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Psicología de las actitudes y

estructuras cognitivas

Ángel Rodríguez Kauth

Colección Universitaria

Universidad Nacional de
San Luis

1987

Este material se utiliza con fines


exclusivamente didácticos
PSICOLOGÍA DE LAS ACTITUDES Y ESTRUCTURAS COGNITIVAS

1– Definición y naturaleza de las actitudes:

En psicología social hablar de actitudes es prácticamente hablar del tema central de esta disciplina.
Este tema ha sido el meollo de la disciplina desde hace varios años y hasta aquí podemos afirmar con certeza
que no existe un solo manual, tratado u obra dededicada a la psicología social que no se ocupe de una manera
u otra del tema de las actitudes. Ha sido el foco atencional de la psicología social tanto por su importancia
implícita en la explicación y/o comprensión de las regularidades y discontinuidades conductales, como
también por su importancia práctica en el ámbito de la educación, el estudio de mercados, la política, etc.
Esto último fundamentalmente se operacionaliza a partir de aquello que se ha dado en llamar ‘el cambio de
actitudes" y que día a día cobra más importancia y se considera relevante para cualquier estrategia que se
desee poner en marcha para acercarse a los objetivos de un proyecto en que se tenga en cuenta la
participación de los individuos de una comunidad. Obviamente que en la base de estos dos objetivos se
encuentra el sentido finalista y utilitario de la predicción. En este sentido ha sido tradición el espectar la
predicción de conductas grupales más que individuales en el ámbito de la psicología social. Y es por tal
motivo que el estudio de las actitudes interesó tan vivamente a la psicología social, ya que a través de su
conocimiento era posible predecir, con escasos márgenes de error, no sólo las conductas más probables ante
determinado estímulo o situación social, sino que —gracias a los aportes de la psicología social
experimental— también se pueden llegar a predecir las conductas cuando se introducen modificaciones
controladas en el campo situacional de los individuos.
Podemos afirmar que frente al problema de tener que dar explicaciones satisfactorias a las causas de
la uniformidad de las conductas, o al por qué de las diferencias de conducta en una misma cultura o en
culturas distintas, "el concepto de actitud representa uno de los métodos" (Secord y Backman, 1964) más
eficaces en la explicación de estos interrogantes. Sin embargo, cabe hacer notar que el concepto que nos
ocupa en modo alguno ha sido un concepto unívoco, sino que como Allport (1935) le señala, el mismo ha
sido usado con diferentes referentes y connotaciones según fuese la escuela de pertenencia para cada autor
hasta ese entonces. Quizás, la figura de Allport, de alguna manera superando discusiones estériles, alcanza a
ubicar el concepto dentro de los lineamientos con los cuales nos movemos hoy en día y de los cuales nos
ocuparemos sistemáticamente un poco más adelante.
En general las actitudes han sido definidas o descriptas cómo un conjunto organizado de pautas de
respuestas conductales relativamente estables frente a los mismos o semejantes estímulos o situaciones por
parte de un mismo individuo que tienden a responder, regularmente, aunque con diferencias individuales, de
acuerdo al sistema de valores aprendido en una cultura. En la literatura psicosocial ésta es una definición
ampliamente aceptada, con ligeras diferencias respecto al énfasis que cada autor pone en alguna o algunas de
las partes de la definición.
Tanto Asch como Allport han insistido mucho en que las actitudes deben interpretarse como
disposiciones para la acción, y que estas disposiciones son aprendidas tanto por la experiencia propia como
por la experiencia de la cultura, y por el mismo hecho de ser aprendidas están sujetas a modificaciones frente
a nuevas experiencias. Dicho esto de manera más o menos general, debemos ahora pasar a ver de qué manera
se insertan las actitudes en el contexto general de la personalidad. Si bien es cierto que Hollander (1971)
concibe a las actitudes y valores "como estados motivational-perceptuales que dirigen la acción" (pág. 125),
sin embargo, más adelante (pág. 129) dice "que cada valor organiza en torno a él varias actitudes". Nosotros
pensamos que ya que las actitudes representan la disposición a actuar en una determinada dirección, ellas no
son otra cosa que el dispositivo psicológico del individuo que permite a éste dirigir las motivaciones y
necesidades en una dirección congruente y acorde con el sistema general de valores hacia los cuales orienta
su conducta.
De acuerdo a esta presentación las actitudes funcionan como un filtro para los motivos que han
dirigido la percepción en su búsqueda de una conducta socializada en función de los valores vigentes, ya en
la sociedad, ya en la persona singular de que se trate, cuando los valores de ésta sean diferentes u opuestos a
los del sistema en que se halla inmerso.
Es interesante hacer notar, antes de introducirnos en el campo de los componentes y aspectos de las
actitudes, que es necesario establecer las semejanzas y diferencias del concepto que nos ocupa respecto a las
opiniones y los valores.

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Las opiniones en general no están cargadas del componente afectivo que caracteriza a las actitudes
En las opciones prima el componente cognoscitivo en cuanto se refieren a hechos pasados o futuros con
respecto a los cuales las personas creen que han ocurrido o creen que van a ocurrir como una anticipación de
futuro por la proyección de elementos factuales del pasado y del presente que hacen prever de algún modo el
futuro. De tal forma los hombres opinan, porque creen en ello, que América fue descubierta por Colón, que
la Tierra es redonda y que N. N. será el presidente electo de la Argentina. Aquí hay que hacer una pequeña
salvedad respecto a opiniones y creencias. Los dos primeros ejemplos no son más que creencias, sólo el
tercero puede llegar a ser una opinión en cuanto puede representar un conjunto de ideas acerca del acontecer
político nacional y no sólo una repetición de una creencia generalizada. El viejo filósofo español Ortega y
Gasset (1959) señalaba que las creencias "se confunden para nosotros con la realidad misma —son nuestro
mundo y nuestro ser— pierden, por lo tanto, el carácter de ideas, de pensamientos nuestros que podían muy
bien no habérsenos ocurrido" y agregaba que mientras las ideas se tienen en las creencias se está.
De este modo observamos que lo que participa en estas tres opiniones son elementos cognitivos,
mientras que los afectivos o emocionales parecen no participar de manera más o menos notable, ya que en
esas opiniones no aparece el gusto o agrado-desagrado por lo que entendemos fue, es y será. Por ejemplo,
que una persona que opina que N. N. ganará las próximas elecciones, de manera alguna supone que el emisor
de esa opinión va a votar por N. N. o que vería con agrado el triunfo electoral de N. N. Simplemente ese
juicio significa que tal como ve el panorama político argentino actual, parece que se suceden los hechos de
modo tal que hacen inevitable el triunfo electoral de N. N. En cambio si una persona opinare de la misma
manera respecto al triunfo electoral de N. N. Pero agrega en su juicio que el no vería con agrado ese triunfo y
que además de votar contra N.N a está trabajando en un partido político que se opone a ese candidato,
entonces estamos en presencia de una actitud por estar ante un juicio con componentes cognitivos (ganara N
N.), afectivos (le disgusta que gane) y reaccionales (no lo vota, e incluso trabaja en contra). Por otra parte
como una distinción mas, vale la pena aclarar que se opina frente a los singulares y se tienen actitudes frente
a las clases, categorías o conjuntos de objetos. Yo puedo opinar una cosa distinta de cada mujer que conozco,
sin embargo, si mi actitud frente a las mujeres es de respeto por su persona, entonces, a fulana de quien opino
(con acierto) que es una prostituta, voy a respetarla como al resto de las mujeres, aunque quizás no de la
misma forma en que lo haga frente a otra no prostituta en lo que hace a su soberanía corporal, ya que
también entran a jugar los sistemas de valores vigentes que me pueden permitir ciertas libertades en la
instrumentación de mi actitud.
Con respecto a la relación entre actitudes y valores podemos hacer algunas distinciones interesantes:
1) los valores se distribuyen jerárquicamente y orientan la conducta a través de las actitudes hacia los valores
afectados por el campo situacional que atraviesa el individuo; 2) los valores son más generales, mientras que
las actitudes son más específicas hacia los objetos que los valores, lo cual no quiere decir que las actitudes no
pueden ser también generales. Así tenemos que los valores económicos son generales y de ellos dependen
nuestras actitudes hacia el capitalismo, lo cual también es una generalidad de la que se desprenden actitudes
parciales hacia los monopolios, la pequeña empresa, el mercantilismo, los obreros, etc., y 3) Hollander
(1971) señala que la diferencia "entre actitudes y valores estriba en sus vínculos culturales. De una cultura se
dice que posee ciertos valores, antes que actitudes" (pág. 125).
En definitiva, nuestra estructura de personalidad gira alrededor de un sistema de valores, para el cual
resulta instrumental el conjunto de actitudes que cognitiva, emocional y reaccionalmente permiten alcanzar a
través de la conducta la consumación de esos valores.

2 – La función de las actitudes:

Entramos en este segundo apartado anticipando que las actitudes tienen una función que cumplir
dentro del complejo sistema de la personalidad. No sólo se las estudia en psicología social porque sirven para
comprender y explicar conductas o porque sean útiles con fines pragmáticos sino que también se las estudia
porque ellas cumplen un servicio instrumental a quien las porta. En este sentido Katz (1960) señala que las
actitudes cumplen cuatro funciones: ajustativo-utilitaria; defensa del yo: expresiva de valores y cognitiva. En
este sentido la primera función llamada ajustativo-utilitaria tiene por misión favorecer el desarrollo de
aquellas, actitudes que facilitan la obtención de recompensas y evitar los castigos, Evidentemente que el
juego de búsqueda de recompensas y evitación de castigos no necesariamente se va a observar en conductas
infantiles, sino que también aparece a nuestros ojos cuando nos insertamos en las complejidades de las
relaciones sociales. Así un individuo o grupo de individuos desarrollan actitudes favorables hacia objetos
sociales que favorecen o facilitan simbólicamente su participación en grupos, logias o sectas altamente

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valorados, del mismo modo en que se asumen las actitudes que se insertan congruentemente con formas
simbólicas (lenguaje, vestimenta, pasatiempos, etc.) que facilitan el acceso a posiciones sociales deseadas.
La segunda función —defensa del yo— ha sido desarrollada extensamente por los psicoanalistas, y
en este sentido ya el "complejo de inferioridad" descripto por Adler es un ejemplo acabado de esta función.
En determinados casos neuróticos, el individuo se comporta de una manera tal que parece expresar una fuerte
confianza en sí mismo aunque en realidad lo que hace con esta conducta es ocultar las fuertes inseguridades
que lo aquejan. En general función punta a evitar el reconocimiento displacentero de verdades acerca de uno
mismo que es preferible ignorar porque dañarían la autoimagen formada. De esta forma es que aparecen —
sobre todo en el campo de lo político— actitudes favorables a posiciones extremas o duras que permiten
manejar autoritariamente las frustraciones infantiles que impiden un desarrollo plástico de la personalidad.
Con respecto a la tercera función, es decir, la expresión de valores debemos hacer notar que la misma
en realidad cumple e papel mediatizador entre el estímulo de conducta y la respuesta conductal propiamente
dicha, ya que al sostener una actitud que se expresará en una conducta determinada entonces se tiene
oportunidad de manifestar los valores que se sostienen o se quieren alcanzar.
Por último, en cuanto a la cuarta función llamada cognitiva o de conocimiento, debemos indicar que
ella se cumple en cuanto el individuo tiene necesidad de dar sentido y significado tanto a los estímulos que le
llegan como a las respuestas que emite. Esta función permite tanto organizar el pequeño mundo cotidiano
como también los aconteceres más amplios que nos llegan todos los días a través de los medios de
comunicación de masas. Gracias a esta función cognitiva de las actitudes es que se puede organizar el mundo
de los conocimientos, comprender bajo una óptica, particular las contradicciones de los acontecimientos y
predecir con relativa certeza que es lo que va a ocurrir en distintos órdenes de la vida. Es esta función
cognitiva la que nos parece más importante porque la misma nos permite, no sólo clasificar los
acontecimientos y no tener que estar buscando permanentemente el modelo de respuestas aleatoriamente,
sino que podemos responder de una manera cotidiana a los acontecimientos que incluso escapan a la
cotidianeidad. En este sentido las actitudes se comportan como estereotipos (Rodríguez Kauth, 1973) que
cumplen una función económica de ahorro de energía y evitan la dispersión de esfuerzos.

3 – Objetos de actitud:

Se entiende por objeto de actitud a cualquier cosa, persona, grupo, conjunto, agrupamiento,
categoría, etc. de objetos sociales que entre perceptivamente en el campo de conocimiento de alguna persona
o conjunto de personas. Sin embargo, no todos los objetos que entran en nuestro campo perceptivo son
objetos de actitud, aunque potencial y probabilísticamente cualquiera de esos objetos lo sea. La diferencia
entre lo probabilístico y lo factual estriba en la importancia que el objeto en cuestión tenga para el individuos
o grupo Un objeto no importante para mí —como puede ser una piedra— no generará actitud alguna hacia
las piedras. Pero el mismo objeto puede generar actitudes favorables o desfavorables para un geólogo o
minerólogo o para individuos de regiones montañosas donde con determinadas piedras se puede construir la
casa habitación. Es decir, lo importante' para determinar si un objeto cualquiera puede ser objeto de actitud
es la relevancia que el mismo puede tener en un momento determinado para aquellos que entran en relación
con el mismo. Así, por ejemplo, el fluor no suele ser un objeto de actitud para los psicólogos o pedagogos,
sin embargo, un proyecto municipal que intente fluorinizar el agua puede despertar en psicólogos y
pedagogos —no ya como tales sino como simples ciudadanos— actitudes relevantes en cuanto podamos
entender o sentir que el mismo favorece o afecta nuestra salud bucal. Del mismo modo, habitualmente los
negros no son un objeto de actitud para la mayoría de los argentinos, observándose que casi toda la literatura
sobre el tema que proviene de los Estados Unidos ejemplifica con los negros como objeto de actitud. Esta
diferencia sociocultural viene dada porque los negros no son un objeto cotidiano ni relevante para nosotros,
en cambio sí lo son en los Estados Unidos donde más del 10 % de la población es de color y compite en el
mercado ocupacional, laboral, matrimonial, etc., frente a la población blanca.
Por tal razón es que, volvemos a insistir, solamente se consideran objetos de actitud aquellos objetos
sociales que tengan relevancia cognostiva para los actores de un proceso social cualquiera y que de alguna
manera comprometen parcial o totalmente al yo de los mismos.
Asimismo cabe hacer notar que tendemos a asociar los objetos sociales de actitud con otros objetos
sociales de una manera constante y similar manteniendo congruencia entre ambos objetos. De tal forma, por
ejemplo, la actitud hacia el gobierno y la inflación suelen estar asociadas de una manera congruente,
mientras que las actitudes hacia el gobierno y el fútbol no suelen mantener asociación alguna. De tal suerte a
nadie se le ocurriría estudiar la eventual asociación entre afiliación política y simpatía futbolística. Resulta

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totalmente aleatorio que yo sea peronista e hincha de River Plate o que el Presidente de la República sea
conservador e hincha de Racing.

4 – Los componentes de las actitudes:

Al hacer las diferencias en el primer, punto entre actitudes y opiniones ya vimos que las actitudes
son algo más complejas que las opiniones y las creencias. En general, y a partir de la obra de Rosenberg
(1956) y Katz (1960), se acepta que las actitudes tienen tres componentes elementales y necesarios que
permiten individualizarlas. Ellos son el componente cognitivo, el afectivo y el reaccional o volitivo. a) El
componente cognitive o cognoscitivo: también esta presente en las opiniones y se refiere a los conocimientos
que se tengan acerca del objeto actitudinal. Para la determinación de este componente tiene mucha
participación el proceso perceptivo como mecanismo de categorización de los objetos-conceptos que entran
en el campo cognitivo (Rodríguez Kauth, 1973). Siguiendo a Triandis (1974) diremos que hay conceptos
centrales y periféricos, o bien, que el grado de centralidad difiere según sea el monto de egoinvolucración
que haya con respecto a esos conceptos. Al estudiar la centralidad de un concepto debemos tener en cuenta el
grado de constancia en el apoyo social que se da a esa creencia. Así, la creencia de que "me llamo Rodríguez
Kauth" es más central que la creencia de que "mis hijos me aman". La primera afirmación goza de un pleno
consenso y nadie se atrevería a negarla, en cambio la segunda afirmación puede ser cuestionada por
cualquier observador de la relación con mis hijos. A su vez, debemos hacer notar que también hay conceptos
que son realmente periféricos para el actor, como por ejemplo cuando este autor afirma que "B. Bardot es
una hermosa mujer". Este juicio para este actor es absolutamente periférico porque no tiene consecuencias
observables sobre él. En cambio, la situación puede cambiar sustancialmente cuando afirma que "la nueva
vecinita de enfrente es muy linda" en cuyo caso el concepto puede traer —si bien es relativamente
periférico— consecuencias desagradables para el autor en su vida conyugal.
En definitiva, en este componente cognitivo lo que importan son las creencias que se tengan acerca
del objeto. Que las creencias sean o no verdaderas es algo que mayormente no afecta a la actitud (salvo en
los casos psicóticos). Ya dijimos que importa el grado de consenso social que se tenga en la creencia o
conocimiento de un objeto. De tal forma si una comunidad o conjunto de personas pertenecientes al grupo de
pertenencia de un individuo comparten la creencia de que un plato de sopa antes de los sólidos es saludable
para el buen crecimiento de los niños, esta creencia generará una actitud hacia la sopa y los alimentos en
general que será firmemente sostenida entre sus creyentes aún a costa de que sea totalmente inexacta la
relación causal establecida.
La dirección e intensidad de este componente cognitivo puede conocerse a través de técnicas
verbales o de lápiz y papel como las que veremos en el capítulo próximo.
b) Componente afectivo o emocional: se refiere a la corriente emocional o afectiva que vincula al
individuo con el objeto de actitud. En las actitudes positivas (en el sentido direccional y sin querer implicar
ningún sentido axiológico o peyorativo), ese tono afectivo será de agrado, simpatía y hasta de amor por el
objeto, mientras que en las actitudes negativas el tono será de desagrado, antipatía, y hasta odio.
En este componente no sólo hay una relación de condicionamiento —lo cual supone que para este
caso lo cognitivo es anterior a lo afectivo— sino que también el componente depende de la relación
instrumental que se tenga con el objeto (Triandis, 1974). Así un objeto que produce recompensas para el
actor será vivido con más simpatía y agrado que un objeto que produce castigo; por lo cual, y salvo casos
excepcionales, habitualmente tendemos a tener actitudes favorables hacia aquellos objetos que directa o
vicariamente nos hacen vivir situaciones reconfortantes y que de algún modo nos recompensan.
La dirección e intensidad de este componente puede conocerse experimentalmente a través de
técnicas verbales o bien a través de los registros psicogalvanométricos o las mediciones de presión arterial,
ya que, por ejemplo, para estos últimos dos casos, el desagrado producido por la exposición defensista de
una actitud a la que se opone el individuo mostraría modificaciones en los registros del polígrafo.
c) El componente reaccional o volitivo: este componente es la predisposición de la cual hablamos al
definir las actitudes, y supone una tendencia a actuar en una determinada dirección de acuerdo con las pautas
fijadas pautas fijadas por los otros dos componentes si éstos son consistentes entre sí o de acuerdo a cual de
los dos tenga más fuerza si hay inconsistencia entre los componentes afectivos y cognoscitivos. Esto no
quiere decir que siempre se ha de actuar de acuerdo a la dirección fijada por al menos uno de los dos
componentes anteriores, sino que puede ocurrir que aún cuando haya consistencia entre los dos primeros la
reacción sea diferente y tenga un signo contrario al esperado dado que en la acción concreta esta actitud es
reemplazada por otra más importante de signo contrario. Es decir, que el componente reaccional nos indica

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la disposición a actuar y, de alguna manera, puede ser anticipada esa disposición por el conocimiento que se
tenga de los otros dos componentes.
Vamos a tratar de ejemplificar todo esto con el objeto de aclarar un poco más los conceptos.
Supongamos que yo sé que los mariscos me hacen daño cuando los como, asimismo también los mariscos
me disgustan y el solo evocar su ingestión despierta en mí un afecto negativo (MacClelland, 1961). Es de
esperar que mi reacción sea la de no comer mariscos; normalmente así es, vale decir que estoy frente a una
actitud negativa donde los tres componentes tienen una misma dirección. Sin embargo, en algunas ocasiones
puedo comer mariscos, es decir, violo la consistencia actitudinal con el objeto de satisfacer otra actitud que
circunstancialmente puede ser más importante. Sigamos con los supuestos y digamos que una noche estoy
invitado a comer con algunas personas con cuyo, grupo quiero realizar un negocio importante para mí. Lo
primero que sirven a la mesa son mariscos y entonces me quedan dos alternativas: o bien rechazar los
mariscos en cuyo caso puedo quedar descolocado frente a mis anfitriones, o bien comer los mariscos pese al
disgusto y a las funestas consecuencias estomacales que éstos me deparan. Como mi actitud es muy
favorable a los buenos negocios y a aprovechar las oportunidades económicas que se me presentan, esta
actitud tendrá más fuerza que la actitud negativa frente a los mariscos y entonces me los comeré hasta
poniendo buena cara y haciendo comentarios elogiosos, hacia lo bien preparados que están. Este ejemplo,
pese a lo artificioso, bien nos sirve para reconocer cuantas veces actuamos en contra de una actitud por
satisfacer las demandas de otra actitud que es más central e imperiosa. Así un observador ingenuo —y
curiosamente muchos psicólogos sociales han caído en esa trampa— pueden llegar a afirmar que el
conocimiento de una actitud permite predecir el futuro de una conducta. Si bien es verdad que no siempre las
conductas se mueven mecánicamente de acuerdo a las direcciones fijadas por la actitud, también es cierto
que no debemos ignorar que una misma conducta no está determinada por una sola actitud sino que en ella
intervienen más de una actitud que provienen de campos axiológicos diferentes y hasta a veces encontrados.
Mucho se ha debatido a la fecha acerca de la relación entre conducta y actitud. Estimamos que la
discusión al respecto es falsa y puede llevarnos al terreno de las polémicas bizantinas acerca del sexo de los
ángeles, impidiéndonos ver aspectos realmente importantes del tema que nos ocupa. Para no caer en ese
juego alienante y disociador sólo diremos que es falso polemizar acerca de si la conducta determina actitudes
o las actitudes determinan conductas, lo cual nos conduciría a si el huevo es antes que la gallina o viceversa.
Entre conducta y actitud hay un interjuego dialéctico en que resulta ocioso tratar de buscar una ley general de
primariedad. A veces hay conductas determinadas por actitudes y otras veces las actitudes son creadas por
conductas. Así nos podemos encontrar con actitudes heredadas socialmente que son las que determinan
nuestras conductas. Por ejemplo, la actitud religiosa hacia una determinada confesión viene dada por una
herencia social y determina una forma de conducta religiosa (no mecánicamente). En cambio la reiteración
de conductas laborales puede crear una actitud hacia esas formas de comportamiento, quedando librado a las
diferentes estructuras de personalidad implicada en la tarea que la actitud asuma una forma positiva o
negativa.
Ingenuamente se ha creído que la relación entre comportamiento y actitud es una relación estrecha.
En nuestro ejemplo de sillón sobre la ingestión de mariscos hemos demostrado que no siempre es así. A su
vez La Piere (1934) en un famoso estudio, que tiene más de cincuenta años, demostró a través de una
investigación de campo exactamente lo mismo que nuestro ejemplo de sillón. El estudio de La Piere dio
lugar a que un poco apresuradamente algunos psicólogos sociales concluyesen que no existe relación alguna
entres estos dos componentes de la personalidad y así rápidamente propusiesen la necesidad de abandonar el
estudio de las actitudes porque no tenía valor alguno. Esta posición resulta también equivocada debido a que
no se ha sabido asumir maduramente el concepto de actitud.
Hablar de actitud implica tener presente lo que la gente piensa, siente y cómo le gustaría comportarse
frente a, un objeto determinado en condiciones precisas. Pero también implica tener presente que la conducta
no viene determinada solamente por esto sino que también se determina por otras variables sociales como
son los sistemas normativos. Las actitudes no son causa suficiente ni necesaria del comportamiento,
solamente son causas facilitativas del mismo. Cuántos de nosotros tenemos una actitud negativa hacia
nuestro folklórico mate y en consecuencia jamás mateamos. Sin embargo, a cuántos de nosotros mismos, en
alguna visita al campo, nos ofrecen un "matecito" en una rueda criolla y haciendo de "tripas corazón"
ponemos la bombilla entre los labios. ¿Por qué lo hacemos? Muy sencillo. Simplemente porque no sabemos
cómo fracturar una norma social largamente extendida, tenemos miedo de ofender y entonces preferimos
traicionar nuestra actitud. Resulta en ese momento mejor dejar de lado la actitud y respetar una norma social
que ya es tradición en nuestro campo.
En definitiva y para concluir con la relación inconsistente que muchos autores han encontrado entre
actitud y comportamiento seguiremos los lineamientos dados por un estudio de Gross y Niman (1975) en que

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aíslan tres tipos de factores que darían lugar a dicha inconsistencia: factores personales, situacionales y
metodológicos.
Entre los factores personales señalan: a) otras actitudes más fuertes que interfieren en la ejecución de
la conducta que se supone asociada con una actitud determinada a la vez que en esto interfiere la
competencia de motivaciones, como fue el caso de nuestro ejemplo de sillón sobre los mariscos; y b)
inhabilidad para expresar la actitud por razones de déficit personal o cultural como es el caso de quien tiene
una actitud favorable hacia la riqueza pero no tiene los conocimientos suficientes que le permitan transferir
sus aprendizaje al ámbito de los negocios eficaces.
Entre los factores situacionales que están referidos a las condiciones ambientales o socioestructurales
destacan: a) Presencia real o imaginada de individuos inhibidores de la conducta deseada. Es el caso de los
niños que, deseando un caramelo, no lo toman porque está la madre delante y los va a retar; b) normas de
comportamiento en determinadas situaciones que hacen inhibir la realización de una actitud privada; c)
imposibilidad real de actuar una actitud por falta de alternativas u oportunidad de hacerlo a consecuencia de
una fuerte presión social; y d) cuando se trata de una actitud categorial, a veces la conducta específica puede
tomar un rumbo diferente. Por ejemplo, un padre con una actitud fuertemente antimilitar que deje que su hijo
entre a una escuela militar. También en este caso se observa la presencia de objetos motivacionales y
actitudinales más fuertes y centrales que los de la actitud antimilitar.
Entre los factores de tipo metodológico cabe señalar de manera general el hecho de que la gran
mayoría de mediciones actitudinales se refieren a una actitud en particular, no considerándose que la
conducta es función de múltiples factores determinantes entre los cuales esa actitud es sólo una más de entre
todos ellos como son las motivaciones, normas sociales, situaciones coyunturales y otras actitudes.

5 – La consistencia y la congruencia actitudinal:

Antes de entrar al análisis particularizado de cada uno de los dos puntos que comprenden el presente
apartado, es preciso que hagamos una aclaración que nos va a permitir normalizar el lenguaje. Dado que en
la literatura contemporánea —a veces por vicios de traducción— es frecuente ver intercambiados el sentido
referencial de los términos consistencia y congruencia actitudinal, a partir de aquí hemos resuelto desde una
perspectiva semántica y estadística llamar consistencia a la relación armónica entre los componentes de las
actitudes, reservando el término congruencia para la relación armónica entre distintas actitudes.

5.1– Consistencia actitudinal:

Una actitud es consistente cuando sus tres componentes tienen una misma dirección; la actitud es
inconsistente cuando la relación entre los componentes en cuanto a la dirección de la actitud es asimétrica,
por ejemplo, dos positivos y uno negativo o viceversa
Así como las personas organizan sus percepciones en búsqueda de una gestalt que sea coherente con
sus cogniciones, de la misma forma los individuos procuran que haya un estado de consistencia entre los
componentes afectivos a partir del principio hedonista de la búsqueda del placer y evitación del displacer. Se
busca la compatibilidad de los elementos para de esa manera evitar el disconfort psicológico que supone la
asimetría de las relaciones. Rosenberg (1956) se ocupó de la relación entre los componentes cognitivos y
afectivos señalando que la compatibilidad entre ambos suele ser muy frecuente en la mayoría de las personas
y que cuando se produce una modificación de dirección en el componente cognitivo generalmente se
acompaña de la modificación en igual sentido del componente afectivo. Osgood (1960) observó igualmente
que cuando un sentimiento de agrado es muy profundo es muy difícil modificar las creencias consistentes
que lo acompañan. Adorno (1965) observó una alta correlación (0,75 a 0,84) entre las escalas que medían el
componente cognitivo y el reaccional acerca de los judíos; esta correlación, a pesar de las críticas posteriores
acerca de la confianza depositada en el métodos, nos indica de todas formas una fuerte asociación entre
ambos componentes. Posteriormente este fue ratificado por investigaciones en que se aplicaron metodologías
más precisas (Rosenberg y Hovland, 1960). El mismo Rosenberg (1956) encontró que la asociación positiva
entre los componentes afectivos y cognitivos tiende a ser más alta cuando están involucrados los valores más
altos de la escala axiológica de una persona.
Cuando la inconsistencia es displacentera, en tanto y cuanto supone un conflicto entre dos elementos
estructurales de la personalidad, aquellos individuos en quienes se ha instalado una situación inconsistente
tienden a poner inmediatamente en juego algún mecanismo que los y lleve a superar la situación. La
racionalización, ya descripta suficientemente por los psicoanalistas, es un mecanismo. Otro mecanismo es el
que se refiere a evitar los contactos con el objeto para de esa manera no entrar en el conflicto displacentero;

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así un fóbico que siente desagrado y miedo pánico por los gatos tenderá a evitar toda situación en que puedan
participar gatos, para de esa forma no verse enfrentado al conflicto entre sus sentimientos (teme y odia a los
gatos) y sus cogniciones (los gatos no son tan peligrosos como para aterrorizarse frente a ellos). Otro
mecanismo es el del refuerzo o debilitamiento del componente cognitivo a través de la búsqueda de
información que apuntará a reforzarlo si es este componente el que prima, o que apuntará a debilitarlo si es el
componente afectivo el que prima.
Debemos aclarar un punto. Dijimos que instalada una situación inconsistente inmediatamente se
intenta lograr la consistencia. Esto no es del todo exacto. El esfuerzo por restaurar la consistencia es
directamente proporcional al papel que juega esa actitud en la constelación general de actitudes. Si se tratara
de una actitud de poca frecuencia situacional no se harían mayormente esfuerzos. Por ejemplo, si alguno de
mis lectores siente desagrado por los negros pero sabe que éstos son trabajadores, honestos, iguales a los
blancos en todo menos en la piel, ese lector argentino difícilmente ponga mayor empeño en superar la
contradición, ya que sus relaciones o sus contactos ocasionales con los negros son tan infrecuentes que no
representa esa inconsistencia una desacomodación perceptiva ni disconfort psicológico. Respecto a esto
Rosenberg (1960) señala que "cuando los componentes afectivos y cognoscitivos de una actitud son
mutuamente consistentes la actitud tiene un estado estable, cuando los componentes cognoscitivos y
afectivos son inconsistentes (hasta el punto de exceder la tolerancia del individuo a tal inconsistencia) , la
actitud está en estado de inestabilidad y sufrirá una espontánea reorganización hasta que ésta recaiga ya sea
1) en el logro de la compatibilidad afectivo-cognoscitivo o 2) en disponer de una irreconciliable
inconsistencia más allá del alcance del conocimiento activo".
Por otra parte, para el caso en que existe consistencia, debemos decir que no todas las actitudes
tienen idéntica distribución de intensidad para cada uno de los componentes. Así tenemos actitudes donde
prima el componente cognitivo el cual es ligeramente teñido por aspectos sentimentales, son las actitudes
que se tratan de formar en el personal de organizaciones autoritaria como las fuerzas armadas y de seguridad,
en que se conoce lo que se debe hacer por encima de lo que se siente respecto al acto. En este caso el
sentimiento hacia el objeto de conocimiento que pudo haber sido en su origen de mínima aceptación, por el
reforzamiento racional tiende a incrementar la magnitud del componente emocional. En secundo lugar
tenemos la misma figura invertida, donde prima el componente afectivo sobre el cognitivo para dirigir la
acción; pero, por ejemplo, aun cuando haya un conocimiento escaso de objeto querido, se tiende a recoger
elementos de conocimiento que ayuden a reforzar racionalmente las bases irracionales del amor. Esto se ve
muy claramente en el prejuicio, el cual se instala sobre bases irracionales, pero con el correr del tiempo se
recubre de una capa de racionalidad que le permite sostenerse con relativa impunidad frente a las evidencias
de la propaganda anti-autoritaria. Finalmente nos encontramos con actitudes en las que prima el componente
reaccional y donde lo cognitivo, es menor aún que lo afectivo. Son las típicas actitudes espontaneístas de
algunos alumnos que si saber aún qué es el imperialismo y sin haber sentido el dolor propio o ajeno de la
explotación, se lanzan a la calle en manifestación contra la dependencia nacional aunque vayan a un suicidio
simplemente porque han sido "tocados" por un par de slogans populares leídos en una Asamblea Estudiantil.
Este tema de la consistencia volverá a aparecer especialmente cuando hablemos más adelante de
teorías del equilibrio cognitivo.

5.2 – Congruencia actitudinal:

De la misma manera que en el punto 3 decíamos que los individuos buscan armonizar
compatiblemente entre sí los componentes de las actitudes, asimismo los individuos procuran hallar y
establecer relaciones congruentes para un subsistema particular de actitudes y entre los distintos su sistemas.
Esta tendencia a buscar relaciones congruentes se patentiza cuando entran en conflicto dos o más actitudes
de un mismo subsistema o entre dos actitudes de la constelación total de actitudes. Esto es así debido a que
no somos totalmente conscientes de nuestras actitudes y a que, habitualmente, para una misma situación sólo
ponemos en juego una parte de la constelación total. Los mecanismos que más comúnmente se ponen en
marcha para superar las incongruencias son la búsqueda de información que apoye o debilite más a una que a
otra actitud y el apoyo emocional que brinde con mayor intensidad uno de los términos del conflicto.
Krech, Crutchfield y Ballachey (1965) señalan que "pocas actitudes se hallan aisladas, la mayoría de
ellas, por el contrario, forman algo así como grupos de acuerdo al grado según el cual las actitudes de una
persona forman una estructura completa y coherente y pueden servir como indicadores de la unidad de la que
disfruta la personalidad de dicho individuo" (pág. 156). En tal caso nos encontramos frente a un sistema
actitudinal congruente. Un caso de incongruencia aparece en afirmaciones como la siguiente: "En defensa de
la libertad de prensa no se deben permitir publicaciones que atenten contra la libertad de prensa". Es decir, se

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refleja un razonamiento propio del "demócrata" autoritario. Se estructura toda una serie de pensamientos
para afirmar este juicio que apunta a reforzar el valor positivo de la libertad de prensa pero condicionándola
a determinadas circunstancias.
Es precisamente por el hecho de que las actitudes pueden ser incongruentes que se hace necesario en
toda investigación que se proponga conocer las actitudes como un componente de la personalidad, o como un
instrumento de adaptación, o conocer como se pueden modificar algunas actitudes, no sólo investigar la
actitud central, la actitud que moviliza nuestras inquietudes intelectuales, sino que también hay que
investigar aquellas actitudes que puedan estar emparentadas a través de un factor común. Es el análisis
factorial, aplicado a los resultados de distintas escalas de actitudes particulares, o entre ítems de una misma
escala de varias actitudes, lo que nos permitirá formar las "racimos" (clusters) correspondientes que
determinarán los sectores de mayor saturación recíproca o contaminación.
En realidad, en la medición clásica de actitudes (religiosas, políticas, étnicas, etc.), sólo captamos un
sector de la actitud general frente a la vida que se ha formado cada uno de los individuos de la muestra. Una
cualquiera de esas actitudes se ve afectada por todas y cada una de las otras indirectamente y por la actitud
general más directamente. Es precisamente en la búsqueda de ese factor general y común a todas las
actitudes que todavía no se ha ocupado con la debida atención la psicología social.

6 – La formación de actitudes:

Las actitudes —como todo proceso de aprendizaje— se forman a partir de la interacción. Es el


proceso de socialización, que comienza con el nacimiento y concluye con la muerte, el que facilita el
aprendizaje de actitudes. En este sentido ha sido la influencia de la obra de Piaget la que mejor nos puede
explicar el proceso que nos ocupa. Así se puede interpretar la formación del yo como un proceso dinámico
que pasa de un estado de indiferenciado egocentrismo infantil a un estado de diferenciación adulto entre el
yo y el no-yo, en que a través de las pautas de socialización la acción se vuelve sobre las normas y roles
impuestos por la cultura. La interrelación entre el niño y el medio que lo rodea da lugar a la internalización
en éste del conjunto imperante de normas y valores. De esta manera, y a través de la internalización de roles,
se van formando las actitudes del individuo frente a los múltiples objetos de orientación de su conducta,
estando este proceso en íntima conexión con el desarrollo genético y con la posición funcional en el campo
psicosocial.
En este proceso de interacción con su entorno inmediato, el niño es paciente de un número de
conductas actitudinales unilaterales que parten de aquellas personas que más se ocupan de la atención de él.
Esta situación de campo psicosocial hace que el niño intente acomodarse a los esquemas de actitudes de su
subcultura familiar que son externas a él y a medida que comienza a afirmar su autonomía frente al mundo
también afirma lo que fueron actitudes impuestas como propias. De este modo el niño aprende desde su
papel a saber qué actitudes esperan los otros de él como así también a esperar actitudes de los otros de
acuerdo al panel social que éstos están jurando. A medida que el sujeto se desarrolla e integra en su entorno
cultural esos esquemas primitivos de actitudes ligadas a objeto-valor van tomando una conformación más
precisa a la vez que multiplican o dividen o comienzan a organizarse en consonancia unas con otras.
Respecto a la influencia de la familia en la formación de actitudes se han realizado múltiples experiencias
sobre todo en lo que se refiere a actitudes políticas v a los estudios sobre la personalidad autoritaria. De esta
forma Hollander (1971) nos relata un estudio de Capmbell, Curia y Miller en que se demuestra que las dos
terceras partes de los hijos siguen a sus padres en su preferencia electoral cuando entre éstos hay una idéntica
preferencia política.
Allport (1961) considera la formación de actitudes por cuatro causas que podemos sintetizar en las
siguientes dos: a) por experiencias personales y b) por experiencias del grupo de referencia y/o pertenencia
fundamentalmente.
De acuerdo con Sherif y Cantril (1947) "Las actitudes siempre están ligadas a situaciones estímulo
determinadas. Están formadas en relación con objetos, personas o valores que pueden tener o no un poder de
motivación". Es el tipo de relación en que el individuos toma contacto con esos objetos el que determinará la
dirección e intensidad de sus actitudes frente al mismo. El hecho de entrar en contacto con un objeto implica
un proceso perceptivo que resultaría ser el primer paso en la formación de su actitud.
Todo esto podemos precisarlo con más claridad y homogeneidad recurriendo al gestaltismo de K.
Lewin de acuerdo al cual los elementos intervinientes en el proceso de formación de actitudes son
interdependientes y no resultan de mecanismo exteriores a las conciencias individuales ni tampoco
mecanismos propiamente individuales. Son el resultado de una situación donde se encuentran en una realidad
dinámica ambos tipos de mecanismos con sus cargas de fuerzas correspondientes.

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Deliberadamente hemos venido soslayando la fuente primaria en la formación de actitudes. A esta
altura de la exposición ya es esperable que alguien se haya preguntado acerca del papel que juegan las
necesidades. Efectivamente, son las necesidades, y sobre e todo la interacción de necesidades las que dan
lugar a la búsqueda de actitudes como apoyatura socializada que instrumenta la conducta en sus esfuerzos
por acercarse a los valores. No debemos olvidar que las actitudes tienen como característica el servir como
un medio para la adaptación social. Toda actitud, por mas extraña que parezca, tiene la característica de ser
funcional para su portador, y aun, por ejemplo, el prejuicio racial es funcional para la personalidad de los
prejuiciosos en tanto y cuanto les permite buscar minorías depositarias para la proyección de sus "partes
malas", y de esta forma dividir maniqueísticamente al mundo en un mosaico de partes buenas y malas
perfectamente escindidas entre sí, para de esa manera ubicarse el sujeto en los mosaicos "buenos" ignorando
sus partes "malas" a través del ya citado proceso de proyección.
Podemos entonces afirmar que el proceso de socialización que hemos venido describiendo sirve de
apoyo para la formación de actitudes que dirigirán los motivos y necesidades hacia los valores
correspondientes.
Continuando con nuestro intento de describir las fuentes que producen actitudes entendemos que si
uno de los componentes de éstas son las cogniciones, entonces las informaciones que se reciben acerca de un
objeto servirán también como fuentes de actitud. Pero la información sola acerca de un objeto va a formar
una actitud positiva o negativa frente al mismo en la medida en que intervengan otras actitudes del sistema
que orientaran la dirección favorable o desfavorable de la actitud. Asimismo para que la información sea
válida para los individuos ésta no sólo tiene que ser consonante con el resto de creencias y sentimientos de
los individuos, sino que también tiene que tener su origen en una fuente reconocida como valiosa y
autorizada. A este respecto ha colaborado de manera notable la escuela de K. Hovland, la cual a través de
múltiples experimentos ha demostrado el valor de una fuente informativa prestigiosa para formar nuevas
actitudes. Un estudio clásico de Janis y Feshbach (1953) demuestra a través de la teoría del reforzamiento
que pretender formar actitudes apelando al miedo al castigo no produce los resultados deseados. Los
individuos cuando son amenazados, ya con castigos directos, ya con experiencias traumáticas futuras, han
generado una reacción emocional displacentera debido al aumento de la ansiedad. Para salir de este campo
situacional no placentero el individuo comienza a desarrollar aprendizajes instrumentales que le permitan
escapar de la situación y en consecuencia puede dejar de atender al mensaje a través de la evitación del
mismo o puede incluso llegar a agredirlo utilizando mecanismos de verbalización como "qué sabe el tipo
éste".
Con respecto al componente afectivo éste participa en las fuentes generadoras de actitudes, como ya
vimos para el caso del prejuicio, prestando apoyo emocional. Pero también participa de estas otras dos
maneras: a) a través de los grupos de participación social, especialmente los primarios, en que la
manifestación de determinadas actitudes pueden dar lugar a recompensas y castigos muy vividos y sentidos
por los actores; y b) cuando la corriente de interacción es simpática o gratificante desde el objeto hacia el
sujeto, éste muy probablemente constetará con actitudes positivas no sólo para cerrar una "buena forma"
abierta por el extremo del objeto actitudinal, sino también para satisfacer el narcisimo de su yo y
robustecerlo con relaciones positivas hacia los objetos recompensadores o gratificantes.
Por otra parte, debemos recordar que las actitudes no sólo tienen su origen afuera del sistema
actitudinal —como pueden ser los otros, la familia, etc.— sino que también pueden tener su origen dentro de
este sistema y, por supuesto, en interacción dinámica con el medio psicosocial que lo rodea. Un caso
interesante que ejemplifica esto nos lo muestra Converse y Cambell (1967) quienes hallaron que los
candidatos católicos a representantes o senadores en Estados Unidos en 1956 se favorecían con el 20 a 25 %
de los votos de ciudadanos muy identificados con su iglesia respecto a otros que votaban sin esa
identificación. De esta manera es posible observar cómo una actitud política puede verse influida —en
algunos casos— por una actitud religiosa que juega un papel centrol en la vida de esos individuos.
Por último, deseamos referirnos brevemente a una fuente de formación de actitudes que
sistemáticamente es olvidada y que no ha sido estudiada aún con la seriedad que la misma merece. Nos
estamos refiriendo a las condiciones somatofisiológicas de los individuos. Si bien es cierto nadie discute que
las actitudes son aprendidas y que si se habla de herencia sólo puede interpretársela en el sentido de herencia
social, sin embargo, nosotros entendemos que si bien las actitudes no se heredan genéticamente, de todas
formas la herencia biológica tiene un papel importante en la configuración de las actitudes del individuo. Si
como dijimos anteriormente hay una relación dialéctica entre actitud y conducta entonces es dable esperar
que las diferencias conductales entre los individuos debidas a factores genéticos como ser diferentes mapas
de distribución hormonal, actividades predominntemente vagotónicas en desmedro de las simpaticotónicas,
facilitarán el aprendizaje de determinadas actitudes en lugar de otras. Así, por ejemplo, se nos ocurre que

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quienes tienen una actividad simpaticotónica pobre o una circulación arterial con baja presión, poca energía
disponible han de tener para desarrollar actitudes que se liguen a objetos alejados de su realidad cotidiana y
en consecuencia poco se han de ocupar en tener actitudes favorables o desfavorables hacia objetos tan
alejados como pueden ser las Naciones Unidas o el comercio internacional. Esta línea de investigación hasta
el momento ha sido bastante descuidada por una psicología que pretende ser biopsicosocial. Pensamos que
nuestros ejemplos —no ya fruto del sillón especulativo sino de la empiria producto de la observación
cotidiana— no son en modo alguno descabellados y que todavía hay mucho por hacer en la misma a efectos
de continuar deslindando las diferentes fuentes de formación de actitudes, lo cual en definitiva no sólo nos
llevará a satisfacer una inquietud intelectual, sino que sobre todo nos permitirá continuar adelante en el
conocimiento y comprensión de las regularidades e irregularidades de la conducta social.

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