You are on page 1of 2

EL ETERNO TRANSPARENTE

LINDA BERRÓN

daban enormes. Se los calzó una y otra vez pero siem-


C uando quiso introducir la llave en la cerradura,
comprobó sorprendida que no entraba. Trató
nuevamente, pero no pudo. Probó con las demás lla-
pre se le salían al caminar. Se probó los negros, los
marrones, los tenis. Todos le quedaban grandes.
ves y tampoco. Observó con detenimiento la cerra- Su marido se afeitaba concentrado en la imagen
dura, ¿la habrían cambiado?, parecía la misma de del espejo.
siempre, como la puerta, como la casa. También la - ¡Qué raro, todos los zapatos me quedan grandes de
llave plateada y redonda era la misma. ¿Habrían pronto! -le dijo con tono inseguro.
tachado la cerradura? - ¿Te estás haciendo pequeña? -preguntó divertido.
Tocó el timbre con larga insistencia, dos, tres Deyanira regresó al dormitorio. Miraba, perpleja,
veces. La muchacha abrió, impaciente y malencarada. los pares de zapatos que se había probado repetidas
Sin decir nada, dio medio vuelta y se fue a la cocina. veces.
Todo parecía estar en su lugar. Guardó la llave en -Es increíble -decía en voz baja mientras rellena-
la cartera. ba las puntas de los zapatos azules con algodón.
En el jardín, los niños jugaban con el perro. La Desayunaron en silencio. Deyanira no se atrevía a
tarde estaba soleada. Alejó la incertidumbre de sí y se hablar de algo que parecía tan absurdo y sin embar-
acercó a darles un beso. No le hicieron mucho caso. go tan inquietante.
Se sentó en la mecedora para disfrutar un rato de Se despidieron con un beso y cada uno marchó a
la frescura del corredor. Los heléchos colgaban sin su trabajo.
una gota de brisa. Deyanira caminaba costosamente: trataba de afe-
Empezó a oscurecer lentamente. Al rato llegó su rrarse con los dedos contraídos a la suela bambolean-
marido. Protestaba por el calor, las presas del tráfico te de los zapatos.
y la reunión que tenía a las ocho de la noche. Al bajar del bus, el zapato derecho salió despedido
- ¿Cómo entraste a la casa? -preguntó seria. y flie a parar al caño. El agua sucia empapó el algo-
Él la miró extrañado. dón. Ahora cojeaba al arrastrar el zapato para que no
- ¿Cómo voy a entrar?, como siempre. ¿Qué es esa se saliera.
pregunta tan rara? Respiró aliviada cuando llegó al edificio de la
- ¿Abriste vos mismo la puerta? -insistió con la empresa donde trabajaba. Al acercarse a su oficina,
misma gravedad. comprobó que estaba abierta. Se extraño porque sólo
- Claro que no. La muchacha me abrió. Oime, ¿qué ella tenía llave.
te sucede? Abrió la puerta y se encontró en su escritorio a
- Yo no pude abrir la puerta. La llave no entraba en.la una mujer desconocida que tecleaba la máquipa de
cerradura. escribir.
- Seguro era otra llave. - Disculpe —dijo.
- No, era la misma de siempre. - ¿En qué le puedo servir? —respondió la mujer con
- ¿Comemos ya ? Tengo una reunión a las ocho -le excelentes modales.
dijo desde el comedor. Titubeó. Nunca se le había dado bien la defensa del
Deyanira, sin pensar más en el incidente, pero sin territorio.
olvidarlo tampoco, continuó con la rutina vesperti- - Disculpe -repitió-, ¿quién es usted?
na. La mujer siguió sonriendo.
Al día siguiente por la mañana, se levantó la pri- - Marta, para servirle.
mera como de costumbre. Supervisó que los niños ¿Y qué está haciendo aquí?
estuvieran listos a las siete, hora en que pasaba el - Soy la secretaria personal de don Julián, respondió
microbús a recogerlos. más seria.
Cuando terminó de arreglarse, se fue a poner los - No es posible, la secretaria de don Julián soy yo, ésta
zapatos azules de tacón bajo y comprobó que le que- es mi oficina, hace casi seis años...

Espejo de paciencia • 1996 • n° 2 63


EL ETERNO TRANSPARENTE

- ¿De qué está usted hablando? ¿Es una broma? —pre- Colgando de la barra del autobús, permaneció con la
guntó airada poniéndose de pie. Aquella mujer pare- mirada fija en ima mancha amarillenta del vidrio. No
cía hablar en serio. No le quedaba más remedio que pensaba nada, excepto que era imposible pensar nada.
explicar lo evidente. Se bajó del autobús cuidando de no dejar per-
- Mire, yo he sido la secretaria de don Julián desde dido ningún zapato. Ya había caminado unos cin-
hace seis años. No sé lo que usted pretende, no sé si cuenta metros cuando percibió que se había pasa-
es una broma de mal gusto, vea, este es mi escritorio, do de parada, que su casa quedaba muy lejos, que
el florero, la fotografía de mis hijos... tendría que caminar cuesta arriba más de un kiló-
Y Deyanira enmudeció al ver la fotografía de un metro.
atractivo muchacho en el lugar donde habían estado Estaba muy cansada. Con paso cada vez más lento
sus dos hijos montados en un subibaja. y fatigado llegó a la vía del tren. Allí se detuvo largo
- Es Andrés, mi novio, —añadió contundente la rato mirando a lo lejos. La añoranza de los rieles cuajó
mujer. dolorosamente en su cerebro, un algodón duro en el
- ¡Pero no puede ser! ¡Vamos a preguntarle a Elvira, la mediodía canicular.
señora de la soda, o a Sonia, la recepcionista, o a don El microbús escolar llegó a la casa al mismo tiem-
Julián, a quien usted quiera! po que ella. Vio a su hijo mayor correr hacia el jardín
- Mire, me parece que usted está loca. Yo trabajo aquí pero no vio al pequeño.
desde hace tres años y nunca la he visto en esta ofi- - ¿Qué se hizo Pablo? —le preguntó.
cina. No sé cómo se sabe los nombres de Elvira y El niño se volvió a mirarla.
Sonia, pero todo esto me parece sospechoso. Por - ¿Cuál Pablo? -contestó.
dicha ya llegó don Julián, lo voy a llamar. - Tu hermano, ¿quién va a ser?
Deyanira miró la puerta de la oficina de don - Yo no tengo hermanos.
Julián. El lo explicaría todo. ¿O no? ¿Y si no lo hacía? La puerta de la casa se abrió en ese instante y el
Se sentó en una silla, los ojos fijos en aquella puerta. chiquillo se perdió en ella como una exhalación.
Era una niña esperando un examen, o al dentista. Deyanira quedó inmóvil frente a la muchacha que
Un hombre muy alto, don Julián Vallejo, se detuvo la miraba con desconfianza.
frente a ella, la mirada insolente y curiosa. - ¿Qué se le ofrece?
- Don Julián -murmuró Deyanira. Junto a ella apareció otra mujer.
- Buenos días, señora —le dijo con distancia. - ¿Quién es, Dorita?
- Don Julián -continuó-, esta joven dice que es su - No sé, —refunfiíñó, y se fiae.
secretaria... - ¿Qué desea?, -preguntó sonriente la mujer.
- Efectivamente, Marta es mi secretaria. Deyanira miró sus dientes separados, su cabellera
- Pero don Julián, yo soy Deyanira, he sido su secretaria alborotada, sus ojos claros. Preguntó por preguntar,
desde hace seis años. Empecé a trabajar con usted en el por pura inercia.
edificio viejo, antes de pasarnos. Las facciones de don - ¿Quién es usted?
Julián se suavizaron un momento al contemplar la - Vera de Martínez
angustia de aquel rostro. - ¿La esposa de Luis Alberto Martínez?
- Mire, señora, usted está equivocada. Seguro me - Así es.
confunde con otra persona. Yo no la conozco a usted Deyanira dio la vuelta despacio y atravesó el
ni ha trabajado nunca en esta empresa que yo recuer- pequeño jardín mirando al suelo.
de. ¿Por qué no se va a su casa y descansa? ¿Por qué Un automóvil se detuvo en ese momento fren-
no va al médico? te al portón y Luis Alberto Martínez descendió
Bajó la mirada. Tenía unas ganas infinitas de llorar. apresurado. Desde la acera vio a una mujer que
- Hágame caso, señora, vayase y tranquilícese. Don Julián salía de su casa, la mirada ensimismada en sus
le dio la espalda y se perdió en la luminosa oficina. zapatos azules.
La secretaria la miraba sin triunfalismos. Observó con atención que, a medida que avanza-
Deyanira se levantó y arrastrando el zapato dere- ba, se iba haciendo cada vez más pálida y transpa-
cho lo más airosamente que pudo, salió a la calle. rente, hasta que desapareció. ^

Espejo de paciencia • 1996 • n° 2 64