sabemos que nunca
sabrías reconocer la calidad —dijo la despectiva voz de tenor de Corey Sanderson,
directamente en su oído. La mente se le quedó en blanco por la conmoción y se le
doblaron las rodillas.

Kowalski puso un billete de veinte dólares en el bombín situado a los pies de
los cantantes. Se lo merecían. No estaban al mismo nivel que Allegra, pero pocos
cantantes lo estaban. De todos modos, uno se sentía bien animando a los talentos
jóvenes.
A duras penas se creía que un pensamiento así saliera de su cabeza, y con todo
parecía que este sería su nuevo modo de actuar en la vida civil. Resopló ante esa
nueva imagen de sí mismo, el mayor Kowalski, el mentor tierno y sensible de los
jóvenes.
El cantante principal le miró a los ojos y con un gesto agradeció el billete que
cayó en el sombrero. La versión nueva y más amable del mayor Kowalski asintió con
la cabeza devolviendo el gesto. Era una sensación agradable, pensó mientras se
giraba a tiempo de ver como Allegra empezaba a caerse.
Una zancada larga y ya estaba junto a ella, sosteniéndola con fuerza.
—¡Douglas! ¡Oh Dios mío!
Ella se estremecía, con la cara completamente blanca.
—Cálmate, cariño, todo está bien, te tengo. ¿Qué ha pasado? ¿Has tropezado?
—Yo… —jadeó ella, incapaz de seguir. Se iba a romper un hueso si seguía
temblando así. La abrazó para consolarla e intentar disminuir los temblores. Ella se
apretujó contra él como si se ocultase de algo.
Allegra le agarró la chaqueta y tiró hacia abajo, intentando hablarle al oído. No
le salían las palabras y tuvo que tragar para hablar.
—¡Douglas, rápido! ¿Ves a un hombre elegante de mediana edad, no
demasiado alto, delgado, con el pelo rubio que le llega hasta el hombro?
Kowalski levantó la cabeza. Era más alto que el resto de la gente y veía toda la
plaza y a todos los que estaban allí. Observó a la muchedumbre como lo haría en un
área de combate, en cuadrantes. Examinó detenidamente un cuadrante, completado,
luego observó el siguiente. Era rápido, pero meticuloso. Si el tipo que Allegra había
descrito estaba por allí, lo vería.
Primer cuadrante. Pareja con vaqueros y anoraks con bebé en cochecito. Pareja

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joven con ropa de diseño, discutiendo. Anciano con bastón y abrigo de cachemira.
Tipo pelirrojo alto, desgarbado, chaqueta de cuero y zapatillas de deporte tipo bota.
Dos jóvenes punk, ambos con el pelo verde y suficiente metal en las caras para hacer
saltar un detector de metales.
Siguiente cuadrante. Dos familias con unos doce niños entre ellos. Tres
petimetres emperifollados a la espera de ligarse a alguna mujer. Una pareja negra
vestida para un invierno de apocalipsis. Tres damas ancianas caminando con cautela
por una zona helada. Completado. Tercer cuadrante. De todas clases, razas y géneros
excepto un hombre de mediana altura, mediana edad, rubio y elegante. Cuarto
cuadrante lo mismo.
Kowalski examinó toda la plaza otra vez con rapidez. Nada. Cero.
La cabeza de Allegra estaba alzada hacia él, con la cara ansiosa y muy blanca.
Los temblores habían disminuido un poco, pero todavía temblaba. Quienquiera que
ella pensara que estaba aquí la tenía condenadamente asustada.
Kowalski solía vivir su vida en Alerta Naranja. Estaba preparado para lo que
fuera en cualquier momento. Más de una mujer lo había llamado paranoico. No era
paranoico, sólo estaba muy atento y preparado para los problemas. Y lo que estaba
pasando ahora pulsaba todos y cada uno de los botones de alarma. Allegra
aterrorizada por alguien lo llevaba directamente a Alerta Roja.
Quién quiera que fuera el hijo de puta, estaría muerto si se atrevía a tocar a
Allegra.
—¿Lo ves? —preguntó con voz entrecortada por el miedo.
Él borró de su tono toda emoción, excepto la suavidad. No era necesario que
ella oyera la alerta roja en su voz. Ya estaba bastante asustada.
—No, cariño. No he visto a nadie con esa descripción. ¿Quién es ese tipo? —
Fuera quien fuese, Kowalski iba a colgar su pellejo de la pared.
Ella se quedó allí de pie callada, con la respiración agitada.
Allegra estaba aterrorizada. A no ser que uno se entrenara, y se entrenara duro
para ello, el miedo podía paralizar la mente, atontar. Los civiles eran una presa fácil
para el miedo. Kowalski le dio una breve sacudida a Allegra para sacarla del estupor
del terror.
—¿Cariño? ¿A quién busco? ¿Te ha amenazado? ¿Cuál es su nombre?
—¿Su nombre? Oh, ah… —Le había vuelto un poco de color a la cara al decirle
que en la plaza no había nadie que correspondiera a su descripción. Ella negó con la
cabeza bruscamente—. Oh, Douglas, lo siento tanto —Se apoyó en él—. Creía que…
—volvió a negar con la cabeza—. No importa, no es posible que sea la persona que
creía.
—Dime quién… —dijo Kowalski, en el mismo momento en que ella dijo:
—Quiero…
—¿Qué, cariño? —Era una suerte que ella no pudiera verle la cara. Seguía
manteniendo una voz tranquila, pero llevaba puesta su Cara de Combate, y la gente
se apartaba de ellos—. ¿Qué quieres?
Allegra alzó la cara hacia él, todavía pálida, con los ojos brillantes por lágrimas

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LISA MARIE RICE

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no derramadas.
—Ir a casa —murmuró—. Llévame a casa, por favor, Douglas.

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LISA MARIE RICE

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Capítulo 13
—Ya estamos —Kowalski mantuvo la puerta abierta para Allegra y la hizo
entrar con una mano tranquila en la espalda. Ya estaba oscuro. Habían tardado el
doble de tiempo en volver de Lawrence Square que lo que les había llevado llegar
hasta allí. Ella había perdido ese paso confiado y rápido y había caminado
arrastrando los pies con un andar inseguro y lento. Kowalski no la había apresurado.
Había ido al mismo paso de ella, paciente y preocupado.
Allegra entró en la casa con la cabeza gacha, silenciosa y pálida. La mujer
risueña y confiada que había paseado hasta Lawrence Square a un ritmo casi normal
había desaparecido, y este fantasma blanco había ocupado su lugar.
Quienquiera que ella pensara que había visto la había hecho volver a ser la
mujer asustada e insegura de antes. Era la conmoción. Kowalski no sabía qué lo
había causado, pero por Dios que lo reconocía. Sus sentidos estaban embotados. Le
costaba varios segundos contestar las preguntas, como si la pregunta primero tuviera
que penetrar en la mente. Conmoción.
Clásico.
A los reclutas nuevos tenía que enseñarles a recuperarse con rapidez. Un
soldado tiene que entrenarse para oponerse a la parálisis de la conmoción y Kowalski
era quien tenía que metérselo como fuera en la cabeza. Los métodos de Kowalski
eran brutales, deliberadamente, y si el soldado no podía aguantarlo, estaba fuera.
La idea de intimidar a Allegra hizo que Kowalski se sintiera físicamente
enfermo. La mimaría y amaría hasta que superara la conmoción, algo completamente
nuevo para él.
Kowalski le quitó los guantes, la capucha y el abrigo de plumón. Allegra
permaneció quieta y silenciosa, como una muñequita, mientras él se deshacía de toda
aquella ropa. Ella tembló, abrazándose a sí misma. No era por el frío de dentro de la
casa. Kowalski había dejado puesta la calefacción. Allegra estaba sintiendo el frío del
agotamiento —el primer paseo largo en meses la había agotado— y la conmoción.
—¿Sabes lo que necesitas, cariño?
Era un síntoma de como se sentía el que tardara unos segundos en responder.
Por fin levantó la cabeza.
—No. ¿Qué necesito? —Su voz era muy baja, casi un susurro. Parecía
derrotada.
Jesús, cómo dolía verla así.
—Tienes que tomar un baño caliente, y luego comer algo —Calor y
alimentación. Las medicinas de siempre.
Ella siguió allí de pie en la pequeña salita, sin moverse.

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—¿Sí?
—Ajá —Kowalski la metió en el cuarto de baño. Empezó abriendo el grifo de
agua caliente de la bañera, rebuscó entre los artículos de tocador hasta que los dedos
toparon con una botellita de aceite de lavanda. Había leído en algún sitio que el
aceite de lavanda era relajante, así que vertió la mitad en la bañera. Pronto el cuarto
de baño olía como un maldito campo de lavanda.
Cuando el baño se llenó de vapor, empezó a desvestirla con cuidado. Si ella se
resistiera, se detendría de inmediato, pero Allegra estaba de pie completamente
quieta, levantando, obediente, las manos cuando él le quitó el suéter por la cabeza.
La semi erección que siempre tenía cuando estaba cerca de ella se convirtió en
una erección en todo su apogeo cuando le desabrochó el sujetador y le deslizó las
medias por las largas piernas. Se agachó y ella le apoyó una mano en el hombre para
mantener el equilibrio, levantando primero un pie y luego el otro.
—Esa es mi chica —murmuró él.
Recordó vívidamente recorrer cada centímetro de su cuerpo. Recordó como ella
se estremecía de placer al morderle el cuello con suavidad. Recordó el sabor de sus
pechos, cremosos y al momento siguiente ardientes, divinos. Recordó como se le
tensaban los músculos del estómago al chuparle los pezones y cómo jadeaba al
chupárselos con fuerza. Recordó que cuando la excitaba, se formaban gotitas
pequeñas en la nube de rizos rojos que le cubrían el monte de Venus, y que parecían
pequeñas perlas.
Kowalski se enderezó, haciendo una mueca de dolor ante la presión de los
pantalones sobre la enorme erección. Ella estaba tan preciosa, desnuda, de pie allí en
el cuarto de baño perfumado. La piel le brillaba como el alabastro, delicada y suave,
con los únicos colores de los pezones rosados y el pelo rojo ardiente entre los muslos.
La deseaba aún más que anoche. Por lo general le bastaba una noche de follar
para sacarse a una mujer de la cabeza, pero con Allegra el hambre sólo crecía y
crecía.
Si no estuviera tan conmocionada, con un aspecto tan triste y perdido, la habría
llevado directo al dormitorio, la hubiera colocado en la cama, se hubiera subido
encima y se la habría metido. Tal como se sentía ahora ni siquiera hubiera tenido
paciencia para los preliminares.
Pero era lo último que ahora necesitaba Allegra. Su rostro tenía la expresión
pálida y cansada que tanto le dolía ver, sus ojos estaban llenos de miedo y angustia.
Ella no quería sexo ahora, ni por asomo.
Así que Kowalski escondió la lujuria en la mente, poniéndola en ese lugar
donde metía el miedo, el hambre y la sed cuando estaba en el campo de acción. Todo
bien. Estaba acostumbrado a no hacer caso a las demandas de su cuerpo.
Cerró el agua y la tocó. Estaba lo bastante caliente para calentarla a ella, pero no
para quemarle esa piel delicada.
—El agua está lista, cariño —Frunció el ceño al apartarle el pelo de los hombros
que se deslizó como seda entre sus dedos—. ¿Qué hacemos con el pelo? No quiero
que se te moje.

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LISA MARIE RICE

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Allegra levantó la cabeza.
—En el estante sobre el lavabo hay dos picos. Uno marfil y otro ébano.
¿Picos? Por un instante, Kowalski se imaginó el pico de un minero. ¿Quería
cortarse el pelo a tajos? Giró la cabeza y miró el estante que había encima del lavabo.
Lo único que había eran dos palos bastante raros, uno blanco y uno negro.
Oh.
¿Los palos eran picos? Eso parecía. Aunque no comprendía lo que ella iba a
hacer con dos palos, se los puso en la mano.
—¿Eso es lo que decías? ¿Qué vas a hacer con ellos?
Una pequeña sonrisa apareció en su cara por primera vez desde que habían
salido de Lawrence Square.
—Observa, oh Gran Guerrero, y aprende —dijo ella. Dos movimientos de la
mano y todo aquel pelo, suficiente para ocho mujeres, fue colocado y sujetado con
algún tipo de nudo elegante en lo alto de la cabeza, con tanta elegancia como si se
hubiera pasado el día en un salón de belleza.
Kowalski se quedó con la boca abierta.
—¿Cómo lo has hecho?
—Práctica. ¿El agua ya está? —Se dio la vuelta hacia la bañera, oliendo con
delicadeza—. Creo que has echado la botella entera de aceite de lavanda. Con unas
gotas hubiera bastado.
—Lo siento —retumbó Kowalski.
—No, no, por favor, no te disculpes —Allegra tendió la mano, esperando hasta
que él se la puso en el antebrazo. Ella se lo agarró—. Sólo te estaba haciendo una
broma, Douglas. No tengo palabras para decirte lo agradecida que te estoy. Por
ayudarme. Por estar aquí. Puedes tirar una tonelada de aceite de lavanda en la
bañera si quieres.
Jesús. Ella estaba allí de pie con la piel desnuda, blanca, suave y brillante, en el
cuarto de baño lleno de vapor. A Douglas le atravesó un rayo de lujuria que casi lo
puso de rodillas y una descarga de electricidad que fue directa a su polla. Esperó un
momento para guiarla hasta la bañera porque le temblaban las manos.
Al ayudarla a meterse en el agua, se vio un momento en el espejo y casi dio un
salto del susto.
¿Quién era aquel monstruo del espejo?
Se le había olvidado lo feo que era. En este momento estaba aún más feo que de
costumbre con la cara distorsionada por la lujuria, las mejillas amarillentas y los
labios rojos por la excitación. Esa horrible cicatriz que lo desfiguraba resaltaba blanca
sobre la piel oscurecida por el sol. La nariz destrozada, tan fea y brutal como la de un
boxeador, se la había roto tantas veces que reunía las condiciones para el campeonato
de peso pesado. Las mejillas llenas de antiguas cicatrices de acné. Los ojos eran
pequeñas aberturas en medio de huesos grandes y piel castigada por su vida al aire
libre.
Se parecía a la peor pesadilla de cualquiera.
Este tiempo con Allegra era como un regalo que le daba la vida, la

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MIDNIGHT ANGEL

compensación por todos aquellos años que había pasado solo, luchando por su país.
Le concedían un tiempo con la mujer más hermosa del mundo, pero sólo porque
estaba ciega.
Era un tiempo fuera de la realidad, ella lo echaría pronto de su lado. Diablos,
cualquier mujer lo haría, cuanto más una tan deseable como Allegra. Más valía que
acumulara todos los recuerdos que pudiera.
—Vamos, a la bañera —Alzó a Allegra, apretando los dientes ante la sensación
de tenerla entre sus brazos, y la metió en el agua, que le llegó casi hasta las rodillas.
Allegra se agarró a él mientras fue metiéndose dentro. A Kowalski le rechinaron los
dientes al coger una esponja y empezar a enjabonar aquella piel tersa y suave.
Incluso el puto jabón olía a flores. Dios, estaba sufriendo una descarga sensorial.
Cada milímetro cuadrado del baño olía a mujer y a sexo. Si se quedaba un poco más,
mirándola, oliéndola, le explotaría la cabeza.
Mantuvo la esponja entre la mano y la piel de ella porque de otra manera la
tentación de tocarla sería irresistible. Sabía con exactitud cómo le gustaba que la
tocara. Y donde. Le gustaba cuando le acariciaba los muslos, despacio, deslizando las
yemas ásperas de los dedos por la piel suave del interior del muslo. Le gustaba
cuando la penetraba con el dedo, rozándole el clítoris con el pulgar. Le gustaba
cuando le rodeaba el trasero con ambas manos, levantándola cuando embestía dentro
de ella.
Kowalski se sentó en el borde de la bañera, agarrando la esponja y dejando caer
la cabeza hacia delante. Tal vez Allegra se preocupó al oír que le costaba respirar,
porque dijo titubeando:
—¿Douglas?
Seguro que se preguntaba si algo iba mal.
Bueno, pues sí. Tocarla era una tortura.
—¿Douglas? —El tono de voz ahora era más tenso, y empezó a enderezarse en
el agua.
¡Muy bien, Kowalski!, preocúpala y asústala porque tienes una erección que no
va a desaparecer.
—Recuéstate, cariño. Deja que el calor del agua llegue hasta los músculos, los
tienes rígidos por el frío.
—Oh —Satisfecha al oír el tono normal de su voz, se volvió a recostar.
Kowalski inspiró profunda y silenciosamente una vez, luego otra, luego llegó a
la conclusión que calmarse era muy difícil. Ningún problema. Había estado haciendo
cosas difíciles toda la vida.
La enjabonó, después la ayudó con gentileza a meterse aún más en el agua. Sólo
le sobresalía la cabeza, que descansaba en el borde de la bañera.
—Quédate así —le dijo él en voz baja—. Te iré a preparar una taza de té.
Ella tenía la nuca apoyada y los ojos cerrados. La piel había adquirido un ligero
tono rosado.
—Me gustaría mucho —dijo ella inclinando la cabeza.
—Vuelvo enseguida.

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MIDNIGHT ANGEL

Kowalski encontró un paquete con sobrecitos Earl Grey, lo puso en un taza
llena de agua y lo metió en el microondas. Luego añadió un cubito de hielo para
enfriarlo. Ella seguía en la misma posición en que la había dejado.
—Aquí tienes, cariño —Le cogió la mano, cerrándosela alrededor de la taza. Le
sostuvo la mano mientras Allegra se la llevaba a los labios. Bebió a sorbitos, con
cautela al principio. Cuando comprendió que él no le había dado el té hirviendo y
que no se quemaría, bebió un buen sorbo.
—Mmm —Se acabó el té y le devolvió la taza—. Estaba muy bueno. Gracias.
Creo que ahora saldré —El agua formó pequeñas ondas plateadas cuando ella le
cogió las manos para levantarse.
Estaba tan serena, con aquella sonrisa triste y conmovedora, tan valiente y
hermosa. Ella se agarró a sus brazos, con la preciosa cara levantada hacia él. Le
apoyaba las manos en los brazos, una muestra de su total confianza en él, y en ese
momento supo, con cada latido de su corazón, con cada célula de su ser, que haría lo
que fuera necesario para mantener a esta mujer feliz y a salvo.
Kowalski cogió la enorme toalla de baño que había puesto sobre el radiador
para calentarla, le dio a ella un breve beso y la secó, poniéndole luego un camisón
caliente. Ella se quedó quieta, entregándose a sus cuidados, asegurándose de
mantener siempre de algún modo el contacto.
Después de que Kowalski acabara de pasarle el camisón por la cabeza, ella se
movió por fin, de improviso, para abrazarlo con fuerza.
—Gracias —La palabra quedó amortiguada por el pecho del hombre, pero él la
oyó.
Se quedaron quietos durante unos momentos, con la mejilla de Allegra apoyada
en su hombro y la mano sobre el corazón. El corazón que le latía a toda velocidad.
Era un momento fuera del tiempo, diferente por completo a cualquier otro momento
de su vida. Era incapaz de ponerle un nombre a lo que sentía dentro de él, lo único
que sabía era que no le habría cambiado este lugar ni este instante a nadie, y que
recordaría este momento durante el resto de su vida.
Kowalski le dio un beso en la cabeza y luego la guió hasta la puerta y la
acompañó a la cocina. Quería saber qué o quién la había asustado, pero primero la
alimentaría.
El "Cuerno de la Abundancia" del congelador de Allegra les proporcionó sopa
de lentejas y unas lonchas de focaccia con romero, perfecto. Mientras los dos tazones
se calentaban en el microondas, puso cuatro lonchas de focaccia en la tostadora. Él
también tenía hambre.
Comieron sin hablar en la penumbra de la cocina. Hubiera estado bien si ella
hubiera bebido más vino, pero se tomó sólo una tercera parte de la copa. Él llenó la
suya tres veces. También se había tomado tres tazones de sopa por el medio de ella.
Incluso sólo eso se lo tomó sin ganas. Se tragó la deliciosa y aromática sopa de
lentejas como si fuera una purga de aceite de ricino.
Al final, Allegra dejó la cuchara en el tazón y se apoyó en el respaldo de la silla,
con la mirada inexpresiva fija en un punto indeterminado.

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Kowalski estaba intrigado. Algo revoloteó en los márgenes de su consciencia.
Algo… ¿familiar? Allegra parecía derrotada, con los sentidos embotados. Pero había
algo en su reacción…
Lo dejó a un lado para reconsiderarlo más tarde. Ahora su primera prioridad
era averiguar qué había pasado en Lawrence Square.
—¿Y bien? —Le cogió la mano, maravillándose otra vez de lo delicada que era,
de la fragilidad de los huesos y tendones, de aquellos dedos largos y esbeltos que
arrancaban magia de las cuerdas del arpa—. ¿Quieres decirme quién pensabas que
estaba esta tarde en la plaza? Altura media, rubio, elegante, mediana edad, eso fue lo
que dijiste. ¿Quién es?
Kowalski mantuvo la voz en un tono suave y tranquilo. Como si no fuera nada
importante. Sólo un tipo haciéndole a su novia algunas preguntas sin importancia.
Sí, amor mío. ¿Quién es ese cabrón que te ha asustado tanto que te ha dejado en un
estado casi catatónico? Dímelo, cariño, porque voy a arrancarle al jodido ese todos los
miembros, uno por uno. Le arrancaré el maldito corazón y me lo comeré en el desayuno.
—N-no importa —Pálida, exánime, la voz débil de Allegra contrastaba con la
fuerza con que ella le apretaba la mano—. No era la persona que creía. No podía
serlo. Él está-no está aquí.
Paciencia, se dijo Kowalski. La paciencia era su sello distintivo. Podía —y lo
había hecho— estar al acecho durante días, podía apuntar a un objetivo durante
horas. La paciencia era una vieja amiga. Pero ahora aquella vieja amiga le había
abandonado. La paciencia se le había escapado por entre los dedos. Le consumían las
ganas de salir, encontrar a ese tipo y arrancarle la puta cabeza.
Le apretó las manos con más fuerza.
—Bueno, tal vez lo era, tal vez no. ¿Pero a quién creías que habías…? —Visto.
Kowalski casi había dicho “visto”. Cerró la boca con un chasquido audible—. ¿A
quién crees que oíste?
Que le condenaran si aquella bonita barbilla no se había alzado un centímetro.
Que le condenaran si aquello no era la obstinación irlandesa.
—Nadie —apretó los dientes—. Nadie… me he equivocado.
Kowalski también apretó la mandíbula.
—Vale, te has equivocado. ¿Pero quién creías que estaba allí?
La obstinación cayó de su rostro como un velo. Allegra parecía joven,
vulnerable y perdida cuando apartó la mano. Dejó caer la cabeza hacia delante,
frunció el ceño y se frotó la frente.
—No lo sé, Douglas. Esto no tiene ningún sentido. ¿Cómo es posible que
estuviera allí? Yo no… Oh, Dios, como duele —Pálida y angustiada, se sujetó la
cabeza con las dos manos—. Me duele la cabeza. Lo siento… no puedo pensar. Esto
me pasa cuando… oh, Dios, me duele tanto —La voz se transformó en un quejido
mientras se frotaba las sienes. Parpadeó con fuerza, pero una lágrima se le deslizó
por la mejilla.
Jesús. El vello de la nuca se le erizó.
Si se llegara al trasero, se daría una patada. Allegra tenía un trauma en la

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cabeza, había estado en coma. Tenía un coágulo de sangre en el cerebro, una pequeña
bomba de relojería que sólo esperaba a que algún estúpido la presionara y estresara
para reventar y… adiós Allegra.
A ella le temblaban las manos. A él casi.
—De acuerdo, pequeña, todo va bien —intentó que el tono de voz fuera
calmado, pero le salió un graznido—. Está bien, no te preocupes por eso. Ya te
acordarás —Le dio una torpe palmadita en la mano, aterrado por si la ponía
nerviosa, por si la lastimaba—. Podemos hablar de esto en otro momento.
Allegra le puso las manos en las mejillas y se inclinó hacia delante para besarlo.
Falló por unos centímetros y le dio el beso en la comisura de los labios, pero cuando
separó la boca para besarlo otra vez, él cogió el mando.
El beso fue largo, delicioso, excitante y lleno de deseo, tan ardiente como el
sexo.
Ella se apartó para tomar aire y apoyó la frente en la de él.
—Llévame a la cama, Douglas. Llévame a la cama y hazme el amor —le
suplicó—. Haz que no piense en el aquí y en el ahora. No puedo recordar y no puedo
olvidar.
Él se levantó con ella entre sus brazos.

Douglas la dejó en algún lugar del dormitorio. Lo reconoció por el olor. La
mezcla especial de flores secas de Florencia, el suavizante, y ahora el olor abrumador
de aceite de lavanda del cuarto de baño, creaban una mezcla inequívoca.
Sabía dónde estaba. Ya no sabía quién era, pero sabía dónde estaba.
No importaba. Si había algo en la faz de la tierra que pudiera hacerle olvidar los
problemas, era el sexo con Douglas. Él la transportaba lejos del mundo y —más
importante— lejos de sí misma.
Él la había vestido, así que dejó que la desnudara. Se quedó de pie en silencio
mientras él le quitaba el camisón por la cabeza. No llevaba nada debajo. Aunque no
hubiera oído el chasquido de las luces, había luz que entraba por la ventana desde la
farola de la calle. La sentía.
¿Qué era lo que él veía?
—Eres tan hermosa —susurró con voz baja y ronca mientras se desnudaba. Oía
el runrún de la ropa cayendo al suelo.
Oh. ¿Es así como la veía? Ella era bonita, lo sabía. Tenía un cuerpo bastante
agradable y saludable. No estaba gorda ni delgada y no tenía un pecho generoso.
Los hombres con los que había compartido cama antes de Douglas, no habían
parecido abrumados en absoluto. Habían estado tranquilos y relajados, felices de
estar con ella en la cama, pero perfectamente capaces de seguir su vida sin ella. No
les temblaban las manos cuando la tocaban, no estaban es un estado de semi
erección, no podían hacer el amor toda la noche.
A Douglas le parecía que era hermosa, así que se sentía hermosa.
Él también lo era. Allegra alargó los brazos hasta los hombros masculinos. El

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cuerpo de ella no era nada espectacular, pero el de él estaba más que comprobado
que sí.
Todavía le sorprendía el poder que desprendía Douglas. Nunca había conocido
a alguien así. Su padre había sido bajito y delgado, con los hermosos rasgos de los
irlandeses y una voz ligera. Todos sus primos tenían también el físico Ennis. Sus
novios y sus amantes habían sido todos… bueno, músicos. Guapitos, simpáticos y
algo torpes en la vida real, donde no había cabida para la música. Nada que ver con
Douglas, poderoso y autoritario, y competente en tantas formas.
Este tiempo con él era especial. ¿Quién sabía cuándo volvería a tener la
oportunidad de estar otra vez con alguien como Douglas?
—Tú sí que eres guapo —murmuró ella, deslizando las manos por los
contornos de su cuerpo, por los bíceps fornidos y duros, bajando por los enormes
antebrazos, enlazando por un momento sus manos con las de él, ásperas y llenas de
callos—. Tocarte es tan maravilloso.
Deslizó las manos por su estómago y sin proponérselo se topó con el pene. Casi
le llegaba hasta el ombligo. Le pasó la mano por encima, como una pluma, y el pene
respondió con un latido. Allegra sonrió. No había nada falso allí, era imposible que
Douglas estuviera fingiendo por compasión. Los hombres estaban en desventaja. Ella
había hecho creer que estaba excitada y simulado orgasmos algunas veces, y no era
posible que ellos lo hicieran. Los hombres eran tan… binarios. Encendido o apagado.
Las mujeres tenían la opción de recorrer todo un espectro que iba del
aburrimiento al placer, aunque ahora mismo, en aquel espectro, ella estaba en el lado
del entusiasmo.
Le besó en el pecho mientas lo acariciaba con la mano. Mientras acariciaba con
la nariz el vello del pecho, notando los fuertes pectorales en las mejillas, la mano
subía y bajaba a lo largo de la amplia longitud del pene, que estaba vivo en su mano,
con la sangra corriendo en una ardiente lava bajo la piel. Sentía cada pulsación de la
sangre, cada latido del corazón, su deseo.
Douglas respiraba con dificultad y ella sonrió sobre su pecho. Oh, caramba. Era
tan delicioso oír el rugido de la respiración al entrar y salir, y saber que era ella la
causante. Se sentía como una pista de carreras de diez kilómetros.
Girando la cabeza, le mordió el pezón derecho, una cuentecilla diminuta
durísima. Él se quedó sin aliento.
—Te gusta esto —No era una pregunta.
—Oh, sí —jadeó él. Allegra sintió las vibraciones de la voz profunda bajo su
boca—. No pares, por favor —Volvió a jadear cuando ella se inclinó para lamerlo,
con delicadeza, como un gato—. Por favor —repitió con la voz profunda convertida
en un susurro bajo, como si necesitara algo con desesperación que sólo ella pudiera
darle.
Y tal vez sólo ella podía.
Ese era el regalo que le daba Douglas, el poder que ejercía sobre él.
Allegra se arrodilló con lentitud, besándole el pecho y el estómago mientras
bajaba, notando cómo se contraían los músculos donde ella ponía los labios.

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¿Había conocido alguna otra vez a un hombre tan poderoso como Douglas? No
era sólo físicamente apabullante, también le daba la impresión que tenía un carácter
muy fuerte. Ella no era su igual en ningún aspecto, no sólo en cuanto al físico,
tampoco lo era emocionalmente. Y desde luego estaba en una desventaja enorme al
ser ciega. Cualquier otro hombre se habría aprovechado, pero Douglas no.
En realidad, se sentía increíblemente poderosa en su presencia. El poder era
todo suyo en cualquier momento. Estaban allí los signos, el modo en que a veces le
temblaban las manos al tocarla, la gentileza con que la cogía, la manera en que
parecía titubear antes de hacer un movimiento, como si estuviera asegurándose que a
ella le gustaba.
Y lo hacía. Le gustaba todo. Como ahora, al tocarle. Estaba arrodillada, pero
todavía era omnipotente. Siempre que lo tocaba con la boca, notaba la reacción de su
pene, que se movió con fuerza en su mano cuando le acarició la ingle con la nariz y
luego el pelo grueso, áspero y rizado de allí.
Douglas tenía un olor fuerte a almizcle y hombre, un olor que los recovecos más
primitivos de su mente asociarían siempre con un sexo asombroso y, aunque fuera
una incongruencia, con su jabón francés con perfume de rosas.
Las manos enormes de Douglas se posaron con suavidad en su cabeza cuando
ella fue acercándose poco a poco al pene.
—Por favor —dijo otra vez—. Por favor —suplicaba.
Allegra lo rodeaba con la mano y así sabía en qué ángulo tenía que poner la
cara para lamerlo aunque no pudiera ver. Pero lo notaba, y eso era suficiente. Colocó
una mano en el musculoso muslo y le rodeó los testículos pasando la lengua por toda
la erección. Despacio, tomándose su tiempo. Cuando llegó a la amplia cabeza, lamió
la humedad densa que había allí. Eran lágrimas de semen. Lo lamió todo, despacio.
Douglas hacía sonidos deliciosos al gemir y por un momento apretó las manos
en el pelo, abriendo de inmediato los puños ante el temor de lastimarla.
Allegra no necesitaba ver. Tenía todas las aportaciones sensoriales que
necesitaba. La sensación del contacto, su sabor, su olor, los sonidos indefensos de
placer que hacía, todo se le estaba grabando en la mente. Y aunque pudiera ver,
tendría los ojos cerrados, concentrada en lo que saboreaba, lamiendo desde el
principio hasta la gruesa base del pene. Y luego al principio otra vez, despacio.
No intentó metérselo en la boca. Era demasiado grande y la ahogaría. Esto era
mucho mejor, subir mordisqueando la columna del sexo masculino, sentir el curso de
la sangre justo bajo la piel.
Se sentó sobre los talones durante un segundo, apretando una mano alrededor
de la erección, moviéndola de arriba a abajo, y con la otra explorando la ingle, yendo
hasta los fuertes músculos del trasero. Le clavó las uñas por un momento y le
contestó una oleada de sangre en el pene.
¡Era tan delicioso!
—Me estás matando, lo sabes, ¿verdad? —retumbó por encima de su cabeza.
—¿Sí? —La idea era maravillosa. Ella lo debilitaba—. Creía que eras un tipo
duro —Se echó un poco hacia delante y le mordió con suavidad. Él pegó un salto.

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—Basta —La voz profunda parecía estrangulada cuando la levantó y la colocó
sobre la cama, con las piernas colgando por el borde.
—¿Tu…? Oh —Unas fuertes manos le abrieron las piernas, unos besos suaves le
recorrieron los muslos, la abrió con los pulgares y…— ¡Oh!
La estaba besando allí de la misma forma en que la besaba en la boca, con
delicadeza, poniendo la cabeza en el ángulo que le permitiera el mejor ataque
posible, penetrándola hasta el fondo con la lengua, moviéndola con delicadeza. En
unos segundos ya estaba estremeciéndose y empezando la caída libre…
—Douglas —susurró ella. Él se movió, metiendo la lengua aún más adentro,
moviéndola más rápido…
—Oh, Dios —Se estremeció ella y cuando él le lamió el clítoris, explotó.
Él la puso en medio de la cama y la penetró mientras ella se corría. Se movió
con golpes duros y rápidos. Parecía saber exactamente como moverse para que ella
continuara corriéndose. Las contracciones continuaron sin cesar, mientras el corazón
le martilleaba al mismo tiempo que le latía todo el cuerpo.
Douglas estaba encima de ella, descansando todo el peso en los antebrazos
colocados al lado de la cabeza de Allegra. Ella se dio cuenta cuando bajó la cabeza
hasta su oído.
—Eso es, cariño. Sigue —El pecho del hombre estaba sobre sus pechos y sintió
la vibración de la voz profunda como un eco de lo que le susurraba al oído. Las
contracciones fueron desapareciendo, mientras seguían las embestidas rápidas y
duras—. No, no te pares. Quiero que sigas corriéndote para mí —El ritmo de los
golpes aumentó, entrando y saliendo de ella con rapidez y Allegra fue directa a otro
orgasmo, la primera vez que tenía dos seguidos. Él estaba siendo implacable,
agarrándole las caderas para subírselas, para que de algún modo el pene llegara
hasta lo más profundo, tocándola… allí.
Esta vez todo el cuerpo arqueado de Allegra enloqueció. Un profundo gemido
se repitió como un eco en la habitación y le llevó unos segundos comprender que
aquel sonido animal había salido de ella.
—Más —La voz sonó tan cerca de su oído que se le puso la piel de gallina en el
cuello—. Más, dame más.
Ya no había nada más que pudiera darle, pero de algún modo él logró llevarla a
otro clímax con embestidas más largas y aún más profundas. Se le erizó todo el vello
del cuerpo mientras el orgasmo continuaba y continuaba…
Apenas podía respirar.
—Otra vez —gruñó él, y fue como si el mero sonido de su voz, más que la
rudeza de los movimientos entrando y saliendo de ella, fuera la causa de que
volviera a llegar al clímax, repetidas veces. ¿Quién se hubiera imaginado que ella
pudiera ser así, que tuviera esa respuesta salvaje y apasionada? La parte inferior de
su cuerpo se había convertido en esta máquina sexual. Fueron los brazos y las
piernas los que se rindieron primero. Los brazos cayeron sobre el colchón y las
piernas de sus caderas. Ya no le quedaban más fuerzas.
Douglas se detuvo al perder la fuerza del abrazo con que ella le sujetaba y se

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quedó quieto dentro de ella, duro como el acero. Los dos esperaron, jadeando,
mientras las contracciones de la vagina iban desapareciendo.
—Ha sido asombroso —Notó como le recorría la mejilla con el dedo. ¿Qué no
daría por verle la cara ahora? ¿Tenía una expresión tierna? ¿Los rasgos estaban
deformados por la lujuria? Tal vez tendría que tocarle la cara para saber si sonreía,
pero el brazo no la obedecía.
Douglas le dio un breve beso.
—Verdaderamente asombroso.
—Sí —susurró ella. Se había quedado sin fuerzas, sentía los músculos como si
fueran agua—. Ha sido maravilloso… —Le salió un enorme bostezo que le fue
imposible reprimir.
Douglas se inclinó para besarla, a fondo, profundamente. Mientras lo hacía,
poco a poco fue saliendo de ella. Allegra quiso protestar, pero no pudo. Un segundo
más tarde, estaba dormida.

Maldad, astucia y un frío helado, suspendido en el aire. Reluciente sangre roja
en el suelo blanco de mármol, riachuelos rojos brillantes uniéndose en un río. El olor
cobrizo de la sangre le llenó las fosas nasales, poniéndola enferma. Estaban en lo alto,
flotando sobre la ciudad cuyas luces bajas se extendían como una alfombra adornada
con diamantes brillantes y sin alma. Y encima estaba la locura y la muerte, reflejada
en las ventanas iluminadas, reflejada cientos de veces en el acero y el cristal.
El rostro, cuando se giró hacia ella, era pura maldad, con ojos fríos y
calculadores. No tenía ningún sitio hacia donde correr, donde esconderse. Una marea
de sangre subía dentro de la elegante habitación blanca, cubriendo la alfombra color
beige pálido, lamiendo las patas de la mesa, manchando los sofás color crema. El olor
era insoportable, el hedor pútrido de la muerte. Rojo y blanco, rojo rojo rojo…
Él se movió por la sangre, que no lo tocó. Siempre elegante, llevaba un traje de
diseño gris claro. Al ir hacia ella, el movimiento creó una pequeña ola en el río rojo,
pero el hombre caminó por él como si lo hiciera por una habitación vacía. Bajó la
vista y la aversión asomó a su cara al ver la sangre.
Los ojos, de un frío azul claro, se alzaron y se encontraron con los de ella. Era
como si no hubiera nadie detrás de aquellos ojos. Sólo maldad y astucia.
Tenía que huir porque la sangre pronto se uniría al mar de la habitación. Lo
sabía al igual que sabía su propio nombre, que sabía de música. Se dio la vuelta para
escapar pero la sangre se volvió viscosa como el fango. No podía mover los pies. El
corazón le latía enloquecido, ¡tenía que correr ya! Pero no podía moverse. Abrió la
boca para pedir ayuda pero no salió ningún sonido.
Más cerca, más cerca, con una esquirla de hielo en la mano. No, no era hielo,
acero. Una afilada daga brillando como la plata bajo la luz, alzada para acuchillarla,
acercándose… El grito aterrorizado que se retorcía en su pecho no encontró el
camino para llegar a la garganta. ¡Intentó correr, pero no podía moverse!
Oh Dios, estaba tan cerca, con los ojos tan fríos como el hielo. La daga había

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desaparecido y en su lugar había un garrote, balanceándose mientras bajaba…
—¡Eh, eh, cariño, despierta!
Allegra gritó y se revolvió para escapar, pero estaba enredada en una pesadilla
de suaves pliegues de tela. Estaba envuelta entre sábanas y mantas, no tenía ninguna
defensa contra el garrote que se balanceaba. La cegadora luz blanca desapareció.
Estaba en medio de una oscuridad sofocante, indefensa ante el asesino.
¡No me mate, por favor! Las palabras estaban en su cabeza, pero no podían pasar
por la garganta cerrada, estaban atrapadas. Desesperada, se echó hacia atrás
apretándose contra el cabecero de la cama, envuelta en un sofocante capullo de larva
de sábanas y mantas que le impedían los movimientos. No había ningún sitio hacia
donde correr. Estaba atrapada en la oscuridad.
Una mano enorme la tocó y volvió a gritar, luchando con desesperación, en
vano.
—¡Quieta! Te harás daño.
Fue atraída hacia un cuerpo, uno muy grande. Unos brazos fuertes la rodearon
sin aplastarla, sólo sujetándola.
No consiguió nada peleando con él. Se agotó con rapidez luchando contra la
fuerza que la sujetaba. Era como luchar contra la pared. Forcejeó, se retorció y se
revolvió. Le golpeó el pecho con los puños, pero él no se movió. No hizo ni un
sonido. Al final se detuvo, jadeando.
No se detuvo porque estuviera cansada. Lucharía por su vida hasta con el
último aliento si tenía que hacerlo. Se detuvo porque la intensa sensación de una
amenaza espantosa —algo perverso que se acercaba e iba a por ella— había
desaparecido. Lo único que sentía ahora era… una fuerza tranquila, protegiéndola en
la oscuridad.
—Está bien, cariño. Has tenido una pesadilla —Palabras sosegadas, voz
profunda.
Douglas.
Seguridad.
Empezó a sollozar, sin poder respirar apenas. Intentó controlar la respiración
para dominar el pánico y por fin pudo respirar profundamente, una vez, luego dos.
El intenso pánico desapareció, sustituido por la confusión, una siniestra sensación de
ansiedad y la desolación.
Y oscuridad. Odiaba la oscuridad, siempre la había odiado, incluso de niña.
Un beso en el pelo y luego aquella voz profunda y reconfortante.
—Ha tenido que ser terrible. ¿Quieres un vaso de agua?
Allegra apoyó la frente en su pecho durante un segundo, jadeando, intentando
tranquilizarse.
¿Agua? Negó con la cabeza. No, lo que quería ahora mismo era luz.
Levantó la cabeza. Estaba tan condenadamente oscuro. Eso hacía que las peores
imágenes de la pesadilla tardaran más en desvanecerse. Uno se deshacía de las
pesadillas con la luz. Todo el mundo lo sabía.
—Enciende la luz, Douglas —Se frotó los ojos. Estaban mojados, aunque no

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recordaba haber llorado—. Dios —jadeó—. Ha sido horrible. Necesito un poco de
luz.
Los brazos de él la rodearon con más fuerza.
La oscuridad, el silencio.
¿Por qué no la escuchaba? Alzó la voz.
—Douglas, por favor, enciende la luz. Odio estar a oscuras.
—Allegra…
La oscuridad estaba aterrorizándola. Lucho en vano contra la suavidad de la
manta y la fuerza de sus brazos. ¡Maldición, no veía nada!
—¿Douglas, que pasa contigo? ¡Enciende la maldita luz!
Luz… luz… luz…
La palabra sonó como un eco en la pequeña habitación. Allegra dejó de respirar.
Dos segundos después oyó a Douglas.
—La luz está encendida, cariño.
La luz está encendida.
Estaba ciega.
El recordarlo fue tan horrible como la primera vez que se despertó en la cama
del hospital con aquellos olores tan fuertes y nauseabundos, atada al goteo
intravenoso. Entonces había gritado pidiendo ayuda. Ahora tuvo que llevarse las
manos a la boca para evitar ponerse a gritar otra vez. Estaba ciega y los gritos no la
ayudarían.
Se hizo un silencio absoluto. Las lágrimas empezaron a surgir de ese profundo
pozo inagotable que había descubierto en sí misma hacía cinco meses. La primera
lágrima resbaló por la mejilla y por el dorso de la mano cayendo sobre la cama.
Después la segunda lágrima, y la tercera.
Tenía un grito silencioso en la garganta que no iba a permitir que sugiera. No
podía. Si empezaba a gritar, no pararía nunca.
Era difícil respirar, pensar.
Douglas la soltó y se fue. Quiso llamarlo pero la garganta no le funcionaba. Se
sentía vacía y perdida sin aquella fuerza y calor rodeándola. El frío se le infiltró en
los huesos de inmediato. La había dejado. ¿Dónde tenía…?
La revelación fue como un puñetazo en el estómago, claro. Claro que había
salido de la cama. Hacía algo más que salir de la cama, salía de su vida.
Se lo imaginaba vistiéndose, guardando de nuevos sus cosas en la bolsa. Claro
que se iba. ¿Quién querría quedarse con una loca con la cabeza llena de monstruos
que surgían por la noche, hambrientos, para devorarla?
Reunió fuerzas para oír la disculpa forzada, para la incómoda despedida. Para
el frío y el silencioso vacío una vez que él se hubiera ido.
No iba a llorar, no iba a llorar, no iba a llorar. No le pediría que se quedara. Era
muy lógico que Douglas se fuera. Tendría que estar loco para quedarse, y a ella le
había parecido un hombre muy sensato y equilibrado.
Allegra alzó la cabeza, girándola, intentando localizarlo por el sonido. Se movía
con mucho silencio para ser un hombre tan grande. Tal vez se estaba vistiendo en el

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otro cuarto. Esperaba que al menos le dijera adiós antes de…
—Toma —La cama bajó y se encontró con un vaso de agua fría en la mano.
Douglas le cogió la mano haciendo que la levantara hacia la boca—. Bebe.
A Allegra le tembló la mano. ¿Cómo iba a beber cuando tenía la garganta tan
cerrada que apenas podía respirar?
—Vamos, cariño. Bebe, lo necesitas.
Era una voz que obligaba a obedecer. Bebió, y para su sorpresa, el agua helada
le bajó por la garganta.
—Hasta el final, buena chica.
Se acabo el vaso. De algún modo se encontró recostada sobre una pared de
hombre velludo. Los brazos de Douglas la rodeaban, cruzándose en la cintura. Echó
la cabeza hacia atrás apoyándola en su hombro y cerró los ojos.
—Creía que te habías marchado —le dijo ella, cansada.
—¿Y por qué me iba a marchar? —Él parecía perplejo.
Porque estoy ciega. Porque creo que me estoy volviendo loca. Porque en muy contadas
ocasiones duermo sin despertarme, gritando por las pesadillas que nunca puedo recordar.
Porque mi vida se ha acabado.
—Creía que te había asustado —masculló ella.
Sus brazos la apretaron un breve momento.
—¿Puedes hablar de ello? ¿De qué iba la pesadilla?
Buena pregunta. Nunca las recordaba. Al instante eran arrastradas por una
opresora ola gigantesca de imágenes confusas, dejando vestigios de horror. Se
despertaba empapada de sudor y aterrorizada, con la sensación de una amenaza
inminente y con el corazón latiendo desesperado, y un segundo después de
despertar, nunca recordaba de qué trataba la pesadilla.
Eso añadía un poco más de horror. Si al menos pudiera recordar lo que había
soñado, podría racionalizar esas pesadillas que tanto la aterrorizaban. Pero no había
nada que hacer, la pesadilla desaparecía como humo en el viento. Cuánto más
intentaba entender el significado, peor era el dolor de cabeza.
—No las puedo recordar —dijo ella con tristeza. Nunca—. Yo… —Se encogió
de hombros, los fragmentos de imágenes estremecedoras se mezclaron y
desaparecieron—. Se ha ido.
—¿Te duele la cabeza?
¿Cómo lo sabía?
—Sí —susurró.
—No pienses en nada, en nada en absoluto. Deja la mente en blanco.
Lo intentó. Algunas imágenes y palabras que le daban vueltas en la cabeza
fueron ralentizándose hasta desparecer.
—Ahora piensa en algo tranquilo. El océano, piensa en el océano. En olas que
llegan una tras otra, en la espuma que se alza, como un encaje.
—El mar en Dingle —suspiró ella.
—Sí, he estado allí, conozco la playa. Larga y blanca, con grandes acantilados al
fondo, ¿verdad?

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—Oh, sí —De niña había jugado muchísimas veces en aquella playa con todos
los primos Ennis. Se tranquilizó sólo de pensar en la playa.
—Siempre hace frío en la playa, pero el aire es limpio y puro y tiene una luz
especial. Puedes andar horas y horas y lo único que ves es el mar, el cielo y las
gaviotas. Es como vivir al principio de los tiempos, ¿verdad, cariño?
Sí, era eso exactamente.
Un chasquido. La luz se había apagado.
Douglas se deslizó en la cama, llevándola con él. Ella estaba de costado, y
Douglas la abrazaba por la espalda. La envolvía a propósito con el calor y el contacto
humano.
Era tan maravilloso como había sido antes el sexo.
La velocidad del pulso iba disminuyendo. Sentía el latido del corazón de él en
la espalda, lento y constante. Intentó respirar con calma y reordenar sus
pensamientos.
Fue difícil porque se le ocurrió algo escalofriante. Creía que lo peor que podía
ocurrirle en la vida era perder la vista.
Había estado equivocada.
Sin duda alguna, perder la cabeza era peor que perder la vista.

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Capítulo 14
—Cariño, despierta. Venga, Allegra, abre esos preciosos ojos que tienes —
Kowalski la zarandeaba con suavidad por el hombro. No quería irse mientras
todavía estuviera durmiendo.
Allegra se acurrucó más entre las mantas. Una mano esbelta salió de debajo de
la manta y un dedo índice se movió de derecha a izquierda. No.
Kowalski le agarró la mano y se la besó.
—Es hora de levantarse.
—¿Qué me darás si lo hago? —La voz estaba amortiguada por la almohada.
Él sonrió.
—Bueno, café y algo que parece el cruasán más sabroso del mundo.
Ella giró la cabeza encima de la almohada, pero no abrió los ojos.
—Los Mancinos lo llaman “corneti”. Vale, cornetti. Está bueno, pero no lo
suficiente bueno. ¿Qué más?
—Pan integral, mantequilla y mermelada casera. No sé de qué clase es, pero
huele muy bien.
—¿Color?
—Ahh… —Kowalske estaba perplejo—. ¿Púrpura?
—Arándano —Por fin Allegra abrió los ojos—. Sabes regatear, mayor, la
mermelada de arándano vale la pena.
—Ajá, un tipo duro, eso es lo que soy —Kowalski se agachó para darle un beso
en la punta de la nariz. Mantuvo el tono de voz despreocupado, pero la observó con
atención.
Ella había dormido el resto de la noche después de la pesadilla, gracias a Dios.
Joder, pero lo había asustado. Los quejidos aterrorizados que se le escapaban
mientras estaba inmersa en la pesadilla le puso los pelos de punta. Ella estaba
empapada en sudor y temblando cuando la había despertado sacándola que
cualquier horror que estuviera en su cabeza.
Se aseguró que durmiera bien pegada a él durante el resto de la noche. Iba a
cortar de raíz cualquier otra pesadilla. Por fortuna, parecía que había dormido bien el
resto de la noche.
Él no. Había dormido en un estado de alarma de combate. Era una técnica de
sueño poco profundo que usaban los soldados para darle a sus cuerpos el reposo
necesario, pero que les permitía estar listos para luchar en una fracción de segundo.
Él no tenía que luchar, pero estaba preocupado.
Sin embargo, esta mañana Allegra estaba para comérsela, pensó, mientras la
acompañaba al cuarto de baño. Sonrosada y descansada.

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Siguieron el ritmo que ya habían establecido. Ella alargó la mano, esperando su
brazo. Una vez que se lo había agarrado, se relajó y le siguió. La dejó en el cuarto de
baño y terminó de preparar el desayuno.
Iba a tener un día muy ocupado, así que se preparó para él un enorme
desayuno. Hoy tenía mucho que hacer y quería volver con Allegra cuanto antes, lo
que significaba que se saltaría el almuerzo.
El pan saltó de la tostadora cuando ella entró en la cocina. De detuvo en la
puerta, esperando, con la esbelta mano tendida. Le complació de una manera
exagerada que ella le buscara, que lo necesitara. Allegra sonrió al encontrar su brazo.
—Caramba, que olores más apetitosos —dijo ella después de sentarse.
—¿Sabes? Podrías ganar una fortuna vendiendo lo que tienes en el congelador a
los restaurantes. ¿Mantequilla? —Ella asintió. Kowalski le sirvió el café y le untó la
tostada—. Que Dios bendiga a los Mancinos, quienesquiera que sean. Esto está
buenísimo.
—Oh, sí —sonrió Allegra.
—¿Qué vas a hacer hoy? —le preguntó Kowalski, acabando la tercera tostada y
cogiendo otra.
—Bueno, la cuñada de Rosa, Francesca, viene a limpiar la casa, así que habrá un
nuevo aporte de comida, en el caso de que te interese. La especialidad de Rosa es la
pasta casera, así que puedes esperar peroles y peroles de lasaña y rigatoni, y esa
pasta tan graciosa en forma de oreja llamada orecchiette. Normalmente practico con
el arpa mientras ella limpia. Dice que le gusta oírme tocar y cantar, así que las dos
nos complacemos mutuamente. De todas maneras, he de practicar para el bautizo de
su hijo. Le prometí que tocaría el mes que viene en la fiesta. Así que practicaré toda la
mañana. Después me encontraré con Suzanne para almorzar en The Garden.
Quedamos la semana pasada. No ha llamado para cancelarlo, así que supongo que
sigue en pie. En este sentido, Suzanne es completamente de fiar. Se suponía que
Claire iba a venir también, pero lo más probable es que todavía esté en el hospital
con Bud.
Kowalski dejó la cuarta tostada con el ceño fruncido. Almuerzo… diablos, iba a
ser difícil y muy justo. Tenía que ir al centro, al cuartel general de la policía de
Portland para una declaración, y luego tenía una entrevista con un antiguo miembro
del FBI, del equipo de Rescate de Rehenes, Jack Thompson. Thompson tenía un
currículum muy bueno, y tanto Midnight como Kowalski creían que sería una
magnífica incorporación a la empresa. Pero la entrevista llevaría su tiempo. Mierda.
—¿A qué hora has quedado?
—Al mediodía —Allegra se acabó la tostada con tranquilidad—. ¿Dónde está la
leche?
—Bravo, rojo, dos —La encontró de inmediato y sonrió, complacida—. Escucha,
cariño, no sé si podré venir a tiempo. Tengo una mañana muy apretada.
—¿A tiempo para qué? —preguntó ella frunciendo el ceño y girando la cabeza
hacia él.
—Para llevarte a The Garden. ¿Crees que podrías llamar a Suzanne y

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preguntarle si puede aplazar el almuerzo hasta la una?
—No tienes que acompañarme a todas partes, Douglas. Suzanne vendrá a
recogerme y de todos modos, si no puede, llamaré a un taxi. Me sé de memoria el
número de la compañía de taxis.
—No —Kowalski mantuvo el mismo tono de voz, aunque sólo de pensar que
Allegra llamara a un taxi, que estuviera sola en taxi con un extraño, le daba ganas de
agujerear la pared de un puñetazo—. No llames a un taxi. Llámame a mí si Suzanne
no puede venir. Si no estoy libre, enviaré a uno de mis hombres.
Jacko estaría libre esta mañana, ya se ocuparía Kowalski de ello.
Jacko tenía un aspecto aún más terrorífico que él. Al menos Kowalski llevaba
ropa normal. Jacko se vestía con sudaderas viejas con las mangas cortadas, vaqueros
rotos y muy usados, y botas llenas de rozaduras. Nunca llevaba abrigo, hiciera el
tiempo que hiciera, aunque nevara. Asustaba a la gente casi tanto como a una víbora
hacer encaje, con aquella cabeza afeitada y piercings en las cejas y la nariz.
Los civiles miraban hacia otro lado cuando Kowalski entraba en una habitación,
y cruzaban al otro lado de la calle cuando Jacko caminaba por la acera.
No importaba. Jacko podría parecer el protagonista de una película de terror,
pero Kowalski le confiaría la vida. De hecho, se la había confiado varias veces. Y aún
más importante, le confiaría a Jacko la vida de Allegra.
Allegra fruncía el ceño mientras se bebía el café.
—Prométeme que me llamarás —Kowalski le cubrió la mano con la suya y
esperó. Lo último que quería era que esa preciosa barbilla se alzara, y que Allegra
empezara una discusión con él.
Ya sabía que era débil en lo que concernía a Allegra. Nunca nada ni nadie en su
vida había conseguido que retrocediera, excepto ella. No importaba el tiempo que
ella quisiera quedarse con él, harían lo que ella quisiera. Comerían lo que ella
quisiera comer, irían donde ella quisiera ir, harían lo que ella quisiera hacer. En pocas
palabras, lo manejaba a su antojo. Era así y así seguiría siendo. Ya lo había aceptado.
Excepto en una cosa. En su seguridad personal. Y en eso Kowalski se
mantendría firme, no cedería ni un centímetro. No iba a coger un taxi y eso era todo.
—Prométemelo —le dijo y la observó con atención.
Aquella barbilla empezó a alzarse cuando ella consideró rebelarse como buena
irlandesa, luego le tembló. Era obvio que sabía que él tenía razón. Incluso tal vez
había tenido alguna mala experiencia en un taxi.
—Promételo —insistió apretándole un poco más la mano.
—De acuerdo. Te lo prometo.
No estaría de más puntualizar, pensó él.
—¿Me prometes qué?
Ella soltó un suspiro.
—Te prometo, te juro, que no llamaré a un taxi.
—Ni hoy, ni nunca.
—Ni hoy, ni nunca —repitió ella, obedientemente, y parpadeó—. Caramba, va a
hacerlo todo más difícil.

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—No, es lo más fácil del mundo. Necesitas salir, me llamas. Así de sencillo.
Apréndete de memoria mi número de móvil —Se lo dijo y se lo hizo repetir hasta
que quedó convencido de que lo recordaría—. Si yo no te puedo llevar, lo hará uno
de mis hombres, me encargaré de ello —Kowalski iba a contratar a un hombre de
confianza, un policía retirado, se dijo, y le pagaría para que estuviera a disposición
de Allegra como chofer. Sólo así no acabaría volviéndose loco.
—¿Y tú? —La pequeña mano de Allegra se cerró bajo la suya—. ¿Tú-tú volverás
esta noche?
Sus ojos eran enormes cuando se giró hacia él. No lo veía pero cada célula de su
cuerpo estaba pendiente de él.
¿Dudaba de él? ¿Dudaba que volviera a su lado? Qué locura. Andaría descalzo
sobre carbones encendidos para estar con ella.
—Oh, ya lo creo —susurró, y el tono de la voz debió tranquilizarla porque se
relajó ligeramente—. Volveré, puedes estar segura. Intentaré estar… —En casa. Casi
había dicho “en casa”—. Creo que estaré aquí alrededor de las cinco.
—Yo también habré vuelto. Podrás investigar lo que haya traído Francesca y
entretenerte rebuscando en los peroles. Es una cocinera fabulosa —le informó ella
sonriendo—. ¿Y bien, qué vas a hacer hoy? ¿Vas a estar muy ocupado?
—Sí. Tengo que ir a la PDHQ de Portland. La jefatura de policía —añadió al ver
la expresión perpleja de ella—. Me interrogarán sobre lo que sucedió el sábado por la
noche —Jesús, parecía que hacía un siglo. Una vida, cuando su corazón estaba
completo, cuando su vida había sido suya para decidir. A.A. Antes de Allegra—.
Aunque tengo que estar de vuelta en la oficina a las once y media para entrevistar a
un tipo para un cargo ejecutivo en la empresa. Tiene muy buenas credenciales, en
teoría es perfecto, un antiguo TSH.
—Parece apropiado —dijo Allegra, distraída, y cogió con delicadeza una
tostada. Se quedó inmóvil, con la tostada a un centímetro de la boca. Dejó la tostada
poco a poco y se giró hacia él con el ceño fruncido y expresión confundida.
—¿Douglas?
Kowalski se acabó la taza y se puso en pie. Le deslizó un dedo por la curva
suave de la mejilla.
—¿Para qué demonios necesitas a un hombre que estaba en la Terapia de
Sustitución Hormonal?

Hoy la putita iba a volverse loca. Estaría débil, vulnerable. Preparada para la
fase final. Era obvio que no estaba hecha para la fama. Era blanda y fácil de asustar.
Hacían falta unos buenos huevos para ser una estrella.
Ayer la había asustado. Él vio como se quedaba blanca y se desplomaba al
ponerle la grabación del señor Sanderson. Se vino abajo. Estaba con aquel enorme
matón tan feo que la había sujetado antes que cayera al suelo. A Alvin no le
preocupaba el matón. No podía saber quién era Alvin y la próxima vez que Alvin se
acercara a la putita, estaría sola. Se aseguraría de ello.

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La puta era peligrosa para el señor Sanderson. Podría hacer que lo enchironaran
para siempre, ¿y qué se suponía que tenía que hacer Alvin?
El señor Sanderson la quería muerta y quería que pareciera un suicidio. Muy
fácil. Se la convencía que oía fantasmas, que se estaba volviendo loca, luego entraría
en su casa cuando el enorme tipo se hubiera ido y le metería la cabeza en el horno.
La cocina de ella era de gas. Alvin lo sabía porque había entrado en la casa
mientras ella estaba fuera. Iba a ser pan comido.
Volverla loca, esperar que el novio se fuera, entrar. Agarrarla por el pelo para
que no se vieran contusiones, meterle la cabeza en el horno.
Y luego él sería el nuevo Eminem, el cantante moderno más famoso. No más
cambiar orinales ni lavar a flipados. No más trabajo de mierda. Sólo música, tías
buenas y cocaína. Solamente había una cosa entre él y su destino, Allegra Ennis.
Tenía que desaparecer.

—Oh, cielo —dijo Suzanne—, ¿estás bien? Estaba tan preocupada por ti. Intenté
llamarte por teléfono pero siempre comunicaba.
Allegra intentó no ruborizarse. Douglas había descolgado el teléfono para que
nadie les molestara.
Estaban en The Garden, esperando que les trajeran lo que habían pedido. Claire
había telefoneado para decirles que llegaría tarde, que no la esperaran para empezar
y que le pidieran a ella lo que tomaba normalmente. La sopa del día y un poco de
ensalada.
Allegra conocía tan bien a Suzanne, que era como si pudiera verla. Llevaría
puesto algo elegante y que realzara su figura, de algún diseñador buenísimo, de un
tono pastel pálido, que nunca, jamás, dejaría ver algo de sudor, o suciedad, o ni
siquiera arrugas. Suzanne parecía tener una variedad infinita de ellos, comprados en
algún sitio exclusivo. El pelo de un rubio oscuro estaría perfectamente peinado y
joyas caras y discretas brillaría en las orejas y las manos. Lo único nada discreto era el
descomunal anillo de boda en el dedo anular de la mano izquierda. Allegra lo había
tocado una vez y le pareció que tenía el aspecto del huevo de una paloma. A Suzanne
no le pegaba nada, pero bueno, su marido tampoco le pegaba nada. Sin embargo,
parecía feliz con él, y eso era lo único importante.
Ahora estaría inclinada hacia delante, poniéndose un brillante rizo rebelde
detrás de la oreja. Cuando estaba con alguien, le prestaba toda su atención y
escuchaba. Eso era algo que a Allegra le gustaba mucho.
—Estoy bien —sonrió Allegra para borrar la preocupación en la voz de
Suzanne. A propósito incluyó un leve acento irlandés en la suya propia—. Qué
momentos pasamos en la Fundación, ¿eh? Nada como un pequeño follón para
mantener la cosa animada.
—Fue horrible —dijo Suzanne con voz queda—. Quién iba a decir que algo tan
violento pudiera pasar en Parks Foundation. La próxima exposición de joyas estará
llena de guardias armados y eso será caer un poco más en la barbarie —Allegra notó

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el movimiento del aire cuando Suzanne se estremeció de indignación. La mano de
Suzanne cubrió la suya durante un breve momento—. Debe haber sido horrible para
ti. Quería esperarte, pero Douglas insistió en que te llevaría a casa. ¿Te acompañó sin
problemas hasta la puerta?
—Ah, sí, sí —Y más allá.
Allegra se puso roja como la grana. Lo notaba, notaba el ardor de la sangre en la
cara y el cuello, y maldita fuera su pálida piel irlandesa.
—Oh —Suzanne parpadeó al quedar sorprendida o atónita, lo que no pasaba
muy a menudo. Se mantenía siempre tan serena. Pero era muy posible que ahora
mismo estuviera parpadeando con frenesí—. ¡Oh! —Una rápida inspiración—.
¿Quieres decir que tú y… tú y Douglas…? Nuca me hubiera… oh Dios mío.
Allegra ya sabía lo que estaba pensando Suzanne.
Después del accidente, cuando salió del coma, ciega, fue como si hubiera
entrado en una zona de no-sexo, no-placer. Ya no era una mujer atractiva que
pudiera esperar un cierto grado de interés masculino, una mujer a quién le gustara
ser joven, bonita y femenina. No, ahora estaba dañada y… algo mutilada. Había sido
privada de su feminidad. La ropa bonita, el maquillaje atrevido, el ligero flirteo de
cualquier joven con los hombres que conoce, todo le había sido robado. Vivía en un
mundo oscuro, sombrío donde agotaba todas sus energías en pasar el día
limpiándose, alimentándose y evitando golpearse. Los novios, los amantes, los
flirteos, el sexo… todo estaba fuera de su alcance, desaparecidos en el enorme abismo
de oscuridad que había devorado su vida.
Pero ahora tenía a alguien en su vida, y estaba maravillada. No había tenido
intención de hablar de ello, por miedo a ser gafe. Quería esperar y ver si Douglas se
quedaba un poco más con ella antes de contárselo a Suzanne o a Claire. Maldita fuera
su piel y su tendencia a ruborizarse. Bueno, ahora que el secreto había salido a la luz,
no tenía sentido negarlo.
—Sí, um, Douglas se quedó. Y, um, volverá esta noche —Frunció el ceño—. O al
menos eso es lo que ha dicho. Espero que sea un hombre de palabra.
—Oh, es un hombre de palabra —Suzanne se estaba callando algo. ¿El qué?
Había allí una inflexión extraña, como si tratara de decir algo a Allegra sin
pronunciar las palabras—. Sin ninguna duda. Douglas es un hombre de palabra al
cien por cien. Si te ha dicho que volverá, cuenta con ello, volverá. No creo que
pudieran detenerlo ni granadas, ni ametralladoras, ni nada. Es sólo que…
—¿Qué? —Allegra se inclinó hacia delante, preocupada y asustada de repente.
¿Había pasado algo por alto? ¿No había reconocido algo? ¿Y si Douglas no era tan
maravilloso como creía? ¿Y si ocultaba algo, como…?
—¡Cielos! ¿No estará casado? Me dijo que no lo estaba. O más bien —frunció el
ceño—, dio a entender que estaba solo. Sería horrible que estuviera casado con una
docena de críos —Se llevó las manos a las mejillas todavía rojas, horrorizada. Oh,
Dios, no podría soportar si ese tiempo con Douglas hubiera sido una mentira. Él
parecía tan formal y…
—No, querida, Douglas no está casado, no lo ha estado nunca. No hay críos por

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ninguna parte, eso te lo puedo asegurar.
Allegra se apoyó en el respaldo de la silla, aliviada. Caramba. Tal vez tendría
que dejar de pensar todo el tiempo en unos términos tan catastróficos. No tenía que
temer siempre lo peor. Tal vez.
—Bueno, eso ha sido una verdadera sorpresa —Suzanne le tocó el dorso de la
mano ligeramente, dándole a entender que ella estaba allí, escuchándola—. Quiero
que me lo cuentes todo. ¿Qué pasó? ¿Te acompañó a casa y luego sin más entró?
—Mmm, no exactamente. Tuvimos un pequeño… interludio en la Fundación.
—¿Qué? —Esto empezaba a ser divertido. Allegra estaba disfrutando de la
sorpresa y el asombro en la voz de Suzanne. No había muchas cosas que pudieran
sorprender a Suzanne—. ¿En la Fundación? ¿Entre el concierto y los ladrones? No,
espera, ¡tú cantabas cuando nos asaltaron! ¿Cuándo tuviste tiempo de tener un
romance? Es increíble.
Era tan romántico que Allegra quería contárselo. Por un segundo, se permitió
esbozar una brevísima imagen del futuro. Y ya que no había nadie más aparte de ella
en su cabeza, podía imaginarse lo que quisiera. Se imaginó como les contaba la
historia a sus nietos. Ya que era su cabeza y su fantasía, había niños escuchando.
Ah, queridos míos, venid aquí junto a mí y escuchad como vuestro abuelo empezó a
seducir a vuestra abuela bajo un escenario mientras unos hombres malos disparaban con sus
armas.
—Bueno, ni Claire ni tú estabais por allí cerca, así que Douglas me acompañó al
escenario —Hizo callar a Suzanne, que gimió—. Y no te atrevas a pedir perdón por
no estar allí, porque si hubieras estado, yo no hubiera tenido ninguna posibilidad de
relacionarme con Douglas. El caso es que me acompañó hasta donde estaba Dagda y
me dijo que se quedaría allí hasta que acabara, así que se quedó cerca. Estaba a mitad
de la actuación cuando oí ruidos que venían desde el auditorio. Fue más tarde que
me enteré que se habían apagado las luces. Y entonces hubo una explosión enorme.
Justo después de que el ruido de la explosión me alcanzara, algo más me alcanzó,
Douglas, que me cogió en brazos y salió volando del escenario. Fue asombroso. Se
metió conmigo bajo la tarima. Estaba encima de mí. Y, um, nos quedamos allí…
durante un rato.
Lo bastante largo como para casi tener un orgasmo, pensó, y otra vez se puso
roja como la grana.
—Fue tan maravilloso, Suzanne —dijo soñadora—. No puedo expresar en
palabras lo maravilloso, apasionante y emocionante que es. Sólo puedo asombrarme.
Quiero decir que sé perfectamente que hay diferencias enormes entre nosotros. No
creas que no lo comprendo.
—Bien —dijo Suzanne con voz cariñosa—. ¿Qué importa eso? Después de todo,
el aspecto no es…
—Quiero decir —la interrumpió Allegra—, que apostaría algo a que es
republicano.
Suzanne se echó a reír.
—¿Qué? —preguntó Allegra.

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—Oh, sí, creo que podemos decir con toda seguridad que Douglas es
republicano. Y desde luego John también, y es muy probable que también lo sea Bud.
Bueno, es igual, tu voto anula el suyo. ¿A quién le importa la política? Hay cosas más
importantes. ¿Eres feliz con él?
—Totalmente —A pesar de todas las dudas sobre sí misma y sobre lo que
podría ofrecer, esa era una pregunta que Allegra podía contestar sin titubear—. Ha
sido maravilloso, al menos hasta ahora. Es increíble lo a salvo que me siento con él,
¿lo entiendes?
—Sí —dijo Suzanne con suavidad, poniendo la mano sobre la de Allegra y
apretándosela con delicadeza—. Lo entiendo. Sé cómo me siento con John, como si
no pudiera pasar nada malo cuando está conmigo. Pero lamento haber insistido el
sábado por la noche en que Douglas y él fueran desarmados. Me equivoqué. Fue una
enorme equivocación, uf —la voz de Suzanne adquirió un tono sardónico—, como
me indicaron con mucha energía durante todo el día de ayer.
—Exacto —Había algo en Douglas que hacía que se sintiera a salvo, sólo con
tenerlo en la misma habitación ya la hacía sentirse mejor. Nunca había visto a John, el
marido de Suzanne. Sólo había cenado una vez con ambos, y habían hablado justo un
momento en la Fundación, pero algo le decía que en muchos aspectos se parecía a
Douglas. Alto y con una voz profunda, aunque no tan profunda como la de Douglas,
serio y tranquilo.
Casi se podía sentir la incandescencia que fluía de Suzanne en cualquier ocasión
que hablara de su marido.
—Así es como me siento con Douglas. Como si supiera exactamente lo que está
haciendo. Y vaya si lo sabe —La sangre volvió con rapidez a su cara. Parecía la luz
del freno—. Caramba, ha sonado muy mal.
Suzanne se echó a reír otra vez.
—Ajá. Si se parece en algo a John, um, en la intimidad, apuesto a que sabe lo
que hace.
—¿Quién sabe lo que hace quién? Hola Allegra, hola Suzanne —Antes de que
Allegra pudiera contestar, hubo una ráfaga de aire, unos labios suaves le besaron la
mejilla y la voz de Claire continuó—: ¡Lo he conseguido! ¡He dejado al señor
Increíblemente Gruñón durante dos horas enteras y he venido! ¡Es maravilloso estar
fuera del hospital y —Claire inspiró profundamente—, oler algo que no sea alcohol y
metanol! No sería tan malo si Bud no intentara levantarse de la cama, aunque sea
atado a la maquinaría por mil tubos. Si no le hubiera detenido, se habría arrancado
los intravenosos esta mañana. Os lo juro, ese hombre ha sobrevivido a una
intervención quirúrgica sólo para ser asesinado por las enfermeras.
—Hola Claire —sonrió Allegra. Claire era tan dulce. Ya se la imaginaba con
Bud, una mujer paciente y serena con un macho refunfuñón. Los hombres llegaban a
ser tan imposibles. Recordó a su padre, cuando tuvieron que operarlo de cálculos
biliares y se transformó en un viejo oso refunfuñón que…
Un dolor agudo le atravesó la cabeza como un rayo de fuego, extendiéndose,
palpitando. Allegra gimió y se agarró la cabeza.

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—¡Eh!, cielo —La mano fría de Suzanne le tocó la frente—. ¿Qué te ocurre?
¿Necesitas algo?
Otra cabeza. Eso es lo que necesitaba. Y ya que estaba, otra vida. Esto le ocurría
a menudo cuando pensaba en su padre, otro golpe cruel del destino.
—No, no, estoy bien —mintió Allegra. Se obligó a bajar las manos y a ponerse
una sonrisa en la boca—. Estoy bien. Lo siento. ¿Así que Bud se está recuperando?
Douglas y yo estábamos tan preocupados. Pero Douglas me dijo que si un disparo no
te mata de inmediato, hay muchas posibilidades de sobrevivir y recuperarse. Y
supongo que él debe saberlo.
—Sí, se pondrá bien. Creo que es un signo de recuperación el que amenace a los
médicos con dispararles si no le dan de alta. Preferiblemente ayer, según su modo de
pensar. Porque enseguida después de la operación… —La voz de Claire fue
desvaneciéndose y Alegra hubiera jurado que oía como le giraban los engranajes de
la cabeza—. ¿Douglas? ¿Has mencionado a un Douglas? ¿Quién es Dou…? ¡Cielos!
¿No será el compañero de tu marido? —preguntó girándose hacia Suzanne. Parecía
impresionada.
—El mismo —La voz de Suzanne fue bastante seca—. El mayor Douglas
Kowalski.
Silencio. Más silencio.
—Caramba —dijo Claire por fin.
—Sí —dijo Allegra, notando como volvía a ruborizarse—. Caramba. Puedes
decirlo otra vez. Ha sido estupendo. Más que estupendo. Nunca antes había tenido
una relación tan apasionante con un hombre. Quiero decir… oh, Dios —Había
sonado muy mal, otra vez. Con tanto sonrojo debía irradiar calor por todos los poros.
Suzanne y Claire se echaron a reír.
—Señoras, les serviremos la comida en un momento. ¿Saben lo que van a
beber? —Allegra se preguntó si era el camarero alto que parecía el director de unas
pompas fúnebres o el pequeño y peludo que se parecía a Robin Williams. Pidieron
una copa de Merlot para ella, de Riesling para Claire y de Zinfandel para Suzanne. El
camarero desapareció en una nube de olor. Al parecer, aquella mañana había salido
de la cama para meterse en un bañera llena de loción para después del afeitado.
—Vaya —dijeron al mismo tiempo y se echaron a reír.
—Bien —Allegra se giró hacia Claire—. Quiero que me cuentes todo sobre Bud.
—Yo no —dijo Suzanne enseguida.
—Yo tampoco —Claire le dio un golpecito a Allegra en la mano—. Estoy harta
de pensar en Bud. No he hecho nada más que cuidar de él durante las últimas treinta
y seis horas y he de volver cuando acabe de almorzar, así que ahora quiero
olvidarme de él. Quiero que me cuentes lo de… Douglas —Otra vez ese tono.
Suzanne también lo tenía al pronunciar su nombre. ¿De qué iba todo esto?—. Venga,
Allegra. Cuéntalo todo. Y quiero decir todo. Cada pequeño detalle.
Se oyó un chirrido cuando aquellas dos pícaras acercaron más las sillas para no
perderse nada.
—No voy a chismorrear —dijo Allegra, muy remilgada, haciendo el gesto de

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cerrarse la boca con cremallera. Clare soltó un sonido de indignación.
—¿Nada? —Los dedos de Suzanne repiquetearon impacientes sobre la mesa.
Allegra negó con la cabeza. Ni pío.
—¿Nada de nada? ¿Ni el detalle más pequeño? Ah, venga —lloriqueó Claire—.
Yo os conté todo de Bud y de cuando nos conocimos.
Allegra movió la cabeza, con energía, disfrutando del suspense. Claire desde
luego había hablado, dejándolas impresionadas, con detalles al rojo vivo. Bueno, ella
tenía su propia historia al rojo vivo para contar. Con una sonrisa satisfecha, esperó.
Que sufrieran un poco si querían carnaza.
—Tal vez podríamos sobornarla —le dijo Claire a Suzanne—. ¿Pero con qué?
¿Mousse de chocolate?
Allegra tuvo un momento de duda ante la mención del mousse de chocolate,
pero luego negó con la cabeza. Tenía mousse de chocolate, el tiramisú de Francesca y
tarta vienesa en el congelador. Tendrían que esforzarse un poco más.
—Sé lo que conseguirá que hable —dijo Suzanne con astucia—. Un secreto. Un
gran, gran secreto. Un secreto enorme, gordo y jugoso.
—¿Cuál? —dijeron Allegra y Claire al mismo tiempo.
—No sería un secreto si lo contara, ¿verdad? —Suzanne parecía muy satisfecha
de sí misma—. Pero estoy dispuesta a hablar si Allegra también lo hace.
Se oyó el sonido del carrito de servir, luego los sonidos del camarero colocando
los platos en la mesa. Allegra se inclinó hacia delante para oler lo que había pedido,
budín de carne con salsa gorgonzola, una especialidad de la casa. Su plato favorito en
The Garden era la sopa de cebolla, pero tomar sopa era demasiado complicado para
que lo hiciera en público, aunque fuera delante de amigas tan comprensivas como
Claire y Suzzane.
Claire dio un golpecito en la copa de agua con la cuchara.
—Vale, hemos llegado a un acuerdo. ¿Quién habla primero? Yo voto por
Allegra.
—No —Allegra se llevó un trozo de budín a la boca y lo saboreó. El cocinero de
The Garden era fabuloso—. No hablaré hasta que sepa si las noticias de Suzanne son
dignas de mis noticias. En una escala del uno al diez, la mías llegan a cien —Tenía la
sartén por el mango y lo sabía. Los amores nuevos eran lo más de lo más en cuestión
de chismes. Hacían que todo lo demás fuera insustancial.
—¿Cómo sabemos que no nos engañarás? ¿Que después de que Suzanne nos
diga su secreto no volverás a cerrarte la boca con cremallera?
Allegra bebió un sorbo de su Merlot.
—Tendrás que hacer un acto de fe —Sonrió y bebió otro sorbo, esperando—.
Tomadlo o dejadlo.
—Lo tomamos —dijo Claire.
—Por supuesto.
—Tú primero, Suzanne —Allegra sonrió. Le encantaba superar a Suzanne en
una negociación. Suzanne debía haber trabajado en una vida anterior en el Casbah de
Casablanca, comprando y vendiendo alfombras. Con la ventaja añadida de su gran

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clase algún día ganaría el Premio Pulitzer.
—De acuerdo. Bien, estas son mis noticias —Suzanne respiró profundamente y
dijo con voz temblorosa—. Estoy… embarazada.
Claire y Allegra se pusieron a gritar a la vez, mientras soltaban de golpe los
cubiertos sobre la mesa con un gran estruendo. Allegra se estiró hasta encontrar la
mano de Suzanne.
—¡Ohdiosmíoohdiosmío!
—¡Es genial! ¡Oh, caramba, me muero de ganas de contárselo a Bud! —Clare se
rió—. Se morirá del susto. Oh, Dios mío, es todo tan inesperado.
Las tres amigas se abrazaron y Allegra oyó como Suzanne sorbía por la nariz.
Bueno, para eso llevaba ella pañuelos en el bolso, para las amigas. Suzanne cogió el
pañuelo que le ofrecía con un ronco “Gracias” y se sonó la nariz. Hormonas, pensó
Allegra. Tenían que ser las hormonas. Suzanne nunca lloraba.
—Caramba, lo siento, no sé por qué lloro. Creo que es porque soy feliz y todo
eso. Es que… —Suzanne se volvió a sonar con un bocinazo impropio de una dama, y
muy impropio de Suzanne—. Es todo tan abrumador. Ha pasado todo tan rápido.
Y tenía razón. Suzanne había conocido a su marido hacía menos de un mes.
Había tenido sexo salvaje con él la tarde que se conocieron, Allegra y Claire se lo
habían sonsacado, y al día siguiente huía para salvar la vida, después de que John
disparara y matara a dos pistoleros que iban a por ella.
Luego John y Suzanne se escondieron en una cabaña de las montañas, que
según ella no podía estar peor amueblada. Un hombre y una mujer, solos en una
vieja cabaña de montaña, eran los ingredientes apropiados para hacer un bebé.
Luego el FBI la había escondido durante cuatro días hasta que,
providencialmente, el canalla que la perseguía acabó muerto. Al día siguiente John y
ella estaban casados.
Y ahora ella estaba embarazada. Eso era una buena muestra del ritmo de la vida
moderna.
—Estaba tomando la píldora —dijo Suzanne y otra vez se sonó con aquel
bocinazo—. Sé como protegerme. Pero las cosas se liaron tanto. Debí saltarme uno o
dos días. Y además John y yo… —Se calló de repente y Allegra hubiera dado algo
por verla, para saber si Suzanne podía ruborizarse. Se hacía una idea bastante buena
de lo que John y ella estuvieron haciendo—. Aún es un poco pronto, sólo tengo unos
días de retraso, pero de algún modo sabía que estaba embarazada. Así que esta
mañana he comprado la prueba. Estoy algo traumatizada. Todavía no se lo he dicho
a John.
—¿Quieres tener un hijo? —Le preguntó Claire con suavidad.
—Sí —la respuesta fue contundente. Su voz sonó como la de antes. Hubo un
susurro de ropa, por lo que Allegra supuso que se endereza en la silla—. Sin ninguna
duda. No había planeado casarme y quedar embarazada tan pronto, pero es lo que
hay. Ahora sólo tengo que reunir el valor necesario para decírselo a John.
—¿Crees que no querrá tener un hijo? —preguntó Allegra. Qué triste. Eso les
había pasado a algunas amigas. Los maridos o los novios no querían tener hijos, no

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querían la carga o la distracción. Era una lástima porque Allegra no podía imaginarse
algo más maravilloso que tener un hijo al que amar. Ella misma quería tener una
gran familia. Siempre había lamentado ser hija única.
—No, él sí que quiere. De hecho el otro día me decía que deberíamos empezar a
formar una familiar. Sólo que no había pensado que sería tan… pronto —La voz le
tembló al final. Respiró profundamente y volvió a hablar con firmeza—. La verdad es
que antes de tener un hijo quería encontrar la estrategia para manejar a John. Todavía
no sé cómo mantener a John al otro lado de la línea en lo que se refiere a organizar mi
vida, y esto lo va a sacar de quicio. John tiende a exagerar un poco en lo que se refiere
a protección.
—¡Dímelo a mí! —dijeron Allegra y Claire al mismo tiempo, luego se echaron a
reír.
—Bueno, entonces lo entendéis. Quizás los tres han estudiado en el mismo
Colegio del Hombre Sobreprotector. Os juro que fue toda un lucha poder venir hasta
aquí con mi coche. Quiero decir que apenas hay nieve en las aceras, y las calles están
limpias, pero John no dejaba de insistir en que uno de sus hombres me traería hasta
aquí. Y sus hombres no son lo que podría decirse una gran compañía. Se sientan tras
el volante como enormes masas de protoplasma mirando con el ceño fruncido cada
coche o peatón que pasa como si fueran terroristas a punto de sacar un arma o tirar
una bomba. Es muy molesto. Y además, se supone que sus hombres tienen trabajo y
no quiero alejarlos mucho tiempo de él, lo que quiere decir que tengo que calcular a
qué hora saldré de casa y cuando regresaré. Eso también es muy molesto. Hoy he
ganado porque he logrado imponerme, pero en cuanto John sepa que estoy
embarazada, ya le puedo estar diciendo adiós a mi coche.
A Allegra le vino de repente a la cabeza una imagen de Alpha Security
International, la compañía de John y Douglas, convertida en un sofisticado servicio
de chóferes.
—Voy a tener que empezar ahora a pelear para ir la Exposición de Decoración
del Hogar que se celebra en Savanah el mes de marzo. Cada año la espero con
ilusión. Me encanta encontrarme con colegas de todas partes, ponerme al día con las
nuevas tendencias, y apuesto lo que sea a que John va a insistir en venir conmigo. Se
pegará a mí. ¿Os imagináis hablar con Willard Sykes de Textiles Ink sobre los nuevos
damascos de China con John allí, fulminándolo con la mirada?
Caramba. Allegra intentó imaginárselo, Suzanne y un colega hablando sobre
tejidos con un hombre muy grande, armado y taladrándoles con la mirada, pegado a
ellos. El ambiente sería algo desalentador, eso seguro. Y tampoco sería muy bueno
para el negocio.
—Y además —siguió Suzanne, y Allegra casi pudo ver como levantaba los ojos
al techo—, ¿os imagináis lo protector que va a ser con un niño? Y estoy esperando
una niña, lo sé, lo siento en los huesos. La pobre tendrá suerte si la deja salir de casa
antes de que empiece el colegio.
Las tres se quedaron en silencio imaginándose a la hijita de Suzanne intentando
tener alguna cita al llegar a la adolescencia, con John siempre entrometiéndose.

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—Bueno —aventuró Allegra con suavidad—. La amará, eso seguro. Como te
ama a ti. Y a fin de cuentas es lo que importa.
Suzanne soltó un enorme suspiro.
—Lo sé. Sé lo afortunada que soy. John es un marido maravilloso y será un
padre cariñoso. Estoy encantada con el embarazo. Es sólo que estoy un poco…
descentrada e insegura.
—Date un respiro, Suzanne —dijo Claire—. Es normal que estés descentrada. El
sábado estuvieron a punto de pegarte un tiro en la cabeza. Eso haría que cualquiera
estuviera algo inseguro, incluso Suzanne la Serena.
—¿Qué? —Allegra se enderezó como si le hubiera dado un calambre—. ¿Qué es
eso de un tiro a la cabeza de Suzanne? ¿De qué estáis hablando?
—Oh —Allegra casi oía los engranajes rodando en la cabeza de Claire. Era
obvio que se arrepentía de haber dicho aquello, pero ya estaba dicho—. Bueno, en la
Fundación, el sábado… um, uno de los ladrones cogió a Suzanne como rehén.
—Junto con unas cuantas mujeres más —intervino Suzanne a toda prisa, como
si así no tuviera tanta importancia.
—Sí, pero el resto no tuvo ese cañón tan grande de la ametralladora
apuntándole a la cabeza —objetó Claire con vehemencia—. Sólo tú.
—Y Douglas no me dijo nada, el muy rata —Allegra iba a estrangularlo en
cuanto llegara a casa. Si hubiera sabido que la vida de Suzanne había estado en
peligro, que había tenido una experiencia tan traumática, más traumática que el
resto, la habría llamado el día anterior para saber cómo estaba.
—No quiso preocuparte —Claire le puso una mano sobre la suya—. Supongo
que nuestros tres hombres fueron a la misma escuela. Supongo que es como si
quisieran protegerte de la vida.
—Bueno, ya basta de hablar de mí —dijo Suzanne con nuevos bríos, como la
Suzanne de antes. Había sido extraño oírla con aquel tono de voz confundido e
inseguro. Era tan opuesto a Suzanne—. Yo he cumplido, ahora te toca a ti, Allegra, y
será mejor que valga la pena. Queremos saberlo todo.
—Oh, sí —Claire se acercó aún más—. Ya es hora de que lo sueltes.
Claire había sido muy abierta al contar el ardiente fin de semana que tuvo con
Bud, cuando perdió la virginidad con un hombre que ella creía que era un leñador,
pero que en realidad era un detective de homicidios. Pero Claire era nueva en el sexo
y se quedó abrumada por su poder. Allegra no era nueva en el sexo, aunque desde
luego era nueva en la clase de sexo que había tenido con Douglas. De todos modos, le
parecía que todo era aún demasiado… frágil para contar los detalles. Sin embargo sí
podía explicar la parte más importante.
—Bueno… —Allegra sentía las ondas de profunda atención que venían de sus
mejores amigas—. ¿Sabéis como es la primera vez que conoces a un hombre y te
comportas lo mejor posible y quieres que todo sea perfecto y en cierta forma nunca lo
es? ¿No importa lo que te esfuerces? Bueno, no me esforcé nada con Douglas.
Nuestro primer beso fue bajo el escenario de la Fundación, mientras me encogía de
miedo por el sonido de los disparos. Es el primer hombre con el que he estado

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desde… desde… —La voz de le rompió y los dedos de Suzanne le acariciaron la cara,
apartando un mechón de cabello.
—Lo sabemos, cielo —La voz era suave, aceptando y entendiendo. Era otra de
las cosas que le gustaban de Suzanne, y también de Claire. Siempre entendían.
—El caso —continuó Allegra cuando pudo volver a hablar— es que ha sido
increíble porque en todo momento me comporto tal como soy. Me siento libre. Ni
una vez me ha preocupado el efecto que pueda tener en él o que aspecto tengo o… o
cualquier cosa.
Retorció el mantel de lino, buscando las palabras para contarles a sus amigas los
secretos más profundos de su corazón.
—Creía que mi vida se había acabado cuando me desperté estando ciega —dijo
al final con voz queda—. La verdad es que pensé que estaría mejor muerta. No me
imaginaba que pudiera enamorarme otra vez. Y aún más, no me imaginaba que
nadie se pudiera enamorar de mí. ¿Quién me querría? No puedo hacer nada por mí
misma, no soy nada divertida —Allegra se planteó por un momento contarles a sus
dos mejores amigas las pesadillas que tenía tanto despierta como dormida, pero sería
demasiado fuerte, demasiado espeluznante—. Así que ya podéis imaginar mi
sorpresa cuando ese hombre grande y fuerte, que puede hacer cualquier cosa o tener
cualquier cosa que quiera, al parecer me quiere a mí. No parece que vea ninguna
carencia en mí —Se enjugó una lágrima—. Todavía me parece un milagro, y estoy
esperando que en cualquier momento me diga que soy un problema demasiado
grande, pero hasta ahora… —Tocó madera—, hasta ahora parece aguantarlo bastante
bien. Es único. Puedo ser yo misma con él. Creía que nunca volvería a ser feliz, pero
Douglas me ha devuelto la felicidad. Para mí, abrirle mi corazón es un riesgo tan
grande que me asusta, pero me siento a salvo con mi corazón en sus manos —Se giró
hacia la izquierda—. ¿Lo entiendes, Suzanne? ¿No es así como te sientes tú con John?
Se hizo un completo silencio.
—Sí, lo entiendo —Suzanne volvió a soltar un bocinazo al sonarse. Allegra se
preguntó se le quedaría algo de rimel.
A la derecha, Claire sorbió por la nariz.
—¡Es maravilloso! —dijo con voz llorosa, luego exclamó—. ¡Oh, Dios mío! ¡Mira
que hora es! Tengo que estar en el hospital antes de que pasen las consultas de la
tarde. Si no estoy allí, Bud es capaz de arrancarse todos los tubos e irse aunque sea
tambaleándose, o estampar contra la pared las linternas de los médicos. Suzanne,
¿puedes pagarme la cuenta y yo te lo devolveré después? Allegra, estoy tan contenta
por ti… ¡Oh, Dios, tengo que irme corriendo!
Con un torbellino de besos, Claire se marchó.
Suzanne pagó la cuenta, rechazando la tarjeta de crédito de Allegra.
—Guárdatela, cielo. Y tampoco voy a aceptar el dinero de Claire. Os invito a las
dos para celebrar mi embarazo. Venga, vámonos, está oscureciendo. Quiero llevarte a
casa y volver con John antes de que envíe a la marina, o a los Seals, a buscarme.

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Allegra esperó temblando en la calle, al lado de la puerta de The Garden, a
que Suzanne trajera el coche Un diminuto copo de nieve le cayó en la mejilla y
levantó la cara para sentir el aire frío, respirando profundamente, con el corazón
lleno de paz.
Tenía tanta suerte de que Suzanne y Claire formaran parte de su vida. No todo
el mundo tenía tan buenos amigos.
Ni todo el mundo tenía a Douglas.
Avergonzada, dio gracias por primera vez desde que había perdido la vista.
Algo que tendría que haber hecho antes. Tenía tanto que agradecer. No tenía
problemas de dinero, gozaba de una muy buena salud. La gente se preocupaba por
ella. Todo esto bien merecía una oración de agradecimiento.
Durante la primera horrible y sombría semana en el hospital, Allegra había
pensado muy en serio en el suicidio. Acabar con todo como pudiera. Echaba
muchísimo de menos a su padre y no se veía capaz de soportar una vida en un
abismo negro interminable. Pero había estado equivocada. Había cosas que esperaba
con ilusión. Seguro que Bud y Claire se casarían y querrían que cantara en su boda.
Una parte de su cerebro, el de la música, ya estaba organizando la selección de
canciones, en el caso que lograra evitar ponerse a llorar de felicidad. Y el bebé de
Suzanne. Si fuera niña, las tres la inundarían de vestidos mientras John volvería locos
a todos vigilando todos y cada uno de sus movimientos. Una chiquitina para amar.
Douglas en su vida, en su cama. Tal vez, sólo tal vez, la vida, después de todo, valía
la pena.
Allegra sonrió.
—Puta. Vas a tener lo que te mereces. Voy a matarte y después arderás en el
infierno —La voz de Corey Sanderson estaba al lado de su oreja y su mano la agarró
por el brazo con tanta fuerza que le hizo daño.
Allegra se puso a gritar.

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Capítulo 15
Terapia de Sustitución Hormonal.
Kowalski, en la oficina, todavía se reía entre dientes al recordarlo. Jack
Thompson medía uno setenta y ocho y pesaba 95 kilos, un verdadero as del rifle,
peludo como un oso y parecido a un campeón de lucha libre.
De momento no era un candidato probable para la TSH.
—Tenemos que hablar del cliente Robertson —Midnight entró, frunciéndole el
ceño a un sujetapapeles—. Joder, quiere dos guardaespaldas lo antes posible. Así que
supongo que… —alzó la mirada, se quedó quieto mirándolo fijamente, con la boca
abierta.
Kowalske ya había enviado a dos hombres para proteger al editor que había
publicado unas memorias reveladoras sobre un líder de la supremacía aria y había
recibido amenazas de muerte de al menos tres grupos diferentes de militantes.
Midnight todavía seguía allí de pie, cazando moscas con la boca.
—¿Qué diablos estas mirando? —Kowalski movió la pluma con impaciencia.
—Estás… sonriendo —John apoyó una cadera en la esquina del escritorio—. Me
has desconcertado.
Kowalski frunció el ceño de inmediato.
—No es verdad —gruñó.
—Que sí.
—Que no —Kowalski apretó los dientes ante lo infantiles que parecían los dos.
Una sonrisa burlona apareció en el rostro de Midnight.
—Estoy condenadamente seguro que sí que lo estás-estabas. No te he visto
sonreír desde 1999, y fue sólo porque aquel cabrón sádico se rompió la pierna al abrir
el paracaídas muy por debajo del límite recomendado para evitar ser detectado por
las líneas enemigas —Midnight negó con la cabeza—. Yo mismo sonreía —Miró a
Kowalski con los ojos entrecerrados—. Pero nunca había visto esa expresión en tu
cara, amigo mío. De embobado. Como un pez con el anzuelo en la boca y feliz de que
lo hayan pescado.
John esquivó con facilidad el libro que le lanzó Kowalski y soltó una carcajada.
Siguió mirándolo con la cabeza ladeada hacia un lado.
—Aunque el anzuelo te favorece, mayor. Me pregunto si tendrá algo que ver
con cierta pelirroja preciosa con una voz magnífica.
Kowalski inclinó la cabeza sobre el informe, fingiendo estar absorto leyendo
una desglose de costos de un sistema informático nuevo, decidido a no decir ni una
palabra. Quería que Midnight dejara de apoyarse en el escritorio y se largara, pero
Midnight era tan obstinado como él, y podría quedarse allí durante días.

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Era completamente nuevo para Kowalski bromear sobre su vida amorosa.
Aunque claro, nunca antes había tenido una vida amorosa, sólo sexo sobre el que
nadie le hacía bromas por la sencilla razón de que no era público. Nunca había ido a
una fiesta con una mujer del brazo, nunca había presentado una mujer a sus
compañeros de equipo. Nunca había formado parte de una pareja.
Por primera vez se le ocurrió que ahora sí. Se había sentido tan abrumado por
todo que no había tenido tiempo de que le entrara en su dura cabezota, pero de
repente allí estaba, Douglas Kowalski tenía pareja. Alguien con quien compartir
cosas, alguien a quién cuidar, alguien por quién preocuparse.
Era tan extraña esa idea. No dejaba de darle vueltas en la cabeza.
Una pareja. Era parte de una pareja. Tal vez incluso… una pareja
comprometida. Oh sí, le gustaba, tenía que pensar más en ello.
—Vamos Kowalski. Sé por lo que estás pasando. Yo también tengo ese anzuelo
en la boca. Me echaron el lazo y perdí la cabeza, y todavía no la he recuperado. Me
alegro mucho por ti, mayor. Allegra parece una joven muy agradable. Suzanne la
quiere mucho, y desde mi punto de vista, eso es una recomendación magnífica.
Lástima de ese cabrón que la golpeó y salió libre. Mató a su padre y la dejó ciega a
ella. Personalmente, le habría cortado los huevos, pero qué sé yo. Soy sólo un marino.
Kowalski dejó la pluma con lentitud. Tenía un terrible zumbido en los oídos.
—¿Qué has dicho? —pronunció cada palabra con cuidado. Notaba la lengua
grande y torpe. ¿Alguien le había dado una paliza a Allegra? ¿Le habían dado una
paliza? No se podía mover, apenas podía respirar.
Los ojos de Midnight no se apartaron de él.
—Joder —dijo en voz baja—. No lo sabías. Nadie te lo había dicho.
—Dime. Qué. Pasó —Kowalski no gritaba. De hecho creía que estaba
mostrando un enorme autocontrol. Midnight alzó las manos, con las palmas hacia
fuera, en un gesto que pedía calma. Kowalski se preguntó si lo que podía leerse en
sus ojos había asustado a Midnight.
—De acuerdo, esto es lo que sé, y todo lo sé por Suzanne, entiendes que quiero
decir, ¿no?
Kowalski asintió, con la garganta demasiado tensa para hablar. Cada célula de
su cuerpo le exigía ir y matar a quienquiera que fuera el hijo de puta que había hecho
daño a Allegra, pero era un soldado. Tenía disciplina. La disciplina era lo que le
había hecho ser tal como era.
Kowalski lo miró preocupado.
—La historia es esta. Allegra estaba subiendo disparada hasta lo más alto de su
carrera, una especie de Norah Jones irlandesa, estas son palabras de Suzanne,
¿porque qué coño sé yo de música? Bien, el caso es que Allegra tenía mucho éxito y
ese tipo, ese… manager o productor o lo que sea, era el mejor de los años 80. El tío se
llamaba Corey Sanderson, ¿has oído hablar de él?
Sí, había oído hablar de él. Cualquiera que entendiera algo de música había
oído hablar de él. Sanderson era un productor convertido en manager muy
importante, había ayudado a lanzar a un buen número de voces entre los años 80 y

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90 y dirigió el mundo de la música en el noroeste del pacífico. El hip-hop, el scat, el
grunge, se podía mencionar cualquier clase de música famosa que a uno se le
ocurriera, que Corey Sanderson, de una manera u otra, estaba detrás, o cerca, o
dirigiéndola o ganando dinero con ella. Corey Sanderson era el Hombre.
Kowalski asintió y Midnight continuó hablando.
—En cualquier caso, Allegra firmó con ese tipo, que se suponía que la ayudaría
a dar el salto al superestrellato, pero el tío se había ido de la olla, había perdido la
magia. Así que ese tal Sanderson empezó a presionar a Allegra para que tomara
direcciones musicales en las que no se encontraba cómoda. Esto son palabras de
Suzanne, yo no sabría nada de direcciones musicales ni aunque me dieran con ellas
en la cabeza. Allegra se sentía cada vez más infeliz, su carrera estaba estancada
porque ese tipo la obligaba a cantar y tocar cosas que no eran de su estilo. El verano
pasado, Allegra tenía una gira muy importante, pero cada vez se vendían menos
entradas y había muchas devoluciones, y todo el tinglado se estaba desmoronando.
Allegra le confesó a Suzanne lo infeliz que era y Suzanne le echó un vistazo al
contrato. Y tengo que decir que como empresaria, Suzanne es más lista que el
hambre. Me ha dado unos consejos buenísimos en cuestión de negocios. Es mucho
mejor tener a mi chica de tu parte, y no como enemiga. Sanderson era su enemigo, y
ella le odiaba a muerte, así que encontró la forma para que Allegra rescindiera el
contrato con él.
A Kowalski se le había puesto la piel de gallina. Una repentina premonición de
lo que iba a oír fue arrastrándose bajo la piel.
—Al final de la gira de verano, Suzanne le concertó una cita con Sanderson para
hablar de la finalización de la relación comercial. Allegra fue con su padre. Según
Suzanne, el padre de Allegra era un profesor de música muy agradable, pero no el
tipo más fuerte del mundo, ¿entiendes lo que quiero decir?
Kowalski miró furioso a Midnight.
—Ve al grano.
Midnight alzó los ojos al techo.
—Vale, lo esencial. Una semana después de acabar aquella gira desastrosa, el 9
de septiembre, Allegra y su padre fueron a ver a Sanderson con una carta preparada
por Suzanne dando por finalizado el contrato. A medianoche, la policía llamó a
Suzanne porque encontraron su número en el bolso de Allegra. El padre estaba
muerto por un tremendo golpe en la cabeza, y Allegra estaba en coma. Le habían
dado una paliza, sobre todo en la cabeza y le rompieron la mandíbula. Siéntate y
escucha el resto —Midnight le puso una mano en el hombro. Kowalski se había
levantado con una expresión asesina en la cara—. El cabrón de Sanderson se libró.
Contrató a los mejores abogados que había. Allegra estuvo en coma seis semanas, y
cuando al final salió de él estaba ciega, con la mandíbula rota y amnésica. No había
ninguna posibilidad de que pudiera declarar. El abogado de Sanderson insistió en un
juicio rápido, la historia que contaron es que tuvieron un desacuerdo y el padre de
Allegra y la misma Allegra se pusieron violentos y él se defendió.
—Gilipolleces —Todos los músculos de Kowalski estaban tensos, listos para la

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lucha. Lo veía todo rojo, notaba las venas de los ojos a punto de explotar de rabia.
Fue vagamente consciente de oír un crujido y miró hacia abajo, a la pluma que tenía
en el puño y que había roto, deseando que fuera el cuello del cabrón de Sanderson.
—Sí. Tú lo sabes, yo lo sé, Suzanne lo sabía y seguro que el juez y los abogados
también lo sabían. El hijo de puta consiguió una sentencia reducida por homicidio
involuntario por matar al padre, y por darle una paliza a Allegra en defensa propia.
Ni siquiera está en la cárcel, el cabrón, está en alguna institución siquiátrica de lujo
para aprender algo llamado “control de los impulsos” —Midnight resopló
indignado—. El gilipollas logró salir muy bien parado de un asesinato y un asalto
brutal. Pero los únicos testigos oculares eran un muerto y una mujer en coma con la
mandíbula inmovilizada con alambres y, luego, una mujer con una amnesia total en
todo lo referente al suceso. Al parecer, Allegra no recuerda nada desde una semana
antes del ataque, justo cuando regresó de la gira. Ni siquiera recuerda haber querido
rescindir el contrato. Los médicos dicen que con los golpes que recibió en la cabeza,
no es inusual la amnesia sobre lo sucedido. Y nadie puede decir cuando recuperará la
memoria.
—Pronto. La recuperará pronto —Kowalski levantó los ojos y miró a
Kowalski—. Está teniendo escenas retrospectivas.
—¿Que tiene qué?
—Escenas retrospectivas. Está volviendo a recordar, cada vez con más
frecuencia, diría yo. Y está padeciendo el TEPT, el trastorno por estrés posttraumático —Eso era lo que había visto en ella, aunque en aquel momento no lo
hubiera reconocido. Había presenciado otros casos de TEPT en soldados, tal vez por
eso no lo había reconocido en Allegra.
Uno de sus hombres que había sufrido un trauma en la cabeza durante un
ataque había tenido amnesia parcial. Dos meses de vida en blanco, comenzando por
un mes antes del ataque. Los recuerdos del tiroteo le habían llegado en pequeña
rachas feroces —como imágines repentinas del infierno, había dicho— que lo había
hecho cagarse del susto. Era lo que le pasaba a Allegra.
—¿Qué aspecto tiene ese Sanderson?
—No lo conozco, sólo lo he visto en las fotos de los periódicos. Altura media,
pelo largo rubio, muy elegante. Siempre iba con ropa de diseño.
—Ajá —El mismo que Allegra creía haber visto en Lawrence Square—. Sí, no
hay duda que tiene escenas retrospectivas, está recuperando la memoria. Ayer…
Sonó el móvil de Midnight y él alzó una mano, echando una ojeada a la pantalla
con el ceño fruncido.
—Es Suzanne, debe tener algún problema —abrió el móvil—. ¿Sí, cariño, estás
bien? Ajá. ¿Qué? —Miró enseguida a Kowalski—. ¿Allegra? ¿Está herida? Ajá. Voy
para allá.
Midnight estaba más cerca de la puerta pero Kowalski llegó antes.
Kowalski condujo. A Midnight ni se le ocurrió discutírselo, y no dijo ni una
palabra cuando Kowalski se saltó tres leyes estatales y un par de federales durante el
trayecto a The Garden.

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Kowalski llegó tan rápido como pudiera hacerlo un vehículo terrestre y estaba
fuera del SUV cuando éste todavía se balanceaba por la frenada. Mientras volaban
hacia el restaurante, Midnight le había puesto al corriente de las noticias de Suzanne.
Allegra había oído la voz de Corey Sanderson, que la había tocado con la mano, y
estaba aterrorizada.
Kowalski irrumpió en The Garden. Enfocó con la visión de túnel, igual que
durante el combate, y lo único que veía era a ella, Allegra, sentada en una silla,
angustiada y temblando, meciéndose hacia delante y hacia atrás con los brazos
cruzados alrededor de la cintura intentando consolarse a sí misma. Su cara estaba
blanca como el papel. Suzanne estaba sentada a su lado, con una mano sobre su
hombro.
—¿Allegra? —la llamó él con voz ronca, y ella alzó la mirada, moviendo la
cabeza, con aquellos hermosos ojos ciegos llenos de angustia.
—¿Douglas? —Parecía perdida e indefensa—. ¡Oh Dios, Douglas has venido!
Se levantó y echó a correr hacia sus brazos. Él se reunió con ella a mitad de
camino, abrazándola con fuerza, quedándose los dos allí, abrazados. No sabía quién
se aferraba con más fuerza o quién necesitaba más el consuelo. Él estaba
condenadamente seguro que necesitaba el contacto para asegurarse que ella estaba
físicamente bien, a salvo.
Al oír su voz, la cara de Allegra había cambiado. Hasta el día de su muerte
recordaría la expresión de su rostro cuando se dio cuenta que él había venido a por
ella. En medio del miedo y la desesperación, había habido una oleada repentina de
esperanza y alegría, y, sí, amor. Por él. Nunca olvidaría aquel momento mientras
viviera.
Y en medio de su propio terror y pánico, el amor y la alegría que sentía por ella
le inundó el corazón. Aquella era su mujer. Pagaría lo que fuera por mantenerla a
salvo y feliz.
Pero primero tenía que calmarla.
Allegra se estremecía entre sus brazos, aterrorizada y llena de pánico.
Balbuceaba algo con un profundo lamento, gimiendo. Le costó un minuto descifrar
las palabras, su mujer se estremecía con tanta fuerza que le temblaba la voz.
—Estaba aquí, Douglas, estaba aquí, estaba aquí —repetía sin cesar,
estremeciéndose con violencia—. Oh Dios, ¡me ha tocado! ¡Estaba aquí! ¡Mantenlo
alejado de mí!
Estaba hablando de Sanderson. De algún modo Corey Sanderson se había
escapado de la cárcel y había ido tras ella. El cabrón la había tocado, la había
aterrorizado. Y si iba tras ella, era para terminar el trabajo que había empezado cinco
meses antes. Corey Sanderson era hombre muerto.
—Estaba aquí, lo oí, aquí mismo —La voz de Allegra estaba empezando a sonar
histérica. Le rodeaba con fuerza con los brazos, desesperada, buscando refugio—.
¡Mantenlo alejado de mí! Oh, Dios mío, estoy tan asustada.
Detrás de ella, Suzanne los observaba con expresión sombría. Cuando Kowalski
la miró, negó lentamente con la cabeza.

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—Corey Sanderson no estaba aquí —mantuvo un tono de voz bajo, pero
Allegra la oyó.
—¡Era él, era él! ¿Por qué no me cree nadie?
Allegra ahora estaba ya del todo histérica, una extraña mezcla del miedo al
presente y escena retrospectiva. Kowalski le rodeó la cintura con un brazo y le puso
la otra mano en la parte posterior de la cabeza. De manera simbólica, Kowalski le
ofrecía la protección con la que sus hombres entraban en combate, el chaleco
antibalas y el casco. Las vísceras y la cabeza eran los puntos más vulnerables del
cuerpo humano. La parte animal del hombre lo sabe de forma instintiva. Está en el
ADN. Sujetándola así, protegiéndole los órganos vitales y la cabeza era lo único que
podía apaciguarla, lo único que penetraría en la niebla de histeria.
Estaba tan asustada que no podía ni pensar. Ahora mismo sería inútil intentar
sacarla con palabras del borde del precipicio de absoluto terror en el que se
balanceaba.
En un nivel más profundo que las palabras, más profundo incluso que el
pensamiento racional, su cuerpo le decía al de ella que no sufriría ningún daño
mientras él estuviera vivo y sujetándola.
Kowalski también tuvo que dominar su propio pánico, por muy extraño que
pareciera. Él era conocido por su calma en el combate. Pero en estos momentos,
aferrado a Allegra, el corazón le latía a toda velocidad y la mente se le había quedado
en blanco por el pánico. Bajo la ropa de invierno, estaba sudando como un cerdo, el
sudor fétido del miedo. Un terror depresivo y resbaladizo que nunca antes había
sentido.
Por fin, ambos empezaron a calmarse. La letanía lúgubre de Allegra cesó. La
fuerza con que lo agarraba disminuyó. El latido desaforado del corazón, visible en las
sienes se hizo más lento, al igual que el suyo propio. La visión de túnel desapareció y
pudo echar una ojeada al entorno. Levantando la cabeza miró a su alrededor y vio a
Midnight con un brazo alrededor de Suzanne.
Ella iba sin abrigo y por primera vez, Kowalski se dio cuenta que Allegra
llevaba otro abrigo encima del suyo, que debía ser el de Suzanne. Inteligente Suzanne
que instintivamente había sabido que el primer tratamiento para la conmoción es el
calor.
Viendo que Suzanne estaba más tranquila, Suzanne se acercó junto con John
que le había pasado el brazo por los hombros.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Kowalski con voz queda.
Suzanne parecía preocupada y pálida.
—Estábamos fuera. He dejado a Allegra en la entrada del restaurante y he ido a
buscar el coche. He vuelto y la he encontrado… —Se mordió el labio para no decir
“histérica”—… muy trastornada. Decía que Corey Sanderson le había hablado y…
—Me ha tocado —Kowalski bajo los ojos hacia Allegra, su posición era un
reflejo de la de Midnight y Suzanne, juntos y con el brazo rodeándole los hombros.
Ella estaba completamente apoyada en él. La voz se había tranquilizado, sonando sin
expresión y sin vida. Los ojos estaban secos pero las mejillas todavía estaban mojadas

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por las lágrimas de miedo—. Sé que no me crees, Suzanne, pero he oído a Corey.
Tiene una voz inconfundible. Y me ha tocado —Se estremeció, envolviéndose aún
más con el abrigo de Suzanne.
Suzanne alargó la mano con gentileza y le tocó el hombro, parecía preocupada.
—Oh, cariño. No sé qué ha pasado, pero no ha tenido nada que ver con Corey.
No estaba allí. Lo habría visto. Puede que alguien te haya agarrado por equivocación.
Pero te lo juro, no ha sido Corey Sanderson el que te ha tocado. Le habría visto —Los
ojos de Suzanne se inundaron de lágrimas al flotar en el aire las palabras no dichas,
las palabras duras y crueles. Allegra era la que estaba equivocada porque no podía
ver, y Suzanne sí.
Suzanne alzó los ojos para mirar a Kowalski.
—Corey Sanderson está en una institución siquiátrica para criminales. No ha
sido puesto en libertad. Lo sé seguro. Hice que uno de los policías del caso me
prometiera que me llamaría en el mismo momento en que hubiera algún cambio —
Apretó los dientes con fuerza. En ella resultó bonito—. Ese hombre no logrará estar a
menos de un kilómetro de distancia de Allegra nunca más. Me aseguraré de ello.
En aquel momento, Kowalski amó a Suzanne y si Midnight no hubiera estado
allí, le habría plantado un buen beso en la boca, un enorme y sonoro beso de
agradecimiento. Ella se preocupaba muchísimo por Allegra, y estaba dispuesta a
tomar las medidas necesarias para protegerla. Kowalski amó a Suzanne por eso.
Kowalski asintió. Allegra se enderezó bajo su brazo.
—Sé que pensáis que estoy loca —dijo con aquella encantadora voz tan clara y
especial—, pero sé lo que he oído, y lo que he oído es la voz de Corey Sanderson
diciendo: “Puta, vas a tener lo que te mereces. Voy a matarte y después arderás en el
infierno”.
La voz le cambió de tono. Kowalski supuso que imitaba a ese Sanderson. Fue
extraño y espeluznante, como si ella sirviera de conducto a alguien más. Por un
segundo la creyó, luego miró a Suzanne. Con lágrimas en los ojos, ella movía la
cabeza diciendo que no.
—Allegra ha quedado fuera de mi vista justo un momento. El coche estaba a la
vuelta de la esquina. Había personas en la acera, entrando y saliendo de The Garden,
pero no muchas y ninguna de ellas era Corey Sanderson. Créeme, lo habría
reconocido. Corey Sanderson no estaba aquí. Puedo asegurarlo.
Escenas retrospectivas. Era la única explicación. Aún así, Kowalski no iba a
correr ningún riesgo. Sabía lo que tenía que hacer.
—Vamos, cariño —Kowalski apretó el brazo alrededor de los hombros de
Allegra—. Creo que sé que es lo que pasa. Quiero llevarte a casa. Suzanne, Midnight,
os llamaremos más tarde, ¿de acuerdo?
Suzanne abrió la boca, y luego la cerró al ver la cara y la expresión severa de
Midnight. Suspiró, inclinándose hacia delante para darle a Allegra un beso tierno en
la mejilla.
—Hablaremos más tarde, cielo, ¿de acuerdo?
—Era él. Era Corey. Sé que no me crees, pero era él. Reconocería su voz en

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cualquier parte —El tono de voz de Allegra era bajo y triste. No protestó cuando
Kowalski la cogió del brazo para llevarla fuera, moviéndose despacio, arrastrando
los pies, con paso derrotado.
Midnight le abrió la puerta del pasajero del coche de Suzanne, ayudando a su
esposa a entrar. Kowalski se encontró con sus ojos por encima del capó. Midnight
parecía tan preocupado como Suzanne cuando entró en el asiento del conductor.
Kowalski ayudó a entrar a su propia mujer en el SUV. Al igual que había hecho
el sábado por la noche, cubrió a Allegra con la manta que llevaba en el asiento de
atrás.
—Ya está. Enseguida pondré la calefacción —Llamó a Jacko con el móvil
mientras rodeaba el SUV, y se metía dentro.
Kowalski condujo en silencio durante diez minutos. Allegra tenía la cabeza un
poco girada. Parecía llena de sombras por la tristeza y el sufrimiento. El corazón de
Kowalski lloró por ella. Ya era lo bastante duro tener escenas retrospectivas
sensoriales que parecían reales, como para añadir la terrible sensación de que nadie
creyera en ella.
Kowalski no era nada hábil para andar dando vueltas a un tema, así que fue
directamente al grano.
—Hoy me he enterado de cómo perdiste la vista. No fue un accidente, como tú
me dijiste. Ese cabrón de Sanderson te golpeó y mató a tu padre. ¿Por qué no me lo
dijiste? ¿Por qué me dejaste pensar que habías perdido la vista en un accidente?
Allegra siguió allí sentada en silencio sin contestar.
—¿Cariño?
Allegra tenía la mirada ciega fija en las manos, que retorcía y giraba en el
regazo, una manifestación física del sufrimiento de su desdicha. Cuando habló lo
hizo con una voz plana, sin inflexión.
—No te lo dije porque no recuerdo nada. De alguna manera no es algo real para
mí. Lo último que recuerdo es el día siguiente de haber terminado la gira de verano.
La gira duró diez semanas, toqué en veinticinco ciudades, y fue espantoso. Estaba tan
agotada y deprimida. Toda la gira fue angustiosa, la música que Corey decidió que
tocara, las entrevistas que tuve que dar, las salas de concierto cada vez más vacías. Y
aparte de todo eso, también averigüé que odiaba viajar. Odiaba ir de ciudad en
ciudad, de una habitación de hotel a otra, odiaba la tensión y la falta de privacidad.
Odiaba los enormes estadios y las salas de concierto, que no son apropiados para mi
voz o mi música. Pase lo que pase en el futuro con mi carrera musical, sé que no
quiero viajar. Quiero hacer alguna grabación de estudio y tocar en pequeños
acontecimientos en la zona de Portland y… y tener una vida. Corey ya planeaba otra
gira interminable para la primavera y yo sabía que lo odiaría. Continuamente
discutía de todo con Corey, sobre el tipo de música que programaba, sobre las
sesiones de fotos que había organizado, la verdad es que le había prometido a una
revista de cotilleo una serie de fotografías mías en topless con Dagda, ¿te lo
imaginas? Tuvimos una pelea muy fuerte sobre esto cuando le dije que no, porque él
ya había contratado a un fotógrafo famoso y muy caro para la sesión. Fue en

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Chicago, justo al final de la gira.
Las manos de Kowalski se tensaron sobre el volante. Menos mal que en aquel
entonces no conocía a Allegra. Le habría roto la cara a Sanderson sólo por sugerirlo.
—¿Qué tipo de peleas teníais? ¿Golpes, empujones?
—No, no, nada de eso. Eran sólo diferencias fuertes de opinión. Creo que él no
tenía mucha fuerza legal para obligarme a posar desnuda, ¿verdad?
No y seguir vivo, pensó Kowalski.
—¿Qué pasó al final de la gira?
Allegra levantó las manos del regazo en un gesto de impotencia y las dejó caer
de nuevo.
—No tengo ni la más mínima idea. No recuerdo absolutamente nada. De lo
último que me acuerdo es de estar deshaciendo las maletas la tarde que volví del
último concierto. Era el 2 de septiembre. Lo siguiente que recuerdo es que me
desperté en el hospital casi dos meses después, el 24 de octubre. Mi padre hacía
tiempo que estaba muerto y enterrado. Yo estaba ciega, no podía hablar y tenía un
dolor constante.
Oh, cariño, pensó Kowalski. Él apenas podía imaginarse lo que había sido
despertarse en la oscuridad y el dolor.
—¿Sabes qué pasó la noche que fuiste a rescindir el contrato con Sanderson? —
preguntó Kowalski, con voz áspera.
—Sí, claro —Ella frunció el ceño—. Quiero decir que me dijeron lo que sucedió,
primero las enfermeras, y luego Suzanne y Claire. Pero todo es teoría. No recuerdo
nada. Es como si me contaran la trama de una película o de una novela. Suzanne me
dijo que yo quería romper el contrato y ella encontró una cláusula que podía usar,
pero ni siquiera eso recuerdo. Ni siquiera una sensación, ¿entiendes lo que quiero
decir? Lo único que sé es que me desperté y mi padre estaba muerto y yo ciega y con
la mandíbula rota —se giró hacia él con una expresión muy seria en su preciosa
cara—. ¿Sabes, Douglas? Todavía me cuesta creerlo. Bueno, quiero decir que Corey
es algo megalómano y un monstruo del control, ¿pero violento? Es tan… lechuguino,
¿sabes? Ni siquiera va a películas de miedo porque la violencia le molesta. Suzanne
está convencida que él mató a mi padre y me dio una paliza, pero no sé, no es… no
es lógico. Lo creo con la cabeza porque ocurrió, pero no con el corazón.
A Kowalski no le costaba nada creerlo. Ahora que lo pensaba, Corey Sanderson
no salía en las noticias desde… ¿cuándo? ¿1998? Así que el tío ese que estaba
acostumbrado a que lo trataran como al Rey Sol, a manejar millones de dólares, a
fans y a un poder absoluto en el rutilante mundo de la música, estaba en el terreno
resbaladizo del olvido que lo llevaba a ser un hombre del pasado. El negocio de la
música era brutal, lleno de tiburones que podían oler la sangre a diez quilómetros de
distancia. Estaba claro que ese cabrón de Sanderson se había aferrado a Allegra para
hacer su reaparición, pero ella no cooperaba y él se había vuelto majara. Allegra
podía creer que era un lechuguino, un tipo débil que no era propenso a la violencia,
pero para llegar hasta donde había llegado en el competitivo mundo de la música
popular, Sanderson tenía que tener un corazón de hierro.

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Kowalski sabía que era lo que había desencadenado todo, Allegra y su padre
habían querido romper el contrato con Sanderson, un contrato que el hombre veía
como la cuerda de rescate para su reaparición, y había perdido el control.
Las escenas retrospectivas que tenía Allegra eran del verdadero Corey
Sanderson, cruel y violento. Se había aterrorizado al creer que había oído su voz. Su
cuerpo sabía con exactitud lo peligroso que era Sanderson, aunque su mente hubiera
olvidado aquel dato.
Bueno, Sanderson no iba a volver a tocar a Allegra nunca más, eso seguro.
—Ayer, en Lawrence Square, también creíste que habías oído a Sanderson,
¿verdad?
Allegra asintió.
—Sí. Estaba tan segura… pero tú no viste a nadie que coincidiera con la
descripción.
Kowalski no contestó. La verdad estaba allí, entre ellos, dura y dolorosa. Él no
había visto a Sanderson ni a nadie que se pareciera remotamente a él, a no ser que ese
tal Sanderson fuera un genio del disfraz. Giró en la calle de Allegra.
—Ya hemos llegado, cariño —Kowalski paró el coche justo frente a la casa de
Allegra. Jacko ya había aparcado al otro lado de la calle, y estaba fuera del coche y
cruzando la calle cuando Kowalski abrió la puerta del conductor.
El hombre apropiado.
Por primera vez, Kowalski se alegró de que Allegra fuera ciega. Hubiera echado
a correr al ver a Jacko. Parecía un delincuente callejero de los peores, con la cabeza
rapada, la ropa andrajosa y los piercings. Al menos se había puesto un anorak
encima de la camiseta rota, aunque Kowalski sabía que no era por el frío. Jacko
nunca tenía frío. Se lo había puesto para ocultar la pistolera del hombro y su
cargamento mortal.
Kowalski ayudó a bajar a Allegra, y la hizo girar un poco.
—Cariño, quiero que conozcas a… —Por un momento, Kowalski se quedó en
blanco. ¿Cómo diablos se llamaba Jacko de verdad? Sabía que era un nombre
bastante incongruente. Jacko se había peleado una vez con un marino que lo había
llamado por su nombre real.
—Morton —dijo Jacko, con una voz profunda, arrastrando las palabras. Había
viajado mucho pero de joven vivió en un camping en Texas Panhandle, y el acento
tejano nunca había desaparecido de su voz—. Morton Jackman. Encantado de
conocerla, señora.
Allegra parecía perpleja, pero tendió la mano. Kowalski se preguntó lo que
habría pensado ella al ver su mano engullida por la zarpa de Jacko, con los tatuajes
de alambre de púas y un enorme anillo de plata con una calavera. Jacko le cogió la
mano durante un segundo y luego la soltó.
—Mucho gusto en conocerle, señor Jackman —dijo ella estremeciéndose de
frío—. Ahm, si nos perdona, tenemos que entrar en casa.
—Él viene con nosotros, cariño —Kowalski le pasó un brazo por la cintura y
subió con ella los escalones del porche de la casa. Jacko los siguió.

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Si Jacko sintió curiosidad por el hecho de que Kowalski tenía la llave de la
puerta, o por la casa de Allegra con el arpa en la esquina de la sala de estar, no lo
demostró. Simplemente se quedó allí de pie, en posición de descanso, y esperó
órdenes. El hombre apropiado, pensó otra vez.
Kowalski ayudó a Allegra a quitarse el abrigo, luego la hizo sentarse en el sofá
y él se sentó a su lado, sujetándole la mano.
—Escucha, cariño. Voy a salir unas dos horas. Tengo que averiguar dónde está
ese Sanderson.
La mano de ella le apretó con fuerza.
—¡Oh Dios mío, Douglas! —gimió ella angustiada—. ¡Ten mucho cuidado!
No era violento, ¡y un cuerno!, pensó él. El instinto de Allegra sabía que
Sanderson era peligroso. Pero ni la mitad de lo que era Kowalski, que iba a liquidar a
aquel jodido enfermo.
—Tendré cuidado, no te preocupes por eso. Sé cuidarme. Ahora escúchame —
Ella estaba concentrada en él, apretándole con fuerza la mano—. Si esta tarde has
oído a Sanderson, quiere decir que de algún modo ha salido de la prisión. Tengo que
localizarlo, pero no puedo hacer nada si estoy preocupado por tu seguridad. Así que
Morton, a quien llamamos Jacko, se quedará contigo hasta que yo regrese. Estarás a
salvo con él, cariño.
Kowalski le dirigió a Jacko una mirada severa. Jacko entendió a la perfección
que si algo le pasaba a Allegra mientras él vigilaba, era hombre muerto.
¿Qué llevas encima?, articuló Kowalski con los labios, sólo para asegurarse. ¿Tú
qué crees?, le contestó Jacko con la mirada y abrió el anorak hasta que Kowalski vio el
extremo de un arma bastante grande. También llevaría una pistola de repuesto en la
funda del tobillo y su enorme cuchillo plegable en el bolsillo de los vaqueros.
Sí, Allegra estaría bien. Jacko era tan cuidadoso como él. Nadie lo sorprendería.
—No sé… —Alegra parecía preocupada.
Jacko se acercó en silencio hasta que estuvo delante de ella. Se puso en cuclillas
para que ella no oyera su voz por encima de la cabeza.
—No se preocupe por mí, señora —habló arrastrando las palabras—. Continúe
y haga lo que haría normalmente, y finja que no estoy aquí. Yo me sentaré aquí
mismo hasta que el mayor regrese. No la molestaré para nada.
—De acuerdo, señor Jackman.
—Llámeme Jacko, señora.
—De acuerdo… Jacko. ¿Te importaría si toco el arpa? Eso siempre me
tranquiliza.
—No señora, será estupendo.
Jacko, cuya idea de la música clásica era el grupo de rock ZZ Top, parpadeó.
Kowalski sonrió ampliamente y al salir le dio a Jacko una palmada en la espalda.

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Capítulo 16
—¿Qué sabes sobre Corey Sanderson, y dónde está el cabrón ahora mismo? —
Kowalski agarró la única silla de la habitación del hospital, le dio la vuelta y se sentó
a horcajadas.
Se había encontrado con Claire justo en la puerta y la había enviado a por café.
Parecía agobiada y agradecida de dejar a Bud con algún otro. Bud tenía tubos con
líquidos entrando y saliendo de su cuerpo, llevaba una de esas horribles batas de
hospital y tenía el ceño fruncido.
Kowalski no quería ni imaginarse para que eran los tubos y hasta donde
llegaban. Los médicos y los hospitales le hacían sentirse mal.
Aunque Bud estaba pálido bajo la piel morena y tenía profundos surcos
recorriéndole las mejillas, parecía vigilante, y eso era bueno. Kowalski necesitaba la
información de Bud, y la necesitaba ayer.
—Hola, mayor, estoy bien, gracias por preguntarlo. Es agradable saber que hay
gente que se preocupa por uno —La voz de Bud era débil y áspera pero logró
inyectarle un tono sarcástico.
Kowalski movió la mano, impaciente. Bud estaba vivo. Era todo lo que
necesitaba.
—Vamos a lo que importa, hombre. ¿Has oído lo que ha pasado esta tarde?
Allegra ha oído la voz de Corey Sanderson. Y también la oyó ayer —Frunció el
ceño—. Personalmente creo que tiene escenas retrospectivas, pero necesito estar
seguro de que Sanderson está encerrado bajo llave, así que habla. ¿Sabes dónde está?
Bud tosió, una tos seca y profunda que le hizo estremecerse de dolor. Seguro
que le acababan de quitar el tubo del esófago. Bud reclinó la cabeza, visiblemente
agotado.
—Dios, Kowalski, sigue mi consejo y no dejes que te disparen.
Demasiado tarde. A Kowalski le habían disparado cuatro veces.
Acercó la silla un poco más, asegurándose de mantenerse apartado del soporte
para sueros.
—Sanderson —le recordó él.
Los ojos de Bud se enfocaron de golpe.
—Es sobre Allegra, ¿verdad?
Kowalski asintió.
—Necesito saber si ese hijo de puta está fuera. Ha oído su voz dos veces en dos
días. ¿Dónde diablos está?
Bud suspiró.
—Escucha, cuando Claire me contó la historia investigue al tipo. Me puso tan

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furioso como a ti que se librara del asesinato y del brutal asalto a Allegra. Fue muy
mala suerte que ella no estuviera en condiciones de declarar. Créeme, si yo hubiera
llevado la investigación, no me habría rendido con tanta facilidad. Pero me enteré de
todo esto hace sólo un par de semanas —Cerró los ojos por un momento, luego los
abrió, con una mirada fija y feroz—. Puedes creerme. De verdad, de verdad odio
cuando los malos son los que ganan.
Kowalski se sentía exactamente igual, y eso sin hablar del hecho que Sanderson
había atacado a Allegra. En su opinión, sólo esto ya era motivo suficiente para
buscarle y hacerle pedacitos.
—Sí —Apretó la mandíbula con fuerza—. ¿Dónde está ahora ese cabrón?
—¿Sanderson? Está en… —Bud se atragantó y empezó a toser con espasmos,
luego gimió. Seguro que los puntos le estiraban.
—Toma —En la mesita de noche, había un vaso de agua con una pajita.
Kowalski lo acercó a la mano de Bud, ayudándolo a llevárselo a la boca, mientras
Bud se apoyaba en la almohada con la otra mano. El herido se bebió la mitad del
vaso, luego volvió a reclinar la cabeza. Kowalski se sentó pacientemente en la silla,
con los ojos clavados en la cara de Bud—. Cuando quieras puedes seguir hablando —
le indicó.
Bud asintió.
—De acuerdo, de acuerdo. ¿Qué ha pasado? ¿Allegra ha oído la voz de
Sanderson?
—Dos veces en dos días. Tengo que saber si en verdad lo ha oído, ella dice que
le ha hablado y que estaba lo bastante cerca como para tocarla, o si tiene escenas
retrospectivas.
Bud se quedó inmóvil.
—Escenas retrospectivas —Asintió con lentitud—. Entonces es que está
recuperando la memoria. Empieza a recordar como el cabrón mató a su padre y le
dio a ella una paliza. Esas no son buenas noticias para Sanderson, aunque por
desgracia no puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Tuvo una defensa
muy buena. No puedo creer que se librara con una condena tan leve. Para resumir, le
condenaron a la mínima pena por homicidio sin premeditación, tres años. Y como el
abogado argumentó que el hijo de puta había sufrido “un impulso incontrolado”,
ahora está en una de esas prisiones para cabrones ricos que creen que pueden
librarse de pagar por un asesinato, en vez de una cárcel de máxima seguridad con un
motorista de ciento cincuenta quilos que lo quiere como novia. O sea que el muy
gilipollas se libró de una condena por un asesinato del que nunca podrán volverlo a
juzgar porque Allegra no pudo declarar.
—¿Ni siquiera ahora, si le vuelve la memoria? Después de todo, ella es un
testigo ocular… —Kowalski dejó de hablar de golpe.
—Un testigo ocular ciego —dijo Bud con voz seca—. Que ha tenido amnesia.
Cualquier abogado decente se la comería entera en contrainterrogatorio y Sanderson
tenía los mejores abogados que el dinero podía comprar. El fiscal del distrito decidió
intentar conseguir una condena por homicidio involuntario y no por asesinato

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porque Allegra no podía declarar e incluso si hubiera podido, su testimonio no se
hubiera considerado lo bastante válido para condenar a un hombre por asesinato.
Para que lo entiendas, no importa lo que pase con Allegra, aunque recupere la
memoria y la vista, Sanderson ya ha sido juzgado por ese delito y no se le puede
juzgar otra vez.
—No puede ser juzgado dos veces por el mismo delito —Los puños de
Kowalski se cerraron con fuerza.
—Lo has cogido, tiarrón.
—Entonces ella no representa ninguna amenaza para él. El tipo ese no tendría
motivos para ir tras ella.
Bud se quedó en silencio durante un momento, su rostro parecía aún más tenso
mientras lo observaba con atención, con los pómulos sobresaliendo rudos y
marcados.
—Bueno —dijo por fin—, eso no es del todo cierto. Si Allegra quiere, y tiene
tiempo y dinero de sobra, puede demandar a Sanderson en el tribunal civil por
muerte por negligencia. Llevarle a juicio por daños y perjuicios. Oh, sí, podría
hacerlo —Bud estaba entusiasmado con la idea—. Un jurado civil no estaría atado a
las reglas de procedimiento y prueba que se aplican en el juzgado penal. Una joven y
preciosa cantante de gran talento privada de su padre, de la vista y de su carrera. Tío,
condenarían al cabrón ese en un abrir y cerrar de ojos, le harían pagar daños y
perjuicios hasta dejarlo con el culo al aire. Sería un buen mazazo para el bastardo. No
sólo le despojaría de sus millones, sino de todo lo demás. A Allegra no le devolverá a
su padre ni la vista pero por Dios que a él le dolería —Sonrió feliz ante la idea—.
Pero volviendo a Allegra, no puede haber oído la voz de Sanderson. Está en una
institución siquiátrica para criminales, donde cada año revisan las medidas de
seguridad. No se puede salir de allí. Sanderson seguro que no. Mi compañero ha
venido a verme hace sólo una hora para ponerme al día. Él me lo habría dicho si
Sanderson se hubiera escapado. Sabe que estoy interesado en el caso. Así que
Sanderson todavía sigue allí.
Kowalski no estaba tan seguro. Había pocos edificios en el mundo de donde él
o Midnight o cualquier otro Seal no pudieran salir. Aunque también era cierto que,
por lo general, los productores de música no tenían el entrenamiento de un Seal. De
todos modos, no iba a correr riesgos.
—¿Dónde está ese sitio? ¿Cómo se llama?
—Instituto Psiquiátrico y Correccional de Spring Harbor. Consiguen
subvenciones enormes para investigación. Está a unos sesenta y cinco quilómetros
fuera de la ciudad, dirección Mt. Hood.
Kowalski hizo algunos cálculos. Con el tráfico, tardaría casi una hora en ir y
volver, y otra en averiguar lo que quería. Daba igual, no iba a regresar con Allegra
sin algunas respuestas fiables. Jacko esperaría y la protegería el tiempo que hiciera
falta.
—Bien, voy a comprobarlo y ver si Sanderson podría salir el tiempo necesario
para aterrorizar a Allegra y volver —Bud negaba con la cabeza—. ¿Qué?

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—Veo que no me has oído al principio —Bud alzó la mano izquierda, alzando
con ella el tubo intravenoso, para ir marcando cada punto—. Primero: está en una
institución siquiátrica. No “dejan” entrar y salir con tanta facilidad a los tipos que
hay allí, si no perderían el contrato con el gobierno y tendrían que rendir cuentas
ante el Comité de la Junta de Prisiones. Segundo: Sea lo que sea o quien sea que entre
o salga, no te lo dirán a ti, un civil. Necesitarías una autorización, o al menos ir con
un poli, y yo de momento no voy a ninguna parte. Tercero:… ¿qué coño haces?
La voz débil de Bud sonó sobresaltada cuando Kowalski, con calma, metió la
mano en el cajón superior de la mesita de noche y sacó la insignia de policía. Se la
colgó en el cinturón mientras Bud se esforzaba por sentarse en la cama.
—Oye, ni se te ocurra —dijo Bud, respirando con dificultad cuando logró
colocarse medio sentado y estremeciéndose al apoyarse en un codo.
Los dos quedaron mirándose como dos viejos alces enzarzándose con las
cornamentas. Pero la cornamenta de Bud había sido recortada. Se rindió.
—Ah, mierda —la cabeza volvió a apoyarse en la almohada—. No mates a
nadie mientras muestras mi placa.
—Lo intentaré —Kowalski se dirigió con rapidez hacia la puerta.
Bud alzó la voz.
—¡Y quiero recuperar esa placa mañana!, ¿me oyes?
Kowalski cerró la puerta con suavidad detrás de él y fue hacia las escaleras con
movimientos veloces.

Era un lugar para ricos. Para ricos locos, pensó Kowalski, mientras caminaba
por el perímetro del Instituto de Spring Harbor. Había aparcado el SUV a medio
kilómetro, en un camino que daba a la carretera. Había ensuciado de barro los
parachoques y los laterales para que no destacara. Nadie notaría su vehículo entre los
otros treinta aparcados allí fuera, ante el destartalado edificio del que salía una
música estridente por cada una de las juntas.
Kowalski caminó con rapidez hacia el Instituto, se detuvo a un lado de la
carretera de doble vía, más o menos a tres metros de un bosque, preparado para
meterse dentro a la primera señal de un coche, pero no había ninguno en toda la
carretera. Sólo el sol que iba poniéndose, árboles altos y antiguos que parecían aún
más fantasmales bajo la luz del crepúsculo, y silencio.
Recorrió el perímetro amurallado de unos seis kilómetros hasta los portones,
visibles a la izquierda. En lugar de ir hacia allí, dio la vuelta a todo el muro en
sentido contrario a las agujas del reloj, comprobando las medidas de seguridad.
No eran de lo mejor, pero no estaban mal. Midnight y él podrían tener algunos
pequeños problemas para entrar y salir. No muchos, pero algunos. Había cámaras de
seguridad discretamente colocadas en unos postes colocados en la pared de piedra a
cada seis metros. Cada cinco minutos, las cámaras hacían un recorrido completo.
Kowalski reconoció la marca, que tenía un serio defecto de seguridad. El ángulo de
visión era muy estrecho, lo que significaba que si se cronometraba bien, uno se podía

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mover sin problemas por los puntos muertos. Y ahora ni siquiera tenía que
cronometrarlo porque las cámaras no estaban equipadas con detectores infrarrojos,
por lo que lo único que tenía que hacer era quedarse en la penumbra de los árboles y
observar.
Al final acabó el círculo en los portones, observándolos con el catalejo. La placa
muy discreta con las palabras Instituto Psiquiátrico y Correccional de Spring Harbor
grabadas con letras elegantes. Las cámaras de seguridad colocadas en la entrada eran
grandes y muy visibles. Los portones también eran grandes con la cerradura a dos
metros y medio de altura. Una chapa de acero del ancho de la carretera que se
cerraría o abriría apretando un botón cada vez que un vehículo entrara o saliera. En
general un sistema de aspecto impresionante, y totalmente inútil. Al parecer a la
administración no se le había ocurrido que alguien que quisiera entrar sin permiso o
fugarse no usaría las puertas de delante.
Sin embargo, seguro que impresionaba a los médicos que pasaban la consulta y
a los políticos.
Los muros de seis metros estaban completamente despejados por lo que las
cámaras podrían ver a cualquiera que intentara escalarlos. Sin duda por el otro lado
estaban igual de despejados. Una estupidez. Si Kowalski diseñara un sitio seguro, no
habría vegetación de ningún tipo en al menos nueve quilómetros alrededor del
perímetro, y en el suelo sólo tierra limpiada con un rastrillo que dejara al descubierto
cualquier huella, no hierba.
Kowalski se subió a un árbol que estaba cerca y encontró el sitio perfecto para
colocarse. Desde allá arriba vio una enorme mansión de tres pisos de finales de siglo
que había sido adaptada al siglo veintiuno. Barras en unas preciosas ventanas con
cornisa, a las que les habían puesto cristales antibalas. Una puerta de seguridad, que
había sustituido lo que sin duda había sido una puerta de madera tallada en un
enorme porche blanco. Césped claro sin arbustos ni árboles. Cámaras de seguridad
colocadas bajo el alero.
Cerró el catalejo. Había visto todo lo que tenía que ver.
Media hora más tarde, llegaba a la enorme puerta de seguridad y apretó el
botón de cobre.
—Sí —dijo una voz.
—Me gustaría hablar con el director —Cámara moviéndose hacia abajo, lente
que parpadea.
—¿Puedo preguntar para qué?
—Sí, puede —Mostró la placa de Bud.
Silencio, luego un fuerte chasquido y los enormes portones empezaron a
abrirse.
Kowalski condujo por el camino de grava. Sí, su primera impresión había sido
acertada. Este sitio era para los jodidos locos ricos. En la vida podría entrar allí algún
pobre ignorante que hubiera matado al padre de alguien y dado una paliza a una
mujer, con el césped bien podado, las discretas barras en las ventanas y —lo oyó al
acercarse a los escalones de mármol blanco— música de Mozart por los altavoces. La

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“Sonata nº 4 en Mi bemol mayor”. Buena elección.
No, desde luego que un gilipollas corriente con problemas para “controlar los
impulsos” no estaría aquí. Pero Corey Sanderson tenía mucho dinero para gastar y
ningún testigo ocular.
Kowalski alzó la mirada sin inmutarse hacia las dos cámaras de seguridad que
había tras unos enormes candelabros y esperó. Un hombre rechoncho vestido de un
blanco inmaculado abrió la puerta. Kowalski decidió que era un celador. Sin una
palabra, el hombre acompañó a Kowalski por un largo pasillo con el suelo de madera
reluciente hasta una oficina que más parecía de una multinacional. Había en ella un
sofá de un blanco impoluto, una alfombra blanca, paredes blancas, estanterías
blancas, una secretaría rubio platino con un traje blanco escribiendo con el teclado de
un ordenador blanco.
La mujer alzó la mirada.
—¿Sí? —Ninguna sonrisa, ningún ceño fruncido, sólo un educado desinterés.
—¿Cómo se llama el director?
—Childers.
—He de hablar con él. Ahora.
—Ella —La temperatura del cuarto bajó varios grados—. Y lo lamento, pero me
temo que por el momento no puede hablar con la doctora Childers. Está ocupada —
La señora Recepcionista Glacial fingió hojear una agenda de cuero blanca—. Si quiere
una cita, la doctora Childers estará libre el próximo martes a las diez de la mañana.
—Será mejor que la doctora Childers deje de estar ocupada de inmediato —
Kowalski se abrió la americana lo suficiente para mostrar la placa y la pistolera del
hombro. Sabía como mirar de forma amenazadora y mostrar los dientes en algo
parecido a una sonrisa, que sólo era una ampliación de la amenaza.
Unos dedos de uñas rosadas se metieron bajo el escritorio y dos minutos más
tarde otra rubia fría con una bata blanca entró en la habitación. La doctora Childers,
supuso él.
—Amanda, creía que te había dicho que sólo usaras ese timbre en casos de
urgencia —dijo con voz irritada.
Los ojos de Amanda se desviaron hacia Kowalski. Él mostró los dientes, la placa
y el arma una vez más.
La rubia fría apretó los labios.
—Sígame.
Lo llevó a una habitación grande, aireada, al lado de la sala de espera. Blanca,
fría y ordenada. Ella se sentó detrás del elegante escritorio de roble y cruzó las
manos.
—¿En qué puedo ayudarle, señor…? —la voz se detuvo, invitando al otro a
continuar.
—Teniente —dijo Kowalski—. Teniente Tyler Morrison del departamento de
homicidios de la policía de Portland.
La doctora abrió ligeramente los ojos, pero se mantuvo fría.
—Bien, teniente. ¿En qué puedo ayudarle?

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MIDNIGHT ANGEL

—Hay un preso aquí, Corey Sanderson. Golpeó a un hombre hasta matarlo y
lisió a una joven.
La doctora Childers apretó los labios.
—Tenemos un paciente con este nombre, sí. El señor Sanderson. Está
respondiendo muy bien al tratamiento. Es un hombre muy culto y un gran entendido
en música. Un pianista dotado. Precisamente la otra tarde tocó para una delegación
que vino a visitarnos —Una tenue sonrisa apareció en su cara—. Mozart y Schuman.
Fue precioso.
El cabrón sabía tocar algo más que las teclas del piano, pensó Kowalski. Había
tocado muy bien las teclas de la doctora Childers.
—Sí, señora —replicó él—. Nos preguntábamos si además de tocar el piano,
puede escalar paredes.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—Tenemos un testigo ocular de confianza que sitúa a Sanderson Corey en
Lawrence Square ayer a las dieciséis horas —mintió Kowalski sin ningún
remordimiento—. Y hoy fuera de The Garden, un restaurante en Stillwell. Hacia las
trece horas treinta minutos.
La doctora Childers clavó en él una mirada inexpresiva, luego volvió la frialdad
a sus ojos.
—Me temo que su testigo ocular se confunde, teniente. El señor Sanderson no
ha abandonado este establecimiento desde hace tres meses. Para ser exactos, desde el
juicio.
—Y condena —indicó Kowalski, y vio que un leve rubor cubría aquellos rasgos
pálidos y severos—. Puede ser que sea como usted dice, doctora, pero me gustaría
ver por mí mismo al señor Sanderson.
—Me temo que no es posible —contestó la buena de la doctora, no sin
satisfacción—. Hay normas. Necesitaría usted una autorización.
Él sacó el móvil.
—Bien, doctora, eso no es ningún problema. Tengo al juez en el discado rápido
—Kowalski la miró directamente a los ojos. Él era capaz de hacer llorar al recluta más
resistente sólo a través del contacto visual. Se apostaba algo a que la mujer no
soportaría más de diez segundos. Uno, dos, tres…
—Oh, de acuerdo —Irritada, la doctora Childers se levantó, estirándose con
meticulosidad la bata blanca—. Sígame. Verá por usted mismo por qué al señor
Sanderson le sería imposible dejar el establecimiento.
La seguridad era mejor de lo que se había imaginado. No enorme, no imposible
de saltársela, pero desde luego no era pan comido. La voz brusca y molesta de la
doctora Childers hizo eco en el amplio pasillo.
—Aunque me parece excesivo, según mi opinión profesional, el señor
Sanderson ha sido confinado en el ala C. A los pacientes de esta ala se les mantiene
aislados. Esto quiere decir…
—Sé lo que quiere decir aislados, doctora. Sólo quiero saber lo eficaz que es ese

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aislamiento —Ella le dirigió una mirada que era puro veneno en el momento en que
llegaron al final del pasillo. En un principio, la puerta debía haber sido de una
elegante madera artesonada, como las otras que había allí, pero se había sustituido
por una plancha blanca de acero. La doctora Childers puso el índice ante una
pantalla verde y esperó mientras la pantalla iba llenándose de destellos de luz verde,
comparando los bordes con las huellas digitales de la base de datos del personal.
Tenían seguridad biométrica. Era condenadamente difícil saltarse la seguridad
biométrica. Factible pero condenadamente difícil. Lo más probable es que tuvieras
que cortar el dedo a alguien para pasar.
La puerta se abrió silenciosamente y entraron. Allí había más medidas de
insonorización. En esta sección no había ni un ruido, aunque había enfermeras y
celadores entrando y saliendo, empujando carritos y soportes de intravenosos, y
trasladando enfermos en sillas de ruedas.
Kowalski miró a su alrededor con curiosidad. La decoración era espartana pero
elegante, y las medidas de seguridad discretas. Se parecía mucho más a una mezcla
de clínica privada y hotel elegante que a una prisión. Nada más que lo mejor para el
hombre que había matado al padre de Allegra y la había vapuleado a ella, dejándola
en coma y ciega.
La doctora se detuvo en la tercera puerta, examinando con rapidez la ventana
con malla de alambre incrustada en la parte superior de la puerta. En la pared, al
lado de la puerta, había un pequeño teclado alfanumérico.
La doctora Childers le hizo una seña a una enfermera que pasaba, le pidió en
voz baja la gráfica del paciente de la habitación tres y se apartó a un lado para que
Kowalski pudiera mirar el interior.
La habitación estaba bastante bien equipada, con una cama alta de hospital, un
sofá, una mesa de madera de diseño con dos sillas, un estante lleno de libros, un
pequeño equipo de alta fidelidad de última tecnología de una marca sueca muy cara,
y una extensa colección de CDs. En la pared de la izquierda había una puerta que
supuso que conducía al cuarto de baño. Ningún espejo ni ningún cuadro.
A los asesinos locos y ricos se les trataba muy bien aquí.
Un hombre yacía de espaldas en la cama conectado a un tubo intravenoso. Se
había cortado el cabello rubio que antes llevaba hasta los hombros, no iba vestido con
elegancia y era difícil calcular la altura estando acostado, pero era él, el hombre que
Allegra había descrito. Corey Sanderson.
Kowalski miró con severidad al hombre que le había dado una paliza a Allegra,
sintiendo como la sangre le quemaba en las venas. Matar al cabrón no solucionaría
nada, pero de todos modos, ansiaba hacerlo. Se obligó a mostrar una expresión
impasible antes de darse la vuelta.
—Supongo que estaría dispuesta a jurar que él no ha salido de este edificio, y
que no lo hizo ni ayer ni hoy.
La voz de la doctora fue fría y tranquila.
—Estaría dispuesta a jurar no sólo que el señor Sanderson no ha salido del
edificio, sino que no lo ha abandonado esta habitación. Tuvo —por un momento

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pareció afligida— un… un episodio el sábado por la tarde. Un episodio psicótico.
Rompió todos los muebles de su habitación. He tenido que reemplazarlo casi todo. Y
lo había estado haciendo tan bien, sus parámetros… bueno, no importa. El caso es
que nos obligaron a suministrarle un sedante el sábado, ayer y otra vez esta mañana.
Créame, aunque las puertas del edificio hubieran estado abiertas de par en par, el
señor Sanderson hubiera sido incapaz de salir de aquí. En realidad es incapaz de
andar. Tuvimos que sedarle con una dosis bastante grande.
—Ajá —Kowalski observó al hombre inmóvil de la cama, odiando cada célula,
cada molécula de él—. ¿Qué dosis y qué sedante?
Él giró la cabeza ante el silencio de la mujer. Al final la doctora Childers dijo:
—¿Es necesaria esta información?
Kowalski se metió la mano en el bolsillo, dejando ver a propósito la placa de
Bud.
—Sí, doctora, lo es.
—Oh, está bien —De mala gana, la doctora comprobó el portafolios que le había
dado una enfermera. Recorrió el papel con los ojos—. Veamos… al paciente se le
administró 120 mg de Thorazine el sábado por la noche a las nueve y media, como
consecuencia de un violento ataque psicótico. La dosificación habitual es de 100 mg,
pero el señor Sanderson estaba muy… agitado. Y sigue estando agitado tan pronto
como pasan los efectos de la dosis. Después del sábado se le han inyectado dos dosis
de 120 mg. En términos técnicos, teniente Morrison, esa dosis es suficiente para
tumbar a un caballo.
Kowalski lo pensó detenidamente. Meticulosidad. No dejar ningún cabo suelto.
—¿Cómo sé que de verdad se le ha administrado el sedante?
Un color rosado apareció en las mejillas de la doctora Childers. Golpeó el
portafolios con una uña de una manicura perfecta.
—¡Porque yo se lo estoy diciendo!
—Ajá —La mirada de Kowalski era firme. Repitió con un tono impasible—:
¿Cómo sé que de verdad se le ha administrado el sedante? ¿Cómo sé que no se han
limitado a ponerlo en esa hoja de papel? ¿Cómo sé que Corey Sanderson no ha salido
de aquí, sintiéndose seguro al saber que tiene una coartada porque alguien ha
garabateado algo en una hoja de papel?
Ahora las mejillas de la doctora Childers estaban rojas.
—¡Nunca he oído algo tan impertinente! ¿Está usted sugiriendo que nuestros
registros están falsificados?
—No sugiero nada. Lo único que digo es que tenemos motivos para creer que
Coery Sanderson estaba fuera de la institución ayer y hoy y sólo tengo su palabra de
que no lo estaba.
—Mi palabra y el registro médico.
—Ajá —Kowalski clavó los ojos en la doctora durante un par de minutos. Ella le
mantuvo la mirada. Sin duda pensaba que podía intimidarlo. Bueno, la mujer no
sabía a quién intentaba intimidar. Era condenadamente seguro que no iba a echarse
atrás porque una doctora snob deslumbrada por un asesino lo mirara con los ojos

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entornados—. ¿Lo juraría ante un tribunal?
Ella siguió mirándolo fijamente, muy segura de sí misma.
—Sí, teniente.
Kowalski tomó una decisión en una milésima de segundo. Podría obligarla a
que le tomara una muestra de sangre y analizarla, pero era ilegal y lo sabía. Aún más
importante, ella lo sabía. Y so metería a Bud en un sinfín de problemas, porque la
doctora Childers presentaría una queja al departamento de policía de Portland en el
mismo instante en que la puerta de la clínica se cerrara detrás de él. Kowalski
suplantaba a un oficial de policía y no tenía ningún derecho a estar allí.
Si la seguridad de Allegra dependiera de ello, él mismo entraría y tomaría una
muestra de sangre, y desde luego no se esmeraría mucho a la hora de clavarle la
jeringuilla. Pero en general, sopesando los pros y los contras, Kowalski perdería más
que ganaría si lo hiciera.
—Quiero una copia del historial clínico del señor Sanderson —Ahí pisaba un
terreno más seguro. La doctora Childers se opondría al principio, pero él tenía
derecho a solicitarlo.
—¿Qué? —Por un segundo, la máscara de arrogancia profesional de la doctora
Chilers desapareció. Se quedó con la boca abierta, asombrada. Inspiró una bocanada
de aire—. ¿Que quiere qué?
—Ya me ha oído —La mirada de Kowalski era dura e imperturbable—. Quiero
una copia de los registros de los tres últimos días.
—Eso está fuera de toda cuestión, teniente —La doctora Childers lo miró
airada—. Sería una violación excesiva de la privacidad del señor Sanderson. La única
forma de que accediera sería con una autorización, así que vaya usted a ver a su juez,
traiga una y después hablaremos —Para mayor énfasis, la mujer cruzó los brazos
sobre el pecho flaco y huesudo.
Kowalski se movió acortando la distancia, invadiendo su espacio privado,
tocándola con la punta del pie. Alarmada, la doctora Childers dio un paso atrás,
luego se detuvo antes de dar otro. Era siquiatra, conocía el lenguaje corporal. La
retirada física era el eco de la retirada sicológica.
Kowalski mantuvo el tono de voz bajo y letal.
—Conseguiré la autorización, no lo dude, doctora. Lo que pasa es que me
llevará algo de tiempo hacerlo y todo lo que dice usted que le ha metido en las venas
a ese cab-tipo, podría ser que el sistema ya lo hubiera absorbido, así que nunca podré
estar seguro, ¿verdad? Y si eso ocurre, si tengo que esperar los resultados para que al
final estos sean poco concluyentes —Se acercó un poco más con expresión dura y
decidida—, me enfadaré mucho. Según lo entiendo yo, doctora, eso sería obstrucción
a la justicia, y es algo que no me tomo a la ligera. Mis compañeros tampoco se toman
a la ligera la obstrucción a la justicia. Así que podríamos suponer que está usted
escondiendo algo, ¿hmmm? Y nos veríamos forzados a profundizar la investigación
para averiguar si esconde algo. Y puedo garantizarle, doctora —dio otro paso hacia
delante, satisfecho al ver que ella retrocedía sin querer—, que giraremos esta
institución al revés. Estaremos aquí día y noche, muchos días y muchas noches,

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repasando cada papel que haya archivado, y si encontramos algo, cualquier cosa, y
hablo de una aspirina mal recetada, doctora, usted va a pagar.
Era una fanfarronada. Las drogas ya habrían desaparecido cuando se emitiera
una autorización. Pero Kowalski sabía como inyectar la amenaza en la voz y en la
expresión. Con disimulo dio otro paso hacia delante, enderezando los hombros,
presentando un contorno más grande. Sicología básica. Él era una amenaza
inminente y lo único que quería ahora la mujer era deshacerse de él.
La doctora Childers se había quedado blanca. Kowalski se preguntó a qué le
tenía miedo, aunque en realidad le importaba una mierda. Estaba enfocado en una
misión. La misión ahora mismo era averiguar si ese cabrón de Sanderson había o no
reanudado sus actividades normales en los dos últimos días y había aterrorizado a
Allegra.
Kowalski y la doctora Childers se quedaron allí uno delante del otro, en un
combate de miradas, y ganó él. Blanca como el papel, la mujer fue al puesto de las
enfermeras y volvió con una carpeta. Se la tendió con dos dedos para evitar tocarlo,
como si él fuera un leproso.
—Espero que ahora esté satisfecho, teniente —dijo ella con mucha frialdad.
—Depende —contestó él y se alejó.

Era bastante tarde cuando Kowalski llegó a casa de Allegra. Se había detenido
en un laboratorio que su empresa había utilizado algunas veces, y consiguió que un
técnico de allá evaluara la información médica. La rata de laboratorio había usado
más o menos el mismo lenguaje que la doctora Childers.
—El tipo es, a todos los efectos, un fiambre desde el sábado —había dicho
alegremente.
Sanderson no había estado en ninguna otra parte que tumbado de espaldas en
la cama.
Lo que significaba que Allegra tenía escenas retrospectivas de la noche en que
Sanderson había matado a su padre y la había vapuleado a ella. Aunque Kowalski
dudaba que corriera algún peligro real, había tomado precauciones, incluyendo la
gargantilla que manoseaba en ese momento en el bolsillo.
Allegra estaba tocando y cantando con brío, y las notas se quedaban flotando en
el aire de la noche mientras él se acercaba al porche.
Había llamado antes a Jacko para decirle la hora aproximada en que llegaría.
Uno no entra sin avisar donde hay un hombre armado y alerta, trabajando de
guardaespaldas, sobre todo si ese hombre es un excelente tirador y con reflejos
rápidos.
Dio un golpe en la puerta, gritó “Eoo”, metió la llave, abrió y entró. Allegra
estaba con el arpa y Jacko en una butaca girada de manera que podía mirarla a ella y
a la puerta, con el arma sobre la rodilla y el dedo en el gatillo.
La música se detuvo.
—¿Douglas? —Allegra se puso en pie y se apartó del arpa. Kowalski atravesó la

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habitación con rapidez y la estrechó entre sus brazos—. Me alegro que hayas vuelto
—refunfuñó contra el abrigo.
—Sí —Kowalski apoyó la mejilla en la cabeza de ella durante un momento,
luego la besó, y la acompañó a la cocina—. Te haré un poco de té dentro de un
momento.
Ella comprendió que tenía que hablar con Jacko.
—Vale —dijo con voz queda mientras se sentaba, cruzando las manos sobre el
regazo.
Jacko todavía estaba sentado en la butaca. Cuando Kowalski se acercó, él alzó
los ojos con una mirada ausente. Oh, Dios. ¿Tanto se había aburrido?
—Gracias, hombre —Kowalski dejó caer la mano sobre el hombro de Jacko—.
De verdad te lo agradezco. Puede que no fuera necesario, pero me ha hecho sentir
mejor.
Jacko parpadeó y pareció volver en sí.
—Esa música —Se le veía aturdido.
—Sí. Es un hábito que se aprende. Y no está a cien decibelios, como tus grupos
de rock favoritos. A algunos de nosotros nos gusta la música que está escrita con sus
notas correspondientes.
El gusto musical de Jacko era legendario. Kowalski lo había acompañado una
vez a un concierto de su grupo favorito, y había tardado tres días en recuperar el
oído.
—Hermosa —murmuró Jacko—. Tan hermosa.
Kowalski lo miró con severidad y lo olió. No, Jacko no había estado bebiendo el
excelente whisky de Allegra. Se sintió avergonzado. Jacko nunca bebería mientras
estuviera trabajando.
—Ajá —Le tendió a Jacko su anorak, ansioso por librarse de él y volver con
Allegra—. Muchas gracias. Has sido de gran ayuda. Te debo una. Cuenta conmigo
cuando necesites un favor, ¿de acuerdo?
Jacko giró la cabeza poco a poco para mirar a Kowalski y parpadeó. ¡Maldición!
¿Había estado bebiendo?
—Esa música —susurró Jacko—. Tan triste. Tan hermosa. Ella es tan hermosa.
Oh, Jacko había caído bajo el hechizo de Allegra.
—Pues sí, lo es. Una muchacha bonita y una música bonita. Podrías escoger
algo así la próxima vez —Por lo general, las compañeras sexuales de Jacko tenían
más tatuajes y piercings que él.
Kowalski deslizó la pistola de Jacko en su pistolera y alzó el anorak para que él
pudiera pasar los brazos. Cuando Jacko se quedó allí parado, Kowalski lo condujo
hasta la puerta de la calle, le dio una palmada en la espalda con la que le hizo salir
afuera y dijo:
—Gracias otra vez —Y cerró la puerta.
La próxima vez, encontraría un guardaespaldas gay para Allegra. Una pena que
no pudiera ser un Seal. No había gays entre los Seals.
Allegra estaba donde él había dejado, sentada en una silla de la cocina, triste y

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decaída. Él le tocó un hombro, inclinándose para besarle la cabeza. Tres minutos más
tarde, el té de vainilla, su preferido tal como él había descubierto, humeaba delante
de ella. Allegra rodeó la taza con las manos como si necesitara el calor, pero no bebió.
—¿Y bien? ¿Qué has averiguado? —Preguntó ella al fin.
Kowalski se sentó a su lado, poniéndole una mano en la rodilla para que
pudiera sentir su presencia. Cogió la mano de Allegra y la mantuvo con firmeza
entre las suyas.
—Bueno, fui al instituto psiquiátrico donde está detenido Corey Sanderson. El
Psiquiátrico de Spring Harbor —Ella dio un brinco al oír el nombre de Sanderson—.
Lo comprobé todo detenidamente, cariño. El tipo está aislado, lo que significa que no
puede entrar ni salir de donde está. El sitio es tan seguro como una prisión. Es una
prisión. Y no sólo esto, al parecer Sanderson tuvo una especie de episodio psicótico el
sábado por la noche y lo han inflado a psicotrópicos. Sanderson ha estado en una
camisa de fuerza química desde el sábado. Le es imposible ir a ningún lado lleno de
drogas hasta el cuello, así que hoy no ha podido ser él. Y tampoco pudo ser él ayer.
Ella escuchaba con la cabeza un poco girada hacia un lado, sin intentar en
ningún momento expresar lo que pensaba. Estaba sentada muy quieta. ¿Había
entendido lo que él le había dicho?
—¿Cariño? —Estaba muy pálida y con la piel helada. Kowalski frunció el ceño,
levantándole la mano y llevándosela a los labios—. ¿Lo entiendes? No corres ningún
peligro. Corey Sanderson no está en libertad. Está encerrado. No puede hacerte daño,
de ningún modo. No estás en peligro.
Ella no reaccionaba y él empezaba a asustarse.
—¿Allegra?
—Supongo que esto quiere decir que me estoy volviendo loca —susurró por fin
con voz ronca. Giró la cabeza hacia él con expresión asustada—. Douglas te juro que
he oído la voz de Corey. Te lo juro. Nadie me cree. ¿Por qué no hay alguien que me
crea?
Kowalski tenía el corazón en un puño ante el sufrimiento de la cara de Allegra.
—Sí, has oído su voz, sólo que no era una voz de hoy o de ayer. La oíste hace
cinco meses. Es un fenómeno perfectamente normal —Cerró los ojos. Vaya idiotez
acababa de decir. Ser ciego y amnésico era todo menos normal—. Lo que quiero decir
es que tienes amnesia temporal debido a una severa conmoción cerebral. Estás
recuperando la memoria. Tu cerebro te envía mensajes desde hace cinco meses, eso
es todo, como… como un correo electrónico sin recibir que al fin está llegando. Lo
que has oído ocurrió, pero no ahora. De ninguna manera te estás volviendo loca.
¿Le estaba escuchando? Todavía tenía la cara pálida, distante.
—Deberías irte ahora —Le temblaban los labios. Era como si le arrancaran las
palabras—. Vete.
¿Qué?
Ella se echó hacia atrás, apartando la mano, rompiendo la conexión física entre
ellos.
—Vete, Douglas. Vete ahora, sal de aquí. ¿Qué haces aquí conmigo? ¿Qué

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puedes esperar de mí? Solo soy un problema para ti. Vete mientras puedas.
—Estás diciendo tonterías, Allegra.
—No, no es verdad —susurró ella con ojos vidriosos—. Por fin me enfrento a la
realidad. Oh Dios, Douglas, estoy… ciega. Me digo que mejoraré, que me someteré a
esa operación pero… es muy posible que me quede ciega para el resto de mi vida. Y
oigo… —la voz le temblaba—… oigo voces. Tengo pesadillas. Me duele la cabeza
siempre que me esfuerzo demasiado en pensar según qué. Soy como un barco que se
está hundiendo. Deberías huir mientras puedas, no soy más que una carga para ti.
A Kowalski el corazón le dio un vuelco en el pecho. Oh cariño, pensó él. No iba
a soportar escucharla hablar así ni un segundo más.
—No, no. Escúchame —Mantuvo la voz tranquila y le cogió las manos. Ella
intentó retirarlas, pero él se las sujetó con más fuerza—. Escúchame bien. No puedo
creer que estés diciendo esto. No eres una carga, eres una alegría. Eres hermosa, con
talento, e inteligente. Nunca me hubiera imaginado que estaría con una mujer como
tú. Eres lo mejor que me ha ocurrido en la vida, sin excepción. Nunca me he sentido
así antes, Allegra. Yo…
Tragó con dificultad, consciente que estaba a punto de decir palabras que jamás
había dicho a nadie. Consciente que estaba a punto de cruzar una línea. Consciente
que su vida no volvería nunca más a ser la misma.
—Te amo —dijo con voz queda—. Tanto que me asusta. Sólo hace un par de
días que te conozco y aún así es como si te hubiera amado toda la vida. Y sé que te
amaré durante el resto de mi vida.
Era un discurso disparatado y a la vez muy cierto. Nada de lo que sentía por
ella tenía algún precedente en su vida. Había tenido sexo a intervalos durante dos
años con una secretaria de la base y apenas recordaba su cara. Todo lo de Allegra
estaba grabado en sus neuronas. Juraría que su último pensamiento en esta vida sería
para ella.
—Oh, Douglas —Una solitaria lágrima, se deslizó por aquella mejilla de piel de
marfil. Ella se inclinó hacia delante, rodeándole la cara con las manos e
inmovilizándole la cabeza, con la palma directamente sobre esa cicatriz tan fea, para
saber dónde estaba su boca y besarle.
Al principio el beso fue tentativo. Era un beso extraño, daba miedo y a la vez
era estimulante. El primer beso de amor de Kowalski. Un leve roce de los labios,
suave y cálido. Un agitar de alas, probando, como si fueran dos adolescentes que
besaran por primera vez. Explorando. Él posó los labios en la curva de su mandíbula,
subiendo hacia el pómulo alto y delicado. Extendió los dedos sobre el cabello,
rodeándole la cabeza, sujetándola para explorarle la cara con la boca. Fue
depositando suaves besos en los párpados cerrados, en las sienes, a lo largo de la
mandíbula, enterrando la cara en su cuello. Le lamió la piel del cuello, pasando la
lengua por los tendones. Ella inclinó la cabeza a un lado para darle un mejor acceso.
Él abrió los pesados párpados el tiempo suficiente para ver que Allegra tenía una
tenue sonrisa en su rostro, luego los cerró otra vez. No necesitaba la vista. Le bastaba
con olerla, con sentirla, con saborearla. Estaba en el cielo.

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Podría quedarse en este lugar para siempre, en este mundo especial que olía a
primavera, hecho de roces tiernos y suspiros suaves. Los labios fueron sin rumbo
hasta encontrar los de ella. Aquí, en este lugar encantado, no existía el tiempo.
Olvidó donde estaban, todo su mundo se reducía a la boca y a las manos de aquella
mujer que le rodeaban la cara.
Kowalski nunca le había dado mucha importancia a los besos. Pero como a las
mujeres les gustaban, él aprendió a besar bien a lo largo de los años. Con su aspecto,
necesitaba usar todas las municiones posibles para no irse solo a la cama. Así que
podía besar como el mejor mientras calculaba cuánto tiempo necesitaría para quedar
desnudo y en posición horizontal con la mujer a la que estuviera besando.
Lo de ahora era algo completamente diferente. Lo de ahora era aprender la
forma de la boca de Allegra, la cara, otra vez, averiguando lo que le gustaba a ella
por el pequeño cambio de respiración. Cuando le tocó la lengua, la descarga fue tan
eléctrica que vio luces detrás de los ojos. Fue tan intenso que volvió a los besos
suaves y tentativos de antes, ligeros y breves.
Era algo completamente nuevo para él. Cuando los besos se volvían ardientes,
lo que quería Kowalski era ir directo al sexo, era en lo único que podía pensar. A
menudo besaba acariciando a la mujer, deslizando la mano por los pechos y el sexo.
Había aprendido a besar mientras con la mano la tocaba hasta que estaba lo bastante
mojada para follarla. Y en el momento en que comprobaba que su compañera de
cama estaba lo bastante mojada para la polla era cuando dejaba de besarla.
Ahora estaba duro, preparado para el sexo, pero aunque el deseo apasionado
estaba allí, era algo remoto y distante. En este momento podría prescindir del sexo
siempre que pudiera quedarse para siempre donde estaba, en la gloriosa Tierra de
Allegra, con los labios uniéndose y separándose y uniéndose otra vez.
Era la misma Allegra quién lo estaba transportando al siguiente nivel. Gemía y
se apretaba contra él, abriendo la boca, ansiosa por un mayor contacto. Ella ladeó la
cabeza, inspiró profundamente y empezó un beso largo, húmedo, infinito y
abrasador, contoneándose para acercarse tanto como pudiera a él, enroscándole los
brazos por el cuello.
Kowalski la alzó y se la colocó en el regazo y ella se apretó contra él, tensa y
excitada, empezando a respirar con dificultada. Se adhería a él como si Kowalski
estuviera a punto de marcharse e intentara con desesperación hacer que se quedara.
Tenía las mejillas mojadas.
—Eh, eh —murmuró él, levantando la cabeza. Ella enterró la cara en su cuello,
aferrándose a él, desesperada. La besó en la cabeza para reconfortarla, y en los labios
por placer—. No me voy a ninguna parte, ya lo sabes. Estoy aquí, tanto tiempo como
tú quieras.
Se movió inquieto, consciente que la cadera de Allegra estaba a medio
centímetro de su erección. Intentó que no hubiera nada sexual en la manera en que la
tocaba, preguntándose como hacerlo teniendo entre sus brazos a la mujer más
deseable del universo. El abundante cabello le acarició los brazos, el delicado olor
flotó hasta las ventanas de la nariz. Estaba tan caliente que pensó que se consumiría

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en llamas.
Debía enfriar un poco las cosas, por el bien de ella. Tal vez Allegra no quería
sexo ahora, tal vez sólo quería que la reconfortara. Con toda la fuerza de voluntad
que pudo reunir, intentó arrancarse de la mente la polla erecta, olvidar que los
pequeños pechos le estaban presionando el tórax, no pensar en que aquellos labios
estaban tan cerca de su cuello que notaba los pequeños soplos de su aliento.
Ella estaba traumatizada. No era un buen momento para el sexo.
Allegra soltó un pequeño y sensual suspiro y giró la cabeza para morderle el
cuello con delicadeza. Movió las caderas, meneándose sobre la erección, mordiéndole
más fuerte al notar que se le hinchaba todavía más. La sensación de los dientes
pequeños en el tendón del cuello a la vez que le frotaba la polla, lo electrificó.
Bueno, tal vez sí que era un buen momento para el sexo. Se levantó con ella
entre sus brazos. Discutió consigo mismo mientras iba a la habitación y se rindió al
llegar a ella. Le estaba llevando demasiado tiempo, pensó. Necesitaba que los dos
estuvieran en el dormitorio, desnudos, en la cama, ya.
Se movió tan rápido como pudo, funcionando sólo por instinto, y en un
momento estuvieran en el lado de ella de la cama, y sin dejar de abrazarla la fue
bajando hacia el suelo. Ella mantuvo los brazos alrededor de su cuello, besándolo
frenéticamente y frotándose con la polla, riendo cuando sintió incluso a través de las
ropas de ambos, como se hinchaba aún más.
—¡Ahora, ahora, ahora! —canturreó mientras lo besaba, quitando una de las
manos que tenía alrededor de su cuello para ponérsela en el pecho, y luego deslizarla
hacia abajo, hasta la polla. Se la agarró por encima de los pantalones, meneándosela,
un movimiento largo hasta la punta, y luego hacia atrás.
Kowalski tenía que metérsela o se moriría. Ni siquiera podía esperar hasta
desnudarse.
Besándola profundamente, pasó la mano por debajo de la falda para quitarle las
bragas, luego con una mano se desabrochó los pantalones y se los bajó junto con los
calzoncillos justo lo suficiente para que la polla saltara de alegría al verse libre, y con
el otro brazo la acostó. ¿Allegra estaba preparada? Le deslizó los dedos por el sexo,
acariciándoles los labios inferiores y sí, estaba mojada, pero no lo suficiente, ni
mucho menos.
Le introdujo un dedo. Ella era tan sensible allí como lo era en la boca. Notaba
como sus músculos respondían a los ataques de su lengua y cuando empezó a
devorarla con la boca, sus músculos internos se contrajeron alrededor del dedo.
Allegra ya se estaba acercando al clímax, casi antes de estar lo bastante excitada para
poder tomarle.
Eso ya fue demasiado para él. La hizo tenderse, se subió encima, se colocó y
empezó a penetrarla.
Los besos ahora eran salvajes, devorándose los labios, chocándose con los
dientes, enredando las lenguas. A cada segundo que pasaba ella estaba más mojada,
así en empujó con firmeza hasta que se detuvo, medio dentro de ella, respirando con
dificultad. La mente se le fundió al sentir el fuego de la vagina, apretada y suave.

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MIDNIGHT ANGEL

Allegra levantó las rodillas permitiéndole un mayor acceso, abriéndose y él pudo
deslizarse hasta el fondo, totalmente dentro de ella.
Los dos se quedaron quietos, jadeando. Kowalski alzó la cabeza para mirarla.
Allegra no había querido luz en aquella primera noche de hacía un millón de años,
pero de fuera entraba la suficiente para verle los rasgos. La piel era tan pálida, era
como tener su propia luna debajo de él, junto a él, para su uso personal. Los labios de
ella estaban hinchados y mojados igual que el coño. Mojado para él. Por él.
Aquellos gloriosos ojos verdes estaban cerrados con las largas y preciosas
pestañas oscuras creando una sombra en la palidez de las mejillas.
Tenían las ropas enrolladas. Él quería sentir aquella suave piel desnuda en su
propia piel al empezar a follar, ¡no!, se corrigió mentalmente, al hacer el amor.
Kowalski intentaba averiguar como lograr desnudarlos a ambos, planeando los
movimientos, empezando a quitarse los zapatos con la punta del pie antes de bajarse
los pantalones, cuando ella lo sorprendió.
Él estaba forcejeando con los zapatos cuando Allegra le rodeó la cara con las
manos, le giró la cabeza con delicadeza y le puso los labios en el oído. Se lo besó con
suavidad y susurró.
—Yo también te amo, Douglas.
Kowalski explotó. No había otra palabra para definirlo. Empujó una vez, con
fuerza, sintiendo correr la electricidad a lo largo de la espina dorsal y se corrió con
chorros interminables, hincando los zapatos en el colchón para penetrarla,
empujando lo más fuerte que podía. Rompió a sudar y empezaron a brotarle
lágrimas de los ojos. Estaba indefenso e incapaz de detener las reacciones, sólo podía
agarrarse a Allegra con desesperación mientras subía en un estallido de llamas, con
cada célula de su cuerpo consumiéndose en una bola de fuego.
El mayor Kowalski, el guerrero duro y solitario, muerto en una explosión
cegadora de fuego y luz y sustituido después, mucho después, por Douglas, el
hombre amado.

Allegra se despertó con Douglas apoyado en su espalda, tapándola. Anoche
habían hecho el amor y luego ella cayó dormida en un sueño sin sueños, como una
piedra hundiéndose en lo más profundo del océano. Recordó vagamente haberse
dormido con él encima de ella, dentro de ella.
Ahora los dos estaban desnudos. De alguna manera, durante la noche, Douglas
les había quitado la ropa a ambos sin despertarla.
Sentía cada centímetro glorioso, desnudo y velludo de la parte de delante de él
a lo largo de la espalda. Estaba muy excitado. Notaba el pene erecto presionándole el
trasero. Algo —alguna parte de su memoria— le decía que había estado así durante
mucho tiempo.
¡Huy! ¿A los hombres les dolía cuando estaban erectos y no hacía el amor?
Se contoneó un poco y él la abrazó con más fuerza.
—Buenos días, amor —retumbó él en su oreja y la acarició con la nariz. A

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Allegra se le puso la piel de gallina. ¿Cómo podía despertarse preparada para el sexo
después de lo de anoche? Y aún así lo estaba, no había ninguna duda. La enorme
mano de Douglas se deslizó por su estómago, apoyando la palma en el pubis, y ella
sabía lo que encontraría si seguía bajando la mano. Ya estaba mojada. ¿O era
todavía? Tal vez ella misma había tenido toda la noche el equivalente de un pene
erecto al tener el cuerpo preparado para el sexo con Douglas. Tal vez incluso, en la
inconsciencia del sueño, lo único que necesitaba era la presencia de Douglas, que ella
registraba en un nivel primitivo, en el nivel del olor y el contacto, y su cuerpo se
preparaba para él.
Incluso antes de que la mano llena de callos le acariciara el pecho, los pezones
estaban duros, y tan sensibles que casi —sólo casi— le dolieron cuando le rodeó el
pecho, haciendo círculos sobre el pezón con un dedo.
Estaba preparada, totalmente preparada para él.
Nunca le había pasado esto. Con otros amantes, siempre había sido lenta para
excitarse, tan lenta que un par de hombres se habían quejado. Incluso se había
resignado a creer que era una amante fría. Frígida no, había tenido su parte de
orgasmos, pero sí fría.
Ahora no, con Douglas no. Era como si se consumiera en llamas, lo único que
necesitaba era la presencia de él.
Allegra abrió la boca para desearle también los buenos días, pero lo único que
salió fue un gemido. Él le había levantado la pierna con un muslo musculoso,
abriéndola a sus caricias y deslizando un largo dedo en su interior.
Se puso rígido.
—Estás mojada —gruñó en su oído—. Estás preparada.
Ella no podía hablar, no podía respirar. Oh, Dios, ¿cómo podía saber con tanta
exactitud cómo tocarla? ¿Dónde tocarla?
Se contoneó alrededor del dedo, intentando conseguir que pusiera la mano…
allí. Se quedó inmóvil cuando la mente empezó aquella caída libre y salvaje de antes
del orgasmo.
—Date la vuelta —La voz de Douglas era baja y gutural.
—¿Qué —Allegra estaba aturdida, incapaz de asimilar las palabras.
Douglas agarró dos almohadas y se las colocó debajo del vientre.
—Ponte de barriga —Sin esperar a que obedeciera, él mismo la cambió de
posición hasta que quedó con la barriga sobre las almohadas, lo que hizo que el
trasero le quedara levantado en el aire—. Agárrate al colchón —Le colocó las manos
en el borde del colchón y se las cubrió con las suyas bastante más grandes—.
Agárrate fuerte.
La voz de Douglas tenía un tono completamente nuevo, uno que no había oído
antes. Por la diferencia con el tono gutural de ahora, comprendió que siempre le
había hablado con ternura, con suavidad. Ahora no. Ahora la voz era áspera,
autoritaria, como si no hubiera duda que él tuviera un poder absoluto sobre ella.
Era pura dominación masculina e imposible de resistir aunque aquella voz
anulara por completo su propia personalidad, por lo general bastante fuerte. Aquel

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absoluto dominio masculino hacía florecer algo salvaje y puramente femenino que
había en ella, dos animales que obedecían a sus instintos más básicos.
Contrastando con aquella actitud, Allegra se dio cuenta como controlaba
Douglas las caricias, como sus manos eran tiernas en todo momento. Ahora, incluso
la tocaba con más suavidad y delicadeza. Estaba usando la fuerza de las manos para
agarrarle las caderas, colocarla, como un semental que pone a punto a su yegua.
Cada célula de su cuerpo se excitó y se abrió para él. Era como si estuviera en el
fondo de algún océano profundo, lejos de la tierra. El aire era denso y caliente, y
pesaba.
La montó. No había otra palabra que expresara la forma en que la cubría. Las
manos fuertes y ásperas le alzaron más las caderas, los muslos poderosos y velludos
le separaron las piernas, la penetró con una embestida que la sobresaltó, y empezó a
empujar de inmediato. Él por lo general tanteaba antes de penetrarla, comprobando
si estaba preparada. Era un hombre muy grande y ella había agradecido aquella
prudencia, consciente en todo momento que él la trataba con delicadeza y ternura.
Siempre la penetraba poco a poco y por lo general dejaba pasar un momento después
de haber entrado del todo para darle tiempo a que se adaptara. Siempre era el
caballero perfecto.
Ahora no.
Estaba claro que Douglas no pensaba en su tamaño ni en si estaba preparada.
Ahora era un macho en celo, las embestidas eran tan fuertes que la levantaron y la
lanzaron hacia delante. Tuvo que hacer fuerza con las manos extendidas para
mantenerse en la cama. Unos sonidos roncos y ásperos salían de la garganta de
Douglas, de lo más profundo de su pecho, al mismo tiempo que el rechinar del
colchón de muelles, mientras la embestía sin piedad, fuerte y rápido.
No le dolía, ni siquiera un poco. La transformación de Douglas de amante
tierno a macho fuera de control la excitó hasta un nivel profundo, de un modo que
nunca antes había sentido. No tenía ni idea de lo que le estaba pasando, esta
excitación tan intensa al ser… poseída. Era puro deseo animal, Douglas gruñendo
encima de ella, embistiéndola descontrolado una y otra vez, con fuerza, y el olor a
sudor y sexo que los envolvía como una niebla.
Punzadas de fuego le recorrían la columna vertebral, la cara le ardía, gotitas de
sudor empezaron a caer de la cara a la almohada. Los dedos de Douglas presionaron
más y la colocó aún más arriba, moviéndose tan cerca que notaba el vello púbico,
corto y tieso, arañándole el interior de los muslos. Él empezó una serie de
movimientos cortos, dentro y fuera, empujando con tanta fuerza que le estiró al
máximo la vagina, llenándola por completo, tocándola… allí.
¡Oh, Dios!
Con un grito salvaje, Allegra estalló, todo su cuerpo explotó en un fogonazo de
calor. Empezó a estremecerse por la intensidad de las contracciones, sintiendo como
se apretaba alrededor del pene de Douglas con tanta fuerza que era un milagro que
él pudiera moverse. Las embestidas se hicieron más rápidas, más salvajes, casi
descontroladas, demostrando con gemidos roncos y desgarradores lo mucho que le

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complacía aquel orgasmo. Y el siguiente. Aunque pareciera imposible, en cuanto las
contracciones empezaron a disminuir, Douglas hizo algo, cambió el ángulo de
entrada y ella llegó al orgasmo otra vez, con pulsaciones intensas, casi dolorosas, en
la vagina.
Eso lo hizo enloquecer, empezó a empujar aún más fuerte, aún más rápido,
gruñendo como un animal mientras se corría. Ella sintió como se hinchaba en su
interior hasta que, con grito muy fuerte, explotó, expulsando chorros de semen con
tanta fuerza que notó dentro de ella cada pulsación. Él ya no se movía, pero
presionaba, enterrado tan dentro de ella como le era posible. Se quedaron quietos
durante un momento, Douglas dentro de ella hasta el fondo, mientras ella perdía el
contacto de los sentidos, cada uno de ellos sobrecargado.
Con un gemido, Douglas se dejó caer hacia delante, aplastándola con su peso.
Se quedaron allí jadeando durante unos largos minutos.
Allegra recobró poco a poco los sentidos. Douglas era tan pesado que tuvo que
esforzarse para expandir los pulmones lo suficiente para respirar. No podía pedirle
que se echara a un lado porque todavía le sentía estremecerse encima de ella,
respirando con dificultad. Los potentes músculos del pecho le rugían al coger aire. Si
él sentía algo parecido a lo que sentía ella, debía tener los músculos derretidos.
Seguía dentro de ella con el pene aún duro, aunque no era de acero como antes, con
las manos cubriendo las de ella, y con la cabeza junto a la suya.
Estaban cubiertos del sudor de los dos, pegándolos el uno al otro. Toda la zona
de la ingle estaba mojada por el semen, al igual que la sábana.
Y aunque pareciera una locura, no era desagradable. Ahora comprendía que el
sexo también era un placer animal. Le gustaba la ternura, pero había algo salvaje, real
y primitivo en la clase de sexo que acababan de tener.
La respiración fue tranquilizándose y empezó a quedarse dormida…
—Oh, Dios mío, creo que me he muerto.
Ella le habría dicho que todavía estaba muy, pero que muy vivo, ¿pero quién
tenía la suficiente energía?
Douglas gimió con fuerza y se echó a un lado, permitiéndole una profunda
inspiración ahora que los pulmones podían dilatarse. Le tocó el trasero con la mano,
una caricia que volvía a ser tierna, casi tentativa.
El Douglas de antes había vuelto.
—¿Estás bien?
Ella no consiguió reunir bastante energía para contestar.
—¿Allegra —la voz profunda sonaba preocupada. La zarandeó con gentileza—.
Allegra, ¿te he hecho daño? ¿Estás bien?
Ella movió las puntas de los dedos del pie. Funcionaban, así que lo más seguro
es que estuviera viva. Hablar requería demasiada energía, así que asintió una vez y
murmuró.
—Mmm-hmm —Decir que se encontraba bien habría sido demasiado esfuerzo.
—¡Vaya!, ha sido intenso. Creía que me iba a dar un infarto.
—Mmm-pphhh —Ahora que le era más fácil respirar, respiró un par de veces

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antes de empezar a quedarse dormida…
—¡Vaya! —Douglas se sentó en la cama, haciendo que los muelles protestaran,
despertándola con el traqueteo—. Me siento en plena forma. Uf, estoy hambriento.
Creo que comeremos un poco más de esos cornetti de los Mancinos. Y ese pan
integral. Y tal vez haga panqueques.
¿Comida? ¿Estaba pensando en comida? Allegra creía que respirar era a lo
máximo que podía aspirar.
—Mmm.
Él le dio una palmadita en el trasero.
—Levántate gandula. Voy a darme una ducha rápida ahora y prepararé el
desayuno mientras te duchas tú. Venga, arriba, que tengo que ir a trabajar.
¿Douglas quería que se levantara? Ni hablar. Negó con la cabeza enterrada en la
almohada, agotando las últimas reservas de energía.
Él le besó el hombro.
—Quiero desayunar contigo y quiero contarte lo que voy a hacer durante el día
y quiero que me acompañes a la puerta y quiero despedirme con un beso.
Bien, entonces estaba claro. Sin mover la cabeza sobre la almohada, dijo:
—Haré todo eso si gritas “cariño, ya estoy en casa” cuando vuelvas.
—Pues vaya trato.
Allegra sonrió y no se movió.
—Vamos, cariño —La bestia la levantó hasta sentarla con la espalda apoyada en
el cabecero, obligándola a despertarse por completo, y luego le cogió la mano y se la
llevó a los labios—. Quiero que desayunemos juntos. No me hagas comer solo, ¿de
acuerdo?
Eso era injusto. Ella suspiró y abrió los ojos.
—¿Cocinas tú?
—Desde luego —Él parecía contentísimo—. Estará todo preparado cuando
salgas de la ducha.
Y así fue.

Allegra se detuvo en la entrada de la cocina con la mano extendida, y sonrió al
tocarle el brazo. Los olores eran deliciosos y de repente estuvo hambrienta. Sexo
como estimulante del apetito. Era un concepto nuevo.
—Todo huele de maravilla.
—Pues espera a probarlo.
—¿Has empezado sin mí?
—No podía esperar —Parecía avergonzado—. Me estaba muriendo de hambre.
Vas a tener que esforzarte para alcanzarme.
Douglas la acompañó a la mesa y la ayudó a sentarse. Ella oyó como le servía el
café.
—Café once bravo rojo.
Lo encontró de inmediato y bebió a pequeños sorbos. Maravilloso.

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Douglas le tocó la rodilla y ella se giró hacia él.
—Voy a procurar volver pronto a casa. Tal vez podríamos ir a dar otro paseo
esta tarde si no hace demasiado frío, ¿qué te parece?
Oh sí. ¿Qué podría ser mejor que esperar con ansia un paseo?
—Me gustaría mucho. Gracias.
Él le cogió la mano.
—Y además… he pensado que podría comprar entradas para el concierto de
Bach del jueves, ¿quieres? Dicen que el pianista nuevo, ¿cómo se llama? Orloff, es
muy bueno. Y luego tal vez podríamos ir a comer algo. Hay un restaurante francés
nuevo cerca de la sala de conciertos, ¿te gustaría ir?
—Creo que preferiría un italiano. Y me gustaría ir al concierto. He deseado ir
desde que supe que lo daban.
—Entonces un italiano. Preguntaré si hay alguno cerca y hoy mismo compraré
las entradas para el concierto —Lo oyó acercarse y la besó en la mejilla—. ¿Ves lo
agradable que es desayunar juntos? No quería perdérmelo.
De repente, Allegra vio muy claro por qué él había insistido tanto en desayunar
juntos. Estaba estableciendo una rutina para ellos, unos hábitos que podían forjar los
dos. Estaba creando una vida para ambos. Bueno, sexo de lo más salvaje seguido de
un maravilloso desayuno y planes para pasear e ir a un concierto era desde luego
una rutina a la que podría acostumbrarse.
Inspiró profundamente. Era tan maravilloso. Antes de Douglas, las mañanas
habían sido tristes y difíciles. Por lo general dormía mal y se despertaba cansada,
sintiéndose embotada y sola. Cuando por fin se preparaba el desayuno, el café de la
mañana le caía mal al estómago y no la espabilaba. Sabía que tenía todo el día por
delante, en la oscuridad y el silencio, hasta que llegara la hora de acostarse, con sólo
otra noche agitada en perspectiva.
Nada que ver con lo de ahora, con la perspectiva de ir a pasear con Douglas por
la tarde, de dormir con él, de despertar con él. Sabía que hoy acabaría de componer la
canción “Un nuevo amor” y que tendría algunas sesiones de prácticas muy buenas.
Esperaba con ilusión el día de hoy.
Alargó la mano y sonrió cuando él se la puso en el brazo.
—Gracias —dijo ella con suavidad.
—¿Por qué? —Él parecía de verdad desconcertado.
—Por… por el desayuno. Por querer llevarme a pasear y a un concierto. Por
estar aquí —Se inclinó hacia delante esperando acertar y llegarle al rostro, y le plantó
un beso suave en la mandíbula, justo encima de la cicatriz—. Por ser tú.
Él carraspeó.
—Es un placer para mí, cariño, créeme —Se llevó su mano a los labios y
suspiró—. Tengo que irme ya si quiero llegar… ¡oh!
—¿Qué?
—Casi se me olvida —La soltó y volvió enseguida.
Le pasó algo por la cabeza, levantándole el pelo para que le quedara alrededor
del cuello. Ella lo tocó. Una gargantilla con un colgante largo, cilíndrico, que parecía

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diferente a la mayor parte de las gargantillas.
—¿Qué es?
—Lo compré ayer. Es un emisor de señales. Mira —Douglas le llevó la mano al
extremo del colgante. Era cóncavo y caliente al tacto—. Está conectado a un
dispositivo receptor. Si aprietas aquí —la hizo presionar con el dedo y le colocó la
otra mano en algo que parecía un móvil o un control remoto—, éste vibra. O emite
un silbido, según el ajuste. Es el que recibe la señal. Está conectado a una unidad de
GPS para saber siempre de donde proviene la señal.
Parecía entusiasmado, y Allegra aprendió una cosa más de Douglas. Le
gustaban los aparatos. Era como un… un hombre.
Allegra tocó el aparato, preguntándose a que se parecía.
—Es… bonito. Gracias.
Douglas se rió entre dientes.
—Bueno, no es un collar de oro o una pieza de joyería. Te comprará algo así en
otro momento. Esto es diferente. Has de llamarme si necesitas ayuda. Dame la mano,
te lo enseñaré. Aprietas aquí… —Le cogió la mano, poniéndole la yema del dedo en
la punta del colgante. Le apretó con fuerza el dedo hasta que ella sintió un
chasquido, y pegó un salto cuando un silbido agudo lleno el aire—. Suena así cuando
estoy en el coche. Si estoy en el trabajo o en una reunión, hace esto —el dispositivo
que parecía un mando a distancia zumbó y vibró—. Si necesitas algo, cualquier cosa,
si oyes algo que te asuste, si me necesitas de algún modo, quiero que aprietes este
colgante y me llames.
Allegra acarició la gargantilla con los dedos, emocionada de que él hubiera
pensado en esto.
—Cariño —ella se giró hacia Douglas—. ¿Me entiendes? Quiero que uses esto si
me necesitas de cualquier forma. ¿Me lo prometes?
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y tuvo que morderse el labio.
—Háblame —la zarandeó por los hombros con suavidad—. No me iré hasta
que me prometas que apretarás ese botón si me necesitas. Vendrá tan rápido como
pueda. Prométemelo.
—Te lo prometo —dijo ella, tragando saliva.
—Buena chica —la besó rápidamente, un besito cálido en la mejilla—. Tengo
que irme corriendo. ¿Y qué se supone que has de hacer?
Allegra sonrió.
—Acompañarte hasta la puerta y decirte que tengas un buen día y que vuelvas
pronto a casa.
—Esa es mi chica. ¿Y qué harás si me necesitas?
—Apretar el botón.
—Muy bien.
Ya estaban al lado de la puerta. Ella oyó el susurro de la ropa cuando Douglas
se puso el abrigo. Instintivamente le tendió la mano que él cogió entre las suyas,
llevándose los dedos a los labios.
Allegra lamentó dejarle marchar. Pero él estaría de vuelta por la tarde. Lo sabía

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al igual que sabía que el sol salía por el este cada mañana.
—Que tengas un buen día —le dijo ella con suavidad.
—Eso espero —dijo Douglas con entusiasmo—. Vendré a casa en cuanto pueda
e iremos a dar ese paseo si el tiempo lo permite, ¿de acuerdo?
Allegra sonrió.
—De acuerdo.
Otro beso y él se fue, silbando de forma bastante desafinada.
Allegra cerró la puerta, sonriendo.
Douglas dejó tras él su presencia. La casa no parecía tan vacía o tan fría como
las otras mañanas. Tal vez tenía algo que ver con ese hecho el que ella supiera que
volvería por la tarde. Y a la tarde siguiente. Y a siguiente.
Habría largos paseos, y cenas, y conciertos, y… bueno, y sexo fantástico.
Oh, sí.
Tarareando, fue hacia donde estaba Dagda.
Que maravilloso era un nuevo amor, pensó. Esa emoción secreta, esa luminosa
expectación. ¡Eso era lo que le faltaba a la canción nueva! Aquella emoción y
luminosidad. “Un nuevo amor” era demasiado lento. Haría que el ritmo fuera más
rápido, agregaría algunos compases al estribillo, tal vez los compases del final
podrían simular los latidos de un corazón…
¿Qué había sido eso?
Parecía como si se hubiera cerrado la puerta de la cocina. Pero ella no la había
abierto. ¿Douglas había dejado la puerta abierta? Eso no era propio de él. Se volvió
hacia la cocina y se quedó helada al oír la voz de un hombre.
—Una puta como tú merece ser castigada. Me encargaré de ello.
Era la voz de Corey Sanderson. Pero Corey estaba detenido. Tenía que
comprender que era lo que pasaba.
—No eres real, Corey —murmuró Allegra mientras daba una vuelta completa
con el corazón latiéndole con fuerza—. No estás aquí. No eres nada. Eres un invento
de mi imaginación.
Jadeó y luego gritó cuando una mano le agarró del pelo y tiró con tanta fuerza
que se le saltaron las lágrimas.
—Tienes razón, bonita, Corey no está aquí —gruñó una voz masculina que no
había oído nunca—, pero yo sí. Y voy a matarte.

Kowalski estaba planeando el día mentalmente mientras conducía hacia la
oficina. Si se saltaba el almuerzo y acababa el trabajo administrativo a eso de las dos,
podría dedicarle dos horas al contrato de McBain y llegar a casa a eso de las cuatro y
media. Con bastante tiempo para…
A Kowalski casi se le paró el corazón ante el sonido agudo que salía del bolsillo
del abrigo. No era el del móvil. Era un silbido estridente que venía del emisor de
Allegra, y eso sólo podía significar una cosa, Allegra tenía problemas.
Kowalski había comprado el sistema en una tienda de suministros médicos y

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estaba dirigido a inválidos y personas mayores. Estaba diseñado de tal manera que
no podía dispararse por equivocación. Si sonaba es que Allegra le pedía ayuda. Y si
no le telefoneaba, pero presionaba el emisor, significaba que era una emergencia.
Había muchos casos de emergencia para una ciega. Algunos horribles. Podía
estar quemándose, desangrándose, muriéndose…
Kowalski perdió el control, por completo.
Era un hombre duro entrenado para enfrentarse a situaciones difíciles. Nunca
se dejaba dominar por el pánico y siempre estudiaba las situaciones detenidamente.
Pero ahora perdió el control. Todo entrenamiento, toda experiencia fue totalmente
olvidada cuando forzó un viraje ilegal en U en mitad de una carretera con coches y se
saltó todos los límites de velocidad al salir volando hacia la casa de Allegra.
Apenas veía para conducir. Imágenes de Allegra envuelta en llamas, de Allegra
tirándose encima agua hirviendo, de Allegra cayéndose sobre la mesita de cristal, con
un trozo de vidrio clavado en una arteria, desangrándose… aquellas imágenes y
otras aún más espantosas le llenaban la cabeza, lo cegaban de pánico, hasta que al
final iba encorvado sobre el volante, como si así consiguiera hacer que el coche fuera
más rápido. Sobrepasaba los cien kilómetros por hora, dejando tras él una estela de
vehículos furiosos y pitadas de claxon.
Y ni siquiera se dio cuenta.
No hizo caso de nada, ni de los semáforos, ni de la capa de hielo de las calles.
Usó cada gramo de la experiencia de conductor que poseía para mantener el vehículo
estabilizado, jugando con los frenos y el acelerador, yendo a la máxima velocidad.
Y cuando frenó delante de casa de Allegra, Kowalski, cegado por el terror y el
pánico, olvidó veinte años de entrenamiento. Había taladrado en las cabezas de sus
hombres una y otra vez que había que explorar el terreno antes de hacer cualquier
movimiento, pero a él se le olvidó.
Corriendo por la estrecha acera, subió los escalones del porche de un salto e
hizo una entrada vertiginosa, frenando en seco. Le hubiera pateado el culo al más
novato de los reclutas que hubiera hecho tamaña estupidez, pero Kowalski no
pensaba, actuaba por puro terror.
Allegra quemándose, Allegra desangrándose, Alegra muriéndose… le era
imposible sobreponerse a aquellas imágenes cuando atravesó la puerta sin
molestarse en usar las llaves y encontró a Allegra aferrada con brutalidad por un
hombre alto y pelirrojo con un arma que apuntaba directamente a la cabeza de ella.
Un destello repentino de claridad le despejó por completo y comprendió que acababa
de sacrificar su vida y la de Allegra al dejarse llevar por el pánico.
Mil pensamientos le pasaron por la mente en aquellos segundos eternos que
tenía un hombre antes de morir.
Pensó…
¡Joder! Allegra tenía razón, alguien la acechaba, aunque no Corey Sanderson, sino este
tipo.
El tipo que vi en Laurence Square. Si la hubiera creído…

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El cabrón tiene una .38. No puede fallar en una distancia tan corta. Me quitará de en
medio y después matará a Allegra. Ella no puede defenderse.
Vaya una manera estúpida de morir.
No he mantenido a salvo a Allegra.
Observó como el hombre alzaba el cañón chato del revólver, dirigiéndolo a él, y
tuvo tiempo para recriminarse una última vez por haberse dejado llevar por el
pánico y haber olvidado su propia arma, una Baretta que le hubiera ganado al
revólver. Mierda, si tuviera el arma, podría derribar sin problemas al tipo ese, oh sí,
una sola ráfaga de tres disparos. Pero no, la Baretta estaba en el SUV, muy cómoda y
muy inútil dentro de la pistolera, tirada en el asiento trasero del vehículo.
Lo sentía tanto.
El hombre dejó ir a Allegra. Estaba subiendo el revólver agarrándolo con las
dos manos, e imitando a un pistolero profesional, se encorvó apretando el gatillo. Lo
único que podía hacer Kowalski era fintar a la derecha en la última fracción de
segundo para que la bala le diera arriba del pecho en vez de en el corazón.
Estaba tan lleno de adrenalina que no oyó el disparo, pero lo sintió, un impacto
tan fuerte que lo tiró contra la pared. Fue cayendo, las piernas ya no eran capaces de
sostenerle, y el hombro era una masa ardiente de dolor. La bala no le había
penetrado el pulmón, lo que eran buenas noticias. Las malas noticias era que estaba
perdiendo sangre con mucha rapidez y se le enturbiaba la visión.
El hombre dio un paso adelante con el arma todavía apuntándole al pecho.
Buscaba un sitio para rematarlo. Kowalski sabía que él dispararía a la cabeza. Los
tiros en la cabeza durante la batalla eran difíciles por lo que siempre se apuntaba al
torso. Pero Kowalski era un blanco fácil a tan corta distancia, y si el tipo era listo y
sabía lo que hacía, dispararía el tiro mortal apuntándole al puente de la nariz y
destrozándole la corteza cerebral.
Kowalski forcejeó inútilmente para enderezarse. Aunque tenía las piernas
entumecidas por la pérdida de sangre apoyó la espalda en la pared preparándose…
Jesús, ¿qué estaba haciendo Allegra?
Kowalski miró al tipo directamente a los ojos, manteniendo los ojos fijos en él,
rezando para que el cabrón no dejara de mirarlo. No se atrevía a apartar la mirada ni
un centímetro.
Allegra buscó a tientas hasta que su mano encontró la lámpara de hierro que
estaba al lado del sofá. En silencio la desenchufó y la levantó, esperando que el
hombre hiciera ruido. ¡Iba a intentar derribar al hombre con la base de una lámpara!
Kowalski gimió ante su coraje. Si fallaba, el tipo simplemente se giraría, le daría una
bofetada y luego se volvería hacia Kowalski.
Kowalski se dio cuenta que tenían una oportunidad de dejar fuera de combate
al intruso. Tal vez él no sobreviviría a la herida, pero Allegra sí. Ella tenía que vivir.
Haría lo que pudiera para ayudarla. Miró furioso al hombre, sosteniéndole la
mirada, y viendo a Allegra con la visión periférica. Ella levantó la lámpara,
deslizándose hacia delante.

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Hubo un silencio absoluto cuando el hombre levantó la pistola. Era imposible
que Allegra pudiera oír donde estaba, iba a dar con la lámpara y fallar. Llevó los
brazos hacia atrás…
Kowalski apartó la mirada del cañón del revólver cuando el dedo del hombre
empezaba a apretar el gatillo…
—¡Charlie, verde, tres! —gritó.
Allegra se giró, osciló y golpeó, dándole al tipo de lleno en la cabeza. Él cayó
como una piedra, chorreando sangre.
—¡Douglas! —Allegra se puso a gatas y fue hacia él, llorando y temblando—.
Douglas, oh, Dios mío. Oh querido mío, dime que estás vivo —Con las manos
tendidas lo buscó, llorando aún más cuando con la mano derecha tocó la sangre.
Kowalski le acarició la cara, manchándosela de sangre, memorizando aquellos
rasgos tan hermosos. Iba cayendo en la oscuridad poco a poco. Quería que su cara
fuera la última cosa que viera en esta vida.
—Allegra —dijo con voz áspera, luego tosió—. Dios, t-te amo.
—Sí, querido mío —le contestó ella susurrando, con el acento de Irlanda en su
voz—. Yo también te amo. ¡Así que no te atrevas a morirte, Douglas Kowalski, o te
juro que te atormentaré en la tumba! ¡Si te me mueres, te mato! ¿Me oyes? Vas a
vivir, ¿te enteras? ¡Vive para mí!
Él sonrió y tosió. ¿Cómo podía negarle algo?
—Sí, señora. Haré todo lo posible.

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Epílogo
Seis meses más tarde
Clínica Oftalmológica de Boston
Estaba tan quieta, con la cara tan blanca como las sábanas del hospital, la cabeza
rapada envuelta en vendas, y una máscara de oxígeno en la boca y la nariz.
Respirando. Viva.
Allegra estaba viva y eso era lo único que le importaba a Kowalski. Había
sobrevivido a la operación. Ahora él deseaba con todas sus fuerzas, por el bien de
ella, que hubiera sido un éxito. Allegra deseaba tanto volver a ver.
A ella no le entraba en la cabeza que a Kowalski no le importara que fuera
ciega, que no le importara cuidar de ella. ¿Cómo iba a importarle? La amaba. Cuidar
de ella, asegurarse que tenía todo lo que necesitaba, era un privilegio.
Con ternura le pasó un dedo por la piel suave de la mejilla, observando cómo se
le movían los párpados. Pronto despertaría de la anestesia.
El anillo de bodas, grueso y amplio, absorbió y reflejó la desagradable luz de
neón del hospital. Sacó del bolsillo el anillo de bodas de Allegra y se lo puso en el
dedo anular de la mano izquierda.
Ella no había dicho ni una palabra cuando le cortaron aquel cabello glorioso y le
afeitaron la cabeza, pero se negó a quitarse el anillo. Todo su temperamento irlandés
había salido a la luz cuando Allegra y los médicos se emperraron cada uno en lo
suyo. No se permitía nada de joyas en quirófano. Y Allegra había jurado
solemnemente que nunca se quietaría el anillo.
Kowalski tuvo que echar mano de todas sus habilidades diplomáticas para
evitar el desastre. Le había prometido a Allegra que cuando se despertara, tendría el
anillo en la mano.
Los párpados de Allegra se movieron otra vez y suspiró con suavidad dentro
de la máscara.
Kowalski al final había cedido aceptando la operación, y no es que hubiera
tenido alguna otra opción. Allegra se había empeñado. Ella quería tener hijos, y se
negaba a ser una madre ciega, incapaz de ver la cara de su bebé. Kowalski no lo
había admitido ante nadie, pero eso era lo que lo había convencido. Un hijo. Un hijo
suyo y de Allegra. Una vez que tuvo la imagen en la cabeza de una pequeñita, una
diminuta copia pelirroja de Allegra, le fue imposible borrarla. Así que, a
regañadientes, había accedido a atravesar el país de costa a costa hasta la clínica que
había sido la precursora de la operación que la libraría del coágulo de sangre y le
devolvería la vista. Había costado bastante convencerlo, pero hasta ahora la

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operación había tenido éxito en el cien por cien de los casos y además había
investigado a fondo al equipo quirúrgico. Sabían lo que hacían.
Allegra gimió y abrió los ojos un momento, y luego volvió a cerrarlos.
Kowalski se inclinó hacia ella, estremeciéndose ante la repentina punzada de
dolor. El hombro aún no se le había curado del todo. Ignoró el dolor y observó el
rostro amado de Allegra.
Casi la había perdido hacía seis meses y cada segundo con ella era un pequeño
milagro.
Había sido bastante fácil juntar todas las piezas de la historia. El nombre del
hombre pelirrojo era Alvin Mitchell, un aspirante a estrella del rock que había caído
bajo el hechizo de Corey Sanderson. Sanderson le había prometido riqueza y fama si
volvía loca a Allegra y luego la mataba haciendo que pareciera un suicidio.
Kowalski había ido a hablar con Mitchell a la prisión y le había dicho que si
alguna volvía a acercarse a menos de cien quilómetros de Allegra, lo lamentaría. Las
advertencias también eran efectivas. Corey Sanderson no había vivido el tiempo
suficiente para otro juicio de conspiración para el asesinato. Había sido trasladado a
una cárcel, y dos días más tarde, un criminal lo mató de una puñalada con un
cuchillo hecho de una cuchara afilada.
Kowalski sonrió con frialdad. Habían sido los cincuenta mil dólares mejor
gastados de su vida. Nadie, nunca, volvería a amenazar a Allegra.
Ella se revolvió otra vez, agitada, moviendo las piernas, saliendo de la
anestesia.
Kowalski se inclinó hacia ella, sujetándole la mano que no estaba conectada al
tuvo intravenoso.
Los próximos minutos eran cruciales. Si la operación no había tenido éxito, si
ella no podía ver, se quedaría apesadumbrada. Pasase lo que pasase, Kowalski
estaría allí para reconfortarla.
Si había sido un éxito, Allegra le vería.
¿Qué vería?
Él se había mirado bien en el espejo al afeitarse por la mañana y había soltado
un gemido. Era aún más feo que antes. La herida y la preocupación por Allegra
habían profundizado aún más las líneas de la cara. Nada había cambiado excepto a
peor. Todavía parecía un matón, un matón muy feo con rasgos deformes.
—Doug… —susurró Allegra con voz ronca, amortiguada por la máscara de
oxígeno. Se lamió los labios secos, respirando con dificultad.
—Estoy aquí, cariño —dijo él, acercándose aún más a ella.
—Douglas —La palabra salió con más claridad.
—Sí.
La respiración de Allegra se normalizó. Él se estaba preguntando cuánto tiempo
tardaría en recuperar del todo la consciencia, cuando ella, de repente, abrió mucho
los ojos.
Tenía unos ojos tan hermosos. Luminosos, con las pestañas muy largas. Unos
preciosos ojos de un verde irlandés.

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Ojos que enfocaban.
Allegra podía ver.
Oh, Dios.
Kowalski no tuvo tiempo de aterrorizarse. Allegra extendió la mano y le rodeó
la cara con amor. Los dedos femeninos le acariciaron la piel deteriorada, le
recorrieron la cicatriz, le delinearon los labios, le tocaron la nariz rota. Los ojos le
examinaron cada centímetro de la cara con expresión seria.
De repente, Allegra sonrió.
—Oh, Douglas —murmuró—. Lo sabía. Sabía que serías así. Eres tan guapo.

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RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
LISA MARIE RICE
Lisa Marie Rice vive permanentemente en los treinta años y nunca
envejecerá. Es alta, esbelta y guapa. Los hombres caen rendidos a sus pies
como peras maduras. Ha ganado todos los premios literarios habidos y por
haber del mundo. Es cinturón negro y tiene conocimientos avanzados de
arqueología, física nuclear y literatura tibetana. Es concertista de piano. ¿He
mencionado ya el premio Nobel?
Claramente, Lisa Marie Rice es una mujer virtual que sólo existe
delante del teclado cuando escribe novelas románticas. En cuanto el
ordenador se apaga, desaparece.

MIDNIGHT ANGEL
Las pesadillas no se detienen cuando abre los ojos…
Una noche, la gran música y cantante Allegra Ennis perdió la vista, a su padre y su
carrera musical por un brutal ataque que no consigue recordar. Ahora está sola en un mundo
de oscuridad, con la única compañía de las pesadillas… y un asesino que acecha cada uno de
sus movimientos.
Lleno de cicatrices y desfigurado por la guerra, el antiguo Seal Douglas Kowalski nunca
se hubiera imaginado que una belleza como Allegra pudiera amar a alguien como él. Cree que
sólo podrá disfrutar de una breve aventura con ella. Pero cuando la vida de Allegra se ve
amenazada, Kowalski se da cuenta que hará cualquier cosa para mantenerla a salvo… y a su
lado.

MIDNIGHT
1. Midnight Man (2003)
2. Midnight Run (2004)
3. Midnight Angel (2006)

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LISA MARIE RICE

MIDNIGHT ANGEL

© 2006, Lisa Marie Rice
Ellora's Cave Publishing, Inc
Primera edición: Diciembre/2006
ISBN: 978-1-4199-5384-2 (USA edition)
Traducción libre

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