De la brevedad de la vida (I), Séneca

Álvaro Moreno Vallori
24 de Abril de 2010

En De la brevedad de la vida, Séneca defenderá la tesis de que la vida no es tan breve como parece, sino que la hacemos breve al desaprovechar el tiempo. A lo largo de la obra, rechazará los comportamientos que estime una pérdida de tiempo, y dispondrá las actitudes que habría que tomar frente a situaciones diversas con el objeto de aprovechar verdaderamente el tiempo y evitar que la vida se perciba como algo fugaz. En primer lugar, nos habla de un concepto clave del estoicismo, doctrina en la que Séneca se sitúa, que es la ataraxia o imperturbabilidad: “No debes dudar que quien nació hombre puede elevarse por encima de la condición humana, que pueda contemplar tranquilamente el dolor, la ruina, las heridas, las llagas y los grandes cataclismos que se produzcan a su alrededor, sobrellevando plácidamente las calamidades y mesuradamente la prosperidad, sin dejarse vencer por aquéllas y sin confiar en ésta, antes conservándose siempre igual en medio de los cambios” Así, Séneca defiende un completo control de uno mismo frente a las adversidades que pueda deparar la vida, y además lo presenta como algo accesible a todos si lo pretenden (si bien esto es cuestionable, en general es mucho más accesible de lo que la gente puede pensar). Por otro lado, tampoco considera propicio dejarse llevar por la prosperidad, pues puede que acostumbrarse demasiado a ella nos haga estar desprevenidos frente a lo negativo que pueda pasar. En este sentido, lo ideal sería un estado tal que se pueda disfrutar de la prosperidad pero sin dejar de ser consciente de la incertidumbre del futuro, de manera que aunque la situación cambie para mal, seamos capaces de sobrellevarla con facilidad. En cualquier caso, todo esto se seguirá explicando a lo largo de la obra. El siguiente fragmento presenta otros matices respecto a la misma cuestión: “Hay que quitar, por ello, importancia a las cosas, y soportarlas con más facilidad: es más humano tomar la vida a risa que a llanto. Añade que es mejor bienhechor del género humano el que ríe que el que llora: aquél deja algún lugar a la esperanza; éste llora neciamente por aquello que no espera poder corregir. Ante el espectáculo de todas las cosas es mayor la grandeza de ánimo de quien no puede contener la risa que la de quien no contiene las lágrimas, ya que éste no es impulsado más que por una pasión muy suave y en medio de tanta apariencia no juzga nada grande, nada serio, ni siquiera digno de lástima. Que cada uno se proponga a sí mismo las cosas que han de alegrarle o entristecerle. [...] Con todo, es preferible aceptar tranquilamente las costumbres públicas y los defectos particulares, sin abandonarse a la risa ni al llanto. Atormentarse a causa de los males ajenos es una fuente constante de angustias, [...] de la misma manera que es un acto de compasión inútil llorar y poner la cara triste porque alguien lleve a enterrar a su hijo.” Efectivamente, es fundamental “quitar” importancia a las cosas, o más que quitarles importancia, no dársela, y ser bien conscientes de que no tienen ninguna especie de importancia intrínseca, sino

que la importancia se la dan las personas. Así, depende de nosotros la importancia que queramos darle. Además, recordando el pensamiento que ya explicaba Séneca en De la ira, de comprender que la ira no nos es útil, y por tanto cuestionar para qué la queremos, podemos aplicar esto a todas las emociones negativas, a saber, la tristeza, el odio, la envidia, y demás, y junto con la comprensión de que la importancia de las cosas es algo que decidimos nosotros, proponernos las cosas que nos tienen que alegrar y las que nos tienen que entristecer (si es que hay alguna razón por la que queramos entristecer en ciertas situaciones), como bien dice el autor. En la misma línea tenemos el siguiente extracto: “Es también necesario hacernos flexibles, y no tomar demasiado apego a nuestros propósitos, sino adaptarnos de buen grado a lo que nos depara el destino, sin que nos asuste demasiado el mudar de intento o de situación. [...] El ánimo debe, por tanto, renunciar a sus aficiones externas y recogerse en sí mismo; en sí mismo poner su confianza y cifrar sus goces; no apreciar más que sus propios bienes y apartarse cuanto pueda de los extraños para replegarse sobre sí y hacerse insensible a los daños, interpretando favorablemente incluso las contrariedades.” De la misma manera que no es aconsejable, si uno no quiere gastar su tiempo lamentándose, entristeciéndose o enfadándose, tomar con mucha importancia las cosas en general, no lo es volcarse en exceso a los intereses propios, o al menos no hacerlo en aquellos que estén sujetos a cambio. Por ejemplo, no sería aconsejable volcarse excesivamente en la posibilidad de que a uno le concedan una beca para estudiar en una universidad prestigiosa, puesto que hay muchas probabilidades de que esto no vaya a pasar. De la misma manera, no sería aconsejable volcarse excesivamente en la posibilidad de llegar a ser el número uno tocando un instrumento, porque igualmente hay pocas probabilidades. Esto no quiere decir que no haya que aspirar a lo mejor posible, pero la idea debería ser más bien de trabajar al máximo, y no preocuparse por los resultados. En general, este tipo de aspiraciones son o superficiales o ingenuas, porque, si por ejemplo la idea es ganar un premio o tener un reconocimiento extraordinario para “ser de los mejores” de cara al reconocimiento de la gente, entonces se está siendo superficial, y si uno simplemente quiere “ser de los mejores” para estar él mismo orgulloso, entonces quizá está siendo ingenuo y poniendo el listón demasiado alto. En fin, lo ideal está en que las metas no sean cosas puntuales, sino estados, es decir, es mucho más satisfactorio, por ejemplo, tener como meta la investigación y disfrutar con ella, que tener como meta el descubrir cosas importantísimas. Si se descubren, perfecto, pero si no, el sólo hecho de investigar ya debería ser satisfactorio, y si no lo es, entonces estamos sujetos a la fortuna. También, se comenta que es aconsejable interpretar favorablemente incluso las contrariedades, lo que es evidentemente cierto, porque si se pueden interpretar favorablemente, entonces en cierto sentido dejan de ser contrariedades. Es evidente que la cuestión no es no tener ninguna aspiración y conformarse con cualquier cosa. La actitud es tener aspiraciones, y si no se cumplen, seguir intentándolo, pero sin que se convierta en una obsesión, y sin abatirse por no conseguirlas. La idea es alcanzar un equilibrio entre tener las ganas suficientes como para esforzarse y tener posibilidades (incluso esforzarse mucho y tener muchas posibilidades), pero siempre ser consciente de que puede que no se consiga lo que se busca, y estar preparado para sobrellevarlo, sin que ello vaya a implicar un menor esfuerzo, en la medida de lo posible. Encontramos más sobre la interpretación de las adversidades en el siguiente texto: En cualquier género de vida encontrarás satisfacciones, compensaciones y placeres, si juzgas leves los males y no te los haces odiosos. [. . . ] Cada uno debe, pues, habituarse a su propia condición, quejarse de ella lo menos posible, y aprovechar cuantas ventajas encuentre a mano: nada hay tan acerbo que no ofrezca algún consuelo a un alma serena. [. . . ] Ante los obstáculos, esgrime tu razón; lo duro puede ablandarse, lo estrecho ensancharse, lo pesado aligerarse para quien no sepa aguantar. De nuevo se defiende el juzgar leves los males, y se habla de habituarse a aquello que no podamos

cambiar. Es decir, se plantea una concepción optimista de todo lo que sucede. En cuanto a la elección de amistades, Séneca opina lo siguiente: Sin duda es también necesario elegir a los hombres, y ver si son dignos de que les confiemos una parte de nuestra vida y si han de sacar provecho del tiempo que nos hacen perder. [. . . ] Estos amigos, en la medida de lo posible, hay que elegirlos libres de concupiscencias, pues los vicios se infiltran aun en el prójimo, se le contagian y sólo con su contacto le perjudican. [. . . ] No llegaré a prescribirte que no sigas ni te atraigas sino al sabio; porque ¿dónde encontrarías uno, si hace tantos siglos que lo andamos buscando? El menos malo será el mejor. [. . . ] hay que hacer la elección menos enojosa posible. Y hay que evitar, de manera especial, los tristes y los que se quejan de todo, para quienes cualquier motivo de lamentación es un placer. Aun cuando sea fiel y bien intencionado, un compañero siempre acongojado y gimoteador es un enemigo de la tranquilidad. La primera parte es bastante obvia, puesto que nadie elegirá amigos a sabiendas de que serán una mala influencia, otra cosa es lo que se considere bueno o malo; en este caso estamos hablando de que la idea es que emplear tiempo con sentimientos negativos “es malo”. La parte más interesante del párrafo son las dos últimas líneas, en las que se presenta a aquellos individuos que más se entristecen o que más se quejan como aquellos más indeseables, puesto que continuamente perturbarán el estado de ataraxia (en concreto con respecto a los sentimientos negativos) que buscamos. El siguiente fragmento, hace referencia a las injurias: “«De nada estoy tan convencido – declara Sócrates o algún otro que tiene igual derecho e igual autoridad para hablar de las cosas humanas – como de que no debo plegar los actos de mi vida a vuestras opiniones. Id diciendo por doquier lo que soléis: no pensaré que me ultrajáis, sino que gimoteáis como unos pobres niños.» Esto mismo dirá aquel a quien su alma libre de vicios ordenó reprender a los demás, no por odio sino para curarles. Y aún agregará: : «Vuestras apreciaciones me afectan, no por mí, sino por vosotros, porque odiar la virtud y declararle la guerra equivale a desesperar de sí mismo. En nada me ofendéis, como no ofenden a los dioses los que derriban sus altares.»” Como ya se vio en el análisis de De la ira, no interesa perder el tiempo en preocuparse por las injurias, y si hará caso omiso, como si de niños o animales se tratara, pues quien lo hace actúa en ese momento de una manera desprovista de razón, y movida meramente por el instinto de la ira.

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