Editorial

Según un informe aparecido en la prensa, a pesar de la lluvia y el malhumor de los tipógrafos, ayer lunes, las abejas están desapareciendo a pasos agigantados. Existen estudios sobre una nueva enfermedad que acaba con ellas, aunque todo apunta a que son varios los factores responsables de su posible exterminio, como por ejemplo el uso de pesticidas, la pérdida proteínica que ha sufrido el polen por el cambio climático o la acumulación de sustancias tóxicas en las mismas colmenas. Lo preocupante es que a los tábanos, aunque no lo reflejen los periódicos, puede ocurrirles exactamente lo mismo, y la única causa de extinción emparentada con las de sus primas las abejas es la acumulación de sustancias tóxicas, no en sus colmenas, ya que no hay tábanos obreros, capaces de pagar un alquiler, sino en sus propios organismos. El tábano es un volador esencialmente noctámbulo, fumador y sobre todo chupador de cualquier clase de espirituosos bebestibles, que tiene por costumbre ducharse con sombrero por un sentido poco común de la higiene y la elegancia. En estos días, antesala del nórdico verano, pueden verse varios ejemplares en la costa, próximos a la orilla, pero manteniendo prudencial distancia con el agua, enemiga acérrima de estos pájaros enanos. Abandonan la arena junto a jóvenes muchachas* para ir a posarse hasta el amanecer sobre las barras más sombrías, momento en que se duermen o regresan a merodear el litoral. Su posible desaparición puede deberse a las consecuencias de… Acabo de recibir un telegrama enviado desde Bruselas por Pedro Coiro, jefe de redacción y corresponsal en la Otan de nuestra revista. Está escrito en un francés perfecto, que me obliga a lamentar la incomprensión de ese idioma. Intuyo recrimina la falta de una nota editorial para el vigesimotercero “Cuaderno del Tábano”. Enviaré estas palabras para evitar que en unas horas lleguen sus insultos en perfecto castellano. *Sería más exacto escribir “tras jóvenes muchachas”, pero nos perdonaremos esas flores.

Hay una leyenda que expresa muy bien esta relación. El Emperador, según cuenta, te ha enviado a ti, al mísero súbdito, sombra minúscula refugiada en los últimos confines del sol imperial, precisamente a ti te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Ha hecho que el mensajero se arrodille ante él y le ha susurrado el mensaje; tanto le iba en ello que ordenó que se lo repitieran al oído palabra por palabra. Ha asentido con la cabeza para confirmar la corrección del mensaje. Y ante todo el público que ha acudido a presenciar su muerte -todas las paredes que impedían la vista se han derribado, y los Grandes del Imperio permanecen en círculo a lo largo de la prolongada y ascendente escalera-, ante todos esos espectadores ha despachado al mensajero. Éste se ha puesto en camino de inmediato. Un hombre fuerte, incansable, un nadador sin igual, estirando primero un brazo y luego el otro se abre paso entre la multitud, si encuentra resistencia se señala el pecho, donde luce el signo del sol, también sabe retroceder

ligeramente como ningún otro. Pero la multitud es tan grande, y las estancias no conocen fin, si se abriera ante él un campo abierto, cómo volaría, pronto oirías los soberbios golpes de su puño en tu puerta. Pero en vez de eso, cuán inútilmente se esfuerza, aún intenta atravesar las estancias internas del palacio, nunca podrá llegar a atravesarlas, y si lo lograse tampoco habría ganado nada, pues tendría que pasar por los patios y, después de los patios, el segundo palacio que abarca al primero, y otra vez escaleras y patios, así, durante milenios, y si, finalmente, cayese ante la puerta exterior -algo que jamás, jamás puede ocurrir-, ante el se extendería la capital del imperio, el centro del mundo, cubierta hasta los bordes de basura. Nadie puede abrirse paso a través de ella, y menos con el mensaje de un muerto a un ser insignificante. Pero tú sueñas con el mensaje cuando llega la noche. La Construcción de la Muralla China, Franz Kafka.

poesía

HAY UNA TEXTURA como de papiro ajado una transparencia rugosa que me separa que me oprime el pecho y las manos porque los puedo ver pero no alcanzo a tocarlos y si los dedos se acercan pared tenue rompe la esperanza de conmover la lejanía ellos están en la entrada al bosque los veo bailar y reír sus pies pisan se asientan tocan el pasto el barro las hojas sus manos en el aire rozan se mueven danzan como si estuvieran desnudos el viento los sopla suave ellos tan radiantes tan esbeltos ellos tan ellos allá reverberando podría sonreír pero me llena de envidia esa danza flotante y yo atada a mis pies pegados inmóviles atravesada por algún hilo desde arriba hasta el subsuelo titilando adentro hirviendo adentro largo el aire si acaso una mano un gesto se atreviera tal vez y yo pudiera de algún modo aunque sea acercarme aunque sea acercarme o volver a dormir

Poemas de Eugenia Coiro

ESO en gestación al fondo del pozo en el espacio tibio y líquido del cuerpo es en sí mismo se nutre de miedos de ratas de sangre de amor de saliva crece toma la forma del hueco pero sigue expandiéndose cada vez más estirando los bordes no se inquieta no sabe llorar espera escucha crece no es solemnidad ni tragedia no es el fruto del amor y hay que abrir la boca dejarla salir volar abrir las piernas o la cabeza abrir los brazos los ojos abrir y soltar

página 3

poesía

RÍO QUE SÍ te espeto con la punta del globo en las cosquillas que sí, en tobogán desde el hueso superpuesto hasta el pómulo anteojado río que sí que te despiertes y que subas con el palito hurgando en la paloma gris mira a los costados con los ojos brillosos nadie la ve la pollera blanca con lunares rojos el sol que quema la arena la mano pegoteada nadie apenas unos minutos en medio de la plaza ahí en cuclillas como un montículo en la llanura del paisaje la hebilla que se resbala del pelo muy quieta murmura unas palabras húmedas un descubrimiento animal.

página 4

poesía
Poemas de Yanarys Valdivia Melo

Casas de papel I Los viejos temen el invierno, el rugir del mar contra sus carnes. Los viejos temen recordar justo al lado de un joven durmiente. Los viejos temen el pasado que evocan las mujeres que duermen, los olores que arrojan a través del tiempo. Los viejos temen despertar al lado de una muchacha muerta. Temen la puesta del sol, que obliga la estancia en una casa secreta donde ver morir o estar muertos. II Las mujeres aman las casas, por la seguridad del interior, sus decorados. Las mujeres aman lo cercano y todo lo que puede encerrarse tras cortinas rojas. Las mujeres aman dormir al calor de hombres viejos, no recordar luego con quiénes han dormido. Aman la desmemoria, el sueño narcotizante en el que bellas jóvenes duermen en compañía de hombres viejos de los que no se acordarán. En cambio ellas serán recordadas por siempre, el rojo bañando sus mejillas, el calor y los olores húmedos de la niñez, impregnados en los interiores de las casas que aman las mujeres, que parecen nunca despertar o haber muerto.

Desprendimientos Nada es impasible; o mejor, nada consigue parecer posible sobre todo desear algo a cambio. Si en fin la muerte es también en gran medida parte de todo ello: esperar el cambio, algo a cambio o algo en cambio. Rehuir de la tormenta es acercarnos anticipadamente al objetivo, nuestro fin último que, por más aleatorio, no ha de ser inesperado. ¿Por qué entonces un inocente desprendimiento, el eco de la caída, nuestra sordera?

página 5

Secundarios Iniciado el juego del contraste, único invento humano imposible de calcular lugar de origen o utilidad, nos hacemos partícipes del gran juego que probaron nuestros antepasados. Grandes estrellas de diferentes tonos, primarios. Líneas trazadas por la guerra, campos de fresa, zigzagueantes. Nenúfares, Amado Nervo, Borges y yo, zigzagueantes. Fuego griego devorando Roma, bosque, hombre nuevo, primavera, verano, otoño, invierno, primavera. Safo, el placer de escuchar el grito de la cama que nos desayuna. Una jirafa ahoga a su cría, descansa. El juego del contraste sigue siendo el único invento humano capaz de nombrarlo.

Las infinitas formas de conservar un rostro Rostros húmedos se deshacen bajo el sol, tras el fuego. Los rostros palidecen sobre sus pedestales, al calor de los ritos. Se evaporan dentro de sus moldes, líquidos, no llegan a ser observados. Algunos encajan a la perfección en la sequedad de los parques y avenidas. Otros prefieren permanecer húmedos a toda costa, resistiendo hasta la primera gota, la que define si estas vivo, o si en su lugar un cuerpo desconocido te habita. Son los rostros que no vemos y que jamás desaparecen.

poesía

página 7

poesía
Poemas de Paco Alonso
Digo lo que no hay No hay espacio entre el instante de ahora y el instante que viene. No hay separación entre el segundo que dice el reloj y el segundo siguiente. El minuto pasa, y no queda ningún hueco en la textura del tiempo, ninguna mancha o rotura en cualquier sucesión o transcurso. No hay desmemoria, no hay olvido, en el programa de las cosas oscuras. Cuando se mira el rostro en el espejo, aunque después se vaya, no hay alejamiento, el rostro queda en el vidrio para siempre, con persistencia y continuidad. No hay una gota de agua, tras la lluvia, que abandone la piedra donde ha caído. La lágrima sigue estando en el ojo, la pregunta o la respuesta en la garganta, el sueño en el cuerpo que duerme. No hay intervalo entre un siglo de sufrimiento y la sangre que brota del siglo siguiente, no hay arista, ni filo, ni resquicio por donde el dolor, la falta de esperanza o el desamor se diluyan. Todo lo que es turbio y sucio se prolonga y no abandona por extrañeza o pudor ni la piel, ni el hombro ni el pensamiento. A la alegría y al amor y a la felicidad le cuesta mucho más ocupar la tierra. La calle alarga sus sombras, el árbol muere desde sus raíces, más extenso y más prolongado es ahora el ardor y la sequía. No hay espacio entre el instante de las palabras y el instante del silencio. inventario Todas las cosas tienen cuerpo y el cuerpo es lágrima y temblor y sombra. Todas las cosas vienen con un tiempo y una materia y una pasión y un roce en su textura y en su alma. Todo lo que yo sé me lo dijeron las cosas. No sabría sin ellas cuanto existo. A veces las recojo, las invento, las sumo, hago inventario de las realidades que existen. Comienzo siempre por las paredes y las ventanas y por toda abertura al cielo y al infierno. Todas las cosas, objetos o utensilios, máquinas y artilugios y herramientas, hasta el tierno tornillo, vienen del interior de la memoria y del uso y costumbre, la fiebre y la fatiga:

La silla sucia y ya deshabitada, el espejo manchado de rostros enfermizos, los zapatos que un día caminaron las calles, el paraguas abierto contra las lluvias negras, la desnuda navaja con que se corta el pan, la cuchara o el vaso más humilde o gastado, la aguja que te cose la camisa o los ojos, las llaves con que encierra, detrás de alguna puerta, el hombre sus recuerdos.

página 8

poesía
Poemas de Lucas Barale
-serendipiatodas las lunas lo verán igual deformado por la lupa cósmica que exige su renta su miserable motín qué dirá del incendio intencional, de la virginidad malgastada si ya perdimos más que la inocencia en esta ruina si ya nos fuimos a baraja por la cuesta de un sueño que era tan sólo su fortaleza de vidrio un pez que no lo sabe y es el océano la fibra de orgánicas multitudes su alga despavorida si es verdad que nunca cambiamos y hay una mariposa por cada candelabro es cierto, los fantasmas son hologramas simulaciones de la verdad entumecida el cálculo de los insomnios la poca vela que resta despabilar entonces una piedra, un reflejo sucio o todas las ranas que hay en una leyenda -esperando que no todo esté perdido-

“Recuerdo cómo asistí a mi inmovilidad. Yo era el espectador de mi falta de espectáculo.” La Sala de Espera, Eduardo Mallea. NO SÉ BIEN QUÉ estuve buscando entre los cajones de fábula tres pesos una curita dos ojos vagos creo que con eso podríamos empezar a trabajar el único problema es que el cerebro anda dos pasos detrás mío por ende cuando digo martillo puede que te duelan los dedos y viceversa porque aprendí de la retórica y la poliorcética a no guardar leones y gacelas en una misma selva y lo que dice agua después de mi nombre es una caricatura una sílaba que cuelga entre abismo y palabra

página 9

poesía
Poemas de Raúl Campoy Guillén
(Eyala) Ya sólo entro a las puertas con la diagonal de mi cuerpo. Por respeto a la raza sombra. Su sombra es la raza piel. Ya no me quito los zapatos y los tiro como dos barcos hundidos. (Ellos bailan hasta aflojar el rencor.) No como ya, sólo como. (Hay ojos blancos buscando ser dibujados.) Ya no duermo sin grillos ni descalzas imágenes. Hay un continente mirándome de reojo, y otro, por donde mis pies pasean la vergüenza.

Presteza roja Vencidos por el tiempo, jamás. Hay melancolía en nuestros segundos. Sí. Ayer ensuciamos nuestros espejos y los limpiamos con la misma suciedad, y ahora esos segundos, me golpean como plomos fanáticos de gravedad. Esos segundos que inventaron horas, ahora caen como el látigo marino en mi conciencia. Yo no me adapto a las horas. Desconfío de su generosidad. Yo me expongo demasiado a las horas. No, miento. Las horas se exponen demasiado a mí. Entran en mí como una confusión de ramas. (Siempre hay sarmientos inesperados.) Yo hago leña de las horas. Me revelo de su estado de ejecutivo amamantado. pero caigo… Lo intento, Soy inesperado porque tengo demasiados cronómetros. Oscilo entre bradicardias y taquicardias. Vivo entre escaleras. No queriendo llanuras rutinarias, ni mecedoras melodiosas ni ciclos cerrados ni tantas olas ni tanta piedra impreguntable ni tantas cordilleras como heridas sin significado. Sería bonito estar cansado. Ser borrado.

página 1 0

poesía
Caer en nuestros daños y no recuperarme. Acostumbrarme a caer. No salir para no tener que entrar. Pero la belleza se refleja en mis nervios… Digamos que me rodeo en estos versos, por la incapacidad de aceptar que mi sensibilidad no tiene orillas ni precipicios, llega rotunda y extensiva, creativa en saltos, en suspendidos humos excitados y pezuñas topetadas. Digamos que mi pestilencia se debe a la sobredosis del tiempo; que me hace valorar mis arrugas como si las excavara yo mismo, que me hace arañar las emociones hasta lo ridículo y predecir, ese jifero que profetiza en la frente, ese ritmo de migrañas: estampidas de mi existencia. Sí. Llevo una jaula para retener tus inercias y copies las mías: “Venga Irene, salta hacia mis ojos. Tiembla barroca ante la trompeta que sobresalta en la nostalgia. Sea tu vida una acrobacia. Una discusión de pétalos caídos como aspersores impúdicos. Camina interrumpida en los aromas, desinfla el tomillo en tus manos. Aquí estoy yo, y quiero que me dividas en ti.” No es manipulación, es que mi corazón es un salto de flores; y las flores conducen al tallo y el tallo conduce a las espinas.

¿Y por qué espulgar las espinas, si yo no quiero ser lento porque tú no quieres ser rápida? ¿Acaso, aunque yo te ame como una colección de estímulos, aunque tú me entregues todas las culturas en tus labios, somos obvios en la unidad? Alguien es obvio en la unidad? Dime, alguien? Entonces ven, atravesemos el tiempo con un juego de látigos si hace falta. Ven, con recogedores en las lágrimas. Ven, ya hemos pasado muchos sabores, duros, secos, agrios, acabados. Ven a esta última cornisa, la que yo quiero coronar, donde yo quiero morir ausente del frío artificial; túmbate, hagamos el amor como extintos animales. Ven, quememos nuestros sueños con presteza roja y asesina. Aquí estoy yo, y tú, cegados que no envejecidos. Aquí está mi lápida, mi sello, mi destino. Si tú quieres… tu lápida tu sello tu destino. Aquí tu y yo, puros de dudas, puros de consecuencias, inmortales apagados.

página 1 1

poesía
Poema de Jesús Vidal

Libitinarius 2 La puerta color avellana nuevamente decorada pide el paso de los siglos, caben los buenos espíritus a partir del rubor imprevisto se hacen lícitos gestos temblorosos, vigor de la vista apasionada y curiosa, presintiendo coqueteos y gitanerías tal vez esa piel aterciopelada guarda hálitos de cariño o un momento divino, azarado al caer en un mullido colchón de lana pronuncias un nombre que debe ser inglés, dos breves sílabas, aprietas embelesadísimo dos manitas calientes tiznadas de miel, atolondrado creas un cirio encendido, el incienso, un minino doméstico de erizada pelambrera, la muerte del odio sobando dos tetones turgentes, olisqueando asombrado el sexo de oro, o fraile escapado del convento purgaba sus delitos con la moral derrotada, y es amor lo que no tienes. El amor no es un frasco de sales milagreras, es masturbarse agazapado a una cría drogada, abatir las calumnias que escinden el pensamiento y aprobar el beneficio del espíritu ambidiestro, menguando lamentos antes del último del penúltimo paso, nunca vejez.

página 1 2

poesía
Poemas de Paco Granados
Oda al descuido Predeterminados, pretendemos escaparnos de lo inminente. Cual forajidos, nos vamos, el lapso de tiempo que nos permite el descuido, la mirada afónica, el absentismo corporal que como un rayo de luz nos traspasa en determinados momentos del día. Paréntesis que ni el olvido absorbe. Titubeos en la direccionalidad espartana. Bienvenidos sean pues, vengan en el momento que vengan, sean como sean, nos inserten en la más agarrotada entropía o nos descubran la lucidez del emisario. Los descuidos. Esos descuidos. Dejemos que nos inunden, aunque más tarde y cansados lleguemos, a la hora de comer.

Pasamontañas Una línea roja merodea mi estancia como una luciérnaga hueca en busca de su infancia. El niño, en su magnífico espejo cóncavo suelta carcajadas de su boca. Mi niño. Un río y su luciérnaga juegan y lo llenan todo de silencio. Mi cuerpo está caliente. Y el ocio se deposita en mi frente como un acueducto vacío de gloria. Seco. El niño y su lancha acuática en el interior del desierto que los recoge. Ella se aposenta flaca en mi memoria. Se lleva al niño.

Después del abandono Quítame las ganas de verte, la agonía, elimina las conchas que me crecen de los párpados, por las tardes, cuando no estás y ya me doy cuenta de que quedan pocas horas para la noche y otro día aparece como una siniestra repetición de un acto inservible. Quítame las ganas de matarte, la víscera que me recorre de imaginar tu cuerpo desplomándose para que pueda, como un animal, lamerte las oquedades abiertas, y por fin coronarme con la gloria de tu último perfume. Quítame el odio que te guardo que me quema por dentro y me arrastra a verte perennemente en mi memoria. No dejo de estudiar cada detalle de tu cotidiana miseria, la forma que tienes de coger el cuchillo de la cocina, la conversación ineficaz que tratas de cuajar siempre como frente a un espejo que te derrocha belleza, espejo que soy yo con la boca tapada. No te deseo otra muerte que la que pueda darte yo misma, no deseo otro cuerpo que el tuyo desnudo y yo llorándote vestida, como una virgen del odio y del ocaso. Y entonces te tomaré realmente, por todos los impulsos destronados, por ser el muñeco de mi regazo que a mi antojo abro y cierro, pongo un ojo donde una nariz, pinto un labio roto donde ni siquiera hay boca, y todo, porque no puedo perdonarte estos años de captura, y ahora, ahora que soy libre, las calles son un irremediable laberinto que recorren la misma celda, insípida vacía de tu brutal carcasa. Me robaste, el derecho a odiarte. Y no te lo perdonaré nunca jamás.

página 1 3

poesía
Poemas de Missael
Sueño que no podía salir de una piedra La tentación, pasión de los vivos en la tierra, y de los extras-terrestres. Removiese la corazonada, peces de la cordura. Querer ir ir irse y no poder, contra un cielo abierto y estas putas rejas color desesperanza, [y este ataúd azul de esquizofrénica mirada.] La ten-tación, iris de ira que chispea donde falta lumbre. Las ten, las well, los fisty fisty, ahoguemos la ternura del demonio. El sueño conectado a Internet del intro-subconsciente sin puertos de ZAA-lidas. El sueño inalcanzable, un platónico plato barato de comida. Para el sueño su cráneo era un manicomio de concreto. Yo sujeto de veintiocho años en plena infacultad de mis conclusiones mentales afirmo: en la realidad viaja la metáfora libre, de un corazón. 2 Soy un tipo lejánico con pánico al opioso recorrido recluido dios en la fe de la palabra habrá de haberse visto el daño del terruño Ruño compadre compadre compadre hasta cuando… imperialista gringo loqueo bronca comunista coca cola dólar dolores pobreza Si me pisas te rajo la vida 3 Dentro de un círculo encerrado por nostalgia horizonte de amores mares que naufragan en el barco de la vida La isla reposa después las grietas del holocausto son venas de la tierra caminos que separan cauces de la memoria Luz devora el miedo de la noche que gravita en mi lienzo gris Enero naciente al pie del fin arboalmanaque rampanpán y al fue pa’ qué que ya teolvío cucara macara caramelo mata la camisa que te comió la cucaracha cabeza de homosabetodo dentro de un círculo vacío retórico retorcido retruécano recurso que recorre sin rencor rincones del corazón para salvarse. 4 Cayó la luz como cristal contra el piso hecha de silencio está la voz del fallecido Prólogo es el tiempo de los tiempos que vendrán Carne o ceniza en el viento todo queda revelado Los inviernos debajo de los ojos quemaron nubes hizo nido en el pensamiento la tempestad ayer tuve un día ayer quiso ser pasado Se abrió el libro y la vida fue río de palabras y la vida fue risa y razantrole opípara y mangarala ojíjuli y samandranela qué sé yo cómo pudo ser yo que nací de un golpe y sin zapatos yo que crecí en el hambre con sueños dulces con los dientes rotos y pintoresco nunca sé soy el azar mi corazón camina los pies palpitan la mirada vuela Estuve dentro de ti como un latido que no muere me hallé dentro del vientre de la tierra como quien huye sin dejar rastro como quien prefiere quedarse de semilla perpetua.

página 1 4

poesía
Poemas de Moira

Kiss, Kass, Katherine Primer disfraz Llevo relucientes cachetes, vestidos blancos de niña feliz, mis padres me quieren mucho. Me casaré con este prometedor joven, tendremos hijos. Segundo disfraz El colegio es maravilloso, tengo dulces amigas acaricio sus pechos, son blancos aletean. Les hago historias muy raras mi vida es fascinante. Tercer disfraz Oh, yes, I’m miss Beauchamp, coqueteo con todos con todas y me aman por igual voy a Londres, donde podré vivir otros sueños. seré rica, famosa. Voy …voy a Londres. Cuarto disfraz Vivo en amores diversos y convulsos pero me casaré y seré libre. Ella, la que me ama cuidará de que así sea tendré aventuras, y, sí, me enfermaré para toda la vida. Quinto disfraz Ahora publico lo que escribo, he elegido a un joven prometedor, muestro mis ropas llamativas… mis poses tengo amigos ellos me protegen también un sombrío amante, de quien no podré ya separarme. Sexto disfraz Esto sí es un auténtico “pájaro negro” nada ya será igual, viajo, me caso, viajo, y escribo cartas y cuentos. Quiero que todo sea primavera, para nosotros.

Séptimo disfraz Mi flamante esposo se olvida abandona mis dolores, mi esposa los cuida tiernamente. He ido rompiéndome y todo duele, pero, “en primer lugar, soy una escritora”. Octavo disfraz Apenas unos pasos hasta el tilo, dos libros que me cuesta leer y sí, tal vez la última taza de té. La última carta, les dejo todo lo que escribí, es lo que soy. Noveno y último disfraz Este, el sitio definitivo, puedo afanarme con leña y vegetales, La Prieuré ocultará mis vestidos. Ya viene el último acto. Ya muero. Este es un buen lugar, todos están en él y lo desconocen este es un buen lugar tranquilo oscuro Ya he muerto… antes.

Nadie quiso dejarlos allí Podía bañarse desnuda en el lago, espiar la fascinante premura con que reposaba él, actor de minúsculos gritos, apenas ecos entre las grietas del pueblo. Debían engañarse con las mismas figuras misteriosas, descifrar las tardes, ridículos rituales. Él deshacía la hierba con gestos leves, miraba el agua sucia del lago, prefería lastimarse de estos modos, casi una mujer y podía atropellar el silencio con su gracia. Ignoraban la bendición de cantos que ella no conocería [otra vez,] un lamento grave sellaría todo enigma, derramándose como sólo el dolor puede hacerlo, el dolor, que es silencio.

página 1 5

poesía
Poemas de Nelo Curti
A propósito de Bach 1 Lo primero es ahorcar su abrigo al respaldo de una silla, después, como si Bach hubiera pensado en esta noche, poner un disco, y luego extraños peces resbalando por la voz, hasta que al fin en un silencio se desnuda y parece que acaban de nacer, ella, la ciudad, los mitos, el mar agazapado, tibio, dudando entre sus pechos. 2 Creí que Bach era más importante que el panadero de mi esquina, hasta que tuve hambre.

Como si no Dame, te doy, me das, quebrá el cristal de las ideas o quedate nomás desnuda ante los coches que obedecen las miradas del semáforo, dame aunque yo no, como la lluvia que alquila los balcones de este jueves y no reclamará, mañana, las flores.

Destiempo Ayer fue hace casi un siglo y estábamos desnudos. Dios dejó de molestar, también el miedo. La jauría de sus pechos no es asunto de palabras, yo nací debajo de su ombligo y liberé las risas de mis hijos, todo cantó, y al almanaque le salieron mal las cuentas. Era de día, dicen los periódicos, las señoras que huelen a café y a pan tostado, pero las oficinas y las fábricas acababan de rendirse ante esos hijos que mojaban los tobillos del futuro. No sé si nos dormimos o bajaron musas a violarnos, no teníamos historia ni mañana que cumplir, estábamos desnudos, creo que ayer, hace más de un siglo, mucho más lejos que el recuerdo.

página 1 6

poesía

página 1 7

cuento
y el amante de mi mujer llegaba justo a tiempo para salvarme cuando ella empezaba a inquietarme con preguntas tontas y molestas. Pero todo tenía un ritmo, comenzaba muy tenue y luego iba cobrando vida, como una especie de música o mejor dicho de ópera, y si más largo se hacía el día, más se enredaban las cosas ganando dramatismo. Por ejemplo, hacia las 9.00 de la mañana ella comenzaba a pensar que yo debía ir al mercado, comprar unas tiras de asado y algunos chinchulines, y volver rápido para prender el fuego. Entonces se iniciaba la función: -¡Qué lindo día! ¿Vamos a ir algún lado? –me decía, porque ella siempre cometía barbarismos sin saber lo que era una sinalefa. -No creo que vayamos a ningún lado, la playa no me gusta porque hay mucha arena y no me gusta comer arena –le dije como si ya estuviera fastidiado de decirle lo mismo, aunque en realidad casi nunca se lo decía, simplemente lo pensaba y me hacía el distraído y esto permitía que siguiera la función. -Entonces podemos comer un asadito –decía con tono firme, y agregaba: -Andá a comprar unas tiritas de asado y algunos chichulines y hacemos un fueguito. “Hacemos un fueguito, dijo el mosquito” pensaba yo, pero en el fondo prefería que no se entremeta a ayudarme en ciertas cosas, porque ella tenía una facilidad asombrosa de acomplejarlo todo. Por otro lado, a mí no me molestaba tanto el humo como la arena y ella lo sabía claramente, y a esta altura era obvio que cuando me hablaba de ir a la playa solo lo hacía para presionarme a hacer el asado, dado que se me hacía muy difícil darle dos negaciones seguidas. Así y todo yo trataba de que ella no se saliera con la suya tan fácilmente, y me fijaba si había algo de viento o usaba a la vecina como excusa, pero allí las cosas pasaban a otra dimensión: -María colgó la ropa en la soga de atrás –yo le afirmaba. -Quelacuelguedondequiera –decía ella, y yo empezaba ya a darme cuenta de que no se necesita nada para hacer estallar al mundo. Sin embargo, había algo de razón en lo que yo le afirmaba, porque María era muy buena conmigo y siempre me regalaba dulces o berenjenas en escabeche que ella hacía porque, al parecer, se aburría mucho en su casa. Tenía hijos grandes y su marido no estaba demasiado tiempo con ella y al principio yo pensaba que su verdadero afecto era la casa, porque se la pasaba lavando, limpiando y cocinando para volver a

Un domingo sin laguna
Luís Loitey

Cuando yo era chico iba a la escuela número 52 y tenía una tía que se llamaba Chiquita. Si bien ella contaba con muchos años, tenía el cuerpo muy pequeño, como todos los que íbamos a la escuela. Había días en que ella nos llevaba y algunas madres pensaban que era una alumna que no se quería poner la túnica ni la moña, pero luego se daban cuenta de que ella ya era grande porque no entraba con nosotros al aula. La Tía Chiquita siempre nos decía que cuando nosotros fuéramos grandes, seguramente íbamos a querer seguir siendo chicos y que esto lo iríamos a recordar algún domingo, cuando contemos con una familia y una casa que cuidar, porque a las casas hay que estar arreglándolas y pintando siempre, sin tener tiempo para divertirnos, jugar o hacer lo que a uno se le antoje. Además la Tía Chiquita nos repetía que los domingos son los días en que uno piensa estas cosas y luego se olvida, y luego de olvidarse uno las cosas que piensa, también se olvida de los domingos, “porque los domingos son todos iguales” y que lo único que se recuerda es la estación del año en la cual se encuadra ese domingo, es decir que uno puede recordar si es otoño-invierno o primavera-verano porque, o estaba abrigado hasta el cuello o andaba “en panza” y con las ojotas puestas. Pero creo que en algo se equivocó la Tía Chiquita, porque yo recuerdo muy bien los domingos y si ahora me estoy acordando de ella, de la Tía Chiquita, es porque ya soy grande y ha pasado tiempo y de igual modo, también me llega clarito el domingo aquel en que fuimos con mi mujer y su amante a pasar el día en la laguna. Era uno de esos días de verano en que yo veía pasar el sol tirado en la reposera en el patio de mi casa,

página 1 8

cuento
limpiar nuevamente. Pero parece que no era su verdadera pasión: mi mujer me decía que María se pasaba la vida limpiando y cocinando porque tenía “la vida aburrida”. Yo a veces dudaba de que esto fuera así, porque cuando mi mujer me decía “estoy aburrida”, yo me la encontraba tirada en la cama, mirando la tele o limándose las uñas, y encima me pedía que le hiciera la comida o insistía en que yo hiciera “un asadito”, como sucedió ese domingo que todavía recuerdo a pesar de lo que decía la Tía Chiquita, “que los domingos se olvidan porque son todos iguales”. La cuestión es que ese día a mi mujer se le fueron las ganas de molestarme con la playa y el asadito cuando parecía que la función se transformaría en una verdadera obra dramática. Por suerte, en el momento justo, llegó Alejandro (no extrañamente solo) para invitarnos a “ir por ahí, a dar una vueltita en el auto”. Para Alejandro “ir por ahí” siempre significaba ir a la laguna y creo que lo hacía porque a su propia mujer le resultaba ingrato ese paseo. Yo llegué a pensar que ella nunca lo quería acompañar, pero ahora veo que él lo hacía a propósito ya que sabía que ella no aceptaría ir a la laguna. Siempre nos argumentaba que “ella nunca quiere salir, es como los topos”, decía, pero yo una vez vi un documental por televisión que mostraba a los topos. La familia se constituía por el padre, la madre y generalmente mellizos o cuatrillizos, porque nacían todos el mismo día. Cuando eran dos se decía que eran mellizos, pero cuando nacían cuatro, en el documental no se decía que eran cuatrillizos, y esto era porque ellos ya sabían lo que iba a pasar, que al final sólo iban a quedar dos. El relator terminaba por confirmar que de los cuatro “solamente sobrevivirían dos, por una cuestión de supervivencia”. En este caso la madre abandonaba a los más débiles quedándose con los “más vigorosos”. Pero hubo un día en que yo vi otro documental sobre las “hienas de la sabana africana” y dijeron que “por una cuestión de supervivencia” la madre trata de tener muchas crías para “aumentar el número de miembros de la manada, y así poder defenderse de sus depredadores”. Yo me quedé algo perplejo con esto de la “cuestión de supervivencia” y me imaginé que si nosotros fuéramos topos deberíamos vivir como María, la vecina, metidos en las casas limpiando y cocinando, pero con más gente, como lo hacen las hienas aumentando la manada. Cuando le comenté esto a mi mujer, ella ya se había olvidado de lo que me había dicho y me preguntó “qué carajo tiene que ver María con los topos y las hienas”. Yo le recordé lo que ella me había dicho de María y la relación que tenía con lo que decía el documental, pero para entonces ya estaba de mal humor, porque Alejandro nos esperaba para dar una “vuelta por ahí”. Cada vez que se ponía de mal humor, me apuraba para que hiciera cosas. Siempre sucedía, y cuando yo le hablaba mucho ella me endilgaba “por qué no te ponés arreglar la persiana del cuarto questá rota hace meses”, entonces me tenía que callar para ir en busca de la caja de herramientas. Pero no era siempre así, porque los domingos, como cuando llegaba Alejandro, yo tenía que dejar todo lo que estaba haciendo “para ir por ahí” y teníamos que salir rajando “para provechar el día”, como me decía sinalefeando. Ya les anticipé que Alejandro siempre nos llevaba a la laguna, pero este domingo que estoy recordando (a pesar de la Tía Chiquita), se le ocurrió ir para el lado de Miramar. A mi mujer ya le parecía excitante subir al auto y salir sin rumbo fijo. Siempre se quejaba que yo era muy metódico, muy “señor planificación”, como decía. Pero cuando me tiraba al sol, en la reposera del patio de mi casa, ella comenzaba a planificarme el día sin que yo le pidiese nada. -Andá al mercado y comprate unas tiras de asado y algunos chinchulines –me mandaba. Al fin, ahora era diferente. Ya en el auto rumbo a Miramar, todas estas pequeñas nimiedades se pasaron por alto y se podía ver a mi mujer mucho más alegre que cualquier otro domingo, principalmente de los domingos en que estaba solamente conmigo. Ahora ya se había olvidado del asadito y los chinchulines, y cuando llegamos a Miramar compramos unos sánguches de milanesa en una rotisería del centro. Luego anduvimos por la costanera, enfilamos para el lado del vivero y a pesar de que el paseo me parecía muy abúlico, yo notaba que había mucha energía en mi mujer. Llegué a pensar que era porque estábamos en lo que llaman el “Bosque energético” pero luego me fui dando cuenta de que no era por eso, sino porque a ella le gustaba “dar una vuelta por ahí”. Era evidente que ante esta nueva excursión que nos llevaba Alejandro, él esgrimiera sus dudas de no haber ido para la laguna, así que después de un rodeo por la ciudad de Miramar, decidió ir hacia la localidad de Mar del Sur, que es un pueblito costero y tiene menos que ver –desde el punto de vista visual– que el propio Miramar. Concluí en pensar que el nombre de mira-mar iba más acertado a mar-del-sur, porque sin discutir la parte geográfica, lo único que

página 1 9

cuento
vimos en Mar del Sur era más mar. Se podría haber llamado Mira-mar-más al sur, pero es indudable que al nombre se lo han cortado para poder nombrarlo más fácil. En toda esta conclusión, también debo sumar que paramos en la laguna que está entre estas dos localidades, y allí pude darme cuenta de que todo este viaje era para eso: Llegar a otra laguna. A pesar que llegamos para la hora del mate, mi mujer no hizo mayor objeción en dejarlo para después y poder dar un paseo por la laguna, ya que allí alquilaban botes. Las tarifas de los botes saltaban de dos en dos, es decir, nosotros tuvimos que alquilar uno que era hasta para cuatro personas pero con dos remos, o sea que cuanto más se pagaba, menos se recorría la laguna, porque el remero siempre tenía más lastre. Lógicamente aquí el lector puede intuir de quién fue la idea del paseo en bote y –ante la desmesurada alegría de mi mujer– opté por no hacer mis acostumbrados comentarios tibios de oposición. Subimos los tres al bote pero parecía que éramos muchos más, porque cuando los comparábamos con los demás botes que había en el lugar, el nuestro quedaba más hundido, como que había un extraño sobrepeso que no alcanzaba a distinguirse. -Es la “atmósfera pesada” –alcanzó a decir mi mujer cuando yo empuñé uno de los remos. A los dos minutos en que empezamos a remar sucedió algo más raro. Yo no sé si fue la visión de verla a ella en la proa del bote (como un mascarón de proa al revés) o si realmente me habían caído mal los sánguches de milanesa, porque en un momento a toda mi compostura debí agregarle el des- desagradable de toda mi des-compostura. Comencé por remar más rápido pero como Alejandro estaba remando a babor en otro ritmo, el bote comenzó a girar, primero lentamente y luego de dos o tres círculos, se fue acelerando y acelerando y giraba ociosamente en el mismo lugar. Ahora veía pasar los juncos, las garzas, y el muellecito con el viejo que alquilaba los botes, todo en una secuencia inusitada, tomando cada vez más velocidad como cuando era chico y me subía a las hamacas voladoras o a las “palomitas”, y de nuevo los juncos, las garzas, el muellecito, el viejo, y zum, junco, garza, muelle, viejo, zum, junco garza muelle viejo, zum, jun-garmue-vie… Me desvanecí. Cuando desperté estaba tirado sobre el pasto y mi mujer y Alejandro tratando de despertarme. -Yo estoy despierto –les dije, pero al parecer ellos no me creían, porque me miraban como si les dijera cosas extrañas. -Te descompusiste en el bote y tuvimos que volver al muelle –dijo ella. -Sí, me vomitaste todo –dijo él. -Son las milanesas –dije. –Cuando como las que hace María me pasa lo mismo. No me contestaron, pero me seguían mirando como si hubiera hecho algo malo. Al fin, tuve que decirles: -También me da flatulencia –les dije. Yo quería saber en realidad si mientras estaba dormido se me había escapado algún pedo.

página 2 0

cuento
Noticias de un país acomodado
Nelo Curti
El país va quedando acomodado, tranquiliza saberlo. Los barquitos simétricamente amarrados a los muelles, las damas a la izquierda de los damos, el sol entrando en el garaje. La mantelería ya reluce en el restaurante de nuestro hotel vacacional y algunos comensales estudian el menú. El maquillaje de la señora Rufinelli es francamente incomparable y su marido la contempla, anonadado. Un poco más atrás, la familia Maupaussant al completo celebra una de sus muchas efemérides. Junto a la ventana, en su diván de siempre, el señor Casals medita exportaciones, y a través de los cristales vemos aparecer el majestuoso coche –un momento, hay un gato defecando sobre la alfombra de la entrada. ¡Agua hirviendo, por favor! Ese bicho quiere jorobarnos el país, correcto, gracias, ya está limpia la entrada y de su majestuoso coche desciende el matrimonio Larraín-. La temperatura es de 23 grados, hay luna creciente y, como corresponde a un país organizado, no sopla viento alguno. Los Larraín hacen buena pareja, aunque ella es levemente más alta que él, por lo que nuestro recepcionista se permite aconsejarles que lleve él los tacones y ella mocasines. Tras el cambio de calzado se sientan en la mesa contigua a la del matrimonio Rufinelli, que permanece como embalsamado en la autocontemplación. A su lado espera un camarero y cada tanto se rasca la nariz para que sepamos que está vivo. Los Larraín ya conversan parsimoniosamente, aunque al llegar a la mesa tuvieron un momento de vacilación en el que debatieron, por responsabilidad de los zapatos, si ella seguiría siendo ella y él continuaría siendo él, acabando en la decisión de descalzarse para convertirse definitivamente en “ellos”. Por nuestra Avenida Principal pasa un coche fúnebre, que tiene a bien detenerse para recoger el cadáver del felino calcinado. Tras una hora, por fin los Rufinelli se deciden: “Lo de siempre, gracias”. Aunque es fácil de memorizar el camarero apunta en su pequeña libreta “lo de siempre”, obviando el “gracias”, que considera dentro del botín de su propina. Los engranajes de la noche están bien aceitados, como es lógico esperar en un país civilizado. Los comensales disfrutan del aperitivo, el primer plato, el segundo y ahora la señora Rufinelli finge no estar capacitada para la ingestión del postre, aunque todos sabemos que, para no estropear la tradición, se abalanzará sobre la tarta de tiramizú con fresas antes de que el camarero la pose en la mesa. El señor Casals levanta el índice derecho, dando a entender que ha concluido su jornada financiera y nuestro recepcionista puede llamar a su señora esposa para que baje de la suite. Los Larraín abandonan, siempre descalzos, nuestro restaurante y esperan en la entrada la llegada de su majestuoso –un momento, se han ido sin pagar. ¡Agua hirviendo, por favor! Estos miserables quieren saquearnos el país- correcto, gracias, ya esta limpia la entrada y el majestuoso coche pasa sobre los cuerpos calcinados de sus antiguos propietarios. Casals y esposa dialogan junto a la ventana, los Rufinelli regresan a la autocontemplación, la familia Maupaussant al completo piensa ya en su próxima efeméride, las luces decaen débilmente, sólo resta el café y acaso alguna copa, nunca más de tres. En la cocina, por la dudas, han puesto a hervir más agua, no vaya a ser que algunos insensatos intenten desacomodarnos el país.

página 2 1

cuento
Retrato de una familia numerosa
Nelo Curti
Somos una familia numerosa y el día de Navidad, sin excepciones, comemos juntos. Alquilamos el estadio del Social y Deportivo Cachafaz, no sólo por comodidad, sino también porque a vecinos y curiosos les agrada presenciar el evento. Tía Isabel y sus doce hijas menores se encargan de colocar la mantelería y los arreglos florales. Para confeccionar estos hubo que saquear la noche anterior ajardinados públicos y privados, todos, en suma, menos los del Comisario, el Juez y el Intendente, cargos que en nuestro pueblo recaen sobre la misma persona, el señor Nicasio Juárez, mi padre. No es que seamos una familia influyente, adinerada o con títulos nobiliarios, sino que somos muchos, y barremos para casa. Llegan denunciantes –cada vez menos- a la Comisaría Central, reclamando rosas y geranios, pero mi padre les explica que como Comisario está de vacaciones y sin denuncia por escrito el Juez no puede obrar, menos en esas fechas en que el Intendente prepara con toda su familia la celebración de Navidad. Resignados se retiran, no sin antes aceptar la invitación para vernos comer desde la primera fila. Mis hermanos cuarto, octavo y vigesimosegundo se ocupan de controlar los accesos al estadio, registran a los asistentes y les obsequian un pequeño folleto con fotografías de nuestros ancestros y relación detallada del menú. El aparcamiento lo vigilan seis de mis tíos maternos, aunque el ochenta por ciento de las plazas las completan, desde bien temprano, los autobuses que trajeron de distintos puntos del país a la parte emigrante de la parentela. Mis primas Maribel, Merche y Rosaura dirigen la preparación de aperitivos y ensaladas. A Rosarito y Garcilasa, las ovejas negras, solteronas, les reservamos la peor tarea: distribuir a los familiares según afinidades espirituales y económicas. Los miembros de la rama próspera quieren estar siempre en el centro de la cancha, atalaya desde el que controlan el desarrollo de la gala. La clase media, empresarios de cafetería o minimercado, prefiere los bordes de las áreas o puntos intermedios entre el círculo central y las tribunas. Luego quedan intelectuales y empleados de la construcción, que colocamos en la pista de atletismo, por su proximidad con mingitorios y cantinas. Somos una familia numerosa y el día de Navidad, sin excepciones, nos llevamos bien. Tío Gerardo olvida por unas horas que su hermano Nicanor descosió a balazos, sin querer, a cuatro de sus novias. “Cosas de la adolescencia”, comenta, indultando al homicida. La Nona Ignacia perdona a primo Alberto, que cada tanto la viola. Mis hermanas Luisa y María Marta fingen no saber que Madre las espía cuando intiman con sus novios, y en definitiva todos, de una u otra manera, disculpamos ese día alguna traición o asesinato. Es ya mediodía, en las gradas no cabe un alfiler, tampoco sobre el césped. El asado humea dividido en cuatro mil trescientos platos, desde algún rincón del cielo Dios bendecirá la alegría de sus hijos, esperemos nunca se pregunte por qué techamos las tribunas.

página 2 2

cuento
Espectador

Rolando Revagliatti
Los ojos saltones del hombre que en la actualidad es de Monte Castro como antes lo fuera de General Rodríguez, antes de Villa Riachuelo, antes de Lincoln –hombre que conserva gratos recuerdos de sus primeros años, en una chacra, dándole de comer a las aves de corral o potreando a sus anchas con los amigos-, esos ojos saltones se posan desde una cuarta fila sobre la superficie impecable de una morochita de aire abúlico, que al son de un corrido mexicano cabalga desnuda sobre el palo de una escoba, remedando a una precaria y sumamente contemplable especie de bruja. Los ojos ávidos del hombre de chomba amarilla, pantalón beige y mocasines –hombre que ayer permaneciera enfundado en un traje a medida, debiendo comparecer en un juzgado como testigo de un hecho de sangre, y que hoy formalizara compras en firmas mayoristas, para así abastecer sus tres locales de librería escolar y comercial-, esos ojos ávidos se posan ya desde la tercera fila sobre las nalgas sobrecogedoras de una falsa mucamita que mientras baila cha-cha-chá sólo cubierta con un delantal, plumerea falsamente el sofá arratonado a foro. Los ojos súbitamente opacos del hombre que hace un buen rato abonara en la boletería del burlesque 15 australes con tres billetes nuevos, después de tomarse un capuchino con edulcorante artificial en el barcito contiguo al cual chicas muy maquilladas entraban y salían por una pequeña puerta lateral, y que en el barcito, alternándose, bebían té o café y comían un tostado o una media luna con jamón y queso, esos ojos súbitamente opacos se posan, desde la segunda fila, en las tetas siliconadas de una artista del destape total que se complace en bambolearlas marcialmente –oyéndose un toque de clarín- sin dejar de sonreír mientras, mecanizada, provoca a su platea de machos. Los ojos avezados del hombre que a principios del próximo mes lucirá su ligera pancita en playas patagónicas a las que arribará en su automóvil de marca japonesa y que hoy cargó nafta, cambió filtro y aceite y agregó un mejorador de combustión, y que pagó con Carta Franca en una YPF, esos ojos

avezados se posan, ya a un metro escaso del proscenio, sobre la vulva magnética de la arrodillada pelirroja que se fricciona en esperpéntico frenesí –a poco más de un metro del hombre- con una convincente hortaliza, mientras el gran maestro Toscanini acompaña desde el disco con su inconfundible pericia musical. El hombre saltón, ávido, súbitamente opaco y avezado, posándose todo él en el escenario, a puro tango canyengue, horas después, durmiendo, interpreta a un inevitablemente fálico y regocijado puente corporal que vibra, ante un público fantasmático, con sus dos pies dentro de los genitales de su madre, y la cabeza embutida en los de su hermana menor, seres amadísimos, hasta que una polución monumental de estofa atávica, lo despabila horrorizado en su cama de bronce.

página 2 3

cuento
Transformaciones
Rolando Revagliatti
Desde la esquina del antiguo bar Ramos me sonrió sin detenerse, o deteniéndose algo, lo usal, sola, pantalones azules (no de jeans), blusita, a punto de cruzar Montevideo. Interrumpí el paladeo de un Reval, desocupé la mesa pegada al ventanal, y de pie pagué al mozo la consumición y le agregué propina. Calor, impecables pantalones verdes, camisa con charreteras, la seguí hacia Paraná, y como retomando una conversación vivaz la empecé a conocer. Yo todavía tenía buena mi dentadura, así que la lucí, y de paso, los hoyuelos. Cenamos en Pepito cazuela de pulpos y popietas de pescado en un rapto de sólida y confluyente inspiración marinera. Estaba –me transmite- en una impasse sentimental con un señor nacido en la misma década que su padre, estudiaba psicopedagogía, trabajaba en computación, vivía en Belgrano, frente a las barrancas; me proporcionó todos sus números de teléfonos. Tras copa helada compartida, nos introdujimos en un cine. ¿Cómo no metaforizar señalando que éramos dos brasas durante la proyección, si justamente éramos dos brasas? Dirigiéndonos hacia Callao absorbí la información de que estaba menstruando. En el taxi que nos trasladaba a Parque Patricios me investigaba más –recuerdo- y me aprobaba. Dejamos de confluir cuando procuraba yo cerrar la puerta de calle de mi casa: su desacompasada avidez me avasalló como a un novato, pulverizando el júbilo, cediendo ambos a un coito rápido y desabrido. Cargando con la decepción y el enchastre (antológico), me dí una ducha insuficientemente reparadora, mientras ella hojeaba, encima de cuatro pliegos de un toallón, apuntes de la materia Psicología Enmendativa. Soñé esa noche. Soñé que me ahogaba en una laguna de sangre espesa, y que ya muerto, mis miembros se descomponían hasta alcanzar una condición líquida, y aun siguieron transformaciones de un orden seminal multicolor. Muerto, moría un poco más, y hasta mis gusanos se asfixiaban envenenados y rabiosos.

página 2 4

página 2 5

página 2 6

página 2 7

nombres propios
Giorgio "Il Barbone" Tagliatella
Pero...¿existió mamá Margálida?

Entre paredes untadas de humor adusto, un tonel lavatorio más miedoso que limpio, tronos ignorantes de lo que el profundo descanso del cuerpo humano significa, taxidermias Tagliatella repasa la caligrafía descuidada que ofende la biografía materna: Mamá Margálida pavonea las carnes en el capítulo uno y no descansa hasta el noveno, retoma en el décimo y muere, Margálida. Formó parte, en sus años mozos, de la caterva de deformes que el circo Hermanos sean unidos expuso al sur de Italia mediando el 900. Mamá Margálida trabajaba de mujer peluda. El speaker que ofrecía el show pregonaba así: ¡Adelante señores, ausculten este prodigio del reino animal, la danza del cabello, la señora que conoce rizos donde otros únicamente soban tersura. Déjese seducir, joven, por un paisaje digno de la pampa húmeda, donde asoma ora un flequillo, ora un cañaveral moreno. Pasen, apuesten y ganen 50 guitas si adivinan el lugar donde no nace un pelo en Margálida! Entraban a la carpa grupos de seis o siete muchachones, generalmente turbados desde el vamos. Margálida impresionaba bien estuviera toda ella cubierta de seda, como estaba, si acaso enseñando un piececito más pariente del escobillón que de la extremidad andante. Los mirones, quietos, suenan una moneda contra el suelo y Margálida revela un muslo, un codo, allá donde la espalda pierda su nombre, y los turbados no dejan de recibir pelo tras pelo. Sincerando, no todos los cabellos eran veraces. Algunos parajes eran cubiertos con engrudo “No más clavos”. Si un pelo se escapaba durante la función, Margálida se hacía la distraída, culpando con la vista al speaker que, presto, lo asumía como suyo. Giorgio relata en la biografía materna, la noche de su nacimiento. El 23 de Mayo de 1958, paseaba por la feria un grupo de desengañados. Serían seis o siete. Giorgio se refiere a ellos como sus tatas involuntarios. Más adelante en el tiempo, emprendería con ellos una búsqueda del Grial, pero no es momento. Los tatas se adentraron en el show de la mujer peluda mitad buscando unos pesos para

estirar la jornada, mitad una sirena que ahuyentara la posibilidad de continuarla. Tan difícil era ganar como perder. Aún sabiéndose víctimas de una proeza sólo comparable con las de Weissmuller, o su compañera, los muchachones apostaron tras deliberación. Se compartieron antecedentes. Los siete habían frecuentado a la pelusa Julieta, a Rosa “Crin” Ortega, y escuchado las historias de una tal Susana “Piel de Zapa” Almagro. Decidieron jugarle a la planta del pie. Se hizo un sepulcral en la sala, Margálida sonrió, elevó las piernas hasta donde el abdomen lo permitía y, sorpresa. Uno de los muchachos amagó un vómito. Otros dos lo ejecutaron. De atrás salió un cuarto que, sorteando el fangal y jugándose las reservas para el tinto, puso en los cuatro vientos: “En las tripas”. Margálida no sonrió esta vez. Pidió al speaker toallas y agua fría. Los muchachos no podían suponerlo, pero la peluda estaba de cinco meses. Margálida empujó con fuerza tal que encaneció su zona genital. Fruto de esa pujanza vio la luz un Giorgio prematuro, enseñando un rulosa cabellera y sentenciando a los muchachos, incluido gesto de complicidad, a una noche sin parranda.

página 2 8

diccionario
Breve diccionario de novedosos términos
Capitalismo
Advertencia previa El motivo de escribir estas notas se halla en una conversación mantenida con una amiga «del rollo hippie» que, tras escucharme contradecir sus ideas, me pidió que le explicase, así a quemarropa, qué era exactamente el capitalismo. Atendiendo a este origen, se entenderá que las ideas aquí expuestas están lejos de la exhaustividad que el tema requiere. Aquella pregunta que asaltó a mi amiga se la han intentando responder personas de todo tipo y disciplina desde el siglo XIX; de modo que mal podría yo resolverla aquí en tan breve espacio. Sin embargo, me ha parecido necesario explicar algunas cuestiones que se trataron en el transcurso de aquella conversación porque, a grandes rasgos, era la misma conversación que puede tener lugar entre cualquier grupo de amigos, más o menos preocupados ―más o menos seriamente―, pero de donde surgen y se difunden las mayores confusiones en torno al problema que nos ocupa. De modo que esta entrada de nuestro diccionario debe leerse contando con esos límites. En cualquier caso, al obligarme a explicar mis ideas de manera coloquial creo que he podido salvar el escollo con el que tropieza mucha de la literatura sobre estos temas: el plomizo aburrimiento que despierta en las personas no iniciadas. y a millones de personas que tienen graves problemas para subsistir, precisamente, porque viven en sociedades capitalistas. Es más, en las sociedades desarrolladas la tendencia histórica está llena de momentos de auge del consumo seguidos de otros de austeridad prolongada en los que las familias no tienen más remedio que reducir al mínimo sus gastos, y consumir únicamente lo imprescindible. ¿Por qué se ha desarrollado tanto la publicidad y los mensajes para incentivar el consumo?: precisamente para invertir la natural tendencia de la mayoría de las personas razonables a no consumir más de lo que necesitan, entre otras cosas porque no pueden. La llamada sociedad de consumo es una imagen que oscurece mucho más de lo que aclara. ¿De verdad son consumistas unas sociedades en las que la gran mayoría llega a final de mes a duras penas, gastando su salario en los productos industriales que les son imprescindibles para reproducir su vida y seguir trabajando porque no tienen otra forma de obtenerlos que comprarlos? ¿No será más bien una sociedad de la mera supervivencia? El trabajador que paga los plazos del coche que le permite ir a su trabajo, la hipoteca o alquiler de la casa en la que se repone de su trabajo, la televisión con la que trata de evadirse de la realidad de su trabajo, ¿es por eso «consumista», y por ello lo podemos clasificar de «capitalista»? Hacerlo es una tremenda simplificación, cuando no, sencillamente, una soberbia tontería.

¿Entonces, el capitalismo es la sociedad de mercado; las multinacionales? Tampoco es este su aspecto fundamental. Han existido sociedades con mercados internos muy dinámicos, y con comercio multinacional a gran escala sin que por eso se puedan llamar capitalistas. Algunos historiadores han querido ver en la actividad comercial de las ciudades del Renacimiento el principio del capitalismo tal y como lo conocemos hoy. Otros van más allá y creen encontrarlo en Oriente y en las primeras rutas comerciales abiertas entre China y Europa. En realidad, el comercio, la actividad de mercado, no tiene por principio una dimensión capitalista. El capitalismo no es el mercado. O por lo menos no basta con que exista una actividad mercantil para que podamos hablar de sociedades capitalistas. La característica fundamental del capitalismo es la centralidad del trabajo asalariado. Es decir, lo importante para definir el capitalismo no es que

¿El capitalismo es consumismo? No. O por lo menos no es ese un rasgo definitivo. De hecho, sociedades capitalistas pueden seguir funcionando perfectamente manteniendo a sus poblaciones al límite de la inanición, consumiendo lo imprescindible para seguir vivas; y esto lo saben muy bien en Latinoamérica y en África, por poner dos ejemplos. Si asociamos el capitalismo al pretendido consumismo de los países desarrollados, realizamos una burda simplificación que deja fuera a casi dos terceras partes del planeta,

página 2 9

diccionario
existan mercancías, sino que el trabajo mismo se convierta en una mercancía más. Podemos empezar a hablar de capitalismo cuando las sociedades modernas entran en una etapa de producción industrial de sus medios de existencia. Esto significó, históricamente, que apareciesen dos grandes grupos sociales que desplazarían a los demás: la burguesía y los obreros. Sólo a partir de la constatación de este cambio en las estructuras sociales se empieza a hablar en Europa de capitalismo. El capitalismo es una forma de relaciones sociales entre los propietarios de los medios de producción y los propietarios de la fuerza de trabajo. Estas relaciones están mediadas por la figura del Estado moderno, sus leyes, su justicia y sus sistemas de representación política. Eso es lo que históricamente (aunque muy simplificado) se conoce como capitalismo. No tiene nada que ver con el supuesto consumismo, ni con la preponderancia del mercado, ni con el Corte Inglés; eso pueden ser rasgos de algunas sociedades capitalistas, pero definitivamente no es lo principal. Sólo por no ir a comprar a Zara o a Ikea, o no consumir más que lo imprescindible, o no ver la televisión, o trabajar en la economía sumergida, o ser atracador de bancos o artesano o poeta, no quiere decir que se haya salido del capitalismo; tan sólo son distintas formas individuales de adaptarse a él. producción industrial y al trabajo asalariado; y, por tanto, tampoco al capitalismo. Lo que ocurrió es que el Estado, en algunos lugares, se apropió de los medios de producción y acabó por ser el único capitalista dentro de la nación. Por ello, algunos historiadores denominaron a estas economías planificadas como capitalismo de Estado. Parece bastante peregrino, entonces, decir de uno mismo que está fuera del sistema, cuando todo el planeta está inmerso en él. Los locos, los presos, los borrachos, los escritores, los artesanos, los músicos, también forman parte del capitalismo. Otra cosa es que lo defiendan. Ante la sociedad en la que vivimos, se puede uno contentar y defenderla, puede criticarla y tratar de transformarla, o puede apartarse a un lado y creer que está fuera; pero en ninguno de estos casos se deja de depender del modo de producción capitalista, porque nadie está capacitado hoy para proveerse autónomamente de todo aquello que le es necesario para vivir. Incluso las personas que optan por irse a vivir a comunidades rurales y volver a cultivar la tierra, o ejercer la ganadería, al poco tiempo tienen que admitir los límites de su independencia respecto al sistema, ya que se ven obligadas a negociar con las instancias del Estado y los intereses a quienes representa. Constatar esta realidad es el primer paso para entender dónde nos encontramos, y no creer que, por ocupar un lugar determinado en la organización social, ésta desaparece ante nuestros ojos. Cualquier transformación tendrá lugar en el seno de distintos procesos colectivos, y, atendiendo a los antecedentes, estos procesos no serán agradables, ni tendrán el aspecto de tranquilas vueltas a la naturaleza. Como dicen algunos historiadores, el siglo XX puede ostentar el título nada honorable de siglo de las catástrofes. Recién empezado el siglo XXI no parece que la tendencia haya variado fundamentalmente. Por el contrario, se empiezan a notar los efectos devastadores de la dependencia y la desposesión sobre una gran mayoría de habitantes del planeta. Querer desentenderse de todo esto, como hacen muchas personas «del rollo hippie», es una necesidad muy humana, pero condenada a ser tan sólo una huida impotente que ha renunciado a entender el mundo en su creciente complejidad.

Pero, ¿no hay gente que vive fuera del capitalismo? No. Al menos que yo conozca. Quien dice estar fuera del capitalismo normalmente evidencia que ha renunciado a entender en qué mundo vive. Hoy en día han desaparecido las comunidades que eran capaces de auto-regularse y sostener una economía de supervivencia fuera de los modos de producción industriales y los flujos de circulación de la mercancía a escala mundial. Nadie que conozca un poco nuestra más reciente historia podrá decir que hoy existe un afuera. Desde 1917 hasta 1989, el llamado bloque soviético aglutinó muchas comunidades nacionales y Estados que, en su afán por salir de un capitalismo catastrófico que llevó a dos Guerras Mundiales, optaron por una planificación exhaustiva de sus economías y por el desarrollo industrial con base nacional. Se puede decir que, aunque en los años 50 del siglo XX la mayor parte de la población del planeta viviese en regímenes socialistas, comunistas o socialdemócratas, eso no significaba que hubiesen renunciado a la

página 3 0

ensayo
conseguir máquinas con aspecto humano; lo verdaderamente aterrador es que cada vez más personas sean incapaces de expresarse sin dar la impresión de que está uno ante un autómata. Las metáforas que se aplicaron a los ordenadores para, de algún modo, humanizarlos, finalmente se han vuelto contra quienes las idearon y ahora son los humanos los que «se quedan colgados», van de vacaciones para «desconectar» o se ven impelidos a «cambiar el chip». Que el lenguaje haya sido colonizado por estas expresiones no es algo inocente ni una mera curiosidad. En último término expresa la mediación cada vez mayor de todas las relaciones sociales por el «espíritu tecnológico». Esta inversión de la perspectiva que ha tenido lugar en los últimos decenios comenzó diciendo que las máquinas pensaban, para después proclamar que las personas pensaban como máquinas y que su cerebro era muy parecido a un disco duro, y, finalmente, en la apoteosis de la estupidez, llegar a clamar porque los ordenadores nos liberen de la fastidiosa tarea de pensar o la siempre peligrosa costumbre de relacionarnos con los demás. Así, el lenguaje de las máquinas no es el lenguaje que habla sobre las máquinas, sino que es un lenguaje hablado por máquinas, donde los principios de eficiencia, inmediatez y velocidad, sustituyen a cualquier elaboración de un sentido trascendente. En esas condiciones, el valor supremo es el acto de comunicar, y no el contenido de aquello que se comunica. La cantidad ingente de sms que circulan a través de la red de telefonía móvil es un reclamo de negocio, pero se podría decir que la banalidad y prescindibilidad del contenido afecta al 99% de estas «comunicaciones». El siguiente paso será que el lenguaje hablado y escrito comience a adoptar las formas de los sms porque muchas personas sólo sepan expresarse de ese modo. El empobrecimiento del lenguaje significa la destrucción de la herramienta primordial que el ser humano tiene para pensar y actuar en el mundo. Dado el carácter totalitario que las sociedades capitalistas han tomado, se entiende muy bien que los tecnólogos canten las alabanzas de este progreso que incapacita a muchos para pensar. La lógica de la ganancia y de la dominación que subyace al optimismo tecnológico ha conseguido que, en un plazo relativamente corto, personas y termostatos se diferencien en muy pocos aspectos. De cualquier modo, el proceso de tecnificación de las relaciones sociales no comenzó con esta última ola de «nuevas tecnologías»; más bien, su abrumador desarrollo en los últimos quince años, es la culminación de un proceso modernizador

El lenguaje de las máquinas y El emperador desnudo
Juanma Agulles

El lenguaje de las máquinas Neil Postman recogió el siguiente diálogo en su obra Tecnópolis. La rendición de la cultura a la tecnología: «McCarthy proclama que “puede decirse que, incluso máquinas tan simples como los termostatos, tienen creencias”. Ante la pregunta obvia, planteada por el filósofo Jonh Searle, “¿Qué creencias tiene su termostato?”, McCarthy replicó: “Mi termostato tiene tres creencias: hace demasiado calor aquí, hace demasiado frío aquí, y aquí hay una buena temperatura”». Si alguna vez resultó sorprendente que alguien dijese de un termostato que «tenía creencias», hoy ya no nos podemos sorprender cuando muchas personas muestran a diario que piensan como el termostato del señor McCarthy. Podemos poner un ejemplo de esta forma maquínica de creencias en el uso del lenguaje a la hora de emitir un juicio de valor. Ante la pregunta «¿qué creencias tienen las personas-termostato?», diremos también que tienen tres: «buen rollo» (equivalente al juicio me gusta o me satisface), «mal rollo» (que significa me desagrada o no me gusta), y «me ralla» (que viene a decir algo así como ni lo sé ni me importa). Hablando claramente: muchas de esas personas dirían de estas reflexiones críticas que son rallantes, que ni frío ni calor ni todo lo contrario. Pensándolo bien, no parece tan preocupante ―a pesar de las ensoñaciones apocalípticas que difunde el cine― que la robótica se empeñe en

página 31

ensayo
que dio al traste con las utopías de progreso social que lo alentaron en un principio. Hoy las utopías del progreso tecnológico no responden siquiera a una ideología ―en el sentido clásico de la palabra―, son más bien una fatalidad, algo a lo que debemos adaptarnos y ante lo que no cabe oponer resistencia, so pena de quedarnos en la cuneta viendo como pasa (y quizá descarrila) el tren del progreso. Ese es el mensaje que el orden impuesto nos manda de continuo: reduzca sus creencias a frío, calor o temperatura adecuada, y será feliz. ¿Quién será capaz de sustraerse a los términos de este chantaje tecnológico? ¿Podremos encontrar en el lenguaje de la poesía un refugio frente a la tormenta del progreso técnico? habitualmente sirven de sustitutos para lo que alguna vez se conoció como pensamiento. El primer peaje que se paga cuando se quiere saber es empezar a no poder decir casi nada sobre casi nada. O por lo menos a decirlo de forma en que se pueda entender. Al mismo tiempo, por el ejercicio del libre juicio y dado que no tenía ningún privilegio que defender, llegué a la conclusión de que no hay reforma posible de este orden inhumano en que nos vemos inmersos; de que no hay nada mejorable partiendo de las bases que hemos heredado. Expresar eso, comunicar un resultado tan pesimista a mis reflexiones, generó un rechazo visceral en todo el mundo, comenzando por aquellos que más cerca estaban de mí. Alguien dijo que toda generación ha creído que vería la revolución y que era ella quién tenía la responsabilidad histórica de realizarla. Mi generación probablemente sea una de las pocas que no ha creído eso, sino que se ha encargado de enterrar sus responsabilidades bajo un montón de ilusiones y estiércol, y ha tratado de justificar su astenia con una actitud de fin de fiesta muy tranquilizadora. Así nos hemos condenado a la soledad y al silencio. Por eso, las conclusiones oscuras a las que iba llegando se veían confirmadas por la negativa constante a admitirlas siquiera como hipótesis. Lo más sencillo en esas condiciones hubiese sido comenzar a escribir a favor de la corriente. Alguien me reprochó una vez: «¿por qué no escribes sobre cosas bonitas?»; y creo que aquella pregunta era la más demoledora crítica que se me ha podido hacer. En el fondo se me exigía que cumpliese una función para la que no estoy capacitado: poner al servicio del consuelo y la distracción mi pasión por las palabras. Eso es lo que se exige de un escritor hoy. El argumento era de peso: ya que me encontraba tan desarmado como cualquier otro para cambiar nada de lo que sucedía alrededor, ¿por qué no desistía de mi impugnación constante? ¿De qué servía recordar a toda hora las causas de la derrota? ¿Qué oscuro interés me movía cuando hurgaba con saña en la herida? Me ha costado mucho entender que todo el mundo sabe lo del emperador, y que ser cómplices de la farsa se ha convertido en la única manera de sobrevivir y pasar, mal que bien, el tránsito que va de la cuna a la tumba. Empeñarse en que ese viaje cobrase algún sentido trascendente era

El emperador desnudo El cuento del traje nuevo del emperador, tiene un final feliz. El niño, al señalar que el emperador, en realidad, está desnudo, provoca que todo el mundo admita de una vez la evidencia, superen el miedo a hablar y se rompa el consenso. Sin embargo, hay algo inquietante en ese final si lo proyectamos a las condiciones presentes. Quien tenga la osadía de señalar la desnudez del emperador no encontrará la misma respuesta que aquel niño. Lo más probable es que todo el mundo se vuelva contra él. Hoy en día el cuento terminaría con el niño metido en una mazmorra o colgado de la rama de un árbol. He dedicado algunos años de mi vida a señalar eso mismo: que el emperador sigue desnudo, y lo que he encontrado casi siempre ha sido la más profunda incomprensión. Probablemente se haya debido a mi forma de hacerlo. En demasiadas ocasiones hablé demasiado alto, señalé lo que me parecía evidente con vehemencia, sin tener en cuenta que en el mundo de hoy nada es evidente, porque una tempestad barrió de la tierra los criterios para discriminar lo que es verdad de lo que es mentira. A esa tormenta algunos la han llamado modernidad. A medida que traté de profundizar mi conocimiento sobre la materia extraña de la que están hechas las relaciones humanas, advertí que me iba alejando de los «lugares comunes» que

página 32

ensayo
como saltar por la borda de la Stultifera Navis y tratar de remontar a nado la corriente. Pero sólo he sabido vivir así, y el amor me ha sido negado demasiadas veces; me miraba desde la orilla, quizá me alentaba en mi pelea contra las corrientes y, en ocasiones, me tendía una mano para que reposase un tiempo en sus soleados estuarios. No obstante, al poco, volvía a zambullirme y quedaba el amor de nuevo a un lado. Con cada perdida ganaba en ligereza, pero también mi cansancio aumentaba y resultaba más difícil subir a por aire. Un día reparé en que ya era inevitable seguir así: había perdido el barco y la orilla. Entonces constaté para mí lo que alguien dijo de sí mismo antes de abandonar este mundo para siempre: «la crítica fue mi Beatriz». La tentación del silencio es demasiado fuerte en algunas mañanas desiertas. Quizá no decir nada, contemplar en silencio como el emperador pasa ante nosotros con su séquito, sea la única forma de sobrevivir a este tiempo. Pero entonces habrá que pensar si vivir así merece la pena; si no será mejor escuchar detrás nuestra «¡que le corten la cabeza!» e irse después tranquilo, sabiendo que el emperador sigue desnudo, pero que nuestro tiempo no fue este, que quizá, como dijo un espíritu libre, algunos hemos nacido póstumos.

página 33

reseña
Perros de Paja
Propone que la violencia en mayor o menor cabida cabal, si eso puede ser, está dentro de nosotros, en nuestra propia constitución como ser humano. Uno no sabe nunca a quién tiene delante hasta que ciertos resortes mejor o peor relegados son activados, sea por H, por B, o por cualquier letra del abecedario. Cuando David llega al pequeño pueblo del oeste de Inglaterra está instalada una peculiar forma de hacer las cosas, pero que tan natural y consensuada en los habitantes que es el propio modus vivendi de la pequeña comunidad. Es una comunidad cerrada donde impera la brutalidad y la violencia como moneda corriente. Y, como debemos dar al César lo que es del César, el intruso fue el intruso. Allí llega un matemático con gafas de matemático, jersey de matemático, pelo de matemático, costumbres de matemático, pizarra de matemático llena de fórmulas que solos los del gremio saben descifrar, y los demás quedamos estupefactos al ver en qué cosas se llega a dispensar el tiempo. Allí llega con mujer de matemático, que tenía alguna deuda pendiente con alguno de los elementos comunitarios. Como en cualquier narración que se tenga por indispensable, debe haber un cambio que gire la historia, o no, quién sabe. La cosa es buena o no, y punto. Pues bien, el matemático, uno de los firmantes y defensores del pacto social con su mundo de pan de leche, coles de Bruselas, brócoli y tostadora, se contrapone con otro de cerveza, güisqui, de hombres rudos con manos duras de trabajar con ellas. La violencia arrastra la sensatez a las sombras. En el pueblo está la ley allí donde no hay ley. Las cosas se mueven por violencia, también el sexo es violento en el pueblo. David quiere combatir esa ley “incivilizada” con palabras e intenciones, hasta que se da cuenta de que lo único que para la violencia, es una aún mayor. Un pueblo donde todo esta cerca, la taberna, la iglesia, la violación, la agresividad: la idiosincrasia del mismo pueblo. Frankenstein mata a la niña al final, no al borde del río, sino

por David Barber

Recuerdo ahora como si fuera ayer el día que tocó proyectar aquella película en la antigua tetería de la calle el pozo de Alicante. Fue la primera vez que la vi, al menos, entera. Creo que anteriormente ya había intentado verla pero había siempre algo que me impedía pasar de los quince minutos primeros, así que me aventuré a decir que no era de mi agrado y siempre que salía a relucir el título de la película “Perros de paja” saltaba yo con ese grave convencimiento que uno tiene a esas edades, que parece que siempre tienes que tener una opinión cerrada y concluyente sobre todo, y me ponía a despotricar sobre los perros y las pajas, y las pajas de los perros. No se me quedó, por suerte para mí, el nombre del director, Sam Peckinpah, con el que más tarde llegué a tener cierta amistad, aunque no nos vimos todo lo que yo hubiera deseado. Más tarde vi películas de él sin llegar a saber, hasta mucho tiempo después que el mismo director de La Cruz de hierro, La pandilla salvaje o Pat Garrett y Billy The Kid, había sido el creador de la película de la que hablo, y de la que tuvimos la ocasión de cambiar algún que otro comentario. Yo había entrado ya a estudiar cine, y vi cosas muy interesantes en la película, cuando conseguí verla completa. Y si me preguntas qué es lo que más me llamó la atención en ella, que para eso es esta entrevista, fue la forma en la que logró que todos nos sintiéramos en parte David, el papel que interpreta Dustin Hoffman, y en parte el distintivo pueblo donde la violencia campa a sus anchas y es una forma más de comunicación.

página 3 4

reseña
en el cobertizo. Es el pretexto para que la violencia surja en su más exaltada expresión. Todos somos capaces de violencia, hasta la más tranquila y hermosa flor de interior, como era David, que había recibido una generosa y plácida beca para escribir un ensayo sobre cuestiones de fina y especulativa matemática. En la sociedad del pueblo no rigen las refinadas fórmulas matemáticas, ni los ustedes norteamericanos, ni las pizarras llenas de fórmulas, ni los dólares americanos, sino lo descarnado, grotesco y exagerado. ¡Esto es el viejo continente chato, y aquí las gastamos diferentes! “Esta es mi casa y este soy yo, no toleraré la violencia en esta casa”. No. No la tolerará, pero tendrá que utilizar él mismo una mayor para repelerla. Allí resquebraja el pacto social, eso sí, para defender los valores del mismo. Se da cuenta de que la única forma de combatir la violencia es la propia violencia. Y acaba con todos los perros de paja con su propia moneda, que era la misma que tenía él en el fondo del almario. Eso sí, bajo un motivo civilizado. Si te das cuenta, el sexo tiene un protagonismo indispensable, sobre todo el sexo violento, si es que hay otra forma de sexo. Hay una violación múltiple en el sofá, donde la mujer de David paga la ineficiencia del marido al no estar a la altura de las circunstancias, debiendo así revalidar su función de hombre, en un pueblo donde todos los aparecidos en la película son hombres. La mujer sufre violencia sexual, mientras que al personaje masculino se le propone la seducción de una pequeña Lolita que le hace sudar camisas, y de la que no queda bien claro la determinación de este. ... Ah, sobre la última pregunta que me has hecho, sí, todos guardamos algún secreto…

página 3 5

Ediciones del Tábano
Publicaciones
Dioses Ajenos, Pedro Coiro
Alguien encerrado en su habitación, la habitación encerrada en la ciudad y la ciudad en sus derivas mientras los pájaros miran desde los cables la razón desconcertada de los hombres. Cada tanto crece algo del asfalto, cada tanto cae un dios, pero nadie se detiene ante la flor ni limpia el terror del destronado. Es bueno visitar esa ciudad, rastrear la habitación, llegar al hombre y comprender, con cierto miedo, que se trataba de un espejo.

Con la lengua al cuello, Quirón Herrador
Si quiere pasar la tarde del domingo disfrutando en familia de poemas que lo lleven entre nubes a conocer mundos de calma y sortilegios, no se le ocurra meter la nariz en este libro, donde lo cotidiano camina con olor a barrio y los payasos se quitan el disfraz en medio de la pista. Si al día siguiente lo ahoga la corbata y siente cosquilleos en las plantas de los pies, no se preocupe, mire hacia arriba: verá que tiembla el techo y su oficina se derrumba como un cascarón enorme.

La ternura y la rabia, Juanma Agulles
Aquí hay unas páginas que cuentan y no se quedan quietas. No abandone este libro a una estantería, no se puede. Una tarde estará sangrando, otra lo verá rozando una cola de gato entre las piernas de su esposa o almorzando un suicidio mientras baila en unas manos la distancia del autobús. No se apresure -tampoco-, a proclamarlo superior en le género: cuando termine de leer estos cuentos, comprenda que Edgar, Abelardo y James también merecen unas horas. Sin más que esta advertencia, lo demás es la ternura y la rabia.

Los sonidos del niño roto, Nelo Curti
Sería de agradecer que usted se adentrase en este libro con la pasión que requiere todo viaje que merezca ese nombre. Porque hay un trayecto en sus páginas que le exigirá cierta complicidad, cierta alegría traviesa y un tanto diabólica. Recuerde cuando aún podía sonreír malévolamente, ensoñando con la pedrada que abriría la grieta en el cristal, dejando libre la ventana por la que escapar al mundo. Se dará cuenta, sin remedio, de que todos somos ese niño roto que duerme abrazado a un gato, y, si no le puede el hastío y la rutina -las múltiples formas de la muerte con sus innumerables nombres-, al volver la última página no podrá dejar de añorar, aunque sea por un segundo, a aquel pequeño demonio que, algún día -cuando todavía una mañana soleada era promesa de erotismo desbocado-, reventó a pedradas certeras todos los muros.

www.eltabano.org
Para suscribirse a “Cuadernos del Tábano” visite nuestra web, allí hay instrucciones pormenorizadas para ejecutar ese acto de heroísmo. Por sólo 12 euros podrá usted recibir en su domicilio, sin cargo alguno, los 4 números correspondientes a un año. Además, allí encontrará información de las distintas actividades del colectivo (aquellas que podemos difundir).

Nuevas publicaciones

Introducción al Fabulismo, Nelo Curti
Al leer el título cualquiera se preguntará ¿qué es el fabulismo?, ¿una corriente artística?, ¿otro manifiesto?, ¿un partido político?, y aumentará su descontento si continúa interrogándose en ese sentido, ya que no se trata de un esquema a puertas cerradas, sino de un compromiso con el juego, la incertidumbre y el absurdo. Ilustrado por Leo Sarralde.

Non Legor, Non Legar (literatura y subversión), Juanma Agulles
El segundo libro del autor en nuestra editorial recoge los artículos que durante cinco años se han ido publicando en "Cuadernos del Tábano". Artículos sobre Sartre, Camus, Hawthorne, Bukowski, y ensayos de crítica social que intentan aunar dos términos que actualmente (en el estadio del capitalismo espectacular) están desligados: la literatura y la subversión, la fuerza evocadora de la palabra, y el pensamiento crítico sobre los hechos.

Asesinos de Parto, Diego L. Monachelli
En el ejercicio de la transición, en el movimiento de la certeza que se transforma lentamente, existe un segundo de claridad grávido de sombras. Este ínfimo vislumbre necesita desarrollarse en el caos de su centro para acuñar el valor necesario y acometer el desentrañar la espesura de todo aquello que presiente, que intuye y no alcanza, que no puede asir. En ese instante surge la imperiosa necesidad de mutilar la inocencia, de violar el ritmo, de ahondar el verbo hasta que sangre de él lo que oculta. De este alumbramiento entre sombras devienen las páginas precedentes con más de una década de antigüedad, con la mísma vitalidad de entonces, con la misma fuerza de búsqueda y el mismo reclamo de poesía en transición o metamorfosis poética. Los que han tenido la riesgosa, dudosa aventura de leer trabajos pretéritos, entenderán de qué se habla; a aquellos que no, válgales esta breve descripción de los paisajes del parto como advertencia.

¿Colaborar con Cuadernos del Tábano? Consulte antes con su médico o farmacéutico.

No es bueno confundir cola con culo
Puedes estar en Katmandú, La Paz o Nueva York, ser medianoche en un reloj de arena, llamarse la calle que recorres Pozo, Libertador o Juan Perico, el caso es que de cualquier manera las verás: hileras de gente, la misma postura repitiéndose, semierecta, como piezas de un dominó cansado, desembocando en una ventanilla donde les dan un papelito que los condena al final de una hilera semejante. En castellano, sintéticamente, a eso se le llama “cola”, aunque no debe confundirse con las otras colas, también denominadas “traseros”, ya que éstos son familiares de la alegría, y hoy hablamos de otra cosa. Muchas veces, las nombradas son dirigidas u ordenadas por un personaje de uniforme y gesto rancio, enemigo de las colas -ahora sí aceptamos ambas acepciones- que con chasquidos o provisto de un silbato corrige las imperfecciones de la hilera, sintiendo, cuando desde el final contempla la rectitud de su obra, orgullo de cáncer o gastroenteritis. Puedes salir de una oficina, de diez supermercados o de una mala canción, transitar cualquier vereda, y probablemente nunca lo verás: ese culo uniformado, contemplando al llegar los mediodías la decrepitud de su cola –ahora no confundan- como si una ventanilla invisible la engullera sin que él algo pueda hacer, únicamente secar el silbato o el chasquido y esperar a que regresen tras la noche los esperadores, insustituibles piezas de su orgullo o soledad o qué sé yo.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful