Salvador Bayona

XIX.- LA HUIDA
Ocultos en la penumbra tras un lagar de una de las casonas de la propiedad de Scarampa, Carlo y él resoplaban de vez en cuando, y se intercambiaban en silencio miradas cargadas de significado, especialmente cuando Salvatore se apartaba de ellos para vigilar los vehículos a través de uno de los ventanales. Carlo parecía bastante más nervioso que él, muy probablemente porque había estado esperando este momento durante mucho tiempo, pero a él la situación actual le había sobrevenido hasta tal punto que se sentía un poco ajeno a todo lo que estaba pasando. Se sorprendía a sí mismo asistiendo al devenir de los acontecimientos, e incluso de su propio destino, como un espectador de palco, desde arriba y desde atrás, con una extremada sensibilidad estética hacia lo que sucedía delante de sus ojos. Tal vez había sido aquel distanciamiento lo que le había permitido mantener la sangre fría cuando Salvatore les alcanzó aquella pesada tabla desde el camión, a escasos veinte metros de dos soldados alemanes. Incluso ahora, si hubiera sido correcto hacerlo, habría dicho que la escena era divertida aunque ruda, pero decidió callar por respeto a Carlo, cuyas temblorosas manos cubiertas de sudor reflejaban claramente el sufrimiento por el que estaba pasando. Él, siguiendo con aquel juego escénico del que no se sentía inclinado a salir, tenía la agradable sensación de que ahora podía asumir el papel que tantas veces le había visto ejercer a Carlo, manteniendo la serenidad y la compostura, como una roca firme, confiable, masculina. El ruido lejano de los motores del camión y el primero de los coches y el rumoroso crujido de la gravilla del camino bajo las ruedas fue el anuncio

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de que la noche que había de cambiar sus vidas había comenzado. Poco más tarde, Scarampa mismo abrió la puerta de la bodega. - Salvatore os guiará hasta Suiza. Hacedle caso en todo y no habrá problemas. Ha hecho el mismo recorrido cientos de veces y sabe lo que se hace ¿Entendido? - Si, don Beppo, entendido. - ¡Buena suerte!, sabéis que contáis con mis mejores deseos. Recordad lo que os he dicho Era difícil saber si los mejores deseos de Scarampa eran para ellos o para la tabla que les había encargado custodiar pero, en cualquier caso, aquel era el único precio que les había exigido por llevarles al otro lado de la frontera, y no parecía excesivo. Guardar una tabla antigua no debería ser complicado para ellos, que, a lo largo de su relación, habían coleccionado casi todo tipo de objetos antiguos. - Os hago custodios de la Madonnina de los Scarampa. A partir de este momento tenéis en vuestras manos nuestro tesoro más preciado, cuya existencia nadie debe conocer jamás, hasta que recupere el lugar que le corresponde en la capilla de la familia. Hasta entonces seréis también objeto de sus bendiciones creativas, como lo somos todos los Scarampa. Eric no llegaba a entender el servilismo con que Carlo se conducía en presencia de Scarampa desde el día en que le pidió ayuda, y hasta cierto punto le molestaba que entre ellos existiera esa comunicación secreta inalcanzable para él, como dos caballeros medievales que intercambian signos procedentes de un código de honor, lleno de frases altisonantes, que fuera de aquel contexto hubieran resultado ridículas aunque, mucho tiempo después, su carácter profético haría que las recordara con tintes de solemnidad. “Lleváis con vosotros un miembro de la familia Scarampa”, había dicho éste poco antes de soltar un: “la suerte de la Madonnina es vuestra suerte”. Tan poca parecía ser la personalidad de Carlo delante de éste que Eric estaba seguro que, si aquel hubiera mostrado alguna reticencia, Carlo habría renunciado de inmediato a acudir a la cita con Phillip de Hessen. Pero el plan que habían trazado, y que expusieron con detalle a Scarampa no ponía en riesgo la tabla, de manera que éste se limitó a desaconsejarlo, pero dejó a la elección de Carlo realizar el intercambio, dejando claro, eso sí, que no sería prudente emplear más de media hora y

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que, en último término, sería el propio Salvatore quien tomaría la decisión de desembarcarle en Como o proseguir el camino hacia las montañas. Envuelto en aquel aroma de teatralidad Eric concentró su atención en el guía que había de hacerles pasar la frontera, el cual, aunque con apariencia de rústico campesino, resultó ser un hombre meticuloso en su trabajo de embalaje, y de movimientos tan calculados que en otra situación habrían resultado incluso elegantes, haciendo singulares paquetes alargados con sus joyas, lo que despertó la curiosidad de Carlo, hasta que supo que tenían el tamaño preciso para las vaginas de las burras que llevaría la carga a través de la frontera. - Ahora caminaremos hasta Brunate –les dijo, una vez emprendida la marcha- donde, en la orilla del lago, hemos de recoger a otra persona. Allí nos espera un bote propiedad de don Beppo. Normalmente remaríamos hasta la orilla norte evitando Cernobio, pero nos acercaremos hasta Como y desde allí, después de hacer lo que tengáis que hacer, hasta un poco más adelante de Laglio. Hay un pequeño embarcadero junto a un establo que solemos utilizar para estas cosas, donde están los animales de carga. Justo en dirección Oeste hay un pequeño valle con un riachuelo que cruza la frontera y que nos llevará directamente hasta Cabbio, ya en Suiza. Casi nunca hay nadie por allí, excepto algunos pastores conocidos. Yo os acompañaré hasta Castel San Pietro, donde os recogerá mañana a las nueve un primo mío que os llevará hasta Bellinzona. Mi consejo es que os quedéis en los alrededores, mi primo os indicará un lugar seguro. Es una población suficientemente grande como para que podáis pasar desapercibidos durante unos días. Evitad pasar por Lugano y Locarno en la medida de lo posible. Los lagos son muy utilizados últimamente a pesar de la vigilancia y siempre hay patrullas y espías para descubrir a los que han pasado la frontera. Aparte de eso, no creo que haya nada más que debáis saber. Anduvieron en silencio todo el camino y a buen ritmo ya que no existía peligro de encontrarse con patrullas en aquella parte del lago, pero cerca ya de Brunate Salvatore les indico que se detuvieran y se perdió en el interior de una casucha de piedra, seguramente refugio de pastores, para aparecer poco después acompañado de una mujer.

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Eric la reconoció de inmediato: era una costurera de Como llamada Laura Mella, amante, según decían, del propio Phillip de Hessen, pero si la sorpresa fue grande para él, Carlo pareció quedar conmocionado. - ¡Tú!, ¿qué estás haciendo aquí? - Casi podría hacer la misma pregunta, si la respuesta no fuera evidente para ambos –respondió ella con aplomo-. - ¿Se conocían? –intervino Salvatore-. - Sí. De hecho nos hemos visto esta misma tarde. La señorita Mella vino a traerme un mensaje del príncipe de Hessen. - Comprenderá, pues, que usted fuera la última persona a la que esperara ver esta noche. ¿No piensa acudir a la cita? - Hacia allí nos dirigimos, con su permiso. - ¿A Como?, ¿al palazzo voltiano?, pero... eso es una locura. A juicio de Eric, de acuerdo con la expresión asustada de la joven, jamás habrían contado con su permiso, pero el gesto de asentimiento de Salvatore la mantuvo en silencio, aunque desde aquel momento no pudo ocultar su nerviosismo. A pesar de todo, llegado el momento, demostraría saber conducirse con mayor sangre fría que él mismo. La noche era magnífica para cruzar el lago de incógnito, puesto que la luna nueva había sumido las aguas en la mayor oscuridad. Sin embargo Salvatore no consintió en izar la pequeña vela, y Carlo y él tuvieron que remar, guiados por las luces de la costa, hasta las proximidades de Como. A pesar del buen clima, la temporada de veraneo aún no había comenzado y apenas si transitaban algunos vecinos por el paseo junto al lago, de manera que Carlo pudo apearse sin ser visto en uno de los amarraderos, después de que Salvatore les hiciera bogar un par de veces a lo largo de la línea de la costa como medida de precaución. Según el plan ellos se adentrarían de nuevo en el lago y permanecerían frente al palazzo voltiano como una barca anclada, al abrigo de la noche. Desde allí podrían volver fácilmente al muelle a recoger a Carlo con el dinero y proseguir el camino. Además, el hecho de aguardar en el bote significaría que podrían subirlo a bordo en caso de que hubiera de arrojarse al agua, aunque nadie hizo mención de esta posibilidad. Carlo salió de la pasarela de madera al paseo con paso lento y se dirigió hacia la derecha, por lo que ellos pudieron seguirle desde el bote hasta que se perdió tras la escalinata del edificio. Le vieron aparecer y desaparecer entre los intercolumnios, bajo el alero del templo, mientras consumía un pitillo. Faltaban pocos minutos para las doce y el príncipe no
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había dado aún señales de vida. Ellos se mecían al ritmo de la suave marea en completo silencio, pero Laura lo quebró súbitamente con un susurro que sonó como un cañonazo. - No me gusta esto. Conozco bien a Phillip de Hessen y ésta no es una forma normal de actuar. Ha planeado alguna cosa. - ¿Qué te hace pensar eso? - No lo sé. Pero al príncipe no le gusta jugar en terreno neutral y sólo actúa cuando tiene algo a ganar. No sé de cuánto dinero se trata, pero no debe ser poco para que os arriesguéis a hacer esto, y no me encaja que él vaya a saldar una deuda así, sin mayor provecho que el beneficio moral de dejar su cuenta a cero. No es de esa clase de personas. Aún no había acabado de hablar cuando el débil chirrido de los frenos de dos vehículos frente al palazzo les hizo callar de nuevo durante unos segundos, durante los cuales percibieron también el sonido de sus puertas al cerrarse. - ¡Está en peligro! –dijo Salvatore secamente- ¡Hay que sacarle de ahí! Estaban a escasos quince metros de la orilla y Eric se incorporó, haciendo zozobrar el bote, con la intención de avisar a Carlo, cuando la mano femenina pero firme de Laura le tapó la boca desde atrás, haciéndole caer de espaldas. Eric, sorprendido, no supo cómo reaccionar hasta que Laura le chistó al oído. - ¡Shhhh!. Creo que no han llegado a ver de dónde venía Pontoni, y es mejor que no les descubramos nuestra posición. No podemos hacer nada ahora. Mira: ya han llegado junto a él. Escucha. Carlo retrocedía lentamente aproximándose a la fachada del lago al tiempo que no menos de diez hombres se acercaban a él, rodeándole. La noche era tranquila, y la brisa del oeste llevaba claramente hasta ellos la conversación que se producía en el templo. Carlo hablaba con fuerte voz, de manera inusual. Tal vez había comprendido ya que había sido objeto de una trampa y, desconociendo exactamente la posición del bote, elevaba su voz para advertirles del peligro. Lo innecesario de este hecho daba a toda la escena un carácter patético que mantenía a los tres inmóviles como espectadores de un drama. - ¡Tagliabue! ¿Qué hace usted aquí? - ¡Señor Pontoni!, no sabe usted cuánto me alegro de verle. Si no recuerdo mal no nos encontrábamos desde... ¿febrero, puede ser?

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No es ningún placer. Lo que sucedió entonces es igual de válido ahora. No estoy interesado en sus servicios. Así que márchese inmediatamente si no quiere tener problemas. - No, no –chasqueó la lengua Tagliabue- me temo que no ha entendido que no soy yo quien tiene problemas. Los hombres que acompañaban a Tagliabue, y que hasta entonces se habían mantenido a sus espaldas comenzaron a avanzar en silencio y muy lentamente, como paladeando el miedo que provocaban, hacia Carlo. - ¿Qué quiere decir?, ¿qué van ustedes a hacer? - ¿Tú que crees?, ¿qué te gustaría que hiciéramos... maricón? - Escúchenme, por favor, escúchenme –Carlo pareció entender la dimensión real del peligro en que se encontraba-. Tengo dinero... mucho dinero, y si usted promete que me dejarán ir, se lo daré... para ustedes... ¿qué les parece, eh?. Carlo rebuscó en los bolsillos de su americana hasta dar con el pagaré del príncipe. Extendiéndolo con ambas manos lo mostró, primero a Tagliabue, y luego a todos y cada uno de los hombres que le rodeaban, como un escudo. Finalmente, él mismo se acercó a Tagliabue y se lo puso en las manos. - ¡Un millón de liras! es una cantidad realmente tentadora –la intención burlesca era evidente en el exagerado tono de Tagliabue pero Carlo, aterrado como estaba, no fue capaz de percibirla-. - ¿Qué les parece, eh?. Dentro de unos minutos el príncipe Phillip de Hessen traerá el dinero para hacer efectivo el pagaré: sólo tiene usted que intercambiarlo y será todo suyo... para usted... sólo por dejarme ir. ¿Qué les parece, eh?, un buen negocio ¿verdad?. Seguro no se esperaban esto... pero usted es un hombre de negocios... como yo... un gran hombre de negocios, y sabe que esto es lo mejor... ¡No!, aún mejor... lo he pensado seriamente y creo que su oferta me conviene... el restaurante necesita sin duda que alguien vele por su seguridad. ¿porqué no viene mañana y hablamos de los detalles?... ¡Ya lo verá, vamos a tener una magnífica sociedad!. - No, gracias. No necesito otro socio. A un gesto de Tagliabue todos sus hombres comenzaron a golpear salvajemente a Carlo. Al principio, mientras aún se mantenía en pie, cada uno de ellos asestaba un golpe y lo volvía a arrojar al interior del círculo que formaban pero en cuanto dobló las rodillas todos ellos se abalanzaron como perros de jauría sobre él, dispuestos a despedazar a su presa. - 115 -

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Desde el bote Eric, todavía echado de espaldas a causa del fuerte tirón de Laura, se esforzaba inútilmente en cerrar los ojos mientras sus dedos parecían haberse soldado a la tabla del asiento. La joven repetía detrás suyo “Dios mío, Dios mío”, sin apartar su mano de la boca entreabierta de Eric. Durante el resto de sus vidas les atormentaría el recuerdo de aquella escena y se preguntarían si hubieran podido hacer algo más de lo que hicieron. De forma especial Eric recordaría, y se avergonzaría al hacerlo con tanto detalle, la inmensa variedad de sonidos que percibió a lo largo de aquellos escasos cinco minutos. Le habían resultado sorprendentemente familiares los primeros golpes secos por la semejanza con los que él mismo había recibido seis meses atrás y por la que guardaba su sonido con el de los cocos al ser partidos y derramar su agua sobre el mármol de la cocina del restaurante, pero habían algunos en los que el ruido del impacto era acompañado por un ligero chasquido húmedo; de éstos supuso tiempo después que eran los puñetazos propinados en la boca, una vez llena ésta de sangre. Un tercer tipo de golpes lo constituían aquellos en los que el un sonido almohadillado, era seguido de una exhalación brusca, correspondientes a los golpes en el abdomen; en algunos de ellos reconoció el sonido de las costillas al quebrarse, un aterrador crujido que, incluso en la cocina del restaurante, le erizaba desde mucho tiempo atrás el vello de la espalda. Cuando Carlo cayó a los pies de los fascistas los sonidos se multiplicaron, llenándose con los silbidos de las varas y los bastones, que rasgaban el aire nocturno y culminaban con fuertes chasquidos o con golpes huecos que recordaban a una vasija de barro resquebrajándose. Súbitamente todo quedó en silencio. Los hombres-perro se apartaron y Tagliabue, quien se había mantenido distante como un adiestrador entró en el círculo y se arrodilló junto al cuerpo flácido de Carlo. Desde el bote se le escuchaba gemir de forma exagerada. Tal vez estuviera hablando, gritándoles su último mensaje, pero hasta ellos sólo llegaban apagados y esforzadas exhalaciones entre el borboteo de la sangre. - ¡Escúchame, maricón de mierda!: me gustaría que pudieras ver lo que vamos a hacerle a tu amiguito, pero creo que te ha llegado la hora de morir –Tagliabue acababa de sacar de debajo de su chaqueta un enorme cuchillo de campaña y movía la hoja lentamente frente a los ojos del moribundo Carlo-. ¡Ya ves qué ironía!: tú, el primero de Como que rechazó mi “ayuda”, darás testimonio con tu muerte de
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lo mal que te fue y así otros muchos implorarán la protección de Carlo Tagliabue. ¡Adiós maricón, y no te preocupes por lo que dejas aquí, que yo personalmente me he de encargar de tu casino! Y diciendo esto hundió el cuchillo lentamente en el abdomen de Carlo con un ligero giro de su muñeca, sin apartar ni por un instante su mirada, como si la proximidad de la muerte le proporcionara un placer mayor. Un último tirón del mango hacia arriba sacudió los miembros laxos de su víctima. El hombre que estaba más cercano a la orilla dio media vuelta rápidamente y vomitó copiosamente permitiendo que la tenue luz que bañaba la columnata descubriera su adolescencia recién estrenada. Eric había empezado a hipar, enmudecido por la firme mano de Laura, pero uno de los violentos espasmos dejó al descubierto su boca la cual, viéndose libre de la mordaza y teniendo necesidad de aire, realizó una breve pero sonora inspiración que fue claramente escuchada por el joven fascista, quien se encontraba ahora cara a ellos. Sus ojos apuntaban directamente hacia el bote pero, a pesar de haber sido arrastrado por la marea a apenas diez metros de donde se encontraba, su mirada no pudo traspasar la oscuridad o bien, sobrecogido por el horror que había presenciado, no quiso hacerlo. - ¡Rápido! –los gestos imperativos y la enérgica voz de Tagliabue parecieron despertar a sus hombres de un letargo y sobresaltó a la tripulación del bote ante la posibilidad de haber sido escuchados por alguien más. Pero no había sido así- Tú y tú, encargaros de las pintadas. Tú y tú, poned los coches en marcha, y tú, lleva este papel a casa del príncipe de Hessen y dile que iré a verle más tarde y luego reúnete con nosotros en la casa del otro marica. Los demás a los coches, rápido, aún tenemos mucho que hacer esta noche. Desde su posición vieron desaparecer a los fascistas en sus coches igual que habían aparecido, y permanecieron en silencio durante unos segundos. El llanto de Eric les hizo volver en sí. - ¡Carlo! - No podemos hacer nada por él –dijo Laura-, y tenemos que irnos cuanto antes. - ¡Pero no podemos dejarle así! - ¡Créeme: está muerto¡, esos hombres han venido a hacer un trabajo concreto y lo han hecho. Pero ya has escuchado que ahora van a tu casa, y cuando no te encuentren allí es posible que el joven que te ha

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oído hable, y cabe la posibilidad de que vuelvan. Quedarnos ahora sería fatal. ¿No es cierto Salvatore? - Completamente –respondió éste- es necesario que nos marchemos cuanto antes de aquí si todavía queréis salvar vuestras vidas. Eric y Laura bogaron hacia el interior del lago, donde Salvatore abriría la vela para aprovechar el viento de popa y acercarse más rápidamente al embarcadero de Laglio. Poco a poco el Templo Voltiano fue desapareciendo de su vista, confundiendo sus detalles en las sombras, luego sólo se distinguió su silueta recortada contra la luminosa Como, cuando una nube de humo comenzaba a elevarse con asombrosa claridad hacia el cielo alpino, y finalmente, las propias luces de Como no fueron más que un eco en la línea del horizonte. Se hubiera podido pensar que la suavidad de travesía hasta Laglio había sido un regalo sobrenatural, o tal vez que el destino, habiendo colmado la medida del sufrimiento que podía ofrecer en una sola noche, les dejaba, por fin el camino expedito hacia una nueva vida. La brisa acunaba la barca a lo largo de un perfecto espejo de agua. Al timón, Salvatore hendía de forma inexplicable la noche con su mirada sabiendo, en medio de la nada, hacia dónde se dirigía. Junto al palo, Laura acariciaba con su mano derecha la sien de Eric, quien había recostado su cabeza y había fijado en las ondas que formaba la proa sus ojos irreales. Su mano izquierda descansaba sobre un pequeño fardo cuadrado, cuidadosamente protegido por varias capas de mantas, y en su interior, aún inadvertido, el hijo de Scarampa hacía un par de semanas que había comenzado su propio camino hacia este mundo.

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