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La libertad primera y última (Jiddu Krishnamurti, 1954)

La libertad primera y última (Jiddu Krishnamurti, 1954)

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KRISHNAMURTI

La libertad primera y última

EDHASA

Titulo original: The First and Last Freedom Traducción de Arturo Orzabal Quintana Diseño de la cubierta: Julio Vivas

Primera edición: noviembre de 1979 Primera reimpresión: abril de 1984 Segunda reimpresión: marzo de 1989

© K & R Foundation, Ojai, California, 1975 © Editorial Sudamericana, S.A., 1958 © Edhasa, 1979 Avda. Diagonal, 519-521. 08029 Barcelona Tels. 239 5104/ 05 Impreso por Romanyà/Valls Verdaguer, 1. Capellades (Barcelona) ISBN:
KRISHNAMURTI

La libertad primera y última

EDHASA

Titulo original: The First and Last Freedom Traducción de Arturo Orzabal Quintana Diseño de la cubierta: Julio Vivas

Primera edición: noviembre de 1979 Primera reimpresión: abril de 1984 Segunda reimpresión: marzo de 1989

© K & R Foundation, Ojai, California, 1975 © Editorial Sudamericana, S.A., 1958 © Edhasa, 1979 Avda. Diagonal, 519-521. 08029 Barcelona Tels. 239 5104/ 05 Impreso por Romanyà/Valls Verdaguer, 1. Capellades (Barcelona) ISBN:

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07/08/2014

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Pregunta: La murmuración tiene importancia en el descubrimiento de uno mismo, especialmente para que los demás
se nos revelen. En serio: ¿por qué no emplear la murmuración como un medio para descubrir lo que es? Yo
no tiemblo ante la palabra “murmuración” simplemente porque haya sido condenada durante siglos.

KRISHNAMURTI: Desearía saber por qué murmuramos. No porque ello nos revele lo que son los demás. ¿Y por
qué los demás habrían de sernos revelados? ¿Por qué deseáis conocer a los demás? ¿Por qué ese interés
extraordinario en los demás? En primer lugar, ¿por qué murmuramos? Es una forma de inquietud, ¿no es cierto? Al
igual que la preocupación, indica una mente intranquila. ¿Y por qué ese deseo de meterse con los demás, de saber
qué hacen o dicen? Es una mente muy superficial la que murmura, ¿no es así? Es una mente inquisitiva que está mal
encaminada. El interlocutor parece creer que los demás le son revelados porque él se interesa en ellos: en lo que
hacen, en lo que piensan, en lo que opinan. ¿Pero conocemos acaso a los demás si no nos conocemos a nosotros
mismos? ¿Podemos juzgar a los demás si no conocemos nuestra propia manera de pensar, el modo como actuamos,
nuestra manera de comportarnos? ¿Y por qué ese extraordinario interés en los demás? ¿No es en realidad un escape,
ese deseo de averiguar lo que el prójimo piensa y siente, y acerca de qué murmura? ¿Eso no ofrece una evasión de
nosotros mismos? ¿Y no está también en eso el deseo de inmiscuirnos en la vida de los demás? ¿No es acaso nuestra
propia vida bastante difícil, bastante compleja, bastante dolorosa, aun sin ocuparnos de los demás, sin meternos con
ellos? ¿Hay acaso tiempo para pensar acerca de los demás de esa manera chismosa, fea, cruel? ¿Por qué hacemos
eso? Bien sabéis que todo el mundo lo hace. Toda persona, prácticamente, murmura acerca de alguien. ¿Por qué?
Creo, en primer lugar, que murmuramos de los demás porque no estamos bastante interesados en el proceso de
nuestro propio pensar y de nuestros propios actos. Deseamos ver lo que otros hacen, y, para decirlo con suavidad,
imitarlos. En general, cuando murmuramos es para condenar a los demás. Pero, haciendo una concesión caritativa,
tal vez sea para imitarlos. ¿Y por qué queremos imitar a los demás? ¿No indica todo eso una extraordinaria
superficialidad de parte nuestra? Es una mente en extremo torpe la que desea excitación y la busca fuera de sí
misma. En otras palabras, la murmuración es una forma de sensación en la que nos complacemos, ¿no es así? Puede
que sea una clase diferente de sensación, pero siempre existe ese deseo de excitarse, de distraerse. Y así, ahondando
realmente en esta cuestión, uno vuelve a sí mismo, lo cual demuestra cuán superficial uno es, en realidad, ya que, al
hablar de los demás, lo que busca es excitación fuera de sí mismo. Sorprendeos a vosotros mismos la próxima vez
que murmuréis de alguien, y si os dais cuenta de ello, muchísimo os será revelado acerca de vosotros mismos. No lo
disimuléis diciendo que sois simplemente inquisitivos acerca del prójimo. Eso indica inquietud, cierta tendencia a ta
excitación, superficialidad, falta de interés real y profundo en las personas, que nada tiene que ver con la
murmuración.

Ahora el siguiente problema es éste: ¿cómo poner fin a la murmuración? Esa es la segunda cuestión, ¿no es así?
Cuando os dais cuenta de que murmuráis, ¿cómo pondréis coto a la murmuración? ¿Si ésta se ha convertido en un
hábito, en una cosa repugnante que continúa día tras día, ¿cómo acabaréis con ella? ¿Pero surge acaso ese
interrogante? Cuando sabéis que murmuráis, cuando os dais cuenta de que murmuráis y de todo lo que ello implica,
dos decís a vosotros mismos “¿cómo he de terminar con esto?” ¿No termina acaso espontáneamente, tan pronto os
dais cuenta de que murmuráis? El “cómo” no surge en absoluto. El “cómo” sólo surge cuando no os dais cuenta; y,
sin duda, la murmuración indica falta de captación, de percepción. Experimentad con esto por vosotros mismos la
próxima vez que murmuréis, y observad que la murmuración termina sin tardanza, de inmediato, cuando os dais
cuenta de lo que estáis diciendo, cuando percibís que vuestra lengua os arrastra. No hace falta acción alguna de la
voluntad para poner fin a la murmuración. Lo único que se requiere es que os deis cuenta, que seáis conscientes de lo
que decís y que veáis lo que ello implica. No tenéis que condenar ni justificar la murmuración. Daos cuenta de ella, y
veréis cuán rápidamente dejáis de murmurar, porque la murmuración le revela a uno las modalidades de la propia
acción, la propia conducta, el propio tipo de pensamiento. Y en esa revelación uno se descubre a sí mismo, lo cual es
mucho más importante que murmurar de los demás, de lo que hacen, de lo que piensan, de cómo se comportan.

La mayoría de nosotros, que leemos la prensa diaria, nos llenamos de murmuración, de murmuración global.
Todo ello es una evasión de nosotros mismos, de nuestra propia pequeñez, de nuestra propia fealdad. Creemos que
interesándonos de un modo superficial en los acontecimientos mundiales, nos hacemos cada vez más sabios, más
capaces de enfrentarnos a nuestra propia vida. Todas esas cosas, sin duda, son medios de huir de nosotros mismos,
¿no es cierto? Porque en nuestro fuero íntimo somos sumamente vacíos, superficiales; nos asustamos de nosotros
mismos. Somos interiormente tan pobres, que la murmuración actúa como una forma de variado entretenimiento,
como un escape de nosotros mismos. Tratamos de llenar ese vacío interior con conocimientos, con ritos, con
murmuración, con reuniones de grupos, con innumerables medios de evasión. De suerte que los escapes llegan a ser
lo más importante, no la comprensión de lo que somos. La comprensión de lo que somos exige atención. Para saber
que uno es vacío, que uno está acongojado, se necesita enorme atención, no escapatorias. Pero a la mayoría de
nosotros nos gustan estas evasiones, porque son mucho más agradables, más placenteras. Asimismo, cuando nos
conocemos tal cuales somos, es muy difícil habérnoslas con nosotros mismos; y ese es uno de los problemas con los
cuales nos enfrentamos. No sabemos qué hacer. Cuando sé que soy vacío, que sufro, que estoy acongojado, no sé qué
hacer, no sé cómo habérmelas con ello. Recurrimos, pues, a toda clase de escapatorias.
La pregunta es, pues: ¿qué hacer? Es obvio, por supuesto, que uno no puede escapar, ya que eso es lo más
absurdo y pueril. Mas cuando os enfrentáis con vosotros mismos, tal cuales sois, ¿qué debéis hacer? Ante todo, ¿es
posible no negarlo ni justificarlo, sino quedaros simplemente con lo que sois? Ello es sumamente arduo, porque la
mente busca explicaciones, condenación, identificación. Si no hace ninguna de esas cosas sino que se queda con lo
que sois, entonces es como admitir algo. Si yo admito que soy moreno, todo termina ahí; pero si estoy deseoso de
cambiar a un color más claro, entonces surge el problema. Aceptar, pues, lo que es, resulta sumamente difícil; y uno
puede hacer eso tan sólo cuando no hay escapatoria; y la condenación o la justificación son modos de evadirse. De
ahí que, cuando uno comprende por qué murmura, el proceso total de ese hecho, y percibe lo absurdo que es, la
crueldad y todas las cosas que encierra, entonces queda uno reducido a lo que uno es; y eso lo enfocamos siempre
para destruirlo o para transformarlo. Mas si no hacemos ninguna de esas dos cosas, y enfocamos el hecho con la
intención de comprenderlo, de estar en un todo con él, entonces encontraremos que ya no es la cosa que temíamos.
Entonces existe una posibilidad de transformar aquello que es.

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