Pasión y violencia

Querido público, colegas, amigos:

Conozco sobradamente, por activa y por pasiva, lo tediosa que suele resultar la lectura de una ponencia. Ya es bastante ingrato estar atento a un ponente más, sentados, como suele ocurrir, en asientos que no son muy adecuados para personas provectas que llevan correteado lo suyo por esta vida y que se las saben, si no todas, muchas. En fin, les pido de antemano perdón por el esfuerzo suplementario que supone escuchar muy aplicaditos la lectura de un texto, e intentaré ser conciso y no perderme en frases de relativo. Entremos, pues, en materia. Me ha llamado la atención el título de estas Jornadas. No por falta de sugerencia, que le sobra, sino por separar la pasión y la violencia. Coinciden tantas veces en su aparición que no sé si puedo diferenciarlas. Me digo entonces que si restrinjo mi campo a la ³clínica´ y a sus ³manifestaciones arquetípicas´ tal vez no me pierda. Pero me temo que es precisamente en la clínica y en sus manifestaciones arquetípicas donde son completamente indistinguibles. Definiciones y premisas Veamos si es verdad lo que digo. Empezaré definiendo los términos para saber de qué estoy hablando. El primero será la palabra µclínica¶, que utilizamos con tanta despreocupación. Seguramente saben ustedes que su etimología viene del µkliné¶ griego que denota µlecho¶ o µcama¶, en referencia a la inermidad propia de la enfermedad. En nuestro ámbito profesional, podríamos pensar en el diván, del que Jung criticaba precisamente su carácter médico. La inermidad artificial del analizando en el diván se ha justificado de distintas maneras ²relax, evitar la

abreacción corporal, inducir la ensoñación, simular la posición del muerto u otras² pero en cualquier caso supone situar al analizando en una posición pasiva y más expuesta que la del analista. Aún considerando útil el diván, ¿no encontramos ya aquí una violencia inducida por el setting?. ¿Y cuál es la inermidad real de nuestros pacientes? Pero sigamos con las definiciones, aunque sepamos sobradamente sus diversos significados. Viene muy a cuento la descripción que ofrece el Diccionario del español actual (Seco, Andrés y Ramos, 1999) de µviolento¶ como ³dejarse llevar por la pasión´ y de µpasión¶ como ³sentimiento ciego e irreflexivo´. Puede argüirse, ciertamente, que tales definiciones no cubren el entero campo semántico de los términos, pero es innegable que tales vocablos llevan implícita en todos los casos (de la pasión amorosa a la Pasión de Cristo, pasando por el entusiasmo y el padecimiento; de la vehemencia verbal a la crueldad pasando por la vergüenza o la defensa física) una intensidad definitoria. Vayamos ahora a la expresión más compleja de µmanifestaciones arquetípicas¶. Si el arquetipo es por definición el correlato imaginal del instinto, su manifestación sólo puede darse mediante la expresión ²verbal, plástica, corporal² que sean capaces de articular analizando o analista a partir de los contenidos instintivos experimentados, originen o no la conducta correspondiente como pattern of behaviour. Ahora bien, como debido al encuadre verbal del análisis consideramos generalmente como un error cualquier acting, sea in o out, es decir, la expresión del instinto, ¿no es otra violencia esa contención conductual en aras de la conversación?. Me dejaré de preguntas retóricas para ir profundizando en el tema. Partiendo, de nuevo, del marco terapéutico. Marco definido por el analista como un conjunto de reglas que delimitan la comunicación: tiempo de la sesión, espacio donde se desarrolla, honorarios fijados al principio, normas varias (asociación libre, asistencia, penalización de ausencias, atención a los contenidos

inconscientes, evitación de pasos al acto, etc.), puntuación del proceso comunicativo, ocultamiento de la vida privada del terapeuta, administración de silencios o cualesquiera otra que considere el analista. Teóricamente, este marco terapéutico debería ser un temenos, esto es, un espacio protegido del exterior a fin de que surja cualquier contenido ante una pretendida neutralidad benevolente, que le dotaría así de su importancia objetiva. También se ha hablado de vas hermeticum donde se articularían los múltiples contrarios, a veces como tálamo nupcial más o menos simbólico, a veces como puro ring en que se dirimen posturas encontradas. Con todo esto, lo que quiero señalar es que en el marco por todos conocido hay varios niveles de comunicación ²emocional, no verbal, fático, sentimental, intelectual, filosófico, político, periodístico, etc.² interpenetrados y no siempre conscienciables, que mueven emociones de todo tipo y, con suerte, algunos pensamientos que van desvelando gracias a la reflexión el sentido de una vida. Una vida hecha, como todas, de pasiones y violencias varias, de deseos vehementes y del impulso a su realización. Contextos Llega el momento de ir un poco más allá en el significado de estos términos. Sabemos que en nuestra tradición filosófica, modulada fuertemente por el cristianismo, las pasiones son tenidas por peligrosas. Esta prevención tiene sus orígenes bien conocidos en el estoicismo, iniciado por Zenón en el 300 a.C. y que llega a través del ecléctico Posidonio, muerto en el 35 d.C., aproximadamente hasta el 200 d.C. con Marco Aurelio. Con los filósofos del Pórtico (Stoa) comienza la intelección y la sistematización de las pasiones (pathos). Si bien definen la pasión como ³impulso desmedido, contrario a la naturaleza y poco conforme a la razón´, también afirman

que ³la pasión no es diferente de la razón´ sino que son ³los dos aspectos de una misma alma´ (hegemonikón, cuya sede es el corazón). Esta contradicción indica dos nociones de razón (logos): una es ³la recta razón de la Naturaleza´, a la que se accede por la ciencia (episteme), mientras la otra se refiere a la inteligencia personal, sujeta a equivocaciones. La clave está en la medida (métron) con la que se manifieste el impulso (hormé), ³primer movimiento del alma´: si hay medida ² como logos de la Naturaleza² hablamos de apetito, que puede satisfacerse; si no hay medida, estamos ante la desmesura propia de la pasión, los ³deseos insaciables´. Desde ese momento, las pasiones son ³enfermedades del alma´. Los estoicos definen 76 pasiones humanas: 31 deseos, 6 placeres, 13 temores y 26 penas, articulados en su valor (bien/mal) y dimensión temporal (presente/futuro). El deseo es un bien futuro, el placer, un bien presente; el temor un mal futuro, la pena, un mal presente. Ese fondo intelectual está muy bien representado por Séneca ²suicidado por orden de Nerón en el 65 d.C.², cuando considera que ³hay que combatir las pasiones, aun las moderadas´. Un planteamiento que será retomado por el cristianismo desde su platonismo órfico y gnóstico que denigra toda materia, empezando por el cuerpo. Así, la pasión se identifica directamente con el mal, y la Escolástica las dividirá en concupiscibles (amor, odio, deseo, alegría, tristeza«) e irascibles (esperanza, desesperación, audacia, temor, ira) leyéndolas desde la perspectiva del pecado. En pleno siglo del racionalismo, Descartes escribe su Tratado de las pasiones del alma, donde señala que a cada pasión le corresponde otra contraria con la que está en pugna. A la guerra de las pasiones contra la razón religiosa se le suma ahora la que existe entre ellas. Descartes, en el primer artículo de esta obra de 1649, a un año de su muerte, escribe algo de gran interés: ³Aunque el agente y el paciente sean a menudo muy diferentes, la acción y la pasión no dejan de ser siempre una misma cosa, que tiene esos dos nombres en razón de los dos sujetos distintos con los cuales se la puede relacionar´. Lo que para el sujeto es pasión,

para el objeto puede ser violencia, y viceversa. Al subrayar su aspecto activo, la pasión será una fuerza motriz. Así es ya para Hume, quien escribe en su Tratado sobre la naturaleza humana (1740) que ³la razón es y debe ser la esclava de las pasiones, y nunca puede pretender otro cometido que servirlas y obedecerlas´. Se ha invertido la problemática moral anterior y comienza un optimismo ya presente en los ilustrados Voltaire, Fontenelle, Helvetius o Fourier, desembocando en el romántico Hegel: ³Nada grande se ha realizado en el mundo sin pasión´. Con esta panorámica hiperesquemática sólo deseo subrayar el cambio experimentado en nuestra área cultural desde una concepción temerosa de las pasiones a su exaltación. Si bien ésta siempre encontraría su lugar en las artes plásticas y musicales, con su pathos específico, y literarias, fundamentalmente lírica y tragedia. La intensificación emocional que supone toda pasión, unida a su acción correspondiente, tantas veces violenta, se pone así en el centro de la vida. Con sus peligros ligados a la ilusión y sus ventajas asociadas a la actividad. La actividad es el aspecto cardinal de la violencia. Sin olvidar la violencia interior tan personal por la pugna de intereses contrapuestos, su expresión más palmaria, presente incluso en la Naturaleza no humana, es la acción desbordante ²el viento huracanado, las poderosas olas, el majestuoso volcán. En el dinámico mundo animal, al que pertenecemos los humanos, la violencia suele ir asociada a la agresión, ese pretendido mal. Sin agresión es difícil la autoafirmación, sea nutricia o relacional. Este mal necesario toca todos los órdenes humanos, aunque tiene su escenario cardinal en el ámbito del poder, tanto el individual como el político ²sea social o privado. Violencia relativamente legítima del Estado a la que se opone la violencia revolucionaria. Violencia criminal a la que responden instituciones y sociedad.

Violencia entre grupos y naciones en guerra. Violencia en la disciplina y violencia en su contestación. Violencia física y violencia moral. Violencia intelectual y violencia amorosa. Violencia ofensiva y violencia defensiva« La epopeya es la literatura propia de la violencia, con sus héroes, monstruos, situaciones peligrosas, enemigos poderosos, victorias culturales« Pero también la tragedia está llena de violencia ²de dioses, tiranos y demás figuras de poder. En todo texto religioso hay mucha violencia. Y, como sabemos, la violencia es la partera de la Historia. La violencia viene así fuertemente asociada al poder, hasta el punto de identificarse, equivocadamente, poder y violencia. Como si la serenidad no fuera la máxima forma de poder. Estos comentarios me llevan directamente a dos aspectos importantes relativos a la violencia. El primero es el miedo, tanto del receptor de la violencia como el de su ejecutor. Un miedo que brota de la impotencia práctica ante una situación dada y a la ignorancia sobre la acción adecuada. El ejecutor de la violencia reduce su incertidumbre miedosa aumentando la del receptor. Por eso el miedo tiene un valor adaptativo, como revela el instinto de fuga al que tantos animales ²también Homo sapiens² deben su supervivencia: evitar a toda costa ser objeto de violencia. El segundo aspecto que quiero señalar es la dimensión grupal de la violencia. Es sabido que el grupo puede desencadenar y sostener las acciones violentas que no podrían respaldar sus miembros individuales. La violencia puede ser entonces una fuerza de vinculación y de acción coordinada, sean fastos o nefastos sus resultados. Este aspecto grupal unido al miedo es el origen de tantas tragedias humanas, de tanta violenta irracionalidad apasionada. Pasión-violencia

Una vez dadas estas pinceladas conceptuales, puedo atender a esa indiferenciación fáctica entre violencia y pasión que señalé al principio. La violencia que subyace a la pasión puede verse incluso en pasiones tan frías como la tristeza. ¡Qué no hallaremos en las más calientes, como la ira, la cólera, la vanidad entre las negativas, o el amor físico, la pasión epistemofílica, el enfrentamiento con la injusticia entre las positivas! Son varias las razones para esa articulación. Señalaré aquí las que me parecen más pertinentes. Empezando por el aspecto energético de la emoción, que nos mueve de aquí para allá, huyendo del dolor y moviendo Roma con Santiago para conseguir el placer. El núcleo emocional de toda pasión es en donde se hace más evidente esa violencia que rompe inercias y pasividades varias. Y las emociones son la vida, incluso para el más flemático de nuestros semejantes, con su estoica ataraxia antipática y su deseo de alcanzar y no perder la serenidad, la eutimia. Otra razón que quisiera señalar se refiere a la incertidumbre básica que supone toda biografía. Sujetos a las contingencias del azar que cualquier existencia implica, nos movemos entre la esperanza y el temor, la consciencia de nuestras limitaciones y un anhelo de realizaciones que tiene mucho de ilusorio. Nada está decidido de antemano para nuestro yo desdichado y trágico, que toma decisiones con una información siempre lacunar pero sin embargo confiado en sus capacidades. Esta incertidumbre básica implica una violencia basal que nos obliga a mantener los ojos bien abiertos si queremos seguir vivos. Aquí la violencia desencadena la pasión de vivir. Por último, me gustaría subrayar el aspecto arrebatador de la pasión, que la hace indistinguible de la posesión violenta. Sea el entusiasmo divino, el furor de los neoplatónicos o caer en las garras diabólicas de los negros presentimientos, en todo ello hay una violencia que nos zarandea con el poder de una fuerza desatada.

¿Puede hablarse incluso de pasión si no captamos esa intensidad, ese impulso? Me detendré ahora en la pasión que habita en toda violencia. Ante el temor que la violencia suscita, preferiríamos arrebatarle toda lógica, pero no podemos dejar de identificarla con un pretendido mal metafísico cuyas imágenes permean el orden simbólico de cualquier cultura ²la serpiente egipcia Apofis, los terribles 7 mensajeros del mesopotámico Erra, el enemigo zoroástrico de toda existencia Aingra Mainyu, el Satán de las religiones del Libro, el aciago demiurgo gnóstico Ialdabaoth, el dios chino del caos, Hundún (Centro Confuso), sin cabeza ni rostro, el temible Tifón griego que puso en fuga a todos los olímpicos y venció a Zeus, el indio Bhairava, ³el terrible´, y tantos otros. Todas estas personificaciones de la violencia destructiva están movidas por una pasión y es esa pasión la presente en toda violencia empírica ²el vandalismo celebratorio, las violaciones colectivas, la tortura impune, el amok y el desenfreno del fin del mundo. La pasión propia de la violencia se relaciona directamente con la sensación de una omnipotencia que quiere ocultar la impotencia real del poseído por la violencia. En esa ciega omnipotencia se pueden traspasar incluso los límites de la corporalidad y vivir una ilusoria certeza que encubre las penosas limitaciones y la angustiosa incertidumbre. No puedo imaginar ninguna violencia individual y colectiva, constructiva o destructiva, sin percibir esa pasión arrebatadora que da su fuerza a quien a ella se abandona. El quilombo analítico Estas apresuradas notas que intentan delimitar los interpenetrados territorios de la pasión y la violencia me permitirán ahora referirme al asunto explícito de estas Jornadas, centradas en la labor cotidiana junto a nuestros pacientes. Una labor que se ejerce en ese marco terapéutico del que algo dije anteriormente. Precisamente la intimidad propia de ese marco desencadena las más variadas

pasiones y violencias. La atención desprejuiciada que el analista brinda a su analizando le hacen a éste acariciar todas esas fantasías infantiles y sexuales que conocemos bajo el nombre de transferencia. Quien alienado de su verdad se aferra al sujeto supuesto saber se abandona fácilmente a su pasión de reconocimiento, confundida las más de las veces con el amor. Ocupar el centro de la escena genera la ilusión de ser elegido por unos valores para él opacos en su diaria conflictividad relacional. Todos conocemos la pesada dependencia que ata a los pacientes a nuestras palabras y nuestros actos más allá de los intereses personales y conducta que presentemos. Un violento apasionamiento que dificulta enormemente el trabajo. Esa violencia que los pacientes ejercen con su pasión la denominamos resistencia. Porque sabemos que se opone a la asunción de la dolorosa soledad en la que debemos cada cual tomar las decisiones morales. Desde la incertidumbre y la inseguridad sobre los efectos de nuestras acciones en nosotros mismos y los demás. Resistencias que no vienen necesariamente vestidas con los ropajes de Eros, sino que suelen presentarse más bien con la coraza marcial del negativismo. Desde la evidente desatención de lo dicho, transformando un mero señalamiento en una acerba crítica, hasta la violencia desnuda del descrédito o incluso el insulto. Toda una variada panoplia de racionalizaciones que ocultan más y más las razones de su sufrimiento, vivido generalmente en clave victimista como resultado de acciones ajenas. Así pues, la mera intimidad del encuadre desencadena pasiones y violencias de vario espectro que nos enredan en nuestra diaria labor, incluso encadenándonos a emociones claramente contraidentificatorias que muchas veces ni siquiera captamos con nitidez. Son las tablas profesionales, pero más la suerte, lo que nos permite sortear, si no todos, muchos de esos peligros que pueden llevarnos al comportamiento complementario o simétrico del amante o del enemigo. Evidentemente, para ello nos protegemos con los dos grandes recursos que son los

horarios y los honorarios. Los primeros nos permiten pautar el orden y límite de los encuentros, mientras los segundos ayudan, o al menos eso pretenden, a limitar la ilusión de una madre nutricia, un padre orientador o un amante ideal de quienes recibir toda clase de bienes sin excesivo esfuerzo. Esta es nuestra violencia restrictiva. Tengo que referirme ahora, para ir terminando, a la pasión-violencia del analista y el analizando en su respectiva individualidad funcional, pero que se manifestará en la relación analítica, ese cuaternio matrimonial desentrañado por Jung en Psicología de la transferencia, al que aquí sólo puedo aludir. Por el lado del psicoanalista, quiero hablar en primer lugar de su deseo de ser analista y la pasión correspondiente. La casuística puede ser infinita, desde quien se ve llevado a ello por una psicopatología familiar o propia, pasando por el ánimo filantrópico o el interés intelectual por lo inconsciente, hasta las más rastreras (para mí) voluntad de dominio o la pretendida e ilusoria riqueza material. En cualquiera de los casos, el candidato se encontrará con la exigencia de un análisis didáctico más o menos violentamente impuesto por las sociedades profesionales, con sus correspondientes conflictos de poder. Hay que tener mucha pasión y mucho deseo para soportar las tantas veces humillantes condiciones de acceso. En cuanto a la violencia, creo conveniente señalar primero la violencia de la interpretación, por utilizar el título del conocido libro. Violencia evidente en Freud mismo y en tantos otros, imponiendo discutibles teorías sobre el material clínico con la excusa de lo inconsciente, como ya alertó del denostado Adler. Pero también está esa violencia más brutal, surgida muchas veces de la contraidentificación proyectiva, como en el penoso caso de Rosen, u otra violencia más abundante y sibilina, originada en las incapacidades del analista ²la intolerancia a la propia incertidumbre o su mera codicia² justificadas con normas que no son sino puro abuso de autoridad, como el silencio sepulcral, el cobro de sesiones durante las

vacaciones, la mitificación del diván y tantas otras, de las que seguramente todos tenemos noticia. Deseo aquí hacer referencia a una violencia más soterrada, que denominaré ³exceso de empatía o de comprensión´, ese furor sanandi o pasión de curar. Esta aparente buena voluntad consciente no sólo facilita todos los errores técnicos habidos y por haber, sino que enclaustra al analizando en sus posiciones fallidas bajo el tout pardoner, debilitando el conflicto que le obliga a tratarse. Con nuestra neutralidad benevolente y una ideología profesional amoral solemos pasar por alto que todo conflicto psíquico es moral, esto es, surge de la discordancia entre los principios éticos del individuo y sus actos con los demás. Del lado del analizando, su violencia inmediata es la que ejerce contra él mismo y que le trae precisamente a consulta con su padecimiento. Su pasión, justamente. En él pasión y violencia son lo mismo. La variada sintomatología es el signo de sus conflictos ²internos y externos² con su cortejo de respuestas erróneas. Esa violencia interior acicatea una pasión de ³estar bien´, sea lo que sea eso, con varias violencias asociadas. La primera de ellas, el deseo de tener razón a toda costa, la pasión por habitar una certeza. Las demandas masivas de bienestar que se le hacen al analista buscan una ineludible seguridad personal, cubierta tras los velos de la ideología y el common sense. Nos encontramos aquí ante las resistencias clásicas y su negativismo básico. Pero la máxima violencia, en este caso sobre el analista, es el llamado ³amor de transferencia´, una pasión en estado puro que concita tantas emociones en un círculo vicioso de anhelo y frustración. Esa pasión falsamente amorosa no sirve más que a la violenta justificación del sufrimiento, que desaparecería mágicamente por el amor del otro, ocultando la falta de amor de sí que está en la base de toda psicopatología, e impidiendo de ese modo resolverla. Por mucho que sepamos del aspecto defensivo de la transferencia, sus eróticos ropajes confunden una y otra vez

con el anzuelo de la recuperación del interés por la vida. Pues, ¿qué hay mejor para la desesperación que la seguridad que brinda el amor?. Un amor que hay que conseguir a toda costa, hecho de demandas imposibles, de acosos y presiones, amenazando siempre con el empeoramiento si no es atendido. La complementaria contratransferencia ata violentamente de pies y manos al analista bajo una máscara de crueldad sentimental, si no hace de él un pelele de la pasión ajena. Arquetipos

Quiero finalizar recordando ahora a unas venerables figuras relacionadas con el tema que nos ocupa. La primera es Istar, la diosa mesopotámica asociada al planeta Venus, con su doble aparición auroral y vespertina. Hija guerrera del dios luna Sin, ³mujeres y hombres la temen´. De ella se dice que ³su alma es todo furor´. ³Esplendorosa y belicosa, revestida de un carácter terrible´, es ³irritable, brutal, asesina´. La genuina ³Señora del campo de batalla´, ³experta en armamento´. ³Su rabia al combatir, su entusiasmo al batallar revelan su verdadera naturaleza´, pues es ³experta en desencadenar guerras´ y ³hace entrechocar las armas y provoca el combate´. Pero esta diosa que ³expande el terror´ es a la vez ³toda alegría, revestida de amor, henchida de seducción, encanto y voluptuosidad´. Por ese carácter de pasión total, guerrera y amorosa, es ³la más importante de las diosas´ y ³sus palabras son reverenciadas por todos´. Da la vida y la alegría en el amor, las quita en la guerra. La india Kali no queda muy lejos. Aunque más bien viajaremos hacia Occidente y a unos 1000 años después, a la Grecia de Hesíodo y Homero. Gracias a Teogonía sabemos que la diosa Atenea es ³terrible, belicosa, conductora de ejércitos, invencible y augusta, a la que encantan los tumultos, guerras y batallas´, y que, por el contrario, entre las atribuciones de la diosa Afrodita se encuentran ³las intimidades con doncellas, las sonrisas, los

engaños, el dulce placer, el amor y la dulzura´. Istar se ha desdoblado en dos diosas diferentes, nacida una completamente armada gracias a un hachazo en la cabeza de su padre Zeus, la otra como espuma marina impregnada por la sangre de la castración de Urano. ¿De quién es el trauma del nacimiento?. Pero no quiero detenerme aquí. Sino acercarme a Homero, quien en Odisea cuenta en el canto VIII la conocida historia adulterina de Afrodita con Ares, dios de la guerra y denostado hijo de Zeus y su esposa Hera, también madre descastada y sin varón de Hefesto, el divino cojo esposo de Afrodita. Recordemos la historia con Homero, que la pone en boca de Demódoco, quien pretende con ella aligerar el viaje a Odiseo y sus hombres: ³Preludiaba el cantor bellamente en la lira su canto de amor de Afrodita, de hermosa diadema, y de Ares, que en la casa de Hefesto a hurtadillas se unieron un día´. Alertado por Helios, que ve todo, Hefesto ³escuchó su punzante relato [y] a la fragua el camino emprendió meditando en el fondo del pecho mil desastres´. Dios de recursos, ³unas trabas labró sin engarces ni fallas, capaces de aguantar cualquier fuerza´. Una trampa que colocó alrededor y por encima de su gineceo mancillado ³cual finísima tela de araña, invisible a los ojos de las mismas deidades felices, ardid sin parejo´. Los amantes no tardaron en caer fogosos sobre el lecho maldito, y ³al instante se corrieron los lazos que urdiera el ingenio de Hefesto y no más se pudieron mover ni estirar pie ni mano´. Hefesto convoca entonces a los dioses, quejándose de que ³siendo yo cojo, Afrodita [«] me deshonra sin tregua en su amor al maléfico Ares por ser él agraciado y tener buenas piernas´. Las diosas se quedan en su casa por pudor y acuden a la convocatoria Posidón, Hermes y Apolo. El espectáculo de los dioses de la guerra y del amor atrapados por la poderosa red provoca en los visitantes más bien regocijo, ³y de pie en el umbral los eternos dadores de bienes, una risa sin fin levantóse en su almas felices observando las trazas del hábil Hefesto´. Hermes no puede contenerse y a la intencionada pregunta

de Apolo responde ³¡Ojalá [«] sujeto por cadenas tres veces más duras que aquél, y aun a vista de vosotros los dioses y a un tiempo de todas las diosas consiguiera yo al lado dormir de Afrodita dorada. Tal habló y en los dioses eternos brotó una gran risa. Posidón quedó serio; [«] le instaba sin tregua al artífice Hefesto glorioso a dejar libre a Ares´. La unión de la violencia guerrera y la pasión amorosa parece ir de sí, de creer esta risa de los dioses. De hecho, en Tebas, Argos y Atenas rendían culto a esta pareja, incluso uniéndola en matrimonio. Y gracias a Hesíodo sabemos que ³con Ares, perforador de escudos, Citerea [uno de los nombres de Afrodita] concibió a los temibles Miedo y Terror, que ponen en confusión las compactas falanges de varones en la guerra sangrienta junto con Ares destructor de ciudades; y también a Harmonía´. Se nos cuenta aquí que el miedo (fobos) y terror (deimos, que también dice µfantasma¶) tienen que ver con esa pasión-violencia de la que venimos hablando. Pero también la armonía es su fruto. El que esperamos los psicoterapeutas con nuestro trabajo. Queridos oyentes, llega el momento de poner punto final, confiando en no haberles aburrido, y apenado por no poder encontrarme entre ustedes para poder pasar al coloquio, que siempre es lo más jugoso de este tipo de encuentros. Así pues, muchas gracias. Enrique Galán Santamaría Madrid, junio 2010
Las citas corresponden al Stoicorum Veterum Fragmenta, editados por H. von Arnim entre 1902 y 1925, tomados de M. Daraki y G. Romeyer-Dherbey, El mundo helenístico: cínicos, estoicos y epicúreos. Trad. F. Guerrero. Akal Ed. 22008. pp. 22-27 René Descartes. Les Passions de l¶âme. Bookking International Ed., 1995, p. 100 Cit. en J. Vigil Rubio, Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales. Alianza Ed., 1999, voz ³Pasión´, pp. 408-414, que sigo con fruición. Ibíd., p. 413 Los entrecomillados son versos que pertenecen a distintos himnos a Istar, compuestos en diferentes momentos de la milenaria historia de Mesopotamia. Los he tomado indistintamente de

F. Lara Peinado, Himnos babilónicos (Tecnos Ed. 1990), y de J. Bottéro y S.N. Kramer, Lorsque le dieux faisaient l¶homme (Gallimard, 1989). Las citas de Teogonía están tomadas de Hesíodo, Obras y fragmentos. A. Perez Jiménez (ed.), Gredos Ed, 2000; las de Odisea de la edición de J.M. Pabón para Gredos Ed., 2000. El dato del culto ciudadano lo tomo de M.D. Gallardo López, Manual de mitología clásica. Ediciones Clásicas, 1995. De este cuento homérico nuestro colega Rafael López-Pedraza extrae jugosas reflexiones psicoterapéuticas en el capítulo 3 de Hermes y sus hijos (Anthropos Ed., 1991) PAGE

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