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Esquizofrenias pseudoneuroticas

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JM.

Gallart Capdevila

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Ortodoncia clínica 2000;3:1-8 Rev Psiquiatría Fac Med Barna 2000;27(1):36-41

Esquizofrenias pseudoneuróticas

Dr. José Mª Gallart Capdevila Universidad Autónoma de Barcelona

Resumen
El primer objetivo de este estudio es el de poner en guardia contra el error diagnóstico que consistiría en tomar por trastornos neuróticos (depresivos, obsesivos, fóbicos, etc.) ciertas formas de inicio (y de estado) de la(s) esquizofrenia(s). En segundo lugar, recordar que (“nihil novum sub sole”) ya Mayer-Gross y en general la psiquiatría alemana de antes del 1934 habían descrito con gran precisión y profundidad fenomenológica estas formas presuntamente atípicas de esquizofrenia, precisión a la que -como reconoce Mckenna (1994) en su tratado sobre la esquizofrenia- debe gran parte de su contenido y de su vigencia el actual DSM. IV. Palabras clave: Esquizofrenia. Pseudoneurosis. Pseudopsicopatía. Mayer-Gross.

caracterizan por su panansiedad, panfobia, panambivalencia y a veces una “caótica sexualidad”, pero, a diferencia de los neuróticos, su ansiedad sería free-floating y casi nunca cristalizaría ni desaparecería. En cambio -y a diferencia de los otros esquizofrénicos- pocas veces se deteriorarían gravemente. En el contexto en que aquí usamos este término, sin embargo, no nos referimos tanto a las formas clínicas supra-aludidas sino a los cuadros clínicos que se acostumbran a observar -y que a menudo no se tienen suficientemente en cuenta- al inicio de muchas esquizofrenias, especialmente de las desorganizadas (que el propio Tratado de Kaplan, ya citado, prefiere llamar -como yo mismo- hebefrénicas). A mi entender, fue D. Hoch, en 1949, el primero en remarcar (o por lo menos en publicar) la frecuencia de los síntomas entonces conocidos como neuróticos en las esquizofrenias precoces, y en intentar establecer la existencia de un grupo especial constituido por estos casos. En algunos círculos este punto de vista fue aceptado con entusiasmo, pero por razones erróneas: cuando las reacciones neuróticas resisten a la psicoterapia, esto suministraba una excusa perfecta (en aquel tiempo todavía no se había inventado aquello de lo políticamente correcto) para reclasificarlas como esquizofrenias, únicamente sobre la base de su norespuesta (a la psicoterapia). Cuando una esquizofrenia empieza con síntomas obsesivos, puede quedar mucho tiempo disfrazada de trastorno obsesivo-compulsivo, debido a la prominencia de sus efectos patoplásticos dominantes. Por otro lado, en muchas esquizofrenias paranoides, el delirio puede aparecer al principio como reactivo o comprensible, y la enfermedad ser clasificada de simple trastorno de la personalidad o de reacción vivencial anormal (neurosis). Otras veces, si la esquizofrenia aparece después de un parto, o de una gripe, o de un fracaso sentimental o socio-laboral, estos factores pueden ser calificados de precipitantes,

Abstract
The first aim of this study is to make the reader aware of the diagnostic error involved in interpreting certain forms of the initiation (and state) of schizophrenia to be neurotic disorders (depressive, obsessive, phobic, etc.). The second is to highlight that (“nihil novum sub sole’) Mayer Grossch and pre-1934 German psychiatry, in general, had already described with great phenomenological depth and precision certain presumably atypical forms of schizophrenia. As Mckenna (1994) recognized ijn hijs book on schizophrenia, the present DSM. IV owes a great part of its content and current relevance to this precision. Keywords: Schizophrenia; pseudo-neurosis; pseudobehaviour disorders; Mayer-Gross.

Introducción
En el Comprehensive Textbook of Psychiatry de Kaplan & Sadock (1995)6, Lipton & Cancro califican de pseudoneuróticos aquellos esquizofrénicos que, ocasionalmente, presentan al inicio de su enfermedad síntomas de ansiedad, fobias, obsesiones/compulsiones... antes de mostrar los trastornos de pensamiento propios de la psicosis. Estos pacientes se

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y la psicosis pasar a ser apellidada psicógena o reactiva -cuando de hecho se trata de una verdadera esquizofrenia pura y dura. También son bien conocidos los casos de criminales -o no- encarcelados que muestran cuadros aparentemente histéricos o ganseriformes que no son más que formas de inicio -o no tanto de inicio- de esquizofrenia, generalmente paranoide. Análogamente, las esquizofrenias de aparición en la adolescencia o en la pubertad también adquieren un aspecto especial que puede hacer tentador el calificarlas de reactivas. Finalmente -para no alargar más esta introducción- citaremos todo el gran grupo de esquizofrenias que empiezan desarrollando sintomatología negativa, y que pueden ser en consecuencia tildadas de depresiones o hipocondrias. Como vemos, es toda la gama de afecciones conocidas tradicionalmente bajo el nombre de neuróticas la que, por una razón u otra, puede ser confundida con una afección del grupo de las esquizofrenias, y éste es el tema que me propongo tratar aquí. En la introducción de este trabajo he aludido a algunos de los cuadros que me propongo tratar aquí. Empezaré por los que aparecen en las esquizofrenias desorganizadas o hebefrénicas, por ser las de aparición más precoz: intentaré seguir así un orden cronológico. Como es bien sabido desde MayerGross(1963)ª, la esquizofrenia hebefrénica se caracteriza por la predominancia del trastorno del pensamiento sobre los otros síntomas propios de la esquizofrenia (o de las esquizofrenias). (Recordemos que, para el mismo Mayer-Gross(1963), la perdida o carencia de respuesta afectiva sería el síntoma líder de la esquizofrenia simple, la alteración psicomotora el de la catatónica, y el(los) delirio(s) primario(s) el de la paranoide). Al principio, el enfermo presuntamente hebefrénico sólo presenta un cierto grado de dificultad para concentrarse, cosa que puede pasar desapercibida en un peón -dicho sea con todo el respeto que se merecen estos trabajadores-, pero que causa serios handicaps en una persona de edad escolar. En un alumno previamente brillante y prometedor, de golpe los exámenes se convierten en imposibles -o muy difíciles- de superar, y requieren esfuerzos sobrehumanos. A menudo la familia -o el mismo médico de cabecera, o el psicólogo escolar- culpa de este hecho a los nuevos planes de estudio” o a “las dificultades propias de la pubertad” (no están muy lejanos los tiempos en que se culpaba a la masturbación). Desgraciadamente, son todavía los pedagogos, psicólogos o incluso médicos consultados los que no sospechan la gravedad de la afección y aconsejan reposo, cambio de maestro o de escuela, vitaminas,

psicoterapia...o fluoxetina. Las ideas hipocondríacas fomentadas por la literatura popular pueden colorear el cuadro y, si no la masturbación como tal, sí que la “sexualidad” es a menudo considerada como la causa del trastorno, cuando no la menstruación, un cáncer oculto, una tuberculosis abacilar, o cualquier otra cosa menos la esquizofrenia. Y el hecho es que todos los problemas normales de 1a adolescencia pueden dar contenido a la psicosis hebefrénica -y de aquí precisamente su nombre, ya anterior a Kraepelin: éste solo hizo que incluirla dentro de la Dementia Praecox (después Grupo de las Esquizofrenias para Bleuler), pero el nombre en sí era muy anterior al mismo Kraepelin. No estará de más recordar -e insistir- que las reacciones verdaderamente neuróticas en esta edad de crecimiento y desarrollo intensivos son en realidad bastante infrecuentes, y en todo caso no se las llega a ver casi nunca en el consultorio (ni médico [general] ni psiquiátrico). Incluso los -antiguamente- llamados psicópatas raramente reaccionan presentando alteraciones mentales graves -excepto bajo la influencia de un ambiente muy perturbado y perturbador. En cambio la inversa sí que es frecuente: los hebefrénicos acostumbran a seguirlo siendo durante meses y años, diagnosticados de “neurasténicos”, “neuróticos”, “depresivos”, “víctimas de los diferentes- planes de estudios” (cuando no de sus propios padres: como decía Baruk hace ya muchos años: “Todo hebefrénico pasado por las manos de un psiconalista se vuelve un paranoico que acusa a sus padres de todas sus desgracias”)... antes de ser diagnosticados de esquizofrénicos. A menudo pasan años como clientes regulares de múltiples consultas médicas ambulatorias o de diferentes Servicios de Urgencias hospitalarios hasta que la presencia de un psiquiatra o la absurdidad delirante de sus quejas alerta de la presencia subyacente de una afección mental grave (psicótica). El pensamiento vago y difuso del hebefrénico hace de él un permanente dilettante en la vida real, y lleva a que a menudo se le califique de “iluso” o de utopista, cuando no de revolucionario o de idealista incomprendido. De hecho, estos pacientes son incapaces de cualquier lectura o acción seria, y pronto son rechazados por todos los grupos sociales donde ellos -o más a menudo sus familias- pretenden integrarse (o integrarlos). Se sienten, eso sí, atraídos por toda clase de ideas pseudocientíficas y/o pseudofilosóficas (recordemos lo que dice Colodrón en su espléndido libro sobre la Esquizofrenia [cito de memoria]: “el hebefrénico se siente atraído por el esoterismo como la mariposa por la luz”), pretenden poder resolver los problemas básicos o fundamenta-

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les de la vida, se consideran capaces de grandes inventos y descubrimientos, pero todo esto sin mover un dedo ni hacer ningún intento realista de llevar a término sus invenciones. Recuerdo que no hace mucho un profesor de la Université Paul Sabatier, de Toulouse, me decía que esta Universidad, que sólo comprende las Facultades de Ciencias, ha tenido que crear un departamento únicamente para atender a los “inventores” que acuden, y que cada semana recibe como media un par de inventores del motor de agua y/o algún otro aparato creador del movimiento contínuo… Una buena prueba (o, mejor dicho, confirmación) de que el uno por ciento de la población general es esquizofrénica y que -como pretendía Descartes del “sentido común”- la schizophrenie est la chose au monde la mieux partagée... Probablemente el primer caso publicado de hebefrenia lo fue por Haslam: después de dos años de aprendizaje con un mercader, el paciente se pasó dos años leyendo libros de cualquier tema, estirado en la cama, descuidando su limpieza y pulcritud, exigiendo a su madre que le trajera la comida a la cama. La carta siguiente fue escrita por un estudiante de Económicas a sus padres mientras estaba ingresado en un hospital general para intentar diagnosticar el origen de sus molestias gastro-intestinales: “Queridos papá y mamá: Estoy al mismo tiempo contento y apenado de no haber recibido noticias vuestras desde hace tanto tiempo. Empiezo a confirmar mis sospechas del aspecto totalmente diferente de la naturaleza de las religiones, del nacionalismo y del Imperialismo [sic para la mayúscula]. Admito que nunca había soñado que todo se centra alrededor de la pereza, la imperfección, o la mala comprensión de las tendencias de la naturaleza de los combates y de los esfuerzos humanos contra este enfoque religioso al cual me vi abocado. Quién me lo iba a decir?…” También cabe decir que esta carta se la enseñó al psiquiatra la madre del paciente como muestra de la “genialidad” de su hijo. Como a menudo las agudizaciones psicóticas que hacen más fácilmente visibles los trastornos del pensamiento tardan años en ocurrir, estos pacientes pueden -en el mejor de los casos- conseguir adaptarse a trabajos o tareas sencillas, donde sólo es necesario -como ya se ha apuntado- llevar a cabo una faena rutinaria más o menos automática. La industrial therapy practicada por Early en Inglaterra en los años 60, o la ergoterapia alemana del primer tercio de este siglo, se basaban precisamen-

te en esta característica. Según MayerGross(1963)C, “se encuentran hebefrénicos crónicos entre trabajadores manuales no especializados, chicas de hacer faenas, peones, peones camineros, ayudantes de jardinería, basureros, etc... Solamente se pueden descubrir si se conoce su historia previa, que acostumbra a mostrar un altibajo social, o si un nuevo brote agrava sus síntomas o aporta otros nuevos.” También son frecuentes en los inicios de la hebefrenia las alteraciones sexuales -pero no como causa sino como síntoma de la enfermedad-. Tanto la masturbación como la promiscuidad pueden adquirir un aspecto compulsivo. Las chicas se van a la cama con el primero que encuentran, sin tomar ninguna precaución, a menudo con desastrosas consecuencias: Una chica estudiante de psicología, hija de una familia acomodada, acostumbraba a ponerse en el arcén de emergencia de una carretera de salida de la ciudad donde vivía, dispuesta a darse al primer automovilista que se parara. Llevaba meses sin concentrarse en sus estudios, pasándose el día en la cama y la noche bebiendo y bailando en tabernas y antros infectos. En contraste con la pseudo-profundidad de los hebefrénicos filósofos, son seguramente más frecuentes los tipos de hebefrénicos estúpidos que ríen por nada y a menudo hacen reír a los que les escuchan, cosa que refuerza su tendencia a contar “chistes de Lepe” (por ejemplo) y a hacer juegos de palabras facilitados por los trastornos que padecen en la esfera de la asociación de ideas- que llegan a provocar la hilaridad de los que les rodean. Recordemos que Dalí cuenta, en sus Mémoires d’un génie, que de pequeño, en el Instituto de Figueras, se extrañaba -y se enfadaba mucho, al principio- de ver como sus compañeros, se hartaban de reir cuando él hablaba en serio, y que al final optó por hacer ver que él mismo pretendía provocar la hilaridad de sus contertulianos. Esto explica que muchos hebefrénicos estabilizados en un estadio leve de su enfermedad, sin mucho deterioro (al menos apreciable por el profano en psiquiatría), se ganen la vida (y a veces con mucho éxito) como clowns o “humoristas”, gracias precisamente a su habilidad para explotar y sacar partido de su estupidez espontánea (o mejor sería decir: de la espontaneidad de su estupidez) y de la extravagancia de sus asociaciones de ideas. Recordemos también, para memoria, que es este mismo trastorno del pensamiento el que está en la base de lo que los alemanes denominan Vorbeireden

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[“hablar pasado el punto”] o los franceses coq-à1’âne (renuncio a la traducción literal, ya que no tiene ningún sentido), y que nosotros conocemos con el termino técnico de para—respuesta: “una respuesta inadecuada a la pregunta del examinador, pero que muestra que quien la da ha captado —más o menos— la pregunta”. Evidentemente, la risa del hebefrénico también puede ser atribuida a una alteración afectiva, y de hecho es verdad que muchos hebefrénicos, además de trastornos del pensamiento que pueden parecer psicógenos (como ya señalaban, como acabamos de decir, Anderson y Mallinson en 1941) presentan a la vez sintomatología emocional o tímica. Pueden parecer estar ligeramente deprimidos, pero nunca profundamente, y más a menudo ríen sin motivo aparente. No acostumbran a perder —al principio— 1a afectividad hacia sus parientes y amigos, aunque no son infrecuentes los “ataques” de rabia o de agresividad hacia quien se espera que más deberían querer: los padres o, más específicamente, el padre si el paciente es una chica, y viceversa. Sus respuestas afectivas a los acontecimientos reales lo mismo pueden ser —o parecer— hiperadaptadas como completamente incongruentes e inesperadas. En fases más avanzadas, el hebefrénico muestra una frialdad o serenidad tan excesiva que a menudo es (mal)entendida como indicadora de un menosprecio hacia su entorno, cuando en realidad sólo hace que reflejar el vacío de su mente. La risa del hebefrénico puede atribuirse, naturalmente, a una alteración afectiva de tipo neurótico, y, de hecho, muchos hebefrénicos muestran sintomatología emocional combinada con sus trastornos de pensamiento (alogia): pueden estar ligeramente deprimidos, pero sin que su “depresión” sea “contagiosa”: pueden mostrarse incluso risueños, sin que sus risas o risitas hagan ninguna gracia, ni siquiera a ellos mismos: la frialdad —mejor dicho: la carencia— de sus sentimientos no deja de llamar la atención del entrevistador, por poca experiencia que tenga, siempre que sea mínimamente perspicaz. Tampoco acostumbran a faltar crisis de irritación (ataques de rabia), con —o sin— agitación y/o violencia, sobre todo en las fases de brote (agudizaciones o reagudizaciones): a un examinador poco entendido, o a un profano en psiquiatría, le pueden parecer reacciones más o menos adecuadas —aunque excesivas— a estímulos reales, pero a menudo son totalmente incongruentes e inesperadas, (y potencialmente peligrosas). En fases más avanzadas de 1a enfermedad el hebefrénico muestra una serenidad vacua (en pala-

bras de Mayer—Gross) que parece indicar desprecio hacia su entorno, pero que en realidad no es más que la expresión de su autismo (aunque siempre hay alguien que se empeñe en calificar esta actitud de ataraxia filosófica, y en hablar de la cultura esquizofrénica como quien habla de una contracultura —¡o de una anticultura!). Siguiendo con los hebefrénicos, también tenemos los que son —o parecen— hiperactivos, y que buscan casi compulsivamente (otra vez nos encontramos frente a una conducta aparentemente neurótica”) la solución a1 “problema de Dios”, o al teorema de Fermatt, o a la cuadratura del círculo, etc. Hay quien afirma que el modelo que utilizó Rodin para su famoso penseur era un hebefrénico de Sainte—Anne... De hecho, cuando contemplamos a un hebefrénico “soñador”, con su mirada perdida en inconmensurables profundidades o clavada fijamente en un infinito inasequible para nuestros pobres ojos de personas — supuestamente— “normales”, sentado horas y horas, inmóvil, incapaz de responder a las preguntas más sencillas, uno se pregunta qué es más responsable de su actitud: ¿e1 trastorno del pensamiento o la pasividad y el embotamiento afectivo? Seguramente las dos cosas a la vez, pero no, evidentemente, una inhibición de tipo neurótico o de origen psicosexual. También es cierto, sin embargo, que toda psicosis de inicio insidioso lleva con y en ella mucha parte de su sintomatología psicopatológica derivada de los propios rasgos de la personalidad de base del paciente Nos encontramos aquí enfrentados al difícil problema no sólo de la comorbilidad sino de la influencia de la personalidad previa, “premórbida”, en la enfermedad de aparición posterior. No es necesario recordar que los DSM inmediatamente anteriores al IV no reconocían como tal la esquizofrenia simple, que se tenía que buscar entre los trastornos de la personalidad, esquizoide y/o esquizotípico. Mutatis mutandis, esto también es válido para la esquizofrenia desorganizada o hebefrénica, en la cual muchos de los síntomas, como el deterioro progresivo de la capacidad para el pensamiento formal (lógico, conceptual, abstracto, etc.) por un lado, y el debilitamiento —también progresivo— de la voluntad y de la capacidad de esfuerzo (recordemos la definición de Maine du Biran: “La réalité, c’est ce qui nous résiste”), así como el embotamiento de la respuesta emocional y afectiva (los tres síntomas característicos de la hebefrenia), son los tres puramente ‘negativos”, se superponen a los rasgos de la personalidad previa y pueden simular lo que conocemos tradicionalmente como modos de comportamiento neuróticos Estos modos, a menudo, actúan de heraldo del proceso esquizofrénico. Son el color, la

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patoplastia, del cuadro clínico, y lo dominan hasta que aparecen síntomas más graves -y/o positivos, o típicos, o primarios, o patognomónicos- que permiten, o facilitan, el diagnóstico de la enfermedad, cuando ésta ya es bien manifiesta. De aquí mi punto de vista de que es no sólo errónea sino conceptualmente aberrante (similar o análoga, para entendernos, a lo que representaría sumar coles y acelgas y afirmar que el resultado son rábanos) la teoría defendida por algunos autores (afortunadamente -creo y espero- en vías de extinción) que consiste en afirmar que la esquizofrenia es una neurosis agravada, y que se la ha de considerar en el mismo plano y tratar de manera similar a las neurosis. Creo que solamente la inexperiencia clínica puede hacer perdonar este punto de vista, que no se resiste a una mínima perspicacia clínica, única con la experiencia- en hacer posible el discernir los signos inequívocos de la psicosis esquizofrénica bajo la máscara de la neurosis. A pesar de todo, siempre persiste la posibilidad de error, y no hay psicoterapeuta que no haya caído más de una vez en la frustrante experiencia de ver una esquizofrenia despuntar detrás de lo que parecía anunciarse como el curso esperanzador de un tratamiento psicológico en vías de tener éxito. Aunque no se trata aquí de hacer el diagnóstico diferencial de la esquizofrenia, sí quiero mencionar algunos de los más comunes disfraces neuróticos bajo los cuales acostumbra a ocultarse la esquizofrenia, especialmente la hebefrénica, pero también la paranoide y cualquier otra, incluso la catatónica. Las depresiones neuróticas o reactivas, como ya he apuntado, son a menudo el primer signo de la psicosis en adolescentes que empiezan a perder coherencia en sus actividades de la vida diaria, sobre todo las discentes. Cuando un adolescente cambia de carácter, se vuelve irritable, hostil, desagradable, “mal educado”, empieza a insultar y maltratar a sus padres..., la tendencia, a menudo, es de hablar de crisis de la adolescencia o culpar “el autoritarismo” de los padres u otras tonterías, y no ver que el/la joven está cayendo irremisiblemente en un abismo sin fondo y perdiendo de vista la realidad más inmediata, abismo del cual cada día que pase sin tomar medidas terapéuticas ad hoc será más difícil extraerlo. Los fenómenos obsesivos, algunas veces relacionables con la despersonalización y desrealización propias del psicótico, pueden ocultar y dificultar el diagnóstico de una esquizofrenia, especialmente si hay premórbidamente una personalidad anancástica. La pasividad propia del hebefrénico puede hacer de pavimento por donde transcurren los síntomas obsesivos y

compulsivos. Ya en 1945 Stengel hacía observar la frecuencia de los rasgos obsesivos en muchos esquizofrénicos, y subrayaba el relativo buen pronóstico de la esquizofrenia injertada’ en una personalidad obsesiva: también es clásico hablar de la curación en modo obsesivo” de ciertas esquizofrenias. Un caso típico de lo que estamos diciendo se puede encontrar en el paciente de Freud conocido como “el hombre lobo” que fue psicoanalizado con aparente éxito cuando tenía veinte años, pero que después desarrolló una clara esquizofrenia con delirios hipocondríacos, como descubrió Brunswick en 1929. Vale decir que el mismo Freud había observado que los síntomas del paciente -incluso en el momento en que todavía lo consideraba un paciente obsesivo- le recordaban los de Schreber, el esquizofrénico paranoide al cual había dedicado un estudio anterior. Muchos esquizofrénicos paranoides, es cierto, empiezan, presentando reacciones paranoides psicológicamente comprensibles (en el sentido de Jaspers), y esta -aparente, al menos- “comprensibilidad” hace que el diagnóstico de esquizofrenia como tal quede pospuesto hasta que el delirio pierde finalmente su coherencia interna así como toda apariencia de verosimilitud o “plausibilidad’. Otras veces, el delirio aparece bajo una apariencia finalista: recordemos que ya en 1922 (!) H.W. Maier había descrito “la esquizofrenia del seguro”, que describía como una esquizofrenia “leve” que inicialmente adoptaba la forma de una neurosis “de compensación”, un “desarrollo” que parecía venir favorecido por las condiciones específicas referentes a los seguros en Suiza: el contenido psicológico del delirio parece al principio coincidir con la lucha del paciente por obtener algún tipo de compensación económica; sólo es en el curso de la evolución que sus reclamaciones se vuelven más y más absurdas, sus quejas se transforman en delirios hipocondríacos, y sus razonamientos acaban volviéndose ilógicos y finalmente del todo incoherentes. Sería necesario hablar aquí, también, cómo hay formas clínicas (aparentemente) comprensibles de psicosis (y, por tanto, “neuróticas”) que aparecen después de acontecimientos biológicos tempestuosos, como la pubertad, la meno (y andro)pausia, o la involución en general: el mismo Kraepelin consideraba que constituían entidades nosológicas separadas: “psicosis presenil delirante”, “catatonia tardía”, etc. Kleist, en 1913, las llamaba “paranoia involutiva”, y seguramente no nos equivocaremos si calificamos de esquizofrénicos a los “depresivos involutivos de tipo rígido” descritos por Medow en 1922. Una cierta predominancia de síntomas paranoides y depresivos es corriente en todas las enfermedades psíquicas de las personas de edad avanzada, sin que esto nos

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justifique hablar de entidades nosológicas independientes. Sí que tiene en cambio un aspecto más distintivo la “catatonia tardía” que Kraepelin describe como una “psicosis rara que empieza con depresión e hipocondría y que progresa rápidamente hacia el estupor y el negativismo, hasta acabar en muerte”. Pero la relación de esta psicosis con la esquizofrenia es más que dudosa: parece más probable, como ya sugirió Grünthal en 1936, que se trate de una forma especial de demencia presenil -aunque, en un principio, con la apariencia de una neurosis depresiva. Podría alargarme mucho más, pero creo que con lo que he dicho hasta aquí es más que suficiente para hacer entender lo que quería decir: Muchas esquizofrenias -y no solamente esquizofrenias: también demencias orgánicas- se ocultan bajo una máscara neurótica que no nos ha de engañar: detrás de la máscara veneciana se esconde muy a menudo como decía Casanova (el Giacomo de las Memorias, no el Conseller en Cap de la Generalitat de Catalunya de 1714)- “una faz horrible marcada indeleblemente por la viruela”.

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