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En el Reino de los Fantasmas

Renzo Novatore

[Anarquismo en PDF]

Renzo Novatore

En el reino de los fantasmas

Título original: Nel regno dei fantasmi
Publicado originalmente en Vertice, Arcola, 21, aprile 1921
Traducción: Anna Assenza
Revisión: AX
Editado por La Congregación [Anarquismo en PDF]

Rebellionem facere aude!

Éranse la Belleza y la Fuerza,
pero los brutos y los débiles inventaron, para equilibrarse,
la Justicia.
Raffaele Valente

Lo creía un sueño aterrador y en su lugar es una realidad
sangrienta. Estoy sitiado y comprimido dentro un doble
círculo de maníacos obsesivos y de locos. El mundo es una
iglesia pestilente, sucia y cenagosa donde todos tienen un
ídolo al que adoran fetichísticamente y un altar en el que
sacrificarse. Incluso aquellos que encendieron la pira iconoclasta para quemar la cruz en que fue clavado el hombredios, no han entendido aún ni el alarido de la vida ni el grito de la Libertad.
Después de que Jesucristo, desde el fondo de su leyenda, escupiese en la cara del hombre el ultraje más sangriento incitándolo a negarse a sí mismo para acercarse a dios,
vino la Revolución Francesa, la que —feroz ironía— hizo el
mismísimo llamamiento proclamando los “derechos del
hombre”.
Con Cristo y la Revolución Francesa el hombre es imperfecto. La cruz de Cristo simboliza la POSIBILIDAD de
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convertirse en HOMBRE, los “derechos del hombre” simbolizan exactamente lo mismo.
Para alcanzar la perfección hay que divinizarse para el
primero, humanizarse para la segunda. Mas, el uno y la
otra, están de acuerdo en proclamar la imperfección del
hombre-individuo, del Yo real, afirmando que solo a través
la realización del ideal el hombre puede elevarse a las mágicas alturas de la perfección.
Cristo te dice: si subes pacientemente el desolado calvario para después permitir que te claven en la cruz, convirtiéndote en la imagen de MÍ, que soy el hombre-dios,
serás la criatura humana perfecta, digna de sentarte a la
diestra de mi padre que está en el reino de los cielos.
Y la Revolución Francesa te dice: yo proclamé los derechos del hombre. Si entras devotamente en el claustro simbólico de la humana justicia social para sublimarte y
humanizarte a través de los cánones morales de la vida social, tú serás un ciudadano y te daré tus derechos proclamándote hombre. Pero, quien se atreviese a arrojar a las
llamas la cruz donde se encuentra colgado el hombre-dios y
las tablas donde se encuentran aviesamente grabados los
derechos del hombre para luego descansar en la granítica
roca virgen de la energía libre, el eje epicéntrico de la propia vida, sería un sacrílego y un malvado contra el que se
volverían las fauces sangrientas de los dos siniestros fantasmas: el divino y el humano.
A la derecha las llamas sulfúricas y sempiternas del infierno que castiga el PECADO, a la izquierda el ruido sordo
de la guillotina que condena el DELITO.
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La fría y desanimada cobardía del miedo humano,
germinada desde la teorización de un sentimiento místico y
enfermizo, logró por fin triunfar sobre la sana y primitiva
INJUSTICIA instintiva y animada que era pura Fuerza y
Belleza, Juventud y Atrevimiento. El progreso (¿?) y la civilización (¿?), la religión (¿?) y el ideal (¿?), han encerrado la
vida en un círculo mortal donde los fantasmas más mezquinos erigieron su baboso reino.
¡Es hora de parar! Hay que romper violentamente el
círculo y salir. Si las quimeras de las leyendas divinas han
influido terriblemente sobre la historia humana y si la historia humana quiere la mutilación del hombre instintivoreal para seguir su curso: ¡Nosotros nos rebelamos!
No es culpa nuestra si de las simbólicas llagas de Cristo
salpicaron purulentas gotas de materia sobre el rojo disco
de la humanidad, para después generar sobre ella la infectante podredumbre civil que proclamó los derechos del
hombre. Si los hombres quieren marchitarse en las sistemáticas cavernas de la putrefacción social, que lo hagan.
¡No seremos nosotros quienes les liberemos! Nosotros
amamos el Sol y queremos retorcernos libremente en el
espasmo de su cálido y violentísimo beso.

***
Si miro a mi alrededor me vienen ganas de vomitar.
Por un lado el científico al que tengo que creer para no
ser un ignorante. Por el otro, el moralista y el filósofo cuyos
mandamientos debo aceptar para no ser una bestia. Después viene el genio al que debo glorificar y el héroe ante el
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que he de arrodillarme emocionado. Después vienen el
compañero y el amigo, el idealista y el materialista, el ateo
y el creyente y toda una infinita cola de simios definidos e
indefinidos que quieren darme sus buenos consejos y enderezarme, por fin, por el buen camino. Porque —
naturalmente— ese por el que yo voy es el camino equivocado, como equivocadas son mis ideas, mi pensamiento, mi
todo. Yo soy un hombre equivocado. Ellos —pobres idiotas— están todos imbuidos de la idea de que la vida les llamó a ser sacerdotes oficiantes en el altar de las más
grandes misiones, ya que la humanidad está llamada a
grandes destinos… Estos pobres y lastimosos animales deturpados por falsos ideales y desfigurados por la locura
nunca comprendieron el milagro trágico y jovial de la vida,
así como nunca se dieron cuenta de que la humanidad no
está llamada a ningún gran destino. Si algo hubiesen entendido de todo esto, habrían aprendido que sus llamados
semejantes no tienen ninguna gana de romperse la médula
espinal para cabalgar el abismo que a los unos de los otros
nos separa.
Pero yo soy lo que soy, no importa el qué.
Y el graznar de estos cuervos multicolor no sirve más
que para alegrar mi personal y noble sabiduría. ¿No oís, oh
simios apostólicos de la humanidad y del devenir social,
algo que retumba sobre vuestros fantasmas? ¡Escuchad,
escuchad! ¡Es el asaeteante resonar de mis furibundas carcajadas que allí arriba, en lo alto, atruenan!

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