LA MONTAÑA HISTORIA DE UN MAESTRO RURAL

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LAURO LUIS MADRIGAL GRIMALDO “LA MONTAÑA” HISTORIA DE UN MAESTRO RURAL

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Dedicado a:
Todas y todos Los Maestros y Maestras Rurales De las pasadas, presentes y futuras generaciones.

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Prefacio
Es importante señalar que “La Montaña”. “Historia de un Maestro Rural”, es un libro que no trata sobre pedagogía o métodos y técnicas de la educación, más bien; es en realidad la historia que vivió un joven maestro de educación primaria. Que como miles de maestras y maestros por la necesidad del servicio tuvimos que dejar nuestros lugares de origen para ir a forjarnos y forjar conciencias. Muchas de las veces cometiendo “errores” por la falta de experiencia. Porque en las escuelas formadoras de Profesores no nos enseñaron a recorrer grandes distancias por diferentes medios de transportes ni tampoco hacernos líderes de comunidades. En la mayoría de las escuelas Normales

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del país es noventa y nueve por ciento teoría y uno por ciento práctica. Cabe señalar que esto no es una crítica al sistema educativo nacional, simplemente es el punto de vista muy particular y la manera de pensar de un simple maestro rural, sin la intención de ofender las ideas y sentimientos de todas aquellas personas que han dejado su vida a favor de la educación de la niñez y juventud de nuestro país. El Autor

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Prólogo
Un sueño.....
“En seguida relataré un sueño, ya que mi vida ha estado Siempre vinculada a los sueños. Esperando que todo aquel que lo lea esté en la misma sintonía que yo, Pero si no es así; quiere decir que estoy viviendo una vida que no es la mía, y voy a tratar de encontrarla aunque sea en mis propios sueños”...

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“EL PROFESOR” Camino a mi escuela, la escuela a la que fui de niño, miré a dos de mis alumnos que en un tiempo atrás les había hecho hincapié sobre el proceder de su mala conducta y el porvenir que les esperaba si no cambiaban su forma de ser. Y les examinaba: ¿Qué irán hacer de su vida, siendo como son? -¡Que le importa, es nuestra vida no la de usted!. –Me contestó secamente uno de ellos. El otro solo asintió con su cabeza lo que el anterior había expresado. Íbamos caminando sobre un puente desvencijado de tablas viejas y barandales roídos por la herrumbre del tiempo y del oxígeno, que atravesaba por encima de las vías del tren, que se extendían por el fondo de un barranco semejante al 7

lecho de un río. Eran las líneas férreas del tren de nuestro pueblo, pueblo próspero en lo económico pero indigente en la bondad y abundante en la iniquidad. Había llovido mucho esos días y el cauce de las vías del tren se anegó de aguas turbias y pestilentes y llevaba toda clase de inmundicia y muerte. Las aguas ya inundaban las escalinatas del puente y vi como los dos chiquillos bajaban por las mismas y sus cabecitas se perdieron entre las corrientes fangosas. Y caminaban. ¡Sí!, ¡Caminaban! Y no nadaban y el torrente no los arrastraba. Yo me les quedé viendo espantado, esperando que la fuerza de las aguas se los llevara, hasta que los perdí de vista. Entonces proseguí mi camino hacia la escuela a la que asistí de niño, pero no caminando, sino nadando contra la corriente. Después de luchar un largo rato en los que por momentos sucumbía ante la fuerza de la naturaleza logré llegar a tierra firme y allí estaban los dos niños esperándome, riéndose por lo que batallé para cruzar el torrente. Después, ellos se fueron sin despedirse y no los volví a ver. Se perdieron como tantos que he perdido, los devoró el tiempo y la inadaptación a la sociedad. Y Yo solo me quedé parado en el dintel de la puerta de la escuela, la escuela a la que fui de niño... .

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Un día sin darme cuenta cómo y porqué, tenía entre mis manos un libro del célebre y gran escritor Gabriel García Márquez. Lo abrí al azar y leí el siguiente párrafo. Me sentí identificado con el personaje, que quise transcribirlo: “José Arcadio Buendía consiguió por fin lo que buscaba: Conectó a la bailarina de cuerda el mecanismo del reloj y el juguete bailó sin interrupción al compás de su propia música durante tres días. Aquel hallazgo lo excitó mucho más que cualquiera de sus empresas descabelladas. No volvió a comer. No volvió a dormir. Sin la vigilancia y los cuidados de Úrsula se dejó arrastrar por su imaginación hacia un estado de delirio perpetuo del cual no se volvería a recuperar. Pasaba 10

las noches dando vueltas en el cuarto, pensando en voz alta, buscando la manera de aplicar los principios del péndulo a las carretas de bueyes, a las rejas de arado, a todo lo que fuera útil puesto en movimiento. Lo fatigó tanto la fiebre del insomnio, que una madrugada no pudo reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes inciertos que entró en su dormitorio. Era Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. “Prudencio” – Exclamó – “¡Cómo has venido a parar tan lejos!” Después de muchos años de muerte, era tan intensa la añoranza de los vivos, tan apremiante la necesidad de compañía. Tan aterradora la proximidad de la otra muerte que existía dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar había terminado por querer al peor de sus enemigos. Tenía mucho tiempo de estar buscándolo. Les preguntaba por él a los muertos de Riohacha, a los muertos que llegaban del Valle de Upar, a los que llegaban de la ciénega, y nadie le daba razón, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó Melquíades y lo señaló con un puntito negro en los abigarrados mapas de la muerte. José Arcadio Buendía conversó con Prudencio Aguilar hasta el amanecer. Pocas horas después, estragado por la vigilia, entró en el taller de 11

Aureliano y le preguntó: “¿Qué día es hoy?”. Aureliano le contestó que era martes. “Eso mismo pensaba yo” dijo José Arcadio Buendía, “Pero de pronto me he dado cuenta que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes”. Acostumbrado a sus manías Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. “Esto es un desastre – dijo -. “Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes”. Esa noche, Pietro Crespi lo encontró en el corredor, llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando por Prudencio Aguilar, por Melquíades, por los padres de Rebeca, por su papá y su mamá, por todos los que podía recordar y que entonces estaban solos en la muerte. Le regaló un oso de cuerda que caminaba en dos patas por un alambre, pero no consiguió distraerlo de su obsesión. Le preguntó que había pasado con el proyecto que le expuso días antes, sobre la posibilidad de construir una máquina de péndulo que le sirviera al hombre para volar, y él contestó que era imposible porque el péndulo podía levantar cualquier cosa en el aire, pero no podía levantarse así mismo. El jueves volvió aparecer en el taller con un doloroso aspecto de tierra arrasada. “¡La máquina del tiempo se ha descompuesto – casi sollozó – y Úrsula y Amaranta tan lejos!” Aureliano lo 12

reprendió como a un niño y él adoptó un aire sumiso. Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo. Estuvo toda la noche con los ojos abiertos, Llamando a Prudencio Aguilar, a Melquíades, a todos los muertos, para que fueran a compartir su desazón. Pero nadie acudió. El viernes antes que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda que seguía siendo lunes. Entonces agarró la tranca de una puerta y con la violencia de su fuerza descomunal destrozó hasta convertirlos en polvo los aparatos de alquimia, el gabinete de daguerrotipia, el taller de orfebrería, gritando como un endemoniado en un idioma altisonante y fluido pero completamente incomprensible. Se disponía a terminar con el resto de la casa cuando Aureliano pidió ayuda a los vecinos. Se necesitaron diez hombres para tumbarlo, catorce para amarrarlo, veinte para arrastrarlo hasta el castaño del patio, donde lo dejaron atado, ladrando en lengua extraña y echando espumarajos verdes por la boca. Cuando llegaron Úrsula y Amaranta todavía estaba atado de pies y manos al tronco del castaño, empapado de lluvia y en un estado de inconciencia total. Le hablaron, y él las miró sin 13

reconocerlas y les dijo algo incomprensible. Úrsula le soltó las muñecas y los tobillos, ulcerados por la presión de las sogas, y lo dejó amarrado solamente por la cintura. Más tarde le construyeron un cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia.......
Fragmento de: “Cien años de soledad de Gabriel García Márquez”

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“La Montaña”. Historia de un maestro rural. Capítulo uno “La Partida” Nuevo Laredo, Agosto de 1978, 3:30 p.m... El autobús se alejaba de la ciudad. Caía una lluvia pertinaz que no dejó de escampar hasta que salimos del pueblo. Miraba como las gotas de la cellisca se estrellaban en la ventanilla y sentí que dentro de mí también llovía. “No sé porque, pero la lluvia siempre me pone triste”. Me embargó una nostalgia que provocó que se me hiciera un nudo en mi garganta. No era para menos, dejaba atrás la mejor parte de mi vida e iba tras un futuro incierto. En la radio del conductor se escuchaba la canción “Lloviendo está”; nunca supe quién me la dedicó. La oí con mucha tristeza, tal vez porque en el rincón más profundo de mi ser; sabía que ya nada iba ser igual y para 15

acabarla de fastidiar, mi novia había terminado conmigo. Siempre el primer amor es el más punzante”. Pero... “Nada es para siempre” me repetía esto una y otra vez, tratando de provocarme una amnesia que me hiciera olvidarla. Pero no se puede olvidar algo que llevas impregnado en tu piel, como si la fragancia de su cuerpo se mezclara en el halo etéreo de mis pensamientos, como algo que flota en el aire y respiro. No pude detener una lágrima que recorrió mi mejilla derecha hasta caer sobre la codera del asiento. La otra me la sequé antes de que rodara. No quise pensar más y me recargué en el respaldo del sillón decidido a dormir todo el trayecto.

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Después de doce horas de camino cruzamos el puerto de Tampico, el autobús hizo fila para subir a la panga que nos llevaría al otro lado del río Pánuco. Cuando abordamos el chalán, todos los pasajeros se bajaron del autobús. Tal vez porque se imaginaban que el camión perdería los frenos y caería al agua, al menos eso pasó por mi cabeza; yo también bajé siguiendo a la multitud pero me fui a la parte de atrás del barco. Encendí un pitillo y aspiré un poco de humo mezclado con humedad y le arranqué con mi aliento un pedazo a la triste noche estrellada, que parecía una madre vestida de saco por perder en el tártaro a la más alegre de sus hijas: La Luna. Mientras el chalán hacía su travesía por el corredor del amplio río, observaba el agua turbia. Parecía mas que agua, café con leche a causa de la contaminación. Yo meditaba sobre mis pensamientos: “Pobres peces, no han de poder dormir con tanta “cafeína” disuelta en el agua y por eso no tienen camas como nosotros”. Dije eso sin reflexionar a fondo el funcionamiento de la psique; ya que no solo la cafeína te puede dejar sin sueño, sino hasta lo más sublime, y lo más tenebroso también; y yo me encaminaba a esto último.

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El trayecto de Nuevo Laredo a Poza Rica trascurrió sin ningún contratiempo, salvo que allá por la madrugada el camión se detuvo, y sin decir una palabra, el conductor se bajó. Después de algunas horas, el sopor de la noche empezó a desamodorrarnos y los pasajeros se empezaron a desesperar y uno de ellos se bajó y encontró al chofer dormido en un compartimiento de la cajuela del autobús y le dijo: -¡Oiga!. Tenemos prisa por llegar a Poza Rica. El chofer le contestó: -¿Qué prefiere?. Dejarme dormir media hora más. ¿O que los vaya a embarrar por ahí? 18

-No, pues, yo solo decía. - Contestó el pasajero y se volvió al camión a seguir durmiendo. Para las 9:35 a.m. estábamos en Poza Rica. Me trasladé a la terminal de los camiones que viajan para ciudad de Papantla de Olarte y compré un boleto rumbo a esa ciudad. Fue allí donde conocí los famosos camiones “polleros.” Todo el trayecto fui viendo el paisaje a través de la ventanilla del armatoste, que se fue dando tumbos y más tumbos, parecía que en cualquier momento se saldría de la rúa y nos iba a dejar regados por la maleza. Me dejó impresionado tanta vegetación. Me imaginaba que Dios se había esmerado más en hacer esas tierras tan hermosas, Cubiertas por una vegetación exuberante. Plantas trepadoras, orquídeas, palmeras, vainillas, cocos, mangos, zapote prieto, chicozapote, nanches, naranjales, limones, mandarinas, cañas, tabaco, ceibas e infinidad de plantas de ornato y silvestres que me fue imposible enumerarlas todas. Para las 11:20 a.m. estaba tocando la puerta del departamento de mi hermana Guadalupe, fue ella quién me abrió y dijo: -¿Y ahora, tú? ¿Qué andas haciendo?. -Pues nada, que me tocó por acá y aquí estoy. Mi hermana soltó un suspiro y se contristó al mismo tiempo que me daba un abrazo y me decía: 19

-¡Ay, hermanito!, Tú también te vas a quedar por estos rumbos como yo. Me expresaba eso mientras se le humedecían sus ojos. Yo también sentí un sapo en mi garganta pero esta vez no lloré. Habían transcurrido quince años y ella nunca había solicitado el cambio para Tamaulipas. Los dos éramos maestros de educación primaria. Yo acababa de terminar la normal básica y la plaza me la dieron para el estado de Veracruz. No podía renunciar, ya estaba aquí y para esto había estudiado. Solo le contesté: -¡Yo no me pienso quedar aquí hermana!. Dije esto y me acaballé mi mochila a la espalda y entré a su casa a descansar del viaje.

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Al día siguiente me fui rumbo a Xalapa de Enríquez la capital de estado, en otro de esos camiones que parecía que envejecíamos prematuramente. Pues llegábamos con un montón de achaques de tanto ir sentados que hasta la “raya” de las nalgas se nos borraba y las mismas se te confundían con la espalda. Pero a mí eso no me importaba. Solo me la pasaba contemplando el paisaje y para no aburrirme me iba contando los postes de alambrado eléctrico, tratando de calcular el número total que nos faltaba para llegar a nuestro destino según la distancia entre los mismos.

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Ya teníamos tres días de espera en las oficinas de la Dirección General de Educación en el Estado esperando que nos dieran las órdenes de adscripción. El edificio estaba convertido en una interrogante humana, no sabíamos a dónde nos mandarían a impartir clases. Encontré algunos compañeros de escuela y nos las arreglamos para apoyarnos unos a otros económica y moralmente. Para paliar el hambre y ahorrarnos un poco de dinero comíamos tacos de chiles jalapeños rellenos de queso o camarón o una orden de zopes en salsa verde que con lo picoso, se inundaba el estómago de ácido clorhídrico que no te quedaban ganas de comer hasta la siguiente jornada. El segundo día de estancia mi mirada encontró la mirada de la muchacha más hermosa que había conocido hasta la fecha. Después supe que se llamaba Jovita, su propia madre Doña Mercedes, me la presentó cuando me pidió que le hiciera el favor de comprarle dos ordenes de aquellos ricos tacos de 22

chiles rellenos que saboreábamos con un refresco, mientras yo decía: “¡Carajo”, cómo pican!”. Tiempo después supe de la propia Doña Meche que le decía a su hija: -¡Ay, pobre muchacho!, Me da tanta lástima. Mira como habla, como se viste, como se sienta en el suelo; se me hace que lo van a mandar al “Mirador””. -¡Ay mamá!. No lo critique. Así son ellos por allá en el “Norte” y así hablan. -¡Pues yo no sé!. Pero para mí que lo mandan al “Mirador”. Y en parte tuvo razón. Cuando la secretaria que entregaba las órdenes de adscripción, se acercó al mostrador que nos separaba de la oficina. Todos nos hacíamos bola para escuchar los nombres y el lugar al que iríamos a impartir clases. Mirábamos algunos rostros alegres, por que los mandaron a un buen lugar y otros tristes porque sabían que irían al irían al “quinto infierno.” Esa mañana nos dieron a todos las órdenes y las leímos con atención y hacíamos planes de cómo llegar al lugar que nos asignaron. Un compañero que se apellidaba Navarro y que pecaba de fanfarrón le preguntamos como le había ido en la entrevista que le formuló el Director de educación, y esto fue lo que nos dijo: 23

-¿Qué pasó Navarro? ¿ Qué te dijo el Director?. -¡Nada camaradas!. Me preguntó que cómo me llamaba. Y yo le contesté: -Juan Antonio Navarro Casas. Decía esto al mismo tiempo que dibujaba en el aire unas señas con su mano derecha, dando entender que el Director de educación había quedado impresionado con su respuesta. Nosotros nos estábamos divirtiendo con él, y queríamos saber más y le volvimos a preguntar: -¿Qué mas te dijo?. -¿Qué dónde me gustaría trabajar como profesor? Y yo le contesté: -Mire señor Director. ¡Mándeme donde sea! ¡Que no le tengo miedo a nada! Y que además para eso yo había estudiado. Hizo otras señas con las manos y dijo: “¡Marcos tráete una hacha!”. Y me lo volví a impresionar”. Y yo le pregunté: -¿Y a dónde te mandaron Navarro?. -¿Adónde creen Camaradas?. - Nos dijo acongojadamente. - A la sierra de Huayacocotla. - Contestó muy contristado. -¡Marcos tráete un hacha!. –Le dijeron a coro todos burlándose y riéndose de él. Y nunca vieron que sus ojos se habían llenado de lágrimas. Yo si lo noté por eso no dije nada, solo le di una 24

palmada en la espalda y me retiré de la bulla a leer bien mi orden de adscripción. Se había corrido el rumor que si nos mandaban en cualquier región de Chicontepec, Huayacocotla, Zongolica o las Choapas, nos olvidáramos, ya que eran los peores lugares geográficos y socialmente hablando. Nunca supe más de compañero Navarro. Hasta muchos años después en un periodo vacacional me lo encontré en un parqueadero lavando carros. Anteriormente supe que se había inventado una historia acerca de él y el lugar dónde fue a trabajar. Que lo recibieron de muy mala manera y hasta lo corrieron a pedradas. No le quise preguntar si era cierta esa historia, solo lo saludé y me despedí de él. Hasta la fecha no lo he vuelto a ver. Se perdió como tantos compañeros he perdido en el laberinto de la vida y en la borágimen del tiempo y el espacio. A mí me asignaron una zona escolar de la ciudad de Córdoba. Aunque la región montañosa a la que iría se conocía como “La Sierra Negra de Zongolica”.

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Capítulo dos “La Despedida” A la mañana siguiente regresé a la ciudad de Papantla, para preparar mi partida hacia la ciudad de “Los tratados de Independencia” a tomar posesión de mi plaza. Mi hermana Guadalupe, que era mi hermana mayor, la consideraba como una segunda madre en esos momentos, yo le tenía un cariño muy especial. Me dio muchos consejos, que como la mayoría de los jóvenes de mi edad no les puse mucha atención. Me echó la bendición y me despedí de ella con un beso en la mejilla. Di la media vuelta para que no me viera mis ojos humedecidos. Me puse mi mochila al hombro y solo dije: -¡Adiós hermana!. Te veré pronto.

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Córdoba, Ver. 9 de Septiembre de 1978... . Al llegar a la ciudad, me fui directo a la oficina de la Supervisión Escolar. Me presente ante la secretaria y dije los motivos de mi estancia. Me contestó con un tono amable que 27

me sentara, que en un momento me atendería el supervisor. Le mostré la orden de adscripción, que leyó someramente, la cual puso sobre el escritorio que estaba perpendicularmente al suyo. Pasaron algunos minutos donde solo reinó el monótono tic, tic, de las teclas de su antigua máquina de escribir marca Rémington, que de vez en cuando ella hacía una pausa para hacer explotar una bomba de chicle que inflaba con su boca azucarada y que dejó de masticar, cuando uno de los globos le reventó en todo el rostro, haciendo que se le pegara hasta el fleco que le colgaba por la frente con el que escondía una vieja cicatriz que hacía que se le frunciera el entrecejo. Avergonzada por lo que le pasó exclamó: -¡Ay!. ¡Por eso no me gustan estos chicles!. Y salió por la puerta trasera. En su atropellada carrera derribó un envase de refresco que tenía a su derecha. Y con el estruendo que provocó, hizo que apareciera vertiginosamente el Inspector Escolar haciendo que chocara con él al abrir la puerta y le derribó sobre la solapa de su traje color gris de corte inglés, una taza de oloroso café de grano recién cortado de la región que venía saboreando después del desayuno. Era un hombre delgado, de mediana estatura, como de unos cuarenta y cinco años de edad; de carácter serio y adusto. La señorita secretaria hizo mi presentación un tanto avergonzada y salió 28

muy escurridiza perdiéndose por un corredor que quedaba contiguo a la oficina. El Supervisor Escolar se sentó sobre el mullido sillón que lucía detrás de un escritorio hecho de pura caoba, mientras se sacudía con un pañuelo color blanco los restos del café que se escurrían por su traje y su camisa blanca de cuello almidonado luciendo una corbata de seda sujeta con un pisa corbatas dorado. Se recargó en él mientras tomaba el documento que minutos antes había dejado la mecanógrafa. Leyó algunos renglones mientras me miraba por encima del filillo de la hoja de papel. Tras un breve minuto devolvió el documento a su lugar mientras regresaba su ayudante. Ofreciendo mil disculpas por lo ocurrido, la secretaria tomó su lugar y él le ordenó que redactara el oficio de adscripción de trabajo en la zona. Que iría a prestar mis servicios a la comunidad del “Mirador”. En esos momentos entraban a la oficina dos hombres de apariencia muy humilde, con sus ropas manchadas, semejante a sangre seca, que tiempo después; supe que era la mancha que deja el plátano cuando lo cortan. Tenían el semblante serio y mirada de desconfianza, portaban a la cintura sendas morunas afiladas. El que parecía ser mayor, se dirigió con mucho respeto a la autoridad educativa. Quitose el sombrero de paja y haciéndolo dar vueltas cual si fuese el volante de un vehículo 29

furtivo, que dirigía para que le salieran lo mejor posible las palabras de su boca y poder entablar comunicación con aquel personaje que infundía respeto y autoridad. Y dejando al descubierto su cabello hirsuto y entrecano y con su clásico acento regional se dirigió a la personalidad: -¡Buenos días señor inspector!. ¡Buenos días Don Juventino!, ¿Que anda haciendo por acá?. -¡Pues nada!. Veníamos a ver que noticias nos tiene del maestro de allá del “Mirador”. -¡Ah!. Que bueno que vienen. Pues aquí les tengo a su nuevo profesor. Señalándome con su mano derecha a donde me encontraba. Los dos hombres voltearon rápidamente hacia mí y con una mirada de asombro exclamaron: -¡Cómo!. ¿Ya nos cambiaron al otro?. - Y reviraron su mirada otra vez como diciendo: “Otra vez la burra al trigo”. Y agregaron con acento de conformidad: -Bueno, está bien. Pues ni modo. Pasamos por él a las cuatro, para irnos en el tren de las cinco. Dieron media vuelta y salieron por donde vinieron, no sin antes echarme una última mirada, para asegurarse bien a quién recogerían más tarde y se fueron diciendo algo en su lengua natal el náhuatl que nunca entendí.

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-Parece ser que no lo quieren. - Me dijo en voz baja y burlonamente el inspector de zona. - Usted tiene que desempeñar bien su trabajo para ganarse la confianza de esta gente. Es muy desconfiada y no les agradan los fuereños.

Las cuatro se llegaron pronto, los dos hombres que después supe que eran padre e hijo, casi no cruzaron palabras conmigo, solo las necesarias para indicarme a donde íbamos. Abordamos el tren de las cinco rumbo al pueble de Tezonapa. El viaje se me hizo muy largo, yo iba sentado a dos asientos adelante de mis acompañantes. Tenía mucha hambre, sobre todo cuando veía pasar a una muchacha espigada, alta y morena recorriendo todo el tren vendiendo toda clase de 31

alimentos. Primero pasó con una charola llena de bananas y con un pregón que espantaba a los pasajeros que iban dormidos gritaba: “¡Lleven sus plátanos!. ¡Compre sus plátanos!.” Y se perdía en el siguiente carro. Luego aparecía con otra charola llena de “Garnachas”, que a decir verdad, no se me antojaron y nunca las probé, solo más me compré un refresco que era lo único que podía comprar, ya que mis recursos económicos se me habían agotado; y me lo fui tomando el refresco a cuenta gotas tratando de esconderme de mis acompañantes; Ya que me daba pena no haberles podido invitar uno a ellos también. Después de casi tres horas de viaje serpenteando las montañas llenas de verde follaje y el plan cubierto de caña brava, llegamos a nuestro destino; solo para saber que trasbordaríamos a un segundo medio de transporte. Otro de esos “polleros” que casi trasportaba de todo a parte de seres humanos. Poco a poco fui haciéndome de una tonadita en mi modo de conversar, para que no creyeran que hablaba enojado con el clásico acento “norteño”. Después de una hora más de camino llegamos a “Laguna Grande” también llamado “Pueblo Viejo”. Solo Dios sabe cuando se poblaron aquellas tierras cubiertas de selva y caña brava.

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Capítulo tres “La Pregunta” Cuando nos bajamos del camión la noche extendió su manto negro sobre la bóveda celeste y un “hormigueo” en mi estómago me empezó a incomodar. Nos dirigimos unos doscientos metros por una calle llena de charcos y lodo. Uno de mis guías me preguntó: -¿Sube hoy, o sube mañana?. Yo no supe que contestar, solo se me ocurrió decir como por instinto: 33

-¡Subo mañana!. Y nos dirigimos a la casa del que más tarde sabría que era del cacique de esa región. Allí me presentaron ante el señor de la casa que me recibió atentamente y me dieron de cenar huevos revueltos bañados en una salsa roja picante, acompañados de frijoles negros con unas rajas de queso blanco de vaca y una taza de café negro de grano con un aroma delicioso, sin faltar unas tortillas gruesas de maíz hechas a mano. Los de la casa y yo solo cruzamos las palabras necesarias para conocernos y saber quién estaba hablando con quién. Después de cenar, mi anfitrión me indicó el lugar donde dormiría: Era una troje, Estaba llena de herramientas, y arneses para caballos y mulos y pacas de pastura. Todo estaba impregnado de olores nuevos para mí, humedad mezclada con heces de acémilas, lodo prieto, caña y selva. El granero estaba iluminado por un foco de luz tenue a causa de las manchas que dejaban los insectos nocturnos, que atraídos por la luz de la bombilla chocaban con ésta en una incansable batalla por querer apoderarse de la majestuosidad de aquella luminiscencia. Desempaqué algunas cosas mientras mi anfitrión decía: -¡Bueno, maestro!. Que tenga buenas noches. Lo espero para desayunar en la mañana. Dijo esto y cerró la puerta trasera tras de él. No sé si alcanzó a escuchar que le di las gracias. 34

Tendí un cobertor sobre unas pacas de pastura que reuní para confeccionarme una cama, puse de almohada la mochila y me dispuse a dormir. Batallé bastante rato para conciliar el sueño por culpa de unos hematófagos volantes que no me dejaban en paz. Eran los mosquitos más grandes que había visto en toda mi vida. Tuve que echarme un cobertor para taparme, sólo dejando asomar la nariz por un hueco que dejé abierto para poder respirar bien. Auque el sopor de la noche también conspiraba para no dejarme dormir, las serotoninas hicieron efecto en mí de cualquier manera, y mi cuerpo se relajó y caí en el coma del sueño.

A la mañana siguiente, el dueño de la casa fue por mí para invitarme a desayunar. Sirvieron solo un plato de frijoles con queso y café con leche y un racimo de plátanos que adornaba el centro de la mesa para invitarme a comerlos. No 35

los comí y no los volví a comer nunca, no sé explicar por qué, pero desde esa mañana los plátanos nunca formaron parte de mi dieta.

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Capítulo cuatro “La Subida” Los dos hombres que me habían traído hasta aquí, llegaron a eso de la 9:30 antes del medio día, pidieron unos refrescos de sabor en la tienda del dueño de la casa y se sentaron en la banqueta a descansar del trayecto. Traían con ellos una mula asmática ya entrada en años que amarraron a uno de los horcones del porche del pequeño comercio. Después de un rato de descanso y una breve entrevista de cómo había pasado la noche me preguntaron que si ya estaba listo para subir. Y me volvió a intrigar esa pregunta y les reconvine: -¿Adónde hay que subir?, 37

-¡Pues allá arriba. Al cerro! – Decían esto mientras apuntaban con el dedo índice a la montaña que se vislumbraba a través del claro del camino por donde mis guías habían llegado -Allá vamos. Allá está el “Mirador”; donde usted va a dar clases. -Vamos pues. - Y me ayudaron a subir mi equipaje a la mula que habían traído especialmente para eso. Nunca supe la distancia que recorrería hasta veintitrés años después que regresé a este MALDITO lugar y lo vi señalado por un letrero de carretera que decía: “EL MIRADOR 11 Km”

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Empezamos a bajar unos cien metros de longitud en cuarenta y cinco grados de inclinación por una calle de concreto, que al final de la misma terminaba en curva y que se conectaba con un pequeño puente hecho de piedra y cemento que ya estaba despintado en su totalidad, que cruzaba un arroyo de aguas claras, matizado con el verde oscuro del follaje de la exuberante selva y que formaba un espléndido corredor en el camino, adornado con toda clase de orquídeas y flores de distintas formas y colores y aromas delicados y el verde 39

esmeralda de algas y musgo tierno que vestían a las piedras pulidas del fondo del riachuelo. Mientras cruzábamos el puentecillo, la naturaleza nos recibía con un concierto de cantos de pájaros que armonizaban en un compás único, y me hicieron detenerme un momento a escudriñar entre las copas de las ceibas, caobas, chicozapotes e infinidad de plantas y árboles que cubrían el amplio corredor e hicieron sentirme el hombre primitivo que llevamos dentro. Cruzamos la pasaderilla y volvimos a retomar el camino para empezar a subir por la “rastrojera”; que era una parcela sembrada en la primera ladera de la montaña. El tramo de este camino nos llevó recorrerlo aproximadamente una hora y cuarenta y cinco minutos. Miraba como la pobre bestia de carga a cada paso que daba, soltaba una ventosa o se resbalaba y caía inclinada sobre sus cuartos delanteros, soltando de vez en cuando su excremento fétido y espeso, que salpicaba las piedras del camino y nosotros las sorteábamos para no ensuciarnos el calzado. Yo reflexionaba para mis adentros y me decía: “Ni modo, para esto las hizo Dios.”

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Poco después llegamos a la casita de doña Hermelinda. una anciana ya entrada en unos setenta años de edad, en donde hicimos una escala de quince minutos para halar aire y “refrescarnos” con unas gaseosas al tiempo, que mis guías me invitaron. Ellos me presentaron con la dueña de la casa que con un tono muy peculiar y amable se dirigió a nosotros: -¿Qué hubo?. ¿Que hay en el plan? – Preguntó con mucha confianza. -Nada. Solo que aquí traemos al nuevo maestro del “Mirador”. – Contestaron mis compañeros de travesía.

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-¡Ah que bueno!. ¡Mucho gusto profesor!. Esperamos que se sienta a gusto por acá. – Contestó la anciana. - Y, ¿De dónde es usted?. - Me interrogó amigablemente. -De Laredo. – Le contesté de la misma manera. -¿De Laredo Texas o Laredo México?. – Preguntó confusamente. -De Nuevo Laredo, Tamaulipas. – Le aclaré -Por eso, de Laredo Texas o Laredo México. – Comprendí que desconocía la geografía de mi estado y le confirmé: -De Laredo México. -A que bien, pues bien venido por esta su casa. – Me dijo hospitalariamente y yo le respondí: - ¡Gracias!. Mucho gusto en conocerla. – Le respondí de igual manera. Terminamos el refresco y reanudamos el camino ya menos inclinado pero no dejábamos de ir subiendo progresivamente. Mientras la montaña se iba arropando de una densa selva, ataviada elegantemente, como si estuviera de fiesta al ir dejándome contemplarla como una mujer seductora; de la cual me iba enamorando poco a poco conforme me develaba todos sus encantos. A medio camino llegamos a la primera comunidad llamada “Las Mafafas,” en la cual conocí el “Palo de Agua”. Lo llamaban así porque su tronco formaba un “bebedero” natural para calmar la sed de las aves y las 42

bestias, que se surtía del agua que escurría por su tronco cuando llovía y se rellenaba con el rocío de la noche. Unos dos meses después me dijeron José “Coyote” y Ezequiel Domínguez alias “El Cheke” que allí vivía un paisano mío que era de mi “rumbada”. Más tarde supe que hablaban de Adrián González Acosta, un buen compañero que habíamos estudiado juntos en la misma escuela. Él era algo airoso, pero la verdadera escuela de la vida lo había convertido en el más humilde de los amigos que he tenido y estoy muy orgulloso de llamarlo “hermano”.

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Capítulo cinco “La Primera Visión” Habían transcurrido algunas cinco horas de travesía, cuando vi que una niebla venía escurridiza y silenciosamente cruzando el “filete” de la montaña, nos cubrió muy pronto y oscureció el día. En el momento que la nube nos envolvió, un escalofrío circundó por todo mi cuerpo y se me erizaron los pelos de la nuca. Se apoderó de mí un temblor de manos, rodillas y un crujir de dientes. Empecé ha tener una visión... . Me quedé suspendido por un momento en el espacio y el tiempo y contemplé en la orilla del camino el cuerpo sin vida 44

de un muchacho. Su cara estaba verdosa, matizada con colores grises y morados y sus cabellos desparpajados cubrían parte de su rostro, estaba cubierto todavía por el rocío de la noche anterior y los gusanos ya habían empezado hacer su labor, al mismo tiempo que las bacterias se nutrían del cuerpo inerte del infortunado joven. Un charco de sangre fresca, caliente y espesa se escapaba de su garganta junto con vapor de agua. Sus ropas eran igual que las mías e inmediatamente recordé la conversación de la noche anterior como si estuviera dentro de un socavón: -“¡Sube hoy, o sube mañana!”. -“¡Subo mañana!”. Los machetazos que oí me sacaron de mi trance y volví a la realidad, cuando el hijo de Don Juve cortaba tres hojas anchas de mafafa y me daba una a mí junto con una capa de plástico de color amarillo que sustrajo de una de las alforjas que llevaba colgadas a la mula y me dijo: -¡Póngasela profesor!. Porque va a llover. Dijo esto y el chasquido de un relámpago iluminó el entorno donde nos encontrábamos proyectando nuestras siluetas entre el follaje de la selva y el hijo de Don Juventino me sonrió de una manera extraña, como sabiendo que había tenido la visión. Después de esto empezó a caer una cellisca que no dejó de escampar hasta 45

que llegamos a su casa. Nunca le platiqué a nadie la experiencia que había tenido, temiendo que me juzgaran loco.

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Cuando comenzó la nube a desgajarse, divisé bajo mi paraguas improvisado, LA CRUZ de concreto que señalaba la entrada a la comunidad del “Mirador”, que después de muchos años sigue siendo el lidero que da la bienvenida a esta MALDITA TIERRA. (Pido Disculpas a todos aquellos que lean esta historia por la manera en que califico este lugar, pero créanme que más adelante conocerán mis razones) Comenzamos a descender unos trescientos metros por la ladera del cerro, que para mí se me figuraba una “media luna”, pues así se miraba desde el “mirador” de la cruz. Después de unos treinta minutos más, llegamos a la casa de Don Juventino, serían aproximadamente las seis y media de la tarde, pero aquí ya era de noche.

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Capítulo seis “La Primera Noche” Cuando entramos a la galera principal, Don Juventino me indicó el lugar en el que dormiría. Era una hamaca que estaba amarrada de uno de los horcones que servían de travesaño a la rústica casucha y el otro extremo a uno de dos pilares que se encontraban en medio de la edificación. -¡Se tapa con esto por si tiene frío!. Me sugirió Don Juve, y me facilitó un cobertor. Que luego más tarde me enrollé en él como si fuera un tamal humano listo para la cacerola, pues el frío de la noche calaba hasta los huesos como si estuviera en un congelador de carnes. No hacía mucho tiempo que había dejado de llover, cuando otro aguacero se dejó caer sobre la montaña. Como si tal vez me quisiera decir que no era bienvenido a ella, pero esta vez acompañada de los truenos y relámpagos más extraordinarios que he visto y oído en mi vida, me quedé 48

parado en el dintel de la puerta trasera del galpón y un “sapo” en mi garganta se anidó junto a mis amígdalas y empecé a reflexionar: “¿Qué es lo que estoy haciendo aquí? “¡No tengo ninguna necesidad de haber venido hasta acá!”. Y al mismo tiempo me contestaba para mis adentros: “Pues para esto estudié, para brindar los conocimientos básicos a las niñas y los niños, para educarlos lo mejor que pueda”. “No sé por qué, pero la lluvia siempre me pone triste”, y enjugué una lágrima que se escapaba furtivamente de mis ojos. En esos momentos me estaba acordando de mi madre y mi padre sin dejar de mencionar a la novia de mi juventud que trataba de dibujarla en mi mente pero la lluvia fría que se resbalaba por una de las canaletas del techo que surtía de agua a un aljibe me impidió seguir pensando en ella. “Nada es para siempre” me repetí esto una y otra vez. Fue cuando un relámpago hizo que retrocediera hacia dentro de la casa y no me dejó siquiera contar los segundos para calcular dónde caería el poder del electro y vi como partió a la mitad un robusto árbol. La visión que experimenté me hizo sobrecogerme de temor y sentí como se me erizaban los pelos de la nuca y comenzara a sentir un retortijón de tripas que me apremiaron para ir a evacuar las inmundicias que llevaba dentro de mis intestinos. Aunque no quería salir de la troje, le pregunté a mi anfitrión: 49

-¿Dónde está el baño Don Juventino? - ¡Ahi nomás váyase al monte!, Me dijo secamente y no le entendí muy bien, pero las ansias de vaciar mi tubo digestivo me ganaron y no tuve otro remedio que salir en medio de la tormenta y sentarme a un lado de los restos humeantes del árbol derribado por el rayo que acababa de caer. Ni el humo que me picaba en los ojos, ni la lluvia fría que empapaba mi alma desnuda impidieron que viera y sintiera como otro rayo cayó junto a mí. Esto me hizo maldecir el dicho que dice: “Un rayo no cae dos veces en el mismo lugar” e hizo que terminara de evacuar más rápido y me aseé con unas hojas que estaban a un lado, que más tarde me daría cuenta que había escogido la menos indicada de las trepadoras: “La ortiga”, .El ardor que me produjo no me dejó dormir bien en toda la noche. Y todavía la “ancla psíquica” de aquella experiencia me produce el mismo ardor cada vez que llueve a la anochecer acompañada de truenos y relámpagos en donde quiera que yo esté.

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Allá por la madrugada el ardor de las púas de la ortiguilla, me hizo abrir los ojos y contemplé la silueta de alguien que estaba parado frente a mí, con las manos levantadas y sosteniendo algo entre ellas, un rayo de luz de la luna llena que entraba por la ventana se reflejó en el filo de la guaparra que me encandiló por un instante y oí la voz susurrante de Don Juventino que le ordenaba: -Ya acuéstate Juan. Ya deja de jugar con eso. -Está bueno tata, ya me voy a dormir. Se dio la media vuelta y fue a recostarse en su petate, pero antes colgó su moruna en el horcón de en medio de la galera. Dos meses después lo 51

encontraron colgado con un mecate al mismo horcón con la lengua de fuera y los ojos saltados. Nunca se supo que lo llevó a tal determinación, solo me enteré de que padecía de los “nervios” y se corría el rumor de que le había dado “carne” a cuatro personas desconocidas, todas ellas jóvenes. Creo que yo fui el “quinto bueno”. Pues una gran parte de la gente en este lugar no le da la mayor importancia a la vida. Les importan más los muertos, según se refleja en la tradición de “Todos Santos y de los Fieles Difuntos”.

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La primera mañana que contemplé en este lugar, teñía el cielo de un color azul vivo y un sol brillante parecidos a los de mi infancia, que animaba a la faena y el amor a la vida. Me maravillé de la vista panorámica que se podía apreciar del “plan”. Con el serpenteo del río Tonto que surtía de agua a la presa de Temascal que parecía un espejo empañado por el vaho de la selva.

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Capítulo siete “La Bienvenida” Las explosiones de potentes cohetones me sacaron de mi expiación del paisaje. Don Juve me invito a compartir sus alimentos y me apremiaba: “Vamos maistro, venga a “papear”” que ya están llamando a junta general en la escuela para que lo conozcan y que nos organicemos como vamos a tratar con usted. Después del sencillo almuerzo, nos dirigimos al plantel educativo. Era una escuelita hecha de madera de la región, de esas que pasa el tiempo y no envejecen. El techo era de dos aguas con láminas de zinc y las paredes estaban pintadas de 54

verde soldado y rojo sangre. El último cohetón lo hicieron explotar a mi salud y bienvenida. La gente me saludaba con mucha atención y reverencia, que me hicieron sentirme un gran personaje. Yo traté de ser lo más humilde posible con ellos y de hablar en una jerga que me confeccioné, mezcla de “norteño” y “sureño”.

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La asamblea comenzó con el tradicional pase de lista de presentes y los puntos del día surgieron improvisadamente y fueron al meollo del asunto: La presentación del maestro a la comunidad y viceversa. Todos fueron diciendo su nombre, descubriendo su cabeza y decían: “Para servir a dios y su merced”. Me sentí muy contento de ver tanta cortesía y humildad de todos allí presentes; no faltaron dos o tres personas con risa burlona y encubierta. Más tarde me hice amigo de ellos eran José “Coyote” y “El Cheke”, comandante y bravucón respectivamente, pero muy buenos amigos que en más de tres ocasiones arriesgaron mi vida y la suya y me la salvaron. Al llegar al asunto de quién me iba asistir, reinó un silencio mezclado con aburrimiento. Por fin un hombre de mediana estatura y bigotes de vinagrillo se lució desde el fondo

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de la sala y levantando la mano izquierda al mismo tiempo que expresaba: -¡Yo lo asisto!. ¡Donde comen cinco, comen seis!. Y el silencio se rompió con un conjunto de risas y un: “¡Eso es todo Don Poli!”. Era Don Hipólito Cortés Mendoza un Oaxaqueño oriundo de Chalcatongo, Oaxaca. El Maestro saliente, Isabel Pantoja hizo uso de la palabra para entregarme el edificio y el archivo de la escuela y darme la bienvenida, me estrechó la mano y exclamó: -¡Buena suerte!, ¡Juégala fría en este lugar maestro!. -¡Gracias! ¡Así lo haré!. Nos sé que me quiso decir, pero se oyó como una advertencia. Después de las “Bienvenidas y siéntase en su casa y estamos para servirle en lo que usted quiera” se levantó la asamblea después de un pequeño discurso y palabras de agradecimiento de parte mía. Don Hipólito me condujo a su humilde morada. Era un techo de dos aguas de lámina de cartón y dos paredes construidas del mismo material amarradas con mecate de ixtle a palos blancos de guaraná. Me presentó a su familia que estaba compuesta por su esposa María, su hijo mayor de once años llamado Aniceto y una niña que le decían de cariño

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“Chica” y un bebé de dos años y medio también apodado “chico” apócopes de Francisca y Francisco. Me invitaron un plato de frijoles negros y huevos revueltos en salsa roja de tomate y un cajete de salsa de chile mulato, acompañado de unas tortillas de maíz que extendía golpeándolas con la orilla de la palma de la mano derecha, al mismo tiempo que hacía girar el molde para irle dando forma y luego las dejaba caer cariñosamente sobre un comal de barro hundido en el centro; sostenido con tres piedras negras de origen volcánico chamuscadas por el poder del fuego de todos los días.

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Capítulo ocho “El Cuarto” Al terminar de comer, nos dirigimos a lo que sería mi casa, “La Casa del Maestro”. Era una rústica casucha de madera sin pintar y techo de lámina galvanizada, que se dividía en dos partes. La primera era una cuarto de dos por tres metros, en donde estaban, un catre de “tijera” de madrea confeccionado de costal de ixtle, una mesita rectangular también hecha de madera que se encontraba en la cabecera del catre. Tenía una sola puerta y una pequeña pero muy pequeña ventanilla corrediza de forma horizontal de veinte por treinta centímetros 59

al lado izquierdo según la orientación de entrada al cuarto. Afuera, debajo del porche, había dos barriles de lámina con capacidad de doscientos litros, que los surtían con agua para las necesidades del maestro; uno de ellos estaba vacío y permaneció vacío hasta el día en que la herrumbre y el oxígeno acabaron por corroer las moléculas de acero y carbón de que estaban hechos. En la otra habitación nunca supe que había, pues estaba sellada su puerta con una gruesa cadena y un candado oxidado del cual se había perdido la llave.

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La segunda noche fue el comienzo de la más larga de mis pesadillas, después de cenar en casa de Don Poli, él y su hijo Aniceto me acompañaron por el laberinto de las veredas cubiertas de densa selva, abriéndose paso con su machete cortando las plantas del camino, y que detrás de nosotros se volvían a cerrar de vegetación; tal parece que la intención era borrar las huellas de regreso, pero así era la cosa. Al llegar a la casa, Don Poli me advirtió: -Si oye ruidos no salga, enciérrese bien y no salga, no sea que vaya ser mala la hora. -¿Porqué me dice eso Don Poli?. -Usté nomás hágame caso, no salga; yo sé lo que le digo. Hendí la llave en el candado y lo abrí. Mis manos temblaban, no sé si era el frío de la noche o mis nervios, o eran las dos cosas juntas. Le di las gracias y las buenas noches y me devolvió el saludo: -¡Hasta mañana!. 61

-Si Dios quiere. Le contesté un tanto temeroso. Se perdieron silenciosamente entre la maleza y la oscuridad de la noche, y solo se distinguía el foco de mano que llevaban para alumbrarse, que retroproyectaba toscas siluetas de las plantas de la orilla del camino; que parecían fantasmas danzando un extraño baile de regocijo y concupiscencia. Prendí el “mechero” con una pajilla que estaba en el centro de la mesa. Estaba fabricado de una lata de cerveza y una mecha de trapo, empapada con petróleo. Desempaqué algunas cosas que traía en mi equipaje y las puse sobre la mesita de madera: Un foco de mano, una Biblia, un Crucifijo, y un vaso de plástico que embroqué sobre la mesilla. Tendí sobre el catre un cobertor que mi madre me había rogado que me lo trajera y yo no quería. ¡Que falta me hubiera hecho!. Puse de almohada una chaqueta y me cubrí con otra colcha que mi hermana Guadalupe me regaló. Me enredé en ella en posición fetal para apaciguar el frío de la noche dispuesto a dormir, no sin antes rezar un Padre Nuestro y un Ave María.

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Capítulo nueve “La Pesadilla” Allá por la madrugada, un mal sueño me despertó: “Soñaba que yo iba caminando por el centro del campo de fútbol que quedaba por debajo del nivel del barranco en el cual se encontraban la escuela, las letrinas y la casa del maestro; y de pronto un ruido como el de un tren de carga me hizo que me diera una media vuelta y contemplé como el cerro se desgajaba, desbaratando las construcciones de madera y viniéndoseme encima todo como una gran avalancha de lodo y agua que inundaba todo el claro del campo fútbol y me arrastraba por la pendiente de la montaña”. Desperté sobre saltado con mi corazón latiendo como un condenado, lleno de angustia y empapado en sudor. -¡Gracias a Dios que solo era un sueño!. Me dije a mí mismo. Y volví a pegar mi cabeza en la chaqueta. 63

Capítulo diez “El Primer Día de Clases” El primer día de clases se llegó con un compás de risas, gritos y correrías de chiquillos, de un lado a otro del campo deportivo. Me llamó la atención un niño “güerito” que estaba trepado en un árbol de guayabas. Me acerque hasta quedar debajo de él y le apremié para que bajara: -Ten mucho cuidado y bájate por favor. Le ordené en tono sutil, para no hacerlo temer y perdiera el equilibrio y cayera. -¡Estoy comiendo esta fruta!. orita me bajo “profe”. ¿No quiere una?. Y me arrojó una guayaba que ya había sido picada por el gusano. 64

-Esta no sirve, ya tiene gusanos. Le reconvine. -¡Que le hace!. Esta también tiene gusano, mire. Y le dio un mordisco a la fruta engullendo al mismo tiempo el anélido. El niño bajó con bastante agilidad por el tronco del árbol y me extendió los brazos para que le ayudara a bajar. -Me llamo Juan Ángel, soy hijo de José “Coyote”. ¿Y usté?, ¿Cómo se llama?. -Me llamo Lauro, Lauro Luis Madrigal Grimaldo y yo soy tu profesor. -¡Ah güeno! ¿Ya vamos a entrar? -¡Si, ya vamos entrar!. ¡Vámonos!. Y nos dirigimos a las escalinatas de piedra de cantera que servían para escalar el barranco y entrar a la escuela. Y al pie de las mismas se formaron en dos filas mis alumnos, una de niñas y otra de niños. En total eran cuarenta y cuatro angelitos. ¡Si, cuarenta y cuatro angelitos “cagando diablos!”.

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Las dos filas de alumnos avanzaron por la escalinata del templo y entraron al saber, tomaron sus asientos y guardaron sus útiles escolares debajo de los pupitres binarios de madera y se escuchaba un cuchicheo entre todos ellos que se rompió hasta que les ordené que se pusieran de pie y les di la bienvenida y los saludé: -¡BUENOS DÍAS NIÑOS!. -¡BUENOS DÍAS QUERIDO PROFESOR! -¡PUEDEN SENTARSE!. -¡GRACIAS QUERIDO MAESTRO!. Tome el registro de asistencia y me dispuse a tomar lista de presentes, les pedí que se pusieran de pie y me dijeran en que grado iban, algunos no contestaron y lo dijeron otros en su lugar porque no hablaban español, hablaban náhuatl. Las clases se desarrollaron como en cualquier otra escuela, salvo por un pequeño incidente que ocurrió a las 11:35 de la mañana: La invasión de un ejército de “tepehuas”, las hormigas más destructivas que he visto y las más bravas que nos hicieron salir de salón de clases y tuvimos que seguir las 66

clases debajo de los árboles y ya estando allí, los niños sacaron su bastimento para comer y me convidaron un poco de todo, tortillas embadurnadas con frijoles y chile, frutas y chicharrones de puerco etc. Los días trascurrieron de una manera normal para mí. Todo era expectación, estudio y práctica. Conocí a la mayoría de la comunidad donde me recibían de una manera muy cordial. Y todos los días alguno de mis alumnos me invitaba a comer a su casa y yo asistía para ir conociendo las costumbres de esta gente, que a decir verdad eran de lo más hospitalarias y humildes. Así conocí a Don Pedro Rosales y su esposa Doña Rosy. Tenía un hijo de unos dos años de edad y ella estaba en cinta de su segundo hijo al que llamaría Sergio y yo me comprometí a bautizárselo, solo que no pude cumplir con éste compromiso, ya que tuve la necesidad de salir de esta comunidad por los acontecimientos que voy a contarles enseguida. Todas las noches al irme a mis aposentos, me asaltaba un pánico inexplicable que me hacía chillar, oía rudos extraños, pasos a lo lejos, gemidos y llanto en la habitación contigua, voces que me hablaban desde un socavón y me advertían que me fuera de allí, gritos y algarabías de niños en la escuela y arrastradero de bancos, que una noche me armé de valor y fui a 67

inspeccionar a ver que ocurría, pero al llegar a la escuelita todo estaba en orden, reinaba un silencio y solo el ulular del viento que se colaba por entre las rendijas de la paredes y ventanas era todo lo que se oía, nada más me alejaba de allí y comenzaba escuchar otra vez la bulla, después ya no les puse mucha atención me fui acostumbrando a eso. No quería confiarles a las personas más cercanas a mí todo esto, porque me daba vergüenza que dijeran que era un miedoso. Para calmar mis nervios, le pedía a Don Poli que me prestara a su hijo Aniceto para que me acompañara a mi casa a dormir y el niño lo hacía con mucho gusto, pero al cabo de un tiempo el también se espantó por lo que ya no quería acompañarme. Entonces para armarme de valor comencé a beber cerveza y aguardiente de caña, porque solo embrutecido me sentía con valor para soportar todo lo que ocurría al llegar la noche.

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Capítulo once “La Segunda Visión” Pero lo más extraño me ocurrió a mediados del mes de octubre que bajé a Córdoba a recibir mi primer pago. Comencé la travesía temprano, solo con lo indispensable. Al llegar a “Las Mafafas”, me dieron ganas de tomar un refresco en la tiendita que estaba a la orilla del camino. Ya cuando faltaban algunos cien metros para llegar, me paré en seco de mi loca carrera que llevaba. Una energía sobre natural me detuvo y entré en trance “catatónico”. Todo lo que uno alcanza a ver en ángulo de 180° se fue cerrando en círculo y oscureciendo poco a poco y encerrándome en un pasaje de tinieblas y bruma que 69

podía sentir, ya que mis ropas se empaparon de una humedad clara y viscosa que chorreaba por las mangas de mi camisa y las bastillas de mi pantalón cual si fuera clara de huevo; Y un olor nauseabundo se impregno en la atmósfera. Y mire, contemplé en la imaginación de este trance, otro muerto como el que había visto un mes y medio antes, en la primer travesía que hice a este lugar. Estaba boca arriba con sus ojos entre abiertos y su ropa sucia de barro amarillo, con un agujero de bala en medio de la frente, y un hilillo de sangre se escapaba del orificio y se escurrió por entre las piedras del camino hasta llegar la tiendita, trepó la pared de madera que estaba despintada por la intemperie, recorrió por debajo del mostrador que sobresalía del claro de la ventana y siguió por arriba del mismo, hasta entrar en el cajón donde guardan el dinero de la venta y se metió por el cañón de una pistola calibre cuarenta y cinco que estaba junto con la plata. Y un olor de pólvora mezclada con humedad impregnó todo alrededor de cien metros. El cuerpo sin vida del muchacho quedó con los brazos extendidos y mirando al cielo. Ya me habían advertido las gentes de la comunidad, de que no bajara solo, que me hiciera acompañar de alguien, porque los “chanekes” podrían extraviarme e incluso raptarme para siempre y no volvería a este mundo; que si bien me iba, solo jugarían conmigo y me 70

abandonarían en otro lugar de la montaña y me podría extraviar y no encontraría de regreso el camino. Pero lo que experimenté no fue obra de los “chanekes”, sino que yo lo tomé como una premonición y desde entonces hacía caso de estas revelaciones y decidí no llegar a la tienda a comprarme un refresco para calmar mi sed. Seguí de largo, y al pasar enfrente de la tienda, había un muchacho que despachaba una botella de aguardiente a un joven parroquiano de unos diecinueve años de edad; me siguió con su mirada torva bajo el ala del sombrero de paja que tenía puesto. Más adelante escuché una detonación de arma de fuego y no me quise detener para ver que había ocurrido.

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Tres días después, al regresar de Córdoba, me enteré que el encargado de la tienda le había pegado un balazo a un joven borrachito en el entrecejo y lo había matado el mismo día que yo había bajado. Y decían que cuando lo agarraron preguntaban por que lo había hecho, solo asentía a decir: -¡Yo no lo hice!. ¡Yo no lo hice!. ¡Fue el espíritu de la montaña el que me ordenó que lo matara!. y le

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Capítulo Doce “La Primer Tragedia” Al llegar a Laguna Grande, me detuve a tomar un refresco en la “Como Chupo”, que así le decían a la tienda comunitaria de la Conasupo. Fue allí donde conocí a al comandante José “Coyote” de allá del Mirador. Él estaba recargado en el mostrador tomándose una cerveza, y yo me paré al otro extremo del mismo. Lo saludé de lejos y él me invitó una cerveza. Se acercó a mí y dijo: -¡Échese una a mi salud profe!, Por favor. -¡No gracias!. Solo tomaré un refresco dulce. Quiero llegar temprano a la escuela. -Le contesté. ¡Ah, me desprecia!. Dijo un tanto molesto. -¡No! Solo que quiero irme horita que todavía es de día. 73

–Le reconvine. -¿Ya sabe quién soy yo?. -Me preguntó un tanto retador. -¡Si, ya sé quién es usted!. ¡Usted es el comandante de mi comunidad!. Y le encomendaron que me cuidara. ¡Pero yo sé cuidarme solo!. ¡No necesito de niñeras para cuidarme!. En tono muy bajo me dijo: -Hágase pacá, profe. Póngase detrás de mí. Yo no le hice caso y me haló bruscamente del cuello de mi camisa y me puso detrás de él. Se llevó la mano a la cintura y acarició las cachas plateadas de una pistola escuadra que llevaba debajo de la camisa enfundada por detrás. Entonces me di cuenta porque me había jaloneado. Dos parroquianos que estaban en el rincón de la cantina comenzaron a insultarse y uno de ellos desenvainó su machete y le asestó un tajo al otro, y que éste se cubrió con su antebrazo izquierdo, haciendo que casi se le desprendiera, pero al mismo tiempo desenfundaba un revólver calibre treinta y dos y le alcanzó a pegar un tiro en el pecho a su contrincante; mientras otro machetazo se le incrustaba en la frente. Los dos cayeron al suelo heridos de muerte. José “Coyote” me ordenó y me pescó por el brazo izquierdo diciendo: -¡Vámonos de esta méndiga piquera!. Y nos salimos corriendo antes de que llegaran las autoridades. Montamos unas bestias que estaban amarradas a uno de los horcones de la tienda que 74

él mismo había traído del Mirador cargadas de plátanos y que ya había vendido a un peso el kilo. Nos dirigimos al camino real, que va a dar a la calle de concreto empinada en ángulo de cuarenta y cinco grados para comenzar la travesía y subir la montaña.

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Después que cruzamos el arroyo, sacó de una de las alforjas una botella de caña y me ofreció un trago. -¡Órale Lauro!. ¡Échate un trago pal susto!. Un trago no es ninguno, dos ya es uno y tres ya es compromiso. Y le agarré la botella y sorbí dos tragos grandes, uno pa que resbalara y me limpiara las muelas del juicio que todavía no me salían y otro pa que apaciguara los nervios. -¡Salud!. Le dije y le devolví la botella. ¡Salú!. Me contestó cortésmente. Por el camino nos encontrábamos a personas conocidas y desconocidas que saludábamos, subimos la rastrojera un poco más lento al paso de las bestias y llegamos a la casa de Doña Hermelinda a descansar un rato. Nos sirvió unas cervezas 76

“soles” al tiempo, que sabían como “despejar” la mente y calmar la sed. Allí estaba Ezequiel Domínguez alias el “El Cheke” que se nos pegó y empezó a solidarizarse con nosotros en las buenas y en las malas. Formamos un trío de miedo para las parrandas. Fue esa vez que me dijeron que en la comunidad de las Mafafas trabajaba un paisano mío de allá de mi rumbada que vivía con su esposa en la casa del maestro pero no sabían como se llamaba. La escuela de esa comunidad estaba en lo más profundo de una “joya” de la montaña. Un día me atreví a ir para saber de quién me hablaban. Se trataba de Adrián González Acosta y su esposa Cinthia. Nos dio harto gusto saber que trabajamos relativamente cerca. Que desde entonces nos procuramos uno al otro y nos organizábamos para hacer encuentros deportivos entre las dos comunidades, encuentros en los que nadie ganaba y si convivíamos alegremente. Esto era lo que nos mantuvo firmes en nuestra convicción de seguir adelante con la tarea de la educación de los niños.

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Capítulo trece “La Amenaza” Cuando llegamos a dicha comunidad, que para mí no me traía buenas vibras, por lo que había experimentado en la primera visión y después en la segunda, que apenas tenía tres días que había pasado; no me importó tanto que llegáramos a tomarnos otro cartón de cervezas soles mientras contábamos chistes y cantábamos de alegría acompañados de una vieja 78

guitarra que me acompañaba a todas partes que yo iba. Ya le habíamos revuelto mucho alcohol y cerveza al hígado y al cerebro, cuando acordamos irnos para “nuestra tierra” o sea a nuestras casas. -¿Cuánto te debo?. Le pregunté al muchacho que atendía la tienda, que venía siendo hermano del homicida de hace tres días. -¡Son cuarenta pesos!. Me contestó un tanto fastidiado el joven. Yo saqué un billete de cincuenta pesos para pagar, cuando me iba a dar la feria, vi el arma con la que se había cometido el asesinato dentro del cajón que estaba debajo del mostrador y alcancé a ver el hilillo de sangre que se escapó del cañón de la pistola y subió al mostrador, y pasó por en medio de mis antebrazos que tenía recargados en el mismo. Tuve que hacerme hacia atrás para dejarla que bajara por la madera despintada por la lluvia y el viento. Y recorrió subiendo por entre las piedras del camino los cien metros que había logrado caminar el difunto muchacho de hace tres días. -¡Que bonito juguete tienes ahí!. Le dije solo por un cumplido. Entonces sus ojos se le desorbitaron y su rostro se descompuso en ira. Y sacó el arma del cajón todavía humeando pólvora y sangre de hace tres días y la puso en mi frente diciendo:

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-¿Le gusta?. ¡Pues se la regalo!. Sentí un empujón del lado izquierdo en mi brazo a la altura de mi hombro. Era el codo de Cheke que había reaccionado a tiempo, mientras desenfundaban sus armas él y José “Coyote” y agarraban al muchacho del cuello de la camisa apuntándole a los ojos mientras Cheke le decía con voz amenazante: -¡Guarda tu mugre!. ¡Y no te atrevas a volver a meterte con mi maestro o te las verás conmigo!. ¡Y conmigo tan bien!. Dijo José “Coyote”, ya con voz aguardientosa y beoda. El muchacho se espantó por lo que acababa de ocurrir y salió corriendo y gritando nos sé muy bien qué, pero parecía algo como: “El Maistro, El Maistro del Mirador tiene un mal espíritu”. Y se perdió en la espesura de la noche y la selva y no se le volvió a ver en su sano juicio en mucho tiempo. Murió despeñado en un barranco tiempo después de que le volvió asaltar el miedo y corrió como un endemoniado y nadie pudo hacer nada para detenerlo y solito se lanzó al precipicio de una de las laderas del cerro. Su cabeza dio con las rocas y su débil humanidad quedó embarrada entre las peñas. Al momento de caer, una bandada de pájaros rompió el vuelo lanzando al viento un conjunto de cantos sin armonía y zarandeando las copas de los árboles. Todos en vertiginosa algarabía se perdieron en la espesura de la selva de la montaña 80

y luego reino un silencio tétrico en el amiente todavía con olor a pólvora mezclado con humedad, solo las gotas de rocío que caían de las hojas de los árboles se dejaban escuchar en el silente espacio y chapoteaban entre los charcos de lodo prieto, revuelto con excremento de bestias y barro amarillo. La voz de José “Coyote” me sacó de mi turbio pensamiento y me encomió a subir a la mula. Yo traté de montar de una manera muy espectacular Tratando de apantallar a mis “guardaespaldas” y solo logré que se rieran de mí cuando por el vuelo que le impuse a mi salto fui a dar del otro lado de la bestia y caí de puro espinazo. Y puedo jurar que la mula también se burló, porque cuando caí al suelo como costal de papas en un mercado, volteó a mirarme y se sonó las narices echando un resoplido por el hocico y pegando un relincho. -Mejor nos vamos caminando. Les dije. Y nos fuimos cantando y diciendo salud con otra botella de caña que nos la pasábamos echando un trago cada uno hasta que nos la terminamos. Ya para entonces las neuronas se cocían en alcohol y perdimos la cordura de nuestros movimientos y llegamos a la casa de José “Coyote” a eso de las once y media de la noche. -¡Quédate aquí Lauro!. ¡No quiero que te vayas a tu casa, mira que aquí en el secador de café está calientito y vas a dormir a

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toda madre!. Pero yo como todos los borrachos que no entienden razones le contesté: -¡No!. ¡Yo me voy pa mi casa!. ¡Al cabo que no le tengo miedo a nadie y conozco el camino!. -Entonces llévate el foco que me regalaste pa que te aluces. -¡Si ya ando todo aluzado “zonzo”!. Pa que quiero más luz. ¡Además, Yo te regalé ese foco y no quiero que me lo devuelvas carajo!. -¡Anda a la fregada!. Me contesto ya bien muino. Si te pierdes porque no hay luna. No vayas estar fregando que vaya por ti. Porque yo ya me voy a dormir y no oigo ni madres con el ruido de la secadora. ¡Conste que te lo advertí!. Yo no le hice caso y me fui subiendo la pendiente. Y en cada paso que daba era un resbalón que sufría y mis espinillas chocaban con los guijarros del camino. Fue entonces que sentí lo que las bestias de carga sienten al caer de rodillas y estrellar sus cuartos delanteros contra las piedras, y pensé: “A ellas las hizo Dios para esto, pero a mí no”.Y me encomendé a Dios para poder llegar a mi casa. Pero no pude hacerlo, porque la oscuridad y la bruma de la noche y la embriaguez de mi cuerpo y de mi alma me lo impidieron. Quise gritarle a José “Coyote” para que viniera ayudarme, pero me acordé que dijo que no me iba a escuchar. Y maldecía la 82

tozudez de mi razonamiento al no haber aceptado la invitación de quedarme en su casa. Traté de prender un cerillo que traía en el bolsillo, pero estaban tan empapados como yo por dentro y por fuera que no producían la chispa necesaria para encender. Los maldije y lancé la cajetilla de cerillos por el desfiladero. Por último me resigné a quedarme a la orilla del camino a esperar a que amaneciera y poder reconocer el lugar. Al fin y al cabo no faltaba mucho para la claridad del día, calculo que eran como las dos de la madrugada, solo me quedaba esperar y así lo hice.

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Capítulo catorce “El Ángel” Allá por las cinco de la mañana, escuche los cascos de unas bestias que venían bajando del filete de la sierra y la lámpara de mano que alumbraba el camino del arriero me dieron un aliento de esperanza y esperé a que llegaran a donde me encontraba. Mientras, agaché la cabeza entre mis rodillas. Y mis brazos exhaustos descansaban en las mismas. Después de un tiempo prudente, volví a levantar la cabeza agobiada por 84

los humos de tantos puchos que me fumé y el alcohol que no me terminé y el camino volvió a quedar en silencio. Entonces un escalofrío recorrió mi espalda y me puse en alerta, sabía que no era de este mundo lo que había visto, me armé de valor y grité: -¡Quién vive!. ¡O quién muere!.... Y un silencio reinó en ese momento en todo alrededor. Me quedé inmóvil tratando de escuchar los extraños ruidos del silencio de la noche. Después de unos quince minutos, volví a escuchar los cascos de las bestias y miré el foco de mano de un arriero. Esta vez si era de verdad. El hombre ordenó a sus corceles para que se detuvieran y les estiró sus riendas. -¡Ooooh Mulas!. ¿Que está haciendo aquí maistro?. -¡Pues nada!. Que anoche agarré la jarra y perdí el camino de regreso. -¡Véngase!. Yo lo llevo ontá la escuela. El arriero me encaminó unos quinientos metros más adelante para donde él iba y me dijo: -¡Mire profe!. Por aquí se va y va a dar usté a su casa. -¡Muchas gracias!. Le dije y me encaminé por el sendero del campo deportivo. Me di la media vuelta para preguntarle como se llamaba y ya no lo contemplé, se había esfumado en un

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instante. Me dirigí hacia mi casa y me acosté a dormir la “mona”.

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Al amanecer, serían como las once de la mañana cuando recobré el conocimiento y me enderecé en el catre; sentí que toda mi triste humanidad me dolía hasta el cogollo del alma. Y mis pantalones de "terlenka" estaban pegados a mis espinillas. Los desprendí con todo el cuidado que pude y se me despegaron las cáscaras de sangre seca que se habían adherido a la tela de mis pantalones. Me revisé mis piernas que estaban echas pedazos a causa de los golpes que habían soportado la noche anterior. Y hasta el día de hoy conservo las cicatrices de las heridas. Me lavé con agua y detergente en polvo para sanear las mismas. Me arremangué las bastillas de los pantalones hasta las rodillas y así me fui a casa de Don Pedro Rosales. 87

Capítulo quince “La Familia de Don Pedro” Don Pedro. Era un gran hombre, buen padre de familia y dedicado a su esposa. Tenía una tiendita que su consorte administraba, mientras él trabajaba afanándose en su finca de café y su huerta de plátanos. Me habían invitado a cenar y lo estábamos esperando. Doña Rosy me dijo: -¿Ya quiere usted cenar, Maestro?. -No, Doña Rosy, voy a esperar a Don Pedro. -Está bien, como usted guste maestro. Ella se ofreció a lavarme mi ropa, después que me sorprendió tratando de quitarle unas manchas de lodo a un 88

pantalón de mezclilla; y cada semana se la llevaba al venero de agua que estaba a cien metros de su casa pendiente abajo. Me la entregaba limpia y olorosa. Nunca quiso cobrarme por el servicio. Se llegaron las siete de la noche cuando empezó a ladrar la perra que tenía don Pedro amarrada debajo de un tejado que servía de bodega a un lado de su casa, era la señal que nos decía que ya venía en camino bajando la ladera del cerro. Salí a recibirlo para saludarle. -¡Quiubo maestro!.¿Ya cenó usted?.-Se adelantó al saludo. -Lo estaba esperando para lo mismo, ¿Cómo le fue por la finca?. -¡Bien maestro!. ¡Mire!. Le traje este racimo de plátanos. Los deja usted a que se maduren una semana y ya puede estar comiéndolos, solo que los tiene que colgar de la viga del cobertizo, "ahorita" que cene usted, se los voy a llevar a su casa y lo colgaremos. -¡Muchas gracias Don Pedro!. Le contesté con el mismo ánimo que su amistad me brindaba. La cena trascurrió sin ningún comentario fuera de lugar. Doña Rosy nos sirvió un sabroso guisado de chancho en salsa roja y hasta repetimos plato.

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Capítulo dieciséis “El Loco” Esa noche estaba la madre de Doña Rosy de visita y también la acompañaba un hijo de ella que estaba “alucinado”. Cuando la montaña se arropaba con el lúgubre manto de la noche, como una mujer vestida de saco plañendo por la muerte de sus “hijos” y solo se dejaban escuchar el triste y melancólico chapoteo de las gotas de rocío que rodaban por las hojas de los árboles y los techos de los caserones víctimas de la gravedad, haciendo con su chasquido un “ojetito” en el suelo o sobre las peñas, que poco a poco iba erosionándolas con esa 90

fuerza descomunal que tienen los elementos, que para la mayoría de la gente son insignificantes; pero para algunos de nosotros les tenemos bastante respeto y admiración. Era entonces cuando la psicosis se apoderaba de él y se la pasaba gritando y vociferando con los ojos desorbitados e inyectados de sangre como un endemoniado: “¡Ya vienen!”, ¡ “Ya Vienen!”. Y apuntaba con el índice de la mano izquierda hacia la espesura de la selva, mientras que con la derecha acariciaba las cachas de su “moruna” que llevaba afianzada al lado izquierdo de su cintura. Al parecer había perdido la razón una noche en que él y su padre Don Pascual esperaban a unos compradores de café. Ya que su compadre don Juventino Rosas había pasado en la tarde a decirles: “Me encontré a mi comadre allá en el plan y me encargó que le trajera la razón de que vendrían hacer negocio con el café”. Eso fue todo y se marcho del lugar. Mientras Don Pascual hacía cuentas sobre lo que iba a vender y lo que comprarían con lo vendido. Y en lo que primero pensó, fue en mercarse una buena pistola, de esas que sonaran bonito y que tuvieran buen balance. Serían como las 9:30 de la noche cuando comenzaron a oírse los cascos de unos caballos bajando por la vereda. Fue entonces que le dijo a su hijo: 91

- Métete hijo. Yo me encargo del negocio. Cuando los hombres llegaron, desmontaron de sus cabalgaduras cuatro tipos con el entrecejo arrugado y con los nervios alterados, a causa de la “caña” y el café que vinieron tomando por todo el camino desde el “plan”. Otros cinco más venían sobre unas mulas de carga, junto con otras veinte bestias que servirían para acarrear los quintales de café. Ya sabían a lo que iban. Empezó la regateada sobre el precio del caracolillo y como no se ponían de acuerdo, la "averiguata" subió de tono y al cabo de unos minutos, al fin de los cuales no llegaron a ningún arreglo. El que parecía ser el jefe les ordenó a sus acompañantes con tono de borracho: -¡Denle "carne" a éste güey!. Ya me cayó gordo el hijo de la fregada. Carguen las bestias y vámonos, al fin y al cabo yo ya hice el trato con la “vieja”. Nada más dijo eso y resonó por toada la montaña un disparo de “central” que uno de los compinches había accionado. Y como llevando a cada rincón de la misma un mensaje de muerte y olor a pólvora que se mezcló con la humedad de la noche y tardó veintitrés años en desaparecer de allí. Luego se dispusieron a tasajearlo otro dos con sus machetes cortando junto con el viento cálido y húmedo de la selva el cuerpo inerte del desafortunado Don Pascual. Mientras que dentro de la galera, su hijo de tan solo diez años 92

de edad observaba todo por entre las rendijas de la puerta aguantando la respiración para no ser descubierto y mirando toda la escena. Lleno de terror e impotencia por no poder hacer nada para salvar a su padre. Conteniendo el llanto esperó agazapado en un rincón del galpón entre cachivaches y herramientas de labranza, mientras que los peones de los asesinos cargaban las mulas con el preciado grano y se marchaban por donde habían llegado. Allí se quedó toda la noche y parte de la mañana siguiente, mudo y con los ojos bien abiertos como queriéndoseles salir de sus cuencas hundidas y secas por no poder llorar, hasta que su madre lo encontró tiritando como un pajarito herido de muerte. Lo envolvió con su rebozo y lo llevó a su casa junto al fogón para que se calentara y no volvió a pronunciar palabra, hasta que cumplió los quince años de edad y le dieron de beber caña con café todo el día y toda la noche. Fue entonces cuando se apoderaron de él las alucinaciones. Por eso, cada vez que la noche caía cálida y húmeda, el “Ancla Psíquica” se apoderaba de él y volvía a revivir los horribles momentos por los que había pasado cuando asesinaron a su padre. Eran tan reales sus alucinaciones que creía ver venir otra vez a los asesinos y empezaba a gritar y blandir con su machete al viento tratando de matar a los agresores invisibles para todos los demás, menos para él. 93

Cuando el jaleo empezó, su madre trató de llamarle la atención para ver si entraba en razón pero volviéndose sobre su eje al mismo tiempo que desenvainaba su moruna se lanzó amenazadoramente contra su progenitora y gritando: “A ti también te mato desgraciada. Tu fuiste quien mandó a los que mataron a mi “tata”. Decía esto, porque fue ella precisamente quien se había entrevistado con los asesinos cuando bajó al “plan” a comprar un poco de bastimentos en la tienda de la “Como Chupo” y allí hizo el trato al calor del aguardiente de caña con los que más tarde serían los asesinos de su esposo, que al parecer también había tenido sus amoríos con el jefe de los gañanes. Todos nos paralizamos de temor al ver que el filo de su machete “acarició” el fleco de su pelo que sobresalía por debajo de su rebozo, pero que no alcanzó a penetrar en su frente porque Don Pedro le gritó a tiempo: -“¡Tate sosiego Cleto!” ¡O no respondo de mí!. Decía esto mientras le apuntaba con una escuadra “Luguer” calibre 22. Él le contestó: sacudiendo el brazo con el que portaba su machete: -“Mejor tírame con un pedo, porque con esa mugre no me haces nada”. Enfundó su machete y se perdió entre la oscuridad de la noche y la espesura de la selva y no volvieron a saber de él por muchos años. Hasta que el olor a pólvora mezclada con 94

la humedad de la noche desapareció veintitrés años después que volví a esta maldita montaña y lo vi colgado del “palo de agua”, con los ojos saltones queriéndoseles salir de sus cuencas secas por no poder llorar y vengar la muerte de su padre. Nadie lo extraño. Ni tan siquiera en la celebración del día de muertos pusieron su foto y sus comidas y bebidas favoritas en el altar para honrarlo. Pues el no bebió mas que una vez en sus quince años y no comió comida hecha por las manos de su madre y su hermana después del asesinato de su padre. Solo se alimentaba de los frutos que colgaban de los árboles y bebía el agua de los arroyos y una que otra vez lo vieron bebiendo del “palo de agua” junto con las bestias y las aves del campo. Y para terminar de contarles esta triste historia, él nunca se tomó ni se dejó tomar una fotografía. Decía que a él no lo iban a encerrar en un cuadro y ni mucho menos lo iban a colgar de una pared, que prefería colgarse él solo de un árbol y luego volar libre por los cielos como lo hacen las aves de “Tata Dios”.

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Capítulo diecisiete “La Advertencia” La víspera del día de la Virgen de Guadalupe, me retiré a mi casa después de haber cenado en lo de Don Poli. Cosa extraña, no me entró el temor del diario. Entré a mi cuarto y prendí el mechero para alumbrar mi habitación, tendí mi camastro y me dispuse a dormir tranquilamente. Y mire, un sueño me asaltó por la madrugada. Cosa curiosa siempre lo hacía a las 4:21. Soñaba que estaba bajo el techo del porche de la casa del maestro tocando mi guitarra y era interrumpido por

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una voz que provenía del campo de fútbol que estaba más abajo del terreno donde me encontraba, y me decía: -¡Oye hijo!. Tú no deberías de estar aquí con estas gentes. Tú tienes unas ideas muy locas para ellos. Era un personaje vestido como los Monjes Franciscanos. Levaba un hábito de color café y una capucha que caía por su espalda. Se apoyaba con un cayado de madera que sobrepasaba su estatura. Yo le interrumpí de esta manera: -¡No padrecito!. Yo también he tocado en esta iglesia,¿como se llama?... ¿como se llama?..... No pude recordar el nombre del templo en que una vez toqué y canté acompañado de mi instrumento musical. Él me volvió a interrumpir, sin alcanzar a comprender que me quiso decir de la manera siguiente: -¡Hoy!. ¡Hoy!. ¡Escucha!. En ese momento abrí mis ojos y me quedé viendo al techo de mi cuarto que estaba totalmente a oscuras. De pronto escuché afuera, como si tiraran el “tambo” que permanecía siempre vacío de agua y lo rodaban hasta hacerlo chocar contra la pared de mi cuarto y me quede inmóvil y en silencio, pensé que era algún bromista queriéndome meter miedo. Lo hicieron chocar tres veces. Enseguida sentí que la mesita de madera que se encontraba al lado de mi cabecera comenzaba a temblar. Como si la sacudieran de sus patas, que hasta el vaso que siempre 97

colocaba bocabajo se fue corriendo de su lugar y cayó al suelo. Fue entonces que comencé a tener un poco de temor. Pero eso no fue todo. Sentí claramente que dos manos se apoyaban por debajo del catre sobre mi cintura a la altura de los riñones y me levantaron haciéndome arquearme hacia arriba. Todos mis nervios se encresparon y enmudecí de terror. Por segunda vez me volvieron a levantar, pero esta vez más alto y grité: “¡Quién está allí!. Y manoteé por debajo del catre y al mismo tiempo saqué mi mano pensando que podría ser una serpiente que estuviera moviéndose por bajo del camastro. Empecé a palmear sobre la mesita para encontrar el foco de mano y poder alumbrarme, cuando lo tuve lo prendí y ¡Miren!. Arriba de mí revoloteaba en círculos una mariposa negra, que por el sur de Asia le llaman “La Mariposa de la Muerte”. Comencé a “echarle” cruces con la luz de la lámpara y al mismo tiempo decía algunas oraciones mentalmente hasta que salió por la ventanita que quedaba a la izquierda de mi cama. Entonces agarré mi Biblia y comencé a leer algunos párrafos que no entendía muy bien hasta que vencí el temor quedándome muy quieto y el cansancio o un desmayo me vino y no desperté hasta las 9:30 a m del día sábado 12 de Diciembre. Recobré la conciencia con la Biblia en mi mano derecha y un crucifijo en la izquierda con mis brazos cruzados sobre mi pecho y 98

adormecidos por no haberlos movido por largas horas, que hasta me dolían al tratar de enderezarlos. Me enderecé y pegue un salto hasta la puerta y salí lo más pronto como me permitían mis piernas y cerré la puerta tras de mí. A un tiempo que consideré prudente, entre, abrí la puerta para revisar por debajo del catre, pero no encontré nada fuera de lugar. Me fui a la casa de Don Poli muy confundido si querer comentar nada de lo sucedido en la madrugada. Don Hipólito me saludó nada más me vio llegar. Y me interrogó: -¿Qué le pasó maestro? Parece que hubiera visto un muerto. -Pues casi Don Poli, le contesté. Pasé muy mala noche. -No me diga que usted también la sintió. Me respondió. -¡Pasó lo malo por aquí! A eso de la madrugada,¡Verdá María! ¡Por aquí se sintió que paso lo malo!. Apuntando con el índice de la mano derecha hacia el filete de la sierra. Entonces, ¿También lo sintió usted?. -No solo lo sentí, sino que lo viví. Y le conté lo que había pasado. -Pos tenga cuidado maistro, porque eso es mala señal. Tenga mucho cuidado. Me lo dijo de tal manera que me hizo sentir una advertencia que no comprendí muy bien.

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Me desayuné y me fui a toda carrera porque se me hacía tarde par ir a la capilla a escuchar misa. Ya que el sacerdote de Tezonapa, Veracruz iba a oficiarla por la celebración del día de la Virgen de Guadalupe y yo había citado a mis alumnos a las diez de la mañana para acompañarlos a dicha celebración. Cuando el padre terminó la misa y comenzó a dar la comunión. Mientras les daba la ostia a los que habían comulgado se me queda mirando de una manera que me intrigaba y no me dirigió una sola palabra en todo el trascurso de la celebración y al momento de despedirse me volvió a mirar y me dijo: -Solicite su cambio lo más pronto posible y no regrese a estas tierras, es por su bien. No le quise cuestionar y me retiré de la capilla a la casa de con Don Pedro y su esposa porque me habían invitado a comer.

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Capítulo dieciocho “La Segunda Tragedia y el Cumplimiento de la Advertencia” A la mañana siguiente que era un día domingo, me levanté con muchas ganas de tomarme algunas cervezas y le propuse a Don Poli que me acompañara. Comenzamos a beber desde la diez de la mañana. Y a eso de las cinco de la tarde cuando ya nos habíamos bebido no sé cuantos cartones escuchamos tres disparos de arma de fuego montaña abajo produciendo un eco en toda su falda y hasta el filete. Y le interrogué a mi amigo: 101

-¿Que fue eso Don Poli?. Y él me respondió: -No es nada maistro. No pasa nada. No tenga miedo. Alguien que le ha de estar dando gusto al dedo. Y nada más. Dicho esto, le hice una proposición: -Ton´s que Don Poli. ¿Nos echamos otras?. Ya estábamos muy tomados y nos la pasamos cantando acompañados de mi guitarra y él me contestó: -Un cartón no es ninguno maistro, dos ya es uno, tres ya es compromiso; nos las echamos pues maestro. Me dirigí a la tiendita de Don Pedro que se encontraba algunos setenta y cinco metros cuesta bajo de donde estábamos. Yo ya tenía práctica para bajar las pendientes y me fui a toda carrera a comprar las cervezas. Cuando a medio camino me paré en seco porque una serpiente negra demasiado grande estaba atravesada en la vereda. No supe que hacer, me quedé inmóvil y alcé la mirada hacia la tiendita y contemple una escena que no olvidaré jamás. Un hombre vestido de guayabera blanca y pantalón del mismo color con manchas de sangre fresca. Cargaba una escopeta “cuata”, un rifle calibre 30-30 y dos pistolas al cinto, se dirigía a la tienda y le habló a Don Pedro de esta manera: ¡Compadre Pedro!. Ahí le encargo a su comadre. Acabo de matar a mi compadre Don David Ruiz. 102

-Pero.... ¿Qué pasó compadre?. Le interrogó don Pedro. Solo le volvió a responder: -Solo vayan con mi esposa. Ahí se las encargo. Dijo esto y se perdió por entre la floresta montaña arriba. Cuando vi que se marchó, yo brinque la serpiente y bajé a toda prisa para ver que había ocurrido. -¿Que pasó Don Pedro?. ¿Qué fue eso?. Y él me apremió: -¡Váyase maestro!. ¡Váyase rápido!. Vaya a su casa y enciérrese, porque orita anda el diablo suelto. Yo me regresé a toda prisa y le conté a Don Poli lo que había ocurrido. Seguimos bebiendo para calmar los nervios y cuando cayó la noche nos atrevimos a ir a la casa del difunto, haber en que podíamos ayudar. Al pasar por el lugar donde había ocurrido el crimen, observamos huelas de sangre regadas por el empedrado de la vereda. Y un poco más adelante nos detuvimos unos instantes para ver el lugar donde había caído la víctima que era una roca a la orilla del camino en donde se había recargado porque ya no pudo proseguir. El verde del musgo que cubría la roca se había tornado de un color rojo oscuro por la gran cantidad de sangre que perdió la víctima.

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Capítulo diecinueve “El Sepelio” Cuando llegamos a la casa del difunto, ya lo estaban velando. En este lugar no existían los servicios periciales ni siquiera se levantaba una denuncia, mucho menos una “acta”. Es una tierra sin ley. Una tierra donde la vida solo es transitoria y no duele ni vale tanto. Al fin y al cabo cada 1° y 2 de Noviembre de cada año los difuntos vuelven y son “vistos” y festejados por su familiares y amigos en la tradicional y ancestral festividad de Día de Muertos. Cuando entramos a la pequeña habitación donde se encontraba tendido el cuerpo. Reinaba un silencio sepulcral. El cuerpo de infortunado David, estaba envuelto con una sábana 104

blanca que resplandecía lúgubremente con la luz de las candelas que estaban en las cuatro esquinas de un catre de madera confeccionado de ixtle. Debajo del mismo estaba un lavamanos de peltre de color blanco, en el cual caían víctimas de la gravedad las gotas la sangre del difunto que traspasaba la tela de la mortaja y se filtraba por entre los hilos del camastro, reproduciendo a cada minuto un sonido tétrico emulando un reloj hemático. Familiares y amigos intercambiaban comentarios de cómo había ocurrido la tragedia y la mayoría concordaba en que el incidente ocurrió como lo relataré enseguida: “Don David Ruiz compadre del asesino Félix Hernández, había estado de visita en casa de éste último. Eran compadres y por esta región un “compadre” se respeta mucho, pero como les he dicho anteriormente en este lugar la vida no significa nada. Se vive por vivir sin temor a morir. Habían estado bebiendo aguardiente de caña y al calor de las copas Don Félix Hernández le llamó a su hija de quince años: -¡Mija!. Tráiganos otra botella a su padrino y a mí. La muchacha les trajo otra botella de licor y se dio la madia vuelta, Don David Ruiz hizo un comentario fuera de lugar sobre la muchacha:

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-Oiga compadre, mi aijada ya se está poniendo “buena””. Esas palabras hicieron que el asesino se llenara de indignación y le reclamó parsimoniosamente: -Mida sus palabras compadre, que no estoy dispuesto a tolerárselas. Y como ya estaban muy pasados de copas, Don David Ruiz le contestó: -Me vale madre si se ofende, eso no le quita que mi aijada esté bien “buena””. Empezaron a discutir y luego se enfrascaron en una pelea a puñetazos. Don Félix Hernández al parecer la iba perdiendo y fue la mujer de éste quien salió de la casa portando una escopeta y le pegó un disparo por la espalda cuando el difuntito tenía en el suelo a su adversario dándole de golpes. Éste se enderezó tocándose el costado izquierdo de la espalda por donde habían hecho un hueco los perdigones del fusil calibre doce y reviró para ver quién le había disparado. Débilmente se incorporó tosiendo y escupiendo sangre y se fue tambaleándose por el camino real hasta llegar a la peña donde tiñó de color púrpura el musgo. Se recargó en ella y esperó su muerte. El asesino Don Félix Hernández lo siguió para cerciorarse de que no quedara con vida y allí mismo le pegó los tres tiros en el pecho, que fueron los que Don Poli y yo habíamos escuchado por la tarde.

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Avanzamos por entre los dolientes y fuimos a darle el pésame a la viuda, que no mostró en ningún momento el dolor que la embargaba. Porque en estos lugares cuando ocurre un hecho de esta naturaleza, solo se está pensando en la venganza. Deje pasar algunos minutos después de los cuales me atreví a decirle a la viuda: -No levantaron una denuncia de los hechos. -No Profe. Vamos a dejarlo así. Tiene que regresar un día. Vamos a dejarlo que ande un rato. Me respondió fríamente. Después de esto preferimos salir afuera a solidarizarnos con el resto de los familiares y amigos. Para entonces todavía no se nos bajaba la embriaguez y los anfitriones nos invitaron un pocillo con café y licor de caña, que a decir verdad no me agradó y opté por no seguir bebiendo para no dar una mala impresión.

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La procesión fúnebre comenzó a las 4:00 de la madrugada. Colocaron el cuerpo amortajado dentro de un rústico cajón que los mismos lugareños habían confeccionado con madrera de caoba de la región. La travesía de once kilómetros al “plan” la hicimos sin detenernos, solamente lo necesario para relevarnos para “cargar” un tramo el cajón al que le habían puesto un barrote a cada lado para poder trasportadlo sobre los hombros. Llegamos al “plan” a las 9:47 de la mañana y nos fuimos derecho al campo santo, en donde ya nos estaban esperando un grupo de amigos y familiares del difunto. Y el mismo sacerdote que había oficiado la misa dos días antes allá en el “Mirador” le daría la despedida de este mundo y la bienvenida al reino de los cielos. Al instante de bajar el ataúd y empezarlo a cubrir de tierra fue el momento en que oí el llanto de algunas personas menos el de su viuda. Yo también cogí una pala y le eché unas paladas de tierra mientras un nudo en la garganta no me dejaba soltar algunas lágrimas y decía para mis adentros “Dejen que los muertos entierren a sus muertos”. Recordando las palabras de Jesús en una de sus parábolas.

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Todos estos hechos no los analicé hasta mucho tiempo después. Lo que me había ocurrido la víspera de la celebración del día de la Virgen de Guadalupe: El “sueño” del sacerdote que me advertía “¡Hoy!. ¡Hoy!. ¡Escucha!”, Los hechos que me ocurrieron dentro de mi cuarto, el “levantamiento” del catre, “La Mariposa de la muerte”, La misa oficiada en la capilla por un sacerdote, la mirada intrigante del mismo y su advertencia: “Solicite su cambio lo más pronto posible y no regrese a estas tierras. Es por su bien”. Y por último; la serpiente atravesada en el camino a la tienda de Don Pedro que no me dejó avanzar, que si no hubiera estado allí, habría

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coincidido mi llegada a la tienda con el arribo del asesino y no sé que hubiera ocurrido.

Capítulo veinte “La Conclusión de la Segunda Tragedia” El final de esta trágica historia la vine a saber veinticinco años después que regresé por segunda vez a esta maldita montaña, que no sé que tiene que me enamoré de ella como la mujer que nos desprecia y sin embargo la seguimos amando por más que nos hace sufrir. Fue en el verano del 2004 cuando esperaba que me diera un “raid” a la comunidad del “Mirador”, 110

la misma persona que había sido mi anfitrión la primera noche que pernocté antes de subir a la montaña. La vez que mis guías me preguntaron: “¿Sube hoy?. O ¿Sube mañana?. Por fin, Don Artemio González terminó las tareas que estaba haciendo y me dijo: -¿Es usted el que va pal “Mirador?” -Sí, ¿No se acuerda de mí? Le cuestioné. -Pos la verdad, no. No me acuerdo. Me contestó. Le relaté unas que otras anécdotas y no lo hacía que me recordara. Pues no conviví con él. Solo la vez que me recibió en su casa y me dio de cenar y dormí adentro de su troje. Nos trasladamos en un camioncito de redilas y mientras íbamos subiendo trataba de entablar platica con él y yo empeñado a quererle hacer recordar quien era yo. No lograba hacerlo hasta que le dije que a mí me habían puesto el mote del “Maestro Cepillín”. Fue cuando soltó una risa fingida dándome a entender de que si se acordaba vagamente. Pero lo notaba muy parco en su expresión, como si desconfiara de mi persona. A mí me interesaba saber el final de la trágica historia de la muerte de Don David, hasta que me atreví a preguntarle lo que ocurrió después que yo solicité mi traslado. Y le cuestioné de esta manera:

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-Oiga, disculpe, que fin tuvo el señor Félix Hernández que dio muerte a Don David Ruiz. La pregunta le intrigó mucho, lo noté en la rápida mirada que me lanzó y me interrogó con una sonrisa de añoranza: -¿A poco usté estuvo dando clases por esos años?. ¡Ya hace mucho tiempo de eso!. Y prosiguió: -Va usté a saber, que como tres años después que el difunto Félix Hernández mató a Don David Ruiz. Don Félix contrató los servicios de un pistolero y regresó pal “Mirador”. Pero lo que no sabía el difunto Félix era que la familia de Don David ya había contratado primero al mismo pistolero que él traía pa que lo matara. Y así anduvieron juntos por todos los lugares y no había quien les dijera nada ni quien se metiera con ellos. Y prosiguió: -No se imaginaba lo que le esperaba al pobre de Félix. Así se fueron tomando confianza uno al otro, pero más el difunto Félix. Y un día en el que se cumplían los tres años de la muerte de Don David. El menos pensado pa Don Félix. Iban pa la montaña después de haber estado echándose unos tragos en la “Como Chupo” y cuando ya iban llegando a su casa, en el mismo lugar, a la misma hora, en que acabó muerto Don David; sobre la misma piedra, el pistolero le dijo: -Adelántese usted primero patrón, voy hacer de “las aguas”. 112

-Y lo dejó que caminara el mismo trayecto que Don David y con la misma escopeta con la que le dieron muerte, le pegó un tiro por la espalda sobre el costado izquierdo y cayó sobre la misma piedra que el difunto David. Y el pistolero avanzó hasta quedar frente de él y desenfundó la misma pistola con la que había rematado a Don David y le dio tres tiros que se le metieron por el pecho y ahí quedó sin vida y pagó la muerte que debía.

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Capítulo veintiuno “Las Vacaciones” Se llegó el periodo vacacional de Diciembre y ya tenía el equipaje listo desde un día antes. Mi compañero Adrián me estaba esperando desde temprano para bajar de la montaña. Habíamos esperado tanto este momento que nos sentíamos muy contentos de que por fin volveríamos a nuestra tierra. 114

Comencé a bajar desde las diez de la mañana. Pasé a despedirme de la familia de Don Poli y de la de Don Pedro, él me prestó su mula para llevar mi equipaje. Me dijo que la dejara en casa de Don Artemio, que después pasaría a recogerla. Para las 11:45 a m ya estaba en las “Mafafas.” Saqué mi impermeable de color rojo y comencé a sacudirlo de un lado a otro mientras le echaba un grito a mi amigo para apremiarlo a que se apurara. Él se rió a carcajadas de mí, pues ya estaba a la orilla del camino esperándome y me dijo: -¡Eh, ya estamos aquí!, ¡Vámonos!. Me adelanté un poco y nos dimos un abrazo como saludo y me percaté que a su esposa Cinthia ya se le notaba su primer embarazo. Por el camino Adrián me fue contando lo que le pasó las primeras semanas de estancia en su comunidad. Él llevaba un reloj digital de pulsera con carátula roja que solo con darle un rozón con los dedos se encendía y nos “daba la hora”. Era uno de esos relojes muy llamativos y cuando les llegó la necesidad lo tuvo que vender a un hombre de la comunidad. Lo había vendido en trescientos cincuenta pesos, ¡Más de lo que percibíamos por quincena como maestros! Hizo un gran negocio. Pero lo que él no sabía es que a la persona que se lo vendió, lo trató más delante vendiéndolo a un señor llamado Policarpo Mendiola. Éste no sabía de los cuidados que se 115

debían tener con el reloj. Un día viniendo del “Plan” se metió a bañar al arroyo junto con la péndola y allí se acabó la “magia” que tenía, pues se dañó el mecanismo electrónico. Al poco tiempo Adrián bajó al “Plan” a comprar un poco de comestibles y se encontró con este señor que él no conocía en la tienda de la Conasupo, y el sujeto se dirigió a él de esta manera: -¡Oiga maistro!, Quiero que me devuelva mi dinero. Porque su mugre reloj no servía pa´nada. Se me descompuso nomás se mojó. Aquel hombre ya estaba pasado de copas y no se encontraba en sus “cabales.” Adrián le contestó tajantemente: -¿Y yo porque te voy a devolver el dinero? Si yo no te lo vendí. Que te lo regrese al que se lo compraste. Sin decir más el hombre desenfundó un revólver y le disparó, pero como ya estaba muy tomado falló. Ágilmente Adrián se lanzó contra el agresor agarrándolo de las piernas a la altura de las pantorrillas, lo levantó de las mismas y el sujeto se estrelló de espaldas contra el piso golpeándose la cabeza y quedó desmayado. El comandante de esa comunidad que había estado observando todo desde otro ángulo del establecimiento se los llevó a la comandancia de la policía y levantaron cargos contra del sujeto que había agredido al Maestro, ya para entonces éste había

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recobrado el conocimiento y cuando se lo llevaban preso le lanzó una amenaza a mi amigo: -¡Nomás saliendo, lo voy a matar a usté y a su vieja! ¡De Policarpo Mendiola no se burla “naide”! Por todo lo que le había ocurrido a mi amigo, Él se encontraba muy angustiado estos últimos días y daba gracias a Dios porque ya nos íbamos a nuestra tierra. Cuando llegamos a Córdoba, nos fuimos directamente a la supervisión a cobrar nuestras vacaciones y luego tomamos cada cual por su rumbo, él se fue por México y yo me fui a la tienda “Bonetería Las Palmas” quien era propietario de la misma Don Mario Ixtla Padre de la Maestra Jovita y esposo de Doña Meche. Nos habíamos hecho muy buenos amigos los hijos de ellos y yo, que siempre que bajaba de la montaña pasaba a saludarlos. Eran muy hospitalarios, siempre me invitaban a pasar los días de mi estancia en Córdoba en su casa. Me brindaron su apoyo y comprensión. Ahora son como mi familia.

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La primera vez que los conocí, fue cuando bajé a cobrar mi primer “quincena.” Yo iba caminando por una de las calles del centro de la ciudad, había comprado un “seis” de cervezas cuando vi que venía la Maestra Jovita, nos dio mucho gusto volver a vernos. Nos saludamos y nos dimos un fuerte abrazo y me dijo: -¡Ven! ¡Quiero que conozcas a mi familia! A mí me daba mucha pena que me miraran con las cervezas en la mano, que preferí decirle: -¡No Jovita! Prefiero que sea otro día. Es que me da vergüenza que miren lo que “traigo.” Ella me agarró de la mano y me dijo:

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-¡Ven! Que no te dé pena. Allá te las tomas en la casa. Y nos dirigimos a su domicilio. Y desde ese entonces cultivamos una amistad que sigue y seguirá perdurando por todos los días de nuestra existencia y más allá. Yo preferí regresar a Nuevo Laredo por la costa Veracruzana. Hacer el mismo recorrido que me había traído hasta aquí. Como queriendo recapitular todas estas vivencias que estoy ahora plasmando en este libro.

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Capítulo veintidós “El Regreso” Enero 2 de 1979.... Abordé el autobús que me llevaría de regreso. El frío que hacía escarchaba mi alma y en la radio del conductor volví a escuchar la misma canción “Lloviendo está”, parecía que experimentaba un Deja-vu. Hasta el día de hoy no he sabido quién me la dedicaba. Y me repetía “Nada es para siempre” El ruido ensordecedor del autobús hizo que todo el trayecto se me hiciera monótono. El viaje se me hizo más largo, pues solo me entretuve para trasbordar en Poza Rica, luego en Xalapa de Enríquez, hasta llegar a Córdoba, en donde pasé la noche del cuatro de enero. Muy temprano me dirigí a la terminal de 120

autobuses para trasladarme a Tezonapa, Veracruz. De allí tomé el camión rumbo a Laguna Grande. Serían las dos de la tarde cuando comencé a remontar la sierra rumbo al “Mirador”. Llevaba mi espíritu alegre por regresar a trabajar. Volver a ver las caritas de mis alumnos con sus ojos brillantes que parecía que destellaban una luz mágica que enternecía mi alma. Por la vereda me encontraba con caras conocidas y nuevas que me saludaban con aire de desconfianza éstas últimas, pues estaba en plena cosecha el cafeto y mucha gente hasta familias completas inmigraban desde los estados de Puebla y Oaxaca. Y todo este movimiento de población hacía que se sintiera “viva” la montaña con las celebraciones de las “viudas”, que eran el regocijo del dueño de la finca de café por haber terminado de cortar su preciado grano y la celebración consistía en “bañar” con licor de caña la planta que más frutos había dado y luego le prendían fuego, para luego irse a celebrar con harta comida y bebida para los amigos, familiares y todos lo que habían participado en el corte del café. No era de extrañar que al calor del alcohol mezclada con la cafeína, frecuentemente se produjera una riña durante la celebración y esto le daba un toque de tragedia. Esto servía de pretexto para que las personas hicieran planes con lo que iban a percibir de la cosecha, uno de ellos era comprarse un arma para defenderse. 121

Se sentían poderosos al portar un arma a la cintura bajo la camisa. Esto hacía que el índice de mortalidad por arma de fuego se disparara por encima de las demás estadísticas.

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El Día de Reyes me fui temprano a desayunar a la casa de Don Pedro, pues me habían invitado el día anterior a partir la rosca de reyes. Después de las doce del medio día llegaron a la tienda José “Coyote” y Cheke Dorantes ya medio “entonados”. Andaban según ellos celebrando Navidad, Año Nuevo y Día de Reyes, me invitaron a unirme a la celebración y yo no puse resistencia. En cierto momento José Coyote me apartó de la celebración y me dijo casi susurrando: -Ten Lauro, guárdatela en la cintura en la parte de atrás y sácate la camisa pa´que no se te vea. Y me dio a guardar una escuadra calibre veintidós, y le pregunté: -¿Y yo para que la quiero? -Es que vamos a ir más arriba de la montaña con Cheke a ver una querida que tiene allá y yo no quiero ir solo con él, ya sabes como es éste, quiero que nos acompañes, porque a donde vamos es peligroso porque hay problemas con los linderos de nuestras tierras y las de ellos, son rencillas muy viejas, pero no se olvidan. ¿O qué?, ¿Te rajas? Yo le cuido la espalda a Cheke y tu me la cuidas a mí. Y yo le respondí: 123

-¿Y quien me la cuida a mí? ¡Chistoso! -Pos nos cuidamos entre todos, no seas rajón. ¿No que los del “Norte” son muy entrones?. Y me pegó en mi orgullo y le dije: -¡Está bien! ¡Vamos pues! Y me eché el grito de mil parrandas. -¡Arriba el Norte y haber quien pega un grito! ¡Van a ver cundo me paguen viejas chorreadas!. ¡No se la van acabar!. Después de una cuantas cervezas más nos despedimos de Don Pedro y él me habló en privado esperando que los demás se apartaran un poco. -Vaya con Dios Maistro y espíe bien entre los árboles que están a su derecha y de regreso a su izquierda, no sin echar un vistazo al otro lado de la brecha, no sea que vaya ser “l´hora.” -No se preocupe Don Pedro. Llegaremos con bien, ya verá.

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Capítulo Veintitrés “La Noticia” Comenzamos a subir a eso de las 11:35 a.m. Casi no hablábamos para no cansarnos. Solo nos deteníamos de vez en cuando para echarnos unos tragos de aguardiente y a descansar un rato mientras escuchábamos el silencio de la selva y para aguzar nuestros sentidos a nuestro alrededor para ver si no había alguien escondido entre la maleza. 125

A medio camino Cheke sacó una de las dos escuadras que portaba al cinto y disparó dos tiros al aire, José “Coyote” le apremió: -¿Que te pasa Cheke? ¿Pa que hace eso? ¿Quién te asegura que no nos estén apuntando entre las hierbas? -¡Solo le disparé a esos zopilotes! ¡No tengan miedo que andan con la mera ley! Acababa de decir eso, cuando sonó un disparo de escopeta de entre la espesura de la selva y las aves silvestres escaparon de entre las copas de los árboles produciendo un sonido como de cientos de rehiletes furtivos escapando hacia las alturas temerosas del poder mágico del hombre. Nosotros nos agazapamos detrás de unas rocas y reinó solo el silencio de la naturaleza. Mi corazón latía de tal manera emulando el sonido de los tambores de alguna tribu en noches de ceremonia de sacrificio. Al poco rato oímos un saludo un tanto amigable que decía: -¿A poco los asusté? ¡Si tu no te espantas con nada Cheke! -A condenado “Lacho”. Pos si, nos metiste un buen susto “carajo”. ¡Saca la botella pa curármelo! –Le contestó Cheke. -¿Pos pa donde van? Preguntó el tal Lacho. -Pos a donde a de ser. –Le dijo José “Coyote”. – A ver la “vieja de éste”

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-¿Cómo a ver? ¡Yo voy a ver a mi vieja! Ustedes son mis achichincles. Mira Lacho, te presento al maistro del Mirador. El tal Lacho se quitó el sombrero de su cabeza haciendo una reverencia en forma de respeto y me tendió la mano para saludarle, yo le extendí la mía y nos sentamos a conversar. -¿Conque vas a ver a Margarita?. –Le espió el tal Lacho. -Pos te tengo una mala noticia Cheke. -¡Suéltala pues! Desembucha de tu ronco pecho. -Pos que la tal Margarita se casó con Don Toribio el de la tienda, ya ves que estaba urgida la pobre, no tenía nadie quien la ayudara y pos no te iba a estar esperando si tú la venías a verla allá cada y cuando. Cheke se encolerizó por la noticia y pescó del cogote a Lacho mientras le salpicaba la cara con su saliva que se escapaba con las palabras que le apremiaba. -¡Escupe lo que dijiste desgraciado! ¡Escúpelo! José “Coyote” y yo Nos apresuramos a quitárselo. Fue José quien le confirmó lo que Lacho le había dicho. -Cálmate Cheke, es cierto lo que Lacho dice. Yo ya lo sabía, pero como te conozco, no te lo quise decir. Ahora aguanta como los machos y vámonos de regreso pal Mirador a seguir bebiendo ya se te pasará. Cheke se disculpó con el recién llegado y le dijo:

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-¡Perdóname Lacho!. Te invitamos a echarnos unas chelas pa hogar las penas. Dicen que las penas con pan son güenas y con cerveza saben mejor. Nos dimos la vuelta y llegamos otra vez a lo de Don Pedro.

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Capítulo veinticuatro “El Gato” -Aquí nos tiene devuelta Don Pedro, ya ve que no pasó nada. -¡Ahora yo invito! Les dije. –¡Deme un cartón de “birongas”! En eso estábamos cuando llegó un hombre al que le decían Don Pancho, sofocado por la carrera y algo nervioso. Se abrió paso por entre Lacho y yo hasta la ventanilla de la tienda y dijo en tono molesto golpeando la barra: -¡Don Pedro! ¡Deme un cartón de cervezas! 129

Don Pedro humildemente le declaró: -Ya no hay Don Pancho. Las que quedan las pagó el Maestro, discúlpeme usted por no poderle atender. –Lo que vendría después no lo iba a olvidar por el resto de mi vida. Sucedió en un instante. El recién llegado estaba frente a la ventanilla por donde Don Pedro despachaba, Lacho estaba a la izquierda de Don Pancho y yo me encontraba a la derecha del mismo, José estaba sentado en una de las piedras que servían de resguardo a un pequeño barranco y Cheke justamente a cinco metros atrás del hombre que había irrumpido bruscamente en la reunión. Yo traté de entablar palabra con el señor y me dirigí de esta manera: -¿Cómo está Don Pancho? ¿Cómo pasó la Navidad y año nuevo? El sujeto giro sobre su derecha para contestar el saludo pero su mirada se encontró con la de Cheke y exclamó: -Pos me ha ido muy bien Maistro. -Y continuó diciendo: -Pero hay ciertas personas que no me quieren. –Dijo esto mientras escudriñaba con su mano derecha algo debajo de la falda de su camisa. Pero no alcanzó hacer gran cosa, ya que Cheque había desenfundado las dos escuadras que portaba e hizo dos disparos de advertencia mientras le gritaba de esta manera:

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-¡Lo dices por mi “gato” desgraciado!. ¡Con esta son tres veces y no te la pienso pasar!. Al tiempo de los balazos Don Pancho quiso agazaparse detrás de Lacho pero éste ya había echo lo mismo y agachado lo agarró por detrás sosteniendo con sus manos las piernas de Don Pancho decidido a no soltarlo temeroso de que al momento de hacerlo Cheke le pegara un tiro. Al oír los disparos, yo mi tiré a un costado debajo de un pequeño tejado, por desgracia caí sobre una perra que estaba amamantando a sus crías la cual me dio una mordida en el antebrazo. José se lanzó al costado del barranco y se ocultó desenfundando también su pistola preparado para lo que fuera a ocurrir. Cheke volvió a la carga diciendo amenazadoramente: -¡Quítate Lacho! ¡Déjame quemar a este “gato” desgraciado! -¡Pérate Cheke! ¡No me vayas a pegar! ¡No dispares no trai armas! –Lacho le contestó muy angustiado. Todos nos dimos cuenta de que en realidad no estaba armado Don Pancho y empezamos a gritarle a Cheke desde todas las direcciones de que lo dejara ir. Don Pancho lanzó una súplica: -¡Perdóname Cheke!, ¡No estoy armado!, ¡Por favor Perdóname!.Doña Rosy la esposa de Don Pedro estaba en cinta y con mucha angustia me suplicó agarrándose el vientre como queriendo sostener en sus brazos su bebé aun no nacido:

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-¡Dígale a Cheke que se aplaque Maestro por favor! ¡Mire que me siento muy mal! –Yo salí de mi escondite armado de valor y alzando mis manos le ordené: -¡Ya aplácate Cheke! ¡No hagas tanto circo! ¿Que no ves que no está armado? –Y no dejando de apuntarle a Don Pancho con su pistola que sostenía con su mano izquierda. Se dirigió a mí apuntándome con la de la derecha al mismo tiempo que me decía: -¡Métase a su escondite o también me lo quemo a usted!. El oscuro cañón de su pistola estuvo a solo un metro de distancia de mi frente y me di la media vuelta para regresar a donde estaba. Muy nervioso le dije a Doña Rosy: -No quiere hacer caso Doña Rosy. Usted solo escóndase. Después de unos largos minutos de estarle insistiendo que lo dejara ir, al fin aceptó y Lacho lo soltó, Don Pancho se fue escurridizo como los perros con la cola entre las patas. Por nuestras mentes pasó la idea de que le iba a zorrajarle un tiro por la espalda, pero no fue así: simplemente lo dejó ir sin dejarle de apuntar con sus pistolas hasta que se perdió en la oscuridad y la espesura de la maleza. Si decir una palabra, todos se fueron por distintos caminos, solo yo me quedé adentro de la casa de Don Pedro y pasé allí la noche sin poder cerrar los ojos, mirando hacia el techo de la casa donde seguía 132

viendo el cañón de la pistola apuntándome en la frente y las palabras atronadoras de Cheke: “¡Métase a su escondite o también me lo quemo a usted!”

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Capítulo veinticinco “El Cambio” Lo que experimenté desde mi llegada a esta comunidad hasta el seis de enero, fue determinante para tomar el consejo de mi cuñado que me había dado en cierta ocasión que los visité en Papantla. Me dijo: -Si sientes que corre peligro tu vida, vete a la ciudad de Xalapa a solicitar tu cambio de zona. Acude al edificio del sindicato de Maestros, localiza al Profesor Maximino Gutiérrez y explícale tu situación; dile que vas de mi parte estoy seguro que te atenderá. Y así lo hice. 134

En la quincena del mes de enero bajamos Adrián y yo a la ciudad de Córdoba a cobrar, e intercambiamos puntos de vista y experiencias. Y lo ocurrido a él y a su esposa fue lo que me hizo decidirme a intentar buscar el cambio de zona escolar. Le solicité un permiso económico al Supervisor escolar y el motivo del mismo y esto me contestó: -Por estas fechas no hay cambies de adscripción, tú sabes si vas a darte la vuelta de oquis. –Yo le contesté: - Quiero intentarlo. Le planteé a mi compañero Adrián mis planes y me deseó mucha suerte. Me despedí de ellos y partí a la ciudad de Xalapa. Estando en el edificio del sindicato pregunté por el Profesor Maximino, por una casualidad el que me atendió era él. Le expuse el motivo de mi solicitud de cambio de zona escolar y me dijo que me ayudaría, lo que no me imaginé es que lo iba hacer en ese mismo momento, me explicó: - Mira Grimaldo, acude a la Dirección de Educación y pregunta por la secretaria particular de Director de educación, es amiga mía, dile que vas de mi parte y que te haga el favor de acomodarte en la cadena de cambios de zona al norte del estado lo más cerca que se pueda Papantla, que yo iré más

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tarde par hacer los arreglos para que el recurso tuyo lo repongan en Córdoba. –Yo me atreví a decirle lo siguiente: - Disculpe Profesor, mi compañero Adrián está en la misma situación mía, solo que más grave, él está amenazado de muerte y se encuentra muy angustiado y su esposa también. El profesor me interrogó: -¿Cuál Adrián, Grimaldo? Y él mismo se contestó: - ¡Ah, ya recuerdo! González Acosta, ¿Verdad?, No hay problema; también sacamos su cambio, ¿Porqué no?. Me quedé impresionado por la capacidad de retención de memoria que tenía, solo nos había visto una vez y se acordó en ese instante de nosotros. Me dirigí al edificio de la Dirección de educación y busqué a la secretaria del Director, le expuse mi motivo y seguí el consejo del Profesor Maximino. Ella me contestó: -Voy a ver que se puede hacer. Tome asiento, en un momento lo paso con el director. Sabía de antemano el carácter del Director de educación. Estaba yo leyendo atentamente los anuncios de permuta expuestos en una pizarra, la mayoría eran del sur del estado hacia en norte y no había nadie que quisiera la región de Córdoba, en eso estaba cuando me sacó de mi escudriño el sonido del timbre de la oficina del Director. La

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secretaría se apresuró a entrar a la oficina de su jefe y no tardó mucho en salir y se dirigió a mí: - Puede usted pasar, el Director lo está esperando. Agarré mi mochila y entré, me detuve a unos cuatro metros de distancia del escritorio donde se encontraba sentado la máxima autoridad de educación de estado de Veracruz. Era un señor ya entrado en años que imponía presencia y respeto. Él seguía firmando unos documentos que sostenía entre sus manos. Un minuto más tarde dejó los documentos sobre el escritorio y me miró fijamente por encima de sus lentes y me examinó: -¿En qué le puedo servir profesor? Un poco nervioso me acerque y extendí mi solicitud de cambio de zona y contesté a su pregunta. -Vengo a solicitar mi cambio de adscripción de la ciudad de Córdoba a la ciudad de Papantla o lo más cerca que se pueda de allí, sabe mi...Quise explicarle los motivos de mi solicitud y me interrumpió bruscamente: -¿Cuántos años de servicio tiene profesor? -Voy a cumplir seis meses el primero de febrero señor director. Y el tono de su voz y la expresión de su rostro no lo voy a olvidar nunca y se me cayó la cara de vergüenza con lo que me dijo:

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-¡Debería darle vergüenza andar pidiendo cambio de zona a los cinco meses de servicio profesor! -Si señor, usted disculpe, pero es más el miedo que tengo de seguir en donde estoy que la vergüenza que me da pedirle ayuda. No contestó nada a esto último, solo se limitó a correr a un lado la falda de la cortina que se encontraba a su espalda y oprimió el botón de un timbre; de inmediato se abrió la puerta y apareció su secretaria con una libreta y una pluma para hacer anotaciones. El Director le preguntó: -Fíjese en que cadena de cambio se encuentra el profesor y hágale su orden de traslado lo más cerca que se pueda a Papantla. La secretaria le confirmó: -Está dentro de una cadena de cambio y el lugar más cercano es Tihuatlán Profesor. -Está bien, dele su orden de cambio y que tome posesión del centro de trabajo que le asigne el supervisor. Se puede retirar profesor, le deseo mucha suerte y ponga todo de su parte para realizar un buen trabajo en donde quiera que se encuentre. -¡Gracias señor, muchas gracias! -¡Ande, ande, que le vaya bien!. Salí de la oficina y esperé a que la secretaria redactara los oficios de cambio de zona y me sentí muy bien porque logré sacar el cambio para mi amigo Adrián. Ese mismo día me regresé a Córdoba, quería llegar lo 138

más rápido que se pudiera para darle la buena noticia a mi amigo. Cuando llegué a su comunidad ya eran pasadas las dos de la tarde del 20 de Enero y me recibió un tanto deprimido. -¿Cómo te fue en Xalapa? Me preguntó inmediatamente. -¡Bien! ¡Me fue muy bien! Mira me dieron el cambio a la ciudad de Tihuatlán y a ti te mandó esto el supervisor escolar, es un cambio de escuela. Le explique tu situación y me dijo que te entregara esto. Le extendí un sobre y lo apremié para que lo leyera, pero él solo se limitó a guardar silencio y sentarse en la orilla del camastro. Su esposa Cinthia estaba parada en la puerta de la cocina con los ojos humedecidos y alcancé a ver rodar una lágrima por la mejía de mi compañero y amigo, él agarró el sobre y con voz entrecortada me dijo: -Gracias pero prefiero seguir aquí. Y dejo a un lado la misiva que le había entregado. -¡Ábrelo! Tal vez te convenga, le insistí varias veces hasta que lo hice abrir y leer el contenido. Al darse cuenta del contenido del oficio se levantó como expulsado por un resorte y me abrazó y me dio las gracias y me dijo: - Mañana te espero para bajar juntos y largarnos de este maldito lugar. Yo le respondí: - Mañana paso por aquí como a las doce del medio día.

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Capítulo veintiséis “El Adiós” Llegué a la comunidad ya caída la tarde y entré en lo de Don Pedro y se adelantó al saludo -¡Quibo maestro! ¿Cómo le fue por Xalapa? -Muy bien Don Pedro, nos dieron el cambio a mí y al compañero de Las Mafafas, mañana cito a junta para explicarles y entregar la escuela, despedirme de los niños y de las personas que alcance a ver. 140

-¡No me diga que ya se nos va! Válgame dios si apenas nos estábamos acostumbrando a usted, verdá tu Rosy. -Sí maestro. ¿Cómo que se nos va? Sus palabras me hicieron sentir pena. Sentía que no había cerrado un círculo en la cadena de círculos de lo que está hecha la vida de una persona. Porque creo que la vida, están hecha de círculos físicos e invisibles o etéreos, que solo se pueden apreciar o sentir cuando uno, algo o alguien empieza una tarea y la termina; y yo no cerré este círculo. Al día siguiente entregué la escuela a las autoridades comunitarias y me despedí de cada uno de los presentes, en especial de los niños y niñas que habían acudido a clases. Don Pedro me prestó dos de sus bestias de carga para bajar la montaña, una para mi y otra para llevar mis cosas; Algunas de las personas con las que había convivido de una manera más cercana me regalaron plátanos, cajas con mangos, naranjas, café y un sin fin de recuerdos que hasta el día de hoy los conservo. Al pasar por el aguaje estaba Doña Rosy con otro grupo de mujeres lavando ropa y al mirarme se puso en pie y me preguntó: - ¿Ya se va usted maestro?. - Si, ya me voy Doña Rosy. 141

- ¿Cuándo vuelve usted? - No sé, algún día, se lo prometo. Sus ojos se le humedecieron de lágrimas y se quedó en silencio unos instantes. Me di cuenta en esos momentos que su corazón se encontraba presionado por el puño del amor no confesado y agaché la cabeza y partí sin decir una palabra. Al pasar por Las “Mafafas” le lancé un grito a mi compañero Adrián que ya me aguardaba cerca de la brecha sentado sobre una roca a la orilla del camino. - ¿Para que gritas si no estamos sordos? Ya tenemos rato esperándote. Comenzamos a bajar la segunda mitad del cerro, haciendo planes de cómo nos presentaríamos con el supervisor escolar y la manera de irnos para Tihuatlán. Llegamos a Córdoba a media tarde. Nos hospedamos en el mismo hotel de siempre y nos trasladamos a la supervisión escolar para mostrarle al inspector de educación las órdenes de cambio de zona. Para entonces ya habíamos ido a comprar los pasajes para Xalapa, la salida era a las 6:30 p m del día siguiente. El supervisor escolar se nos quedó mirando cuando entramos a la oficina y nos interrogó de esta manera: - ¿Qué andan haciendo por aquí si todavía no es día de pago profesores? Yo le respondí de la misma manera sin haberlo 142

saludado. Siempre he tenido problemas con mis autoridades superiores por tratarlos de la misma manera como ellos me han tratado y le dije: - Venimos a comunicarle que nos dieron el cambio de zona y a entregar la documentación correspondiente de nuestras escuelas. - A ver, muéstreme sus oficios de comisión profesor. Yo le extendí una carpeta conteniendo dichos oficios y se puso a leerlos detenidamente. Después de unos minutos nos dijo lo siguiente: - No sé como lograron estos movimientos por estas fechas, pero en fin, van a tener que llenarme estos documentos y los quiero para mañana en la tarde, de otra manera no les firmo ni les sello de recibido las copias de entregas de escuelas. ¿Está claro? - Si profesor, haremos todo lo posible por entregar a tiempo toda la documentación que nos está requiriendo. Recogimos cada uno la documentación y partimos inmediatamente para el hotel a comenzar a llenar la información en los documentos que se nos había entregado. Después nos dimos cuenta que dicha documentación era la que se entrega al final de cada ciclo escolar y nosotros teníamos menos de 24 horas para entregarla, ya que nuestro autobús salía al día siguiente y no 143

podíamos cancelar el viaje pues no traíamos los recursos necesarios para pagar el hospedaje de otro día ni lo indispensable para las comidas, así es que invertimos todo el tiempo del que disponíamos para sacar adelante esta tarea, no salimos ni a comer, Cinthia la esposa de mi amigo, era la que nos traía la comida la cual devorábamos al mismo tiempo que seguíamos trabajamos. Entregamos la documentación al día siguiente justo a las seis de la tarde y nos trasladamos a la oficina de autobuses. Nuestro transporte estaba por salir y lo alcanzamos abordar, ya estando arriba nos miramos un instante y dijimos al mismo tiempo los tres llenos de alegría: - ¡La hicimos! Y después solo el ruido ensordecedor del motor del autobús nos acompañó todo el trayecto. Yo no dormí, a pesar de que no lo había hecho la noche anterior, me fui contemplando el paisaje y haciendo cálculos de tiempo y espacio, observando los “fantasmas” que muestran los kilómetros recorridos o por recorrer y haciendo las operaciones necesarias para saber cuantos postes de energía eléctrica se necesitaron para cubrir la distancia entre las dos ciudades. Otra de las cosas con las que me entretenía era calculando el tiempo que le tomaba al autobús en hacer el trayecto entre cada poste y esto me servía de referencia saber cuantos había en todo el

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trayecto y el tiempo que nos restaba para llegar a nuestro destino. Trabajé hasta el año de 1980 en distintas escuelas de los municipios de Tihuatlán y Papantla, en las cuales solo me dediqué aprender, estudiar, experimentar y actualizarme constantemente para tratar de ser un buen maestro y sacar adelante a los niños y niñas, que con toda confianza los padres de familia depositan en nosotros los maestros forjadores de futuras generaciones para formar ciudadanos analíticos, buenos lectores, capaces de resolver sus problemas y los de sus comunidades; conocedores de sus orígenes y su historia, para convertirlos en ciudadanos de provecho, buenos padres y madres de familia.

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Capítulo veintisiete “El retorno a mi Estado” “La Política” En el verano de 1980, mientras cursaba la especialidad de biología en la ciudad de Monterrey, un compañero me dio la noticia que mi solicitud de cambio de estado había sido aprobada y me trasladé a la ciudad de Xalapa para recoger el oficio de retorno. Me presenté en las oficinas de la Secretaría de Educación en Tamaulipas para recibir mi oficio de adscripción el cual se me entregó y me asignaron la Zona Escolar No. 4 de la Ciudad de Gustavo Díaz Ordaz. No sé a quién se le ocurrió ponerle este nombre a un municipio y no me importa, ya que la historia se ha encargado de juzgar a este personaje tan polémico, comenzaba una nueva etapa en mi 146

carrera docente, en la cual descubrí muchas cosas, cometí muchos errores, y a base de ensayo y error me convertí en un simple “Maestro Rural”. Nunca me dejé envolver por la “lavadora de cerebro” de la política, siempre he sido apolítico y esto me trajo muchos problemas por no pensar y actuar como la mayoría de mis compañeros. Siempre he de pregonar que en nuestro país, ser político es sinónimo de sinvergüenza, ladrón y oportunista; ya que los ciudadanos depositamos nuestro sufragio solo para hacerlos más ricos y poderosos y al pueblo solo le dan “migajas” del presupuesto que ellos socavan para su propio beneficio e intereses de grupo y al pueblo lo alimentan con la cucharada de la “esperanza” de un mejor país. A nuestro pueblo lo conforman con festejos de navidad, día del niño, día de las madres, con “regalitos” en cada uno de esos festejos y alguna que otra vez un “morralito con un kilogramo de harina y maseca, un litro de aceite lleno de grasas saturadas una bolsa de fríjol y programas sociales que nunca dan resultados ya que los implementan con el deseo de sacar provecho político y no en el bienestar del pueblo como son “Oportunidades”, “Solidaridad”, “Seguro Popular” etc. Nuestros políticos no tienen que ser muy inteligentes y preparados para hacer estas cosas, cualquier “cacique” lo haría mejor y ellos se vanaglorian que tienen títulos y postgrados en 147

universidades de prestigio mundial; Elaboran tesis y teorías de programas sociales en “macroeconomías”, las vienen y ponen en práctica a nuestros países y al final de su ejercicio como servidores públicos nuestras sociedades quedan sumidos cada vez más en la indigencia social. Y otros, los llamados “dinosaurios políticos” saltan de un puesto a otro y de un partido a otro diametralmente opuesto en ideologías políticas como cambiar de casa y de automóvil, se enriquecen y acumulan grandes fortunas a costa de la miseria hablando en todos sentidos en que sumergen a nuestro pueblo y al cabo de tres o seis años con renovadas esperanzas, volvemos a votar por los mismos personajes que hasta se cambian de lugar de residencia para ser electos en un puesto de elección popular, hacen lo que ellos denominan “Carrera política”. “¡Basca” de borracho! es la carrera política en nuestro país. Y no quiero hablar sobre los radicales izquierdistas, que hasta toman por asalto el más sagrado recinto de una democracia como es la cámara de diputados, en donde los que no saben que decir ni vituperar no asisten y los que llegan asistir a las asambleas de la nación va a dormirse y hacer escándalos bochornosos en vez de sacar leyes y reformas de leyes que forjen una sociedad más equitativa y armoniosa en todos los sentidos. Lo dicho, no soy político ni lo quiero ser, porque los políticos se echan a perder 148

y pudren a las sociedades y porque no puedo vomitarme a mí mismo. El concepto de política es muy amplio, pero en las sociedades latinoamericanas lo han polarizado hasta convertirlo en un antónimo del propio concepto real.

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Capítulo Veintiocho “Dios” En mi nuevo entorno de trabajo me costó mucho adaptarme por lo ya he mencionado: “No pensar, actuar y ser como la mayoría de mis compañeros y personas con la que tenía que convivir. Me sentí discriminado, se burlaban de mí, por mi forma de vestir, hablar, por mi aspecto personal etc. Para contrarrestar esta situación y la depresión en la que estaba cayendo debido a la precipitada ruptura de mi compromiso con la que era mi novia, comencé a beber más de la cuenta, a grado tal que empecé a desarrollar el síntoma del alcoholismo; el llamado “delirium-tremens”; que me atacaba estando alcoholizado.

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Debo decir que nunca he sido religioso, es decir, no creo en la religión que practica el ser humano, porque a lo largo de la historia las religiones son en gran medida las responsables de las más sangrientas guerras y han sometido a pueblos al exterminio sistemático en nombre de Dios. Los controlan de tal manera que le dicen que se van a ir al infierno, o van alcanzar la gloria, o que van ha vivir en el paraíso y todas esas cosas con los que los líderes religiosos lavan el cerebro de las personas que por naturaleza tienen un centro neurológico en su cerebro que está hecho para creer en algo o en alguien superior, que hizo todas las cosas que nos rodean. Yo no quiero decir con esto que Dios no existe, al contrario; ¡Existe y es real! Solo que la manera en que el hombre ha manipulado la creencia en Dios, Dios mismo la rechaza, según las sagradas escritura y las enseñanzas de su hijo Jesús cuando estuvo aquí en la tierra donde vivió, convivió y murió como hombre dejándonos un legado de amor, leyes y enseñanzas para vivir en armonía con nuestros semejantes y el entorno de la naturaleza, y el hombre hizo de esto un parte aguas para su propio beneficio y perjuicio del mismo hombre. De tal manera que el peor enemigo del hombre es hombre y es él mismo. Porque en nombre de la religión y de Dios, se mata, se esclaviza, se humilla, se denigra, se miente, se roba, se embauca, se enajena, se contamina, se 151

destruye etc. Entonces, ¿A qué Dios está sirviendo el ser humano? Por supuesto que al dios de la iniquidad que es el Diablo, el opositor del verdadero Dios; la antítesis de la creación. Porque Dios creó todas las cosas que existen en el universo bajo un orden perfecto, incluso a sus hijos celestiales y al ser humano, pero nos creo con el libre albedrío, es decir, nos creo con la libertad de pensar, decidir y actuar conforme nos dicte nuestra conciencia y raciocinio, pero sin alejarnos de lo que Dios tiene preestablecido para vivir en paz y armonía que son sus leyes y su gobierno. Si los hombres de ciencia, buscaran las respuestas a todo lo que aqueja a la naturaleza sobre la base del conocimiento científico del Dios verdadero, les sería más fácil encontrar la cura a todos las enfermedades que diezman la salud de los seres humanos y el entorno natural en donde vivimos. Pero ellos buscan la verdad sin la ayuda de Dios porque muchos de ellos dicen que no existe y es por eso que tardan años en descubrir los remedios para los males que nos atacan y nos hacen sucumbir en la agonía y la muerte. Todo esto lo digo por lo anterior mencionado de que no soy religioso, pero creo en Dios. Cuando le pido algo, él me lo concede y en cierta ocasión en la que me di cuenta que mi vida la estaba destruyendo con mi vicio, le rogué que me ayudara a salir adelante y sentí que me respondió; me mandó una cura 152

que dejé de beber para siempre, el remedio fue que, modificó mi sistema inmunológico de tal forma que mi organismo ahora no tolera el alcohol, de tal manera que no puedo tomar nada que contenga el etílico, porque me entra una reacción alérgica tal, que me postro en grave enfermedad y con peligro de morir y rápidamente me curé del alcoholismo. En cierta ocasión le hice una petición de que me diera una compañera y me concedió mandándome a la más hermosa de las mujeres con la que contraje matrimonio en el año de 1983 y procreé dos mujercitas y un varón que son toda mi razón de existir. Podría llenar muchas páginas con testimonios de la existencia del Dios verdadero pero éste no es el caso, pues lo que escribo no es sobre teología; solo quise explicar porque no soy religioso como la mayoría de la gente lo es. Auque sigo siendo un pecador e imperfecto porque soy de carne, sangre y huesos y el pecado original está conmigo que es la imperfección heredada de padres a hijos por medio de nuestro código genético y que se originó de nuestro padre Adán y nuestra madre Eva cuando desobedecieron a Dios por la influencia de Satanás el diablo. Y si queremos revertir esa imperfección que nos hace que cometamos hurto, asesinato, fornicación, mentir, y toda clase de conducta relajada y por ende envejecer y morir, debemos adquirir el conocimiento científico de Dios y de sus leyes, para 153

que nuestras futuras generaciones comiencen a ser y nacer más perfectas hasta alcanzar la máxima purificación de la perfección que sería el convertirnos en seres de impulsos luminosos de pura energía. Porque hoy somos materia y de la materia podemos extraer energía y de la energía producir materia, cuando alcancemos la máxima purificación, alcanzaremos la máxima perfección, llegaremos a ser pura energía y por lo tanto nunca vamos a ser destruidos por que la energía no se crea ni se destruye solamente se transforma; ese es el propósito del Dios verdadero según mi manera de ver las cosas.

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Capítulo veintinueve “La Labor docente” En los veintiséis años que me desempeñé como maestro rural en esta comunidad, traté de ser un maestro responsable en mi trabajo, presté mis servicios educativos en la mayoría de las comunidades de este municipio. De vez en cuando venía a mi mente el tiempo que pasé en la montaña, principalmente en épocas de lluvia; parecía que el ambiente de la montaña venía a mí para hacerme una invitación de regresar otra vez con ella. Era como si fuera una novia que yo había dejado y me llamara con el pensamiento. Volvía a escuchar las gotas de agua cayendo víctimas de la gravedad. El olor a humedad, selva y 155

caña empapaban mis sentidos y una necesidad imperante de regresar se apoderaba de mí. Muchas veces intenté regresar, pero las responsabilidades que había adquirido y familia me lo impedían y solo quedaba de esa inquietud, la esperanza de volver un día. A lo largo de mi profesión conocí muchos buenos amigos, pero como ya he dicho que no soy monedita de oro, también hubo a quien no le agradara mi persona, pero, esas, son otras cosas de las que no vale la pena decir nada. Después de más de veinte años de que dejé de ver a mi amigo Adrián, el destino nos volvió a unir, él vino a trabajar como maestro de educación secundaria a esta región, el reencuentro fue muy grato, pero solo venía de paso, al poco tiempo se trasladó a Nuevo Laredo y allí sigue trabajando en la docencia.

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Capítulo Treinta “La Depresión” Allá por el año de 1998, empecé a enfermar de depresión grave y angustia generalizada, al principio no discerní de que se trataba, pero me iba minando mi salud poco a poco, a tal grado que fui presa de un temor constante y una melancolía que hasta el día de hoy la tengo y se fue complicando con alucinaciones auditivas y conferenciadas y hasta llegué a ver personas que no existían y que querían hacerme daño y arremetía con cualquiera que se me acercara queriendo 157

defenderme de ellas. Yo no me daba cuenta de esto último, hasta que un día mi esposa entró a la salita de estar y me preguntó: -¿Con quién tanto platicas hombre? Yo le respondí: -Con este niño, se llama Juanito. ¿Ya lo conocías? Mi esposa no respondió a mi pregunta, se puso pálida y se volvió a su recámara. Ella vivía en una constate preocupación por mi enfermedad, yo la seguí para preguntarle que le pasaba y ella me respondió con llanto en los ojos: -¡Es que no hay nadie allí contigo, todo está en tu mente! -¡Tonterías tuyas, pues si yo lo miro y si mi cerebro lo capta es que si existe! A tanto llegó mi estado psíquico que me puse en manos de un especialista, su diagnóstico fue: “Esquizofrenia Paranoide” Al principio yo le alegaba a los médicos que si yo veía y escuchaba a esos seres imaginarios para ellos, pero para mi no, es que se trataba de seres que vivían en otra de las nueve dimensiones que hay en el universo o en universos paralelos como lo afirman algunos físicos y que yo tenía el privilegio de hacer contacto con ellos; pero la realidad era otra, ellos tenían razón. Caí victima de la locura, pero de una locura extraordinaria, en la que al principio me resistí a creer; pero poco a poco me fui haciendo a la idea de aceptarla y creo que 158

eso me ha ayudado a sobrellevarla y a ignorar a los personajes que yo veo y las demás personas no. De tal manera que cuando alguien me habla y no lo conozco, tengo que preguntarle a alguien que sí conozco de esta manera: -¿Ves y escuchas lo que yo veo y escucho? Y si me contestan afirmativamente no hay problema, pero si no; solo esquivo e ignoro a quien sea y prosigo con mis actividades.

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Capítulo treinta y uno “La Intriga y la Nostalgia del Regreso” En los últimos años de mi existencia, me hacía la pregunta que otros me formulaban: “¿No te habrán hecho un sortilegio o amarre por allá donde estuviste en la montaña? ”Esto me intrigó tanto como las alucinaciones de mi psique, que resolví ir de nuevo a la región maldecida. Fue un mes de diciembre del año 2001 cuando resolví ir a la montaña donde empezó toda esta historia. En uno de los periodos vacacionales del mes de diciembre, me embargó la nostalgia por volver, esta vez si me decidí a regresar. Tenía unas ansias de volver, que decidido a 160

todo, empaqué mi equipaje una fría mañana y le dije a mi esposa: -Quiero volver. -¿Adónde? -Me interrogó. -A la Montaña. -¿Qué vas hacer allá? ¡Por Dios! -Solo déjame ir por favor, vengo luego. Y así con mi decisión tomada, nada me detuvo, no sabía lo que iba a experimentar, de haberlo sabido no habría hecho el viaje. Tomé el autobús directo al puerto de Veracruz y sin demoras me trasladé a la ciudad de Córdoba, era el 23 de Diciembre de 2001. Una ansiedad indescriptible comencé a sentir desde que bajé del autobús que respiraba con dificultad y mi ritmo cardiaco se aceleró de tal manera que tuve que tomar unos tranquilizantes que yo ya venía usando desde hace unos tres o cuatro años a causa de una depresión y angustia generalizada según el diagnóstico que me había dado un médico psiquiatra. Porque me entraba un temor a la nada y una zozobra que no podía luchar contra eso y siempre estaba con esos calmantes para apaliar el socavón en que me encontraba. Llegué a hospedarme en el mismo hotel al que siempre llegaba y me sentí que me trasladé en el tiempo desde que entré 161

a la habitación. Seguía siendo la misma de cuando yo me hospedaba en este mismo hotel, parecía que el tiempo se hubiera detenido, era la misma cama, los mismos muebles; todo era igual que hace veintitrés años. Y no sé si fue esto o las pastillas que ya me habían hecho efecto, que comencé a sentir una paz sublimemente sobre natural; volvía a ser el joven de diez y nueve años que tiempo atrás llegó como forastero a conquistar esta región, lo cual fue al revés “Ella” me había conquistado y aquí me tenía otra vez a su merced. Como ya era de madrugada cuando llegué, me dispuse a dormir y lo primero que hice al levantarme fue dirigirme a la tienda de Don Mario Ixtla el papá de la maestra Jovita y de Fidel. Como ya he explicado Don Mario y su esposa Doña Mercedes me daban hospedaje en su casa cada vez que yo bajaba de la montaña, no les gustaba que yo me quedara en hoteles y me decían que lo hacían por cuidarme y para que yo no me sintiera solo por estos lugares. Conviví algún tiempo con sus hijos: Fidel, Mario, Jovita, Meche y Ángeles ésta ultima era un angelito como su nombre lo indica como de diez o doce años de edad no recuerdo bien. Era una niña muy vivaracha y alegre que me hacía recordar a mi hermana menor María de la Luz cada vez que la miraba. Simpaticé muy poco tiempo con esta linda familia, pero fue el suficiente para adoptar un cariño 162

muy especial hacia ellos y puedo decir sinceramente que este clan familiar también me adoptó como su hijo y hermano. Puedo darle las gracias a Dios por haberlos conocido, nunca por el resto de mi existencia me voy a olvidar de ellos, seguirán dentro de mi corazón como una esencia de agua de vida por todos los tiempos. Al llegar a lo de Don Mario, encontré todo cambiado, la tienda era mas grande que antes, la administraba Fidel, Nos dio un gusto enorme habernos encontrado otra vez, inmediatamente él dejó sus quehaceres por atenderme y me llevó a saludar a sus padres. La alegría que sentía de volver a verlos se me desbordaba y filtraba por todos mis poros, como si fuera un perfume de mágica fragancia hecho por los sabios alquimistas de Macedonia los abracé como si fuera el hijo pródigo que regresaba al seno de su familia. Al día siguiente me trasladé a región de “La Montaña”, El tiempo había sufrido un accidente, me percaté de ello cuando abordé los mismos armatostes en los que me trasportaban para ir al lugar que nadie me había prometido y que si me lo entregaron sin ninguna condición. Se fue dando tumbos y más tumbos por la brecha angosta que experimente un “Déja-Bú”. Sentía que todo aquello ya lo había vivido o 163

soñado y hasta podía predecir con precisión hechos que estaban por ocurrir con cinco minutos de anticipación; como el abordaje de una mujer gorda que subía a medio camino llevando consigo una canasta de plátanos y “garnachas” pregonando con una voz estentórea la vendimia de : ¡Compre sus plátanos!. ¡Lleve sus plátanos!. ¡Lleve sus garnachas marchante, marchanta!. Era la misma muchacha alta y espigada que tiempo atrás pregonaba las mismas viandas recorriendo los carros del ferrocarril la primera vez que vine a esta región, pues el ferrocarril dejó de funcionar hace muchos años por incosteable y obsoleto como todo lo que no se actualiza o moderniza en nuestro país y que es inadaptable en todas partes y tiende a extinguirse. Cuando llegué a la ciudad de Tezonapa, Esta no había sucumbido a la inadaptación y se convirtió en un pueblo bullicioso, donde se vendían toda clase de artículos de piratería y alimentos tradicionales. El centro comercial estaba cubierto por una serie de carpas de nylon donde se exhibía y ofrecía toda clase de chucherías por mercanchifes de la realidad de todos los días, que lo mismo ofrecían una píldora o infusión para bajar de peso y el colesterol, como también una pomada milagrosa para las reumas y todo tipo de ungüentos y yerbas para los malestares del género humano y perfumes exóticos 164

para “amarrar” el amor del ser querido o plantas para espantar los malos espíritus y curar del mal de ojo y hasta la refrescante fruta del maracuyá cuyo poder exótico y sabor agradable podía levantar hasta los muertos que las viudas en sus lechos conyugales esperaban con la calentura hasta los huesos al ser amado que se les había adelantado en el camino y que se empapaban de un sudor y olor de fango y que al día siguiente volvían a coger la escoba para barrer y cantar las mismas canciones que cantaban albando al ser amado por haberlas hecho dichosas la noche anterior.

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Trasbordé a otro de esos camiones que nos identifican como países del tercer mundo que me llevó hasta la comunidad de “Laguna Grande”. Fue en esa ocasión que me di cuenta cuánto era el trayecto para llegar a la comunidad del “Mirador” en un señalamiento del camino que decía “El Mirador 11 Km.” Bajé del camión y me dirigí a la tiendita del que en otros tiempos era el mandamás de esa región y que el pueblo ya lo había relegado a un simple ciudadano común y corriente que come y caga como todos los mortales y que no son “Don Poderosos”. Y que la misma pobreza e ignorancia de la gente sin estudios son los que los idealizan y los encumbran y hasta se sienten chiquititos frente a ese tipo de personas ilusorias. -Buenos días – Me dirigí a dos muchachas que atendían en tendajo. -Buenas- Contestó una de ellas. -¿No habrá nadie que vaya para el mirador? - Al rato pasa mi cuñado sube en una hora, no tarda. – Me contestó la misma del saludo. - ¿Usted quién es?- ¿No es de por aquí verdá? -Me pregunto sonriente. - No. Yo soy de Laredo. -¿Laredo Texas o Laredo México? – Me preguntó un poco confundida. 166

- De Nuevo Laredo, Tamaulipas, México. – Le contesté palabra por palabra, para sacarla de su confusión. Yo trabajé por aquí hace 23 años como maestro. ¿No se acuerda usted de mí?. - No me acuerdo para que le voy a mentir.- Me contestó un poco intrigada. - A mi me decían “El Maestro Cepillín”, por flaco y porque me dejaba una barba que cubría casi todo mi rostro.- Le expliqué. - Ah ya recuerdo, sí ya me acordé. Oiga a la noche va haber baile, como es veinticuatro de diciembre vamos a ir mi hermana y yo y otras amigas, ¿No quiere acompañarnos?. Mi mente se adelantó a los acontecimientos de esa noche y miré mi vida como el rollo de una película en cámara rápida que se detuvo repentinamente en medio de la pista de la cumbiamba y cambió a cámara lenta y observé en medio de la misma el cuerpo de alguien que no pude verle el rostro con claridad que se desangraba con las tripas de fuera en medio de un charco de sangre caliente formándosele un vaho que salía desde interior de su estómago que al contacto con el aire frío de la noche se condensaba y formaba pequeñas partículas luminosas que se dirigían hacia un claro de luna que se asomó por entre las densas nubes que cubrían el ancho cielo de diciembre. Había sido asesinado por haber sacado a bailar a la mujer coqueta que 167

nunca falta en los bailongos, por un hombre encendido de celos estúpidos que carcomen las entrañas e infla de amargura el corazón de los que se dejan llevar por esta clase de sentimientos absurdos y estúpidos. Había vuelto a tener otra de las visiones que me advertían de un posible encuentro con la muerte que siempre andaba oliéndome la bastilla pantalones jugando conmigo sin decidirse a darme el arañazo final. - No creo que pueda asistir, no lo tome como un desprecio, solo que tengo la intención de pasar la noche en allá arriba en la montaña. –Le respondí respetuosamente. - ¿Y que viene hacer por acá después de tantos años? - Vengo a ver a la familia de Don Pedro Rosales el esposo de Doña Rosy. Si los conoce ¿Verdad?. - Si los conozco. En ese momento pasaba el conductor de un camioncito, que la muchacha le tuvo que hacer unas señas con la mano para que se detuviera y le gritó desde la ventanilla de la tiendita: -¡Ruperto, Ruperto, d’ále un raid al maestro p’al “Mirador”, va a visitar a Don Pedro! El camioncito se detuvo y yo trepé a la parte de atrás y me fui parado todo el trayecto para ir tomando fotografías a la exuberante montaña.

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Cuando llegamos a la casa del señor que me hizo el favor de darme el “aventón”, yo bajé del camioncito y me dirigí al chofer, le di las gracias y le pregunté por donde debía caminar para llegar a lo de Don Pedro; él me contestó muy serio: -Váyase por este camino y luego va a toparse otra vez con la brecha y se sigue de largo hasta encontrar una tienda a la orilla del camino allí es la casa de Do Pedro.

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- Muchas gracias nos vemos luego. – Le contesté expresando mi gratitud con mi sonrisa retorcida en mi rostro. Por el camino no encontré ninguna persona conocida ni que me conocieran a mí, solo miraba caras de gente extrañas y con desconfianza como la primera vez en que llegué a este lugar. La corta travesía por la brecha se me hizo muy penosa, porque yo ya no tenía la misma condición física de antes. Cuando llegué a la casa de Don Pedro saludé, pero las personas que salieron no me conocían y me preguntó una jovencita: -¿Qué se le ofrece?. – Me pregunto un tanto tímida y desconfiada. - Soy el Maestro Lauro, ¿Están tus papás? En ese momento aparecieron Don Pedro y Doña Rosy, ésta última ya un poco acabada por los años, y aunque su esposo le llevaba 45 años de diferencia de edad; Don Pedro seguía conservando una juventud eterna que parecía que los años no le habían hecho estragos en su rostro y en su salud. Conservaba la misma sonrisa con toda su dentadura completa y el brillo en sus ojos que emanaban paz e infundían confianza. En cambio su esposa, ya entrada en cuarenta y cuatro años parecía que todo el peso del tiempo le había socavado toda la alegría y borrado para siempre su amable sonrisa. Fue ella que asombrada le gritó a Don pedro para que saliera a ver quien acababa de llegar: 170

- ¡Mira Pedro, quién llegó! Te acuerdas que apenas la semana pasada te estaba diciendo “Que se haría el Maestro Lauro”. - Sí es cierto Maestro, ¿Qué anda haciendo por acá? -Nada, que me entro la nostalgia y pues aquí me tienen, espero que no les cause molestias. - Como va usted a creer. Nos da harto gusto que se haya acordado de nosotros. ¡Verdad, tú, Rosy!. Me dieron un abrazo de bienvenida y Doña Rosy me abrazó por el cuello y me dio un beso en el mismo, que la verdad yo no lo esperada y me ruboricé ante aquel acto espontáneo que mis palabras se me atragantaron y no me salió nada ni siquiera aire hasta que entré a su casa y nos sentamos a platicar.

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Nos acordamos de muchas cosas que vivimos juntos y otras que yo ya había olvidado, también platicábamos de sucesos ocurridos años después que yo me había ido de este lugar. Estuvimos nombrando los nombres de personas que conocí en mi estancia pasada y todas las que recordábamos ya estaban difuntas. La muerte se las llevó trágicamente a manos de enemigos sin gracia, pues ya les he contado que en estos lugares se matan por insignificancias ya que la vida no tiene ningún valor solo después de muertos se les toma en cuenta. Toda la velada nos la pasamos hablando muertos, que a Don Pancho lo mataron por andar de “oreja” con dos familias rivales que si esto que si lo otro en fin. Mientras platicábamos, Doña Rosy nos servía un posillo de café negro de grano recién hecho, me acababa de tomar la cuarta taza de café, cuando miré entrar por la puerta de enfrente a un hombre alto y bien dado, parecía que él mismo había traído con su manera de andar airoso y manoteando los costados de su cuerpo mientras caminaba entre las sombras de la noche fría del veinticuatro de diciembre el aguacero que se acababa de desgajar en la montaña con truenos y relámpagos parecidos a los de la primera noche que pasé en este lugar cuando maldije el dicho, 172

“Que un rayo no cae dos veces en el mismo lugar” y partió un árbol por la mitad mientas yo vaciaba mis inmundicias de los nervios encrespados producidos por los fantasmas de mi imaginación. Era José Raúl, el segundo hijo de Don Pedro y Doña Rosy, al que yo había prometido bautizárselo y que no pude cumplir porque me fui de este lugar casi a las voladas. Era alto fornido y con un hablar que infundía temor, venía acompañado de dos “amigos” que nunca supe sus nombres, Don Pedro me lo presentó: -Mire Maestro este que ve usted aquí es mi José Raúl, se acuerda de cuándo lo estábamos esperando, que usted iba a ser su padrino. -Si me acuerdo Don Pedro, como voy a olvidarme de él.- Le contesté muy avergonzado por no haber cumplido mi promesa. -Mire Mi’jo, él es el maestro Lauro de quien tanto le hemos hablado. –Se dirigió al recién llegado. -Mucho gusto en conocerlo Profe, mis “jefes” me han contado mucho de usted. Medió un abrazo que me sacó el aire y mis huesos se desencajaron de su lugar. -Pero no tiemble, que yo no mato gente que estimo y que mis padres aprecian. –Me dijo esto porque notó un temblor de manos y pies y el cascabeleo de mis dientes.

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-¿O tiene frío? –Y se quitó su chaqueta que llevaba puesta y me la acomodó en los hombros. - Gracias. – Le contesté un poco atolondrado. Los que llegarón con él, se sentaron en el rincón de la rustica habitación, se les notaba que venían bebiendo guarapo fermentado desde hacía buen rato, porque se les veía su mirada vidriosa y el timbre de sus voces distorsionado por los efectos del alcohol. José Raíl comenzó hablarme y presumiendo delante de sus compañeros de parranda, que él ya había recorrido medio mundo y conocía muchos lugares sabía hacer muchas cosas. Siguieron bebiendo unas cervezas de las que Don Pedro vendía en su tiendita. En un momento que se retiró porque su madre le dijo que comiera un poco de guisado de chancho, uno de los amigos que nunca conocí sus nombres se dirigió a mí susurrando entre dientes y sacando de uno de los bolsillos una navaja: - ¿Qué maestro?, ¿Me lo “echo?”. ¿Quiere que le de “carne”?. Yo lo calmé diciéndole que no había motivos, que se tranquilizara, que él estaba en su casa y tenía derecho de decir lo que él quisiera y le apremié: -Tómate la cerveza que él te está convidando y debemos ser agradecidos con su hospitalidad, tranquilo, no pasa nada, estate tranquilo por amor a Dios. Fue en ese momento que José Raúl soltó como reguero de vidrios la noticia de que en el “plan” 174

acababan de matar a un hombre en el baile, que lo había asesinado el novio de la hija de Don Artemio González, la misma muchacha que me había invitado a quedarme para asistir con ella a la cumbiamba. En ese momento un sudor helado recorrió mis sienes y por el canal de mi espina dorsal. Comencé a experimentar la misma zozobra de cuando vivía en esta comunidad, No lograba controlar el estado agitado de mi psique y decidí tomarme mis tranquilizantes con una dosis más alta de lo normal y ni así logré apaciguar mis nervios, mis anfitriones lo notaron y traté de explicarles lo que sentía, me tendieron un catrecito y me arroparon con unas mantas para el frío y decidí dormir cuando empezara a surtir efecto el medicamento que no restó el zarandeo que los fantasmas me inflingían en mi conciencia, pero que como quiera que sea empecé a sumergirme en un estado seráfico y empecé a ver con los ojos de la mente en el mundo de las pesadillas. Miré que era de día, y que José Raúl cruzaba el dintel de la puerta llevando a un niño de la mano como de cinco años de edad y le decía a su madre: - Aquí le encargo a mi hijo madre, mi esposa, me abandonó y yo no puedo cuidarlo, hágame el favor de criarlo y educarlo como Dios manda. Y de pronto se desvaneció en el centro de la habitación. Y mientras las quimeras de mis pesadillas no me 175

dejaban en paz, yo me revolvía en el camastro tratando de quitarme del cuerpo miles de mosquitos rojos que chupaban mi sangre con avidez, todo esto sucedía en mi sueño todavía, pero lo miraba y sentía tan real que el pánico no se me apaciguaba. Me quité la camisa y los pantalones y ví que estaba tachonado de pies a cabeza de esos mosquitos hematófagos parecidos a los que no me dejaron dormir bien la primera noche que pasé en la troje de Don Artemio González y que vaciaban mi cuerpo y chupaban hasta los huesos y mis entrañas. Yo sentía que aquello no era bueno y podía sentir la presencia del maligno y comencé a rezar a Dios para que me protegiera del tormento al que me sometía el demonio. De pronto al terminar de rezar, los mosquitos comenzaron aletear y remontaron el vuelo solo para irse a posar en la espalda desnuda de Don pedro. En mi delirio de mi pesadilla, yo seguía creyendo que el mal no se había retirado, entonces miré al niño que José Raúl llevaba de la mano y me decía para mis adentros: “Si tan solo pudiera yo ponerme en mi pecho ese niño el mal tiene que irse y dejarnos en paz”. Luego, sin poderme levantar de mi lecho de espanto, agarré al niño y le dije: -Ven hijo, acuéstate aquí conmigo para que se vaya el demonio y lo agarré por la cintura, lo levanté en el aire y lo posé poco a poco sobre de mi pecho desnudo. Mientras yo hacía esto el 176

niño se reía y al momento de colocármelo en mi dorso con sus brazos extendidos en forma de cruz sobre los míos y sus pies entrecruzados como un crucifijo, comencé a orar otra vez a Dios, implorando que me dejara y expulsara al demonio que me atormentaba. De pronto miré como se me abría el tórax exponiendo toda mi asadura y sentí como el niño se hundía dentro de mí y luego mi caja toráxica se cerró después que él se acomodó a un lado de mi corazón. Esto fue algo que no esperaba y no pude soportar porque consideré que lo que experimentaba era una posesión; quise volver a concentrarme para expulsarlo y grité: - Ayúdame Dios mío a sacar a este niño y perdóname mis faltas. Dije esto, cuando una voz procedente de un socavón me apremiaba: - Ya viene el carro de las cinco Maestro. ¿Se piensa ir en él? ¿Cómo se siente ahora?. Era la voz de Don Pedro que hizo despertarme y al hacerlo sentí una paz interior y un alivio total que le contesté: - Gracias Don Pedro, ya me siento mejor, me pienso regresar en el camión de las tres de la tarde. Y desde entonces siento que traigo al niñito dentro de mí y él me protege de los peligros y miedos irracionales y de las voces que oigo y que me atormentan y que los demás no oyen, pero que desde entonces 177

no me dejan vivir en paz y me ayuda a luchar contra las visiones y los miedos de mi Esquizofrenia Paranoide que me diagnosticaron varios médicos psiquiatras. Mi estancia en este lugar fue algo que no esperaba, me prometí a mi mismo, que no regresaría nunca a este lugar. Creía firmemente que en estas tierras había algo demoníaco o de hechicería que no desea mi presencia, que se inquieta y que me atormenta desde la primera vez que vine a vivir aquí; pero que no logro saber que es y porque me causa daño. Estaba cavilando en esto, cuando comencé a escuchar el ruido forzado de un motor subiendo por la ladera de la montaña. Doña Rosy me dijo que era el camión en el que regresaría. Me despedí de ellos y quedó una interrogante en todos los presentes que yo podía discernir en sus miradas y que fue Don Pedro el que preguntó: - ¿Cuando volveremos a verlo mi maestro? - No lo sé Don Pedro, tal vez dentro de otros veinte años. –Le respondí en tono de broma. El me contestó: - Ya no me va a encontrar aquí para ese entonces Maestro. Noté en su voz un poco de tristeza y me acerqué un poco más a ellos, no abrazamos para demostrarnos el cariño que nos unía. Noté que todos de alguna manera teníamos los ojos humedecidos y fue Doña Rosy la que me volvió a dar un beso 178

en mi cuello, cuando nos separamos, noté en su mirada un sentimiento más grande que el de dos amigos y eso me estremeció. Quise rectificar la respuesta de mi regreso y les dije: - Procuraré regresar lo más pronto que pueda. Dije esto cuando ya estaba sentado en el asiento del camión y extendí mi mano a través de la ventanilla para decirles adiós. Mientras el autobús hacía el trayecto de regreso, creí escuchar unas voces cuchicheando por entre las copas de los árboles algo ininteligible, que se fueron acercando poco a poco hasta que las oí claramente en un sonido estereofónico un poco arriba de mis occipitales de mi cabeza que me decían: “No te atrevas a regresar, porque la próxima vez que lo hagas no saldrás nunca de este lugar”. Me angustié tanto, pero oí también la voz de “Juanito” pero no desde dentro de mí sino que también fuera de mi cabeza y me dijo: “No temas que yo te cuidaré”, Dijo esto y mis nervios se tranquilizaron e hice todo el viaje de regreso sin ningún sobresalto. Di gracias a Dios cuando llegué a mi casa. Pero yo sentía que ya no era el mismo por dentro y por fuera. Por dentro sentía la presencia del niño y por fuera mi rostro tenía un aspecto de tierra agrietada como si la energía de muchos soles la hubiera secado. 179

Capítulo treinta y dos “La investigación” La última vez que regresé a la Montaña, lo hice para investigar a fondo el problema mental que me aquejaba, consideraba que si llegaba a encontrar las circunstancias que me llevaron a este estado de alucinación, podría resolver mi problema. Porque me decía: Esto que me pasa es un problema y yo soy especialista en resolver problemas y tengo que encontrar la manera de encontrar la solución. 180

En el verano del 2003 me decidí regresar, “Juanito” me advertía: “No vayas, mira que te vas a quedar atrapado para siempre en la región embrujada”. Yo le contesté: - Esta vez no te voy hacer caso Juanito, porque hasta a ti te voy a expulsar de mí. Dije esto y sentí un estrujón en mi corazón que hizo que me llevara mi mano al pecho porque sentí un dolor intenso que me hizo sudar frío y el aire me faltaba, me puse lívido y mis labios azulados. Y con la fuerza de carácter que me caracterizaba le ordené: - ¡Déjame escuincle maldito!. ¡Salte de mí!. ¡En el nombre del Dios altísimo y nuestro Señor Jesucristo! ¡Yo te ordeno que dejes este cuerpo que no te pertenece! – Tomé una navaja que siempre estaba guardada en uno de los cajones del buró de la recámara y corté mi pecho de arriba a bajo desde donde empieza el esternón hasta el final del mismo. La sangre brotó caliente y pegajosa y salpicó todo mi cuerpo y caí de rodillas desfallecido, en el momento que mi esposa entraba en la recamar y espantada por la escena soltó un grito desgarrador y salió a la calle corriendo como una loca mas para pedir ayuda a los vecinos. Que inmediatamente me trasladaron a una clínica en donde me atendieron y cerraron mi pecho con suturas sin haberme anestesiado. Al lado de la camilla se encontraba “Juanito” espantado por lo que hice. Lo miré alejarse rumbo a 181

la puerta del quirófano llorando con el característico llanto de los niños. Todo esto ocurrió cuatro días después que yo había dejado de tomar mis medicamentos, dispuesto a auto sanarme, pero lo que logré fue cruzar el umbral que divide la realidad de lo imaginario. Veinte días después, aparecí sin previo aviso en la casa de Don Pedro. Y sin recordar como llegué hasta la montaña. Entré sigilosamente tratando de que no se dieran cuenta de mi presencia, y me senté en una silla del comedor de la cocina como idiotizado. Allí estaba Doña Rosy. Al verme, ella se espantó y del susto provocó que volteara el sartén en el fuego con lo que estaba preparando para la comida y una llamarada se levantó por la chimenea cuando el aceite hizo contacto con la flama y ella botó el sartén y dio un salto atrás para no quemarse. Fuera de sí exclamó: - ¡Maestro!, ¿Cómo es que usted ha venido a parar aquí? - No sé, solo sé que aquí estoy. – Le contesté fríamente. - Usted perdone, ¿Quiere que le prepare algo para comer? Le dije que si, que me gustaría comer lo mismo que me había ofrecido en las veces que me invitaban a cenar cuando yo vivía aquí. Luego la noté un tanto alterada que no se dio cuenta que la olla de frijoles había hervido hasta que quedaron secos y el olor a chamusquina se había impregnado en toda la casa. Mientras ella preparaba los alimentos no nos dirigimos la 182

palabra. Fue en ese momento que miré detrás de la puerta de la cocina un santuario con cuatro candelas encendidas y mi fotografía en medio sobre un pañuelo blanco que ya estaba percudido por la manipulación de tantos años. Era el mismo pañuelo que la novia de mi juventud me regaló el día que cumplí los dieciocho años y que yo pensaba que se me había perdido en una de mis borracheras y era que ella se quedó con él en una de las veces que se ofreció lavar mi ropa. Estábamos solos en ese momento. Me incorporé de la silla como un endemoniado con la bilis derramada por los demonios de mi psique, pero conteniendo mis impulsos la sujeté por detrás, apretando suavemente con mi mano derecha su garganta y con la izquierda le arranqué las pantaletas invisibles que yo sabía que nunca se cambiaba. Porque desde los primeros días que familiaricé con ella me di cuenta que no llevaba puesto nada por debajo de la falda y que un día comprobé cuando estaba moliendo el nixtamal en el metate y llevaba puesta una falda corta con botones por el frente, estaban tan separados uno del otro que logré ver entre los que estaban frente a su intimidad el interior de sus muslos y su sexo enmarañado despidiendo un olor íntimo que me provocaba un temblor de piernas y un endurecimiento de mis tripas a punto de reventarse. Deslice mis dedos por en medio de su intimidad y sentí el 183

estremecimiento de todo su cuerpo como una gelatina y solo pudo expulsar de su boca un chillido de gata en celo por el desgarramiento en su interior en el momento que mi eje la había penetrado sin darle tiempo de dar marcha atrás, porque estaba unida a mí desde la primera vez que nos presentó Don Pedro, pero que yo nunca tuve el valor de prenderla como lo hice en esta ocasión sin darle tiempo a nada. -¡Esto es lo que habías deseado siempre!. ¿Verdad Rosy? Le pregunté susurrándole al oído y diciéndole todas las porquerías que se me ocurrieron y que ella las repetía aceptando que sí, que sí; que ella era eso y lo otro y todo lo que yo le murmuraba. Ella hizo una pausa y su mirada la fijó en la mía y dijo con voz susurrante: -¡Si!. Esto es lo que he deseado siempre. – Me confirmó. Así estuvimos toda la tarde retozando en el camastro. Cuando terminamos de mezclar nuestros líquidos no sé cuantas veces, me senté en la orilla de la cama. Prendí un cigarrillo y aspiré el humo mezclado con la humedad de nuestros cuerpos desnudos. Mientras contemplaba su cuerpo explayado sobre las sábanas blancas del lecho conyugal. “Las voces me ordenaron algo que me causó euforia”. Ella estaba dormida. No me sintió cuando me incorporé. Me vestí y Fui hasta la cocina donde guardaba el petróleo para encender el fuego de la chimenea lo esparcí en 184

todos los muebles, las cortinas y todo lo que fuera inflamable y por último la bañé a ella y empapé su cama. Cuando el olor del combustible la hizo que se despertara, la casa ya se estaba incendiando por completo y junto con ella se evaporó en pocos minutos lanzando gritos desgarradores e hicieron que los vecinos llegaran a tratar de apagar el infierno en el que se convirtió la choza.

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Muchos años después, mientras estaba en el hospital psiquiátrico de la ciudad de Tampico. Llegó un hombre bien vestido. Yo estaba sentado en una de las bancas del jardín, con mi bata blanca y con la mirada extraviada en un punto muerto del corredor de las rosas del hospital. No le presté atención a su presencia. Me miró fijamente unos instantes y me preguntó: - Porque estás tú aquí. - Yo le contesté secamente: -No sé. ¿Y tú? ¿Qué es lo que haces aquí? - Y solo vengo de visita. - Objetó - ¡Ah! ¡Entonces tú eres uno de los locos que viven del otro lado de mi barda. ¿Verdad?. Me abalancé sobre de él tratando de estrangular su cuello y unos hombres vestidos de blanco me condujeron con camisas de fuerzas hacia el cuarto acolchonado del que no saldría hasta una fresca mañana de marzo en que las voces y los fantasmas endemoniados me dijeron: “Ya no nos sirves de nada. Nos veremos en la muerte de la otra muerte que está dentro de la misma muerte. Y entonces atrapé a las voces que todo el tiempo me atormentaron. Me las tragué y cerré mi boca y mis intestinos para siempre para que nunca más se escaparan. Observé desde arriba de la habitación donde me encontraba fluctuando cual globo furtivo con sentimientos encontrados de tristeza y alegría cuando sacaban del cuarto 186

acolchonado la camilla con mi cuerpo inerte del maestro rural, cubierto con una sábana blanca hasta la cabeza y con los pies descubiertos por delante. Nadie conocido fue a mi entierro. Morí solo como yo había deseado siempre. Pues yo le rogaba a Dios todos los días: “Déjame morir solo Dios mío. No quiero que nadie llore en mi funeral. Prefiero morir lejos de los que me amaron y que se escuchen las canciones de los Beatles: “Here come the sun” y “Golden Slumbers”. ¡Y las escuché!. Sí, las alcancé a escuchar. Pues un enfermero que me había demostrado su aprecio y su lástima mientras estuve encerrado en el hospital, le hice prometer, que cuando ya partiera para siempre, me hiciera la caridad de reproducirlas en una vieja y desarticulada grabadora que yo guardaba debajo del camastro donde yo no dormía y solo soñaba y hablaba despierto los mismos sueños y los mismos monólogos todos los días y todas las noches que pasé en el psiquiátrico. Las escuché completas mientras el rústico féretro que guardaba mi cuerpo iba descendiendo al hoyo que había en la tierra húmeda; porque toda la mañana había caído una cellisca pertinaz que no dejo de escampar hasta que sepultaron mi cuerpo en la tierra que nadie me prometió, y que sí me la dieron sin condiciones y alguien que nunca supe quién, me dedicó por última vez la canción “Lloviendo está” Y di gracias a Dios y me dije: “Nada es para 187

siempre”. Fin.

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