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George Huber - El Brazo de Dios

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Guardémonos, advertía el P. Joret, O. P de concebir la causalidad divina a la manera de una
influencia humana, que no puede ser eficaz sobre nuestra voluntad sino por nuestro
consentimiento. Hay un abismo infinito entre este modo de obrar y el de nuestro Creador. Dios no

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es algo exterior a nosotros, sino interior a todo, más íntimo a cada ser que cada ser es a sí
mismo. Y el dominico francés señalaba también, como el P. Schillebeeckx, el peligro constante
que nos amenaza a todos, simples fieles, teólogos y predicadores, cuando tratamos de la
intervención de la Providencia en la historia: medir a Dios con criterio humano, hacer de Él una
especie de super-hombre, de super-diplomático o de supergenio.

¿Cómo se realiza esta intervención de Dios sobre la voluntad del hombre? Oigamos a un teólogo
contemporáneo: «El Creador, gracias a su misma trascendencia, es inmanente a su criatura. Sólo
él la puede determinar por una moción verdaderamente espiritual en su sustancia y en su modo,
extremadamente eficaz y, sin embargo, sin violencia alguna. Sólo Dios tiene el secreto de sus
mociones a la vez vigorosas y suaves, que determinan infaliblemente el acto libre... Toda criatura
mueve, forzosamente, desde el exterior». Así, puede decirse que, al mantener al hombre en la
existencia, dándole sin cesar vida y movimiento, Dios es más íntimo al hombre que el hombre lo
es a sí mismo.

Un gran teólogo de los tiempos modernos, el alemán Matthias Scheeben, aclara esta presencia
íntima y operante de Dios por una serie de comparaciones. «El poder de Dios, escribe, es la
fuente, la raíz, el fundamento y el alma de todas las potencias y de todas las fuerzas fuera de Él.
El poder de Dios es la fuente de la que manan todas estas energías; es el fundamento que las
sostiene y conserva; es la raíz de la que extraen interiormente el impulso de su actividad; en fin,
el poder de Dios es el alma de todas las actividades del hombre en el sentido de que Dios actúa
inmediatamente en cualquier actividad de las fuerzas creadas y que posee y domina
interiormente esas fuerzas hasta el punto de que ningún poder puede actuar contra su
omnipotencia».

Solamente la fe nos hace penetrar en estas profundidades a la luz de la Sagrada Escritura y de la
enseñanza de los maestros espirituales. «Sal de ti mismo. Toma mi puesto. Desde el tuyo, no
comprendo nada. Desde el mío se contempla todo»: hemos de seguir este consejo que Dios da a
Job para entrever la presencia actuante del Creador en las criaturas. Es preciso, en cierto modo,
ver el mundo «como con los ojos de Dios» según la vigorosa expresión de Santo Tomás.

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