30.

El fiscal
Es que aquello era la tele y esto es un juicio.
ENRIQUE ANGLÉS, Enriquito, en:
OLEAQUE, J. M., Desde las tinieblas. Un descenso al caso
Alcàsser, Diagonal, Barcelona, 2002, p. 267.
El ya ex fiscal jefe de Cataluña José María Mena sa-
lía de la comisión de peticiones del parlamento catalán
y Pere Ríos remataba así la crónica de la comparecencia
en El País: «Todos los diputados elogiaron las explica-
ciones de Mena y él respondió que el Parlament era “la
casa que representa al pueblo de Cataluña” y que acudi-
ría cuando se le llamara, porque era su “obligación cívi-
ca”. Al salir, nadie reparó en ello y el ex fiscal jefe hubo
de regresar a su domicilio a pie, pasadas las tres de la
tarde, con un sol de justicia.» Mena se alejaba del caso
Tommouhi como había llegado, entre aplausos.
El 1 de julio de 2008, el presidente de la comisión y
presentador de Mena, el diputado socialista Antoni Co-
mín (PSC), había dejado claro, antes de cederle el tur-
no, que él podía decidir lo que quería explicar o no, di-
gamos, del proceso de Tommouhi, pero que debía refe-
rirse, en todo caso, a los límites de la revisión penal en
España. Mena le tomó la palabra. Del proceso subrayó
sólo la firmeza de los reconocimientos y nada de lo que
dijo, respecto de las posibles modificaciones legales, ve-
nía al caso de Tommouhi y Mounib. Los periódicos, sin
embargo, dieron la noticia de una supuesta reforma le-
gislativa que abriría las puertas de la ley a Ahmed To -
mmouhi. Esta versión concentrada de Pere Ríos:
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Mena propuso ayer que la única vía para revisar
esas penas sería reformar la Ley de Enjuiciamiento
Criminal para que haya una doble instancia penal
y el Tribunal Supremo pudiera volver a juzgar a
Tommouhi. [El País, 2/7/2008.]
El día que charlamos en la ajardinada esquina de su
calle, Mena precisó el encaje de su propuesta: «Nada,
nada, nada. En este caso, nada», dijo. Fue a mediados de
octubre de 2008, en el barrio alto de Barcelona, con una
mañana espléndida y sentados, bajo el enorme paraguas
de un hermoso y centenario almez, en la terraza de una
cafetería. Había dejado la Fiscalía hacía año y medio y
estaba jubilado, aunque todavía presidía una comisión
de expertos creada por la Generalitat y la Fiscalía para el
estudio de la reinserción de los violadores. Llegó andan-
do, con la americana abierta, nos sentamos y avisó:
«Tengo para usted media hora.»
Los periodistas —en ese sentido informaron tam-
bién ABC y El Periódico de Catalunya— no debieron de
escuchar hasta el final. El compareciente, en su segundo
turno de palabra, había rebajado el optimismo después
de que la diputada Renom i Vallbona (CIU) interpreta-
ra lo mismo que luego publicó la prensa:
No cantemos victoria, existe una necesidad objeti-
va de seguridad jurídica para todos los ciudada-
nos, también para las víctimas; existen necesidades
de plazos en la interposición de los recursos. Es de-
cir, si se hace una propuesta que es la que yo su-
giero, de reforma de la Ley de enjuiciamiento cri-
minal, aquí tiene que haber unos problemas de
plazos, la ley difícilmente va a dar plazos de cuatro,
de ocho años para recurrir. [Acta de la compare-
cencia.]
La reforma de la que habló Mena, abrir definitiva-
mente la doble instancia penal, deja fuera a Ahmed
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Tommouhi por una razón inapelable: el tiempo. La vía
de apelación que sugirió nunca podrá ser retroactiva.
Más allá de unos plazos razonables, no podrá aplicarse a
las sentencias anteriores a su promulgación. Lo razona-
ble jamás abarcará los más de catorce años transcurridos
desde que Tommouhi y Mounib, por hablar sólo de la
última sentencia, fueron condenados en Tarragona.
En 1997, después de que el Supremo revisara la
condena de Olesa, los primeros aplausos le llegaron a
Mena de manos del abogado Xavier Castellvell: «Porque
en cuanto recibieron el informe de los investigadores no
dudaron en presentar un recurso de revisión de senten-
cia», se lee en La Vanguardia. Años después, la opinión
de Castellvell cambió radicalmente y siempre que se le
pregunta por la impresión que le ha dejado la actuación
del fiscal dice lo mismo: «Una gran decepción». Una evo-
lución que hace pensar en el conflicto que pudo haber
habido detrás, pero del que nunca, bajo el estruendo de
palmas con el que los periodistas se han batido siempre
para recibir a su autoridad en este asunto, supimos nada.
Todavía en 2006, en Els Matins de TV3, con Tommouhi
como invitado, a una tertuliana se le ocurrió decir en
voz alta que qué era eso de indultar a un inocente, que
habría que preguntarle al fiscal Mena qué había hecho
para solucionar el enredo, y Mayka Navarro, la experta
de El Periódico de Catalunya en el caso, entró al quite:
«Ay, Mena, ay, ay, pero si Mena…», para acabar diciendo
lo de siempre: que Mena había hecho todo lo que se po-
día hacer y que el indulto era la única salida legal.
No sólo Castellvell ha cambiado su visión de las co-
sas desde 1997. Mena también y sabemos que ambos
comparten un punto de inflexión: la solicitud de indul-
to del 30 de abril de 1999. Pero antes de saber qué dice
Mena sobre lo que pasó en esos dos años, y qué es lo
que piensa ahora, vale la pena recordar lo que decía
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aquel 12 de junio de 1997, después de que el Supremo
hubiera revocado la condena de Olesa:
No tengo por qué recelar de los jueces que les con-
denaron ni de los testigos que les identificaron.
Tampoco del acierto de las sentencias condenato-
rias, que fueron confirmadas por el Supremo. [La
Vanguardia, 12/6/1997.]
No pensaba mover un dedo por las otras sentencias
que seguían vigentes. El periodista introdujo la cita afir-
mando: «El fiscal jefe aseguró que, mientras no le de-
muestren lo contrario, seguirá confiando en la justicia.»
Quizá sea excesivo, vista la libertad de interpretación
con que se mueven fuera de las comillas, atribuir a
Mena la plena responsabilidad de la expresión «mien-
tras no le demuestren lo contrario», pero no deja de ser
inquietante que así se pasee, aunque sólo sea sobre el
papel, un fiscal por un periódico. ¿Piensa esperar senta-
do?, cabría haberle preguntado.
Dos años después, La Vanguardia traía unas decla-
raciones de Mena, después de pedir el indulto: «Este
caso lo estamos siguiendo al milímetro.» Una afirma-
ción que contrasta con lo que el fiscal respondía luego
cuando se le pedían detalles sobre el seguimiento, como
hizo Manuel Borraz: no hay cauces legales para pedir
explicaciones al Gobierno, fue su respuesta. Así que le
planteé la contradicción al propio Mena:
—Yo, oficialmente, yo no podía pedir ninguna in-
formación… Ahora, ya en el nivel de la conversación de
amigos tomando un café…, pues se dicen cosas. For-
malmente, no me correspondía porque ya le digo, el trá-
mite es que yo le doy el informe al tribunal y el tribunal
lo manda a Madrid, al Gobierno. Por lo tanto el que
tendría que decir, oiga, que ustedes se atrasan… es el
tribunal.
Oficialmente. Otra cosa es lo que se puede decir en
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una conversación de café, dijo el fiscal, delante de un
cortado. Me explicó cómo es que había llegado a tener
«conocimiento de causa» de que la razón por la que el
ministerio de López Aguilar había decidido no resolver
el indulto era «la tremenda, terrible no, pero tremenda
presión beligerante de quienes estaban apoyando lo que
luego ha sido la Ley integral contra la violencia de gé-
nero», según había dicho en el Parlament, aunque me
pidió que no mentara al santo.
Es realmente interesante la doble vida del fiscal,
hombre público. En la comparecencia alardeó también
de ese ir y venir de la luz a la sombra al referirse a la ur-
gencia con que se practicaron los análisis en 1996, des-
pués del primer informe de la Guardia Civil:
Es muy loable que el Instituto de Toxicología con-
servara la muestra biológica y fue posible, por lo
tanto, obtener con una cierta celeridad…, he de
decir, también, utilizando algo así como relaciones
personales extraprofesionales para saltarse el orden
normal —ahora ya está prescrito y se puede de-
cir— que establecen las instituciones, se practicó
con gran celeridad la prueba correspondiente del
ADN. [Acta de la comparecencia.]
Los análisis se habían acelerado gracias a «relacio-
nes personales extraprofesionales» y, ahora que había
prescrito, podía contarlo. España entera debería aplau-
dirle, porque no hay como reconocerlo abiertamente
para que se vea que por encima de cualquier hecho di-
ferencial, el compadreo nos hermana. Es en ese clima de
camaradería cuando pueden airearse las angustias más
íntimas:
—Yo le decía en la intimidad, en la conversación
personal, al señor Tommouhi, pero lo puedo decir
ante sus señorías, que durante bastante tiempo es-
tuve con la angustia personal de llegar a jubilarme
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sin haber conseguido que esta persona alcanzara
una situación objetiva y práctica de libertad.
Como compareciente admitió que había solicitado
el indulto y que luego quiso adelantarle el tercer grado
para sacarlo cuanto antes de la cárcel; en tanto que fis-
cal, después de la primera causa revisada, se negó siem-
pre a investigar ninguno de los cabos sueltos que había
en las otras causas. No es esquizofrenia. Mena maneja-
ba perfectamente el escenario. Así como sabía que a los
periodistas podía contarles los milímetros que no po-
día deslizar ante la petición escrita de un ciudadano in-
formado, así también en la comparecencia podía mos-
trar sus desvelos entre bastidores para que Tommouhi
saliera de la cárcel, porque nadie iba a preguntarle so-
bre su renuncia a fiscalizar las condenas pendientes, de
acuerdo con el escenario despejado por el presentador
Comín.
Entre 1997 y 1999 algo pasó, por tanto, para que el
fiscal, ahora sí, pensara que los jueces que condenaron a
Tommouhi, los testigos que lo identificaron y el Supre-
mo que confirmó las otras sentencias, se habían equivo-
cado. A finales de 2008, llevaba diez años pensándolo y
estaba cada vez más convencido: «Con toda certeza, mi
deseo ferviente era responder a mi convicción profunda
de que muy probablemente este señor era inocente.»
Preguntarle directamente por los motivos que explica-
ban esa profunda reconsideración, al tiempo que se
mantuvo al margen de cualquier nueva pesquisa, era la
única manera de que la conversación no acabara en un
diálogo de micrófonos. Eso y saber de lo que el fiscal ha-
blaba. Lo único que reconoció aquella mañana fue que
se reunió varias veces con el cónsul de Marruecos de en-
tonces, y que finalmente llegó a la conclusión de que pe-
dir el indulto era la mejor solución, la única, para que
salieran de la cárcel. Y que había mirado los procedi-
mientos con lupa. ¿Nada tuvo que ver en ese convenci-
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miento posterior el segundo informe de la Guardia Ci-
vil?, le pregunté, y le recordé que uno de los letrados
incluso se lo había solicitado cuando supo que ese in-
forme había llegado a la Fiscalía. Mena ya había arre-
metido contra el letrado. «Vino a verme un letrado dos
o tres veces, pero siempre tuve la impresión de que el le-
trado lo que quería era que trabajara yo. En vez de él.»
El letrado Castellvell, es cierto, quería que la Fiscalía
apoyara la revisión integral de las condenas, «que fuera
a por todas», después del segundo informe de la Guar-
dia Civil. Que lo hiciera para trabajar menos es una hi-
pótesis del fiscal que no se corresponde con las gestio-
nes que siguieron.
El 23 de marzo de 1999, Xavier Castellvell escribió
solicitando una copia del segundo informe que el equi-
po de Policía Judicial de la Guardia Civil de Martorell
había entregado, en relación con el Renault 5, a la Fis-
calía. Castellvell pedía saber también si a raíz de ese in-
forme se habían abierto diligencias de investigación. El
31 de marzo, Mena respondió a lo segundo:
[…] en esta Fiscalía no se siguen diligencias de in-
vestigación sobre las violaciones a que su comuni-
cación se refiere […]
Un mes después pidió el indulto.
Todo mi interés se centraba en saber qué significa-
ba «revisar los procedimientos con lupa», como insistió
que había hecho antes de pedir el indulto. Así que le
pregunté por qué después de tener el segundo informe
sobre su mesa no abrió pesquisas para rastrear el itine-
rario del Renault 5, que en el informe de Reyes Benítez
aparece descrito muy puntualmente (entre el tirón de
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Montornés y la recuperación de Mollet no hay nada).
Pero también si consideró la posibilidad de buscar a los
dos compañeros de pensión que Tommouhi citó como
coartada en la causa de Tarragona. Dijo el fiscal:
—Es que no es de mi incumbencia. Eso es incum-
bencia del fiscal de Tarragona. En eso yo ya no entro.
—Pero a la hora de revisar las causas con lupa…
—Mi revisión podía ser sólo de las causas de la
provincia de Barcelona. Bastante insuficiente es ya mi…
—Tenía entendido que como fiscal jefe de Cata -
luña…
—No, no, no. Eso es del fiscal jefe de Tarragona. Él
remite directamente las cosas a Madrid. O sea, yo eso ni
lo he leído. De Tarragona no sé nada. Pero en la provin-
cia de Barcelona hubo más de un asunto. En esos, en los
de la provincia de Barcelona, sí.
La memoria falla, es comprensible. Muchas veces,
el recuerdo se parece más a una reconstrucción novela-
da del pasado sobre el que proyectamos deseos actua-
les, que a lo que en verdad ocurrió. ¿A quién no le pasa?
Pero hay maneras de contrastarlo. Lo más sospechoso
de los aprietos para asumir acciones pasadas es la con-
tundencia con que, desde el presente, se argumenta no
sólo que algo no pasó, sino que era imposible que pa-
sara. Los grandes hombres y sus grandes causas, en
efecto. Sin embargo, pasó. El fiscal se ocupó también de
Tarragona. Basta con revisar sus escritos. La relación de
las condenas para las que se pedía el indulto es ejem-
plar.
El indulto parcial se interesa para ABDERRAZZAK
MOUNIB y AHMED TOMMOUCH, condenados en las
siguientes causas:
ABDERRAZZAK MOUNIB fue condenado en las causas
correspondientes a:
1.º Sumario 3/91 del Juzgado de Instrucción n.º 3
de Tarragona.
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2.º D. Previas 646/91 del Juzgado de Instrucción
n.º 2 de Vilafranca del Penedès.
3.º D. Previas 647/91 del Juzgado de Instrucción
n.º 2 de Vilafranca del Penedès.
AHMED TOMMOUCH fue condenado en las causas
correspondientes a:
1.º Sumario 3/91 del Juzgado de Instrucción n.º 3
de Tarragona.
2.º Sumario 1/91 del Juzgado de Instrucción n.º 1
de Cornellà de Llobregat.
3.º D. Previas 1152/91 del Juzgado de Instrucción
n.º 8 de Tarrasa.
Tarragona aparece en primer lugar. El fiscal Mena
ejercía, por tanto, como fiscal jefe de Cataluña, y no sólo
de Barcelona. Otra cosa es el nivel de atención y pro-
fundidad con que las estudiara. Según él, cuando lo vol-
ví a llamar para preguntarle sobre esta incongruencia, la
incluyó «porque tenía la convicción personal» de que
eran inocentes en todos los casos. Es así como el fiscal
jefe se agarra a hechos fervientes, con una opinión. Hay
pruebas, sin embargo, de que también la revisión de las
causas de Barcelona fue profundamente superficial. Una
violación impune. En el sumario de Olesa está encarta-
do parte del expediente seguido por la de Blanes. Esta
pareja señaló a Mounib como el violador, aunque Mou-
nib ya estaba entonces en la cárcel. Entre 1997 y 1999,
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cuando se supone que el fiscal se fajaba con cada uno de
los sumarios, esa violación seguía impune, y se estaba a
tiempo todavía de que se analizaran los restos de semen
enviados a Toxicología. La coincidencia del modus ope-
randi, de las descripciones de las víctimas, así como que
se hubieran confundido al señalar a Mounib, como ya
había ocurrido en Olesa, indicaban que García Carbo-
nell era, por lo menos, una pista buena. Hoy, las mues-
tras siguen intactas y ese delito ha prescrito. Su impuni-
dad está directamente relacionada con la milimétrica
revisión que el fiscal Mena, armado con su lupa, hizo
del caso.
En 1997, Xavier Castellvell no había elogiado sólo
la actuación del fiscal. También la de la Guardia Civil.
Eran aquellos días en que Mena y Castellvell estaban de
acuerdo, según La Vanguardia de Marchena:
Mena coincidió con el abogado Castellvell en que
el descubrimiento del error ha sido posible «por la
valentía de la Guardia Civil, ya que hace falta valor
para reunir datos contra las pruebas que los mis-
mos agentes consiguieron y con las que lograron
una sentencia condenatoria. No dudaron en tirar
piedras contra su propio tejado». [La Vanguardia,
12/6/2007.]
Las palabras del fiscal están escogidas con una pre-
cisión de prestidigitador: es decir, sólo funcionan en di-
recto. La insinceridad, releída a cámara lenta, refleja en
la lengua su inconsciente desajuste con el mundo. Datos
contra pruebas, dice el fiscal, invirtiendo la escena.
Pruebas fue lo que se reunió a partir del informe de la
Guardia Civil de 1996: un análisis de ADN. En 1991,
más allá del señalamiento de las víctimas, no había nada
que incriminara a los acusados, ni siquiera datos. Cuan-
do añade, a esas pruebas, «que los mismos agentes con-
siguieron», está subrayando que el análisis de ADN se
consiguió en cambio gracias a que él lo ordenó. La cla-
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ve, sin embargo, está en lo que sigue: «y con las que lo-
graron una sentencia condenatoria». ¿Acaso los agentes
se sentaban en el estrado los días de juicio, ejerciendo la
acusación pública? ¿Eran ellos quienes jaleaban, como
los subordinados de Mena, al juez de instrucción? To-
dos los fiscales que ejercieron la acusación, incluido el
de Cornellà, que pidió un análisis de semen y luego
mantuvo la acusación a pesar de que el resultado ex-
cluía, científicamente, al acusado, han desaparecido de
ese escenario que el fiscal despliega con su magia lin-
güística. Hoy, casi trece años después, la coletilla final:
«No dudaron en tirar piedras contra su propio tejado»,
asoma por debajo de la cortina.
El 7 de diciembre de 1998, el equipo de Policía Ju-
dicial de Martorell elevó el segundo informe, cuyo con-
tenido ya conoces, a la Fiscalía.
PREGUNTA: —Este segundo informe de la Guardia
Civil —le pregunté a Mena—, las defensas siempre se
han quejado de que usted no se lo facilitó a ellas.
MENA: —¿Que no facilité yo…?
P.: —El segundo informe de la Guardia Civil.
MENA: —Eso es una tontería. Eso demuestra, una
vez más, la insuficiente buena fe de las defensas.
P.: —¿Por?
MENA: —Pues porque eso es una tontería. Porque
yo no soy titular de ningún informe. El fiscal en ningún
caso tiene un informe de la Guardia Civil que pueda dar
o no dar a la defensa. Los informes están en la causa.
P.: —No, no. Pero el informe este es del año 98.
MENA: —No. En ningún caso el fiscal dispone de
informes de Guardia Civil que no estén idénticamente
en manos de la defensa. En ningún caso. No hay ningún
informe de la Guardia Civil.
P.: —Cuando la causa está cerrada.
MENA: —Entonces el fiscal no tiene informes.
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P.: —Un nuevo informe que eleva a la…
MENA: —En absoluto.
P.: —Aunque ese informe exista y se haya elevado.
MENA: —No, ¿a quién?
P.: —A la Fiscalía.
MENA: —No, no, no. En absoluto. Eso es una men-
tira absoluta.
P.: —¿Es mentira que la Guardia Civil le elevó un
segundo informe?
MENA: —Mentira. Es mentira. Lo elevaría al tribu-
nal. Lo elevaría al tribunal.
P.: —Y…
MENA: —No, no. Eso lo niego en redondo, ¡eh! En
ningún caso el fiscal en un asunto tiene un informe en
régimen de, de secreto, salvo en las actuaciones previas
a la incoación del sumario. Con la obligación, en todo
caso, de incorporarlo al sumario. El fiscal no puede en
ningún caso guardarse un informe sin que lo conozcan
las partes en un proceso. Y lo niego en redondo que yo
dispusiera en ningún caso de un informe y no lo pasara
a las defensas. Lo niego radicalmente. Lo que tiene us-
ted que tener es la percepción de que las defensas, por
ser defensas, no necesariamente le dicen a usted toda la
verdad, ni que todo lo que le dicen sea verdad.
P.: —No, a mí no me lo ha dicho la defensa. Yo ten-
go el informe. Y en el recurso de revisión de las defen-
sas hacen constar que este informe, basado en un ates-
tado…
MENA: —Pero esto se incorporaría a la causa.
P.: —No, porque es un informe que, en su criterio,
no dio origen a ninguna actuación.
MENA: —No lo creo ni por un momento.
P.: —Bueno, pues…
MENA: No lo creo ni por un momento que yo dis-
pusiera de un informe y además, niego radicalmente,
que yo tuviera un informe que no pasara a las defensas.
Que no le diera trámite.
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P.: —Pues hay una carta de uno de los letrados, que
le dirige a usted, meses después de que él supiera que us-
ted había recibido ese informe. Y esa carta consta.
MENA: —No, pero yo no me carteo con los letra-
dos. Eso sí que… Ves, igual que le digo una cosa le digo
la otra: yo no me carteo con los letrados. O sea, las car-
tas no son un sistema procesal de comunicación.
P.: —¿Ni siquiera cuando se ha juzgado la causa?
MENA: —Nada, nada. La carta no es un modo de
comunicación. Una comunicación se hace con una
petición formal dentro de un trámite, del que corres-
ponda.
P.: —Vale, pues no tengo más preguntas.
MENA: —Si le parece, son las diez.
El señor Mena se levantó rápido y se metió en el
bar. Dentro, no había nadie en la barra y llegué a tiem-
po para oír cómo preguntaba en voz alta:
—¿Hay alguien aquí para pagar o no?
El fiscal Mena si no se carteaba, sí que respondía al
menos a las «comunicaciones escritas» de la defensa. Ya
conoces su respuesta del 31 de marzo, y cómo pasó de
largo sobre el requerimiento del letrado. Un mes des-
pués de que pidiera el indulto, sin embargo, Castellvell
había decidido seguir adelante con el recurso de revi-
sión integral sin el respaldo de la Fiscalía. Así que le vol-
vió a escribir, para insistir en que había recibido su res-
puesta, pero
[…] sin que se hiciera referencia alguna a la exis-
tencia de un nuevo informe efectuado por la Poli-
cía Judicial de la Guardia Civil de Martorell, moti-
vo por el cual entiendo que tal informe existe y por
dicho motivo nuevamente reitero se me haga en-
trega de una copia del mismo.
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La insistencia de Castellvell apuntaba a lo mismo
que Mena insistía en negar diez años después. Mena ob-
viaba entonces referirse al segundo informe del coche, y
ahora negaba incluso que hubiera existido —uno de sus
autores, Reyes Benítez, para responder sobre su conteni-
do en relación con el recurso de revisión integral decla-
ró por exhorto del Tribunal Supremo, el 5 de enero de
2000—. Curiosamente, el propio Mena se había referido
a ese informe sin saberlo —y yo sin darme cuenta— al
juzgar, durante la conversación, las intenciones de Bení-
tez: «Ahí había un guardia civil que con toda su buena
voluntad, pretendía una segunda instancia. Es decir, no
aportaba hechos nuevos.» El primer informe de Benítez
desencadenó la revisión de Olesa. ¿En qué informe, si
no en este segundo, Benítez habría «pretendido» una se-
gunda instancia sin aportar hechos nuevos? La grabado-
ra liquida el aura del mago y con ello su autoridad.
Que el informe existe y que llegó a la Fiscalía se
prueba además porque Benítez tuvo que acudir allí a
dar explicaciones. Reyes Benítez fue citado en la sede de
la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña,
Pau Claris, 160, de Barcelona, antes de que acabara el
año 1998. Compareció un día que tenía que declarar en
un juicio, después de pasar por la Audiencia de Barcelo-
na. «Tres o cuatro días antes de Navidad.» No iba solo.
La reunión tuvo lugar en el despacho del jefe de la Uni-
dad de Policía Judicial adscrita a la Fiscalía. La conver-
sación, que empezó porque el sargento le pidió explica-
ciones sobre a qué venía ese nuevo informe, «a que han
aparecido nuevos hechos», respondió él, «bueno, ahora
ha aparecido esto, y mañana aparecerá otra cosa, y pa-
sado otra: ¿qué vas a hacer, cuarenta informes?», recuer-
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da Benítez que le reprocharon, acabó con «golpes sobre
la mesa». Los reproches, según Benítez y los dos compa-
ñeros que estaban delante aquel día, tenían que ver con
el fondo, con que siguiera investigando un caso que ofi-
cialmente se había cerrado. «A este paso no pasas las na-
vidades en casa», le dijo, según Benítez, el sargento. Los
dos compañeros que entraron con él al despacho, uno
es Miguel Ángel Naranjo, quien había firmado ese se-
gundo informe junto a Benítez, el otro es Felipe R. Bus-
tos; ambos confirman la versión de Benítez.
El informe llegó a la Fiscalía, el entonces fiscal jefe
José María Mena decidió no investigar el itinerario cri-
minal del Renault 5, dejando violaciones impunes en la
cuneta, negó el informe a las defensas —y a diferencia
de la solicitud de indulto, tampoco lo aportó a ninguna
causa, por lo que aquéllas no podían por tanto recla-
marlo en ningún otro lugar— y evacuó el indulto el 30
de abril de 1999. Desde entonces repite que no había
pruebas de la inocencia. Él, desde luego, no las buscó, y
así debe constar.
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