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LA CATEGORÍA DE ÉLITE

EN LOS ESTUDIOS POLÍTICOS.


Una exploración epistemológica
LA CATEGORÍA DE ÉLITE
EN LOS ESTUDIOS POLÍTICOS.
Una exploración epistemológica
Oscar Mejía Quintana
Carolina Castro
En esta investigación colaboraron igualmente los estudiantes
del Departamento de Ciencia Política, Ivonne León y Pablo Reyes
Catalogación en la Publicación Universidad Nacional de Colombia

Mejía Quintana, José Oscar Eduardo, 1956-


La categoría élite en los estudios políticos: una exploración epistemológica
/ Oscar Mejía Quintana, Carolina Castro; colaboración de Ivonne León y
Pablo Reyes. - Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Facultad de
Ciencias Humanas, 2008
164 p. - (Colección Estudios políticos y sociales; 06)

ISBN: 978-958-719-127-1

1. Elite (Ciencias sociales) 2. Poder (Ciencias sociales) - Aspectos


políticos 3. Participación social I. Castro Cañón, Carolina, 1985-

CDD-21 305.52 / 2008

La Colección Estudios Políticos y Sociales se publica gracias al apoyo de la


Dirección de Investigaciones Sede Bogotá de la Universidad Nacional
de Colombia.

La categoría de élite en los estudios políticos.


Una exploración epistemológica
© Oscar Mejía Quintana
Carolina Castro
© Universidad Nacional de Colombia
Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales
Departamento de Ciencia Política
© Grupo de Investigación Theseus

Primera edición: enero de 2009


ISBN: 978-958-719-127-1

Editor: Jairo Estrada Álvarez


Diseño de carátula: Oscar Javier Arcos Orozco - Diseñador Gráfico
Diagramación: Doris Andrade B.

Impresión: Digiprint Editores E.U.


Calle 63 Bis Nº 70-49 - Tel.: 251 70 60
Bogotá, D.C.
Contenido

Introducción............................................................................... 7

La teoría clásica de las élites . ................................................... 15


Primera generación de la teoría................................................. 17
El aporte de la sociología comprensiva...................................... 22
Max Weber y la clase dirigente.............................................. 22
Mannheim: sociología del conocimiento e intelligentsia....... 23
La sociología del conocimiento......................................... 23
La categoría de intelligentsia............................................ 25
Segunda generación de la teoría............................................... 27

Minorías selectas, poliarquía y élites ....................................... 33


Aron: minorías selectas.............................................................. 35
Dahl: poliarquía, tecnocracia y élites.......................................... 36
Democracia decisional: Sartori................................................... 41

Poder, clases sociales y élites .................................................... 49


(Post)estructuralismo y poder.................................................... 51

Poulantzas: bloque en el poder.................................................. 54
La cuestión del poder............................................................ 54
Élites y bloque en el poder.................................................... 58
Burocracia y élites.................................................................. 61

Élites intelectuales y hegemonía .............................................. 63


Gramsci: intelectual orgánico y hegemonía............................... 66
Laclau & Mouffe: crítica al concepto de hegemonía.................. 68
Élites y democracia restringida.................................................. 73
Cultura/contracultura, cotidianidad y élites ............................. 85
Adorno: élites y pseudocultura ................................................. 88
La industria cultural............................................................... 88
Comunicación, técnica y control............................................ 90
Pseudocultura de masas........................................................ 91
Opinión pública y mass media............................................... 95
Nuevas formas de alineación social....................................... 98
Élites, cotidianidad y resistencia................................................. 102
Dinámica de las resistencias.................................................. 102
Espacio/tiempo de las resistencias......................................... 103
Prácticas de las resistencias................................................... 105

Élites, imaginarios e identidades sociales ................................ 107


Habitus y conflicto de subjetividades......................................... 110
Imaginarios sociales................................................................... 112
Identidades culturales................................................................ 114

Opinión pública, élites y contraélites ....................................... 119


Habermas: poder y opinión pública........................................... 123
Esfera de la opinión pública.................................................. 123
Minorías y desobediencia civil............................................... 126
Nancy Fraser: redistribución y reconocimiento........................... 128
Warner: públicos y contrapúblicos............................................. 137

Excurso. Élites, actores y estrategias ........................................ 141


Actores y estrategias.................................................................. 143
Dinámicas simbólicas y ciudadanía............................................ 148

Conclusión .................................................................................. 151

Bibliografía ............................................................................... 159



Introducción
En un escrito anterior sostuve como hipótesis de trabajo que el estatuto
epistemológico de la teoría política se constituía a partir de su ruptura con
la filosofía política, a través de la concreción de sus propias unidades de
análisis Estado, sistema político y poder, que, posteriormente, derivan en la
de democracia deliberativa como categoría estructural de interpretación1. Se
sostenía que una de las maneras más directas en que podíamos diferenciar
a la teoría política de otras disciplinas, era determinar las problemáticas
históricas, que, partiendo en buena parte de la filosofía política, han
querido caracterizar la reflexión sobre lo político. De ello se derivarían
los problemas estructurales que la reflexión sobre la política ha tenido
históricamente y de donde podríamos inferir sus unidades de análisis2.
En efecto, la primera temática esencial giraba alrededor del problema del
Estado. Más allá de los desarrollos específicos de cada escuela o autor,
la modernidad temprana –tanto con el republicanismo de Maquievalo y
Bodin como con el contractualismo, de Hobbes a Kant, pasando por Locke
y Rousseau, y, posteriormente, con la reacción de Hegel, quien lo eleva a
la altura de “espíritu absoluto” como sujeto de la historia–, convierte al
Estado en el tema de reflexión central de toda esta época. El pensamiento
de Marx y el marxismo, tanto ortodoxo como heterodoxo, así como el
mismo contrapunteo del anarquismo frente a su abolición y desaparición,
o la defensa del fascismo y las diferentes expresiones de la dictadura en
Schmitt, por ejemplo, consagran en la misma dirección la problemática
posthegeliana. Durante casi cinco siglos, el Estado constituye el elemento
de reflexión sustancial de lo político que, en las más diversas tonalidades
y variaciones, caracteriza al abordaje moderno sobre el mismo3.

1
Oscar Mejía Quintana, “El estatuto epistemológico de la teoría política”, en Revista
Ciencia Política (No. 1), Bogotá D.C.: Departamento de Ciencia Política (Universidad
Nacional de Colombia), 2006.
2
Sobre este método, ver Lucien Goldmann, “Génesis y Estructura” y “Hacia un 
enfoque marxista de los estudios sobre marxismo”, en Marxismo y Ciencias Humanas,
Buenos Aires: Amorrortu, 1975, pp. 17-27, 172-176.
3
Oscar Mejía Quintana, “La tradición contractualista”, en Justicia y Democracia
Consensual, Bogotá: Siglo del Hombre/Ediciones Uniandes, 1997, pp. 13-35; Jean Michel
Palmier, “La filosofía del derecho”, en Hegel, México: F.C.E., 1977, pp. 81-100; Nicos
Poulantzas, “El Estado capitalista y las clases dominantes”, en Poder Político y Clases
Sociales en el Estado Capitalista, México: Siglo XXI, 1978, pp. 247-289; Enrique Serrano,
“La política entre amigos y enemigos”, en Consenso y Conflicto: Schmitt y Arendt, México:
Cepcom, 1998, pp. 41-61; Peter Koller, “Las teorías del contrato social como modelos de
justificación de las instituciones políticas”, en L. Kern y H:P: Muller, La Justicia: ¿Discurso
o Mercado?, Barcelona: Gedisa, 1992, pp. 21-65. Igualmente, Antoni Negri, “Sobre algunas
tendencias de la teoría del Estado más reciente: reseña crítica”, en La Forma-Estado,
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

La segunda temática esencial se definía, a partir de la postguerra,


alrededor del sistema político, desde un abordaje funcional, inicialmente,
y, más tarde, sistémico. Parsons, primero, desde la sociología, e Easton,
después, inaugurando explícitamente la teoría política a través de
esta –en adelante– categoría central de lo político, configuran tanto
el dominio, como la herramienta, desde el cual lo político tiene que
empezar a ser considerado y estudiado. Siguiendo y profundizando esta
línea, posteriormente Luhmann retoma y lleva a su máxima expresión la
categoría de sistema político, pese a las reconsideraciones que introduce
en torno al Estado, pero en estrecha relación ahora con el sistema político
en conjunto4.
La tercera temática esencial se consolida a través de la crítica postestruc-
turalista al discurso moderno, que incluye directamente la categoría
de Estado, e, indirectamente, la de sistema político, en su crítica a las
implicaciones metafísicas de la de estructura. En esta línea se desarrolla
la reflexión sobre el poder como una nueva categoría que intenta dar
razón de las implicaciones más generales que éste tiene sobre la política,
en un cuestionamiento a los postulados convencionales que sobre el
poder había considerado la modernidad, reduciéndolo o al Estado o a las
diferentes estructuras (la económica, la ideológica, la de la legitimidad,
etc.), que pretendían explicar su naturaleza o dinámica. El poder se
revela como la dimensión trans-social que comprehende la totalidad de
manifestaciones macro y micropolíticas y que, por tanto, no puede ser
reducido ni al Estado ni al sistema y se desliza en todos las instancias
sociales no sólo en términos de dominación, sino, simultáneamente, de
posibilidad de resistencia5.
De lo anterior quedaba claro que, históricamente, podemos inferir tres
temáticas esenciales de la teoría política que constituyen el punto de
apoyo normativo de la ciencia política en general: Estado, sistema político
y poder, a las que vemos sumada una nueva, la de democracia deliberativa,
en los últimos tiempos. Temáticas esenciales que, ya en el terreno de la
teoría política, devienen unidades de análisis que configuran esquemas
de abordaje, tanto teórico como práctico, de problemáticas propias de los
campos políticos contemporáneos.
10
Madrid: Akal, 2003, pp. 295-335, El Poder Constituyente, Madrid: Libertarias, 1994; Antoni
Negri y Michael Hardt, “El derecho postmoderno y el marchitamiento de la sociedad
civil”, en El Trabajo de Dionisos, Madrid: Ediciones Akal, 2003, pp. 31-86; y Varios, Antonio
Negri: Una Teoría del Poder Constituyente, Barcelona: Anthropos, 1993.
4
Ver David Easton, “Categorías para el análisis sistémico de la política”, en Enfoques
sobre Teoría Política, Buenos Aires: Amorrortu, 1973, pp. 216-231; Niklas Luhmann, “La
política como sistema autorreferente” y “El futuro de la democracia”, en Teoría Política
en el Estado de Bienestar, Madrid: Alianza, 1994, pp. 47-60; 159-170; Niklas Luhmann, “L’
Etat el la politique”, en Politique et Complexité, Paris: Cerf, 1999, pp. 77-142.
5
Franca D’Agostini, “Postestructuralismo y postmodernismo”, en Analíticos y
Continentales, Madrid: Cátedra, 2000, pp. 439-480.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

En una línea de razonamiento que pretende continuar aquellas reflexiones,


este escrito buscará demarcar epistemológicamente, en lo posible a partir
de una reconstrucción histórico-estructural de la categoría, los linderos
desde los cuales puede ser utilizado el concepto de “élites” como unidad
de análisis e interpretación teórica de los fenómenos políticos.
La élite, en términos generales, puede entenderse como una minoría
selecta que gobierna sobre la mayoría, en virtud de atributos psicológicos
“superiores” y de su posición privilegiada dentro de la organización
social. La élite es un actor social estratégico, cuya acción está inscrita en
las relaciones de poder, razón por la cual las jerarquías sociales se definen
en términos de pertenencia o no a la élite, cuyos miembros ocupan las
más altas posiciones en los ámbitos cultural, social, económico, político
y militar.
Los rasgos subjetivos y estructurales son variantes fundamentales en el
análisis elitista, pues permiten caracterizar la élite como actor fundamental
en la organización social, en la medida que estructura relaciones de
poder, y, al mismo tiempo, produce identidad, símbolos, imaginarios,
discursos, en síntesis, cultura. Por su importancia en los diversos procesos
sociales, la élite se ha convertido en una categoría analítica fundamental
para la teoría política. Desde el pensamiento político griego antiguo ya
se puede rastrear la idea de élite en el Libro Primero de la Políteia de
Aristóteles, cuando advierte que se “naturaliza la relación social entre el
señor y el esclavo, así como el derecho de mandar del primero, a raíz de
la superioridad de su mérito (asociado a la virtud) sobre el segundo. El
atributo individual superior, característico de la política clásica, se erige
así sobre la diferencia de las virtudes”6.
En la modernidad, Saint-Simon será el primero en acercarse a una
reflexión sobre las élites, cuando hable de un gobierno de los científicos
y de los industriales. Sin embargo, la teoría elitista sólo aparece después
de la obra de Karl Marx, como crítica al concepto de clase que se define
por la posición en las relaciones de producción. Esta idea le da un papel
privilegiado a la clase en el sistema económico, “que se hace extensivo al
dominio político a partir de la influencia burguesa en el aparato militar,
la ideología, las formas jurídicas y las formas de conciencia social”7.
11
Los teóricos elitistas interpretan esta idea marxista como una forma de
determinismo económico del que depende la esfera política; para W. Mills,
por ejemplo, “la frase clase dominante, en su sentido político habitual, no
permite reconocer bastante autonomía al orden político y a sus agentes

6
Varios, “Aproximación a las teorías de Élites”, en Élites, Eticidades y Constitución en
Colombia, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 2004, p. 10.
7
Véase Karl Marx, Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, Buenos Aires: Edición
Nueva, 1968; La Cuestión Judía, Madrid: Editorial Planeta, 1992.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

y no dice nada a propósito del orden militar […] Clase es una expresión
económica, ‘dominio’ es una expresión política”8.
En ese orden, la hipótesis de trabajo que el escrito buscará ilustrar es la
siguiente:
La demarcación epistemológica de la categoría de élites, que permite
fundamentarla como unidad de análisis e interpretación teórica
de los fenómenos políticos, requiere la reconstrucción histórica
de su trayectoria para demostrar su tradición y versatilidad
en la interpretación de las dinámicas políticas. Ello posibilita
advertir el paso de la interpretación inicial de la élite, como una
pluralidad de grupos influyentes, a la noción de élite ilustrada que
sustituye al pueblo a través de los procedimientos democráticos,
así como, más tarde, el tránsito a la versátil noción de poder del
postestructuralismo, cuyo desconocimiento de los mecanismos
específicos de dominación ejercidos por las élites dominantes sólo
logra ser superado por la categoría de bloque en el poder, que facilita
percibir los mecanismos por los cuales la(s) élite(s) se articula(n) a
través de fracción(es) hegemónica(s) que cohesiona(n) al conjunto de
las élites políticas, económicas y burocráticas dominantes a través del
Estado. Esto viabiliza entender las estrategias hegemónicas que las
élites vehiculizan y que garantizan su penetración en el mundo de
la vida, concibiendo, en el marco de la democracia liberal, estrategias
sociales e institucionales de dominación, que usufructúan, a través
de los medios de comunicación masivos, los procesos de voluntad y
formación de opinión pública. Lo anterior revela a la cotidianidad
como un campo social en tensión en el que se da un conflicto de
imaginarios e identidades socio-políticas en pugna, encarnado
en sujetos sociales diversos, en minorías y en élites. El conflicto
allana la comprensión de los complejos dominios cotidianos en
que se proyectan las maniobras de dominación de las élites, así
como la dinámica espacio-temporal de la desobediencia civil y las
resistencias contestatarias, en la que se trenzan las estrategias
hegemónicas y contrahegemónicas en la base misma que sostiene
toda la pirámide social. De esa manera, se vislumbra el espacio de la
12 esfera pública como un ámbito, no de públicos o contrapúblicos en pos
de identidades y programas de reconocimiento, sino como un campo
de confrontación entre posiciones hegemónicas y contrahegemónicas
encarnadas por élites y contraélites sociales y políticas.
En primer lugar se realizará un acercamiento a la teoría clásica de las
élites, señalando los aportes de las primeras generaciones de autores que
abordan el problema, lo que nos proporcionará el punto de partida de

Wrigth Mills, La Élite del Poder, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1963,
8

p. 277.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

la problemática (1). Enseguida nos acercaremos al concepto de minorías


selectas de Aron, así como al de Dahl de poliarquía y su relación con las
élites, en una elaboración más contemporánea de la cuestión que nos
posibilite visualizar las continuidades y discontinuidades temáticas del
asunto, abordando igualmente la teoría decisional de la democracia de
Sartori, que consagra el manejo elitista como el único efectivo para un
sistema democrático (2). Posteriormente, abordaremos el planteamiento
que sobre el poder desarrolla el postestructuralismo francés y, en su
órbita, la articulación que los análisis marxistas de Poulantzas hacen de
aquel con la categoría de bloque en el poder y la relación explícita que
se plantea en su relación con las élites (3). Inmediatamente, a partir de
la reflexiones gramscianas sobre el intelectual orgánico y la hegemonía,
entendidas como expresión de organizaciones colectivas selectas,
reconstruiremos la crítica de Laclau y Mouffe, así como el planteamiento
de Dubiel y Wellmer sobre las dinámicas de dominación y desobediencia
que involucran potencialmente a élites y minorías (4).
Con ello podremos considerar, en el siguiente paso, y en el contexto de
la teoría de la pseudocultura de Adorno, la tensión ya presente entre
cultura y contracultura y el entronque que, en el marco de los procesos
cotidianos, involucra a los diversos sujetos sociales en eventuales
prácticas hegemónicas elitistas y populares contrahegemónicas (5).
Ello nos facultará para intentar articular una teoría de las élites con la
categoría habitus, así como con las de imaginarios e identidades sociales,
y desustancializar a las élites, comprendiéndolas como una pluralidad
de perspectivas ideológicas y políticas en tensión y conflicto (6). Ello nos
debe permitir interpretar las dinámicas y contradinámicas que se dan en
el marco de los procesos de voluntad y opinión pública y en qué forma
puede inferirse de ese marco la noción de élites y contraélites como
relación de dominio-resistencia a su interior (7). Finalmente, el excurso busca
precisar una serie de conceptos complementarios que lo acerquen a la categoría
de élites y a su realización práctica.

13
La teoría clásica de las élites
En esta primera parte, el escrito busca presentar en términos meramente
expositivos con el objetivo de ubicar los orígenes y antecedentes de la teoría
de las élites, lo que serán, en primer lugar, los planteamientos de Pareto y
Mosca y su debate con Marx en torno al carácter, alcance y justificación o
no de la dominación de las élites (1.1.), para, enseguida, adentrarse en lo
que será el aporte de la sociología comprensiva de Weber y la sociología
del conocimiento de Mannheim y sus categorías de clase dirigente e
intelligentsia, desde perspectivas fundamentadas sociológicamente y, en
el caso del segundo, particularmente críticas, alimentadas estas últimas
del instrumental marxista sobre la ideología (1.2.). Este apartado se cierra
con la exposición de la segunda generación de la teoría de las élites, en
la que se presentan los aportes de Mills, Schumpeter y Bottomore y sus
respectivas visiones sobre el particular, con lo que quedan claras, no
solo la tradición y permanencia de la categoría, sino su versatilidad en
la interpretación de las dinámicas políticas (1.3.).

Primera generación de la teoría


Wilfredo Pareto y Gaetano Mosca son exponentes de la primera generación de
la teoría de la élite, sus ideas confluyen en el marxismo y la democracia liberal,
específicamente en la idea de una sociedad sin clases.
Pareto elaboró su teoría de elitista, en un intenso debate con el fantasma
de Marx. Sus análisis de las relaciones entre las clases, de las fuentes de
poder político y del sistema económico, carecían de sentido para Pareto,
pues, en todo caso, el “pueblo” jamás se movió o se guió por un análisis
racional de su situación9; todos los movimientos y cambios sociales han
sido promovidos por y para unas minorías. Para Marx, son las condiciones
económicas y tecnológicas las que condicionan la aparición de las
clases, y las élites son subproductos de la división en clases. Así, pues,
la burguesía y el proletariado son producto de transformaciones en las 17
formas de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas productivas.
A pesar de que todos los movimientos han sido hasta ahora movimientos
de minorías, o se han producido en provecho de minorías, de todas las
clases sólo la mayoritaria, el proletariado, es una clase verdaderamente
revolucionaria.

Irving Zeitlin, Ideología y Teoría Sociológica, Buenos Aires: Amorrortu, p. 190.


9
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

La burguesía destruye toda élite, mientras el comunismo no es más que


una especificación del proletariado. El socialismo científico –escribe
Pareto– nació de la necesidad de dar una apariencia científica a las
aspiraciones de la humanidad; así, entonces, las relaciones de las clases
sociales, “el vivir en una colectividad dada imprime en la mente ciertos
conceptos, ciertas formas de pensar y de actuar, ciertos pre-juicios, ciertas
creencias que luego se mantienen y adquieren una experiencia seudo-
objetiva, como tantas otras entidades análogas. En Europa, la propaganda
marxista de la “luchas de clases” sirvió para fortificar las fuerzas
instintivas (residuos) correspondientes en la clase de los “proletarios”,
o, mejor de una parte del pueblo10.
Pareto acepta del marxismo la importancia del contexto social, pero
poniéndole límites. Excluye, ante todo, que el ambiente pueda borrar
la heterogeneidad entre los individuos, pues cada individuo ocupa
una determinada posición en la pirámide social, y si se ordena a los
individuos según su grado de influencia y de poder político, en casi todas
las sociedades, los que tienen mayor influencia y poder político son también
los de mayor riqueza: ésta es la élite. Como Marx, ve una correspondencia
entre el poder político y el poder económico, pero mientras que el poder
económico, para el primero, tendía a determinar el político, Pareto los
consideraba a ambos como motivados por la presencia de individuos de
ciertas características de élite, de sentimientos de élite11.
Con la categoría de diferenciación social, Pareto expresa el hecho de que
los individuos son física, moral e intelectualmente diferentes. Algunos
individuos son superiores a otros y, en esta línea, el término élite se
refiere a la superioridad, en habilidad, poder e inteligencia. La clase
selecta (élite) de una sociedad está compuesta por aquellos que tienen
los índices mayores en sus respectivas ramas de actividad. Pareto divide
la élite en dos: aquellos que tienen participación notable en el gobierno,
los cuales constituirán la clase selecta de gobierno, y el resto, que será la
clase selecta de no gobierno12. El estrato inferior o no-élite está formada
por aquellos que están gobernados, y, según Pareto, su influencia política
es casi nula.
Hay para Pareto residuos de la clase I en el estrato superior, es decir, una
18
propensión a las combinaciones, una búsqueda de las combinaciones
que se juzgan mejores y que han conducido al progreso. El científico,
así como la élite, imagina, inventa y se guía por preceptos, conjeturas y
suposiciones. Para el no-científico, en cambio, el sentimiento desempeña
un papel fundamental y, por tanto, acepta las proposiciones por la fe. La
racionalidad es para el dominio exclusivo de las élites y la no racionalidad

10
Wilfredo Pareto, Escritos Sociológicos, Madrid: Alianza Editorial, 1987, p. 23.
11
Zeitlin, p. 191.
12
Pareto, p. 66.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

para el de las masas13, a las que les es atribuido el tipo de residuos de


la clase II, es decir, hábitos, costumbres, tradiciones y otras creencias y
prácticas que persisten a través del tiempo: en síntesis, son elementos
recibidos pasivamente, aceptados y mantenidos con tenacidad. La masa es
pasiva en su recepción y retención de sentimientos, en tanto que la élite es
activa en la explotación de éstos por medio de sus fórmulas ingeniosas.
Ahora bien, los elementos superiores no son solo los aptos para gobernar,
sino también los que están dispuestos a usar la fuerza. Los electos inferiores
temen el uso de ésta, la élite en decadencia se aparta del uso de la fuerza
y trata, entonces, de comprar a sus adversarios. Así pues, las sociedades
en general subsisten porque en la mayoría de los miembros que las
constituyen, los sentimientos correspondientes a residuos de sociabilidad
(clase IV) se hallan vivos y vigorosos.
Cuanto mayor son los residuos de sociabilidad mayor es la uniformidad y,
viceversa, en las sociedades generalmente heterogéneas la exigencia de
uniformidad es muy fuerte en algunos individuos, moderada en otros,
muy ausente y casi nula en algunos. Cuando se acentúan las diferencias
entre la clase gobernante y la clase sometida, las combinaciones y los
instintos tienden a predominar en la clase gobernante y los sentimientos
de persistencia del grupo en la clase sometida: estas diferencias casi
insuperables son la que conducen a la revolución.
La lucha y circulación de las élites es la esencia de la historia. Por ello, los
levantamientos populares no tienen verdaderas consecuencias para el
pueblo; sirven para facilitar la caída de la vieja élite y el surgimiento
de la nueva. Las élites sólo usan a las clases inferiores para conservar o
tomar el poder, y, por ello, se afirma que la historia es un cementerio de
aristocracias y que su caída se produce como resultado de la reducción de
su calidad, en el sentido que disminuye en ellas la energía y se modifican
las proporciones de los residuos que les ayudaron a adueñarse del poder
y a conservarlo: la clase gobernante se restaura en número y en calidad
mediante familias que vienen de los estratos inferiores y que aportan los
residuos necesarios para mantenerse en el poder14.
Por su parte, Gaetano Mosca reconoce que la distinción entre gobernantes
y gobernados no es innovadora. Sin embargo, sólo en Saint-Simon 19
encuentra una anticipación a su doctrina, según la cual una vez que una
sociedad llega a una etapa de desarrollo, el control político, en el más
amplio sentido de la expresión, es siempre ejercido por una clase especial
o por una minoría organizada. Así pues, en todas las sociedades existen
dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados.
La primera, que es siempre la menos numerosa, desempeña todas las

13
Irving, p. 199.
14
Pareto, p. 71.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

funciones políticas y monopoliza el poder y disfrute de las ventajas que


van unidas a él.
En tanto, la segunda, la más numerosa, es dirigida y regulada por la
primera de una manera más o menos legal, o, bien, de un modo más o
menos arbitrario y violento, y ello le suministra los medios materiales de
subsistencia indispensables para la vida política15. En la práctica de la vida
reconocemos la existencia de esta clase política: aun en las democracias
subsiste la necesidad de una minoría organizada que, a pesar de las
apariencias en sentido contrario y de los principios legales sobre los que
se basa el gobierno, conserva el control real y efectivo del Estado.
La clase dominante constituye un atributo permanente de la sociedad, al
igual que la lucha por la preeminencia. En todas las sociedades ha habido
y seguirá habiendo dos clases: la que domina y la que es dominada.
Las masas dominadas pueden ejercer presiones sobre los dominadores,
las cuales surgen de su descontento y de las pasiones que las mueven,
ejerciendo con ello cierta influencia sobre las medidas de la clase política.
Ello puede provocar derrocamiento y cambios de la antigua clase dirigente
por una nueva integrada por miembros de la masa. La clase dominante
o política asume la preponderancia en la determinación del tipo político
y también del grado de civilización de los pueblos.
Las minorías gobernantes están constituidas, por lo común, de una manera
tal, que los individuos que las componen se distinguen de la masa de
los gobernados por determinadas cualidades que les otorgan cierta
superioridad material e intelectual e, incluso, moral. O bien son los
herederos de los que poseían ciertas cualidades16. La clase dominante es
una minoría organizada y, por esta razón, detenta el poder, en contraste
con la mayoría desorganizada. Esta desorganización deja a cada uno de sus
miembros impotente ante el poderío organizado de la minoría, que logra
actuar concertadamente.
Para Mosca hay una ley social inherente a la naturaleza del hombre, según
la cual los representantes del pueblo se transforman de sirvientes en amos y
muy pronto desarrollan intereses propios, convirtiéndose en el ejercicio de
la promoción de estos intereses en una minoría bien organizada, poderosa
20 y dominante. La ley psicológica básica que impele a los hombres a luchar
por la preeminencia, desemboca siempre en la victoria de la minoría, la
cual, en virtud de su organización y cualidades superiores, obtiene el
control decisivo sobre ciertas fuerzas sociales, y el control sobre cualquier
fuerza social –militar, política, económica, religiosa o moral– puede llevar
al control de los otros.

15
Gaetano Mosca, La Clase Política, México: F.C.E., 1995, pp. 106.
16
Idem, p.110.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Todas las minorías gobernantes tienden a convertirse en hereditarias,


si no de hecho, sí de derecho. Las conexiones y parentesco permiten al
individuo orientar sus acciones, de acuerdo con las pautas que impone
el grupo al que pertenece. La posición social, la tradición familiar y los
hábitos de clase determinan y condicionan el carácter de los hombres.
Además de ciertas bases sociales, existen ciertas bases culturales que
explican la superioridad de la clase política, que debe sus cualidades
especiales no tanto a su sangre como a su educación particular, que
ha desarrollado ciertas tendencias intelectuales y preferencias con
respecto a otras. La clase dominante debe su existencia a una naturaleza
básica e inmutable del hombre: los hombres siempre lucharán por la
preeminencia y esto dará como resultado la dicotomía entre gobernados
y gobernantes17.
La minoría organizada tiende a estabilizar su poder superior, haciéndolo
aceptable para las masas. Lo consigue por medio de una fórmula política,
una fuerza social importante, que permite subsistir a la sociedad y que
incluye valores, creencias, sentimientos y hábitos comunes que resultan
de la historia colectiva de un pueblo y que hacen a éste receptivo a
las ficciones de la clase gobernante para legitimar su poder. Las ideas
gobernantes no pueden apartarse demasiado de la cultura dominante sin
producir conflictos que amenacen la supervivencia de la sociedad.
Además de la fórmula política, Mosca llama la atención sobre la
emergencia en las clases inferiores de una minoría dirigente, una suerte
de clase plebeya que es contraria a la clase legalmente gobernante; es una
subminoría (clase media), cuyo papel consistirá en asegurar el equilibrio
del sistema a partir de un ejercicio de renovación permanente de valores,
prácticas e intereses, que en todo caso dependen del nivel de movilidad,
integración y actividad que tenga dicha minoría.
La clase dirigente se convierte en un Estado dentro del Estado: cuanto mayor
es el descontento de las clases inferiores tanto mayor es la probabilidad
de que éstas apoyen el derrocamiento del gobierno legal existente. Las
clases políticas declinan inexorablemente cuando ya no pueden ejercer las
cualidades mediante las que llegaron al poder, cuando no pueden prestar
más el servicio social que prestaban o cuando mediante sus cualidades y
21
servicios pierden importancia en el ambiente social donde viven.
En efecto, la circulación de las élites puede que conlleve a su sustitución
o a su renovación por el ingreso a ella de individuos procedentes de las
clases bajas, o bien esta movilidad se puede dar en virtud del reemplazo
de una vieja clase dominante por una nueva. De igual forma, sobre dicha
circulación influyen factores no propiamente políticos. Un ejemplo de ello
lo constituyen los cambios tecnológicos o culturales que potencializan

17
Zeitlin, p. 226
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

en la escena política grupos que la élite no contemplaba dentro de sus


transacciones previstas y que hacen más compleja la estabilidad de una
minoría y más posible su renovación18.

El aporte de la sociología comprensiva

Max Weber y la clase dirigente


La aparición de la clase política, y en el interior de esta clase de un grupo
dirigente, se justifica según la perspectiva marxista por la necesidad de la
división social del trabajo a la que conduce la concentración de los medios
de producción y la separación del obrero de esos medios. Sin embargo,
Weber destaca la concentración de los medios de administración y de
violencia de los que dispone la minoría dirigente para mantenerse en
el poder. En un análisis que revela las dinámicas de dominación que
no habían sido contempladas por el marxismo y que desbordan la sola
apropiación de los medios de producción, la estructura burocrática se
caracteriza, pues, por la concentración de los medios administrativos y
de poder político.
Con el fin de explicar los posibles fundamentos de la autoridad política,
Weber utiliza el método del tipo ideal que “no es una hipótesis pero
brinda una guía para la construcción de hipótesis. No es una descripción
de la realidad, pero tiende a dar a tal descripción medios no ambiguos de
expresión”19. Bajo este instrumento conceptual se examinan los diferentes
tipos de racionalización y autoridad característicos de la sociedad
moderna, de donde se distingue la racionalidad formal, la racionalidad
material y, finalmente, la racionalización de las imágenes del mundo20.
Por otra parte, Weber entiende el concepto de poder como la capacidad de
imponer la voluntad propia pese a la resistencia, distinto de la dominación,
que es entendida como la probabilidad de encontrar obediencia a un
mandato de determinado contenido entre personas dadas. Él presupone,
a su vez, la continuidad en el ejercicio del poder, es decir, el surgimiento
necesario de una “asociación”, de un eventual “cuadro administrativo”
que regule dicha asociación. Así pues, la dominación hace referencia a
la existencia de relaciones sociales y de una cierta distribución de roles
22 sociales en roles de dominación y roles de subordinación.
Se conoce como autoridad la dominación legítima, por tanto, la autoridad
política no es más que la autoridad ejercida en un grupo político. Se
pueden distinguir tres tipos ideales de autoridad política: la primera es

18
Véase James Meisel, El Mito de la Clase Gobernante: Gaetano Mosca y la Élite, Buenos
Aires: Amorrortu, 1975.
19
Zeitlin, p. 136.
20
Véase Enrique Serrano, Legitimación y Racionalización, Barcelona: Anthropos, 1994.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

la autoridad tradicional (la tradición es fundamento suficiente para


justificar el orden); la segunda es la autoridad carismática que reposa
sobre el reconocimiento de los partisanos del poder personal de su jefe,
y el tercer tipo ideal es la autoridad legal-racional, que corresponde
fundamentalmente a la mayor parte de de los Estados modernos, la cual
se funda sobre un cuerpo de reglas legalmente instituidas que asignan
una esfera precisa de competencia a cada titular de autoridad; este tipo
es propio de la organización burocrática. Los tres tipos de autoridad se
entremezclan y se entrecruzan en la realidad para producir una minoría
que gobierna: la burocracia.

Mannheim: sociología del conocimiento e intelligentsia


La sociología del conocimiento
La sociología del conocimiento de Mannheim parte de su teoría de la
ideología. La ideología particular se encuentra referida al ámbito psicológico
individual. El paradigma de la forma particular de la ideología es la
mentira, tal y como se entiende en el sentido común, aunque la ideología
particular se ha diferenciado gradualmente de aquella, incluyendo una
diversidad de deformaciones que oscilan entre las mentiras conscientes
y los disfraces semiinconscientes, entre los esfuerzos calculados para
engañar a los otros y el autoengaño. También puede ser grupal, pues la
psicología colectiva puede reducirse a la individual21.
El concepto de ideología total es más amplio e incluyente que el particular.
Pone en duda toda la cosmovisión del oponente, su entero aparato
conceptual, que se entiende como resultado de la vida social que realiza.
También se refiere al mundo intelectual de una época. En la ideología
total queda afectado el contenido, pero también la forma y la estructura
conceptual de un modo de pensar.
La evolución histórica que permite el paso del concepto particular de
ideología al concepto total, se inicia con la aparición de la “filosofía de la
conciencia”, que implicó el reemplazo de la unidad objetiva del mundo
propugnada por la teología por la unidad impuesta por el sujeto que
percibe: la conciencia en sí, el sujeto absoluto del idealismo ilustrado.
Luego, aparece la perspectiva histórica tal y como se presenta en la obra 23
de Hegel, que cuestiona el sujeto abstracto supratemporal y segregado de
lo social y lo contrapone al espíritu objetivo, integrado por los elementos
culturales históricamente acumulados en la vida social de una época y
de un pueblo. De este modo, el sujeto formal abstracto de la Ilustración
da paso a un sujeto más concreto e históricamente cambiante. Más tarde,
aparece el concepto de “clase”, que ocupa el lugar del pueblo como
portadora de la conciencia histórica. A partir de aquí se puede entender

21
Idem, p. 237.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

que las clases sociales generan una diversidad de formas intelectuales


que dependen de éstas22.
La capacidad de observar que distintos grupos generan una diversidad
de ideologías especiales con las que entran en una relación de determinación
social, es la que abre la posibilidad de hablar del concepto total de
ideología. En la concepción total de la ideología se es consciente tanto
de la ideología especial propia como de las ideologías de los otros. El
concepto de ideología total podrá generarse en el momento histórico en
que aparece una multiplicidad de perspectivas y criterios más seculares
de comprensión de la realidad.
El creador del sentido moderno de la palabra ideología fue Napoleón,
quien se refirió de modo despectivo a estos “ideólogos”, entendiendo que
su pensamiento no tenía validez al ser poco realista. Del mismo modo
como Napoleón desacreditaba a sus adversarios mostrando la naturaleza
ideológica de su pensamiento, después la palabra ideología se utiliza por
el proletariado como arma contra la burguesía. De este modo, el hecho
de atacar a los otros tildando su pensamiento de ideológico constituye
una tendencia a extenderse y generalizarse con el desarrollo de una
multiplicidad de perspectivas de la realidad23.
La ideología especial se produce cuando alguien no pone en cuestión su
propia posición, a la que entiende como absoluta, y, al mismo tiempo
interpreta las ideas de los adversarios como determinadas por la posición
social que ocupan. Por el contrario, la formulación general del concepto
de ideología significa que dicho término se utiliza no solamente para
aquel que desde una posición especial somete al análisis ideológico las
ideas del otro, sino cuando, además de tener en cuenta el punto de vista
de este adversario, incluye todos los enfoques, también el suyo propio.
Con la formulación general del concepto total de ideología, la teoría de
la ideología se convierte en sociología del conocimiento. Esto es, cuando
somos capaces de detectar la determinación social de la totalidad del
pensamiento de una variedad de perspectivas que corresponden a
una diversidad de grupos, entre los cuales se incluye el nuestro, nos
encontramos ya en el territorio de la sociología del conocimiento. Lo
esencial para la sociología del conocimiento es, por tanto, comprender
24
la multiplicidad de “perspectivas” de los grupos en la medida en que se
derivan de sus condiciones de vida24.
La sociología del conocimiento es posible entenderla de dos modos, uno
no valorativo y otro valorativo25. El modo no valorativo consistiría en asumir
una posición epistemológica que intentaría ser neutral ante los valores,

22
Idem, p. 239.
23
Idem, p. 241.
24
Idem, p. 242.
25
Idem, p. 244.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

evitaría los juicios de valor. El modo valorativo incluiría la preocupación de


la aproximación no valorativa por el análisis científico de las correlaciones,
pero incorporaría una epistemología transformada en función de los
criterios propios de la sociología del conocimiento. A partir de esta
concepción valorativa de la ideología surge el relacionismo de Mannheim,
que asume que cualquier afirmación está ligada necesariamente a una
perspectiva de la realidad. La sociología del conocimiento que utiliza la
concepción valorativa de la ideología acepta que es inevitable presuponer
de entrada una concepción ontológica, un modo de comprender la
realidad, y valores éticos.
Mannheim sustituye el concepto de ideología total y general por el
de perspectiva, entendiendo por ésta la conexión que existe entre una
determinada situación social y sus formas de pensamiento asociadas.
La sociología del conocimiento aparece, pues, en el momento en que se
es consciente de una multiplicidad de perspectivas, incluyendo la propia,
pero además se dirige a la totalidad de la cosmovisión y aparato mental
que cabe asociar a una determinada situación histórico-social o a un
grupo. Se ocupa del modo en que las estructuras mentales se forman
inevitablemente de manera distinta cuando se trata de marcos sociales
históricos diferentes26.
Mannheim va a introducir las ideas de imputación y particularización.
De este modo, cuando se pregunta sobre la verdad o validez de una
afirmación, hay tres respuestas posibles:
• negar la validez absoluta de una afirmación cuando demostramos su
relación estructural con una situación social concreta;
• señalar que las imputaciones que hace la sociología del conocimiento
entre la afirmación y quien la fórmula no dicen nada con respecto al
valor de verdad de la afirmación, puesto que la génesis no afecta la
validez (aunque Mannheim cree que la génesis social afecta también
el problema de la validez);
• intentar establecer no solamente la existencia de la relación entre la
afirmación y la situación social e histórica, sino intentar al mismo
tiempo particularizar su ámbito y grado de validez27.
25
La categoría de intelligentsia
Mannheim generalizó el concepto de clase de Marx, diferenciándolo de
la categoría de posición social, entendida como la ubicación común que
les ha caído en suerte a ciertos individuos en la estructura económica y de
poder de una sociedad. Es un término general que se refiere a la exposición
continuada de algunos individuos a influencias análogas o a iguales

26
Idem, p. 247.
27
Idem, pp. 249-250.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

oportunidades y restricciones. Por otro lado, la posición de clase implica


cierta afinidad de intereses dentro de una sociedad diversificada, que asigna
el poder selectivamente y distribuye prerrogativas y oportunidades
económicas de un modo desigual.

El hombre bajo la perspectiva de Mannheim se comprende por su


conducta y sus motivaciones y éstas, a su vez, dependen de la orientación
del hombre en una situación dada: se trata, entonces, de una conducta de
posición que se guía por lo impulsos en una determinada localización.
La forma más importante de conducta de posición es aquella que está
exclusivamente guiada por los intereses económicos de un individuo. Se
puede hablar de clase, si los individuos actúan uniformemente en el proceso
de producción de acuerdo con posiciones e intereses análogos.

En ese contexto, la intelligentsia es

“[…] una capa social, sin clase, a la que se le ha asignado un papel de


satélite de una u otra clase y partidos existentes. Es un conglomerado
entre, pero no sobre las clases. El miembro individual de la
intelligentsia puede tener y con frecuencia tiene, una orientación
particular de clase y, en conflictos reales, puede alinearse con uno
u otro partido político. Esta capa social no es una clase social propia
dicha, ya que no tienen intereses comunes, no pueden formar un
apartido separado por su relativa independencia, y por último, son
incapaces de llevar una acción común concertada”28.

Ellos son ideólogos de una u otra clase pero nunca hablan por sí mismos:
los intelectuales no son un estrato superior, ni su peculiar posición
social asegura mayor validez a sus perspectivas. El intelectual se siente
impulsado por el hecho de que su preparación lo ha facultado para
enfrentar los problemas del momento desde varias perspectivas y no
solo desde una, como sucede con la mayoría de los participantes en las
controversias.

Ahora bien, los intelectuales son relativamente autónomos, lo cual alude


al hecho bien establecido de que no reaccionan ante determinados
problemas de una manera tan cohesiva, como sí lo hacen los obreros. Si
26 bien durante la edad media se pudieron emancipar en cierto grado de
las clases superiores, fue en instituciones como los salones y los cafés, en
los que pudo verse por primera vez a los intelectuales en una posición
relativamente libre.

En la época moderna, al menos algunos intelectuales pudieron evitar una


relación de dependencia con respecto al medio, la institución, la clase y el
partido. Sin embargo, a pesar que el intelectual libre en potencia tiene una

28
Karl Mannheim, Ensayos de Sociología y Psicología Social, México: F.C.E., 1963, p. 38.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

visión más basta y esta menos cegado por los intereses y los compromisos
particulares, carece al mismo tiempo de los frenos de la vida real. Se halla
más inclinado a crear ideas sin ponerlas a prueba en la práctica, esto es, en
las acciones y consecuencias de la vida cotidiana. Por pequeño que sea este
estrato, tiene un importante papel que al mismo tiempo es diagnostico,
constructivo y crítico. Su postura consciente debe en todo momento
ser crítica, con respecto a sí mismo, tanto como con respecto a otros.
Mannheim reconocía que los intelectuales son impotentes, pero creía,
sin embargo, que pueden tener un papel influyente en la conservación
de la libertad y en la reconstrucción social.

Segunda generación de la teoría


Los desarrollos teóricos expuestos por Pareto y Mosca y su dicotomía élite
gobernante-masa dirigida ponen de manifiesto la desigualdad insalvable
en la sociedad. Esto ha motivado el que en las últimas décadas haya
existido toda una controversia sobre la configuración de la estructura
de poder en las sociedades industriales modernas. En este debate se
encuentran dos posturas: la primera es aquella que defiende la idea
de una élite unificada que detenta el poder, y la segunda es aquella que
defiende la idea de una pluralidad de élites cuyo poder e influencia están en
competencia. El debate contemporáneo se definirá así entre los partidarios
de la “élite en el poder” y el establishment y los teóricos del “pluralismo
político” y el equilibrio de poderes.
C. Wright Mills es uno de los principales exponentes de la sociología del
poder y de la teoría de élites. Su punto de partida fue el concepto marxista
de clase social, el cual tiene, según él, un significado acentuadamente
económico: es por esta razón que prefiere utilizar la noción de élite con
la que combina criterios económicos, políticos y militares y, además, hace
referencia a los individuos que detentan el poder en cada uno de estos
dominios sociales, quienes, como tales, comparten características que los
unifican y agrupan como unidad social.
El poder es detentado por algunos individuos que llegan a ocupar
posiciones en la sociedad, desde las cuales tienen la posibilidad de tomar
decisiones que afectan poderosamente a hombres y mujeres corrientes. La 27
minoría poderosa “tiene el mando de las jerarquías y organizaciones más
importantes de la sociedad moderna: gobiernan las grandes empresas,
gobiernan la maquinaria del Estado, dirigen la organización militar,
ocupan los puestos de mando de la estructura social”29.
Para Mills el máximo de poder nacional en Estados Unidos reside en los
dominios económico, político y militar, específicamente en sus élites, es
decir, en círculos superiores que se forman en cada uno de estos tres ámbitos

29
Wrigth Mills, La Élite del Poder, Buenos Aires: F.C.E., 1963, p. 12.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

en razón de la centralización del poder de sus decisiones. Así pues, la


economía es dirigida por los jefes de empresa –ricos corporativos y altos
directivos− y grandes compañías –hoy transnacionales− que intervienen
en todas las decisiones importantes que afectan a la sociedad.
El orden militar después de la II Guerra Mundial, al convertirse Estados
Unidos en uno de los primeros Estados militares del mundo, ha derivado
en la mayor y más costosa de las empresas del gobierno. Los generales
y almirantes han obtenido un poder más grande para tomar decisiones
o para influir en ellas con un alto grado de autonomía, especialmente
en temas de seguridad y defensa. En el orden político, el Estado se ha
convertido en una institución ejecutiva centralizada que permea todos
los ámbitos de la estructura social. La élite, en este sentido, está formada
por los individuos del directorio político, miembros del aparato ejecutivo
de Estado, que toman las decisiones en nombre de la nación.
“Como cada uno de esos dominios ha coincidido con los otros, como las
decisiones tienden a hacerse totales en sus consecuencias, los principales
individuos de cada uno de los tres dominios de poder tienden a unirse, a
formar la minoría del poder de los Estados Unidos”30. Así pues, la minoría
está formada por quienes tienen el máximo de lo que puede tenerse,
es decir, dinero, poder y prestigio, de tal forma que ocupan un lugar
privilegiado dentro de las instituciones.
Las élites se consideran a sí mismas “el círculo íntimo de las altas clases
sociales. Forman una entidad social y psicológica más o menos compacta,
tienen una conciencia más o menos clara de sí mismos como clase social
y se conducen entre sí de un modo distinto a como se conducen con
individuos de otras clases. Se aceptan unos a otros, se comprenden
entre sí, se casan entre sí y tienden a trabajar y a pensar, si no juntos
por lo menos del mismo modo”31. La mayor parte de los individuos que
pertenecen a la élite comparten orígenes sociales análogos, mantienen a
lo largo de sus vidas una red de conexiones familiares o amistosas y la
intercambiabilidad de posiciones entre las jerarquías diversas del dinero,
del poder y de la fama.
La minoría es la que ocupa los lugares privilegiados dentro de la
28 jerarquía social. Puede considerarse como la formadora de individuos
pertenecientes al estrato superior de la sociedad capitalista, autodefinidos
como individuos selectos, es decir, personas de carácter y energía
superiores, naturalmente dignas de lo que poseen. Sus riquezas y
privilegios son ampliaciones naturales de sus personalidades selectas,
“mientras la élite florezca como clase social o como equipo de hombres
que ocupan los puestos de mando, siempre seleccionara y formará ciertos

30
Idem, p. 16.
31
Idem, p. 18.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

tipos de personalidad y rechazará otros”32. Todo aquel que este por fuera
de este grupo dominante hace parte de la masa.
La élite del poder ha sido formada por la coincidencia de intereses entre los
que dominan los principales medios de producción y los que controlan
los instrumentos de violencia recientemente incrementados, dada la
decadencia del político profesional y el ascenso al mando político de los
dirigentes corporativos y los militares profesionales. Los individuos que
toman las decisiones en cada una de las esferas jerárquicas –la economía,
el ejército y el gobierno− se han visto obligados a actuar concertadamente,
van conformando una comunidad activa y consiente de intereses, de
objetivos y actitudes. Esto es lo que Mill denomina élite del poder.
“Entendemos por élite del poder los círculos políticos, económicos
y militares que, como un conjunto intrincado de camarillas que se
trasladan e imbrican, toman parte en las decisiones que por lo menos
tienen consecuencias nacionales. En la medida en que se deciden los
acontecimientos nacionales, la élite del poder está constituida por
quienes los deciden”33. Su unidad se apoya en el desarrollo paralelo y la
coincidencia de intereses entre las organizaciones económicas, políticas y
militares. Se funda también en la similitud de origen y de visión y el contacto
social y personal entre los altos círculos de cada una de dichas jerarquías
dominantes”34, en las que existe un gran intercambio de miembros, así
como de intermediarios.
La unificación de la élite del poder se ha llevado a cabo bajo tres procesos
estructurales, a saber:
• militarización de la economía capitalista: el capitalismo norteamericano
es ahora, en gran medida, un capitalismo militar, y la relación más
importante entre la gran corporación y el Estado se funda en la
coincidencia de los intereses militares y corporativos;
• politización del ejército: el poder militar también ha tendido a orientarse
y desarrollarse, introduciéndose en la política externa e interna con
objetivos específicamente militares: la seguridad y la defensa;
• debilitamiento de la democracia: la decadencia de la política como
debate auténtico, además de la ausencia de políticos profesionales o 29
de partido, hacen de los Estados Unidos una democracia formal más
que una estructura social.
Las decisiones son confiadas a la élite, a miembros de la riqueza
corporativa, del alto mando militar y a unos cuantos políticos que, en
última instancia, centralizan el poder de decidir sobre los destinos de

32
Idem, p. 22.
33
Idem, p. 25.
34
Idem, p. 273.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

hombres y mujeres corrientes. Así pues, “las masas son únicamente


soberanas en algún momento de adulación plebiscitaria”35.
Ahora bien, la idea de una élite unificada se funda, en primer lugar, en
el ascenso del poder militar en una economía organizada en empresas
privadas y, en sentido más amplio, en las diversas coincidencias de
intereses entre las instituciones económicas, militares y políticas; en
segundo lugar, en las similitudes sociales y afinidades psicológicas, y,
en tercer lugar, en un intercambio de posiciones con totalización virtual
de las decisiones que se toman en la cúspide.
La cima de la sociedad norteamericana está cada vez más unificada en
cuanto ha surgido una élite de poder. Los niveles medios son una serie de
fuerzas a la deriva: sin embargo este centro no une la cima con la base.
En la parte inferior de la jerarquía social se encuentra una sociedad de
masas, políticamente fragmentada, con una identidad orientada por
los medios de comunicación que proveen no solo nuevas identidades
sino “nuevas aspiraciones respecto a lo que desearíamos ser y a lo que
desearíamos parecer. Nos han brindado en los modelos de conducta que
nos presentan una serie nueva, más vasta y más flexible de apreciaciones
de nuestros propios yos”36.
La democracia de masa, al convertirse en una lucha de grupos de intereses
poderosos y de gran escala, relega al individuo, lo cual ensancha la
distancia entre los miembros de la masa y los líderes. Es por ello que la
idea de una sociedad de masas sugiere la idea de una élite del poder, que
impide la participación de amplios sectores sociales que están por fuera
de la minoría del poder.
Un abordaje crítico del tema de las élites es el realizado por Thomas
B. Bottomore. La preocupación del autor consiste en caracterizar la
relación entre élites y democracia, de modo que pueda superarse el carácter
excluyente de la democracia moderna y descollar a la vez el determinismo
de los teóricos de la élite, sin derivar en el marxismo37. Al respecto de la
primera tensión, la desigualdad de las facultades individuales, señala
la teoría de las élites, se opone a la idea democrática de igualdad, del
mismo modo que la noción de una minoría gobernante se opone a la
30 teoría democrática del gobierno de mayoría. Se abre, así, una polémica
con la teoría de Joseph Schumpeter.
Schumpeter sostiene una discusión con la concepción clásica de la
democracia que ponía en primer lugar el poder del electorado para
decidir sobre las controversias políticas y, en segundo lugar, la relación

Idem.
35

Idem, p. 291.
36

Véase, Thomas Bottomore, Minorías Selectas y Sociedad, Madrid: Editorial Gredos,


37

1965.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

de dicha opinión pública con el cuerpo “representativo” que habría


de resguardarla. Schumpeter desplaza la centralidad de la voluntad
general presente en la concepción clásica, en cuanto toma de decisiones
socialmente vinculantes, hacia una concepción que considera más realista,
en donde la competencia por el caudillaje político, que entiende libertad
de competencia como la libertad de voto, adquiere mayor centralidad.
De esta forma, el sistema político aparece como análogo al sistema económico
por la vía competitiva, y la democracia es descrita como un sistema
institucional para llegar a la toma de decisiones de contenido político,
en el que los individuos adquieren el poder de decidir mediante la
competencia por el voto del pueblo. Schumpeter rompe igualmente con
el mito socialista que señalaba que la democracia sólo era posible en su
dimensión real en un sistema no capitalista, aludiendo a que, después
de todo, la gestión efectiva de la economía socialista significa dictadura
en la fábrica, no del proletariado, sino sobre el proletariado, y, en esta
medida, esa democracia no representaría mayor grado de libertad
personal, deviniendo incluso un engaño mayor que el de la democracia
capitalista38.
Por lo tanto, el principal impulsor de una teoría de las élites no es la
democracia, sino el marxismo. A pesar de ello, Bottomore reconoce varios
aportes del marxismo, entre ellos el intento de analizar rigurosamente
las fuentes del poder político y de explicar los cambios fundamentales
del régimen político. No obstante, se inscribe entre quienes critican
el evolucionismo marxista, que supone que el antagonismo de clase
derivará en la emancipación final del ser humano, anteponiendo a ello
el crecimiento de una “clase media”, una diferenciación mucho más
compleja de posiciones sociales y una separación entre el poder político
y el poder económico, fruto de la introducción del sufragio universal39.
Para Bottomore, la teoría de élites supone que todos los hombres que
ejercen el poder constituyen un grupo coherente. En este caso, decide
acercarse a Weber y emplear la metodología de los tipos ideales para
conceptuar la clase dirigente. Bottomore reconoce que la clase dirigente
no es una clase, al menos no bajo las características marxistas. La clase
dirigente exige la movilización social que habilite la circulación de élites
31
para que la misma pueda existir, de modo que si bien es cierto que la
clase dirigente tiende a prolongar su poder en el tiempo (a través de la
herencia de las fuentes del poder que la sustentan –bienes económicos,
por ejemplo–) requiere necesariamente un movimiento familiar en los
distintos niveles sociales, que le mantengan viva.

38
Véase Joseph Schumpeter, Capitalismo, Socialismo y Democracia, Buenos Aires:
Ediciones Orbis, 1983, p. 343.
39
Véase Thomas Bottomore, Sociología Política, Madrid: Aguilar, 1982.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Bottomore termina por decirle sí a las minorías selectas, pero como


vanguardia del proceso social, no como minoría dirigente. Señala que
es posible acabar con la ficción según la cual la relación entre élites y
sociedad deviene necesariamente una relación jerárquica opresiva y que,
por el contrario, es posible construir una relación en la cual se rescate el
carácter creativo de las primeras y el ámbito de relación de la segunda.
La igualdad de Bottomore es una igualdad de oportunidades que sólo
puede tener lugar en una sociedad sin clases o minorías selectas, con
lo que la idea de oportunidad no significaría una lucha por elevarse a
una clase superior, sino la posibilidad de que cada individuo desarrolle
plenamente las cualidades de inteligencia y sensibilidad que poseyese
como persona en libre asociación con otros hombres40.

32

Véase, Thomas Bottomore, Introducción a la Sociología, Barcelona: Editorial Península,


40

1968; La Sociología como Crítica Social, Barcelona: Editorial Península, 1976.


Minorías selectas, poliarquía y élites
En un segundo momento del desarrollo de la teoría de las élites, que
históricamente podríamos ubicar en el periodo final de la Guerra
Fría, encontramos dos aproximaciones bastante representativas del
pensamiento liberal, la de Raymond Aron (2.1.) y Robert Dahl (2.3.),
para quienes –en una lectura alternativa a la de Mills sobre el problema
del poder–, éste no está, de hecho, tan concentrado como la teoría elitista
quiere mostrar, sino que existe una pluralidad de grupos influyentes y de
élites sociales, cada uno de los cuales ejerce su influencia en determinados
sectores específicos, pese a que, como en el caso de Dahl, particularmente,
todos los procedimientos democráticos sólo tienen plausibilidad cuando
una élite tecnocrática, por su conocimiento y manejo adecuado del
conjunto de las instituciones democráticas, sustituye al “pueblo”. En uno
y en otro, el “gobierno del pueblo” deviene “gobierno para el pueblo y
por el pueblo pero sin el pueblo”, en unos casos por la diseminación del
poder en una pluralidad de perspectivas político-institucionales, y, en
otros, por la complejidad de los sistemas sociales, que sólo determinadas
minorías pueden manejar técnicamente. Ello no estará muy lejos de la
posición de Sartori quien, en su teoría decisional de la democracia –como
veremos– consagra el manejo elitista como el único medio efectivo para
un sistema democrático.

Aron: minorías selectas


Raymond Aron concentra su atención en la posibilidad de establecer una
relación entre minorías selectas (élites) y clases sociales41. Dicha relación
parte de la distinción entre minorías selectas –grupos funcionales
principalmente constituidos por individuos que ejercen profesiones
liberales y tienen una posición elevada (por cualquier razón) en una
sociedad–, clase política –grupos que ejercen poder e influencia política y
se hallan empeñados en luchas por la jefatura de la misma– y élite política
–compuesta por individuos que ejercen efectivamente el poder político 35
en una sociedad y un tiempo determinados–.
La dificultad de esta relación coloca su acento en la clase política (de difícil
delimitación), que al mismo tiempo comprende la existencia de contra-élites
(como, por ejemplo, los jefes políticos que no se han hecho al poder, o los
nuevos intereses que la misma dinámica moderna hace surgir). Cuando
Aron piensa la relación de esta estructura social con el régimen político

41
Véase, Raymond Aron, La Lucha de Clases, Barcelona: Seix Barral, 1961.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

imperante, considera la democracia como un régimen que habilita un


equilibrio en la pluralidad de las minorías42.
De este modo, Aron conserva la crítica a la posibilidad de entender
la democracia como gobierno por el pueblo (debido principalmente a la
complejidad de las sociedades actuales, que obligan necesariamente
al carácter representativo de las mismas –minoritario–) y califica al
régimen de gobierno para el pueblo. La democracia estabiliza tres factores
fundamentales para la preservación de esta relación:
• un gobierno capaz de resolver las disputas entre los grupos, de ejecutar
las medidas que exigen el interés general;
• una administración económica eficaz que conserva su movilidad, y
• la limitación de los individuos y los colectivos que persiguen la
transformación total de la sociedad.
Su crítica a la sociedad sin clases consiste en identificar la misma como
la imposibilidad por parte de la sociedad de apelar a algún medio que le
permita una posible defensa contra la élite (el partido único), construyendo,
de ese modo, su alternativa, de alcance más limitado, que apela a una
descentralización más radical del poder (que no implica necesariamente
autogobierno) y que se enriquece de una mixtura entre el marxismo, con
la colectivización corporativista de la propiedad, y el capitalismo, y la
dinámica mercantil bajo esta apropiación corporativa-colectiva43.

Dahl: poliarquía, tecnocracia y élites


El aporte de Robert Dahl a la teoría de élites se inicia con el estudio de la
ciudad norteamericana de New Haven, en la que analiza la composición
de las élites locales: el seguimiento histórico de los grupos dirigentes de la
ciudad le permitió observar el paso de una oligarquía patricia que dominaba los
recursos de forma acumulativa, al equilibrio de los diferentes grupos de líderes,
cada uno de los cuales tenía acceso a un recurso de poder diferente44.
Dahl caracteriza el orden democrático con cuatro premisas fundamentales.
La primera es la participación efectiva: “en todo proceso de adopción de
36 decisiones obligatorias, los ciudadanos deben contar con oportunidades
apropiadas y equitativas para expresar sus preferencias con respecto a la
solución final”45; la segunda, la igualdad de votos en la etapa decisoria:

42
Véase, Raymond Aron, Democracia y Totalitarismo, Barcelona: Seix Barral, 1961.
43
Véase, Raymond Aron, Introducción a la Filosofía Política: Democracia y Revolución,
Barcelona: Paidós Ibérica, 1999.
44
Robert Dahl, “Límites y posibilidades de la democracia”, en La Democracia y sus
Críticos, Barcelona: Paidós, 1991, pp. 257-360.
45
Idem, p. 134.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

“a todo ciudadano debe garantizarse igualdad de oportunidades para


expresar una opción, cuyo peso se considerará igual al de las opciones
expresadas por cualquiera otros ciudadanos”46; la tercera, la comprensión
esclarecida, y la cuarta, el control del programa de acción47. Este análisis le
permite definir las sociedades democráticas con el principio de equilibrio
de poderes. Según este principio, el Estado, sujeto a multitud de presiones
diferentes, tiene como misión reconciliar los intereses de los diferentes
intereses de grupo, tratando de mantener una cierta neutralidad y dando
soluciones a los posibles conflictos, con lo cual posibilita el mantenimiento
de una política democrática, competitiva y pluralista.
En un sistema político cuyos miembros se consideran unos a otros iguales,
son colectivamente soberanos y poseen todas las capacidades, recursos
e instituciones necesarios para autogobernarse, se debe tener presente
una distribución equitativa de poder. Esta igualdad se traduce en un cuerpo
“colectivamente soberano”, con capacidad para autogobernarse. En las
sociedades complejas, el sistema representativo parece la única alternativa
viable para el ejercicio de esta soberanía colectiva.
En el gobierno democrático que intentamos clasificar, el poder final de las
decisiones debería ser ejercido por lo que Dahl llama “mezclados”, una
combinación entre todos los intereses de la sociedad, lo cual permitiría
asegurar la máxima representatividad de las decisiones políticas. Este
modelo sugiere una sociedad pluralista, con subsistemas autónomos, que
derivan en parte de las propias capacidades, recursos e instituciones
necesarios para el autogobierno con que cuentan los individuos. En
estas condiciones es natural que los intereses al interior de la sociedad se
traduzcan en subsistemas capaces de alimentar al sistema con demandas
particulares articuladas.
No obstante, Dahl hace una crítica a la teoría de élites de Mosca por poseer
un alto grado de universalidad y de imprecisión conceptual48. Dahl hace
una reinterpretación de Mosca y le da centralidad al problema de los
regímenes políticos. Según su concepción, la permanencia en el poder de
una élite en modo alguno significa que no se haya operado ningún cambio
de fondo en la sociedad. La democracia representa un cambio con respecto
a la relación dirigentes-dirigidos, al menos si se tiene como referencia
37
un régimen autoritario o personalista previo (fenómeno del cual, Mosca
no consigue dar cuenta). No obstante “la poliarquía es un régimen con
un conjunto singular de instituciones políticas que, en su conjunto, lo
diferencian de otros regímenes. Puede considerarse que la poliarquía es un
gobierno en que las instituciones indispensables para el funcionamiento
del proceso democrático existen en un nivel que supera cierto umbral. Si

46
Idem.
47
Idem, p. 138.
48
Véase Robert Dahl, La Poliarquía, Buenos Aires: Editorial Rei, 1989, pp. 27-28.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

bien las poliarquías son la realización histórica más completa del proceso
democrático en la gran escala del Estado Nacional”49.
La democracia, según Dahl, potencia dos movimientos: el debate público
(liberalización) y los derechos de participación (representación). El proceso
de liberalización, como posibilidad de manifestación de la opinión
pública, permite que un régimen político de carácter hegemónico
se desplace a uno más competitivo, o una oligarquía competitiva se
transforme en una poliarquía.
Estos procesos han llevado a una creciente democratización que lleva a la
sociedad a un Estado de poliarquía (concepto que considera más preciso
para caracterizar las democracias imperfectas).De algún modo, el papel
central que Dahl le otorga a la competencia electoral, en tanto reguladora
de la circulación de élites, implica que la política tenga en consideración
las preferencias que manifiestan las mayorías, de tal forma que sea
improbable para la minoría dominante prever sus acciones50.
El cambio de escala y sus consecuencias –el gobierno representativo, la
mayor diversidad, el incremento de las divisiones y conflictos– contribuyó
al desarrollo de un conjunto de instituciones políticas que distinguen
la moderna democracia representativa de todos los restantes sistemas
políticos, ya se trate de regímenes no democráticos o de los sistemas
democráticos anteriores. A este régimen se lo ha denominado poliarquía:
“Puede concebirse la poliarquía de diversas maneras: como
resultado histórico de los empeños por democratizar y
liberalizar las instituciones políticas de los Estados nacionales;
como un hito peculiar de régimen político, diferente en
aspectos significativos no sólo de los sistemas no democráticos
de toda laya, sino también de las anteriores democracias
en pequeña escala; como un sistema de control político
(a lo Schumpeter) en que los principales funcionarios del
gobierno son inducidos a modificar su proceder para ganar
las elecciones en competencia política con otros candidatos,
partidos o grupos; como un sistema de derechos políticos;
o como un conjunto de instituciones necesarias para el
38 funcionamiento del proceso democrático en gran escala. Estas
diferentes nociones sobre la poliarquía se complementan”51.
Para Dahl52, el aumento de la escala de la democracia tuvo las siguientes
consecuencias: la asamblea de ciudadanos de la democracia antigua fue

49
Robert Dahl, La Democracia y sus Críticos, Barcelona: Paidós, 1993, pp. 213-331.
50
Idem, p. 265.
51
Idem, p. 264.
52
Robert Dahl, “Límites y posibilidades de la democracia”, en La Democracia y sus
Críticos, Barcelona: Paidós, 1991, pp. 257-360.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

sustituida por los representantes actuales, adoptándose la representación


como elemento de la democracia moderna. Los primeros intentos por
democratizar al Estado nacional se dieron en países con legislaturas
cuya finalidad era representar los intereses sociales diferenciados
(aristócratas, terratenientes, comerciante, plebeyos, etc.). Cuando el
locus de la democracia se trasladó al Estado nacional, la proporción de
ciudadanos que podía congregarse o participar disminuyó; de allí, que
para aplicar la igualdad política a la escala del Estado nacional fuera
necesario pasar de la democracia “directa” de las asambleas ciudadanas
a un gobierno representativo –necesidad que fue presentada por Mill
como obvia–.

Como consecuencia del mayor tamaño, algunas formas de participación


política quedan inherentemente más limitadas en las poliarquías que
en las antiguas ciudades-Estados, donde existían posibilidades teóricas
que ya no existen en un país democrático, debido a que la participación
efectiva disminuye con la escala, aunque se recurra a medios electrónicos
de comunicación; ahora existen gobiernos representativos con electorados
que gozan de amplios derechos y libertades individuales y conviven
en medio de gran diversidad. Los anteriores aspectos –representación,
extensión ilimitada, límites a la democracia participativa, diversidad,
conflicto– contribuyeron al desarrollo de instituciones políticas que
diferencian a la democracia representativa moderna de otros sistemas
políticos; este régimen es llamado por Dahl poliarquía.

En cuanto a las características de las poliarquías, Dahl señala que en éstas


los adultos gozan de los derechos políticos primarios; además, existe la
posibilidad de oponerse al gobierno.

Entre las instituciones de la poliarquía necesarias (pero no suficientes)


para la democracia en el Estado nacional, Dahl reseña:

1. funcionarios electos: el control de las decisiones de políticas públicas


corresponde a los funcionarios electos;
2. elecciones libres e imparciales: los funcionarios son elegidos mediante
voto;
3. sufragio inclusivo: casi todos los adultos tienen derecho al voto; 39
4. derecho a ocupar cargos públicos;
5. libertad de expresión;
6. variedad de fuentes de información;
7. autonomía asociativa.
Los países varían de acuerdo al grado en que sus gobiernos satisfacen
los criterios del proceso democrático o sustentan las instituciones
indispensables para una poliarquía. Estas instituciones son:
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

1. los funcionarios electos deben, por mandato constitucional, ejercer


control de las decisiones gubernamentales sobre las medidas
oficiales;
2. los funcionarios son elegidos y sustituidos por otros (pacíficamente)
mediante elecciones libres e imparciales, con un grado limitado de
coacción;
3. prácticamente todos los adultos tienen derecho a votar en las
elecciones;
4. la mayoría de los adultos tienen derecho a ocupar cargos públicos
presentándose como candidatos en las elecciones;
5. los ciudadanos tienen derecho a la libertad de expresión política,
incluyendo la critica a los funcionarios, a la conducción del Estado, al
sistema político, económico y social, y a la ideología prevaleciente;
6. los ciudadanos tienen acceso a diferentes fuentes de información,
la cual no está monopolizada por el gobierno ni por ningún otro
grupo;
7. los ciudadanos tienen derecho a la libertad de formar asociaciones
autónomas, incluidas asociaciones políticas (partidos políticos, grupos
de interés, etc.).

Las pautas de desarrollo relevantes de una poliarquía son:


1. cuando en un país con un régimen no poliárquico (RNP) surgen y
perduran condiciones favorables, es probable que haya una transición
hacia la poliarquía y que ésta persista; entonces: RNP  poliarquía
estable;
2. si en un país con un RNP no surgen condiciones favorables o éstas
son exiguas, no habrá transición hacia la poliarquía: RNP  RNP;
3. en un país con RNP, condiciones heterogéneas o temporalmente
favorables, las posibilidades son:

40 a. la poliarquía colapsa en un periodo breve (menos de 20 años):


RNP  poliarquía  RNP;
b. igual que en a. pero con una redemocratización: RNP  poliarquía
 RNP  poliarquía;
c. igual que en b, sólo que la poliarquía no se consolida y el sistema
oscila entre ésta y RNP: RNP  poliarquía  RNP  poliarquía
 etc.

Otras explicaciones para entender la ausencia o presencia de la poliarquía están


relacionadas con lo que Dahl denomina “sociedades modernas, dinámicas y
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

pluralistas” (MDP), las cuales pueden posibilitar la poliarquía53. Sin embargo,


para Dahl la existencia de una sociedad MDP no es suficiente para que exista
una poliarquía. Una sociedad MDP, con control de los medios para ejercer la
violencia coactiva, no basta para producir una poliarquía. Para que la poliarquía
funcione bien en países con amplio grado de pluralismo subcultural, hay que
recurrir a la solución de la “democracia consociativa”. Dado que muchos países
pocos desarrollados no sólo están desgarrados por conflictos subculturales,
sino que carecen de otras condiciones favorables a nivel económico, político
y social (que en ellos son bastante endebles), por tanto es difícil que surjan
poliarquías estables.
Finalmente, para Dahl, la legitimidad de la poliarquía está basada en
tres proposiciones:
1. el grado en que los activistas creen en la legitimidad de la poliarquía;
2. la independencia de la poliarquía de las características culturales y
económicas del país;
3. la creencia de la población en la legitimación de las instituciones po-
liárquicas, la cual potencia la posibilidad de subsistencia de la misma.

Democracia decisional: Sartori


Sartori pretende en este texto mirar la teoría de la democracia, pero
desde la perspectiva de la toma dediciones: a) individuales, b) grupales,
c) colectivas, d) colectivizadas. Las primeras, las toma cada individuo,
independientemente de si es movido por influencias externas o
siguiendo su propio criterio. Las segundas, las toma un grupo concreto,
un conjunto de individuos relacionados que participan en la adopción
de tales decisiones54. Las terceras son aquellas que adoptan muchos,
presuponen un agregado humano considerable que no puede actuar
(grupos concretos)55.
En las decisiones colectivizadas –a nivel de las grandes dimensiones– puede
decirse que la política consiste en decisiones sustraídas a la competencia
de cada individuo como tal y que alguien las adopta por algunos otros. Las
decisiones deciden por todos solamente en el sentido de que su decisión
recae sobre cada uno. Para Sartori, cualquier colectividad organizada
se somete a normas de colectivización. Las razones que justifican las
41
decisiones colectivas están relacionadas con imperativos tecnológicos, el
servicio y las necesidades de bienes colectivos de las sociales actuales.
Ahora Sartori entra a analizar los riesgos externos y costes de la decisión
basado en los siguientes axiomas:

53
Idem, pp. 302-303.
54
Giovanni Sartori, “Una teoría decisional de la democracia”, en Teoría de la Democracia,
Buenos Aires: REI, pp. 261- 318.
55
Idem, pp. 261-262.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

1. todas la decisiones de grupo o colectivas suponen costes internos, es


decir, costes para los que adoptan las decisiones;
2. todas las decisiones colectivizadas implican riesgos externos, es decir,
riesgos para los destinatarios, para aquellos que reciben las decisiones
de fuera, ab extra56.
Sartori sostiene que los costes de las decisiones son costes intragrupo y
que son atribuidos a quien decide. Los riesgos externos son extragrupales
y son remitidos a la colectividad por quien se toma las decisiones.
Cuando se habla de costes internos, se hace referencia a los costes del
proceso de decisión: tiempo, energía, utilidad y similares. Los riesgos
externos son riesgo. Un coste es determinante (ex-post), mientras un
riesgo no es determinante (ex-ante). Un riesgo es un tipo particular de
incertidumbre, una peligrosidad; es la pérdida (no la ganancia) lo que
se considera riesgo.
Finalmente concluye: a) las decisiones colectivas conllevan riesgos
externos; b) los riesgos externos pueden no traducirse en un daño;
pero, c) el problema consiste en aumentar los resultados beneficiosos y
minimizar los resultados perjudiciales. De ahí que la colectividad objeto
de decisiones que no sean las propias estén expuestas a un riesgo, puesto
que la atención se centra en los riesgos políticos, que son dos: riesgos de
daños de opresión y riesgos derivados de la incompetencia, la estupidez
o de intereses siniestros.
Los riesgos externos se producen sólo cuando se colectiviza un ámbito
de decisión, y cualquier cosa que suceda en términos de pérdidas y
ganancias dentro del grupo que participa en esa decisión es irrelevante.
Para que se colectivice una decisión debe existir: a) un cuerpo que decide;
b) un grupo externo expuesto al riesgo, porque no puede decidir por sí
mismo. El axioma 1 (costes internos) asume que las necesidades grupales
(colectivas) implican costes de adopción de la decisión. Una decisión de un
hombre (dictadura) tiene un coste decisional cero: este sólo asume costes
psicológicos, irrelevantes para el problema en cuestión. Lo primero es
que las decisiones sólo tienen un coste con más de un decidor; segundo,
los costes son procedimentales, de trabajo y de tiempo57. Finalmente, el
42 órgano que adopta las decisiones tiene costes y la colectividad receptora
asume riesgos; ambas nociones se definen estrechamente: los costes
son sólo internos y procedimentales; los riesgos son sólo externos y
relacionados con el perjuicio.
En los costes decisionales, la variable es el número de personas que
participan en la decisión; cuando es mayor el número, es mayor el coste

56
Idem, p. 264.
57
Idem, p. 266.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

de adopción de decisiones (coste de decisión en función del tamaño del


cuerpo decidor). La fórmula es la siguiente: cada participante tiene voz
y voto independiente, el número de decisiones está en relación directa
con el coste de las decisiones. Para Sartori, será irracional ampliar el
órgano decisorio que incremente costes sin justificación. La razón de
la ampliación, en primera instancia, será proteger a terceros (reducir
riesgos externos); y, segundo, el número de decisores está en relación
inversa con los riesgos externos (órgano decisor crece, disminuyen
riesgos externos).
Sartori entra a definir cómo conformar el órgano de decisión, teniendo en
cuenta dos variables: 1) el método de formación del órgano decisorio:
cómo se nombra o recluta y cuál es su composición o naturaleza; 2) la
norma que rige la toma de decisiones: los principios y procedimientos
de la adopción de decisiones. La primera reduce los riesgos externos y la
segunda incide en los costes de la adopción de decisiones.
La regla de la mayoría se utilizará donde no se puede practicar unanimidad.
En la regla de la mayoría se subsumen tres magnitudes: a) la mayoría
cualificada (mayoría de dos tercios); b) la mayoría simple o absoluta (50
por 100 más 1), y c) la mayoría relativa o pluralidad (minoría mayoritaria: una
cantidad inferior a la mayoría del 50 por 100). Cada una de las mayorías se
mide con el universo, con los que están presentes o votan. Los criterios
de mayoría se escogen porque reducen costes de decisión y con ello
aseguran que un asunto no quedara sin decidir, además de reducir los
riesgos externos. Esta es la razón de que las reformas constitucionales
exijan mayorías cualificadas y de que las decisiones importantes requieran
de mayoría absoluta. Las minorías carecen de poder para decidir, y no
pueden imponer sus preferencias, sólo las pueden proteger58.
Sartori explora igualmente los resultados de las decisiones y sus contextos,
haciendo referencia a las reglas con las cuales se adoptan decisiones y la
relación con la naturaleza del resultado. La pregunta es: ¿cómo se decide,
con qué resultado final? Este nuevo aspecto trae nuevos elementos: a)
el tipo de resultado; b) el contexto de la decisión; c) la intensidad de la
preferencia. El tipo de resultado está relacionado generalmente con si es
provechoso en la modalidad de suma positiva, o no lo es en la modalidad de
43
suma cero. Un juego es de suma cero cuando un jugador gana exactamente
lo que otro pierde (el problema es ganar). Este juego sólo se reduce a
ganar o perder; un juego de suma positiva es cuando todo jugador gana
(partir y redistribuir ganancias).
En teoría de juegos, la suma positiva es interpretada como juego de
cooperación y negociación. Cuando la anterior teoría (teorías de juegos)
se desplaza hacia la política, se hace necesario comprender que la política

58
Idem, pp. 271-272.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

de suma positiva no tiene por qué ser de cooperación, pero puede ser
el resultado de una combinación de cooperación y conflicto. Si nos
alejamos de una política como guerra y nos acercamos a una política
como negociación, nos estaríamos moviendo de una política de suma
cero a una de suma positiva59.
Lo anterior tiene que ver también con la intensidad de la preferencia. Esta
dimensión plantea cómo cada problema suscita un grado diferente de
afecto, compromiso o desinterés, lo que determina la intensidad desigual
de las preferencias individuales. Estas varían por diversas o por su
mayor o menor intensidad. En este contexto surge la pregunta por las
minorías intensas y las razones por las que triunfan y consiguen lo que
se proponen. La respuesta es que hay grupos concretos, cuyo impacto
y fuerza de atracción son activados y explicados por la intensidad. Esta
intensidad se puede presentar alrededor de un solo problema o en torno
a una serie de subproblemas circunscritos a uno fundamental. De ahí que
las mayorías intensas se disuelvan a medida que cambia el problema. La
mayoría intensa es ocasional, mientras los pequeños grupos son iguales
de intensos y duraderos ante un conjunto global de problemas.
La diferencia sustancial reside en que las minorías intensas son reales,
en tanto que las mayorías intensas son agregados efímeros y, a la vez,
están movilizadas por minorías intensas60. Lo anterior lleva a concluir
a Sartori que la ley formulada por Mosca se comprueba, que es verdad
que las minorías gobiernan, reconociendo que hay minorías controladoras
dirigiendo el discurso de la historia. La intensidad se traduce en actividad,
el activo ata al inactivo, llevando a que triunfen activos e intensos –que
son grupos pequeños– frente a conjuntos amorfos y pasivos. Tales grupos
pueden ser sectarios, sediciosos o autodestructivos, lo cual contribuye a
explicar por qué el éxito de las minorías intensas es poco frecuente.
En esta línea Sartori se interesa en la relación entre los comités y la
unanimidad, en cuanto que el mecanismo para conseguir un acuerdo en el
seno del grupo consiste en que la parte no intensa cede ante los miembros
que sienten el problema con mayor intensidad. Lo anterior es conocido
como los grupos decisorios o comités. El concepto de comité responde a
tres características:
44
1. un comité es un grupo pequeño que se comunica personalmente y
cuyos miembros se influyen mutuamente (grupo compuesto por tres
miembros para que la relación sea triádica);
2. un comité es un grupo duradero e institucionalizado, porque su
existencia es reconocida legal o informalmente por el hecho de que
ciertas cosas tienen que hacerse a través de un grupo concreto; está

59
Idem, pp. 273-274.
60
Idem, p. 277.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

institucionalizado por las tareas que se le asignan, y es duradero


cuando sus miembros actúan como si fueran permanentes;
3. un comité es un grupo decidor, en el que el flujo de decisiones determina
la existencia de un interlocutor de tipo comité. Así, cuando se habla
del comité, se hace referencia a un contexto decisional continuo, a
diferencia de las decisiones concretas sobre temas aislados61.
La importancia del comité está corroborada por las siguientes consi-
deraciones: a) los comités no son en parte visibles y no se tiene
conocimiento de ellos por su dispersión y fragmentación; b) el sistema
de comité es la parte más omnipresente, crucial y peor entendida del
contenido real de la política, cuando todas la decisiones que adopta una
comunidad política son examinadas previamente por uno o más comités.
El gobierno, al ser un comité, es el que decide en última instancia. Los
comités funcionan pocas veces sobre la base de la mayoría. Las decisiones
no se someten a votación: las decisiones son unánimes, pero no se someten
a la regla de la unanimidad y cada miembro tiene poder de veto.
Los miembros del comité logran acuerdos unánimes, porque cada
componente del grupo supone que, a cambio de avenirse en la discusión
de un problema, los demás accederán con ocasión de otro problema.
Hay reciprocidad en las concesiones (código operacional): doy algo para
recibir. Los miembros se comprometen a intercambios con objetivos
puestos en el futuro: este elemento temporal genera la compensación
recíproca diferida62.
Sartori busca finalmente concluir que las decisiones de los comités son
de forma positiva (compensación reciproca diferida), en las que todos
los miembros del grupo están dispuestos a ganar y es un juego continuo.
Cuando el comité asume crisis adoptan la decisión por mayoría, pero
cuando ésta se vuelve continua, el comité está funcionando y deja de ser
comité. El principio de mayoría es la línea divisoria entre comités y no
comités. Las decisiones adoptadas por comité son de suma positiva y las
que adoptan por el principio de mayoría son de suma cero.
El criterio de la mayoría impone una estructura dicotómica de opción tal
que los votantes y los que toman la decisión se ven forzados a expresar su
45
primera preferencia. Al contrario, los comités permiten ordenaciones de
las preferencias y estimulan acuerdos en segundas o terceras preferencias.
Sartori refuerza como el principio de mayoría es de suma cero. Cualquier
grupo que decide mayoritariamente: a) aborda cada problema como un
problema aislado; b) desemboca, problema a problema, en un resultado
de suma cero; c) premia la formación o estabilización de una mayoría
que lo gana todo.

61
Idem, pp. 279-280.
62
Idem, p. 281.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Sartori aborda también la concomitancia de comités, participación y demo-


distribución. El comité que opera en una democracia adquiere caracteres
propios. Sartori analiza los comités que se dedican a los múltiples ámbitos
(formulación de políticas), los cuales proliferan más en las democracias
que en las autocracias. Una razón es que un cuerpo decidor se agranda,
generando en su ámbito un grupo más pequeño. Lo anterior se presta
a dos interpretaciones de signo contrario: equivale a un desarrollo
de anticuerpos y representa un desarrollo antidemocrático, o bien es
congruente con el desarrollo pluralista de la democracia.
Esta última opinión acepta que la proliferación de comités maximiza
la democracia participativa, proporcionando nuevos lugares para la
participación real. Empero este último argumento no tiene valor, puesto
que la participación no tiene otro significado que el de tomar parte
en persona: la participación es una proporción que puede expresarse
como una fracción y relacionarse con una frecuencia. Cuando se
habla de participación electoral y de participación de masas, se estima
excesivamente el concepto para que indique una participación simbólica
de estar incluido. Lo anterior genera dudas acerca de que el comité sea
la unidad óptima de participación real63.
De ahí que Sartori pasa a preguntarse si los comités y las democracias son
opuestos entre sí, o si los comités son una rémora para la democracia
o significan un apoyo para la misma. Al hablar de democracia como el
poder del pueblo, nada se ajustará nunca a este significado. La formación
de macrodemocracias y su profundización es más en términos de su
producto de demo-distribución, mientras lo que hay que generar es
más igualdad en los beneficios y menor desigualdad en las pérdidas
para el pueblo. Para la gente, el gobierno popular difícilmente significa
que el pueblo deba hacerse con el poder, más bien es la satisfacción
de las necesidades populares. Al mirar la democracia como producto,
un sistema de comités genera un sistema de adopción de decisiones
que sustenta la demo-distribución. Entonces los pagos colaterales
traspasan los umbrales del comité y se convierten en pagos externos,
extendiéndose al universo de los representantes (sistema decisional de
suma positiva)64.
46
El principio de mayoría implica resultados de suma cero en los siguientes
casos: a) elecciones, b) referendo y c) siempre que una mayoría concreta
es relativamente estable y cristalizada. Así pues, la regla de la mayoría
no es una regla de suma cero. En la práctica y en el ámbito de la política
democrática, esto equivale a decir que, si bien los parlamentos se rigen
por el principio de mayoría, la adopción de decisiones puede resultar
de suma positiva: a) si sus mayorías son cíclicas; b) si una mayoría

63
Idem, pp. 286-287.
64
Idem, pp. 287-288.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

parlamentaria es permeable; c) si carece de disciplina o muestra escasa


unión. Cuando dichas circunstancias no se dan en el contexto de la decisión, el
comité está aislado y la regla de la mayoría es de suma cero.
Para Sartori, el sistema ideal de toma de decisiones tiene que satisfacer los
siguientes requisitos: a) dar la misma importancia o peso a cada individuo;
b) conferir el mismo peso a las intensidades; c) equilibrar resultados de
suma cero o de suma positiva; d) minimizar riesgos externos; e) minimizar
costos de la adopción de decisiones. Lo que genera que no haya principio
o sistema de adopción que satisfaga las anteriores exigencias65.
Por último, Sartori realiza una evaluación profunda de los comités y
tiende a favorecerlos. En primera instancia, los grupos pequeños, cuyos
miembros están relacionados directamente y disponen de códigos
operacionales, permiten una elaboración discutida y razonada de las
decisiones:
1. los comités pretenden ser la unidad óptima de la formación de
decisiones;
2. no solo dan cuenta de la intensidad desigual de las preferencias, la
utilizan eficazmente;
3. permiten la reducción de los riesgos externos, sin incremento del costo
de las decisiones;
4. arrojan resultados de suma positiva para la colectividad (demo-
distribución);
5. las minorías sustantivas (étnicas, religiosas o de otro tipo) que son
derrotadas, encuentran en el comité el lugar en que sus reivindicaciones
preferidas más intensamente pueden llegar a ser aprobadas.
Las decisiones no son producto de la mayoría, ni de la regla de
unanimidad. Las decisiones unánimes o cuasi-unánimes de los comités no
derivan de la mayoría, ya que su elemento esencial, el veto, no concuerda
con el código operacional de las compensaciones recíprocas diferidas.
La variable intensidad crea un área intermedia que no es mayoritaria y
no transforma la regla de la mayoría en una regla de minoría sustantiva.
Más bien, se afirma que entre más acentuada es la intensidad, mayor es 47
el número de decisiones de tipo comité.

65
Idem, pp. 290-291.
Poder, clases sociales y élites
En este apartado, el escrito se orienta a exponer, en primer lugar, la reflexión
del pensamiento francés estructuralista-postestructuralista sobre el poder,
que inaugura lo que podríamos denominar una nueva unidad de análisis
de la teoría y la ciencia política, superando la concepción monolítica que lo
reducía al Estado y poniendo de presente la red de vectores que el poder
supone, tanto a nivel micro como macrosocial. Concepción que si bien no
es un tratamiento específico de las élites, aborda la problemática a través
de una tensión que recorre su planteamiento: en un polo, la existencia de
“élites” que encarnan el poder en multiplicidad de situaciones políticas y
sociales, pero, de otro, confrontadas permanentemente por otras minorías
que ejercen sobre el poder estrategias de resistencia espontáneas y variadas
(3.1.). Mayo del 68 fue, de hecho, el ejercicio de estas “minorías actuantes”
que pulularon por toda Francia y, más tarde, por Europa entera como
expresión de microresistencias generalizadas que pusieron en calzas prietas
al poder establecido.
Pero el discurso estructuralista-postestructuralista cae, pese a estos efectos
prácticos colaterales y no propiamente previstos, en una abstracción de los
mecanismos concretos y específicos de dominación ejercidos, precisamente,
por las minorías en el poder. En ese orden, el trabajo de Poulantzas permite
articular la dimensión del poder con la del Estado y de estos con las clases
sociales que detentan el poder a través, específicamente, del Estado. La
categoría de bloque en el poder constituye un paso adelante en la reflexión
sobre las élites, en la medida que permite comprender cómo el bloque en el
poder se articula a través de la dominación de una fracción hegemónica y
cómo esa fracción hegemónica se articula a través de élites o minorías a su
interior. Minorías económicas, políticas y sociales que, además, se articulan
con élites burocráticas al interior del Estado para concretar la red de poder
institucional que el postestructuralismo no alcanzaba a captar (3.2.).

(Post)estructuralismo y poder
51
Tal como Foucault lo mostró a lo largo de todas sus investigaciones, tanto
la estructura del poder como la del Estado han cambiado sustancialmente
en los últimos cincuenta años. En un simposio en la Universidad de
Vincennes, Foucault definió esos cambios como un replanteamiento
estructural del “Estado providencia” y, con ello, como el surgimiento de
un Estado cualitativamente diferente y, en consecuencia, como una nueva
economía del poder66.

Michel Foucault, “Nuevo orden interior y control social”, Revista Viejo Topo (Extra
66

No. 7), Barcelona: 1976.


La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Esta reestructuración se hacía manifiesta en un repliegue aparente del Estado,


caracterizado por los siguientes elementos:
• una ampliación del margen de tolerancia del Estado en zonas que no
eran claves para la supervivencia del sistema;
• la ubicación de áreas estratégicas donde el Estado no permite la más
mínima incidencia de la sociedad civil;
• la consolidación de un sistema de información que permite cubrir
todo riesgo potencial, sin necesidad de una vigilancia represiva
permanente;
• la constitución de consensos estadísticos para legitimar sus decisiones
a través de un manejo institucional de los medios de comunicación.
De esta nueva caracterización del Estado derivaba Foucault, como es
obvio, cambios sustanciales en el ejercicio del poder en la sociedad
contemporánea.
Foucault partirá de un cuestionamiento radical de los postulados
convencionales sobre el poder para plantear cuáles son sus nuevos
parámetros en las sociedades contemporáneas. Los postulados que, a su
entender, deben ser puestos en suspenso para lograr una reinterpretación
adecuada del poder son:
• el postulado de propiedad, que considera que el poder es poseído por
la clase dominante;
• el postulado de localización, que señala al Estado como el ámbito
exclusivo del poder;
• el postulado de subordinación, que subordina el poder a un modo de
producción específico;
• el postulado de modo de acción, que define a la coerción física e
ideológico-política como instrumentos de dominación, y
• el postulado de legalidad, que considera que en el derecho y la ley se
materializa el dominio del poder67.
Dejando de lado estos argumentos, no para negar su validez, sino para
52 que no contaminen, a priori, una perspectiva diferente en su análisis,
enuncia entonces Foucault la serie de proposiciones que definen la nueva
economía del poder en las sociedades contemporáneas:
• el poder se ejerce a partir de innumerables puntos, en un juego de
relaciones móviles;
• las relaciones de poder son inmanentes a toda situación particular,
micro o macropolítica;

67
Miguel Morey, Lectura de Foucault, Madrid: Taurus, 1983.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

• no hay matriz general del poder, sino que surge de acuerdo a cada
circunstancia;
• las relaciones de poder no son espontáneas sino intencionales,
ejerciéndose siempre hacia miras y objetivos específicos;
• el poder absorbe la verdad y utiliza el saber –así como el placer– como
mecanismo de control68.
La red de poderes que, como vectores invisibles, entrecruza la sociedad
contemporánea, tendrá como fin principal la interiorización del
orden institucional con vistas a conformar una sociedad disciplinante
y disciplinada. Este proyecto de dominación masivo, permanente
y homogéneo ya no amenaza de muerte sino que gestiona la vida,
ejerciéndose como anatomía política del cuerpo humano y biopolítica de la
población a través de una vigilancia jerarquizada, un cuerpo de sanciones,
procedimientos de selección y una disciplinización del sexo y la sensibilidad
que nos convierte en sujetos predispuestos al dominio.
Esta reconsideración del poder, aguda y punzante, será complementada
por otros autores en diferentes sentidos. Roland Barthes lo definirá
como un organismo trans-social, ligado a la historia del hombre, que no se
encuentra sólo en el Estado, sino que se desliza en las cuestiones sutiles
y cotidianas de la vida, incluso en los mismos impulsos liberadores que
intentan cuestionarlo69.
El poder se presenta, desde esa perspectiva, como un elemento plural en
el espacio y perpetuo en el tiempo histórico, que Barthes califica como una
libido dominandis, la cual, a través del lenguaje, se reproduce y multiplica
por el tejido social. Ante ello, la alternativa que nos queda es la literatura
como espacio del despoder, donde la dimensión utópica nos permite tomar
la distancia necesaria para relativizarlo y, cuando es necesario, incluso
desplazarse y abjurar de esa verdad que el poder termina utilizando para
someternos.
Elias Canetti realiza una de las aportaciones más singulares a esta
reinterpretación del poder70. Las entrañas del poder son exploradas por
Canetti desde una óptica que desborda la consideración socio-política
convencional, hundiéndose en las raíces del mismo y mostrando cuáles 53
han sido los símbolos, instrumentos y elementos que desde siempre han
caracterizado su ejercicio. Sin embargo, su aporte decisivo a este debate
viene, sin duda, representado por su análisis del secreto como médula del
poder, punto clave en el ejercicio contemporáneo de éste y del control que
ejerce sobre la sociedad.

68
Michel Foucault, Historia de la Sexualidad (Tomo I), México: Siglo XXI, 1984.
69
Roland Barthes, Discurso Inaugural, México: Siglo XXI, 1985.
70
Véase Elias Canetti, Masa y Poder, Madrid: Alianza Editorial, 1987.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Donde hay secreto hay poder. El conocimiento de algo y el desconocimiento


de ello determinan la relación de dominio entre las partes. La información
que alguien posee lo coloca en situación de ventaja frente a quien no la
posee. La dominación, individual y social, se estructura a partir de lo que
alguien o alguna clase o sector sabe y que no saben los demás. La dinámica
que se genera a partir de ello, constituye la esencia misma del poder que,
con nuevos mecanismos, no hace sino reproducir las prácticas primitivas
que desde entonces han definido su ejercicio.

Poulantzas: bloque en el poder

La cuestión del poder


Poulantzas se propone estudiar –en la órbita de reflexión, por supuesto,
que introdujo el estructuralismo de la década de los 60– un tema que, a
su juicio, constituye el problema capital de la teoría política, el del poder.
Este concepto tiene gran relación con el campo de las prácticas de clase,
dado que ese es su lugar de constitución, puesto que allí, debido a la
situación de predominio, existe una constante lucha de clases que genera
posiciones de dominación y subordinación entre ellas, lo cual es producto
de las relaciones de poder existentes. Pero, los conceptos de clase y de poder
son afines sólo en la medida en que estén circunscritos al campo de las
relaciones sociales71.
Sin embargo, como lo muestra en la primera parte de su obra, tal
concepción del poder genera una confusión sobre las estructuras, las
relaciones de las prácticas de clase y las relaciones de poder, que puede
llevar a una mala interpretación sobre la visión del marxismo en este
punto. En esa dirección, Poulantzas acude a una serie de autores, tales
como Renner, Schumpeter, Dahrendorf y otros, quienes buscan extender
el concepto de las clases sociales más allá de las relaciones de producción,
lo cual es uno de los principales factores para que se dé la confusión antes
mencionada, concluyendo acerca de ello que:
“Según los autores que he citado, las clases y el conflicto de
clases, lejos de fundarse en las relaciones de producción, se
fundarían en la distribución global, en todos los niveles, del
54 poder en el interior de las sociedades ‘autoritarias’, es decir,
sociedades caracterizadas por una organización global de
dominio-subordinación consistente en una distribución
‘desigualitaria’, en todos los niveles, de aquel poder”72.
Pero esto nos llevaría a un nuevo dilema, en el cual el problema sería ver
si la lucha de clases se fundamenta en las relaciones de poder o viceversa.

71
Nicos Poulantzas, “Sobre el Concepto de Poder”, en Poder Político y Clases Sociales en
el Estado Capitalista, México: Siglo XXI, 1976.
72
Idem, p. 119.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Ya está la visión economicista de que el concepto de clase social proviene


exclusivamente de las relaciones de producción, y que como tal, el
conflicto entre ellas –lo cual hace referencia a las relaciones de poder en
los términos ya establecidos– es producto de esta situación. Y, por otro
lado, está el punto de vista de los autores mencionados por Poulantzas,
lo cual genera dos miradas ciertamente erróneas, en cuanto, aunque las
relaciones de clase pueden estar en todos los niveles, la estructura de
éstos últimos no viene determinada por ellas:
“Lo exacto es que la estructura de las relaciones de producción,
lo mismo que la de lo político o de lo ideológico, no puede
captarse directamente como relaciones de clases o relaciones
de poder [...] sin embargo, es igualmente exacto que las
relaciones de clase constituyen, en todos los niveles de las
prácticas, relaciones de poder”73.
No se puede afirmar que las relaciones de poder se fundan en las relaciones
de clase o lo contrario. Justamente existen relaciones de clase en todos
los niveles y, de acuerdo con ello, existe una especificidad de cada uno
de éstos en relación con su contexto de lucha de clases y con el poder.
Es decir, hay diversos niveles de lucha de clases y relaciones de poder
en una determinada formación social, razón por la cual no se puede
decir que tales conceptos provienen solamente de la práctica política o
de las relaciones de producción. De la misma manera, existe un mutuo
condicionamiento entre relaciones de clase y relaciones de poder que
implica que uno no puede provenir del otro, y que Poulantzas puntualiza
en los siguientes términos:
“Las relaciones de poder, que tienen como campo las
relaciones sociales, son relaciones de clase, y las relaciones de
clase son relaciones de poder, en la medida en que el concepto
de clase social indica los efectos de la estructura sobre las
prácticas, y el de poder los efectos de la estructura sobre las
relaciones de las prácticas de las clases en “lucha”74.
El inconveniente ahora, es que, tal como lo demostró W. Mills desde la
teoría de las élites políticas, el concepto de clase es un término económico,
razón por la cual, decir clase dominante, haría referencia a dos términos
55
de distinta naturaleza, pues dominio es una palabra de carácter político, lo
cual la sobrecargaría de dos sentidos diferentes75. Es por ello que, tratando
de superar las definiciones desde la economía, se reemplaza el término
clase por el de grupo.
Poulantzas propone así una definición para poder: “Se designará por
poder la capacidad de una clase social para realizar sus intereses objetivos

73
Idem, p. 121.
74
Idem, pp. 122-123.
75
Idem, p. 123.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

específicos”76. Esta definición se contrasta con las definiciones presentadas


por Lasswell, Weber y Parsons, y se señala en cada una de ellas una
serie de errores, como, por ejemplo, para el caso de Weber y Parsons,
su extremado apego a la perspectiva historicista, lo cual las convierte en
algo bastante reducido y rígido.
Su propuesta teórica es, entonces, analizada a partir de cuatro elementos que
la componen. En el primero toma el concepto de clase para determinar que
las relaciones de poder son sólo posibles en sociedades que están divididas
en clases y que existen oposiciones entre ellas, puesto que, de no ser así,
deberían ser empleados otros términos, como el de autoridad, utilizado en
situaciones en las que relaciones de clase no pueden ser clasificadas como
de dominación-subordinación, o el de potencia, que es muy empleado
en la ciencia política y sirve para indicar un elemento de fuerza, todos
los cuales son, simplemente, otras formas de poder. Tampoco puede ser
usado el concepto de poder para referirse a relaciones interpersonales o a
relaciones que, como ya lo habíamos dado a entender, son independientes
de las relaciones de producción, que equivale a decir sociedades divididas en
clases, lo cual genera un conflicto entre ellas.
El segundo punto de análisis hace referencia al concepto de capacidad y a la
forma como es empleado en la definición propuesta. Aquí hará referencia
el autor a los estudios de Marx y Lenin sobre organización de clase,
determinando algunos factores que son esenciales para su entendimiento,
tales como la práctica de clase, las condiciones de existencia de la clase
(fuerza social) y, principalmente, las condiciones de poder de clase,
entendidas por Lenin como condición de su acción abierta77.
Como el concepto de poder especifica tanto los efectos como los límites de
la estructura práctica de las clases en lucha, el poder de una organización
y, por ende, la capacidad de una clase para lograr la realización de sus
intereses depende directamente de la capacidad de otras organizaciones
de clase, lo cual es clave para las relaciones de poder, es decir, de
dominación-subordinación.
El tercer punto de análisis hace referencia al concepto de intereses. Nos dice
el autor, en primera instancia, que los objetivos de clase se encuentran
56 en el campo de la lucha de clase, jamás en la estructura, como intentó
demostrarlo Parsons. En segunda instancia, los intereses no están
compuestos por motivaciones del comportamiento: los intereses indican
los límites impuestos por la estructura, los cuales operan como horizontes
de acción de las clases en las relaciones de poder, habiendo intereses de
largo y corto plazo y siendo éstos objetivos, puesto que son de una clase,
no de un sujeto o de una clase-sujeto. Por ello, no pueden ser producto

76
Idem, p. 124.
77
Idem, p. 129.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

de motivaciones del comportamiento, y esto es tan claro para el autor


que, teniendo en cuenta el poder de la ideología y lo ambiguo que puede
ser el término objetivo, decide retirarlo de los intereses y ampliar este
concepto hacia todas las funciones de la formación social.
El cuarto punto de análisis toma el concepto de especificidad como base.
Teniendo en cuenta que el poder se sitúa en diversas prácticas de clase,
puesto que existen intereses de diversa índole, tanto económicos, como
políticos, ideológicos, etc., podemos decir que existen diversas relaciones
de poder, así como clases dominantes que detentan el poder predominante
en determinados lugares o niveles de la formación social, de la cual el
Estado es el centro del poder político.
Aclarados estos puntos, Poulantzas hace alusión al Estado como centro
de poder. Si se acepta el concepto de poder propuesto, se puede decir que
el Estado es el centro del poder político. Pero el Estado, o cualquier otro
tipo de institución social, no tiene poder en sí mismo: las instituciones
son solamente instrumentos de poder de las clases sociales y son ellas
las que las dotan de tal, teniendo en cuenta que existe una relación de
fuerzas y que, en esta medida, las instituciones se deben articular con
otras instancias. Por supuesto que, por la variedad de luchas de clase, es
difícil que se traduzcan inmediatamente en los centros de poder, que en
su mayoría son dependientes de otras instancias.
Al tenor de Lenin, Poulantzas considera imperativa la distinción entre poder
formal y poder real, así como la distinción entre poder de Estado y aparatos
de Estado. Hay instituciones que poseen poder, pero hay sólo algunas que
tienen poder efectivo, y esto es producto de las luchas de clase que hacen
que exista una desviación de tales centros de gravedad, ocasionando
que las relaciones de poder se reflejen más en un centro que en otro.
Lo que se quiere demostrar es que no solamente existe una visión
instrumentalista del Estado, según la cual las instituciones son simples
aparatos de poder de una determinada clase social, sino que debido a la
formación social y a la constante lucha de clases se asiste a una permanente
relación de fuerzas que son las que dotan de poder a tales instituciones y
les confieren, digámoslo así, una identidad:
“Lo que se trata, pues, de retener es que la expresión leninista 57
de aparato de Estado no se reduce de ningún modo a una
concepción ‘instrumentalista’ del Estado como órgano o
instrumento de poder, sino que sitúa, en primer lugar, la
superestructura política según su localización, y su función,
en un conjunto de estructuras”78.
Por ello, es importante la separación que hace Lenin entre aparato de
Estado y poder de Estado:

78
Idem, p. 143.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

“Por aparato de Estado indica Lenin dos cosas: a) el lugar del


Estado en el conjunto de las estructuras de una formación
social, en suma, las diversas funciones técnico-económica,
política en sentido estricto, ideológica, etc., del Estado; b)
el personal del Estado, los cuadros de la administración, de la
burocracia, del ejército, etc. Por poder de Estado Lenin indica,
por el contrario, la clase social o fracción de clase que detenta el
poder”79.
Justamente teniendo en cuenta que uno de los factores de los
desplazamientos es el lugar de los centros de poder, el lugar del aparato
de Estado es de vital importancia como centro del poder político, tal y
como sucedió con el Estado burgués y los soviets en Rusia, donde son
los segundos quienes tienen el poder real y, en esa medida, ellos se
constituyen en un centro de poder real mucho más importante que el
Estado burgués ya mencionado.
Poulantzas aborda, enseguida, el concepto de poder como suma-cero. Aquí
el poder se entiende como una cantidad determinada, la cual, si la posee
alguna persona, no la posee otra. Cualquier reducción de poder en una
organización o persona se da a favor de otra que es la que lo obtiene. El
poder se torna en algo invariable que sólo cambia de poseedor pero no
de cantidad.
Pero si el poder se considera como el efecto de las estructuras, las cuales
son las que proporcionan los límites dentro de los cuales se desarrollan las
prácticas de clase, podremos apreciar que el poder que pierde una clase
no lo gana la otra. Además, ésta idea de poder como suma-cero desconoce
por completo la especificidad característica de cualquier formación social,
puesto que una reducción de poder económico de una clase no implica
automáticamente un aumento del poder ideológico o del político.

Élites y bloque en el poder


Para Poulantzas, el Estado debe ser entendido como una condensación de
contradicciones sociales que se encuentran inscritas dentro de las relaciones
de fuerza de una clase con otra, no obstante que el poder de una clase
58 remite a su lugar objetivo en las relaciones económicas, políticas e
ideológicas, lugar que abarca las prácticas de las clases en lucha, es decir,
las relaciones no igualitarias de dominación-subordinación de las clases
ancladas en la división social del trabajo y que se constituyen ya en
relaciones de poder80. Así pues, el lugar y los intereses de cada clase están
definidos por las otras clases, pero sólo una clase, la dominante, podrá
realizar sus intereses en oposición a los intereses de otras clases.

79
Idem, p. 142.
80
Nicos Poulatnzas, Estado, Poder y Socialismo, México: Siglo XXI, 1979, p. 177.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Ahora bien, la formación social, entendida como la coexistencia en el


campo de luchas de clases de varias clases y facciones de clases, tiene
una particularidad dentro del Estado capitalista, a saber, la formación
de un bloque en el poder que exterioriza
[…] la unidad contradictoria particular de las clases o fracciones
de clase dominantes en su relación con esta forma particular
de Estado. Se refiere pues a la periodización de la formación
capitalista en estadios típicos. Comprende la configuración
concreta de la unidad de esas clases o fracciones en estadios,
caracterizados por un modo específico de articulación, y un
ritmo propio de división, del conjunto de las instancias81.
El Estado capitalista crea las condiciones para la aparición del bloque
en el poder en su dominio político, asegura la coexistencia de varias
clases y facciones de clase “por el juego interno de sus instituciones,
hace posible, en su relación con el campo de la lucha política de clases,
relación concebida como demarcación de límites […]”82. Para Poulantzas,
el sufragio universal es en ese orden una institución que extiende la
coexistencia entre las clases y facciones en el poder, al punto de consagrar
el dominio exclusivo del Estado por una clase. Las estructuras del Estado
capitalista permiten la coexistencia de clases dominantes y facciones. A
nivel político, el bloque en el poder hace referencia a prácticas políticas
que concentran los niveles de la lucha de clases en una fase determinada.
La representación refleja los desplazamientos de las contradicciones entre
clases, “desplazamientos situados no obstante, en los límites del bloque
en el poder característico de un estadio”83.
En su dominio económico, este tipo de Estado permite la coexistencia de
varios modos de producción y la presencia de varias clases dominantes.
En síntesis, el bloque en el poder constituye una unidad contradictoria de
clases y fracciones políticamente dominantes bajo la égida de la fracción
hegemónica. La lucha de clases, la rivalidad de los intereses entre esas
fuerzas sociales, está presente allí constantemente, conservando esos
intereses su especificidad antagónica. La relación del Estado capitalista
con las fracciones dominantes actúa en el sentido de su unidad política
bajo la égida de una clase o fracción hegemónica84.
59
Para Poulantzas las teorías elitistas (principalmente las de Mills y Aron),
malinterpretan dos fundamentos de la teoría marxista. En primer lugar,
la identificación que hacen entre la clase políticamente dominante con la
clase económicamente dominante, y, en segundo lugar, las teorías elitistas

81
Nicos, Poulantzas, Poder Político y Clases Sociales en el Estado Capitalista, México: Siglo
XXI, 1976, p. 178.
82
Idem, p. 296.
83
Idem.
84
Idem, p. 309.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

ven en la concepción marxista una concentración del poder del aparato de


Estado en manos de la clase económica políticamente dominante. Esta es
la razón fundamental por la que las teorías de élites recurren a un poder
político autónomo, paralelo a los dominios económico y burocrático.
La idea de élites en el poder proyecta una pluralidad que inhabilita toda
unidad que pueda desembocar en una lucha de clases, ya que no tienen
entre sí otras relaciones que la de estar circularmente integradas en
el conjunto social y, en tanto high social stratums, representar intereses
divergentes pluralmente integrados; de ahí la dificultad de fundamentar
el poder de la élite. En esa línea, el único autor al que Poulantzas tiene
presente es a Mosca, por aceptar éste la unidad de las élites políticas bajo la
categoría de “clase política”, con la que se hace una primera aproximación
a la dominación política. La unidad de las élites se funda sobre su
relación con el poder político institucionalizado, y bajo esta perspectiva
se descubren como fuentes de poder político lo económico y el Estado85.
La primera critica elitista relativa al concepto de clase dominante sugiere
que este concepto está determinado por el nivel económico, no obstante el
dominio es lo verdaderamente político, y así pues se hace una identificación
entre la clase económica y políticamente dominante. Sin embargo “el
concepto de clase no comprende de ningún modo sólo la relación de
los agentes con las relaciones de producción, sino que indica los efectos
del conjunto de la estructura en el campo de las relaciones sociales”86.
El concepto de dominio no comprende de ninguna manera sólo el nivel
de las estructuras políticas, sino el conjunto del campo de las relaciones
sociales, es decir, de las prácticas económicas políticas e ideológicas de
clase. Si el nivel económico de las relaciones de producción determina, en
última instancia, los lugares de poder y de dominio en el campo de la lucha
de clases, no es sino por su reflejo en el conjunto complejo de una formación.
En suma, la concepción marxista de clase dominante no implica de ningún
modo la concentración empírica de las diversas funcionen políticas en las
manos de los individuos de una clase, sino que explica la descentración
eventual, según las formas concretas de la lucha de clases y las estructuras
políticas, los tipos y formas de Estado y las formas de régimen. La esfera
60 de lo político comprende diversas funciones que son detentadas por
diversas clases; por esta razón, es necesario hacer una diferenciación
entre clases políticamente dominantes que forman parte del bloque en
el poder y la clase hegemónica de ese bloque, que detenta en definitiva el
poder político y que tiene el papel de organización política del bloque
en el poder87.

85
Idem.
86
Idem, p. 433.
87
Idem, p. 434.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Burocracia y élites
La burocracia designa un sistema específico de organización y de
funcionamiento interno del aparato de Estado que manifiesta el impacto
político de la ideología burguesa sobre el Estado, fenómeno que se
conoce con el nombre particular de burocratismo o burocratización88. La
burocracia es una categoría social específica, que se refiere no propiamente
al poder del Estado, sino a su funcionamiento concreto. La burocracia no
constituye en sí misma una clase particular, como tampoco una fracción
autónoma de clase en el nivel político, ya que su funcionamiento está
inscrito en el poder de la clase de Estado.
A pesar de que la burocracia en algunos países en vías de desarrollo
puede, por medio del Estado, constituirse en un lugar propio en las
relaciones existentes de producción, o hasta en las relaciones aún-no-
dadas de producción, no constituye una clase en sentido estricto, sino en
cuanto a clase efectiva. Sin embargo la burocracia, definida en términos
de una categoría social específica, debe tener una pertenecía de clase,
pero esta pertenencia no es única. En su estructura se pueden distinguir
dos estratos: por una parte, las “alturas” que pertenecen a la nobleza
terrateniente y a la burguesía y, por otra, se pueden identificar los estratos
subalternos pertenecientes a la pequeña burguesía. Al estrato que se
ubica en las alturas se puede atribuir el carácter de clase mantenedora del
Estado, lo cual permite identificar este estrato con el bloque en el poder,
pero no con fracción políticamente dominante.
El funcionamiento particular que permite identificar la burocracia como
categoría especifica no ésta directamente determinado por su pertenencia
de clase, por el funcionamiento político de las clases o fracciones de donde
ha salido; depende del funcionamiento concreto del aparato de Estado y
aun del lugar del Estado en el conjunto de una formación y de sus relaciones
complejas con las diversas clases y fracciones. Por lo tanto, el poder
burocrático se refiere al ejercicio de las funciones de Estado que corresponden
al interés político de la clase o fracción hegemónica. La burocracia se
pone al servicio de los intereses de la clase políticamente dominante,
pero en periodos de inestabilidad política puede crear las condiciones
para la llegada al poder de la clase mantenedora no hegemónica89.
61
Ahora bien, si la burocracia es una categoría social específica, es por razón
de la unidad propia que presenta en su funcionamiento como grupo
social y de su autonomía relativa respecto de las clases sociales a que ella
pertenece y respecto de las clases dominantes. Este grupo social tiene
intereses propios, pero no bastan como para considerarla una categoría
especifica: de un lado, en razón de la disparidad de tales intereses entre

88
Idem, p. 435.
89
Idem, p. 439.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

los diversos estratos de la burocracia, y de otro, en razón del hecho de


que esos intereses explican, en cierta medida, la relación estrecha de la
burocracia y las clases dominantes, pero no explican la autonomía relativa
respecto de ellas.
Por otra parte, la burocracia y el burocratismo tienen una relación directa
con el Estado capitalista y con sus formas concretas. Las dos hacen
referencia al predominio de un modelo ideológico sobre el conjunto de
una formación; sin embargo, “el fenómeno burocrático es un fenómeno
específicamente político, la burocracia en sentido estricto, designa
una categoría social específica, se refiere a su pertenencia al aparato
de Estado”90. No obstante, al extenderse los atributos y funciones del
Estado capitalista no se afectan únicamente las funciones económicas,
sino también las funciones políticas e ideológicas de ese Estado, lo cual
le permite asumir el papel dominante en la formación capitalista.
El burocratismo es, pues, un modo particular de organización y
funcionamiento del aparato de Estado coextensivo; en el caso del Estado
capitalista, con la categoría burocrática especifica. El burocratismo se
debe, en ese caso, a la vez a las estructuras del Estado capitalista y al
efecto de la ideología capitalista dominante sobre las reglas normativas de
organización del aparto de Estado. La ideología dominante es extensiva
a todo el conjunto social por medio de modelos normativos que regulan
la organización y división del trabajo en los diversos sectores: en las
fábricas, en las instituciones culturales, etc.
El efecto de la ideología capitalista dominante sobre el burocratismo reviste
varias formas:
• una general, que concierne al carácter constitutivo de toda ideología,
por ejemplo, el secreto burocrático;
• formas particulares de ideología capitalista, es decir, carácter
impersonal de las funciones burocráticas;
• formas jurídico-políticas, región dominante de la ideología capitalista,
entre ellas, la legitimidad racional-legal;
• incultura y la falta de saber de las masas que posibilita precisamente
62 el monopolio burocrático del saber91.

90
Idem, p. 451.
91
Idem, p. 455
Élites intelectuales y hegemonía
El concepto de intelectual orgánico de Gramsci permite comprender al
militante político o a las células, en tanto “minorías actuantes”, como
los instrumentos de estrategias hegemónicas o contrahegemónicas
de dominación o resistencia/confrontación en una sociedad y en un
momento dado, en la perspectiva de lograr un consenso histórico que
consolide o se oponga a un orden social determinado. El “nuevo príncipe”
colectivo, singularizado en el “intelectual orgánico” del partido articulado
a las minorías actuantes de las células, representa, en uno u otro caso,
de uno y otro lado, las élites (nuevas o antiguas) llamadas a dirigir los
procesos políticos que consoliden un consenso hegemónico o lideren el
proyecto de un consenso contrahegemónico (4.1.).
La crítica de Laclau y Mouffe al concepto de hegemonía de Gramsci
sirve como puente para su planteamiento de una democracia radical
que, en lo fundamental, y en cuanto a la teoría de las élites se refiere,
permite comprender los nuevos contextos en que las hegemonías y
contrahegemonías se plantean y, a través de ello, las estrategias que un
proyecto contrahegemónico de izquierda debe contemplar, en particular,
en lo que tiene que ver con el reconocimiento de la pluralidad de
subjetividades políticas, que tienen que empezar a ser reconocidas en un
proyecto de esta índole. La democracia radical es, en la versión de Laclau
y Mouffe, la asunción de esa plurivalencia que desborda la bivalencia
ortodoxa o semiortodoxa, bastante empobrecedora y maniquea en estos
tiempos, entre la burguesía “mala” y el proletariado “bueno”, permitiendo
articular al proyecto socialista la pluralidad de sujetos e identidades
sociales, políticas y culturales que el postfordismo eclosiona (4.2.).
Pero la democracia radical tiene una segunda lectura en la tercera
generación de la Escuela de Frankfurt. Desbordando la visión bastante
pragmática de Habermas y su modelo de una democracia radical
“sistémica”, Wellmer y, en especial, Dubiel, emprenden la tarea, primero, 65
de denunciar el carácter elitista que la democracia asume a partir de
los setenta en el marco del proyecto neoconservador de democracia
restringida, defendida por Schumpeter y Huntington, y que, más tarde,
inspira todo el hegemon neoliberal liderado y globalizado por el Consenso
de Washington. Democracia radical que se yergue como la contraparte de
una teoría de las élites en cuanto, con Lefort, el lugar del poder es y debe
ser un lugar vacío que sólo una eticidad democrática, entendida como
el conjunto de procedimientos democráticos, formales e informales a los
que tienen derecho y acceso efectivo todos los sujetos colectivos de una
sociedad, puede legítimamente llenar, como lo sostiene Wellmer (4.3.).
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Gramsci: intelectual orgánico y hegemonía


Gramsci desarrolla una lectura de las élites a partir de los aportes de
Mosca que aúna a las influencias de Hegel, Marx, Croce y Lenin, entre
otros. Gramsci comparte con Mosca dos planteamientos básicos: primero,
el principio fundamental bajo el cual, en todas las sociedades organizadas,
la élite dirige las masas populares (líderes-seguidores, gobernadores-
gobernados); y, segundo, la idea de democracia, según la cual este sistema
selecciona élites y normas de un modo tal que las élites se abren a la
influencia de miembros de las masas92.
Gramsci reconoce que en los sistemas democráticos el principio
elitista continúa siendo válido: no es la mayoría popular quien escoge
libremente los gobernantes oficiales, sino la élite política que los hace
elegir al proponer varios candidatos por medios particulares y de otras
organizaciones políticas. De otro lado, Gramsci relaciona el concepto
de democracia con su idea de hegemonía, señalando que en un sistema
hegemónico hay democracia entre los grupos dirigentes y los grupos
dirigidos, toda vez que la legislación favorece la transferencia de los
grupos dirigidos a los grupos dirigentes.
Tal transferencia es operada por el intelectual. Este es un agente que
posee una capacidad dirigente y técnica con rangos-grados de acción que,
según su organicidad (depende de su mayor o menor conexión con un
grupo social básico) o su capacidad dirigente, ocupa un papel mediador
y articulador en el complejo sistema de relaciones sociales93.
Gramcsi señala que cada grupo social, al nacer en el terreno originario de
la función esencial en el mundo de la producción económica, crea conjunta
y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que dan homogeneidad
y conciencia de su propia función, no sólo en el campo económico sino
también en el social y en el político. El intelectual orgánico, que cada
nueva clase crea junto a ella y forma en su desarrollo progresivo, es
expresión, en general, de “especializaciones” de la actividad social a las
que la clase “ha dado luz”94.
El intelectual es aquel que emerge sobre el terreno de exigencias de una
66 función necesaria en el campo de la producción económica, es decir,
aquel que le da homogeneidad política, social, y económica a un grupo
que surge sobre la base original de una función esencial en el mundo
de la producción económica (de modo que pueden inscribirse tanto
el empresario, como el señor feudal, que requiere en todo caso una
competencia técnica, la militar). El intelectual dirigente, por otro lado, es en

92
Antonio Gramsci, Cartas desde la Cárcel, Buenos Aires: Lautaro, 1950.
93
Antonio Gramsci, La Formación de los Intelectuales, México: Grijalbo, 1967, p. 30.
94
Idem, p. 7.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

quien confluyen la especialización y la política, es decir, quien consigue


vincular lo político, lo económico-productivo, lo técnico, con una visión
general histórico-humanista de la realidad a modificar.
Gramsci identificará diferentes correlaciones de fuerza: las fuerzas a nivel
internacional, las relaciones sociales objetivas que operan vinculadas a
la estructura según el grado de desarrollo de las fuerzas materiales de
producción, las relaciones de fuerza política y de partido vinculadas
al Estado de acuerdo con el grado de homogeneidad, autoconciencia y
organicidad alcanzado por los diversos grupos sociales, y las político-
inmediatas, es decir, las militares ya sean técnicas o políticas.
La reafirmación, en Gramsci, de la universalidad tendencialmente posible
en un marco histórico dado consigue vincular la discusión a propósito de
los intelectuales con la discusión a propósito de las eticidades en su idea
de un intelectual colectivo (el “príncipe moderno”), que supone un nuevo
imperativo ético-político que se desplace de lo individual a lo colectivo:
“la ética del intelectual colectivo debe ser concebida como capaz de
convertirse en norma de conducta de toda la humanidad por el carácter
tendencialmente universal que le confieren las relaciones históricamente
determinadas”95.
Con el concepto de hegemonía se hace referencia a “la capacidad que tienen
determinados grupos sociales para ejercer la dirección intelectual y moral
sobre el conjunto de la sociedad”96. La hegemonía es un concepto dual:
por una parte hace referencia a la dominación que se ejerce por medio de
la fuerza física; por otra, se refiere a un consenso sustentado por la fuerza
y legitimado por la ideología. Así pues, la relación del señor y el siervo
se construye sobre la lógica del señor, pero necesita de la aceptación por
parte del siervo que a su vez necesita del señor. Los intereses del siervo
quedan perdidos detrás de los intereses y necesidades del señor.
No obstante la élite actúa como un “un grupo social capaz de hacerle
entender a los demás, a la sociedad, que sus intereses particulares son los
intereses del colectivo social, esto implica que ese grupo tiene una gran
capacidad para ejercer dirección intelectual y moral en el conjunto de la
sociedad”97. En cada periodo histórico, todas las sociedades han tenido
que construir una ciencia, una política, una cultura que exprese lo que 67
ese grupo quiere en función de los intereses y necesidades generales de
esa sociedad.

95
Antonio, Gramsci, Pequeña Antología Política: Libros de Confrontación, Barcelona:
Fontanella, 1977, pp. 101-115. Véase también Antología, México: Siglo XXI, 1985.
96
Varios, Identidades, Modernidad y Escuela, Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional,
2006, p. 40.
97
Idem, p. 42.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

A la correspondencia entre lo que dicen esas concepciones del mundo y


los intereses y necesidades de los grupos dirigentes, Gramsci lo denomina
eficacia práctica. Dice que esas concepciones del mundo así construidas son
eficaces prácticamente, porque no tendría ningún sentido que un grupo
social construyera una concepción del mundo que no diera cuenta de sus
principales intereses y necesidades, o que diera cuenta exactamente de
intereses contrarios a los suyos.
Hay concepciones del mundo que se imponen sobre otras –dice Gramsci–,
porque además de tener una eficacia práctica tienen una eficacia histórica:
esa eficacia es la que les permite constituirse como concepciones genéricas
del mundo y ser adoptadas por otros grupos sociales que, por participar
de las distintas condiciones materiales de existencia, deberían tener otras
concepciones del mundo.
En los últimos años, las élites han reorientado su estrategia hegemónica
hacia un discurso neoconservador/neoliberal que busca, fundamentalmente,
un modelo democrático restringido que reproduzca las relaciones de
dominación existentes y cree nuevas relaciones de subordinación.
No obstante, a este nuevo discurso dominante se oponen nuevas
formas de lucha, que se conocen como nuevos movimientos sociales,
los cuales han descentrado al proletariado como sujeto político
revolucionario.

Laclau & Mouffe: crítica al concepto de hegemonía


La multiplicidad de movimientos sociales que se han desarrollado en los
últimos años, se explica por la emergencia de antagonismos construidos
a partir de nuevos discursos de subordinación. El tipo de resistencia que
busca la transformación de estas relaciones de subordinación es propio
de una compleja red de sujetos políticos, que existen y construyen identidad
a partir del discurso propio de la democracia liberal, pues es gracias a los
principios propios de este proyecto político, tales como la igualdad y la
libertad, que se constituyen nuevos sujetos.
Así pues, intentarán transformar aquellas relaciones de subordinación en las
que un agente está sometido a las decisiones de otro, y que se diferencian
68
de las relaciones de opresión y dominación en tanto que las primeras
son “aquellas relaciones de subordinación que se han transformado
en sede de antagonismos […] Las relaciones de subordinación son el
conjunto de relaciones de subordinación que son consideradas como
ilegítimas desde la perspectiva o el juicio de un agente social exterior a las
mismas”98.

Ernesto Laclau & Chantal Mouffe, “Hegemonía y radicalización de la democracia”,


98

en Hegemonía y Estrategia Socialista, México: F.C.E., 2006, pp. 191-240.


Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

El discurso democrático es un punto de inflexión en el imaginario


político que permite articular las diversas luchas contra la subordinación
y los diferentes tipos de desigualdad: “es para designar esta mutación
que tomando una expresión de Tocqueville, hablaremos de “revolución
democrática”99. Esta revolución, en esencia, se proponía transformar
la visión de la política como simple reproductora de un orden social
jerárquico que reproducía el mismo tipo de sujeto subordinado:
“El momento clave en los comienzos de la revolución
democrática puede ubicarse en la Revolución Francesa, ya
que fue al nivel del imaginario social que surgió entonces algo
verdaderamente nuevo con la afirmación del poder absoluto
del pueblo. Es allí donde se sitúa la verdadera discontinuidad:
en el establecimiento de una nueva legitimidad, en la
invención de la cultura democrática la revolución Francesa
es la primera experiencia democrática”100.
Hanna Arendt señala: “fue la revolución francesa la que instauró un nuevo modo
de institución de lo social. Esta ruptura con el Ancien Régime, simbolizada por
la Declaración de los Derechos del Hombre, proporcionará las condiciones
discursivas que permiten plantear las diferentes formas de desigualdad
como ilegítimas y antinaturales, y de hacerlas, por tanto, equivalerse en
tanto formas de opresión”101.
El imaginario democrático permite la emergencia de nuevas formas de lucha
y nuevos discursos como los socialistas, que buscan fundamentalmente
transformar las relaciones de subordinación a través de la reivindicación
de nuevos derechos que permitan disminuir las desigualdades políticas
y económicas. Por tanto, el imaginario socialista debe ser visto como “un
momento interior a la revolución democrática”102.
Sólo bajo contextos específicos, discursos y antagonismos se construye,
en sentido estricto, por ejemplo, el movimiento obrero que nace en Gran
Bretaña en el siglo XIX. Sin embargo su especificidad se transforma bajo
otros contextos, como en Italia y en Alemania después de la Primera
Guerra Mundial, bajo un conjunto de circunstancias especificas, “todas
las cuales se ligan, o bien a una crisis orgánica que reduce la capacidad
hegemónica de las lógicas de la diferencia o bien a transformaciones que 69
ponen en cuestión formas tradicionales de identidad obrera”103.
En el contexto del walfare state se da lugar a una amplia gama de demandas
sociales que buscaban ampliar las equivalencias igualitarias. Esto produce

99
Idem, p. 197.
100
Idem.
101
Idem.
102
Idem, p. 199.
103
Idem, p. 200.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

una reorientación de la revolución democrática y, por tanto, la creación


de nuevas formas de
“[…] identidad política que han sido englobadas bajo el
nombre de ‘nuevos movimientos sociales’ […] El término
de nuevos movimientos sociales amalgama una serie de luchas
muy diversas. El común denominador de todas ellas sería su
diferenciación respecto de las luchas obreras, consideradas
como luchas ‘de clase, noción, resultante, a su vez, de
amalgamar una serie de luchas muy diferentes que tienen
lugar al nivel de las relaciones de producción, y a las que se
separa de los ‘nuevos antagonismos’ por razones que dejan
traslucir la persistencia de un discurso fundado en el status
privilegiado de las clases”104.
Estos movimientos sociales son la expresión de la multiplicidad de nuevas
relaciones de subordinación y, por tanto, intentan extender la revolución
democrática a un número cada vez mayor de relaciones sociales. En
este tipo de luchas permanece el imaginario igualitario propio del las
reivindicaciones del siglo XIX motivadas por la desigualdad. No obstante,
también en estos movimientos podría encontrarse una discontinuidad,
pues estos sujetos políticos construyen sus identidad a partir de formas
de subordinación recientes, derivadas de la implementación y expansión
de las relaciones de producción capitalistas y de la intervención creciente
del Estado.
No obstante las nuevas formas de subordinación responden a dos
cambios fundamentales: por una parte, a una transformación económica
caracterizada por la instauración del postfordismo. Se trata de una
nueva fase del capitalismo que permite la expansión de las relaciones
de producción a esferas cada vez numerosas y, además, produce una
mercantilización de las relaciones sociales, donde más y más productos
del trabajo humano se transforman en meras mercancías, consolidando la
“sociedad de consumo”, lo cual crea nuevas formas de subordinación.
Por otra parte, en el campo político, el walfare state “interviene en la
reproducción de la fuerza de trabajo para subordinarla a las necesidades
70 del capital gracias a la práctica del contrato colectivo y de las convenciones
negociadas, que ligan la elevación de los salarios a la productividad”105,
generándose, así, una politización de las relaciones sociales, lo cual se
constituye, a su vez, en la base para nuevos antagonismos.
La genealogía de nuevos sujetos políticos “es inescindible [de] los procesos
de mercantilización y burocratización de las relaciones sociales, por un

104
Idem, p. 202.
105
Idem, p. 205.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

lado; y de reformulación de la ideología liberal democrática –resultante


de la expansión de las luchas por la igualdad–, por el otro”106. A estas
transformaciones se suma la nueva cultura de masas, la cual en apariencia
permite al individuo acceder a una amplia variedad de bienes, pero
realmente reproduce nuevas necesidades y nuevas desigualdades.
No obstante los nuevos antagonismos expresan las resistencias a la
mercantilización, la burocratización y la homogeneización de la vida social.
Las resistencias se presentan bajo múltiples formas –cada una de ellas
es particular y se orienta a reivindicar su propia autonomía–. Por esta
razón se puede afirmar que no se trata de luchas colectivas, sino de
luchas particulares que valoran la diferencia y privilegian los criterios
culturales.
La radicalización de las luchas más antiguas, como la de las mujeres y
la de las minorías de color, hacen parte de la “transformación de las
relaciones sociales, características de la nueva formación hegemónica
de la posguerra, y de los efectos de desplazamiento a nuevas áreas de
la vida social del imaginario igualitario constituido en torno al discurso
liberal democrático”107. Este fenómeno es entendido desde la perspectiva
neoconservadora como un “exceso de democracia” que, guiado por
el igualitarismo, ha causado un sobrepeso en los sistemas políticos
tradicionales:
“Samuel Huntington, en su informe a la Trilateral de 1975,
afirmaba que las luchas de los años sesenta en Estados Unidos
por una mayor igualdad y participación habían provocado
una ‘erupción democrática’ que había tornado a la sociedad
ingobernable’. De ahí concluía que ‘la fuerza del ideal
democrático plantea un problema para la gobernabilidad de
la democracia”108.
Ahora bien, lo que pone en evidencia esta proliferación de antagonismos
es un agotamiento del imaginario de sujetos unitarios de las luchas sociales;
se renuncia a la idea de un sujeto (el proletariado) y se abre camino al
reconocimiento de la especificidad de los antagonismos constituidos
a partir de diferentes posiciones de sujeto. Esto hace posible la
profundización de una concepción pluralista y democrática. 71
La producción de nuevos antagonismos sólo se da en ciertas sociedades
donde la revolución democrática ha traspasado determinado umbral.
Es en este contexto, en el que la noción de democracia radicalizada y plural
equivale a decir que:

106
Idem, p. 207.
107
Idem, p. 209.
108
Idem, p. 209.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

“[…] el pluralismo es radical solamente en la medida en que


cada uno de los términos de esa pluralidad de identidades
encuentra en sí mismo el principio de su propia validez,
sin que ésta deba ser buscada en un fundamento positivo
trascendente […] Es democrático, en la medida en que la
autoconstitutividad de cada uno de los términos es la
resultante de desplazamientos del imaginario igualitario. El
proyecto de una democracia radical y plural, por consiguiente
en un primer sentido, no es otra cosa que la lucha por una
máxima autonomización de esferas, sobre la base de la
generalización de la lógica equivalencial igualitaria”109.
No obstante, la revolución democrática no es otra cosa que el terreno
en el que opera el imaginario igualitario que ha dado como resultado una
multiplicidad de antagonismos, los cuales están conduciendo a una crisis
de la formación hegemónica de postguerra. Los nuevos movimientos
sociales dependen del modo en que son discursivamente construidos
los antagonismos, los cuales a su vez son múltiples. Así, las resistencias
feministas dependen de los diversos modos de subordinación de la
mujer, las luchas de la multiplicidad de sujetos políticos son articuladas
a discursos particulares y no hay, por tanto, un sujeto único vinculado a
un solo discurso de subordinación:
“Las resistencias a las nuevas formas de subordinación
son polisémicas y pueden ser perfectamente articuladas
en un discurso antidemocrático… Su novedad consiste en
haber logrado articular en el discurso neoliberal una serie
de resistencias democráticas a las transformaciones de las
relaciones sociales”110.
El discurso neoconservador intenta articular las resistencias a la burocra-
tización del walfare state en defensa de las desigualdades tradicionales de
sexo y de raza; se construye un antagonismo entre dos polos, “el ‘pueblo’,
que incluye todos aquellos que defienden los valores tradicionales y la
libertad de empresa, y sus adversarios, el Estado y todos los subversi-
vos (feministas, negros, jóvenes y permisives de todo tipo). Se intenta así
construir un nuevo bloque histórico en el que se articule una pluralidad
72
de aspectos económicos, sociales y culturales”111.
La reacción neoconservadora a esta multiplicidad de luchas por la
igualdad, proclama el derecho a la diferencia afirmando la secuencia
diferencia-desigualdad-libertad. De Benoist escribe: “yo llamo derecha
la actitud que consiste en considerar la diversidad del mundo y por

109
Idem, p. 211.
110
Idem, p. 214.
111
Idem, p. 214.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

consiguiente las desigualdades como un bien, y la homogenización


progresiva del mundo, preconizada y realizada por el discurso
bimilenario de la ideología totalitaria, como un mal”112. La nueva derecha
ha impulsado un nuevo proyecto hegemónico, mezcla la economía del libre
mercado y el tradicionalismo cultural.
Por tanto, la democracia radical se constituye en la alternativa para la nueva
izquierda y debe ubicarse “plenamente en el campo de la revolución
democrática y expandir las cadenas de equivalencias entre distintas
luchas contra la opresión. Desde esta perspectiva es evidente que no se
trata de romper con la ideología liberal democrática sino, al contrario,
de profundizar el momento democrático de la misma”113. Este proyecto
debe ser el resultado de una articulación hegemónica entre las distintas
resistencias contra las nuevas formas de subordinación. No obstante, sólo
es posible esta articulación a partir de luchas separadas, cuyos efectos se
desplieguen en ciertas esferas específicas de lo social.
La nueva estrategia de la izquierda debe ser formulada desde el pluralismo
de los sujetos existentes en las diversas luchas sociales, bajo una lógica de
la eliminación de las relaciones de subordinación y de las desigualdades,
por tanto:
“[…] el discurso de la democracia radicalizada ya no es más el
discurso de lo universal; se ha borrado el lugar epistemológico
desde el cual hablaban las clases y sujetos ‘universales’ y ha
sido sustituido por una polifonía de voces, cada una de las
cuales construye su propia e irreductible identidad discursiva.
Este punto es decisivo: no hay democracia radicalizada y
plural sin renuncia al discurso de lo universal”114.

Élites y democracia restringida


La idea de democracia como principio utópico-regulativo, orientación
de valor de una cultura política y motivo psicológico de reconocimiento
de un orden político legítimo, está ligada a una específica situación
histórica, pero no se agota en ésta, sino que conserva su independencia
frente a ella. La idea moderna de democracia se inicia como crítica de la
73
primera burguesía a los privilegios del Estado feudal; con el desarrollo
del capitalismo y la industrialización, el phatos de determinación se redujo
a un concepto de competencia entre las élites en el marco del Estado de
derecho; en los cincuenta y sesenta, el fascismo (militarmente vencido)
y el estalinismo (desacreditado por el socialismo real) se convirtieron en
un bloque antidemocrático (totalitario) frente al que la democracia de

112
Idem, p. 219.
113
Idem, p. 222.
114
Idem, p. 238.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

masas opuso la idea del “mundo libre”, la cual entró en crisis después de
los setenta, surgiendo un nuevo frente político espiritual que se debatió
entre una comprensión elitista y otra participativa de la democracia,
siendo éste el debate actual115.
El desplazamiento del modelo de democracia liberal hacia las exigencias
de participación política práctica no se atribuye a los radical-liberales y
socialistas que critican la sociedad y sus elementos autoritarios, sino a
los pensadores liberal-conservadores que fundamentaron las bases de la
democracia antitotalitaria en los años cuarenta y cincuenta y resumieron
los diversos fenómenos de la crisis en el concepto de “ingobernabilidad”,
tesis inventada en 1974 y cuyo motivo fue el crecimiento de una cultura de
protesta orientada a la participación y uso extensivo de las instituciones
democráticas.
En la comisión trilateral (fundada en 1973), los científicos sociales de los
gobiernos de Estados Unidos, Europa occidental y Japón se reunieron
para analizar los problemas comunes del desarrollo de sus respectivas
sociedades; el informe de esta comisión examino la tesis según la cual
un “exceso de democracia” hace peligrar la existencia de las sociedades
liberales, tomando como motivo los siguientes fenómenos empíricos:
1. Exigencias de control participativo en entidades públicas o iniciativas
para su institucionalización.
2. Pérdida de confianza en las instituciones políticas y económicas que
sostienen la estática de las sociedades del capitalismo tardío.
3. Sensibilidad pública frente al abuso del poder de los órganos
ejecutivos.
4. Comportamientos políticos “no convencionales” y crecimiento de
actividades políticas referidas a iniciativas ciudadanas y nuevos
movimientos sociales (feministas, ecologistas, etc.).
5. Exigencias y disposiciones conflictivas en ámbitos “pre-políticos”
(por ejemplo, moral-culturales y económicos).
6. Alto grado de fluctuación electoral, poca identificación con partidos
políticos y crecimiento de organización política que representa
74 intereses de grupos específicos.
7. Mentalidad de protesta más consciente de sus motivos, cuyas
expresiones se mantienen unidas por orientaciones de valor de
igualdad social y participación política.
Los anteriores fenómenos fueron interpretados por Kiel-mannesegg como
una radicalización intensiva y extensiva del principio democrático:

Helmut Dubiel. “Democracia”, en Qué es el neoconservadurismo. Barcelona: Anthropos,


115

1993, pp. 45-70.


Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

“Intensivamente se radicaliza en tanto que crecen las exigencias


normativas a la par que aumenta la sensibilidad contra
rendimientos y manipulaciones político-administrativas.
De forma extensiva el principio democrático se radicaliza al
extenderlo mas allá de una esfera estrechamente definida por
los derechos de participación política, es decir, a las esferas
de la vida cultural y económica”116.
En la crisis del concepto de democracia liberal (ingobernabilidad para los
neoconservadores), aparece una crítica a los elementos institucionales y
jurídico-constitucionales en los cuales el principio de autodeterminación debe
alcanzar su validez dentro de la democracia de masas; así, la correspondencia
de las formas institucionales con respecto a este principio democrático-liberal
es puesta en duda por la utilización intensiva de los canales existentes para
la formación política de la voluntad e influencia en la decisión.
Para Dubiel, la “ingobernabilidad” es la versión deformada de la tesis
expuesta por Offe y Habermas acerca de la “crisis de legitimación”, la cual
causó en las actitudes e institucionalizaciones del concepto de democracia
participativa un aumento de las actividades gubernamentales reformistas
y una disminución correspondiente de la autoridad gubernamental.
Ingobernabilidad sería la síntesis paradójica de una actitud de expectativa
reformista exagerada por parte por parte del público político y del aparato
estatal (sufriendo una crisis de liquidez fiscal), donde las instituciones
previstas por el Estado para la formación política de la voluntad
llegarían a depender de corrientes extraparlamentarias, y los órganos de
funcionamiento estatal se bloquearían por una sobrecarga de tareas.
Algunos teóricos de la ingobernabilidad ponen acento en otros factores
como “el cuarto poder” de los medios de comunicación, los mecanismos
producidos de forma “inflacionaria” por la competencia entre partidos,
la descomposición de potenciales afirmativos tradicionales y la apatía
producida por la modernización cultural. Samuel Huntington 117
–dirigente de la Comisión Trilateral– ha variado la tesis clásica de
ingobernabilidad con respecto a los Estados Unidos, exponiendo
que el concepto básico consignado en la constitución y en la religión
civil, exige libertad, igualdad, federalismo y constitucionalidad, pero,
75
que bajo las condiciones marginales de la política y de la economía
mundial, las estructuras institucionales de las sociedades capitalistas
avanzadas producen controles sociales más fuertes, desigualdad social,
centralización política e inseguridad jurídica; sin embargo, Huntington
da un giro hacia el lado conservador en esta crítica al capitalismo cuando
afirma la identidad entre norma e institución, posible sólo en un marco
totalitario. Es generalmente frente al sistema totalitario cuando se recurre

116
Idem, p. 48. La cursiva es del autor.
117
Samuel Huntington, The Promise of Disharmony, (1981).
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

a la interpretación enfática de la democracia surgida en el siglo XVIII,


cuando el autodesarrollo del individuo y la autodeterminación del pueblo
se encontraban interrelacionadas.
En la tradición clásica, especialmente para Rousseau, la democracia no
sólo debía ser una forma de Estado institucional, sino una forma de
vida cultural; en este modelo, los medios y los fines, las formas y los
contenidos de la autoorganización colectiva estaban unidos, debido a la
idea de vida buena. Joseph A. Schumpeter, autor de la teoría elitista de la
democracia, dividió estos elementos procesuales y materiales, reduciendo
la democracia a un método de autorización para decisiones públicas, el
autogobierno (self-government) del pueblo a un arreglo institucional para la
regulación de la competencia por los votos electorales entre élites políticas,
la soberanía a un poder de veto indirecto y al ciudadano democráticamente
activo a un consumidor pasivo de las decisiones de la élite.
En el modelo schumpeteriano de democracia restringida han entrado tres
reflexiones, cuya unidad forma la estructura de los discursos del nuevo
conservadurismo sobre la democracia y la ingobernabilidad:
1. Bajo las condiciones modernas de sociedades funcionalmente
diferenciadas y pluralismo valorativo no existe una formación
uniforme de la voluntad pública que pudiese servir como base
aproblemática de decisiones públicas; debido a la complejidad
funcional y la variedad cultural, parte de las materias de decisión
política son retiradas del ámbito de actuación democrática, por
lo cual el conjunto de garantías constitucionales (división de
poderes, protección de minorías, etc.) forman la condición funcional
imprescindible de un orden democrático. Aquí, la autolimitación
constitucional de la democracia se basa en la desconfianza frente a
las “inclinaciones tiránicas” e “impulsos irracionales” de las masas y
en la confianza en el carácter incorrupto de las élites políticas.
2. Schumpeter propuso la sustitución del concepto de gobierno a través
del pueblo por el gobierno legitimado por el pueblo, atribuyendo a las élites
la importancia que tienen en la realidad de los sistemas democráticos
de masas en relación con los procesos de formación y decisión
76 de la voluntad política (teoría realista). Según esta interpretación
elitista, democracia “significa que el pueblo tiene la posibilidad de
aceptar o rechazar a los hombres que deben dominarlo”118; con lo
que se diferencia de la teoría de la élite de Mosca (cuyo carácter es
explícitamente antidemocrático), a través de una concepción de la
representación orientada por el sistema de mercado.
3. Según esta imagen económico-metafórica de la democracia, para
ser elegido, el político debe respetar las preferencias e intereses

118
Joseph Schumpeter, Capitalismo, Socialismo y Democracia, citado por Dubiel, p. 53.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

de los electores, aun cuando le impulsen motivos egocéntricos de


carrera o ambición de poder, con lo que lo sitúa frente al elector como
un empresario ante sus consumidores; las exigencias democráticas y
político-morales de las constituciones occidentales se considerarían
satisfechas cuando el output legislativo del gobierno refleje el input de la
demanda de los consumidores; por tanto, una democracia que funcionase
correspondería a un equilibrio de mercado en funcionamiento119.
Esta teoría económica de la democracia guarda gran afinidad con
la ideología neoliberal de Hayek o Friedman; de forma similar al
marxismo vulgar, para el cual la democracia es un acuerdo referido al
mercado de instituciones destinado a imponer los intereses del capital,
los neoliberales interpretan la política como “superestructura” de una
libertad de disposición referida a la figura universalista del empresario,
identificando democracia con capitalismo, toda vez que no diferencian
entre derechos de libertad económicos y políticos. Por otro lado, resulta
difícil aplicar las ideas del mercado tradicional a sistemas políticos
contemporáneos, ya que el mercado político está organizado de forma
más oligopolista que el mercado económico del capitalismo tardío. La
homogenización del electorado mediante la figura del consumidor olvida
la diferencia sociocultural y la desigualdad económica, que influyen en
el comportamiento político.
En segundo lugar, cuando se equipara la manipulabilidad de la actitud
del consumidor con la formación de la opinión política, desaparece el
input (intereses y necesidades de los ciudadanos políticamente activos)
como elemento independiente, sacrificando la sustancia normativa de
la legitimidad antitotalitaria. Según Schumpeter, las condiciones para
el éxito del método democrático son: 1) la existencia de un nivel social
homogéneo desde el cual se recluten los políticos; así, con respecto al
enrolamiento de las élites, Schumpeter considera la desigualdad política
de la sociedad como factor estabilizador de la democracia liberal120; 2)
limitación de la esfera política: solo la investidura del gobierno debe ser
sometida al principio democrático, y 3) amplia apatía política de las masas
y fomento político-cultural del consumo metapolítico.
Al no existir una población que se corresponda con los supuestos de apatía
77
política y obediencia tradicional, el modelo realista de democracia elitista
se transforma en un modelo normativo, pasando, según Dubiel, de lo que
pudo ser un modelo sensato-descriptivo (en los años cincuenta) a ser la
base de programas políticos autoritarios (en los años setenta y ochenta).
La ausencia de “condiciones para el éxito del método democrático” es lo
que los neoconservadores consideran “ingobernabilidad”: 1) revaloración
del principio normativo de igualdad social (observada en los movimientos

119
Dubiel, p. 54.
120
Idem, p. 56.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

de derechos civiles de los negros y de las mujeres); 2) expansión de lo


político y de las exigencias de autodeterminación a los ámbitos económico,
cultural, etc., y 3) descomposición de actitudes afirmativas, tradicional y
religiosamente determinadas.
Estos desarrollos cuestionaron parte del modelo elitista de la democracia,
especialmente la ventaja del realismo, la cual era su única fuerza frente
a los críticos radical-liberales y socialistas, que no querían abandonar
los imperativos morales de la concepción de democracia de la primera
burguesía. La equiparación de modelo y realidad social –principal
ventaja de la teoría elitista– debe ser llevada a cabo ahora de modo
práctico político; así, lo que los neoconservadores –desde la idea de
ingobernabilidad– llaman “terapia”, sería la restauración schumpeteriana
de las condiciones para el éxito democrático.
Los elementos atribuidos a la ingobernabilidad por los nuevos conser-
vadores podrían considerarse signos de una conciencia democrática
madura no prevista por Schumpeter; empero, esta consideración tendría
que anticipar una alternativa participativa al concepto diferenciado de
democracia elitista –un paradigma, reconocido científicamente y probado
históricamente, de la democracia participativa que se refiera a las condi-
ciones sociales modernas y que pueda oponerse al modelo elitista– que, sin
embargo, no existe, pues, si bien, se reconocen las raíces teórico-históricas
de un paradigma como éste, su contexto interno aún es confuso.
El concepto asambleario de democracia de Platón y Aristóteles, las teorías
políticas de las sectas heterodoxas de la Baja Edad Media, las discusiones
políticas de las sectas puritanas en la colonias americanas y las ideas de
democracia de los anarquistas, populistas y sindicalistas del siglo XIX,
unidas por la idea de una integración normativa de la sociedad cuyo
origen esté en el pensamiento aristotélico, según el cual el individuo sólo
puede realizarse activamente desde el punto de vista moral a través de
la participación en la política, son bases teórico-históricas que no pueden
sostener el modelo moderno de democracia participativa, puesto que
surgieron antes del desarrollo de sociedades modernas, funcionales
y diferenciadas, y del reconocimiento político-histórico de principios
universalistas de igualdad política y autonomía moral del individuo,
78
principios que garantizan que la integración normativa de la sociedad
no derive en sistemas totalitarios.
La referencia histórico-real de la concepción participativa de democracia
se sitúa en la polis ática, en los town-meetings de los Estados de Nueva
Inglaterra y en los procedimientos de decisión de la democracia de los
primeros movimientos populistas americanos. Esta democracia directa
en su forma participativa podría contemplar la realización del ideal
republicano de soberanía popular, entendida de modo “populista”,
esto es, orientada por la idea antigua de la vida buena, según la cual
las necesidades funcionales de reproducción social y los principios
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

culturales de orientación universal están vinculados; en este contexto,


la política es asunto de todos los ciudadanos y no sólo de las élites
autonombradas, y la democracia no es exclusivamente un mecanismo
de producción de autoridad social (entre otros posibles), sino una forma
de vida político-cultural.
También pueden reconstruirse los elementos de una concepción
participativa de la democracia teniendo en cuenta los procedimientos
de decisión institucionalizados que han entrado en la constitución de
Estados modernos, como Suiza y de Estados federales de Norteamérica.
Dubiel enumera los siguientes procedimientos:
1. La asamblea de ciudadanos con corporación legislativa.
2. El referéndum efectivo y/o legislativo.
3. La posibilidad de retirar el mandato y el mandato rotatorio.
4. El mandato imperativo.
5. El derecho de elección “proposicional” (posibilidad de votar
inmediatamente sobre programas políticos en el acto de elección)121.
Para Dubiel, los modelos participativos de democracia, en la realidad
actual de democracia de masas, constituyen modelos anacrónicos,
debido a que la estructura política compleja de los Estados modernos y
su extrema diferencia funcional imposibilitan que el ciudadano llegue a
ser un sujeto mayor de edad; pero, también son modelos “extrañamente”
modernos, porque el ideal universalista de autodesarrollo individual bajo
las condiciones del Estado de bienestar se ha convertido en una evidencia
garantizada formalmente, aceptada universal y vitalmente, y practicada
culturalmente. Por esto, las formas de comportamiento y actitudes que
los teóricos elitistas supusieron como dados para la cultura política de
las democracias modernas ya no corresponden con la realidad, como en
los años cincuenta y sesenta.
Si bien la intensificación del esquema de democracia elitista es apto
como plataforma para una política autoritaria, la tradición clásica
“precapitalista” no ofrece ninguna pauta sobre cómo se puede
democratizar plenamente la democracia de masas; así mismo, como los 79
fenómenos derivados del “tedio de Estado” pueden entenderse como
síntomas de ingobernabilidad o como indicios de una cultura política
madura, es una cuestión problemática que alcanza sus sentidos bajo
las condiciones, procedimientos y asuntos de dominio político en las
democracias de masas del Estado de Bienestar.
Clauss Offe sustenta en sus trabajos sobre teoría de la democracia la
tesis sobre los asuntos de decisión política que se sustraen del principio

121
Idem, p. 60.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

democrático de aplicabilidad creador de legitimidad, problema cercano


al planteado por Huntington en cuanto al “vació de credibilidad” en
las democracias modernas. Para Offe, y con algunas variaciones para
Huntington, el marco de tensiones entre expectativas normativas (o normas
democráticas creadoras de legitimidad) y realidades institucionales en
los sistemas democráticos actuales (democracia de masas), es construido
por la erosión de las condiciones de validación de la regla de la mayoría;
algunas de ellas son mencionadas por Dubiel:
1. No-diferenciación entre Estado y sociedad en el capitalismo tardío:
debido al desarrollo del Estado Intervencionista y de Bienestar y
de los efectos producidos por los compromisos neocorporativos,
se problematiza la frontera clásico-liberal entre una esfera estatal
(controlada democráticamente) y una esfera social de responsabilidad
“privada”, puesto que cada vez mas ámbitos de la vida social son
abarcados por los poderes administrativo-estatales, sin que se equilibre
esta desdiferenciación de las esferas estatal y social a través de un
crecimiento en posibilidades de participación y de control democrático.
2. Efectos de decisiones que van más allá de las fronteras del Estado
nacional: la regla de la mayoría democrática tiene validez en el marco
de dominio político nacional-estatal; sujeto y objeto del dominio
organizado democráticamente sólo serían congruentes en caso de
una aislamiento político elegido soberanamente y de una autarquía
económica completa; sin embargo, la integración económica hace que
las decisiones dentro de un Estado nacional afecten a un círculo grande
de personas y no sólo a sus ciudadanos (es el caso de la política del
Banco de Emisión Norteamericano), por lo cual, un número creciente
de decisiones se sustraen de la posibilidad de un control democrático.
3. La complejidad, la extensión y las consecuencias irreversibles de las
decisiones de infraestructura moderna, limitan la validez de la regla
de la mayoría. Cuando se toma conciencia de las implicaciones de
la energía nuclear, los efectos a largo plazo de decisiones de política
armamentística, los daños como consecuencia de los desplomes de
circulaciones ecológicas, etc., se llama la atención sobre la condición
de que cada comunidad democráticamente constituida pueda
80 comenzar de un punto cero al principio de su legislatura: también en
la dimensión temporal se reduce el ámbito del cual se puede disponer
democráticamente de modo efectivo.
Es posible argumentar que –independientemente de estos cambios
estructurales del poder político– las condiciones específicas de la
socialización en la época de posguerra han radicalizado la igualdad
ciudadana, la participación política y el autodesarollo individual, valores
en los cuales se basaba la idea de democracia de la primera burguesía; así,
una sensibilidad democrática, estética, moral y políticamente acentuada
daría lugar a una reducción de los ámbitos en los que los principios de
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

autodeterminación política pueden exigir validez de forma creíble. De


lo anterior, Dubiel arriesga el siguiente pronóstico:
“El desarrollo de las democracias de masas del capitalismo
tardío van hacia un punto en el que o se renuncia por
completo a las formas de participación política generadoras
de legitimidad o los principios normativos mismos de la
autodeterminación política se convierten en la base de la
racionalidad para la reorganización del poder político”122.
El punto de decisión se encuentra en la alternativa histórica entre el
programa autoritario (postliberal) de un poder de élites tecnocráticas
y una democracia parlamentaria, en la que se tomen en serio las
garantías constitucionales y se aumenten los momentos participativos.
Al imponerse la primera alternativa (en una forma tan pura como la
deseada por algunas administraciones neoconservadoras), se produciría
el fin del nivel de autodeterminación política institucionalizado en las
democracias liberales, el poder político no se impondría a través de la
referencia legitimadora a principios constitucionales capaces de lograr
aprobación, y el problema central filosófico-jurídico de la democracia
de masas (positivación del derecho y su legitimidad) sería eliminado
mediante dos estrategias: 1) a través del reforzamiento de una estrategia
de legitimación positivista, según la cual el funcionamiento formal de
ejecuciones administrativas está políticamente justificado, y 2) a través
del carácter carismático de las élites políticas, conseguido por los mass
medias (lealtad de las masas como artefacto tecnológico-social)123.
Las anteriores estrategias significarían la sustitución de la conciencia
de legitimidad político-cultural en la esfera pública política, de la
cual se responsabilizan la acción de las élites a favor del legalismo
autoritario y la lealtad de masas conseguida artificialmente, eliminando
la posibilidad de hablar de democracia. Una sociedad renovada de
forma neoconservadora sería autoritaria en su organización política y
aumentaría la desigualdad social bajo ideologías de carácter meritocrático
y sociobiológico; en ella, ciudadanos “políticamente desviados” serían
objeto de vigilancia y represión, parte de la población (desviándose
socialmente) se convertiría en objeto de control social tutelado y trabajo
81
obligatorio ordenado por “policía social”, y la cultura políticamente
dirigida se degradaría en diversión y tendería a convertirse en un medio
de integración ideológica.
Opuesta a lo anterior se presenta la alternativa de reforma participativa
de la democracia. Los especialistas neoconservadores en derecho público
(orientados por las formas representativas de la democracia de notables de

122
Idem, p. 64.
123
Idem.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

corte liberal clásico) y algunos representantes del movimiento alternativo


(críticos del parlamentarismo), consideran que el sistema representativo
y la “democracia de base” son dos modelos de participación que se
excluyen mutuamente. Por otro lado, desde la historia constitucional
como historia del poder se refleja la influencia de las formas de conciencia
dominantes (en el sentido marxiano), y se observa el síntoma que, desde
el comienzo de las sociedades burguesas, tiende a reprimir los elementos
de la democracia directa:
“Desde las primeras repúblicas burguesas hasta las actuales
democracias de masas de bienestar, en la sucesión de los
temas político-centrales y modelos fundamentales se puede
identificar una lógica, muchas veces quebrada pero nunca
suprimida, que desde que adquiere relieve la soberanía
estatal sobre la garantía de seguridad personal, de propiedad
y de contrato, se ha acercado a las proximidades de ideas
de justicia materiales y principios de participación política
igualitaria como condiciones de aceptación directrices del
orden político”124.
Desde esta perspectiva, la historia de las instituciones políticas –en tanto
complejo y evolutivo resultado del poder político–, de la lógica jurídico-
constitucional y de la estructura de la evolución normativa demuestra los
elementos de sobrecarga y autobloqueo del sistema, por lo cual Dubiel
propone el análisis de los “síntomas de ingobernabilidad” como signos de
una conciencia democrática madura, planteando, además, una situación
en la que la integración de la superestructura normativa indica la solución
de la crisis de un sistema político que se bloquea a sí mismo. En primer
lugar, estaría el fortalecimiento de la esfera pública-política a través del
reforzamiento de la formación política, de la libertad científica y cultural
y de los medios de comunicación (sustraídos al control de los partidos y
de los grupos del capital). También serían importantes el fortalecimiento
de la decisión electoral (compromiso voluntario del diputado con las
decisiones electorales, fortalecimiento de la democracia interna de los
partidos, etc.) y los controles ciudadanos a la administración a través de
la extensión de los derechos de participación socio-estatal (asambleas de
82 ciudadanos y referendos, por ejemplo). Una legitimidad de la democracia
reforzada con estos elementos tendría su fundamento en la existencia
de los valores universalistas de la ilustración política. Frente a una
programación teórica sistémica de participación, la radicalización de
las posibilidades de autodeterminación, propuesta por Dubiel, tendría
que considerar que las causas de la crisis de la democracia liberal han
cambiado la formación de la voluntad política y las instituciones del
ejercicio del poder político.

124
Idem, p. 66.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Según la concepción política burguesa, adoptada por el marxismo


institucionalizado, los procesos colectivos de formación de la voluntad son
políticos sólo cuando encuentran una expresión institucional-organizativa
en el Estado. Frente a esto, las nuevas luchas sociales ya no se caracterizan
por una lucha, dirigida por intereses organizados, para lograr partes en el
producto social y posibilidades de acceso en el sistema político, sino que
se ha impuesto una percepción política que da cuenta de una dialéctica
de coacción sistémica y de apropiación de espacios autodeterminados
en los ámbitos estatales y extraestatales. La racionalidad de tal política
tendría como sustento teórico una “interpretación paradójica” de la
teoría del poder de Foucault, que pretende una autoafirmación del poder
político realizada a través de reproducciones continuas de formas de
pensamiento.
Contra esa imagen totalizadora de una capacidad de autoafirmación
ilimitada y ultraestabilidad del sistema político, la “nueva política”
analiza la “casualidad dramática”, la fragilidad e irritabilidad del poder
político moderno, la dependencia creciente de legitimidad estatal y la
autoridad de las angustias “prepolíticas”, los motivos, las exigencias
normativas, y las esperanzas de felicidad en los ciudadanos, guiada por
una organización estatal donde la política no es solo un aparato de fuerza,
sino lugar, medio y condición de la autoorganización democrática de la
sociedad; las condiciones de desarrollo de esta nueva política estarían
dadas por el afianzamiento de los derechos de comunicación política y
una cultura política “viva”.
Finalmente, el modelo de democracia radical desarrollado por la tercera
generación de la Escuela de Frankfurt, de la que hacen parte Wellmer y
Dubiel, propone una “radicalización intensiva y extensiva del principio
democrático. Intensivamente se radicaliza en tanto que crecen las exigencias
normativas a la par que aumenta la sensibilidad contra rendimientos
y manipulaciones político-administrativas. De forma extensiva el
principio democrático se radicaliza al extenderlos más allá de una esfera
estrechamente definida por los derechos de participación política, es decir
a las esferas de la vida cultural y económica”125.
La democracia radical es una alternativa frente a la emergencia y
83
profundización del discurso neoconservador en el sentido de que el
exceso de democracia produce en los sistemas políticos una situación de
ingobernabilidad. Este fenómeno tiene como consecuencia la proliferación
de movimientos que luchan por la reivindicación de derechos civiles y
por la exigencia de autonomía. Las élites han reorientado sus estrategias
reforzando su legitimación y, a través de su carácter carismático, han
conseguido la lealtad de las masas por medio de los mass media:

125
Idem, p. 48.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

“Sólo en un sentido cínico puede hablarse de ‘democracia’


si una consciencia de legitimidad político-cultural ha sido
sustituida por un legalismo autoritario y una lealtad de masas
conseguida artificialmente. Una sociedad renovada de forma
neoconservadora no sólo sería autoritaria en su organización
política: bajo la capa de ideologías renovadas de carácter
meritocrático y socio-biológico aumentarían y se consolidarían
las formas existentes de desigualdad social”126.
A esta estrategia neoconservadora, Dubiel contrapone el dispositivo
simbólico de la democracia radical, que reconoce a todos los miembros de
la sociedad civil el derecho a acceder al espacio público y a participar en la
resolución de los conflictos sociales para reivindicar la perenne lucha por
el acceso a lo público y por el “derecho fundamental a tener derechos”.
Esta lucha extrae sus energías de una idea de autodeterminación que
pone en movimiento la imaginación política y la praxis reivindicativa
que se opone a los privilegios y jerarquías sociales tradicionales de un
orden social heterónomo127.
Dubiel ubica en la estrategia política de la desobediencia civil una praxis
simbólica, es decir, en tanto que simbólica, valorable y sancionable en
proporción a la culpa, y, por tanto, no justificable o excusable globalmente,
pero tampoco falsamente etiquetable y condenable globalmente128.
La desobediencia civil es, así, un dispositivo que produce dos efectos
fundamentales: plantea demandas democráticas a los actores políticos
y al público en general y crea un espacio público para la formación de
opinión y voluntad ciudadanas. Cuando es legítima, la desobediencia civil
instaura un orden verdaderamente democrático, en el que existe un nuevo
equilibrio entre autonomía individual y responsabilidad solidaria.

84

126
Idem, p. 64.
127
Idem.
128
Helmut Dubiel, La Cuestión Democrática, Madrid: Huerga y Fierro Editores, 1997,
p. 77.
Cultura/contracultura, cotidianidad
y élites
Esta quinta parte aborda, en primer lugar, la teoría de la cultura de la
primera Escuela de Frankfurt, tanto en la primera versión que conciben
Horkheimer y Adorno en el marco de la radicalización heterodoxa de
su ya heterodoxa interpretación del marxismo a mediados de la década
de los 40, como de la segunda, donde Adorno, particularmente, señala
las severas consecuencias que a nivel de la cultura política tienen los
dispositivos de dominación que, en el capitalismo tardío, se articulan
políticamente en una conjunción, en la que ideología y alienación
confluyen no sólo estrecha, sino estructural y sistémicamente a través
de los medios de comunicación y los procesos de formación de opinión
pública (5.1.).
Aunque el abordaje del tema puede parecer un desvío de la cuestión de
las élites que nos ocupa, la intención estratégica de ello es explicitar lo
más detalladamente posible, desde el marco teórico proporcionado por
Adorno, el grado de penetración que estos procesos de ideologización/
alienación generan en el mundo de la vida. Cuando aunamos esto al
manejo que, en el marco de democracias restringidas, le dan las élites
tecnocráticas de carácter económico, político o cultural –expresión
todas de un proyecto hegemónico determinado– a la concepción de
estrategias sociales e institucionales de todo orden y constatamos como
ello entronca, a través de los medios de comunicación masivos, con el
usufructo de la opinión pública, podemos comprender las implicaciones
que a nivel de la cotidianidad de las comunidades tiene la teoría de las
élites.
Este camino posibilita ambientar una segunda dimensión de la
cotidianidad, sin duda no contemplada en la visión un tanto pesimista
y apocalíptica de la primera Escuela de Frankfurt. El estudio de De
Certeau nos permite explorar los complejos e intrincados dominios
de la cotidianidad, la dinámica espacio-temporal de las resistencias, 87
las prácticas sutiles donde se cuece lenta pero inexorablemente la
contrahegemonía, como también se consolidan las pericias hegemónicas.
De nuevo este desvío nos acerca aún más al punto que queremos
destacar: las prácticas de las élites no se dan al margen del mundo de
la vida, sino en el corazón mismo de ésta: en la cotidianidad que le da
vida a la economía, a la política, a la sociedad en su conjunto. Es en ese
nivel primario y arcaico donde se trenzan las dinámicas hegemónicas y
contrahegemónicas de élites y minorías, en la base misma que sostiene
toda la pirámide social (5.2.).
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Adorno: élites y pseudocultura

La industria cultural
El desarrollo de la investigación sobre la pseudocultura de Adorno
es tal vez el más completo que posee la Escuela, entendido como
nuevo modelo cultural surgido de los mass media y de las industrias
dedicadas a la creación de mensajes estandarizados, en tanto el “ocio
de las enormes poblaciones […] anula la capacidad de análisis causal
y crítico, convirtiendo al sujeto receptor en un individuo pasivo y
desindividualizado […] las superestructuras ideológicas pseudoculturales
se han convertido en el factor de socialización, integración y adaptación
más poderoso de la sociedad de consumo”129.
La introducción del factor técnico en el centro mismo del arte y la estética
en la sociedad del capitalismo avanzado, en la que se establece una
producción serializada con métodos y técnicas semejantes a los de otros
tipos de producción, lleva a Adorno y Horkheimer a indagar sobre el
desarrollo de mercancías de índole cultural que somete dichas producciones
a las leyes de oferta y demanda del mercado capitalista.
El problema que subyace es la irrupción de dichas leyes en el área de la
ideología, con lo que se consolidan no sólo unos principios de rentabilidad
económica, sino unos principios de asimilación y conformismo social a
través de modelos simbólicos. Así las cosas, aparece una redefinición de
la teoría económica del valor, pues de acuerdo con Adorno, las diferencias
de valor establecidas por la industria cultural no tienen que ver con
diferencias objetivas, sino con el significado de los productos.
El análisis anterior implica que la fabricación y la producción de los bienes
culturales no son valoradas tanto por sus costes, como por su acción sobre
los receptores. La rentabilidad económica se conjuga con la rentabilidad
ideológica, de modo que el balance de los beneficios monetarios resulta
ser tan importante como el de los beneficios asimiladores al sistema,
ya que este segundo aspecto permite la pervivencia a largo plazo del
primero.

88 Es así como Adorno encuentra que la industria cultural realiza el


esquematismo de las ideas, esto es, trata igual al todo y a las partes. La
idea genera orden, pero no conexión. El ideal consiste en que la vida no
pueda distinguirse de la de los films y programas televisivos130. Por tanto,
resulta obvio que en el modelo cultural se dé una mutación que se oriente
hacia un modelo construido como espectáculo.

129
Ver Blanca Muñoz, “La sociología de la cultura de masas”, en Theodor Adorno: Teoría
Crítica y Cultura de Masas, Fundamentos, 2000, pp. 91-196.
130
Idem, p. 92.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

El interés primordial de Adorno por aclarar el funcionamiento de la


industria cultural proviene de la necesidad de conocer cómo se efectúa
la interrelación entre leyes económicas y leyes psicológicas, en una simbiosis
inédita en tiempos anteriores; es decir, entender cómo es posible que
se hayan podido estandarizar contenidos de la conciencia mediante
procesos de taylorismo industrial131, en tanto la industria cultural y la
cultura de masas forman una nueva esfera de producción cuyas categorías
ordenadoras tienen que entenderse en términos del funcionamiento de
la ideología, considerada como integración de la población en los valores
del capitalismo postindustrial.
En la transmutación en la que el arte se convierte en industria y la cultura se
hace comercio, la Escuela de Frankfurt encuentra un conjunto de problemas
que serán los siguientes:
• la ampliación del bienestar económico de la sociedad postindustrial
supondría un ampliación cuantitativa del acceso a la educación y a
la cultura para amplios sectores de la población;
• al mismo tiempo, la situación anterior desembocaría en la posibilidad
de una democratización de las instituciones y en una renovación
descentralizada de la vida social y política, pero, asimismo, de la vida
cultural;
• por tanto, la accesibilidad de la población que dispone ya de un mayor
tiempo libre y de ocio al aprendizaje cultural y creativo multiplicaría
las posibilidades estéticas y artísticas132.
Ante estos cambios, se erige la industria de la cultura para salvaguardar la
estructura de poder de los dirigentes y gestores del capitalismo avanzado.
La “economía de programas de entretenimiento”, en sus diferentes fases
de producción y comercialización, no es más que una poderosísima
intervención en los niveles de creación libre y espontánea. La cultura,
al entrar en el reino de la mercancía, debe perder su valor simbólico y
asumir valor mercantil.
El papel estratégico de la técnica y la canalización de los gustos sociales
hacia tipos específicos de productos de la industria, generalizarán un
modelo de consumo de cultura caracterizado por su simplificación y su 89
dependencia de los intereses hegemónicos de circulación internacional
de información. Para Adorno, todo este proceso manifiesta la regresión
de la cultura y del arte, pero también de las facultades intelectuales y
estéticas de la población133.

131
Idem, p. 93.
132
Idem, p. 94.
133
Idem, p. 95.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Comunicación, técnica y control


La Escuela de Frankfurt centra su atención en el poder de persuasión y
propaganda desencadenado con la aparición de los mass media, por la
función política que los mensajes transmitidos pueden desempeñar. Esto
la lleva a concluir las siguientes tesis:
• “la poderosa capacidad de ubicuidad de los mass media produce un
efecto psicológico en sus audiencias, a menudo parecido al de la fe y
la creencia mágica y religiosa: la fe en la comunicación de masas sustituirá
y complementará la fe religiosa;
• el proceso más característico, sin embargo, es el que origina que
poderosos grupos de interés susciten sobre la sociedad cambiantes
tipos de control social, como sucede, por ejemplo, con el sintomático
caso de la propaganda. […] Los grupos que pretenden controlar
las opiniones y creencias de nuestra sociedad aportarán cada vez
menos a la coerción y a la fuerza física frente al mayor uso de técnicas
psicológicas persuasivas. El temor de esta utilización resulta del
constante asalto psíquico de los mass media y la rendición colectiva de
incondicionalidad de las facultades creativas y críticas a la formación
de un vacuo conformismo;
• no sólo se está ante un perfeccionamiento de las técnicas motivacionales
persuasivas, también hay que referirse a la transformación de los
gustos del público. […] En la medida que ha aumentado el volumen
del consumidor de cultura comunicativa, ha bajado paralelamente la
creatividad de la cultura popular y el nivel de los gustos estéticos de
la audiencia”134.
En consecuencia, para delimitar el problema de las nuevas formas de control
habrá que interrelacionar tres fenómenos: la estructura de la propiedad
y la administración de los medios de comunicación de los medios de
comunicación de masas, los contenidos que se difunde en esos medios y,
desde luego, los efectos determinados por la existencia de dichos medios
en la sociedad postindustrial.
Sobre la estructura y administración de la propiedad, Adorno y
90 Horkheimer comprendieron el proceso de concentración industrial
mass mediática, que se expresa en Dialéctica de la Ilustración, pero no se
quedaron en el estudio de los monopolios comunicativos y culturales, sino
que extendieron su análisis a la sociedad competitiva, en la que todos los
individuos llevan este peso y son el producto del aparato económico y
social de la sociedad capitalista. En lugar de la comprensión, se impone
el aumento de prestigio y en lugar del disfrute de la cultura el status de
la posesión de uno objetos.

134
Idem, pp. 95-96.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

En esta sociedad, nadie debe rendir cuentas de lo que piensa, pero,


en cambio, cada uno está encerrado en un sistema de relaciones
que conforman un instrumento hipersensible de control colectivo, cuyos
dispositivos son articulados por la industria cultural135 a partir de una
tendencia a la extinción de la crítica y el respeto, lo cual requiere de un
proceso de vigilancia imperceptible. El control social se hace indiscernible
porque se ejerce sobre la vida psicológica del individuo. En este sentido,
uno de los dispositivos más destacados resulta ser la publicidad, que
reduce el placer prometido a mercancía.
La incorporación de Freud a la Teoría Crítica aportará nuevos elementos
al discurso en este campo, siendo el tema de los mecanismos inconscientes
de internalización del orden normativo postindustrial uno de los más
puestos de manifiesto. El acatamiento y la socialización normativa
permiten una tendencia acrítica frente a la conformidad que sustituye
a las organizaciones coactivas por organizaciones comunicativas, con
lo que se patentiza un consenso colectivo logrado mediante el uso de la
persuasión, lo liderazgos políticos coactivos y los sistemas de influencia
de los medios de comunicación.
Pero este conjunto de procesos indicaría que los niveles de obediencia
social habrían sido dirigidos por una gestión científica de los estados de
ánimo y los “climas mentales” de los ciudadanos. El triunfo es no sólo
de la conciencia cosificada, también lo es del inconsciente cosificado en su
reducción subjetivista y cerrada que la técnica ha endurecido136. Consciente
e inconsciente se ponen al servicio de las relaciones de producción, de sus
formas de poder y de sus sistemas de propiedad, de modo tal que el ser
humano quede reducido a naturaleza, instintos controlados y satisfechos
primitivamente con productos tecnológicamente inmejorables.

Pseudocultura de masas
La estructura de la cultura de masas se ordena sobre lo manido y ya
sabido. Frente a la internalización del libro por parte del público de
un Defoe o un Dickens, los medios técnicos actuales de comunicación
conducen a una continuada externalización, en la que lo visual sustituye a lo
leído. Para Adorno, esa simplificación en los procedimientos cognoscitivos
también se percibe en los contenidos de la nueva cultura “popular”. En 91
efecto, el surgimiento de una clase media unificada sobre la que recae la
acción del consumo y de la comunicación, conlleva la necesidad de crear
unos contenido “previsibles”.
Lo conocido no sólo se reduce a los temas y tramas novelescas o
cinematográficas, sino, especialmente, a los valores expuestos. Éstos
deben ser reconocidos de una forma literal por la audiencia, evitándose

135
Idem, p. 97.
136
Idem, p. 99.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

el esfuerzo intelectual y la concentración que requería la anterior cultura


burguesa” del siglo XIX. Ahora las variaciones deben ser mínimas, porque
la organización mental colectiva se establece sobre dos pilares básicos: los
escasos conocimientos y recuerdos históricos y los clichés deliberados que
favorecen el –cada vez mayor– carácter autoritario de sus valores.
En gran medida, la literatura burguesa decimonónica reivindicaba el poder
de la individualidad frente a la convención. Tal reivindicación representaba
el aspecto progresista, casi revolucionario, de sus temas. En la primera
cultura de la burguesía se muestran unas fuerzas de resistencia individual
que expresan la tensión formidable de una poderosa creación estética. Es
así como la cultura popular burguesa se transforma en una subcultura de
publicaciones periódicas –las historietas de los periódicos dominicales
comienzan a crear un género que, con los comics, se consolidan como el
“arte popular”–.
Pero ello ya no será creación autónoma original; al contrario, la
comercialización de esa primera subcultura literaria y gráfica estará en
el inicio de la aparición de la cultura de masas, de modo tal que, al pasar
estos temas a la cultura de masas, se altera su significado de avance
social. Las normas sociales triunfarán sobre la ruptura. En la “novela
de consumo” se impone su ser “realista” y, por tanto, la identificación
con el statu quo y sus valores convencionales se impondrá como el final
imprescindible de la trama.
El juicio deviene en opinión y la opinión en prejuicio. En la modificación
cultural de lo popular en masivo, encuentra Adorno el eje para comprender
el paso de la creación artística hacia la ideología. La ideologización de la
cultura se da con el relegamiento de la bidimensionalidad, que había sido
el patrimonio de lo creado por el pueblo y por los creadores e intelectuales
auténticos. Así, la crítica contemporánea de la ideología tendrá,
ineludiblemente, que explicar la disolución de la cultura bidimensional
y su mutación en un esquema integrativo que elimina el “deber ser” –que
ha sido, y es, el primado de la creación cultural– y fortalece “lo que es”
como un absoluto, eterno e inmodificable137.
El descubrimiento de los mecanismos ocultos del inconsciente echó en cara
92 al marxismo su desatención a las estructuras psicológicas concretas de los
sujetos. Los teóricos de Frankfurt, desde sus orígenes como grupo en 1923,
fueron aproximándose decididamente a Freud. La constitución instintiva
del hombre no podía desligarse de su vinculación con las estructuras
económico-sociales objetivas. Por tanto, el concepto de pseudocultura entró
en el léxico frankfurtiano como una necesidad derivada de los impulsos
motivadores de las conductas masivas de los sujetos138.

137
Idem, pp. 118-119.
138
Idem, pp. 120-122.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Para Adorno, la alteración psicológica que se evidencia paulatinamente en


la ciudadanía postindustrial tiene su origen en un colapso de la formación
educativa e intelectual a causa de los productos de la industria de la
cultura, pero, sin duda, también en la aparición de ese nuevo modelo
ideológico-cultural definido como pseudocultura. Ésta atrapa en su
modelo, como un gigantesco pulpo, contenidos, medios comunicativos
y, preferentemente, la conducta social.

Por pseudocultura se entiende la neutralización y debilitamiento de las


facultades estéticas, creadoras e intelectivas por acción de mecanismos
de socialización que desvalorizan aquello que, de algún modo, pueda
aportar una perspectiva crítica y distanciada del sistema en su conjunto. La
desmotivación y desvalorización de lo humano frente a lo que asigna “valor”
en el mercado, acaban triunfando en una sociedad gestionada mediante
la competencia. Así mismo, consiste en una modalidad de conciencia
que sirve para perpetuar la estructura económica. Para asentarse en
la psicología de masas, esta modalidad de conciencia se “organiza”
de una manera previa, modificando el proceso educativo mediante la
pseudoformación, consistente en el triunfo definitivo de la fragmentación
de conocimientos y de la desaparición de la capacidad de análisis causal
desde la primera infancia.

La cultura queda así compuesta de una amalgama de fragmentos dispersos,


de asignaturas sin ninguna correlación entre ellas y caracterizadas por
su “inutilidad” para la vida práctica de una sociedad de negocios, donde
los hombres se entregan bajo relaciones ciegas y cambiantes. La eliminación de
la capacidad de aprendizaje –y de sorpresa, en el sentido de indagación
racional– provoca la burocratización del conocimiento. Ya no se trata de
acceder a un perfeccionamiento de las capacidades humanas; se trata
ahora de que la cultura pase a ser “un bien” más en los estilos de vida,
en los que “un currículo” cultural asigna status. Mas éste es el triunfo
definitivo de la catástrofe y el colapso de la formación cultural y, a la
par, educativa139.

Para que el modelo de debilitamiento psicológico tenga éxito, Adorno


presenta las siguientes estrategias:
93
• la acomodación de la cultura a lo que es, evitándose tajantemente el
más mínimo resquicio valorativo y simbólico opuesto a los valores
dominantes;
• la inmodificabilidad de la psicología adaptada, impidiéndose que el
ideal ilustrado de perfeccionamiento –patrimonio esencial de la
cultura– pueda realizarse. La pseudocultura impide el deseo de

139
Idem, p. 124.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

conocimiento mediante la artificial sensación de que se sabe y se domina


lo imprescindible para parecer culto;
• la difusión de lo caótico y lo regresivo de la conducta humana. La
autolimitación de las posibilidades existentes en el comportamiento
lleva a silenciar formas de conciencia tan objetivas como las
potenciadas. Aquel ideal platónico según el cual el bien, la bondad y
la belleza tienen una realidad permanente, desaparece en la sociedad
postindustrial. La belleza, la bondad y el bien no son valores acordes
con el darwinismo comunicativo y cultural hegemónico;
• una característica inseparable del afianzamiento de la pseudocultura
es la vulgarización que se convierte en la antítesis de los ideales
educativos. Con ella se entra en la transmutación del conocimiento,
esto es, se altera el proyecto ilustrado de una población autónoma y
se edifica una sociedad con una indudable dualidad. Por un lado, el
desarrollo técnico exige que los ciudadanos estén capacitados para
manejar tan complicada tecnología y que no estropeen tan costosa
maquinaria productiva, pero, por otro, lo anterior requeriría unos
conocimientos acordes con el estado científico postindustrial. Es
en este punto en donde se establece el desajuste, sustituyéndose
la formación educativa e intelectual por una pseudoformación
divulgativa que la radio, la televisión y la prensa efectúan, dándose
la falsa sensación “que todo se sabe” y “de que todo se puede
opinar”140.
Las contradicciones de clase se solventan en forma superestructural.
Los gustos y apreciaciones sobre la realidad se “igualan” a partir de
unos estereotipos estándar de clase media, la lower middle class, como
irónicamente la denomina Adorno. Se trata, sin embargo, de estereotipos
que tienen una lógica inflexible: el sometimiento de los mecanismos de la
formación intelectual a los mecanismos del mercado. Todos los elementos
se resumen en las características enunciadas por el autor crítico y se
sintetizan en dos: integración y deshumanización.
La pseudocultura trata de nivelar el capitalismo mediante una sociedad
de clases medias cuya “moderación” haga cierta aquella humorística
94 clasificación que Barthes definía como “ninismo”; es decir, “ni blanco ni
negro”, “ni izquierda ni derecha”, “ni esto ni aquello”. Así, la integración
conduce a una deshumanización que “tolera y vuelve la cara” ante el
espectáculo de la pobreza conviviendo con el derroche y la desigualdad.
Todo ese impresionante edificio cultural-comunicativo oculta una
estructura social en la que el poder y el privilegio tienen una lógica
inflexible, pero, sobre todo, salvaje.

140
Idem, pp. 125-126.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Opinión pública y mass media


Para la Escuela de Frankfurt, la aparición de los medios de comunicación
de masas supuso la radical transformación del modelo de opinión pública
heredada del siglo XVIII. La primera formulación moderna que va
a introducir la idea según la cual a través de la opinión se puede
controlar a la población, la expresó Hobbes en el Leviahtán, donde
identifica conciencia con opinión. Más adelante será Locke quien
establezca la visión liberal sobre la opinión pública. Afirma que existen
tres derechos fundamentales: derecho a la vida, a la libertad y a la
propiedad, siendo éste último superior a los anteriores. No obstante,
también presenta como derecho básico el derecho a la libertad de
conciencia y de opinión, el cual marcará las grandes revoluciones
burguesas y dará lugar al nacimiento de la prensa institucionalizada.
En toda Europa, la burguesía utilizará la prensa para la difusión de
tres principios básicos:
• la separación de poderes;
• las libertades civiles, entendiendo por ellas especialmente la libertad
de expresión;
• las libertades políticas y, en este sentido, el derecho de sufragio como
la libertad de libertades, pero subrayándose como sufragio, el sufragio
restringido y censitario141.

De este modo, durante los siglos XVII y XVIII, la opinión pública


quedará restringida exclusivamente a los grupos que acceden al poder.
Para el primer liberalismo, ésta se define como la discusión pública de los
asuntos que atañen a los ciudadanos. Esta etapa optimista respecto del
concepto liberal de opinión pública va a demostrar sus contradicciones
a partir de 1848, cuando aparece el movimiento obrero, pues allí se
cierra la etapa burguesa de la libertad de conciencia y comienza la
censura en los sistemas de creación de opinión pública. El movimiento
obrero, por su parte, actúa como “contraprensa” introduciendo nuevos
contenidos y dándole el sentido de proyecto educativo de carácter
social.
Para la Teoría Crítica, todo el modelo liberal de opinión pública se articula 95
sobre la ficción que considera al ciudadano no condicionado por su
contexto de clase o por las condiciones materiales de vida. Éste difunde la
ideología que se presenta como defensora de uno de los grandes derechos
de la sociedad liberal, la libertad de expresión. Por su parte, Adorno
remarcará la ficción de este derecho, por cuanto en la opinión pública se
expresa la opinión que se quiere hacer pública. Los derechos y libertades del

141
Idem, p. 144.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

modelo liberal quedan reducidos a derechos puramente formales, de los


cuales, la prensa será su mejor expresión142.
Las transformaciones del capitalismo liberal hacia el capitalismo
monopolístico implicarán una doble dirección en relación a evitar
procesos globales de cambio colectivo. Entonces, el vuelco radical del
concepto de opinión pública será su variación hacia opinión mediática,
que, paulatinamente y a través de las nuevas técnicas, convierte en
opinión tecnológica lo que había sido opinión política. Los mass media
pasan a ser el núcleo ideológico y simbólico desde los que se enfocan los
comportamientos socio-psicológicos de la población143.
Los sentimientos, convicciones y creencias comunes aprendidos a través
de los medios de comunicación edifican un tipo de democracia, en la
que el público, en general, aprueba y desaprueba los asuntos en su
contacto con los contenidos emocionales de los medios de opinión, pero
no desde la toma de decisiones reales en los parlamentos. La innovación
tecnológica y los recursos persuasivos, que incentivan un conformismo sin
precedentes en otras épocas de la historia, logran generar una sensación
de “participación” en los acontecimientos particulares.
El análisis de la cotidianidad está indisolublemente ligado al estudio
del tiempo y, en concreto, al uso del mismo. Esta estructura que, por lo
demás, pudiera parecer tan evanescente, se convierte, sin embargo, en
primordial en la comprensión general del funcionamiento de la sociedad
del capitalismo de masas. Las condiciones de la vida diaria discurren “en
y entre” las estructuras centralizadas y burocráticas, cuyas decisiones no
dependen de la opinión pública. Una amplia gama de intereses condiciona
la participación popular.
La impersonalidad de las organizaciones se contrarresta con una
cotidianidad cuya “responsabilidad corresponde y es asunto” de los
ciudadanos. El problema va a provenir del grado influencia que las
poderosas burocracias, incluyendo aquí a los medios de comunicación,
tienen sobre la autonomía de los ciudadanos. En estas condiciones, las
posibilidades reales del “individuo masivo” en los procesos de decisión
económica, social y política expresan la incapacidad objetiva de acceso
96 a los puestos directivos donde se gestionan los intereses preferentes del
sistema144.
El poder de convencimiento de la sociedad tecnificada se hace un poder
extraño. No solamente la publicidad y la propaganda, sino, sobre
todo, las relaciones sociales cotidianas mantendrán unos sistemas de

142
Idem, p. 145.
143
Idem, p. 146.
144
Idem, p. 163.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

valores, de los cuales, su fundamento es el sentido económico propio


de esta sociedad. La vida cotidiana, entonces, se hace inseparable de la
acción comunicativa diaria de los medios, hasta el curioso punto de que
carecer de las referencias mass mediáticas comunes podrá conducir a un
proceso de incomunicación con los semejantes más cercanos. La cultura
comunicativa, al igual que la técnica o la ciencia, entra a formar parte
del complejo de instituciones que mantienen un estado permanente de
despersonalización cotidiana145.
El hombre postindustrial está encerrado en el universo de la repetición.
La repetición aparece como la clave de la cotidianidad. Y, en este sentido,
la industria de la conciencia aplica con maestría la exigencia de una
existencia repetida en sus esquemas mil y una veces. El triunfo del
principio de repetición separa de la vida cotidiana lo diferente. La
diferencia aparece como una categoría dialéctica odiada por el aparato
ideológico de la sociedad administrada. El individuo adaptado no desea
la libertad ni la belleza, tampoco desea la conciencia, y, en su lucha
desesperada contra el pensamiento consciente y la existencia autónoma,
recurrirá a todos los medios posibles a su alcance.
En estas condiciones, la cotidianidad aparece como un asunto privado,
como mera responsabilidad del sujeto en un tiempo, hasta tal punto que
incluso sus momentos de ocio están planificados. La vida cotidiana tiene
que plantearse en los límites del sistema social, y lo privado demuestra
un profundo movimiento de simplificación y unificación, de inmediatez
y univocidad. Se trata de un movimiento ideológico y condicionador que
altera las necesidades cotidianas y determina de manera especial una
conducta adaptada a los agentes publicitarios, sean éstos comerciales o
de tipo electoral146.
La sintaxis de la cotidianidad estará definida como una tendencia
paulatina hacia la desublimación. La dimensión irracional absorbe e
intensifica la necesidad de dominar y de ser dominado. La pseudoliberación
que parece conceder el consumo de mercancías preserva las leyes del
orden social instaurado. El individuo pierde así su individualidad,
sometiéndose sistemáticamente a una integración en la cual se encuentra
aparentemente satisfecho. Las formas dominantes han llegado a tal
97
perfección en sus métodos de control y de poder que muy difícilmente
es posible identificar sus estrategias sociales.
La jornada laboral, a pesar de haber sido mejorada y reducida, sigue
siendo la esclavitud fundamental de la existencia y se complementa a
continuación con un tiempo de ocio programado por las grandes empresas
económicas y por lo intereses y gustos privados de unos pocos gestores. La

145
Idem, pp. 164-165.
146
Idem, p. 166.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

unidimensionalidad, como afirmaba Marcuse, es un encarcelamiento de


las potencialidades efectivas del individuo. Es decir, la bidimensionalidad
se deforma, el ser y el pensamiento dejan de coincidir en su dialéctica y,
ante ello, se alza el gobierno de la eficacia creciente, del adoctrinamiento
y de la ausencia paulatina de las capacidades autocreadoras de los
sujetos147. Adorno analizará la enorme manipulación de la cotidianidad,
la deshumanización y la amoralidad de unas relaciones humanas viciadas
por los postulados ideológicos de la administración total. La creciente
desublimación y la cada vez menor necesidad de ser libres se erigen
como las pruebas inequívocas del ascenso y del triunfo de los falso en la
existencia cotidiana.

Nuevas formas de alineación social


Adorno propone detallar las estrategias persuasivas que condicionan
las motivaciones individuales y sociales del capitalismo y, al tiempo,
redefinir el concepto de ideología desde la influencia que la dinámica
comunicativa desempeña en la integración cognitiva de la población. Se
trata de encontrar en las representaciones comunicativas la organización
de la conciencia colectiva en el capitalismo tecnologizado.
El autor plantea un estudio de la televisión entendida como un proceso
de comunicación que actúa en múltiples estratos, siendo éstos concebidos
como la acción de los medios sobre los diversos niveles psicológicos
del sujeto. En este sentido, los mensajes de la comunicación masiva
desarrollan unos efectos que no van tanto a los niveles conscientes del
receptor cuanto a los niveles inconscientes, eludiendo los controles de
la conciencia148.
La propuesta de Adorno se va a situar en una serie de planteamientos,
entre los que hay que destacar:
• la dicotomía entre un mensaje explícito y un mensaje oculto, como
fundamento de la acción psicológica de los medios;
• la doble articulación de los contenidos explícitos y ocultos, según la
cual en los explícitos se “juega” con ideas que aparentan más avance
intelectual. Lo contrario ocurrirá en los mensajes ocultos que sirven
98 para reforzar prejuicios e impulsos intuitivos;
• de lo anterior se derivan actitudes “pseudorrealistas”, como las
denomina Adorno, que dan la falsa sensación de una comprensión
general del mundo. A ese engañoso “conocimiento” se le considerará
como presunción149.

147
Idem, p. 168.
148
Idem, p. 158.
149
Idem, p. 159.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Las pautas psicológicas que permiten que no se ponga en duda el


funcionamiento de la sociedad en su totalidad son:
• presunción: la falaz consideración de “un conocimiento” general
y profundo del entorno mediante la información recibida por los
medios;
• pasividad intelectual: la inactividad que generan los mensajes y la
difusión comunicativa, dando paradójicamente la sensación y
percepción contrarias;
• credulidad: ésta es un resultado de las anteriores, en virtud de la cual,
los medios pasan a ser una especie de “argumentos de autoridad” en
la “verificabilidad” de opiniones150.
De este modo, la originalidad de la investigación del teórico crítico acerca
de la televisión, como corazón mismo de la cultura de masas, proviene
de la definición de ésta como estructura en la que sus múltiples estratos
recurren al “sedimento” del trabajo del subconsciente. Como si se tratase
de una placa geológica, los mensajes televisivos esconden operaciones
significativas que están más allá de lo perceptible y que sólo un enfoque
desde la psicología profunda pueden sacar a la luz.
La psicodinámica comunicativa, en suma, controlaría con desmesurada
perfección los impulsos de la conciencia, canalizándolos no hacia formas
intelectivas complejas, sino hacia dimensiones instintivas y emotivas más
simplificadas. Los mensajes ocultos, entonces, reforzarían el conjunto de
actitudes convencionalmente rígidas y “pseudorrealistas”, dando lugar
a este tipo de personalidad que Adorno y sus colaboradores denominan
“personalidad autoritaria” y jerárquica151.
Dos son los focos problemáticos en los que enlaza toda su argumentación
interdisciplinar: la formación de prejuicios organizados como estructura
mental y la conexión de tal estructura con ideologías políticas racistas y
sexistas. Adorno entiende por carácter social el núcleo de la estructura
compartida por la mayoría de los individuos pertenecientes a la misma
cultura, a diferencia del carácter individual que es distinto en cada uno
de los individuos pertenecientes también a la misma cultura. Entonces,
se requiere del conocimiento de los elementos específicos del modo de 99
producción para lograr entender las condiciones socioeconómicas de la
sociedad industrial que crearon la personalidad del hombre occidental
moderno152.
Así las cosas, los objetos se estiman como mercancías, como encarnaciones
del valor de cambio, no sólo mientras se compran o se venden, sino

150
Idem, p. 160.
151
Idem, p. 162.
152
Idem, p. 171.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

también en la actitud creada en el individuo una vez terminada la


transacción económica, puesto que los mismos individuos se muestran
como representaciones simbólicas de un valor de cambio cuantitativo.
La cosificación aparecerá entonces como el elemento básico sustentador
de la conducta de índole irracional, autoritaria: racismo, segregación del
otro, estereotipos étnicos en todas sus formas.
Así mismo, la enajenación se presenta como un modo de experiencia en
que la persona se entiende a sí misma como un sujeto extraño. Sus actos
y consecuencias acaban dominándola. La persona enajenada no tiene
contacto consigo misma, y su propia conducta le parece inexplicable
y sin una lógica específica. En este sentido, la personalidad autoritaria
resulta absolutamente enajenada. La enajenación, tal y como se reflecta
en la sociedad postindustrial, es casi general: impregna las relaciones del
ser humano con su trabajo, con las cosas que consume, con el Estado, con
sus semejantes y consigo mismo. El miedo a la diferencia determinará
el sistema de actitudes colectivas. Ser diferente aparece como lacra o
defecto, y su rechazo condiciona la psicología social en todos sus niveles.
De lo anterior, el principio de la no frustración surge como el eje de la
cotidianidad. Retrata el principio según el cual todo deseo debe ser
satisfecho y no debe frustrarse.
El modo de producción capitalista y neocapitalista ha determinado un
modo de alineación tan singular que el individuo acaba perdiendo sus
propias capacidades creativas y personales. El carácter enajenado y
profundamente insatisfactorio del trabajo produce dos reacciones: una,
el ideal de una sociedad de total ocio; otra, una hostilidad hondamente
arraigada, aunque inconsciente hacia todas las cosas y personas
relacionadas con esa ética del trabajo.
En definitiva, y como consecuencia de los procesos anteriores, se considera
el binomio seguridad-inseguridad como el aspecto preferente que sirve
para delimitar y definir el concepto de salud mental. La persona alienada
tratará de resolver el problema de la necesidad de seguridad a través de
la conformidad. Se sentirá seguro cuando se vea y se piense como lo más
parecido a su prójimo; su objetivo supremo se encontrará en ser aprobado
por los demás. Y en esa aprobación será donde nazca el sistema de las
100
actitudes enajenadas.
Siguiendo el hilo del marxismo clásico desde Marx hasta Lukács,
Adorno observa que lo que ha progresado en el industrialismo y
postindustrialismo de manera indudable son las posibilidades de crear
y elaborar nuevas dimensiones de alienación colectiva. El concepto adquiere,
no obstante, connotaciones múltiples en relación a su sentido clásico de
pérdida del yo por acción de procesos exteriores del propio sujeto. En
efecto, en una sociedad sometida a los continuos cambios de la ciencia y
de la técnica aplicados al sistema económico, la alienación cobra matices
y significaciones nuevos y diversos. Adorno subraya como la alienación
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

es parte imprescindible de la socialización en una sociedad cuyo núcleo


es el mercado. La sociedad se “extiende” dentro del individuo, cercando
en la psicología individual todas las capacidades que ya no son útiles ni
aprovechables por el sistema.
Tres niveles nuevos de alienación surgen en la sociedad tecnológica
consolidada: el cognitivo, al que Adorno dedicó el estudio sobre la
personalidad autoritaria; el socioeconómico, que comprende el consumo
como forma de vida, y, por último, el de índole sociopolítica, constituido
por modelos de opinión pública153. La alienación está íntimamente
relacionada con la regresión de la conciencia, lo cual implica que ahora ésta
es policéntrica y no significa sólo una pérdida psicológica del sentido de la
propia existencia, sino también del sentido histórico de civilización y una
recaída en una reciente fase de primitivismo, sólo que ahora construido
y difundido políticamente a través de los mass media154.
Las nuevas alienaciones tienen un fuerte componente de restricción de
la conciencia, esto es, de limitación de sus contenidos. En la sociedad
masificada, quienes detentan el poder tienen el firme convencimiento de
que la conciencia de los individuos está muy por encima de los márgenes
estrechos en los que se mueve. En suma, Adorno anunciará como nuevas
alienaciones prácticas las siguientes:
• los procesos de limitación de contenidos comunicativos y culturales
que puedan poner en duda o en peligro los fundamentos ideológicos
sobre los que se asientan los principios del mercado y sus grupos de
presión;
• la agudización y recurrencia a mensajes instintivos que fortalecen la
regresividad de la conciencia hacia unos “primitivismos postindus-
triales”, los cuales conforman el núcleo de lo que Horkheimer definió
como eclipse de la razón;
• la doble construcción de la realidad a la que Adorno se refiere en sus
estudios sobre la televisión y que, a la vez, le sirven como instrumento
terminológico para precisar que ya no es únicamente la conciencia la
que se desvincula de sus posibilidades, sino que, fundamentalmente,
la existencia de unos procesos ideológicos sin precedentes puede hacer
perder en el “ciudadano medio” las dimensiones de su sociedad y, 101
claro está, incapacitarlo intelectualmente para la comprensión de lo
que le rodea,
• y, como resultado final, todo el proceso incrementa el conformismo
y las actitudes acríticas ante el statu quo155.

153
Idem, p. 189.
154
Idem, p. 190.
155
Idem, pp. 191-192.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Élites, cotidianidad y resistencia

Dinámica de las resistencias


El trabajo de Michel de Certeau sobre La Invención de lo Cotidiano se
desarrolla en torno a sus investigaciones sobre la cultura contemporánea,
las cuales están enmarcadas en los estudios denominados como
“antidisciplina”, pues se trata de una postura política que polemiza con las
instituciones del saber. Su objeto de estudio, específicamente, es la cultura
de todos los días, entendida ésta como práctica cotidiana de las mayorías
anónimas, que pueden leerse también como consumidores o dominados: el
espacio de libertad creado por las tácticas populares de micro-resistencia y
apropiación dentro de los abarcadores márgenes del orden dominante156.
Tal estudio busca ocuparse de las operaciones y los usos que se efectúan
sobre los productos culturales ofrecidos por el mercado. Es una concepción
de las prácticas cotidianas como cultura popular, que se diferencia de un
modo claro de otros lugares de lectura que se desarrollaron en las últimas
décadas, adoptando modalidades que se podrían esquematizar en estos
términos:
• negación de validez descriptiva de las categorías de alta cultura,
cultura popular y cultura de masas, y su reemplaza por el concepto
de hibridación cultural, es decir, culturas de cruce entre lo masivo, lo
popular y lo alto;
• entronización de la cultura de masas en un lugar hegemónico y
excluyente, como alternativa conceptual que viene a homologarse o a
sustituir la categoría cultura popular, y que da cuenta de los aspectos
culturales de esta sociedad157.
Por tales razones, De Certeau realiza su estudio tomando distancia de
las relaciones de imposición, aceptación y préstamo entre la cultura
de las élites y la cultura popular, centrándose exclusivamente en los
procedimientos de apropiación, en el consumo, como uso y producción de
segundo grado, silenciosa y fugaz, de los seres anónimos de esta sociedad.
Así mismo, su investigación se caracteriza por una mirada epifánica,
dadas las influencias que sobre él ejercen cierta concepción religiosa
102
(católica) y una perspectiva estética que permite detectar en el gris de
todos los días una dimensión épica.
Su preocupación es dar cuenta de la magnitud y riqueza de “las astucias
innumerables de los héroes oscuros de lo efímero, caminantes de la
ciudad, habitantes de los barrios, lectores, soñadores, pueblo oscuro de las

156
Ana María Zubieta (ed.), “Lo popular, un juego de espejos dentro del campo cultural”
y “Tácticas de la vida cotidiana y cultura popular” en Cultura Popular y Cultura de Masas,
Buenos Aires: Paidós, 2000, pp. 70-97.
157
Idem, pp. 77-78.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

cocinas…”158. Por tanto, elige tres dispositivos para analizar las prácticas
de la vida cotidiana: el uso implícito en el consumo; los procedimientos a
través de los cuales se produce esta creatividad oculta de todos los días;
la formalidad o lógica de esas prácticas.
Dichas herramientas le sirven para reafirmar su hipótesis, según la cual, al
igual que sucede en el lenguaje –que implica poner una marca personal en
el sistema heredado de la lengua–, los consumidores, lejos de ser pasivos
receptores de objetos culturales, desarrollan una producción secundaria,
encubierta, que es un verdadero arte de reciclar con materiales que no les
son propios. Es decir, que el análisis de la lógica de esos procedimientos
tácticos se centra en el abordaje de la “ratio popular” que fundamenta
ese “arte de hacer”.
Allí se formulan y formalizan las reglas de organización de:
• los golpes, los cambios y los relatos de partidas, donde se registran
esas reglas y esos golpes centrados en el elemento sorpresa;
• los cuentos tradicionales, verdaderos discursos estratégicos del
pueblo, en los que las técnicas de simulación, disimulo e inversión
de las relaciones de poder en la sociedad instalan la posibilidad de
la utopía y la maravilla como espacio de resistencia y libertad;
• la retórica y sus tropos, que permiten la inscripción, en la lengua
cotidiana, de las astucias de los débiles bajo la forma de elipsis,
metonimias y metáforas, típicas del decir popular159.
Parte de esas astucias de la ratio popular, son rastreadas por el autor en la
lectura, la enunciación peatonal sobre el espacio urbano y el uso de los
ritos cotidianos conectados con el habitar y la cocina. Los estudios que le
sirven de apoyo para formular la teoría de estas prácticas son:
• la sociología, la antropología y la historia, sobre todo sus elaboraciones
en torno a los ritos y los procedimientos de reciclaje;
• la etnometodología y la sociolingüística, en especial los estudios sobre
los procedimientos de interacción cotidiana en el lenguaje ordinario;
• la semiótica y la filosofía de la convención, que brinda un importante
aparato formal a través del cual se puede asir la riqueza proteiforme 103
de los enunciados cotidianos160.

Espacio/tiempo de las resistencias


El consumidor es definido por su diferencia con el producto que asimila
como usuario. Entonces, el uso es considerado el espacio de la astucia del
débil, mientras que las prácticas de la gente corriente constituyen un resto

158
Idem, p. 79.
159
Idem, pp. 80-81.
160
Idem, pp. 81-82.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

de infinita potencialidad, en donde el consumidor funda su identidad y


su pequeño espacio de libertad.
Esta manera de hacer, de acuerdo al planteamiento de De Certeau, se
basa en tres características centrales:
• la economía del don, que supone la pérdida voluntaria implícita en
el potlatch (ritual indígena de América del Norte, durante el cual se
intercambian regalos), lo que a su vez, en una economía centrada en la
capitalización de bienes, se resignifica como trasgresión, delincuencia,
exceso, despilfarro y, también, como delito contra la propiedad;
• la estética del golpe, que es el arte de saber aprovechar la ocasión y
provocar el cambio súbito de situación como con mano maestra de
artista;
• la ética de la tenacidad, que se traduce en mil maneras diferentes (y
camaleónicas) de rechazar el orden impuesto y resistir161.
Entendida de esa manera, la cultura popular no tiene lugar, depende del
tiempo. Debe tomar al vuelo la oportunidad y sacar el efímero provecho
que le permiten las circunstancias. Es el aprovechamiento del tiempo lo
que le permite la construcción de un espacio donde ella pueda habitar
fugazmente. Esta postura es criticada por quienes defienden que la
experiencia urbana demuestra que con la sucesión cotidiana de esas
pequeñas tácticas se va construyendo un tipo particular de ciudadano que
contribuye a la reproducción de la desigualdad sistémica y a legitimar
la corrupción162. No obstante, de De Certeau insiste en su tesis y postula
que la marcha del paseante subjetiviza los recorridos de la cuadrícula
urbana y los desbarata con su paso poiético.
Los conceptos de lugar y espacio resultan fundamentales en este
entendimiento, siendo el primero un espacio geométrico siempre
conectado al control y al poder, mientras que el segundo es producido
por las operaciones que lo orientan, circunstancian, temporalizan y lo
hacen funcionar a partir de vinculaciones contractuales o conflictivas.
Estos conceptos serán retomados con algunas reformulaciones. En el
caso del lugar, es entendido como principio de sentido para aquellos
104 que lo habitan y de inteligibilidad para quienes lo observan, por tanto,
es identificatorio, relacional e histórico.
El espacio es una categoría que se aplica tanto a la dimensión espacial
como a la temporal. Adicionalmente, se emplea la categoría no lugar,
definida como espacio no relacional, ni de identidad ni histórico, que
se concreta en las instalaciones necesarias para la circulación acelerada
de personas y bienes. Por su parte, de De Certeau plantea el “no lugar”

161
Idem, p. 85.
162
Idem, p. 86.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

como una cualidad negativa del lugar, la ausencia del lugar en sí mismo
que le impone el nombre que se le da, pues los nombres propios evocan
fantasmas, socavando así, la ley de funcionalidad e imponiendo una
historia. Estas diferencias aparentes se diluyen, pues los dos coinciden en
que en el mundo de hoy lugares y no lugares se interpenetran y cruzan.
Cualquier lugar tiene la posibilidad de devenir en “no lugar”163.
Esta antidisciplina sobre las prácticas cotidianas rechaza el modelo de dominio
que supone la escritura, pues allí se instalan los dispositivos de control
de la modernidad, dado que ella asume la página como lugar propio que
controla la exterioridad de la cual ha sido aislado. Frente a ella, la lectura
se vuelve el espacio modélico del consumo y de su creatividad solapada,
porque leer es marcar el texto escrito164.

Prácticas de las resistencias


El análisis de las prácticas barriales comienza con un discurso sobre la
ciudad moderna. Ésta es vista como espacio geométrico y geográfico
poblado de construcciones visuales panópticas, resultado del calculado
diseño de urbanistas que, muchas veces, desarrolla en sus teorías de base
el lenguaje del poder. Sin embargo, algunos investigadores observan que
la cuadrícula de esta ciudad moderna está sometida a los movimientos
contradictorios y al uso anárquico de sus habitantes (los monumentos
se llenan de grafitis, las prohibiciones se transgreden, los nombres de las
calles y los lugares evocan historias nunca dormidas aunque ocultas a la
mirada), que compensan con sus marcas enunciativas la fuerza del modo
colectivo de gestión por un modo individual de reapropiación165.
Así, la vida cotidiana se articula en el barrio en dos estratos166:
• los comportamientos, cuyo funcionamiento se explicita en el espacio
social de la calle y se traduce como maneras de vestirse, códigos de
cortesía, ritmo de la marcha;
• los beneficios simbólicos que surgen a partir de la manera como cada
individuo se presenta en el espacio barrial.
Desde esta perspectiva, el barrio no es un concepto geográfico, urbanístico
ni administrativo, sino un arte de coexistir con los otros, con los cuales se 105
entra en contacto por proximidad y repetición. En él, para el sujeto, tiene
lugar la creación de una identidad que está entre lo íntimo y lo anónimo:
vecino. Así, con su manera de actuar, el individuo se vuelve parte de
un acuerdo colectivo que es necesario preservar con el fin de que la
vida cotidiana sea posible y en el cual se funda la coexistencia barrial y

163
Idem, pp. 87-89.
164
Idem, p. 90.
165
Idem, p. 91.
166
Idem, p. 92.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

sus códigos, que ya no son impuestos desde fuera, sino que surgen por
un consenso tácito. La conveniencia ocupa el lugar de la ley, una ley
enunciada por el sujeto colectivo social que es el barrio.
El beneficio que cada vecino obtiene con ello es el reconocimiento, la
consideración del entorno y, por lo tanto, la posibilidad de obtener ventajas
en la relación de fuerzas que se establecen en las distintas trayectorias que
lleva a cabo por el espacio barrial. El respeto de esta ley tácita brinda la
legitimación social y funda la posibilidad de la vida cotidiana. Estas prácticas
que se despliegan en el universo barrial, son decisivas en la configuración
de la identidad individual o grupal, desde el momento que permiten
ocupar un espacio en la red de relaciones que se establecen con el entorno.
Son prácticas culturales, que se definen como un conjunto más o menos
coherente, más o menos fluido, de elementos cotidianos concretos167.
De Certeau elige tres objetos de trabajo decisivos: la oralidad, las prácticas y lo
ordinario. El primero de ellos se realiza en el tropos del lenguaje de todos
los días, se trabaja sobre las citas fragmentarias de la oralidad popular,
que se recupera a pesar de los poderes económicos y administrativos que
han tratado de excluirla, reprimirla o normalizarla. De este modo, resulta
importante su aporte dentro de los estudios culturales, puesto que pone
su atención sobre la capacidad de resistencia de los grupos subalternos,
que se concreta en una operación que tiene como finalidad fundar un
espacio en el que no sean meros inquilinos, donde puedan construir una
identidad propia168.
Estos planteamientos poseen un importante valor investigativo; no
obstante, dejan abiertos algunos interrogantes, uno de los cuales sería
acerca de si estas prácticas cotidianas definen “nuestra” cultura, la de la
mayoría, es decir, la de todos los sujetos excluidos por el sistema, que cada
día son más, pues están constituidas por las operaciones que se llevan
a cabo en la vida de todos los días para “sobrevivir” en esta sociedad
globalizada que todo lo fagocita: ¿no se corre el riesgo de reducir, en
algún punto, la cultura popular a una mera cultura de sobrevivencia, para
la cual la única acción posible es la resistencia?
Y además, muchas veces esta resistencia, que toma la forma de la táctica,
106 ¿no corre el riesgo de terminar convalidando este sistema basado en la
injusticia? Por otro lado, ¿toda actividad de este tipo –como la de los
hackers, que niegan el derecho a la propiedad o a la privacidad de la
información, o la de los que “piratean soft” sin propósitos comerciales–
puede ser considerada cultura popular? La delincuencia, que atraviesa
límites y transgrede la ley del sistema, ¿adquiere, entonces, una valoración
positiva, en términos de narrativa propia del individuo excluido?169.

167
Idem, pp. 92-93.
168
Idem, p. 95.
169
Idem, p. 96.
Élites, imaginarios
e identidades sociales
Hemos querido mostrar como la élite se constituye en un actor
fundamental en las relaciones sociales de poder, en una suerte de
estructura estructurante que se articula no sólo a través de procesos
macropolíticos o macroeconómicos y sociales, sino al nivel micropolítico
de la cotidianidad y el mundo de la vida. Pero la cotidianidad es un campo
social en tensión, donde sin duda se da un conflicto de paradigmas,
de concepciones de mundo en pugna, precisamente encarnadas en
sujetos sociales diversos, en minorías, en élites. La categoría de habitus
de Bourdieu permite acercarse a esta idea y mostrar la cotidianidad
como un campo en tracción, atravesado por placas y vectores sociales y
políticos en competencia, articulados a subjetividades y sujetos colectivos
concretos (6.1.).
Pero la categoría de habitus puede complementarse con la de imaginarios
sociales gracias a los cuales es posible identificarnos con nuestro entorno
local y global. La élite estructura formas de ver y comprender el mundo
que nos rodea, además de que es una importante fuente de producción
de símbolos, prácticas y valores, gracias a los cuales se representan y
orientan sus estrategias. Así como, antaño, el marxismo ortodoxo cayó
en un maniqueísmo empobrecedor al pretender diferenciar la sociedad
en dos bandos, la burguesía “mala” y el proletariado “bueno” –lo que
no le permitió comprender los giros que se fueron dando y trastocó el
sentido de los términos, derivando de ello estrategias políticas erróneas–,
de igual manera, el papel de las élites no puede ser reducido a un
maniqueísmo esencialista. Precisamente, la categoría de imaginarios
sociales posibilita comprender las concepciones de mundo que las
élites pueden encarnar y defender en un momento histórico y/o social
determinado y que dan cuenta del rol progresista o no de su proyección
política (6.2.).
Pero los imaginarios no permiten captar la dimensión vital que supone 109
e implica encarnar, en prácticas sociales específicas, una perspectiva
determinada frente a la sociedad y al mundo. La categoría de identidades
busca revelar esta dimensión en la medida en que su estructuración se
desarrolla en el marco de los procesos de formación y voluntad de opinión
pública, convirtiéndose a través de ello en una importante fuente de
poder que les permite a la(s) élite(s) que detenta(n) el poder, o a las que
la(s) confronta(n), reproducir o desafiar, desde una perspectiva política
determinada, el imaginario social y la identidad política que la contraparte
representa (6.3.).
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Habitus y conflicto de subjetividades


El concepto de campo aportado por Bourdieu permite mediar entre la
estructura y la superestructura, así como entre lo social y lo individual170.
En las sociedades modernas, la vida social se reproduce en diversos
campos (económico, político, científico, artístico) que funcionan con
marcada autonomía. De este modo, en lugar de deducir el sentido
particular de los enfrentamientos políticos o artísticos de carácter general
de la lucha de clases, esta teoría indagará cómo luchan por la apropiación
del capital los grupos que intervienen en cada campo171. Aparecen así dos
elementos fundantes de un campo: la existencia de un capital común,
capital simbólico de conocimiento, habilidades y creencias. Y la lucha por
su apropiación.

En la lucha por la conservación o subversión de la distribución del capital


específico se van dibujando dos posturas contrapuestas: la de quienes en un
momento determinado detentan una posición monopólica y, por ende,
se inclinan hacia estrategias de conservación, y la de los recién llegados
al campo y que disponen de un capital menor, los cuales se inclinan a
utilizar estrategias de subversión, herejía o heterodoxia. Las disputas
de cada campo especifican el sentido general de la reproducción social
y el conflicto entre las clases. De este modo, los campos se vinculan en
la estrategia unificada de cada clase, con lo cual puede indagarse cómo
están estructuradas económica y simbólicamente la reproducción y la
diferenciación social.

El concepto de habitus explica el proceso por el cual lo social se interioriza


en los individuos y logra que las estructuras objetivas concuerden con
las subjetivas. Es importante, pues la acción ideológica más decisiva
para construir el poder simbólico está dada por relaciones de sentido
no conscientes que constituyen el habitus. Abarca esquemas básicos
de percepción, pensamiento y acción que van generando sistemas
estructurantes que le dan coherencia a las prácticas sociales. Así, el habitus
programa el consumo de los individuos y las clases, aquello que “se
siente” como “necesario”172. En las elecciones aparentemente más libres
110 de los sujetos es donde mejor puede observarse la internalización de
estructuras objetivas lograda por el habitus. Cuando los sujetos muestran
sus preferencias, en realidad están presentando los papeles que les fijó
el sistema de clases.

170
Ana María Zubieta (ed.), “Lo popular, un juego de espejos dentro del campo cultural”
y “Tácticas de la vida cotidiana y cultura popular”, en Cultura Popular y Cultura de Masas,
Buenos Aires: Paidós, 2000, pp. 70-97.
171
Idem, p. 70.
172
Idem, p. 71.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Bourdieu plantea una división entre “gusto legítimo o burgués”, “gusto


medio” y “gusto popular”. El modo como se ejercen las prácticas
culturales distingue a la clase burguesa que simula que sus privilegios
se deben a cualidades espirituales o artísticas, en vez de ser el producto
de un aprendizaje desigual por la división histórica entre las clases. La
estética del gusto medio, en cambio, se distingue por usar procedimientos
técnicos y efectos estéticos inmediatamente accesibles, por excluir temas
controvertidos a favor de tópicos estereotipados que facilitan al público
masivo su identificación. El gusto popular se define en contraposición
a la estética legítima o burguesa, ya que se traduce como pragmática y
funcionalista. Los hábitos de consumo excluyen la sofisticación y están
condenados a “lo necesario”. Incluso el “mal gusto” que se inclina por
adornos impactantes se basa en obtener el máximo efecto al menor
costo. Desde esta perspectiva, la estética popular está referida siempre a la
hegemónica, por imitación o porque reconoce la superioridad del gusto
dominante y no tiene otra opción que ser subalterna173.
El autor distingue un uso negativo de popular como “vulgar” cuando la
legitimidad de un campo no está asegurada para los que se presentan
como “profesionales”, quienes están dispuestos a denunciar todas las
formas de “espontaneísmo” que tienden a usurparle el monopolio de
la producción legítima. Lo popular positivo, como la pintura “ingenua”
o la música folk, es producto de una inversión de signo, que surge de
posiciones dominadas en el campo de especialistas y busca, apelando
al pueblo, una suerte de diferenciación y ennoblecimiento dentro del
campo. Así, esta exaltación del pueblo expresa, en rigor, un doble corte,
con el “pueblo” y con el mundo intelectual174.
Ciertas posiciones critican la postura de Bourdieu frente al habitus,
pues afirman que las prácticas no son meras ejecuciones del habitus
producido por la educación familiar y escolar, por la interiorización de
las reglas sociales. Hay una interacción dialéctica entre la estructura de las
disposiciones y los obstáculos y oportunidades de la situación presente.
Si bien el habitus tiende a reproducir las condiciones objetivas que lo
engendraron, un nuevo contexto, la apertura de posibilidades históricas
diferentes, puede producir prácticas transformadoras. Bourdieu reconoce
esta diferencia, pero se centra más en los procesos de reproducción. No 111
examina cómo el habitus puede variar según el proyecto reproductor
o transformador de diferentes clases y grupos. El pensamiento de
Bourdieu acentúa la pasividad de las prácticas y los gustos populares,
ya que aparecen moldeados según las necesidades de la reproducción
social175.

173
Idem, p. 72.
174
Idem, p. 73.
175
Idem, pp. 74-75.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Imaginarios sociales
La idea de orden moral que propone Taylor va más allá de lo que sería un
esquema normativo destinado a gobernar nuestras relaciones mutuas
y/o nuestra vida política. Añade el reconocimiento de una serie de
rasgos en el mundo, en la acción divina o en la vida humana que hacen
que ciertas normas sean a un tiempo buenas y realizables176. Es más
que un conjunto de normas; también incluye un componente “óptico”,
mediante el cual identifica los aspectos del mundo que vuelven efectivas
las normas.
En el imaginario social premoderno aparece la idea de una ley que ha
gobernado al pueblo desde tiempos inmemoriales y que, en cierto
sentido, lo define como tal. Es una noción de orden que se transmite
de generación en generación, que alude a una correspondencia entre la
jerarquía social y la jerarquía del cosmos, es decir, que el orden tiende
a imponerse por el curso mismo de las cosas. Por su parte, el orden
moderno toma como punto de referencia los seres humanos y no a Dios
o al cosmos. El principio normativo básico es que los miembros de la
sociedad atienden recíprocamente a sus necesidades, se ayudan unos
a otros.
Afirma Taylor que el orden moderno no confiere ningún estatus ontológico
a la jerarquía ni a ninguna estructura particular de diferenciación. Ahora
bien, estos servicios que nos prestamos unos a otros se encuentran
delimitados a ciertas campos, tales como: garantizar la seguridad
colectiva, proteger nuestras vidas y nuestras propiedades a través de la
ley y la práctica del intercambio económico177. Curiosamente, se resalta
cómo amplios sectores de nuestra sociedad moderna permanecen fuera
de este imaginario social.
La categoría de imaginario social alude a algo mucho más amplio y
profundo que las construcciones intelectuales que puedan elaborar
las personas cuando reflexionan sobre la realidad social de un modo
distanciado. Nuestro imaginario social en cualquier momento dado
es complejo, pues tenemos una idea de cómo funcionan las cosas
normalmente, la cual resulta inseparable de la idea que tenemos
112
de cómo deben funcionar y el tipo de desviaciones que invalidan la
práctica178.
Así pues, por imaginario social puede entenderse el modo como las personas
“imaginan su existencia social, el tipo de relaciones que mantienen unas
con otras, el tipo de cosas que ocurren entre ellas, las expectativas que se

176
Charles Taylor, Imaginarios Sociales Modernos, Barcelona: Paidós, 2006, pp. 15-46.
177
Idem, pp. 21-26.
178
Idem, pp. 37-38.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

cumplen habitualmente y las imágenes e ideas normativas más profundas


que subyacen a estas expectativas”179; es una construcción colectiva que
hace posible la existencia de prácticas comunes legítimas.
Las élites empiezan a estructurar los imaginarios sociales que luego se
infiltran en el conjunto de la sociedad. De esta forma, se “incorpora una idea
de las expectativas normales que mantenemos unos respecto a otros, de la
clase de entendimiento común que nos permite desarrollar las prácticas
colectivas que informan nuestra vida social”180. Los imaginarios sociales
permiten entender nuestras prácticas desde una dimensión fáctica y
normativa, es decir, desde lo que son y deberían ser, pues detrás de la
idea que tenemos de nuestras acciones subyace una noción de un orden
“moral o metafísico”, contexto en el cual cobran sentido las normas y
los ideales.
El imaginario social permite al individuo comprender el marco y la
situación en que se llevan a cabo sus acciones, esto es, diseñar un mapa
social que orienta la acción de acuerdo a prácticas socialmente aceptadas y
condenables: “para llevar a cabo ciertas acciones es preciso discriminar
el tipo de personas con las que podemos asociarnos, así como el modo y
las circunstancias […] La acción debe mantenerse en principio dentro de
ciertos límites, tanto por lo que se refiere al espacio, como a las acciones
sobre los demás”181.
La idea sobre lo que hacemos cobra sentido en el marco de una
comprensión amplia de la situación, vale decir, del lugar que ocupamos
en el espacio y en el tiempo, de nuestra relación con la historia y con las otras
personas. Detrás de todo esto “habrá imágenes de un orden moral, a través
de las cuales concebimos la vida y la historia de los seres humanos. Sin
embargo esta imagen de un orden moral no está necesariamente ligada
al statu quo. Puede estar tanto detrás de prácticas revolucionarias, como
del respaldo del orden establecido”182.
Nuestra imagen de orden moral no está necesariamente ligada con un
statu quo, por más que pueda dar sentido a algunas de nuestras acciones.
En este escenario dinámico se puede presentar que ante la irrupción de
una nueva teoría en el imaginario social, las personas asuman las nuevas
prácticas por imposición, improvisación o adopción, de la misma manera 113
que la nueva práctica, junto con la concepción de fondo generada por
ella, puede servir de base para ulteriores modificaciones de la teoría, las
cuales a su vez modifican la práctica, y así sucesivamente183.

179
Idem, p. 37.
180
Idem, p. 38.
181
Idem, p. 39.
182
Idem, p. 43.
183
Idem, pp. 43-45.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

La teoría moderna del orden moral se ha filtrado en el imaginario social, lo


ha transformado y ha llevado a las personas a asumir nuevas prácticas por
imposición o por adopción. En la historia de la humanidad ha existido una
pluralidad de prácticas materiales en el espacio y el tiempo y también modos
de comprenderse a sí mismos, autoimágenes: las “prácticas humanas son
la clase de cosa que se define por tener un sentido, y eso significa que son
inseparables de ciertas ideas”184, de ciertos imaginarios.

Identidades culturales
Podemos complementar esta aproximación a la categoría de imaginarios
sociales de Taylor con la de identidades modernas que expone Francisco
Colom en su texto, los cuales permiten definir el contenido político que
pueden asumir aquellos185.
La identidad es una construcción social que permite al individuo
identificarse en su particularidad dentro de la homogeneidad, es un
producto histórico que
“[…] articula pasado, presente y futuro desde la perspectiva
de sujetos determinados, con necesidades e intereses
históricamente diferenciados. Además, caracteriza modos
particulares de relación de los hombres con la naturaleza,
con los otros hombres y con ellos mimos. La relación con la
naturaleza hace referencia, básicamente, al desarrollo de las
fuerzas productivas de la sociedad, a la mediación del trabajo
en el proceso de construcción de la cultura y a la capacidad
del hombre para comprender y apropiarse del mundo objetivo
que él construye mediante dicha mediación”186.
La realidad, o mejor, “el mundo de las cosas que produce el hombre es un
espejo en el que se mira y se reconoce a sí mismo como tal, porque allí se
produce como ser genérico, como ser humano”187. En su relación con la
naturaleza y en ese proceso de identificación, las cosmologías, la ciencia, la
religión hacen parte de esa relación y permiten observar lo que el hombre
es en cada momento de su historia.
114 La complejidad social hace de la comprensión y construcción de la identidad,
procesos difíciles que remiten a una relación con la naturaleza y con la
alteridad. Es en esa relación con “otros grupos, en donde cada grupo
puede tomar conciencia de sus intereses y necesidades, en donde puede

184
Idem, p. 48.
185
Francisco Colom, “La cultura y los lenguajes políticos de la modernidad”, en Razones
de Identidad, Barcelona: Anthropos, 1998, pp. 63-120.
186
Varios, Identidades, Modernidad y Escuela, Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional,
2006, p. 38.
187
Idem, p. 38.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

identificarse y distinguirse; en donde puede tomar conciencia de sí mismo,


y en donde puede forjar su identidad”188.
La identidad se refiere a un procesos de construcción del propio “yo”, a
la apropiación del yo histórico, “a la autoconciencia crítica del ser social de
sus deberes y derechos históricos, al control sobre la propia personalidad
[…] Gramsci lo dice así […] la “cultura es organización, disciplina del yo
interior, conquista de su real conciencia por la cual se llega a comprender
el valor histórico que uno tiene, su función en la vida y sus derechos y
deberes”189. Estos deberes y derechos tienen correspondencia con los
intereses y necesidades de grupos humanos que comparten, casi, las
mismas condiciones de existencia.
En la heterogeneidad de situaciones es que logramos reafirmar lo propio:
“[…] la identidad se construye en contextos sociales,
económicos y políticos caracterizados por la existencia de
determinado tipo de relaciones hegemónicas que tengan
componentes históricos y sociales, soportados a su vez en
bloques sociales diferenciados por su intereses y necesidades
[…] Los procesos de construcción de identidad se dan en varias
dimensiones: la de las identidades individuales, la identidad
que se define en el ámbito de lo privado, la que define el
ámbito de lo común, la que define el ámbito de lo público”190.
El individuo en su multiplicidad de relaciones actúa de manera
diferenciada, lo cual le da una idea de lo que él es o se imagina que es: la
identidad es por tanto una construcción que se define en la alteridad
“redefinida en el marco de una relación dialógica con el otro. La identidad
se produce en una marco de interacción de donde surgen visiones del
mundo y sentimientos identificatorios, resultado de un proceso de
inclusión de atributos reales o ficticios”191.
La construcción de cosmovisiones particulares supone la existencia de un
mundo simbólico; constituye, entonces, una dimensión subjetiva de los
“actores sociales y de la acción colectiva. Para su existencia requiere una
base real compartida, una experiencia histórica y una base territorial
común con unas condiciones de vida similares, una pertenecía a redes 115
sociales”192.
Tres rasgos definen la identidad: su carácter relacional, histórico y narrativo.
La identidad de un actor es una construcción relacional e intersubjetiva:

188
Idem, p. 39.
189
Idem, p. 40.
190
Idem p. 42.
191
Idem, “Memoria, identidad y construcción de sujetos”, p. 135.
192
Idem, p. 134.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

emerge y se afirma en la confrontación con otras entidades, lo cual


se da frecuentemente en condiciones de desigualdad y, por ende,
expresando y generando conflictos y luchas. Además, la identidad es
siempre una construcción histórica; debe ser restablecida y negociada
permanentemente; se estructura en la experiencia compartida; se cristaliza
en instituciones y costumbres que se van asumiendo como propias; pero
también puede diluirse y perder su fuerza aglutinadora, y se actualiza
permanentemente en las conversaciones narrativas (verbales, visuales,
corporales, etc.)193.
La identidad construye discursos y acciones; es un proceso inacabado
discontinuo que se teje en la historia dentro de un marco estructural,
caracterizado por permanentes luchas de fuerzas que articulan toda una
red de relaciones incluyentes y excluyentes: “desde la perspectiva del
individuo, su identidad es múltiple, y hay que entenderla precisamente
en esas articulaciones, contradicciones, tensiones y antagonismos”194.
La identidad no es, pues, una esencia, sino que se concreta y se expresa
en lenguaje. El lenguaje es una estructura institucionalizada que escapa
a la voluntad exclusiva del hablante; es decir, que los actos del habla
expresan las intenciones del hablante mediante palabras formadas a través
de la sedimentación e institucionalización de manifestaciones realizadas
anteriormente por otros hablantes, cuyas identidades e intenciones, sin
embargo, han dejado de sernos claramente conocidas. Estas características
del lenguaje hacen sumamente útil su estudio, pues en él se encuentra
una clave fundamental en la construcción de la identidad.
A su vez, las identidades políticas se articulan en lenguajes políticos. Estos
no aluden a estructuras étnicamente diferenciadas del habla humana, sino
a sublenguajes, a las locuciones, la retórica, las formas de hablar sobre
política, los juegos lingüísticos discernibles, de los que cada cual puede
contar con su propio vocabulario y reglas, precondiciones e implicaciones,
tono y estilo. Por tanto, el discurso político es políglota.
Lo interesante de él es su incidencia en la construcción de identidades
culturales, pues éstas son el resultado de un proceso de construcción social
desarrollado al hilo de la movilización de intereses y de la constitución de
116 clientelas y electorados políticos; por tanto, la dinámica política implica
la formación de identidades colectivas en la misma medida en que
implica la pugna sobre quién obtiene qué, cómo y cuándo, con lo cual
se evidencia que la construcción de identidades colectivas no se limita
al plano discursivo195.

193
Idem, p. 135.
194
Idem, p. 148.
195
F. Colom, “La cultura y los lenguajes políticos de la modernidad”, en Razones de
Identidad, Barcelona: Anthropos, 1998, pp. 63-120.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

El liberalismo, por caso, se estructura en el lenguaje de los derechos y, por


tanto, propugna por la defensa de los derechos individuales y proclama el
consentimiento como fundamento de la dominación legítima, así como la
existencia de un contrato social y la división de poderes como principios
básicos. Así mismo, se instituye el lenguaje de la propiedad como garante
de la virtud. En ese orden de ideas, expone Colom que la determinación de
los derechos civiles y políticos vinculados a la propiedad como principio
liberal de individuación no denotaba adscripción cultural alguna. La
cooperación social podía perfectamente explicarse aludiendo a sujetos
moral y materialmente autónomos que maximizaban sus utilidades
mediante el libre intercambio, el respeto mutuo y la obediencia a unas
mínimas reglas de juego196.
Por su parte, el republicanismo, estructurado en el lenguaje de la virtud,
presenta la idea de que los seres humanos poseen una potencialidad cívica
cuyo desarrollo depende de la acción de gobernar y ser gobernados. La
soberanía es, entonces, el resultado del proceso que se alimenta de la
participación política de quienes se someten a ella, bajo una perspectiva
de ciudadano que exige el reconocimiento de una igual personalidad
pública para todos. La virtud, como eje de tal sociedad, no depositaba
en una garantía extracívica la garantía de la libertad y de los intereses
individuales, sino en su defensa mediante la vida activa de los ciudadanos
de la república197.
El marxismo se erige sobre el lenguaje de la producción, por lo que
las identidades colectivas ajenas a la esfera social de la producción
difícilmente podían llegar a ser consideradas por sí mismas, cuando
no eran directamente denigradas en tanto que formas ideológicas, esto
es, enmascaradoras de privilegios e intereses particulares. Es así como
las relaciones sociales se reducen a la tríada de macroconceptos: trabajo
social como fundamento ontológico del mantenimiento y reproducción
de la especie, la lucha de clases en cuanto agente dinámico de la historia
y los modos de producción como cristalización del entramado político e
institucional de cada época198.
El conservadurismo se erige sobre el lenguaje de la tradición, partiendo de
cuestionar de las doctrinas liberales su justificación contractualista del
117
orden social y la desencarnada individuación de sus sujetos. Uno de sus
pilares es la defensa de la religión y la iglesia establecida, a las cuales les
es adjudicada suma importancia como instrumento de cohesión social.
Por ello, no es extraño que la costumbre sea la madre de la legitimidad,
ya que la construcción liberal del ciudadano como mero portador de
derechos abstractos ignora las precondiciones sociales de su autonomía,

196
Idem, p. 76.
197
Idem, pp. 79-81.
198
Idem, p. 86.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

que no son otras que las tradiciones e instituciones que lo vinculan a la


historia y a sus semejantes.
El multiculturalismo se sostiene en el lenguaje de la identidad, cuyos
principios son la tolerancia y el respeto tras la búsqueda en el ámbito
jurídico de los derechos ciudadanos, y, desde el punto práctico, por los
programas de políticas públicas. Su lenguaje político de las identidades
en torno a las categorías de diferencia, experiencia y autenticidad
han articulado formas de discurso político que arremeten contra
las deficiencias institucionales, reales o imaginarias, de los modelos
democráticos establecidos199. El multiculturalismo ha terminado por
convertirse en un cajón de sastre del que han echado mano numerosos
grupos para verbalizar sus agravios, compensar sus frustraciones o
reafirmar sus particulares necesidades de reconocimiento. De este modo,
ha tomado la forma de recurso ideológico para los lenguajes de la etnia,
el género o la identidad sexual, lo cual supone el riesgo de hipostasiar la
“cultura” como variable independiente de otras circunstancias de carácter
social, político y económico200.
La irrupción de estos discursos y movimientos ha puesto en entredicho,
o en segundo lugar, la construcción de estructuras políticas nacionales,
dejando en el centro del debate el desafío a las formas hegemónicas de
identidad, sobre las que se construyeron esas estructuras. Lo que se
reivindica es el derecho a la diferencia y el acceso igualitario a los
lugares de poder, pero, más aún, el orgullo de la identidad diferencial y
la liberación que supone proclamarla en público.

118

199
Idem, pp. 105-106.
200
Idem, pp. 115-119.
Opinión pública, élites y contraélites
Como ya ha venido siendo sugerido a lo largo de este escrito, es en
últimas, por lo menos en el marco de un Estado democrático de derecho,
donde las élites tienen el espacio apropiado para plantear, transmitir e
imponer, social y políticamente, sus imaginarios e identidades respectivas,
en el marco de esa confrontación de habitus que es un campo social en
general.
La categoría de opinión pública y su incorporación en el discurso político
tienen una amplia historia. En el “siglo XVI […], Maquiavelo es uno de
los primeros pensadores políticos en usar éste término en sus discursos
[…] anota “el hombre sabio no ignorará la opinión pública con relación
a ciertos asuntos, tales como la distribución de cargos y promociones”201.
Jean Jacques Rousseau expresó su convencimiento de que los gobiernos
descansan finalmente sobre la opinión pública y que el cambio social es
difícil sin el apoyo de la opinión popular. Años más tarde, en el siglo
XVIII, James Madison escribe en las Actas Federalistas que las opiniones
del público podrían poner límites a los actos de los líderes, aunque
pensaba que para una élite política era preferible interpretar los deseos de
la población en general que tener una democracia directa.
Para algunos, la opinión pública es, en relación con los distintos temas,
una entidad inmóvil a través del tiempo:
“W. Lance Benett (1980) ha denominado a este análisis como
el sofisma del “Estado de conciencia” [...] Es importante
recordar que la opinión pública es una consecuencia teórica,
no una identidad real. El público puede variar de tema en
tema. La opinión puede ser influida por características del
entorno, tales como la facilidad de acceso a la información
política y el contenido de la comunicación proveniente de
las élites políticas”202.
121
Así pues, Bennet propone una “perspectiva situacional… con el fin de
superar las deficiencias del sofisma del Estado de conciencia pues el
público no es estable en sus definiciones, por el contrario es volátil e
inconsistente en sus actitudes”. La perspectiva alternativa contempla
“al público como sumatoria de gente que de hecho desarrolla y expresa
opiniones sobre un tema particular en un momento específico. Así,

201
Michael Milburn, Persuasión y Política, Bogotá: CEREC, 1994, p. 35.
202
Idem, p. 37.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

diferentes situaciones políticas pueden afectar la formación y expresión


de opinión pública”203.
La opinión pública se forma de acuerdo con el volumen de información
del que se dispone, pero es común que la información sea incompleta.
En los sistemas políticos hay informaciones parcialmente ocultas: “la
información es valiosa políticamente y ni los funcionarios de gobierno ni
los candidatos políticos la harán disponible de manera amplia a menos
que ello redunde en su propio beneficio político”204.
Bentett hace referencia a la importancia tanto de los medios de
comunicación como de las instituciones políticas, en la medida que
son las principales referentes de formación de opiniones, acciones y
actitudes. La opinión es reflejo del entorno político, por tanto, el electorado
se manifiesta de acuerdo con los diferentes tipos de información en los
distintos momentos sociopolíticos. Benett escribe que “no tiene sentido
argumentar que el gobierno puede ser solamente tan democrático como
lo permite la conciencia del pueblo, si esta consciencia depende en gran
parte de cómo la estructura de gobierno afecta la opinión”205.
La opinión pública tiene orientación y consecuencias políticas. V.O Key
definió la opinión pública como “aquellas opiniones sostenidas por
particulares y que los gobiernos encuentran prudente entender”206.
La opinión refleja las actitudes y creencias de diferentes individuos
relacionadas con política, a través de una diversidad de temas bajo
ciertas situaciones del entorno político207. Los procesos de cambio de
las opiniones públicas son dinámicos, razón por la cual son difíciles de
explicar según características estáticas, como la edad, la educación y el
sexo, entre otros.
“Elementos del entorno político, particularmente mensajes
e imágenes políticas que son enfatizadas en los medios
de comunicación, pueden conformar la naturaleza de las
actitudes y el pensamiento políticos. Estas influencias de los
medios, sin embargo, suceden en el contexto de las actitudes
políticas existentes desarrolladas a lo largo de un período
de años, reflejando influencia de una variedad de factores
122 sociales y culturales”208.
En este apartado, abordaremos el estudio de Habermas sobre la opinión
pública, con el propósito de puntualizar, frente a las ópticas liberales, la
delimitación conceptual de la categoría. En este contexto será definitiva

203
Idem, p. 37.
204
Idem, p. 37.
205
Idem, p. 38.
206
Idem, p. 39.
207
Idem, p. 27.
208
Idem, p. 79.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

la precisión habermasiana de “esfera de la opinión pública”, que permite


demarcarla como un campo social determinado. Ello admite introducir
un concepto igualmente trascendental, que no había sido abordado, el
de la desobediencia civil, como un elemento dinamizador del conflicto y
constitutivo de esa esfera de la opinión pública, por medio de la cual, en un
momento dado, las minorías afectadas pueden oponerse, legítimamente
en el contexto de un Estado democrático de derecho, a las imposiciones
de un bloque en el poder y de las élites que lo orientan (7.1.).
Pero queremos complementar la lectura habermasiana con la interpretación,
a nuestro modo de ver más radical, de Nancy Fraser, que muestra la lógica
dual que una estrategia postsocialista encarna y que, necesariamente,
debe combinar la reivindicación socialista por la redistribución y no sólo
la liberal por el reconocimiento. El multiculturalismo se ha convertido
en el discurso ideológico de las élites dominantes, el cual les permite
obviar el problema de la desigualdad social. La confrontación entre élites
hegemónicas y élites contrahegemónicas, por plantearlo en estos términos,
debe tener clara esta distinción estratégica (7.2.).
Es por ello que se hace necesario fundamentar esta sugerencia de élites
hegemónicas y élites contrahegemónicas. La categoría de Michael
Warner de públicos y contrapúblicos nos da la posibilidad de bosquejar
la relación y comprender el ámbito de la esfera pública como un espacio
no de públicos en pos de identidades y programas de reconocimiento –
reivindicación meramente liberal–, sino como un campo de confrontación
entre posiciones hegemónicas y contrahegemónicas encarnadas por élites
y contraélites (7.3.).

Habermas: poder y opinión pública


Esfera de la opinión pública
Un elemento que articula la idea habermasiana de democracia radical es
el concepto de espacio político público, concebido como una estructura de
comunicación que, a través de la base que para ella representa la sociedad
civil, queda enraizada en el mundo de la vida209. Se convierte en una caja
de resonancia que permite el desplazamiento de los problemas presentes
en ese mundo –y no solucionados en las instancias pertinentes– a la 123
esfera de discusión del sistema político, donde les debe ser encontrada
la solución.
Estos problemas son detectados por una serie de sensores que se
encuentran al servicio del espacio político público y que están dispersos a
lo largo de todo el entramado social. Para llevar a cabo dicha función,
los sensores deben cumplir unas características básicas: una primera, no

Jürgen Habermas, “Sobre el papel de la sociedad civil y de la opinión pública política”,


209

en Facticidad y Validez, Madrid: Trotta, 1998, p. 439.


La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

ser especializados, lo que favorece su distribución a lo largo de todos


los subsistemas que existen en la sociedad y, en segundo lugar, tener la
capacidad de transmitir sus impresiones a lo largo y ancho de toda la red.
Con el apoyo de estos sensores, el espacio político público busca realizar
dos funciones: la primera, detectar el lugar y las causas que originan estos
problemas y, la segunda, organizarlos de tal manera que representen un
elemento de verdadera presión para las instituciones que operan en el
espacio político.
El espacio político público tiene sus raíces y conexiones con el mundo de la
vida en la esfera de la opinión pública, por lo que resulta pertinente clarificar
esta noción210. La opinión pública no puede entenderse como si fuera una
serie de instituciones u organizaciones que operaran con base en normas
y que terminan estructurando un sistema. Por el contrario, la opinión
pública es una red comunicacional de contenidos y opiniones amarradas
a temas específicos, dirigida hacia cuestiones políticamente relevantes,
que se caracteriza por poseer un horizonte abierto. Su origen se encuentra
en la acción comunicativa, ejercida por medio del lenguaje natural211.
Bajo estos presupuestos, los actores dejan de ser los tradicionales
actores estratégicos, que se consideran medios para la consecución de
determinados fines, para convertirse en actores generados comunicativamente,
caracterizados por hacer frente a las situaciones que han constituido a
través de sus interpretaciones y opiniones cooperativamente negociadas,
presentándose un proceso de generalización e inclusión de todos los
puntos de vista existentes en la sociedad.
Dicho proceso de inclusión impone nuevas condiciones a la dinámica
comunicativa. En primer lugar, supone que se dé una mayor explicitación
de los puntos y temas a discutir, poniendo de presente la justificación de su
importancia. En segundo lugar, la política tiene que hacer uso de lenguajes
asequibles a todos los individuos, para que estos puedan expresarse en
los espacios que la sociedad abre para esos fines. Para conseguir este
objetivo, la política abandona el uso de los lenguajes especializados, los
cuales se reducen al ejercicio al interior de los sistemas.
Habermas no desconoce la importancia que tienen dentro de la sociedad
124 los sistemas cerrados y especializados. En últimas, las decisiones no son
tomadas por la ciudadanía, sino por instituciones especializadas en la
toma de las mismas. El papel de la opinión pública es proporcionar una
serie de mecanismos que permitan valorar las disposiciones tomadas por
el poder administrativo y, en caso de no estar de acuerdo con alguna de
ellas, ejercer dentro de la sociedad suficiente presión, recurriendo incluso
la desobediencia civil, para obligar a que la consideración de que se trate

210
Idem, p. 440.
211
Idem, pp. 440-441.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

sea revaluada. Estos presupuestos adquieren forma en el modelo de las


esclusas o metáfora hidráulica.
Para Habermas, la sociedad se debe construir sobre un modelo de esferas
concéntricas, comunicadas a través de un sistema de esclusas que permite
que la presión que se da en las esferas más alejadas del centro se pueda
transmitir a éste. De igual manera, las reacciones y respuestas que el centro
produce se comunican a la periferia. Dentro del modelo, el Estado está
ubicado en la esfera del centro para ser rodeado por sucesivos círculos
que comprenden a la sociedad civil burguesa, periferia interna, con toda
la formalización que posee, y a la sociedad civil, en sentido hegeliano,
compuesta por las diferentes formas de vida, periferia externa, donde
tienen cabida todas las particularidades propias de los sujetos colectivos
particulares.
Este es el fundamento normativo de la política deliberativa de doble vía,
en la que se inscribe una estrategia de iniciativa exterior en la toma de
decisiones con respecto a lo político. Esta estrategia se aplica cuando
un grupo está fuera de la estructura del gobierno y, articulando lo que
considera una vulneración de los intereses, trata de extender el asunto a
otros grupos para introducir el tema en la agenda pública, creando una
presión sobre quienes toman las decisiones212.
La sociedad civil periférica tiene la ventaja de poseer mayor sensibilidad
ante los problemas, porque está imbuida de ellos. Quienes actúan en el
escenario político deben su influencia al público que ocupa las gradas.
Los temas cobran la oportunidad de ser discutidos sólo cuando los medios
de comunicación los propagan entre el público. Empero, a menudo son
necesarias acciones, como, por ejemplo, protestas masivas, para que tales
asuntos se introduzcan en el ámbito político; y, aunque pueden seguir
otros cursos, también pueden provocar en la periferia una conciencia de
crisis. La autoridad de las tomas de postura del público se refuerza en
el curso de la controversia, pues en una movilización vinculada a una
conciencia de crisis, la comunicación pública informal se mueve por unas
vías que impiden la formación de masas adoctrinadas, lo cual refuerza
los potenciales críticos del público.
A través de las figuras de la opinión pública y el espacio político público 125
se logran establecer puentes de comunicación entre los ámbitos del poder
administrativo, caracterizado por obedecer a una racionalidad sistémica y
funcional, y el mundo de la vida, donde confluyen todos los problemas o
desajustes sociales e individuales. De esta comunicación depende el correcto
funcionamiento de la sociedad, que encuentra en la metáfora hidráulica el
mecanismo que le permite garantizar la autocorrección de sus decisiones.

Jürgen Habermas, “La sociedad civil y sus actores, la opinión pública y el poder
212

comunicativo”, en Facticidad y Validez, Madrid: Trotta, 1997, pp. 460-466.


La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Minorías y desobediencia civil


Cuando las condiciones de comunicación no son respetadas y se
encuentran manipuladas, el último medio con el que cuentan las capas
periféricas para expresar sus argumentos es la desobediencia civil.
Para Habermas, estos actos se encuentran suficientemente justificados y
consisten en una trasgresión simbólica de las normas exenta de violencia.
Ellos se entienden como protesta contra las decisiones vinculantes que,
si bien son ‘legales’, son ilegítimas según los principios constitucionales.
Aquello que la desobediencia implica y defiende es la conexión
retroalimentativa de la formación de la voluntad política con los procesos
informales de comunicación en el espacio público. Por su intermedio, la
desobediencia se remite a una sociedad civil que en los casos de crisis
actualiza los contenidos normativos del Estado democrático y los hace
valer contra la inercia sistémica del Estado.
La desobediencia civil implica actos ilegales –pero públicos– por parte
de los autores, que hacen referencia a principios y que son esencialmente
simbólicos; actos que implican medios no violentos y que apelan al sentido
de justicia de la población. Los actores reivindican principios utópicos
de las democracias constitucionales, apelando a la idea de los derechos
fundamentales o de la legitimidad democrática. Se manifiesta aquí la
autoconciencia de una sociedad que se arroga la potestad de reforzar de tal
modo la presión que la opinión pública ejerce sobre el sistema político, que
éste sólo puede optar por neutralizar la circulación no oficial del poder.
Habermas considera que la justificación de la desobediencia civil se
encuentra en una comprensión de la constitución como proyecto inacabado. El
Estado de derecho se presenta, pues, como una empresa débil y necesitada
de revisión. Así las cosas, ésta es la perspectiva de los ciudadanos que
se implican activamente en la realización de derechos, que tratan de
superar desde la práctica la tensión entre facticidad y validez213. Por otra
parte, Habermas cree que esta forma de disidencia es un indicador de la
madurez alcanzada por una democracia. De manera que la desobediencia
civil tiene su lugar en un sistema democrático, en la medida en que se
mantiene cierta lealtad constitucional, expresada en el carácter simbólico
126 y pacífico de la protesta214.

213
Sobre la filosofía política de J. Habermas ver, también, Jürgen Habermas, Ciencia
y Técnica como Ideología, Madrid: Tecnos, 1984; Teoría de la Acción Comunicativa,
Madrid: Tecnos, 1987; Teoría y Praxis, Madrid: Tecnos, 1990; Conciencia Moral y Acción
Comunicativa, Barcelona: Península, 1991; Escritos sobre Moralidad y Eticidad, Barcelona:
Paidós, 1991.
214
Ver José Rubio-Carracedo, Paradigmas de la Política, Barcelona: Anthropos, 1990;
Maria Pía Lara, La Democracia como Proyecto de Identidad Ética, Barcelona: Anthropos,
1992; José González y Fernando Quesada (Coords.), Teorías de la Democracia, Barcelona:
Anthropos, 1992; José A. Estévez, La Constitución como Proceso y la Desobediencia Civil,
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

La desobediencia civil no puede ser separada de la crisis de los sistemas


democráticos, es decir, su práctica ha de ser entendida como una crítica
en clave democrático-radical de los procedimientos representativos
tradicionales. Un argumento a favor de la desobediencia civil sería su
adecuación al principio básico de cualquier Estado democrático, esto es,
la participación ciudadana en la toma de decisiones públicas. La acción
política cada vez discurre más en las sociedades avanzadas por cauces
menos institucionalizados, lejos de las opciones de partido. En última
instancia, si la insatisfacción persiste, lo más apropiado sería corregir
algunas disfuncionalidades, de donde resulta la búsqueda de nuevas
formas de participación que no pasen por el tamiz burocratizado de los
partidos políticos.
Los desobedientes invocan principios morales que sirven de marco
normativo a la democracia. En la justificación por parte de quienes
desobedecen se entrecruzan razones jurídicas y político-morales. El
desobediente busca otras vías de participación no convencionales, y ello
no significa que sea antidemócrata, sino más bien un demócrata radical.
De modo que una interpretación adecuada de la desobediencia civil sería
considerarla como un complemento de la democracia, indispensable para
la creación y sostenimiento de una cultura política participativa.
El disenso es tan esencial como el consenso. La disidencia tiene una
función creativa con un significado propio en el proceso político. Y en este
contexto, la desobediencia civil puede ser un instrumento imprescindible
para proteger los derechos de las minorías sin violentar por ello la regla
de la mayoría: dos principios constitutivos de la democracia. La nueva
cultura emergente que representan los movimientos sociales exige, para
profundizar en el componente participativo, una mayor valoración de
la disidencia política.
Para un paradigma discursivo, como el que defiende Habermas, la
desobediencia civil se constituye en un elemento primordial para
garantizar la esencia comunicativa de la sociedad y lograr mantener siempre
abiertos los canales participativos, aun en el caso de que las mayorías
o los grupos de intereses poderosos se apropien de las instancias de
comunicación y pretendan ponerlas a su servicio. En conclusión, la
disidencia es un componente necesario para la conservación de la buena 127
salud democrática y debe ser respetada, tolerada e, incluso, alentada; claro
está, con base en un análisis serio y responsable de la situación particular.
Es en este contexto, en la línea de ilustrar por qué las decisiones
constitucionales son en muchos casos políticas, que Habermas expone los

Madrid: Trotta, 1994; Norberto Bobbio, El Futuro de la Democracia, México: F.C.E., 1994;
y Oscar Mejía y Arlene Tickner, Cultura y Democracia en América Latina, Bogotá: M&T
Editores, 1992.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

tres grandes modelos normativos de democracia en conflicto en la actualidad,


oponiendo al de democracia liberal representativa y al de democracia
republicana directa uno de democracia radical, fundado en lo que él
denomina un modelo sociológico de democracia deliberativa de doble vía215.
De allí proviene lo que el Estado del arte ha acuñado como “democracia
deliberativa”, que, a su vez, se ha multifurcado en varias interpretaciones
desde los diferentes paradigmas jurídico-políticos contemporáneos. En
esto se origina que encontremos versiones de la misma en Rawls216, el
republicanismo y el neomarxismo angloamericano y europeo, el marxismo
analítico y el utilitarismo, entre otros217.

Nancy Fraser: redistribución y reconocimiento


La multiplicidad de públicos es preferible a una única esfera pública.
Nancy Fraser habla de la necesidad de explorar formas híbridas de esferas
públicas y la articulación de públicos débiles y públicos fuertes, en los que la
opinión y la decisión puedan encontrar formas de negociar y recombinar
sus relaciones. Fraser introduce el concepto de contrapúblicos subalternos
para referirse a los “espacios discursivos paralelos donde los miembros
de los grupos sociales subordinados inventan y hacen circular contra-
discursos, lo que a su vez les permite formular interpretaciones opuestas
de sus identidades, intereses y necesidades”, y añade:
“[…] en las sociedades estratificadas, los contrapúblicos
subalternos tienen un doble carácter. Por un lado, funcionan
como espacios de retiro y reagrupamiento; por el otro
funcionan también como bases y campos de entrenamiento
para actividades de agitación dirigidas a públicos más
amplios. Es precisamente en la dialéctica entre estas dos
funciones donde reside su potencial emancipatorio”218. 
En última instancia, tal exploración sobre los contrapúblicos conduce a
una esfera pública postburguesa, que no debe identificarse necesariamente
con el Estado. Hoy podemos reconocer síntomas de la aparición de esferas
públicas no estatales surgidas de iniciativas de la sociedad civil. De tal
rechazo a una concepción consensual de los públicos aparece un modelo
128
215
Jürgen Habermas, “Tres modelos normativos de democracia” en La Inclusión del Otro,
Barcelona: Paidós, 1999, pp. 231-246.
216
Ver John Rawls, El Liberalismo Político, Barcelona: Crítica, 1996; así como La Justicia
como Equidad: Una Reformulación, Barcelona: Paidós, 2002.
217
Ver, entre muchos otros, Michael Sandel, Democracy’s Discontent, Cambridge:
Harvard University Press, 1996; Amy Gutmann & Dennis Thomson, Democracy and
Disagreement, Cambridge: Harvard University Press, 1996; Jon Elster, Deliberative
Democracy, Cambridge (UK): Cambridge University Press, 1998; James Bohman, Public
Deliberation, Cambridge (USA): MIT Press, 1996; Seyla Benhabid (ed.), Democracy and
Difference, Princeton: P.U.P., 1996.
218
Nancy Fraser,  Iustitia Interrupta. Reflexiones Críticas desde  la Posición Postsocialista, 
Bogotá: Siglo del Hombre, 1997, pp. 115-117.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

pedagógico en relación a la cultura orientado hacia la experimentación


de formas de autoorganización y autoaprendizaje. El objetivo de tal
método es producir nuevas estructuras que puedan dar lugar a formas
inéditas (en red, desjerarquizadas, descentralizadas, deslocalizadas) de
articulación de procesos culturales y procesos sociales. Se trata de dar
“agencia” a los públicos, de favorecer su capacidad de acción y superar
las limitaciones de las divisiones tradicionales de actor y espectador, de
productor y consumidor.
Fraser comienza haciendo el análisis de cómo triunfa la democracia liberal
en 1989 y se comienza a hablar del fin de la historia; pero, afirma que hay
que construir una teoría crítica sobre la democracia, más aun, cuando
se impone en aquellos países antes socialistas o que tenían dictaduras o
regímenes con formas de dominación racial. Fraser como teórica de los
límites de la democracia en el capitalismo tardío, realizará un análisis del
concepto de “esfera pública” en Habermas y lo trabajará durante la obra en
mención. El concepto de esfera pública elude las confusiones relacionadas
con los movimientos sociales y sus teorías sociales, especialmente en la
izquierda, dada su difícil delimitación del aparato del Estado, de los
espacios públicos y de la asociación ciudadana (someter la economía al
control del Estado, es someterla al control ciudadano)219.
Esta confusión impulsó formas estatistas autoritarias en el socialismo,
en lugar de formas democráticas participativas; el segundo problema
se encuentra en la tradición feminista, cuando se refiere a esfera pública
como todo aquello que esta por fuera del ámbito domestico o familiar,
confundiendo tres elementos: el Estado, la economía del empleo
remunerado y los espacios del discurso público. Las consecuencias en
la práctica política se dan cuando se confunden las campañas activistas
contra la representación cultural misógina con programas a favor de
la censura estatal, entre otras; en este caso se excluye la pregunta de
si someter los asuntos de género a la lógica del mercado o del Estado
administrador, equivale a promover la liberación femenina220.
El concepto de esfera pública de Habermas supera las anteriores
dificultades y designa el foro de las sociedades donde se lleva a cabo
la participación a través del habla. Es un espacio institucionalizado
129
de interacción discursiva. Es distinto al Estado; es un lugar donde se
producen y circulan discursos. Es distinto a la economía oficial, porque
hay relaciones discursivas donde se debate y delibera. Este concepto
delimita el aparato del Estado, los mercados económicos y las asociaciones
democráticas, esenciales para la teoría democrática. Fraser considera que
la esfera pública es indispensable para la teoría social crítica y su práctica

219
Nancy Fraser, “Esferas públicas, genealogías y ordenes simbólicos”, en Iustitia
Interrupta, Bogotá: siglo del Hombre, 1997, pp. 95-133
220
Idem, p. 96.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

político-democrática; pero, en todo caso, realiza una reconstrucción crítica


del concepto para teorizar los límites de la democracia existente.
Habermas, al realizar el estudio sobre la esfera pública, tiene dos objetos de
investigación: 1) trabaja el surgimiento y decadencia de la forma histórica
de la esfera pública; 2) se pregunta sobre el estatuto del modelo normativo
relacionado con la esfera pública burguesa. Este segundo punto tiene
doble propósito: a) identifica condiciones que hicieron posible la esfera
pública; b) evalúa las consecuencias de la viabilidad de la continuidad
del modelo liberal. El resultado es que, en las alteradas condiciones de la
democracia masiva del Estado de Bienestar, no es factible la esfera pública
burguesa ni la de su modelo liberal; es necesaria una nueva esfera pública
que salve la función crítica e institucionalice la democracia. Para Fraser,
Habermas no logró desarrollar un modelo posburgués nuevo y, por lo
tanto, no se dispone de una concepción diferente a la liberal sobre esfera
pública burguesa, que supla las necesidades actuales de la teoría crítica.
Esta tesis es el centro del estudio de Fraser, en el que el primer apartado
se refiere a un desarrollo historiográfico.
Fraser comienza por explicar los puntos importantes para Habermas, que
están relacionados con la transformación estructural de la esfera pública.
Ésta, en su concepción, se refiere a un grupo de personas privadas que
se reúnen para discutir asuntos de interés público o común. La idea,
con la que se pretendió una mediación entre Estado y sociedad, fue el
contrapeso a los Estados absolutistas. Lo anterior generó la exigencia
de informar acerca del funcionamiento del Estado para escrutinio de la
opinión pública. Después, con la institución parlamentaria de gobierno
representativo –a través de la libre expresión, la libertad de prensa y
la libertad de asociación– se construyó la idea del interés general de la
sociedad burguesa por el Estado.
Finalmente, la esfera pública designó un mecanismo institucional que
racionalizó la dominación política al hacer responsable al Estado frente
a los ciudadanos; en otro nivel, designó un tipo específico de interacción
discursiva: esta discusión debía ser abierta, estar al alcance de todos, los
intereses privados no eran admitidos, la desigualdad de condición debía
ser puesta entre paréntesis, el poder debía excluirse y los interlocutores
130
debían deliberar como pares; el resultado fue la opinión pública acerca
del bien común221.
Para Habermas, el potencial de la esfera pública del modelo burgués
nunca se materializó, y, además, se necesitaba la diferenciación del Estado
con respecto a la esfera económica, lo cual significaba la separación del
Estado de la sociedad y permitía una discusión pública que excluía
intereses privados, lo cual se vio afectado con la entrada de la burguesía

221
Idem, pp. 99-100.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

a la esfera pública (Estado). Con la democracia masiva del Estado de


Bienestar se imbricaron la sociedad y el Estado, y la publicidad, como
análisis crítico, fue remplazada por las relaciones públicas. Fraser busca
su propia explicación apoyándose en la historiografía, en cuyo marco,
autores como Joan Landes, Mary Ryan, Elizabeth Brooks-Higginbotham
y Geoff Eley sostienen que la explicación de Habermas idealiza lo público
y que aquella esfera pública se basa en exclusiones.
Landes habla de la exclusión de género que separó a las mujeres de la vida
política (este hecho se argumentó con la idea del mundo antiguo de poseer
un pene como requisito para hablar en público –conexión etimológica
entre testimonio y testículo–). Eley sostiene que las exclusiones de género
en países como Francia, Inglaterra o Alemania estaban vinculadas a
otras exclusiones arraigadas en la formación de clase. En estos países
la esfera pública burguesa se nutrió de prácticas y ethos que eran marca
de distinción en el sentido de Bourdieu; este proceso diferenció a este
grupo de la aristocracia con respecto a los estratos populares que debía
gobernar, pero, además, explica el sexismo de la esfera pública burguesa
que exigía la domesticación femenina y una separación de la esfera pública
y privada. La sociedad civil, en un periodo conocido como la época de las
sociedades (asociaciones filantrópicas, cívicas, profesionales y culturales),
no era accesible a todos y se convirtió en un lugar de entrenamiento de
hombres burgueses que se veían como una clase universal preparándose
para gobernar.
Mary Ryan documenta las formas en que las mujeres norteamericanas
provenientes de distintas clases y etnias construyeron a lo largo de los
siglos XIX y XX rutas de acceso a la vida política pública, a pesar de su
exclusión de la esfera pública oficial. Lo anterior implicó la construcción
de una sociedad civil opuesta, con asociaciones alternativas compuestas
por mujeres. Las mujeres de clase inferior accedieron a la esfera pública
mediante la participación en actividades de protesta de la clase trabajadora
masculina y, por último, estaban los defensores de los derechos femeninos
que se oponían a la exclusión de las mujeres de la esfera pública y a la
privatización de la política de género. Brooks documenta la existencia en
Estados Unidos entre 1880 y 1920 de una esfera pública negra paralela,
–de corte burgués-kantiano–, que utilizaba la iglesia como espacio, publicó
periódicos y realizó convenciones a nivel mundial, en las que denunciaba
131
el racismo, criticaba la política de los gobiernos estatal y federal y debatía
estrategias antirracistas.
Los dos anteriores estudios muestran que hay una variedad de formas
para acceder a la vida pública con sus espacios públicos, además de
demostrar que el público burgués nunca fue el único y por el contrario
ocasionó el surgimiento de contra-públicos (nacionalistas, populares,
campesinos, de mujeres de élite, negros y proletarios); por tanto, hubo
públicos en competencia conflictiva con el burgués desde el principio
–y no sólo a finales de los siglos XIX y XX, como lo sugirió Habermas–.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Según Eley, el surgimiento de lo público burgués no fue definido en


la lucha contra el absolutismo y la autoridad tradicional, sino que se
dirigió a la contención popular, construyéndose a través del conflicto.
Estos estudios sugieren una visión oscura de la esfera pública burguesa
(utopía), como opción ideológica que sirvió para legitimar el dominio
de la clase emergente.
Eley sostiene siguiendo Gramsci que la esfera pública burguesa oficial
es el vehículo institucional de una importante transformación histórica
de la naturaleza de la dominación política. Es el paso de un dominio
represivo a uno hegemónico, de un gobierno basado en la obediencia
(fuerza superior) a uno basado en el consentimiento complementado con
la represión, y este garantizó la capacidad de un Estado de dominar a los
demás. Para Fraser, la conclusión es que el concepto de esfera burguesa
es un elemento de la ideología burguesa, machista, de supremacía blanca;
una segunda conclusión es que esta esfera pública fue una buena idea que
no se concretó, pero, mantiene alguna fuerza emancipatoria (instrumento
de dominio o un ideal utópico).
Fraser propone finalmente una alternativa matizada y sostiene que
la historiografía no socavó ni reivindicó el concepto de esfera pública
(burguesa, machista, supremacía blanca), sino que cuestionó, en la línea
de Habermas, cuatro elementos para una concepción específica de la
misma, a saber: primero, cómo se puede deliberar como si todos fueran
socialmente iguales, y como esta igualdad social no es necesaria para
la democracia política; segundo, la proliferación de múltiples públicos
representa un paso atrás en al camino hacia la democratización, y como
una esfera pública comprehensiva es preferible a la multiplicidad de
públicos; tercero, el discurso en el espacio público debe restringirse a
la deliberación sobre el bien común, alejándose de intereses privados
indeseables, y, cuarto, que una esfera pública democrática exige la
separación de la sociedad civil y el Estado.
Fraser trabajará los anteriores supuestos por separado. Para Habermas
el libre acceso está ligado a la forma de publicidad que no se concretó
en la realidad (exclusión de género, propiedad o raza), lo cual no se dio
en la práctica, porque no se miró al interior de los espacios formalmente
132
inclusivos. Para Fraser, el modelo liberal burgués requiere la suspensión
de la diferencia de condición y un espacio donde los interlocutores
puedan hablar como si fueran social y económicamente iguales; aquí, la
desigualdad social no fue eliminada, sino suspendida. También existen
impedimentos informales a la paridad en la participación; como algunas
feministas sostienen, en la misma deliberación hay dominación de género,
clase y raza (Mansbridge).
La dificultad en el modelo liberal de la esfera pública burguesa se da al
suspender las desigualdades sociales en las deliberaciones, asumiendo
la no existencia de las mismas; el modelo no promueve la paridad, y la
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

suspensión genera ventaja para los grupos dominantes de la sociedad


y desventaja para los subordinados. Otra debilidad del modelo, es la
concepción de que este espacio es de nivel cero de cultura, desprovisto de
un ethos que acomode de manera neutral y con facilidad intervenciones
de cualquier ethos cultural, lo cual constituye un concepto contrafáctico.
En sociedades estratificadas, los grupos de poder desarrollan estilos
desigualmente valorados, creando poderosas presiones informales
que marginan las contribuciones de los subordinados en los contextos
cotidianos y en las esferas públicas oficiales; en este aspecto, la economía
política refuerza lo que la cultura logra informalmente.
Fraser abriga dudas acerca de que la esfera pública elimine las diferencias
sociales estructurales cuando los espacios discursivos están en un
contexto social más amplio, penetrado por relaciones de dominación
y subordinación. Lo que está en juego es la autonomía institucional
política frente al contexto social que los rodea. Una característica del
liberalismo es que éste supone la autonomía de lo político y que es posible
organizar una forma democrática de vida política con base en estructuras
socioeconómicas y sociosexuales que generan desigualdad sistémica. Los
liberales pretenden aislar los procesos políticos de aquellos no políticos o
prepolíticos característicos de la economía, la familia y la vida cotidiana
informal; el problema para ellos, reside en fortalecer las barreras que
separan las instituciones políticas que representan relaciones de igualdad
de las instituciones económicas, culturales, sociosexuales fundamentadas
en relaciones sistémicas de desigualdad. Finalmente, Fraser sostiene que
para obtener una esfera pública con interlocutores deliberando de forma
igual no basta con suspender las desigualdades sociales, sino que se deben
eliminar las desigualdades sistémicas para la paridad en la participación;
además, la democracia exige igualdad social sustantiva.
El segundo punto (igualdad, diversidad y públicos múltiples) discute la
relación interpública, la naturaleza y la calidad de las interacciones que
se dan entre los diferentes públicos. En este aspecto, la interpretación de
Habermas enfatiza en la singularidad del modelo de la esfera pública
burguesa (singular pretensión), con un discurso donde la proliferación de
una multiplicidad de públicos representa un paso atrás en la democracia.
Fraser evalúa los meritos de un público único y comprehensivo frente
133
a múltiples públicos en dos tipos de sociedad moderna: la sociedad
estratificada y las sociedades igualitarias y multiculturales.
En las sociedades estratificadas, enmarcadas en un contexto institucional
que genera grupos sociales desiguales con relaciones estructurales de
dominio y subordinación, no es posible la participación, el debate público
o la deliberación de forma igual. Fraser sostiene que en estas sociedades la
confrontación entre la pluralidad de públicos en competencia promueve
el ideal de la paridad en la participación, más que en un público único,
comprehensivo y abarcante. En este caso, los grupos subordinados
no tienen espacios para deliberar sobre sus necesidades, objetivos y
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

estrategias: no hay foros comunicativos que no estén supervisados por


los grupos dominantes, y, si no se escuchan sus palabras y sus deseos
están limitados, estarán incapacitados para defender sus intereses en la
esfera pública, comprensiva, y serán menos capaces de evidenciar los
modos de deliberación que encubren la dominación.
El anterior argumento es respaldado por la historiografía, que sostiene que
es positivo sustituir públicos alternativos (contra-públicos subalternos)
como espacios discursivos paralelos, donde sus miembros inventan
y hacen circular contradiscursos, interpretando opuestamente sus
identidades, intereses y necesidades (por ejemplo, el contra-público
subalterno feminista de EE.UU. a finales del siglo XX). En esta esfera
pública, las feministas han inventado nuevos términos para describir
la realidad social: sexismo, doble jornada, acoso sexual, violación
intramarital. Con este lenguaje formulan sus necesidades e identidades
y disminuyen la desventaja en la esfera pública oficial.
Fraser trata de evitar una interpretación incorrecta; ella no sugiere que
los contra-públicos sean virtuosos, algunos de ellos son antidemocráticos
y antiigualitarios e, incluso, los que luchan por igualdad tienen prácticas
y métodos de exclusión y marginación informal. En todo caso, estos
grupos contribuyen a extender los espacios discursivos y amplían la
confrontación discursiva, conveniente en sociedades estratificadas.
En opinión de Fraser, lo contra-público milita en contra del separatismo,
al asumir una orientación pública, y aspira a difundir un discurso en
espacios más amplios. Estos contra-públicos tienen un doble carácter:
1) funcionan como espacios de retiro y reagrupamiento; 2) funcionan
como bases y campos de entrenamiento para actividades de agitación
dirigidas a grupos más amplios. Estas dos funciones generan una
dialéctica emancipatoria, permitiendo disminuir los injustos privilegios
de los grupos dominantes en sociedades estratificadas.
Ahora, Fraser hace relación a la existencia de múltiples públicos comparados
con un público único en sociedades igualitarias y multiculturales. Las
primeras (igualitarias), son sociedades no estratificadas, con marcos
institucionales que no generan grupos sociales desiguales en relaciones
estructurales de dominio y subordinación. Estas sociedades no necesitan
134 ser culturalmente homogéneas siempre que se permita la libertad de
expresión y asociación; es probable que estén conformadas por grupos
con diversos valores, identidades y estilos culturales (multicultural). Para
Fraser, las esferas públicas son espacios para la formación y concreción de
identidades sociales, donde la participación implica hablar con “la propia
voz”, expresando la identidad cultural propia a través del modismo y
el estilo.
Otro punto a tener en cuenta es que las esferas públicas son espacios
donde no está ausente la cultura; por el contrario, se trata de instituciones
culturalmente determinadas (foros de intercambio cultural, la Internet,
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

geografías sociales de espacio urbano –café, parques, centros comerciales–),


que permiten retóricas culturales que acomodan ciertas formas de
expresión y no otras. Lo anterior concluye que la vida pública en
sociedades igualitarias y multiculturales no consiste en una esfera pública
única y comprehensiva. Estas sociedades sólo tienen sentido con espacios
plurales de espacios públicos y con participación de grupos diversos en
valores y retórica (multiplicidad de públicos).
Estas sociedades hipotéticas –igualitarias y multiculturales– adelantarían
debates sobre la política y los asuntos que afectan a todos. Fraser ve
que no hay razones para excluir, en principio, la posibilidad de una
sociedad donde la igualdad social y la diversidad cultural coexistan
con la democracia participativa. Esta sociedad puede existir cuando se
reconoce la complejidad de las identidades culturales, tejidos con hilos
diferentes que son comunes a personas cuyas identidades difieren en
otros sentidos, o cuando la diferencia es el aspecto sobresaliente. Esta
sociedad contendrá muchos públicos diferentes, o al menos uno en que los
participantes deliberen como iguales, cruzando la línea de la diferencia,
sobre las políticas que conciernen a todos.
Fraser sostiene en toda su argumentación que el ideal de la paridad
en la participación se logra a través de muchos públicos y no con uno
solo. Lo anterior es factible tanto para sociedades estratificadas, como
para las igualitarias o multiculturales. En el primer caso, defiende
los contra-públicos subalternos formados en condiciones de dominio
y subordinación. En el segundo aspecto, defiende la posibilidad de
combinar la igualdad social, la diversidad cultural y la democracia
participativa. En cuanto al tercer punto (esferas públicas, preocupaciones
comunes e intereses privados), busca indagar los limites de los asuntos
públicos y de los privados.
Esta problemática liberal burguesa de la esfera pública determina las
suposiciones relacionadas con la intervención adecuada de lo público
en lo privado. Para Habermas la esfera pública burguesa es un espacio
discursivo en el que personas privadas deliberan sobre asuntos públicos.
Lo público significa: 1) relacionado con el Estado; 2) accesible a todos; 3)
intereses para todos; 4) bien común o interés compartido. En cuanto a lo
privado tenemos: 5) relativo a la propiedad privada en una economía de 135
mercado; 6) relativo a la vida doméstica íntima o personal, incluyendo
la vida sexual.
Fraser comienza su análisis con el interés para todos, en lo que encuentra
una ambigüedad en aquello que afecta objetivamente a todos (externo),
o lo que los participantes reconocen como asunto de interés común.
Para Fraser, en cuanto a la perspectiva de los participantes, sólo estos
pueden decidir qué es y qué no es de interés común para ellos (no hay
garantías de que todos concuerden); eventualmente, después de una
oposición discursiva, se convertirá el asunto en problema de interés
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

común (confrontación discursiva), y es allí donde las minorías, a partir de


garantías democráticas, conversan con otros de aquello que en el pasado
no era público y que se ha vuelto de interés común.
Ahora, el conflicto está en el sentido de público, como lo relativo al bien
común o al interés compartido. Para Habermas, lo que está en juego en
la esfera pública burguesa es la discusión del bien común, excluyendo
la discusión de “interés privado”. Estamos en una esfera pública que
ahora se llama republicana cívica, opuesta a la concepción liberal
individualista. Este modelo republicano hace énfasis en la política como
un conjunto de personas que razonan juntos para promover el bien
común, trascendiendo los intereses individuales. Desde esta perspectiva,
lo privado –y sus intereses– no encuentra un lugar en la esfera pública
política y es considerado como la partida prepolítica de la deliberación
(transformado y transcendido en el debate).
Jane Mansbridge considera que la concepción cívico-republicana
incluye una confusión que elimina su crítica, pues confunde las ideas
de deliberación y bien común al suponer que aquella debe ser sobre
el bien común, limitándose a un diálogo enmarcado desde un único y
comprehensivo nosotros y excluyendo las pretensiones que responden
al interés individual o de grupo, con lo que actúa en contra del objetivo
de la deliberación: ayudar a los participantes a aclarar sus intereses, así
estén en conflicto.
Por último, el consenso que representa el bien común debe ser sospechoso,
pues se alcanza en un proceso de deliberación contaminando por los
efectos de la dominación y subordinación. Para Fraser, la teoría crítica
debe ser seria y responsable ante los términos privado y público. Estos
términos son clasificaciones culturales y designaciones sociales, además
de tener un gran poder para deslegitimar unos intereses, ideas y tópicos,
y valorizar otros.
Lo anterior lleva a recontextualizar los dos anteriores significados de lo
privado que están en el centro de una retórica de la privacidad utilizada
para restringir el universo de confrontación pública (como, por ejemplo,
la privacidad doméstica y la privacidad económica). Esto aísla ciertos
136 asuntos en espacios discursivos especializados, protegiéndolos del debate
y de confrontaciones amplias, lo cual es ventajoso para los que dominan y
desventajoso para los dominados, con lo que se muestra que la eliminación
de las restricciones formales de la participación en la esfera pública no
basta para la inclusión en la práctica: la inclusión de mujeres, personas
de color y trabajadores es obstaculizada por la concepción de privacidad
doméstica y económica, limitando el debate.
El cuarto punto (públicos fuertes, públicos débiles: sobre la sociedad civil
y el Estado), subyace al modelo liberal de la esfera pública burguesa, que
exige la separación radical entre sociedad civil y Estado. Lo anterior se
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

puede interpretar de dos maneras, según como entendamos la expresión


“sociedad civil”. La primera está relacionada con la existencia de una
economía capitalista (privada) separada del Estado; se trata de defender
el liberalismo clásico. Entonces la existencia de un gobierno limitado y
un capitalismo de laissez-faire son condiciones para el funcionamiento
de la esfera pública. Según Fraser, este modelo genera una separación
radical entre la sociedad civil (económica) y el Estado, necesaria para el
funcionamiento de la esfera pública, y se requiere una imbricación entre
estas instituciones.
Otra explicación interesante de supuesto liberal sobre la necesaria
separación entre sociedad civil y Estado para conseguir una esfera pública
operante, es aquella que considera a la “sociedad civil” como el conjunto
de organizaciones no gubernamentales o secundarias que no son de
tipo económico ni administrativo. Esta idea está cerca de la concepción
de Habermas de la esfera pública liberal: cuerpo de personas privadas
reunidas para formar un público. El énfasis en “las personas privadas”
indica que los miembros del grupo burgués no son funcionarios estatales
y no dependen de alguna esfera oficial, produciendo el resultado final
de opinión pública. La esfera pública se trata de un cuerpo de opinión
discursiva no gubernamental que sirve de contrapeso al Estado (es
independiente, autónomo y legítimo).
El modelo liberal supone que la separación entre sociedad civil y
Estado es deseable. Esta separación promueve públicos débiles que sólo
participan en opinión, pero, no en la toma de decisiones; si participaran
en ellas, se convertirían en Estado y se perderían el control discursivo
del mismo. Para Fraser, el asunto se torna más complejo cuando surge la
soberanía parlamentaria, que opera como una esfera pública dentro del
Estado y a la cual se refiere como público fuerte, esto es, un público cuyo
discurso incluye la forma de opinión como de decisión, la cual culmina
en decisiones legalmente obligatorias (leyes).
La soberanía parlamentaria acaba la línea que separa la sociedad civil
(asociativa) del Estado. Lo anterior representa un avance democrático,
al incrementar la opinión pública, pero convierte esta opinión en
decisiones autoritarias, asumiendo la forma de instituciones fuertes de
estilo autoadministrativo. Finalmente, Fraser considera que el modelo 137
de opinión pública burgués liberal no es adecuado y que hay que llegar
a un modelo postburgués que piense en públicos fuertes y débiles y en
sus formas hibridas, teorizando las posibles relaciones de estos públicos
y posibilitando concebir la democracia más allá de la ya existente.

Warner: públicos y contrapúblicos


El público y lo público son conceptos en los que conviven varios sentidos
simultáneamente. Lo público tiene que ver con lo común, con el interés
compartido. Hay una movilidad histórica en la oposición público-privado,
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

justamente a partir de la propia movilidad de los públicos y sus formas


de auto-organización. La oposición público-privado es un lugar de
contradicción en tanto que excusa para situaciones de desequilibrio. El
público tiene el doble sentido de totalización social y a la vez de audiencias
concretas: Warner ha descrito con precisión esta ambigüedad y polisemia
de la noción de público. La idea central es que los públicos son formas
de agrupación social que se articulan reflexivamente en torno a discursos
específicos.  Público es uno de los términos más recurrentes en el debate
político, social y cultural, pero no por ello es una expresión de significado
evidente. De ahí la necesidad de redefinir lo que pretende decirse con
lo público.
Como lo plantea Warner, las diferencias entre el público y un público
parecen imperceptibles, las personas no siempre distinguen entre estas
dos categorías: el público, en el sentido común, puede entenderse como
un tipo de totalidad social. Pueden ser las personas organizadas como nación,
la ciudad, el Estado o alguna otra comunidad222, en cada caso, con el público,
se hace referencia a un ente abstracto bajo el cual se incluyen a todo el
mundo. No obstante, un público puede caracterizarse por una audiencia
concreta, con presencia en un espacio específico, por ejemplo, un público
teatral. En otro sentido del término, el público existe en relación con los
textos y su circulación.
Ahora bien, un público puede ser comprendido como “un espacio
discursivo organizado nada más que por el discurso mismo. Es autotélico;
existe sólo como el fin para que los libros sean publicados”223, dirigidos a
alguien para su circulación. En este sentido, un público comprende una
dimensión teórica y otra de carácter empírico; en la práctica, un público
aparece como el público, es decir, como una sola entidad. Sin embargo,
puede existir una variedad de públicos entre la totalidad social, pues éstos
conforman un tipo de audiencia concreta con una forma particular de
organización independiente a la del aparato estatal, se auto-organizan (en
el caso del público, éste no puede ser soberano con respecto al Estado);
la función del público “en la esfera pública es posible porque éste es
realmente un discurso público. La característica particular de un público
es que es un espacio de discurso organizado por el discurso mismo”224,
138 sólo a través del discurso –y no de estructuras externas– puede un público
producir sentido de pertenencia.
Así, “un público es entendido de diferentes formas un grupo, una
audiencia u otro grupo que requiera una copresencia. La identidad
personal no hace parte por ella misma de un público, difiere de naciones,

222
Michael Warner, Publics and Counterpublics, Boston: Zone Books, 2002, p. 65.
223
Idem, p. 67.
224
Idem, p. 68.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

razas, profesiones”225, requiere una mínima participación. Algunos autores


señalan que el vínculo cohesionador de un público es el interés común,
un interés creado por la demanda del mercado. Esta idea “aparece para
la base social del discurso público; pero la base en efecto es proyectada
desde el mismo discurso público más que por un factor externo”226: los
públicos existen sólo por sus destinatarios.
Los públicos tienen que ser entendidos como formas culturales. La
irrupción de los medios de comunicación impresos y electrónicos produce
un cambio en su difusión, pues les permite extenderse a amplias esferas
de la organización social, sin una orientación determinada; de esta forma,
un público se convierte en una relación entre extraños, “la orientación
a extraños implica una auto-organización a través del discurso … Un
público puede ser en una forma pura una relación entre extraños, porque
otras formas de organizaciones entre extraños –naciones, religiones,
razas, gremios– tienen un contenido manifiesto. Ellos seleccionan los
extraños por un criterio de territorio o identidad de sus miembros”227. La
identificación de los extraños hace parte del imaginario social moderno.
En la orientación del discurso público es importante la impersonalidad, a
diferencia de los discursos en los que existe alguien interpelado como el
sujeto del discurso, éste permite reconocernos y reconocer a otros extraños
como destinatarios, tal como lo hacen los medios de comunicación. Sólo en
virtud de su dirección y de algún grado de atención existen los públicos;
esta última característica es fundamental, es la mejor forma de discriminar
los miembros y los no miembros de un público. Si usted está leyendo o
escuchando esto, hace parte del público de este escrito. Por tal razón se
puede ser parte de diferentes públicos de manera simultánea, “el acto de
atender al discurso basta para crear un público receptor”228: los públicos
son entidades virtuales y no asociaciones voluntarias.
Los públicos se caracterizan por “la auto-organización a través del discurso,
su orientación a extraños, la ambigüedad entre lo impersonal y personal
de sus receptores, miembros por mera atención”229. El discurso debe
entenderse como un elemento dinámico, la argumentación, la respuesta
y su retroalimentación hacen posible la circulación y movimiento de los
públicos en diferentes direcciones. En dicha circulación juegan un papel
139
fundamental elementos conocidos y desconocidos: “el elemento conocido,
es decir, el destinatario, permite una escena de posibilidad práctica; el
desconocido, genera una expectativa de transformación”230.

225
Idem, p. 71.
226
Idem.
227
Idem, p. 75.
228
Idem, p. 88.
229
Idem, p. 89.
230
Idem, p. 91.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Los públicos se reconocen a través de un lenguaje ideológico particular,


de un discurso, es decir, una serie de proposiciones agregadas; en este
sentido, la opinión pública puede ser entendida como un agregado,
donde las opiniones pueden mantenerse, transferirse y replantearse de
manera indefinida. “Sin duda el desarrollo de cada uno de los lenguajes
ideológicos ayuda a generar confianza en la extraña sociabilidad de la
circulación pública”231.
En la vida moderna, los públicos han adquirido una notable importancia,
incluso se ubican por encima del nivel del Estado, “todos los públicos
hacen parte de el público, su unidad también es ideológica, sin embargo
hay otro tipo de públicos que se constituyen a partir de una relación
conflictiva con el público dominante: estos son, según Nancy Fraser,
los contrapúblicos, los cuales se distinguen “por un idioma especial
para la realidad social. En el caso del feminismo, por ejemplo, aparecen
palabras tales como ‘sexismo’ y ‘acoso sexual’. Este idioma puede ahora
encontrase en cualquier lugar, pero para la década de los 20 fue un
nuevo idioma”232. El estatus subordinado de un contrapúblico no refleja
simplemente identidades formadas en otros espacios: son otras formas de
identificarse, que ponen en evidencia las diferentes formas de imaginar
la extraña sociabilidad y su reflexibilidad.
En este orden, el discurso consensual tiene consecuencias desmovilizadoras
en la sociedad civil. Frente a ello, la propuesta es no concebir el público
como una entidad predefinida a la cual hay que conquistar, sino que el
público se constituye de formas imprevisibles en la propia dinámica de
construcción de los discursos, a través de sus heterogéneos modos de
tráfico. El público está, así, en un proceso de movilidad permanente. Esto
cuestiona las concepciones dominantes respecto a la producción y al
consumo político-culturales, según las cuales esos roles son procesos
cerrados y meramente reproductivos, y abre un espectro de alternativas
de acción, en las que el público adquiere un papel activo que posibilita
la aparición de articulaciones novedosas y formas de sociabilidad
emergentes.
De este modo, el público aparece como un proyecto, como el potencial de
construir algo que todavía no existe y que puede superar limitaciones
140
actuales.   Es justamente esta no preexistencia del público lo que permite
pensar en la posibilidad de reconstrucción de una esfera pública crítica.
Y es esa apertura lo que garantiza la existencia de una esfera pública
democrática como espacio que no debe ser unitario para ser democrático,
en la línea planteada por Chantal Mouffe.

231
Idem, p. 115.
232
Idem, p. 119.
Excurso.
Élites, actores y estrategias
Como queda claro, la problemática de las élites tiene un lugar determinante
al interior de los estudios políticos. La élite como categoría de análisis es
relevante para entender la forma en que efectivamente funciona el poder
en aspectos tan cruciales en una sociedad como la definición de políticas
públicas, la estructuración de identidades, así como la producción de
símbolos, valores y normas. Por tanto, su rol no se puede definir solamente
en términos de la posición que ocupa dentro de la jerarquía social.
La élite también debe entenderse desde una dimensión subjetiva que tenga
presente los rasgos psicológicos y los imaginarios sociales de los miembros
que la componen. Sus trayectorias de vida, su formación académica y
sus cargos laborales, si bien son elementos pertinentes para el análisis de
este actor, no son suficientes: es necesario tener presente una dimensión
estructural para comprenderlos desde una perspectiva aún más compleja,
en la medida que las estructuras y los sistemas sociales determinan las
prácticas de las élites.
Las élites son actores sociales con prácticas y normas informales claramente
establecidas. A pesar de esto, no son un grupo altamente cohesionado: en
la dinámica de las élites persiste cierto tipo de facciones que persiguen
intereses particulares. Pese a este hecho, se puede afirmar que la élite tiene
una identidad propia, gracias a la cual se construyen otras identidades y
se institucionalizan ciertas formas de ver e interpretar el mundo, es decir,
imaginarios sociales dominantes, que se articulan y definen a través de las
esferas de lo público y lo privado.
Ahora bien, las transformaciones sociales de las últimas décadas han
obligado a la(s) élite(s) a redefinir su estrategia. El cambio del régimen de
acumulación fordista por el postfordista desemboca en el diseño de un
nuevo proyecto hegemónico de corte neoconservador/neoliberal que
intenta adaptar el contexto global a los nuevos imperativos económicos,
creando, además, nuevos discursos de subordinación que buscan 143
preservar las relaciones de poder existentes233.

Actores y estrategias
La élite como actor social relevante define la mayor parte de las situaciones
sociales por medio de normas formales e informales que operan como

David Harvey, “La transformación económico-política del capitalismo tardío del siglo
233

XX”, en La Condición de la Posmodernidad, Buenos Aires, Amorrortu, 2004, pp. 141-222.


La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

pautas de orientación de las acciones sociales. No obstante, la élite,


como entidad conceptual –dado que siempre nos atenemos a élites o
contraélites plurales– se orienta bajo sus propias estrategias. En este
apartado intentaremos ahondar en las categorías de actor y estrategia,
como elementos que coadyuvan a entender la de élite.
Para autores como Irving Goffman, “toda persona vive en un mundo
de encuentros sociales, que la compromete en contactos cara o cara o
mediatizados con otros participantes”234. En los encuentros cara a cara
“[…] pueden haber interacciones ‘no focalizadas’ o ‘focaliza-
das’, que se distinguen principalmente porque en la primera
los participantes muestran una especie de falta de consciencia,
mientras que en la segunda esta sí existe. […] En la interacción,
los seres humanos están continuamente pendientes de sus
acciones, a la vez que adoptan puntos de vista ajenos”235.
El enfoque dramatúrgico desarrollado por Goffman analiza los encuentros
por medio de analogías teatrales, de ahí que se lo conozca con ese
nombre:
“Desde el punto de vista de la acción dramatúrgica, entende-
mos una interacción social como un encuentro en que los
participantes constituyen los unos para los otros un público
visible y se representan mutuamente algo. Encounter y
performance son los conceptos claves. La representación
teatral que lleva a cabo una compañía teatral ante los ojos de
terceros es simplemente un caso especial. Una representación
vale para que el actor se presente ante los espectadores de un
determinado modo; al dejar trasparecer algo de subjetividad,
el actor busca ser visto y aceptado por el público de una
determinada manera”236.
La representación dramática se refiere a la forma en que el individuo, en
las situaciones de su actividad cotidiana, se presenta a sí mismo a los
otros, presenta su actividad a los otros, así como a las formas en que
el individuo guía y controla la impresión que causa en los otros y a la
144 clases de cosas que puede hacer o no puede hacer para mantener esa
representación ante los otros237.
Las personas en la multiplicidad de encuentros enmascaran unas partes de
sí mismas y acentúan otras; las formas de vestir, de hablar y de gesticular

234
Irving Goffman, “Sobre el Trabajo de la Cara” y “Alienación grupal e identidad del
yo”, en Estigma, Buenos Aires, Amorrortu, 2006, pp. 126-147.
235
Patrick Baer, “El enigma de la vida cotidiana”, en La Teoría Social en el Siglo XX,
Madrid: Alianza Editorial, 2001, p. 97.
236
Idem, p. 131.
237
Idem.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

están destinadas a manifestar y también ocultar quiénes somos. Goffman


definió las actuaciones como “toda actividad individual que sirve para
influir en ‘la audiencia’ que participa de ese encuentro. Estas actuaciones
están gobernadas por unas reglas, en el sentido de que tienen que ver con
códigos prácticos tácitos relativos al comportamiento apropiado”238.
En la actuación se pueden distinguir dos tipos de frentes que sirven para que
la audiencia contextualice el encuentro y defina la situación. El primero
de ellos es el escenario, que “tiene que ver con los elementos contextuales
que aporta el lugar y con los accesorios’ para que se produzca la acción,
por ejemplo, el decorado”239. El otro frente es el personal, relacionado
con los elementos que caracterizan al actor, entre ellos, el aspecto y la
actitud, el primero de lo cuales “se refiere a la posición social del que
actúa, pero también indica su ‘Estado ritual temporal’. Por ejemplo si está
trabajando o está en su tiempo libre, o lo ocupado que se encuentra. La
actitud indica qué papel pretende representar el actor en la interacción
que se avecina”240.
Todo individuo intenta construir una representación de lo que es, y busca
que lo que haga y diga sea coherente. Sin embargo, el individuo actúa
en muchos escenarios que se superponen y contradicen, de tal suerte
que el escenario, el aspecto y la actitud muchas veces no resultan ser del
todo coherentes.
Las personas al interactuar dramatizan sus actividades para dar la impresión
que están actuando correctamente. Las personas “suelen expresar los
‘valores sociales oficialmente acreditados’, una costumbre que resulta
evidente en aquellos que aspiran a la forma de vida de los que están en
un escalón social o económico superior”241. En el caso de los equipos,
Goffman los define como
“[…] grupos de personas que cooperan con el fin de mantener
una determinada definición de una situación. Los equipos
tienen ciertas características en común. Se basan en la lealtad
y competencia de cada uno de sus individuos, ya que si
uno falla puede poner en peligro a todos. Goffman también
introduce el factor espacial en el análisis y, de este modo,
el concepto de región hace referencia a cualquier lugar que
145
indique la barrera entre lo que es visible para la audiencia y
lo que no lo es“242.
Las actuaciones ocurren en la región frontal. La región trasera proporciona
los medios para que la frontal tenga un escape emocional. Goffman

238
Idem, p. 97.
239
Idem, p. 98.
240
Idem, p. 98.
241
Idem, p. 98.
242
Idem, p. 99.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

introduce el concepto de “manejo de la impresión” para sintetizar estos


mecanismos. Los individuos tienden a controlar por ciertos mecanismos
la forma en que los perciben los demás. Antes que nada, hay prácticas
y atributos defensivos”, entre los se incluyen, por ejemplo, “la lealtad
dramatúrgica”, que supone que los miembros de un equipo tienen que
ser capaces de confiar los unos en los otros. En segundo lugar están las
prácticas protectoras, en las que, mediante la discreción, es la propia
audiencia la que ayuda a los que actúan a que salven su espectáculo.
Las interacciones también están gobernadas por distintos tipo de normas:
• simétricas, que entrañan expectativas reciprocas, contrario a las
normas asimétricas;
• reguladoras, que dan a las personas directrices referidas a la conducta
en determinadas circunstancias, mientras que las constitutivas aportan
el contexto en que se pueden aplicar las reguladoras;
• ceremoniales, que se dirigen hacia la conducta en cuestiones que,
en el mejor de los casos, tienen una importancia secundaria por sí
mismas. Estas normas son cruciales para mantener los sentimientos
de seguridad y confianza en la sociedad. No obstante los individuos
actúan de acuerdo a la conveniencia situacional y a las normas sociales,
factores que condicionan la dramatización del actor.
Desde la perspectiva de la acción estratégica, el individuo se comprende
como un agente maximizador de recursos; guiada por la razón
instrumental, la acción se orienta al éxito individual. Para autores como
Habermas, el uso instrumental o estratégico del lenguaje son derivaciones
del uso original del lenguaje orientado al entendimiento, la acción
estratégica es un ampliación del concepto de acción teleológica, en el que
“[…] el actor realiza un fin o hace que se produzca el Estado
de cosas deseado, eligiendo en una situación dada los medios
más congruentes y aplicándolos de una manera adecuada.
El concepto central es el de una decisión entre alternativas
de acción, enderezada a la realización de un propósito,
dirigida por máximas y apoyada en una interpretación de la
146 situación. La acción teleológica se amplía y convierte en acción
estratégica cuando en el cálculo que el agente hace de su éxito
interviene la expectativa de decisiones de a los menos otro
agente que también actúa con vistas a la realización de sus
propios propósitos. Este modelo de acción es interpretado a
menudo en términos utilitaristas; entonces se supone que el
actor elige y calcula medios y fines desde el punto de vista de
la maximización de utilidad o de expectativas de utilidad”243.

243
Jürgen Habermas, Teoría de la Acción Comunicativa, Madrid: Taurus, 1987, p. 122.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

La acción estratégica está orientada a la realización de un propósito, “el


actor se propone fines en una situación dada, para cuya realización elige
y aplica los medios que le parecen más adecuados. Parsons define el ‘fin’
como un Estado de cosas futuras que el actor trata de producir”244. La
selección del fin se hace atendiendo a normas y valores, en tanto que los
fines se basan en máximas, en Parsons “la acción es representada como
un proceso de consecución de fines, en que nos atenemos a estándares
normativos”245.
La acción estratégica para Habermas es, por tanto, una acción orientada
por un cálculo maximizador utilidad. Este tipo de acción es propia del sistema
“ámbito social constituido por una serie de mecanismos anónimos de una
lógica propia que, en las sociedades avanzadas han cristalizado en dos
subsistemas sociales regidos por reglas estratégicas y medios materiales
o técnicos: el subsistema administrativo y subsistema económico”246. El
sistema se contrapone al mundo de la vida:
“[…] mediante este concepto, que es adoptado por Habermas
de la tradición fenomenológica iniciada por Husserl, se
hace referencia al entorno inmediato del agente individual,
un entorno simbólico y cultural configurado por aquella
capa profunda de evidencias, certezas y realidades que
habitualmente no son puestas en cuestión. Gracias a este
horizonte, los actores pueden actuar de modo comunicativo
[…] Los presupuestos que conforman este ámbito son, antes
que nada, las propias reglas de los juegos del lenguaje y
determinados enunciados con los que todo el mundo está
de acuerdo”247.
El mundo de la vida es el mundo del conocimiento inmediato, en el que se
hace posible la acción comunicativa. Es decir,
“[…] el uso original del lenguaje para Habermas está
orientado al entendimiento entre las partes que participan en
el proceso comunicativo; al servirse del lenguaje, el individuo
participa necesariamente de la perspectiva social y sale así
‘de la lógica egocéntrica’. Los otros usos del lenguaje como
el instrumental o el estratégico, son parasitarios del uso 147
orientado al entendimiento”248.
Ahora bien, la categoría estrategia, tal como lo menciona Foucault, puede
ser empleada en tres formas:

244
Idem, p. 291.
245
Idem, p. 292.
246
Juan Carlos Velasco, Para Leer a Habermas, Madrid: Alianza editorial, 2003, p. 48.
247
Idem, p. 47.
248
Idem, p. 39.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

“La palabra estrategia es empleada en tres formas. Primero:


para los medios empleados para alcanzar un cierto fin; es
una cuestión de racionalidad funcionando para llegar a un
objetivo. Segundo: para designar la manera como un partícipe,
en un cierto juego, actúa con respecto a lo que piensa sería
la acción de los otros y lo que considera que sería la acción
de los otros y lo que considera que los otros piensan sería
la suya; esta es la forma en que se busca tener ventaja sobre
otros. Tercero: para designar procedimientos usados en una
situación de confrontación para despojar al adversario de
sus medios de combate y obligarlo a que se rinda en la lucha.
La estrategia es definida por la escogencia de soluciones
triunfadoras”249.
Para Foucault, el poder puede ser comprendido como una situación
estratégica compleja con redes asimétricas y heterogéneas, en las que los
sujetos tienen múltiples identidades. Por tanto, las redes de poder son
policéntricas, surgen de diferentes núcleos relacionales, en los que los
sujetos ocupan posiciones diferenciadas y sus estrategias son definidas
de acuerdo a la situación. No obstante, “cada estrategia de confrontación
sueña con llegar a ser una relación de poder y cada relación de poder se
inclina hacia la idea de que, si sigue su propia línea de desarrollo y se
las tiene que ver con una confrontación directa, puede convertirse en la
estrategia victoriosa”250.
La acción estratégica, por tanto, es definida por el actor de acuerdo con
propósitos utilitaristas. El individuo busca que sus estrategias sean las
dominantes para obtener el más alto grado de éxito individual. Sin embargo,
las personas no actúan solamente bajo la racionalidad instrumental;
actúan más de lo previsto en la consecución de bienes colectivos que
redunden en una integración social.

Dinámicas simbólicas y ciudadanía


Para Landi, uno de los dispositivos centrales de las actuales sociedades
es el mercado, el cual disciplina y resocializa a los individuos, lo que
148 genera un nuevo sentido de penetrar en la sociedad para realizar el
necesario “cambio de mentalidad” de los individuos, rebautizando a los
hombres, resignificando sus identidades anteriores251. La identificación
es un proceso por medio del cual un sujeto asimila un aspecto, una
propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente,
sobre el modelo de éste.

249
Michel Foucault, El Sujeto y el Poder, Bogotá: Ediciones Carpe Diem, 1991, p. 99.
250
Idem, p. 101.
251
Oscar Landi, “Sobre lenguajes, identidades y ciudadanías políticas”, en Norbert
Lechner, Estado y Política en América Latina, México: Siglo XXI, 1981, pp. 172-198.
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

Cuando el individuo se introduce en el orden social y familiar, realiza


un complejo trayecto en el que se va individualizando a través de una
serie de identificaciones. En últimas, este proceso deriva en la alienación
del individuo, en el lenguaje en el que queda incluido y determinado: lo
simbólico tiene un orden propio que rige la producción del sentido, y el
individuo adquiere sus identificaciones normativas según el buen orden
que prescriben los discursos sobre la sociedad252.
Adicionalmente, los movimientos sociales, entendidos como sistemas de
acción compuestos y diversos en construcción, no encuentran formas
de expresión en el sistema político, problema particularmente agudo en
los recientes procesos de revalorización de la democracia y de apertura
política. Siendo así, la legitimidad conferida al sistema político por los
movimientos sociales está en cuestión y de ello derivan dificultades
extremas en lograr mecanismos de regulación, comunicación y transmisión
de las demandas de la sociedad al sistema político, habida cuenta de este
clima de desconfianza entre partidos, Estado y movimientos sociales253.
La posibilidad de llegar a un sistema de acción histórica (con renovada
capacidad de producir transformaciones en la sociedad) requiere
fundamentalmente que existan en el plano de estos imaginarios colectivos de
los movimientos sociales posibilidades de articulación simbólico-cultural
que puedan derivar en integraciones políticas concretas. No sabemos si
los valores que los miembros de los movimientos sociales gestan en ellos
se traducen plenamente en formas de acción colectiva coherente respecto
de los mismos254.

149

252
Idem, pp. 183-184.
253
Fernando Calderón y Mario Dos Santos, “Movimientos sociales y gestación de cultura
política. Pautas de interrogación”, en Cultura Política y Democratización, Buenos Aires:
CLACSO, 1987, p. 192.
254
Idem, pp. 195-196.
Conclusión
Como se planteó en un principio, este escrito busca demarcar epistemo-
lógicamente, en lo posible a partir de una reconstrucción histórico-estruc-
tural de la categoría, los linderos desde los cuales puede ser utilizado el
concepto de “élites” como unidad de análisis e interpretación teórica de los
fenómenos políticos.
En el primer apartado, el escrito presentó los planteamientos de Pareto y
Mosca y su debate con Marx en torno al carácter, alcance y justificación o
no de la dominación de las élites, para, enseguida, adentrarse en lo que
sería el aporte de la sociología comprensiva de Weber y la sociología
del conocimiento de Mannheim y sus categorías de clase dirigente e
intelligentsia, desde perspectivas fundamentadas sociológicamente y, en
el caso del segundo, particularmente críticas, alimentada esta última del
instrumental marxista sobre la ideología.
Ese primer apartado se cerró con la exposición de la segunda generación
de la teoría de las élites, en el que se presentaron los aportes de Mills,
Schumpeter y Bottomore y sus respectivas visiones sobre el particular,
quedando claras no solamente la tradición y permanencia de la categoría,
sino su versatilidad en la interpretación de las dinámicas políticas.
El segundo apartado abordó dos aproximaciones bastante representativas
del pensamiento liberal, las de Raymond Aron y Robert Dahl, para
quienes el poder no está tan concentrado como la teoría elitista quiere
mostrar, sino que existe una pluralidad de grupos influyentes y de élites
sociales, cada uno de los cuales ejerce su influencia en determinados
sectores específicos, pese a que, como en el caso de Dahl, todos los
procedimientos democráticos sólo tienen plausibilidad cuando una élite
ilustrada sustituye al “pueblo” por su conocimiento y manejo adecuado
del conjunto de las instituciones democráticas. E, igualmente, en la misma
dirección, analizamos la posición de Sartori quien, con su teoría decisional
de la democracia, consagró el manejo elitista como el medio más efectivo 153
para la funcionalidad de un sistema democrático.
En uno y en otro, el “gobierno del pueblo” deviene “gobierno para el
pueblo” pero sin el pueblo; en unos casos, por la diseminación del poder
en una pluralidad de perspectivas político-institucionales y, en otros, por
la complejidad de los sistemas sociales que sólo determinadas minorías
tecnocráticas pueden manejar adecuadamente.
El tercer apartado se orientó a exponer la reflexión del pensamiento
francés estructuralista-postestructuralista sobre el poder, el cual inaugura
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

una nueva unidad de análisis de la teoría y la ciencia política, superando


la concepción monolítica que reducía el poder al Estado y poniendo de
presente la red de vectores que el éste supone, tanto a nivel micro como
macrosocial. Es ésta una concepción que, si bien no es un tratamiento
específico de las élites, permite explicitar una tensión que recorre su
planteamiento: en un polo, la existencia de “élites” que encarnan el
poder en multiplicad de situaciones políticas y sociales y, en el otro, la
confrontación permanente de varias minorías que ejercen sobre el poder
estrategias de resistencia espontáneas y variadas.
Sin embargo, el discurso estructuralista-postestructuralista cae en un
desconocimiento de los mecanismos específicos de dominación ejercidos
por las élites en el poder: el trabajo de Poulantzas permitió articular la
dimensión del poder con la del Estado y de éstos con las clases sociales
que detentan el poder a través, precisamente, del Estado.
La categoría de bloque en el poder constituyó un paso adelante en la
reflexión sobre las élites, en la medida que permitió comprender como el
bloque en el poder se articula a través de la dominación de una fracción
hegemónica y como esa fracción hegemónica se articula a través de élites
burocráticas al interior del Estado.
En el cuarto apartado, el concepto de intelectual orgánico de Gramsci
permitió comprender al militante político o a las células, en tanto
“minorías actuantes” e instrumentos de estrategias hegemónicas o
contrahegemónicas de dominación o resistencia/confrontación en una
sociedad y en un momento dado, en la perspectiva de lograr un consenso
histórico que consolide o se oponga a un orden social determinado.
El “nuevo príncipe” colectivo, singularizado en el “intelectual orgánico”
del partido articulado a las minorías actuantes de las células, representa,
en uno u otro caso, de uno y otro lado, a las élites (nuevas o antiguas)
llamadas a dirigir los procesos políticos que consoliden un consenso
hegemónico o lideren el proyecto de un consenso contrahegemónico.
La crítica de Laclau y Mouffe al concepto de hegemonía de Gramsci
sirve como puente para su planteamiento de una democracia radical,
154 que, en lo fundamental y en cuanto a la teoría de las élites se refiere,
permitió comprender los nuevos contextos en que las hegemonías y
contrahegemonías se plantean y, a través de ello, las estrategias que un
proyecto contrahegemónico de izquierda debe contemplar, en particular,
en lo que tiene que ver con el reconocimiento de la pluralidad de
subjetividades políticas que tienen que empezar a ser reconocidas en un
propósito de esta índole.
Pero la democracia radical tiene una segunda lectura en la tercera
generación de la Escuela de Frankfurt. Desbordando la visión bastante
pragmática de Habermas y su modelo de una democracia radical
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

“sistémica”, Wellmer y, en especial, Dubiel, emprenden la tarea de


denunciar el carácter elitista que la democracia asume a partir de
los setenta en el marco del proyecto neoconservador de democracia
restringida, defendido por Schumpeter y Huntington y que, más tarde,
inspira todo el hegemon neoliberal liderado y globalizado por el Consenso
de Washington.
La democracia radical se yergue como la contraparte de una teoría de las
élites, en cuanto el lugar del poder es y debe ser un lugar vacío que sólo
una eticidad democrática, entendida como el conjunto de procedimientos
democráticos, formales e informales, a los que tienen derecho y acceso
efectivo todos los sujetos colectivos de una sociedad, puede legítimamente
llenar, como lo sostiene Wellmer.
El quinto apartado abordó la teoría de la cultura de la primera Escuela
de Frankfurt, tanto en la primera versión que conciben Horkheimer
y Adorno, como en la segunda, en la que Adorno señala las severas
consecuencias que a nivel de la cultura política tienen los dispositivos
de dominación que en el capitalismo tardío se articulan políticamente a
través de los medios de comunicación y los procesos de formación de
opinión pública.
Si bien, como dijimos, pudo parecer que este tema constituía un desvío
de la cuestión de las élites, la intención estratégica de su introducción era
explicitar el grado de penetración que estos procesos de ideologización/
alienación generan en el mundo de la vida. En efecto, cuando aunamos
esto al manejo que, en el marco de democracias restringidas, le dan las
élites tecnocráticas (económicas, políticas o culturales) a la concepción de
estrategias sociales e institucionales de dominación y observamos como
ello entronca, a través de los medios de comunicación masivos, en el
usufructo de la opinión pública, podemos comprender las implicaciones
que a nivel de la cotidianidad de las comunidades tiene una teoría de
las élites.
Este camino ambientó una segunda dimensión de la cotidianidad
a través del estudio de De Certeau que nos permitió explorar los
complejos dominios de la cotidianidad, la dinámica espacio-temporal
de las resistencias, las prácticas sutiles donde se cuece lenta pero 155
inexorablemente la contrahegemonía, como también se consolidan las
destrezas hegemónicas.
Este desvío nos acercó al punto que queríamos destacar sobre el hecho de
que las prácticas de las élites no se dan al margen del mundo de la vida,
sino en el corazón mismo de está, en la cotidianidad que le da vida a la
economía, a la política, a la sociedad en su conjunto. Es en ese primer piso
del mundo de la vida, en la base misma que sostiene toda la pirámide
social, donde se trenzan las dinámicas hegemónicas y contrahegemónicas
de élites y minorías.
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

Allí es donde la élite se constituye –como una suerte de estructura


estructurante, o, mejor, con Luhmann, de proceso procesalizador que
se articula no solo a través de fases macropolíticas o macroeconómicas
y sociales, sino al nivel micropolítico de la cotidianidad y los contextos
mundovitales– en un actor fundamental de las relaciones sociales de
poder.
El sexto apartado nos condujo a la consideración de la cotidianidad como
un campo social en tensión, donde se da un conflicto de paradigmas, de
concepciones de mundo en pugna, precisamente encarnadas en sujetos
sociales diversos, en minorías, en élites. La categoría de habitus permitió
acercarse a esta idea y mostrar la cotidianidad como un campo en tracción,
atravesado por placas y vectores sociales y políticos en competencia,
articulados a subjetividades y sujetos colectivos concretos.
La categoría de habitus, complementada con la de imaginarios sociales,
permitió, además, comprender los términos de la identificación subjetiva
con el entorno local y global, revelándose como una importante fuente
de producción de símbolos, prácticas y valores, gracias a los cuales se
representan y orientan las estrategias de los sujetos sociales y, en su
marco, de las élites.
Pero el papel de las élites no puede ser reducido a un maniqueísmo
esencialista. La categoría de imaginarios posibilitó percibir las
concepciones de mundo que éstas pueden encarnar y defender en un
momento histórico y/o social determinado y que ofrecen la oportunidad
de dar cuenta del rol progresista o no de su proyección política.
Empero, se hizo claro que la categoría de imaginarios no alcanzó a
captar la dimensión vital que supone e implica encarnar una perspectiva
determinada frente a la sociedad y el mundo. La categoría de identidades
buscó revelar esta dimensión en la medida en que su estructuración
se desarrolla en el marco de los procesos de formación y voluntad de
opinión pública, convirtiéndose a través de ello en una importante
fuente de poder que le permite a la(s) élite(s) que detenta(n) el poder, o
a las que la(s) confronta(n), reproducir o desafiar, desde una perspectiva
política determinada, el imaginario social y la identidad política que
156 representan.
Porque, en efecto, es, en últimas, a través del Estado democrático
de derecho que las élites tienen el espacio apropiado para plantear,
transmitir e imponer social y políticamente sus imaginarios e identidades
respectivas, en el marco de esa confrontación de habitus que es un campo
social en general.
El séptimo apartado abordó el estudio de Habermas sobre la opinión
pública, el cual nos dio la oportunidad de puntualizar la delimitación
conceptual de esta decisiva categoría. La precisión habermasiana sobre la
Oscar Mejía Quintana / Carolina Castro

“esfera de la opinión pública” permite demarcarla como un campo social


determinado e introducir un concepto trascendental que no había sido
abordado: el de la desobediencia civil como un elemento dinamizador
del conflicto y constitutivo de esa esfera de la opinión pública, por medio
de la cual las minorías afectadas pueden oponerse, legítimamente, a las
imposiciones de un bloque en el poder y de las élites que lo orientan.

Quisimos aquí complementar la lectura habermasiana con la


interpretación de Nancy Fraser, que muestra la lógica dual que una
estrategia postsocialista encarna y que necesariamente debe combinar
la reivindicación socialista por la redistribución y no sólo la liberal
por el reconocimiento. El multiculturalismo ha devenido el discurso
ideológico de las élites dominantes que les permite obviar el problema de
la desigualdad social. La confrontación entre élites hegemónicas y élites
contrahegemónicas gira en torno a esta distinción estratégica.

Pero se hacía necesario fundamentar esta sugerencia de élites hegemónicas


y élites contrahegemónicas. La categoría de Michael Warner de públicos
y contrapúblicos nos da la posibilidad de bosquejar la relación y
comprender el espacio de la esfera pública como un espacio no de públicos
en pos de identidades y programas de reconocimiento –reivindicación
meramente liberal–, sino, precisamente, como un campo de confrontación
entre posiciones hegemónicas y contrahegemónicas encarnadas por élites
y contraélites.

Con ello creemos que la hipótesis de trabajo inicialmente planteada ha


quedado suficientemente ilustrada en los siguientes términos:
La demarcación epistemológica de la categoría de élites, que permite
fundamentarla como unidad de análisis e interpretación teórica
de los fenómenos políticos, requiere la reconstrucción histórica
de su trayectoria para demostrar su tradición y versatilidad
en la interpretación de las dinámicas políticas. Ello posibilita
advertir el paso de la interpretación inicial de la élite, como una
pluralidad de grupos influyentes, a la noción de élite ilustrada que
sustituye al pueblo a través de los procedimientos democráticos,
así como, más tarde, el tránsito a la versátil noción de poder del
postestructuralismo, cuyo desconocimiento de los mecanismos 157
específicos de dominación ejercidos por las élites dominantes sólo
logra ser superado por la categoría de bloque en el poder, que facilita
percibir los mecanismos por los cuales la(s) élite(s) se articula(n) a
través de fracción(es) hegemónica(s) que cohesiona(n) al conjunto de
las élites políticas, económicas y burocráticas dominantes a través del
Estado. Esto viabiliza entender las estrategias hegemónicas que las
élites vehiculizan y que garantizan su penetración en el mundo de
la vida, concibiendo, en el marco de la democracia liberal, estrategias
sociales e institucionales de dominación, que usufructúan, a través
La Categoría de Élite en los Estudios Políticos

de los medios de comunicación masivos, los procesos de voluntad y


formación de opinión pública. Lo anterior revela a la cotidianidad
como un campo social en tensión en el que se da un conflicto de
imaginarios e identidades socio-políticas en pugna, encarnado
en sujetos sociales diversos, en minorías y en élites. El conflicto
allana la comprensión de los complejos dominios cotidianos en
que se proyectan las maniobras de dominación de las élites, así
como la dinámica espacio-temporal de la desobediencia civil y las
resistencias contestatarias, en la que se trenzan las estrategias
hegemónicas y contrahegemónicas en la base misma que sostiene
toda la pirámide social. De esa manera, se vislumbra el espacio de la
esfera pública como un ámbito, no de públicos o contrapúblicos en pos
de identidades y programas de reconocimiento, sino como un campo
de confrontación entre posiciones hegemónicas y contrahegemónicas
encarnadas por élites y contraélites sociales y políticas.

158
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