CIENCIA Y VALORES HUMANOS

Jacob Bronowski

J. Bronowski CIENCIA Y VALORES HUMANOS Edición revisada con la adición del nuevo diálogo EL ÁBACO Y LA ROSA Editorial Lumen

Título original: Science and Human Values Traducción: Carlos Ribalta © de la edición original revisada: J. Bronowski, 1965 © de la edición en lengua española: Editorial Lumen, Barcelona, 1968

Impresión: guapos, S. A. arte sobre papel. Paseo Carlos 1, 157 - Barcelona-13 Depósito Legal; B. 630 - 1968 Printed in Spain Editorial Lumen, Avenida del Hospital Militar, 52 - Barcelona-6

Índice
Índice................................................................................................................................... 5 Sobre el autor: Jacob Bronowski......................................................................................... 7 Prefacio a la edición revisada .............................................................................................. 9 Primera parte: La mente creadora...................................................................................... 11 Segunda parte: El hábito de la verdad ............................................................................... 29 Tercera parte: El sentido de la dignidad humana .............................................................. 47 El ábaco y la rosa: Nuevo dialogo sobre dos sistemas mundiales..................................... 65

Sobre el autor: Jacob Bronowski

El eminente científico y pensador Jacob Bronowski, nació en Polonia en 1908, hijo de una familia que más tarde fijó su residencia en la Gran Bretaña. Formado en su patria de adopción, obtuvo una beca para ingresar en el Jesús College de Cambridge. Tras conseguir las máximas calificaciones en el campo de las matemáticas, en 1933 recibió el grado de Doctor, y, al año siguiente, fue nombrado Profesor de aquella especialidad en el University College de Hull. En 1942, pasó a formar parte de la sección de investigaciones militares del Home Security Office, donde inició la aplicación de nuevos métodos para detectar los efectos físicos y económicos de los bombardeos. Tras una breve estancia en Washington, al terminar la Segunda Guerra Mundial fue nombrado consejero científico de la delegación británica de jefes de Estado Mayor en el Japón, para la cual redactó su famoso informe, Los efectos de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Posteriormente fue nombrado asesor científico del Ministerio del Trabajo británico, cargo que alternó con la dirección del departamento de planificaciones de la UNESCO. Ha sido, durante ocho años, director del departamento de investigaciones del National Coal Board de la Gran Bretaña, y una figura prominente en la elaboración del programa de utilización de la energía atómica con fines pacíficos. En 1953, fue Profesor visitante de la Fundación Carnegie en el Massachusetts Institute of Technology. Actualmente es director adjunto del famoso Salk Institute for Biological Studies, en La Jolla. California. Científico, pensador y humanista, interesado, no sólo en la investigación científica, sino en la historia de la cultura y de las ideas, es autor de numerosos libros, entre los cuales es preciso mencionar: The Poet’s Defense (1939), William Blake, A Man without a Mask (1945), The Common Sense of Science (1951), Science and Human Values (1958), que hoy publicamos, y, en colaboración con el profesor Bruce Mazlish, The Western Intellectual Tradition.

Prefacio a la edición revisada
Los tres ensayos que forman el volumen La ciencia y los valores humanos fueron anteriormente la materia de tres conferencias que dicté en el Massachusetts Institute of Technology, los días 26 de febrero, 5 de marzo y 19 de marzo de 1953, en mi calidad de Profesor de la Fundación Carnegie. Tras mi regreso a Inglaterra, se publicaron en forma de artículos, en tres números de la revista Universities Quarterly, en 1956, y un poco más tarde The Nation, de los Estados Unidos, dedicó a ellos, íntegramente, su último número de aquel mismo año. En aquel entonces, todavía estaba yo en la creencia de que estos ensayos únicamente podían interesar a los científicos, pero el general interés que despertaron siguió aumentando, y algunos párrafos e ideas en ellos contenidos llegaron a ser de uso común tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos. Se publicaron por vez primera, en forma de libro, en los Estados Unidos, el año 1958, y, en Inglaterra, el año 1961. En los tres años transcurridos desde que formulé las ideas contenidas en estos ensayos, no he dejado de ejercer mis actividades científicas, ni tampoco de meditar acerca de la relación que guardan con los valores reguladores de nuestro vivir. Sin embargo, al volver a leer ahora estos ensayos, pocas son las alteraciones y adiciones que se me ocurren. En consecuencia, me he limitado a efectuar cambios menores en el texto, y el material de añadidura lo he dispuesto en notas, al final de cada ensayo. Estas notas hacen referencia a algunas cuestiones que han dado lugar a controversias, y también tienen en cuenta nuevos materiales de importancia surgidos desde la publicación de los ensayos. Las notas amplían y refuerzan el contenido de éstos; no he querido efectuar más cambios que los dichos. Al final de La ciencia y los valores humanos también he añadido un nuevo diálogo, El ábaco y la rosa, que, esencialmente, no es más que una extensa nota. En él se desarrolla la tesis, que se encuentra a lo largo de los ensayos, de que la ciencia forma parte de la cultura de nuestra época de modo tan integral como las artes. Esta tesis fue resumida por Sir Charles Snow, en su conferencia de Rede, en 1959, con las expresivas palabras Las dos culturas. A partir de entonces, la tesis ha sido discutida con tanta pasión que me ha parecido justo y natural ofrecer los distintos argumentos a través de la dramática forma del diálogo. Se da el caso de que existe un antecedente clásico de dicho diálogo. Se trata del Diálogo sobre los grandes sistemas del mundo, que Galileo publicó en 1632, y del que fue obligado a retractarse en el año siguiente. Ciertamente parece que los dos sistemas mundiales que se contraponen en el diálogo de Galileo constituyen meros enfoques científicos distintos: lo que diferencia a uno y otro sistema no pasa de ser un matiz técnico, a saber, si la tierra es o no el centro del universo. Pero, desde luego, el problema fundamental planteado por ambos sistemas no tenía naturaleza técnica, y dividió la cultura de la época de manera tan radical como sigue estando dividida la cultura de nuestros días. El proceso de Galileo, celebrado en 1633, representó un espectacular despliegue de la potencia de los partidarios de la tradición del Santo Oficio, partidarios que, luego, consiguieron mantener el Diálogo en el índice de libros prohibidos durante los doscientos años siguientes al juicio. Este ha sido, hasta el presente momento, la más tenaz batalla librada por los reaccionarios de ideas invariables contra el retador espíritu de la ciencia. Pero no fue la última manifestación de agresividad, lo cual queda expresado en el desarrollo del diálogo El ábaco y la rosa. He procurado que el diálogo cumpla el cometido que le es propio, y que exprese con imparcialidad y amenidad los argumentos contrapuestos, en palabras que no caricaturicen la causa por la que abogan. En aquellos instantes en que he dudado de mí capacidad, he creído conveniente expresar las críticas con las mismas vigorosas frases utilizadas por el propio crítico. A estos efectos me he servido principalmente de la conferencia de Richmond, pronuncia por el doctor F. R. Leavis, en 1962.

El ábaco y la rosa: Nuevo diálogo sobre dos sistemas mundiales fue radiado en el Tercer Programa de la British Broadcasting Corporation, el 6 de noviembre de 1962, como una de las emisiones dadas para celebrar el cuarenta aniversario de la corporación. Fue publicado por vez primera en el número de año nuevo, correspondiente a 1964, de The Nation. Su actual publicación, incorporado a La ciencia y los valores humanos me proporciona una excelente oportunidad para agradecer a The Nation, así como a su director Carey McWilliams, el constante interés mostrado hacia las investigaciones de un científico en materia puramente humana. Sólo en un aspecto ampliaría ahora lo que hice constar en este libro acerca de la ciencia y los valores humanos, sí comenzara de nuevo a escribir sobre sus mutuas relaciones. En estos ensayos me limité voluntariamente a establecer una proposición central, enunciativa de que la práctica de la ciencia obliga al científico a formar por sí mismo un conjunto fundamental de valores universales. En momento alguno he pretendido afirmar que este conjunto abarcara todos los valores humanos. En el momento de escribir estos ensayos, tenía la seguridad de que no era así, ni mucho menos, pero también es cierto que en aquel entonces quería evitar que mis argumentaciones quedaran oscurecidas por el estudio de la gama completa de valores humanos. Ahora que lo esencial de mi tesis ha sido aceptado, si volviera a iniciar este estudio, consagraría también cierto espacio al estudio de aquellos valores que no son engendrados por la práctica de la ciencia, a los valores de ternura, bondad, intimidad humana y amor. Estos valores se encuentran en un terreno distinto de aquel otro en que se hallan las recias, e incluso bien cabe decir bíblicas, virtudes que la ciencia produce, pero, desde luego, no contradicen los valores de la ciencia. Confío en poder escribir, en otra ocasión, acerca de la relación existente entre estos dos conjuntos de valores, y demostrar que debemos unirlos en nuestro comportamiento. El caso es que he dejado La ciencia y los valores humanos en el mismo punto al que llegaba en sus últimas páginas, es decir, en la demostración de que los valores no son normas, sino profundos resplandores a cuya luz los perfiles de la justicia y la injusticia, el bien y el mal, los medios y los fines, se perciben con aterradora nitidez. Esta idea, la idea de que la exactitud científica puede proporcionar un contexto a nuestros juicios, me parece en la actualidad de tanta importancia en su aplicación cual lo era en los días en que la formulé por escrito. La más grave acusación que puede dirigirse contra nuestra cultura generalizada consiste, en realidad, en que debilita nuestro sentido del contexto en que debemos hacer nuestros juicios, Séame permitido terminar este prólogo con un ejemplo. Tan pronto me hube recuperado de la impresión física que me causó Nagasaki, lo cual relato en la primera página de este libro, intenté convencer a mis colegas, al servicio de los diversos gobiernos y de las Naciones Unidas, de que Nagasaki debía conservarse tal como estaba en aquellos momentos. Quería que todas las futuras conferencias sobre el desarme y otros problemas que amenazan al destino de las naciones, se celebrasen en aquel ceniciento y clínico mar de escombros. En la actualidad, al igual que entonces, pienso que únicamente en aquel prohibitivo contexto podrían los hombres de estado llegar a juzgar con realismo los problemas con que se enfrentan en nuestra representación. Pero mis colegas oficiales ninguna importancia concedieron a mi propuesta, sino que, por el contrario, me hicieron notar que los delegados se sentirían incómodos en Nagasaki. J. B.

Primera parte: La mente creadora
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Al atardecer de un hermoso día de noviembre de 1945, el avión en que yo viajaba aterrizó en una pista situada en la zona sur del Japón. Desde allí, un jeep me llevó al otro lado de las montañas, donde yo debía embarcar en un buque anclado en la bahía de Nagasaki. No conocía el país, ni tampoco la distancia que debíamos recorrer. Nos pusimos en marcha, se inició el ocaso, la carretera ascendía y descendía, los bosques de pinos se cernían sobre la carretera y luego se alejaban de ella... No me di cuenta de que habíamos dejado el campo abierto hasta que inesperadamente oí los altavoces del barco que difundían música de baile. Entonces, de repente, me di cuenta de que nos encontrábamos ya en el centro de las ruinas de Nagasaki. Las sombras a mi espalda eran los esqueletos de los edificios de la fábrica Mitsubishi, derribados hacia atrás y a un lado por una gigantesca mano. Lo que yo creía quebradas rocas no era más que una central eléctrica dos gasómetros derruidos, había también un horno frío de cemento, con la techumbre hundida hacia adentro, por un puñetazo. Entonces pude adivinar el perfil de rodeado de las tuberías que lo habían alimentado. Salvo esto, sólo se veían inclinados postes de telégrafo y montones de cable en un árido paisaje de cenizas. Ante este desolado paisaje quedé tan desconcertado como si de repente hubiera despertado entre cráteres lunares. El momento en que me di cuenta de que ya había llegado a Nagasaki está tan vivido en mi conciencia, ahora, mientras escribo, como en los instantes en que lo viví. Veo la cálida noche y las formas sin significado; incluso recuerdo la melodía que el barco difundía. Se trataba de una melodía de baile que gozaba de popularidad en 1945, y se titulaba: “¿Eres o no eres mi nena?”.

Figura 1. Me di cuenta de que nos encontrábamos ya en el centro de las ruinas de Nagasaki. Estado en que quedó la ciudad japonesa de Nagasaki.

Figura 2. Los esqueletos de los edificios de la fábrica Mitsubishi, derribados hacia atrás y a un lado por una gigantesca mano. Fábrica Mitsubishi en Nagasaki.

Estos ensayos, a los que he titulado La ciencia y los valores humanos, fueron concebidos en aquel instante. El momento que acabo de evocar fue un momento universal: padecí, casi con idéntica brusquedad, la misma impresión que poco antes había padecido la Humanidad. En un atardecer parecido a aquel, un día igual a cualquier otro, en 1945, cada uno de nosotros supo, a su manera, que su imaginación había quedado superada. Miramos al cielo y vimos que aquel poder del que estábamos tan orgullosos gravitaba sobre nosotros como las ruinas de Nagasaki. El poder de la ciencia, en orden al bien y al mal, ha inquietado a otras mentes, además de las nuestras. No, no estamos tanteando la solución de un nuevo dilema; nuestro tema y nuestros temores son tan antiguos como las civilizaciones dedicadas a la manufactura de instrumentos. Antes de nuestros tiempos, también las armas han servido para matar hombres. Lo ocurrido en Nagasaki solamente se diferencia por haber tenido carácter más masivo (allí, una llamarada que duró escasos segundos mató a 40000 seres humanos), y también más irónico (la bomba explotó sobre la más importante comunidad cristiana del Japón). En 1945 nada nuevo ocurrió, salvo que alteramos la escala de nuestra indiferencia hacia los hombres; y la conciencia vengadora se manifestó de un modo inmediato, por unos instantes. Antes de que el carácter inmediato de nuestra conciencia, a este respecto, se desvanezca en una secuencia de pruebas atómicas vistas en la pantalla del televisor, reconozcamos la verdadera naturaleza del tema que nos ocupa: la civilización enfrentada cara a cara con sus consecuencias. Las consecuencias son, al mismo tiempo, el suburbio industrial que era Nagasaki antes del bombardeo, y la cenicienta desolación en que la bomba convirtió al suburbio. Y a las dos ruinas la civilización formula la siguiente pregunta: “¿Eres o no eres mi nena?”.

Figura 3. La bomba explotó sobre la más importante comunidad cristiana del Japón. Vista de la Catedral de Urakami, la más grande del Japón en 1945.

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El hombre a quien imagino en el acto de formular esta pregunta, amargamente avergonzado, no es un científico, sino un hombre civilizado. Desde luego es mucho más frecuente que los individuos de las comunidades civilizadas se hurten a las consecuencias de la civilización por el medio de acusar a los demás de haberles traicionado. Aquellos a quien la educación y quizá los gustos han confinado al estudio de las humanidades dicen que únicamente los científicos tienen la culpa, ya que, indiscutiblemente, ningún mandarín de las letras ha fabricado jamás una bomba, ni ha construido una industria. Con igual desprecio, los científicos dicen que los estudiosos de la cultura griega clásica y los dedicados a catalogar apasionadamente pinturas rupestres hacen muy bien en lavarse las manos de toda culpa, pero, preguntan, ¿qué hacen a fin de ayudar directamente a la sociedad cuyos males nacen antes de la inacción que del error? Esta absurda división llegó, a mi parecer, a su reducción al absurdo cuando uno de mis maestros, G. H. Hardy, justificó la gran obra llevada a cabo en el curso de su vida diciendo que no podía hacer el menor daño a nadie... ni el menor bien1. Pero Hardy era matemático, ¿Cabe la posibilidad de que los humanistas le dejen fuera de la conspiración de los científicos? ¿O acaso los científicos, a su vez, perdonarán a Hardy, haciendo caso omiso de sus protestas, debido a que casi todos ellos aprendieron las imprescindibles matemáticas en los libros de este autor? Estas discusiones de nada sirven. Cuando Shelley describió la ciencia como un moderno

Esta es la tesis de la deliciosa obrita de Hardy A Mathematicians Apology (Cambridge, 1940). Tanto el título del libro como el tiempo de su publicación, poco después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, parecen indicar que fue motivado por la misma tristeza ante el evidente mal uso de la ciencia que ha motivado mi libro. Hardy era un gran matemático, y también (bajo sus inhibidos modales) hombre de apasionadas simpatías sociales y humanas.

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Prometeo que conduciría al mundo a un maravilloso sueño de Godwin, un sueño real que sería como un despertar, también pecó de excesiva simplicidad. Pero también es inútil interpretar lo ocurrido desde entonces como si de una pesadilla se tratara. Sueño o pesadilla, estamos obligados a vivir nuestras experiencias tal como son, y debemos vivirlas despiertos. Vivimos en un mundo profundamente penetrado por la ciencia, en un mundo que es real e integral. No podemos convertirlo en un juego por el simple procedimiento de tomar partido por un bando. Y este juego de pretender convencer al prójimo se lleva a cabo a costa de lo que más valoramos: el contenido humano de nuestras vidas. El humanista que desprecia a la ciencia quizá bromea un poco, pero este bromear no es cosa de risa. Pensar que la ciencia es un conjunto de trucos especializados, ver al científico como si fuera un hombre dedicado a la práctica de extrañas habilidades, constituye la verdadera raíz de la venenosa mandrágora que florece principalmente en esas tiras de dibujos que llamamos “comics”. No hay doctrina más amenazadora, y, en la actualidad, más degradante, que aquella en cuya virtud imaginamos que podemos hurtarnos a la responsabilidad de tomar decisiones con respecto a nuestra sociedad, mediante el expediente de traspasarla a unos cuantos científicos dotados de un mágico poder especial. Esto es otro sueño, el sueño de H .G. Wells, en el que altos y elegantes ingenieros rigen con perfecta benevolencia una humanidad que no tiene nada que hacer salvo ser feliz. Para H. G. Wells esto era el sueño de un paraíso, un paraíso que equivalía a una moderna versión del cielo de holganza y música de arpa, propio de cierta religiosidad infantil. Pero en realidad, no es más que el retrato de una sociedad esclavizada, y debiéramos temblar siempre que oímos como un hombre dotado de sensibilidad se muestra ajeno a la ciencia, por considerarla asunto de la competencia de otra gente. En la actualidad, el mundo está hecho y potenciado por la ciencia; y todo hombre que renuncie a mostrarse interesado en la ciencia, no hace más que encaminarse conscientemente hacia la esclavitud.

Figura 4. Ver al científico como si fuera un hombre dedicado a la práctica de extrañas habilidades, constituye la verdadera raíz de la venenosa mandrágora que florece principalmente en esas tiras de dibujos que llamamos “comics”.

En este libro, me he propuesto la finalidad de demostrar que las distintas partes de la civilización forman una unidad, poner de manifiesto los vínculos que dan a la sociedad su coherencia, y, lo que es más, su vida. En especial quiero señalar el lugar que a la ciencia corresponde en las normas de comportamiento que todavía no ha formulado. Este tema se desarrolla en tres partes. La primera de ellas es un estudio de la naturaleza de

la actividad científica, y, a la par, de todos aquellos actos imaginativos de comprensión que ejecuta “La mente creadora”. Después, resulta lógico que nos preguntemos cuál es la naturaleza de la verdad, tal como la buscamos en la ciencia y en la vida social; y, también, descubrir la influencia que esta búsqueda de verdad empírica tiene en el comportamiento. Dicha influencia es lo que me ha llevado a titular la segunda parte “El hábito de la verdad”. Por último, estudiaré las condiciones precisas para el éxito de la ciencia, e indicaré en ellas los valores humanos que la ciencia hubiera debido inventar si el hombre no los hubiera conocido ya: los valores que forman “El sentido de la dignidad humana”. Así vemos que éste es un tema de altura que no puede mantenerse confinado en los estrechos límites de un laboratorio. El tema en sí mismo contradice el prejuicio del humanista que contempla con suspicacia la ciencia, y, al mismo tiempo, contradice la pobre opinión en que muchos científicos tienen su propia actividad y la de los demás. Cuando los hombres interpretan erróneamente su propio trabajo no pueden comprender el trabajo de los demás, por esto es natural que ciertos científicos se hayan mostrado indiferentes ante las artes. Han tenido a bien, junto con los humanistas, creer que la ciencia es algo mecánico y neutro, y, en consecuencia, únicamente pudieron justificar su actividad proclamando su valor práctico. Basándose en este mismo criterio insuficiente, han juzgado, como cabía esperar, que la poesía, la música y la pintura son, por lo menos, irreales, y, a menudo, carentes de todo significado. Aquí, contradigo tales opiniones.

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Entre los actos creadores de la mente en los campos de la ciencia y del arte existe una semejanza. Sin embargo, cuando alguien utiliza la palabra ciencia en una frase cual la anterior, quizá quepa sospechar que con ella no quiere expresar lo que la definición de ciencia expresa. ¿Voy acaso a desviarme hacia aquellos acertijos de la Teoría de los Números que tanto gustaban a Hardy, o hacia las cerebrales especulaciones de los astrofísicos, a fin de defender una ciencia abstracta que carece de influencia en la vida práctica? No tengo tal intención. Mi propósito es hablar de la ciencia tal cual es, de la ciencia práctica y teórica. Definiré la ciencia como la organización de nuestros conocimientos de modo que permita sacar más partido del potencial escondido en la naturaleza. Por lo tanto, pienso en algo que es, al mismo tiempo, profundo y práctico. Abarca desde la teoría de la dinámica de los gases hasta el teléfono, los puentes colgantes y la pasta médica para los dientes. Este concepto no permite efectuar una clara delimitación entre el conocimiento y el uso. Naturalmente, gente hay a quien gusta trazar una línea divisoria entre la ciencia pura y la ciencia aplicada, y se da la rara circunstancia que por lo general es la misma gente a quien el arte le parece irreal. Para ésos, la palabra útil es decisiva, a fin de dictar sentencia a favor o en contra de una obra; y se sirven de esta palabra cual si únicamente significara aquello que es causa de que la gente se sienta más pesada después de comer. No hay razón alguna para limitar la práctica de la ciencia del modo antes dicho o de cualquier otro. En la ciencia abundan, ciertamente, las invenciones útiles, y las teorías científicas han sido concebidas a menudo por hombres cuya imaginación quedaba orientada en el sentido de la utilidad que se buscaba en los tiempos en que vivieron. Newton se dedicó naturalmente a la astronomía porque era el tema de su época, y esto era así debido a que seguir el rumbo correcto en el mar había sido durante largo tiempo una preocupación práctica de la sociedad en que nació. Debemos añadir, no sin cierta malicia, que la astronomía también gozaba de cierto predicamento gracias a que utilizaba con fines muy prácticos para redactar horóscopos. (Kepler la utilizó a este fin. Durante la Guerra de los Treinta Años, Kepler hizo un horóscopo de Wallenstein, que describía de modo maravilloso el carácter de éste, y predijo que en 1634 se produciría un desastre universal, que resultó ser el asesinato de Wallenstein2.)

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Wallenstein, el gran general católico de esta guerra religiosa, nació en la conjunción de Júpiter

Figura 5. Newton se dedicó naturalmente a la astronomía porque era el tema de su época. Newton y el telescopio que inventó.

Figura 6. Kepler la utilizó la astronomía para redactar horóscopos. Durante la Guerra de los Treinta Años, Kepler hizo un horóscopo de Wallenstein. Kepler, una de sus cartas astrales y Wallenstein.

En un ambiente que nos es mucho más conocido, Faraday dedicó toda su vida a relacionar la electricidad con el magnetismo, debido a que éste era el problema más destacado de su tiempo. Lo cual, a su vez, se debía a que la sociedad en que Faraday vivió estaba empeñada en la búsqueda, igual que la nuestra, de nuevas fuentes de energía. Fijémonos en un ejemplo

con Saturno. Se produce la conjunción de estos dos planetas cuando causan la impresión de que intercambian sus lugares repetidas veces, o, dicho sea en el lenguaje de los astrónomos, cuando juegan. Esta rara conjunción anunció buen número de acontecimientos históricos, ya que los acontecimientos históricos nunca faltan. Se produjo unos seis años antes del nacimiento de Jesucristo, y también antes de que el rey protestante Guillermo de Orange fuese a Inglaterra, en la Gloriosa Revolución de 1688. Idéntica conjunción de Júpiter y Saturno ocurrió en 1940. Al observar otro raro acontecimiento astrológico, la triple conjunción de Júpiter, Saturno y Marte, Joannes Brunowski descubrió la famosa supernova de 1604, e informó de ello a Kepler.

actual más modesto: los nuevos métodos matemáticos de control automático, materia que a veces se denomina cibernética, han sido desarrollados en nuestros días debido a que vivimos tiempos en que las comunicaciones y el control se han convertido en modos de la energía y del poder3. Estos inventos han sido condicionados por necesidades sociales, y son inventos útiles. Sin embargo, su utilidad no tuvo un carácter dominante en las mentes de aquellos que los hicieron, ni tampoco cumplió la función de iluminarlas. Ni Newton, ni Faraday, ni tampoco Norbert Wiener se pasaron la vida ocupados en registrar patentes. La actividad del científico es la resultante de dos intereses, el interés propio de su época y su personal interés. Las necesidades de los diversos períodos dan forma al progreso científico globalmente considerado. Pero no es la necesidad de la época lo que da a cada científico la sensación de placer y aventura, ni esa excitación que le tiene encadenado a su trabajo hasta altas horas de la noche, cuando las mecanógrafas que podían auxiliarle se han ido a casa a las cinco en punto. El científico queda personalmente ligado a su trabajo, al igual que el poeta a la poesía y el pintor al arte de pintar. Las pinturas y los cuadros también se inventaron, con toda certeza, para servir a finalidades útiles. Y el idioma se desarrolló, fuese cual fuere su modo inicial, en orden a conseguir la comunicación práctica. Sin embargo, es imposible que un hombre se dedique a servirse de los colores pictóricos o del idioma o de los simbólicos conceptos de la física, ni siquiera que coloque una materia en el microscopio, a fin de analizarla, sin que experimente inmediatamente un placer en el mismísimo uso del lenguaje de que se vale, sin que tenga cierta conciencia de explorar su propia actividad. Este sentido de exploración de la propia actividad es lo que se encuentra en el mismo centro de la labor creadora4.

En los tiempos de la revolución científica, siglo XVI, y en los dos siglos siguientes, la mayoría de los hombres que se abrieron paso por sí mismos obtuvieron sus riquezas mediante el comercio (en el que incluyo la ayuda a éste prestada por los seguros y la banca), y, muy a menudo, mediante el comercio con ultramar. Tal como se nos recuerda en El mercader de Venecia, éste fue el modo en que se formaron las grandes fortunas en el norte de Italia, Holanda e Inglaterra. En consecuencia, resulta lógico que la ciencia, en otros siglos, se obsesionara con los problemas propios del comercio, y en especial de la navegación. La revolución industrial ocurrida en el siglo XVIII fue causa de que la mayor fuente de riqueza dejase de ser el comercio, que quedó sustituido por la fabricación; y la fabricación no ha dejado de necesitar más y más energía mecánica. Por esto la ciencia se ha preocupado, en el curso de los dos últimos siglos, de problemas que se centran en la energía, problemas prácticos que van desde la máquina de vapor hasta la electrodinámica, y problemas teóricos, desde la termodinámica hasta la estructura del átomo. Ahora, que ya vemos en el horizonte la posibilidad de disponer de toda la energía que necesitemos, el interés de los científicos se aparta de la generación de energía para fijarse en su control, y, en especial, en el control automático de los procesos de energía, cuyos instrumentos son la válvula, el semiconductor y el computador. Invento característico de la revolución científica fue el telescopio, del que llegaron noticias desde Holanda a Galileo, quien lo ofreció al dogo, tras efectuar una demostración en el puerto de Venecia, en presencia del senado, el año 1609. El invento característico de la revolución industrial fue la máquina de vapor, que efectúa el trabajo rutinario de la musculatura humana. El invento característico de la segunda revolución industrial, en la que ahora nos hallamos, es el mecanismo de control que efectúa el trabajo rutinario de la mente humana. A modo de ejemplo, fijémonos en la práctica de las matemáticas. Las matemáticas son, ante todo, un lenguaje con el que estudiamos aquellos aspectos del mundo real que pueden ser descritos mediante números o parecidas relaciones de orden. Pero el trabajo cotidiano de traducir los hechos a este lenguaje comporta, para quienes saben llevarlo a cabo, un placer en sí mismo. Los que se sirven de este lenguaje lo encuentran más profundo que su desnudo contenido; el objeto de la traducción llega a importarles menos que la lógica y el estilo en el modo de expresión. Y esta actitud conduce a que las matemáticas crezcan y se desarrollen como si de una literatura se tratase. En este sentido, las matemáticas puras son una forma de la poesía, y tienen con las matemáticas prácticas la misma relación que la poesía guarda con la prosa en cualquier idioma, Este elemento poético, la delicia de explorar el medio en mérito de sus propios valores, es un ingrediente esencial en el proceso de creación.
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El científico práctico y el científico teórico experimentan por igual este imperioso y placentero sentido de exploración personal. Quienes creen lo contrario confunden lo práctico con lo rutinario. El buen trabajo rutinario, el trabajo sin originalidad, lo efectuamos todos a diario, tanto los científicos teóricos como los prácticos, y también los pintores y los escritores, al igual que los conductores de camión y los empleados de banca. Naturalmente, el trabajo sin originalidad es lo que mantiene al mundo en marcha, pero no es monopolio de los hombres prácticos, y tampoco éstos carecen siempre de originalidad. Cuando el hombre práctico se ve en el caso de tener que romper moldes, debe contemplar los instrumentos de que se sirve con el mismo orgullo y deseo de descubrimiento con que el poeta contempla las palabras. No puede permitirse ser menos radical al concebir una turbina, ni menos creador al diseñarla, que al hacer lo mismo con respecto a un nuevo sistema mundial. Y ésta es la razón por la que los descubrimientos prácticos no son obra de hombres prácticos. Al orientarse el interés mundial, a partir de la revolución industrial, hacia el hallazgo de nuevas fuentes de energía, el científico teórico también varió la orientación de sus intereses. Sus especulaciones sobre la energía han sido tan abstractas como en otros tiempos lo fueron aquellas que versaban sobre astronomía. Y han sido asimismo tan profundas en nuestros días cual antaño lo fueron, debido a que al hombre le gusta pensar. El ciclo de Carnot y la dínamo nacieron de este amor, y lo mismo ocurrió con la física nuclear, con las armas V alemanas, y con los estudios de Kelvin sobre las bajas temperaturas. El hombre no inventa sometiéndose al uso o a la tradición; ni siquiera puede llegar a descubrir una nueva forma de comunicación, por el medio de convocar una conferencia de ingenieros de comunicaciones. ¿Quién inventó el televisor? A poco que profundicemos, nos daremos cuenta de que fue Clerk Maxwell quien previo la existencia de las ondas de radio, Heinrich Hertz quien demostró dicha existencia, y J. J. Thomson quien descubrió el electrón. Y no decimos esto con la intención de privar del mérito de la invención a hombre práctico alguno, sino que lo hemos hecho constar animados por un espíritu de justicia de tristes matices, ya que Maxwell, Hertz y Thomson probablemente no tendrían a orgullo, en la actualidad, el invento de la televisión. El hombre llega a dominar a la naturaleza no mediante la fuerza, sino gracias a la comprensión. Esta es la razón por la que la ciencia ha triunfado allí donde la magia fracasó, ya que aquélla no ha buscado conjuros con los que encadenar a la naturaleza. El alquimista y el mago de la Edad Media pensaban, y el aficionado a las tiras de comics sigue siendo alentado a compartir este pensamiento, que la naturaleza ha de ser dominada merced a ingenios que violan sus leyes. Pero, a los cuatrocientos años de haberse iniciado la revolución científica, sabemos que únicamente podemos conseguir las finalidades que nos proponemos a través de las leyes de la naturaleza, a la que solamente cabe la posibilidad de controlar mediante la comprensión de sus leyes. Ni siquiera podemos afirmar que nos proponemos coaccionar a la naturaleza, insistiendo en que nuestro trabajo tiene la finalidad de concedernos poder sobre ella. Debemos limitarnos a aceptar que el poder es un subproducto de la comprensión. Así vemos que los griegos decían que Orfeo tocaba la lira con tal dulzura que las fieras quedaban sometidas por la mano que hacía vibrar las cuerdas. Jamás insinuaron que Orfeo alcanzó este don debido a que se había propuesto ser domador de leones.

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¿Cuál es el enfoque con que el científico procura comprender la naturaleza? ¿Podemos calificarlo de índole imaginativa o creadora? Para el hombre de letras, esta interrogante quizá sea estúpida. Al hombre de letras le han enseñado que la ciencia no es más que una gran compilación de hechos y, sobre esta base, el hombre de letras supone que el único enfoque que el científico precisa es aquel que le permite ver hechos. Imagina a los profesionales de la ciencia como a unos seres incoloros que todas las mañanas se dirigen a un trabajo consistente en contemplar el universo, manteniéndose en un estado neutro e imperturbable. En opinión del hombre de letras, los científicos se comportan como placas fotográficas. Después, en el

cuarto oscuro o en el laboratorio, revelan la imagen, y entonces de un modo repentino e inesperado aparece, escrita en letras mayúsculas, una nueva fórmula de la energía atómica. Los lectores de Balzac y de Zola no se dejan engañar por las afirmaciones de estos escritores, en el sentido de que se limitaban a consignar hechos. Los lectores de Christopher Isherwood no interpretan literalmente sus palabras cuando dice: “Soy una máquina fotográfica”. Sin embargo, estos mismos lectores albergan con solemne convencimiento en su mente, desde sus tiempos de estudiantes de segunda enseñanza, la insensata imagen del científico en el acto de registrar, mediante procedimientos mecánicos, la realidad de la naturaleza. Nada menos que un historiador me dijo que la ciencia no es más que un conjunto de hechos, y en su voz ni siquiera había el irónico sonido de roce de un archivador metálico en el momento de reñir a otro. Parecía imposible que este historiador hubiera estudiado alguna vez en su vida los primeros pasos de un descubrimiento científico. Cabe afirmar que la revolución científica se inició en 1543, cuando entregaron a Copérnico, quien quizá se hallaba en su lecho de muerte, el primer ejemplar impreso del libro que había terminado doce años antes. Este libro sostenía la tesis de que la tierra se mueve alrededor del sol. ¿Cuándo y cómo registró Copérnico este hecho con su cámara fotográfica? ¿Qué rasgo de la naturaleza suscitó su indignante hipótesis? ¿Y en qué raro sentido podemos decir que esta hipótesis constituye el neutro registro de un hecho?

Figura 7. La revolución científica se inició en 1543, cuando entregaron a Copérnico el primer ejemplar impreso del libro que había terminado doce años antes. Copérnico y una de las páginas de su libro.

Menos de cien años después de Copérnico, Kepler publicó (entre 1609 y 1619) las tres leyes que expresan el movimiento de los planetas. Las teorías de Newton y, tras ellas, la mayor parte de nuestras concepciones mecánicas derivan de estas leyes. Son leyes que parecen sólidas y realistas. Por ejemplo, Kepler dice que los cuadrados de los períodos de revolución son proporcionales a los cubos de los ejes mayores de las órbitas. ¿Habrá alguien capaz de creer que esta ley fue descubierta gracias a registrar un suficiente número de datos, y a elevar al cuadrado y al cubo cuanto se tenga alrededor? El científico que crea esto quedará condenado a una vida estéril; tendrá tan pocas probabilidades de hacer un descubrimiento científico como las que tiene un computador.

Figura 8. Quizá Copérnico tomó la imagen de los dibujos que representaban a un joven con los brazos extendidos, que los profesores renacentistas solían poner en sus libros. Dibujos de C. Cesariano, F. Giorni, G. Giocondo, L. Da Vinci.

Copérnico y Kepler no pensaban de este modo, y los científicos actuales tampoco. Copérnico descubrió que las órbitas de los planetas presentarían un aspecto mucho más sencillo si se contemplaran desde el sol y no desde la tierra. Pero el primer atisbo de esto no lo halló mediante cálculos rutinarios. Su primer paso fue un salto imaginario, se elevó de la tierra para situarse con espíritu audaz y especulativo en el mismo sol5. Y escribió: “La tierra concibe del sol, y el sol rige la familia de las estrellas”. Creemos ver en su mente una imagen, creemos ver el ademán de un hombre viril en pie en el sol, con los brazos extendidos al frente, contemplando desde lo alto los planetas. Quizá Copérnico tomó la imagen de los dibujos que representaban a un joven con los brazos extendidos, que los profesores renacentistas solían poner en sus libros para mostrar las proporciones del cuerpo humano. Quizá Copérnico había visto los dibujos que Leonardo hizo de su amado discípulo Salai. No sé. Para mí, el ademán de Copérnico, el del resplandeciente joven que desde el sol mira alrededor, conserva toda su vividez en el dibujo que William Blake hizo, en 1780, basándose en lo anterior, es decir, el dibujo generalmente llamado Día alegre6.

Esto ha quedado admirablemente apoyado con pruebas documentales por Thomas S. Kuhn en The Copernican Revolution (Harvard, 1957). Tal como este autor demuestra, de los elementos neoplatónicos existentes en el nuevo humanismo, “algunos científicos renacentistas, como Copérnico, Galileo y Kepler, parecen haber inferido dos ideas claramente ajenas al pensamiento de Aristóteles: una nueva fe en la posibilidad e importancia de descubrir simples regularidades aritméticas en la naturaleza, y un nuevo concepto del sol en cuanto fuente de todos los principios vitales y fuerzas del universo”. Kuhn llamó en especial la atención sobre la influencia de la “identificación simbólica del sol con Dios” en el Líber de Solé de Marsilio Ficino, figura de extremada importancia, junto con Pico de la Mirándola, autor del famoso De Hominis Dignitate, en la humanista y neoplatónica academia de Florencia, en el siglo XV. Lo anterior fue desarrollado después por A. Koyré en La révolution astronomique (París, 1961). En 1960, Robert McNulty descubrió un relato efectuado por un testigo presencial de las clases de Giordano Bruno sobre Copérnico, dadas en Oxford el año 1583, demostrativo de que Bruno se basó grandemente en la obra de Ficino De vita coeliuis comparanda. Este hecho es ampliamente comentado por Francés A. Yates en Giordano Bruno and the Hermetic Tradition (Londres, 1964). El tema, en general, ha sido también estudiado y expuesto con gran amenidad recientemente por Arthur Koestier en The Sleepwalkers (Londres, 1959), y, anteriormente, en el ensayo de Pauli sobre las imágenes místicas en las elucubraciones científicas de Kepler, contenido en la obra Naturerkiarwig wid Psyche de C. G. Jung y W. Pauli (Zurich, 1952). La vinculación de los dibujos de Blake con los estudios renacentistas, efectuados por Leonardo y otros, sobre las proporciones preconizadas por Vitrubio, y la teoría de la armonía matemática de la figura humana, también ha sido estudiada y comentada por Sir Kenneth Clark en The Nude (Londres, 1956). Y fue señalada por vez primera por Sir Anthony Blunt en Journal of the Warburg Institute, el año 1938.
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Figura 9. Para mí, el ademán de Copérnico, el del resplandeciente joven que desde el sol mira alrededor, conserva toda su vividez en el dibujo que William Blake hizo. Dibujo “Día alegre” (Glad Day) de William Blake.

Como sabemos, la mente de Kepler estaba también atestada de parecidas imágenes; y sabemos cuáles eran. Kepler quería poner en relación las velocidades de los planetas con los intervalos musicales. Intentó acoplar los cinco sólidos regulares en sus órbitas. Tales analogías no produjeron resultados, y han sido ya olvidadas. Sin embargo, fueron y siguen siendo el fundamento en que se basa toda mente creadora. Kepler buscó sus leyes a través de metáforas, emprendió una mística búsqueda de semejanzas con sus conocimientos en los más extraños rincones de la naturaleza. Y, cuando entre estas conjeturas, halló sus leyes, no consideró que sus números fueran como asientos en el balance de las cuentas de un banco cósmico, sino que las contempló cual una revelación de la unidad de la naturaleza. Para nosotros resultan un tanto rebuscadas las analogías mediante las cuales Kepler prestaba oído al movimiento de los planetas en la música de las esferas7 . Sin embargo, ¿son acaso más rebuscadas que el temerario salto gracias al cual Rutherford y Bohr, en nuestro siglo, encontraron un modelo del átomo nada menos que en el sistema planetario?

La propia música de las esferas se basaba en unos conceptos matemáticos, aducidos por Pitágoras en el siglo VI antes de Jesucristo. Pitágoras sostenía que las distancias que median entre los cuerpos celestes son proporcionales a la longitud de las cuerdas que dan las distintas notas musicales, de lo cual se dedujo que las esferas que contienen los cuerpos celestes producen música al girar.

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Figura 10. Kepler intentó acoplar los cinco sólidos regulares en las órbitas de los planetas. Uno de los modelos de Kepler.

Figura 11. Rutherford y Bohr, en nuestro siglo, encontraron un modelo del átomo nada menos que en el sistema planetario. Bohr, Rutherford y su modelo atómico.

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No hay ni una sola teoría científica que sea una mera compilación de hechos. Ni siquiera cabe decir que una teoría es verdadera o falsa en el sencillo sentido en que todo hecho lo es o no. Hace dos mil años, los epicúreos creían que la materia estaba constituida por átomos, y ahora sentimos tentaciones de afirmar que su teoría era verdadera. Pero si cedemos a esta tentación confundiremos su noción de la materia con la nuestra. En 1808, John Dalton concibió por vez primera la estructura de la materia tal como nosotros la concebimos, y lo que Dalton aceptó de los antiguos no fue tanto su teoría cuanto algo más profundo, es decir, su imagen: el átomo. En gran parte, el pensamiento de Dalton era tan vago como la noción de los

griegos, e igualmente erróneo. Pero, repentinamente, Dalton dio vida a los nuevos hechos de la química y a la vieja teoría, al mismo tiempo, gracias a fundir unos con otra para conseguir algo que no estaba en ninguno de los dos elementos fundidos, a saber, una imagen coherente del modo en que las distintas clases de átomos se unen y forman la materia. El acto de la fusión es el acto creador. Toda ciencia no es más que la búsqueda de la unidad en las ocultas semejanzas. Esta búsqueda puede efectuarse a gran escala, como ocurre en el caso de las modernas teorías que intentan vincular los campos de gravitación y el electromagnetismo. Pero no debemos sentirnos anonadados ante la escala de la investigación científica. También se pueden hacer descubrimientos sacando del aire pequeñas semejanzas, siempre que éstas sean lo bastante audaces. En 1935, el físico japonés Hideki Yukawa escribió algo que puede servir de ejemplo y estímulo a los científicos jóvenes. Como punto de partida se sirvió del conocido hecho de que las ondas luminosas a veces se comportan como si fuesen bolitas independientes. De esto dedujo que las fuerzas que mantienen unido el núcleo de un átomo podían también considerarse como si fueran bolitas sólidas. Cualquier chico de una escuela primaria puede darse cuenta de cuan débil es la analogía de Yukawa, y el profesor del muchacho en cuestión seguramente la trataría con mucha severidad en sus explicaciones. Sin embargo, Yukawa, sin el menor rubor, calculó la masa de la bolita que esperaba poder ver, y, después, esperó. Estaba en lo cierto; su mesón fue encontrado, y una gama de otros mesones, cuya existencia o naturaleza ni siquiera se había sospechado. La semejanza produjo su fruto.

Figura 12. Yukawa, calculó la masa de la bolita que esperaba poder ver, y, después, esperó. Estaba en lo cierto; su mesón fue encontrado. Hideki Yukawa y su modelo de fuerzas atómicas.

Los científicos buscan un orden en las apariencias de la naturaleza, por el medio de explorar tales semejanzas. Y ello es así por cuanto el orden no se muestra por sí mismo; cuando cabe decir que tal orden existe, no se descubre con sólo mirar. No hay modo de indicar este orden con el dedo o de descubrirlo con una máquina de fotografiar. Es necesario descubrirlo, y, en cierto profundo sentido, bien podemos decir que es necesario crearlo. Lo que vemos, tal como lo vemos, no es más que desorden. Esta afirmación quedó claramente expresada en una fábula de Karl Popper. Supongamos que alguien quisiera consagrar su vida a la ciencia. Supongamos que, en consecuencia, se sentara ante una mesa, lápiz en ristre, y se dedicara en el curso de los siguientes veinte, treinta, cuarenta años a anotar en cuadernos y más cuadernos todas sus observaciones. También podemos suponer que este hombre no dejara de consignar dato alguno: la humedad de todos los días, los resultados de las carreras de caballos, el nivel de radiación cósmica, las cotizaciones de la Bolsa, la situación de Marte, todo. Terminaría dejando el más cuidadoso y completo registro de la naturaleza por el momento conocido. Como es lógico, al morir con la paz de la certeza de una vida bien empleada, dejaría sus libretas a la Royal Society. ¿Se mostraría ésta agradecida por recibir el tesoro de una vida dedicada a la observación. La

Royal Society daría a las libretas el mismo destino que los obispos ingleses dieron a la caja de Joanna Southcott. Ni siquiera las abriría porque sabría, sin necesidad de examinarlas, que únicamente hallaría en ellas un amasijo de notas desordenadas y sin significado.

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La ciencia descubre el orden y el significado de nuestras experiencias, y lo hace de un modo muy distinto. Lo hace cual lo hizo Newton, según la historia que él mismo contó en su ancianidad, y de la que los libros de texto dan una versión caricaturesca. En el año 1665, cuando Newton contaba veintidós años, se declaró una plaga en el sur de Inglaterra, y la Universidad de Cambridge fue cerrada. A consecuencia de esto, Newton pasó los siguientes dieciocho meses en su casa, apartado del tradicional centro de enseñanza, en una época en que vivía dominado por la impaciencia de aprender y en que, según sus propias palabras, “me hallaba en el mejor momento en cuanto a inventiva”. En este juvenil estado de ansia, estaba un día Newton sentado en el jardín de la casa de su madre, viuda, y vio caer una manzana. Hasta aquí los libros cuentan la historia correctamente; parece que incluso sabemos de qué clase de manzana se trataba, ya que la tradición nos dice que era una Flower of Kent. Pero a partir de este instante, los libros olvidan lo más importante del relato. Lo que llamó la atención del joven Newton no fue la idea de que la fuerza de gravedad de la tierra había atraído a la manzana; ésta era una idea anterior a Newton. Lo que le llamó la atención fue la conjetura de que aquella misma fuerza de gravedad que alcanzaba la copa del árbol quizá se proyectara más allá de la tierra y del aire que la envuelve, que se proyectara en el espacio interminablemente. La gravedad quizá llegaba a la luna. Este fue el pensamiento de Newton. Y bien podía ser que la gravedad mantuviera a la luna en órbita. Inmediatamente, allí mismo, Newton calculó la fuerza de atracción de la tierra (basándose en la fórmula del cuadrado de la distancia) que sería adecuada para retener a la luna, y la comparó con la conocida fuerza de gravedad a la altura del árbol. Las fuerzas concordaron. Newton nos dice lacónicamente: “Descubrí que las fuerzas eran muy similares”. Sin embargo, sólo eran similares; la semejanza y la aproximación siempre van juntas, ya que ninguna semejanza es exacta. En la frase de Newton se advierte que la ciencia moderna había alcanzado ya la mayoría de edad.

Figura 13. Un día Newton vio caer una manzana, y lo que le llamó la atención fue la conjetura de que aquella misma fuerza de gravedad que alcanzaba la copa del árbol quizá se proyectara más allá de la tierra y del aire que la envuelve. La caída de la manzana y el dibujo original de Newton en los “Principia”.

El descubrimiento surge de la comparación. Se da una semejanza entre dos apariencias no semejantes. La manzana en el jardín durante el verano, y la grave luna arriba tienen unos movimientos que difícilmente pueden ser más dispares. Newton descubrió en la manzana y en la luna dos expresiones de un solo concepto, el de la gravitación. Y el concepto (y la unidad) son, en este sentido, creación libérrima suya. El progreso de la ciencia estriba en el descubrimiento, paso a paso, de un nuevo orden que da unidad a lo que durante mucho tiempo pareció dispar. Esto es lo que Faraday hizo cuando cerró el vínculo que unía la electricidad

con el magnetismo. Y lo mismo hizo Clerk Maxwell cuando vinculó electricidad y magnetismo con la luz. Einstein unió el tiempo con el espacio, la masa con la energía, y la senda de la luz más allá del sol con el vuelo de una bala. Dedicó los últimos años de su vida al intento de añadir a estas semejanzas otra distinta, según la cual se descubriría un único orden imaginario entre las ecuaciones de Clerk Maxwell y la geometría de la gravitación del propio Einstein.

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Cuando Coleridge intentaba definir la belleza, siempre regresaba al mismo profundo pensamiento, y decía que era “la unidad en la variedad”8. La ciencia no es más que la búsqueda encaminada a descubrir la unidad en la selvática variedad de la naturaleza, o, dicho sea con mayor exactitud, en la variedad de nuestra experiencia. La poesía, la pintura, las artes en general están empeñadas en la misma búsqueda de la unidad en la variedad, dicho sea con palabras de Coleridge. Cada una de dichas disciplinas busca, a su modo, las semejanzas en la variedad de las experiencias humanas. ¿Qué es la imagen poética, sino la aprehensión y explicación de una oculta semejanza, el acto de juntar dos partes de una comparación que se darán profundidad recíprocamente? Cuando Romeo encuentra a Julieta en la tumba, y piensa que está muerta, en su conmovedor parlamento utiliza las siguientes palabras: “La muerte ha sorbido la miel de tu aliento”. El crítico tan sólo puede desarticular vacilantemente la impresión única que la imagen produce. El joven Shakespeare admiraba a Marlowe, y el Fausto de Marlowe había dicho que el fantasmal beso de Helena de Troya le había sorbido el alma. Pero ésta es una pálida imagen, a la que Shakespeare dio fuego con la sola palabra “miel”. La muerte es una abeja en los labios de Julieta, y la abeja es un insecto que pica. “La picadura de la muerte” era una expresión de uso común en la época de Shakespeare. La picadura está ahí, bajo la imagen. Shakespeare la envolvió en la palabra “miel”, pero esta misma palabra domina poderosamente gracias a sus propios matices. La muerte es una abeja que pica a la gente, pero se dirige a Julieta como si ésta fuera una flor. Este es el conmovedor pensamiento que se encuentra en el fondo de la fugaz imagen. Las mentes creadoras expresan esa clase de pensamientos. En el presente caso, la imagen poética también queda, incidentalmente, realzada por la ternura que las gentes de ciudad experimentan hacia los hechos rurales. Pero no es necesario que esto último se produzca en todo caso, ya que en el mundo construido por el hombre también hay semejanzas que descubrir, e imágenes igualmente poderosas. Los poemas de Alexander Pope conciernen a este mundo. No se advierten en ellos influencias rurales, y, en consecuencia, los lectores de nuestros días los encuentran carentes de emoción y, a menudo, artificiales. Séame permitido citar a Pope, presentároslo en una sátira formalista, en el acto de enfrentarse, hacia el término de su vida, con sus propios logros. En ocho versos expresa agudamente la perspectiva de la muerte, ante él, y la de los laboriosos años que le hicieron famoso, tras él. Año tras año, día tras día, el tiempo nos quita algo, y, al fin, robarnos la propia vida es su pago. Un año acaban nuestras diversiones y locuras, otro año un amor muere, luego un amigo se esfuma. El tiempo miserable, sutil ladrón de vida, ¿qué me dejará si otro día me roba la rima? ¿Si cada rueda de aquel ingenio tan fértil,

En una de las obras en que Coleridge expresó esta definición, los ensayos On the Principles of Genial Criticism (que Coleridge consideraba “la mejor obra salida de su pluma”), remontó hasta Pitágoras el origen de la misma: “Así es que la más segura definición de la Belleza, así como la más antigua, es la de Pitágoras: LA REDUCCIÓN DE MUCHOS EN UNO”.

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que dio diez mil versos, queda ahora inmóvil? La mente humana había sido ya comparada anteriormente con lo que en el siglo XVIII se llamaba un ingenio, es decir, una máquina. El propio Bolingbroke, ídolo de Pope, la había comparado a una máquina de relojería. En los anteriores versos la similitud es más profunda, por cuanto Pope pensaba en los diez mil versos de Homero que él había traducido. Lo que Pope dice es triste y justo al mismo tiempo, debido a que dicha traducción fue una labor mecánica y en ocasiones agotadora9. La maquinaria de relojería está también presente en la imagen: cuando las ruedas se detengan habrá llegado el momento en que el cuerpo de Pope quedará asimismo inmóvil para siempre. Nos parece escuchar ya, más allá del horizonte, la retadora respuesta de Fausto a Mefistófeles, que Goethe todavía no había escrito: “Puede pararse el reloj, caer las agujas, ¡el tiempo puede acabarse para mí!”. Si alguna vez digo a un instante: ¡Detente! ¡Eres tan hermoso! Entonces me puedes ligar con cadenas, entonces quiero sucumbir de buen grado. Entonces puede sonar la campana funeral, entonces quedarás libre de tu servicio, puede pararse el reloj, caer las agujas, ¡el tiempo puede acabarse para mí! 10 He citado a Pope y a Goethe porque, en estos casos, sus metáforas no son poéticas, sino

En 1737, cuando publicó estos versos, Pope se hallaba ya en los últimos años de su vida, y sus amigos Gay y Arbuthnot habían ya muerto. (Los versos son ampliación de un pensamiento de Horacio, y conmovieron en gran manera a Swift, amigo de Pope, al que sobrevivió). Veinticinco años antes, cuando Pope era todavía joven, utilizó el “ingenio”, molinillo en este caso, en The Rape of the Lock, a modo de feliz símbolo en el ritual de tomar café: ¡Mirad! Copas y cucharillas coronan la mesa, el molinillo gira, y del café el grano quiebra, A medida que el siglo dieciocho avanza, la imagen de la máquina, del “ingenio”, adquiere carácter más y más amenazador en la poesía, hasta que Blake, en 1804, llegó a escribir acerca de “los tenebrosos ingenios satánicos”. En gran parte, esta evolución se produjo a la par que el progreso de la revolución industrial, que Blake, por ejemplo, percibió con gran sensibilidad. Sin embargo, los poetas románticos temían principalmente la nueva visión de la naturaleza bajo las apariencias de máquina, que la gran personalidad de Newton había impuesto, Al utilizar las palabras “ingenios satánicos”, Blake no se refería a las fábricas, sino al imperturbable mecanismo cósmico que a la sazón se creía dirigía a los planetas en su camino sobre las sendas orbitales. Blake se sirvió de las palabras “abstracto”, “newtoniano” y “satánico”, en el mismo sentido que acabamos de explicar, para describir el mecanismo que, a su juicio, se oponía a la vida orgánica. (Del mismo modo, John Constable dijo de un cuadro que le pareció odioso; “Esas cosas son maravillosas, como lo es el arte de la relojería”.) Goethe, quien también se dedicó a las investigaciones biológicas, sentía antipatía hacia las ideas que tenía Newton sobre la ciencia. Como otros poetas de la época, Goethe consideraba que las teorías de Newton convertían el universo en una maquinaria de relojería. Sin embargo, al mismo tiempo, los apalogetas religiosos, cual William Paley en su Evidences of Christianity, utilizaban la misma analogía para demostrar que el mundo, al igual que los relojes, forzosamente debía ser obra de una mente inventora. Con esto vemos que el símbolo del reloj, y (como ha señalado T. S. Ashton) un nuevo sentido del tiempo en general, tuvieron decisiva importancia en el pensamiento de quienes vivieron durante la revolución industrial. Die Letzten Tage der Menschheit, de Kari Kraus, que constituye la más dura sátira de la Primera Guerra Mundial, se hace eco, de modo conmovedor, de estos versos, y, al mismo tiempo, se advierte en esta obra la influencia de lo que acabo de decir en la nota anterior. En un poema, Kraus describe los crímenes ejecutados, por máquinas, propios de las guerras modernas, según los contempla un hombre Mit der Uhr in der Hand, es decir, reloj en mano.
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que antes bien parecen una mano que alcanza la experiencia y la pone en orden, dándole nuevo significado. No siempre es necesario expresar con palabras las metáforas de este tipo. La más poderosa de todas ellas es la simple presencia del rey Lear y su bufón en la cabaña de un hombre que se finge loco, mientras en el exterior relampaguea furiosamente. Séame también permitido citar otro choque de dos conceptos de la vida, expresado por un poeta moderno. En sus últimos poemas, W. B. Yeats se muestra inquieto ante la idea de que al encerrarse en casa para dedicarse a escribir, se pierde los activos placeres de la vida, y, sin embargo, tiene el convencimiento de que el hombre que vive para los placeres no deja palabras duraderas tras sí. Y lo expresó con gran simplicidad: El intelecto humano está obligado a elegir la perfección en el trabajo o en la vida. Este problema, el de la perfección del hombre a través del trabajo o del placer, es, desde luego, mucho más común de lo que Yeats da a entender. Y puede ser mucho más vulgar. Pero las imágenes en que Yeats lo expresa le dan fuerza y aliento. Coge cuanta plata y oro puedas obtener, satisfaz tu ambición, o infunde vida a los triviales días y gózalos al sol, pero presta atención y medita estas máximas: todas las mujeres en el hombre ocioso sueñan, aun cuando la herencia de sus hijos olvida, pero ningún hombre ha puesto tasa, que se recuerde, a la gratitud de los hijos o al amor de las mujeres11 . El amor de las mujeres, la gratitud de los hijos, estas dos imágenes retratan dos filosofías mejor que cualquier otra expresión. Estas imágenes son instrumentos del pensamiento creador, son tan coherentes y exactas cual las imágenes conceptuales de que la ciencia se sirve, como el tiempo y el espacio, o como el protón y el neutrón.

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Los descubrimientos de la ciencia y las obras de arte son exploraciones, y, más que eso, explosiones, explosiones de ocultas semejanzas. El descubridor o el artista nos ofrecen dos aspectos de la naturaleza, y los funden en uno. Este es el acto creador, en el que nace un pensamiento original, y este acto es idéntico en la ciencia original y en el arte original. Pero no por eso es monopolio del hombre que escribió el poema o del que efectuó el descubrimiento. Contrariamente, creo que esta definición del acto creador es correcta debido a que únicamente ella da significado al acto de apreciación. El poema y el descubrimiento existen en dos momentos, cada uno, de visión, y uno de ellos es el momento de apreciación, en el que existen tanto como en el momento de creación. Esto es así por cuanto el que aprecia debe ver el movimiento, debe despertar el eco que tiene su causa en la creación de la obra. En el momento de la apreciación volvemos a vivir el momento en que el creador vio y retuvo la oculta semejanza. Cuando un símil nos sorprende y nos persuade, cuando en un cuadro hallamos una yuxtaposición que es rara e intrigante al mismo tiempo, cuando una teoría nos parece nueva y convincente, no nos limitamos a dar nuestra aprobación a la obra de otro.

Esta composición forma parte del poema “Vacillation”, y la he incorporado al presente volumen tal como Yeats la publicó al principio, por ejemplo, en The Winding Stair and other poems. Poco después, en Collected Poem, Yeats eliminó la palabra “o” del segundo verso. Sin duda este cambio mejoró la medida del verso, pero, como sea que en esta obra estoy especialmente interesado en mostrar el contraste entre las dos imágenes en la mente de Yeats, he dado el texto primitivo.

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Contrariamente, repetimos el acto creador y volvemos a hacer el descubrimiento. En el fondo, no se da la semejanza unificadora hasta el momento en que también nosotros la hemos percibido, en que también nosotros la hemos forjado. En comparación con lo anterior, cuan sórdida parece la idea de que tanto el arte como la ciencia no pretenden más que copiar la naturaleza. Si la tarea del pintor fuese copiar lo que ve para que otros lo vieran, el crítico tan sólo podría emitir un juicio; la copia es correcta o no lo es. Y si la ciencia tuviera la misión de copiar los hechos, toda teoría sería ya correcta, ya incorrecta, y de ahí no pasaríamos jamás. Nosotros únicamente podríamos decir, esto es esto, esto no es esto. Nadie que haya leído una página debida a un buen crítico o a un buen científico especulativo será capaz de pensar que esta estéril disyuntiva del sí o el no, sea cuanto a la mente se ofrece. La realidad no es un escaparate con el cartelito “No tocar”, destinado a que el hombre lo examine. No hay apariencias que fotografiar ni experiencias que copiar, en las que nosotros no tomemos parte. La ciencia, como el arte, no es una copia de la naturaleza, sino una recreación de la misma. En el acto del descubrimiento, del poema o del teorema, re-hacemos la naturaleza. El gran poema y el profundo teorema son nuevos para cada distinto lector, y sin embargo constituyen su propia experiencia, ya que los re-crea por sí mismo. Son revelaciones de la unidad en la variedad. Y en el instante en que la mente los aprehende por sí misma, tanto en el arte como en la ciencia, el corazón nos da un vuelco.

Segunda parte: El hábito de la verdad
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En “La mente creadora” me propuse poner de relieve que sólo existe una actividad de creación, actividad que se lleva a cabo por igual en las artes y en las ciencias. Sería erróneo pensar que la ciencia no es más que un modo de registrar mecánicamente los hechos, y sería erróneo imaginar que las artes no son sino el resultado de remotas e íntimas fantasías. Lo que da humanidad y universalidad a una y a otras es la impronta de la mente creadora. He dicho que el acto de la creación radica en el hallazgo de semejanzas ocultas. El científico y el artista cogen dos hechos o dos experiencias separadas y distintas, descubren en ellas semejanzas que no se habían percibido anteriormente, y crean la unidad al mostrar esas semejanzas. En consecuencia, el acto de la creación es original. Pero no termina con la actividad del que lo origina. La obra de arte o la obra de ciencia son universales debido a que todos las recreamos. Si el poema nos emociona y si seguimos el teorema, ello se debe a que en ellos descubrimos otra vez la semejanza que el creador percibió antes que los demás. El acto de la apreciación repite el acto de la creación, y nosotros (todos) somos los actores, los intérpretes de esta repetición. He utilizado ejemplos sacados de los campos de la física y de la poesía debido a que éstas son las dos actividades humanas que mejor conozco. Pero la grandeza en poesía y en física es igual a la grandeza en todas las grandes obras. En el museo de Cracow hay un cuadro de Leonardo, titulado La dama del armiño, en el que se ve a una muchacha que sostiene a un armiño en brazos. La muchacha probablemente fue una de las amantes de Ludovico Sforza, el usurpador de Milán, en cuya corte vivió Leonardo, aproximadamente desde 1482 hasta 1499, en el ambiente de violencia e intriga que tanto le atrajo y repelió, al mismo tiempo, en el curso de toda su vida. El armiño era la divisa de Ludovico Sforza, y probablemente también constituye una velada alusión al nombre de la muchacha, un retruécano de Leonardo. En cierto modo, el propio cuadro es un retruécano, si es que se me permite atribuir a esta última palabra la trágica intensidad que, según Coleridge, había en los retruécanos de Shakespeare. Leonardo emparejó a la muchacha con el armiño, equiparándolos. En la bóveda craneal tras la alta frente, en los lúcidos ojos, en la serena, brutal, bella y estúpida cabeza de la muchacha, Leonardo redescubrió el modo de ser del animal, y lo hizo sin maldad, casi naturalmente. Incluso la apostura de la muchacha y del armiño, la disposición de la mano y de la garra, exploran el carácter a través de la anatomía. A medida que contemplamos este cuadro el simbólico parecido surge en nuestra mente con la misma lozanía con que la mente de Leonardo lo percibió, en el instante en que fijó la vista en la muchacha y le pidió que girase la cabeza a un lado. La dama del armiño constituye una obra de investigación de los hombres y los animales, y una creación de unidad, cual pueda constituirlo el Origen de las especies de Darwin1.

El ejemplo de Leonardo es especialmente indicado para el tema de que trata el presente ensayo, ya que fue un avanzado en la actitud de prescindir de las grandes teorías que dominaban la ciencia en la Edad Media, y en volver a adoptar la exigente comprobación de los hechos. Por ejemplo, Leonardo fue uno de los primeros estudiosos de la anatomía que efectuó disecciones en cadáveres humanos, y uno de los primeros en dibujar lo que veía y no lo que Galeno dijo que vería. Fue uno de los varios pintores renacentistas que se inspiraron en los detalles de la naturaleza, y el único que trasladó los

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Figura 14. La dama del armiño constituye una obra de investigación de los hombres y los animales. Pintura de Leonardo Da Vinci La dama del armiño.

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Admitamos, pues, todo lo anterior, pero, ¿en qué punto detenernos? El acto creador es parecido en la ciencia y en el arte, pero no puede ser idéntico, es preciso que exista una diferencia, del mismo modo que hay una semejanza. Por ejemplo, el artista, al crear, goza, sin duda alguna, de una libertad de la que el científico no goza. He hecho hincapié en que el científico no se limita a registrar hechos, sin embargo también es cierto que debe ceñirse a los hechos. La confirmación de la verdad de la obra es una frontera exacta que el científico no puede rebasar, queda limitado por ella de un modo del que el poeta o el pintor están exentos. Shakespeare pudo poner en labios de Romeo palabras acerca de Julieta que, aun cuando expresivas, no son verdad objetiva. Por ejemplo: “Julieta enseña a las antorchas a llamear con más fulgor” o “Calla, ¿qué es esa luz que brilla más allá de la ventana? / Es el Oriente, y Julieta es el sol”. Y el propio Shakespeare no ignoraba que estas constataciones difieren de aquellas otras efectuadas por objetivos observadores, ya que se sirvió deliberadamente de esta diferencia para producir un nuevo efecto poético, en un soneto que malévolamente comienza: “Los ojos de mi amada en nada se parecen al sol”.

descubrimientos efectuados de esta manera desde el taller de artista al estudio de científico. Al hacer caer a los científicos en la cuenta de que los detalles de la naturaleza están pictóricos de significado y que son la comprobación de las teorías, Leonardo contribuyó a formar el método científico de que este ensayo trata. He estudiado el logro fundamental de Leonardo y el enfoque renacentista en un ensayo titulado “El proceso de creación”, publicado en le Scientific American del mes de septiembre de 1958, y lo volví a hacer en el mismo periódico, en el mes de junio de 1963, así como en los capítulos iniciales de The Western Intellectual Tradition (Harper Torchbooks, 1962).

Este verso adquiere su fuerza y su sentido por el hecho de no ser poético. Shakespeare interpreta adrede el papel del escrupuloso científico de rostro grave: El coral es mucho más rojo que sus labios rojos, Y si blanca es la nieve, entonces sus pechos son brunos. Y lo hace a fin de decir, en última instancia, con fuerza avasalladora, que su amor, incluso objetivamente considerado, es incomparable. Sin duda, Shakespeare estaba plenamente dispuesto a sostener, en otras ocasiones, que la imagen poética puede calificarse de verdadera. La parábola del Hijo Pródigo es verdadera en cierto sentido, y lo mismo cabe decir de la persecución de Orestes por las Furias, y de las imágenes de Romeo y Julieta. Pero el soneto cuyos versos hemos citado demuestra que Shakespeare no creía que esta acepción de la verdad fuese la misma que aquella otra que pudo hallar en Chronicles de Holinshed y De Magnete de William Gilbert, y que es la que en nuestros días esclaviza a quien se dedique a escribir una tesis sobre redes electrónicas. No podemos hurtarnos a la histórica pregunta: ¿Qué es la verdad? Al contrarío, la civilización de la que tan orgullosos estamos cobró nueva fuerza el día en que tal pregunta fue formulada. Después, adquirió el máximo rigor gracias a renacentistas, cual Leonardo, para quienes la fidelidad a los hechos reales llegó a ser una pasión. La sanción del hecho comprobado, como manifestación de la verdad, es un tema muy profundo, y la fuerza principal que ha hecho avanzar a nuestra civilización, a partir del Renacimiento.

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Quienes han partido de nuestro país para escalar el Himalaya, han regresado con un más revelador modelo de verdad, además de traernos noticias de las dudosas huellas del abominable hombre de las nieves. Y ese modelo de verdad se halla en sus relatos de las primeras visiones que tuvieron de ciertas montañas inaccesibles y raramente vistas. Los escaladores occidentales, habituados al manejo del compás y a efectuar proyecciones topográficas, pueden incorporar la imagen que ven en un determinado momento a otra imagen que vieron años atrás. Pero, para los escaladores nativos que les acompañan, cada cara o ladera de la montaña constituye una imagen separada e intrigante. Es probable que los nativos conozcan esta cara de la montaña, así como otras caras de la misma, mejor que los escaladores extranjeros, sin embargo carecen de los medios precisos para juntar las distintas facetas de modo que formen una sola montaña. Eric Shipton describe esta incapacidad en su relato sobre la expedición de reconocimiento que efectuó en orden a encontrar una nueva ruta conducente al Everest, y que sirvió de base a la ascensión que se realizó en 1953. Shipton ascendió por la montaña hasta el momento en que vio el Everest desde la parte sur. La imagen era nueva para él, pero su sherpa Angtarkay la había visto en su infancia. “En la mañana del día 27 llegamos al Lobujya Khola, el valle en donde se encuentra el glaciar Khombu (que parte de la ladera sur y sureste del Everest). Cuando penetramos en el valle, vimos la vertiente principal, más allá. Inmediatamente reconocí los picos y escarpaduras que solíamos ver desde el lado del Rongbuk (el norte): Pumori, Lingtren, el Lho La, el Pico Norte, y el promontorio occidental del Everest. Resulta curioso observar que Angtarkay, quien conocía estas imágenes tan bien como yo, desde el otro lado, y que en su adolescencia había pasado años apacentando yaks en este valle, no cayera en la cuenta de que eran las mismas montañas. Y no lo supo hasta que yo se lo indiqué.”

Figura 15. Para los escaladores nativos, cada cara o ladera de la montaña constituye una imagen separada e intrigante. Imágenes de las caras norte (izq.) y sur (der.) del Everest.

El sherpa conocía las características del Everest, desde el norte, tan bien como el propio Shipton. Pero, a diferencia de éste, las había visto también desde el sur, ya que había vivido varios años en el valle en cuestión. Sin embargo, fue incapaz de unir una y otra imagen en su mente. Fue el inquisitivo extranjero quien le indicó la identidad de las montañas que flanquean el Everest. Entonces, el sherpa reconoció la identidad de este pico, luego de aquel otro... Las distintas partes comenzaron a encajar unas con otras, la intrigada mente del hombre comenzó a construir un mapa, y de repente todas las piezas encajaron a la perfección, el mapa giró sobre sí mismo y el hombre vio que las dos caras formaban un solo Everest. Otros expedicionarios a otros lugares nos han contado la satisfacción que experimentan los nativos al efectuar tal identificación. Todos los actos de reconocimiento son de esta clase. La muchacha que encontramos en la playa, el hombre a quien conocimos hace años, nos intrigan durante un momento, y, luego, quedan clasificados en el lugar que les corresponde; el nuevo rostro encaja en el antiguo y le da mayor significado. Estamos acostumbrados a efectuar estas conexiones a través del tiempo, y, al igual que los escaladores del Everest, también las hacemos en la dimensión espacio. Si no fuese así, nuestras mentes sólo contendrían un amasijo de experiencias aisladas. Al efectuar estas conexiones descubrimos en nuestra experiencia el mapa de las cosas. No hay más prueba que ésta de la existencia de las cosas. Vemos el perfil izquierdo de un hombre y vemos el perfil derecho del mismo hombre, jamás vemos los dos perfiles juntos. ¿En qué nos basamos para creer que pertenecen a un solo individuo? ¿En qué nos basamos para pensar que hay una realidad y que esta realidad es ese único hombre? Según las normas de la lógica clásica no hay base alguna: nadie puede deducir la existencia de un solo hombre, sino que la inferimos de sus perfiles, tal como inferimos que el véspero y el lucero del alba son, los dos, el planeta Venus. Lo sabemos porque gracias a ello dos experiencias se conjugan, y la experiencia demuestra que la conjugación es correcta. Perfiles y rostro entero, espalda y frente, las partes componen un todo, y ello es así no sólo según la vista sino también según las exploraciones del tacto y del oído, del estetoscopio, los rayos X y todos nuestros artilugios de inferencia. Recordemos la mirada y los dedos de un niño en el acto de descubrir que la parte interna de una taza coincide con la parte externa. Fijémonos en el ciego de nacimiento que, tras curar de la ceguera, reconstruye con la vista el mundo conocido por el tacto. Y no volvamos jamás a creer que la existencia de una cosa surge por sí misma en la mente, íntegra e inmediata. Solamente conocemos las cosas por el medio de construir un mapa de ellas y unir nuestras distintas experiencias de sus diversos aspectos2.

En este caso, tal razonamiento es una formulación científica, así como una ampliación, de aquella actitud que los filósofos denominan fenomenalismo. Por lo general, los filósofos únicamente tratan de una forma primitiva del fenomenalismo. En la actualidad disponemos de convincentes pruebas que apoyan el razonamiento por mí expuesto, derivadas de estudios efectuados en la psicología de la

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El descubrimiento de las cosas se efectúa en tres etapas. En la primera solamente tenemos los datos separados que nos proporcionan los sentidos: vemos la cara de una moneda, y vemos la cruz. Sería exagerado esgrimir palabras tan profundas cual verdadero y falso, en esta primera etapa. Lo que vemos es o no es, simplemente. Cuando no cabe hacer más juicio que éste, huelgan palabras más sutiles. En la segunda etapa juntamos la cara con la cruz, y vemos que sí, que es lógico que consideremos a una y a otra cosa como una sola cosa. Y la cosa radica en la congruencia de sus partes, según nuestra experiencia. La mente humana no se detiene aquí. El animal también puede llegar hasta este punto: un simio aprende a reconocer un vaso siempre que lo ve, véalo como lo vea, y sabrá qué hacer con él. Pero cuanto hemos llegado a saber sobre los simios coincide en señalar que les cuesta mucho pensar en un vaso cuando no lo ven, e imaginar su uso. La mente humana sabe conservar el vaso o el penique en su interior. Y ésta es la tercera etapa: disponer de un nombre o un símbolo que corresponda a la moneda totalmente considerada. Para nosotros la cosa tiene un nombre, y, en cierto modo, la cosa es el nombre. El nombre o el símbolo quedan presentes, y la mente se sirve de ellos cuando la cosa está ausente. Así vemos que una de las dificultades que tienen los sherpas en orden a reconocer el Everest radica en que la montaña tiene distintos nombres en los distintos valles3. Las palabras verdadero o falso corresponden a las últimas etapas, cuando los datos proporcionados por los sentidos han sido unidos para componer una cosa que se conserva en la mente. Sólo entonces tiene sentido preguntar si aquello que pensamos sobre una cosa es verdad o no. Es decir, entonces podemos deducir cuál debe ser el comportamiento de la cosa, y ver si realmente se comporta como creemos. Si esto es verdaderamente una sola montaña, entonces aquella cota debe encontrarse en el este, decimos. Y acto seguido lo comprobamos. Si esto es una moneda debe ser tangible. Y éste es el modo en que Macbeth comprueba la realidad de la cosa en que está pensando y que cree ver: ¿Eres tú una daga que ante mí te posas? ¿Con la empuñadura ofrecida? Vamos, deja que te coja... Macbeth utiliza el método empírico: la cosa ha de ser comprobada mediante su comportamiento. Vamos, deja que te coja: no te tengo, y, sin embargo, ante mí te veo. ¿Acaso fatal visión eres imperceptible al tacto aunque no a la vista? ¿O quizá tan sólo seas una daga de la mente, una falsa creación? “Una daga de la mente, una falsa creación”; tanto la palabra “falsa” como la palabra

percepción, y, aunque parezca raro, de trabajos referentes a máquinas que “aprenden”. Por ejemplo, el doctor A. M. Utley ha construido una máquina, en el National Physical Laboratory, que aprende a reconocer y a asociar las sombras de distintas formas que proyectan unos mismos objetos al ser dispuestos diferentemente, del mismo modo que pollos y gallinas aprenden a identificar la sombra del halcón en sus distintas posiciones. Se sabe desde hace tiempo que el lenguaje y demás símbolos cumplen una función central en el pensamiento. Recientemente ha habido varios filósofos, como, por ejemplo, Susanne K. Langer en su obra Philosophy in a New Key (Harvard, 1942), que han resaltado la importancia del elemento metafórico en todo simbolismo. En la ciencia, los conceptos han de encajar en el más amplio simbolismo de cierto aspecto de la naturaleza, que (tal como he señalado con respecto a Kepler y Rutherford) tiene sus propias asociaciones metafóricas.
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“creación” son exactamente pertinentes. Lo que la mente humana construye con los datos de los sentidos, y lo que piensa de esta construcción, es siempre algo creado. La construcción es verdadera o falsa según resulte de la comprobación de su comportamiento. Hemos construido la cosa mediante los datos; después deducimos cuál debe ser el comportamiento de la cosa; y si no se comporta cual debe, nuestra construcción no es verdadera. Lo falso no eran los datos de los sentidos sino nuestra interpretación de ellos: construimos una alucinación.

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Hasta el momento he descrito el modo en que pensamos acerca de las cosas. La opinión que he expresado alcanza más allá de las cosas, llegando hasta las leyes y los conceptos que forman la ciencia. Este es el verdadero alcance de dicho enfoque: las tres etapas con las que el hombre construye y denomina una montaña son las mismas con las que construye una teoría. Recordemos el ejemplo de los trabajos de Kepler y Newton; ahí están las etapas para que las repasemos. La primera etapa es el acopio de datos, en este caso observaciones astronómicas. Después, viene la etapa creadora de Kepler, en la que descubre un orden en los datos, merced a buscar semejanzas. Aquí, el orden, la unidad está formada por las tres leyes mediante las cuales Kepler describió la órbita, no de tal o cual planeta, sino, sencillamente, de un planeta cualquiera. Sin embargo, las leyes de Kepler no expresaban un concepto central. La tercera etapa consiste en crear este concepto. Newton cubrió esta etapa cuando puso, en el centro de la astronomía, una sola actividad universal: el concepto de la gravitación. Desde luego no hay tal gravitación, en cuanto a cosa tangible. La gravitación tampoco se ve ni se oye; y si parece que se siente, eso se debe a una jugarreta del espacio y el tiempo4. Pese a todo, el concepto de gravitación era real y verdadero. Fue construido basándolo en los datos, mediante las mismas etapas que conducen a fundir dos imágenes del Everest de modo que formen una sola montaña. Y el concepto se pone a prueba del mismo modo que ponemos a prueba a los hombres: por su comportamiento. El concepto, al igual que el hombre, ha de comportarse como lo que es. Y eso hizo Newton, en el jardín de su casa, el año 1666, cuando calculó la fuerza que mantiene a la luna en su órbita; lo mismo que Macbeth, comprobó la creación de su mente. La creación de Newton fue un concepto, un conjunto de conceptos interrelacionados. Era el concepto de la gravitación universal que se proyectaba más allá de las copas de los árboles, más allá del aire, camino de los confines del espacio. Estaba también allí el concepto de otras fuerzas universales en el espacio, tendentes a arrancar a la luna de su órbita, tal como una piedra atada al extremo de un cordel tira hacia fuera. Y estaba también el concepto que terminó con los cuatro elementos aristotélicos, el concepto de masa, igual en la manzana que en la tierra, que en la luna, que en todos los cuerpos celestes o terrestres5. Todo lo anterior son verdaderas creaciones, por cuanto descubren la unidad en lo que parecía desemejante. Son símbolos que no existen sin el acto creador. Aunque parezca sólida, la masa no existe en cuanto cosa. Como a su pesar descubrió Newton, la masa no puede

La relatividad general trata por igual todos los movimientos acelerados, y prescinde de las distintas fuerzas que según postulado de Newton los producen. Según tal concepción, el cuerpo con masa no es la fuente de la fuerza gravitacional de atracción, sino tan sólo el centro de una configuración geométrica que guía hacia sí a los demás cuerpos, es decir, resulta ser una especie de agujero en el espacio-tiempo. La evolución de estos conceptos, paso a paso, desde Aristóteles a Robert Hooke y a Newton ha quedado descrita en los clásicos estudios de Pierre Duhem.
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definirse. Únicamente experimentamos la masa en cuanto a comportamiento de los cuerpos, y es un solo concepto debido únicamente a que los cuerpos se comportan de modo uniforme. Verdaderamente, el concepto de masa es un ejemplo especialmente fecundo. Es así, por cuanto en la física de Newton hay dos conceptos de masa, dos conceptos claramente perceptibles. Uno es la masa de inercia de un cuerpo, ésa que es preciso superar cuando arrojamos el cuerpo. Y el otro es el que tenemos que superar cuando levantamos el cuerpo del suelo, o sea la masa de gravitación del mismo cuerpo. Desde luego, a Newton le constaba que la masa de inercia es igual a la masa de gravitación, pero, ¿por el hecho de que se igualen debemos considerar que son una sola masa? Este es el interrogante que se planteó Einstein, y la respuesta fue la construcción, en 1915, de toda la teoría de la relatividad general. Solamente en teoría llegarían las dos facetas de la masa a constituir una sola masa, y a formar la unidad que es el concepto global “masa”.

Figura 16. A Newton le constaba que la masa de inercia es igual a la masa de gravitación, pero, ¿por el hecho de que se igualen debemos considerar que son una sola masa? Este es el interrogante que se planteó Einstein, y la respuesta fue la construcción de toda la teoría de la relatividad general. Un observador no puede distingue el efecto de la gravedad del efecto de un movimiento acelerado.

La anterior secuencia es característica de la actividad científica. Comienza con un conjunto de apariencias. Las apariencias se organizan formando leyes. Y en el centro de estas leyes se encuentra un nudo, un punto en el que se cruzan varias leyes, un símbolo que confiere unidad a las leyes. Masa, tiempo, momento magnético, subconsciente... Nos hemos hecho hombres acompañados de estos simbólicos conceptos, por lo que ahora nos sorprendemos cuando nos dicen que el hombre tuvo que crearlos por sí mismo. Se vio obligado a crearlos, ya que la masa no es una intuición en la musculatura, y el tiempo no se compra a medida en la tienda del relojero. Y comprobamos el concepto, tal como comprobamos las cosas, mediante sus consecuencias. Es decir, una vez hemos construido el concepto basándonos en unas cuantas experiencias, razonamos a fin de conjeturar qué conducta debe lógicamente seguir en otras circunstancias. Si la conducta real es la prevista, conservamos el concepto tal cual lo concebimos. Si no advertimos la conducta que el concepto lógicamente implica, debemos volver atrás y corregirlo. En el método científico, la lógica y la comprobación experimental

están entrelazadas, y se turnan y substituyen recíprocamente sin cesar.

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Esta opinión sobre el método científico no es unánimemente compartida por cuantos se han dedicado a estudiar el tema. Existen dos escuelas filosóficas que contemplan con suspicacia el pensamiento conceptual, y aspiran a sustituirlo por el manejo de hechos. Una de ellas es derivación del clásico empirismo británico, en la que se encuentran Bertrand Russell, Wittgenstein y los positivistas lógicos. Esta escuela sostiene que cabe la posibilidad de llegar a una rigurosa descripción de la naturaleza en general, por el medio de unir, como si se tratase de un gigantesco rompecabezas, todas las minúsculas unidades formadas por los hechos, cada una de las cuales puede ser comprobada, por separado, a fin de adverar su realidad. La otra escuela, fundada en Austria por Ernst Mach, y de la que más recientemente llegó a ser cabeza visible Percy Bridgman, en los Estados Unidos, sostiene que la ciencia es únicamente una cuenta de operaciones y sus resultados. Esta escuela “behaviorista” quisiera descartar todos los modelos de naturaleza, y limitarse siempre a decir que si hacemos esto obtenemos una más amplia medición que si hacemos aquello. Estas cuentas científicas parecen erróneas en dos aspectos. En primer lugar parecen ignorar las enseñanzas de la historia. Desde los tiempos de la Grecia clásica, e incluso antes, los más lúcidos pensadores, y, desde luego, el resto de los mortales, han empleado palabras tales como espacio, masa y luz. Lo hicieron sin pedir permiso a Russell y a Bridgman, y sin embargo los triunfos conseguidos mediante el empleo de estas palabras son gloria de la ciencia así como de la filosofía. Y, por otra parte, ahora ya es algo tarde para prohibirles dicho lenguaje. En segundo lugar, ambas escuelas parecen también olvidar las enseñanzas de sus contemporáneos. Tenemos buenas razones para creer, basándonos en el estudio de animales y hombres, que la tarea de pensar, tal como la entendemos, solamente es posible gracias al uso de nombres y símbolos. En el sentido de las teorías de Bridgman, hay otros animales, además del hombre, que tienen su lenguaje; por ejemplo, las abejas se comunican entre sí para indicarse dónde se encuentra el néctar6. Bernard de Mandeville, que escribió The Fable of the Bees, parábola ochocentista, hubiera pensado que la conducta de las abejas no puede ser más racional. Pero no habrá ningún científico en activo que se muestre de acuerdo con tal opinión, debido a que sabemos que la ciencia es algo que se encuentra fuera del alcance de los insectos y de las máquinas. Lo que diferencia a la ciencia es el proceso de creación, la exploración en busca de semejanzas, y esto último ha abandonado de puntillas, con tristeza, los mecánicos mundos de los positivistas y operacionistas, dejándolos desiertos. El mundo que la mente humana conoce y explora no puede sobrevivir si se le vacía de pensamiento. Y el pensamiento no puede sobrevivir sin conceptos simbólicos. El símbolo y la metáfora son tan necesarios a la ciencia como a la poesía. En la actualidad somos, fundamentalmente, tan incapaces de definir la masa como lo era el propio Newton. Pero no por eso creemos, al igual que tampoco Newton lo creía, que las ecuaciones en las que la masa se contiene como algo desconocido sean sólo instrumentos de cálculo aproximado que den medidas a ojo de buen cubero. Si nos hubiéramos contentado con los conocimientos aproximados, jamás hubiéramos aprendido a convertir la masa en energía. Al formar el

Las abejas y otros animales utilizan un idioma para transmitir información e instrucciones, es decir, como medio de pública información. Únicamente el hombre se sirve privadamente del lenguaje para manejar ideas en el interior de su cabeza. En ésta, al igual que en otras facultades, el hombre es una criatura desdoblada, es el solitario social que necesita del prójimo, pero que también requiere pensar a solas. He descrito detalladamente esta dualidad en la primera de las dos conferencias patrocinadas por la Frank Gerstein que di en la Universidad de York, con el título The Imaginative Mind in Art and in Science (Toronto, 1964).

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concepto de masa, al servirnos de esta palabra, comenzamos un proceso de experimentación y corrección que es la búsqueda creadora de la verdad7. En el pueblo en que vivo hay un simpático médico que es un poco sordo. No se avergüenza de su sordera y, por eso, lleva de modo visible un aparato para oír mejor. Mi hija pequeña conoce desde los tiempos en que era un bebé a este médico. Cuando mi hija, que a la sazón contaba dos años, vio por primera vez a otro hombre que llevaba un aparato contra la sordera, dijo sencillamente: “Este señor es médico”. Desde luego, estaba equivocada. Sin embargo, si los dos hombres hubieran exhibido estetoscopios en vez de aparatos contra la sordera, la generalización de mi hija nos hubiera dejado muy satisfechos. E incluso en este caso, la niña hubiera tenido una idea muy remota de lo que en realidad hace un médico, y mucho menos de lo que es. Pero hubiera avanzado en la senda del conocimiento humano, y, en mi opinión, en tal senda avanzó incluso estando equivocada, ya que el conocimiento se adquiere formando y corrigiendo conceptos.

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Sería injusto no reconocer que las escuelas positivistas y operacionales de filosofía carecen de motivos para estar fatigadas del recurso a los conceptos. Russell y Bridgman se apartaron de los conceptos debido a su triste historia, historia que todavía entorpece su utilización. Desde un punto de visto histórico, los conceptos han sido generalmente considerados nociones absolutas e innatas, cual las de espacio y tiempo que Kant creía se hallaban confeccionadas de antemano en la mente humana. No, no es clásica la opinión de que nuestros conceptos son resultado de la experiencia y deben ser constantemente comprobados y corregidos mediante la experiencia. La opinión clásica nos dice que los conceptos no son susceptibles de ser sometidos a comprobaciones empíricas. ¿Cuántos son, incluso en nuestros días, los que comprenden que los conceptos científicos no son absolutos ni eternos? Y en los campos no científicos, en los de la vida social, de la personalidad individual, y, sobre todo, en el de la ética, ¿cuántos son los que se muestran dispuestos a aceptar el imperio de los hechos empíricamente comprobados? La opinión general sigue conforme con la clásica, y según ella los conceptos de valor —justicia y honor, dignidad y tolerancia— tienen una naturaleza interna inaccesible a la experiencia. Las raíces de este error se encuentran en muy profundas capas, en la cerrada lógica de la Edad Media. Ejemplo característico y destacado es el método de Tomás de Aquino. La física generalmente aceptada durante los tres siglos que precedieron a la revolución científica derivada de Aristóteles, a través de los humanistas árabes, y fue estructurada en un sistema por de Aquino. Pero en ella no se aceptaba la comprobación de la verdad, propia de la física moderna. Entre los años 1256 y 1259, Santo Tomás dio 250 clases con posterior coloquio y discusión, todas ellas sobre el tema de la verdad. Cada clase duraba dos días. Las cuestiones

Las escuelas positivista y operacional comparten la creencia de que los conceptos científicos son construcciones puramente lógicas, creencia que Betrand Russell expresó, en 1918, con las siguientes palabras: “La máxima suprema en la filosofía científica es ésta: Siempre que sea posible, las construcciones lógicas han de subsistir a los términos inferidos”. Según esta doctrina, la palabra “electrón”, por ejemplo, puede ser explícitamente definida según observaciones constatadas. Y todas las frases en las que se contenga la palabra “electrón” pueden, en principio, ser transformadas, sin que pierdan su significado, en frases que únicamente contengan observaciones. Ya en 1929, F. P. Ramsey, poco antes de su muerte, a los veintiséis años, demostró que lo anterior es insostenible. Y lo demostró mediante un ejemplo que efectivamente demuestra que el sistema que únicamente contenga construcciones lógicas no puede descubrir ni dar lugar a nuevas relaciones. Desde entonces, este tema ha sido admirablemente estudiado por R. B. Braithwaite en Scientific Explanation (Harper Torchbooks, 1960), quien ha dado ejemplos más sencillos que el de Ramsey. Basándome en estos ejemplos, no dudo en sostener que aquel sistema que defina a la masa por medio de una construcción lógica no puede dar lugar al descubrimiento de que la masa es equivalente a la energía.

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sometidas a estudio pertenecían a un mundo intelectual que nada tiene en común con el nuestro. Se trataban cuestiones cual: “¿Es el conocimiento de Dios la causa de las cosas?”, “¿Es el Libro de la Vida lo mismo que la predestinación?”, “¿Conocen los ángeles el futuro?”.

Figura 17. La física generalmente aceptada durante los tres siglos que precedieron a la revolución científica derivada de Aristóteles fue estructurada en un sistema por de Aquino. Santo Tomás de Aquino (izq.) y Aristóteles (Der.)

No considero que estas cuestiones sean más fantasiosas que Tamburlaine o que El matrimonio del cielo con el infierno. Sin embargo, resulta evidente que ninguna trascendencia tienen sobre la cuestión de verdad o falsedad tal como inductivamente la comprendemos. Aquellos debates eran ejercicios escolásticos en materia de lógica absoluta. Se partía de conceptos que se consideraban absolutamente fijos, se procedía por deducción, y las conclusiones no quedaban sujetas a comprobación ulterior. Las conclusiones eran verdad debido a que los primeros conceptos eran verdad. Este es el método escolástico, y también la lógica de Aristóteles. Desgraciadamente, mal método físico es, ya que la laguna que media entre el concepto intuitivo y el concepto corregido es tremenda.

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La ciencia moderna también dio sus primeros pasos al amparo de métodos puramente deductivos. El primer maestro fue, desde luego, Euclides. Y uno de los grandes momentos de la ciencia moderna fue el de la conversión de Thomas Hobbes, entre 1629 y 1631: “Alcanzó los cuarenta años de edad sin prestar la menor atención a la geometría; y cuando se fijó en ella, lo hizo por casualidad. Encontrándose en la biblioteca de un caballero, vio, abierto sobre la mesa, los Elementos de Euclides, que mostraba el 47 elemento, libro 1. Leyó la proposición, y dijo: 'Válgame Dios (juraba para dar énfasis a sus palabras) esto es imposible...'. Así es que leyó la demostración, que terminaba con la proposición, cuya proposición había leído. Y esto le llevó a otra proposición, que también leyó. Et sic deinceps que al fin quedó demostradamente convencido de lo verdadero. Esto le despertó el amor a la geometría.”

Figura 18. Hobbes vio, abierto sobre la mesa, los Elementos de Euclides, que mostraba el 47 elemento, libro 1. La proposición 47 es el teorema de Pitágoras sobre el cuadrado de los catetos de un triángulo rectángulo. El filósofo Thomas Hobbes y la proposición 47 de los Elementos.

Este relato lo escribió John Aubrey, amigo de Hobbes. Naturalmente, Aubrey presume que nadie ignora cuál es la proposición 47 del primer libro de Euclides. Ahora bien, quien lo ignore se perderá la fuerza explosiva que de este relato dimana. La proposición 47 es el teorema de Pitágoras sobre el cuadrado de los catetos de un triángulo rectángulo, es decir, el más famoso teorema de la antigüedad, cuyo descubrimiento motivó, según la leyenda, que Pitágoras sacrificara cien bueyes a las Musas, en acción de gracias. Hobbes, a sus cuarenta años, y en una época en que los teoremas se conocían por su respectivo número, ignoraba el contenido del de Pitágoras. Saberlo cambió el curso de su vida.

Figura 19. El teorema de Pitágoras, el más famoso teorema de la antigüedad, cuyo descubrimiento motivó que Pitágoras sacrificara cien bueyes a las Musas, en acción de gracias. Pitágoras y una de las demostraciones de su teorema.

Desde aquel instante, Hobbes fue un adelantado del método deductivo aplicado a la ciencia. En sus tiempos, esta innovación era necesaria, pero no tardó en llegar el momento en que los avances de la ciencia lo dejaron atrás. Cuando Hobbes adoptó el método deductivo, aceptó también la idea euclidiana según la cual sabemos intuitivamente lo que es un punto, lo que es un ángulo, y lo que son unas paralelas. Se creía que los conceptos y los axiomas eran evidentes por sí mismos, tanto en geometría como en todo el mundo físico. La ciencia, desde los tiempos de Hobbes, se ha apartado de esta tesis, pero la ética no. En

los días en que Hobbes vivía, Espinoza publicó su Etica “ordine geometrico demonstrate”, es decir, demostrada geométricamente. La obra comienza al modo euclidiano, con ocho definiciones y siete axiomas. Se trata evidentemente de un armamento muy modesto para atacar con él al universo, ya que incluso la geometría euclidiana del plano requirió más de veinte axiomas. Pero Espinoza inició bravamente su tarea, y la llevó a cabo con profundidad, y no cabe atribuirle ninguna responsabilidad por el hecho de que, al poco tiempo, volviese la humanidad a quedar inmóvil, en este terreno. El método geométrico en ética ha realizado ya cuantos descubrimientos podía realizar. Ya no dice nada nuevo. Y, lo que es peor, a nada nuevo puede llegar. Y ahí está la diferencia esencial entre los dos modos en que ordenamos nuestras vidas. Uno y otro giran alrededor de conceptos centrales. En ambos llegamos a conocer, mediante el razonamiento, las consecuencias dimanantes de los conceptos centrales que estudiamos. En los campos de la ética, del comportamiento y de los valores, pensamos como Santo Tomás y Espinoza, creemos que nuestros conceptos deben permanecer inmutables debido a que o bien nos han sido infundidos o bien son evidentes. En el campo de la ciencia, cuatrocientos años de aventuras nos han enseñado que el método racional es mucho más sutil de lo que pensábamos, y que los conceptos son su más sutil creación. Hace ciento cincuenta años, Gauss y otros demostraron que los axiomas de Euclides no son evidentes ni siempre son exactos en nuestro mundo. A partir de entonces, gran parte de la física, por ejemplo todo lo concerniente a la relatividad, ha consistido en volver a formular un concepto del espacio mucho más delicado y mucho más interesante. La necesidad de proceder a ello surgió de los mismos hechos; y los nuevos conceptos han atacado devastadoramente aquellas evidentes nociones que teníamos acerca del modo en que un espacio bien educado debiera comportarse. La mecánica cuántica ha sido constantemente piedra de escándalo en méritos de su afirmación de que el mundo de lo minúsculo no se comporta totalmente como una réplica del mundo a escala humana. Jonathan Swift, en sus Viajes de Gulliver, había indicado ya algo parecido en 1726, por lo que no debiéramos ahora sorprendemos demasiado de lo que la ciencia nos dice. Claro que Swift también provocó el escándalo, en su tiempo.

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¿Es verdad que los conceptos de la ciencia, por una parte, y los conceptos de la ética y los valores, por otra, pertenecen a dos mundos distintos? ¿Acaso el mundo de lo que es puede ser comprobado, y el mundo del deber ser no es susceptible de comprobación? No lo creo. Conceptos tales como el de justicia, humanidad y plena vida no han permanecido inalterados en el curso de los últimos cuatrocientos años, digan lo que digan los eclesiásticos y los filósofos. En su moderna acepción estos conceptos no existían en los tiempos de Tomás de Aquino, y tampoco existen actualmente en las civilizaciones que desdeñan el hecho físico. Y al decir esto, no me refiero únicamente al hecho científico. Tanto en arte como en ciencia, la tradición renacentista afirma unánimemente que el mundo físico es fuente de conocimiento. Tanto el poeta como el biólogo creen en nuestros días que la vida les habla a través de los sentidos. Pero no siempre fue así: Paolo Veronese fue amonestado por la Inquisición en 1573, a causa de haber representado el mundo cotidiano en un cuadro sacro8. Y, ahora, tampoco en todas partes es tal como hemos dicho: las antiguas civilizaciones orientales todavía no aceptan que los sentidos sean fuente de conocimiento, y esto queda patente en su formalista poesía y en su fría pintura, al igual que en su ciencia. Contrariamente, la sanción del hecho experimentalmente comprobado ha cambiado y dado nueva forma a todos los conceptos de los hombres que se han beneficiado de la

Sir Kenneth Clark, en su obra The Nude, señala la influencia que el Concilio de Trento tuvo en que los artistas refrenaran sus impulsos de representar detalles sensuales y humanos en las pinturas sacras. Este concilio se reunió desde 1545 hasta 1563 para fijar la doctrina de la Iglesia Católica ante la Reforma.

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revolución científica. No hay civilización que pueda desarrollar sus actividades en estado de aislamiento, ni tampoco ponerse la ciencia como si se tratara de un vestido, un vestido de trabajo que no es lo bastante lucido para llevarlo los domingos. El intelectual estudio de la perspectiva en el Renacimiento ocurre a la par que el auge de la pintura sensual. El que los pintores se hayan apartado del naturalismo en el curso de los últimos cincuenta años está sin duda relacionado con la búsqueda que los científicos han llevado a cabo en la naturaleza, durante estos mismos años, a fin de hallar en ella una nueva estructura. Toda civilización está destinada a quedar vinculada a un determinado modo de desarrollar la vida. Y la nuestra ya no puede conservar sus conceptos, ni sus guerras, en compartimentos estancos. Todo lo anterior se advierte con claridad tan pronto se adquiere conciencia de que la ciencia también es un sistema de conceptos, y la función de la experiencia es comprobar y corregir el concepto. La prueba consiste en preguntarse: ¿funcionará el concepto?, ¿dará una unidad natural a la experiencia de los hombres?, ¿ordenará el concepto la vida, no por imposición sino de hecho? El hombre ha insistido en llevar a cabo estas comprobaciones en los sistemas sociales y de comportamiento. ¿Qué, si no esto, costó la cabeza a Carlos I, en 1649? ¿Y qué, si no esto, fue causa del regreso de Carlos II, en 1660, aunque al fin comportara el exilio de sus familiares? No fueron las altas frases sobre el divino derecho de los reyes, ni tampoco la Carta de Libertades, sino la comprobación mediante la experiencia. Inglaterra hubiera estado dispuesta a vivir de acuerdo con cualquiera de los dos conceptos, y ha estado dispuesta a vivir según Newton y según Einstein; y, a fin de cuentas, eligió el concepto que permitía a la sociedad desarrollarse por sí misma, sin imposiciones. Desde entonces, la sociedad ha hallado una secuencia de conceptos centrales, cada uno de los cuales se consideró, en su momento, capaz de hacer funcionar a la sociedad por sí misma, y cada uno de los cuales ha tenido que ser corregido hasta convertirse en el siguiente. Hubo el concepto, a principios del siglo XVIII, del propio interés, sostenido por Mandeville y otros; luego, el del propio interés ilustrado; después, el de la mayor felicidad para el mayor número de individuos; siguió el de la utilidad; vino la teoría sindical del valor; y de ésta surgió el del estado providente o el de la sociedad sin clases. Jamás se ha considerado que cada uno de estos conceptos fuese el último, y tampoco se pretende que así sea ahora. Lo que nos ha impulsado, lo que nos impulsa, es la resistencia a considerar los conceptos cual imposiciones o realidades evidentes por sí mismas. Nos preguntamos, ¿funciona este sistema sin necesidad de emplear la fuerza, sin que se produzca la corrupción, sin otra superestructura jurídica arbitraria que no esté fundada en el concepto central? ¿Las consecuencias son armónicas con lo que la experiencia nos enseña? ¿Los que forman esta sociedad viven tal como creemos o no? Esta es la simple pero profunda comprobación de los hechos que ha de servirnos para juzgar las grandes frases de los fundadores de estados y de sistemas. Y eso lo vemos con toda claridad en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que si bien comienza al rotundo modo euclidiano: “Juzgamos que estas verdades son evidentes”9, también es cierto que justifica en última instancia el acto de la independencia en “una larga serie de abusos y usurpaciones”. El sistema colonial no había conseguido formar una sociedad viable.

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Entre muchos otros, hay un ejemplo especialmente claro que pone de relieve la lección de los tiempos modernos. Cuando, en 1786, Warren Hastings fue acusado de haber gobernado

En realidad, en el borrador original que Thomas Jefferson hizo de la Declaración de Independencia, ésta comenzaba con una afirmación más amplia todavía: “Consideramos que estas verdades son sagradas e innegables”. Parece que fue Benjamin Franklin quien sustituyó los términos de Jefferson por la palabra “evidentes”, en la que se advierten ciertos científicos matices. Pero no cabe duda de que la palabra “evidente” plantea tantas dudas cual las palabras “sagradas e innegables”.

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despóticamente la India, alegó dos argumentos a su favor. Uno de ellos era que la corrupción y la violencia de que se le acusaba imperaban de manera general en la sociedad india. El otro era que algunos de sus acusadores (principalmente Edmund Burke) tenían también ilícitos intereses en los negocios de la India. Hastings fue absuelto, pero no por las antedichas razones, ya que en ellas no se tenía en cuenta la diferencia existente entre la India de aquel entonces y Europa. El hombre, en cuanto hombre, tenía muy distinto valor en uno y otro continente. El Renacimiento fue la causa de esta diferencia. E Inglaterra, merced a la constante expresión de disentimiento, había estado ocupada en desarrollar el nuevo valor durante doscientos años, siempre mediante la rígida comprobación de examinar si de él surgía una sociedad estable que corrigiera sus defectos por sí misma. La conducta de Warren Hastings fue juzgada aplicando el mismo criterio, y no otro. Las valoraciones imperantes en sociedades de menor importancia regidas por conquistadores, y los motivos de hombres de menor importancia, ninguna influencia podían tener en el acto de juzgar a Hastings10. Las culturas orientales siguen diferenciándose de la nuestra, tal como en los tiempos a que nos hemos referido se diferenciaban. Siguen rebajando al hombre en cuanto a individuo. Bajo esta realidad encontramos la indiferencia hacia el mundo de los sentidos, de la que la indiferencia hacia el hecho experimentalmente comprobado no es más que una faceta. Todos los que han vivido y trabajado en Oriente saben cuan difícil es allí obtener una respuesta a una pregunta sobre una cuestión de hecho. Cuando tuve que investigar las bajas producidas por las bombas atómicas en el Japón, al término de la guerra, aquella dificultad me aperreó y fue causa de constante perplejidad. Los individuos a quienes preguntaba, fuesen quienes fuesen, no llegaban a comprender verdaderamente lo que yo quería saber, o, mejor dicho, no comprendían que lo que yo quería era saber. Aquellos hombres querían comportarse como es debido, de la forma adecuada, estaban plenamente dispuestos a ser sinceros, pero en el fondo ignoraban los hechos debido a que los hechos no eran su idioma. Las culturas orientales han quedado inmovilizadas debido a que carecen del hábito y del idioma de los hechos. Para nosotros, el hábito de la verdad, el hábito de ser fieles a la experiencia ha sido motor de civilización. La última guerra nos demostró descarnadamente qué ocurre a sociedades cual la nuestra y a hombres como nosotros cuando se interrumpe este hábito. La ocupación de Francia por los alemanes obligó a cada francés a dividir su modo de comportarse; tenían un código de veracidad para con sus compatriotas, y un código de engaño para con los conquistadores. Se trataba de una heroica división, de mantenimiento mucho más difícil de lo que podemos imaginar, y por la cual el mundo está todavía en deuda con los franceses. Sin embargo, quienes vivieron en este dividido estado jamás podrán superar los efectos que en ellos produjo, y los hábitos de desconfianza y reserva que creó obstaculizarán durante largo tiempo el libre vivir en Francia y en Europa11. Este es el grave vicio existente en todo estado en que los hombres se muestren reacios a hablar francamente a cualquier individuo con quien se topen. La decadencia del hábito de la

La cuestión de principios fue planteada claramente por el líder “whig” Charles James Fox. Dijo que la acusación tan sólo planteaba un problema, a saber: si la India debía ser gobernada “por esas leyes que se encuentran en Europa, África y Asia, por esas leyes que se encuentran en todas partes, por esos principios de equidad y de humanidad, impresos en nuestro corazón, y que informan los sentimientos de todos aquellos dotados de la capacidad de juzgar”. El escritor católico François Mauriac se ha ocupado recientemente de este tema, en una serie de ataques dirigidos contra la violencia imperante en el ejército francés, y contra la gangsteriana moralidad de lo que él llama el inframundo de alta sociedad de los ricos. Recuerda Mauriac una profética frase del poema Rimbaud, “Voici venu le temps des assassins”, y comenta: “Esta época de asesinos no llegó de repente, sino que se fraguó despacio durante las largas luchas que desde 1914 han ensangrentado a Europa. Las guerras exteriores contribuyeron a preparar su advenimiento, pero no tanto como las guerras intestinas y el movimiento de la Resistencia, en el que el deber de todo resistente era hacer del crimen una virtud”.
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verdad es lo que más daño causa a aquellos que tienen razones para sentir el temor de hablar. Pero mucho más destructiva, mucho más degradante es la pérdida de este hábito para los vociferantes conquistadores. La gente a quien más daño hicieron las conquistas de los nazis fueron los propios nazis. Baste recordar el estado en que se encontraba el pensamiento alemán en los tiempos en que Werner Heisenberg fue criticado por las S. S. y tuvo que solicitar a Himmler que le protegiera en su condición de científico. Heisenberg había sido galardonado con el premio Nobel a la edad de treinta años; su principio de la incertidumbre es uno de los dos o tres conceptos más profundos hallados por la ciencia en el presente siglo; y Heisenberg intentaba convencer a los nazis de que no debían desdeñar descubrimientos tales como el de la relatividad, sólo porque el descubridor les era antipático. Sin embargo, Himmler, que había sido maestro de escuela, necesitó meses dedicados a detalladas investigaciones (algunos miembros de su familia conocían a Heisenberg) antes de encargar a Heydrich, nada menos que a Heydrich, que se ocupara de la protección de Heisenberg. La carta de Himmler a Heydrich es un monumento consagrado a recordarnos lo que le ocurre a la mente creadora en una sociedad sin verdad, ya que Himmler escribe en ella que, según le han dicho, Heisenberg tiene la categoría suficiente para tenerle en cuenta a fin de destinarle, en su momento, a la academia de Welteislehre. Era ésta una academia que Himmler se proponía dedicar a la investigación de la creencia, que él compartía con sus científicos aduladores, o que quizá había impuesto a éstos, de que las estrellas son de hielo.

Figura 20. Heisenberg había sido galardonado con el premio Nobel a la edad de treinta años; su principio de la incertidumbre es uno de los dos o tres conceptos más profundos hallados por la ciencia en el presente siglo. Wernet Heisemberg.

Este despropósito es cual aquel otro acerca de las razas inculcado a los alemanes. El estado mental y el estado de una sociedad forman una sola pieza. Cuando descartamos la prueba de los hechos con respecto a lo que es una estrella, la descartamos en función de lo que un hombre es. Las sociedades se sostienen en virtud del respeto que cada hombre tiene hacia el prójimo; y la sociedad fracasa, queda desmembrada en grupos dominados por el miedo y en grupos detentadores del poder, cuando en ella impera un falso concepto del hombre. El impulso que da existencia a una sociedad estable se encuentra, en última instancia, en la búsqueda de aquello que nos hace hombres. Se trata de una búsqueda sin fin. Darle fin equivale a congelar el concepto de hombre, dejándolo reducido a una caricatura que no puede corregirse, tal como han hecho las sociedades de castas y de razas dominantes. En lo concerniente al conocimiento del hombre, así como en el de la sociedad, el hábito de la verdad, el hábito de la fidelidad al hecho experimentalmente comprobado, jamás nos traicionará. Y esto es lo que los imperios de Himmler y de Warren Hastings destruyeron. Cuando Hastings fue juzgado, William Wilberforce pedía a Inglaterra que pusiera fin a la

trata de esclavos. En el fondo, Wilberforce se basaba en un solo argumento: los hombres de piel oscura son hombres. En aquel entonces, más de un siglo de hábito científico fue causa de que los conciudadanos de Wilberforce descubrieran que tenía razón, y también de que descubrieran que Hastings más que un tirano era un estafador.

Figura 21. Wilberforce pedía a Inglaterra que pusiera fin a la trata de esclavos. Se basaba en un solo argumento: los hombres de piel oscura son hombres. William Wilberforce.

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Siempre ha habido dos maneras de buscar la verdad. Una de ellas consiste en hallar conceptos indiscutibles debido a estar basados en la fe, en la autoridad o en la convicción de que son evidentes. Esta es la mística sumisión a la verdad que el Oriente ha adoptado, y que dominaba el axiomático pensamiento de los estudiosos de la Edad Media. Así vemos que Santo Tomás sostiene que la fe es más alto criterio de verdad que el conocimiento. El maestro de la ciencia medieval coloca firmemente a la ciencia en lugar subordinado. Pero mucho antes de que de Aquino escribiera, Pedro Abelardo había ya atacado la idea de que existan unos conceptos que sólo puedan nacer de la fe o de la autoridad. Abelardo dijo que toda verdad, incluso la más alta, es de posible comprobación: “La duda nos induce a la comprobación, y la comprobación nos lleva a percibir la verdad”. Estas palabras bien hubiera podido firmarlas quinientos años después el propio Descartes, y bien hubieran podido ser la fórmula de la revolución científica. En la Reforma vemos idéntico apartamiento de la autoridad. En 1517, Lutero dijo que podíamos ampararnos en una demostrable obra de Dios, la Biblia, para derribar a cualquier autoridad establecida. La revolución científica se inició cuando Copérnico adujo implícitamente una más atrevida proposición, según la cual hay otra obra de Dios, superior a la antes mencionada, a la que podemos recurrir, y ésta es la gran obra de la naturaleza. No puede haber afirmación absoluta alguna que esté fuera del alcance de la comprobación, ninguna afirmación cuyas consecuencias no puedan compararse con los hechos de la naturaleza12.

Explícitamente lo dijo Galileo, cuando tuvo que defender el sistema de Copérnico, en 1615, en su Carta a la Gran Duquesa de Toscana, referente al uso de las citas bíblicas en cuestiones científicas. Por ejemplo, Galileo escribió: “La naturaleza es inexorable e inmutable; nunca quebranta las leyes que

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El hábito de comprobar y corregir los conceptos, mediante sus consecuencias, con la experiencia ha sido el resorte de los avances de la civilización. En la ciencia, en el arte y en el conocimiento de nosotros mismos, exploramos y avanzamos constantemente, por el medio de dirigirnos al mundo de los sentidos y preguntarle: “¿Es verdad?”. Este es el hábito de la verdad, constante y siempre urgente, que a lo largo de cuatrocientos años ha regido todos nuestros actos, y que ha formado la sociedad en que vivimos, así como el valor que ésta reconoce al hombre, con la misma certeza con que ha sido también el hábito que ha dado nacimiento a la linotipia, al cuchillo del cazador, El rey Lear, el Origen de las especies y la Dama del armiño de Leonardo.

la rigen, y le importa un rábano que sus abstrusas razones y métodos de funcionamiento sean comprensibles para el hombre. Por esta razón, es evidente que ninguna realidad física que la experiencia de los sentidos ponga ante nosotros, o que demostraciones inimpugnables nos atestigüen, debe ser puesta en tela de juicio —y mucho menos condenada—, en méritos de textos bíblicos cuyas palabras quizá oculten un significado muy distinto del que aparentemente tienen”. Al argumentar de este modo, Galileo sigue muy de cerca a San Agustín.

Tercera parte: El sentido de la dignidad humana
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El tema de que trata el presente libro es el de la evolución de los valores contemporáneos. Mí tesis estriba en la afirmación de que los valores actualmente aceptados en concepto de permanentes y, a menudo, como evidentes por sí mismos, tienen su base en el Renacimiento y en la revolución científica. Las artes y las ciencias cambiaron los valores imperantes en la Edad Media. Y este cambio ha consistido en un enriquecimiento, en un avance hacia cuanto nos hace más profundamente humanos. Esta tesis contradice claramente una opinión ampliamente compartida acerca de la función de la ciencia. Si, como muchos creen, la ciencia únicamente tiene la función de formar un interminable diccionario de hechos, entonces la ciencia ha de ser neutral (y neutra) como una máquina; ninguna trascendencia podrá tener en los valores humanos. Sin embargo, la ciencia no es, evidentemente, un gigantesco diccionario, del mismo modo que tampoco la literatura lo es. Tanto la una como la otra reciben los servicios, pero no están al servicio, de los diccionarios. “La mente creadora” llevó a cabo la pesada tarea de demostrar que la ciencia es actividad creadora. En el acto de la creación el hombre reúne dos facetas de la realidad y, al descubrir semejanzas entre ellas, las funde en una. Este es el acto que realizaron Leonardo, Keats y Einstein. Y el espectador que se impresiona ante la obra de arte o la teoría científica vuelve a vivir el instante del descubrimiento, y su apreciación también es recreación1. Sin embargo, después de haber aceptado que tanto la ciencia como el arte descubren ocultas semejanzas y orden en lo que parece no semejante, queda todavía una duda. ¿Acaso no existe entre arte y ciencia una diferencia consistente en que la semejanza descubierta por la ciencia está sujeta a la confirmación por los hechos, en tanto que el arte está exento de esta servidumbre? “El hábito de la verdad” formuló la histórica pregunta: ¿Qué es la verdad? Desde luego, allí me propuse distinguir lo verdadero no tanto de lo simplemente falso (lo cual rara vez llega a preocuparnos) cuanto de lo ilusorio, de la alucinación procedente de una creencia mal fundada o desordenada. Allí, mi método derivaba de la tradición de pragmatismo que, desde que William James la inició en 1890 (con el antecedente de Charles Peirce), ha constituido la corriente filosófica más original de Norteamérica. El pragmatismo adoptó como modelo de verdad la realidad de las cosas. ¿Por qué razones llegamos a creer que existe el Everest? Nosotros no lo vemos, y tan sólo nos llega un aspecto o efecto del Everest, sin embargo reconocemos su existencia única debido a que este reconocimiento ordena los distintos aspectos del Everest. La cosa, la realidad única, conforma en una sola unidad los diferentes efectos gracias a los cuales penetra en nuestro mundo. No creo que la verdad se convierta en algo más primario si la buscamos en los hechos más simples, ya que en el mundo no hay hecho alguno que sea instantáneo, infinitesimal y

Esta opinión, según la cual la ciencia forma parte de nuestra cultura de manera tan integral como las artes, y de modo igualmente necesario en cuanto se refiere a nuestra educación, fue el tema principal de mi discurso ante la British Association for the Advancement of Science, pronunciado en 1955, bajo el título “El hombre culto de 1984”, así como de la elocuente conferencia de Sir Charles Snow, pronunciada en Rede, con el título Las dos culturas y la revolución científica (Cambridge, 1959).

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último, no hay hecho que sea una sola entidad. Creo que no existe eso que llamamos hechos atómicos. En el lenguaje científico cada hecho es un campo, un tejido de latentes consecuencias y causas, de otros hechos que conducen al que nos ocupa, y de otros que derivan de él. En la ciencia, la verdad es como el Everest, una ordenación de hechos. Organizamos nuestras experiencias de modo que formen un conjunto de pautas, y estas pautas, reunidas y formuladas, componen la gran red de las leyes científicas. Pero la ciencia no se detiene tras la formulación de sus leyes. Ninguno de nosotros vive, públicamente en su trabajo, o privadamente ante su conciencia, merced a seguir los mandatos de un conjunto de leyes. Nosotros condensamos las leyes alrededor de los conceptos. La ciencia adquiere coherencia, deriva su fuerza intelectual e imaginativa, al mismo tiempo, de estos conceptos en los que las leyes se cruzan, y que forman algo parecido a los nudos de una tela metálica. Gravitación, masa y energía, evolución, genes y subconsciente, son audaces creaciones de la ciencia, son el fuerte e invisible esqueleto en el que la ciencia articula los movimientos del mundo. La ciencia es, ciertamente, una actividad veraz. Y, tanto si fijamos nuestra atención en los hechos, como en las cosas o en los conceptos, no podremos separar la verdad del significado, es decir, de un orden interior2. En consecuencia, la verdad no es distinta en la ciencia y en las artes. Lo que ocurre es que los hechos del corazón, las bases de la personalidad, resultan de más difícil comunicación. La fidelidad a los hechos es un hábito que actúa en ambos campos y que tiene idéntica importancia en uno y en otro, debido a que los hechos son la única materia prima de la que podemos derivar un cambio en el pensamiento. En la ciencia, el recurso a los hechos equivale a la exploración del concepto en sus consecuencias lógicas. En las artes, los hechos emocionales fijan los límites de aquellas experiencias que pueden expresarse en sus respectivos medios de expresión.

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He recordado brevemente el aparato que antes monté, a fin de utilizarlo ahora para examinar los valores por los que nos regimos en nuestro vivir. Algunos creen que estos valores son innatos, como el sentido de la vista, y consideran que todo apartamiento de estos valores, toda herejía, no es más que una enfermedad que el paciente se hubiera ahorrado si hubiese sido más limpio. Otros consideran que las nociones de valor son imposiciones de carácter absoluto que debemos aprender, desde luego, y también, si ello es posible, aprender a amar, pero que no podemos poner eficazmente en tela de juicio. Todos ésos desean ardientemente que nos portemos bien, y, al mismo tiempo, pretenden que no investiguemos cómo nos comportamos. Creen que los valores carecen de fundamento racional, y por esto temen que el recurso a la lógica conduzca solamente a la irreverencia, en primer lugar, y el hedonismo, después. No comparto este temor, y no lo necesito para mantener mi sentido de los valores. Para mí, los conceptos como el de deber son iguales a los conceptos como el de masa, en cuanto a lo anteriormente dicho se refiere, y no veo ninguna razón en cuya virtud deba basar el concepto del deber, en cuanto valor, en distintas argumentaciones.

Grande y muy común error es suponer, tal como se suponía en el siglo XIX, que los hechos en que la ciencia se basa se nos dan en toda su pureza, y que no requieren ser juzgados ni interpretados por nosotros. Los grandes descubrimientos de las ciencias físicas durante el siglo XX comienzan al negar radicalmente esta creencia. Ahora sabemos que la ciencia no se basa en hechos, sino en observaciones; que la observación no es un pasivo estado de recepción, sino una relación activa entre el observador y el mundo en torno; y que, en consecuencia, la ciencia no es un mecánico índice de hechos, sino una actividad evolutiva. Estos principios han sido detalladamente expuestos, hace poco, por Michael Polanyi en Personal Knowledge (Harper Torchbooks, 1964).

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Creo que se da otro temor que impulsa a la gente a oponerse a que los valores por los que rigen su vivir sean estudiados empíricamente. Reconocen que tal estudio puede revelar qué es lo que los hombres hacen en orden a prosperar, pero preguntan: ¿Y es esto acaso lo que los hombres deben hacer? ¿Acaso no es esto precisamente lo que no debieran hacer? El virtuoso responde que ciertamente los malvados son los que prosperan, y si prosperan ello se debe a que practican el mal. Por esto temen que si las ciencias sociales estudian, al igual que las ciencias naturales, lo que produce resultados y lo que no produce resultados, las leyes que descubran probablemente serán perversas. Mucho dudo que esta pesimista opinión quede confirmada por las enseñanzas de la historia. ¿Es verdad que los malvados prosperan? ¿En las convulsiones nacionales, acaso las tiranías han sobrevivido a sus pacíficos rivales? Roma no sobrevivió a los mártires cristianos. Maquiavelo, en El Príncipe, se muestra muy impresionado por los triunfos de los Borgias, y consiguió impresionarnos a nosotros, pero, ¿fueron los Borgias verdaderamente envidiables, y verdaderamente alcanzaron el triunfo? ¿Acaso Hitler y Mussolini tuvieron mejor fin? ¿E incluso en la breve perspectiva de nuestro barrio, acaso los falsarios triunfan sobre los veraces? ¿O no será que nos entregamos a la confortante creencia de que el vecino que triunfa es ipso facto un malvado? En un grave error se basa este temor de que el estudio de la sociedad nos revele una versión moral de la ley de Gresham, en cuyos méritos lo malo desplaza a lo bueno. El error consiste en suponer que las normas de conducta de una sociedad pueden permanecer inmutables mientras el comportamiento de sus miembros cambia. No, eso no ocurre. No hay sociedad que pueda seguir siendo legalmente justa cuando muchos de sus miembros infringen las leyes. En una sociedad ordenada, el impostor goza constantemente de ventajas, pero goza de ellas únicamente en tanto la impostura sea algo excepcional, es decir, en tanto en cuanto la práctica de la impostura no destruya el orden social. El falsificador puede explotar la confianza de la sociedad en el valor de la moneda únicamente en tanto en cuanto no socave esta confianza al inundar el mercado de moneda falsificada, es decir, en tanto en cuanto la moneda buena siga siendo norma. Elimínese esta circunstancia y se verá que la ley de Gresham toma su venganza: la sociedad entra en sospechas y adopta el trueque en su comercio. Si queremos estudiar el comportamiento, debemos hacerlo en sus dos sentidos: en el sentido de los deberes del individuo, que son lo que mantiene a las sociedades unidas, y también en el sentido de la libertad de actuar individualmente que toda sociedad debe respetar, incluso en nuestros días. El problema de los valores solamente se plantea cuando los hombres intentan armonizar su necesidad de ser animales sociales con su necesidad de ser hombres libres. No hay problema, y no hay valores, hasta el instante en que los hombres quieren satisfacer ambas necesidades. El anarquista que sólo quiere la libertad, a toda costa, preferirá siempre la ley de la selva del hombre en lucha con el hombre. Y si un tirano únicamente quiere orden social, creará el estado totalitario. Entonces, el tirano señalará a aquellos que dudan o que disienten, aquellos a quienes Platón en La República llama poetas, y en Las Leyes denomina materialistas, que son los mismos a los que cualquier comisión parlamentaria llamaría sencillamente científicos. Y el tirano, tal como Platón aconsejaba, los exiliará, o los gleichgesckaltet, o los liquidará, o los someterá a investigación.

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Los conceptos de los valores son profundos y difíciles precisamente debido a que cumplen las dos funciones siguientes: unen a los hombres en sociedades, y, sin embargo, les reconocen una libertad que les hace hombres individualizados. La filosofía que no tome en cuenta ambas necesidades no podrá desarrollar valores ni, desde luego, reconocerlos. Y lo dicho es especialmente cierto en el caso de toda una filosofía social cual el materialismo dialéctico, según la cual la comunidad establece mediante leyes cuál debe ser el

comportamiento del individuo, por lo que, en esta sociedad el individuo no tendrá ocasión de preguntarse cómo debiera comportarse3. Y lo dicho puede igualmente aplicarse a los sistemas individualistas, que gozaron de predicamento en Inglaterra durante cierto tiempo, sistemas tales como el positivismo lógico y su moderna derivación, la filosofía analítica. Es importante examinar estas últimas filosofías, debido a que ponen especial empeño en proclamarse científicas. En su reacción contra la metafísica del siglo XIX, han vuelto a la tradición empírica que se remonta, en la filosofía inglesa, a Thomas Hobbes, a John Locke, y sobre todo a David Hume. Esta tradición busca el material filosófico y se propone efectuar las correspondientes comprobaciones en el mundo físico. Las pruebas que busca son aproximadamente las mismas que busca el científico, y rechaza aquellas que no soportarían la selección científica. Quienes encabezan esta tendencia de retorno a la tradición empírica, primeramente Bertrand Russell y, después, Ludwig Wittgenstein, tienen formación científica. En sus primeros escritos, Wittgenstein sostiene que una afirmación únicamente tiene sentido cuando puede ser comprobada en el mundo físico. En sus posteriores escritos, el mismo autor examina el significado de una afirmación a través del prisma del modo en que dicha afirmación puede utilizarse, es decir, del contexto y las intenciones en que queda encuadrada. En consecuencia, vemos que su primer concepto de la verdad era positivista, y el segundo analítico. Los seguidores de Wittgenstein han desarrollado su concepto analítico del uso convirtiéndolo en un método filosófico que a menudo parece muy alejado de toda comprobación universal, pero su finalidad sigue siendo, tal como era la del propio Wittgenstein, cortar nuestra comprensión del mundo a la medida del modo en que éste funciona en realidad. Tanto los positivistas como los analistas creen que la palabra es y la palabra debiera pertenecen a mundos distintos, de tal manera que las frases construidas alrededor del es tienen un significado comprobable, pero las que lo están alrededor del debiera jamás lo tienen. Y esto es así por cuanto la unidad en que Wittgenstein y Russell piensan es el hombre individual, es decir, un hombre. Toda la filosofía empírica británica es individualista. Resulta, pues, evidente que si el único criterio de verdad o falsedad que un hombre acepta es precisamente este mismo hombre, entonces este hombre carece de base para llegar a un acuerdo social. La cuestión referente a cómo un hombre debiera comportarse es una cuestión social que siempre afecta a varios hombres. Y si el hombre no acepta más juicio ni más comprobaciones que las suyas, se encuentra sin instrumentos con los que hallar una respuesta a la cuestión. Entonces, el problema consiste en determinar si puede aceptarse la comprobación en cuanto a principio, si se presupone que quien la lleva a cabo es un solo hombre. Este es un problema de hecho, tanto como aquel otro con que se enfrentó la física en 1905. Einstein no estudió, en 1905, si el espacio y el tiempo podían ser, en cuanto a principio, absolutos. Einstein se preguntó solamente de qué manera podían los físicos medir uno y otro. Por lo tanto es irrelevante (y metafísico) discutir si la comprobación puede ser absoluta, en cuanto a principio; la cuestión en realidad se concreta en la pregunta: ¿de qué manera los hombres comprueban una afirmación? ¿Cómo confirman o rechazan la afirmación, por completo, de que “la nebulosa Crab es el polvo de una supernova que explotó en 1054, y brilla debido a la parte de carbón radiactivo que contiene, formado en dicha supernova”?

Esto queda de relieve en la genuina preocupación y disgusto que la novela de Pasternak El doctor Zivago causó a excelentes críticos literarios rusos. En la carta oficial en que condenaron esta novela, los críticos se muestran moderados y dan razonamientos lógicos, pero así los podemos calificar únicamente después de haber aceptado la presuposición de que el personaje central, el propio doctor Zivago, no tiene porqué seguir fiel a sus personales valores (sus poemas, por ejemplo), cuando a cambio de ello sus compatriotas viven en la opresión. Esto equivale, no a juzgar El doctor Zivago, es decir el libro, sino al doctor Zivago, el personaje, como individuo antisocial.

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Desde el punto de vista científico ésta es una suposición relativamente simple. Los positivistas la desglosarían en suposiciones todavía más simples, y procurarían comprobarlas por separado. Pero el positivista incurre en un error, y en un error fatal, al pensar que puede efectuar por sí mismo estas comprobaciones. Ni siquiera podría verificar la parte histórica de la suposición, sin servirse de relatos ajenos, y sin dar fe a estos relatos. Y, en la práctica, no podría comprobar el índice de expansión de la nebulosa Crab, sin la ayuda de una serie de fabricantes de instrumentos, de astrónomos, de físicos nucleares, y de especialistas en eso y en lo otro, a cada uno de los cuales debería creer y otorgar su confianza. Todos estos conocimientos, todos nuestros conocimientos, han sido alcanzados comunitariamente. Si el hombre fuese un animal solitario, no habría astrofísica, no habría historia, ni siquiera habría idioma. El engaño que encadena al positivista y al analista es la presunción de que puede comprobar la verdad o falsedad de un aserto, sin consultar más que a sí mismo. Naturalmente, esto le impide efectuar todo tipo de juicio de carácter social. Supongamos que prescindimos de la presunción antes dicha, y que reconocemos que, incluso en la comprobación de los hechos, necesitamos la ayuda de los demás, ¿cuál sería la consecuencia? De ello se seguiría que debemos hallarnos en situación de poder confiar en los demás, que debemos poder confiar en su palabra. Es decir, se seguiría que existe un principio de unión de la sociedad, ya que sin este principio el individuo sería incapaz de distinguir lo verdadero de lo falso. Este principio es la veracidad. Si consideramos que la verdad es un criterio individual, entonces nos veremos obligados a inventar un cemento capaz de mantener a la sociedad unida. El positivista sostiene que únicamente tienen sentido aquellas afirmaciones que, en cuanto a principios, pueden ser comprobadas. Las afirmaciones que contienen la palabra es pueden pertenecer a la clase antes dicha. Las afirmaciones que contienen la palabra debiera no pueden pertenecer a ella. Pero, como hemos visto, bajo este criterio existe un nexo social que es lo único que permite la comprobación. Este nexo debe su permanencia a la obligación de decir la verdad. De ahí se sigue que los métodos positivista y analítico comportan un imperativo de carácter social. Y este axioma social es que: DEBIÉRAMOS COMPORTARNOS DE TAL MODO QUE LO QUE ES VERDAD PUEDA SER COMPROBADO.

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Bajo esta luz debemos examinar el funcionamiento de la sociedad. Y, a fin de mantener el presente estudio dentro de unos límites que impidan su desbordamiento, elegiré, para proseguirlo, una sociedad en la que impera el principio de la verdad. Por esto, examinaré la sociedad formada por los científicos, es decir, el grupo de los científicos. Quizá parezca un poco raro calificar de sociedad a este grupo, sin embargo evidentemente lo es. Por otra parte, después de haberme referido tan extensamente al funcionamiento de la ciencia, creo que el hecho de no ocuparme del modo en que los científicos trabajan en colaboración equivaldría a dejar sin respuesta las preguntas no expresadas pero latentes en nuestra mente4. Los vertiginosos avances de la ciencia, teórica y práctica, han estado

Debido a que los científicos tienen que servirse constantemente de los trabajos de sus compañeros, y deben confiar en la buena fe de los mismos, tienen clara conciencia de pertenecer a una comunidad. Sienten mucho el aislamiento cuando quebrantan el código de conducta de la sociedad científica. Así vemos que Klaus Fuchs, en sus confesiones, considera digno de mención que, después de revelar los secretos de Los Álamos al agente ruso “Raymond”, en 1945, “tuve la impresión de haberme convertido en un hombre libre, debido a que había logrado centrarme en una área de mi propio ser en la que era totalmente independiente de las fuerzas en torno”. Aquí, Fuchs se refiere a sus

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subordinados a la existencia de una comunidad de científicos, comunidad libre, franca y comunicativa. No se trata de una sociedad de reciente cuño, ya que sus tradiciones, tanto en el estudio como en el servicio, tienen sus raíces en las comunidades monásticas y en las primeras universidades, raíces que cruzan también el Renacimiento. Las mujeres y los hombres consagrados a la ciencia forman una comunidad de estudiosos que tiene más antigüedad que los modernos estados, y que, sin embargo, ha cambiado y evolucionado más que cualquier iglesia. ¿Cuál es la fuerza que la mantiene unida? Desde cierto obvio punto de vista, este poder es el poder de la virtud. Según los mundanos criterios imperantes entre los hombres de vida pública, los hombres de estudio son, en el cumplimiento de su función, virtuosos en extremo, insólitamente virtuosos. No se atribuyen desorbitados méritos, no engañan, no pretenden convencer a toda costa, no recurren a los prejuicios ni a la autoridad, con frecuencia reconocen francamente su ignorancia, sus disputas son bastante decorosas, no mezclan en sus temas cuestiones tales como la raza, la política, el sexo o la edad, escuchan pacientemente a los jóvenes y a los viejos, quienes, al parecer, lo saben todo... Estas son las virtudes generales de los estudiosos, y de modo muy especial las virtudes de los científicos. Personalmente, no cabe duda de que el científico tiene humanas debilidades. Quizá haya algunos que tengan amantes o que lean a Carlos Marx, quizá otros sean homosexuales y lean a Platón. Pero en un mundo en el que tanto el estado como las sociedades dogmáticas parecen estar constantemente entregadas a la amenaza y al halago, el cuerpo formado por los científicos ha sido adiestrado y organizado de modo que evite y resista todo factor de persuasión que no sea los hechos. Al científico que quebranta esta norma, cual fue el caso de Lysenko, se le hace el vacío. Y el científico que descubre que esta norma ha sido quebrantada en su laboratorio, cual descubrió Kammerer, se suicida.

Figura 22. Los científicos evitan y se resisten a todo factor de persuasión que no sea los hechos. Al científico que quebranta esta norma, cual fue el caso de Lysenko, se le hace el vacío. Trofim Lysenko, para favorecer los planteamientos políticos de la era Stalin, falseó resultados con la promesa de mejorar la producción agrícola. Cayó en desgracia a la muerte de éste.

revelaciones como si hubieran sido casi un acte gratuit, cuyo propósito fuese demostrar por medios arbitrarios su independencia con respecto a todo tipo de vínculos sociales. Este estado mental es muy notable que se diera en un científico, cual Fuchs. No hubiera sido extraordinario en un existencialista, comprometido tan sólo con la unicidad de su propia vida. La confesión de Fuchs nos induce a compararle con algunos introspectivos personajes de la obra de Jean-Paul Sartre Les Mains Sales, en la que verdaderamente se trata de muchas lealtades de este tipo.

Figura 23. Los científicos evitan y se resisten a todo factor de persuasión que no sea los hechos. El científico que descubre que esta norma ha sido quebrantada en su laboratorio, cual descubrió Kammerer, se suicida. Paul Kammerer, en su laboratorio se falsearon resultados relacionados con la transmisión hereditaria de comportamientos inducidos. Acusado de falsear resultados se suicidó.

Implícitamente, ya he dicho que estas virtudes no encuentran sus raíces en la personal rectitud de los científicos. Un reciente estudio5 ha puesto de relieve que la ciencia, en cuanto profesión, atrae a hombres de carácter grave, inhibido y con tendencia a quedar absortos. Pero éste es el carácter general de todos los estudiosos, carácter propio de los historiadores, así como de algunos críticos literarios y pintores miniaturistas. En méritos de estas virtudes privadas, estos hombres forman en nuestros días lo mismo que formaban hace cuatrocientos años, es decir un conjunto de individuos diseminados. No es el carácter común lo que ha convertido el conjunto de científicos en una sociedad tan firme y poderosa cual es la científica. Tampoco tal efecto ha tenido el hecho de la entrega a la profesión de la ciencia, en cuanto tal profesión. Toda profesión tiene sus solemnes códigos de conducta: los abogados y los agentes de ventas, los contables y los músicos y los ingenieros consultores. Cuando un miembro de estas agrupaciones se comporta indignamente, es expulsado. Estas asociaciones son tan circunspectas como un tribunal de exámenes y están tan formalmente constituidas como un sindicato laboral. Guían y protegen al profesional, le ofrecen ejemplos y amigos, y dan precisos perfiles a su trabajo. Pueden dar lugar a actos de tanto alcance cual el juramento hipocrático, o a ceremonias cual las de los francmasones. Y, sin embargo, nos basta ver cuánto se parecen entre sí estos códigos de conducta, cuán virtuosos y generales son, para comprender al instante que no son el resultado de la brega propia del trabajo que regulan. No se elevan hacia lo alto, cual verde y aguda rama, impulsados por la pasión que alienta en aquellos a quienes se dirigen. Ocurre todo lo contrario: estos códigos cumplen la misión de recordar a los diversos profesionales que las sanciones de aplicación en la sociedad general también les alcanzan. Nuestra civilización se ha impuesto a estas profesiones. Pero nadie podrá decir que se haya impuesto a la ciencia.

Pienso en los trabajos de Anne Roe, tal como ella misma los describe en su libro The Making of a Scientist (Nueva York, 1953) y en otras obras.

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Los valores de la ciencia no derivan de las virtudes de sus cultivadores, ni tampoco de amenazadores códigos de conducta como esos que recuerdan a los miembros de las diversas profesiones que están obligados a ser buenos chicos. Aquellos valores, contrariamente, han nacido de la práctica de la ciencia, debido a que son imprescindibles condiciones para esta misma práctica. La ciencia es la creación de conceptos y la exploración de los mismos en los hechos. La ciencia no dispone de otro modo de comprobar el concepto que el de su conformidad empírica con los hechos. La verdad cumple la función de impulso central de la ciencia. En la ciencia debe imperar el hábito de la verdad, no como un dogma, sino como un proceso. Consideremos ahora, paso a paso, el tipo de sociedad que los científicos se han visto obligados a formar, en la consecución de la verdad. Si resulta que es preciso descubrir la verdad, no esperar a que nos la den, y si, en consecuencia, es preciso ponerla a prueba mediante su actuación, ¿qué otras condiciones (y, con ellas, qué otros valores) nacen por sí mismos de lo anterior? Primero, desde luego, surge la independencia en la observación, y, de ahí, en el pensamiento. En cierta ocasión dije a un público formado por estudiantes de primaria que el mundo jamás cambiaría si no contradecían a sus mayores. Me entristeció saber, al día siguiente, que este axioma había indignado a los padres de los muchachos. Pero, pese a todo, es la base del método científico. El hombre debe mirar, hacer y pensar las cosas por sí mismo, ante aquellos que tienen la absoluta certeza de que ellos ya han hecho antes lo mismo, en el mismo terreno. En ciencia, nada puede sustituir a la independencia. Como subproducto de lo anterior, hemos llegado, paso a paso, a dar valor a cuanto es nuevo y audaz en nuestro trabajo. No siempre fue así. El arte y el pensamiento europeos se contentaban, antes del Renacimiento, con la fe de que nada nuevo hay bajo el sol. John Dryden en el siglo XVII, y Jonathan Swift, a principios del XVIII, todavía libraban batallas librescas para demostrar que ninguna obra moderna podía rivalizar con las clásicas. No se rindieron ante las argumentaciones ni los ejemplos (siquiera los de sus propias obras), pero sí ante la tradición científica de día en día más fuerte, imperante entre sus amigos de la nueva Royal Society. En la actualidad, tan normal nos parece elogiar la originalidad del dibujo hecho por un niño, o de la disposición de un ramo de flores, cual la de un invento. La ciencia ha hecho nacer el amor a la originalidad como signo de independencia. En un principio fue independencia, y después fue disentimiento. Estas palabras indican progreso y son el sello que distingue al carácter de nuestra civilización, cual antes ocurrió en la floreciente Atenas. Desde el Lutero de 1517 hasta el Espinoza pulidor de lentes, desde los tejedores hugonotes y los forjadores cuáqueros hasta los puritanos fundadores de Harvard, y desde las religiosas herejías de Newton hasta el calculado universo de Eddington, los profundos movimientos de la historia han sido iniciados por inconformistas. El disentimiento es la actividad nata del científico, que le ha proporcionado muchos dolores de cabeza incluso en los últimos diez años. Pero si eliminamos el disentimiento, eliminamos al científico. Y mucho dudo que no eliminemos también al hombre. Y ello es así por cuanto el disentimiento es igualmente innato en toda sociedad que todavía se encuentre en desarrollo. ¿Ha habido alguna vez una sociedad que muriera de disentimiento? En el curso de nuestra vida, varías han muerto de conformismo. El disentimiento no es un fin en sí mismo, sino el signo superficial de un valor más profundo. El disentimiento es el signo de la libertad, del mismo modo que la originalidad es el signo de la independencia de criterio. Y del mismo modo que la originalidad y la independencia constituyen las necesidades privadas de la existencia de la ciencia, el disentimiento y la libertad son sus necesidades públicas. Nadie podrá ser un científico, siquiera en privado, sí no goza de independencia de observación y de pensamiento. Pero si, además, la ciencia pretende tener eficacia, en cuanto a actividad pública, debe ir más lejos todavía, y debe salvaguardar su independencia. Las protecciones precisas son patentes:

libertad de investigación, libertad de pensamiento, libertad de palabra, y tolerancia. Estamos tan acostumbrados a estos valores que nos parecen evidentes por sí mismos, y no podemos evitar los bostezos ante las peroratas de los políticos. Pero estos valores son evidentes por sí mismos, es decir, son lógicamente necesarios, solamente cuando los hombres se entregan a la búsqueda de la verdad, es decir, en una sociedad científica. Estas libertades jamás han destacado en una sociedad dogmática. Únicamente fueron reconocidas cuando el pensamiento científico floreció por única vez con anterioridad a nuestra época, a saber, en la juventud de Grecia.

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Hasta el momento, he desarrollado una ética destinada a la ciencia, directamente derivada de la propia actividad científica. Al principio quizá pareció que este estudio únicamente conduciría a la formulación de un conjunto de normas técnicas: normas elementales sobre el uso de tubos de ensayo, o complicadas normas referentes a los razonamientos inductivos. Pero la búsqueda me ha llevado a otro terreno. Se da la rara circunstancia de que no hay normas técnicas para alcanzar el éxito científico. Ni siquiera hay normas para el empleo de tubos de ensayo, que el investigador brillante no desprecie, y tampoco hay normas para efectuar con éxito inducciones de carácter general. No es ahí a donde nos lleva el estudio de la práctica de la ciencia. Contrariamente, las condiciones precisas para la práctica de la ciencia resultan ser de otro género, de un tipo imprevisto. Independencia y originalidad, disentimiento, libertad y tolerancia: éstas son las necesidades primeras de la ciencia. Y éstos son los valores que, por sí misma, exige y forma. La sociedad de los científicos debe ser democrática6. Únicamente podrá pervivir y desarrollarse gracias a la constante tensión entre el disentimiento y el respeto, entre la independencia con respecto a las opiniones ajenas y la tolerancia hacia ellas. El nudo del problema ético se halla en la fusión de las necesidades privadas y las necesidades públicas. La tolerancia, sola, no basta. Y ésta es la razón por la que las blandas y amables civilizaciones orientales, en las que la contradicción es una ofensa personal, no han elaborado una ciencia fuerte. Y la independencia, sola, tampoco es suficiente. La triste historia de la genética, todavía dividida por las querellas ocurridas hace sesenta años, demuestra lo anterior7. Todo

Esto limita los actos que el científico individual pueda creerse con derecho a imponer a los demás. El científico no se cree titulado a actuar como un benévolo déspota, con derecho a insistir en que él sabe mejor que nadie lo que conviene a los demás. Contrariamente, muchos no-científicos creen que el mal uso de la ciencia únicamente puede acabar si los científicos arrancan de la comunidad la responsabilidad de dicho uso, y deciden no comunicar aquellos descubrimientos que puedan ser objeto de mal empleo. Según esta opinión, Einstein no hubiera debido comunicar al Presidente de los Estados Unidos, en 1939, que cabía la posibilidad de producir una explosión atómica, lo cual probablemente se basa en el razonamiento de que cabía confiar en que Einstein actuaría con prudencia y sentido humanitario, y que el hombre al que el pueblo de los Estados Unidos había elegido para que le gobernara no se comportaría de este modo. El caso es que, en realidad, el único científico que pretendió imponerse por este medio a la conciencia de la comunidad fue Klaus Fuchs. He examinado extensamente este problema en mi ensayo “Responsibilities of Scientist and Public”, publicado en el Atomic Scientist Journal de septiembre de 1955. La acusación que hace pocos años lanzó Lysenko contra la mayoría de los especialistas rusos en genética tiene su paralelo en una enconada disputa que dividió a los científicos de la genética ingleses, alrededor de 1900. Sin embargo, en aquel entonces los papeles estaban invertidos: casi todos los biólogos creían que la variación hereditaria tiene carácter continuo, mientras que los rebeldes creían en el nuevo mecanismo mendeliano, según el cual las características hereditarias se transmitían como unidades. Los rebeldes estaban encabezados por William Bateson, quien (como Lysenko) era naturalista y criador de ganado, es decir hombre de campo. Lo mismo que Lysenko, Bateson atacaba lo que él consideraba inanimadas estadísticas de laboratorio de genética. Pero los estudios estadísticos que Bateson impugnaba demostraban la variación continua, y por tanto eran de signo contrario a los que después atacaría Lysenko. Entre los antagonistas de Bateson se hallaba Kari Pearson, hombre de tanta
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científico debe aprender la dura lección de respetar las opiniones del compañero, incluso cuando éste comete la falta de tacto de atreverse a expresarlas. La tolerancia entre los científicos no puede basarse en la indiferencia, sino en el respeto. El respeto, en cuanto valor personal, implica, en toda sociedad, el público reconocimiento de cuanto sea de justicia, y la pública rendición de los debidos honores. Son, éstos, valores que al profano le parecerán muy alejados de la materia propia de un estudio abstracto. Justicia, honor, respeto entre los hombres... El lego se preguntará: ¿qué tienen que ver estos valores humanos con la ciencia? Tal pregunta no es más que insensata secuela de aquellos ataques decimonónicos en los que siempre se volvía a caer en equiparar la ética con el Génesis. Si los críticos del pasado hubieran alguna vez examinado el desarrollo práctico de la ciencia, Jamás hubiesen formulado esta pregunta. La ciencia compara el trabajo de un hombre con el de otro, e inserta los distintos logros entre sí. La ciencia no puede sobrevivir sin justicia, sin honor y sin mutuo respeto. Únicamente con la concurrencia de estos valores puede la ciencia perseguir sin desfallecimientos su objetivo: explorar los campos de la verdad. Si estos valores no existieran, la sociedad formada por los científicos tendría que inventarlos a fin de hacer posible la práctica de la ciencia. En las sociedades en que estos valores no existían, la ciencia ha tenido que crearlos.

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La ciencia no es un mecanismo, sino un progreso humano, tampoco es un conjunto de descubrimientos, sino la búsqueda de los mismos. Quienes creen que la ciencia es neutra desde un punto de vista ético no hacen más que confundir los descubrimientos de la ciencia, que sí son éticamente neutros, con la actividad científica, que no lo es. Para el profano que vive dominado por los engaños de los “comics”, según los cuales la ciencia mejoraría si fuese realizada por máquinas, la anterior distinción resulta intrigante. Pero la humana búsqueda e investigación constituye un proceso de aprender paso a paso. Ningún paso es definitivo, y los errores de una generación son peldaños de la misma escalera, tal como lo son las correcciones efectuadas por la generación siguiente. Esta es la razón por la que los valores de la ciencia resultan ser, sin duda alguna, los valores humanos, ya que los científicos son hombres, son falibles y, por ser hombres, deben estar dispuestos a corregir sus errores, y, en cuanto forman sociedad, deben tener la necesaria organización para corregir dichos errores. William Blake dijo que “ser un Error y ser Expulsado forma parte de los designios de Dios”. Y ciertamente forma parte de los designios de la ciencia. Jamás hubo un gran científico que no aventurara audaces hipótesis, y jamás hubo un hombre audaz cuyas hipótesis no fueran alguna vez un tanto exageradas. Newton cometió un gran error al parecer de sus contemporáneos, al imaginar que la luz estaba formada por partículas. Faraday adoptó una actitud insensata, también en el ambiente en que vivía, al buscar un vínculo que uniera el electromagnetismo con la gravitación. Y así es la ciencia: las hipótesis erróneas de Newton y Faraday cobran a la luz de los hallazgos de nuestros días, el aspecto de brillantes iniciativas. Ante nosotros en nada desmerece el profundo concepto de la

grandeza como originalidad, y cuya intransigencia le llevó a negarse a publicar en Biometrika los artículos de Bateson, ya que, al parecer, los especialistas en genética y en estadística eran (y creo que siguen siendo) hombres de difícil trato y carácter violento. Pero, en el fondo —y en esto radica la ironía de la disputa— los exactos métodos estadísticos de Pearson eran en aquel entonces tan radicalmente nuevos, y tan poco atractivos desde el punto de vista de los biólogos académicos, como podía serlo la fidelidad de Bateson a Mendel. Y, en realidad, Pearson y sus amigos fundaron Biometrika debido a que la Royal Society ponía obstáculos a la publicación de sus obras. Se celebró un feroz debate entre las dos escuelas, en la British Association, el año 1904, muy parecido al encuentro que tuvo lugar en la Academia de Ciencias Agrícolas de la Unión Soviética en 1948, con la siguiente diferencia: en la British Association nadie fue humillado, nadie fue acallado, y nadie intentó variar la orientación de la genética con argumentos que no fueran los proporcionados por las comprobaciones experimentales.

relatividad general de Einstein, por el mero hecho de que en la actualidad los detalles de su formulación nos parezcan dudosos. Y ello es así por cuanto en ciencia, al igual que en literatura, el estilo de un hombre destacado es la impronta dejada por su mentalidad, impronta que da incluso a sus errores aquel carácter de retadora interrogante que constituye un aspecto del avance de los conocimientos en la especialidad de que se trate. Por fin, la ciencia respeta más al científico que a sus teorías, debido a que, por su misma naturaleza, debe reconocer mayor valor a la búsqueda que al hallazgo, y al acto de pensar (así como al pensador) que a los pensamientos formulados. En la sociedad de los científicos todo hombre, en méritos del proceso de exploración de la verdad, adquiere una dignidad más profunda que la de sus doctrinas. Las sociedades amantes de la verdad se sostienen gracias al sentido de la dignidad humana. Lo anterior se desprende claramente de la vida del naturalista francés Buffon quien, como Galileo, fue obligado a retractarse de sus descubrimientos científicos8. Sin embargo siempre conservó, según nos dice su biógrafo, algo mucho más profundo que los refinados modales propios de la corte de Luis XV, puesto que en ningún momento dejó de tener “le sentiment exquis de la dignité humaine”. El biógrafo nos dice que Buffon aprendió a cultivar este sentimiento en el curso de su estancia en Inglaterra, donde se lo enseñaron los científicos británicos que allí trató. Como sea que Buffon sólo pasó tres meses en Inglaterra, ha habido quien considera exagerada esta afirmación. ¿Lo es verdaderamente? ¿Acaso la historia es una especie de aritmética tan inhumana? Durante el breve invierno de 1738-1739, Buffon conoció a los graves miembros de la Royal Society, herederos de Newton, y últimos vástagos de una gran generación. Pudo percatarse de que estos hombres no formaban una sociedad cortesana ni tampoco un grupo inorgánico, sino una comunidad de científicos que buscaban la verdad, en colaboración y con dignidad y humanidad. Este era, y sigue siendo, un descubrimiento suficiente para orientar la vida de un hombre.

Figura 24. Buffon pudo percatarse de que la comunidad de científicos buscaba la verdad, en colaboración y con dignidad y humanidad. Buffon calculó la edad de la tierra en unos 50.000 años, por lo que fue juzgado por la Iglesia Católica y tuvo que retractarse.

El sentido de la dignidad humana que Buffon demostró en su comportamiento es el cemento que une las sociedades formadas por hombres iguales, por cuanto manifiesta el conocimiento de que el respeto hacia los demás debe estar basado en el respeto hacia uno mismo. Tanto la labor de teorizar como la de experimentar pierden su significado si el científico no proyecta sobre ellas una respetuosa y lúcida honestidad para consigo mismo, y si

Estos descubrimientos hacían referencia además de a otras realidades, al origen de la tierra. Buffon especuló inteligentemente con cierto número de temas interrelacionados de biología y geología, y probablemente fue el primer científico que concibió claramente una teoría de la evolución.

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sus compañeros no presuponen que tal hace. El matemático y filósofo W. K. Clifford expresó lo anterior con gran fuerza, al final de su vida, hace casi cien años: “Si robo dinero a otra persona puede muy bien ocurrir que la transferencia en la posesión no cause daño alguno; puede muy bien ser que la pérdida no afecte a la víctima del robo, e incluso que le impida dar mal uso al dinero robado. Pero no puedo cometer este gran delito contra el Hombre, sin convertirme en un ser deshonesto. Lo que daña a la sociedad no es la pérdida de propiedades, sino el que se convierta en una cueva de ladrones, porque entonces deja de ser una sociedad. Esta es la razón por la que no debo hacer el mal aunque de él se siga el bien; pero, de todos modos, este gran mal a nosotros ha llegado ya, por cuanto nosotros hemos cometido el mal y por esto somos malvados. “ Esta es la moral del científico: no hace distingos entre fines y medios. A continuación, Clifford expresa lo anterior desde el punto de vista del cultivador de la ciencia: “De semejante modo, si me permito creer en algo, basándome en pruebas insuficientes, quizá de mi creencia no se siga gran daño; al fin y el cabo quizá resulte verdadera, o quizá jamás tenga yo la ocasión de manifestarla mediante actos externos. Pero no puedo cometer este gran delito contra el Hombre, sin convertirme en un ser crédulo. El peligro para la sociedad no estriba meramente en que crea lo falso, aunque bastante daño es éste, sino en que llegue a ser crédulo.” La pasión que se advierte en las palabras de Clifford nos indica que para él la palabra “crédulo” entraña la misma fuerza emocional que las palabras “cueva de ladrones”. El quid de la ética de Clifford, y de la mía, se encuentra en la expresión “al fin y al cabo quizá resulte verdadera”. Habrá quienes permitirán que este pensamiento justifique su comportamiento, pero la práctica de la ciencia no lo permite, no tolera que la palabra “verdadero” se use en este sentido. La prueba de la verdad radica en las pruebas conocidas que los hechos proporcionan, y en este aspecto no hay razones de urgencia ni razones de estado que justifiquen el menor engaño a uno mismo. Nuestro trabajo, globalmente considerado y en sus detalles, forma una sola pieza, de manera que si acallamos un escrúpulo acerca de los medios de que nos servimos, quedamos infectados, nosotros y nuestras finalidades. La ética del científico deriva de sus métodos, y todo creador forja su propia ética. Así es como Blake la forjó, a través de la práctica de la poesía y la pintura: Quien quiera hacer el bien a otro debe hacerlo en los pequeños Detalles Particulares; El Bien General es la excusa del pillo, el hipócrita y el adulador, porque Arte y Ciencia sólo existen en los Particulares detalladamente organizados. Los “detalles particulares” del arte así como la delicada contextura de la ciencia forman el paño de la conciencia.

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Por lo general, cuando los científicos proclaman que los frutos de su trabajo han liberado al hombre, lo hacen basándose en razones más prácticas que las anteriores. Afirman que en los últimos cuatrocientos años hemos dominado el mar y el cielo, hemos sonsacado información a los electrones, hemos doblado los años de duración de la vida y hemos reducido a la mitad la jornada de trabajo, y el ocio que hemos creado lo hemos llenado con la riqueza de una educación universal, con discos de alta fidelidad, luz eléctrica y lápiz rojo para los labios. Hemos llevado a cabo las tareas que los hombres nos han encomendado debido a que eran las de mayor urgencia. La población mundial de nuestros días, que es por lo menos cinco veces más numerosa que la existente en los tiempos de Kepler, comienza a tener a su disposición la posibilidad de una vida superior a la del animal, un sentido de la personalidad,

y un potencial de plenitud humana, que son la gloria de nuestro siglo, y, al mismo tiempo, su más explosivo problema. Estas reivindicaciones de los científicos no quedan limitadas a las cuestiones de alimento y comodidad corporal. La mayor fuerza contenida en estos logros estriba en que los beneficios físicos proporcionados por la ciencia han abierto unas perspectivas que otorgarán a todos los hombres la ocasión de ejercitar la mente y el espíritu. El técnico, en este aspecto, sigue fielmente el ejemplo de la evolución natural, en la que el desarrollo de la mente humana siguió al desarrollo de la mano9. Sin embargo, yo tengo de la ciencia en cuanto método una concepción distinta a la expresada en las líneas anteriores. Para mí, la ciencia penetra en el espíritu humano de un modo mucho más directo. Esta es la razón por la que he fijado mi atención en un logro muy distinto a los anteriores, a saber, el de hacer funcionar a la sociedad humana. En cuanto conjunto de descubrimientos e ingenios, la ciencia ha dominado a la naturaleza. Pero si ha sido capaz de hacerlo, ello se debe únicamente a sus valores, valores que derivan de su método, y que han conformado a quienes la ejercen en una sociedad viva, estable e incorruptible. Es una comunidad que permite la libre entrada en ella a todos, que permite hablar claramente, ser escuchado, y ser contradicho. Es una sociedad que ha sobrevivido a los imperios de Luis XIV y del Kaiser. Napoleón se enfureció cuando el Instituto por él fundado concedió su primer premio científico a Humphry Davy, y la furia de Napoleón se debió a que tal concesión fue acordada en 1807, mientras Francia estaba en guerra con Inglaterra. La ciencia sobrevivió en aquel entonces, y ha sobrevivido luego, debido a que es más fuerte que la furia de los tiranos. Y ésta es la estabilidad que ninguna sociedad dogmática podrá jamás tener. En nuestros días, no queda en pie casi ninguna teoría científica de cuantas imperaban, por ejemplo, cuando se inició la revolución industrial, en 1760. Casi todas las teorías actuales contradicen de plano las de 1760; muchas hay que contradicen las de 1900. En cosmología, en la mecánica cuántica, en genética, en las ciencias sociales, ¿quién hay que defienda las creencias que parecían inconmovibles hace sesenta años? Sin embargo, la sociedad formada por los científicos ha sobrevivido a estos cambios sin precisar de una revolución, y rinde honores a los hombres cuyas creencias ha dejado de compartir. Nadie se ha retractado abyectamente ante un tribunal formado por sus colegas. La estructura total de la ciencia ha cambiado, pero nadie ha caído en desgracia ni ha sido depuesto. A través de todos los cambios de la ciencia, la sociedad científica se ha mostrado flexible y sin dobleces, a un mismo tiempo, y sigue evolucionando y enderezando su rumbo. En el lenguaje de la ciencia, bien podemos decir que es una sociedad estable.

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La sociedad de los científicos es sencilla debido a que tiene una finalidad orientadora: explorar la verdad. Sin embargo, también ha de resolver el problema propio de toda sociedad, consistente en hallar una solución a la división entre hombre y hombres. Debe procurar que el científico individual sea independiente, y que el cuerpo formado por los científicos sea tolerante. De las condiciones básicas que forman los valores primarios se derivan, paso a paso, una gama de valores: disentimiento, libertad de pensamiento y palabra, justicia, honor, dignidad humana y respeto hacia uno mismo. Por estos pasos han evolucionado nuestros valores a partir del Renacimiento. Desde luego, casuistas hay que, cuando no se dedican a quitar importancia a estos valores, los hacen

Esta es la conclusión que se deriva de los hallazgos de fósiles efectuados por Raymond Dart, Robert Broom y L. S. B. Leakey, en Sudáfrica, donde ahora parece muy probable tuvo su origen la especie humana.

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derivar de la Edad Media. Pero no olvidemos que aquel mundo servil y sanguinario no conocía la tolerancia ni respetaba la independencia, y precisamente de estas dos, tal como he demostrado, derivan racionalmente los valores humanos. Quienes han emprendido una cruzada contra lo racional, y reciben sus valores mediante la inspiración mística, no tienen derecho alguno a estos valores del intelecto. Para expresarlo no encuentro palabras más justas que las de Albert Schweitzer mediante las que él, hombre religioso, afirma que el misticismo de la religión no es suficiente: “El racionalismo es algo más que un movimiento intelectual que alcanzó su plenitud en el siglo XVIII y principios del XIX, ya que es un fenómeno necesario en toda normal vida espiritual. Todos los verdaderos progresos habidos en el mundo son, en último análisis, fruto del racionalismo. El principio, establecido en los tiempos antes dichos, según el cual todas nuestras opiniones sobre el universo han de basarse en el pensamiento, y sólo en el pensamiento, es válido en todo tiempo10.” Y de esta manera han pensado los hombres dignos, en todo género de actividades, desde que Giordano Bruno fue quemado vivo, el año 1600, en el Campo de Fiori, a causa de su cosmología. Todos han seguido sencillamente la senda de la verdad. Y entre estos hombres, los científicos no pretenden ser moralistas ni revolucionarios. William Harvey y Huygens, Euler y Avogadro, Darwin y William Gibbs, Madame Curie, Planck y Paviov, todos ejercieron su profesión modestamente y sin desmayo. Sin embargo, aquellos valores de los que rara vez hablaban resplandecían en sus obras, penetraron en su tiempo, y poco a poco reconstruyeron las mentes de los demás hombres. La esclavitud dejó de ser cosa natural. Los grandes herederos de Europa abandonaron la mesa de juego. Los imperios de los Borbones y los Habsburgo se derrumbaron. Los hombres exigieron los derechos del hombre y el gobierno mediante el consenso de voluntades. A principios del siglo XIX, Napoleón no pudo encontrar ni a un solo científico que elevara la tiranía a sistema; esto, tuvo que hacerlo el filósofo Hegel. Hegel fue quien escribió la tesis que pretendía demostrar que únicamente podía haber los siete planetas cuya existencia conocía. Tuvo la mala fortuna, lo cual no deja de ser muy característico, de que, en 1 de enero de 1801, mientras escribía Hegel su teoría, un astrónomo entregado al trabajo descubrió el octavo planeta, Ceres11.

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Comencé este libro con la pregunta que ha estado presente en mi mente, como científico, desde el momento en que la escuché entre las ruinas de Nagasaki: “¿Eres o no eres mi nena?”. ¿Habrá la ciencia apresado a la sociedad con una monstruosa garra destructiva de la que no podemos liberarnos ni dominar, y que, al igual que un autómata movido por un mecanismo de relojería y concebido en una pesadilla, se propone estrangularnos? ¿Cabe decir que la ciencia es un autómata que ha pervertido nuestro sentido de los valores? Estos interrogantes no pueden solucionarse convocando una conferencia dominical de

Este párrafo se encuentra en Filosofía de la civilización, Primera parte. Decadencia y restauración (Londres, 1932). Hablé del moderno racionalismo en mi Conway Memorial Lecture, titulada “The Fulfillment of Man” (1954). El astrónomo en cuestión fue Giuseppe Piazzi. Conozco esta curiosa coincidencia gracias al gran iniciador del estudio de la historia de la ciencia, George Sarton, por desgracia desaparecido ya. El más ajustado comentario a tales especulaciones lo hizo, muchos años atrás, William Shakespeare: Bufón: La razón por la que las siete estrellas no son más que siete es una gran razón. Lear: Porque no son ocho. Bufón: Efectivamente; creo que podrías ser un buen bufón.
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moralistas. Ni siquiera pueden contestarse mediante el esforzado neutralismo de los libros de texto que tratan del método científico. Debemos comenzar estudiando qué es lo que los científicos hacen, en aquellos momentos en que no están posando para los fotógrafos al pie de la escalerilla que conduce a la puerta de las astronaves, o diciendo tonterías con aire magistral en los chistes gráficos de la prensa. Es preciso que nos fijemos en la esencia de su actividad. Debemos dejar al descubierto, claramente patentes, las circunstancias imprescindibles para que puedan desarrollar su labor. Si esto hacemos, encontraremos uno tras otro, cual hojas superpuestas, los valores orgánicos que he revelado. Y comprobaremos que no contradicen aquellos otros valores imprescindibles para que la humanidad pueda pervivir. Al contrario, igual que las otras actividades creadoras surgidas del Renacimiento, la ciencia ha dado más humanidad a nuestros valores. Los hombres piden libertad, justicia y respeto, precisamente cuando el espíritu científico se ha difundido entre ellos. El dilema de nuestro tiempo no consiste en que los valores humanos no pueden controlar a la ciencia mecánica, sino en todo lo contrario, es decir, el espíritu científico es más humano que las máquinas gubernamentales. La tolerancia y el empirismo de la ciencia aún no han penetrado las chatas normas con las que todavía intentamos prescribir a las naciones su conducta. Nuestro comportamiento, en cuanto estados, sigue un código de egoísmo que la ciencia, al igual que la humanidad, ha superado ya. Los hallazgos de la ciencia técnica constituyen una amenazadora carga debido a que nos empeñamos en dar uso a su materialidad y no a su espíritu: pretendemos comprar el cuerpo de la ciencia. Nos sentimos sojuzgados por el poder de esa misma naturaleza a la que debiéramos dominar, debido a que creemos que este dominio no exige tan grande entrega y comprensión como el descubrimiento de los caminos que a él conducen. Porque conocemos los efectos de la pólvora, suspiramos por los tiempos anteriores a la bomba atómica. Pero las matanzas no se evitan con sólo quedarnos con la pólvora; la guerra de los Treinta Años lo demuestra. Las matanzas se evitan mediante la ética de los científicos, la de los poetas, la de todos los creadores, es decir, mediante el principio de que la finalidad por la que trabajamos existe y se juzga únicamente en virtud de los medios que empleamos para alcanzarla. Este es el humano resumen de los valores de la ciencia. Esta es la base de la sociedad que escrupulosamente busca que el conocimiento esté a la altura de su poder y lo gobierne. Pero los científicos no pueden gobernar a la sociedad, sino que su deber es enseñarle las consecuencias y los valores de su trabajo. Sir Thomas More dijo lo mismo, en 1516, al afirmar que el hombre íntegro no debe gobernar, sino enseñar. Y, casi veinte años después, subió al patíbulo por no haber seguido su propio consejo.

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En este libro he analizado únicamente la actividad científica. Sin embargo, no por ello la distingo de otras actividades imaginativas, y creo que aquélla y éstas se solapan de la misma manera que lo hacen entre sí el Renacimiento y la revolución científica. El sentido de maravilla e intriga ante la naturaleza, de libertad dentro de los límites impuestos por ésta, y de unidad en el conocimiento de la misma, lo comparten con el científico los pintores, los poetas y los montañeros12. No tengo la menor duda de que sus valores expresan conceptos tan

En la ciencia y en las artes, el sentido de libertad que el creador siente al trabajar deriva de lo que antes he denominado “elemento poético”. La ilimitada actividad de explorar el medio por sus propios méritos, y descubrir, como si se jugara, lo que cabe hacer con él, es el elemento poético. La palabra “jugar” es perfectamente adecuada en este caso, ya que los juegos de los animales jóvenes son de esta naturaleza: una aventura sin finalidad prevista, en la que descubren y aprenden a perfeccionar sus habilidades, ajenos a las necesidades y presiones ambientales que más adelante les condicionarán. El hombre juega y aprende durante más tiempo (su infancia es más prolongada) y sigue jugando cuando ya es adulto. En este sentido de libre descubrimiento, la ciencia pura es (como el arte) una modalidad del juego. He analizado el sentido de la libertad en otro terreno, que se encuentra entre la

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profundos como los de la ciencia, y al igual que éstos también podrían servir para formar una sociedad, tal como la formaron en Florencia, en el Londres de Isabel I, y en el caso de los famosos doctores de Edimburgo. Toda predisposición mental tiene su actividad creadora, actividad que explora las semejanzas más atrayentes de aquella predisposición, y de ellas deriva los valores según los cuales debemos vivir. La labor de exploración efectuado por el artista no es menos veraz y onerosa que la del científico. Si la ciencia parece imponer sus convicciones y conseguir el reconocimiento de los propios méritos con más rapidez que las otras actividades, se debe a que, en ella, los críticos son aquellas mismas personas que la ejercen. En la ciencia no se da, como en las artes, aquel abismo que separa las funciones (y, en consecuencia, las concepciones) de los que comentan, por un lado, y los que crean, por otro. Sin embargo, el gran artista trabaja en orden a desvelar el contenido de su percepción, con tanta entrega como lo hace el gran científico. Este contenido se desarrolla, preside los pensamientos del artista, y refulge con suma intensidad al término de una vida dedicada a silenciosa búsqueda. Recordemos las tres versiones de Fausto, en las que Goethe trabajó año tras otro. O imaginemos a Shakespeare entregado al trabajo. Al principio de este libro he citado aquel verso de Romeo y Julieta en que la muerte toma la imagen de una abeja que se posa en Julieta para sorber la dulzura de su persona: “La muerte ha sorbido la miel de tu aliento”. Más de diez años después, la imagen volvió a la mente de Shakespeare, e inesperadamente Shakespeare le dio concreción, y la metáfora se convirtió en un personaje de un drama. El drama es Antonio y Cleopatra, el escenario la alta torre; y la muerte aparece como un personaje, bajo las apariencias de áspid escondido entre higos. Desde luego, en la escena del áspid hay muchos matices, y entre los más conmovedores se encuentra la fantástica idea de Cleopatra, según la cual esta muerte, que ha de picarla, llega a ella para sorber su dulzura. Cleopatra habla amarga y tiernamente del áspid: Paz, paz haya: ¿No ves a mi hijo junto al pecho, que sorbe hasta dejar dormida al ama? Quien escribió estas palabras todavía percibía el eco nacido en la tumba de Julieta, y a él añadió el fruto de su vida de trabajo. Tanto si nuestras tareas son las del arte, las de la ciencia, o las del cotidiano quehacer social, lo único distinto es la forma en que exploramos nuestras experiencias. La necesidad de exploración es siempre la misma. Esta es la razón por la que, en el fondo, la sociedad formada por los científicos es más importante que sus descubrimientos. Lo que la ciencia ha de enseñarnos no es su técnica sino su espíritu, es decir, la irresistible necesidad de explorar. Quizá quepa la posibilidad de que las técnicas científicas sean practicadas, prescindiendo de su espíritu, en ámbitos secretos, tal como los egipcios ejercían el sacerdocio. Pero el espíritu de la ciencia ha sido contrario a esto, en el curso de los últimos cuatrocientos años. La ciencia ha creado los valores de nuestra vida intelectual, y juntamente con las artes, los ha enseñado a nuestra civilización. La ciencia no tiene nada de qué avergonzarse, ni siquiera de las ruinas de Nagasaki. La vergüenza recae en aquellos que alegan valores distintos a aquellos humanos valores intelectuales que la ciencia ha desarrollado. La vergüenza recaerá sobre nosotros si no incorporamos la ciencia a nuestro mundo, tanto intelectual como físicamente, de manera que al fin podamos juntar con el vínculo de unos mismos valores, aquellas dos partes del mundo. Esta es la lección de la ciencia: el concepto más profundo que sus leyes, y el acto de juzgar más importante que el juicio resultante. En un libro que escribí acerca de poesía, dije: “La poesía, en sí misma, no nos impulsa a ser justos o injustos, sino que nos conduce a tener pensamientos a cuya luz los perfiles de la justicia y la injusticia se perciben con aterradora

ciencia y el arte, en un ensayo titulado “La arquitectura como ciencia y la arquitectura como arte”, que fue publicado en el Journal of the Royal Institute of British Architects, del mes de marzo de 1955.

nitidez.”13 Lo que vale para la poesía vale también para el pensamiento creador. Y lo que entonces dije con respecto a un valor puede decirse también de todos los valores humanos. Los valores cuya observancia nos ha de proporcionar la supervivencia no son normas de conducta justa o injusta, sino profundos resplandores a cuya luz los perfiles de la justicia y la injusticia, el bien y el mal, los medios y los fines, se perciben con aterradora nitidez.

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The Poet's Defence (Cambridge, 1939).

El ábaco y la rosa: Nuevo dialogo sobre dos sistemas mundiales
Los personajes del diálogo son: SIR EDWARD ST. ABUSH, que representa al sistema establecido. Es hombre cortés e insoportablemente tolerante, pasa de los cincuenta y cinco años, es delegado del Ministerio de Educación (o algo parecido), y tiene acento de Oxford adquirido sobre la base de su voz de Edimburgo. DR. AMOS HARPING, que representa a las furias literarias, ser que se halla en un terreno intermedio, entre Scrutiny y Jimmy Porter. Agresivo puritano, está un poco amargado debido a que se siente desamparado en el presente período de transición. Cuenta unos treinta y cinco años, es profesor de lengua y literatura inglesa en Southampton, digamos, y tiene voz de Midlands, como de predicador, y con entonación un tanto cortante. PROFESOR LIONEL POTTS, Fellow of the Royal Society, que representa a la ciencia. Es un tanto conformista, ya que triunfó siendo todavía joven, y le cuesta comprender que haya gente con puntos de vista (e intereses) que no sean los de la biología molecular. Todavía no ha cumplido los cuarenta y cinco, carece de la capacidad crítica de los otros dos, tiene una clara idea del carácter positivo de su misión, en tanto que los otros dos tienen un concepto negativo de la suya propia. Habla con voz irlandesa, a la que el idealismo da ardor. Los tres personajes asisten a un congreso Este-Oeste acerca de cuestiones culturales, que se celebra en Lucerna, Suiza. El Gobierno de Su Británica Majestad paga los gastos (quizá de mala gana), a petición de la UNESCO. A Sir Edward le ha molestado un poco el que los dos principales representantes de la delegación que él preside hayan dado vivas muestras de desacuerdo (Sir Edward considera que la Gran Bretaña debe expresarse, en los congresos internacionales, con unanimidad de criterio), y los ha invitado a cenar para pedirles que mantengan relaciones amistosas entre sí, o, al menos, que finjan mantenerlas. Ha escogido el restaurante situado en la cumbre del Rigi, y en este momento acaban de llegar, a bordo del funicular. Se trata de un restaurante popular, en modo alguno elegante, y los sonidos que de vez en cuando se oyen evocan: camareros, ruedas del funicular en funcionamiento, excursionistas con aficiones a cantar con falsetes tiroleses, bocinas de autocares que convocan a sus desperdigados pasajeros... SIR EDWARD: He reservado esta mesa por teléfono porque me he acordado de la puesta de sol. Profesor Potts, siéntese usted aquí, a mi derecha, y así la verá mejor... Por favor, Harping, siéntese al otro lado. Ponga la silla un poco de lado. Eso. Tienen que ver la puesta de sol. Para esto les he traído aquí. HARPING: Sir Edward, en el tren no ha hecho otra cosa que decírnoslo. Se ve un bonito panorama desde aquí. ¿Estoy también obligado a estar todo el rato con el cuello estirado? A veces me pregunto por qué razón las gentes con títulos de nobleza se portan como si las puestas de sol hubieran sido organizadas por ellas. SIR EDWARD: Vamos, vamos, doctor Harping, esta frase no está a la altura de su probado ingenio. Sabe muy bien que no he organizado la puesta de sol, sin embargo sí he organizado la cena para que ustedes dos se reunieran conmigo. POTTS: Bravo, Sir Edward. Y a eso, mi querido Harping, se le llama administración. SIR EDWARD: Y efectivamente lo es, profesor Potts. Estoy orgulloso de poder poner la administración al servicio de la puesta de sol. Fíjense en el ocaso. ¡Qué hermoso! Este

resplandor rojizo en la nieve, y esos rayos escarlata, tras los picos. HARPING: ¡Bah! SIR EDWARD: Potts, póngase de mi lado, hombre. A los hombres de letras ha dejado de interesarles la belleza. POTTS: Me coloca usted en una posición falsa, Sir Edward. El no apreciar la belleza de los Alpes es una vieja historia, como usted sabe. Samuel Butler la contó. SIR EDWARD: ¿De veras? No lo sabía. HARPING: Potts, por favor... No saque usted a relucir a ese chalado Victoriano. POTTS: Un amigo de Butler elogió el paisaje ante un francés que se alojaba en el mismo hotel. Y el francés dijo muy educadamente: “¿Le gustan las bellezas naturales? Yo las detesto”. SIR EDWARD: Bueno, ya veo que con ustedes dos voy a pasar una noche desagradable. Les traje aquí para pedirles que no se pelearan, y que se hicieran amigos. Tenía esperanzas de que descubrieran que coincidían en algo. HARPING: Pues sí, en algo coincidimos, Sir Edward. A los dos nos gusta fastidiarle a usted. SIR EDWARD: Estoy firmemente dispuesto a no hacerle el menor caso, Harping. Voy a pedir que le traigan una copa de jerez. Pediré el jerez que a mí me gusta, así es que hágame el favor de decir que le gusta. Y cuidadito en echarme, ninguno de los dos, un sermón sobre los peligros del alcohol. HARPING: Oiga Potts, quisiera hacerle una pregunta. Si el ocaso le importa un pepino, ¿por qué no lo confiesa? ¿A santo de qué tiene que sacar a relucir a Butler? ¿Para infundirse valor? POTTS: Porque Samuel Butler es uno de mis más admirados escritores. Estaba cargado de manías y se peleó con Darwin, pero tenía una mente muy interesante. HARPING: Su anécdota sobre los Alpes carece de interés. En ella, Butler ni siquiera es el que detesta a la naturaleza, ¿verdad? Era el francés. Se ha servido de Samuel Butler porque necesitaba usted el respaldo de las letras. ¿Por qué? Usted es un científico, o al menos eso pretende. ¿Por qué ha de alardear de conocimientos literarios, de conocer a fondo el tema? Lo que ha dicho es una de esas pequeñeces que incluso mis alumnos de primer curso saben, pese a que Sir Edward lo ignoraba. Potts, no tiene usted ninguna necesidad de demostrar que también usted sabe esas cosas. POTTS: Claro que no, Harping. Además, tampoco alardeaba. Lo que pasa es que estoy acostumbrado a citar mis fuentes de información. Si resulta que Samuel Butler fue quien hizo la observación, cito a Samuel Butler y en paz. Además, debe usted reconocer que Butler fue un observador muy original. HARPING: No. No lo fue. Era un excéntrico, y por eso usted cree que fue original. Así juzgan los científicos. Butler odiaba todo lo que oliese a autoridad, y usted va y lo cita como si fuese una autoridad. Esta es la actitud que la ciencia adopta siempre. En realidad, es terriblemente literaria esta actitud, como las citas en latín y las anécdotas del doctor Johnson. Como usted sabe, a Samuel Butler le gustaban con delirio los huevos frescos, por eso procuraré no desayunar jamás en su compañía, Potts, no sea que para justificar el tomarse otro huevo estime necesario lanzarme a la cabeza el ejemplo de Butler. SIR EDWARD: Aquí tenemos el jerez, señores. Procuren beberlo en paz. Es un triunfo

obtener jerez antes de la cena, en Suiza. Sí, sí, ya sé, profesor Potts, es un triunfo de la administración. POTTS: Un triunfo que agradezco, Sir Edward. SIR EDWARD: Estoy seguro de que se ha alegrado usted de que haya desviado la conversación, ¿verdad Potts? De todos modos, mi querido Harping, me parece que no ha sido usted justo. ¿Por qué razón tenía usted que ensañarse con un ídolo de Potts? También usted tiene sus ídolos, si no recuerdo mal. En cierta ocasión se puso usted pesadísimo hablando de D. H. Lawrence, y a la hora del desayuno precisamente. ¿No serán los dos escritores tal para cual? Butler era un selvático excéntrico cerebral, y Lawrence un severo excéntrico sentimental. Reconozca, Dr. Harping, que también los sentimientos son irrazonables, a veces. HARPING: Sir Edward St. Ablish, ¿ha hablado usted en serio al sugerir que el profundo y profesional arte de D. H. Lawrence puede compararse con las habilidades de aficionado de...? SIR EDWARD: Por favor, no se suba a la parra, Dr. Harping, todavía falta bastante para que salga el próximo tren de regreso. Lo que sí quiero indicar es que Él destino de la carne es una novela tan destacada como pueda serlo El pavo real blanco. Pero no llegará nunca a comprender mi punto de vista, si se sirve de mis palabras como trampolín para lanzarse a hacer disquisiciones sobre méritos literarios. POTTS: ¿Y cuál es su punto de vista, Sir Edward? SIR EDWARD: Pues yo creo, profesor Potts, que ustedes dos necesitan héroes. Harping le ha reñido por considerar que usted no es capaz de desafiar los convencionalismos por sí mismo. Usted está sometido al solemne convencionalismo de desafiar los convencionalismos, eso es al convencionalismo científico. Pero Harping está sujeto a su propio convencionalismo que le obliga a oponerse a los convencionalismos. Cuando Harping da clases, se quita la corbata. Y me atrevería a asegurar que también usted hace algo así como quitarse a tirones la bata blanca en los momentos dramáticos, en el laboratorio. Ustedes, los avanzados, están obligados a cuidar la personalidad propia; y eso vale para los dos. Harping tiene que parecerse un poco a su maestro. ¿Cómo se llama? Eso, el doctor Leavis. Y usted ha de presentar el aspecto de mozo de cuadra irlandés. HARPING: Sir Edward, no podrá usted negar que sus palabras no han sido demasiado profundas que digamos. Todos tenemos nuestro estilo. Eso no vamos a negarlo. Potts tiene su tipo de inconformismo, y yo el mío. Y usted tiene su uniforme de satisfecha y tolerante conformidad que se ríe de los héroes. Pero yo no acusaba a Potts de observar un cierto estilo, sino que le criticaba el estilo ese que observa. Es un estilo literario y desviado. ¿Por qué razón, después de dárselas de científico, se llena la cabeza de decimonónicos desechos sentimentales? ¿Significa eso la unión de dos culturas? Usted no tiene la menor idea de lo que es la literatura, Potts. Idea de la cultura sí la tiene. Lo único que usted hace es formarse un collar de perlas cultivadas. POTTS: Verdaderamente, no veo qué razones puede usted tener para decir esto, Harping. ¿Se deja llevar siempre por las deducciones sacadas de un solo ejemplo? A los dos nos han preguntado si, a nuestro parecer, el ocaso era bello. A usted no le ha gustado mi respuesta. Pues bien, oigamos la suya. Observo que evita usted hablar por sí mismo. ¿Le parece bello el ocaso? HARPING: Francamente, no creo que haya usted hablado en serio. ¿Pretende que le hable de la belleza de los ocasos? ¿De veras? POTTS: ¿Por qué no? SIR EDWARD: Eso, ¿por qué no, Harping? Le he hecho una pregunta, y espero una

contestación seria. Ahí, enfrente, vemos los últimos resplandores del ocaso en los Alpes. Rosado de la nieve sobre carmesí, y bermellón sobre oro. Dentro de diez minutos los colores se habrán desvanecido, y dentro de media hora será de noche. Es como un símbolo de nuestro congreso: el Oeste teñido de rojo, y, después de eso, las tinieblas. Sin duda, eso merece su atención, Dr. Harping. Quisiera que los dos prestaran atención al ocaso. Así es que, con toda seriedad, quisiera que diera su opinión sobre la puesta de sol, Dr. Harping. HARPING: Pero, ¿cómo puede usted hacer tal pregunta? No tiene sentido. ¿Es bella la puesta de sol? ¡Qué palabra! El ocaso no es un objeto como una moneda, y la belleza no es un valor oficialmente consignado en él. Un ocaso de tal o cual ley, como si de media corona se tratara. POTTS: Usted no hace más que protestar, Harping. Ahí está usted, rebosante de desprecio, diciéndonos lo que el ocaso no es. Sé perfectamente lo que el ocaso no es. No es una moneda de media corona, y jamás creí que lo fuese. No le hemos preguntado qué no es el ocaso. Limítese a decir qué es. Dígame si es bello o no, y por qué. HARPING: Pero es que la pregunta no tiene significado, Potts. No me gusta emplear palabras como “belleza”, pero si ésta es la palabra que ustedes quieren utilizar, adelante. La belleza no es una moneda, no puede pasar de mano en mano como un valor previamente acordado. Y la belleza no es, en modo algo, absoluta por naturaleza. La belleza es una relación personal, algo que el ocaso me dice o no me dice, y que puedo después discutir con ustedes, de modo que clarifique sus ideas, y ustedes clarifiquen las mías. Pero yo no puedo darles, entregarles, la belleza como un juicio ya formulado. Puedo darle un ejemplar de Él pavo real blanco, Sir Edward, pero no puedo darle la grandeza en él contenida. Usted puede realizar los actos necesarios para que yo vea la puesta de sol, pero no podrá nunca hacer lo necesario para que yo vea su belleza. SIR EDWARD: Comprendo muy bien sus palabras, Dr. Harping, y si me permite usar su propia expresión le diré que no son demasiado profundas. Tiene usted que explicarme algo más profundo: ¿por qué razón lo que el ocaso le dice y lo que el ocaso me dice no puede contenerse en una sola descripción? Usted ha dicho que la belleza no es absoluta por naturaleza, y me parece que ha dicho “en modo alguno”, como suele decirse cuando se desea evitar una discusión. ¿Dijo usted “en modo alguno”? HARPING: Sin la menor duda. POTTS: Harping, preferiría que usted aceptara su afirmación como evidente en sí misma, y no como razonable. SIR EDWARD: Tampoco yo creo que la belleza sea absoluta, Dr. Harping. La experiencia me ha enseñado que no lo es. Pero me gustaría que discutiéramos esta afirmación. Sería algo así como una interesante sesión del congreso, mucho más interesante que todos los discursos sobre cultura y democracia. Parece que masticamos estas dos palabras, cultura y democracia, como si de dos huevos fritos se tratara. ¿Los prefiere el señor al estilo occidental, con las yemas para arriba, o al estilo del Este, con las yemas para abajo? Esto me recuerda que he encargado hors d'oeuvre. Me temo que serán muy suizos, con queso. ¡Camarero! Vamos a tomar los hors d'oeuvre ahora, y tráiganos otra copa de jerez. ¿Accede usted, Dr. Harping, a mostrarse de acuerdo con el absoluto parecer de todos los entendidos en vinos, y a convenir que este jerez es bello? POTTS: Harping le dirá, Sir Edward, que usted no ha querido decir “absoluto” sino “universal” parecer. Además, tampoco ha querido decir usted “bello”, sino espléndido jerez. HARPING: De acuerdo, Potts, puede usted burlarse cuanto quiera, pero no por eso las

cosas dejarán de ser tal como usted ha dicho. Con respecto al ocaso, se pueden hacer unas afirmaciones que son lo bastante vulgares y básicas para que merezcan la consideración de universales. El ocaso es espléndido, con lo cual queremos decir que (como el jerez) es dorado, pictórico de oro. El ocaso es espectacular, con lo cual queremos decir que ofrece más colorido que el cielo cotidiano que solemos contemplar. Puede incluso decirse que el ocaso es estimulante porque nos confiere a todos un sentido de grandeza de la naturaleza, insólito en nosotros. Estas afirmaciones son primarias, directas, y, en el fondo, descriptivas. Esencialmente, son observaciones objetivas, que comparan el esplendor que tenemos ante la vista con las más comunes circunstancias en que los tres vivimos. SIR EDWARD: ¿Y, sin embargo, no puedo decir que la puesta de sol sea bella? HARPING: No, Sir Edward, no puede usted decirlo, no si es que desea servirse con sensibilidad de las palabras. La belleza, contrariamente a lo que ocurre con el esplendor, no se mide mediante una comparación con lo vulgar. Cada uno de nosotros siente la belleza a través de aquellos aspectos más individuales de sí mismo. Cuando hablamos de belleza no debemos andar a la busca de elementos comunes en todos nosotros, y a esto tiende usted, Sir Edward, debido a su profesión. Y Potts nunca abandona la búsqueda de elementos generalmente compartidos, debido a que esto es lo único que los científicos pueden comprender. Mí profesión consiste en estudiar la belleza. Y utilizo esta palabra porque, al parecer, es la que usted ha escogido para crear una situación violenta esta noche. Y cuando nosotros, las gentes de mi profesión, los críticos, hablamos de la belleza de una obra de arte o de la naturaleza, buscamos precisamente lo que no es común, lo que es puramente personal, aquello que uno puede ver y los demás no pueden ver. Cada uno de nosotros aprovecha la ocasión para explorar sus dotes individuales de percepción. SIR EDWARD: ¿Por qué? Quizá a usted le entusiasmen estos ejercicios privados, pero, ¿por qué han de entusiasmarme a mí? ¿A santo de qué debo yo plegarme a lo que usted, Amos Harping, usted y nadie más que usted, tiene que decir sobre una puesta de sol o un poema? POTTS: Puede darse el caso de que esté más preparado que usted para juzgarlos. HARPING: No, Potts, no, no, no. O mejor dicho, sí y no. Sí estoy más preparado porque estoy menos preparado, porque me doy cuenta de que nadie está más preparado. ¿Por qué me hizo esa pregunta con respecto al ocaso, Sir Edward? ¿Considera que en materia de ocasos sé más que usted? SIR EDWARD: No, Harping. No lo creo. Harping: ¿Entonces, por qué me pregunta? SIR EDWARD: Porque quería escuchar lo que tenía usted que decir sobre el asunto. HARPING: Naturalmente, y en ello se pone de manifiesto la naturaleza de la apreciación crítica. Usted quería oír mi opinión, no debido a que la considera más fundada que la suya, sino debido a que es diferente, ligeramente diferente, con sutiles diferencias, diferencias gracias a esa pequeña manía personal, o a ese destello que otra mente percibe y la suya no. Y estas diferencias, estos resplandores que brillan tras los perfiles, iluminan y enriquecen su propia visión. Usted quería saber lo que yo pienso, Sir Edward, porque ahora, que ya lo sabe, lo incorporará a su manera de pensar, dará mayor importancia a tal aspecto o a tal otro, y efectuará una infinitesimal ampliación de su evidentemente sagrada y arraigada opinión sobre los ocasos. SIR EDWARD: Lo ha expresado usted con gran elegancia, Dr. Harping. Le felicito, cuando quiere puede usted hablar persuasivamente. Me gustaría que le diera por hacerlo en la sala de conferencias; necesito su ayuda, la de ustedes dos, a fin de mantener el prestigio británico. Les consta que así es. Dígame, profesor Potts, ¿Le ha convencido Harping? POTTS: No.

SIR EDWARD: ¿Por qué? POTTS: Porque todo lo que ha dicho es obvio, pero lo ha expresado de una manera que parece complicado. Ha hablado mucho, pero, en el fondo, ha dicho poco. Dice que es correcto calificar de espléndida la puesta de sol, pero que no es correcto calificarla de hermosa. ¿Pretende convencerme con sólo decir esto? ¿Por qué? HARPING: Tengo la seguridad de habérselo explicado. “Espléndido” es una descripción, y “bello” es un juicio. POTTS: ¿Y estas denominaciones deben convencerme? Descripción contra juicio, ¿verdaderamente pretende que acepte una distinción tan superficial? HARPING: No, no, nada de eso. Yo no le pido que la acepte. Los críticos saben muy bien la diferencia entre descripción y juicio, y los filósofos también la saben. Sir Edward St. Ablish tampoco la ignora. Pero usted, el profesor Lionel Potts, Fellow of the Royal Society, no tiene ni idea. No, porque es un científico. No, e1 profesor Potts no acepta las sutiles distinciones. Lionel Potts se sienta en su laboratorio, mira con su microscopio, y describe lo que ve. Y todo lo que Lionel Potts ve es susceptible de descripción. ¿Ve Lionel Potts el ocaso? Sí, ergo puede describirlo. Es espléndido, claro que sí, porque la palabra espléndido significa esplendente, “brillante”. Una palabra buena y sólida como una moneda de media corona; usted puede pesar el ocaso con aproximación de un gramo. Así ve las cosas Lionel Potts en la Royal Society. Es un ocaso; es espléndido; es rojo. ¿Y qué longitud de onda tiene, profesor Potts? POTTS: Unos 7.000 angstroms. HARPING: He aquí la respuesta de un científico: unos 7.000 angstroms. Y el sol se encuentra a noventa mil millas de distancia... POTTS: Noventa millones de millas... HARPING: Me equivoqué. Pido disculpas por mi craso error. Estoy seguro de que para algunos eso tiene gran importancia. El sol es espléndido, y se pone a una longitud de onda de 7.000 angstroms, que es roja; está a noventa millones de millas, y pesa... ¿Cuánto pesa el sol, profesor Potts? POTTS: No lo recuerdo. HARPING: Bueno, no se preocupe, hombre. Le prometo no informar de ello a la Royal Society. El profesor Lionel Potts no sabe cuánto pesa el sol, pero sí sabe que pesa algo. Un peso exacto, hasta las milésimas. Lionel Potts sabe que todo pesa algo. Todo puede ser medido, fotografiado, espectrografiado, y sabe Dios qué grafiado. Eso es: en el mundo de Lionel Potts, todo puede ser granado, grafiado y nada más. Todo puede ser descrito. ¿Quién se atreve a decir al profesor Lionel Potts que la belleza no puede ser descrita? ¿Quién se atreve a tener esperanzas de convencerle de que las descripciones no bastan, de que la vida, la vida fuera del laboratorio, exige también la formulación de juicios? POTTS: ¿Se ha detenido en espera de contestación, Harping? ¿O solamente para tomar resuello? SIR EDWARD: Se detiene para producir el pertinente efecto, Potts. Pero, ahora, quiero oír su respuesta, Potts. HARPING: ¿Por qué molestarle, Sir Edward? Potts es un científico, ¿por qué molestarnos en oír sus ideas?. Es hombre de acción, el hombre de acción del siglo XX. Ignora lo que es formular un juicio.

POTTS: Todo lo contrario, Harping, ignoro lo que es una descripción. SIR EDWARD: ¿Cómo? ¿Qué ha dicho usted, Potts? POTTS: Dije que, contrariamente a lo que piensa Harping, ignoro lo que es una descripción. Sé muy bien lo que es un juicio. Por lo menos, sé muy bien cuando formulo un juicio. Pero no sé cómo hacer una descripción, una descripción científica, una descripción pura, mecánica, precisa; una descripción, punto y aparte, sin que contenga un juicio. SIR EDWARD: Potts, y conste que de buena gana le llamaría solemnemente profesor Potts, sí Harping no hubiera insuflado tanta pasión al título, ignoro lo que ha querido decir con sus palabras, y me gustaría que me lo explicara. Pero, por favor, espere un momento. Para cenar vamos a tener truchas, con Pouilly Fumé. El servicio es vulgar, pero eso constituye un inconveniente que debemos tolerar en compensación de hallarnos en la cumbre de la montaña. He observado (¿es ésta la palabra neutral que debo utilizar?), he observado que, en Suiza, la calidad del servicio varía en proporción inversa a la altitud. Según su filosofía, Harping, ¿es esto una descripción o un juicio? No, no, no debo entregarme a la frivolidad, les pido disculpas a los dos. Potts, ande, explíquenos por qué razón no puede usted separar la descripción del juicio. POTTS: Con mucho gusto, Sir Edward. La explicación es muy sencilla. Harping dice que yo miro por el microscopio y, luego, describo lo que he visto. Y yo digo que lo que hago es describir lo que juzgo que he visto. SIR EDWARD: ¿Es ésta una diferencia muy importante? HARPING: Desde luego que no, Sir Edward. Lo único que hace Potts ahora es emplear un juego de palabras. Lo que describe es lo que ve o lo que cree ver, y eso no tiene relación alguna con el acto de juzgar. POTTS: Todo lo contrario. Está íntimamente relacionado. Harping me ha dicho que el ocaso es rojo, y, después, despreciativamente, me ha preguntado cuál era su longitud de onda. Pero yo no soy una máquina, yo me sirvo de las máquinas. Es decir, miro los registros, y entonces juzgo lo que he de ver. ¿Tengo que contestar a Amos Harping dándole la longitud de onda con fracciones de angstroms? ¿Y si la respuesta es afirmativa, hasta qué fracción? ¿O bien debo dársela (a él y a mí mismo), con aproximaciones de centenas de angstroms? En realidad se la he dado con aproximación de millar. Y esto, en sí mismo, es un juicio, Harping. Es el juicio sobre su seriedad. HARPING: Potts, me deja usted de una pieza. ¿Tengo que tomar en serio sus palabras? He hablado de juicios humanos y profundos sobre la naturaleza y el arte. Y usted va y me dice, con expresión muy seria, que la lectura de una regla de cálculo es también un acto enjuiciado!, debido a que usted tiene que decidir, en su inmensa y cósmicamente culta cabeza, cuál es la aproximación de que ha de servirse, entre cuantas ve en la regla. ¡Qué frivolidad! Lo siento, pero ha sido usted, Sir Edward, quien se ha servido de esta palabra. ¡Cuánta simpleza, hasta qué punto de fundamental simpleza puede usted llegar, Potts! POTTS: No se trata de eso, Harping. La cuestión consiste en saber hasta qué punto podré conseguir que sea usted fundamental en su pensamiento, Harping. Usted considera que es una frivolidad decidir si he de tomar en cuenta las décimas o las milésimas que indica la regla de cálculo. ¿Qué importa?, piensa usted, y añade que uno ha de fijarse en la aproximación más cómoda. Y no es así. Está usted equivocado, profundamente equivocado. En ciencia, toda aproximación entraña un juicio, por cuanto de este modo queda determinada la interrupción del análisis, o sea que así se decide que no es preciso avanzar más en el análisis. En realidad decimos: podemos detenernos aquí, el resto carece de importancia. ¿Y qué significado tiene esta ^importancia”? Pues significa que lo que se ha tomado en cuenta es relevante, y lo que no se ha tomado en cuenta es irrelevante. Toda descripción científica es de esta naturaleza:

expresa lo que se juzga importante y prescinde de lo que se juzga sin importancia. Y, entonces, llega el día en que un científico con mentalidad más aventurera que los otros formula un nuevo juicio, y decide avanzar un paso más en el análisis. No cree que con el análisis anterior, tan solo, haya bastante, y toma en cuenta otro detalle. Y, oh maravilla, una vez ha incluido el nuevo detalle en la descripción general, resulta que el cuadro del universo es totalmente distinto. SIR EDWARD: ¿Totalmente distinto, profesor Potts? ¿De veras que cambia mucho? ¿La imagen del universo verdaderamente cambia, debido a que un científico se ha fijado en un decimal más? POTTS: Así es, Sir Edward. Todo queda transformado. La relatividad, en cuanto ecuación, difiere sólo en un detalle con respecto a la física de Newton, pero, en cuanto a cuadro del universo, resulta fantásticamente distinta. ¿Qué hizo Einstein? Muy poco. Se negó a aceptar el firmemente arraigado juicio de los demás, según el cual el tiempo es una constante irrelevante. HARPING: No lo creo. No creo que Einstein descubriera la relatividad, gracias a manejar un decimal más. Y si así fue, si la aproximación de un científico es un juicio, entonces todavía tendrá que convencerme de que es un juicio profundo, un juicio que verdaderamente exija una entrega de la personalidad del individuo. El carnicero hace un juicio aproximativo siempre que arroja un pedazo de carne sobre el platillo de la balanza y me dice el precio. ¿También él se convierte en juzgador, solamente porque el asunto afecta a su bolsillo? POTTS: La entrega radica en la fidelidad del hombre a la ciencia, en su aceptación de la imagen del universo. La ciencia es una visión integral, e incluso cuando digo cuál es una determinada longitud de onda, juzgo todas y cada una de las partes que forman la ciencia. Y juzgo que las partes forman una unidad. Sin esta unidad no hay hechos, no hay aproximaciones, no hay descripciones. Y ésta es la razón por la que he calificado de superficial su distinción, Harping. Puedo asegurarle que una máquina jamás podría convertir en descripción de la vida lo que se ve en mi microscopio. La ciencia no la hacen las máquinas, sino los hombres. Y los hombres que trabajan en mi laboratorio están tan profundamente entregados, forman parte de sus juicios de modo tan total, como sus alumnos cuando comentan con usted los sonetos de Shakespeare. SIR EDWARD: Le comprendo, Potts. Usted ha dicho que un científico o un escritor no pueden describir lo que ven, sin corregirlo, sin redondearlo, sin interpretarlo, y que toda interpretación de este tipo es un juicio. Usted ha dicho que sus más jóvenes colaboradores, en el laboratorio, también se entregan, en la formulación de estos juicios, en cuanto seres humanos. Pero, ¿usted cree, Potts, que lo que estos hombres descubren en el laboratorio tiene la misma profundidad, la misma intelectual profundidad y complejidad humana que se da en los sonetos de Shakespeare? POTTS: No todos mis colaboradores son Shakespeare, Sir Edward. Y tampoco los alumnos de Harping lo son. Debemos hacer comparaciones congruentes. Los viajantes de comercio de la ciencia y los periodistas de la literatura existen por igual en uno y otro campo. Lo que mis jóvenes colaboradores descubren será aproximadamente tan bueno como lo que los discípulos de Harping escriben. SIR EDWARD: Lo siento, Potts, no formulé la pregunta correctamente. Voy a ver si lo hago mejor ahora. ¿La visión —creo que usted utilizó esta palabra— que sus jóvenes colaboradores tienen de la naturaleza está dotada de la misma profundidad intelectual y humana complejidad que la contenida en los sonetos de Shakespeare? POTTS: Efectivamente. La visión que del mundo físico ofrece la ciencia en la actualidad, en esta segunda mitad del siglo XX, es, en cuanto a profundidad intelectual, complejidad y coherencia, la más bella y maravillosa obra colectiva de la mente del hombre.

HARPING: Rotundo y noble sentimiento, en verdad. ¿Debo quedar pasmado ante la imagen del profesor Lionel Potts, en el acto de contemplar reverentemente, una vez al día, más o menos, la intelectual profundidad, la complejidad y la coherencia de la biología molecular? SIR EDWARD: No sea usted niño, Harping. Esto es sarcasmo. ¿Cree usted que es mayor motivo de pasmo o menos ridículo imaginar al Dr. Amos Harping en el acto de contemplar, una vez por hora, más o menos, la profundidad de las emociones, la complejidad y la coherencia de D. H. Lawrence? Harping, no somos escolares, ni siquiera somos ya universitarios, Potts y yo. No puede usted hacernos sonrojar con sólo preguntarnos a qué hora expansionamos el espíritu. HARPING: Bueno. Sin embargo, quiero formularle una pregunta, Sir Edward. Mejor dicho, a los dos se la haré. Aquí tenemos a Potts soltando sus hermosas frases sobre la intelectual profundidad, la complejidad y la coherencia de la ciencia. Frases que ni siquiera son suyas, porque me parece que las dijo C. P. Snow, o sino Bronowski. Usted, Sir Edward, ha quedado impresionado, y yo hubiera debido también mostrarme impresionado, debido a que Potts, o quienes acuñaron las frases, han demostrado que... ¿Qué han demostrado, Sir Edward? Han demostrado que la ciencia es una construcción intrincada, con piezas muy bien ajustadas. ¿Y esto es lo que ha de dejarme pasmado, y lo que debe reducirme al silencio? ¿Y esto puede compararse con la riqueza contenida en las obras de Shakespeare o con la pasión que se encuentra en las de Lawrence? La ciencia es una construcción intrincada y con sus diversas piezas muy bien ajustadas. Contemplemos esta construcción una vez al día, una vez por hora, o una vez cada minuto, ¿qué participación tienen ustedes en ella? Sí, sí, usted, Potts, usted y sus discípulos o sus compañeros. Es un edificio casi enteramente construido por los demás, pieza a pieza, ladrillo a ladrillo, al que ustedes solamente han añadido otro ladrillo. Esto no constituye una visión de la naturaleza, sino que es una construcción que se les ofrece ya hecha, y que ustedes aceptan, y a la que, luego, añaden otro ladrillo. ¿Verdaderamente, y con toda seriedad, compara usted eso, Potts, con el sentido de comunidad que desarrollan mis alumnos cuando comentan las obras de Shakespeare o de Lawrence? Mis alumnos (y no se ría usted de ellos, Sir Edward), mis alumnos, decía, tienen que hacer los descubrimientos por sí mismos, tienen que hallar, compartir y discutir significados. Las palabras que constan en tal o cual página son solamente el inicio de su comprensión. No se limitan a aceptar la obra de arte, sino que la re-crean. POTTS: Amos Harping, verdaderamente es usted el hombre más fervoroso, más entregado y más ciego que conozco. Sus alumnos son la sal de la tierra. ¿Cree usted que los míos no lo son? Sus alumnos se ponen de puntillas y alargan el brazo para tocar la luz. ¿Cree usted que los míos no lo hacen? Sus alumnos discuten, descubren y recrean todas y cada una de las frases de la página que usted les ha leído. ¿Imagina usted, o es usted capaz de llegar a imaginar, que los míos son ajenos a esta actividad? Mis alumnos discuten y luchan conmigo del mismo modo que los suyos discuten y luchan con usted, ni más ni menos. Mis alumnos leen a Darwin con el mismo sentido crítico que los suyos leen a Marlowe, y llevan a cabo la tarea de desarrollar el sentido de las palabras de Darwin, y penetran en su pensamiento, tal como sus alumnos hacen. Por Dios, Harping, debiera usted visitar uno de mis seminarios. Mis alumnos —los buenos— son incapaces de creer las leyes de Mendel, sin antes hacer examen de conciencia por la noche. SIR EDWARD: Quisiera saber una cosa, profesor Potts. Usted es hombre dedicado a la biología molecular. No sé exactamente qué significa eso, pero imagino que es una especialización de la biología. Pues bien, para mí, y sospecho que para Harping también, la biología es algo que se encuentra en tierra de nadie. Incluso dudamos que Darwin y Mendel fuesen auténticos científicos, según el significado que damos a la ciencia exacta. ¿Puede usted, por favor, darnos un ejemplo de lo que es ciencia, en el sentido por usted empleado, un ejemplo en el campo de la física? Sobre algo sencillo y práctico que hayamos aprendido en la escuela. Ya sabe, algo así como la ley de Ohm, la corriente que pasa por un alambre y todo lo demás. ¿Usted afirmaría que los estudiantes de física pueden discutir eso de la corriente que

pasa por un alambre? POTTS: Desde luego, Sir Edward. ¿Por qué razón han de ser sagradas las corrientes eléctricas? Mis propios alumnos discuten como locos la ley de Ohm, es decir, la discuten los buenos alumnos. Únicamente los alumnos poco despiertos aceptan a ciegas la ley de Ohm, y se la aprenden de memoria: la corriente que pasa por un alambre es proporcional a la diferencia de potencial, e inversamente proporcional a la resistencia eléctrica. No tengo la menor duda de que también los peores alumnos cíe Harping aprenden de memoria párrafos de Conrad, y, luego, les dan gran uso práctico, cuando se dedican a maestros de escuela o a críticos de libros. Pero el alumno inteligente que desea saber lo que es una molécula, ni siquiera la ley de Ohm acepta a ciegas. HARPING: Con eso quiere usted decir que este alumno se va al laboratorio y, cogiendo un alambre y una batería, comprueba la ley. Y éste es el límite de su participación personal. POTTS: No, Harping, no lo es. El estudiante inteligente está interesado en saber por qué razón la corriente se comporta tal como se comporta. Quiere saber por qué, en todo el universo, las corrientes fluyen de este modo y sólo de este modo. Se pregunta cuál es la naturaleza de la corriente, de esta corriente tan fiel a sí misma, quiere saber por qué la corriente se comporta igual en un hilo de cobre, en los faros de su automóvil, en las colisiones de nebulosas, en la aguja de oro de Sir Edward, o en un aro de plomo a una temperatura próxima al cero absoluto. Los buenos estudiantes me imponen la tarea de armonizar la ley de Ohm, de vincularla y darle sentido, con respecto a cuanto han aprendido sobre los electrones, la estructura de los metales, y la imagen del átomo creada por Rutherford. HARPING: Pero, ¿qué saca el alumno de eso, Potts? ¿Qué sacan de ello sus colegas y usted? Llegan a percatarse de que la descripción de la naturaleza efectuada por los demás es internamente coherente. ¿Es ésa una experiencia profunda? La ciencia es una construcción intrincada, de piezas muy bien ajustadas, ya lo sabía, yo mismo lo he dicho. Pero ahora vuelvo a preguntarle: ¿la comprensión de tal hecho es aquello que los científicos denominan experiencia profunda? POTTS: Sus palabras implican dos cuestiones, Harping. Una hace referencia a la naturaleza y otra a los científicos. Contestaré la concerniente a la naturaleza porque, en mi opinión, es la fundamental. Cuando el alumno advierte que la ley de Ohm deriva del comportamiento de los electrones, cuando comprende que es parte de la estructura de la materia, y que también es expresión de la misma, entonces el alumno vive una profunda experiencia. Se entera de que la naturaleza tiene unidad en todas sus distintas expresiones. Lo que impresiona al alumno no es el carácter intrincado de la naturaleza, Harping, ni tampoco eso que usted llama buen ajuste de todas sus piezas, o sea su aspecto de máquina de relojería. Lo que le impresiona con fuerza avasalladora es la inalterable simplicidad de los medios de que la naturaleza se vale. Esto es lo que, para el alumno, otorga belleza a la naturaleza, HARPING: la simplicidad de los materiales que forman tantas y tantas estructuras, la unidad bajo la caótica superficie. Para el científico, la unidad es la definición de la belleza, y esta unidad hace, para él, más bella toda su vida. SIR EDWARD: Pero oiga usted, Potts, el sentido de identificación con la naturaleza no es exclusiva prerrogativa de los científicos. Todos lo hemos experimentado alguna vez, y cuando esto ocurre nos parece que la naturaleza es más bella y más estimulante. POTTS: Todos nosotros experimentamos lo que usted ha dicho, Sir Edward, de un modo vago, inconcreto, ahogado... Pero la ciencia constituye una base para sentir esto, y es una base que renueva constantemente esta sensación y le da un significado coherente. El ocaso me parece bello, pese a que tengo un defecto en la vista que me impide distinguir los colores, defecto que he procurado ocultarles al principio de esta velada. Pero, como ha podido usted ver, a Harping el ocaso no le parece bello, y no desea hablar de él, debido a que carece de una base para dar coherencia a su sensación de maravilla. Harping solamente puede hablar de las

obras de arte humanas. HARPING: Por primera vez, Potts ha dicho algo que me ha impresionado. Ha dicho que la ciencia le da, a él y a sus colegas, un sentido de la unidad de la naturaleza que está mejor fundamentado que los selváticos momentos de euforia por los que usted y yo nos dejamos arrastrar. Esto sí, esto tiene significado, desde mi punto de vista. Concedo a Potts este punto. SIR EDWARD: Me alegra que diga usted eso, Harping. HARPING: Para mí eso tiene significado porque pone de relieve que Potts y yo desarrollamos actividades distintas. Potts analiza el funcionamiento de la naturaleza, lo cual sería un trabajo insoportable si la naturaleza no le impresionara y maravillase. Por otra parte, yo vivo fascinado por las expresiones del espíritu humano. Y ésta es una fascinación muy distinta a la anterior. Potts tiene razón, la naturaleza sola, la naturaleza sin la añadidura del espíritu humano, ningún significado tiene para mí, y por eso evito hablar de ella siempre que puedo. Procuré no hablar de la puesta de sol, esta tarde. Y fue usted muy agudo al percatarse de ello, Potts. Sí, me declaro culpable. POTTS: Es un bello gesto por su parte, Harping. Estoy muy orgulloso de que mis palabras le hayan convencido. HARPING: Cuidado, no tan aprisa, Potts, no tan aprisa. Me ha convencido de que sus alumnos no se limitan a copiar lo que usted les dice, sino que son ellos quienes descubren por sí mismos los vínculos existentes en la naturaleza, y que esta experiencia les hace comprender que la naturaleza es simple, profunda y hermosa. ¿Son mis palabras ajustadas, Potts? POTTS: Efectivamente, muy ajustadas. HARPING: En este caso, querido Potts, ¿cuándo pueden los alumnos formular juicios individuales? Usted les da una descripción de la naturaleza, sus alumnos la discuten, y han de ver por sí mismos cuan íntimamente ligadas están las distintas partes de ella, pero al final de la discusión aceptan la descripción que usted les ha dado. La discusión nada aporta, nada desde su punto de vista, Potts, y nada desde el punto de vista de los estudiantes, como no sea la enseñanza de la existencia de vínculos en la naturaleza. ¿Para qué sirve la discusión? No hay nada que discutir. La naturaleza funciona así, o lo toma o lo deja. La naturaleza no permite discusiones, y no puede ser enriquecida por el juego de los juicios individuales, ni por el humano análisis de los motivos. La naturaleza funciona y es hermosa. Punto. ¿Puede usted comprender ahora, Sir Edward, por qué no tengo nada que decir ante esta definición de belleza? SIR EDWARD: Mejor será que no me meta usted en la discusión de este asunto, Harping. Me parece que también yo le molestaría e irritaría si le confesara que el ocaso incluso me gusta más que los sonetos de Shakespeare. POTTS: Pero a mí no, Sir Edward. Yo no prefiero el ocaso, y no permitiré que Harping me acuse de lo contrarío. Harping habla como si sólo hubiera una visión de la naturaleza... HARPING: En modo alguno he hablado de visiones. Yo únicamente digo que hay una sola naturaleza, y que esta naturaleza o se describe o no. No hay más alternativas. POTTS: Procuraré encontrar una palabra neutral. Harping no acepta la palabra “visión”, y yo no acepto la palabra “descripción”, con respecto a la naturaleza. Veamos. Quizá lo neutral sea “cuadro de la naturaleza”. ¿Me permite utilizar estos términos, Harping? HARPING: Oigamos, oigamos lo que dice usted, Potts. POTTS: Pues digo que usted habla como si sólo hubiera un cuadro de la naturaleza, una fotografía tipo puesta ante mis alumnos y mis colegas, por los siglos de los siglos, amén. Pero

la ciencia no es la Biblia ni nada parecido, no, no es una biblia de hechos, ni siquiera los hechos permanecen inmóviles o tienen la misma apariencia ante cada uno de mis alumnos. Isaac Newton tuvo una visión de la naturaleza, antes de que yo la tuviera, perdón, quise decir un cuadro de la naturaleza. Y no era el mismo que yo tengo ante mí. Dígame, Harping, ¿fue esto un demérito para Newton? HARPING: Sí. Sólo hay una naturaleza, y esto lo dice usted implícitamente al afirmar que se impresiona ante su unidad. Y si sólo hay una naturaleza, se sigue que sólo hay una descripción correcta de la naturaleza. Todo lo que se aparta de esta descripción es un error, y como tal error, incluso si fue Newton quien lo cometió, únicamente tiene interés desde un punto de vista histórico. POTTS: No, Harping. La correcta descripción de la naturaleza no existe. La naturaleza es más sutil, está más profundamente interrelacionada y más extrañamente integrada que todos los cuadros que de ella tenemos, que todos nuestros errores. No se trata únicamente de que nuestros cuadros no sean lo bastante amplios; a fin de cuentas todos y cada uno de nuestros cuadros resultan tan básicamente erróneos que parece mentira que hayan servido para algo. Si la relatividad es cierta, parece increíble que la mecánica de Newton llegara a dar resultados positivos. HARPING: ¿Ya dónde va a parar entonces la unidad de la naturaleza, Potts? ¿En dónde están los vínculos? ¿Dónde se halla la profunda organización común a estos errores? POTTS: La misma naturaleza es la unidad, Harping. Eso es algo que nosotros nunca tendremos que inventar. Existe, está ahí, visible, demostrándose a sí misma. Y su riqueza es lo que nos maravilla, debido a que puede abarcar todos los cuadros, contenerlos en sí, y reflejarse en ellos, en todos, en los de Newton, en los de Einstein, en el átomo de Rutherford y la ecuación de las ondas de Dirac. ¿Imagina usted que mis alumnos creen que Rutherford era un imbécil debido a que el átomo ha resultado ser más sutil de lo que éste creyó hace cincuenta años? HARPING: No le comprendo, Potts. Tiene usted perfecto derecho a mostrarse sentimental con respecto a Rutherford, desde luego. Probablemente tuvo ocasión de tratarle. Pero, ¿a santo de qué dar la lata a sus alumnos con Rutherford? Los alumnos quieren conocer los hechos, quieren saber cómo es, verdaderamente, un átomo. ¿Por qué han de interesarles los pasados errores de héroes legendarios? Rutherford es solamente una figura histórica para ellos, una extraña cita, otra de sus manías literarias, Potts, al igual que Samuel Butler, que sirve para dar a la ciencia un cierto tono distinguido y culto. POTTS: Rutherford forma parte de la evolución de la física, de esta maravillosa obra colectiva, del mismo modo que los isabelinos forman parte de la colectiva evolución de la literatura. Y Rutherford fue el más grande científico de su tiempo, igual que Shakespeare fue el más grande de los literatos isabelinos. Ignorar las ideas de Rutherford es tan insensato como no leer a Shakespeare. Sería una actitud insensata por parte de mis alumnos, como es insensata por parte de usted, Harping, y también de usted, Sir Edward, si es que pretenden ser partícipes de la cultura inglesa del siglo XX. Dios mío, ¿cómo se atreven a pedirme que represente a Inglaterra en los congresos internacionales, y que cite a Shakespeare, cuando piensan que Rutherford es una rara figura de la historia de la ciencia, como el doctor No-séqué de Tristram Shandy? SIR EDWARD: Son palabras bastante severas ésas, Potts. De todos modos, yo estoy aquí para tomar nota y tener en cuenta todas las críticas, así es que no se prive de decir lo que piensa, Harping, ¿le parece justificada la severidad de Potts? HARPING: No, Sir Edward. Se trata de un simple juego de palabras, y nada más. Un hábil cliché, un cliché como esos que se leen en los suplementos dominicales de los diarios, un cliché inteligente, pero a fin de cuentas un cliché. No hay base alguna que permita efectuar

una comparación entre Rutherford y Shakespeare, y su respectiva pertenencia a nuestra cultura tiene un sentido que en manera alguna es semejante. ¿Cómo se atreve a formar una analogía entre los dos, Potts, a hacer los juegos de manos que hace con esos clisés, sin ruborizarse? Shakespeare no se servía del idioma como pudiera hacerlo Rutherford. Shakespeare lo utilizaba para expresar la esencia de las motivaciones humanas, para evocarlas y dominarlas, de manera que el lenguaje, en sí mismo, formulaba un juicio sobre la condición humana. ¿Se atreve usted a atribuir tales creaciones del espíritu humano a un científico, por poderosa que sea su mente? Aunque sea un consumado maestro en cuanto a efectuar experimentos se refiere, aunque sea un águila de la observación, y sea sutil como una araña a la hora de tramar la tela de sus teorías, el científico sigue ligado a la tierra, ligado a las puestas de sol, si es que eso le gusta a usted, Potts, ligado a la inhumanidad de la naturaleza. ¿Cómo se atreve a parangonar con Shakespeare a un hombre de ciencia, aunque sea el propio Rutherford? Eso no es más que periodismo barato. SIR EDWARD: No le conteste todavía, Potts, aunque tengo muchas ganas de escuchar su réplica. Sin embargo, permítanme antes probar el clarete. Sí, excelente, muy adecuado para la ternera. Les ruego disculpen el enorme pedazo de carne que les han servido, caballeros; ya saben cómo son los suizos en materia de carne. Es natural que un pequeño país rico tenga tendencia a demostrar patentemente su riqueza, y estos acres de ternera que tenemos en el plato constituyen una de las demostraciones. Por otra parte, los suizos son demasiado avariciosos para permitir que el objeto exhibido se desperdicie, y se comen toda la carne que les sirven, hasta la última porción. Si Thorstein Veblen hubiera sido suizo, en vez de escandinavo, no se le hubieran ocurrido sus grandiosas teorías sobre los desperdicios manifiestos. POTTS: Quisiera defender mi comparación, Sir Edward. SIR EDWARD: Debe hacerlo, Potts, debe hacerlo. Pero deje que recuerde cómo hemos llegado a ella. Harping ha reconocido su tesis de que los científicos tienen causas suficientes para percibir, en el curso de su trabajo, un sentido de unidad en la naturaleza, y ha reconocido la consiguiente identificación con ella. Pero, después, ha dicho que si la naturaleza es el criterio dominante, mucho dudaba que el científico pudiera tener una visión personal de la misma. Y se ha preguntado cómo es posible comparar la libre imaginación de Shakespeare con las investigaciones de Rutherford, vinculadas a la tierra. Siga, Potts, ahora ya sé en qué punto nos encontrábamos. POTTS: Quisiera explicar, y más valdrá que lo haga detalladamente, la razón por la que creo que el gran científico tiene un cuadro de la naturaleza que es, verdaderamente, una creación y, también, sí señor, una visión cual la visión que Shakespeare tenía de la condición humana. Pero concederé a Harping que Shakespeare no es el personaje adecuado para efectuar la comparación cuya validez Harping niega. Y Shakespeare no es adecuado, no porque sea Shakespeare, sino porque es un escritor. Prefiero hacer la comparación con otra clase de artista, un escultor, un compositor o un pintor, con un artista que no se sirva de las palabras, con un artista cuyas obras puedan ser apreciadas en cualquier idioma. Dígame el nombre de un pintor, Sir Edward. SIR EDWARD: Leonardo da Vinci. HARPING: No, Leonardo no sirve, estaba demasiado vinculado a la ciencia para que valga como término de justa comparación. Si queremos servirnos de un pintor, mejor será que sea un pintor puramente pintor. POTTS: Diga usted mismo el nombre de un pintor puro, Harping. HARPING: Bien, pues elijo a Rembrandt. POTTS: De acuerdo, compararé a Rutherford con Rembrandt. Forman una excelente

pareja. Los dos eran hombres con vocación, apasionadamente entregados a sus tareas. A estos hombres de mentalidad creadora se les reconoce inmediatamente por su paciencia, su preocupación, su física inmersión en aquello que les ocupa. Para ellos, su trabajo es un mundo. SIR EDWARD: Potts, procure no incurrir en peticiones de principio. Ya ha empleado la palabra “creadora”. No tengo la menor duda de que Rutherford, al igual que Rembrandt, era hombre de vocación y que se pasó la vida trabajando en lo suyo. Acepto su bon mot: para ellos, su trabajo era un mundo. Los hombres así son seres afortunados, viven felices en el desarrollo de su tarea, incluso en situaciones adversas, viven felices, absortos, y con plenitud. Acepto todas estas palabras, Potts. Pero, ¿son creadores? ¿Me ha dado usted alguna razón para creer que lo sean? POTTS: Tanto Rembrandt como Rutherford hicieron algo, Sir Edward. Y lo que hicieron fue original. ¿No es ésta la definición de creación? SIR EDWARD: Bueno, ahora siento mucho no estar de acuerdo con la palabra “original”. Es demasiado limitada para que abarque lo que queremos aprehender. No cabe duda de que Rutherford .tenía una mentalidad original, pero la mente es sólo una pequeña parte de la personalidad total. Lo que quiero que usted me aclare es, sencillamente: ¿los grandes científicos son creadores, no sólo intelectualmente, sino en cuanto hombres? Y si se desvía para ampararse en la palabra “original”, su explicación no me dejará satisfecho, y solamente servirá para que le vuelva a formular la pregunta poniendo en ella esta palabra. ¿La física de Rutherford es original en el mismo profundo sentido en que las pinturas de Rembrandt son originales? ¿La física de Rutherford es reflejo del hombre en su integridad, cabeza y corazón, en el mismo profundo sentido en que las pinturas de Rembrandt evidentemente se nos ofrecen como salidas de la íntegra personalidad del pintor? POTTS: Creo que si, Sir Edward. La física de Rutherford está tan sutilmente tejida, tan delicadamente compuesta por los dos aspectos, hechos e imaginación, como lo está toda actividad humana. La ciencia de Rutherford, lo mismo que la ciencia de cualquier otro, no es únicamente cabeza, únicamente hechos; la pintura de Rembrandt no es únicamente corazón, como si se tratara de un arco iris de fantasías, sin base en los hechos. HARPING: Clisés, mi querido Potts, clisés. Periodismo dominical. POTTS: Déjeme terminar, Harping. Hablaba de los hechos y de la imaginación, en física y en pintura. Estará de acuerdo en que Rembrandt, como pintor, se ceñía a los hechos. En cierto sentido, sus cuadros son una exacta descripción de lo que veía. No cabe duda de que los cuadros de Rembrandt no son fotografías, pero sí son representaciones que Rembrandt pretendía reflejaban la realidad, y que sus clientes aceptaban como reflejo de la realidad. En este sentido, los cuadros de Rembrandt son, en cada una de sus pulgadas, tan objetivos como las descripciones que de sus experimentos hacía Rutherford. SIR EDWARD: Adelante, Potts. POTTS: Pero, desde luego, Rutherford no ganó su reputación gracias a las descripciones de sus experimentos, sino, al igual que Rembrandt, gracias a su interpretación, a su interpretación de lo que yacía escondido bajo la superficie de la realidad, y que era lo que el experimento, o la pintura, revelaba. Un experimento determinado, un cuadro determinado, indicaba el camino a seguir en el próximo, y de este modo científico y pintor formaron un tejido de interpretaciones que componía una imagen. SIR EDWARD: ¿Imagen de qué? POTTS: En el caso de los autorretratos de Rembrandt una imagen de sí mismo. En el caso de los experimentos atómicos de Rutherford, la extraordinaria e increíble imagen del átomo,

en su forma de minúsculo sistema solar. SIR EDWARD: ¿Y estas imágenes no son verdad? POTTS: ¿Y qué es la verdad? ¿Acaso la secuencia de autorretratos de Rembrandt son la verdad sobre sí mismo? El átomo no es, verdaderamente, un pequeño sistema solar. Tanto Rembrandt como Rutherford partieron del mundo de los hechos. Los dos expresaron primeramente lo que veían, y los dos transformaron lo visto en algo más delicado y más revelador que el simple registro de los hechos. Tanto el retrato del pintor como la explicación del físico tienen sus raíces en la realidad, pero uno y otra han sido objeto de alteración por el pintor y el físico, quienes lo transformaron en algo más sutilmente imaginado que la fotográfica apariencia de las cosas. Tanto el retrato como la teoría son más originales y más personales, al mismo tiempo, que el vulgar objetivo de la cámara fotográfica. SIR EDWARD: Me parece que ahora equipara usted las palabras “original77 y “personal”. POTTS: Desde luego, ya que para ver algo de manera original es preciso que lo veamos de manera personal. Esto es evidente en las pinturas. Todo profano inteligente, cuando contempla una pintura, sabe que en ella se combinan dos elementos. Sabe que es una pintura de la realidad, y también sabe que es la realidad tal como cierto hombre la ve. La pintura es dos cosas: una pintura y una visión. Pero el profano todavía ignora, ustedes dos todavía ignoran, que lo que es verdad con respecto a la pintura también lo es con respecto a la física, que la física también, y debo repetirlo, está hecha por hombres y no por máquinas. Desde luego, la física es un relato de la realidad física, pero los puntos decisivos de este relato, los momentos de los grandes descubrimientos en física, son aquellos momentos de luminosa visión en que un hombre solo e individualizado ve un nuevo vínculo entre diferentes y aparentemente aislados aspectos de la realidad. En este instante de visión, el gran científico deja al descubierto una nueva relación, una nueva trama, de las cosas. Y esta visión es tan imaginativa, tiene tanto de creación, como la visión del pintor. SIR EDWARD: Entonces, ¿por qué razón el científico no tiene dificultad alguna en participar su visión a los demás? Si Rutherford veía con tan personal visión, ¿cómo es que sus descubrimientos fueron aceptados por los demás científicos tan pronto los difundió? Si no recuerdo mal, Rutherford llegó a ser nombrado Lord, pero Rembrandt murió en la pobreza. POTTS: También ha habido pintores que han sido nombrados Lord, me parece, y grandes científicos que murieron incomprendidos y olvidados, como fue el caso de Mendel. Sin embargo, tiene usted razón: el científico tiene por lo general más medios que el pintor, en orden a conseguir que su visión sea aceptada. Existe un medio de trasladar los descubrimientos de la física a otra gente, de tal manera que ésta suele aceptarlos; y en pintura no existe un método tan seguro. Sin embargo, el método en cuestión es únicamente de naturaleza expositiva, y ninguna relación guarda con el modo en que la mente del descubridor llegó a efectuar el descubrimiento. Los hallazgos, en física, lo mismo que en pintura, siguen debiéndose a una iluminación personal. Nosotros ayudamos al estudiante a que re-cree el descubrimiento, pero no podemos enseñarle a que lo efectúe. El modelo de átomo de Rutherford no era un hecho simplemente escondido en la naturaleza, en espera de que cualquier Tom, Dick o Harry lo descubriera. El absurdo y maravilloso modelo de Rutherford fue un descubrimiento de la imaginación, constituyó un modo altamente personal de ver la naturaleza, pese a que Rutherford fue capaz de convencer a miles de físicos de que contemplaran la naturaleza tal como él lo hacía. SIR EDWARD: Es usted muy elocuente, Potts, y, desde luego, me ha convencido. Pero sigo estando un tanto intrigado. Todavía no comprendo en qué aspecto el modo que Rutherford tenía de contemplar la naturaleza difería del de los demás físicos, quienes, imagino, se dedicaban, en aquella época, a efectuar experimentos muy parecidos a los de Rutherford. Evidentemente, Rutherford era diferente, pero, ¿es que era una persona diferente? ¿Acaso no era más inteligente?

POTTS: En el experimento decisivo, Rutherford y sus discípulos dispararon partículas de helio sobre una delgada capa de átomos. Rutherford quedó pasmado al observar que algunas partículas de helio no atravesaban la capa, sino que rebotaban formando un ángulo. Rutherford expresó su sorpresa diciendo que había tenido la impresión de disparar un proyectil de artillería contra una cortina de papel, y que el proyectil hubiera rebotado. Concluyó que la cortina de papel forzosamente tiene que estar plagada de orificios y grumos, y que, en consecuencia, cada átomo debía estar plagado de orificios y grumos. De esta metáfora sacó Rutherford la idea de que el átomo no es una nube eléctrica. Cada átomo tiene una estructura. Hay en él un grumo interior o núcleo, y a su alrededor un conjunto de ligeros electrones. Los electrones giran alrededor del núcleo, y se mantienen a gran distancia de él, tal como los planetas giran alrededor del sol. y alejados de él. Y el que las cosas pasen a través del átomo o reboten en raros ángulos depende simplemente de que vayan a parar al espacio vacío o de que incidan en el gran núcleo. SIR EDWARD: Lo comprendo muy bien, y veo la manera en que la imagen deriva de la metáfora. En realidad, diría que en la mente de Rutherford había dos metáforas: primero, la del proyectil de artillería, y, luego, la del sistema solar. Y, ahora, Potts, seguramente dirá que las metáforas eran muy individuales, y que relacionarlas también fue algo muy propio de la personalidad de Rutherford. POTTS: Para todos los que conocían la fachendosa y colonial manera de comportarse de Rutherford, su rudeza y su ironía, y su tendencia a reírse solemnemente de sí mismo, todas las fases de su descubrimiento de la estructura del átomo están indisolublemente unidas a su modo de ser. Las metáforas forman parte de la personalidad de Rutherford de manera tan integral como la idea de realizar el experimento. Todo parece estar marcado por la huella dactilar de un hombre para quien la esencia de las cosas tenía un perfil claro y fuerte, incluso tratándose de cosas tan pequeñas como el núcleo del átomo, de un hombre que juzgaba la realidad mediante pruebas que tenían que ser igualmente claras y fuertes. En este caso, todo es tan individual y tan humano como Rembrandt. ¿Recuerdan los retratos que, siendo viejo, Rembrandt pintó de su amante, y que nadie quiso comprar? En ellos había el mismo enrevesado conjunto de fuertes sentimientos, rudos y tiernos al mismo tiempo, con que Rutherford contemplaba a su amante, la naturaleza. SIR EDWARD: En resumen, profesor Potts... POTTS: En resumen, el cuerpo científico rico y amplio es como un cuerpo pictórico rico y amplio, o como un cuerpo poético, aun cuando haya evitado hablar de este último aspecto del arte. Estos cuerpos surgen de una rica y amplia personalidad, de su cabeza y de su corazón, y de los hechos superficiales profundizados y transformados por las creadoras metáforas de la imaginación. En resumen, Sir Edward, si tuviera que darle una sola respuesta a la pregunta “¿Qué es un gran científico?”, le respondería que es lo mismo que todo hombre creador, sea pintor, novelista, músico o poeta. El hombre sólo puede crear algo de aquello de lo que tenga visión. Rutherford era tan visionario como lo fueron Rembrandt, Beethoven y Shakespeare. Y eso ya lo dijo un poeta. William Blake dijo, y parecía que con estas palabras se refiriera a la ciencia: “Lo que ahora ha quedado demostrado, antes sólo fue imaginado”. HARPING: Claro, no podía faltar: la cita de Blake. En nuestros días, no se puede hacer ninguna exposición lírica de lo que es la ciencia, sin rematarla citando a Blake. Y cuando resulta que la visión que del átomo tuvo Blake fue una alucinación, cuando resulta que el cuadro es erróneo, ¿no hay ninguna sabia frase de Blake a la que echar mano, también? POTTS: Pues así es, Harping Blake sabía que el conocimiento humano avanza gracias a una interminable serie de pasos en falso. SIR EDWARD: Siento tener que interrumpirle, Potts. He pedido un plato que no puede esperar, y veo que nos lo traen. Es un queso soufflé, un plato que los suizos saben hacer muy bien. Primero le serviré a usted, Potts, y mientras come no quiero oír más ruido que el que

haga al masticar. Ha hablado usted muy bien. Me ha hecho comprender un gran descubrimiento, me ha hecho percibir los matices, y ahora ya sé lo que quiere usted decir cuando califica a los descubrimientos de obra de creación. Han sido muy reveladoras las palabras de Potts, ¿verdad Harping? HARPING: De acuerdo, Sir Edward. Ha defendido muy bien su tesis, y me ha inducido a dar importancia a cosas que antes tomaba muy a la ligera. No olvidare lo que ha dicho, Potts. Y lo meditaré. SIR EDWARD: Sin embargo, mi querido Harping... Me parece haber percibido en su voz un “pero” no pronunciado. ¿Cuál es ese “pero”? Casi ha llegado usted a decir “sí” a Potts. Forzosamente ha de haber un “pero” que impida su asenso. HARPING: Claro que sí, Sir Edward. Hay un gran “pero”, un “pero” tan grande como la misma vida. Mi “pero” es: ¿nos hemos olvidado de la vida? Me parece muy bien alabar la visión de Rutherford y de Einstein, y describir su respectiva personalidad a través de sus descubrimientos. Pero, ¿qué efectos tienen estos descubrimientos, no en sus vidas, sino en las nuestras? ¿Cómo ha quedado expresada su visión en la realidad de las presentes circunstancias de la humanidad? SIR EDWARD: Diga, Dr. Harping. ¿Cómo? HARPING: En la bomba de hidrógeno, Sir Edward. Esta es la manera en que la penetración de Einstein y la metáfora de Rutherford han quedado incorporadas a la vida del hombre moderno, no del modo en que lo ha quedado Rembrandt, sino en forma de bomba. Quizá el átomo simbolizó para ellos la unidad de la naturaleza, pero, para nosotros, la sola palabra átomo constituye una amenaza de destrucción de la naturaleza. Para ellos quizá la ciencia fuera un sueño de vida. Para nosotros, los que vivimos la realidad, es una amenaza de muerte. SIR EDWARD: Vamos, vamos, Harping. Lo que dice es un poco fuerte, ¿no? Ya hemos hablado bastante de la bomba de hidrógeno en las sesiones del congreso. ¿Es que también aquí vamos a hablar de ello? La conversación de esta noche no tiene nada que ver con la política, no quisiera que acabara en una especie de demostración pacifista como esas de Trafalgar Square. No creo que sea pertinente hablar de la bomba de hidrógeno, aquí y ahora. HARPING: Sí lo es, Sir Edward. Precisamente éste es el sitio adecuado para hablar de la bomba. Usted califica a las grandes bombas como instrumentos políticos, y con eso se queda tranquilo. Haciéndolo puede permitirse cerrar los ojos a su existencia real, y prescindir, por excéntricos, de todos aquellos que no cierran los ojos ante la bomba. Sir Edward, usted todavía no ha comprendido las razones de los grupos de protesta, de los que se sientan en el suelo en calles y plazas para demostrar su disconformidad, de los excéntricos con barbas. Para ellos, la bomba de hidrógeno no es un instrumento político, sino el monstruoso punto culminante de una invasión que no ha dejado de adquirir más y más importancia en sus vidas, desde el día en que nacieron. SIR EDWARD: No comprendo lo que pretende decir, Harping. HARPING: La gente protesta contra la invasión de que son víctimas sus vidas, no protesta contra la invasión llevada a cabo por esta o aquella máquina de matar, sino contra la máquina en sí misma, contra la máquina en cuanto forma de muerte espiritual. Sir Edward, ustedes, los que trabajan en Whitehall, ¿creen verdaderamente que estos hombres con sandalias y estas mujeres con jerseys efectúan marchas desde Aldermaston debido a que tienen miedo a morir víctimas de algo parecido a un silbante rayo de sol poniente? No, protestan de la mecánica de cuanto ocurre en la vida, protestan de la sumisión de la vida a la mecánica. No temen la muerte de la humanidad; temen que la humanidad haya muerto ya víctima de la gran rueda del progreso científico. Potts, también yo voy a citar una frase de

Blake, grábela en su corazón, y usted haga lo mismo, SIR EDWARD: “Una Máquina no es un Hombre ni una Obra de Arte; es la destructora de la Humanidad y del Arte; la palabra Maquinación.” SIR EDWARD: Muy bien, Harping, retiro lo dicho sobre el aspecto político del asunto, y acepto que usted, por lo menos usted (y prescindo de los manifestantes) se opone a la mecanización de la paz y de la guerra. Sin embargo, sigo preguntándome si esta opinión tiene algo que ver con la discusión de esta noche. El sol se ha puesto y las estrellas se han levantado. Los procesos atómicos de la naturaleza brillan y destellan en el firmamento, en una fusión y profusión que canta las alabanzas de Einstein y Rutherford. ¿Es justo culpar a estos dos científicos del uso y abuso que otros han hecho de sus descubrimientos? Al fin y al cabo, nosotros no hemos pedido a Potts que defendiera la civilización técnica. Le hemos pedido que nos diera una idea de la ciencia en cuanto cultura de la imaginación. HARPING: ¿A quién quiere usted que culpe, si no? Tengo la seguridad de que Einstein era un buen hombre, Sir Edward, del mismo modo que tengo la certeza de que Cristo era un buen hombre. Pero si usted hubiera vivido en tiempos de la Inquisición, no le consolaría el pensar que no fue Cristo quien la fundó. Vivo bajo la sombra de la destrucción, de la destrucción física y espiritual por el dominio material de la ciencia. Y no me consuela saber que Einstein no planeó esta destrucción. Hace un momento, se ha referido usted a la ciencia en cuanto cultura; a Potts le gusta mucho expresarse en estos términos. Toda cultura está formada, formada en su más íntima esencia, por dos partes relacionadas entre sí: actividad y visión. Modo de hacer las cosas y modo de pensar y sentir con respecto a ellas. No me gusta permanecer sentado mientras veo que nuestra civilización científica hace las cosas de manera inhumana, y tampoco puedo aceptarlo sólo porque Potts me dice que los grandes científicos tienen visión. POTTS: ¿Y qué le gustaría hacer, Harping? HARPING: Me gustaría destruir el ídolo del progreso técnico. Me gustaría eliminar la preocupación por la productividad, por los niveles de vida material, por la higiene, la tecnología y el progreso. Me gustaría que los seres humanos dejaran de idolatrar a la máquina. ¿Saben ustedes qué consecuencias produce todo eso en las artes? Pues la de dar fama a un arquitecto solamente porque dice que una casa debiera ser una máquina para vivir. No quiero dedicar mi mente al modo de vivir, sino a la vida. Y no quiero que una casa se convierta en una máquina, sino que quiero que sea un hogar. POTTS: ¿Incluso cuando el hogar es una barraca, Harping? ¿Incluso cuando la higiene y el progreso cumplen únicamente la función de expulsar los chinches ocultos entre la madera? Habla como si los niveles de vida material fuesen algo vulgar, cuyo goce debiera avergonzar a los pobres, como ocurre con el sexo y el queso soufflé. ¿Verdaderamente quiere que me avergüence de cuanto la ciencia ha hecho en orden a alimentar a la gente, a darles vivienda, medios de transporte, lecturas e higiene? ¿Cree usted que la gente viviría mejor si su salud física fuese peor? HARPING: Viviría mucho mejor si no pensara tanto en su salud. E indiscutiblemente viviría mejor si no pensara tanto en su riqueza. POTTS: Olvida todo lo que el pensamiento ha hecho en beneficio del prójimo, el pensamiento centrado en su salud, en su condición social, en sus ambiciones y sus medios. Esta es la fuerza que da impulso al progreso material, ésta es la razón por la que la gente lucha en busca de comodidades materiales que usted finge despreciar. Luchan porque quieren vivir con más plenitud, porque quieren llegar a la plena individualización, no porque quieran tener más. ¿A qué se dedicaba su padre, Harping? HARPING: ¿Y por qué quiere usted saberlo? Era sastre. ¿Y el suyo? POTTS: Mozo de cuadra. Era, realmente, un mozo de cuadra irlandés. ¿Cree usted que,

hace cien años, el hijo de un sastre o el hijo de un mozo de cuadra hubiera podido educarse en Cambridge? ¿Y cree usted que, incluso en los presentes días, en México, hubiera usted podido ser un hombre de letras y yo un biólogo? No rebaje el valor de nuestra civilización industrial, Harping. En ella se dan muchas aberraciones, desde la bomba atómica hasta las úlceras de estómago, pero hay algo que nuestra civilización ha hecho mejor que cualquier otra. Ha dado a los jóvenes la oportunidad de sacar el mayor provecho de su capacidad intelectual. HARPING: No hace usted más que pensar en la capacidad intelectual de la gente, mientras que yo pienso principalmente en sus vidas, en sus relaciones personales, en su querer y en su no querer, en la comunidad que forman consigo mismos y con los demás. Estos son los valores que la sociedad industrial aniquila. Y con nada los sustituye, deja un vacío, un conjunto de diversiones que no suscita el ejercicio de su atención ni recaba su participación. Sólo queda la pantalla del televisor con unas muecas tan insustanciales que más valdría permaneciera en blanco. Eso deja la mente en blanco, en el vacío absoluto. Mi padre no ganaba el dinero suficiente para asistir a los espectáculos públicos, y si lo hubiera ganado tampoco habría tenido tiempo. Nunca vio una película de cowboys, nunca jugó el bingo, ni tenía en la esquina la oficina de apuestas mutuas, ni jamás llenó una quiniela. Y si esto es el beneficio de la prosperidad y el ocio, entonces diré, como decía el Dr. Leavis, que la felicidad por estos beneficios producida no puede ser considerada, por una mente humana desarrollada, como objeto digno de feliz contemplación. POTTS: ¡Tonterías, Harping, tonterías! ¿Cómo puede usted ignorar de tal manera el modo en que sus semejantes viven? ¡Como sí los trabajadores sólo supieran beber, apostar, y esperar a que venga usted y les diga lo que deben hacer en sus momentos de ocio! ¡Cuánto le preocupa el ocio de los demás! ¿Emplea usted bien sus momentos de descanso? ¿Y usted. Sir Edward? Parece que nadie tiene problemas con respecto al propio tiempo de ocio. Únicamente el ocio del prójimo plantea problemas. En realidad, Amos Harping, usted es un puritano. No puede soportar que los demás se diviertan, a no ser que lo hagan tal como a usted le gusta divertirse. Y esto es lo que le desagrada, lo que le indigna, de los éxitos de la tecnología. Facilitan demasiado que la gente viva con desahogo, bien alimentada, en resumen, que viva bien. Harping, su alma se encuentra todavía en el período de las hambres, todavía no ha podido usted adaptarse a la perspectiva de la abundancia. Cree que los valores de la vida nacen de la negación, no de la aceptación. Y cuando contempla el ocio de los demás, cuánta es la grandilocuencia con que se expresa, sí, se expresa usted como un obispo, o como Sir Edward St. Ablish en sus cartas al Times sobre el “estado providente”. ¿Quiere que le repita la cita que ha hecho hace unos instantes? Ahí va: “La felicidad por estos beneficios producida no puede ser considerada, por una mente humana desarrollada, como objeto digno de feliz contemplación”. ¿Y qué es una mente humana desarrollada, Harping? HARPING: Es una mente que no se arrulla a sí misma con este optimismo cortado en serie del que usted hace gala, como si fuese un semanario liberal. La cultura de los suplementos dominicales de los diarios, siquiera la de los más intelectualizados, no expresa lo mejor de cuanto se piensa y se sabe en nuestro tiempo. POTTS: Deje usted de salirse por la tangente, Harping. Y deje usted de burlarse de los suplementos dominicales. Estos suplementos cumplen una función, han sustituido al sermón en la iglesia y a la lectura de la Biblia, y esta función la cumplen muy bien. Además, su estilo es mejor que el suyo, Harping. Le he formulado una pregunta, sirviéndome de sus propias palabras: ¿Qué es una mente humana desarrollada? Déme una contestación positiva, no recurra a la negación. HARPING: Es la mente que se ocupa de la condición humana, individualmente considerada e inserta en una comunidad. Contempla la vida y el trabajo del hombre en relación con el prójimo, la contempla como una interrelación entre seres iguales. La menta humana desarrollada no se preocupa de mantener el mismo nivel de vida que llevan los Jones,

medido en automóviles, empleos o lavadoras. Quizá esto le parezca primitivo, Potts. Sin embargo, si algo me han enseñado mis alumnos, mis compañeros de universidad, y, sí señor, también mi maestro, es que la vida primitiva es buena. Potts, Sir Edward, a los dos les voy a formular la pregunta que hacía el Dr. Leavis: ¿Quién puede asegurar que el individuo medio, miembro de la moderna sociedad, es más plenamente humano, vive más, que el bosquimano, el campesino indio, o el miembro de uno de esos pueblos primitivos que con tanto vigor han logrado sobrevivir, de estos pueblos de maravilloso arte y habilidades, de vital inteligencia? POTTS: ¿Que quién puede asegurar eso? Yo puedo asegurarlo, Amos Harping. Yo aseguro que ese individuo medio que ha conducido el tren que nos ha traído aquí es más humano y vive más que cualquiera de los individuos de estos vigorosos pueblos primitivos que tanto le gustan. ¿Las habilidades del bosquimano y la vital inteligencia del campesino indio? Está usted borracho de sentimentalismo, Harping, de lo contrario no compararía a estos primitivos con el hombre que corrige las galeradas de lo que usted escribe. El bosquimano y el campesino indio no han recibido el alimento de la ciencia, Harping. No han sido capaces de formar una cultura, de formarse una imagen del universo que sea lo suficientemente rica, lo suficientemente sutil, una imagen que les permita servirse de ella, y superar el nivel de la Edad de Piedra. Y no lo han conseguido porque no supieron crear una madura visión de la naturaleza, así como del hombre, Harping. ¡Dios mío! ¿Cómo se atreve usted a hablar de su maravilloso arte? ¿Desde cuándo ha sido usted un admirador del arte de los bosquimanos, Harping? HARPING: Mala pregunta, Potts. Siempre lo he admirado. POTTS: Entonces, ¿por qué dio usted el nombre de Rembrandt, cuando le pedí que diera el de un pintor? ¿Por que, entonces, usted, Dr. Harping, habla a sus alumnos de George Eliot, y no de poesía india? Porque sabe usted muy bien que Rembrandt es un artista mucho más maduro que cualquier bosquimano, y que George Eliot lo es más que cualquier poeta folklórico. No le comprendo, Harping. ¿Cómo puede usted negarse a ver las pruebas que con su propia actividad da en contra de lo que afirma? Usted procura cultivar las facultades de percepción emocional de sus alumnos, y ¿de qué manera lo intenta? Debatiendo con ellos la obra de Shakespeare, y de Joseph Conrad, y de D. H. Lawrence. ¿Cómo es que Shakespeare no nació en la selva? ¿Ni Conrad, ni Lawrence? Todas y cada una de las obras que usted explica a sus alumnos, y que explica con tanta maestría, con tanta profundidad y sensibilidad, fueron producidas en sociedades con altos niveles de desarrollo técnico. SIR EDWARD: A ver, vuelva a decir eso, Potts. Es una idea nueva para mí, una idea muy interesante. POTTS: Ciertamente, Sir Edward, es una idea que todos debiéramos tener muy presente. Ahí tenemos a Amos Harping predicando que las más grandes obras del hombre expresan el interés hacia su propia vida y condición, hacia su propia humanidad. Y esta humanidad y este interés, dice Harping, están siendo corroídos por el avance de la civilización técnica. E incluso afirma, en un momento de exaltación, que el hombre moderno no es tan plenamente humano, por término medio, como los individuos de los pueblos primitivos vigorosamente sobrevivientes. ¡Cuan conmovedor! Hitler afirmaba lo mismo, y a eso le llamaba “Sangre y Tierra”. Pero, ¿acaso las grandes obras humanas tienen su origen en los vigorosos pueblos primitivos? ¿Acaso tienen su origen siquiera entre los blancos pobres de Tennessee, o entre los míseros pescadores de Cerdeña? Claro que no. El Dr. Harping no da clases sobre las obras de esas gentes. Entonces preguntémonos dónde fue que se efectuaron los más profundos análisis de la condición humana. ¿Dónde se escribieron las obras que con más profundidad expresan y exploran la humanidad del hombre? En la Atenas de Sófocles, en la Florencia del Dante, en la Inglaterra de Shakespeare. Sin embargo, no eran, éstas, sociedades primitivas y ascéticas, sino que al contrario fueron las más altamente desarrolladas sociedades técnicas e industriales de la historia. Ahí es donde la mente humana se autorrealiza más plenamente, en las ciudades que se encuentran en el más alto punto de desarrollo técnico, en su respectiva época. Ahí es donde surgen los grandes hombres, Harping, diga lo que diga acerca del

individuo medio. Y la prueba de lo dicho está en los libros que, por su profunda visión humana, usted recomienda a sus alumnos. HARPING: Esta prueba está falseada, Potts. La interpreta usted mal. Es una falsedad afirmar que Atenas, la Italia renacentista y la Inglaterra de Isabel I fueron sociedades técnicamente avanzadas. No, estas sociedades no se entregaron al culto a los juguetes mecánicos. No eran esclavas de la tecnológica búsqueda de la higiene y las comodidades personales. POTTS: Arquímedes estaba tomando un baño en el momento en que se le ocurrió la idea del peso específico. Y esto ocurrió en Siracusa, colonia griega. Si en vez de nacer en Grecia, Arquímedes hubiera nacido en el Tibet, sin duda hubiera tenido una mente igualmente brillante e incisiva. Pero jamás hubiera saltado del baño, gritando “¡Eureka!”, porque en el Tibet no se hubiera bañado. SIR EDWARD: Quizá su argumentación no sea demasiado sutil, mi querido Potts. Arquímedes en el Tibet probablemente no hubiera efectuado su descubrimiento, en virtud de razones más profundas. La indiferencia, la incomprensión y la hostilidad emotiva en torno a él le habrían desalentado. POTTS: Naturalmente, Sir Edward, el Dr. Harping le habría desalentado. Harping no es partidario de los baños. Ya le hemos oído: representan la esclavitud de la búsqueda tecnológica de la higiene y las comodidades personales. La hostilidad emotiva hacia la ciencia es igual en todas partes. El puritanismo de Harping es igual aquí que en el Tibet, y tanto odia el baño material como la visión del átomo. HARPING: Me niego a hablar de baños en el Tibet, porque ninguno de nosotros sabe nada al respecto. Y me niego a que la conversación se desvíe. Los razonamientos de Potts son falsos, pura y simplemente. Sí, es cierto, en Grecia y sus colonias, en la Italia renacentista y en la Inglaterra isabelina nacieron obras más grandes que las nacidas en cualquier otro lugar. Pero los sitios nombrados, estos islotes en el mar de la historia, no eran sociedades técnicas, tal como ahora las concebimos. No eran un conjunto de fábricas industriales, tal como nuestra sociedad es. Según su argumentación, Potts, nuestra sociedad debiera dar nacimiento a sus correspondientes Sófocles, Dante y Shakespeare. ¿Dónde están? ¿O acaso dirá que tenemos a D. H. Lawrence, sólo porque nació en la industrial Nottingham, a la que por cierto odiaba? El único efecto que nuestra científica, higiénica y tecnológica sociedad produjo en Lawrence fue conducirle a la muerte. POTTS: Habla usted como si Lawrence hubiera sido víctima de una conspiración de físicos. Quienes persiguieron a Lawrence fueron los mismos que se ensañaron con Einstein, no fueron los físicos sino los oscurantistas. Lawrence fue expulsado de Inglaterra por el sistema establecido, por gentes como Sir Edward, digámoslo claramente. Y la gente como Sir Edward es tan contraria a la nueva ciencia como lo es el arte nuevo. En realidad, los oscurantistas como Sir Edward son contrarios a todo tipo de ciencia. Y usted, Harping, debiera avergonzarse de unirse a ellos. HARPING: No, yo no soy partidario del sistema establecido. ¡Dios mío, si no he hecho en mi vida otra cosa que combatir contra Sir Edward y los oscurantistas! POTTS: De todos modos, Harping, entre los oscurantistas abundan los hombres de letras, pero no los científicos. Quizá en esto radique la fortaleza de la ciencia y el atractivo que ejerce en los jóvenes, quizá radique en que quienes a ella se dedican son creadores de ciencia, modestos creadores, pero creadores. En la ciencia no hay críticos, no hay altos sacerdotes que sólo se dedican a exponer y guardar la imagen divina. Su sacerdocio me inhibe, Harping. Los dioses que usted venera están todos muertos, incluso Lawrence. Me hubiera gustado oírle alabar a un escritor vivo. ¿En su universidad no hay poetas o novelistas vivos?

HARPING: Está muy de moda la herejía de afirmar que un profesor de literatura debiera ser también poeta o novelista comercial. No, no creo en eso. SIR EDWARD: Entonces, no debe usted sorprenderse, Dr. Harping, de que, aunque sólo sea por una vez, los oscurantistas nos pongamos del lado de Potts. Me parece que a usted, Harping, le hubiera gustado ser poeta, pero carece usted de la suficiente alegría, vitalidad y confianza en sí mismo. Usted es un hombre que se ha derrotado a sí mismo, un hombre cual aquellos en quien pensaba John Dryden cuando dijo: “La corrupción de un poeta es la generación de un crítico”. POTTS: No se meta con Harping, Sir Edward. No ha sido él quien se ha metido con usted, sino yo. SIR EDWARD: Ya lo sé, profesor Potts, pero es que a usted todavía no le he comprendido en toda su profundidad. Y me parece que nunca lo conseguiré. Pero queda aún una incógnita que me gustaría despejar, se refiere a algo que usted ha dicho y que me ha parecido sorprendente. Ha dicho que las grandes obras de arte del pasado fueron creadas siempre en sociedades con un alto nivel de vida técnico. Y Harping dice que no. POTTS: Harping yerra. Los más grandes períodos artísticos de Occidente transcurrieron en Grecia, en la Italia renacentista y en la Inglaterra de Isabel I y de la Restauración. Y éstas eran también las sociedades técnicamente más avanzadas, más dadas a la invención, y más llamadas a la aventura del progreso. Y en estas zonas, el pueblo vivía mejor, comía mejor y tenía mejores herramientas que en cualquier otra parte del mundo, en los respectivos períodos. HARPING: Pero sigo diciendo que no se trataba de sociedades técnicas, de sociedades maquinizadas, en el sentido moderno de la palabra. POTTS: Se equivoca, Harping. Contempla el pasado desde un punto de vista sentimental, tanto el pasado isabelino como el pasado bosquimano. Usted cree que un molino renacentista es encantador y que una dinamo no lo es, debido a que el molino era de madera. Y cree que las minas de plata griegas eran más humanas, más acogedoras, que las presentes minas de carbón. Está en un error. Aquella gente alcanzaba un alto nivel de vida del mismo modo que lo alcanzamos nosotros, es decir, trabajando de firme y con las mejores herramientas de que el hombre disponía. HARPING: Pero, no jugaban al bingo, ni leían “comics”. POTTS: ¿Está seguro, Harping? ¿Cómo lo sabe? Los testimonios de que disponemos indican que hacían todo lo que les proporcionaba placer. ¿Acaso los números místicos de Pitágoras se diferencian del bingo? ¿Acaso las sucias imágenes de las vasos griegos se diferencian de las nuestras? Aquella gente consideraba la vida como una unidad, la totalidad de la vida intelectual formaba una unidad en la que se hallaban los números y las pinturas, la palanca y la Ilíada, las formas de los átomos, los grandes dramas y los diálogos de Sócrates. Usted es quien divide la vida en pedacitos, Harping, y cada pedacito tiene el tamaño del mordisco de un crítico. Pero el impulso creador, el goce de hacer y de descubrir, la picazón de la originalidad, eso es lo que pone en marcha a toda una época, y, entonces, el arte, la ciencia y la tecnología avanzan impetuosamente, mezcladas, tan confusas como Leonardo da Vinci y tan universales como Aristóteles. Sabe usted muy bien, Harping, que Marlowe no se pasó la vida en compañía de críticos literarios, sino de marineros, científicos y aventureros. El padre de Galileo era músico, pero no reprendió a su hijo al ver que se dedicaba a la ciencia. En aquellos tiempos, en los grandes siglos, las comodidades técnicas, el arte y la ciencia formaban un solo cuerpo. Y lo mismo puede ocurrir en nuestros días, si dejamos que así sea. También en materia artística disponemos de mentalidades creadoras, no tengo la menor duda sobre ello, que se revelarán si les permitimos respirar, si iluminamos sus mentes con la luz de nuestro mundo,

no con el ejemplo del mundo de los bosquimanos. Sin embargo, a usted, Sir Edward, nunca conseguiré cambiarle, porque usted es el pasado. SIR EDWARD: ¡Qué tontería! POTTS: Pero Harping no tiene ninguna razón para comportarse como un oscurantista. Cuando Galileo escribió su Diálogo sobre los Grandes Sistemas del Mundo, la Iglesia se abalanzó sobre él. Allí estaba usted, Sir Edward, su sistema establecido que, en aquel entonces, 1633, se llamaba el Santo Oficio. ¿En qué bando se encontraba usted, Dr. Harping, cuando los oscurantistas obligaron al hereje a retractarse? SIR EDWARD: Caballeros, caballeros, les ruego disculpen mis modales. Me había olvidado de que he pedido fresas, para hacer bonne boliche, a las que echaremos las últimas gotas del Pouilly Fumé. Y café y una copa de brandy. ¡Qué de prisa puede pasar una velada! Faltan treinta minutos para la salida del último tren. Ha sido una velada maravillosa. Oh, perdone, Harping, quería decir una velada espléndida. Gracias a los dos. Dediquemos los últimos minutos a las estrellas, a las fresas y al brandy. Salvo un minuto, profesor Potts. No creo que tenga yo derecho a volver a entrar en la sala de conferencias del congreso sin antes hacerle una pregunta que sólo le llevará un minuto contestar. Potts, todavía ignoro qué es un biólogo molecular, y ahora temo que jamás llegaré a saberlo. No, no me lo diga. Pero sí quiero que me conteste la siguiente pregunta: ¿por qué razón tienen ustedes, los científicos, tanto éxito? ¿Por qué están ustedes conquistando el mundo entero, pese a gente como yo? ¿Por qué están ustedes conquistando a la juventud, pese a gente como el Dr. Harping? POTTS: Porque la ciencia es una visión y una actividad al mismo tiempo, Sir Edward. Así ha definido Harping lo que es una cultura completa, y eso es lo que la ciencia es. Somos los visionarios de la acción, vivimos transidos por la inspiración de los cambios. Creemos que el pasado se conserva en su propio futuro, tal como las teorías de Isaac Newton cambian y se conservan en las de Albert Einstein. Somos la cultura del cambio vital. SIR EDWARD: ¿Y basta con esto, profesor Potts? Yo soy miembro del sistema establecido, lo cual significa, a su decir, que he creído toda mi vida que con la tradición tenemos bastante. Bueno, imagino que estoy en un error, pero, ¿acaso de ahí se sigue que con el cambio tenemos bastante? ¿Con cualquier tipo de cambio? POTTS: No, Sir Edward, no basta con cualquier tipo de cambio. Lo que nosotros cambiamos es la división de la vida. Estamos construyendo una unidad, una cultura completa, una unidad salida de la variedad. Y ahora voy a decirle lo que es un biólogo molecular. Es el hombre que desvela los secretos de la vida, mediante los instrumentos de la física. Demuestra —hemos demostrado— que las estructuras de la biología se hacen inteligibles cuando las tratamos, no como un rosario de misterios, sino como un rosario de moléculas. Estos son los cambios que en el cuadro del universo queremos hacer. Esta es la unidad universal en que creemos. Uno de mis compañeros en la ciencia escribió en cierta ocasión unos versos sobre el arte, la ciencia y la unidad de todas las cosas. ¿Me permite recitarlos, Sir Edward? SIR EDWARD: Debiera usted pedir permiso al doctor Harping, no a mí. Sin embargo, los escucharé:
POTTS:

Tras haber construido una casa, rechazo de la vista y el intelecto el engaño, y veo que la experiencia demuestra que un solo placer de sótano a techo alienta, que un solo firme impulso da vida a la alta estrella y la rama florida.

La fuerza que al invierno mueve a dar suaves hexágonos de nieve, que lleva a vivir a las abejas en sus bien calculadas colmenas, es ábaco y rosa conjuntamente. Una helada dulzura invade mi mente, un saber que bajo todas las cosas espera, rígida pero viva, aún enroscada, la primavera.