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PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL PUBLICANO

La verdadera humildad

Los acontecimientos explican muy bien una parábola de Jesús sobre la verdadera
oración, la actitud farisaica y la verdadera humildad.

"Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por
justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era
fariseo, y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh
Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos,
adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo
lo que poseo. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar sus
ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios ten compasión de mí que
soy un pecador. Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el
que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado"
(Lc).

El orgullo del fariseo

La oración del fariseo es rechazada porque sus pensamientos son fruto del orgullo
espiritual. Hace cosas difíciles y loables en sí mismas, pero con intención torcida. El
fariseo se vanagloria de sus limosnas, de sus ayunos y se compara con el publicano, al
que considera inferior, juzgándole. Busca el secreto orgullo de saberse perfecto. No le
mueve el amor de Dios, y no es consciente de que, sin la ayuda del Señor, no puede
nada. El orgullo ha tomado una apariencia espiritual que esconde un pecado de
soberbia, difícil de curar, porque está llena de buenas obras no para la gloria divina. Usa
a Dios para la propia gloria.

El perdón

El publicano, en cambio, dice la verdad de su propia indignidad, por eso pide perdón.
No se compara con nadie, se sitúa en su sitio y Dios le mira con compasión. Le justifica.
La suya es una oración humilde, y, por eso, es escuchada y arranca bendiciones del
cielo.

Juicio recto

Jesús quiere que los suyos juzguen con rectitud y no se queden en las meras apariencias,
sino que dejen el juicio íntimo para Dios, y ellos oren con humildad, incluso cuando las
obras buenas les puedan llevar a un cierto engreimiento y vanidad.