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CONFERENCIA DEL EPISCOPADO ESPAÑOL

COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS

CON VOSOTROS ESTÁ


CATECISMO PARA PREADOLESCENTES
manual del educador - guía doctrinal

http://www.mercaba.org/EDUCADOR/003-023_indice_general.htm

ÍNDICE GENERAL

• Prólogo.

• Nota importante.

• Abreviaturas y siglas.

• INTRODUCCIÓN GENERAL.

CAPITULO I. Temario general del Catecismo para preadolescentes:


"
Con vosotros está" y "Manual del educador: Guía doctrinal".

CAPITULO II. Justificación del temario del Catecismo para


preadolescentes:

1. Características generales.
2. Características del contenido.
3. Algunas características del lenguaje y del método de exposición.

CAPITULO III. La catequesis en la preadolescencia: 11-14 años. Algunas


orientaciones catequéticas y pedagógicas.

1. Características generales de la educación en la fe de los preadolescentes.


2. El "Manual del educador: 1. Guía doctrinal", el Catecismo "Con vosotros está"
y la Catequesis.

3. Líneas generales de orientación pedagógicas y catequéticas para el uso del


Catecismo.

INTRODUCCIÓN AL CATECISMO

Tema 1. Buscando la luz.

o Caminantes.
o ¿Quién soy yo?
o Mi vida de fe.

PRIMERA PARTE: CRISTO ESTA CON NOSOTROS

CAPITULO I. Cristo ha resucitado y vive.

Tema 2.-Cristo vive.

o Resucitado.
o Entre nosotros.
o Testigos de su resurrección.

CAPITULO II. ¡Convertíos! Al encuentro de Cristo por los caminos del Dios
vivo.

Tema 3.-En la alianza encontramos a Cristo: donde los hombres reconocen a


Dios. Donde los hombres se aman.

Tema 4.-En el éxodo nos encontramos a Cristo: donde el hombre es liberado de


los ídolos y poderes que le asedian y esclavizan.

Tema 5.-Encontramos a Cristo en el desierto: donde los hombres experimentan


las dificultades de la liberación. Don-de el hombre se pone en diálogo con Dios.

Tema 6. Nos encontramos con Cristo en la tentación: cuando en las


encrucijadas de la vida aceptamos la llamada de Dios.

Tema 7.-Encontramos a Cristo en los pobres: que en ellos quiere ser servido.

Tema 8.-Cristo está en los profetas enviados por Dios: en los que llevan su
palabra. Encontramos a Cristo cuando cumplimos la Palabra de Dios.

Tema 9.-Nos encontramos con Cristo cuando hacemos nuestra su actitud de


Siervo de Yahvé: el camino de los justos injustamente perseguidos.
Tema 10.-Cristo está en la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza: en medio de los
que se reúnen ,en su nombre.

Tema 11.-Encontramos a Cristo en la fiesta, en la paz, en la alegría: una paz


que el mundo no puede dar, una alegría que nadie nos puede quitar.

CAPITULO III. En Cristo nos encontramos con el misterio de Dios.

Tema 12.-Nos encontramos con Dios en Cristo.

SEGUNDA PARTE: CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DE DIOS

CAPITULO I. Cristo es el Señor de mi vida y de la Historia.

Tema 13.-Los primeros cristianos proclaman que Jesús es el Señor.

Tema 14.-Nacido de mujer que no conoció varón.

Tema 15.-Años de vida oculta de Jesús.

Tema 16.—Vida pública de Jesús. Bautismo. Predicación. Signos.

Tema 17.—¿Quién es Jesús? Mesías. Siervo. Señor. Hijo del Hombre. Hijo de
Dios.

Tema 18.—Misterio Pascual de Jesús. Paso de este mundo al Padre: Pasión y


Glorificación de Jesús, nuestro Redentor.

CAPITULO II. Dios Padre y el Espíritu. La Santísima Trinidad.

Tema 19.-El rostro de Dios Padre.

Tema 20.-La hora del Espíritu ha llegado.

Tema 21.-El misterio de Dios: Dios es amor y amor entre personas. La


Santísima Trinidad.

TERCERA PARTE: CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DEL HOMBRE.


"Por nosotros los hombres y por nuestra salvación."

DEL HOMBRE VIEJO AL HOMBRE NUEVO

CAPITULO I. Un "paso" que transforma al hombre.


Tema 22.—Introducción: Del hombre viejo al hombre nuevo.

o En proceso de conversión.
o Por la fuerza del Espíritu.
o La conciencia moral y la libertad del hombre.

CAPITULO II. Bajo el dominio del pecado. El hombre viejo.

Tema 23.—Convencidos de pecado por el Espíritu: Conciencia de pecado a la


luz de la fe.

Tema 24.—El pecado.

o La experiencia del mal. El pecado, la raíz más pro-funda de la


miseria 'humana.

o La raíz de todo pecado: el pecado original. La triple ruptura: con


Dios, con los otros, consigo mismo. Con-secuencias universales del pecado.

Artículo 1.-Impacto del pecado en los diversos órdenes de la vida.

Tema 25.-Sin la gracia, no podernos amar al prójimo con amor auténtico.

Tema 26.-Sin la acción del Espíritu, no podemos colaborar verdaderamente con


los demás: explotación y utilización del hombre.

Tema 27.-Sin el Espíritu de Cristo, no podemos servir al prójimo con amor


verdadero. Dominio del hombre sobre el hombre.

Tema 28.-Sin la gracia del Espíritu, no podemos adorar al Dios verdadero en


espíritu y en verdad.

Artículo 2.-Algunos problemas concretos.

Tema 29.-Sin el don del Espíritu, no es posible establecer una relación entre
hombre y mujer, según el designio de Dios. El desprecio dél otro sexo.

Tema 30.-Sin la gracia de Dios, no podemos establecer una relación adecuada


con las cosas. En una sociedad de con-sumo.

Tema 31.-Sin el Espíritu de Cristo, no podemos vencer la tentación de la


violencia.

Tema 32.-Sin la gracia del Espíritu, no podemos respetar de verdad el derecho y


la dignidad del otro. El menosprecio de la dignidad y derechos del hombre.

CAPITULO III. La conversión.


Tema 33.-Mi situación puede cambiar: la conversión. La gracia nos transforma y
hace capaces de amar de verdad a Dios y al prójimo.

TERCERA PARTE: CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DEL HOMBRE.


"Por nosotros los hombres y por nuestra salvación." (Continuación.)

DEL HOMBRE VIEJO AL HOMBRE NUEVO

CAPITULO IV. Nacidos del agua y del Espíritu. El hombre nuevo.

Artículo 1.—El hombre nuevo, configurado con Cristo: Vida de gracia.

Tema 34.—El Hombre Nuevo, configurado con Cristo por el don y la acción del
Espíritu Santo. La vida de gracia.

Artículo 2.—.El hombre nuevo vive conforme a la palabra de Dios: Moral de


gracia.

Tema 35.—De la vieja Ley al Evangelio. El Espíritu, ley del cristiano.

Tema 36.—Amarás al Señor con todo tu corazón (1.°, 2.° y 3.° Mandamientos).
La Oración.

Tema 37.—Mi padre, mi madre, mis hermanos (4.° Manda-miento).

Tema 38.—El muy difícil amor al enemigo (5.° Mandamiento).

Tema 39. Limpieza de corazón (6.° y 9.° Mandamientos).

Tema 40.—No se puede servir a Dios y al dinero (7.° y 1d.° Mandamientos).

Tema 41.—Caminar en la verdad (8.° Mandamiento).

Artículo 3.—El hombre nuevo nace de la comunidad y vive en ella: La


Iglesia.

Tema 42.—La Iglesia universal, "un pueblo reunido en virtud de la unidad del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".

Tema 43.—Somos Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo. Iglesia santa.

Tema 44.—Nacemos a la fe en una comunidad. La Iglesia es Madre.

Tema 45.—Vivir en comunión. Iglesia una.

Tema 46.—La apostolicidad de la Iglesia. Constitución jerárquica del Pueblo de


Dios.
Tema 47.—La Iglesia, pueblo carismático. Vocación. Vida religiosa.

Tema 48.—Signo en medio de las naciones. Luz de las gentes.

Tema 49.—La actividad misionera de la Iglesia. Evangelizar a todos los pueblos.


Iglesia católica.

Tema 50.—Pueblo de promesas y comunidad de esperanza.

Tema 51.—María, Virgen y Madre de Dios. Madre e Imagen de la Iglesia.

Artículo 4.—El hombre nuevo nace y vive por la celebración del misterio de
Cristo: Los Sacramentos.

Tema 52.—La Iglesia celebra la presencia de Cristo bajo la acción del Espíritu.

Tema 53.-Bautismo: Nacimiento a la fe.

Tema 54.-Confirmación: El Espíritu nos hace testigos.

Tema 55.-Eucaristía: La Cena del Señor.

Tema 56.-Penitencia: Conversión y Reconciliación.

Tema 57.-Unción de los enfermos: La esperanza cristiana en el dolor de la


enfermedad y de la muerte.

Tema 58.-Sacerdocio Ministerial: Al servicio de la misión de Cristo y de la


Iglesia.

Tema 59.-Matrimonio: El amor humano vivido bajo el signo del Espíritu.

CUARTA PARTE: CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DEL MUNDO

DE LA CREACIÓN A LA NUEVA CREACIÓN

CAPITULO I. Entre el don y la esperanza.

Tema 60.-Introducción: De la creación a la nueva creación.

o De mi pasado a mi futuro.
o Por el camino de la fe y de, la conversión.

CAPITULO II. Cristo nos descubre el misterio de la creación.

Tema 61.-La creación, regalo de Dios.


o El mundo y la vida, regalo de Dios.
o La Creación en nuestras manos: colaboradores de Dios.
o Por el mundo y la vida doy gracias a Dios.

Tema 62.—En el encuentro con Cristo hemos sido nuevamente creados.

Tema 63.-El Espíritu, consumador del mundo.

Artículo único.—Algunos problemas concretos.

Tema 64.—El mal en el mundo. El mundo que oculta la gloria de Dios.

Tema 65.—El amor, fuerza creadora y transformadora del mundo.

Tema 66.—Nuestra fe cristiana ante un mundo en génesis. El gozo del


descubrimiento. La ciencia y la técnica de nuestro mundo.

CAPITULO III. Cristo nos descubre el misterio de la nueva creación.


Vivimos en esperanza: Los novísimos.

Tema 67.—Abrid vuestros ojos a las señales del fin.

Tema 68.—Importa estar vigilantes.

Tema 69.—Ni compromiso sin fe, ni fe sin compromiso.

Tema 70.—Hay una esperanza para el mundo. Hay una esperanza para ti.
¡Resucitaremos!

Tema 71.—Sólo Dios conoce y juzga de verdad al hombre. Dios juzga mi vida.
El juicio final.

Tema 72.—La muerte, fin de la vida terrena, fija al hombre en su opción ante
Dios. El Infierno: El pecado eternizado.

Tema 73.—El purgatorio: La madurez lograda después de la muerte.

Tema 74.—Un cielo nuevo y una tierra nueva.

PRÓLOGO

Este "Manual del educador" ha sido preparado por la Comisión Episcopal de


Enseñanza y Catequesis y aprobado por la Conferencia Episcopal Española
pensando en las personas que, por su vocación y misión dentro de la Iglesia,
deben participar en la educación cristiana de los preadolescentes (11-14 años
de edad). Corresponde esta educación a los padres cristianos, a los sacerdotes,
profesores cristianos de centros de educación general básica, catequistas,
monitores o promotores de grupos en parroquias o asociaciones de Iglesia, etc.

El presente "Manual del educador" es ante todo una guía doctrinal. No se tratan
aquí con amplitud aspectos antropológicos, psicológicos, sociológicos y
pedagógicos que requieren una exposición adecuada en "Guías" especiales que
redactarán en su día bien los organismos de la propia Comisión Episcopal de
Enseñanza y Catequesis, bien los autores privados con la aprobación de los
Obispos.

La presentación de este desarrollo doctrinal de carácter orientador, en la etapa


actual de la vida de la Iglesia en España_ era una necesidad sentida no sólo por
los Obispos, sino también por quienes se sienten llamados a educar en la fe a
los preadolescentes. Por una parte, se echaba de menos una presentación
teológica de los temas del Mensaje cristiano, que por su estructura interna,
permitiera un tratamiento catequético de los mismos adaptado a los
interrogantes, aspiraciones y mentalidad del hombre de hoy, y, en concreto, de
los miembros más jóvenes de la Iglesia, dentro de la plena fidelidad a la
revelación divina. Por otra, llegan a veces a manos de los educadores diversos
escritos teológicos o incluso libros destinados a la enseñanza religiosa, en los
que no se respeta suficientemente la integridad de la doctrina católica o la
jerarquía de las verdades reveladas con relación al fundamento de la fe, o no se
recoge con la amplitud deseable, en puntos importantes para la catequesis, la
reflexión teológica más sana y más segura de los últimos años, cuando esta
reflexión ha crecido a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Era pues
necesario ofrecer a los educadores cristianos orientaciones concretas y positivas
sobre el contenido del Mensaje que debe ser transmitido en la formación
religiosa de las generaciones más jóvenes.

En este "Manual del educador" se ha puesto especial interés en presentar la


doctrina de la fe católica, según el Magisterio de la Iglesia. Se han evitado, en lo
posible, aquellos temas que parecen más alejados del núcleo central de la
revelación divina o aquellas teorías que pueden ser legítimamente discutidas
entre los teólogos, pero que no parecen todavía maduras para ser incorporadas
a la enseñanza de la fe cristiana al pueblo de Dios. En la catequesis cristiana se
ha de procurar ante todo educar en la fe de la Iglesia.

En este "Manual" se ha huido de los desarrollos de tipo sistemático abstracto


que no son los más adecuados para la catequesis. En cambio, se recurre
constantemente a la Sagrada Escritura. La abundancia de textos bíblicos
permitirá al educador ampliar por su cuenta, en la lectura directa de los textos
citados, su conocimiento de la revelación divina y descubrir nuevas posibilidades
del uso de la Biblia en la catequesis, en las celebraciones de la Palabra, en la
reflexión de grupos, etc. De este modo la educación en la fe cristiana será más
fiel a las orientaciones pastorales del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada
Escritura como alimento cotidiano de la fe.

Aunque se ha procurado que este "Manual", por su estructura y estilo, fuera


asequible a todos los educadores, habrá algunos para quienes resulte
demasiado elevado o demasiado amplio. En todo caso, no dejará de ser útil para
cuantos se preocupan de la formación de educadores. Sin duda, es ésta una de
las tareas más urgentes de la Iglesia en la España actual.

El educador cristiano que ha de ayudar a los preadolescentes a progresar en la


vida de fe puede preparar sus sesiones de formación religiosa utilizando y
consultando tanto el "Catecismo" que van a usar los preadolescentes ("Con
vosotros está"), como el presente "Manual". En éste se desarrollan con más
amplitud, en sus aspectos teológicos, los mismos temas que en el "Catecismo"
tienen un tratamiento pedagógico adaptado a la edad de 11-14 años. La lectura
personal de cada uno de los temas, la oración, la reflexión en común con otros
educadores, ayudarán a cada catequista o educador a realizar de una manera
más eficiente y más viva —más testimonial— esta misión de la Iglesia: anunciar
a Jesucristo como Salvador de los hombres a las nuevas generaciones.

MAURO RUBIO REPULLÉS


Obispo de Salamanca.

Presidente de la Comisión Episcopal


de Enseñanza y Catequesis

NOTA IMPORTANTE
Para escribir este "Manual del Educador: Guía doctrinal" se han consultado
obras recientes de teólogos, escrituristas, catequetas, etc. La preocupación
mayor de quienes participaron en la preparación de este "Manual" no era la
originalidad, sino el mejor servicio a la fe del pueblo de Dios. El criterio seguido
ha sido no sólo el del valor científico de cada trabajo consultado, sino también su
orientación catequética o su calidad pedagógica.

La obra a la que se ha recurrido con mayor frecuencia ha sido la de LEON-


DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, Ed. Herder, Barcelona, 1975.

Para la redacción de los diversos temas se han tenido en cuenta, entre otros, los
autores siguientes:

ALFARO, J. FLORISTÁN, C. PALENZUELA, A.


ALONSO DÍAZ, J. FRANCO, R. PANNENBERG, W.
ALSZEGHY, Z. FRIES, H. PAOLI, A.
ARON, R. FROMM, E. PEDROSA, V. M.
ARROYO, M. GARCÍA SUÁREZ, A. PIKAZA, J.
AUDINET, J. GIBLET, J. RAHNER, K.
BENOIT, P. GODIN, A. RATZINGER, J.
BENZO, M. GÓMEZ CAFFARENA, J. RENCKENS, H.
BESRET, B. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, REY, B.
BOISMARD, M. E. O. RICHARDSON, A.
BORNKAMM, G. GONZÁLEZ FAUS, J. I. ROF CARBALLO, J.
BOROBIO, D. GONZÁLEZ LUCINI, F. ROYÓN, E.
BOURGEOIS, H. GONZÁLEZ RUIZ, J. M. RUIZ BUENO, D.
BOUYER, L. GRASSO, D. RUIZ DE LA PEÑA, J. L.
BRIEN, A. GUERRERO, J. R. SALAS, A.
CAMBIER, J. GUILLET, J. SCHANZ, J. P.
CAMPS, J. HAAG, H. SCHEIFLER, J. R.
CÁMARA, H. HARING, B. SCHILLEBEECKX, E.
CAZELLES, H. HAMMAN, A. SCHLIER, H.
CENCILLO, L. HORTELANO, A. SCHOONENBERG, P.
CERFAUX, L. JEREMÍAS, J. SCHUTZ, R.
COLOMB, Jh. KASPER, W. SEBASTIÁN, F.
CONGAR, Y. KÜNG, H.LAPPLE, A. SETIÉN, J. M.
CULLMANN, O. LORIMIER, J. SIERRA BRAVO, R.
DANIELOU, J. LARRABE, J. L. SOLANO, J.
DE FRUTOS, M. LATOURELLE, R. SPICQ, C.
DE GROOT, A. LÁZARO, R. TENA, P.
DE LA CALLE, F. LAVIA, M. TEILHARD DE CHA R-DIN, P.
DE LA POTTERIE, I. LE DU, J. TILLARD, J. M. R.
DE LUBAC, H. LÓPEZ DÍAZ, V. TRESMONTANT, C.
DESCAMPS, A. LÓPEZ, J. TRILLING, W.
DÍEZ ALEGRÍA, J. M. LOSADA, J. VANIER, J.
DUQUOC, Ch. LYONNET, S. VAN IMSCHOOT, P.
DURRWELL, F. X. MALDONADO, L. VERGOTE, A.
ERRANDONEA, J. MARTÍN VELASCO, J. VIDAL, M.
ESTEPA, J. M. MOLLER, Ch. VON GEBSATTEL, V.
FARNÉS, P. MOLTMANN, J. VON RAD, G.
FARRÁS, M. MONLOUBOU, L. WALGRAVE, Jh.
FLICK, M. MOUNIER, E. YANES, E.
FLÓREZ GARCÍA, G. ORTEMANN, C. ZALBA, M.

Han sido utilizadas también las siguientes obras: Catecismo Romano, Ed. BAC,
Madrid, 1956.

— Nuevo Catecismo para Adultos y Suplemento, Ed. Herder, Barcelona, 1969.

— Nuevo Catecismo Católico, Ed. Herder, Barcelona, 1971.

— Diccionario Enciclopédico de Teología Moral, Ed. Paulinas, Madrid,


1974.

ABREVIATURAS Y SIGLAS
SAGRADA BIBLIA

Las abreviaturas con que se citan los libros bíblicos son las siguientes:

Joel Jl
Génesis Gn Amós Am
Éxodo Ex Abdías Ab
Levítico Lv Jonás Jon
Números Nm Miqueas Mi
Deuteronomio Dt Nahúm Na
Josué Jos Habacuc Ha
Jueces Je Sofonías So
Rut Rt Ageo Ag
Samuel 1 S, 2 S Zacarías Za
Reyes 1 R, 2 R Malaquías Ml
Crónicas 1 ,Cro, 2 Cro Mateo Mt
Esdras Esd Marcos Mc
Nehemías Ne Lucas Le
Tobías Tb Juan Jn
Judit Jdt Hechos de los Apóstoles Hch
Ester Est Romanos Rm
Macabeos 1 M, 2 M X
Corintios 1 Co, 2 Co
Job Jb Gálatas Ga
Salmos * Sal Efesios Ef
Proverbios Pr Filipenses F1p
Eclesiastés (Qohélet) Qo Colosenses Col
Cantar Ct Tesalonicenses 1 Ts, 2 Ts
Sabiduría Sb Timoteo 1 Tm, 2 Tm
Eclesiástico (Sirácida) Si Tito Tt
Isaías Is Filemón Flm
Jeremías Jr Hebreos Hb
Lamentaciones Lm Epístola de Santiago St
Baruc Ba Epístolas de Pedro 1 P, 2 P
Ezequiel Ez Epístolas de Juan . 1 Jn, 2 Jn,
Daniel Dn 3 Jn
Oseas Os Epístola de Judas Judas
Apocalipsis Ap

* Numeración de los Salmos


o Existen dos numeraciones de los Salmos: una de la Biblia hebrea;
otra, de la versión griega de la Biblia, llamada de los LXX, y de la traducción
latina de la misma, hecha por San Jerónimo, llamada "Vulgata". Las dos
numeraciones coinciden sólo en los salmos: 1.2.3.4.5.6.7.8 y 148.149.150.
o La Iglesia utiliza, en sus libros litúrgicos, la numeración de los LXX
y de la "Vulgata".
o Aunque las ediciones modernas de la Biblia numeran los salmos
según el original hebreo, en este Catecismo seguimos la numeración oficial de la
Iglesia, es decir, la utilizada en los libros litúrgicos.

LIBROS LITÚRGICOS
ICA = Ritual de la Iniciación Cristiana de los Adultos, 1976.
RBN Ritual del Bautismo de Niños, 1970.
RC Ritual de la Confirmación, 1976.
OGMR Nuevas normas de la Misa. Ordenación General del Misal Romano,
1969.
RP = Ritual de la Penitencia, 1975.
RU Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1974.
RM Ritual del Matrimonio, 1971.
RE Ritual de Exequias, 1971.

COLECCIÓN DE DOCUMENTOS
AAS = Acta Apostolicae Sedis.
DS Denzinger-Schónmetzer, Enchiridion Symbolorum, Definitionum et
Declarationum.
RJ = Rouót de Journel, Enchiridion Patristicum.
PG Migne, Patrologiae graecae cursus completus.
PL Migne, Patrologiae latinae cursus completus.

CONCILIO VATICANO II
(1962-1965)
Las abreviaturas con que se citan los documentos del Concilio son las
siguientes:
LG = Lumen gentium Constitución dogmática sobre la Iglesia.
DV = Dei Verbum Constitución dogmática sobre la divina revelación.
SC = Sacrosanctum Concilium Constitución sobre la sagrada liturgia.
GS = Gaudium et spes Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual.
CD = Christus Dominus Decreto sobre el oficio pastoral de los obispos.
PO = Presbyterorum ordinis Decreto sobre el misterio y vida de los presbíteros.
OT = Optatam totius Decreto sobre la formación sacerdotal.
PC = Perfectae caritatis Decreto sobre la adecuada renovación de la vida
religiosa.
AA = Apostolicam actuositatem Decreto sobre el apostolado de los seglares.
OE = Orientalium Ecclesiarum Decreto sobre las Iglesias Orientales católicas.
AG = Ad Gentes divinitus Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia.
UR Unitatis redintegratio Decreto sobre el ecumenismo.
IM = Inter mirifica Decreto sobre los medios de comunicación social.
DH = Dignitatis humanae Declaración sobre la libertad religiosa.
GE = Gravissimum educationis Declaración sobre la educación cristiana de la
juventud.
NA = Nostra aetate Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las
religiones no cristianas.

OTROS DOCUMENTOS OFICIALES


MM = Mater et magistra. Juan XXIII, 1961.
PT = Pacem in terris. Juan XXIII, 1963.
ES = Ecclesiam suam. Pablo VI, 1964.
MF = Mysterium Fidei. Pablo VI, 1965.
PP = Populorum progressio. Pablo VI, 1967.
EM = Eucharisticum mysterium. Pablo VI, 1967.
CPD = El Credo del Pueblo de Dios. Pablo VI, 1968.
HV = Humanae Vitae. Pablo VI, 1968.
DCG = Directorio General de Pastoral Catequética. Sgda. Congregación del
Clero. Roma, 1971. Traducción bilingüe: Secretariado Nacional de Catequesis,
1973.
OA = Octogessima Adveniens. Pablo VI, 1971.
DCN = Divinae Consortium Naturae. Pablo VI, 1971.
SM = El Sacerdocio Ministerial. II Sínodo de los Obispos, 1971.
ICP La Iglesia y la Comunidad Política. Documento de la XVII Asamblea
Plenaria del Episcopado Español, 1973.
ME = Declaración "Mysterium Ecclesiae" sobre la doctrina católica acerca de la
Iglesia. Sgda. Congregación de la Doctrina de la Fe, 1973.
MC = Marialis cultus. Pablo VI, 1974.
ASE = El Apostolado Seglar en España. Orientaciones fundamentales. Comisión
Episcopal de Apostolado Seglar, 1974.
ML = Misterio Pascual y acción liberadora. Documento de Trabajo de la
Conferencia Episcopal Tarraconense, 1974.
EN = Evangelii Nuntiandi. Pablo VI, 1975.
CES = Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual. Sgda.
Congregación de la Doctrina de la Fe, 1975.
GD = Gaudete in Domino. Pablo VI, 1975
RIS La Reconciliación en la Iglesia y en la Sociedad. Carta Pastoral Colectiva
del Episcopado Español, 1975.

OTROS DOCUMENTOS
DDH = Declaración Universal de los Derechos Humanos. ONU, 1948.
DDN = Declaración de los Derechos del Niño. ONU, 1949.

CAPITULO I
Temario general del Catecismo para preadolescentes:
"
Con vosotros está" y "Manual del educador: Guía doctrinal".
INTRODUCCIÓN AL CATECISMO: Buscando la luz.

PRIMERA PARTE: Cristo está con nosotros.

SEGUNDA PARTE: Cristo nos descubre el misterio de Dios.

TERCERA PARTE: Cristo nos descubre el misterio del hombre: "Por nos
otros los hombres y por nuestra salvación."

o Introducción: Del hombre viejo al hombre nuevo.

o Bajo el dominio del pecado. El hombre viejo.

o Nacidos del agua y del Espíritu. El hombre nuevo.

o El hombre nuevo, configurado con Cristo: Vida de gracia.

o El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios: Moral de


gracia.

o El hombre nuevo nace de la comunidad y vive en ella: La Iglesia.

o El hombre nuevo nace y vive por la celebración del Misterio de


Cristo: Los Sacramentos.

CUARTA PARTE: Cristo nos descubre el misterio del mundo.

o Introducción: De la creación a la nueva creación.

o Cristo nos descubre el misterio de la Creación.

o Cristo nos descubre el misterio de la Nueva Creación. Vivimos en


esperanza: Los Novísimos.

* En el Indice de la obra se puede ver el Temario general especificado, con la


serie completa de los temas (aquí).

CAPITULO II. Justificación del temario del Catecismo para


preadolescentes:
1. Características generales.
2. Características del contenido.
3. Algunas características del lenguaje y del método de exposición.

• En este apartado se tiene presente el Temario general especificado, con la serie completa de los
temas, que aparecen en el Índice de la obra

Las notas de pie de página se refieren al "Directorio General de Pastoral Catequética" (DCG) y al
Concilio Vaticano II. Las que van incluidas en el texto se refieren al TEMARIO O ESTRUCTURA
TEMÁTICA GENERAL ESPECIFICADA.

1. CARACTERÍSTICAS GENERALES

1.. Característica: La estructura temática es orgánica.

En ella se presenta el contenido complejo del objeto de la fe, de forma que todo
esté armoniosa y estrechamente ligado entre sí (1).

Al servicio de esta estructura orgánica se han escogido los siguientes núcleos


temáticos:

• CRISTO ESTA CON NOSOTROS.

• CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DE DIOS.

• CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DEL HOMBRE: "Por nosotros los


hombres y por nuestra salvación."

• CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DEL MUNDO.

2.a Característica: La estructura temática es jerárquica.

La conexión y armonía de todas y cada una de las partes del contenido pretende
que la estructura temática esté organizada conforme a una jerarquía de
verdades. Unas se apoyan en otras como más principales y son iluminadas por
ellas (2).

La articulación de la materia en torno a los citados núcleos temáticos obedece a


un propósito de fidelidad a la jerarquización de los contenidos del Mensaje.

1. DCG 39.
2. DCG 43.

3.a Característica: Contenido total del Mensaje Cristiano.


La estructura temática intenta presentar el mensaje cristiano en su totalidad (3),
con fidelidad a la Sagrada Escritura, a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia.

4a Característica: Dimensión histórica del misterio de la Salvación.

El temario pone de relieve el carácter histórico del misterio de la Salvación (4)


Manifestado en Cristo (5), así corno privilegia expresiones y contenidos bíblicos.
La orientación bíblica de la estructura temática es una de sus características
más generales, secundando así una de las orientaciones básicas del Concilio
Vaticano II.

5.a Característica: Hacia el encuentro personal con Dios.

El Catecismo pretende dar una información de las verdades objetivas de la fe.


Pero esto no es suficiente. El Catecismo ha de ayudar también al encuentro
personal con Dios. Este planteamiento es coherente con la naturaleza misma del
acto de fe. La fe, en efecto, tiene, por una parte, una dimensión cognoscitiva y,
por otra parte, es una adhesión personal y libre a Dios, manifestado en Cristo.

6.a Característica: Consideración seria del hombre.

El Catecismo ha de ayudar al creyente a dar una respuesta generosa a la


Palabra de Dios. Pero esta respuesta no puede darla el creyente dejando al
margen de la misma su vida humana concreta, los problemas de los hombres
con quienes convive, etc.

Por ello, el Catecismo asume la experiencia que vive el preadolescente en el


mundo de hoy.

3. DCG 38.
4. DCG 44.
5. DCG 40. "Cristocentrismo de la catequesis".

El temario, en efecto, se hace eco de los problemas del mundo contemporáneo


(6), para tratarlos en la manera y medida adecuadas a la capacidad de vivencia
y comprensión por parte de los preadolescentes. Junto a la fidelidad a Dios, se
considera seriamente al hombre (7). Esta característica general responde a esa
otra orientación básica del Concilio Vaticano II: función de la Iglesia en medio del
mundo actual.

7.a Característica: No todos los elementos del Catecismo tienen la misma


importancia.

Consecuentemente, en todo Catecismo hay una orientación pedagógico-


catequética de fondo. En éste también. Y al servicio de la misma, y de algún
modo como guía y parte del mismo Catecismo, se ha elaborado también el
presente "Manual del Educador: 1. Guía doctrinal".
Tal orientación pedagógico-catequética necesariamente reviste al Catecismo de
un carácter insoslayable: no todos los elementos que en él aparecen tienen la
misma importancia, aunque todos sean pastoralmente necesarios o
convenientes para el acto catequético. En ningún modo se pretende que, en el
aprendizaje y memoria de la fe, se otorgue la misma importancia a los textos de
la Sagrada Escritura, Sagrada Liturgia, definiciones de fe y enseñanzas del
Magisterio, a los testimonios de la Historia de la Iglesia, etc., que a los datos y
testimonios tomados de las ciencias y de la historia humanas, o de la
experiencia cotidiana, etc. (8).

2. CARACTERÍSTICAS DEL CONTENIDO

1.a Característica: Consideración de las experiencias e interrogantes más


importantes del preadolescente a la luz de la fe.

En la Introducción, Tema 1, el Temario o estructura temática, pretende: a) dirigir


la atención del preadolescente hacia sus experiencias de mayor importancia y
amplitud; b) plantear a la luz del Evangelio los interrogantes que surgen de las
mismas (9). Hay que advertir que no se parte de estas experiencias pres

6. GS 1.
7. DCG 30, 32, 33, 34, 36. 37b. 38bc, 83.
8. Cfr. DCG Introducción.
9. DCG 74.

cindiendo de la fe. Todo lo contrario. Se parte de realidades que vive el


preadolescente o el catequista o la comunidad misma, en tanto que vividas
desde la fe de la Iglesia. Estas experiencias, desarrolladas en el Tema 1, son las
siguientes:

• El cambio y el crecimiento: éste se produce en todos los niveles de su


personalidad. Se pretende que en el fondo de esa experiencia el preadolescente
perciba y viva su condición de caminante y peregrino sobre la tierra (Pág. 87).

• La búsqueda de la identidad: el conjunto de todos los cambios del


preadolescente afecta al sentimiento de identidad que anteriormente tenía. Se
pretende que en el fondo de esa experiencia viva el problema de la propia
identidad como problema abierto, que sólo Dios puede definitivamente es
clarecer (Pág. 89).

• La búsqueda de Dios mediante la maduración en la fe: se presenta la


búsqueda de Dios como el problema más decisivo para todo hombre y que no
puede ser resuelto sino en una relación cada vez más profunda de fe con Dios.
La existencia entera del creyente está en juego en la maduración de su fe,
correspondiente a cada una de las etapas de su vida (Pág. 91).
2.a Característica: Mensaje fundamental cristiano y primer desarrollo del mismo.

En la PRIMERA PARTE, titulada Cristo está con nosotros, se presenta el


Mensaje fundamental cristiano y se le da un primer desarrollo.

Cristo vive. Tema 2.

Se comienza con esta proclamación kerigmática del misterio de Cristo, porque


justamente la catequesis es una exposición desde la fe actual de la Iglesia en
Cristo, que vive resucitado. No es propiamente el desarrollo catequético de una
Cristología que tendrá después su lugar adecuado, sino un anuncio-invitación
para una iniciación o renovación de la fe en Cristo-Salvador (10). Esto dará
sentido a todo lo que se expondrá a lo largo del conjunto del Catecismo. Toda la
PRIMERA PARTE, con su proyección sobre el resto del Temario del Catecismo,
manifiesta explícitamente la dimensión cristocéntrica del mismo. Cristo aparece,
desde el primer momento, como centro vivo de la catequesis (11)..

10. Cfr. DCG 6.


11. DCG 40 y 52.

Al encuentro de Cristo por los caminos del Dios vivo.

Temas 3-11 (12).

Para encontrarnos con Cristo es necesario situarnos en el itinerario de fe del


Pueblo de la Antigua Alianza continuado en la Iglesia, Pueblo de la Nueva
Alianza. El encuentro con Cristo en la fe de la Iglesia se describe recurriendo a
algunas experiencias de fe que nos ofrece la Sagrada Escritura. El Antiguo
Testamento es prefiguración del Nuevo Testamento: "toda la Escritura da
testimonio de El" (Jn 5, 39) y nos conduce a El; y a su vez el Nuevo Testamento
es plenitud del Antiguo (13).

Estos temas (3-11) ofrecen unos caminos de acceso a Cristo, aún no


específicamente sacramentales. Es decir, aquí no se trata todavía del encuentro
con Cristo a través de los sacramentos. Se trata de presentar unos caminos de
iniciación o de profundización en la vida de fe. Esta vida de fe es ya de por sí un
encuentro con Cristo.

Dios, que se comunicó a sus amigos y a su Pueblo en el Antiguo y en el Nuevo


Testamento a través de unos determinados acontecimientos y experiencias, se
sigue comunicando hoy a través de nuestras experiencias humanas actuales,
cuando éstas son vividas desde la fe (14). También hoy como ayer, el hombre,
en su itinerario hacia el encuentro con Dios en Cristo, vive en situación de
éxodo, tentación, desierto... Se podría haber elegido una gama más amplia de
experiencias bíblicas de fe. Pero ésta nos ha parecido suficiente.

Este encuentro del hombre con Dios en Cristo a través de la experiencia


humana creyente actual guarda analogía y está en continuidad' con la
experiencia de fe del Antiguo y del Nuevo Testamento. Se destaca finalmente
como lugar privilegiado del encuentro con Cristo —y sin el cual los demás no
tienen sentido— la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios.

Se procura además tener en cuenta que la presentación del mensaje evangélico


no puede hacerse ignorando que Dios creador y salvador ha sembrado ya en el
corazón de los hombres, a quienes se anuncia el Evangelio, sentimientos,

12. A propósito de este epígrafe, hacemos a continuación algunas observaciones que pueden ser
válidas también con referencia a otros núcleos temáticos del Catecismo.
13. Cfr. DV 4, 8, 15, 16.
14. Cfr. OS 11 y DV 8.

valores y experiencias que les preparan para el encuentro con Cristo por la fe.
La evangelización debe explicitar estos valores evangélicos corno "semillas del
Verbo" y "preparación evangélica" (15). Si esto es aplicable a la evangelización
de los que no han recibido el bautismo, a fortiori hay que tenerlo en cuenta en la
catequización de los bautizados. Esta "explicitación" de los va lores evangélicos
que encontramos en la vida de los hombres no consiste en tratar de deducir la
revelación divina de la experiencia humana, sino en ayudar a descubrir, a la luz
de la revelación, la acción de Dios en la vida de los hombres. Esta ayuda la
presta el catequista, actuando como creyente, en nombre de la Iglesia (16).

Conviene volver a llamar la atención sobre aquel aspecto del Catecismo, que
tiene especial importancia en relación con este tema: la perspectiva de historia
de la salvación, que explica la especial atención que se concede a algunos
temas del Antiguo Testamento, leídos desde la fe del Nuevo Testamento.

No se debe perder de vista nunca que "la economía cristiana, por ser la Alianza
nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública
antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo, nuestro Señor (Cfr. 1 Tm 6, 14;
Tt 2, 13)" (17). Pero importa advertir que los acontecimientos "pasados" de la
"historia salutis" son también en algún sentido acontecimientos actuales: es el
mismo Dios que actuó en el pasado el que ahora actúa y se nos comunica y
suscita en nosotros actitudes semejantes a las que suscitó en otro tiempo en el
Antiguo y Nuevo Testamento. La historia de la salvación es también una realidad
de hoy que alcanzará su plenitud con la venida de Cristo Resucitado al final de
los tiempos.

Nos encontrarnos con Dios en Cristo. Tema 12. Este tema:

a. por una parte, subraya cómo el encuentro con Cristo implica encuentro del
hombre con Dios. Implícitamente se afirma la mediación de Cristo en la
revelación y comunicación de Dios al hombre,
b. así, al mismo tiempo, introduce en el desarrollo de las restantes partes del
Catecismo:

15. Cfr. LG 16 y 17; Pablo VI, Evangelii nuntiandi [EN] 53, 55, 70.
16. Cfr. Pablo VI, EN 60.
17. DV 4.
o Cristo nos descubre el Misterio de Dios (SEGUNDA PARTE).

o Cristo nos descubre el Misterio del hombre (TERCERA PARTE).

o Cristo nos descubre el Misterio del mundo (CUARTA PARTE).

El desarrollo específico de la Cristología se encuentra en la SEGUNDA PAR TE,


Temas 13-18, en el contexto de la revelación que Cristo hace del misterio de
Dios (Págs. 177-230).

3.a Característica: Presentación del Misterio de Cristo en relación con el


Misterio trinitario de Dios.

En la SEGUNDA PARTE, titulada Cristo nos descubre el misterio de Dios, la


estructura temática presenta el Misterio de Cristo en relación con el Misterio de
la Trinidad, expuesto éste (a) en la perspectiva de la historia de la salvación y (b)
en sí mismo.

Este procedimiento de exponer primero la manifestación e intervención de las


Personas divinas en la historia de la salvación y después las Personas en sí
mismas, aparte de sus ventajas pedagógico-catequéticas, es más fiel al curso
mismo de la pedagogía de Dios en el proceso de la relevación (18). Todo esto
se expone en los cuatro momentos siguientes:

• Cristo es el Señor de mi vida y de la historia (Pág. 1 77). Este momento


con tiene el desarrollo específico de la Cristología, según queda indicado más
arriba (19). Este desarrollo se realiza en los Temas 13-18.

No se reduce a una Cristología de la persona de Jesús y sus dos naturalezas, y


las consecuencias de su acción redentora, sino que se presta especial atención
a los misterios de la vida del Señor y su significación cristológica, es decir, en
orden a conocer quién es Jesús, cuál es su misión y cuál es su obra.

• El rostro de Dios Padre (Pág.233). Aquí aparece cómo se ha ido


manifestando el Padre a través de una historia de salvación (20) que culmina en
Cristo, su gran revelador, "imagen de Dios invisible" (Col 1, 15): Tema 19.

18. DCG 41 (por Cristo al Padre en el Espíritu) y 47.


19. DCG 50-54.
20. DCG 44.

• La hora del Espíritu ha llegado (Pág. 241). Aquí aparece la promesa y el


envío del Espíritu, hecha por Cristo, y su función santificadora (21): Tema 20.

• El misterio de Dios: Dios es amor y amor entre personas (Pág. 255). Aquí
se propone una síntesis del misterio trinitario en sí mismo (22): Tema 21.
4.a Característica: Estrecha conexión del Misterio de Dios y de Cristo con la
existencia y con el fin último del hombre.

En la TERCERA PARTE, titulada Cristo nos descubre el misterio del hombre:


"Por nosotros los hombres y por nuestra salvación", y en la CUARTA PARTE,
titulada Cristo nos descubre el misterio del mundo, la estructura temática
presenta la estrechísima conexión del misterio de Dios y de Cristo con la
existencia y con el fin último del hombre (23).

• En la TERCERA PARTE Cristo nos descubre el misterio del hombre como


tal hombre.

• En la CUARTA PARTE, Cristo nos descubre el misterio del mundo como


realidad creada por Dios en tanto incluye al hombre: su origen, su desarrollo, su
estado final, su consumación en la creación nueva.

 Estas dos consideraciones de la existencia humana como tal y en cuanto


incluida en la realidad creada y destinada a la consumación, son
complementarias entre sí.

 Así se expone conforme a la pedagogía de Dios en la revelación la estrecha


conexión entre la creación y la Redención: Dios Padre Creador de todas las
cosas es el Padre de Cristo-Salvador. El mensaje cristiano, pues, sobre la
existencia humana y el fin último del hombre está recogido y presentado según
dos grandes consideraciones complementarias entre sí.

21. DCG 60.


22. DCG 47.
23. DCG 42.

5.a Característica: Cambio del Hombre Viejo al Hombre Nuevo: el pecado, la


conversión, la gracia, los mandamientos, la iglesia, los sacramentos.

Cristo nos descubre el misterio del hombre: "Por nosotros los hombres y por
nuestra salvación" (TERCERA PARTE).

En este gran apartado se presentan los dos estados que, según la interpretación
cristiana de la existencia, configuran el ser y la vida del hombre: el pecado y la
gracia, o expresados/ en categorías paulinas, el hombre viejo y el hombre
nuevo, respectivamente.

En la Introducción de esta TERCERA PARTE se presenta de un modo general el


paso del hombre viejo al hombre nuevo; se subraya como necesaria la fuerza
del Espíritu, así como el hecho de la conciencia moral y de la libertad del
hombre: Tema 22.

A. En la sección dedicada al HOMBRE VIEJO aparece, pues, la doctrina de la fe


sobre el pecado. Temas 23-33, págs. 279-351.
- la acción del Espíritu en el reconomiento del propio pecado,

- la naturaleza y los efectos del pecado,

- el pecado original,

- la conversión o el posible rechazo de la misma (24).

B. En la sección dedicada al HOMBRE NUEVO (Temas 34-59. Tomo II, págs.


19-333) se expone : la configuración del hombre nuevo en Cristo-Jesús por el
don y la acción del Espíritu Santo (25). Todo lo referente a la vida de gracia,
conducta cristiana, inserción del cristiano en la Iglesia y celebración de los
sacramentos se aborda con una fundamentación y una dinámica cristo lógicas y
en último término trinitarias.

El hombre nuevo configurado con Cristo:

a) nace y vive por el don y la acción del Espíritu Santo,

b) en la obediencia a la Palabra de Dios,

24. DCG 62.


25. DCG 60.

c) dentro de la comunidad, y

d) en la celebración de los Sacramentos (26).

a) Vida de gracia.—El hombre nuevo configurado en Cristo por el don y la acción


del Espíritu Santo: Tema 34, págs. 19-40.

A partir de una nueva referencia al Kerigma cristiano, se presenta:

1. la doctrina sobre las Bienaventuranzas como rasgos de la vida cristiana,


2. las virtudes teologales como actitudes fundamenta les del cristiano,
3. la vida de gracia, el don del Espíritu Santo y el mérito.

b) Moral de gracia.—El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios:


Temas 35-41. págs. 43-117.

La palabra de Dios es iluminadora de la vida del hombre y reveladora de un plan


de Alianza, concretado primero en el Decálogo y llevado a su plenitud por Cristo
en el programa evangélico del Sermón de la Montaña. En este apartado se
expone la Moral Cristiana (27). Los Diez Mandamentos serán presentados
dentro de una dinámica que conduce al Sermón de la Montaña.

c) La Iglesia.—El hombre nuevo nace y crece en la comunidad eclesial: Temas


42-51. págs. 121-209 (28).
1. Se presenta la Iglesia en relación con la Trinidad.
2. Asimismo se la presenta en relación con el misterio de Cristo.

26. AG 14 y 15.
27. DCG 63.
28. DCG 65-68.

3. Se desarrollan los distintos aspectos del misterio de la Iglesia en relación


con las notas de la Iglesia.
4. A imitación del Concilio Vaticano II se incluye también aquí la Mariología.
5. Los temas de la Tradición y la Escritura se tratan al hablar de la Iglesia,
Pueblo de Dios; el tema del Magisterio, al hablar de la Apostolicidad de la
Iglesia.

d) Los sacramentos.—El hombre nuevo nace y vive por la celebración del


misterio de Cristo en los sacramentos (29): Temas 52-59, págs. 213-333.

6.a Característica: Presentación del origen y destino del mundo a la luz de la fe.

En la CUARTA PARTE, titulada Cristo nos descubre el misterio del mundo, se


presenta la visión cristiana del mundo en su origen y en su destino: la creación y
la nueva creación.

En la Introducción de esta parte se establece, de modo general, la relación entre


ambas: Tema 60, págs. 339-341.

A. LA CREACIÓN: Temas 61-66, págs. 345-376 (30). La Creación es


presentada en el contexto de la historia de la salvación: tiene su origen en el
amor del Padre, está fundamentada en Cristo y orientada hacia El y hacia el
Padre, por la acción del Espíritu.
B. LA NUEVA CREACIÓN: LOS NOVÍSIMOS: Temas 67-74, págs.
379-429 (31). Desde la fe en Jesús Resucitado, el futuro es vivido con
esperanza y vigilancia. Aquí se presenta el misterio de la Nueva Creación, junto
a las demás realidades escatológicas del mensaje cristiano.

7.a Característica: Algunas constantes fundamentales.

Hay ciertos temas fundamentales que aparecen con frecuencia a lo largo de


todo el catecismo: el Padre, Cristo, el Espíritu Santo, la gracia, la caridad, el
bautismo, la vida de fe, etc.

29. DCG 55-59.


30. DCG 51. (3 I) DCG 69.

3. ALGUNAS CARACTERÍSTICAS DEL LENGUAJE Y DEL MÉTODO DE


EXPOSICIÓN.
1a Característica: Algunas peculiaridades del lenguaje.

En la exposición de los temas se recurre con frecuencia al lenguaje bíblico. Se


evitan los términos teológicos de carácter técnico-escolástico, no porque no
parezcan estimables, sino porque no son —según parece— los más adecua dos
para la enseñanza catequética hoy. Se usan con frecuencia expresiones que se
refieren a relaciones interpersonales o actitudes vitales humanas para designar
realidades de orden sobrenatural: v. gr. "encuentro con Cristo", "vivir en
comunión", "entrega personal a Dios", "respuesta a la llamada de Dios",
etcétera. Las analogías sacadas del mundo de las relaciones entre las personas
pü,:ccen ser más adecuadas para expresar catequéticamente el misterio de Dios
en Jesucristo, y más próximas al lenguaje bíblico.

Las expresiones teológicas y bíblicas introducidas recientemente en el len guaje


teológico se usan pocas veces, y siempre en un contexto que haga fácil su
comprensión. Su número es reducido: "Kerygma", "Carisma", "Koinonía",
"Sacramento" (aplicado analógicamente a Cristo y a su Iglesia), "Testimonio",
etcétera.

Se tiene como criterio usar, en general, el término "Dios" en vez de `Yahvé". En


el uso de algunas palabras y expresiones conviene tener en cuenta el con texto
general en que aparecen. Así, a veces, en vez de decir "discípulos de Cristo", "el
cristiano", etc., se dice "el creyente" sin más puntualizaciones. Mientras no se
haga constar explícitamente otra cosa, este término es equivalente al de
"creyente cristiano", y supone una actitud de fe en el sentido bíblico de una fe
viva, que implica la esperanza y la caridad, la vida de gracia, y, por tanto, "las
buenas obras", "el cumplimiento del Decálogo", etc.

Cuando hablamos de la actitud del cristiano con respecto a las realidades crea
das, valores humanos, derechos humanos, compromiso en lo temporal, etc., se
ha de entender siempre en una perspectiva sobrenatural. No se confunde lo
natural con lo sobrenatural, sino que, según el designio de Dios, en la presente
situación histórica del hombre, las realidades creadas no pueden ser concebidas
como totalmente ajenas al proyecto de Dios de hacer que el universo y la
historia tengan en Cristo su culminación y su sentido último. Así lo propone el
Concilio Vaticano II (32).

(32) GS 22, 26d, 32, 38, 39, 45... y en el DCG 8, 26 y 28.

No se debe confundir "lo natural" en sentido teológico con "la acción en lo


temporal". Ni se debe reducir, en sana teología, lo sobrenatural a la vida de
oración, al culto, etc. El hombre histórico está destinado a la visión beatífica, y
podemos pensar que en su conducta honesta está presente con su gracia el
Espíritu Santo, inclinándole a la fe y a la caridad según Dios. El cristiano, que
actúa como creyente en las realidades temporales, actúa ya en la órbita de lo
sobrenatural.
2.a Característica: Actitud de búsqueda dentro de la comunión de fe con la
Iglesia.

Unos términos que para muchos resultan incómodos son "descubrir", "des
cubrimiento", sustituyendo a expresiones de significación meramente intelectual
como "conocer", "aprender", etc. En este sentido se preguntará alguno: "¿Cómo
es posible proponer como objetivo catequético a un niño o a un joven, por
ejemplo, el que descubra el significado de la vida oculta de Jesús, etc.? Si ya
tiene fe y conoce lo que Dios ha revelado, no tiene nada que descubrir. Por otra
parte la revelación nos viene de Dios, no la descubrimos nosotros".

Para comprender el sentido en que se utilizan estas expresiones, es preciso


tener en cuenta que, en el lenguaje catequético y pastoral de nuestros días, el
término "descubrir" no se usa casi nunca en el sentido de que alguien invente o
descubra por primera vez algo que nadie hasta ahora había descubierto. En este
sentido, lo que Dios nos ha revelado por Jesucristo y la Iglesia nos enseña no es
una invención del hombre, ni propiamente un descubrimiento humano. Pero el
uso actual de este término en catequesis tiene otros significados:

- Para el cristiano, que por primera vez adquiere noticia o cae en la cuenta de
determinados aspectos o exigencias del mensaje cristiano, tal conocimiento
tiene carácter de "descubrimiento". Aunque se trate de algo ya conocido o
revelado, es sin embargo para él un verdadero descubrimiento.

- Se utiliza también con frecuencia el término "descubrir", cuando el método de


enseñanza seguido para transmitir determinadas verdades ya conocidas o
reveladas, es un método activo. En efecto, en vez de una comunicación
magisterial. un método activo hace que el alumno, leyendo la Sagrada Escritura
o los textos del Magisterio, reflexionando de manera personal sobre las
exigencias con cretas de su vida de fe, etc., llegue a conocer más plenamente y
de modo personal, ciertos aspectos del misterio cristiano.

Este modo de conocer tiene para el alumno, para el catequizando, carácter de


verdadero "descubrimiento", Hablar de "ayudar a descubrir" en vez de "enseñar"
es sugerir una metodología activa, que suscita la reflexión personal y el
compromiso vital de la persona, a la que se quiere educar en la fe.

- Cualquier tipo de meditación religiosa con la que el cristiano trata de ver con
mayor claridad algunas exigencias del mensaje cristiano para sí mismo, para su
vida, para la vida de los demás, es un esfuerzo por "descubrir".

De este modo, se pone también de manifiesto que el conocimiento de que se


trata debe tener un carácter vital, iluminador para la vida de la persona; es algo
más totalizante y comprometedor que la simple adquisición pasiva de
información más amplia o de conocimientos en un sentido intelectualista.

- El término "descubrir" hace también referencia a la "verdad" en tendida como


"desvelamiento" de la realidad. No es tanto la relación de una persona con un
conjunto de conceptos y juicios recibidos del pasado o de los demás, sino sobre
todo una relación personal, original, con la realidad, que al ser percibida tenderá
a ser expresada con imágenes, conceptos, juicios, raciocinios, lenguaje
audiovisual, etc.

Cuando se habla de "descubrir", de "descubrimiento" de la ver dad, se pone la


atención sobre todo en el encuentro primero del hombre —de la persona en
cuanto tal, no sólo de su facultad intelectiva-- con la realidad, encuentro
cognoscitivo y valorativo con lo real, antes de la posterior elaboración de juicios
y sistemas de pensamiento ("aletheia" = verdad, significó originariamente
desvelación, quitar el velo o cubridor, des cubrimiento). Esto no se opone a la
verdad entendida como juicio. El juicio presupone este "descubrimiento"; y el
"descubrimiento" conduce al juicio, o lo incluye. Ni impide esto que se trate de
verdades que ya otros descubrieron; pero que para el sujeto que reflexiona son
un descubrimiento.

- En el lenguaje pastoral y catequético, se alude con este modo de hablar al


contacto que, por la fe y la gracia, tiene el creyente no sólo con los conceptos y
juicios con los que se formula la fe de la .Iglesia, sino con la realidad misma a la
que estas fórmulas se refieren: la relación personal del creyente con Dios por me
dio de Jesucristo en la Iglesia.

Este encuentro eclesial con Jesucristo presupone escuchar con fe viva la


palabra de Dios, orar, participar en la celebración de la Eucaristía, llevar una
conducta conforme con el Evangelio, vivir en comunión con la fe de la Iglesia. En
todo ello hay muchas afirmaciones de carácter intelectual, explícitas o implícitas,
pero el verdadero creyente no se detiene en los meros enunciados formales.

- Además, a lo largo de la exposición de los temas catequéticos, sin olvidar los


aspectos indicados, se procura tener en cuenta la noción bíblica de verdad, que
también va más allá de la mera de limitación conceptual. Verdad y falsedad en la
Biblia no tienen un valor puramente intelectual, sino un sentido religioso que
abarca la vida y las obras, y, en definitiva, la entrega personal a Cristo (33). Esta
entrega del hombre a Cristo lleva consigo la re pulsa del error y de los falsos
doctores (34). Pero es, sobre todo, la conformidad de pensamiento y de acción
con una verdad que es vida. Se trata de una verdad que es comunión con el
Padre por el Hijo en el Espíritu Santo (35).

- Al presentar los aspectos más personales, o, si se quiere, más subjetivos de la


fe cristiana, fácilmente se advertirá en todo el contexto del Catecismo que
siempre se da por supuesto que se trata de una relación personal con Cristo en
la Iglesia, en comunión de fe con la Iglesia una, santa, católica y apostólica,
regida por el Papa y los Obispos. No ha parecido necesario recordarlo con
mayor frecuencia, teniendo en cuenta lo que ya se dice en la parte dedicada a la
Iglesia.

- A veces aparece el término "descubrir", referido al proceso de la fe del Pueblo


de Dios en el A. Testamento o de la de los Apóstoles en el N. Testamento, que
poco a poco van descubriendo, p. e., que Dios interviene en la historia, que
Jesús es más que un profeta, etc.

33. Cfr. 2 Ts 2, 10-12; 1 Jn 3, 18-19; Jn 4, 23; 8, 12.32; 14, 6.


34. Cfr. Rin 16, 17; Ef 4, 14; 1 Tm 1, 3; 6, 3; Ap 2, 14.20; 2 Tm 4, 3; 2 P 2, 1.
35. Cfr. Pablo VI, EN 44.

No faltará quien piense que este modo de hablar excluye la acción reveladora de
Dios. No es cierto. Cuando Dios se comunicó a determinados hombres —
profetas, apóstoles, escritores inspirados, etc.— lo hizo mediante la reflexión y
experiencia de éstos, reflexión y experiencia iluminadas por el Espíritu Santo y
referidas a sucesos y personas, en los que Dios intervino de modo especial,
para darse a conocer a los hombres y salvarles.

3ª Característica: Los textos del Magisterio eclesiástico.

Se cita con frecuencia el Concilio Vaticano II y el "Credo del Pueblo de Dios" de


Pablo VI. También se citan textos conciliares de Nicea, de Trento, etc.
Probablemente con más frecuencia que en otros Catecismos precedentes. Pero
algún lector pensará sin duda que se debiera haber citado más textos de
Concilios antiguos y menos textos del C. Vaticano II. Esta apreciación procede
del supuesto de creer que el Catecismo tiene que ser una especie de resumen
de la teología de los manuales. Un Catecismo no tiene que estar centrado en
presentar las "pruebas" de una serie de tesis de teología previamente
formuladas. La finalidad principal de un Catecismo en el aspecto doctrinal es
mostrar la fe de la Iglesia. Para ello basta con recoger algunos textos
representativos del Magisterio más reciente, que, además, tiene la ventaja de
que ha surgido como respuesta a los interrogantes de nuestro tiempo.

Por otra parte, la elección de textos del Magisterio en catequesis no se hace sólo
por su valor "probativo", sino teniendo en cuenta, sobre todo, su "expresividad ".
Hay textos excelentes para un manual de teología, que son inaceptables en un
material catequético. Ni es necesario que un texto del Magisterio en un libro de
catequesis diga de nuevo con palabras del Papa, de Concilios o de Obispos,
como "prueba" o confirmación, lo que ya antes se dijo como doctrina. Lo que ya
se dice con suficiente claridad con palabras del Magisterio no es preciso que
aparezca siempre repetido en paráfrasis o en párrafos introductorios.

4.a Característica: El catecismo presupone la temática de la catequesis de


infancia, pero no aborda todavía la temática propia de la catequesis de adultos.

Otra característica de este material catequético —y de todos— es que no se


puede decir todo en cada una de sus partes. Esta advertencia que aparece
innecesaria no lo es para quienes piensan que, cuando falta tal o cual matiz en
un párrafo, es que el autor niega lo que allí no se dice. Es posible que en
algunos casos esté justificada la demanda de explicitación de tal aspecto que
debiera tratarse y no se trata. Pero no se debe olvidar que la presente obra se
sitúa en una fase que supone que el alumno ha adquirido ya ciertas nociones en
etapas precedentes de la catequesis de infancia, y que, por otra parte, este
mismo catequizando no está todavía en condiciones de abordar el tratamiento
de una serie de cuestiones, que tienen su lugar más adecuado en una
catequesis de adultos.

El mismo Manual del educador no debe ser considerado como un Catecismo de


adultos, sino como un instrumento teológico-pedagógico, que puede servir de
ayuda al adulto para su acción como educador de preadolescentes, con el fin de
que éstos puedan llegar a ser algún día adultos en la fe.

No será difícil encontrar una notable convergencia entre el objetivo global del
presente Catecismo y el texto de Pablo VI, últimamente publicado:

"El Evangelio que nos ha sido encomendado es también palabra de verdad. Una
verdad que hace libres y que es la única que procura la paz de corazón: esto es
lo que la ,gente va buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad
acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la
verdad acerca del mundo. Verdad difícil que buscamos en la Palabra de Dios y
de la cual nosotros no somos, lo repetimos una vez más, ni los dueños, ni los
árbitros, sino los depositarios, los herederos, los servidores" (36).

(36) EN 78.

CAPITULO III
LA CATEQUESIS EN LA PREADOLESCENCIA: 11-14
AÑOS. ALGUNAS ORIENTACIONES CATEQUÉTICAS Y
PEDAGÓGICAS.

1. Características generales de la educación en la fe de los preadolescentes.


2. El "Manual del educador: 1. Guía doctrinal", el Catecismo "Con vosotros
"
está y la Catequesis.
3. Líneas generales de orientación pedagógicas y catequéticas para el uso
del Catecismo.
1. CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LA EDUCACIÓN EN LA FE DE LOS
PREADOLESCENTES

Dentro de la complejidad que supone educar hoy en la fe a los muchachos y


muchachas de 11 a 14 años, es necesario prestar atención a los siguientes
aspectos:

a. Consideración de la vida entera de los preadolescentes. Las experiencias


más importantes de la preadolescencia.
b. Creación de unas actitudes cristianas propias de la vida del
preadolescente.
c. Educación en la fe de forma dinámica, existencial y significativa.
d. Adquisición de un conocimiento vital y orgánico del Mensaje Cristiano.

A. Consideración de la vida entera de los preadolescentes. Las


experiencias más importantes de la preadolescencia

1. Atención seria a la vida integral del preadolescente

Toda educación en la fe "debe preocuparse por orientar la atención de los


hombres hacia sus experiencias de mayor importancia, tanto individuales como
sociales" (37). Por tanto, la catequesis de todas las edades habrá de tener en
cuenta las situaciones en que el hombre se encuentra, los acontecimientos por
los que atraviesa, el contexto sociocultural en que vive, sus relaciones con los
demás y con el mundo, y, consecuentemente, los intereses e interrogantes, las
esperanzas y angustias, las reflexiones y decisiones profundas, que todas esas
experiencias suscitan en los hombres, como personas individuales y como

(37) DCG 74 a).

colectividad. Considerado así el hombre, la Buena Nueva puede iluminar y dar


sentido cristiano a toda la existencia humana: personas, ambientes concretos,
actividades, etc. (38).

Esta atención a las experiencias humanas de mayor importancia a la hora de


educar en la fe adquiere un relieve especial cuando se trata de los
preadolescentes. En efecto,

"La edad de la preadolescencia —dice el DCG 83— tiene como nota


característica el laborioso nacimiento de la subjetividad. Por lo que es necesario
que en esta edad no continúe la enseñanza simple y objetiva propia de los
niños..."

Según todo lo dicho, la catequesis de los preadolescentes no puede prescindir


de las realidades vitales que les afectan, de los interrogantes y aspiraciones que
éstas les plantean, en definitiva, de las experiencias fundamentales que viven.
Estas, a la luz de la Palabra de Dios, cobrarán significado cristiano, serán
transformadas en actitudes de fe y harán de los preadolescentes discípulos de
Cristo más conscientes, con una adhesión más libre y personal a su Persona y a
su Mensaje.

2. Experiencias fundamentales de la etapa preadolescente

Los muchachos y muchachas comprendidos entre los 11 y 14 años viven un


momento evolutivo caracterizado, en gran parte, por los siguientes rasgos
específicos :

a. La experiencia del crecimiento y del cambio: cambios biológicos y


psicológicos; cambios en las relaciones sociales, en especial con los adultos, los
iguales y las personas de otro sexo; cambios ideológicos y religiosos... El
preadolescente vive este crecimiento y estos cambios generalmente con un
cierto sentimiento de incomprensión y de soledad sobre todo en relación con los
adultos.

Experimenta especialmente el crecimiento en su cuerpo. Toma conciencia de su


sexo. Necesita comprender lo que le pasa. Siente el conflicto en sus pulsiones
sexuales.

Esta experiencia de crecimiento - cambio la viven todos los preadolescentes, de


uno y otro sexo, de cualquier ambiente cultural, económico, social, religioso... y
de cualquier zona o región geográfica del país.

(38) Cfr. Pablo VT, EN 18. DCG 74 a).

Más aún, nuestros preadolescentes viven su crecimiento y sus cambios en me-


dio de un mundo que, a su vez, se transforma rápidamente. Esta transformación
del mundo —sentida de modo especial por los preadolescentes de zonas
urbanas— acelera el ritmo evolutivo de los mismos, estimulándoles a vivir más
intensamente, a tener más, a superarse a sí mismos para adaptarse a los
cambios, labrarse un puesto en la sociedad, etc.

Este crecimiento y este cambio, vividos en un cierto aislamiento y soledad, a la


vez que con un anhelo prematuro de superación, constituyen para el
preadolescente una experiencia importante, que debe ser tomada muy en
cuenta en la catequesis de esta edad.

b. La experiencia de una primera búsqueda adulta de la propia identidad. Sin


duda, ésta es la vivencia más fundamental de este período de la vida. Los
cambios que el preadolescente va percibiendo y experimentando tanto en su
cuerpo y ser profundos como én el mundo exterior afectan seriamente a su
personalidad.

El preadolescente vive en un terreno de nadie. Se ha ido despojando de los


valores que fundamentaban su personalidad infantil —es la "edad de la
ruptura"— y aún no ha descubierto e interiorizado los valores que vertebran la
personalidad adulta. "¿Quién soy yo?" —se pregunta más o menos
conscientemente—. Se ha iniciado en el preadolescente la búsqueda de la
propia identidad, que oculta en su subsuelo otra experiencia más profunda,
también más o menos consciente, que es la búsqueda del sentido de la propia
vida.

Los preadolescentes irán descubriendo su propia identidad, su yo personal, sus


posibilidades. Percibirán el conflicto entre una interiorización progresiva de la
personalidad con la consiguiente tendencia a la introversión y la necesidad de
manifestarse y ser aceptado al exterior:

- entre el ansia de independencia y la dependencia, necesaria o culpable,


caminarán hacia la auténtica libertad;

- entre el egoísmo y la generosidad, se abrirán paso hacia el verdadero amor;

- entre la inseguridad y el deseo de arriesgarse por crecer, llegarán a aceptar las


dificultades, como verdadero cauce de crecimiento;

- entre el anhelo de sobrevivir y la desorientación de lo que hay que hacer,


lograrán recuperar la confianza en otras personas, los adultos;

-entre el sufrimiento ante la dura realidad de la vida y la conciencia dolo-rosa de


la propia limitación, llegarán a aceptar con paz las propias limitaciones, físicas y
morales;

-entre la búsqueda anhelante de la verdad y la justicia y el riesgo de optar por


una y otra, descubrirán la grandeza de obrar la verdad y practicar la justicia;

-entre el deseo de vivir en paz y la necesidad de defenderse, devolviendo mal


por mal, experimentarán la alegría del perdón;

-entre el deseo de comunicación y colaboración con los otros y la tendencia al


aislamiento por la incomprensión ajena, llegarán a descubrir el gozo de la
convivencia.

c. La experiencia de la búsqueda de la propia identidad, vivida en relación con


los otros y con el mundo. Los preadolescentes viven esta búsqueda de su nueva
personalidad en relación con los demás y con el mundo —dimensiones social,
histórica y cósmica del hombre—, lo cual afecta de manera importante esta
búsqueda laboriosa de su identidad:

— La vida del preadolescente en relación con los otros:

Esta relación con los demás es vivida entre dos polos o tensiones: la
comunicación y encuentro con los otros y la soledad y enclaustramiento en sí
mismo.
• A la tendencia a comunicarse acompañan el deseo de compartir la
alegría, el esfuerzo y el trabajo, los bienes, el amor y la amistad; la búsqueda
común de la verdad y la justicia, etc. Es decir, el preadolescente anhela un
encuentro armonioso con los demás. Todo ello crea problemas de la
adaptabilidad al medio: familia, colegio, compañeros, normas de autoridad.

• Por el contrario, en su tendencia al aislamiento, confluyen actitudes de


rechazo, desprecio, violencia, individualismo, ignorancia de los derechos y
dignidad de los otros, materialismo, etc.

Necesita amigos. Es exigente en la selección de los mismos. Sensible a las


decepciones. Se encuentra bien con la pandilla.

Pues bien, si el enclaustramiento en sí mismo, no suficientemente superado,


lleva al preadolescente a vivir una falsa identidad, el encuentro y la
comunicación felizmente alcanzados le llevan a lograr una más plena y auténtica
personalidad que le colma de confianza, alegría y sentido de la vida.

— La vida del preadolescente en relación con el mundo:

El preadolescente vive necesariamente los acontecimientos de su existencia


dentro del dinamismo del universo —humanidad y cosmos—, es decir, vive su
pasado, su presente y, en cierto modo, su futuro inmersos en el pasado,
presente y futuro del mundo. Los preadolescentes intuyen que su vida está
vinculada a la historia universal y a la naturaleza cada vez más conocida y
manejada por el hombre.

En este contexto, el preadolescente busca denodadamente cómo y dónde des-


arrollar toda la fuerza creadora que brota de su ser; siente un deseo incontenible
de saber y de descubrir los secretos de la naturaleza y de la humanidad; está
abierto a todo lo nuevo y distinto que el mundo le presenta, vive el presente y el
futuro con sus interrogantes y exigencias, a veces con un gran optimismo e
impaciencia, a veces con cierta preocupación, pero siempre como una aventura
que se le brinda realizar.

Siendo esto así, el encuentro de los preadolescentes consigo mismos será


fomentado cuando los adultos, especialmente los educadores, les ayuden —en
la medida de lo posible—: a prepararse cultural y profesionalmente para el
futuro, contando con la propia colaboración de los preadolescentes; a
responsabilizarse y a cooperar, ya desde los años más jóvenes, a hacerse
cargo, de algún modo, de la mejora del mundo que les rodea, y a sentirse
acompañados, en medio de sus optimismos y preocupaciones, por el realismo
sereno y estimulante de los adultos en esa apertura idealizada al futuro de la
humanidad y de la tierra.

d. La experiencia de la búsqueda de la propia identidad cristiana. Los


preadolescentes viven también la búsqueda de su nueva personalidad
implicando en ella .su relación con lo trascendente, con Dios. Desde niños han
oído hablar de El e incluso se han sentido más o menos familiarizados con Dios
en el seno de su familia, en la escuela, en la parroquia, a través de las normas y
costumbres de nuestra cultura y sociedad.

Ahora empiezan a insinuarse en su interior ciertos interrogantes sobre Dios y su


relación con el hombre y el mundo, sobre Jesucristo, la Iglesia, la práctica
sacramental, las leyes morales cristianas; sobre la verdadera religión entre las
varias que existen en la humanidad; incluso sobre el propio origen y destino.

La religiosidad del preadolescente va acusando el impacto de su proceso de


maduración y crecimiento en medio del mundo cambiante. Es decir, el
preadolescente busca también —de forma concomitante a la búsqueda de su
identidad humana— quién es él desde el punto de vista religioso.

Se desmoronan poco a poco los fundamentos de su religiosidad infantil, y busca


una primera justificación de su fe cristiana. Un cierto racionalismo teórico y un
cierto indiferentismo práctico aparecen en su vida.

En esta búsqueda del preadolescente de su nueva forma de ser y vivir como


cristiano, los educadores y adultos cercanos habrán de evitar la disociación
entre la formación humana y la cristiana. El preadolescente es uno, una unidad
personal y el éxito del encuentro consigo mismo, del hallazgo del sentido de su
vida está en que descubra que las experiencias que van vertebrando su naciente
personalidad no son ajenas, más aún, están potenciadas por la vida divina, que
Cristo nos revela como una realidad presente y transformadora en el corazón de
todo hombre. La nueva personalidad humana y cristiana de los preadolescentes
se construye al mismo tiempo y en perfecta simbiosis.

No hace falta recordar que cuando alguien se pregunta algo sobre Dios o se
plantea cualquier otro interrogante religioso, no por eso deja de ser creyente; al
contrario, sus mismas preguntas y planteamientos son pasos sinceros
encaminados a un encuentro más personal con Dios y el mundo cristiano y, por
tanto, a un encuentro serio con su nueva personalidad de cristiano.

B. Creación de unas actitudes cristianas propias en la vida del


preadolescente

Aunque el preadolescente sienta que el mundo religioso de la infancia va


alejándose, en realidad en la etapa actual va a fundamentar actitudes cristianas
vividas en la etapa infantil, integrándolas en su nueva personalidad cristiana
naciente.

Los preadolescentes conseguirán descubrir y vivir esa primera identidad


personal cristiana, si logran vivir de forma inicial, algunas actitudes cristianas
propias de su edad. que de alguna manera se han insinuado más arriba.

He aquí algunas de las más importantes actitudes cristianas que se han de


suscitar en la etapa preadolescente y que deben ser inicialmente educadas:
o aceptar su realidad corporal en desarrollo, en concreto su realidad
sexual, que le configura al ser humano como hombre o mujer en su existencia;
iniciarse en la vivencia de una auténtica libertad cristiana;

o abrirse a la práctica del amor evangélico;

o vivir una confianza recuperada en las personas, que Dios


Providente ha puesto a nuestro lado;

o aceptar, con la paz que da el Espíritu, las limitaciones propias;

o iniciarse en una práctica realista de la verdad y de la justicia,


apoyados en la gracia;

o practicar el perdón evangélico, hasta sentir la alegría de perdonar;

o lograr experimentar el gozo de convivir, de compartir, de colaborar,


sabiéndose impulsados por el Espíritu de Dios;

o iniciarse en la responsabilidad que Dios nos ha encomendado de


re-construir nuestro mundo según los valores del Reino de Dios;

o adquirir una actitud realista ante el futuro del mundo, sabiendo que
Cristo es Señor de la Historia y de nuestra vida;

o vivir la relación con Dios, con Cristo Resucitado y con el Espíritu


como con Personas que ayudan al hombre a lograr su plena realización y su
convivencia más fraterna;

 vivir la relación con Dios, con Cristo y con el Espíritu sobre todo en actitud de
adoración y reconocimiento obediente a los planes de Dios sobre nosotros y el
mundo;

o dejarse llevar del Espíritu para aceptar la Iglesia de Cristo, a pesar


de sus defectos, como la comunidad en que maduramos como hijos de Dios y
hermanos de los hombres;

o lograr un conocimiento orgánico, todavía global, pero más detallado


que en etapas anteriores, del Mensaje Cristiano.

C. Educación en la fe de forma dinámica, existencial y significativa

1. Catequesis dinámica

La catequesis debe orientar su acción a lograr discípulos de Cristo que vivan en


comunidades cristianas, formen la Iglesia Universal e instauren en nuestra tierra
el Reino de Dios. Pero esta acción catequética ha de realizarse en este "aquí y
ahora" de nuestro mundo y convertirse en agente de cambio:

• de la vida del preadolescente de cualquier ambiente cultural y condición


social. Con el anuncio de la Palabra de Dios, la catequesis le ayudará a
transformar su propia existencia, convirtiéndose al Señor Jesús al descubrir en
El el sentido de su vida, y a conocer el Misterioso Designio de Dios sobre el
hombre, la historia y el mundo (39).

• del mundo que viven los preadolescentes. Les educará en una recta
apreciación de los cambios actuales a la luz de la fe y a llevar a cabo aquellas
acciones que —según la edad— puedan mejorar el mundo según el Designio de
Dios "en Cristo" (40).

Una catequesis que favoreciera el inmovilismo humano y religioso de la vida


individual del preadolescente, de la comunidad humana y -del mundo sería
deshumanizadora y, por lo tanto, tergiversaría su misión de promover la
maduración humana y cristiana de los preadolescentes.

2. Catequesis existencial

La Salvación que anuncia la catequesis como Buena Noticia puede ser


experimentada por el preadolescente hoy, si éste acoge el anuncio con sencillez
de corazón "corno Palabra que salva" (41). En efecto, la catequesis anuncia una
Palabra que se cumple, el Hecho de la Salvación.

Por esto, todo acto de catequesis se convierte en un acorna cimiento salvador


hoy y no en una mera transmisión de saberes cristianos. El Concilio Vaticano II
puntualiza que

"es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que
hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre, pero el hombre entero, cuerpo
y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad" (42).

39. Cfr. DCG 83; 21-26; 30.


40. Cfr. DCG 21, 23, 84, 85, 97.
41. Pablo VI, EN 23.
42. GS 3.

Por eso, para que la catequesis sea un acontecimiento salvífico hoy para los
preadolescentes, para que la gracia salvadora penetre toda su existencia, los
educadores tomarán en serio esas experiencias personales y sociales de los
preadolescentes, que les configuran como tales preadolescentes y que se han
ex-puesto más arriba.

Interpelado en sus experiencias de más importancia, el preadolescente


descubrirá que Cristo tiene mucho que ver con el sentido de su vida, se abrirá
con simplicidad de corazón a su Buena Nueva y se sentirá estimulado a
transformar la propia conducta (43).
3. Catequesis significativa

El anuncio del Mensaje de la Salvación ha de hacerse a los preadolescentes en


un lenguaje capaz de dar ese nuevo sentido —el sentido cristiano— a su vida.

"La misión de la catequesis no puede quedar restringida a la repetición de


fórmulas tradicionales, sino que pide que estas mismas fórmulas sean
comprendidas y, donde sea preciso, incluso expresadas fielmente de otras
maneras, con un lenguaje acomodado a la capacidad de los oyentes. Este
lenguaje, sin embargo, será diferente según la diversidad de las edades,
condiciones sociales de los hombres, culturas humanas y formas de civilización
(Cfr. DV 8; CD 14)" (44).

Por otra parte, para lograr un lenguaje significativo se ha de alentar a los


preadolescentes —con el tacto necesario— a manifestar lo que acontece en su
intimidad con nuevas formas de expresión propias del grupo y adecuadas a su
edad, verbales y no verbales. Toda vida que no se expresa, de algún modo
muere.

Las expresiones de fe que se realicen en la catequesis son los signos del


impacto que la Palabra anunciada y reflexionada por el grupo de
preadolescentes ha causado en el corazón de éstos.

Según sea el lenguaje y expresiones utilizadas en la catequesis, el impacto


significativo del Mensaje quedará reforzado o disminuido; adquirirá o perderá
valor para transformar, desde la fe, la existencia de los preadolescentes.

43. Cfr. DCG 74.


44. DCG 34.

D. Adquisición de un conocimiento vital y orgánico del Mensaje Cristiano

1. ¿Un conocimiento religioso de carácter objetivo?

"La edad de la preadolescencia tiene como nota característica el laborioso


nacimiento de la subjetividad. Por lo que es necesario que en esta edad no
continúe la enseñanza simple y objetiva propia de los niños; evítese también
proponer problemas y temas que pertenecen a la adolescencia" (45).

En efecto, la etapa preadolescente, como período entre la niñez y la


adolescencia, no participa ni del pacífico razonamiento y feliz memoria de la
primera ni del uso formal del razonamiento y la capacidad de reflexión de la
segunda.

2. Hacia un conocimiento vital y orgánico del Mensaje de la Salvación


Sin embargo, no se debe minusvalorar la capacidad reflexiva y razonadora de
los 11-14 años, afectada sin duda por el narcisismo, cierta pasividad, los antojos
y las preocupaciones personales que caracterizan a esta etapa. El
preadolescente, con un pensamiento sumergido todavía en lo concreto, se abre
ya inicialmente al conocimiento sistemático, sin llegar al grado de abstracción
que adquirirá a partir de los 14 años.

De aquí que sus conocimientos cristianos han de estar muy en relación con la
experiencia concreta interior y exterior y la organización de los mismos ha de
tender a ser ya sistemática, pero modestamente sistemática y global. Quedaría
frustrado el educador en la fe que intentara, a priori, que sus catecúmenos de 11
a 14 años llegaran a adquirir no ya el contenido bíblico-teológico de los dos
volúmenes de este "Manual del Educador: 1. Guía doctrinal", sino ni siquiera
toda la doctrina cristiana del Catecismo "Con vosotros está", destinado a los
preadolescentes, tal como se encuentra sistematizada en el mismo.

El educador, fiel a la situación cultural y religiosa del grupo de preadolescentes,


ayudará a sus miembros a adquirir con la ayuda del Catecismo aquel
conocimiento sistemático del Mensaje Cristiano de que el grupo sea capaz. "La
catequesis —dice el Directorio General de Pastoral Catequética, número 38—
parte de una muy sencilla proposición de la estructura íntegra del Mensaje
cristiano (valiéndose también de fórmulas sucintas o globales), y la

(45) DCG 83.

propone de manera adecuada a las diversas situaciones culturales y espirituales


de los catequizandos. Con todo, de ninguna manera puede detenerse en esta
exposición inicial, sino que debe recordar la necesidad de proponer el contenido
de una manera cada vez más amplia y explícita, de modo que cada fiel y la
comunidad cristiana lleguen a un conocimiento cada vez más profundo y vital del
mensaje cristiano y juzguen (disciernan) las situaciones concretas o
comportamientos de la vida humana a la luz de la revelación."

2. EL "MANUAL DEL EDUCADOR: GUÍA DOCTRINAL", EL CATECISMO


"CON VOSOTROS ESTA" Y LA CATEQUESIS

Para simplificar y precisar la nomenclatura de los instrumentos catequéticos


elaborados para las edades de 11 a 14 años, conviene distinguir entre el
presente instrumento, destinado a los educadores y titulado "Manual del
Educador: Guía doctrinal" y el instrumento destinado a los preadolescentes, el
Catecismo propiamente dicho, titulado "Con vosotros está".

A. El "Manual del Educador: Guía doctrinal"

En el apartado B de esta Introducción General se ha expuesto ampliamente el


contenido, la estructura y las características del mismo.
B. El Catecismo "Con vosotros está"

1. El contenido del Catecismo

El Catecismo recoge lo más fundamental del "Manual del Educador: Guía


doctrinal". Dados los destinatarios del Catecismo no era posible —ni es
necesario— recoger en él íntegramente el contenido doctrinal destinado a los
educadores.

El Catecismo abarca 74 temas, paralelos a los del "Manual del Educador: Guía
doctrinal".

2. Desarrollo de los Temas

Cada tema del Catecismo se desarrolla en varias fases:

Desarrollo analítico y progresivo del tema, con los siguientes elementos:

— experiencia humana y/o cristiana

— textos bíblicos

— textos litúrgicos y patrísticos

textos del magisterio

— testimonios cristianos (o de valor y significación para la fe) vocabulario


cristiano

— lenguaje de la imagen

Síntesis doctrinal: ésta, con un lenguaje adaptado a la edad de los destinatarios,


presenta de modo más sistemático lo expuesto en las primeras fases o
desarrollo inductivo.

3. La experiencia humana y/o cristiana

Esta es, en primer lugar, alguna de las experiencias más fundamentales del
preadolescente expuestas más arriba, que están en la base de su personalidad.

A veces esa experiencia pertenece al mundo religioso de los mismos


preadolescentes o de algún adulto. Una catequesis que intente descubrir la
simbiosis existente entre Mensaje Cristiano y vida humana no tiene por qué
empezar a reflexionar sólo sobre experiencias de la vida ordinaria vividas más o
me-nos profundamente por el preadolescente. Una experiencia de fe, p. e., las
celebraciones periódicas de la Eucaristía por parte de un grupo o una revisión de
compromisos cristianos, son una experiencia humana de primera ley y pueden
ser objeto de una o varias sesiones de catequesis.
En segundo lugar, en el apartado experiencia se lleva al preadolescente a
reflexionar sobre la misma experiencia suya, pero tal como la viven los adultos,
cualquier adulto. Es la constatación, matizada, de que la experiencia
preadolescente pertenece al patrimonio de la experiencia común de la
humanidad.

4. Los textos bíblicos

La Sagrada Biblia es utilizada en el Catecismo —también en el "Manual del


Educador"— no únicamente, pero sí primordialmente, como "el libro de
experiencias de fe" que, avalado por la inspiración divina e interpretado por la
Iglesia, nos adentra en el sentido de fe cristiana con que aquellos personajes y
aquel pueblo bíblicos vivieron nuestras p-opias experiencias desde la dimensión
creyente. Jesús de Nazaret, el Hijo del Padre, hecho "uno de nosotros", es, sin
duda, el protagonista de estas experiencias por El vividas bajo la luz y guía del
Espíritu del Padre. El es la clave principal de interpretación y del sentido
cristiano de la vida humana no sólo por sus obras, sino también por sus
palabras.

La Biblia también es, fundamentalmente, Revelación, fuente del conocimiento


del Misterio de nuestra Salvación, realizado en Cristo Jesús.

5. Los textos litúrgicos

Lo mismo que la Biblia, los textos de la Liturgia no ion utilizados en el Catecismo


tanto en calidad de "lenguaje litúrgico" estereotipado en los siglos cuanto como
la profesión de fe, en que la Iglesia ha ido cristalizando, a lo largo del tiempo, su
experiencia, su vida de fe en su Esposo Resucitado, Vivo y Salvador de todo
hombre en Ella y por medio de Ella. Son textos sagrados que traducen la vida de
la Esposa con el Esposo, vivida desde la fe en medio de los avatares del mundo,
y que hoy sigue profesando la Iglesia, con la lozanía de los primeros siglos de su
historia.

6. Los textos patrísticos y los del Magisterio eclesial

Los pasajes de los Santos Padres unos expresan la propia experiencia de fe,
como en el caso de San Agustín o de San Ignacio de Antioquía; otros aportan
las enseñanzas de la Iglesia.

El Magisterio de la Iglesia se hace presente en el Catecismo, especialmente con


los textos del Concilio Vaticano II, sin olvidar otros Concilios Ecuménicos y
Documentos recientes. El Concilio Vaticano II es una última expresión solemne
de la fe de la Iglesia y del Mensaje Cristiano, elaborada expresamente para
nuestro tiempo. De ahí su profusión en el Catecismo.

7. Las testimonios cristianos de la Historia de la Iglesia de ayer y de hoy

Se corre el peligro de abandonar esta fuente primordial de la Catequesis. Los


testimonios de la vida de los santos de todos los tiempos y de los cristianos
"edificantes" de hoy son realidades históricas que nos dan signos manifiestos de
que el Señor vive y de que su Espíritu está en acción prolongando la Vida de
Cristo en los que creen en El. Estos testimonios, que dan credibilidad al
cristianismo y a la Iglesia que los "produce", son elementos catequéticos
importantísimos para los preadolescentes. Ellos quieren comprobar si aún
merece la pena vivir como cristianos.

A estos testimonios cristianos explícitos se añaden, a veces, textos y hechos


procedentes de hombres que no participan o no han participado de nuestra
comunión eclesial, pero que manifiestan una gran hondura religiosa o una fuerte
sinceridad en la búsqueda de Dios o en la adhesión a Jesucristo.

8. El vocabulario cristiano

Quiere ofrecer a los destinatarios definiciones descriptivas de términos que


expresan realidades bíblicas, litúrgicas y teológicas fundamentales para unos
preadolescentes cristianos y, a la vez, expone algunos términos pertenecientes
a la cultura cristiana que enriquecen el bagaje cultural religioso de los
muchachos y muchachas de 11-14 años, aún en período escolar obligatorio.

9. El lenguaje de la imagen

No sería adecuado hoy, en la era de la imagen, publicar un Catecismo sin


emplear la imagen al servicio del Mensaje Cristiano. Las imágenes no quieren
sólo embellecer las páginas del Catecismo; ellas mismas son un lenguaje
fundamental, al menos quieren serlo; ellas refuerzan el lenguaje bíblico, litúrgico,
patrístico, etc. Utilizando de este modo la imagen gráfica, la Iglesia recupera su
pedagogía plástica de las catacumbas, catedrales e iglesias artísticas de su vieja
historia.

10. La síntesis doctrinal

Junto a los textos del magisterio y al vocabulario cristiano, la síntesis doctrinal


quiere aportar y estimular ese conocimiento del Misterio de Cristo, del que
ningún tipo de catequesis, aún la "catequesis antropológica", puede prescindir.
No basta la experiencia religiosa y las actitudes de fe que son fundamento de la
vida cristiana (46). Es preciso conocer lo que creemos, para funda-mentar la fe
personal, para comunicarla a otros y para "estar siempre dispuestos a dar
respuesta a todo el que pida razón de vuestra esperanza" (1 P 3, 15).

11. La introducción y las preguntas finales de cada tema

Con el fin de situar ya desde el principio al preadolescente y al grupo en el


corazón del tema que se va a abordar, se han encabezado los temas con unas
líneas introductorias a modo de resumen anticipado del mismo.

De la misma manera, con el fin de que los preadolescentes puedan volver sobre
el contenido del tema y retener conocimientos sustanciales del Mensaje
Cristiano, se ha añadido al final un breve cuestionario que invita a realizar esta
tarea, en algún modo, de descubrimiento y aprendizaje de los principales
aspectos del tema.

12. Equilibrio entre las fuentes y lenguajes de la Catequesis

En el Catecismo se ha procurado mantener un equilibrio entre las fuentes y


lenguajes de la Catequesis: Biblia, Liturgia, SS. Padres, Magisterio de la Iglesia,
la vida de los cristianos, "los signos de los tiempos" (47).

13. Catecismo y cultura actual

La cultura de nuestro tiempo, que está viviendo el preadolescente, no podía


estar ausente del Catecismo. Para ello, en su elaboración se han tenido en
cuenta:

• algunas categorías del pensamiento actual: por ejemplo, encuentro,


diálogo, experiencia, aspiración, valor, etc;

• ciertos pasajes de escritores y poetas de nuestra literatura y algunos


elementos de nuestro arte contemporáneo;

• el uso del lenguaje simbólico, especialmente en relación con abundantes


pasajes bíblicos, por evocaciones de celebraciones litúrgicas y muy
particularmente por medio del lenguaje visual;

• el empleo de fotografías documentales, etc.

46. DCG 24.


47. Cfr. DCG 45, 13-15.

C. Catecismo y Catequesis

1. Aspectos comunes

Si se recuerdan los elementos que hoy entran en la acción misma de catequizar,


en el acto catequético, se observará que coinciden prácticamente con los
elementos con que se desarrollan los temas del Catecismo.

2. Las diferencias

Sin embargo, uno y otra, tienen una diferencia radical. El Catecismo, de suyo,
permanece estático; la Catequesis es eminentemente dinámica. No es la
Catequesis para el Catecismo, sino, por el contrario, el Catecismo para la
Catequesis. El Catecismo es un instrumento, la Catequesis un proceso para
madurar en la fe.

Aunque en uno y en otra muchos elementos empleados son los mismos: la


experiencia humana, la Biblia, la Liturgia, el lenguaje de la imagen, etc., sin
embargo, en la Catequesis, estos elementos se utilizan con un dinamismo
constante de adaptación a las necesidades de los grupos de preadolescentes en
sus diversas situaciones de cultura, de fe, etc.

El Catecismo, por el contrario, por ser oficialmente el único Libro de Fuentes de


Fe para estas edades, incorpora todos esos elementos, pero de manera
uniforme para todos los preadolescentes españoles, como el sedimento del
Mensaje Cristiano que la comunidad adulta ha ido viviendo y acuñando durante
siglos en expresiones, fórmulas, oraciones, etc., y que ahora ofrece a los
miembros jóvenes de la Iglesia, no sin antes haber estudiado y descubierto
cómo ese Mensaje puede hacerse significativo para ellos hoy, como lo es para
ella y lo fue en otros tiempos de su historia.

3. El Catecismo, estimulante del proceso catequético

Esto supuesto, si el Catecismo no debe condicionar la Catequesis obligando a


ésta a exponer únicamente lo que en él se dice y la forma como en él se dice, es
de justicia decir que el Catecismo, tal como está elaborado, estimula el proceso
de la Catequesis hacia una creatividad insospechada, permaneciendo la
Catequesis fiel al mensaje de cada uno de los temas del Catecismo.

Es oportuno recordar que el Catecismo, como instrumento al servicio de la


Catequesis, no pretende ser sólo un arsenal, un medio para una buena
información doctrinal. El Catecismo, ante todo, ha de ayudcu al encuentro
personal con Dios, a la adquisición de una visión de, la vida desde la fe y a la
creación de unas actitudes cristianas que lleven al preadolescente a una
actuación de compromiso evangélico en el mundo. Un aspecto de todos estos
factores educativos es la aceptación de la doctrina revelada.

4. La interacción entre experiencias humanas y experiencias de fe. Hacia un


sentido cristiano de la vida

Uno de los elementos del Catecismo que más favorecerá la acción misma de la
Catequesis es lo que se podría llamar "interacción de experiencias de fe". Con el
fin de que los preadolescentes logren no sólo el conocimiento del Misterio de la
Salvación tal como lo propone la Iglesia, sino especialmente el encuentro con
Dios y el sentido cristiano de la vida, se ha intentado realizar en cada tema del
Catecismo una relación fecunda e iluminación mutua entre

o las experiencias vitales de los preadolescentes y las mismas


experiencias vividas por los adultos y

o las experiencias de fe del Pueblo de Israel, la vida de Cristo


Salvador y las experiencias de fe de los creyentes en Jesús Resucita-do: los
primeros cristianos y los cristianos de toda la Historia de la Iglesia hasta hoy.
A esta relación fecunda e iluminación mutua se llama interacción de
experiencias, la cual conduce al descubrimiento del significado cristiano de la
existencia.

3. LÍNEAS GENERALES DE ORIENTACIÓN PEDAGÓGICAS


Y CATEQUÉTICAS PARA EL USO DEL CATECISMO

A. Una Programación adecuada

El Catecismo es el Libro de Fuentes de Fe, que presenta una síntesis vital del
Mensaje Cristiano en función de los preadolescentes.

Ahora bien, siendo éste un instrumento que se dirige en principio a todos los
muchachos y muchachas de 11-14 años del país, es decir, a una etapa evolutiva
que abarca ordinariamente tres años, el educador en la fe ha de realizar una
programación adecuada y elegir una metodología facilitadora del proceso
educativo. Una programación adecuada requiere:

1. Reflexionar seria y profundamente tanto en el Mensaje Cristiano des-arrollado


en el Catecismo —conocimiento de su estructuración interior— como sobre el
grupo de preadolescentes a los que se dirige su tarea de educación en la fe,
estudiando sus características: edad, sexo, nivel religioso, cultura, social,
económico, vivencia de fe, etc., y deteniéndose en conocer los problemas
concretos, las expresiones vivenciales, etc., que presenta el grupo en el
momento de iniciar la, catequesis.

Apoyándose en dichos aspectos, el educador dosificará y organizará el con-


tenido del Mensaje del modo más conveniente a lo largo del curso y, si le es
posible, a lo largo de los tres años de la etapa preadolescente.

2. Determinar con precisión y claridad los objetivos catequéticos propios de la


preadolescencia, de forma que cualquier actividad en las diversas sesiones de
catequesis y las sesiones mismas tiendan a conseguirlos a lo largo de todo el
curso o incluso a lo largo de toda la etapa.

3. Buscar los materiales y concretar las actividades que puedan facilitar la


consecución de los objetivos, sobre todo la respuesta personal que a la Palabra
de Dios han de dar los preadolescentes.

B. La metodología catequética

En cuanto a la metodología que facilite el proceso educativo de la fe con los


preadolescentes, podrá tenerse en cuenta lo que el Directorio General de
Pastoral Catequética dice a este propósito: "Una enseñanza concreta
iluminadora de la vida y obra de santos y de hombres beneméritos, así como la
consideración de la vida actual de la Iglesia, pueden suministrar un sólido
alimento a los catequizandos de esta edad" (48).

Según esto, en cada sesión de Catequesis, conviene tener presentes los


siguientes puntos:

1. Presentar a los preadolescentes los interrogantes, problemas, expresiones


más vivas, etc., del aspecto de la experiencia que se aborda en el tema que se
va a desarrollar. Se trata de ayudar a que ellos se hagan más conscientes de
cómo aquella experiencia se da en sus vidas. Pero esta toma de conciencia a
cerca de su propia experiencia no se puede quedar sólo en ellos; ha de ponerse
en relación con la experiencia de los adultos. De ahí, la pauta que viene a
continuación.

(48) DCG 83.

2. Abrirles hacia el mundo de los adultos, para que reflexionen y descubran


cómo la experiencia propia está presente también en los demás. La experiencia
de los preadolescentes es parte integrante de la experiencia de todos los
hombres.

3. Llevar a los preadolescentes a descubrir su experiencia y la de los de-más en


una perspectiva cristiana.

El contacto con la Palabra de Dios, viva en los textos bíblicos, litúrgicos, y del
Magisterio, en los testimonios de los creyentes de épocas pasadas y del
momento actual que aparecen en los temas del Catecismo o son aportados por
unos y otros en la Catequesis, conducirán de hecho a los preadolescentes a
interpretar desde la fe su vida y la de los demás, así como a profundizar en esa
experiencia de fe y a practicarla en la vida de cada día.

El grado en que se producirá todo este proceso de maduración en la fe


dependerá del nivel cristiano del grupo de preadolescentes. Con alguna
frecuencia los educadores se encontrarán muchachos y muchachas que entran
casi por vez primera en un verdadero contacto con la Buena Nueva.

4. Suscitar expresiones de fe y, en concreto, el compromiso cristiano.

La experiencia de fe vivida en la Catequesis se traduce en los preadolescentes


en actitudes y expresiones cristianas. Si una experiencia, que no se expresa de
alguna manera, queda en cierto modo estéril, no enriquece a la persona, la
Catequesis tenderá a suscitar en el grupo cuál podrá y deberá ser la respuesta
ante la Palabra de Dios presentada y reflexionada en las sesiones de
Catequesis, en los distintos temas del Catecismo.

Dicho de otra manera, la Catequesis llevará a que la fe cristiana madurada en la


Catequesis sea expresada de forma festiva (celebraciones litúrgicas, de la
Palabra, etc.), testimonial (compromisos individuales o comunitarios, campañas,
etc.), e intelectual. Estas respuestas "expresivas de la fe" no serán fruto de una
actitud impositiva por parte del educador, sino de un clima educativo cristiano y
eclesial, en donde los preadolescentes pueden ir viviendo y expresando su fe.

En resumen:

Para utilizar el Catecismo de modo adecuado, como un instrumento que ayude


en la tarea de la educación en la fe, el educador tendrá muy presente:

- evitar la utilización del Catecismo como un libro "válido", sin más, para
cualquier grupo de preadolescentes, como un recetario indiscriminado, como un
medio fácil para "improvisar" las sesiones de Catequesis;

- hacer una seria reflexión sobre el Catecismo para penetrar en su dina-mismo


pedagógico y catequético, en el itinerario que en cada uno de los temas se
propone, es decir, en sus elementos fundamentales: objetivo, experiencia del
preadolescente y del adulto, Mensaje Cristiano y expresiones de la experiencia
de fe;

- ser fieles y libres: Supuestos estos dos aspectos, cabe señalar, por una parte,
la fidelidad al instrumento, pero, por otra, la! libertad para utilizarlo.
Normalmente, el margen de libertad debe estar en proporción directa al esfuerzo
personal de preparación realizado por el educador y a la capacitación
catequizadora adquirida por el mismo y verificada en la Iglesia.

INTRODUCCIÓN AL CATECISMO

Tema 1. BUSCANDO LA LUZ.

o Caminantes.

o ¿Quién soy yo?


o Mi vida de fe.

OBJETIVO CATEQUÉTICO

 Presentar, como punto de partida, los profundos interrogantes ,que el crecimiento y el cambio, la
identidad personal y la búsqueda de Dios suscitan en todo hombre y, a su medida, también en el
preadolescente.

 Estos profundos interrogantes sólo pueden ser iluminados en el contexto de una experiencia de fe.

CAMINANTES

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente tome conciencia:

• de los interrogantes que el cambio provoca.

• de que es posible orientarse dentro del cambio: este cambio tiene un sentido. El hombre está de
paso hacia alguna parte: Alguien nos puso en camino.

• de que dicho sentido sólo puede ser percibido plenamente a la luz de aquella experiencia de
encuentro con Dios que constituye al hombre como creyente.

El crecimiento y el cambio

1. De los once a los catorce años, el preadolescente deja de ser niño para
emprender un camino que conduce a la juventud y a la adultez. La gran realidad
de este momento es el crecimiento y, por ello, el cambio, un cambio que afecta a
todos los niveles de la personalidad.

Niveles del crecimiento y del cambio

2. A nivel físico, el preadolescente abandona su cuerpo de niño. A nivel afectivo,


aparecen nuevas pulsiones, sentimientos y deseos. Además, por el vacío que
siente ante lo desconocido, aparece frecuentemente una profunda ansiedad e
incertidumbre.

Cambio necesario y profundo


3. El cambio se produce de forma ineludible, es decir, quiérase o no. Además,
llega más allá de lo que normalmente el propio preadolescente desearía. Cae
todo un mundo, su mundo, el mundo infantil, y con él se viene abajo el
sentimiento de identidad que hasta entonces tenía. Es un cambio en
profundidad. No sabe exactamente a qué atenerse con respecto a sí mismo.

El cambio, ley de la vida humana y del cosmos

4. Con ello, el preadolescente participa de una ley general de la vida humana, la


ley del cambio. Un ejemplo: el compuesto bioquímico humano se renueva en su
totalidad cada diez años, aproximadamente. La ley del cambio se extiende a la
realidad entera y ella manifiesta el profundo dinamismo de la historia y del
cosmos.

El mensaje del cambio

5. Lo que directamente percibimos nosotros son los cambios. En plural. Nos


afectan los cambios interiores (físicos, intelectuales, afectivos); nos afectan
también los cambios exteriores (acontecimientos, personas, situaciones). A
través de todos los cambios podemos llegar a percibir el denominador común a
todos ellos: la realidad del cambio. El cambio nos revela un elemento inherente
al destino humano: su condición transitoria. El hombre es un ser que, siempre
idéntico a sí mismo, está de paso: permanece cambiando. Es un ser que viaja
hacia alguna parte.

Significado cristiano del cambio

6. En la historia de Israel, tal como aparece en la Escritura, la vida nómada de


los orígenes encierra un significado profundo. La condición nómada es la que
precede a la instalación en la tierra de Canaán. El Israel definitivo del Nuevo
Testamento continuará comprendiendo el sentido de peregrinación de la
existencia humana, reviviendo la experiencia del Exodo. Liberado de la fijación
idolátrica al mundo presente, la vida nómada es la condición propia del hombre
que vive de la fe: permanece nómada en su alma, extranjero y peregrino sobre
la tierra. Está disponible para seguir el camino que Dios le propone al hombre.
Está en marcha hacia alguna parte. Porque Alguien le puso en camino.

¿QUIEN SOY YO?

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Ayudar a que el preadolescente experimente:


 que el hombre por sí mismo no puede llegar a saber con exactitud quién es. El hombre es un misterio
que, en su nivel más hondo se "escapa" al hombre mismo.

 Que sólo Cristo es la clave definitiva del Misterio humano: "Cristo manifiesta plenamente el hombre
al hombre" (GS 22).

Cambio e identidad

7. El conjunto de todos los cambios que afectan al preadolescente termina


quebrantando la conciencia de identidad que anteriormente tenía. Ahora, sin
"saberlo" normalmente, no "sabe" ciertamente a qué atenerse: ¿cómo soy yo?,
¿cuáles son mis defectos, mis posibilidades, mis aptitudes, mi personalidad? En
definitiva, ¿quién soy yo?

Crisis profunda

8. El preadolescente va a vivir durante esta etapa, con momentos de mayor o


menor intensidad, una de las crisis profundas de la vida del hombre, la crisis de.
la identidad, crisis que, una vez superada, dejará en su personalidad una huella
duradera. Esta huella condicionará, para bien o para mal, su manera de ser y de
actuar en, relación con los demás y en medio de la sociedad y del mundo.

Adultos: división de opiniones

9. De una forma u otra, la crisis preadolescente irá siendo superada. La crisis


pasará. Sin embargo, el preadolescente irá descubriendo dentro de sí y a su
alrededor que hay interrogantes que no tienen fácil respuesta. Que los propios
adultos se hallan divididos, cuando se trata de identificar lo que es
específicamente humano: ¿qué es el hombre? ¿Un mecano, un robot, puro
fuego de artificio, un objeto de placer, un animal más, un semidios...?

Ser hombre: problema abierto

10. Quizá un día termine haciendo el descubrimiento de que el hombre tampoco


sabe exactamente a qué atenerse con respecto a sí mismo. Que posee un
misterio que le desborda, que se le escapa. El problema sigue abierto.

Sólo Dios

11. El hombre debe aceptar y vivir la experiencia de no saber exactamente, en el


fondo, quién es, si no es a la luz de la fe. El hombre que realiza en su vida la
experiencia de la fe, conoce en verdad quién es Dios y sabe quién es, en el
fondo, el hombre. Sólo Dios puede esclarecer plenamente el misterio humano.

"Y aún no se ha manifestado lo que seremos" (1 Jo 3, 2)

12. La persona humana se realizará plenamente en el futuro definitivo,


preparado por Dios. Conocemos por la fe el prototipo del hombre, Jesucristo.
Nuestra búsqueda de plenitud humana se alimenta de la contemplación de
Jesucristo y del diálogo con él. Los cristianos confesamos que Cristo, siendo
nuestro camino hacia Dios (Jn 14, 6), nos otorga la gracia de llegar a ser el
hombre, tal como Dios lo ha pensado y decidido. Cristo "manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre" (GS 22).

MI VIDA DE FE

OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Que el preadolescente tome conciencia de su propia búsqueda de Dios, experiencia en


la que participan todas las religiones de la tierra.

o Que el preadolescente haga el examen de su propia fe afrontando estos dos hechos:

o la progresiva ruptura con formas de vivencia religiosa infantil,

o la pluralidad de imágenes de Dios.

 Que el preadolescente tome conciencia del alcance de la respuesta de la fe cristiana y de la


experiencia personal de esa fe. Proclamamos una palabra que se cumple.

Cambio, identidad, religiosidad. Dios es profundamente necesario

13. En medio de todos los cambios que transforman al mundo y al hombre, y en


medio de todos los procesos que al final dejan abierto el problema de la
identidad humana, todas las religiones de la tierra son, en algún modo, una
respuesta a la necesidad que el hombre manifiesta en su búsqueda de Dios. En
esta búsqueda, Dios aparece como punto de referencia profundamente
necesario en la vida del hombre.

"Señor, nos has hecho para ti..." (San Agustín)

14. Así lo ha cantado uno de nuestros poetas: "Todo mi corazón, / ascua de


hombre, / inútil sin tu amor, / sin Ti vacío, / en la noche te busca. / Le siento que
te busca, / como un ciego, / que extiende al caminar sus manos llenas / de
anchura y de alegría" (Leopoldo Panero).

Se conmueve la vivencia infantil de lo religioso

15. En la preadolescencia, aunque lenta e insensiblemente, el niño comienza a


ser mayor en todos los aspectos de su vida. Su religiosidad irá acusando el
impacto ineludible del proceso de maduración y crecimiento. No es raro que
aparezca cierto racionalismo teórico y cierto indiferentismo práctico. Comienza a
conmoverse la visión infantil de lo religioso.

Al hacerme mayor, dejé las cosas de niño

16. San Pablo contrapone su mayoría de edad con una época que
necesariamente quedó atrás: "Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía
como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con
las cosas de niño" (1 Co 13, 11). Y aun poseyendo una madurez religiosa fuera
de lo común, todavía esperaba otra etapa en la que desapareciese
definitivamente lo imperfecto.

Brotes de madurez

17. Los preadolescentes que tienen fe, tienden a concebir a Dios como un
compañero, sienten que Dios los puede hacer mejores, que les afecta
personalmente. Alcanzan, además, una etapa preliminar de madurez en la que
pueden ir progresando en ciencia y vida religiosa, sin conflictos.

Interrogantes: imágenes de Dios, religiones

18. El preadolescente irá percibiendo las diferencias profundas del mundo adulto
en torno a lo religioso. Podrá reconocer, tras hechos y actitudes, las diversas
imágenes que los hombres tienen de Dios: la imagen de un Dios ausente, que
para nada se ocupa de los hombres. La imagen de un Dios terrible, enemigo de
la felicidad humana. La imagen de un Dios amante, que actúa en el corazón de
la historia, porque no olvida al hombre. Percibirá asimismo, de algún modo, la
pluralidad de les religiones (hinduísmo, budismo, islamismo, judaísmo,
cristianismo...). Y antes o después, todo ello acabará planteando al
preadolescente, sobre todo en el último período de esta etapa vital, una serie de
cuestiones (vgr. ¿Todas las religiones son verdaderas? ¿No lo es ninguna?
¿Dónde está la verdad?), cuestiones que tendrán respuesta si, como creyente,
camina en verdad hacia la opción libre y personal de su adhesión al mensaje
revelado.

La adhesión de la fe reclama una seria opción personal y libre e implica


una relación viva del hombre con Dios

19. En un asunto vital, como es la adhesión de la fe, el hombre ha de


comportarse con una seria responsabilidad, de manera más consciente y libre
que en otros aspectos, también vitales, de su existencia ,humana. El creyente
puede y debe buscar iluminación y apoyo en sus hermanos, en la comunidad
cristiana. Nuestra fe es la fe de la Iglesia: somos creyentes en cuanto que somos
miembros de la comunidad creyente. El mensaje de fe —las verdades reveladas
— ha sido confiado gratuitamente por Cristo a la Iglesia para que lo transmita
con fidelidad a lo largo de la historia de los hombres (Cfr. DV 7). Pero nuestra fe
es, al mismo tiempo, personal. El creyente ha de profundizar personalmente los
motivos de su opción religiosa. Pero además en la base de esta adhesión de fe
hay, sobre todo, una dimensión de conocimiento concreto, existencial, personal:
una relación vivida del hombre con Dios. En este sentido puede decirse que mi
experiencia personal de la fe es insustituible (Sobre la fe, cfr. Tema 34).

La adhesión de la fe es fruto de la acción interior y gratuita del Espíritu.

20. El Espíritu Santo mueve a cada hombre a aceptar sin violencias —con
suavidad— el misterio de la intimidad divina y del plan salvífico de Dios, con
luces e inspiraciones interiores. Pero, al mismo tiempo, asiste constante a la
Iglesia, haciéndola objetivamente creíble, de suerte que pueda ser reconocida
como "custodia y maestra de la Palabra revelada" (Vaticano I, Const. Dogm. "Dei
Filius": DS 3012. Ver también DS 3009-3010 y 3014). Como una enseña izada
entre las naciones (Cfr. Is 11, 12), luz de las gentes y sacramento universal de
salvación (Cfr. "Dei Filius": DS 3014); Vaticano II, (LG 1, 48), la Iglesia invita a
todos los hombres a que acojan la Luz verdadera de la que ella es servidora
(Cfr. DV 10); y a quienes son ya miembros de su comunidad los anima a
permanecer firmes en su fe y fieles a su vocación.

Esta adhesión se vive en la Iglesia, Comunidad apostólica que testimonia,


con signos auténticos y accesibles a la experiencia, la presencia en ella de
Cristo y de su Espíritu

21. La Iglesia testimonia visiblemente con signos auténticos la presencia, en ella,


de Cristo y de su Espíritu: está siempre pronta a dar respuesta a quien le pida
razón de su esperanza (Cfr. 1 P 3, 15. Ver "Dei Filius": DS 3009; 3013-3014).
Pero todo creyente debe poder dar también cuenta personalmente de la fe que
profesa, celebra y vive, esto es, de la relación concreta y existencial que
mantiene con el Dios de su corazón (Cfr. Sal 72, 26). Todo cristiano,
compartiendo reflexiva y libremente el influjo del Espíritu de Dios en su
interioridad, confiesa en el seno de la Iglesia: "Jesús es el Señor" (1 Co 12, 3); y,
con Pablo, debe al mismo tiempo juzgar que "Todo lo estimo pérdida,
comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Flp 3,
8).

La Palabra de Dios permanece operante en medio de vosotros

22. Cristo inaugura su predicación proclamando que el Reino de Dios está en


medio de vosotros. Igualmente la Iglesia, cuando continúa su misión, anuncia
una Palabra viva y eficaz (Hb 4, 12), no una palabra de hombre, sino la Palabra
de Dios que permanece operante en medio de vosotros (1 Ts 2, 13; cfr. Is 55,
10-11; Sal 94; Ez 12, 25.28).

CAPITULO I
CRISTO HA RESUCITADO Y VIVE.

Tema 2. CRISTO VIVE

o Resucitado.

o Entre nosotros.

o Testigos de su resurrección.

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente llegue a descubrir vitalmente:

—.que humanamente no hay una esperanza en la que el hombre pueda ser salvo.

— que por la fe se nos ha dado esa esperanza y en ella el 'sentido de la vida: se llama
Cristo Resucitado.

Quiero vivir, ¿dónde está el sentido de mi vida?

23. El preadolescente por encima de todo quiere vivir. Pero hay momentos en
que se siente no aceptado o no se acepta él mismo en su propia realidad. No
percibe por ningún lado el sentido de la vida. Sin embargo, para vivir, que es su
vocación más honda, necesita encontrar un sentido a la vida. Porque una vida
sin sentido ¿es vida?

El sentido de la vida no lo encontramos en superficie

24. Estamos profundamente convencidos de que la vida tiene un sentido. Pero al


mismo tiempo cambiamos muchas veces de opinión sobre este sentido. El
sentido hondo de la vida no lo encontramos en la superficie de las cosas.

Noticia no esperada: los ídolos caen

25. Puede ocurrir que un día descubramos con sorpresa que aquellas cosas en
que nosotros poníamos toda nuestra confianza se nos vienen abajo. A esas
cosas la Escritura las llama ídolos, falsas imágenes de Dios, dioses falsos. Los
ídolos son creación del egoísmo humano, en los que el hombre pretende
encontrar equivocadamente la respuesta del sentido de la vida (dinero, poder,
sexo). Todos estos ídolos están destinados a caer.

Al descubierto las ilusiones que ocultan la verdadera situación


26. Al denunciar la caída de los ídolos, la Escritura no pretende dar una mala
noticia, sino poner al descubierto todas las ilusiones, que perjudican al hombre y
le ocultan su verdadera situación: la necesidad que tiene de ponerse delante de
Dios, porque sólo Dios puede salvar su vida, dándola plenitud y verdadero
sentido.

No hay salvación más que en Jesucristo

27. Por consiguiente, no hay ninguna realidad humana en la que el hombre


pueda salvarse. La verdadera salvación no es del orden de lo meramente
humano. Toda esperanza puesta en realidades mundanas acaba por
defraudarnos. La esperanza que no falla está fuera de nuestro alcance, nos es
dada; es una esperanza gratuita, regalada. El fundamento y meta de la
esperanza de salvación humana se llama Cristo, Cristo resucitado: "Bajo el cielo
no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos" (Hch 4, 12).

Obra de Dios que no creeréis aunque os la cuenten: sin ídolos, con


esperanza

28. Sólo en el nombre de Cristo Resucitado podemos vivir sin ídolos. Y con
esperanza. "Por tanto, sabedlo bien, hermanos, se os anuncia el perdón de los
pecados por medio de él, y que todo el que crea queda justificado por su medio
de todo lo que no pudísteis ser justificados por la ley de Moisés. Cuidado con
que os suceda lo que dicen los Profetas: Mirad, burlones, desmayaos de
espanto, porque en vuestros días haré una obra tal, que si os la cuentan no la
creeréis" (Hch 13, 38-41).

No busquéis entre los muertos al que vive: Cristo ha resucitado

29. Cristo ha resucitado, Cristo es el Señor. Las reacciones primarias ante el


acontecimiento son de asombro, sorpresa, duda, incredulidad (Lc 24,
11.12.16.21.37.41; Hch 2, 13.15). Pero por encima de todos estos sentimientos
se impone una convicción más fuerte: "¿Por qué buscáis entre los muertos al
que vive? No está aquí. Ha resucitado" (Lc 24, 5-6).

Jesús es el Señor

30. San Pablo dice: "Os recuerdo ahora, hermanos, el Evangelio que os
proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados... Porque lo
primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue ésto: que Cristo
murió por nuestros pecados, según, las Escrituras..., que se le apareció a Cefas
y más tarde a los Doce" (1 Co 15, 1-5; cfr. Rm 10, 9; Le 24, 34). Esta predicación
es hecha por los Apóstoles no sólo como notificación de un hecho histórico, sino
sobre todo como proclamación del acontecimiento salvador de Dios en favor de
los hombres. Este Jesús, que por nosotros murió y que ha resucitado, es
reconocido como Señor. El día de Pentecostés decía San Pedro: "Dios resucitó
a este Jesús y todos nosotros somos testigos... Por lo tanto, todo Israel esté
cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificásteis, Dios lo ha
constituido Señor y Mesías" (Hch 2, 32.36). Según el testimonio de los
Apóstoles, los acontecimientos posteriores a la Pascua manifiestan a Jesús
como Señor de la historia, esto es, como Dios. Los Apóstoles proclaman acerca
de Jesús de Nazaret lo que los judíos proclamaban de Dios: es el Señor (Cfr. Jn
21, 7).

"Habiendo sido muerto, he aquí que vivo para siempre"

31. El Apocalipsis de San Juan pone en labios de Jesús resucitado estas


palabras: "Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y el Fin"
(Ap 22, 13; 1, 8; 21, 6). "Al verla —dice el autor—, caí a sus pies como muerto.
El puso la mano derecha sobre mí y dijo: No temas: Yo soy el Primero y el
Ultimo, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los
siglos" (Ap 1, 17-18). Cristo es el Señor de los que viven y de los que mueren:
"Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos" (Rm 14,
9). Nos-otros somos, pues, contemporáneos de Cristo. En adelante, vivir para
Dios es vivir para Cristo: "ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno
muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos
para el Señor" (Rm 14, 7-8). Unidos por la fe a Cristo resucitado, los primeros
discípulos dieron testimonio de que Jesús vive.

¿No reconocéis que Cristo está en vosotros?

32. Cristo ha resucitado, Cristo es el Señor. Nosotros podemos reconocer, por la


fe, en nuestra propia vida el "señorío", el dominio, el poder de Jesús Resucitado,
como los primitivos creyentes, como los creyentes de nuestro tiempo. Es el
Señor y lo manifiesta. Puedes ser testigo tú mismo. A cualquiera de nosotros
puede ir dirigida esta pregunta de Pablo: "Poneos a la prueba, a ver si os
mantenéis en la fe, someteos a examen; ¿no sois capaces de reconocer que
Cristo Jesús está entre vosotros?" (2 Co 13, 5). Los cristianos podemos ser
"testigos" enraizándonos en la fe que nos han transmitido los primeros testigos y
participando en los misterios sacra-mentales de salvación que ellos nos han
legado: los creyentes alcanzan su seguridad acudiendo a la doctrina de los
Apóstoles y a la fracción del pan que acontecen en el seno de la comunidad
fraterna que es comunidad de oración (Cfr. Hch 2, 42).

CAPITULO II
¡CONVERTIOS! AL ENCUENTRO DE CRISTO POR LOS
CAMINOS DEL DIOS VIVO
OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente tome conciencia:

o de que el encuentro con Cristo se realiza a través de nuestra


conversión a El.

o de que nuestra conversión a Cristo implica el descubrimiento y la


interiorización del significado de salvación para nuestra propia vida de las grandes
experiencias bíblicas.

Señorío de Cristo y conversión del hombre: aspectos inseparables del


acontecimiento cristiano

33. El gran acontecimiento cristiano reúne dos elementos inseparables. No


siempre caemos en la cuenta de la profunda relación de ambos. Esos dos
elementos son: 1) Cristo vive a pesar de la muerte y ha sido constituido Señor
de todo. Señor de la Historia, y en esta Historia interviene eficazmente. 2) La
aceptación por la fe de este acontecimiento lleva con-sigo la propia conversión.

Juan Bautista, Jesús, Pedro, Pablo... destacan ambos aspectos

34. De hecho, no obstante la diversidad de los tiempos, de los lugares y de los


auditorios, las predicaciones de Juan Bautista, de Jesús, de Pedro o de Pablo
ofrecen todas un mismo esquema y una misma orientación: Anunciar el
acontecimiento y llamar a la conversión (Cfr. Mt 3, 2; 4, 17; Hch 2, 36.38; 3,
15.19; 5, 31; 10, 40-43; 13, 30.38-39).

Sin conversión no llega a nosotros el Reino de Dios

35. El hombre pecador está alejado de la presencia de Dios. Dios no puede


acercarse al hombre para reinar en él, si el hombre no se vuelve a El, se
convierte a El. En esta conversión está en juego toda su vida.

Una conversión gratuita, signo de la presencia del Reino de Dios

36. La conversión del hombre es una obra de iniciativa gratuita y amo-rosa de


Dios. Por esto su anuncio es Buena e inaudita Noticia. El hombre, en efecto,
está sometido a señores demasiado poderosos como para que pueda cambiar
por sí mismo. Cuando el hombre se convierte y cambia, entonces es que el
Reino de Dios ha aparecido en medio de nosotros. La fuerza de Dios se
manifiesta en contraste con la debilidad del hombre.

Señorío de Cristo, conversión del hombre y experiencia bíblica: la


experiencia bíblica conduce al encuentro de Cristo

37. Hay que evitar el examinar de modo abstracto tanto la conversión propia
como la presencia de Cristo en la historia. Es necesario descubrir estas
realidades de manera muy concreta. A través de la significación de las grandes
experiencias bíblicas, que son realidades concretas, el discípulo de Jesucristo
entiende vitalmente los caminos de su conversión y de su encuentro con Dios en
Cristo. Cuando los acontecimientos y las palabras de la Sagrada Escritura son
proclamados y ahondados en el seno de la comunidad, el creyente avanza en su
camino de descubrimiento del Señor. La Escritura vivida conduce a Cristo, da
testimonio de El (Jn 5, 39).

La vida de fe, encuentro con Cristo en la trama de la vida cotidiana

38. El hombre que se convierte, se vuelve a Dios con la totalidad de su vivir


humano. Orienta hacia Dios sus deseos, sus proyectos, su experiencia humana.
El cristiano que permanece fiel a Jesucristo, vive su vida de relación con Dios en
Jesucristo en la trama misma de la vida cotidiana (Cfr. 1 Co 10, 31; 1 P 4, 10-11;
Col 3, 1 7; Flp 2, 3-4). El cristiano ha de seguir a Cristo en el modo como El vivió
la existencia ordinaria de los hombres (Cfr. Pablo VI. EN 29, 31, 35, 47).

Vida de fe y experiencia humana

39. El cristiano, cuando actúa como creyente, lleva una vida que en muchos
aspectos es semejante a la de los demás hombres: trabajo, esfuerzo, reflexión,
diálogo, amistad, cooperación, lucha, etc. Esta vida es también, al mismo
tiempo, una experiencia de fe. No en el sentido de que la realidad de Dios pueda
ser percibida directamente por nosotros. La realidad de Dios no puede ser
percibida directamente en nuestra actual condición, pero sí podemos entrar en
contacto con Dios a través de signos. Como dice San Pablo, ahora vemos como
en un espejo, todavía no vemos cara a cara (Cfr. 1 Co 13, 12). No obstante, la
vida de fe es, en un grado mayor o menor, una vida de relación consciente,
plenamente humana, con Dios Padre por medio de Jesucristo. En este sentido,
hablamos de "experiencia de fe".

Esta actitud de fe viva, consciente, del hombre que trabaja, que lucha, que
dialoga, que hace el bien, etc., proviene de la acción oculta del Espíritu Santo en
el corazón del hombre y de la libre cooperación del hombre en el seno de la
comunidad creyente que es la Iglesia. Esta existencia humana vivida desde la fe
no se reduce a situaciones extraordinarias o excepcionales (Cfr. LG 41, 34, 35;
cfr. DCG 26, 33, 34, 72, 74, 75).

El Hijo de Dios "ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9)

40. Cuando presentamos a los demás el mensaje evangélico no podemos


olvidar que Dios creador y salvador ha sembrado ya en el corazón de los
hombres sentimientos, actitudes, valores, reflexiones, experiencias que les
preparan para el encuentro con Cristo en la fe (Cfr. LG 16 y 17; Pablo VI, EN 53,
55, 70). El Espíritu Santo actúa ya en el alma de los que jamás han oído hablar
de Cristo, y sobre todo en la de aquellos que están especialmente vinculados
con Cristo por el bautismo. No podemos "deducir" la revelación divina de la
experiencia humana, nuestra o ajena. Pero, a la luz de la revelación divina que
la Iglesia proclama, sí podemos y debemos reconocer la acción de Dios en la
vida de los hombres. Iluminado por la fe, el discípulo de Cristo sabe que el Hijo
de Dios ilumina a todo hombre (Jn 1, 9).

Dios continúa hablando al hombre de hoy

41. El encuentro con Cristo en la fe de la Iglesia es fruto de la acción del Espíritu


Santo que, mediante el testimonio de fe de los cristianos y la proclamación de la
palabra de Dios, continúa suscitando hoy en el corazón de los hombres actitudes
de fe y de amor semejantes a las que nos muestran el Antiguo y el Nuevo
Testamento. Para describir este encuentro con Cristo por la fe podemos recurrir
a la experiencia de fe que nos ofrece la Sagrada Escritura. Para nosotros,
miembros de la Iglesia en el siglo XX, los acontecimientos y palabras de la
Sagrada Escritura no se refieren sólo al pasado. Dios, que se comunicó a sus
amigos y a su pueblo en el Antiguo y en el Nuevo Testamento a través de unos
determinados acontecimientos y experiencias, se sigue comunicando hoy —el
mismo Dios— a través de nuestras experiencias humanas actuales cuando
éstas son vividas desde la fe, o bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo
(Cfr. GS 11; DV 8). Después de constituida definitivamente la revelación divina
—concluye con la muerte del último apóstol— no hay que esperar ya una nueva
revelación pública de Dios al hombre. Pero Dios continúa hablando al hombre,
por medio de la Iglesia (proclamación de la palabra de Dios, testimonio de fe y
de caridad, etc.) y en el corazón de cada hombre, a través de la experiencia
humana actual, de cada uno o de la comunidad humana, interpretada la
experiencia a la luz de la fe (Cfr. GS 11 y DV 8; sobre la relación entre Biblia y
Tradición, cfr. Tema 43).

Las Escrituras dan testimonio de Cristo

42. Hoy, como ayer, el hombre, en su itinerario hacia Dios, vive en situaciones
de éxodo, de tentación, de desierto, etc. Este encuentro del hombre con Dios en
la fe de la Iglesia, a través de la experiencia humana actual, guarda analogía y
está en continuidad con la experiencia de fe del Antiguo y del Nuevo
Testamento. Cuando nos encontramos con Cristo nos situamos en el itinerario
de fe del pueblo de la Antigua Alianza, continuando en el pueblo de la Nueva
Alianza que es la Iglesia. La reflexión cristiana sobre las experiencias de fe del
Antiguo y del Nuevo Testamento, siempre en relación con nuestra experiencia
humana actual, nos permiten un encuentro de fe más consciente con Cristo-
Jesús como clave de la historia de salvación: "Estudiáis las Escrituras pensando
encontrar en ellas vida eterna: pues ellas están dando testimonio de mí" —dice
Jesús—(Jn 5, 39; cfr. Lc 24, 27; DV 14-17).

Desde la fe de la Iglesia

43. El cristiano, al tratar de comprender hoy su vida de fe, o el itinerario del


encuentro del hombre con Cristo, en la experiencia humana actual, lo ha de
hacer desde la fe de la Iglesia en Cristo Jesús. A veces se trata de una fe
implícita que es necesario explicitar. El creyente, porque conoce ya a Jesucristo,
por la palabra de los Apóstoles, trasmitida por la Iglesia, sabe a la luz de esta fe,
que cuando el hombre se encuentra con los que anuncian la palabra de Dios, se
encuentra con Cristo; que cuando realiza obras de amor con los pobres se
encuentra con Cristo; que cuando padece persecución por la justicia con
paciencia evangélica, está en el camino de Cristo... Pero sobre todo sabe que el
encuentro con Cristo se realiza en la Iglesia. Cristo está presente en la
proclamación de la palabra, en la vida de la Iglesia, y de modo del todo singular
en la Eucaristía. Los demás caminos para el encuentro con Jesús, el Señor, no
tienen sentido sin la Iglesia, cuerpo de Cristo y pueblo de Dios.

Itinerarios del encuentro con Cristo

44. Vamos a tratar a continuación de algunos de estos itinerarios del encuentro


del hombre con Cristo. Se podría haber tratado de algunos otros. Pero los que
aquí se indican son suficientes. No hablamos en estas páginas que siguen
propiamente del encuentro "sacramental" con Cristo, —aunque se alude
brevemente a la Eucaristía—, sino sobre todo del encuentro con Cristo por la fe.
Por esto, las expresiones "Cristo está presente en los pobres" y otras
semejantes no deben entenderse en un sentido "localista", aunque siempre
hagan referencia a una relación real del hombre creyente con Cristo-Jesús.

Las grandes experiencias bíblicas

45. Las grandes experiencias bíblicas que vamos a considerar son estas:

Alianza: Encontramos a Cristo, donde los hombres reconocen a Dios, donde los
hombres se aman.

Exodo: Jesucristo está donde el hombre es liberado de los ídolos y poderes que
le asedian y esclavizan.

Desierto: Jesucristo está donde los hombres experimentan las dificultades de la


liberación. Donde el hombre se pone en diálogo con Dios.

Tentación: Nos encontramos con Cristo, cuando en las encrucijadas de la vida


aceptamos la llamada de Dios.

Pobreza: Encontramos a Cristo en los pobres; en ellos quiere ser servido.

Profecía: Cristo está en los profetas enviados por Dios: En los que llevan su
palabra. Encontramos a Cristo cuando cumplimos la Palabra de Dios.

Actitud de Siervo: Nos encontramos con Cristo cuando hacemos nuestra su


actitud de Siervo de Yahvé, el camino de los justos injustamente perseguidos.

Iglesia: Cristo está en medio de los que se reúnen en su nombre.

Alegría: Encontramos a Cristo en la fiesta, en la paz, en la alegría, una paz que


el mundo no puede dar. una alegría que nadie nos puede quitar.
Tema 3. EN LA ALIANZA ENCONTRAMOS A CRISTO: DONDE LOS
HOMBRES RECONOCEN A DIOS. DONDE LOS HOMBRES SE AMAN

OBJETIVO CATEQUÉTICO

— Anunciar que Cristo está donde los hombres se respetan y se aman, como señal y consecuencia del
amor con que Dios ama a los hombres y les es fiel.

Consideramos la Alianza, a la vez, como proyecto de Dios y su fiel aceptación por el hombre. El amor
que sostiene, alimenta y lleva a plenitud una moral de alianza y comunión es resumen de la ley y los
profetas. Vivir en alianza significa, en su sentido más profundo, amar fielmente.

El preadolescente, como todo hombre, necesita amar y ser amado

46. La alianza no es sólo una experiencia bíblica, sino que corresponde también
a la experiencia social. Los hombres, en efecto, se ligan entre sí con pactos y
contratos, acuerdos entre grupos o individuos que quieren prestarse ayuda:
alianzas de paz, hermandad, amistad, matrimonio. Expresan la necesidad que el
hombre tiene de estar con otros. El hombre —también el preadolescente— no
puede vivir solo. Necesita amar y ser amado. Necesita de los demás. El
preadolescente conoce ya por experiencia lo que significa la ayuda mutua y el
ponerse de acuerdo, el respeto a las leyes del juego, etc. En definitiva, lo que
significa para él el otro, la familia y el grupo.

Vivir en Alianza significa amar

47. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la palabra Alíanza sirve


para definir las relaciones de Dios y de los hombres. Para que aparezca su
contenido es necesario hablar de filiación. hermandad, solidaridad, fidelidad,
unidad, amor. La experiencia religiosa de la Alianza implica todo esto.

Amar es salir de sí, entrar en comunión

48. La Alianza, como el amor que significa, hace siempre referencia a otro.
Significa el amor de Dios a los hombres, el amor de los hombres a Dios y el
amor de los hombres entre sí. La unidad en el amor hace pareja humana, grupo,
comunidad, pueblo.

El amor de Dios va por delante de nosotros

49. Alianza significa primero el amor de Dios a los hombres: "El nos amó
primero" (1 Jn 4, 19). Cuando Abraham sale de Ur de Caldea, nace una nueva
religión, la religión de la Alianza; Abraham comienza a experimentar que Dios no
está ausente de la historia de los hombres: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8). En
adelante, esta fe significará no ya sólo el admitir la existencia de Dios, sino creer
que Dios está presente y actúa de modo personal y amoroso en la historia
humana. Tanto en Israel coreo en la Iglesia esta experiencia fundamental de la
religión bíblica se expresará ordinariamente con la siguiente fórmula: estar con
(Ex 3, 14; Mt 28, 20; Jn 14, 20). Alianza es, por tanto, presencia eficaz y fiel de
Dios.

Amor a Dios, amor al prójimo: moral de Alianza

50. Alianza significa también el amor de los hombres a Dios y el amor de los
hombres entre sí. Una de las principales expresiones de las exigencias de la
Alianza es el Decálogo. El mensaje profundo del Decálogo es que la vida
humana no puede desarrollarse como tal fuera del amor. El Decálogo es
expresión de una moral de Alianza, una moral comunitaria que Jesús resumirá
en dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. "De estos dos
mandamientos penden toda la ley y los profetas" (Mt 22, 40).

Amarás a Dios con todo tu corazón: primero y principal mandamiento

51. El amor a Dios es el primero y principal mandamiento. Como se dice en el


libro del Deuteronomio: "Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente
uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las
repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino,
acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente
una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales " (6, 4-9).
Todo buen judío recuerda estas palabras a diario, y el cristiano continúa
manteniendo esta creencia fundamental.

Idolatría, pecado contra la Alianza: romper con los ídolos, reverso del
mayor mandamiento

52. Mandamiento no fácil, pues ¿qué es lo que el hombre ama con todo su
corazón? Sea lo que sea, eso es su dios. Por ello, lo opuesto a la fe es la
idolatría. La Biblia es, en cierto sentido, la historia de un pueblo que ha de
abandonar sus ídolos. Esta historia comienza con Abraham, que "seivía a otros
dioses" (Jos 24, 2ss; Jdt 5, 6ss), antes de conocer a Yahvé. La idolatría es, en el
fondo, un pecado contra la Alianza. Romper con los ídolos es la otra cara del
mayor de los mandamientos: "No seguiréis a dioses extranjeros, dioses de los
pueblos vecinos. Porque el Señor tu Dios es un Dios celoso en medio de ti" (Dt
6, 14).

En lucha contra los ídolos, tarea permanente

53. La ruptura con los ídolos no es cosa hecha de una vez por todas, sino una
tarea permanente. La idolatría renace siempre bajo diferentes formas: en cuanto
el hombre deja de amar a Dios se convierte en esclavo de las realidades
creadas: dinero (Mt 6, 24), vino (Tt 2, 3), voluntad de dominar al prójimo (Col 3,
5; Ef 5, 5), poder político (Ap 13, 8), placer, envidia y odio (Rm 6, 19; Tt 3, 3);
incluso la observancia material de la ley (Ga 4, 8ss) se convierte en ídolo.

Impacto de la idolatría sobre la vida humana. Los desórdenes sociales,


pecado contra la Alianza

54. La idolatría viene a ser una realidad sumamente concreta, pues todo esto es
engendrado por el abandono de Yahvé: violencias, rapiñas, juicios inicuos,
mentiras, adulterios, impurezas, perjurios, homicidios, usura, derechos
atropellados; en una palabra, toda clase de desórdenes sociales. Así lo había
percibido el profeta Oseas: "No hay verdad, ni misericordia, ni respeto a Dios,
sino perjurio, mentira, asesinato, robo, adulterio, vengando sangre con sangre"
(4, 2).

El segundo mandamiento es semejante al primero. "Amarás al prójimo


como a ti mismo" (Lv 19, 18)

55. La lección es capital: quien pretenda construirse a sí mismo,


independientemente de Dios, lo hará ordinariamente a expensas de otros,
particularmente de los pequeños y de los débiles. El pecado contra Dios se
concreta en pecados contra el prójimo. Por ello, dice Cristo, el segundo
mandamiento es semejante al primero (Mt 22, 39); y por ello, el segundo
mandamiento condensa también toda la Ley y los Profetas (Mt 7, 12; Ga 5, 14).
El amor es "la ley en su plenitud" (Rm 13, 10).

Una virtud sin amor, virtud inútil

56. Los maestros espirituales y los psicólogos han señalado la existencia de


virtudes falsas y virtudes verdaderas. Algunos hombres practican aparentemente
el sacrificio y la austeridad, respetan escrupulosamente los imperativos de la ley
moral tal como ellos la conciben, evidencian "virtudes" admirables, pero son, de
hecho, y en el fondo de sí mismos, seres áridos, como plantas por las que no
pasa la savia. No hay vida en ellos. No aman. En realidad, bajo la máscara de la
virtud desarrollan un desprecio de los demás y de la vida.

Un "samaritano" puede cumplir realmente la Alianza

57. La parábola del buen samaritano (Le 10, 30-37) no sólo responde a la
pregunta escéptica del legista sobre "¿quién es mi prójimo?" (10, 29), sino que
pone de manifiesto la profunda paradoja de una virtud sin amor: el cumplimiento
riguroso, pero material, de la ley no ha servido al sacerdote y al levita para
comprender que el sentido más profundo de esa ley es el amor. El contraste es
evidente, porque pasa por allí un samaritano, un hombre despreciado como
heterodoxo de la religión judaica, y —sin los rodeos del "virtuoso" de oficio,
sencillamente— sintió compasión del herido y realmente fue el guarda de su
hermano. El samaritano vivió la Alianza, porque en el momento justo respondió a
la pregunta que Dios hace a todo hombre: ¿Dónde está tu hermano (Gn 4. 9).

Sin amor, de nada sirve el resto

58. San Pablo señala enérgicamente la inutilidad de las obras humanas, si falta
el verdadero fondo de la Alianza, el amor: "Ya podrías yo hablar las lenguas de
los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy mas que un metal que
resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y
conocer todos los secretos y todo el saber; podría yo tener fe como para mover
montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo
que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve" (1
Co 13, 1-3). Las características de este amor son descritas por Pablo a
continuación: "El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se
engrie; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se
alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin
límites, espera sin límites, aguanta sin límites" (1 Co 13, 4-8).

Es imposible amar a Dios y aborrecer al hermano

59. Se engañaría, por tanto, a sí mismo el que descuidase el segundo


mandamiento a causa del primero. "Si alguno dice: "Amo a Dios" y aborrece a su
hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano a quien ve, no
puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de El este mandamiento:
quien ama a Dios, ame también a su hermano" (1 Jn 4, 20-21).

El amor fraterno conduce al pleno reconocimiento de Cristo

60. Dios es siempre fiel. Su fidelidad es anunciada de edad en edad (Sal 88, 2).
Su palabra no falla (Rm 9, 6). Israel, en cambio, con toda la humanidad,
quebranta muchas veces la alianza de amor que Cristo ha comenzado con el
hombre. En Cristo, no obstante, se inicia un nuevo pueblo de Dios, una alianza
nueva y definitiva entre Dios y los hombres. Cristo es la realización plena del
misterio de amor de Dios a los hombres y la respuesta perfecta del amor de los
hombres a Dios. Todos somos llamados a asociarnos al misterio de Cristo por la
fe, el bautismo, la eucaristía y la carida fraterna. Unidos a Cristo y, en El, al
Padre, nos amamos unos a otros con un amor que es fruto del Espíritu Santo. El
auténtico amor fraterno es ya una participación en el misterio de la Nueva
Alianza (Mt 25, 3lss). Bajo el impulso del Espíritu, el amor fraterno conduce al
pleno reconocimiento de Cristo como Señor y Salvador, presente en la Iglesia.

Cristo está donde los hombres se respetan y se aman en Dios

61. Dice el evangelio que habrá sorpresas cuando el Hijo del Hombre se siente
en su trono para juzgar la historia de los hombres: "Señor, ¿cuándo te vimos con
hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos
forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos
enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: Os aseguro que cada
vez que lo hicísteis con unos de estos mis humildes hermanos, conmigo lo
hicísteis" (Mt 25, 37-40). Aun sin ser conscientes de que se lo hacen a El mismo,
a El mismo se lo hacen. La buena voluntad, seria y desinteresada con que
servimos al prójimo, es fruto de la acción del Espíritu Santo.

La Eucaristía, sacramento de la Nueva Alianza, realizada en Cristo

62. La alianza de Dios con los hombres, realizada en la pasión, muerte y


resurrección de Jesucristo, se perpetúa en los sacramentos de la Iglesia y, de
modo del todo singular, en el sacramento de la Eucaristía. La acción y presencia
de Jesucristo a través de los signos sacramentales tiene unas características
especiales. Estos signos sacramentales no sólo significan sino que realizan de
manera efectiva, por la acción de Cristo, la santificación del hombre: "la Iglesia
nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo cuanto a
él se refiere en toda la Escritura (Le 24, 27), celebrando la Eucaristía, en la cual
"se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte" y dando
gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Co 9, 15) en Cristo Jesús,
para alabar su gloria (Ef 1, 12) por la fuerza del Espíritu Santo". "Para realizar
una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la
acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del
ministro "ofreciendo ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que
entonces se ofreció en la cruz", sea sobre todo bajo las especies eucarísticas.
Está presente con su virtud en los sacramentos..." (SC 6 y 7; sobre la presencia
sacramental de Cristo, cfr. Temas 52-59; sobre la Eucaristía, en concreto, cfr.
Tema 55).

Tema 4. EN EL ÉXODO NOS ENCONTRAMOS A CRISTO: DONDE EL


HOMBRE ES LIBERADO DE LOS ÍDOLOS Y PODERES QUE LE ASEDIAN Y
ESCLAVIZAN

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar que Cristo está donde el hombre es auténticamente liberado de los ídolos y poderes que le
asedian y esclavizan.

Proclamar a Cristo en el auténtico proceso salvífico de liberación integral de los hombres. La acción
liberadora de Cristo es incompatible con la actitud de quienes se resisten a la acción del Espíritu Santo,
que les mueve constantemente a la conversión y a la renovación. Es preciso estar en camino, en
situación personal de éxodo.

Un nuevo sentimiento: nacido para la libertad. "Quiero ser libre"


63. El preadolescente se encuentra en un momento evolutivo en que parece
dispuesto a abandonar progresivamente toda dependencia infantil. La libertad
comienza a manifestarse como una de sus aspiraciones más profundas. Será
sumamente sensible a .todo aquello que se relacione positiva o negativamente
con el desarrollo de este nuevo sentimiento. Surgirán dudas, ambigüedades,
dificultades. Pero poco a poco se irá consolidando un hecho oscuramente
presentido: haber nacido para la libertad. Como todo hombre, por el mero hecho
de serlo.

Dificultades exteriores e interiores

64. Sin embargo, esa aspiración aparece constantemente amenazada desde


fuera y desde dentro. Durante mucho tiempo, la reivindicación de su "mayoría de
edad" frente a los padres, que le siguen tratando "como a un niño", será el
verdadero trasfondo de las fricciones familiares. Por otra parte, irá descubriendo
que él mismo no siempre hace aquello que, sin embargo, querría: "tengo que
estudiar, pero no soy capaz de despegarme de la tele", "ya no soy un niño, pero
a veces deseo que me sigan mimando", "no siempre me atrevo a decir mi
opinión", "me dejo llevar y actúo sin estar convencido"...

Libertad, dimensión interior de uno mismo

65. Así aparece el binomio libertad-esclavitud como una dimensión interior de lo


que uno mismo es, como un aspecto importante de la propia personalidad:
Seremos verdaderamente libres no cuando nuestros días carezcan de alguna
zozobra y nuestras noches de algún desvelo y alguna congoja, sino más bien
cuando estas cosas nos asedien por todas partes y nos sobrepongamos a ellas,
sin ataduras.

Los poderes de este mundo, señores que esclavizan al hombre

66. Sin ataduras... Pero ¿qué cosas atan verdaderamente al hombre? ¿Dónde
están esos poderes? ¿Cuáles son esos ídolos? Dice la Escritura que son las
mismas realidades creadas las que esclavizan al hombre, cuando éste deja a un
lado los caminos de Dios: el dinero (Mt 6, 24), el poder (Mc 10, 41 ss; Ap. 13, 8),
el placer, la envidia y el odio (Rm 6, 19; Tt 3, 3) e incluso la observancia
puramente material de una ley (Ga 4, 8ss) y, también, el miedo a la muerte (Hb
2,14-15), a la que el hombre no puede mirar de frente y necesita taparla con
muchas cosas. Es, en definitiva, una desesperada voluntad de poder lo que
esclaviza al hombre.

Voluntad de poder frente a Dios mismo. Doble esclavitud: la de los débiles;


la de los poderosos

67. El comienzo del Génesis pone en claro los efectos de la voluntad de poder
que levanta al hombre frente a Dios mismo4 Caín usa de su fuerza para matar a
su hermano, y Lamec se venga sin medida (Gn 4,8.23-24);1a violencia llena la
tierra (6, 11). Esa pretensión lleva al hombre a una doble esclavitud. Los
poderosos esclavizan a los débiles; los mismos poderosos se esclavizan,
sometiéndose a poderes malignos, demoníacos: "Sus propias culpas enredan al
malvado y queda cogido en los lazos del pecado" (Pr 5, 22; cfr. 1 1 , 6).

La opresión del hombre por el hombre: en vez de una relación de amor,


una relación de fuerza y de dominio

68. La opresión del hombre por el hombre aparece tan pronto como los hombres
olvidan que su poder les viene de Dios (Rm 13, 1; 1 P 2, 13; Jn 19, 11) y que
deben respetar en todo hombre la imagen de Dios mismo (Gn 9, 6). Así David,
hiriendo con la espada a Urías el hitita y quitándole su mujer, se imaginaba
seguramente no haber ofendido más que a un hombre, y éste extranjero: había
olvidado que Dios se constituye garante de los derechos de toda persona
humana (Cfr. 2 S 11-12). Expulsado Dios del centro de la vida humana, la
relación que se establece entre hombre y hombre no es una relación de amor,
sino de opresión y dominio.

La opresión del hombre por el miedo: el miedo del hombre, pozo sin fondo
que no puede ser realmente llenado

69. El hombre padece una desesperada voluntad de poder. Necesita salvarse a


sí mismo. Por encima de todo. A toda costa. Dará muchos palos de ciego.
Ciegamente, frenéticamente. Intentará mil modos, ensayará mil caminos antes
de aceptar que él, por propia cuenta, no tiene salvación. En el fondo, el hombre
tiene miedo. Prefiere engañarse, esclavizarse con mil cosas, alienarse en todo
aquello que le oculta su verdadera situación. Por el miedo que tiene a la muerte,
vive el hombre esclavizado de por vida (Hb 2,14-15). Pablo ha percibido con
seguridad el secreto de toda existencia que se desarrolla fuera de la fe: radica
en el temor, aunque éste sea enmascarado. A los romanos, a los gálatas y a
todos nosotros habla Pablo de una misma experiencia, que sólo el Espíritu de
Dios puede superar: la experiencia de un espíritu de esclavitud y de temor,
síntoma común que conduce al reconocimiento de una oculta situación de
condena (Ga 4, 3; Rm 8, 14-16).

Una situación de la que el hombre no puede salir: el mundo y la vida del


hombre, convertidos en cárcel. Esa es la obra del pecado

70. La situación del hombre pecador está bloqueada: peca y le vemos entregado
a la debilidad de una naturaleza carnal; se halla sin fuerzas, y se entrega al
pecado que le solicita y agrava su flaqueza. Incesantemente, la Ley hace
resonar en sus oídos la sentencia de muerte. Ningún camino le libra de su
condenación. Si avanza, sigue el camino de toda carne hacia el pecado y la
muerte. El mundo entero en el que está sumergido comparte su pecado (Rm 8,
20) y se cierra sobre él como una cárcel (Cfr. Ga 3, 22; Rm 11, 32), en la que
hacen guardia el Pecado, la Muerte y la Ley, potencias cósmicas personificadas
en el pensamiento dramático de San Pablo. Tras ellas se perfilan otros poderes,
los del Príncipe de este mundo.
Salir de (= éxodo) esa situación es don de Dios: Dios ama al hombre, actúa
en su historia, abre un camino de liberación

71. Ahora bien, ¿cómo salir de esa situación? Para ello es necesario, en primer
lugar, que el hombre tome conciencia de su verdadera situación. No hay
verdadera conversión que no vaya acompañada del reconocimiento de una
situación de pecado. Ello es ya obra de la gracia de Dios. En segundo lugar, es
preciso que el hombre renuncie a su voluntad de independencia, que consienta
en dejarse guiar por Dios, en dejarse amar, con otras palabras, que renuncie a lo
que constituye el fondo mismo de su pecado. Sin embargo, el hombre se hace
cargo de que esto se halla fuera de su poder. Es necesario que Dios actúe en el
corazón de su propia historia. Y se abrirá un camino donde no existe: en el mar,
en el desierto. En la muerte. En el corazón de Abraham...

Los caminos de Dios, problema clave de la experiencia religiosa. Abraham


fue el primero

72. El creyente no se contenta con generalidades de orden moral. Su


compromiso religioso le lleva mucho más lejos. Abraham se puso en camino
siguiendo el llamamiento de Dios (Gn 12, 1-5); desde entonces comenzó una
inmensa aventura, en la cual el gran problema consiste en reconocer los
caminos de Dios y seguirlos. Caminos desconcertantes ("Vuestros caminos no
son mis caminos", Is 55, 8), pero que conducen a realizaciones maravillosas.

El éxodo, un camino donde no los hay: en el mar, en el desierto. Un


acontecimiento que marca el nacimiento de un pueblo a la fe, fe en Yahvé,
Señor de la Historia, liberador del hombre

73. El éxodo es de todo ello el ejemplo típico. Entonces experimenta el pueblo lo


que es marchar con su Dios (Mi 6, 8). Dios mismo se pone al frente para abrir el
camino, y su presencia se sensibiliza de múltiples formas (Ex 13,21-22).El mar
no le detiene: "Tú abriste camino por las aguas, un vado por las aguas
caudalosas" (Sal 76, 20). Israel queda a salvo de su perseguidor, el poderoso
Faraón egipcio. Viene luego la marcha por el desierto (Sal 67, 8) y Dios abre
también un camino para su pueblo y lo sostiene como un hombre sostiene a su
hijo; le procura alimento y bebida; "busca un lugar para acampar" y procura que
nada le falte (Dt 1, 30-33). El éxodo marcó el verdadero nacimiento del pueblo
de Dios como tal, como pueblo y como pueblo creyente, y vino a ser el tipo y la
prenda de todas las liberaciones efectuadas por Dios en favor de su pueblo.

El exilio, un camino que va a la inversa del éxodo

74. El desprecio de los caminos de Dios, diseñados en sus grandes líneas en el


Decálogo, es un extravío (Dt 31, 17) que conduce a la catástrofe. Su última
consecuencia será el exilio (Lv 26, 41), camino que va a la inversa del éxodo (Os
11, 5). Fue necesaria la duración del destierro (Jr 29) para que el pueblo y sus
dirigentes adquieran conciencia de su incurable perversión (Jr 13, 23; 16,12-13).
Las amenazas de los profetas tomadas hasta entonces a la ligera se realizaban
al pie de la letra. El exilio aparecía así, como el castigo de las faltas tantas veces
denunciadas: faltas de los dirigentes que, en lugar de apoyarse en la alianza
divina, habían recurrido a cálculos políticos demasiado humanos (Is 8, 6; 30, 1-2;
Ez 17, 19ss); faltas de los grandes, que en su codicia habían roto con la
violencia y el fraude la unidad fraterna del pueblo (Is 1, 23; 5, 8; 10, 1); faltas de
todos, inmoralidad e idolatría escandalosas (Jr 5, 19; Ez 22), que habían hecho
de Jerusalén un lugar de abominación.

Conversión y esperanza de retorno a la libertad, una libertad gratuita

75. Pero Dios no se conforma con la situación en que queda colocado su pueblo
(Lv 26,44-45); de nuevo hay que preparar en el desierto un camino para el Señor
(Is 40, 3); él mismo lo abrirá (Is 43, 19) y de todas las montañas hará caminos (Is
49, 11) para un retorno a la libertad. El anuncio del castigo por parte de los
profetas va acompañado constantemente de una llamada a la conversión y de
una promesa de renovación (Os 2, 1-2; Is 11, 11; Jr 31). La misericordia divina
se manifiesta aquí como la expresión de un amor celoso: aun castigando, nada
desea Dios tanto como ver reflorecer la ternura primera (Os 2, 16-17). Por lo
demás, el retorno de Babilonia no será menos gratuito que el éxodo de Egipto;
más aún, la misericordia de Dios aparece todavía más en el retorno del exilio,
puesto que éste era el resultado final de los pecados del pueblo.

Experiencia universal de la esclavitud: paganos y judíos de ayer, masas


humanas de hoy

76. La experiencia de Egipto, como la de Babilonia, contiene un mensaje


fundamental sobre la propia condición humana. Es el siguiente: Todo hombre
vive y permanece en una esclavitud radical, en la medida en que Dios, Señor de
la historia, no se hace camino de liberación para el. Es una experiencia de todos:
paganos de otro tiempo que se sentían regidos por la fatalidad, y judíos que se
negaban a confesarse esclavos (Jn 8, 33), pero también masas humanas de hoy
día, que aspiran confusamente a una liberación total.

Llamados por Dios a la libertad del Evangelio de Jesús

77. Sin embargo, "Hermanos, vuestra vocación es la libertad" (Gal 5, 13): éste es
uno de los aspectos esenciales del evangelio de Jesús: él vino a anunciar a los
cautivos la liberación, a devolver a los oprimidos la libertad (Le 4, 18). Pero esta
libertad no debe convertirse en pretexto para el libertinaje (Ga 5, 13). La libertad
de Cristo es otra: Cristo vino a proclamar los mandamientos que liberan: sed
pobres, sed pacíficos, sed misericordiosos, sed limpios de corazón, haced obras
de paz, dejaos perseguir por la justicia, entrad así desde ahora en el reino de los
cielos (Cfr. Mt. 5, 3-11).

Una conversión real y realmente liberadora, signo de la presencia del


Reino de Dios entre los hombres
78. Alguien podrá decir: "He ahí un programa que nadie puede cumplir." Y es
cierto. El hombre está "vendido como esclavo al pecado" (Rm 7, 14), no puede
liberarse a sí mismo. Ni siquiera puede cumplir la Ley, mucho menos cumplirá el
programa evangélico del Sermón de la Montaña. Pero la conversión es efecto de
la irrupción gratuita del Reino de Dios en medio de la historia humana. Y si la
conversión comienza a ser realidad (y realidad liberadora), entonces es que el
Reino de Dios, como anunciaba Jesús, está en medio de nosotros (Mt 4, 17). No
obstante, la realidad auténtica de esa liberación no podrá ser detectada con
certeza por los hombres: pertenece al secreto de Dios.

El término del éxodo pertenece al futuro. Un camino en medio del pecado,


de la ley (exterior) y de la muerte

79. Así pues, lo que el hombre no puede lo puede el Espíritu de Dios que
prometió Jesús (Jn 3). El prosigue en cada creyente y en el mundo un inmenso
proceso de liberación que sólo se consumará al final. El verdadero éxodo
pertenece al futuro: cuando superadas las fronteras del pecado y de una ley
exterior que no podía salvar al hombre, sea superada también la última frontera
que esclaviza, la frontera de la muerte (1 Co 15, 25-28). Así la existencia entera
es un inmenso éxodo que concluye, como el éxodo (misterio pascual) de Cristo,
con el "paso" de este mundo al Padre (Jn 13, 1; 8, 23), quien en medio del mar y
en medio del desierto abrirá un camino donde tampoco lo hay: abrirá un camino
decisivo en medio de la muerte.

En situación personal de éxodo

80. Dios conoce nuestra opresión (Ex 3, 7ss); nos invita como a Abraham (Gn
12, 1), a salir, a dejar, a caminar continuamente. El quiere "abrir las prisiones
injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos,
romper todos los cepos" (Is 58, 6), liberar al hombre de toda fijación infantil y
secretamente idólatra a las seguiridades del mundo presente, abrir los ojos a su
propio futuro y a un elemento inherente al destino humano: su condición
peregrina. Una cosa importante: cuando el hombre es libre, cuando no depende
de nada, entonces está disponible para responder a la acción de Dios en su
propia historia. Se encuentra, como en otro tiempo Israel, en situación personal
de éxodo.

Cristo, nuevo Moisés del pueblo cristiano en éxodo

81. En muchas ocasiones el Nuevo Testamento compara a Cristo con Moisés,


que guió al pueblo de Israel en su éxodo. Pero, sobre todo, la Carta a los
Hebreros nos dice: "Por lo dicho, hermanos santos que compartís el mismo
llamamiento celeste, considerad al enviado y sumo sacerdote de la fe que
profesamos: a Jesús, fiel al que lo nombró, como lo fue Moisés en la entera
familia de Dios... Moisés ciertamente fue fiel, como criado, en la entera familia de
Dios; su misión era transmitir lo que Dios dijera. Cristo, en cambio, como hijo
que es, está al frente de la familia de Dios; y esa familia somos nosotros, con tal
que mantengamos firme esa seguridad y esa honra que es la esperanza...
¡Atención, hermanos! Que ninguno de vosotros tenga un corazón malo e
incrédulo, que lo lleve a desertar del Dios vivo..., dado que dice: "Si hoy ois su
voz, no endurezcáis el corazón como en el tiempo de la rebeldía." ¿Quiénes se
rebelaron al oírlo? Ciertamente todos los que salieron de Egipto por obra de
Moisés... Temamos, no sea que, estando aun en vigor la promesa de entrar en
su descanso, alguno de vosotros crea que ha perdido la oportunidad" (Hb 3, 1-
19; 4, 1).

Tema 5. ENCONTRAMOS A CRISTO EN EL DESIERTO: DONDE LOS


HOMBRES EXPERIMENTAN LAS DIFICULTADES DE LA LIBERACIÓN.
DONDE EL HOMBRE SE PONE EN DIÁLOGO CON DIOS

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar que Cristo está en los hombres que experimentan las dificultades de la liberación.

Proclamar que el Espíritu abre caminos donde aún no hay ninguno.

Presentar la experiencia bíblica del desierto:

 El desierto es una "tierra que Dios no ha bendecido". Es lugar de paso, no de permanencia.

 El desierto es el lugar de la tentación y del encuentro del hombre con Dios.

La incomodidad de la crisis o el precio del crecimiento

82. El preadolescente se encuentra en crisis de crecimiento. Camina hacia la


mayoría de edad. Pero el crecimiento tiene su precio de miedo, de inseguridad,
de riesgo. La incomodidad de la crisis se manifiesta diversamente. Con la crisis
aparece la confusión; no se acierta a elaborar una clara jerarquía de valores; se
vive como muy difícil la elección de una vocación, de un camino.

No hay liberación sin dificultades ni futuro sin doloroso abandono del


pasado

83. Con ello el preadolescente puede ir comprendiendo por propia experiencia la


verdad de determinadas expresiones elementales, como éstas: "No hay atajo sin
trabajo", "no hay crecimiento sin crisis", "no hay ganaacia sin riesgo". En
definitiva, no hay liberación sin dificultades, ni tampoco hay futuro sin doloroso
abandono de realidades y experiencias del pasado.

El desierto, experiencia bíblica ante las dificultades de la liberación


84. Con ello el preadolescente tiene la oportunidad de vivir en propia carne la
experiencia bíblica del desierto. Porque el desierto, en la Escritura, más que un
lugar geográfico es una experiencia profundamente religiosa y profundamente
humana, que se produce siempre en una circunstancia típica: cuando el hombre
experimenta las dificultades de la propia liberación.

El desierto, experiencia de todos los días

85. El Salmo 94 (7-11) actualiza para Israel la experiencia del desierto. El


desierto no es algo que pertenece a una historia pasada. Es de todos los días, y
todos los días Israel, en una forma u otra, se ve confrontado con el desierto,
sometido a la prueba y a la encrucijada de obedecer al plan de Dios o endurecer
su corazón como en los días antiguos.

El desierto, tierra inhóspita; lugar de paso, no de permanencia; lugar


donde no hay camino, pero lugar que debe cruzarse

86. El desierto es una tierra inhóspita, "tierra que Dios no ha bendecido", lugar
donde no hay camino, como en el mar. Simbólicamente, el desierto se opone a
la tierra habitable y fértil como la maldición a la bendición. El desierto es, pues,
una tierra maldita. Ahora bien, Dios quiso hacer pasar a su pueblo por esta
"tierra espantosa" (Dt 1, 19), para hacerle entrar en una "tierra que mana leche y
miel". En efecto, el desierto es un lugar de paso, no de permanencia; lugar
donde no hay camino, pero lugar que debe cruzarse.

El desierto, lugar de la tentación y de la prueba; ¿se fía el hombre de Dios?

87. En el fondo, el desierto es el lugar de la tentación y, al mismo tiempo, el


lugar del encuentro del hombre con Dios. Es el lugar de la tentación, el lugar de
la prueba, donde queda al descubierto lo que hay en el corazón del hombre: si el
hombre se fía realmente de Dios, si vive de su Palabra: "Recuerda el camino
que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto;
para humillarte para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus
preceptos, o no. El te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó
con el maná —que tú no conocías ni conocieron tus padres— para enseñarte
que no sólo de pan vive el hombre, sino de cuanto sale de la boca de Dios" (D4
8, 2-3). (Humillar significa aquí el reconocimiento de la necesidad que el hombre
tiene de Dios para vivir.)

El desierto, lugar del encuentro del hombre con Dios. La lección del maná,
el alimento del desierto

88. El desierto es, también, el lugar del encuentro del hombre con Dios. Dios
está en medio de su pueblo cuando éste cruza el desierto. Dios le manda el
maná, el alimento del desierto: cuida de que su pueblo no desfallezca. El maná
proporcionaba el sustento día a día. No quedaba asegurado el día de mañana: si
alguno tomaba doble provisión, ésta se pudría. La lección del maná es un
elemento fundamental en la experiencia israelita del desierto y, en general, de la
experiencia religiosa de Israel a lo largo de su historia: el hombre ha de confiar
en Dios y no en su propia fuerza (Dt 8, 17-18).

El desierto, lugar del encuentro del hombre con Dios. La acción de Yahvé,
saldo favorable. Dios abre caminos donde no existen: "Yahvé provee"

89. En mirada retrospectiva, el pueblo puede reconocer con asombro la acción


de Dios, pues la amenaza aniqiuiladora del desierto ha quedado despojada de
su terrible aguijón al paso del pueblo. El Deuteronomio lo expresa en bella
fórmula: "Tus vestidos no se han gastado, no se te han hinchado los pies
durante estos cuarenta años" (Dt 8, 4). Lo que podía haber sido la tumba del
pueblo (Ex 17, 3), lo convirtió Yahvé en un lugar de paso hacia una tierra
espléndida, habitable, fértil (Dt 8, 7-10). La explicación es solamente ésta: Dios
abre caminos donde no existen. Abraham expresa esta misma fe de otra forma:
"Yahvé provee" (Gn 22, 1-14).

La reacción de un pueblo que no se fía de Yahvé. Los "pecados del


desierto"

90. El desierto, como la cruz y el dolor, se experimenta con un test que revela lo
que hay en el corazón del hombre. El hombre describe en esa situación su
verdadera orientación profunda. Pablo recuerda a la comunidad de Corinto que
la experiencia del desierto dejó al descubierto a un pueblo codicioso del mal; era
un pueblo que no se fiaba de Yahvé. Pablo recuerda también cuáles son los
"pecados del desierto" en los que se concreta la reacción desconfiada del
pueblo: idoltría y fornicación, tentar a Dios, murmuración (1 Co 10. 6-10).

Los pecados del desierto. Idolatría y fornicación

91. El relato del becerro de oro (Ex 32) resume la actitud idolátrica de Israel a
través del desierto: Israel no acepta a Yahvé como Yahvé es; prefiere un dios a
su alcance, hecho a imagen y semejanza propia, cuya ira pueda ser aplacada
con sacrificios, aunque no marque un camino para la propia historia: querría no
estar a la escucha de Dios, sino tener a Dios a su servicio. En definitiva, Israel
no aguanta el desierto y plasma todo su deseo de tierra fértil en el símbolo de la
fertilidad que es el toro, y en los festejos y orgías sexuales propios del viejo culto
pagano: "Sentóse el pueblo a comer y a beber y se levantó a divertirse" (1 Co
10, 7-8; Ex 32, 6; Nm 25, I ss).

Los pecados del desierto. "Tentar a Dios"

92. El "tentar a Dios" puede adquirir formas diferentes: o bien el hombre quiere
salir de la prueba intimando a Dios a ponerle fin (Cfr. Ex 15, 22-25 y 17, 1-7) o
bien se pone en una situación sin salida: "para ver si" Dios es capaz de sacarlo
de ella; o también se obstina, a pesar de los signos evidentes, en pedir otras
"pruebas" de la voluntad de Dios (Sal 94, 9; Mt 4, 7). Todo, en definitiva, se
reduce a no creer en el Dios que traza caminos en la historia y preferir las
seguridades de su precaria situación en el país de Egipto.
Los pecados del desierto. La murmuración

93. Lo que había en el corazón del pueblo se manifiesta frecuentemente a través


de la murmuración: desde las primeras etapas el pueblo se cansa y habla contra
Dios y contra su plan: ni seguridad, ni agua, ni carne... La murmuración aparece
una y otra vez en los relatos del desierto (Ex 14, 11; 16, 2-3; 17, 2-3; Nm 14,
2ss; 16, 13ss; 20. 4-5; 21, 5). El pueblo echa de menos la vida ordinaria: vale
más una vida de esclavos que la muerte que amenaza; el pan y la carne, más
que el insípido maná.

La rebeldía de un pueblo frente a Dios. Una equivocación radical

94. Los pecados del desierto dejan al descubierto la rebeldía de un pueblo de


dura cerviz: "Habéis sido rebeldes al Señor, desde el día que os conocí" (Dt 9,
24), dice Moisés. Y el salmo 94 se expresa en términos semejantes: "Durante
cuarenta años aquella generación me asqueó, y dije: 'Es un pueblo de corazón
extraviado, que no reconoce mi camino' " (Sal 94, 10). Lo que pierde a Israel es
la equivocación radical de confundir, o mejor, identificar el camino de Dios con el
camino del éxito, y ése será siempre en la historia de la religión el gran
obstáculo a la constancia de la fe. La lucha de Moisés, el portavoz de Dios, será
contra esta "manía de éxito" espectacular en Israel.

Cristo ha colgado en la cruz lo que suele recibir el nombre de vida, porque


la vida del hombre está en otra parte

95. Desierto y cruz son, en cierto sentido, realidades equivalentes. "El que quiera
seguirme —dice Jesús— que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día
y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que
pierda su vida por mi causa, la salvará" (Lc 9, 23-24). Dice también: "Lo mismo
que Moisés elevó la serpiente de bronce en el desierto, así tiene que ser elevado
el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna" (In 3, 14-
15). Efectivamente, Jesús ha colgado sobre la cruz todo lo que suele recibir el
nombre de vida, la "manía del éxito". Y a través de esa señal, necia para el
griego y escandalosa para el judío (1 Co 1, 23), ha desenmascarado el equívoco
que ciega a la humanidad: la confianza en la propia fuerza, y no en la fuerza de
Dios (Dt 8,17-18). Porque sólo Dios pone un camino en nuestro desierto y
senderos en nuestros páramos (Is 43, 19).

Tema 6. NOS ENCONTRAMOS CON CRISTO EN LA TENTACIÓN: CUANDO


EN LAS ENCRUCIJADAS DE LA VIDA ACEPTAMOS LA LLAMADA DE DIOS

OBJETIVO CATEQUÉTICO
o Proclamar que Dios está en las verdaderas encrucijadas de los hombres. Conviene
saber esperar, saber confiar.

o Mostrar que Cristo supera la tentación con la misma naturalidad con que posee el
Espíritu.

o Presentar el paralelismo entre la tentación de Israel, la de Cristo y nuestras propias


tentaciones.

o Analizar la tentación del creyente: pan, duda, poder.

En situación de encrucijada ¿Dónde está la seguridad? ¿Qué hacer?

96. Las dificultades del momento evolutivo que atraviesa (soledad, confusión,
inseguridad...) colocan al preadolescente de forma más o menos consciente, en
una profunda situación de encrucijada: ¿Dónde está la seguridad? ¿Dónde está
la vida? ¿Dónde está Dios? ¿Aparece por alguna parte? ¿Qué quiere decir eso
de que Cristo es el camino, la verdad, la vida? ¿Qué hacer?

La búsqueda de la seguridad, una constante en la vida humana. Una


encrucijada para todo hombre: Dios o los ídolos

97. El preadolescente puede ir descubriendo que esa búsqueda de la seguridad


es una constante en la vida de los hombres. El hombre comúnmente no soporta
la inseguridad. Por ello desea prepararse para llevar una vida más humana en el
futuro. Pero, a veces, como el pueblo de Israel, prefiere ser esclavo a vivir
inseguro. Entonces busca asegurar su vida por doquier. De cualquier modo, a
cualquier precio, como sea. Asegurar todo lo asegurable. Y aparecen en el
horizonte humano los ídolos, que hacen sus propias ofertas. Abiertamente o no,
todo hombre se encuentra una y otra vez ante la encrucijada: Dios o los ídolos.

La tentación en el desierto, una experiencia que se repite. De Israel a Jesús

98. Los evangelios nos hablan de tentaciones en el desierto. Es significativo que


se hable del desierto. Este es, en efecto, el lugar del encuentro con Dios y
también de la tentación. Jesús reproduce la peregrinación por el desierto del
pueblo de Israel. El pueblo fue tentado en el desierto y sucumbió a la tentación.
Jesús la resiste con la misma naturalidad con que posee el Espíritu, mediante
palabras tomadas de la situación de Israel (Dt 8, 3; 6, 16; 6, 13).

Israel y Jesús, frente a frente. ¿Dónde estamos nosotros?

99. Donde el pueblo olvidó entonces su misión y, de espaldas a Dios, deseaba


volver a las ollas de Egipto, dice Jesús que el hombre vive también de toda
palabra que sale de la boca de Dios.
Donde el pueblo quiso tentar a Dios y arrancarle un milagro, se niega El a
ófrecer un aparatoso espectáculo.
Donde el pueblo se afanó por los ídolos del mundo, rechazó Jesús el señorío
mundano que el diablo le ofrecía en compensación si se postraba ante él.

La escala de valore invertida: no éxito sino servicio y una alegría nueva en


el mundo

100. Obrar un milagro en provecho propio, pedir a Dios un espectáculo exterior


impresionante, pretender dominio terreno: he ahí tres caminos que El no quería
seguir. Son tres cosas al alcance de quienes quieren triunfar. Jesús sabía que
había venido a invertir la escala de los valores. Lo que en el mundo pasa por
sabiduría y gloria, es lo que El precisamente tenía que evitar. Por ello dice a
Pedro, que no acepta el primer anuncio de la Pasión: "Tus pensamientos no son
los de Dios, sino los de los hombres" (Mt 16, 23). El bautismo de Jesús no
significaba éxito, sino servicio. Permanecer fiel a su misión fue todo su gozo. Un
gozo nuevo en nuestro mundo. Y he aquí que vinieron ángeles y le servían.

La tentación del pan, obstáculo en el camino de Cristo. "No solo de pan


vive el hombre"

101. La primera tentación se refiere al pan (Mt 4, 2-4). Como toda tentación,
pone a prueba la fe. Jesús es el Hijo de Dios y confía en su Padre; y es,
además, el Siervo de Yahvé al servicio de todos los hombres (Cfr. Mt 3, 16-17; Is
42, 1). Jesús es tentado en su confianza en Yahvé, así como en su misión.
Jesús percibe que en este caso el pan, la seguridad del pan, es un obstáculo
tanto en su camino de Siervo como en su condición de "Hijo amado en quien se
complace el Padre". La actitud profunda de Cristo aparece breve y claramente
delineada en las siguientes palabras: "No sólo de pan vive el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4).

Tras la experiencia de Egipto, Israel se sintió a sí mismo como el


primogénito de Yahvé (Ex 4, 22-23). Pero Israel, ¿confiaba en Yahvé?

102. Estas palabras del Deuteronomio, utilizadas por Jesús, aluden a la


circunstancia en que el pueblo a través del desierto se ve acosado por el hambre
y la sed. Según él Deuteronomio, Dios intentaba probar a Israel, humillarle por el
hambre, que apareciera, si de hecho Israel se fiaba de su Dios, lo que había en
su corazón (Cfr. Dt 8, 2-5). De hecho, los israelitas reaccionaron con un intento
de "probar" y "tentar" al mismo Dios (Ex 17, 2). Forzaron a Moisés a pedir a Dios
un "signo" y plantearon, faltos de fe, la cuestión: "¿Está el Señor entre
nosotros?" (Ex 17, 7). Las pruebas que de sí mismo les había dado Dios
anteriormente, no habían arraigado suficientemente en su corazón.

La tentación del alero del templo, provocación de una situación limite,


como solución al problema de fondo: ¿Está Yahvé con nosotros o no?

103. La segunda tentación (Mt 4, 5-7) es ligeramente diferente de la primera. En


el fondo coinciden, porque ésta es también una prueba de la fe. De hecho,
supone un momento de profunda turbación, como el que aparece en la
interpelación que el profeta Jeremías hace a Dios: "¡Ay! ¿Serás tú para mí como
un espejismo, aguas no verdaderas?" (Jr 15, 18). Esta tentación, sin embargo,
consiste en provocar una situación límite para ver si Dios le saca al hombre de
ella y resolver así la inquietante pregunta: ¿Está el Señor entre nosotros o no?
(Ex 17, 7).

Tentar a Dios, falsa solución. "No tentarás al Señor, tu Dios"

104. Jesús descalifica a quienes, para creer, exigen un signo, y éste


espectacular (Me 8, 12; Jn 6, 30-31; Lc 11, 29; 17, 20). Percibe que todo eso es
tentar a Dios, desconfiar de El, utilizarle para seguridad propia. Jesús acepta los
signos que el Padre le ordena hacer, no exige otros (Jn 14, 10. 31). Su actitud es
firme y remite también aquí a la experiencia histórica de Israel: "No tentaréis al
Señor vuestro Dios" (Dt 6, 16).

La tentación del triunfo personal, camino desechado por Dios para salvar
al mundo. "Al Señor, tu Dios, adorarás, sólo a El darás culto"

105. La tercera tentación se refiere al triunfo personal (Mt 4, 8-10), según lo que
el mundo entiende por triunfar. Pero no es ese el signo que El tiene que dar al
mundo, sino este otro: el signo del amor de Dios en la figura del Siervo de
Yahvé, es decir, manifestar el amor de Dios al mundo, siendo El, el Hijo amado,
el servidor de todos (Rm 5, 8; 1 Jn 4, 10). También esta tentación remite a la
historia de Israel. A pesar de que estaba ya avisado (Dt 6, 10-12), el pueblo hizo
de la tierra prometida un lugar de instalación idolátrica. Olvidó a Yahvé que le
sacó de Egipto, pues por encima de todo buscaba la prosperidad material. La
actitud de Jesús supone que sólo Dios debe ser buscado con todo el corazón. "A
Yahvé, tu Dios, servirás, sólo a El le darás culto" (Dt 6, 13).

Confianza en el Padre. "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia; y


todo lo demás se os dará por añadidura"

106. La actitud de Cristo ante la encrucijada de la tentación manifiesta el


verdadero corazón de su evangelio: la confianza incondicional en el Padre, que
no ha abandonado al hombre, sino que continúa cerca de él. "No andéis
agobiados pensando qué váis a comer, qué váis a beber o con qué os váis a
vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial
que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el Reino de Dios y su
justicia; lo demás se os dará por añadidura" (Mt 6, 31-33). Poder vivir esta
confianza ya es don de Dios, don del Espíritu, signo de que su reino está en
medio de nosotros. Confiar en el Padre es la gran certeza que el mundo necesita
para poder sobrevivir a la caída de sus falsas seguridades.
Tema 7. ENCONTRAMOS A CRISTO EN LOS POBRES: QUE EN ELLOS
QUIERE SER SERVIDO

OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Anunciar que Cristo está en los pobres y en ellos quiere ser servido.

o Presentar la pobreza como un mal que se ha de combatir, una tara que no debe darse
en medio de un pueblo fraterno.

o Destacar que el Evangelio es una buena noticia para los pobres.

o Presentar la pobreza evangélica como una condición socioeconómica y una actitud del
alma.

La pobreza, dato constante de la experiencia humana común, en el


horizonte del preadolescente

107. La pobreza, antes de ser experiencia bíblica, es un dato constante de la


experiencia humana común. Pobre es aquel que se halla oprimido bajo el peso
de una miseria actual o permanente: pobreza económica, enfermedad, prisión,
opresión, falta de acceso a la cultura. Ser pobre es sufrir la experiencia de una
situación deficitaria. De uno u otro modo, el preadolescente encuentra dentro y
fuera de sí ese dato constante. Frecuentemente se siente a sí mismo
incomprendido, aislado, solo. Desgraciado, pobre, sin recursos. Se siente
inseguro. Por otra parte, va adquiriendo conciencia progresiva del aspecto duro
y serio de la realidad que le rodea (familia, grupo, sociedad).

La pobreza, dato constante de la experiencia bíblica. En el cortejo de los


pobres, no cesa de clamar al cielo la sangre de Abel

108. La pobreza es, también, un dato constante de la experiencia bíblica. Los


pobres, a menudo olvidados en todas partes, ocupan en la Biblia un puesto
importante. Basta evocar aquí el sombrío cortejo que desfila por la Biblia,
principalmente por el Salterio. En él estamos escuchando —como quien dice—
la sangre de Abel que no cesa de clamar al cielo, la queja de las personas
buenas que no aceptan su suerte violenta. Y al mismo tiempo, los acentos de
piedad y amor que les responden, desde Nehemías (Ne 5) al Eclesiástico (Si 4,
1-6) y a la Carta de Santiago (St 2).

La pobreza, un mal que hay que combatir en medio de un pueblo fraterno

109. Sin duda alguna, la Biblia nos presenta la pobreza como un mal que hay
que combatir. Esta orientación tiene su fuente en el corazón de la religión
mosaica. Israel fue constituido entonces como un pueblo fraternal en el que no
debería existir esta tara. El Deuteronomio establecerá una serie de medidas
para luchar contra la pobreza: el año de liberación para las deudas y los
esclavos hebreos, la prohibición de prestar a interés, la prohibición de conservar
una prenda tomada al pobre, la obligación del diezmo trienal en favor de los
desgraciados, el pago cotidiano de los obreros, el derecho de rebusca y
espigueo; todo ello a tenor de la siguiente exhortación: "Nunca dejará de haber
pobres en la tierra: por eso yo te mando: abre la mano a tu hermano, al pobre, al
indigente de tu tierra" (Dt 15, 11).

La pobreza, signo vivo del pecado de los hombres

110. Efectivamente, la pobreza en sí es mala, es signo vivo del pecado de los


hombres. El pobre grita que el mundo no responde al proyecto de Dios. El pobre
revela al .mundo de la forma más realista el pecado del hombre. La experiencia
enseña que la miseria es a menudo consecuencia de la pereza (Pr 6, 6-11; 10,4-
5)o del desorden (13, 18; 21, 17), o también que la misma se convierte en
ocasión de pecado (30, 8-9). Pero otro hecho se impone también con no menos
evidencia: muchos pobres son, sobre todo, víctimas de la suerte o de la injusticia
de los hombres que se aprovechan de su debilidad o de su necesidad para
explotarlos. Estos desheredados hallaron en los profetas a sus defensores
natos.

Los profetas, defensores de los derechos de los pobres

111. Después de Amós, que ruge contra los crímenes de Israel (Am 2, 6ss; 4, 1;
5, 11), los portavoces de Yahvé denuncian sin tregua "la violencia y el bandidaje "
(Ez 22, 29) que infestan el país: fraudes desvergonzados en el comercio (Am 8,
5ss; Os 12, 8), acaparamiento de las tierras (Mi 2, 2; Is 5, 8), esclavitud de los
pequeños (Jr 34, 8-22; Ne 5, 1-13), abuso del poder y perversión de la justicia
misma (Am 5, 7; Is 10,1-2; Jr 22, 13-17). Una de las misiones del Mesías será la
de defender los derechos de los míseros y de los pobres (Is 1 1 , 4; Sal 71, 2ss)
"juzgará con justicia a los débiles y sentenciará con rectitud a los pobres de la
tierra".

El Mesías de los pobres. Enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva

112. Más aún, al comenzar Jesús su programa evangélico con la


bienaventuranza de los pobres (Mt 5, 3; Lc 6, 20), quiere hacer que se
reconozca en ellos a los privilegiados del reino que anuncia. Jesús aparece así
como el Mesías de los pobres, enviado a anunciarles la buena noticia: "El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado
para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones
desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la
libertad, para proclamar el año de gracia del Señor" (Is 61, 1-2; Lc 4, 18-19).

Los pobres, clientes del Reino de Dios

113. "Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a
preguntar por medio de dos de sus discípulos: ¿Eres tú el que ha de venir o
tenemos que esperar a otro. Jesús le respondió: Id a anunciar a Juan lo que
estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos
quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les
anuncia el evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!" (Mt 11, 2-6).

Advertencia severa para los ricos. La acumulación de riqueza, culto


idólatra

114. Si el Evangelio es una buena noticia para los pobres, es —por lo mismo—
una piedra de escándalo para los instalados y los ricos. En efecto, para la
inmensa mayoría de los hombres la riqueza es objeto de un culto idólatra en lo
más secreto de sus corazones. La acumulación de riquezas es un esfuerzo por
escapar a la angustia de la muerte, de la inestabilidad, de la inseguridad, de la
dependencia; un esfuerzo para asegurarse contra el riesgo, una búsqueda de
consistencia, de arraigo, de autonomía.

El rico pretende escapar a la condición humana auténtica, que ha de


vivirse con espíritu de nómada

115. El rico nos aparece en la Sagrada Escritura como aquel que pretende
escapar a la condición nómada mediante la construcción de ciudades, de
palacios y mediante la acumulación de riquezas. Cierra así los ojos a un
elemento inherente a su ser de hombre, su condición de peregrino. El hombre es
un ser inacabado, un ser que viaja hacia alguna parte. Instalarse no es bueno
para él. La riqueza es precisamente una tentativa de instalarse aquí. Es una
negación de su vocación de peregrino hacia la vida eterna.

El pobre permanece nómada en su alma

116. El pobre, por el contrario, por la fuerza misma de las cosas, está en
condición de no tener nada a qué apegarse. Está disponible, pronto a viajar.
Permanece nómada en su alma. No puede rendir un culto idólatra a riquezas
que no posee. No puede instalarse ni puede aspirar a instalarse para siempre en
medio de unas riquezas acumuladas... Está en mejores condiciones objetivas
que el rico con respecto al designio que Dios tiene sobre el hombre. Está más
disponible para adentrarse por el camino que Dios propone al hombre.

La pobreza en la Biblia, una condición socio-económica y una actitud de


alma

117. Así pues, la pobreza de que habla la Biblia no se reduce solamente a una
condición económica y social, sino que tiene, sobre todo, un alcance y un
significado religiosos: es, en lo más hondo, una disposición interior, una actitud
del alma. Lucas, probablemente, transcribe la frase original de Jesús:
"Bienaventurados los pobres." El evangelio de Mateo, en cambio, habrá añadido
las siguientes palabras: "en el espíritu". El autor de este último evangelio se
propuso así, sin duda alguna, advertir que no bastaba con ser pobre de hecho
para tener parte en esa bienaventuranza de que habla Jesús, ya que, de algún
modo, es necesario prestar un consentimiento libre a esa pobreza, en cuyo
defecto el hombre, pese a versa privado forzosamente del goce de las riquezas,
estaría en realidad apegado a las mismas, fijado en ellas (Cfr. Lc 6, 20; Mt 5, 3).

Los pobres de espíritu, los que ponen su confianza en Dios

118. Para esbozar la fisonomía completa de los "pobres de espíritu" hay que
notar también la conciencia que tienen de su miseria personal en el plano
religioso, de su necesidad de auxilio divino. Lejos de manifestar la suficiencia
ilusoria del fariseo confiado en su propia justicia, comparten la humildad del
publicano de la parábola (Lc 18, 9-14). Por el sentimiento de su indigencia y de
su debilidad se asemejan así a los niños y, como a éstos, les pertenece el reino
de Dios (Cfr. Lc 18, 15ss; Mt 19, 13-24).

Cristo está en el lugar de cada pobre

119. Pero hay todavía algo importante. El pobre es sacramento de Cristo. Cristo
está en el lugar de cada pobre. Por ello, el servicio de los pobres es expresión
de nuestro amor a Jesús: en ellos le socorremos verdaderamente a El. Porque
"os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes
hermanos, conmigo lo hicisteis" (Mt 25, 40). 0 también: "Porque tuve hambre y
me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me
hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la
cárcel y vinisteis a verme" (Mt 25, 35-36).

El encuentro con Cristo en los hermanos más pobres

120. Así pues, Dios, en Cristo, se nos hace particularmente cercano en los
hermanos que sufren. Jesús fue inapelablemente explícito al comunicarnos los
criterios a que se atendrá el juicio último: "Entonces los justos le contestarán:
Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de
beber?, ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?,
¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: Os
aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos,
conmigo lo hicisteis" (Mt 25, 37-40). No se trata de situaciones excepcionales. En
nuestra vida ordinaria encontramos cada día al prójimo que sufre. Cada uno de
nosotros si sabe abrir su corazón al hermano, que pasa por dificultades y
problemas, descubre en él la llamada de Cristo.

Tema 8. CRISTO ESTA EN LOS PROFETAS ENVIADOS POR DIOS: EN LOS


QUE LLEVAN SU PALABRA. ENCONTRAMOS A CRISTO CUANDO
CUMPLIMOS LA PALABRA DE DIOS
OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Anunciar que Cristo está en los que llevan su palabra, en los cuales quiere ser
escuchado.

o Presentar la experiencia profética como puro don de Dios, dado para todo tiempo.

o Descubrir a Cristo en el "verdadero" profeta que denuncia la injusticia y anuncia la


salvación de Dios.

Atraído por la verdad y la justicia y tentado por intereses opuestos

121. El preadolescente puede ir descubriendo la valentía y el desinterés, que en


determinadas ocasiones supone decir la verdad y optar por lo que es justo. Por
otro lado, puede ir tomando conciencia de la cobardía y de los intereses que se
ocultan detrás de cada mentira y cada injusticia. Puede ir experimentando que,
como todo hombre, se encuentra profundamente atraído por la verdad y la
justicia, pero profundamente tentado por intereses opuestos a esa aspiración.

El profeta, un hombre para todo tiempo

122. Desde esta experiencia se acercará mucho más a la verdadera figura del
profeta, tantas veces deformada y reducida a la vulgar caricatura de un extraño
adivino de otro tiempo, cuya especie ha desaparecido para siempre de nuestro
mundo. El Concilio Vaticano II (LG 35) ha recordado que la Iglesia tiene en el
presente una misión profética y que, por tanto, cualquiera de sus miembros
puede participar de ella.

El profeta, un hombre que vive la verdad que anuncia

123. El profeta es un hombre que vive la verdad que anuncia. Más allá incluso
de su opción por la verdad y la justicia, posibilitándola, está la acción de Dios en
su propia vida y en medio de la historia. Esta acción de Dios va directamente
encaminada a la conversión del hombre. Sin embargo, su mensaje profético
irrumpe en un mundo .que se construye sobre otros cimientos: Dios no actúa en
la historia (la historia no tiene Señor) y, además, el hombre no puede cambiar.
Esta experiencia universal y permanente, común, deja al descubierto la
condición pecadora del hombre.

El Profeta acepta una dinámica que le desborda. Dios le impulsa a hablar,


incluso a pesar suyo

124. El profeta se siente desbordado por la verdad que anuncia. Lo hace incluso
a pesar suyo. Así lo vive Jeremías: "La palabra del Señor se volvió para mí
oprobio y desprecio todo el día. Me dije: No me acordaré de él, no hablaré más
en su nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los
huesos: intentaba contenerlo, y no podía" (Jr 20, 8-9). Jonás, antes de ir a Nínive
a donde Dios le envía, saca un pasaje de barco en dirección contraria para
marcharse a Tarsis (a los ojos de los hebreros, "el fin del mundo" entonces
conocido). Jonás pretende sustraer a una misión comprometida, huyendo lo más
lejos posible (Jon 1, Iss).

La vocación profética es irresistible. ¡Ay de mí, si no evangelizare! (Pablo)

125. La vocación profética es irresistible. Amós pone la siguiente comparación:


como cuando ruge el león todo el mundo teme, así cuando Dios habla,
cualquiera profetiza (3, 8). Pablo tiene conciencia de que anunciar el Evangelio
no es para él ningún motivo de gloria, según lo humanó. Es algo a lo que no
puede renunciar: "¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi
propio gusto eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío, es que me
han encargado este oficio" (1 Co 9, 16-17).

El profeta, con un puesto preciso en el pueblo de Israel

126.En el pueblo de Israel, rey, sacerdote, profeta son durante largo tiempo
como los tres ejes de la sociedad de Israel, bastante diversos para ser a veces
antagónicos, pero normalmente necesarios los unos a los otros. Mientras existe
un Estado se hallan profetas para iluminar a los reyes: Natán, Elías, Eliseo,
sobre todo Isaías, y por momentos Jeremías. Les incumbe decir si la acción
emprendida es la que Dios quiere, si tal política se encuadra exactamente dentro
de la historia de la salvación.

El profetismo puro don de Dios, objeto de promesa, pero dado libremente

127. Sin embargo, el profetismo en el sentido estricto de la palabra no es una


institución como la realeza o el sacerdocio: Israel puede procurarse un rey (Dt
17,14-15), pero no un profeta; éste es puro don de Dios, objeto de promesa (Dt
18, 14-19), pero otorgado libremente. Esto se percibe bien en el período en que
se interrumpe el profetismo (1 M 9, 27; cfr. Sal 73, 9): Israel vive entonces en la
espera del profeta prometido (1 M 4, 46; 14, 41). En estas circunstancias se
comprende la acogida entusiasta dispensada por los judíos a la predicación de
Juan Bautista (Mt 3, 1-12).

Vocación profética: indignidad, gratuidad, misión

128. La llamada de Dios despierta en Jeremías la conciencia de su debilidad (Jr


1, 6); en Isaías, la del pecado (Is 6, 5). En la conciencia de su indignidad, el
profeta percibe mejor la gratuidad y la fuerza de Dios. Como después escucharía
Pablo: "Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Co 12, 9). Dios
llama siempre para una misión, al servicio de la cual queda el profeta (Jr 1, 9;
15, 19; Is 6, 6ss; Ez 3, lss).

El profeta anuncia en nombre de Dios una palabra que se cumple. El


sentido de la historia

129. El profeta queda al servicio de la Palabra de Dios. Su misión viene definida


en este importante pasaje del Deuteronomio: "Suscitaré un profeta de entre sus
hermanos, como tú (Moisés), pondré mis palabras en su boca y les diré lo que
yo le mande" (D(18, 18). El verdadero profeta, dice a continuación, anuncia
siempre una palabra eficaz, una palabra que se cumple (18, 21-22).Y así
interpreta el sentido de la historia y de los acontecimientos desde la perspectiva
más profunda, desde la acción de Dios. Amós ha expresado esto
admirablemente: "No hará cosa el Señor sin revelar su plan a sus siervos los
profetas" (Am 3, 7).

Los profetas, centinelas de la Alianza

130. Los profetas son los centinelas de la Alianza: denuncian el pecado del
hombre y anuncian la acción salvadora de Dios. Representan siempre la
esperanza e invitan a la conversión: vuelta del hombre hacia Dios y hacia el
hermano. Los profetas vigilan, pues, el cumplimiento de la Alianza y denuncian
las claudicaciones del pueblo en el orden religioso y moral.

Los profetas anuncian la salvación de Dios y su gloria

131. Los profetas anuncian la acción salvadora de Dios y su gloria, el resplandor


de un Dios vivo que actúa en medio de los hombres. Dios manifiesta su gloria
por sus misteriosas intervenciones, sus juicios, sus signos (Nm 14, 22; Ex 14,
18; 16, 7). Viene en ayuda de los que confían en El. La gloria es entonces
sinónimo de salvación (Is 35, 1-4; 44, 23). El Dios de la alianza pone su gloria al
servicio de su amor y de su fidelidad: El salva y levanta a su pueblo (Sal 101, 17;
cfr. Ex 39, 21-29). El profeta sabe que su labor no es sólo anunciar el castigo.
Debe edificar y plantar (Jr 1, 10), debe proclamar la salvación del pueblo
atribulado. Dios es ante todo salvador.

Arrebatados por el celo de la gloria de Dios

132. Los profetas son arrebatados por el celo de la gloria de Dios. Isaías la
contempla bajo el aspecto de una gloria regia (Is 6, lss). Es un fuego devorador,
que pone al descubierto la impureza de la criatura, su nada, su radical fragilidad.
La gloria de Dios no triunfa destruyendo, sino purificando y regenerando, y
quiere invadir toda la tierra. Ezequiel proclama la libertad transcendente de la
gloria, que en la época del destierro abandonará el templo en señal de
reprobación (Ez 9-11) y que luego irradiará sobre una comunidad renovada por
el Espíritu (36, 23ss; 39, 21-29). Como el salmista, el profeta se consume de
celo ante el olvido de la Palabra de Dios: "me consume el celo, porque mis
enemigos olvidan tus palabras" (Sal 118, 139; cfr. Sal 68, 10). Para los tiempos
mesiánicos, los profetas anuncian que la gloria de Dios alcanzará una dimensión
universal: "Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para
ver mi gloria" (Is 66, 18; cfr. Sal 96, 6; Hb 2, 14). Sobre este fondo esperanzador
se destaca la figura sin apariencia ni esplendor (Cfr. Is 52, 14; 53, 2) de quien,
sin embargo, está encargado de hacer irradiar la gloria de Dios hasta las
extremidades de la tierra (Cfr. Is 49, 1-6).

Un culto meramente exterior, claudicación del pueblo en el orden religioso


133. Los profetas condenan la hipocresía de una religión exterior que olvida la
justicia y los pobres. Es en Oseas donde encontramos estas enérgicas palabras:
"¿Qué he de hacer contigo, Efraím? ¿Qué he de hacer contigo, Judá? Vuestro
amor es como nube mañanera, como rocío matinal que pasa. Por eso les he
hecho trizas por los profetas, les he matado por las palabras de mi boca. Porque
yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos" (6,
4-6).

"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón..."

134. En Isaías se denuncia la vaciedad de un ayuno sin sentido: "Es que el día
en que ayunábais, buscábais vuestro negocio y explotabais a todos vuestros
trabajadores. Es que ayunáis para litigio y pleito y para dar puñetazos al
desvalido" (Is 58, 3-4). Cristo confirma el veredicto del profeta: "Este pueblo
me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mt 15, 8). También
El declara la inutilidad de una religión meramente exterior: "No todo el que me
diga: 'Señor, Señor', entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la
voluntad de mi Padre celestial" (Mt 7, 21).

Transgresiones del pueblo en el orden moral

135. Los profetas denuncian las transgresiones del pueblo en el terreno moral:
los atentados contra la vida humana, la violación de la fidelidad matrimonial, las
diferencias escandalosas entre ricos y pobres, la opresión

que sufren los débiles, la rapacidad de los poderosos, la tiranía de los


acreedores sin entrañas, los fraudes de los comerciantes, la venalidad de los
jueces, la avaricia de los sacerdotes y falsos profetas, la tiranía de las clases
dirigentes. Los profetas anuncian que "una sociedad así" no puede subsistir (2 S
12, 1-7; Is 3, 15; Am 2, 6-8; 8, 4-6; Mi 3, 11; Is 5, 8; Jr 6, 7).

La persecución, condición de la existencia profética

136. No es de extrañar que la palabra de los profetas de Israel tropiece con una
resistencia violenta. Es esta una condición de la existencia profética que
experimentaron también Cristo y sus discípulos. Es este un hecho de
experiencia verificable hoy como ayer. Los judíos del tiempo de Cristo, en cuanto
tales, no eran ni mejores ni peores que los demás hombres. Al no tolerar al
profeta, el mundo está manifestando su pecado (Mt 23, 29ss;,Lc 12, 1-12; 6, 26).

Jesús, el profeta anunciado en las Escrituras

137. Jesús aparece en medio de una corriente profética, representada por


Zacarías (Lc 1, 67), Simeón (Lc 2, 25ss), la profetisa Ana (Lc 2, 36) y, por
encima de todos, Juan el Bautista. Aunque la figura profética de Jesús es
distinta de la de Juan (Mt 9, 14), se reconocen en él muchos rasgos que le
sitúan en la línea de los grandes profetas: anuncia la salvación de Dios y la
urgencia de la conversión (Mt 3, 2.8); traduce la ley en términos de existencia
vivida (Lc 10, 29ss); revela el contenido de los "signos de los tiempos" (Mt 16,
2ss) y anuncia su fin (Mt 24-25); su indignación se dirige contra la hipocresía
religiosa (Mt 15, 7) y anuncia un culto en espíritu y en verdad (Jn 4, 21-24).
Experimenta el rechazo de aquella Jerusalén que había matado a los profetas
(Mt 23, 37ss). La muchedumbre dará espontáneamente a Jesús el título de
profeta (Mt 16, 44; Le 7, 16; Jn 4, 19; 9, 17). Aún más: muchos verán en él al
profeta anunciado en las Escrituras (Jn 6, 14; 7, 40). Sin embargo, el misterio de
Jesús desborda en todos los sentidos la tradición profética: El es el Mesías, el
Hijo del hombre, el Hijo de Dios (Cfr. Tema 16).

Cristo está en los que llevan su palabra y en ellos quiere ser escuchado

138. Anunciar la palabra de Cristo es anunciar la Palabra de Dios y, al propio


tiempo, participar en su misión profética. Más aún, Cristo está en los que llevan
su palabra y en ellos quiere ser escuchado: "quien a vosotros os escucha, a mi
me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mi me rechaza; y quien me rechaza
a mi rechaza a quien me ha enviado" (Lc 10, 16; cfr. Mt 28, 19). Cristo actúa hoy
y continúa su función profética en la del Pueblo de Dios: "El Pueblo santo de
Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su
testimonio vivo, sobre todo, con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el
sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre" (LG
12). Cristo, está presente en la voz de su Iglesia.

El Espíritu de Jesús se derrama sobre toda carne

139. La venida de Cristo, lejos de eliminar el carisma de profecía, provocó la


extensión del mismo, como había sido anunciado (Nm 11, 29; Jl 3, 1-4). El día
de Pentecostés, Pedro declara cumplida esta profecía: el Espíritu de Jesús se
ha derramado sobre toda carne (Cfr. Hch 2, 14-21). Al presente, esta profecía se
sigue cumpliendo. El Concilio Vaticano II ha reconocido solemnemente esta
realidad, al proponer la doctrina sobre los carismas: "El Espíritu Santo no sólo
santifica y conduce al Pueblo de Dios mediante los sacramentos y ministerios y
lo adorna con virtudes, sino que distribuye gracias también especiales entre los
fieles de cualquier condición, repartiendo a cada uno según quiere (1 Co 12, 11)
sus dones, con los que los hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras
o deberes que sean provechosos para la renovación y mayor edificación de la
Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le otorga la manifestación del
Espíritu para la común utilidad (1 Co 12, 7). Estos carismas, tanto los
singularísimos como los más modestos y más ampliamente difundidos, han de
ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy aprópiados y útiles a las
necesidades de la Iglesia" (LG 12).

Los obispos, sucesores de los apóstoles, portadores de la Palabra de Dios

140. Pero el carisma de la profecía es concedido de modo especial a los


obispos. Ellos "han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como
Pastores de la Iglesia, de modo que quien escucha, escucha a Cristo y quien los
desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió" (Cfr. Lc 10, 16) (LG 20). Cristo,
pues, está de manera especial en quienes con autoridad apostólica llevan su
palabra. En ellos quiere ser escuchado.

Tema 9. NOS ENCONTRAMOS CON CRISTO CUANDO HACEMOS


NUESTRA SU ACTITUD DE SIERVO DE YAHVE: EL CAMINO DE LOS
JUSTOS INJUSTAMENTE PERSEGUIDOS

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Buscar a Cristo en el justo injustamente perseguido.

Destacar la función del Siervo de Yahvé en medio del mundo. El mundo no tolera al justo, y en ello
manifiesta su pecado: el justo sale del círculo de la violencia con una actitud nueva en el mundo: el
amor al enemigo.

Destacar la fuerza transmutadora del Siervo de Yahvé.

Tomar conciencia de que cualquiera de nosotros puede ser siervo, si el Espíritu de Dios está con él.

La agresión y el ataque, experiencia diaria

141. En la experiencia preadolescente aparece en múltiples ocasiones la réplica


violenta ante la agresión de un compañero. Una y otra vez se oye decir que "el
bueno es tonto". Por otro lado, la incomprensión y la acusación de los mayores
aumenta en relación directa con el desarrollo de la preadolescencia. El
preadolescente lleva el peso de una sociedad que no comprende su momento
evolutivo y que, por ello, lo descalifica y desprecia. ¿Qué hacer? ¿Cómo
reaccionar?

La violencia como defensa, recurso común

142. Ante cualquier tipo de agresión, el hombre normalmente reacciona


defendiéndose. Es la reacción instintiva, natural. Aparece el contraataque, la
venganza, la ley del Talión, como formas de defensa del individuo y de la
sociedad. La experiencia común del hombre manifiesta una fe ciega en la
violencia, como requisito necesario para andar por la vida y como suprema
solución para determinadas situaciones y conflictos.

La escalada de la violencia y su círculo: ¿Cómo romperlo? ¿Existe otra


salida?
143. Sin embargo, la violencia engendra violencia. Tras la agresión viene la
reacción vengadora, que provoca a su vez una nueva agresión más violenta. Y
así sucesivamente. ¿Cómo romper este círculo de la violencia? ¿Quién puede
romperlo? De hecho, en un mundo violento todo parece indicar que no existe
otra salida y que todo lo demás es debilidad, virtud de enfermos. Como dice el
libro de la Sabiduría, nuestro mundo cree ciegamente en esto: "Sea nuestra
fuerza la norma del derecho, pues lo débil —es claro— no sirve para nada" (Sb
2, 11).

El siervo de Yahvé, figura única y respuesta sorprendente. Servicio a


Yahvé. El peso del pecado del mundo: injusticia y violencia sobre sus
hombros

144. Como tantas veces, también aquí los caminos de Dios no coinciden con los
caminos de los hombres. Dios ha suscitado en la Escritura y en la historia la
figura única del Siervo de Yahvé, figura incomparable que asume en sí mismo la
doble función —complementaria— del servicio a Yahvé (= cumplimiento de su
voluntad, Hb 10, 7) y de cargar sobre sus hombros todo el peso del pecado del
mundo. El Siervo representa una respuesta (de antemano absolutamente
inimaginable) a ese doble drama de la sociedad: el de la injusticia y el de la
violencia.

Siervo de Yahvé es el que cumple la voluntad del Padre

145. La Escritura llama "Siervo de Yahvé" a aquél a quien Dios llama a colaborar
en la historia de salvación del mundo y viene a servir a este designio. El servicio
que Yahvé quiere no se limita a un culto ritual, sino que se extiende a la entrega
de toda la vida, que —como la de Jesús— se manifiesta en dependencia radical
de la voluntad del Padre: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has
preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni, víctimas expiatorias. Entonces
yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, ¡oh, Dios!, para hacer tu
voluntad" (Hb 10, 5-7; cfr. Sal 39, 7-9; Mt 16, 21; Le 24, 26; Jn 14, 30).

Siervo de Dios, y de los hombres, en oposición a una decisión diabólica:


"No serviré"

146. Sirviendo a Dios, Jesús (el Siervo prototipo) sirve a los hombres. Y
sirviendo a los hombres, sirve a Dios. "Yo estoy en medio de vosotros como el
que sirve" (Lc 22, 27), dice Jesús. Y dice también: "El que quiera ser grande, sea
vuestro servidor; y el que quiera ser primero sea esclavo de todos. Porque el
Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida
en rescate por todos" (Mc 10, 43-45). El Siervo de Yahvé impugna directamente
la decisión diabólica "no serviré".

El siervo de Yahvé es el cordero de Dios, que carga con el pecado del


mundo
147. El Siervo de Yahvé carga sobre sus hombros el peso del pecado del
mundo. Este misterio profundo lo ha mostrado Juan el Bautista como la gran
clave de la figura histórica de Jesucristo: "Al día siguiente, al ver a Jesús que
venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo" (Jn 1, 29). El símbolo del Cordero de Dios viene a ser, también para el
evangelista San Juan, clave de interpretación del misterio histórico de Cristo.
San Juan funde en una sola realidad la imagen del Siervo (Is 53), que carga con
el pecado de los hombres, y el rito del cordero pascual, símbolo de la salvación
de Israel. Jesús será el Siervo que experimenta sobre sus hombros el peso del
pecado del mundo y, a la vez, el Cordero que será sacrificado el día de Pascua
en beneficio de todos los hombres (Ex 12, lss; Jn 19, 36).

Entre la espada y la pared, punto crucial. El dolor del Siervo deja patente el
virus del pecado

148. El Siervo de Yahvé es un hombre cogido entre la espada y la pared. De ahí


su dolor. Se encuentra en el punto crucial donde interfieren y chocan el pecado
del hombre y el plan salvador de Dios. Dios tiene un plan sobre la historia
humana, que el Siervo de Yahvé lleva obedientemente hacia adelante, pero que
el mundo no puede tolerar. Al perseguir al inocente, el mundo manifiesta su
pecado. El mundo no se acepta pecador, pero —más que ningún otro— el dolor
del justo injustamente perseguido hace patente el pecado del mundo. Por decirlo
así, el dolor del Siervo de Yahvé es como el colorante que inequívocamente
vuelve visible ese virus del mundo que es el pecado.

Un compromiso muy serlo

149. Frecuentemente, la figura bíblica del Siervo de Yahvé queda desvirtuada en


formas aberrantes, como la resignación pasiva, enfermiza, carente de
compromiso. La actitud del Siervo de Yahvé no es esta resignación enfermiza. El
Siervo asume el compromiso de promover entre los hombres la justicia y el
derecho, y rechaza claramente el camino de la violencia. Considera
absolutamente beneficioso para el mundo romper en todo momento el círculo
infernal de la misma, a cualquier precio. El Siervo es un hombre pobre, nómada
de alma, sin intereses que defender superiores a la misión que procede de Dios.
El Siervo es profundamente libre con respecto al mundo, profundamente esclavo
de la voluntad de Dios. La historia de los profetas, servidores de Yahvé, muestra
hasta qué punto la Palabra de Dios, viva y eficaz, puede comprometer a un
hombre.

Paradoja histórica: la caza del profeta, una costumbre en Jerusalén

150. Asimismo, la historia de los profetas muestra hasta qué punto un hombre,
armado solamente con la Palabra de Dios, puede incomodar a los poderosos:
"Ha devorado vuestra espada a vuestros profetas, como el león cuando estraga"
(Jr 2, 30), dice el profeta Jeremías. Y conocida es la afirmación de Jesús:
"Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te
envían" (Mt 23, 37). Con ello se produce una paradoja histórica: la caza del
profeta viene a ser una costumbre en la ciudad más religiosa de la Tierra.

El siervo, abominado de las gentes

151. Isaías sabe que el Siervo es "el abominado de las gentes" (49, 7),
"despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores,
acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros" (Is 53, 3).
Jeremías tiene conciencia de encontrarse comprometido, entre la espada y la
pared, entre la Palabra de Dios y el pecado del mundo: "Me sedujiste, Señor, y
me dejé seducir; me forzaste y me violaste. Yo era el hazmerreír todo el día,
todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar "Violencia",
proclamando "Destrucción". La palabra del Señor se volvió para mi oprobio y
desprecio todo el día. Me dije: No me acordaré de él, no hablaré más en su
nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos:
intentaba contenerlo y no podía" (Jr 20, 7-9).

En contra de la injusticia. Precisamente el mundo le odia, porque no es del


mundo

152. El Siervo deja de serlo, si colabora con la injusticia. Precisamente por eso
el mundo le odia. Porque no es del mundo (Jn 15, 19). El libro de la Sabiduría
refleja así todo ese odio: "Acechemos al justo que nos resulta incómodo: se
opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende
nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo
del Señor; es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una
vida distinta de los demás y su conducta es diferente; nos considera de mala ley
y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras: declara dichoso el fin de
los justos y se gloría de tener por padre a Dios. Veamos si sus palabras son
verdaderas... Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien
se ocupa de él" (Sb 2, 12-20).

El peso del pecado del mundo. El Siervo, solitario en su misión: "De mi


pueblo no hubo nadie conmigo" (Ls 63, 3)

153. La injusticia, la violencia, el pecado del mundo, tienen su propio peso, peso
que experimenta el Siervo de Yahvé. Y con todo, dice Isaías: "El soportó
nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos
leproso, herido de Dios y humillado; pero El fue traspasado por nuestras
rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó
sobre El, sus cicatrices nos curaron" (Is 53, 4-5). El Siervo, como profeta, tiene la
responsabilidad de haber visto y ante esta responsabilidad se queda solo, lo cual
también pesa: "Miraba sin encontrar un ayudante, buscaba sin encontrar quien
me apoyara" (Is 63, 5).

El dolor por el dolor no tiene sentido


154. Es necesario explicar a nuestros contemporáneos, como sin duda era
también necesario explicar a los compañeros de Jesús —el Siervo prototipo—
que el Maestro no iba guiado por ningún amor morboso al dolor y a la muerte, ni
por ninguna especie de complacencia en el fracaso, en su camino libre y
voluntario, consciente, a la muerte, que los romanos acostumbraban a reservar
para los rebeldes y criminales: la crucifixión. Precisamente por querer llevar
hasta el final la tarea que se había fijado, asume Jesús las consecuencias de
esa tarea, que no es posible llevar a cabo sin tropezar con una resistencia
violenta, furiosa, asesina.

Un dolor positivo

155. El dolor del Siervo tiene un sentido: él soporta el castigo que nos trae la
paz (Is 53, 5). Su dolor es positivo, creador. Podría defenderse por la fuerza, sí,
pero la negativa a utilizar ante una agresión otra agresión no es más que el
reverso de una conducta positiva, creadora, terapéutica. La vida humana
necesita continuamente de gestos semejantes: "Yo no me resistí ni me eché
atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban las mejillas, a los que mesaban
mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos" Os 50, 5-6). Fue
necesario para que todo hombre (preocupado por defenderse) tuviera en el
Siervo el estímulo de una conducta nueva ante la violencia y el pecado.

El amor doliente o la ausencia de réplica

156. El dolor del inocente, silencioso, sin réplica, refleja como ningún otro —por
significativo contraste— el pecado del injusto agresor, el cual —liberado de la
necesidad de contra réplica—, tiene la aportunidad de percibir, como en un
espejo, su propio pecado. La estampa histórica de Cristo perseguido puede
reconocerse a través de este pasaje profético de Isaías: "Como cordero llevado
al matadero, como oveja ante el esquilador,

enmudecía y no abría la boca" (Is 53, 7). La ausencia de réplica refleja, al propio
tiempo, la justicia del Siervo doliente, una justicia que no es de este mundo,
pues este mundo no puede amar a su enemigo.

Una justicia nueva en el mondo. No devolver mal por mal

157. Esa justicia es una justicia nueva en el mundo, es la justicia proclamada por
Cristo en el Sermón de la Montaña: "Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente
por diente. Yo, en cambio, os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al
contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que
quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te
requiera para caminar una milla, acompáñale dos, a quien te pide, dale, y al que
te pide prestado, no lo rehuyas" (Mt 5, 38-42).

Una justicia nueva en el mundo. Amarás a tu enemigo

158. Y también: "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu


enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los
que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que
hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo
también los publicanos?" (Mt 5, 43-47).

El abominado de las gentes, luz de las naciones

159. Así resulta que el "abominado de las gentes" viene a enseñar a las
naciones lo que es realmente justicia, una justicia semejante a la de Dios (Mt 5,
48). Como dice San Mateo, Jesús es el siervo que anuncia la justicia a las
naciones y cuyo nombre es su esperanza (Mt 12, 18-21; Is 42, 1-4). 0 como dice
el profeta Isaías: "Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob
y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que
mi salvación alcance hasta el confín de la tierra" (Is 49, 6).

También nosotros debemos llevar la cruz

160. La Iglesia siempre, también en el mundo actual, está llamada a ser Siervo
de Yahvé: "También nosotros debemos llevar la cruz que la carne y el mundo
echan sobre los hombros de quienes buscan la paz y la justicia" (GS 38).
Llevamos la cruz a imitación de Cristo, sin olvidar que sólo El ha sido real y
plenamente el verdadero Siervo de Yahvé. También nosotros debemos llevar la
Cruz. "Como Cristo llevó a cabo la obra de la redención en medio de la pobreza
y la persecución, así la Iglesia está llamada a recorrer el mismo camino, a fin de
comunicar a los hombres los frutos de la salvación. Cristo Jesús, existiendo en
la forma de Dios..., se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo (F1p 2,
6-7), y, por nuestra causa, se hizo pobre, siendo rico (2 Co 8, 9): así la Iglesia,
aunque tenga necesidad de medios humanos para cumplir su misión, no fue
instituida para buscar gloria terrena, sino para proclamar —también con su
propio ejemplo— la humildad y la abnegación... La Iglesia "marcha peregrinando
entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios" (S. Agustín),
anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que El retorne (Cfr. 1 Co 11,
26). Es fortalecida, sin embargo, por la fortaleza del Señor resucitado a fin de
vencer con paciencia y amor' sus aflicciones y dificultades, tanto las internas
como las exteriores, y revelar al mundo su misterio. Con fidelidad, aunque entre
penumbras, hasta que se manifieste en todo su esplendor al fin de los tiempos"
(LG 8).

Cualquiera de nosotros puede ser siervo, si el Espíritu de Dios está con él

161. Sin embargo, es necesario decir que ninguno de nosotros puede ser Siervo,
si el Espíritu de Dios no desciende sobre él y le da la fuerza y le sostiene: "Mirad
a mi siervo a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi
Espíritu" (Is 42, 1). El Siervo sabe por qué puede hacer lo que hace: "Mi Dios era
mi fuerza" (Is 49, 5; 50, 7.9). María, la Madre de Jesús, "la esclava del Señor"
(Lc 1, 38), se muestra como egregia discípula de Cristo, el Siervo, y paradigma
de la Iglesia servidora.
Persiguen a Cristo mismo quienes persiguen a sus servidores

162. Los servidores de Dios son ahora ya los servidores de Cristo (Rm 1, 1; Ga
1, 10; Flp 1, 1). Son sus enviados que correrán una suerte semejante a la suya
(Mt 10, 24-25). "Cuando os arresten no os preocupéis de lo que vais a decir o de
cómo lo diréis; en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis
vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros" (Mt
10, 19-20). En adelante, perseguirán al mismo Cristo quienes persigan a sus
servidores. Esta fue la experiencia de Pablo (Hch 9, 5).

Tema 10. CRISTO ESTÁ EN LA IGLESIA, PUEBLO DE LA NUEVA ALIANZA:


EN MEDIO DE LOS QUE SE REÚNEN EN SU NOMBRE

OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Anunciar que Cristo está en medio de los que se reúnen en su nombre.

o Revisar nuestra experiencia comunitaria de la fe.

o Descubrir que Pentecostés frente a Babel es misterio de fe, comunicación y comunidad.

Nacido para vivir juntos, pero de hecho profundamente separados. En la


concha del propio egoísmo

163. Tanto en la experiencia del adulto, como en la del preadolescente,


encontramos, por un lado, la necesidad de la relación mutua, la búsqueda de la
amistad auténtica, el deseo de colaborar con otros. Por otro, sin embargo, nos
encontramos con la dura experiencia de la incomunicación y de la
incomprensión, del aislamiento y el repliegue sobre uno mismo, del
individualismo erigido en norma de vida. Así se establece una contradicción en
el centro mismo de la vida humana: hemos nacido para vivir juntos, pero vamos
descubriendo que, en realidad, los hombres vivimos profundamente separados,
encerrados cada uno en la concha del propio egoísmo.

El pecado, quiebra de una moral de alianza

164. La experiencia bíblica del pecado comporta siempre la experiencia de una


ruptura. Si la fe engendra una moral de alianza, el pecado produce la división de
la comunidad humana. Así, roto el orden religioso de la vida, se rompe al mismo
tiempo el orden moral, y viceversa. Rota la alianza con Dios, se rompe también
la alianza entre los hombres, y viceversa. El segundo mandamiento es
semejante al primero (Mt 22, 39). La ruptura del orden moral supone la
instalación en el propio egoísmo y la ruptura del amor al hermano, a quien
vemos (1 Jn 4, 20) y en quien debemos descubrir al mismo Cristo (Cfr. Mt 25,
39-40. 44-45).

Babel, Jerusalén: dos ciudades, dos experiencias frente a frente

165. Babel es el nombre hebreo de Babilonia, ciudad del embrollo, ciudad del
mal, ciudad de la nada. Babilonia es en la Escritura una ciudad-símbolo. Como
Jerusalén, pero al revés. La ciudad histórica de Babilonia cayó mucho antes del
advenimiento del Nuevo Testamento. Pero a través de ella el pueblo de Dios
adquirió conciencia de un misterio de iniquidad que está constantemente en
acción aquí en la tierra: Babilonia y Jerusalén, erguidas una frente a otra, son las
dos ciudades entre las que se reparten los hombres, la ciudad de Dios y la
ciudad de Satán.

El pecado deshace a Babilonia como pueblo. Lección histórica permanente

166. Frente a Babel, el hombre bíblico asiste a una trascendental experiencia


histórica (Gn 11, 119). En definitiva, el misterio del mal deshace a Babilonia
como pueblo: al igual que Nínive, se ha complacido en su propia fuerza (Cfr. Is
47,7-8. 10; 3, 7-14). Se ha erguido ante Yahvé con soberbia e insolencia (Jr 50,
29-32; cfr. is 14,13-14). Ha multiplicado los crímenes: hechicería (Is 47, 12),
idolatría (Is 46, 1; Jr 51, 44-52), crueldades de toda suerte... Ha llegado a ser
verdaderamente el templo de la malicia (Za 5, 5-11), la "ciudad de la nada" (Is
24, 10-12).

Babel, misterio de idolatría. Ciudad sin Dios.

167. El relato del Génesis (11, 1-9) presenta de forma sencilla la equivocación
profunda de Babel. El pecado colectivo de Babel se describe como una rebeldía
que sigue las trazas y participa del primer pecado del hombre: el pecado de
Adán. Los hombres quieren "alcanzar el cielo" por su propio poder, pretenden
llegar a ser "como dioses", pero sin Dios. Babel es el símbolo de la soberbia
humana, que quiere alcanzar la plenitud de la vida, prescindiendo de Dios, de
espaldas a El. Esta pretensión involucra a Babel en una situación idolátrica,
cuyas engañosas consecuencias se manifiestan después. Mientras tanto,
Babilonia se levanta como potencia temerosa, que hace de su fuerza su dios (Ha
1, 11).

Babel, misterio de confusión, de incomunicación. Ciudad del embrollo

168. Rota la alianza con Dios, se rompe la alianza entre los hombres. Se
sustituye la fe por la idolatría, pero la soberbia (idolátrica) de unos hombres que
construyen su ciudad sin Dios tiene como fruto un misterio de incomprensión, de
incomunicación, de confusión: "Voy a bajar y a confundir su lengua, de modo
que uno no entienda la lengua del prójimo" (Gn 11, 7). Los ídolos que se crea la
vanidad y el egoísmo de los hombres (Cfr. Sb 14, 14) impiden inexorablemente
la comunicación entre los mismos. Babel, que en realidad significa "puerta de
Dios", vino a ser paradójicamente ciudad de confusión, "la ciudad del embrollo".

Babel, misterio de dispersión. Ciudad desierta

169. La dispersión es el resultado final que completa el proceso: idolatría,


incomunicación, dispersión. "Desde allí los dispersó el Señor por la superficie de
la tierra" (Gn 11, 9). Es la hora del juicio contra toda Babel: se ha dictado
sentencia contra la ciudad del mal. Esta sentencia es después comunicada con
júbilo por los profetas (Is 21, 1-10; Jr 51, 11-12), contra la Babilonia
contemporánea. Los ejércitos de Jerjes lo ejecutarán hacia el 485 antes de
Cristo. De Babilonia "no quedará piedra sobre piedra". Babilonia viene a ser una
ciudad vacía, abandonada, evitada: una ciudad desierta, la ciudad de la nada.

La infidelidad histórica de Jerusalén, nueva Babel. El sentido del destierro

170. Por su infidelidad histórica, sin embargo, también Jerusalén ha participado


del misterioso destino de Babel. Fue necesaria la persistencia de la catástrofe
para que el pueblo y sus dirigentes adquieran conciencia de su incurable
perversión (Jr 13, 23; 16, 12-13).

La infidelidad histórica de Jerusalén. El anuncio de un relevo. Pérdida de


su función histórica

171. La "viña de Yahvé" se había convertido en un plantío bastardo y sería


después saqueada y arrancada (Is 5); la "esposa de Yahvé" se había hecho
adúltera, y sería despojada de sus arreos y duramente castigada (Os 2; Ez 16,
38); el "pueblo elegido" se había vuelto indócil y rebelde, y sería expulsado de su
tierra y dispersado entre las naciones (Dt 28, 63-68). Jerusalén, cabeza del
Pueblo de Dios, ha olvidado su misión histórica, por ello ha de escuchar de parte
de Dios la comunicación de un relevo: otros pueblos la sustituirán. San Pablo
(Cfr. Rm 9, 25-26) ve cumplida en los gentiles la profecía de Oseas: "Y en el sitio
donde los llamaban "No-es-mi-pueblo" les llamarán "Hijos de Dios vivo"... Me
compadeceré de "No-compadecida", y diré a "No-es-mi-pueblo": Tú eres mi
pueblo, y él dirá: Tú eres mi Dios" (Os 2, 1.25).

Una piedra de tropiezo, el mayor de todos los errores. Al rechazar a Cristo,


Jerusalén renuncia a la salvación

172. La destrucción de Jerusalén, sobre la que los Profetas hacen su reflexión


religiosa, es todavía figura que encontrará su cumplimiento en el destino de la
Jerusalén que se enfrenta a Jesús: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los
profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a
tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis
querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os digo que no me volveréis a ver
hasta el día que exclaméis: Bendito el que viene en nombre del Señor" (Lc 13,
34-35).
"Al acercarse y ver la ciudad dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este
día lo que conduce a la paz! Pero, no: está escondido a tus ojos. Llegará un día
en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te
arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no
reconociste el momento de mi venida" (Lc 19, 41-44).

He aquí el mayor de todos los errores históricos de Jerusalén: rechazar la


salvación que Dios le ofrece gratuitamente en Jesucristo. En el año 70 fue
arrasada y, con ella, destruido su templo (la peculiar presencia de Dios en la
Ciudad Santa).

Los gentiles convocados a formar el Israel de Dios

173. Como ocurrió en la primera destrucción, también a partir de esta segunda


se altera la función histórica de Jerusalén (Sión): ahora serán convocados los
gentiles a formar el Israel de Dios (Cfr. Ga 6, 16). Los gentiles que no eran "su
pueblo" serán llamados "hijos de Dios". "¿Qué diremos, pues? —se interroga
Pablo—: Que los gentiles, que no buscaban la justicia, han hallado la justicia —
la justicia de la fe—, mientras Israel, buscando una ley de justicia, no llegó a
cumplir la ley. ¿Por qué? Porque la buscaba no en la fe, sino en las obras.
Tropezaron contra la piedra de tropiezo, como dice la Escritura: He aquí que
pongo en Sión una piedra de tropiezo y roca de escándalo; mas el que crea en
él, no será confundido" (Rm 9, 30ss).

De un resto del viejo pueblo elegido saldrá la nueva Jerusalén, universal,


sin fronteras

174. Dice San Pablo: "Entonces me pregunto: ¿habrá Dios desechado a su


pueblo? También yo soy israelita descendiente de Abrahán, de la tribu de
Benmajín. Dios no ha desechado al pueblo que él eligió. Recordáis sin duda
aquello que cuenta la Escritura de Elías, cómo interpelaba a Dios en contra de
Israel: Señor, han matado a tus profetas y derrocado tus altares; me he quedado
yo solo y atentan contra mi vida." Pero, ¿qué les responde la voz de Dios?: "Me
he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante Baal." Pues lo
mismo ahora, en nuestros días, ha quedado un residuo escogido por pura
gracia" (Rm 11, 1-5). Ese resto será el depositario de las promesas hechas a
Israel y el que constituirá con muchos gentiles, venidos de lejos, la nueva
Jerusalén.

La nueva Jerusalén es la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado, donde se


restaura la unidad con Dios y la unidad entre los hombres

175. La Nueva Jerusalén es la iglesia. La Iglesia entraña un misterio, oculto en


otro tiempo en Dios, pero hoy descubierto y en parte realizado (Ef 1, 9-10; Rm
16, 25-26). Misterio de un pueblo que posee como garantía la ley del Espíritu,
inscrita en los corazones (Rm 8, 2; Jr 31, 33-34; Ez 36, 27), aunque está todavía
constituido por pecadores. Misterio de' un pueblo que viene a ser el cuerpo de
Cristo resucitado (Ef 1, 22-23), misterio desconocido en otro tiempo que supone
como una "nueva creación" (2 Co 5,17-18; Ga 6,15), en la que se restaura la
Alianza con Dios (Rm 5, 12ss) y la unidad y reconciliación entre los hombres (Jn
11, 52; Ef 2, 15ss).

La Iglesia, nueva Jerusalén, fruto directo de la Pascua de Cristo

176. La Iglesia, Nueva Jerusalén, antitipo de Babel, es "lugar de convocación"


para la humanidad entera, "convocación santa" (Ex 12, 16; Lv 23, 3; Nm 29, 1).
Prefigurada en la asamblea del Horeb (Dt 4, 10), de las estepas de Moab (Dt 31,
30) o de la tierra prometida (Js 8, 35; Jc 20, 2), la Iglesia es fruto directo de la
pascua de Cristo. Los Padres repiten con frecuencia que la Iglesia es la Nueva
Eva, nacida del costado de Cristo durante el sueño de la muerte, como Eva
naciera del costado de Adán dormido.

Pentecostés, la gran experiencia eclesial. Época abierta.

177. La Iglesia es cuerpo vivo de Cristo resucitado, porque en ella habita el


Espíritu prometido por Jesús. La presencia y experiencia del Espíritu es el gran
testimonio que la Iglesia tiene acerca de Cristo. El Espíritu se manifiesta en
acción ya el día de pascua (Jn 20, 22), pero es el día de Pentecostés cuando
tiene lugar la gran experiencia eclesial (Hch 2, 4) con miras al testimonio de los
doce (Hch 1, 8) y a la manifestación pública de la Iglesia; así este día es como la
fecha del nacimiento de la Iglesia, que, después de Pentecostés, crece
rápidamente. Es importante destacar que el día de Pentecostés, como el día de
Pascua, es toda una época que queda abierta para el mundo y que sólo
alcanzará su plenitud y consumación al fin de la historia.

Pentecostés, contrapunto de Babel. El Espíritu supera la división de los


hombres. Una alianza nueva

178. Con el acontecimiento de Pentecostés (Hch 2, 1-13) queda superada la


división de los hombres. El Espíritu se reparte en lenguas de fuego sobre los
apóstoles de modo que se oiga el evangelio en las lenguas de todas las
naciones y "toda lengua proclame: 'i.Tesucristo es Señor'!, para gloria de Dios
Padre" (Flp 2, 11). Así los hombres serán reconciliados por el lenguaje único del
Espíritu, que es el amor. Pentecostés es, pues, el contrapunto de Babel. En
Pentecostés queda superada la división de los hombres sobre la base de una
Nueva Alianza inscrita en los corazones.

El Espíritu congrega a las gentes que estaban dispersas, hace de ellos un


pueblo. La Iglesia, misterio de fe, de comunicación y de comunidad

179. Así por el Espíritu, la Iglesia es la verdadera Jerusalén, soñada por Dios,
"lugar de reunión" para la humanidad entera, antitipo de Babel, cuyo misterio es
diametralmente opuesto. El misterio del pecado deshace a Babilonia como
pueblo, disgrega a un pueblo que era uno. El misterio de Pentecostés hace un
solo pueblo de muchos, de gentes venidas de todas partes: un pueblo sin
fronteras, universal (Hch 2, 5-11). Si Babilonia es misterio de idolatría, de
incomunicación y de dispersión, Pentecostés (y la Nueva Jerusalén) es misterio
de fe, de comunicación y de comunidad.

Pentecostés e Iglesia, misterio de fe. El cumplimiento de una promesa, el


Espíritu de Dios y de Cristo Jesús. Una alianza de parte de Dios

180. Si el misterio de Babel radicaba en la idolatría, el misterio de Pentecostés


radica en la fe: fe en Cristo, muerto y resucitado, de quien da testimonio la
acción del Espíritu, prometido de antemano (Jn 14, 16). "Judíos y vecinos todos
de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Estos no
están borrachos, como suponéis; no es más que media mañana. Está
sucediendo lo que dijo el profeta Joel: En los últimos días —dice Dios—
derramaré mi Espíritu sobre todo hombre" (Hch, 2, 14-17). Pentecostés entraña
la experiencia de una nueva Alianza, ofrecida por Dios al mundo.

Pentecostés e Iglesia, misterio de comunicación. Una alianza por encima


de todas las barreras

181. Si el misterio de Babel conducía a la confusión y al embrollo ("hombres de


un mismo pueblo que no se entienden"), el misterio de Pentecostés supera la
división de los hombres, fruto del pecado, y aparece una maravillosa experiencia
de comunicación ("gentes venidas de cualquier parte que entran en
comunicación"): "Entre nosotros hay partos, 'necios y elamitas, otros vivimos en
Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia,
en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros
de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno
les oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua" (Hch 2, 9-
11).

Pentecostés e Iglesia, misterio de comunidad. Un nuevo pueblo, fruto de


una nueva Alianza

182. Si el misterio de Babel conducía finalmente a la dispersión, el misterio de


Pentecostés tiene como fruto visible el nacimiento de un pueblo, en el que no
caben fisuras. La unidad de este pueblo es católica, como se dice desde el siglo
II; está hecha para reunir todas las diversidades humanas (Hch 10, 12ss; Ef 2,
14ss; 1 Co 12, 13; Col 3, 11; Ga 3, 28), para adaptarse a todas las culturas (1
Co 9, 20ss) y abarcar al universo entero (Mt 28, 19). Pentecostés es misterio de
comunidad, con lo que concluye el proceso inverso a Babel: fe-comunicación-
comunidad. La comunidad que surge de ahí es un Nuevo Pueblo, fruto de una
Nueva Alianza.

"Todos los creyentes vivían unidos"

183. Este Nuevo Pueblo es la Iglesia. Su primera manifestación se realiza en la


comunidad de Jerusalén, como fruto de la predicación de los Apóstoles: "Los
que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos
tres mil. Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida
común, en la fracción del pan y en las oraciones... Los creyentes vivían todos
unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían
entre todos, según la necesidad de cada uno" (Hch 2, 41-45). Así, desde el
principio, aparece ya lo que, en el Espíritu de Jesús, serán factores constitutivos
de la comunión eclesial: la Palabra, que convoca a la comunidad en la fe (Hch 2,
41); la Eucaristía, que realiza la unidad y es signo de ella (Hch 2, 42; cfr 1 Co 10,
17); el amor cristiano, que llega a la comunión de corazones y de bienes (Hch 2,
42.44; cfr 4, 32); la autoridad apostólica, como servicio que mantiene la unidad
visible de la Iglesia (Hch 2, 42; 20, 28).

La Iglesia es santa

184. La Iglesia es santa (Ef 5, 26). "Llamada Jerusalén de arriba y madre


nuestra (Ga 4, 26; cf. Ap 12, 17), es también descrita como esposa inmaculada
del Cordero inmaculado (cf Ap 19, 7; 21, 2.9; 22, 17), a la que Cristo amó y se
entregó por ella para santificarla (Ef 5, 25-26); la unió consigo en alianza
indisoluble e incesantemente la alimenta y cuida (Ef 5, 29)" (LG 6).

Y al mismo tiempo, todavía Iglesia que alberga en su seno a pecadores

185. Es cierto, sin embargo, que la Iglesia es todavía Iglesia que alberga en su
seno a pecadores (1 Co 5, 1.-12); éstos se encuentran desgarrados en su
interior entre su pecado y las exigencias del llamamiento que los ha hecho entrar
en la asamblea de los "santos" (Hch 9, 13). A ejemplo de Cristo, la Iglesia no los
rechaza, sino que les ofrece el perdón y la purificación (Jn 20, 23; St 5, 15-16; 1
Jn 1, 9), sabiendo que la cizaña puede todavía convertirse en trigo en tanto la
muerte no haya anticipado para cada uno la "siega" (Mt 13, 30).

"Si bien Cristo santo inocente, inmaculado (Hb 7, 26) no experimentó el pecado
(2 Co 5, 21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (Cfr. Hb
2, 17), la Iglesia, por abrazar en su propio seno a pecadores, siendo
simultáneamente santa y necesitada de continua purificación, avanza siempre
por el camino de la penitencia y la renovación" (LG 8).

Una revisión de nuestra experiencia comunitaria de la fe

186. Es de destacar en amplios ambientes el carácter marcadamente


individualista de nuestra religiosidad. Es necesario promover el sentido
comunitario de la vida de fe. El Concilio Vaticano II nos recuerda: "Quiso, sin
embargo, Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados
entre sí, sino constituirlos, en un pueblo que le conociera en verdad y le sirviera
santamente" (LG 9). La renovación constante de la Iglesia supone también un
esfuerzo de revisión de nuestra experiencia comunitaria de la fe, según lo que
dice San Pablo: "Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois
conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados
sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la
piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando
hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os váis
integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu" (Ef 2,
19-22).

La Iglesia, misterio abierto a nuestra experiencia. Cristo está en medio de


los que se reúnen en su nombre

187. En la última cena, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: "Para que todos
sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en
nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21). Unidos los
hombres en el misterio de Dios: he ahí el misterio de la Iglesia, un misterio que
queda abierto a nuestra experiencia, porque "donde dos o tres están reunidos en
mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). La presencia de Cristo
en la Iglesia se realiza, de modo especial, en el sacramento de la Eucaristía. El
pan y el vino se transforman realmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. La
Iglesia, en su misma estructura, es radicalmente comunidad de los que están
unidos entre sí, porque participan del mismo pan que es Cristo (Cfr. 1 Co 10, 17;
cfr. Tema 55).

Tema 11. ENCONTRAMOS A CRISTO EN LA FIESTA, EN LA PAZ, EN LA


ALEGRÍA: UNA PAZ QUE EL MUNDO NO PUEDE DAR, UNA ALEGRÍA QUE
NADIE NOS PUEDE QUITAR

OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Anunciar que Cristo está en la fiesta, en la paz, en la alegría.


o Descubrir la dimensión gozosa y festiva del Mensaje Cristiano.
o Revisar si nuestra vida de fe transmite la alegría y la paz de Jesús.

Creados para ser felices

188. Todos tenemos sed de alegría, de comunicación, de convivencia fraterna,


de felicidad. Esperamos con ilusión el fin de semana, las vacaciones, la salida al
campo y al mar, la visita a una ciudad. Deseamos que llegue la fiesta del pueblo
o del barrio, el cumpleaños, la fiesta familiar, la reunión con los amigos. Desde la
infancia a la ancianidad, el deseo de felicidad es una llamada que brota
constantemente en el corazón humano. Hemos sido creados para ser felices: la
alegría, la paz, el encuentro con los hermanos, la celebración, la fiesta, entran
de lleno en el proyecto creador y salvador de Dios.

El juego y la fiesta, en el plan de Dios


189. Dios no aplasta al hombre, sino que estimula sus fuerzas creadoras. El ser
humano crea no sólo por medio del trabajo, sino también en el juego y en la
fiesta. El hombre se realiza no sólo como horno faber, trabajador, sino también
como homo ludens, hombre que juega, que se eleva por encima de las
necesidades inmediatas de su existencia, que se libera de las tareas rentables
para disfrutar de la convivencia y de la fiesta. La exhortación de Jesús a no
andar agobiados por la vida muestra un rasgo esencial del ser humano
redimido.

Las alegrías de la vida humana, bendición de Dios

190. Las alegrías de la vida humana son parte integrante de las promesas y
bendiciones de Dios: la alegría incontenible de vivir, la alegría del esposo y de la
esposa, la alegría de los hijos, la alegría del deber cumplido, la alegría de la obra
bien hecha, la alegría limpia de la pureza, la alegría compartida de la amistad, la
alegría del servicio generoso a los otros.

La felicidad espera a quien escucha la voz de Dios

191. El Deuteronomio, recogiendo diversos temas de la predicación profética,


expresa de modo concreto la felicidad que espera a quien escucha la voz de
Dios: "Bendito seas en la ciudad, bendito seas en el campo, bendito el fruto de tu
vientre, el fruto de tu suelo, el fruto de tu ganado, las crías de tus reses y el parto
de tus ovejas; bendita tu cesta y tu artesa, bendito seas al entrar, bendito seas al
salir; que el Señor te entregue ya vendidos los enemigos que, se alcen contra ti:
saldrán contra ti por un ca-mino, y por siete caminos huirán; que el Señor mande
contigo la bendición, en tus graneros y en tus empresas, y te bendiga en la tierra
que va a darte el Señor tu Dios" (Dt 28, 3-8).

Un mínimo de bienes materiales es necesario

192. Este carácter sumamente concreto de la felicidad humana supone que, al


menos, un mínimo de bienes materiales son necesarios para realizarla. En esta
perspectiva se sitúa la oración del sabio: "Aleja de mí falsedad y mentira; no me
des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y
reniegue de ti, diciendo: ¿Quién es el Señor?; no sea que, necesitado, robe y
blasfeme el nombre de mi Dios" (Pr 30, 8-9). Como la felicidad, la desgracia
humana se realiza también de un modo sumamente concreto. Por ello, dice
Pablo V'I, los hombres deben "unir sus fuerzas para procurar al menos un
mínimo de alivio, de bienestar, de seguridad, de justicia, necesarios para la
felicidad de las numerosas poblaciones que carecen de ella. Tal acción solidaria
es ya obra de Dios y corresponde al mandamiento de Cristo" (Exhortación
apostólica Gaudete in Domino [GD]).

... Pero no basta para alcanzar la felicidad y la alegría verdaderas

193. Un mínimo de bienes materiales es necesario, pero no hasta para alcanzar


la felicidad y la alegría verdaderas. La experiencia de nuestro mundo lo
manifiesta especialmente. En nuestros días "la sociedad tecnológica ha logrado
multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la
alegría. Porque la alegría tiene otro origen. Es espiritual. El dinero, el "confort", la
higiene, la seguridad material, no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la
aflicción, la tristeza, forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto
llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente
preocupación ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran
evitar. ¿Será que nos sentimos impotentes para dominar el progreso industrial y
planificar la sociedad de una manera humana? ¿Será que el porvenir aparece
demasiado incierto y la vida humana demasiado amenazada? ¿O no se trata
más bien de soledad, de sed de amor y de compañía no satisfecha, de un vacío
mal definido? Por el contrario, en muchas regiones, a veces bien cerca de
nosotros, el cúmulo de sufrimientos físicos y morales se hace oprimente: ¡tantos
hambrientos, tantas víctimas de combates estériles, tantos desplaza-dos!" (GD).

Sin la alegría del conocimiento vivo de Dios

194. El hombre, abandonado a sí mismo, no puede dominar su propio corazón ni


controlar las fuentes de la felicidad, de la alegría, de la paz. El problema es
prófundo. "Es el hombre, en su alma, el que se encuentra sin recursos para
asumir los sufrimientos y las miserias de nuestro tiempo. Estas le abruman; tanto
más cuanto que a veces no acierta a comprender el sentido de la vida; que no
está seguro de sí mismo, de su vocación y destino trascendentes. El ha
desacralizado el universo y, ahora, la humanidad; ha cortado a veces el lazo vital
que lo unía a Dios. El valor de las cosas, la esperanza, no están suficientemente
asegurados. Dios le parece abstracto, inútil: sin que lo sepa expresar, le pesa el
silencio de Dios... Se puede hablar aquí de la tristeza de los no creyentes,
cuando el espíritu humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y por tanto
orientado instintivamente hacia El como hacia su bien supremo y único, queda
sin conocerlo claramente, sin amarlo y, por tanto, sin experimentar la alegría que
aporta el conocimiento, aunque sea imperfecto, de Dios y sin la certeza de tener
con El un vínculo que ni la misma muerte puede romper. ¿Quién no recuerda las
palabras de San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está
inquieto hasta que repose en Ti"?" (GD).

La venida de Jesús, una gran alegría para todo el pueblo

195. La alegría plena del conocimiento vivo de Dios se centra en la Buena


Nueva de Jesús: por su venida, por su Día, ya se alegró Abrahán: "Vuestro
padre, saltaba de gozo pensando ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría" (Jn 8,
56). La venida de Jesús crea un clima de gozo indescriptible. María recibe el
anuncio jubiloso del ángel que invita a la alegría: "Alégrate, llena de gracia, el
Señor está contigo..." (Le 1, 28). La misma alegría inunda a su prima
Isabel„ cuyo hijo Juan salta de gozo en el seno materno (Le 1, 44). María
proclama las alabanzas del Señor que obra maravillas en favor de los pobres:
"
'Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi
salvador" (Lc 1, 46). Los ángeles de Dios anuncian la gozosa noticia del
nacimiento de Jesús: "No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría
para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el
Mesías, el Señor" (Le 2, 10-11). Este acontecimiento colma la esperanza de los
justos: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz",
dice Simeón (L 2, 29; 'cfr. Mt 13, 17; Lc 2, 23-38).

Invitados a un banquete de bodas

196. En la persona de Jesús está ya presente el Reino de Dios (Mc 1, 15; Lc 17„
21). Ahora se hacen realidad todas las promesas y esperanzas que anunciaron
los profetas: ha llegado la "plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4; Ef 1, 10), la hora de
la gran cena (Le 14, 16-17). "El Reino de los Cielos, dice Jesús, se parece a un
rey que celebraba la boda de su hijo" (Mt 22, 2). Cuando Jesús comienza su
predicación, Juan el Bautista se llena de alegría al oír la voz del Esposo (Jn 3,
29); mientras el Esposo está presente, sus amigos permanecen en fiesta y no
pueden ayudar (Le 5, 34). Al banquete de bodas, todos los invitados han de
llegar con el traje de fiesta (Mt 22, 11-12).

La alegría del Reino de Dios

197. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios en medio de felicitaciones, de


congratulaciones, de bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). Sería una contradicción
anunciar la Buena Noticia en medio de la tristeza. La expresión bienaventurados
(dichosos), no sólo contiene una promesa, sino también una felicitación. Es la
alegría de los hombres que entran en el Reino, vuelven a él o trabajan en él, y la
alegría del Padre que los recibe. Es la alegría que siente Jesús con los niños
que quieren acercarse a El, con la acogida que se da a la Palabra, la liberación
de los posesos, la conversión de una mujer pecadora o de un publicano, la
generosidad de una pobre viuda, la manifestación del Reino de Dios a los
pequeños, el anuncio de la Buena Noticia a los pobres, de la vista a los ciegos,
de la libertad' a los oprimidos (Le 4, 18). Los milagros de Jesús y sus palabras
de perdón son también fuente de alegría y de paz: toda la ,gente se alegraba de
las máravillas que hacía y daba gloria a Dios (Le 13; 17; Mt 9, 8).

Alegría desbordante

198. La alegría del discípulo por haberse encontrado el Reino de Dios es


desbordante. Tanto es así, que, todo queda subordinado a este descubrimiento;
en adelante, todo gira en torno a él: "El Reino de los Cielos se parece a un
tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno
de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo" (Mt 13, 44). La
alegría del discípulo de Jesús subyace a todas las decisiones e, incluso, a todas
las renuncias. Brota también en medio de los insultos y de las persecuciones (Mt
5, 11-12, Hch 5, 41), y se hace incontenible cuando el discípulo descubre el
poder de la Buena Nueva que anuncia (Le 10, 17), el Reino de Dios en acción.
En la tarea de la evangelización, al tiempo de la cosecha, se alegra el
sembrador, lo mismo que el segador (Jn 4, 36).
El himno de la alegría: el Reino de Dios manifestado a los pequeños.
"¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!"

199. En cierta ocasión, los setenta y dos discípulos volvían entusiasmados junto
a Jesús, pues hasta los demonios se les sometían en su nombre. Jesús les dice
que deben alegrarse por un motivo mayor: porque sus nombres están escritos
en los cielos (Le 10, 17-20). Jesús entona entonces el "himno de la alegría",
pues la Buena Noticia del Reino de Dios se manifiesta por medio de El a los
pequeños: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la
gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha
entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es
el Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar" (Le 10, 21-22).
Los discípulos son dichosos, pues a ellos se les revela el Reino de Dios: "Y
volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: ¡Dichosos los ojos que ven lo que
vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que
veis vos-otros y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron" (Le 10, 23-24; Ofr.
8, 10).

La alegría de la conversión

200. La alegría del Evangelio brota pujante ante el acontecimiento de la


conversión. Es la alegría del pastor que encuentra la oveja perdida (Le 15, 4-7),
o la de la mujer 1que, al fin, halla la dracma (15, 8-10), o la del padre que
celebra con una gran fiesta la vuelta del hijo que estaba perdido (15, 11-32). De
cada conversión se alegrarán los discípulos, como se alegran en el cielo el
Padre y los ángeles: "Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por
un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no
necesitan convertirse" (Le 15, 7).

La alegría pascual, una alegría que nadie os puede quitar

201. La alegría cristiana brota también frente al dolor y la cruz. Por la cruz va
Jesús al Padre; los discípulos deberían alegrarse de ello, si le amaran y si
comprendieran el sentido de su partida: "Os conviene que yo me vaya; porque si
no me voy no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo
enviaré" (Jn 16, 7). Gracias al don del Espíritu, vivirán de la vida de Jesús (Jn
14, 16-20); entonces su tristeza se cambiará en alegría, una alegría que nadie
se la podrá quitar, la alegría pascual: "Pues sí, os aseguro que lloraréis y os
lamentaréis vosotros mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes,
pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz,
siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se
acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.
También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a. veros y se alegrará
vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría" (Jn 16, 20-22).

La alegría de una nueva presencia de Cristo resucitado en nuestra


condición humana actual
202. "Sucede que, aquí abajo, la alegría del Reino, hecha realidad, no puede
brotar más que de la celebración conjunta de la muerte y de la resurrección del
Señor. Es la paradoja de la condición cristiana que esclarece singularmente la
de la condición humana: ni las pruebas, ni los sufrimientos quedan eliminados de
este mundo, sino que adquieren un nuevo sentido, ante la certeza de compartir
la redención llevada a cabo por el Señor y de participar en su gloria. Por eso el
cristiano, sometido a las dificultades de la existencia común, no queda, sin
embargo, reducido a buscar su camino a tientas, ni a ver en la muerte el fin de
sus esperanzas. En efecto, como ya lo anunciaba el profeta: El pueblo que
caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz
les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo... La alegría pascual no es
solamente la de una transfiguración posible: es la de una nueva presencia de
Cristo resucitado, dispensando a los suyos el Espíritu para que habite en ellos
(GD).

La alegría cristiana, don del Espíritu de Jesús

203. La palabra de Jesús produce su fruto: los que creen en él tienen en sí


mismos su alegría colmada (Jn 17, 13); su comunidad vive en una alegría
sencilla (Hch 2, 46) y la predicación de la Buena Nueva es en todas partes
fuente de gran alegría (8, 8); el Bautismo llena a los creyentes de un gozo que
viene del Espíritu (13, 62; cfr. 8, 39; 13, 48; 16, 34) y que hace que los apóstoles
canten en medio de las persecuciones (16, 23-25). El gozo es, en efecto, fruto
del Espíritu (Ga 5, 22) y una nota característica del Reino de Dios (Rm 14, 17).

Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero

204. El mundo camina, según el plan de Dios, hacia la plenitud del Reino que ha
comenzado ya en la persona de Jesús, hacia una gran fiesta que no tiene fin: la
fiesta de las bodas del Cordero. Quienes participen en ella darán ,gloria a ,Dios
con cantos de triunfo y de alegría: "Oí después en el cielo algo que recordaba el
vocerío de una gran muchedumbre; cantaban: Aleluya. La victoria, la gloria y el
poder pertenecen a nuestro Dios... Con alegría y regocijo démosle gloria, porque
han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha
concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura —el lino son las buenas
acciones de los santos. Luego me dice: Escribe. Dichosos los invitados al
banquete de bodas del Cordero" (Ap 19, 1.7-9).

"La paz os dejo, mi paz os doy"

205. Alegría y paz son una misma cosa. La alegría, por sí sola, sería algo
superficial y pasajero. Sin la paz, sin la alegría, en la Igelsia no se transmite
nada; tampoco el Evangelio. Cuando nos abandonan, debemos interrogarnos:
"Sería muy extraño que esta Buena Nueva, que suscita el aleluya de la Iglesia,
no nos diese un aspecto de salvados" (GD). Como la alegría, la paz nos la da
Jesús: "La Paz os dejo, mi Paz os doy; No os la doy como la da el mundo" (Jn
14,27). "A la luz de la fe y de la experiencia cristiana del Espíritu, esta paz, que
es un don de Dios y que va en constante aumento como un torrente arrollador,
hasta tanto que llega el tiempo de la "consolación", está vinculada a la venida y
a la presencia de Cristo" (GD).

Una paz que el mundo no puede dar

206. La paz de Jesús se extiende a las regiones heridas de nuestro ser, a esa
amargura que pesa y hostiga, a esas plagas donde fermentan los sentimientos
contradictorios, los espejismos de la duda y de la división interior. La paz de
Cristo no elimina pruebas ni sufrimientos. Pero éstos ya no nos desbordan; son
dominados en el interior del hombre, quedando en acción las fuerzas vivas. La
paz no es insulsa tranquilidad, pasividad interior o huida del prójimo. No hay paz
en el olvido del prójimo, pues todos los días suena la misma pregunta: ¿Qué has
hecho de tu hermano? Es ilusoria la paz que no suscita la comunicación y la
unidad fraterna. Pacificado, el hombre es conducido al prójimo.

El secreto de Jesús: el Padre le ama. Estad siempre alegres: Dios nos ama.

207. Es preciso "destacar el secreto de la insondable alegría que Jesús lleva


dentro de sí y que le es propia... Si Jesús irradia esa paz, esa seguridad, esa
alegría, esa disponibilidad, se debe al amor inefable con que se sabe amado por
su Padre. Después de su bautismo a orillas del Jordán, este amor, presente
desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: Tú eres mi hijo
amado, mi predilecto. Esta certeza es inseparable de la cónciencia de Jesús. Es
una presencia que nunca lo abandona" (GD). Jesús vive alegre: el Padre le ama.
Todos estamos llamados a participar de esta alegría de Jesús: "Les he dado a
conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté
con ellos, como también yo estoy en ellos" (Jn 17, 26). Nuestra alegría y paz
más profundas proceden del mismo hecho: Dios nos ama. Desde ahí podemos
acoger la invitación de San Pablo: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo
repito, estad ale-gres" (Flp 4, 4).

La alegría de las Bienaventuranzas

208. "Esta alegría de estar dentro del amor de Dios comienza ya aquí abajo. Es
la alegría del Reino de Dios. Pero es una alegría concedida a lo largo de un
camino escarpado, que requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo, y
dar una preferencia a las cosas del Reino. El mensaje de Jesús promete ante
todo la alegría; esa alegría exigente ¿no se abre con las bienaventuranzas?:
"Dichosos vosotros los pobres, porque el Reino de los Cielos es vuestro.
Dichosos vosotros los que ahora pasáis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos vosotros los que ahora lloráis, porque reiréis" (GD).

La alegría en la Iglesia y en el corazón de los santos

209. La alegría no ha cesado de brotar en la Iglesia y, especialmente, en el


corazón de los santos. El primer puesto corresponde a la Virgen María, llena de
gracia, la Madre del Salvador. Ella, mejor que ninguna otra criatura, ha
comprendido que Dios hace maravillas, es fiel a sus promesas y ensalza a los
humildes. Ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a
la Iglesia (ls 61, 10). Volviendo los ojos hacia la que es madre de nuestra
esperanza y madre de la gracia, los cristianos la invocamos confiadamente
como causa de nuestra alegría. "Después de María, la expresión de la alegría
más pura y ardiente la encontramos allá donde la Cruz de Jesús es abrazada
con el más fiel amor, en los mártires... La fuerza de la Iglesia, la certeza de su
victoria, su alegría al celebrar el combate de los mártires, brota al contemplar en
ellos la gloriosa fecundidad de la Cruz" (GD). La alegría cristiana la encontramos
también en los Padres de la Iglesia y en muchos santos cuya felicidad nos
conmueve.

Un canto de alabanza en el corazón de todos los cristianos: Hemos


encontrado a Cristo

210. Igualmente, la alegría del Evangelio aparece en todos aquellos cristianos


cuya vida es un continuo canto de alabanza al Padre y de acción de gracias á El
por el don que nos ha hecho en la persona de su Hijo Jesucristo. En definitiva, el
motivo más profundo de nuestra alegría, el que los resume todos, es aquél que
Andrés no puede callar y que comunica a su hermano Simón Pedro: Hemos
encontrado a Cristo (Jn 1, 41).

CAPITULO III
EN CRISTO NOS ENCONTRAMOS CON EL MISTERIO
DE DIOS

Tema 12. NOS ENCONTRAMOS CON DIOS EN CRISTO

OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Anunciar que en Cristo nos encontramos con el propio misterio de Dios. Desde el
misterio de Dios se ilumina el misterio del hombre. Cristo es el verdadero rostro de Dios para los
hombres y verdadero rostro del hombre para Dios.

o Presentar los diversos interrogantes y reacciones que en todo tiempo suscita el


misterio de Cristo.

o Destacar que la Iglesia primitiva adquiere conciencia definitiva del misterio de Cristo
como fruto directo de su Pascua. A la luz de dicha experiencia, los discípulos fue-ron pasando de la
admiración por Jesús a la adoración.
¿Quién es éste?

211. "Subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De pronto se levantó


un temporal tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se
acercaron los discípulos y lo despertaron gritándole: ¡Señor, sálvanos, que nos
hundimos! El les dijo: ¡Cobardes! ¡Qué poca fe! Se puso en pie, increpó a los
vientos y al lago, y vino una gran calma. Ellos se preguntaban admirados:
¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agud le obedecen!" (Mt 8, 23-27).

¿Qué dice la gente...?

212. Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus
discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?" Ellos con-testaron:
Unos dicen que Juan Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de
los profetas (Mt 16, 13-14). El pueblo reconoce en Jesús a un profeta. Pedro ha
llegado más lejos: le ha sido dado a comprender que Jesús es el Cristo, el Hijo
de Dios vivo. Jesús les recomienda silencio. El pueblo espera un mesías
político, pero Jesús no va a responder a semejante expectativa (Jn 18, 36). Sus
caminos son diferentes (Mt 16, 2lss).

Los interrogantes de hoy y de siempre

213. También hoy, como hace veinte siglos, la figura de Jesús suscita profundos
interrogantes: ¿Quién es realmente Jesús? ¿Un gran hombre del pasado? ¿Un
revolucionario? ¿Un' profeta? ¿Un mito? ¿Un guerrillero? ¿Un hermano para
cada hombre? ¿Alguien que actúa en nuestra vida? ¿Aquél sin el cual nada
tendría sentido?

Y vosotros... ¿quién decís que soy yo?

214. Tras el sondeo de lo que dice la gente, Jesús hace la pregunta directa: "Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16, 15). Decir supone aquí confesar,
reconocer el misterio de Cristo o, por el contrario, negarlo. En el camino de los
hombres hacia Cristo hay un punto en el que uno deja de ser espectador, para
comenzar a ser protagonista de una lucha en la que de nada sirven los términos
medios: "el que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo,
desparrama" (Lc 11, 23).

"Tú eres el Cristo..."

215. A la pregunta de Jesús, Pedro responde resueltamente, con la luz que


procede de lo alto: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Discernir
quién es Jesús es para Pedro, Nicodemo, el centurión, los endemoniados,
Tomás..., etc., una cuestión planteada a partir de la presencia gratuita del
misterio de Cristo. Cada cual lo comprende a su modo y a diferente nivel, según
la situación o condición de cada uno.

Reacciones diversas ante el misterio de Cristo: la admiración


216. Así, por ejemplo, el pueblo percibe en él un profeta. Nicodemo ve en Jesús
un maestro venido de parte de Dios, porque nadie puede hacer esos signos, si
Dios no está con él (Jn 3, 2). El centurión ha creído que Jesús tiene poder sobre
la enfermedad, que le está sometida y le obedece, como los soldados acatan
órdenes superiores (Mt 8, 5-13). Los discípulos, ante la tempestad calmada,
descubren algo tan extraordinario y trascendente que sólo lo pueden formular en
forma de pregunta: "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!" (Mt
8, 27). El Padre celestial re-vela a Pedro la respuesta certera y exacta que no
puede provenir "de la carne ni de la sangre": Tú eres el Mesías, el Hijd de Dios
vivo (Mt 16, 16-17).

Reacciones diversas ante el misterio de Cristo: el escándalo de lo


cotidiano

217. Por otro lado, quienes vieron y oyeron a Jesús de Nazaret tropezaron a
veces con el hecho de haberle conocido desde hacía mucho tiempo en su vida
cotidiana. ¿Cómo comprender entonces el misterio de un hombre a quien hemos
conocido de niño y de adolescente?: "Fue a su ciudad y se puso a enseñar en la
sinagoga. La gente decía admirada: ¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos
milagros? ¿No es el hijo del carpintero?... Y aquello les resultaba escandaloso.
Jesús les dijo: Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta" (Mt 13, 54-
57).

Reacciones diversas ante el misterio de Cristo: un discernimiento a través


de la repulsa

218. Existe también un conocimiento negativo, un discernimiento en el odio, una


intuición a través de la repulsa, de lo que es en el fondo Jesús de Nazaret. Esta
es la experiencia de los endemoniados. Vinieron a su encuentro dos
endemoniados que salían de los sepulcros, y tan furiosos que nadie podía pasar
por aquel camino. Y se pusieron a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Hijo de
Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?" (Mt 8, 29; cfr. Mc 5, 1-20;
Le 8, 26-39).

Reacciones diversas ante el misterio de Cristo: una resistencia profunda y


dolorosa

219. Es una verdad comprobada por la propia experiencia; el hecho de que el


Misterio absoluto de Dios se nos revela en el hombre Jesús, nos desconcierta;
sus pretensiones de adherirnos incondicionalmente a El para la salvación, nos
iluminan y al mismo tiempo encuentran en nosotros misteriosas resistencias. Es
posible que detectemos también en nosotros esa resistencia hacia la persona de
Cristo.

Reacciones diversas ante el misterio de Cristo: la adoración, fruto de la


Pascua
220. La Iglesia primitiva adquiere conciencia definitiva de la identidad de Jesús
como fruto directo de su Pascua. Si su condición anterior de siervo había dejado
patente hasta qué punto Jesús había sido uno de nosotros, semejante en todo
menos en el pecado, la experiencia pascual de la resurrección deja al
descubierto su condición trascendente: es el Señor, lo mismo que Yahvé.
A la luz de la experiencia pascual, los discípulos accedieron a la clara conciencia
de la condición divina de Jesús. Ante el misterio del Cristo, los Apóstoles y la
Iglesia apostólica de todos los tiempos se rinden en actitud de adoración y
hacen suya la profesión de Tomás: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28).

Misterio de la pre-existencia de Jesús

221. La Iglesia apostólica, al reconocer a Jesús como Señor, profundiza, bajo la


acción del Espíritu de Verdad, en el misterio de la pre-existencia de Jesús. Jesús
es el Señor del mundo venidero, Señor de vivos y muertos, es el último, y por
ello es el primero, el origen de todo, el Señor del universo (Ap 1, 8; 21, 6; 22,
13).

Jesús de Nazaret ha existido desde siempre "en su condición divina" (F1p 2, 6):
él es "el Hijo Unico" que Dios, por amor, ha entregado al mundo "para que no
perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna" (Jn 3, 16).

Jesús de Nazaret existió con anterioridad a Abrahán: "Abrahán, vuestro padre,


saltaba de gozo pensando ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría" (Jn 8, 56). El
pudo decir con toda verdad: "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30).

Jesús de Nazaret es la Palabra que, "en el principio", "estaba con Dios" y "era
Dios" (Jn 1, 1); es el Hijo, por quien Dios "ha hablado en estos últimos tiempos",
"resplandor de su gloria e impronta de su esencia" (Cfr. Hb 1, 1-4). Es esa
Palabra la que "se hizo carne y acampó entre nosotros" (Jn 1, 14).

El secreto de Jesús de Nazaret sólo lo conoce el Padre y aquellos a quienes se


les revela: "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que
el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera
revelar"( Mt 11, 27).

Cristo, verdadero rostro de Dios para los hombres y verdadero rostro del
hombre para Dios

222. El Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, es, según el Concilio de


Calcedonia, "verdaderamente Dios y verdaderamente hombre", "consustancial
con el Padre, por lo que se refiere a la divinidad, y consustancial con nosotros
por lo que se refiere a la humanidad", "Uno sólo y mismo Hijo Unigénito, Dios
Verbo, Señor Jesucristo (DS 301-302). Afirma, pues, que Cristo es verdadero y
entero Dios, y entero y verdadero hombre en un mismo sujeto personal. Así,
Cristo es, a la vez, el verdadero rostro de Dios para los hombres y el verdadero
rostro del hombre para Dios (Cfr. Tema 17).

Cristo, revelador del misterio de Dios


223. Cristo es el verdadero rostro de Dios para los hombres, "imagen de Dios
invisible" (Col 1, 15), el intérprete perfecto del Padre (Jn 1, 18). Por ello nos dice
en el evangelio de San Juan:."quien me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,
8). Revelador del misterio de Dios, como Amor (1 Jn 4, 16) y Amor entre
personas. Revelador del Espíritu. En Cristo se manifiesta la gratuidad y la
misericordia de Dios para con el hombre (Jn 3, 16).

Cristo, revelador del misterio del hombre

224. Cristo es el verdadero rostro del hombre para Dios, Cristo es revelador del
hombre. El hombre se encuentra a sí mismo, cuando vive en el amor, en éxodo,
en confianza, en misericordia, en servicio y a la escucha de Dios, en comunidad
de fe; recobra su identidad como imagen de Dios, cuando vive como hijo del
Padre, rescatado del poder del pecado y de la muerte. El hombre se humaniza a
medida que se hace semejante al Padre y a Cristo --hijo del Padre—, por la
fuerza del Espíritu. Cristo, el Hombre Nuevo, "revela plenamente el hombre al
hombre" (GS 22). El es "imagen de Dios" y, también, prototipo del hombre, pues,
dice San Pablo, Dios nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo (Rm 8,
29).

SEGUNDA PARTE
CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DE DIOS

CAPITULO I. Cristo es el Señor de mi vida y de la Historia.

Tema 13.-Los primeros cristianos proclaman que Jesús es el Señor.

Tema 14.-Nacido de mujer que no conoció varón.

Tema 15.-Años de vida oculta de Jesús.

Tema 16.—Vida pública de Jesús. Bautismo. Predicación. Signos.

Tema 17.—(,Quién es Jesús? Mesías. Siervo. Señor. Hijo del Hombre. Hijo de
Dios.

Tema 18.—Misterio Pascual de Jesús. Paso de este mundo al Padre: Pasión y


Glorificación de Jesús, nuestro Redentor.
CAPITULO II. Dios Padre y el Espíritu. La Santísima Trinidad.

Tema 19.-El rostro de Dios Padre.

Tema 20.-La hora del Espíritu ha llegado.

Tema 21.-El misterio de Dios: Dios es amor y amor entre personas. La


Santísima Trinidad.

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Presentar el Misterio de Dios como la realidad más profunda que puede experimentar el hombre
creyente. Esta experiencia supone:

-proclamar y aceptar, con fe, que Cristo es el Señor de mi vida y de la historia.

-reconocer a través de Cristo —el Hijo— el verdadero rostro de Dios Padre,

-aceptar en nosotros la presencia eficaz del Espíritu que Dios Padre y su Hijo Jesucristo nos envían
gratuitamente.

CAPITULO I. CRISTO ES EL SEÑOR DE MI VIDA Y DE LA HISTORIA

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente:

— descubra a Cristo como Señor de su vida y de la historia, a fin de vivir en comunión con El.

Tema 13. LOS PRIMEROS CRISTIANOS PROCLAMAN QUE JESÚS ES EL


SEÑOR

OBJETIVO CATEQUÉTICO

-Presentar al preadolescente la experiencia que los primeros cristianos tienen de Jesús Resucitado
como Señor de la historia. El Señor desvela y transforma la realidad más profunda del sentido de su
vida.

-Anunciar al preadolescente que esta experiencia hoy se cumple en los creyentes y proponerle que, por
el don de la fe, también él puede, en cierta medida, participar de esta experiencia de Cristo como Señor
de la historia y de su vida: el Señor continúa enviando la luz y la fuerza de su Espíritu y ofreciendo a los
creyentes el verdadero —y siempre nuevo— sentido de la vida.
Una fe fundamental: Yahvé es el Señor de la historia y está con su pueblo

1. El pueblo de Israel descubrió una cosa muy importante, tan importante como
para que ocupara con todo derecho el centro de la vida del pueblo. En principio,
parecían casualidades. Pero no, se fue imponiendo la buena noticia por sí
misma: Dios actúa eficazmente en medio de los acontecimientos y es
reconocido como Señor de la historia. La historia tiene su Señor.

Su nombre es Yahvé: "Soy el que soy" (Ex 3, 14), el Señor. El Dios verdadero es
un Dios trascendente, a quien el hombre no puede verdaderamente nombrar.
"Yo soy el Señor... Os adoptaré como pueblo mío y seré vuestro Dios; para que
sepáis que soy el Señor vuestro Dios, el que os saca de debajo de las cargas de
los egipcios; os llevaré a la tierra que prometí con juramento a Abrahán, Isaac y
Jacob, y os la daré en posesión:

Yo, el Señor" (Ex 6, 6-8). El Dios verdadero estaba siempre con su pueblo: su
nombre evoca toda la gesta divina de la liberación del pueblo elegido, con sus
atributos de bondad, misericordia, fidelidad, poder. "Yo soy el Señor, este es mi
nombre, no cedo mi gloria a ningún otro, ni mi honor a los ídolos" (Is 42, 8). El
Dios verdadero opone su existencia sin restricción a la "nada" de los ídolos. Con
esta fe monoteísta de fondo, que afirma que el Dios único estará siempre con su
pueblo y manifestará eficazmente su presencia, emprende Moisés la aventura
del éxodo.

Los primeros cristianos proclaman que Jesús es el Señor

2. Los primeros cristianos son constituidos como tales en virtud de una


experiencia semejante, referida a Jesús de Nazaret. Jesús de Nazaret, un
hombre ejecutado por la turbia justicia del mundo, ha sido establecido Señor de
la Historia. Jesús ejerce el señorío en ella lo mismo que Yahvé. Algo ciertamente
inconcebible para un judío: en el propio corazón del monoteísmo hebraico
aparece un hombre a quien los acontecimientos posteriores a la Pascua
manifiestan como Señor, esto es, como Dios.

3. El Dios de los antiguos Patriarcas y de Moisés y de los Profetas ha


manifestado su Nombre de un modo máximo por medio de Jesús: "He
manifestado tu Nombre a los hombres, que me diste de en medio del mundo" (Jn
17, 6). Para los hebreos el nombre de una persona se identifica con lo que la
persona misma es. Jesús es "Yo soy": "... si no creéis que Yo Soy, moriréis por
vuestros pecados" (Jn 8, 24). La aplicación de este nombre a Jesús es la
profesión de que él es el único Salvador, hacia el cual tendían toda la fe y la
esperanza del Antiguo Israel.

Jesús de Nazaret es el "Dios-con-nosotros" (Emmanuel) de la profecía de Isaías


(cc. 7-12); es la "presencia" de Dios en su Pueblo, confirmada ya de un modo
definitivo. En él se cumple la Promesa: "Pondré entre ellos mi santuario para
siempre" (Ez 37, 26). La visión del Apocalipsis contempla la consumación del
ideal del Exodo que se ha alcanzado ya: "Esta es la morada de Dios con los
hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos y
será su Dios" (Ap 21, 3); "... Santuario no vi ninguno (En la Ciudad Santa),
porque es su Santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero" (Ap 21, 22).
Un acontecimiento está en la base de estas profesiones de fe: ;Jesús de
Nazaret ha resucitado!

Encuentro y reconocimiento del Señor en medio de unos hechos que no


son casualidades, sino signos

4. Los enemigos de Jesús no aceptan unos hechos que consideran en el mejor


de los casos como casualidades; en el peor, como trampa y engaño. Los
amigos, sin embargo, y otros muchos, perciben signos de su resurrección: Jesús
se deja ver por ellos, los cuales comienzan a ser los primeros testigos. La
resurrección no es un gesto de espectacularidad teatral percibido por cualquier
observador, sino un acontecimiento que es captado en el ámbito interpersonal
de la fe. Es un encuentro en el que Jesús es suficientemente reconocido a
través de unos acontecimientos, en medio de los cuales tiene a bien
manifestarse.

Porque Cristo Resucitado no es sólo un cadáver reanimado, reconducido a


continuar la existencia interrumpida del pasado, es "primicias de los que
durmieron" (1 Co 15, 20), y, por tanto, con El se inicia una existencia nueva y
plena, a la que todos estamos llamados. Por una parte hay una continuidad
entre la vida de Jesús Resucitado y su existencia anterior. Por otra hay una
discontinuidad; la resurrección es una vida nueva y plena, no sometida a las
leyes de este mundo nuestro.

Y, sin embargo, los Apóstoles tienen conciencia de que Cristo vive Resucitado,
es el mismo que sufrió y murió en la cruz. Hay una identidad entre su existencia
terrena y su existencia gloriosa totalmente libre.

Signos históricos del hecho real de la resurrección

5. La tumba vacía y el testimonio de las apariciones del resucitado son hechos


que la historia no puede ignorar. Es verdad que el suceso mismo de la
resurrección ha acontecido solamente ante Dios, pero El se ha dignado
manifestarlo de una manera evidente para los primeros discípulos, "a los
testigos, que él había designado" (Hch 10, 41).

La Iglesia apostólica no considera la Resurrección como una pura experiencia


subjetiva ni como la mera irrupción del Cristo vivo en la interioridad de los
Apóstoles. Los relatos de las apariciones nos transmiten no experiencias
puramente subjetivas de los Apóstoles, sino el testimonio de unos hombres
sorprendidos que han vuelto a encontrar a Aquél, con quien conviviron largo
tiempo. Para los Apóstoles, la Resurrección es una realidad misteriosa. En
cuanto misteriosa y portadora de un mensaje de salvación, sólo el Espíritu
introduce en ella: pertenece a la fe y sólo es asequible desde la fe. La fe
cristiana de todos los siglos se apoya firmemente en el testimonio de la fe
apostólica.

Jesús ayer, hoy y por siempre

6. Así pues, Jesús Resucitado no es, para la primera comunidad, un mero


recuerdo: es "el que estuvo muerto y volvió a la vida" (Ap 2, 8); "Jesucristo es el
mismo ayer y hoy y siempre" (Hb 13, 8). Y es la fuente del Espíritu que inaugura
la vida nueva: en su nuevo modo de existencia, se mantiene el costado
traspasado (Cfr. Jn 20, 20.25.27), del que brotaron las aguas vivas del Espíritu
(Cfr. Jn 19, 34). No hay ruptura ni solución verdadera de continuidad entre su
cuerpo resucitado y el cuerpo en que se realizaron los sucesos salvíficos:
"
Destruid este templo y en tres días lo levantaré... Pero él hablaba del templo de
su cuerpo" (Jn 2, 19.21).

Jesús no es reconocido de pronto

7. En los relatos de apariciones del Señor, nos llama la atención el que los
discípulos no lo reconozcan de pronto. Por otra parte, comprueban que es El.
Esto tiene un profundo sentido. Naturalmente, es, ante todo, una prueba más de
que la imagen del Señor Resucitado les viene de la realidad y no es creación de
su fantasía. Necesitan tiempo hasta reconocerlo. Pero esto nos hace ver algo
aún más profundo que atañe al mismo Jesús: su novedad. Jesús no es ya
enteramente el mismo.

Jesús ha cambiado profundamente. Su identidad se hace presente con un


modo de presencia distinto

8. Sus apariciones no significan que quiera continuar unas semanas más su vida
terrena, sino que inician ya a sus discípulos y a su Iglesia en una nueva manera
de su presencia. El hecho de que súbitamente puede ser visto en medio de sus
discípulos no significa sólo que puede entrar "con las puertas cerradas", sino
que está siempre presente, aunque no lo vean. El Señor resucitado es ya la
nueva creación prometida, que ha comenzado a irrumpir entre nosotros. Las
apariciones son índices de su presencia permanente.

Reconocido en su palabra

9. A María en el huerto, a los discípulos en el cenáculo, sobre un monte y a las


orillas del mar, se les manifiesta en su palabra. Esto nos llama señaladamente la
atención en el relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús. Se les junta en
persona en el camino, pero esto parece no decirles nada. Sin embargo: "¿No
ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las
Escrituras?" (Le 24, 32). En la palabra encontraron al Señor.

Reconocido en la fracción del pan

10. Una segunda manera de darse a conocer es un gesto preciso: la "fracción


del pan" en Emaús. Que Jesús celebrara entonces la eucaristía con los
discípulos de Emaús o no la celebrara es punto irrevelante. En ambos casos
este gesto tenía el sentido de aludir a la eucaristía, en que en adelante se daría
a conocer. También el pescado que Jesús come, alude a ella, pues en la
primitiva Iglesia se juntaba a la celebración eucarística dicha comida. Son
indicaciones de su presencia en la eucaristía. Así, pues, al aperecerse
visiblemente, nos ilustró sobre su presencia invisible.

Reconocido en el Espíritu y en la función sacramental de la Iglesia

11. Por lo mismo sopló también sobre sus discípulos y les dio el Espíritu Santo,
por el que en lo sucesivo nos uniríamos con El. En las apariciones se habla
igualmente del oficio pastoral de Pedro y del perdón de los pecados. Todo esto
son modos de la presencia permanente de Jesús.

Jesús es reconocido solamente por los creyentes

12. Esta presencia de Jesús será reconocida por la fe. También esto nos hacen
ver las apariciones. Ya vimos cómo los discípulos de Emaús sólo lo
reconocieron cuando la fe comenzó a abrir su corazón. El verdadero
reconocimiento no se lo dieron los ojos corporales, sino los de la fe. Es una idea
consoladora el que también a los testigos oculares se les exija la fe. No están,
pues, tan lejos de nosotros, que recibimos la señal del profeta Jonás, es decir,
primero la predicación de Jesús (Lc 11, 30) y luego el mensaje de su
resurrección (Mt 12, 40), en la actual predicación de la Iglesia. No basta una
simple mirada para percibir la realidad de la resurrección de Cristo, la nueva
creación. Para ello es menester algo más radical: el hombre nuevo.

Dios levanta para siempre la cabeza humillada de Jesús

13. Los primeros cristianos comprenden, a través de todo ello, que lo que
comienza a renovar la historia universal no es una obra humana, sino una acción
de Dios, que levanta para siempre la cabeza humillada de Jesús. Así lo cantan
en un himno, de entonces: "El, a pesar de su condición divina, no se aferró a su
categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de
esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre
cualquiera, se rebajó, obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por
eso, Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de
modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la Tierra, en
el Abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios
Padre" (F1p 2, 6-11).

Los primeros cristianos se vuelven "locos"

14. Una cosa es importante: es el impacto que el acontecimiento del señorío de


Cristo produce en la vida de los que le reconocen. Cambia el sentido de la vida y
su manera de comprender el pasado y el futuro. Captan el por qué de muchos
acontecimientos: así los de Emaús comprenden por qué ardía su corazón por el
camino, cuando Jesús les explicaba el sentido de las Escrituras (Lc 24, 32). Los
primeros cristianos se vuelven "locos": todo lo ponen en común (Hch 2, 42-44). Y
los que habían conocido anteriormente a Pablo, quedaban atónitos cuando en
las sinagogas le oían predicar a Jesús de Nazaret: "¿No es éste el que se
ensañaba en Jerusalén contra los que invocan ese nombre?" (Hch 9, 20).

Señor de mi vida

15. Cristo ha sido constituido Señor; Señor de la Historia, pero también Señor de
mi vida. De nada serviría lo primero, si no fuera verdad lo segundo: Cristo seria
algo abstracto y lejano. También aquí, creer no es meratnente admitir la
existencia de Dios y de Cristo, sino creer que Dios en Cristo interviene dentro de
la historia humana concreta: "Ser cristiano yo" significa "vivir que Cristo ha sido
constituido Señor también para mí".

Tema 14. NACIDO DE MUJER, QUE NO CONOCIÓ VARÓN

OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Presentar al preadolescente que Jesús, constituido Señor para nuestra Salvación, fue
verdaderamente hombre. Es uno de los nuestros.

o Que el preadolescente descubra que la concepción virginal es un signo de que Cristo


no es enteramente de este munlo —"de esta creación"—. El origen de su concepción tiene en su raíz la
acción milagrosa del Espíritu Santo: "por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo
hombre (Credo de la Misa).

o Que el preadolescente, sabiendo por la historia de la salvación y por su propia fe


cristiana que para Dios nada hay imposible, descubra con gozo en este singular acontecimiento, nuevo
e insólito, las maravillas de la acción salvífica de Dios.

Siervo y Señor, es decir, hombre y Dios. Luz definitiva de la Pascua de


Cristo

16. Jesús, constituido Señor para nuestra salvación, fue verdaderamente


hombre. El asumió la condición humana, siendo de verdad uno de nosotros. Más
aún, asumió la condición de Siervo y fue ejecutado como un delincuente. Así
apuró el cáliz de la dura condición de hombre. Hasta la muerte, una muerte
afrentosa (F1p 2, 6ss). Pero fue constituido Señor, pues no era posible que este
Siervo experimentara la corrupción (Hch 2, 24ss). La resurrección de Jesús
manifiesta su divinidad, al mismo tiempo que la justicia de su causa. Su
condición de Siervo manifiesta su humanidad y también hasta qué punto él
asumió la realidad de la común existencia humana.
Nacido de mujer, que no conoció varón; nacido de Israel, de Adán, de Dios

17. Siervo y Señor, es decir, verdaderamente hombre y verdaderamente Dios.


Este esquema binario, que se manifiesta definitivamente a raíz de la Pascua y
que constituye una de las más antiguas formulaciones cristológicas, contiene la
clave según la cual debe ser interpretado el misterio histórico de Jesús. Ya
desde el nacimiento. Así las genealogías nos presentan la humanidad de Jesús,
profundamente vinculada a la historia de Israel y a la historia del mundo. La
concepción virginal, en cambio, nos presenta el primer signo de su trascedente
misterio.

El nacimiento y su circunstancia: como nacen los pobres

18. "Por entonces salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un
censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino
gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También
José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret,
en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su
esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí, le llegó el tiempo, del
parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un
pesebre, porque no tenían sitio en la posada" (Lc 2, 1-7).

De Israel y de Adán: el mensaje de las genealogías

19. Las genealogías definen de una manera concreta la verdadera humanidad


de Cristo. Jesús, como todo hombre, nace en medio de una larga historia que le
ha precedido y a la que está profundamente vinculado.. Ni Mateo ni Lucas
presentan un elenco completo. Escogen, según lal perspectiva de cada cual, los
hitos generalógicos más significativos que preparan el nacimiento de Cristo. Así
ponen de relieve, respectivamente, que Jesús pertenece, en realidad y verdad, a
Israel y a la humanidad (Cfr. Mt 1, 1-17; Lc 3, 23-38).

En el centro de la historia de Israel

20. Efectivamente, Mateo, cuyo evangelio tiene a los judíos por destinatarios,
presenta a Cristo profundamente enraizado en la historia de Israel. Su
genealogía sigue la sucesión dinástica y legal. Jesús aparece como el verdadero
heredero de la promesa hecha a Israel: toda la historia de este pueblo aparece
centrada en él y él es solidario de esta historia. Mateo muestra, en la persona y
en la obra de Jesús, el cumplimiento de las Escrituras y el sentido más profundo
de la historia de Israel.

En el centro de la historia humana

21. Por su parte, Lucas, que escribe para los gentiles, presenta a Cristo
profundamente vinculado con la historia de la humanidad. Su genealogía sigue
la línea de la descendencia natural. Jesús está, como Adán, en la misma raíz de
la historia humana. El es el depositario de la esperanza del mundo. Y así toda la
historia humana aparece centrada en El.
Su origen se enraíza en el Espíritu de Dios. Mensaje de la concepción
virginal

22. Así como las genealogías señalan la vinculación de Cristo a la historia de


Israel y a la humanidad entera, la concepción virginal manifiesta que Cristo no es
enteramente de esta huranidad, sino que el origen de su concepción es obra
exclusiva de la acción del Espíritu Santo. Tomando carne verdadera en las
entrañas de la Virgen María, es concebido, sin intervención de varón, "por obra
del Espíritu Santo". No pertenece totalmente a esta creación (Cfr. Hb 9, 11): fruto
primero de la nueva creación (Nuevo Adán), en él se dan las primicias de una
renovación no ya absoluta, porque Cristo es del mundo y de los hombres, pero
sí, en sentido profundamente cierto, una renovación que inaugura el ámbito de la
novedad total y definitiva: Cristo tiene un origen que es más que humano (Cfr. Mt
1, 18-25). El Espíritu Santo viene sobre María y el poder del Altísimo la cubre
con su sombra (Cfr. Lc 1, 35) y la Palabra (no nacida de carne, ni de deseo
carnal, ni de deseo de hombre: cfr. Jn 1, 13) se hace hombre en su seno, que
permanecerá siempre sellado por una perfecta integridad. La tradición cristiana
llamará a María: "la-siempre-Virgen".

La tradición de la mujer estéril

23. El acontecimiento único de la concepción virginal se produce en el seno de


una historia donde ha sido lentamente preparado. De grandes figuras del
Antiguo Testamento se confiesa que fueron fruto de la acción de Dios. Tras
ardientes deseos, tras oración y promesa de Dios, dio finalmente fruto un
matrimonio hasta entonces estéril. Así nacieron los antepasados de Israel Isaac
y Jacob, así Sansón, Samuel. Así también, cercano ya a Jesús, su precursor,
Juan Bautista. El niño de la casa de Acaz, el Emmanuel, signo de la fidelidad de
Dios en tiempos adversos (Cfr. Is 7, 14-17), supone un paso más en la tradición
de los niños del antiguo Israel nacidos de mujer estéril.

La solemnidad del oráculo, el nombre simbólico del niño, muestran que el


profeta entrevé en este nacimiento una intervención singular de Dios en orden a
la instauración del reino mesiánico. La antigua interpretación judía y también la
versión de los Setenta de este enigmático anuncio es un indicio más del alcance
extraordinario que se le concede durante siglos. Los relatos de Mateo y Lucas lo
verán cumplido en la concepción virginal de Jesús.

Moisés e Israel: salvados de las aguas por voluntad de Dios

24. Por su parte, Moisés, nacido en circunstancias difíciles, fue


significativamente "salvado de las aguas". Como, de modo semejante, después
lo fuera el pueblo entero de Israel. Israel es un pueblo "salvado de las aguas"
por la fe en Yahvé. En ese acontecimiento el pueblo toma conciencia de que
Dios ocupa un lugar —y éste, importante, central— en medio de su historia. Dios
visita a su pueblo, proclamará mucho después Zacarías, el padre de Juan
Bautista. La historia de Israel, como la de sus personajes más representativos,
es un fruto que revela una raíz profunda, poderosa, fecunda: la acción de Dios.
Todo ello confluye en la dei fe Isabel, fe que profesa el pueblo entero: "para Dios
nada hay imposible" (Lc 1, 37).

En la encrucijada de dos tradiciones

25. El nacimiento de Cristo, si bien con características propias, queda


enmarcado en el significativo contexto de las dos tradiciones precedentes: a), la
concepción virginal de Jesús se inscribe —superándola— en la vieja tradición de
las mujeres estériles de Israel; b), la cruel represión del movimiento mesiánico,
producido en torno al nacimiento de Jesús, pone en peligro la vida del niño. Al
escapar de las manos de Herodes, Jesús es —como Moisés y como el pueblo—
salvado de las aguas, de la persecución y de la muerte (Cfr. Mt 2, 13-18).

Expectativas mesiánicas Simeón, un hombre que vio en profundidad

26. Simeón recoge las expectativas mesiánicas que realmente rodean el


nacimiento de Cristo. El toma conciencia de que se halla delante del Mesías.
Desde ese momento no le importa ya morir, su vida ha adquirido pleno sentido,
"porque —dice— mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante
todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel".
Aunque el misterio le Jesús le desbordara, Simeón ha percibido que el Mesías
viene bajo la figura del Siervo sufriente, "puesto para que muchos en Israel
caigan y se levanten; será como una bandera discutida" Por ello le anuncia a
María que una espada le atravesará.el alma. María y José quedan abiertos al
misterio: "estaban admirados de lo que se decía de él" (Lc 2, 25-35).

Hijo de la promesa, como ninguno

27. En efecto, entre todos los hijos que fueron dados a Israel como fruto de una
promesa, Jesús representa la cima más alta. Cuando él vino al mundo, había
todo un pueblo que pedía su nacimiento; una larga historia lo había prometido.
Era hijo de la promesa como ningún otro. El más profundo anhelo del género
humano encontró en él su cumplimiento. Esta misma es la razón por la que tal
cumplimiento sobrepasa las posibilidades humanas mucho más que la venida al
mundo de cualquier otro hombre. No hay nada en el seno de la humanidad, ni en
la fecundidad humana que pueda engendrar a aquel de quien depende toda
fecundidad humana y todo el desarrollo de nuestra estirpe, pues todo ha sido
creado en él.

Testimonio de San Mateo y de San Lucas

28. Este misterio del grandioso regalo que Dios ha hecho a los hombres en la
persona de Jesús, lo podemos ver también señalado por el acontecimiento —
igualmente lleno de misterio— de la concepción virginal de Jesús, que nos
presentan en su evangelio San Mateo y San Lucas: Jesús no ha sido
engendrado por intervención de un hombre, sino que fue concebido por obra del
Espíritu Santo, y nació de una mujer joven, llena de gracia y elegida por Dios
para ser la Madre de su Hijo.
Fe de la Iglesia

29. Esta enseñanza del Evangelio fue recogida por todas las antiguas
profesiones de fe y por la ininterrumpida tradición de los padres de la Iglesia y
del magisterio; con el cual todos nosotros confesamos que Jesús "fue concebido
por obra y gracia del Espíritu Santo, y nació de Santa María la Virgen" (Símbolo
de los Apóstoles).

Para Dios no hay nada imposible

30. La historia de Israel, como la de sus personajes más representativos (¡sobre


todos, Cristo!) es un fruto que revela una raíz profunda, poderosa, fecunda: la
acción de Dios. No sólo la naturaleza, la existencia, la vida, es don de Dios, sino
también la historia. Dios se manifiesta en medio de los acontecimientos. Por ello,
la fe de Isabel, de María, de la Iglesia, nuestra propia fe, es ésta: "para Dios
nada hay imposible" (Le 1, 37).

Tema 15. AÑOS DE VIDA OCULTA DE JESÚS

OBJETIVO CATEQUÉTICO

-Que el preadolescente descubra cómo los años oscuros de Jesús se desarrollan bajo el signo de lo
cotidiano participando plenamente de la condición humana.

-Que el preadolescente experimente esta encarnación de Cristo como una presencia redentora y
liberadora en nosotros, que nos cura, nos vivifica y nos salva de nuestra pobreza y oscuridad.

La Pascua de Cristo, en el primer plano del Evangelio

31. Los años de vida oculta constituyen una amplia etapa en la vida de Jesús.
Desde el nacimiento en Belén hasta el bautismo en el Jordán. Casi toda su vida.
Con todo, no es esta etapa, sino el acontecimiento de la Pascua, lo que ocupa el
primer plano del Evangelio. La primera indicación que hallamos en las capas
más antiguas; del Nuevo Testamento no se refiere a su juventud, ni siquiera al
curso general de su vida, sino a lo que fue culminación de su existencia: su
muerte y su liberación de ella por obra de Dios Padre, es decir, su Resurrección.
Lo que cuenta ante todo es que ahora vive. Este acontecimiento ilumina toda la
vida de Jesús. Pero, los evangelistas no han tenido especial preocupación por
narrar con detalle todos los sucesos de la vida del Señor.

Escasez de datos sobre los años de vida oculta de Jesús


32. Podríamos preguntarnos si no sería deseable que estuviésemos mejor
informados sobre algunos pormenores históricos en torno a los años ocultos de
Jesús. En efecto, el conocimiento de un personaje histórico parece exigir, y más
en nuestra mentalidad de hoy, una información amplia sobre los orígenes de su
formación espiritual y cultural. Ya en los primeros siglos se sintió la necesidad de
llenar esta laguna inventando leyendas acerca de la infancia de Jesús
(Evangelios apócrifos). Es una curiosidad inspirada por el amor y deseo de
conocer mejor al Señor.

No es un obstáculo a nuestra fe

33. En definitiva, la escasez de datos sobre los años ocultos de Jesús no es


impedimento para nuestra fe. Los Evangelios no tratan simplemente de construir
una biografía en el sentido moderno de esta palabra, como si se pretendiera
fundamentalmente ofrecer información sobre alguien que vivió y murió. Los
Evangelios nos hablan, ante todo, de alguien que ha vencido a la muerte. Los
evangelistas nos aportan unos hechos históricos que poseen en sí una fuerza
salvadora que afecta a todos los hombres y que, por tanto, constituyen el objeto
de un Mensaje permanente que nos es comunicado por alguien que vive.

Condición humana de Jesús: Pobre de Yahvé. Familia, nacimiento,


costumbres

34. Es importante destacar que no es sólo la escasez de datos lo que hace


oscura esa larga etapa de la vida de Jesús, sino, sobre todo, las circunstancias
de su vida. Jesús, como los "pobres de Yahvé", vivió oscuramente.

María no es más que una humilde mujer aldeana, "la esclava del Señor"; pero,
sin embargo, sobre ella descansa la gloria de Dios. El nacimiento de Jesús tiene
lugar en medio de unas condiciones relativamente dramáticas; sin embargo, los
ángeles del Señor cantan su gloria. Jesús y María se atienen a todas las
costumbres cultuales y rituales de Israel, manteniendo su condición de pobres;
pero los herederos de los "pobres de Yahvé", en quienes las esperanzas de
salvación están siempre tan vivas, saben reconocer al rey mesiánico, que es la
luz del mundo.

Obediencia, maduración. Bajo el signo de lo cotidiano

35. Jesús se pierde entre la muchedumbre y anuncia a sus padres, extrañados,


algo de la grandeza de su misterio personal "¿No sabéis que yo debía estar en
la casa de Padre?" (Le 2, 49); luego se sumerge en la obediencia cotidiana y en
una vida sencilla durante muchos años. No sabemos ya nada de él, a no ser
que, por haberse asemejado tan profundamente a sus compatriotas, suscitó la
incredulidad general cuando empezó a revelarse como profeta (Le 4, 16-30).

Bajo la figura del siervo


36. Los capítulos que dedica Lucas a la infancia de Jesús muestran como en
parábola, ejemplificado, aquel versículo del Magnificat: "Derriba del trono a los
poderosos y enaltece a los humildes" (Lc 1, 52). Son las

"Deduce en cuánto te tasó..."

palabras que resumen la fe de los "pobres de Dios". La oscuridad en la vida de


Jesús se explica, por tanto, de la siguiente manera: Es el heredero de los
pobres, su figura más perfecta, el siervo descrito por Isaías en los capítulos 52-
53. El mesianismo de Jesús es el de este Siervo de Yahvé.

37. Muchos creyentes han comentado con admiración la oscuridad mesiánica de


Jesús. Citamos algunos: "Deduce, de todo lo que se dejó hacer por ti, en cuánto
te tasó, y así su benignidad se te hará evidente por su humanidad. Cuanto más
pequeño se hizo en humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y
cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. 'Ha
aparecido, dice el Apóstol, la bondad y la humanidad de Dios, nuestro
Salvador'... Grandes y manifiestas son la bondad y la humanidad de Dios, y gran
indicio de benignidad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el
nombre de Dios" (San Bernardo).

Se sometió a la condición de aquellos a quienes amaba

38. "El Hijo del Hombre vino en persona a la tierra, se revistió de humanidad y
sufrió voluntariamente la condición humana. Quiso someterse a las condiciones
de debilidad de aquellos a quienes amaba, porque quería ponernos a nosotros a
la altura de su propia grandeza" (Clemente de Alejandría).

La densidad de la condición humana, modo concreto de la encarnación

39. Conocida es la frase de San Ireneo: Dios se encarna a fin de habituarse al


hombre y que el hombre se habitúe a Dios. San Ireneo quiere indicar que Dios
se hace humano, para que el hombre se haga divino. Pero este intercambio no
es algo abstracto, sino bien concreto. La encarnación es verdaderamente la
humanización de Dios en su Hijo. No puede haber encarnación si el Hijo no
entra en toda la densidad de la condición humana.

La etapa de los años de vida oculta, exigencia de la Encarnación

40. Los años de vida oculta de Jesús nos invitan a pensar en su humanidad
concreta: él fue realmente hombre, con todas las limitaciones que lleva consigo.
Como dice San Juan, "la Palabra se hizo carne" (Jn 1, 14). Más allá de toda
apariencia y docetismo, Jesús tiene toda la realidad de nuestra condición y, en
ella, vive la lenta maduración que exige nuestro destino humano. Los años de
oscuridad y de maduración de que habla San Lucas, nos hacen desconfiar una
vez más de toda invención o fábula que venga a escamotear el "escándalo" de
la Encarnación (Cfr. 2 Jn 1, 7): Jesús de Nazaret nos ha proporcionado el rostro
humano de Dios, asumiendo la condición más común de los hombres.
Hubiera sido un extraño

41. Si hubiera utilizado sus poderes sobrenaturales en beneficio propio, para su


propio interés, no habría sido totalmente uno de nosotros, no habría participado
plenamente de la condición humana. No habría sido un compañero nuestro.
Habría hecho trampa, valga la expresión: un Dios que viene a nosotros por un
tiempo limitado y se toma la libertad de escapar a las leyes de la existencia
humana. Hubiera sido un extraño.

"Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los


hombres"

42. Los años de vida oculta de Jesús y su condición de Siervo nos revelan, de
forma incomparable, la humanidad del Hijo de Dios: hasta qué punto se hizo uno
de nosotros, "en todo exactamente como nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4,
15). Como un niño cualquiera de su edad, "Jesús iba creciendo y
robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios le acompañaba"
(Le 2, 40). Tras el episodio del templo, hecho que manifiesta el despertar de la
más sublime vocación (2, 49), Jesús baja con sus padres a Nazaret y vive sujeto
a ellos (2, 51). El "iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y
los hombres" (2, 52).

Tema 16. VIDA PUBLICA DE JESÚS. BAUTISMO. PREDICACIÓN. SIGNOS

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente

-descubra la predicación de Jesús como buena noticia para todos aquellos que reconocen su limitación,
su insuficiencia y su pecado.

-descubra que la misma persona de Jesús, revelador del Padre, es la buena noticia.

-experimente cómo esta buena nueva se puede cumplir en él mismo.

-descubra cómo el cumplimiento de la buena noticia se realiza ya a través de unos signos, unos
milagros. Jesús anuncia una palabra que se cumple.

Los comienzos: misión, vocación, bautismo

43. Los evangelios describen los comienzos de la vida pública de Jesús de


modo que en ellos expresan el núcleo esencial de su misión, de su vocación.
Tales comienzos están presididos por un hecho que desde la más antigua
tradición es transmitido con insistencia: su bautismo de manos de Juan en el
Jordán. El hecho es narrado de forma que las imágenes exteriores apuntan a
una realidad que jamás se podrá expresar adecuadamente con palabras.

Hijo de Dios y Siervo de los hombres: "...a quien prefiero"

44. Se trata de expresar la relación del Padre con Jesús y de la fuerza del
Espíritu. Esta relación es expresada en términos del Antiguo Testamento: "Tú
eres mi Hijo amado, mi predilecto" (Mc 1, 11). Así se evoca la figura del Siervo
de Yahvé, al que están consagrados algunos cánticos del libro de Isaías. Allí se
lee: "Mirad a mi siervo..., mi elegido, a quien prefiero" (Is 42, 1). Y en otro
pasaje: "el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes" (ls 53. 6).

Vocación de servicio. Sin condiciones, hasta la muerte

45. El bautismo de Jesús es expresión de su solidaridad con el pueblo pecador,


que se dispone a recibir el reino de Dios, anunciado como inmineme por Juan. El
bautismo es, además, un signo del servicio de Jesús, de su sumisión y hasta de
su muerte. Más adelante, aludirá Jesús por dos veces al final de su existencia
terrena con la palabra "bautismo" (Mc 10, 38; Le 12, 50). El Hijo amado se
consagra como siervo, como humilde y pequeño, como cordero que lleva los
pecados del mundo. Tal es su vocación.

Un bautismo para todos los creyentes futuros

46. En la narración del bautismo se expresa también la relación del Espiritu


Santo con Jesús: "Vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una
paloma" (Mc 1, 10). De modo semejante prosigue también el cántico del Siervo
de Yahvé: "Sobre él he puesto mi Espíritu..." (ls 42, 1). Por este bautismo del
Espíritu, cobra nuevo significado el bautismo de agua de Juan: se convierte en
símbolo del bautismo del Espíritu para todos los creyentes futuros.

Sumergido en el Jordán, en lugar nuestro

47. Así celebra este acontecimiento la Liturgia de Oriente en la vigilia de la


Epifanía: "Hoy inclina el Señor la cabeza ante la mano del precursor; hoy lo
bautiza Juan en las ondas del Jordán; hoy oculta el Señor en el agua las culpas
de los hombres; hoy es atestiguado desde lo alto como hijo amado de Dios; hoy
santifica el Señor la naturaleza del agua". Se inmerge en la corriente del Jordán
no para purificarse a sí mismo, sino para preparar nuestra regeneración.

La tentación, oposición al bautismo

48. Los Evangelios nos hablan de tentaciones contra la vocación de Jesús (Mt 4,
1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13; cfr. Tema 6). Además de estas tentaciones
narradas al comienzo de la vida pública de Jesús nos cuentan la tentación
ocurrida en medio de su actividad pública, por ejemplo, cuando reveló por vez
primera la forma de su muerte, el bautismo definitivo, que sería su muerte:
"Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡No lo permitas. Dios, Señor!
Eso no puede pasarte. Jesús se volvió y dijo a Pedro: Quítate de mi vista,
Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios"
(Mt 16. 22-23). La petición bienintencionada de Pedro se oponía a la misión de
Jesús; era una tentación de su adversario Satán.

Tras el arresto de Juan, comienza a predicar Jesús. En Galilea, allende el


Jordán

49. Así, pues, habiendo recibido el Espíritu y superando toda tentación contra su
propia misión, Jesús inaugura su predicación justamente en el momento en que
Juan había sido arrestado. Comienza a predicar en Galilea. "Así se cumplió lo
que había dicho el profeta Isaías: País de Zabulón y país de Neftalí, camino del
mar, al otro lado del Jordán, Galilea da los gentiles. El pueblo que habitaba en
tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló. Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos,
porque está cerca el Reino de los Cielos" (Mt 4, 14-17). 0 como dice San
Marcos: "Se ha cumplido el ptazo; está cerca el Reino de Dios: Convertíos y
creed el Evangelio" (Mc 1, 15).

El mundo postrado en tinieblas necesita una intensa luz

50. El fondo del corazón humano alimenta siempre la espera de una buena
noticia. A lo largo de la historia los hombres han ido materializando esta espera,
y así se han ido entregando a la búsqueda de la "piedra filosofal", del "vellocino
de oro" o de los "paraísos terrestres". Nuestro mundo todavía puede soñar la
novedad radical siguiendo la inmensa ruta de los "viajes espaciales". Y cada
persona, desde su rincón, espera durante mucho tiempo un mañana mejor. En
definitiva, el pueblo postrado en tinieblas necesita una intensa luz.

El reino de Dios no viene aparatosamente: ya está entre vosotros

51. Jesús anuncia una radical novedad: el Reino de Dios. Y, sin embargo, se
abstiene de las fantásticas descripciones con que entonces se engañaba la
imaginación popular. No desenvaina ninguna espada, ni derriba ninguna estrella
del cielo. El Reino de Dios no es algo que sobrevenga y caiga desde fuera, de
una manera externa y accidental, como un aerolito o como una catástrofe. El
reino de Dios es una realidad que se está forjando en el seno de la humanidad.
Preguntado por los fariseos cuándo había de llegar el Reino de Dios, Jesús
contestó: "El Reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que
está aquí o está allí; porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc
17. 20-21).

El Reino de Dios oculto

52. El judaísmo, tornando al pie de la letra los oráculos escatológicos del Antiguo
Testamento, se representaba la venida del Reino como algo fulgurante e
inmediato. Jesús lo entiende de otra manera. El Reino viene cuando se dirige a
los hombres la Palabra de Dios. Debe crecer, como una semilla sembrada en el
campo (Mt 13, 3-9.18-23). Crecerá por su propio poder como el grano (Mc 4, 26-
29). Fermentará y levantará al mundo, como la levadura echada en la masa (Mt
13, 33). Sus humildes comienzos contrastan así con el futuro que se le promete.
Las parábolas del Reino de Dios vienen a decir que lo que importa no es el
efecto exterior que deslumbra a los hombres, pero no les nutre, sino la acción de
Dios, que está oculta en el cotidiano quehacer, en la vida ordinaria de los
hombres.

Ha comenzado ya en la persona de Jesús

53. Lo más sorprendente del mensaje de Jesús es que anuncia un Reino que ha
comenzado ya en su propia persona. Mientras los videntes apocalípticos
hablaban sobre cosas que caían fuera de ellos mismos, Jesús lleva el Reino de
Dios en sí mismo. "Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: ¡Dichosos los
ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes
desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron"
(Lc 10, 23-24). El Reino de Dios no es para Jesús una visión lejana. El mismo
Jesús está en medio de él, empeñado en la lucha contra otro reino: "Si yo echo
los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado
a vosotros" (Lc 11, 20).

Jesús lleva en sí mismo la cercanía de Dios. Una autoridad que no tiene


par

54. Jesús hace sentir sin rodeos, a todo el que se le acerca .con corazón
sincero, la cercanía de Dios. Así lo percibe Nicodemo y le dice a Jesús: "nadie
puede hacer los signos que tú haces, si Dios no está con él" (Jn 3, 2). Jesús
lleva en sí mismo la cercanía de Dios. Ello da a su persona una autoridad
serena, que no tiene par: "La gente estaba admirada de su enseñanza, porque
les enseñaba con autoridad y no como los escribas" (Mt 7, 28-29). Jesús
completa todo lo que le precede y enseña con palabras que durarán más que el
cielo y la tierra, destinados a pasar (Me 13, 31).

Jesús, el verdadero templo

55. Jesús es el verdadero templo, el templo nuevo y definitivo, que no está


hecho por mano humana, en el cual la Palabra de Dios establece su tienda entre
los hombres, como en otro tiempo lo hiciera con el Pueblo de Israel, en el
desierto (Ex 25, 8ss): "Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros" (Jn
1, 14). Con su muerte, el templo de su cuerpo será destruído, pero, con su
resurrección, será reedificado (Jn 2, 19): su mismo cuerpo, signo vivo de la
presencia divina aquí en la tierra, conocerá un nuevo estado transfigurado, que
le permitirá hacerse presente en todos los lugares, liberado ya de los
condicionamientos del espacio y del tiempo. Jesús es la nueva y definitiva
morada de Dios para loa hombres.

El Reino de Dios es inseparable de la conversión del hombre


56. Jesús enfoca su predicación en la línea de los grandes profetas, que
prepararon su venida. Asimismo, salvando la diversidad de los tiempos, de los
lugares y de los auditorios, las predicaciones de Juan Bautista, de Jesús, de
Pedro o de Pablo ofrecen todas un mismo esquema y una misma orientación:
llaman a la conversión y anuncian un acontecimiento. El Reino de Dios es
inseparable de la conversión del hombre.

La palabra de Jesús frente a la experiencia del mundo

57. Ahora bien, la predicación de Jesús incide en un mundo, donde reina de


modo manifiesto la experiencia contraria. Si su predicación proclama como
presente el Reino de Dios y llama a la conversión, el mundo vive justamente lo
contrario: no existe ningún Señor y, además, el hombre no puede cambiar.
Quedan, pues, alienadas, frente por frente, la Palabra de Jesús y la experiencia
del mundo. El mundo prescinde de Dios, desconoce su acción en la historia y no
experimenta necesidad de conversión.

La conversión como buena noticia: El Reino de Dios en acción

58. Sumamente importante esto: la predicación de Jesús exige conversión no


únicamente exhortando a los hombres a vivir como deben, sino anunciándoles
que el Reino de Dios está ya presente y en acción. En virtud de este
acontecimiento de la llegada del Reino de Dios, la conversión le es ofrecida al
hombre gratuitamente, de balde. Es una posibilidad de vida nueva que se abre
por gracia con la venida del Reino. El cumplimiento del Sermón de la Montaña
(programa de Jesús) es anunciado a hombres que no pueden cumplir la Ley. Si
tal anuncio no fuera hecho en un régimen de gracia, no sería recibido como
buena nueva, sino como mala noticia. Sería como cargar un peso sobre los
hombros de quienes ya se doblan.

La fuerza de Dios se despliega en la debilidad del hombre

59. En efecto, el hombre está sometido a señores muy poderosos, como para
que —por su propia fuerza— pueda cambiar: "ninguno (de vosotros) cumplís la
Ley" (Jn 7, 19), dice Jesús a los judíos (y le quieren matar). El hombre,
ciertamente, necesita "nacer de lo alto" (Jn 3, 3.7). Ahora bien, si el hombre
cambia, si el hombre sigue un proceso serio de conversión, entonces es que el
Reino de Dios ha aparecido en medio de nosotros (Cfr. Le 11, 20). La fuerza de
Dios se despliega en la debilidad del hombre (2 Co 12, 9).

Anunciar a los pobres la buena nueva

60. Por ello la buena nueva es anunciada a los pobres, es decir, a todos
aquellos que tienen conciencia de su limitación e insuficiencia. Así cumple Jesús
la profecía de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha
ungido. Me ha enviado para anunciar el evangelio a los pobres, para anunciar a
los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista" (Lc 4, 18). Esta Escritura se
cumplió un día en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 21) y en toda la vida pública de
Cristo. Inspiración semejante refleja la respuesta que Jesús da a los enviados de
Juan: "Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los
inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos
resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio" (Lc 7, 22).

Exigencias para entrar, desde ahora, en el Reino de Dios

61. El Reino es el don de Dios por excelencia, el valor esencial que hay que
adquirir a costa de todo lo que se posee (Mt 13, 44ss). De ahí se sigue que es
necesaria una decisión; hay que convertirse, buscar continuamente el rostro de
Dios (Cfr. Sal 104, 4), abrazar las exigencias del Reino. El Reino no es algo que
se pueda considerar como un salario debido en justicia: Dios contrata libremente
a los hombres en su viña y da a sus obreros lo que le parece bien (Mt 20, 1-16).

Sin embargo, si bien todo es gracia, los hombres deben responder a esta gracia:
se requiere un alma de pobre (Mt 5, 3), una actitud de niño (Mt 18, 1-4; 19, 14),
una búsqueda activa del Reino y de su justicia (Mt 6, 33), la perseverancia en
medio de las persecuciones (Mt 5, 10; Hch 14, 22; 2 Ts 1, 4-5), el sacrificio de
todo lo que se posee (Mt 13, 44ss), una justicia mayor que la de los fariseos (Mt
5, 20); en una palabra, el cumplimiento de la voluntad del Padre (Mt 7, 21),
especialmente en lo que toca al amor fraterno (Mt 25, 34-40). Todo esto se exige
a quien quiera entrar ya desde ahora en el Reino de Dios.

Jesús perfecciona e interioriza la ley

62. Las exigencias del Reino de Dios las encontramos resumidas en el Sermón
de la Montaña. No se trata de leyes minuciosamente formuladas, ni de un
reglamento impersonal. Jesús nos pone delante del Dios vivo. El perfecciona e
interioriza la Ley, que hasta entonces se había quedado en lo exterior.

Todas las modificaciones que Jesús introduce aparecen formuladas del


siguiente modo: "No sólo... sino también". No sólo el homicidio, sino también la
simple palabra de odio. No sólo el adulterio, sino también la simple mirada y
deseo, y el pensamiento que se consiente. Lo mismo sucede cuando exige que
se diga la verdad, sin necesidad de juramento, en el mandato de no vengarse, y,
finalmente, en la invitación a un amor que no excluya a nadie, ni aún a los
enemigos, imitando la perfección del Padre, que hace salir el sol y envía su lluvia
sobre justos y pecadores (Mt 5, 43-48).

El don del Espíritu

63. Ante el Sermón de la Montaña, el hombre tiene delante la voluntad de Dios


sin velos ni tapujos. La primera reacción del corazón generoso es de asombro y
gozo: "Sí, así es; así debe ser, esto es vida...". Pero inmediatamente surge la
pregunta: "¿Es esto posible?". Y pensamos: "esto no se puede cumplir al pie de
la letra". Precisamente por eso no se puede convertir en simple ley. Sin
embargo, es voluntad de Dios, es la alegría del Reino. Y, de hecho, muchos lo
van experimentando: son aquellos que acogen con fe el Don del Espíritu.
El hombre, en el punto de una opción: acogida o rechazo del reino de Dios

64. La predicación del Reino de Dios sólo ejerce su fuerza salvadora si el


hombre responde con la fe. El Evangelio es "una fuerza de salvación de Dios
para todo el que cree" (Rm 1, 16). Conduce al punto de una opción. No caben
términos medios. Es preciso decidir. Como dice Jesús: "El que no está conmigo,
está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama" (Lc 11, 23).

El rechazo humano del Evangelio tiene su prototipo en la actitud cerrada de


Jerusalén ante la predicación de Jesús: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los
profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a
tus hijos, como la gallina a sus pollitos bajo las alas! ¡Pero no habéis querido!"
(Lc 13, 34). San Pablo experimentará, como Jesús, el rechazo dado a su
predicación y dirá: "Pero no todos han prestado oído al Evangelio..." (Rm 10,
16).

Jesús anuncia y ofrece el perdón de Dios

65. Jesús fue enviado por su Padre, no como juez, sino como Salvador (Jn 3,
17ss; 12, 47). Invita y suscita la conversión en todos los que la necesitan (Lc 5,
32; 19, 1-10), revelando que Dios es un Padre que tiene su gozo en perdonar
(Lc 15) y cuya voluntad es que nada se pierda (Mt 18, 12ss). Jesús no sólo
anuncia este perdón a quien se reconoce pecador, sino que, además, lo ejerce;
da testimonio con sus obras que dispone de este poder reservado a Dios (Mt 9,
5ss; cfr. Jn 5, 27). A los pecadores que se veían excluidos del reino de Dios por
la mezquindad de los fariseos, proclama el Evangelio de la iisericordia infinita.
Jesús los acoge y come con ellos (Lc 19, 1-10; 15, 2). Los que alegran el
corazón de Dios no son los hombres que se creen justos, sino aquellos que
reconocen su pecado (Le 18, 9-14), aquellos que son como la oveja o la dracma
perdida y hallada (Le 15, 7-10). El corazón de Dios Padre, que mostraba Jesús,
en cada uno de sus actos, quedó retratado para siempre en la parábola del hijo
pródigo: el Padre está acechando el regreso de su hijo y, cuando lo descubre de
lejos, siente compasión y corre a su encuentro (Lc 15, 20).

Encontrar a Dios Padre en el centro de la vida

66. Jesús es el revelador de Dios como Padre. En su vocabulario hay una


palabra que lo resume todo: Abba. Es una palabra infantil y confiada, una de las
primeras que afloran en la boca humana: papá, abba. Esta palabra aramaica es
un diminutivo. Así llamaba Jesús a Dios. Y además nos enseña a nosotros a
hacer lo mismo. Para ello nos envía su Espíritu: "Ese Espíritu y nuestro espíritu
dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios" (Rm 8, 16). Jesús revela
que el hombre puede acudir siempre a Dios en el cotidiano quehacer, tal como
es, con sus miserias y necesidades. Confiar en el Padre, encontrar a Dios en el
centro de la vida, es para Jesús el verdadero corazón del Evangelio.

El núcleo de la ley
67. El amor a Dios y el amor al prójimo son constantes fundamentales en la
predicación de Jesús, que no pueden separarse. Ambos mandamientos
constituyen el núcleo de la Ley. Un fariseo, con ánimo de ponerle a prueba, le
preguntó: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? El le dijo:
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley
entera y los profetas" (Mt 22, 36-40).

Alcance universal

68. La predicación de Jesús, radica en Palestina, desborda netamente el


particularismo judío. Tiene alcance universal. La salvación comienza, sin duda,
por los judíos (Cfr. Jn 4, 22), pero el pueblo que se congregará para formar el
Reino de Dios procede de todas partes. El caso del centurión romano es
elocuente. Jesús queda admirado y dice no haber encontrado en Israel una fe
tan grande (Cfr. Mt 8, 10). Y añade: "Os digo que vendrán muchos de Oriente y
Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos;
en cambio, a los ciudadanos del Reino los echarán afuera, a las tinieblas. Allí
será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt 8, 11-12).

Gracia de Dios que transforma al hombre

69. En resumen, según las enseñanzas de Jesús, la realidad del Reino de Dios
no consiste sólo en una elevación moral del hombre, sino, sobre todo, en el don
de la gracia divina que transforma radicalmente al hombre; consiste,
primordialmente, en la presencia vivificante del Espíritu. Dios se da al hombre.

Les anunciaba la palabra con muchas parábolas

70. Para su predicación, Jesús utiliza frecuentemente la parábola, nanación


destinada a ilustrar una verdad por medio de analogías y comparaciones: "Con
muchas parábolas parecidas les exponía la Palabra, acomodándose a su
entender" (Mc 4, 33). Así, de modo sencillo, explica Jesús la génesis, desarrollo
y crecimiento del Reino de Dios. "El Reino de Dios es semejante"... a un poco de
levadura que termina fermentando toda la masa; a un grano de mástaza, la más
pequeña de todas las semillas, que —cuando crece— viene a ser la mayor de
las hortalizas; a una semilla destinada a crecer; a un tesoro escondido en el
campo; a una red... Jesús les hablaba en parábolas a las gentes para que se
cumpliese el oráculo del profeta: "Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré
lo secreto desde la fundación del mundo" (Mt 13, 34-35).

"¿Por qué les hablas en parábolas...?"

71. Jesús se hace entender por medio de parábolas. Sin embargo, hay un
pasaje evangélico en que parece que la parábola no pretende la comunicación
con los que la escuchan. Es éste: "Se acercan a Jesús los discípulos y le
preguntan: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les contestó: A vosotros se os
ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos, y a ellos no. Porque
al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo
que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin
oír ni entender" (Mt 13 10-13; cfr. Mc 4, 10-12; Lc 8, 9-10).

Muchos se quedan en el umbral de la parábola: Tienen embotado el


corazón. Están fuera

72. En quienes se quedan en el umbral de la parábola, Jesús ve cumplida la


profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin
ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han
cerrado los ojos: para no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni entender con el
corazón ni convertirse para que yo los cure" (Mt 13, 14-15). Jesús no se alegra
por ello ni lo desea, sino que, al contrario, lo deplora. Sencillamente, llama la
atención sobre un hecho. Efectivamente, muchos no penetran en el sentido de la
parábola: tienen embotado el corazón, duros los oídos, cerrados los ojos. Están
fuera del reino de Dios (Mc 4, 11).

El plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente


ligadas

73. En la predicación de Jesús, los hechos acompañan a las palabras. Jesús


anuncia una palabra que se cumple. Esto es, los signos acompañan a la
predicación. Es ésta, por lo demás, una característica de la historia de la
salvación que alcanza su plenitud en Cristo. Tal característica es señalada por el
Concilio Vaticano Il: "El plan de la revelación se realiza por obras y palabras
intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación
manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a
su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio" (DV 2). En
definitiva, el estilo de Cristo es ese que utiliza en la sinagoga de Nazaret: `"Hoy
se cumple esta Escritura que acabáis de oír" (Le 4, 21). Es decir, Cristo cumple
con su misión salvadora el Reino de Dios que anuncia.

Los milagros, como acontecimientos del reino de Dios

74. Los milagros de Jesús se inscriben dentro de la perspectiva de la


inauguración del Reino de Dios, anunciado por su predicación. Los milagros son
la palabra de Dios hecha acontecimiento. Frecuentemente, el hombre moderno
se pregunta sobre la relación entre milagro y orden físico, es decir, si los
milagros suceden "fuera de las leyes de la naturaleza". En realidad, la Biblia no
nos explica nunca la relación entre milagro y naturaleza, sino la que hay entre
milagro y Dios. Para los hombres que escriben la Biblia, el milagro es una
experiencia de la intervención de Dios en los sucesos.

El milagro no es una intervención arbitraria y extraña de Dios

75. Nadie nos obliga a considerar los milagros como una intervención arbitraria y
extraña de Dios, como si Dios impidiera el curso de su propia creación. Por el
contrario, el milagro no va contra las fuerzas de la creación, sino que hace brillar
de manera maravillosa el señorío de Dios sobre la naturaleza y la historia, en la
dirección de una plenitud por la que la creación entera gime y sufre dolores de
parto (Rm 8, 22). Como dice Jesús: "Mi Padre sigue actuando, y yo también
actúo" (Jn 5, 17).

Ignoramos lo que Dios puede hacer con el mundo y con nosotros

76. Por ello, en el milagro, lo menos importante es lo que pueda haber de


suspensión de leyes de la naturaleza. El milagro es ante todo una manifestación
de Dios, un signo a través del cual el creyente rastrea la presencia de la nueva
creación, cuya plenitud es Jesucristo resucitado. De este modo el creyente
descubre insospechadas posibilidades que Dios reserva para el hombre y para
el mundo.

Los milagros sirven a la predicación, en cuanto la muestran eficaz

77. Los milagros de Jesús son parte de su predicación. Son el cumplimiento de


su palabra. Donde su predicación o al menos su persona no es acogida con
algún grado de fe, Jesús no obra milagros, por ejemplo, ante un grupo de
hombres cerrados ya de antemano, como sus paisanos de Nazaret, los fariseos
o Herodes. Si es cierto que una vez se lee: "Creedme... Si no, creed a las obras"
(Jn 14, 11), también leemos que Jesús no tenía mucha confianza en quienes
sólo creían por razón de los milagros (Jn 2, 23-24). Y el mismo dice de los
hermanos del rico glotón: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán
caso ni aunque resucite un muerto" (Le 16, 31).

Donde no hay fe no es percibido el milagro. Sin violentar la condición


humana

78. Por parte del hombre, la fe es acogida recepción de la palabra predicada. Si


el milagro es la palabra cumplida, se sigue entonces que, donde no hay fe, no
es percibido el sentido profundo del milagro. Por ello dice Jesús: "Dichosos los
que crean sin haber visto" (Jn 20, 29). Esos son, efectivamente, los que verán.
El Reino de Dios no viene aparatosa ni espectacularmente. El Reino viene,
como Jesús, bajo la figura del Siervo, sin dejarse sentir, sin triunfalismos, sin
apariencias. Los milagros que Jesús lleva a cabo para manifestar el sentido de
su palabra no atentan en nada contra la condición humana de su presencia en el
mundo, y por tanto contra su misión de siervo. No pretenden establecer de
antemano el "paraíso", sino orientar a los hombres hacia lo que anuncia su
mensaje, revelar el poder de liberación del reino de Dios que llega.

El milagro como signo mesiánico acerca de Jesús

79. Con sus milagros, manifiesta Jesús que el Reino mesiánico anunciado por
los profetas está presente en él (Mt 11, 2ss). Pero no es el acontecimiento
milagroso aislado lo que da testimonio de Cristo, sino el acontecimiento, en
cuanto que referido a su Palabra, implica el cumplimiento de la misma. La Iglesia
naciente consideró los milagros como consideró las parábolas y otros gestos del
Señor (por ejemplo, el lavatorio de pies en la última cena; cfr. Jn 13, 1-16). es
decir, como revelaciones o señales para aquellos a quienes se había dado a
conocer los misterios del Reino de Dios (Mc 4, l l ss).

El milagro, anticipación del Reino

80. Para el forastero los milagros eran meros portentos, los hechos de un
taumaturgo entre muchos. Para el creyente eran ante todo acciones admirables
de Dios, anticipaciones del Reino de Dios. Como mera maravilla, el milagro no
tiene valor religioso y, además, tal sensacionalismo es rechazado por Jesús. El
milagro está en relación inmediata con el reino de Dios que Cristo anuncia, con
su persona y con su misión. En definitiva, la incapacidad de muchas hombres
para percibir el verdadero significado de los milagros de Jesús es considerada
por El como equivalente al rechazo de su evangelio y, en último término como
un aspecto del escándalo general al que está expuesto el misterio central de su
persona.

81. Es interesante destacar que Jesús comienza a realizar milagros después de


recibir el Espíritu en el bautismo. Ungido de Espíritu y poder, inaugura la Nueva
Creación (Mt 3, 16), arroja su semilla anticipando lo que está llamada a ser la
humanidad entera. El es el nuevo Adán, el Hombre Nuevo en medio de un
mundo que declina hacia la muerte.

Los apóstoles repiten las acciones salvadoras de Jesús

82. Cuando los apóstoles reciben el Espíritu, repiten asimismo las acciones
salvadoras de Jesús: "Ellos se fueron a pregonar por todas partes y el Señor
cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban" (Mc
16, 20). Los apóstoles toman conciencia de que Jesús está con ellos, según su
promesa.

Dios actúa y Jesús sigue actuando

83. En la Iglesia de hoy, como en la Iglesia naciente (Hch 2, 43; 3, 12ss), Jesús
continúa actuando y haciendo milagros. Hoy como ayer este lenguaje es
incomprendido por el espíritu soberbio o arreligioso, pero lo percibe el que
sabiendo que nada es imposible para Dios se abre a los requerimientos de la fe
y del amor, cuando el contexto religioso del hecho indica que Dios ha hecho
señas.

Tema 17. QUIEN ES JESÚS: MESÍAS, SIERVO, SEÑOR, HIJO DEL HOMBRE,
HIJO DE DIOS
OBJETIVO CATEQUETICO

Que el preadolescente, conducido por la fe de la Iglesia,

 descubra como actitud básica de Jesús su confianza incondicional en el Padre.

 perciba la libertad de Jesús ante las personas y los acontecimientos como expresión de su entrega
total al Padre.

 se acerque al misterio de la persona de Jesús y descubra en El al Hijo único del Padre y Siervo de
Yahvé, que sirve a Dios y salva a los hombres en medio de la humillación, del dolor y la muerte.

 procure vivir personalmente la actitud de Jesús de confianza y servicio.

Interrogantes de todo tiempo

84. Como veíamos en otra parte (Tema 12), la figura de Jesús suscita profundos
interrogantes en todo tiempo: ¿Quién es realmente Jesús? ¿Un gran hombre del
pasado? ¿Un profeta? ¿Un revolucionario? ¿Un hermano para cada hombre?
¿Alguien que actúa en nuestra vida? ¿Aquél sin el cual nada tendría sentido?
¿Qué dice la Escritura sobre El? ¿Cuál es la fe profesada por la Iglesia acerca
de El?

El misterio de Jesús a través de su misión y de su acción

85. El Nuevo Testamento nos presenta a Jesús en acción. Más en concreto, en


misión recibida del Padre. Como punto de partida esta acción y esta misión,
pretendemos acercarnos a un misterio que desborda los esquemas y
dimensiones de nuestro mundo, pues ante Jesús se dobla ahora toda rodilla
(F1p 2, l0). No se trata de escrutar la psicología de Jesús, sino de describir la
manera cómo procedía, de adivinar en su manera de ser una apartura hacia el
misterio presentido en los acontecimientos reveladores... Se trata de captar en lo
más vivo el comportamiento de Jesús y descubrir sus sentidos. Se trata de
acercarnos a su misterio a través de su misión y de su acción. Y en medio de su
ambiente y de su mundo.

Jesús, realmente hombre

86. Uno de los rasgos más sorprendentes de la imagen evangélica, de Jesús es


la presencia intensa de lo corporal. Jesús es realmente hombre. Jesús
experimenta hambre, come, tiene sed, se cansa, se siente asediado por la
multitud, duerme, suspira, llora, suda como sangre, muere... (Cfr. Mc 11, 12; 2,
16; Lc 24, 43; Jn 4, 6-7; Mc 3, 9; 4, 38; 6, 34; Lc 19, 41; 22, 44).

Jesús, en medio de la naturaleza


87. Jesús aparece, además, inmerso en el contexto de su tierra, que desfila por
sus palabras. La naturaleza inanimada: cielo y tierra; sol, luna, estrellas, mar y
olas; nube de poniente y viento sur; arena y roca; lluvias y vientos, relámpagos;
fuentes que brotan... (Cfr. Mt 5, 34-35; Lc 21, 25; 12, 54 ss; Mt 16, 2ss; 7, 24-27;
24, 27; Jn 4, 14). El mundo vegetal: árbol, frutos, uvas, espinas, higos, cardos,
mieses, lirios, caña, semilla, cizaña, mostaza, higuera, vid... (Cfr. Mt 7. 16-20; Jn
4, 35; Mt 6, 28-30; 11, 7; Mc 4, 26-29; Mt 13, 21-32; Lc 13, 6-9; 15, 16; Mt 23, 23;
Jn 12, 24). La naturaleza animal: pajarillos, peces, serpientes, ovejas, lobos,
víboras, palomas, perros, cuervos, polilla, buey. asno, gallina, polluelos, zorro,
mosquito, camello, cordero, cabrito, gallo, gusano... (Cfr. Mt 10, 29; 7, 10.15; 23,
33; 12; 40; 10, 16; 15, 26; Lc 12, 24.33; 13, 15.32.34; 15, 16. 23; 17. 37; Mt 23,
24; 25, 32; Jn 13, 38; Mc 9, 48; Lc 10, 19).

Profesiones, situaciones y clases sociales

88. Más interés aún que por la naturaleza de las cosas, demuestra Jesús por las
actividades y el modo de vivir de los hombres que le rodean. Por sus palabras
pasan, finamente observadas, todas las profesiones, las situaciones y las clases
sociales: sembradores, escribas, segadores, médicos, alguaciles, magistrados,
jueces, testigos, pleiteantes, viñadores, pecadores, arquitectos, pastores,
hilanderas, amasadoras, posaderos, porteros, administradores, cobradores de
impuestos, reyes, negociantes, dueños y arrendatarios; siervos, ricos y pobres...
(Cfr. Mc 4, 3-20; Mt 23, 3; Jn 4, 35-38; Mt 9, 12; Lc 12, 58; Jn 8, 37; Lc 18, 1-5 ,1
13. 6-9; Mt 13, 48; 7, 26; Jn 10, 2-14; Mt 6, 28; 13, 33; Lc 10, 35; Jn 10. 3; Mt 25,
27; Le 16, 1-8; 18. 10-13; 19, 11-27; Mc 12, 1-12; 10, 44; Lc 16, 19-31).

En medio del mundo sin ser del mundo. La originalidad de Jesús

89. Los evangelios, con sencillez y claridad y como con cercanía, dejan
vislumbrar la singularidad que se manifiesta en la manera de situarse Jesús ante
su ambiente. En efecto, todo el mundo en que vive Jesús, todo su mundo en
torno, está dibujado en pinceladas directas y auténticas. Sacerdotes y doctores
de la ley, fariseos y publicanos, ricos y pobres, sanos y enfermos, justos y
pecadores, todos están insertos claramente en el gran acontecimiento que
supone —para cada uno a su manera— el encuentro con Jesús. Y lo
sorprendente es que Jesús está totalmente en medio de ese mundo tan
vivamente descrito y, sin embargo, no es del mundo (Jn 17, 14.16; 8, 23).

Jesús domina la situación en consonancia con los hombres con quienes


se encuentra

90. Cada una de las escenas descritas en los evangelios nos pinta la maestría
admirable con que Jesús domina la situación, en consonancia con los hombres
con quienes se encuentra. De ello nos hablan numerosos discursos y disputas,
en que penetra en el interior de sus adversarios, rebate sus objeciones,
responde a sus preguntas... (Mt 22, 34).
También en su encuentro con necesitados salen de El fuerzas maravillosas; los
enfermos se estrujan en torno a El, sus familiares y amigos le piden ayuda. A
menudo escucha Jesús la petición, pero también puede rechazarla, hacer
esperar o poner a prueba a los que piden. No raras veces se niega y busca la
soledad (Mc 1, 35ss); pero a menudo se adelanta a hacer el bien, con tal que los
necesitados se abandonen a El con entera confianza (Mt 8, 5ss; Le 19. 1 ss).

En vivo contraste con lo que las gentes suponen y esperan

91. En su libertad, rompe las estrechas fronteras que han levantado las
tradiciones y determinadas ideas. Lo que se ve también claramente en el trato
con sus discípulos. Los llama con palabra de mandato, soberana (Mc 1. 16ss);
pero también amonesta y disuade a más de uno para que no le siga (Le 9. 57ss;
14, 28ss). La conducta y el proceder de Jesús están una y otra vez en el más
vivo contraste con lo que las gentes esperan de El o esperan para sí. Como
cuenta Juan (6. 15), Jesús huye de la muchedumbre que quiere proclamarlo
rey... Los dos hijos de Zebedeo hubieron de experimentarlo cuand3 Jesús
rechazó sus ambiciosos deseos.

Jesús fue algo más que un judío piadoso

92. Efectivamente. la originalidad de Jesús se manifiesta en su modo de situarse


ante la religión y ante su ambiente. Por lo que a la religión se refiere, la
educación religiosa judía, perceptible en su mensaje, no fue determinante hasta
el punto de que se pueda describir a Jesús como un "hassid", es decir, como un
judío piadoso. Sin duda alguna, lo fue Jesús; pero, si hubiera sido simplemente
un judío piadoso, 'no hubiera levantado ninguna oposición. Sin embargo, Jesús
fue discutido por su actitud religiosa ante la ley y el culto.

Jesús, la ley y las acusaciones farisaicas

93. Jesús, aunque se muestra muy respetuoso de la Ley, mantiene su autoridad


imperativa e incluso, en algunos aspectos, da una interpretación del
mandamiento más rigurosa de lo habitual (Mt 5, 17-20); sin embargo, critica con
toda libertad, en materia de observancia ritual, usos consagrados por seculares
tradiciones piadosas y, cuando se presenta la ocasión, se libera a sí mismo y a
sus discípulos de tal observancia. En efecto, la conducta práctica de Jesús está
en la base de sus controversias con los fariseos. Los fariseos acusan a sus
discípulos de no respetar las observancias rituales (Mc 7, 2); Jesús los defiende
reduciendo esas tradiciones religiosas a tradiciones meramente humanas.
Tradiciones que importan muy poco al lado de los mandamientos de Dios, que a
veces los fariseos interpretaban de modo que lesionaban los derechos del
prójimo (Mc 7, 9-14).

El sábado "hecho para el hombre"

94. Los fariseos reprochan a los discípulos de Jesús no ser muy respetuosos
con el sábado (Mt 12, 1-8): Jesús irónicamente les recuerda la gran libertad de
David, y les da a entender que si David había usado de tanta libertad en favor de
sus compañeros, con mayor razón podrán tenerla los que acompañan al Hijo del
Hombre. Jesús, en efecto, es mayor que el templo. Pero los fariseos no se
contentan con atacar a Jesús en sus discípulos. Le acusan de que El ta rebién
viola el sábado (Mt 12, 9-14; Le 13, 10-17; Jn 5, 9), o de que no observa la
pureza legal, pues ha tocado a un leproso y a un cadáver (Mc 1, 41; 5, 41; Le 7,
14).

La libertad de Jesús no es arbitraria

95. La libertad que Jesús se toma en relación con determinadas prescripciones


legales no es arbitraria. Jesús pone en evidencia la estupidez de la estrechez
legal de una forma sencilla y directa: "Supongamos que uno de 'vosotros tiene
una oveja, y que un sábado se le cae en una zanja, ¿la agarra y la saca o no?"
(Mt 12, 11). Y en la parábola del samaritano (Lc 10, 30-37) desenmascara la
hipocresía de una religiosidad que pone la ley por encima del prójimo: la
observancia cuidadosa de todas las prescripciones legales no sirve al sacerdote
ni al levita para descubrir en el herido la figura del prójimo. Para Jesús, la ley
alcanza su sentido en el doble mandamiento del amor a Dios y al hombre (Mt 7,
12; 22, 37-40; Mc 12, 28-34). ¡Doble mandamiento inseparable! En definitiva, la
ley no es una norma última, un absoluto: "El sábado se hizo para el hombre y no
el hombre para el sábado" (Mc 2, 27). La libertad de Jesús se ofrece como
libertad para los demás. La ley está en función del prójimo.

Jesús y el culto. No basta la sola participación externa en el culto

96. La libertad de Jesús se muestra también en su actitud ante el culto.


Evidentemente, Jesús es un judío piadoso que sigue la religión de su pueblo:
frecuenta la sinagoga, acude al templo con ocasión de las fiestas. Pero Jesús no
tiene miedo de prescindir de ciertas costumbres cultuales. Y, sobre todo, Jesús
enseña que no es la sola participación externa en el culto lo que salva al
hombre: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los
Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo" (Mt 7,
21).

Jesús y el culto: en función de los dos grandes mandamientos

97. El cumplimiento de la voluntad del Padre se manifiesta así como el


verdadero centro de la religión y del culto. En la línea de los grandes profetas,
que El supera y lleva a consumación, Jesús promueve la integración del culto en
la vida. Por ello el sentido del culto depende también de la propia relación con el
prójimo: "Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo
de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, y vete
primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5, 23-25). El culto queda falsificado
cuando se convierte en un tranquilizante para la dureza de nuestro corazón.
Jesús condena una religiosidad que sólo sirviera para justificar la mala conducta
de sus hipócritas participantes.

El verdadero culto en espíritu y en verdad


98. Jesús da un giro a la misma concepción vigente de lo "sagrado". Hay formas
de religiosidad que tienden a reducir lo sagrado a normas, ritos, lugares, cosas
que le sirven al hombre para descargar en ellos la verdad y la fuerza de su
relación religiosa con Dios. Con Jesús ha llegado el tiempo en que los
verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad (Jn 4, 23). En
efecto, es el don del Espíritu el que permite conocer y adorar a Dios como
Padre. Este es el culto "en verdad" que va a carecterizar el nuevo tiempo
mesiánico y que excede, supera y hace superfluo todo culto religioso anterior, en
concreto, el que tenía lugar en el templo de Jerusalén. Este es un punto central
del mensaje del Nuevo Testamento.

En medio de su ambiente. "Como quien tiene autoridad..."

99. La originalidad de Jesús se manifiesta también en su modo de situarse ante


su ambiente: la familia, los "influyentes", los amigos, la política. En cada
situación Jesús va manifestando su singular misión mesiánica: unas veces
extraña, otras interpela, otras admira. Siempre desborda. Jesús hace sentir sin
rodeos a todo el que se le acerca la inmediatez de Dios. El mismo lleva consigo
esta inmediatez: "El Reino de Dios ya está dentro de vosotros" (Lc 17, 21),
"¡dichoso el que no se escandalice de mí!" (Mt 11, 6). Ello da a su persona una
autoridad serena, que no tiene par: "Se quedaron asombrados de su doctrina,
porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad" (Mc 1, 22).

La misión por encima de la familia. "Ocupado en las cosas de mi Padre..."

100. La figura mesiánica de Jesús desborda a su propia familia. Desde los


acontecimientos que rodearon su nacimiento, "su padre y su madre estaban
admirados por lo que se decía del niño" (Lc 2, 33). Cuando a los doce años lo
encuentran en el templo sentado en medio de los doctores, tras una angustiosa
búsqueda, sus padres quedaron sorprendidos por el hecho y, además, tampoco
comprendieron la respuesta que les dio (Lc 2, 42-50). En definitiva, Jesús se
debe a su propia misión, por encima de su familia. Por ello, "su madre y sus
hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 21).

Imprecaciones contra los "bien considerados". A favor de los pobres

101. Jesús conoce la mezquindad de los "bien considerados" en la sociedad de


entonces: los fariseos, los saduceos, los ricos. Las imprecaciones que lanzó
sobre ellos dejan entrever una extraordinaria indignación (Lc 11, 39ss; Mt 23; Lc
6, 24). Es cierto que entre ellos hay excepciones y Jesús las reconoce
abiertamente (Nicodemo, José de Arimatea, Zaqueo...). Jesús condena en ellos
su actitud presuntuosa (Lc 18, 9-14) y su papel social y religioso (Mt 23). Su
indignación es una toma de postura en favor de los pequeños y de los pobres.
Los "bien considerados", los "autosuficientes" quieren convertir a Dios en su
prisionero. Jesús les arrebata a Dios. Y al quedar Dios en libertad, su libertad es
también la liberación del hombre.

Acogida evangélica a "los despreciados". Al encuentro de los pecadores


102. Jesús prefiere a los "despreciados" de la sociedad: ellos no pretenden
imponer sus caminos para llegar a Dios. Lo dejan libre. Pero no tienen sitio en la
sociedad. Son unos parias, aunque no todos sean pobres, ni mucho menos.
Pero el hombre tiene más necesidad de reconocimiento social que de dinero.
Esos "marginados" son, en primer lugar, los publicanos, hombres de fama
dudosa, cobradores de impuestos y supuestos ladrones. Son odiados y
detestados, como todas las personas dedicadas al fisco. Son también las
mujeres de mala vida. Jesús no es esclavo de los prejuicios sociales: la libertad
con que se separa de los prejuicios no es arbitraria, sino necesaria para cumplir
su misión. A diferencia de los "influyentes", los despreciados de la sociedad
adquieren fácilmente concienoia de su incapacidad e insuficiencia de cara a la
salvación para poner su esperanza en la gratitud y misericordia de Dios.

Un lugar para la amistad

103. Los evangelistas no ocultan el hecho de que Jesús tenía amigos. La


muchedumbre tse admira al ver cómo quería a Lázaro. Ni ocultan tampoco sus
amistades femeninas: Marta, Maríá y quizá Magdalena. Jesús no manifiesta el
menor desprecio hacia la mujer, ni en sus palabras ni en sus actos. Jesús es
libre frente a la presión social y frente a los juicios más o menos severos sobre la
mujer. Su conducta se refleja en su doctrina (Lc 8, 1-4; 10, 38ss; Jn 11, 1-44).

A la mujer, la misma consideración que al hombre

104. Jesús muestra una estima de la mujer realmente excepcionales en la


antigüedad. En contraste con el desprecio rabínico, Jesús concede a la mujer la
misma consideración que al hombre. Dialoga largamente con la Samaritana,
ante el asombro de sus discípulos; un grupo de mujeres le asiste en sus viajes
con los apóstoles; se hospeda en casa de Marta y María, conversando con
ellas... Jesús muestra especial compasión por el sufrimiento de la mujer; se
apiada de la viuda de Naim, que ha perdido a su hijo único, y le dice: "No llores",
resucita al muchacho y se lo entrega a su madre; cura a la hemorroisa en medio
de la multitud; al hablar de la ruina de Jerusalén, se compadece especialmente
de las embarazadas y de las que crían; se preocupa desde la cruz por remediar
la soledad en que queda su madre. Defiende, en fin, a la mujer frente al duro
juicio de los hombres: así en el caso de la adúltera, de la pecadora, de María
Magdalena; así también cuando dice: "Los publicanos y las prostitutas os llevan
la delantera en el camino del Reino de Dios" (Mt 21, 31; cfr. Jn 4, 27; Lc 8, 1-3;
10, 38-42; Mt 20, 20-23; Lc 23, 27-31; Jn 20, 11-18; Lc 7, 11-15; Mc 5, 25-34; Mt
24, 19; Jn 19, 26-27; 8, 1-11; Lc 7, 36-50: Jn 12, 1-11).
"
Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis"

105. En cuanto a los niños, tienen igualmente un puesto en el corazón de Jesús.


El conoce los juegos infantiles; impide que sus discípulos aparten de El a los
niños; los abraza y los pone como ejemplo a los adultos; afirma que quien acoge
a los niños, y a los hombres semejantes a ellos, a El le acogen; condena a quien
los escandaliza; afirma que sus ángeles ven siempre el rostro de Dios y que
Dios no quiere que ninguno se pierda; defiende a los que le aclaman a su
entrada en Jerusalén (cfr. Mt 11, 16-19; Mc 10, 13-16; Mt 18, 5. 6. 10. 14; 21,
15ss).

Decepción en los medios políticos. Ni colaboracionista ni resistente. Y, sin


embargo, "criminal político"

106. En relación con la política de su tiempo, Jesús no se muestra ni


colaboracionista ni resistente. Jesús no teme al poder (es duro con Herodes) y
obra según su misión, sin tener para nada en cuenta unas normas de prudencia
política que serían claudicaciones (Lc 13, 31-34). Pero Jesús se niega además a
verse metido en una resistencia armada contra el poder ocupante. A pesar de
todo, los jefes judíos hicieron condenar a Jesús como criminal político: "Ha
pretendido ser el rey de los judíos" (Jn 19, 19-21). Por razones de uno u otro
signo, la actuación mesiánica de Jesús no pudo evitar la decepción y la
hostilidad de los medios políticos.

Profeta y maestro con autoridad propia

107. Jesús es el hombre que anuncia la llegada del Reino de Dios. Es, por tanto,
un profeta. Pero al mismo tiempo es totalmente distinto de un profeta. De un
profeta se esperaba que, por una sentencia introductoria, dijera de quién
procedía su mensaje: "Así dice Jahvé". Jesús habla por cuenta propia, con plena
autoridad: "En verdad os digo..." Es todo un maestro (rabí). En efecto, Jesús
discute con sus discípulos, con otros maestros, anda errante y enseña en las
sinagogas. Pero su manera de instruir es totalmente nueva: un rabí tenía
obligación de alegar la Escritura o la autoridad de otros maestros; en Jesús, Dios
instruye inmediatamente. Incluso la Escritura es completada por El y, en
realidad, corregida: "... Habéis oído que se dijo..." "Yo os digo."

Jesús, un profeta que vivió como el pueblo

108. Los evangelistas nos refieren que los fariseos acusaban a Jesús de hablar
como un profeta, pero sin vivir como un profeta, y comparaban su manera de
vivir con la de Juan. Juan y sus discípulos ayunaban. Mantenían de este modo la
imagen tradicional de la existencia profética. Jesús vive como el pueblo. Durante
el ministerio de la predicación, fue la aristocracia civil y religiosa la que más se
escandalizó. Un profeta no podía ser un hombre como los demás. Jesús no
resulta digno de crédito. Más bien es peligroso: trastorna el orden definido,
desconcierta las ideas de los demás, rompe las reglas del juego religioso y
social.

Un profeta "que come y bebe..."

109. "¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la
plaza que gritan a otros: Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos
cantado lamentaciones y no habéis llorado. Porque vino Juan, que ni comía ni
bebía, y dicen: Tiene un demonio. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y
dicen: Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores" (Mt
11, 16-19).

Un profeta pobre

110. En su modo de vivir Jesús comparte la inseguridad de los pobres y esa otra
inseguridad propia de quien anuncia el Reino de Dios: "Mientras iban
caminando, uno le dijo: Te seguiré a donde quiera que vayas. Jesús le dijo: Las
zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene
donde reclinar la cabeza" (Le 9, 58).

El celibato de Jesús, opción mesiánica

111. El celibato es un punto en que Jesús no siguió la orientación común de la


vida de los hombres. No hubo en El una falta de aprecio del amor humano, ni
tampoco una renuncia a valores humanos que estuvieran en oposición a valores
sobrenaturales. Cristo hizo una opción entre diversas posibilidades mesiánicas:
no escogió el camino del poder y del dominio, sino el de la debilidad y el
desvalimiento, la ruta silenciosa de una situación vital plenamente humana, que
él vivió a fondo en la significativa posibilidad del celibato. Tal proyecto de vida
dejó sus manos completamente libres para el desempeño de su misión: el
anuncio incondicional del Reino de Dios.

El celibato de Jesús, signo del reino. Una experiencia que se repite

112. Todo aquel que, por la fuerza exclusiva del Reino de Dios, renuncia
espontánea y desinteresadamente a todo, experimenta la fórmula "no necesario,
pero sumamente conveniente", como una pálida traducción de su experiencia
personal. Para él, se trata realmente de un "no poder ser existencialmente de
otro modo". Quien vive la experiencia misma, sabe que ese "deber" es mucho
más fuerte que cualquier orden o cualquier ley. Es la experiencia primitiva de un
apóstol de Cristo, que —vuelto "loco" por haber encontrado el "tesoro escondido"
en el campo de su propia historia— queda ciego para la ,posibilidad,
objetivamente aún abierta, de una vida conyugal: "... y hay quienes se hacen
eunucos por el Reino de los Cielos. El que pueda con esto, que lo haga" (Mt 19,
12).

Libertad insólita, personalidad excepcional, misión arraigada en la


esperanza bíblica

113. En el contexto socio-religioso de su tiempo, Jesús se muestra como un


hombre libre, libre delante de Dios y para Dios; libre delante de los hombres y
para los hombres. Esta libertad es insólita, y los contemporáneos de Jesús lo
reconocían en sus dudas al tratar de definir su personalidad. Algunos veían en
El un "profeta"; otros sospechaban que tenía relaciones con el príncipe de los
demonios. Los evangelistas hablan de una división de opiniones. Cada uno
percibía más o menos conscientemente que esta libertad no tenía fundamento
en sí misma: manifestaba una "realidad" cuyos contornos nadie llegaba a fijar.
Presentían una personalidad excepcional, con origen en un lugar inalcanzable.

Jesús, Mesías, bajo la figura del Siervo

114. Jesús actualiza la función mesiánica optando, en su bautismo y en su


desierto, por el servicio a Dios y a los hombres aun en medio de la humillación,
el dolor y la muerte. El es realmente el Siervo, anunciado por el profeta Isaías:
"Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he
puesto mi espíritu" (Ls 42, 1). El es, como profetizó Juan Bautista, el Cordero de
Dios que lleva sobre sí el peso de nuestros pecados y dolencias (Jn 1, 29; Is 53,
4ss), y al propio tiempo, aquél sobre quien desciende el Espíritu para
comunicarlo al mundo (Jn 1, 33). Jesús es el Mesías bajo la figura del Siervo:
"El, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al
contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por
uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó
obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz" (Flp 2, 6-8).

Jesús, Mesías, manifestado como Señor

115. Jesús cumple su misión confiando en que el Padre no le dejará en la


estacada de la humillación, del dolor y de la muerte. En Jesús toma cuerpo
como en ningún otro la esperanza de Oseas: "Dentro de dos días nos dará la
vida, y al tercer día nos levantará" (6, 2). Efectivamente, tras un breve tiempo, el
Siervo Jesús es glorificado: "Dios lo levantó, sobre todo y le concedió el Nombre-
sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el
Cielo, en la Tierra, en el Abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!,
para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 9-11). Por su resurrección, e' Mesías se
manifiesta como Señor, esto es, como Dios.

El Hijo del hombre, título mesiánico preferido por Jesús

El Hijo del hombre: Siervo y Señor, Hombre y Dios

El Hijo del hombre: de Siervo a Señor. ¡Un procesado... "sobre las nubes

del cielo"!

La clave profunda de "la personalidad" de Jesús:

Hijo de Dios

116. El título hebreo de Mesías (en griego, Cristo; su significado: Ungido) alude
al rey tanto tiempo esperado, que reemplazaría el dominio extranjero por la
soberanía de Dios. Era un título peligroso, pues iba ligado con estrechas
expectaciones nacionalistas, Para indicar su mesianidad, Jesús mismo escogió
una palabra que en las ideas de las gentes tenía menos que ver con la
dominación terrena: el Hijo del hombre. En los evangelios este título aparece
siempre en la boca de Jesús. Su reino no era de este inundo (In 18, 36).
117. "Hijo del hombre" es una expresión muy rica, pues. a la par que la grandeza
de Jesús, indica también la humildad insólita de su mesianidad. En virtud de la
sugerente fuerza significativa de la expresión, aparece claramente la solidaridad
de Jesús con el destino humano, así como su condición divina. Procede de la
profecía de Daniel (Dn 7). A un pueblo creyente, perseguido a muerte por
poderes que son descritos como bestias, se le anuncia una esperanza, un
salvador "como un Hijo de hombre que viene sobre las nubes del cielo", a quien
se le da un reino que no será dest,uido jamás.

118. Tras la confesión de Pedro en Cesárea de Filipo: "Tú eres el Cristo, el Hijo
del Dios vivo", Jesús toma dos precauciones para no ser mal interpretado. La
primera es que no se lo digan a nadie. La segunda es comenzar a decirles que
"el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los
ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días"
(Mc 8, 31). Jesús anuncia, pues, su doble misión de Siervo, primero, y de Señor,
después. El resucitará: "desde ahora veréis que el Hijo del Hombre está sentado
a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo" (Mt 26,
64). A Caifás no se le escapa el significado mesiánico y divino de esta confesión:
"Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: Ha blasfemado.
¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué
decidís?, y ellos contestaron: Es reo de muerte" (Mt 26, 65-66).

119. Jesús no blasfemó: ;Es el_ Hijo de Dios! Lo es desde siempre. Ningún título
expresa mejor el misterio de su persona. Ahí radica la clave profunda de su
"personalidad". Cristo asume su función mesiánica bajo la forma del Siervo,
porque tiene conciencia de sí mismo como lo que es, HIJO DEL PADRE, y
consiguientemente confía en El: "El Señor me abrió el oído; yo no me resistí ni
me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que
me mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor
me ayuda, por eso no sentía los ultrajes. Por eso endurecí el rostro como
pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado" (Is 50, 5-7).

Confianza incondicional en el Padre: actitud básica, actitud filial

120. En efecto, la actitud básica de Cristo, que fundamenta todas las demás, es
su confianza incondicional en el Padre. Jesús vive en profunda comunión con El
(Mt 11, 25-27). Jesús es "el Hijo" (Mt 24, 36; 21, 33ss). Su actitud filial le lleva a
una profunda obediencia a la voluntad de Dios (Hb 5, 7ss; 10, 5-7), voluntad que
aparece configurada en un plan de salivación y que se manifiesta en
acontecimientos de la propia historia.

Confiar en el Padre: Clave del Evangelio de Jesús

121. Esta confianza en el Padre constituye el fondo del Sermón de la Montaña y


es, por tanto, el verdadero corazón del Evangelio (Mt 6, 25ss). En la oración
cristiana nos dirigimos a Dios confiadamente como Padre (Mt 6, 9ss). Confiar en
el Padre es una de las claves del evangelio de Jesús. Buscar el Reino de Dios y
el cumplimiento de su voluntad en nosotros viene a ser lo verdaderamente
importante (Mt 6, 33). Este es el sacrificio de la Nueva Alianza (Hb 10, 5-7).

"El Padre y Yo somos una sola cosa" (Jn 10, 30). Jesús es el Hijo de Dios

122. En el Antiguo Testamento, hijo de Dios era un título usado frecuentemente


para expresar una relación especial del hombre con Dios. Pero en Jesús esta
denominación recibió una grandeza inesperada y una significación única: es "el
Hijo" (Me 13, 32; Mt 24, 36; 21, 33ss), igual al Padre: "los judíos acosaban a
Jesús, porque hacía tales cosas en sábado. Les respondió Jesús: Mi padre
sigue actuando y yo también actúo. Por eso los judíos tenían más ganas de
matarlo: porque no sólo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre
suyo, haciéndose igual a Dios" (Jn 5, 16-18). Según San Juan, todo el Evangelio
se ordena a esto: "que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios" (Jn 20,
31).

Hijo de Dios: con significación única a partir de la resurrección de Jesús.


Fe de la Iglesia

123. Antes de la resurrección de Jesús, el misterio insondable del Hijo único de


Dios, se mantenía en penumbra, y, en alguna ocasión, en claroscuro (piénsese
en el significativo episodio de la transfiguración). A la luz de la resurrección la
Iglesia de todos los tiempos proclama la confesión de fe del Concilio de Nicea
heredero de los anteriores símbolos incipientes y de las fórmulas de fe del
Nuevo Testamento: "Creo en Dios Padre..., y en Jesucristo, su único Hijo,
nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, Dios
verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado; de la misma naturaleza
que el Padre, por quien todo f ue hecho." Tanto el Nuevo Testamento como la
constante fe de la Iglesia nos presenta el misterio de Jesucristo, no simplemente
como el de un hombre en el que Dios está presente, sino como el de un hombre
que es idénticamente la persona divina del Hijo de Dios.

Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios en persona

124. El Nuevo Testamento presenta a Jesús como verdaderamente Dios y


verdaderamente hombre: de un mismo y único sujeto se dicen cosas propias de
Dios y cosas propias de un hombre. De Jesús, el Hijo de Dios, las confesiones
de fe de la Iglesia proclaman que uno y el mismo sujeto es "verdadero Dios" y
"verdadero hombre", nacido de Dios en lo que tiene de Dios y nacido de María
en lo que tiene de hombre. Sin duda, Jesús ama a Dios. Pero su unión con Dios
no radica sólo en ese amor. Tampoco consiste únicamente en que Dios ame a
Jesús y con su Espíritu llene y conduzca su vida como no lo ha hecho con la de
ningún otro hombre. El "hombre" Jesús de Nazaret no es otro sujeto junto al Hijo
de Dios, a la Palabra de Dios, al Señor. Se identifica con El, en el sentido de que
es un "mismo sujeto" con El: el Hijo de Dios nacido como hombre de María,
muerto y resucitado por nosotros. Desde tal identificación previa, Jesús ama
filialmente a Dios Padre y se relaciona con El con una libertad e inmediatez
como ningún otro hombre lo ha hecho.
El Hijo de Dios, implicado realmente en la historia de los hombres

125. El lenguaje con el que la Iglesia expresa su fe en Jesucristo, no es el fruto


de una pura y simple especulación teológica que nada o muy poco tuviera que
ver con el pensamiento bíblico. Cuando la Iglesia confiesa que Jesús de Nazaret
es un único sujeto, una única persona, el Hijo eterno de Dios, en quien culmina
la unión de Dios y del hombre, quiere ser fiel a la Revelación y a la fe cristiana:
Dios mismo, por medio de Aquel que es su Hijo único y su Palabra (y no a través
lle otro, una pura y simple criatura) ha entrado y se ha implicado realmente en la
historia de los hombres, se ha comprometido de veras con ellas y con la
creación entera, sale a nuestro encuentro y nos ofrece la salvación.

"Dios envió a su Hijo, nacido de mujer"

126. La Iglesia reconoce a María como Madre de Dios justamente porque su Hijo
Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, "de la misma naturaleza que el
Padre".
A Nestorio, que se negaba a reconocer en María la Madre de Dios, le escribe su
amigo Juan, obispo de Antioquía. de este modo: "Suprimida esta expresión
'Madre de Dios' y su significado, se seguiría que Dios no sería aquel, que se ha
sometido por nosotros a esta inefable economía (historia de la salvación). No
sería, pues, la Palabra de Dios, quien anonadándose a sí mismo para tomar la
condición de esclavo, nos habría dado esta prueba admirable de amor.
Significaría ello tanto como desconocer la insistencia de las Escrituras en llamar
nuestra atención hacia este amor, cuando ellas nos muestran al Hijo eterno y
único de Dios viniendo a nacer de la Virgen. Este es el sentido clarísimo de lo
escrito por el Apóstol: Dios envió a su Hijo, nacido de mujer." Unicamente si Dios
mismo ha nacido y muerto, como hombre, en Jesús de Nazaret, es decir, si ha
asumido realmente como propio nuestro destino, podemos creer que Jesús de
Nazaret es Dios mismo que, amorosamente fiel a su creación, se da a sí mismo
al mundo y al hombre y los salva para sí. Sólo si Dios mismo se ha hecho
hombre, puede el hombre entrar en comunión con Dios. De no ser así, no
tendría sentido nuestra total vinculación con Jesucristo, como el Señor.

La Encarnación: "La Palabra de Dios se hizo carne"

127. La tradición de la Iglesia llama encarnación a b unión de Dios y el hombre


en un único sujeto o persona: el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret. El prólogo del
evangelio de San Juan proclama: "La Palabra (de Dios) se hizo carne" (Jn 1, 14)
en Jesús, cuya historia narra el autor en el cuerpo de su obra. Con ello no quiere
decir el evangelista que el Dios eterno vino a ser algo así como el alma del
cuerpo de Jesús. "Carne" en oposición a "espíritu", significa, en el lenguaje de la
Biblia, el hombre entero en cuanto débil y mortal. El autor del cuarto evangelio
afirma, pues, que quien era desde siempre la Palabra de Dios, la Vida y la Luz
eterna, vino a ser en Jesús de Nazaret hombre débil y mortal. Ante el hecho de
la encarnación se realiza un profundo discernimiento de los espíritus: "Podréis
conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo,
venido en carne, es de Dios" (1 Jn 4, 2).
Cristo ha venido a ser el Señor del hombre y aun de la creación entera y reclama
nuestra fe y entrega total, porque, Hijo eterno de Dios, se hizo hombre, sin dejar
de ser Dios, naciendo de una mujer (Cfr. Ga 4, 4), despojándose de su rango,
tomando la condición de esclavo y rebajándose hasta la muerte de cruz (Cfr.
F1p 2, 6-8). El Hijo de Dios no sería Señor de los hombres, meta y prototipo
hacia el que todos tienden, si no hubiese asumido para sí una existencia
humana en un mundo como el nuestro o si al asumirla hubiese perdido su ser
divino. No hubiese sido entonces la encarnación aquel acto de amor generoso y
salvador que San Pablo proponía como estímulo de generosidad 'a sus
cristianos de Corinto: "(Nuestro Señor Jesucristo), siendo rico, se hizo pobre por
amor nuestro, para que vosotros fuéseis ricos por su pobreza" (2 Co 8, 9).

Jesús, ni semidios ni semihombre, sino plenamente Dios y plenamente


hombre

128. Uno y el mismo Hijo de Dios es en Jesús de Nazaret "verdadero Dios" y a


la vez "verdadero hombre". Podemos, pues, confesar tanto que el Hijo eterno de
Dios es este hombre nacido de María como que Jesús de Nazaret es el Hijo
eterno de Dios. Pero no por ello sostiene la fe cristiana que Cristo sea algo así
como un ser intermedio entre dios y hombre o como el resultado de una fusión
entre Dios y el "hombre" Jesús o que Dios ejerza en El la misma función que
nuestra alma ejerce en nuestro cuerpo. Después de la encarnación, Dios sigue
siendo Dios, y el hombre, hombre, por más que este hombre, lleno del Espíritu
de Dios, viva completamente entregado a su impulso soberano. Uno y el mismo
Cristo, Hijo único de Dios y Señor, es Dios y hombre, "sin confusión, sin cambio,
sin división, sin separación" entre su realidad divina y su realidad humana. Las
características de cada una de estas realidades no han quedado anuladas, sino
más bien conservadas por la unión de lo divino y humano en la única persona
del Hijo de Dios. Esta es la fe del Concilio de Calcedonia (DS 302).

El Hijo de Dios es realmente hombre

129. No sería fiel a la fe de la Iglesia considerar al "hombre" Jesús a la manera


de un instrumento inerte en manos de Dios. La conciencia, el saber, la libertad,
la alegría, la angustia, el dolor y el amor humanos del Jesús de las narraciones
evangélicas no son una pura y simple apariencia de una intervención de Dios en
nuestro mundo. La Iglesia defendió siempre la verdad e integridad de lo humano
en Cristo: sólo se salvó lo que Dios asumió (Ireneo, Atanasio, Sínodo de
Alejandría, Dámaso Papa, Concilio de Roma del 382). Dios no destruye lo que
quiere salvar, sino lo afirma, libera y exalta. En Cristo lo humano, aun durante su
existencia humilde, débil y mortal, llegó a una conciencia y libertad
excepcionales.
Conforme a la fe de la Iglesia. por la encarnación Dios ha asumido para sí,
uniéndola a la persona de su Hijo, la realidad humana, entera, individual e
histórica de Jesús da Nazaret. Lo humano de Jesús es del Hijo de Dios, pero no
como una cosa lo es de su propietario. El alcance de la unión de la encarnación
va mucho más allá. Dios asume para sí en la persona de su Hijo lo humano de
Jesús de tal manera que, justamente por esa unión, el Hijo eterno de Dios viene
a ser verdaderamente un hombre. Esa unión le da realmente a Dios una
verdadera y nueva manera de ser, la del hombre. Nada de lo humano le falta a
Jesús; antes bien, su realidad de Hijo de Dios salvaguarda y lleva a plenitud su
misma realidad humana. Aquí el hombre es verdadera, original y propiamente
"Imagen del Dios invisible" (Col 1, 15).

Tema 18. MISTERIO PASCUAL DE JESÚS. PASO DE ESTE MUNDO AL


PADRE: PASIÓN Y GLORIFICACIÓN DE JESÚS, NUESTRO REDENTOR

OBJETIVO CATEQUETICO

 Que el preadolescente descubra el misterio pascual de Jesús como el paso de la humillación y de la


muerte a la glorificación y la vida.

 Que el preadolescente trate de profundizar personalmente en el misterio pascual de Jesús, misterio


de muerte y resurrección, de descenso y de subida, de humillación y levantamiento: que procure
comprender, en su vida de fe, que este Misterio posibilita la reconciliación de Dios con el hombre y la
victoria total sobre el mal y, consiguientemente, da todo su sentido y eficacia a la lucha de nuestra
propia vida, también en sus manifestaciones y experiencias diarias.

 Que el preadolescente experimente en su vida de fe la necesidad de la fuerza de Dios, de la


confianza inquebrantable en el Padre, para vencer el miedo al sufrimiento, a las dificultades y a la
muerte.

El proceso de Jesús en el orden religioso. Condenado como un blasfemo

130. "Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso


testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar
de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos
que dijeron: Este ha dicho. Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en
tres días. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: ¿No tienes nada que
responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti? Pero Jesús callaba.
Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres
el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho. Más aún, yo os
digo: desde ahora veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del
Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo. Entonces el sumo
sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: Ha blasfemado. ¿Qué necesidad
tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís; Y ellos
contestaron: Es reo de muerte" (1vIt 26, 59-66).

El proceso de Jesús en la esfera civil. Motivaciones de interés político


131. Los judíos no podían ejecutar a nadie (Jn 18, 31), pues los romanos se
habían reservado el derecho de vida y muerte. Por ello, Jesús fue conducido al
pretorio, para que la autoridad romana pusiera fin al proceso. El gobernador
Poncio Pilato reconoció en Jesús un hombre justo (Jn 18, 38; Lc 23, 22), pero
pesaron decisivamente sobre él motivaciones de orden político: a) El fuero judío:
`"Los judíos le contestaron: Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley tiene
que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios" (Jn 19, 7). b) La amistad del
César: "Los judíos gritaban: Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el
que se declara rey está contra el César" (Jn 19, 12).

Causa oficial de la condena: delincuente político

132. "Entonces se lo entregó para que lo crucificaran" (Jn 19, 16). El Salmo 21
alcanza cumplimiento pleno: "Me taladran las manos y los pies, puedo contar
mis huesos" (v. 17-18). "Encima de la cabeza colocaron un letrero con la
acusación: Este es Jesús, el Rey de los judíos. Crucificaron con él a dos
bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda" (Mt 27, 37-38). La corrupción
del orden religioso y del orden civil dio como resultado conjunto la ejecución de
Jesús. Como un malhechor entre dos malhechores. Causa oficial de la condena:
delincuente político.

Bautismo de muerte y pecado del mundo. "Me han odiado sin motivo"

133. Jesús acepta las últimas consecuencias de su bautismo. Son el cáliz que
tiene que beber. Son las aguas en las que debe ser sumergido (Mc 10, 38-39; Lc
12, 50): "Me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he
entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente" (Sal 68, 3). 0 también:
"La afrenta me destroza el corazón y desfallezco. Espero compasión y no la hay"
(Sal 68, 21). Todo el odio de un mundo pecador se ceba sobre Jesús; se percibe
en el inocente un enemigo que debe morir. Así se cumple lo que está escrito en
la Ley: Me han odiado sin motivo (Jn 15, 25).

El cumplimiento de un salmo: "Repártense entre sí mis vestiduras y se


sortean mi túnica" (Sal 21, 19)

134. "Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo


cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin
costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: No la rasguemos,
sino echemos a suerte y ver a quien le toca. Así se cumplió la Escritura: "Se
repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica" (Jn 19, 23-24; cfr. Mt 27, 35;
Mc 15, 24; Le 23, 34).

"Al verme se burlan de mí"

135. "Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: "Tú, que
destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo
de Dios, baja de la cruz. Los sumos sacerdotes, con los escribas y los ancianos,
se burlaban también diciendo: A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No
es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado
en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de
Dios? Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban" (Mt 27,
39-44; cfr. Mc 15, 29-32; Lc 23, 35-37). También así se cumplió el salmo 21:
"Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del
pueblo; al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: "Acudió al
Señor que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere" (Sal 21, 7-9).

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

136. "Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda
aquella región. A media tarde, Jesús gritó: "¡Elí, Elí! ¿lamá sabaktaní?". (Es
decir: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?) (Mt 27, 45-46; cfr.
Mc 15, 33-34). Este no es un grito de desesperación, sino el comienzo del Salmo
21 (v. 2). Es la oración angustiosa del justo perseguido a muerte, pero oración
también esperanzada: "En ti confiaban nuestros padres; confiaban, y los ponías
a salvo; a ti gritaban, y quedaban libres; en ti confiaban, y no los defraudaste...
Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme" (Sal
21, 5-6.20). Es la proclamación abierta y potente de que todo lo que está
sucediendo a su alrededor supone el cumplimiento de la Palabra de Dios.

"Tengo sed"

137. "Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término,
para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un jarro lleno de
vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo,
se la acercaron a la boca" (Jn 19, 28-29; cfr. Mt 27, 48; Mc 15, 36; Le 23, 36). La
identificación del Salmo 21 resulta sencilla: "Mi paladar está seco lo mismo que
una teja y mi lengua pegada a mi garganta" (v. 16).

Muerte de Jesús. No podía ya bajar más abajo

138. "Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: Está cumplido. E inclinando la cabeza,
entregó el espíritu" (Jn 19, 30). San Lucas añade que murió dando un fuerte grito
y diciendo: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46; cfr. Sal 30,
6). Con este gesto supremo Jesús desciende a lo más profundo, donde puede
caer un hombre, al reino de la muerte. Jesús muere realmente. Esto es lo que
dice especialmente el Símbolo Apostólico con esta expresión cuyo significado no
siempre se entiende bien: "Descendió a los infiernos". Jesús no podía ya bajar
más abajo. La muerte del hombre en general no es nunca un acontecimiento
puramente biológico. La muerte, después del pecado, constituye la más
profunda de todas las humillaciones: la muerte es la señal de una humanidad no
rescatada, de una humanidad abandonada a su propia suerte, de una
humanidad pecadora (Rm 5, 12). En Virtud de la muerte de Cristo, el morir, con
toda su humillación, puede transformarse en cumplimiento de fe en Dios y
confianza en El y por tanto convertirse en cauce de salvación.

Resurrección de Jesús: no era posible que Jesús se quedara en la muerte


139. Lo que pasó después es proclamado por Pedro el día de Pentecostés como
el centro del anuncio cristiano: "Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús
Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio
los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y
sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de gentiles, lo
matásteis en una cruz. Pero Dios le resucitó rompiendo las ataduras de la
muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio... Dios resucitó
a este Jesús y todos nosotros somos testigos. Ahora exaltado por la diestra de
Dios ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha
derramado. Esto es lo que vais viendo y oyendo" (Hch 2, 22-24.32-33).

Resurrección, Ascensión, Pentecostés: tres aspectos de un solo misterio,


la glorificación de Jesús

140. El misterio de la Resurrección de Jesús (su victoria sobre la muerte) es


inseparable del misterio de su Ascensión (su exaltación a la derecha de Dios) y
está íntimamente unido al misterio de Pentecostés (la acción del Espíritu que da
testimonio a favor de El). Son estos tres aspectos de un único misterio: la
glorificación de Jesús. En la liturgia las tres fiestas correspondientes son
celebradas en el contexto unitario del tiempo pascual.

Ascensión: quien descendió a lo más bajo, fue levantado a lo más alto

141. "Ellos lo rodearon preguntándole: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar
el reino de Israel? Jesús contestó: No os toca a vosotros conocer los tiempos y
las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu
Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en
Jerusalén y en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo. Dicho
esto lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras
miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de
blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El
mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto
marcharse" (Hch 1, 6-11).

Ascensión: Cristo, presente en nuestro mundo

142. Jesús pasa de este mundo al Padre (Jn 13, 1). Se va "sobre las nubes al
cielo" (la "nube" es un símbolo bíblico que indica la presencia de Dios). Quien
había descendido a lo más bajo, fue levantado a lo más alto: sentado a la
derecha del Padre (Mc 14, 62). Con ello, Jesús no abandona nuestro mundo,
sino que de un modo nuevo se hace presente en él: "Me voy y vuelvo a vuestro
lado" (Jn 14, 28).
Así lo proclama la liturgia en el prefacio de la Ascensión: "Porque Jesús, el
Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido
(hoy), ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador
entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos. No se ha ido para
desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza
nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente
esperanza de seguirlo en su Reino". En su ascensión, Jesús no marcha a un
lugar lejano, sino que participa en alguna manera del modo de presencia según
el cual Dios está en medio del inundo. El Reino de Dios se realiza sobre nuestro
mundo concreto, el mundo en que vivimos.

El misterio pascual: un movimiento de descenso y de subida

143. Jesús pudo arrostrar su propia muerte y esperar con segura confianza que
en ella había de triunfar su Padre. De ello dan testimonio sus palabras ante el
sanedrín (Mc 14, 62), o las tres solemnes predicciones de su misterio pascual,
tal como nos la relatan los sinópticos (Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33-34 y par.). Jesús
nos describe su destino con un ritmo a tres tiempos: el Hijo del hombre es
desechado por el pueblo y entregado a los gentiles; luego es atormentado,
humillado, inmolado; y al tercer día resucita. El anuncio de la resurrección al
término de la pasión no tiene por única finalidad iluminar el cuadro con una
ráfaga de luz. A los ojos de Jesús la resurrección forma parte de su misión junto
con la muerte; por eso está vinculada a su destino mesiánico y así se lo explica
a sus discípulos: "Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus discípulos que
tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los sumos sacerdotes
y de los ancianos, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día" (Mt 16,
21).

El tercer día: una esperanza cierta, como la aurora

144. A pesar de todos sus esfuerzos, los hombres no pueden suprimir el


sufrimiento, ni tampoco pueden vencer la muerte. Ante esta experiencia
desconcertante, Jesús confía en Dios, tiene la seguridad de que el Padre le
librará: "Yahvé da muerte y vida, hace bajar al seol y retornar" (1 S 2, 6). Dios
saca de la muerte la vida. Esta es la confianza del pueblo creyente, que aparece
de diversos modos en el Antiguo Testamento (Cfr. Ez 37; Jon 2, lss; Jb 19, 25-
26; Dn 12, 2; 2 M 7; 12, 43-46) y que subyace en este texto del profeta Oseas:
"En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará; y viviremos delante de El.
Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su
sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como
lluvia tardía que empapa la tierra" (Os 6, 2-3). Para Oseas, sin embargo, los
crímenes de Israel hacen presuntuosa y vana esta confianza: el pueblo carece
del verdadero conocimiento de Dios; su amor es efímero y falso. Dios les dejará
de su mano (Cfr.Os 6, 4.6; 5, 15).
En Jesús, cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre, la confianza no será
vana, sino que se cumplirá totalmente: al tercer día resucitará (Mt 16, 21; 17, 23;
20, 19). Para quien vaya en pos del conocimiento de Dios, siguiendo a Jesús,
Dios le prepara un "tercer día" más allá del dolor y de la muerte. Tras un breve
tiempo, es liberado todo aquel que cumple la voluntad de Dios. Esta esperanza
es tan cierta como la salida del sol.

El cumplimiento más profundo de lo que estaba escrito


145. Varios salmos (15, 21, 29, 30, 34, 39, 40, 48, 54, 68, 101, 108, 117) refieren
sufrimientos similares a los de Cristo y una liberación providencial que prefigura
su resurrección. Ahora bien, como e] Antiguo Testamento no llegó a percibir sino
tardíamente la supervivencia del hombre tras la frontera de la muerte, esta
plenitud de vida no pudo ser expresada perfectamente. Palpita en los salmos
una intuición que no pueden reproducir enteramente, y se queda a mitad de
camino. Esta profundísima tendencia irradia por doquier. Esta intuición no se
manifestó claramente hasta la plenitud de la revelación. Jesús cumplió en sí los
salmos de liberación, lo mismo que cumplió las profecías sobre el reino de Dios;
en la medida en que realizó el sentido más profundo de lo que estaba escrito. La
liberación en el umbral de la muerte se convierte, por obra suya, en liberación
más allá del umbral de la muerte. Así se cumplieron en El los salmos,
alcanzando su consumación el sentido último al que se orientaban.

Cara y cruz del misterio pascual: unidas en una misma hora

146. San Juan nos ayuda a descubrir que los dos aspectos opuestos del misterio
pascual (descenso-subida, sombra-luz, humillación-glorificación) se hallan
ineludiblemente unidos en la misma hora. Unas veces tiembla Jesús ante esta
hora, otras suspira por ella como por su gloria y su gozo. Cierto que las más de
las veces aparece bajo un aspecto severo (Jn 7, 30; 8, 20; 12, 27). Si Jesús la
llama una hora de gloria (17,1), no se deduce de ello que la muerte en sí misma
no sea en absoluto para San Juan un abatimiento. La pasión es la hora del
príncipe de este mundo (14, 30), el tiempo de la humillación que teme Jesús (12,
27). Si la hora es magnífica, lo es por razón no de la muerte misma, sino de la
gloria a que pasa Jesús en su muerte. "Ha llegado la hora de que sea glorificado
el Hijo del hombre" (12, 23).

Sobre el fondo del éxodo: una brecha abierta por Dios más allá de la
muerte

147. El misterio pascual de Jesús se desenvuelve sobre el fondo del éxodo. En


el contexto de la pascua judía, Jesús celebra su muerte como un paso, como un
éxodo: "He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros
antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se
cumpla en el Reino de Dios" (Lc 22, 15-16). Los cantos de liberación y acción de
gracias (Salmos 112-117) que cierra la celebración de la Pascua judía adquieren
entonces una dimensión inenarrable de confianza incondicional en Dios Padre,
más allá de la propia muerte: "Empujaban y empujaban para derribarme, pero el
Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación" (Sal
117, 13-14).

La victoria de Cristo sobre la muerte, una victoria para todos

148. Para los discípulos la muerte de Jesús fue un escándalo; podía ser la
prueba de que Cristo no era el "redentor" esperado: "nosotros esperábamos,
dicen los de Emaús, que él fuera el futuro liberador de Israel" (Le 24, 21).
Iluminados por la acción del Espíritu y hechos testigos de la resurrección (Hch 1,
8; 2, 32), comprenden que la pasión y la muerte de su maestro, lejos de fustrar
el plan salvador de Dios, lo realizan "según las Escrituras" (1 Co 15, 4). La
muerte de Cristo, aparentemente una derrota, era en realidad una victoria no
sólo para El, sino para la humanidad y para el mundo: "la piedra que desecharon
los arquitectos, es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha
sido un milagro patente" (Sal 117, 22-23; cfr. Mt 21, 42; Hch 2, 33).

Redimidos por la muerte de Jesús

149. Jesús nos ha rescatado mediante su muerte. La palabra hace recordar


cómo Dios rescató a Israel de Egipto. En ambos casos la palabra "rescate" es
una imagen: la realidad expresada es que Dios salva. El gran misterio consiste
en que el Reino de Dios se ha difundido aún cuando los hombres dimos muerte
a Jesús, el Inocente, "y una muerte de cruz" (Flp 2, 8). En el mayor pecado brilló
el mayor amor. Así hemos sido redimidos por la muerte de Jesús, de forma que
"donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un
árbol, fuera en un árbol vencido" (Prefacio de la cruz).

El juicio del mundo

150. Por su muerte y resurrección, Jesús es vencedor del mundo, de ese mundo
que, como dice San Juan, no le ha conocido (Jn 1, 10) y le ha odiado (Jn 15,
18). Jesús no es del mundo (Jn 8, 23; 17, 14), por eso le odia el mundo. Odio
loco que domina aparentemente el drama evangélico, odio que provoca
finalmente la condena a muerte de Jesús. Pero en este mismo momento se
invierte la situación: entonces tiene lugar el juicio del mundo y la caída de su
príncipe (Jn 12, 31), porque Jesús, dejando este mundo, vuelve al Padre (Jn 16,
28), donde está sentado junto a El (Jn 17, 5), y desde donde dirige la historia.
Desde entonces el Espíritu hace la revisión del proceso de Jesús, mostrando a
sus discípulos que el pecado está de parte del mundo, que la justicia está de
parte de Jesús, y que el verdadero condenado, en ese proceso, es el príncipe
de este mundo (Cfr. Jn 16, 8211; Cfr. Tema 20).

La nueva alianza, realizada en la sangre de Cristo

151. El marco pascual de la última cena (Mt 26, 2; Jn 11, 55ss; 12, 1; 13, 1)
establece una relación intencionada entre la muerte de Cristo y el sacrificio del
cordero pascual. Jesús viene a ser nuestra pascua (1 Co 5, 7; Jn 19, 36), el
cordero inmolado (1 P 1, 19; Ap 5, 6), inaugura en su sangre la nueva alianza
(1 Co 11, 25), realiza la expiación de los pecados (Rm 3, 24ss), la reconciliación
entre Dios y los hombres (2 Co 5, 19ss; Col 2, 14). La muerte de Jesús, su
sangre, no es tanto ofrenda a Dios cuanto ofrenda de Dios. Jesús da su sangre
no a un Padre que reclama castigo, sino a nosotros. La sangre de Dios es
derramada en favor nuestro. Por ella estamos unidos: la nueva alianza es en su
sangre. Así lo dice Jesús en la cena de despedida: "Esta es mi sangre, sangre
de la Alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados" (Mt 26, 28;
cfr. Ex 24, 8).
Incorporados al misterio de la muerte y resurrección de Cristo

152. Jesús ha entrado totalmente en este mundo nuestro marcado por el pecado
y la muerte. Se ha hecho uno de nosotros, para que nosotros seamos como El.
Se ha convertido en hombre maldito colgado del madero para librarnos a
nosotros de la maldición que supone la violación de la Ley (Cfr. Ga 3, 10-14; 2
Co 5, 21; 1 P 2, 21-25). Jesús coge el mal por su raíz, por el pecado. Y lo hace
así por su obediencia hasta la muerte: "sus cicatrices nos curaron" (Is 53, 5).
Hasta el fracaso deja de ser un destino solitario, puesto que significa que somos
sumergidos en la muerte de Cristo. Por el Bautismo entramos en este misterio
(cfr. Rm 6, 3ss) y cuantas veces celebramos la Eucaristía participamos de él:
"Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la
muerte del Señor, hasta que vuelva" (1 Co 11, 26; cfr. 11, 23ss). No se le quita al
dolor su amargura, pero sí su fatalidad. Debemos ante todo asumir el dolor hasta
el final, beber el cáliz (Cfr. Mc 10, 38-39), confiando, como Jesús, que nosotros
también seremos liberados. Los cristianos creemos que la muerte y la desgracia
no son lo último, un destino oscuro, pues Dios nos hace ver que de ahí puede El
sacar la vida y la felicidad.

Una situación objetiva y nueva en las relaciones del hombre con Dios

153. Por la muerte y resurrección de Cristo se crea una situación objetiva nueva
en las relaciones del hombre con Dios. La muerte de Cristo abre a todos los
hombres el camino del encuentro definitivo con Dios, da a todos la posibilidad de
participar plenamente de la vida y del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El misterio pascual de Jesús, en la lucha diaria del creyente

154. El misterio pascual de Jesús debe abrirse paso cada día en la vida del
creyente como el fundamento único de la esperanza, como la garantía de que
podemos superar el fracaso, sobre todo, el aparente fracaso de la muerte. Ese
misterio nos sostiene en las dificultades de nuestra vida diaria, como sostuvo a
Pablo en su lucha cotidiana: "Continuamente damos prueba de que somos
ministros de Dios con lo mucho que pasamos: luchas, infortunios, apuros,
golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer;
procedemos con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu
y amor sincero, llevando la palabra de la verdad y la fuerza de Dios. Con la
derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la justicia, a través de la
honra y afrenta, de mala y buena fe. Somos los impostores que dicen la verdad,
los desconocidos conocidos de sobra, los penados nunca ajusticiados, los
afligidos siempre alegres, los pobretones que enriquecen a muchos, los
necesitados que todo lo poseen" (2 Co 6, 4-10).

Fe inquebrantable ante el horror de la cruz: "Tú levantas mi cabeza"

155. La vida del creyente está señalada por la cruz, necedad para unos,
escándalo para otros (1 Co 1, 23). "En el país donde crece el peor de los
árboles, la cruz, no hay nada digno de alabanza", decía un pensador no
cristiano. El creyente, sin embargo, acepta la cruz de Cristo, no en cuanto la cruz
sea un lugar de dolor, sino porque en ella se manifiesta la fuerza de Dios (1 Co
1, 18) : Llevamos siempre en nuestros cuerpos el morir de Jesús, dice Pablo,
pues así también la vida de Jesús se manifiesta en nuestra carne (2 Co 4, 10).
En el misterio pascual de cada día experimentamos hasta qué punto es realidad
operante esta fe inquebrantable en el Padre: "Tú levantas mi cabeza" (Sal 3, 4).

CAPITULO II
DIOS PADRE Y EL ESPÍRITU.
LA SANTÍSIMA TRINIDAD

• EL ROSTRO DE DIOS PADRE.

• LA HORA DEL ESPÍRITU HA LLEGADO.

• EL MISTERIO DE DIOS: DIOS ES AMOR Y AMOR ENTRE PERSONAS.

Tema 19. EL ROSTRO DE DIOS PADRE

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente:

• descubra a Dios Padre, lleno de misericordia, de ternura, de fidelidad y de amor,

• descubra cómo el cristiano ha de superar el miedo y la angustia, abriéndose a la confianza en el


Espíritu de nuestro Padre que está con nosotros.

Jesús, el mejor intérprete del Padre. El misterio religioso del hombre

156. Jesús ha mostrado que el gran misterio religioso del hombre consiste en
reconocer a Dios como Padre en el corazón de la propia vida. ¿Qué significa
esto? Dios es el gran misterio del hombre, "a Dios nadie le ha visto jamás" —
dice San Juan (1, 18)—. Y dice también: "El Hijo único que está en el seno del
Padre, es quien lo ha dado a conocer". En efecto, Jesús es el gran revelador, el
mejor intérprete del Padre. Cada acontecimiento de su vida deja al descubierto
el rostro de Dios. Sólo Jesús pudo revelarnos definitivamente quién es realmente
Dios y sólo El lo continúa haciendo: "Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél
a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11, 27). Se trata de un conocimiento vital
y salvador.

Vivir como esclavos bajo el peso del temor. Experiencia profunda

157. Cuando Pablo habla a las primeras comunidades cristianas de haber vivido
como esclavos bajo los elementos del mundo y les recuerda que no han recibido
un espíritu de esclavos para recaer en el temor (Ga 4, 3-6; Rm 8, 14-16), se
refiere a una experiencia profunda que los destinatarios han vivido o están
viviendo: el peso esclavizante de un temor que no puede ser alejado. En este
terreno, Pablo se mueve con seguridad. Percibe el secreto mejor ¡guardado de
una existencia vivida de espaldas a Dios: ese secreto radica en el temor, aunque
éste permanezca enmascarado. A los romanos, a los gálatas y a nosotros nos
ayuda Pablo a reconocer en nuestra experiencia de esclavitud y de temor
nuestra secreta situación de condena.

Nadie puede vivir a Dios como Padre si no vive la vida con confianza:
como don de Dios

158. En esa raíz de la propia existencia se manifiesta la originalidad y la fuerza


propia de la fe. Tendemos a conjugar la imagen que tenemos de Dios y la
imagen que tenemos del mundo y de la vida. Nuestra relación con Dios como _
Padre, y nuestra confianza filial en El, implica reconocer el mundo y la vida como
don de Dios. La confianza en Dios es fuente de la confianza "básica" para poder
vivir. Es difícil vivir a Dios como Padre, si no se vive la realidad entera como don
de Dios. Con confianza. Más aún, esto condiciona la configuración de la propia
identidad, de forma que podría decirse: "Dime qué imagen tienes de Dios (o de
la vida) y te diré quién eres."

De espaldas a Dios, la vida humana se agosta

159. Los psicólogos dicen que el sentimiento de identidad se desarrolla viviendo


en confianza. Y se vive en confianza cuando sentimos que alguien está con
nosotros, nos acepta, nos ama. E inseparablemente, cuando también somos
nosotros todo esto para quienes nos rodean. Sin embargo, una y otra vez surgen
interrogantes que sitúan la vida humana en una tensión abierta entre la
confianza y el temor. El aburrimiento, el tedio y la angustia nacen en nosotros de
sentir el fondo de nuestra propia inconsistencia. La angustia corroe todas las
cosas del mundo y pone al descubierto todas las ilusiones. Sin embargo, la
angustia nos ha servido a los hombres con mucha frecuencia, para ponernos
delante de Dios. De espaldas a Dios, la vida humana se agosta. Como dice el
profeta Jeremías: "Doble mal ha hecho mi pueblo a mí me dejaron, Manantial de
aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no
retienen" (2, 13). Si el hombre quiere alcanzar su salvación, habrá de renunciar a
su autonomía idolátrica y abrirse a la acción salvadora de Dios. Entonces la vida
será ante todo el fruto siempre nuevo de un don que viene de Dios. En realidad,
la fe nos libera de la ilusión, de creer que podemos fundar nuestra existencia
personal en virtud de nuestra propia decisión. Tal ilusión viene a ser una
pretensión idolátrica que destruye al hombre mismo.

Jesús, revelador definitivo del plan de Dios. Una historia de amor

160. Jesús, el revelador de Dios, funda su misión en las decisiones del Padre,
que se le van manifestando en el interior de los mismos acontecimientos: Mi
alimento es hacer la voluntad del Padre (Jn 4, 34; Le 22, 42; Jn 14, 10-31).
Jesús invita a todos a abrirse como niños al plan de Dios (Mc 10, 15), un plan
preparado desde toda la eternidad y manifestado progresivamente en la historia
humana, un plan que le devuelve al hombre la confianza de que en todas las
cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Rm 8, 28).

El comienzo del plan de Dios: "El espíritu de Dios aleteaba sobre la


superficie de las aguas..."

161. El plan de Dios es una historia de amor. Ya desde sus comienzos. la


creación es un gesto de amor por parte de Dios. Acoger el mensaje cristiano de
la creación es creer en el amor. Es poner el amor en el principio mismo del ser,
es explicar el origen del mundo a partir de una generosidad misteriosa. Es
concebir el mundo como un don, considerar toda la realidad como dependiente
de una benevolencia vigilante. Utilizando una imagen expresiva, la del ave que
aletea sobre el nido donde nacerán sus polluelos, el relato bíblico de la creación
(Gn 1, 1 ss) presenta la acción de Dios amorosa y vigilante sobre la realidad
llamada por El a la existencia.

Ante el pecado del hombre, el amor de Dios se manifiesta como


misericordia

162. La historia humana aparece desde sus orígenes como historia de pecado.
Los primeros capítulos del Génesis (2-11) describen abundantemente el impacto
del pecado en medio de un mundo que, en cuanto salido de las manos de Dios,
era bueno (Gn 1, 4.10.12.18.21.25.31). El pecado domina de forma casi
absoluta, es "señor del mundo": entregados a la dureza de su propio corazón,
los hombres caminan según sus designios (Sal 80, 13). En este contexto, Dios
llama a Abraham a una experiencia de fe y amistad y lo que hizo con él piensa
hacerlo con todas las naciones de la tierra (Gn 12, 3). Ante el pecado del
hombre, el amor de Dios aparece como misericordia: "Tenía mis manos
extendidas todo el día hacia un pueblo rebelde y provocador" (Rm 10, 21; Ts 65,
2).

Dios actúa en la historia gratuitamente. "Me manifesté a quienes no


preguntaban por mí"
163. El rostro de Dios Padre se manifiesta en la historia de Israel. Dios actúa en
ella. También en la historia humana. Siempre de forma gratuita. Es significativo
que Abraham fuera llamado por Dios cuando era incircunciso, cuando no era
creyente. Esto lo tiene muy presente Pablo (Rm 4, 9-12), pues Abraham es así
figura de todos los creyentes, llamados por Dios cuando éramos enemigos (Rm
5, 6-11; 2 Co 5, 18). Así se cumple la palabra del profeta Isaías: "Fui hallado de
quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí" (Is
65, 1; Rm 10, 20).

Como a la niña de sus ojos

164. Israel ha experimentado especialmente la acción amorosa de Dios. Yahvé


se reveló como padre de Israel en el éxodo: "Lo encontró en una tierra desierta,
en una soledad poblada de aullidos: lo rodeó cuidando de él, lo guardó como a
las niñas de sus ojos. Como el águila incita a su nidada revolhndo sobre los
polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas. El Señor
sólo los condujo, no hubo dioses extraños con él" (Dt 32, 10-12).

Como quien alza a un niño contra su mejilla

165. Toda la historia de Israel está presidida por el amor de Dios. Oseas expresa
gráficamente su inmensa ternura: "Cuando Israel era joven le amé, desde Egipto
llamé a mi hijo. Cuando le llamaba, él se alejaba, sacrificaba a los Baales,
ofrecía incienso a los ídolos. Yo enseñé a andar a Efraím, le alzaba en brazos; y
él no comprendía que yo le curaba. Con cuerdas humanas, con correas de amor
le atraía; era para ellos como el que levanta el yugo de la cerviz, me inclinaba y
le daba de comer" (Os 11, 1-4).

"Yo no te olvidaré... En mis palmas te llevo tatuada"

166. Isaías compara el amor de Yahvé, que no olvida, al amor de una madre:
"¿Puede una madre olvidarse de su criatura. no conmoverse por el hijo de sus
entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Mira, en mis palmas te
llevo tatuada" (Is 49, 15-16).

Los ángeles son servidores de Dios, enviados para cooperar como


ministros de la salvación de Cristo en nuestro favor

167. El amor de Dios y su presencia en la historia de los hombres se manifiesta


también a través de enviados, mensajeros o ángeles. La Escritura habla a
menudo de los ángeles. Ellos son cooperadores de la bondad de Dios, espíritus
inteligentes y libres, fuerzas poderosas del bien, que nos asisten en nuestra
peregrinación terrestre: "¿Qué son todos (los ángeles) sino espíritus en servicio
activo, que se envían en ayuda de los que han de heredar la salvación?" (Hb 1,
14). Cristo, por ser "el Principio", "el primero en todo" (Col 1, 18), es el Señor de
los Angeles: "tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es
el nombre que ha heredado" (Hb 1, 4); Dios le otorgó (a Jesús) el Nombre que
está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble (F1p
2, 9-11). Cuanto se dice de los ángeles en la Escritura proclama el alegre
mensaje de que Dios se ocupa y preocupa de mil maneras de nosotros. Su
existencia es una verdad de la doctrina católica (Cfr. Pablo VI, CPD 8).

Jesucristo, máxima prueba de amor por parte de Dios

168. La prueba suprema del amor nos la da Dios en la persona de Jesucristo.


Dios ha amado tanto este mundo pecador que ha enviado a quien quiere, a su
Hijo muy amado, aun sabiendo que sería rechazado, sacrificado: "Cuando
nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por
los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de
bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que
Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 6-8).

Confiar en Dios Padre, centro del mensaje de Jesús

169. La revelación de Dios como Padre está en el centro del mensaje de


Jesucristo. El secreto de la vida humana consiste en llegar a confiar en Dios.
Son los "pequeños", los que, humildes, creen y confían, los que descubren su
acción y su presencia (Mt 11, 25), los que acogen la llegada del Reino de Dios,
los que piden el cumplimiento de la voluntad del Padre: "Padre nuestro dd1
cielo, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra
como en el cielo" (Mt 6, 9-10).

Delante de Dios, tal como somos y como vivimos

170. Jesús nos enseña que el hombre puede acudir siempre al Padre, tal como
es en lo profundo de su vida, con sus miserias necesidades ordinarias: "Danos
hoy el pan nuestro de cada día, Perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros
hemos perdonado a los que nos han ofendido; no nos dejes caer en tentación,
sino líbranos del maligno" (Mt 6, 11-13). Quienes así se presentan delante de
Dios saben también qué cosa es la fundamental: "Sobre todo, buscad el Reino
de Dios y su, justicia, lo demás se os dará por añadidura" (Mt 6, 33).

El corazón de Dios Padre. Entre el respeto a la libertad del hijo y la


misericordia

171. El corazón de Dios Padre lo manifiesta Jesús de forma incomparable en la


parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32), parábola que podría llamarse del padre
misericordioso. En realidad, la figura principal es el padre. En el contexto del
Evangelio, Dios no aparece como el padre que atranca la puerta para que los
hijos no salgan de noche, sino como luz que alumbra, como brújula que orienta
al hombre en sus opciones, que no lo abandona en el ejercicio arriesgado de la
libertad, y que crea nuevas perspectivas de liberación, rehaciendo los epílogos
que parecían desastrosos.

Paternidad de Dios, crecimiento y maduración del hombre


172. La paternidad de Dios no es una paternidad opresora que reduce al hombre
a la pasividad, a una dependencia infantil, al mero sentimiento de culpabilidad, a
la anulación de su propia personalidad. Por el contrario, la paternidad de Dios
vivida con los sentimientos de Cristo y bajo la acción del Espíritu, ayuda al
hombre a ser más responsable, más libre, más consciente. Dios Padre, al
ofrecernos su perdón, suscita en nosotros una esperanza liberadora. Todas las
etapas del hijo pródigo, desde la partida hasta el regreso, son rescatadas por el
abrazo del Padre. El regreso a la casa del Padre es el redescubrimiento del
sentido de las cosas y de los acontecimientos. La paternidad de Dios no se
opone —antes al contrario— al más profundo desenvolvimiento del hombre.
Dios es Creador y Salvador.

La confianza evangélica, escándalo para el hombre

173. Jesús nos invita a confiar en el Padre y a no ser esclavos de la


preocupación angustiada: "No os agobiéis por el mañana, porque el mañana
traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos" (Mt 6, 34). La
confianza en el cuidado de Dios providente es una característica del espíritu
evangélico. Esta confianza en Dios resulta escandalosa para quienes viven
agobiados por la preocupación por tantas cosas: acumulación de riquezas,
aumento de comodidades, salud y enfermedad, guerra y paz, y, finalmente, la
muerte.

Por el miedo a la muerte, vivimos esclavizados de por vida

174. La muerte... Muchos pensadores afirman que, para poder escapar a la


preocupación de la muerte, el hombre se aturde, juega, se divierte, se consagra
"a los negocios": y todo para olvidar. Esto mismo percibe el autor de la Carta a
los Hebreos, cuando dice que el hombre, por el miedo que tiene a la muerte,
vive esclavizado de por vida (Hb 2, 15).

No andéis agobiados...

175. Es sorprendente la insistencia evangélica de Jesús: "No estéis agobiados


por la vida pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo pensando con
qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el
vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin
embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que
ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al
tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los
lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto,
estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo
y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por
vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o
qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas
cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre
todo, buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.
Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio
agobio. A cada día le bastan sus disgustos" (Mt 6, 25-34; cfr. Mt 10, 19; Me 13,
11; Lc 12, 11).

Confiar en el Padre, don del Espíritu. "El Espíritu viene en ayuda de nuestra
flaqueza" (Rm 8, 26)

176. Sucede, sin embargo, que al hombre le falta valor para vivir confiadamente.
Necesita de la fuerza del Espíritu para que pueda vivir con corazón de hijo para
con Dios Padre. La acción del Espíritu viene a ser la prueba de la filiación:
"Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que
clama: ¡Abba! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres
también heredero por voluntad de Dios" (Ga 4, 6-7). En efecto, "los que se dejan
llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido no un
espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos
adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu
dan un testimonio concorde; que somos hijos de Dios, y si somos hijos, también
herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Rm 8, 14-17).

Somos realmente hijos de Dios por la fe en Cristo

177. La filiación adoptiva era ya uno de los privilegios de Israel (Rm 9, 4), pero
ahora los cristianos son hijos de Dios, en un sentido mucho más fuerte, por la fe
en Cristo (Ga 3, 26; Ef 1,5). La fe viva supone en ellos una verdadera
regeneración (Tt 3, 5; cfr. 1 P 1, 3; 2, 2) que los hace partícipes en la vida del
Hijo. Tal es el sentido del bautismo, por el que el hombre adquiere una vida
nueva (Rm 6, 4), renace del agua y del Espíritu (Jn 3, 3.5). A los que creen en
Cristo, en efecto, Dios les hace capaces de ser hijos suyos n Jn 1, 12). Esta vida
de hijos es para nosotros una realidad actual, aun cuando el mundo lo ignore (1
Jn 3, 1). Vendrá un día que se manifestará abiertamente y entonces seremos
semejantes a Dios porque le veremos tal cual es (1 Jn 3, 2). Unidos a Jesucristo
por la fe, por el bautismo, por la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de
la vida de Dios y nos transforma realmente en hijos de Dios.

El Padre da el espíritu a todos los que se lo piden

178. El Padre concede el LDm del Espíritu a todos los que se lo piden: "Pedid y
se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe,
quien busca, halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando
el hijo le pide pan le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una
serpiente? ¿O si le pide un huevo le dará un escorpión? Si vosotros, que sois
malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre
celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?" (Lc 11, 9-13).

Himno al amor de Dios. "Dios está con nosotros". Sin miedo a nada.
Abiertos al futuro

179. Por el Don del Espíritu Santo comprendemos que Dios está con nosotros,
superamos todo tipo de miedo y podemos cantar con San Pablo este himno al
amor de Dios: "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que
no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. ¿cómo no
nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que
justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está
a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién podrá apartarnos
del amor de Cristo?: ¿la aflición?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?,
¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa
nos degüellan cada día. nos tratan como a ovejas de matanza. Pero, en todo
esto, vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido
de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni
potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor
de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 31-39).

Confiar en Dios Padre y vivir fraternalmente con los demás hombres

180. Vivir con confianza en Dios Padre no es posible sin vivir fraternalmente con
los demás hombres. También desde esta perspectiva, el segundo mandamiento
de la Ley es semejante al primero (Mt 22, 39): "Entonces clamarás al Señor y te
responderá, gritarás y te dirá: Aquí estoy. Cuando destierres de ti la opresión, el
gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y
sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se
volverá medio día" (Is 58, 9-10).

"Amad a vuestros enemigos... Así seréis hijos de vuestro Padre que está
en el cielo"

181. Si Dios es nuestro Padre, entonces todos somos hermanos. Según el


Evangelio de Jesús, quedan incluidos también los enemigos: "Habéis oído que
se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo:
Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de
vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y
manda la lluvia a justos e injustos" (Mt 5, 43-45). Sólo aquel que no excluya a su
enemigo puede decir con verdad: El mundo es la casa de todos. Todos somos
hermanos. Dios es nuestro Padre.

Tema 20. LA HORA DEL ESPÍRITU HA LLEGADO

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente:
 descubra que la presencia y acción del Espíritu son don de Dios, totalmente gratuito, que hace
posible que el hombre sea más hombre y aún más que hombre, es decir, que pueda vivir su vida
humana íntegramente y también pueda vivir a la vez en plenitud, desbordando sus propias
posibilidades, por la participación de la misma naturaleza y vida divinas (Cfr. 2 P 1, 4).

 experimente, en su vida de creyente, cómo la presencia del Espíritu en nosotros, es presencia de


amor gratuito y nos da la capacidad de amar gratuitamente, desinteresadamente.

"¿Podrán revivir estos huesos?" (Ez 37, 3)

182. "Entonces me dijo: Hijo de Adán, esos huesos son toda la Casa de Israel.
Ahí los tienes diciendo: Nuestros huesos están calcinados, nuestra esperanza
se ha desvanecido; estamos perdidos. Por eso profetiza diciéndoles: Esto dice el
Señor: Yo voy a abrir vuestros sepulcros, os voy a sacar de vuestros sepulcros,
pueblo mío... Infundiré mi espíritu en vosotros para que reviváis, os estableceré
en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago —oráculo del
Señor—" (Ez 37, 11-14).

La plenitud que se escapa o el paraíso perdido

183. "Nuestros huesos están calcinados, nuestra esperanza se ha desvanecido;


estamos perdidos" (Ez 37. 11). Israel ha llegado hasta el fondo de una situación
desoladora, en la que se vive como ilusoria toda esperanza. La vida queda lejos.
El camino, cerrado. Es "como una enfermedad de las cosas", una experiencia de
debilidad que alcanza a todo hombre: "Toda carne es hierba y su belleza como
flor del campo: se agosta la hierba, se marchita la flor" (Is 40, 6-7).

La carne, nombre de la debilidad humana

184. La Escritura expresa la debilidad radical del hombre con una palabra:
carne. La carne es, primeramente, lo que nosotros llamamos "el cuerpo", pero el
cuerpo sometido a la muerte, el cuerpo que se halla en constante amenaza" (Gn
6, 3; Is 40, 6). La carne, o "la carne y la sangre" (Mt 16, 17; 1 Co 15, 50). son
también todas las construcciones del hombre. Las más impresionantes son nada
en presencia de Dios. La carne es siempre debilidad (Jr 17, 5ss; Jb 10, 4ss).
Dios es espíritu. Dios lo puede todo sobre el mundo, el cual no puede nada sin
El. nada contra El. Incluso Egipto, símbolo humano del poder y de la fuerza, es
carne, debilidad, todo un gigante con pies de barro: "En cuanto a Egipto, es
humano, no divino, y sus —'':ll o.. carne, y no espíritu" (ls 31, 3).

La carne, el pecado de un falso apoyo

185. La carne expresa también la condición pecadora del hombre, que pretende
afirmarse a sí mismo de espaldas a Dios, olvidando la Ley y los profetas, que
advierten: "Si no os afirmáis en Mí, no seréis firmes" (Is 7, 9) y, sobre todo, a
Cristo, que llevó a su culmen, desbordándolos por superación, a la Ley y a los
Profetas. También afirmaron los Profetas: "Maldito quien confía en el hombre, y
en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un
cardo en la estepa, no verá llegar el bien: habitará la aridez del desierto. tierra
salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su
confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa
raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde: en año de
sequía no se inquieta, no deja de dar fruto" (Jr 17. 5-8).

Vivir según la carne

186. La carne tomada como norma de la existencia le impone al hombre su


tiranía; reduce a su esclavitud a los que obedecen a la "ley del pecado" (Rm 7.
25). Con insolencia (Col 2, 23) manifiesta entonces sus deseos (Rm 8, 5 ss), sus
apetencias (Rm 13, 14; Ga 3, 3; 5, 13.16-17), produce obras malas (Ga 5, 19),
hace carnal hasta el entendimiento mismo (Col 2. 18; cfr. 1 Co 3, 3). El cuerpo
también —si bien de suyo puede ser carnal y espiritual— cuando está dominado
por la carne se llama el cuerpo de la carne (Col 2, 11), se identifica con el
cuerpo del pecado (Rm 6, 6) y es. en verdad, carne de pecado (Rm 8. 3).

¿Según la carne o según el espíritu? No hacéis lo que quisierais: dos


fuerzas opuestas

187. "Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne, pues la


carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un
antagonismo tal que no hacéis lo que quisiérais. En cambio, si os guía el
espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley. Las obras de la carne están
patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades,
contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias,
borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne,
que los que así obran no herederán el Reino de Dios. En cambio, el fruto del
Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad,
amabilidad, dominio de sí. Contra esto no va la Ley. Y los que son de Cristo
Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos" (Ga 5. 16-24).

Experiencia de la propia incapacidad: "La carne no sirve para nada" (Jn 6,


63)

188. Las obras de la carne, esto es, de quien vive según la carne, manifiestan la
condición pecadora del hombre y su incapacidad para entrar, por sí mismo, en el
Reino de Dios: "lo de la carne es carne; lo del Espíritu, es espíritu. No te
asombres que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto" (Jn 3. 6), dice Jesús a
Nicodemo. Por sí mismo, el hombre de la carne es incapaz de reconocer a Dios
y a Jesucristo en el centro de la propia vida y, al mismo tiempo, de amar gratuita
y desinteresadamente al hermano.

Creemos y amamos por don de Dios. La fe y amor son de Dios

189. Nadie cree por propia cuenta, nadie ama por propia cuenta. Se cree y se
ama verdaderamente por la gracia de Dios. San Pablo nos hace saber que
"nadie puede decir: ';Jesús es Señor'', sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co
12, 3). Y San Juan: "Todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es
de Dios" (1 Jn 4, 2). Así como también: "Todo el que ama ha nacido de Dios" (4,
7). En definitiva, creemos y amamos por don de Dios. La fe y el amor son de
Dios, no nuestros; y, al mismo tiempo, la gracia de Dios los hace "nuestros": el
Espíritu Santo que habita en nosotros enraiza en nuestro espíritu esos valores
como dones gratuitos, de suerte que el hijo de Dios vive realmente la vida divina
y colabora en ella, la comparte.

No tenemos un retrato del Espíritu. La Escritura lo presenta siempre en


acción

190. Este don de la gracia de Dios es radicalmente fruto de la presencia activa


del Espíritu Santo en nosotros. La Escritura utiliza la palabra espíritu (ruah en
hebreo, pneuma en griego, spiritus en latín)' para expresar ambas realidades: los
dones de Dios y el Espíritu Santo. Originariamente, espíritu significa soplo del
viento y aliento vital. El Espíritu de Dios no es ni lo uno ni lo otro. Se usan éstas
y otras imágenes para representarlo de algún modo. Es inmaterial. La Sagrada
Escritura no nos presenta en ninguna parte un retrato, ni siquiera una
descripción del Espíritu. El Espíritu no tiene rostro, ni siquiera un nombre
susceptible de evocar una figura humana. No oodemos situarnos ante la faz del
Espíritu, contemplarlo, seguir sus gestos. La Escritura nos lo presenta siempre
en acción, actuando en nuestros corazones. "Lo conocéis porque vive con
vosotros y está con vosotros" (Jn 14, 17). Conocer al Espíritu es experimentar su
acción, dejarnos invadir por su influencia, hacernos dóciles a sus impulsos; es
pretender que El sea, de modo cada vez más consciente para nosotros, la fuente
de nuestra vida.

Como el viento

191. El Espíritu —y todo el que nace del Espíritu— es como el viento: "el viento
sopla donde quiere, y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde
va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu" (Jn 3, 8). En efecto, en el viento
hay algo misterioso. No podemos apresarlo. No se cansa. El viento pertenece a
la escolta de Dios. Lleva al Señor sobre sus alas (Ez 1, 4; Sal 17, 11). Y corre a
transmitir sus órdenes hasta las extremidades de la tierra (Sal 103, 4; 146, 18).
Viene del cielo y actúa sobre la tierra y la transforma. Unas veces la deseca con
su soplo abrasador (Ex 14, 21; Is 30, 27-33; Os 13, 15), otras barre todas las
obras humanas como si fueran paja (Is 17, 13; 41, 16; Jr 13, 24; 22, 22), y otras
trae lluvia sobre el suelo reseco y le devuelve la fertilidad (1 R 18, 45). A la tierra,
inerte y estéril, se contrapone el viento por su ligereza alada y por su poder de
vida y fecundidad.

Como el aliento de vida

192. Como el viento penetra la tierra, así el aliento vital penetra la carne. Como
el viento, la respiración es igualmente una imagen del Espíritu. Así como el
viento trae la vida a la tierra reseca, así también el soplo respiratorio
(aparentemente frágil y vacilante) es la fuerza que vigoriza y da agilidad al
cuerpo y a su masa, y le hace vivo y activo (Gn 2, 7; Sal, 103, 29-30; Jb 33, 4;
Qo 12, 7).

Como el agua

193. El Espíritu es también como el agua. Como el agua que purifica:


"Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras
inmundicias e idolatrías os he de purificar. Os daré un corazón nuevo y os
infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os
daré un corazón de carne" (Ez 36, 25-26).
Como el agua que fecunda la tierra reseca: "Voy a derramar mi aliento sobre tu
estirpe y mi bendición sobre tus vástagos. Crecerán como hierba junto a la
fuente, como sauces junto a las acequias" (Is 44, 3-4).
Como el agua que apaga la sed: "El último día, el más solemne de las fiestas,
Jesús en pie gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que
beba. (Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.)
Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él"
(Jn 7, 37-39).

Como el fuego

194. El Espíritu es también como el fuego. Como el fuego encendido en la


palabra profética de Elías: "Entonces surgió un profeta como un fuego cuyas
palabras eran horno escendido" (Si 48, 1).
O en las entrañas de Jeremías: "Había en mi corazón algo así como fuego
ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía"
(Jr 20, 9).
Como fuego en la predicación valiente de los primeros cristianos: "se les
aparecieron unas lenguas como de fuego que dividiéndose se posaron sobre
cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a
hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse" (Hch 2, 3-4).
"Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos
quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía"
(Hch 4, 31).

Como el aceite

195. El Espíritu es también como el aceite. Para una tierra rica en olivos como la
"tierra prometida" (Dt 6, 11; 8, 8), el aceite aparece como símbolo de la
bendición divina (Dt 7, 13; Jl 2, 19; Os 2, 24).
El aceite no es sólo alimento indispensable, como el trigo y el vino, sino también
ungüento que perfuma el cuerpo (Am 6, 6), fortifica los miembros (Ez 16, 9),
suaviza las llagas (Is 1, 6), alimenta continuamente la llama que alumbra (Ex 27,
20; Mt 25, 3-8).
Si el aceite es símbolo de la bendición divina, los ungidos con aceite (el rey y el
sumo sacerdote) tienen la bendición de Dios y, con ella, la misión de iluminar al
pueblo y guiarlo por el camino de la salvación. El aceite de la unción es signo
exterior de la acción del Espíritu que transforma al elegido (1 S 10, 1-6; 16, 13).
A diferencia del agua, que se desliza sobre la piedra y se evapora, el aceite la
impregna. Así sucede con el Espíritu: puede cambiar ios corazones más duros
(Ez 36, 26).

Antiguo Testamento: una fuerza divina en beneficio del pueblo

196. En el Antiguo Testamento el Espíritu de Dios —si bien todavía no ha sido


revelado como una persona divina— es percibido como una fuerza divina que
transforma personalidades humanas y las hace capaces de gestos
excepcionales al servicio del pueblo de Israel. La misma fuerza física de Sansón
se llama fuerza del Espíritu de Dios, en cuanto unió al pueblo (Jc 13, 25; 14, 6-
19; 15, 14).
La inspiración profética era don del Espíritu de Dios (1 S 10, 6; Ez 11, 5; Za 7,
12).
La sabiduría de los ancianos que administraban justicia venía del Espíritu de
Dios (Nm 11. 17).
El rey es el ungido por el Espíritu de Dios (1 S 16, 13).

La espera de un Espíritu dado a todos

197. En los casos citados, Dios daba su Espíritu a ciertas personas elegidas.
Pero también se esperaba un don del Espíritu :que se comunicaría al pueblo
entero. Un día fue corriendo un joven a decirle a Moisés cómo dos hombres
estaban profetizando, pero no en la tienda sagrada, sino simplemente en el
campamento. Y Josué reaccionó con esta exclamación: "—Señor mío, Moisés,
prohíbeselo." Moisés le respondió: "¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo
del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!" (Nm 11, 28-29). ¡Todo
el pueblo animado por el Espíritu de Dios! Esto mismo lo anunció el profeta Joel
para los tiempos mesiánicos: "Hasta en los siervos y las siervas derramaré mi
Espíritu en aquellos días" (Jl 3, 2).

Lo que Jesús hará: el Espíritu de Dios en los corazones de los hombres

198. Todo el pueblo estará animado del Espíritu de Dios. Joel pensaba en
visiones proféticas y en fenómenos especiales de que gozarían todos. Ezequiel
prevé un efecto más ordinario, pero más profundo: "Os daré un corazón nuevo y
os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y
os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según
mis preceptos y que pongáis por obra mis mandamientos" (Ez 36. 26-27). Y
Jeremías: "Una alianza nueva... Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus
corazones" (Jr 31, 31-33). El Espíritu realizará una instrucción suave e interior y
favorecerá una experiencia amorosa de la voluntad de Dios. Estos textos de
Ezequiel y de Jeremías son cimas espirituales del Antiguo Testamento, y
describen a aquel Espíritu que Jesús dará para la expansión de su obra
salvadora. El Espíritu de Jesús será el que realice la acción última en la
instauración del Reino de Dios.

Jesús, poseído por el Espíritu


199. La acción del Espíritu se manifiesta de muchas maneras en la vida de
Jesús. Así, en el bautismo, recibido de manos de Juan: "En un bautismo general,
Jesús también se bautizó. Y mientras oraba, se abrió el ciclo, bajó el Espíritu
Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo, el
amado, el predilecto" (Lc 3, 21-22). Lleno del Espíritu Santo. Jesús es conducido
por el mismo Espíritu (como en otro tiempo Israel) al desierto (Le 4, 1). La acción
del Espíritu en la vida de Jesús se manifiesta también en la predicación: "Jesús
volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la
comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan" (Lc 4, 14-15). Ungido
por el Espíritu del Señor, anuncia a los pobres la Buena Nueva (Le 4, 18). Lleno
de gozo en el Espíritu, bendice al Padre (Le 10, 21). Sus milagros que tienen en
jaque al mal y a la muerte, la fuerza y la verdad de su palabra, su familiaridad
inmediata con Dios son pruebas de que sobre él reposa el Espíritu (Cfr. Is 61, 1),
sin medida (Jn 3, 34) y de que es, a la vez, el Mesías que salva, el profeta
esperado y el siervo muy amado.

Una promesa repetida insistentemente. "Os lo he dicho antes de que


suceda..." (Jn 14, 29)

200. En las circunstancias dramáticas de la última cena, Jesús hace una


comunicación importante a sus discípulos: El se va, por el odio y el pecado del
mundo, pero enviará el Espíritu de Dios, que llevará adelante la obra de Jesús
(Jn 16, 12-13) y curará con su fuerza divina la debilidad humana de los
discípulos (15, 27), debilidad dejada al descubierto por el pánico de la
persecución: "mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis
cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo" (Jn 16, 32). Jesús hace la
comunicación en el momento oportuno": "no os dije esto desde el principio,
porque estaba yo con vosotros" (16, 4). y lo anuncia "antes de que suceda para
que, cuando suceda, creáis" (14, 29). Aquella noche de despedida, Jesús insiste
una y otra vez en la venida del Espíritu. San Juan relata cinco momentos, cinco
promesas acerca del Espíritu.

El Espíritu estará con vosotros

201. Primera promesa: "Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté
siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo,
porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con
vosotros y está con vosotros" (Jn 14, 16-17). Jesús promete el Espíritu con la
fórmula ordinaria de la Alianza (Estar con), fórmula que aparece en el Exodo
referida a Yahvé (Ex 3, 12.14) y en el Evangelio referida a Jesús (Mt 28, 20). Por
esta Alianza realizada en el Espíritu, cada creyente queda vinculado
personalmente con el Padre y con Jesús, su Unico Hijo, hecho hombre. Frente a
la incomprensión y el odio del mundo, el creyente no se queda solo (Jn 14, 18).
El día que se cumpla esta promesa, dice Jesús, "entonces sabréis que yo estoy
con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros" (Jn 14, 20).

El Espíritu de la verdad continúa la obra de Jesús


202. Segunda y quinta promesas: "El Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el
Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo
que os he dicho" (Jn 14, 26). "Muchas cosas me quedan por deciros, pero no
podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os
guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que
oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque tomará de lo
mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho
que tomará de lo mío y os lo anunciará" (Jn 16, 12-15).

El Espíritu, defensor de Jesús y acusador del mundo

203. Tercera y cuarta promesas: "Cuando venga el Defensor, que os enviaré


desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, él dará
testimonio de mí" (Jn 15, 26). Lo que os digo es la verdad: os conviene que yo
me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si
me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo con la prueba
de un pecado, de una justicia, de una condena. De un pecado, porque no creen
en mí; de una justicia, porque me voy al Padre y no me veréis; de una condena,
porque el Príncipe de este mundo está condenado" (Jn 16, 7-11). El contexto de
estas promesas es judicial: el Espíritu aparecerá como defensor de Jesús y
como acusador del mundo.

Un inmenso proceso religioso enfrenta a Jesús con el mundo. El Espíritu


actuará a favor de Cristo

204. La acción del Espíritu se produce en el contexto de un proceso. Del


proceso que enfrenta a Jesús con el mundo y que conduce a la condenación del
mundo y a la exaltación de Cristo sobre la cruz. En este inmenso proceso
religioso en el que Jesús y el mundo se hallan frente a frente, es en el que el
testimonio del Paráclito adquire auténtico y profundo sentido: ante la hostilidad
del mundo, los discípulos de Jesús se hallarán continuamente expuestos al
escándalo, sentirán la tentación de desertar, experimentarán la duda y el
desaliento. Precisamente en esa hora intervendrá el Espíritu de verdad, el
defensor de Jesús: El dará testimonio de Jesús en el interior de la conciencia de
los discípulos. El los confirmará en su fe y les dará toda su seguridad cristiana.

Amplitud de la causa iniciada por o contra Cristo

205. Se trata, pues, de un proceso que sigue abierto y continúa en la existencia


de los discípulos presentes y futuros. Lo recoge el evangelista San Juan. San
Juan no se preocupa por determinar cuáles serán históricamente los tribunales
que condenarán a los discípulos; estos tribunales humanos desaparecen
totalmente detrás de una potencia única, misteriosa, sin rostro: el mundo. Este
tema del "mundo" nos hace calibrar toda la amplitud de la causa que se ha
iniciado por o contra Cristo. Esta lucha supera ampliamente la oposición de los
judíos contra Jesús durante su vida terrena; se prolonga más allá, en la
oposición a la Iglesia.
El Espíritu hará la revisión del proceso seguido contra Jesús

206. Durante su vida terrena, Jesús había sido rechazado por los judíos e iba a
ser condenado durante la pasión. El Paráclito hará la revisión de este proceso y
mostrará a los discípulos que el pecado está de parte del mundo, que la justicia
está de parte de Jesús, y que el verdadero condenado, en esta confrontación
religiosa, es el príncipe de este mundo (Cfr. Jn 16, 8-1 1).

Los Hechos de los Apóstoles, el Evangelio del Espíritu

207. La persecución de Jesús puso al descubierto la debilidad de los discípulos


(Jn 16, 32), de modo que también en esto se cumplió la Escritura que dice:
"Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño" (Mt 26, 31). Pero
después de su muerte redentora, el Espíritu fluye sobre ellos y ellos comienzan
a experimentar su acción y su fuerza. Lo narran los Hechos de los Apóstoles,
que son como el Evangelio del Espíritu.

Los hechos de Jesús reviven entre los suyos

208. En la Iglesia se repiten los gestos de poder y gracia que Jesús había
llevado a cabo en el Espíritu, durante su vida mortal: los cojos andan (Hch 3, 1-
10; 5, 12-16; 14, 8-10), los muertos resucitan (9, 40; 20, 10), los corazones se
convierten (2, 41; 5, 14; 10, 44-48; 15, 7-9.12), la palabra de Dios es anunciada
con valentía (4, 13; 5, 20; 9, 27; 14, 3; 28, 31), las amenazas y persecuciones
son arrostradas con paz y alegría (5, 41; 7, 55; 20, 17-38; 21, 10-14).

Actitudes, gestos y reacciones más profundas. La fisonomía del propio


Jesús

209. Así las actitudes mismas de Jesús, sus gestos característicos, sus
reacciones más profundas reviven entre los suyos. Es imposible pensar que la
raíz de esto se encuentra en la persistencia de costumbres adquiridas mediante
el contacto con Jesús, en una voluntad deliberada de reproducir su existencia.
Lejos de eso, mientras Jesús estuvo con los suyos, tuvo que echar mano de
toda su autoridad y de la fuerza de su personalidad para conservarlos en torno a
El, en medio de tantos desvíos e incomprensiones.
Hoy, que ya no le ven y que por la suerte que El sufrió saben los peligros a que
se exponen, vemos que los discípulos —espontáneamente— siguen las huellas
marcadas por Jesús, y se asombran de que se les conceda el poder participar
en sus padecimientos. La raíz de esta experiencia (que es propiamente la
experiencia cristiana) San Pablo nos la dará en una fórmula inolvidable: "Vivo
yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20). Todas las páginas de
los Hechos de los Apóstoles lo ilustran: el Espíritu que anima a los cristianos es
el Espíritu mismo de Jesús. Este Espíritu con su acción ayuda a reproducir en
los discípulos de Jesús de hoy y de siempre la misma fisonomía, la del propio
Jesús.

La hora del Espíritu y de una nueva alianza, profunda, universal


210. La Iglesia primitiva pone particular énfasis en la gran manifestación del
Espíritu que tuvo lugar el día de Pentecostés, fiesta judía que conmemoraba la
alianza del Sinaí. Ha llegado la hora del Espíritu y la de una nueva alianza
realizada en los corazones, una alianza para todos sin excepciones, una alianza
que supera las divisiones de los hombres y las barreras de los pueblos, lenguas
y culturas. Los apóstoles han perdido el pánico a la persecución y anuncian con
valentía, fuerza y poder la buena noticia de Jesús.

Quedaron todos llenos del Espíritu Santo

211. "Llegado el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.


De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,
que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas
lenguas como de fuego que, dividiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos;
quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras
lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse... Partos, medos y damitas;
habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia,
Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y
prosélitos, cretenses y árabes... Todos estaban estupefactos y perplejos y se
decían unos a otros: ¿Qué significa esto? Otros, en cambio, decían: ¡Están
llenos de mosto!"

El por qué de ese estallido: ¡La buena noticia de Jesús!

212. Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo:
Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad
atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis,
pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los
últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán
sus hijos y sus hijas... Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús Nazareno,
hombre a quien Dios acreditó entre vosotros con milagros, prodigios y señales
que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a
este, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de
Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos, a éste,
pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades (Muerte), pues no era
posible que quedase bajo su dominio... A este Jesús Dios le resucitó, de lo cual
todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del
Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros véis y oís...
Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y
Cristo a este Jesús a quien vosotros+, habéis crucificado"

Creyeron unas tres mil personas "¿Qué hemos de hacer?"

213. "Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás
apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos y
que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para
remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la
promesa es para vosotros y para vuestros hijos. y para todos los que están
lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro... Los que acogieron su Palabra
fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas."

Los comienzos de la Iglesia

214. "Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunidad


fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderó de todos,
pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes
vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y
repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al
templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan
por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón.
Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba
cada día a la comunidad a los que se habían de salvar" (Hch 2. 1-47).

Frutos del Espíritu

215. Es como un nuevo renacimiento del hombre. Poi la fuerza del Espíritu el
hombre se vuelve más libre, más consciente, más irradiante, más personal. El
Espíritu de Dios es poseedor de una energía vital capaz de transfigurar nuestras
relaciones, de acercarnos a lo más íntimo y deseable de nuestro ser, de saciar
nuestra sed de dignidad y plenitud personal, de colmar nuestro deseo de infinito,
de introducirnos en la esfera del Dios viviente y vivificante... Las manifestaciones
y frutos del Espíritu son, a la vez, de inagotable variedad y de continuidad
profunda: "amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,
mansedumbre, templanza" (Ga 5, 22-23). También son fruto del Espíritu los
carismas, que contribuyen al crecimiento y edificación de la Iglesia: "así uno
recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según
el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro,
por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a
aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la
diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas" (1 Co 12, 8-10).

El mayor fruto del Espíritu: el amor. El amor no acaba nunca

216. El mayor carisma del Espíritu es el amor: "Ambicionad los carismas


mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. Ya podría yo hablar las
lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un
metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de
profecía y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para
mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas
todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me
sirve. El amor es paciente, afable, no tiene envidia, no presume ni se engríe; no
es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de
la injusticia, sino que goza de la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites,
espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de
profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se
acabará" (1 Co 12, 31-13, 8).
La hora del Espíritu, también para el mundo de hoy

217. La acción del Espíritu es una realidad que brota a borbotones como fruto de
la Pascua de Cristo. Desde entonces, la hora del Espíritu ha llegado. También
para el mundo de hoy. El mensaje cristiano proclama un hecho actual, que no
envejecerá jamás: el Espíritu Santo está en acción, dando testimonio de Cristo:
"Si en la actualidad, dice San Agustín, la presencia del Espíritu Santo no se
manifiesta con semejantes milagros, ¿cómo será posible que sepa cada uno que
ha recibido el Espíritu? Que cada uno interrogue a su propio corazón: si ama a
su hermano, el Espíritu de Dios está en él..."

Un hombre nuevo: ¡Podrán revivir estos huesos!

218. La acción del Espíritu transforma al hombre de la carne en un hombre


nuevo, hombre del Espíritu (Cfr. Rm 8, 8-9). Sitúa al hombre en una relación
significativamente nueva con respecto a Dios, con respecto a los demás, con
respecto al mundo e incluso con respecto a sí mismo. La experiencia del Espíritu
como presencia eficaz en la vida del creyente transforma profundamente la
imagen que el hombre tiene de Dios, de los demás, del mundo, de sí mismo. Es
como un nuevo nacimiento del hombre (Jn 3, 3.5.7), como llegar a descubrir que
todo se ha vuelto posible, como el cumplimiento de un sueño en el que la suerte
humana cambia de signo (Sal 125, 1): ¡Podrán revivir estos huesos!

Tema 21. EL MISTERIO DE DIOS: DIOS ES AMOR Y AMOR ENTRE


PERSONAS. LA SANTÍSIMA TRINIDAD

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente:

o descubra que Dios es amor, su misterio no es un misterio de soledad, sino de


comunión vital, de comunidad de vida,

o comprenda cómo el Amor hace que personas distintas sean una sola realidad,

o adore el misterio del Dios Uno en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Un Dios vivo y amante

219. La Biblia no es un tratado científico sobre Dios. Presenta a Dios en tanto


que interviene en los acontecimientos humanos y naturales y habla al hombre
abriéndole su voluntad, su juicio, su gracia, su amor. Recoge, de este modo, una
profunda experiencia de Dios promovida en el hombre por Dios mismo. Nos
invita, pues, no sólo a hablar de Dios, sino, sobre todo, a escucharle cuando
habla y a responderle confesando su gloria y acogiendo su acción. Todo el que
escucha su palabra y se abre a su voluntad divina, percibe y proclama la gloria
de Dios.

Por los caminos del Dios viviente: "Hazme saber el camino a seguir,
porque hacia ti levanto mi alma" (Sal 142, 8)

220. El gran misterio consiste en reconocer los caminos de Dios y seguirlos,


pero, como dice el libro de la Sabiduría, "pues, ¿qué hombre conoce el designio
de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? Los pensamientos de los
mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles; porque el cuerpo
mortal es lastra del alma y la tienda terrestre abruma la mente pensativa.
Apenas adivinamos lo terrestre y con trabajo encontramos lo que está a mano:
pues, ¿quién rastreará las cosas del cielo; ¿quién conocerá tu designio, si tú no
le das la sabiduría enviando tu santo espíritu desde el cielo? Sólo así fueron
rectos los caminos de los terretres, los hombres aprendieron lo que te agrada y
la sabiduría los salvó" (Sb 9, 13-18).

Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios

221. En efecto, Dios es el más profundo misterio. Los creyentes anunciamos lo


que ni el ojo vio ni el oído oyó: "Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El
Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del
hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues lo mismo, lo
íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios" (1 Co 2, 10-11).

El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob

222. No obstante, Dios ha decidido salir al encuentro del hombre. El Dios de


Abrahán, de Isaac y de Jacob es un Dios vivo que interviene, actúa en la
historia humana y en la naturaleza y se da a conocer a los hombres liberándolos
de dioses y poderes que les asedian y esclavizan.

Reconocer los caminos de Yahvé, Señor de la historia: "Yo estoy contigo"

223. El Dios que sale al encuentro del hombre es el Dios de Moisés. Moisés
recibe de Dios una misión: liberar a su pueblo del poderoso Faraón egipcio. Esto
le parece disparatado, imposible: "¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para
sacar a los israelitas de Egipto?" (Ex 3, 11). "Yo estoy contigo" (3, 12), es la
respuesta de Dios. Moisés comienza la aventura del Exodo, fiándose de esta
palabra de Dios. Poco después, él y todo el pueblo experimentarán que Dios
cumple lo que anuncia, que Dios actúa en su historia, que Dios está con ellos,
que Dios les ama.
"Estar con" es la fórmula ordinaria de la Alianza. Amar a Dios es estar con Dios.
Amar al hermano es estar con el hermano. Dios está con nosotros. Dios nos
ama: "¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no conmover-se el hijo de sus
entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Mira, en mis palmas te
llevo tatuada (oh Sión)" (Is 49, 15-16).

Reconocer los caminos de Jesús, Señor de la historia: "Yo estoy con


vosotros"

22. Dios está con nosotros. Dios nos ama. El Dios de Abrahán, Isaac, Jacob,
Moisés es el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. De tal manera amó Dios
al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito (Jn 3, 16). Jesús es el Hijo
Unigénito del Padre. Las confesiones de fe de la Iglesia primitiva proclaman
Señor a Jesús, como en la Antigua Alianza el mismo Yahvé fue denominado
Señor. Jesús también promete a los suyos su asistencia eficaz en la tarea de
comunicar el evangelio a los pueblos: "Yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del inundo" (Mt 28, 20). Los apóstoles comienzan la aventura de la
predicación, fiándose de esta palabra de Jesús. En seguida reconocen que la
palabra de Jesús se cumple, que Jesús actúa en medio de ellos, que está con
ellos, que colabora con ellos (Me 16, 20).

Jesús, Dios vivo, presente entre nosotros

225. Jesús es el Dios vivo que se hace presente entre nosotros. Su presencia no
es accesible a la carne (Mt 16, 17), ni reservada a un pueblo (Col 3, 11), ni
ligada a un lugar (Jn 4, 21): es el don del Espíritu (Rm 5, 5; Jn 6. 63).

El Espíritu Santo estará con vosotros

226. El Espíritu es la gran promesa de Jesús a sus apóstoles: "Yo le pediré al


Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros" (Jn 14, 16). Y
también: "él dará testimonio de mí" (Jn 15, 26). El Espíritu estará con ellos, como
dijo Jesús (utilizando también aquí la fórmula ordinaria de la Alianza). Y no, sólo
el Espíritu, sino Jesús y el Padre, pues el día en que se cumpla esta palabra
"entonces sabréis —dice Jesús—que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y
yo con vosotros" (Jn 14, 20).

El Espíritu Santo, don de Dios

227. Jesucristo resucitado, en unión con el Padre nos envía su Espíritu Santo. El
Espíritu nos hace verdaderos hijos de Dios. El Espíritu es el don del Padre, de
cuya vida El nos hace partícipes. Por la acción del Espíritu somos capaces de
transfigurar nuestras relaciones, de amarnos unos a otros, de vivir como hijos de
Dios (Ga 4, 6; Rm 8, 15-16. 26). El conocimiento de Dios, propio de los que han
nacido de Dios, se relaciona con la experiencia del amor fraterno: "todo el que
ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no ha conocido a Dios,
porque Dios es amor" (1 Jn 4, 7-8).

Dios es amor

228. "Dios es amor. Estos dos nombres, Ser y Amor, expresan de manera
inefable la misma esencia divina de Aquel que se nos quiso manifestar a Sí
mismo y que, habitando la luz inaccesible, está en sí mismo sobre todo nombre
y sobre todas las cosas e inteligencias creadas" (Pablo VI, CPD 9). Tal es el
secreto... Tal es el secreto al que se tiene acceso sólo por medio de Jesucristo
(1 Jn 4, 8-16). En Jesucristo reconocemos el amor que Dios nos tiene: "Quien
confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y
nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios
es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él" (1 Jn 4,
15-16). La fe en Jesucristo y la caridad fraterna manifiestan que permanecemos
en Dios y Dios en nosotros.
En el Antiguo Testamento Dios se manifiesta lleno de amor por nosotros: "Dios
compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.
Misericordioso hasta la milésima generación, que perdona culpa, delito y
pecado" (Ex 34, 6). El amor a Dios es el gran mandamiento (Dt 6, 5; Mt 22, 37).
Én Jesucristo Dios nos revela plenamente su amor. Al entregar Dios a la muerte
por nosotros a su Hijo muy amado (Mc 1, 11; 12, 6) nos demostró (Rm 5, 8) que
su actitud definitiva para con nosotros consiste en amar al mundo (Jn 3, 16) y
con esta entrega suprema e irrevocable nos ama con el amor que tiene a su
Hijo; nos hace el don de su amor, es decir, el don del Espíritu Santo, en quien se
unen amorosamente el Padre y el Hijo.

Imagen de Dios: nuestra vida en este mundo imita lo que es Jesús (cfr 1Jn
4, 17). El misterio divino de amor interpersonal

229. El hombre ha sido hecho a imagen de Dios. El hombre es eminentemente


imagen de Dios cuando ama, pues Dios es amor. Podemos amar nosotros,
"porque El nos amó primero" (1 Jn 4, 19). Ahora bien, el amor humano no es
posible sino en relación a otros. Por esto, podemos afirmar que cuando amamos
a los demás reflejamos hondamente este amor de Dios. Dios es amor y por
consiguiente, amor entre personas. El misterio de Dios no es un misterio de
soledad, sino de comunión de amor. En Dios, el que ama (el Padre), el amado
(el Hijo) y el don del amor (el Espíritu Santo) viven en comunión la misma
insondable riqueza divina.

Padre, Hijo y Espíritu Santo: el misterio de la unidad y Trinidad de Dios

230. La distinción real de las Personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, no
sólo no se opone a que Dios sea uno, sino que precisamente las tres personas
divinas son el Dios uno a causa de las relaciones y vínculos mutuos que se dan
entre ellas: "Los mutuos vínculos que constituyen a las tres Personas desde toda
la eternidad, cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida
íntima y dichosa del Dios santísimo, la cual supera infinitamente todo aquello
que nosotros podemos entender según, el modo humano" (Pablo VI, CPD 9); "en
en las tres Personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí, la vida
y felicidad del Dios enteramente Uno..., se consuman de manera máximamente
excelente" (CPD 10).

La Santísima Trinidad en el Nuevo Testamento


231. Algunos pasajes del Nuevo Testamento presentan a tres sujetos
personales que, en íntima conexión entre sí, son el agente único de la obra de la
Revelación de Dios y de su comunicación al hombre. Entre otros podemos citar:
"La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo
esté siempre con todos vosotros" (2 Co 13, 13). Gracia ("jaris"), amor ("ágape") y
comunión ("koinonia") son tres dimensiones de una única realidad: Revelación
de Dios y participación del hombre en ella. Esa única realidad es atribuida aquí,
como a su único origen a la vez al Señor, a Dios y al Espíritu Santo. El don de
Cristo es revelación del amór de Dios, nombre con el que San Pablo designa de
ordinario al Padre, y consiguientemente el Amor del Padre en dicho don se hace
presente y efectivo para los cristianos en la comunicación del Espíritu Santo. Los
tres sujetos personales divinos, origen de la única acción reveladora y salvadora
de Dios, son presentados como iguales y en íntima conexión entre sí.
"Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu...: un mismo Dios que uura
todo en todos" (1 Co 12. 4-11). Frente a los muchos y diversos dones, dice San
Pablo, hay un único Espíritu; frente a las muchas prestaciones de servicios a la
comunidad, hay un único Señor de ella; y frente a las muchas y diversas
funciones hay un único Dios Padre, activo en todo. El Espíritu, Jesús el Señor, y
Dios Padre están contemplados aquí en la más estrecha unidad; los tres sujetos
personales-divinos obran lo mismo, pues carisma o don, servicio y función son
tres dimensiones de una misma realidad. Además, así como Dios obra con
entera libertad en todo, también "el Espíritu del Señor" (2 Co 3, 18) da con
entera libertad sus dones (1 Co 12, 11). Es, pues, inequívocamente una realidad
personal.
En Mt 28, 19 leemos: "Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos,
bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo." En el
Bautismo se dedica religiosamente el bautizado al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo; pero no se vincula religiosamente un hombre a una cosa, sino a una
persona; nuestro texto afirma que el Bautismo vincula al bautizado a tres sujetos
personales. Otros pasajes del Nuevo Testamento agrupan también a Dios
Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en la obra del Bautismo (Tt 3, 4-7). Dios nos ha
salvado por el baño de la regeneración. Tres son los sujetos aquí de la definitiva
y plena comunicación de Dios al hombre.
Es la misma fe que, relacionada con el lenguaje de las doxologías cultuales, se
recoge en el Apocalipsis: "me mostró el río de agua viva (cfr. Jn 4, 14: ríos de
agua viva = Espíritu)... que salía del trono de Dios (Padre) y del Cordero" (22, 1).

La Santísima Trinidad en los símbolos de la Iglesia y la Liturgia

232. La fe de la Iglesia expresada en los Símbolos, Reglas y Profesiones de fe,


está en continuidad con el contenido de la revelación bíblica sobre este Misterio.
La formulación teológica (expresada fundamentalmente en los Credos o
Símbolos) sobre la Trinidad de personas en Dios, ha ido elaborándose a lo largo
de los siglos con ayuda de conceptos filosóficos, y ha sido defendida contra
negaciones y falsas interpretaciones. Cuanto más sutiles han sido éstas, más
necesidad ha habido de afinar las nociones empleadas para guardar siempre la
fidelidad al misterio revelado.
En el Credo de la Misa (Símbolo Nicenoconstantinopolitano) en que coinciden
todas las confesiones cristianas, confesamos:
Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso... En un solo Señor, Jesucristo, Hijo
único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, Luz de
Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma
naturaleza que el Padre...
En el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria...
Una vía más catequéticamente apropiada es la de la liturgia que se mantiene en
mayor proximidad a las expresiones bíblicas del Misterio trinitario: Al final de la
plegaria eucarística se proclama: "Por Cristo, con El y en El, a Ti Dios Padre
Omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los
siglos de los siglos. Amén." La actitud del hombre más apropiada para el acceso
a este Misterio es la Adoración. En realidad, el Misterio de la Santísima Trinidad
es el Misterio de la Fe Cristiana visto desde su aspecto más divino. Por lo que si
el Misterio Cristiano es siempre insondable, el Misterio Trinitario es el Misterio
insondable por excelencia.

Las relaciones mutuas entre las Divinas Personas son dinámicas. Toda
actividad divina es común a las tres personas: Ellas constituyen un solo
principio de acción

233. Estas relaciones y mutuos vínculos que constituyen a las tres divinas
personas desde toda la eternidad son la vida íntima y dichosa de Dios mismo,
por tanto no son relaciones estáticas, sino entrañadamente dinámicas. El Padre,
Principio sin principio, porque de ninguno otro trae su origen, engendra al Hijo; el
Hijo nace del seno del Padre; y del Padre y del Hijo como único principio
procede el Espíritu Santo. La generación y nacimiento del Hijo y la aspiración y
procedencia del Espíritu Santo son eternas.

Por estos mutuos vínculos el Padre está todo en el Hijo, y también en el Espíritu;
el Hijo está todo en el Padre y también en el Espíritu; y el Espíritu está
enteramente en el Padre y en el Hijo. Y consiguientemente las Tres Personas
son un único Poder, un único Saber, un único Querer, único origen de cualquier
otra realidad diversa de Dios.

El amor del Padre, fuente de la misión de las Divinas Personas "Pro Mundi
Vita"

234. Jesús en la última Cena afirma explícitamente su procedencia de Dios y su


vuelta al Padre: "Salí del Padre y he venido al mundo. Otra vez dejo el mundo y
me voy al Padre" (Jn 16, 28). Y en estos mismos términos de procedencia y
misión, Jesús nos revela la condición del Espíritu, al decir: "El Espíritu Santo que
enviará el Padre en mi nombre..." (Jn 14, 26); "cuando venga el Defensor, que
os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, El
dará testimonio de mí" (Jn 15, 26). La procedencia y la misión del Hijo y del
Espíritu Santo cumplen entre nosotros el designio salvador del Padre; esto es: la
Historia de la Salvación es prologación y manifestación de la misma vida
trinitaria. Mediante el envío del Hijo, por el don del Espíritu Santo, el "amor
fontal" del Padre se ha comunicado al hombre y al mundo para recogerlos en sí,
a través del Hijo y del Espíritu y salvarlos (Cfr. AG 2ss).

Que todos sean uno, para que el inundo crea

235. Dios es el único ser que no está dividido. Es puro don, es amor. Jesús ora
para que nosotros seamos también "una sola cosa", reflejo de la unidad trinitaria.
Nuestra unidad será un testimonio que convenza al mundo, radicalmente
necesitado del don de la concordia pacífica: "Que todos sean uno, como Tú,
Padre, en mí y yo en Ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el
mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21): Esta es la raíz de la unidad de
la Iglesia: "Toda la Iglesia aparece como una muchedumbre reunida por la
unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4). Así se expresa el
Concilio Vaticano II, citando a San Cipriano de Cartago. También el Concilio
Vaticano II, al tratar de la actividad misionera de la Iglesia, contempla toda la
misión eclesial como vocación entrañada en la naturaleza misma de la
comunidad de Cristo "por-que (la Iglesia) tiene su origen en la misión del Hijo y
en la misión del Espíritu Santo, según el proyecto de Dios Padre" (AG 2).

El camino de los creyentes hacia el Dios vivo

236. El conocimiento recto y más pleno de la realidad divina, Dios nos lo otorga
al revelarse como Padre, Hijo y Espíritu Santo, "de cuya vida eterna estamos
llamados por la gracia a participar" (Pablo VI, CPD 9). Pero importa advertir que
el Dios uno y trino, revelado por Jesucristo, es el mismo Dios que se manifestó a
los Padres de Israel, que no conocieron, sin embargo, las profundidades de su
vida misteriosa, desveladas para nos-otros por el Espíritu de Dios y de Cristo
(Cfr. 1 Co 2, 11-14). De igual modo muchos creyentes no cristianos, también hoy
"pueden testificar con nosotros ante los hombres la unidad de Dios, aunque no
conozcan el misterio de la Santísima Trinidad" (Pablo VI, CPD 9).

Las huellas del Dios vivo en las obras creadas

237. El Dios uno y trino, origen y realidad última para los creyentes, es también
fundamento de todos los seres creados: los hombres que no participan de la fe
revelada por Jesucristo pueden, aunque trabajosamente, descubrir y reconocer
a Dios como origen y fin de su propia existencia. La Iglesia, siguiendo la
tradición bíblica (Sb 13, 1-9; Rm 1, 18-23), ha profesado, a lo largo de la su
historia, que el hombre, por la contemplación sapiencial de las obras creadas,
puede conocer al Dios vivo como origen y fin de todas las cosas.
El Concilio Vaticano II reitera así, resumiéndola, la enseñanza del Vaticano I, al
proclamar: "Confiesa el Santo Concilio que Dios, principio y fin de todas las
cosas, puede ser conocido con certeza, a partir de las cosas creadas, por la luz
natural de la razón humana (cfr. Rin 1, 20); con todo, enseña que hay que acudir
a la revelación para que todos (los hombres), también en la actual condición del
género humano, puedan conocer con facilidad, con certeza firme y sin mezcla
de error alguno aquellas realidades divinas que de suyo no son inaccesibles a la
razón humana" (DV 6).
TERCERA PARTE
CRISTO NOS DESCUBRE EL MISTERIO DEL HOMBRE.
"Por nosotros los hombres y por nuestra salvación."
DEL HOMBRE VIEJO AL HOMBRE NUEVO

CAPITULO I. Un "paso" que transforma al hombre.

Tema 22.—Introducción: Del hombre viejo al hombre nuevo.

o En proceso de conversión.
o Por la fuerza del Espíritu.
o La conciencia moral y la libertad del hombre.

CAPITULO II. Bajo el dominio del pecado. El hombre viejo.

Tema 23.—Convencidos de pecado por el Espíritu: Conciencia de pecado a la


luz de la fe.

Tema 24.—El pecado.

o La experiencia del mal. El pecado, la raíz más pro-funda de la


miseria 'humana.

o La raíz de todo pecado: el pecado original. La triple ruptura: con


Dios, con los otros, consigo mismo. Con-secuencias universales del pecado.

Artículo 1.-Impacto del pecado en los diversos órdenes de la vida.

Tema 25.-Sin la gracia, no podernos amar al prójimo con amor auténtico.

Tema 26.-Sin la acción del Espíritu, no podemos colaborar verdaderamente con


los demás: explotación y utilización del hombre.

Tema 27.-Sin el Espíritu de Cristo, no podemos servir al prójimo con amor


verdadero. Dominio del hombre sobre el hombre.

Tema 28.-Sin la gracia del Espíritu, no podemos adorar al Dios verdadero en


espíritu y en verdad.

Artículo 2.-Algunos problemas concretos.


Tema 29.-Sin el don del Espíritu, no es posible establecer una relación entre
hombre y mujer, según el designio de Dios. El desprecio dél otro sexo.

Tema 30.-Sin la gracia de Dios, no podemos establecer una relación adecuada


con las cosas. En una sociedad de con-sumo.

Tema 31.-Sin el Espíritu de Cristo, no podemos vencer la tentación de la


violencia.

Tema 32.-Sin la gracia del Espíritu, no podemos respetar de verdad el derecho y


la dignidad del otro. El menosprecio de la dignidad y derechos del hombre.

CAPITULO III. La conversión.

Tema 33.-Mi situación puede cambiar: la conversión. La gracia nos transforma y


hace capaces de amar de verdad a Dios y al prójimo.

DEL HOMBRE VIEJO AL HOMBRE NUEVO

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Proclamar:

o que Cristo nos descubre el misterio del hombre;

o que sólo a la luz, y bajo el influjo del Espíritu, el hombre reconoce su pecado;

o que Cristo hace posible el renacimiento del hombre a través del Espíritu.

CAPITULO I
UN "PASO" QUE TRANSFORMA AL HOMBRE

Tema 22. INTRODUCCIÓN: DEL HOMBRE VIEJO AL HOMBRE NUEVO

OBJETIVO CATEQUÉTICO
Descubrir que a lo largo de la vida del creyente se realiza un verdadero proceso de conversión, de
renacimiento por la fuerza del Espíritu. Este proceso transforma al creyente de hombre viejo en hombre
nuevo.

 EN PROCESO DE CONVERSIÓN.

En una relación nueva con respecto a Dios, a los demás, al mundo y a si


mismo

1. El nuevo nacimiento y la consiguiente experiencia religiosa, que transforma al


hombre de la carne en hombre del Espíritu (Rm 8, 8-9), que reproduce la imagen
de Jesús (Rm 8, 29), coloca al hombre en una relación nueva con respecto a
Dios, a los demás, al mundo e incluso a sí mismo. La acción del Espíritu divino
en la vida del creyente transforma profundamente la manera como el hombre
comprende a Dios, al mundo, a los demás y a sí mismo.

Del hombre viejo al hombre nuevo. En proceso de conversión

2. Por ello dicho cambio es vivido en el cruce de dos coordenadas esenciales a


toda antropología: a) la persona en relación con los otros; b) la persona en
relación con el mundo. La primera coordenada (antropológico-existencial: ser
con los otros) es principal, no exclusivamente interpersonal. El creyente es el
hombre que se sabe en relación con Dios y sus hermanos. Es el hombre de la
Alianza. En el cumplimiento de las exigencias de la misma, que realizó Cristo,
consisten toda la Ley y los profetas. Dicho cumplimiento no es tanto una
conquista por parte del hombre, cuanto su acogida a una dinámica de gracia que
procede en último término del Padre. De hecho, nos encontramos en un régimen
de gracia, que

culmina en la presencia eficaz del Espíritu prometido por Cristo. Toda existencia
humana se desenvuelve entre el rechazo de ese régimen de gracia, rechazo que
configura al hombre, según la concepción bíblica, como hombre viejo, y la
aceptación de la oferta del Padre que renueva, vivifica y salva lo que estaba
perdido (hombre nuevo).
Este cambio profundo se llama conversión. Desde sus orígenes, la Iglesia
distingue claramente entre conversión primera, conversión segunda y con-
versión continua. La conversión primera es propia de quien abraza la fe por
primera vez (Cfr. Hch 2, 38). La conversión segunda es la de aquellos que por el
pecado pierden la gracia bautismal y han de ser de nuevo justificados por el
sacramento de la penitencia. A este sacramento, los Santos Padres le llamaron
con propiedad "la segunda tabla después del naufragio que supone el perder la
gracia" (Jn 20, 22-23; cfr. Concilio de Trento, DS 1542). La conversión continua
es propia de los justos que frecuentemente han de orar con humildad y verdad:
"Perdónanos nuestras ofensas" (Mt 6, 12; cfr. DS 1536). En definitiva, la vida del
cristiano es todo un proceso de conversión en un hombre nuevo por la continua
acogida al don del Espíritu.
El pecado, condición histórica del hombre ante Dios

3. El pecado, en efecto, configura al hombre corno hombre viejo. Sin embargo, el


hombre no reconoce por sí mismo que es pecador. Es preciso que venga el
Espíritu para que convenza al mundo de pecado (Jn 16, 8) y el hombre pueda
reconocer su pecado contra Dios (Sal 50. 6). Airadas las cosas desde Dios, y su
designio salvador, todo lo humano está bajo el signo del pecado o bajo el signo
de la gracia. El pecado constituye pues una de las dos formas de estar y vivir
históricamente ante Dios. El pecado lleva consigo caída, oscuridad y ceguera, y
se manifiesta en la corrupción de órdenes fundamentales de la vidas familia,
trabajo, política, religión. El pecado es la rebelión humana contra el orden de
cosas configurado, según el designio original de Dios, como Alianza, por
relaciones de fidelidad y de amor; y, consiguientemente, el pecado toma cuerpo
en una determinada forma de desarrollo histórico a través del cual Dios ya en el
presente condena al hombre (Rm 1, 18).

El pecado: no a Dios, serie de rupturas, callejón sin salida

4. Toda una serie de rupturas descoyunta y deshace la realidad tal como había
proyectado Dios originalmente. El corte de la religación del hombre con Dios es
la raíz que origina y mantiene cualquiera otra ruptura. "Al negarse con frecuencia
a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación
a su fin último, y también toda su ordenación, tanto por lo que toca a su propia
persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación... El
pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud" (GS 13). Su
pretensión fracasa; el pecado, lo divide en sí mismo, lo empequeñece,
desviándolo de la plenitud a la que estaba destinado y, además, lo coloca en
una situación de la que no puede salir por sí mismo. Así, el pecado lleva consigo
una negación frente a Dios, las consiguientes rupturas y una situación como de
un callejón sin salida. La Biblia expresa este estado de cosas con diversas
imágenes.

En proceso de conversión: de la sed al agua de la vida

5. El pecado aparece como sequía y agostamiento de una tierra destinada por


Dios a ser fértil y productiva: "Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron,
Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas; cisternas agrietadas que el
agua no retienen" (Jr 2, 13). El pecado deja al hombre con tal sed que nada ni
nadie fuera de Dios puede apagarla. La llamada a la conversión lo es a apagar
esa sed: "¡Oíd, sedientos todos, acudid por agua!" (Is 55, 1). Es la llamada que
hace Jesús a la Samaritana: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te
pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva...; el que beba del agua que
yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de
él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna" (Jn 4, 10-14).

En proceso de conversión: de la ceguera a la luz


6. El pecado aparece también en la Sagrada Escritura como ceguera total que
incapacita al hombre para ver la acción de Dios en medio de la naturaleza y de
la historia. En este sentido, todos los hombres somos ciegos de nacimiento.
Nuestra ceguera original debe ser curada lavándonos en la piscina del Enviado,
es decir, en la piscina de Cristo, que custodia celosamente la Iglesia: Bautismo y
Penitencia. Y nuestros ojos inútiles se abrirán al horizonte de la fe: a Cristo, Luz
del Mundo. Jesús concedió la vista al ciego de nacimiento. "Escupió en la tierra,
hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la
piscina de Siloé (que significa Enviado). El fue, se lavó y volvió con vista" (Jn 9,
6-7). La llamada a la conversión es una llamada a la luz, Cristo nos ofrece la
curación de nuestra ceguera. "Jesús añadió: Para un juicio he venido yo a este
mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos" (Jn 9, 39).

En proceso de conversión: de la muerte a la vida

7. Como los pasajes evangélicos de la Samaritana y del ciego de nacimiento, el


pasaje de la resurrección de Lázaro pertenece a la antigua liturgia catecumenal
y, dentro de ella, a la de los domingos más antiguos de la Cuaresma (tercero,
cuarto y quinto). Quien se encuentra en proceso de conversión es un hombre
que está pasando de la muerte a la vida. Es un hombre que, como Lázaro, se
encontraba muerto y ante cuya tumba dijo Jesús: "Quitad la losa". Marta, la
hermana del muerto, le dijo: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días".
Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?". Entonces
quitaron la losa. Y dicho esto, gritó con voz potente: "Lázaro, ven afuera". El
muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas y la cara envuelta en un
sudario. Jesús les dijo: "Desatadlo y dejadlo andar" (Jn 11, 39-44). De forma
semejante, el hombre que nace a la fe es un hombre a quien Dios ha hecho salir
de su sepulcro y ha recuperado para la vida. Así se cumple la profecía de
Ezequiel para los tiempos mesiánicos: "Esto dice el Señor: Yo mismo abriré
vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra
vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor; os infundiré mi
espíritu y viviréis" (Ez 37, 12-14).

• POR LA FUERZA DEL ESPIRITU

En proceso de conversión por la fuerza del Espíritu

8. De la sed al agua viva. De la ceguera a la luz. De la muerte a la vida. El paso


del hombre viejo al hombre nuevo, la conversión del corazón, es un nuevo
nacimiento por la fuerza del Espíritu. Como dice Jesús a Nicodemo: "En verdad,
en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el
Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es
espíritu; No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto. El
viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a
dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu" (Jn 3, 5-8).
El mensaje cristiano llama a la conversión, pero no se contenta sólo con exhortar
al cumplimiento de unos deberes morales, sino lleva de suyo consigo el don del
Espíritu que crea el corazón nuevo prometido por los profetas para los tiempos
mesiánicos. Por ser regalo de Dios el Espíritu creador del corazón nuevo, la
conversión del corazón le es ofrecida al hombre gratuitamente, es decir, de
balde: "¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid,
comprad y comed, sin plata y sin pagar vino y leche!" (Is 55, 1).

El Espíritu obra en el corazón

9. El Espíritu obra en el interior del hombre, en su conciencia religiosa y moral.


La Escritura, además del término conciencia (Rm 14, 5; 1 Co 10, 25-29), utiliza
frecuentemente la palabra corazón y también la palabra Espíritu. En nuestra
manera de hablar, el corazón se considera ligado a la vida afectiva. Para el
hebreo se trata de algo mucho más amplio. El corazón es lo más íntimo del
hombre; ahora bien, en lo más íntimo se encuentran los sentimientos, pero
también los recuerdos y los pensamientos, los razonamientos y los proyectos. El
corazón del hombre designa entonces toda su personalidad vista como un todo,
desde el fondo de su ser, desde su centro viviente y original.

El problema religioso se juzga en el corazón del hombre

10. Así el problema religioso del hombre radica en el corazón. Israel fue
comprendiendo cada vez mejor que no es suficiente una religión exterior. Para
hallar a Dios hay que buscarlo "con todo el corazón" (Dt 4, 29). Israel
comprendió, al fin, que debía fijar su corazón en Dios (1 S 7, 3) y amarle con
todo el corazón (Dt 6, 5), viviendo con entera docilidad a su ley. Pero toda su
historia es una clara prueba de su impotencia radical para realizar tal ideal. Es
que el mal se le ha instalado en su mismo corazón. Este pueblo tiene un
corazón rebelde y contumaz (Jr 5, 23), un corazón incircunciso (Lv 26, 41), un
corazón doble (Os 10, 2). En lugar de poner su fe en Dios, ha seguido la
inclinación de su mal corazón (Jr 7, 24; 18, 12), y así han caído sobre él
calamidades sin cuento. Ya no le queda sino desgarrar su corazón (Jl 2, 13) y
presentarse delante de Dios con un corazón quebrantado y humillado (Sal 50,
19), rogando al Señor que les cree un corazón puro (Sal 50, 12).

Un cambio de corazón, un cambio profundo. Un nuevo nacimiento

11. "De dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios,
fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias. Eso es lo que hace impuro al
hombre" (Mt 15, 19-20). En esta situación resulta necesario un corazón nuevo,
una conciencia nueva, una personalidad nueva. Los profetas anuncian para el
futuro mesiánico un cambio radical, un cambio de corazón (Jr 31, 33; 32, 39; 24,
7; Ez 18, 31). Dios mismo realizará ese cambio: "Os daré un corazón nuevo,
infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de
piedra y os daré un corazón de carne" (Ez 36, 26).
El Nuevo Testamento entiende este cambio del corazón en el sentido de nuevo
nacimiento, nueva creación. El hombre nuevo es de Dios (Jn 8, 47), nace de
Dios (Jn 1, 13; 1 Jn 5, 18), participa de la naturaleza divina (2 P 1, 4), está
destinado a reproducir la imagen del Hijo resucitado y a ver a Dios (Rm 8, 29).
Toda la tradición de la Iglesia ha llamado "gracia" a este nuevo ser. Es la gracia
que constituye al creyente en hijo adoptivo de Dios. Es la gracia creada,
consecuencia del don del Espíritu (gracia increada).

El problema religoso del hombre, problema de "oído"

12. Para la Escritura, actitud primordial del hombre creyente es la actitud de


escucha: ¡Escuchad la palabra de Dios! (Am 3, 1; Jr 7, 2; Dt 6, 4; Mc 12, 29; 4,
3.9). En el centro de las relaciones entre Dios y el hombre, tal como nos las
presenta la Sagrada Escritura, está la palabra de Dios al hombre, que éste debe
escuchar y acoger en su corazón y en el seno de la comunidad fraterna. Ahí está
en juego la vida entera del creyente: escuchar la voz del Señor. Como dice el
salmista: "Ojalá escuchéis hoy su voz" (Sal 94, 7), palabras que glosará
ampliamente la Carta a los Hebreos (3, 7-1 1).

¡Un pueblo sordo oirá...!

13. Ahora bien, escuchar y acoger la palabra de Dios no es sólo prestarle un


oído atento sino abrirle el corazón (Hch 16, 14), ponerla en práctica (Mt 7, 24ss),
es obedecer. Tal es la obediencia de la fe que requiere la predicación oída (Rm
1, 5; 10, 14ss). Pero el hombre no quiere escuchar (Dt 18, 16.19), y en eso está
su drama. Es sordo a las llamadas de Dios; su oído y su corazón están
incircuncisos (Jr 6, 10; 9, 25; Hch 7, 51). Tal es el pecado de los judíos que
denuncia Jesús: "(Vosotros) no podéis escuchar mi palabra... El que es de Dios
oye lo que Dios dice; por eso vosotros no lo oís. porque no sois de Dios" (Jn 8,
43.47). En efecto, sólo Dios puede abrir el oído de su discípulo (Is 50, 5), para
que le obedezca (Sal 39, 7-9). Así, en los tiempos mesiánicos los sordos
comprenderán la palabra de Dios y la obedecerán (Is 29, 18; 35, 5; 42, 18ss; 43,
8; Mt 11, 5). Es lo que la voz del cielo proclama a los discípulos: "Este es mi Hijo
muy amado, escuchadle" (Mt 17, 5).

Rechazar la palabra del Señor es embotar el propio corazón y endurecer el


oído

14. Rechazar la palabra del Señor, endurecer el propio corazón y oscurecerse la


conciencia, son una misma cosa. Escuchar la voz del Señor y abrir el corazón a
Dios es lo mismo que creer en el sentido pleno que esta palabra tiene de
ordinario en la Biblia y es lo opuesto a la idolatría. La fe en Dios se opone al
servicio de los ídolos, pues este servicio no deja

oír la voz de Dios, endurece el corazón y oscurece la conciencia. Así se cumple


una y otra vez la profecía de Isaías: "Oíd con vuestros oídos, sin entender; mirad
con vuestros ojos, sin comprender. Embota el corazón de ese pueblo, endurece
su oído, ciega sus ojos: que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su
corazón no entienda, que no se convierta y sane" (Is 6, 9-10; Mt 13, 14-15).
• LA CONCIENCIA MORAL Y LA LIBERTAD DEL HOMBRE

La conciencia debe ser obedecida y formada

15. La conciencia es "el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que
éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de
aquella" (GS 16). Solamente a través de su propia con-ciencia, aún errónea,
llega al hombre el conocimiento de cualquier exigencia moral y religiosa. Por la
conciencia han de pasar todos los requerimientos de Dios y del prójimo. Es
camino ineludible. Por ello la conciencia propia debe ser escuchada. La Iglesia
ha enseñado constantemente que la con-ciencia obliga siempre aunque pueda
ser errónea, porque todo lo que no procede de "la buena fe" es pecado (Rm 14,
23). Pero precisamente por este carácter insoslayable de la obediencia a la
propia conciencia le urge al hombre formarse una "recta conciencia" (Cfr. GS
16), es decir, con-forme a la norma moral objetiva. El hombre fiel a Dios busca
sinceramente qué es lo que honestamente debe hacer. La fidelidad a la
conciencia implica fidelidad a la verdad. Esta urgencia es tanto más imperativa
para el creyente cuanto que su propia existencia de creyente encuentra su
sentido en la docilidad a la Palabra de Dios.

El hombre, en manos de su propia decisión

16. El paso de la condición de hombre viejo a la de hombre nuevo es libre. Dios


ha hecho libre al hombre para que pueda escoger la vida. aún a riesgo de que a
veces prefiera la muerte. Como dice el Concilio Vaticano II, "Dios ha querido
dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque
espontáneamente a su Creador y adhiriéndose libremente a éste, alcance la
plena y bienaventurada perfección" (GS 17). El hombre es libre porque es un ser
personal. Por voluntad divina el hombre es protagonista y artífice de su propia
realización humana, responsable de su propia existencia. Gracias al riesgo de la
libertad, el hombre puede ser, de veras, hijo de Dios, y consiguientemente
también de veras, hombre. Jesús, el hombre libre, es el prototipo y origen de
toda libertad plena a través de su Espíritu.

La libertad humana, ineludible responsabilidad ante Dios y los hombres

La libertad del hombre ante el bien y el mal (Dt 30, 15ss; Ga 6, 7-8) implica una
ineludible responsabilidad: "Mira: Hoy te pongo delante la vida y el bien, la
muerte y el mal... Elige, pues, la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al
Señor, tu Dios, escuchando su voz, pegándote a él, pues él es tu vida" (Dt 30,
15.19-20). El hombre puede apartarse del amor fraterno, puede separarse de
Dios, puede pecar. La libertad humana puede degradarse. Es una limitación
propia de la libertad humana. Dios, en cambio, sólo es capaz de amar. El
hombre está llamado a darse a sí mismo a Dios. La respuesta al amor de Dios
ha de ser una respuesta de amistad. Ahora bien, la verdadera amistad es libre.
El pecado —y su consecuencia, la condenación— consiste en rechazar
libremente la amistad que Dios ofrece gratuitamente al hombre para siempre.
Dominio de si mismo. Al servicio de Dios y de los otros

17. La libertad no es sólo ausencia de coacción interna o externa. El hombre


está llamado a alcanzar un dominio de sí mismo, a ser verdadera-mente dueño
de sus actos. Para ello deberá luchar contra los poderes que le esclavizan: el
egoísmo, el apetito de placer, el afán de riqueza y poder, la presión del
ambiente. La maduración de la libertad humana está en vencer los propios
egoísmos y darse a los demás. El amor verdadero es raíz y término de la
libertad humana. Pero esta liberación no es posible sin la gracia de Cristo. La
auténtica libertad humana supone que el hombre, con la ayuda de la gracia de
Dios, se esfuerza por ser fiel a su conciencia, fiel a la verdad, fiel a los derechos
y deberes de la persona humana, fiel a Jesucristo. La verdadera libertad es, ante
todo, capacidad de escucha y atención a los requerimientos de Dios y del
prójimo. San Pablo afirma: "Hermanos, habéis sido llamados a la libertad, sólo
que no toméis de la libertad pretexto para la carne: antes al contrario, servíos
por amor unos a otros" (Ga 5, 13).

Condicionantes de la conciencia y de la libertad

18. El hombre en el ejercicio de su libertad puede quedar limitado por diversos


factores de distinta naturaleza como la fuerza física de otros que le impidan
actuar, las amenazas, las torturas, o cualquier forma de influir en la conducta
ajena por el terror, el miedo, las drogas, las enfermedades que perturban
seriamente la capacidad de reflexión y decisión, el atractivo del placer, el
dominio del erotismo, el soborno, las experiencias que se han vivido desde la
infancia, el ejemplo o el escándalo que se haya recibido, y otros factores que
condicionan la responsabilidad y la lucidez y rectitud de la conciencia. Algunos
factores influyen más directamente en la capacidad de juicio, como puede ser la
mala información, la ignorancia, las ideas dominantes en el ambiente en que se
vive, la tradición del grupo a que se pertenece, las idologías más influyentes en
la clase social o en el sector profesional en el que cada uno está integrado, el
poder de los grupos de presión, etc. Este conjunto de factores desorientan con
frecuencia la conciencia, la oscurecen y condicionan en mayor o menor grado la
capacidad concreta de decisión de cada persona. El hombre es más libre cuanto
más independiente es del influjo de estos factores.

No juzgar por las apariencias. Vivir comunitariamente. Promover la


auténtica libertad de los hombres

19. La atenta consideración de las diversas circunstancias que condicionan el


ejercicio de la libertad humana debe llevarnos a tres consecuencias importantes
para nuestra vida cristiana. Primera: ser muy cautos y prudentes a la hora de
juzgar la conducta de nuestro prójimo. Jamás debemos atenernos a las meras
apariencias. Hemos de recordar siempre la palabra de Jesús: "No juzguéis y no
seréis juzgados". Segunda: No podemos pretender vivir cristianamente sin
contar con el apoyo de la comunidad humana y cristiana. El nivel moral de la
sociedad en que se vive favorece o dificulta la libertad de ;sus miembros. Esta es
una de las razones por las que el Señor ha dispuesto que nuestra vocación
cristiana ha de realizarse en el seno de una comunidad de fe, de esperanza y de
caridad. La Iglesia es, en el plan de Dios, una respuesta comunitaria en el orden
de la gracia opuesta a las estructuras sociales en las que se hace presente el
poder del pecado. Según el designio de Dios, la Iglesia es constitutivamente un
espacio de libertad y una liberación del hombre. Tercera: los cristianos, como
miembros de la Iglesia, deben sentirse llamados a promover la auténtica libertad
de los hombres y para ello deben juzgar a la luz del Evangelio las ideologías
vigentes y las situaciones concretas para liberar las conciencias de toda ilusión y
de toda verdadera alienación.

CAPÍTULO II
BAJO EL DOMINIO DEL PECADO. EL HOMBRE VIEJO.

OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Anunciar que sólo a la luz del Espíritu el hombre se reconoce pecador y que, por
consiguiente, se encuentra en una situación de la que no puede salir por sí mismo.

o Presentar el pecado como una historia de infidelidades y rupturas.

Tema 23. CONVENCIDOS DE PECADO POR EL ESPIRITU: CONCIENCIA DE


PECADO A LA LUZ DE LA FE

OBJETIVO CATEQUÉTICO

 Anunciar que sólo delante de Dios el hombre adquiere conciencia de pecado.

 Descubrir nuestra situación de pecado y aceptar con docilidad y confianza el juicio de Dios sobre el
propio pe-cado.

Aversión del hombre a reconocer sus propios fallos

20. El preadolescente manifiesta con frecuencia aversión a reconocer sus


propios fallos. Una y otra vez, en actos y actitudes, la disculpa salta como un
resorte. También el adulto muestra una capacidad ilimitada de auto-justificación
que le impide llegar a una aceptación de la realidad objetiva de los propios fallos,
injusticias, impurezas, egoísmos. Se trata, pues, de una falsa justificación, que
debe ser evitada del mismo modo que debe serlo la falsa acusación de sí
mismo, originada por un insano sentimiento de culpabilidad.

Sólo delante de Dios el hombre adquiere conciencia del pecado.

21. El creyente es el hombre que vive en relación con Dios. Sólo delante de Dios
puede adquirir el hombre conciencia de pecado. En la medida en que creemos
en Dios vamos reconociendo, a la vez, el propio pecado, el pecado de la
humanidad y el pecado del mundo. Hay en el corazón humano como una
profunda aversión a reconocerse pecador, aversión que sólo la presencia eficaz
del Espíritu va lentamente dominando con una pedagogía inseparable de la
pedagogía de la fe. Como bien se ha dicho, no puede uno verse pecador sino
por comparación, no se ve uno pecador sino por gracia de Dios, no se conoce a
uno a sí mismo sino conociendo a Dios, no sabe uno lo que tendría que ser sino
cuando conoce Yo que Dios le propone ser, no sabe uno lo que le falta hasta
que se lo dan. Dice el libro de los Proverbios: "Al hombre le parecen rectos todos
sus caminos, pero es Yahvé quien pesa los corazones" (21, 2).

Una personalidad de pecador, un cuerpo de pecado. Pasa desapercibida la


raíz más profunda de la miseria humana

22. El pecado arraiga profundamente y se hace como connatural al hombre,


estableciendo en él una personalidad de pecador, un cuerpo de pecado (Rm 6,
6). El pecado endurece los oídos, cierra los ojos y embota el corazón (Mt 13,
15), y así pasa desapercibida la raíz más profunda de la miseria humana.
Porque el pecado consiste también en no reconocer el propio pecado. Como
dice San Juan: "Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos
sinceros. Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos
perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no
hemos pecado, le hacemos mentiroso y no poseemos su palabra" (1 Jn 1, 8-10).
La aversión a reconocer el propio pecado se manifiesta con especial sinuosidad
en el caso de la hipocresía farisaica (Cfr. Mt 23, 23ss) y llega a su extremo en la
actitud demoníaca.

Padecemos los efectos, pero ¿vemos el pecado?

23. El hombre padece sus propios crímenes y miserias; padece las guerras, que
parecen brotar como por necesidad y como si nadie las quisiera; padece la
acumulación de bienes económicos, con la ambición, la soberbia y las grandes
fachadas de falsedad que hay detrás de ella; padece también el
envenenamiento de la atmósfera social por la lucha de clases y una fe ciega en
el recurso de la violencia; padece profundas contradicciones y equívocos: en el
seno de una Europa que se decía culta y cristiana han muerto —no hace tanto
tiempo— millones de personas en las cámaras de gas; padece el hombre una
incapacidad profunda para romper el círculo del propio egoísmo y amar.
El incumplimiento del Decálogo señala e identifica al hombre viejo

24. Frente a la ceguera del hombre para reconocer su propio pecado, la Palabra
de Dios levanta acta de acusación por medio del Decálogo "para que toda boca
enmudezca y el mundo entero se reconozca reo delante de Dios" (Rm 3, 19). El
Decálogo señala al hombre como pecador, le identifica como hombre viejo. Todo
aquello que, saliendo de dentro del corazón, supone una transgresión del
Decálogo, mancha y desfigura al hombre. Como dice Jesús: "de dentro del
corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones,
robos, falsos testimonios, injurias. Eso es lo que hace impuro al hombre" (Mt 15,
19-20; cfr. Ga 3, 19ss).

Todos somos pecadores

25. Todos somos pecadores: "todos, judíos y gentiles, están bajo el dominio del
pecado; así dice la Escritura: Ninguno es justo, ni uno solo, no hay ninguno
sensato, nadie que busque a Dios. Todos se extraviaron, igualmente obstinados,
no hay uno que obre bien, ni uno solo. Su garganta es un sepulcro abierto,
mientras halagan con la lengua, con veneno de víboras en sus labios. Su boca
está llena de maldiciones y fraudes, sus pies tienen prisa para derramar sangre;
destrozos y ruinas jalonan sus caminos, no han descubierto el camino de la paz.
El temor de Dios no existe para ellos" (Rm 3, 10-18). "Todos pecaron y están
privados de la gloria de Dios" (Rm 3, 23). Por la palabra de Dios y la fe en Cristo
llegamos a reconocernos pecadores. Alcanzar la verdad sobre uno mismo es
don de Dios. Que el mundo sea convencido de pecado es señal de la acción del
Espíritu (Jn 16, 8).

Aceptar esperanzadamente el juicio de Dios sobre el propio pecado

26. Sólo desde la fe que nos hace capaces de una nueva experiencia, se puede
aceptar la verdad sobre el pecado humano. Y además esperanzada-mente, sin
derrotismos; sabemos que "a los que aman a Dios todo les sirve para el bien"
(Rm 8, 28). San Pablo subraya las seguridades de la fe cuando escribe: "Si Dios
está por nosotros, ¿quién contra nosotros...? Dios es quien justifica, ¿quién
condenará?" (Rm 8, 31.33). El mismo reconocimiento del propio pecado viene a
ser signo evangélico, "buena noticia".

Tema 24. EL PECADO

• LA EXPERIENCIA DEL MAL. EL PECADO, LA RAÍZ MÁS PROFUNDA DE


LA MISERIA HUMANA
OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar:

— Que Dios no es el responsable de la presencia del mal en el mundo, sino el hombre.

— Que Dios ama a este mundo pecador y que la cruz es signo de este amor.

Experiencia del mal: ¿Quién es el responsable?

27. El preadolescente vive ocasiones en que puede tener experiencias de


sufrimiento, dolor, injusticia, enfermedad, muerte. En definitiva, aparece para él,
como para cada hombre, la experiencia del mal. Ante esta experiencia, surge
una y otra vez, desde lo más profundo del corazón humano la inquietante
pregunta: ¿quién es el responsable? Esta pregunta no es pura y simplemente
teórica; sino la formulación disfrazada de una sospecha dolorosa, que surge del
fondo de nuestro corazón y a la que vence siempre la fe: ¿será Dios el
responsable del mal del mundo?

Una reacción extrema e impía ante el mal del mundo: "No hay Dios"

28. La experiencia del mal parece desvirtuar la primera enseñanza bíblica, a


saber, que el mundo y la vida son don de Dios, y constituye una objeción
insistentemente dirigida al propio corazón de la fe: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8.16).
Si esto es así, ¿cómo es posible el mal? Por eso esta experiencia del mal
desencadena a veces la afirmación impía: No hay Dios (Sal 10, 4; 13, 1), esta es
la relación de algunos contemporáneos nuestros ante el mal: Dios no es justo,
no es bueno (tolera el sufrimiento de los inocentes), luego no existe. En este
contexto se produce otra gran proclamación bíblica (Gn 2 y 3), la de la justicia y
la inocencia de Dios ante el mal del mundo. El relato yahvista del pecado de la
primera pareja, recogido en el Génesis, está orientado principalmente a
proclamar y confesar que Dios no tiene la culpa. La raíz más profunda de la
miseria humana no está en Dios, sino en el hombre mismo. Y en forma figurada
reproduce el drama original, cuyas consecuencias vienen a decidir la condición
del hombre y toda su historia.

Se introdujo el pecado y la muerte en el inundo. Así se introduce todavía


hoy

29. Según las primeras páginas del Génesis, entre el mundo de nuestra
experiencia y la creación originaria no hay una continuidad perfecta: en un lugar
se produce una fractura. Era el mundo bueno, muy bueno al salir de las manos
de Dios (Gn 1 y 2). Se ha introducido un elemento perturbador: el pecado del
hombre (Gn 3). El pecado, rebeldía del hombre contra el designio salvador de
Dios, constituye la raíz más profunda de la miseria humana. Con este relato,
busca la Biblia no tanto especular sobre los orígenes de la historia, cuanto
iluminar la vida del hombre en orden a su conducta, mostrándole cómo vino la
desgracia y la miseria al mundo y sigue viniendo aún hoy y cómo de ellas es el
hombre y no Dios el responsable.

El dolor y la cruz, escándalo para los judíos, necedad para los griegos

30. El carácter desconcertante de la experiencia

Artículo 1.-Impacto del pecado en los diversos órdenes de la vida.

Tema 25.-Sin la gracia, no podernos amar al prójimo con amor auténtico.

Tema 26.-Sin la acción del Espíritu, no podemos colaborar verdaderamente con


los demás: explotación y utilización del hombre.

Tema 27.-Sin el Espíritu de Cristo, no podemos servir al prójimo con amor


verdadero. Dominio del hombre sobre el hombre.

Tema 28.-Sin la gracia del Espíritu, no podemos adorar al Dios verdadero en


espíritu y en verdad.

Tema 25. SIN LA GRACIA, NO PODEMOS AMAR CON AMOR AUTÉNTICO

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar:

• que por el pecado del hombre la relación personal de amor tiende a reducirse y de hecho se
reduce machas veces a relación de dominio y de fuerza;

• que el hombre apoyado sólo en sus propias fuerzas es incapaz de amor al prójimo con los
sentimientos de Cristo, estó es, con un amor realmente auténtico y desinteresado. El amor verdadero es
un don de Dios.

Egocentrismo, rasgo típico preadolescente

52. El egocentrismo es un rasgo típico del preadolescente. Supone un


encerrarse en sí mismo, un replegarse sobre sí y al mismo tiempo, una postura
de rechazo para el otro, una cerrazón instintiva, una repulsa a la forma de ser o
de manifestarse el otro; repulsa quizá motivada por determinadas incapacidades
físicas, sociales, intelectuales. Estos rechazos, evidentes en los grupos de clase
o en las pandillas de amigos, marcan fuertemente con un signo negativo la
postura de unos preadolescentes hacia otros y son ocasión de grandes
sufrimientos por parte del no aceptado. El egocentrismo preadolescente es una
etapa que debe superarse en el desarrollo paulatino de la personalidad. La plena
superación de este egocentrismo, dentro de las exigencias del Evangelio, sólo
se logrará bajo el influjo del Espíritu Santo.

La persona egoísta, básicamente incapaz de amar a los demás y a sí


misma

53. Toda actitud humana que de alguna manera cierra al individuo sobre sí
mismo, que no favorece su apertura e integración, que fomenta el aislamiento o
la soledad es un camino que no conduce hacia la propia identidad. Es una
actitud egoísta. La persona egoísta sólo se interesa por sí misma, desea todo
para sí misma, no siente satisfacción en dar, sino únicamente en tomar.
Considera el mundo exterior sólo desde el punto de vista de lo que puede
obtener de él. Carece de interés por las necesidades ajenas y de respeto por la
dignidad e integridad de los demás. No ve más que a sí misma, juzga a todos
según su utilidad; es básicamente incapaz de amar de verdad. Pero el egoísta
no sólo es incapaz de amar a los demás; ni siquiera puede amarse de verdad a
sí mismo.

Lo contrario del amor fraterno

54. El excluir a alguien de nuestro amor se opone directamente al mandato del


Señor, cuando dice: ama a tu prójimo como a ti mismo. El amor fraterno es el
amor incondicional a todos los seres humanos: el amor al desvalido, al pobre, al
desconocido, al enemigo, es su signo distintivo. Amar a los de nuestra propia
carne y sangre no es hazaña alguna. Los animales aman a sus vástagos y los
protegen. El desvalido ama a su dueño, porque en el fondo depende de él; el
niño ama a sus padres, pues los necesita. El amor fraterno sólo comienza a
desarrollarse cuando amamos a quienes no necesitamos para nuestros fines
personales. "Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No
hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos,
¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?" (Mt
5, 46-48).

Dios ama al frágil e inseguro ser humano. Sin acepción de personas

55. En forma harto significativa, en el Antiguo Testamento, el objeto central del


amor del hombre es el pobre, el extranjero, la viuda y el huérfano y,
eventualmente, el enemigo nacional, el egipcio y el edomita. Al tener compasión
del desvalido el hombre comienza a desarrollar el amor a sus hermanos; y al
amar a su hermano, se ama también a sí mismo y a todo el que necesita ayuda:
amar al frágil e inseguro ser humano, a quien Dios ama: "No endurezcáis
vuestra cerviz; que el Señor, vuestro Dios, es Dios de dioses y Señor de
señores, Dios grande, fuerte y terrible, no es parcial ni acepta soborno, hace
justicia al huérfano y a la viuda, ama al forastero, porque forasteros fuisteis en la
tierra de Egipto" (Dt 10, 16-19). La carta de Santiago, en el Nuevo Testamento,
insiste en estas ideas: "Hermanos, no juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo
glorioso con la acepción de personas... Si mostráis favoritismos, cometéis un
pecado" (2, 1.9).

Amplitud del amor cristiano al prójimo

56. El sermón de la montaña nos revela toda la amplitud del amor cristiano al
prójimo: "Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Yo, en cambio,
os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la
mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la
túnica, dale también la capa; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado no le
rehúyas. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu
enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los
que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que
hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos" (Mt
5, 38-45).

¿Necedad, utopía o incapacidad no confesada?

57. La razón humana, si se toma sólo a sí misma como punto de partida, viene a
decir cosas como éstas: "Yo (y mi familia) tengo razón; yo no puedo prescindir
de esto o de lo otro"; "La caridad bien entendida empieza por uno mismo" (en
realidad, quiere decir que comienza, sigue y termina en uno mismo). O también:
"El que me la hace, me la paga", "Perdono, pero no olvido", "Por ahí no paso". El
mundo considera necedad y utopía la modalidad evangélica de amar. En ello se
revela su incapacidad de amar así, aunque dicha incapacidad no sea confesada
y reconocida. En realidad, todos somos principiantes en el amor. El egoísmo, a
insinceridad, la incapacidad e inmadurez interiores hacen de nosotros inexpertos
que tienen que ir aprendiendo siempre. El hombre, si se apoya sólo en sus
propias fuerzas, es incapaz de amar al prójimo con los sentimientos de Cristo y
según la ley del Espíritu.

Incomunicación y lucha en el ámbito del amor y de la familia

58. Esta incapacidad de amar llega a ser tan honda en el hombre que penetra
incluso en el árnbito más íntimo de la vida humana: el amor conyugal, la familia.
Por el pecado la relación personal de amor queda desvirtuada en relaciones
instintivas y ciegas, de deseo y dominio, de predominio y fuerza: "Tendrás ansia
de tu marido y él te dominará" (Gn 3, 16). El pecado introduce la contradicción y
la incomunicación en el orden de la familia y del amor humanos.

Un corazón de piedra

59. El pecado destruye, disgrega. Introduce la división en medio de los hombres:


en cada uno de ellos se oculta un corazón de piedra que debe ser quitado,
sustituido por uno de carne: "Esto dice el Señor: Os reuniré de entre los pueblos,
os recogeré de los países en los que estáis dispersos, y os daré la tierra de
Israel. Entrarán y quitarán de ella todos sus ídolos y abominaciones. Les daré un
corazón íntegro e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón
de piedra y les daré un corazón de carne para que sigan mis leyes y pongan por
obra mis mandatos; serán mi pueblo y yo seré su Dios" (Ez 11, 17-20).

El amor es de Dios. La era del corazón nuevo, corazón de carne

60. Tener un corazón de carne significa amar: amar a la manera evangélica, a la


manera de Dios. "El amor es de Dios" (1 Jn 4, 7). El amor es, pues, don de Dios:
"Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios" (id). Adán descartó ese
amor, queriendo usar contra la voluntad de Dios lo que le estaba destinado
como don. Este es también nuestro pecado, el pecado actual del mundo y el
pecado de todos los tiempos. Si somos hombres que amamos como nos enseña
Jesucristo, lo somos no por nuestros méritos, sino por una donación de Dios,
que no está a nuestro alcance. En realidad, ¿cómo seríamos nosotros
misericordiosos como el Padre celestial (Le 6, 36), si no nos lo enseñara el
Señor (1 Ts 4, 9), si no lo derramara el Espíritu en nuestros corazones (Rm 5, 5;
15, 30)? Jesús es quien inaugura la nueva era que anunciaban los profetas: La
era del corazón nuevo, corazón de carne.

Tema 26. SIN LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU, NO PODEMOS COLABORAR


VERDADERAMENTE CON LOS DEMÁS: EXPLOTACIÓN Y UTILIZACIÓN
DEL HOMBRE

OBJETIVO CATEQUETICO

Anunciar:

que, por el pecado del hombre, el trabajo se convierte en una realidad dura y esclavizante, deja de ser
signo de creación y de servicio;

que el hombre, por sí mismo, está incapacitado para colaborar verdaderamente con los otros; su trabajo
sigue entonces la ley de la competición considerando al otro como rival;

que todos estamos llamados a colaborar y a participar en la acción transformadora de un mundo que
Dios ha creado para todos.

El preadolescente ¿incapacitado para colaborar? ¿Educados para la


competición?

61. Cierta dificultad del preadolescente para colaborar con los demás —
condición que puede ir siendo superada por él— no pocas veces resulta
favorecida y reforzada por una educación competitiva. Así, la experiencia del
preadolescente encuentra la rivalidad frente al compañero de clase, de juego, de
barrio, la persecución del propio interés y del mejor puesto, el individualismo
insolidario. Esta experiencia se inscribe en el contexto más amplio de la
experiencia humana común. Un tipo de preadolescente insolidario y rival frente a
. Ios demás corresponde a un tipo de sociedad que fomenta el individualismo
insolidario y la rivalidad. Una tal sociedad no educa, realmente, para el amor,
sino para la rivalidad.

Sociedad competitiva: el otro como rival

62. La dificultad del adolescente para colaborar con los demás, favorecida por tal
género de educación, configura toda la vida futura del hombre, y en especial su
actividad laboral. El mundo del trabajo está presidido muy de ordinario
frecuentemente por la misma ley de la competitividad. Esta competitividad llega
a ser lucha sin entrañas, en la que "el otro" es percibido como rival, sin más
consideraciones. No importa el hombre por sí mismo, sino el dinero, el negocio,
el capital, el éxito personal, el poder; como dice el libro de la Sabiduría: "Piensa
que la existencia es un juego de niños y la vida un concurrido y lucrativo
mercado: ganar por todos los medios, dice, aun malos, es lo que importa" (Sb
15, 12).

El poder del pecado en el mundo del trabajo

63. Anteriormente (núm. 65) se expusieron las consecuencias del pecado,


descrito en Gn 3, para el trabajo y para las relaciones sociales que surgen de él.
En la Sagrada Escritura, el trabajo es uno de los órdenes de la actividad humana
en que más ampliamente despliega el pecado su poder. Arbitrariedad, violencia,
injusticia, rapacidad hacen del trabajo no sólo un peso abrumador, sino objeto de
odio y causa de divisiones y conflictos. Obreros privados de su salario (Is 58, 3;
St 5, 4), poblaciones sometidas a prestaciones forzosas por un gobierno
enemigo (2 S 12, 31), y también por el propio soberano (1 S 8, 10-18; 1 R 5, 27;
12, 1-14), esclavos condenados al trabajo y a los golpes (Si 33, 25-29). Este
mundo del trabajo lo conoció Israel en la forma más inhumana en Egipto: trabajo
forzado a un ritmo agotador, bajo la vigilancia despiadada en medio de una
población hostil, en provecho de un gobierno enemigo, trabajo organizado
sistemáticamente para aniquilar al pueblo y quitarle toda capacidad de
resistencia (Ex 1, 8-14; 2, 11-15; 5, 6-18); se trata ya del mundo de los campos
de concentración, del campo de trabajo.

Relaciones laborales como relaciones de fuerza

64. Pervertido el orden del trabajo, la humanidad ha dejado de ser una


fraternidad de trabajadores, ligada con vínculos de solidaridad. Los bienes
económicos, acumulados en exceso por individuos, regiones y naciones, dividen
y enfrentan a los hombres. De este modo, las relaciones sociales quedan
configuradas en relaciones de dominio, opresión y violencia. "En un momento en
que el desarrollo de la vida económica, orientada y ordenada de una manera
racional y humana, podría permitir una atenuación de las desigualdades
humanas, con demasiada frecuencia trae consigo un endurecimiento de ellas y,
a veces, un retroceso en las condiciones de vida de los más débiles y el
desprecio de los más pobres... y mientras un pequeño número de hombres
dispone de un muy grande poder de decisión, otros están privados de toda
iniciativa y de toda responsabilidad, frecuentemente en condiciones de vida y de
trabajo indignas de la persona humana... Entre las naciones económicamente
más avanzadas y las otras naciones se va creando una oposición cada día más
grave que puede poner en peligro la misma paz del mundo" (GS 63).

Algunos desórdenes actuales en el mundo del trabajo

65. Algunos desórdenes del mundo del trabajo en los que aparece actualmente
el poder del pecado: incumplimiento de deberes profesionales; injusticias en los
salarios y en el rendimiento laboral; discriminaciones sociales contra los más
débiles; despido arbitrario de trabajadores; abusos de la competencia: limitación
en el derecho de defensa de sus legítimos intereses a sectores del mundo del
trabajo.
Otros desórdenes sociales son la evasión de cargas fiscales o sociales o su
desproporción; las nuevas formas de usura; abusos respecto al alojamiento;
desinterés por las necesidades vitales de los más débiles, falta de acogida a los
inmigrados; manipulación de los medios de comunicación social y exigir lo
imposible a los dirigentes de la sociedad en todos los órdenes.

Participar en la acción transformadora de un mundo que Dios ha creado


para todos

66, Estamos llamados a colaborar y a participar en la acción transformadora, de


un mundo que Dios ha creado para todos. El mundo es la casa de todos. Todos
somos hermanos. Dios es nuestro Padre: "Dios ha destinado la tierra y cuanto
ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los
bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa y bajo la égida de la
justicia y con la compañía de la caridad... Por tanto, el hombre no debe tener las
cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino
también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente,
sino también a todos los demás" (GS 69). Desde este llamamiento podemos
apreciar todo el alcance de la perversión del orden del trabajo y de las relaciones
sociales fundadas sobre él.

Tema 27. SIN EL ESPÍRITU DE CRISTO NO PODEMOS SERVIR. DOMINIO


DEL HOMBRE SOBRE EL HOMBRE
OBJETIVO CATEQUÉTICO:

Anunciar:

— que la autoridad, cuando se ejerce bajo la seducción del pecado, pierde su sentido de servicio. Por el
pecado del hombre la autoridad muchas veces se degrada y se transforma en un simple medio de
dominio o de provecho propio.

— que el hombre por sus propias fuerzas se encuentra incapacitado para servir. Sólo por la acción de
Dios el hombre puede estar al auténtico servicio del hombre, recuperando su verdadero rostro.

Incapacitados para servir, unidos para dominar

67. El preadolescente necesita del grupo o pandilla; en ella descubre sus


posibilidades, desarrolla su creatividad, va perfilando la imagen de sí mismo. El
educador debe ser consciente de que el grupo es fundamental en la vida del
preadolescente; en el grupo encuentra la aceptación que posiblemente no
encuentra en otros ambientes (familia, colegio...). La pandilla, sin embargo,
puede degenerar en formas antisociales, que se desarrollan en el grupo cerrado
y agresivo. La pandilla se convierte en una escuela de aprendizaje del
enfrentamiento y de la lucha con los demás y de diversos aspectos de la
delincuencia precoz (es importante el influjo sobre el preadolescente de las
películas de violencia, con cuyos héroes violentos tiende fácilmente a
identificarse). El preadolescente queda incapacitado para el verdadero servicio,
se une para el dominio y la violencia.

Dominio del hombre sobre el hombre: la carcoma social de una


convivencia pacífica

68. Esa incapacidad para servir y esa tendencia profunda al dominio de los
demás se manifiesta también en la sociedad adulta. Con consecuencias y
repercusiones mucho más serias. Los grupos cerrados de la sociedad adulta
desarrollan una delincuencia no siempre denunciada como la carcoma de una
convivencia pacífica. Lo mismo sucede entre las naciones, donde el
nacionalismo y la ambición imperialista de cualquier cuño vienen a deshacer la
convivencia entre los pueblos.

La autoridad como servicio, no como poder y mando en provecho propio

69. El pecado corrompe también el concepto y ejercicio de la autoridad. Esta


corrupción es de la mayor trascendencia en el orden individual y colectivo
(social, político y religioso). La Escritura la denuncia, por ejemplo, en Sb 6, 1-6.
Pero el trastorno de las relaciones sociales por la perversión de la autoridad y el
poder aparece en toda su verdad, si lo apreciamos desde las exigencias del
Evangelio.
El Evangelio de Jesús (Mc 10, 35-45) nos coloca en el corazón del problema. El
deseo de poder de los hijos del Zebedeo indigna al resto de los apóstoles que, a
su vez, mantienen la misma aspiración. Jesús, llamándoles, les dice: "Sabéis
que los que son tenidos cono jefes de las naciones las gobiernan como señores
absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre
vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros será vuestro
servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros será esclavo de todos, que
tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida
como rescate por muchos".
Jesús señala la profunda contradicción existente entre la actitud evangélica de
servicio a los demás y una interpretación de la autoridad como poder y mando
en provecho propio. En nuestro tiempo, la autoridad como servicio tiene en el
orden social y político un nombre: la participación (GS 31).

El creyente ante el abuso de autoridad y la idolatría del poder político

70. La corrupción del poder culmina cuando éste se ejerce contra los creyentes
(los "santos"), los pobres de Yahvé (Jn 16, 2; Mt 10, 17 ss.; Lc 6, 26). El capítulo
7 del libro de Daniel —esbozo de teología de la historia aplicable a cualquier
tiempo— pone de manifiesto la dura condición histórica del creyente ante esta
forma de idolatría que hace del poder una bestia. En este relato, las bestias (que
simbolizan reyes, naciones, imperios...) atacan a "los santos del Altísimo" (vv.
18-25); éstos resisten en todo tiempo a la idolatría de la bestia, expresada
incomparablemente en Ap 13, 4: "¿Quién como la Bestia?". Pero, en tales
circunstancias, surgirá siempre un enviado de Dios que asuma y encarne la
función de Miguel, que significa ¿Quién como Dios? Ambos gritos recorren la
historia de los hombres de un extremo a otro del tiempo.

La Bestia y el Hijo del Hombre, frente a frente: "¡No serviré!" "¡Serviré!"

71. La Bestia no sirve a nadie. Encarna históricamente el grito satánico: ¡No


serviré! Es la suprema manifestación de poder ("señores absolutos", Mc 10, 42),
poder que termina oprimiendo al hombre, particularmente a los débiles y
pequeños. El Hijo del Hombre ha venido, por lo contrario, a servir y en este
servicio al hombre que, en el fondo, es amor, el hombre recupera su verdadero
rostro. La paradoja evangélica consiste en que el hombre se humaniza sirviendo,
es decir, amando. Y así cumple la voluntad de Dios, se diviniza.

Cristo, sirviendo, revela el rostro más perfecto de lo humano

72. En el mensaje simbólico del sueño de Daniel (cap. 7) las figuras del Anciano
y del Hijo del Hombre (figuras humanas) aparecen como contrapunto dialéctico
de esas otras figuras no humanas o, mejor, inhumanas, bestiales: sólo lo divino
es profundamente humano y el hombre, cuando se aparta de Dios, se degrada
hasta la condición de bestia. La expresión semita "Hijo del Hombre" equivale
ordinariamente a Hombre. Según ello, la definición propia del hombre no es la
bestia, sino el Hijo del Hombre. Cristo, de una forma inconcebible para el mundo
(isirviendo!), deja al descubierto el rostro más perfecto de lo humano: "Cristo
revela plenamente el hombre al hombre" (GS 22). Desde ahí podemos rastrear
lo hondo de la perversión en el modo de entender y ejercer los hombres el poder
y la autoridad.
Tema 28. SIN LA GRACIA DEL ESPÍRITU, NO PODEMOS ADORAR AL DIOS
VERDADERO EN ESPÍRITU Y EN VERDAD

OBJETIVO CATEQUETICO:

Anunciar:

que por el pecado del hombre la relación con Dios se desvía, se desfigura, se corrompe;

que el hombre, abandonado a sí mismo, se encuentra incapacitado para creer, para adorar al verdadero
Dios en espíritu y en verdad;

que un culto grato a Dios lleva consigo fidelidad a las exigencias de la alianza.

Desfiguración de lo religioso: religiosidad meramente exterior

73. El preadolescente puede dejarse cautivar por falsos y superficiales centros


de interés: personas o cosas se convierten en auténticos ídolos, que el
preadolescente asume como modelos de identificación. Es notable, por ejemplo,
la facilidad con que el chico se identifica con el héroe de muchas películas
violentas. O la chica que se constituye en "fan" del cantante de moda. En el
plano religioso, la experiencia preadolescente puede adoptar formas falsas de
religiosidad que constituyen un obstáculo en el desarrollo integral de la propia
personalidad. Así, por ejemplo, el preadolescente puede centrar su religiosidad
en una moral concebida de una manera negativa y represiva, exterior, influida
muchas veces por el comportamiento de los adultos. Esto puede dar lugar a ver
a Dios como un obstáculo que impide al hombre ser verdaderamente libre; como
un estorbo que hay que eliminar de la vida.

Ídolos que ocupan el lugar del verdadero Dios

74. La experiencia adulta manifiesta mucho más claramente los extremos


viciosos de una religiosidad desviada, desfigurada, corrompida. En primer lugar,
los centros de interés que dirigen realmente la vida de los hombres: dinero,
poder, sexo..., constituyen para muchos una especie de idolatría práctica. Idolos
son las mismas realidades creadas en tanto en cuanto pasan a ocupar el lugar
central de la vida humana, pretendiendo el hombre encontrar en ellos el sentido
de su vida; vienen a ocupar de hecho el lugar del verdadero Dios. Quien vive sin
Dios no puede quedar en el vacío: vive entregándose, tal vez
inconscientemente, a otras realidades que susti tuyen a Dios.
Religiosidad vacía

75. Se dan, a veces, en la sociedad, por el influjo del pecado, formas de vida
religiosa centradas en un culto meramente exterior. Constituyen una religión y un
culto separados de la vida, con olvido del Dios vivo y verdadero, del amor al
prójimo, sin corazón y sin entrañas para el otro. Bajo la capa de un culto ofrecido
al verdadero Dios, el hombre satisface superficialmente cierta necesidad de vida
religiosa aunque el verdadero centro de interés de su vida vaya por otra parte,
muy lejos del deseo auténtico de hacer la voluntad de Dios. Busca en el rito una
seguridad que le tranquiliza y adormece. Y así puede acumular, incluso
obsesivamente, prácticas religiosas vacías.

Dios no se deja engañar

76. Antes del pecado las relaciones del hombre con Dios se muestran sencillas.
Después del pecado, el hombre pretendía aplacar a Dios con sacrificios de
animales, pero sin verdadera conversión del corazón. Sin embargo, Dios no se
deja engañar: Dios no acepta cualquier culto. Y el mismo pueblo experimenta el
vacío de un culto formalista y sin corazón: "—¿Para qué ayunar, si no haces
caso? ¿mortificarnos, si tú no te fijas?" (Is 58, 3).
A veces, el rito religioso corre el peligro de convertirse en simple práctica que
pretende enmascarar y sustituir la conversión del corazón. Frente a tal
desviación, los profetas recordaron siempre las condiciones de un culto
auténtico.

"Buscábais vuestro negocio"

77. La Escritura señala ese vacío religioso: "Mirad: el día de ayuno buscáis
vuestro interés, y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y
disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en
el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea, para el día en que
el hombre se mortifica? Mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y
ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?" (Is 58, 3-5).

Fidelidad del corazón, condición de un culto auténtico

78. El culto de Israel vendrá a ser espiritual en la medida en que él adquiera


conciencia del carácter interior de las exigencias de la alianza: Esta es la
insistente predicación de los profetas. Esta fidelidad del corazón es la condición
de un culto auténtico y la prueba de que Israel no tiene más Dios que a Yahvé
(Ex 20, 2 ss.). Por ello, continúa el profeta (Isaías) diciendo: "El ayuno que yo
quiero es éste —oráculo del Señor—: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los
cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir
tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves
desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la
aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás
irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá, gritarás, y
te dirá: Aquí estoy..." (Is 58, 6-9).
"Cuando extendéis las manos, cierro los ojos"

79. En otro pasaje del profeta Isaías, dice Dios algo semejante: "No me traigáis
más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no
los aguanto. Vuestras solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una
carga que no soporto más. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque
multipliquéis las plegarias, no os escucharé. Vuestras manos están llenas de
sangre. Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad
de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido;
defended al huérfano, proteged a la viuda" (Is 1, 13-17).

La justicia ha sido olvidada

80. Durante el reinado de Jeroboam II (783-743), Dios habla por medio de Amós,
el profeta de la amenaza. Todo estaba tranquilo, sereno, próspero. El lujo se
extendía por la corte de Samaría, cuando llega el profeta venido del Sur. No
tiene ningún título humano para hablar. No tiene más que una obligación
apremiante: la de ser portavoz de Dios. Amós se alza contra el desarrollo
solemne de las ceremonias cultuales que contrastan con las injusticias sociales
y la opresión de los pobres. La justicia y el derecho no son observados. El
profeta no les echa en cara el haber olvidado los ritos de arrepentimiento. Más
bien parece indicar que los han practicado con exceso (Am 4, 4; 5, 5.21). Pero
¿eso es convertirse? La verdadera conversión exige un cambio de vida que
ponga fin a la injusticia (Am 8, 4-8). Más aún, supone una interiorización que
permita volver a encontrar a Dios (Am 5, 4.6).

Vanidad del culto por la corrupción de los corazones

81. Los profetas no desechan los ritos, sino que piden que se les dé su
verdadero sentido. Samuel afirma que Dios desecha el culto de los que
desobedecen (1 S 15, 22). Amós e Isaías lo repiten fuertemente (Am 5, 21-26; Is
1, 11-20; 29, 13), y Jeremías proclama en pleno templo la vanidad del culto que
se celebra en él, denunciando la corrupción de los corazones (Jr 7, 4-15; 21 ss.).
Ezequiel, el profeta sacerdote, anunciando incluso la ruina del templo,
contaminado por la idolatría, describe el nuevo templo de la nueva alianza (Ez
37, 26 ss.), que será el centro cultual del pueblo fiel (Ez 40-48). El profeta del
retorno indica cómo aceptará Dios el culto de su pueblo; es preciso que sea una
comunidad verdaderamente fraterna (Is 58, 6-13; 66, 1 ss.). El libro de los
Proverbios se manifiesta en términos semejantes: "Si uno cierra los oídos a la
ley, hasta su oración será aborrecible" (Pr 28, 9).

Religiosidad al servicio de los intereses políticos

82. Los profetas, a la vez que el formalismo ritual, combaten la confusión del
orden religioso en relación con el ámbito político. Este es otro aspecto de la
corrupción del orden religioso: uncirse al yugo de los intereses políticos. En el
Nuevo Testamento el libro del Apocalipsis, usando un lenguaje simbólico,
denuncia cómo lo religioso queda, a veces, al servicio de lo político. "Vi luego
otra Bestia que surgía de la tierra y tenía dos cuernos como de cordero, pero
hablaba como una serpiente. Ejerce todo el poder de la primera Bestia en
servicio de ésta, haciendo que la tierra y sus habitantes adoren a la primera
Bestia..." (Ap 13, 11-12).
Esta visión alegórica tiene su fuente de inspiración en el profeta Daniel. Las
bestias de Daniel, subiendo del mar, representan los sucesivos imperios. Por su
parte, las dos bestias del Apocalipsis simbolizan los dos componentes del
imperio: El poder político y una falsa orientación del sentimiento religioso. La
visión de San Juan es aguda. Tertuliano explicará como invención diabólica esa
confusión entre la política y la religión que persigue a los cristianos por el crimen
de lesa majestad.

"En sus días no fue zarandeado por príncipe..."

83. La conciencia del creyente bíblico es irreductible ante la confusión y


absorción de lo religioso en aras de lo político. El libro del Eclesiástico, por
ejemplo, presenta al profeta Eliseo del siguiente modo: "Cuando Elías en el
torbellino quedó envuelto, Eliseo se llenó de su espíritu. En sus días no fue
zarandeado por príncipe, y no pudo dominarle nadie" (48, 12). La libertad e
independencia en el desempeño de su misión es signo y garantía de su
autenticidad profética. Por su parte, el Salmo 74 lamenta la intrusión y
avasallamiento de poderes políticos en el terreno de lo religioso, cuyo símbolo
es el templo: "En el lugar de tus reuniones —reza el salmista— rugieron tus
adversarios, pusieron sus enseñas, enseñas que no se habían conocido, en el
frontón de la entrada" (Sal 73, 4).

El dinero, peligro de corrupción del orden religioso

84. Junto al poder, también el dinero es un peligro de corrupción del orden


religioso. Así lo denuncia el profeta Miqueas: "Escuchadlo, jefes de Jacob,
príncipes de Israel: vosotros que abomináis la justicia y defraudáis el derecho,
edificáis con sangre a Sión, a Jerusalén con crímenes. Sus jueces juzgan por
soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas adivinan por dinero. Y
encima se apoyan en el Señor, diciendo: ¿No está el Señor en medio de
nosotros? No puede sucedernos nada malo. Por vuestra culpa será arado Sión
como un campo; Jerusalén será una ruina; el monte del Templo, un cerro de
maleza" (Mi 3, 9-12; cfr. Is 1, 23).

"No podéis servir a Dios y al dinero"

85. Jesús denuncia de diversas maneras el poder corruptor del dinero. Así lo
hace dirigiéndose a los escribas, cuando dice de ellos que "devoran la hacienda
de las viudas so capa de largas oraciones" (Le 20, 47). Lo hace increpando a los
ricos: "Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que un rico
entrar en el Reino de los Cielos" (Mt 19, 24). De una forma general y
programática hace Jesús la denuncia del dinero en su discurso evangélico del
Sermón de la Montaña: "Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque
despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no
hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24).

La levadura de los fariseos

86. Para Jesús la corrupción del orden religioso se manifiesta de una manera
especial en la "levadura de los fariseos" (Mc 8, 15). "Vosotros los fariseos,
limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y
maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera ¿no hizo también lo de dentro? Dad
limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo. ¡Ay de vosotros, los fariseos,
que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres,
mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar
sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de
honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois
como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo!" (Lc 11, 39-44).

¡Ay de vosotros, también, maestros de la ley...!

87. "Un maestro de la ley intervino y le dijo: Maestro, diciendo eso nos ofendes
también a nosotros. Jesús replicó: ¡Ay de vosotros también, maestros de la ley,
que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las
tocáis ni con un dedo! ¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas,
después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron
vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis
sepulcros... ¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que os habéis quedado con la
llave del saber: vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los
que intentaban entrar!" (Lc 11, 45-52).

Incapacitados para adorar al Dios verdadero

88. El hombre tiene necesidad dé Dios. Pero cuando el hombre no adora al


verdadero Dios, termina adorando ídolos. Esta es la experiencia bíblica. Por otra
parte, la corrupción del orden religioso de la existencia revela una y otra vez
hasta qué punto el hombre, abandonado a sí mismo ("la carne y la sangre"), se
encuentra incapacitado para creer, para adorar al Dios verdadero en espíritu y
en verdad.
"Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén
daréis culto al Padre. Vosotros dáis culto a uno que no conocéis; nosotros
adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero
se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero
adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto
así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad"
(Jn 4, 21-24).

Creer con fe viva

89. El verdadero culto a Dios implica una fe viva. Esta fe incluye la actitud de
apoyarse solamente en Dios, el Dios vivo y verdadero, la Roca inquebrantable.
Es no murmurar contra otros, como el pueblo de Israel en el desierto, sino tener
paciencia cuando la acción salvadora de Dios tarda en aparecer. Es no tener
miedo ante las dificultades del éxodo liberador, no recurrir a los ídolos vanos
como a un apoyo suplementario en medio de la prueba. Creer supone ser fuerte
con la fortaleza misma de Dios, que nos anuncia con toda certeza: "Si no os
apoyáis en mí, no seréis firmes" (Is 7, 9). Creer lleva a ver más allá de la corteza
opaca de los acontecimientos de la historia y llega hasta el Dios que los dirige;
es ir resolviendo el problema fundamental de toda vida auténticamente religiosa:
comporta reconocer los caminos de Dios y seguirlos. Creer comporta vivir en
actitud de oración, atención y vigilancia, como el salmista: "Indícame el camino
que he de seguir, pues levanto mi alma a ti" (Sal 142, 8).

Cristo establece el culto que en verdad agrada a Dios

90. Jesucristo es quien viene a tributar el verdadero culto grato a Dios. El vivió
cumpliendo en todo momento la voluntad del Padre (Jn 4, 34). Jesús consagró
su vida a la gloria del Padre. El Padre se complace en El (Mt 17, 5). Jesús se
ofreció enteramente en la cruz como víctima por los pecados de los hombres:
"Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas
expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, ¡oh Dios!,
para hacer tu voluntad. Primero dice: No quieres ni aceptas sacrificios ni
ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la ley.
Después añade: aquí estoy yo para hacer tu voluntad. Niega lo primero, para
afirmar lo segundo" (Hb 10, 5-9).
Cristo resucitado continúa ofreciendo al Padre el sacrificio de la cruz que se
perpetúa en la celebración de la Eucaristía. En la Eucaristía los discípulos de
Jesús podemos participar de sus sentimientos para con el Padre (1 Co 10, 14-
17). Por la fuerza del Espíritu Santo podemos dar a Dios un culto auténtico, "en
espíritu y verdad" (Jn 4, 23; Rm 8, 26). "No todo el que me dice 'Señor, Señor'
entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre
que está en el cielo" (Mt 7, 21). Jesús nos enseñó cómo tiene que ser el
verdadero culto a Dios: humilde (Lc 18, 10-14), lleno de caridad y verdad (Mt 5,
23). Toda la vida del cristiano debe ser un verdadero culto a Dios (Rm 12, 1; 1
Co 10, 31; Ef 2, 21; 5, 19; Col 3, 16; 1 P 2, 5).

Artículo 2.-Algunos problemas concretos.

Tema 29.-Sin el don del Espíritu, no es posible establecer una relación entre
hombre y mujer, según el designio de Dios. El desprecio dél otro sexo.

Tema 30.-Sin la gracia de Dios, no podemos establecer una relación adecuada


con las cosas. En una sociedad de consumo.
Tema 31.-Sin el Espíritu de Cristo, no podemos vencer la tentación de la
violencia.

Tema 32.-Sin la gracia del Espíritu, no podemos respetar de verdad el derecho y


la dignidad del otro. El menosprecio de la dignidad y derechos del hombre.

Tema 29. SIN EL DON DEL ESPÍRITU, NO ES POSIBLE ESTABLECER UNA


RELACIÓN ENTRE HOMBRE Y MUJER, SEGÚN EL DESIGNIO DE DIOS. EL
DERECHO DEL OTRO SEXO

OBJETIVO CATEQUÉTICO:

Anunciar:

o que por el pecado del hombre, el plan de Dios de hacer del hombre y mujer "una sola
carne" es obra constantemente amenazada por las tendencias egoístas de la persona humana, que con
frecuencia se deja llevar por sus malas inclinaciones, rompiendo la alianza querida por Dios;

o que la relación sexual entre hombre y mujer debe ser redimida: dejar de ser relación de
fuerza, dominio y satisfacción egoísta para llegar a ser relación de amor auténtico y generoso.

Hacia la propia identidad en el plano sexual

91. El momento evolutivo preadolescente, desde el punto de vista de la identidad


sexual o de descubrimiento de sí mismo, es de aprendizaje. Dicho momento
está directamente ordenado a superar la confusión, propia de esta etapa de
desarrollo evolutivo. Ese aprendizaje es vivido de forma ambivalente: el
preadolescente experimenta a la vez atracción y temor o angustia. Esto se da
tanto en el chico, como en la chica, aunque existen rasgos y manifestaciones
diferenciales correspondientes a cada sexo.

La sociedad no apoya adecuadamente el momento evolutivo


preadolescente

92. La sociedad y la familia, con relativa frecuencia, no constituyen un clima que


ayude de modo positivo a este momento evolutivo del preadolescente. Si se
toman en cuenta estudios sociológicos recientes, este contexto no positivo se ha
acentuado y hecho más general en nuestro tiempo, especialmente en las
grandes aglomeraciones urbanas el preadolescente se siente progresivamente
menos aceptado conforme avanza su edad (13-14 años). Este desajuste
aumenta la dificultad subjetiva que ya de por sí tiene el muchacho para afrontar
su propio crecimiento.
Dos extremos: ignorar la realidad sexuada del preadolescente, establecer
una disociación entre amor y sexo

93. Por un lado, la sociedad favorece el sentimiento de culpabilidad del


preadolescente con un tipo de educación que parece ignorar la realidad sexuada
del mismo, realidad que comienza a manifestarse con fuerza. Por otro, la
llamada sociedad de consumo, fomenta la atracción erótica, pero estableciendo
una disociación entre amor y sexo, haciendo de este último un objeto y un
producto de mercado. Con frecuencia se reduce la sexualidad a la genitalidad.
Se trataría, por tanto, de evitar dos extremos: 1), ignorar la realidad sexuada del
preadolescente; 2), favorecer de hecho una disociación del sexo como elemento
no integrado en el desarrollo de la personalidad total.

Incapacidad para establecer una relación adecuada entre chico y chica

94. La tensión atracción-angustia, que el preadolescente lleva dentro como


rasgo evolutivo, adquiere caracteres de conflicto en el contexto de una sociedad
contradictoria y equívoca, que no logra integrar en sí misma ambos polos. El
preadolescente puede reaccionar ante el conflicto, o bien replegándose sobre sí
mismo en soledad, idealización, ensoñación, ensimismamiento..., o bien
ostentando desprecio y hostilidad hacia el otro sexo y hacia el amor en general.
Esto se vuelve anormal, cuando persiste y acaba por suprimir toda vida afectiva
auténtica. Se desarrolla una incapacidad para establecer una relación normal y
adecuada entre chicos y chicas.

El prójimo no es un instrumento al servicio del propio egoísmo

95. Muchos llegan a confundir el deseo sexual con el amor, y piensan que se
ama cuando se desea físicamente. Esta es la idea falsa del amor que aparece
con frecuencia en la publicidad, en la literatura erótica, en el cine, etc. Con ello
se reduce la relación profunda del amor humano auténtico entre personas de
distinto sexo a la esfera de la simple atracción instintiva y egoísta. Otros piensan
que el modo de superar la separación es manifestar, sin ningún dominio de sí
mismo, los propios impulsos agresivos, con exhibición de enojo, odios, etc. De
este modo piensan dar pruebas de intimidad. No es auténtico un amor que hace
del prójimo un simple instrumento del propio egoísmo o que no respeta en todo
momento su dignidad como persona.

Amor erótico y amor fraterno. El eros, ser mortal

96. En realidad, si el deseo de unión física no está estimulado por el amor, si el


amor erótico no es a la vez amor oblativo, libre de egoísmos posesivos, jamás
conduce a la unión salvo en un sentido orgiástico y transitorio. La atracción
sexual crea por un momento la ilusión de la unión, pero —sin amor auténtico—
la unión deja a los desconocidos tan separados como antes. A veces los hace
avergonzarse el uno del otro, y aun odiarse recíprocamente, porque —cuando la
ilusión se desvanece— sienten su separación más agudamente que antes. El
eros, separado del amor, se manifiesta al final como caduco: el eros es un ser
mortal, se ha dicho acertadamente. El amor auténtico entre hombre y mujer no
puede realizarse fuera del matrimonio. La unión física entre varón y mujer sólo
es legítima y digna dentro del mismo (Cfr. Tema 39).

Ruptura de la Alianza entre hombre y mujer

97. En el Génesis, la separación entre hombre y mujer se manifiesta ya en la


acusación que el hombre hace: "La mujer..." (3, 12) es quien tiene la culpa. Esta
acusación es el primer síntoma, la primera fisura que deja al descubierto una
realidad profunda: la ruptura de la alianza entre hombre y mujer. El plan de Dios
de hacer de ambos "una sola carne" (2, 24) se deshace y resquebraja también
por el pecado. El pecado introduce entre ellos la fuerza de la división y el deseo
de la posesión egoísta" "Tendrás ansia de tu marido y él te dominará" (3, 16).

La relación entre hombre y mujer necesita ser redimida

98. En el clima paradisíaco, el encuentro de hombre y mujer tiene lugar en la


simplicidad: "Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían
vergüenza uno de otro" (Gn 2, 25). Pero el pecado, separación de Dios,
introduce entre ellos la distancia y el miedo. Ahora la relación sexual es ya
antigua. No deja de ser fundamentalmente buena, pero ha caído bajo la
influencia de la fuerza de división que es el pecado. En realidad, dicha relación
necesita ser redimida.

Tema 30. SIN LA GRACIA DE DIOS, NO PODEMOS ESTABLECER UNA


RELACIÓN ADECUADA CON LAS COSAS. EN UNA SOCIEDAD DE
CONSUMO

OBJETIVO CATEQUÉTICO:

Anunciar:

o que por el pecado el hombre no acierta a establecer una relación adecuada con las
cosas (bienes materiales, riquezas, dinero...) ;

o que la codicia es contraria al amor del prójimo y al amor de Dios. La codicia infringe
una herida al prójimo y constituye una verdadera idolatría, ofendiendo, por tanto, al Dios de la Alianza.

El preadolescente, ¿aprendiz de consumista?

99. Los preadolescentes de hoy están afectados en mayor o menor grado por
las características propias de la que se ha dado en llamar sociedad de consumo.
Se advierte con frecuencia en ellos una valoración exagerada de los aspectos
materiales. El entorno social, los medios de comunicación y la publicidad
contribuyen a ello. Esta especie de educación para el consumo estorba las
posibilidades de hacer una ordenación jerárquica de valores tan necesaria para
una correcta formación de la identidad personal. El preadolescente corre así el
riesgo de convertirse en un simple aprendiz de consumista.

Sociedad de consumo: una relación inadecuada con las cosas

100. La sociedad de consumo es una forma de vida que no sólo supone una
teoría concreta de las realidades económicas, sino que implica, al menos de
hecho, una concepción de la totalidad de la existencia. No se define
exclusivamente por el consumo de productos, sino también por un aumento en
el grado de deshumanización: así da origen a un tipo de hombre
desinteriorizado, materializado, cerrado en el círculo de la producción y del
consumo. El "consumismo" comienza allí donde acaba la satisfacción de las
necesidades para una vida digna. Se crean nuevas necesidades que son
presentadas como imprescindibles, pero que son superfluas. Pasan a segundo
plano las necesidades realmente importantes. La persona se convierte así en
una máquina no sólo productora, sino además consumidora de los productos
que fabrica. El mismo hombre acaba por materializarse y convertirse en objeto,
en cosa, en una pieza más del engranaje frenético y esclavizante de la sociedad
de consumo. Por tener más el hombre prefiere ser menos: no acierta a
establecer una relación adecuada con las cosas (bienes materiales, riqueza,
dinero).

La codicia, avidez violenta

101. La experiencia bíblica, desde un contexto distinto, ilumina, sin embargo, las
raíces más profundas del consumismo de hoy. Más allá de los
condicionamientos sociológicos, encontramos en el hombre la sed de poseer
cada vez más sin ocuparse de los otros, e incluso muchas veces a sus
expensas. Esto es lo que la Biblia entiende por codicia: la codicia coincide
ampliamente con la avidez y la perversión del deseo, pero parece acentuar
algunos de sus caracteres: es una avidez violenta y casi frenética (Ef 4, 19),
especialmente contraria al amor del prójimo, sobre todo al amor de los pobres, y
que, en primer lugar, va dirigida a los bienes materiales: la riqueza, el dinero...
La codicia inflige una herida al prójimo y constituye una verdadera idolatría,
ofendiendo, por tanto, al Dios de la Alianza.

La codicia, contraria al amor al prójimo

102. La codicia aparece directamente opuesta al amor al prójimo, sobre todo de


los pobres, a los que la Ley protege contra ella (Ex 20, 17; 22, 24; Dt 24, 10-22).
Mientras que Yahvé prescribe: "No endurezcas el corarón" Dt 15. 7), el codicioso
es un malvado con el alma desecada (Si 14. 9), que se muestra despiadado (27,
1). Profetas y sabios de Israel denuncian los atentados contra los derechos del
prójimo inspirados por la codicia. Esta conduce al mercader con frecuencia falto
de conciencia (Si 26, 29-27, 2), a falsear las balanzas, a especular y hacer
dinero de todo (Am 8, 5ss), al rico a hacer extorsiones (5, 12), a acaparar las
propiedades (Is 5, 8; Mi 2, 2-9), a explotar a los pobres (Ne 5, 1-5; Am 2, 6),
incluso negando el salario merecido (Jr 22, 13), al jefe y al juez a proceder por
cohecho (Mi 3, 11; Pr 28, 16), para violar el derecho (Is 1, 23; 5, 23; Mi 7, 3). Los
jefes codiciosos, cautivados por su interés, como lobos que desgarran su presa,
recurren incluso a la violencia para aumentar sus lucros (Jr 22, 17) y afirmar su
voluntad de dominio (Ez 22, 27)

La codicia, en eI fondo, una idolatría

103. El Antiguo Testamento presiente su carácter idolátrico y la tradición


yahvista presenta con la fisonomía de la codicia (Gn 3, 6) al acto por el que
Adán y Eva queriendo ser como dioses (3, 5) negaron a Dios su confianza y su
dependencia propias de criaturas. El Génesis sugiere así que la codicia es el
origen de todo pecado. El pecador, queriendo poseer solo para sí mismo lo que
viene del amor de Dios para su servicio, pone un bien creado y, finalmente, se
pone él mismo en lugar de Dios. Por esto, el comentario que la Biblia hace sobre
el precepto de no codiciar (Ex 20, 17) identifica a los paganos, pecadores por
excelencia, con "los que codician". Pablo, por su parte, pensando probablemente
en el relato del Génesis, reduce al mismo precepto toda la Ley (Rm 7, 7) y
resume todos los pecados de la generación del desierto en la codicia (i Co 10,
6), expresión del repudio de la experiencia espiritual propuesta por Dios (Dt 8, 3;
Mt 4, 4). El codicioso, que corre tras bienes precarios (Si 6, 2), siempre
insatisfecho (Pr 27, 20; Qo 4, 8), será castigado por su desprecio de Dios y por
las injusticias infligidas al prójimo. La codicia acaba por matar al que la tiene (Pr
1, 19), mientras que el que aborrece la codicia prolongará sus días (28, 16).

"Dónde está tu tesoro, allí está tu corazón"

104. En el Nuevo Testamento la codicia se presenta también como opuesta al


amor: el codicioso sacrifica a los otros a sí mismo y, si es necesario, con
violencia: "Codiciáis y no tenéis; matáis", dice Santiago (4, 2). La codicia
aparece también como opuesta a la fe, como idolatría (Le 16, 13ss; Col 3, 5); es
ocupar totalmente con los bienes creados un corazón que sólo pertenece a Dios:
"No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde
los ladrones abren boquetes y los roban. Amontonad tesoros en el cielo, donde
no hay polilla ni carcoma que se los roan, ni ladrones que abran boquetes y
roben. Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón" (Mt 6, 19-21).

"Aunque uno ande sobrado, la vida no depende de sus bienes"

105. "Dijo uno del público a Jesús: Maestro dile a mi hermano que reparta
conmigo la herencia. El le contestó: Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o
árbitro entre vosotros? Y dijo a la gente: Mirad: guardaos de toda clase de
codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y
les propuso una parábola: Un hombre tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar
cálculos: ¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo
siguiente: dérribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré
allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo:
Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y
date buena vida. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo
que has acumulado, ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y
no es rico ante Dios" (Lc 12, 13-21).

Muchedumbres enteras carecen de las cosas indispensables

106. Como se ha dicho anteriormente, el pecado corrompe la relación del


hombre con las cosas. En esa relación manifiesta también su corazón egoísta e
insolidario. El Concilio Vaticano 1I se hace eco profético de un problema grave
de nuestro mundo. Muchedumbres enteras carecen aún de las cosas
indispensables: "Mientras una ingente multitud carece aún de las cosas
indispensables, algunos, también en las regiones menos desarrolladas, viven
opulentamente o malgastan los bienes. El lujo y la miseria coexisten. Mientras
unos pocos gozan de la máxima posibilidad de elegir, muchos carecen, casi por
completo, de toda posibilidad de actuar con iniciativa y responsabilidad propia,
encontrándose muchas veces en condiciones de vida y de trabajo indignas de la
persona humana" (GS 63).

Deben desaparecer las grandes desigualdades económicas

107. Y frente a un mundo que lucha frenéticamente en la competición del confort


y del lujo, denuncia las grandes desigualdades económicas como una situación
que no satisface a las exigencias de la justicia y de la equidad: "Para satisfacer a
las exigencias de la justicia y de la equidad, se ha de intentar enérgicamente
que, salvaguardados de los derechos de las personas y la índole peculiar de
cada pueblo, las ingentes desigualdades económicas que existen ahora y que
muchas veces aumentan, acompañadas de discriminaciones individuales y
sociales, desaparezcan lo antes posible" (GS 66).

El poseer no es el fin último del hombre. La codicia, subdesarrollo moral

108. El Papa Pablo VI decía en la Encíclica Populorum Progressio: "Así, pues, el


tener mis, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último.
Todo crecimiento es ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea
más hombre, lo encierra como en una prisión desde el momento en que se
convierte en el bien supremo, que impide mirar más alla. Entonces los
corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen
por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y
desunirse. La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para
el crecimiento del ser y se opone a su verdadera grandeza; para las naciones,
como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un
subdesarrollo moral" (PP 19).
Tema 31. SIN EL ESPÍRITU DE CRISTO, NO PODEMOS VENCER LA
TENTACIÓN DE LA VIOLENCIA

OBJETIVO CATEQUÉTICO:

Anunciar:

 que por el pecado del hombre aparece en el mundo el problema de la violencia. Este tiene como raíz
el egoísmo, el deseo de dominio sobre los demás y, al mismo tiempo, el miedo a ser dominado por los
otros;

 que el hombre, por sí mismo, se encuentra incapacitado para con sus solas fuerzas rechazar la
tentación de la violencia. La figura del Siervo de Yahvé pone ante los ojos de los creyentes la única
salida al problema de la violencia.

El héroe violento, ¿modelo de identificación?

109. Desde el punto de vista social, la educación que hoy el muchacho está
recibiendo en la televisión, en el cine y a través del comportamiento de los
mismos adultos, contribuye a que piense que la agresividad antisocial, es decir,
la violencia, es el recurso normal y eficaz en las relaciones humanas. A menudo,
el único recurso posible. De este modo, el prisma a través del cual observa las
relaciones entre los hombres está hecho de agresividad y violencia. Ante esta
situación el preadolescente intentarla en muchas ocasiones identificarse con el
modelo de la violencia (el héroe violento) como el único capaz de solucionar sus
propios conflictos en el grupo y con los adultos.

El dominio de los otros, intento constante

110. En la historia humana nos encontramos con este hecho: el intento


constante del hombre por dominar a sus semejantes en provecho propio, incluso
sin que ellos se den cuenta. El egoísmo, el deseo de dominio sobre los demás y,
al mismo tiempo, el miedo a ser dominado por los otros, es muchas veces la raíz
de la mentira, de la simulación, del fraude, de la coacción, de la violencia moral
disimulada, de la manipulación egoísta y de las guerras.

La espiral de la violencia

111. La violencia es fruto muchas veces de la injusticia, implantada en muchos


rincones de la tierra; la rebelión contra esa situación injusta, y la represión por
parte del orden establecido, como respuesta a la rebelión. La violencia del
mantenimiento de una situación injusta engendra irremisiblemente la aparición
de movimientos de resistencia violenta y éstos, a su vez, provocan una acción
represiva cada vez más violenta. Este es el engranaje de la violencia, el círculo
de la violencia: agresión, reacción vengadora, rencor y nueva agresión, odio y
represalias de nuevo, y así sucesivamente, inacabablemente.

Quien a espada mata, a espada muere

112. El ejemplo y la palabra de Jesús nos apartan del camino de la violencia.


"Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los
que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja
al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: Envaina la espada: quien usa
espada, a espada morirá" (Mt 26, 50-52). Jesús enuncia aquí una ley histórica:
aquellos que empuñan la espada y desencadenan la violencia, perecen por la
agresión, ya que ésta se vuelve contra ellos mismos.

La violencia, destrucción de la vida social. El siervo de Yahvé

113. La violencia se percibe también a través de su efecto mayor: la destrucción


de la vida social. En este caso el término va asociado frecuentemente con otro
que significa explotación, opresión, devastación, ruina. Los profetas se lamentan
del estado de violencia en que se halla sumergido el pueblo (Am 3, 10; Jr 6, 7;
20, 8; Is 60, 18). Y recurren a Yahvé, único que puede remediar este estado de
injusticia. Así, constantemente, se oyen los gritos de los oprimidos que quieren
ser liberados de los hombres violentos (2 S 22, 3; Sal 17, 49; 139, 2-5). Estas
víctimas ponen su esperanza en una réplica de la misma naturaleza: que el
hombre violento sea presa del infortunio, que se le devuelva golpe por golpe (Sal
139, 12). Sin embargo, poco a poco, se irá imponiendo por su fuerza moral la
figura única del Siervo de Yahvé, que ha renunciado definitivamente a la
violencia: "Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como
cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no
abría la boca" (ls 53, 7).

Dios condena progresivamente toda violencia injusta

114. Indudablemente, Dios condena toda violencia injusta. Pero lo hace


progresivamente, teniendo en cuenta las diferentes épocas en que vive su
pueblo. Así se apropia la ley del Talión (Ex 21, 24), que representa un progreso
considerable con respecto a los tiempos de Lamec, quien se venga sin medida
(Gn 4, 23ss). El Dios del Antiguo Testamento no es un Dios cruel, es un Dios
con entrañas. Se pone de parte del pueblo oprimido en Egipto (Ex 3, 9) y le
exige un comportamiento semejante con el débil: "No vejarás al forastero;
conocéis la suerte del forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto"
(Ex 23, 9). Dios se constituye, pues, en defensor de las víctimas de la injusticia
de los hombres,'y más en particular del huérfano, de la viuda, del pobre (Dt 24,
20). Pero surge una dificultad: ¿No aparece en el Antiguo Testamento la imagen
terrible de un Dios guerrero, que extermina a los primogénitos de Egipto (Ex 12),
se pone a la cabeza del combate (2 S 5, 24), aprueba la fuerza vengadora y
destructora de Sansón (Jc 15, 16) y su celo va hasta el extremo de matar al
transgresor de la Alianza?
Progreso de la revelación y maduración religiosa del hombre

115. En la lectura de la Escritura, se ha de tener en cuenta que existe un


progreso en toda la revelación, condicionado por el momento de maduración
religiosa del hombre y por su "dureza de corazón". Así sucede con otros
problemas, como el del juramento (Mt 5, 33-37), o el del "acta de repudio" (Mt
19, 7-8): "Al principio no fue así." El corazón de Dios no cambia. Su verdadero
rostro se manifiesta progresivamente a los hombres. Y se manifiesta en plenitud
en el evangelio de Cristo. Sería ilegítimo servirse de un momento precedente del
progreso de la Revelación para tomar posiciones veterotestamentarias en
nombre del Nuevo Testamento.

"Hasta setenta veces siete"

116. Frente a la violencia que reina en el mundo, Jesús se muestra más radical
que el Antiguo Testamento. La ley del Talión requería la equidad en la
venganza, que restablece la justicia lesionada; Jesús exige el perdón (Mt 6,
12.14ss; Mc 11, 25) hasta setenta veces siete (Mt 18, 22). A todos les ordena:
"Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen" (Mt 5, 44; Le 6,
27). A sus discípulos les dice: "No hagáis frente al que os agravia" (Mt 5, 39).
Jesús no formula un juicio sobre el acto de violencia, cuya causa pueda ser
conforme a derecho, sino que señala un camino que trasciende todo derecho, el
de quien —en orden de gracia— tiene la fuerza de actuar conforme al
Evangelio. Quien no devuelve mal por mal, pone las cosas en un plano
totalmente nuevo.

"Mi gente habría combatido." El reino de Dios no se instaura por medios


violentos

117. Jesús fue por delante. Resiste a la tentación de instaurar el Reino de Dios
por medios violentos: no quiere dominar a los hombres por la fuerza (Mt 4, 8ss),
se niega a ser un político revolucionario (Jn 6, 15) y a obtener la gloria sin pasar
por el sacrificio de la cruz (Mt 16, 22ss). En el huerto de los Olivos renuncia al
derecho que tiene de ser defendido por la violencia: "¡Dejad! ¡Ya basta!" Va
hasta el extremo de curar a su adversario (Le 22, 49ss). Y ante Pilatos declara la
diferencia de procedimiento propia de su Reino:

"Mi reino no es de este mundo.


Si mi reino fuera de este mundo,
mi guardia habría luchado
para que yo no cayera en manos de los judíos" (Jn 18, 36).

La bienaventuranza de los perseguidos. El juicio, en las manos de Dios.


Oferta presente de reconciliación

118. ¿Por qué, pues no resistir al malvado? No por ninguna técnica de no


violencia, sino por el espíritu de amor, único medio de obtener la reconciliación
entre el violento y su víctima. El Reino de Dios no se establece con la fuerza.
Como anuncia el profeta Isaías: "Fundirán sus espadas para hacer rejas de
arado y sus lanzas para hacer hoces" (Is 2, 4). A diferencia de los jefes de las
naciones, que hacen pesar sobre ellas su poder y su dominio, el discípulo de
Jesús debe hacerse el servidor de los otros (Mt 20, 25). Cuando Jesús se bate
en retirada, como el Siervo de Dios ante la maldad de sus enemigos (Mt 12,
15.18-21; 14, 13; 16, 4) se remite a Dios y realiza la bienaventuranza de los
perseguidos (Mt 5, 10ss), profetizada en los cantos del Siervo (Is 50, 5; 53, 9).
Pero cuando perdona a los que lo crucifican injustamente (Lc 23, 34), cuando
exige a su discípulo que ofrezca la otra mejilla, Jesús no sólo remite al juicio de
Dios (1 P 2, 23), ,sino que ofrece al violento una reconciliación que puede ser
obtenida ya desde ahora.

La carrera de armamentos, gravísima plaga de la humanidad

119. En relación con el problema de la violencia y de la guerra, el Concilio


Vaticano II denuncia en el momento presente la "carrera de armamentos" como
una "gravísima plaga de la humanidad", que, además, "perjudica
intolerablemente a los pobres": "Hay que declarar una vez más: la carrera de
armamentos es una gravísima plaga de la humanidad y perjudica
intolerablemente a los pobres. Y es muy de temer que si continúa, termine por
ocasionar todas las fatales catástrofes para las que ya prepara los medios... La
divina Providencia requiere de nosotros con insistencia que nos liberemos de la
antigua esclavitud de la guerra. Si no queremos hacer este esfuerzo, no
sabemos a dónde iremos a parar por este mal camino en que nos hemos
metido" (GS 81).

¡Todos contra la guerra!

120. El Concilio convoca a todos a un esfuerzo común en contra de ese viejo


azote, que esclaviza a la humanidad, la guerra: "Es, pues, evidente que hemos
de hacer un esfuerzo para preparar con todas las fuerzas los tiempos en que,
con el consentimiento de las naciones, pueda ser proscrita totalmente toda clase
de guerra" (GS 82). Sin embargo, se reconoce el servicio que prestan las
fuerzas armadas a la seguridad y a la paz de las naciones, así como el derecho
de la autoridad pública a mantener un eficaz dispositivo de defensa que
garantice la necesaria protección de los ciudadanos contra agresiones
exteriores. "Los que al servicio de la patria, se hallan en el ejército, considérense
instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien
esta función contribuyen realmente a estabilizar la paz" (GS 79).

La objeción de conciencia

121. Pero dice también el Concilio sobre los objetores de conciencia: "Parece
equitativo que las leyes provean humanitariamente al caso de quienes por
objecciones de conciencia se niegan a emplear las armas, con tal que acepten
otra forma de servir a la comunidad" (GS 79).

No basta una paz impuesta, sino una paz fundada en la reconciliación de


los ánimos
122. El uso de la violencia por parte de las fuerzas armadas puede ser necesario
en algunos casos para defensa y protección de los ciudadanos. Pero la
verdadera paz no se construye con las armas. Como ha dicho Pablo VI: "No
basta reprimir las guerras, suspender las luchas, imponer treguas y armisticios,
definir confines y relaciones, crear fuentes de intereses comunes, paralizar las
hipótesis de contiendas radicales mediante el terror de inauditas destrucciones y
sufrimientos; no basta una paz impuesta, una paz utilitaria y provisoria; hay que
tender a una paz amada, libre, fraterna, es decir, fundada en la reconciliación de
los ánimos" (Mensaje para la celebración de la Jornada de la Paz, 1." enero
1975).

Tema 32. SIN LA GRACIA DEL ESPÍRITU, NO PODEMOS RESPETAR DE


VERDAD EL DERECHO Y LA DIGNIDAD DEL OTRO. EL MENOSPRECIO DE
LA DIGNIDAD Y DERECHOS DEL HOMBRE

OBJETIVO CATEQUÉTICO:

Anunciar:

o que por el pecado del hombre se da en el mundo la negación de la dignidad y derechos


del hombre;

o que el hombre, por sí mismo, se encuentra incapacitado para respetar el derecho y la


dignidad del otro;

o que por el don del Espíritu ni siquiera el enemigo pierde su dignidad: el enemigo debe
ser amado.

Respetar y sentirse respetado

123. El momento evolutivo del preadolescente es fuertemente egocéntrico. En él


se revela una profunda incapacidad para ponerse en el punto de vista del otro.
En definitiva, para comprender al otro. Dicho momento es una etapa que ha de
ser superada en el proceso y desarrollo de la personalidad. Lo anormal radica
en que el individuo quede fijado en dicho momento. A ello puede contribuir cl
ambiente y un tipo de educación que, de por sí, no conduce al respeto de la
dignidad del otro en cuanto persona. El mismo preadolescente frecuentemente
se siente marginado por el mundo adulto: no se siente respetado. Y esto le
"educa" negativamente. Le prepara, frente al compañero, para el abuso, el
pisoteo y la zancadilla. No es educado para el respeto de los derechos ajenos y
tampoco en el conocimiento de los derechos propios. Aflora entonces un instinto
de sobrevivir y sobreponerse al otro que no conduce a la convivencia, sino a la
lucha con el otro.
Los derechos humanos, ¿utopías?

124. Frecuentemente, el mismo mundo adulto permanece egocéntrico, incapaz


de salvar la barrera que le separa del otro. Incapaz, por tanto, de aceptar al otro
con toda su dignidad y todos sus derechos. Por consiguiente, incapaz de educar
en este sentido. Ante ello, la preocupación por promover los derechos humanos
debe estar presente en los medios informativos, en programas educativos, en
planificaciones políticas, en planteamientos laborales y en la acción educativa y
pastoral de la Iglesia. Sin embargo, los derechos humanos, no pocas veces y en
la práctica, son rechazados como utopías. Y con ellos se rechaza la dignidad del
hombre.

Signo de nuestro tiempo

125. La promoción de los derechos humanos, no obstante, ha venido a ser un


signo de nuestro tiempo, discernido y sancionado por el Magisterio de la Iglesia
como acción del Espíritu en nuestro mundo.

La Iglesia detecta y discierne este signo de nuestro tiempo

126. La Iglesia jerárquica, en el ejercicio de su ministerio profético, re-coge las


voces —en ocasiones concordes y firmes; a veces, más o menos aisladas o
fluctuantes— de los espíritus más clarividentes y avisados que, en el curso de la
historia, proclaman los derechos del hombre basados en la dignidad inalienable
de su ser personal libre. La Iglesia, a la luz del Evangelio, discierne lo que hay
de verdadero y noble en esas reivindicaciones y, después de someterlas a
purificación y examen, las propone como orientaciones de la conducta
auténticamente humana y cristiana e incluso las presenta como exigencias de un
comportamiento que pretenda seguir las huellas trazadas por Jesús.

La Iglesia proclama con autoridad los derechos humanos

127. La Iglesia no puede ser indiferente, en absoluto, a la proclamación de esos


derechos por múltiples motivos:

Porque en esa proclamación subyace siempre, de modo más o me-nos explícito,


una concepción de lo que es hombre, y la Iglesia, aleccionada por la revelación
divina, conoce el fundamento de la dignidad del hombre y posee la clave de su
vocación auténtica: el hombre es imagen de Dios, llamado a ser hijo suyo y
redimido por la sangre de Cristo.

Porque la Iglesia profesa que la redención tiene una específica eficacia en la


instauración en Cristo de todos los ámbitos humanos (Cfr., entre otras muchas
enseñanzas solemnes: GS 38; AA 5, y CPD 27). A partir de la convicción
cristiana de que la sociedad ha de ser ordenada según la concepción del
hombre que se inspira en el Evangelio, la Iglesia ha denunciado, por ejemplo, en
los tiempos más recientes, las concepciones que intentan estructurar el orden
social sobre determinismos materialistas, liberalismos capitalistas, estatismos
totalitarios, sistemas todos ellos opuestos al desarrollo de la persona humana,
llamada a la libertad de los hijos de Dios.

Porque la Iglesia, al profundizar los datos tradicionales sobre el pecado original,


descubre la realidad del "pecado del mundo" (Jn 1, 29); comprende entonces
que los pecados de unos hombres influyen en la conducta moral de otros; que
las deslealtades de un pecador se contagian en torno suyo y que esas
reacciones epidémicas "producen" estructuras pecaminosas, subversiones de
valores morales en el ámbito de la familia, de las relaciones profesionales, de la
sociedad, en suma. Por ello, ante la dimensión social del pecado, la Iglesia juzga
con autoridad las circunstancias ambientales que cohiben los derechos
fundamentales de la persona humana, señalando siempre que su origen más
profundo y último radica en la soberbia y el egoísmo de los hombres' (Cfr. GS
25).

Porque "la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la


interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el
Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre. Precisamente por
esto la evangelización lleva consigo un mensaje explícito, adaptado a las
diversas situaciones y constantemente actualizado, sobre los derechos y
deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar..., sobre la vida
comunitaria de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz, la justicia, el
desarrollo" (Pablo VI, EN 29).

¿En qué momentos la Iglesia debe proclamar esos derechos?

128. La Iglesia jerárquica, sin embargo, no puede en todo momento concreto


puntual de la historia discriminar la validez o la nocividad de determinadas
reivindicaciones que, en una encrucijada determinada, se pro-ponen aquí y allá.
En esas situaciones conflictivas, dependientes de multitud de factores y con
causas contingentes, la Iglesia espera, antes de dar su juicio evangélico, para no
arrancar precipitadamente ef trigo bueno junto con la cizaña. El Concilio
Vaticano II se refiere a esta actitud sobria y prudente de los Pastores en el
siguiente texto: "A la conciencia bien formada de los seglares corresponde lograr
que la ley divina se inscriba en la vida de la ciudad terrena. De los sacerdotes,
los laicos esperen luz e impulso espiritual. Pero no piensen que sus Pastores
están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta
en todas las cuestiones que surjan, aunque éstas sean graves. No es esa su
misión" (GS 43).

Todos los miembros del pueblo cristiano, iluminados interiormente por el Espíritu
de Dios y guiados por las orientaciones de los pastores, deben discernir en cada
caso las exigencias concretas del Evangelio , (Cfr. Pablo VI, Octogessima
adveniens, 5).

A continuación se irán presentando algunos derechos humanos más


importantes, confirmados por el Magisterio de la Iglesia:
Derecho de reunión y de
asociación
— "De la intrínseca sociabilidad de
129. "Toda persona tiene los seres humanos surge el
derecho a la libertad de reunión y derecho de reunión y de
de asociación pacífica. Nadie asociación, como también el
puede ser obligado a pertenecer derecho de dar a las asociaciones
a una de-terminada asociación" la estructura más conveniente para
(Declaración Universal de obtener sus objetivos y el derecho a
Derechos Humanos [DDH], 20, moverse dentro de ellas por la
12). propia iniciativa y responsabilidad
para que las asociaciones alcancen
la finalidad deseada" (Juan XXIII,
PT 23; cfr. GS 73, b).
Derecho de participación
política
— "Es perfectamente conc o r d e
130. "Toda persona tiene con la naturaleza humana que se
derecho a participar en el constituyan estructuras político-
gobierno de su país, jurídicas que ofrezcan a todos los
directamento o por medio de ciudadanos, sin discriminación
representantes libremente alguna y con perfección creciente,
escogidos" (DDH 21, 1). posibilidades efectivas de tomar
parte libre y activamente en la
— "La voluntad del pueblo es la fijación de los fundamentos
base de la autoridad del poder jurídicos de la comunidad política,
público; esta voluntad se en el gobierno de la cosa pública,
expresará mediante elecciones en la determinación de los campos
auténticas que habrán de de acción y de los límites de las
celebrarse periódicamente, por diferentes instituciones y en la
sufragio universal e igual y por elección de los gobernantes.
voto secreto que garantice la Recuerden, por tanto, todos los
libertad del voto" (DDH 21, 3). ciudadanos el derecho y el deber
que tienen de votar con libertad
para promover el bien común" (GS
75; cfr. PT 26).
Derecho de participación
laboral
— "Entre los derechos
131. "Toda persona tiene fundamentales de la persona
derecho a fundar sindicatos y a humana debe contarse el derecho
sindicarse para la defensa de sus de los obreros a fundar libremente
intereses" (DDH 23, 4). asociaciones que representen
auténticamente al trabajador y
puedan colaborar en la recta
ordenación de la vida económica,
así como también el derecho de
participar libremente en las
actividades de las asociaciones sin
riesgos de represalias" (GS 68).
Derecho a la educación

132. "Toda persona tiene — "Hoy día es posible liberar a


derecho a la educación. La muchísimos hombres de la miseria
educación debe ser gratuita, al de la ignorancia. Por ello uno de los
menos en lo concerniente a la deberes más propios de nuestra
instrucción ele-mental y época, sobre todo de los cristianos,
fundamental. La instrucción es el de trabajar con ahínco para
elemental será obligatoria. La que tanto en la economía como en
instrucción técnica y profesional la política, en el campo nacional
habrá de ser generalizada; el como en el internacional se den las
acceso a los estudios superiores normas fundamentales para que se
será igual para todos en función reconozca en todas partes y se
de los méritos respectivos" (DDH haga efectivo el derecho de todos a
26, 1). la cultura, exigido por la dignidad de
la persona sin distinción de raza,
sexo, nacionalidad, religión o
condición social" (GS 60).

El trabajo infantil, un problema

133. Para muchos, en concreto preadolescentes y niños, su única escuela es


todavía el trabajo físico, como dice el libro de Las Lamentaciones: "Han
arrastrado la muela los muchachos, bajo la carga se han doblado los niños" (Lm
5, 13). "El trabajo infantil sigue siendo un problema que se plantea tanto en los
países desarrollados como en los que se encuentran en vías de desarrollo.
Empleados en labores agrícolas, industriales, artesanas o de otra índole,
multitud de niños se ven privados de la educación a que tienen derecho" (El
Correo de la Unesco, octubre 1973, pp. 8-9). "El niño debe estar protegido
contra toda forma de negligencia, de crueldad y de explotación. No debe estar
sometido al tráfico, bajo cualquier forma que sea. El niño no debe ser admitido al
empleo antes de tener una edad mínima apropiada; no debe, en ningún caso,
estar sujeto o autorizado a tomar una ocupación o un empleo que perjudique su
salud o su educación, o que dificulte su desarrollo físico, mental o moral"
(Declaración de los Derechos del Niño [DDN] 9).

El respeto a los derechos humanos, objetivo educativo

134. Tanto los individuos como las instituciones deben promover, mediante la
enseñanza y la educación, el respeto a los derechos humanos: "La educación
tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el
fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades
fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas
las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos; y promoverá el desarrollo de
las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz" (DDH
26, 2; cfr. DDN 10).
Derecho de expresión e
información
— "Todo ser humano tiene el
135. "Todo individuo tiene
derecho natural al debido respeto
derecho a la libertad de opinión y
de su persona, a la buena
de expresión; este derecho
reputación, a la libertad para buscar
incluye el de no ser molestado a
la verdad y, dentro de los límites del
causa de sus opiniones, el de
orden moral y del bien común, para
investigar y recibir informaciones
manifestar y defender sus ideas...
y opiniones y el de difundirlas, sin
y... para tener una objetiva
limitación de fronteras, por
información de los sucesos
cualquier medio de expresión"
públicos" (PT 12).
(DDH 19).

Derecho a no ser sometido a


torturas ni a penas o tratos
crueles, inhumanos o
degradantes
— "Cuanto ofende a la vida
136. "Nadie será sometido a humana es en sí mismo infamante.
torturas ni a penas o tratos Cuanto atenta contra la vida...;
crueles, inhumanos o cuanto viola la integridad de la
degradantes" (DDH 5). persona humana, como, por
ejemplo, las mutilaciones, las
— Nadie será sometido a torturas morales o físicas, los
esclavitud ni a servidumbre; la conatos sis-temáticos para dominar
esclavitud y la trata de esclavos la mente ajena; cuanto ofende a la
están prohibidas en todas sus dignidad humana, como son las
formas (DDH 4). condiciones infrahumanas de vida;
las detenciones arbitrarias, las
deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de
jóvenes, o las condiciones laborales
y degradantes que reducen al
operario al rango de mero
instrumento de lucro, sin respeto a
la libertad y a la responsabilidad de
la persona humana; todas estas
prácticas y otras parecidas son en
sí mismas infamantes, degradan la
civilización humana, deshonran
más a sus auto-res que a sus
víctimas y son total-mente
contrarias al honor debido al
Creador" (GS 27, e).
Derecho a una vida
verdaderamente humana
"
Toda persona tiene derecho a un — "Es, pues, necesario que se
nivel de vida adecuado que le facilite al hombre todo lo que éste
asegure, así como a su familia, la necesita para vivir una vida
salud y el bienestar, y en especial verdaderamente humana, como
la alimentación, el vestido, la son el alimento, el vestido, la
vivienda, la asistencia médica y vivienda, el derecho a la libre
los servicios sociales necesarios; elección de estado y a fundar una
tiene asimismo derecho a los familia, a la educación, al trabajo, a
seguros en caso de enfermedad, la buena fama, al respeto, a una
invalidez, viudez, vejez u otros adecuada información, a obrar de
casos de pérdida de sus medios acuerdo con la norma recta de su
de subsistencia por conciencia, o la protección de la
circunstancias independientes de vida privada y a la justa libertad
su voluntad" (DDH también en materia religiosa" (GS
25, 1). 26, b).

Derecho a la libertad religiosa

138. "Toda persona tiene — "Este Concilio Vaticano declara


derecho a la libertad de que la persona humana tiene
pensamiento, de conciencia y de derecho a la libertad religiosa. Esta
religión; este derecho incluye la libertad consiste en que todos los
libertad de cambiar de religión o hombres han de estar inmunes de
de creencia, así como la libertad coacción, tanto por parte de
de manifestar su religión o su personas particulares como de
creencia, individual y grupos sociales y de cualquier
colectivamente, tanto en público potestad humana, y esto de tal
como en privado, por la manera, que en materia religiosa ni
enseñanza, la práctica, el culto y se obligue a nadie a obrar contra su
la observancia" (DDH 18). conciencia ni se le impida que
actúe conforme a ella en privado y
en público, so-lo o asociado con
otros, dentro de los límites debidos.
Declara, además, que el derecho a
la libertad religiosa está realmente
fundado en la dignidad misma de la
persona humana..." (DH 2).

El otro es respetado cuando se le ama

139. Es frecuente pensar en los derechos que nosotros tenemos y exigir a los
demás que nos respeten tales derechos. El cristiano, cuando proclama los
derechos humanos, debe pensar sobre todo en su deber de respetar los
derechos de los demás. Deberes y derechos son correlativos. Reivindicar
derechos y olvidarse de los deberes propios es deshacer con una mano lo que
se construye con la otra. El primero y fundamental deber para con el prójimo es
reconocerle sus derechos. Nuestra preocupación por los derechos del prójimo y
por la justicia social nace del reconocimiento de la dignidad del hombre, creado
a imagen de Dios. El amor fraterno incluye la justicia. Así, el Evangelio asume y
defiende los derechos humanos. Pero va más allá de lo que es simplemente
justo.

En la Sagrada Escritura, sobre todo en el Nuevo Testamento, se pone de relieve


que sólo se respeta verdaderamente el derecho y la dignidad del otro cuando se
le ama. Jesús mismo, mientras vivía en nuestro mundo, echó los fundamentos y
enunció la ley de la nueva comunidad fraterna: Reiteró y perfeccionó los
mandamientos concernientes a las relaciones entre hermanos (Mt 5, 21 ss). El
mandamiento de la nueva ley es el amor, el amor a todos: "ya se trate de ese
anciano abandonado de todos, o de ese trabajador extranjero despreciado
injustamente, o de ese desterrado, o de ese niño nacido de una unión ilegítima
que debe aguantar sin razón el pecado que él no cometió o de ese hambriento
que recrimina nuestra con-ciencia recordando la palabra del Señor: Cuantas
veces hicisteis eso a uno de mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (GS
27; cfr. Mt 25, 40).

Don del Espíritu: ni siquiera el enemigo pierde su dignidad; debe ser


amado

140. "El precepto se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la


Nueva Ley: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu
enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, hacer el bien a los que
os odian, y orad por los que os persiguen y calumnian" (GS 28; cfr. Mt 5, 43-44).
Para el Evangelio ni siquiera el enemigo pierde su dignidad, aunque se
equivoque contra nosotros: debe ser amado. Este tipo de amor sólo se ha
cumplido en Cristo, y ahora puede ser realidad en todos aquellos que acogen el
don de su Espíritu.

CAPITULO III. La conversión.


Tema 33. MI SITUACIÓN PUEDE CAMBIAR: LA CONVERSIÓN. LA GRACIA
NOS TRANSFORMA Y NOS HACE CAPACES DE AMAR

OBJETIVO CATEQUÉTICO:

Anunciar:

• que la situación del hombre puede cambiar por medio de la conversión;


• que la conversión es un cambio profundo, en el corazón: "un corazón nuevo y un espíritu
nuevo". Algo que sólo puede venir de la iniciativa de Dios. Un don que en último término procede del
Padre;

• que cerrarse a esta acción del Espíritu que nos invita al cambio es el peor de los pecados.

¿Le es posible al hombre cambiar?

141. El preadolescente se encuentra en una situación de aislamiento, no está


seguro de su identidad. Su interrogante más profundo, ante esta realidad que no
le gusta, será: ¿Puedo ser diferente? ¿Puedo cambiar? ¿Cómo salir de esta
situación? ¿Es posible?

A todo hombre le gusta cambiar, ser diferente, mejorar, pero ¿por qué no se
decide a cambiar? ¿Qué es lo que le impide ser distinto de como es? Le gustaría
confiar en los demás y, sin embargo, se defiende de ellos con violencia. Quisiera
amar a los otros y por otro lado les rechaza. Podría servir a la humanidad para
que fuera feliz y, por otra parte, intenta dominarla. Querría amar a Dios y, sin
embargo, se sirve de El; se fabrica sus propios ídolos. Ante las dificultades que
experimenta, surge la pregunta: ¿le es posible al hombre cambiar?
"
Nicodemo: Habría que nacer de nuevo."
"
Jesús: Tenéis que nacer de lo alto."

142. Nicodemo es maestro en Israel. De todo lo que dice y hace Jesús, ha


entendido solamente una cosa: que Dios está con él y que, por tanto, es todo un
maestro. Pero le resultan las palabras de Jesús verdaderamente extrañas:
¡Nacer de lo alto! "¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede
por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? ¿Cómo puede
suceder eso?" (Jn 3, 4.9). Nicodemo se asombra de que Jesús venga diciendo:
Tenéis que nacer de lo alto. La buena nueva de un nacimiento del Espíritu le
resulta un lenguaje absolutamente desconocido.

Dios quiere que el mundo se convierta y se salve

143. El hombre, por sí solo, no puede cambiar hasta el punto de alcanzar la


condición de hijo de Dios. Sin embargo, la respuesta que Cristo da a Nicodemo
anuncia al hombre, metido en esa situación irredenta, la posibilidad de salir de
ella: "Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para
que el mundo se salve por él" (Jn 3, 17). El corazón de Dios no es el corazón del
hombre, y el Santo no gusta de destruir (Os 11, 8-9), lejos de querer la muerte
del pecador, quiere su conversión para poder prodigar su perdón, porque sus
caminos no son nuestros caminos, y sus pensamientos rebasan nuestros
pensamientos en toda la altura del cielo (Is 55, 7-9).

La misión de Jesús frente a la dureza de corazón


144. Cristo ha venido al mundo para llamar a los pecadores a la conversión (Le
5, 32): este es el aspecto esencial del Evangelio. Por lo demás, el hombre, que
toma conciencia de su estado de pecador. puede volverse a Jesús con
confianza, pues "el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los
pecados" (Mt 9, 6ss). Pero el mensaje de conversión tropieza con la dureza del
corazón humano bajo todas sus formas: desde el apego a las riquezas (Mc 10,
21-25) hasta la soberbia seguridad de los fariseos (Lc 18, 9).

Bajo el signo de Jonás. Un plazo para la higuera estéril

145. Jesús se alza como el "signo de Jonás" en medio de una generación mala,
con disposiciones peores para con Dios que en otro tiempo Nínive (Lc 11, 29-
32). Así eleva contra ella una requisitoria llena de amenazas: los hombres de
Nínive la condenarán el día del juicio (Lc 11, 32); Tiro y Sidón tendrán una suerte
menos rigurosa que las ciudades del Lago (Lc 10, 13ss). La impenitencia actual
de Israel es, en efecto, señal del endurecimiento del corazón (Mt 13, 15ss). Si
los oyentes impenitentes de Jesús no cambian de conducta perecerán a
semejanza de la higuera estéril: "Uno tenía una higuera plantada en su viña, y
fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves:
tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera., y no lo encuentro.
Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó:
Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver
si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás" (Lc 13, 6-9).

Convertirse: un corazón nuevo, un hombre nuevo

146. Convertirse es romper con todo lo que separa de Dios, abandonar el mal
camino que aleja de El, según la fórmula de Jeremías: "Volveos cada cual de su
mal camino" (Jr 18, 11). Convertirse es cambiar profundamente, adquirir "un
corazón nuevo y un espíritu nuevo", como anuncia Ezequiel (Ez 18, 31). Tal
conversión supone una nueva creación, un hombre nuevo (Col 3, 10), algo que
sólo puede venir de la iniciativa de Dios, aunque exige al mismo tiempo una
decisión auténtica por parte del hombre, como dice el profeta Jeremías: "Hazme
volver y volveré, pues tú, Yahvé, eres mi Dios" (Jr 31, 18).

Desde Cristo, convertirse es convertirse a Cristo

147. Jesús comienza su predicación a la manera de los grandes profetas:


"Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos" (Mt 4, 17). Sin embargo, a
pesar de las apariencias, hay un hecho que supone una novedad decisiva: el
Reino de Dios se encarna en su Persona. En adelante, pues, convertirse es
convertirse a Cristo. Quien no cree en Cristo, se está condenando a sí mismo:.
"El que cree en él, no es condenado; pero el que no cree, ya está condenado,
porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Y la condenación está
en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz,
porque sus obras eran malas" (Jn 3, 18-19).

Jesús invita a la conversión y la suscita


148. Jesús no sólo invita a la conversión a todos los que la necesitan (Lc 5, 32),
sino que suscita esta conversión (Zaqueo, Lc 19, 1-10), revelando que Dios es
un Padre que tiene su gozo en perdonar (Lc 15) y cuya voluntad es que nada se
pierda (Mt 18, 12 ss.). Jesús no sólo anuncia ese perdón al que se abre a la fe
con arrepentimiento y humildad (Lc 7, 47-50 y 18, 9-14), sino que además lo
ejerce y testimonia con sus obras. Dispone de este poder reservado a Dios de
perdonar los pecados (Mc 2, 5-11). Cristo ama como Dios, perdona como Dios y
crea como Dios. Cuando Cristo concede al hombre el perdón de Dios,
transforma realmente al hombre y, en cierto modo, lo crea de nuevo. Sólo el
Espíritu de Dios —que es también Espíritu de Cristo— puede hacer que surja un
hombre distinto: el hombre que se deja guiar por el Espíritu de Dios y que se
convierte así en hijo de Dios (Rm 8, 14) y hermano de los hombres (Mt 18, 21
ss.; 22, 39-40).

La fe y la conversión, don del Padre

149. La fe y la conversión suponen un don que, en último término, procede del


Padre. Jesús recuerda esto a quienes murmuran, se escandalizan y no creen.
Esto es algo así como el abecedario evangélico: "Nadie puede venir a mí, si no
se lo concede el Padre" (Jn 6, 65). Es lo primero que hay que saber o, mejor, lo
primero que hay que aceptar y reconocer. Quien no da ese paso, se queda
fuera. No se trata tanto de una conquista del hombre, cuanto de la aceptación y
acogida de un plan y de una historia de salvación que, en último término,
procede del Padre (Jn 6, 37 ss.).

La conversión algo progresivo y dinámico

150. La conversión se realiza en el contexto de una historia de salvación. Según


ello, no aparece como algo puntual y estático, sino como algo progresivo y
dinámico. Como dice San Pablo: "Todos nosotros nos vamos transformando,
conforme a la acción del Señor" (2 Co 3, 18). En el lenguaje parabólico del
Evangelio, el Reino de los Cielos, que aparece en medio de nosotros
inseparablemente de la conversión del hombre, es semejante a una semilla
destinada a crecer (Mt 13, 31-32).

Cambio progresivo de sentimientos y de costumbres

151. El Concilio Vaticano II, hablando de evangelización y conversión, distingue


entre una conversión inicial y un cambio progresivo de sentimientos y de
costumbres que paulatinamente debe manifestarse después (durante el
catecumenado): "Esta conversión hay que considerarla ciertamente inicial, pero
suficiente para que el hombre perciba que, arrancado del pecado, es introducido
en el misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación
personal con El en Cristo. Puesto que, por la acción de la gracia de Dios, el
nuevo convertido emprende un camino espiritual por el que, participando ya por
la fe del misterio de la muerte y de la resurrección, pasa del hombre viejo al
nuevo hombre perfecto en Cristo. Trayendo consigo este tránsito un cambio
progresivo de sentimientos y de costumbres, debe manifestarse con sus
consecuencias sociales y desarrollarse paulatinamente durante el
catecumenado" (AG 13).

La gracia nos transforma y hace capaces de amar

152. Si la situación de cada uno puede cambiar por medio de una conversión es
porque Cristo nos ha redimido con su pasión, muerte y resurrección. En virtud de
su acción redentora Cristo nos ofrece la gracia del perdón de Dios y el don del
Espíritu Santo. Cristo está presente en la Iglesia y actúa especialmente a través
de la proclamación que la Iglesia hace de la palabra de Dios y particularmente
en los sacramentos. Por la gracia de Cristo podemos superar nuestra
incapacidad para amar a Dios por encima de todas las cosas, liberamos de
nuestros pecados, convertirnos, vivir como hijos de Dios. El Espíritu Santo,
enviado por el Padre y por el Hijo, no sólo nos inclina a responder con
generosidad a la llamada de Dios sino que, si correspondemos a la gracia de
Dios, nos transforma en lo más profundo de nuestro ser y nos hace
verdaderamente partícipes de la vida de Dios y Dios mismo se entrega a
nosotros como un don.

CAPITULO IV. NACIDOS DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU. EL HOMBRE NUEVO.

ARTICULO 1.—EL HOMBRE NUEVO, CONFIGURADO CON CRISTO: VIDA


DE GRACIA

ARTICULO 2.—EL HOMBRE NUEVO VIVE CONFORME A LA PALABRA DE


DIOS: MORAL DE GRACIA

ARTICULO 3.—EL HOMBRE NUEVO NACE DE LA COMUNIDAD Y VIVE EN


ELLA: LA IGLESIA

ARTICULO 4.—EL HOMBRE NUEVO NACE Y VIVE POR LA CELEBRACIÓN


DEL MISTERIO DE CRISTO: LOS SACRAMENTOS

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar:

— que Cristo hace posible el renacimiento del hombre a través 'de su Espíritu.
Por sí mismo, el hombre no puede hacerlo. Con el don del Espíritu es posible ser
hombre nuevo.
ARTICULO 1.-EL HOMBRE NUEVO, CONFIGURADO
CON CRISTO: VIDA DE GRACIA

Tema 34. EL HOMBRE NUEVO, CONFIGURADO CON CRISTO POR EL DON


Y LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO. LA VIDA DE GRACIA

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar:

o que por la fe y la vida de gracia el hombre adquiere una nueva identidad: es un hombre
nuevo, configurado con Cristo por el don del Espíritu;

o que Cristo viene a proclamar el mensaje liberador de las Bienaventuranzas como señal
que identifica al hombre nuevo;

o que este hombre nuevo pertenece, ya desde ahora, al Reino de Dios y ha nacido a la Fe,
a la Esperanza y al Amor;

o que el hombre nuevo, configurado con Cristo por la fe y la vida de gracia, vive
conforme a la Palabra de Dios, nace de la comunidad y vive en ella, y celebra el misterio de Cristo en los
Sacramentos.

La crisis de identidad

1. El preadolescente, inquieto ante las transformaciones que vive, se interroga


sobre sí mismo y abandona la seguridad de la etapa anterior. El entorno también
le cuestiona, percibe en los adultos un trato distinto, una actitud crítica ante su
actual situación. El preadolesoente se enfrenta, en estos momentos, con una de
las crisis más importantes en la vida del hombre, la crisis de identidad,
encrucijada, que ,una vez franqueada dejará en su personalidad una huella
duradera.

¿Quién soy yo? ¿Qué quiero llegar a ser?

2. Para comprender la inquietud que domina la vida del preadolescente es


preciso tener en cuenta que en esta edad, y a lo largo de toda la adolescencia
se concentran, de algún modo, los interrogantes sobre el valor de las etapas
recorridas y la desorientación del hombre sobre lo que quiere llegar a ser. Se
pregunta muchas veces: ¿cómo soy yo? ¿Cuáles son mis defectos, mis
posibilidades, mis aptitudes, personalidad? En definitiva, ¿quién soy yo? ¿Qué
quiero llegar a ser? Es una etapa oportuna para reflexionar sobre la propia
vocación.
¿Qué es el hombre?

3. De una u otra forma, la crisis preadolescente irá siendo superada. La crisis


pasará. Sin embargo, el preadolescente irá descubriendo dentro de sí, y a su
alrededor, que hay interrogantes que no tienen fácil respuesta. Que los propios
adultos se hallan divididos, cuando se trata de identificar lo que es
específicamente humano: ¿Qué e,s el hombre? ¿Un mecano, un robot, un
animal más, un semidios...? Un día terminará por descubrir que el hombre no
podrá nunca conocerse del todo: es siempre para sí mismo un problema abierto
o un misterio insondable.

Identidad y vida de fe

4. El hombre que acepta con fe viva la revelación de Dios tiene una nueva luz
,para saber quien es Dios y quien es el hombre. Dios nos ha hablado de nuestro
origen y de nuestro destino. Nos ha mostrado nuestro camino. Quiere hacer de
nosotros, en Cristo Jesús, un hombre nuevo. Sólo Dios puede esclarecer
plenamente el misterio del hombre: su situación presente, sus aspiraciones
profundas, su libertad, su pecado, su dolor, su muerte, su esperanza de vida
futura. El cristianismo construye su identidad personal en la vida de fe,
esperanza y caridad. El creyente afirma su personalidad al profundizar en su
relación personal con Cristo.

Dios dirige la historia

5. Tanto el Viejo como el Nuevo Testamento anuncian un hecho que conmueve


los cimientos de la experiencia humana común: el hecho es que Dios actúa en la
historia. Su acción es muchas veces inadvertida. Como dice el salmista: "por el
mar iba tu camino, por las inmensas aguas, tu sendero, y no se descubrieron tus
pisadas" (Sal 76, 20). Desde Abraham al último de los profetas, éste es uno de
los aspectos más profundos y característicos de la historia de Israel: Dios dirige
la historia sin suprimir ni limitar la libertad de los hombres. Dios no nos abandona
(Cfr. Is 49, 15ss). A veces Dios interviene en ella de manera significativa y
manifiesta. Israel tuvo experiencia de esta intervención misericordiosa de Dios:
"Cuando el ,Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos
llenaba de risas, la lengua de cantares" (Sal 125, 1-2).

El gran acontecimiento: Jesús ha resucitado. Cristo es el Señor

6. El Nuevo Testamento nos presenta una nueva intervención de Dios,


verdaderamente inaudita, inesperada: "Todo Israel esté cierto de que al mismo
Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías"
(Hch 2, 36). Este es el gran acontecimiento de la historia de salvación: un
muerto, Jesús, condenado y ejecutado por la justicia de los hombres, ha sido
constituido Señor de la historia. ¡Al igual que a Yahvé le corresponde el Nombre-
que-está-sobre-todo-nombre! Este es el kerygma (mensaje, proclamación) del
Nuevo Testamento.
El amanecer de un nuevo día que no se cerrará jamás

7. La Iglesia primitiva tiene experiencia de esto, pues se le ha dado el reconocer


a Jesús en los múltiples signos que se producen como fruto de su pascua. Su
misterio pascual ha inaugurado para el mundo entero el amanecer de un nuevo
día, el día de la resurrección, el "tercer día". El "tercer día" no es un día solar de
calendario, sino todo un período, el tiempo que sigue a la resurrección de Jesús.
El "tercer día" es un día que queda abierto y que no se cerrará jamás (Cfr. Tema
18). Es el propio futuro del hombre el que ha quedado inaugurado con la
resurrección de Jesús y su constitución como Señor de la historia. En Jesucristo
ha aparecido así el verdadero prototipo del hombre. "Cristo manifiesta
plenamente el hombre al hombre" (GS 22). El es, por antonomasia, el hombre
nuevo (Ef 2, 15).

El nacimiento de un nuevo hombre

8. Pablo sabe por experiencia que el que se ha encontrado con Cristo es como
si hubiera vuelto a nacer, una criatura nueva, un hombre nuevo (2 Co 5, 17). El
confiesa que ha encontrado el verdadero y definitivo sentido de su vida gracias
al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús; ya nadie ni nada podrá separarle
de ese amor (Rm 8, 35-39): en un sentido profundamente cierto en el encuentro
con Cristo ha sido recreado. La pro, fundidad de la relación interpersonal de
Pablo con Cristo queda expresada de forma difícilmente superable en la
siguiente fórmula: "Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).

Pablo, un hombre nuevo

9. El descubrimiento de este acontecimiento saca a Pablo "fuera de sí", derriba


sus viejos centros die interés, invierte su jerarquía de valores, quebranta los
cimientos de su mundo: "Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré
pérdida comparado con Cristo, más aún, todo lo estimo pérdida, comparado con
la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y
todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia
mía —la de la ley— sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene
de Dios y se apoya en la fe" (Flp 3, 7-9). Pablo es un hombre nuevo,
radicalmente transformado, está poseído totalmente por Jesús, con el que se ha
encontrado ya para siempre y de cuyo mensaje será el pregonero más fiel.
Proclamará no su palabra, sino la Palabra de Dios viva y operante en los
creyentes (1 Ts 2, 13).

Cristo sigue creando hombres nuevos: en la cruz ha quebrantado la fuerza


de la carne

10. Cristo, que transformó a Pablo y a los Apóstoles, continúa hoy


transformando y renovando a todos aquellos que se convierten y se unen a El
por la fe y por el bautismo. Cristo renueva y vivifica constantemente a la Iglesia
que es su cuerpo.
Cristo, con su muerte redentora, venció el pecado y nos hizo capaces de vivir,
no según la carne, sino según el espíritu, opuesto a la carne; "Lo que no pudo
hacer la ley, reducida a la impotencia por la carne, lo ha hecho Dios: envió a su
Hijo encamado en una carne pecadora como la nuestra, haciéndolo víctima por
el pecado, y en su carne condenó el pecado. Así, la justicia que proponía la ley
puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por la carne, sino
por el Espíritu" (Rm 8, 3-4). San Pablo usa con frecuencia el término carne o la
expresión vivir según la carne no en el sentido de pecados de lujuria, sino en un
sentido más amplio: la carne, sede de las pasiones y pecados, destina a la
corrupción y a la muerte, hasta el punto de ser como una personificación del
Mal, enemiga de Dios y hostil al Espíritu de Dios. Cristo, asumiendo la condición
humana, menos en el pecado, ha dado muerte en la cruz al mismo pecado.

"El que es de Cristo ha sido hecho nueva criatura." El bautizado, un ser


creado en Cristo-Jesús

11. La obra que se ha realizado en la muerte y resurrección de Cristo no es sólo


la victoria sobre el pecado; es una nueva creación, es el comienzo de puna
humanidad nueva. El hombre nuevo por excelencia es Cristo. Si Adán fué el jefe
de la primera creación, Cristo es el primer hombre de la nueva humanidad (Cfr.
Rm 5, 12-21; 1 Co 15). Si el hombre ha sido creado a imagen de Dios, Cristo-
Jesús es la imagen de Dios en un sentido pleno (Cfr. 1 Co 15, 49; Rm 8, 29; Col
1, 15-20).

Por la fe y el bautismo los cristianos participan de la muerte y resurrección de


Cristo (Rm 6), se unen a su victoria sobre el pecado y se incorporan a la nueva
humanidad que se inicia en Cristo: "De suerte que el que es de Cristo ha sido
hecho nueva criatura" (2 Co 5, 17). Un bautizado es un ser creado en Cristo
Jesús (Ef 2, 10).

Por el bautismo somos de Cristo. El cristiano debe seguir a Cristo

12. El bautismo nos vincula a Cristo de modo especial: hemos sido hechos una
cosa con El (Cfr. Rm 6,5), hemos quedado injertados en El. El es la vid y
nosotros los sarmientos (Jn 15, 5). Somos miembros suyos (1 Co 12, 12ss.).
Somos de Cristo ,para siempre.

Por razón de esta especial incorporación del bautizado a Cristo, el cristiano ha


de llevar una conducta propia de un miembro de Cristo (Cfr. 1 Co 6, 15-19; 12 y
13): "Los que son de Cristo Jesús han crucificado, su carne con sus pasiones y
sus deseos" (Ga 5, 24). El cristiano debe seguir a Cristo, participar de sus
sentimientos (Flp 2, 5), imitarle. Por el bautismo nacemos del agua y del Espíritu,
nacemos de lo alto, nacemos de nuevo (Cfr. Jn 3, 3.5.7ss.). Cristo nos hace
partícipes de la vida divina, nos concede el don de la gracia santificante. Esta
vida de gracia se realiza y manifiesta como vida de fe, de esperanza y de
caridad.
El encuentro con Cristo en el bautismo, fundamento de una moral de
hombre nuevo, raíz de una moral de gracia

13. Este pertenecer a Cristo definitivamente y haber sido asociados a su muerte


y resurrección en virtud del bautismo, es para el cristiano fundamento de una
moral propia de hombres nuevos, contraria al hombre viejo dominado por el
pecado, una moral de gracia. La muerte y resurrección de Cristo ha de
traslucirse permanentemente en la conducta moral del cristiano.

"Andemos en una vida nueva"

14. "¿Es que no sabéis que los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo,
fuimos incorporados a su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con El en
la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la
gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si
hemos quedado incorporados a él por una muerte como la suya, lo estaremos
también por una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestro
hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, destruida nuestra personalidad de
pecadores y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha
quedado absuelto del pecado.

Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con El;
pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere
más; la muerte ya no tiene dominio sobre El. Porque su morir fue un morir al
pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo
vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Que
el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los
deseos del cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado como
instrumentos para la injusticia; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte
han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como
instrumentos para la justicia. Porque el pecado no os dominará: ya que no estáis
bajo la ley, sino bajo la gracia" (Rm 6, 3-14; cfr. 1 Co 6, 15-19; Col 2, 11-13).

¡Conflguraos con Cristo! ¡Despojaos del hombre viejo! ¡Revestíos del


nuevo!

15. El designio de Dios es que nos configuremos con su Hijo, como modelo y
prototipo (Cfr. Rm 8, 28-30; 2 Co 3, 18). Esto se inicia con el bautismo. Se
logrará plenamente, en cuerpo y alma, el día de la resurrección, cuando Cristo
haya transfigurado este cuerpo de bajeza conforme a su cuerpo glorioso (Flp 3,
21). Entonces deberá revestirse del hombre celestial (1 Co 15, 49). Pero entre
tanto, a lo largo de su vida, el cristiano trata de asemejarse a Cristo por su amor
y pureza de vida, según la exhortación de Pablo: "Sed imitadores de Dios, como
hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros"
(Ef 5, 1-2; cfr. Col 3, 12-15). Configurarnos con Cristo es revestirnos del hombre
nuevo, lo cual implica despojarnos del hombre viejo: "En consecuencia, dad
muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la
pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Eso es lo que atrae el
castigo de Dios sobre los desobedientes. Entre ellos andábais también vosotros,
cuando vivíais de esa manera; ahora, en cambio, deshaceos de todo eso; ira,
coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca! No sigáis
engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras, y
revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su creador, hasta
llegar a conocerlo" (Col 3, 5-10).

Para vivir esta moral de gracia, Cristo resucitado concede a su Iglesia el


don del Espíritu Santo

16. Para que seamos capaces de vivir según esta moral de gracia, moral de la
nueva alianza y seamos hombres nuevos en Cristo Jesús, según el designio de
Dios, Jesucristo resucitado concede a su Iglesia el don del Espíritu Santo. De
este modo se cumple lo anunciado por los profetas, como dice Pedro el día de
Pentecostés: "En los últimos días —dijo Dios—derramaré mi Espíritu sobre todo
hombre: Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y
vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre mis siervos y siervas derramaré mi
Espíritu en aquellos días y profetizarán. Haré prodigios arriba en el cielo y signos
abajo en la tierra" (Hch 2, 17-19). El Espíritu se nos concede en virtud de la
resurrección de Cristo: "El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús en pie
gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. (Como
dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva). Decía esto
refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no
se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado" (Jn 7, 37-39).
El Espíritu Santo ha sido enviado por el Padre y por el Hijo para dar testimonio
de Cristo, y para que a su vez den testimonio de Cristo los Apóstoles: "Cuando
venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que
procede del Padre, él dará testimonio de mí: y también vosotros daréis
testimonio, porque desde el principio estáis conmigo" (Jn 15, 26-27).

El Espíritu Santo suscita en nosotros tendencias contrarias a las de la


"carne"

17. El Espíritu Santo suscita en nosotros tendencias contrarias a las de la carne:


"Porque los que se dejan dirigir por la carne, tienden a lo carnal; en cambio, los
que se dejan dirigir por el Espíritu, tienden a lo espiritual. Nuestra carne tiende a
la muerte; el Espíritu, a la vida y a la paz. Porque la tendencia de la carne es
rebelarse contra Dios; no sólo no se somete a la ley de Dios, ni siquiera lo
puede. Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero
vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios
habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo" (Rm 8,
5-9). "Las obras de la carne están patentes: fornicaciones, impurezas, libertinaje,
idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades,
partidismo, sectarismo, discordias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os
prevengo, como ya os previne, que los que así obran no heredarán el Reino de
Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, compren, Sión,
servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra esto no va la
Ley" (Ga 5, 19-23).
El Espíritu Santo nos transforma realmente en hijos de Dios y coherederos
con Cristo

18. El Espíritu Santo nos transforma realmente en hijos de Dios. El nos guía
para que vivamos como miembros del Cuerpo de Cristo (Cfr. 1 Co 12, 4) y como
hijos de Dios. En efecto, "todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son
hijos de Dios. Pues no recibísteis un espíritu de esclavitud para recaer en el
temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace
exclamar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio
concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos,
herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él, para ser
también con él glorificados" (Rm 8, 14-17).

Disponibilidad ante la acción del Espíritu Santo: deseo de hacer, como


Jesús, la voluntad del Padre

19. El Espíritu Santo es maestro interior y principio de una vida propiamente


divina en nosotros (Cfr. Jn 3, 5). El discípulo de Cristo, para configurarse
plenamente con Cristo, ha de ser fiel al Espíritu Santo. Ha de estar abierto a la
acción del Espíritu, aunque a veces no sepa claramente a donde le lleva: "El
viento sopla donde quiere, y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a
dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu" .(Jn 3, 8). Esta es la
experiencia de Pablo, cuando se dirige a Jerusalén sin saber lo que allí sucederá
(Hch 20, 22); o la de Felipe, cuando toma el camino de Jerusalén a Gaza (Hch 8,
26ss.).

Esta actitud de disponibilidad presupone el deseo firme de querer ante todo,


como Jesús, hacer la voluntad del Padre (Mt 26, 42; Lc 22, 42; Jn 4, 34; 6, 38).
El hombre nuevo tiene por religión y por ética el cumplimiento de la voluntad de
Dios (Cfr. Hb 10, 7). Este es el deseo que expresamos cada día en la oración
que nos enseñó Jesús: "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" (Mt 6,
10). Es también el deseo entonado en este salmo: "Indícame el camino a seguir,
pues levanto mi alma a ti" (Sal 142, 8). Para conocer la voluntad de Dios, el
cristiano necesita que el Padre le dé la "gran cosa", el don del Espíritu (Cfr. Lc
11, 12; Hch 1, 14).

La fidelidad al Espíritu, inseparable de la fidelidad a la Palabra de Dios.


Cristo, "camino, verdad y vida"

20. La fidelidad al Espíritu es inseparable de la fidelidad a la Palabra de Dios, tal


como la interpreta y proclama¡ la Iglesia vivificada por el mismo Espíritu de Dios
(Cfr. Lc 10, 16; Jn 16, 13). El hombre necesita la palabra de Dios como necesita
el alimento (Cfr. Mt 4, 4). Pero Dios nos ha hablado de muchas maneras y por
último nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1). Jesucristo es, en persona,
la Palabra misma del Padre (Jn 1, 14). El es para nosotros "camino, verdad y
vida" (Jn 14, 6). Para vivir como hijos de Dios, como hombres renovados por el
Espíritu, debemos seguir a Jesús (Mt 16, 24; Jn 12, 26), escucharle (Mt 17, 5),
cumplir los mandamientos de Dios (Le 18, 20ss.), practicar las enseñanzas y
mandatos de Jesús (Jn 15, 1-14); en especial, vivir según el espíritu de las
bienaventuranzas (Mt 5-7) y el mandamiento nuevo del amor fraterno (Jn 13,
34), reproducir en nosotros la imagen de Cristo (Rm 6 y 8, 29), dejándonos guiar
por la sabiduría de Cristo crucificado (Cfr. 1 Co 1, 17-30; 2, 2ss.), apoyándonos
en la cruz victoriosa de Cristo, en quien encontramos la resurrección y la vida
(Cfr. Jn 11, 25).

Situación y conducta del hombre nuevo. Las bienaventuranzas, una


llamada y una exhortación

21. Entre las enseñanzas de Jesús sobre la situación y la conducta del hombre
nuevo, del hombre que pertenece ya al Reino de Dios, destaca el mensaje de
las bienaventuranzas (Mt 5-7; Lc 6, 20ss.). En la literatura judía y griega hay una
profusión de "bienaventuranzas", pero casi siempre en forma de máximas de
sabiduría humana. Proclaman bienaventurados a los hombres privilegiados que
tienen una mujer virtuosa, hijos ejemplares, éxitos, buena suerte, o bien, en
inscripciones funerarias, a los que terminaron felizmente su camino aquí abajo.
Los sabios israelitas del Antiguo Testamento afirman además que el camino
para alcanzar esta felicidad está en Dios: "Dichosos los que esperan en El" (Is
30, 18). "Dichoso el hombre que confía en ti" (Sal 83, 13).

Las bienaventuranzas de Jesús no son máximas de sabiduría, sino —como la


enseñanza de los profetas— una llamada y una exhortación. Jesús, en el
sermón de la montaña habla de los pobres y afligidos que no tienen nada que
esperar de este mundo, pero que lo esperan todo de Dios; los que en su ser y en
su conducta son mendigos ante Dios; los misericordiosos que abren su corazón
a los otros; los artífices de paz que triunfan de la fuerza y die la violencia con la
reconciliación, los que no se encuentran a gusto en un mundo lleno de astucias,
etc. Desde ahora, los dichosos de este mundo no son ya los ricos, los
satisfechos, aquellos que son alabados por los hombres, sino los que tienen
hambre, los que lloran, los pobres, los perseguidos (Cfr. 1 P 3, 14; 4, 14). El
mensaje de las bienaventuranzas se dirige a todos los hombres. Se les invita a
tomar las actitudes de mansedúmbre, paciencia y humildad, a renunciar a la
violencia y a no oponerse al mal con el mal.

El anuncio de un don y la proclamación de una exigencia: "El Reino de


Dios está cerca; convertíos." (Mc 1, 15)

22. La palabra de Jesús, prometiendo la bienaventuranza, no es sólo el anuncio


de un consuelo para la otra vida; significa también que el reino de Dios viene a
nosotros. Todas las bienaventuranzas se orientan al reino inminente de Dios:
Dios quiere estar presente y estará presente en todos los que tienen necesidad
de El, para cada uno en particular; Dios les consolará, les saciará, tendrá
misericordia de ellos, les llamará hijos suyos; les dará la tierra como heredad, les
manifestará su rostro. Va a establecer su reino en favor de ellos. Y este reino
está cerca. Las bienaventuranzas evangélicas no son sólo la proclamación de
una exigencia, sino ante todo el anuncio de un don. La auténtica felicidad
humana no se encuentra en la satisfacción de los propios egoísmos o en las
posesiones y bienes de este mundo, sino en el camino de la generosidad, del
amor, de la entrega total en las manos de Dios. Dios se entrega al hombre como
un don. Jesús nos llama a vivir ya en conformidad con esta situación de
salvación que El nos ofrece de parte de Dios. La gracia precede a la exigencia.

Jesús vivió personalmente el espíritu de las bienaventuranzas. Jesús está


en el centro de las bienaventuranzas evangélicas

23. Jesús quiso encarnar las bienaventuranzas viviéndolas personalmente,


mostrándose manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Cuando el Evangelio le
llama a alguien bienaventurado, lo hace siempre en referencia a Jesús (Cfr. Le
1, 48; 11, 27). Jesús llama bienaventurados a los que escuchan la palabra de
Dios (Le 11, 28), a los que creen sin haber visto (Jn 20, 29), a Simón, a quien el
Padre reveló que Jesús es el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 17), a los que han visto a
Jesús (Mt 13, 16), a los discípulos que, esperando el retorno del Señor, serán
fieles, permanecerán vigilantes (Mt 24, 46) y perseverarán dedicados por
completo los unos a los otros (Jn 13, 17; cfr. Ap 1, 3; 22, 7; 16, 15; 19, 9; 20, 6).

La alegría del tesoro escondido

24. Un aspecto importante del sermón de la montaña es la alegría. La alegría es


una característica esencial del Evangelio. La expresión bienaventurados
(dichosas), no sólo contiene una promesa, sino también una felicitación. Jesús
anuncia la llegada del Reino de Dios en medio de felicitaciones, de
congratulaciones, de bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). Sería una contradicción
anunciar la Buena Noticia en medio de la tristeza: "El Reino de los Cielos se
parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a
esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo"
(Mt 13, 44). El "ir", el "vender", el "comprar" se debe a la alegría de haber
descubierto en la propia vida la acción de Dios. Esa alegría subyace a todas las
decisiones y, también, a todas las renuncias. Brota en medio de los insultos y de
las persecuciones (Mt 5, 11-12) y se hace incontenible cuando el discípulo
experimenta el poder de la Buena Nueva que anuncia (Le 10, 17). Por encima
de todo, el verdadero motivo de la alegría evangélica es éste: "Vuestros nombres
están inscritos en el cielo" (Le 10, 20).

Entrad desde ahora en el Reino de Dios

25. Cristo vino a proclamar los mandamientos que liberan: "Dichosos los pobres
en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos,
porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán
consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos
quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de
los Cielos" (Mt 5, 3-10).
Actitudes básicas de la existencia cristiana: fe, esperanza y caridad

26. Si las bienaventuranzas nos describen la orientación global de la existencia


cristiana, las actitudes básicas de esta existencia cristiana son las virtudes
teologales: fe, esperanza y caridad. La existencia cristiana integra todas las
dimensiones del hombre (su relación al mundo, a los demás hombres y a Dios) y
las unifica en Cristo. Es vivir de Cristo y para Cristo: ser en Cristo. Lo decisivo
para el cristiano es Cristo mismo, su aparición en la historia, su muerte y
resurrección. Este acontecimiento ha dado a la existencia humana (personal y
comunitaria), y a la historia un sentida nuevo y definitivo: el hombre está llamada
a tomar posición ante Cristo, a estar con El o contra.El (Le 11, 23). El dilema que
se presenta al hombre es o aceptar la gracia de Dios y por tanto aceptar el ser
salvado por Cristo, o por el contrario, rechazar el don de la salvación y pretender
salvarse a sí mismo, prescindiendo de Dios y prescindiendo de Cristo. Es la
situación de alianza creada por Dios y no por el hombre. El hombre está llamado
a responder al don de Dios con una actitud de fe, de esperanza y de caridad.

Ya en sus primeras cartas, San Pablo sintetiza toda la existencia cristiana en "la
fe, esperanza y caridad" (1 Co 13, 13; 1 Ts 1, 3; 5, 8). Estas son las actitudes
básicas de la existencia cristiana. La Iglesia de Cristo, dentro de la cual el
cristiano responde al don de Dios, es la comunidad de fe, de esperanza y de
caridad: "Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la
tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo
visible, comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos" (LG 8). Desde
el siglo XIII se las llama virtudes teologales porque tienen por objeto a Dios
mismo: la fe es creer a Dios y creer en Dios; la esperanza es esparar a Dios y
esperar en Dios; la caridad es amar a Dios y amar por amor a Dios.

La actitud de fe: plena aceptación de Dios, reconocimiento de Cristo,


obediencia al Evangelio, comunión con la Iglesia

27. La fe es ante todo la plena aceptación de Dios tal como El se nos revela. En
el Antiguo Testamento, la actitud de fe se caracteriza por la confianza en Dios.
El hombre que cree en Dios, se fía de su palabra, da crédito a sus promesas de
salvación y se apoya en El como en una roca. La fe es la confianza del hombre
en la fidelidad y en la gracia de Dios (Cfr. Ex 4, 28-31; 14, 31; Dt 1, 32; Is 7, 9).

En el nuevo Testamento, la actitud de fe se caracteriza por el reconocimiento de


que las promesas de Dios se han cumplido en Jesucristo. La resurrección de
Cristo pone fin a las promesas de Dios e inaugura el comienzo de una nueva
etapa, cuya plenitud esperamos. El cristiano, creyendo en la muerte y
resurrección de Cristo, reconoce que la salvación y el perdón nos viene de Dios.
Creer es aceptar la verdad, la realidad de lo que Dios nos ha revelado en Cristo
resucitado (1 Co 15, 12-20). La adhesión del hombre al mensaje cristiano es
obediencia al Evangelio. La fe se identifica a veces con la sumisión (Rm 1, 5; 15,
18; 16, 26; 1 Co 15, 28). El hombre no se salva por sí mismo. Su salvación es
don de Dios en Cristo Jesús. La respuesta 'de la fe es aceptación del amor de
Dios; es aceptar la gracia de Dios revelada y cumplida en Cristo. La fe es
conocer a Cristo. Conocer a Cristo quiere decir aceptar su testimonio,
reconocerle como revelador del Padre; en una palabra, creer en El. La salvación
del hombre, la vida eterna consiste en conocer a Cristo y, en Cristo, al Padre
(Cfr. Jn 1, 10-13; 3, 11-16.32-36; 8, 24-30; 17, 3.21.23). La fe es adhesión
personal a Cristo: venir a El, seguirle, oír su voz, recibir su testimonio, vivir así
de su misma vida (Jn 1, 12; 3, 11-12.32-36; 5, 40-43; 7, 37-38; 8, 12.47; 17, 8;
12, 47-48). La fe es reconocer que Jesús es el Hijo de Dios, que ha recibido todo
del Padre y que el Padre está en El. La fe es sumisión del hombre a Cristo; no
es sólo creer en Cristo, sino creer a Cristo (Jn 5, 38.46; 6, 36; 8, 31.46.47; 10,
37-38); es aceptar sus enseñanzas y confiar en El, entregarse a El. Para el
creyente, Cristo es el centro de la propia existencia (F1p 2, 21; 3, 8). Y a través
de Cristo, entrega total al Padre. El cristiano vive esta adhesión de fe en
comunión con la fe de la Iglesia (Ef 4, 5.13).

Por la fe, el hombre se confía libre y totalmente a Dios

28. La fe cristiana es respuesta a la palabra de Dios, conocimiento de la verdad


revelada, adhesión libre de nuestra voluntad, confianza en Dios, entrega de toda
nuestra persona a Dios, por medio de Jesucristo. El Concilio Vaticano II describe
así la actitud de fe: "Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe
(Rm 16, 26; cfr. Rm 1, 5; 2 Co 10, 5-6), por la que el hombre se entrega libre y
totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y
de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para
profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los
uxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios,
abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la
verdad" (DV 5).

Fidelidad a la Palabra de Dios, proclamada por la Iglesia

La certeza del creyente descansa en Dios. Creemos lo que Dios nos ha


revelado. Creemos a Dios. Creemos lo que Dios nos ha manifestado por medio
de su Hijo Unigénito. Creemos lo que los Apóstoles, guiados por el Espíritu
Santo, nos transmiten en la Iglesia como revelado por Dios. La fe implica ser
fieles a lo que Dios nos ha dicho, con una fidelidad que no se reduzca sólo a la
aceptación intelectual de la doctrina sino que sea sobre todo plena adhesión de
toda nuestra persona a Dios en Cristo Jesús. Este deseo de absoluta fidelidad a
la palabra de Dios, como exigencia radical de la fe, aparece en el Nuevo
Testamento con singular relieve. Se denuncia con especial energía el error y el
peligro de error (Cfr. Rm 16, 17; Ef 4, 14; 1 Tm 1, 3; 6, 3; Ap 2, 14.24). La
comunidad cristiana debe estar en guardia contra los falsos doctores (Cfr. 2 Tm
4, 3; 2 P 2, 1). El Apóstol San Pablo llega a decir: "Pues bien, si alguien os
predica un Evangelio distinto del que os hemos predicado, seamos nosotros
mismos o un ángel del cielo, ¡sea maldito!" (Ga 1, 8). La fidelidad a la palabra de
Dios implica unidad ene la fe y en la caridad (Ef 4, 4ss.; 1 Co 1, 13ss.). La Iglesia
una, santa, católica, y apostólica contiene íntegra esta revelación de Dios. Es
"columna y base de la verdad" (1 Tm 3, 15).
La esperanza cristiana: confianza sin limites en la promesa de Dios
cumplida en Cristo

29. En el Nuevo Testamento la fe cristiana va con frecuencia unida a la


esperanza. San Pablo propone como ejemplar la fe de Abraham: Abraham creyó
a Dios, se apoyó en Dios, puso en El su confianza (Rm 4, 3; Ga 3, 6). La fe y la
esperanza se entrecruzan (Cfr. Rm 4, 17.24-25). La) esperanza,
inseparablemente vinculada a la fe, es un aspecto fundamental de la vida
cristiana (Rm 12, 12; Ef 1, 12). Los que no creen en Cristo se caracterizan por la
falta de esperanza (1 Ts 4, 13; Ef 2, 12). La esperanza cristiana es confianza sin
límites eu la promesa de Dios cumplida en la resurrección de Cristo; es esperar
la salvación como participación en la gloria de Cristo; es aguante paciente y
perseverante que se mantiene firme en medio de los sufrimientos; es ayuda
apoyada en la certeza del amor y del poder salvador de Dios presente en Cristo-
Jesús (Rm 5, 2.5; 8, 15.23-25; 12, 12; 15, 5.17; 1 Co 1, 7-8; 15, 19; 2 Co 1, 6; 3,
4.12; Ga 5, 5; Ef 3, 12; Flp 1, 20; 3, 3.20-21; Col 1, 27; 1 Ts 3, 13). "Nuestra
esperanza es Cristo" (1 Tm 1, 1; Col 1, 27; 2 Tm 1, 12).

El cristiano vive la esperanza en relación personal con Cristo, el Hijo de Dios que
se hizo hombre por nosotros, y por nosotros murió y resucitó como primogénito
de la humanidad, primicia die los que mueren, el cual intercede ahora por
nosotros ante el Padre (Rm 4, 25; 5, 15-17; 6, 10-11; 8, 3.10.29.32).

La esperanza cristiana surge de la presencia del Espíritu en el corazón del


creyente (Rm 15, 13; 8, 23; Ga 5, 5). El don del Espíritu no es solamente prenda
y comienzo de la salvación venidera, sino también principio vital de la misma: el
cristiano recibe desde ahora la comunión de vida con Cristo como participación
anticipada en su gloria (Rm 6, 11; 8, 11.14-17. 23-24; Ga 2, 20; 4, 6; 6, 8). La
esperanza cristiana anticipa ya desde ahora la plenitud de vida que el creyente
recibirá en la resurrección (Col 2, 12; 3, 1; Ef 2, 6).

La actitud de caridad: el amor a Dios

30. Fe y esperanza cristiana se relacionan íntimamente con la caridad, con el


amor a Dios y al prójimo. Sin amor, la fe y la esperanza están muertas (St 2,
17.26). La caridad es el más excelente de todos los dones de Dios (1 Co 13).

En el Nuevo Testamento aparece con especial relieve el amor con que Dios nos
ama (Rm 5, 8; 8, 31-39; Ef 1, 3-6; 2, 4-5). A este amor de Dios debe
corresponder nuestro amor filial a Dios (Cfr. Rm 8, 28; 1 Co 2, 9; 8, 3): "El que
no quiera al Señor, fuera con él" (1 Co 16, 22). El amor de Cristo hacia nosotros
nos apremia; por eso el cristiano debe vivir para Cristo (2 Co 5, 14-15; Ga 2, 20;
Ef 5, 1-2).

El Padre ama a Cristo, su Hijo Unigénito, y en Cristo ama a los hombres. Cristo
corresponde al amor dél Padre con la entrega de su vida por la salvación de la
humanidad (Jn 3, 16; 5, 20; 10, 15.17.30; 13, 1). El Padre expresa su amor a los
hombres dándonos a su Hijo unigénito que se entrega por nosotros a la muerte.
Nosotros debemos corresponder al amor de Dios amándole con todo nuestro
corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser, por encima dé todas las
cosas. Hemos de amar a Dios como verdaderos hijos de Dios, y por tanto con un
amor semejante al amor con que le ama Jesucristo. Jesús nos ha enseñado
cómo hemos de amar a Dios. Nuestro amor a Dios es participación del amor con
que Cristo ama al Padre. El amor cristiano a Dios toma forma concreta en el
amor a Jesús, ya que El es el Hijo de Dios igual al Padre (Jn 17, 21-23).

Dios nos amó primero. Llamados a la comunión de amor y de vida con el


Padre y con el Hijo

31. Es Dios quien ha tomado la iniciativa del amor supremo en el don de su Hijo
(1 Jn 3, 16; 4, 8-16; cfr Jn 3, 16). "Dios es amor" (1 Jn 4, 8.16). Nuestro amor a
Dios es también gracia de Dios, don que Dios nos concede por medio de su Hijo
y del Espíritu Santo. La comunión de amor y de vida que hay entre Cristo y el
cristiano que ama a Dios, es participación en la comunión de amor y de vida que
hay entre Cristo y el Padre en el Espíritu Santo. Dice San Juan: "Eso que hemos
visto y oído os lo' anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión
que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn 1, 3).

La actitud de caridad: el amor al prójimo

32. El amor hacia el prójimo se funda en la paternidad universal de Dios (Mt 5,


45-48; 7, 7-11; 6, 30). La actitud cristiana de amor fraterno se inspira en este
amor universal y desinteresado de Dios (Mt 5, 38-47; 6, 12-15; 7, 2-12). Quien
ama a Dios, ama a quienes Dios ama y como Dios ama. Pero la motivación
específicamente cristiana es que todo hombre es hermano de Cristo; lo que se
hace en favor de los hombres se hace a Cristo mismo (Mt 25, 40.45). El amor de
Cristo a los hombres es el fundamento y el ejemplar supremo del amor cristiano
al prójimo (2 Co 8, 9.14; Flp 2, 1-9; Ef 4, 32; 5, 1-2; Col 3, 12-14). El amor y
servicio a Cristo ha de expresarse y concretarse en el amor y servicio al prójimo.
En la persona de Cristo se centra y unifica la actitud del cristiano para con Dios
para con los hombres.

El amor a Dios, inseparable del amor al prójimo

33. En la respuesta del hombre al Dios que es amor, la primacía corresponde a


Dios mismo (1 Jn 4, 21; 5, 1), pero de tal modo que el amor a Dios y al prójimo
constituyen una unidad indivisible: "Todo el que ama (a los hermanos), ha nacido
de Dios y conoce (ama) a Dios. Quien no (los) ama, no conoce a Dios" (1 Jn 4,
7-8). "Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no
ve" (1 Jn 4, 20; cfr. 3, 17). El amor al prójimo se funda en el amor del Padre al
damos su propio Hijo, Cristo (1 Jn 4, 11.19); es el amor que viene de Dios (1 Jn
4, 7.16; 3, 17). Si amamos a Dios de verdad, amamos a quienes Dios ama, a
nuestros prójimos.

Al responder al amor de Dios con el amor del prójimo, el hombre participa en la


vida misma del Dios-amor. Quien ama al prójimo "ha nacido de Dios", "conoce a
Dios", "Dios está en él y él en Dios" (1 Jn 1, 3.6-7); "Si nos amamos unos a
otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su
plenitud" (1 Jn 4, 12); "Dios es amor y quien permanece en el amor permanece
en Dios y Dios en él" (1' Jn 4, 16). La caridad es el fruto más excelente de la
acción del Espíritu Santo en el corazón de los discípulos de Jesucristo: con la
práctica concreta del amor cristiano a Dios y al prójimo se inicia la comunión de
amor y de vida con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que va a constituir
nuestra patria definitiva con todos los bienaventurados.

La fe, esperanza y caridad, actitudes permanentes de la existencia


cristiana. El cristiano fiel vive por Cristo, como Cristo vive por el Padre

34. La vida de fe, esperanza y caridad del cristiano es la respuesta al Dios-amor


que se ha revelado en Jesucristo. Es entrega del hombre a Dios por medio de
Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo. Es comunión d'e vida y de amor del
hombre con Dios Padre y con Jesucristo en el Espíritu Santo. Es participación
misteriosa del hombre en la vida que Jesús, el Hijo de Dios tiene en común con
el Padre y con el Espíritu. El cristiano que es fiel vive poe Cristo, como Cristo
vive por el Padre (Cfr. Jn 6, 57; 5, 26; 3, 15; 10, 10; 6, 35-58). Cristo es vida del
cristiano (Cfr. Jn 1, 4; 11, 25; 14, 6). El Nuevd Testamento no reduce la
existencia del cristiano a los actos de fe, de esperanza, de amor a Dios, sino que
presenta la fe, la esperanza y la caridad como actitudes permanentes de la
persona (Cfr. Rm 4, 5.11.24; 8, 23-39). Cristo vive en el creyente por la fe (Ga 2,
20; 3, 26; Ef 3, 17), una fe que no es sólo conocimiento, sino entrega personal a
Cristo. La presencia permanente del Espíritu de Cristo en el creyente crea en él
una actitud de amor filial para con Dios (Rm 5, 5; 8, 11.14-16; Ga 4, 6; Ef 3, 16-
19). La fe operante en la caridad pertenece a la nueva creación, es decir, al
hombre nuevo creado en Cristo, vivificado y guiado permanentemente por su
Espíritu (Ga 5, 5.16.22; 6, 15; Ef 2, 10. 21-22; 4, 24; 2 Co 5, 17; Col 3, 9-11; 1
Co 3, 16; 6, 19). El verdadero discípulo de Cristo permanece fiel a su palabra y a
su amor (Jn 8, 31; 15. 4-7.9-10). La adhesión a Dios por medio de una fe viva
implica el ser y permanecer en Dios y en Cristo, el nacer de Dios (1 Jn 2, 4-
6.23.24.29; 3, 6.9.10.24; 4, 6.7.12.13.15.16; 5, 1).

La gracia santificante: vida nueva en Cristo-Jesús. Quien peca gravemente,


pierde la vida de gracia

35. San Pablo expresa así esta realidad de nuestra comunión con Cristo: "Estoy
crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2,
19-20). Esta vida en Cristo tiene que ser para nosotros una vida en Dios (Ga 2,
19; 2 Co 5, 15; Rm 6, 11.13). El don del Espíritu Santo suscita en el corazón del
hombre una vida nueva de comunión con Cristo en la fe, en la esperanza y en la
caridad. Esta vida nueva, permanente, interior, real, del hombre en Cristo es lo
que se denomina gracia santificante o gracia habitual. Es unan participación en
la naturaleza divina (2 P 1, 4). Esta vida divina en nosotros es incompatible con
el pecado grave. Quien peca gravemente, pierde la vida de la gracia. El pecado
es muerte para el pecador. El pecador que se convierte de sus pecados y se
vuelve a Dios, no sólo recibe el perdón de Dios, sino además el don de la gracia.
Por la gracia el hombre se convierte de injusto en justo, de enemigo en
amigo de Dios

36. Por la comunicación de la vida de gracia, el pecador queda verdaderamente


justificado, transformado realmente en justo delante de Dios, mediante la acción
del Espíritu Santo: "Según su propia misericordia nos ha salvado: con el baño
del segundo nacimiento y con la renovación por el Espíritu Santo; Dios lo
derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro
Salvador. Así, justificados por su gracia, somos, en esperanza, herederos de la
vida eterna" (Tt 3, 5-7). El Concilio de Trento enseña expresamente: "La
justificación no es sólo remisión de los pecados, sino también santificación y
renovación del hombre interior, por la voluntaria recepción de la gracia y los
dones, de donde el hombre se convierte de injusto en justo, y de enemigo en
amigo, para ser heredero según la esperanza de la vida eterna" (DS 1528). Esta
vida divina en nosotros es un don gratuito de Dios; es el comienzo de la
comunión de vida y de amor que tendremos con Cristo glorioso más allá de la
muerte.

Unidos a Cristo, hijos de Dios y coherederos con Cristo

37. La vida de gracia es un revestirse de Cristo (Ga 3, 27; Col 3, 9ss; Ef 4, 22ss;
Rm 8, 29). Por su inserción en Cristo, como el sarmiento en la vid, el cristiano
vive la vida de Cristo, la vida de la gracia, la vida de fe, esperanza y caridad (Jrt
15, 1-8; 17, 23-26; Ga 3, 26). A su vez, el cristiano, por la vida de fe, esperanza
y caridad, se enraizará más en Cristo, en su gracia vivificante. En esta comunión
con Cristo alcanzamos la verdadera filiación divina. Cristo es, al mismo tiempo,
el Hijo unigénito del Padre (Jn 1, 14; 3, 16) y el primogénito entre muchos
hermanos (Rm 8, 29). En Cristo nuestro hermano somos hijos del Padre que
está en los cielos. Cristo nos da su Espíritu que nos transforma realmente en
hijos de Dios (Rm 8, 15; Ga 4, 6; 1 P 1, 23). Esta filiación divina nos hace
partícipes del mismo destino de Cristo: "Y si somos hijos, también herederos,
herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Rm 8, 17; Ga 4, 7; Ef 1, 13-14. 17-
18; Col 3, 24; 1 P 1, 3-4).

El Espíritu Santo habita en nosotros

38. Si vivimos unidos a Cristo por la vida de fe, esperanza y caridad, el Espíritu
Santo habita en nosotros (Ga 4, 4-6; Rm 8, 12-16; cfr. Tema 19). "Así, unos y
otros podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu. Por él (Cristo)
también vosotros os vais integrando en ia construcción para ser morada de Dios,
por el Espíritu" (Ef 2, 18.22; 1 Co 3, 16-17; 6, 19-20).

Dios nos ama de manera singular

39. En virtud de esta participación en la vida divina, Dios nos ama de manera
singular. "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el
Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm: 5, 5). El Padre nos ama en unión del
Hijo en el Espíritu Santo (Cfr. Jrx 14, 26; 15, 26; 16, 7). San Juan dice: "Mirad
qué amor nos ha tenido el Padre para llamamos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos
de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando ,se
manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3, 1-
2).

La efusión del Espíritu en nuestros corazones nos permite tener parte en el amor
con que se aman el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo (1 Jn 3, 24; 4, 13.16).
Somos amados por el Padre y vivimos en comunión con el Padre y con el Hijo:
"El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de
Dios" (Jn 16, 27). "Yo en ellos y tú en mí." (Jn 17, 23), dice Jesús en la oración al
Padre. Y también: "Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para
que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos" (Jn
17, 26; cfr. Jn 17, 6-8.19.22.24).

La vida de gracia: participamos en la vida del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo.

40. La justificación por la vida de gracia es una participación en la vida misma de


Dios: "El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a
él y haremos morada en él" (Jn 14, 23; cfr. Rm 5, 5). Las especiales relaciones
del hombre que vive en gracia con Cristo y con el Padre son relaciones de
verdadera amistad: "Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya
no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros
os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a
conocer" (Jn 15, 14-15). San Pablo se expresa así: "Ya no sois extranjeros ni
forasteros, sino que sois conciudadanos de los santos y miembros de la familia
de Dios" (Ef 2, 19); "La gracia del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la
comunión del Espíritu Santo sea en todos vosotros" (2 Co 13, 13).

Las obras buenas que realiza el hombre que vive en gracia tienen carácter
meritorio

41. La conducta del hombre que vive en gracia de Dios es una conducta que
debe estar informada ,por la fe, la esperanza y la caridad. La vida de gracia es
un don gratuito de Dios que se nos concede por medio de Jesucristo y en unión
con el Espíritu Santo. Nos la comunica Jesucristo principalmente por medio de
los ,sacramentos, y a través de toda la vida de la Iglesia. Esta vida de gracia es
germen y anticipación de la vida eterna; crece y se desarrolla en nosotros aquí
en la tierra por la acción gratuita del Espíritu Santo y por nuestra libre
cooperación al don de Dios. Las obras buenas que realiza el hombre que vive en
gracia de Dios tienen carácter meritorio. Si por una parte son fruto de la gracia
de Cristo, en nosotros, por otra parte son obras verdaderamente nuestras.
Nuestra vida de fe, esperanza y caridad, siendo un don de Dios, es al mismo
tiempo una verdadera realización de nuestro ser personal. Para expresar la
relación entre nuestra conducta recta y la vida eterna, Jesús emplea con
frecuencia el término recompensa (Cfr. Mt 6, 4.18; Mc 10, 21; Mt 24, 47; 25,
21.23; 19, 28-29). En la parábola de los obreros de la viña aparece claro que
esta recompensa sigue siendo siempre un don de la bondad y del amor de Dios
(Mt 20, 8.14; 16, 27).

"¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno sólo
recibe el premio?" (1 Co 9, 24)

42. San Pablo nos exhorta a que nos esforcemos por obtener la recompensa
como el corredor en el estadio por conseguir la corona de la victoria (1 Co 9, 24;
3, 8; Rm 2, 6; 2 Tm 4, 8; Col 3, 23-24). El autor de la carta a los Hebreos dice a
propósito del servicio dado a los santos: "Dios no es injusto para olvidarse de
vuestros trabajos y del amor que le habéis demostrado sirviendo a los santos
ahora igual que antes" (Hb 6, 10; cfr. 6, 12; 10, 35; 11, 6.26; Ap 22, 12). El objeto
del mérito es la vida eterna, el estar con Dios para siempre. Dios personalmente
se convierte en recompensa del hombre. También es objeto de mérito el
aumento de la gracia. Cualquier obra realmente meritoria ha de realizarse en
Cristo, con Cristo y por Cristo. Los cristianos hemos sido creados en Cristo para
dedicarnos a las buenas obras (Ef 2, 10). El es la verdadera causa de nuestros
méritos. Para esto no es necesario que seamos plenamente conscientes de lo
que Cristo realiza por nosotros. Cuando servimos al prójimo con generosidad
servimos a Cristo aunque no pensemos en ello (Cfr. Mt 25, 40). Nunca podemos
gloriamos de nuestras buenas obras delante de Dios, sino sólo en el Señor (1
Co 1, 31), que es quien produce las buenas obras en nosotros (Cfr. Ef 2, 10; Ga
5, 22; 2 Ts 2, 16-17; 2 Co 9, 8; Col 3, 17). Dios, al otorgar mérito a nuestras
buenas obras, lo hace a los dones que hemos recibido ya gratuitamente de El
(Cfr. Concilio de Trento, DS 1548, 1574, 1576, 1581, 1583). Estas buenas obras
son, ante todo, obras en la imitación de Cristo, que brotan y crecen de la raíz del
amor y de la gracia, obras que se orientan espontánea y directamente a Dios y
al prójimo.

Con la muerte termina el tiempo de merecer para la vida eterna

43. El tiempo de trabajar para la vida eterna es la etapa dé nuestra vida en la


tierra. Es el tiempo de la sementera que termina con la muerte. En el tiempo de
la cosecha ya no hay nada nuevo que hacer (2 Co 5, 10; Ga 6, 7-10; Concilio de
Trento, DS 1535, 1545). Quien está en estado de enemistad con Dios no puede
merecer oon sus obras buenas ni la vida eterna ni el aumento de gracia. Es la
vida de gracia, la gracia de nuestra unión con Cristo, infundida por el Espíritu
Santo en nosotros, la que nos hace gratos a Dios y hace meritorias nuestras
buenas obras. Las obras buenas que hace el hombre en pecado, le acercan a
Dios, no por mérito del hombre, sino por gracia y misericordia de Dios. La
conversión y la justificación son pura gracia y no mérito (Cfr. Rm 4, 4-5; DS
1532). Quien muere en pecado grave, no tiene la vida de gracia, no vive en
estado de amistad con Dios y, por tanto, no podrá jamás entrar en la vida eterna.
Quedará excluido para siempre del cielo (Cfr. Mt 25, 12.30.41). El morir en
gracia de Dios es un don de la misericordia de Dios que debemos pedir a Dios
Padre, por medio de Jesucristo, todos los días de nuestra vida. A quien hace lo
que está de su parte, Dios no le niega su gracia.
El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios

44. La vida de fe, esperanza y caridad nace y se desarrolla con la obediencia a


la Palabra de Dios. El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios. El
hombre nuevo nace de Dios. Es el que recibe su Palabra (Jn 1, 12), el que la
escucha. La Palabra de Dios es su Manifestación; se ha cumplido en Cristo:
Cristo es la mejor exégesis del Padre; en Cristo, la Palabra se hizo carne y puso
su morada entre nosotros (Jn 1, 14). El resto de la Escritura, la Ley y los
Profetas, es presentado desde la óptica del Nuevo Testamento, donde el
Antiguo alcanza no su abolición, sino su cumplimiento (Mt 5, 17), esto es, su
consumación, su consecución de la meta terminal, donde se condensa y sublima
todo cuanto fue dicho anteriormente. Y el Nuevo Testamento es presentado
desde la óptica del Sermón de la Montaña, una de las síntesis más significativas
de las exigencias prácticas del Buen Anuncio de Jesús.

El hombre que nace del Sermón de la Montaña, ese sí que es hombre nuevo,
recuperado: al recobrarse, se manifiesta desconocido, distinto. Por la presencia
eficaz de Jesús en medio de nosotros y la comunicación de su Espíritu, se
vuelve posible el cumplimiento de las bienaventuranzas a quien no podía cumplir
la ley. Escuchar la palabra de Dios no es sólo prestarle un oído atento, sino
abrirle el corazón (Hch 16, 14), ponerla en práctica (Mt 7, 24ss). Es ser como la
buena tierra que, acogiendo la semilla de la Palabra, responde a la voluntad del
Sembrador (Mt 13, 3ss).

El hombre nuevo nace de la comunidad y vive en ella

45. La vida de fe, esperanza y caridad nace y se desarrolla en el seno de la


Iglesia. El hombre nuevo nace de la comunidad y vive en ella. Vive en comunión
con los hermanos. Es el hombre de la Alianza. Nace a la fe —y vive— en el
contexto de una Alianza con Dios y entre los hombres. El hombre nuevo es un
hombre comunitario, es Pueblo de Dios (1 P 2, 10; LG II), Cuerpo de Cristo
resucitado (Ef 1, 22-23; LG 7), Iglesia (Mt 16, 18; 1 Co 1, 2; LG I), pueblo
jerarquizado (Mt 10, 1-42; In 21, 15-17; LG III) y pueblo carismático a la vez (1
Co 12, 4ss; LG 12), signo en medio de las naciones de cuanto es verdadera
salvación y justicia, sacramento universal de salvación (LG 1), pueblo de
promesas y comunidad de esperanza (LG VII), pueblo que honra a María, Virgen
y Madre de Dios, como imagen consumada de lo que él mismo está llamado a
ser (LG VIII).

El hombre nuevo nace y vive por la celebración del misterio de Cristo

46. La vida de fe, esperanza y caridad nace y se desarrolla en el encuentro del


hombre con Cristo, de una manera especial, a través de los Sacramentos. El
hombre nuevo nace y vive por la celebración del Misterio de Cristo, bajo la
acción del Espíritu. El hombre nuevo es el hombre de la Celebración, de la
Liturgia, de la Fiesta. Los grandes momentos de la vida de fe están
significativamente configurados por la presencia eficaz del Espíritu. Son los
sacramentos. El Bautismo, sacramento del nacimiento a la fe; la Confirmación,
sacramento del testimonio de la fe; la Penitencia, sacramento de la
reconciliación, misterio de misericordia y de conversión; la Eucaristía,
sacramento del Pan de Vida y celebración de la Pascua del Señor; la Unción de
los enfermos, sacramento de la esperanza cristiana frente al dolor de la
enfermedad y de la muerte; el Orden, sacramento del servicio a la comunidad de
los creyentes; el Matrimonio, sacramento del amor humano, signo de fidelidad
definitiva y de paternidad sabia y responsable (Cfr. LG 11).

ARTICULO 2.—EL HOMBRE NUEVO VIVE CONFORME A LA PALABRA DE


DIOS: MORAL DE GRACIA

Tema 35.—De la vieja Ley al Evangelio. El Espíritu, ley del cristiano.

Tema 36.—Amarás al Señor con todo tu corazón (1°, 2° y 3º. Mandamientos). La


Oración.

Tema 37.—Mi padre, mi madre y mis hermanos (4.° Mandamiento).

Tema 38.—El muy difícil amor al enemigo (5.° Mandamiento).

Tema 39.—Limpieza de corazón (6° y 9º. Mandamientos).

Tema 40.—No se puede servir a Dios y al dinero (7.° y 10º. Mandamientos).

Tema 41.—Caminar en la verdad (8º. Mandamiento).

OBJETIVO CATEQUETICO

Anunciar :

— que el hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios, manifestada en la persona de Cristo y en su
Evangelio.

Tema 35. DE LA VIEJA LEY AL EVANGELIO. EL ESPÍRITU, LEY DEL


CRISTIANO

OBJETIVO CATEQUÉTICO
— Descubrir y reconocer en la experiencia de la lucha interior entre lo que se es y lo que se quiere
ser, la propia incapacidad para lograr ese ideal.

Anunciar:

• que el Evangelio asume y supera el Decálogo (la Ley y los Profetas);

• que el Evangelio es Buena Noticia porque es una situación totalmente nueva para el hombre, es
una situación de gracia y de don.

Una lucha, una división interior

1. Cada persona lleva dentro de sí una imagen ideal de sí mismo que le dice
cómo debe ser. La realidad de cada día, sin embargo, es bien distinta: aparecen
los fracasos, los fallos, las limitaciones. En distintos órdenes de la vida (trabajo,
conocimiento, vida espiritual...) el hombre tiene la tendencia a superarse. Una
vez conseguida una meta, desea ir más allá, y se propone metas superiores. En
el orden moral el hombre siente clon frecuencia la contradicción entre lo que en
conciencia sabe que debe ser su conducta y lo que realmente es. Se debate en
una lucha interior en la que no podrá salir victorioso con sus propias fuerzas.

"El bien que quiero hacer, no lo hago"

2. San Pablo expresa esta división interior en estos términos: "querer lo bueno lo
tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero hacer, no lo hago; el mal
que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que
no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que habita en mí.
Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las
manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi
cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y
me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. ¡Desgraciado de
mí! ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de
nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias" (Rm 7, 18-25).

"Sin mí, no podéis hacer nada"

3. Toda persona tiende al bien, pero encuentra en sí misma una cierta


incapacidad, una esclavitud, de la que es, al propio tiempo, responsable y
víctima. Como dice el Concilio Vaticano Il, "toda la vida de los hombres,
individual o colectiva, se nos presenta como una lucha realmente dramática,
entre el mal y el bien, entre las tinieblas y la luz. Más aún, el hombre se
encuentra incapacitado para resistir eficazmente por sí mismo a los ataques del
mal, hasta sentirse como aherrojado entre cadenas" (GS 13). Tomar conciencia
de esta situación fundamental es el punto de partida, realista y esencial, para la
profundización religiosa. Si no se reconoce la propia incapacidad, difícilmente se
confesará la necesidad de la salvación y de la gracia. "Sin mí, no podéis hacer
nada", dice Jesús (Jn 15, 5).
Impotencia de la naturaleza y de la ley para justificar a los hombres.
Función de la ley

4. Tal incapacidad se manifiesta como la impotencia de la naturaleza y de la Ley


para justificar a los hombres, para calmar, por propia cuenta, la insaciable sed
de dignidad, de paz y de justicia que brota del corazón humano (Cfr. GS 39).
Como dice el Concilio de Trento, hasta tal punto una humanidad sin Cristo es
"sierva del pecado" (Rm 6, 20) que "no sólo los paganos por la fuerza de la
naturaleza, mas ni siquiera los judíos por la misma letra de la Ley de Moisés
podían librarse o levantarse de tal estado, si bien en ellos no estaba extinguido
el libre albedrío aunque sí atenuado y desviado en sus fuerzas" (DS 1521). Más
aún, el Concilio de Trento declara anatema a todo aquel que dijere "que el
hombre puede quedar justificado ante Dios por sus obras, realizadas ya por las
fuerzas de la naturaleza humana, ya por la doctrina de la Ley, sin la gracia divina
que viene por Jesucristo" (DS 1551).

En esta situación, la función de la Ley es doble: da el conocimiento del pecado


(Rm 3, 20) y, además, remite hacia Cristo (Ga 3, 24).

Con la gracia podemos y debemos cumplir los mandamientos

5. La impotencia de la naturaleza y de la Ley para justificar a los hombres no


significa que el hombre no deba observar los mandamientos. Con la gracia
podemos y debemos cumplirlos. Así lo dice también el Concilio de Trento:
"Nadie..., aunque esté justificado, debe considerarse libre de la observancia de
los mandamientos. Nadie debe usar aquella expresión temeraria y prohibida por
los Padres, bajo anatema, de que la observancia de los preceptos de Dios es
imposible al hombre justificado. Pues Dios no manda cosas impasibles, sino que
al mandar te invita a hacer lo que puedes y a pedir lo que no puedes, y te ayuda
para que puedas. Sus mandamientos no son pesados (1 Jn 5, 3), su yugo es
suave y su carga ligera (Mt 11, 30). Los que son hijos de Dios aman a Cristo, y
los que le aman, corno él mismo atestigua, guardan sus palabras (Jn 14, 23),
cosa que les es posible con la ayuda de Dios" (DS 1536).

El Evangelio de Jesús

6. El Antiguo Testamento nos habla de la Ley dada por Dios al pueblo de Israel
en el monte Sinaí. Es el Decálogo, la Ley de la Antigua Alianza de Dios con su
pueblo. El Decálogo es resumen de las normas fundamentales de conducta que
deben ser observadas por todo hombre de conciencia recta. A lo largo de la
historia del pueblo de Israel, se fueron introduciendo múltiples interpretaciones y
preceptos que muchas veces reducían la Ley de Dios a un formalismo legalista.

La actitud de Jesús frente a la Antigua Ley es clara: "No penséis que he venido a
abolir la Ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento" (Mt 5,
17). Si se opone a la tradición de los antiguos, cuyos promotores son los
escribas y fariseos (Cfr. Mt 5, 20), es porque esa tradición, al menos de hecho,
lleva á los hombres a violar la Ley, y a anular la Palabra dé Dios (Mc 12, 28-34).
Sin contradecir en modo alguno, el ideal moral del Decálogo, Jesús lo explica, lo
interpreta y lleva a la perfección a la que se orientaban sus tendencias
germinales. Así sucede cuando proclama la superioridad del hombre sobre el
sábado (Mc 2, 23-27), la fidelidad del corazón (Mt 5, 27-28), la profunda
sinceridad cristiana (Mt 5, 33-37), el amor al enemigo (Mt 5, 38ss).

En el Evangelio subsiste y se confirma el ideal moral de los mandamientos:


"hasta la última i"

7. Con Jesús permanece el ideal moral del Antiguo Testamento, que debe ser
cumplido hasta la última i: "Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes
que pase una i o un ápice de la Ley, sin que todo se haya cumplido" (Mt 5, 18).
Con el Nuevo Testamento, ciertamente, se vienen abajo las normas jurídicas y
cultuales pertenecientes a las instituciones de Israel, pero el ideal moral de los
Mandamientos no sólo subsiste, sino que se confirma en su dimensión más
sustancial y genuina que, al ser substraída, se purifica de los posibles lastres
contraídos en el curso histórico: los lastres de las tradiciones humanas. El Nuevo
Testamento resume el ideal moral antiguo en el precepto del amor, que es la
consumación y la plenitud de la Ley.

"En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos"

8. El Decálogo, núcleo de la Ley mosaica, don de Dios a su pueblo, conserva


todo su valor en la Nueva Ley. En el plan de Dios el Decálogo no estaba
destinado sólo al Israel según la carne, sino también al Israel según el Espíritu.
Cristo recuerda estos mandamientos, los completa y perfecciona (Mt 5, 17; Mc
10, 17-21). La polémica de San Pablo contra la Ley no afecta a estos deberes
esenciales para con Dios y para con el prójimo. San Pablo recuerda los
mandamientos divinos sobre el culto que se debe a Dios: condena la idolatría, la
participación en las fiestas paganas (Cfr. 1 Co 8, 4; Ga 4, 8; Rm 1, 23ss; 1, Co
10, 19). Y los mandamientos llamados de la segunda tabla, es decir, los que se
refieren al prójimo, se resumen, según San Pablo, en la caridad fraterna, pues el
que ama al prójimo ha cumplido la Ley. En efecto, "el no cometerás adulterio, no
matarás, no robarás, no envidiarás, y los demás mandamientos que hay, se
resumen en esta frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su
prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera" (Rm 13, 9-10).

Par su parte, la primera carta de San Juan subraya la relación esencial que
existe entre el conocimiento de Dios y la práctica de sus mandamientos: "Quien
dice: yo le conozco y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad
no está en él" (1 Jn 2, 4). Por el contrario, "quien guarda su Palabra, ciertamente
el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud" (1 Jn 2, 5). El conocimiento de
Dios y la comunión de amor y de vida con El no se dan sino en el que cumple
sus mandamientos. "Quien guarda sus mandamientos, permanece en Dios y
Dios en El" (1 Jn 3, 24). Amar a Dios implica amor al prójimo. Y el amor al
prójimo no es verdadero si no radica en el amor a Dios: "En esto conocemos que
amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos" (1
Jn 5, 2-3). Amar a Dios es cumplir los mandamientos y, en especial, la caridad
fraterna.

Más allá de la ley y de los profetas un ideal mayor insuperable

9. El Evangelio de Jesús 'presenta un ideal mayor que el del Antiguo


Testamento. Va más allá de la Ley y los profetas. Es la prolongación de ley
divina llevada a las últimas consecuencias. Es la perfección y el cumplimiento de
la Ley. El estilo del Evangelio es éste: "Habéis oído que se dijo..., pues yo os
digo".

"Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás..."

10. "Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será
procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será
procesado. Y si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el
sanedrín y, si lo llama renegado, merece la condena del fuego. Por tanto, si
cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu
hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda' ante el altar y vete primero a
reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda" (Mt 5,
21-24).

"Habéis oído el mandamiento: no cometerás adulterio..."

11. "Habéis oído el mandamiento: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: el


que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su
interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un
miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer,
córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al
infierno" (Mt 5, 27-30).

"Está mandado: el que se divorcie de su mujer, que le de acta de


repudio..."

12. "Está mandado: el que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.


Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer —excepto en caso de unión
ilegal— la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete
adulterio" (Mt 5, 31-32).

"Habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falsos."

13. "Habéis oído que se dijo a los antiguos: NO jurarás en falso y cumplirás tus
votos al Señor. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es
el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén,
que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures po' tu cabeza, pues no puedes volver
blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de
ahí viene del Maligno" (Mt 5, 33-37).

"Sabéis que está mandado: ojo por ojo, diente por diente..."
14. "Sabéis que está mandado: ojo por ojo, diente por diente. Pues yo os digo:
No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla
derecha, preséntale la otra; al qud quiera ponerte pleito para quitarte la túnica,
dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale
dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas" (Mt 5, 38-42).

"Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu


enemigo..."

15. "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.


Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os
persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir
su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si
amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también
los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de
extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 43-48).

Una situación religiosa totalmente nueva. El tiempo de la gracia

16. Jesús inaugura una situación religiosa totalmente nueva. Con El comienza
una nueva era para el hombre: el tiempo de la Gracia. Con El termina el viejo
tiempo del Antiguo Testamento: "La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan;
desde entonces se anuncia el Reino de Dios" (Lc 16, 16). 0 como dice San Juan:
"La Ley se dio por medio de Moisés; la gracia y la verdad vinieron por medio de
Jesucristo" (Jn 1, 17).

La ley grabada en el corazón

17. La era del Evangelio es radicalmente distinta de la era Mosaica. El Evangelio


no es un código de leyes ni un conjunto de normas que regula la vida desde el
exterior. El Evangelio entraña un dinamismo nuevo, un principio interior de
acción, una ley grabada en el corazón. Es el cumplimiento de la Nueva Alianza,
anunciada por los Profetas: "Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que
haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la
alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de
Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor —oráculo del
Señor—. Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos
días —oráculo del Señor—: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus
corazones" (Jr 31, 31-33).

Una fuerza interior, un dinamismo nuevo, el don del Espíritu

18. El Evangelio es lo que ninguna ley puede ser por sí misma: "Una fuerza de
Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm 1, 16). La moral evangélica
radica fundamentalmente en la gracia y en el amor (Ga 5, 14; Rm 13, 8-10), y el
amor no es una norma exterior de conducta, sino una fuerza interior, un
dinamismo nuevo, el don del Espíritu. Esta nueva situación del hombre ante la
Ley había sido anunciada por los profetas: "Os daré un corazón nuevo y os
infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os
daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según
mis preceptos y que pongáis por obra mis mandamientos" (Ez 36, 26-27).

La libertad del cristiano. El Espíritu Santo, ley del cristiano

19. Así, el cristiano, animado por el Espíritu que procede de Jesús y del Padre,
se encuentra liberado de toda ley en lo que la ley tiene de imposición al hombre
desde el exterior. Esto no significa que el cristiano menosprecie la ley; antes
bien, se siente llamado a ir más allá de la letra de la ley. Una madre que ama a
su hijo cumple con sus deberes de madre sin necesidad de una norma que le
recuerde sus obligaciones. Comparando el Antiguo Testamento con el Nuevo,
Santo Tomás de Aquino dice que "la Nueva Ley es principalmente la gracia
misma del Espíritu Santo que se da a los cristianos" (Suma Teológica, I-II, q 106
a 1). Lo principal en la ley del Nuevo Testamento es la gracia del Espíritu Santo
que se nos concede por la fe viva en Jesucristo. Las demás realidades del
Nuevo Testamento como, por ejemplo, los sacramentos y los mismos escritos
sagrados (evangelios, cartas de San Pablo, etc.) se ordenan a esta vida de
gracia y fidelidad al Espíritu Santo. La ley de gracia que el Espíritu Santo
imprime en el corazón del cristiano no es sólo una indicación de lo que debe
hacer, sino fuerza y ayuda para hacerlo.

Huir del mal por amor

Santo Tomás, siguiendo a San Agustín, enseña que el Espíritu Santo


perfecciona interiormente nuestro espíritu comunicándonos un dinamismo
interior que nos lleva a rechazar el mal porque es un mal, y no sólo porque esté
prohibido. En este sentido el Espíritu Santo es fuente de libertad: "El que obra
por sí mismo, obra libremente; pero el que recibe el movimiento de otro, no obra
libremente. El que evita un mal, no porque es un mal, sino en virtud del precepto
del Señor, no es libre. Por el contrario, el que evita el mal porque es un mal, ése
es libre. Esta es la obra del Espíritu Santo que perfecciona interiormente nuestro
espíritu comunicándole un dinamismo nuevo, de modo que huya del mal por
amor, como si lo mandase la ley divina; de este modo es libre, no porque no esté
sometido a la ley divina, sino porque el dinamismo interior le inclina a hacer lo
que prescribe la ley divina" (In 2 Co 3, 17, lect 3).

El por qué de las leyes cristianas

20. Surge ahora una pregunta: si el cristiano ha sido liberado de la ley en tanto
que es ley, entonces ¿por qué subsisten leyes en el cristianismo? El principio
paulino permanece: "La ley no ha sido instituida para los justos, sino para los
pecadores" (1 Tm 1, 9). Si todos los cristianos fueran justos, no habría
necesidad de leyes. La ley, en general, no interviene más que para denunciar un
desorden existente. Por ejemplo, cuando los cristianos comulgaban
frecuentemente, jamás la Iglesia les ha obligado bajo pena de pecado a
comulgar una vez al año. En virtud de una exigencia interior cumplían con
sobreabundancia, como una madre obedece al precepto del Decálogo que le
prohibe matar a su niño. Pero, en la medida en que la exigencia interior deja de
urgir, cuando no se hace sentir, la ley se yergue proclamando la obligación y
advirtiendo que en el creyente ha cesado dé animar la fuerza del Espíritu.
Entonces juega la ley para el cristiano el mismo papel que, para el judío, la Ley
mosaica.

"Habéis sido llamados a la libertad"

21. San Pablo nos dice: "Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una
libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros
por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: Amarás al prójimo
como a ti mismo. Pero, atención, que si os mordéis y devoráis unos a otros,
terminaréis por destruiros mutuamente" (Ga 5, 13-15). El cristiano es un hijo (Ga
3, 26; Rmm 8, 14-16), no un esclavo (Ga 4, 1-3); respira una atmósfera de
confianza, vive en el amor (1 Jn 4, 18). La vocación cristiana es una vocación a
la libertad. Pero esta libertad es para el amor e implica ruptura con los propios
egoísmos: no una libertad para que se aproveche la carne, sino una
participación en la propia libertad de Cristo.

En el camino del amor

22. El auténtico y recto ejercicio de la libertad acontece en el mutuo servicio del


amor, se da en la vinculación amorosa a los otros y se nutre de la generosidad.
La vida de fe en Cristo Jesús lleva al cristiano a ponerse a disposición de los
demás para ayudarles en todo. La libertad del cristiano no consiste sólo en ser
dueño de sí mismo, sino en ponerse por entero a la disposición de Dios y del
prójimo, prescindiendo de su egoísmo personal. La mutua pertenencia de unos a
otros, en la que se afianza la libertad ganada por Cristo, es una pertenencia
mutua en el camino del amor, de un amor profundamente respetuoso de la
dignidad del prójimo. El amor, como fruto del Espíritu (Ga 5, 22) y energía de la
fe (Ga 5, 6), es la liberación real del hombre respecto de sí mismo. En esa
libertad cristiana se cumple la ley, por sorprendente que esto parezca (Ga 5, 14;
Rm 13, 9). La libertad cristiana es disponibilidad de nuestra persona para cumplir
los mandamientos divinos, en cuanto que son una manifestación de la voluntad
de Dios. Estamos situados en el amor de Cristo, sumergidos en Cristo por el
bautismo (Rm 5, 5) y llamados al amor de Cristo. En este amor radica la
verdadera libertad del cristiano (Cfr. LG 9).

La moral del cristiano, fruto de la gracia

23. La moral cristiana es fruto del Espíritu. El comportamiento reclamado por el


Evangelio no puede ser presentado simplemente como una tarea que corra sólo
de nuestra cuenta. No es la fuerza del hombre la que hace posible la moral
cristiana, sino la fe como acogida a un régimen de gracia que procede del Padre
y que se manifiesta como fruto del misterio pascual de Cristo. La semilla que
produce el fruto es la Palabra de Dios, y el hombre es la tierra —buena, mala,
regular— que responde o se resiste a la voluntad del Sembrador (Mt 13, 3ss).
La alegría de vivir según el Evangelio

24. El Evangelio es Buena Noticia. Al escuchar el programa evangélico de


Jesús, la muchedumbre (no unos pocos) queda admirada: "Y sucedió que
cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedó asombrada de su doctrina"
(Mt 7, 28). Hoy el asombro continúa. Ciertamente, no hay ideal más alto.
Responde a las aspiraciones más profundas del hombre y a su insaciable sed de
dignidad, de paz y de justicia. Además, Jesús anuncia el cumplimiento del ideal
evangélico como gracia a quienes por sí mismos ni siquiera pueden cumplir la
ley. Con su cumplimiento brota en el corazón humano la alegría, la paz, la
bienaventuranza. Como un eco que no cesa, resonarán siempre las palabras de
Jesús: "Bienaventurados..., bienaventurados..., bienaventurados..." (Mt 5, 3-12).

Tema 36. AMARÁS AL SEÑOR CON TODO TU CORAZÓN (1°, 2.° Y 3.°
MANDAMIENTOS). LA ORACIÓN

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar:

o que Dios, cercano, presente, amante, sale al encuentro del hombre y en el contexto de
un diálogo, le da a conocer su Ley;

o que el primer y gran Mandamiento de la Ley de Dios dice: Amarás a Dios con todo tu
corazón, lo cual significa que Dios debe ser buscado con todo el corazón;

o que la oración es expresión del reconocimiento de Dios en el centro de la propia vida.

Al encuentro de un Dios compañero de viaje. Tras las huellas de Dios

25. Aquellos preadolescentes que creen con fe interiorizada y libre, tienden a


concebir a Dios como compañero y amigo, sienten que Dios los vuelve mejores,
que los afecta personalmente. Su aspiración es acercarse a un Dios que está
con ellos, que camina con ellos, que les ama. Reconocen dentro de sí la
búsqueda de Dios, búsqueda inquietante y latente en todo hombre. El Dios que
el hombre busca es un Dios presente, cercano, amante. No un Dios ausente,
lejano, que para nada se ocupa de los hombres. Ni tampoco un Dios terrible,
enemigo de la felicidad humana.

Un Dios cercano, con rastros y con huellas, amante


26. El Dios de Israel es cercano, con rastros y con huellas, que el pueblo
creyente puede reconocer. Está cerca de él, pues le ama. Así lo proclama
Moisés: "Vosotros sois testigos de lo que el Señor hizo en Egipto contra el
Faraón, sus ministros y todo su país: aquellas grandes pruebas, que vieron
vuestros ojos, aquellos grandes signos y prodigios; pero el Señor no os ha dado
inteligencia para entender ni ojos para ver ni oídos para escuchar, hasta hoy. Yo
os he hecho caminar cuarenta años por el desierto: no se os gastaron los
vestidos que llevabais, ni se os gastaron las sandalias de los pies; no comisteis
pan ni bebisteis vino ni licor: para que reconozcáis que yo, el Señor, soy vuestro
Dios" (Dt 29, 1-5).

Un Dios que enseña al hombre a caminar

27. El Dios de Israel se ocupa y preocupa de mil maneras por el hombre; como
dice el profeta Oseas: "Cuando Israel era niño, yo lo amé y de Egipto llamé a mi
hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: sacrificaban a los baales e
incensaban a los ídolos. Y con todo yo enseñé a Efraín a caminar, tomándole en
mis brazos, mas no supieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los
atraía, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza un niño contra su
mejilla, me inclinaba hacia él para darle de comer" (Os 11, 1-4).

La ley en el contexto de un diálogo: "Escucha, Israel"

28. Los verdaderos senderos del desierto por los que Dios enseña a ca-minar
son los del corazón. Hay un lazo esencial entre la rectitud del corazón y su
presencia, entre la ley y la vida (Dt 30, 15-20). La ley, ante todo, es un don y una
llamada suya. El núcleo primero de la ley mosaica, el Decálogo, no se expresa
en forma impersonal, sino dentro de un diálogo indicado en estas palabras:
"Escucha, Israel" (Dt 5, 1; 6, 4). Su punto de partida se propone desde el
principio del Decálogo; es el Dios Amor y Salvador: "Yo soy el Señor, tu Dios,
que te saqué de Egipto, de la esclavitud" (Ex 20, 2; Dt 5, 6). Todo lo que sigue
es ratificado y explicado en función de esta realidad primera. Aun cuando los
preceptos coincidan con la ley natural o con los mandamientos de los códigos
orientales contemporáneos, la atmósfera es completamente nueva; es la línea
del amor. El Evangelio vendrá no para abolir esta ley de amor, sino para llevarla
a la plenitud (Mt 5, 17).

"Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón"

29. Los mandamientos divinos orientan la existencia entera del hombre hacia
Dios. Miran al corazón. Dios debe ser buscado con todo el corazón. Jesús llamó
el mayor y primer mandamiento el que nos manda amar a Dios con todo nuestro
ser (Cfr. Mt 22, 38). El Deuteronomio lo expone así: "Escucha Israel: El Señor
nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón,
con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán
en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y
yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo,
serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus
portales" (Dt 6, 4-9). Jesús añade que el segundo mandamiento es semejante a
éste: "amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos
penden toda la ley y los profetas" (Mt 22, 39-40).

"No tendrás otros dioses frente a mí. No tomarás en falso el nombre de


Dios. Guarda el día del sábado"

30. En el Decálogo, los mandamientos que se refieren más directamente a Dios


se concretan y especifican del siguiente modo:

• "No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos: figura alguna de
lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la fierra.'
No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque yo, el Señor tu Dios, soy un
dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos,
cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me
aman y guardan mis preceptos" (Dt 5, 7-10): Primer mandamiento.

• "No pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en falso, porque no dejará


el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso" (Dt 5, 11): Segundo
mandamiento.

• "Guarda el día del sábado, santificándolo; como el Señor tu Dios te ha


mandado. Durante seis días puedes trabajar y hacer tus tareas; pero el día
séptimo es día de descanso dedicado al Señor tú Dios. No harás trabajo alguno,
ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni tu
ganado, ni el forastero que resida en tus ciudades, para que descansen, como
tú, el esclavo y la esclava. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que te sacó
de allí el Señor tu Dios con mano fuerte y con brazo extendido. Por eso te
manda el Señor tu Dios guardar el día del sábado" (Dt 5, 12-15): Tercer
mandamiento.

Un amor no correspondido

31. Los profetas, amigos y confidentes de Dios (como lo habían sido los
patriarcas desde Abrahán a Moisés), son amados y se saben amados
personalmente por El. Oseas, luego Jeremías y Ezequiel revelan que Dios es el
esposo de Israel. El pueblo israelita, sin embargo, no cesa de ser infiel; el amor
apasionado y exclusivo de Dios es correspondido únicamente con ingratitud y
traición. Pero el amor es más fuerte que el pecado, aun cuando deba sufrir (Os
11, 8): Dios decide recrear en Israel un corazón nuevo capaz de amar de verdad
(Os 2, 21ss; Jr 31, 3.20.22; Ez 16, 60-63; 36, 16-38).

Dios, una elección radical

32. El Deuteronomio, promulgado en el momento en que el pueblo parece


preferir definitivamente el culto de los ídolos al amor del Dios (2 R 22), recuerda
incesantemente que el amor de Dios a Israel es gratuito (Dt 7, 7-8), y que Israel
debe "amar a Dios con todo su corazón" (6, 5). Este amor se expresa en actos
de adoración y de obediencia (11, 13; 19, 9) que suponen una elección radical,
un desprendimiento costoso (4, 15-31; 30, 15-20). Este amor sólo es posible si
Dios en persona viene a circuncidar el corazón de Israel y a hacerlo capaz de
amar (30, 6).

Dios se dirige al corazón de cada uno

33. Después del destierro es cada día más honda la convicción israelita de que
Dios se dirige al corazón de cada uno. Dios no ama sólo a la colectividad (Dt 4,
7) o a sus jefes (2 S 12, 7-8), sino a cada judío, sobre todo al justo (Sal 36, 25-
29), al pobre y al pequeño (Sal 112, 5-9). Y hasta poco a poco se esboza la idea
de que el amor de Yahvé se extiende, más allá de los judíos, también a los
paganos (Jon 4, 10-11) e incluso a toda criatura (Sb 11, 23-26).

Amor recíproco: Dios ama al hombre y el hombre debe amar a Dios

34. Este amor de Dios al hombre exige reciprocidad, el amor del hombre a Dios:
el cumplimiento del primer gran mandamiento de la ley: amar a Dios con todo el
corazón. Jesús realiza el diálogo filial con Dios y da su testimonio delante de los
hombres. Se entrega totalmente al Padre desde los comienzos (Lc 2, 49; cfr. Hb
10, 5ss), viviendo en oración y en acción de gracias (Mc 1, 35; Mt 11, 25) y
sobre todo en perfecta conformidad con la voluntad divina (Jn 4, 34; 6, 38), está
incesantemente a la escucha de Dios (5, 30; 8, 26.40), lo cual le asegura que es
escuchado por El (11, 41-42; 9, 31).

Amar a Dios con todo el corazón es cumplir su voluntad

35. Cumplir la voluntad del Padre es para Jesús tan necesario como el alimento:
"
Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra" (Jn
4, 34). Cumplir la voluntad de Dios es el verdadero sacrificio, la ofrenda de la
vida entera: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado uri
cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que
está escrito en el libro: Aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad" (Hb 10, 5-
7). Jesús muestra su amor al Padre realizando la obra que el Padre le ha
ordenado: "el mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre
me ha ordenado" (Jn 14, 31).

Necesitamos un corazón nuevo que pueda amar a Dios, confiar en él,


apoyarse en él

36. La cruz es para los hombres la suprema tentación de la infidelidad, de la


desconfianza. Para Jesús, sin embargo, el Calvario fue el lugar donde se
manifestó el amor perfecto, el instante único del "más grande amor" (Jn 15, 13).
Entonces da todo, sin reserva, a Dios (Le 23, 46), y a todos los hombres sin
excepción, sin discriminaciones (Mc 10, 45; 14, 24; 2 Co 5, 14-15; 1 Tm 2, 5-6).
La adhesión al amor divino no es cuestión de razonamiento humano, de
conocimiento según la carne (2 Co 5, 16). Necesitamos un corazón nuevo que
pueda amar a Dios, confiar en El, apoyarse en El (Is 7, 9). Hace falta el don del
Espíritu, que crea en el hombre un corazón nuevo (Jr 31, 33-34; Ez 36, 25-27).
El Espíritu, derramado en Pentecostés, hace comprender desde dentro, con un
verdadero conocimiento religioso, lo que Jesús les ha dicho acerca del Padre.
Todo hombre tiene necesidad del Espíritu para poder llamar "Padre" a Dios, para
dirigirse a El con la confianza de un hijo: "Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un
testimonio concorde: que somos hijos de Dios" (Rm 8, 16).

"Al Señor tu Dios adorarás..." "No olvides al Señor": primer mandamiento

37. En el desierto, Jesús es tentado por el diablo contra el primer mandamiento


de la Ley. Tiene delante de sí "todos los reinos del mundo y su gloria" (Mt 4, 8).
Le dice el tentador: "Todo esto te daré si te postras y me adoras" (4, 9). La
respuesta de Jesús es: "Al Señor tu Dios adorarás, y a El sólo darás culto" (4,
10). Es la Palabra dada a Israel en una situación semejante: "Cuando el Señor tu
Dios te introduzca en la tierra que juró a tus padres —a Abrahán, Isaac y Jacob
— que te había de dar, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido,
casas rebosantes de riquezas que tú no has llenado, pozos ya excavados que tú
no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, comerás hasta
hartarte Pero cuidado: No olvides al Señor que te sacó de Egipto, de la
esclavitud. Al Señor tu Dios temerás, a El sólo servirás, sólo en su nombre
jurarás" (Dt.6, 10-13).

"Los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y


verdad"

38. Jesús recuerda aquí lo que nunca debe ser olvidado y lo que, en su
evangelio, es central y debe ser buscado por encima de todo: "Sobre todo
buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura" (Mt 6,
33). Jesús recuerda quién debe ser realmente adorado y cómo: Dios, con todo
el corazón. La adoración es la expresión, a la vez, espontánea y consciente,
obligada y voluntaria del hombre ante la proximidad y la grandeza de Dios. Esta
adoración exige el compromiso de todo el ser: es adoración en espíritu y en
verdad, como dice Jesús a la samaritana: "Se acerca la hora, ya está aquí, en
que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad,
porque el Padre desea que le den culto así" (Jn 4, 23).

Damos culto a Dios por medio de Jesucristo

39. Nuestro deber primordial es tributar a Dios culto filial de adoración y amor. A
El nos debemos por entero. Sólo a El hemos de adorar. "Dios no puede
compartir su gloria con ningún otro" (Is 42, 8; 48, 11). Dios manifestó su gloria,
su majestad y santidad de diversas maneras en el Antiguo Testamento y de
modo especial en Jesucristo. La transfiguración del Tabor reveló a los discípulos
la gloria del Padre y la de Cristo (Le 9, 32). "Hemos visto su gloria —dice San
Juan—, gloria como del Unigénito del Padre" (Jn 1, 14). Debemos vivir adorando
a Dios, glorificándole, dándole gracias. Jesucristo es el único que da al Padre
una acción de gracias, una adoración y un culto, dignos del Padre,
especialmente con su muerte y resurrección (Cfr. Hb 4, 14; 5, 10; Ap 5, 12-13).
Nosotros damos culto a Dios uniéndonos a Jesucristo, en la oración, en la
participación en la Eucaristía y en los demás sacramentos y con una conducta
verdaderamente evangélica (Cfr. 1 P 2, 5). La celebración de la Eucaristía
constituye el momento culminante en que Dios Padre es glorificado por Cristo.
La Iglesia da culto a Dios, con la fuerza del Espíritu Santo, y por medio de
Jesucristo, que es nuestra cabeza. Nuestro culto cristiano es siempre
participación en el de Cristo. Por el bautismo participamos de su sacerdocio, y
unidos a El en la Eucaristía, damos gloria a Dios Padre (Cfr. 1 P 2, 4-10; Ap 1, 6;
5, 10).

Culto interior, culto litúrgico, la vida como culto

40. Este culto cristiano a Dios ha de ser ante todo interior, de corazón, con fe y
amor. Pero se expresa también a través de los signos sacramenta-les que Cristo
ha establecido, y por medio de todas las formas de oración litúrgica, que la
Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, propone a todos los fieles cristianos. Toda
la vida del cristiano ha de ser como un permanente culto a Dios (Hb 10, 22-25;
13, 15-17; F1p 4, 18; Rm 15, 25-31; 2 Co 9, 11-15). Para ello es necesario un
cumplimiento fiel del Evangelio.

El culto a Dios, a Jesucristo, a la Virgen, a los Santos

41. Sólo Dios es merecedor del culto de adoración, pues sólo El es santo, sólo
El es Altísimo. Suya es la gloria. También debemos dar culto de adoración a la
humanidad de Cristo, porque es la humanidad del Hijo de Dios; está llena de la
gloria de la divinidad. Un culto especial es el culto con que la Iglesia honra a la
Virgen María, Madre de Dios, que está en el cielo en cuerpo y alma. Damos
también en la Iglesia un culto de veneración a los santos que viven ya para
siempre con Dios, porque en ellos se refleja la gloria y la santidad de Dios. Al
honrar a los santos y a la Virgen María glorificamos a Dios, que es la fuente de
toda santidad.

El culto a las imágenes

42. Entre las expresiones del culto a Dios ha tenido siempre mucha importancia
en el pueblo cristiano el culto a las imágenes y a las reliquias de los santos.
Siempre se ha entendido en la Iglesia esta veneración a las imágenes como un
culto dirigido a Dios mismo, a Jesucristo —imagen del Padre—, a la Virgen y a
los santos. El Concilio IV de Constantinopla (869-870), dice: "Decretamos que la
sagrada imagen de nuestro Señor Jesucristo, Libertador y Salvador de todos,
sea adorada con honor igual al del libro de los Sagrados Evangelios. Porque así
como por el sentido de las sílabas que en el libro se ponen, todos
conseguiremos la salvación; así por la operación de los colores de la imagen,
sabios e ignorantes, todos percibirán la utilidad de lo que está delante, pues lo
que predica y recomienda el lenguaje con sus sílabas, eso mismo predica y
recomienda la obra que consta de colores..." (DS 653). Y el Concilio II de Nicea
(787), dice: "Porque el honor de la imagen, se dirige al original (S. Basilio), y el
que adora una imagen, adora a la persona en ella representada" (DS 600).
Pecados contra el primer mandamiento

43.Los pecados que más directamente se oponen al culto debido a Dios son,
entre otros:

• la idolatría o culto a los ídolos, el culto al diablo (Cfr. Dt 32, 17; 1 Co 10,
20; Ef 5, 5);

• la superstición: la adivinación, la astrología, la magia, el espiritismo, las


formas de culto falso a Dios como la confianza excesiva en un determir do
número de oraciones para obtener infaliblemente la salud, el uso mecánico de
objetos religiosos como reliquias o imágenes para lograr con toda certeza
determinados efectos, etc;

• el sacrilegio: profanación de las personas consagradas a Dios, de los


lugares sagrados; la profanación de otras realidades sagradas, vgr., la in-digna
celebración de los sacramentos: "Quien come el pan y bebe el' cáliz del Señor
indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor...; el que sin
discernir come y bebe el cuerpo del Señor se come y bebe su propia
condenación" (1 Co 11, 27-29) .

"No blasfemarás contra Dios"

44. Lo opuesto de la adoración y de la alabanza que debe el hombre a Dios es la


blasfemia, el insulto dirigido a Dios. Si toda injuria inferida a un hombre merece
ser condenada (Mt 5, 22), mucho más lo ha de ser la injuria hecha a Dios
mismo. Por ello dice la ley: "No blasfemarás contra Dios, ni maldecirás al
principal de tu pueblo" (Ex 22, 27). La presencia de un solo blasfemo en el
pueblo de Dios contamina a la comunidad entera. En el Antiguo Testamento se
lapida al blasfemo (Lv 24, 16). La blasfemia, hecha de manera libre y consciente,
es un grave pecado contra Dios y el signo supremo de la impiedad humana.

La blasfemia contra Jesús, contra el Espíritu, contra la Iglesia

45. En el Nuevo Testamento, la blasfemia se dirige también contra Jesús: los


judíos le difaman y calumnia (Jn 8, 49) y en la cruz le abruman de blasfemias
(Me 15, 29). El es, por encima de todos, el siervo ultrajado, que puede decir con
verdad: "Llevo en mi seno todos los insultos de los pueblos" (Sal 88, 51). Si esto
fuera solamente una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonaría (Cfr. Mt
12, 32), por razón de la ignorancia (Cfr. Lc 23, 34; Hch 3, 17; 13, 27). Sin
embargo, otras veces se trata de algo peor. Así sucede cuando los fariseos
atribuyen a Satanás los signos que manifiestan la acción del Espíritu de Dios en
Jesús (Mt 12, 24). Esto es ya una blasfemia contra el Espíritu, que no será
perdonada (Mt -12, 31-32), pues se trata de un rechazo voluntario de la
salvación divina, un pe-cado contra la luz. Finalmente, la blasfemia puede ir
dirigida contra la Iglesia, Cuerpo de Cristo Resucitado. Así Pablo era un
blasfemo y un perseguidor de la Iglesia (1 Tm 1, 13); después, lo son los judíos,
cuando se oponen con blasfemias a la predicación de Pablo (Hch 18,6).
Asimismo, la hostilidad del imperio romano y de todo poder que, en el curso de
la historia, persiga a la Iglesia es una actitud que se expresa en blasfemia (Ap
13, 1-6; 17, 3).

El respeto al nombre de Dios

46. Contra el culto debido a Dios y contra la veneración con que hemos de usar
el nombre de Dios se peca gravemente con la blasfemia. La blasfemia es el
insulto directo a Dios, a Jesucristo, al Espíritu, a la Iglesia, a la Virgen María o a
los Santos, con la intención de que recaiga sobre Dios. Para que sea pecado
grave es necesario que el que blasfema al usar gestos, acciones o palabras que
significan desprecio a Dios lo haga de una manera consciente, plenamente libre,
a sabiendas de que lo que dice tiene un significado injurioso para Dios. El fiel
discípulo de Jesucristo usa siempre el nombre de Dios con la reverencia,
respeto y amor con que lo usa Jesucristo y la Iglesia.

A vosotros os basta decir si o no

47. En el segundo mandamiento se prohíbe tomar en falso el nombre de Dios.


También este mandamiento es llevado a su cumplimiento más perfecto por
Jesús: "Habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y cumplirás
tus votos al Señor. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que
es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jesrusalén,
que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver
blanco o negro un solo pelo. A vos-otros os basta decir sí o no. Lo que pasa de
ahí viene del Maligno" (Mt 5, 33-37).

"No pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en falso": segundo


mandamiento

48. Como en la mayoría de las religiones, en el Antiguo Testamento los hombres


recurren al juramento para garantizar solemnemente el valor de su palabra (Gn
21, 22-24; 24, 2-9; Ex 22, 7.10). Toman el Nombre de Dios como garantía, lo
cual —en el mundo bíblico— es como tomar a Dios mismo por testigo de lo que
dicen o prometen. En este ambiente se comprende que Israel atribuya con
frecuencia juramentos a Yahvé mismo para expresar la garantía de sus
promesas o la fidelidad de su Palabra (Gn 22, 16; 26, 3; Dt 4, 31; 7, 8). El
Decálogo condena el perjurio, esto es el juramento en falso: "No pronunciarás el
nombre del Señor tu Dios en falso" (Dt 5, 11; Ex 20, 7). Los profetas denuncian
celosamente las transgresiones de este mandamiento (Os 4, 2; Jr 5, 2; 7, 9; Ez
17, 13-19; Ml 3, 5). Después del destierro, se despierta la sensibilidad con
respecto a otro abuso: la frecuencia de los juramentos, que multiplica los riesgos
de perjurio: "el que jura y toma el Nombre a todas horas no se verá limpio de
pecado" (Si 23, 10). El juramento es reservado para las ocasiones solemnes.

Un nuevo camino: abstenerse de jurar. La sinceridad fraterna


49. Jesús ataca la casuística sutil de los escribas, mediante la cual éstos eluden
las exigencias del juramento, una vez hecho. Jesús condena este modo de
proceder, pues está en juego el respeto que el hombre debe a Dios (Mt 23, 16-
22). Ante el sumo sacerdote que le conjura solemnemente a decir si El es el
Cristo, el Hijo de Dios, Jesús consiente en responder (Mt 26, 63-64). Sin
embargo, Jesús no recurre nunca al juramento para asegurar la autoridad de su
doctrina; se limita a introducir sus afirmaciones más solemnes con su fórmula
habitual: En verdad, en verdad os digo. En el sermón de la montaña señala a los
suyos un nuevo camino: que se abstengan de jurar (Mt 5, 33-37). La palabra de
los discípulos no debe buscar otra garantía que la sinceridad fraterna (Cfr. St 5,
12).

Licitud del juramento y renuncia evangélica al mismo

50. Para que el juramento sea un acto conforme al Decálogo es necesario que
se haga, ante todo, según verdad, es decir, la afirmación debe ser verdadera.
Asimismo debe hacerse siempre en conformidad con la justicia y, también, con
auténtica necesidad. En la profesión de fe propuesta por el Papa Inocencio III
(1198-1216) a los valdenses, que negaban fuera lícito jurar según verdad, se
dice: "No condenamos el juramento; antes bien, con puro corazón, creemos que
es lícito jurar con verdad y juicio y justicia" (DS 795). La licitud del juramento
según verdad no se oponen a la renuncia evangélica del mismo en nombre de la
sinceridad cristiana. La moral cristiana presenta situaciones análogas. Por
ejemplo, la del derecho a la legítima defensa. Así se podría decir también: "No
condenamos la legítima defensa; es lícita en caso de necesidad." El
reconocimiento de este derecho es compatible con la renuncia evangélica al
mismo (Cfr. Mt 26, 52; In 18, 36). En la Iglesia y en la sociedad civil se hace uso
del jura-mento en ocasiones muy solemnes y especiales. Pero sin verdadera
necesidad no se debe recurrir al juramento. El juramento no tiene sentido
religioso sino cuando quienes lo hacen tienen verdadera fe en Dios. El juramento
es una verdadera invocación a Dios. Por ello es pecado jurar en falso, sin
necesidad o contra la justicia.

El voto, promesa especial hecha a Dios

51. El voto es otra forma de invocar el nombre de Dios. Es una promesa


deliberada, reflexiva y consciente, hecha a Dios libremente, de una obra buena,
una conducta mejor, una limosna, un sacrificio personal, una oración, etc.,
siempre que entre dentro de nuestras posibilidades. La Sagrada Escritura nos
muestra ejemplos de personas que hicieron algún voto o promesa especial a
Dios (Cfr. Gn 28, 20ss; 1 S 1, 10ss). Por el voto el hombre se compromete de
modo especial delante de Dios, y consagra a Dios su propia persona o los
bienes recibidos de El. En la vida de la Iglesia tienen especial importancia los
votos o promesas con que los religiosos se consagran a Dios (Cfr. LG 44). Quien
promete algo, contrae la obligación de cumplirlo. Por ello no se puede echar en
olvido aquello que se le ha prometido a Dios como voto.

La santificación del sábado: tercer mandamiento


52. La santificación del sábado es una expresión del "primero y principal"
mandamiento de la Ley (Mt 22, 38): Amarás a tu Dios con todo tu corazón. Dios
es reconocido y celebrado como el centro de la vida humana. El nombre del
sábado designa un descanso efectuado con cierta intención religiosa. En la
Biblia está ligado al ritmo sagrado de la semana, que se cierra con un día de
reposo, de regocijo y de reunión para el culto divino (Gn 2, 1-3; 2 R 4, 23; is 1,
13). Tal es el sentido del domingo: día de fiesta, día de llevar una vida más
humana, día de dar gracias a Dios por los beneficios recibidos, día de respirar
en la atmósfera de Dios. Jesús nos enseñó que "El sábado se hizo para el
hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2, 27).

Jesús, más allá del rigorismo farisaico

53. El reposo del sábado era concebido por la ley en forma muy estricta:
prohibición de encender fuego (Ex 35, 3), d'e recoger leña (Nm 15, 32), de
preparar alimentos... (Ex 16, 23). En tiempo de Cristo los esenios lo observan en
todo su rigor, a la vez que los doctores fariseos elaboran sobre el particular una
casuística minuciosa. Jesús no abroga la ley del sábado: en tal día frecuenta la
sinagoga y aprovecha la ocasión para anunciar el Evangelio (Le 4, 16). Pero
ataca el rigorismo formalista de los fariseos (Mc 2, 27); el deber de caridad es
anterior a la observancia material del reposo (Mt 12, 1-8; Lc 13, 10-16; 14, 1-5).

El domingo, "Día del Señor"

54. Los discípulos siguieron en principio observando el sábado (Mt 28, 1; Mc 15,
42; 16, 1; Jn 19, 42). Poco a poco, el primer día de la semana, día de la
resurrección de Jesús, viene a ser el día de culto de la Iglesia, considerado
como día del Señor (Hch 20, 7; Ap 1, 10). Este día no se escogió para suplantar
el sábado, sino para conmemorar el acontecimiento decisivo de la historia de
salvación, la resurrección del Señor, el día de Pascua. El domingo, en efecto, la
comunidad cristiana celebra la victoria del Señor y su presencia en la reunión
eucarística, donde damos gracias al Padre y anunciamos la venida gloriosa del
Señor: "Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la
muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Co 11, 26).

El domingo, día de alegría y de liberación del trabajo

55. Todos los miembros de la Iglesia tienen el deber de participar en la


celebración de la Eucaristía cada domingo. "En este día los fieles deben reunirse
a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía,
recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a
Dios, que los hizo nacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de
entre los muertos (1 P 1, 3). Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que
debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también
día de alegría y de liberación del trabajo" (SC 106). El domingo debe ser día de
descanso, de meditación de la Sagrada Escritura, de oración, de convivencia
fraterna, de alegría, de ayuda caritativa al prójimo.
El domingo, día de la Iglesia

56. El domingo es el día del Señor y también el día de la Iglesia. En cada


celebración eucarística dominical se expresa más plenamente la Iglesia, como
asamblea convocada por Dios en torno al altar, como reunión de los que
participan del mismo pan que es Cristo: "Siendo muchos, somos un solo pan y
un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan" (1 Co 10, 17). Es el día
de la edificación del pueblo de Dios; de renovar el mutuo perdón entre los
cristianos y la caridad fraterna, especialmente con los más débiles; y es el día de
recordar las necesidades de la Iglesia (Cfr. 1 Co 16, 2).

La oración, expresión del reconocimiento de Dios en el centro de la vida


humana

57. También la oración es expresión del reconocimiento de Dios en el centro de


la vida humana. Dios presente, cercano, amante: "En él vivimos, nos movemos y
existimos" (Hch 17, 28), un Dios Padre, tal como nos lo revela Jesús. Dirigirse al
Padre con confianza, como hijo, supone una actitud profunda: querer, como
Jesús, que se cumpla su voluntad y su plan, no el nuestro. Nuestra actitud en la
oración no debe ser la de pretender que se haga nuestra voluntad y que sea
Dios quien la cumpla. Hemos de buscar ante todo la voluntad de Dios y
disponernos nosotros a cumplirla. Esta fue siempre la actitud de Jesús. Es un
don del Espíritu de Jesús el que podamos desear en cada momento el
cumplimiento de la voluntad del Padre: El es quien nos hace exclamar: ¡Abba
(Padre)! (Rin 8, 15). El Padrenuestro es la oración cristiana, la oración de la
confianza, la oración de los hijos: "Padre nuestro del cielo, santificado sea tu
nombre, venta tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; danos
hoy el pan nuestro del mañana, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros
hemos perdonado a los que nos han ofendido; nd nos dejes caer en tentación,
sino líbranos del maligno" (Mt 6, 9-13).

Jesús, hombre de oración

58. Al igual que los discípulos (Le 11, 1-4) necesitamos que Jesús nos enseñe a
orar. Jesús es hombre de oración. No se limita a una sola forma de orar. Con
sus discípulos cumple la celebración litúrgica prescrita a su pueblo (Mt 26, 30).
En la sinagoga rezaba los salmos y oraciones como cualquier israelita. Pero
Jesús ora también con sus propias palabras, s: dirige a su Padre con la más
absoluta espontaneidad (Le 10, 21). Para orar busca con frecuencia la soledad
del monte y de la noche (Le 6, 12). Jesús elige lugares especiales para orar, ora
frecuentemente en la montaña (Mt 14, 23), solo (Le 9, 18), incluso cuando todo
el mundo le busca (Mc 1, 37). La oración de Jesús se relaciona con su misión:
en el desierto (Mt 4, 1ss), en el momento del bautismo (Le 3, 21), antes de la
elección de los roce (Le 6, 12ss), en la Transfiguración (Le 9, 29), antes de la
enseñanza del Padre-nuestro (Le 11, 1), en la última cena (Jn 17), y sobre todo
en el huerto, inmediatamente antes de la pasión (Mc 14, 36; Hb 5, 7).

Los Apóstoles siguen el ejemplo y las enseñanzas de Jesús


59. Los Apóstoles "estaban siempre en el templo bendiciendo 'a Dios" (Le 24,
53; Hch 5, 12). Pedro hace oración a la hora sexta (Hch 10. 9); Pedro y Juan van
a orar a la hora nona (Hch 3, 1). Con la oración comunitaria se preparan los
discípulos de Jesús para recibir el don del Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 1,
14). San Pablo dice que ora "sin cesar" en todo tiempo (Rm 1, 10; Ef 6, 18; 2 Ts
1, 3.11), "noche y día" (1 Ts 3, 10). Concibe la oración como un combate, una
lucha (Rm 15, 30; Col 4, 12). Una de las notas características de la oración de
San Pablo es la acción de gracias. La alabanza a Dios (F1p 4, 6).

En lugar oculto. Sin palabrería. "Pedid y se os dará"

60. Jesús dice a sus discípulos que no recen como los fariseos para ser vistos
por la gente, sino en un lugar oculto (Mt 6, 5-6), que en la oración eviten la
palabrería (6, 7-8), que insistan en la oración, como el amigo importuno (Le 11,
5-8), que recen con perseverancia, sin desfallecer (Le 18, 1-8), que la oración
siempre es eficaz: "Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y
hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe; quien busca, halla, y
al que llama, se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan,
le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un
huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar
cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el
Espíritu Santo a los que se lo piden?" (Lc 11, 9-13) .

Pidamos el Don del Espíritu Santo "

61. Lucas habla del Espíritu, donde Mateo habla de "cosas buenas" : ... ¿cuánto
más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?" (Mt 7, 11;
cfr. Le 11, 9-13). El Espíritu Santo es la "cosa buena" por excelencia.
Frecuentemente, los hombres pedimos muchas cosas; lo que se nos asegura es
el Espíritu, la "Gran Cosa". Pedimos muchas veces en nombre propio, pero lo
que quiere el Padre es que pidamos en nombre de Cristo: "Hasta ahora no
habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis para que vuestra alegría
sea completa" (Jn 16, 24). Es preciso que nuestra oración se vaya centrando en
lo verdaderamente importante. No siempre sabemos lo que pedimos (Me 10,
38). Suavemente, la oración transforma a la persona y entonces la misma
oración se va purificando. Así la samaritana es llevada desde sus propios
deseos al deseo del don de Dios (Jn 4, 10). Y las multitudes al alimento que
perdura en la vida eterna (Jn 6, 27).

Hablemos con Dios Padre todos los días

62. El cristiano debe hablar todos los días con Dios Padre, por medio de
Jesucristo, y guiado interiormente por el Espíritu Santo. Para hablar con Dios
nos ayuda mucho la lectura de la Sagrada Escritura. En la Escritura, interpretada
y proclamada por la Iglesia, escuchamos la palabra de Dios, su llamada. Con
nuestra oración respondemos a esta palabra de Dios. El cristiano puede hablar
con Dios de muchas maneras:
• con la oración que Jesucristo nos ha enseñado (el Padrenuestro) y con
otras oraciones que la Iglesia nos enseña (el Ave María, la Salve, el Credro...);

• con los salmos, inspirados por Dios, y de los que usó el propio Jesucristo
y los Apóstoles para orar;

• con las oraciones que la Iglesia usa en las celebraciones litúrgicas: las
preces de la misa...;

• con la oración espontánea con la que cada uno puede dirigirse a Dios
como a un Padre, y a Jesucristo como a un amigo.

A Dios podemos hablarle:

• dándole gracias por los beneficios que nos concede constantemente;

• alabando su bondad, su misericordia sin límites, su sabiduría; --


adorándole, reconociendo su grandeza, su poder, su presencia;

• pidiéndole por nuestras necesidades espirituales y materiales, por el


advenimiento del Reino de Dios;

• suplicándole perdón por nuestras culpas, etc.

La oración, dimensión fundamental de la vida cristiana

63. La oración es una dimensión fundamental de la vida cristiana. Donde calla la


oración desaparece la vida de fe. La Iglesia se manifiesta como signo de Cristo
no sólo cuando proclama la palabra de Dios y confiesa la fe recibida de los
Apóstoles, o cuando celebra la Eucaristía y practica la caridad fraterna, sino
también y de modo especial cuando dialoga con Dios, cuando hace oración. En
medio de una sociedad en la que muchos hombres sólo dan importancia a las
actividades económicas, o las ideas morales que resultan útiles para una mejor
distribución de los bienes materiales, es necesario que los cristianos demos
testimonio de nuestra fe en Dios, imitando a Jesucristo y a los Apóstoles y a los
santos de todos los tiempos en la oración.

La oración, si es auténtica, lleva al hombre a abrirse como ser libre ante la


libertad infinita ,de Dios. La oración implica nuestra total disponibilidad en las
manos de Dios. El hombre que ora no dimite de sus responsabilidades; asume
plenamente su existencia humana, pero sintiéndose libre dentro de una libertad
interior —la libertad de Dios— que le ha elegido con amor, y le ha llamado a una
entrega libre y total a Dios mismo. La oración supone una permanente apertura
a todas aquellas realidades que reflejan la presencia de Dios, una mirada de fe
sobre la acción de Dios en el mundo. Es un diálogo con Dios que se nos
muestra siempre como el Dios-amor que nos ama a nosotros y a nuestros
prójimos, y que nos invita a amarles como El les ama. Quien no habla con Dios,
quien no ora, no conoce a Dios con un conocimiento de amistad. Dios es amor y
para conocerle es preciso dialogar con El, escucharle en silencio, atender a su
llamada. Sin diálogo con Cristo es imposible tener los sentimientos de Cristo
para con el Padre y para con los hombres.

Oración comunitaria y oración espontánea. "En el lugar secreto"

64. El Concilio Vaticano II, siguiendo las huellas de Jesús y de toda la tradición
cristiana, nos recuerda la estrecha vinculación existente entre la oración litúrgica
que acontece cuando dos o tres se congregan en el narrobre de Cristo (Cfr. Mt
18, 20) y la oración que el creyente, en soledad, expresa con sus propias
palabras: "Con razón se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de
Jesucristo. En ella..., el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus
miembros, ejerce el culto público íntegro... La liturgia es la cumbre a la cual
tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana
toda su fuerza... El cristiano, llamado a orar en común, debe, no obstante, entrar
también en su habitación para orar al Padre en lo secreto; más aún, debe orar
sin tregua..." (SC 7. 10.12).

Tema 37. MI PADRE, MI MADRE Y MIS HERMANOS (4.° MANDAMIENTO)

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar:

• que el mandamiento: "Honra a tu padre y a tu madre" es un mandamiento de vida;

• que apara el discípulo de Cristo, su familia va más allá de los lazos de sangre, nación y raza.

Entre la autonomía y la dependencia

65. El preadolescente quiere a sus padres y necesita sentirse querido por ellos.
Pero con frecuencia vive respecto a sus padres y educadores en una tensión
que les hace oscilar entre la autonomía y la dependencia. Por un lado, necesita
caminar por propia cuenta, romper los lazos que tan estrechamente le vinculan
al ambiente ordinario (familiar y educativo), aspira profundamente a ser mayor y
a ser considerado como tal. Por otro lado —y alternativamente— siente la
necesidad de ser protegido, apoyado, "como si fuera un niño".

El camino hacia la mayoría de edad

66. La aventura de una gradual emancipación coloca al preadolescente en una


situación de tensión y a veces de rivalidades. Esto le produce en ocasiones una
sensación de culpabilidad y de vacilación. Pero al mismo tiempo experimenta la
necesidad de afirmar su propia personalidad de manera autónoma, la necesidad
de llegar a ser él mismo para amar de una manera más personal y responsable,
sin dependencia sicológica infantil. Esto no significa que sea posible la
eliminación de toda dependencia. El hecho mismo del nacimiento y la vida toda
del niño y del adulto depende en muchos aspectos de otros hombres. Pero el
problema que en adelante se le planteará cada día con mayor fuerza al
preadolescente es el de lograr una autonomía sicológica, dentro de las normales
interdependencias de la vida social, y por otra parte aceptar libremente, con
sentido de responsabilidad las normas de convivencia dictadas por la conciencia
moral y por las personas llamadas a ejercer la autoridad en la vida familiar y
social.

La figura paterna: punto de referencia clave de la propia identidad

67. El padre es un punto de referencia clave de la propia identidad del hijo.


Después de la primera infancia, el papel del padre será desempeñado, no sólo
por los propios padres sino por un número de personas que actúa fuera del
ámbito familiar, y que influyen de manera decisiva en la evolución del niño: los
educadores y otras personas que en cierto modo amplían y completan la función
de los padres. Unos y otros deben ayudar al niño y al joven en la maduración de
su personalidad. Deben proteger y garantizar su propia identidad.

Una voz orientadora, primer elemento del sentido de identidad del hombre.
La función maternal, necesaria en la vida de todo hombre

68. No será inútil recordar la importancia de la función paternal para la formación


de la identidad, pues hoy día asistimos a una dimisión de los padres y
educadores. La tensión del hombre para encontrar un padre es una de las más
profundas y fundamentales de toda su vida: la búsqueda de una imagen de
fuerza y sabiduría a la que unir la propia vida. Y la identidad necesita, para
construirse, de identificaciones válidas y de la confirmación de los adultos, lo
cual no es posible si los padres y los educadores no cumplen sus funciones. El
padre es el guardián de la identidad. El niño encuentra en el rostro amable de la
madre y en la orientación firme del padre, el reconocimiento de quién es él y el
sentido de su crecimiento y de su identidad. El papel de la madre durante la
infancia es prever y proteger. La madre es el primer mundo del hombre: la
regularidad de la respuesta materna constituye el primer orden del mundo del
niño. El padre contribuye al desarrollo de la personalidad del niño, mostrándose
con su autoridad, no como una amenaza sino como un guía. El padre y la madre
se complementan. Esto supone una presencia real, física y sicológica de los
padres junto al niño.

"Honra a tu padre y a tu madre": cuarto mandamiento

69. Muchos pretenden una convivencia humana prescindiendo de los padres.


Pretenden instaurar una fraternidad sin padres. La Escritura nos revela que
honrar padre y madre es un mandamiento de vida. El crecimiento y desarrollo
de la persona humana se destruye o queda gravemente dañado cuando falta en
la vida del hombre, sobre todo en su infancia, en su adolescencia y juventud, el
afecto y la atención aducativa de los padres. Los padres —y por extensión los
educadores— tienen una función imprescindible en el desarrollo armónico de la
personalidad: "Honra a tu padre y a tu madre: así se prolongarán tus días y, te
irá bien en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar" (Dt 5, 16). Algo semejante
dice el libro del Eclesiástico: "En obra y palabra honra a tu padre y vendrá sobre
ti toda clase de bendiciones. La bendición del padre hace echar raíces, la
maldición de la madre arranca lo plantado. No busques honra en la humillación
de tu padre, porque no sacarás honra de ella; la honra de un hombre es la honra
de su padre, y la deshonra de la madre es vergüenza de los hijos. Hijo mío, sé
constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque
chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas" (Si 3, 8-13).

Jesús nos lleva a cumplir con autenticidad el cuarto mandamiento

70. Jesús exige el cumplimiento del cuarto mandamiento, que en su época ha


sido deteriorado, desvirtuado, por la tradición farisaica. Algunos fariseos y
escribas acusan a Jesús de que sus discípulos quebrantan la tradición de los
mayores, pues no se lavan las manos antes de comer. Jesús responde que hay
tradiciones humanas que suplantan a los mandamientos de Dios, y que llevan
finalmente a los hombres a la transgresión de tales mandamientos: "Dios dijo:
Honra a tu padre y a tu madre y el que maldiga a su padre o a su madre, tiene
pena de muerte. En cambio, vosotros decís que el que le declara a su padre o a
su madre: Los bienes con que podría ayudarte los ofrezco al templo, ya no está
obligado a sustentar a su padre; así, en nombre de nuestra tradición, habéis
invalidado el mandamiento de Dios. ¡Hipócritas!..." (Mt 15, 1-11). Las tradiciones
religiosas, instituidas como un conjunto de medios para unirse más con Dios,
dejan de ser medios y se convierten en fin. Jesús rechaza tal perversión en el
plano de los principios. Y en cuanto a la aplicación farisaica sobre el lavarse las
manos antes de comer, Jesús responde diciendo que no es lo que entra por la
boca lo que hace impuro al hombre, sino lo que sale del corazón (Cfr. Mt 15, 8-
20).

Más allá de los lazos de la sangre

71. Ahora bien, la Escritura no nos ofrece argumentos para defender un


paternalismo patológico, que sofoque la vida y el crecimiento del otro, que no le
permita conquistar su libertad y progresiva independencia, caminar poco a poco
hacia la propia identidad. El evangelio de Lucas está particularmente atento a
este despertarse a la mayoría de edad, a este emerger de un ser dependiente,
de una vida todavía sin definición, decidida hasta el presente por el padre. La
infancia de Cristo culmina con el episodio de la iniciativa tomada por Jesús con
ocasión del viaje a Jerusalén (Lc 2, 41-52). No se trata de una rebelión, sino del
despertar de una responsabilidad: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de
mi Padre?" (2, 49). Es la primera manifestación de su futura vocación y misión.
Jesucristo, en determinadas ocasiones manifiesta gran libertad frente a los
vínculos de la sangre, a los que concedemos a veces una importancia exclusiva.
Jesucristo da mayor importancia a los lazos de orden espiritual, resultantes de
una opción personal y libre.

"El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi


madre"

72. Un día, su propia madre y sus parientes (aquellos que en las lenguas
semíticas son llamados "hermanos") no podían acercarse a El y deseaban verle.
Una vez más, Jesús manifiesta una independencia soberana, distanciándose
visiblemente de este tipo de vínculos. Subordina los lazos físicos, biológicos,
anexos de un orden diferente y superior, a lazos espirituales. Otorga así su
importancia "relativa", referencial, a los vínculos de índole biológica y concede la
primacía a un nuevo ámbito de intercomunicación personal, resultante de una
filiación libremente aceptada: "Llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera
lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: Mira, tu madre
y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: ¿Quiénes son mi madre y
mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y
mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi
hermana y mi madre" (Me 3, 31-35).

"¡Dichosos los que escuchan las Palabra de Dios y la cumplen!"

73. En otra ocasión, mientras El enseñaba, una mujer dijo lo que cualquier otra
mujer hubiera dicho y pensado. Y Jesús respondió, mostrando el valor primordial
de la obediencia a la palabra de Dios: "Mientras él decía estas cosas, una mujer
de entre el gentío, levantó la voz diciendo: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los
pechos que te criaron! Pero él repuso: Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la
Palabra de Dios y la cumplen!" (Lc 11, 27-28). María, su madre, era —para
Jesús— más grande por encamar en su vida la voluntad del Padre que por
haber ofrecido su carne y sangre para que el Hijo de Dios se encarnase.

Condición necesaria para seguir a Jesús

74. Llegado el caso, para seguir a Jesús, puede ser necesario sobreponerse a
los lazos humanos familiares. Jesús es primero: Grandes multitudes iban
caminando con El y, volviéndose hacia ellas, les dijo: "El que quiere a su padre o
a su madre más que a mí, no es digno de mi; y el que no coge su cruz y me
sigue, no es digno de mí" (Mt 10, 37-38).

La responsabilidad de los padres

75. El padre y la madre, cuando celebraron el sacramento del matrimonio


prometieron recibir con acción de gracias a sus hijos, cuidar de ellos y darles la
educación adecuada. Los padres tienen el deber de procurar a sus hijos el
alimento, el vestido, un ambiente familiar sano, una formación y educación lo
más completa posible. Deben sobre todo llevar una vida que sea ejemplar para
los hijos. Deben iniciarles en la vida cristiana. Los padres son responsables de
los hijos hasta que éstos hayan crecido y puedan ellos mismos formar una
nueva familia. A medida que los hijos van creciendo la atención de los padres se
ejerce de diversa manera. Poco a poco van los padres dejando a sus hijos una
responsabilidad cada día más amplia. Actualmente son muy importantes las
reuniones de padres y educadores para estudiar en común el modo de ayudar a
sus hijos en sus problemas.

La responsabilidad de los hijos

76. Como los padres tienen sus deberes, así también los hijos tienen sus tareas
en la familia. Si los hijos no se preocupan de nada, y no colaboran de manera
responsable según su capacidad en la solución de los problemas del hogar, los
padres habrán de sobrellevar una carga superior a la necesaria. Si los hijos que
puedan hacerlo no ayudan a los padres en sus tareas, la vida de familia
resultará a veces excesivamente pesada. Cada familia es diferente: en unas hay
ancianos, en otras hay muchos hermanos, en otras hay un solo hijo, en otras
hay alguien que está enfermo, en otras hay algún niño subnormal, en otras el
padre está ausente... En todas las familias hay muchas oportunidades cada día
para practicar la caridad fraterna, la comprensión mutua, la colaboración. Los
hijos pueden contribuir de muchas maneras a que la vida de familia sea
agradable, alegre. Cada uno de los hijos tiene sus derechos en la familia. Pero
es preciso también que cada uno sepa respetar a los demás y sobre todo sepa
escuchar a sus padres. Los hijos deben a los padres amor y obediencia. En la
familia, todos los hijos deben procurar la alegría de los padres y hermanos.

La atención a los ancianos

77. Es cada día mayor el número de personas que alcanza una edad avanzada.
Los ancianos se encuentran a veces con problemas que hacen más dura su
ancianidad: muchos ya no pueden trabajar, muchos están enfermos o se
encuentran solos, abandonados, etc. Todos los miembros de la sociedad deben
sentirse responsables de la atención a los ancianos. Están especialmente
obligados a ello los hijos. Es necesario que también el Estado se ocupe de los
ancianos; debe crear servicios suficientes para que a ningún anciano le falte la
atención y la ayuda necesaria.

La integración de los deficientes mentales

78. La integración de los deficientes mentales es uno de los problemas


pendientes de nuestra sociedad. Los responsables de la educación, del trabajo,
de la economía, han de preocuparse aún más d. integrar a estos hermanos que
son parte de la familia humana. A pesar de hermosas declaraciones de principio
y de numerosas iniciativas que merecen toda admiración y apoyo, nuestra
sociedad corre el riesgo de marginar a los deficientes mentales y a todos
aquellos cuya integración exige una gran dosis de imaginación creadora, de
amor desinteresado y de esperanza. Esta es la señal más significativa de una
familia plenamente humana, de una sociedad verdaderamente civilizada y, con
mayor razón, de una Iglesia auténticamente cristiana. Más aún, estos deficientes
que nos tienden la mano, ¿seguro que no tienen también un mensaje que
damos?

La obediencia a la autoridad legítima

79. La vida de relación con los demás no se circunscribe al ámbito familiar. El


centro de estudios, o el lugar del trabajo, son también verdaderas comunidades
humanas en las que nos vemos en la necesidad de relacionarnos con los
demás. En todos estos ambientes es necesario observar unas normas de
convivencia. Desde niño crece cada hombre dentro de unas normas previas.
Pertenece a una familia conducida por os padres. En la escuela debe aceptar la
dirección del profesor en el trabajo escolar. En el taller, el aprendiz tiene
maestros y jefes. En el trabajo hay unas personas encargadas de la dirección y
existen unas normas. Vivimos, además, todos inmersos en la sociedad en la que
hay un Estado organizado, con un conjunto de leyes que regulan muchos
aspectos de la vida del hombre. El cristiano debe aceptar estas normas y
cumplirlas siempre que no vayan contra la conciencia recta. (Sobre el abuso del
poder y de la autoridad, cfr. Tema 27). La obediencia a las normas justas es una
manera de colaborar en la convivencia pacífica y de servir al prójimo. Jesús nos
dio ejemplo de obediencia. "El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a
obedecer" (Hb 5, 8). Jesús supo anteponer el cumplimiento de la voluntad del
Padre a los deseos de María y de José. Pero, precisamente por hacer la
voluntad del Padre, obedeció a José y a María: "El bajó con ellos a Nazaret y
siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús
iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc
2, 51-52).

El amor a la patria

80. Unas de las formas de amor al prójimo que se relaciona con el cuarto
mandamiento es el amor a la patria. El Concilio Vaticano II dice: "Cultiven los
ciudadanos con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero sin estrechez
de espíritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el bien de toda la
familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las razas, pueblos y
naciones" (GS 75).

Más allá de los lazos de la nación y de la raza

81. La Palabra de Dios sitúa al hombre más allá de los lazos de la nación y de la
raza. Si hemos comprendido bien lo que es Israel, en el pensamiento teológico
de los profetas hebreos, desde Amós hasta Juan —hasta Jesús— no se puede
decir que alguien pertenezca a Israel, a la semilla de Abraham, como se
pertenece, por derecho de nacimiento, a la nación francesa, inglesa, alemana o
española. El Dios de Israel, según el profeta Amós, afirma la libertad soberana,
absoluta, del lazo que le vincula a su pueblo Israel. No es cuestión de biología,
sino de espíritu. La alianza no es una relación natural, desborda el ámbito de la
naturaleza: "¿No sois para mí como etíopes, hijos de Israel —oráculo del Señor
—. Si a vosotros os saqué de Egipto, saqué a filisteos y sirios de Quir" (Am 9, 7).
"No os hagáis ilusiones pensando: Abrahán es nuestro padre"

82. Asimismo, Juan, que vivía como monje en el desierto de Judá y practicaba la
inmersión en las aguas del Jordán —aquel a quien conocemos con el
sobrenombre de "el Bautista"— impugnó la idea que los judíos de tiempos de
Jesús se habían forjado acerca de la filiación que les vinculaba a Abrahán.
También en este caso, el profeta judío, al igual que Amós ocho siglos antes,
enseña la libertad soberana de Dios y la índole espiritual, y no biológica del
vínculo real que une a los miembros del pueblo de Dios con Abrahán: "Por aquel
tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando:
Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Este es el que anunció el
profeta Isaías, diciendo: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del
Señor, allanad sus senderos. Juan llevaba un vestido de piel de camello, con
una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán;
confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos
fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: Camada de víboras,
¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide
la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: Abrahán es nuestro padre,
pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de A brahán de estas piedras"
(Mt 3, 1-9).

El pueblo de Dios, llamado a la universalidad

83. Una cosa es el hijo según el orden biológico, y otra muy diferente el hijo
según el orden espiritual y libre. Según los profetas, Israel proviene del orden
espiritual. De ahí que sea un pueblo llamado a la universalidad, a la catolicidad,
más allá de las peculiaridades nacionales y raciales. Jesús, como ningún otro,
ha enseñado la universalidad de la vocación a entrar en la economía de esa
humanidad nueva, cuyo primer exponente fue Abrahán. Ante la fe del centurión
romano, dijo Jesús a los que le seguían: "Os aseguro que en Israel no he
encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de Oriente y
Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos;
en cambio, a los ciudadanos del Reino los echarán afuera, a las tinieblas. Allí
será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt 8, 10-12).

Todos convocados al amor

84. Ya el Antiguo, pero de modo peculiar el Nuevo Testamento convoca a todos


al amor. Sólo el amor puede hacernos hermanos a todos los hombres. Sólo en el
amor podemos abrirnos a una familiaridad universal. San Pablo, en la Carta a
los Efesios, convoca a todos al amor; en concreto a padres y a hijos, cuando
dice: "Hijos, obedeced a vuestros padres como el Señor quiere, porque eso es
justo. Honra a tu padre y a tu madre, es el primer mandamiento al que se añade
una promesa: Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra. Padres, vosotros no
exasperéis a vuestros hijos: criadlos, educándolos y corrigiéndolos como haría el
Señor" (Ef 6, 1-4; cfr. Col 3, 20-25). En realidad, los padres son plenamente
honrados por sus hijos cuando son amados por ellos. Y son plenamente padres
cuando aman generosamente a sus hijos, sin egoísmo. La figura madura del
padre es una figura presente, familiar, cercana, disponible, acogedora. La
madurez de la figura paterna (padres o educadores) supone una vocación de
generosidad y de renuncia. Como bien se ha dicho: "Ser para los demás un
camino que se utiliza y se olvida."

Tema 38. EL MUY DIFÍCIL AMOR AL ENEMIGO (5.° MANDAMIENTO)

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Anunciar:

• que el mandamiento "No matarás" incluye también el de conservar y cuidar la vida propia y de
los demás;

• que el distintivo de los cristianos no es sólo el "no matarás", sino el "Amarás a tu enemigo";

• que Jesús concede el don del Espíritu Santo para que sepamos perdonar y amar a nuestros
enemigos.

La enemistad destruye la vida

85. Sentimientos de alegría y de cariño compartido hacen experimentar a los


preadolescentes el bien de la relación armoniosa con los otros. Esto lo viven
particularmente en los grupos de amigos. Sin embargo, esa armonía se rompe
en muchos momentos: aparecen los enfados, las riñas y peleas, las envidias, las
malquerencias, la situación se vuelve tensa, agobiante, insoportable. ¿Cómo
salir de ella? ¿Cómo superar esa ruptura? ¿Cómo recuperar aquella amistad?
Logro difícil, pero la experiencia de la reconciliación ("volver a ser amigos")
supone un gozo que da a la relación y a la vida un nuevo significado más rico y
profundo en el nivel de la comunicación interpersonal. La enemistad con los
otros destruye la vida en uno mismo y en los demás; cuando es la vida —y la
vida en plenitud— lo que da la felicidad.

Optar por la vida

86. La vida es algo que no nos cansamos de admirar. Ya la vida de una planta
es una maravilla, cuánto más la de un animal, que por sus sentidos se acerca
más al hombre. Cuanto más alto está un animal en la escala zoológica, tanto
más preludia la realidad suprema de la creación: ¡La vida humana! El hombre
evita instintivamente todo lo que daña a la vida: frío, calor, humedad... Se ha
encontrado remedio para muchas enfermedades. Intentamos prolongar la vida lo
más posible. El cuidado de la vida, propia y ajena, está grabado profundamente
en nosotros. No obstante, podemos hacer de la vida objeto de libre elección o de
repudio. Y bajo el pretexto de defender la vida podemos llegar a destruirla:
aborto, droga, eutanasia, manipulación, violencias, terrorismo, venganza,
homicidio, suicidio... Todo esto corresponde a fuerzas impulsivas de destrucción
y de muerte que luchan en el interior del hombre contra el deseó instintivo de
vida. ¿Le es posible al hombre superar esta tensión y optar decidida e
incondicionalmente por la vida?

Dios ha optado por la vida

87. La simpatía de Dios está al lado de la vida. Dios ha optado por la vida. Por
encima de todo quiere que el hombre viva. Toda vida viene de Dios, pero la vida
del hombre viene de El en forma muy especial: para hacerlo alma viva "sopló
Dios en su nariz un aliento de vida" (Gn 2, 7; Sb 15, 11). Dios toma bajo su
protección la vida del hombre y prohibe el homicidio (Gn 9, 5-6), aunque sea el
de Caín (Gn 4, 11-15).

Caín: Envidia, odio, homicidio. Proceso permanente

88. Caín es un caso-tipo, que se repite a lo largo de la historia humana, y


muestra un proceso permanente que lleva al hombre a la destrucción de la vida:
lleno de envidia, tiende a la supresión del otro y al homicidio. El esquema
envidia-odio-homicidio se aplica siempre en el mismo sentida. La agresión y el
crimen es el triste final del proceso envidia-odio.

"No matarás": quinto mandamiento

89. Dios nos ha dado un mandamiento que indica el respeto profundo que se
debe a la vida de cada ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios: "No
matarás" (Dt 5, 17). Dios ha brindado a la humanidad la creación. Pero a nadie
ha constituido dueño dé la vida humana, ni de la propia ni de la ajena. El
homicidio, el suicidio, el aborto, la eutanasia... son crímenes contra la vida. La
vida humana procede de Dios, es de Dios, la protege Dios.

Pecados contra la vida humana

90. "Cuanto atenta contra la vida, homicidios de cualquier clase, genocidios,


aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado; cuanto viola la integridad de la
persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o
físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a
la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de la vida, las
detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata
de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes que reducen
al obrero al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la
responsabilidad de la persona: todas estas prácticas y otras parecidas son
infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que
a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador" (GS 27).
Entre los pecados más graves contra la vida humana en el mundo de hoy hay
que señalar el terrorismo y los secuestros. Las víctimas del terrorismo y los
secuestros son siempre inocentes. No hay ninguna causa política o social que
justifique estos procedimientos.

La legítima defensa, la guerra y la pena de muerte

91. Hay situaciones en las que de antiguo se tiene por lícito quitar la vida a un
hombre: las de legítima defensa. Si yo trato de quitar la vida a otro injustamente,
éste puede quitarme la vida a mí si no dispone de otro medio para defender su
propia vida.

En relación con el quinto mandamiento se presentan dos casos en los que al


cristiano se le plantean especiales dificultades de conciencia. Uno es el caso de
la guerra; otro, el de la pena de muerte.

La guerra debe ser sustituida

92. En la antigüedad la guerra era considerada como un fenómeno natural. Fue


San Agustín en el siglo IV el primero que se planteó el problema de la guerra
como una cuestión de conciencia. A lo largo de los siglos, los teólogos no han
cesado de reflexionar sobre el problema moral de la licitud de la guerra. Siempre
se ha admitido la licitud de la guerra como defensa contra un agresor injusto.
Pero a medida que ha aumentado el poder destructor de las armas modernas
resulta más difícil cualquier guerra. El Papa Pío XII propone ya una enseñanza,
seguida después por sus sucesores y por el Concilio Vaticano II, según la cual la
guerra no es el instrumento adecuado para resolver los conflictos. La guerra,
como instrumento de solución de los problemas internacionales o nacionales,
debe desaparecer. Hay que recurrir a la negociación, a los pactos, y sobre todo
a una educación de las conciencias en el deber moral de trabajar positivamente
por la paz.

Los limites de la legítima defensa

93. El Concilio Vaticano II admite como legítima todavía hoy la guerra en


defensa contra un agresor injusto: "Mientras exista el riesgo de guerra y falte una
autoridad internacional competente y provista; de medios eficaces, una vez
agotados todos los recursos pacíficos de diplomacia, no se podrá negar el
derecho de legítima defensa a los gobiernos" (GS 79). Pero condena como un
crimen toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de
ciudades y regiones enteras: "El horror y la maldad de la guerra se acrecientan
inmensamente con el incremento de las armas científicas. Con tales armas las
operaciones bélicas pueden producir destrucciones enormes e indiscriminadas,
las cuales, por tanto, sobrepasan excesivamente los límites de la legítima
defensa... Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción
de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un
crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin
vacilaciones" (GS 80).
La objeción de conciencia

94. En relación con el tema de la guerra se plantea hoy el problema de los que
rehúsan el servicio militar por razones de conciencia. Sobre esta cuestión los
obispos españoles han presentado al pueblo cristiano la siguiente reflexión: "Los
Obispos españoles queremos recordar ante todo que el mandamiento
evangélico del amor fraterno, de donde ha de brotar la conversión individual y
colectiva y el "d'esarme de las conciencias", fue rubricado con el testimonio
supremo de Cristo con la entrega de su vida. Es, por otra parte, derecho de la
autoridad pública mantener un eficaz dispositivo de defensa para garantizar la
necesaria protección de los ciudadanos contra agresiones exteriores, derecho
del que se deriva el de establecer, si así lo exige el bien común, el servicio
militar obligatorio.

Al mismo tiempo creemos necesario subrayar la importancia que tiene para la


realización del bien común, como realidad auténticamente humana, el que los
ciudadanos puedan obrar en el respeto y en la fidelidad a sus exigencias éticas
más profundas."

Elaboración de fórmulas legislativas integradoras y generosas

95. "La conciliación de una y otra realidad ha de ser un objetivo a lograr


mediante la elaboración de fórmulas legislativas integradoras y generosas.
Estamos, en fin, seguros de que la sociedad ha de saber valorar en su justa
medida las voces que denuncian los riesgos de una guerra que en las actuales
circunstancias amenaza ser total e indiscriminada, voces que además hacen
notar la contradicción que supone el empleo de armamentos y gastos bélicos de
ingentes recursos, indispensables para atender las necesidades más perentorias
de la subsistencia y del desarrollo de los pueblos. El caso de los objetores de
conciencia que tengan estas motivaciones no puede identificarse ni recibir el
mismo tratamiento que el de los simples desertores. Consecuentes con estas
premisas y con las enseñanzas del Concilio Vaticano II nos parece razonable
que las leyes tengan en cuenta, con un sentido humano de equidad, el caso de
los que se niegan a tomar las armas por motivos de conciencia, con tal que
acepten servir a la comunidad humana de otra manera (GS 79).

La autoridad pública que así obra, a la vez que, con ponderado criterio, permite
servir a la comunidad humana en forma distinta del servicio militar, habrá de
proteger a la sociedad frente al recurso fraudulento a los imperativos de la
conciencia por motivaciones menos nobles" (XIX Asamblea Plenaria de la
Conferencia Episcopal Española, 26 de noviembre a 1 de diciembre de 1973).

La pena de muerte

96. La pena de muerte se ha justificado a lo largo de la historia por su valor de


ejemplaridad, por lo que tiene de justo castigo por delitos especialmente graves,
y como medio de defensa necesario de la sociedad contra ciertos delincuentes.
Los argumentos tradicionales en favor de la pena de muerte dan por supuesto
que ante ciertos delitos especialmente graves la sociedad no dispone de otro
medio eficaz para salvaguardar de manera adecuada estos valores de
ejemplaridad, de castigo justo, de defensa contra los criminales. En este caso el
derecho de la autoridad pública es superior y diferente al derecho de los
individuos.

Buscar otros caminos que el de la eliminación por la muerte

97. En la actualidad, muchos sociólogos, juristas y moralistas, tanto cristianos y


creyentes como no creyentes, estiman que la pena de muerte no es hoy
necesaria para salvaguardar los valores que con ella se pretende proteger. No
parece que el aumento o la disminución de la delincuencia dependa
necesariamente de que exista o no exista la pena de muerte. La conciencia,
cada día más viva, de la dignidad de cada hombre Domo fin en sí mismo lleva a
muchos a rechazar la pena de muerte, concebida como un medio. La autoridad
civil, para el cumplimiento de la función, debo buscar otros caminos distintos que
el de la eliminación por la muerte, ya se haga por razones de ejemplaridad o por
otras diversas.

Urgencia evangélica de caridad y de perdón

98. Cristo no abolió expresamente la pena de muerte, ni la guerra, ni la


esclavitud, ni habló de la necesidad de cambiar las leyes de la sociedad civil.
Los hombres de su tiempo no hubieran comprendido estos planteamientos. Pero
de sus enseñanzas se desprende que el cristiano no puede inspirarse en el
deseo de venganza, aun cuando esta venganza la realizara el Estado en nombre
de los individuos; ni puede el cristiano acogerse al principio de la legítima
defensa como si éste fuera la última palabra para resolver los conflictos entre los
hombres. El mensaje cristiano es, ante todo, un mensaje de caridad y de perdón,
que va más allá de toda argumentación ética: "amad a vuestros enemigos" (Mt
5, 44).

Fe en Jesucristo reconciliador

99. Animados por el Espíritu, creemos, porque confiamos en la eficacia de la


salvación de Jesucristo que obra ya en nosotros y en nuestra historia,
"
pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los
cielos" (Col 1, 20), que hemos •de poder lograr, por otros caminos, nuestras
aspiraciones justas en el ámbito político-social, con tal de que ninguno, autoridad
o pueblo, pretenda poseer la exclusiva de la justicia y trate de imponerla a
cualquier precio.

Pablo VI, sin referirse expresamente a la pena de muerte, exhorta a todos a


evitar todo recurso a la violencia: "la Iglesia no puede aceptar la violencia, sobre
todo la fuerza de las armas —incontrolable cuando se desata—ni la muerte de
quienquiera que sea, como camino de liberación, porque sabe que la violencia
engendra inexorablemente nuevas formas de opresión y de esclavitud, a veces
más graves que aquellas de las que se pretende liberar" (EN 37; cfr. Tema 31).
Urgentísima una nueva sensibilidad sobre la paz: educación, opinión
pública

100. El Concilio Vaticano II considera urgentísima la necesidad de "una nueva


educación de las mentes y una nueva inspiración de la opinión pública. Quienes
se entregan a la obra de la educación, sobre todo de los jóvenes, o son
formadores de la opinión pública, consideren como un gravísimo deber suyo
éste de formar las mentes a una nueva sensibilidad sobre la paz. Conviene que
todos cambiemos nuestros corazones, mirando siempre al entero universo y a
los deberes que podemos cumplir todos a una, para que el hombre se mejore"
(GS 82).

Cuidarás de la vida

101. El Evangelio prescribe no sólo "no matar", sino además "cuidar de la vida".
Esto implica el cuidado de evitar todo lo que dañe la vida humana, toda herida,
ora provenga de maldad, de negligencia humana o de necedad.

Jesús anuncia la vida. Para Jesús, la vida humana es cosa preciosa, "más que
el alimento" (Mt 6, 25); salvar una vida prevalece incluso sobre el sábado (Mc 3,
4).

Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (Mc 12, 27). El cura y devuelve la
vida, como si no pudiera tolerar la presencia de la muei`te (Jn 11, 1-44). El es la
verdadera vida, se puede decir que es la vida a secas (Mt 7, 14; 18, 8-9).

Por tanto, la droga, el alcoholismo, el, excesivo trabajo o, también, el trabajo


prematuro, la infracción de las normas de tráfico (que puede convertirse en un
juego con la vida humana, propia y ajena)... son formas concretas de no cuidar
de la vida.

La atención a la salud

102. El hombre tiene el deber de cuidar de su propia vida, de su salud y de la


vida y salud de los demás hombres. Por medio de nuestros padres hemos
recibido de Dios nuestra vida. De ella somos responsables ante Dios. Nadie
puede lícitamente causar daño grave a su propio cuerpo o al de los demás.
Todos estamos obligados a ayudar al que padece algún defecto corporal o al
que está en peligro de perder su propia vida. Una muestra de sensibilidad
cristiana es no hacer burla de los defectos físicos del prójimo. Todos tenemos la
obligación moral de cumplir las normas que han sido establecidas para la
seguridad de las personas, para prevenir accidentes de trabajo, accidentes de
carretera, etc. Se debe cumplir las garantías exigidas por la autoridad pública
sobre productos alimenticios, medicinas, etcétera. El Estado tiene la obligación
de procurar que existan en la sociedad los servicios médicos necesarios; que a
nadie falte la atención médica en caso de enfermedad o accidente.

Procurar el bien de los demás hombres


103. A todos los miembros de la comunidad humana les incumbe el deber de
procurar con su trabajo profesional, con las diversas actividades técnicas,
económicas, artísticas, científicas, etc., el bien de los demás hombres. "Una cosa
hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el
conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos
para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a
la voluntad de Dios... los hombres y mujeres que mientras procuran el sustento
para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en
servicio de la sociedad, oon razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan
la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo
personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia" (GS 34; cfr. GS
67).

"Amad a vuestros enemigos"

104. Jesús nos lleva más allá de la letra del quinto mandamiento: "Habéis oído
que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os
digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a
su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el sanedrín, y si lo llama
renegado, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu
ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas
contra tí, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu
hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda" (Mt 5, 21-24).

La línea de conducta cristiana, incluso con los que nos hacen daño, es el amor:
"Habéis oído que se dijo: Amarás a tu .prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo,
en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os
persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir
su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si
amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también
los publicanos?" (Mt 5, 43-46).

Este mandamiento destaca entre las exigencias más nuevas de Jesús. El mismo
tuvo enemigos, le dieron muerte y El, en la cruz, les perdonó (Lc 23, 34). Así
debe hacerlo el discípulo, a imitación de su maestro (1 P 2, 23). El amor al
enemigo es signo distintivo del cristiano.

Actitud reconciliadora

105. El cristiano, como Jesucristo, debe perdonar. San Pablo, siguiendo las
enseñanzas y ejemplos de Jesús, nos dice: "Bendecid a los que os persiguen;
bendecid, sí, no maldigáis. Con los que ríen, estad alegres; con los que lloran,
llorad. Tened igualdad de trato unos con otros: no tengáis grandes pretensiones,
sino poneos al nivel de la gente humilde. No mostréis suficiencia. No devolváis a
nadie mal por mal. Procurad la buena reputación entre la gente; en cuanto sea
posible y por lo que a vosotros toca, estad en paz con todo el mundo. Amigos,
no os toméis la venganza, dejad lugar al castigo, porque dice el Señor en la
Escritura: Mía es la venganza, yo daré lo merecido. En vez de eso, si tu enemigo
tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: así le sacarás los
colores a la cara. No te dejes vencer por el mal, vence el mal a fuerza de bien"
(Rm 12, 14-21).

El hombre que ama a su enemigo aspira a convertirlo en amigo. En esta actitud


Dios mismo le precedió: "Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con
Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5, 10). La norma suprema del cristiano en
sus relaciones con los demás es la caridad: "El amor es paciente, afable; no
tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se
irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la
verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin
límites" (1 Co 13, 4-7).

Vencer el muro de la enemistad con el poder de Jesús

106. La enemistad es un signo del reinado de Satán, el enemigo por excelencia


(Gn 3, 15). Enemigo de los hombres y enemigo de Dios, siembra en la tierra la
cizaña por lo cual estamos todos expuestos a sus ataques (Mt 13, 39). Pero
Jesús dio a los suyos poder sobre todo poder que venga del enemigo (Lc 10,
19). Este poder les viene del combate en que Jesús triunfó por su misma
derrota, habiéndose ofrecido a los golpes de Satán a través de sus enemigos y
habiendo vencido a la muerte con la muerte. Así derribó el muro de la enemistad
que cruzaba por la humanidad (Ef 2, 14-16).

La Cruz, lugar de reconciliación

107. En tanto llega el día en que Cristo, para poner a todos sus enemigos bajo
sus pies, destruya para siempre a la muerte, que es el último enemigo (1 Co 15,
25-26), el cristiano combate con Jesús contra el viejo enemigo del género
humano (Ef 6, 11-17). En torno a él, algunos se conducen como enemigos de la
Cruz de Cristo (F1p 3, 18), pero él sabe .que la Cruz lo lleva al triunfo. Esta cruz
es el lugar fuera del cual no hay reconciliación con Dios ni entre los hombres.

Pasar de la muerte a la vida amando a los hermanos

108. Jesús, a quien los discípulos reconocieron como la palabra creadora


misma, jamás destruye, nunca mata, no hiere; el cura, regenera, crea. Quien
ama, ha pasado de la muerte a la vida. Quien no ama, es enemigo de; la vida.
Es un homicida y permanece en la muerte, dice San Juan: "nosotros hemos
pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos. El
que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida.
Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna" (1 Jn 3, 14-15).

Un amor muy difícil para nosotros, que procede de Dios

109. El amor al enemigo, difícil para el hombre, procede de Dios. Es la obra de


Dios en nosotros, "el amar es de Dios" (1 Jn 4, 7). En efecto, ¿cómo seríamos
nosotros misericordiosos (como el Padre celestial) si no nos lo enseña el Señor,
si no lo derrama el Espíritu en nuestros corazones? (1 Ts 4, 9; Rm 5, 5; 15, 30).
Y ese amor, venido, de Dios, conduce a Dios. Mientras esperamos la venida del
Señor, el amor es nuestra actividad esencial, según la cual seremos juzgados
(Mt 25, 31-46). El amor de Dios (y del cristiano) es universal, no excluye a nadie,
ni siquiera al enemigo; y es absoluto, no tiene excepciones, rige en todo
momento.

El daño a la vida espiritual del prójimo: el escándalo

110. En cierto modo se puede relacionar también con el quinto mandamiento el


tema del escándalo en el sentido de que aquel que escandaliza causa daño a la
vida espiritual del prójimo. Con la palabra escándalo se designa en la Biblia, en
sentido literal, a la piedra, lazo o trampa, etc., que se le pone al ciego o al
caminante para que tropiece (Lv 19, 14; Sal I40. 9); pero se usa sobre todo con
sentido moral. Según Santo Tomás, se da escándalo cuando alguien con
palabras o hechos moralmente menos rectos es ocasión de ruina espiritual para
otro o le induce de algún modo a pecar (Cfr. Suma Teológica II-II, q. 43 a. 1).

El influjo de la conducta del que da escándalo en el que lo padece depende de


diversas circunstancias: la ignorancia o debilidad moral de las personas a las
que se escandaliza (escándalo de los débiles), la gravedad de la acción
escandalosa, el nivel cultural y moral de la sociedad en que se vive, etc.
Pecados que en una época o en un determinado ambiente son gravemente
escandalosos, en otras épocas o lugares influyen poco en la conducta de los
demás.

Es siempre especialmente grave el pecado del que directamente se propone


hacer pecar a los demás (escándalo diabólico). En cambio no hay obligación de
evitar aquel tipo de escándalo que procede exclusivamente de la malicia del que
se dice escandalizado (escándalo farisaico). Los fariseos se escandalizaban de
la conducta de Jesús y de sus discípulos.

"¡Ay del mundo por sus escándalos!"

111. En su predicación, Jesús llama la atención sobre la gravedad del escándalo


de aquellos que apartan a los demás de la fe: "Al que escandalice a uno de esos
pequeños que creen en mí, más le convendría que le colgasen al cuello una
rueda de molino y lo sepultaran en el fondo del mar. ¡Ay del mundo por los
escándalos! Porque es irremediable que sucedan escándalos, pero ¡ay del
hombre por quien viene el escándalo!" (Mt 18, 6-7). En los tiempos de la
tribulación escatológica se multiplicarán los escándalos, la seducción, la
persecución, etc. (Mc 13, 5-13). Hasta el fin del mundo habrá escándalo; pero
los que dan escándalo serán castigados con penas terribles (Cfr. Mt 13, 41; Lc
17, 1).

Evitar el escándalo de los débiles

112. San Pablo exhorta a los cristianos a evitar el escándalo de los débiles. Los
cristianos podían comer legítimamente lo sacrificada a los ídolos, siempre que
no hubiera en ello ninguna intención de participar en el culto idolátrico, pero
debían abstenerse de ello si su conducta podía inducir a pecado a los cristianos
poco instruidos o más débiles en la fe, que fácilmente podrían imitarles pero con
conciencia de pecar. No tener en cuenta la debilidad del prójimo, su falta de
formación, etc., es un pecado contra el hermano por el cual Cristo dio su vida (1
Co 8, 1-13; Rm 14, 13; cfr. 2 Co 11, 29).

Luchar contra los escándalos de nuestro tiempo

113. Los Santos Padres, los Papas y Obispos han hablado muchas veces del
pecado de escándalo. El Concilio Vaticano II ha denunciado como pecado de
escándalo las desigualdades económicas y sociales (GS 29), la distancia entre
la fe y la conducta en la vida de muchos cristianos (GS 43), los gastos invertidos
en la carrera de armamentos mientras existen tantos pueblos que sufren
pobreza y miseria (GS 81), la separación entre las distintas Iglesias que
profesan la misma fe en Cristo (UR 1). El Papa Pablo VI, como los Papas
anteriores, han denunciado el escándalo de la pornografía, los espectáculos
inmorales, la literatura que corrompe la fe o las costumbres, las diversiones
pecaminosas, etc. Quien comete pecados de escándalo tiene el deber de hacer
lo que está de su parte por reparar el mal que hizo con su conducta.

Tema 39. LIMPIEZA DE CORAZÓN (6.° Y 9.° MANDAMIENTOS)

OBJETIVO CATEQUÉTICO

 Ayudar al preadolescente a tomar progresivamente conciencia de la fuerza e impulsos que en sí


mismo se despiertan, y a integrarlos en la construcción de su personalidad.

 Presentar los Mandamientos 6º. y 9º. del Decálogo: "No cometerás adulterio", "No codiciarás la mujer
de tu prójimo".

 Presentar el ideal evangélico de Jesús sobre la sexualidad y el matrimonio: una fidelidad total, de
corazón, posibilitada desde la fe. Hacia la glorificación de Dios a través del propio cuerpo.

Educación sexual para niños y jóvenes

114. Niños y jóvenes tienen derecho a ser informados, y educados en todos los
campos. El silencio —si todavía hoy fuera posible— sobre las realidades de la
vida sexual sería un error: una educación verdadera debe favorecer el desarrollo
de todo el hombre. El Concilio Vaticano II dice que niños y jóvenes "deben ser
instruidos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación
sexual" (GE 1). Y más recientemente, Pablo VI orienta en este mismo sentido a
padres y educadores: "Sin ambajes ni vueltas atrás se trata de favorecer una
educación que ayude al niño y al adolescente a tomar progresivamente
conciencia de la fuerza, de los impulsos .que en ellos se despiertan, y a
integrarlos en la construcción de su personalidad" (A los equipos de Notre Dame,
4 de mayo de 1970).

Un cuerpo que cambia

115. El cuerpo del preadolescente se transforma. Nuevas formas dan lugar poco
a poco a una distinta constitución anatómica, a la que acompañan diversos
fenómenos fisiológicos. La estatura aumenta. En el chico, sus músculos
adquieren más fuerza y volumen; en la chica, sus formas corporales aparecen
ya casi como las de la mujer adulta. Estas transformaciones hacen que el
preadolescente se encuentre con un cuerpo que cambia, un cuerpo diferente al
cual se ha de habituar y con el cual ha de establecer una relación adecuada.

Nuevos pensamientos, nuevos sentimientos

116. Aparecen también en el preadolescente nuevas formas de razonar, nuevos


modos de comprender las cosas. Su inteligencia llega en esta edad casi al final
de su evolución. Nacen asimismo nuevos sentimientos, nuevos deseos, a los
que matizan las pulsiones sexuales, más intensas en esta edad que en las
anteriores.

El preadolescente y las tendencias sexuales

117. El instinto sexual se manifiesta con mayor intensidad. A medida que avanza
en edad, el preadolescente experimenta que las tendencias sexuales pueden
alterar el equilibrio emocional y espiritual que aparecía tan seguro en la etapa
anterior de su vida.

En relación con los iguales de distinto sexo, el preadolescente comienza a sentir


una fuerte atracción, al mismo tiempo que experimenta un cierto miedo, derivado
de su propia inseguridad. Lograr una autenticidad en la relación chico-chica, en
la que se compromete ya de un modo acentuado la persona como ser sexuado,
supone una auténtica conquista que es necesario llevar a cabo para no dificultar
el desarrollo normal de la personalidad. El preadolescente, que alcanza una
etapa terminal desde el punto de vista fisiológico y genital, aún ha de recorrer un
camino de maduración psicológica y afectiva que le capacite para el
establecimiento de una relación personal de amor.

La sexualidad humana, integrada en el contexto del amor

118. La vida sexual humana debe manifestarse como una posibilidad de diálogo
y de comunicación. La sexualidad aparece entonces integrada en el contexto
interpersonal del amor. La relación sexual implica, aún más que muchos otros
gestos humanos, una decisión que afecta a toda la persona, una opción de la
que depende el futuro de la misma. De ahí que sea algo radicalmente serio,
incompatible con toda componenda: o someterse al círculo vicioso de la
experiencia sexual egoísta, o seguir el camino de una entrega personal y total al
otro. El verdadero amor se compromete para siempre.

La sexualidad, una dimensión fundamental de la vida humana

119. La sexualidad es una de las dimensiones fundamentales de la vida


humana: "La persona humana, según los datos de la ciencia contemporánea,
está de tal manera marcada por la sexualidad, que ésta es parte principal entre
los factores que caracterizan la vida de los hombres. A la verdad en el sexo
radican las notas características que con.,tituyen a las personas como hombres
y mujeres en el plan biológico, psicológico y espiritual, teniendo así mucha parte
en su evolución individual y en su inserción en la sociedad (Sagrada
Congregación para la doctrina de la fe, Declaración acerca de ciertas cuestiones
de ética sexual [CES], 1). En el plan de Dios, hombres y mujeres están llamados
a la colaboración, a la mutua comprensión, a promover el amor fraterno entre los
hombres, y por lo que se refiere al uso de la función sexual, ésta logra "su
verdadero sentido y su rectitud moral tan sólo en el matrimonio legítimo" (CES
5).

El plan de Dios: "Una sola carne"

120. A partir del hombre y de la mujer, Dios forma un ser único, "una sola carne"
(Gn 2, 24). Dios creó al hombre como varón y como mujer (Gn 1, 27); en su
humanidad, varón y mujer son de igual categoría y dignidad ("hueso de mis
huesos y carne de mi carne", Gn 2, 23), pero no de igual constitución. Están
referidos el uno al otro. Por la cooperación de ambos puede desplegarse
plenamente la vida humana. Jesús empleará la misma fórmula del Génesis para
subrayar la unidad de la pareja matrimonial: "Ya no son dos, sino una sola
carne" (Mt 19, 6). Como dice el Concilio Vaticano II: "Dios no creó al hombre
solo, sino que desde el principio "los creó varón y mujer" (Gn 1, 27); su unión
crea la primera forma de sociedad personal. De modo que el hombre, por su
íntima naturaleza, es un ser social; sin relación con los demás no puede ni vivir
ni desarrollar sus capacidades" (GS 12).

Doble función de la sexualidad humana: Alteridad, fecundidad. En un


contexto social

121. Desde el principio de la Escritura, la diferencia sexual del hombre y de la


mujer aparece vinculada a dos funciones fundamentales: a) La alteridad de los
sexos; ordenada a redimir la soledad del hombre: "No está bien que el hombre
esté solo. Voy a hacerle alguien como él que le ayude" (Gn 2, 18); b) La
fecundidad, ordenada a la transmisión de la vida y al dominio del universo:
"Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla" (Gn 1, 28). Estas dos
funciones de la sexualidad humana sitúan al individuo en un contexto social.

Bondad y valor de la relación sexual matrimonial


122. La bondad y el valor de la relación sexual en el matrimonio nunca fueron
puestos en duda en la Biblia. Así lo manifiesta el libro de los Proverbios: "Goza
con la esposa de tu juventud: cierva querida, gacela hermosa, que siempre te
embriaguen sus caricias y continuamente te deleite su amor" (5, 18-19; cfr. Ct 4,
1ss; 6, 4ss; Ez 24, 15ss; Si 26, 16ss). Por su parte, Pablo, contra los deseos
ilusorios de continencia manifestados por los corintios, les recuerda el deber de
las relaciones sexuales: "El marido dé a su mujer lo que debe y lo mismo la
mujer al marido; la mujer ya no es dueña de su cuerpo, lo es el marido; y
tampoco el marido es dueño de su cuerpo, lo es la mujer" (1 Co 7, 3-4). El
Concilio Vaticano II, eco reciente de la doctrina tradicional de la Iglesia,
manifiesta la dignidad de la relación sexual matrimonial con estas palabras: "Los
actos por los que los espososi se unen íntima y castamente entre sí son
honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan
y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima
de gozosa gratitud" (GS 49).

Un misterio que no debe ser mancillado

123. El plan de Dios, que consiste en hacer del hombre y de la mujer "una sola
carne", es un misterio de alteridad y fecundidad que no puede ser mancillado y
violado. Así lo dice el profeta Malaquías: "... Yahvé es testigo entre ti y la esposa
de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que ella era tu compañera y la
mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser que tiene carne y aliento de
vida? Y este uno, ¿qué busca? ¡Una posteridad dada por Dios! Guardad, pues,
vuestro espíritu; no traicionéis a la esposa de vuestra juventud. Pues yo odio el
repudio, dice Yahvé Dios de Israel, y al que encubre con su vestido la violencia,
dice Yahvé Sebaot. Guardad, pues, vuestro espíritu y no cometáis tal traición"
(MI 2, 14-16).

"No cometerás adulterio." "Avergonzaos de la fornicación": sexto


mandamiento

124. Con la prohibición del adulterio, el Antiguo Testamento lleva a cabo una
defensa de la vida matrimonial y de la familia. "No cometerás adulterio", dice el
Decálogo (Dt 5, 18; Ex 20, 14; cfr. Jr 7, 9; Ml 3, 5). El adulterio recibe en la ley
una definición restringida: es el acto que viola la pertenencia de una mujer a su
marido, o a su prometido (Lv 20, 10; Dt 22, 22-23). La mujer aparece más como
propiedad del hombre (Ex 20, 17) que como una persona que forma con él una
sola cosa en la fidelidad de un amor mutuo (Gn 2, 23-24). Este rebajamiento de
la mujer está vinculado a la poligamia, que se remonta a los tiempos de Lamec
(Gn 4, 19). La poligamia será tolerada durante largo tiempo (Dt 21, 15; cfr. 17,
17; Lv 18, 18). Sin embargo, los libros sapienciales, que muestran la gravedad
del adulterio (Pr 6, 24-29; Si 23, 22-26), invitan al hombre a reservar su amor a
la mujer de su juventud (Pr 5, 15-19) y a condenar la prostitución, aunque ella no
haga al hombre adúltero (Pr 23, 27; Si 9, 3-6; 41, 22).

Contra todas las formas del mal


125. Con la prohibición del adulterio, comenta el Catecismo Romano, prohíbe
Dios todo pecado deshonesto e impuro. Explícitamente lo afirman San Ambrosio
y San Agustín. E igualmente lo confirman con absoluta evidencia las Sagradas
Escrituras; consta en muchos de sus pasajes que Dios castiga, además del
adulterio, otras especies de pecados deshonestos. En el Génesis, por ejemplo,
se nos narra la sentencia de Judá contra su nuera; en el Deuteronomio se
prohíbe a las israelitas convertirse en prostitutas; Tobías exhorta a su hijo para
que se guarde de toda fornicación, y el Eclesiástico dice: "Avergonzaos de la
fornicación..., de fijar la mirada sobre mujer ajena" (41, 17.23).

"No codiciarás la mujer de tu prójimo": noveno mandamiento. El deseo


culpable

126. Ya en el Antiguo Testamento el pecado afecta no sólo al hecho del


adulterio, sino también al deseo. El deseo incuba el pecado. Así, David,
cediendo a su deseo, se apodera de Betsabé (2 S 11, 2ss), y desencadena una
serie de desgracias y atropellos. Los dos ancianos desean a Susana hasta
perder la cabeza (Dn 13, 8-20). El libro del Eclesiástico aconseja avergonzarse
de mirar a mujer prostituta y de clavar los ojos en mujer casada (41, 22-23). Y el
Decálogo, apuntando al corazón, prohibe el deseo culpable: "No codiciarás la
mujer de tu prójimo" (Dt 5, 21).

"Lo que Dios unió no lo separe el hombre"

127. Respecto al Antiguo, el Nuevo Testamento representa, también aquí, la


continuidad y, a un mismo tiempo, la superación. Jesús condena el adulterio,
suprimiendo las concesiones que Moisés hubo de hacer ante la dureza de
corazón de su pueblo: "Se le acercaron unos fariseos y le preguntaron para
ponerlo a prueba: ¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo? El
les respondió: ¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y
mujer, y dijo: Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá
a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos sino
una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Ellos
insistieron: ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse? El les
contestó. Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras
mujeres; pero al principio no era así. Ahora os digo yo que si uno se divorcia de
su mujer —no hablo de unión ilegal— y se casa con otra comete adulterio" (Mt
19, 3-9).

"Está mandado... Pues yo os digo"...

128. En el sermón de la montaña Jesús se expresa de forma semejante,


haciendo resaltar más la novedad del Evangelio: "Está mandado: El que se
divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio. Pues yo os digo: el que se
divorcie de su mujer —excepto en caso de unión ilegal— la induce al adulterio, y
el que se case con la divorciada comete adulterio" (Mt 5, 31-32).

Experiencia de fe, experiencia de gratuidad


129. Los discípulos perciben perfectamente la novedad del programa evangélico
de Jesús y la viven como algo que los supera y desborda: "Si esa es la situación
del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse" (Mt 19, 10). Jesús remite a la
experiencia de fe, que es experiencia de gratuidad: "No todos pueden con eso,
sólo los que han recibido ese don" (19, 11). Y aún hay cosas más difíciles —
añadirá Jesús— que se vuelven posibles en la experiencia de fe, el carisma de
la virginidad: "Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los
hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el Reino de los
Cielos. El que pueda con esto, que lo haga" (Mt 19, 12).

El pecado nace en el corazón del hombre

130. Además, Jesús lleva a su plenitud la línea que, comenzada en el Antiguo


Testamento, recoge esa dimensión interior del pecado que es el deseo incubado
en el corazón: "Porque del corazón salen los designios perversos, los
homicidios, adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias. Eso
es lo que mancha al hombre..." (Mt 15, 19-20). Es de notar que el hebreo habla
del corazón en un sentido má9 amplio que nosotros, que lo reducimos a la vida
afectiva. Para el hebreo el corazón es lo más íntimo del hombre, donde nacen
los recuerdos, los sentimientos, los pensamientos, los razonamientos y los
proyectos. Esta dimensión interior del pecado es, para Jesús, tan importante y
grave como la dimensión exterior de los actos. Por ello la complacencia
deliberada y voluntaria en pensamiento y deseos lujuriosos es pecado grave. El
pecado se realiza ya en el corazón del hombre.

La fidelidad es problema de corazón

131. Si el pecado nace en el corazón del hombre, es el corazón la raíz que


necesita ser saneada. La defensa evangélica de la vida matrimonial no se queda
solamente en la prohibición del adulterio, sino, que llega a su raíz más profunda:
la fidelidad es problema de corazón. Es el corazón del hombre, el hombre
entero, el que se manifiesta en cada uno de sus gestos. Por ejemplo, en la
mirada o en la acción: "Habéis oído el mandamiento: no cometerás adulterio.
Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido
adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo.
Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano
derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro
que ir a parar entero al infierno" (Mt 5, 27-30).

El amor, fuente de la fidelidad

132. El amor es la fuente de la fidelidad, el secreto de la vida humana. En efecto,


dice San Pablo: "no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás,
y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso
amar es cumplir la ley entera" (Rm 13, 9-10).

"Cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor"


133. El mismo San Pablo, sobre todo en el ambiente de corrupción del puerto de
Corinto, se ve precisado a atacar todas las formas del mal: "No os llaméis a
engaño, los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones,
codiciosos, borrachos, difamadores, o estafadores no heredarán el reino de
Dios" (1 Co 6, 9-10). Y en diversos lugares insiste particularmente en la
fornicación: "Huid de la fornicación" (1 Co 6, 18); "esta es la voluntad de Dios:
vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros
sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como
hacen los gentiles que no conocen a Dios" (1 Ts 4, 3-5), "la fornicación y toda
impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los
santos" (Ef 5, 3).

La masturbación

134. Las experiencias sexuales pueden adoptar con frecuencia en


preadolescentes y adolescentes la forma de autoerotismo, masturbación o
sexualidad solitaria. A veces se da también en adultos, sobre todo si, por alguna
razón, permanece en ellos la inmadurez de la adolescencia, un desequilibrio
psíquico o hábitos contraídos. Los trastornos afectivos y algunas situaciones
neuróticas provocan frecuentemente manifestaciones de autoerotismo, que
alcanza, a veces, un carácter compulsivo claramente patológico. La
masturbación habitual, en muchos casos, viene a ser una especie de droga
como huida de una existencia a la que no se encuentra sentido, o que resulta
conflictiva y dolorosa.

El juicio negativo sobre la masturbación, tradicional en la moral católica, tiene su


más sólido fundamento en el carácter imperfecto e insatisfactorio de la
sexualidad solitaria. La sexualidad humana, en efecto, además de la finalidad
biológica de la reproducción, tiene en el plano integralmente humano, un'
carácter esencial de expresión del amor. La sexualidad solitaria se opone a la
dignidad esencial de la persona humana. No es extraño que deje ordinariamente
un sentimiento de profundo vacío y soledad. Más aún: con frecuencia ese
sentimiento de frustración empuja a la búsqueda urgente de relaciones sexuales
improvisadas, es decir, a desórdenes más serios y comprometedores. La
masturbación constituye en sí un grave desorden moral.

"La razón principal es que el uso deliberado de la facultad sexual fuera de las
relaciones conyugales normales contradice esencialmente a su finalidad, sea
cual fuere el motivo que lo determine... La psicología moderna ofrece diversos
datos válidos y útiles en tema de masturbación para formular un juicio equitativo
sobre la responsabilidad moral y para orientar la acción pastoral. Ayuda a ver
cómo la inmadurez de la adolescencia, que a veces puede prolongarse más allá
de esa edad, el desequilibrio psíquico o el hábito contraído pueden influir sobre
la conducta, atenuando el carácter deliberado del acto, y hacer que no haya
siempre falta subjetivamente grave. Sin embargo, no se puede presumir como
regla general la ausencia de responsabilidad grave. Eso sería desconocer la
capacidad moral de las personas" (CES 9).
Actitud bondadosa y comprensiva, sin reducir desmesuradamente la
responsabilidad de las personas

135. ¿Qué tratamiento pastoral es el adecuado para personas, especialmente


jóvenes, que practican habitualmente la masturbación? Sería un gravísimo error
ciertamente inculcarles un fuerte sentimiento de culpabilidad capaz de destruir
todo estímulo de vida y de producir un permanente complejo de inferioridad e
incapacidad. No se olvide que la irrupción de la sexualidad es vivida como algo
misterioso y amenazador, que domina y humilla. Para no pocos jóvenes la
necesidad de liberarse de un asfixiante sentimiento de culpabilidad ha sido el
factor desencadenante de un proceso que les ha llevado a romper con una fe
religiosa que parecía respaldar dicho sentimiento.

Tampoco sería educativo destruir en los jóvenes su capacidad para la


superación moral, anulando en ellos todo sentido de responsabilidad personal.
No es lícito hacer vanos los mandamientos de Dios. Jesucristo fue intransigente
con el mal y misericordioso con los hombres.

Se impone, pues, una actitud bondadosa y comprensiva, sin que ello suponga
reducir desmesuradamente la responsabilidad de las personas (Cfr. CES 10).

Es preciso abrir horizontes a dichos jóvenes hacia expresiones más plenas de


generosidad y de responsabilidad, hacia una afectividad más madura y hacia
tareas culturales, profesionales, sociales y religiosas que den sentido a sus
vidas.

La homosexualidad

136. En algunos ambientes se dan casos de relaciones sexuales entre personas


del mismo sexo. Esto se explica por falta de normal evolución sexual, razones
de educación falsa, hábitos contraídos, malos ejemplos y, quizás en algún caso,
por factores de constitución patológica. La homosexualidad constituye uno de los
trastornos más profundos de la conducta sexual. ¿Qué juicio moral merece la
homosexualidad? No se trata, claro está, del hecho de tener inclinaciones
homosexuales, pues su adquisición no es voluntaria, y no puede ser, por tanto,
objeto de juicio ético. Se trata del hecho de dejarse llevar por tales inclinaciones;
es decir, cuando no han adquirido el carácter de una irrefrenable compulsión
neurótica. La moral cristiana fundamenta su rechazo de la homosexualidad en
que tal práctica está en contradicción con la estructura y finalidad anatómica,
fisiológica y psicológica de la sexualidad integral de la persona humana. Por eso,
dicha práctica es en sí gravemente desordenada y no puede recibir aprobación
en ningún caso (Cfr. CES 8).

Actitud pastoral comprensiva y eficaz

137. En cuanto a la actitud pastoral ante la homosexualidad, las personas


homosexuales "deben ser acogidas con comprensión, y deben ser sostenidas en
la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social.
También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia" (CES 8).

Es preciso lograr que el invertido no se considere un ser aparte, segregado de la


sociedad humana, hay que hacerle sentir que su problema es uno entre tantos
de los que afligen al hombre, ante el que cabe también una actitud ética. Es
preciso también paliar su vacío afectivo mediante una acogida sincera en una
comunidad que le incorpore sin prevenciones y mediante el desarrollo de
actividades profesionales, culturales, sociales, asistenciales y religiosas que le
hagan sentirse útil en las múltiples esferas de la vida, que no tienen que estar
condicionadas por su problemática peculiar.

Hombres y mujeres, muchachos y muchachas, niños y niñas

138. En la familia y en la calle, en el trabajo y en las recreaciones están juntos


hombres y mujeres, muchachos y muchachas. Esto es bueno, porque los sexos
se completan mutuamente. El joven conoce las cualidades de la muchacha, la
muchacha las del joven. Se ayudan mutuamente y aprenden a respetarse y
estimarse. Ellos y ellas juegan juntos de niños, sin prestar particular atención a
que son distintos.

Luego viene un tiempo en que por lo general los chicos no quieren saber nada
de las chicas y hasta les parecen tontas y necias. También las muchachas se
separan de los muchachos, que a su juicio son rudos, alborotadores y
sinvergüenzas. Pero este tiempo pasa rápidamente. Al comenzar la madurez,
vuelven a mirarse uno a otro y hasta traban auténticas amistades.

El joven y la joven

139. Más tarde, de esa amistad nace con frecuensia el amor: muchachos y
muchachas no quieren separarse nunca. En esta época del amor los jóvenes se
muestran tiernos uno con otro. Se quieren, se percatan de sus fuerzas sexuales
y se alegran de pensar que pronto serán marido y mujer. Querrían, sobre todo,
unirse entera y carnalmente en su amor, como lo hacen los casados.

Sin embargo, esa unión exigiría una gran responsabilidad del uno con el otro,
responsabilidad que sólo puede asumirse en el matrimonio. Sólo por el
consentimiento irrevocable al contraer matrimonio quedan los novios unidos ante
Dios y ante los hombres. Además, la unión carnal se ordena a la generación de
nueva vida. Un hijo sólo puede nacer y crecer en al matrimonio, con el padre y la
madre y en un verdadero hogar. Por eso sólo en el matrimonio está el amor
sexual conforme con la voluntad de Dios y con la naturaleza del hombre.

Según la enseñanza permanente de la Iglesia, todo acto genital humano debe


mantenerse dentro del cuadro del matrimonio; la unión carnal no puede ser
legítima sino cuando se, ha establecido una definitiva comunidad de vida entre
un hombre y una mujer (Cfr. CES 7).

La castidad cristiana es una forma de libertad


140. Los muchachos y muchachas no deben tener entre sí trato carnal ni buscar
en el pecado solitario satisfacción a su placer. Como miembros que son del
Cuerpo de Cristo, deben ser castos. La castidad es virtud que exige dominio de
sí mismo, lucha permanente contra la inclinación al mal. La castidad es una
forma de libertad espiritual, una fuente de verdadera y profunda alegría. El joven
y la joven pueden lograr esta liberación ;por la gracia de Jesucristo (Cfr. Rm 7,
23).

La castidad cristiana es una manifestación del triunfo de Jesucristo resucitado en


nosotros, un signo de la presencia santificadora del Espíritu Santo en nuestra
alma y en nuestro cuerpo. La castidad cristiana generosa y alegre es un camino
de maduración de la personalidad: supone superación del propio egoísmo,
capacidad de sacrificio por el bien de los demás, nobleza y lealtad en el servicio
a un ideal elevado. Es una excelente preparación para un matrimonio según el
plan de Dios.

Para ser castos hemos de apoyarnos en Cristo

141. Para ser fieles a Dios en la castidad es necesario apoyarnos en Cristo: "...
hoy también, y más que nunca, deben emplear los fieles los medios que la
Iglesia ha recomendado siempre par mantener una vida casta: disciplina de los
sentidos y de la mente, prudencia atenta a evitar las ocasiones de caídas,
guarda del pudor, moderación en las diversiones, ocupación sana, recurso
frecuente a la oración y a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

Los jóvenes, sobre todo, deben empeñarse en fomentar su devoción a la


Inmaculada Madre de Dios y proponerse como modelo la vida de los santos y de
aquellos otros fieles cristianos, particularmente jóvenes que se señalaron en la
práctica de la castidad.

En particular es importante que todos tengan un elevado concepto de la virtud


de la castidad, de su belleza y de su fuerza de irradiación. Es una virtud que
hace honor al ser humano y que le capacita para un amor verdadero,
desinteresado, generoso y respetuoso de los demás" (CES 12).

Elementos necesarios para la gravedad moral del pecado

142. El sexto mandamiento se rige por las mismas normas y principios generales
que regulan el resto de la moral. Como en los demás casos, sólo se comete un
pecado mortal cuando hay conciencia de que la materia es grave y se da la
necesaria deliberación y la libertad requerida por parte del inidividuo.

La sexualidad humana, integrada en el contexto de la experiencia de fe

143. La sexualidad humana alcanza su nivel más profundo cuando queda


integrada en el contexto de la vida de fe. El respeto al propio cuerpo se traduce
en gloria de Dios y cumplimiento de su voluntad. Es la voluntad de Dios la que
resplandece a través del cuerpo, esto es, de la vida humana en cada una de sus
dimensiones (Cfr. Hb 10, 5-7), también la sexual.
En la experiencia de fe, la moral sexual depende ya de la relación directa que el
cuerpo tiene con el Señor. Nuestros cuerpos son miembros de Cristo y templos
del Espíritu. Así lo vio San Pablo: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son
miembros de Cristo? y ¿voy a quitarle un miembro a Cristo para hacerlo
miembro de una prostituta? ¡Ni pensarlo! ¿No sabéis que unirse a una prostituta
es hacerse un cuerpo con ella? Lo dice la Escritura: Serán los dos una sola
carne. El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación.
Cualquier pecado que cometa el hombre, queda fuera de su cuerpo. Pero el que
fornica, peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es
templo del Espíritu Santo? El habita en vosotros, porque lo habéis recibido de
Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio
por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestros cuerpos!" (1 Co 6, 15-20).

Maduración humana y cristiana: exigencias del amor humano

144. Ningún logro como el del amor. Es algo que no tiene precio. Como dice el
Cantar de los Cantares: "Si alguien quisiera comprar el amor con todas las
riquezas de su casa, se haría despreciable" (8, 7). Ahora bien, el logro humano
del amor se prepara no sólo por la adquisición de unos conocimientos, sino en
un clima de auténtico, desarrollo que se manifiesta en la amistad, la alegría, el
dominio de sí mismo, el respeto al otro, el sentido de responsabilidad y la
experiencia de la oración. Por lo que a la sexualidad se refiere, el equilibrio de la
persona no se consigue solamente por la información sobre las realidades de la
vida sexual. Requiere la educación de la afectividad, la formación del carácter, el
descubrimiento del sentido de la propia existencia y el desarrollo de una; vida de
fe.

En cualquier situación el hombre ha de amar

145. El matrimonio es, ciertamente, una de las formas de vida a través de las
cuales se realiza la persona humana, si realmente está orientada y sostenida por
un amor profundo y generoso (Cfr. GS 49). Sin embargo, la persona humana
también puede realizarse plenamente a través de otras formas de vida que no
son la del matrimonio; por ejemplo, en el celibato, consagrado o simplemente
aceptado. Para ello es necesario que quienes han elegido o aceptado una vida
de celibato, entreguen también su vida al bien de los demás. En cualquier
situación el hombre ha de amar. Esta es su fundamental vocación. El cuerpo no
sirve sólo para la unión sexual. En el cuerpo se manifiesta la bondad del
hombre, su sinceridad, el compromiso de proclamar la verdad; a través del
cuerpo realiza el hombre su entrega al servicio de los demás; en suma, el
cuerpo expresa de mil modos lo que hay en el hombre, mejor, lo que el hombre
es. El hombre ha de servir a los demás con todo su ser espiritual y corporal.
Contribuye a la transformación del mundo y al bien de la sociedad, con todo su
ser. Su vida puede ser fecunda de muchas maneras, con su trabajo inteligente,
con su servicio a los demás.

Hombre y mujer casados o célibes, expresiones complementarias del


Reino de Dios
146. Si se renuncia al matrimonio, no se renuncia por ello a la personalidad
masculina o femenina. La condición sexual del hombre en su doble función de
alteridad y fecundidad (creativa) no puede ser negada, sino orientada. Aunque
no todas las posibilidades sexuales se ejerciten, no disminuye por ello la
personalidad, o la dignidad del hombre o de la mujer. Conviene además recordar
que el sexo no se reduce exclusivamente a la dimensión genital, ni menos aún al
placer. Las diversas cualidades del cuerpo, del corazón, de la inteligencia, etc.,
del hombre y la mujer configuran y distinguen la personalidad de cada uno. El
hombre y la mujer, el célibe y el casado, son insustituibles para expresar de
manera complementaria la vocación humana y la plenitud del Reino de los
Cielos (Cfr. Mt 19, 10-12).

Hacia la plenitud humana por el camino evangélico

147. Tanto los casados, como los célibes están llamados a una vida santa. La
conducta del cristiano debe orientarse en un caso y en otro, no de acuerdo con
el automatismo del instinto o según los imperativos del egoísmo humano, sino
según las exigencias liberadoras de la castidad evangélica. La plena realización
de la vocación humana y el secreto de la felicidad auténtica no consiste en vivir
para el placer, sino para los otros y para Dios. Lograremos nuestra plenitud
humana si andamos generosamente el camino evangélico de las
Bienaventuranzas.

Tema 40. NO SE PUEDE SERVIR A DIOS Y AL DINERO (7.° Y 10.°


MANDAMIENTOS)

OBJETIVO CATEQUÉTICO

o Presentar el 7° y 9.0 Mandamientos del Decálogo, que son: No robarás ni codiciarás


nada que sea de tu prójimo,

o Anunciar: que Jesús, en el Evangelio, nos invita no sólo a no robar y no codiciar, sino a
dar y a compartir cuanto tenemos con los otros. El cristianismo lleva consigo la necesidad de una
comunidad de corazones; y la comunidad de corazones contiene una exigencia de efectiva comunidad
de bienes.

La posesión de bienes materiales no lo es todo. El hombre busca algo


infinitamente más valioso

148. A veces encontramos en el preadolescente un deseo de bienestar, de


comodidades y satisfacciones materiales. Muchos, por el influjo del ambiente en
que viven, desean tener siempre a su disposición cantidades importantes de
dinero, como signo de independencia; gastan fácilmente sin valorar el trabajo de
sus padres, o sin acordarse de lo que supone para muchos hombres ganar con
su trabajo el sustento suyo y de su familia. Al mismo tiempo se dan también en
el preadolescente el deseo de la alegría compartida con los amigos, el gozo de
ser útil a los otros, la satisfacción de ver un trabajo terminado o una dificultad
vencida. Siente muchas veces el atractivo de un ideal de servicio a los demás,
de cooperación, de sacrificio por el bien del prójimo. Ni poseer bienes
materiales, ni conquistar placeres satisface plenamente al hombre.

El afán de posesión de bienes materiales, un pozo sin fondo

149. Hay quienes ponen toda su confianza y seguridad en la posesión de bienes


materiales; pero quienes se mueven por el amor a Dios y al prójimo se sienten
más felices y más seguros cuando comparten sus bienes con el prójimo. No
esperan la felicidad de la acumulación de riquezas. Su deseo es darse a los
demás, hacer el bien. Nuestra cultura económica tiende a incapacitarnos para
pensar... Es éste un problema particularmente grave de nuestro tiempo. El afán
de encontrar la seguridad en la posesión de bienes es un pozo sin fondo, que
deja al hombre siempre insatisfecho. No se sacia. Pretende poseerlo todo y
poseerlo siempre. ¡Un imposible!

"No codiciarás los bienes ajenos": décimo mandamiento

150. Ante el deseo del hombre de poseer cada vez más, sin ocuparse de los
otros, el Antiguo Testamento presenta el mandamiento del Decálogo que dice:
"No codiciarás su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno:
nada que sea de tu prójimo" (Dt 5, 21).

Distintas formas de robo, inspiradas por la codicia

151. Numerosos pasajes de la Escritura denuncian los atentados contra el


prójimo, inspirados por la codicia. La codicia conduce a distintas formas de robo.
Así, lleva al comerciante a falsear las balanzas, a especular y a hacer dinero de
todo (Am 8, 5-6; Si 26, 29; 27, 1-2); al rico a hacer extorsiones y acaparar
propiedades (Am 5, 12; Is 5, 8; Mi 2, 2), a explotar a los pobres (Ne 5, 1-5; 2 R 4,
1; Am 2, 6), incluso negando el salario merecido (Jr 22, 13); al jefe y al juez a
exigir cohechos (Is 33, 15; Mi 3, 11; Pr 28, 16), a violar el derecho (Is 1„ 23; 5,
23; Mi 7, 3).

La codicia, opuesta al amor del projimo

152. La codicia es directamente opuesta al amor del prójimo y, sobre todo, de


los pobres, a los que la ley debe proteger (Ex 20, 17; 22, 24; Dt 24, 10-21).
Mientras que Yahvé prescribe: "No endurezcas tu corazón" (Dt 15, 7), el
codicioso es un hombre que tiene el alma seca (Si 14, 8-9), pues no tiene
compasión (27, 1). Los jefes codiciosos, cautivados por su interés, como lobos
que desgarran su presa, recurren incluso a la violencia para aumentar sus
ganancias (Ha 2, 9; Jr 22, 17) y afirmar su voluntad de dominio (Ez 22, 27).

"No robarás": séptimo mandamiento

153. Según este desarrollo bíblico, la codicia de los bienes ajenos del décimo
mandamiento conduce a la transgresión del séptimo, que dice: "No robarás" (Dt
5, 19). Hay formas enmascaradas de robar. Es mal adquirida, en efecto, la
riqueza que acaba por excluir de los bienes de la tierra a la masa de los
hombres, reservándolos a algunos privilegiados (Is 5, 8; Jr 5, 27-28).

"Revestís vuestras paredes y desnudáis a los hombres"

154. "Vosotros revestís vuestras paredes y desnudáis a los hombres. El pobre


desnudo gime en tu puerta, y ni le miras siquiera. Es un hombre desnudo quien
te implora y tú sólo te preocupas de los mármoles con que cubrirás tus
pavimentos. El pobre te pide dinero y no lo obtiene: es un hombre que busca
pan y tus caballos mascan el oro bajo sus dientes. Te gozas en los adornos
preciosos, mientras otros no tienen que comer. ¡Qué juicio más severo te estás
preparando, oh rico! El pueblo tiene hambre y tú cierras los graneros, el pueblo
implora y tú exhibes tus joyas. ¡Desgraciado quien tiene facultades para librar a
tantas vidas de la pobreza y no quiere! Las vidas de todo un pueblo habrían
podido salvar las piedras de tu anillo" (San Ambrosio, Libro de Nabuthe, PL 14,
1394).

La propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y


absoluto

155. El Papa Pablo VI dice en la encíclica Populorum Progressio, tras hacer


referencia al pasaje bíblico de 1 Jn 3, 17: "Sabido es con qué firmeza los Padres
de la Iglesia han precisado cuál debe ser la actitud de los que poseen respecto a
los que se encuentran en necesidad: "No es parte de tus bienes —así dice San
Ambrosio— lo que tú das al pobre; lo que le das le pertenece. Porque lo que ha
sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para
todo el mundo y no solamente para los ricos." Y también: "... la propiedad
privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay
ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia
necesidad cuando a los demás les falta lo necesario. En una palabra: el derecho
de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común,
según la doctrina tradicional de los Padres de la Iglesia y de los grandes
teólogos" (PP 23).

No es posible servir a Dios y al dinero. "¡Ay de vosotros los ricos!"

156. El Evangelio es muy duro en relación con las riquezas. El "¡ay de vosotros,
los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo!" (Le 6, 24), suena a condenación
severa. El Evangelio del Reino anuncia el don total de Dios; para recibirlo hay
que darlo todo; para adquirir la perla preciosa, el tesoro único hay que venderlo
todo (Mt 13, 45-46), pues no se puede servir a dos señores (Mt 6, 24). El dinero
es un amo implacable: ahoga la palabra del Evangelio (Mt 13, 22); hace olvidar
lo esencial, la soberanía de Dios (Le 12, 15-21); detiene en el camino del
evangelio a los corazones mejor dispuestos (Mt 19, 21-22). El rico que tiene en
este mundo sus bienes (Lc 16, 25) y su consuelo (6, 24) no puede entrar en el
Reino: sería más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja (Mt 19, 23-24).
Sólo los pobres son capaces de acoger la buena nueva (Is 61, 1; Lc 4, 18; 1,
53). He aquí el camino que Jesús propone a sus seguidores: "El que no renuncia
a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío" (Lc 14, 33). El que sirve a Dios,
da su dinero a los pobres; el que sirve al dinero, lo guarda para apoyarse en él.
La distancia entre el Decálogo .y el Evangelio es aquí muy mar-cada.

No sólo "no robarás", sino que además, darás, compartirás

157. No sólo "no robarás", sino que además darás. Renunciar a la riqueza no es
necesariamente dejar de ser propietario. Incluso entre los allegados a Jesús
hubo algunas personas acomodadas, y un hombre rico de Arimatea fue el que
recibió en su tumba el cuerpo de Jesús (Mt 27, 57). El evangelio no quiere que
se deshaga uno de su fortuna como de un peso molesto; lo que pide es que la
comparta con los pobres ,(Mt 19, 21; Lc 12, 33; 19, 8); haciéndose amigos con el
dinero injusto pueden también los ricos esperar que Dios les abra el difícil
camino de la salvación (Lc 16, 9). Como a Zaqueo (Le 19, 8), Jesús pide a todos
un signo (suficientemente claro y variable según los casos) de que el verdadero
dios de cada uno no es el dinero. Muchos, no obstante, son invitados a dejarlo
todo (Mt 19; 21; Lc 12, 33). Lo escandaloso no es que haya un rico Epulón y un
pobre Lázaro, sino que Lázaro quiera alimentarse con las migajas que caen de
la mesa del rico y no se le dé nada (Le 16, 21).

Quien posee, es bueno cuando da

158. San Juan Crisóstomo nos exhorta a ser generosos y a menospreciar las
riquezas: "¿Cómo puede ser bueno el que posee riqueza? No puede así
afirmarse eso, sino que es bueno cuando da a los otros. Es bueno cuan-do no
tiene, cuando se la da a los otros, entonces es bueno. Mientras guarda, no
puede ser bueno. Ahora bien, ¿cómo puede ser bueno algo que, retenido,
muestra que somos malos y, desechado, buenos? Luego lo que nos hace
parecer buenos no es el tener, sino el no tener riquezas. Luego la riqueza no es
un bien. Y si pudiendo tomarla la dejas, entonces te muestras bueno" (Homilía
XII, 3 y 4, PG 62, 562).

El Nuevo Testamento, tiempo del Don. Cuando se ha recibido mucho de


Dios, todo cálculo resulta escandaloso

159. El Nuevo Testamento, poniendo plenamente de relieve la generosidad de


Dios, trastornó las perspectivas humanas. Es verdaderamente el tiempo del don
(Jn 4, 10; Rm 5, 7ss). El don a los demás adquiere así un significado y una
amplitud jamás conocida. La codicia que se opone a la actitud de dar debe
combatirse siempre. Ahora debe ser superada ya la máxima "doy para que me
des" (Lc 14, 12ss). Cuando se ha recibido tanto de Dios, todo cálculo y toda
estrechez de corazón resultan escandalosos. "Da a quien te pida" (Mt 5, 42).
"Habéis recibido gratis, dad gratis" (Mt 10, 8). El cristiano está llamado a
considerar todo como riquezas de las que sólo es administrador y que le han
sido confiadas para el servicio de los demás (1 P 4, 10-11). La generosidad con
los demás es también una gracia, fruto del amor que procede de Dios.

Cada cual dé según el dictamen de su corazón. Dios ama al que da con


alegría

160. "El que siembra escasamente, dice Pablo a los Corintios, escasamente
cosecha, y el que siembra a manos llenas, a manos llenas cosecha. Cada cual
dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios
ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a
fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aún sobrante
para toda obra buena. Como dice la Escritura: Re-partió a manos llenas; dio a
los pobres, su justicia permanece eternamente. Aquel que provee de simiente al
sembrador y de pan para su alimento, proveerá y multiplicará vuestra sementera
y aumentará los frutos de vuestra justicia. Sois ricos en todo para toda largueza,
la cual provocará por nuestro medio acciones de gracias a Dios" (2 Co 9, 6-11).

¡Bienaventurados los pobres! Vuestro es el Reino de Dios

161. Al comenzar Jesús su predicación inaugural con la bienaventuranza de los


pobres: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios" (Lc 6,
20; Mt 5, 3), quiere hacer que se reconozca en ellos a los privilegiados del Reino
que anuncia (St 2, 5). Como lo cantaba María, la humilde sierva del Señor (Lc 1,
46-55), ha llegado ya la hora en que se van a realizar las promesas de otros
tiempos: "Los pobres comerán y que-darán saciados" (Sal 21, 27), son
convidados a la mesa de Dios (Cfr. Lc 14, 21). Jesús aparece así como el
Mesías de los pobres (Is 61, 1; Lc 4, 18; Mt 11, 5). En realidad, fueron sobre
todo los humillados los que acudieron a Jesús (Mt 11, 25; Jn 7, 48-49).

Amarán dando, compartiendo

162. Todo esto sólo puede ser comprendido por el hombre nuevo. Este nace de
Dios y descubre el valor real de las cosas. Sin ese renacer, las riquezas se
vuelven en manos del hombre frutos de iniquidad (Lc 16, 9), y el vender los
bienes y darlos a los pobres no sirve de mucho: "Aunque repartiera todos mis
bienes, y entragara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me
aprovecha" (1 Co 13, 3). Toda acción que no termine en el amor está viciada de
raíz: Amarás dando.

Destino universal de los bienes

163. Según la enseñanza de la Iglesia, "Dios ha destinado la tierra y cuanto ella


contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes
creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la guía de la justicia y con
la compañía de la caridad" (GS 69). Aunque los hombres tienen derecho a
poseer bienes y a disponer de ellos libre-mente, dentro de alguna de las formas
de la propiedad privada, jamás deben perder de vista el destino universal de los
bienes que poseen. "Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas
exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también
como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino
también a los demás" (GS 69). Por ello, "quien se halla en situación de
necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para
sí" (GS 69).

Según la doctrina de los padres y doctores de la Iglesia todos estamos obligados


a ayudar a los pobres y no sólo con los bienes superfluos, sino también con los
bienes que consideramos como necesarios para nosotros: "Alimenta al que
muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas (Cfr. Gratiani, Decretum
c. 21 dist 86)" (GS 69). Se ha de ayudar a los pobres, tanto a los individuos
como a los pueblos pobres, de modo que ellos lleguen a ser capaces de
ayudarse a sí mismos y de lograr por su propia actividad responsable el
desarrollo económico y social. Una de las formas de contribuir hoy a la más justa
distribución de los bienes y ser-vicios es procurando que se promulguen leyes
fiscales justas y pagando los impuestos.

Las diversas formas de propiedad privada

164. Todos los hombres tienen derecho a acceder a la propiedad y a otras


formas de dominio privado de los bienes; y la sociedad tiene el deber de
favorecer las circunstancias y fomentar los medios para que este derecho se
convierta en realidad. Cuando la Iglesia defiende este derecho de pro-piedad
privada piensa, sobre todo, en el derecho de aquellos que no poseen.

"La propiedad, como las demás formas de dominio privado sobre los bienes
exteriores, contribuye a la expresión de la persona y lo ofrece ocasión de ejercer
su función responsable en la sociedad y en la economía. Es por ello muy
importante fomentar el acceso de todos, individuos y comunidades, a algún
dominio sobre los bienes externos.

La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran a


cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y
familiar y deben ser considerados como ampliación de la libertad humana. Por
último, al estimular el ejercicio de la tarea y de la responsabilidad, constituyen
una de las condiciones de las libertades civiles.

Las formas de dominio o propiedad son hoy diversas y se diversifican cada día
más. Todas ellas, sin embargo, continúan siendo elemento de seguridad no
despreciable aun contando con los fondos sociales, derechos y servicios
procurados por la sociedad. Esto debe afirmarse no sólo de las propiedades
materiales, sino también de los bienes inmateriales, como la capacidad
profesional.
El derecho de propiedad privada no es in