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ESMERALDAS
(cuentos mundanos)

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EDITOR

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CLAUDIO QA.RCIA. SARANDÍ, 441
.

18 21

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Obras editadas por

'*La

Bolsa de los Libros'*

Asteig* y Marqnez Jubilaciones y Pensiones civiles 1 tomo $ 0.90 Apéndice 1918 a 1920 . » O.lü Poesías , con un estudio de Almafnerte (Pedro B. Palacios)» » 0.35 de Alberto Lasplaces . «Nuevas Poesías» y «Evangélica8>, con ün estudio do > Alfredo L. Palacios » 0.40 » «El Niño>, conferencia sobr^e enseñanza un folleto . > 0.10 «Lamentaciones», con un estudio de Más y Pí, 1 tomo » 0.35 > Acosta y Lara (Pederico E.) bisecciones de Derecho Constitu.

.

.
.

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e

>

Comentario

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» 1.00

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.

.

.

.

— ——

...» ...» ...»
. .

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2.00 0.50 0.50 » 0.60 » 0.40 0.10 » 0.10

......

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la,

Darlo

— tomo. Bubén— «Prosas
1
.

0.70

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4.00
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7.50 9.00

— —

ESMERALDAS

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(cuentos mundanos)

CLAUDIO garcía SARANDÍ, 441
1821

EDITOR

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/

LOS AZAHARES DE JUANITA
L;
,N
"í.

azahares con que se coen tren de matrimonio, y sentir una carcajada cosquillearme en la gar-

Mirar

los blancos

ronan

las novias

ganta, es todo uno.
:

Y

esto

me

sucede, no porque sea

un

coto-

'

rrón canalla y desereido, sino porque me acuerdo de Juanita la hija de nuestra veci-

~

r

c

na doña Antonia, que Juan Alberto.
¡

se

casó con

mi
vi

tío

Qué impresión

sentí

cuando

la

coro-

ti

nada de blancas
de la

emblema pureza, a aquella picara y graciosa muflores de naranjo,
tantí^

IV

chacha con quien había trincado
jardín de mi casa!

en

el

Vino a mi mente,

con toda claridad,
incubador de
los

la

tarde aquella en que por vez primera nos di-

mos un

beso,

que fué

el

miJas

llones en

germen que Juanita escondía en

extremidades de su boquita rosa 5 a.

!

!

!

—6—
*
*

Según costumbre, Juanita y yo
chachos de 13 años

dos mual jar-

habíamos ido

dín en busca de violetas, duraiitti una templada tarde de Agosto.
Allí,

sentados a la sombra de los grandes

árboles, escudriñábamos entre las h )jas verdes,

buscando

las

pequeñas tlores fragantes.

Examinábamos la misma niara y de repente nuestras manos se encontraron sobre el tallo de una gran violeta nacida al reparo de una piedra, que yo me apresuré a cortar. Qué linda... dijo ePa, dámela! No es para mi ramo

!

.

.

.

Dámela,

un tono
ra.
. .

tal,

que

me repitió, perj ei^ta me obligó a mirarla

vez con
a la ca-

¡

no seas malo
experimentar algo
rae la das

Y

sus ojos negros fijándose en los míos

liicieron

me de que aún no me
volvió a pregun-

doy cuenta.


ella,

á

No

?

.

.

.

tarme.

Y como

yo

al mirarla
sufs

me

sonriera, se rió

mostrándome
Malo

pequeños

dientes

blancos, mientras exclamaba con

un

tono de

reproche

.

.

.

¡

^Y si te la doy,

¿qué me das a mí?

le

pregunté mirándola fijamente.

!

.

!

!

!

r-Dámela
arrebatarme

volvió

a

deeirnio,

queriendo
sin respon-

la codiciada flor

y

der a mi pregunta.

—Bueno qué me das — Si no tengo nada que darte Y puso encendida — Dame un beso Quieres — Gran cosa ¿Y me das
?
. .

.

¿

,

¡

se

¡

!

.

.

.

¿

?

¡

! .

.

.

la

violeta

esa?

— ¡Sí
doy
^

...

!

¡

no

! .

.

.

¡

Dame
.

dos besos y te la

—No
¡

...

no quiero
. . .

.

.

¡

nos van a ver
sin saber como,

— No
!

nos ven

nos vamos allá ... a la

glorieta

Y

me acuerdo que

me

encontré teniendo una de sus manecitas

lindas, entre las mías.

—No no — Vamos
...
¡

.

.

... te la

Y

al

decirle esto la

doy tomé por
le

la

cintura

para hacerla levantarse.
Se puso de pié y como yo pho cosquillas, se reía.
Riéndose
hubiera he-

me

siguió.

*

*

«

el

Nos sentamos en un banco perdido entre follaje, uno al lado del otro.

!

!

!

—Bueno
me
dijo.
-»-¡

.

.

.

dame
! .

la

violeta primero,

Qué esperanza
...
.

.

.

Primero

los besos...

—No, no me vas a hacer trampa. —Bueno dos a un tiempo entonces —¡Oh! ¿Y cómo? — tomas violeta del tronquito y
,
. ¡

los

^Vos

la

cuando me des los besos, la largo. Así lo hicimos, pero yo recibí los besos y no largué el tronquito.

— Tramposo
¡

Y

se dejó caer a

mi lado haciéndose

la

que
te

lloraba.

— Si
i

me
!

los

has dado.

jYo

fui el que

los di ...

— Pues
todo
. .
.

no

! .

.

.

Es

lo

mismo después de
rededor de su talle

Y

yo pasé mi brazo

al

aún no bien formado, yendo a poner mi mano sobre su corazoncito que sentí latía tan ligero como el mío, sintiendo a la vez otra
cosa que

me
! . . .

deleitó tocar.

—Bah
jame!

mano

larga

! .

.

.

me

dijo

riéndose porque le hacía cosquillas ...

— déatrás

y

Como yo

continuara se echó para

descubriendo su cuello terso y se rió con toda franqueza, entrecerrando sus ojos negros.

Yo me

levanté sin retirar

mi mano de

so-

.

>

N

!

\

"'

"'»,

,

,.:]

m
bre su corazoncito que seguía latiendo apresurado y estirándome hasta alcanzar su boea entreabierta traté de juntar con los míos sus
labios rojos

y húmedos.

Sentí que
llo

me pasaba la mano por el cuey reteniendo su cabeza junto a la mía, me
lo hacía.

besaba sin contar cuantas veces

que pasó por nosotros, sólo recuerdo que cuando adquirimos conciencia de nuestra situación, nos hallábamos fuera del
se lo

No

banco, envueltos entre las madreselvas de la
glorieta,

que nos embriagaban con la fraganflores.

cia

de las

Y

olvidamos

la

gran violeta crecida

al re-

^i?.

paro de la piedra, pero no la escena de
glorieta.

la

-'jt

Todas

las tardes

íbamos a

ella

con pretex-

,

?

to de hacer nuestros

ramos y

la

abandoná^^
'

bamos tras largo rato, llevando como las habíamos traído. Después, hombre yo y mujer
el

las flores tal

'%

ella,

muchas
con

'

'

veces nos hallamos en la glorieta querida

mismo pretexto que cuando niños!
*

''

'

'"-''

"

"'

'''^'
'l'i'^í;'^.'

*.,'?^

''iV


Aíién la

10

;

El destino nos separó y volví a verla renoche de su casamiento con mi tío .Juan Alberto, coronada de blancos azahares. Al verlos, recordé la glorieta verde del Jardín de mi casa y por eso me impresioné tanto; por eso exclamé lo que siempre repito cuando veo una no^da con su corona
l)lanca.

— Ah
¡

...

los azaJiares

I .

,

.

representan la

pureza.

:, ...¿^v:?

.:,»;-

.

,-r.;

,^^«5: j..^,?-.
•^/'f::0¡^!^i.:-iy;:

!

!

.'-.(.

EL RAMITO DE NARDOS
Tres meses hacía que Eosita, una íntima de mi mujer, y yo, sosteníamos unas relaciones algo más que amistosas, a escondidas ella

de su consorte y yo de la mía. Una tarde fui a su casa, y como
frío,

hiciera
ca-

encontréla extendida en

un

sillón,

lentando en la estufa sus piecitos mononos

y

coquetamente calzados.

— Qué milagro
¡

Al verme entrar exclamó:
! . .

-

¡

Tres días que no* pi-

sas por acá!

— He estado sumamente ocupado — (Arreglando su vestido y bajando
i

la ins-

ta)

¿.Si?...

Pues me habían dicho que
la conquista

estaB...

bas entregado a
la mujer de.
.

de Josefina

— (Con tono seco)
yo

¡

Son habladurías
¿Habladurías?... Pues teatro la otra noche, mi-

te he visto en el rándola con la boca abierta!

ñ-'?i'

:V''
liÉliilHÉiliiií

'^i'- '^^i vv;> ^^^'i^' vuj'íívvsi^

.

-^

íS:^5^vs7

-

— 12 —
— Bah
¡ ! .
. .

''

y'-

i

tenemos celos ; mi negrita ?

¿Celos?... Las mujeres como yo {arreglándose el pleguülo) no conocen eso...

*

{Haciendo un gestito). Cuando nos ofenden tomamos nuestras medidag en medio de una sonrisa y., nos vengamos alegremente... ¡cómo se nos engaña!

Y

al

decirme esto

me miró

de

un modo

tal

y me

hizo

un

pucherito tan salado

con su

pequeña boquita rosada, que no pude menos que acercar mi silla a su sillón y tomarle una mano, una de sus manos blancas y gorditas.

¿

Pero mi Rosita

.

.

.

cómo puedes imagi-

narte que yo voy a jugar tu cariño contra el

un instante? ¿Como crees que puedo desterrarme voluntariamente del paraíso en que vivo? Palabras y nada más que palabras No me pruebas que no quieras tener dos paraísos, o mejor dicho mudarte a otro! ¡Pero no seas mala! {pasando mi brazo
capricho de

¡

! .

.

al rededor

de su

mi)
to

¿A

ver?... mírame!...

repites esas

y atrayéndola hacia ¿a que no me Te apuespalabras crueles ?
talle
. .

.

un

beso

.

.

.

!

!

!

.

!

no. déjame. Eres un falso Pero déjate estar yo te he de hacer corregir con tu misma mujer!
¡
. .

— No.

.

.

.

.

:

Bueno... haga lo que mi negrita!... ¿Dame un besito ¿quieres?... uno sólo? Oh bah ¿ te has enloquecido ? Dame un besito ¿ Sí ?
quiera

— (Riéridome) —
i , . .

.

— — —¡No! — ¿Sí?
I

!

!

ella,

{y diciendo esto me incliné hacia haciendo resonar la estancia con un so-

— Pues no ¿Lo quieres mi regalárselos a tu Josefina R no — ¡No seas mala! (besándola en repetidas veces)... ¡No seas mala! — (Riéndose). — ¡Eres un gran
¡

noro y prolongado beso). Qué lindos nardos esos que tienes en el pecho » Dámelos
! , . ! .
. ! . .
.

hijito

para

.

.

.

es

verdad ?

los labios

pillo...

un zalamero Bueno
¡

— — (Haciendo
! . .

.

¿

Me

das los nardos ?
sacar-

un movimiento para
puedo negar nada!

los). ¡Si

— (Apresurado).
E

no

te

¡No, no, espera!...

¡Yo

los

voy a sacar con mi boca
inclinándome sobre su pecho y mirando

su cuello alabastrino y terso como un raso, saqué de su seno el ramo de nardos blancos

y fragantes que

se

expandía

al calor

de los

encantos de Rosita.

.

';'>K,-'

'

.::Jx^^f.

——

.

J.4

.

!

!

f

en las manos prueba de condescendencia con la íntima de mi mujer y fui a sentarme al lado de ésta en el diván del comedor.
aquella
está mi mujercita esta tarde — Qué —¡Y mi esposo qué galante y que florido — son unos nardos. — Muv bonitos — Que compré de —¿A verlos? (Y tomando ramo exa^
i

Llegué a mi casa llevando

bella

í

Sí.

.

.

.

i

!

.

.

al salir

la oficina.
el

lo

minó con todo , cuidado)
te

..

.

¿Ix)

compras-

no?

—¿Te — No — Pero
I
. i

g:usta?
.
.

te

pregunto

si

lo

! .

compraste
.

te

he dicho que

.

Lo compré

al salir

de la oficina con
!

el

objeto de obse-

quiarte
i

— Mientes
sesperada)

!

.

.

.

Infame
se

.

.

.

Desleal

(Y mi mujercita

me

echó a llorar de'

—Pero ¿qué tienes? — Ah Bien me sospechaba yo Esa loca de Rosita — ¿qué tienes? —¡Calla, infame! ¿Con que has comprado
¡ ! ¡

lo

f

...

^Pero

esos nardos

no? (Sollozando). ¡Estos nardos que yo misma le puse en el pecho a Rosita,

-ií'í'iiññ.

\

.'*.

.

!

mf^-^'-r^-

w'-'-^mm'^M
! . . .

hoy cuando vino Yo voy a ver s mamá...Dios mío quién había de decirme que
¡ ! .
,

.

¡

a los
¡

seis

meses de casada
! . .

! .

.

— Por Dios
1

!'
.

mi mujercita.
los até

.

.

escucha

Todos

los

nardos son iguales con este
hilo' ver-^

— Estos yo misma
de y
los
.

puse

en

el

pechí)

de esa

loca.

.

.-

Ah

! .

.

Yo voy

a ver a mí

líiadre.

*

*

Me
el

costó trabajo colosal disuadir a

ná mu--

jercita de la idea de contarle

a mi suegra

suceso fatal

y doble más probable que en

adelante sería la imagen de la fidelidad con-

yugal y un acérrimo enemigo de su íntima,

como

ella lo sería.

En
"

cuanto a Rosita, caída vez que la en-

cuentro
carezcos

me mira con
y
se sonríe

sus ojos negros y pi-

de tal manera, que yo^ leo de corrido su intención de decirme!

—¿Quieres
los

los

nardos mí

hijito,

quieresf^

nardos?

*

/

ri^ií'yÉííMiKiKt^v*;';^

^x;:,:

.

^

ív.

LAS FLORES DE SAÚCO
No me rubonzo
al confesar

que mi amor

primero, lo engendró una mujer que por sus

años podía ser mi madre que salí de él tan mal parado, que recién hoy, tras largos años,

me

atrevo a recordarlo.

*

*

Doce años tenía yo cuando fué a pasar *eou una temporada a nuestra quinta, aquella preciosa amiga de mi madre que se llamaba Adela y era viuda reciente de un ganosotros
llardo coronel.

Su

fisonomía ha quedado fijada en mi meel

moria y
lx)rrarla.

tiempo ha sido

impotente para

Aún me
nada por

parece ver su cara morena coroel cabello

crespo

y negro; su boca

que dejaban ver blancos y chiquitos que daban a unos dientes
roja, de labios carnudos,

:f:-Ky^^^^^^pitjr^:-k:':';í^^^

-

!

!

— 18 —
SU rostro una expresión infantil;
sus ojoy-

pardos, velados por largas pestañas y que brillaban de ün modo tan particular; los ho-

su jQariexpresión zafada y luego aquel lunar pequeño que tenía entre la comisura,
;

yuelos de sus mejillas cuando reía

cita ñata

y de

izquierda de su labio inferior

y

la barba.

Ese lunar fué
ciada.

el

que

sólo él fué el autor de

me enloqueció; él y mi aventura desgra-

La

tarde que llegó a la quinta llamóme
ella le dijo,

mf

madre y enseñándome a
vía a mirarla

mienatre-

tras yo colorado hasta las orejas no

me

y disimulaba mi bochorno manteniéndome tieso como una estaca. Ese es Francisco ... el mayor Un bonito muchacho... ¡Vén, dame un

— —

¡

beso

Me

aproximé a
diera

ella

y confuso

le

retribuí

en los labios, el que me y sentí que me dejaba un gusto tan encantador como grande fué el aumento de mi tural recibirlo

jbación.

Aquella frase «un bonito muchacho» me cantaba en el oído con tanta dulzura cuanto que estaba habituado a ser objeto de pullas'

por

pii deliciosa fealdad.

!

....

>-.,.

"*

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-

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(1.'

-•

«
*
*

-..-

'.

la

Repuesto de mi primera impresión, miréa la cara y desde ese momento cesó el re-

\^-¿

voloteo de

mi pensamiento de niño, fijándose en una aspiración a algo que horas más tarde mi precocidad me hizo adivinar lo que
Aquel bonito lunar de
la

€ra.

barba

me

atraía,

me

hacía estirar imaginativamente hasta él

los labios

y

besarlo frenéticamente.
el resto

En
el

todo

del día sentí en
el

mi boca
todas
,-."-

buen gusto dejado por

beso de la viuda

reciente del gallardo Coronel,

y en

partes veía

un

detalle de su cara graciosa.

Ocui)ó

el

cuarto vecino al mío y a través
cla-

de

la

puerta medianera que se hallaba

vada, yo sentí en la noche como dormía; oí
la respiración, el ruido

jía bajo su peso

de su cama que crucada vez que se movía y,

más de una

vez;

mi imaginación, me hizo

creer que sentía entre mis labios aquel lunar

enloquecedor, mientras mis manos corretea-

CTiaves
I

ban sobre carnes duras como como la seda.

el

mármol y
'^
'

f
-

Qué noche mártir la que pasé La imaginación no fué dominadla
minuto.

.

ni

un
,

En

esos

momentos de

fiebre,

forjé.

-•
5

— 20—

;;:

el plan de agujerear la puerta para ver a que me robaba mis pensamientos, hasta momento en que apagara la luz.

la
el

*

*

Al otro día realicé mi idea de la noche y nunca esperé con tanta impaciencia la hora de dormir como entonces! Llegada ésta, me instalé al lado de la puerta con mis ojos, fijos en los agujeros

y

co-

mencé a observar a la amiga de mi madre como se aprestaba a acostarse, enardecién-

dome

la

sangre cada detalle.

Soltó la cabellera negra, quitóse el vestido, luego dejó caer sus

enaguas y para des-

prenderse
tocador.

el corset,

fuese ante el espejo del

A

cada uno de sus movimientos, oleadas de

sangre subían a mi cabeza y cuando vi que soltaba los tesoros de su seno, que temblaban

de la camisa cada vez que se inclinaba, tuve que cerrar los ojos temeroso
bajo
la fina tela

de que se saltaran de las órbitas.

Después

la vi trepar al lecho

que

al crujir

me

parecía que reía de placer al ser oprimi-

do por aquel euerix) encantador y en toda la noche no pegué los ojos pensando en mi

21
vecina y recordando detalle por detalle, que habia visto a través de la puerta.
lo
.

*
* *

-

En

la

mañana

confié a. Santiago, el viejo

cochero de la casa

un compadre que

siem-

pre se complacía en hacerme malas pasadas la pasión que me agitaba.

Habiendo oído decir que había remedio para hacerme querer pedíle alguno y él riéndose

me

dijo:
. .

—Vea.
te.
. .

búsquese unas flores de saúco y

échelas en la caldera de que ella

toma ma-

Lo va a buscar después.

¡el

saúco es

va a ver!... milagrosísimo para el amor!
.
.

«
* *

Y yo

inocente, seguí el consejo.
ella

A la

tarde,

después que
la familjg^,

había tomado mate con toda
infusión

cebado con la

por

preparada a escondidas de la sirvienta y de la cocinera, la observaba buscando en sus ojos una chispa de amor. Y como no lo viera,
preparé para
dosis.
el

mate de

la

noche una nueva

Acostóse, previa

una nueva inspección mía

.

'

v':-vi

•^''-'v

— 22 —

'

'

';

'


y

'

/

a través de los agujeros de la puerta
tila

sen-

inquieta en su cama. Varias veces vi que se bajaba y abría la puerta que daba al patio.

— Oh
¡

!

i

Ella

me ha

de buscar
.

! .

.

.

— me

decía temblando de gozo

.

Ella

me ha

de buscar.

Y
en

confiaba en los efectos del saúco sin no-

tar que
fin,

mi padre mis

tíos,

mi madre, todos
de
sus

habían abierto las puertas

cuartos a altas horas de la noche.

*

*
día
siguiente

,

¡

Qué revolución

al

en la

casa!

Todos los habitantes mayores de edad andaban enfermos del estómago y yo, sin notarlo,

continuaba a

la

espectativa del primer

llamado que

me

hiciera

mi adorada. mi

Como

el

hecho no se produjera, al medio

día entré a la cocina a echar en la %ldera

yerba milagrosa.

Al

ir

a hacerlo, fui sorprendido por la co-

cinera que inmediatamente fué a avisárselo

a mi madre.

—Señora,
las calderas.
I

el
.

niño Francisco echa saúco en
¡

.

yo

lo

he visto con estos ojos

.

,

,

-.(•.«,-.Si*fc:i.ii«i

.

^-

í^ ^ÍSW'Vj!/

í!V-

m'f!;V
'

---'

*'.

.",:

,

i

^ue

comerá la tierra! ¡Con razón todos andamos de purga!
se

\

*
al

*
escritorio

Y
vero
le

fui llevado

de mi

padre

donde

éste se encerró conmigo.

Con

gesto se-

me comenzó

a interrogar, e intimidado

confesé el móvil de

mi

acción.

Túvome encerrado unas dos horas y cuando de

me

puso en libertad todos los habitantes

la casa

me miraban y
ella, la

se reían a

mandí-

bula batiente.

En
rizarse

cuanto a

Diosa de mis pensa-

\

\
\

\

pudo menos que ruboy luego, como todos los demás, estallar en una carcajada y exclamar al ver a mi madre que atravesaba el patio. Ahí tienes tu hijo, el ^Magdalena enamorado del purgante.
mientos, al verme no

! .

.

.

",

Y las lágrimas se
\

Cosechaba

me saltaron de los mi primer desengaño.

ojos.

í^^
"'-éW'|X'/V;íj j
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i.

.ry,

.-»il...i¿- J, 'i' :^¡r^r. -^

S

r. '^íi*--:'

ACUSÓME PADRE
Era
ella

una mujer de

la vida alegre, co-

mo

se decía antiguamente, a

como
moda.

se dice

una horizontal, hoy en que afrancesarse es la
para
lla-

Inteligente, instruida lo bastante

mar

la atención,

y narradora

admirable., se

podían pasar momentos ^u compañía.

agradabilísimos

en

Yo

cultivaba su amistad

ciertas reservas,

aún cuando con dada mi posición social.

En
los

mis frecuentes conversaciones con ella
clero,

había notado su gran animadversión hacia
y, una noche en mayor intimidad tomábamos una

miembros del como los llamaba,

hacia los pollerudos
que, en la
botella de

cerveza en su modesto comedor, le averigüé
las causas.

—Vea, me
de
da.
ellos le
. .

dijo, los aborrezco
el

porque a uno.

debo

no ser una mujer honra-

o mejor dicho, ser lo que soy!

¡iife:';;;

-i-^J^feijSscfeiíí

( S-K.

'

•-.;•

^ -.-'/y..
.

/

'— 27

;

-:..,,
con que me conmigo cierta

.mozo

y que dada
llegado

la frecuencia

veía había
-confianza.

a tener

}

%^

Con motivo de mi primera comunión me
atestiguó su afecto, regalándome varias es.

tampitas iluminadas y un libro de misa no de viñetas y con los cantos dorados.
Esos' obsequios

lle-

como

lo

comprenderá,

lo

^l"

•elevaron a grande altura en

mi consideraimpri-

ción de niña y estrecharon los vínculos de la
especie de amistad

que nos ligaba,

miéndole un
carecía.

sello

de intimidad de que antes

Como prueba de
por no oirme en
la sacristía,
el

amistosa distinción acabó
confesionario; lo hacía en

y en darme un beso en

la Secretaría

y

llegó hasta

la frente varias veces, des-

pués de terminada

la confesión.

Un

día de tantos llevóme a la Secretaría

y

'

el gran sillón forrado de seda punzó que había frente al escritorio, llamóme a su lado y levantándome en alto cuando yo menos lo pensaba, me colocó en sus faldas.

sentándose en

ift"

Este proceder
el

me

llenó de turbación, pero

respeto que le profesaba no dejó triunfar

'Cn

la idea

lado y buscar

un

que tuve de separarme de su asiento más propio y don-

de me

hallara con

más

tranquilidad.

:

.

Me
ligero.

acuerda que

me

latía el

corazón

muy

Después de arreglarme
puestas por
i*s

las

ropas descom-

el

esfuerzo hecho para alzarme,
dijo al

recuerdo que

me

mismo tiempo que

me daba un
impedirlo

beso en la boca sin que pudiera

vieras la sorpresa que te preparó próximo domingo Te voy a hacer regalo precioso, a tí que eres la niña más un
¡

— Si
él

para

! .

.

.

buena, más piadosa y más linda de la parroquia ... ¿A qué no adivinas lo que voy a
regalarte ?

— No
¡

Y

su voz temblaba

un

poco.

padre
mis

! .

.

.

le

contesté toda rubori-

zada porque sentí su mano izquierda apoyarse sobre
rodillas,

descuido, mientras

que con

dulcemente y como al la derecha me
piensa

retenía en sus faldas.

— Bueno
i

! .

.

.

¡

Adivina

!

.

.

.

en lo
i)e-

que más

te guste ...

Y

volvió a besarme,

ro esta vez en el cuello.

Permanecí muda, me preocupaba aquella mano izquierda que me acariciaba cada vez con más franqueza y que se había ocultado
a mis ojos. ¡Pues

te

voy a regalar un bonito

relica! .
.

T

rio de oro con una reliquia milagrosísima apretándome al mismo tiempo contra

sí.

_.:'-./. í:>,.-V.*á'?-"iJV_-¿íl:;'i

2í>t«Js'iÍÉl'£i.i>'oí'j,.;

:

"""'-:'^-'

'

'^^:'}'f:\

'

i_ 29

;:.;
,

;;:

%....

--.

:/
._

me dio un beso en la oreja que mientras que aquella mano qiie
paba, avanzaba ..
.

avanzaba...

me mareó, me preocuy me hacía

deliciosas cosquillas.

Mi pudor revelándose súbitamente, pudo más que el placer que me causaba la promesa de

mi confesor y sus
a
risa.

cosquillas

que

Diovían

Repuesta

del

aturdimiento
oreja
sus faldas

que
de

me produjo su beso en la vergüenza, me dejé caer de
¿

y roja y

quise alejarme.


ta

Qué

tienes

?

.

.

.

mo

preguntó con un

que algo me tranquilizó, reteniéndome no obstante por la cintura, vuelaire de inocencia

mi cara hacia
eh?.
..

él.

.

.

¿No

te gusta

mi

re-

galo...

Y
llas

nuevamente comenzó a hacerme cosquiaun cuando esta vez con ambas manos.
eché a reir.
se rió
él

Yo me
dome.

También

y continuó
si

acaricián-

Luego me pregunto
taban, en

sus caricias

me

gus-

un momento en que me puse más encendida que nunca, y me dio un prolonlos labios

gado beso en

devolví, sin saber ni lo que hacía

que yo recuerdo que y sin poder
fal-

hablar una palabra.

Después volvió a colocarme sobre sus

das sin que opusiera la menor resistencia

'

}.

juna

emoción

desconocida

paralizaba

mis^

%

miembros.

Mis manos temblaban, y mi corazón lo sentía latir como nunca ¡la sangre me comenzó»
a subir a la cabeza y noté que mis mejillas ardían y mi boca se secaba al calor de aquel
fuego de que era presa.
Lejos de hacerme experimentar cosquillas'
las

caricias de mi confesor, me producíanuna sensación voluptuosa que apesar de mi

turbación

me

deleitaba.

viéndole

Largo rato estuvo besándome y yo devolsus besos; sus manos temblaban-^ tantos como las mías.

De

reprente mi boca se unió a la suya ar-

dientemente y casi a mi pesar; algo como» una nube pasó sobre mí y creo que me des--

mayé.
Solo sé que perdí la noción de mi propio
ser y"

que en ese momento di besos como

ja--

más

los

he dado,

*
» *
decirle

Me

parece

innecesario

que desde-

esa tat-de
cretaVía,

me
con

confesé todos los días en la Se-la

puerta cerrada.

A

los seis

meses

de

confesión
esta ciudad

continuar

abandoné furtivamente

acompa--

.*-

¿

-

'.

•;>,.,

...í.-'f.

;

-

V

:.

31
""''."•'i.

nada de mi confesor y me dirijí al Brasil der donde pasé a Europa. Regresé a los nueve años y ya no encontré'-^ familia en Buenos Aires; mis pobres viejoshabían fallecido! ^Y él, le pregunté, ¿qué se hizo? Me abandonó en Marsella... los curashí» pan para hoy yr son como todos ustedes

— —

.

.

.

hambre para mañana!

/

J¡^<JI<Z *

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v-i-rí^iV

,.':T;.-' .j-'í,

—v~_j-!

?

.1!.

-

-I

BAJO EL ALERCE
^^

Aun cuando ya
rostro con

tenga mi medio siglo
facilidad

altura a que no se muestran los colores en el

mucha

me

ruborizo

cada vez que

me

encuentro con la señora viu-

da de López: no me abochorna confesar esta
debilidad, hija de

un recuerdo de mi niñez. Es uno de esos recuerdos penosos que tiene uno y que no son para borrarlos ni por el

tiempo ni por la reflexión. Para que se vea que no es nada malo, voy a referir mi incidente y juro por las canillas

.'#

de mi abuelo que no

se

me podrá

acusar de
^^.%^

corruptor de las costumbres y que mi cuento lo puede leer cualquier niña soltera, aunque

tenga más de treinta primaveras confesadas
sin haber oído repiquetear en su oído esas declaraciones

formales,
el

nuestras mujeres como es
nuestros soldados.

una de que son para a formar para

!

! .

«.•ÍA^S**!/,

'''

'

" ''

"

-

-íl-'

."S

se remonta a años. ¡Figúrese que es nada menos qué de la época en que yo todavía fumaba a escondidas de mis padres y tuteaba a los criados
.

El incidente

para darme importancia!

La
que

señora de López no era entonces lo

es hoy,

una

criolla

gorda

— ¿por qué no
muy
señora,

decir la verdad aunque se peque de poco ga-

lante?
vestida

— de gran papada,

seria,

k.

con ropas lujosas y hediendo a perfumes penetrantes. ¡No señor! Era una morochita de 16 años, dueña de

un lunar
estos

sobre la boca que atraía los ojos,

si

no estaban ya como clavados en unas

mejillas rosadas que tenían no sé qué diablo

de encanto que ahora
cante, pero

me

atrevo a llamar picalificaba.
ele-

que entonces no

Y

luego que aire tan distinguido, tan
el

gante

suyo — ¡y qué manera
.

de reir tan
los

picarezca

.

.

tan calavera

¡Soy viejo pero todavía se me paran pelos de punta cuando me acuerdo

«
* *

.

,

i

->—..;•*.;'' -<*-

;.i£./*. ;-

,

yo tampoco era lo que soy ahora: este reumatismo que a veces me pone de mal humor no sabía que existiera; la calva que me
deja enfriar los sesos no era aún ni proyecto y lo que es estas mis barbas canas no alcanzaban aún ni a la modesta forma de pe;

Y

lusa.

Figúrense que solamente tenía doce años

y ya pueden verme como a uno de tantos de la misma edad: largurucho, medio pálido, con una voz entre falsete y contrabajo y con más viento en la cabeza que un globito de goma.
el

que encierra

Porque eso sí, para enriscado ahí estaba yo. Las muchachas de la familia decían siempre,

que era

lo

más metido.

Esta, hoy señora de López, que entonces

era solamente Ernestina,

visitaba con

fre-

cuencia a sus hermanas y a

mí me cautivaba

con sus monerías.
Ella como toda las muchachas

porque

así son todas; por tener un mozo aunque sea de palo, como los caballos que suelen desear
los bebés, se

mueren

— alentaba mi simpatía.
un hombre hecho y deflores y no me llamaba

Me
recho;

trataba como a

me

regalaba

'4^^-.

'"^^-•^

-n-..

-.,

.

,

:

--

.—:..-._ 1,,^^^

í:'"
.

~

/

— 36 —
me

;

>:-

-.-

---

Maximito como todas
milia sino que
isonar con la

las relaciones de la fallamaba Máximo haciendo

x entre sus dientitos adorados. Esto me enloquecía; no me dejaba comer y me metía tales ideas de elegancia en la
cabeza que

me

obligaban a querer

mudarme

camisa todos
lletes

los días,

a andar con los panta-

lones sin rodilleras, a enojarme con los pi-

que en la
en
fin,

calle

me

trataban como a su

igual;
pleto.

me

transtornaban por com-

*

Una

tarde,

no sé

si

a propósito o por cael

sualidad nos haUamoB solos en
chalet verde

jardín,

sentados en la pileta de las violetas, bajo el

formado por

el viejo alerce ro-

deado de trepadoras. Afuera había un sol ardiente como una llama amorosa de esas que al freir un alma adolescente, la hacen proferir en poesías y
versos de todo calibre.

Ella

me

pidió que le alcanzara

un jazmín

que crecía a corta distancia y
selo.

yo fui a traér-

Cuando
desmayé

regresaba, miré al suelo

al ver

mi sombra en

él,

y casi me marchando

ant€ mí con las piernas
na, con gran sombrero.

muy

cortas, barrigo-

W>-'-Í¡<Ír

OÍ-„-

.-

:^'S^' '''
.

:

,^^^':í,::,:

— 37 _

!

.

—i Sí

será así!., pensé.

Y
me

por poco

me

echo a llorar de desespe-

ración imaginando que siendo

un

sátiro

no

querría mi dulcinea.
ese

En

momento, recuerdo que maldije a

mi padre, a mi madre, a mi abuela, a mi abuelo y a todos los que habían colaborado en mi humildísima persona. Ernestina comprendió mi dolor probablemente, pues cuando
le

alcancé el jazmín

me tomó
ciéndome

la cabeza entre sus

manos blancas

y diminutas y me

dio

un

beso en la boca, di-

—Mi

hijito

.

.

.

¡

tan rico

Los oídos me zumbaron no podía creer que un Cacaseno como yo mereciera semejante
distinción.

Se

me

saltaron las lágrimas
el

y

oculté

mi

cabeza en

seno de Ernestina, que rodeó
brazos.

mi cuerpo con sus

»

*
hecho es que
los veri.

Yo no

como

fué, pero el
se

mi boca curiosa

aventuró entre

cultos de su pechera

y que yo

encontré.

No

quiero ni acordarme de lo que encontré
es

porque

vergonzoso que

un hombre a mis

años, sienta todavía lo que siento.

•i.^'X'j^'Z^^^^^^i.i**^^!:^^^'^

i

^^^^i:::3^Z)í^jrlA^-^^^^íS^¡^^^^

.

El

hecho

es

que

Ernestina

sumamente
su
ter-

sensible

me apretaba más y más y
lloro

nura provocaba mi
dancia.

con mayor abun-

Lloraba de dicha
lo

.

.

.

que

se le ocurre a

^- Vea Ud. llorar un muchacho no se
!

.

.

le

ocurre a nadie.
Ella fastidiada probablemente por mi pasión tan triste
ce Heine,

que hay hombres como dique tienen triste la alegría y ale-

gre la tristeza

se apartó

de repente de

mi

lado mal humorada,

y mirándome con ojos enojados me aplastó con un «mira que sos

sonso» que

me

dejó helado.

*

*

tía

Desde entonces no alentó más mi simpaErnestina, la amiga de mis hermanas,

hoy señora de López, y desde entonces también yo me ruborizo cada vez que la encuentro en mi camino.

-

r

EL HIGO PINTÓN
Me
había llamado siempre la atención el

rubor que cubría

las mejillas de mi prima Aurora y de mi hermano Rafael, cada vez que delante de ellos se hablaba de higos o

de higueras.
Sin embargo, jamás hubiera atinado con
la causa

de tal hecho

si

una indiscreción de
historia siguiente,
misterio,

la cartera

no hubiese sido por de mi herma-

no, en cuyas hojas encontré, años hacen, la

que me dio la clave del que hoy que ambos han bajado y al seno de la tierra, agobiados por el peso de los años, no me quiero privar del placer de hacerla conocer por mis lectores.

-'

-

''^

Criados juntos, Aurora

y

yo,

gozábamos

de amplia libertad en nuestra casa y en lá de ella, para entregarnos a nuestros juegos

'

'r^"'}"

^—

40

.^."

....

infantiles

en

el jardín, sin

tener fijos sobre
sir-

nosotros los ojos de las madres o de las
vientas.

Nos habíamos desarrollado en esa intimidad y nuestros padres ni nadie en la familia se había apercibido que ya habíamos pasado
el

período de la niñez.

Siempre seguíamos siendo los muchachos para ellos y aún para nosotros.
'

Un
i
:

día,

a esa hora llamada de la

siesta

en

>

que

el sol calcina la tierra

obligando nasta

a los pájaros a buscar
'

un

reposo a la somla

bra, jugábamos ella

y yo bajo

más

fronale-

'^''!-'

dosa higuera del huerto,
^

con toda la

gría inherente a nuestros catorce años bien
contados.

1);

Nos entreteníamos inocentemente en contarnos cuentos

— repitiendo

por

la milloné-

de «Juan Sin Miedo» y del «Loro Encantado» que nos había referí-

sima vez

la historia

;i^^, ;,

mientreis descortedo la vieja sirvienta zábamos varillas que bañadas en pega-pe^a.

nos proporcionarían una colección de cantores jilgueros, de barullentos chingólos o

de chistadoras tacuaritas.

De

repente

ella,

levantando sus ojos a la

— 41 —
t

'

!

wpa
rada,

del árbol que nos cobijaba,

y

atrave-

sando las verdes y ásperas hojas con su mi-

me

dijo:

/

^Mira, Kafael,
el

mira..,
primero!

allí

hay un higo
es tiem-

pintón... ¡es
i

po de higos!
^No

— Qué pintón — Rafael...
Y me

! .

.

.

¡

Todavía no

si

es

pintón!...

¡Yo

lo
la-

veo!

acuerdo que al decir esto sus
si

bios se

movían como

saborearan aquella

fruta delicada.

bras

Viendo que yo no hacía caso a sus palay amenazaba continuar el cuento inte-

rrumpido,

—Bájamelo... Hay mucho — No —Entonces yo bajo a convidar por haragán! —¡Qué me importa!
¡ ! . . . j

me

dijo:
¿ÍJuieres?
sol
.
¡

lo

.

.

pero no te voy

y mudoso tronco sin que yo me apercibiera y luego que estuvo
Ella trepó al grueso
arriba,

me

gritó:

—Che...
Levanté
ra arriba.

Rafael... fijate

si

voy bien...

derecho al higo!
la cabeza

con desgano y miré palo

No
es

sé lo

que pasó por mí

¡

que recuerdo

que

me

levanté, tiré la varilla

y me

acer-

!

!

qué al tronco añoso mirando encantado a mi prima Aurora desde abajo. Fué en ese instante que noté la expresión
,
s

picaresca de su carita rosada, coronada por
cabellos de
oro, finísimos;

sus

ojos

azules

que entre

las hojas

verdes se parecían a las

campanillas silvestres que todas las maña-

nas recogíamos en los alrededores del invernáculo y su cuerpo gracioso en que se co-

menzaban a dibujarse sus formas, puestas más de relieve por el esfuerzo que hacía para
mantenerse asida a
las ramas.
la

Con

la

boca abierta

admiraba y su voz
Sonso
gruesos

me

sacó de
¡

mi admiración.
está el higo^ pues
. . .

— Dónde — Si no — Quedaba
¡

donde estaba
arriba de
¿

dos gajos

que
ras ?
.

se
. .

cruzan ...

Pero

que

diablos

mi-

Busca

el higo.

Y
nado

tras

largo

rato

de buscar, mi prima

encontró la fruta que
el

me

había proporcio-

placer de verla en todo el esplendor

de su

belleza.

Era efectivamente un higo
*

pintón.

*

Cuando bajó del árbol, yo estaba encendido como una grana y no me atrevía a mirarla.

*
:$m--:
.

UÍA'»tó*TÍi';^W'?ÉÍiV<!k-'»Srj.lU,¿j,;¿j^_ií¿:>Í^^

!

!

.:

!

ü*

Ella vino hacia mí trayendo su conquista
la

en

mano y

sin notar

mi turbación

la alzó

hasta la altura de sus ojos y

me

dijo

—¿Ves que
Levanté

era

un higo?... Me dan
y
la miré,

nas de no convidarte!
la vista

ga*

de tal manera
ruborizándose

probablemente, que leyó en mis ojos los sentimientos que

me
-

agitaban,

hasta

el

borde de sus orejitas pequeñas

y

rosadas.

—¿Qué miras? —Tus ojos — Pues no
...
! . ¡ .

¡

tan lindos
¡

.

vamos a comer

el

higo

*

*
el viejo

Y

nos sentamos en

banco de hierro

pintado de verde, donde mi madre, pasada
la siesta, venía

a

coser..

Comenzó a descascarar la pequeña fruta aún no completamente ennegrecida y luego
que terminó quiso partirlo con los dedos. muérdelo por la miNo lo partas
¡ ! .
. . ¡

tad!

— — Oh — Sabes que gusto —Bueno, trae yo muerdo. — vas a comer todo dedos me vas partes con —Es que
! j

¿

es

?

.

.

lo

^No,

i

te lo

si lo

los

a dar

el

pedazo más chico!

;

.

^

Y

la

disputa terminó porque yo

le arre-»^

batara la codiciada fruta ya pelada.

—Bueno ahora si quieres higo de comer en mi mano.
.
.

.

lo

has

vv

'

—No quiero —¡Entonces
Y
la parte

.

.

no comes! concluimos porque yo

'

le

pusiera en la

.r4«|í'-:L
.\

boca

que le correspondía. En mi mente había surgido la idea de darle un beso y aproveché la circunstancia para satisfacer mi deseo.

íjí
"^

Al ponerle entre
fruta codiciada,

los

labios

el

pedazo de

me

incliné sobre ella

y abar-

\

qué toda su boquita rosada con

la mía.

Se rió franca y alegremente y mientras mascaba el higo pintón, me devolvió mi beso.
\:^\

Desde
:

* * ese día todas las siestas

buscábamos

ív
í¿

higos pintones, y en vez de contarnos cuentos,

pasábamos

el

tiempo besándonos y colos

miéndolos en sociedad.
Después, cuando
I
i

higos

maduraron,

llegamos a tener la revelación de algo que

mejor hubiera sido no
el

se revelara

merlos, nos ocultábamos generalmente

y para coya en
las.

invernáculo a cuyo alrededor crecían
el

campanillas azules, otras en
y

banco donde

comimos el primer pintón, que aquel año encontró mi graciosa prima Aurora.

^;íí^í£.-'..'!í."^^í''-

;

-

M

FRUTA PROHIBIDA
Y
ción

don Juan

este sujeto es

un almacea la par-

nero italiano con quien tengo alguna rela-

le dijo,

guiñando

los ojos,

dita que de la gran casa vecina, va todos ios

compra y que él ha tiempo festeja, regalándole ticholos y otras golosinas. ^Vea, si quiere que vamos al Escatin esta noche, escápese... yo le doy conque disfrazarse.. ¡Nos vamos a divertir!
días a la


Y

a

la respuesta

afirmativa de la invitaes-

da,

seducida por las dádivas continuas,

peranzas de otras mayores y promesas de diversiones, siguió un papel de cinco nacionales

nuevito y lindo.

Y

un mundo de

ilusiones envolvió a

don

Juan, mientras se ocupaba en desgorgojar

un cajón de fideos picados. ¡Cómo se divertiría!

— 46 —
Ya
de
le

V

parecía sentir la música espeluznan-

te del baile

y verse prendido
en

del talle gentil
la oreja sus sú-

la pardita, llorándole

plicas amorosas.

Después
ción a

se trasportaba

con

la

imagina-

un pequeño
allí,

cuarto de cierto café co-

nocido y

teniendo a su compañera de
faldas,

baile sentada en las

saboreaba una
steack con hue-

suculenta buseca o
vos.

un jubee

Y
mo

atrevido
ella

y
en

lujurioso llegaba liasta coel

mer con

mismo

plato

y con

el

missir-

tenedor, contándole con su

mano y

viéiidole los pequeños bocaditos sabrosos que
ella hacía

desaparecer con tanta gracia en-

tre sus dientes blancos

y menudos.
almace-

¡Qué imaginación
nero!

desorejada de

¿Quieren creer que llegó hasta besarle
piernas a la pardita?

las

»

Pero

.

.

.

cuánta

prudencia

se

necesitaba

para que no apercibiera
Teresa, su consorte

— una

la

aventura doña gran mujer blanle

ca a quien hasta los hombres de galera

decían piropos

cuando dejaba

su

cuartito

vecino a la trastienda y salía a la vereda a

.-.:i*^*^r_'*;,'T,.'-

¿¿: '--'/. :5í|¿-¿>íl^:'V.

':"

"
.

•:^^-'-T

-"'''^:^'.^~¿'^'

ÉtÜÉil

-r^i
;

—47—

.::-.::,-::

lucir su cuerpo macizo pero airoso, cubierto

por un

sencillo vestido

de percal.

Y entusiasmado con sus sueños no veía don Juan a su dependiente Palombi a ese ganso de Palombi, como le llamaba cuando

hablaba intimamente de
señas con doña Teresa
la

él

que se hacía-

y

le

tiraba besos con

punta de los dedos, que esta hacía como que recogía adelantando su labio inferior,
grueso, rosadO; atrayente.

*

Por fin

llegó la

noche y con

ella la

hora

del placer para el ealaverón almacenero.

Con qué aire de exquisita cortesía preguntó a Palombi si había cerrado bien las puertas del almacén!
¡

¡Cuánta dulzura demostró al ir a avisar a su esposa que iba a estar ausente hasta tarde por tener que hacer en la Logia a que
pertenecía!

¡y

el

muy

tonto que siempre llamaba im-

bécil a su dependiente Palombi, salió sin no-

tar la alegría que se pintaba en el rostro de
los

que quedaban en casa!

*

-

.*:;/.

*

.#

^

.

,

,

.,

"["^"tffiflfi^^'^

.

!

¥

r-

Y
baile

a la media hora tuvo que regresar a

buscar dinero; se había ido sin

y no

tenía con que pagar ni

un peso al un chop

a su adorada.
Despacio abrió
la

puerta de la trastienda

y

paso tras paso penetró a su dormitorio
esposa dirigiéndose a la caja

y
de

al de su

fierro que

dormía en un rincón,

casi cubier-

ta por ropas que no se usaban.

y

encendió

un

fosforo .

.

Momentos después acudió la policía atraída por unas voces de auxilio, y al penetrar al
patio del almacén se encontró con
táculo risible.

un

espec-'

Palombi,

el

largo

y

escuálido Palombi, su-

nervuda mano de mi amigo don Juan y no teniendo más vestido que una camiseta de punto que apenas le
jeto del cuello por la

llegaba a la cintura, recibía la

más comple-

ta paliza con que puede obsequiarse a un campeador de fruta prohibida, tomado en

flagrante delito de mordisco clandestino.

y
las
i

la

policía quitó a la víctima de entre

Cómo

uñas de su verdugo. se quejaba Palombi
roto

Le debían haber

una

costilla

¡no po-

.

.

— 49 —
día caminar! ¡aquellos dolores lo mataban!

La

policía quiso llevarlo al Hospital, pero

•doña Teresa se opuso formalmente.

¿No oían, acaso, como se quejaba Palombi? ¿No veían que no podía tenerse en
pie?.
. .

-;

Por otra parte

ella

b

cuidaría en su

cuarto.

Provisoriamente se trasladó al enfermo a
la

#
V

cama matrimonial de don Juan.
«

»
lesiones

El pobre almacenero, acusado de
saría,
í

corporales graves, fué conducido a la Comi-

Y

al cerrarse tras él la

puerta de su casa,
encanta-

cesaron por completo

y como por
el

miento

los ayes del
el lecho

vapuleado Palombi que
de que
ofendido ma-

quedaba en
tamente.

rido lo había arrancado poco hacía, violen-

Como

este proceder le escocía,

don Juan
! .

no pudo menos que decir: Mire que es salvaje esta policía ¡No vé que Palombi se hace el chancho ren-


.

¡

.

go.

.

no más ?

.

.

Éá

.

'.-i-

*

^

^..'L\A,7.

.>Arf

.!li>i>.c*.,»-J«„,'..',jc^„>^'i.»&«j>,fÍKjS4......

'V-:,r

\

DRAMAS DEL TERCER PATIO
La
Por
conoció siendo vigilante.
la

estaba de facción en la esquina, arrebujado en su grueso capote azulado con botones de nickel, se quedaba

mañana cuando

extasiado viéndola fregar los vidrios de las

grandes puertas que daban

al balcón.

Se

le

hacía agua la boca al mirarle los

brazos morenos, gruesos

y bien torneados. Le metía los ojos por la manga del vestido y los paseaba a lo largo de aquel lin^
sus formas

cuerpo, acariciando
tes.

exhuberan-

Francamente,

gozaba

contemplándola

y

su gozo se pintaba en su rostro obligándolo

a llevar la mano a la empuñadura del machete con un aire bravio. Ella lo miraba también y se deleitaba,
mientras limpiaba los grandes vidrios, pen-

sando en

los besos

que se ocultaban bajo

los

gruesos bigotes del enamorado violante.

,-:..

-

-.;::.;

;^.,

.

-.

.,y

ÍS¿Í!!£to&íÍ!>kA;ri»''Í3í&':;í''^'

'^^^i'SJf^^^i^.i^V''^^
(->r*'flv»i;'<'j

— 52 —
Y
por
la

noche

al retirarse

a su cuarto

os-

curo y frío, como generalmente son los destinados a la servidumbre, se complacía en
reproducir mentalmente
el

cuadro que ha-

bía herido su retina por la
tía

mañana y

se senlle-

presa de emociones que al par que la
le

naban de contento,

hacían latir con fuer-

za el corazón, enardeciéndole la sangre.

La

fiebre de

amor dominaba su cerebro

de quince años y luego que se acostaba se dormía gozosa pensando que no era el sueño
quÍQn entrecerraba sus ojos, sino
tibio
el

hálito

cias

de aquel a quien consagraba las primide sus pensamientos íntimos.

Y
más

dormida, delirios
de una vez

de amor
la

la hicieron

abrazar

almohada

en

que reclinaba su cabeza.

*
* «
estaba franco

Una mañana en que
camino.

y

re-

corría las calles sin rumbo, la halló en su

Inmediatamente adoptó su aire marcial, estudiado para las grandes ocasiones y se acercó a ella retorciéndose el bigote con coquetería.

—¡ Qué
miedo que

ricura
la

!..

.

le

dijo...

¿Y no

tiene

roben?

— sea sonso. ¡Siga su camino! — Jesús, que mala Naide diría viendo esos ojos! — Pues no Siga su camino y déjeme. —¡Qué esperanzas!... ¡Primero me de^No
;
.
. ! .

.

.

¡

lo

u

¡

! .

.

.

#
I

suellan

!

.

.

.

¡

Mira,

dejarla aura que la he
usté es la prienda

caturáo!

¿Qué no sabe que
la sesión?

más linda de

—¡Bueno...

vaya...

dejeme!... y

feliz

con las palabras del galante gallo policial se
hacía la que caminaba ligero para escapar a su compañía ...
¡

Mire que nos va a ver

el

patrón!

— ¡Pero
.

si

que la quiero ¿Si? el zaguán.
! . . .

yo tengo que hablarle de lo Espéreme esta no(^e en
creído,

.

— Qué ha eh Yo no soy de — No enoje mi negra pá ha¿Me va a esperar? blar no más!. —Siga su camino —¡Vea había sido mala! ¡Quién ha¡

se

!

.

.

.

¡

esas!

¡

se

...

si

es

.

.

...

si

lo

bía de creer viéndola tan rica

! .

.

.

¿

Me

va a

esperar ?

—¡No!
Qué — Dígame que no mirándome ¿Me va a esperar? me maten sus —^Ya he dicho que nos va a ver pa¡

...

¡

ojos!.

'

.

.

le

el

trón...

¡déjeme!

.

.

!

!

.

— 54 —
—No
. .

.

de acompañarla

dígame que sí sino soy capaz no digo hasta su casa
. . . .

.

¡hasta la polecía!

—Bueno — A qué
. .

.

pero

.

.

¿

hora

mi

negrita ?

.

.

.

¡

tan

rica

! .

.

— Ustedes —Yo no
i

dicen todos

lo

mismo
.

bueno ...

no más que a usted. ¿a qué hora ?
se lo digo
. .
.

no me acompañe que nos va a ver el patrón
las seis ...

—A
Y

mire

desde ese día, todas las tardes a las

seis,

él

patrones comían, ella y se encontraban en el zaguán semi-velado
los

hora en que

por

las

sombras de

la

noche que llegaba.

Fué

tras la pesada puerta de cedro llena

\árgen con

el desfloró sus labios de primer beso de amor ¡fué allí donde por primera vez ella sintió, confusa

de molduras donde
el

y turbada, una mano de hombre
los tesoros

acariciar
vi-

de su seno mientras en su oído

braban palabras que hacían estremecer su cuerpo y cuya armonía desconocida no sospechaba antes, ni remotamente que existiera
!

Fué

allí

derramar

la dicha

donde sus labios aprendieron a tiñénque la inimdaba

— 55 —
dolé de carmín las morenas mejillas

aún

cu-

biertas por ese vello de la niñez, que parece

nube de inocencia
dales de

transformada en rau-

besos tanto
el

más

ardientes

cuánto

mayor era

caudal en que brotaban!
tras aquella pesada puerta de

Y

fué

allí,

donde una noche, enloquecida por el que circulaba en sus venas y sintienfuego do impotentes sus besos para apagarlo, entregó a su anante el velo de su pureza de
cedro,

virgen; ¡le sacrificó sus rubores de niña inocente
!

Y
me

la pobre

mujer que con

tosco

lenguaje

pintaba su primer caída, mientras yo ve-

laba como practicante al lado de su humilde
lecho de Hospital, rompió a llorar
sollozos

y entre

me dijo

al darse vuelta hacia la pa-

red:

—Desie
de

entonces no volví a abrazar
lloro
al

mi

almohaA soñando y hoy
lo qie tantas veces

recuerdo

me

deleitó!

.

i>-^r^-^vpfS?í'"'^^ '¡Sy^^wnp'H-^Ts.'ífí^^'^'Tit^

vy^{^

y--6.

!

!

,^-:j;

-f

r:"t,¿ :*^.íJ3^íips:1i;::•;íi^*;•?í .:;,;.

;•

:-*'^'íf^^pg

LA LECCIÓN DE LECTURA
Mi primo Santiago se rió con toda franqueza al oir mi pregunta y exclamó con ese tono pi carezco que es peculiar al que diceuna cosa y quiere que
le

entiendan otra:

—No
i

fué por raptor que

me

acusó

el vie-

jo

mayordomo de tu padre,

sino por corrup-

tor de las buenas costumbres.

— Bueno — No
¡

! .

.

.

j

Pero
.
. .

es
¡

lo

mismo

es lo
el

mismo

cabe

un

distingo

—Pero

hecho es que usted la robó a Fe-

lipa, la hija del

mayordomo y que

la saca-

ron de su cuarto ...

—¡No
cuarto

es

verdad!

A

ella la

sacaron de mi
se

pero yo no la había robado ...

había venido por sus propios pies. Eso lo
confesó ella
.

.

.

Fué por

esta causa

que

el

padre

me

acusó solamente de corruptor.
fué.

— Cuénteme entonces como — ¡Bah... bah. pequeño
.

.

crápula!

.

.

,1
,.

<-víP'ií .43rv?^'rw"
'

'^&m^m''-m
^

•.#

>

"

'

.

-.^ '

•'

:;,

''-'

'•• v^-

^

— 58 —
no es por crapulismo
.

;

-'

-_

^-^


Y
te

^No; si

. .

es
.

que
¡ya

quiero aumentar mis cuentos verdes sabe que hago colección!
el

»

.

primo Santiago me
tal

refirió lo siguien-

con un lujo

de detalles que

me

veo

obligado a suprimir la mitad para que no se

me

tache de larguero.

«
* *

Tu

padre

me

llevó a la

gran chacra que
ella
.

tenía en la estancia

y me encargó de

.

fué en 18

.

.

Entonces

Felipa

tú sabes

fué después la tal Felipa

que

mujer
pollita

era

una

de 13 años que

el

mayordomo cuidaba más
con una pierna y

que a sus pesos.
Morenita,
gruesa,

un

cuerpito de aquellos que parecen hechos, na-

da más, para que
cantadora

se

siembren besos; era ensaboreó y

la pequeíía. se

Y
Yo

aquí mi primo
eché

comenzó

a buscar
le

los cigarrillos.
el

ojo desde la llegada; no po-

día ser por menos. Figúrate aquella

frutita

rica,

silvestre,

que crecía sin saber para qué, exquisita a que el primer día se la engullera un esto-

!

!

.

, .

-.

^

,

^

-59--

^-

^-l.,,^

t

mago de patán incapaz de
verdadero valor ...

apreciarla en su

/

¡Y

luego era

un rayo

la

muchacha!

Dejé pasar un tiempo y una tarde
al viejo:

le

digo

— ¿Dígame,
Felipa en
los

por qué no

le

enseña a leer a

momentos desocupados? ¿En qué va a pasar el tiempo la pobre cuando
sea moza, no teniendo madre, ni nadie
le

que


Don

haga compañía. tan sólita? Ya he pensado Pero yo no
. . ¡

!

.

.

.

sé leer
.
.

Santiago y pacerle venir
.

un maestro
enseñaré yo

usted sabe

.

.

eso cuesta
le
.
.

— Pero
j

hombre, amigo,
.

.

.

valiente

! .

.

No

es trabajo

Y

el

pobre

mayordomo

acogió

con tres

muestras de alegría mi proposición que no

pudo menos que exclamar: ¡Yo cumplo con mi deber de hombre

honrado defendiendo
ción
! .
.

la

luz

de

la

civiliza-

.

¡

No me
el

agradezca
día comenzamos las lec-

Y
Yo

desde

otro

ciones bajo la vigilancia del padre que quería asistir a todos los progresos de su hija.

esperaba como

el

gato,

morrongueanla garra

do, el

menor descuido para tender

acerada.

.

.

.

— 61 —
admiración por su inteligencia y en premio de su sabiduría.

Levantó

la

pobrecita sus ojos negros hasta

mi no

rostro

y viéndome tranquilo y corriente,

trató de bajarse, sino qae, haciendo

un
co-

gestito coqueto

aún cuando estaba

muy

lorada, se estiró bien su vestidito azul de la^
nilla

que había dejado en descubierto una
gorda,

rodilla

carnuda que daba ganas de comerla y luegOi^con unos ojitos.
.

Mi primo
la Jiizo

encontró su caja de fósforos y sonar para cerciorarle de que no es-

taba vacia.

'Qué más
le

te

diré? Desde ese día ya no

enseñé sino teniéndola

en mis faldas
a mi cuarto
.

y
.

así fué

como aprendió a
llevara.

irse

sin

que yo la

Aquí mi primo

sacó

un

fósforo

y me
la

dijo

:

—No

cabía
.

más acusación que
le

de co-

rrupción.

—Bueno,

¿pero

enseñó a

leer,

primo?
la

Encendió su

cigarrillo

y envuelta en

primera humada lanzó

la frase siguiente:

í

-

"

'

"

'

"

'

l

62

¡Ya lo creo!... Cuando la pillaron en mi cuarto hacía tiemix) que leía de corrido y siempre me felicicon mucha corrección
.

.

.

de haber sido su maestro, pues tu sabes

lo

afecta que fué siempre Felipa, a la lectura!

-«fjí^^fi;'

:''-'

'

*

r'-%"(

LOS LUNARES DE MI PRIMA
que que siempre he deseado contar y que hasta hoy no lo he hecho esperando que abandonara la tierra, aquella que
he tenido, es algo
debió ser mi compañera.

La

historia de los únicos amores serios

Hoy que
al

eso

ha sucedido, quiero confiar

que solo durante tantos años ha guardado mi memoria.
papel
lo

Nunca me acuerdo de
ta, sin

la época

en que hu1

be de casarme con mi linda prima Margari-

que

se erize el cabello.

Si no hubiera si^o la indiscreción de Pedro, el gallego sirviente que desde hacía tres

años tenía mi

tío

Cipriano, indudablemente

yo sería a
milia

la fecha

un honrado padre de
el fastidio.

fa-

y no un

solterón calavera que pasea

continuamente del brazo con

•'Sí

-. 64
Sin embargo,
le

agradezco al pobre galle-

go

el

servicio
el

que con

que me hizo, impidiéndome tiempo llegara a ser uno de esos que todos ven menos
ellos.

que llevan

lo

cibir

AI cumplir los veinte y cuatro años y remi título de escribano, me encontré

solo en el

mundo;

sentí la nostalgia del hofamilia,

gar

;

quise

hacerme una

hablando

claro.

Entonces me fijé en mi prima Margarita, cuyo padre había sido tan bueno para mí.

Noté que era una real moza y me expliqué recién la causa porque me daba rabia cuando sabía que alguno la festejaba o le
hacía monerías que yo siempre encontraba
estúpidas.

Era una morochita
n^esas
cial,

rosada, dueña de unos

o|os negros, pestañudos

y más

llenos de pro-

que boca de un candidato presideny de un cuerpo, un aire, un modo de

caminar y un lunar sobre la boca, un poco a la izquierda de la nariz, que eran verdaderamente enloquecedores.

¡Y
le

luego aquel pelito corto que usaba

y

daba un aire tan calavera!

-- 65


me

Traté de entenderme con

dar

lo conseguí,

ella y a i)oco anmáxime cuando mi pobre tío

Cipriano hacía tiempo que
el ojo

tenía echado

para yerno.

Obtenido

el

consentimiento de los tíos de

hacer de su hija mi compañera
concedió no bien lo

y

previo el

beneplácito de ésta que, entre paréntesis, lo
solicité,

me

entregué con
vestido
ella,

todo ardor a ser

un perfecto novio. La madrugada ya me encontraba
asistir

para

a la misma misa que

un

pretexto como otro cualquiera que teníamos,

para asestarnos miradas matadoras en las cuales creíamos envolver poemas de amor
sublime.

Más

tarde venía

el

almuerzo en su casa,

al cual era infaltable,

y en

el

que siempre
lunar,

tenía la suerte de quedar sentado al lado de

mi prima Margarita y enfrente a su
su fisonomía

a aquel pequeño puntito, negro que daba a

un

aire tan piearezco.

Luego un pretexto u otro, me llevaba a su casa cada media hora ¡había llegado a ser para mi una especie de necesidad verla lo menos cincuenta veces por día. Oh no nos cansábamos de hablar con los ojos yo y mi linda prima Margarita!
¡ !

^ — —
66
/

"

Un
la

nido de amor comencé a arreglarme,
se colocaba

donde no

un

solo objeto, sin

que

que debía habitarlo conmigo pusiera su
así
tie-

visto bueno.

Queríamos que nuestra casita fuera pequeño edén que no tuviera igual en la
rra.

¡Y cómo nos deleitábamos, en las horas que pasábamos juntos, pensando en los placeres que nos esperaban!

Egoistas con nuestro cariño, vivíamos sólo
el

uno para

el

otro en nuestro paraíso, no

teniendo ella más Dios que yo, ni yo más

Dios que

ella!

»

Acercándose

el

día feliz de nuestra unión,

algunas plantas de mérito que debían colocarse en el jardín, sólo faltaban para que
el

pequeño nido estuviera terminado.

Y

yo,

acompañado del gallego Pedro,
ir

deel

terminé

a buscarlas a la quinta que

tío poseía

en Morón.

«
»

— 67 —
Yendo en el tren con el antiguo servidor de mi futura y para hacer menos pesado el viaje emprendí conversación con él. Se deshizo en pinturar sobre las bondades de
lleza.
ella,

su inteligencia, su gracia y su be-

— Qué lindo lunar
le dije

el

que tiene en la cara,

entusiasmado.

otros.
¿

— —

53se

nu

es nada,

me
. .

contestó, si viera los

Cuáles otros ?
los

.

le

repliqué alarma-

do

po^r

conocimientos

que demostraba

tener.

—¡Pues!.,

lus

que tiene en lus muslitus

y en

otras partes que

yu me

sé .

.

.

Esus

si

que valen!

E

hizo aquel salvaje

una mueca con pre-

tenciones ridiculas de guiñada.

*

Inútil

me

parece decir que no traje plan-

tas de la quinta de

mi

tío

Cipriano

y que

en mi visita de la noche tuve

tal pelotera

con mi bella prima Margarita, que nuestro

compromiso quedó roto para siem,pre,» comenzando yo al otro día a deshacer el pequeño nido
casi terminado.

— 68 —
M
En

^^
.

' :'"'•'''

cuanto al pobre viejo, que, permaneció

ignorante de los acontecimientos de Pedro,
decía siempre que hablaba de mí:

— Es un
\

loco de remate ...

un tarambano

que morirá como un perro.

!
'

:wyw^^m^::

.

'-m'-r- -. •^fi^'^mr^:

-

:/ i,: ^-,

•Si

ENTRE MI TÍA Y YO
Fué un secreto que siempre quedó entre yo y mi tía Candelaria, la razón que esta tenía para decir con una sonrisa de aquellas
que eran de su exclusiva propiedad, cada
vez que mis padres hablaban de la carrera

a que
'

me

dedicarían.

—Háganlo
Cuánto

estudiar

para cura ...
cuánto
rato

¡

tiene

condiciones
I

tormento,

amargo

Ble hizo pasar esta frase

za

me

que con toda durereprochaba una mala acción!

Hoy, que tanto me separa de entonces, no me es desagradable referir la triste aventura que influyó más a que yo me ordenara y que muchas veces me hizo renegar hasta de
la vida,

siendo

generadora de aquel dicho
la sangre.

burlesco que a

mí me encendía *

W^'

— 70 No se porqué, pero el hecho es que cuando yo tenía diez años nada había que me distrajera más que mirar a mi tía Candelaria. Tenía doble edad que yo y era una muchacha alta, gruesa, bien formada y llena
toda
ella

de una gracia especial.
los

Me
.A
bios,

recuerdo que

hombres en

la calle

no podían mirarla

sin chuparse los labios.
delicia ver los pelitos ru-

mí me causaba
encrespaditos,

que

tenía

tras

de

la

oreja, sus labios rojos,

sus dientes

blancos

como su rostro y, sobre todo su pechera, su hermosa pechera en la cual me gustaba tanto

recostarme,

probablemente debido
la

a los

perfumes de que

saturaba y que yo aspi-

raba con fruición.

Confundiendo
buscaba siempre

ella

su placer con

el cariño,

ocasión

de acariciarme

y

yo no perdía medio de conquistarme sus caricias, sus caricias que me hacían venir ganas de estirarme como los gatos cuando se
les

rasca la barriga.
«•

«

•»

día a esa ardiente hora de la siesta, en que es quemante hasta la luz, se encerró conmigo en el comedor con el objeto de que

Un

no anduviera
mían.

al sol mientras

mis padres dorel

La

inacción

hizo que

sueño

me

— 71 —
venciera

y recordándome de
gran

repente, encon-

de mi macon toda la ropa desprendida y durmiendo a pierna suelta.
tréla recostada en el
dre,
sillón

No

bien abrí los ojos no sé que espíritu
el

maléfico acarició mi mente, pero

hecho es

que se apoderó de mi da su pechera.

la idea

de ver desnuacerqué a

Y

despacio, despacito,
vsobre

me

ella,

y por

su hombro quise mirar

los en-

cantos que las ropas revelaban.

No

consiguiéndolo

me

arrodillé a su lado
los lazos

y con toda precaución aparté

de su
cui-

vestido desabrochado; luego con

mayor

dado aún, comencé a entreabrir su camisa espiando con mirada ardiente por entre las rendijas y teniendo cada vez ideas más malignas a

medida que adelantaba en mis
le

in-

vestigaciones.

Mig manos temblorosas
bablemente
pulsos de
cosquilleo

producían pro-

voluptuoso,

porque

noté que la tela se inflaba de repente a im-

una fuerza

interior de que

daba cuenta y que

ella

no me dando un gran sus-

piro se reclinaba hacia el lado derecho.

Su movimiento

dejó de descubierto lo que'

tanto ansiaba ver; dos montoncitos de car-

!

'

— 72 —

-

-I

ne blanca, tersa y satinada, coronados con una mancha roja semejante a una hoja de
rosa.

Ignoro como fué pero
beso

el

hecho es que no

atiné ya a guardar reservas

y que le di un en aquel surco blanco que separaba aquellas hinchazones que me atraían; después. después, lamenté no tener dos bocas para acercarlas a un tiempo a las hojas de
. .

rosa!

El furor de mis besos

la despertaron, des-

pués de dar un gran suspiro y dejar caer sus blancos, mórbidos y torneados brazos a lo
largo de su cuerpo.

Aún
con que

recuerdo

la
la

expresión

de

asombro

me miró y

vergüenza que

me

pro-

dujo esa mirada obligándome a taparme la cara con las manos.

—Picaro
reparaba
sus ropas
. .

.

.

.

zafado

.

.

.

exclamó

mientras

el
.

desorden introducido por mí en
luego verás con tu padre

Me

eché a llorar desconsoladamente

sin piedad se levantó, abrió la puerta

y ella y me
pelliz-

hizo salir afuera

dándome un suave
>

co en el pescuezo.

!

— 73
Llegó la noche y la tía Candelaria no le
contó a mi padre lo sucedido
día

y pasó

el otro

y tampoco

lo hizo,

pero jamás volvió a

acariciarme ni yo a buscar sus caricias.

Sin embargo, cuando
presencia

me

encontraba en su

me

hallaba violento

y temía

siem-

pre una

revelación de sus labios!

Esta aventura fué el secreto que siempre guardamos y la hacía decir a mi tía Candelaria cuando mis padres hablaban de darme una carrera. Háganlo estudiar para cura... ¡tiene

ii

condiciones

'

t

'

'
.

^;A/«>'-'

^^F^^ir^T

".'W^^T.

,

>:?•

-'^^pf^
.i«»'^

índice

.A,--

ÍNDICE

\

Págs.

Los azahares de Juanita
El ramito de Nardos

5
11

Las flores de Saüco

16

Acusóme Padre
Bajo
el

25 33

Altrce

El higo pintón

39
45 51

Fruta prohibida

Dramas
La

del tercer patio

lección de

lectura

57
63

Los lunares de mi prima Entre mí
tía

y yo

99

f

^

5^^^

'•
'

,

>'

:/

M%

de

I(&bindi(&n&th

Tagoii

La Luna Nueva (Poemas de niños)
El Jardinero (Poemas de amor y
vida)

Ofrenda

Lírica (Gitanjali) (Poemas)

La Cosecha (Poemas)
Pájaros Perdidos (Sentimientos)

Regalo de Amante (Poemas)
Tránsito (Poemas)

Las Piedras Hambrientas y
tos (2 tomos).

otros

cuen-

Dallegrl SantiagOr-El Alma del Suburbio (cuentos del Arrabal) Frugoni Emilio Los Himnos, poesías, 1 tomo ralcao Espalter (Mario) El Vigía Lecor, historia de la dominación Portuguesa en el Uruguay, 1 tomo riaubert Gustavo Madame Bovarv. González A^iosto D. Emilio Zola su obra y sus resultados, 1 t. Goethe «Werther», novela con pról. de S. Dlixen . . Gorki Máximo «Un compañero extraño», con un prólogo de B. Qu iros. 1 tomo. «Los Vagabundos», 1 tomo » «La Eevolución y la Cultura Bolchevistí^. 1 tomo. » Gori Clara (Prof. de la Ese. del Hogar) c^ó- Cocinera Uruguaya, 1 tomo de .^00 pág. conteniendo 700 recetas . .

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Encuadernado Gallinal Gustavo Crítica y Arte, 1 tomo Holleman (A. P.) «Química inorgánica», 1 tomo en tela Ns «Química Orgánica» rbarbcrou í Juana de) Las mejores poesías, 1 tomo El Cántaro Tretro, Cuentos, 1 tomo » Inireta Povcna .Tose El Delito de Homicidio, 1 tomo Tiueones Leopoldo T,a Montaña del oro, 1 tomo Iift«ra,nnilla Aleiandro «Fundanentos de la Moral» Lasplaces Alberto Oniniones literarias (Prosistas Uruguayos Con temporáneos 1 Lerena Acevedo Prp doras soleadas, 1 tomo Lagarmilla A. .Jurisdicción Voluntaria, 1 tomo Encuadernado »

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La Nueva P^f^a, siptema Económico-Político de los Sovits. 1 t. > La Tercera Internacional con el manifiesto Comunista de Marx
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Ley de Jubilaciones y Pensiones a
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empleados de los servi» 0.10 > 0.10 > 0.15 » 1.00

públicos
1 folleto del Eegistro

Ley de Divorcio Ley de Alquileres v Desalojos, Leyes. Decretos y Reglamentos

Mark Tvrain Cuentos Escogidos, 1 tomo Más de Ayala ^I Lecciones de Química Inorgánica
texto

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Estado Civil

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(compl. del universitario

de clase) de acuerdo con el prog. para el curso preparatorio «Elementos de Biología» con arreglo al prog. de prepa» rat. de la Universidad . Maetez'iinck Mauricio «La Muerte» «La vida de las abejas^ » «La inteligencia de las flores» » «El alcalde de Stilmonde», drama en 3 actos » Melián Lafinur (Luis) La acción funesta de los partidos tradicionales en la Reforma^ Constitucional Manual de Cálculos, Reducción de Monedas, Conversión de Medidas y Capacidades. Útiles al Comercio y a la Indus.

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tomo

Morey Sebastián Constitución anotada de Uruguay 1 tomo

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la República O. del

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Amado «Florilegio (Recop.), 1 folleto. .' ; ; ^ Ñervo '*^í?r^ » «Perlas Negras», (Poemas), 1 tomo «Elevación» (Poemas), 1 tomo » ^¡Serenidad» (Poesías), 1 tomo I > «Ideas y observaciones filosóficas de Tello Tellez »
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Obligado Bafael «Poesías» Pról. de Joaquín V. González, 1 t. » «Leyendas Argentinas», 1 tomo Poe Edgard (Poemas) Prólogo de Rubén Darío. . Paullier W. La Defensa Nacional y los Problemas Militares, 1 tomó de 304 páginas » Pereda (Setembrino E.) El Poder Ejecutivo, 1 tomo Bevilla (Manuel de la) Hist. de la Lit. Española,. 1 fasciuculo » Rodríguez, Dr. Juan Antonio— La Sífilis y sus consecuencias,

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Rodríguez Castro Actos Administrativos, 1 tomo » Carlos Roxlo El libro de las Rimas, seg. edic. c. y aumentada »

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Sensatez del Arte. Exposic. contra la opinión de que los artistas son degenerados, 1 tomo. » Sighele Scipio «Las ciencias sociales y sus aplicaciones» trad. de A. Lasplaccs (Obra recomendada por la dirección de Instrucción Pública, para el estudio de sociología) » Sayagués Lasso Vistas fiscales con las sentencias correspon-

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Investigación de la Paternidad,
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— «Pocías», Alma América, ¡Fiat Lux! Oro Riego Indias, estudio de .Tuan Parra Tagore Rablndranat— La I>una Xueva (poema de Niños) Viana Javier de— «Gaucha», (novela)
Santos Chocano
crítico

tomo

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«Yuyos», (cuentos camperos) «Macachines), ícuentos breves) «Cardos», (cuentos del campo) «Abrojos», (escenas del campo) «Sobre el recado», (cuentos del campo) «Con divisa blanca» » » «Ranchos», (co'^tumbres del campo) «Leña Seca», (4.a edición) » «Paisanas», (Cuentos) » «Gurí» y otras novelas (.3. a edición) » «Del CaniT^o y la Ciudad», 1 tomo » Viejo Pancho-— Paja Brava, Versos criollos Vignale Marcelo Salón del Baile y Guía del Trato Social con
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» 1.00 1 tomo 0.50 Baile Contemporáneo, 1 tomo. Wilde Osear «El Niño Estrella (Cuento con un prólogo de Fer» 0.15 nando de Araújo El Ensueño, traducción castellana de Carlos MaZo'la Emilio
ilustraciones.

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tomo «Germinal». 1 tomo » » «El Dinero». 1 tomn Zorrilla dé San Martín (Juan)
«La
Tierra».
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y La Leyenda Patria,
» 0.50 » 1-30 » 0.50

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corregida por el autor Encuademación en tela Detalles de Historia Rioplatense, 1 tomo
edición
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