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Confesiones de Un Gangster Economico John Perkins

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Al día siguiente, las autoridades panameñas me enviaron un
guía. Se llamaba Fidel y simpaticé al instante con él. Era alto,

delgado y se veía que estaba orgulloso de su país. Su tatarabuelo

había combatido al lado de Bolívar por la independencia frente a

España. Yo le conté que era descendiente de Tom Paine y me com-

plació enterarme de que Fidel había leído Sentido común en espa-

ñol. Hablaba inglés, pero cuando descubrió que yo hablaba su

idioma con facilidad se mostró muy emocionado.

—Muchos compatriotas suyos pasan años aquí y nunca se han

molestado en aprenderlo —comentó.

Fidel me llevó de paseo a un barrio de la ciudad que reflejaba

una prosperidad impresionante. Dijo que se llamaba New Panamá.

Mientras contemplábamos los modernos rascacielos de vidrio y

acero, me explicó que Panamá tenía más bancos internacionales

que ningún otro país al sur del Río Grande.

—A menudo nos llaman la Suiza de las Américas —dijo—.

Hacemos muy pocas preguntas a nuestros clientes.

Más tarde, al atardecer y mientras el sol iba cayendo hacia el

Pacífico, salimos a una avenida que seguía la curva de la bahía. Se

veía una larga fila de barcos anclados. Le pregunté a Fidel si esta-

ban teniendo alguna dificultad con el canal.

—Siempre están así —rió él—. Hacen cola esperando su tur-

no. La mitad de ellos van a Japón o regresan de allí. Más que a Es-

tados Unidos.

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CONFESIONES DE UN GÁNGSTER ECONÓMICO

Le confesé que eso era una novedad para mí.

—No me sorprende —contestó—. Los norteamericanos no

prestan mucha atención al resto del mundo.

Detuvo el coche junto a un hermoso parque donde se veían

unas ruinas antiguas recubiertas de buganvillas. Según la placa, per-

tenecían a un fuerte que se construyó para defender la ciudad con-

tra las incursiones de los piratas ingleses. Una familia se disponía a

acomodarse para cenar al aire libre: la madre, el padre, el niño y la

niña, y un hombre anciano que sería el abuelo de los pequeños. De

súbito envidié la tranquilidad que expresaban aquellas cinco perso-

nas. Cuando pasamos, la pareja sonrió, saludó con la mano y nos

dio los buenos días en inglés. Les pregunté si eran turistas y ellos

soltaron una carcajada. El marido se acercó.

—Soy de la tercera generación de habitantes de la Zona

—anunció con orgullo—. Mi abuelo llegó aquí tres años después

de su inauguración. Conducía las muías que entonces servían para

remolcar los barcos por las esclusas.

Apuntó con un ademán al viejo, que andaba ocupado con los

niños y poniendo la mesa desplegable.

—Papá era ingeniero y yo he seguido sus pasos.

La mujer fue a ayudar al suegro y a los niños. A espaldas de

ellos, el sol rozaba ya las aguas azules. Era una escena de idílica be-

lleza, como un cuadro de Monet. Le pregunté al hombre si eran

ciudadanos estadounidenses.

El me miró con aire de incredulidad.

—¡Claro! La Zona del Canal es territorio estadounidense.

El chico se acercó a decirle que la cena estaba servida.

—;É1 será la cuarta generación?

Mi interlocutor juntó las manos como en oración y las levan-

tó hacia el cielo.

—Todos los días le rezo al Señor para que le conceda esa

oportunidad. Es maravilloso vivir en la Zona. —Luego bajó la voz,

mirando fijamente a Fidel—. Confío en que logremos mantener-

nos aquí otros cincuenta años. Ese déspota de Torrijos está me-

tiendo mucho jaleo. Es un individuo peligroso.

Obedeciendo a un impulso repentino, le contesté en español:

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Piratas en la zona del Canal

—Adiós. Que lo pasen bien usted y su familia, y que aprendan

mucho de la cultura panameña.

El hombre frunció el ceño.

—No hablo el idioma de esa gente —dijo, tras lo cual me vol-

vió la espalda y fue a reunirse con su familia y su cena.

Fidel se acercó y rodeándome los hombros con el brazo, dijo:

—Gracias.

Al regreso, Fidel se metió en una barriada que describió como

«barrio bajo».

—No es el peor que tenemos, pero servirá para que se haga

una idea.

Barracones de madera y charcos de aguas estancadas flanquea-

ban las calles. Aquellas frágiles viviendas parecían barcas varadas en

un cenagal. El olor a aguas corrompidas y a podredumbre invadió

el habitáculo del coche, al que seguía una patulea de crios barrigo-

nes. Cuando nos detuvimos se congregaron a mi lado llamándome

tío y mendigando unas monedas. Me acorde de Yakarta.

Había pintadas en muchas paredes. Algunas eran los habitua-

les corazones flechados y con las iniciales de las parejas, pero la

mayoría eran proclamas que manifestaban odio contra Estados

Unidos: «Gringos fuera», «No sigan jodiendo en nuestro Canal»,

«Tío Sam negrero», «Nixon: Panamá no es Vietnam». Pero uno

que me heló la sangre decía: «Morir por la libertad es el camino

de Cristo».

—Ahora veremos el otro lado —dijo Fidel—. Yo tengo pase

oficial y usted es ciudadano americano, así que podemos entrar.

Entramos en la zona del Canal bajo un cielo de color magen-

ta. Aunque iba advertido, no fue suficiente. La opulencia del lugar

era increíble: grandes edificios blancos, céspedes primorosamente

segados, casas espléndidas, campos de golf, comercios, salas de

cine.

—Los datos a la vista —anunció—. Aquí todo es propiedad

estadounidense. Todos los comercios, los supermercados, las bar-

berías, los salones de belleza, los restaurantes, todos están exemp-

tos de las leyes y los impuestos de Panamá. Hay siete campos de

golf de dieciocho hoyos, estafetas de correos estadounidenses

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CONFESIONES DE UN GÁNGSTER ECONÓMICO

donde hagan falta, juzgados y escuelas estadounidenses. Es un país

dentro de otro país.

—¡Menuda afrenta!

Fidel me miró fijamente, como para calibrar mi sinceridad.

—Sí —admitió—. Es una palabra bastante adecuada. Ahí fue-

ra —dijo apuntando con un ademán hacia la ciudad—, la renta per

capita no alcanza los mil dólares al año y el índice de paro es del

treinta por ciento. Por supuesto, en la barriada que acabamos de

visitar nadie llega a esos mil dólares, y casi nadie tiene trabajo.

—¿Y qué se hace al respecto?

Se volvió hacia mí con una mirada entre furiosa y triste.

—¿Qué podemos hacer? —meneó la cabeza—. No lo sé, pero

puedo decir una cosa: Torrijos lo intenta. Creo que va a ser fatal

para él, pero está haciendo todo lo que puede. Es un hombre ca-

paz de dar la vida luchando por su pueblo.

Mientras salíamos de la zona del Canal, Fidel me dijo son-

riendo:

—¿Le gusta bailar? —y sin esperar mi contestación, agregó—:

Vamos a cenar, y luego le enseñaré otra cara de Panamá.

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