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LIAHONA MAYO 2010

LIAHONA MAYO 2010

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Discurso de la Conferncia General.-09285_002_000
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Ruego que sigamos el consejo y el ejemplo del profeta
y que cada día busquemos a los necesitados.

36

Liahona

Jesucristo viven y que verdaderamente
se le aparecieron a José Smith. Me
comprometí de corazón a arrepentir-
me y a seguir a Jesucristo fielmente
durante el resto de mi vida.
¡Esa experiencia espiritual me
cambió la vida por completo! Como
muestra de gratitud al Señor y a la
miembro de la Iglesia que me rescató,
decidí prestar servicio en una misión.
Después de la misión, me sellé en el
templo con una joven maravillosa y he-
mos sido bendecidos con cuatro hijos.
No es coincidencia que ella sea la mis-
ma persona que me salvó al mandarme
una postal a aquel solitario apartamen-
to de Yokohama hace muchos años.
Siempre estaré agradecido por la mise-
ricordia del Señor y la ayuda de esta
miembro de la Iglesia que me invitó a
venir a Cristo3

nuevamente.
Sé que muchos de ustedes extien-
den de manera privada y diaria sus
amorosas manos que salvan. Esto
incluye a una fiel hermana de la
Sociedad de Socorro que cuida no
sólo de las hermanas que le han asig-
nado como maestra visitante, sino
también de cualquier otra hermana
que esté enferma o que necesite algún
tipo de ayuda; hace visitas con fre-
cuencia y lleva años fortaleciendo la fe
de muchos. Pienso en un obispo que

visitaba a menudo a las viudas y a los
viudos de su barrio, un modelo de
ayuda que siguió poniendo en práctica
durante muchos años después de su
relevo.

Conozco a un líder del sacerdocio
que dedica tiempo a un jovencito
que perdió a su padre, acompañán-
dolo a las actividades, enseñándole el
Evangelio y ofreciéndole consejos
como su propio padre lo haría. Otra
familia halla gozo al predicar el
Evangelio; tanto los padres como los
hijos testifican del Evangelio a los
que les rodean, y muchos les tienen
cariño.

Mi nieta de cinco años participa en
una actividad de la Primaria en la cual,
cada vez que hace una buena obra, co-
loca un grano de maíz para hacer palo-
mitas en una botella grande de vidrio.
Al buscar cada día algo bueno que ha-
cer, canta en voz alta la canción de la
Primaria que dice: “Sigue al profeta, si-
gue al profeta, lo que él dice manda el
Señor”4

.
No me alcanzaría el tiempo para
contarles todas las cosas buenas que
veo hacer a los miembros de la Iglesia.
En forma anónima y con alegría siguen
los consejos del profeta, no porque
sea un deber o una responsabilidad,
sino por su propia y libre voluntad.

A veces sentimos que somos débi-
les y que nos falta la fuerza necesaria
para rescatar a otras personas, pero el
Señor nos recuerda lo siguiente: “De
cierto os digo que en cuanto lo hicis-
teis a uno de éstos, mis hermanos más
pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo
25:40).

Concluyo mis palabras con una cita
del presidente Thomas S. Monson:
“Mis hermanos y hermanas, estamos
rodeados de personas que necesitan
nuestra atención, nuestro estímulo,
apoyo, consuelo y bondad, ya sean fa-
miliares, amigos, conocidos o extraños.
Nosotros somos las manos del Señor
aquí sobre la tierra, con el mandato de
prestar servicio y edificar a Sus hijos. Él
depende de cada uno de nosotros”5

.

Ruego que sigamos el consejo y el
ejemplo del profeta y que cada día
busquemos a los necesitados, para
que podamos ser las manos del Señor
al ayudar y salvar a Sus hijos. En el
nombre de Jesucristo. Amén. ■

NOTAS

1. Véase Predicad Mi Evangelio: Una guía
para el servicio misional, 2004, pág. 1.
2. Véase Moroni 10:4–5.
3. Véase Mateo 11:28.
4. “Sigue al Profeta”, Canciones para los
niños, 1989, pág. 58.
5. Thomas S. Monson, “¿Qué he hecho hoy
por alguien?”, Liahona,noviembre de
2009, pág. 86.

Mayo de 2010

37

Por el élder Bruce A. Carlson

De los Setenta

Cuando optamos por desobedecer
un mandamiento, generalmente es
porque: (1) nos hemos convencido de
que el mandamiento no se aplica a no-
sotros; (2) no creemos que sea impor-
tante; o (3) estamos seguros de que es
muy difícil obedecerlo.

1. Ese mandamiento no se aplica a mí.

En los últimos años del reinado del
rey Salomón, el Señor le informó por
medio de un profeta: “…arrancaré el
reino de ti y lo entregaré a tu siervo”2

.

Poco después, el profeta Ahías re-
conoció a ese siervo como Jeroboam,
“un hombre laborioso” a quien
Salomón había encomendado “toda la
carga de la casa de José”3

. Los deberes
de Jeroboam lo llevaron a viajar desde
las montañas de Efraín, donde vivía,
hasta la capital de Jerusalén. En uno
de esos viajes, el profeta se encontró
con él en el camino. A través de Ahías,
el Señor le dijo: “…a ti te daré diez tri-
bus”4

. También le instruyó: “…si… an-
das en mis caminos… guardando mis
estatutos y mis mandamientos… esta-
ré contigo… y te entregaré a Israel”5

.

Al enterarse Salomón de la profecía
de Ahías, buscó matar a Jeroboam, por
lo que Jeroboam huyó a Egipto6

.

Después de la muerte de Salomón,
Jeroboam regresó de su exilio a la par-
te norte de Israel y comenzó a dirigir a
las diez tribus del norte7

.
No obstante, el plan de Jeroboam
para gobernar el reino contenía
una mezcla de lo bueno y lo malo.
Estableció la capital de la nación en
Siquem, una ciudad de gran significa-
do religioso para su pueblo; pero,
lamentablemente introdujo rituales
satánicos en sus servicios religiosos8

.
Jeroboam se convenció de que al-
gunos de los mandamientos de Dios
no se aplicaban a él y, como resultado
de sus acciones, todos sus descendien-
tes fueron asesinados; y por las prácti-
cas paganas que él introdujo en sus
ordenanzas sagradas, las diez tribus de
Israel fueron finalmente arrancadas de
su heredad9

.
Al igual que el efecto suelo, el tratar
de levantar vuelo con más peso de lo
que las alas del avión puedan soportar
llevará a consecuencias desastrosas,

Se cuenta de dos aficionados a las

actividades al aire libre que con-
trataron una avioneta para que
los llevara a un lago remoto en su via-
je de pesca anual. Después de una
buena pesca, el piloto regresó para re-
cogerlos. Les informó que su pequeño
avión no podría soportar el peso de
ellos, el del equipo y el de lo que ha-
bían pescado. Sería necesario hacer
un segundo viaje, por lo que tendría
que hacer dos.
Ahora bien, los pescadores no que-
rían pagar otro viaje; así que, después
de prometerle que empaquetarían
bien todo y de ofrecerle una pequeña
paga extra, el piloto aceptó de mala
gana intentar el vuelo.
Los pescadores sonrieron con com-
plicidad mientras el piloto forzaba la
avioneta para que levantara vuelo. Sin
embargo; unos segundos más tarde, el
avión no despegó y cayó en una zona
pantanosa al final del lago.
El avión había fallado al levantar
vuelo a causa de un fenómeno bien
conocido llamado “efecto suelo”, el
cual se crea cuando el aire se compri-
me entre las alas del avión y la superfi-
cie de la tierra cuando el avión está

muy cerca del suelo. En este caso, al
subir lentamente fuera del “efecto sue-
lo”, la avioneta tenía que volar por su
propia fuerza, lo cual simplemente no
pudo llevar a cabo.
Felizmente, ninguno se lastimó se-
riamente, y después de recobrarse,
uno de los pescadores le preguntó al
otro: “¿Qué pasó?”, a lo cual su compa-
ñero respondió: “Caímos al levantar
vuelo. ¡A unos cien metros de donde
caímos el año pasado!”.
Al igual que estos dos pescadores,
a veces creemos que debe haber una
manera más fácil, un atajo o una modi-
ficación a los mandamientos del Señor
que se ajuste a nuestras propias cir-
cunstancias. Pensamientos como éste
fallan en reconocer que la estricta obe-
diencia a las leyes de Dios trae Sus
bendiciones; y el dejar de obedecer
Sus leyes conlleva consecuencias pre-
visibles.

Cuando recibió su nombramiento
como Presidente de la Iglesia, Harold
B. Lee dijo: “La seguridad de la Iglesia
descansa en que los miembros guar-
den los mandamientos… Si guardan
los mandamientos, recibirán bendi-
ciones”1

.

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