Veinte hojas secas y una flor. Desperté al mediodía enredado en la cama, me deshice de las sábanas tirándolas a un lado.

El viento afuera soplaba, soplaba ruidoso y callado, asomé la cabeza por la ventana, las mujeres pasaban rumbo al río, llevando sus cántaros vacíos. Desperté al mediodía, el sol que quemaba abría mi vista. Las mujeres volvían del río, los cántaros iban rebosantes, pero, aún así había algo que me inquietaba: dentro del cántaro de una joven, una sirena iba cantando, una sirena pequeña, de ésas quecantan y que hablan a ratos; nadando entre los ríos de la selva, nadando en lo que sea, pero nadando. Cierta ocasión leí en un diario que un capitán español descubrió una sirena en un río sudamericano, hace ya tiempo y ahora el cadáver disecado se halla en la más absurda tienda de rarezas y antigüedades, obviamente pensé que, si encontraban a la sirena en aquél cántaro tal vez le pasaría lo mismo, o, si no cuando menos, la pobre criatura se encontraría enfrentando un similar destino. No lo pensé demasiado, me puse mi saco, mis pantalones y calcé mis botas, era nunca o ahora. Corrí por el callejón de los escondrijos, esperando me sirviera como atajo. Llegué a la casa de la joven cuando ella iba llegando, sin dar lugar a tomar un descanso, saqué mi billetera, traía algo más de cincuenta baros, más el resto que en mis botas escondía, por si acaso -¡Véndeme el cántaro, niña! -¿Vendérselo, y usted para que lo querría? -No tengo tiempo de explicarlo, el barco parte mañana temprano , si quieres te pago el doble, traigo así como cincuenta varos La niña tomó el dinero, en ese preciso momento me sentí aliviado. Caminé con el cántaro calle abajo, cuidando que no se derramara ni una gota de agua. Cuando llegué a mi casa empecé a escuchar un canto, algo así como el sonido que producirían todas las especies de aves que existen en el mundo si mezcláramos todo el conjunto de sus cantos en una compleja y hermosa armonía, ahora ese canto era mío y dado que no abundan las sirenas por el mundo, pensaba en grabar un disco de acetato con tan único sonido, me volvería famoso, rico y poderoso, pues, como sabemos, tal sonido en exceso puede ser peligroso y podría utilizarse para fines bélicos. Esa noche no pude dormir, el barco saldría a la mañana siguiente y nunca me gustaron las despedidas. El viento soplaba, ruidoso, y al mismo tiempo callado, a través de la ventana se le veía jugando, y, mientras levantaba algo así como veinte hojas secas, una flor, una rosa blanca iba rodando.

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