APOLOGÍA A UN CRONOPIO

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Cortázar de la A a la Z - Un álbum
biográfico. Edición al cuidado de Aurora
Bernárdez y Carles Álvarez Garriga. Alfaguara
México, 2014. 313 págs.
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Este álbum biográfico recorre toda la vida literaria de Julio
Cortázar; desde sus inicios, preparando un discurso al finalizar sus
estudios en la escuela normal de profesores “Mariano Acosta”, de
Buenos Aires; tropezando (con buenos vientos) con zarpa trepidante,
desde una ciudad bonaerense que dejaría a años luz sus miedos pueriles,
donde una vela lejos de la habitación entornada en las escalas de la casa
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materna se derritiera al gélido frío de los vampiros afuera. Ese miedo
letal, quizá nadie más que él lo anudaría en su congoja y desesperación
infantil, que ya a los nueve años escribiera un soneto a la hermana, el
mismo que no creyeron que él lo había escrito, lo cual quedó cifrado
como una añejo dolor guardado así como se guarda un puñado de
versos, refundidos en el cajón de la mesa de luz.
Puesto que es una guía, un tour de force, un almanaque Bristol,
como los hay en Perú o Bolivia; donde hay de todo un poco, pero lo más
necesario, este álbum literario, si se quiere, es una guiñada de ojo, ya
que en él están esparcidos textos; a ratos científicos, a ratos solemnes;
humorísticos. Retazos de cartas, anécdotas… Un legajo multicolor, “un
infierno florido” de recuerdos; un prontuario de calma en el más
calcinante desierto de banalidades juntas en que nos hemos convertido,
de último; encarcelados en esa jaula de cristal que es el Facebook y toda
la parafernalia de las redes sociales. Se trata pues, de una gran carta para
escritores nostálgicos que han vivido y repasado toda la obra, medular
acaso, críptica a veces, metafísica, fría, erudita y juguetona a la vez, de
uno de los destinados del boom literario de los 60’, que más diera que
hablar; no sólo en Latinoamérica, sino alrededor del mundo y su vuelta
al día en ochenta recovecos, menos uno. Aterrizados en el mundo nº 79,
nos topamos con Hopscotch, versión universal de Rayuela, meta libro;
experimento para leer con una máquina de mano, con un pequeño
bracito picapedrero anejo al regalado, no al reloj, sino a nosotros,
quienes somos el regalo. “Piensa en esto…”
Traducido a una veintena de idiomas, Rayuela representa el
datzibao de la juventud sesentera; pues en ella no hay recetas, ni
parámetros novelísticos; ni siquiera hay reglas propaladas por los
adultos. Tiende, Rayuela, a la novela total, al armatoste-mandhala; al
mundo metafísico que todos llevamos en nuestros ríos de tinta, dentro
sangrientos. Comprende, pues, un todo metaliterario (en un inicio por
tentativa del propio escritor, titulada Mandhala); un cosmos espejeante
apabullante de ternura y de alegre terror por el descubrimiento a la vez;
un gran pulpo que nos traga con todo y zapatos, para colocarnos con su
tinta, sobre la frente: POR ESTE LUGAR YA HUBE PASADO;
tratándose, si se quiere, de un déjà vu, cuya existencia planea la
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destrucción total o parcial, de hormiga a hormiga, del mundo que
siempre nos ha impuesto reglas, desde pequeños. Rayuela vino para
salvar a los jóvenes de los sesentas, vino a exorcizarlos de preguntas, a
animarlos a probar una y otra vez aquella numerología saltarina, que
había que ordenarla, que había que salvarnos siendo los más
horripilantes monstruos que al leer en desorden aquel extraño libro,
creábamos un mundo aparte; un libro-semidiós, un Golem con vida
literaria propia. Mítico al fin; y por el fin de las causas vitales que
comienzan por destazar una hoja seca para examinar un mapa vital
cabido en una sola mano. Coexistiendo entre sí; para darnos, no reglas,
sino preguntas metafísicas para desesperados, patadas existenciales que
nos empujan al averno o a la gloria, donde un pálido gobernante
espiritual estira o retrae nuestro espíritu atribulado de preguntas:
“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme,
viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la
luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya
su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un
lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y
era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su
delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida
como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y
que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado
para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”
(1, 119).

Una jovencita norteamericana salvada de suicidarse gracias a
Rayuela, mantuvo correspondencia con el autor de Último round; incluso
le enviaba poemas. Le contó al autor de 62/Modelo para armar, que gracias
a su libro, el cual leyó desde la noche hasta el amanecer del otro día.
Teniendo sobre la mesa las pastillas para matarse, vio un libro en la
habitación de su amiga; lo leyó hasta el amanecer. Rayuela la ayudó a
amarse, a querer la vida tal como nos es dada; con sus preguntas, con
sus respuestas abiertas y sus pequeñeces que muchas veces son la
felicidad más inabarcable de un crepúsculo salvo, desleído en el
amanecer de los días que ya no se posponen.
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Pues este Cronopio no sólo nos regaló, sino que nos introdujo en
sus impensables atmósferas; porque para él como para sus personajes,
como venidos de la realidad, sus relatos ―los mejores del género, para la
crítica especializada― eran apenas nebulosas, vértigos o cúmulos de
ideas a exorcizar que inevitablemente le sobrevenían a cualquier hora
del sueño o la vigilia, con la cabeza libre para ponerse a pensar. Cuenta
en una carta, que su trabajo como empaquetador en una importadora de
libros le permitía este ejercicio: idear algunos de sus mejores cuentos,
porque tenía la cabeza libre y las manos ocupadas. Casa tomada, por
ejemplo, es el ejercicio de mayor rigor estilístico, arrojado como un gran
vértigo líquido al despertar, de un tirón, como lo anotaría él mismo en
una de sus entrevistas para Radio Televisión Española, con Joaquín
Soler.
Muchas veces encontramos en un paseo por la ciudad, un
hervidero de ideas, plenas de párrafos; que, llegado el momento, nos
encadenan a la máquina de historias, hasta el punto que, desesperados,
las arrojamos como un vómito monstruoso; sin más, sobre el papel,
hasta quedarnos vaciados de toda suerte de azares ficticios.
Cortázar, consideraba al cuento como una fotografía, como la
música de cámara, digamos; y a un film, como una novela, como la plena
orquestación de un todo más completo. Pues, sostenía que el cuento era
una atmósfera inamovible, por el lirismo que su naturaleza impregna en
los lectores; por su precisión formal y su economía léxica muchas veces
traslapada con la poesía. Una novela, en cambio, era comparada con una
película. Constaba de una serie concatenada de fotografías, que
superpuestas, montadas o con efectos multicolores formaban el
caleidoscopio lexicográfico más largo entre los géneros narrativos o
meta narrativos ―por citar el universo cortazariano―.
Mundos a bordo de los cuales se despabilaba con el “correr el
vasto río de los pensamientos y los afectos”, con la facilidad con la que
escribió cinco tomos de Cartas a sus amigos más cercanos, en las cuales,
aun, desperdigaba una de las mejores poéticas reunidas más adelante,
en en Salvo el crepúsculo, Pameos y meopas; y por qué obviarlo, el
mallarmeano Presencia, escrito en 1939; amén de toda la poesía que
encarnan sus cuentos, como él mismo lo ha manifestado.
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Sabida su admiración por el Che, un día alguien le dio a leer un
relato sobre la vida de este guerrillero, compatriota suyo, mientras
viajaban en el avión; y el Che dijo que era bueno pero que no le
interesaba; a lo cual Cortázar, alegre, expresó que había sido la mejor
opinión que había escuchado, juntamente con la de un editor polaco
que reeditó Rayuela en ese país, no precisamente porque la haya
entendido, sino por la turba de jóvenes que la aclamaron para ser
reeditada en esos reinos socialistas.
Traductor de la Unesco casi toda su vida, las regalías de sus
libros apenas en las primeras décadas se circunscribían a élites
intelectuales. Recién con la publicación de Rayuela, al igual que Alejo
Carpentier con El siglo de las luces, la vida de literaria de Cortázar se
llenaría de flashes, entrevistas y publicaciones periódicas gratuitas o
pagadas, en todo el planeta. Pero le molestaba la suerte de que un
escritor se convirtiera en una industria plagada de souvenirs y de
reediciones con diversas tapas y toda la cumbia reinante.
La aparición de tomos experimentales como La vuelta al día en
ochenta mundos, Los autonautas de la cosmopista, Prosa del observatorio, Último
round, lo consagraron como un escritor que iba poco más allá de las
pantagruélicas y rimbombantes enseñanzas de un Alfred Jarry, Jean
Cocteau; o por qué no abarcarlo: ¡James Joyce!: Surrealistas hasta el
hueso. Cabe mencionar, hablando de suprarrealismo, que hoy en día
pululan algunos blogs relacionados a la patafísica, palabra que el
inventaría en la copetona Rayuela.
Julio Precursor, Julio Inventor de mundos en una hoja de papel
tipeada a máquina Olivetti; donde, Julio Estante altísimo de objetos más
raros que encontraba y estaba dispuesto a colectar para sorpresa de sus
visitantes. Julio, Cronopio Nuestro. Rehuía de cocktails literarios,
certámenes fastuosos como catecúmenos; congresos o conversatorios
para escritores. Julio, amante de la fotografía y del arte. Él no quería que
las llamasen “críticas de arte”, a las buriladas en su oficio de escritor de
catálogos para artistas, a pedido amical. Esto, lo colmaría de la
singularidad de escasos amigos, algunos de ellos durarían para toda una
vida; como es el caso de su editor Paco Porrúa; el poeta norteamericano
Paul Blackburn; Alejandra Pizarnik; o el novelista peruano-español
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Mario Vargas Llosa, quien lo consideraba un maestro que siempre
estaba pendiente de sus avances, quien elogió en una carta a propósito
de la lectura del mecanuscrito de La casa verde. Un diestro, alto y pálido
Cronopio, que gracias a su estilo doméstico y suelto de palabras,
juguetón a ratos; metafísico hasta la médula en otros pasajes, lo miraría
de soslayo por sobre el hombro, a Mario; para quien era una fiesta
cuando los Cortázar los invitaban a alguna reunión en casa. Mario
Vargas Llosa lo recuerda como un escritor que lejos de los cocktails
literarios, se encerraba de lleno a discernir el mundo en su universo de
letras, de situaciones más banales; los mismos que, benditos por la
gracia de la palabra bien puesta, convertiría en enormes historias, en
varias oportunidades, llevadas a películas, como es el caso de Blow Up,
basada en el relato “Las babas del diablo”. Dan cuenta de ello, los tomos
Bestiario, Las armas secretas, Final de juego, Una flor amarilla; reunidos y
prologados, de último, por el autor de La ciudad de los perros.
Admirable traductor de Edgar Allan Poe, ensayista como pocos
en el mítico tomo Imagen de Jhon Keats, publicado póstumamente;
consumado músico que en “El perseguidor” admiraría las dotes
musicales de Charlie Parker.
Cuando un periodista le preguntó en Perú: “¿Qué piensa usted
de Mafalda?”, él le contestó: “Eso no tiene la menor importancia. Lo
importante es lo que Mafalda piensa de mí”.
A Julio Cortázar le adjudicaban un falso afrancesamiento que no
era más que un dejo que adquirió muy pequeñito en Brusellas; y que ya
en Banfield, su primera residencia en Buenos Aires, no pudo erradicar.
Parecido afrancesamiento era costumbre al hablar, también en los
escritores Max Aub y Alejo Carpentier; quienes “pronunciaban la rr a la
francesa”.
Ya para la época en que lo invitaron a formar parte del jurado de
Casa de las Américas en Cuba, nuestro Cronopio era un militante
greñudo, defensor y asiduo admirador de Fidel Castro, ideal (justo o no;
pero en buena medida un ideal) que defendió hasta los últimos
instantes de su vida, por la libre causa socialista.
Con Octavio Paz la recíproca admiración fue justa en buena
medida. Ambos eran latinoamericanos, ambos recorrieron variedad de
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géneros y lanzaron algunos versos zen que de seguro Basho lee en estos
instantes sobre el viento doblando los cerezos en flor.
Sobre pies de página, fotografías inéditas en Paris, Saignon,
Polonia, España; cartas, algunas de ellas vistas por primera vez; Cortázar
de la A a la Z, comprende un almanaque, como él seguramente lo llamaría,
si lo estuviera viendo ahora; lleno de sorpresas como la vez en que trocó
una obra de arte por un auto que chocó con un quiosco parisiense de
periódicos, en el cual una viejecita atendía. O la vez en que una mujer lo
llamó Peter Pan, por adoptar una aposición poco seria. Amigo de los
gatos y los niños, sus dos enormes ojos separados de gran bípedo
cíclope, se quedarían estupefactos la primera vez que observaron a un
axolotl en un acuario. Orquestaciones literarias que partían de lo
simple, y terminaban en lo metafísico. Banalidades colectivas que
muchas veces eran admiradas por grandes y pequeños hasta la
estupefacción o la llana presencia del escritor en el libro atesorado.
Textos como las Morelianas, que teorizan hasta el fin de los días
etéreos. Y al final, uno se queda con la respuesta entre los labios, sin
saber qué hacer, si saltar a la próxima casilla en la rayuela, o volar la
ciudad, acostado sobre el césped, a la espera de la petrificación de una
nube maligna, a la que había que flechar, socarronamente, patas plaf! El
resto de la maraña duerme su maravillada vigilia de ahogados.

Jack Farfán Cedrón
Cajamarca, 4/06/2016

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes
líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del
amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias
del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en
las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía
(UNAM); Destiempos y Síncope (México); Revista de Letras, La
comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable
(España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador, Fórnix, Sol
Negro
(Perú);
y
Letras
hispanas
(USA).
Blog:
http://elaguiladezaratustra.blogspot.pe/

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