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©: Ediciones Itinerantes Paradiso / 2005-14

De la traducción:
Ignacio T. Granados Herrera / 2005

Fragmentos extraídos del portafolio del autor

Indice
EL BELLO ALCALDE
EL ÁNGEL Y EL HADA
LA LLUVIA
LOS DOS ÁNGELES
LA TARDE SOBRE EL AGUA
MADAME DE MONTBAZÓN
EL AIRE MÁGICO DE JUAN DE VITTEAUX
LA NOCHE DESPUÉS DE LA BATALLA
LA CIUDADELA DE WOLGAST
EL CABALLO MUERTO
EL PATÍBULO
ESCARBÓ
A M. DAVID, ESTATUARIA

A M. San Beuve
Yo rogaría a los lectores de esta
labor mía que quieran tomar
en gran medida todo lo que en ella he escrito
“Memorias del Señor de Joinville”
El hombre es un engranaje que acuña su
propia moneda; el impuesto lleva la marca del
emperador, la medalla, la del papa, la baraja, la del
loco.
Yo pongo mi carta en este juego de la vida,
en que perdemos, copa sobre copa; y donde el Diablo,
para terminar, saquea a los jugadores, en los verdes
tapices.
El emperador da sus órdenes a los capitanes,
el papa envía sus bulas a la cristiandad, y el loco
escribe un libro.
Mi libro, he aquí que lo he hecho y alguien
debe leerlo antes de que los comentadores lo
oscurezcan con sus esclarecimientos.
Pero ese no es el propósito de estas páginas
miserables, humilde labor ignorada en los tiempos

presentes, que añadirán algún lustre a la renombrada
poética del pasado.
La flor de oro del trovador se marchitará,
pues florecerá siempre el alelí, cada primavera, en las
ventanas góticas de los castillos y los monasterios.

Paris, 20 de septiembre de 1836.

I

EL BELLO ALCALDE
Me decía el bello alcaide:
¿Tanto cuelga sobre la cascada el sauce
de ramaje acabellado,
serás tú la virgen que consuelas
y mi estrella y mi brújula?.
¿Por qué pende pues aún el sauce,
y por qué no me ama más?
“Romance Español”
—Es para seguirte —oh!, bello alcalde— que
me exilié de la tierra de los perfumes, donde gimen
por mi ausencia mis compañeros en el prado, y mis
palomas en el follaje de las palmeras.
“Mi madre —¡oh, bello alcalde!— tendió
desde su lecho de dolores la mano sobre mí; esa
mano cayó helada, y yo no me detuve en el umbral
para llorar a mi madre, que ya no estaba más.
“No lloré —¡oh, bello alcalde!— en la tarde,
sola contigo, nuestra barca errando lejos de la orilla,
los aires embalsamados de mi patria atravesando los
mares para venir a encontrarme.

“Yo estaba, dijiste en tus arrebatos, —¡oh,
bello alcaide!—, yo estaba más encantadora que la
luna, sultana del serrallo de mil lámparas de plata.
“Me amabas —¡oh, bello alcaide!—, y yo era
fiera y alegre; después que me rechazaste, no soy más
que una humilde pecadora que confiesa llorando la
falta cometida.
“¿Cuándo —¡oh, bello alcaide!— se secará la
fuente de mis lágrimas amargas?; cuando el agua de
la fuente del rey Alfonso no salga más arrojada de la
garganta de los leones.

II

EL ÁNGEL Y EL HADA
Un hada se esconde en todo lo que miras.
Victor Hugo
Un hada perfuma la noche, mis fantásticos
sueños, los más frescos, los más alentadores de Julio;
esta misma hada que vuelve a plantar en su camino el
bastón del viejo ciego perdido, y que enjuga las
lágrimas y sana el dolor de la joven segadora, a quien

una espina ha herido el desnudo pie.
He aquí que me arrulla, como a un heredero
de la espada o del arpa, y aparta de mi lecho con una
pluma de pavo real los espíritus que me robaron el
alma para ahogarla en un rayo de luna o en una gota
de rocío.
He aquí que me cuenta alguna de esas
historias de valles y montañas; sean de amores
melancólicos, las flores del cementerio, sean de los
alegres peregrinajes de los pájaros a Nuestra Señora
de las Cornejas.
Pero mientras ella me velaba adormecida,
un ángel que descendió con las alas temblorosas del
tiempo estrellado, posa un pie sobre la rampa del
gótico balcón, y tropieza su presencia de plata contra
los vitrales pintados de la alta ventana.
Un serafín, un hada, que se enamoraron uno
del otro poco ha en la cabecera de una joven
moribunda, que ella había dotado en su nacimiento
de todas las gracias de las vírgenes; y que muerta, él
la lleva a las delicias del Paraíso.
La mano que arrullaba mis sueños se

retiraba con esos sueños míos; abrí los ojos, mi
cuarto, tan profundo como desierto, se aclaró
silenciosamente de las nubosidades de la luna; y a la
mañana, ya no me queda más del afecto de la buena
hada que esta rueca: Aún no me acostumbro a que
ella no esté entre los míos.

III

LA LLUVIA
¡Pobre pájaro que el cielo bendice!
!escucha rugir los vientos,
canta y ve relucir las gotas de agua
como perlas en su nido!
Víctor Hugo
Y mientras la lluvia reluce, los pequeños
pájaros carboneros de la selva negra aprenden, en su
cama de helechos perfumados, a aullar afuera, en el
cierzo, como un lobo.
Llaman a la cierva fugitiva, que impulsa las
fanfarrias de la tormenta; y a la ardilla, oculta en el
hueco del roble, que se espanta del relámpago como

de la lámpara del cazador las minas.
Llaman a la familia de los pájaros, al
aguzanieves, que no tiene más que su ala para abrigar
sus polluelos, y a la roja garganta que la rosa, amor
suyo, se deshoja al viento.
Ellos llaman hasta a las luciérnagas, que una
gota de lluvia precipita en los océanos de una rama
de musgo.
Llaman al peregrino retrasado, que
reencuentra al rey Pialus y a la reina Wiberta, pues
ésta es la hora en que el rey conduce su palafrén de
vapores por el Rin.
Pero sobre todo, llaman a los niños
extraviados, perdidos en el estrecho sendero,
espantados por una tropa de ladrones, o que se
dirigen a la lejana luz de la ogresa.
Y al otro día, al amanecer, los pequeños
pájaros carboneros encontrarán sus cabañas de
ramas; desde las que les pian sus pajarillos,
recostados en el césped, mientras los atrapados se
ahogan en la fuente.

IV

LOS DOS ÁNGELES
Esos dos seres que aquí, la noche,
un santo misterio...
Victor Hugo
Volemos, le decía, sobre los árboles que
perfuman las rosas; juntos, nosotros, en la luz y el azul
de los cielos, pájaros del aire, y acompañemos al
joven viajero.
La muerte me la arrebató, desenfrenada y
sometida al sueño de un desvanecimiento; mientras,
retumbando en la vida, yo echaba en vano los brazos
al ángel que se la robaba.
¡Oh!, si la muerte hubiera tocado sobre
nuestro lecho las nupcias del sepulcro, esa hermana
de los ángeles me habría hecho subir a los cielos con
ella, de donde yo la habría traído conmigo a los
infiernos.
Alegría delirante de ir a la dicha inefable de
dos almas, que así felices olvidan del todo el lugar en
el que no están juntas, no piensan más en el regreso.

Misterioso viaje de dos ángeles, que
hubieron de atravesar al amanecer los espacios y
recibir sobre sus blancas alas el fresco rocío de la
mañana.
Y en el pequeño valle, triste por nuestra
ausencia, al mes, nuestro lecho quedó vacío de flores,
nido abandonado en la floresta.

V

LA TARDE SOBRE EL AGUA
Riveras en que Venecia es reina del mar
André Chènier
La negra góndola se deslizaba a lo largo del
palacio de mármol, como un sicario que se apresta a
alguna nocturna aventura, la daga y una linterna bajo
la capa.
Un caballero y una dama hablan de amor:
—¡Los naranjos tan perfumados, y usted tan
indiferente!; ¡ah!, ¡signora, usted es una estatua en
un jardín!

—¿Este beso es de una estatua, Gregorio
mío?, ¿por qué se enfurruña usted?
—¿Entonces, usted me ama?
—No hay en el cielo una estrella que lo
ignore, y tú no lo sabes.
—¿Qué es ese ruido?
—Nada, seguramente las olas, que suben y
bajan en un movimiento escalonado.
—¡Cuidado!, ¡cuidado!
—¡Ah, virgen santa!, ¡alguien se ahoga!
—¡Apártense!, se está confesando —dice un
monje que aparece en el terrazo.
La negra góndola fuerza los remos, se mueve
a lo largo de los palacios de mármol, como un sicario
que regresa de una aventura nocturna, la daga y una
linterna bajo la capa.

VI

MADAME DE MONTBAZÓN
Mme. de Montbazón era una criatura bella
y fuerte, que murió de amor; eso, atenido
a la letra, en el otro siglo,
por el caballero de la Rüe, que no la amaba.
“Memorias de San Simón”
La doncella pone sobre la mesa un búcaro de
flores y el candelero de cera, cuyos reflejos
tornasolan en rojo y amarillo las cortinas de seda azul,
en la cabecera del lecho de la enferma.
—¿Crees que venga, Marieta?
—¡Oh!, ¡duerma, duerma un poco, Señora!
—Sí, dormiré muy pronto, para soñar con él
toda la eternidad.
Se escucha a alguien subir las escaleras.
—¡Ah, si fuera él! —murmura la agonizante,
sonriente, el espejeo de las tumbas ya sobre sus
labios.

Era un pequeño paje de la reina, que traía a
la duquesa confituras, dulces y elíxires en una bandeja
de plata.
—¡Ah, no viene! —dice ella con voz
desfalleciente—, ¡no vendrá!; Marieta, dame una de
esas flores, para olerla y besarla por su amor.
Entonces, la Señora de Montbazón, cerrando
los ojos, queda inmóvil; había muerto de amor,
dejando su alma en el perfume de un jacinto.

VII

EL AIRE MÁGICO DE JUAN DE VITTEAUX
Es sin duda una de las preferidas
de los cornudos de Evreux, o de alguien
de la hermandad de los niños despreocupados,
o de un violinista que canta la lengua de Oc.
Ferdinand Langle, “Fábula de la dama
de la Gaya Sabiduría”
La enramada verde y tupida: un trovador,
que viaja con su cantimplora y su violín, y un caballero
armado de una espada enorme, como para cortar en

dos la torre de Montlhéry.
El caballero:
—¡Alto ahí, vasallo!, tu botella; tengo tres
granos de arena en el gaznate.
El músico:
—Con placer, pero no beba más que un
poco, sobre todo porque el vino es caro este año.
El caballero, haciendo un gesto después de
beberlo todo.
—Está agrio tu vino, vasallo, mereces que te
quiebre la botella en las orejas.
El trovador acerca, sin decir palabra, el arco
a su violín, y toca el aire mágico de Juan de Vitteaux;
un que aire tenía las delgadas piernas de un paralítico.
¡Oh!, he aquí que el caballero baila sobre el césped, la
espada apoyada contra la espalda, como un
alabardero que va a la guerra.
—¡Gracias, nigromante! —pronto le grita,
sin aliento y todavía bailando.

—¡Oh, sí!; págueme primero el vino —
reclama el músico—. Su vellocino de oro, si le place;
o yo lo acompaño, así bailando, por los valles y los
pueblos, al paso marcial de Marsannay.
—¡Toma! —dice el caballero después de
abrir su bolsa, y separando su caballo, cuyas riendas
estaban amarradas al ramaje de un alcornoque—;
¡toma!, y que me estrangule el Diablo si vuelvo a
beber de la calabaza de un villano.

VIII

LA NOCHE DESPUÉS DE LA BATALLA
Y los cuervos van a comenzar
Victor Hugo
I
Un centinela, envuelto en su manto y el
mosquete bajo el brazo, se pasea a lo largo de la
muralla; de rato en rato se inclina entre las negras
almenas, y observa con una ojeada atenta el campo
enemigo.
II
Enciende los fuegos al borde de los fosos

llenos de agua; el cielo está negro, el bosque está
lleno de ruidos, el viento aleja el humo hacia el río, y
se queda murmurando entre los pliegues de los
estandartes.
III
Ni una trompeta turba el eco, ningún canto
de guerra se repite alrededor de la piedra del hogar;
se alumbran las lámparas en las tiendas principales de
los capitanes muertos con la espada en la mano.
IV
Pero, he aquí que la lluvia chorrea sobre los
pabellones; el viento, que hiela al centinela
entumecido, los aullidos de los lobos que se apoderan
del campo de batalla; todo anuncia lo extraño, que
pasa en el cielo y en la tierra.
V
Tú te recuestas apacible en la tienda,
recordando siempre que no se necesita más que una
pulgada de acero para atravesarte el corazón, y puede
ser hoy mismo.
VI
Tus compañeros de armas, abatidos con

coraje en la primera fila, compraron la gloria de su
vida y el saludo de los que muy pronto los olvidarán.
VII
Se ha librado una batalla sangrienta, perdida
o ganada; ahora todo dormita, ¡pero cuántos bravos
no volverán a estar alertas o sólo se despertarán
mañana en el cielo!

IX

LA CIUDADELA DE WOLGAST
—¿Dónde vas?, ¿quién eres?
—Porto una carta para el Señor general
Woodstock, Walter Scott
Cuán calma y majestuosa es la blanca
ciudadela, sobre el Oder; mientras, desde las
troneras, los cañones ladran contra la villa y el campo,
y las culebrinas arrojan sibilantes sus lenguas sobre el
agua cobriza.
Los soldados del rey de Prusia son dueños de
Wolgast, de sus arrabales, y de una y otra orilla del
río; pero el águila bicéfala del emperador de Alemania

mece aún sus alones en los pliegues de la bandera de
la ciudadela.
De repente, con la noche, la ciudadela tiene
sus sesenta bocas encendidas; las antorchas se
alumbran en las casamatas, corren sobre los
bastiones, iluminan las torres y el agua, y una
trompeta gime en las almenas como la del Juicio Final.
Mientras tanto, el portillo de hierro se abre,
un soldado se abalanza a una barca y rema hacia el
campo, aborda:
—El capitán —dice— ha muerto; pedimos
que se nos permita enviar su cuerpo a su esposa, que
vive en Odeberg, cerca de la frontera; cuando el
cuerpo lleve ya tres días bogando en el mar,
firmaremos la capitulación.
El día siguiente, a mediodía, partiendo de los
triples monumentos de los piadosos, que erizan la
ciudadela, una barca, larga como un féretro, que la
villa y la ciudadela saludan con siete disparos de
cañon.
Las campanas de la villa se meneaban,
acudían al triste espectáculo desde todas las villas

vecinas, y las aspas de los molinos al viento se
demoraban inmóviles en las colinas que bordean el
Oder.

X

EL CABALLO MUERTO
El sepulturero: —Yo le vendería los huesos
para hacer botones
El desollador: —Yo le vendería los huesos
para adornar el mango de
vuestros puñales.
“La Botica Del Armero”
¡El muladar!, y a la izquierda, bajo un césped
de trébol y alfalfa, los sepultureros de un cementerio;
a la derecha, una horca suspendida que demanda a
los pasantes la limosna como un manco.
A aquel de allá, muerto por el hierro, los
lobos le han despedazado la carne del cuello en largos
tajos, que se dirían un puñado de cintas rojas listas
para la cabalgata.
Cada noche, cuando la luz palidece en el

cielo, esta armazón se elevará, montada por una
bruja que le espoleará con la punta de su talón, el
cierzo soplando en el organillo de sus flancos
cavernosos.
Y él estaba a esta hora taciturno; el ojo sin
sueño, abierto, en alguna fosa del campo de
descanso, se cerrará enseguida, por miedo de ver
algún espectro en las estrellas.
Ya la luna misma, cerrando un ojo, no
alumbra más que para aclarar, como una candela
flotante, al perro flaco, vagabundo, que lengüetea el
agua de un estanque.

XI

EL PATÍBULO
¿Voy, pues, a menearme en esa horca?
“Fausto”
—¡Ah!, ¿eso que oigo, será el cierzo
nocturno que chilla, o el colgado que retuerce un
suspiro en la horca?

“¿Será eso algún grillo que canta oculto en el
musgo y la hiedra estéril, que por piedad se abraza al
patíbulo?
“¿Será alguna mosca que caza sonando el
cuerno alrededor de sus orejas, sordas a la fanfarria
de los batidores?
“¿Será un escarabajo que pilla en su robo
desigual un cabello sangrante de alguna calva?
“¿O será una araña que borda una medida
de muselina, para corbata de ese cuello
estrangulado?
“Es la campana, que toca en los muros de
una villa lejana en el horizonte, y el esqueleto de un
colgado que enrojece con el ocaso del sol”.

XII

ESCARBÓ
El mira en la cama, en
la chimenea, en el arcón; nadie.
El no pudo comprender por dónde se estaba
metiendo, por dónde se estaba evadiendo.
Hoffmann, “Cuentos Nocturnos”
—¡Oh!, ¡cuántas veces le he escuchado y le
he visto, Escarbó, cuando a medianoche la luna brilla
en el cielo, como un escudo de plata sobre un
pabellón de azur sembrado de abejas de oro!
“¡Cuántas veces escuché zumbar su risa a la
sombra de mi alcoba, y escuché rechinar su uña en la
seda de las cortinas de mi lecho!
“¡Cuántas veces le he visto descender del
entarimado, piruetear sobre un pie y rodar por el
cuarto como el uso caído de la rueca de una bruja!
“¿Le creí entonces desaparecido? ¡El enano
se agrandaba entre la luna y yo, como el campanario
de una catedral gótica, con un cascabel de oro
bamboleándose en su bonete puntiagudo!

“Pero pronto, su cuerpo se azulaba, diáfano
como la cera de una vela, su rostro, pálido como la
cera de un pabilo; y acto seguido, él se reclinaba”.

XIII

A M. DAVID, ESTATUARIA
El talento se arruina y muere si
no tiene las alas de oro.
Gilbert
¡No, Dios!; ¡claridad que flamea en el
triángulo simbólico!, ¡nada es la cifra trazada sobre
los labios de la saga humana!
¡No!, ¡el amor, sentimiento ingenuo y casto
que se cubre de pudor y orgullo en el santuario del
corazón!; ¡nada es esta ternura caballeresca que
derrama las lágrimas de coqueteo en los ojos de la
máscara de la inocencia!
¡No!, ¡la gloria!, ¡nobleza que los armeros no
venderán nunca!; ¡no es la jabonadura desagradable
que se compra, a precio de tarifa, en la tienda de un
abarrotero!

¡Yo he rezado, he amado, he cantado, pobre
y sufrido poeta!; ¡es en vano que mi corazón
desborda de fe, de amor y de genio!
¡Es que yo nací aguilucho frustrado!; el
huevo de mis destinos, que no ha empollado las
cálidas alas de la prosperidad, está también vacío, tan
hueco como la nuez dorada del egipcio.
¡Ah!, ¿el hombre —dímelo si lo sabes—, el
hombre, débil juguete brincando suspendido al filo de
las pasiones, no será más que un pelele que gasta la
vida y fatiga la muerte?
FIN

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