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El Diagnóstico Diferencial Aplicado A Un Caso Clínico

Teniendo en cuenta nuestra experiencia en distintas instituciones, tanto del ámbito de


la educación como de la salud, hemos podido observar la difícil tarea que implica realizar un
diagnóstico diferencial.
Es por eso que pensamos en la creación de un dispositivo que contenga una diversidad
de saberes que se entrelacen para posibilitar un abordaje singular, produciendo intervenciones
adecuadas, que posibiliten un alivio en el padecimiento de niños, adolescentes, adultos y sus
familias.
Creemos que se trata de propiciar, de crear espacios posibles para cada uno de estos
niños, adolescentes o adultos, dentro de nuestra institución y por fuera de ella, en los tiempos
que cada uno de ellos nos propongan. Como así también crear espacios con relación a la
posibilidad de intercambio con otras instituciones, tanto de orden educativo, como de la salud,
justicia o cultura.
A continuación presentaremos un caso clínico que da cuenta de la orientación que
proponemos.

Creemos que este tratamiento no puede ser considerado, en sentido estricto, un


psicoanálisis, pero hubiera sido imposible de explicar fuera de lo que el psicoanálisis enseña.
A, según relata su madre, no tenía, en 11 años, un diagnóstico claro. Había un foco
irritativo en el temporal izquierdo que salía en el E.E.G. y que desapareció cuando comenzó a
concurrir a una escuela para niños con problemas emocionales. En un establecimiento donde
fue atendido durante casi dos años lo diagnosticaron con “inmadurez psicomotora por
trastornos neurofisiológicos funcionales”.
El niño no habla, relata su madre, es decir, muy poco. A los 18 meses comenzaron a
consultar por una hipotonía muscular que no le permitía afirmar la marcha. A partir de aquí
comenzó, para la familia, el deambular por los más variados servicios y consultorios públicos y
privados.
En ALPI lo diagnostican como un afásico, pero en el informe detallan que no
consideran que sea esta la causa por la que el niño no habla, y recomiendan orientación
psicológica.
Comienzan a concurrir al lugar donde fue atendido por dos años y, al mismo tiempo,
cambian la atención neurológica, cuando el padre comienza a trabajar en un lugar que
contempla la neurología, en su obra social, pero no la psicología. El neurólogo cambia
nuevamente el diagnóstico “es un psicótico o autista”.
La primera entrevista la tengo con la madre; se muestra escéptica, viene por
recomendación de la maestra. Después de la primera entrevista queda en volver a una segunda
entrevista a la que no asiste. Supongo que ha desistido, pero a las dos semanas vuelve a
presentarse. Le hago saber que será necesaria la presencia del padre: “mi marido no cree en la
psicología y nunca colabora en nada”; respondo “¿si usted se lo propone, no es capaz de
hacerlo venir?”. Efectivamente, a la semana siguiente se presenta el padre.
Después de tres entrevistas con la madre y una con el padre decido tener una entrevista
con A.

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En la primera entrevista A. entra en el consultorio, se sienta frente a mí, le hablo, no
contesta, me mira, le ofrezco algunos juegos. Por momentos creo que rehuye la mirada, pero
no le pido que haga nada en particular, espero y finalmente toma un autito y lo hace rodar. En
ese momento me dirige la mirada. Durante las primeras sesiones se levanta cuando se le indica
el término de la sesión, pero luego manifiesta claramente su deseo de prolongarlas; comienza a
llamarme por mi nombre y a preguntar por mí en su casa; manifiesta elección por ciertos
juegos y desinterés por otros.
Decido atender a A. siempre y cuando los padres se comprometan también a
entrevistas individuales, por separado; así lo hacen.
Ambos padres se presentan bajo el significante de la culpa: por no haberse dado cuenta
antes, por no haberlo estimulado más, por no tener los medios suficientes para optimizar la
atención, porque los problemas de pareja afectan a sus hijos. Tienen otra hija tres años menor.
El padre esperaba el nacimiento de A. con gran expectativa. Él había perdido a su
padre a los 14 años y había quedado a cargo de la madre y una hermana menor, por expreso
pedido de su padre en el lecho de muerte. La llegada del hijo varón era una gran esperanza de
sentirse reivindicado como hombre. Este hijo lleva el mismo nombre que su padre, que es a la
vez su propio nombre. La culpa que le produce el odio inconsciente hacia este hijo no le
permite implicarse demasiado en lo que hace a sus tratamientos. Además, la madre sanciona
constantemente la forma en que este padre se dirige al hijo. En un momento de las entrevistas
en que llega a decir algo con relación a su salud y a las presiones en su trabajo recuerda que su
padre murió de un infarto “por presiones”. En poco tiempo más A. cumplía 14 años.
A partir de aquí decide que debe volver a realizar deportes y comienza a poner
dificultades para concretar las entrevistas. Entonces decido suspenderlas con él.
La madre enuncia la queja constante: con relación a la atención que recibe su hijo en las
distintas instituciones a las que asiste, en relación con su marido, con relación a su hija. Por
este motivo “si ella no está presente las cosas no son como deben ser” es que siempre está
metida en todos los lugares a los que lleva a A. En una ocasión relata que lo llevaba a una
fonoaudióloga; como el consultorio daba a la calle se subió a un banquito y miró por la
ventana lo que hacían en la sesión: “ella miraba una revista mientras A. jugaba en el piso”. El
niño tenía entonces 2 ½ años.
La estrategia de estas entrevistas apuntó a permitirle a la madre tener un lugar en el
tratamiento, pero sin estar “metida” en él, y a desplegar su propia historia para que pudiese
correrse del lugar de la culpa al de la responsabilidad. Pudo darse cuenta cómo se metía en la
escuela de A. calificando a los docentes, a la dirección y obstaculizando la tarea.
En una entrevista, en que tiene un lapsus con relación a su nombre y a lo que hace, le
pregunto por esto y dice “como si tuviera dos cabezas” ¿y qué le hace pensar esto? “Que
quiero estar en la cabeza de mi hijo y eso no es así”.
A medida que avanzaba el tratamiento A. pudo expresarse un poco mejor, utilizar más
términos y a animarse a hablar con más personas. Pero, fundamentalmente, la madre comenzó
a escucharlo más, a preguntarle, a dejarlo jugar, a ponerle límites cuando se encaprichaba. Se
pudo hacer amigo de algunos niños que lo aceptan con sus limitaciones.
La madre fue aceptando lo irreversible del déficit de A. sin culparse ni desvalorizarlo
por no cubrir sus expectativas.

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En una entrevista relata el siguiente sueño: ella va caminando por una especie de colina
y en el camino encuentra paquetes, se siente culpable por lo que puedan contener esos
paquetes y trata de ocultarlos; luego sueña con caballos con cascos y orejeras, que van
corriendo como alocados y asustados; finalmente sueña con su hijo y lo ve como es ahora,
tranquilo y siente que puede decirse a sí misma que tanto esfuerzo valió la pena.
Dice Pierre Bruno, en referencia a uno de sus análisis con niños débiles “nada más
parecido con el débil mismo, aún en el caso de ser sometido a la imposición de ese significante
como objeto del fantasma maternal, un niño se encuentra - medimos el término- psicotizado
(psicotizado pero no psicótico, él se encuentra solo delante de un significante opaco y
opacante, pero el lugar del padre no es señalado como una impostura, lo que lo salva de la
psicosis).”
Esta era la hipótesis a verificar en este tratamiento.

Alicia Marta Dellepiane


Directora de NEPyAC
dellepianeam@fibertel.com.ar

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