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Lectura 25 Manual de Criminologia

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1 Paradigmas recientes de la criminología
Jock Young

El péndulo de las ideas y el problema de la parcialidad
Son dos las imágenes dei criminal que han prevalecido en los últimos cien años: el actor t> imputable que, movido por su libre albedric cornete actos delictivos, y el autómata, como la persona que ha perdido el control sobre sus actos y se ve compelida a delinquir por fuerzas ya sean externas o internas. Estas dos imágenes no requieren una evaluación política: conservadores y anarquistas comparten la misma idea en torno al crirdnal moral, aun cuando para los primeros simbolice a la humanidad caída, y para los segundos se trate de un héroe; tanto el lombrosiano como el reformador social poseen la misma imagen del criminal predeterminado; para el primero, las causas son biológicas y, para el segundo, defciencws cn la organización social. Las imágenes del libre albedrío, a menudo sublimadas y siempre elevadas a categoría de esencia universal de la humanidad, contrastan con los conceptos de patología del criminal enfermo que, a causa de las circunstancias, carece de sentimientos. La historia de la criminología se caracteriza por una competencia incesante entre astas dos imágenes de la humanidad, ambas igualmente abstractas, ambas caricaturas de la ealidad. Por un lado tenemos una postura idealista que concede al actor humano libre albedrío, raciocinio y una voluntad ilimitada; por otro, un materialismo vulgar que conel acto criminal como producto de la determinación y la irracionalidad, siendo aquí la moralidad mera metafísica. Contrástese pues el actor racional y voluntario con el actor propenso y determinado, una metafísica abstracta contrapuesta a un dato científico igualinente absurdo. Estas dos grandes abstracciones se han enfrascado en una disputa imaginaria a lo largo de la historia de la criminología, en lo que pareciera la imagen de un -rspejo luchando contra sí misma. En los primeros días de la criminología como disciplina, el clasicismo y el positivismo lucharon de manera semejante. La pugna entre el funcionalismo estructural y la teoría de la etiquetación reproducía en cierto modo dicha

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Paradigmas .ecientes de la criminología

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controversia; desde luego, el resurgimiento en estos días de nuevas e idealistas formas de neoclasicismo, como la "nueva criminología administrativa", aunado a formas viru',ltaa y ablvicai del :ler:positivismo, por ejemplo, el realismo de derecha, escenifican las mismas confrontaciones con una pasmosa incapacidad para percibir que la historia se está repitiendo. En cada coyuntura histórica, los teóricos propugnan el cambio paradigmático, desde la revolución positivista de Enrico Ferri hasta la nueva revolución científica de los lombrosianos redivivos de la actualidad. Era a esto a lo que P. Sorokin aludía hace muchos años cuando hablaba de una combinación de amnesia y "complejo del descubridor", en la que el aspirante a científico social ignora u olvida el pasado, creyendo descubrir las ideas ya conocidas desde hace mucho tiempo. A ello se pueden agregar los debates del pasado —por ejemplo, sobre la posibilidad o imposibilidad de reducir lo social a lo biológico— que también son borrados de la memoria, de tal modo que el camino del conocimiento no progresa mucho linealmente, sino que más bien adquiere la forma de un continuo entorno ya vivido. Es importante en este punto destacar que el péndulo de la moda, en el ámbito actual, arroja teorías que constituyen verdaderos reflejos de sí mismas en la medida que representan repeticiones de teorías del pasado. Como se ha señalado a menudo, la crítica se convierte, con mucha frecuencia, en una simple inversión de conceptos (Young, 1975, 1979; Bottomlcy, 1979; Spitzcr, 1980). Otra manifestación de la miopía que existe entre los teóricos criminólogos y que caracteriza a una buena parte de este tipo de trabajo, es la tendencia crónica a la parcialidad. Esta unilateralidad puede conducir a que se considere al criminal en un punto determinado del tiempo y se nieguen las circunstancias en las que se realizó el crimen, así como sus posibilidades en el futuro. Esto puede conllevar una fijación en el pasado de tal manera que las circunstancias presentes sean anuladas, o concentrarse desmedidamente en la macroestructura de la sociedad y su legislación, sin tomar en cuenta al transgresor en sí mismo y sólo ver al delincuente como si estuviera al margen de la ley humana. Así los criminales se colocarían como actores cuyos actos son prescritos por sus cuerpos, o bien, producir criminales que existen en algún etéreo limbo donde no hay en absoluto cuerpos. También pueden ser vistos como simples actores cuyas decisiones sean el resultado de los obstáculos y oportunidades espaciales que enfrentan; asimismo, produciría criminales que existen fuera del mundo físico del espacio y la ocasión. Puede tomar un elemento del cuadrado del delito —transgresor, víctima, policía o control informal—, para luego explicar todo acto delictuoso en términos de uno o, en el mejor de los casos, dos de estos factores. De la misma manera sería abiertamente determinista o infundir a la naturaleza humana. La razón pura puede, en fin, intentar explicar el universo criminológico en términos de raza, clase, género o edad, sin que se logre alcanzar una mínima síntesis cultural auténtica y significativa de todos los elementos que deben tomarse en cuenta. En este ensayo se describe el desarrollo de los paradigmas recientes más importantes en la criminología. Desde luego, existen, y siempre han existido, criminólogos que conciben su trabajo como una mera contribución a un caudal de conocimientos, al

margen de cualquier preconcepción ideológica. Inevitablemente, son estos criminólogos los que se encuentran comprometidos en mayor medida con un paradigma que suele ser el positivista. La gran tradición empírica anglosajona no es más que una forma de ceguera teórica, es el despliegue de un conjunto de diversas caricaturas de la naturaleza humana y de ideas simplistas en torno al orden social. Esta tradición opera como si dos siglos de filosofía social nunca hubieran existido. No obstante, es sólo descifrando la posición teórica lógica como se podrá juzgar claramente la posibilidad de cada situación para luchar contra los delitos y crear políticas factibles. La teoría social no surge de la nada, se desarrolla en situaciones sociales y económicas particulares y se ve conformada por problemas materiales específicos, en el contexto de un conjunto particular de ideas y problemas socialmente determinados. El debate académico tiene una historia tanto interior como exterior. Aquélla se compone del intercambio que se produce entre estudiosos apoyados en la fuerza material del ministerio y en las publicaciones, así como en el acceso a financiamientos externos. Sin embargo, por muy autónomo que juzguen este debate sus practicantes, el diálogo interior es estimulado por el mundo exterior. Las ideas predominantes de un periodo, sean éstas conservadoras o radicales; los problemas de una sociedad en particular; el gobierno en el poder y las posibilidades políticas existentes en una sociedad, todo ello conforma el discurso interior de los académicos. En ninguna área del conocimiento resulta esto más evidente que en la Criminología y en la Sociología jurídica. Los factores externos del delito, la creación de leyes, las opciones políticas y las ideas prevalecientes determinan y fundamentan las teorías emanadas del mundo interior de la Criminología académica y la erudición legal: El establishment académico, impulsado y dirigido por el financiamiento gubernamental local y nacional, y la crítica del estudioso, que cuestiona las siempre cambiantes ortodoxias de la teoría y la práctica, entrechocan en un terreno determinado por lo específico de su sociedad. No es accidental, pues, por mencionar tres corrientes radicales, que la teoría abolicionista se origina en las democracias liberales de. Escandinavia y los Países Bajos (Hulsman, 1986; Scheerer, 1986); que la teoría realista de izquierda prospere en una Inglaterra preocupada por la revalorización de la democracia social (Young y Matthews, 1992), y que la garantía de legalidad (Ferrajoli, 1989) entusiasme a los criminólogos latinoamericanos cn países donde la ley es precaria y frágil. No se tiene el propósito de denunciar el relativismo del quehacer teórico, sino más bien de señalar su poder de reflexión. La teoría surge como resultado de ciertas coyunturas sociales y políticas, lo que genera sensibilidades y obstáculos que impiden el desarrollo de una teoría general aplicable a todas las sociedades industrializadas, por no limitarse al Tercer Mundo. Sin embargo, la teoría debe construirse de acuerdo con su localidad si es que aspira a tener fuerza en 1 terreno político y social del que forma parí e. Tomando el realismo de izquierda corno ejemplo, Ray Michalowski (1991) distingue acertadamente entre la discusión del realismo como teoría general y su aplicaión ráctica en Estados Unidos de América, al igual que David Brown y Russell Hogg ;1992) en su discusión sobre la aplicación del realismo en el contexto australiano; a su

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Paradigmas recientes de la criminología 5 en e! mismo periodo, la ingreso real per capita del Reino Unido se incrementó en 64%; cantidad de del;tos enunciados por la policía se elevó 172%. Nadie ha expresado más elocuentemente el carácter de la crisis etiológica que James Q. Wilson, criminólogo consejero del ex presidente Reagan y escritor de derecha con una nueva perspectiva del mundo: En 1960, si se nos hubiera preguntado cuáles medidas debería aplicar la sociedad para evitar un incremento drástico en la tasa de criminalidad, podríamos haber respondido que la mejor manera de contrarrestar el delito era reduciendo el nivel de pobreza, elevando la calidad de la educación, eliminando las construcciones en ruinas, promoviendo la organización comunitaria y proporcionando servicios de orientación a la juventud descarriada o delincuente. Al iniciar la década de 1960, este país inició el periodo de prosperidad sostenida más largo desde la Segunda Guerra Mundial. Se implantaron numerosos programas de ayuda a los jóvenes, los pobres y los incapacitados. Aunque estos esfuerzos no tenían como objetivo inmediato la reducción de las tasas de criminalidad, concordaban en todo, aun en los niveles monetarios brutos, que en gran medida excedían la prescripción política que todo ciudadano consciente y preocupado por el fenómeno del crimen habría sugerido al iniciar la década. Los delitos se incrementaron, y no sólo un poco, sino a una tasa más rápida y en niveles más altos que en cualquier otro periodo desde los años treinta y, en ciertas categorías, en niveles más altos que los experimentados en este siglo. Todo esto comenzó alrededor de 1963. Ése fue el año en que, exagerando un poco las cosas, comenzó el desmoronamiento de una década.' Pero no fue sólo en la facción política conservadora, ni sólo entre los estadounidenses, donde el consenso general sobre el crimen se había visto reducido a la nada. La naturaleza de la crisis etiológica En este punto se debe esclarecer el problema de la crisis etiológica. En lo fundamental, el positivismo sociodernocrático sostiene que el delito es resultado de condiciones sociales deficientes; las conductas delictivas no son sino resultado de una mala organización socia). 'fal sistema icicolóCicG era, y desde luego sigue siendo, un elemento importante del pensamiento social contemporáneo, así como una de las piedras angulares del consenso general en torno al crimen. Destaca el trabajo social y la idea subyacente de que la asistencia social tiene un importante papel en el bienestar y en disminuir los problemas sociales ante las posturas políticas de los liberales estadounidens es , del socialismo democrático occidental y de los marxistas tanto en Oriente como en Occidente; se extiende el consenso sobre este sistema a las partes más radicales o progresistas de los partidos eonser , adores en las democracias occidentales. En su forma más esquemática, el positivismo social señala que, al in ,zretnentarse la prosperidad, y propiciándose con ello niveles cducitivos másl j tos, mejores condiciones de vida, planificaciontn --•_
W!LsoN, Thinking abont Crime, Vintage Boeks, Nueva York, 1975, pp. 3-4.

vez, De Keseredy y Schwartz (1992) describen con precisión la forma en que las nacientes corrientes realistas inglesa y estIdounidense están determinadas por las marcadas diferencias sociales que hay entre ambos países. Subyacente a este debate, existe el problema de especificación (Young, 1992), a saber, que las generalizaciones en torno a crimen y justicia, por ejemplo la relación entre desempleo y delito, sólo pueden formularse en contextos políticos y sociales específicos, de ahí la imposibilidad de generalizar sin hacer referencia a las características sociales particulares de transgresor y víctima de acuerdo con sus respectivas situaciones en las categorías de edad, clase, etnia y género. No es posible limitarse a trasplantar los resultados de uno a otro país o generalizar de hombres a mujeres, blancos a negros, clase obrera a clase media, etc.; sin embargo, tales formas de localismo no excluyen la posibilidad de generalización, como se jactan en afirmar numerosos posmodernistas (Nicholson, 1990), sino simplemente destacar el hecho de que las generalizaciones sociológicas deben fundamentarse en las realidades cotidianas en las que están inmersos los actores humanos.

La crisis etioiógica
La criminología y la sociología de la desviación atravesaron por una etapa de intenso 4sárrollo durante el p eriQcro ski° seadoserriemen t a a los primeros_ ,74- 152.5_,s a. La ... — Telent teoría de la etiquetación, la nueva teoría desviacionista, la teoría del conflicto, la teoría de la subcultura, la teoría del control social y el neoclasicismo florecieron en el más extraordinario fermento creativo. Se trataba de un proceso que se dio paulatinamente, en diferentes arados y en diferentes periodos en países de alto nivel de industrialización, y que ala larga transformó la manera en que no sólo los criminólogos, sino hombres y mujeres comunes y corrientes, habríanecle-visuaLiza.reel-fe~io~. En el periodo inmediatamente posterior a la guerra prevaleció la opinión, extendi' da en una importante proporción del pensamiento político, de que una de las principas causas del delito era el empobrecimiento de las condiciones sociales. Las condiciones antisociales sólo podían producir conductas antisociales. Este paradigma pred7.7.--- annin— te era de tipo positivista o, más -bien, positivist,T3Fmoc ir tico social, es decir, se tenía. la — convicción de que el delito u otras formas de comportamiento antisocial podían reducirse en gran medida mediante intervenciones políticas dirigidas a mejorar las condiciones sociales. El palpable fracaso de estas teorías al cual se ha denominado la crisis etioló ica de la criminolo fa, representa, según el autor, el concento clave7117,5nder el desarrol o de l ciencia crimino oF,e17Jn17sTitS-57s-T!TdirsiT-TTi zadoslo a en la reirdaciresultaba exactamente opuesto a lo que ordenarsiraSa -bi-duría convencional. Se demolieron los barrios bajos, se incrementaron los estándares educativos, se alcanzó el pleno empleo y se elevó el gasto en el bienestar social, lográndose lo que constituyó el nivel más alto de abundancia en la historia de la human'dad; no obstante, el número de delitos aumentó. En Inglaterra, por ejemplo, en el periodo 1951-1971, el

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Paradigmas recientes de la criminología 7 igual que la pobreza y la depauperación. No se halla aquí, pues, nada que deba sorprender. En otros países, la crisis etiológica se manifestó de diversas maneras: la persistencia del crimen en la Unión Soviética después de los logros del socialismo presentaba un cariz muy diferente respecto de la criminalid..d de Estados Unidos de América, donde como estado dél bienestar resultaba, comparativamente, más fácil de apliCar. La crisis se dio también en momentos diferentes. Así, fue un dilema en la construcción de los estados del bienestar de la Europa occidental y se retrasó en países como España y Portugal, que hasta mediados de los años setenta permanecieron esclavizados por el fascismo. Por último, en algunos países, particularmente en los escandinavos, el aumento en las tasas de criminalidad, aunque elevadas en términos porcentuales, tuvieron una base a tal grado reducida, que el crimen nunca significó allí el problema que ha representado para Estados Unidos de América.

urbanas más eficientes, etc., el crimen decrecerá automáticamente. En su forma socioclemocrática, requiere la intervención de un Estado encargado de asegurar una distribución equitativa de la riqueza y de impedir que la pobreza se disemine, así como de aplicar medidas rehabilitatorias y de readaptación en la persona del delincuente. En suma, el positivismo social sostiene que debemos atacar de raíz las causas del delito, y que éstas tienen su origen en la sociedad. La tradición del positivismo social se extiende a todo lo largo de la historia criminológica, desde los fundamentos sentados por estadísticos sociales como Alphonse Quetelet (1842), hasta la escuela de Chicago y la moderna teoría de las subculturas. Es cierto que los problemas etiológicos pueden manifestarse en varias direcciones y no sólo en el incremento simultáneo de criminalidad y prosperidad. Éstos se manifiestan cuando: hay una disminución temporal en la criminalidad acompañada de mayor pobreza o desempleo; se determina que la criminalidad o delincuencia es mayor o igual entre personas de la clase media que entre los pobres; c) se determina que el delito abunda más en áreas acomodadas que en áreas pobres. La forma especial en que tales anomalías se presenten, de acuerdo con el positivismo social, depende del tiempo y del lugar. Por ejemplo, para Quetelet, las dificultades radicaban en la disparidad entre las áreas urbanas acaudaladas y las áreas rurales pobres, mientras que, para la criminología estadounidense moderna, el problema de la delincuencia juvenil entre las clases medias reviste una importancia particular (Schwendinger y Schwendinger, 1985). Sin embargo, el problema más agudo en la mayor parte de países industrializados durante el periodo de posguerra ha sido la existencia de una creciente prosperidad e implantación de beneficios sociales aunada a tasas de criminalidad y delincuencia igualmente crecidas.

La creciente tasa de criminalidad en Europa en el periodo inmediato de posguerra
Se deberá empezar con el periodo inmediatamente posterior a la guerra en Europa. Es importante destacar cómo, en ciertas circunstancias, las crecientes tasas de criminalidad parecen todo menos anómalas desde la perspectiva del positivismo democrático social. Inicialmente, dentro de los países europeos devastados por la guerra, dichos aumentos eran considerados hasta cierto punto normales.' Como escribió Hermann Mannheim en la Escuela de Economía de Londres en 1947: Sería del todo erróneo considerar el aumento en las tasas de crirdnalidad como cosa extraordinaria o particularmente alarmante. Esto sólo es el resultado natural de seis años de guerra total con todas sus inevitables repercusiones morales, psicológicas y económicas.' Sin embargo, esta tendencia persistía. La primera explicación que se intentó construir giraba en corno a la trasposición generacional originada por la guerra. En efecto, se atribuían a una "generación delincuente", cuvos primeros años de vida habían transcurrido en medio de la guerra, los actos delictivos que se cometían en Europa con una diferencia de 10 años o más (véase, para el caso de Inglaterra, Wilkins, 1960; para el caso de Dinamarca, Christiansen, 1964). Cualquiera que sea la explicación racional que se quiera dar al aumento de las tasas de delincuencia de ciertos años en comparación con otros, resulta evidente que esta teoría estaba destinada a tener una vida mu r corta, pues la criminalidad continuó en aumento, tanto entre jóvenes como entre adultos, pese al receso que representó la terminación de la guerra. Macmillan, Londres, 1981, cap. 2. 2 I. TAYLOR, Law and Order: Argurnerns for Socialism, Cri-ne amar Punisbrnent, Routledge Kegan Paul, Londres, l')55. 3 H. MANNHEIM, Group Problema ir, p. 1!0.

La crisis etiológica y la criminología mundial
La crisis etiológica, al igual que los intentos por explicarla o negarla, ha sido el elemento más dinámico en el desarrollo reciente de la criminología, lo cual no significa que se haya manifestado del mismo modo en todo el mundo. Hacer una afirmación ta; equivaldría a ignorar que, criminológicarnente, las cosas eran diferentes en cada país, de la misma forma que esta disciplina, en su constitución, emana y opera en unos pocos países. En algunas naciones industrializadas, la crisis etiológica simplemente no existió. En Japón, por ejemplo, hasta hace pocos años, la tasa de criminalidad discurría de acuerdo con lo planeado; es decir, disminuía a medida que crecía la prosperidad; por otra parte, cualquier científico normal de una democracia occidental habría encontrado su mundo prácticamente igual. En muchas partes del Tercer Mundo, particularmente en América Latina, la tasa de criminalidad se ha incrementado de manera alarmante,

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El aumento de la tasa de criminalidad resultaba más misteriosa en aquellos países del occidente europeo que habían pasado por un periodo de reconstrucción después de la guerra. Para una generación de socialdemocracias europeas comprometidas, la reconstrucción social de posguerra y la institución de programas estatales de bienestar no justificaban los incrementos en la tasa de criminalidad. En un fragmento de la influyente obra de John Barron Mays, Crime and Social Structure, publicada en 1963 se afirma: El estado de embrutecimiento, desesperanza y depravación en que vivían los habitantes de los barrios bajos en medio de la prosperidad de la sociedad victoriana llevó a los reformadores sociales a la ingenua esperanza de que, si al menos se pudieran eliminar las condiciones físicas y materiales adversas, la criminalidad también podría contenerse y reducirse. Tales esperanzas se vieron cruelmente frustradas debido a que el crimen y los estándares de vida han aumentado al mismo tiempo, y la cantidad de delitos conocidos se ha duplicado durante los últimos 20 años.' T. R. Fyvel expresaba a la sazón algo parecido en su popular obra The Insecure

Box entendió bien lo anterior al escribir su célebre ensayo acerca del descubrimiento de la hiperactividad infantil: Hacia fines de los años setenta, la promesa del positivismo sociológico fue vista como un engaño debido a que los programas sustentados en él no habían logrado reducir la criminalidad y las conductas antisociales de la juventud, se vieron como cosa totalmente impráctica debido a que se requerían reformas sociales en una escala que las clases dominantes no podían concebir. Así, aunque se seguía hablando acerca de estos tipos de programas, existía ya la inquietud de recurrir a otras opciones para solucionar el problema de la delincuencia. Una de estas opciones había sido formulada, y sólo requería financiamiento y el espaldarazo oficial para ponerse en práctica; se trataba de una nueva versión del determinismo biológico, consistente en la idea de que los delincuentes y predelincuentes eran personas esencialmente enfermas, ya fuese en lo mental o, en el caso de la hiperactividad, en lo físico y lo orgánico, por lo cual requerían tratamiento, especialmente a base de fármacos.' Tal medicalizajón de los problemas sociales, especialmente entre los jóvenes, ha persistido hasta la actualidad, proporcionando la base material para la continuación del positivismo biológico aun después de la proclamación oficial y reiterada de la muerte del iornbrosianismo. En efecto, algunos de los mejores textos contemporáneos de criminología adoptan una postura determinista biológica (Eysenck, 1970; Jeffrey, 1980). No obstante, existen límites para el determinismo individual y biológico. Por tanto, el determinismo biológico: problema del delito, y resulta inadecuaSólo puede explicar una mínima parte do para explicar las causas de su aumento. La terapia individual es costosa. 3. El reduccionismo biológico es políticamente explosivo, aun para los políticos de la nueva derecha. rt.acción más obvia e inmediata a la crisis etiológica, por el gran número de fracasos de las justificaciones sociodemocráticas del control del delito, fue el resurgimiento de métodos neoclásicos de represión: más policía, más prisiones, un sistema de impartición de justicia más eficiente. Nada de esto implicó el abandono total de las ideas respecto a los factores que predisponían a las personas a delinquir; más bien, se optó por considerar estos factores como circunstancias atenuantes que corno pretextos para evitar el castigo. En Inglaterra, la reacción más inmediata lue la adopción de un "tratamiento electroconvulsivo corto e intenso" para ciertos tipos de criminales. Así, escribe Fyvel: se reflejó en un El inesperado crecimiento de la crmiinalidad masculina en grupos de 17 a 21 años de los centros Borstal, la cual aumentó de 2 800 al iniciar j ncrernento equivalente en la población
Chillen Gone?", en National Devianev Conference. ' S. Box, "Whcre Havc All the Naughts . Maemillan, Londres, 1980, pp. 116-117. Permis5ivcness and Control,

Offenders:

Hace una generación se creía que aun cuando la pobreza fuera sólo una entre las causas principales, las cifras de criminalidad seguirían al menos la curva del desajuste económico y el desempleo. En la actualidad, este vínculo se ha roto.' Fyvel observaba que, en toda Europa, había sobrevenido una paradójica ola de criminalidad que dio origen a la expresión alemana die Wohlstandskriminalitát. O, para decirlo como el criminólogo sueco Bo Svensson: "En el siglo xx... la criminalidad de los desposeídos ha sido sustituida por la criminalidad de los asegurados contra el desempleo."'

La reacción inmediata a la crisis
Sin embargo, debemos reconocer que se ha llegado demasiado lejos. Hay que concentrarse ahora en la reacción más inmediata a la crisis etiológica, la cual c-Anprendió una nueva aplicación del método neoclásico, así como una reformulación del positivismo, con un enfoque que iba de lo social a lo individual. Se analizará primero el viraje positivista. El fracaso del positivismo sociológico y la crisis etiológica era evidente, no sólo por la existencia del crimen y la delincuencia, los cuales simplemente no deberían existir, sino por las nuevas perspectivas de po l íticas basadas en la intervención social. Steve

' J. B. MAYS, Crime and Social Structure, Faber, Londres, 1963, pp. 192-193. 5 T. R. FYVEL, The bisecare Offenders, Penguin, Londres, 1963, p. 14. 6 B. SVENSSON, `

Welfare and Criminality in Sweden', en K. Heal y G. Laycock (eds.), Situational Crime Prevention, HMSO, Londres, 1986, p. 118.

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Paradigmas recientes de la criminoiogílj 1 1 turar 111"."- y procesar a las personas que los victiman. Por consiguiente, el trabajo de la policía consis1 te en trabajar conjuntamente con la población de tal manera que se puedan desarrollar métodos específicos y articulados a fin de alcanzar resultados satisfactorios." Se tiene aquí un doble fracaso atribuible a los sistemas de control del delito: el positivismo sociodemocrático y el neoclasicismo. Si una mejora en las condiciones no bastó para obtener resultados, tampoco pudo hacerlo una mejor, es decir, más apropiada, forma de castigo. Si la construcción de más viviendas no sirvió para reducir la tasa de criminalidad, tampoco sirvió el reclutamiento de más policías. Si el régimen carcelario de readaptación había fracasado, lo mismo se puede afirmar del "tratamiento electroconvulsivo corto e intenso". Si había en la izquierda una crisis etiológica respecto a los factores del delito, había también una crisis intelectual paralela en la derecha respecto al fracaso de los sistemas policiacos y carcelarios.

1956 a más de 5 000 a fines de 1960. Era necesario aplicar medidas sin precedente para absorber a esta nueva población, de ahí que el informe de Butler de 1959 introdujera un magno proyecto de construcción de correccionales para delincuentes varones adultos, el cual incluía planes para la edific.,ción de ocho centros Borstal, junto con ocho nuevos centros de detención, diseñados para administrar "tratamiento electroconvulsivo corto e intenso" a los jóvenes transgresores de la nueva época."

La crisis en la penalidad
Si las explicaciones biológicas e individualistas del delito preSentan limitaciones políticas y hermenéuticas, el neoclasicismo adolece de problemas aun mayores, los cuales habrían de impregnar la disciplina criminológica en la década de los setenta. Sin duda, se puede hablar de una doble crisis en la criminología: la crisis etiológica de esos año seguida por una crisis penalista. En la década de los setenta, los políticos estadounidenses, ante los continuos incrementos en las tasas de criminalidad y la crisis fiscal en el costo de manutención de cuerpos policiacos y centros de readaptación, manifestaron un vivo interés en el uso adecuado de los recursos. Las investigaciones se concentraron preferentemente en el trabajo policiaco, en particular en la organización RAND y la Police Foundation. Sus hallazgos habrían de tener un efecto revolucionario sobre la criminología de los años subsecuentes, pues señalaban, entre otras cosas, que: el aumento del número de policías no reducía necesariamente las tasas de criminalidad; la saturación de vigilancia policiaca no disminuía los delitos, sino tan sólo favorecía las prácticas de desplazamiento; el agilizar las respuestas a llamadas de emergencia no aumenta la posibilidad de arrestar a delincuentes; los actos delictivos no se resuelven primordialmente por medio de investigaciones especializadas sino mediante testimonios públicos; e) los tipos de delitos más temidos por la población son raramente controlados por policías en labores de patrullaje;

Primeras respuestas a la crisis
El desarrollo ulterior de la criminología representa una tentativa por adaptarse a la crisis, lo cual provocó un debate y un alto nivel de controversia. Al mismo tiempo, se llegó a cierto consenso en el sentido de que las viejas ideas del positivismo democrático social y del neoclasicismo habían caducado. Resulta difícil imaginar una criminología en la que Howard Bccker, Richard Quinney, James Q. Wilson y Ron Clarke combatieran desde la misma línea, aunque, hasta cierto punto, fue esto lo que sucedió. Se analizarán parámetros que imperaron en el debate. La prirm,:Fa respuesta a la crisis etiológica fuera de los paradigmas ti adicionales del positivismo y neoclasicismo fueron diversas menifestaciones de lo que se llamaría la gran negación. Esto significa que los criminólogos se negaban a aceptar que hubiera existido un incremento real en el crimen o la delincuencia. Para ellos, la crisis etiológica un pura ficción. A lo largo de los años sesenta, la tasa de criminalidad en Estados Unidos de América se había incrementado de manera ininterrumpida y, en Inglaterra, dicho aumento parecía igualmente inexorable. ¿Quién en su sano juicio habría dudado que la criminalidad estaba en pleno ascenso? Si pudieron hacerlo fue porque la interpretación de las tasas de criminalidad calculadas por la policía, en las que basan las muchas facetas, estadísticas oficiales, es una tarea muy compleja. 1,a gran negación CU Y O las cuates tenían en común la negativa a reconocer que el crimen o criminalidad se había incrementado en la rcAlidac. Si ello sucedió, se debió simplemente a que hubo más policías o más leyes, o más cosas por robar, o porque las personas tenían estilos de vida más suntuosos y, por ende, eran presa fácil de actos delictivos, o porque se manifestó menor tolerancia al fenómeno del crimen. l.as respuestas más comunes a la pre zurita ¿por qué se ha incrementado la tasr, de criminalidad? fueron las siguientes:

J) ni los rondines policiacos motorizados ni a pie ejercen un efecto positivo sobre
las tasas de criminalidad. La selección de estos resultados fue tomada de la incisiva obra de Jerome Skolnick y David Bayley, The New Blue Line, quienes añaden: Estos resultados son devastadores, pues indican que las estrategias básicas implantadas Dor los departamentos de policía estadounidenses no reducen el nivel de criminalidad ni representan una protección para la población. Estos estudios implican claramente que la protección debe ser pro p orcionada por los propios ciudadanos, y que la participación de éstos es esencial para k ap8

T.

R. F YVEL, op. CU., P. 17.

S KOLNICK y D. Bayi.F.y, The New Blue Line, Nueva York, 1936, pp. 5-6.

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Paradigmas recientes de la criminología

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Mayor acción estatal. Todo se debía a que, a causa del mayor número de policías, más personas eran arrestadas; y, debido a que existe un grado considerable de incógnitas en las cifras de criminalidad de los departamentos de policía, las estadísticas oficiales pueden incrementarse sin que exista un aumento real en el número de delitos. Más leyes. Como existe una mayor legislación estatutaria, las posibilidades de comisión de delitos son mayores. Mayor sensibilidad. Las personas se han tornado más sensibles a cielitos como asalto con violencia, por tanto, son más los delitos de este tipo que se denuncian a la policía. Más víctimas. Debido a la creciente prosperidad existen más cosas por robar, viviendo así de manera más expuesta a latrocinios. Al crecimiento en las oportunidades corresponde un crecimiento en el número de delitos.

inquietud que provocó este debate cuando surgieron los paradigmas más destacados en los últimos 10 años.

Paradigmas actuales de la criminología
Los cuatro enfoques más importantes que han adquirido preeminencia en los últimos 10 años son: el idealismo de izc uierda, la nueva criminología administrativa y Ips , estos paradigmas representan, tentati- ar realisrnos de izift77d-–y erecha. Una vez más— vauTinrric7srsCTIZTlla y de penalidad incorporando a su discurso elementos del debate de los años sesenta. Al aportar respuestas a la crisis etiológica, se revelan como herederos de los paradigmas nacidos en la década de los sesenta. Así, el antecesor . dka nueva cr-erninoTEZ ---directo del • ea lismo úe rz uier•a sláts.o.cía4c–lax ,..2=c21,itiylswo, y Tel 1 mintstrativa a t •ria e control; stos paradigmas tienen aspectos en cu s ismo e rz .mún: todos restan importancia a la policía en el control del delito y exaltan los sistemas informales de control social; todos formulan una acerba crítica al sistema carcelario actual y todos rechazan el positivismo y neoclasicismo tradicionales. Para comparar estas teorías de manera sistemática, convendrá abordar los siguientes subtemas: los conceptos de naturaleza humana y orden social; las causas del delito; los efectos del delito; el papel que desempeñan las instituciones gubernamentales, y las crisis etiológica y penalista. La interrelación de estas áreas no puede estudiarse sino superficialmente debido a los diferentes relieves de cada teoría.

Desde luego, al igual que las teorías basadas en la negación, los teóricos conservadores y socialdemócratas sostenían que el incremento era real y comprendía un aumento en la cantidad de delincuentes ocasionado, en primera instancia, por un Estado más preocupado por los beneficios sociales que por castigar severamente el delito y, en segunda instancia, por un Estado que había permitido la persistencia de ciertas desigualdades. En cierto modo, la historia reciente de la teoría criminológica está dominada por cómo las diferencias políticas y sociales en choque tuvieron sentido en los primeros años de la década de los sesenta. Aunque son muchas las voces que se hicieron oír —algunas de ellas difundidas y autorizadas y otras apenas limitadas a pequeños círculos académicos—, todas tuvieron en común el constituir una respuesta a la crisis etiológica y a los problemas correlativos en la penalidad. Lo que sí se observa es que cualquiera de los cambios mencionados anteriormente puede modificar la tasa de criminalidad. Si se descompone el concepto de tasa de criminalidad en sus elementos básicos, podemos obtener las siguientes variables: cantidad de posibles transgresores; cantidad de posibles víctimas; variación en los niveles de tolerancia de la población o de la policía en torno al delito, es decir, definiciones formales e informales en cuanto a la gravedad de los delitos; variación en los niveles reales de control ejercidos por la población y la policía sobre el delito, es decir, niveles de control formal e informal. Cualquiera de estas variables, o su combinación, puede modificar la tasa de crimi nalidad. El problema es que casi todas las teorías se concentran sólo en un factor, y hacen caso omiso de los demás. Ninguno de éstos puede ser considerado de manera exclusiva; todos los factores son igualmente decisivos, aun cuando la importancia que se deba asignar a cada uno sea cuestión empírica que requiere investigarse. Ésta fue la forma en que las distintas teorías tradicionales respondieron de inmediato a la crisis etiológica y de penalidad en el periodo 1960-1980. Fue a partir de la

El idealismo de izquierda
Si se cuestiona concienzudamente a un marxista del siglo xx, nueve de cada 10 veces resultarán ser idealistas de izquierda.'9 El idealismo de izquierda fue un espectro que abarca desde los liberales hasta la izquierda radical; forma parte de un elocuente modo de concebir el mundo, lo cual no es sólo evidente en :a criminología, sino en cualquier aspecto de la vida social de Occidente. En esencia, esta teoría se interesa en el papel desempeñado por el Estado y en las ideas emanadas de éste y otras poderosas instituciones como una forma de estructura de la conciencia y dirigir de la conducta . (Young; 1979; Lea y Young, 1984). Sus orígenes se remontan a la teoría de la etiquetación estadounidense, si bien se ha desarrollado preferentemente en Europa, donde se le asoeia con ci abolicionisrno, es decir, con un' tipo de política que sacaría una buena parte del crimen de la órbita de la ley y que se pronuncia abiertamente en favor de la abolición de las prisiones. Propiamente, su detasas de criminalidad, donde la sarrullo ináz; importante ha sido en países con crisis etiológica tuvo efectos menos significativos que en Estados Unidos. T tm,PAN Arco, O a AY eri al ion, New Left Books, I emires. 1975, p. 101.

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El idealismo de izquierda aparece en todas las ciencias sociales. En la Sociología de la Educación se aplica muy especialmente en la obra de Bowlcs y Gintis (1976) en Estados Unidos, y en la de Michael E Young (1971) en el Reino Unido. En los estudios de los medios masivos de comunicación, se asocia con los trabajos del Glasgow Media Group (1976) y los fenomenólogos radicales como Tuchman (1978); por último, en la teoría de la problemática social, con la obra de los construccionistas sociales (Kitsuse y Spector, 1973; Pfohl, 1977). Se manifiesta también en los estudios de algunas feministas radicales, tanto de las que se desempeñan en el campo de la criminología como de quienes estudian otras áreas de la vida social (Kelly y Radford, 1987). Sin duda, gran parte de la obra feminista radical discurre de manera paralela a la de los criminólogos socialistas, distinguiéndose tan sólo por la sustitución de la clase trabajadora por la mujer como sujeto histórico (Nicholson, 1990). Un aspecto central del idealismo de izquierda es la prioridad de la función admia nistrativa sobre la estructura. Ahí, la sociedad está determinada por la administración estatal y no por las posiciones estructurales reales en que se encuentran las personas. La juventud es impelida a delinquir por el hecho mismo de recibir el calificativo de delincuente, y no a causa de las condiciones de empobrecimiento; los escolares tienen resultados pobres a causa de la escuela, no por su extracción social o su posible futuro; son las instituciones mentales, no la vida en el exterior, las que enloquecen a las personas; es la violencia en la televisión la que genera violencia en las calles, y no hay violencia machista, lo que hay es un producto cae la marginalización de la juventud obrera. Naturaleza humana y orden social En el fondo, el idealismo de izquierda es una forma de teoría radical del contrato social. Las personas son agentes iguales, libres y racionales que, en una sociedad justa, se unirían y engendrarían un consenso que constituiría la base del poder estatal y la organización de la sociedad. No obstante, el mundo real es a todas luces injusto, pues campean allí desigualdades de orden genérico, racial y de clase. Debido a esto, los hombres y las mujeres que ocupan posiciones subordinadas crean constantemente subculruras como una forma de resistencia contra dichas desigualdades sociales. Sin embargo, la paradoja persiste. ¿Por qué, en un mundo flagrantemente in j usto, pueden mantenerse las sociedades capitalistas? ¿Cómo es que las personas clasificadas por clase, género y raza —las cuales conforman multitudes— no se unen para crear un contrato social igualitario? La respuesta de la izquierda idealista a estas preguntas insiste, primero que nada, en el poder ideológico de la clase dominante. Diversas instituciones, desde los medios de comunicación hasta las escuelas, desde el sistema de justicia penal hasta el arsenal de la política consensual, ponen en circulación una "ideología de la dominación" (Abercrombie et al., 1980) que apuntala los valores del capitalismo, el núcleo familiar patriarcal, la idea eurocentrista de superioridad racial. Es así que se transcurre, desde el nacimiento hasta la muerte, en un entorno de clasismo, sexismo y racismo institucionalizados. Los conceptos de normalidad, las imágenes de los papeles genéricos más

apropiados, el consumidor satisfecho, el obrero dócil o el ciudadano honesto, no son sino fabulaciones de estas instituciones supremas. Hasta cierto punto, tal consenso es una mistificación, ya que el mundo social real cuenta con una constelación de pluralismos: una diversidad cultural, diferentes definiciones de sexualidad, pluralidad de estructuras familiares y, sobre todo, una inagotable capacidad de respuesta por parte de los órdenes subordinados. La necesidad central de ejercer coerción se debe precisamente a esta capacidad. La policía, los tribuna l es y el sistema de impartición de justicia son necesarios para mantener bajo control a una población intransigente. De un lado, se tiene la inculcación de lo normal; de otro lado, la necesidad sempiterna de controlar y estigmatizar al descarriado. El guante aterciopelado de la maquinaria ideológica encargada del control social contiene en sí un puño de hierro coercitivo. Las diversas instituciones de la sociedad, sean éstas fundamentalmente ideológicas (la escuela y los medios dr comunicación) o coercitivas (el sistema de justicia penal) penden juntos en un todo funcional que perpetúa el orden social presente.

Las cansas del delito

Pava los idealistas de izquierda, las causas del delito son evidentes: privación en los pobres y avaricia en los ricos. No es coto cerrado de una clase social y, por tanto, la asociación. de mayor pobreza con más crímenes es una falacia, pues en el caso de las grandes empresas y las clases acaudaladas, la comisión de delitos es producto de la abundancia. Así pues, los delitos de las ciases trabajadoras contra la propiedad resultan conductas obvias: La posición del trabajador subordinado al proceso del capital se ve y se verá deteriorada con una rapidez cada vez mayor de acuerdo con su propia lógica específica. El delito es una consecuencia obvia y resulta comprensible en este proceso en el que es una c.)nsecuencia inevitable dentro del funcionamiento de las estructuras, que conducen a que los delitos, por inintencionados que sean, ocurrirán, al igual que la noche sucede al día.' Obsérvese aquí un elemento del positivismo social: el delito es una consecuencia predecible e inevitable de la lucha por la vida; es producto de una privación no tanto relativa cuanto absoluta. Esta creencia se reproduce hasta el detalle en la obra de los historiadores revisionistas, para quienes tanto el delito como la ley reflejan intereses de clases (Hay, 1975). De la misma forma que el delito de las clases trabajadoras tiene reglas obvias que lo rigen, los crímenes de la clase gobernante, ya sea en empresas o en la policía, son ambos endémicos y simples. No se toma en cuenta así la especial situación que genera el delito entre determinados ejecutivos empresariales en ciertos mo-

11 S. H ALL, C. C RITCHER, 1. J EFFERSON, J. C LARKE y B. R OBERTS, Policing the Crisis, Macmillan, Londres, 1978, p..390.

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El papel de la población

La población —o al menos la clase trabajadora y los miembro menos poderosos de la comunidad— se define como sujetos pasivos de la actividad policiaca y no como formuladores de demandas a la policía. Así, las prioridades de ésta son iguales a las de la burocracia policiaca o de las autoridades que la recompensan en el Estado nacional y local. El efecto del estereotipo del delito perseguido por la policía, mediante los tribunales y los medios de comunicación, consiste en imbuir pánico moral en la población, creando así un miedo irracional al crimen y justificando el gasto que requiere la manutención de la policía. La crisis etiológica Para el idealismo de izquierda no existe la crisis etiológica, como tampoco la carcelaria o policiaca. De hecho, la función intelectual del idealismo de izquierda es cuestionar y denunciar este engaño. Ambos aspectos de la supuesta crisis no son sino construcciones generadas socialmente por los poderosos. Las estadísticas criminológicas son producto de preferencias por parte de la policía: la razón por la que las prisiones están llenas de personas provenientes de la clase obrera, y no de personas de la clase media, es que la conducta de aquéllas se define como delictuosa, de ahí que sean arrestadas con preferencia sobre las personas de clases sociales más altas. El incremento estadístico de la delincuencia sólo indica que la policía y el Poder Judicial disponen de más recursos estatales. Así, las olas de criminalidad no son sino pánicos morales engendrados por los medios de comunicación e implantados por la policía. La crisis etiológica, pues, no existe: primero, porque el aumento de delitos es exagerado; segundo, porque la idea de crimen causada exclusivamente por los pobres es falsa. Por otra parte, existe una crisis en los métodos de vigilancia, pero se trata de una crisis policiaca que amenaza con abandonar sus cauces preestablecidos. Por ejemplo, el subtitulo de la obra The State of the Police (1985) de Phil Scraton, reza: ¿Se ha perdido el control del orden y de la legalidad? No se trata de una crisis del control del crimen, ya que, en primer lugar, no es ésta la misión básica de la policía (Bunyan, 1976). Por último, no hay tal crisis penal, pues las prisiones no están ahí para promover la rehabilitación, sino para segregar, clasificar y estigmatizar de manera irrevocable. En este sentido, la elevada tasa de reincidencia representa un éxito (Foucault, 1980; Mathieson, 1976).

Los idealistas de izquierda conceden un grado de autonomía extraordinaria a las instituciones de control, cuya expansión, según los teóricos, ocurre independientemente de los propios actos delictivos. Aun así, si la tasa de criminalidad oficial fuera una ficción, independiente de la tasa real, el incremento exponencial en los delitos reprimidos por la policía en países como Inglaterra y Estados Unidos de América debe tener un efecto devastador por las presiones ejercidas sobre los cuerpos policiacos, los tribunales y la sobrepoblación carcelaria, así como las discusiones en torno a la policía y los sistemas carcelarios, ya sea entre liberales o idealistas de izquierda, parecen detenerse en el sistema penal, como si éste comenzara en la puerta de las prisiones, de los tribunales o de la acción policiaca callejera, sin considerar ni extenderse a la propia incidencia del acto delictuoso. Así, la obra de Steve Box y Chris Hale en torno a la relación entre de!ito, desempleo y tasas de confinamiento es a menudo interpretada (erróneamente, desde luego) como si los temores ideológicos de jueces y magistrados respecto del desempleo constituyeran la única causa del incremento en el número de encarcelamientos. Sin embargo, los autores lo aclaran oportunamente: Esto no significa, por supuesto, que el desempleo sea el factor determinante de los niveles de confinamiento: evidentemente, toca este honor a las tasas de criminalidad y confinamiento. No obstante, resulta claro que la cana dad de personas inmediatamente encarceladas... no sería tan alto si el sistema judicial no recluyera cantidades cada vez mayores de transgresores en número superior al indicado por la tasa de confinamiento)' Del mismo modo, el fenómeno del "ensanchamiento de la red", y de la cantidad de opciones para la expansión carcelaria, simultáne..s al incremento de personas confinadas (Vass, 1990), se concibe, en el mejor de los casos, como una respuesta burocrática a un creciente problema de saturación de transgresores en las prisiones. En verdad, como Tony Bo ‘ toms ha explicado claramente (1983), la utilización proporcional del confinamiewo en el Reino Unido ha disminuido en los últimos 50 años, aun con el incremento de la década pasada. Es el número de convictos lo que ha generado el problema de la sobreoeblación carcelaria. Sin embargo, !a tendencia por elevar las maquinaciones del sistema penal a una categoría causal de primera importancia sigue intacta. Sin duda, como observa irónicamente John Lownian: "Aunque parezca extraño, Cohen no ofrece en realidad ningún análisis de las cambiantes tasas de criminalidad al pronunciarse en torno a la expansión del control."'

Prolegómenos a la crítica de; idealismo de izquierda
La autonomía de las instituciones de control Extraño tipo de teoría sería aquella que igno -ara que la expansión del sistema penal a lo largo de las dos últimas décadas... es una respuesta directa a las crecientes tasas de criminádad oficiales)) 1S S. C OHEN, Visions of Socias Control,

1.,zs raíces del deliro: desorganización social e individualismo. El delito es, por dondequiera que se le mire, resultado de un resquebraiamiento de la solidaridad social. Esto

Polity Press, Cambridge, 1985, p. 91.

Imprisonment", en R. Mattliews . y J. Young Box y C. H ALE, "lineinplOyMenl, Crime (,eds.), Confrontms Crime, Szge, Londres, 1986, pp. 86-87 ' 7 H. LOwSIAN, "Rediscoveril i g Crime n , cri J. Young y R. Matthews (eds.), Rethinking Crirrnnology: The Ridirst Debate, Szg •, Londres, 1992, p. 15F.

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Paradigmas recientes de la criminología 21 Un problema decisivo en las historiaSIdealistas de izquierda respecto de la evolución de la prisión y el sistema penal es su tendencia a concentrarse en los casos atípicos frente a los cuales había una gran oposición colectiva, en vez de considerar la inmensa mayoría de casos en los que dicha resistencia no existía. Así, contrabandistas, vendedores callejeros, cazadores furtivos y traficantes de alcohol se convertían en centro de atención, no los ladrones, violadores y asesinos. John Langbein aborda con mordacidad este tema al escribir, en torno a la obra de Douglas Hay (1975) sobre los procedimientos penales del siglo xviii: Se puede entender cómo fue que [él] se perdió si reflexionamos acerca [de la forma en que] Hay asegura que el sistema penal no carecía de sometimiento de los órdenes inferiores. En verdad, había sectores de la ley penal que no llamaban su atención. El probable origen del error de Hay es que la única parte sustancial del código penal con la que estaba familiarizado al escribir su ensayo eran los reglamentos de caza y pesca, los cuales poseen un fuerte fundamento de clase. Ciertamente, prevalecía cierto descontento popular con dichos reglamentos (descontento no circunscrito a los pobres), pero extrapolar ese extraño esquema (una buena parte de ello consistía en faltas leves) al ámbito todo del delito sería un error imperdonable, como lo sería, en estos días, igualar las actitudes públicas hacia el consumo de marihuana con el robo de automóviles. Cuando Hay habla indiscrirninadamente del robo de madera del jardín de un Lord y el robo de ovejas de la propiedad de un granjero, comete ese mismo error. Los delitos contra la propiedad que resultaron de mayores consecuencias en los tribunales de lo criminal del siglo xviii —en particular el robo de ganado, artículos de tienda y pertenencias personales y domésticas--- eran aquellos en torno a cuya gravedad imperaba un consenso que no conocía límites de clase. Se explica así que predominaran hombres marginados de las elites (en funciones de fiscales juaces) en la penalización de delitos contra la propiedad»

fue verdad en el siglo xix y siguió siendo verdad en el siglo xx. Así pues, la afirmación de que la prisión se inventó y persiste como una estrategia de los poderosos para individualizar la lucha colectiva del excedente poblacional continúa como uno de los aspectos de pura apariencia. Es correcta en un nivel, pero completamente inexacta en otro. En primer lugar, realiza numerosos supuestos respecto de la naturaleza colectiva de dichas culturas y su grado de organización. Segundo, supone que una proporción significativa del delito representa a esta colectividad, cuando la verdad es que la mayoría de las transgresiones constituyen una reacción individual que no necesita ser individualizada por lo poderosa que es. Se puede aceptar o rechazar el tipo de análisis individualista que los reformadores del siglo xix (o representantes contemporáneos de las clase obrera, en todo caso) aplicaban a los transgresores; ello, sin embargo, no es lo mismo que negar el individualismo y la desorganización. Hay situaciones sociales y materiales que pueden generar resultados individuales y antisociales: reconocer este hecho no implica acusar a un tribunal de aplicar teorías clásicas o positivistas. Como se ha señalado, estas teorías toman una manifestación de un fenómeno contradictorio para luego crear a partir de aquí, ambas situaciones, la abstracción del individualismo liberal o el determinismo patológico del criminal. Clasicismo y positivismo, los dos polos del pensamiento burgués, son formulados a la manera del individualismo analítico, en el que cada uno, a su manera, aporta una imagen unilateral y polarizada de la realidad. Los reformadores no individualizaban al delincuente, pues el delito era, ante todo, un modo individualizado de conducta. Simplemente ubicaban este fenómeno en un contexto incorrecto. Por ello, no hay razón para pensar en conspiración de su parte para convertir la resistencia colectiva en un efecto individual. Por añadidura, su interpretación tocaba —y sigue tocando-- fibras sensibles en el seno de la ciase trabajadora y de los transgresores. Ésta fue la base de su efectividad ideológica: su arraigo parcial en la realidad. Es así que Michael Ignatieff comenta: Si se retorna lo que los reformadores dijeron acerca de su trabajo, parece más evidente ahora que cuando el autor escribió A Just Measure o; Pain (1978), la adopción del método :eadaptatorio en particular y de la solución penitenciaria en general, no puede explicarse con base en la supuesta utilidad que implicaría el crear divisiones sociales dentro de las clases trabajadoras. Esto se debe a que, en el fondo, los reformadores, como casi todas las personas de su clase social, entendían la desviación más como conductas individuales e ii:educcibles que corno colectivr,s; la desviación no era, en última instancia, una desobediencia civil colc.ctiva, por más que movieran a las personas la desesperación y la alienación, sino como una caída estrictamente persoiial en a l pecado y el error. De acuerdo con esta interpretación individualista de la desviación, el atrac t ivo de las soluciones institucionales radicaba en el drama de culpabilidad que se obligaba a desernpeñar a cada transgresor."

División y acuerdo dentro de la ciase trabajadora. Es importante destacar que la mayor parte de los delitos suceden dentro de una clase social, no entre varias clases. Así i ocurre en la actua .lidad y así ocurría curando nació el sistema penitenciario en el siglo xix. Resulta insuficiente que los autores idealistas y revisionistas insistan en que la mayoría de personas confinadas co. prisión pertenecen a la clase obrera, pues lo mismo cabe afirmar acerca de sus víctimas. Éstas, como víctimas, a menudo formulan acusaciones couti a otras personas de clase Trabajadora que delinquieron en su perjuicio. La historia del sistema penal --y de la policía y las prisiones— presenta numerosos casos de complicidad y cooperación por parte de la clase trabajadora. Es esto lo que hace inadmisible la idea de que el Estado promueve la criminalidad en el seno de la clase obrera. .1 1?;natieif se expresa claramente en este sentido: Respecto al continainiento, parece que cl argumento de divide y vencerás ha cedido inadvertidamente al problema inherente a lo que !os criroinólogw; denominan teoría de la etiquetación. La dificultad más notoria de este método es que considera las sanciones del Estado como el único

18 M. IGNATIEFF, "State, Civil Society and Total Institutions", en S. Cohen y A. 5( . 1111 (eds.), Social Control and the State, Basil Blackwell, Oxford, 1985, p. 92.

" J. LANGBEIN,

'Albions 's Fatal Flaws", Past and Present, núm. 98, 1983, p. 15.

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Paradigmas recientes de la criminología 23 de una institución que funciona mal y que, no obstante, sobrevive aun ante el creciente escepticismo respecto de su capacidad disuasiva o regeneradora. En vez de buscar una función oculta para las prisiones en la cual han sido muy eficientes, deberíamos desembarazarnos de supuestos funcionalistas y comenzar a concebir la sociedad en términos mucho más dinámicos e históricos, y ver que esté regid... por instituciones que, al igual que las prisiones, no cumplen con su cometido y funcionan mal debido a la ausencia de opciones, o porque el conflicto sobre las diversas opciones existentes es demasiado intenso como para dirimido." Así pues, si deseamos investigar las causas de las prisiones, podemos empezar analizando la forma en que interactúan las concepciones reformistas del delito —que se basan parcialmente en la realidad; en los conflictos y convergencias entre las exigencias de control por parte de un amplio sector de la población; en los temores de las personas que poseen propiedades, y en la situación económica. Del mismo modo, las demandas de opciones en la actualidad chocan con la resistencia de la clase trabajadora, el escepticismo del gobierno, tanto desde el punto de vista de sus propios conceptos en torno al crimen como ante la posibilidad de perder votos, y con las ideas extremadamente conflictivas de lo que debería hacerse a partir de las propuestas abolicionistas y reformistas. La sola sugerencia de dar una solución intermedia provoca estremecimientos en la población, y hay mil diferentes formas de llegar a una solución exitosa. Sin embargo, ninguno de los medios de solución afirman que la prisión es necesariamente funcional para los poderosos y se deja sólo para las clases trabajadoras. Es ésta una cuestión muy alejada de la causalidad y que por tanto debe acometerse. Así, convendría determinar de manera desapasionada el posible efecto disuasivo de la prisión sobre diversos tipos de transgresores (jill Box-Grainger, 1986, y su alegato en torno a los violadores). Los efectos impeditivos, tanto sobre los transgresores como sobre los posibles delincuentes, no son tan evidentes como los abolicionistas, la ley y los políticos quisieran hacernos creer. Las limitaciones del idealismo Durante más de una década ha prevalecido una retórica general que se hace pasar por marxista. En ocasiones esta retórica se expresa de forma intelectualmente sofisticada, z. veces en forma de leninismo al viejo estilo, a veces tan sólo mediante el uso irreflexivo de un vocabulario especializado en coexistencia con otros tipos de lenguajes... los elementos comunes de esta retórica son algunos de los siguientes: primero, la noción platónica... del Estado capitalista ideal... Tal Estado es, de manera inherente, profundamente autoritario corno órgano directo de explotación y control capitalista, y cualesquiera restricciones que se le intenten imponer se visualiza como máscaras o disfraces, o corno trampas dirigidas a proporcionarle iegitin-lAción ideológica y fortalecer su hegenionía. De aquí... puede seguirse que cualquier signo de autoritarismo revela una

criterio de división entre la desviación y la respetabilidad. Pareciera que se ignora el grado al que, en los siglos xix y xx, las sanciones morales que condenaban el asesinato, la violación y las agresiones personales y sexuales eran anteriores e independientes respecto de la sanción punitiva, obteniendo así un asentimiento universal. Al castigar estas transgresiones, el Estado no hacía más que ratificar una línea divisoria entre indígenas y las clases menos privilegiadas. Aun en el caso de faltas menores contra la propiedad, no es del todo claro que la sanción penal etiquetara actos que el pobre excusara como inevitable reacción al infortunio, o que fueran justificados por la justicia natural. El pobre, en la misma medida que el rico, era víctima de delitos contra la propiedad; cualquier estudio de los tribunales policiacos londinenses del siglo XIX demuestra que las personas estaban dispuestas a recurrir a la ley para castigar a miembros de su propia clase social. Si había un proceso de constante deslinde entre los transgresores y las clases trabajadoras, en este proceso la clase trabajadora desempeñaba un papel prominente.20 Podría argumentarse que lo anterior no hace sino reflejar la división entre una clase obrera respetable y los pobres, vale decir los desempleados y la población excedente. Los primeros respaldan las medidas de control contra el delincuente, los segundos son delincuentes. Todas estas diferencias son inexactas. La mayoría de los pobres son respetables, y son muy pocos los desempleados que delinquen. Los crímenes de naturaleza profesional constituyen sin duda un fenómeno minoritario; los delitos menores son frecuentes entre las clases trabajadoras más depauperadas, pero son producto de la desorganización y esto se deplora casi de manera universal. Otra afirmación infundada contra los desempleados es sugerir que la criminalidad es un modo por lo general aprobado de conducta entre estos grupos. Como sucede con muchos otros asertos de la criminología convencional, cae por tierra estrepitosamente cuando se introduce la cuestión del género. Una constante de la desorganización social en los barrios bajos es la violencia contra las mujeres. Este fenómeno ha representado siempre la mitad de las estadísticas de homicidios, casi todos los casos de violación y una proporción significativa de agresiones graves. Todos estos delitos han sido considerados siempre —y con razón— delitos graves. ¿Se ha de creer que la mayoría de personas pobres difieren respecto de este juicio?

1_a necesidad de las prisiones. Los problemas planteados por la teoría carcelaria
funcionalista de izquierda son casi !os mismos que los de la teoría funcionalista en general. Puesto que en ellas la prisión se concibe como un elemento esencial para el funcionamiento del capitalismo, la reforma en el sistema no tiene aquí ningún papel por desempeñar. Esto provoca una incapacidad crónica para tornar seriamente las posibles opciones o, lo que es peor, para dar cabida a las dificultades reales en la creación de op ciones para el sistema carcelario. Ignatieff, en una crítica del funcionalismo característico de sus primeros escritos, afirma: Al aplicarse a la historia de las prisiones, su supervivencia implica que las instituciones funcionan, dondequiera que las prisiones se encuentren; sin embargo, la prisión es el ejemplo ciás;co 20 M. I GNATIEFF, op. cit., pp. 90-91.

21 /bideM,

p. 96.

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"crisis hegemónica" que incluso podría percibirse como desenmascaradora del verdadero (es decir, platónico) carácter del Estado, así como señal de la coyuntura en la que tendrá lugar una última confrontación de clases... Esto puede, a su vez... generar una vaga retórica en la que los derechos civiles y la práctica democrática scan considerados como mero camuflaje, o como reliquias del "liberalismo burgués". Para abreviar las cosas, este furor ideológico suele acompañarse del desprecio absoluto de toda ley- y de todas las formas de regulación, a veces con la torpe intuición de que todo delito constituye una especie de actividad revolucionaria desplazada. No es éste el lugar para enfrascarnos en discusiones filosóficas. Baste señalar que todo lo anterior no son sino verdades a medias, caracterizadas por la continua tendencia a degenerar en basura terminológica. Lo más grave es que esta retórica contribuye a desvalorizar los orígenes de la acción, así como a disminuir la importancia de cualquier lucha en favor de los derechos civiles. Si todas las leyes y todas las formas de institución son aborrecibles, entonces carece de importancia de qué tipo de ley se trate ni qué papel desempeñe la institución, no obstante, las luchas inmediatas y trascendentales por preservar la libertad se refieren exactamente a clases, lugares y casos anteriores y al uso del poder para fines particulares." Es importante destacar que la expresión idealista se refiere al idealismo filosófico; no se trata de una crítica del pensamiento utópico (MacLean, 1991). Este pensamiento es idealista debido a que su concepción de la acción es voluntarista y niega las situaciones materiales —con excepción de la intervención estatal— sobre las que construyen su realidad los hombres. Es idealista porque pone un énfasis excesivo en el control social a través de las ideas, ya sea mediante la mistificación o la hegemonía/De aquí su obsesión por el lenguaje "políticamente correcto » y el reetiquetamiento de la desviación: por ejemplo, los ciegos reciben la nueva denominación de visualmente impedidos, etcétera. Es idealista porque concibe al Estado como una esencia platónica, no como un ámbito de contradicción y lucha, ni como una entidad responsable de los cambios en la sociedad civil. De aquí la extraordinaria indiferencia con la que actúan las instituciones estatales respecto de los problemas que deberían combatir. Es idealista porque exalta las normas y cultura de íos grupos subordinados (Matza, 1969). Más que investigar la forma en que las condiciones materiales adversas generan desorganización social entre los pobres y los desposeídos, prefiere inventar un preclaro sujeto histórico, llámese clase obrera, negros, mujeres, homosexuales o minorías étnicas (Young, 1983). Invoca las comunidades en contextos donde la comunidad apenas existe (Scraton, 1985; compárese con Pryce, 1979) y postula estructuras familiares alternativas donde la familia adolece de una debilidad manifiesta (I.awrence, 1982; compárese con Wilson, 1987). Por último, es idealista porque niega que los humanos tengan una realidad corporal que envejece, que difiere en género y presenta diferencias psicológicas entre las 22 E. P. THOMPSON, Writing by Candlelight, Londres, 1980, pp. 166-167.

diversas personas. Confunde, en fin, el argumento contra el reduccionismo biológico con el rechazo de la biología.

La nueva criminología administrativa
Se ha. detallado ya el surgimiento de la nueva criminología administrativa como el paradigma más importante en el establecimiento de métodos en torno al fenómeno del delito (Young, 1985, 1988a). L o que debemo agregar aquí es que su principal característica ha sido la de eludir la crisis etiológica y sugerir que las causas del delito resultan ya sea irrelevantes o políticamente imposibles de contener. No hay necesidad de explicar el incremento en la criminalidad: lo evidente es que dicho incremento existe. Más bien, se deben encontrar formas de paliar sus efectos. Aquí, la cuestión se circunscribe a dar con la forma más eficaz de realizar intervenciones con vistas al control, insistiendo en "los aspectos de costo-beneficio más técnicos del delito: las oportunidades de transgresión que proporciona el entorno, así como los altos riesgos vinculados a la actividad delictuosa"» Es importante observar que el surgimiento de la criminología administrativa se debió al doble fracaso de la criminología ortodoxa. Esta doble crisis fue percibida claramente en las investigaciones de Ron Clarke y sus colaboradores en el Ministerio del Interior. El concepto de la prevención de la situación del delito junto con la teoría del albedrío racional creada por estos estudiosos a fin de responder a dicho reto, resulta, sean cuales fueren sus limitaciones, ser un paradigma innovador de gran importancia. Todo, además, ha golpeado y ha devuelto a una criminología demasiado satisfecha con sus abstracciones, la irnuerialidad y la experiencia real del ejercicio de un albedrío en Un rilOrrient0 concreto. La nueva criminología administrativa se desarrolló principalmente en Inglaterra merced al trabajo de un equipo de investigadores del Ministerio del Interior. Desde los isrinieros años de la década de 1980, esta teoría logró reemplazar con éxito el positivismo ciemocrátic.) social como teoría clave de la criminología oficial. Pese a lo anterior, existen algunas sorprendentes afniidacies entre el idealismo de izquierda y la criminología administrativa. Ambos niegan la crisis etiológica y ambos, desde luego, se oponen tanto a la ciiminología democrática social del periodo inmediato posterior a la guerra, como a las prácticas policiacas propugnadas por el neoclasicismo. Naturaleza humana y orden social Este paradigma rechaza ambas teorías, niega toda relación con el positivismo social y su búsqueda de las raíces del delito en problemas sociales generales, así como con el neoclasicismo y su énfasis en la disuasión y el sistema penal. No obstante, está hondamente arraigado en el neoclasicismo --la "criminología administrativa" de principios 23 i DOWNES y P. ROCK, Understanding Deviance, Clarendon Press, Oxford, 1982, p. 194.

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Paradigmas recientes de la criminología 27 invierte la pregunta usual de ¿por qué se cometen delitos?, para interrogarse: "¿por qué las personas no delinquen?" La respuesta es característica de la teoría social dimanada de la obra de Thomas Hobbes, es decir, que las personas delinquen en ausencia de medidas restrictivas. En efecto, Hirschi (1986) explica detalladamente cómo ambos enfoques teóricos comparten algunos supuestos en torno a la naturaleza humana y el orden social. Se presenta así el problema de la parcialidad: lo importante es la reacción social (compulsión), no la acción (motivación). No obstante, una teoría adecuada debe tomar en cuenta ambas dimensiones, pues aun la fuerza coactiva depende de los motivos de los actores y de la evaluación de su legitimidad. Desde luego, visualizar la acción delictiva como un mero epifenómeno de la ausencia de control invalida la discusión de las causas del delito en el contexto general de las desigualdades de poder y riqueza prevalecientes.

de siglo (Taylor et al., 1973; Vold, 1 95 8)— tanto en su concepción de los actores racionales como en su idea de un contrato social refutado o disuelto, aspectos a los que se debe el calificativo de nueva criminología administrativa. Su principal revisión del neoclasicismo es el concepto de racionalidad limitada, labor para la que se apoyaron en la obra del economista Herbert Simon (1978) y sus seguidores, quienes rechazaban el supuesto de completa racionalidad muy común en la economía, e insistían en que los procesos de toma de decisiones reflejan las evidentes limitaciones de ia población para adquirir y procesar información. En particular, se cree que las personas tienden a economizar esta escasa capacidad adoptando reglas empíricas, o "decisiones permanentes", las cuales eliminan por entero la necesidad de analizar cada nueva decisión» Esta idea se robustece al aplicarla a la psicología social de una amplia gama de sectores, como la planificación familiar, la conducta, el acto de votar y las investigaciones de mercado (Tuck y Riley, 1986; Fishbein y Coombs, 1974; Tuck, 1976). Así pues, se imponen límites a la racionalidad, trátese de las decisiones del consumidor en el supermercado o las decisiones delictivas en las unidades Labitacionales. Ninguno de estos casos implica la maximización del poder de decisión implícito ya sea en la macroeconomía o en la teoría legal clásica. Congruente con el clasicismo, sin embargo, es la insistencia en que las conductas normal y delictiva no son en sí mismas diferenciables, y que, en consecuencia, la distinción positivista tradicional entre transgresores y no transgresores resulta inadmisible. No es que los partidarios de esta teoría nieguen la patología, sino sólo dicen que está exagerada y sostienen que "no se excluyen de la acción delictiva los motivos patológicos en concierto con medios racionales para alcanzar fines irracionales"." En este sentido, los criminólogos administrativos están en lo correcto: las actividades de los homicidas, por ejemplo, suelen combinar una perpetración en extremo racional con fines absolutamente incomprensibles. Tenemos aquí, pues, una franca ruptura con los principios legales neoclásicos que conduce a una división entre actores racionales y no racionales, la cual, al invocar conceptos de racionalidad como la mens rea, se encuentra incapaz para determinar, con fadidad, ante los tribunales, la salud mental de criminales como Peter Sutcliffe o Brady y Hindley. Por último, estos criminólogos argumentan que una buena parte del delito, trátese de vandalismo vulgar, desmanes de hooligans en estadios de f ítbol, violencia doméstica u homicidio, presenta características eminentemente racionales en la planeación de sus pasos, objetivos e intencionalidad (Cornish y Clarke, 1986b). Respecto al problema del orden social, los nuevos criminólogos administrativos rara vez se preocupan de esta cuestión en sus aspectos más generales. Ahí resultan perceptibles sus afinidades con la teoría del control (1969) de Travis Hirschi, la cual

Las causas de! delito
Clarke, en el pronunciamiento más importante de su posición teórica, escribe lo siguiente: La teoría convencional señala que la prevención del delito ha de basarse en un conocimiento minucioso de las causas del delito. Aunque debemos conceder que es posible, en ocasiones, encontrar medidas preventivas (a la manera de los topes que se construyen en las calles para prevenir el exceso de velocidad) sin invocar teorías causales refinadas, las medidas físicas dirigidas a disminuir las ocasiones de delinquir poseen un valor más bien limitado. La finalidad de dichas medidas se reduce a suprimir un impulso de transgresión que quizá se manifieste posteriormente de manera más dañina. En cambio, se consideran mucho más eficaces las medidas de tipo social (como la revitalización comunitaria, la generación de empleos para la juventud desempleada y la provisión de medios para practicar deportes y cultivar el tiempo libre), ya que éstas se dirigen a eliminar las causas que motivan el delito. Estas ideas en torno a la prevención no son necesariamente compartidas por el hombre de la calle, o por la policía o magistrados; pero han prevalecido y gozan de aceptación entre académicos, funcionarios y otras personas dedicadas a la formulación de políticas preventivas. Tales ideas concuerdan, asimismo, con la preocupación de la teoría criminológica respecto de las disposiciones delictivas y con la finalidad de este trabajo que pretende poner énfasis en una opción teórica de elección y decisión efectuada por el transgresor, lo que llevará a una más amplia y tal vez más realista posibilidad de prevenir el delito." Para la criminología administrativa, la parte más vulnerable del positivismo democrático social era la idea de que el delito es causado por las condiciones sociales. En realidad, en la inmensa mayoría de casos, el delito no es causado por condiciones anteriores; por e! contrario, es oportunista, pues se comete en situaciones que permiten la posibilidad de delinquir. Toda la criminología anterior se concibe como si estuviera invadida por una disposición hacia el delito, una búsqueda de las causas que predisponen a las 26 R. Ci.hRKE, `Situational Crime Preventkn: Thcory and Practice", núm. 20, vol. 2, 1980, pp. 136-117. British Journal of Criminology,

t

24 P. COOK, «Criminal Deterrence", en M.•"."onry y N. Morris (eds.), Crime and Justice, vol. 2, University of Chicago Press, Chicago, 1980, p. 220; véase también el comentario en Trasler, 1986. 25 D. C ORNISH y R. C LARKE, The Reasoning Criminal, Springer-Verlag, Nueva York, 1986,
p. 3.

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Paradigmas recientes de la criminología

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personas a delinquir, sean éstas factores sociales, como en el positivismo, o etiquetas administrativas, como las que impone la teoría clasificatoria. La mayor parte de los delitos no sólo son oportunistas, sino que manifiestan un motivo mucho menos evidente de lo que ha sugerido el positivismo en sus aspectos ya sea individualista o social. Debido a esto, es posible interponer barreras estructurales a la comisión de delitos: por ejemplo, instalando alarmas en los autos, cerraduras de seguridad en las casas, mayor vigilancia por parte de vigías vecinales o inspectores especializados.
El efecto

Sobre esta base, y suponiendo que las tasas de criminalidad son las mismas que en 1981, los estudios indican que una persona "estadísticamente promedio" de 16 años o más puede esperar: Un asalto con robo cada cinco siglos (sin contar intentos). Un ataque físico en el que habrá lesiones (aun si son leves) cada siglo. Un robo o préstamo del auto familiar cada 60 años. Un robo con allanamiento de morada cada 40 años. Los estudios señalan, además, que la imagen popular instigada por políticos, medios de comunicación y hasta la policía (cuando ésta necesita más hombres y recursos) resulta desproporcionada con la realidad. La mayor parte de transgresiones es de orden menor y, por tanto, convendría que !a policía recibiera asesoría a fin de adoptar un método preventivo, dirigido a mejorar las relaciones públicas y comunitarias, que sustituya el método de "lucha contra el delito" que predomina en la actualidad." Lo anterior se tornó de la excelente introducción de Martin Slattery a las estadísticas sociales oficiales, la cual resume adecuadamente la posición de la nueva criminología administrativa en torno a los efectos del delito. Obsérvese la idea de que el temor al delito es un problema tan agudo como el delito mismo, así como lo que se ha denominado simetría moral de la victimación (Lea y Young, 1984), es decir, que víctimas y transgresores presentan características sociales muy similares, en marcado contraste con el perfil del transgresor predatorio y la víctima inocente.

del delito

La criminología administrativa no niega los incrementos en la tasa de criminalidad, aun cuando los atribuya a la denuncia de una mayor cantidad de faltas leves que antaño; al misrnc, tiempo, las ocasiones de delinquir se han elevado en términos de posibles víctimas y medios de transgresión (Clarke, 1984). Además, esta teoría acentúa la rareza comparativa del delito en términos del riesgo promedio de victimación (Hough v Mayhew, 1983), así como el hecho de que los actos delictivos —especialmente cuando se acompañan de violencia— conforman una proporción mínima entre la totalidad de delitos (I- Iough y Mayhew, 1985). La principal base de datos de que dispone la nueva criminología administrativa ha sido el British Crime Survey (Estudios de Criminalidad en Inglaterra), realizado en etapas sucesivas desde 1982. Estos criminólogos definían su labor como una tentativa de mitigar el temor excesivo al delito. Así, Hough y Mayhe w escribían acerca de los conceptos que subyacen al British Crime Survey: Se creía en el Ministerio del Interior que existían, ampliamente difundidas entre la población, ideas distorsionadas y exageradas acerca de los niveles, tendencias y riesgos de la criminalidad; la información sobre dichos riesgos demostraría las posibilidades relativamente bajas de delitos graves, combatiendo así estereotipos imprecisos en torno a las víctimas. En otras palabras, los datos se concebían, al menos en parte, como una forma de alcanzar lo que podríamos denominar la normalización del delito, es decir, contribuir a generar un ambiente de opinión menos alarmista y más equilibrado acerca de la ley y el orden." En seguida se analizarán sus descubrimientos empíricos. El primer estudio de criminalidad en Inglaterra reveló: Que la víctima típica se parece en realidad al delincuente típico, no de edad avanzada, sexo femenino y adinerado, sino varón, joven, soltero, bebedor y acostumbrado a los ataques violentos contra los demás. Que el temor al delito es mayor que la realidad. El delito es un riesgo menor en las vidas de la mayoría de personas (fuera de la parte antigua de la ciudad).
27 M. HOUGH y P. MAYHEW, «

El papel de la policía
Los nuevos criminólogos administrativos reconocen el papel limitado que desempeña la policía en el control de los distintos niveles de criminalidad. En áreas de delitos graves se considera a la policía eficiente, aunque, respecto de los efectos marginales del incremento de oficiales de policía sobre la reducción de las tasas globales de criminalidad, estos criminólogos se muestran escépticos. Por ejemplo, en torno a la vigilancia policiaca, Clark y Hough escriben: No existen pruebas concluyentes de que el incremento en la frecuencia de los rondines a pie contribuya en la realidad a reducir los delitos, aun cuando esto sirva para alcanzar otros objetivos, como la conformidad pública y el sentimiento de seguridad." La importancia de la policía depende en gran medida de la demanda pública: más de 90% de los delitos graves reciben atención policiaca gracias a las denuncias públicas.)° Per lo demás, la magnitud de ias demandas del público hacia la policía comprende el

Finding of the British Crime Survey", en M. Maguire y J. Pointing (eds.), Victims of Crime: A New Deal, Open University Press, Milton Keynes, 1988, p. 157.

21 M. SLATTERY, Offico/ Stat¿stics, Tavistock, Londres. 1986, pp. 70-71. 1984, p. 6. 29 R. CLARKE y M. HOUGH, Crime and Po/ice Effectiveness, HM50, Londres, 30 M. HoucH y P MAYHF.W, Taking Account of Crime, ithiso, Londres, 1985, cap. 3.

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delito en una mínima proporción frente a las demandas de servicio, como informar sobre objetos perdidos, solicitar asesoría, orientación, etc., servicios que predominan sobre las denuncias de actos delictivos. Debido a esto, resulta erróneo evaluar el desempeño de la policía con base exclusiva en el delito.
El papel de la población

La población desempeña un papel de gran importancia en las actividades policiacas. El esclarecimiento de crímenes, por los que la población clama, está determinado en gran medida por los testimonios públicos, y en medida mucho menor por las investigaciones directas de la policía. Por tal razón, los incrementos en el reclutamiento de nuevos policías no bastan por sí solos para controlar el delito. Lo que sí resulta indispensable es la cooperación entre policía y población, lo cual explica el énfasis que suele hacerse en las patrullas vecinales. Más aún, la población puede prevenir el delito de manera más directa y eficiente que la propia policía mediante la protección adecuada de sus casas (es decir, convirtiéndolas en objetivos difíciles de penetrar para los ladrones), así como mediante la adopción de conductas más cautelosas al estar fuera de ellas. La prevención del delito ocasional comprende limitaciones físicas (protección de las casas), cambios físicos que facilitan una mayor vigilancia informal (diseños que aumenten el espacio defendible) y vigilancia pública (condiciones básicas, patrullas vecinales). Lo que dichas prácticas no incluyen es la prevención social del delito en el sentido de las cambiantes condiciones sociales que podrían provocar la comisión del mismo, por ejemplo, desempleo, depauperación. Su principal ventaja es que destaca los métodos informales por sobre la actividad policiaca como medida de control y, sobre todo, que concibe el espacio natural real del delito tanto en términos de ocasiones como de vigilancia. Al igual que la sociología general, la criminología sociológica se ha mostrado muy renuente a considerar el espacio físico como un importante parámetro de la interacción social y de la actividad delictuosa (Gregory y Urry, 1985). La crisis etiológica Para los criminólogos administrativos, la crisis etiológica no existe. Ante todo, la idea de etiología —o factores del delito— no es más que un tendencioso prejuicio. Segundo, el incremento en la criminalidad emana, por dondequiera que se le mire, de un mayor número de denuncias por parte de la población, así como de un incremento en la voluntad popular para denunciar delitos no graves que absorbe la cifra de los delitos graves y que ocasiona en gran medida la "ola de criminalidad". Problemas de causas y desplazamiento La nueva criminología administrativa limita sus intervenciones a un solo elemento de la ecuación del delito: no aprueba la intervención en el plano de la causalidad. Tal limitación no permite una comprensión completa de los motivos del criminal; no obstante, resulta difícil prevenir el delito si no se conocen las fuerzas motrices que subyacen en

la comisión del delito por parte de los participantes. Por último, dicho desconocimiento genera problemas para entender adecuadamente el fenómeno del desplazamiento. Aun reconociendo la existencia de este fenómeno, el compromiso con la solución administrativa del delito (la llamada combinación técnica) no permite a quienes proponen esta metodología responder a la observación de que las causas subyacentes del delito serán siempre las mismas dondequiera que se les considere. En efecto, cualquier intervención tiene sus costos. Las diferentes medidas de control del delito han de evaluarse de acuerdo con los siguientes cuestionamientos: ¿Cuán efectivas resultan estas medidas cuando se comparan entre sí? ¿Es efectivo el incremento marginal de recursos asignados a un área en detrimento de otra? 3. ¿Cuál es el costo de estas medidas en términos de otros aspectos como la calidad de vida o el ejercicio de las libertades civiles? Una política realista debe admitir la existencia de varios métodos que, si son debidamente experimentados, seguidos y financiados, pueden contribuir a reducir la criminalidad. Sin embargo, cualquier método, por muy efectivo que resulte, tendrá rendimientos marginales bajos si se lleva demasiado lejos y se implanta de forma exclusiva. Más aún, cualquier método, trátese de la vigilancia pública mediante patrullas vecinales, policías adicionales en las calles o protección de las casas, requerirá costos que afectarán la calidad de vida y la libertad de los ciudadanos. Las políticas actualmente aplicadas por los gobiernos, al poner un énfasis excesivo en la protección de casas y no tomar en cuenta las condiciones que aumentaron el delito, han generado cierzo desequilibrio en su intervención. En efecto, se ha dedicado a reducir las ocasiones de delinquir, no a investigar y eliminar sus causas; dicho de otro modo, se concentró exclusivamente en uno de los elementos de la ecuación, en los efectos, y se ha olvidado de las causas, y debe de atender a ambos. Cada intervención social genera invariablemente repercusiones no previstas. El costo del control del delito tiene que medirse frente al grado de desplazamiento prevaleciente y a su efecto sobre la calidad de vida, desde la estética de la protección habitacional hasta las libertades civiles afectadas por una actividad de vigilancia intensiva. Una intervención efectiva provocará un desplazamiento del delito menor en lo cuantitativo, de naturaleza menos grave en lo cualitativo y alejará el delito respecto de los grupos sociales más vulnerables. (En el área de control de estupefacientes, véase Dorn y South, 1987.) Su costo social tendrá que tomar en cuenta las pérdidas en la calidad de vida. En la realidad, se debe determinar cuál es el nivel de criminalidad políticamente tolerable al ponderar dichos costos sociales.
El

realismo de derecha: la obra de James Q. Wilson

James Q. Wilson es una gran figura en la criminología estadounidense reciente. Autor del éxito de librería Tbinking about Crime (1975), así como de numerosos artículos y

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libros en torno al delito, desempeñó también la función de consejero del presidente Reagan. Su obra goza de una enorme influencia tanto en Estados Unidos de América como en Inglaterra. Como se aprecia en el pasaje citado al comienzo de este artículo, este autor se ocupa precisamente del problema de la crisis etiológica, declarándose adversario tanto de las ideas en torno al delito propias del positivismo democrático social que imperaron en la década de 1960, como de la postura de aquellos conservadores que se limitan a proponer más policías, más prisiones y la asignación de más facultades al Poder Judicial. Lo interesante de la obra de este autor radica en las diferencias que manifestaron las reacciones a la crisis etiológica en Inglaterra y Estados Unidos de América. Pues existe una diferencia abismal entre la criminología administrativa inglesa y el realismo de derecha estadounidense. Esto se debe en parte a las diferentes circunstancias exteriores que manifiestan ambos países, en particular la elevada tasa de criminalidad de Estados Unidos de América y la existencia, en este último país, de un clima intelectual de claro predominio de la derecha sobre la izquierda. Las causas del delito Wilson desarrolla su teoría en la vertiente más importante de la criminología. No niega las causas del crimen; antes bien, se declara casi determinista por la cantidad de causas que podrían reunirse. Pese a ello, Wilson no es ecléctico, pues su sistema tiene como fundamento las teorías conductistas modernas del condicionamiento. Esto significa que su respuesta a la crisis etiológica no consiste en romper con la causalidad, como han hecho los criminólogos administrativos ingleses, sino —junto con Richard Herrnstein— de contabilización debido a que un transgresor puede cometer los mismos tipos de fraude varias veces durante cierto periodo. Podría argumentarse que, para fines prácticos, resulta adecuado determinar las dimensiones del problema del crimen por el total de delitos registrados por la policía, con base en que dichas cifras comprenden los delitos más graves y que, en su mayoría, representan condenas de reclusión. Sin embargo, también se incluye un gran número de incidentes, en desarrollar la teoría de la criminología positivista individual fundada por pensadores corno Hans Eysenck. En esencia, esta teoría parte de la premisa de que los cálculos simplistas y hedonistas propuestos por la criminología clásica, donde el actor sopesa las recompensas y castigos del delito, difícilmente impedirían que las personas robasen, ya que el castigo es a tal punto incierto, que el delito quedaría sin esclarecerse, por lo general, en beneficio del propio transgresor. Sin embargo, esta siniestra posibilidad de una guerra de todos contra todos se matiza con el condicionamiento temprano en la infancia, cuando las reglas son interiorizadas. Aquí, los realistas de derecha coinciden con el lema de Eysenck (1970) según el cual "la conciencia es un reflejo condicionado". Dicho esto, tal conciencia depende de la condicionabilidad y efectividad de la familia para condicionar al niño: es decir, de la constitución física de la persona y, por ende, de la sensibilidad para el condicionamiento, así como de la calidad del condicionamiento

que él o ella reciba, primordialmente en el ámbito familiar. Pasando a niveles de análisis más amplios, los compañeros, la situación laboral, el sistema de impartición de justicia y la propia cultura actuarán sobre este proceso de condicionamiento básico. O, para decirlo con las sucintas palabras de Wilson y Herrnstein: Cuanto mayor sea la proporción de las recompensas (materiales y no materiales) del no delinquir, la recompensa (material y no material) debilitará la tendencia a delinquir. El remordimiento de conciencias, la aprobación de los compañeros y cualquier sentido de desigualdad incrementará o decrecerá la importancia de delinquir." Son importantes, pues, la socialización de la persona y las posibles recompensas y castigos asociados con el delito. Éstos, a su vez, han cambiado con el transcurso del • tiempo: Se cree que las tendencias de largo plazo en las tasas de criminalidad pueden atribuirse principalmente a tres factores. Primero, los cambios en la estructura de edad de la población acrecerán o disminuirán la proporción de personas -- varones jóvenes— que, en su entorno, manifiesten actitudes temperamentalmente agresivas por tener horizontes limitados para su desarrollo. Segundo, los cambios en los beneficios aportados por el delito (la accesibilidad, densidad y valor de las ocasiones de delinquir), el costo del crimen (el riesgo del castigo, y el costo de perder la escuela o el trabajo) modificarán la rasa de comisión de delitos, en especial aquellos contra la propiedad. Tercero, los cambios sociales y culturales significativos y el nivel e intensidad de la inversión social (por medio de familias, escuelas, iglesias y medios de comunicación) en la observancia de un compromiso interiorizado junto con el autocontrol determinará el grado al que las personas proclives postergarán la gratificación, aceptarán como equitativos los logros de los demás y aceptarán las reglas» Conviene destacar el neopositivisrno de Wilson, enriquecido por su trabajo con el psicólogo Richard Herrnstein. Tradicionalmente, la base determinista del positivismo se dirige contra la naturaleza voluntarista del clasicismo. Así, el enfoque terapéutico ha de contrastarse con el énfasis en la disuasión (Taylor et al., 1973; Vold, 1958; Eysenck, 1970). Tal oposición carece de bases lógicas, pues si el positivismo se basa en una estructura motivacional generada por castigos y recompensas en el proceso de socialización primaria, no hay razón para concluir que dichos castigos y recompensas (la disuasión incluso) no deba resultar efectiva en etapas posteriores de la vida. La obra de Wilson reconoce esto, al igual que viraje recientemente experimentado por la teoría criminológica de Eysenck. (Eysenck y Gudjonsson, 1989), así corno la revitalización de la criminología positiva promovida por Gottfredson y Hirschi (1987).

VitisoN y R. F1EKRNSTE!N, Crime and Hurnan Nature, Simon and Schuster, Nueva York, 1985, p. 61. ;2 lbidern, p. 437.
J. Q.

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Paradigmas recientes de la criminologia 35 tiva no por su efecto directo sobre el control del delito, sino más bien porque propicia la preservación del orden social. En lugares donde no son controlados los alborotos, por ejemplo, de ebrios o jóvenes pendencieros, el vecindario ingresa en una espiral deteriorante en que los transgresores emigran del área, los controles sociales informales se debilitan y el delito comienza a florecer. Así pues, la intervención de la policía en la preservación del orden propicia, a la larga, el proceso de control del crimen. La presencia de la policía facilita el crecimiento de controles vecinales informales al proporcionar al área un sentido de solidaridad general. Wilson divide el trabajo policiaco en tres tipos: reforzamiento de la ley, preservación del orden y servicio público. Este último se relaciona con el control del tránsito, rescate de gatos de los árboles, restitución de objetos perdidos, etc. Para Wilson, es una mera contingencia histórica que la policía deba realizar estas tareas, de ahí que no tarde en suprimir este elemento de su análisis. Lo verdaderamente importante de su argumento es la distinción entre reforzamiento de la ley y preservación del orden. Según Wilson:
El papel del policía se define más por su responsabilidad en la preservación del orden que por su

El efecto del delito Wilson admite no tener razones para negar el incremento en las tasas de criminalidad. Por tanto, su respuesta difiere en gran medida de las de los criminólogos del establishment inglés. Su realismo consiste en reconocer el complejo problema de la criminalidad en la sociedad estadounidense y la insensatez de aquellos que insisten en esgrimir argumentos en otros sentidos. Así pues, se burla de que los liberales nieguen la crisis etiológica y pretendan que nada ha cambiado en términos de tasas de criminalidad e incluso de que el crimen en sí mismo haya representado simplemente una forma encubierta de expresar sentimientos racistas. Añade nuestro autor con ironía: Empero, hacia 1970 había suficientes miembros de la intelectualidad liberal que habían hecho robar sus máquinas de escribir para dificultar la tarea de escribir artícul.is en que se negara la existencia de una ola de crímenes." Una conclusión que se extrae de los análisis de Wilson es que es muy poco lo que se puede hacer para combatir el delito. Los factores constitucionales son difíciles de modificar (y la era de la ingeniería biológica apenas se inicia); la proporción de hombres jóvenes en la población es un elemento permanente con el que la sociedad tiene que aprender a vivir; la eficiencia de la crianza de niños —particularmente la incidencia de madres y padres solteros— no es una situación que pueda cambiarse de la noche a la mañana. Mucho de lo que contribuye a estimular las conductas delictivas en Estados Unidos de América, corno admite Wilson, forma parte inherente de las conductas egoístas de la modernidad de ese país, y esto no es algo que pueda cambiarse. En cuanto a los efectos de la actividad policiaca y el sistema punitivo, Wilson es portavoz de quienes se muestran escépticos respecto de su efectividad. ¿Qué hacer entonces? El realismo de Wilson destaca los beneficios marginales sobre los objetivos utópicos, así como una intervención cuidadosamente planeada sobre la idea de "tirar el dinero" para solucionar el problema. En efecto, sostiene que: Si se acepta que es posible tratar de mejorar el sistema penal sin la excusa de que esos esfuerzos no atacan el crimen "desde sus raíces", se debe recordar que se está buscando, en el mejor de los casos, mejoras marginales que sólo pueden realizarse mediant, pacientes procedimientos de ensayo y error, acompañados de evaluaciones estrictas y objetivas. Por sobre todo, podemos tratar de aprender más acerca de lo que funciona y, en el proceso, abandonar nuestras preconcepciones ideológicas acerca de lo que debería funcionar." El papel de la policía Wilson ocupa una posición prominente en la relación entre policía y control del delito. Resumida en unas pocas palabras, la hipótesis señala que la actividad policiaca es efec33 J. Q. WILSON, op. cit., pp. 83-84. Ibidem, pp. 253-254.

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participación en el cumplimiento de la ley. Cualquier intervención de la policía se realiza al abrigo de la ley y puede concebirse como un reforzamiento de la misma. Al considerar los hechos, un juez seguramente actuará conforme a esta lógica, no así el policía, para quien bastará la existencia de la ley para realizar un arresto, pero quien siempre actuará por cuenta propia al decir a las personas: 'acábalo", "dispérsense" o 'váyanse a sus casas"." La preservación del orden es una prioridad en el tiempo de la policía, pues requiere, según Wilson, tres veces más tiempo para las tareas de reforzamiento de la ley. Este es un trabajo más difícil, y sin embargo, es la tarea en la que la policía se muestra más efectiva. Asignar más policías a las calles puede no servir para reducir de inmediato la tasa de criminalidad, como George Kelling demuestra en su estudio en torno a Newark, Nueva Jersey, aunque reduce considerablemente el temor de la población al delito. Son varias las razones que explican esta aparente paradoja. Primero, el desorden mismo asusta a las personas. Segundo, en el 'largo plazo el desorden engendra más desorden, y más desorden produce crímenes. Esto significa que, cuando la preservación del orden se resquebraja, los mecanismos de control informales naturales —o anticuerpos sociales de la comunidad— se debilitan, dando lugar a incrementos reales en la criminalidad. Históricamente, la función de la policía, desde los serenos nocturnos en adelante, ha sido la de brindar prioridad al orden. Según Wilson y Kelling, fue en respuesta al acelerado crecimiento de la criminalidad en Estados Unidos de América que el control del delito adquirió la importancia que ahora tiene. Esto ha significado un viraje en el desempeño del policía como preservador del orden e improvisador de reglas de acuerdo 35 J. Q. WILSON, Varieties of Police Behavior, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1968,
pp. 16-17.

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Paradigmas recientes de la criminología 37 papel de la población

con los usos y hábitos de la comunidad, y al policía como funcionario de la legalidad, dirigido por el Departamento de Justicia y facultado para ejercer procedimientos oficiales. Esta transición ha sido en perjuicio del orden, pues la justicia per se no propicia la preservación del orden. A este respecto Wilson y Kelling escriben: Cuando se piensa en todos los aspectos del trabajo policiaco como la aplicación de reglas universales según procedimientos especiales, la pregunta es inevitable: ¿qué es lo que hace que a una persona se le considere indeseable?... Un plausible y vehemente deseo de que las personas sean tratadas con respeto y equidad hace que nos preocupemos por permitir que la policía atemorice a personas que, como resultado de un criterio estrecho e intolerante, son consideradas indeseables. Y asf, muchos de los que presencian la acción policiaca quisieran evitar que la policía actúe como lo hace, sin detenerse a meditar que están desempeñando, a su manera, la función que la comunidad desea que desempeñe.3' Lo importante aquí es asignar prioridad al orden y no el juzgar a la policía sobre la base exclusiva de su capacidad para combatir el delito. Se deben concentrar los recursos disponibles en las áreas más urgentes y "donde el orden público está deteriorado pero no de manera irreversible » , no necesariamente en aquellas conductas que presenten las tasas de criminalidad más altas y que acaso hayan alcanzado ya un punto sin retorno. Es necesario capacitar a los policías para que sepan desenvolverse en las calles en la misma medida que se les instruye en materia legal y de procesos. La ciudadanía debe, como insisten Wilson y Kelling, oponerse a las campañas emprendidas para descriminalizar las llamadas conductas inofensivas: "Borracheras públicas, prostitución callejera y espectáculos pornográficos pueden destruir una comunidad más rápidamente que cualquier equipo de ladrones profesionales,"" Es importante observar los objetivos políticos a los que se dirige este análisis. Wilson y Kelling se oponen a las políticas conservadoras tradicionales que visualizan el fenómeno delictivo en términos cuantitativos. Quizá lo más revelador es que también se manifiestan contra las ideas liberales como al control del delito. Primero, se oponen a la despenalización de delitos menores y de los llamados delitos sin -)íctimas. Segundo, su análisis ensancha la esfera del control social al atribuir a la vigilancia de las conductas desviadas, tanto legales como ilegales, una importancia igualmente decisiva en la preservación del orden. Tercero, la opinión de insistir en los derechos y el debido proceso y criticar tanto la posibilidad como la deseabilidad de imponer medidas de control administrativo a la policía. Por último, este análisis insiste en el control social por parte tanto de la comunidad como de la policía como una clave del control delictivo, en vez de esperar que el delito se reduzca a partir de medidas dirigidas a la supresión de la pobreza y la privación.

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Así pues, Wilson concibe el control informal como el factor más poderoso del control social. El papel de la policía se reduce, por así decirlo, a poner en acción el sistema de control informal en aquellas áreas donde no se aplica, áreas que, ipso facto, se caracterizan por un alto nivel de delincuencia. El trabajo policiaco directo, en el modo tradicional de investigación y detección, ha de dirigirse contra los transgresores reincidentes de alto riesgo. De igual manera, los tribunales y prisiones deberían imponer en las sentencias periodos largos a este reducido grupo de delincuentes con el fin de neutralizarlos. Aquí, Wilson concuerda con su colega conservador Ernest van den Haag en el sentido de que los intereses de mantener el orden se imponen a los de la justicia. Es mejor aislar de la sociedad a un reincidente con base en una pena proporcional a sus delitos anteriores que juzgarlo de acuerdo con el último delito cometido. La población, por su parte, juega un importante papel en la formulación wilsoniana del control social. La propia crianza de los niños forma parte indispensable del proceso de socialización, al igual que la presión ejercida por los compañeros, de ahí que sea mucho lo que queda por hacer en términos de control ciudadano organizado, como las patrullas vecinales y los comités públicos de autoayuda. La crisis etiológica: el realismo de derecha y la realpolitik Como se ha visto, Wilson confronta directamente la crisis etiológica destacando el drástico incremento en la criminalidad de Estados Unidos de América y señalando sus causas. Su realismo se propone determinar: 1. los límites de lo que se puede hacer en términos de una posible intervención; 2. la pobreza de nuestros conocimientos respecto de lo que verdaderamente funciona, y 3. la importancia marginal de los beneficios. El realismo de derecha wilsoniano da prioridad al orden sobre la justicia, aspecto que puede ilustrarse en cuatro fases: La intervención policiaca debe existir ante la necesidad de preservar el orden en las calles y no tanto por el propio delito, pues es en este sentido que dicha intervención resulta efectiva, aunque se hayan cometido faltas leves. La intervención pública debe proporcionarse en aquellas áreas que aún no manifiesten un deterioro tal que nada pueda hacerse en su favor: es decir, no en las áreas que puedan requerido ; sirio en aquellas que se consideren todavía rescatables. La intervención con fines de control en el consumo de estupefacientes no ha de dirigirse contra los adictos (a quienes es difícil regenerar) o contra los traficantes, sino contra los nuevos consumidores, en quienes todavía puede prevenirse la adicción: es decir, contra los menos culpables. Los delincuentes reincidentes, a quienes Wilson atribuye una gran participación en el problema de la delincuencia, deben ser incapacitados mediante un encarcelamiento con una doble base, es decir, se les debe castigar tanto por la gravedad de su delito como por el interés público.

36 J. Q. W ILSON y G. K ELLING, "Broken Windows", Atlantic Monthly, núm. 29, vol. 38, marzo de 1982, p. 35. 3 Ibidem, p. 38.

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El realismo de izquierda en la criminología: análisis radical, política realista El realismo de izquierda en la criminología, como su nombre lo indica, es radical desde el punto de vista criminológico y realista en la evaluación del delito y sus causas. Radical, en el sentido de que el delito se concibe como un producto endémico de la organización clasista y patriarcal de las sociedades industrializadas avanzadas. No se trata de una criminología cosmética del tipo oficial que visualice el delito como un estigma que, merced a un tratamiento adecuado, pueda eliminarse del cuerpo social, el cual, por sí mismo, gozaría de excelente salud sin ese estigma y que, por consiguiente, no requiere reconstruirse. Más bien, el realismo de izquierda señala que es dentro de las instituciones básicas de la sociedad (sus relaciones de clase y género) y sus valores centrales (como el individualismo competitivo y la masculinidad agresiva) donde se gesta el delito. Éste no es producto de la anormalidad, sino de los mecanismos normales del orden social. En segundo lugar, es realista en el sentido de que procura no perder de vista la realidad del delito. Esto implica varias tareas: una evaluación realista del problema del delito, una descomposición del fenómeno en sus elementos fundamentales (el cuadrado del delito), un análisis crítico de la naturaleza de la causalidad, la adopción de una postura realista respecto de las posibilidades de la intervención y. ante todo, una comprensión cabal de las cambiantes condiciones sociales que nos rodeen. El espacio político específico en el que se gestó el realismo de izquierda fue la mitad de la década de 1980. La yuxtaposición la representa el surgimiento de los gobiernos conservadores ("neoliberales") en numerosos países occidentales, los cuales aplicaren una perspectiva punitiva explícita en el control del delito, así como una oposición democrática de tipo liberal-social en el aspecto defensivo. La derecha se proponía, de manera coherente desde su perspectiva, generar incentivos de mercado en el ámbito liberal y una disuasión penal en el área de las conductas ilegítimas. Señalábase activamente todo aumento en las tasas de delincuencia, y se emprendían vigorosas campañas a favor de la legalidad y el orden en representación de las "mayorías silenciosas", atribuyendo la responsabilidad a los transgresores y propugnando el castigo como solución. La postura de la nueva izquierda, que tiene sus orígenes en la década de 1960, representaba un reflejo inverso de la derecha, es decir, negaba o consideraba irrelevantes los niveles de delincuencia, representaba al delincuente como una víctima del sistema e insistía en un multiculturalismo de lucha y diversidad en el que el radicalismo significaba la defensa de la comunidad contra las incursiones del Estado, en particular de la policía y del sistema de justicia penal. Lo que se necesitaba era una criminología que conciliara ambos extremos, esto es, que tornara seriamente el fenómeno del delito pero que, al mismo tiempo, se mostrara radical desde los puntos de vista analítico y político (véase Gitlin, 1995; Curric, 1992). Por ello, no fue accidental que a la sazón (1984) john Lea y Young publicaran la primera obra representativa del realismo, ‘Vhat is to be Done About Law and Order? Correspondió al autor canadiense Brian MeLean la realización, en 1985, de uno de los primeros estudios en torno de la victirnación, el mismo

año en que el distinguido radical estadounidense Elliott Currie publicó Confronting Crime, seguido en 1987 por el innovador estudio de William Julius Wilson, The Truly Disad y antage d . Abordemos ahora los elementos fundamentales del realismo, señalando al mismo tiempo las claras diferencias que presenta tanto respecto de las políticas conservadoras como de todo aquello que, por tradición y costumbre, se asocia con la izquierda.

Realismo y delito: la crítica del idealismo de izquierda acontecimiento que dio lugar a la criminología realista fue la convocatoria a "tomar seriamente el fenómeno del delito", causada por la necesidad de reconocer que el delien particular ^.t0 es un problema real para una proporción significativa de la población, tas mujeres, los sectores más vulnerables de la clase obrera y las minorías étnicas. Surejtió como la crítica de una tendencia que predominaba por entonces en la discusión `Izquierdista y liberal, según la cual el delito formaba parte de una campaña de los Medios masivos de comunicación dirigida a instigar pánico entre la población; así, el ,delito no significaba en realidad ningún problema. Según estos comentarios, el discurlo público en torno al delito encerraba un desplazamiento de los problemas "reales" de la población (por ejemplo, desempleo, explotación, pobreza), utilizando el fenómeno del delito como un poderoso símbolo de la angustia social que permitía a los gobiernos legitimar un gasto cada vez mayor en la preservación de la legalidad y el orden, pero que a menudo se dirigía al desasosiego social y a la militancia política e industrial, -* no al delito mismo. El control del delito se concebía como una forma de control social, de ahí que el desarrollo de nuevas técnicas de prevención y de actividad policial —corno la inzroducción de Vigilancia Vecinal, (el CTV, por sus siglas en inglés) e, incluso, las unidades para el control de la violencia doméstica— se visualizaran según esta óptica. Si tal idealismo de izquierda (o lo que Elliott Currie llama minimalismo progresivo) no ha participado en el debate en torno a la ley y el orden, ello se debe al temor de exacerbar los prejuicios de la población v estimular el apoyo público a las estrategias conservadoras de control delictivo. Aunque sus orígenes se remontan a la década de 1960, este concepto minimalista mantiene hasta nuestros días un vigor notable (Currie, 1992, p. 91). Tal minimiaación de los efectos del delito se acompaña de una idealización de la realidad, es decir, la negación de los trastornos patológicos y disfunciones que menudean entre los grupos más oprimidos. Mientras los radicales de otras épocas explicaban cómo determinadas condiciones materiales —por ejemplo, la pobreza— generaban problemas de gran magnitud en los niveles familiar y comunitario y, de hecho, consideraban la criminalidad como un indicador de esos problemas, los idealistas de izquierda rechazan de piano dichas afirmaciones por considerarlas etnocentristas y hasta racistas. Un ejemplo claro de lo anterior es la resistencia que opusieron los idealistas de izquierda a intervenir en el debate acerca de las disfunciones que caracterizan a los

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negros de los guetos estadounidenses, las cuales se describen con precisión en las obras del eminente estudioso negro William Julius Wilson: A las familias de los guetos se las muestra como resistentes y capaces de adaptarse de manera creativa a las condiciones de una sociedad opresiva. Estos argumentos revisionistas cuyo cometido era "liberar" a las ciencias sociales de la influencia del racismo no hicieron sino desviar la atención que los sociólogos dedicaban a las consecuencias de la segregación racial y de la subordinación económica de las clases, hacía la discusión en torno de los progresos alcanzados por los negros (1987, pp. 6-9). Sin embargo, como señala Currie, el idealismo de izquierda o minimalismo sigue re" presentando una tendencia significativa en las esferas más progresistas. Ciertamenté, no desapareció en la década de 1990, aunque son pocos ya los estudiosos que se resi ' -tenacodrimp lobeaditnmequlohicrns predecesores durante la "gran negación » de finales de las décadas de 1960 y 1970 (Young, 1991). Lo que persiste hoy es una marcada y unilateral orientación al sistema de justicia penal, así como cierta tendencia a considerar el delito como un elemento insignificante dentro del cuadro general. Esto significa que para justificar cualquier crítica del sistema de justicia penal se deberá proceder con independencia del problema del delito, el cual originalmente dio lugar a la respuesta, por inadecuada que resulte ésta. Dos ejemplos contemporáneos de lo anterior son Crime Control as Industry (1993), de Nils Christie, y dos artículos de William Chambliss, "Policing the Ghetto Underclass" y "Don't Confuse Me With Facts" (1994b). El brillante alegato de Christie se dirige contra el alarmante incremento en el uso del recurso carcelario en todos los países del mundo occidental. Aunque, en términos generales, sus comentarios son acertados y no puedo sino elogiarlo por ello, c ncuentro que, desde el punto de vista analítico, sus resultados son unilaterales. Intentaré demostrar lo anterior extrayendo algunos ejemplos de su libro, así como de los artículos de William Chambliss, los cuales derivan parcialmente de dicha obra:

La industria del control delictivo es más problemática que el propio delito. Desde luego, ambos constituyen un problema, y como tal han de reconocerse. Estados Unidos de América, por ejemplo, no sólo posee una población carcelaria enorme: también presenta una tasa de delincuencia extremadamente alta. Por ejemplo, las posibilidades de que un varón joven muera asesinado en ese país es 52 veces mayor a la de su contraparte inglesa (Currie, 1996). Por ello, es importantísimo que se tome en consideración el problema del delito al debatir acerca de la industria del control delictivo. Las prisiones se han expandido de manera independiente respecto del problema del delito. Con esta afirmación, se comete el error —que no por simple es menos
frecuente— de suponer que, como no hay una relación lineal evidente entre las tasas de criminalidad y las tasas de encarcelamiento, dicha relación no existe. Los políticos y los magistrados han reaccionado de maneras diferentes al aumento general de la delincuencia desde la década de 1960, en ocasiones decretando

excarcelaciones debido a los altos costos que implica el mantener a las poblaciones de reos, y a veces para canalizar a la población de transgresores, con lo cual se intenta alcanzar ambos objetivos a la vez. Aunque sería sorprendente que tales variaciones de juicio resultaran en una relación lineal, ello no significa que el primer motor de esos cambios no sea el problema del delito. Sin duda, son muchos los intereses y las fuerzas relativamente autónomas que intervienen en la expansión de las prisiones, pero pasar por alto el fenómeno del delito resulta extraordinario, pues en más de un sentido es la crisis del delito la que representa el problema básico, del cual la crisis de las prisiones es un mero epifenómeno (véase Lowman, 1992, p. 158, núm. 4). 3. El desproporcionado número de negro, en prisión es, en gran medida, atribuible al sistema de justicia penal. Todas las prisiones de los países que componen el mundo occidental albergan una cantidad desproporcionada de miembros de minorías étnicas. De ahí a concluir que ello se debe a los prejuicios que se practican en los diversos niveles del sistema de justicia penal no hay más que un paso. Lo anterior corresponde a lo que John Lea y Young han dado en denominar estadística de delincuencia democrática, es decir, que los niveles de delincuencia de cada sector de la población son casi iguales entre sí, y que la ausencia de proporción en las poblaciones carcelarias es producto de los prejuicios que se practican en la esfera judicial. Por supuesto, esto contradice la marcada correlación entre la pobreza y los tipos de delitos que pueden resultar en encarcelamiento, así como que ciertas minorías étnicas son mucho más pobres que la población general. Sin duda, hay prejuicios en el sistema de justicia penal, aunque también deben considerarse las diferencias en las tasas de delincuencia (Lea y Young, 1993). Tomando una vez más como ejemplo el caso de Estados Unidos de América, la excesiva cantidad de negros en las cárceles es motivo de preocupación general, pero también debe recordarse que el nivel de delitos graves es asimismo extremadamente alto. Por ejemplo, la tasa de homicidios entre los negros es 8.6 veces más alta que la tasa de la población blanca, y se debe tener presente que la inmensa mayoría de los homicidios cometidos por los negros (94%) son intrarraciales (véase Mann, 1993; DeKeseredy y Schwa..tz, 1996). Políticos como Jesse Jack.son señalan constantemente el problema de la violencia entre negros, atribuyéndola una y otra vez a la pobreza de los barrios donde habita la población de raza negra. Elliott Currie (1996) observa que en 1992 en Filadelfia, las tasas de lesiones graves no intencionales entre hombres y mujeres negros con edades de 20 a 29 años fueron de 175 por mil anuales; al cabo de cuatro años, un' preocupante 94% de los varones de esas edades había ingresado en las salas de urgencias de los hospitales por lesiones graves al menos una vez. Sin duda, también hay prejuicios en las estadísticas de criminalidad pero, como indica Al Blumstcin ( t 982), esto se aprecia en ambas direcciones: probablemente las tasas de negros arrestados por delitos relacionados con drogas resulten desproporcionadas cuando la intervención policial es proactiva, no así las tasas de negros

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Paradigmas recientes de la criminología 43 criminalidad en EUA se ha estabilizado (incluso, es posible que haya disminuido) durante los últimos 10 años, pese a lo cual la población carcelaria se ha más que duplicado, suele afirmarse que tal fenómeno demuestra claramente la naturaleza irracional de la expansión del sistema penal. Zánjase así el terreno para investigar otras posibles causas del incremento poblacional de las prisiones. Son muchas las razones vinculadas con el problema del delito por las que los políticos y el Poder Judicial estadounidenses desearían incrementar sus tasas de encarcelamiento, en particular si se aspira, como en el caso de Newt Gingrich, a reducir la delincuencia en niveles comparables con la criminalidad europea. Esto resulta tanto más claro si lo analizamos a la luz de la reducción de los encarcelamientos por delitos graves en Estados Unidos de América durante un periodo largo (64% entre 1961 y 1971) (Wilson, 1975: Murray, 1997). Muchos países industrializados (como Inglaterra y Gales) han experimentado disminuciones de este tipo, supuestamente como resultado de incrementos acelerados en los niveles de delincuencia; esto significa que aun cuando la capacidad de las prisiones haya aumentado, nunca ha logrado mantenerse al ritmo de la comisión de delitos graves, de tal suerte que mientras aumentaba el número de reos, la posibilidad de ir a prisión disminuía. Tal vez nos parezca insensata la idea de que a mayor cantidad de encarcelamientos habrá una menor delincuencia, a pesar de que eminentes criminólogos propugnen esta idea. Acaso sea incorrecta, mas no irracional, de ahí que resulte desesperado e infructuoso todo esfuerzo por explicar, nvxliante otras razones, el incremento en el uso de las cárceles (véase Young, 1997c). 6. La preocupación por el delito es un pánico moral. La última parte de este argumento señala que la razón del aumento en los encarcelamientos no refleja sino un pánico moral en torno al delito, generado por los políticos conservadores, las oficinas especializadas y los medios masivos de comunicación. Centrémonos en Estados Unidos de América, ya que este país representa el reductio ad absurdum de este argumento. William Chambliss escribe al respecto: La generación del pánico moral alrededor del delito se originó de una coalición entre intereses políticos, legales y de los medios de comunicación; a la cual se debe el crecimiento de la industria del delito. En especial, el pánico moral instigado por los medios de comunicación provocó que los varones negros jóvenes en particular, y los grupos miroritarios en general, pagaran el precio en forma ck una vigilancia policial intensiva, una mayor cantidad de encarcelamientos y la institucionalización del racismo (1994a, p. 192). En realidad, Chambliss había observado con anterioridad: "Los sondeos de victimación revelan las escasas posibilidades de que cualquier persona sea víctima de un delito en c ualquier año... En verdad, en toda una vida, son pocas las probabilidades de que la mayoría de personas resulten víctimas de delitos graves" (ibid., p. 184). Por su parte, Tony Platt señala que en Estados Unidos de América "hay una ola de pánico moral en torno al delito y la ilegalidad que se extiende a todos los rincones del país" (1996, p. 3).

detenidos por delitos violentos, ya que tal violencia suele ser intrarracial, y una policía prejuiciada se mostrará menos sensible a las denuncias que interpongan las personas de raza negra. Así pues, el racismo puede generar tanto sobrerrepresentación como subrepresentación desde el punto de vista estadístico. Si se pusiera fin al combate a las drogas, los problemas del habitante de los barrios bajos se agudizarían de manera dramática. Según este argumento, el combate a las drogas implica la criminalización de una gran cant . dad de personas pobres (en particular miembros de las minorías étnicas), lo que induciría a los grupos delictivos a incorporarse a la economía ilegal de la distribución de estupefacientes; si se legalizaran las drogas, sus efectos serían relativamente inocuos. Aquí, de nuevo, tenemos una verdad a medias y, si se toma literalmente, conduce a la adopción de posiciones absurdas y de políticas inadecuadas (véase Thompson, 1980, pp. 149-180).

Cabe señalar que las tasas de delincuencia en los barrios bajos serían altas con drogas o sin ellas, que los grupos delictivos no desaparecerían con el fin del combate a las drogas sino que sólo se incorporarían a otras actividades lucrativas (prostitución, extorsión, juego, etc.), y que la legalización de una droga como el alcohol difícilmente reduce su papel en la generación de violencia. Por añadidura, el problema del consumo de estupefacientes no es tanto la naturaleza de la sustancia cuanto la forma y los propósitos del consumo. Cuando en circunstancias de pobreza y desesperanza se tienen culturas en las que se fomentan situaciones de alto riesgo, el consumo de drogas como una forma de "escapar de los propios pensamientos" continuará, se legalice o no, junto con los peligros. William Julius Wilson describe de manera gráfica los efectos de las drogas sobre la comunidad blanca en su obra más reciente, When Work Disappears (1996), aunque no comete el error de separar el consumo de drogas del problema económico. También en este caso, el idealismo de izquierda comete el error fundamental de atribuir el problema del sector más depauperado de la población a la respuesta dei Estado a sus necesidades. Ciertamente, las políticas de control del delito actuales empeoran las cosas, pero al hacer un énfasis excesivo en ellas, se corre el riesgo de omitir los problemas estructurales de clase y raza que dejan en la inactividad y la desesperanza a zonas enteras de las ciudades. O, para decirlo con Elliott Currie:
[al la tendencia más perceptible del minimalismo liberal consiste en representar el temor y la

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indignación en torno de las drogas duras como histeria o manipulación; asegurar que la verdadera amenaza no son las drogas, sino la guerra contra las drogas; y restar importancia o de plano rechazar cualquier prueba respecto de los costos sociales y personales del abuso en el consumo de las drogas duras, insistiendo en los costos exorbitantes de las leyes contra las drogas. Con tales posturas, los minimalistas liberales han señalado importantes problemas, aun a costa de pasar por alto el problema de las drogas mismo (1992, pp. 91-92).

El incremento en las tasas de encarcelamientos en Estados Unidos de América es un ejemplo fehaciente de la irracionalidad de la respuesta penal. Como la tasa de

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Tenemos aquí un recalcitrante ejemplo de idealismo de izquierda. Hablar de pánico moral respecto al delito en Estados Unidos de América es un insulto a la imaginación, además de que trivializa un concepto creado para contrastar el pánico causado por los delitos menores (por ejemplo, el consumo de marihuana o peleas de mods contra rockers en las playas de Brighton) con problemas de delincuencia graves (véase Cohen, 1972; Young, 1971). Las cifras en torno de la violencia dentro de la comunidad afroamericana son tan altas, que un investigador radical declaró recientemente que trataba de "una forma de genocidio negro, ya que en la mayoría de los casos la víctima de homicidio es otra persona negra, siendo el homicidio uno de los delitos más frecuentes" (Mann, 1993, p. 46). ¿Es posible, pues, que los autores mencionados señalen la presencia de un pánico moral en relación con la delincuencia en la comunidad de raza negra? La tasa general de homicidios es abnimadoramente alta: en una ciudad como Los Ángeles, por ejemplo, con una población de 3.5 millones de habitantes, la tasa de homicidios es mayor que la de Inglaterra y Gales juntas, con más de 50 millones de habitantes (Currie, 1996). No es de extrañar que el delito genere tal preocupación. En verdad, desde la perspectiva europea, ¿qué otro fenómeno podría causar tal preocupación moral? Igualmente cierto es que el pueblo estadounidense en general considera el delito como un problema en la misma medida que la población afroamericana. Aun así, estos autores consideran a ambos como retardados culturales cuyas actitudes y opiniones se deben al mucho mirar televisión. Las seis percepciones anteriores, consideradas individualmente o en su conjunto, forman parte del canon convencional del pensamiento liberal vinculado con el delito v el sistema de justicia penal. A veces figuran como elementos de una estructura intelectual general y en ocasiones como meras fraseologías, aunque su influencia siga siendo sustancial hasta nuestros días. Así, podemos percibir el síndrome característico del idealismo de izquierda: se insiste en el sistema de justicia penal como un agente autónomo que genera y confor. ma problemas. En tal sentido, se resta importancia al delito, se le margina y deja de ser objeto de estudio por sí mismo. Los trastornos patológicos y las disfunciones dentro de los grupos oprimidos son minimizados o de plano rechazados. Las causas del delito se perciben ya sea como obvias (por ejemplo, pobreza) o como producto de la intervención del sistema de justicia penal (por ejemplo, el combate a las drogas) o, más radicalmente incluso, como una quimera debido a que el delito no tiene otra realidad que las definiciones arbitrarias de la ley penal (véase Hulsman, 1986).

Distanciamiento respecto al delito: una crítica de la criminología oficial
Analicemos ahora la criminología oficial. Su estrategia básica es lo que podríamos denominar distanciamiento, es decir, explicar el delito de una forma que niega cualquier relación con la estructura y los valores centrales de la sociedad. La culpa no es de la

sociedad, sino de la persona que, por causas biológicas, psicológicas o sociales, se ha tornado disfuncional. Las causas son numerosas y en ocasiones se acumulan de manera heterogénea en la "teoría" de los factores múltiples; así, tenemos las causas genéticas o de baja inteligencia (Herrnstein y Murray, 1994), propensiones raciales (Rushton, 1995), factores genéticos y crianza inadecuada (Eysenck y Gudjonsson, 1989), madres solteras poco aptas (Murray, 1994), socialización inadecuada en los primeros cinco años de vida (Gottfredson y Hirschi, 1995), y todos los anteriores (Wilson y Herrnstein, 1985). Tales tendencias a delinquir se combinan con las oportunidades para dar origen a una "teoría integrada", la cual puede resumirse en los términos siguientes: al ceder a tentaciones variables, la debilidad humana diferencial da lugar al delito (Felson, 1994). Este neopositivismo difiere del positivismo individualizado de antaño: reconoce abiertamente las dimensiones y la extensión del delito, admite el uso del libre albedrío pero sólo en función de las opciones determinantes de que se disponga, el delincuente es más "normal" que antes aun cuando las tendencias de la genética y de la socialización durante las primeras etapas de la infancia generan una mayor o menor vulnerabilidad frente al delito. El delincuente con dotes de actuario calcula todas las consecuencias de sus actos, al igual que en los mercados legítimos, aunque algunos poseen más capacidad de cálculo racional y pueden sustraerse mejor a la tentación que otros. Sin embargo, lo significativo es que no se toma en consideración una estructura social general en la que privan la desigualdad y k injusticia. La criminología oficial propone un materialismo simple, aunque debe señalarse que se trata de un materialismo divorciado de la realidad. Ahí, unidades causales giran alrededor de un universo poblado por átomos aislados: se culpa al entorno familiar como si no guardara ninguna relación con la economía (véase Currie, 1985); las familias se separan entre sí, y se habla de una crisis moral> como si aquéllas fuesen entidades flotantes sin ninguna relación con la sociedad de mercado. Por añadidura, el delito es un problema que ha de administrarse, es decir, atacarse mediante intervenciones dosificadas y graduales. Trátase de una criminología cosmética que visualiza el delito como una mancha en una sociedad que, en otras circunstancias, se vería libre de problemas. Se invierte así la causalidad: el delito genera problemas para la sociedad, no es la sociedad la que engendra el problema del delito. En efecto, así corno el idealismo de izquierda intenta deslindar al sistema de justicia penal del fenómeno delictivo, la criminología oficial se esfuerza por desvincular el delito de la sociedad general. En tal sentido, ninguna de las dos corrientes adopta una posición seria respecto a la delincuencia: el idealismo de izquierda porque no concede la debida importancia al problema del delito, y la criminología oficial porque, aun cuando reconozca la severidad de este problema, insiste en abordarlo desde una perspectiva s uperficial. Tenemos aquí, pues, la tarea del realismo radical: establecer las relaciones adecuadas entre el delito, el sistema de justicia penal y la sociedad, es decir, asumir una Posición realista frente al idealismo de izquierda y una posición radical frente a la c riminología oficial.

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Analicemos ahora la estructura de la sociedad y los cambios generales que se han verificado en años recientes. El terreno del cambio: el delito en la era de la modernidad tardía Ha caracterizado al último tercio del siglo xx una notable transformación en la vida de los ciudadanos dentro de las sociedades industriales avanzadas. La edad dorada de la estabilización de posguerra, con sus altos niveles de empleo, sus estructuras familiares sólidas y sus valores consensuales, ,.undados en la red de seguridad que representaban los beneficios otorgados por el Estado, se vio reemplazada por un mundo de desempleo estructural, precariedad económica, una reducción sistemática de la seguridad social y la creciente inestabilidad de la vida familiar y las relaciones interpersonales. Donde otrora imperaba un consenso sobre determinados valores, observamos ahora un pluralismo y un individualismo incesantes (Hobsbawm, 1994; Gitlin, 1995). El mundo de la seguridad material y ontológica de la cuna a la tumba ha sido sustituido por la precariedad y la incertidumbre; y mientras los directores de conciencia de las décadas de 1950 y 1960 deploraban la complacencia de una generación para la cual las cosas "nunca habían sido mejores", los observadores de la actualidad hablan de una sociedad de riesgo en la que el cambio se convierte en la dínamo central de la existencia y donde todo puede ocurrir. Para decirlo con Anthony Giddens: "Vivir en el mundo de la alta modernidad es como conducir un camión pesado" (1991, p. 28; véase también Beck, 1992; Berman, 1983). Débese este cambio a las fuerzas del mercado, las cuales han transformado sistemáticamente la esfera de la producción y la del consumo. El viraje del fordismo al posfordismo significó cambios profundos en el mundo del trabajo: el mercado de trabajo primario no ofrece ya empleo seguro ni las mismas posibilidades de desarrollo personal de antaño; el mercado de mano de obra secundario funciona hoy sobre la base de contrataciones de corto plazo, y la flexibilidad y la inseguridad aumentan, junto con el crecimiento de una subclase de desempleados estructurales. Lo anterior ha dado por resultado —para decirlo con la atinada frase de Will Hutton-- una "sociedad de 40:30:30" (1995), en la que 40% de la población tiene empleo seguro, 30% empleo inseguro y 30% se compone de marginados, ociosos o personas que perciben salarios muy bajos. En segundo lugar, el mundo del esparcimiento se ha transformado del consumo masivo a un mundo en el que las opciones y las preferencias se elevan a proporciones ideales y en el que la insistencia en la inmediatez, el hedonismo y la autoactualización han ejercido un hondo efecto sobre las sensibilidades de la modernidad tardía (Campbell, 1987; Featherstone, 1985). Tales cambios en las esferas del trabajo y el ocio, propios de la modernidad tardía referida, producen una situación general de privación y marcado individualismo. Las fuerzas de mercado generan una sociedad más desigual y menos meritocrática, mientras los valores de ese mercado promueven una ética de "cada cual para sí mismo", dando lugar a una mezcla severamente criminogénica (Young, 1998).

Este proceso se combina con un deterioro en los mecanismos informales de control social, a medida que las comunidades se desintegran por la movilidad social y se les abandona a su suerte; el capital, por su parte, encuentra actividades más redituables para invertir y desarrollarse en otros lugares. A la vez, las familias se ven fragmentadas por la desaparición de los sistemas de apoyo comunitario, la reducción del apoyo estatal y las cada vez más diversas presiones que impone el trabajo (Currie, 1997; Wilson, 1996). Así, las presiones que conducen a incrementos en la delincuencia se acompañan del debilitamiento de las fuerzas de control. De manera paralela a los procesos productores de criminalidad y desorden en el periodo moderno tardío, se observa también una mayor diversidad en los valores y en el debate en torno a lo que ha de considerarse como legítimo e ilegítimo en las conductas. Las fuerzas de mercado que dieron lugar a un individualismo radical contribuyeron a generar una sociedad más diversificada, mientras que movimientos poblacionales como la inmigración y el tránsito masivo de personas, estimulados por el turismo y los negocios, no hicieron sino oscurecer esa diversidad y ese pluralismo aparentes. Por tanto, la criminología del siglo xx necesitaba explicar los crecientes niveles de delincuencia y contar con la capacidad de incorporar la naturaleza cada vez más problemática de la desviación y el delito. La crisis de la etiología y la penalidad Un mundo, pues, que en el periodo posterior inmediato a la Segunda Guerra Mundial se caracterizaba por una estabilidad relativa en las esferas del trabajo, la familia y la comunidad, así como por estándares de vida extremadamente altos, se vio perturbado por un incremento en la delincuencia y el desorden. Tratábase de un mundo en el que imperaba un consenso, extendido a lo largo de todos los sectores de la opinión pública, en el sentido de que el delito se debía a determinadas condiciones de empobrecimiento en el seno de la sociedad (positivismo social) y de que no era sino un fenómeno minoritario, ai cual podía ponerse coto mediante la juiciosa intervención del sistema de justicia penal (neoclasicismo). Las condiciones antisociales dan lugar a conductas antisociales; la intervención política y la reconstrucción económica crearían mejores condiciones que, inevitablemente, se traducirían en una disminución en las tasas de delincuencia. Sin embargo, ocurrió precisamente lo contrario: se demolieron los barrios más depauperados, se mejoró la educación, se alcanzó el pleno empleo y se aumentó el presupuesto para beneficios sociales: aunque la humanidad adquiría niveles de bienestar sin precedentes históricos, e: delito aumentaba. En Inglaterra, por ejemplo, entre 1951 y 1971 el ingreso real por persona se incrementó en 64%, mientras la tasa de delincuencia aumentaba a más riel doble (172%). En realidad, aun antes de la recesión de la década de /980, la tasa de delincuencia comenzó a incrementarse, de manera aparentemente inexorable. Por añadidura, los efectos de apuntalamiento del sistema de justicia penal mediante nuevos reclutamientos en las fuerzas policiales y la capacidad incrementada de las prisiones tampoco parecían funcionar. Eran enormes las sumas que se invirtieron

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en el sistema de justicia penal, pese a lo cual las tasas de delincuencia no sólo siguieron aumentando, sino que se empezó a sospechar que la experiencia carcelaria generaba criminalidad —incrementando el volumen de la delincuencia, en realidad — y, lo que es más, la policía y el Poder Judicial, al concentrarse en determinados sectores de la población, no hacían sino recrudecer la práctica de la injusticia, en vez de disminuirla. Así, los fundamentos gemelos de la modernidad --el progreso a partir del mejoramiento de las condiciones materiales y cl progreso mediante la institución de la legalidad— atravesaban por un severo impasse. Se observaba, en suma, una crisis de la etiología y de la penalidad.
El

realismo

de izquierda: una síntesis teórica

Era el fracaso patente de los dos pilares de la teoría criminológica —el neoclasicismo y el positivismo social, los cuales se remontaban a los estudios precursores de Cesare Beccaria en el siglo xvin y de Adolphe Quetelet en la primera mitad del xIx— lo que se dejaba sentir en la esfera de la criminología. Por ello, no es de sorprender que en el último tercio del siglo xx se verificara un debate extraoi dinariamente fértil en la ciencia criminológica. No es sólo que esta especialidad se consolidara como un lugar interdisciplinario de intensa competencia académica; también creció de manera exponencial en términos de practicantes y estudiantes. Fue a partir de este fermento como surgieron las vertientes que conformaron las bases {futuras del realismo, la teoría subcultural y la teoría de las etiquetas. Conviene, ante todo, señalar los dos problemas que requerían explicarse: primero, el aumento en la delincuencia a pesar de la prosperidad material general; segundo, la naturaleza problemática del delito y la forma en que el sistema de justicia penal respondía a este fenómeno. Es decir, transgresión y creación de reglas, acción y reacción. Las dos grandes corrientes sociológicas que introdujeron los científicos sociales al término de la década de 1950 y principios de la de 1960 con la finalidad de entender el aumento de la delincuencia y la transformación del sistema de justicia penal son la teoría de la anomia y el interaccionismo simbólico. La teoría de la anomia de Robert K. Merton, estrechamente vinculada con Emile Durkheim, fue desarrollada por Albert Cohen, Richard Cloward y Lloyd Ohlin hasta dar lugar a la célebre teoría subcultural. El interaccionismo simbólico de George Herbert Mead se popularizó y rejuveneció con las dinámicas investigaciones de Howard S. Becker, Edwin Lemert, Kai Erikson y John Kitsuse. Becker se ocupó de estudiar las causas del delito y su relación con la estructura de la sociedad, mientras Lemert se dedicó a la diversidad de las reglas y consecuencias no previstas de su aplicación, es decir, de la acción y de la reacción. En verdad, la contribución más significativa de la teoría de las etiquetas a la criminología y al estudio de la desviación es la fórmula que conoce todo estudiante de estas especialidades: que "la desviación no es una propensión inherente en cualquier forma de conducta particular; se trata de una tendencia conferida a esa conducta por las personas que establecen contacto directo o indirecto con esa conducta" (Erikson, 1966, p. .;).

Tal es la díada que componen el delito y la desviación, con una estructura doble que implica transgresión de reglas y creación de reglas. Al iniciar la década de 1960 ambas corrientes se pres -mataron como antagónicas. En realidad, la teoría de las etiquetas, el adversario más importante de la ortodoxia, estuvo a punto de subvertir los principios convencionales de la causalidad al señalar que el control social da lugar a la desviación, y no a la inversa, y como la mayor parte de personas poseen naturalezas desviadas, se trataba de una cuestión de "muchos son los llamados, mas pocos los elegidos" (véase, por ejemplo, Lemert, 1967, p. y; tomado de Becker, 1963, pp. 26-27). Empero, como indicamos en The New Criminology (Taylor et al. 1973), estas posturas no son antitéticas; I'. de hecho, son complementarias. La teoría subcultural se ocupa de las causas del delito, mientras que la teoría de las etiquetas estudia las -eacciones contra éste: ambas son necesarias para la construcción de una teoría del delito verdaderamente social; ambas se comí- plernentan como piezas de rompecabezas. Más aún, la teoría subcultural tiene como obj eto de estudio las soluciones que intentan construir las personas para los diferentes problemas de sus vidas, mientras que la teoría de las etiquetas (y el construccionismo social que le sucedió) se centra en las formas en que las vidas de las personas son construidas a través de etiquetas oficiales, estereotipos, los medios de comunicación, discursos legales, etc. La primera es construcción ascendente y la segunda descendente: la díada esencial de la criminología, acción y reacción, transgresores de reglas y constructores de reglas. Aunque la integración de ambos procesos se antoja obligatoria, la parcialidad representa uno de los principales obstáculos para tal cometido. En la esfera de los radicales sociales, es cosa frecuente que en la historia social por ejemplo, se visualice la historia desde abajo, mientras que los autores más tradicionales acostumbran abordarla desde arriba, cuando todos sabemos que ambas dimensiones son esenciales. Después de todo, los pueblos crean su historia, pero no como les place, sino en medio de circunstancias materiales e ideológicas que se originan en el pasado y desde allí se transm Para estudiar el delito y la desviación necesitamos igualmente entender los actos humanos y las reacciones que generan éstos, pero no sólo como dos aspectos desvinculados, es decir, las causas del delito por un lado y la respuesta del sistema de justicia penal por el otro, pues en el proceso de elucidación las construcciones ascendentes y descendentes no son factores independientes. Aun en un plano causal, el delito no puede concebirse como resultado unívoco de las fuerzas causantes del mismo contra los esfuerzos de quienes intentan controlarlo, ya que ambos procesos interactúan y se conforman entre sí. Por ejemplo, como Mary McIntosh (1971) demostró en su artículo semanal acerca de las formas que adoptan las organizaciones delictivas, los grupos transgresores adoptan estrategias cada vez más complejas para contrarrestar las medidas de seguridad que se aplican contra sus actos; a su vez, la estructura de dicha s eguridad se torna más elaborada en respuesta a la complejidad del delincuente. En v erdad, aun los niveles de violencia a la que recurren ambas partes están determinados por un proceso de interacción. Sin embargo, las reflexiones de una y otra partes no se l imitan al cálculo del riesgo y a la observación; el delito y la desviación, como explica

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elocuentemente David Matza en Becoming Deviant, se cometen en un entorno dominado no sólo por la fuerza física, sino también por la hegemonía moral. El discurso moral del transgresor está determinado de manera íntima por la calumnia moral que asocia al delito, así como por las circunstancias que justifican sus actos y los vocabularios vinculados con sus motivos, todo lo cual resulta necesario para colocar al actor en el umbral de la transgresión (lo mismo cabe afirmar respecto a la ilegalidad de los grupos poderosos, Cohen, 1995). La conjunción de ambas corrientes se traduce, ante todo, en la idea de que el delito es una díada y, en segundo lugar, que los elementos que componen esa díada no pues den estudiarse por separado (Young, 1977b). La relación que guardan ambas es íntima e intrincada. Se pone así en duda la base misma del positivismo y su radical división entre hechos y valores, en particular la idea de que el delito es un fenómeno exterior e que puede estudiarse de manera separada y científica con independencia de su definia ción, con la premisa de que ésta no transforma ni modifica las cosa:. La realidad es que esa definición se transforma constantemente: no hay una esencia científica de lo que constitui ye violación o asesinato, mientras que el sistema de justicia penal "contamina" de forma reiterativa su objeto de atención al proporcionar vocabularios de motivos y conceptos subjetivos respecto a lo que debe entenderse por ladrón, drogadicto, hooligan, etc. Pero esto no es todo. La idea de una díada inextricablemente unida no nos permite estudiar la reacción contra el delito de manera independiente del delito mismo, es decir, la prisión con independencia del delito, el discurso sobre la prostitución separado de la prostitución, el combate a las drogas con autonomía de la drogadicción. Sin embargo, como hemos visto, esto es precisamente, lo que se propone el idealismo de izquierda y lo que intenta de modo explícito el construccionismo social, del cual forma parte aquél, es decir, separar el estudio de la formación de problemas sociales del estudio de los problemas sociales mismos, para centrarse predominantemente en el primero (Kitsuse y Spector, 1973; Sumner, 1990, 1994). Por tanto, la misión del realismo es integrar estas dos grandes vertientes a la ciencia sociológica. Aunque, como señalamos anteriormente, sus diferencias son complementarias, también es necesario destacar lo aue tienen de común. Pues tanto la teoría de la anomia como el interaccionismo adoptan una postura crítica frente al positivismo, y ambas son radicales desde el punto de vista analítico. Desde luego, el interaccionismo simbólico representa una de las me j ores críticas del positivismo, aun cuando, a menudo, en las diversas exposiciones de la anomia y de las corrientes subculturales se omitan sus propias bases antipositivistas. Así, el importantísimo artículo de Mcrton titulado "Social Structure and Anomie" (1938) es explícitamente una crítica, primero, del Positivismo biológico y, en segundo lugar, del positivismo social. La conciencia y la decisión humanas, la creación de valores en un mundo determinado, ocupan un lugar decisivo en la teoría subcultural, al igual que en la teoría de las etiquetas. Segundo, ambos se muestran radicales en el sentido de que atribuyen los problemas delictivos a la estructura y los valores de la sociedad, así corno a sus instituciones. La teoría de la anomia es una crítica del sistema de justicia distributiva, rrnentras que la teoría de las etiquetas construye sus

argumentos contra la esfera de la justicia penal. Así, para la teoría de la anomia, las causas del delito estriban en la contradicción entre la cultura de la meritocracia —la cual pretende materializar el sueño de la igualdad de oportunidades— y la estructura de ciases —que impide la realización de ese sueño--, mientras que para la teoría de las etiquetas el delito representa una transgresión de los principios neoclasicistas de la democracia liberal. En vez de justicia e igualdad ante la ley, tenemos el problema de la selectividad: el transgresor es seleccionado mediante criterios de edad, clase, raza y género, y se le castiga en forma desproporcionada. En lugar de un mundo igualitario pese a las diferencias, tenernos un mundo cuyas desigualdades se gestan con base en estereotipos y diferencias. Es así que, a partir de ambas vertientes, observamos las dos ironías descritas de manera gráfica por Matza (1976): toda cultura que intenta legitimar el sistema contribuye a generar desorden, y toda ley que contempla con indiferencia las transgresiones cotidianas dentro de la sociedad parece perpetuar y exacerbar el -:sentimiento de injusticia que da origen al delito en primer lugar. Son estas dos grandes e tradiciones las que el realismo se propone conciliar en virtud de que son complemen't'arias y de que tienen en común el repudio del positivismo; ambas son radicales en el sentido de que atribuyen el delito y el desorden a las instituciones centrales de la sociedad y, por último, porque ambas perciben la ironía y las contradicciones entre el delito ;iltS• y las organizaciones sociales. s• • Naturaleza y forma del delito. El principal cometido del realismo es mantenerse fiel a la realidad de la transgresión, es decir, al hecho de que todos los delitos comprenden, por necesidad, reglas y transgresores (o sea, la conducta delictiva y las reacciones que ésta genera) y delincuentes y víctimas. Esto significa que el realismo distingue una forma en el delito, un contexto social en su derredor, una trayectoria a través del tiempo y una realización en la dimensión espacial. Para el realismo, el mayor problema de la criminología que le precedió es su parcialidad, ya que sólo se centra en una parte del proceso delictivo y se desentiende de los dem. .; elementos que lo componen. Se estudiaba a la víctima o al transgresor, la reacción social al delito o la propia conducta delictiva. El realismo se plantea corno objetivo reunir todos los aspectos del proceso; en tal sentido, su método apunta a la síntesis de dichos elementos y no a la mera eliminación de las teorías antitéticas. La forma del acto delictivo se compone de dos díadas: víctima y transgresor, y de acciones y reacciones: el delito y su control. Esta desconstrucción resulta en cuatro elementos definitorios del delito: una víctima, un transgresor, control formal y control informal. El realismo, pues, propone un cuadrado del acto delictivo que comprende la interacción de la policía y otros agentes de control social, el público, el transgresor y la víctima. Las tasas de delincuencia se generan no sólo mediante la interacción de estos cuatro factores, sino como relaciones sociales entre cada punto del cuadrado. Es la relación entre la policía y el público la que determina la eficacia de la acción policial, la r elación entre víctima y transgresor la que determina el efecto del delito y la relación

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Multiagencias policiales

Transgresor

Control social

El acto delictivo

El público

Víctima

Figura 1.1. El cuadrado del delito.

entre el Estado y el transgresor la que representa un factor decisivo para la reincidencia. ¿SonL.s personas víctimas de robo domiciliario las que generan la economía informal que mantiene este tipo de delito, o bien es la policía la que da lugar, a través de la corrupción, a un clima moral que impele a los transgresores a delinquir? Por último, la relación entre los cuatro puntos del cuadrado (transgresor, víctima, instituciones estatales y el público) varía de acuerdo con los diferentes tipos de delitos (Lea, 1992). Por consiguiente, las tasas de delincuencia constituyen un producto de los cambios en el número de posibles transgresores, la cantidad de posibles víctimas y los cambiantes niveles del control ejercido por las instituciones oficiales y el público. Las explicaciones que no incorporen estos cuatro factores resultarán totalmente inútiles para explicar las tasas de delincuencia. Por cl momento, limitémonos a xaminar la relación entre el control social en todas sus manifestaciones y el acto delictivo, el cual contiene la díada de víctima y transgresor, es decir, en el acto delictivo y la reacción que éste desencadena. Analizando los cambios a lo largo del tiempo, los realistas definirían aquéllos como productos necesarios de las modificaciones en la conducta delictiva, así como de los cambios en las reacciones al fenómeno delictivo. Por su misma naturaleza, el delito no es una cosa fija y objetiva; sus características dependen de quién lo define. Empero, nada de lo anterior hace menos "real" el delito, pues tal es precisamente la realidad de las tasas de delincuencia. El contexto social del delito. El contexto social no es otra cosa que la interacción social inmediata de estos cuatro elementos, así como el entorno de cada uno de éstos dentro de la estructura social general. El texto en el que se formuló esta premisa es The New Criminology (Taylor et al., 1973), a saber, que los orígenes sociales inmediatos de un acto desviado deben situarse dentro de su contexto social general y que dicho análisis debe comprender tanto la acción como la reacción. El realismo va más allá al insistir no sólo en que los actos de los transgresores y de las agencias estatales deben entenderse de esa manera, sino que ello ha de extenderse al sistema informal de control social (el público) y a las víctimas (Young, 1996b).

El aspecto temporal del delito. El aspecto temporal del delito lo representa el pasado de cada elemento del cuadrado de la transgresión y los efectos que ejercen entre sí en el futuro. El enfoque realista analiza el desarrollo de la conducta transgresora a lo largo del tiempo, descomponiendo la trayectoria delictiva en sus elementos constitutivos y señalando las interacciones de las diferentes agencias. Así, puede hablarse de las causas antecedentes del acto delictivo; del contexto moral que condicionó la conducta delictiva; de la situación en la que se cometió el delito; de la detección de la transgresión; de la respuesta al delincuente y de la respuesta a la víctima. Las trayectorias delictivas se construyen merced a la interacción de la posición estructural en que se encuentra el delincuente y las respuestas administrativas a las diversas transgresiones de aquél. Estas trayectorias morales no se circunscriben al transgresor: los otros puntos del cuadrado del delito también cambian con el tiempo. Las prácticas policiales se modifican al interactuar con los transgresores; el temor al delito en las ciudades genera pautas conductuales que, consciente e inconscientemente, se desarrollan con el tiempo; y las víctimas —en particular las víctimas repetidas, como en numerosos casos de violencia doméstica-- modifican las pautas de sus vidas como consecuencia de dicha interacción. Corno actividad, el delito requiere una decisión moral en cierto punto del tiempo y en medio de cambiantes circunstancias determinantes. No es un acto totalmente determinado, como querían los positivistas, ni la manifestación eminentemente racional consagrada por el clasicismo legal. Ciertamente se trata de un acto moral, con la diferencia de que siempre se ha de evaluar dentro de un contexto social determinado. Tampoco es un acto patológicamente condicionado, ni representa una respuesta unívoca a situaciones desesperadas: comprende tanto una organización como una desorganización de la sociedad. El realismo prescinde tanto del romanticismo de los idealistas de izquierda —los cuales suponen niveles excesivos de organización— como de la racionalidad de la conducta desviada y la disección cientificista de la criminología positivista, la cual aspira precisamente a lo contrario (Wilson, 1987; Young, 1987; Matza, 1969). La dimensión espacial del delito. La dimensión espacial de la transgresión es el espacio material en el que se verifica este proceso. Todos los delitos tienen una dimensión espacial; la geografía del acto transgresor varía de acuerdo con las características del delito, y así como los delitos específicos contienen diferentes estructuras de relaciones, también comprenden estructuras de espacio particulares. Por tanto, el realismo de izquierda propone que el control del delito debe traducirse en intervenciones en todos los puntos del cuadrado del delito (por ejemplo, una actividad policial más efectiva, una mayor participación de la comunidad, protección y consagración de derechos para las víctimas y resolución de los problemas estructurales que causan los actos t ransgresores). Sin embargo, propugna la intervención en el plano de las causas del delito sobre los actos que tienen lugar después de que éste se ha cometido (Young y Matthews, 1992).

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Causas del delito. El realismo considera la privación re 'ativa como una causa deterrni- tia delictiva. A la inversa, el delito no se circunscribe a una decisión moral, a una malenante de la conducta delictiva. Por consiguiente, el delito puede ocurrir en cualquier volencia distribuida arbitrariamente por el mundo. parte de la estructura social y en cualquier periodo, sea éste de tanto, señalar la causalidad del delito no significa que se introduzca un conPor abundancia material o de otro tipo; no depende de niveles de privación absolutos o de la posición del transgresor ,-epto mecanicista de las causas, como, por ejemplo, cuando empujamos una mesa... y en la estructura social (Lea, 3992). Empero, es entre las clases pobres, en particular la o la mesa se mueve. Más bien, debido a un elemento subjetivo, ciertas circunstancias clase obrera más baja y ciertas minorías étnicas, las cuales se encuentran al margen de los favorecen los incrementos de la delincuencia entre algunos sectores de la población. "seductores beneficios" de la sociedad general, donde se observa una pronunciada inch- Así, los intentos de vincular factores sociales, como el desempleo, con el delito, fracanación al delito. Insistir en la privación relativa no es incurrir en la monocausalidad . ca, san irremisiblemente, por muy elaboradas que sean las técnicas estadísticas q ue se usen muchas las causas que dan lugar a! delito. Aun dentro de la teoría de la anomia, los .para demostrarlo. Él desempleo genera descontento en situaciones en que las personas teóricos subculturales han hecho un énfasis indebido en la privación relativa, es decir, experimentan sus circunstancias como injustas, innecesarias y, por encima de todo, la discontinuidad entre aspiraciones y oportunidades, por sobre la anomia como au: vaie podrían haberse evitado. El descontento se traduce en delito cuando las personas sencia de límites, un producto del individualismo. Por añadidura, la anomia de los a sienten marginadas en lo social y en lo político. Como hemos observado, son varias desposeídos, la cual se relaciona estrechamente con la privación relativa, puede com- '1' :emuy específicas las razones por las que la marginación y la privación relativa han aupararse con la anomia de los privilegiados, la cual, con frecuencia, es resultado de la mentado en la actualidad. Entre otras razones, tenemos una generación que ha crecido persecución irrestricta de dinero, posición y poder (Young, 1974; Simon y Gagnon, 1986; ,.f. ;:acostumbrada a las intervenciones keynesianas en la esfera de la economía y que, en n Taylor, 1990). A lo largo del siglo xx, el problema de las causas del delito ha generado .•:: :}`Consecuencia, percibe el desempleo no como un elemento del (piden natural, sino como perplejidad entre los criminólogos y ha confundido la opinión pública. En tal sentido, cabe »un producto político. El desempleo y la pobreza relativa se experimentan no como una señalar las tres ideas que informan el debate: privación absoluta, determinismo total y parte de la vida, sino como un fracaso de la sociedad y del gobierno. causalidad mecanicista. Esenciales como son estos conceptos para el positivismo de las Los conceptos mecanicistas en torno a las causas del delito suponen una causalidad democracias sociales, sus premisas emanan de errores fundamentales. "inmediata. Sin embargo, las personas necesitan tiempo para evaluar sus problemas, y No hay nada que pruebe que la privación absoluta (por ejemplo, desempleo, aumás tiempo aún para construir soluciones alternativas. El desempleo de hoy no guarda sencia de educación, vivienda deficiente, etc.) conduzca automáticamente al delito. La ninguna relación con el delito que se cometerá mañana o pasado mañana. Las subculturas criminología realista recurre a la privación relativa en ciertas condiciones como la prinjuveniles, por ejemplo, construyen y desarrollan evaluaciones de su situación, las cuacipal causa del delito, es decir, cuando las personas sufren alguna forma de desigualdad les no pueden florecer sino hasta años después de que se gestó el problema inicial de en la asignación de recursos y recurren a medios individualistas para corregir esa situadesempleo. De igual manera, el desarrollo de una economía oculta, incluidas las activición. En este caso, se trata de una reacción a la experiencia de la injusticia, la cual, dades ilegales, requiere tiempo para realizarse. Así, al correlacionar el delito y el desaunada a la "solución" individualista, puede ocurrir en diferentes sectores de la socieempleo en un punto del tiempo se corre el riesgo de omitir el dato de que la evaluación dad: al igual que el delito, injusticia e individualismo no constituyen un monopolio de y construcción de empresas de los humanos requiere tiempo para desarrollarse. los pobres. Tales respuestas individualistas del tipo "cada cual para sí mismo" se perciPor último, respecto a la constitución humana en relación con el delito, el realismo ben con más frecuencia en determinados periodos: es la ética ascendente que prevalece no niega las correlaciones entre biología y transgresión, ya sea que impliquen conforen la Inglaterra moderna, con sus crecientes tasas de delincuencia, y particularmente en mación corporal, sistemas hormonales, complexión o edad. Al rechazar el reduccioEstados Unidos de América, país que posee, con mucho, los niveles de delincuencia nisme biológico, el idealismo de izquierda y la teoría de las etiquetas prefieren ahorrarse más altos entre los países industrializados. quebraderos de cabeza negando la biología misma. Es indudable que las personas granLa idea de que ciertas condiciones sociales conducen al delito se asocia con el condes y fuertes son más capaces de recurrir a la violencia que las personas de complexiocepto del determinismo total. Afirmar que la pobreza actual es una incubadora lel nes débiles, que las hormonas masculinas guardan una estrecha correlación con la delito no es lo mismo que afirmar que todos los pobres son delincuentes. Por el conviolencia, que los hombres musculosos representan una amenaza mayor que las persotrario, la mayor parte de las personas pobres son perfectamente honestas, mientras que • nas obesas o de condición física deficiente. Después de todo, a nadie se le ocurriría muchos ricos cometen delitos. Más bien, significa que las tasas de delincuencia :ron cruzar la calle por la noche para evitar encontrarse con una ancianita. Así, el realismo í más altas en determinados sectores de la sociedad en ciertas condiciones. El delito, postula que las causas de la violencia patriarcal contra las mujeres o el machismo de los 1 como cualquier otra forma de conducta, requiere que se tomen decisiones morales en jóvenes pertenecientes a las clases obreras más bajas tienen como raíz determinadas si1 determinadas circunstancias restrictivas. En cualquier caso, no se trata de una decisión tuaciones sociales, no la biología, y que la capacidad física para cometer delitos no es más i fatal. Se explica así que la ética del individualismo afecte la moral pública y la inciden-- que una variable entre muchas. I

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El problema de la especificidad. Por lo general, la criminología positivista se afana en formular generalizaciones independientes de la cultura y el entorno social. Desde luego, el desempleo puede producir delitos, y todos sabemos que la recesión económica ha contribuido al incremento en el consumo de heroína entre los jóvenes. Sin embargo, resulta absurdo establecer una relación de tipo mecanicista entre condiciones objetivas y conducta humana. La reflexión y la conciencia humanas no generan relacior.es lineales simples entre los niveles de desempleo y el delito o la desigualdad y la violencia, por ejemplo. Cuando se detecta este tipo de relaciones lineales, lo más probable es que se trate de un artefacto de los métodos de medición y no de una reflexión en torno a la realidad misma. Las tendencias en una dirección particular dentro de una cultura específica son otra cosa; pero las relaciones lineales divorciadas del significado humano y de la situación social constituyen una quimera positivista. Para el realismo, resulta esencial que las condiciones objetivas se interpreten a la luz de grupos subculturales específicos, pues tal es la naturaleza de la experiencia humana y de la acción social. Las generalizaciones son válidas, pero sólo si incorporan condiciones culturales y contextos sociales específicos, pues el realismo se interesa por las realidades vivas. Le preocupa el problema material que experimentan determinados grupos de personas, de acuerdo con los importantes ejes sociales de edad, clase, género y etnicidad, junto con el aspecto espacial propio de cada localidad (DeKeseredy, 1997). Son estos parámetros estructurales los que dan origen a las subculturas, las cuales constituyen mecanismos de resolución a los que se recurre de manera constante cada vez que determinados grupos intentan resolver los problemas estructurales que se les imponen. El delito es una forma de adaptación subcultural que ocurre cuando las circunstancias materiales bloquean las aspiraciones culturales y cuando las opciones no delictivas de que se dispone resultan poco atractivas o simplemente no existen. El efecto del delito. Los realistas también critican la supuesta separación entre el temor al delito y el riesgo del delito que conforma una de las bases in ás importantes de los conceptos convencionales en torno a la transgresión. Muchas de las "irracionalidades" más brillantes se centran en derredor del marcado temor al delito por parte de las mujeres y de los ancianos, pese a los bajos niveles de riesgo. Siempre se contrasta lo anterior con el bajo temor al delito que manifiestan los varones jóvenes, aun cuando sean éstos los que, supuestamente, presentan las tasas de riesgo más altas de todos los grupos sociales. Los realistas denuncian el error fundamental que supone el creer que se puede proporcionar una respuesta fácil a lo que debe entenderse por un nivel "racional" de temor al delito. El método realista no consiste en abordar el riesgo del delito en términos generales, ya que las tasas globales pierden objetividad cuando se incorporan grupos de riesgo muy bajo a grupos con riesgos muy altos. Más bien, el método de los realistas consiste en delinear la forma en que el delito se concentra en ciertas áreas geográficas y en ciertos grupos dentro de esas áreas, por ejemplo, más negros que blancos y más pobres que ricos. Los sectores más vulnerables de nuestra sociedad son los que presen-

tan los riesgos de delito más altos. Empero, el efecto que ejerce el delito sobre estos grupos es más significativo debido a que carecen de dinero y recursos. Por añadidura, las personas que sufren más profundamente los efectos de la transgresión tienden a ser las que más resienten las consecuencias de otros problemas sociales (por ejemplo, enferfemedades físicas y mentales, condiciones de vivienda deficientes, etc.). Así, el efecto del J ,- `delito se combina con otros problemas. . Si hemos de dilucidar la relación entre la angustia causada por el delito y el riesgo el delito debemos, pues, sustituir las tasas de efectos por las tasas de riesgo. Debemos .IIservar asimismo que los sectores supuestamente `!irracionales" de la comunidad paden delitos que son "invisibles" para todos excepto para los métodos de sondeo más rotundos. En tal sentido, los delitos sexuales, la violencia doméstica y el hostigamiento :tic mujeres son los mejores ejemplos, ya que generan niveles de riesgo y efectos mucho plás altos de los que suelen indicar las cifras oficiales (Mooney, 1993). Debemos dar abida al dato de que, supuestamente, los grupos de riesgo bajo como las mujeres y los cianos constituyen en parte una función de su propio nivel de tácticas precautorias. abría preguntarnos, por ejemplo, cuál sería la tasa de delitos contra mujeres si éstas ctuaran como los varones en sus estrategias para evitar la victimación. Por último, se .¿.eben analizar los diferentes niveles de tolerancia respecto a delitos corno la violencia. '1, 41Por qué no habrían de mostrar las mujeres una mayor intolerancia a la violencia que os hombres y, por ende, un nivel más alto de inquietud? ¿No es el bajo nivel de temor al delito que manifiestan los varones jóvenes un mero producto de sus valores machistas? (Young, 1988). Sin embargo, las actitudes frente al delito constituyen algo más que una función de la experiencia del mismo, ya que para algunos subgrupos el temor al delito representa, en parte, un desplazamiento de otras formas de inquietud social (por ejemplo, desempleo, racismo, intranauilidad frente a la soledad del entorno). En realidad, la angustia causada por el delito es un aspecto de una posición subcultural particular que comprende diferentes grados de tolerancia al desorden social, así como una serie de angustias sociales, de las cuales el riesgo del delito es sólo un factor. Por tanto, el "temor" al delito no es ni una entidad autónoma ni un simple reflejo de las tasas de riesgo. Lo cierto, empero, es que la rnejoe forma de reducir el temor al delito es reducir la incidencia del cielito. ti:. 0 n la i tti iiid: a intie xisbi, i frente al delito significa inflexibilidad peral

Debemos desechar la consigna de que "nada funciona", el lema preferido de la década de' 1 9 80; nuestro problema es que no sabemos a ciencia cierta qué funciona, para cuáles delitos y respecto a cuáles transgresores. Este problema se manifiesta en los planos tanto hermenéutico como de seguimiento. Debemos dejar de preguntarnos qué es lo que funciona y comenzar a estudiar la forma en que funcionan las cosas. Cuando se hayan ordenado intervenciones basadas en un análisis racional y no en conceptos regidos por el sentido común, se impondrán límites al torrente de proyectos mal implanta-

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dos cuyo principal tema es la autocomplacencia. Si al menos una décima parte de los proyectos que se presentan como exitosos hubieran rendido los frutos que proclaman sus artífices, habríamos ya resuelto el "problema" del delito. Una parte importante de nuestro problema es que el número de intervenciones implantadas de manera científica para el control del delito es extremadamente reducido. Respecto a dichas intervenciones, no podemos menos que observar cierta ingenuidad. Los legisladores esperan que, una vez promulgadas, las leyes se aplicarán de forma satisfactoria y que, una vez aplicadas de este modo, los objetivos planteados se alear zarán por sí solos. Prácticas policiales tenidas por sacrosantas, como las detenciones y los cateos en gran escala, se mantienen con toda su costosa arbitrariedad, pese a que las investigaciones han demostrado que los beneficios de tales prácticas son mínimos y que la indignación resultante de acosar a personas inocentes no sólo es estéril, sino también contraproducente (Young, 1994). Como señalamos, el problema más significativo es una ingenuidad enraizada en el sentido común acerca de la naturaleza del delito. No hay razón para suponer que la intervención exitosa en el mundo social sea más fácil que en el mundo natural. No obstante, las intervenciones científicas en el universo físico resultan de todo un acervo de experimentos y comprobaciones, mientras que los productos reales, llámese puente, aeroplano o automóvil, representan una función de incesantes actividades de investigación y desarrollo. No se debe al sentido común la construcción del transbordador espacial; ¿por qué hemos de permitir que el sentido común rija las in tervenciones en los mucho más complicados sistemas de la realidad social? Es tal asociación entre lo simple y lo social la que corrompe la naturaleza de las intervenciones del sistema penal e impide un seguimiento adecuado de los efectos. Por añadidura, resulta fácil suponer una relación lineal simple entre el número de intervenciones y la magnitud de los efectos; por ejemplo, más policías igual a menos delitos, o a mayor severidad en el castigo, mejores efectos disuasivos. Es necesario guardar conciencia de la merma que significa cualquier intervención, así como las diferencias entre lo "demasiado » y lo "demasiado poco". Por ejemplo, el saturar de policías un área como Brixton podría provocar un amotinamiento y producir estadísticas de delincuencia superiores o iguales a las que se obtendrían si no se asignaran fuerzas policiales en dicho barrio. Es necesario, pues, determinar con exactitud las circunstancias que favorecen una intervención policial efectiva. Ello exige que se sometan a examen los métodos mas funcionales y, lo que es más importante, detectar los mecanismos causales que den lugar a una presencia policial efectiva (y también infructuosa) (Sayer, 1984). Dicho análisis revelaría la inutilidad de extraer generalizaciones a partir de la combinación actual de elementos efectivos, insuficientes y francamente contraproducentes en el sistema de justicia penal. Algunas cosas funcionan, otras no funcionan; otras, en fin, podrían surtir efecto en ciertas situaciones, mas no en la totalidad de éstas. Ello no significa que ese sistema represente, o pueda representar, el modo dominante en el control del delito: ninguna reforma o cambio bastaría p ara que así fuese. Lo cierto es que la contribución actual del sistema de justicia penal podría enriquecerse, aun cuando ello requiera un nivel más concienzudo de diseño y inonitoreo. investigación, dise •

ño, evaluación: todos estos procesos adquieren un sentido propio, en especial si tomamos en consideración la inmensa cantidad de recursos que se canalizan al funcionamiento de la justicia penal. Empero, un análisis vigoroso debe acompañarse de la decisión de modificar las prácticas y cambiar el curso de las cosas cuando se demuestre que algo simplemente no funciona. El adoptar una posición intransigente con el delito debe -incluir una posición igualmente inflexible respecto al sistema de justicia penal. Para el realismo, el control delictivo exige que se realicen intervenciones en todos los nlveles: en las causas sociales de la transgresión, en el control social que ejerce la comunidad y las instituciones formales y en la situación de la víctima. Las causas sociales deben ocupar un lugar prioritario. Por su parte, las instituciones formales, como la policía, '¿ dIsempeñan un papel decisivo, aun cuando se haya exagerado su importancia. El principal baluarte en la lucha contra el delito no es tanto la publicitada "tenue línea azul", ietez 'Cuanto los ladrillos y la argamasa de la sociedad civil. Para crear una sociedad másin `grada y menos criminogénica se necesitan empleos estables y bien remunerados, vivn '¿.das de las que sus moradores puedan enorgullecerse, servicios comunitarios que brinden lúa sentimiento de cohesión y pertenencia, y una reducción sustancial en las desigualda,Zdes en que abunda la distribución del ingreso.
f

Estrategias realistas: beneficios de corto plazo, transformación ?r1 el largo plazo El realismo busca tanto una intervención inmediata como una transformación fundamental en el largo plazo. Se trata, en primer lugar, de una disciplina radical que se opone a una criminología oficial empeñada en impedir el cambio y para la que el delito no es más que una espina clavada en el sistema social, que puede extraerse por medios dispersos, menudos y desconectados entre sí. Sin embargo, sus críticas se dirigen wat1. • bién contra ese radicalismo que, imbuido de la idea de que nada puede hacerse si no es hadiante transformaciones fundamentales, se centra de manera defensiva en las desigualdades del sistema de justicia penal, merced a es npañas cuya proclama es "todo o nada". Debido a la importancia de estas actividades, es necesario incorporarse plenamente al debate en torno a la ley y el orden a fin de proponer políticas inmediatas que contrarresten el efecto del delito y del desorden sob r e amplios sectores de la población (Scharf, 1 r. 1990. Hansson, 1995). Aunque esto requiere la reforma del sistema de justicia penal en términos de objetivos y efectividad, conviene señalar que las intervenciones inmediatas que se diriati a realizar mejoras sociales pueden surtir efectos igualmente considerables. il Tales reformas inmediatas no pueden visualizarse de manera separada del probleI ,i largo plazo (Cohen, 1990). En verdad, esas medidas mejoran maárimco del cambio social de I de la comunidad, generando así nuevas capacidades para el cambio. Sin embargo, pueden resultar infructuosas si no se controlan en la dirección de los objetivos t de largo plazo relacionados con la justicia social (Matthews, 1988; Lowman, 1992; / Loader, 1997), pues el delito no es sino la justicia social descarriada. Su solución no es i : el orden divorciado de la justicia, sino un orden dimanado de una sociedad justa. Vivi1

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mos una era en la que cada vez se ensancha más la brecha entre quienes poseen un empleo seguro y quienes no tienen ninguna seguridad para el futuro, un abismo entre los que trabajan y los desempleados estructurales; muy atrás quedaron los días de las sociedades incluyentes caracterizadas por el pleno empleo y la confianza en el desarrollo personal. La carrera meritocrática en la que, supuestamente, todos participaban en pos de los premios adecuados al esfuerzo de cada cual empieza a perfilarse como lo que, en realidad, siempre ha sido: un sueño. Las pistas donde se verificaba esa carrera se reservan sólo a los rápidos y a los lentos, con una significativa proporción de la población desems peñando el papel de espectadores (los perdedores) en eterna contemplación de los press mios conferidos a los exitosos (los ganadores). La pobreza relativa prolifera por doq acompañada por una precariedad e inseguridad materiales crecientes. Añádase a lo anterior una de las emanaciones de los valores del libre mercado —el in'dividualismo--, y tendremos una sociedad criminogénica y autodestructiva. El delito se ha convertida en una norma de la vida, y la incivilidad en uno de los elementos de la vida cotidiana Estos problemas se tornan más acuciantes aún para las personas que no gozan de unái:-„, ciudadanía plena, si bien se les padece en todos los sectores de la sociedad, en especia iQ dentro la familia, piedra angular de la democracia liberal. Así, el motor del desordeas::t radica en las desigualdades generadas por los méritos y las recompensas —el corazón mismo del sistema—, así como en los valores del individualismo, los cuales destruyen la aceptación del statu quo necesaria para el funcionamiento de éste. La criminología oficial evita aludir a la injusticia social: su primera respuesta es actuarial; la segunda, nostálgica. De manera casi inmediata, se observa una criminología comprometida con la administración del riesgo (Feeley y Simon, 1994; Van Swaaningen, 1997; Young, 1998). Trátase de un actuarismo por el que los delincuentes calculadores se enfrentan a un público que también ha aprendido a calcular; el generador del riesgo encuentra al que corre riesgos, sin que intervenga allí ua elemento de justicia o, al menos, de juicio moral. Cuando el delito se convierte en un elemento normal de la vida diaria y cuando se torna necesaria la administración eficiente de una población carcelaria cada vez más abundante, la tarea del criminólogo administrativo consiste en diseñar barreras, evaluar las actividades de seguimiento y calculas la posibilidad de perturbaciones; en suma, la protección de la propiedad, el espacio público y la administración de las cárceles. Surge así una floreciente industria de la evaluación, gran parte de la cual carece de valor científico, siendo unos cuantos los que se preguntan a q ué conduce mantener un sistema que opera sobre bases tan endebles. La criminología oficial se inspira en el irreflexivo orden de los teóricos del control, para quienes los valores básicos son instilados a la persona desde la infancia y la moral es una cosa que "no puede enseñarse" (Hirschi y Gottfredson, 1995). Su propósito es reinstituir a la familia fuerte (ella misma una incubadora de violencia y delito) en la que la autoridad no puede cuestionarse, para luego construir una comunidad que prefiere el orden y la certeza sobre la justicia y la igualdad (Etzioni, 1993). Pero son éstas causas perdidas, pobres intentos de contener, nostalgia de por medio, los vertiginosos cambios por los que atraviesa el mundo en que nos encontramos. Desde luego, esa nostalgia tiene sus atractivos para los políticos

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tanto de izquierda como de derecha (en realidad, su quehacer político se torna cada día más indistinto); pero lo cierto es que no hay retorno. Pues, para decirlo a la evocadora manera de Marshall Berman, "nuestro pasado, sea como fuere, era un pasado en proceso de desintegración; quisiéramos tomarlo, pero se muestra esquivo; desearíamos tener algo sólido para asirnos, pero sólo para descubrir que abrazamos fantasmas" (1983, p. 333). Cualquier realismo digno de ese nombre debe mantenerse al tanto de los acelerados cambios que nos impone la modernidad tardía (Hofman, 1993; Lippens, 1994). Debemos defender el derecho al trabajo, mas no engañarnos pensando que los empleos de hoy ofrecerán la seguridad casi vitalicia que brindaba el trabajo de antaño. Debemos pugnar por el apoyo a la crianza de los niños, sin olvidar que la familia nuclear del pasado representa hoy una opción poco viable. Debemos construir comunidades sólidas, sin esperar que reúnan las características de las telenovelas que se ven con avidez en los medios domésticos. Si nuestro deseo es construir una democracia social para este siglo, debemos utilizar nuevos materiales. Aun cuando el trabajo, la familia y la comunidad se transformen, la demanda de ciudadanía y justicia será cada vez más intensa. Es sólo en esta dirección como podremos implantar un programa realista mediante el cual se abata la delincuencia y se adopte un orden social que actúe en beneficio de las mayorías.

A manera de conclusión: delito y política
Resolver el problema del crimen requiere soluciones políticas. No es que la protección de casas mediante chapas de seguridad no contribuya a combatir el delito. La criminología administrativa es eficiente, pero sólo hasta cierto punto, pues persisten los problemas de desplazamiento delictivo y la demarcación clara en cuanto a la justificación de costos. Un informe recientemente divulgado por la DES (Department of Education and Science), titulado Crime Prevention in Schools, indica que el costo de proteger las viviendas contra el vandalismo no tarda en tornarse prohibitivo, pues, a decir verdad, « los entornos excesivamente protegidos terminan por generar más problemas de los que pretenden combatir"." Después de algún tiempo, las cerraduras de seguridad y otras medidas de protección se convierten en fuentes de inconformidad y descontento. Además, la protección de las viviendas tiene costos estéticos y personales: con ello, se condena a los habitantes, por ejemplo, a llevar vidas de confinamiento en casas seguras, protegidas contra el crimen pero con aspecto de prisiones y una barrera de interfonos. Llegará un momento en que las mujeres hagan valer su derecho de salir por las noches: el énfasis en la seguridad, las precauciones y las restricciones en el estilo de vida constituyen medidas temporales. En un país civilizado, las mujeres deben salir a las calles siempre que les piazeata solución al problema del delito es política, insisten los realistas de izquierda, aseveración con la que, estrañamente, coinciden criminólogos 38 D EPARTNIF.N7 OF E DUCATION AND S CIENCE, Critne Prevenzwn in Schools, iimso, Londres, 1987, p. 37.

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Paradigmas recientes de la criminologia 63 damentaimente el orden económico y judicial, entonces la coerción y la disciplina son las únicas op c iones para preservar el orden. Pero esto no siempre funciona: las políticas coercitivas tienden a incrementar la violación de la ley, en vez del efecto contrario. Queda a este razonamiento la virtud de ser lógica desde el punto de vista conservador. Por su parte, los recientes criminólogos administrativos confían en que la protección de las casas, mejores métodos de vigilancia y una seguridad más estrecha mantenga las cosas en su sitio sin necesidad de recurrir a cambios significativos. Las políticas de "normalización del crimen" tienen como objetivo tranquilizar a la población; la implantación de protecciones en las casas brindp. seguridad. Sin embargo, sean cuales fueren los beneficios reales que pueden obtenerse a partir de la prevención situacional del delito, siempre habrá o..:• límites. Existe un punto en el que los costos y la violación de la libertad para tomar medidas de protección pueden tornarse contraproducentes. Para los idealistas de izquierda nada puede lograrse fuera del cambio político radi...:, ell. Esta perspectiva de espera de una utopía remota y distante no puede consolar a .11- nadie ante los problemas reales que los sectores más vulnerables de la población tienen 4 • .-- - f ue enfrentar día con día. El realismo de izquierda admite la posibilidad de alcanzar beneficios, pero éstos deben formar parte de una estrategia coordinada que comprenda a varios agentes. Para detener los aumentos en la criminalidad, las intervenciones ' tienen que realizarse en los niveles familiar, laboral, juvenil, habitacional, policiaco, ...•:.: etc., con la participación de las autoridades locales, la policía, los grupos voluntarios, . las autoridades educativas y otros (Lea et al., 1988). Tal coordinación debe poseer una •• naturaleza democrática, así como i¿i voluntad de corregir la distribución de recursos A.. económicos y las decisiones judiciales. La crisis etiológica no se resuelve aportando fondos o mejorando las condiciones, sino mediante una distribución equitativa de los recursos como parte de una práctica justa. Dicha política de reforma requiere coordinación, un método democrático que comprende a varios agentes y un seguimiento minucioso. Las fuentes del delito sólo podrán suprimirse en una sociedad donde imperen la justicia y la legalidad.

de otras filiaciones. La diferencia es que estos últimos no quieren o no pueden creer en la posibilidad de tal intervención. La comunidad ha aprendido que los factores de su vida e historia que más influencia tienen en las tasas de criminalidad son el compromiso con la libertad, la prosperidad general, la forma de educar a los niños, los valores populares, y que son precisamente los factores más difíciles de cambiar o cuyo cambio implica mayor riesgo. En cierto sentido, los críticos radicales de la sociedad estadounidense tienen razón: si se desea atacar de raíz el problema de la delincuencia, es necesario promover cambios fundamentales en la sociedad. Pero tienen razón sólo en este sentido, pues lo que proponen instalar en lugar de las instituciones actuales, si es que son capaces de proponer algo más que la retórica del resentimiento, probablemente han, añorar los tiempos en que la criminalidad era más alta, pero las libertades se mantenían intactas." El delito está íntimamente ligado a la estructura social. Si se desea seriamente eliminar o reducir significativamente su incidencia, debe modificarse el sistema social. Sin embargo, el precio que se debe pagar puede resultar demasiado alto para siquiera imaginarlo. Por tanto, se propone la reconstrucción de la sociedad. Sería ideal que las instituciones políticas fuesen examinadas y renovadas hasta conformarlas de acuerdo con un propósito moral común, pero hay que confesar que no se ven posibilidades de que esto se realice. Parece que lo más razonable que se puede hacer es fracasar juntos para lograr un modus vivendi que produzca las menores incomodidades y delitos posibles, al costo social más bajo para todos." Dos autores: un estadounidense derechista que se pronuncia en los años ochenta y un socialista británico que escribe en la década de 1950, ambos en un extraño acuerdo que traspone las barreras de raza, las políticas y del tiempo sostienen que si se desean modificar profundamente las tasas de criminalidad, entonces hay que modificar profundamente la sociedad. Al final, los barómetros morales se verán más fácilmente afectados por los cambios en el entorno político. Algunos se resisten con firmeza al cambio; otros lo desean, aun cuando en su fuero interno reconozcan su imposibilidad rea'. El delito implica a la política. Ello es así porque es ésta la que crea las condiciones sociales que generan el delito, el grado en que el sistema penal es igualitario y la definición de lo que ha de considerarse como delito, para luego establecer la gravedad que se dará a una transgresión en comparación con otras. Cada cual a su manera, todos los criminólogos reconocen esto. En lo fundamental, Wilson afirma que si se desea disfrutar de los beneficios del capitalismo estadounidense, el precio que se deberá pagar es cierto nivel (no:malmente alto) de delincuencia. Pocos conservadores ingleses tendrían las agallas para escribir algo así. Pero se ha de admitir que el autor estadounidense tiene razón, aun cuando los beneficios de una cultura sustentada en la libre empresa sean matera de debate. Wilson procede luego a explicar una serie de medidas, las cuales trascenderían la mera esfera penal, a fin de construir una apología del orden imperante. En cierto sentido, tiene razón una vez más desde su perspectiva conservadora: si no se desea reformar fun39 J. Q. W ILSON, 1985, op. cit., pp. 250-251. " J. B. HAYS, op. cit., pp. 206-207.

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BRAKE, M., y

del delito es Law and Order: Arguments for Socialism, de lan Taylor (Londres, Macmillan, 1981). Entre los autores estadounidenses que adoptan un enfoque realista se cuentan W. DeKeseredy y M. Schwartz, con su obra Contemporary Criminology (Wadsworth, Belmont, Cal., 1996), mientras que merece mención un texto australiano con una buena sección dedicada al realismo: Crime and Criminology, de R. White y F. Haines (Oxford University Press, Melbourne, 1996). La edición especial de Contemporary Crises, vol. II (1987) contiene importantes ensayos; el debate internacional se resume en los dos tomos editados por Roger Matthews y Jock Young, Rethinking Criminology and Issues in Realist Criminology (Sage, Londres, 1992), complementado por la obra de los canadienses J. Lowman y B. MacLean, Realist Criminology, University of Toronto Press, Toronto. Uno de los mejores ejemplos de sondeos locales es Islington Crime Survey, de T. Joncs, B. MacLean y J. Young (Gower, Aldershot, 1986), junto con las investigaciones en torno a casos de Bélgica, Burt en Criminaliteit (Vanden Broele, Brujas, 1992), de P. Hebberecht y H. Hofman. Entre los sondeos especializados más recientes vale la pena mencionar J. Mooney, The Hidden Figure: Domestic Violente in North London, Centre for Criminology, Middlesex, 1993, y E Pearce, Comercial and Conventional Crime, Centre for Criminology, 1993. Por último, un texto comparativo útil en torno a la criminología crítica es el de B. MacLean y D. Milanovic, Thinking Critically About Crime (Collective Press, Vancouver, 1997), junto con una compilación de ensayos que sitúan el realismo en el con exto teórico del movimiento de la modernidad tardía, la cual se titula The New Crirninology Revisited, de P. Walton y J. Young (Macmillan, Londres, 1997).

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