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LIAHONA MAYO 2010

LIAHONA MAYO 2010

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Discurso de la Conferncia General.-09285_002_000
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Poseemos este poder del sacerdocio, y todos debemos
estar preparados para usarlo debidamente.

SESIÓN DEL SACERDOCIO| 3 de abril de 2010

Por el élder Dallin H. Oaks

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Mayo de 2010

47

personas que participaron en la en-
cuesta dijeron que habían “vivido o
presenciado una curación divina”4

.
Muchos Santos de los Últimos Días
han experimentado el poder de la fe
al sanar a los enfermos. Escuchamos
también ejemplos de ello entre perso-
nas de fe en otras iglesias. Un periodis-
ta de Texas describió uno de estos
milagros. Cuando una niña de cinco
años respiraba con dificultad y le dio
fiebre, los padres la llevaron de inme-
diato al hospital. Para cuando llegó, los
riñones y los pulmones ya le habían
dejado de funcionar, tenía una fiebre
de 41,7º C y tenía el cuerpo de color
rojo vivo y cubierto de lesiones color
púrpura. Los doctores dijeron que es-
taba muriendo de síndrome de shock
tóxico, por causa desconocida. Al en-
terarse de ello la familia y los amigos,
la gente temerosa de Dios comenzó a
orar por ella, y se realizó un servicio
especial de oración en la congregación
protestante de Waco, Texas, a la que
pertenecían. De forma milagrosa, re-
pentinamente regresó del borde de la
muerte y fue dada de alta del hospital
en poco más de una semana. Su abue-
lo escribió: “Ella es prueba viviente de
que Dios sí contesta las oraciones y
obra milagros”5

.
Verdaderamente, tal como se enseña
en el Libro de Mormón, Dios “se mani-
fiesta por el poder del Espíritu Santo a
cuantos en él creen; sí, a toda nación,
tribu, lengua y pueblo, obrando gran-
des milagros… entre los hijos de los
hombres, según su fe” (2 Nefi 26:13).

III.

Para este auditorio —adultos que
poseen el Sacerdocio de Melquisedec,

y hombres jóvenes que pronto recibi-
rán este poder— concentraré mis co-
mentarios en las bendiciones de
sanidad que tienen que ver con el po-
der del sacerdocio. Poseemos este po-
der del sacerdocio, y todos debemos
estar preparados para usarlo debida-
mente. El aumento actual de desastres
naturales y desafíos económicos de-
muestra que necesitaremos este poder
aún más en el futuro que en el pasado.
En muchos pasajes de las Escrituras
se enseña que los siervos del Señor
“sobre los enfermos impondrán sus
manos, y sanarán” (Marcos 16:18)6

.

Ocurren milagros cuando la autoridad
del sacerdocio se utiliza para bendecir
a los enfermos. Yo he experimentado
estos milagros. De niño y como hom-
bre he visto sanidades tan milagrosas
como cualquiera de las que se hallan
registradas en las Escrituras, al igual
que lo han hecho muchos de ustedes.
El uso de la autoridad del sacerdo-
cio para bendecir a los enfermos cons-
ta de cinco partes: (1) la unción, (2) el
sellamiento de la unción, (3) la fe,
(4) las palabras de la bendición y
(5) la voluntad del Señor.

La unción

En el Antiguo Testamento se men-
ciona con frecuencia la unción con
aceite como parte de una bendición
conferida por la autoridad del sacerdo-
cio7

. Se declaró que las unciones eran
para santificación8

y tal vez también se
pueden considerar simbólicas de las
bendiciones que se han de derramar
del cielo como resultado de este sagra-
do acto.

En el Nuevo Testamento leemos
que los apóstoles de Jesús “ungían con

aceite a muchos enfermos y los sana-
ban” (Marcos 6:13). En el libro de
Santiago se enseña la función de la un-
ción en relación con los otros elemen-
tos de una bendición de salud por la
autoridad del sacerdocio:
“¿Está alguno enfermo entre voso-
tros? Llame a los ancianos de la iglesia,
y oren ellos por él, ungiéndole con
aceite en el nombre del Señor.
“Y la oración de fe salvará al enfer-
mo, y el Señor lo levantará, y si ha co-
metido pecados, le serán perdonados”
(Santiago 5:14–15).

Sellamiento de la unción

Cuando alguien ha sido ungido
por la autoridad del Sacerdocio de
Melquisedec, la unción es sellada por
esa misma autoridad. Sellar algo signi-
fica afirmarlo, hacerlo vinculante para
el propósito que se ha dispuesto.
Cuando los élderes ungen a una per-
sona enferma y sellan la unción, abren
las ventanas de los cielos para que el
Señor derrame la bendición que Él de-
sea para la persona afligida.
El presidente Brigham Young ense-
ñó: “Cuando pongo mis manos sobre
los enfermos, espero que el poder sa-
nador y la influencia de Dios pasen
por mi intermedio al paciente y que la
enfermedad desaparezca… Cuando
estamos preparados, cuando somos
vasos sagrados ante el Señor, una co-
rriente de poder puede fluir desde el
Todopoderoso a través del tabernácu-
lo del que bendice al sistema del pa-
ciente, y el enfermo es restablecido
por completo”9

.
Aunque sabemos de muchos casos
en los que las personas bendecidas
por la autoridad del sacerdocio han
sido sanadas, rara vez hablamos de es-
tas sanidades en reuniones públicas
porque en la revelación moderna se
nos advierte “que no [nos jactemos]
de estas cosas ni [hablemos] de ellas
ante el mundo; porque [nos] son da-
das para [nuestro] provecho y para
salvación” (D. y C. 84:73).

Fe

La fe es esencial para sanar median-
te los poderes del cielo. En el Libro de
Mormón incluso se enseña que “si no

hay fe entre los hijos de los hombres,
Dios no puede hacer ningún milagro
entre ellos”10

. En un memorable dis-
curso sobre la bendición a los enfer-
mos, el presidente Spencer W. Kimball
dijo: “A menudo se le resta importan-
cia a la necesidad de la fe. Parecería
que con frecuencia el afligido y la fami-
lia dependen enteramente del poder
del sacerdocio y del don de sanidad
que esperan que tengan los hermanos
que lo bendicen, mientras que la res-
ponsabilidad mayor la tiene el que re-
cibe la bendición… El elemento más
importante es la fe de la persona cuan-
do ésta es consciente y responsable.
‘Tu fe te ha sanado’ [Mateo 9:22] lo
dijo el Maestro con tanta frecuencia
que casi se convierte en un refrán”11

.

El presidente Kimball incluso sugirió
que “las bendiciones demasiado fre-
cuentes tal vez sean un indicio de la fal-
ta de fe, o de que la persona afligida
esté tratando de poner sobre los élde-
res la responsabilidad de desarrollar la
fe, en vez de en sí misma”. Contó sobre
una fiel hermana que recibió una ben-
dición del sacerdocio. Cuando al día
siguiente le preguntaron si deseaba
que le volvieran a dar una bendición,
contestó: “No, ya me han ungido y

bendecido. La ordenanza se ha
llevado a cabo, y ahora depende de mí
reclamar mi bendición por medio de
mi fe”12

.

Palabras de la bendición

Otra parte de una bendición del sa-
cerdocio son las palabras de la bendi-
ción que el élder pronuncia después
de que sella la unción. Estas palabras
pueden ser sumamente importantes,
pero su contenido no es esencial y no
se inscriben en los registros de la
Iglesia. En algunas bendiciones del sa-
cerdocio —como la bendición patriar-
cal— las palabras que se hablan son la
esencia de la bendición. Pero en una
bendición de salud son las otras partes
de la bendición —la unción, el sella-
miento, la fe y la voluntad del Señor—
las que son los elementos esenciales.
En una situación ideal, el élder que
oficie estará en tanta armonía con el
Espíritu del Señor que sabrá y declarará
la voluntad del Señor en las palabras
de la bendición. Brigham Young ense-
ñó a los poseedores del sacerdocio:
“Ustedes tienen el privilegio y el deber
de vivir de tal manera que puedan sa-
ber cuándo el Señor les dirige la pala-
bra y cuándo les revela Su voluntad”13

.

Cuando eso sucede, la bendición que
se pronuncia se cumple literal y mila-
grosamente. En ciertas ocasiones espe-
ciales, he experimentado esa certeza de
inspiración en una bendición de salud,
y he sabido que lo que yo decía era la
voluntad del Señor. Sin embargo, como
la mayoría de los que ofician en bendi-
ciones de salud, con frecuencia he teni-
do dificultades con la incertidumbre en
cuanto a las palabras que debía decir.
Por una variedad de razones, todo élder
experimenta altas y bajas en su nivel de
sensibilidad a los susurros del Espíritu.
Todo élder que da una bendición está
sujeto a la influencia de lo que desea
para la persona afligida. Cada una de
éstas y otras imperfecciones mortales
pueden influir en las palabras que
hablemos.

Afortunadamente, las palabras ex-
presadas en una bendición de salud
no son esenciales para su efecto sana-
dor. Si la fe es suficiente y si el Señor
lo dispone, la persona afligida será sa-
nada o bendecida, ya sea que el ofi-
ciante pronuncie o no esas palabras.
Por el contrario, si el oficiante se deja
llevar por su deseo personal o inexpe-
riencia y da mandatos o palabras de
bendición por encima de lo que el

Mayo de 2010

49

Señor elija conceder de acuerdo con
la fe de la persona, esas palabras no se
cumplirán. Por consiguiente, herma-
nos, ningún élder debe vacilar nunca
para participar en una bendición de
salud debido al temor de que no sepa
qué decir. Las palabras pronunciadas
en una bendición de salud pueden
edificar y vigorizar la fe de los que las
escuchan, pero el efecto de la bendi-
ción depende de la fe y de la voluntad
del Señor, no de las palabras pronun-
ciadas por el élder que ofició.

La voluntad del Señor

Hombres jóvenes y mayores, les
ruego que pongan especial atención
a lo que ahora voy a decir. Al ejercer
el poder indudable del sacerdocio de
Dios y conforme atesoremos Su pro-
mesa de que Él escuchará y contestará
la oración de fe, siempre debemos re-
cordar que la fe y el poder sanador del
sacerdocio no pueden producir un re-
sultado contrario a la voluntad de
Aquel de quien es este sacerdocio.
Este principio se enseña en la revela-
ción que ordena que los élderes de la
Iglesia pongan las manos sobre los en-
fermos. La promesa del Señor es que
“el que tuviere fe en mí para ser

sanado, y no estuviere señalado para
morir
, sanará” (D. y C. 42:48; cursiva
agregada). Del mismo modo, en otra
revelación moderna el Señor declara
que cuando uno “pide en el Espíritu…
es hecho conforme a lo que pide”
(D. y C. 46:30)14

.
De todo esto aprendemos que in-
cluso los siervos del Señor, al ejercer
Su divino poder en una situación en la
que haya suficiente fe para ser sanado,
no pueden dar una bendición del sa-
cerdocio que cause que una persona
sea sanada si esa sanidad no es la vo-
luntad del Señor.
Como hijos de Dios, al saber de
Su gran amor y Su conocimiento su-
premo de lo que es mejor para nues-
tro bienestar eterno, confiamos en Él.
El primer principio del Evangelio es fe
en el Señor Jesucristo, y la fe significa
confianza. Sentí esa confianza en un
discurso que dio mi primo en el fune-
ral de una adolescente que había
muerto a causa de una enfermedad
grave. Pronunció estas palabras, que
primero me sorprendieron y que des-
pués me edificaron: “Sé que fue la vo-
luntad del Señor que ella muriera;
tuvo buena atención médica, recibió
bendiciones del sacerdocio, su

nombre estaba en la lista de oración
del templo y fue objeto de cientos de
oraciones para que se restableciera su
salud. Sé que hay suficiente fe en esa
familia para que ella hubiera sido sa-
nada a menos que fuera la voluntad
del Señor llevársela a Su hogar en este
momento”. Sentí esa misma confianza
en las palabras del padre de otra joven
excepcional cuya vida fue arrebatada
por el cáncer en su adolescencia. Él
declaró: “La fe de nuestra familia radi-
ca en Jesucristo, y no depende de los
resultados”. Esas enseñanzas me sue-
nan verdaderas. Hacemos todo lo que
podemos para que un ser querido
sane, y después le confiamos al Señor
el resultado.

Testifico del poder del sacerdocio
de Dios, del poder de la oración de fe y
de la verdad de estos principios. Sobre
todo, testifico del Señor Jesucristo, de
quien somos siervos, cuya resurrección
nos da la certeza de la inmortalidad y
cuya expiación nos da la oportunidad
de la vida eterna, el más grande de to-
dos los dones de Dios. En el nombre
de Jesucristo. Amén. ■

NOTAS

1. Discourses of Brigham Young, selec.
de John A. Widtsoe, 1954, pág. 163.
2. Véase Mosíah 4:27.
3. Véase también Marcos 10:46–52; Lucas
18:35–43.
4. U.S. Religious Landscape Survey: Religious
Beliefs and Practices: Diverse and
Politically Relevant(The Pew Forum on
Religion and Public Life, June 2008), 34, 54,
http://religions.pewforum.org/reports#.
5. Véase Steve Blow, “Sometimes, ‘Miracles’
Are Just That”, Dallas Morning News,30 de
enero de 2000, 31A.
6. Véase también Mateo 9:18; Marcos 5:23;
6:5; 7:32–35; 16:18; Lucas 4:40; Hechos
9:12, 17; 28:8; Doctrina y Convenios 42:44,
48; 66:9.
7. Véase, por ejemplo, Éxodo 28:41; 1 Samuel
10:1; 16:13; 2 Samuel 5:3.
8. Véase Levítico 8:10–12.
9. Véase Enseñanzas de los Presidentes de la
Iglesia: Brigham Young, pág. 266; véase
también Russell M. Nelson, “No pongan su
confianza en el brazo de la carne”, Liahona,
marzo de 2010, págs. 40–41; Gordon B.
Hinckley, Teachings of Gordon B. Hinckley,
1997, pág. 474.
10. Véase también 1 Nefi 7:12; Doctrina y
Convenios 35:9.
11. Véase “El don de sanidades”, Liahona,
septiembre de 1982, pág. 43.
12. Liahona,septiembre de 1982, pág. 43.
13. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia:
Brigham Young, pág. 3.
14. Véase también 1 Juan 5:14; Helamán 10:5.

50

Liahona

Por el élder Ronald A. Rasband

De la Presidencia de los Setenta

Ese susurro del Espíritu es un ejem-
plo de cómo llega el llamamiento a los
siervos del Señor para enviar misione-
ros a sus áreas de trabajo.
Hoy los misioneros salen de dos en
dos como lo señaló el Señor, llevando
el mismo mensaje, con el mismo lla-
mamiento divino de servir, provenien-
te de un profeta de Dios. Nuestro
profeta, el presidente Thomas S.
Monson, ha dicho de los que son lla-
mados a servir: “La máxima oportuni-
dad misional de su vida está a su
alcance; las bendiciones de la eterni-
dad los aguardan; tienen el privilegio
de no ser espectadores sino partici-
pantes en el escenario del servicio del
sacerdocio”4

.
El escenario les pertenece, mis que-
ridos jóvenes del Sacerdocio Aarónico.
¿Están listos y dispuestos a desempeñar
su papel? El Señor necesita que todo jo-
ven capaz se prepare y se vuelva a com-
prometer, a partir de esta noche, a ser
digno de un llamado del profeta de
Dios de servir en una misión.
Recuerdo con cariño la gran alegría
de toda nuestra familia cuando dos de
nuestros hijos recibieron sus llama-
mientos para servir como misioneros
de tiempo completo. Nuestro corazón
estaba lleno de entusiasmo y expecta-
tiva cuando cada uno abrió la carta es-
pecial del profeta de Dios. Nuestra hija
Jenessa fue llamada a servir en la
Misión Michigan Detroit; y nuestro

Buenas noches, mis queridos

hermanos del sacerdocio. Esta
noche me gustaría hablar del
servicio misional. Dirijo mis palabras al
enorme ejército de hombres jóvenes
que poseen el Sacerdocio Aarónico
que están reunidos por todo el mun-
do, y a los padres, abuelos y líderes del
sacerdocio que velan por ellos.
La obra misional es un tema muy
querido para mí, como lo es para to-
dos los miembros de los ocho
Quórumes de los Setenta, a quienes el
Señor ha nombrado para que vayan
“delante de sí a toda ciudad y lugar a
donde él [ha] de ir”1

. La obra misional
es el alma de la Iglesia y la bendición
que salva la vida de todos los que
acepten su mensaje.
Cuando el Maestro ministró entre
los hombres, llamó a pescadores en
Galilea para que dejaran sus redes y lo
siguieran, y les declaró: “…os haré
pescadores de hombres”2

. El Señor
dio esos llamamientos a hombres hu-
mildes para que, por medio de ellos,
otros oyeran las verdades de Su evan-
gelio y vinieran a Él.
En junio de 1837, el profeta José
Smith llamó a Heber C. Kimball, un

apóstol, a servir en una misión en
Inglaterra. El llamamiento del élder
Kimball llegó cuando los dos estaban
sentados en el Templo de Kirtland, y
José habló con autoridad divina:
“Hermano Heber, el Espíritu del Señor
me ha susurrado: ‘Que mi siervo
Heber vaya a Inglaterra y proclame el
Evangelio y abra la puerta de la salva-
ción para esa nación’”3

.

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