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Catequesis_de_Juan_Pablo_II_sobre_los_Salmos_y_Canticos_de_Laudes

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Majestad del Señor y dignidad del hombre

2Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
3De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

4Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
5¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?

6Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
7le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:

8rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
9las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.

10Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Poder del
nombre divino. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es
Bondad de Dios al someter al hombre toda la creación.

El salmista contempla las maravillas de la creación: el cielo
estrellado, el reflejo plateado de la luna, los animales al servicio
del hombre, y las bocas de los tiernos infantes que, pendientes
de los pechos de sus madres, proclaman la grandeza y
providencia del Creador. Es como un comentario poético a la
obra de la creación narrada en el cap. 1 del Génesis. El hombre
es el representante de Dios en la obra de la creación. Todo ha
sido creado al servicio del hombre, y éste al servicio de Dios,
por estar hecho a «imagen y semejanza suya». El salmista, lejos
de reconocer como divinidades a los astros y a la misteriosa
transmisión de la vida, lo presenta todo como obra del único
Dios del universo, que gobierna todas las cosas con «número,
peso y medida» (Sab 11,21). El poeta, extasiado ante tanta
grandeza cósmica, se admira de que el Creador omnipotente se
preocupe de un ser tan insignificante como el hombre. Sin

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embargo, éste es el rey de la creación por llevar el sello de lo
divino en su alma.

El himno se abre con una antífona (vv. 2-3), cantada sin duda
por un coro general en los oficios litúrgicos: los cielos y la tierra
proclaman la grandeza de su Ser personal. La gloria y
magnificencia de Dios reflejada en los cielos y la tierra es tan
manifiesta que hasta los mismos niños y aun los que maman se
dan cuenta de ello, dando así un argumento o prueba de su
existencia a los adversarios y rebeldes que, confundidos ante
este clamor universal, quedan reducidos al silencio. La
expresión del salmista es hiperbólica, pero bien significativa
para dar a entender la esplendorosa magnificencia de la obra
de la creación, que a su vez es reflejo de la grandeza del
Creador: hasta los niños de pecho se dan cuenta de ello. Fina
ironía contra los esprits forts y autosuficientes de su tiempo,
que cerraban los ojos a tanta grandeza. Jesús, al entrar
triunfante en Jerusalén, recuerda este texto para confundir a los
escribas y fariseos, que -obcecados por el orgullo y sus
intereses personales- no sabían reconocer al Mesías, mientras lo
proclamaban tal los niños de la calle (Mt 21,15-16).

En los vv. 4 y 5 el poeta se extasía ante la grandeza de los cielos
en una noche estrellada, reflejo de la gloria y grandeza de Dios,
que se asienta sobre los astros en los «cielos de los cielos»,
desde donde contempla a los hombres, pequeños como
«langostas». Y, sin embargo, el Dios omnipotente, que dirige el
curso de los astros como «Dios de los ejércitos» siderales, se
acuerda del hombre, que es todo debilidad e inconsistencia.

Los vv. 6 y 7 cantan la grandeza del hombre frente al universo.
A pesar de su pequeñez, Dios le ha asociado a su dominio
sobre las criaturas, haciéndolo poco inferior a los ángeles. En
Gén 1,26, el hagiógrafo pone en boca de Dios la siguiente
afirmación: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las
aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la
tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Dios,
pues, creó al hombre como vicario suyo y representante por
encima de todos los seres creados. En esto se funda su imagen
y semejanza con el Creador, según la interpretación de los
Padres griegos, aunque este poderío y semejanza con lo divino
hay que buscarlo en su naturaleza racional, dotada de las
facultades de dominio por excelencia, la inteligencia y la
voluntad. Esta es la corona de gloria y dignidad por la que se
acerca a lo divino. Como lugarteniente del mismo Dios en la
creación, tiene el mando sobre todo lo creado, pues todo ha
sido sometido bajo de sus pies. Esto indica la grandeza
espiritual del hombre frente a todo, a pesar de su
insignificancia corporal.

Los vv. 8 y 9 son una explicitación de la declaración anterior,
una reiteración de la proclama solemne de Gén 1,28. Ante el
despliegue grandioso de la Providencia divina sobre el

hombre, rey de la creación, el salmista, en el v. 10, repite la
antífona o estribillo con que se inició la composición.]

Catequesis de Juan Pablo II

[Audiencia general del miércoles 26 de junio de 2002]

1. «El hombre (...) se nos revela como el centro de esta empresa.
Se nos revela gigante, se nos revela divino, no en sí mismo,
sino en su principio y en su destino. Honremos al hombre, a su
dignidad, su espíritu, su vida» (Ángelus del 13 de julio de 1969:
LʹOsservatore Romano, edición en lengua española, 29 de julio
de 1969, p. 2).

Con estas palabras, en julio de 1969, Pablo VI entregaba a los
astronautas norteamericanos a punto de partir hacia la luna el
texto del salmo 8, que acaba de resonar aquí, para que entrara
en los espacios cósmicos.

En efecto, este himno es una celebración del hombre, una
criatura insignificante comparada con la inmensidad del
universo, una «caña» frágil, para usar una famosa imagen del
gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin
embargo, se trata de una «caña pensante» que puede
comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado,
«coronado» por Dios mismo (cf. Sal 8,6). Como sucede a
menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8
comienza y termina con una solemne antífona dirigida al
Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo:
«Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la
tierra!» (vv. 2 y 10).

2. El cuerpo del canto parece suponer una atmósfera nocturna,
con la luna y las estrellas encendidas en el cielo. La primera
estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una
confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena
aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero
también los labios de la humanidad. La alabanza que brota
espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los
discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A
estos se les califica de «adversarios», «enemigos» y «rebeldes»,
porque creen erróneamente que con su razón y su acción
pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13,1).

Inmediatamente después se abre el sugestivo escenario de una
noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna
pregunta: «¿Qué es el hombre?» (Sal 8,5). La respuesta primera
e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la
inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la
majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es
«tuyo», «has creado» la luna y las estrellas, que son «obra de
tus dedos» (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en

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vez de la más común: «obra de tus manos» (cf. v. 7): Dios ha
creado estas realidades colosales con la facilidad y la finura de
un recamado o de un cincel, con el toque leve de un arpista que
desliza sus dedos entre las cuerdas.

3. Por eso, la primera reacción es de asombro: ¿cómo puede
Dios «acordarse» y «cuidar» (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil
y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa: al hombre, criatura
débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda: lo ha hecho
poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el
original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6).

Entramos, así, en la segunda estrofa del Salmo (cf. vv. 6-10). El
hombre es considerado como el lugarteniente regio del mismo
Creador. En efecto, Dios lo ha «coronado» como un virrey,
destinándolo a un señorío universal: «Todo lo sometiste bajo
sus pies», y el adjetivo «todo» resuena mientras desfilan las
diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se
conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada,
ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el
mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala: a las
manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo
el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su
belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra
sus secretos y desarrolle sus potencialidades.

Como declara la constitución pastoral Gaudium et spes del
concilio Vaticano II, «el hombre ha sido creado ʺa imagen de
Diosʺ, capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido
constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para
regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios» (n. 12).

4. Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado en el salmo
8, puede ser mal entendido y deformado por el hombre
egoísta, que con frecuencia ha actuado más como un tirano
loco que como un gobernador sabio e inteligente. El libro de la
Sabiduría pone en guardia contra este tipo de desviaciones,
cuando precisa que Dios «formó al hombre para que dominase
sobre los seres creados (...) y administrase el mundo con
santidad y justicia» (Sb 9,2-3). También Job, aunque en un
contexto diverso, recurre a este salmo para recordar sobre todo
la debilidad humana, que no merecería tanta atención por
parte de Dios: «¿Qué es el hombre para que tanto de él te
ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que lo escrutes
todas las mañanas?» (Jb 7,17-18). La historia documenta el mal
que la libertad humana esparce en el mundo con las
devastaciones ambientales y con las injusticias sociales más
clamorosas.

A diferencia de los seres humanos que humillan a sus
semejantes y la creación, Cristo se presenta como el hombre
perfecto, «coronado de gloria y honor por haber padecido la

muerte, pues por la gracia de Dios experimentó la muerte para
bien de todos» (Hb 2,9). Reina sobre el universo con el dominio
de paz y de amor que prepara el nuevo mundo, los nuevos
cielos y la nueva tierra (cf. 2 Pe 3,13). Más aún, su autoridad
regia -como sugiere el autor de la carta a los Hebreos
aplicándole el salmo 8- se ejerce a través de la entrega suprema
de sí en la muerte «para bien de todos».

Cristo no es un soberano que exige que le sirvan, sino que sirve
y se consagra a los demás: «El Hijo del hombre no ha venido a
ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por
muchos» (Mc 10,45). De este modo, recapitula en sí «lo que está
en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1,10). Desde esta
perspectiva cristológica, el salmo 8 revela toda la fuerza de su
mensaje y de su esperanza, invitándonos a ejercer nuestra
soberanía sobre la creación no con el dominio, sino con el
amor.

Monición para el salmo del Padre Farnés

El sábado es el día de la creación terminada; y el salmo 8 es un
himno al Dios creador. El cosmos todo nos invita a cantar la
grandeza de Dios. En la tierra, son los hombres -incluso los
más insignificantes de ellos, los niños de pecho, por si entre los
grandes hubiera rebeldes y soberbios- los encargados de
entonar este canto; en el cielo, son los astros quienes nos
impelen a dilatar nuestro espíritu en un horizonte abierto y a
proclamar la grandeza de Dios.

Mañana, en el descanso y la paz del día del Señor, cantaremos
la nueva creación, que perfecciona, con la resurrección, la obra
terminada el sábado. Que esta celebración del sábado nos
introduzca ya en la contemplación del domingo, que
culminará, por unos caminos insospechados para el salmista, lo
que ya él cantaba contemplando la sola creación natural: ¿Qué
es el hombre, Señor, para que te acuerdes de él? Todo, incluso
la muerte, lo sometiste bajo sus pies.

III Semana
del Salterio

102

103

LAUDES DEL DOMINGO DE LA III SEMANA

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