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SOBRE INMIGRACIÓN

Rosana Agudo. Otoño de 2009

A los seres humanos, nos “suceden cosas” con las que no contábamos, pero
que nos suceden: “queríamos hacer esto”, pero nos sucede lo otro, o no
habíamos tenido en cuenta que también podría sucedernos aquello, o
cruzamos los dedos para que aquella posibilidad no se manifieste, o que
suceda más tarde, a ser posible cuando no esté yo aquí ya, eso sí, aspiramos
a la inmortalidad…

A medida que la ciencia y la medicina avanzan y las personas vamos teniendo
la oportunidad de vivir más años, también se nos abre la posibilidad de ver
más las consecuencias de nuestros actos. A esto, tenemos que añadirle el
hecho de que la tecnología, ha creado las herramientas necesarias para que
en ese espacio de tiempo cada vez más dilatado de nuestra vida, podamos
ver mucho más, muchos más acontecimientos y su relación con las causas que
las provocaron.

Nuestra experiencia de vida cada vez más larga, nos permite ver cómo van
cambiando las cosas y las personas, cómo nuestras prioridades van
modificándose, cómo lo que intentamos retener se nos escapa, cómo aquello
que dábamos por sentado, se desmorona, lo que no esperábamos nos llega.
Además, debido a la tecnología, Internet y a los avances en comunicación,
estamos viendo cómo se desarrollan y cambian otras culturas, cómo agonizan
otras; contemplamos con desconcierto cómo viven y comprenden la vida
otras culturas, que para nosotros-as, el mundo desarrollado, podría
corresponder a una época nuestra ya superada.

Estamos aquí para aprender, y todo esto, nuestra vida cada vez más larga,
nuestro acceso a la educación, las nuevas tecnologías, la comunicación, etc.
son la oportunidad que nos da la vida y nuestra propia evolución para
comprender el sentido de nuestra existencia, es el momento del paso hacia
una sociedad diferente, no con valores diferentes, sino con diferentes
significados.

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Sin embargo, a pesar de estos añadidos, vivir se nos hace cada vez más
difícil, porque la vida, a pesar de que con nuestras intenciones tecnológicas
queríamos hacerla más fácil, cómoda, ligera, cada vez se nos ha complicado
más. No queremos mirar, nos da pereza, por lo tanto, no entendemos nada,
solo queremos que las cosas sigan como estaban o como nosotros-as
queremos que sean.

Es curioso, como decía, que a medida que nuestra esperanza de vida va
creciendo, y nuestras posibilidades de comprender por experiencia van en
aumento, le tenemos más miedo a la responsabilidad que genera cualquier
acto. Las consecuencias se producen tan rápido, y de tantas maneras
visibles, que nos sorprenden y no lo entendemos, “yo no quería”, “no era mi
intención”, “mis intenciones eran otras”, como decíamos en nuestra infancia:
“ha sido sin querer”.

Siempre hemos sabido que nuestras acciones tenían consecuencias, pero
teníamos algo de lo que ahora, cada vez, carecemos más, tiempo (¿no
habíamos dicho que ahora vivíamos más tiempo?). Teníamos tiempo para
“enderezar” las cosas, tomábamos una decisión e íbamos poco a poco
tomando decisiones una tras otra, a medida que se iban los problemas y las
consecuencias manifestando, los cambios instalándose, así tomar decisiones
era mucho más fácil, no nos imaginábamos que era éste un proceso de
aprendizaje, nos dedicamos solo a disfrutarlo, a disfrutar de nuestra
“prosperidad”. Parecía que en el estado de bienestar que teníamos en los
países desarrollados, como éste al que pertenecemos, todo se podría
arreglar si había dinero, además de que podíamos prescindir de cualquier
otro valor; lo importante era el crecimiento de nuestra economía, de
nuestro bienestar exterior, de las cosas que podíamos comprar, de la mano
de obra que podíamos contratar. No nos dábamos cuenta de que el tiempo se
iba poco a poco acelerando, a medida que nuestro mundo exterior iba
también tomando velocidad, uno como consecuencia del otro, y al revés.

Tenemos más tiempo de vida, pero menos tiempo para vivirla.
Tenemos más tiempo y medios para ver, pero no queremos usar la visión.

En la cumbre de nuestra “prosperidad”, empezaron a llegar a nuestro país
gentes de fuera, extranjeros, en su mayoría sudamericanos, debo hacer
notar aquí, que en realidad empezaron a llegar en su mayoría mujeres,
mujeres sudamericanas sobre todo. Porque todo este despliegue de
prosperidad viene a “coincidir” con la incorporación, tras años de lucha, de la
mujer de los países desarrollados al mundo del trabajo remunerado.
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Debo hacer aquí un inciso para recordar que hace apenas 20 años, los
hogares en los que entraban dos sueldos, es decir, en los que la mujer salía a
trabajar, además, fuera de casa, disfrutaban de un bienestar adicional
económicamente hablando, hoy los dos sueldos son únicamente para
sobrevivir, es el mismo tema que ocurre con las tecnologías de las que
hablábamos antes, supuestamente todo sirve para nuestro beneficio, pero
nos las arreglamos para que cada vez la vida nos apriete más. Creo que no
estamos entendiendo a la vida.

Tenemos más dinero, pero cada vez menos poder adquisitivo.
Tenemos más dinero, pero no tiempo para gastarlo.
Tenemos más electrodomésticos, pero cada vez más trabajo.
Tenemos ordenadores, pero no los usamos para liberarnos.

Tanto los hombres como las mujeres que iban llegando se iban incorporando
a nuestra sociedad sin problemas, fueron acogidos hasta con alivio pues
estaban dispuestos a trabajar en aquellos ámbitos en los que nosotros-as ya
no estábamos interesados-as, pues en el estado de bienestar nosotros-as
estábamos en pleno apogeo de autosatisfacción.

En ese estado de cosas, el crecimiento interior, la madurez personal, la
capacidad de pensar, la reflexión sobre los valores y su desarrollo, la visión
global, la asunción de responsabilidades acorde con las capacidades, etc.,
todo esto ha venido a ser relegado a un segundo plano. Solo se ha asumido
en términos de lenguaje y de comportamientos impostados, pero no de
actitudes honestas.

Así ha ocurrido que ahora nos encontramos con que la inmigración, que era
una solución para todos-as, se ha convertido en tan poco tiempo en un
problema, tanto para nosotros-as como para ellos-as. Porque una de las
consecuencias de nuestra ceguera de autosatisfacción, es haber creado una
sociedad en donde todo el mundo tenemos derechos y podemos pedir y
exigir que se nos concedan, si no a modo particular, con la creación de
múltiples comunidades, asociaciones, colectivos, etc., que intermedian con
las instituciones por medio de formularios, papeleos, etc., No nos importan,
nuevamente las consecuencias de nuestras exigencias ni lo que haya que
sacrificar para conseguirlas, qué otros colectivos se ven implicados y cuáles
otros se pueden ver perjudicados, eso no nos interesa, es más, preferimos
no saberlo. Nuestro amor a la ceguera. Preferimos que nuestros ojos los
usen otros-as, los-as que serán “responsables”.

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Creo que la comunidad inmigrante, como tantas otras comunidades,
asociaciones, etc., tiene muchos derechos, efectivamente, pero también
necesita una mirada de autocrítica muy seria.

Hemos llegado, a mi juicio, al extremo de no entendernos entre nosotros-as
a pesar de utilizar el mismo lenguaje y los mismos términos, nos pasamos la
vida discutiendo sin llegar a compromisos, solo a acuerdos temporales para
“seguir tirando”, tratando de “perder lo menos posible”, intentando
engañarnos con la idea de que es para “ganar lo más posible”, no queriendo
ver que, en estos momentos, el discurso en todos los ámbitos, ya no es cómo
prosperar, cómo crecer, es cómo sostenernos.

No importa que nuestra intención no sea “destruir el planeta”, nuestro
comportamiento nos habla de que nuestra actitud ante Ella, la Tierra, es
egoísta, bárbara, depravada, por lo tanto, el planeta con todo lo que está
dentro se desmorona, y nuestras “Cumbres” ya no son para ver cómo
podemos mejorar la vida, sino cómo podemos seguir sobreviviendo a su
costa, pagando con dinero el derecho a destruirla. Nuestra ceguera ya no es
justificable, sabemos lo que estamos haciendo, lo que NOS estamos
haciendo, y sus consecuencias, y nos lo consentimos, unos-as a otros-as, y lo
justificamos los unos-as en los otros-as.

Parece que estuviéramos de nuevo dividiendo el mundo, la sociedad en dos:
los que piden y los que dan. La ciudadanía agrupada en pequeñas
comunidades, y los-as funcionarios-as al servicio de las instituciones.

Creo que ha llegado la hora de que maduremos como especie, es lo que nos
toca, nuestro estado de madurez interior es tan pobre que no sabemos
hacernos cargo de nuestras vidas a pesar de que tenemos todas las
posibilidades en nuestras manos.

No sé cuáles serán los resultados, solo sé que el único camino posible que
nos queda es crecer, madurar, desarrollarnos como seres humanos, hay
muchos caminos, tantos como personas. Elegir el que tenga corazón, seguir
su luz, y no olvidarnos de mirar alrededor, a lo que sucede en el camino.

Rosana Agudo
Bilbao, Otoño de 2009
TTi-Tecnología para la Transformación Interior,
rosanaagudo@gmail.com

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