Especial “Don Quijote” en el cuarto centenario de la publicación de la Primera Parte (1605-2005).

IX

LEÓN FELIPE Y DON QUIJOTE Análisis del poema “Vencidos” Fernando Carratalá Teruel

Vindicación de León Felipe. León Felipe (seudónimo de Felipe Camino Galicia; nacido en Tábara -Zamora-, en 1884, y fallecido en México, en 1968) es uno de los grandes poetas españoles del siglo XX, aunque por muy diversas causas su poesía no haya gozado, hasta hace relativamente poco tiempo, del reconocimiento general al que su notable calidad le ha hecho merecedora -salvo por parte de sus compañeros de exilio y de la crítica mexicana-: su vida errática y bohemia -que incluso le llevó a pasar tres años en una cárcel de Santander, víctima de su incapacidad para atender con seriedad los negocios farmacéuticos familiares-; el alejamiento de los grupos poéticos modernistas y vanguardistas, en busca de una poesía más personal, auténtica y sencilla que canaliza precisamente en los poemas de su primer gran libro, Versos y oraciones de caminante, de 1920-; su fidelidad al gobierno de la República y, tras la derrota republicana en la Guerra Civil, el posterior exilio en México; el silencio de la crítica española -Juan Ramón Jiménez, en 1953, lo considera, no sin cierto desdén, “el mejor de los <poetas> de menos importancia”-, que no prestó la menor atención a su poesía -o, cuando lo hizo, tal vez se dejara arrastrar por un cierto sectarismo político-; sus desgarradores versos, que durante la larga dictadura franquista han reflejado el dolor de la España del exilio y se han convertido en un clamor contra la injusticia y la insolidaridad... Son, pues, demasiadas las razones -muchas de ellas extraliterarias- como para reconocer -por lestores a los que se les ha escatimado cicateramente el acceso a sus versos- la valía artística de un poeta de carácter tan polémico y controvertido, en cuya poesía se perciben sus más íntimos flujos emocionales. Sin embargo, de la altura poética de León Felipe ya dieron testimonio la Antología rota (1957), o su Obra poética escogida (publicada por Gerardo Diego, en 1977), así como la edición de Versos y oraciones de caminante [I y II] -libros muy apreciados desde su misma aparición, en 1920 y 1929, respectivamente- y de Drop a Star (obra de 1933), en un mismo volumen, a cargo de José Paulino Ayuso (y que publica la editorial Alhambra, en 1979). A José Paulino debemos, asimismo, la publicación de las Poesías completas (en Visor, 2004), cuya lectura sirve para situar a León Felipe en las cimas de la poesía española del pasado siglo, y nos ayuda a superar la gran injusticia cometida con una de las voces líricas españolas de mayor hondura poética, casi condenada al olvido en España durante los más fructíferos años de su dilatada y azarosa existencia.

El poema “Vencidos” en el contexto de la producción poética de León Felipe. Tras muchas experiencias poéticas frustradas, y trabajando en una farmacia de Almonacid de Zorita (Guadalajara), León Felipe encuentra su auténtica voz poética y, en menos de tres meses, compone los poemas de Versos y oraciones de caminante [I], obra que se publica en Madrid, en 1920. (El Libro segundo, con el mismo título, se edita en New York, por el Instituto de las Españas, en 1929; pero, a pesar de la identidad de título de ambos poemarios, los nuevos poemas muestran un poeta distinto y hasta cierto punto utópico, cuya poesía es portadora de profundas preocupaciones religiosas, humanas y sociales). La poesía de León Felipe en esta época encuentra su sitio personal en el panorama poético, al margen tanto de los modernistas -esas “viejas paredes sagradas” que preconizaban un arte basado en la belleza sensorial, con marcados ritmos orquestales que afectan fundamentalmente a la métrica, con ambientes exóticos alejados de la prosaica realidad- como de los vanguardistas -una “cuadrilla de jóvenes poetas revolucionarios” cuya poesía se inscribía en los movimientos europeos (es decir, el futurismo, el maquinismo, el dadaísmo, el creacionismo, el ultraísmo), y que introducían en sus versos, repletos de nuevas y audaces metáforas, los temas más antipoéticos que les proporcionaba la vorágine del mundo moderno-. El propio León Felipe explica, con estas palabras, su equidistante apartamiento de ambas tendencias poéticas: “No entré por la puerta tradicional. En realidad, por entonces, 1918-1920, comenzaban a derrumbarse todas las puertas y a abrirse grandes boquetes en las viejas paredes sagradas, por donde se colocaban en cuadrilla los jóvenes poetas revolucionarios. Tampoco entré por estos boquetes [...]. Yo no venía a defender a nadie, no pertenecía a ninguna cofradía [...]. Pero hablaba con un dolorido acento castellano de derrota que luego he visto que era más universal que castellano”. Y esa vuelta a la autenticidad y a la sencillez es lo que aporta la obra inicial de León Felipe, en cuyos versos sí pueden rastrearse, en ocasiones, las huellas de Antonio Machado: “Ser en la vida / romero, / romero sólo que cruza / siempre por caminos nuevos; / ser en la vida / romero, / sin más oficio, sin otro nombre / y sin pueblo... / ser en la vida / romero... romero... solo romero. / Que no hagan callo las cosas / ni en el alma ni en el cuerpo... / pasar por todo una vez, / una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero.” (Estrofa primera del poema “Romero sólo”, que figura con el número IV). Versos y oraciones de caminante [I] está dividido en tres secciones -que siguen a unas palabras iniciales en prosa-: “Prologuillos”, con poemas numerados del I al XIII, el primero de los cuales, en el que están compendiados los rasgos métricos y temáticos de esta poesía inicial de León Felipe -“Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol... / y un camino virgen / Dios.”-, ha sido objeto

de un espléndido comentario por parte de Marina Mayoral [1]; “Versos y oraciones de caminante”, con poemas numerados del I al XXXVIII; y “Dos madrigales”, sin numerar. En total, cincuenta y tres poemas, algunos de los cuales -de la sección segunda, fundamentalmente- gozan ya de una amplia popularidad; como el número III, titulado “Como tú...” (Así es mi vida, / piedra, / como tú; como tú, / piedra pequeña. [...]); o el número IV, “Romero sólo...” (Ser en la vida / romero, / romero sólo que cruza / siempre por caminos nuevos; [...]); y, por supuesto, el número V, que va a ser objeto de nuestra atención, titulado “Vencidos” (Por la manchega llanura / se vuelve a ver la figura / de Don Quijote pasar... [...]). ¡Y qué decir del número VI, transido de esencias juanramonianas, (y titulado “La higuera maldita”: ... Y vino la noche callando... / y vino serena / y desnuda, / sin la túnica negra, / y hermosa, / como la amada que se espera, [...]), en el que con las llanuras altas de Castilla en el trasfondo, nos da las claves de su quehacer poético! Las referencias contextuales del poema “Vencidos”. El poema “Vencidos” -al que Joan Manuel Serrat puso música e incluyó como cierre de su LP “Meditarráneo” [2]- no puede ser considerado como una alegoría de la derrota, el desamparo, el desasosiego y la amargura que el exilio -tras la Guerra Civil- supone, precisamente porque se escribía hacia 1920; si bien el deslizamiento de la significación de sus versos, a la vista de los acontecimientos históricos posteriores, le confiere un profundo sentido, tanto más cuanto que el poeta León Felipe, en lucha continua contra las adversidades de la vida, se identifica con ese “caballero del honor” que simboliza el hidalgo manchego. Es muy posible que esta composición tuviera sus antecedentes en poemas escritos durante su permanencia en la cárcel de Santander, en donde una lectura reposada de El Quijote caló muy hondo en su personalidad. El “amoroso batallar” (verso 8) de Don Quijote “encontró sepultura” (verso 7), en efecto, “en la playa de Barcino -[Barcelona]-, frente al mar” (verso 11), en donde es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna -que no es otro que el bachiller Sansón Carrasco-. Este afirma que su dama es más hermosa que Dulcinea del Toboso, arrogancia que Don Quijote no puede tolerar, por lo que acepta batirse con él en combate, “ya que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda”. Una vez vencido, Don Quijote ha de aceptar las condiciones del desafío en el caso de que él fuera el derrotado: dejar la andante caballería y volver a su lugar de origen para vivir en paz. Cervantes relata así esta aventura -de tanta trascendencia para el desenlace de su obra- en el capítulo LXIV de la Segunda Parte:

Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacia él un caballero, armado asimismo de punta en blanco [a], que en el escudo traía pintada una luna resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo: —Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso: la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano [b], escusarás tu muerte y el trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfación sino que, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu hacienda y a la salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi cabeza y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasará a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor y respóndeme luego, porque hoy todo el día traigo de término [c] para despachar este negocio. Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba, y con reposo y ademán severo le respondió: —Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea, que, si visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda, porque su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda; y, así, no diciéndoos que mentís, sino que no acertáis en lo propuesto, con las condiciones que habéis referido aceto vuestro desafío, y luego [d], porque no se pase el día que traéis determinado, y solo exceto [e] de las condiciones la de que se pase a mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé cuáles ni qué tales sean: con las mías me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. [...] Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey la licencia que se les daba [para que se entregaran al combate y lo emprendieran], y don Quijote hizo lo mesmo; el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea, como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían, tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo; y sin tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto [f] las riendas a sus caballos, y como era más ligero el de la

Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera [g], y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue luego sobre él y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo: —Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío [h]. Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo: —Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra [i]. —Eso no haré yo, por cierto —dijo el de la Blanca Luna—: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que solo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla. [...] Levantaron a don Quijote, descubriéronle el rostro y halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina [j] era cosa de encantamento [k]. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas , como se deshace el humo con el viento. Temía si quedaría o no contrecho [l] Rocinante, o deslocado su amo, que no fuera poca ventura si deslocado [ll] quedara. [...] [3] La referencia de los versos 10-11 del poema de León Felipe (que allá “quedó su ventura” / en la playa de Barcino, frente al mar...) remite al comienzo del capítulo LXVI de la Segunda Parte de El Quijote; en el que puede leerse: Al salir de Barcelona, volvió don Quijote a mirar el sitio donde había caído y dijo: —¡Aquí fue Troya [a']! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias, aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas, aquí se escurecieron mis hazañas, aquí finalmente cayó mi ventura para jamás levantarse! Oyendo lo cual Sancho, dijo: —Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades [b']; y esto lo juzgo por mí mismo, que si cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero

de a pie no estoy triste, porque he oído decir que esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no vee lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza. —Muy filósofo estás, Sancho —respondió don Quijote—, muy a lo discreto hablas. No sé quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura [c']. [...] [4] Una nueva referencia a la obra cervantina contienen los versos 30-31, cuando León Felipe afirma: “y llévame a ser contigo / pastor...”. La decisión de Don Quijote de hacerse pastor la relata Cervantes en el capítulo LXVII de la Segunda Parte de El Quijote. Al no poder seguir imitando el modelo de vida de los héroes de la novela caballeresca, el hidalgo manchego opta por convertirse en uno de esos idealizados pastores que consagró literariamente la novela pastoril renacentista: En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio y lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocióle don Quijote y dijo a Sancho: —Este es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia, pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo «el pastor Quijótiz » y tú «el pastor Pancino», nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí [a''], bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos o de los caudalosos ríos. Darános con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los estendidos prados [b''], aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no solo en los presentes, sino en los venideros siglos. —Pardiez —dijo Sancho— que me ha cuadrado [c''], y aun esquinado, tal género de vida; y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller Sansón Carrasco y maese Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir y hacerse pastores con nosotros, y aun quiera Dios no le venga en voluntad al cura de entrar también en el aprisco, según es de alegre y amigo de holgarse. [...] [5]

Vencidos... Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar... Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura, y va ocioso el caballero sin peto y sin espaldar... va cargado de amargura... que allá encontró sepultura su amoroso batallar... Va cargado de amargura... que allá “quedó su ventura” en playa de Barcino, frente al mar... Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar... va cargado de amargura... va, vencido, el caballero de retorno a su lugar. Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura en horas de desaliento así te miro pasar... y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura y llévame a tu lugar; hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura, que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar. Ponme a la grupa contigo, caballero del honor, ponme a la grupa contigo y llévame a ser contigo pastor...

Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar... León Felipe: Versos y oraciones del caminante. Libro Primero, V. Madrid, editorial Alhambra, 1979. Colección Clásicos. Breve comentario explicativo del poema “Vencidos”. Un sentimiento de soledad y derrota -consecuencia de sus múltiples vicisitudes en la vida- le lleva a León Felipe a identificarse con ese otro gran derrotado que no conocía el desaliento hasta que el Caballero de la Blanca Luna dio al traste con sus nobles ideales; y de ahí el título del poema: “Vencidos”; un título en el que se resume la amargura de quienes han sido derrotados en sus más elevados anhelos vitales. Con todo, el poema de León Felipe, como la obra cervantina, deja vislumbrar la esperanza: el poeta, aun cargado de amargura y sin poder batallar -como tampoco puede proseguir con su “amoroso batallar” el indiscutible “caballero del honor”-, en sus más bajas horas de desaliento le pide a Don Quijote un sitio en su montura, para seguir adelante: “ponme a la grupa contigo / y llévame a ser contigo / pastor...”. Todo el poema es ejemplo de sencillez: sencillez léxica -con vocablos usuales que logran crear un cierto clima de “confidencialidad” en la expresión; sencillez sintáctica -sin apenas engarces subordinativos que dificulten la pausada y sostenida andadura de los versos-; sencillez métrica -con predominio de versos fundamentalmente octosílabos y rima consonante que no responde a esquemas preestablecidos, agrupados en caprichosas combinaciones estróficas-; y, por fin, sencillez estilística -que ha rehuido los retóricos procedimientos literarios en busca de una expresión austera y desnuda. Y no es ajena a esta simplicidad de recursos el ritmo derivado de las continuas repeticiones -muchas de ellas construcciones anafóricas de gran relevancia expresiva- que le confieren al poema una profunda trabazón interna: por tres veces se repiten, en diferentes partes del poema y a modo de estribillo, tres versos octosílabos, con rima aab': “Por la manchega llanura / se vuelve a ver la figura / de don Quijote pasar...” (versos 1-3, 12-14 y 32-34); y el verso, referido a Don Quijote, “va cargado de amargura”, también se repite tres veces (6, 9, 15), y reaparece con gran intensidad cuando el poeta aplica su contenido a su propia persona: “que yo también voy cargado / de amargura” (versos 24-25). Otras repeticiones siguen marcando el lento avance del poema que, por momentos, desborda emotividad: “Hazme un sitio en tu montura” (segundo octosílabo de los dos que componen el verso 19, que es hexadecasílabo; y versos 21 y 23); “ponme a la grupa contigo (versos 27 y 29);

hasta concluir con la repetición de la estrofa inicial que remite al título “Vencidos”: “Por la manchega llanura / se vuelve a ver la figura / de don Quijote pasar”; un Don Quijote vencido (verso 14), un “caballero derrotado” (verso 22); pero, a fin de cuentas, un “caballero del honor” (verso 28) en quien el poeta cifra todas sus “esperanzas de salvación” en los momentos difíciles. Puede resultar de interés aproximarse con más detalle a los aspectos métricos del texto, uno de los escasos poemas del libro en el que León Felipe emplea la rima consonante. [6] En cuanto al número de sílabas de los versos, de los 34 que componen el poema, 25 son octosílabos -de ellos, 7 agudos: los versos 1, 3, 8, 14, 20, 26 y 34-; 6, hexadecasílabos: los versos 4-5 y 16 a 19; y un solo verso dodecasílabo -el 11-, tetrasílabo -el 25- y trisílabo -el 31-. Y con respecto a las estrofas, este es el convencional agrupamiento de los versos, en razón de los espacios en blanco señalados por el autor:
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Estrofa 1, versos 1-3: 8a, 8a, 8b'. Estrofa 2, versos 4-11: 16a, 16b', 8a, 8a, 8b', 8a, 8a, 12b'. Estrofa 3, versos 12-16: 8a, 8a, 8b', 8a, 16b'. Estrofa 4, versos 17-31: 16a, 16b', 16a, 8b', 8a, 8c, 8a, 8c, 4a, 8b', 8d, 8e', 8d, 8d, 3e'. Estrofa 5, versos 32-34: 8a, 8a, 8b'.

Así pues, las rimas -consonantes- se agrupan alrededor de pocas combinaciones: 17 rimas -ura (a), 9 rimas agudas -ar (b), 2 rimas -ado (c), 3 rimas -igo (d) y 2 rimas agudas -or (e); una pobreza de rimas, posiblemente deliberada, que se compensa con recurrencias léxicas múltiples, por lo que existe una total interacción entre los elementos melódicos y sintácticos, que ayudan a subrayar los aspectos temáticos del texto. Cabría, pues, hablar de una cierta homogeneidad métrica, apoyada en la rima y en una cierta polimetría regulada por la medida y acentuación de los versos, lo cual no deja de constituir, para la época en que está escrito el poema, una cierta originalidad estilística.

NOTAS. [1] Marina Mayoral: Análisis de textos. Madrid, editorial Gredos, 1973; segunda edición ampliada, de 1982; págs. 128-134. Biblioteca Universitaria Gredos. Manuales, I, núm. 11. [2] Compañía discográfica Zafiro/Novola, 1971. [3] Segunda Parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, capítulo XXXIV: “Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido”. Madrid, ediciones SM, 1999; págs. 801-802, 803. Edición cultural dirigida por Andrés Amorós. Notas. [a] de punta en blanco: de pies a cabeza. [b] de llano en llano: lisa y llanamente. [c] término: plazo. [d] luego: en seguida, rápidamente. [e] exceto: exceptúo. [f] a un mesmo punto: al mismo tiempo. [g] llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera: es decir, que don Quijote sólo pudo recorrer los dos tercios de la mitad de la distancia que le separaba del Caballero de la Blanca Luna. [h] Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío: Don Quijote, que ha sido vencido, debe reconocer que Dulcinea no es tan hermosa como la dama del Caballero de la Blanca Luna. [i] Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad.Es esta, sin duda, una de las más hermosas declaraciones de don Quijote, en la línea de sus planteamientos filosóficos vitales: la verdad está por encima de los triunfos o de los fracasos. [j] máquina: artificio, representación. [k] Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento: Sancho se niega a admitir el fracaso de los ideales de don Quijote, lo que implica el reconocimiento expreso de su completa “quijotización”. [l] contrecho: tullido, lisiado, estropeado. [ll] deslocado: dislocado, torcido; e, igualmente, desalocado, curado de locura.

[4] Segunda Parte de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, capítulo XLVI: “Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchare leer”; op. cit., pág. 808. Notas. [a'] ¡Aquí fue Troya!. ¡Aquí se acabó mi gloria! Cfr. Virgilio, Eneida, III, 10-11. (“Llorando dejó las costas de la patria y sus puertos / y los llanos donde un día se alzó Troya.”: Litora cum patriae lacrimans portusque relinquo / et campos ubi Troia fuit”). [b'] Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades. Cfr. Horacio, Odas, II,III, versos 1-4. (“Acuérdate de mantener serena la mente en los momentos difíciles; así como en los favorables sosegada y lejos de la alegría desbordante.”: Aequam memento rebus in arduis / servare mentem, non secus in bonis / ab insolenti temperatam / laetitia. [c'] Cada uno es artífice de su ventura. Frase de Claudio Apio el Ciego: Faber est suae quisque fortunae (esto es: “El hombre labra su propia fortuna”). [5] Segunda Parte de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, capítulo XLVII: “De la resolución que tomó Don Quijote de hacerse pastor y seguir la vida del campo en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos”; op. cit., pág. 813. Notas. [a''] endechando: entonando endechas -canción triste o de lamento. [b''] bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos o de los caudalosos ríos. Darános con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los estendidos prados [...] La recreación del ambiente pastoril de las Églogas de Garcilaso de la Vega, así como de la novela pastoril La Diana enamorada, de Gil Polo, es evidente en estas líneas. [c''] me ha cuadrado: me ha convenido. [6] León Felipe hace también uso de la rima consonante en los poemas I -“Nadie pasó...”- y XIV -que se inicia con el verso “Yo no sé cómo soy...”-, así como en dos estrofas del poema VIII -“Como aquella nube blanca...”.