_________________________

LA ENAJENACIÓN DE LOS
SENTIDOS
_________________________

―•―
“LA ISLA DE LOS HOMBRES SOLOS”, de José León
Sánchez. Organización Editorial Novaro, S.A.;
Barcelona-España. 10ma edición: Mayo de 1976.
234 págs.
―•―

1

L

a lectura es la primera puerta de la percepción a los sentidos
suprarreales, imaginarios, múltiples; que, contrariamente a lo que
dijera... no son de este mundo; es decir, una gama de mundos vividos a lo largo
de una serie de vidas maravilladas que viven los seres humanos; mientras que
los que la evitan, sólo ocupan uno: el de la enajenación de los sentidos.
Se me antoja un embeleso imborrable en la memoria, cómo, concité hasta
tal punto mi atención al leer de un tirón, toda una mañana, La isla de los
hombres solos, de José León Sánchez, publicada en Costa Rica, por primera vez
(1963).
Recuerdo que la historia testimonial me estremeció hasta los huesos. Era
tal el poder persuasivo alcanzado por el autor costarricense, que llegué, en el
buen sentido, a enajenarme, pero de pura concentración emotiva. Cuando me
arrebataron el libro (tenía yo, unos pálidos 18 años), recuerdo que quería repetir
el plato lector, repasando nuevamente la historia de aquel muchacho que en una
aldea tropical fue inculpado de lanzar al río, primero a María Reina, su mujer, y
luego a su hija.
“1988. La Sala Constitucional de Costa Rica hace una
observación sobre el caso José León Sánchez. Ése mismo año la
Corte Suprema de Justicia de Costa Rica, Sala III, declara a
José León Sánchez inocente del crimen de la Basílica. En 1988
La Iglesia católica por primera vez en la historia del país le
pide perdón por haberle declarado autor de un sacrilegio en el
año de 1950.”1

En el Penal, José León Sánchez supera los rigores de la escritura junto a
un compañero de celda con el que intercambia conocimientos; dedicándose así,
a escribir cartas a los presos, sobre bolsas de cemento, por una sola cara. Una
primera versión de la novela fue escrita en la Colonia Penal, por encargo de un
cocinero que le ofreció cincuenta centavos; ello se llevó a cabo sobre grandes
pliegos de papel de cemento de color beige, con lápices de madera partidos en
cuatro pedazos para que no sirvan para cometer crímenes dentro de la
penitenciaría; pero luego sus compañeros lo animaron a ampliarla. Vender esa
extensa carta hubiese significado el fin de una obra testifical, baluarte de los
derechos humanos del reo inocente. José León seguiría escribiendo relatos por
encargo de los reos. Es el comienzo de La isla de los hombres solos. Ninguna
editorial apuesta por su publicación. Conque decide construir un polígrafo para
comenzar a editarla, “con la tinta y el papel que le regala René Picado, benévolo
vendedor de biblias de San José”2, para su inmortal existencia.
Nadie como León Sánchez para describir con cruda brutalidad los
padecimientos de los presidiarios en las cárceles de todo el mundo, donde no
existe ya la esperanza; y lo único que los hace sobrevivir es la caída libre y
libidinosa hacia la podredumbre de la carne.
La isla de los hombres solos no tiene parangón en cuanto a la descripción
directa de esta sórdida pandemia de alucinados, desesperanzados, egoístas y
fieras voraces que encuentran en la violencia mutua el tesoro que desde niños
andaban buscando mientras jugaban a las canicas: la catártica violencia que es
reino de este mundo.

1
2

https://es.wikipedia.org/wiki/José_León_Sánchez
Ibíd.: https://es.wikipedia.org/wiki/José_León_Sánchez

2

Refugiado en México, a José León Sánchez, durante los primeros años de
su libertad, le es fulgurado el avant premiere (1973), del film, homónimo del
libro.
El citado literato costarricense ha escrito una treintena de novelas y
cuentos: Tenochtitlán: la última batalla de los aztecas, Cuando nos alcanza el
ayer, La cattleya negra, Cuando canta el caracol, A la izquierda del sol, La
colina del buey, Campanas para llamar al viento, Mujer... aun la noche es
joven, Tortura: el crimen de Colima, La niña que vino de la luna, El corazón de
Juan, Los gavilanes vuelan hacia el sur, La luna de la hierba roja…
Traducciones al inglés, italiano, ruso, alemán, holandés, francés y mandarín
plagaron el mundo. Se trata del “escritor costarricense más leído y conocido en
el mundo”3; pues La isla de los hombres solos ha sobrepasado los tres millones
de copias; un best-seller. Considerada su obra maestra “Tenochtitlán” ha
despachado algunos millones de ejemplares. Ganador, por quíntuple vez, del
Premio Nacional de Literatura; además de ser nombrado Doctor Honoris Causa
(UNAM); “nombrado miembro de la Comisión Mundial de Tratamiento del
Delincuente de las Naciones Unidas, ha viajado por 64 países que aún no han
abolido la pena de muerte”4.
La isla de los hombres solos, es, pues, un alegato contra la barbarie
humana que empieza como un sólido engranaje que se urde desde la sociedad
“libre”, que pasa por un sistema intrincado de leyes y normas, atravesando por
consabidas reglas policiales, de tundirte si confiesas; o de apalearte si no lo
haces; con ciertos métodos de tortura que no dejan moretones en el confesor de
un delito, que ni siquiera sospecha cómo-cuándo-dónde lo ha cometido.
Muchos lectores tirarán a la papelera este libro; pero es que, como toda
verdad, duele que alguien nos la vislumbre, nos la ponga frente a los ojos, que
muchas veces creen o sueñan con la supuesta libertad; donde, por más que
sueñes, sufras, te olvides de pasar tu corazón en los momentos difíciles o
persigas a piejuntillas la insincera conmoción de un planeta en picada, lo único
que desea el reo es la muerte.
Muchas veces el mundo en que estamos obedece a ciertos campos de
concentración, a ciertas edades críticas del alma; que, superadas, merecen la
forma aterrada del arrepentimiento. Recrudecen, como debería ser, la
existencia.
Siempre el tema de la homosexualidad, de la ansiedad que habita durante
el encierro, enjugado con unos tragos que emergen de las mismas cloacas donde
seguramente hierven entre el barro podrido las peores maquinaciones de
presidiarios con la vida destruida, quienes pugnan por vengarse del primer
semejante libre que encuentren, ya en baldía libertad.
Las cárceles no son otra cosa que escuelas para criminales. La ley dice
que un crimen debe ser penado, correcto. Pero cómo evitar que el silencio de los
inocentes defienda su propio alegato, justo o no; pero que finalmente Él de
arriba lo sabe, no es precisamente quien defiende el sistema que te decora, te lía
en tu propia piel desnuda, entregándote a las fieras lascivas que harán contigo lo
que no han hecho en sus peores pesadillas, satisfechos.
Han pasado 53 años desde que, en 1963, la noticia de un reo que había
ganado el Primer Premio en un concurso de cuento, no había pasado por menos
de ser asombrosa. La propia historia de José León Sánchez (Cucaracho del Río
3
4

Ibíd.: https://es.wikipedia.org/wiki/José_León_Sánchez
Ibíd.: https://es.wikipedia.org/wiki/José_León_Sánchez

3

Cuarto, Costa Rica, 19 de abril de 1929), es un cuento. Nace en una aldea
costarricense, donde predominaba la población femenina y la hambruna.
Consecuentemente su madre lo regaló a los pocos días de nacido. Toda su vida
fue una serie sistemática de cárceles. Su propia alma fue una cárcel. Primero, el
Hospicio de Huérfanos; luego, el reformatorio de San Dimas; donde, a sus
apenas veinte años el destino delincuencial que arrastraba como un condenado
a la desgracia, lo lleva a pugnar 45 años de prisión por habérselo inculpado de
sacrilegio en 1950 en Costa Rica. Asaltaron la Basílica de Los Ángeles, “sede de
la Patrona Nacional y símbolo de la religión católica en Costa Rica”5, robándose
la turba, joyas de la Virgen de los Ángeles, valorizadas en millones de dólares,
además de ser inculpado de la muerte de un vigilante. Así, José León Sánchez,
con tan sólo veinte años de edad, fue torturado, escupido y vilipendiado por la
sociedad costarricense como “El Monstruo de la Basílica”. La novela lo lleva a la
Isla de sus tormentos, por ser acusado de ahogar en un río de enorme caudal a
su esposa, María Reina e hija, según falsas acusaciones, no sólo de las
autoridades, sino del pueblo entero.
Se trata, pues, de un presidiario, que, homenajeado en el Teatro Nacional
frente a una silla vacía, recibe el lauro de los Juegos Florales por el cuento “El
poeta, el niño y el río”. 1965. León Sánchez se alza con un premio internacional
en el Festival de Artes y Letras de Guatemala; la novela: Cuando canta el
caracol. Aquel encierro seguramente hizo retornarle el corazón de la garganta al
lado izquierdo para sufridos, en la lejana y aterradora Isla de San Lucas, donde
purgaba injusta condena.
El historial literario del escritor centroamericano es asaz breve. Violento,
como la espuma que gana reino hacia los cielos que no toca, como un dedo
tembloroso al palpar la punta del cuerno de un venado con el índice siniestro de
la desgracia.
La Editorial Costa Rica publica luego sus mejores cuentos, reunidos en lo
que ostentara el título: La cattleya negra. El presidiario pasa sus últimos años
en libertad condicional; trabaja en la Secretaría Municipal de Desamparados; y
también, seriamente, en el oficio de escribir. El autor de esta estremecedora
novela, mereció el Premio Nacional de Literatura “Aquileo J. Echevarría”, 1967;
una mención en los Juegos Florales Costarricenses Centroamericanos, 1969;
con la novela La colina del buey. Lo nombran directivo de la Asociación de
Escritores y Artistas de Costa Rica (1967-1968); también es Miembro de la
Comunidad Latinoamericana de Escritores, además del Instituto Cultural
Costarricense-Israelí. “Actualmente José León Sánchez, vive en su casa de
habitación, en Los Ángeles de San Rafael de Heredia, Costa Rica”6.
De él ha dicho Joaquín Vargas Gené, ex ministro de Justicia y Gracia,
según la reseña biográfica del autor, citada de la 10ma edición, 1976, de
Organización Editorial Novaro, S.A., de Barcelona:
“Nadie puede ignorar que aún dentro de las
condiciones de José León, se puede cultivar el espíritu, seguir
siendo hombre, sintiendo, creando y esperando”.7

Por su lado, Fabián Dobles, en la misma nota, dice:
5

Ibíd.: https://es.wikipedia.org/wiki/José_León_Sánchez
Ibíd.: https://es.wikipedia.org/wiki/José_León_Sánchez
7
José León Sánchez. La isla de los hombres solos. Organización Editorial Novaro, S.A. Barcelona, 1976.
10ma ed. 234 págs. p. 8.
6

4

“Un hombre atormentado y empeñoso, purgado de la
sociedad a causa de un delito, da, sin proponérselo, una lección
de realidad”.8

La Edición consultada, por su parte, continúa:
“Este libro se refiere a acontecimientos ocurridos en el
penal de San Lucas (Costa Rica), desde comienzos de este siglo
(cuando sus jefes eran militares), hasta épocas
aproximadamente recientes. (Nota del Doctor. H.S.Q.)”9

Un sórdido calabozo anuncia a los reos que serían trasladados al penal de
San Lucas (Golfo de Nicoya). Reos implorando. El gesto endurecido de presos
más viejos hacían ―inocentemente―, preguntarse al narrador de la Isla…:
“¿En verdad existiría un lugar más inhumano,
doloroso y horrible?”.10

Esas cuatro décadas, más un lustro, darían la cruda respuesta en escasos
días. El solo hecho de repasar los ásperos recuerdos lo harían sufrir de modos
variables, la horrorosa experiencia. Desde que escribiría el libro, ya han pasado
cuatro años hasta que lo volviera a leer, para sentir el mismo trepidante
sufrimiento. El recuerdo lo hace llorar; ya que, siendo una novela testimonial;
más aun, real, como lo dice León Sánchez en el Prólogo de la edición consultada,
también lo hace
“(…) sentir el fuego del acero, los largos meses de
calabozo, las manos atadas con hierros, el desprecio a mi
condición de ser humano”.11

La cárcel lo hace comprender que el ser humano puede descender hasta
los condenaciones más viles: perro de mortandades; o peor que eso. Cuando
trabajaba en una cuadrilla de aseo, se le ordenó echar al mar un montón de
libros viejos, bitácora de los peores pánicos acaecidos en ese lugar de
consternación; en esa cueva despreciable donde el hombre es menos que
mierda. Pero se quedaría con uno de los libros de Guardia, para enterarse de los
más execrables sufrimientos y castigos a que eran sometidos los presos, con una
indiferencia que parecía extraída del reino luciferino de la más gélida infamia.
Ya para 1950 le parecía doloroso todo lo acaecido. Imaginemos cómo
habría sucedido en épocas anteriores, cuyas páginas de los libros se ahogaron,
disipando sus atrocidades en el fondo del mar, impregnándoseles la sal de los
muertos más leprosos que la suciedad haya parido. No cabría la duda de lo leído
en esa bitácora de hediondeces cuyo testimonio estremecedor rubrica los puntos
suspensivos a que puede llegar la crueldad humana en estado catatónico de
encierro. Una historia para ser olvidada, una crónica para ponerle fin de un

8

Ibíd. José León Sánchez. La isla de los hombres solos. p.8.
Ibíd. José León Sánchez. La isla de los hombres solos. Página de créditos del libro citado.
10
Ibíd. José León Sánchez. La isla de los hombres solos. (Prólogo del autor a su primera edición
clandestina) p. 9.
11
Ibíd. p. 9.
9

5

plomazo en la cabeza; un repaso por los tormentos que merecen ser olvidados
por
“(…) los hijos de Costa Rica, para que les sea „imposible
olvidar‟ ”.12

En 1950 era imposible olvidar a esos remedos de persona que llevaban lo
menos allí encerrados unos treinta años. No le sería fácil reconstruir una
historia “con toda su intensa tristeza”.13
Continúa el Prólogo del autor de la novela más estremecedora en cuanto
a narraciones acaecidas en las cárceles se refiere:
“El historiador costarricense Don Anastasio Alfaro, en
su libro Arqueología criminal Americana, dedica unas páginas
a San Lucas y nos cuenta: „Las fiebres palúdicas dañan en tal
forma el organismo de los reos, que los que no sucumben en el
presidio, contraen daños permanentes que los imposibilitan
para volver a entrar en el concierto de los hombres libres (...)
Con una proporción así, de veinte por ciento de muertes cada
año, el criminal que vaya a San Lucas por cinco años o más,
lleva todas las probabilidades de dejar ahí sus huesos.‟ ”14

Todo su pensamiento de reo en aquellas páginas conduce hacia una
enferma tragedia, fruto de la indiferencia para con el ser humano encerrado,
independientemente del lugar en el que se encuentre. José León Sánchez
considera oportuno hasta aquí, citar algo sobre el oficio de escribir, anotado por
el escritor Ernesto Hello:
“El escritor siente en sí mismo la paradoja torturante
que es ansiar un ideal y encenagarnos en una realidad
miserable. Sacudiéndonos en la duda nos asienta en nuestras
creencias (...) Haciéndonos ver a lo vivo la realidad de la vida,
nos enciende en ansias de ser mejores.”15

En La isla de los hombres solos presenta José León Sánchez, el San
Lucas, “desde principios de un siglo” ―continúa el prólogo del autor―:
“El látigo y la cadena retumban sobre la espalda de reos que se
creen muy hombres: los degenerados, los seminiños, y también
alcanza a uno que otro inocente (...) He querido marcar la
personalidad huidiza y terrible de seres encerrados en una isla
como fieras.”16

La isla de los hombres solos no sólo es el alegato contra esa indiferencia
humana que marca con fuego y hierro candente a las reses balando de ardor, de
dolor, de rabia y de impotencia, en un sub-mundo, rayano entre lo infernal y lo
sangriento; es la ágil narración de un hombre que vivió, luchó y redimió a través
12

Ibíd. José León Sánchez. La isla de los hombres solos. (Prólogo del autor a su primera edición
clandestina) p. 9.
13
Ibíd. p. 10.
14
José León Sánchez. La isla de los hombres solos. Organización Editorial Novaro, S.A. Barcelona, 1976.
ma
10 ed. 234 págs. p. 10.
15
Op. Cit. José León Sánchez. p. 10.
16
Ibíd. José León Sánchez. p. 10.

6

de esa mentira verdadera que es la literatura testimonial, vívida, candente,
aquella espantosa atrocidad, soportada injustamente en el presidio, en una isla
llamada Infierno San Lucas, las peores aberraciones humanas a las que llega un
hombre encerrado, cuya finalidad era,
“no (...) sembrar la amargura sobre un recuerdo pasado. Es
una invitación para meditar en el futuro.17

Se lee en el prólogo a la primera edición hecha en España, de Ángel M. De
Lera, pareciendo lamentar un muro en el penal de San Lucas; Golfo de Nicoya,
Costa Rica, que frente a las torturas de un comandante de Treblinka o del doctor
Mengele, por citar un calamitoso ejemplo, que eran sistemáticas y planificadas
con una precisión de ingeniería; y no gratuitas e inútiles, como las desplegadas
con una venganza sin finalidad alguna, como en esta Isla de los hombres solos.
Un mundo espeluznante, pero humano después de todo, en el que flageladores y
flagelados se odian y a la vez son compañeros que se dan la mano lacerada;
porque después de todo, se necesitan.
Un reportaje macabro en medio de las tinieblas, una monstruosa crónica
lastimera y fidedigna de un hombre que luchó hasta el final por llevar al lector
una historia espeluznante:
“La reconstrucción artística de un mundo alucinante,
realizada por un verdadero escritor (...) el poeta que recrea
(...) Su lenguaje alcanza, dentro del barrroquismo peculiar de
los escritores sudamericanos, plasticidad y armonías de
suprema calidad:”
“Eran ojos de un odio negro, como un camino de noche
donde suelen asomar los espantos (...) Y, como un final, se fue
por la mitad de la calle, carcajiento y bailoso como un trompo,
cuesta abajo, contando a todos los hombres lo que me había
hecho (...)
María Reina era blanca, y de ojos tan azules, como el
azulenco a donde van a pastar las nubes en las tardes del
veranillo de San Juan, en mitad de todos los años... Sus senos,
redondos como dos piedrecitas que vienen rodando desde la
cabecera del río y que están ahí, en mitad de la corriente, toda
frescura y empezando a nacer (...) ¡Ella, la bonita, que cuando
daba su sonrisa era como regalar una estrella!”
“La isla de los hombres solos es algo más que un bello
libro. Mucho más. Es un testimonio estremecedor, un alegato
insuperable contra la crueldad humana y una defensa
apasionada del hombre. Cuando se nos quiere imponer tantos
valores a toque de trompeta, el encontrarnos con un libro
como éste (...) produce júbilo (...) muy superior a muchas de las
obras de escritores americanos tan celebradas últimamente; y
figura, por derecho propio, entre las mejores de la literatura
moderna de Iberoamérica.”18

El Marqués de Sade y los torturadores asiáticos hubieran palidecido de
envidia y también de horror frente a esta críptica sentencia, inscrita a carbón
sobre un orinado y desconchado muro del penal de San Juan; ni más ni menos
que por algún pobre sentenciado; tenido, de seguro, en las manos del Señor
Mar, a su muerte:
17
18

Ibíd. José León Sánchez. p. 10.
Op. Cit. José León Sánchez. pp. 13-14.

7

En este lugar maldito
Que reina la tristeza
No se castiga el delito
Se castiga la pobreza.
(YEN; 20/3/64)

Cajamarca, 17 de Mayo de 2016.
Jack Farfán Cedrón

___________________
Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero
irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las
consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han
aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM); Destiempos y Síncope (México);
Revista de Letras, La comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable
(España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador, Fórnix, Sol Negro (Perú); y Letras
hispanas (USA). Blog: http://elaguiladezaratustra.blogspot.pe/

8