PRÓLOGO DE LOS TRADUCTORES

Harry Gannes (1900-1941) fue una de las figuras señeras del movimiento comunista
norteamericano en el periodo de mayor efervescencia revolucionaria conocido nunca en los
Estados Unidos. Los años de entreguerras, caracterizados en la vieja Europa por la
radicalización y polarización de las posiciones políticas entre revolución y contrarrevolución,
entre comunismo y fascismo, tuvieron también su traducción en Norteamérica en forma de
difusión de las ideas marxistas, organización política, manifestaciones, huelgas obreras, etc.
Fue en ese contexto de lucha en el que descollaron camaradas de la talla y valía de Harry
Gannes.
Hombre plenamente comprometido con la causa del proletariado, fue uno de los fundadores
en 1922 de la Liga de Jóvenes Obreros, más tarde Liga de los Jóvenes Comunistas, de la que
llegó a ser Secretario General. En los años 30, ejerció el cargo de editor de la sección de
internacional del periódico comunista Daily Worker, experiencia que empleó para escribir
varias obras, entre ellas When China unites: An interpretive history of the Chinese revolution,
fruto de un viaje de Gannes a China en 1937, o sobre la España del momento: Soviets in
Spain: The October armed uprising against fascism; Spain in revolt: A history of the civil war
in Spain; Spain in revolution; y How the Soviet Union helps Spain cuya traducción al
castellano ha realizado el colectivo Valakia Roja y sigue a este prólogo.
Cómo ayuda la Unión Soviética a España es un opúsculo de interés notable. Si en su
momento el principal propósito del libro fue poner en claro la posición y la actuación de la
Unión Soviética en relación con la política de no intervención en la guerra civil española (de
hecho se trató de un encargo de la III Internacional en ese sentido), hoy en día son quizá los
aspectos secundarios del libro los que más atraen la atención del lector, es decir, la
descripción del clima político reinante en Europa a menos de 3 años del inicio de la II Guerra
Mundial: la pusilanimidad socialdemócrata frente al fascismo, la connivencia en el concierto
europeo prebélico entre la liberal Gran Bretaña y la Alemania de Hitler, la labor de zapa del
trotskismo… Y frente a todo ello, la soledad de la URSS y el aislamiento e indefensión de la
España republicana, bendecidos y auspiciados por el socialista francés Léon Blum.
El libro constituye un auténtico homenaje al único país que en el concierto internacional no
sólo estuvo sin ambages del lado de la clase obrera española y de la paz mundial, sino que se
enfrentó en el terreno diplomático, cara a cara, con las potencias fascistas. Unos pocos años
más tarde haría lo propio, a costa de un indecible sufrimiento, también en el campo de batalla.
Nuestra traducción es una modesta forma de agradecimiento a ese país, la gran Unión
Soviética, y al camarada Harry Gannes.
En otro orden de cosas, respecto a la traducción y edición del libro, nos ha sido imposible
encontrar varios textos originalmente escritos en español de los que, a nuestro pesar, se dan
retraducciones, como se indica. Asimismo, hemos mantenido, ya que nos parecen de gran
interés y vistosidad, la portada y el colofón de la edición original de 1936.
José Luis Forneo / Donato Sade
Valakia Roja (VKR)
***

CÓMO AYUDA LA UNIÓN SOVIÉTICA A ESPAÑA

Geográficamente, España es el país de Europa más alejado de la Unión Soviética.
Sin embargo, en la batalla contra el fascismo, por la democracia, la libertad y la paz mundial,
la Rusia soviética y la España democrática y revolucionaria están inseparablemente la una al
lado de la otra.
Cuando se desencadenó en España la salvaje guerra civil para derrocar al gobierno
democrático legalmente elegido, simultáneamente recayeron sobre la Unión Soviética las más
acerbas calumnias.
Siendo como es el más activo adalid de la libertad de España, la URSS se convirtió en el
blanco principal de los ataques de Hitler y Mussolini.
Relataremos aquí la gloriosa ejecutoria de la Unión Soviética en ayuda de la España
democrática y contra la actuación conjunta de las potencias fascistas del mundo.
El vendaval belicista desatado en el ámbito diplomático y propagandístico por los enemigos
de la clase obrera, la democracia y la paz mundial contra el más leal amigo de España, la
Unión Soviética, no amainó ni por un instante. Pero, sola entre todas las naciones en su
valerosa defensa de España contra sus poderosos agresores de dentro y fuera, la URSS no fue
únicamente el blanco exclusivo de las potencias fascistas.
También los hubo, entre quienes se hacen llamar amigos de España e incluso
“revolucionaristas”, que criticaron a la Unión Soviética, si bien cada vez con menos fuerza.
Algunos no supieron ver la peligrosa situación que, de propio intento, habían creado las
potencias fascistas, las vacilaciones del Reino Unido y Francia, así como la indecisión y la
desastrosa política errática de la Internacional Obrera y Socialista, la dirigencia del Partido
Laborista y del Primer Ministro francés Léon Blum. Otros creyeron quiméricamente que, por
arte de birlibirloque, la Unión Soviética podría modificar todos los factores políticos,
geográficos y militares de Europa y desplazar a España el gran dispositivo defensivo que
había erigido en el interior de sus propias fronteras para emplearlo contra la colusión de los
dictadores fascistas y contra otras potencias que los toleran y alientan.
Cuando los dictadores fascistas y sus apologistas, como William Randolph Hearst, acusan a la
Unión Soviética de “instigar” los sangrientos acontecimientos de España, deberían tener
presentes dos hechos fundamentales:
En primer lugar, ¿por qué habría de elegir la URSS al país de Europa que está más alejado de
ella, al menos accesible a su ayuda militar, para lo que los fascistas llaman su “vil complot”?
Y en segundo lugar, ¿pueden explicar los fascistas y sus partidarios por qué “Moscú” habría
de desear una guerra civil en un país en el que el Frente Popular antifascista había resultado
vencedor; en una tierra en la que un levantamiento cruento sólo podría despertar infames
esperanzas en el corazón sanguinario de los fascistas españoles e inflamar las mentes
calenturientas de los belicistas fascistas de otros países?

Los enemigos exteriores de España son, esencialmente, los adversarios de la Unión Soviética.
Desde su mismo inicio, la guerra civil en España no fue un asunto “nacional”. En su fase
embrionaria, conspirativa, también se trató de antisovietismo. A sabiendas de que no podrían
derrotar o esclavizar a la mayoría del pueblo español, que en las elecciones de 16 de febrero
de 1936 había expulsado a la camarilla gobernante monárquico-fascista-feudal de los Lerroux,
Gil Robles y Calvo Sotelo, los militaristas y reaccionarios españoles recurrieron, antes de
nada, a la ayuda extranjera para derrocar al gobierno constitucionalmente elegido. Desde el
primer momento de la conspiración, la guerra civil española fue un asunto internacional. Y
sólo puede resolverse como cuestión internacional que es.
Los verdaderos conspiradores para aplastar la democracia española fueron los dictadores
Hitler, Mussolini y Salazar. Para Hitler en especial, los preparativos de la guerra civil en
España formaban parte de sus planes bélicos contra Francia, Checoslovaquia y la Unión
Soviética. Para Mussolini, se trataba de un paso importante para arrebatar a Inglaterra el
control del Mediterráneo.
No nos proponemos en estas páginas ahondar en hechos ampliamente conocidos, como la
complicidad fascista extranjera en los planes de la conspiración para derrocar al legítimo
gobierno español, ni investigar en profundidad el hecho, sobre el que ha dado abundante
testimonio la prensa burguesa, de que el general Franco y su junta1 de fascistas y secuaces
monárquicos, terratenientes y capitalistas hubieran prometido a Hitler y a Mussolini
cuantiosas concesiones coloniales y bases militares en diversas posesiones españolas, en islas
del Mediterráneo y el Atlántico, y en la propia península ibérica.
Tan sólo es necesario recalcar una cuestión innegable en este momento: el objetivo de las
potencias fascistas en España era consolidar los preparativos bélicos contra Francia,
apoderarse de colonias africanas y en otros continentes, destruir la Unión Soviética y extender
el fascismo a los países democráticos.
Desde el primer momento, pues, la Unión Soviética empleó hasta la última gota de su energía,
de su poder, de sus posibilidades de acción mundial y de su enorme capacidad para movilizar
y dirigir a los trabajadores del mundo y a todas las fuerzas del socialismo y el progreso, para
ayudar a España a derrotar al fascismo y a los pirómanos de una nueva guerra mundial.
El principio rector de la URSS en defensa de la España revolucionaria y su gobierno legal y
democrático quedó expresado en las encendidas palabras de José Stalin al Comité Central del
Partido Comunista de España en los días en que se libraba la más decisiva batalla por Madrid.
El 16 de octubre el camarada Stalin telegrafió el siguiente mensaje a José Díaz, Secretario del
Partido Comunista de España:
“Los trabajadores de la Unión Soviética, al prestar toda su ayuda a las masas revolucionarias de España, no
hacen otra cosa que cumplir meramente con su deber. Están persuadidos de que liberar a España de la opresión
de los fascistas reaccionarios no es un deber que corresponde solamente a los españoles sino una tarea común
que atañe a toda la humanidad avanzada y progresista.”

1

En castellano en el original. [Nota de los traductores]

Armas y fascismo

Los primeros disparos que realizaron los fascistas en la guerra civil española fueron
efectuados con fusiles suministrados previamente por Hitler y Mussolini. Los conspiradores
que querían asesinar la democracia española recibieron un contundente revés y fueron
inicialmente derrotados. En Barcelona, Madrid y la Sierra de Guadarrama, fueron repelidos
los primeros recios ataques de los experimentados militaristas fascistas, armados con
pertrechos de muerte alemanes e italianos.
Los rebeldes españoles dieron un grito de alarma en demanda de ayuda a sus protectores
italianos y alemanes. Necesitaban más armas. El pueblo oponía una resistencia que jamás
llegaron a imaginar. La lucha iba a ser más encarnizada y se iba a prolongar en el tiempo más
de lo inicialmente previsto. El pueblo había perdido el miedo a sus antiguos amos.
Se produjo entonces una terrible decisión contra la democracia española adoptada por el
gobierno tory inglés con el respaldo de la política acomodaticia del Primer Ministro socialista
francés, Léon Blum.
Mientras las potencias fascistas enviaban todo tipo de armas y municiones a los rebeldes
españoles, que se encontraban contra las cuerdas y en riesgo cierto de caer derrotados, el
gobierno británico, secundado por el socialista Léon Blum, cortó el suministro de armas al
pueblo español.
En julio y agosto, el Primer Ministro Léon Blum, con el propósito, según pensaba, de evitar
una guerra mundial, consiguió levantar en realidad un bloqueo contra el legítimo gobierno
español, privándolo de un derecho jamás desmentido por las normas internacionales, a saber,
el de comprar armas para defenderse de una insurrección. Ni que decir tiene que, hasta ese
momento, los gobiernos reaccionarios habían ejercido siempre ese derecho para defenderse de
los levantamientos populares revolucionarios. Sin embargo, en el momento en que el pueblo,
representado por el legítimo gobierno español, intentó adquirir armas para defenderse de una
rebelión fascista, fue el Primer Ministro socialista Léon Blum quien sentó las bases para crear
lo que posteriormente se conoció como la farsa de la “no intervención”.
Al mismo tiempo, los fascistas, que estaban al corriente de la fecha de la rebelión fijada por
sus conmilitones en España, acusaron también a la Unión Soviética de enviar armas al
legítimo gobierno español, a pesar de que, a todas luces, los fascistas contaron con el efecto
sorpresa y la ventaja geográfico-militar.
El 1 de agosto, los gobiernos británico y francés acordaron colaborar para establecer lo que
más tarde se llamó el Comité Internacional para la Aplicación del Acuerdo de No
Intervención en España.
El Reino Unido insistió en la participación de Alemania, Portugal, Rusia e Italia.
Blum dio su visto bueno de inmediato. Los fascistas italianos y, en especial, los alemanes,
pusieron en marcha a partir de ese momento las típicas maniobras dilatorias que les
caracterizan.

Francia finalmente fijó la fecha de 17 de agosto como plazo de adhesión al pacto de
neutralidad. Las dos potencias fascistas no respetaron la fecha tope; aun así, Blum no permitió
que los cargamentos de armas llegaran al gobierno constitucional de España. Siguió
negociando con Roma y Berlín hasta el 24 de agosto, día en que Hitler anunció un “embargo”
en Alemania de armas para España.
Entretanto, las potencias fascistas, como condición para su adhesión al acuerdo de no
intervención, exigieron la de la Unión Soviética.

La URSS y la “no intervención”

La Unión Soviética era absolutamente contraria a un acuerdo de no intervención. Si hubiera
contado con la ayuda necesaria de los partidos socialistas, de los movimientos obrero y
antifascista de todo el mundo, además del apoyo de los partidos comunistas, la URSS habría
podido parar en seco el movimiento por la no intervención. Maxim Litvinov, comisario
soviético de Asuntos Exteriores, en su alocución de 28 de septiembre a la Asamblea de la
Sociedad de Naciones, expresó con toda firmeza las posiciones de la Unión Soviética contra
la “neutralidad” y la “no intervención” como formas de ayuda a los agresores fascistas.
La actuación inicial de Blum a instancias de Londres no sólo creó un peligroso precedente;
también contribuyó a enredar y complicar las relaciones, poniendo a la Unión Soviética en
una situación difícil y comprometida.
Distinguirse en solitario contra el pacto de no intervención en las condiciones creadas por el
gobierno francés, encabezado por el socialista Blum, y el gobierno tory británico que dirigía
el conservador Stanley Baldwin, era en ese momento lo que precisamente deseaban los
fascistas. La URSS dejó clara cuál era su postura.
Para la Unión Soviética no se trataba de que el proyecto de no intervención fuera justo o útil
para España, si bien consideraba que, de detener efectivamente los envíos de armas de
Alemania e Italia a los rebeldes españoles, el pueblo español podría ajustarles las cuentas a
sus agresores.
La Unión Soviética no podía enfrentarse directamente a Blum por el pacto de no intervención,
pues tal decisión habría significado hacer el juego a Hitler y a la facción pronazi del gobierno
tory de Londres, que estaba tratando de provocar justamente ese estado de cosas.
De este modo, para enviar armamento a España en las difíciles condiciones creadas, la Unión
Soviética dependía del grado de apoyo que se pudiera recabar del Partido Laborista Británico,
del Congreso de Sindicatos Británicos, del Partido Socialista francés y de la Internacional
Socialista, es decir, de todas las fuerzas antifascistas en unidad de acción con los comunistas.
De haber actuado sola, con el movimiento laborista inglés y la Internacional Socialista
comprometidos en apoyo del acuerdo de no intervención, la URSS no habría estado en
condiciones de doblegar a los fascistas en una pugna abierta de envío de armas a España.
Estaba claro que ni el Reino Unido ni Francia habrían participado en el suministro de armas al
gobierno legítimo y democrático de España.

El resultado habría terminado siendo una carrera desenfrenada entre la Unión Soviética, por
un lado, e Italia, Alemania y Portugal, por otro.
Alemania e Italia no sólo están mejor situadas para suministrar cargamentos de armas a
España, sino que también controlan las dos únicas rutas que unen la Unión Soviética con
dicho país: Alemania, la del norte, e Italia, la del sur. Además, las armadas de ambos países,
construidas para la conquista imperialista, dan a esas dos potencias fascistas una más que
considerable superioridad en caso de zafarrancho de envío de armas como el que se habría
desatado entre la URSS, sola, y dichas potencias, de consuno.
Cuando el Primer Ministro socialista Léon Blum decretó el acuerdo de no intervención, privó
a España de la fuente natural de armas y suministros más inmediata y amplia de que disponía
para defenderse.

La política británica en España

Entre las potencias imperialistas, el Reino Unido está sumamente interesado en el futuro de
España. Cuando los dictadores fascistas planearon instaurar el fascismo en la península
ibérica, al Reino Unido se le plantearon una serie de cuestiones contradictorias:
¿Suponía ello una mayor amenaza para su control del Mediterráneo?
¿Cómo afectaría una victoria del Frente Popular en España a las maquinaciones de la política
británica de equilibrio de poderes en Europa y al estímulo dado por el gobierno tory al rearme
de Hitler?
Si Mussolini se hacía con el control de España y Portugal, ¿qué pasaría con el secular dominio
inglés de esas zonas?
Si los antifascistas vencieran a los rebeldes españoles y a sus valedores alemanes e italianos,
¿cómo afectaría ello a las maniobras de los tories para crear un frente reaccionario europeo
basado en su propio modelo?
¿No sería cierto que una victoria contra el fascismo en España no sólo consolidaría a las
fuerzas de la democracia sino que aumentaría también la influencia de la Unión Soviética en
la lucha por la paz y la marcha hacia el socialismo?
Fue principalmente el imperialismo británico el que decidió respaldar al bando de la reacción
en España y bloquear los esfuerzos de la URSS por preservar la democracia en ese país.
Preocupado por la posición británica en el Mediterráneo occidental y con la perspectiva de un
futuro fortalecimiento de su vieja alianza con la antigua camarilla gobernante en España, el
gobierno de Baldwin supeditó su acción internacional a obtener la buena disposición de los
venideros dictadores fascistas de España. Al mismo tiempo, los tories ingleses adoptaron
medidas para impedir una victoria del Frente Popular que le diera acceso al gobierno legal de
España sobre los fascistas.

Una ojeada a las líneas dominantes de la política imperialista británica, trazada por el sector
profascista mayoritario del gobierno de Baldwin, explica por qué los tories ingleses lograron
convencer a Léon Blum, Primer Ministro socialista de Francia, de plantear la cuestión de la
“neutralidad” como un soborno a los fascistas.
Los tories británicos demostraron que estaban dispuestos a sacrificar la paz y la democracia
en Europa y aun a poner en peligro sus propios intereses nacionales debido a su posición
reaccionaria y profascista, que conllevaba el apoyo encubierto al general Franco.
El examen de los acontecimientos acaecidos desde el estallido de la guerra civil en España
pone de relieve que el espíritu que ha inspirado la política dominante del gobierno británico
hacia España se basa, principalmente, en los siguientes objetivos:
1. Los tories están empeñados en la derrota a toda costa del gobierno español del Frente
Popular. Aunque no son partidarios de una dictadura respaldada en exclusiva por las
bayonetas alemanas e italianas, consideran tal posibilidad un mal menor.
2. La abundante información publicada en los periódicos ingleses, franceses y de los Estados
Unidos permite afirmar que el Reino Unido ha llegado a un acuerdo particular con Franco,
sobre cuyo alcance concreto sólo cabe especular.
3. Cualesquiera sean las concesiones que los fascistas españoles hayan hecho a Roma y
Berlín, los tories ingleses dan por seguro que a ellos se las harán mayores.
4. A juicio del gobierno inglés, la prolongación de los combates –aun cuando los fascistas
españoles terminaran resultando vencedores– dejaría a España en tal situación de postración
económica, que habría de recurrir a los créditos ingleses para sostener su dictadura. Las dos
potencias fascistas, Alemania e Italia, no estarían en condiciones de proporcionar a Franco el
dinero que éste pudiera necesitar. A cambio de esos créditos, los gobernantes británicos dan
por hecho que podrán revocar algunas concesiones ya otorgadas y perjudiciales para sus
intereses.
5. Los tories saben perfectamente que una victoria del gobierno del Frente Popular en España
no sólo impulsaría el frente popular antifascista en todo el mundo, sino que daría tal ímpetu a
las fuerzas de la paz y el socialismo, que debilitaría rápidamente en sus respectivos países a
Hitler y Mussolini y desbarataría el juego tory de contar con Hitler como “estabilizador” del
continente.
No obstante, una actuación rápida del Partido Laborista y del Congreso de Sindicatos
Británicos equivaldría a ponerle gruesos palos en las ruedas a la maquinaria profascista tory.
Blum, convencido de que estaba impidiendo a los dictadores alemán e italiano enviar armas a
los insurgentes españoles, consiguió tan sólo, en una decisión sin precedentes, privar al
gobierno legal del derecho reconocido a comprar armas para su defensa, que era la defensa de
la democracia mundial, de la paz en Francia y de la paz en el mundo.
So color de apaciguar a la facción derechista del Partido Radical Socialista, integrado el
Frente Popular francés, que sostenía que el “aislamiento” de la guerra civil española era el
mejor medio para preservar la paz, Blum cayó en la trampa que le tendieron los imperialistas
británicos.

Londres estimó oportuno que Blum inaugurara el acuerdo de no agresión por muchas buenas
razones, las más importantes de las cuales eran las siguientes:
Francia era el país mejor situado para suministrar las armas y municiones necesarias al
gobierno constitucional de España. Si Francia llevaba la iniciativa de la no intervención, ella
misma, en especial, se ataba de pies y manos.
Léon Blum, como dirigente socialista y Primer Ministro de un gobierno apoyado por el Frente
Popular, podía influir sobre los dirigentes del Partido Laborista Británico y del Congreso de
Sindicatos Británicos, así como de la Internacional Obrera y Socialista y de la Federación
Internacional de Sindicatos para que apoyaran la política oficial del imperialismo británico.
De este modo, los británicos pudieron ocultar sus maniobras de ayuda a los fascistas
españoles y continuar sus negociaciones secretas con Hitler, Mussolini, Salazar y el general
Franco.
Debido al pacto franco-soviético de asistencia mutua, factor de paz tan importante, Blum
pudo presionar para que la URSS participara en el acuerdo de no intervención.

España recurre a la Unión Soviética

Así, mientras los cargueros y las cañoneras de Hitler y Mussolini pululaban por el
Mediterráneo y el Golfo de Vizcaya cargados hasta las bordas con armas para los fascistas
españoles, Blum se dedicaba en cuerpo y alma a perfilar su acuerdo de no intervención.
Gabriel Péri, el comentarista de política internacional de l’Humanité, órgano del Partido
Comunista Francés, parafraseó certeramente en su artículo de 9 de octubre los motivos más
sólidos que Blum podía ofrecer en nombre de Francia:
“Francia decía: mi intención es evitar los suministros a los rebeldes. Para conseguirlo, sitúo al mismo nivel, sin
duda, a la República y a los facciosos. Pero, como contrapartida, dificulto la ayuda que estos últimos esperan
recibir del fascismo internacional. Cuanto antes se adhieran a mi iniciativa las potencias amigas de la República
española y de la paz, tanto mayor será la garantía de que obtendré ese resultado. Con todo, es necesario que
ninguna potencia pacífica dé con su abstención una excusa para la espantada de Alemania e Italia.
Cabe imaginar, pues, a qué censuras se habría enfrentado la URSS si hubiera rechazado su adhesión.”

Harry Pollitt, Secretario del Partido Comunista Británico, fue un poco más lejos aún cuando
declaró:
“Blum había forzado al gobierno soviético a una política de neutralidad, presionándolo con el futuro del pacto
franco-soviético.”

Dados la interacción de los objetivos fascistas, el acicate del imperialismo británico y la
transigencia de la política errónea del Primer Ministro socialista francés, Léon Blum, la
cuestión a que se enfrentaba la Unión Soviética de una eventual abstención a la adhesión al
acuerdo de no intervención era sumamente compleja.

El gobierno soviético, como señaló el camarada Pollitt, se estaba adentrando por un terreno
extremadamente complicado en el que un solo paso en falso llevaría a una ruptura diplomática
abierta, seguida de la actuación militar de los fascistas y de otras potencias reaccionarias.
La Unión Soviética sabía también que en aquel momento el gobierno tory espoleaba a Hitler y
que habría aprovechado ampliamente cualquier negativa soviética a participar en el acuerdo
de no intervención. Era tanto el deseo nazi de que se impusiera la política del gobierno tory,
que el corresponsal en Berlín de The New York Times cablegrafió lo siguiente el 2 de
septiembre:
“Alemania es partidaria de delegar las tareas de verificación de la no intervención a una única potencia y
recomienda que la dirección se le asigne al Reino Unido.”

En lugar de permitir la colusión entre los nazis y los ministros tories en contra de España, la
URSS procuró hacer todo lo posible en el seno del Comité de No Intervención para evitar el
envío de armamento de los fascistas a España, así como alentar la acción internacional contra
los fascistas y destruir la farsa de la “neutralidad” y la “no intervención” en la primera ocasión
propicia.
Una vez firmado por los 27 países el acuerdo de no intervención, el fascismo alemán e
italiano recurrió a nuevos planes para enviar armas a los fascistas.
Mientras el general Mola, comandante en jefe fascista del Ejército del Norte, cortaba a toda
prisa el acceso ferroviario desde Francia a España por Irún, Salazar, el dictador portugués,
abría todos los puertos de Portugal a los cargamentos de armas para el general Franco.
De hecho, toda la estrategia de los generales fascistas españoles, tras el revés inicial sufrido en
la Sierra de Guadarrama y Barcelona, consistió en abrirse camino hacia Badajoz, en la
frontera hispano-portuguesa, por el río Tajo, para, con los pertrechos recibidos de Alemania e
Italia, vía Portugal, avanzar a sangre y fuego hacia Madrid.
Los partidos comunistas de todos los países dieron la alarma de inmediato.
Pravda, órgano central del Partido Comunista de la Unión Soviética, se expresaba con toda
claridad:
“Los trabajadores del mundo no pueden permanecer indiferentes y en silencio mientras se decide el destino del
pueblo libre de España, al que los mercenarios de Franco tratan de aniquilar por medio de las bayonetas, las
balas, las bombas y el hambre.
El valeroso pueblo español vuelve sus ojos hacia la Unión Soviética. En nuestra lucha por el socialismo el
pueblo español encuentra su fuerza, inspiración y energía.”2

Por primera vez en su historia –durante esta feroz guerra civil en que la reacción está tratando
de derrocar al gobierno legítimo–, España y la Unión Soviética intercambiaron embajadores.
En ambos países, los representantes fueron recibidos entre muestras de alegría y entusiasmo, y
firmes promesas de estrechar aún más las relaciones e incrementar una cooperación
inquebrantable.

2

Retraducción. [N. de los t.]

En Francia, tras asumir la dirección de la lucha contra la “neutralidad” y el proyecto de no
intervención para tratar de lograr una movilización de masas capaz de torcer el desastroso
rumbo de Blum, Maurice Thorez, Secretario del Partido Comunista de Francia, dirigió una
carta abierta a Paul Faure, dirigente socialista. En nombre de los comunistas franceses, Thorez
instaba a unirse a los partidos socialista y comunista para exigir el levantamiento del embargo
de armas impuesto contra España.

¡Armas para España!

Mientras la Unión Soviética se preparaba, a la primera oportunidad que tuviera, bien para
forzar la completa adhesión a una interrupción total de los envíos de armas a España en el
marco del acuerdo de no intervención, bien para restituir al legítimo gobierno de España su
derecho a comprar armas, los comunistas de todo el mundo encabezaban la lucha contra la
vergüenza de la neutralidad.
Extraordinaria fue la enorme manifestación, en que participaron 100.000 personas, organizada
por el Partido Comunista de Francia el 4 de septiembre en contra de la no intervención. El 7
de septiembre, la huelga del sindicato obrero del metal sacó a las calles a 225.000 trabajadores
franceses cuyas reivindicaciones retumbaron por toda Francia: “¡Armas para España!
¡Aviones para España! ¡Abajo el embargo impuesto a España! ¡Ayudemos a nuestros
hermanos españoles!”
En lugar de rectificar su política de no intervención presionado por la abrumadora mayoría de
las masas de Francia, Blum defendió airadamente su posición. La adhesión inflexible de Blum
a la errónea política de no intervención animó a los dirigentes reaccionarios del Partido
Laborista Británico a seguir un camino parecido y dio una excusa a la Internacional Obrera y
Socialista para, de momento, abstenerse de todo acto contrario a la política tory o
independiente de ella.
De hecho, los principales portavoces socialistas se convirtieron en un primer momento en los
más fervientes defensores del acuerdo de no intervención. Debido a su férreo apoyo a los
planes que inicialmente había promovido el gobierno tory de Londres, pusieron en
dificultades al gobierno español para defender su causa ante los foros internacionales y entre
los trabajadores y antifascistas de todo el mundo.
Por ejemplo, mientras el Partido Comunista de Francia exigía poner fin a la farsa de la política
de neutralidad y los fascistas enviaban armas a toda prisa a los rebeldes españoles, no era
infrecuente toparse con muestras de los típicos planteamientos de la cúpula socialista inglesa
y del ala derecha socialdemócrata de Francia y Estados Unidos, como la contenida en un
editorial del periódico socialista judío Forward, publicado en Nueva York.
Rara vez la dañina falsía del acuerdo de no intervención y las contraproducentes ilusiones que
alentó se pusieron al descubierto de modo tan inconsciente y manifiesto como en el siguiente
editorial de Forward de 8 de septiembre:
“Ahora que todos los gobiernos se han comprometido a no suministrar armas a ninguno de los dos bandos
enfrentados y que ninguno de ellos ha vulnerado por el momento el pacto, el gobierno español está en
condiciones de ocuparse por sí solo de los fascistas…

Gracias a su sagacidad política y a su perspectiva auténticamente socialista de la guerra civil española, Léon
Blum no sólo ha salvado a Europa de una nueva guerra, sino que ha impedido que Hitler y Mussolini ayuden a
los asesinos fascistas a ahogar en sangre la España republicana y el movimiento obrero español.”

El mismo editorial proseguía criticando a los comunistas franceses y de otros países por exigir
el final de la no intervención, acusándoles de que tal exigencia “suena a provocación”.
Si ésta fuera exclusivamente la posición de Forward, no sería tan lesiva como, de hecho, ha
resultado ser. Pero lo cierto es que dieron igualmente su apoyo a la postura de Blum
(astutamente promovida en sus comienzos por los tories británicos) los dirigentes del Partido
Laborista Británico hasta el Congreso de Edimburgo de principios de octubre, casi un mes
después. Y también la respaldaron la dirección del Congreso de Sindicatos Británicos, así
como la Internacional Obrera y Socialista, y las dirigencias de sus diferentes secciones en
todos los países.
Hasta que la Unión Soviética no soltó el bombazo en el seno del Comité de No Intervención,
este planteamiento no se fue al traste.
El propio Primer Ministro Blum, en un mitin del Partido Socialista a mediados de septiembre,
declaró gratuitamente que no existía ni la más mínima prueba de que Italia y Alemania
hubiesen enviado armas a España tras la conclusión del acuerdo de neutralidad.
Ante semejante actitud del Primer Ministro socialista francés, Léon Blum, que procedía de
consuno con el ministro de Asuntos Exteriores británico, y antes de que el gobierno español
hubiese presentado las pruebas que había reunido a la Sociedad de Naciones, la Unión
Soviética no podía comprometerse a actuar con eficacia contra el crimen de la no
intervención.
Sin embargo, durante todo ese tiempo, la ayuda exterior fascista estaba llegando al general
Franco.
España protesta

El 15 de septiembre, el gobierno español hizo llegar una nota a la Sociedad de Naciones que
contenía pruebas innegables y cuantiosas de envíos de armas a los fascistas españoles desde
Alemania e Italia, vía Portugal y las Islas Baleares, con destino a puertos del norte y sur de
España. Esta nota, sin embargo, no se publicó hasta el 30 de septiembre y ante la insistencia
de la Unión Soviética y España.
A principios de septiembre, el general Queipo de Llano, capitoste fascista de Sevilla, anunció
por la radio que había enviado una delegación oficial a Lisboa a felicitar, en su propio
nombre, al dictador Salazar y a agradecer al gobierno portugués la ayuda dada al “único
gobierno que puede y debe gobernar España”3.
Los cables periodísticos de todo el mundo no paraban de referirse a las escandalosas noticias
de incesantes envíos de armamento, cada vez más abundantes y descarados, de Italia y
Alemania a los fascistas españoles.

3

No hemos localizado la cita entrecomillada original. Se trata, pues, de una retraducción. [N. de los t.]

Un ejemplo lo constituye el siguiente encabezamiento de un cablegrama para The New York
Times (14 de septiembre), remitido desde Lisboa, capital de Portugal:
“Lisboa hace llegar ayuda a los rebeldes españoles. Aquí los funcionarios consienten que Portugal siga siendo un
pasillo de tránsito de abundantes suministros a los rebeldes españoles.”

Otra muestra de The New York Times:
“Los rebeldes usan Lisboa como vía de suministro y punto de compra. La embajada insurgente allí adquiere
abiertamente gasolina, camiones y alimentos.”

En septiembre, un Comité de Encuesta sobre las Violaciones del Derecho Internacional
relativas a la No-Intervención en España4, no oficial, se reunió en Londres y recopiló pruebas
de los envíos de armas italianos y alemanes a los fascistas.
Del comité formaban parte Eleanor F. Rathbone, diputada independiente por las universidades
inglesas; J. B. Trend, catedrático de español de la Universidad de Cambridge; Lord
Faringdon; John Jagger, del International Union of Distributive and Allied Workers, diputado
laborista en el parlamento; R. McKinnon Wood; E. L. Mollalieu y dos secretarios del comité:
John Langdon-Davies, que era corresponsal del News Chronicle en España, y Geoffrey Bing.
Con las pruebas reunidas por este comité se podría elaborar un grueso volumen.
Reseñables entre las conclusiones extraídas por el ilustre comité, a cuyas sesiones asistían de
incógnito funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, son las siguientes
frases:
“Hemos tenido así acceso a nuevas pruebas y estudiado toda una serie de nuevas revelaciones que confirman
nuestras conclusiones previas en el sentido de que, desde la fecha del Pacto de No Intervención, Italia y Portugal
han prestado ayuda a los rebeldes en forma de armas y personal técnico, así como otras formas de
colaboración…”
“Disponemos, además, de numerosos elementos de prueba que confirman la ayuda alemana antes y después del
3 de agosto de 1936, fecha en que el gobierno alemán informó al francés de que ni se había enviado material de
guerra a los rebeldes españoles ni se les enviaría.”

Obsérvese bien, en especial, la declaración final de dicho comité:
“Una circunstancia adicional que plantea un grave problema es que, de acuerdo con nuestra información, el
gobierno británico sabe, por personas a su servicio, de la existencia de violaciones del acuerdo de nointervención.”

Desde un principio, el gobierno tory conocía a través de sus numerosos agentes secretos en
Portugal y sus representantes consulares y diplomáticos en Sevilla, Cádiz, La Coruña y otros
lugares de España bajo control fascista que los rebeldes estaban recibiendo continuamente
desde Italia y Alemania todas las armas que necesitaban, en flagrante violación del acuerdo de
no intervención.
Durante más de 200 años, la política exterior portuguesa se había decidido en Londres. Bajo
la dictadura de Salazar, Portugal se había convertido, más que nunca, en una auténtica
4

“Committee of Inquiry into Breaches of International Law Relating to Non-Intervention in Spain”, en el
original. [N. de los t.]

marioneta del imperio británico. De hecho, en Portugal no se podía tomar ninguna decisión
política de calado sin contar con los intereses comerciales británicos, el consentimiento de sus
agentes diplomáticos en Lisboa y la aprobación del gobierno Baldwin.

Las masas soviéticas en acción

Mientras tanto, los trabajadores soviéticos prestaban “toda la ayuda que podían a las masas
revolucionarias españolas”.
Nunca desde la Revolución de Octubre habían estado tan entregadas las masas rusas, habían
sido tan conscientes del peligro para el pueblo español y la paz mundial.
Hitler y Mussolini, así como el Reino Unido, han acusado a la URSS de enviar armas en
secreto a España. Sin embargo, no hay ni una sola prueba de ello. Cierto es que las masas
soviéticas organizaron gigantescas manifestaciones por España en las que se recaudaron
cantidades enormes de dinero. Hicieron cuanto estaba a su alcance para ayudar a España a
derrotar al fascismo. Antes del 2 de octubre, los trabajadores soviéticos habían colectado diez
millones de dólares para España. Las mujeres de la URSS habían enviado dos millones de
dólares en comida y ropa a las mujeres y niños españoles. Se mandaron abiertamente varios
cargamentos de alimentos por barco.
El heroico pueblo español, privado de armas, contuvo a los fascistas como pudo. El general
Franco, advertido de que la Unión Soviética preparaba un formidable ataque contra el pacto
de no intervención a fin de detener los envíos de armas a los rebeldes, dio órdenes de lanzar
una brutal ofensiva. Llegado ese momento, ya con decenas y decenas de tanques italianos, con
más de cien aviones de caza y bombarderos, y más armas y municiones de las que podían
emplear sus hordas de tropas alemanas, italianas y moras, habría sitiado Madrid.
Inmediatamente después de que entrase en Madrid, Franco contaba con la promesa de que
Alemania e Italia reconocerían la dictadura fascista española, lo cual liquidaría
definitivamente y a su favor la farsa de la no intervención. Ése fue el motivo de que siguiera
adelante aún con mayor vesania.
Fue entonces cuando el gobierno español tomó las primeras medidas que permitieron crear las
condiciones favorables para la posterior acción de la Unión Soviética.
Plenamente al tanto por sus informadores alemanes, italianos y británicos de la inminente
actuación de la Unión Soviética y del gobierno español, el general Franco dio la orden de
tomar Madrid a toda costa y lo antes posible.
El gobierno español había enviado a la Sociedad de Naciones su nota, que incluía numerosas
pruebas del apoyo exterior fascista a los rebeldes españoles, el 15 de septiembre. Pero no fue
hasta finales de ese mes cuando Álvarez del Vayo, ministro de Asuntos Exteriores de Madrid,
pudo, con la ayuda de la Unión Soviética, conseguir la publicación y análisis de las pruebas.
Se trataba de un paso preliminar necesario para que la Unión Soviética pudiera refutar todo el
montaje ante el Comité de No Intervención de Londres.

Ni que decir tiene que el general Franco se dio cuenta de que la acción de la Unión Soviética
ponía en grave peligro a su junta fascista, así que no perdió ni un minuto en su avance sobre
Madrid.
A veces surge la pregunta de por qué “esperó” la URSS, antes de conmocionar al mundo con
una nota como la de 7 de octubre en la que se desenmascaraba la ayuda exterior fascista a los
insurgentes reaccionarios españoles, a que el general Franco estuviera a las puertas mismas de
Madrid.
La Unión Soviética jamás perdió un solo momento, una sola ocasión, ni la más mínima
posibilidad, de dar la mayor ayuda al pueblo español. Sabedor de ello y precisamente por ello,
el general Franco y sus valedores fascistas llevaron su ofensiva hasta un punto de ruptura.
Si se tienen presentes los principales factores, ya indicados, de la relación de la URSS con
España, el análisis de las fechas y acontecimientos posteriores a la actuación del propio
gobierno español mostrará la rapidez, pertinencia y máxima efectividad de las acciones de la
Unión Soviética.
La primera oportunidad que España tuvo de hacer oír su voz ante la Sociedad de Naciones en
relación con la criminal ayuda fascista exterior a los rebeldes españoles fue a finales de
septiembre.
De haber iniciado una acción diplomática semejante, la Unión Soviética se habría arrogado el
derecho a suplir y usurpar la iniciativa del gobierno legal de España. Cuando el gobierno
español dio efectivamente el paso, la URSS actuó con rapidez y extraordinarios resultados no
sólo en el ámbito diplomático, sino también, y aún más importante, en el seno del movimiento
obrero y antifascista mundial.
El 25 de septiembre, el ministro de Asuntos Exteriores español, Álvarez del Vayo, en una
crítica demoledora de las potencias que apoyaban a los fascistas españoles, fue el primero en
exigir el fin de la farsa de la no intervención.
Con palabras ardientes, del Vayo declaró:
“Cada defensor español de la República y la libertad que cae en el frente por el fuego de estas armas importadas
de la manera más cínica y en cantidad mayor, a pesar del Acuerdo de la No Intervención, es una demostración
irrefutable del crimen que se comete contra el pueblo español.”

Fue ésta la primera salva diplomática que estremeció al movimiento obrero mundial.
Más tarde, el 28 de septiembre, Maxim Litvinov, comisario soviético de Asuntos Exteriores,
acometió la lucha, una lucha que los imperialistas británicos trataron de echar por tierra, pero
que fueron incapaces de sofocar, una lucha que produjo los resultados más inmediatos en el
movimiento obrero internacional y en los círculos antifascistas.
“El gobierno soviético considera inaplicable el principio de neutralidad a una guerra declarada por rebeldes
contra su gobierno legítimo”, insistió Litvinov, “antes al contrario, considera que es una violación de los
principios del derecho internacional”5.

5

Podría tratarse de una retraducción. [N. de los t.]

La ayuda fascista, desenmascarada

La primera noticia extraordinaria que recibió la opinión pública sobre la exigencia soviética
planteada al Comité de No Intervención de Londres se produjo el 7 de octubre.
“En realidad”, escribió el 8 de octubre Ferdinand Kuhn Jr., corresponsal de The New York Times en Londres,
“Rusia ha presentado dos notas, no una, al comité. La primera, que se adelantó en una semana al bombazo de
ayer, fue entregada por escrito el pasado miércoles por Samuel Kagan, encargado de negocios soviético en
Londres.”

En la primera nota, la URSS exigía dos cosas: (1) que un comité imparcial se desplazase a la
frontera hispano-portuguesa para investigar la cuestión de los envíos de armas. (2) que, en lo
sucesivo, algunos miembros de este comité quedaran asignados a tareas de verificación del
cumplimiento del acuerdo de no intervención.
El gobierno británico fue ampliamente informado de las violaciones del acuerdo de no
intervención llevadas a cabo por las potencias fascistas, en especial de la cínica ostentación
con que su marioneta portuguesa transgredía el acuerdo. El Sr. Kuhn dice lo siguiente: “La
nota se distribuyó a algunos miembros del Comité de No Intervención, entre ellos los
británicos, que se mostraron ciertamente preocupados por las evidencias de mala fe de
alemanes e italianos y estimaron oportuno el envío de un grupo imparcial que investigue
sobre el terreno.”
Pero lo que hicieron los británicos, en realidad, fue tratar de neutralizar los esfuerzos de la
Unión Soviética.
Fue en ese momento cuando la URSS hizo pública su nota, más enérgica, de 7 de octubre, que
no “se distribuyó a los miembros del Comité de No Intervención” sino que se dio a conocer
desde Moscú a las masas del mundo.
Samuel Kagan, en nombre del embajador soviético Ivan Maisky, hizo entrega de esa nota –
que provocó una acalorada sesión del Comité de No Intervención– a Lord Plymouth,
presidente británico del comité.
La situación en la que la URSS adoptó esta drástica medida era extremadamente complicada.
Por ejemplo:
El Congreso de Sindicatos Británicos acababa de votar recientemente a favor del acuerdo de
no intervención que, por intermedio de Blum, había promovido el gobierno tory inglés.
En ese momento se estaba celebrando el Congreso del Partido Laborista Británico en
Edimburgo, al que asistió una delegación española para solicitar el fin de la farsa de la no
intervención. A pesar de la nota de la Unión Soviética, el Congreso del Partido Laborista
Británico, contra los deseos de la mayoría de los delegados, recurrió al procedimiento del voto
por delegación y por representación, habitual en los congresos del partido, con el resultado de
1.836.000 votos favorables a continuar dando su conformidad a la no intervención, frente a
519.000 en contra.

El Primer Ministro socialista francés Blum seguía respaldando, imperturbable, la vergüenza
de la no intervención.
La Internacional Obrera y Socialista, al igual que la Federación Internacional de Sindicatos,
continuaban apoyando, en ese momento, la no intervención.
Sola, enfrentada a las otras 26 naciones integradas en el pacto de no intervención, dirigido por
el imperialismo británico, detrás de cuyas faldas se escondían los fascistas alemanes e
italianos, la Unión Soviética entró, no obstante, en acción. La Unión Soviética presentó su
nota.
En nombre de los 170 millones de ciudadanos de la URSS, la nota soviética venía a sumarse a
la batalla iniciada por el gobierno español. El documento soviético rezaba así:
“En notas dirigidas el 15 de septiembre a los gobiernos de Portugal, Italia y Alemania, el gobierno español
protestaba por el envío de ayuda y armamento militar por parte de esos países a los rebeldes españoles.
El gobierno español también ha remitido dichas notas a otros Estados parte del acuerdo de no intervención,
solicitándoles que adopten medidas para poner fin a una situación en la que el gobierno legal de España ha
quedado sometido a un auténtico bloqueo, mientras los rebeldes, sin ningún tipo de impedimento, reciben por
diferentes vías aviones y diversas clases de armamento.
En su declaración a la Sociedad de Naciones, Julio Álvarez del Vayo (ministro español de Asuntos Exteriores)
planteó esa misma cuestión ante todos los Estados miembros. El gobierno español recogió en su “Libro Blanco”
y en otra documentación adicional, publicada el 3 de octubre, una larga enumeración de hechos que constituyen
violaciones del acuerdo referidas al último periodo.
Basta con relatar los siguientes hechos:
El 10 de septiembre, treinta y tres vagones de mercancías cargados con cajas que contenían las piezas sin
ensamblar de catorce aviones procedentes de Hamburgo llegaron a Sevilla desde Portugal.
El 20 de septiembre, doce grandes aeroplanos alemanes aterrizaron en Tetuán. Posteriormente, estos aviones se
emplearon para trasladar tropas de la llamada Legión Extranjera de Tetuán a España.
El 29 de septiembre, el gobierno español recibió un informe en el que se relata que el 27 de septiembre, a través
de la frontera española y procedente de Lisboa, se efectuó el envío de un cargamento de gas venenoso y de
munición de guerra.
Una serie de testigos interrogados por el comité de Londres que preside la diputada inglesa Eleanor Florence
Rathbone, así como numerosos corresponsales de prensa que han publicado lo que ellos mismos han visto,
confirman que el suministro de armas a los rebeldes vía Portugal se sigue produciendo a gran escala.
Los rebeldes disponen de tanques y bombarderos de origen alemán e italiano de los que carecía el ejército
español al principio de la sublevación.
Entre los aeroplanos derribados por las milicias había nueve de origen alemán que llevaban el distintivo de
fabricación “Henkel”. El traslado de las tropas rebeldes desde Marruecos se produce en aviones alemanes e
italianos a través de Gibraltar.
La región fronteriza con Portugal parece ser, desde el inicio mismo de la rebelión, la base principal de los
insurgentes.
En Portugal forman los rebeldes sus destacamentos y desde ese país reciben destacamentos militares. Desde la
constitución de su comité, el propio gobierno soviético planteó la necesidad de investigar las actuaciones de
Portugal que constituyen una flagrante violación del acuerdo y de adoptar las medidas oportunas para poner fin a
tales actuaciones.

El gobierno soviético teme que una situación como la creada por la reiterada violación del Pacto de No
Intervención de Londres haga inoperativo dicho pacto.
El gobierno soviético no puede consentir que ciertos firmantes del Acuerdo de No Intervención transformen tal
acuerdo en una tapadera de la asistencia militar a los rebeldes contra el gobierno legal.
En consecuencia, el gobierno soviético se ve en la obligación de declarar que, si esas violaciones no cesan
inmediatamente, se considera liberado de los compromisos suscritos por el citado acuerdo.”6

Los trabajadores del mundo se ponen en movimiento

La acción de la Unión Soviética electrizó al movimiento obrero y antifascista internacional.
Aunque con la ayuda de Lord Plymouth las potencias fascistas criticaron acerbamente las
revelaciones soviéticas sobre su criminal ayuda a los rebeldes españoles, la nota de la URSS
marcó un punto de inflexión en la política del Partido Laborista Británico, la Internacional
Obrera y Socialista y la Federación Internacional de Sindicatos.
La primera reacción a la nota soviética fue la decisión del Congreso del Partido Socialista de
Bélgica de exigir el final de la política de neutralidad y reconocer el derecho del gobierno
español a adquirir armas.
La nota también afectó profundamente al movimiento laborista británico y ha generalizado el
sentir de que los trabajadores deben poner en marcha una campaña para forzar al gobierno de
la nación a apoyar a la URSS.
Pero nada pudo hacer cambiar al Primer Ministro francés Léon Blum. Temeroso de que la
actuación de la URSS pudiera trastocar sus minuciosos planes, el gobierno británico se
apresuró a enviar a París a Sir Anthony Eden, ministro de Asuntos Exteriores, para atar en
corto a Blum y asegurarse de que no sacase los pies del tiesto. Herbert L. Matthews, en un
cablegrama remitido desde París a The New York Times, publicado el 8 de octubre, cuenta lo
sucedido:
“A pesar de la amenaza rusa de abandonar el comité de Londres, Francia no vacilará en su política de no
intervención en España, según le hizo saber hoy mismo Léon Blum a Anthony Eden, Secretario de Estado
británico de Asuntos Exteriores, en una larga conversación”.

Blum no sólo reiteró su compromiso con la impostura de la no intervención, sino que, según
parece, prometió vencer la creciente resistencia a sus planteamientos en las filas del
movimiento obrero mundial.
Mr. Matthews seguía informando:
“Se sabe que el Quai d’Orsay [ministerio de Asuntos Exteriores francés] ha mantenido contactos con Maxim
Litvinov, comisario soviético de Asuntos Exteriores, aconsejando moderación… En dos ocasiones anteriores
infligió [Blum] sendas derrotas a los comunistas cuando se enfrentaron por la cuestión española y no hay razón
para creer que no pueda volver a hacerlo si le causan problemas.”

6

Podría tratarse de una retraducción. [N. de los t.]

Lord Plymouth, el presidente británico del Comité de No Intervención, que actuaba como
abogado de parte de los miembros fascistas de dicho comité, convocó una reunión de los
delegados el 9 de octubre.
Los representantes de la Italia y la Alemania fascistas pronunciaron discursos
extremadamente provocativos. A las acusaciones de la Unión Soviética, confirmadas con
pruebas que obraban en poder del gobierno británico y hechas públicas además por testigos y
periodistas ingleses, los fascistas respondieron con contraargumentos sin base alguna.
Quedó patente que la actitud de Portugal al abandonar la sesión y las tácticas alborotadoras y
vocingleras de los portavoces alemán e italiano no eran sino maniobras obstruccionistas para
confundir a la opinión pública e impedir que el Comité de No Intervención diera siquiera la
impresión de ejercer sus funciones.
El 12 de noviembre, la Unión Soviética, en una nota muy breve, exigió que se actuara, lo cual
irritó en especial a los británicos. Maisky, el embajador soviético, transmitió a Lord Plymouth
las siguientes exigencias terminantes:
“En relación con la cuestión propuesta en mi nota que se le entregó el 7 de octubre y que fue objeto de discusión
en la última reunión del comité, tengo el honor, en nombre de mi gobierno, de presentar a la urgente
consideración del comité los siguientes dos puntos:
La vía principal de suministro de armas a los rebeldes pasa por Portugal y por los puertos portugueses. Las
medidas mínimas necesarias y más urgentes para poner fin a estos suministros de armas y a las violaciones del
acuerdo de no-intervención deberían consistir en un plan inmediato de control de los puertos portugueses.
Exigimos que el comité establezca tal control.
Proponemos que sea la flota británica o la francesa, o ambas conjuntamente, las que efectúen dicho control.
Sin estas medidas, el acuerdo de no-intervención no sólo incumple sus objetivos, sino que, al amparar a los
rebeldes, opera en detrimento del gobierno legal español.
Tengo el honor de solicitarle que las propuestas más arriba formuladas se traten en la próxima reunión del
comité, que le pido convoque sin demora.”

Fue demasiado no sólo para el aristócrata Lord Plymouth, sino también para el órgano oficial
del Partido Laborista Británico, el London Daily Herald.
El Herald, que había aplaudido tímidamente la gestión inicial de la Unión Soviética
desveladora de la ayuda fascista a los rebeldes españoles, quedó desconcertado cuando la
URSS consiguió a toda prisa que la ridícula sesión del comité se convirtiera en una enérgica
exigencia de dar paso a la acción. El Herald tachó la propuesta de Maisky de controlar las
vías portuguesas de suministro de armas a los fascistas españoles de “torpe” y “maliciosa”.
En lugar de reconocer que la Unión Soviética podría actuar con mayor eficacia en su ferviente
lucha contra el embeleco de la no intervención sólo si contaba con el respaldo de las masas
conscientes del mundo, el órgano de la dirección del Partido Laborista Británico pretendió
arrojar un jarro de agua fría sobre el entusiasmo que, en esos momentos, cundía entre los
trabajadores ingleses.
Con el apoyo de las más amplias masas, las gestiones diplomáticas efectuadas por la Unión
Soviética en Londres se podrían convertir en las armas que necesita el pueblo español.

A pesar de lo mucho que se mofó el Daily Herald cuando la Unión Soviética adoptó sus
primeras medidas contra los planes de la no intervención, los dirigentes del Partido Laborista
Británico estaban abocados a cambiar muy pronto toda su política como consecuencia del
ataque del gobierno soviético contra los escandalosos resultados del acuerdo de neutralidad.
Lord Plymouth estaba aún más enojado. En su respuesta, afirmaba con obvia irritación:
“Puesto que la contestación del gobierno portugués aún no se ha recibido [la nota original soviética de 7 de
octubre se “refería” a los infractores fascistas del Pacto de No Intervención], y puesto que, además, su nota de 12
de octubre no contiene pruebas adicionales de ningún tipo que demuestren que el pacto esté siendo de hecho
vulnerado, no creo apropiado convocar una nueva reunión del comité para tratar esta cuestión.”

Llamamiento a la unidad de los comunistas

Gracias a la actuación de la Unión Soviética y a la indisimulada permisividad del gobierno
británico con la vulneración del frágil acuerdo de neutralidad, los trabajadores empezaron a
notar que la falsía de la no intervención les estaba llevando a la guerra, al amparar las
provocaciones fascistas y la agresión contra España.
La posición del Partido Laborista Británico con respecto a la no intervención era ya
insostenible.
Cuando Maurice Thorez propuso al secretario de la Internacional Obrera y Socialista,
Friedrich Adler, la formación de un frente unido de las Internacionales Socialista y Comunista
para derribar las barreras que impedían la adquisición de armas al gobierno legal de España,
Adler le pasó la pelota a Louis de Brouckère, presidente de la Internacional Obrera y
Socialista. De Brouckère, que había estado en España durante los primeros días de la guerra
civil, había hecho un llamamiento apasionado a los trabajadores de todo el mundo,
advirtiendo de que defender la democracia española equivalía a defender la paz mundial.
Pero cuando se trató de actuar al unísono, de apoyar las medidas adoptadas por la Unión
Soviética para destruir los instrumentos diplomáticos que favorecían a los rebeldes españoles,
los dirigentes de la Internacional Socialista se convirtieron en maestros de la dilación.
Cuando los asesinos trotskistas fueron ejecutados en la Unión Soviética por sus probados
intentos de matar a José Stalin y a otros dirigentes soviéticos, así como por haber acabado con
la vida de Sergei Kirov en diciembre de 1934, esos mismos caballeros, Friedrich Adler y
Louis de Brouckère, secundados por Walter Citrine, del Congreso de Sindicatos Británicos, se
dieron mucha prisa en calumniar a la Unión Soviética. Sin embargo, cuando se trató de
responder a un llamamiento a la acción a favor de España, donde se derramaba copiosamente
la sangre de comunistas, socialistas, sindicalistas y republicanos de izquierda en defensa de la
democracia española y la paz mundial contra los enemigos fascistas de la clase trabajadora de
todo el mundo, a los portavoces de la Internacional Socialista se les olvidó su antigua
premura.
No obstante, el 14 de octubre se celebró finalmente una conferencia en París a la que
asistieron Marcel Cachin y Maurice Thorez, en nombre de la Internacional Comunista, y

Friedrich Adler y Louis de Brouckère, en representación de la Internacional Obrera y
Socialista.
En su exposición de la crítica situación a que se enfrentaba España y de la actuación de la
Unión Soviética, los portavoces de la Internacional Comunista hicieron las siguientes
propuestas:
1.- Actuación conjunta de la Internacional Comunista, la Internacional Socialista y la
Federación Internacional de Sindicatos para suscitar en todos los países una poderosa
corriente de opinión favorable a todo tipo de ayuda al gobierno legítimo de Madrid.
2.- Actuación conjunta sobre los gobiernos democráticos para que se levante el embargo y el
bloqueo de que son víctimas los defensores de la República española.
3.- Actuación conjunta de las organizaciones internacionales obreras para impedir la
producción y el transporte de armas y municiones a los agresores e instigadores de la guerra
civil en España.
4.- Actuación conjunta para enviar comida, ropa y medicamentos a los combatientes
republicanos españoles.
5.- Actuación conjunta en ayuda de las mujeres y los hijos de los milicianos en el frente y de
las víctimas de la guerra civil.
Dichas propuestas de acción conjunta fueron rechazadas. Por entonces aún, el Partido
Laborista Británico y el Primer Ministro socialista francés, Léon Blum, insistían todavía en
aferrarse al acuerdo de no intervención.
En una declaración pública, Marcel Cachin y Maurice Thorez lamentaron profundamente la
actuación de la Internacional Socialista con las siguientes palabras:
“Los trabajadores socialistas y comunistas y todos los demócratas considerarán, como nosotros, que este nuevo
rechazo, en las trágicas circunstancias actuales, es sumamente perjudicial para la República española y el
movimiento obrero internacional.”7

El Partido Comunista de Francia intentó por todos los medios que Blum se desvinculara de su
incondicional adhesión a la farsa de la no intervención. El 9 de octubre, Florimond Bonte,
miembro del Partido Socialista francés y secretario de la Comisión de Asuntos Exteriores de
la Cámara de Diputados, comunicó por escrito a Yvon Delbos, ministro de Asuntos
Exteriores, su acuerdo con la fracción parlamentaria comunista en que la política de no
intervención debía cambiarse.
En respuesta, Delbos reforzó la cooperación con Inglaterra. Blum se negó a ceder un ápice.

7

Retraducción. [N. de los t.]

“¡Bloquear Portugal!”

El 23 de octubre, el gobierno soviético declaró categóricamente que no se consideraba ligado
al acuerdo de no intervención. Si el pacto no podía imponer de inmediato el fin de todos los
envíos de armas a los rebeldes españoles, la Unión Soviética advertía de que no se
consideraría obligada a cumplir ninguna de las disposiciones del plan de no intervención.
En una nota entregada al comité de Londres por el Embajador Ivan Maisky, el gobierno
soviético declaraba:
“Al aceptar el acuerdo de no intromisión, el gobierno de la Unión Soviética esperaba que todas las partes lo
respetaran y que, en consecuencia, la duración de la guerra civil en España, así como el número de víctimas, se
redujeran.
Sin embargo, se ha podido constatar que algunos de los Estados parte del acuerdo lo vulneran de manera
sistemática, suministrando armas a los insurgentes con total impunidad.
Uno de los Estados parte del acuerdo, Portugal, se ha convertido en base principal de suministro de los rebeldes,
mientras el gobierno legal de España sufre el boicot y se ve privado de la posibilidad de adquirir armas allende
sus fronteras para defender a la población.
Así, a consecuencia de las violaciones, los rebeldes gozan de una situación privilegiada. Como resultado de esta
situación anormal, la guerra civil en España se ha prolongado y el número de víctimas ha aumentado.
El intento de la URSS de poner punto final a estas violaciones no fue apoyado en el comité [de no intervención].
La última propuesta que realizó la URSS defendía el control de los puertos portugueses, que son la principal base
de suministro de los rebeldes, pero ni siquiera ha sido incluida en el orden del día de la sesión de hoy.
La URSS, que no desea contribuir involuntariamente a esta situación injusta, sólo contempla una solución:
Devolver al gobierno de España el derecho y la posibilidad de adquirir armas en el extranjero, derecho y
posibilidad de que gozan todos los gobiernos del mundo, y que a los Estados parte del acuerdo se les conceda el
derecho de vender y entregar armas a España, según decidan.
El gobierno soviético no puede seguir asumiendo responsabilidad alguna por la presente situación, que es
manifiestamente injusta para el gobierno legal de España y su población, y, por la presente, se ve obligado a
señalar que, conforme a su declaración de 7 de octubre, no se puede considerar vinculado por el pacto de no
agresión en mayor medida que el resto de las partes de dicho acuerdo.”

El 26 de octubre, el Comité Ejecutivo del Partido Socialista de España hizo un llamamiento
urgente a la Internacional Obrera y Socialista instándola a seguir el ejemplo de la Unión
Soviética y a luchar contra la farsa de la no intervención como medio más rápido para
asegurar armas al legítimo gobierno español.
El gobierno tory, intuyendo el súbito cambio de postura que, sobre la no intervención,
produciría entre los dirigentes del movimiento obrero la actuación de la Unión Soviética, así
como la gran oleada de apoyo que suscitaría entre todos los antifascistas, tomó medidas para
intentar desacreditar a la URSS.
En primer lugar, el 24 de octubre el gobierno británico acusó a la Unión Soviética de violar el
pacto de no intervención enviando armas al gobierno legal de España. Para dar una apariencia
de total “imparcialidad”, imputó a la Unión Soviética “tres violaciones” y a Italia “una
violación”.

En segundo lugar, el 28 de octubre, bajo la dirección de Lord Plymouth, el Comité de No
Intervención absolvió por completo a las potencias fascistas de la acusación soviética y de las
pruebas publicadas. La actuación de Londres fue demasiado hasta para el corresponsal del
periódico republicano New York Herald Tribune, quien, el 28 de octubre, cablegrafió lo
siguiente a su diario:
“A Italia y Portugal se les aplicó una densa capa maquillaje, exculpándoles a ambos de la acusación de estar
suministrando armas y municiones a los rebeldes españoles.”

Fue la gota que colmó el vaso para el movimiento laborista británico y la Internacional
Socialista.

Cambios importantes

El día en que se encubrió de manera criminal la ayuda fascista a los rebeldes españoles,
víspera de la sesión inaugural del parlamento, se reunieron los dirigentes del Congreso de
Sindicatos Británicos y del Partido Laborista, quienes votaron a favor de revocar enteramente
la decisión adoptada en el Congreso de Edimburgo que había tenido lugar apenas tres
semanas antes, cuando la Unión Soviética empezó a desmontar la farsa de la no intervención.
La resolución laborista, inspirada en la animosa y vehemente animadversión que contra la
ayuda fascista a los rebeldes españoles había despertado la actuación de la Unión Soviética,
declaraba:
“En vista de que el Pacto de No Intervención se ha demostrado en la práctica ineficaz, esta conferencia conjunta
exhorta al gobierno británico, que viene actuando de consuno con el gobierno francés, a tomar de inmediato la
iniciativa de promover un acuerdo internacional que restituya por completo a la España democrática sus plenos
derechos comerciales, incluida la adquisición de material bélico, permitiendo al pueblo español, de ese modo,
culminar con la victoria su heroica lucha por la libertad y la democracia.”

Obsérvese la semejanza en la fraseología de las notas soviéticas y de la resolución del Partido
Laborista Británico y de los Sindicatos. Sin embargo, esta última se hizo pública tres semanas
después de que la URSS actuara, tres semanas cruciales para la democracia española, tres
semanas perdidas.
En los días más críticos del asalto fascista a Madrid, cuando las masas españolas más
necesitaban la ayuda internacional, la Internacional Socialista no actuó. Siguió aferrada al
acuerdo de no intervención hasta que la Unión Soviética entró acción.
Fue sólo después de que la URSS emprendiera su encarnizado combate contra la violación
fascista del acuerdo de no intervención, después de que la Unión Soviética exigiera el bloqueo
de Portugal por parte de Gran Bretaña y de Francia, y después de que hubiera de hacer frente
al ataque combinado de todos los reaccionarios del mundo, cuando, por fin, se dignó a actuar
la Segunda Internacional.
La respuesta del Partido Laborista Británico y de la Internacional Socialista, y, más tarde, del
Consejo Nacional del Partido Socialista francés, en adopción de medidas para cambiar la

política de no intervención, en la que con tanta obstinación se habían encastillado antes, llegó
sólo después de que la Unión Soviética iniciara su asalto al escándalo de la no intervención.
Sin embargo, al tiempo que se aprobaba esta resolución de suma importancia, la conferencia
conjunta rechazó la propuesta presentada de forma independiente por los laboristas británicos
para impedir el envío de armas a los fascistas españoles.
A su vez, Sir Walter Citrine, en representación del Consejo de Sindicatos Británicos y del
Partido Laborista, instó a la Internacional Obrera y Socialista a adoptar una decisión similar.
Fue sólo entonces, tras la intervención de la Unión Soviética, cuando, en una reunión conjunta
de los órganos ejecutivos de la Internacional Obrera y Socialista y de la Federación
Internacional de Sindicatos, se aprobó una resolución en la que se exigía a Gran Bretaña y
Francia que tomaran la iniciativa de restituir a España su derecho legal de comprar armas.
Así, a rebufo de la actuación de la Unión Soviética en el Comité de No Intervención, la
Internacional Socialista adoptó, con fecha de 26 de octubre, la siguiente importante
resolución:
“Los respectivos burós de la Federación Internacional de Sindicados (FIS) y de la Internacional Obrera y
Socialista (IOS) confirman en su reunión conjunta sus anteriores declaraciones, según las cuales el gobierno
legítimo y legal de España debe poder recibir los medios necesarios para defenderse, con arreglo a las normas
generales del derecho internacional.
En vista de que el llamado Pacto de No Intervención no ha dado los resultados deseados a nivel internacional,
debido a la decisión de las potencias fascistas de ayudar a los rebeldes y a la imposibilidad de ejercer un control
real y efectivo, los comités de la FIS y de la IOS declaran que el deber de las clases obreras de todos los países,
política y económicamente organizadas, es conseguir, por medio de su acción simultánea sobre la opinión
pública y sus respectivos gobiernos, que un acuerdo internacional, concertado a iniciativa de los gobiernos de
Francia e Inglaterra, restituya su plena libertad de comercio a la España republicana, cuya defensa debe figurar
en primer término entre el conjunto de tareas del proletariado mundial; y hacen un llamamiento a todas las
organizaciones obreras y sindicales para que coordinen sus actividades especiales a fin de impedir, en la medida
de lo posible, el suministro a los rebeldes españoles.”

Había quedado claro que para todos aquellos que no tenían intención de enviar armas a los
fascistas españoles, las informaciones del corresponsal de The New York Times, Frank L.
Kluckhohn, que había pasado casi tres meses observando a diario el trasiego de armas a los
fascistas, eran ciertas:
“La columna vertebral del ejército del general Franco es ahora italiana, alemana y mora.” (The New York Times
de 30 de octubre).

Durante los días más cruentos de la batalla de Madrid, se planteó reiteradamente la pregunta
de si la Unión Soviética enviaba armas a España.
Una y otra vez, los fascistas de España, Alemania, Italia y Portugal acusaron a la Unión
Soviética de suministrar armas. Con ese pretexto, fueron ellos los que no dejaron de enviar
cada vez más armas a los rebeldes reaccionarios.
La Unión Soviética nunca negó el envío de miles de toneladas de comida, ropa y suministros
médicos. En cambio, sí desmintió haber mandado armas.

Tras la contundente y efectiva actuación de la Unión Soviética en Londres, la prensa mundial
informó de que el gobierno español empezaba a recibir nuevos suministros de armas de
diversa procedencia, lo cual, indudablemente, fue posible gracias a la denuncia soviética de la
actuación de las potencias fascistas y al acicate que ello supuso para los países en condiciones
de suministrarle armas.
Sin el apoyo internacional de la clase obrera y del antifascismo, la Unión Soviética no podía
comprometerse en un primer momento, con Blum involucrado de hoz y coz en la política de
no intervención y los dirigentes del Partido Laborista Británico a la zaga del gobierno tory en
esta misma materia, a tratar de doblegar a los fascistas enviando armas a España. La Unión
Soviética, prácticamente en solitario, hizo todo lo que estuvo en su mano al principio para
liquidar la farsa de la no intervención como forma más rápida de poder suministrar la mayor
cantidad de armas a España.
La posición de la Unión Soviética fue entendida a la perfección y recibida con entusiasmo por
todos los grupos antifascistas españoles.
En las filas del Partido Socialista francés surgieron profundos desacuerdos por la tozuda
defensa del pacto de no intervención a que se aferró Blum, una vez que la Unión Soviética
hubo revelado sus efectos reales. Destacados socialistas franceses dimitieron de sus cargos en
el partido. El ala izquierda del Partido Socialista hizo campaña a favor del fin de la farsa. El 8
de noviembre se celebró una reunión del Consejo Nacional. El principal tema tratado fue la no
intervención en España. Por entonces, las hordas del general Franco golpeaban furiosas las
puertas de Madrid. Las quejas de descontento subieron de tono en las filas del Partido
Socialista en contra de la intransigente negativa de Blum a abandonar su perniciosa posición
inicial. En la reunión del Consejo, Blum defendió apasionadamente su postura. Los pocos
pasajes publicados de su discurso, que se mantiene en secreto en su mayor parte, ponían de
manifiesto que Blum declaró que sería imposible modificar la posición de Francia con
respecto a la no intervención sin la aprobación de Gran Bretaña.
El Primer Ministro socialista hizo hincapié, como argumento central, en el peligro de un
ataque fascista alemán contra Francia en el caso de que a España se le restituyera el derecho
legal de adquirir armas para su defensa. Blum añadió que, en dicho supuesto, el gobierno
británico había asegurado que no acudiría en ayuda de Francia si ésta no era parte del pacto de
no intervención. No obstante, Blum prometió volver a hablar con el gobierno tory y
proponerle vías de cooperación para revocar el plan de no intervención.
“Para muchos observadores aquí”, cablegrafió John Elliot, corresponsal del New York Herald Tribune en París, a
su periódico, “la promesa era, aparentemente, una muestra de la habilidad del Primer Ministro francés para
resolver sus diferencias políticas. Aunque, supuestamente, era mucho lo que había ofrecido a sus críticos, en
realidad no les había ofrecido nada en absoluto, ya que nadie mejor que Blum sabe que los británicos no
abandonarán el Pacto de No Intervención.”

Sin embargo, el Consejo Nacional, tras una agria discusión, aprobó de hecho una resolución
en la que se leía:
“En relación con los acontecimientos de España, el Consejo Nacional, a la vez que otorga su plena confianza al
Primer Ministro Blum, solicita al gobierno francés que procure llegar a un acuerdo con Gran Bretaña que haga
efectiva la resolución adoptada por la Internacional Socialista.”

Se refiere a la resolución de la Internacional Socialista que hemos citado completa más arriba.

Cabe recordar que la resolución mencionada por el Consejo Nacional fue aprobada sólo
después de la actuación de la Unión Soviética; no obstante, el Consejo no propuso escurrir el
bulto, tal y como Blum deseaba con tanto fervor.

La gratitud de España

Nunca antes se había visto una acogida más impresionante ni un sentimiento de gratitud más
profundo por la ayuda internacional como la dada por el pueblo español a la Unión Soviética
cuando José Stalin publicó su famoso telegrama y cuando la Unión Soviética desencadenó su
ofensiva contra la mascarada de la no intervención.
El 26 de septiembre, desde Ginebra, el ministro de Asuntos Exteriores español, Álvarez del
Vayo, expresó sus sentimientos hacia la Unión Soviética en los siguientes términos:
“Nos faltan palabras para expresar enteramente nuestra gratitud. Los niños españoles recordarán siempre la
ayuda que les presta el pueblo soviético en este noble acto de solidaridad.
Cuando nuestros hijos crezcan y empiecen a participar en la gran tarea de la edificación social, nunca olvidarán
que, en el momento más difícil de su infancia, la ayuda les llegó del pueblo de la Unión Soviética.
Y del mismo modo quedará grabado para siempre en la memoria de las mujeres de España, a quienes, en su
lucha con indescriptible coraje por la causa de la República, abrumaba, como es natural, la suerte de sus hijos,
hasta que tuvieron noticia de la ayuda prestada por la Unión Soviética.”8

Desde la prensa anarcosindicalista –el periódico CNT– a la liberal y republicana de izquierdas
–El Sol, El Heraldo y El Liberal–, hubo unanimidad en la calurosísima bienvenida y el
jubiloso recibimiento dado a las acciones de la Unión Soviética en favor de España.
“¡La liberación de España del yugo de los reaccionarios fascistas es la causa de toda la
humanidad!”9, rezaba el titular de portada del periódico anarcosindicalista CNT cuando
publicaron el telegrama del camarada Stalin.
A continuación citamos algunos pasajes de los emotivos editoriales de tres periódicos
pequeño burgueses liberales y republicanos de izquierdas, saludando no sólo a la Unión
Soviética y a José Stalin, sino también al Partido Comunista de la Unión Soviética:
El Liberal: “Es la primera voz que se ha elevado más allá de las fronteras de nuestro país en defensa de las
libertades de España, que están amenazadas por el fascismo… Las poderosas Gran Bretaña y Francia, cuna de la
revolución, se han quedado atrás.”
El Sol: “Los demócratas timoratos que se agazaparon en la seguridad de sus refugios sin atreverse siquiera a
defender sus propios intereses deben permanecer ahí, escondidos bajo las sábanas, o prestar atención a la
poderosa voz de Stalin.
Una mano firme ha arrancado la máscara de legalidad tras la que se amparaban los actores de la trágica farsa de
la no intervención. Se ha acabado la farsa que nos ha bañado en sangre mientras los cobardes de todo el mundo
fingían no oír nuestras llamadas de auxilio. La España libre, defensora de la justicia social y de la democracia, no
olvidará nunca la conducta del pueblo de la Unión Soviética, amigo de España para siempre.”

8
9

Retraducción. [N. de los t.]
Retraducción. [N. de los t.]

Ahora: “Está surgiendo un sentimiento colectivo que es unánime gratitud del pueblo español para con un país y
un partido: la URSS y el Partido Comunista. Desde esta hora, todos nosotros estamos con la Unión Soviética y el
Partido Comunista, absolutamente todos los que son dignos de llamarse españoles…
Todos nosotros –liberales, republicanos, sindicalistas, anarquistas y marxistas– podríamos haber perecido y la
conciencia del mundo no habría padecido remordimiento alguno. Pero la voz firme de 170 millones de personas
ha proclamado al mundo entero la verdad sobre el crimen urdido contra el pueblo español.”10

En un llamamiento realizado el 14 de octubre y dirigido a la juventud norteamericana, en
especial a la Liga de los Jóvenes Socialistas y a la Liga de los Jóvenes Comunistas, las
Juventudes Socialistas Unificadas de España, cuyos miembros forman parte de las fuerzas de
choque que combaten al fascismo, les alentaban así:
“El pueblo ruso, que pasó por una experiencia similar, nos está dando día a día una prueba espléndida, tanto en el
ámbito de la diplomacia internacional como en el de la acción solidaria, de que su corazón, su voluntad y su
trabajo están incondicionalmente de nuestro lado.
¡Sigamos el ejemplo del pueblo ruso! ¡Defendamos todos a la juventud española! Las diferencias no deben ser
un obstáculo para una ayuda eficaz.”11

Lo que hizo el Partido Socialista de los Estados Unidos

En este periodo crítico, cualquier socialista español que leyera atentamente el Socialist Call,
órgano oficial del Partido Socialista de los Estados Unidos, recibiría una impresión
lamentable y deprimente.
La mayoría de los artículos de opinión o editoriales sobre España han sido obra de Norman
Thomas quien, en tono anecdótico, ha tratado la cuestión como un mero aditamento de su
campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos.
Apenas si es posible encontrar en ninguna otra parte una distorsión tan burda de los asuntos
internacionales como la realizada por Thomas y el Socialist Call.
En el Socialist Call de 19 de septiembre, Thomas no establece la menor diferencia entre la
política de la Unión Soviética y la del socialista Blum en Francia.
“Lo que no puedo entender”, dice un sorprendido Thomas, “como les he dicho ya a algunos
que me lo han preguntado en mis mítines, es por qué ellos [los comunistas] exigen a Blum lo
que Stalin no ha hecho.”
Sin embargo, cuando la Unión Soviética emprendió su ofensiva contra la neutralidad, contra
el pacto de no intervención al que Blum dio vida en beneficio del gobierno tory de Londres,
no oímos a Norman Thomas alzar su voz en apoyo de la actuación de la Unión Soviética.
Hasta el 31 de octubre, Thomas no pareció enterarse de lo que estaba sucediendo sobre el
asunto de la no intervención.
La primera nota de la Unión Soviética, que soliviantó a los padrinos fascistas del general
Franco, así como al gobierno británico y a Blum, el Primer Ministro socialista francés, está
10
11

Retraducciones. [N. de los t.]
Retraducción. [N. de los t.]

fechada el 7 de octubre. La edición de 10 de octubre del Socialist Call mantiene un
sospechosísimo silencio sobre la cuestión. De hecho, no se dice ni una sola palabra sobre la
lucha contra la no intervención.
Para compensar tan rotundo silencio, el Socialist Call de 17 de octubre publicó en una
esquinita un breve artículo, aparentemente una “noticia” de Madrid, sobre la actuación de la
Unión Soviética en Londres.
El escueto suelto llevaba la siguiente entradilla: “Oposició n al embargo de armas impuesto a
los leales a la República”.
El opositor no es Blum, por supuesto, que fue quien dio inicio al plan, sino la Unión
Soviética.
El Socialist Call reconocía que la Unió n Soviét ica actuó inmediatamente después de que lo
hiciera el legít imo gobierno de España. La “noticia” desde Madrid decía:
“Tras las acusaciones bien documentadas formuladas la semana pasada en Ginebra por el ministro socialista de
Asuntos Exteriores, Álvarez del Vayo, en el sentido de que la Alemania y la Italia fascistas están suministrando
armamento a los rebeldes, la Rusia Soviética ha amenazado con retirarse del Pacto de No Intervención.”

La narración fundamental de los hechos sobre el Congreso de Edimburgo del Partido
Laborista, la Internacional Socialista o el llamamiento del Partido Socialista español a todos
los socialistas del mundo para que apoyasen las medidas adoptadas por la Unión Soviética
contra el crimen de la no intervención no aparece, por supuesto, en el Socialist Call.
El Socialist Call admite que Blum tiene dudas sobre la no intervención (en realidad tuvo muy
pocas dudas a la hora de defenderla). Aunque se revise con microscopio el Socialist Call de
este periodo, no se encontrará el más tímido llamamiento en apoyo de los enormes esfuerzos
de la Unión Soviética, que, literalmente, fueron los que desentramparon al Partido Laborista
Británico, a la Internacional Socialista y a la Federación Internacional de Sindicatos de su
política de neutralidad.
No es posible encontrar ni una sola palabra en el Call a favor de la unidad de acción en apoyo
de la lucha unida de socialistas, comunistas, sindicalistas, anarquistas y republicanos de
izquierdas en España.
Más de tres semanas después de que actuara la Unión Soviética y de que cambiase por
completo el panorama en el seno el movimiento obrero internacional, el Call se sigue
refiriendo a la no intervención con toda la cautela del mundo, y, cuando lo hace, como si se
tratara de algo incómodo, que viene a alterar la rutina de Norman Thomas y del periódico.
Esta vez Norman Thomas se ha vuelto a ocupar él solo del asunto. Menciona, en especial, que
el 31 de agosto envío un telegrama circular a todos los candidatos a la presidencia. Thomas
debía de estar convencido de los enormes beneficios que para España supondría exhortar, por
ejemplo, a Alfred M. Landon, el candidato de Hearst, y a William Lemke, el candidato
fascista de Coughlin, a que se unieran al resto de candidatos presidenciales para ayudar a
España, en lo que el Socialist Call calificó como su gran batalla para establecer el gobierno de
los trabajadores y el socialismo.
Sin la menor sensibilidad ni consideración por los hechos reales, Norman Thomas escribió:

“Francia, Rusia y Gran Bretaña podrían haber acabado en un principio con la amenaza del fascismo español y
haber trabajado en pro de la paz, bien obligando a las naciones profascistas a mantenerse al margen, bien
apoyando a un gobierno ampliamente reconocido, dotado de los medios necesarios para hacer frente a un ataque
militar.”

Resulta sorprendente que Norman Thomas, por escrito, equipare a la Unión Soviética, Francia
y Gran Bretaña como fuerzas dispuestas a parar a los fascistas españoles.
Como hemos señalado, y de ello dan fe autores socialistas como Robert Dell, H. N. Brailsford
y muchos otros, Gran Bretaña, para ganarse el favor de Franco, indujo a Blum a defender la
farsa de la no intervención; y fue únicamente la URSS la que destapó el escándalo y luchó
contra él.
Tale hechos o son desconocidos de Norman Thomas o los oculta en sus ansias por situar en
pie de igualdad al socialista Blum y a la Unión Soviética.
De igual manera que Thomas situó al mismo nivel a todos los candidatos presidenciales
cuando realizó su llamamiento de ayuda a España, ahora pone en el mismo saco a Inglaterra,
Francia y la Unión Soviética en relación con el gran combate contra la guerra y el fascismo.
A su vez, Thomas y el Socialist Call no quieren ni oír hablar de la lucha de la Unión Soviética
contra la no intervención.
A pesar de emplear una fraseología más de izquierdas que el periódico judío, y socialista,
Daily Forward, Norman Thomas y el Socialist Call apenas si se distinguen del Forward
cuando se trata de actuar en favor de España.
Ninguno de ellos ha mostrado el menor empeño, como socialistas, en poner objeción alguna a
la terca adhesión de Blum al acuerdo de no intervención.
Ninguno de ellos ha efectuado llamamiento alguno a la Internacional Socialista o al Partido
Laborista Británico para que cambiaran el desastroso rumbo que habían tomado. Sólo la
Unión Soviética logró tal cambio.
Ninguno de ellos ha efectuado llamamiento alguno para formar un frente unido de socialistas
y comunistas –ni ha dado siquiera respuesta al llamamiento del Partido Comunista en ese
sentido– en apoyo de los socialistas y comunistas que, hombro con hombro, están dando su
vida en la batalla contra el fascismo en España.
Si bien el Socialist Call no ha atacado abiertamente a la URSS, algunas personas con carné
del Partido Socialista y que reconocen a Norman Thomas como su líder han orquestado una
campaña difamatoria, llena de calumnias, contra la Unión Soviética. La careta que portan es
de socialista, pero el hediondo aliento antisoviético que desprenden pone a las claras que el
rostro que hay detrás de la máscara es el del repugnante odio que el trotskismo siente por todo
lo soviético.

El llamamiento de Browder

Earl Browder, Secretario General del Partido Comunista y, en aquel momento, candidato
comunista a la presidencia de los Estados Unidos, efectuó un llamamiento radiofónico a nivel
nacional, emitido por la Red Network de la National Broadcasting Company (NBC),
solicitando ayuda para la democracia española. En su alocución a millones de
norteamericanos, retransmitida el 23 de octubre de 1936, Earl Browder dirigió al Partido
Socialista la siguiente propuesta concreta de acción unitaria:
“Hago un llamamiento a los dirigentes y partidos de la clase obrera de Estados Unidos, a los sindicatos y a todos
los progresistas del país, a unirse a nosotros en una acción conjunta que ayude a salvar la democracia española.
Llamo al Partido Socialista, así como a los dirigentes socialistas de derechas de Nueva York, Connecticut y otras
partes, a elaborar un programa independiente de actuación contra los fascistas españoles.”

El análisis de la actuación del Partido Socialista y del Socialist Call en estos tres primeros
meses de cruenta guerra civil en España dejará, sin duda, a muchos miembros del Partido
Socialista con una incómoda sensación de vergüenza por la dejadez de su partido para con sus
hermanos españoles.
La repetición de frases cargadas de mala intención en contra de la URSS, por muchos
aplausos que reciban de los trotskistas, no proporcionarán ni una sola bala a los obreros
españoles, ni una sola migaja de pan, ni el más mínimo apoyo internacional que tanto
necesitan.
Cualesquiera hayan sido y sean las diferencias sobre el rumbo de la revolución española, el
Partido Socialista ni tuvo, ni tiene ahora, excusa alguna que justifique su lamentable inacción
para con España ni su renuencia a unirse con otras fuerzas para lograr que millones de obreros
y antifascistas norteamericanos contribuyan a ayudar a España, que vive los días más terribles
de su historia.

Lo que se debe hacer

En cada una de sus fases de desarrollo y avance, la Unión Soviética ha sido objeto de
furibundos ataques y calumnias por parte de todos los enemigos del progreso humano.
Sobre la gran marcha de la URSS hacia el socialismo se han lanzado todos los improperios y
todo el fango que cabe imaginar, si bien nada de ello ha sido obstáculo en su rápido devenir.
Cada gran paso de la Unión Soviética en aras de la paz mundial y en detrimento de los
agresores ha sido recibido con alaridos furiosos por parte de los fascistas y los belicistas, y el
correspondiente eco del campo trotskista.
Así pues, ¿cabe sorprenderse de que, en esta hora crucial para la lucha de España por la
libertad y la paz mundial, y ante los heroicos esfuerzos de la Unión Soviética por prestarle
toda la ayuda posible, la URSS deba hacer frente a la campaña más acerba de improperios y
calumnias, y a las más ruidosas amenazas de guerra?

Sin embargo, aunque en su momento algunos indecisos no pudieran comprender plenamente
el significado de la actuación de la Unión Soviética ante factores ora complejos, ora
concebidos para producir confusionismo, la URSS, con su ejecutoria, ha sabido ganarse
siempre un cariño cada vez mayor y el profundo respeto de los trabajadores y oprimidos del
mundo.
El gran adalid de la paz mundial, la democracia y la libertad humana frente a la opresión y la
explotación, el garante de la futura victoria del socialismo para la humanidad toda, la Unión
Soviética, dará cumplida réplica a sus acusadores y enemigos en esta la mayor de las batallas
por la libertad de España y la paz del mundo.
La Unión Soviética es el faro indiscutible de los miles y miles de hombres y mujeres que
luchan en todas partes por la democracia y la libertad de España.
La Unión Soviética alienta la acción unitaria de los trabajadores y antifascistas del mundo
entero contra los sanguinarios rebeldes españoles y sus instigadores fascistas.
La Unión Soviética es quien abre el camino.
La URSS debe recibir el apoyo leal de todos los que son conscientes de que es el baluarte de
la humanidad contra la guerra y el fascismo.
Ante los golpes de gigante asestados por la Unión Soviética a los criminales fascistas que
ayudan a los insurgentes españoles, el Partido Laborista Británico, la Internacional Socialista
y la Federación Internacional de Sindicatos terminaron cambiando radicalmente de postura
política. Lo lamentable fue que ese cambio llegara tan tarde.
Para lograr el máximo provecho de su enorme ayuda a España, la Unión Soviética debe contar
con el respaldo de las masas trabajadoras y de los antifascistas de todo el mundo.
Cuanto mayor sea el apoyo dado a la Unión Soviética en países como Gran Bretaña, Francia y
los Estados Unidos contra el escándalo de la no intervención y a favor del derecho de España
a obtener todas las armas que necesita para derrotar al fascismo, tanto más rápido se logrará el
objetivo.
La URSS ha ejercido una tremenda presión sobre los fascistas.
Aún no se ha conseguido alcanzar la unidad de las fuerzas del trabajo de todo el mundo.
Ése es el siguiente paso inevitable.
No se logró en el caso de Etiopía.
¿Sucumbirá España si no se consigue?
Los trabajadores socialistas y todos los antifascistas deben responder a esta pregunta.
La gloriosa trayectoria de la Unión Soviética constituye el mayor aliento de toda la historia en
la lucha por la libertad de los explotados y oprimidos contra sus explotadores y opresores.

En España la URSS se está superando a sí misma.
Debemos poner todo nuestro empeño y apoyo al servicio de la Unión Soviética y la
democracia española.
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