P. 1
Como Se Hace Un Proceso - Adol

Como Se Hace Un Proceso - Adol

|Views: 182|Likes:
Published by MabelCalle

More info:

Published by: MabelCalle on Oct 17, 2010
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

12/22/2012

pdf

text

original

La ciencia del proceso habla poco de la discusión; y, sin embargo, es este uno de los aspectos
más interesantes de su realidad.
Comencemos por detenemos en la palabra. Discutir, del latín discutio, viene de quaestio, que
quiere decir sacudir: sacudir de aquí y de allá. ¿Qué tiene que ver esta idea con el proceso?
Piénsese en el aventador, o aun solamente en el cedazo; se trata de hacer pasar las razones
buenas, reteniendo las malas; si no se sacude el cedazo, no se refina la harina.
Recogidas las pruebas, puesto que la ley le es ya conocida, dijérase que no le queda al juez más
que juzgar. Sí, pero juzgar es una palabra. ¿Creéis que la sentencia le brotará sin más de la
mente, como Minerva armada brotó del cerebro de Júpiter? Aunque hubiese de decidir
inmediatamente y estuviese solo, lo veríais perplejo al deliberar consigo mismo las razones
opuestas.
Basta que cada cual interrogue a su propia experiencia para hacerse cargo de que en ninguna
materia la verdad se consigue de un golpe; siempre aparece ella mezclada con el error, y el
camino que a ella conduce, va en zigzag: "El sí y el no disputan en mi cabeza". Pero cada uno de
los otros, por desgracia, ve las cosas de un lado solo; le es difícil salir de sí para verla desde otro
punto de vista. El "consigo mismo" quiere decir en último caso que debiéramos desdoblarnos para
convertimos en otro distinto, y es este un esfuerzo que no todos ni siempre consiguen realizar.
En ello precisamente está la razón de aquella formación colegiada del juez de que hablábamos.
¿Os habéis preguntado alguna vez por qué Dios nos ha dado dos ojos en vez de uno solo?
Solamente quien tiene dos ojos y ve las cosas desde dos puntos de vista, las ve en relieve. El juez
singular tiene la inferioridad del monóculo en comparación con el juez colegiado. Pues bien, la
ventaja de la formación colegiada está precisamente en que facilita la discusión. No hay ya
necesidad de esfuerzo para convertirse en otro distinto de sí, cuando pueden discutir personas
diversas. Es difícil, por no decir imposible, que todos los jueces del colegio vean la causa del
mismo modo; por eso, a la visión unilateral, casi inevitable cuando el juez es uno solo, se
superpone la visión plurilateral: cada cual agrega algo a lo que dicen los demás, y en el contraste
entre las diversas opiniones es probable que se forme una opinión común próxima a, la verdad.
Pero la discusión en el seno del colegio no sería suficiente para vencer las dificultades que se
encuentran en el áspero trabajo que implica la búsqueda de la verdad. Los jueces son, por
definición, desinteresados; y si el desinterés es una condición favorable a la valoración de las
razones opuestas, no es, en cambio, la mejor condición para buscarlas. El juez tiene en el fiel la
balanza; pero son necesarias las partes para cargar los platillos. Aquí aflora de nuevo el concepto
de la acción de las partes y del contradictorio; hay necesidad de las partes, no solo para la
proposición de la demanda, no solo para la búsqueda y la recepción de las pruebas, sino también,
y yo diría sobre todo, para proveer al juez las razones, lo cual se consigue precisamente mediante
la discusión de ellas. Así ocurre que, agotada la instrucción, antes de pasar a la decisión debe
seguir la discusión: con este nombre se designa una actividad de las partes que trataremos ahora
de examinar en su forma y en su contenido.
Lo que las partes hacen en la discusión es, en definitiva, lo mismo que hará el juez para decidir.
Cada una de ellas propone y aconseja al juez la decisión que le parece justa. Su cometido
consiste, pues, en un proyecto de decisión. Ella reconstruye los hechos a través de la crítica de
las pruebas; busca e interpreta después las normas de ley por las que se regulan los hechos; y
finalmente concluye que, supuestos así el hecho y el derecho, el juez debe adoptar una
determinada decisión.
Se comprende inmediatamente cómo, para que discusión resulte eficaz, no debe ser hecha por
las partes en sentido material, ya que ellas no tendrían no solo la preparación técnica, sino que
tampoco tendrían el necesario dominio de sí. La discusión es por eso, de ordinario, obra de los
abogados en el proceso civil, y de los abogados y del ministerio público en el proceso penal.

Pero lo que sorprende a los profanos es cómo, si cada una de las partes tiene que presentar al
juez un proyecto de decisión, es decir, la que a ella le parece la decisión justa, los dos proyectos
pueden y hasta deben ser opuestos. Si la verdad es una, ¿cómo cada una de las partes propone
una decisión diversa y hasta contraria de la otra? En realidad ocurre cabalmente así: el ministerio
público pide la condena y el defensor pide la absolución; el defensor del actor en una causa civil
sostiene que debe reconocerse propietario del fundo controvertido a su cliente, y el defensor del
demandado afirma, en cambio, que el propietario es este. No es difícil que, frente a este
espectáculo, el público, decíamos, quede sorprendido y hasta desconcertado, al punto de formar
juicios pesimistas sobre los abogados, a los cuales se los hace objeto de burla y hasta de
desprecio. Una tal sorpresa, hasta cierto punto está justificada; pero se desvanece cuando estos
fenómenos se consideran con serenidad.
Ante todo se debe reflexionar que la oposición entre las partes es útil, o más bien necesaria, al
juez. Ya me he referido, al hablar del contradictorio, a la importancia de la duda para la búsqueda
de la verdad. Cuanto más fuertemente se agita la duda, mayor es la probabilidad de poder
conseguir la verdad. A este fin ayuda, y hasta es necesario, que la duda se concrete en un duelo.
Nada sirve para promover la duda mejor que el contraste de los intereses. El interés es la
condición de la atención, y la atención a su vez es la condición de la búsqueda. Con el estímulo
del interés se afina la crítica de las pruebas, se profundiza la interpretación de las normas
jurídicas, surgen nuevas ideas y se abren nuevos caminos. No se excluye que alguna vez pueda
desviarse la justicia con ello, de hecho, así ha ocurrido, pero si se pudiera hacer una estadística,
resultarían mucho más numerosos los casos en que sin el contraste entre las partes no se hubiera
tenido la decisión justa.
En cuanto a la que podemos llamar la cuestión de conciencia de los defensores, su deber no es
juzgar, sino combatir. Saben que la justicia exige de ellos el combate. Lo que ellos dicen, no debe
ser considerado en sí, sino en función del necesario contraste con las afirmaciones del adversario.
Ellos se asemejan a dos caballos de tiro, cada uno de los cuales, en el esfuerzo común, arrastra el
carro por su parte; pero si no lo hiciesen así, el carro se desviaría hacia la parte del otro.
Su responsabilidad es solo la de no dejar sin defensa alguna posición atacada por el adversario,
en los límites en que ello esté consentido por la buena fe. Por suerte para ellos, el esfuerzo que
realizan al contradecirse, los apasiona al extremo de terminar casi siempre por considerar buenas
sus respectivas razones; en esto, la próvida naturaleza los ayuda y sostiene. Por supuesto, no
raras veces el ardor del combate los arrastra más allá del límite del comedimiento; pero la gente,
que se escandaliza de ello, debiera vivir la vida que ellos viven para hacerse cargo de que tales
riesgos son casi imposibles de evitar.
Desde el punto de vista formal, la discusión se resuelve en un discurso que cada una de las partes
dirige al juez. El discurso puede ser directo o indirecto, oral o escrito. Tanto la oralidad como la
escritura tienen sus pros y sus contras, como todas las cosas de este mundo. La escritura se
presta mejor a la meditación de quien escribe y de quien lee; el discurso hablado mueve más
fuertemente el ánimo de quien habla y de quien escucha. Es natural que el ordenamiento del
proceso trate de integrar un método con otro, de manera que la discusión, por lo común, no sea, o
mejor, no debiera ser, ni únicamente escrita ni únicamente oral.
En el proceso civil los defensores exponen antes sus razones, haciendo ciertas escrituras que
toman el nombre tradicional de escritos de comparecencia, y pronunciando después en la
audiencia discursos que se denominan, también tradicionalmente, informes. Por desgracia, sin
embargo, la costumbre forense en materia civil ha venido desarrollándose en el sentido de una
progresiva decadencia de la discusión oral, al punto de que la reciente reforma del ordenamiento
del proceso consiente que la discusión se limite a la forma escrita. Así, la práctica oral de la causa
civil se hace cada vez más rara, excepción hecha de la Corte de Casación.
También el proceso penal admite la discusión escrita sobre todo en la fase instructoria,
precisamente cuando se trata de valorar los resultados de la instrucción preparatoria para decidir
si el proceso debe proseguir o no con el debate; entonces el ministerio público y los defensores
presentan al Juez instructor escrituras que se llaman memorias cuando provienen de los
abogados y requisitorias cuando emanan del ministerio público. Así pueden hacerlo también en el
debate; pero la forma predominante de la discusión es oral. El discurso del ministerio público se

llama también requisitoria; el de los defensores, defensa. El proceso penal es por tanto el campo
clásico de la elocuencia forense, que probablemente es la más genuina de las varias especies de
elocuencia.
Es sobre todo en este campo donde el oficio del abogado, cuando se lo ejerce dignamente,
alcanza las cumbres del arte, de la cual es sin duda la elocuencia una manifestación auténtica. Y
es precisamente en este campo donde el arte descubre sus maravillosas relaciones con la
caridad. La altura, y me atrevería a decir, la pureza de la elocuencia forense, la adquiere el
defensor en virtud del amor que lo une a su defendido, con quien termina por identificarse, al
extremo de sufrir sus dolores y compartir sus esperanzas o sus remordimientos. Quienes no
comprenden, y son por desgracia muchos, la solidaridad del defensor con el imputado, aun
cuando el defensor esté convencido de su culpabilidad, debieran meditar en el ademán sublime de
San Francisco, que no solo se detuvo, cuando cabalgaba en la dulce primavera de la Umbría, al
aparecer el leproso, no solo le ofreció su dinero, sino que, bajándose de su cabalgadura, lo besó
en el rostro carcomido por la horrible enfermedad.

You're Reading a Free Preview

Download
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->