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El simulacro

Jorge Luis Borges

En uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del Chaco.
Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo
trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era. Eligió un rancho
cerca del río; con la ayuda de unas vecinas, armó una tabla sobre dos caballetes y
encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron cuatro
velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. La gente no tardó en acudir.
Viejas desesperadas, chicos atónitos, peones que se quitaban con respeto el casco de
corcho, desfilaban ante la caja y repetían: Mi sentido pésame, General. Este, muy
compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como
mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba
con entereza y resignación: Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible.
Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola
vez.

¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un
triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su
doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una
vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra
perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el
drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer
Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o
anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para
el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología.

El cautivo

En Junín o Tapalqué refieren la historia. Un chico desapareció después de un malón; se


dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo de los
años, un soldado que venia de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que
bien podía ser su hijo.
Dieron por fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo
que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajando por el desierto y por la vida
bárbara , ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir,
indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez por que los otros se detuvieron.
Miró la puerta, como sin entenderla. De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo
el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en
la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de hasta que había escondido ahí,
cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían
encontrado al hijo.

Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día
fue a buscar su destino. Yo querría saber que sintió en aquel instante de vértigo en el
que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y
murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, a
los padres y a la casa.