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Abbagnano Nicolas Historia de La Filosofia Vol-1

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En los escritos del falso Dionisio se inspira Máximo, llamado el
Confesor, que nació en Constantinopla el 580 y murió el 662. Fue el
mayor adversario del llamado monoteletismo, según el cual todos los
actos de Cristo dependían sólo de la voluntad divina, de la cual su
naturaleza humana sería el instrumento pasivo. Esta doctrina fue
después condenada en el VI Concilio ecuménico del año 680; pero la lucha
contra ella costó a Máximo persecuciones y suplicios. Escribió, además,
numerosas obras, casi todas en forma de comentarios o de colección de
máximas. Entre estas obras hay comentarios sobre el seudo Dionisio y
Gregorio Nazianceno (Ambigua in S. Gregorium theologum), opúsculos
teológicos y varias colecciones o florilegios de máximas. Según San Máximo,
el hombre puede conocer a Dios no en sí mismo, sino solamente a través de
las cosas creadas, de las cuales Dios es causa. Por esto puede llegar a
determinar solamente los atributos de Dios que las cosas nos revelan: la
eternidad, la infinitud, la bondad, la sabiduría, etc. En su ser en sí Dios es
inconcebible e inefable. Las mismas perfecciones que nosotros le atribuimos
sobre el fundamento y consideración de las cosas creadas están por debajo
de su naturaleza, y, así, tanto pueden ser negadas como afirmadas de El. El
influjo de la teoría negativa del seudo Dionisio es aquí evidente. Y también
es evidente en la doctrina mística de San Máximo. Si volvemos las espaldas a
las pasiones que contrastan con la razón y nos alzamos hasta el perfecto
amor de Dios, podemos conseguir un conocimiento de Dios que trasciende
la razón y el procedimiento discursivo y en el cual Dios se revela
inmediatamente. Pero a este conocimiento de Dios no se puede llegar con la
capacidad de la naturaleza humana, sino por la gracia divina; la cual, con
todo, no obra por sí sola, sino que eleva y perfecciona la capacidad propia
del hombre (Quaest. ad Thalassium, q. 59). El centro de las especulaciones
teológicas de San Máximo es el Dios-Hombre. Para él, el Logos es la razón y
el fin último de todo lo creado. La historia del mundo encierra un doble
proceso: el de la encarnación de Dios y el de la divinización del hombre.
Este último pudo iniciarse gracias a la encarnación para restablecer en el
hombre la imagen de Dios. Como principio de este segundo proceso, Cristo
debía necesariamente ser verdadero Dios y verdadero hombre. Las dos
naturalezas no se mezclan en él, ni rompen la unidad de su persona. Puesto
que a cada una de las dos naturalezas está unida la capacidad de querer, en
Cristo subsistían dos voluntades: la divina y la humana; pero la voluntad
humana era conducida a la decisión y a la acción por la voluntad divina
(Patr. Graec., 91.°, 48).
Resume los caracteres del último período de la patrística y concluye la
patrística misma en su rama oriental, continuando y sistematizando sus
resultados, Juan Damasceno. No se conoce el año de su nacimiento. Se sabe
que pertenecía a una familia cristiana de Damasco, en la cual se transmitía
hereditariamente un cargo público por cuenta del gobierno árabe; y Juan
tenía, en efecto, el nombre árabe de Mansur. Hacia el 730 empieza su
actividad de escritor teológico en favor del culto de las imágenes que había
sido prohibido algunos años antes por León el Isáurico. Cuando en 754 Juan
fue condenado por un concilio iconoclasta de Constantinopla, había ya

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FILOSOFÍA PATRÍSTICA

muerto. La más famosa de sus obras es la Fuente del conocimiento, que está

dividida en tres partes. La primera es una introducción filosófica que sigue
de cerca la metafísica y la lógica de Aristóteles. La segunda es una historia
de las herejías, compuesta en buena parte sobre el Panano de Epifanio (§
154). La tercera esta dedicada a la exposición de la fe ortodoxa, y con este
título precisamente (De fide ortodoxa) fue también traducida en latín por
Burgundio de Pisa (m. el 1194) y se convirtió en uno de los textos
fundamentales de la escolástica. La obra de Juan Damasceno no es más que
una compilación, en la cual la parte original es muy escasa. Pero tiene el
mérito de recoger y ordenar sistemáticamente toda la especulación patrística
griega que la Iglesia ha reconocido y hecho suya. Su obra es, por
consiguiente, una especie de florilegio de la patrística misma, unificada con
el criterio de la ortodoxia. Juan asienta el principio de la subordinación de
las ciencias profanas a la teología y afirma, en particular, que la filosofía
debe ser la sierva de la teología, según una expresión que debía ser empleada
de nuevo en la escolástica por Pedro Damián . Como sierva de la teología, la
filosofía suministra ciertos presupuestos fundamentales de la fe y en primer
lugar la demostración de la existencia de Dios.
La demostración la toma Juan de otros escritores, pero la formulación
que da de la misma es aquella de la cual han partido muchos escolásticos,
entre ellos Santo Tomás. En primer lugar, todo lo que es creado es mudable,
ya que la misma creación es un cambio (de la nada al ser). Pero todo lo que
hay en el mundo sensible o espiritual es mudable y, por consiguiente, creado:
supone, pues, un creador, que no sea creado a su vez, sino increado; y éste es
Dios. En segundo lugar, la conservación y duración de las cosas suponen la
existencia de Dios. Ya que elementos diversos y contrarios, como el fuego, el
agua, la tierra, el aire, no podrían permanecer unidos sin destruirse si no
interviniese una fuerza omnipotente para mantenerlosy conservarlosjuntos;y
esta fuerza omnipotente es Dios. Finalmente, el orden y la armonía del mundo
no pueden ser producidos por el puro acaso y presuponen un principio
ordenador, que es Dios (De fide orthod., I, 3). Pero si la existencia de Dios
puede ser alcanzada por la razón humana, su esencia es incomprensible. "La
divinidad, dice Juan (Ibid., 1, 4), es indeterminable e incomprensible; y esto es
lo único que puede ser comprendido de su indeterminabilidad e
incomprensibilidad." Nosotros podemos negar de ella todo lo que repugna a su
perfección infinita y podemos atribuirle todo lo que está implícito en tal
perfección; pero el camino más seguro es el negativo, porque cada atributo
positivo es desigual a Dios. Se trata, como se ve, de nociones familiares a toda la
patrística oriental, que el Damasceno reproduce con las mismas fórmulas. Con
el mismo procedimiento trata la naturaleza del alma humana, que considera
naturalmente inmortal, porque pertenece al número de las sustancias
incorpóreas y espirituales, y dotada de libre albedrío. Este no es negado por la
presciencia divina, que todo lo prevé, pero no lo predetermina todo: el mal
depende únicamente del libre querer del hombre (Ibid., II, 30).

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