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I

PRIMERA PARTE

Vosotros que escucháis en rimas el desvelo del suspirar que al corazón nutriera al primer yerro de la edad primera, cuando era en parte otro del que hoy suelo;

del vario estilo con que hablo y celo, entre el dolor y la esperanza huera,

Francesco Petrarca

CANCIONERO

-Antología-

esperanza huera, Francesco Petrarca CANCIONERO - Antología- de aquel que, porque amó, de Amor supiera, no

de aquel que, porque amó, de Amor supiera, no ya perdón, sino piedad anhelo.

Mas ya del vulgo veo cómo en boca fábula fui gran tiempo en que a menudo de mí mismo conmigo me abochorno;

y que es el fruto que mi furia toca, vergüenza porque entiendo ya y no dudo que cuanto cautiva al mundo es breve sueño.

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XIII

Cuando, entre otras damas, de hora en hora, Amor viene en el bello gesto de ella, cuanto es cada una de ellas menos bella así crece el afán que me enamora.

Y yo bendigo el sitio, el tiempo, la hora

en que vieron mis ojos tal estrella, y digo: «Alma, agradece la hora aquella, pues fuiste a tanto honor merecedora:

»de ella procede el dulce pensamiento que con seguirlo al sumo bien te envía, teniendo a poco lo que el resto ansía;

»y de ella la animosa bizarría, que te alza al cielo con tan recto intento que voy de esta esperanza ya contento».

LXI

Bendito sea el año, el mes, el día

el

tiempo, la estación, la hora, el instante,

el

rincón y el lugar en donde ante

sus ojos fue prendida el alma mía;

bendita la dulcísima porfía

que a Amor me liga como firme amante,

y el arco y la saeta lacerante,

cuya herida le abrió en mi pecho vía.

Bendita sea la voz con que sustento

y

siembro el nombre suyo en cualquier parte,

y

mi ansia y mi suspiro y mi lamento;

y

sea bendito todo cuanto arte

en fama suya doy, y el pensamiento que es de ella sin que en él otra haya parte.

LXX

¡Ay de mí, que no sé hasta dónde llegue la cuita tantas veces traicionada! Que, si jamás será de ella escuchada, ¿de qué vale que al cielo alto la entregue? Mas, si aún se da que el fin no se me niegue de esta voz flaca y grave, antes que el fin me acabe, no enfade a mi Señor porque me plegue decirle en tan florido mistifori:

«Drez et rayson es qu'ieu ciant e·m demori».

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Es justa cosa que haya vez que cante,

hay astro que a llorar fuerce con maña. Si la vista un mortal velo enmaraña,

no

pues llevo suspirando tanto tiempo

¿a

qué culpar estrellas?

que empiezo siempre tarde y a destiempo,

¿a

qué las cosas bellas?

si quiero darle al mal risa bastante.

Y, si pudiese hacer que aquel semblante tomase algún contento de este dulce lamento,

¡bendito fuera sobre todo amante!

Y más, sin falsedad cuando suspire:

«Donna mi priegha, perch'io voglio dire»

Ay pensamientos que de vado en vado me habéis llevado a razonar tan alto, mirad si me es su corazón basalto que nunca con mi voz lo he penetrado. Jamás digna prestar de mí cuidado,

si hablando me revelo,

pues no lo quiere el cielo

al

cual de combatir ya estoy cansado;

y,

pues me vuelve el corazón diaspro,

«così nel mio parlar voglio esser aspro».

¿Qué digo o dónde estoy? ¿Y quién me engaña, que no sea yo o amar sobremanera? Que aunque yo el cielo cruce esfera a esfera

Conmigo quien conmigo está se ensaña, después que de placer me cargó grave «la dolce vista e 'l bel guardo soave».

Las cosas de que el mundo está adornado buenas hizo las manos del Maestro; mas yo, que en ver tan dentro no soy diestro, cegado soy por luz que tengo al lado; y, si hay vez que a su Luz soy trasportado,

no ya por ello duermo.

Así me vuelve enfermo

mi propia culpa y no aquel añorado

día en que vi aquel ángel, duro jade, «nel dolce tempo de la prima etade».

LXXXII

Jamás de amar a vos me vi cansado, ni me veré, señora, mientras sea; mas no hay día que odio en mí por mí no vea, y estoy de verme en llanto fatigado;

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y

quiero tumba al fin sin más grabado

y

pido ayuda y a mi muerte aliento;

que el nombre vuestro que mi daño crea

Si

lleno un corazón de fe amorosa

y

me odio y amo a otro hasta la hartura.

en piedra en que no esté ya el alma rea del cuerpo, aunque aún pudiera haberlo estado.

Río llorando, en el dolor me ahíto; un odio igual por vida y muerte siento. En tal estado estoy por vos, señora.

os

puede regalar, sin atropello,

os

ruego que os mostréis con él piadosa.

Yerra el desdén aquel en que me estrello,

si

intenta hallar regalo en otra cosa.

Y

doy gracias a Amor y a mí por ello.

CXXXIV

CXLV

Ponme allá donde agosta el sol la hierba,

o allá donde lo vence hielo y nieve;

ponme donde su carro es tibio y leve,

o allá donde se ofrece o se conserva;

Ni encuentro paz ni puedo hacerle guerra;

ponme en fortuna próspera o proterva, en cielo claro, o gris que llueva y nieve;

y

ardo y soy hielo; y todo oso y aplazo;

ponme a la noche, al día largo o breve,

y

vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;

en la madura edad o aun en la acerba;

y

nada estrecho y todo el mundo abrazo.

Me da prisión que nunca abre ni cierra, no me sujeta a él ni afloja el lazo;

ponme en cielo, o en tierra, o en abismo, en alto monte, en valle hondo y palustre, en libertad del cuerpo, o despotismo;

y

no me mata Amor ni me deshierra;

ni

la vida me da ni acorta el plazo.

ponme con fama oscura o con ilustre:

Veo sin ojos, y sin lengua grito;

seré cual fui, haré lo que hago hoy mismo, sin darle fin al suspirar trilustre.

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CLVI

Vi tal sustancia angélica con veros

y tal celeste y única hermosura,

que el recordar me agrada y me tortura, pues todo ahora es sombra y sueño hueros.

Y vi el bello llorar de dos luceros, que han dado envidia al sol de luz más pura,

y oí brotar suspiros con blandura

que harían a ríos parar y andar a oteros.

Sentido, amor, piedad y bizarría llorando hacían un tan dulce concento como el mundo no oír otro solía;

y estaba el cielo a ello tan atento

que en árbol hoja alguna se movía. Tanta dulzura henchía el aire y viento.

CCLXIII

Árbol triunfal y planta victoriosa, honor de emperadores y poetas,

¡ay, cuánto me atormentas y me aquietas en esta vida breve y enojosa!

Señora, que no cuidas de más cosa que honor, que sobre todas más sujetas; ni en liga, lazo o red de Amor te inquietas, ni engaño tu razón con tino acosa.

Cuantas cosas ansiamos, la nobleza, o perlas, o rubíes, o aun el oro, desprecias por igual como vil suma.

La sin par en el mundo alta belleza te enoja, si no sientes que el tesoro de castidad te adorna y te consuma.

CCLXVII

SEGUNDA PARTE

¡Ay, bello gesto, ay, plácida mirada, ay, siempre grave andar bello y ligero! ¡Ay, voz que hacía genio áspero y fiero

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humilde, y gente vil aun respetada!

¡Ay, risa donde flecha fue arrojada por que otro bien que muerte ya no espero! ¡Alma digna a más alto reino y fuero, si no fueses aquí tan tarde enviada!

Por vos yo ardo y aun en vos respiro; que yo fui vuestro; y, si ya más no os veo, ningún otro dolor más me penetra.

Cuando partí de vos en cruel retiro, de esperanza me llenasteis y deseo; mas en el viento se escribió la letra.

CCCIII

Amor, que mi bonanza acompañaste en esta margen, a mi cuita amiga, y, por saldar el mal de mi enemiga, conmigo y con el río razonaste;

verdura, sombra, flor, suave contraste, hermoso llano que este valle abriga, parto de mi amorosa y fiel fatiga, que a mi fortuna a tanto mal llevaste;

Oh habitadores de los verdes prados, oh ninfas y vosotros que el profundo del líquido cristal alberga y pace;

mis días claros ved ahora turbados, según la muerte obró, que esta en el mundo es la ventura de quien hombre nace.

CCCXX

Siento la aura antigua y los collados veo, donde nació luz y desvelo que alegres tuvo mientras quiso el Cielo mis ojos y ahora tiene en llanto ahogados.

¡Oh, locos pensamientos arruinados! Las aguas turbias son, infecto el suelo, y el nido en que yació, escarcha y hielo, que vivo y quise fin de mis cuidados;

esperando de pecho siempre mudo, de ojos, en que ardí en fuego inhumano, reposo alguno a mi tormento crudo.

He servido a Señor tan cruel tirano,

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que ardí cuanto en el fuego arder se pudo y lloro ahora su ceniza en vano.

CCCXXVII

La sombra y fresco olor que la aura mece del laurel dulce, y su florida muda, luz y reposo de mi vida cruda, llevó quien todo el mundo desvanece.

Como el sol, si su hermana lo ensombrece, así mi luz de toda luz desnuda, a Muerte pido contra Muerte ayuda; que Amor tal pensamiento en mí guarnece.

Dormido has, bella mía, un breve sueño; ahora estás despierta entre elegidos, donde en su Autor el alma al fin se interna;

y, si en mis rimas cosa alguna empeño, será, entre los más nobles entendidos, del nombre tuyo hacer memoria eterna.

CCCLXIV

Veintiún años me tuvo Amor ardiendo alegre, y en la pena esperanzado, para después que el bien me fuese alzado tenerme otros diez años más gimiendo.

Mi vida, ya cansado, ahora reprendo por tanto error, que casi ya ha apagado la luz de la virtud; y en este estado a Ti, mi Dios, devoto me encomiendo;

contrito de mis mal gastados años que yo debí emplear en mejor uso en querer paz y en despreciar engaños.

Señor, que me has tenido aquí recluso, sálvame, pues, de los eternos daños:

que conozco mi culpa, y no la excuso.

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