ANTOLOGÍA ERÓTICA Varios autores

erotismo, continente y contenido Para la presente antología se han utilizado, en su mayor parte, textos de Abanico, revista de letras de la Biblioteca Nacional de la República Argentina www.abanico.edu.ar - de fecha 12/04. El texto introductorio a la antología de la revista es el siguiente: "Por primera vez Abanico presenta una entrega temática, hemos adjudicado al erotismo ser contenido y continente de este número. Tarea difícil, acaso imposible, determinar los límites de la erótica, tan difícil como marcar los lindes del arte. De lo que no caben dudas es de su íntima relación con la vida. Compone esta presentación un conjunto de textos cuya materia constitutiva es la erótica, o que bien la rozan tangencialmente; algunos la investigan, otros la usan como excusa. Algunos trabajos sugieren e implican, otros trabajan la explicitud; algunos se apoyan en lo oculto, otros en lo evidente. Son diferentes miradas, a veces contradictorias. Las hay íntimas, personales, culturales, vindicativas, alegóricas y humorísticas. Como ha dicho Daniel Muxica en el prólogo de La erótica argentina (Antología poética 1600/1990) — Manantial, Bs. As. 2001—: “No podemos hablar de erotismo sin implicar palabras como amor, sexo, deseo, voluptuosidad, himeneo, seducción, génesis, sensualidad, castidad, lujuria, pornografía, virginidad, perversión, pasión, obscenidad; por nombrar algunas de las más cercanas y de más rápida aunque no tan fácil asociación.” Podríamos agregar a esta enumeración palabras como dolor, sociedad, muerte, cultura, prohibición, política... y acaso el lector la completará con otros muchos vocablos que remiten a las infinitas facetas de lo erótico"

Oliverio Girondo
Oliverio Girondo nació el 17 de agosto de 1891. Realizó sus estudios en el Epson College de Londres y en el Liceo Luis Le Grand de París. Se recibió de abogado, aunque nunca ejerció la profesión. En 1911 inicia su actividad literaria fundando el periódico Comoedia; tras una breve experiencia teatral escribe La Madrastra y La comedia de todos los días. En 1922 aparece en Francia Veinte poemas para ser leídos en el tranvía; luego publica en Madrid, Calcomanías (1925). Construye en esa época una fuerte vinculación con los jóvenes que sustentan el proyecto vanguardista de la literatura argentina, siendo el autor de la redacción del Manifiesto de la revista Martín Fierro. Lleva una intensa vida literaria entre Buenos Aires y diversas capitales de Europa y se vincula con Salvador Dalí, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gómez de la Serna y Julles Supervielle. Las manifestaciones del surrealismo lo tienen como activo protagonista en París. También decide emprender un viaje desde Chile hasta México a fin de establecer contactos con nuevos escritores, representando a las revistas Proa, Valoraciones y Martín Fierro. Se radica definitivamente en Buenos Aires en 1931 publicando al año siguiente Espantapájaros (al alcance de todos) con una desopilante campaña publicitaria que incluye una carroza fúnebre y un gigantesco muñeco de papel maché por la Avenida 9 de julio, logrando agotar en pocos días los 5000 ejemplares de la edición. Casado con Nora Lange en 1943, la pareja hace de su casa un lugar de reuniones literarias, frecuentada por escritores jóvenes (Enrique Molina, Alberto Vanasco, Edgar Bayley, etc.) quienes lo consideran un maestro. Su decisiva ruptura con el modernismo y sus seguidores, más la vigorosa

renovación de la sacralizada zona poética de las primeras décadas del siglo, a las que contribuyó de manera notable y extensa, ubican a Oliverio Girondo como un mojón soberano de la vanguardia poética en Hispanoamérica. Muere en Buenos Aires el 24 de enero de 1967. Entre sus obras figuran: Persuasión de los días (1942), Campo nuestro (1946), La Másmedula (1954), Yo tan yo, Destino, Topatumba, Cansancio, Mi mito, Ella y otros poemas. Exvoto A las chicas de flores Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposas. Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para trasmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda. Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás —empavesadas como fragatas— van a pasearse por la plaza, para que los hombres les ayaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas. Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo a todos los que pasan por la vereda. 12 Se miran, se presienten, se desean, se acarician, se besan, se desnudan, se respiran, se acuestan, se olfatean, se penetran, se chupan, se demudan, se adormecen, despiertan, se iluminan, se codician, se palpan, se fascinan, se mastican, se gustan, se babean, se confunden, se acoplan, se disgregan, se aletargan, fallecen, se reintegran, se distienden, se enarcan, se menean, se retuercen, se tiran, se caldean, se estrangulan, se aprietan, se estremecen, se tantean, se juntan, desfallecen, se repelen, se enervan, se apetecen, se acometen, se enlazan, se entrechocan, se agazapan, se apresan, se dislocan, se perforan, se incrustan, se acribillan, se remachan, se injertan, se atornillan, se desmayan, reviven, resplandecen, se contemplan, se inflaman, se enloquecen, se derriten, se sueldan, se calcinan, se desgarran, se muerden, se asesinan,

resucitan, se buscan, se refriegan, se rehuyen, se evaden y se entregan.

22 Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con sexo prehensil. Desde hace siglos, se conocen diversos medios para protegernos contra las primeras. Se sabe, por ejemplo, que una fricción de trementina después del baño, logra en la mayoría de los casos inmunizarnos; pues lo único que les gusta a las mujeres vampiro es el sabor marítimo de nuestra sangre, esa reminiscencia que perdura en nosotros, de la época en que fuimos tiburón o cangrejo. La imposibilidad en que se encuentren de hundirnos su lanceta en silencio, disminuye, por otra parte, los riesgos de un ataque imprevisto. Basta con que al oírlas nos hagamos los muertos para que después de olfatearnos y comprobar nuestra inmovilidad, revoloteen un instante y nos dejan tranquilos. Contra las mujeres de sexo prehensil, en cambio, casi todas las formas defensivas resultan ineficaces. Sin duda, los calzoncillos erizables y algunos otros preventivos, pueden ofrecer sus ventajas; pero la violencia de honda con que nos arrojan su sexo, rara vez nos da tiempo a utilizarlos, ya que antes de advertir su presencia, nos desbarrancan en una montaña rusa de espasmos interminables, y no tenemos más remedio que resignarnos a una inmovilidad de meses, si pretendemos recuperar los kilos que hemos perdido en un instante. Entre las creaciones que inventa el sexualismo, las mencionadas, sin embargo, son las menos temibles. Mucho más peligrosas, sin discusión alguna, resultan las mujeres eléctricas, y esto, por un simple motivo: las mujeres eléctricas operan a distancia. Insensiblemente, a través del tiempo y del espacio, nos van cargando como un acumulador, hasta que de pronto entramos en un contacto tan íntimo con ellas, que nos hospedan sus mismas ondulaciones y sus mismos parásitos. Es inútil que nos aislemos como un anacoreta o como un piano. Los pantalones de amianto y los pararrayos testiculares son iguales a cero. Nuestra carne adquiere, poco a poco, propiedades de imán. Las tachuelas, los alfileres, los culos de botella que perforan nuestra epidermis, nos emparentan con esos fetiches africanos acribillados de hierros enmohecidos. Progresivamente las descargas que ponen a prueba nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan desde el occipucio hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos escapan de los poros centenares de chispas que nos obligan a vivir en pelotas. hasta que el día menos pensado, la mujer que nos electriza intensifica tanto sus descargas sexuales, que termina por electrocutarnos en un espasmo lleno de interrupciones y de cortocircuitos.

Octavio Paz
Octavio Paz nació en México el 31 de marzo de 1914 y falleció el 19 de abril de 1998. En la revista Barandal publica sus primeros poemas. Su primer libro, Luna silvestre, lo edita en 1933. Es fundador junto con otros poetas de la revista Taller. En 1941-1942 se publican Entre la piedra y la flor y A la orilla del mundo. En 1938, en París, hace amistad con André Bretón e intensifica su relación con Benjamín Péret, así como con una multitud de escritores franceses y de otras nacionalidades. En esa época publica Libertad bajo palabra. Le siguen El laberinto de la soledad (1950), Semillas para un himno, la obra de teatro La hija de Rappaccini, ambas de 1954, El arco y la lira (1956), Las peras del olmo (1957), La estación violenta, que

recoge Piedra de Sol (1958), Salamandra (1962), Cuadrivio (1965), Puertas al campo (1966), Corriente alterna y Claude Lévi-Strauss o El nuevo festín de Esopo (1967), Posdata, Marcel Duchamp o El castillo de la pureza y Ladera Este (1968), Conjunciones y disyunciones (1970), Los signos en rotación y Renga (1971), El signo y el garabato (1973). En 1974 publica Los hijos del limo, El mono gramático y Versiones y diversiones, donde recoge sus traducciones. En 1975 publica Pasado en claro, Poemas y El ogro filantrópico (1979). A los años 1982-1990 corresponden Sombras de obras, Hombres en su siglo, Pasión crítica, Tiempo nublado, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Árbol adentro. Fue director de la revista Plural y creador de la revista Vuelta. Entre los premios que recibió se cuentan el Premio Cervantes REPASO: LA DOBLE LLAMA Todos los días oímos esta frase: nuestro siglo es el siglo de la comunicación. Es un lugar común que, como todos, encierra un equívoco. Los medios modernos de transmisión de las noticias son prodigiosos; lo son mucho menos las formas en que usamos esos medios y la índole de las noticias e informaciones que se transmiten en ellos. Los medios muchas veces manipulan la información y, además, nos inundan con trivialidades. Pero aun sin esos defectos toda comunicación, incluso la directa y sin intermediarios, es equívoca. El diálogo, que es la forma más alta de comunicación que conocemos, siempre es un afrontamiento de alteridades irreductibles. Su carácter contradictorio consiste en que es un intercambio de informaciones concretas y singulares para el que las recibe. Digo verde y aludo a una sensación particular, única e inseparable de un instante, un lugar y un estado psíquico y físico: la luz cayendo sobre la yedra verde esta tarde un poco fría de primavera. Mi interlocutor escucha una serie de sonidos, percibe una situación y vislumbra la idea de verde. ¿Hay posibilidades de comunicación concreta? Sí, aunque el equívoco nunca desaparece del todo. Somos hombres, no ángeles. Los sentidos nos comunican con el mundo y, simultáneamente, nos encierran en nosotros mismos: las sensaciones son subjetivas e indecibles. El pensamiento y el lenguaje son puentes pero, precisamente por serlo, no suprimen la distancia entre nosotros y la realidad exterior. Con esta salvedad, puede decirse que la poesía, la fiesta y el amor son formas de comunicación concreta, es decir, de comunión. Nueva dificultad: la comunión es indecible y, en cierto modo, excluye la comunicación: no es un intercambio de noticias sino una fusión. En el caso de la poesía, la comunión comienza en una zona de silencio, precisamente cuando termina el poema. Podría definirse al poema como un organismo verbal productor de silencios. En la fiesta —pienso, ante todo, en los ritos y en otras ceremonias religiosas— la fusión se opera en sentido contrario: no el regreso al silencio, refugio de la subjetividad, sino entrada en el gran todo colectivo: el yo se vuelve un nosotros. En el amor, la contradicción entre comunicación y comunión es aún más patente. El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos ve por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que

abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica, evaporación de la esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por las llanuras de la noche. Experiencia circular: se inicia por la abolición del cuerpo de la pareja, convertido en una substancia infinita que palpita, se expande, se contrae y nos encierra en las aguas primordiales; un instante después, la substancia se desvanece, el cuerpo vuelve a ser cuerpo y reaparece la presencia. Sólo podemos percibir a la mujer amada como forma que esconde una alteridad irreductible o como substancia que se anula y nos anula. La condenación del amor carnal como un pecado contra el espíritu no es cristiana sino platónica. Para Platón la forma es la idea, la esencia. El cuerpo es una presencia en el sentido real de la palabra: la manifestación sensible de la esencia. Es el trasunto, la copia de un arquetipo divino: la idea eterna. Por esto, en el Fedro y en El Banquete, el amor más alto es la contemplación del cuerpo hermoso: contemplación arrobada de la forma que es esencia. El abrazo carnal entraña una degradación de la forma en substancia y de la idea en sensación. Por esto también Eros es invisible; no es una presencia: es la obscuridad palpitante que rodea a Psiquis y la arrastra en una caída sin fin. El enamorado ve la presencia bañada por la luz de la idea; quiere asirla pero cae en la tiniebla de un cuerpo que se dispersa en fragmentos. La presencia reniega de su forma, regresa a la substancia original para, al fin, anularse. Anulación de la presencia, disolución de la forma: pecado contra la esencia. Todo pecado atrae un castigo: vueltos del arrebato, nos encontramos de nuevo frente a un cuerpo y un alma otra vez extraños. Entonces surge la pregunta ritual: ¿en qué piensas? Y la respuesta: en nada. Palabras que se repiten en interminables galerías de ecos. No es extraño que Platón haya condenado al amor físico. Sin embargo, no condenó a la reproducción. En El Banquete llama divino al deseo de procrear: es ansia de inmortalidad. Cierto, los hijos del alma, las ideas, son mejores que los hijos de la carne; sin embargo, en Las leyes exalta a la reproducción corporal. La razón: es un deber político engendrar ciudadanos y mujeres que sean capaces de asegurar la continuidad de la vida en la ciudad. Aparte de esta consideración ética y política, Platón percibió claramente la vertiente pánica del amor, su conexión con el mundo de la sexualidad animal y quiso romperla. Fue coherente consigo mismo y con su visión del mundo de las ideas incorruptibles, pero hay una contradicción insalvable en la concepción platónica del erotismo: sin el cuerpo y el deseo que enciende en el amante, no hay ascensión hacia los arquetipos. Para contemplar las formas eternas y participar en la esencia, hay que pasar por el cuerpo. No hay otro camino. En esto el platonismo es el opuesto a la visión cristiana: el eros platónico busca la desencarnación mientras que el misticismo cristiano es sobre todo un amor de encarnación, a ejemplo de Cristo, que se hizo carne para salvarnos. A pesar de esta diferencia, ambos coinciden en su voluntad de romper con este mundo y subir al toro. El platónico por la escala de la contemplación, el cristiano por el amor a una divinidad que, misterio inefable, ha encarnado en un cuerpo. Unidos en su negación de este mundo, el platonismo y el cristianismo vuelven a separarse en otro punto fundamental. En la contemplación platónica hay participación, no reciprocidad: las formas eternas no aman al hombre; en cambio, el Dios cristiano padece por los hombres, el Creador está enamorado de sus criaturas. Al amar a Dios, dicen los teólogos y los místicos, le devolvemos, pobremente, el inmenso amor que nos tiene. El amor humano, tal como lo conocemos y vivimos en Occidente desde la época del «amor cortés», nació de la confluencia entre el platonismo y el cristianismo y, asimismo, de sus oposiciones. El amor humano, es decir, el verdadero amor, no niega al cuerpo ni al mundo. Tampoco aspira a otro ni se ve como un tránsito hacia una eternidad más allá del cambio y del tiempo. El amor es amor no a este mundo sino de este mundo; está atado a la tierra por la fuerza de gravedad del cuerpo, que es placer y muerte. Sin

alma —o como quiera llamarse a ese soplo que hace de cada hombre y de cada mujer una persona— no hay amor pero tampoco lo hay sin cuerpo. Por el cuerpo, el amor es erotismo y así se comunica con las fuerzas más vastas y ocultas de la vida. Ambos, el amor y el erotismo —llama doble— se alimentan del fuego original: la sexualidad. Amor y erotismo regresan siempre a la fuente primordial, a Pan y a su alarido que hace temblar la selva. El reverso del Eros platónico es el tantrismo, en sus dos grandes ramas: la hindú y la budista. Para el adepto de Tantra, el cuerpo no manifiesta la esencia: es un camino de iniciación. Más allá no está la esencia, que para Platón es un objeto de contemplación y de participación; al final de la experiencia erótica el adepto llega, si es budista, a la vacuidad, un estado en que la nada y el ser son idénticos; si es hindú, a un estado semejante pero en el que el elemento determinante no es la nada sino el ser —un ser siempre idéntico a él mismo, más allá del cambio. Doble paradoja: para el budista, la nada está llena; para el hinduista, el ser esta vacío. El rito central del tantrismo es la copulación. Poseer un cuerpo y recorrer en él y con él todas las etapas del abrazo erótico, sin excluir a ninguno de sus extravíos o aberraciones, es repetir ritualmente el proceso cósmico de la creación, la destrucción y la recreación de los mundos. También es una manera de romper ese proceso y detener la rueda del tiempo y de las sucesivas reencarnaciones. El yogui debe evitar la eyaculación y esta práctica obedece a dos propósitos: negar la función reproductiva de la sexualidad y transformar el semen en pensamiento de iluminación. Alquimia erótica: la fusión del yo y del mundo, del pensamiento y la realidad, produce un relámpago: la iluminación, llamarada súbita que literalmente consume al sujeto y al objeto. No queda nada: el yogui se ha disuelto en lo incondicionado. Abolición de las formas. En el tantrismo hay una violencia metafísica ausente en el platonismo: romper el ciclo cósmico para penetrar en lo incondicionado. La cópula ritual es, por una parte, una inmersión en el caos, una vuelta a la fuente original de la vida; por otra, es una práctica ascética, una purificación de los sentidos y de la mente, una desnudez progresiva hasta llegar a la anulación del mundo y del yo. El yogui no debe retroceder ante ninguna caricia pero su goce, cada vez más concentrado, debe transformarse en suprema indiferencia. Curioso paralelo con Sade, que veía en el libertinaje un camino hacia la ataraxia, la insensibilidad de la piedra volcánica. Las diferencias entre el tantrismo y el platonismo son instructivas. El amante platónico contempla la forma, el cuerpo, sin caer en el abrazo; el yogui alcanza la liberación a través de la cópula. En un caso, la contemplación de la forma es un viaje que conduce a la visión de la esencia y a la participación con ella; en el otro, la cópula ritual exige atravesar la tiniebla erótica y realizar la destrucción de las formas. A pesar de ser un rito acentuadamente carnal, el erotismo tántrico es una experiencia de desencarnación. El platonismo implica una represión y una sublimación: la forma amada es intocable y así se substrae de la agresión sádica. El yogui aspira a la abolición del deseo y de ahí la naturaleza contradictoria de su tentativa: es un erotismo ascético, un placer que se niega a sí mismo. Su experiencia está impregnada de un sadismo no físico sino mental: hay que destruir las formas. En el platonismo, el cuerpo amado es intocable; en el tantrismo el intocable es el espíritu del yogui. Por esto tiene que agotar, durante el abrazo, todas las caricias que proponen los manuales de erotología pero reteniendo la descarga seminal; si lo consigue, alcanza la indiferencia del diamante: impenetrable, luminoso y transparente. Aunque las diferencias entre el platonismo y el tantrismo son muy hondas — corresponden a dos visiones del mundo y del hombre radicalmente opuestas— hay un punto de unión entre ellos: el otro desaparece. Tanto el cuerpo que contempla el amante platónico como la mujer que acaricia el yogui, son objetos, escalas en una ascensión hacia el cielo puro de las esencias o hacia esa región fuera de los mapas que es lo incondicionado. El fin que ambos persiguen está más allá del otro. Esto es, esencialmente, lo que los separa del amor, tal como ha sido descrito en estas páginas. Es útil repetirlo: el amor no es la búsqueda de la idea o la esencia;

tampoco es un camino hacia un estado más allá de la idea y la no-idea, el bien y el mal, el ser y el no-ser. El amor no busca nada más allá de sí mismo, ningún bien, ningún premio; tampoco persigue una finalidad que lo trascienda. Es indiferente a toda trascendencia: principia y acaba en él mismo. Es una atracción por un alma y un cuerpo; no una idea: una persona. Esa persona es única y está dotada de libertad, para poseerla, el amante tiene que ganar su voluntad. Posesión y entrega son actos recíprocos. Como todas las grandes creaciones del hombre, el amor es doble: es la suprema ventura y la desdicha suprema. Abelardo llamó al relato de su vida: Historia de mis calamidades. Su mayor calamidad fue también su más grande felicidad: haber encontrado a Eloísa y ser amado por ella. Por ella fue hombre: conoció el amor; y por ella dejó de serlo: lo castraron. La historia de Abelardo es extraña, fuera de lo común; sin embargo, en todos los amores, sin excepción, aparecen esos contrastes, aunque casi siempre menos acusados. Los amantes pasan sin cesar de la exaltación al desánimo, de la tristeza a la alegría, de la cólera a la ternura, de la desesperación a la sensualidad. Al contrario del libertino, que busca a un tiempo el placer más intenso y la insensibilidad moral más absoluta, el amante está perpetuamente movido por sus contradictorias emociones. El lenguaje popular, en todos los tiempos y lugares, es rico en expresiones que describen la vulnerabilidad del enamorado: el amor es una herida, una llaga. Pero, como dice San Juan de la Cruz, es «una llaga regalada», un «cauterio suave», una «herida deleitosa». Sí, el amor es una flor de sangre. También es un talismán. La vulnerabilidad de los amantes los defiende. Su escudo es su indefensión, están armados de su desnudez. Cruel paradoja: la sensibilidad extrema de los amantes es la otra cara de su indiferencia, no menos extrema, ante todo lo que no sea su amor. El gran peligro que acecha a los amantes, la trampa mortal en que caen muchos, es el egoísmo. El castigo no se hace esperar: los amantes no ven nada ni a nadie que no sea ellos mismos hasta que se petrifican... o se aburren. El egoísmo es un pozo. Para salir al aire libre, hay que mirar más allá de nosotros mismos: allá está el mundo y nos espera. El amor no nos preserva de los riesgos y desgracias de la existencia. Ningún amor, sin excluir a los más apacibles y felices, escapa a los desastres y desventuras del tiempo. El amor, cualquier amor, está hecho de tiempo y ningún amante puede evitar la gran calamidad: la persona amada está sujeta a las afrentas de la edad, la enfermedad y la muerte. Como un remedio contra el tiempo y la seducción del amor, los budistas concibieron un ejercicio de meditación que consistía en imaginar al cuerpo de la mujer como un saco de inmundicias. Los monjes cristianos también practicaron estos ejercicios de denigración de la vida. El remedio fue vano y provocó la venganza del cuerpo y de la imaginación exasperada: las tentaciones a un tiempo terribles y lascivas de los anacoretas. Sus visiones, aunque sombras hechas de aire, fantasmas que la luz disipa, no son quimeras: son realidades que viven en el subsuelo psíquico y que la abstención alimenta y fortifica. Transformadas en monstruos por la imaginación, el deseo las desata. Cada una de las criaturas que pueblan el infierno de San Antonio es un emblema de una pasión reprimida. La negación de la vida se resuelve en violencia. La abstención no nos libra del tiempo: lo transforma en agresión psíquica, contra los otros y contra nosotros mismos. No hay remedio contra el tiempo. O, al menos, no lo conocemos. Pero hay que confiarse a la corriente temporal, hay que vivir. El cuerpo envejece porque es tiempo como todo lo que existe sobre esta tierra. No se me oculta que hemos logrado prolongar la vida y la juventud. Para Balzac la edad crítica de la mujer comenzaba a los treinta años; ahora a los cincuenta. Muchos científicos piensan que en un futuro más o menos próximo será posible evitar los achaques de la vejez. Estas predicciones optimistas contrastan con lo que sabemos y vemos todos los días: la miseria aumenta en más de la mitad del planeta, hay hambrunas e incluso en la antigua Unión Soviética, en los últimos años del régimen comunista,

aumentó la tasa de la mortalidad infantil. (Ésta es una de las causas que explican el desplome del imperio soviético). Pero aun si se cumpliesen las previsiones de los optimistas, seguiríamos siendo súbditos del tiempo. Somos tiempo y no podemos substraernos a su dominio. Podemos transfigurarlo, no negarlo ni destruirlo. Esto es lo que han hecho los grandes artistas, los poetas, los filósofos, los científicos y algunos hombres de acción. El amor también es una respuesta: por ser tiempo y estar hecho de tiempo, el amor es, simultáneamente, conciencia de la muerte y tentativa por hacer del instante una eternidad. Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben que van a morir; en todos los amores, aun en los más trágicos, hay un instante de dicha que no es exagerado llamar sobrehumana: es una victoria contra el tiempo, un vislumbrar el otro lado, ese allá que es un aquí, en donde nada cambia y todo lo que es realmente es. La juventud es el tiempo del amor. Sin embargo, hay jóvenes viejos incapaces de amor, no por impotencia sexual sino por sequedad de alma; también hay viejos jóvenes enamorados: unos son ridículos, otros patéticos y otros más sublimes. Pero ¿podemos amar a un cuerpo envejecido o desfigurado por la enfermedad? Es muy difícil, aunque no enteramente imposible. Recuérdese que el erotismo es singular y no desdeña ninguna anomalía. ¿No hay monstruos hermosos? Además, es claro que podemos seguir amando a una persona, a pesar de la erosión de la costumbre y la vida cotidiana o de los estragos de la vejez y la enfermedad. En esos casos, la atracción física cesa y el amor se transforma. En general se convierte no en piedad sino en com-pasión, en el sentido de compartir y participar en el sufrimiento de otro. Ya viejo, Unamuno decía: no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas. La palabra pasión significa sufrimiento y, por extensión, designa también al sentimiento amoroso. El amor es sufrimiento, padecimiento, porque es carencia y deseo de posesión de aquello que deseamos y no tenemos; a su vez, es dicha porque es posesión, aunque instantánea y siempre precaria. El Diccionario de Autoridades registra otra palabra hoy en desuso pero empleada por Petrarca: comphatía. Deberíamos reintroducirla en la lengua pues expresa con fuerza este sentimiento de amor transfigurado por la vejez o la enfermedad del ser amado. Según la tradición, el amor es un compuesto indefinible de alma y cuerpo; entre ellos, a la manera de un abanico, se despliegan una serie de sentimientos y emociones que van de la sexualidad más directa a la veneración, de la ternura al erotismo. Muchos de esos sentimientos son negativos: en el amor hay rivalidad, despecho, miedo, celos y finalmente odio. Ya lo dijo Catulo: el odio es indistinguible del amor. Esos afectos y esos resentimientos, simpatías y antipatías, se mezclan en todas las relaciones amorosas y componen un licor único, distinto en cada caso y que cambia de coloración, aroma y sabor según cambian el tiempo, las circunstancias y los humores. Es un filtro más poderoso que el de Tristán e Isolda. Da vida y muerte: todo depende de los amantes. Puede transformarse en pasión, aborrecimiento, ternura y obsesión. A cierta edad, puede convertirse en comphatía. ¿Cómo definir a este sentimiento? No es un afecto de la cabeza ni del sexo sino del corazón. En el fruto último del amor, cuando se ha vencido a la costumbre, al tedio y a esa tentación insidiosa que nos hace odiar todo aquello que hemos amado. El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo, estira los minutos y los alarga como siglos. El tiempo, que es medida isócrona, se vuelve discontinuo e inconmensurable. Pero después de cada uno de esos instantes sin medida, volvemos al tiempo y a su horario: no podemos escapar de la sucesión. El amor comienza con la mirada: miramos a la persona que queremos y ella nos mira. ¿Qué vemos? Todo y nada. No por mucho tiempo; al cabo de un momento, desviamos los ojos. De otro modo, ya lo dije, nos petrificaríamos. En uno de sus poemas más complejos, Donne se refiere a esta situación. Arrobados, los amantes se miran interminablemente: wee, like sepulchrallstatues lay;

All day, the same our postures were, And wee said nothing, all the day. Si se prolongase esta inmóvil beatitud, pereceríamos. Debemos volver a nuestros cuerpos, la vida nos reclama: Love mysteries in soules doe grow, But yet the body is his booke. Tenemos que mirar, juntos, al mundo que nos rodea. Tenemos que ir más allá, al encuentro de lo desconocido. Si el amor es tiempo, no puede ser eterno. Está condenado a extinguirse o a transformarse en otro sentimiento. La historia de Filemón y Baucis, contada por Ovidio en el libro VIII de Las metamorfosis, es un ejemplo encantador. Júpiter y Mercurio recorren Frigia pero no encuentran hospitalidad en ninguna de las casas adonde piden albergue, hasta que llegan a la choza del viejo, pobre y piadoso Filemón y de su anciana esposa, Baucis. La pareja los acoge con generosidad, les ofrece un lecho rústico de algas y una cena frugal, rociada con un vino nuevo que beben en vasos de madera. Poco a poco los viejos descubren la naturaleza divina de sus huéspedes y se prosternan ante ellos. Los dioses revelan su identidad y ordenan a la pareja que suba con ellos a la colina. Entonces, con un signo, hacen que las aguas cubran la tierra de los frigios impíos y convierten en pantano sus casas y sus campos. Desde lo alto, Baucis y Filemón ven con miedo y lástima la destrucción de sus vecinos; después, maravillados, presencian como su choza se transforma en un templo de mármol y techo dorado. Entonces Júpiter les pide que digan su deseo. Filemón cruza unas cuantas palabras con Baucis y ruega a los dioses que los dejen ser, mientras duren sus vidas, guardianes y sacerdotes del santuario. Y añade: puesto que hemos vivido juntos desde nuestra juventud, queremos morir unidos y a la misma hora: «que yo no vea la pira de Baucis ni que ella me sepulte». Y así fue: muchos años guardaron el templo hasta que, gastados por el tiempo, Baucis vio a Filemón cubrirse de follajes y Filemón vio cómo el follaje cubría a Baucis. Juntos dijeron: «Adiós esposo» y la corteza ocultó sus bocas. Filemón y Baucis se convirtieron en dos árboles: una encina y un tilo. No vencieron al tiempo, se abandonaron a su curso y así lo transformaron y se transformaron. Filemón y Baucis no pidieron la inmortalidad ni quisieron ir más allá de la condición humana: la aceptaron, se sometieron al tiempo. La prodigiosa metamorfosis con la que los dioses —el tiempo— los premiaron, fue un regreso: volvieron a la naturaleza para compartir con ella, y en ella, las sucesivas transformaciones de todo lo vivo. Así, su historia nos ofrece a nosotros, en este fin de siglo, otra lección. La creencia en la metamorfosis se fundó, en la Antigüedad, en la continua comunicación entre los tres mundos: el sobrenatural, el humano y el de la naturaleza. Ríos, árboles, colinas, bosques, mares, todo estaba animado, todo se comunicaba y todo se transformaba al comunicarse. El cristianismo desacralizó a la naturaleza y trazó una línea divisoria e infranqueable entre el mundo natural y el humano. Huyeron las ninfas, las náyades, los sátiros y los tritones o se convirtieron en ángeles o en demonios. La Edad Moderna acentuó el divorcio: en un extremo, la naturaleza y, en el otro, la cultura. Hoy, al finalizar la modernidad, redescubrimos que somos parte de la naturaleza. La tierra es un sistema de relaciones o, como decían los estoicos, una «cons-piración de elementos», todos movidos por la simpatía universal. Nosotros somos partes, piezas vivas en ese sistema. La idea del parentesco de los hombres con el universo aparece en el origen de la concepción del amor. Es una creencia que comienza con los primeros poetas, baña a la poesía romántica y llega hasta nosotros. La semejanza, el parentesco entre la montaña y la mujer o entre el árbol y el hombre, son ejes del sentimiento amoroso. El amor puede ser ahora, como lo fue en el pasado, una vía de reconciliación con la naturaleza. No podemos cambiarnos en fuentes o encinas, en pájaros o en toros, pero podemos reconocernos en ellos.

No menos triste que ver envejecer y morir a la persona que amamos, es descubrir que nos engaña o que ha dejado de querernos. Sometido al tiempo, al cambio y a la muerte, el amor es víctima también de la costumbre y del cansancio. La convivencia diaria, si los enamorados carecen de imaginación, puede acabar con el amor más intenso. Poco podemos contra los infortunios que reserva el tiempo a cada hombre y a cada mujer. La vida es un continuo riesgo, vivir es exponerse. La abstención del ermitaño se resuelve en delirio solitario, la fuga de los amantes en muerte cruel. Otras pasiones pueden seducirnos y arrebatarnos. Unas superiores, como el amor a Dios, al saber o a una causa; otras bajas, como el amor al dinero o al poder. En ninguno de esos casos desaparece el riesgo inherente a la vida: el místico puede descubrir que corría detrás de una quimera, el saber no defiende al sabio de la decepción que es todo saber, el poder no salva al político de la traición del amigo. La gloria es una cifra equivocada con frecuencia y el olvido es más fuerte que todas las reputaciones. Las desdichas del amor son las desdichas de la vida. A pesar de todos los males y todas las desgracias, siempre buscamos querer y ser queridos. El amor es lo más cercano, en esta tierra, a la beatitud de los bienaventurados. Las imágenes de la edad de oro y del paraíso terrenal se confunden con las del amor correspondido: la pareja en el seno de una naturaleza reconciliada. A través de más de dos milenios, lo mismo en Occidente que en Oriente, la imaginación ha creado parejas ideales de amantes que son la cristalización de nuestros deseos, sueños, temores y obsesiones. Casi siempre esas parejas son jóvenes: Dafnis y Cloe, Calixto y Melibea, Bao-yu y Dai-yu. Una de las excepciones es, precisamente, la de Filemón y Baucis. Emblemas del amor, esas parejas conocen una dicha sobrehumana pero también un final trágico. La Antigüedad vio en el amor un desvarío e incluso el mismo Ovidio, gran cantor de los amoríos fáciles, dedicó un libro entero, las Heroidas, a las desventuras del amor: separación, ausencia, engaño. Se trata de veintiuna epístolas de mujeres célebres a los amantes y esposos que las han abandonado, todos ellos héroes legendarios. Sin embargo, para la Antigüedad el arquetipo fue juvenil y dichoso: Dafnis y Cloe, Eros y Psiquis. En cambio, la Edad Media se inclina decididamente por el modelo trágico. El poema de Tristán comienza así: «Señores, ¿les agradaría oír un hermoso cuento de amor y de muerte? Se trata de la historia de Tristán y de Isolda, la reina. Escuchad cómo, entre grandes alegrías y penas, se amaron y murieron el mismo día, él por ella y ella por él...» Desde el Renacimiento, nuestro arquetipo también es trágico: Calixto y Melibea, pero, sobre todo y ante todo, Romeo y Julieta. Esta última es la más triste de todas esas historias, pues los dos mueren inocentes y víctimas no del destino sino de la casualidad. Con Shakespeare el accidente destrona al Destino antiguo y a la Providencia cristiana. Hay una pareja que abarca a todas las parejas, de los viejos Filemón y Baucis a los adolescentes Romeo y Julieta; su figura y su historia son las de la condición humana en todos los tiempos y lugares: Adán y Eva. Son la pareja primordial, la que contiene a todas. Aunque es un mito judeo-cristiano, tiene equivalentes o paralelos en los relatos de otras religiones. Adán y Eva son el comienzo y el fin de cada pareja. Viven en el paraíso, un lugar que no está más allá del tiempo sino en su principio. El paraíso es lo que está antes; la historia es la degradación del tiempo primordial, la caída del eterno ahora en la sucesión. Antes de la historia, en el paraíso, la naturaleza era inocente y cada criatura vivía en armonía con las otras, con ella misma y con el todo. El pecado de Adán y Eva los arroja al tiempo sucesivo: al cambio, al accidente, al trabajo y a la muerte. La naturaleza, corrompida, se divide y comienza la enemistad entre las criaturas, la carnicería universal: todos contra todos. Adán y Eva recorren este mundo duro y hostil, lo pueblan con sus actos y sus sueños, lo humedecen con su llanto y con el sudor de su cuerpo. Conocen la gloria del hacer y del procrear, el trabajo que gasta el cuerpo, los años que nublan la vista y el espíritu, el horror del hijo que muere y del hijo que mata, comen el pan de la pena y beben el agua de la dicha. El tiempo los habita y el tiempo los deshabita. Cada pareja de amantes revive su historia, cada

pareja sufre la nostalgia del paraíso, cada pareja tiene conciencia de la muerte y vive un continuo cuerpo a cuerpo con el tiempo sin cuerpo... Reinventar el amor es reinventar a la pareja original, a los desterrados del Edén, creadores de este mundo y de la historia. El amor no vence a la muerte: es una apuesta contra el tiempo y sus accidentes. Por el amor vislumbramos, en esta vida, a la otra vida. No a la vida eterna sino, como he tratado de decirlo en algunos poemas, a la vivacidad pura. En un pasaje célebre, al hablar de la experiencia religiosa, Freud se refiere al «sentimiento oceánico», ese sentirse envuelto y mecido por la totalidad de la existencia. Es la dimensión pánica de los antiguos, el furor sagrado, el entusiasmo: recuperación de la totalidad y descubrimiento del yo como totalidad dentro del Gran Todo. Al nacer, fuimos arrancados de la totalidad; en el amor todos nos hemos sentido regresar a la totalidad original. Por esto, las imágenes poéticas transforman a la persona amada en naturaleza —montaña, agua, nube, estrella, selva, mar, ola— y, a su vez, la naturaleza habla como si fuese mujer. Reconciliación con la totalidad que es el mundo. También con los tres tiempos. El amor no es la eternidad; tampoco es el tiempo de los calendarios y los relojes, el tiempo sucesivo. El tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante. No nos libra de la muerte pero nos hace verla a la cara. Ese instante es el reverso y el complemento del «sentimiento oceánico». No es el regreso a las aguas de origen sino la conquista de un estado que nos reconcilia con el exilio del paraíso. Somos el teatro del abrazo de los opuestos y de su disolución, resueltos en una sola nota que no es de afirmación ni de negación sino de aceptación. ¿Qué ve la pareja, en el espacio de un parpadeo? La identidad de la aparición y la desaparición, la verdad del cuerpo y del no-cuerpo, la visión de la presencia que se disuelve en un esplendor: vivacidad pura, latido del tiempo. México, 1 de mayo de 1993

Delmira Agustini
Delmira Agustini nació en Montevideo en 1886 y murió en la misma ciudad en 1914. Su lirismo la llevó, en un principio, hacia el romanticismo decadente, pero luego sus composiciones revistieron las formas del modernismo. En vida publicó El libro blanco (1907), Cantos de la mañana (1910) y Cálices vacíos (1913). Póstumamente aparecieron Los astros del abismo y El rosario de Eros (1924). Murió trágicamente asesinada por su esposo, que luego se suicidó. En 1939 se editaron sus Poesías completas. Del libro El rosario de eros CUENTAS DE MÁRMOL Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego, Apagando mis sienes en frío y blanco ruego... Engarzad en un gesto de palmera o de astro Vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro Tallada a besos puros y bruñida en la edad; Sereno, tal habiendo la luna por coraza; Blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza, Y desde el tabernáculo de vuestra castidad, Nevad a mí los lises hondos de vuestra alma Mi sombra besará vuestro manto de calma, Que creciendo, creciendo me envolverá con Vos; Luego será mi carne en la vuestra perdida...

Luego será mi alma en la vuestra diluida... Luego será la gloria... y, ¡seremos un dios! —Amor de blanco y frío, Amor de estatuas, lirios, astros, dioses... ¡Tú me lo des, Dios mío! CUENTAS FALSAS Los cuervos negros sufren hambre de carne rosa; En engañosa luna mi escultura reflejo, Ellos rompen sus picos, martillando el espejo, Y al alejarme irónica, intocada y gloriosa, Los cuervos negros vuelan hartos de carne rosa. Amor de burla y frío Mármol que el tedio barnizó de fuego, O lirio que el rubor vistió de rosa, Siempre lo dé, Dios mío... O rosario fecundo, Collar vivo que encierra La garganta del mundo. Cadena de la tierra, Constelación caída. O rosario imantado de serpientes, Glisa hasta el fin entre mis dedos sabios, Que en tu sonrisa de cincuenta dientes Con un gran beso se prendió mi vida: Una rosa de labios. SERPENTINA En mis sueños de amor, ¡yo soy serpiente! Gliso y ondulo como una corriente; Dos píldoras de insomnio y de hipnotismo Son mis ojos; la punta del encanto Es mi lengua... ¡y atraigo como el llanto! Soy un pomo de abismo. Mi cuerpo es una cinta de delicia, Glisa y ondula como una caricia... Y en mis sueños de odio, ¡soy serpiente! Mi lengua es una venenosa fuente; Mi testa es la luzbélica diadema, Haz de la muerte, en un fatal soslayo Son mis pupilas; y mi cuerpo en gema ¡Es la vaina del rayo! Si así sueño mi carne, así es mi mente: Un cuerpo largo, largo de serpiente Vibrando eterna, ¡voluptuosamente!

de LOS ASTROS DEL ABISMO FIERA DE AMOR Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones. De palomos, de buitres, de corzos o leones, No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor; Había ya estragado mis garras y mi instinto, Cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto, Me deslumbró una estatua de antiguo emperador. Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra Ascendió mi deseo como fulmínea hiedra Hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer; Y clamé al imposible corazón... la escultura Su gloria custodiaba serenísima y pura, Con la frente en Mañana y la planta en Ayer. Perenne mi deseo, en el tronco de piedra Ha quedado prendido como sangrienta hiedra; Y desde entonces muerdo soñando un corazón De estatua, presa suma para mi garra bella; No es ni carne ni mármol: una pasta de estrella Sin sangre, sin calor y sin palpitación... ¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!

Juan Gelman
Juan Gelman nació en Buenos Aires en 1930. Su primera obra publicada, Violín y otras cuestiones, prologada entusiastamente por Raúl González Tuñon, recibió inmediatamente el elogio de la crítica. Su obra delata una ambiciosa búsqueda de un lenguaje trascendente que no descarta el compromiso social y político. Fue obligado a un exilio de doce años por la violencia política estatal, que además le arrancó un hijo y a su nuera, embarazada, quienes pasaron a formar parte de la dolorosa multitud de desaparecidos. En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía. Su obra ha sido traducida a diez idiomas. Reside actualmente en México, aunque la ciudad de Buenos Aires lo honró recientemente con el título de ciudadano ilustre. Entre sus obras: Violín y otras cuestiones (1956); El juego en que andamos (1959); Velorio del solo (1961); Gotán; Cólera Buey (1965); Los poemas de Sidney West (1969); Fábulas (1971); Relaciones (1973); Hechos (1974); Comentarios (1978); Notas (1979); Citas (1979); Carta Abierta (1980); Si dulcemente (1980); Bajo la lluvia ajena (1980); Hacia el Sur (1982); Com/posiciones (1983); Eso (1983); Dibaxu (1983); Salarios del impío (1984); Anunciaciones (1988); Interrupciones I (1988); Interrupciones II (1988); Carta a mi madre (1989). MARCAS La del vestido blanco era una tarde unas tetas el mundo torpemente atacado por cuartos altos grises jugando a hombre y a mujer ya tan temprano

los niños preparaban los actos de la noche esas tetas de inclinada a su mujer con alarmas entregas con rumores de la pasión bajo su miedo y un falo que indicaba las leyes del varón tetas dulcísimas o dadas donde sonaba un piano un espectáculo redondo en su mudez piano de leche abierta a los terrores de códigos violados dos niños como un ciego procuraban sus límites inciertos sus piedras sus fronteras creaban la tristeza la magnífica que viene del amor la gran clausura la delicia carne como una inmensidad y un silencio de sangre su oleaje contra el tímpano la ajenidad del mundo las tías que invitaban a comer

Susana Villalba
Susana Ada Villalba es integrante del Consejo de redacción de la revista Último Reino, dictó talleres literarios en la Universidad de Letras de la U.B.A. y talleres de cine y literatura. Cursó la carrera de dramaturgia y distintos seminarios de cine. Dirigió la Casa Nacional de la Poesía y los Festivales Internacionales de Poesía del Gobierno de la Ciudad y de la Secretaría de Cultura de la Nación. Libros publicados: Oficiante de Sombras, 1982; Clínica de muñecas, 1986; Susy, secretos del corazón, 1989; Matar un animal, 1995 en Venezuela, 1997 en Argentina; Caminatas, 2000; Plegarias, New York, 2002. SÉ QUE MI PETICIÓN ES PRECIPITADA yo yo y mi yo y mi cuerpo fuimos a esa fiesta yo bailé hermoso rico y poderoso rozaba mi cuerpo mi betty boop mi reina descalza mi nombre es yoni.meri yo también fuego furia ¿fumás? fuimos a su casa estás mojada no sé no hemos sido presentados sumergidos suma de noche estera estambres estaba aterrorizada profeta centinela sentí un automóvil rojo rubio el tabaco su espalda fuerte trepaba mi caída infimos funestos café piedras para dormir me acompañaba a casa y olvidé decírselo las palabras son monedas clavadas a la tierra historias de susy siempre lo he sabido cómo explicarte hubiese cupido calendario perdida en los andenes al día siguiente mi sombra caía del piso 29 olvidé decirle que siempre nadie y yo nunca los amores cobardes lloraba no llegan porque los hombres etcétera él era despiadado todo un hombre quemado de belleza mi cuerpo gemía como un gato y lo envidié pero yo nunca me meto en sus asuntos dijo tu piel mi nena dame no sé qué cosa qué llave del infierno yo hubiera declarado desplegado y estrenado un novio hubiese dicho a mis amigas entrado en algún bar hubiese

hubiese vino que me matara habráse visto tan chiquita y calentando bancos en la plaza ay corazón si te fueras de madre siempre la pena entra la pena y la nada mi cuerpo roto pegado a lo sumido curioso rito de cucharas en la mesa sobre la mesa en la ducha él era el agua y me frotaba belladona dame en el centro de lo que siempre habla el espejo la sombra del deseo era lacan en mi escritorio ah para su estudio de análisis oh para sus análisis acababa de ver mi cuerpo demasiado tarde dónde estuviste le decía ay corazón si supieras ser látigo y dormir

Juan L. Ortiz
Juan Laurentino Ortiz nació en Puerto Ruiz (Entre Ríos) el 11 de junio de 1896. Al poco tiempo la familia se trasladó a las selvas de Montiel; el paisaje de su provincia marcará a fuego al niño que años más tarde convertirá esos elementos en protagonistas de su poesía. Estudia en la Escuela Normal Mixta de Maestros de Gualeguay. Temprano lo atrapa el ideario socialista; hace vigorosos discursos y comienza a escribir en la prensa gráfica. Tiene un breve paso por Buenos Aires, realiza estudios de Filosofía y Letras, se relaciona con el ambiente bohemio y literario de la capital, hace amigos entrañables entre escritores y poetas y regresa a su provincia en la búsqueda de su aire, de sus elementos, de su paisaje. Nunca militó en grupos literarios ni en partidos políticos. Construye así una de las obras cumbres de la literatura en lengua castellana. Celebró la revolución rusa del año '17 y la liberación de París; denunció el asesinato de García Lorca y los horrores del nazismo; padeció la cárcel durante el golpe del '55 y en 1957 fue invitado a visitar China y la ex Unión Soviética encabezando una delegación de intelectuales argentinos. Sus libros también fueron alcanzados por la barbarie de la última dictadura teniendo como destino trágico la hoguera. Juan L Ortiz murió el 2 de setiembre de 1978. Entre su obra podemos citas: El agua y la noche (1924-1932); El alba sube... (1933-1936); El ángel inclinado (1938); La rama hacia el este (1940); El álamo y el viento (1947); El aire conmovido (1949); La mano infinita (1951); La brisa profunda (1954); El alma y las colinas (1956); De las raíces y del cielo (1958); En el aura del sauce, entre otras.

ELLA Ella anuda hilos entre los hombres y lleva de aquí para allá la mariposa profunda ala del paisaje y del alma de un país, con su polen... Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su perfume... a su pesar, muchas veces, como bajo un destino. Testimonio involuntario, ella, de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas, en que la circunstancia da su hálito...

Pero se dirige siempre a un testigo invisible, jugando naturalmente con la tierra y el ángel, el infinito a su lado y el presente en el confín... Más es el don absoluto, y la ternura, ella que es también el término supremo y la última esencia con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones y los latidos para el encuentro en los abismos... Mas tiene cargo de almas, y es la comunicación, el traspasado ser, "como se da una flor", en el nivel de los niños, más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma... Y no busca nunca, no, ella... espera, espera, toda desnuda, con la lámpara en la mano, en el centro mismo de la noche

Jorge Boccanera
Jorge Boccanera nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, en 1952. Poeta, dramaturgo y ensayista, ejerce el periodismo. Publicó los libros de poesía: Los espantapájaros suicidas (1974), Noticias de una mujer cualquiera (1976), Contraseña (1976), Poemas del tamaño de una naranja (1979), Música de fagot y piernas de Victoria (1979), Los ojos del pájaro quemado (1980), Polvo para morder (1986), Sordomuda (1991). Preparó un panorama de poesía hispanoamericana en varios volúmenes, publicado entre 1978 y 1982: La novísima poesía latinoamericana, Poesía rebelde en Latinoamérica, La nueva poesía amorosa de América Latina, Poesía contemporánea de América latina, Palabra de mujer y El poeta y la muerte. Y las compilaciones de poesía argentina: Voces y fragmentos (1981) y Poesía joven de Argentina (1982). Publicó además los libros de historias de vida: Ángeles Trotamundos I (1993); Ángeles Trotamundos II (1996); Malas Compañías (1997), y las antologías: García Lorca / Poesía (1994) y Raúl González Tuñón, Juancito Caminador (1998). Es autor, también, de los ensayos Confiar en el misterio / Viaje por la poesía de Juan Gelman (1994), Sólo venimos a soñar, La poesía de Luis Cardoza y Aragón (1999) y Tierra que anda y Los escritores en el exilio (1999). Como dramaturgo, estrenó Arrabal amargo en el teatro Margarita Xirgu, dentro del ciclo de Teatro Abierto (1982); y la obra Perro sobre Perro en 1986, en el Centro Cultural General San Martín. Obtuvo el Premio Casa de las Américas, Cuba, en 1976, y el Premio Nacional de Poesía Joven de México en 1977. Su obra ha sido traducida a diferentes idiomas. Conocedor de las vanguardias y desafecto a las rígidas consignas, hizo suyo el desafío de la más amplia libertad formal junto a la defensa de la libertad política durante los llamados años de plomo. El tema de la extranjería es recurrente en su obra. Su credo poético se expresa en plenitud en los textos en donde la poesía se interroga a sí misma y desafía al poeta que la busca, la persigue, la traduce en un gesto que aspira a la certidumbre. EL ALTILLO casi a nueve peldaños de la muerte bajo una luz difusa te desvestís

esta no es la cubierta del Kabanos esto no se parece al paraíso es tan sólo un altillo aquí tus pechos vuelan tu cintura golpea entre mis brazos y la humedad es una amiga mirando con ojos agrietados un desorden de piernas esto no es la suite especial del plaza hotel ni hay una alfombra roja donde rodar a gusto es tan sólo un altillo aquí tu pelo emerge de la noche y es bandera de mimbre aquí una vieja cama pide a gritos ¡socorro! aquí no hay vencedores ni vencidos afuera no muy lejos la estrella herida de la tarde rueda como un gato sin fuerzas sobre el techo del mundo aquí casi a nueve peldaños de la muerte tus ojos encuentran a los míos y no tenemos tiempo siquiera de despertar.

Susana Cerdá
5 El deseo, fuego fatuo, algarabía incontenible, castigo en sí mismo, algo que tira y llama, que junta todo lo que hay. Ardor furioso, más furioso que el mar, que la muerte, que todo lo vivido, atravesando los espacios, sangrando, el cuchillo que se clava en la carne para siempre sin tregua dalequedale ahí. ¿La p de papá? Se clava como un dedo índice en la mitad de la noche. Adelante: el presentimiento peludo de la redondez. Atrás: el surco que divide oscuramente la redondez. Surco logrado a lo largo, a lo ancho, papá, mamá. Ellos me ayudaron condescendieron a levantaron para. Surco glúteo-abismal su hendidura su extensión las características intrínsecas de su desarrollo. La manera que tiene ese surco de surcarme. La forma intrépida que tiene él de mirarme desde el surco hacia abajo, de adivinarme hacia adentro, de profundisurcarme como. Mamá descubre, ella siempre descubre y llama a papá papá

sonríe, se queda a solas conmigo y en el momento propicio saca su dedo índice, del bolsillo. Me señala hasta más-no poder, gritar es poco, entonces no digo nada, ella viene, la operación se realiza lenta, saben que sufriré, pero ellos sufren-segura-mente-más-que-yo, juntos transpirando, solo movimientos necesarios, los tres sumidos en un silencio hospitalario... 9 No sé de dónde saco, yo, rescato, que: en tu manera de cruzarte conmigo por la casa, una mujer que se cruza conmigo por la casa, qué pasa en mi manera de cruzarme con vos por la casa, un hombre que se cruza con vos (conmigo) por la, oh, algo en el desasosiego desayuno de todos los días, un bulto bajo las frazadas en penumbra, arrugas que se alisan, arrugas alisándose mañana tras mañana, alisándonos, qué es lo que hace, permite, digo, qué, enciende, prospera crece despacio, dónde, cuál de tus gestos vestidos pedazos de otros gestos ensueños, de tanto en tanto logran inflamarla suavemente, sin quererlo. Se hincha. Parada. Guardando el secreto. Mi secreto. Eso, esto que me empuja en alguna parte y junta algo viscoso. Instantes, permitir que, gozando la cualidad, acto de empujar. Mujer mía. Mi mujer. Ciertas posibles gotas. Leche. Mancha que se interna por tus pelos, se extiende por las sábanas, por la noche, resbala esta mancha por los días siguientes, dibujando. Líquido perlado oliendo. Todo es resbaladizo, aguado, y fluye. 11 Él me ama. Me ama tanto que yo huelo la muerte en sus caricias, en su mirada veo el crimen, en cada gesto suyo: la absorción, el tironeo. En el Espectáculo de Suamor la tierra gira a una velocidad que deforma mi cuerpo... Succionada por su sed, yo: una gota de carne horizontal, que él se dispone a chupar, sin pudor alguno. Espera con espasmos, con ira, con sollozos, el momento justo, enfocado, fatal, de abalanzarse sobre eso y penetrarlo. Enarbolar ese coágulo de vida, levantarlo como una ofrenda a su espejo. Haga lo que haga, él ha decidido amarme, izarme en su soledad como una bandera santa, sangrienta. Ya me ha condecorado, condenado con Suamor. Cómo busca en su cuerpo si cada roce sería una profecía; sus extremidades como tentáculos traspasarían mis fronteras. Caer en sus brazos: desbarrancarme por su avidez. Más que tomarme, atravesarme, hincarme en lo puntiagudo de su historia, clavarme en su cruz particular, hacerme la virgen madre de su santuario musculoso. Devorar algo en mí que todayó le represento, o sea, tenerme,

hacerme suya, hacerme de él. Él, ser eso que soy.

Dalmiro Sáenz
Dalmiro Antonio Sáenz nació en Buenos Aires en 1926. Tempranamente comenzó su actividad literaria y publicó a los 30 años, luego de viajar en buque por la Patagonia varias temporadas (lugar donde se instalaría por casi 15 años y escenario de sus primeros libros de cuentos) Setenta veces siete, que ganó el prestigioso Premio de la Editorial Emecé y se convirtió en un best-seller, con una visión transgresora y cuestionamientos morales sobre la religión, se convirtió en el sello de Sáenz por varios años. Tiempo después participó de la adaptación del guión para el cine de dos de sus historias de Setenta veces siete que se unieron para armar la trama de la película homónima que dirigió Leopoldo Torre Nilson. Luego de este comienzo Sáenz ganó el Premio del Magazine LIFE en español, en 1963, con su libro de cuentos No. El mismo año ganó el Premio Argentores (Sociedad Argentina de Autores) con “Treinta, treinta”, un cuento planteado a la manera de los western norteamericanos, pero situado en la Patagonia. Al año siguiente publicó en la Editorial Emecé El pecado necesario, novela que luego adaptó para hacer el guión de su versión fílmica, retitulada como Nadie oyó gritar a Cecilio Fuentes, dirigida por Fernando Siro y ganadora de la Concha de Plata en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, España (1965). También escribió teatro: premiado con el Premio Casa de las Américas, en Cuba, en 1966 con Hip Hip Ufa. Y también adaptado por el autor para el cine con el título de Ufa con el sexo y la dirección de Rodolfo Kuhn. Sáenz entre libro y libro y según sus declaraciones, se tomaba vacaciones literarias, escribiendo pequeños libros de humor, que tuvieron mucho éxito. Entre ellos, cabe destacar Yo también fui un espermatozoide. Otras de sus obras son: Carta abierta a mi futura ex-mujer, su obra teatral ¿Quién yo?, El Argentinazo, Sobre sus párpados abiertos caminaba una mosca, Las boludas, Cristo de pie (en colaboración con Alberto Cormillot), La Patria equivocada, Malón blanco, Mis olvidos / O lo que no dijo el General Paz en sus memorias.

NO DESEARÁS LA MUJER DE TU PRÓJIMO Pero había una tarde ahí afuera del cuarto, con un aire gris acribillado de lluvia que de tanto en tanto parecía infiltrarse a través de sí mismo por los agujeros que las gotas de agua le producían, provocando una brisa liviana e imperceptible como el aleteo de un pájaro sobre la tierra caliente de un verano; y había también una tarde dentro de ese departamento, un poco adelantada a la otra tarde por las cortinas en las ventanas, y no limitada por esos grises sumados sobre los grises de ese cielo, sino encerrada entre los planos del techo del piso y de las paredes blancas de los cuartos. En la segunda tarde no estaba Catalina, pero había estado hacía unas horas y había levantado la cabeza de la almohada y había dicho: —A vos te gusta Ana —desde adentro de un abrazo, interrumpiendo un beso arisco y una sonrisa y envolviendo su cuerpo desnudo con la sábana. —Sí —había dicho Juan. —¿Te siguen gustando las mujeres igual que antes? —No. Es distinto, me gustan más pero a través tuyo. Entonces ella lo miró desde su risa ancha y tirante que le achicaba los ojos como a

un gato acurrucado de caricias, mientras los dientes surgían blancos y grandes entre la increíble ternura de los labios, después desenvolvió su cuerpo de la sábana y metió la cabeza debajo de la almohada. —No voy a salir nunca de acá —dijo. —No te oigo —mintió él. —Que no voy a salir nunca más. Él se llamaba Juan y había metido su cabeza también bajo la almohada, donde empezó a besarle los costados de la cara y después la boca, se besaron como chicos, demorando mucho los besos y mirando la insistencia de las bocas respectivas, hasta que la almohada cayó al suelo porque ellos habían girado sobre sí mismos abrazados, desnudos como animales, apretando esa forma inquietante y repetida como si ambas desnudeces fuesen una sola desnudez, o el intento de una sola desnudez de los cuerpos y también de los espíritus. La piel de ella y la de él se detuvieron y quedaron quietas una contra la otra, los límites de los cuerpos, los bordes de la gracia, las fronteras de aquellos movimientos que de nuevo comenzaban sin apuro recorriendo su propia avidez, incursionando con la lengua dentro de las bocas, o accionando las manos en la oscura atracción de entre las piernas. —Tomá —le había dicho Catalina, y había tomado uno de sus pechos y los había acercado a aquella boca, como saciando su hambre, mientras miraba cómo esos labios apretaban y soltaban la erguida rebeldía de su pecho que parecía modelada por su boca, mientras ella con los ojos entornados lo abrazaba y dispersaba sus dedos en el pelo corto de la nuca. —Te gusta Ana. Vi cómo la mirabas... ¿La mirabas? ¿La miraste en los ojos? ¿No?... ¿Si la tuvieras acá qué le harías? —¿Qué harías vos? —Miraría. —¿Querés que la traiga un día? —Sí. —Ahora me decís que sí, pero apenas terminás me vas a decir que no. —Esta vez no, te prometo que no. Después se quedaron callados y él retiró su mano de entre los muslos de ella y la dejó a su lado al extremo del brazo sobre la cama. —No te creo —le dijo. —Sí, en serio... ¿Por qué seré así? Soy una degenerada —dijo riéndose. —A mí también me gustaría verte con un hombre. —¿Con quién? —Cualquiera, alguien que te guste, Miguel por ejemplo. —No me gusta Miguel, le coqueteo porque sé que a vos te excita. Pero esto había sido a la mañana en ese cuarto ahora vacío en donde los sonidos ya no estaban y de los movimientos no quedaban ni las arrugas que los cuerpos habían dibujado sobre las sábanas, ahora tirantes con sus pliegues borrados por la blanca energía de las esquinas del colchón, como si el amor hubiese sido hecho en las arenas de una playa, y la marea y el viento hubiesen dispersado sus huellas para siempre. Había un reloj con un tic tac imperceptible o tal vez parado, y hasta la toalla del baño había abandonado parte de la humedad que esa mañana absorbiera de la cara y de las manos. Cuando el teléfono sonó, nada cambió dentro del cuarto, no hubo pasos apresurados, ni manos extendidas hacia la insistencia del sonido, nadie levantó el tubo ni dijo: —Hola —ni nadie contestó desde el otro lado de la línea. —Hola ¿sos vos? —porque era Juan el que llamaba a Catalina, que todavía no había vuelto de su pensativo caminar a través de la tarde en donde la lluvia continuaba sobre el empedrado, y sobre las baldosas, y sobre los techos de los coches, y sobre el diario que protege la cabeza de ese hombre que camina apresurado junto al cordón de la vereda para después cruzar mirando con cautela a ambos lados de la calle, y sobre las cornisas, y sobre un buzón, y sobre la superficie brillante de una

lata, y sobre el agua que corre a la alcantarilla y sobre la explosión de las gotas en el paraguas de Catalina, la que mira hacia abajo, hacia el fondo de su microclima, hacia sus mocasines mojados y piensa sensatamente: —Me tendría que haber puesto los viejos. —Sí —le va a decir Juan más tarde, a ella que se ha sentado y deja que él le saque primero uno y después el otro y siente sus manos a través de la toalla alrededor de cada uno de sus pies. —Dejá, yo me seco, me da vergüenza que me veas los pies. —No. —No hiciste cosas, ¿no? —¿Qué cosas? —Ya sabés qué cosas. ¿No la viste a Ana? Los dos se rieron y él le contestó: —No, ya sabés que no. Entonces ella inclinó la cabeza hacia un costado y él pensó que nunca había visto ni vería una cara así, y por eso extendió su mano para acariciar la piel tan suave de los pómulos. —Soy una tarada, pero me muero de miedo. Cuando estoy excitada te pido que lo hagas, pero después me da miedo. —Ya sé, boba, ya sé. Él la miró con seriedad, y sintió esa emoción que sentía a veces ante esa desvalida actitud de su rebeldía. La había visto luchar contra ella misma más de una vez y la había visto rebelarse también contra su propia lucha, por eso le dijo: —Te pasa algo a vos. —No. —Sí, te pasa algo. —Estuve pensando. —¿Qué? —En eso que hablamos de Ana. —Hace tiempo que hablamos de esas cosas, pero no antes ni después, sino durante. —Antes me daba vergüenza pensar esas cosas, pero ahora no. Hoy pensé todo el tiempo, y no entiendo por qué, por qué hablamos de estas cosas, por qué las pensamos. —Porque nos excita. —¿Pero por qué nos excita? Ella sonreía y él miró por un rato las rodillas infantiles que asomaban tras el borde de la pollera, no las besó ni estiró su mano para tocarlas, pero las retuvo en su subconsciente por un tiempo, mientras su mirada volvía a la toalla que envolvía los pies, y sentía las manos de ella sobre su cara. Se adoraban, se adoraban realmente, casi desde el día en que se conocieron en ese living en donde ella había contestado: —Sí, soy yo —porque él le había preguntado: —¿Vos sos vos? —mirándola en los ojos grandes, en donde los dorados viejos y los nuevos se superponían como los tonos de una llanura seca amaneciendo debajo del rocío. Después él le había dicho: —Te va a costar mantenerte en tu pedestal. Me han contado un montón de cosas tuyas. ¿Sos un montón de cosas, no? Desde ese día no dejaron de verse, se encontraron en esquinas, en taxímetros, en los bancos de las plazas, en ese departamento en donde un día se dieron cuenta de que ya era tarde para retroceder, que nunca más podrían separarse, que eran sus vidas depositarias de aquello que justificaba la vida. Una vez dijeron: —Las parejas fracasan porque evolucionan distinto, porque cada uno crece y se transforma por su cuenta hasta que llega un momento en que son dos extraños hartos de verse uno al otro. Y otra vez también dijeron: —Los dos no podemos fracasar porque vamos a vivir una verdad total, y vamos a

saber con exactitud dónde el otro está situado, y hacia dónde evoluciona, y nos vamos a acoplar a esa evolución. Ya los pies estaban secos, pero él los mantenía envueltos en la toalla y ella desde la altura del sillón le sonreía, después se inclinó sobre la cabeza de él y sus manos agarraron cada una de sus orejas estirándolas hacia los costados. —Si fueras así te querría menos. —Te sería más cómodo. —¿Qué cosa? —Sí. —¿Sí? Entonces sonó el teléfono y él dejó los pies de ella sobre el suelo y se levantó a atender. —Hola... sí soy yo... ah, hola cómo te va... Estuvimos hablando de vos hoy... con Catalina... muchas cosas... ¿Dónde estás?... bueno vení. Cuando cortó, los dos callados se miraron: —¿Era Ana? —Sí. —¿Qué dijo? —Que estaba a dos cuadras, si podía venir. —¿Sabía que yo estaba? —No, creo que no. Ahora el tiempo latía dentro del cuarto y los pasos de Ana en algún lugar de la calle se reproducían en los pensamientos de Catalina, eran pasos no muy rápidos, sobre una vereda imaginada y en donde los tacos altos y las baldosas producían un sonido que avanzaba junto con las piernas largas y el vestido también imaginado con las franjas en colores subiendo en espiral alrededor del cuerpo. —Ya debe estar abajo. Él sonrió y le dijo: —No hagamos nada, vas a sufrir, te va a dar miedo, vas a tener celos. —No, no. Me muero si no lo hacemos... Decile que no estoy y yo me quedo escuchando en el otro cuarto. —¿En serio querés? —Sí, por favor. —Mirá que tal vez no pase nada, tal vez no quiera. —Sí. Va a pasar, le encantás, sabés muy bien que le encantás. Decile que yo no vengo en toda la tarde y hacéle mil cosas... no puedo más... Se encerró en el otro cuarto con la espalda apoyada contra la puerta. Su vista recorrió los objetos ordenados por sus propias manos en las otras horas de los otros días, los días apacibles en donde las horas se deslizaban sin apuro, generalmente esperando que Juan volviera de algún lado, las horas sin latidos, sin sonidos escrutados del silencio, sin temblor en las piernas, sin su mente en acecho de ese timbre que ahora sonaba despertando la piel sobre su cuerpo. —¿Por qué lo hago? —pensó—. ¿Qué es lo que me excita? Tengo celos y tengo miedo, pero me muero si no lo hago. Y después fue la voz: —Hola. —Hola. La debe haber besado en la cara —pensó—; a veces la besa, y a veces le da la mano, pero esta vez la debe haber besado lo más cerca posible de la boca. —¿Y Catalina? —la oyó decir. —No está, no viene hasta la noche. —Le traje el libro. —¿Tenías que verla para algo especial? —No, quería devolverle el libro, nomás, como estaba cerca aproveché. ¿Y vos qué hacés acá todo solo? —No estoy todo solo. Estás vos. —Yo no cuento, yo soy la mujer de tu prójimo.

—Yo soy mi prójimo. Catalina oyó la risa y se imaginó los dientes entre los labios. Pensó: —La debe estar mirando en los ojos, la debe estar mirando en la misma forma que me mira siempre a mí o tal vez no, tal vez ella se ha dado vuelta y se ha puesto a mirar por la ventana para que él le mire la cintura y la cola y las piernas, porque sabe que tiene unas piernas lindísimas, y Juan las debe estar mirando y pensará que son más lindas que las mías. Debe estar quemada, seguro que está quemada, como no tiene nada que hacer se pasará el día al sol. —Ya no llueve más —oyó que decía—. ¿Dónde dijiste que fue Catalina? —Salió. No vuelve hasta la noche. —Es un amor Catalina. —Sí. Después hubo silencio y Catalina pensó: —¿Por qué no hablan, por qué no dicen nada, qué es lo que están haciendo? ¿Qué hubiera hecho yo en su lugar? —y recordó vagamente un episodio intrascendente de su adolescencia, cuando ella espigada sobre sus catorce años había mirado y mirado a un amigo de su padre sin decir palabra, hasta conseguir que la distancia a esa cara se acortara, y el olor a tabaco y a Bay Rhum quedara en su memoria en forma más fuerte que el beso que él había dejado sobre su boca inexperta. —No puedo aguantar que estén callados —pensó, y el silencio adquirió la forma de un cubo del tamaño del cuarto, duro como un témpano que encerraba para siempre las posiciones de dos cuerpos que tal vez estuviesen abrazados. —No, no puede ser —se repitió—, todavía no puede ser. —Pero los cuerpos congelados en el bloque del silencio estaban ahí en alguna posición, parados uno frente al otro, o sentados en el borde del sofá, como tantas veces ella había estado sabiendo que las manos se encontraban tan cerca de las manos. —Tal vez estén frente a la ventana —se dijo Catalina—, mirando hacia afuera, muy juntos uno del otro, él puede estar señalándole algo y tener un codo casi tocándole el pecho. La mano de Catalina está entre sus piernas bajo la pollera, apretando con fuerza su propio apretar contra sí misma, pero se detiene bruscamente, porque ha sentido el ruido de los vasos. —¿Con agua o solo? —Con agua. —Entonces no están junto a la ventana —piensa—, están en el otro lado del cuarto, y después se van a sentar, él sobre el sofá y ella en el sillón de cuero negro, y va a tener la pollera cortísima, o la va a subir un poco con el codo, porque le encantan sus rodillas y tiene muslos dorados y firmes. —Y Catalina mira sus propios muslos que surgen de la pollera levantada y pasa el dorso de su mano por la piel muy suave de entre las piernas. —No puedo más —pensó—, no puedo más; si no hacen algo ahora me muero... y ese silencio, seguro que van a poner música y ella va a empezar a seguir el ritmo con la mano o con las piernas, siempre está haciendo cosas con las piernas, tal vez bailen, tal vez Juan ponga la boca junto a su oreja, tal vez se la bese, tal vez ella va a girar la cabeza y se van a besar en la boca... Dios mío, tengo miedo de terminar. La frente de Catalina sigue apoyada contra la puerta; su mirada abarca un gran sector de la madera opaca, y ella piensa: —Tengo celos de lo que me imagino que está haciendo, porque cada uno de esos movimientos los he hecho yo antes que ella, y tengo miedo de la parte mía que está en ella, como cuando nos miramos en el espejo y lo vea a Juan desnudo con una mujer desnuda apretada contra él, y no me importa que esa mujer sea yo misma, porque soy y no soy al mismo tiempo, como Ana, que en este momento no es Ana, porque él está pensando en mí mientras la besa, porque él sabe que yo estoy acá respirando agitada como un animal en celo junto a la puerta. Las piernas de Catalina se apretaron inmovilizando su mano mojada entre los muslos, las ondas surgieron del fondo de algún lado y crecieron en olas sucesivas

hacia las paredes inexistentes, que encerraban aquella nada desbordada de sí misma. —No quiero terminar —llegó a decir, mientras los párpados se cerraban sobre los ojos y la boca se abría a la espera del sollozo que la última ola depositó en la costa de su angustia. El llanto explotó en su cara, superó las cejas y plegó la frente hasta los mismos límites del pelo, se demoró en los pómulos y se hundió en las palmas abiertas de sus manos. Más tarde oiría la voz de Juan bajo las caricias. —Ya se fue, tomó un whisky y se fue enseguida, no hicimos nada. Afuera la tarde seguía subiendo, ya había abandonado la calle y los balcones y las últimas ventanas de los edificios altos y las azoteas con ropa colgada despidiéndose en el viento; adentro Catalina está hincada en el suelo besando sus propios besos en las manos de Juan entre sus manos. Su pulsera avanza por el antebrazo y queda ahí, como una aureola muerta colgada de su muñeca, en el cielo recortado de la ventana los grises abandonan a los grises hasta dejar un último gris en la carne viva del poniente.

Liliana Díaz Mindurry
Liliana Díaz Mindurry nació en Buenos Aires en 1953. Es autora de los libros de poemas: Sinfonía en llamas, Paraíso en tinieblas (1er Premio Instituto Griego de cultura y Embajada de Grecia) y Wonderland. De relatos: Buenos Aires ciudad de la magia y de la muerte; La estancia del sur (1º Premio Municipal de Buenos Aires, inéditos 1990-91); En el fin de las palabras; Retratos de infelices; Ultimo tango en Malos Ayres (Premio Centro Cultural de México, Concurso Juan Rulfo, París 1993 y Premio El Espectador de Bogotá, Concurso Juan Rulfo, París, 1994), y de las novelas La resurrección de Zagreus; A cierta hora; Lo extraño (1er Premio Fondo Nacional de las Artes); Lo indecible; Pequeña música nocturna (Premio Planeta 1998) y Summertime. Fragmentos de Pequeña música nocturna ESCRITO UN DÍA A LA MAÑANA Cuando entré al cuarto de mi tío, estaba pintando. Suele pintar de noche algunas veces si no está muy cansado. O si está nervioso. Eso dice. Que cuando está nervioso, pinta. Entonces no quiere contarte ninguna historia, nada de nada, sólo pintar y pintar. Ni siquiera te ve. Le dije: ¿Estás enojado conmigo? Me dijo: No, no estoy enojado. Nos quedamos sin hablar. Cuando pinta es raro que hable. Él miraba su pintura o miraba algo que yo no veía, algo que estaría en el aire. Yo le miraba la cabeza. Estaba Minos presente, suele seguirme a todas partes. Si uno lo acaricia se duerme. Yo lo acariciaba y se dormía. Le pregunté a mi tío algo sobre los huracanes y me dijo que no quería hablar más de eso. Que estaba harto de eso. Le pregunté por la flor y me dijo que lo dejara en paz. Le dije que sí estaba enojado. Me dijo que no y basta. Cuando pinta es así. Cuando pinta lo odio. Le dije : Merce tiene pesadillas todas las noches. Sueña con algo que no sabe qué es. Me dijo: Yo también sueño. Le dije: ¿Qué soñás? No supo decirme qué soñaba.

Le dije: Debés soñar con la Cosa, lo que sueña Merce. Hace meses yo también soñaba con la Cosa. Que se metía, que estaba acechando detrás de la puerta, que me tocaba los pies, que me subía por las piernas. Que yo cerraba la puerta y la Cosa empujaba y entraba. Le conté a Merce. Ahora la Cosa se le metió en los sueños a ella. Entonces me hizo la pregunta de todos los grandes. Por qué los grandes repiten lo mismo. No se cansan. ¿Qué es la Cosa? Le dije: Si se supiera, no sería la Cosa. Nadie lo sabe. Siguió pintando, cuando pinta lo odio. No se entendía mucho lo que pintaba. Era todo amarillo, naranja y marrón con alguna gama del verde oscuro. Sería la Cosa. En una parte salía la cabezota enorme de Josecito pero podía ser una calabaza o no sé qué. Era como si en el cuadro pasaran muchos acontecimientos, pero había que descubrirlos. Había que mirarlo mucho para entenderlo. Mirarlo y que te ardieran los ojos de tanto mirarlo, y te cansaras y quisieras dormir. Entonces te dormías y soñabas con el cuadro, con lo que escondía el cuadro. Era mi cabeza, ahora resultaba más nítida. Uno la podía reconocer. Era mi cabeza. Era yo adentro del cuadro. Después hizo unos remolinos como los de Dante. Remolinos adentro de un desierto blanco o amarillo muy pálido. Un desierto como ese lugar donde hay camellos. O un lugar que no es: vacío, creo que se dice. Me dijo: Sacate la ropa. Le dije: ¿Toda? Me dijo: El vestido solamente. Le dije: Me da vergüenza. Pero me la saqué. Me senté en bombachas sobre los talones. .......................... Me dijo: Así no. Le vi los dedos amarillos y pensé en mi mamá que siempre le dice que no fume. No me importó que fueran amarillos. Me hizo arrodillar. Me pintó arrodillada. Me escondió en el cuadro. Pintó encima como para que no me viesen. Pintó algo que no entendí. Le pregunté qué pintaba. Estaba muy enojado, no respondió. Cuando pinta se enoja, no habla. No quiere contar historias. Cuando pinta parece un viejo, más viejo de lo que es. Cuando pinta lo odio. Volví a preguntar para que se fastidiase. Me respondió: Una grulla. Como si me hubiera respondido: un jarrón. Le pregunté: ¿Qué es una grulla? Me respondió: Un ave. Le dije: Ya sé. Y sé que Dante dice que tiene el canto triste como la gente que vuela en el viento o, al revés, que la gente recuerda a las grullas. Me dijo: Es un ave zancuda. Parecía la hermana Rosa cuando habla de zoología. Le dije: No es una grulla. Las grullas cantan en tu cuadro, pero no se ven. Entonces dejó de pintar, me miró, pero no el cuerpo sino la cara. Me miró la cara. Me dijo: Lo que yo pinto es una esencia que no se ve. No tiene que verse sino sugerirse. Lo de las grullas que decís está bien. Está el quejido de las grullas. Y no preguntés más porque me distraigo. Ponete el vestido y andate a dormir que es tardísimo. Le dijo que no. Que no me iría a dormir. Que no me iría nunca más. Que deseaba meterme en el cuadro, entender el cuadro. .......................... Entonces él se abrió el pantalón. Yo había visto a Josecito desnudo, pero era distinto. Era grande, enorme. Esto es lo que pinto, me dijo. Puso mi mano allí donde florecía duro, tenso y suave. También

muy suave. .......................... Fue veloz. Me hizo arrodillar como en el cuadro y me hizo poner lo tenso y suave en la boca. Me la abrió y toqué la punta con la lengua. Miré la pared, el muro donde él se apoyaba. Dejé de mirar. Tenía un gusto levemente salado. Me aferró la cabeza con violencia, con el mismo enojo que cuando pintaba y me la hizo mover y él también se movió. Bailaba. Eso tocó cerca de mi garganta. Me hizo lamer y volví al gusto salado. El gusto como cuando te tragás las lágrimas. Se parecía a la lengua, pero era distinto. Me dijo que aspirara, que absorbiera y empecé a sentir el remolino. Era como una prueba de circo. Eso se metía, era un animalito vivo que deseara ser tragado. Era el gusto de la flor, aunque no un girasol, sino una cala, esas flores de muertos que son blancas y están llenas de vida. Sería la flor de la adormidera que dicen que es roja. Tenía el ritmo de una ceremonia de esas de las películas con tipos raros y tribus. Una música nocturna. Imaginé a Francesca sobre los huracanes tragando a Paolo. En un momento pensé que debería comer o que me devoraría el animalito que se movía entre mis dientes. Mi tío se quejaba con la tristeza de las grullas. Era una grulla. Pensé en Dios, en Dios deforme. Se me hacía difuso. Después sentí en la lengua un agua blanca y mi tío gritó como si le sacaran la vida. Tragué el agua blanca, la vida. Mi tío se acostó en el piso. Parecía desmayado. Quizá muerto. Yo no sabía. Quizá la policía viniera a buscarme y me encerrarían. No le hablé. No le dije nada. Él tampoco. Podía estar muerto. Vendría la policía. Miré el desierto del cuadro. Me fui. Llamé a Minos y me siguió. .......................... OTRO DÍA Dijo: No es posible que vengas todas las noches a despertarme. Le dije: Cambiaste. Antes me contabas historias todas las noches. Dijo: Estoy cansado. No le dije nada. Entré al cuarto de al lado. Miré los cuadros de Dorothea. Me llamó. Me dijo que me iba a contar una historia tan pequeña como la pequeña música de Mozart. Le dije sí. Me dijo que había una vez una niña que miraba un cuadro que se llamaba “Pequeña música nocturna” donde había otras niñas como ella aunque de veinte años atrás. Me dijo que la niña tenía mucho miedo del cuadro porque pensaba que en ese cuadro había algo escondido que la pintora había querido decir. Algo más allá de girasoles peligrosos, pasillos con puertas, pelos erizados, vestidos rotos. Eso que la pintora había querido decir no importaba tanto como lo que la niña veía en el cuadro. La zona que despertaba era parte de la niña y no del cuadro o de la intención de la pintora. El girasol no guardaba ningún significado si el girasol no estaba dentro de ella. Como la niña no estaba segura averiguó que la pequeña música nocturna era una serenata con allegro, romanza, minuetto y rondó, y que Mozart había nacido en Salzburgo en el siglo dieciocho. (No es cierto, yo no hice todas esas averiguaciones. Porque seguro que yo era esa

niña. Los grandes cuentan así: dicen “esa niña” en vez de decir el nombre de una como para que sepan que hablan de una y a la vez no estén muy convencidos.) Que el girasol se vuelve hacia el sol y que tiene semillas comestibles de las que se extrae el aceite. Pero eso no significaba nada porque a Mozart no le importaban los girasoles. Pensó que si el girasol se mueve hacia donde el sol camina, qué sucedería con un girasol nocturno o con un girasol al compás de una música. Pensó en flores que se rompen en la noche, y ya fue su pensamiento el que pensaba y nada de lo que estaba en el cuadro de verdad. Y en el placer de una de las niñas (podría ser sueño, sufrimiento, desmayo) y en el pánico de pelos parados de la otra. Y en la noche como silencio. Y en la puerta abierta como el lugar de las revelaciones. En la música de la noche como en la armonía oculta del silencio. Como estaba leyendo a Dante dijo que los huracanes del Segundo Círculo infernal eran los que arrancaban pétalos al girasol o erizaban los cabellos con la violencia del aire en movimiento. Pensó que era un viento de lujuria y que la lujuria es el más misterioso de los pecados, el más extrañamente provocador de pánico, como si fuera la raíz del pecado, como si contuviera en sí a los otros pecados hasta el crimen y el odio, formas de lujuria. Formas de la pasión por lo prohibido, por lo que no puede verse ni tocarse ni palparse con la lengua. Que un cuchillo en el vientre es lujuria. Y que todo el resto eran los innobles pecados de los mediocres: avaricia, envidia, maledicencia. Pero que el gran mal era esa lujuria, soberbia de sí y blasfema. Que el girasol era un demonio que deseaba atacar la entrepierna de las niñas, lo que tenían de más oculto y secreto. Aquello que sólo verían los guardianes del orden y rápidamente para saber que nada se ha salido de su perfecto sitio. (Los médicos deben ser guardianes del orden.) La niña tenía un tío que pintaba. Una especie de guardián del orden, pero que pintaba. Todo el que pinta sueña con pintar el secreto, lo que no dicen las caras ni las cosas ni las palabras ni siquiera los símbolos. Por sólo eso ya era un guardián imperfecto y enfermo. Se lo toleraba porque sus cuadros no querían decir nada o querían decir algo tan oculto que no se advertía y porque mostraba modales de guardián del orden. Esa especie de guardiana también había soñado con otro cuadro que se llamaba “Hotel La Adormidera”, es decir, hotel del opio, de los sueños. Y pensaba: será así el hotel del otro mundo, del otro lado de las cosas, de la séptima cara del dado, de lo que no se ve, del mundo de los que duermen. Y adentro de ese hotel se esforzaba por pintar el mundo de la adormidera, ese que veía en los sueños, pero jamás lo lograba. De repente encontró a la niña que miraba la esquina del hotel, la sirena escondida de la estatua que soñaba en voz alta, pero él dijo: No, soy un guardián del orden, aunque imperfecto y enfermo. No tengo que olvidarme de cerrar la última puerta del sueño, la que la Ley ordena que debe permanecer cerrada. Abrirla sería la locura que es una forma gigantesca de la culpa. La culpa que rompe las palabras, que desordena el mundo. Y mandó a la niña que se fuera a dormir y que ya basta. Todos los cuentos de mi tío Marcel terminaban así. No sé si dijo así lo que dijo, pero hablaba mucho como cuando mi tío se acerca a la nariz una especie de talco. Lo olía y hablaba. Me gustaban las palabras. Me las metía en la boca y les encontraba un gusto salado a cosa tensa y suave. Las anotaba. Muchas veces las anoto para no perderlas en una libretita que siempre llevo conmigo. Anoto las palabras de sus cuentos y cómo unas y otras se mezclan. Después las leo muchas veces y aunque no las entiendo me gusta repetirlas. Me ponía las palabras en las uñas y se me quebraban las uñas de las ganas de acariciar. Acariciar el gusto salado, tenso y suave. Le pedí varias veces que las repitiera para copiarlas bien y para aprenderlas de memoria como las poesías de la escuela. Yo tengo muy buena memoria y las aprendo enseguida. Las encerré en el fondo de mi cabeza y pregunté por qué el tío de la historia mandaba a la niña a dormir. Aunque no abriera la puerta del sueño, ambos podían mirarla. Y si ese mundo sale al mundo de las cosas vulgares es grande el peligro. Por ejemplo decir “buenas noches” y que buenas noches

signifique distinto de lo que significa buenas noches. (¿Qué puede significar?) La locura hay que saltarla cuando el ojo duerme. De lo contrario contamina el mundo. Le pregunté: ¿Es una enfermedad contagiosa? Dijo que sí. Que cuando se abre la puerta ya no hay fuerza capaz de volver a cerrarla. Que si uno mira la puerta, estalla el deseo de abrirla. Y si la abre invade la culpa y se sufre como si uno estuviera por morirse a cada momento. Ese es el infierno que contaba Dante y el infierno debe quedar en el libro que es un sueño escrito o en un cuadro que es un sueño pintado. Y si uno pierde la culpa vive en otro mundo. Entonces vienen los guardianes del orden y te encierran en una jaula de animal. .......................... Estábamos en la cama y mi tío Marcel me pidió que me quedara de espaldas. La arañita de la mano me tocaba la nuca, bajaba hacia los costados. Yo tenía la nariz pegada a la almohada. Le hablaba de cómo esa mañana había cazado una mariposa en el jardín del frente. Que la mariposa tenía las alitas muy finas y amarillas. Como si estuviera hecha con polvo de azafrán. La mano llegó hasta la línea que te separa las nalgas. Me dio vergüenza pero él no hizo caso. Luego el dedo rozó apenas como si no quisiera pero también como si fuera una caricia pequeñita. Casi débil. Le expliqué que había tomado a la mariposa cuando se posó sobre una planta. Que tenía las alas muy juntas. Que le temblaba el cuerpo, las patas, las antenas. Que toda era un temblor y que era tocar un temblor entre el pulgar y el índice. También la mano temblaba, el dedo tenía alitas. Le dije que me hubiera gustado tener a la mariposa adentro de la boca pero sin hacerle daño. Para sentir el temblor en la lengua. Sin permitirme que dejara de estar de espaldas, apartó mi cara de la almohada, me hizo probar apenas la dura suavidad rosada. Después gritó un poco, pero sólo por sentir el borde de mi lengua. Le dije que sólo acerqué a la mariposita al contorno de mis labios y que sentí sus patas finas. Una cosquilla. Acercó el contorno de sus labios sin besarme a la zona más secreta. Le dije que solté a la mariposa y que me gustó y me dolió verla en el aire otra vez fuera de mí. Yo la amaba y hasta lloraba su pérdida y el gusto de verla en el viento. Sin pedir permiso, sin decirme te haré esto, o diciéndome que me haría daño, que el viaje sería mucho más terrible, que me abriera y que me pusiera en cuatro patas como un cabrito, noté que la dura suavidad entraba, pero no en el lugar de otras veces. Empujó y creo que me asusté. Me dolía tanto como haber perdido a mi mariposa. En un momento el dolor se hizo intolerable. Lloré. Lloré bastante. A gritos. Me tapó la boca para que no me oyeran. Los otros no iban a entender lo que hacíamos. La gente grande nunca entiende esas cosas. Sentí tanta vergüenza. Vergüenza quizá de manchar. Hubo sangre. Sentí vergüenza y vergüenza. Como si te orinaras en el colegio delante de todos, con la hermana Rosa y con el inspector mirándote. O como lo peor y delante de todo el colegio. Me insultó. Dijo cosas terribles. Dijo que el placer lo hacía insultar. El placer del viaje. Cerraba los ojos y hablaba muy despacio. Tenía mojadas las comisuras de los

labios. También lloraba. Tal vez le dolía. O no. O era mío el dolor. O lloraba porque me dolía y porque yo tenía vergüenza. El aire estaba quieto y libre. Sin mariposas. O podía venir otra pero ya no era lo mismo. Nunca era lo mismo. .......................... Yo estaba desnuda, sentada sobre mis rodillas. Tenía la cabeza de mi tío sobre los muslos. La cabeza me acunaba. Hablábamos no sé de qué. Del ruido del agua. Del ruido que hace el agua cuando cae de la canilla. De eso. Yo contaba las gotas como cuando no dormís y te dicen que hay que contar ovejas. Y del silencio. Y que el silencio tiene rumor de agua. Él estaba desnudo. Yo lo miraba. Era tan raro ver a un hombre grande desnudo. No te acostumbrás. Desnudo y tendido. Se lo dije. Y que estaba adentro del silencio. Como si fuera adentro del silencio. Un hombre desnudo, un hombre grande, es algo raro de verdad. Las personas grandes no quieren que las vean desnudas. Entonces me propuso un juego. Era más raro jugar desnuda con un hombre grande y desnudo. Era un juego de silencio como cuando vos te mirás con otra chica y no pueden hablar y se miran hasta que una hace buches de risa y todo se acaba. Este es un juego para jugar en silencio. Y no reírse. Yo voy a hacer algo, pero vos tenés que estar en silencio. Sólo pondrás tus uñas en mi espalda. Quiero que veas cómo corre mi sangre. Porque el viaje tiene que ser con sangre. Así dijo. Le pregunté: ¿Para eso querías que no me comiera las uñas y que me crecieran? Contestó: Para eso. Y con una tijera cortó mis uñas en punta. Le dije: Pero a mí no me gusta lastimarte. Me dijo: Yo sí quiero que me lastimes. No le dije nada. Pensé que él también iba a lastimarme. Que jugaríamos a las peleas y que nadie podría gritar. Me abrió las piernas y empezó lentamente a absorberme. Yo le puse las uñas en la espalda. No me gustaba eso de lastimarlo. No quería. Pero después fue imposible. Para contener esa impaciencia que empecé a sentir, para que no se volviera grito, abrí la boca, para gritar sin voz. Para gritar con voz de canilla, de agua metida en el silencio. Ya no me acunaba. Nadie me acunaba. Noté que me temblaba el cuerpo. Que temblaba la pieza entera. Un terremoto. El techo, los cuadros, todos viajaban conmigo. Es difícil eso de no gritar. Te vuelve completamente impaciente. Te enfurecés. Después no sé. Vi las gotitas de sangre en la espalda que bajaban en hilitos rojos. Yo las había extraído. Grité. Me tapó el grito con su grito. Nos tapamos la boca. Nos tapábamos el grito para que nadie oyera. No entenderían. La gente grande no entiende esas cosas, ya sabés. Se asustarían. Especialmente por la sangre. Mamá querría tirarse por la ventana más alta. Merce lloraría. José se escondería detrás de una silla y aullaría como una tiza que raspa el pizarrón. No entenderían. Después lo toqué. Le hice una casita entre mis manos. Las humedecía con el agua blanca y me las puse en la boca. Había vuelto el silencio con rumor de canillas. El silencio donde podías meterte despacito como en la iglesia y cerrar los ojos.

Así aprendí a lastimarlo y a querer que me lastimara. Es lindo eso de lastimar. Y a veces hasta es lindo que a uno lo lastimen. Pero es mejor lastimar. Le dije: Me haré una pulsera con las gotitas de tu sangre. Me dijo: Me haré un anillo con la tuya. En casa no entenderían eso de viajar así. Se lo dije. Ni de viajar de ninguna manera. Los niños no viajan. No veo por qué. Me dijo: Son unos imbéciles. Le dije: Ahora quiero toda la sangre. Me dijo: Sí.

Daniel Muxica
Daniel Muxica nació en Valentín Alsina, provincia de Buenos Aires en 1950. Poeta de palabra precisa e incitante y de fructífera trayectoria, ha armonizado la poesía con trabajos periodísticos, talleres literarios y una extendida labor editorial. En poesía: publica en 1976 Hermanecer (Editorial Schapire); en 1983 El poder de la música (Editorial Stephane y Bloom Asociados) y en 1987 El perro del alquimista (Editorial Stephane y Bloom Asociados). En 1988 edita Contra dicción (Editorial De la Pluma); en 1989 Ex Libris (Editorial Xul) y en 1991 Siete textos premortales (Editorial El Caldero). En 1993 El libro de las traducciones (Editorial El Caldero). En 1998 edita Nihil Obstat, cd-libro del cual ahora presentamos algunos trabajos, con las voces de Ingrid Pelicori, Horacio Peña y Juan Carlos Puppo. En 2004 publica La conversación (Editorial La Bohemia) En teatro: 1988 estrena Los ángeles organizados. En 1995 publica La erótica argentina, antología poética 1600/1990 (co edición de Editorial Catálogos y Editorial El Caldero), reeditada en 2003 (Editorial Manantial). En 2002 funda y dirige la revista de textos poéticos “Los rollos del mal muerto”. TRÍPTICO ¡Te hemos querido tanto! Te hemos amado en las poses más indescifrables del poeseo. Poseo tu pozo. Verbo bebo tu pozo. Te hemos aprendido con tu boca en su pene (lo que está mal) con tu boca resuelta y húmeda en mi pene (lo que está bien) y en diversos reversos anversos adversos de celebrado celo. Gaita musical es tu vejiga de acróbatas y pornógrafos y cabríos amantes al acecho (¡ah, pecadores secundados por la experiencia!). Muslo agitado en entradas salidas como place, como pasa, como pesa. Te hemos gozado como un juego de go, salpicado con sal, enjuagado con jugos, goteado como gatos, tentaciones y tentáculos de atrevidos calientes pulpos en tu pulpa rosada, sacudida y expuesta, incentivada a labiar orgasmos. Posible modo del tres, de la estría como el puño

de morir, último apretón sentimental al individuo. Te hemos querido tanto. ¡Tanto! ¡A pura orgía de libertad! Pero seguramente esos son datos para otra edad y otra lectura. EVA NO PARIÓ POR LA BOCA “Estoy dispuesto a creer que las sensaciones provocadas en mi por la fornicación natural eran muy semejantes a las conocidas por lo grandes machos normales ayuntados con sus grandes cónyuges normales en ese ritmo que sacude el mundo”. Vladimir Nabokov. Lo oral es oral y poco mucho tiene que ver con las horas el tiempo que llevo aquí a cuanto a cuento de lengua vaginalmente hablando digo mientras chupo desesperado esos labios inferiores bien la plazca le nazca y ella habla habla bla bla las mujeres son así desmesuradas con su menstruación lingual pérfido bífido machista me critica tensa y estalla se estrella contra el cielorrasoarraso con todo pienso insisto chupo más más maaaassssssshhhhhhhhh y no es orín este silencio mío de pija baja parte arte que acaba en alzada venus monte prodigio tengo sólo palabras líquidas atrevidas licuaciones en obligación de oscuridad descubrimiento no descubrí miento mi lengua es un dígito que clitorea mientras ella habla bla bla bla esa valva expuesta las mujeres jamás se arrepienten de esto aquello lo otro el Otro por eso blablean parlan celoso me pongo la pongo me vengo ella se va con un grito más grande del que cabe en una boca un amigo mío dice que una buena fellatio las calla así se piensa diría mi padre muerto para estas cosas así esta vida frente a estas zorras no corras y ahora se baja en paradoja trepa su lengua por el pene la pija no hay tanto que penar pensar qué tanto orar tanto si sólo es una buena succión esmero salival apenas mojadura dura agua bendita la pira parada erecta hereje le suda la cabeza tiesa ese bautismo costumbre rígida del enervamiento todo nuca descontención me voy desde el mismo lugar al mismo lugar machista eso dice en voz baja mientras se abaja para comenzar su tarea de marea macho la pija hija les falta a Freud condenan sin compasión hablando de él todo el día como si lo único que hizo ese mal cogido fue hablar ocuparse de ellas de la cavidad la cabida cerebro recto pero no erecto nunca cogió carajo me digo indignado pero ella estudia psicología con pe de pedazo con pe de puta con pe de prematuro desenlace tenés eyaculación precoz dice mientras lame maternalmente su animalito limpiando comiendo su propia placenta dámela qué cosa esa de dar es pija espejo infinito de la palabra dámela lamela papito mamita te quiero que te metela más por favor de Dios no la saques nunca

me alienta calienta mi aliento en su nuca soplada así si de mí aquí dentro salgo de algo un poco confundido muy sudado me acabo acá me qué decís preguntás tonto de tanto movimiento va es posible que todo ocurriera antes que ella se largara empezara a hablar con su infinito espejo seductivo delictivo su descontrol masturbación de máculas industrialización de cuerpos ese libreto anatómico obsesión de brazos abrazos trazos sobre el deseo ya caído ya resucitado ya muerto es posible que todo ocurriera después con ese cuerpo de loba entregado al artificio opuesto a la biología que orgía pienso cabrío ¿cabré? ¿habré? abrí la esa que orgías gorgias retórico reto a la gorgófona y mi desgaste sueño cercano a la dormidera al vacío me sacaste me secaste todas cada una de las gotas goteo gateo antes o después de ella saberes sabores información en el paladar en la garganta libertina recompensa a expensas de antes o después de ella en los barrios decían si no hay tamaño hay talento estoy atento en obediencia a qué inmoral es la moral cínica si ni mu dice distinta la morada esa argolla que aguanta al caballero al caballo esa argonauta sexual es ella y la quiero amar romper corromper cómplices sin complicaciones empieza otro trabajo oral sobre mi orate me da vuelta me da la lengua serpenteando la espalda y comienza el suspenso loba boba desde que el mundo es mundo que no es y el cuerpo se come el cosmos ella minuciosa punta de lengua erecta erigida dirigida me moja el culo el orificio con talento con oficio lento quieto es mi cuerpo que ahora se prepara para algún sacrificio vértigo sensación de juego de azar soy el zar el emperador con mi eunuco y sin embargo tiene un dedo relajate dice me relajo sobre lajas pero no puedo tan fácil tan dócil este qué será me recorre me corre el tiempo en los nervios los labios murmuraciones y su índice en el sacro coxis ameno amenazante esto no es una utopía la realidad empieza a abrirse y comienza a hacer no evitar el goce no vomitar el dolor ardor de uña verdadera ortopedia pedía mi culo para completar ese vacío de macho que llevo a cuestas entonces sí lo martirizo lo amplío y llámese constancia si se quiere se muere de dolor se aguanta a lo macho que se es un ay mi amor qué hay qué me falta la era de Eros es ira hacer dejar hacer dejar dejarse la naturaleza erótica es más sabia que el sexo más feroz trazos imborrables distintas anatomías mías en esa por esa lengua dedo hacia el abismo la profundidad como principio de toda incertidumbre me inserta incierta sin embargo el dejar hacer se ha intentado me inserta se dio el gusto susto la guacha me digo y ahora se agacha se pone en cuatro en mi cuarto la sus tetas colgando atraen como campanadas sonoras tengo

un badajo agudo en la lengua el ruido de la circulación secreta que se juega única en esos momentos siempre hay tiempo para una buena transfusión dice como perra caliente en patas traseras a la espera de lo que uno nunca sabe es la pija erguida en mano penetrando los misterios la nuca de la historia dialéctica láctea contingencia viril mis manos sobre sus nalgas presionando los pulgares los lugares de mi heroína mirando el agujero elegido pequeño rosado oscuro el dedo húmedo primero el glande trabajando en la puerta en la huerta ahora abierta metela se excita muerde la almohada la sábana la historia entera se entera se la traga ¡haga ! grita el pene duro en carnes tendones ano de señora la dama la puta la virgen que se entrega gritándole a su propio goce a su propio miedo sodomizarla domar la sed domarla potra es la otra la que vendrá desde ella la que siempre está en otro lugar hurgar domarla ser su mal su dueño su sueño anal su analista machista grita somos modernos pero con palabras no se ama el cuerpo todo es dilatación fantasma espontáneo los agujeros se vuelven grandes entro por atrás sorprendiendo al enemigo nalgas horcajadas carcajadas perversas grita la masturbo para serenarla seducirla reducirla como revancha de una represión original late el orificio corazón corazonadas que también están en el glande cada vez más grande cada vez menos gritos no evitar el goce no vomitar el dolor un instante en el instante sostenido metela hijo de puta entro con todo decir con lo que tengo de materia rapidez sanguínea metela insulta sin fuerza y ya no cuadrupea se cuadra la domino tendida extendida otra es la maniobra para responder al desafío recursos femeninos movilizados suspendidos es mi víctima trágica la que ríe llora delirio se agota hijo de madre parir partir de uno mismo a uno mismo pasar por el otro hija se hincha la pija todo es exigencia ilusión de poder perder algo ay ay ay que bien se seduce a sí misma lo más oculto lo más adentro papito del mismo lugar al mismo lugar le mojo el ojo de atrás me matás dice aulla le cuelga una lágrima pegajosa y mantiene la postura con soltura le doy me saca víveres mi leche está vertida pero me podría ordeñar nuevamente me podría ordenar nuevamente con estrategia de apariencia tendido rendido ido de subjeción perdido en subterráneos oscuros territorios fecales accesorios de la subversión versiones del sexo como matiz como matriz te amo no digo no dice que vergüenza que satisfacción degustar la angustia esa laxitud anterior a cualquier sentimiento a cualquier sometimiento a cualquier luz la salgo hasta cuando hasta quién hasta dónde me dice vistiendo su silencio probame que se trata de eso desesperar esperar lo que ya nadie y habla desde su sonido desde el cuerpo vistiendo silencio habla desde la muerte desde el miedo grita grito no puedo regalarle la última palabra a la naturaleza

Eros y Psique pariendo a Voluptuosidad muriendo a voluptuosidad. BAILARINA DE SAMBA Hembra en Brasil orillas, orixas sexuales su cuerpo haga, jadee, dance la garota, menina menee su gata, su toga, sus caderas sucundum, sucumbir en el tórrido tambor del cuero, en el color de sus labios, en la carne carmesí, la bemba, la bomba de almíbar, ¿cómo sustraerme hermes olocum a pantógrafo de sus pantorrillas?, eleusis sísmica sigo la mímica, la sacudida impertinente de la arena en los muslos, mus de chocolate late rico, sabroso café, malta, cafre densidad dura fláccida que se estira y conviene la medida del baile, la medida de la intimidad ocioso sería pretender que todo viene de los dioses nova nave que no ave, eva era su verano, trópico en tránsito bogando, caderas duras en salivadas sucundum resbaloso de sudar tanto ritmo, tanto antológico músculo, antílope que frota mi báculo, ébano vano, con movimiento de pelvis infinito arrabal del carnaval merodea el desvarío varía de gotita a mancha húmedo eclipse rezumban dinámicos glúteos iridiscentes las chicas decentes las enaguas heridas en reblandecidas nalgas el masaje entre las propias cachas se desvive en la gárgara del ritmo los glóbulos se dispersan en el revoloteo espera un plátano una banana una fruta eréctil moldura tráctil para hacerla papilla repostera entre sus fenomenales pantorrillas el clítoris serpenteando la fatiga pubiana el vibrato que recupera en la sombra el derrame sonámbulo súcubo sucundum en el paño afelpado fados del desenfado por años la metafísica del culo magmas en el anca movimiento pélvico de aquello que se incrusta es todo tembladeral la trópica, oro, maestra de la fornicación, cobre la botella, peligrosa estrategia entre la beata y el insomnio, las formas lujuriosas también buscan la dignidad, las libélulas, los lunares, las células, somnífera esfera lasciva, envaselinada brizna que tiñe con barniz varonil su camisa blanca, cachaça de disfraces, desteñidas frases, sabrosos azufres, peines a pasarse por el pubis

mulata rojo amarillo verde estrás del color, el calor es una coreografía, el sudor llovido una acción humectante, en los pies danza un soplo en el anfiteatro africano, una ráfaga negra agria en la sudadera, saltitos en la prisión de porcelana, danza sobre relámpagos y la oscuridad, la hendidura de ogum, se hace más impenetrable siempre es adverso sumergirse en el milagro en cuclillas menea a venus cerca del piso yemenya habla por esos labios sobre el pico de una botella de cerveza y es igual el color de los líquidos chorro descarado sobre el casquijo túnel de ira mojada fábula del sábulo de la arena nacen los espejos se refleja y el cuerpo que veo quieto nunca es cuerpo nunca es el cuerpo de esas lubricaciones nunca es el cuerpo de estas elucubraciones viscosa danza ella va estar no tanto para el embadurne el mordisco órfico la fuga el nombre vulgar de la huída su cuerpo es traje ritual me baila me expone a su deseo.

Elvio E. Gandolfo
Elvio E. Gandolfo nació en San Rafael (Mendoza) en 1947. A muy corta edad se trasladó a Rosario, donde dirigió con su padre la revista literaria El Lagrimal Trifurca. Fue colaborador de la revista El Péndulo. Escribió notas culturales en distintos semanarios y diarios de Montevideo y Buenos Aires. Vivió alternativamente en Rosario, Piriápolis, Montevideo y Buenos Aires. Hizo abundantes traducciones, entre otros de Tennessee Williams, Pierre Choderlos de Laclos, William Shakespeare, Henry James y Tim O’Brien. Compiló varias antologías de géneros como el relato policial, la ciencia ficción y el suspenso. Actualmente integra el equipo editor de El País Cultural de Montevideo, y escribe la página de libros de la revista Noticias de Buenos Aires. Dirigió durante un año y medio la Editorial Municipal de Rosario. Escribió varios libros de cuentos —La reina de las nieves (1982), Caminando alrededor (1986), Sin creer en nada (1988), Rete Carótida (1990), Dos mujeres (1992), Ferrocarriles Argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir (1994)—, y una novela, Boomerang (1993), primera mención en el concurso Planeta.

TEMA DE LA ALUMNA Y EL PROFESOR Le da clases de clavicordio, el único clavicordio de todo Caballito. El profesor maduro, la alumna joven, con vestido de voladitos, estilo Sara Kay. Al fin le confiesa que está perdidamente enamorada de él. La comprende, le quita importancia al asunto, hablan como personas adultas, pero la alumna cada vez más entusiasmada con la tríada gratificante: padre-profesor-amante. Cuerpo y espíritu, sabiduría y ritmo. Al fin el profesor se embriaga con todo un frasco de jarabe para la tos y rutinariamente se acuestan juntos, como lo han hecho las alumnas y los profesores desde que el mundo es mundo. Serenos encuentros eróticos en casa de ella o en lugares discretos del vetusto conservatorio, mientras tras los vidrios de los ventanales flota en el viento el polvillo dorado de las pelotillas de los plátanos, que tanto joroban los lagrimales de las personas sensibles. Un día le dice al profesor (y, lo que es más importante, el profesor lo reconoce) que el clavicordio ya no tiene secretos para ella, que quiere probar con los vientos. Pasan al oboe. En la décimocuarta vez que se acuestan juntos, la alumna queda en ese trance que se le asienta sobre los ojos y la boca, y le afloja la frente y las sienes, mira fijamente el vacío y dice, articulando las palabras con precisión, como frutos maduros: —Es mejor el oboe. Y nunca más vuelven a hacerlo. El profesor ya en el momento mismo en que le oye la frase, no sabe a qué se refiere, y con el paso de los días la incertidumbre se le transforma en una leve irritación imperecedera, como esas viejas heridas o golpes que apenas si nos aquejan, sin llegar a dolernos, en los días húmedos. “Es mejor el oboe que el clavicordio”, podría haber significado la alumna. Pero entonces, ¿por qué el corte? “Es mejor el oboe que esto”, tal vez, abarcando los dos cuerpos tendidos sobre el montón de alfombras del desván. O “Es mejor el oboe que su...” y el profesor se detiene, siempre, cada vez que comienza la frase, como sabiendo que es eso, contra toda lógica, lo que la alumna quiso decir. El profesor se detiene: es relativamente culto, a pesar de las incursiones por el Bajo, y se resiste de plano a nombrar “eso”. Pero aun así, cuanto más quiere olvidarlo, mientras a su alrededor suena la digitación perfecta de la alumna, más lo siente colgar flojo entre las piernas, mucho menos bello que la superficie lustrada y cromada del oboe, mucho más pequeño, mucho menos sonoro y musical, aunque él sea, si bien se mira, todo un profesor de música. LA OSCURIDAD BAJO LA MESA El relato “La oscuridad bajo la mesa” pertenece al libro Ferrocarriles Argentinos, Alfaguara, Buenos Aires, 1994. El jefe ha dicho que podía irme dos horas antes a casa, para terminar con las carpetas de expedientes que llevé anoche. Después de un largo viaje en ómnibus, en el día neblinoso, húmedo, con olores que quedan como colgando del aire, entro al ascensor amarillento, sucio, recorro el pasillo cuyas paredes parecen sudar y abro la puerta del departamento, empujando un poco para que se destrabe el marco. En la sala hay cuatro sillas, una sólida y vieja mesa de madera, de puntas redondeadas, y con patas formadas por una U compacta, también de madera, que se apoya sobre un soporte redondo y grueso como un leño. Detrás, al fondo, junto a la puerta que lleva a la cocina, está el trinchante, un poco deslustrado. Donde tendrían que ir botellas de distintas bebidas, en una puertita del costado izquierdo, tengo las carpetas, papeles en blanco, carbónicos. Sin quitarme el sobretodo me acerco, escurriéndome entre las sillas y la cómoda (los muebles entran un poco

apretados en el espacio reducido de la sala) y me agacho. También la puerta del mueble está un poco trabada, pero al fin cede. Saco una pila de carpetas, y, en vez de trasladarlas a la mesa, me dejo resbalar lentamente y quedó sentado, pasando una tras otra, en busca de la que falta terminar. En el otro extremo la puerta de la calle se abre: seguramente mi mujer, pienso, y alzo apenas la cabeza para mirar por debajo de la mesa, entre la red que forman las patas en U, las patas delgadas de las sillas, y el mantel de puntillas que cuelga cerca de mi nariz y más allá, repitiéndose a dos metros, en otra punta de la mesa. Lo que veo son las piernas de mi mujer, calzada con los zapatos de taco, cosa que me llama la atención. Sólo alcanzo a distinguirlas hasta las rodillas, hasta donde empieza el vestido color violeta que se pone los fines de semana. Aparto los ojos por un segundo para mirar la hora: las cuatro y cuarto. Pensaba que el minúsculo movimiento de mi cabeza sería acompañado por el ruido de la puerta al cerrarse (uno empuja, entra, la vuelve a cerrar casi en un único movimiento) y sorprendido de no oírlo vuelvo a mirar. Hay un par de piernas de hombre junto a las piernas de mi mujer. Ahora sí la puerta se cierra, y las piernas de los dos cambian de posición: mi mujer queda apoyada contra la puerta y los tacos del hombre hacia mí: evidentemente la aprieta contra la hoja de metal. Una mano aparece desde el borde de la mesa y el mantel, baja, alza el vestido violeta de mi mujer lentamente y acaricia la carne a la vez con ternura y violencia, con apremio y calma. Se oyeron los jadeos de mi mujer, largos y profundos al principio, entremezclados con algo que es como el comienzo de una palabra dicha entre dientes, que no llega a concretarse y que al fin se resuelve en un "aaahh" ronco, cada vez más breve. La mano ha vuelto a subir por debajo del vestido de mi mujer, y ahora le veo las piernas perdiéndose hacia arriba, con medias largas, color carne. De pronto las piernas de mi mujer se apartan de la puerta, las del hombre vacilan un poco (fuera de mi visión debe estar viendo el movimiento de mi mujer, captándolo más bien con el cuerpo, y tratando de adaptarse a él). Lo que ella hace es retroceder de espaldas hasta la mesa, para apoyarse, y arrastrar al hombre, tomándolo de la ropa, guiándolo. Ha quedado apoyada con las nalgas en la mesa, y abre las piernas, que enmarcan las del hombre, apoyándose en la punta de los pies, aún calzados. Así como antes esperaba el ruido de la puerta, ahora espero que los pies del hombre se afirmen, que los jadeos de mi mujer se hagan más intensos, que recomiencen al menos, porque se han interrumpido. Pero los movimientos de los dos se hacen suaves, silenciosos, casi respetuosos. Las dos manos del hombre bajan lentamente una de las medias, mientras los pies de mi mujer, fuertes, ágiles, se quitan los zapatos con un par de movimientos. Se oye el chasquido del elástico de la segunda media al soltarse arriba: la otra media baja, lentamente. Las piernas de mi mujer son blancas, casi lechosas donde se unen a las nalgas, al borde de la gordura pero firmes; hay algo en ellas que reclama algo, no se sabe bien qué: decir que reclaman ser tocadas sería simplificar, falsear las cosas. No he alcanzado a ver el rostro del hombre, la primera vez porque quedó más allá del borde del mantel, la segunda porque la pierna lo ocultó. Hay un susurro suave, las piernas de mi mujer se apoyan alternadamente, en movimientos leves, sueltos: se está sacando o le están sacando el vestido, que cae, formando una mancha violeta junto a las cuatro piernas. Llama la atención que el hombre no se haya sacado el pantalón: la está acariciando, de vez en cuando una mano baja por las nalgas, y vuelve, se demora en el surco cálido y suave que las divide, hasta que se demora definitivamente, entra con delicadeza, los jadeos de mi mujer aumentan. Esperaba ver subir las piernas de mi mujer, aferrarse a las del hombre, o un leve crujido de la madera de la mesa que indicara que se recostaba, que se iba dejando caer sobre ella, corriendo el mantel de puntillas, arrugándolo, derribando el espantoso cisne de cerámica estilizado que hace de centro de mesa. Pero en cambio cae (siempre suavemente, sin violencia) de rodillas, y baja con decisión

pero con cuidado el cierre metálico del pantalón del hombre. Desde donde estoy no alcanzo a distinguir cómo surge su miembro porque mi mujer lo abarca casi antes de que salga con la boca, lo cubre, se mueve. El hombre le sostiene la cabeza tomándola del pelo y las orejas, como temiendo que se le caiga, porque todo parece balanceo, ebriedad incontrolable, que al borde del desmoronamiento y el desorden se controla sin embargo, multiplicando el goce. Mi mujer va cambiando lentamente la posición del cuerpo. Es como si su rostro fuera otro, a la vez más real y más anónimo que el de todos los días: tiene los ojos entrecerrados, las mejillas rosadas y ahuecadas por la tarea, el pelo rubio cayéndose desordenado y oscilante con los movimientos de la cabeza y del propio cuerpo del hombre, prácticamente sostenido por el miembro, porque las piernas se le han relajado tanto que uno de los zapatos está inclinado, flojo, como un barco escorado. Ahora mi mujer tira de él hacia abajo, se va recostando lentamente sobre el soporte en U de ese extremo de la mesa. Apoya la espalda contra el grueso trozo de madera y el hombre se arrodilla sacramentalmente, la penetra despacio al principio, luego con más violencia. La cabeza de mi mujer cae hacia atrás, volcando la cabellera rubia, que parece brillar en la oscuridad bajo la mesa. Ahora veo su rostro invertido, jadeante, levemente sacudido. Sus brazos rodean al hombre y lo atraen hacia ella. Por primera vez le veo la cara: es un desconocido, tan atractivo o desagradable como yo, pero en ese momento rescatado por el goce, alivianado, con todos los músculos del rostro a la vez tensos y flexibles, porque los dos se mueven en armonía, melodiosamente. Mi mujer tiene que haber advertido algo a través de los ojos entrecerrados, porque de pronto los abre. Debe verme también invertido, más allá de la oscuridad bajo la mesa, con el montón de carpetas sobre las piernas, sentado contra el trinchante, con el sobretodo puesto. Yo también la miro. Algo debemos transmitirnos que impide que la probable sorpresa se traduzca en terror, en un breve espasmo muscular que saque al hombre de su concentración para descubrirme. Lenta, lentamente mi mujer vuelve a entrecerrar los ojos, y ni siquiera puedo inventarle una sonrisa en los labios, que reciben con blandura los del hombre, se dejan aplastar por ellos en medio de un ruido húmedo a succión, a entrega y devolución de interiores, hasta que casi pierden la respiración. Por primera vez los movimientos del hombre parecen casi desesperarse, rozar la violencia. Lo que está haciendo es quitarse la camisa y el pulóver de un solo tirón, y, con un movimiento sinuoso de todo el cuerpo, el pantalón, que se desliza hasta las rodillas. Mi mujer lo abraza también con ansiedad, por un instante han quedado separados, pero las manos del hombre vuelven a tomarla, a calmarla, y le quitan la enagua de seda ocre, la arrojan sobre el montón de ropa que ha ocultado la mancha violeta del vestido. Ahora sí la penetración es violenta, transmitida por la espalda de mi mujer a toda la mesa, haciendo que se agite la punta del mantel que tengo ante los ojos. Llegan al clímax con rapidez, jadeando juntos, cada vez más roncamente, con un grito final de agonía y triunfo. El hombre permanece sobre ella, acariciándole los cabellos, los hombros. Mi mujer se acomoda un poco y su rostro queda oculto. Miro entonces sus pechos: como siempre el pezón derecho está erecto, duro, y el izquierdo blando, derrumbado. Mi mujer vuelve a acomodarse y ambos quedan tendidos en el espacio entre la mesa y la pared, acariciándose apenas. Alcanzo a distinguir cómo se eriza la piel de mi mujer. Llega un momento en que los dos parecen estar dormidos. Siento mi miembro erecto aplastado por la pila de carpetas, que empieza a ceder, recorrido por un dolor entre angustioso y gratificante, retenido. Lo primero que se mueve es la mano del hombre, que vuelve a acariciar y después a introducirse en el surco de las nalgas, destacándose morena contra el blanco purísimo de la piel de mi mujer, que despierta con un estremecimiento de todo el cuerpo.

El temblor parece transmitirle energía al hombre, que toma a mi mujer y la alza en peso, mientras él se entrepara. Mi mujer alcanza a aferrar con los brazos los dos pilares de la U de madera, y resiste el embate rítmico del hombre por detrás. Ahora sí abre los ojos de par en par y me mira fija, hipnóticamente, hasta que se ve obligada a cerrarlos cuando ambos llegan por segunda vez al orgasmo. La mesa se ha sacudido casi hasta descolarse, una de las carpetas se ha desplazado de la pila y ha caído, pero sin sacarlos del trance animal en que se mueven. Ya me duele el brazo, y la erección ha desaparecido: siento todo el cuerpo al borde del calambre. Pienso que tal vez vuelvan a caer, a relajarse, dormirse: son las cinco menos diez. Pero el rostro de mi mujer, que se ha echado hacia atrás esquivando hábilmente el borde de la mesa para quedar unos instantes de rodillas junto a las piernas del hombre, sufre una transformación horrible: recobra en un segundo los rasgos cotidianos, la leve arruga nerviosa en la comisura izquierda de los labios, el gesto general alerta, defensivo. Cuando la mano del hombre intenta acariciarle la espalda, ella se la aparta, eficaz y terminante, mientras le dice que tiene que ir ya mismo a buscar a nuestros hijos a la escuela. No sé de qué manera, pero el hombre expresa con las piernas (por las que el pantalón ha bajado hasta formar una especie de pedestal informe), con las manos, incluso con el miembro, que ha recibido el mensaje, el baldazo de agua fría. Una de las manos baja despacio y alza la enagua de mi mujer, aquella de seda ocre que le compré en Harrod's para nuestro quinto aniversario. Pienso que va a alcanzársela, pero lo que hace es limpiarse con cuidado el miembro, mientras con la otra mano se sube primero los pantalones y toma después su ropa. Mi mujer se ha puesto con rapidez el vestido violeta, los zapatos. Nuevamente les veo sólo las piernas, las del hombre ahora inmóviles mientras se abrocha la camisa, las de mi mujer moviéndose, taconeando hasta perderse cortadas por el borde de la puerta que da al pasillo. Reconozco el ruido a vidrios flojos de la puerta del baño. Advierto que se ha llevado la enagua. Vuelve un segundo después. Por un instante las piernas de los dos reproducen con tal perfección la posición de cuando entraron, que temo ver cómo las de mi mujer se apoyan otra vez contra al puerta y cómo otra vez los tacos del hombre me apuntan, para recomenzar. Pero es una décima de segundo que no detiene los pasos firmes de mi mujer, el tirón de la puerta al abrirse, el ruido que hace al cerrarse, sofocado por la humedad, casi neumático, y los pasos que se alejan hacia el ascensor. Ahora sí, con cierta dificultad, podré pararme.

Irene Gruss
Irene Gruss nació en Buenos Aires en 1950. Es poeta; su libro Lejos de la palabra, nunca publicado, obtuvo el primer Premio a obra inédita de la Municipalidad de Buenos Aires. Algunos poemas de ese volumen fueron incluidos en el libro conjunto Lugar común (1981). Posteriormente publicó: La luz en la ventana (1982); El mundo incompleto (1987) y La calma (1991); el poemario Sobre el asma (1995) y Solo de contralto (1997). Dueña de una voz singular dentro de la poesía argentina de este siglo, la autora construye su poética desde un acontecer personal, sin apoyarse en otras referencias que no surjan de su experiencia más íntima. Sus textos, tomados de libros o aún inéditos, han sido publicados con frecuencia en diarios y revistas especializadas de diversos países. MASTÚRBATE

Mastúrbate úntate cada pezón con miel y baja el mentón, la lengua saben dulces, toca circularmente cada punta morada, agrietada o lisa y luego acaricia el vientre, el ombligo, haz cine o literatura con la mente pero no olvides los pezones, la miel, el dedo circular hazlo frente al televisor mientras te ríes y te humillas: mastúrbate, abandona, cuida el clítoris como a la piel de un niño, escucha el viento que suena detrás de la ventana cerrada, guarda tu jugo a escondidas del mundo y mastúrbate, que tus piernas comiencen a abrirse y a cerrarse que tu murmullo sea un gemido ronco, grito agudo en el aire, en el hueco que pide penetración, contacto, habla despacio hazlo en silencio pero gime aúlla murmura aunque sea el goce el rozarse de tu pelo en la almohada en la alfombra en la nuca, mastúrbate, hasta que las rodillas tiemblen hasta que caigan lágrimas y suene esta vez no un viento sino un timbre y otro, regular la campanilla, recién entonces dilátate como en el parto lubrica tu vagina, el tubo que sigue llamando, levántalo, bájalo introdúcelo y escucha ahora su voz, lejana, ajena, y cierra tus ojos, su boca tan adentro.

Fernando Kofman
Fernando Kofman nació en Posadas, Provincia de Misiones, en 1947. Poeta y ensayista, reside en Castelar, Provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poemas: Diez poemas y un aporte (1979); Tiempo de convulsión (1982); Caída de la catedral (1987); Polifonía en el páramo (1991) y Zarza remueve (1992), y los ensayos: Poesía entre dos épocas (1985) y Poesía minimalista norteamericana (1996). TONY EN LA CAMA, SEGÚN MARY

Me llamabas “urraca” por el gorjeo ronco que lanzaba cuando me reía. Al desvestirme, mi cuerpo apenas ondulado como una pequeña palmera mostraba mi vellón, mis tetas, tan chiquitas como risas de bebé. “Sé lo que estás pensando”, decía, “soy tan triste para el amor como una urraca”. Pero además me llamabas: “pañuelo”. “Creo saberlo”, te decía. Pero no lo sabía. “Todos te llaman en su soledad, y te usan y se refugian en vos”: —me dijiste— Me confié a vos diciéndote: “yo ante tu dolor sólo puedo ofrecerte este espacio, entre mis dos tetas, como otro pañuelo, para que vos hagas lo tuyo, para que vos digas lo tuyo”.

Esteban Moore
Esteban Moore nació en Buenos Aires en 1952. Poeta y traductor; ha traducido al castellano a diversos autores en lengua inglesa: E. E. Cummings; Charles Bukowsky, Seamus Heaney, Raymond Carver, Tess Gallagher, entre otros. Es miembro de Consejo de Redacción de la revista Graffiti, de Montevideo, Uruguay. Publicó los libros de poemas: La noche en llamas (1982); Providencia terrenal (1983); con Bogey en Casablanca y otros poemas (1987; Poemas 1982-87; Tiempos que van (1994); Partes mínimas (1999) e Instantáneas de fin de siglo (1999). LA BOCA EN LA FRUTA en pleno silencio de las bocas que mutuas se comen las lámparas su repentino fulgor iluminan los oscuros pezones el vientre la mano que se aroma en la deseada humedad

en la desvanecida penumbra esa mujer anhela de las promesas el empeño en la disuelta oscuridad esta mujer concibe estímulos en carne propia esa mujer / olvida esta mujer cierra los ojos Che Tartufo Oí a este buenos aires que vio mejores días quieren regresar a través del mar con el TU a flor de labios desde el mar quemá el peluquín abandoná la mineta no te vayas en suspiros en esto de la libertad / de lenguas

Gustavo Nilesen
Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires en 1962. Es arquitecto y autor de cuentos y novelas. Su primer libro de relatos, Playa quemada (Alfaguara; 1994) obtuvo el Primer Premio en la Bienal de Arte Joven en 1989 y el Primer Premio del certamen “La ciudad convoca a sus creadores”, otorgado por el Concejo Deliberante de la Municipalidad de Buenos Aires en 1993. Por la originalidad e imaginación que imperan en sus relatos fue invitado al encuentro “Literatura y compromiso”, llevado a cabo por la Organización iberoamericana de la Juventud en Málaga, España, en 1993. Sus novelas La flor azteca y El amor enfermo (Alfaguara, 2000) fueron finalistas del Premio Planeta en 1996 y 1997, respectivamente. Sus cuentos figuran en antologías de Latinoamérica y España. De “Marvin” existe una versión cinematográfica en mediometraje. ALUCINANTES CARACOLES 2 REYES, I, 26 Los siento. Están ahí; empaquetados en celofanes, sostenidos por cintas de colores, etiquetados en cajas bajo vidrio y bajo llave, entalcadísimos para regalo (como alhajas demasiado valiosas); huecos de arena y de mar, mustios, ásperos, anticipadamente sombreados por la oscuridad de los placares que vendrán; solos y separados unos de otros por parecitas de cartón, clasificadísimos según la Enciclopedia Estudiantil y el Códex.

Mi hermano me mira con ojos tristes, de playas apagadas. Le digo algo que no oigo y que él tampoco oye. Ni esos caracoles que siguen ahí tan quietos, como corazas de monstruos ausentes. Como la caja que los envuelve; como la caja que nos envuelve a nosotros y nos aleja de todo, a mi hermano y a mí, como si quisiéramos salir y afuera no estuviera la playa y las cosas, y hubiera un solo vacío, un barro total, una lluvia sin fondo, la tierra de abajo de todos los bosques. “Así no vale”, me digo. Así dejaron de ser alucinantes. 1 Llevé el caracol hasta donde él estaba y le dije: —Encontré uno. ¿Sirve? Le dije también que era de la primera franja. Habíamos dividido la playa en franjas de caracoles y le pusimos “uno” a la que estaba más cerca de la casa y “tres” a la que mojaba la orilla. Pero ahora había aparecido una nueva franja, y a mi hermano le daba fiebre tanto desorden. Estiró el brazo apoyando la mirada sobre la recta de la manga de su pulóver azul, para ver si estábamos en lo correcto. Yo dije: “Hay una nueva número uno”. Él dijo: “Puta madre, se nos despelotaron todas las etiquetas”. Mi prima fue la que la descubrió. Siempre complicándolo todo, no sé para qué la trajimos. Da vueltas y se le vuela la pollera, del viento que hay. Ella también junta caracoles, pero se hace la que no sabe y junta cualquier cosa. Te viene con una pavadita rota como si hubiera encontrado una sirena. Encima quiere que la consideremos. Ayer se me acercó con una piedra extraña, opaca y siena. Yo estaba caratulando las cajas de la colección. Al mediodía habíamos encontrado un caracol del tamaño de una moneda de diez, celeste. No se ven caracoles celestes, y éste es celeste como un cielo. Hasta hoy no supimos qué nombre ponerle, porque en el Códex no aparece (se lo vamos a tener que inventar). Mi prima estaba ahí, parada, con eso sobre las manos abiertas y yo pensándole el nombre. Dejé de despegar las etiquetas engomadas para observarla con más detenimiento. Lo traía apoyado en un papelito. Me pareció tan raro que le hice una sonrisa que significaba la sorpresa de ver algo que todavía no teníamos, una piedra difícil de encontrar. Fui a tocarla como si se tratara de un diamante preciado, y cuando la alcé se me hundieron los dedos. Era una masa fofa y desagradable. —¿Es un sorete de perro? –le pregunté. —De perro no. Es un sorete de tu hermano. Acaba de depositarlo detrás de aquellos matorrales, para la colección. 2 Ella lo sigue a todas partes. Estuvimos cambiándole las etiquetas a los caracoles la noche entera, por ese descubrimiento que hicimos en el cual la franja uno pasaba a ser la franja dos, la dos la tres y la tres la cuatro. Yo le dije a mi hermano: “Pongámosle cero a la nueva, así no tenemos que tachar tanto”. Él me contestó: “Eso carece de seriedad científica. Hagámoslo todo otra vez”. A ella le encantó, y por esta bobada (tan fácil de arreglar) nos pasamos la noche en vela. Lo miraba y lo miraba, la guacha. Fijamente, con los ojos vueltos dos caracolazos brillantes, blancos con el bichito húmedo adentro, despierto, escarbador. Yo le dije: “Éste todavía no lo encontramos”, y le señalé en el Códex uno rarísimo, grande como un puño y lleno de puntas. —Es una concha –dijo mi hermano—, no un caracol. Una concha marina. Mi prima se rió y a mí me dio una rabia bárbara, porque se le sentó sobre la falda, lo abrazó y le dijo: —Lo que te falta a vos es una buena concha. Se lo dijo al oído, pero lo suficientemente alto como para que yo escuchara. Lo hace a propósito, de jodida que es. Mi hermano paró de tipear con la eléctrica y me preguntó qué nombre le poníamos al celeste. Yo estaba furioso y el corazón me

latía como laten los peces recién pescados; yo mismo era ese gran pez arrancado del mar a tirones. Mojado y palpitante, con el día mordiendo del anzuelo y el sol sobre los ojos irritados, sin párpados, sin movimiento. Y luego sin escamas, sin tripas, sin espinas, sin cuerpo. —Qué nombre le ponemos. —¿Cómo? —Al caracol celeste. Tiene que existir un nombre para poder catalogarlo. —No sé. A mí qué me decís. Preguntale a tu prima. Después me quedé pensando un largo rato y no se me ocurrió nada, y me di cuenta de que tenía la mente muda, en cero, singularmente desnuda. 3 Nos repartimos las franjas para poder alejarnos, porque en los últimos días habíamos encontrado los mismos caracoles, y porque ya me estaba cansando de verla todo el tiempo con el viento volándole la pollera. Fue lo mejor que hicimos. Acabo de levantar uno que figura en la Enciclopedia Estudiantil y no en el Códex; de la sección “Fauna abisal”, tomo III, fascículo 32, página 17, abajo cerca del ganchito. Me acuerdo bien. Es un Conus fino, con franjas horizontales blancas y negras y una modulación de textura en vertical. Por adentro todo plateado y liso. Medidas aproximadas: veinte milímetros por diez; una joya. Mi prima grita. Yo encontré uno divino y no hago escándalo, y ella viene corriendo por la arena dura y cuando llega me grita: “¿A que no sabés qué tengo?”. Yo no la miro, ya me pudrió. Después me sale con cualquier cosa y me la tengo que aguantar por mi hermano. —Mirame, che. —Qué querés. —Mirá qué caracol. Sacó del bolsillo uno enorme, gris nacarado, como si estuviera haciendo un truco de magia y eso fuera un conejo, o una paloma, o un globo. Extraordinariamente aparecido. Una Charonia tritonis de un tamaño anormal para la orilla; le acerqué la regla y medí: ¡750 x 48 x 350 mm! —¿Adónde lo encontraste? —Sorpresa. Se oye el ruido del mar. Me lo arrimó a la oreja. Enseguida sentí el zumbido claro, bien caracol. “De éstos no hay”, le dije temblando, y me puse colorado porque supe que esa Charonia era fundamental para la colección, y no me animaba a pedírselo, después de tanto putearla toda la tarde. —Ni mamada se los doy –dijo—. Es mío. Olelo. Tiene el olor del mar. Me lo puso en la nariz; yo aspiré y me hizo toser. Estaba lleno de arena finísima, que volaba de nada. Tosí bastante, me picaba la nariz y ella me lo volvió a poner como una máscara. Yo no podía respirar sino eso; las rodillas se me vencieron y nos caímos hacia atrás los dos, jugando y tosiendo. Me empecé a reír, no sé por qué, y la vi a ella tan linda. El mar estaba lejos y cerca, porque no podía fijar la imagen y no me daba cuenta. El horizonte se me borraba del mareíto; ella me sacó el caracol y yo le grité “más dame a oler otro poco”. Já. “Qué mierda te importa la colección, dijo, volá que te va a hacer bien”. “ ¡A VOLAR COMO LOS BERBERECHOS!”, gritó, y a mí me hizo gracia, porque justo cuando pensaba “los berberechos qué van a volar”, pasó volando uno y me echó su cagadita sobre la frente. Apoyé la espalda en la arena porque me caí cuando me vinieron ganas de vomitar o de hacer pis o de hacer cualquiera. Pasaba el cielo entero y yo así, acostado sin saber, y los bivalvos allá por la orilla, y ella también oliendo su caracol, riéndose conmigo, bajándome la malla y chupando, ella pulpo calamar ventosa agua fondo sueño adiós mundo real. 4 Cuando me desperté, ya se había ido. El dolor de cabeza me filtraba el resto del cuerpo; cada movimiento, cada idea me dolía paralelamente conectada con aquel

dolor principal, con el dolor madre de todos los otros. Lo primero que busqué fue el caracol; girando el cuello abrí los ojos una y otra vez y sentí el cansancio claro, y un desdoblamiento de mi ser que se volvía a recostar, pesada y lentamente, sobre la arena. “La resaca del infierno de mierda de la prima”, pensé, y no me atreví a decirlo por temor a escucharme distinto, quizás con voz de pájaro, aguda y estúpida. “Ella es una voz de pájaro, me dije, ¿cómo se puede ser aguda y estúpida a la vez? así, veanlá”. Yo me hablaba callado, estremecido, en pelotas porque se había robado mi malla y la puta madre que la parió. Otra vez esta rabia que es un dardo acertando en el mambo del despertar desnudo y fisurado, arrastrando como un gasterópodo sin coraza el estómago sobre la playa. Sin caracol. De nuevo reptando sobre la franja dos, sobre la tres generosa de mejillones vacíos y medias ostras y agujeritos con burbuja para pescar almejas; de nuevo el mar proveedor único de interminables colecciones, de hondas cosmogonías sin fin, de arquitecturas enigmáticas y abismales. ¿Cuánto habría dormido? ¿Un minuto o una hora? Allá a lo lejos estaba la malla. Se dio cuenta porque a él nadie lo engañaba así nomás, porque para eso era el menor de los Nilsen; qué joder, ¿no? Tenía una vista bárbara, y a la malla le daba justo el recorte del médano contra el cielo. “Ni a mí ni a mi hermano nos importa ella, que es una cosa que da vueltas por acompañar a la pollera, ¿no? Ni siquiera es un caracol, que también es una cosa pero con importancia, digna de guardarse en una caja de cartón con una vitrina arriba, para mostrar”. Él sabe de qué habla cuando sube al médano, porque la respiración se le junta en el pecho y tiene que soltarla de algún modo, y salen algunas quejas. Siempre pasa. Se pone la malla y allá abajo, como a cincuenta metros, ve la pollera, sobre un arbusto la fijación. Eduardo Nilsen sonríe y su cara se transforma en un grito que se estira y estira cuando corre como un chico, hundiéndose en la arena que baja por la pendiente casi a pique; se ata la pollera a la cintura gritando y más allá, a veinte o treinta metros de subida por el médano, su blusa roja. Ya se ríe a carcajadas y trepa, ya se cae, ya sigue trepando. Se mete los brazos de la blusa por las piernas como si fueran pantalones; en el esfuerzo descose una de las mangas y le queda una bolsa roja colgando. Y le estalla la piel del pecho con una respiración agitada entre el ahogo de la risa y las corridas. Pero sigue, sigue corriendo hasta el corpiño que está abajo y hasta la tanguita mínima que está arriba otra vez, casi escondida, pero que él descubre con su vista formidable de buscador de caracoles. Y aquí llega, la cara y las manos prendidas a los arbustos, asmático, pidiéndole aire al aire, a la playa, a la prima que está jugando tan regalada con su hermano Cristián como una injuria, como una humillación, como una mancha en mitad de la colección. Es un molusco prendido con sus tentáculos abyectos y su lengua, en el pozo del médano que él está mirando, y por el que ya le explotan los ojos de envidia. A su derecha estaba el caracolazo. Lo agarró sobresaltado, jadeante; se los iba a tirar pero no, mejor adentro de la pollera, porque la colección es lo más importante. Al fin y al cabo, era lo que tenían que hacer. ¡Tantas horas compartidas en el rigor de la clasificación! Sólo ellos sabían las que habían pasado y los caracoles estaban ahí, siempre ahí, quietos. Y otros en el mar que lleva y trae, y otros en las profundidades o en el Códex. Jugando a descubrir y a ser descubiertos, al conquilólogo y a la concha peluda, ¡cómo juega Cristián! Já. Lo da vuelta y lo examina al caracol ( “una Charonia tritonis de locos”, pensó); con la punta de la uña le rasqueteó el esmalte que salía tan fácil que parecía barniz. “Es la abombada ésta que no lo deja tranquilo. Y que me distrae a mí también, para qué mentir. (¿Le cuento o no le cuento que ella anduvo por entre mis cosas haciéndome cosquillitas con saliva?)”. Tiene algo escrito en letra cursiva, el caracol. “Él me debería haber dicho: Si la querés, usala. Así, directamente. Porque es nuestra prima pero no sé de quién es más, o mejor dicho sí, sé. Y sé también que nos saca de tema todo el tiempo, y que me volvió a pudrir. Porque el cartelito, este cartelito de acá abajo; mirá, te digo que mirés, Eduardo, ¿ves?, este cartel impreso a la orilla del caracol dice muy claro de quién; leé, volvé a leer. «Recuerdo de Miramar», dice. Y capaz

que era el pie de un velador y todo; ¿qué no?, ¿y para qué va a tener ese agujero ahí abajo, sino para pasar el cable? 5 Ella paseaba por afuera dándole vueltas y más vueltas a la pollera azul; Cristián alzaba tabiques de cartón que previamente había cortado con un escalpelo, cementados formando nichos grises para quién sabe qué nuevos cadáveres de mar, pensó Eduardo, que la miraba pegado al vidrio, mordiéndose las lágrimas. La miraba fijamente, como si quisiera ver a través de ella, a través de esa pollera inquieta, el fondo del océano. Y sus infinitos peces y sus caracoles. —Tiene que irse –dijo, y parecía que ya lo había dicho antes, porque su hermano no lo miraba y el deseo se le venía a los ojos inyectándoselos de sangre y ganas; recordándole la sentencia (tienequeirsetienequeir), sintiéndola otra vez hecha un latigazo firme de viento sobre su cara. El mismo viento que le volaba la pollera y remontaba todas las palabras viejas, detrás del movimiento de la tela. Los dos habían fracasado, habían hecho trampa y eso abría un tajo entre ellos, que se parecía mucho al tajo que la prima llevaba incrustado entre las piernas, a ese caracol secreto con la babosa adentro, extraño a todas las colecciones y al Códex. Cristián pensó: “Por favor, que no se vaya, porque estoy enamorado”. Casi lo dijo. El aire era como una masa densa de agua salada, inmóvil y oscura. Podía decirse cualquier cosa, que todo daba lo mismo; apenas si se oía el repiqueteo de los marcos agitados de las ventanas y un sordo y apagado ruido a mar, lejano, bien adentro del día. Su hermano Eduardo se maldijo a sí mismo por lo que estaba queriendo en ese instante, por lo que le pasaba por la cabeza al verla rodar con su pollera azul marino sobre la franja dos, sobre la dos y la uno; casi dijo algo pero se lo calló, porque el agua le daba en la cara y porque las lágrimas mordidas no le surgían por nada del mundo. Por nada del mundo. Entonces le arrancó el celofán a una caja de rabia; los caracoles cayeron liberados al suelo y fueron una cascada, un rumor de agua adentro del agua, una ola. “Éste es mío y éste también. Yo los encontré. Son míos. Los quiero sin etiquetas, ni carteles, ni Códex. Voy a devolverlos a la playa, que es adonde deben estar”. Le puso el pie arriba al celeste que todavía no tenía nombre. Su hermano dijo: “No vale la pena, Eduardo. Pucha, una vez que estábamos de acuerdo...”. Le apoyó encima todo el peso del cuerpo y el caracol sonó. —Nos olvidamos de la colección –dijo, descubriendo con el pie los pedazos rotos. —Sí. La intrusa los miraba a través del vidrio y sonreía; a Eduardo se le ocurrió que porque era parte de otra cosa, porque estaba loca y afuera de la casa que era un clasificador como los que hacían ellos pero mayor, mucho mayor, a escala humana; y que habría otros, quizás la playa fuera uno y su prima, que parecía tan libre, también estaba guardada en el sitio exacto por alguna exacta razón; y todo, los caracoles y el mar y la arena y el mundo eran a su vez el álbum y las figuritas pegadas en el álbum, y la difícil y las repetidas y las que todavía no salieron. —Yo también estoy enamorado –le dijo, rabioso. Y estuvieron un rato callados, calladísimos, hasta que ella entró a la casa. —¿Qué pasa? –preguntó. El silencio los tenía agarrados de las manos. Cristián dijo: —Tenés que irte. —Por qué? —Porque sí. 6 Desde la ventana la vieron sacarse la blusa y el corpiño; la pollera solamente se la alzó. No tenía ropa debajo. Se dio vuelta para verlos con sus ojos grises, copiados del cielo que se estaba nublando. Después empezó a caminar hacia adentro, y Eduardo lo vio gritar a su hermano sin escuchar el grito. Fue en un momento

bastante trágico, porque el agua le llegó a la cintura y la pollera parecía una bandera que flotaba, el símbolo de un naufragio. Ellos sintieron el frescor entre las piernas y un calor intenso en la cara y en las manos. El mar estaba plano, raro; una impresión inolvidable. Tanto tiempo viviendo en esta casa y un día, por ponerse a juntar piedras, se olvidaron del mar. Y ahora parece recién estrenado, detenido, con una prima adentro y los caracoles caídos en el parquet. ¿Cómo encerrar todo ese paisaje desconocido adentro de los nichos del clasificador? ¡Pensar que ellos lo habían intentado! Cristián salió, aturdido; su hermano salió detrás por precaución, por si se confundía y se volvía loco de repente, ¿no? Puede pasar. Pero se cayó arrodillado sobre la arena, nomás, a dos pasos de la puerta, y sus ojos fijos se quedaron enredados en el último rastro del pelo de ella. Después se acabó todo, y lo vio largar el llanto con la cara pegada a la playa. Entonces se volvió, caminando y mirando siempre hacia abajo porque el reflejo del mar le irritaba los ojos, y hubiera parecido que él también estaba llorando. Mirando siempre hacia abajo para buscar, ¿no?, y pensando siempre hacia abajo. “Chau colección”, pensando. ¿Para qué alzar la vista si en una piedra está todo escrito? Por qué llorás, Cristián, si en esa ola que se empieza a mover estamos nosotros y ella y la colección y la playa y la ola misma, alguien nos clasificó y por eso estamos. Tu propio llanto, el pozo que ahora escarbás en la arena, el objeto que ahora levantás con tanta delicadeza, tu mano semiabierta, tu mirada científica escudriñándolo milímetro a milímetro, tu ojo abierto y tu ojo cerrado, tu pestañeo, tu pestaña, la mitad de tu pestaña, la mitad de la mitad, Cristián. Sonrieron. Él metió la punta de la lengua en una hendija que dejó entre el índice y el mayor, lamiendo el objeto encerrado con las mejillas chispeantes de lujuria. Un hilo de baba le colgaba desde el labio y se metía en el hueco interior de las dos manos, pasando por entre la hendija de los dedos. Eduardo se acercó. —¿Qué es? –le dijo. La baba era el tobogán de otras gotas mínimas de saliva que se deslizaban desde la punta de la lengua, y que hacían reflejos divertidos de sol, tanto que Eduardo supuso que su hermano tendría fulgores de estrellas guardadas en la boca, que iba largando para darle de comer al objeto de adentro de las manos. —Qué guardás, che. Dejame ver. —Un caracol. Dedicado al señor Borges

Pedro Orgambide
Pedro Orgambide nació el 9 de agosto de 1929 en la ciudad de Buenos Aires. Desde su juventud autodidacta muestra interés por la literatura social y publica, entre 1942 y 1945, sus primeros poemas en el periódico Orientación, que dirigía Raúl González Tuñón. Con 19 años publica su primer libro, Mitología de la adolescencia (1948). En la década siguiente colabora con la revista Capricornio (1953-1954), labor que compagina con su trabajo de cronista deportivo para el diario Noticias Gráficas. En 1959 estrena su obra teatral La vida privada y recibe un premio honorífico de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) por su novela Las hermanas. En la década de los sesenta dirige la revista Gaceta Literaria. En 1970 publica su primer estudio sobre el pensador y escritor argentino Ezequiel Martínez Estrada, una de sus obsesiones permanentes —junto a las figuras de Borges, Gardel, Horacio Quiroga y Eva Perón—. Tras el golpe de Estado en Argentina, se exilia en México en 1974. Un año más tarde funda con Juan Rulfo, José Revueltas, Heraclio Zepeda, Miguel Donoso Pareja y Julio Cortázar, la revista Cambio. Durante su estancia en México, es profesor de Literatura en la UNAM y

dirige talleres de escritura en el Instituto Nacional de Bellas Artes de México. En ese tiempo, su trayectoria literaria continúa sumando títulos: su libro de relatos Cuentos con tangos y corridos es galardonado con el Premio de cuento Casa de las Américas (Cuba) en 1976, y un año más tarde su novela Aventuras de Edmund Ziller en tierras del Nuevo Mundo recibe una mención en el Premio Nacional de Novela (México). Su actividad en el exilio se acrecienta con la fundación de la editorial Tierra del Fuego, junto a David Viñas, Humberto Constantini y Alberto Adellach. Precisamente en esta editorial aparece en 1983 Cantares de las madres de Plaza de Mayo, publicación que coincide con su regreso a la Argentina en 1984. En la Argentina trabaja como creativo de publicidad y guionista de televisión, colabora también con los músicos Alberto Favero y Astor Piazzolla en la creación de varios musicales y óperas (El ídolo, Prohibido Gardel, Eva). La década de los noventa es especialmente prolífica en títulos: novelas, ensayos, biografías, cuentos y prólogos se suman a una lista de publicaciones casi inabarcable. En 1997 recibe el Premio a la Trayectoria Artística del Fondo Nacional de las Artes (Argentina). Pedro Orgambide murió el 19 de enero de 2003, poco después se editaría El último tango de Gardel. Otras de sus obras son: Las hermanas, Buenos Aires, Editorial Goyanarte, 1959; La vida prestada, 1959; Crónica de la Argentina, selección literaria y gráfica y textos complementarios; Concierto para caballero solo; Memorias de un hombre de bien; Historias cotidianas y fantásticas; El páramo; Los inquisidores; Yo, argentino; La buena gente; Radiografía de Martínez Estrada; Enciclopedia de la literatura argentina (junto a Roberto Yahni); Hotel familias; Confesiones de un poeta de provincia; Borges y su pensamiento político; El arrabal del mundo; Hacer la América; Gardel y la patria del mito; Genio y figura de Ezequiel Martínez Estrada; Pura memoria; Todos teníamos veinte años; Historias imaginarias de la Argentina; La mulata y el guerrero; La convaleciente; El negro Tubua y la Tomasa; Estaba la paloma blanca; Che amigos; Celebración: crónica del General que cumplía cien años (igual que la patria) y de las imprevistas aventuras que sucedieron en aquel día memorable; Mujer con violoncello; Un amor imprudente; Horacio Quiroga: una historia de vida; Crónicas del nuevo mundo; El escriba; Ser argentino; Un puritano en el burdel; Ezequiel Martínez Estrada o el sueño de una Argentina moral, y otros. NO HAGAS TANGO Lo encontró en un bar de la Zona Rosa, entre unos cabrones multinacionales que festejaban a la Diosa, la bailarina mulata que venía de un festival de Cali. Lo presentaron como a un escritor argentino en el exilio, un che al que lo habían fregado ¿sabes?, un pinche periodista político que cantaba tangos. Canta, canta para mí, dijo la bailarina que además era antropóloga y hablaba de la magia y cosas así. ¿Cantas o no?, preguntó un canadiense que buscaba datos en el Colegio de México y whisky. No, dijo el argentino, no tengo ganas. Un periodista político, eso debe ser muy aburrido, lo provocó la Diosa. Ella empezó a hablar del cine underground, del Kitsch, de todas las pendejadas latinoamericanas de Norte a Sur, desde La Tecla (México, D. F.) al Bar-Bar-o (Buenos Aires) una vasta geografía de bares, cine-clubs, galerías de arte, donde los intelectuales se cagan en el boom porque la onda está en otra parte, en París o New York. ¡Ni modo!, dijo ella pero abandonó la mano en la mano del argentino y él comenzó a acariciarla con tristeza, sólo para demostrar cómo un macho argentino se levanta a una mina, a una vieja entre machos mexicanos. Pero tal vez no fue así, quizás en ese momento necesitaba realmente una mujer. Oye, oye, dijo ella ¿porqué no escribes un libro acerca de Perón? Todos tus compatriotas escriben libros así. Ven, ven, no te enfades, era una broma, era una broma, cariño. Él le miró los pechos, los altos pechos de sierva concebida que venían hacia él dando saltos como en el verso de

Miguel Hernández, dos hermosas toronjas para apagar la sed. Déjate de mirarme con esa cara de tango ¿quieres? Don’t be vulgar, please. Déjate de pensar cochinadas. Entonces la mulata comenzó a cantar una cumbia de los cincuenta, muévete, muévete, decía y se movía en su silla y él recordó a las Mulatas de Fuego y los mambos de Pérez Prado y la erección de muchachito que había sido, la erección solitaria, en un cine de barrio, en Buenos Aires, mirando una película de Carmen Miranda. Los amigos de la Diosa abominaban ahora del cine del Tercer Mundo, se burlaban de esos cuates que iban por América con sus cámaras al hombro, dichosos con la miseria, decía uno, merde, dijo otro, pinches oportunistas. Esto está muy aburrido, Cara de Tango —dijo la Diosa— vámonos juntos ¿quieres? Oye, político: a esta hora la casa de Trotsky está cerrada. Pero podemos ir a otra parte. Él se dejó llevar. Se despidieron de los amigos y subieron al auto y ella manejó como si se despidiera del mundo. Ahora me cantas el tango que me debes, cabrón. Sí, dijo él y comenzó a cantarle el tango y a acariciarle las piernas. Ella frenó en una cerrada de Coyoacán. Cuando lo besaba, deslizó su mano hasta el sexo del hombre, lo apretó con fuerza, con furia, como vengándose de algo. Después fueron al café que había sido un convento virreinal y hablaron de la vida. A mí también me caen gordos mis amigos, pero no tengo otros, dijo la mujer. El hombre recordó un verso de López Velarde, dijo que sentía una íntima tristeza reaccionaria. Yo te voy a curar, prometió la Diosa. En la cerrada volvieron a besarse. En el auto, ella abrió la blusa y le ofreció los pechos. Triste, reaccionario, niño, amor, basta, déjame, glotón, vamos a casa. En la casa del cerro (herencia de mi padre, era muy rico ¿sabes? déjame, loco) el hombre cayó abrazado a la mujer que jugaba a resistirse, a ceder, al juego de la señora y el doctor, cayó sobre la cama inmensa de kilómetros de exilio, cayeron vestidos todavía, desnudándose, mordiéndose, besándose, la mulata de Baudelaire, mi negra, mi Cara de Tango, macho sombrío, triste, reaccionario, ella cerrando los ojos, concentrándose en el puro goce de ese orgasmo imprevisto, fugaz, perdóname, Tango, perdóname, Macho, ahora te toca a ti. Se abrió la cueva húmeda. Pase mi rey, pase mi huésped, entra mi negro, mátame. Él estaba acostado en la blanca cama de espuma, con la mulata que había nacido en Pekín porque su padre era embajador —espérame tantito ¿quieres?— y ella seguía hablando desde el baño, orinando su dulce miel como un verso de Neruda, volvía bamboleándose, mira a tu novia ¿te agrada tu novia? hablando como una popi, paseándose desnuda por la recámara, excitándolo, contándole sus viajes por el mundo, las brujerías de su madre negra que su padre se robó en Jamaica. Era muy racista el güero, nunca me pudo querer. Mi padre, el padre, el Padre de los pobres: ella quería que le contara historias de Perón. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y tomando agua mineral, para que la segunda vez fuera mejor, más amistosa, no ese relámpago de destrucción al que se habían entregado en la casa del cerro. Dos veces, dos muertes. La primera vez, dijo el hombre, yo no entendía, era un pendejo, un estudiante muy humanista, muy antifascista, claro, muy pequeño burgués, una buena conciencia; la segunda no quise equivocarme, quise creer en el Padre ¿entiendes? Ser como todos, fundirme en ese Todo como tú en el Zen. Mi padre era un viejo, dijo ella, un podrido viejo cargado de medallas. Cuando dejó a mi madre, ella se ahogó en el mar. ¿Por qué te cuento esto? No me gusta hacer tango. Cántame un tango, cántale un tango a tu novia fea, fea, fea, pidió y se echó a llorar porque ahora era una niñita sola en el mundo, no era la Diosa ni la mulata de Baudelaire, sino una pobre muchacha pidiendo que le cantaran un tango. ¿Quieres? Sí, dijo él y le cantó el tango de la casita de mis viejos y otros tangos con patios y mujeres enfermas y jazmines. Todo eso está muerto, pensó. Pero él no estaba muerto, estaba acariciando los hermosos pechos de su amiga, las caderas inmensas, el sudor de los muslos, trepando por ella como por el Árbol de la Vida que tenía en su cuarto, bebiéndosela, emborrachándose de su boca, del suave pulque de su vagina. Mi rey, gimió ella y se quemaron juntos otra vez y se durmieron y despertaron abrazados y con frío. Sí, es lo que vi, dijo el

hombre, vi a la gente calentándose con las fogatas, toda la noche, esperando a su padre, al General, al Macho. Yo estaba con ellos, pero no era uno de ellos ¿entiendes? El Espía de Dios. El poeta es el Espía de Dios, dijo ella. No soy poeta. Sí, lo eres dijo la mujer lamiéndole el vello del pecho, succionando las tetillas del hombre porque ahora soy tu niña ¿quieres? bajando hasta el sexo de su amigo, su hermano de la noche. Él miró la cabeza de la mujer allá abajo, la boca, la mata del pelo oscilando en un movimiento loco de polea, en una frenética negación, su propio pene como un péndulo de delirio. Mi rey. Mi negro. Y otra vez cabalgaron los dos. El caballo, la yegua negra en un campo de incendio. Mi rey. Mi negra. Ven. Claro que voy, espérame. Los cuerpos quedaron extenuados. La madrugada empezaba a filtrarse por las ventanas, el día, la certidumbre de despertar. El hombre miró a su amiga que dormía. Oyó tangos de Buenos Aires, tangos de la memoria, tangos, tangos, tangos de cuando era demasiado joven, cuando la revolución era una palabra, un improbable porvenir y no esos militantes entre los que no estaba, sabiendo que esa sería su condena, su muerte, el equívoco síntoma de su vejez en el momento de escribir su análisis político de la situación, mañana, dentro de unas horas, cuando brillara el sol. Ella despertó. Le dijo: duérmete; esta tarde seré tu compañera en La Siesta del Fauno, pero ahora duérmete, por favor. Pienso en mis muertos, dijo él. Duérmete. Están matando a mi gente. Duérmete, te digo. Si al menos supiera que lo que escribo sirve para algo. No hagas tango, mi amor. Atan los cuerpos con alambres de púa, los hacen volar con dinamita... Duérmete, ordenó la mujer. El hombre se cubrió con la sábana, se acercó a su amiga y prometió no hacer tango. Mientras la acariciaba pensó en Hansel y Gretel abandonados en el vasto mundo. Entonces se durmió. Pobre amor —dijo la mujer mientras acariciaba la cabeza del hombre dormido— estás lleno de sueños, de la podredumbre de los sueños. Creo que te mereces un descanso.

Gioconda Belli
Gioconda Belli es, junto con Ana Ilse Gómez, Claribel Alegría, Vidaluz Meneses, Michèle Najlis y Daisy Zamora (poetas de su generación) una de las voces femeninas de la literatura nicaragüense pioneras de la poesía revolucionaria. Coherencia y unidad caracterizan su expresión poética. En los años de la lucha por la liberación de su país, Gioconda Belli vivió en el exilio (radicando en México en 1976); a este período fuera de su patria corresponde su libro Línea de Fuego, ganador del Premio Casa de las Américas 1978. Regresó a Nicaragua al triunfo de la revolución sandinista, abandonando el FSLN cuando éste no logró reorganizarse y partiendo una vez más para residir en diversos lugares del mundo (Lavinia, Breda, 1994; Francia, 1995). Actualmente se halla en su país, donde, desde el Movimiento Renovador Sandinista (MRS), continua la lucha política de liberación nacional de su pueblo. La poesía de Gioconda, ha recibido influencias de José Coronel Urtecho (19061994), quien dijo de su poesía ser una versificación sin género definible. Ha sido, a la vez, comparada con Ernesto Cardenal, discípulo de Coronel Urtecho y uno de los poetas más representativos de la literatura revolucionaria en Nicaragua, donde Cardenal militó en el FSLN hasta su renuncia, ocurrida tras haber considerado que el frente sandinista había sido destruido. Se ha concedido que Gioconda Belli es, después de Ernesto Cardenal, la poeta simbólica de la revolución nicaragüense. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Sobre la Grama (1974); Línea de fuego (1978); Truenos y arco iris (1982); Amor insurrecto (1984); De la costilla de Eva (1986); El ojo de la mujer (1991); From the Eve´s Rib (1989); La mujer habitada (1988, novela) y Sofía de los presagios (1990, novela).

EN LA DOLIENTE SOLEDAD DEL DOMINGO... Aquí estoy, desnuda, sobre las sábanas solitarias de esta cama donde te deseo. Veo mi cuerpo, liso y rosado en el espejo, mi cuerpo que fue ávido territorio de tus besos; este cuerpo lleno de recuerdos de tu desbordada pasión sobre el que peleaste sudorosas batallas en largas noches de quejidos y risas y ruidos de mis cuevas interiores. Veo mis pechos que acomodabas sonriendo en la palma de tu mano, que apretabas como pájaros pequeños en tus jaulas de cinco barrotes, mientras una flor se me encendía y paraba su dura corola contra tu carne dulce. Veo mis piernas, largas y lentas conocedoras de tus caricias, que giraban rápidas y nerviosas sobre sus goznes para abrirte el sendero de la perdición hacia mi mismo centro, y la suave vegetación del monte donde urdiste sordos combates coronados de gozo, anunciados por descargas de fusilerías y truenos primitivos. Me veo y no me estoy viendo, es un espejo de vos el que se extiende doliente sobre esta soledad de domingo, un espejo rosado, un molde hueco buscando su otro hemisferio. Llueve copiosamente sobre mi cara y sólo pienso en tu lejano amor mientras cobijo con todas mis fuerzas, la esperanza. YO SOY TU INDÓMITA GACELA Yo soy tu indómita gacela, el trueno que rompe la luz sobre tu pecho Yo soy el viento desatado en la montaña y el fulgor concentrado del fuego del ocote.

Yo caliento tus noches, encendiendo volcanes en mis manos, mojándote los ojos con el humo de mis cráteres. Yo he llegado hasta vos vestida de lluvia y de recuerdo, riendo la risa inmutable de los años. Yo soy el inexplorado camino, la claridad que rompe la tiniebla. Yo pongo estrellas entre tu piel y la mía y te recorro entero, sendero tras sendero, descalzando mi amor, desnudando mi miedo. Yo soy un nombre que canta y te enamora desde el otro lado de la luna, soy la prolongación de tu sonrisa y tu cuerpo. Yo soy algo que crece, algo que ríe y llora. Yo, la que te quiere. ÁSPERA TEXTURA DEL VIENTO Nacida de la selva me tomaste arisca yegua para estribos y albardas. Durante muchas noches nada se oyó sino el chasquido del látigo el rumor del forcejeo las maldiciones y el roce de los cuerpos midiéndose la fuerza en el espacio. Cabalgamos por días sin parar desbocados corceles del amor dando y quitando, riendo y llorando -el tiempo de la doma el celo de los tigresNo pudimos con la áspera textura de los vientos. Nos rendimos ante el cansancio a pocos metros de la pradera donde hubiéramos realizado todos nuestros encendidos sueños. ES LARGA LA TARDE... Es larga la tarde como el camino curvo hasta tu casa por donde regreso arrastrando los pies hasta mi cama sola a dormir con tu olor engarzado en mi piel, a dormir con tu sombra.

Es larga la tarde y el amor redondo como el gatillo de una pistola me rodea de frente, de lado, de perfil. El sueño pesa sobre mis hombros y me acerca de nuevo a vos, al huequito de tu brazo, a tu respiración, a una continuación infinita de la batalla de sábanas y almohadas que empezamos y que pone risa y energía a nuestro cansancio. TE BUSCO Sola yo, amor, y vos quién sabe dónde; tu recuerdo me mece como al maíz el viento y te traigo en el tiempo, recorro los caminos, me río a carcajadas y somos los dos juntos otra vez, junto al agua. Y somos los dos juntos otra vez, bajo el cielo estrellado en el monte, de noche. Yo, amor, he aprendido a coser con tu nombre, voy juntando mis días, mis minutos, mis horas con tu hilo de letras. Me he vuelto alfarera y he creado vasijas para guardar momentos. Me he soltado en tormenta y trueno y lloro de rabia por no tenerte cerca, en viento me he cambiado, en brisa, en agua fresca y azoto, mojo, salto buscándote en el tiempo de un futuro que tiene la fuerza de tu fuerza. TE ESCRIBO, SERGIO Te escribo, Sergio desde la soledad del mediodía asoleado y desnudo mientras azota el viento y estoy, gatunamente, enrollada en la cama donde anoche te quise y me quisiste entre tiempos, sonrisas y misterios. Va quedando lejano el mundo que existía antes de conocerte

y va naciendo un nido de palabras y besos, un nido tembloroso de miedo y esperanza donde a veces me siento retozando entre trinos, y otras veces me asusto, abro los ojos y me quedo quieta, pensando en este panal de miel que estamos explorando, como un hermoso, hipnotizante laberinto, donde no hay piedritas blancas, ni mágicos hilos que nos enseñen el camino de regreso. AHUYENTEMOS EL TIEMPO, AMOR... Ahuyentemos el tiempo, amor, que ya no exista; esos minutos largos que desfilan pesados cuando no estás conmigo y estás en todas partes sin estar pero estando. Me dolés en el cuerpo, me acariciás el pelo y no estás y estás cerca, te siento levantarte desde el aire llenarme pero estoy sola, amor, y este estarte viendo sin que estés, me hace sentirme a veces como una leona herida, me retuerzo doy vueltas te busco y no estás y estás allí tan cerca. TE VEO COMO UN TEMBLOR... Te veo como un temblor en el agua. Te vas, te venís, y dejás anillos en mi imaginación. Cuando estoy con vos quisiera tener varios yo, invadir el aire que respiras, transformarme en un amor caliente para que me sudés y poder entrar y salir de vos. Acariciarte cerebralmente

o meterme en tu corazón y explotar con cada uno de tus latidos. Sembrarte como un gran árbol en mi cuerpo y cuidar de tus hojas y tu tronco, darte mi sangre de savia y convertirme en tierra para vos. Siento un aliento cosquilloso cuando estamos juntos, quisiera convertirme en risa, llena de gozo, retozar en playas de ternuras recién descubiertas, pero que siempre presentí, amarte, amarte hasta que todo se nos olvide y no sepamos quién es quién. SENCILLOS DESEOS Hoy quisiera tus dedos escribiéndome historias en el pelo, y quisiera besos en la espalda, acurrucos, que me dijeras las más grandes verdades o las más grandes mentiras, que me dijeras por ejemplo que soy la mujer más linda, que me querés mucho, cosas así, tan sencillas, tan repetidas, que me delinearas el rostro y me quedaras viendo a los ojos como si tu vida entera dependiera de que los míos sonrieran alborotando todas las gaviotas en la espuma. Cosas quiero como que andes mi cuerpo camino arbolado y oloroso, que seas la primera lluvia del invierno dejándote caer despacio y luego en aguacero. Cosas quiero, como una gran ola de ternura deshaciéndome un ruido de caracol, un cardumen de peces en la boca, algo de eso frágil y desnudo, como una flor a punto de entregarse a la primera luz de la mañana, o simplemente una semilla, un árbol, un poco de hierba. MAYO No se marchitan los besos como los malinches, ni me crecen vainas en los brazos;

siempre florezco con esta lluvia interna, como los patios verdes de mayo y río porque amo el viento y las nubes y el paso del los pájaros cantores, aunque ande enredada en recuerdos, cubierta de hiedra como las viejas paredes, sigo creyendo en los susurros guardados, la fuerza de los caballos salvajes, el alado mensaje de las gaviotas. Creo en las raíces innumerables de mi canto. RECORRIÉNDOTE Quiero morder tu carne, salada y fuerte, empezar por tus brazos hermosos como ramas de ceibo, seguir por ese pecho con el que sueñan mis sueños ese pecho-cueva donde se esconde mi cabeza hurgando la ternura, ese pecho que suena a tambores y vida continuada. Quedarme allí un rato largo enredando mis manos en ese bosquecito de arbustos que te crece suave y negro bajo mi piel desnuda seguir después hacia tu ombligo hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo, irte besando, mordiendo, hasta llegar allí a ese lugarcito -apretado y secretoque se alegra ante mi presencia que se adelanta a recibirme y viene a mí en toda su dureza de macho enardecido. Bajar luego a tus piernas firmes como tus convicciones guerrilleras, esas piernas donde tu estatura se asienta con las que vienes a mí con las que me sostienes, las que enredas en la noche entre las mías blandas y femeninas. Besar tus pies, amor, que tanto tienen aun que recorrer sin mí y volver a escalarte hasta apretar tu boca con la mía, hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento hasta que entres en mí con la fuerza de la marea y me invadas con tu ir y venir de mar furioso y quedemos los dos tendidos y sudados en la arena de las sábanas.

DE LA MUJER AL HOMBRE Dios te hizo hombre para mí. Te admiro desde lo más profundo de mi subconsciente con una admiración extraña y desbordada que tiene un dobladillo de ternura. Tus problemas, tus cosas me intrigan, me interesan y te observo mientras discurres y discutes hablando del mundo y dándole una nueva geografía de palabras Mi mente esta covada para recibirte, para pensar tus ideas y darte a pensar las mías; te siento, mi compañero, hermoso juntos somos completos y nos miramos con orgullo conociendo nuestras diferencias sabiéndonos mujer y hombre y apreciando la disimilitud de nuestros cuerpos. PEQUEÑAS LECCIONES DE EROTISMO I Recorrer un cuerpo en su extensión de vela es dar la vuelta al mundo Atravesar sin brújula la rosa de los vientos islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas no es tarea fácil -si placenteraNo creas hacerlo en un día o noche de sábanas explayadas. Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas II El cuerpo es carta astral en lenguaje cifrado. Encuentras un astro y quizá deberás empezar a corregir el rumbo cuando nube huracán o aullido profundo te pongan estremecimientos. Cuenco de la mano que no sospechaste III Repasa muchas veces una extensión Encuentra el lago de los nenúfares Acaricia con tu ancla el centro del lirio Sumérgete ahógate distiéndete No te niegues el olor la sal el azúcar Los vientos profundos

cúmulos nimbus de los pulmones niebla en el cerebro temblor de las piernas maremoto adormecido de los besos IV Instálate en el humus sin miedo al desgaste sin prisa No quieras alcanzar la cima Retrasa la puerta del paraíso Acuna tu ángel caído revuélvele la espesa cabellera con la espada de fuego usurpada Muerde la manzana V Huele Duele Intercambia miradas saliva impregnante Da vueltas imprime sollozos piel que se escurre Pie hallazgo al final de la pierna Persíguelo busca secreto del paso forma del talón Arco del andar bahías formando arqueado caminar Gústalos VI Escucha caracola del oído como gime la humedad Lóbulo que se acerca al labio sonido de la respiración Poros que se alzan formando diminutas montañas Sensación estremecida de piel insurrecta al tacto Suave puente nuca desciende al mar pecho Marea del corazón susúrrale Encuentra la gruta del agua VII Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza Navega loco en la juntura de los océanos Cruza las algas ármate de corales ulula gime Emerge con la rama de olivo Llora socavando ternuras ocultas Desnuda miradas de asombro Despeña el sextante desde lo alto de la pestaña Arquea las cejas abre ventanas de la nariz

VIII

Aspira suspira Muérete un poco Dulce lentamente muérete Agoniza contra la pupila extiende el goce Dobla el mástil hincha las velas Navega dobla hacia Venus estrella de la mañana -el mar como un vasto cristal azogadoDuérmete náufrago.

Claribel Terré Morell
Claribel Terré Morell nació en Sancti Spíritu, Cuba, 1963 y está hace años radicada en la Argentina. Estudió periodismo en la Universidad de La Habana. Dirige el periódico cultural cubano-argentino Fresa y Chocolate de Argentina. Entre sus obras se citan: Archivo de guerra para mujeres decentes; Cubana confesión y cuentos como “Perverso ojo cubano”, publicado por la Editorial Bohemia (Bs. As.). PERVERSO OJO CUBANO Perverso ojo cubano fue lo que ella pensó cuando el Tuerto la desnudó. El Tuerto con su parche en el ojo. Su Pirata, su Sandokan, su Corsario negro, Rojo y Verde. Y eso era lo que ella estaba viendo, lucecitas de colores. Porque al Tuerto le falta un ojo pero le sobra lengua. ¡Ay que rico, madrecita mía! ¡Virgencita de la Caridad del Cobre, qué cosa es esto! ¡Una pinga!, grita el Tuerto y a ella le duele la grosería. Claro que es eso pero porqué tiene que decirlo. Mejor es hablar cosas bonitas o quedarse callados, pero él dice que más rico es hablar. ¡Grita, coño, grita! ¡Di algo! ¡Dime papito bonito, papito sabroso! Y el Tuerto está sabroso de verdad pero a ella no le gusta decir esas cosas y el Tuerto suda y las gotas le caen a ella en la cara y él grita: ¡Chupámela, chupámela! y ella que se la chupa y él que le hala los pelos y se la mete, se la mete y...¡Tuerto que no me cabe! ¡Sácala Tuerto, sácala! y ella que no puede más y va a vomitar y de pronto eso en la boca... ¡Coño, cochino, puerco, que a mí no me gusta! y él... ¡Trágatela, trágatela, trágatela!... y ella que no, que sabe mal y el Tuerto que qué le pasa a ella y...¡No Tuerto, por ahí no! ¡Noooo! ¡Ay madrecita mía, Virgen de la Caridad del Cobre que se le baje, que se le baje! y el que... ¡Aquí hay un hombre a tó, a tó! y ella que ¡No, no vi último tango en París! y que loco este Tuerto que me pregunta si no hay mantequilla. En este país hace siglos que no hay mantequilla y no, nooo. La saliva de El Tuerto es blanca y gomosa. ¡Puerco, puerco, puercooo! Y ahora si se acabó y... ¡No niña aquí hay un hombre a tó, a tó! y el Tuerto que la pone boca arriba y aquello sigue parao... y te voy a dar jarabito de componte... y el Tuerto huele a sudor y ella lo siente y siente que el tiene 50 dedos y ella no tiene más lugares y El Tuerto grita: ¡Ahora por las orejas! y ¡Ahora por la nariz! y ella que no, nooo... y el Tuerto que aquí hay un hombre a tó, a tó y a ella le duele todo el cuerpo y las estrellitas de colores son cada vez más negras, más rojas, más verdes y el agua se va a las 5 de la tarde y no viene más hasta el otro día y ella tiene que ir a una reunión a la fábrica a la que dicen que va a ir Fidel y ella no quiere perder su trabajo, y El Tuerto grita cada vez más alto y ella tiene ganas de llorar porque tuvo el primer orgasmo de su vida y porque al Tuerto se le cayó el parche del ojo y el ojo blanco es terrible y aquello sigue parao, parao, y el agua se va a las 5 de la tarde y ella no quiere perder su trabajo, y ella quiere ver a Fidel y el Tuerto dice que si se va está traicionando a su pinga parada y que eso es peor que traicionar a la Patria y ella no quiere traicionar a nadie. Eso piensa mientras se limpia entre las piernas.

José Miguel Sánchez (Yoss)
José Miguel Sánchez (Yoss) nació en La Habana, en 1969. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de La Habana en 1991, ha obtenido numerosísimos premios. Reside en La Habana. Entre sus cuentos podemos citar: “Los delfines no son tiburones” (1988); “Rufus el suicida” (1994); “Fábula de ángeles” (1994 y 1995); “Balsatur S.A.” (1995); “Reina es la noche” (1995); “Despertarte, sentirte, pensar” (1996); “Carne de cercanía” (1996); “W” (1997); “Círculos del dolor” (1999); “Los espacios en blanco” (1998); “Palindromagia” (1999); “La causa que refresca” (1997); “Cubaníssimos” (2000); “Estática” (2000); “Punto de vista” (2001); “Kaishaku” (2002); “Las chimeneas y Las interferencias” (2003) y “El guardián” (2003). Ha publicado también dos novelas: Se alquila un planeta (2002) y Al final de la senda (2003) CÍRCULOS DEL DOLOR Para Silvita Decía llamarse Majel. Esta argolla es mi único recuerdo suyo. Tú te le pareces algo... Llegó un día flojo, de esos casi sin clientes que paguen por mi maquinita dibujándoles la piel. Sí, de fábrica, mírala: no es un invento casero con motor de grabadora y agujas de máquina de coser. ¿Dónde querías el tatuaje? ¿En la nalga? Elige el diseño que te guste y quítate el pantalón. Acuéstate; primero debo marcarte el dibujo. ¿Este dragón chino? Hermoso, pero común. ELLA nunca lo habría elegido. ¿Cómo? Que lo pinte sin bolita de candela que siempre están tragando o escupiendo. Esa es la perla de la perfección, contiene todo su poder. Curioso... fue justamente esa “bolita de candela” lo primero que pidió Majel. Sin el dragón. ELLA era única. Oh, disculpa; a ninguna mujer le gusta que un hombre hable bien de otra delante de ella. Tú eres más bonita. ¿Modelo, verdad? No soy adivino, vi tu cara en alguna revista. Majel nunca habría podido salir en una. Lo suyo tampoco eran unas tetas paradas o un culo rotundo... eso sobra en esta ciudad, para suerte de los hombres. Incluso mía; estoy en esta silla de ruedas, pero funciono. Algunas prefieren pagarme en especie... no digo que sea tu caso. Tienes cara de tener dinero. No, el accidente fue antes de conocerla: estaba borracho, suerte que el camión no me partió por la mitad. Mi familia en New Jersey compró el equipo de tatuar y me lo mandó para que me ganara la vida. Siempre tuve cierta habilidad. Y tatuar es como un vicio. No lo entenderás ahora... quizás si regresaras a hacerte otro. Pero podrás imaginarte lo que significa para mí inaugurar una piel sin ningún dibujo, si te digo que es como hacer mujer a una doncella. Majel vino a mí con la piel virgen, y me pidió una perla de la perfección en la espalda. Una rubita delgada y de ojos grandes, del montón. Si acaso, notable su expresión de sorpresa, más que de dolor, cuando entraba y salía la aguja de su cuerpo. Después me pagó con unos billetes tan arrugados que daban pena, y aceptó volver la semana siguiente, por si había que hacer retoques. En realidad casi nunca hacen falta. Es puro deseo del artista por ver su obra de nuevo. Quieta; voy a pinchar... Pues regresó ¿te interesa la historia? Contamos cuentos para relajar a los clientes mientras tatuamos. O tatuamos para contar cuentos con la excusa de relajarlos. ¡Quién sabe! Quería una anfisbena en el muslo. Tuve que buscar en el diccionario para saber qué era. Un animalito con una cabeza en la punta del cuello y otra en la punta de la cola. Lindo y raro. En vez me fijé mejor. Su cara... como sorprendida de que le gustara.

¿Qué es aberración, en estos días? Mira mis brazos. Todos los tatuadores nos pinchamos. Hay algo adictivo en causarte un dolor que puedes dominar. Demostración de valor y hombría, quizás. El dibujo que queda en la piel llega a ser sólo una excusa ¿Te duele mucho? Si quieres paramos. ¿No? En las partes carnosas el dolor es fácil de controlar. Más difícil es donde el hueso está cerca de la piel, como en el tobillo. La tercera vez vino pidiéndome una letra omega allí. Y fue obvio que lo disfrutaba, y que no iba a bastarle. Que quería MÁS. ¿Te contaron que también pongo argollas? Mis tíos le compraron esto a un tatuador que dejaba el oficio; más barato. Con la máquina, las tintas y los diseños recibí otras cosas. ¿Ves esa cajita verde? Es una pistola neumática, una especie de presilladora de piel y carne. Para argollas ¿ves? Distintos tamaños, no se necesita agujas, ellas mismas perforan la piel. Metal quirúrgico; material barato, resistente y biológicamente inerte. Lo estrené con ELLA. Abrió la cajita, y sus ojos brillaron. Acepté, aunque no traía más dinero. Hace poco conseguí lidocaína en un hospital, pero nunca la gasté en Majel. Para las dos primeras, en una oreja, usé hielo. La sangre medio congelada apenas brotó. Se veía que había esperado... más. Pero me sorprendió al susurrar: “Otra... sin hielo”. Recuerdo que pensé: “¿Guapita, eh?”, y no me temblaron las manos cuando cargué la pistola. Ni siquiera se quejó: un ligero sangramiento, y... ¡su rostro! ¿Has visto la cara de esas vírgenes renacentistas, dispuestas a todo martirio que las acerque a Dios? No hay nada atan bello. Su expresión era idéntica. Regresó en tres días. Nunca supe de dónde sacó aquellos dólares arrugados y grasientos. Podía ser madre de seis hijos o soltera. Me pagó las tres argollas, y dos más. Debí reírme en su cara, negarme, burlarme. No habría pasado NADA. Pero... no estoy seguro de poder explicártelo. Hay sensaciones tan sutiles que hacen todas las palabras burdas. Como querer formar un cuadrado con losas irregulares. Siempre te quedas corto, o te pasas. TUVE que aceptar. ¿Obsesión? ¿Amor? ¿Vicio? ¿Juego? No sé... Terminé la figura, voy a dar color. ¿O prefieres dos sesiones? Este es un dragón pequeño, puedo acabarlo hoy mismo. ¿Bien? ¿Puedes soportarlo? Entonces, voy primero con el verde... Podría decirte “puse argollas en ambas aletas de su nariz, y una más grande perforando el tabique”. Pero no cómo alcanzó el primer orgasmo en esa misma camilla. ¿Ves en la cajita, esos como tornillos? Le atravesé uno en el ángulo de cada ceja, y al segundo no pude controlarme y mojé mis pantalones. Sin tocarla. Soñaba con los segmentos aún inexplorados de su piel. Fui, argolla por argolla, invadiéndola. Una conquista que me hacía sentir viril como nunca desde que estas ruedas son mis piernas. Cuando atravesé su lengua y su labio inferior, el mismo día... Llegamos los dos, juntos. ¿Qué si antinatural, qué si perverso? ERA EXQUISITO. Ese día dejé de cobrarle, y lamí su sangre sin besarla. Delicioso como sabe el dolor de la entrega en la víctima que acude gozosa a su verdugo. ¿Sadomasoquismo? Ahí había más. No quedaban sitios en su cabeza. Y bajamos. Gritó casi rugiendo cuando perforé la piel sobre su ombligo delicado. Fue desmayo a dúo cuando atravesé con la argolla aquel pezón que chupé hasta hartarme de su gusto a acero y sangre. Sin rozar siquiera el otro, enhiesto, terriblemente imperfecto en su sana animalidad, sin metal ni dolor. Tan común... ¿Podrás entender, tú que me miras y me crees loco? Estuve a punto de arruinarme. Rechacé clientes que pedían diseños vulgares, Kitschs. Me salvó que empecé con el piercing; pero, ¡cuánta desilusión ante esas caras donde el dolor sólo se mezclaba con el miedo! El placer estaba TAN ausente en esas voces pidiendo anestesia para perforar un simple lóbulo... NO TE MUEVAS. Un escalofrío puede significar que el color se salga del contorno de las escamas. ¿Ves? Ya está el verde. El azul, el rojo de la boca, y podrás irte. Tienes miedo, pero quieres saber ¿eh? ¿Te atreverías a colgarte del pezón una de estas? Hay cosas que sólo pueden entenderse haciéndolas. Su cuerpo fue montaña que escalé como un alpinista, sujetándome a las argollas de su carne vencida, transformada en obra de arte por el dolor. Sabíamos dónde

estaba la cima. Pero nos regodeamos. Tracé maravillas entre su pecho y su vientre para unir metal y metal con un puente de tinta. ¿Has visto dibujos de Gigger, el de Alien? Seres de metal y carne, feroces y bellos, dientes y acero bruñido. Fantasía febril que opacó mis tatuajes del inicio. Sin bocetos, sin marcar. Mi obra maestra. Sólo para ELLA. Decían algunos que era una loca, una viciosa que me tenía drogado. Nadie supo de dónde salía, ¿curioso, no? En esta ciudad TAN promiscua. Rumores hubo muchísimos. Tal vez decían verdad, pero yo no quise creer en ninguna Majel fuera de aquí. Pudo ser cierta alguna versión. La jinetera, la hija del funcionario, la extranjera, la lesbiana. Para mí sólo existía el dolor. ¿Para qué saber más? No nos unían palabras, sino tinta, sangre y metal. Faltaba la última ordalía, el placer final. Minuciosamente lo habíamos preparado. Después de afeitarla, extendí el trazado de monstruos y máquinas desde su ombligo hasta ALLÍ mismo. Fuimos obsesiva, salvaje y totalmente felices. Estaba lista. La esperé a las horas más inusitadas, anhelando su olor ácido de adrenalina y almizcle de sexo mezclados con sangre dulzona y frío de acero quirúrgico. Y por días vino sólo a mirarme, silenciosa, sin desvestirse. Hasta que encontró aquí dos putillas de las que me canjeaban orgasmos por tatuajes. Quizás fueran celos. Rasgó su ropa. Las hizo huir ante el bárbaro y bello espectáculo de su piel orlada de color y acero, de dolor y gozo. Y fue mi víctima sacrificial, sometida a mi voluntad, esperándola. No podré olvidar ese día mientras viva, y no son palabras vanas. Sus piernas abriéndose ante mí con la lenta deliberación de las tenazas de un cangrejo colosal. La carne rosada, enmarcada por el tatuaje que empezaba a cicatrizar. Yo también desnudo, la más divina erección de mi existencia. Oficiante del misterio último y ancestral. Me sentí HOMBRE, como nunca desde que perdí la pierna. Tres argollas. Entre una y otra descansamos. ELLA inerte, yo acariciando ese cuerpo que eran mis dibujos, esa muerte que era cada pequeño círculo del gran dolor que nos unía. La primera, en el labio externo, que separa la piel de la mucosa, la hizo arquearse como si un dios-demonio diminuto la azotara desde adentro. La segunda, en el labio menor, fue un feroz chasquear del tornillo de su lengua contra el de su labio inferior. La última, la más pequeña, fue la apoteosis. El promontorio de carne esperaba, hinchado, el metal que lo atravesaría. ¿Sabes que lo único realmente excepcional en ELLA era su clítoris? Grande, como la reliquia más impropia en el recóndito santuario de su cuerpo delicado. Pedía ser herido para consagrar nuestra liturgia... Fue a la vez explosión y caída. Milenios en un segundo. Oleadas de alto voltaje invadiéndome hasta convulsionarme en el paroxismo más salvaje que es posible sentir. Era poderoso, grande, omnipotente. Habría podido CAMINAR. Y sus manos, liberadas al fin del obstáculo impalpable que las retenía lejos de su cuerpo; acariciándose, haciendo girar cada argolla, exprimiendo el placer de aquellos círculos de dolor. Con los ojos de fiera insaciable que yo ya conocía, se levantó... ¿Ves aquella cadenita en la pared? Hace años compré cinco metros. De ahí corté la que tengo puesta. Es de bronce barato. Pero a ELLA le bastó. Transpirando la arrancó de la pared, se quedó con un trozo de casi metro y medio. Y lo fue enhebrando por cada argolla de aquel cuerpo mágico. De una oreja hasta la otra, por detrás de la cabeza. A la nariz, hasta el pezón perforado, hasta el ombligo, hasta cerrar sobre el triángulo que recién señalaba el sexo. Mi propio sexo, yerto tras tres erupciones, se alzó respondiéndole. Y ELLA tan Majel, tan dolor, tan placer, se me acercó para engullir con su templo de carne mi obelisco imposible. Para trascender lo excepcional regresando a lo común. Un círculo cerrándose sobre sí mismo. La serpiente que se muerde la cola. Y el gran error, tocarnos. Fue rápido, vulgar, tres movimientos de cadera y un orgasmo común. Se levantó, me miró con unos ojos que no olvidaré nunca, se limpió de mi simiente. Vistiéndose sin mirarme se arrancó una argolla de la oreja, me la arrojó. Y se perdió en la noche. Bueno, estamos terminando. Ahora faltan unos retoques con tinta de brillo, para

que el dragón luzca mejor, y... ¿Majel? Una de las putillas, triunfal, vino a decirme que la habían hallado en la costa. La reconocieron por mis tatuajes. El cuerpo tan hinchado que las vueltas de cadena de bronce estaban incrustadas en la piel del cuello. Y ni una sola argolla. Dicen que fue suicidio, aunque no dejó nota. Se ahorcó, no saben por qué... ¿No te dolió mucho, verdad? Para eso sirven las historias. ¿Verdad o cuento? ¿Tú qué crees? A veces pienso que aquella infeliz inventó SU muerte para molestarme, envidiosa porque no había hecho diseños tan bellos sobre su propia piel. Que Majel está viva, en alguna parte. Que no vuelve porque nada nos une después de habérnoslo dado todo... Lo cierto es que nunca ha regresado. A veces dudo de que haya existido. Bueno, ahora te espolvoreo talco de mica para que el color se fije, y sanseacabó. No te bañes en el mar en estos días, no hagas muchos esfuerzos, no te arranques la postilla, no... ¿Cómo? ¿Lo has pensado mejor, quieres que te tatúe también la perla de la perfección? Considéralo bien... ¿no es mucho rato de dolor para la primera vez? De acuerdo, tú pagas, pero... después, por favor ¿me dejarías ponerte SOLO UNA? Totalmente gratis. Quizás ésta que llevo colgada al cuello. ELLA la usó... Decía llamarse Majel. Esta argolla es mi único recuerdo suyo. Tú te le pareces algo... 21 de enero de 1998.

Liliana Lukin
Liliana Lukin nació en 1951 en Buenos Aires. Se graduó como Licenciada en Letras en la Universidad de Buenos Aires. Fue asesora literaria de la Fundación Noble del Diario Clarín, donde organizó los Encuentros de Escritores que posteriormente compiló bajo la Edición Narrativa Argentina. De su autoría son los siguientes libros: Abracadabra, Malasartes, Descomposición, Cortar por lo Sano, Carne de Tesoro, Cartas, Las Preguntas y Construcción Comparativa, y un estudio sobre la literatura amorosa epistolar desde el siglo XII al XX. RETÓRICA ERÓTICA Así ella desearía ser raptada una, dos veces, marcada por la voluntad de esa mano que también sabrá tocarla como a un instrumento musical. Tal su optimismo, su instinto de juego en el instante mismo que, para los otros, será su tragedia. El raptor, sus largos cabellos ofrecidos a esas manos, hace de su pesimismo el arma más dulce: violenta, no pone ninguna distancia ¡oh, dioses bienaventurados!, entre el deseo y el acto. Alzada por él, ella sonríe, alzada, y aunque parezca dolor, en su rostro hay sólo la altura que tiene conciencia del tiempo. ¿Cuánto podrá, así, no caer, cuánto más los dedos hundirán felizmente su carne, hecha para esas penetraciones? Él oculta su cabeza en ella y nada se sabe, más que el brillo de sus ojos. Escandalosa, para él que no conoce los límites de su propia dulzura, tan obscena. Caída, lánguida

y sola en ese nido, esa cueva, lecho a su medida: nocturna y nada oscura, lunar. Satén y plumas para amar y ser leída, para beber y ser bebida, fingiéndose dormir. Escandalosa, para lo hecho pecho, fulgura ante él, será de él: ah! quién pudiera quedar, así poseída. Si él se quedara ahí, así, adentro, ella no caería nunca. Lo dice y balancea su peso sobre él, sobre el vacío, sobre la frase. Y él, que trabaja para el placer, pero alimenta la tristeza, apretando su carne habla. Ella ríe de lo que él habla: come de lo que él pone entre sus dientes.

Si él cortara sus cabellos ella no tendría de dónde sostenerse, y él avisa que los cabellos son una materia frágil, mientras le acomoda el pelo en la frente, lo quita de sus hombros, despeja las curvas de la oreja para hurgar, como si nadie viera, como si nadie se diera cuenta de nada.

Juega a ser su propia ofrenda, en lo desamparado de dar y recibir. Su gesto copia cierto éxtasis, pero ella no goza, sonríe, piensa en actos y sonríe, apenas. Como su dolor esparce luz ella está iluminada, perdida en esa luz, y al darse espera ser tomada por él, oscurecida, al fin oscurecida.

Hacer de sí la obra, volver actor al otro, para que lo mismo improvise su forma, su ilusión de único, inefable. La perfección de un momento que habla en los cuerpos, aúlla, aunque fallen las palabras: blasfemias, abrazos furiosos como un sonido atroz de maravilla. Él no cree y es su falta de fe lo que

prodiga. Ella escucha el insulto amoroso del callar.

Rodolfo Wilcock
Juan Rodolfo Wilcock nació en Buenos Aires en 1919. Se recibió de ingeniero civil y vivió un tiempo en Mendoza en un proyecto relacionado con el ferrocarril trasandino, pero luego abandonó esa profesión para dedicarse a la literatura. Amigo de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Wilcock, se fue a Italia en la década del ‘50, cuando ya era autor de una considerable obra poética en español (Libro de poemas y canciones, Ensayos de poesía lírica, Persecución de las musas menores, Los hermosos días, Paseo sentimental y Sexto) y allí siguió escribiendo en italiano. Se invocan a menudo los antecedentes prestigiosos —Conrad, Nabokov, Beckett— sin tener en cuenta que el cambio de idioma acarrea en cada caso un cambio de perspectiva en relación al pasado y, por consiguiente, una especie de contrabando lingüístico sustancial. Wilcock lo practicó con una nostalgia enrarecida y una imaginación inagotable. En Italia incursionó en todos los géneros literarios: poesía, relatos, novelas, teatro. También se destacó como traductor, tanto al castellano como al italiano. De su obra narrativa podemos mencionar: Fatti inquietanti (1960), Lo stereoscopio dei solitari (1972), La sinagoga degli iconoclasti (1972), I due allegri indiani (1973), Il tempio etrusco (1973), Il caos (1974), L’ingegnere (1975), Frau Teleprocu (1976, en colaboración con Francesco Fantasia), Il libro dei mostri (1978), Le nozze di Hitler e Maria Antonietta nell’ inferno (1985, en colaboración con Francesco Fantasia). Murió en Italia en 1978. LOS AMANTES Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados. La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando se despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.

David Viñas
David Viñas nació en Buenos Aires en 1929. Estudió con los curas y con los militares. Fue fundador y codirector de la revista Contorno, de gran influencia en

medios universitarios e intelectuales. Por su novela Un Dios cotidiano recibió, en 1957, el Premio Gerchunoff. En 1963 recibió su doctorado de la Universidad de Rosario, con la tesis La crisis de la ciudad liberal. Ya un año antes, su novela Dar la cara había recibido el Premio Nacional de Literatura, premio que volvió a recibir en 1971 por su libro Jauría. En 1972, Lisandro recibió el Premio Nacional de Teatro, y un año después Tupac-amaru el Premio Nacional de la Crítica. Según Ricardo Piglia, "uno de los ejes de la obra de Viñas es la indagación sobre las formas de la violencia oligárquica ". Algunos ejemplos de esa temática son su Los dueños de la tierra (1958), Cuerpo a Cuerpo (1979) e Indios, ejército y frontera (1982). Entre 1973 y 1983 dio clases de literatura en California, Berlín y Dinamarca. Desde 1984 reside en Buenos Aires, donde es titular de la Cátedra de Literatura Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires). En 1991, en una decisión que alborotó al "mundillo" cultural, David Viñas recibió y rechazó la Beca Guggenheim. "Un homenaje a mis hijos. Me costó veinticinco mil dólares. Punto", diría Viñas más tarde. Sus hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron secuestrados y "desaparecidos" por la dictadura militar en los años '70. Algunas de sus obras son: Cayó sobre su rostro (1955); Los años despiadados (1956); Un Dios cotidiano (1957); Los dueños de la tierra (1958); Dar la cara (1962); En la semana trágica (1966); Hombres de a caballo (1967); Cosas concretas (1969); Jauría (1971); Cuerpo a cuerpo (1979); Prontuario (1993). Teatro: Sarah Golpmann; Maniobras; Dorrego; Lisandro (1971); Tupaca Amaru. Ensayo: Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar (1970); De los montoneros a los anarquistas (1971); Momentos de la novela en América Latina (1973); Indios, ejército y fronteras (1982); Los anarquistas en América Latina (1983); Literatura argentina y política - De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista (1995); Literatura argentina y política II - De Lugones a Walsh (1996); Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra; De Sarmiento a Dios - Viajeros argentinos a USA (1998); Sarmiento en seis incidentes provocativos. LA SEÑORA MUERTA "La señora muerta" pertenece a Las malas costumbres, Buenos Aires, Editorial Jamcana, 1963 —No me gusta el olor de la goma quemada —fue lo primero que dijo esa mujer. Moure la miró un rato antes de contestar, pero no como la había estado observando hasta ese momento, desde que la descubrió en la cola apoyada a medias contra la pared, con un gesto resignado e insolente a la vez. "Levante", se dijo. "Levante seguro", y le sonrió: —No es goma lo que están quemando. —Ah, ¿no? —esa mujer lo miraba con desconfianza— ¿Qué es entonces? —Inmundicias —murmuró Moure con malestar. —¿Y de quién? —De todos... de todos los de la cola. Hace dos días que vienen haciendo lo mismo. Desde atrás, los que estaban en medio de la penumbra que flotaba sobre la calle, los empujaron para que avanzaran: ella se dio vuelta, apenas molesta de que la tocaran o de que le arrugaran el vestido, murmuró. Ya va, ya me di cuenta, qué tanto, y avanzó unos pasos ceremoniosamente. Se había apoyado contra la chapa de un hotel y se miraba en el reflejo: era un enorme cuadrado de bronce y Maure advirtió que se palpaba los labios. —¿Le duelen? —se le acercó. —No. Estoy despintada. Y esa mujer seguía mirándose aunque esa chapa la reflejase deformada, con una boca más ancha y unos ojos estirados. —Usted no tiene esa boca —señaló Moure. Ella abrió y cerró la boca varias veces, como si estuviera en un parque de

diversiones, con la desconfianza de un chico o de un provinciano: —Sí, tengo una boca de muñeco —se juzgó con aire despreciativo. —No, no... —protestó Moure. —Pero me gusta tener una boca así. Unos metros más adelante se fue levantando un murmullo que aumentó la densidad y se prolongó un rato, como un moscardoneo. "No me puede fallar", se propuso Moure. Una mujer con la cabeza cubierta con una pañoleta se le arrodilló delante, agachada la frente y parecía rezongar con una confusa irritación mientras se frotaba las manos; cuando la fila avanzó de nuevo, la mujer se fue arrastrando sobre las rodillas sin dejar de gangosear eso que decía, sin dejar de frotarse las manos. —Rezan, ¿no? —Sí —dijo Moure. —Ah... —ella se persignó y lo hizo con torpeza, velozmente; parecía alarmada y miró ese cielo bajo como si hubiera escuchado el ruido de un avión y tratara de localizarlo. Pero el cielo estaba negro y no se veía nada. Después se tranquilizó, lo miró a Moure, se sonrió a medias, agradecida de algo y apoyó la cabeza contra la chapa del hotel. —¿Está cansada? —la sostuvo Moure mientras se repetía "No me falla; no me puede fallar". Al fin de cuentas, él había ido a la cola para eso. Pero ella balanceaba la cabeza: eso no quería decir ni que sí ni que no, solamente que no estaba segura. —¿Quiere irse? — —Cuando me sienta bien cansada. Moure le oprimió el brazo. —Pero mire que tenemos para rato. Ella frunció las cejas: —¿Lo dice en serio? —Yo siempre hablo en serio. —¿Y cuánto dice que falta? Moure miró hacia adelante y calculó dos cuadras, tres, una mancha larga que se estremecía en medio de la penumbra, los de atrás que volvieron a empujar con una pesadez insistente, la mujer de la pañoleta que seguía murmurando algo que no se entendía muy bien, ahí arrodillada, un soldado con una olla humeante que brilló bajo el farol: —Unas tres horas dijo. —¿Tanto? Moure presintió que a ella no le interesaba mucho lo que había preguntado, ni le interesaban las palabras que había usado, ni ninguna palabra: —Y, hay mucha gente —reflexionó. —A la gente le gusta. —¿Estar en la cola? —Sí —dijo ella con desgano—. Le gusta esperar algo, cualquier cosa... La mujer arrodillada por momentos parecía irritarse con lo que rezaba, cabeceaba y fruncía la frente. "Esta noche no puede fallarme", seguía pensando Moure. Y toda esa fila avanzaba muy lentamente, mucho más despacio que en una procesión. Moure calculó: allá adelante estarían por cruzar un puente, se le habrían roto las ruedas a un carro o el caballo se habría muerto en medio de la calle. Algo así pasaría. "Seguro". Y había tan poca luz con esos trapos negros que envolvían los faroles y todo era tan borroso. —¿Me permite? —ella se le apoyó bruscamente en un brazo se descalzó, primero un pie, después el otro y se los sobó con unos quejiditos de satisfacción. Pero cuando estaba en eso, volvieron a empujarla para que avanzase y ella repitió —Ya está, ya va, no ven lo que estoy haciendo. Me van a pisar, tengo los pies desnudos... La mujer de la pañoleta levantó un momento la cabeza, verificó quién había dicho eso y siguió con su rezo. —¿Un poco de sopa? —ofreció Moure. —No —ella todavía estaba con los pies desnudos y pugnaba por mantener el equilibrio y calzarse— Me aburre la sopa. —¿Ni un poco? —No.

Moure señaló: —Pero mire que le están ofreciendo... Un soldado le había tendido una taza pero tuvo que recogerla; tenía una cara adormecida y se esforzaba por sonreírse: la contempló a esa mujer, intentó sonreírse con más convicción y lo único que logró fue un parpadeo, entonces la miró humildemente pero ella había hundido las manos en los bolsillos y sacudía los hombros: —Me aburre la sopa —repetía—. De chica, me la hacían tragar: de arvejas, de sémola, de verduras, era un asco. Moure sacó un cigarrillo y lo golpeó muchas veces antes de encenderlo. "Papa comida", se felicitó. Estaban muy cerca de uno de esos montones de basura que habían quemado y que soltaban un calor denso, incómodo y un poco tembloroso; algunas personas salían de la fila, se acercaban, la cara y el pecho se les enrojecían y se quedaban un rato frotándose las manos como si estuvieran redondeando algo entre las palmas, un poco de harina o de barro. Después volvían a la fila y les susurraban a los que tenían al lado vayan, vayan; no les dicen nada. Moure la codeó a esa mujer y señaló: otro se despegaba de la fila con una carrerita parecida, casi avergonzado, casi alegre. —¿Fuma? —preguntó Moure. Ella miró a los costados, atentamente, después un poco a la mujer que seguía arrodillada y rezongando: —¿Aquí?... —y no sacó las manos de los bolsillos. Moure encendió el cigarrillo y largó unas bocanadas para que ella oliera: eso era bueno, caliente y llenaba la boca y el pecho. "Esto marcha solo", se alegró. Ella le miraba la mano, sin indiferencia y de vez en cuando le espiaba los labios y la nariz se le hinchaba como si le costara respirar o como si todavía le molestara ese olor que había creído era de goma quemada. —¿A usted le gustaba? —dijo de pronto. Moure se sobresaltó pero largó una lenta bocanada: —¿Quién? —La Señora... ¿Quién va a ser si no? Moure tomó el cigarrillo entre las dos manos, lo acható y arrancó una hebra con la misma cautela con que se hubiera cortado una cutícula; después levantó la vista y la miró a esa mujer: era joven, tendría unos veinticinco, no mucho más. "Si me la pierdo soy un...". Pero no se la iba a perder. Los de atrás empujaban, ésos no respetaban nada, no se dio por enterado y siguió mirándola: el cuello, ese pecho tan abierto, el vientre y la deseó bastante. Por fin dijo: —Era joven... —¿Usted cree que la podremos ver? —Y, no sé. Habrá que esperar. —Dicen que está muy linda. —¿Sí? —La embalsamaron. Por eso. Había quedado un espacio entre ellos dos y la mujer arrodillada. —Hay que correrse —dijo ella como si se tratara de algo inevitable. —Sí —advirtió Moure—. Sí. Y se quedaron mirando vagamente hacia adelante: la mujer de la pañoleta se puso de pie y estuvo un buen rato observándose y tocándose las rodillas, un chico empezó a llorar y una mujer deslizó una mancha blanca sobre su mano y ahí la sostuvo y de nuevo pasaron los soldados, ésta vez ofreciendo café, sin saltearse a nadie, desapasionadamente. Ella murmuró algo y Moure le escrutó la cara para ver qué quería. No. Me estaba acordando de algo. Nada más, dijo ella sin sacar las manos de los bolsillos; Moure advirtió que era de piel el sacón que tenía porque lo rozaba contra el dorso de la mano y pensó que le hubiera gustado acariciarlo con los dedos, con el pulgar sobre todo, pero no se animó. —¿Vio? —era ella que señalaba con el mentón desganadamente. Moure volvió la cabeza y vio a un hombre que orinaba al borde de la vereda y se sintió irritado, justamente irritado, porque ése podría haber ido a otro lugar o se hubiese aguantado o, en último caso, no se hubiera puesto en la fila, entre tantas

mujeres, porque esas cosas siempre pasan y uno debe saber lo que se puede aguantar. —Está mal, ¿no? —murmuró. Pero ella se había apoyado contra una vidriera y bostezaba, olvidada de sus pies y de ese hombre que orinaba, y lo hizo varias veces, porque no fue un solo bostezo prolongado sino una serie de tres o cuatro que la obligaron a fruncir la nariz y a secarse unas lágrimas con la punta del pañuelo. —¿Tiene sueño? Ella negó sin dejar de bostezar: —Hambre tengo. —¿Quiere... ? —Sí. Y fue ella misma quien lo tomó del brazo y la que dijo que subiera a un auto y fueran primero a cualquier lugar. Algo cerca, fue lo único que exigió y no perentoriamente, sino como si recordara algún requisito o alguna ventaja. Se arrinconó a su lado en el auto y contemplaba sin ningún asombro las piernas de los que iban en las plataformas de los tranvías iluminados, a uno que llevaba sandalias, a los que la miraban largamente sin atreverse a sonreírse pero con muchas ganas de hacerlo cada vez que el auto se detenía en cualquier bocacalle. Cuándo un marinero se inclinó un poco para verla mejor, ella golpeó con la mano en el vidrio. A ése lo espanté, suspiró. Y usaba un perfume de malva, un perfume de vieja o de casa con pisos de madera. ¿Y cuánto querés? Lo que vos quieras y el auto siguió corriendo. Moure se sintió agradecido, entusiasmado y le pasó el brazo sobre los hombros. Cerca, ¿no?, volvió a preguntar ella y Moure sacudió la cabeza. Esa cola, la gente que esperaba con tanta indiferencia, amontonados, pasivos, la calle en tinieblas, él había esperado demasiado. Era lento y lo sabía, pero tampoco se podía atropellar. Pero ya estaba. Y solo, esas cosas se hacen solas. Cuanto más se piensa, sale peor. Cuando el coche se detuvo por primera vez y Moure advirtió que el chofer esperaba una nueva orden mirando en el espejito, apenas dijo a otra. Pero cerca. Cuando ocurrió la segunda vez, eso de toparse con una puerta cerrada cuando alguien piensa exclusivamente, cálidamente en entrar de una vez y quedar a solas como dos chicos que se esconden dentro de un ropero para que el mundo de los adultos tan ordenado y con tanta gente que mira se desvanezca, Moure se empezó a irritar. No hay lugar —informaba el chofer—. ¿Los llevo a otro? Sí, sí. Pronto. Y anduvieron dando vueltas por unas suaves calles arboladas y ella empezó a reírse porque sentía las manos de Moure que le oprimían las piernas, pero no como para acariciarla, como si ella fuera ella, es decir, una mujer, sino como si su piel fuera un pañuelo o una baranda o la propia ropa de Moure, algo de lo que se aferraba para secarse o para no caerse. Por favor... por favor, repetía Moure y le estrujaba la carne. También estaba la mirada del chofer, que delante de esos portones cerrados soltaba el volante como para dar explicaciones porque él no tenía nada que ver con todo eso. ¿Los llevo a otro? Sí. Pronto... Pero, pronto por favor... Y toparon con otro portón, una gran tabla pintada de gris cerrada con un candado, y la risa de esa mujer aumentó mientras Moure pensaba que lo que a ella le correspondía era quedarse en silencio, tomarlo de la mano y tranquilizarlo o pasarle los dedos por las sienes para que se le desarrugara la frente, pero las mujeres se ponen nerviosas y no sirven para nada y por eso son mujeres. El coche había parado por cuarta vez o sexta y el chofer repetía ese mismo ademán de prescindencia. —¿Todo está cerrado? —gritó Moure. Los ojos del chofer apenas temblaron en ese espejito y ella se rió con una risa que le dobló la espalda. —¡No te rías más, mujer! —la sacudió Moure. Y ella sólo negó con la cabeza, sin hablar pero con más ganas de reírse, apretando los labios y no cubriéndose la boca con una mano. —¿No se puede ir a otra parte? —Moure se había tomado del respaldo del chofer. —Y, no sé... —¿Nada hay? —Más lejos... —¿Dónde?

—En la provincia. —¿Seguro? —No; seguro, no. —Estaba de Dios que tenía que pasar esto —cabeceó Moure. —Hay que aguantarse —el chofer permanecía rígido, conciliador—. Es por la señora. —¿Por la muerte de?... —necesitó Moure que le precisaran. —Sí, sí. —¡Es demasiado por la yegua esa! Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no, con un gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la puerta. —Ah, no... Eso sí que no —murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta—. Eso sí que no se lo permito.., — y se bajó.

Julio Cortázar
Julio Cortázar nació el 26 de Agosto de 1914 en Bruselas aunque su familia se trasladó muy pronto a Buenos Aires, donde llegó a los cuatro años. Hijo de padre argentino, agregado comercial en la Embajada Argentina en Bélgica, y madre francesa, cursó estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta. En 1932, obtiene el título de Maestro Normal. Tres años más tarde obtiene el título de Profesor Normal en Letras e ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue profesor de Lengua y Literatura francesa en varios institutos de la provincia de Buenos Aires. En 1938, bajo el seudónimo Jorge Denís, publicó su primer libro, Presencia. En 1944 obtuvo un puesto de profesor en la Universidad de Cuyo, donde participó en manifestaciones contra el peronismo. Cuando el general Juan Domingo Perón ganó las elecciones, abandonó el cargo universitario para no ser despedido y volvió a Buenos Aires, donde trabajó en la Cámara Argentina del Libro. Escribió algunas críticas que se publicaban en revistas como Huella o Canto. Desde fines de los años cuarenta hasta 1953, colaboraría en la revista Sur, fundada y dirigida por Victoria Ocampo en 1931. Su primer trabajo para dicha revista fue un artículo con motivo del fallecimiento de Antonin Artaud. En 1951 Cortázar decide emigrar a París. Un rasgo importante de su vida es que a raíz de un viaje que realizó a Cuba invitado por Fidel Castro se convirtió en gran defensor y divulgador de la causa revolucionaria cubana, como años más tarde haría con la Nicaragua sandinista. Su primer cuento, “La Casa Tomada”, fue publicado en 1946 por un periódico literario llamado Anales de Buenos Aires, por iniciativa de su director, Jorge Luis Borges. Una de sus primeras obras, Los reyes (1949), es un poema en prosa centrado en la leyenda del Minotauro. El tema del laberinto reaparece en Los premios (1960), una novela que gira alrededor del crucero que gana un grupo de jugadores en un sorteo. Rayuela (1963), implica al lector en un juego creativo en el que él mismo puede elegir el orden en que leerá los capítulos ordenados de un modo poco convencional. Entre sus restantes obras se encuentran numerosos relatos breves. Las armas secretas (1969), uno de cuyos relatos, “El perseguidor”, se ha convertido en un referente obligado en su obra. A diferencia de las restantes novelas, El libro de Manuel (1973) gira en torno a temas políticos y humanistas. Murió el 12 de febrero de 1984 en París a causa de leucemia. Ha sido uno de los autores argentinos más traducidos, considerado por parte de la crítica internacional como un paradigma de la literatura argentina moderna. A veinte años de su fallecimiento, el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires estableció al 2004 como “Año Julio Cortázar”.

Entre sus obras están: Presencia, poemas publicados bajo el seudónimo Julio Denis (Buenos Aires 1938); Los Reyes, poema dramático (Buenos Aires, 1949); Bestiario, cuentos (Buenos Aires,1951); Final del juego, cuentos (México, 1956); Las armas secretas, cuentos (Buenos Aires, 1959); Los premios, novela (Buenos Aires, 1960); Historias de cronopios y de famas, relatos cortos (Barcelona, 1962); Rayuela, novela (Buenos Aires, 1963); Cuentos (La Habana, 1964); Fantomás contra los vampiros multinacionales, historieta (México, 1965); Todos los fuegos el fuego, cuentos (Buenos Aires, 1966); El perseguidor y otros cuentos (Buenos Aires, 1967); 62 Modelo para armar, novela (Buenos Aires, 1968); Casa tomada. Traducción al diseño gráfico de Juan Fresán (Buenos Aires 1969); Relatos (Buenos Aires, 1969); La isla a mediodía y otros relatos (Barcelona, 1971); Pameos y meopas, poemas (Barcelona, 1971); Alguien que anda por ahí, cuentos (Madrid, 1977); Deshoras, cuentos (Madrid, 1982); Salvo el crepúsculo, poesía (México, 1984; Divertimento, novela (Buenos Aires, 1986); El Examen, novela (Buenos Aires, 1986); Adiós, Robinson y otras piezas breves (Madrid, 1995). RAYUELA - Capítulo 7 (fragmento) Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Vinicius de Moraes
Vinicius de Moraes (19 de octubre de 1913 - 9 de julio de 1980), cuyo nombre completo era Marcus Vinícius da Cruz de Melo Morais, nació y murió en Río de Janeiro, Brasil. Fue una figura capital en la música brasileña contemporánea. Como poeta escribió la letra de un gran número de canciones que se han convertido en clásicas. Como compositor dejó varias buenas canciones y como intérprete participó en muchos álbumes. También fue diplomático de Brasil. SONETO Esa mujer que se arroja fría y lúbrica en los brazos, y a sus senos. Me aprieta, me besa y balbucea

versos, rezos a Dios, votos obscenos. Esa mujer, flor de melancolía que ríe de mis pálidos recelos, la única entre todas a quien di caricias que jamás a otra daría. Esa mujer que a cada amor proclama la miseria y grandeza de quien ama y feliz de mis dientes guarda huella. ¡Un mundo, esa mujer! Es una yegua quizás, pero en el marco de una cama nunca mujer alguna fue tan bella. AUSENCIA Dejaré que muera en mí el deseo de amar tus ojos dulces, porque nada te podré dar sino la pena de verme eternamente exhausto. No obstante, tu presencia es algo como la luz y la vida. Siento que en mi gesto está tu gesto y en mi voz tu voz. No quiero tenerte porque en mi ser todo estará terminado. Sólo quiero que surjas en mí como la fe en los desesperados, para que yo pueda llevar una gota de rocío en esta tierra maldita que se quedó en mi carne como un estigma del pasado. Me quedaré... tu te irás, apoyarás tu rostro en otro rostro, tus dedos enlazarán otros dedos y te desplegarás en la madrugada, pero no sabrás que fui yo quien te logró, porque yo fui el amigo más íntimo de la noche, porque apoyé mi rostro en el rostro de la noche y escuché tus palabras amorosas, porque mis dedos enlazaron los dedos en la niebla suspendidos en el espacio y acerqué a mí la misteriosa esencia de tu abandono desordenado. Me quedaré solo como los veleros en los puertos silenciosos. Pero te poseeré más que nadie porque podré irme y todos los lamentos del mar, del viento, del cielo, de las aves, de las estrellas, serán tu voz presente, tu voz ausente, tu voz sosegada. MUJER AL SOL Una mujer al sol es todo mi deseo,

viene del mar, desnuda, con los brazos en cruz y la flor de los labios abierta para el beso y en la piel refulgente el polen de la luz. Una hermosa mujer, los senos en reposo y caliente de sol, nada más se precisa. El vientre terso, el pelo húmedo y una sonrisa en la flor de los labios, abierta para el gozo. Una mujer al sol sobre quien yo me arroje y a quien beba y me muerda y con quien me lamente, y que al someterse se enfurezca y solloce, e intente rechazarme, y que al sentirme ausente me busque nuevamente y se quede a dormir cuando yo, apaciguado, me disponga a partir.

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