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Confesiones de Un Gangster Economico John Perkins

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o tenía una visión idealizada de Indonesia, el país donde iba a

vivir durante los próximos tres meses. En algunos de los libros

que había leído había visto fotos de bellas mujeres envueltas en sa-

rongs de luminosos colores, exóticas bailarinas balinesas, chamanes

que escupían fuego y guerreros en sus largas canoas de troncos

ahuecados remando por aguas de color esmeralda a los pies de vol-

canes coronados de humo. Me sorprendió especialmente una serie

dedicada a los magníficos galeones de los infames piratas Bugi, con

sus impresionantes velas negras, que todavía surcaban las aguas del

archipiélago, y que en otros tiempos atemorizaron a los marineros

europeos hasta tal punto que, cuando éstos regresaban a sus hoga-

res y les tocaba reprender a sus hijos, solían decirles: «Si no te por-

tas bien llamaré a los piratas Bugi y vendrán por ti». ¡Ah! ¡Cómo

agitaban mi espíritu esas imágenes!

La historia y las leyendas del país presentaban una galería de

personajes descomunales: dioses iracundos, dragones de Komodo,

opulentos sultanes tribales. Leyendas ancestrales muy anteriores al

nacimiento de Cristo habían viajado a través de las cordilleras asiá-

ticas y los desiertos de Persia para cruzar el Mediterráneo y quedar

profundamente grabadas en los repliegues más escondidos de

nuestra psicología colectiva. Hasta los nombres de aquellas fabu-

losas islas —Java, Sumatra, Borneo, las Célebes— seducían a la

imaginación. Eran tierras de misticismo, de leyenda y de erótica

belleza, el tesoro que Colón buscó y nunca pudo alcanzar, la prin-

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CONFESIONES DE UN GÁNGSTER ECONÓMICO

cesa deseada y jamás poseída por España, por Holanda, por los

portugueses y los japoneses. Una fantasía y un sueño.

Mis expectativas eran elevadas, como las de aquellos grandes

exploradores, supongo. Pero, al igual que Colón, debí haber apren-

dido a moderar mis fantasías. Tal vez era de prever que el faro del

destino no siempre apunta a los horizontes que habíamos imagina-

do. Indonesia ciertamente ofrecía tesoros, pero no era la cornucopia

de todas las riquezas que yo esperaba. En efecto, mis primeros días

bajo la tórrida atmósfera de su capital, Yakarta, en el verano de 1971,

me reservaban muchas sorpresas.

Ciertamente, la belleza estaba allí. Mujeres espléndidas que

vestían sarongs multicolores. Jardines exhuberantes, cargados de

flores tropicales. Exóticas bailarinas balinesas. Triciclos pintados

con escenas de vivos colores hasta en los respaldos de los asientos,

donde los pasajeros se arrellanaban de cara al hombre que pisaba

los pedales. Mansiones de estilo colonial holandés y mezquitas con

minaretes. Pero la ciudad presentaba también su lado sórdido y

trágico. Leprosos que alzaban muñones ensangrentados en vez de

manos. Muchachas que vendían su cuerpo a cambio de unas mo-

nedas. Los canales construidos por los holandeses, antaño esplén-

didos, convertidos en cloacas a cielo abierto. Barracas de cartón

donde vivían familias enteras sobre los vertederos que cubrían las

orillas de los ríos de aguas inmundas. Bocinazos incesantes y hu-

mos apestosos. Lo bello y lo reo, lo elegante y lo vulgar, lo espiri-

tual y lo profano. Eso era Yakarta, donde los perfumes tentadores

del clavo y de la orquídea competían con las miasmas de aquellos

albañales.

Sin embargo, no era la primera vez que yo veía la pobreza. Al-

gunos de mis compañeros de colegio en New Hampshire vivían en

barracas cubiertas de cartón alquitranado y se presentaban a clase

vistiendo chaquetas deshilacliadas y viejas zapatillas de tenis en

pleno invierno, con temperaturas exteriores bajo cero, los cuerpos

sin lavar que apestaban a sudor rancio y a estiércol. En los Andes

había convivido con campesinos cuya dieta consistía casi exclusiva-

mente de maíz seco y patatas, y donde a veces parecía que los re-

cién nacidos tenían tantas probabilidades de morir como de llegar

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Salvar a una nación del comunismo

a cumplir su primer año. La pobreza, pues, no me era desconoci-

da, pero no estaba preparado para lo de Yakarta.

Nuestro grupo se alojaba en el hotel más elegante de la ciu-

dad, por supuesto, que era el Intercontinental Indonesia, pro-

piedad de la Pan American Airlines como todos los de la cadena

Intercontinental, presente en todo el planeta. Allí, los extranje-

ros ricos veían atendidos todos sus caprichos; en especial los eje-

cutivos de las compañías petroleras y las familias de éstos. La pri-

mera noche de nuestra estancia, Charlie Illingworth, el director

de nuestro proyecto, nos agasajó con una cena en el fastuoso res-

taurante del ático.

Charlie era entendido en temas bélicos; dedicaba la mayor par-

te de su tiempo libre a leer libros de historia y novelas históricas so-

bre grandes caudillos militares y batallas célebres. Era el paradigma

del estratega de tertulia, y partidario de la guerra de Vietnam. Como

de costumbre, aquella noche vestía pantalón bombacho color caqui

y camisa también de color caqui, de manga corta y con presillas en

los hombros al estilo militar.

Después de darnos la bienvenida encendió un puro. «Por la

buena vida», suspiró levantando la copa de champagne. «Por la bue-

na vida», le hicimos eco, y las copas tintinearon.

Rodeado de volutas de humo, Charlie paseó la mirada por el

salón.

—Estaremos bien atendidos aquí —dijo acompañando las pa-

labras con varios cabezazos de satisfacción. Los indonesios cuida-

rán de nosotros, y también los de nuestra embajada. Pero no olvi-

demos que hemos venido con una misión que cumplir.

Miró un puñado de fichas que tenía delante.

—Sí. Estamos aquí a fin de desarrollar un plan maestro para la

electrificación de Java, el lugar más poblado del mundo. Pero eso

no es más que la punta del iceberg.

Su expresión se ensombreció, me recordó al actor George C.

Scott en su papel de General Patton, uno de los héroes de Charlie.

—Estamos aquí para salvar el país de las garras del comunis-

mo. Que no es poca cosa. Como saben ustedes, Indonesia tiene

una historia larga y trágica. Ahora, cuando se disponía a entrar de-

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CONFESIONES DE UN GÁNGSTER ECONÓMICO

unitivamente en el siglo XX, se ha visto enfrentada a una nueva

prueba. Es nuestra responsabilidad conseguir que Indonesia no

siga los pasos de sus vecinos del norte, Vietnam, Camboya y Laos.

El sistema eléctrico integrado será un elemento clave. Con eso,

más que con ningún otro factor, salvo la posible excepción del

petróleo, quedará asegurada la presencia del capitalismo y de la de-

mocracia.

Después de una pausa para inhalar del puro y barajar sus ano-

taciones, prosiguió:

—Y hablando de petróleo. Todos sabemos hasta qué punto lo

necesita nuestro país. Indonesia puede llegar a ser una aliada po-

derosa en tal sentido. De manera que, cuando desarrollen ustedes

ese plan maestro, tengan la bondad de recordar lo que van a nece-

sitar la industria del petróleo y las demás que dependen de ella, los

puertos, los oleoductos, las constructoras. Debe proporcionárseles

lo que haga falta en términos de consumo eléctrico para los vein-

ticinco años de vigencia de ese plan.

Alzó los ojos de sus fichas y se encaró directamente conmigo

mientras continuaba diciendo:

—Más vale exagerar", que quedarnos cortos. No vaya a caer

sobre nuestras cabezas la sangre de los niños de Indonesia, o la

nuestra. No vayan a tener que vivir bajo la hoz y el martillo, ¡o

bajo la bandera roja de China!

Aquella noche, acostado en mi cama a muchos metros de al-

tura sobre la ciudad, entre la seguridad y el lujo de una suite de

primera clase, evoqué la imagen de Claudine. Me desvelaban sus

discursos sobre la deuda externa. Intenté tranquilizarme recordan-

do mis cursos de teoría macroeconómica en la escuela de adminis-

tración de empresas. Al fin y al cabo, me decía, estoy aquí para

ayudar a Indonesia, para que salga de su economía medieval y pase

a ocupar su lugar en el mundo industrial moderno. Pero yo sabía

que al amanecer, cuando echase la primera ojeada desde mi venta-

na, más allá de la opulencia de los jardines del hotel y de las pisci-

nas, podría ver los barrios de barracas que se extendían alrededor,

hasta muchos kilómetros de distancia. No ignoraba que ahí fuera

estaban muriendo muchos niños por falta de alimento y de agua

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Salvar a una nación del comunismo

potable, y que tanto los menores como los adultos padecían enfer-

medades horribles y soportaban condiciones de vida inhumanas.

Seguí dando vueltas en mi cama sin pegar ojo. Era innegable

que tanto Charlie como los demás miembros del equipo estábamos

allí por motivos egoístas. Promovíamos la política exterior de Esta-

dos Unidos y los intereses corporativos. Nos impulsaba la codicia y

no un supuesto deseo de mejorar las condiciones de vida de la gran

mayoría de los indonesios. Una palabra acudió a mi mente: la cor-

poratocracia. No consigo recordar si la había escuchado en alguna

parte o la inventé yo mismo, pero me pareció perfecta para descri-

bir la nueva clase dominante que se había metido entre ceja y ceja

el afán de dominar el planeta.

Era una cofradía de unos pocos, estrechamente unidos por

unos objetivos comunes. Los miembros de esa cofradía pasaban

con facilidad de los consejos de administración a los cargos pú-

blicos, y viceversa. Se me antojaba que el entonces presidente del

Banco Mundial, Robert McNamara, era el ejemplo perfecto. Ha-

bía pasado de su puesto de presidente de Ford Motor Company a

la secretaría de Defensa con los gabinetes de Kennedy y Johnson,

y en aquellos momentos era la autoridad máxima de la institución

financiera más poderosa del mundo.

Comprendía también que mis profesores de la EADE no ha-

bían captado la verdadera naturaleza de las magnitudes macroeco-

nómicas. Que en muchos casos, contribuir al crecimiento econó-

mico de un país sólo servía para enriquecer todavía más a los que

estaban en la cima de la pirámide, sin hacer nada por los de abajo

excepto empujarlos más abajo todavía. En efecto, la promoción

del capitalismo muchas veces produce un sistema parecido a las so-

ciedades feudales de la Edad Media. Si alguno de mis profesores lo

sabía, nunca nos lo contó, probablemente porque las grandes em-

presas y los hombres que las dirigen financian las universidades. Si

aquellos profesores nos hubieran enseñado la verdad, sin duda les

habría costado el empleo, lo mismo que podían costármelo a mí

unas revelaciones por el estilo.

Esos pensamientos me hicieron pasar en vela todas las noches

que estuve en el Hotel Intercontinental Indonesia. En el fondo,

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CONFESIONES DE UN GÁNGSTER ECONÓMICO

no tenía más argumentos para mi defensa que los de orden perso-

nal: había luchado mucho para escapar de aquel pueblo de New

Hampshire, de aquella escuela y del servicio militar. Mediante una

combinación de coincidencias y el trabajo asiduo, me había ganado

una poltrona en la buena vida. También me consolaba diciéndome

que mi actuación era correcta según las normas de mi propia cultu-

ra. Estaba en vías de convertirme en un analista económico presti-

gioso y respetado. Hacía lo que la escuela de administración de em-

presas nos preparaba para hacer. Iba a implementar un modelo de

desarrollo sancionado por las mejores cabezas de los mejores equi-

pos pensantes del mundo.

De madrugada, no obstante, me consolaba muchas veces con

una promesa: que algún día denunciaría la verdad. Después de esto

me adormecía leyendo una novela de Louis l'Amour sobre aventu-

ras de pistoleros del viejo Oeste.

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