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HISTORIAS DE LOS MARINEROS PALERMOS EN EL BUQUE ESCUELA JUAN

SEBASTIAN DE ELCANO (IV)

FRANCISCO DOMINGO CÁCERES LÓPEZ

Francisco Domingo Cáceres López nació en la calle Moguer de Palos de la
Frontera el día 15 de septiembre de 1976. Aunque viene de una familia de tradición
marinera por parte del, padre, tíos y primos, conocidos como la familia de “Los
Pendones”, él nunca tuvo relación directa con el mar hasta que fue llamado a filas por
la Armada.
Hizo el periodo de instrucción en San Fernando y luego le dieron destino por
sorteo al Juan Sebastián de Elcano, que se encontraba en La Carraca, terminando las
últimas reparaciones y puesta a punto, antes de salir para realizar el Crucero de
Instrucción.
Cáceres navegó en Elcano como marinero de reemplazo en el LXVII Crucero de
Instrucción, coincidiendo con Manuel Antonio Guerra Librero, otro palermo que navegó
también como marinero de reemplazo. Salieron de Cádiz el 7 de enero de 1996,
regresando a Marín el 14 de junio de este mismo año. El buque iba al mando del capitán
de navío D. Manuel Calvo Freijomil. El itinerario fue el siguiente: Cádiz, Las Palmas,
Salvador de Bahía, Buenos Aires, Simon Bs Town, Ciudad del Cabo, Fortaleza, Puerto
España, Santo Domingo, y Marín, como fin del trayecto, con llegada a Cádiz el 20 de
junio, después de recorrer 3.315 millas.

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Francisco Domingo Cáceres López.

Fue destinado al servicio de Lavandería, y a los tres días lo cambiaron al de Aire
Acondicionado y Frigoríficos sin tener ningún conocimiento de ello. Las guardias las
hacía en máquinas en turnos partidos que podían ser de cuatro horas o de dos, «La
guardia de máquinas era una hora en auxiliares, que eran los motores eléctricos que
suministraban la corriente al barco, y luego controlábamos todos los puntos de achique
y los niveles. Éramos cuatro y cada hora salía uno para hacer una ronda por todo el
barco; sobre todo había que estar muy pendiente del palo mesana, que era donde daba
la chimenea y podía alcanzar mucha temperatura. Al palo había que subir
obligatoriamente, porque algunas veces se ponía un mando arriba para hacer el
aguardo. Recuerdo que en las guardias de máquinas leí más que en mi época de
estudiante, ya que a excepción de la hora de ronda no te podías mover de allí ni un
momento, y el tiempo lo matábamos leyendo».
En la maniobra general tenía su puesto en el palo Mesana, a poca altura, desde
donde se izaba o recogía la vela, pero en la entrada en los puertos se tenía que subir
arriba. «El 19 de marzo, navegando hacia Ciudad del Cabo se cayó un marinero al
agua, y se cayó en la zona del Mesana donde estaba yo. Lo vimos caer un guardia
marina filipino y yo. Tardamos mucho en encontrarlo y estuvo a punto de morir de
hipotermia. Los mandos tuvieron un buen detalle con su familia y la invitaron a pasar
unos días en Trinidad y Tobago para que pudieran estar con él».

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Cáceres realizando trabajos en cubierta. Esta foto fue enviada a su novia en abril de 1996, y al dorso está
escrito este curioso texto: Si no te gusta la rompes, pero hasta Santo Domingo no me afeito.

Si había algo que Cáceres no soportaba de Elcano, eso era la comida, a la que
nunca fue capaz de acostumbrarse. Lo único que le gustaba era el pollo. «La comida era
muy mala, al menos para mí, que lo único que comía era pollo con papas fritas. Las
papas fritas las ponían los primeros días de navegación, porque luego se ponían malas
y acompañaban el pollo con puré de papas. Los de cocina para evitarlo había veces
que echaban a rodar las papas por cubierta para que se fueran al agua. Además, había
diferencias entre la comida de oficiales y marinería, incluso hasta en las papas, que
siendo las mismas se pelaban de diferente forma. Las papas nuestras las pelaba la
lavadora, una maquina especial para pelar papas, sin embargo las que se comían los
oficiales eran peladas a mano y quedaban completamente limpias».
El balance que hace Francisco Cáceres sobre su paso por el buque más
representativo de la Armada Española es generalmente bueno: «La vida en Elcano no
fue muy dura para mí, excepto la comida y algún que otro problemilla con algún
compañero. Éramos muchos y lógicamente surgían problemas entre nosotros. Cada vez
que llegábamos a puerto nos cambiábamos rápidamente de ropa para salir a tierra y
con las prisas dejábamos la ropa de faena en cualquier lado, lógicamente luego la
recogíamos. En Fortaleza el marinero que estaba a cargo de la limpieza me tiró la ropa
a la basura. Cuando llegue me faltaba un pantalón y una camiseta, entonces pregunté
por el marinero que había estado de guardia. Hablé con él y me respondió que Juan
Marín, el sargento de cubierta le había ordenado que toda la ropa que estuviera por el
suelo que la tirara a la basura, y él la tiró al contenedor. Le dije muy enfadado que me
buscara rápidamente un pantalón y una camiseta. Al parecer por mi expresión lo debió
de entender como una amenaza muy grave, porque poco después, su hermano que era
guardiamarina me dijo que me iba a hacer la vida imposible en Elcano, pero yo
respondí a aquella amenaza haciéndole alguna “putadilla”.
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Los guardiamarinas dormían en una zona que hacía un calor infernal, y sin aire
acondicionado era imposible conciliar el sueño. Algunas noches que estaba de guardia,
sobre las doce desconectaba el aire, y luego le decía al relevo, que estaba en complot
conmigo que una hora más tarde lo encendiera. Luego me llamaba el sargento y me
decía que revisara los filtros del aire porque los guardiamarinas no habían podido
dormir. Yo le decía que era imposible que estuvieran mal, porque los había cambiado
hacía unos días y que era normal, ya que aquella zona era muy pequeña para tanta
gente. En fin, que se lo hice pasar mal, lo que siento es que sus compañeros también
sufrieran ese calor.
Lo de la comida no lo pude superar. Como a mí solo me gustaba el pollo, los de
cocina me lo guardaban de un día para otro. La repostería del comandante daba a la
zona de maquinas, y cuando yo estaba de guardia y coincidía con un repostero que era
de Comares (Málaga), que dormía a mi lado y teníamos mucha confianza, se asomaba
a la máquina y me llevaba un bocadillo. El mismo sargento que hacia la guardia
conmigo en la máquina me decía, palermo, sube y pídele un cafelito al compi, y yo iba y
bajaba una bandeja con café para todos».
El cabo y el sargento estaban peleados, y el cabo utilizaba a Cáceres para
escabullirse del sargento, claro, que éste sacaba también su beneficio de aquella
situación. «El cabo primera había cogido mucha confianza conmigo, y un día me llevó
al sollado de los cabos y me dijo: ésta es mi cama, tú puedes hacer en el barco lo que te
de la gana, si el sargento te pregunta por mi, le dices que espere un momento, que vas a
buscarme o te inventas lo que quieras, y cuando no tengas mas remedio te vienes aquí y
yo me levantaré. Si tú no me das la lata a mí, yo no te la daré a ti.
El sargento me ordenaba que limpiara todos los filtros de aire acondicionado de
la zona de oficiales y el del comandante, y el cabo me decía que limpiara nada más que
el filtro del comandante, que los oficiales ya me avisarían cuando no saliera aire. Me
arrestaban cinco días y el cabo debía tener mucha amistad con el escribiente, porque
en la hoja aparecían uno o dos como mucho. Fui arrestado muchas veces; un día de
siete arrestados que estábamos baldeando la cubierta, cinco éramos de Huelva. Los de
Huelva éramos muy rebeldes».
Cáceres recuerda numerosas anécdotas de aquel Crucero de Instrucción, en el
que tuvo que pasar por algunos temporales que se podían haber evitado con un cambio
de rumbo, pero el comandante estaba obsesionado con batir records, y a pesar de saber
que se iban a encontrar con la tempestad, se adentraba en ella. En la travesía a Ciudad
del Cabo, ni la diosa romana Minerva, del mascarón de proa de Elcano, que fue
concebida para proteger a la tripulación de las adversidades del mar, pudo evitar las
penalidades que pasó la tripulación y los enormes destrozos que sufrió el buque. Al final
tuvieron que cambiar de rumbo y entrar en Simon´s Town (Sudáfrica) para reparar las
averías.

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La diosa Minerva fue también afectada por el temporal.

«Cuando estábamos reparando fuimos a ver la base de submarinos y entramos
en una cantina del puerto, tomamos algunas copas y salimos de allí un poco contentos.
A un compañero se le rompió un baso de camino hacia Elcano, y uno del puerto le dijo
a un guardiamarina que pasaba por allí en ese momento que estábamos bebidos y que
nos mandara para el barco, pero no le hicimos caso y fuimos a otra cantina. Fueron a
buscarnos y nos llevaron arrestados al barco.
En Simon 8s Town atropellaron al panadero, porque allí se circula al contrario;
miró a la derecha como estamos acostumbrados y un coche que venia por el otro lado
lo atropelló. Estuvo en Sudáfrica cerca de un mes y luego lo mandaron para España.
Cuando llegamos a Cádiz nos lo encontramos allí ya recuperado.
Los uniformes militares son muy respetados en otros países. Una de las cosas
curiosas que más me llamó la atención fue que en Brasil cualquiera que iba con un
uniforme militar no pagaba en los autobuses. En Salvador de Bahía superamos el límite
de velocidad con un coche, creo que era a cincuenta y nosotros íbamos a cien. Nos
paró la policía para multarnos, pero cuando vieron los uniformes no dijeron
amablemente que fuéramos más despacio».
Francisco Domingo Cáceres López trabaja en la actualidad en una empresa de
Palos de la Frontera y reside en el núcleo costero de Mazagón desde el año 2003.
José Antonio Mato Abargues
mayoabargues@gmail.com
Este artículo fue publicado en el periódico Palos Punto Cero en mayo de 2016

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