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Zoologicos Urbanos

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Cuando llueve, Bogotá se convierte en la ciudad más triste del mundo.
La escena se repite una y otra vez. De pronto estás en la calle y miras
hacia el cielo y ves allí en las nubes un grupo de aves que se escabulle.
Entonces empieza a llover y a tu nariz llega el olor pesado de la lluvia
bogotana. Es un olor mezclado con whisky, un olor mezclado con
perfume de mujer y gasolina, un olor incierto que se apodera de tus
pulmones, de tu garganta, de tus alvéolos, y te invade, te asalta, te jode,
te pone down, triste, maluco. No hay nada qué hacer. A lo mejor te va a
coger una de esas gripas tenaces que suelen dar en Bogotá. Una gripa
maluquita con muchos moquitos, con muchas lagrimitas. Una gripa
pendeja y estúpida.

Cuando llueve en Bogotá te llega la tristeza primordial que se siente
en Praga, en el puente Carlos a las seis de la tarde cuando los vendedores
se recogen y las mujeres de cabellos dorados se van con el viento gris de
la tarde. Ver llover en Bogotá es ver llover en Praga. La misma soledad
que se siente cuando llueve en el parque de Lourdes se siente en la
estación Muzeum a las cinco de la tarde. Ver llover en Bogotá es ver
llover en París. También como Vallejo me podría morir una tarde en París
mientras llueve. Ver llover en la carrera Trece es la misma sensación que
te posee en el boulevard Ménilmontant cuando los árabes salen con sus
perros viejos y antiguos, salen a las esquinas a mojarse, a fumar, a
desgastarse bajo la lluvia remota de París, esa lluvia que uno sabe que

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humedece todos los besos, esa lluvia que uno tiene la cerveza de que
humedece todos los labios salvajes que cobija con sus agujas invisibles
todos esos gatos tristes y melancólicos que pasean por los techos de
París. Uno sabe que esa lluvia es mágica. Es una lluvia que sabe a lo que
saben tus babas, una lluvia que sabe a árboles lejanos, una lluvia
contaminada por la luna, contaminada por las palomas grises.
Ahora probablemente llueve sobre Bogotá. Llueve en la avenida
Caracas, llueve en la carrera Séptima, en la avenida Chile, en el centro.
Llueve. Llueve. Llueve y todos los rostros de los habitantes se ponen así,
no sé, como más tristes, como más baratos, y entonces te dan unas ganas
de volar hacia el centro de la lluvia, ganas de estar cagado de la risa en la
mitad de la lluvia mientras te crecen alas transparentes en la espalda.
Llueve y los corazones se humedecen y las mosquitas muertas que se
estrellan contra las paredes sucias de los días caen y se arrinconan contra
las alcantarillas mientras las luces de las patrullas de policía se reflejan
en el pavimento húmedo.
Probablemente cuando llueve Bogotá entra en otra dimensión. Bogotá
se torna una ciudad más irreal, tal vez un poco más fantástica y en las
calles se presiente el murmullo de diez millones de dragones tristes que
recorren las calles húmedas y se introducen en el camino incierto de la
niebla.

Son las cinco de la tarde. Los buses parecen acuarios llenos de peces
tristes que se zambullen en el agua sucia de la gasolina. Bogotá lluviosa.
Bogotá es una ciudad de cucarachas. Una ciudad de culos y tetas tristes.
Una ciudad con una lluvia que huele a cebolla blanca. No hay caso, son
las cinco de la tarde y Bogotá es una postal triste y gris donde la gente
trata de sonreír, una postal gris untada con la triste cagarruta de las
palomas que vuelan sobre la plaza de Lourdes.

La Prensa, Bogotá, 14 de noviembre de 1993, p. 26

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