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Zoológicos urbanos
Historias mutantes de Rafael Chaparro Madiedo

Alejandro González Ochoa -compilador-

Colección Periodismo Editorial Universidad de Antioquia
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Contenido

Nota preliminar ….............................................................................. Nota biográfica sobre Rafael Chaparro Madiedo …..........................

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Zoológicos urbanos ….............................................................

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De Lenin a Pink Floyd …............................................................ 12 La insoportable levedad del ser ….............................................. 15 Aquí no pasa ni el tiempo …....................................................... 21 El semáforo, un estado de ánimo …............................................ 23 Esta calle que hace sobremesa …................................................ 29 Adiós a las ranas …..................................................................... 34 Siete veces Séptima …................................................................ 38 Hablo con la casa del doctor Ramírez ….................................... 41 La octava en la Octava …............................................................ 44 Mick Jagger con Nancy La Consentida ….................................. 49 De Perogrullo a Míster Atlas ….................................................. 52 Chicha, cerveza y adobe …......................................................... 55 Compre Marlboro y lleve su Gabo …......................................... 61 Supermercado en tres actos ….................................................... 64 Apenas suramericana ….............................................................. 69 Olafo en un Blue Bird TSS …..................................................... 72 Niza, bye bye …........................................................................... 77 Los hombres del campero rojo …................................................ 80 Los seis legionarios …................................................................. 86 Santificada sea tu nada …............................................................ 93 Bogotá subcultural ….................................................................. 95 Ciudad de niebla, modelo 26 ….................................................. 98 Solo sé de cada gol: Sócrates …............................................. … 103
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Dios se desangra en el sur …............................................109 El gas sea con vosotros …...................................................... 113 Inyecta el veneno, Chapinero …............................................ 116 Crónica marxiana ….............................................................. 119 La noche de los rábanos blancos …....................................... 124 Santa Carroña de Bogotá …................................................... 130 Una cerveza con West Texas Intermediate, por favor …....... 136 Eres un Bart-Baro total ….................................................... 141 Faustino no mataba perros amarillos.................................. 145 Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro …............... 149

Editoriales de Pink Tomate …........................................... 153
Bogotá S. A. …....................................................................... 154 Agosto sabe a octubre …........................................................ 156 Hussein llega a Al Cuccah …................................................. 158 El tiempo es un banano …...................................................... 160 Nueve mamertos y medio ….................................................. 164 En la misma nube de Jagger ….............................................. 169 Un submarino amarillo con mariposas, por favor …............. 171 Dios mío, ¿por qué nos has abandonado? ….......................... 173 El vértigo de escribir ….......................................................... 176 Partidario del rock and roll …............................................... 180 En Praga se inventaron las mujeres …................................... 182 Perdónanos porque no sabemos lo que hacemos ….............. 184 Bogotá es un acuario de peces tristes …................................ 186 Gasolina en el corazón …....................................................... 188 Bogotá …............................................................................... 190 In Utero ….............................................................................. 192 Voto en blanco …................................................................... 194 La bondad de las vacas …...................................................... 195 ¿Quién va a soportar a Bogotá? …......................................... 197 Un poco triste, pero más feliz que los demás ….................... 199 Lucero Alto no es lo mismo que Alto de Rosales .................. 201 La actitud del té …................................................................. 203
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Nota preliminar

La elaboración de la siguiente compilación surgió como una necesidad
personal luego de hacer mi trabajo de grado, una investigación que dio como resultado una serie de crónicas sobre el escritor y periodista Rafael Chaparro Madiedo, titulada Crónicas de “Opio”: Testimonios sobre el escritor que quería ser gato. Una necesidad, porque vi que poco o nada se conocía de lo que puede denominarse como “obra periodística” del autor de Opio en las nubes. Zoológicos urbanos es el intento de arrancar del desconocimiento y finalmente del olvido que produce la arena de los años, diferentes crónicas, artículos de opinión y algunos textos híbridos, ubicados en el lugar inclasificable entre la literatura y el periodismo, de Rafael Chaparro Madiedo. Así su única novela publicada no permanecerá tan huérfana dentro de las letras colombianas, y mucho menos él, que no contó con la suerte de vivir más tiempo para poder consagrarse como un gran escritor, pero que en una carrera contra el tiempo pudo dejar una suerte de testamento de esos años en los que intentó llegar a ser uno grande. Estos textos tienen el carácter de periodísticos porque fueron escritos por Chaparro Madiedo durante los años en los que trabajó para dos medios impresos ya desaparecidos: la revista Consigna y el diario La Prensa, ambos bogotanos. En la revista, Chaparro tuvo una columna quincenal denominada “¡Luz, más luz!”. Allí dio sus primeros pasos como redactor, desde finales de 1987 hasta mediados de 1990. En La
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Prensa, por su parte, tuvo dos etapas. La primera como redactor cultural, escribiendo crónicas, reportajes, reseñas de cine, teatro y música para secciones “Vivir” y “Domingo”. Esta primera etapa empezó en agosto de 1988 y finalizó a principios de 1993, después de que él ganara el Premio Nacional de Novela con Opio en las nubes. A partir de este momento, Rafael Chaparro se va de La Prensa para trabajar de lleno como libretista en programas de televisión como Zoociedad, Brújula Mágica, Quac, el noticiero y Conjunto Cerrado, entre otros. En este periodo, continúo escribiendo semanalmente artículos de opinión para las secciones “Cultura” y “Opinión”, de La Prensa. Una segunda etapa duró hasta su muerte, acontecida la noche del 17 de abril de 1995. El último artículo que Chaparro escribió, titulado “El coronel no tiene quién lo limpie”, fue publicado el 2 de abril de 1995. Con la intención de seguir un orden simple, el material incluido aquí fue dividido en dos partes: “Zoológicos urbanos” y “Editoriales de Pink Tomate”. La primera tiene un carácter más narrativo y la segunda se centra más en las opiniones y diversas consideraciones de Chaparro. Es preciso aclarar que en los casos necesarios se hicieron correcciones gramaticales; estas fueron mínimas y buscaron siempre beneficiar el carácter intrínseco del estilo de Chaparro, a veces un poco afectado por las prisas del devenir periodístico. Los artículos se publican en orden cronológico. Con los ojos rojos, irritados por tanto smog que producen las ciudades grandes y de tráfico congestionado como Bogotá, Chaparro empezó a manifestar su inquietud de desconsuelo ante el caos que la capital colombiana vivía a finales de los ochenta y principios de los noventa. Mientras tantos otros estaban enfocados en la violencia y en una variedad de temas que aún hoy son de cotidiana ingestión de los colombianos, él, antes de ganarse con Opio en las nubes el reconocimiento nacional, empezó a recoger toda suerte de historias urbanas. Al hacerlo se dio cuenta de que su entorno era un zoológico urbano repleto de situaciones y disparates, con muchos animales de la fauna de concreto y con fieras de todas las clases, olores y texturas que podían convertirse en una crónica o en un comentario editorial. Por eso
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vagó por toda Bogotá, mientras pudo, como un sigiloso escritor de tenis roto tomando atenta nota de todo. Recorrió Bogotá y otras ciudades de la misma manera en la que lo hace un gato vagabundo, que va por las calles con sus instintos alerta para cazar o para tomar cosas del suelo y de las bases de los postes de luz, donde habitualmente se apiña la basura. Qué mejor fórmula que esta para encontrar historias. En este libro el lector encontrará a un escritor de crónicas enamorado, nostálgico y al mismo tiempo desencantado de la ciudad en la que le tocó vivir. Una Bogotá que se fracciona en diferentes partes y de varias formas. Una Bogotá en llamas que en mucho puede parecerse a la ciudad a la ciudad destruida e híbrida de Opio en las nubes. Una Bogotá vista como un entorno mutante, en donde la realidad y la ficción se entrecruzan y personajes de una y otra se miran a los ojos y se dan cuenta de que los tienen rojos por el esmog, mientras a Olafo le toca soportar en un bus mal carburado los tradicionales trancones, al contrario Mick Jagger que va feliz en una buseta por la Caracas. Se trata de la siempre gris Bogotá y su exótico comercio de la carrera Séptima, donde la Batichica compra en Solo Kukos y “Las parejas de enamorados que no salieron a vacaciones a París, van a la terraza Pasteur a curarse del virus de la nostalgia. Un virus que sube escaleras. Un virus que toma café de Colombia. Un virus que se encuentra en los ojos de cada transeúnte. Es un virus que se incuba bajo la carpa rota del circo del cielo bogotano”.1 Una Bogotá a veces de terciopelo, a veces de papel de lija. Una Bogotá con horarios puntuales como el de las putas tristes de Chapinero que renacen siempre a las 6 de la tarde. Una Bogotá con su desaforada construcción de edificios altos que le quitaron la posibilidad de cielos a las cometas. Una Bogotá que en palabras de Chaparro “es la propina que nos dio el infierno […] Bogotá, una palabra que suena a pesadilla o a café capuchino con crisis existencial de tercera categoría […]. Una ciudad que es un capuchino. Se la toman y la botan y lo peor es que la cobran, y bien cara”.2 Pero no solo sobre la capital colombiana hay textos en esta compilación. También se encuentran pequeños recorridos por Praga, La Habana y París. Se habla de religión, política, literatura, amor, whisky, heroína, marihuana, pestilencia, cine, John Lennon, Gabo, Kafka,
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Cervantes, Rimbaud, Baudelaire, Borges, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Bart Simpson, Kurt Cobain, Mick Jagger y los Rolling Stones, fútbol, comunismo, besos, lluvia, sol, sangre, desconcierto, lo correcto y lo incorrecto. La invitación nunca sobra. Este libro es un respiro, una oportunidad de conocer otra forma de hacer periodismo. Uno sin esquemas, sin lugares comunes, todavía novedoso y con una puntuación que a veces responde a un ritmo anárquico y a veces a la formalidad. Un periodismo que no se desprende de su progenitora, la literatura, y que finalmente logra retratar mejor a una sociedad que el cubrimiento diario, vertiginoso y casi despiadado de noticias. No tendrán decepción alguna en su lectura. Alejandro González Ochoa

_______________________ 1 Chaparro Madiedo, Rafael, “Siete veces Séptima”. La Prensa. Bogotá, 2 de enero de 1989, p. 8. 2 Ídem, “Bogotá S. A.”. Consigna. Bogotá, N.° 367, 30 de junio de 1989, p. 31.
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Nota biográfica sobre Rafael Chaparro Madiedo

La literatura es el ejercicio del alma y del cuerpo, no solo de la imaginación. Rafael Chaparro Madiedo3

El

24 de diciembre de 1963, en Bogotá, nació Rafael Chaparro Madiedo. Estudió en el Colegio Helvetia y después Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes. Desde finales de 1987 empezó a escribir para la revista Consigna. Luego trabajó como redactor cultural en el diario La Prensa y posteriormente como libretista para televisión. La Poesía también fue uno de sus intereses y en 1986 obtuvo una mención especial al participar en el Tercer Concurso Universitario de Poesía del ICFES, con el volumen La hora de la fatiga, que se compone de dos poemas: “Lunas” y “La torre de nieve”.4 En 1989, junto a su compañero, el biólogo, escritor y periodista Eduardo Arias, creó para La Prensa una sección llamada “La franja lunática”, que fue una columna de humor en la que sobresalió un estilo de opiniones ácidas frente a temas de actualidad, política y religión, entre otros. También fue libretista de programas de televisión como Zoociedad y Quac, el noticiero, espacios con fuertes contenidos de crítica y humor, encabezados por la figura del fallecido Jaime Garzón. Además de eso, _______________________
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Escallón, Ana María, “Soy de coca-cola, aspirina y neón”. Letras Dominicales. El Tiempo. Bogotá, domingo, 20 de junio de 1993, p. 6. ICFES, Concurso Universitario de Poesía ICFES: Obras premiadas 1986, Bogotá, Editorial Guadalupe. 1987, p. 7.
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Chaparro Madiedo dirigió el programa de televisión infantil Brújula Mágica. Uno de los años más cruciales de su vida fue 1992, cuando ganó el Premio Nacional de Novela, convocado por Colcultura, con Opio en las nubes. Esta obra fue escogida por los jurados Salvador Garmendia (Venezuela), Héctor Rojas Herazo (Colombia) y José Viñals (Argentina), quienes la elogiaron por novedosa. La noche del 17 de abril de 1995, Rafael Chaparro Madiedo murió víctima de lupus. En su edición del 19, el periódico El Tiempo lo despidió así: “El blues es siempre una canción triste, un lamento que arrulla las angustias del alma. Por eso anoche, en la madrugada, sonó un blues en Bogotá, el blues más triste para la nueva generación de escritores colombianos porque ayer falleció Rafael Chaparro Madiedo”. En el mismo artículo se citan más adelante unas palabras de su compañero Eduardo Arias: “Creo que al verdadero Rafael Chaparro nadie lo pudo conocer... “. 5

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“Se fue el de Opio en las nubes. Falleció el joven escritor Rafael Chaparro”. El Tiempo. Sección Gente. Miércoles, 19 de abril de 1995, pp. 1-2.
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Zoológicos urbanos

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De Lenin a Pink Floyd

La calle 19 y la carrera Séptima de Bogotá forman una especie de cruz
de asfalto, una rosa de los vientos de ruido infernal, una rosa de smog. Allí confluyen accionistas apresurados que se dirigen a comer su emparedado de carne de cordero al lado del Hotel Bacatá, grupos de secretarias luciendo la última moda de los almacenes de Galerías o de Only, punks criollos del Restrepo y del Quirigua que ven en esa apresurada calle una lejana remembranza de las urbes que algún día vieron en la televisión en los programas de Pasaporte al mundo o en la película Le it be, en los teatros del centro en las funciones de medianoche. También pasa envuelto en una apestosa estela de humo negro el bus ejecutivo, un medio de transporte muy curioso. En efecto, ya en el final de su recorrido, en el ejecutivo se quedan los universitarios que van para Los Andes, El Externado y la América. Las niñas muy pulcras. Los muchachos encarretados con la debacle de Millonarios o en problemas de álgebra lineal. Ellas con los Reebok comprados en Unicentro y con la moda Fiorucci. Bien empaquetados se dirigen a una maratónica jornada donde fácilmente oirán hablar de Marcuse, del algoritmo, de Van Gogh, del M-19, de Alf, de drogas y de rumbas que se planean en el apartamento de alguien que promete que además de rock también va a poner un poco de salsa. En este caótico universo, se levanta debajo de la Séptima un verdadero ejército de casetas de libreros y disqueros. Allí se consigue el libro de Bateman Oiga hermano, ediciones piratas de toda clase de autores. El Zarathustra de Nietzsche en edición pirata de Marinilla, Caldas. 1 Vídeos de pornografía sueca.
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Conciertos de rock doblados de forma pirata. Gente que en el interior de sus casetas azules parecen pequeños peces en medio del ruido de Judas Priest o Cuco Valoy. Gente que ha ido a Londres a conocer cómo es la tierra de donde vienen sus discos o que ha pagado su carrera de abogado vendiendo lujosas ediciones de papel periódico. Sin embargo, un poco más arriba, después de la Séptima se encuentra uno con un verdadero templo de la cultura rock. En efecto, en el interior de un limpio y amplio centro comercial un curtido rockero instaló su propio almacén de esta música fresca y rebelde. Es un rockero que no le jala al disco de contrabando ni al pirataje de vídeos. Los lemas de su almacén son dos: “los pesados del rock pesado” y “el cliente nunca tiene la razón”. Gustavo Arenas, su dueño, atiende personalmente a los universitarios y ejecutivos que llegan a preguntar por los Scorpions o por Bob Dylan. Allí van los jóvenes que comiendo emparedados durante una semana ahorran para tener en sus oídos a Metallica, Deep Purple y a los Stones. Es una nueva generación de rockeros que se niegan a caer en las manos de la buena conducta musical de Michael Jackson o de Emmanuel. Los más viejitos son ejecutivos que escuchaban los programas de rock que Arenas tenía en la desaparecida Radio Latina. Se llamaba “Desde la madre Tierra”. Este promotor de conciertos de vieja data no vende contrabando, pues el vinilo que se usa para la fabricación de los discos lo produce una empresa en Cali y de allí sale para todos los países del Pacto Andino. Gustavo Arenas fue uno de los organizadores del “Woodstock colombiano” o sea del festival de Ancón, cerca de Medellín. Eso fue en el 70.2 Allí se dieron cita La Columna de Fuego, Malanga, La Banda del Marciano y Los Monsters de Cali, entre otros. Del concierto se hizo una película. De allí salieron excelentes músicos nacionales que emigraron a otras latitudes a derramar su talento. Óscar La Espriella se fue para España a tocar con Los Brincos e introdujo al rock ibérico los primeros _______________________
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En el artículo original figura este Marinilla, Caldas -el único que existe es de Antioquia-, seguramente para enfatizar el carácter pirata de la edición comentada. Se equivoca el escritor: Ancón fue en 1971.
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elementos para el desarrollo del rock metálico en aquel país. Phil Manzanero toca en Inglaterra con el grupo Roxie Music. La rosa de smog, la 19 con Séptima aguanta de todo. Pesados buses con su negra bocanada de humo, los pesados del rock pesado, las drogas pesadas, los apestosos sahumerios de los despistados hare krishnas, la formación de los policías antimotines, las manifestaciones de la UP, de Fecode y los teatreros. Allí Lenin nunca se imaginó estar al lado de Julio Flórez o Platón al lado de los estudios sobre Freud hechos por un oscuro psicoanalista opita. Allí nace una cultura compleja donde se mezcla el contrabando con la legalidad, el grafiti con el código de comercio que venden en las esquinas, los gamines trabados con bóxer que piden y asustan a las señoras, los viejos cachacos que salen a la 19 a tomar el transporte después de una larga y nostálgica tarde de tinto y charla con sus amigos, paraguas en mano y corbatines rojos o de pepitas, paño inglés o del Restrepo. Una cultura donde se oye hablar de diálogo nacional o de represión, de la bolsa o de los Beatles, de Dios y del diablo, del negro y del blanco. Una cultura callejera que se extiende como un pulpo en una forma muy colombiana: hamburguesas, rock, Monserrate, riqueza, pobreza y lujuria.

La Prensa, Bogotá, 14 de agosto de 1988, p. 27

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La insoportable levedad del ser

La apariencia habitual de los niños hace unos dieciocho años era la
siguiente: botas ortopédicas, pantalones cortos y chalecos de lana, tejidos por la tía solterona. A finales de los años 60 y principios de los 70 era algo inaudito ver a un peladito usando jeans, entre otras, porque sus únicos portadores eran los hippies de todos los pelambres que se llenaban el cerebro de humo en el parque de la calle 60. Todos los niños, sin excepción, llevaban zapatos del Calzado “Bambi”, comprados en las tediosas tardes de sábado después de pasar toda la mañana bajo la dictadura de la gomina y la tijera en peluquerías como “Blanca Nieves” y “El Pato Donald”. En aquella época las peluquerías habían caído en una profunda decadencia: los jóvenes iban solamente una vez por año. La situación tocó fondo, a tal punto que ciertos de peluqueros ofrecieron por una motilada un disco de los Stones o de los Beatles. Otros, más radicales, acudieron a la policía pidiéndole que hiciera batidas de mechudos para conducirlos al reino de la decencia engominada.

La metida de pata
Los que llegaban al colegio con zapatos ortopédicos eran objeto de una incisiva reprobación por parte de los reyes del “Tractor”. Ellos eran los
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señores de los castillos de arena, los caballeros andantes de las espadas de plástico que relegaban a los “ortopédicos” a los puestos de retaguardia en la Armada Invisible de la imaginación. Eran siempre los malos de las películas, en los partidos de fútbol los defensas, en las piñatas siempre se ganaban su tiestazo y por desgracia las mamás generalmente les ponían tirantas de caucho elástico. Con un expediente de esta naturaleza era imposible llegar a ser, en alguna limpia mañana de verano, un conquistador de los reinos lunares. A lo máximo que llegaba, era a ser el lunar de la clase. Un buen día los señores de la guerra de las canicas vieron desplomarse su soberanía: unos “Adidas” y unos “Puma”, extraños animales venidos de Miami, destruyeron los espacios arados por los “Tractor”. Los “ortopédicos”, siempre tan correctos ellos, decidieron morir con las botas puestas y no cambiaron la mula por el avión. Ni tampoco quisieron meter la pata en la boca de los pumas.

Bajo el imperio del lagarto
A mediados de los 70 llegaron al país los “Adidas Country” y las camisetas “Lacoste”, imponiéndose como los nuevos ropajes de los rituales de plástico y la bom bom bum. Unicentro acababa de abrir sus puertas y ya los “Tractor” eran algo muy agropecuario para lucirlos a la entrada del cine de tres. La levedad del ser se fue abriendo paso: la música disco poco a poco desplazaba al rock y los peinados de copete eran el pan de cada día. Entre tanto, ciertas calles cambiaron de nombre. Ya no se decía la “carrera Quinta con 27”, sino la “quinta con existencialismo”. La “Zod Lacoste”, los “Wimpy”, el betamax, cosmopolitizaron definitivamente a una ciudad que, a parte de la Coca-Cola, solo comía hamburguesas en las cafeterías de los almacenes Ley y se vestía con ropa “El Roble”. Bogotá había pasado de la “Atenas Suramericana” a ser “Apenas suramericana”.
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La película Grease estaba en su máximo apogeo y a la entrada de los cines se veían dos grupos claramente definidos: uno era el de las hordas medievales de las pandillas que iban con camisetas chiviadas y con relojes tipo acuario o tipo detective. El otro eran los niños y las niñas bien del norte con sus aperos traídos de Miami. Mientras los unos hablaban de la fiesta en el salón comunal, los otros hablaban del caballo de polo o de lo último en guarachas en materia de tecnología: se trataba de un aparato conectado al televisor y en el cual se podían ver películas. Era un betamax.

Un puñado de estridencia
Las murgas se pusieron de moda y el batido de las nacientes bandas de rock se fue poniendo espeso. Aparecieron los Jekel Batts y Mermelada para acompañar a Compañía Ilimitada. Las tunas de los colegios de monjas vieron con horror cómo se premiaba la estridencia. Mocedades tuvo que ceder el paso obligatoriamente a los Stones. Entre tanto, ya habían aparecido los jeans “Levi's”, y colegial que se respetara tenía en su haber un par de pantalones de pana y unos jeans para lucir en las fiestas donde Travolta era el sumo sacerdote. La década de los 70 estaba llegando a su fin. También los Jekel Batts. La década de los 80 entró y los zapatos de gamuza hicieron su agosto. Era común ver a un estudiante de arquitectura con zapatos de gamuza y mochila, discutiendo sobre jazz a la entrada de las películas de Woody Allen. El de biología también usaba esos zapatos, escuchaba salsa, iba a La Macarena los fines de semana y leía a Brecht. Eran la apariencia y la imagen de cierta intelectualidad, que además no usaba corbata.

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Los sapos
Sin embargo, es un poco después de la mitad de esta década, cuando estalla en serio el fenómeno de los zapatos como símbolo de aceptación cultural y social. Aparecen los “Reebok” y se usan tanto en los aeróbicos como en la universidad. La generación ejecutiva (la del bus ejecutivo) es la mayor consumidora de estos forrajes. Son los nuevos súbditos de los sacos de hilo, del bar FM y de Madonna. Es una nueva generación que junto al negro de sus “Reebok”, en materia de preocupación política se ha ido en blanco, al menos hasta el momento. En el horizonte, por lo pronto, se le augura todavía un buen futuro a estos zapatos. Todo depende de cómo se maneje su promoción con los aeróbicos y el trabajo. Son botas que permiten mezclar espacios diversos: la casa, el gimnasio, la rumba y la universidad. El nuevo ritual del plástico ya es muy sencillo y tiende a uniformar a los súbditos: las botas son el puente que une a un status con otro. Ya nadie se escandaliza si ve a un pandillero de la temible horda de “los reyes de la aguja” con un par de “Rebook”, junto a un pulcro estudiante de ingeniería industrial que se peluquea en la 15 y que además posee un par de botas blancas de la misma marca para salir con la nena a broncearse los domingos en la ciclovía. Son los zapatos, tanto de los espíritus ligeros, como de las conciencias duras y tenaces.

Los arsenales
La clave para distinguir unos “Rebook” chiviados de los verdaderos, es el olor. A los chiviados se les conoce como “chandas” porque huelen a pegante bóxer. Los legítimos tienen, en cambio, el discreto encanto de la silicona. Son de diseño inglés y en la actualidad sesenta modelos inundan los pavimentos del mundo. Son fabricados en Corea del Sur. En Colombia solo se conocen ocho modelos. Los más apetecidos por los
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súbditos del plástico son los “classic”, en sus dos presentaciones, botas y zapatos. Las primeras valen 16.000 pesos y los segundos 15.000. Es el blindaje que se usa con la sudadera y la trusa en los aeróbicos. Es la referencia para no perder la identidad frente al espejo del gimnasio mientras suena Sabrina en el fondo. Los “Work out plus” cuestan 15.800 pesos. Cuero blanco, suela contramarcada. Los que más compran este modelo son los universitarios recién graduados a los que no les queda mucho tiempo para hacer deporte, pero que en los ratos libres como para no perder la costumbre, pasan el domingo con los pies forrados de comodidad importada. Los “new port” dejan su huella en las canchas de tenis. 16.000 pesos. Solo hablan del Abierto de Tenis de los Estados Unidos, del Roland Garros, de las raquetas Donnay. No fuman, no toman. La Coca-Cola es la bebida ritual de sus ceremonias sabatinas de pantaloneta, arena, sol y “take brake”. Las niñas que apenas comienzan su recorrido por el largo camino de los delineadores, llegan del colegio y cambian sus impersonales zapatos monjiles por unas vivas “Classic” de todos los colores imaginables. Fucsias, verdes, azules. 16.000 pesos del alma... de las mamás. La entrada a los cines se ve inundada, en las películas de María Conchita, Madonna y Chuck Norris, por verdaderos ciempiés con los cabellos recogidos de forma agresiva y provocante. En la calle 82, esas mismas legiones de piernas, forradas de chicles, rompen el hielo y con las “Rebook” abren un abanico de sensualidad, un pasaporte a la rumba. Para los que aman el basquetbol han llegado los “bb5600”, que se conocen como las “astronáuticas”. Son unas enormes botas dignas de usarse para jugar un partido de básquet contra los marcianos. 17.000 pesos para lucir en medio de la tensión de los entrenadores, la ansiedad del público y la angustia del marcador. A la conquista de las alturas, pronto llegarán al país unas botas especiales para practicar el alpinismo. Un precio por las cumbres: 28.000 pesos. Si las cosas siguen como van, pronto tendremos en el mercado unas “Reebok” especiales para las actividades de contra-guerrilla.

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Guerra y seducción
Los ejércitos del “Rebook” se apertrechan en Sanandresito, Providencia y Roncador. Allí están inventariadas y clasificadas las botas que los fines de semana se lucen, en las guerras de la seducción, en bares y discotecas. Parecen manufacturas en un espacio donde la realidad se aprehende a través del compact disc, el betamax, los equipos de sonido y la lechona. Allí llegan las legiones del norte con toda su carreta de la apariencia a comprar las botas, que son una especie de alivio existencial para una juventud que, a falta de pies de plomo, deja en la vida unas huellas hechas en serie. “Los 'Rebook' no son una moda, son un estilo de vida, casi una filosofía”, nos dijo una chica universitaria que por lo menos dos veces por semana se va a pulir las líneas de su esbelto cuerpo frente a los espejos del gimnasio. Es la representante de una generación que aprendió a fumar con Marlboro, que creció escuchando Bee Gees, y que cuando va a misa sólo lo hace para ir a los bautizos de los sobrinos. “Como que la vida se percibe diferente con unos zapatos así... pareciera que el verano empezara en la punta de los 'Rebook', siento mis piernas más bellas con las botas. Es tan importante para mí lavarme los dientes, cuando voy para clase, como ponerme mis 'Rebook': son un pretexto más para que me miren...”. Nunca la juventud había pensado tanto en sus pies como ahora. Generalmente pensaba con ellos. Nunca antes las calles habían olido a cuero importado como ahora. “Reebok o no Reebok, esa es la cuestión”, es el lema de una generación que asume la vida desde las gafas de sol. Una generación que cuando llora, vierte lágrimas de smog. La Prensa, Bogotá, 2 de octubre de 1988, pp. 26 y 27

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Aquí no pasa ni el tiempo

La gran bóveda de smog cubre el centro bogotano. Bajo su manto se
levanta un carnaval de ruido donde se mezclan diversos ritmos urbanos de diferente longitud de onda: los gamines con sus cerebros pegados a la alucinación, los transeúntes con sus ojos de agua angustiada, las busetas y buses con sus himnos de estruendo y gas carbónico, en fin, como si en la ciudad, a un mismo tiempo, varias orquestas ejecutaran músicas distintas dirigidas por voces que se esconden detrás de cada poste. Debió pasar algo muy extraño para que las mañanas de la ciudad dejaran de ser, de un momento a otro, azules y limpias, y para que de una noche a la otra la luna viera interferida su luz por los ejércitos de la electricidad y el neón. Pero escondido del afán, un espacio fluye lentamente a través de las grietas del tiempo urbano: el café. Una institución del ocio, fundada sobre los olores, las formas y las palabras que tuvieron durante un tiempo el destino, la historia y la cultura del país, pero ahora son más un lugar de encuentros y desencuentros. Un café no es un café si no huele a tinto, a humo de tabaco, a orines y a creolina. Allí confluyen los niveles de olor en la estrecha relación con la extensión geométrica de los espacios: la entrada del café propone el límite entre el mundo de adentro y el de afuera. Es el filo que divide el olor en dos: la luz y la oscuridad. A semejanza de las salas de cine, el
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café también es una penumbra compartida, pero es una penumbra que se impregna. Es un humo pesado que se pega a los rostros, a los vestidos y al ambiente. No es casual que los habituales de los cafés estén ataviados de trajes de tonos oscuros y que sus caras denoten ese signo que solo tienen los viajeros que han hecho largas travesías. Son hombres de los que fácilmente se puede afirmar que han visitado el lado oscuro de la luna.

El pájaro del tedio en el hombro
Una vez se traspasa la entrada, el olor invade por completo el espacio. Ya la luz exterior es un difuso paisaje, como si el hombre sentado en el rincón percibiera el mundo de afuera desde un tren sobre rieles de tedio. Es ya, propiamente, el olor del ocio. Es un olor “sentado”: los aromas adquieren la forma de los cuerpos aplastados sobre las sillas, siguen el quiebre de las espaldas, de los codos y de las piernas. Si se pudiera hablar de una física de la cotidianidad, este espacio intermedio de las mesas, sería el espacio donde se rompe la ley de la gravedad de las cosas. Allí nada parece caer. Por el contrario, todo parece estar sostenido por una red invisible que atrapa todo el ámbito: se percibe un zumbido, como de mosca, que va de mesa en mesa. Es el tedio que va envolviendo a los habituales y que se va posando en los hombros y en los sombreros, como transmitiendo una especie de enfermedad: la enfermedad del tiempo que pasa: una convalecencia que se padece con cierto gusto.

La Prensa, Bogotá, 6 de noviembre de 1988, p. 23

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El semáforo, un estado de ánimo

Los semáforos no son objetos tan inocentes como a primera vista puede
parecer. En realidad son pequeños soles electrónicos que nacen tras el concierto de los pitos y tienen su crepúsculo en el horizonte del smog. No en vano el reloj mecánico de los autos, busetas y motos, se mide con el ciclo luminoso de los semáforos. Allí los carros y las personas que van en ellos solo tienen una faceta: el afán. En verdad, es el punto de cruce entre la paranoia colectiva y cierta idea de orden público, pues aunque no parezca, el tránsito es la expresión motorizada del orden social. La circulación caótica de carros en las calles de la mayoría de las ciudades colombianas representa, de cierto modo, no la lucha de clases, sino una especie de carrera entre las clases sociales. En la grilla de partida de los semáforos los autos parecen caballos de acero en la pista del hipódromo urbano donde se apuesta la vida y el prestigio. De algún modo especialmente misterioso, la llegada de los semáforos a la ciudad colombiana, y en particular a Bogotá, tiene que ver con los complejos procesos históricos que sacudieron la vida nacional.

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Sangre pesada
En el caso de Bogotá los soles electrónicos empezaron a iluminar los caminos del asfalto después del 9 de abril de 1948. Antes de esa fecha a la realidad se llegaba en el tranvía. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la posterior ola de violencia trajeron profundos cambios en las costumbres urbanas. El afán de las balas, el olor de la pólvora en los campos enardecieron el ambiente. Para un país agobiado con la sangre que surcaba todos los cauces de la realidad nacional, los semáforos y la llegada de la televisión representaron una especie de dictadura de la ficción: dictadura de las luces. La ciudad empezaba a entrar lentamente en los códigos de la polución visual y del estruendo sonoro. Tal vez el semáforo es el símbolo de la comunicación donde los ciudadanos, en una corta pausa, se ven los rostros. Es ese espejo social de pavimento y afán donde la gente a bordo de sus carros se escudriña entre sí. Es el espacio donde el parpadeo multicolor del semáforo condiciona la mirada de un lado a otro y al espejo retrovisor. Se observan, especialmente a los ojos, esos semáforos del alma. Quieren saber si el personaje que conduce un modelo 88 tiene atragantado en la mitad de su corazón ese monstruoso carro llamado tedio que no tiene reversa. Tratan de comprobar hasta qué punto la vida es una farsa motorizada y cómo puede cambiar la mirada de los hombres cuando están enfrentados al cemento que cuando están frente a un jugo de naranja a la hora del desayuno. Es la comunicación de los ojos recién delineados y de los cigarrillos en los labios recién iniciados. La mujer del carro último modelo prende un cigarrillo y se acomoda sus gafas de sol. El universitario se mueve. Como para variar escucha la versión de Smoke on the Water de los Deep Purple en su famoso concierto en el Kilbum State Gaumont de Londres, en 1973, mientras saca el codo y ladea el cuerpo hacia la puerta. El chofer de la buseta se rasca la cabeza y cuenta plata, la pareja joven de modesto carro nuevo discute, mientras los matrimonios viejos en silencio tratan absortos de matar el tedio mirando por la ventana, el taxista ya tiene esa pausa entendida como un momento de descanso y de tensión, el ejecutivo mira
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impaciente el reloj y el ama de casa regaña al hijo que lleva medio cuerpo por fuera de la ventana mientras el perro ladra. Todos esperan que cambie el semáforo. Todos parecen que estuvieran en una especie de coctel de gas carbónico. También es un billar. Las miradas se dirigen de un punto a otro, del cabello de la mona del modelo 81, con una calcomanía de “I Love Pitalito”, a la luz roja del semáforo. La carambola se produce cuando las luces del semáforo indican que los caballos de acero pueden iniciar su carrera para llegar a los establos del trabajo.

Los rieles de smog
Los pitos de los carros son en verdad decibeles angustiados. Denotan un afán de comunicarse a través de un gruñido eléctrico. Cada longitud del pito tiene su estado de ánimo. El corto muestra una tristeza corta. Es esa tristeza leve o más bien esa incertidumbre que siente el joven del carro rojo de no saber por qué esa mañana el mundo es menos azul que siempre. Es sentir que el cielo se desmorona con cada pito, con cada golpe de vista. Es una tristeza que por corta y leve que sea, puede hacer perder la cabeza a cualquiera. Penetra los huesos. De pronto, allí en la línea del semáforo se da cuenta de que los castillos de la realidad están construidos con ceniza y que solo basta una brizna para que todo se venga abajo. El intermedio denota los decibeles de cierta desesperación. Es el ejecutivo que pisa el acelerador de su carro y mira su reloj. Su tiempo es un memorando cerebral. Su mirada registra todo a su alrededor como un filtro informático. Cuando el sol electrónico cambia de estación el motor ruge poderoso impulsado por un látigo de gasolina. El pito de sonido largo produce la misma sensación melancólica de un tren pitando en la mitad de la noche mientras cae una tormenta. Aquí en realidad se trata de un tren que rueda sobre rieles de smog.
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El pito intermitente es el grito de la victoria, es un pito rojo, bello, un pito de Santa Fe. Es un pito sin agresiones y sin violaciones de ningún orden. Toda la realidad del semáforo está influida por los estados de ánimo. Un aparato, a primera vista tan frío, en realidad es toda una metáfora del estado de alma de la gran ciudad.

Un poeta chino en la avenida Caracas
Un semáforo con su luz amarilla ardiendo intermitente más allá de la medianoche es el mismo efecto que produce el fin de la fiesta en el poeta chino. Ya cuando las bailarinas se van a descansar y la luna parece fatigada en el último rincón del universo, el poeta chino queda con su copa sentado frente al mar oscuro de la noche. Prueba su último sorbo de licor y se duerme sobre sueños de arroz. Algo parecido sucede cuando se pasa por un semáforo amarillo intermitente. Es la hora de la fatiga. La hora de prender un cigarrillo. La hora de decirle adiós a Baco y entregarse a la almohada. La hora cuando el tiempo fluye como una inyección dolorosa. El sol rojo es el estado de ánimo que viene sacudiendo al país por lo menos hace unos treinta años. Ese mismo bombillo es la metáfora de una lucha que no tiene curso. Todo parece indicar que la realidad no está montada sobre una vaca loca, por el contrario está montada sobre un dragón alucinado. El semáforo en rojo propone el límite entre la ficción y la realidad. De algún modo especialmente extraño, más que un estado de ánimo, en verdad, el semáforo es la metáfora del estado de sitio. El verde. Sí, el verde. El color de la esperanza. El estado de ánimo de la vía libre. Un verano verde para la gasolina y las bujías. El momento donde el cárter de los carros trabaja y se le remunera con perfume de aceite quemado. El momento cuando la mujer del sedán beige se mira nuevamente al espejo y arroja la colilla por la ventana. Vuelve los ojos.
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Mira el cielo. El horizonte de la polución deja entrever, solo por unos segundos, un reino que se encuentra más allá de los pitos y los rascacielos. En ese reino medio confuso, la impresión momentánea es la de sentirse, de pronto, irreal. Es esa sensación que hace que los pies ya no sean de plomo sino de nubes, que hace que la vida parezca una mañana congelada en un viernes de sol a las nueve de la mañana. Arrancaron los carros. Se impulsan sobre el pavimento.

Una película muda
Se van los amos sobre sus tronos de acero, ruedan sobre sus reinos a 60 o 90 km/h y queda allí la alternativa de mercadeo más ingeniosa de toda América Latina o inclusive del mundo entero: los vendedores que ofrecen “Marlboros, Marlboros, duraznos, aguacates, La Prensa, El Tiempo, Espectador, Frunas, chocolatinas, chicles, una monedita, Dios se lo pague”. Allí también confluyen los gamines a limpiar los vidrios y las farolas de los carros con trapos sucios. Vienen de los sótanos de los submundos a limpiar los vidrios cotidianos de los ciudadanos motorizados. Hace algunos años cuando aparecía un gamín a limpiar los vidrios de los carros, algunos choferes se ahogaban de miedo. Ahora se ha establecido una especie de ética del semáforo o más bien una cierta diplomacia que hace de la relación entre los ciudadanos y los gamines algo más bien amable. Ellos, los habitantes de los puentes y las alcantarillas, brillan con la paranoia colectiva. Mueven su mano de izquierda a derecha. Con un trapo viejo le recuerdan a la ciudad la metáfora de su condición: le dicen al señor sentado frente a su volante que ellos son los “olvidados” de la sociedad. Le recuerdan que no llevan el volante de la realidad. Le dicen que están en la boca de los exostos de la ciudad, donde los han relegado, y que reciben sobre sus rostros el grito carbónico de la urbe. Cambia el semáforo. Luz verde. Parten de nuevo los carros. Llueve.
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Los gamines se quedan allí. Las aletas de sus narices se inflan. Respiran con esa fuerza que solo tienen los que andan por el mundo con pies de asfalto. Los semáforos son el hogar donde apenas, por unos momentos, reciben un delgado rayito de los soles luminosos y donde la ciudad compra la tranquilidad de su conciencia dándoles unos cuantos centavos. Domingo. El mundo parece la escena de una película muda. Los semáforos anuncian la resurrección de los dioses y los demonios de la ciudad. Los semáforos han pasado una noche de soledad y frío en medio de la lluvia eléctrica. Varios carros aparecen crucificados en los cruces. Sus hojas de lata están arrugadas por los golpes del licor y la fiesta. Los semáforos despiertan de nuevo. Se preparan para oficiar su misa de preservación de la vida. Son unos sumos sacerdotes de tres luces y cuatro velocidades. Los carros se llenan de familias, todos van y vienen sin rumbo fijo y conducen con especial paciencia. Los taxis no son taxis y la ciudad tiene una parte de su vida dormida. Los semáforos siguen su labor electrónica a pesar de todo. El poeta chino yace sobre un separador. El pasto está mojado. En su boca aparece un hilo de sangre congelado. Su túnica está rasgada. Los sueños de arroz están regados sobre el pavimento. Los ojos anclados en la eternidad. Las estrellas no le habían dicho cómo manejar un Chevrolet.

La Prensa, Bogotá, 13 de noviembre de 1988, p. 13

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Esta calle que hace sobremesa

Una calle del barrio Germania de Bogotá. Arriba del centro, el profundo
olor del lúpulo y de la cebada del antiguo barrio cervecero se ha cambiado por el perfume carbónico de los buses y carros. Tiene el aspecto de un camino lunar. En realidad esta estrecha calle muestra el paso del tiempo por cada poro de su olvido. Cada bus que pasa y cada pito de cada carro desmorona la pintura antigua de las paredes. La cosmética de esta calle ha ido maquillando el paso del tiempo. O más bien es el tiempo el que se ha decantado en esta calle: las puertas, el olor de la comida cocida, el andén maltratado y los rostros de la gente están listos en la paleta de un pintor y en los obturadores de las cámaras. Todo está dispuesto para que sea un gran óleo o una gran fotografía. Los elementos se encuentran en una composición dispuesta por ese artista invisible que ejecuta el ruido del mundo sobre cada objeto: el tiempo. Como esas mujeres que tienen un alto sentido de la cosmética, es decir del cosmos, del ordenamiento de la fisionomía, de la mirada -sobre todo la mirada del estado de ánimo y que no necesita maquillaje recargado-, esta calle muestra su rostro de cara al sol, a la lluvia y a los siglos. Cada golpe de luz se difumina de un modo especial: las puertas que no conducen a ninguna parte de pronto se ven iluminados sus umbrales por una sombra que nunca ha existido. Son puertas que, alguna vez, algún niño abrió y cerró para siempre cuando supo que el sol no giraba alrededor de la Tierra. La lluvia que cae se empoza en los huecos negros de este pequeño universo de asfalto y pintura antigua.
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Una calle del barrio Germania de Bogotá. Allí no ha llegado todavía eso que llaman pujanza y el progreso de la gran ciudad. Todo transcurre como cuando se establece la charla después de la comida: es una calle que está haciendo sobremesa por lo menos desde hace unos 30 o 40 años. Llueve en el barrio Germania. Llueve y las palomas se posan sobre los techos y en las tapias. Los buses pasan salpicando con furia el sueño de las paredes descascaradas. Los estudiantes de Los Andes, que tienen en esa calle una ruta obligatoria, apenas si miran ese universo. Sus constelaciones de FM, Toreros Muertos y cigarrillos americanos en los labios, no les permiten desviar la mirada a la antigua calle del barrio Germania. Van pensando en la informática, mientras esta calle es la muestra más patente del paso de la historia por la memoria del asfalto.

Estrella, nicotina y ciclovía
En medio del gruñido de los automóviles que se come a dentelladas los silencios, permanece, en un costado de la calle, la barbería La Estrella. Su propietario es don Leovigildo Ramírez, peluquero recorrido en las arduas lides de la gomina y la tijera. Tiene 94 años de edad y abre su barbería todos los días de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Es habitual encontrarlo parado haciendo guardia en la puerta atalayando a cuanto mechudo pase por el frente. En realidad ya ningún mechudo pasa por allí. Todos se han ido un poco más abajo, a la calle 19, donde los códigos del neón, los cigarrillos americanos de contrabando y el nudo del tráfico pesado ofrecen una selva más acorde con sus atuendos. Antes llegaban los viejos del barrio con los nietos para que don Leovigildo los motilara. Sin embargo con el paso de los años, que no pasan en vano, los viejos nunca más se volvieron a aparecer con los niños cogidos de la mano después de la misa en la iglesia de Las Aguas. Éstos crecieron y de algún modo cambiaron su estilo de vida y su concepción del mundo. Cambiaron el rosario de las monótonas tardes de
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sábado por dosis de rock. De la Virgen María pasaron a los Sex Pistols. Del masato a la pola. De los paseos por el Parque Nacional con fritanga y colesterol incluidos llegaron a la ciclovía con Coca-Cola en mano, pantaloneta playera, piña y nicotina. Atrás quedaron las tardes de agosto cuando elevaban las cometas mientras se tullían de frío. La fascinación de armar un esqueleto tan frágil como el aire para que se elevara por los cielos se olvidó para siempre. Ahora están enfrentados a ese infierno que es salir todas las mañanas a buscar empleo como ayudantes de flota, lavadores de platos en los restaurantes del centro y bomberos en las estaciones de gasolina. Dejaron colgados los pantalones cortos y con grandes sacrificios compraron jeans en la Siete de Agosto. De los incómodos zapatos de charol para lucir en las fiestas que organizaba la junta de acción comunal pasaron a los tenis multicolores para las noches de sábado en las tabernas donde solo se oye el rumor de la cerveza y el estruendo de la música. Contradictoriamente, estos muchachos, nietos de los hombres que trabajaron en la cervecería que funcionaba en el barrio, tuvieron que acudir un poco más allá de su ámbito para probar la cerveza, eso a lo que sus padres y abuelos el entregaron la vida entera.

Una ballena enferma de metal
Se fueron los muchachos de los salones unisex cerca de la 19 y de Chapinero a que les hicieran el corte “Bee Gee”, el Travolta, el superpirobo, con copete, las patillas rasuradas un poco más alto y un mechón naranja. El único estilo de corte de don Leovigildo no les atrae en lo más mínimo: a lo largo de por lo menos treinta años de existencia, la barbería ha sobrevivido con el “argentino”, es decir el estilo policía. Tiene un precio de doscientos pesos. Quienes acuden a La Estrella son los amigos de la vieja guardia de don Leovigildo. En verdad el corte apenas es un pretexto para buscar la charla. Allí llegan a comentar “la
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noticia”. El lugar tiene ese olor que solo poseen los espacios donde se habla de viejos caudillos, de guerras milenarias y de hechos que pudieron haber pasado ese día en la cancha de tejo si el Presidente hubiera ido acompañado de su esposa a pelar con sus dientes un hueso de marrano. En el interior de la barbería, don Leovigildo se pasea seguro y sereno. Sus manos permanecen en los bolsillos. Se para en la puerta. La calle. Germania. Bogotá bulle más allá de las paredes como un caldo caliente. Don Leovigildo extiende su mirada al horizonte. Frunce el ceño cuando pasa un bus y se parque frente a la barbería e invade el pequeño ámbito de la gomina con su pito bestial. El conductor, un hombre calvo, se pega a la trompeta que suena como el de una ballena enferma de metal. Don Leovigildo entonces saca las manos de sus bolsillos y cierra las portezuelas de su establecimiento para evitar que se cuelen las ondas decibélicas del afán. Se para enfrente de uno de los espejos esféricos. Sin embargo no se mira en él. Espejos. Buses. Espejos de los buses, buses de espejos, pasajeros tan etéreos como la niebla. El chofer abre la puerta trasera y un grupo de niños salta del interior. Don Leovigildo mira con nostalgia a las futuras víctimas de la tijera y la gomina. Ya sabe que todo va a ser como antes: de pronto un día dejan de ir a la tienda de la esquina y nunca más comprarán las historietas de Kalimán. Empiezan entonces a ser fanáticos de los Transformers. Y entonces nunca más se aparecen acompañados por los abuelos a la barbería. Ni siquiera Superman se salva cuando empiezan a rodar las cabezas de los héroes legendarios de la infancia. Don Leovigildo lo sabe. El cielo también. El infierno mucho más. Los viejos comics de Kalimán y de Porky que hay en la barbería La Estrella lucen descompuestos: parecía que los antiguos héroes se hubieran despertado luego de una larga noche de letargo engominado y se fueran a hacer cola con los jubilados en las oficinas públicas donde Batman regaña a Robin porque lo cogió metiendo pepas. También las viejas revistas con sus fotos enlodadas por el tiempo yacen arrumadas. Viejas noticias de viejas figuras. Allí no hay revistas con viejas en las páginas centrales.

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El mundo ya no se llama Germania
Don Leovigildo espera a alguien para someterlo a los códigos de los polvos, la gomina y las cuchillas afiladas. Mientras escribe la crónica de una peluqueada que nunca llega, su hijo de veintiún años arregla los utensilios para que el tiempo y la falta de uso no los oxide como a las imágenes reflejadas en los espejos. Está aprendiendo el oficio de un padre que con el vigor de los antiguos caciques sabaneros lo concibió a los setenta años de edad. Su apariencia es todavía la de un niño. Está atrapado en la mitad de dos mundos: entre la penumbra casi mística de su casa y esa luminosidad atropellante de la ciudad. Es el hijo de una saga en vías de desaparición. El hijo de don Leovigildo está aprendiendo los oficios de la vida como se solía hacer en las callejuelas apeñuscadas de la Edad Media. Kalimán. Robin. Un perro caliente sin piña en la 19 con Tercera. Un bus pita y rompe el hielo de los aires. Kalimán otra vez, se baja de un bus. No lleva el corte “argentino”. Don Leovigildo lo mira. Se miran. Kalimán entra en la barbería La Estrella. Se sienta para que don Leovigildo le meta tijera a su cabellera oriental. También sufre de antigüedad. Su joven compañero Solín salió un buen día de la pradera de papel y entró a estudiar informática. Se cambió de corte de pelo. Un sábado vio en cine a un tal Rambo y decidió que los tiempos exigían futuros con plomo. Kalimán paga sus doscientos pesos por la peluqueada. Se despide de don Leovigildo Ramírez. Mientras el barbero de Germania se para en el centro de la barbería, Kalimán se va a pasear por sus calles de cartón molido. Con sorpresa comprueba que el Tío Rico y sus tres sobrinos han instalado un local de hamburguesas en la esquina de su selva. Le pide ayuda a don Leovigildo, pero cerca de su barbería don Leovigildo ve con sorpresa cómo al mundo le han cambiado el nombre: ya no se llama Germania. La Prensa, Bogotá, 27 de noviembre de 1988, p. 27

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Adiós a las ranas

Se fueron para siempre las ranas, las tardes de viento, las cometas, las
botas pantaneras y los pantalones rotos. Llegaron los trancones, los cocteles de monóxido, las minifaldas, los pitos y las luces de neón. El lugar donde hoy se levanta el “Bulevar Niza” era el espacio de los safaris acuáticos de los niños de Niza. Desde muy temprano salíamos a la calle para iniciar la cacería de ranas y sapos. Todas las mañanas, nuestras mamás se esmeraban en arreglar a sus nenés para un día de: agua florida por todo el cuerpo, los tenis bien blancos y una delineada carretera en la cabeza. Pero valía más nuestro interés por la naturaleza que el amor maternal, que en Niza siempre se identifica con misa de diez de la mañana y la empanada con yogur para que el niño -futuro promisorio de la patria- no llegara a la adolescencia mal alimentado en cuerpo y alma. Todo empezó una perdida mañana de 1970, cuando varios niños nos aburrimos de las carreras de tapas de gaseosa sobre los andenes y de los paseos por los parques de Niza donde tocaba lidiar abuelitas chochas y perros. Las abuelitas, herederas del catecismo del padre Astete y de los sermones televisados del padre García-Herreros, siempre nos conducían por los caminos verdes y nos enseñaban cuán bellos era los arbolitos y las avecillas. Los perros, la mayoría de las veces, eran unos odiosos pekineses que antes de orinar hacían una especie de venía con su deforme cabeza. Esperábamos con ansiedad el momento en que al can le diera un fulminante ataque al corazón cuando apareciera el famoso pastor
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alemán de la calle 124, que según contaban, era alimentado con carne cruda y odiaba a los perros chiquitos. Sin embargo, el judío dueño de “Lobo” solamente lo sacaba a pasear por las noches cuando ya en las calles del barrio no había abuelitas para asustar, potenciales pekineses a la pastor alemán y niños malvados. Lo único rescatable de esa evangelización de yogur, orines de perro oriental, pinos, galletas y jartera era el momento cuando las abuelitas lucían descompuestas y por fin se sentaban a descansar. Entonces, casi siempre, aparecían por allí a jugar futbolito los muchachos más grandes, que empezaban a pisar duro la vida con sus cerebros mojados de ácido. Eran los muchachos de pelo largo, camisetas y jeans descoloridos que hacían los goles más espectaculares de esta zona de Bogotá y que tenían en el cura y en el inspector del puesto de policía de Niza a sus más acérrimos enemigos. Era una alianza de la Suma Teológica y el código de Policía contra las melenas, los Beatles y los Rolling Stones. Desde ahí empezamos a comprender que la psicodelia de los de Niza nacía en la tienda de la esquina: los ácidos de estos muchachos eran el decol y el ácido muriático para limpiar baños. Los compraban y los vertían en baldes, donde después consumían los jeans y las camisetas para volverlos como lo exigían los tiempos: color púrpura profunda. Entonces descubrimos el enorme potrero, donde ahora se levanta el “Bulevar Niza”. Estábamos seguros de que en ese lugar, ni la chochera de las abuelas ni el protocolo urinario de los pekineses nos iban a molestar. El potrero nos cambió por completo la visión del mundo, que en ese momento se reducía a los parques, a los tres chiflados, a los villancicos, a la misa con el padre Julián y a los carabineros que de vez en cuando pasaban por allí: se creían una especie de policía montada canadiense de la avenida Suba.

De pronto el cielo se endureció
Una mañana nos rebelamos por completo. En lugar de colonia nos
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tiznamos la cara con tierra mojada. Los tenis pulcros los cambiamos por unas hermosas botas de caucho. Los armarios de los papás tampoco se salvaron del asalto de los pequeños cazadores de sapos y ranas: correa que veíamos, correa que nos apropiábamos. Era necesario lucir una parafernalia adecuada para ir a cazar anfibios: cachucha del Santa Fe -la de Millonarios solo la usaban los que continuaban lidiando abuelas y perros-, pantalones cortos, a la usanza de los ingleses pendejos que hacían safari en el programa de Tarzán -domingo a las 10 de la mañana, Cadena Uno-, las gafas negras del hermano mayor o del primo o en su defecto las de la mamá, que había comprado una vez en ese viaje a “las islas”, bolsas plásticas, una lupa, frascos, brújula y, claro está, no faltaba la bruja incluida. Lo más jarto del safari anfibio era la hermanita menor de alguno de nosotros siempre que se nos pegaba. Entonces surgía el conflicto: “no queremos nenas en el grupo”. Si la brujita no se iba, la solución era radical: por ese día, excluíamos al hermano y a la hermana. Un día supimos la leyenda de la Rana de Oro del potrero. Cierta mañana, ya cuando nuestras mamás se habían resignado a darle quejas al cura por nuestra turbia conducta, no tanto por lo pecaminosa como por lo pestilente, nos encontramos frente a frente con otro grupo de niños que también estaban en plan del safari anfibio. De pronto el cielo de la mañana se endureció. El sol reflejado en los charcos del potrero pareció romperse por mil rayos de furia. El viento empezó a oler a puño cerrado. La situación era evidente y clara: alguno de los dos grupos estaba en territorio ajeno y era menester fijar las fronteras de la cacería. Lentamente nos fuimos acercando, el agua nos daba un poco más arriba de las rodillas, los pitos de los carros sonaban lejanos, el mundo era nuestro. Todo parecía la escena de los noticieros que mostraban a los muchachos americanos agobiados por la peste y por la sangre en los pantanos de agua pesada de Vietnam. En el aire sonaba “dense en la jeta”. Ya estábamos a punto de rompernos la cara a puño limpio, unos tres metros nos separaban... el croar de las ranas de pronto se silenció, cuando, de pronto, por el medio de los dos grupos pasó la Rana de Oro. Era una rana más grande que las comunes, de un amarillo profundo y con pintas negras sobre su espalda. Quedamos paralizados por un segundo y enseguida los dos grupos de chinos dejamos que la Rana nos diera la
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vuelta. Por varios instantes, la Rana de Oro fue y vino. Nos sentíamos como en una especie de oración. La leyenda de los niños de Niza, decía que el día que alguien lograra atraparla, se secaría el pantano. Dejamos que la Rana de Oro se moviera como quisiera. Al fin y al cabo ella era la madre y la reina de las aguas de aquel pantano. Se fueron para siempre las ranas, las cometas, los safaris anfibios, los paseos con las abuelitas chochas y los odiosos pequineses. “Lobo”, el feroz pastor de la 124, nunca se comió a alguno de los pekineses y en cambio murió una buena tarde atragantado por un inofensivo hueso de pollo. Ahora, diciembre de 1988, el pantano y el potrero y las ranas y sapos se hallan tapizados por concreto. Por allí transitan sapos con “Reebok” y sapas con minifalda. Los constructores del “Bulevar Niza” lograron hacernos ver que nuestra infancia no terminó hace tantos años, sino apenas hace una semana cuando se inauguró el centro comercial y nos dimos cuenta de que lo de la leyenda de la Rana de Oro era cierto.

La Prensa, Bogotá, 18 de diciembre de 1988, p. 22

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Siete veces Séptima

Llueve y hace sol en la carrera Séptima de Bogotá. Caen espesas gotas
de cristal gris. Mil nubes de vapor suben pegadas a los rostros. Las palabras de la gente parecen pequeños aviones que tienen el horizonte perdido en los cúmulos del monóxido: son aviones con el piloto automático pegado a ese altímetro que dice “2.700 metros de paranoia sobre el nivel del mar”. El perfume de los andenes se levanta hasta la gran bóveda del cielo del fin de año bogotano. El cielo parece la enorme carpa rota de un circo triste donde las bestias y duendes de la ciudad se destrozan, se aman, se encuentran y se desencuentran en medio de la algarabía de un público que va sentado en el interior de un bus ejecutivo. Es la misma gente que unas calles más adelante, cuando la neurosis está rotulada con la nomenclatura 20-24, se baja del bus y camina por la carrera Séptima dando tumbos embriagados por el licor gaseoso de los exostos. Todo esto hace parte del proceso de fotosíntesis del smog: llueve, se mojan los pitos, las suelas de los zapatos se deslizan, los areteros retornan a sus hoteluchos del centro, hace sol, los policías brillan su chapa a la americana, llueve, Batman sólo sale cada quince días al mercado. Hace sol. Nadie se pregunta cómo hace “sol”. Tal vez en la fábrica de las carrocerías “El Sol”. Popeye sigue sufriendo por Oliva, un 8 de diciembre John Lennon murió asesinado en frente del Dakota Building -cerca de la 72 en Nueva York- y ahora, en la carrera Séptima al lado de las hermanitas Calle. Llueve, se mojan los pitos de los carros que parecen brillantes dragones de cuatro velocidades. En verdad, bajo la gran carpa del circo del cielo del fin de año bogotano la ciudad hace sentir su propio grito mojado. Es difícil amar en la gran ciudad. La ciudad endurece las palabras de
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amor. La carrera Séptima, zona centro de la ciudad, no es la excepción. Un beso en la calle 20, en el parque de las Nieves, sabe inevitablemente a teléfono o a manifestación de la UP. Un beso con sabor a teléfono es ese que se da a larga distancia. Un beso de la UP corre el riesgo de ser desaparecido. Es un beso en medio del reflejo de los cascos de cristal pesado de los policías antimotines, un beso que hace llorar de la emoción que producen las cápsulas de amor de los dragones verdes: el lacrimógeno. En este sitio los besos saben a estado de sitio. Dicen que en las noches, varias parejas de enamorados han sido asaltadas por una criatura que tiene en vilo a todos los hombres de ciencia de la calle 45 con carrera 30: se trata de abominable hombre del parque de las Nieves. El Ídolo Eterno ha llegado a la carrera Séptima de Bogotá. Camina camuflado junto a la horda de gringos que cuando andan por la Séptima se creen en un capítulo de la serie policiaca de televisión Baretta. Llevan cámaras fotográficas, jeans molidos y camisas floreadas con palmeritas ventiadas por todos los rincones del algodón. En la agencia de turismo de su pueblito perdido en una colina del estado de Dakota, donde ponen todo el día esa especie de Colacho Mendoza gringo, Willie Nelson, seguramente les dijeron que la carrera Séptima era el lugar ideal para levantarse unas preciosas morenas que bailan chacha-chá y mambo durante toda esta época guapachosa. Sus amigos mariners les juraron y rejuraron que Cartagena quedaba a la vuelta de la Plaza de Toros. El levante de los gringos tiene la factura de ser amor “contra”: un amor que se hace a bordo de una buseta de “Cootrans... Pensilvania”.

La batichica compra en “Solo Kukos”
Nomenclatura de 22-34. El Ídolo Eterno, como en las esculturas de Rodin, se construye golpe a golpe bajo la mirada del mago invisible que se para en las esquinas de la carrera Séptima. Espera a las parejas para darles el regalo de navidad y año nuevo: un idilio con sabor a pollo a la broasted. Un idilio que se cocina y da vueltas y vueltas. Corre el peligro
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de ser un amor que sea tan salado como las papas que sirven junto al pollo. Batman sale cada quince días. Cada quince días desempolva su capa de algodón derrotado. Ya no sale a luchar con el Guasón o el Pingüino. Ahora la lucha es con Condorito, esta especie de Batman suramericano que habita en la síntesis de las ciudades góticas latinoamericanas: Pelotillehue. Lo cierto es que el frente del almacén Ley de la carrera Séptima, Yayita le ha ganado la batalla a la Batichica. De hecho la Batichica se ganó una reputación muy difícil de olvidar: cómo no recordar a una chica que en el día ayuda a Batman y en la noche se cita con el Guasón en cualquier abominable bar. Pasan muy pocos carros por la Séptima. Las parejas de enamorados que no salieron a vacaciones a París, van a la Terraza Pasteur a curarse del virus de la nostalgia. Un virus que sube escaleras. Un virus que toma café de Colombia. Un virus que se encuentra bajo los ojos de cada transeúnte. Es un virus que se incuba bajo la carpa rota del circo del cielo bogotano. Los profetas de la Iglesia Paranoica de los Últimos Días lanzan improperios contra lo que consideran la mayor ofensa contra Dios: la promoción del almacén “Solo Kukos”, que tiene una promoción para terminar y comenzar bien el año: por solo setecientos pesos las mujeres que pasaron el 24 y el 31 de diciembre lidiando borrachos y saltando matones para comprar regalos a los niños, encuentran su barata docena de ropa íntima amarilla para entrar pisando duro esta parte del destino rotulada “89”. Para ellas, los cucos amarillos son una especie de semáforos de la suerte instalados en las esquinas de sus pubis angelicales. La carpa rota del circo del cielo bogotano deja escapar su grito. Mientras tanto los espectadores comen sus palomitas de metal oxidado. En una esquina, de pronto alguien dice: “aquí la realidad empieza a hervir a los siete grados centígrados”. Sin embargo, todo no pasa de ser una falacia más de la esquina de la Séptima con calle 24, al frente de un local donde venden conos. Allí, el tiempo pesado declara: “mentira, aquí hierve a los siete gramos”.

La Prensa, Bogotá, 3 de enero de 1989, p. 8
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Hablo con la casa del doctor Ramírez

Un teléfono suena en la redacción de un periódico. Si son las ocho de la
mañana nadie hace mucho esfuerzo por ir a contestar. Seguramente es una llamada para el redactor distraído que se salió de su casa con las llaves y dejó a todo el mundo encerrado. Si suena a las ocho y media de la mañana es algún editor afanado que llama porque oyó un programa radial de esos que empiezan a llamar a los ministros y a la gente importante a las cuatro de la mañana, donde dijeron que en Colombia se había institucionalizado la pena máxima, pero se da cuenta de que la embarró. Todo era una fina tomadura de pelo, pues la única pena máxima que existe en Colombia es el penalti y él había titulado “Implantada la pena de muerte en Colombia”. Entonces inmediatamente empiezan a sonar todos los teléfonos: el rojo, el blanco, el azul, el violeta. Es el director que a bordo de su transbordador espacial llama preocupado. La piel del editor se pone de gallina. Promete ponerse las pilas y entonces al otro día titula cinco columnas: “Y Echandía ¿para qué?”. Sobra decir que las líneas se bloquean, pues todo Ibagué llama en masa a protestar contra el aleve atentado informativo del ilustre periodista. El resto de las llamadas son iguales: “Y que más”, dice la redactora a la que llaman toda suerte de galanes telefónicos desde las nueve y media de la mañana hasta las ocho de la noche. Galanes que llaman desde Francia, Estados Unidos, México, Argentina. “Hi baby, what's the matter...”, se oye del otro lado de la línea. En esta llamada no hay el
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tradicional chicharrón. Por el contrario, se oye el chasquido elástico del chicle del hombre del otro lado del continente. Entonces la redactora emocionada responde: “mi mamá bien, y la tuya...”.

Cuando el mundo se abre bajo los pies
En la casa todo funciona de modo igual pero distinto. Es usual ver a la adolescente nerviosa que camina de un lado para otro y a la que los hermanos le dicen “tienes una cara de teléfono que no te la quita nadie”. Y es que toda la tarde se la ha pasado esperando a que el ring ring rompa la monotonía de la casa. Es un ring ring que se llama Hugo, Juan Carlos, Alejandro, Camilo. Entonces cuando suena el teléfono la adolescente se dispara hacia el teléfono. Pero todo resulta una patraña. “Oye, soy Camilo, te acuerdas...”. Y ella empieza a sudar, el corazón se acelera a millón, los ojos se suben, se bajan, de pronto siente que todo le da vueltas. “Sí... hola Camilo ¿cómo estás?”. Ella espera que el muchacho le proponga una ida a cine. “Te llamaba para pedirte el teléfono de Marcela, la amiga tuya”. El mundo se abre bajo sus pies. No puede negar darle el número telefónico de su mejor amiga. De pronto lo que antes le sabía a miel ahora le sabe a un no sé qué oscuro. También está el adolescente presumido con las nenas y que quiere dar la impresión de que es un rudo, pues en el colegio hablando con sus amigos oyó a alguno de ellos que dijo que a las nenas les gustan los duros y rudos. Los pistolocos de “Reebok”, tenis amarillos y colita. Pistolocos que hablan de nenas, de Bonjovi, de los partidos de básquet donde de pronto habrá tropel y entonces hay que llevar las manoplas. Entonces, cuando llama a una de ellas, pone el equipo de sonido a tronar con cualquier grupo de rock pesado y cuando ella pasa al teléfono lo único que atina a decirle es: “Tonces...”. “Tonces nada...”, le responde la nena al otro lado de la línea. “Tonces”, vuelve a insistir el muchacho mientras le hace señas al hermano menor para que ponga la canción de
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Miguel Mateos para ver si da mejores resultados. “Tonces nada de nada...”. Y así pueden durar horas y horas y horas y horas. En resumidas cuentas lo que quería decir el rudo y duro muchacho era invitarla a unas tradicionales onces con té y galleticas. Quién lo hubiera creído. El muchacho rudo, el pistoloco, el bárbaro de Unicentro come galleticas como cualquier abuelita chocha y malgeniada. También está la señora que llama y del otro lado le contestan: “¿Aló?”, ¿A quién desea?”. Y entonces ella responde: “Yo a esta hora y a esta edad no deseo a nadie”. Teléfono. Teléfono. Teléfono que da rabia. Rabia de telefonear, un nuevo verbo para decir mentiras a la velocidad de la luz. Un nuevo evangelio según Graham Bell, las campanas de la duda, las campanas del silencio del chicharrón, esa angustia que produce oír ese inhóspito chicharrón en medio de dos soledades unidas por un cable, esa angustia que se llama teléfono y que se marca anteponiendo un simple y solitario “2”. Irónico. Un dos. Y dos personas separadas. Tan cerca y sin embargo tan lejos. Teléfono. Teléfono. Teléfono. Teléfono. Teléfono. Un nuevo verbo para mentir y para excusarse.

La Prensa, Bogotá, 21 de enero de 1989, p. 18

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La octava en la Octava

La carrera Octava, más allá de la Séptima y más acá de la Décima.
Parece un gran corredor donde algún niño con instintos infernales dispuso las paredes, las personas y las basuras como fichas que cada día desordena a la manera de un parqués caprichoso donde no hay ni cielo ni tierra ni infierno. Es como si por las mañanas el niño invisible se sentara al principio de la carrera y por la tarde se muriera de risa al ver a los habitantes de la carrera Octava trastocados por el viento que sopla como si fuera expulsado por un exosto gigantesco. De pronto en el comienzo todo era oscuridad. Un silencio poblado de tinieblas se vio cortado por el brillo de los cascos y los pitos de las narcotoyotas de los escoltas del ministro de Gobierno. De pronto uno se da cuenta de que esa en la octava maravilla del mundo: la carrera Octava del centro de Bogotá. Esta parte de la carrera es, en verdad, una carrera contra la muerte. En el aire se respira un aroma de tensión. Es un aire que huele a casco de PM brillado a la americana, Uzis recortadas y de repetición ultrarrápidas, corbatas de los escoltas de pepitas azul aguamarina sobre fondo amarillo pollito, gafas negras para sol marca “Jaguar”, relojes “Cornavin” modelo acuario. Allí la Octava está “gaviriarizada”: no pasa nada, todo sigue igual, el país está bien... Uno ve a esos soldados parados en las esquinas y no puede dejar de pensar que se trata de una colección de marionetas verdesquietasmuertasdefrío asaltadas por una profunda jartera. Son soldaditos a los que su corazón les pesa como el plomo: allí tienen unos mil kilos de tedio acumulados en las cuatro paredes de carne palpitante
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donde un eco constantemente les repite: “en casa todo era mejor, el café de mamá era un poco amargo pero sabía bien, en casa todo es mejor, aquí solo me quedan unas cuantas monedas, mucha jartera y unos cuantos Mustang...”. Las figuras verdesquietasmuertasdefrío mueven sus cabezas y sus ojos. Parecen aves de metal en silenciosas jaulas de pavimento. Allí lo único que se escucha es la risa de los escoltas de corbatas lobas compradas en cualquier baratía, el ruido sordo y viejo de las máquinas de escribir, los radios a bajo volumen -hay que respetar al señor ministrocon música guapachosa, y el canto sideral de los telefax con las últimas incidencias de los pactos de paz con el comandante “Papi” allá en las montañas del Tolima. Las figuras verdesquietasmuertasdefrío no se inmutan. Sus tardes de ocio, las aventuras de los primeros cigarrillos, los puchos dejados en los baños del colegio, las robadas del carro del papá, el recuerdo de los besos a la salida de las fiestas donde la última canción siempre era Wish you were here de Pink Floyd, los trofeos de guerra que eran una colección de cucos de todos los colores adquiridos en largas noches de lluvia en las casas de las novias cuando los papás no estaban o en los moteles cerca del aeropuerto, todo quedó para siempre sepultado esa tarde cuando la mano inquisidora del capitán, un morocho que parecía recién salido de un ring side, los señaló como aptos. Y de pronto se ven aquí en la calle Octava convertidos en figuras verdesquietasmuertasdefrío.

Donde las palomas se atreven
Unas dos cuadras más allá, en frente del demolido Palacio de Justicia, la carrera Octava debería llamarse “Donde las palomas se atreven”. El esqueleto del edificio está cercado. Cercado por una muralla de metal que brilla con cada golpe de sol filtrado con smog. Parece un campo de concentración con los ladrillos partidos que quedaron sordos desde hace tres años cuando una orquesta infernal de fuego de artillería pesada ejecutó Opus Nigrum sobre el tedio de las palomas. Ahora inmensos
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dinosaurios de metal excavan los restos del esqueleto enfermo de la indiferencia. “Compre la Fruna y el Cocosette...”, grita un niñito en la esquina de la carrera Octava con Once. Es como si de algún modo extraño y misterioso la realidad exigiera que se le endulzara para atenuar la tremenda carga de adrenalina que descarga este sitio. Es como si tuviera una boca herida que desde hace tres años vocifera un grito congelado de rabia que se pega a las paredes y a los cigarrillos que se prenden allí. Los pitos de los carros suenan más nostálgicos que nunca, y pensar que la nostalgia es un sentimiento irreal, un sentimiento de tarjeta postal que nunca se envió. Es por eso que los pitos parecen como salidos de una película absurda donde un señor de sombrero de fieltro, a bordo de un Buick, de pronto dice “La justicia no cojea, ni llega, se demuele”. Las palomas vuelan asustadas cada vez que los taladores empiezan a romper esa memoria dura de roer del cemento apretado por las láminas de metal oxidado y por miles y miles de miradas que se han posado sobre esas ruinas. Miradas duras. Es que el cemento merece miradas duras. Pero desde la carrera Octava aquellas ruinas se miran con miradas en ruinas. Los ojos se caen a pedazos, cada percepción es un instante tembloroso perforado por ese gran talador del tiempo que desde siempre hace estragos en el silencio. Y la carrera Octava sigue su camino. Su aroma se torna duro y más pesado. En una esquina se ve un aviso de almacén de ropa que se llama “El Esquinazo”: pantis, combinaciones, corpiños, ligueros, ropa para toda ocasión. Es de esos almacenes que sacan en pequeñas canastas, que colocan en la calle, la ropa de promoción y cientos de zapatos de plástico a precios irrisorios. Allí llegan los campesinos de las fincas de tierra caliente, a quienes sus patrones mandaron a comprar un repuesto para el tractor Zetor y que aprovecharon que en Fedearroz lo había, para ir a comprar pendejaditas para su mujer y sus hijas que se quedaron en la finca enterrando cada vez más sus manos en el lodo invisible del trabajo del cual ningún tractor podrá sacarlos. Entonces recuerdan los almanaques donde alguna vez vieron a una princesita de un reino lejano y deciden comprar unos zapatos de plástico azul para su hija menor. Desean que se asemeje de algún modo a esa muñequita mítica que vieron colgada en la pared de un almacén de tuercas y tornillos en su pueblo. Es
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como si en medio de un millón de tornillos apretujados hubiera un destello de algún mago. Sombreros, papeles arrinconados en los filos de los andenes, gamines, olor a ostras trasnochadas, cigarrillos, Frunas, ojos en ruinas, aire en ruinas, ruinas en ruinas, paredes con grafitis gastados por el agua y la indiferencia. “Jaimito Pardo vive...”, “La huelga es general”, Coco-settes, chocolates, personas en ruinas. En la carrera Octava todo está marcado por un letargo duro. El gran exosto duro exhala su aroma duro sobre la carrera. Carrera contra la muerte, contra la carestía, contra todo, contra El Todo.

Jugo de naranja mecánica, por favor
Allí de pronto la realidad parece que se hubiera pasado por una licuadora: uno empieza a ver pequeños trozos de verdad y mentira flotando por los aires. Pequeños trozos sangrientos de pared, de orines viejos. Cada transeúnte trata de coger una media verdad, una media mentira o una media naranja mecánica impulsada desde el fondo de los aceleradores de los carros. Una media naranja cortada por el cárter y sazonada con aceite quemado, una naranja que se exprime. Se exprime y se saca un jugo de naranja apenas apto para tomar en una esquina de la carrera Octava donde la realidad se bota como esas cáscaras tristes que se amontonan en los rincones. Son los recuerdos podridos de un lejano mandarín chino que comía naranjas en los jardines de su palacio cada mañana de cada mes mientras sus ejércitos derramaban la sangre y sacrificaban los ojos montados en caballos blancos. La Octava se parte en la calle 19. Un parto doloroso, un paso nivel, para el tren del ruido y el afán. Un paso nivel antecedido por unas residencias: “Residencias María Inés. Ambiente familiar, siga ud.”. Un paso nivel donde la realidad va montada en un vagón de tren donde se oye el heavy metal de las casetas azules de la 19. Allí John Lennon come empanadas con manzana Fanta en una tienda de la esquina de la Octava
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con avenida 19. Pero como si fuera un río secreto, la Octava sigue su curso por el cauce negro del pavimento. Llegamos al cine de la 20. Rambo, El Exterminador, se buscan muertos o muertos. Se encuentran a la salida del cine. En el parque de las Nieves, la Octava toma un respiro después de unas diez cuadras de miradas duras, personas duras, andenes duros, naranjas duras. “Hágase millonario en cinco minutos”, reza el aviso luminoso de un triste esferódromo de la 21. En la puerta dos muchachos, mechón anaranjado, tenis rosados, candongas, están parados esperando la suerte. Seguramente llegaron no sin antes haber escuchado a los sacerdotes de rigor: Scorpions, Metal Church, Black Sabbath, Motor Head, Dead Kennedys y los Púrpura. Sacerdotes que les darán la suerte de acero que necesitan para salir de la pobreza e irse a Londres a ser de verdad “undergrun”. Entonces en Londres ya no tomarán buseta, pero irán en bus de dos pisos. “Huy, qué bacanería”. Pero mientras tanto a boliar buseta y a comer empanada. A pedir prestado el “casete” de metal ácido para antes de ir a jugar básquet. Figuras verdesquietasmuertasdefrío en la calle 22. La Octava se interrumpe. El sueño de la luna oxidada sobre las vitrinas sucias se rompe en mil pedazos. Un almacén de ropa, siempre la ropa, que se llama “La feria de la valeta”. Pero en realidad allí debería llamarse La feria de la bareta. Luna oxi-dada, lu-na o-xi-da-da en la Oc-ta-va con calle 22. La Octava, más allá de la Décima y más acá de la Séptima. Donde no hay ni cielo ni infierno. Donde la realidad lo hace toser a uno pues detrás de cada segundo hay un tercero detrás de cada tercero hay un cuarto donde cada pareja hace el amor en la oscuridad de una residencia triste detrás de cada cuarto un quinto piso donde un portero viejo lee una revista de hace dos años sobre un asesinato detrás de cada quinto no hay quinto malo un sex-to un sex-shop con vibradores para las mujeres aburridas del sexo de oficina sex-appeal de almacenes Only Cosmopolitan y buseta ruta 56C detrás del sexto el séptimo sello que hay que poner en los papeles de las oficinas públicas detrás del séptimo la 8ctava 8ctava 8ctava 8ctava 8ctava 8ctava 8ctava 8ctava.

La Prensa, Bogotá, 26 de enero de 1989, p. 8
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Mick Jagger con Nancy La Consentida

Todo comenzó una mañana de abril de 1983, cuando un diario de gran
tiraje nacional publicó un titular a tres columnas que decía: “Vienen los Rolling Stones”. Entonces los punketos y los ñeros, que los conocían por los discos comprados en la calle 19, empezaron a derretirse, los blandengues niños bien sufrieron un proceso de endurecimiento: repentinamente dejaron de escuchar Air Supply y se fueron a las videotecas a alquilar un documental sobre los Stones llamado Gimmie Shelter. Pero todo era una de las fanfarronadas a que nos tienen acostumbrados: todo el mundo sabía que la banda británica seguiría siendo como una especie de Santísima Trinidad de la avenida 19, de las fiestas privadas, en fin, unos ángeles con alas de smog de la nube número 29. Y de pronto... entró 1988 y el avispero se volvió a alborotar. Entonces era común oír en las calles comentarios como este: “oiga ñerito, le juro que yo vi a esos manes en el coleto que va a la Perse”. Uno no se podía imaginar a Mick Jagger caminando por la carrera Quinta cogido de la mano con alguna hippie trasnochada que estudiaba literatura y que para no tranzarse con el Establecimiento no se echaba esas porquerías de desodorantes -enajenantes de la sensibilidad- sino pura y física cebolla. En la calle, ahora los Stones van con Miryam, Cecci, Nancy La Consentida -Service of luxe-, vidrios polarizados, espejos rotativos y cabina con ventilador multicolor. Son los nombres de las busetas que a
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partir del año pasado empezaron a colocar en sus vidrios traseros la calcomanía distintiva de los Rolling Stones, una lengua irreverente en blanco y rojo, diseñada en el sofisticado estudio de Andy Warhol en Nueva York y que ahora es manufacturada por cualquier cristiano de la 63 con Caracas y se vende en cacharrerías y en el “Mundo de la Calcomanía” -carrera Décima con la Quinta-, donde llegan los choferes de los “carros” a comprar cositas para engallarlos. En verdad, las busetas cumplen la mejor función descentralizadora del arte y la cultura en el país. El gobierno debería tomar cartas en el asunto y nombrar gerentes que no se aplasten en sus poltronas giratorias sino en cómodas sillas de buseta al lado de una barra de cambios con una cucaracha incrustada. Las busetas, hoy por hoy, reciclan los 70. Reciclan la nostalgia de los Stones con su calcomanía. Además son como pequeños salones nacionales donde lo mejor del arte popular en todas sus tendencias, desde el pop chapineruno, pasando por el expresionismo abstracto de Sanandresito hasta la iconografía del parque de los Mártires, encuentran su verdadero templo. Los ganadores serían el “barriga de plomo” de la buseta 34 de la ruta 96b, que presenta sutiles movimientos y ritmos y un especial “elan” expresivo en la imagen de la virgen de Chiquinquirá al lado de un escudo de Millonarios y de una calcomanía que dice: “Si su hija sufre y llora seguramente es por un chofer, señora”. Para hacer más democrático el asunto se podría proponer una elección popular de choferes de buseta para que las diversas manifestaciones artísticas tuvieran igual oportunidad. Mick Jagger monta en buseta y en taxi. La razón por la cual lo mandaron para la parte trasera de las busetas fue porque una vez el hombre se subió a la buseta en el mismo instante en que un churro despampanante de la Academia Pacciolo se disponía a entrar su tacón puntilla a los pobres pasajeros. Entonces Mick Jagger sólo acató a asaltar la cadenita dorada que impedía el acceso a la silla lateral al conductor. Sin embargo, la mayor contravención fue haber pasado por encima de la ley sagrada de la buseta que decía “Only for ladies”. El furibundo conductor le dijo: con su música a otra parte. Entonces a los pobres Stones los sacaron a chupar frío y a sacarle la lengua a los respetables ciudadanos. Hay otra tendencia más mística, que no mezcla a Millonarios con
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vírgenes. Es esa calcomanía pegada en la mitad de la buseta y que los pasajeros ven como si fuera el comienzo del Padrenuestro Paranoico de la Confraternidad de la Gran Buseta. La calcomanía dice: “si usted cree en el más allá, por favor córrase para atrás...”.

La Prensa, Bogotá, 4 de febrero de 1989, p. 8

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De Perogrullo a Míster Atlas

Los profesores ya no son como antes. Antaño se llamaban Parmenio,
Perogrullo, Aristóteles, Sócrates o simplemente Chucho. Habían llegado de Jericó, Antioquia, o del Socorro, Santander. Bajaron a lomo de mula. Los de ahora se llaman Juan o madame Isabelle y de la única mula que han oído hablar es de las tractomulas. Nacieron en las ciudades capitales. Se llaman como sus estudiantes, comen empanadas con gaseosa, hablan como ellos. Hace unas décadas era algo inaudito oír a un profesor decir: “la cosa está tenaz, sumen vectores como Dios manda...”. Todo parece indicar que todo ha sido por culpa del rock en español y de las nuevas teorías psicopedagógicas: estos profesores, para enseñar gráficamente la teoría del seno, ponen como ejemplo a Pilar y su bicicleta. Es una clase de física muy novedosa que en las más prestigiosas universidades norteamericanas y europeas se ha empezado a aplicar, pues han descubierto que la silicona da cáncer en la uña del dedo gordo del pie derecho. Cuando se trata de enseñar y de explicar el coseno, el profesor de blue jean y zapatos de gamuza, expone el método más revolucionario traído de las más sofisticadas escuelas pedagógicas españolas: el método de la novia pechugona. Antes algunos profesores parecían salidos de algún cuento de algún libro de algún escritor de algún pueblo de algún país de Europa Central. Por las historias que cuentan nuestros padres, estos personajes eran expertos en la mortandad estudiantil y en diversos métodos de tortura
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que iban desde hacer arrodillar al castigado con dos granitos de maíz bajo las rodillas a hacerlo sentar sobre ají. De ahí que los alumnos se vengaran poniéndoles crueles apodos como “Chochagringa”, que era aquel profesor mono, que andaba con un pequeño látigo en la mano. O “Cara'e crimen”, que generalmente eran los profesores de matemáticas. Parecían salidos de cualquier estación de policía de cualquier pueblo perdido en las montañas. Y si uno investiga más a fondo, comprueba que estudiaron matemáticas, pues las únicas opciones que había en su pueblo era ser policía o maestro. Lo que pasaba era que en su pueblo la mayoría de los policías eran maestros. Por eso los policías hablan como lo haría el mejor de los gramáticos españoles: el agente de la frase, ese sujeto parece subversivo... ese predicado también.

Lennon enseña en un colegio del centro
Ahora los profesores jóvenes parecen salidos de la revista Carrusel y de las portadas de los discos de rock en español. Pero hay una fauna intermedia que se quedó en los años 60. Son aquellos que tienen un perrito que se llama “Mayo”, cuando hablan de los sabios, se refieren a Lennon & McCartney y saben tanto de budismo Zen como de la teoría cuántica. Los más recientes, de Zen lo único que saben es de las salchichas Zenú que tienen que ir a comprar al supermercado para la comida. Parecen salidos de la revista Carrusel, pues hablan de lo beneficioso que es para el cuerpo los aeróbicos a las tres de la tarde después de haber comido lechugas con salsa blanca durante una semana entera. Estudiaron filosofía y enseñan cómo hacer nueve segundos en los cien metros. Hablan de la desterritorialización del conocimiento y en verdad lo aplican: antes no era raro que un colegio tuviera solamente un profesor que daba desde religión, llamada también ciencias espirituales, hasta tejido, llamada también artes manuales. Ahora cada uno anda en su carreta. Cada uno anda desterritorializado: “la gimnasia o la relatividad
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de la fuerza óptica”, por Einstein Rodríguez, profesor de Educación Física de la universidad relativamente conocida de Pitalito. “De Sócrates al Mico García”, conferencia del emérito catedrático en ciencias humanas de la Universidad de Kunhgstak, doctor Chiqui Rodríguez, sobre el desarrollo de la episteme desde los tiempos de la Grecia Clásica hasta los clásicos del Campín. En fin, del padre Astete a Gardel, se pasó a Piaget, al Fiat 147 y a la teología de la liberación versión Los Prisioneros. Sin embargo, todavía quedan algunos rezagos de esa vieja guardia que creía más en la fuerza: en Bogotá, en algún colegio de esos que se llaman algo así como Charles de Gaulle o John Lennon Ruiz, había un rector muy sui generis: era campeón de lucha libre. Nuevas generaciones. Mr. Atlas Bermúdez, rector por miedo general.

La Prensa, Bogotá, 6 de febrero de 1989, p. 25

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Chicha, cerveza y adobe

El país se encontraba en una situación política inestable y cada región
era casi independiente. Había monedas regionales y entre una provincia y otra las rivalidades eran profundas. Las guerras civiles habían dejado a Colombia sumida en un mar de sangre y devastación. Muchos campesinos, sobre todo de las regiones de Cundinamarca y Boyacá, oyeron que un extranjero había fundado una fábrica de una bebida exótica traída del otro lado del mar. Entonces dejaron atrás sus largas tardes de bueyes y fatiga y se vinieron a la capital a emplearse. Llegaron a lomo de mula, ahora la situación sufría un giro especial: eran los campesinos los que iban a la capital en mula a trabajar en una fábrica de un alemán. A trabajar a un gran piano espumoso. Entre tanto la Guerra de los Mil Días empezó a azotar los campos. Palonegro. Corrientes de agua turbia sobre las ciudades. Un gran flujo de población llegó a finales del siglo pasado a Bogotá. Los Vega, que eran dueños de parte de los terrenos, vendieron 916 lotes a gente que trabajaba en la fábrica de Koop. El siete de marzo de 1912, nace entonces la “Unión Obrera”, con gente que habitaba en Belén y Egipto. Antes de la fundación del barrio había una fábrica de adobes llamada “El Buitrón”. Pero la finca de los Vega, donde quedaba la fábrica, se llamaba “Perseverancia”. Así se quedó el barrio, porque además la gente fundadora del mismo trabaja en la hechura de adobes. Éstos fueron los
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constructores de las primeras casas. Leo S. Koop daba crédito a sus trabajadores para la compra de los terrenos. En realidad la fábrica se convirtió en un centro de atracción alrededor del cual giraba la vida del norte de la capital en esos principios de siglo. Leo Koop mandó a construir varias pilas de agua que se situaron entre el barrio y la fábrica. El agua era un elemento que comunicaba una realidad con la otra. Mientras en el trabajo se usaba en el proceso de elaboración de la cerveza, en la vida cotidiana era el elemento del universo. Poco a poco los habitantes de La “Perse” fueron conquistándolo: ya tenían el agua y la tierra y el viento que venía de las montañas del oriente. El fuego ya lo habían aprendido, lo tenían en la sangre. Desde que se emplearon en la fábrica de Bavaria, formaron un sindicato y por eso siempre han tenido un especial sentido de la organización.

Entre una plaza imaginada y una imaginaria
A las siete de la mañana sonaba una sirena que indicaba el momento de ir a trabajar. Entonces bajaban los hombres envueltos en la densa niebla bogotana. A las once de la mañana volvía a sonar su bramido de monstruo y era la hora de almorzar. A las cinco de la tarde repetía su canción rota y salían otra vez los hombres. Se les veía subir todos en masa con las manos cansadas. Los ojos ya de tarde que caía. En realidad después de trabajar durante varias horas en la fábrica de cerveza, le habían sacado la espuma a esos días grises donde el mundo se reducía a laborar y a procrear. La sirena sonaba cada 24 y 31 de diciembre y cuando moría alguno de los obreros sonaba largamente sobre la niebla. Era una tristeza mojada, una melancolía fermentada. Un lloriqueo de ballena nostálgica sobre el frío cielo. En verdad, la sirena determinaba absolutamente la vida afectiva de los habitantes. Cuando sonaba a las once de la mañana, los estados de ánimo de los adobes y los hombres se ablandaban. Era como si el sol respirara tranquilamente en su sangre. Era
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la hora de ver a la mujer y a los hijos. La hora cuando el mundo se coloreaba de un ruido azul. La hora de acordarse de los zapatos, las risas, las huellas y la chicha. Mientras los hombres laboraban allí, mientras la sirena de un mar muerto sonaba en los vientos y los barrancos, las mujeres y los niños se dedicaban a la fabricación de “capachos”, que era unas camisas hechas con los juncos de los pantanos con las que se cubrían las botellas que luego se llevaban a los pueblos a lomo de mula en los famosos “petacos”. En La Perseverancia mientras en el día se hacían capachos, en la noche se hacían muchachos. A la gente se le asignaron los lotes a un costo de 35 pesos y con una extensión de 4,30 metros de frente y 8 de fondo. En la escritura se estipulaba la manzana donde estaba situada, el terreno señalado con una letra del abecedario-, los desagües y hasta la siembra de árboles y arbustos. El área total del barrio era de 10 fanegadas. Por disposición municipal le correspondió a la plaza central 10 mil metros cuadrados. En realidad la zona fue creciendo alrededor de una plaza imaginaria e imaginada. Era como un círculo que se iba cerrando con cada adobe de cada casa de cada manzana de cada ilusión de ver ese espacio circundado de casas y gritos de niños. En este sentido el nombre de La Perseverancia corresponde al más literal de sus sentidos. Día a día, sol a sol, luna a luna, adobe a adobe, piedra a piedra, hombre a hombre, mujer a mujer, niño a niño, el barrio fue esculpiéndose como una roca abstracta. La plaza era el centro de esa ilusión blanca que se cristalizó el primero de mayo de 1914, cuando se inauguró con el nombre de “Plaza del Trabajo” haciendo honor al nombre oficial del barrio, que era “Unión Obrera”. Pero pudo más e peso de los recuerdos que el peso de los decretos. Los habitantes, fieles a su nostalgia, a esa nostalgia de los golpes del sol y la lluvia sobre los adobes fabricados en la antigua hacienda La Perseverancia, conservaron el nombre. Al acto de inauguración de la plaza asistieron más de dos mil personas y se colocó la primera piedra del Monumento del Trabajo. Unas cuadras más allá todo era papa, maíz, cebada, vacas y ovejas. La Perseverancia nació con el sello de Bavaria. La mayoría de sus habitantes laboraban en sus instalaciones. Pero casi ninguno consumía cerveza, pues la consideraban como algo exótico. Como una
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bebida “extranjera” y de la clase alta bogotana.

La cerveza era como el whisky
Casi todas las casas eran expendios de bebidas como la chicha, el guarapo y el aguardiente. La chicha era como una profesión. En el barrio había varias fábricas. Las Múcuras, La Campana, La Victoria. Hasta el doctor López Pumarejo tenía su chichería. De cada fábrica, la chicha se transportaba en burros hasta las tiendas y las casas. Era embotellada en botellas de champaña y tapada con una tuza de maíz. Para darle más sabor a la chicha, la gente acostumbraba dejarla hasta cuando el maíz principiaba a brotar. Cuando ya estaba en ese punto se servía y se le echaban una o dos patas de res cocidas que le daban sabor y también se le agregaba una grasa especial de gran alimento. Pero con el tiempo se le empezaron a poner zancadillas a la producción y al consumo de la querida reina chicha, sobre todo en la década de los cuarenta. Mientras la chicha se consumía casi todos los días, la cerveza se consumía en Teusaquillo y otros barrios por la gente “bien” sólo en ocasiones especiales. Era el maíz o la cebada. El adobe contra los autos. Las alpargatas recias contra los perfumes. Se inició entonces una campaña publicitaria contra la chicha y de paso contra el aguardiente que era producido clandestinamente y al que llamaban “chirrinche”. La cerveza se presentaba como la panacea para todos los males. Contra las fiebres, las gripas, toda clase de impotencias sexuales y no sexuales, los dolores de cabeza. En fin. Al mismo tiempo Bavaria se inventó una cerveza popular que se llamó “Don Cabrito”. Pero tenía demasiado nivel de alcohol: era como tomarse cuatro jarras de chicha. El puntillazo final fue el 9 de abril de 1948, cuando el gobierno adujo que los desórdenes y los desmanes habían sido provocados por la chicha. Era una explicación enchichada de un acto político. La gente de La Perseverancia construyó sus propias casas. Su arquitectura es el fiel reflejo de ese estado de ánimo
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del trabajo. Alegre y oscuro por momentos. Uno encuentra escaleras que conducen a un cuartico de San Alejo, cuando se suponen que van a un segundo piso. Ventanas que dan a otra ventana. Visiones enfrentadas en el fondo de un corredor que de pronto se corta en una puerta en la que hay que agacharse para pasar. Umbrales quejumbrosos. A pesar de que el trazado de las calles fue decretado por disposición municipal, éstas tienen un lugar especial. Entre calle y calle hay calles intermedias y callejones. Ventanas. Un sol de tres de la tarde con la sombra de la torre de la Iglesia Jesucristo Obrero en el recodo de un callejón que comunica a una calle con otra, pero primero hay que pasar por una casa empotrada en la mitad de la luz y el tiempo. Allí las calles se nombran por su anchura: “tercera ancha, tercera estrecha”. En La Perseverancia el sentimiento religioso ha tenido siempre mucho peso. Pero es un sentimiento que ha estado ligado con la vida cultural. Para la construcción de la Iglesia Jesucristo Obrero, fundada en 1940, se organizaron muchos bazares. Esto sirvió de impulso a la formación de grupos de teatro conformados por gente del barrio. El más famoso fue la “Compañía García”, que montó obras propias como Venganza gitana. Inclusive llegaron a presentarse en el Teatro Colón. En Semana Santa los viacrucis se hacían y se hacen en vivo. Allí se daban cita todas las familias pioneras, los emboladores, los carpinteros. Todo el mundo, incluso los duros de la parte alta de La Perseverancia. El Loco del Tranvía, que se vestía como los operarios de estos vehículos y se iba a dirigir el tránsito no solo de tranvías sino también de mulas y señoras encopetadas. El Radiopatrulla, un embolador escandaloso. El Tumbapuertas, que una vez llegó borracho y que le iba a pegar a su mujer tumbó la puerta, de ahí el apodo. El Puntillas, los Mocos.

El Gaitán de La Perseverancia
La presencia de Gaitán también es significativa. De hecho, muchos de
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sus habitantes iban a los famosos viernes culturales del Teatro Municipal, donde Gaitán arengaba a los asistentes con su alma puesta en voz. El mismo líder fue varias veces al barrio, al que llamaba “la zona roja de Bogotá”. En “Alto Alegre”, un lugar donde se bailaba y se bebía, estuvo departiendo con sus seguidores. Cuando mataron a Gaitán un fuego poderoso se abrió paso por entre los ojos de La Perseverancia. Sus habitantes se fueron al centro de Bogotá y saquearon los almacenes. Ocho días después del asesinato, los habitantes de la parte alta del barrio sacaron los objetos saqueados para la venta. Entonces llegaban las señoras en sus autos a comprar joyas, abrigos y sobretodo zapatos de todas las especies. Así mismo, las sillas del Palacio Arzobispal fueron llevadas a La “Perse”. No era raro ver al “Barrida de Plomo” sentado en la misma silla donde el arzobispo de Bogotá se sentaba a reposar. La diferencia es que la silla se quedó sorda de tanto mundanal de ruido a su alrededor. Aquello fue un verdadero mercado persa. Unos días más tarde, el ejército llegó a hacer rondas de casa en casa para buscar objetos perdidos. Entonces los potreros aledaños a La Perseverancia se llenaron de toda clase de cosas abandonadas a la mano de Dios y la lluvia. La Perseverancia es hoy por hoy uno de los lugares más tradicionales de Bogotá. Es un espacio al que no se le puede considerar como parte del espíritu colonial y señorial de Santafé de Bogotá. Está marcada por Apolo. La plaza de Bolívar determina el espacio de la legislación y la religiosidad oficiales. Es el Templo de Apolo. La Perseverancia, en cambio, es total irrupción del espíritu dionisiaco. Allí impera la religión del trabajo y la solidaridad. La religión de la embriaguez en comunidad, de la grosería que hace estallar en mil pedazos esa realidad acartonada por la bandera patria unas cuadras más allá. La Perseverancia es la reivindicación total de que el adobe es el camino de la felicidad en comunidad.

La Prensa, Bogotá, 12 de marzo de 1989, pp. 24 y 25

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Compre Marlboro y lleve su Gabo

Gabo, Gabito o García Márquez, así se le denomina según si uno es del
distrito federal de Magangué o del circuito del juez promiscuo de El Retén o si simplemente uno vive en el altiplano a 2.700 laberintos sobre el nivel del mar, si se imaginó, al contrario de lo que afirman muchos de los respetables críticos literarios de la legendaria Academia Cueva y Suero de Barranquilla, que muchos años después de que su padre lo llevara a conocer el hielo, se encontraría que este no era algo tan mítico ni tan mágico, sino que tal como lo predijo el viejo allá en las penumbras de Aracataca todo iba a terminar en que su pobre hijo se vendería como pan caliente o en su defecto como hielo polar en noche de viernes en cualquier esquina de cualquier ciudad colombiana. Todo empezó en 1982, cuando dos periodistas radiales de esos que se dan cadena de estación en estación, de pronto pararon el chucuchucu, los tangos, las rancheras y el disco. Sus voces sonaban graves. Todo el mundo esperaba alguna noticia mala, como ya es costumbre en nuestro país, pues de seis de la mañana a nueve o diez se dedican a entrevistar senadores trasnochados y ex presidentes. Y por la tarde a eso de las dos empieza el rosario de catástrofes de todas las pelambres. Por eso todo el mundo quedó como ante un pelotón de fusilamiento cuando los ilustrados periodistas lanzaron la gran noticia: García Márquez acaba de ganar el premio Nobel de Literatura. Inmediatamente, se inició una
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verdadera maratón radiofónica en torno a la solitaria noticia. Entonces de pronto uno escuchaba que el periodista decía que tenía en la cabina al primer peluquero que le rapó la tusta al nobel. -”Qué se siente haber motilado al nobel?”. -”Eche, era una vaina muy jodida...”. Y así podían durar horas y horas hablando del pelo del nobel, pero lo más increíble y desalmado de todo era que cuando ya se iba a acabar la entrevista, el peluquero soltaba también su chivita que tenía embolatada por allá en el fondo de su sombrero “vueltiao”. Con su tono solemnemente corroncho anunciaba a todo el país que él fue el que le dio la idea a Gabito para su novela Cien años de soledad.

Todo por un liki liki y un vallenato
También llamaban toda clase de compañeros de colegio del nobel. Yo le escondí un zapato, él me robó la novia, yo le enseñé a fumar y yo a escribir. Los profesores también se hacían presentes en la corraleja radioliteraria: era un verdadero prodigio. Un poquito disipado. Acto seguido llamaba una señora muy encopetada y con su tono cachaco le comunicaba al periodista que no entendía cómo una “emisora tan seria como la que usted dirige puede darle tanto despliegue al autor de One Hundred Years of Solitude. ¿No sabe usted que es pura propaganda del comunismo internacional”? A la semana siguiente de la noticia el país entero estaba bajo el satánico influjo de toda clase de versos vallenatos en todas sus tendencias posibles: fugas de oratorio de San Juan del Cesar, réquiem en variaciones para Bosconia. De pronto las calles se vieron inundadas por la última moda dictada directamente por el nobel: el famoso liki liki. Para conseguir el famoso atuendo corroncholiterario García Márquez movió palitos aquí y allá para que algún indio guajiro le trajera uno de contrabando a través de la polvorienta y seca frontera con el hermano
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país de Venezuela. Y llegó la hora de la verdad: diciembre de 1982, cuando Estocolmo estuvo al borde de un ataque vallenato. El nobel llegó a la capital del frío planetario acompañado del mejor dueto vallenato de todos los tiempos: Poncho y Emiliano Zuleta, que sedujeron el ánimo lechoso de las suecas con su endemoniado ritmo tropical y el incunable “ay hombe”. Lo más curioso de todo es que las dedicaciones eran de este estilo, ya cuando la canción estaba en sus estertores finales: “allá en Valledupar un saludo a mi compadre Andrés Becerra y en Estocolmo a Wsers Hbsdretm”. No entiende uno de cuando acá los costeños resultaron expertos en la pronunciación sueca. Y ahora nuevamente el país está con la fiebre de García Márquez. En los semáforo, en los almacenes de cadena, y hasta en los CAI se ofrece el último libro del jilguero de Aracataca. Toda clase de interpretaciones han surcado las páginas de los diarios y revistas no solo colombianas, sino también internacionales. Igual número de críticos han surgido. De todas clases y pelambres: unos especializados en la Universidad de Stanford en artes, ciencias folclóricas y literatura de la preconquista, con tesis laureada que se llama “Regina Once o una aproximación crítica al realismo mágico urbano contemporáneo”. Otros más humildes habían salido de Planeta Rica o de Lorica y la muestra más patente de su realismo mágico era su forma de vestir. “El general, El general” se oye al mismo tiempo que “Marlboro, Marlboro”. Hay algo extraño para que la conciencia del colombiano acepte con igual facilidad una noticia amarillista que se vende en el semáforo entre el verde y el amarillo y que dice en letras rojas “En motel del centro: Sardina mató a viejito. El Vicario no resistió la energía de la muchacha” y los últimos días del general. Lo que tal vez uno no sabe es que el vicario de pronto es Bolívar, la sardina una ardiente mulata y el motel uno que queda por ahí cerca al aeropuerto y que se llama “El Laberinto”...

La Prensa, Bogotá, 1 de abril de 1989, p. 14
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Supermercado en tres actos

... ontenido neto 280 cm3. Su rico sabor a menta deja el aliento fresco. Déjese unos momentos y retírese con papel tisú. Home Products Inc. Cali. Boyle Midaway USA con carnauba y silicona. Leche de magnesia Phillips. Suspensión. Antiácido y laxante. The Sydney Ross Co. Agítese bien antes de usar. Para niños una cucharadita al día. No más. Ocho de la mañana en un supermercado. Es un lugar obligado para que muchos hogares se mantengan como institución. Todos los productos se miran unos a otros. Las Zucaritas suponen que ese día vendrá, como suele hacerlo todas las mañanas de viernes, la señora de sudadera verde acompañada de su pequeño hijo, enjaulado en el carrito, y éste coja el empaque llamativo y exclame: “eta mami, eta”. Las carnes, en cambio, reposan allá en sus camas de hielo, perfectamente cómodas. Un pedazo de lomo se queja de vez en cuando. Carnes frías allí y allá. Una verdadera masacre para comer con condimentos de todas las pelambres. Parece extraño, pero cuando uno ve en los campos las inocentes vaquitas, todo recuerda aquellas estampas idílicas que regalan en las agencias de viaje de cuando uno por equivocación quiere viajar a Suiza. Lo que no se imaginan los nobles cuadrúpedos es que terminarán convertidos en un baby beef, en el más favorable de los casos, y en el peor, en una carne molida acompañada con arroz y papa. Pero lo más dramático, aparte de tener que soportar
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esas semillas blancas o los tubérculos boyacenses, no es tener que aguantarse las puñaladas arteras de los cuchillos inoxidables, que venden en el mismo supermercado unos estantes más allá. Lo más patológico es tener que soportar las conversaciones de los comensales a la hora de la comida. Que el 120, el 121, perdón yo vivo en la 123, que el constituyente primario, que el mejor reconstituyente para la salud es el aceite de hígado de bacalao, que para abreviar explicaciones es como una especie de vaca marina, que la nación, que el presidente, que nosotros somos más adelantados que los norteamericanos, pues si ellos tienen mil satélites en el espacio, nosotros, en cambio, tenemos un barco en la luna y finalmente que el postre.

Cronch cronch
Mientras tanto las uvas de la ira miran con recelo a las naranjas mecánicas apostadas como esféricos senos amarillos de mujeres eléctricas venidas de Marte. O de Miércole. O de Jueve. Nueve de la mañana. Ya empiezan a entrar las muchachas del servicio: las de adentro, las de afuera y las del medio. Poco a poco el supermercado ha ido cobrando vida. Y bien caro que la cobran. Todas llevan en la mano una pequeña lista para la lonchera del niño Carlitos y de la niña Paula. Entonces las Zucaritas se ponen de nuevo contentas. Saben que serán las reinas de los recreos. Claro que están, unos metros más allá, los Chitos que hacen cronch cronch de la rabia. Ay si esa muchacha del delantal azul no se acerca y los agarra. Sin embargo, la muchacha sigue derecho y se para de frente a los pasabocas de la nueva generación de los ejecutivos, que, juegan con baldes en la arena y cantan las canciones de Los Prisioneros: los yupis. Cronch cronch sigue sonando en uno de los estantes. Entre tanto toda clase de promociones empiezan a surgir en cada esquina del supermercado. Toda la gama de jamones especiales. Uno no
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sabe de dónde sacan tanta variedad, pero la verdad es que son muy ingeniosas: jamón de pollo con uvas, especiales para las bodas de plata. Carne de diablo para la luna de miel, pero con una anotación especial: para antes, después o durante. Pero con el riesgo de quedar convertidos en diablos. Sin embargo, la promoción más atrayente para los cachacos es una que atiende una niña con evidente acento costeño. Es una nueva gama de yogures de una lechería de Magangué que se llama “Pilar Ternera” y que trae para los “exigente paladare cachaco el nuevo y popular yogur de ñame...”. Contenido neto 280 cm3. Su rico sabor a menta deja el aliento fresco. Déjese unos momentos y retírese con papel tisú. Home Products Inc. Cali. Boyle Midaway USA con carnauba y silicona. Leche de magnesia Phillips. Suspensión. Antiácido y laxante. The Sydney Ross Co. Agítese bien antes de usar. Para niños una cucharadita al día. No más.

Toreros Muertos y spray spray
En realidad, los supermercados son como pequeñas ciudades dentro de las ciudades. Tienen carros, celadores, esquinas, puesto de revistas, señoras histéricas, señores con pipa que se van a hacer mercado después de haber jugado tenis y obscenamente exponen ante el respetable sus piernas, pequeñas pandillas que entran y se toman de ruana el supermercado. Su botín son las botellas de whisky y los panes. Salen al parqueadero y se toman la botella pasada con yerbas non sanctas. De vez en cuando también hacen su aparición pequeños ladronzuelos que se las ingenian para robarse los posters de las revistas de rock en español. En la cara se les nota que no han nacido para la octava de las artes. Sus ojos delatan que todavía ven revistas pornográficas. Que apenas salieron de las tardes de elevar cometa. Todavía van a misa obligados por la mamá. Todavía se atoran cuando respiran el cigarrillo, todavía piensan que es un centro comercial donde se encuentra la felicidad a las tres de la tarde, son
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adolescentes a los que todavía no les ha llegado su todavía. No son como los malandros del parqueadero que ya les ha tocado su cuarto de hora en un CAI cercano y para los cuales la felicidad es ya no un centro comercial, sino un antro comercial. Entonces los pequeños ladronzuelos entran generalmente de a dos. O tres. Llegan al supermercado ilusionados con ver el afiche de Los Toreros Muertos pegado en la puerta de su armario para que cuando vayan a sacar los calzoncillos por las mañanas, para ir al colegio como la mamá y el señor rector mandan, esas mañanas no sean tan tristes. Y cuando llegan al colegio ya no piensan en las ecuaciones de primer grado, sino en los encuentros cercanos de primer tipo que tuvieron con la compañerita de dos pupitres más allá en una fiesta de tres a nueve de la noche donde al maloso del paseo se le ocurrió proponer jugar a “la botella caleña” que se realizó al endemoniado ritmo de un beso cada diez segundos. Y entonces arrancan el poster de la revista y como generalmente sucede en estos casos el celador desde el principio se había dado cuenta y en la entrada los detiene. De ahí en adelante deciden que la octava de las bellas artes no es para ellos y optan entonces por dedicarse al ciclismo o a una de sus variaciones más interesantes con premios de montaña fuera de serie: álgebra.

Zona paramilitar para cucarachas
La pequeña ciudad tiene sus ciclos. Hay momentos donde los productos parecen deprimidos y en otros alegres. Sin embargo, la zona más tétrica del supermercado es una que han dado en llamar “zona paramilitar para cucarachas”. Es allí donde toda la artillería pesada de insecticidas está apostada esperando que entren en acción. Atienden al llamado del gran jefe Kan Kill. Cucaracha, salve usted la patria, dicen por allí. De pronto una adolescente bastante pasada de kilos ronda por una zona que para ella significa “orden público alterado”. Es la panadería y todas sus tentaciones: milhojas, toda clase de bizcochos, croissants o
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pancachos o una deliciosa torta que por todos sus lados deja ver los lujuriosos encantos de la crema. La niña va de aquí para allá. Parece que no se atreviera a acercarse, parece que no conoce la consigna de Oscar Wilde cuando dice que la mejor forma de asumir una tentación es cayendo en ella. Entonces se ve en los espejos y considera que todavía se merece una que otra harina. Pero se acuerda de que ha hecho una apuesta con la mamá, en el otro extremo del supermercado, está también cometiendo trampa. En la promoción de yogures, la costeña le dijo que el de ñame era dietético, pero mamola. Nueve de la noche. El supermercado ya está cerrando. La noche termina pero para la joven mujer que acaba de entrar a toda carrera, tumbando carritos, celadores y toda clase de tarros, el día apenas comienza. Por delante tiene toda la noche para devorar la vaca que va a comprar para su dieta de alta tensión. Se trata de un novedoso sistema para rebajar de peso que combina lo mejor de la acupuntura china con lo más granado de la ingeniería eléctrica nacional y que consiste en solo comer carnes y estar conectada a un par de agujas en las orejas. Dieta pecaminosa. Pura carne. Pero mientras coge a toda carrera toda clase de cortes de toda clase de cuadrúpedos y de aves gallináceas, llega a la caja y paga el mercado más surrealista que haya visto supermercado alguno desde su aparición en las ciudades colombianas: kilos y kilos de carne y unos diez tarros de “gel” para el pelo. Contenido neto 280 cm3. Su rico sabor a menta deja el aliento fresco. Déjese unos momentos y retírese con papel tissú. Home Products Inc. Cali. Boyle Midaway USA con carnauba y silicona. Leche de magnesia Phillips. Suspensión. Antiácido y laxante. The Sydney Ross Co. Agítese bien antes de usar. Para niños una cucharadita al día. No más. Entonces un empleado del supermercado se acerca al estante de los ambientadores. Coge en sus manos uno y hace spray spray por el aire. En la leyenda del tarro del nuevo ambientador dice: “Nuevo ambientador para los hogares colombianos donde ya no hay medio ambiente, sino miedo ambiente...”.

La Prensa, Bogotá, 9 de abril de 1989, pp. 22 y 23
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Apenas suramericana

Instant

Karma. Plastic Ono Band. Cancionero sevillano. Instamatic. Smog en instamatic con el diafragma fragmentado, desparramado sobre esa luz gris que se concentra alrededor de las personas que se paran junto a un semáforo, paranoia en instamatic, a esperar que el suave concierto espiritual de los exostos transcurra frente a sus ojos. El General en su laberinto. Laberinto general. Eso es Bogotá. Un gran libro abierto que se abre todas las mañanas. Tedio en instamatic. Un libro con varios prólogos de varios autores. También un preprólogo o prefacio para burócratas. Escritorio en instamatic. Variaciones cromáticas de cada página del libro de la ciudad cuyas comas son los pitos, el punto y coma, un punto, punto aparte, un puente quebrado, quiebra en instamatic, y entonces esa luz gris de los personajes grises de ojos grises, gris sobre gris, se dispara sobre los cielos de esta ciudad y paga menos de treinta pesos y se monta en el bus de los vientos. Por eso los árboles de Bogotá son tristes. Por eso, no se extrañen que a la gente de Bogotá le guste leer. Por eso se venden libros en la calle. John Lennon junto a Julio Flórez. Freud analizando el medio ambiente, los ojos de los árboles tristes, esos ojos que ven para adentro. En Bogotá la avenida 19, ese acuario de peces ejecutivos, lino en instamatic, es la zona por excelencia de la venta callejera de libros. Allí se da otro tipo de ritual frente a ese pequeño universo empastado.
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Universo pirata. Ediciones el Pirata Feliz. O la Cucaracha. Las casetas de la avenida 19 son una institución como la plaza de Bolívar. Es una zona de economía que ahora han dado en llamar “informal”, por eso de que los vendedores de libros van vestidos informalmente. En la avenida 19, no hay secciones especializadas. Allí es posible encontrar un profundo tratado de física cuántica al lado del cancionero santandereano. O a Jung, con sus arquetipos, al lado de las ondas eléctricas del heavy metal o en lo posible del merengue dominicano. Chucuchucu. Black Sabbath. Metal en instamatic. Las universidades bogotanas y especialmente las facultades de ingeniería le deben mucho a los libreros de la 19. De hecho, solo falta que en los estatutos académicos, se estipule que para aspirar a ser decano de una facultad de ingeniería, el candidato tenga un profundo back ground como librero en la 19. Lo que sí es cierto es que los torturados estudiantes de estas sofisticadas plomerías y toda clase de albañilerías, son los campeones de la compra de los universos empastados. Pirata sin IVA. Pirata cojo. A veces se les ve llegar con un fajo de revistas de dudosas fotografías para cambiarlas por la literatura más santa. De la Penthouse pasan a libros sobre corriente alterna, escritos por un alemán, que además de ser ingeniero es botánico. Por eso bota tanta corriente. Pero otros, en cambio, tienen una verdadera colección de esta literatura de alto impacto visual. Entonces le dicen al librero que le cambian las doce playmates del año 78, por la de enero del 82, para no quedarse atrás de su primo, que está seguro de que una noche se entró a la casa y le robó todas las playmates de junio de 1974 a junio de 1975. Ojalá se hubiera robado las del año 74, que ya tenía repetidas. Ciudad abierta de par en par como un libro. Con las puertas abiertas pidiendo auxilio. Con su grito abierto pidiendo que el cuchillo del silencio llegue secretamente una noche y corte esa garganta donde se resbalan sin remedio los buses y los ciudadanos. De par en par, las páginas del libro de Bogotá van pasando como aquellas escenas de esas películas que cuando van a dar un salto de tiempo muestran unas hojas que pasan a toda velocidad, esa secreta velocidad de la angustia del tiempo. Y de pronto llegó el nueve de abril y varias páginas fueron arrancadas. Esas hojas volaron por el aire, pero terminaron hechas
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cenizas. En un mismo cenicero, cenizas y realidad. En un mismo libro, hay un cenicero donde reposan los ojos cansados y muertos de los ciudadanos que no leen el libro de su ciudad. Simplemente viven cometiendo errores de lectura. Entonces cambian a Jiménez de Quesada por Condorito. El pato Donald suramericano. Bogotá tenía fama de ser el centro de la cultura suramericana. Por eso alguien le puso “La Atenas Suramericana”, pero en realidad Bogotá es “Apenas suramericana”...

La Prensa, Bogotá, 27 de abril de 1989, p. 20

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Olafo en un Blue Bird TSS

Disturbio en un Blue Bird Oneida TSS, domingo a las cinco treinta
minutos y cincuenta segundos. Ese día, en ese bus, coincidieron Olafo el Amargado, Carlitos y el Fantasma. Pero también estaban allí “El Catrasca”, “La Mosca”, “El Chupasangre” y el “Pulmonesdeacero”. Estos últimos venían del Olympia. Habían asistido a una misa con el sumo sacerdote de su vida: el pontífice Rambo, que en medio de la metralla de helicópteros artillados y que mientras la pava de su cigarrillo se escurría de los labios, dejaba escapar proféticas oraciones cocinadas con el olor de la pólvora sobre siete vientos empapados de sangre. Entonces “Pulmonesdeacero” se emocionó y dijo que iba a dejar el “suko”, se iba a poner a levantar pesas y se dejaría las mechas largas como Stallone. Había quedado impresionado con aquella escena cuando el pelo de Rambo cubrió por escasos instantes su rostro y mientras sus músculos brillaban con el resplandor de las explosiones del horizonte, sus ojos miraban directamente al público, y entonces le dijo a su novia que él quería tener una mirada así, que ya estaba cansado de tener la misma mirada de pandillero tercermundista aficionado a todas las tendencias imaginables del heavy metal, y también fatigado hasta lo que le quedaba de sus huesos de fumarse siempre un cigarrillo debajo de un poste de luz deficiente junto a una tienda maloliente y llena de borrachos. Y entonces salieron del cine y comprobaron que el mundo se llamaba “realidad con carrera Décima” o “depresión con smog menor y avenida Caracas”. Por la avenida vieron venir el Blue Bird TSS 2345 – Suba-La
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Gaitana- y se subieron. Pero antes pasaron muchos carros y miedos. Pasó la Parca y los miró como quien ya está acostumbrado a ver jirafas de metal anaranjado por las avenidas de Bogotá. Ellos dejaron pasar a la Parca a bordo de la Lora y les dispararon una mirada como si estuvieran en los campos de Vietnam, pero un “Marlboro, Marlboro, una monedita para el cieguito” les recordó que estaban en la mitad del corazón de una ciudad recubierta de piel vieja, que ya de nada valían los escupitajos a un lado ni los “sanababichs” antes de rociar con plomo al enemigo. Estaban al lado de una caseta de luces, esperando al Blue Bird Oneida TSS, en el altiplano cundiboyacense y no en el suroeste asiático. “Fuck you...” dijo “El Chupasangre” cuando vio zigzagueando al Oneida TSS en medio de las busetas ejecutivas y de los colectivos piratas. Entonces se subieron al bus y como pudieron se abrieron paso a codazos hasta el final del carro. Pero nunca imaginaron que en la banca de atrás encontrarían al infame trío de blandengues, Olafo, Carlitos y el Fantasma, aplastados contra los vidrios mirando cómo pasaba a 60 km/h frente a sus narices la realidad de la avenida Caracas, cómo las hojas muertas de los árboles se caían a cada pitazo enfermo del TSS, cómo los avisos de viejo neón brillaban en medio de la lluvia con su usual tristeza destartalada. Las mejores striptiseras. De las playas de Río a Chapinero, Solo Kukos, la Feria del Brassier, corpiños para toda ocasión, pastelería París, alta quiromancia, leemos las líneas de su mano, agárrenlo policía policía policía... “TSS, transporte sin suicidio”, dijo “La Mosca” mientras prendía su pava, ignorando la mirada regañona de un anciano de ruana y corbata percudida, que allá en el fondo de sus ojos inyectados de sangre y cerveza le decía cosas que solo puede decir un anciano a bordo de un Blue Bird Oneida TSS, un domingo de lluvia. Y allí estaba el trío blandengue, Olafo, Carlitos y el Fantasma. Acababan de dejarlos allí tirados en la última banca del Oneida. Entonces “El Catrasca”, en el barrio le decían así pues andaba “cagada tras cagada”, les susurró a sus amigos con voz ronca y levemente rasgada: -Hay que poner orden a este jodido bus... -y dirigió su mirada hacia el asustado trío. Sin embargo, Olafo ya había sacado su hacha y su escudo,
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no sin antes haber lanzado un espeso escupitajo sobre el piso. Se mesaba la barba, mientras Carlitos desenredaba el cuerpo de su cometa y el Fantasma continuaba descifrando su complicado árbol genealógico. Y entonces Olafo, como para disimular las miradas de acero del cuarteto de los duros, le preguntó a Carlitos: -Oye viejo, ¿por qué te la pasas volando cometas? ¿Acaso le pagaste un centavo al psiquiatra y te las recomendó? -Pues no sabo muy bien. Siempre me han gustado el béisbol y las cometas. Pero no sabo qué fue primero. De pronto fue que una tarde cuando estaba de center field del equipo de la escuela y dejé pasar un batazo y desde ahí me desterraron y tuve que decirle adiós a las palomitas de maíz y paletas después de los partidos, cuando uno se miraba las rodillas maltratadas y eran un signo de victoria contra los chicos de la otra escuela, pero yo no sabo muy bien por qué se meaba uno en los pantalones que mamá había aplanchado esa mañana... debía ser la emoción del primero home run... y era un líquido caliente que empezaba allá en los cizillos y luego empezaba a rodar por la pierna y eran como ríos, yo no sabo muy bien pero era la emoción de ver la chica que a mí me gusta allá en la tribuna... yo no sabo muy bien, no sabo... Entre tanto el Blue Bird Oneida TSS, seguía rodando y el zoológico urbano, lógico urbano, urbano lógico, The Logical Song, urbano urbano, ya se había tomado por asalto al Oneida. “El Chupasangre” estaba algo incómodo, pues a su lado una joven madre se había acomodado con su hijo, al que alimentaba con su seno al aire. Le dieron unas ganas irremediables de coger ese animal flácido que escupía leche sin baterías y así lo hizo. Cuando el Oneida TSS frenó de súbito y toda la gente dejó escapar un grito desde el fondo de sus estómagos, “El Chupasangre” lanzó su brazo tatuado con las insignias metaleras de Suicidal Tendencies y cogió el seno de la mujer, que solo acató a decir: ¡Parachoques! El Fantasma, tan fantasmal como siempre y oliendo a caballo y a pirata trasnochado, le dijo a Olafo: -¿Qué territorios planeas invadir ahora, bravo Olafo? -Chapinero. Ya estoy aburrido de planear invasiones en las noches de farra en casa de los aburridos Olsen, y también de la cantaleta de Helga,
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que ahora le ha dado por fundar la Asociación de Feministas Amargadas del Polo Norte. Sí, señor don Fantasma quiero invadir Chapinero, ese reino del Profeta de Lourdes donde me dicen que hay muchos reyes y reinas. Me han hablado del Palacio de la Fritanga, de Connie, la reina de las striptiseras y su legión de amazonas apenas ideal para conseguirle una chica a Chiripa. Me han hablado también de que allí puedo conseguirle un novio duro para mi Astrid, a la que le llueven tantos poetas de dudosa conducta. Allí me han dicho, don Fantasma, que puedo levantarme un duro para mi Astrid. Ojalá alguien de la temible tribu de los Black Sabbath. Sí allá don Fantasma, en Chapinero... El chofer del Blue Bird Oneida TSS, había detenido la marcha del bus y lo estacionó frente a un CAI. Le dijo a la policía que allá atrás iba un cuarteto de alborotados, que menos mal el carro no tenía cojinería, pues si no se la hubieran dañado, pero ya le habían rayado el techo y estaban fumando yerbas non sanctas y que además había también tres tipos muy raros, uno con escudo, el otro con una cometa y todos los pantalones meados y otro de máscara y de maluco olor. El policía se asomó por la puerta de atrás y “El Pulmonesdeacero” le dijo: -Qué va, señor gente, teus no nos puede condenar así como así, señor gente. Teus puede tener todas las placas del mundo, pero hasta que no nos compruebe lo contrario no nos puede hacer nada, señor gente. Teus no es como ese man Baretta de la televisión que sí era un policía full gente, señor gente... Olafo se había puesto a discutir con el cuarteto de punkeros tercermundistas, pues “El Catrasca” tuvo la mala fortuna de decirle al bravo vikingo multicolor que “teus uno lo consigue ahí en la 60 con Caracas. Teus es un man chiviado, a teus lo he pillado ahí en el almacén de zapatos que lleva su nombre gallinaceando a las vendedoras, pero hermano ni se le ocurra meterse con ellas, ni siquiera con la Derly, pues es mi hermana y si lo pillo en cine de tres comiendo mazorca, lo desplumo vikingo aparecido...” y entonces el Olafo, preso de santa ira le propinó un escudazo en la punkera motola del pegachento espécimen, lo que empezó a generar un disturbio en la parte trasera del Blue Bird Oneida TSS, donde no se salvó ningún trasero de las patadas a lo “ninja” que propinaban por igual “El Mosca”, “El Catrasca”, “El
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Pulmonesdeacero” y “El Chupasangre”. Por su parte, Carlitos lo único que acató a hacer fue a taparse con su cometa y mearse. El Fantasma allá impasible dijo en tono profético: -Yo que me he enfrentado a los temibles pigmeos venenosos, nunca había visto seres tan agresivos como estos con las mechas paradas y los brazos tatuados. Yo, el Duende que Camina, sabía que esta ciudad era muy dura. No debía salirme de la playa de Keeta-Wee, donde se estaba celebrando el concurso pigmeo de tangas, no debía dejar al pobre Lobo en manos de la televisión venezolana, yo, yo, pobre Fantasma, en un Blue Bird Oneida TSS, creo que debo regresar a tomar piña colada allá en mi playa y a seguir tramando a todos con mi árbol genealógico... El Oneida TSS ya estaba a punto de explotar. Depresión Blue Bird. Pájaro azul sin subsidio y con suicidio incorporado en el techo, azul azul con el olor a domingo grasoso a las seis de la tarde. Blue Bird depresión. De pronto allá en el fondo del bus, el pequeño Hamlet, en medio de la trifulca de los blasfemos de Chapinero y el trío infame escapado de las tiras cómicas, que servían para envolver un par de aguacates (los policías vegetales), dijo: -La cuestión, en esta ciudad de smog no es “To be or not to be”, pa' Olafo. Yo pienso que es “To... ser o no to... ser”, esa es la cuestión...

La Prensa, Bogotá, 14 de mayo de 1989, p. 27

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Niza, bye bye

Niza

ya llegó a sus treinta años. Niza ya tiene Bulevar, ya tiene avenidas, ya tiene biyis que se pasean muy orondos por sus calles y carreteras. Sin embargo, a pesar de todo el empuje de eso que llaman “progreso”, ningún barrio de Bogotá ha sufrido una deforestación tan sistemática como la que desde hace diez años viene padeciendo Niza. En Niza se decía que cada árbol, cada urapán, cada pino, tenía un nombre, el nombre de los niños de la cuadra, entonces este pino que crecía allá en la esquina se llamaba Juliana y era amigo de Pedro, un urapán más pequeño que crecía con dificultad entre dos eucaliptos, Juan y Carlos. Eran las épocas cuando todavía se podían elevar cometas dentro del barrio, cuando todavía los niños podían jugar fútbol y romper los ventanales y salir corriendo y subirse al pino más alto y observar desde allí a la dueña de casa gritando de par en par. Eran los buenos tiempos de “Asonalga” Asociación Nacional de Gángsters-. Verdaderos tiempos del ruido, cuando las motos de los miembros de la Asociación, que se ponían tachuelas en la suela de las botas para sacar chispas a 80 km/h, azotaban las calles. Se reunían en los parques a jugar banquitas, mientras las hojas de los pinos se mecían con los latigazos eléctricos de los Doors, de Led Zeppelin o de los Rolling Stones. Tiempos de las broncas contra los del San Nicolás. Bate en mano. Comisaría ventiada. Pero se acabaron los duros de Niza. Unos terminaron en centros de desintoxicación en Francia y los Estados Unidos, sus venas no soportaron las ballenas de ácido que nadaban del corazón a la mente de la
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mente al corazón, pero la mayoría terminaron casados, tienen su consultorio, son gerentes de alguna sucursal bancaria.

Los Hongos, Los Loros y Los Farmaceutas
Extrañamente la deforestación empezó cuando los últimos de los duros ya habían sido desterrados. Entonces se fue para siempre Juliana, pero también “La Nota” con su voz ronca cuando desafiaba al cura Julián, tan moralista él, tan cívico, tan orgulloso de sus niños bien peinados y recién salidos de la ducha cuando iban a misa de diez, “La misa de los niños”, y entonces la jartera era tan infinita como la mirada infinitamente triste de Cristo allí colgado. Y los padres de familia orgullosos de sus pequeños evangelistas de camisa Lacoste y español de Miami. Y el cura para alejar el fantasma de la droga organizó un campeonato de fútbol en las recién construidas canchas junto al pantano, pero qué va, los equipos decían todo lo contrario. En efecto, allí estaba el famoso equipo de la 122, “Los Hongos”, los duros de la 118 eran “Los Loros” y para exorcizar su pasado duro tenían como entrenador y director técnico a un policía del puesto de Niza, “Los Farmaceutas”, los niños bien de la 124, “Los Dragones Dorados”. El puesto de los troncos se lo disputaban “Los Heroicos” y “Los Supersónicos”. Cada vez que jugaban estos últimos las calles de Niza se empapelaban con letreros que decían “Clásico de coleros”. Y el resultado era siempre el mismo. Supersónicos 5, Heroicos 0. Se acabaron los duros, cortaron a Juliana, Carlos, Juan, Pedro, y Niza se parceló en guetos. Paranoia generalizada. Celadores en cada cuadra, muros semejantes a los de Berlín, rejas, mallas de alambre, perros, palancas, miradas frías. Son las miradas del nuevo ambiente que se vive en Niza en estos momentos: un optimismo que raya con la paranoia. El país es grande, hay que progresar, si ese árbol estorba el desarrollo entonces que lo corten, que lo corten, al fin y al cabo no hay policía para
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eso, no hay celadores para eso, solamente hay ojos y bolillo para no dejar entrar esos que vienen a pie y que tienen un color de piel poco oscuro. Aunque nadie lo crea, el antiguo espíritu cívico de los habitantes de Niza se ha trocado por una especie de campaña de limpieza media que no respeta árboles, calles, niños y niñas. Niños con mentalidad plana apenas aptos para ser absorbidos por la nueva ballena de vidrio que con su gran boca abierta se traga cada tarde a las bandas de biyis que van a reflejar su tedio en las vitrinas de los almacenes, o a escuchar discos “jevis” para llevar buena música a la fiesta de los del Agustiniano, donde además van las viejas del Mazarello. El más bello perfil de Niza eran sus árboles y estos están diezmados por lo menos en un 50 por ciento. Ya no hay sombras para después de los partidos, ya no hay lugar para guarecerse de la lluvia. Se fue Pink Floyd, el humo denso, los Beatles, los grafitis de lamento cuando murió Lennon -uno de los primeros grafitis de Bogotá por allá en el mes de 1980-, se fueron las chispas sobre el pavimento. Quedan los perros bravos, las rejas grises, las hojas marchitas sobre las calles sin viento... Los niños que ya no rompen vidrios. Se fueron de Niza las batallas campales entre cuadras. Niza ya no es aventura. Allí la realidad se llama razón, dinero, limpieza, limpieza, dinero, razón y misa de doce por si las moscas...

La Prensa, Bogotá, 22 de mayo de 1989, p. 24

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Los hombres del campero rojo

Edilbrando Joya era un estudiante de séptimo semestre de ingeniería
mecánica de la Universidad Nacional. Era un estudiante normal: nunca había participado en una marcha, tampoco en una pedrea. Era el sábado 11 de septiembre de 1982. Doña Josefina de Joya y una hija suya que se encontraban en San Andrés habían llegado ese día. Edilbrando lo pasó con su madre. Fue un día común y corriente, un domingo de ir a visitar a los amigos. Edilbrando salía todos los días antes de las siete de la mañana para la universidad. Ese lunes 13 de septiembre, en la casa de los Joya todos se levantaron temprano. Doña Josefina le dio un tinto y cien pesos. -Es lo único que tengo, mijo. -Tranquila mami, que mientras tenga para los buses yo me defiendo contestó Edilbrando. Entonces le pidió a su mamá una plata que le debía y ella le dijo que se la mandaría a la universidad, a las dos de la tarde, con su hermano menor. Después subió al sitio donde se encontraban sus otros hermanos y le preguntó a uno, que manejaba una buseta, si podía llevarlo. Él le respondió que no iba a hacer esa ruta. De manera que se despidió. Doña Josefina tenía la costumbre de mirar hacia qué lado cogía su hijo: Pero ese día no se fijó. Eran como las seis y veinte de la mañana. Según un testigo que iba por la calle donde caminaba Edilbrando, un jeep rojo se le acercó. El muchacho sonrió y se subió. Posteriores investigaciones concluyeron que ese vehículo había participado en varias desapariciones y la razón por la
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cual no lo introdujeron a la fuerza fue porque en él iba un estudiante que días antes había desaparecido. A Edilbrando le dio mucha alegría verlo. El testigo le dijo después a doña Josefina que él creía que los que iban en el jeep rojo eran compañeros de Edilbrando, pues eran jóvenes y vestían como estudiantes. Como a las siete de la mañana sonó el teléfono de la casa de los Joya. A la media hora otra llamada y a las ocho otra. La voz que hablaba al otro lado de la línea decía que Edilbrando no había ido ese día a la universidad a presentar un parcial. Esa mañana del 13 de septiembre, doña Josefina se fue para el aeropuerto a reclamar una mercancía que habían traído de las islas y llegó a eso de las once, cuando entró otra llamada con el mismo mensaje. Entonces empezó a entrarle la angustia y le dijo a su hijo menor que almorzara y se fuera para la universidad a encontrarse con su hermano para que le entregara la plata.

Pero nunca presentó el parcial
El hermano lo esperó y Edilbrando nunca apareció. Además este último tenía una cita con un compañero que lo esperó durante una hora. Entonces el hermano llamó a la casa para avisar que no se habían encontrado. Doña Josefina le ordenó que consignara el cheque en su cuenta y le dio el número. Para entonces la angustia de la madre ya había tocado fondo. El hermano mayor se fue para la Nacional a averiguar qué había sucedido. Como a las cinco de la tarde, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez era un compañero de Edilbrando, que muchas veces había venido a estudiar a su casa. Habló con doña Josefina y le dijo que aquel no había ido a presentar el parcial, pero que al otro día había chance de presentarlo. Además le dijo que le comunicara que esa noche lo esperaba en su casa para estudiar. Como a la media noche llegó el hijo que se había ido a la Nacional a averiguar por la suerte de Edilbrando. Doña Josefina no se había podido dormir esperándolo. Cuando llegó
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le dijo: -¿Qué pasó, mijo? -No se preocupe, mamá, que todo está bien. Al otro día doña Josefina se levantó como de costumbre a las cinco de la mañana a preparar el desayuno. Entonces oyó que uno de sus hijos salía del baño. Ella dijo, “Edilbrando, mijo, venga...” y una voz le contestó: “Soy Víctor, Edilbrando no vino anoche”. -Vamos a buscarlo -dijo entonces uno de los hijos cuando el frío de la mañana se pegaba a los vidrios con ese olor gris del tedio. Ese día estuvieron en hospitales, estaciones de policía y cuarteles, en el F-2, en el DAS. El miércoles alguien les dijo que fueran al BIM en Usaquén. Allá fueron a parar doña Josefina y su esposo. Los recibió el sargento Herrera, quien desde un principio ultrajó al matrimonio Joya. El sargento les preguntó cuántos años tenía Edilbrando y de qué colegio se había “perdido”. -Él no se ha perdido. Venimos a ver si está aquí -dijo doña Josefina. Cuando la madre le dijo que era estudiando de la Universidad Nacional, el sargento afirmó que seguramente era uno de los subversivos que por esos días iban a poner una bomba por los lados de Chocontá. Y entonces procedió a mostrarles el arsenal que habían incautado. -Miren, no hablemos más y váyanse. Es que los padres son unos alcahuetes -dijo el sargento mientras le ordenaba a un soldado que los sacara de la oficina. La rabia de los padres fue inmensa, pues ahora resultaba que según este militar, su hijo se “había perdido de un colegio y fuera de eso lo habían tildado de subversivo”. Llegaron cansados a la casa. Por la noche escucharon en un noticiero de la televisión que varios estudiantes de la Nacional habían desaparecido. Entre ellos estaba Edilbrando. Doña Josefina era la primera vez que había oído hablar de “desaparecidos”. Le preguntó a su hijo en qué consistía exactamente. -Se cree que miembros de la policía y de las fuerzas armadas los capturan y nunca más vuelven a aparecer- aclaró el hijo sentado en el sofá frente al televisor.

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Búsquelo en el B-2 y en el F-2
A la familia Joya le llegó una luz de consuelo, cuando en el mismo noticiero dijeron que unos estudiantes de la Nacional se habían tomado la Nunciatura para exigir la aparición de sus compañeros. El jueves llamaron a la oficina del rector, le dijeron que estaban con ella y que iban a hacer todo lo posible para que se adelantara una investigación. El mismo rector dijo que había enviado una carta al señor presidente relatándole el caso. Esa misma noche sonó el teléfono como a las doce. La voz le dijo que “ellos” lo tenían y le describieron cómo iba vestido. Que le habían prestado una ruana y que le habían dado de comer. -Búsquelo en el F-2, en el B-2, señora. No lo vaya a dejar perder, pues él es un buen muchacho... Le dijeron que sabría de Edilbrando por los periódicos. El viernes estuvieron otra vez en la universidad hablando con el rector. Regresaron a las diez y veinte de la mañana. Apenas entraron a la casa sonó el teléfono. Doña Josefina le dijo a la hija que contestara: -Es Edilbrando, mami. -No, no quiero hablar con él- dijo doña Josefina. La madre estaba contrariada porque creía que a lo largo de esos cinco días no había venido a la casa a propósito. -Mami, él quiere hablar solamente con usted. Por fin ella pasó al teléfono. -Mamá, no se impresione, no se afane. Mamá, me tienen escondido dijo Edilbrando. -¿En qué lo puedo ayudar, mijo? -preguntó doña Josefina. -En nada, mamá, en nada. -Y soltó el llanto. Los diarios dijeron que “estaba escondido”. A la otra semana fueron a las oficinas del F-2 y allí les dijeron que les podían ayudar. Les mostraron fotos de estudiantes desaparecidos. Les pidieron todos los datos sobre su hijo. Entre tanto las llamadas a media noche continuaron. La voz decía que no lo dejaran perder, que era un buen muchacho y que de pronto algún día, esa voz vendría a hacer una visita. Doña Josefina le ofreció a la voz dinero por su hijo, pero tal vez los veinte mil pesos que le propuso no le parecieron
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suficientes. Entonces ella fue al F-2 y puso en conocimiento de las autoridades estas llamadas. Mandaron a un técnico para que las interceptara. Días más tarde llevó al mayor Vanegas del F-2, los casetes. Una mañana en una emisora un periodista dijo que alguien “había dicho que si soltaban a Edilbrando, liberarían a Gloria Lara”, quien estaba secuestrada en ese tiempo. Fue nuevamente al F-2 y allí le dijeron que Edilbrando había sido testigo de la muerte de un profesor de la Nacional, Alberto Alava, asesinado cerca de la universidad. Pero en realidad lo que pasó fue que los estudiantes, entre ellos el hijo de doña Josefina, habían estado vigilando que el cuerpo del profesor no lo sacaran de la Nacional. Y también estuvo presente en el levantamiento del cadáver. Entonces Edilbrando con dos compañeros, que según parece también desaparecieron, improvisaron una alcancía y se dispusieron a recolectar dinero para el funeral de Alava. Doña Josefina cree que esta fue la causa de la desaparición de su hijo. Hasta que un día los titulares de los periódicos prendieron la rabia de la familia Joya. En efecto, las noticias decían que Edilbrando era una uno de los secuestradores de Gloria Lara y que era buscado en todo el país por las autoridades.

Lo vieron por última vez en Gachalá
Entonces mandaron una carta de protesta a todos los medios de comunicación y fueron otra vez donde el mayor Vanegas. Desde ese día doña Josefina comprendió que él era uno de los verdugos de su hijo, porque ella le había dado todos los datos sobre Edilbrando, y después, quienes lo tenían en ese momento se habían enterado de su suerte y de su paradero. Doña Josefina le dijo que si a Edilbrando le faltaba un ojo, una pierna, o que si le habían hecho alguna tortura, que así se lo recibiría. Después, con los familiares de los otros muchachos desaparecidos, acudieron a la Presidencia para que se adelantara una investigación. Así
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se hizo y el juez halló a cuatro policías culpables, pero la condena fue ridícula: quince a treinta días. Los policías dijeron que ellos hicieron eso por “órdenes de sus superiores”. Y sus superiores eran el mayor Vanegas y el Coronel Nacyn Yanine Díaz. En total eran veintidós altos oficiales de la policía los que habían planeado la operación. ¿Los cargos? El secuestro de Gloria Lara y el secuestro de tres niños, hijos de un reconocido traficante, que luego aparecieron muertos. “Mi hijo no está, pero estoy yo para defenderlo”, dice doña Josefina. El 4 de febrero de 1983, los familiares de los desaparecidos hacen una marcha y sacan las fotos de sus muchachos. Se empiezan a conocer diversos casos ocurridos en todo el país. Dos días después de su desaparición, un vecino amigo de la familia vio a Edilbrando en la plaza de mercado de Gachalá. Este testigo trabaja en la hidroeléctrica del Guavio y se encontraba allí de paso cuando vio a su amigo esposado y escoltado por unos hombres vestidos de civil. -Hermanito, ¿usted qué hace por aquí? -le dijo el vecino. -No, aquí que me tienen metido en un problema- masculló Edilbrando mientras los hombres de civil trataban de apresar a su amigo, que a la postre se escabulló como pudo. Un mes más tarde alguien dijo que a Edilbrando lo vieron otra vez en Gachalá. Los dueños de una posada donde estaban hospedados los detectives desparecedores, afirmaron ante el juez que adelantaba la investigación que lo tenían amarrado a la pata de la cama. Y esa fue la última vez que lo vieron. Su rostro se lo tragó una mano en el largo camino de la niebla.

La Prensa, Bogotá, 27 de mayo de 1989, p. 17

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Los seis legionarios

Se reúnen en la cabaña de Don Pierre, que vive en un colegio delante de
Suba. Todos, absolutamente todos, el joven Gil Serrano, Gustavo Quintero, Agustín “El Picanto” González, Joaquín Carrillo, van de cuando en cuando a la cabaña de Pierre a recordar tiempos idos y viejas metrallas, piedras astilladas por las balas, viejas mañanas astilladas por el olvido. En la pequeña y austera mesa del comedor hay mucho licor que ayudará a llegar hasta esos días que yacen rotos por la campana negra del tiempo, que inexorablemente dobla por los días muertos. Ron blanco, aguardiente, cerveza, cigarrillos. Pan. Fuego. Medallas. Otra vez ron blanco y la lengua se suelta o más bien el mito vuelve a nacer. Huele a comida. De la cabaña sale una melodía típica de los legionarios. En la pared hay un casco y una cámara antiguos. “Vive la France” dice un afiche que convoca a los franceses para liberar a Francia. “Francia perdió una batalla, pero no ha perdido la guerra”. Cuando extienden su mano para saludar, la impresión es que han roto momentáneamente el frágil velo de los tiempos y que ellos son una especie de Aurelianos Buendía o de Odiseos. Una especie de hombres que fueron al infierno y regresaron a contar lo sucedido. Más bien una especie de dioses, que tienen que librar su peor batalla aquí en Colombia, pues el gobierno no les ha reconocido nada hasta el momento. Pan. Ron blanco. Fotos antiguas. El desembarco de Normandía junto a una botella de Colombiana. Una verdadera bebida aliada. Faltó Tomás Oviedo, quien fue guardaespaldas de De Gaulle. Tomás, al igual que los otros colombianos, entró a la Legión, pero en Colombia había recibido
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instrucción militar en un colegio, donde la impartían unos alemanes. El hecho fue que cuando el general pasó en frente de la Legión, Oviedo fue el único que saludó al estilo alemán y esto causó gracia. Más tarde cuando el general vivía refugiado en un pueblo cerca de Londres, él mismo mandó a buscar a aquel muchacho colombiano para que formara parte de su guardia personal. También le causaba mucha gracia la pronunciación de su francés.

Muerte en Montefiascone
Es de San Vicente de Chucurí, Santander. Se llama Gil Serrano. Tiene unos ojos profundos. Profundos como su voz y su sonrisa. No parece de esos parajes, hasta tal punto que una vez un oficial en la guerra le preguntó: “¿Usted es francés?”. “No”, le dijo Serrano. “¿Entonces inglés?”. “No”. “¿Alemán?”. “No, colombiano”. Es el que más habla. Dejó dos novias: una en Francia y otra en Londres, con las que nunca más volvió a escribirse. Posiblemente las borró el tiempo o una bomba alemana. Nunca lo supo. El primer susto que tuve en la Segunda Guerra fue en el desierto de África. Estaba con un compañero de apellido Torrado, colombiano, cerca de Alejandría. Se formó entonces una batalla entre la antiaérea inglesa y la aviación alemana. En medio de este cielo sembrado de bombazos, de pronto un avión inglés fue derribado y cayó a unos 100 metros de donde estábamos. Todo fue como una película. El piloto se lanzó en paracaídas, pero desde tierra le daban y le daban plomo. Y en todo momento quedé quieto igual que mis compañeros. En otra ocasión en Italia, habíamos pasado de un sitio que se llamaba Aquapendente. Estábamos llegando a Montefiascone, y en una loma, me encontraba con una ametralladora. En ese momento sentí el obús de un mortero que pasó silbando por el aire y cayo a cincuenta centímetros de mi posición, pero el mortero se enterró en la tierra y no explotó. Del
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susto cogí la ametralladora y salí volando loma abajo muerto del miedo. Allí estaba un compañero, José Leonidas Cuartas, un paisa, que me vio llegar pálido y temblando. El sargento que se encontraba ahí dijo: “Cuartas, dele golpes en la cara, que Serrano está con la enfermedad del miedo, dele golpes en la cara...”. Entonces Cuartas empezó a pegarme y el susto se transformó en rabia y yo también empecé a darle en la jeta. Añoro mucho a José Leonidas Cuartas. Era un compañero excelente. Un día en Alsacia, él iba conduciendo un jeep. A su lado estaba el médico. Se dirigían a una escuela, donde estaban los heridos. Pero al pasar por un sitio donde había una Virgen, ahí los ametrallaron y a José Leonidas le dieron. El médico alcanzó a saltar, llegó y nos avisó. Según el médico, Cuartas había quedado herido. Entonces yo le dije al teniente Martín, francés: “Teniente, subamos al carro a sacar a Cuartas...”. El teniente me respondió: “¿Usted qué prefiere, salvar a su compañero, que a lo mejor ya está muerto, o salvarse usted...?”. En ese momento empezó la descarga de la ametralladora. Nos metimos detrás de una piedra. El teniente Martín dijo: “echémonos a botes... Serrano”. Él se botó primero y le dieron plomo, pero las balas no lo alcanzaron. Yo estaba detrás de la piedra que ya estaba prácticamente partida por las balas de ametralladora. También me eché a botes loma abajo y también me dieron una lluvia prolongada de plomo, pero afortunadamente tampoco me alcanzaron. Caímos a la carretera y corrimos como alma que lleva el diablo. Por la noche, a eso de las siete, me fui solo, porque nadie me quiso acompañar, a sacar a Cuartas. Llegué al sitio y había un reguero impresionante de cadáveres. Me puse a escarbar. Había alemanes, franceses, colombianos. José Leonidas Cuartas era el último de la loma. Estaba cubierto de nieve. Estaba muerto. Me lo eché al hombro y bajé. Cuando llegué a la Virgen me di cuenta que el capitán de la Segunda Compañía también había muerto. Los recogí y a ambos los metí en el jeep. Lo más increíble de todo era que los alemanes ya estaban allí, pero no me dispararon, tal vez por respeto, pues se dieron cuenta de que estaba sacando a un compañero muerto... Era otra guerra, otros tiempos. Yo tenía una novia en Inglaterra. Luego tuve otra en Francia. La inglesa se llamaba Francine y era muy elegante. Yo le escribía desde
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África. Ella me decía que cuando acabara la guerra me la llevara para Colombia. En 1945 fui a Londres a buscarla y llegué a la calle donde quedaba su casa, pero esta ya no existía. Lo que había allí eran escombros. Nunca volví a saber de ella. Había muchas ruinas.

Humo junto al árbol
Gustavo Quintero, nacido en Bucaramanga, gorra griega. Se enroló por aventura, pues tenía un amigo francés que le dijo que había que liberar a Francia. Le gustaría terminar sus días en un ancianato para veteranos. Dice que allí dan buen vino, pan y comida y es más fácil soportar el peso de los recuerdos. Nuestro batalló estaba en Francia. Habíamos pasado por muchos pueblos y entramos a Lyon. Era algo impresionante, pues a nosotros los de la Legión Extranjera siempre nos mandaban primero, éramos carne de cañón. Lo más aterrador de todo era que uno no sabía de dónde venía la metralla, pues había mucho humo y no se veía más allá de diez metros. El ruido de los vidrios de las ventanas que se rompían era como una canción maldita. Además eso parecía una torre de Babel. Se oían gritos de los alemanes, de franceses, y gritos en español. De pronto, detrás del humo sonaba, en medio del avance de los tanques, una palabra en alemán y entonces unos metros a mi lado alguien decía: “jueputa, le di a un alemán...”. Uno pensaba, ahí pegado al suelo con el dedo en el gatillo disparando a diestro y siniestro, que por lo menos habían pasado unas dos horas, pero qué va, apenas habían transcurrido unos quince minutos. Era entonces cuando venía la orden de avanzar. Uno corría lo que más podía y se tendía otra vez en el suelo. Era raramente un consuelo escuchar de vez en cuando, pues uno se siente terriblemente solo y desgraciado en medio del humo y del plomo un “jueputa, malparido...”. Cuando en verdad habían pasado dos horas y el humo ya se había
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calmado, me paré junto a un árbol frondoso. Otro colombiano estaba a mi lado. Ya los alemanes se habían ido, pero quedaban francotiradores. De pronto, sentí un gran golpe en el estómago, como si alguien con un puño muy grande me hubiera pegado. Se me fue la respiración y salí disparado a un lado del árbol. Estaba aturdido. Cuando me di cuenta, el árbol estaba todo astillado por un mortero y mi compañero se encontraba al otro lado del árbol. Estaba muerto. Había mucho humo.

Lo salvó la penicilina
Pierre Sarre, nacido en México. Hijo de padres franceses. Se enroló atendiendo el llamado que De Gaule hizo desde Inglaterra. Desembarcó en Normandía. Cuando iba entrando a París, a bordo de un tanque, fue herido. Sobre esta historia del tanque René Clément realizó una película: Arde París. Mi viaje más largo duró 65 días en barco. Partimos de Inglaterra y fuimos a Capetown, luego subimos a Arabia. Después pasamos por El Cairo y desembarcamos en Trípoli. Allí duramos ocho meses. Posteriormente viajamos por Argelia y Marruecos por espacio de tres años. Allí recibimos un entrenamiento muy duro, pues se hablaba de una gran acción. Lo cierto es que a principios de 1945 nos llevaron de nuevo a Inglaterra. La gran acción fue el desembarco en Normandía. Yo era quien manejaba La Marne, un tanque en el que iban otros jóvenes soldados franceses. Llegamos a París. Mi tanque era uno de los que iban a la vanguardia. De pronto vi a lo lejos algo que brillaba y se movía en la vegetación. Era un antitanque alemán que ya había disparado. Tenía conciencia de que eso que brillaba allá entre los árboles acababa de disparar, de que algo venía directamente contra nosotros. Entonces con mi mano derecha accioné la palanca de las velocidades para moverme, pero fue tarde. La bala del antitanque entró y le quitó la cabeza a mi compañero, un muchacho Ladrilleuz, francés, y a Roche, un
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soldado de unos diecisiete años, le arrancó las piernas. A mí me destruyó el codo y el brazo. Tuve suerte, además porque pude abrir la puerta del tanque, que normalmente en estos casos queda atascada. Salté y en ese instante recibí una bala explosiva en la pierna. Después de estar tendido una hora con la pistola en el suelo, herido, vinieron unos compañeros y me recogieron. Me llevaron a un hospital donde me hicieron las primeras curaciones, me dieron morfina y todo eso. Pegaron un papel en mi camisa y alcancé a ver que decía “cortar el brazo”. Me lo tragué. Me llevaron a muchos hospitales y en el último que estuve me dieron nuevamente la orden de cortar el brazo. Tuve la suerte de que el comando dio la orden de concentrar en un mismo sitio a todos los heridos de la Segunda División. Allí en París estaban las “Damas Americanas”, voluntarias que se ocupaban mucho de nosotros. Ellas fueron las que nos dieron la penicilina, que en Francia era desconocida. Había salvado mi brazo por segunda vez, pero oficialmente estaba muerto, pues cuando yo salté del tanque, mis documentos se cayeron al suelo. Un soldado español recogió mis papeles y pocos días después una ráfaga de metralla lo mató. Entonces lo enterraron con mi nombre. Mis compañeros llamaron a mi familia y le contaron lo sucedido. Al final de la guerra, cuando ya me encontraba más recuperado, me casé con Luisa, la hija de un primo mío. Nos conocimos a los 6 años. Nos fuimos a México. En realidad cumplimos lo que nos habíamos prometido cuando éramos niños: que me esperara para casarnos. Había mucho tiempo.

Una botella de vodka
Joaquín Carrillo, cartagenero. Pensionado del Congreso de la República. Sintió una alegría inmensa cuando una noche hundieron dos submarinos enemigos, luego se puso a llorar. Es el más joven de todos.
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Al principio no era consciente de que iba a una guerra. Pensé que iba a un paseo. A pasear en barco. Yo era fusilero de un barco de guerra. Cuando entramos en batalla sentí en el cuerpo una cosa rara. Algo muy feo. Por ejemplo, cuando el desembarco de Normandía, no pisamos tierra francesa. Nos devolvieron para África. Pero frente a la costa de Normandía viendo el cielo iluminado por las bombas, me puse a llorar. Me vi en ese cruce de cañones y me preguntaba, bueno, ¿a mí quién me mando a esto? Yo en Cartagena la pasaba sabroso, no joda. Tengo que conformarme con lo hecho. Eso era lo que me repetía una y otra vez, hasta el cansancio, allí en el barco. Una noche nos despertó la alarma. Por el altoparlante se avisaba que dos submarinos enemigos estaban listos a atacar. Sin embargo, gracias a la pericia del comandante, las dos naves alemanas fueron hundidas y aquella noche hubo fiesta en el barco. El capitán le regaló trago a la tripulación. Me amoldé al asunto aquel de la guerra y regresé sin una herida de gravedad. Yo creo que todo se lo debo a un amuleto que compré cuando pasamos Palestina. En un pueblo de aquellos alguien me dijo que le comprara un pedazo de la cruz de Cristo, envuelto en una tela blanca. Una vez en El Cairo, entré al cabaret Reagal con otros compañeros colombianos: Calle, Cano, Tejada. Pedimos una botella de vodka y nada que nos la traían. De pronto a mí ya me dio rabia y me paré y le grité al mesero “eche, una botella de vodka, no joda”. Entonces unas mesas más allá se paró un señor y se vino hacia nuestra mesa. Nosotros pensamos lo peor, tal vez era algún general que venía a reprendernos. Lo cierto es que se paró enfrente a nosotros y nos dijo: “Oiga señor, ¿usted de dónde es?”. “De Cartagena”. Era el doctor Ramón Emiliani Vélez, que estaba en Egipto con su hija en un viaje de placer y la guerra le había impedido regresar. Nosotros le dimos nuestros pasajes de regreso, no queríamos venirnos todavía. Hablamos con nuestro superior y el doctor Emiliani y su hija se fueron para Colombia y nosotros nos quedamos allí en Egipto. Había mucho vodka.

La Prensa, Bogotá, 30 de julio de 1989, pp. 10 y 11
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Santificada sea tu nada

Padre nuestro que estás en la nada, santificada sea tu nada, vénganos tu
nada, hágase tu voluntad así en la nada como en la nada, en la Quince como en la Décima, en la Caracas como en la Circunvalar. Bogotá, 8 p.m. Ni un PM por ahí, todo hacía presagiar que se trataba de un viernes común y corriente, de un viernes donde lo mejor que le podía suceder a una mujer era poner un vogue cinderella sobre sus labios, esa especie de semáforos del rostro, que a altas horas de la noche dan luz verde a las palabras azules que nacen luego de haber mojado la lengua con un poco de veneno. Esas son las mejores palabras. Bogotá, cinco minutos después de las ocho. Un viernes llamado tedio. En las busetas los mismos rostros de siempre. Golpe a golpe, codazo a codazo, ventana a ventana, peso a peso, la gente se dirige a sus casas, no hay nada qué hacer, la infidelidad se ha apoderado de la noche bogotana. Es muy difícil decir palabras bajo un poste, tal vez faltan las sombras de los árboles para decir palabras al oído con sabor a hierba. Bogotá, diez minutos después de las ocho de la noche. En Bogotá las luces de neón se han transformado en luces de león. Cada veinte metros hay un zoológico triste y electrónico, mil tristes tigres, mil tristes tigres, el salto del tigre, el del gato parece ser más efectivo, pero qué va, toca cambiar las tácticas violentas: una mañana los habitantes de Bogotá amanecieron con azúcar en los labios. Solamente se dieron cuenta aquellos que se besaron. Preferible las tácticas más dulces, la del azúcar, esa misma que sirve para verter en el café y de pronto pronunciar palabras teñidas, palabras que echan humo, pues ya no
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resisten un recalentamiento en el sistema de frenos. Pero son esas palabras las que se quedan sin sentido, sin gasolina, sin espejo en el rostro, sin azúcar a las ocho y quince minutos cuando ya todo parece evidente: Bogotá es un corredor perdido de un largo túnel donde lo único que falta para racionalizar la violencia es que se proponga la elección popular de escoltas y de sicarios. Padre nuestro que estás en la nada, santificada sea tu nada, vénganos tu nada, hágase tu voluntad así en la nada como en la nada, en la Quince como en la Décima, en la Caracas como en la Circunvalar. Ocho y media la película de Fellini, La nave va, la estaban dando en la avenida Chile, el caso es que ya eran las ocho y media de la noche y todo era evidente: nada era evidente. Todo o nada. Esas son las monedas que hay que manejar entre las avenidas bogotanas un viernes por la noche, es la moneda de la putica triste que se para debajo de una luz de neón a que se la coma el frío y la jartera, es la moneda del chofer del bus que parece una cámara de gas, un pequeño campo de concentración ambulante, una nevera pestilente, es la moneda del celador que envuelto como un tamal diabólico, de pronto se da cuenta de que ni la putica triste ni el chofer, tampoco él, saben lo que significa el todo o nada, por eso mejor callar, mejor no hablar, mejor no amar, no odiar, no caminar, no ser, mejor pegarse al rumor negro de la ciudad y dejarse llevar por él, montarse en su corriente alucinada y only “rocanrol”, only almacenes, only ser yo aquí, tu allá, only disparar el arma de dotación en caso de extrema necesidad, only pasarse el semáforo, only only, huy qué ropa tan bacana, only disparar. Esa es la orden. Alguien dio la orden de disparar el fusil de la tristeza. Eran las 8:45 p.m. Padre nuestro que estás en la nada, santificada sea tu nada, vénganos tu nada, hágase tu voluntad así en la nada como en la nada, en la Quince como en la Circunvalar. Eran las ocho y cuarenta y seis minutos. La muerte se llama viernes. O el viernes se llama muerte, para el caso es lo mismo. Alguien dio la orden de disparar el fusil de la tristeza. Eran las 8:45 p.m.

La Prensa, Bogotá, 25 de agosto de 1989, p. 8
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Bogotá subcultural

Bogotá, una ciudad donde la gente tiene los pulmones llenos de odio y
humo. Bogotá, una inmensa mosca que se despierta con los perfumes de la pestilencia. Bogotá, un camino, un encuentro, un desencuentro, un atraco, un desfalco, una depre, una alucinación, una lánguida buseta donde millones de almas se debaten con los ojos teñidos de sangre en medio del ruidoso concierto espiritual de los gases. Bogotá ya no es la ciudad de los cachacos. Ya no es la ciudad del tinto con tertulia. A la nostalgia se la han comido a dentelladas los rumores que salen de los esferódromos, el tinto se ha reemplazado por las voces del bazuco, la verde serenidad de los parques se ha roto por el afán de la paranoia a 100 km/h. Es el total imperio de las narcotoyotas, los narcoministros, los narcocuras, las narcoputas, las narcodepres, las narcopartes, los narcoalmacenes, las narcoseparatas, la narcocontaminación. Bogotá, una ciudad que tose en los suburbios y vomita en el centro. Crisis. Centro. Humo, mucho humo. Ruido, mucho ruido. Gente, mucha gente. Bogotá, una ciudad, que es muchas ciudades, muchas mujeres, muchos nombres, muchas soledades, muchos asesinatos, muchas busetas con placas de Miami, mucha gente con la cara marcada por la moneda del desconcierto. Luna Park, Kennedy, Lucero Alto, City Garden, nombres duros con gente dura, amores pesados, metal pesado, edificios de tres pisos con lo mejor del cuco Fabricato en el material elástico y colores vivos, esos que se pueden rasgar de un solo tirón cuando se aplican tácticas violentas
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luego de haber mojado la mente con veneno y la voz con humo, mucho humo, veneno, mucho veneno. Ya no estamos en la ciudad del té y las colaciones de mamá. Ya no hay mamás, ni té, ni colaciones. Estamos en la ciudad del No, no hay, no y no, no joda, no acabe, no se venga, no se vaya, no y no, esferódromos aquí y allá, no se baje, no ame, no odie, no se bañe, no se mate, no viva, no y no. Ciudad en crisis, conciertos speed metal en bodegas abandonadas, donde la neurosis de la ciudad le dispara paranoias eléctricas a los fantasmas de la frustración, la constitución, la institución, la reencarnación, la colación. Es la canción opaca de la juventud mutante que no se resigna a entrar a la ciudad por la puerta delantera, sino que por el contrario, se quiere tomar por asalto el sangrado corazón de Bogotá en los andenes, en los asientos traseros mientras hacen el amor y afuera se desgaja una lluvia esquizofrénica sobre perros, ladrones y policías. Ciudad perrata.

Millones de ojos con desencuentros infinitos
Es otra Bogotá la que se levanta en las puertas de algún striptease donde los vientres de las puticas tristes tienen estrías y los ojos desencuentros infinitos. Es otra Bogotá la que arde en las veladores del Cementerio Central los lunes desde las ocho de la mañana, son mil ojos que se queman mientras los muertos duermen intranquilos detrás del muro blanco con tanta buseta, con tanta mierda en el aire y en los libros, con tanta gente que quiere salvar su alma y de lo que se trata es de perderla. Mientras unos se encuentran en medio del invierno, los otros están en el fondo del infierno. Bogotá es la imagen del hombre que camina por las vías del ferrocarril recogiendo la podredumbre de seis millones de almas exprimidas por la pesadilla, o de ese otro que vende dulces en la Trece, también es ese hombre que sale a embolar todos los días o que vende
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imágenes religiosas del Divino Niño en el Veinte de Julio. O este que acabó de cortarse las venas con una cuchilla de afeitar y todavía riega su sangre sobre los tranquilos antejardines con magnolias y astromelias, mientras los niños, tan bien peinados por mamá, están envueltos por la baba inocente de la realidad. Bienaventurados sean las mamás, los niños, las colaciones, el té, el Mercedes blanco de la abuela, el perro marica, los policías montadores, los CAI, los alcaldes populares, los idiotas, los jarrones japoneses, los aeróbicos, los cuentos chinos, las dietas, la ciclovía, los supermercados, los consejos de ministros, las galerías, pues de ellos será el Reino de la Sangre. Bienaventurados los buses color sangre. Bogotá no puede evitar la sangre, cada ladrillo, cada mañana, cada sol, cada niño, cada silencio se halla salpicado de hemoglobina. Bogotá, una ciudad donde la gente tiene los pulmones llenos de odio y humo. Bogotá, un camino, un encuentro, un desencuentro, un atraco, un desfalco, una depre, una alucinación, una lánguida buseta donde millones de almas se debaten con los ojos teñidos de sangre en medio del ruidoso concierto espiritual de los gases. Bogotá depresiva, Bogotá a 30 pisos de altura a las nueve de la noche cuando abajo las luces de la ciudad iluminan las miles y miles de soledades, cuando todo parece quieto, pero en realidad es cuando irrumpe la tormenta de los mutantes con sus ojos inyectados de desesperanza y pareciera que ya Bogotá hubiera renunciado a la segunda oportunidad. Bogotá, mil pisos de angustia, mil ascensores peligrosos, cortes de agua, cortes de pelo, cortes de presupuesto. Bogotá, una ciudad cortada, fragmentada en sus registros. Bogotá, un carro de perros calientes en una esquina. Un cigarrillo, una gaseosa, un taxi de papel periódico, un celador, un robo, qué importa, una ciudad sembrada con pequeñas flores de terror, raquetas por todos lados, conciertos de alcantarilla, paraísos pegados en los cerebros con bóxer. Bogotá, una ciudad donde Dios no ha huido, sino que lo han secuestrado.

La Prensa, Bogotá, 14 de septiembre de 1989, p. 20
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Ciudad de niebla, modelo 26

Lunes. Lunes. Lunes. Cementerio Central. Cruces negras sobre la calle
26. Velas de cebo negro para que las almas no se apaguen con los vientos fríos de la ciudad o con la canción destartalada de los buses. Las miradas teñidas de muerte empiezan a desfilar por la boca blanca del Cementerio Central. Los recibe con las manos abiertas hacia la contaminación, una estatua mojada con la lluvia negra de las plegarias y el tiempo. Es el ruido del mundo el que permanece quieto en esta parte del cementerio. Es la campana rota del universo la que se confunde de pronto con los pitos de los Blue Bird que pasan por la calle 26. Rogad por nosotros, benditas almas del Purgatorio, y la cuestión es que también hay que pagar las cuentas del teléfono. El Cementerio Central es un eje importante de la cultura popular religiosa urbana. Allí conviven los padres de la patria, los parias del siglo pasado, a los cuales el municipio les prestaba el cajón y a la entrada del cementerio eran sacados para ser emparedados. Todas las mujeres son un sementerio, dice un grafiti sobre la calle 26. Benditas almas del purgatorio rueguen por nosotros. Sigue llegando la gente. En el aire se siente la leve sospecha de que la ciudad afuera no existe. Pero de vez en cuando, sobre todo cuando los dioses de cada quien se han apropiado de los recintos y los vértices de las miradas, la ciudad contraataca y oleadas de ruido y humo se ciernen sobre las paredes blancas del Cementerio Central. Mientras tanto en el exterior el Hermano Hara Hara cumple sus deseos por tan solo
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doscientos pesos. Usted le da un sobre con el deseo escrito y entonces “hara hara, padrenuestroqueestásenloscielosharaharaharahara Tutankamoncumplirápadrenuestroharahara...”. Juan Antonio Gómez Rivera viene sagradamente desde hace trece años al Cementerio Central. Limpia la tumba de “Jaimito” Pardo Leal, como lo llama. Se pasea por esa pequeña ciudad que es el Cementerio y de algún modo es el policía de tráfico de los fantasmas y almas que deambulan por allí buscando donde reencarnar.

No se deje envolver por la Niebla
-Hace trece años completicos que vengo a arrepentirme al cementerio porque una vieja me volvió idiota. Las almas me volvieron en sí. Yo nací para ser sabio. Pero ella nació para ser demonio. Cuando yo era mentalista, era a la pata de ella, ella me echaba la ley, yo a la pata de ella. Un buen día, empecé a vender lotería. Ahí empezaron mis días endemoniados. La vieja ya me había echado la Niebla. La Niebla es una sensación que uno de pronto tiene cuando lo hechizan y consiste en que oye murmullos, voces extrañas y músicas. Pero lo más grave es que la Niebla lo va envolviendo a uno hasta que se le va olvidando inclusive hasta el nombre, el lugar donde uno vive y le agarra a uno rabia a la luz del día. Sigue la peregrinación. Ahora es la estatua de don Leo Kopp, el fundador de Bavaria, la que escucha los ruegos de los pensionados, amas de casa. De pronto una gitana se para y le dice a la gente que le adivina el día de su muerte. Benditas almas del purgatorio rueguen por nosotros. Se siente un role que pasa con sus llantas muertas de calor. Las mismas llantas por la misma calle de la misma ciudad. Sospecha: el tedio es una llanta. -Yo vendía lotería. Estaba endemoniado. Es una sensación como si uno tuviera moscas en los ojos. La mamá de ella me agarró las tres
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últimas de la lotería, el papa de ella cinco pedazos de la extra. Ella se dio cuenta de que yo era el hombre para ella y empezó a celarme hasta con la sombra. A veces a las doce del día, cuando supuestamente no hay sombras, yo volteaba a ver y veía su sombra. No me dejaba en paz, me hablaba y me empujaba. Yo creo que yo iba a ser papa o un gran sabio de la adivinación, pues cuando yo era pequeño mi papá casi me mata porque dijo que yo era un duende. Desde ahí empecé a desconfiar de las sombras. Sabía leer la mano, el cigarrillo, la mirada y los anillos. Yo analizaba a una persona, si era mujer le decía va a tener mellizos y preciso. También leía los anillos. Se coge un anillo, preferiblemente de oro o de plata, el caso es que sea de metal puro, luego se dicen unas palabras mágicas que no le puedo decir y se mira a través de él hacia un punto en el norte. El norte es el lugar donde habitan los demonios. Los poderes están en el sur. Entonces empiezan a sucederse visiones de vidas anteriores. En estos anillos he visto muchas vidas anteriores y antiguas. Muchas de las cosas que le van a suceder a una persona son porque en sus vidas anteriores los demonios no las dejaron que pasaran. Una vez, una mujer de Cúcuta me dio un anillo para que se lo leyera. Entonces salí a la calle en la noche, miré hacia el norte por el anillo y allí vi a un ejército de jinetes que la perseguían en una noche de tormenta.

La clave de la infelicidad son los gatos
Don Leo Kopp permanece impasible ante la lluvia de voces púrpuras que atacan su oído. Una casa, un trabajo, una novia, un crimen, un chanchullo, una nota para una beca, una esperanza. La esperanza de cobre bajo la luz blanca del Cementerio Central. Las almas del Purgatorio siguen girando. La gitana con la luna en sus ojos. Los ojos con la luna en la gitana. No se debe pronunciar el nombre de Dios. Tiene 99. Only 99. Only paredes blancas, only fantasmas, only miradas apretadas por la mano invisible de algún fantasma de alguna familia
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“bien” de Bogotá. -Esa vieja me volvió un bobo. Para andar cinco cuadras duraba cinco horas. Ella se dio cuenta de que yo era el hombre que le pertenecía, entonces se entregó al Demonio. Una noche me puso a soñar con espantos, con costales llenos de monedas oxidadas, con aves azules, con soles negros que iluminaban mis ojos con el brillo que solamente tienen los súbditos del Demonio. Ella me robó mis poderes, yo sabía leer los sueños. Por ejemplo el que sueña con mierda, pero con bastante mierda, significa que va a tener billete, soñarse con perros significa que alguien le está haciendo hechicería, soñarse con agua sucia es desgracia, lo mismo que cuando en el sueño aparecen gatos, seguramente vendrán tiempos de desgracia. Últimamente he conocido muchas personas que se han soñado con gatos. La clave de la infelicidad son los gatos. Desde hace trece años vengo aquí al cementerio a pedirle a las ánimas; es que nosotros somos apenas unas sombras entre Dios y los mutantes. Los mutantes son más perfectos que nosotros. Ellos tienen la luz en su mente. Cuando hablan iluminan lo que pronuncian. Pero la única palabra que no pueden pronunciar es el nombre de Dios. Tampoco se debe pronunciar el nombre del Demonio. Está en cada esquina. Limpiar, siempre limpiar las tumbas, las huellas de las almas sobre el cemento, el ruido del trole, el ruido del ruido, la sombra de la sombra, el tedio del tedio, la muerte de la muerte, el Dios de Dios, Dios Vengador, con Él, y en Él, sin Él también, nuevamente las aristas de la muerte, las flores sobre una muerte oxidada, almas del Purgatorio, almas del Laboratorio Universal, Luz de Luz, el Dios de Dios. La incertidumbre siempre. -El Demonio se me presentó en persona hace trece años. Me pidió que le vendiera el alma. Tenía un vestido negro y un tabaco inmenso. Yo le dije que quería las mujeres más hermosas del mundo y se me presentó Yaneth, el nombre de ese demonio, y entonces esa vieja empezó a chuparme la sangre, no me dejaba dormir, me hacía soñar con sus partos, una vez tuvo gemelos y yo sentía los dolores del parto. Yo resultaba en las noches discutiendo con los espíritus. Con las sombras de las sombras. La última vez que la vi fue como hace tres años, cuando
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yo le estaba ayudando a vender lotería a un tío. Yo la vi venir en dos direcciones diferentes, venía por ambos lados de la calle. Creo que para ese tiempo ya se había convertido en mutante. En el Siete de Agosto hay muchas mutantes aunque usted no me crea. Yo sé que cuando ventea fuerte es porque ella se está arrepintiendo. Descanso cuando hace sol.

La Prensa, Bogotá, 28 de septiembre de 1989, pp. 18 y 19

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Solo sé de cada gol: Sócrates

Para nadie es un misterio que el fútbol es la novena de las bellas artes,
después del cine y el asesinato. En la final del campeonato Mundial de 1978, en Argentina, cuando se enfrentaron las selecciones de Holanda y el equipo gaucho, el general Jorge Rafael Videla, presidente de ese país, y quien había subido al poder por un golpe de Estado dos años antes, aprovechó la maravillosa ocasión que le dio el satélite para un baño de democracia a su imagen ante mil millones de seres humanos que estaban frente a sus televisores viendo el partido alrededor del planeta. Mientras los argentinos y el mundo entero se estremecían con los goles de Kempes, Tarantini y Leopoldo Jacinto Luque, la policía secreta argentina hacía sus arrestos domiciliarios y el número de desaparecidos llegaba ya a treinta mil en lo que la administración llamaba una operación limpieza. El fútbol es al siglo XX, lo que las guerras fueron a la antigüedad. Pelé es Ciro El Persa de nuestra era. El famoso “Solo sé que nada sé” del ateniense Sócrates es comparable al “Solo sé de cada gol”, una afirmación del otrora jugador de la Selección de Fútbol de Brasil, el médico Sócrates, parafraseando al puntero derecho del pensamiento griego antiguo. Con el fútbol sucede algo extraño: es una mezcla cultural donde diversos registros se entrecruzan. El fútbol es un fenómeno de masas, pero al mismo tiempo es una angustia individual sublimada a través de un televisor. En este sentido el espacio vital de un estadio es el fiel reflejo de la “democratización” del espectáculo. En los tiempos de la Atenas de Sócrates ya se insinuaba una actitud parecida, pero tímidamente. En el teatro griego, donde se presentaba la tragedia, el público estaba situado según clase social. En el siglo XX, en los estadios
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no se sitúan ya según los rangos de sangre, sino de cuenta bancaria. Los esclavos de los señores aristócratas de Grecia asistían a la tragedia, por ejemplo un montaje de Esquilo, desde la última fila. Sin embargo, en un partido Santa Fe-Millos, los ñeros bogotanos se hacen en primera fila, es decir, donde la visualización es más fácil. Pero hay algo que no tiene el estadio moderno y que en cambio el teatro griego sí. En efecto, en este último es posible tirar una moneda en la mitad del escenario y el esclavo de Alcibíades escucha ese sonido inconfundible del mismo modo que Pericles, que está sentado en la primera fila. Ahora un par de pilas, un transistor y la voz enredada de un narrador deportivo, es lo que permite establecer una conexión entre las tribunas y el juego.

Famoso a los 23
¿Dónde está la bolita? ¿Dónde está la bolita? Los arqueros de los equipos de fútbol ocupan el puesto más desgraciado y desagradecido del mundo. En el pasado partido de Nacional por la Copa Libertadores, cuando René Higuita tapó más de cinco penas máximas ante Peñarol, se convirtió en el amo y señor de todos los miocardios colombianos. En ese momento Higuita era el presidente de Colombia. Su figura opacó a todos los políticos y héroes de la historia colombiana. Mientras que Bolívar tiene que reivindicarse a través de los aburridos manuales de historia de bachillerato y la primaria y también por medio de las disquisiciones académicas, un jugador de fútbol atrapaba la posteridad con tan solo una jugada. Basta recordar al defensa de la Selección Colombia, el paisa Andrés Escobar, que con un certero cabezazo en el partido que Colombia jugó contra la selección de Inglaterra en junio del año pasado en el Estadio de Wembley pasó, en lo que duró el balón en recorrer la distancia entre su frente y el fondo de la malla -pasando por entre la mirada atónita del arquero- a la fama eterna. No en vano ahora le dicen Andrés Wembley Escobar. 23 años. Famoso a los 23. Feliz a los 23. Defensa a
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los 23. Eternidad a los 23. Pero así como se puede atajar para siempre la inmortalidad, del mismo modo la desgracia le puede meter un gol a los arqueros. Es el caso del cuento del jugador de la Selección Argentina. “El filósofo” Valdano, quien narra la historia de un arquero de un equipo de barrio. Este arquero tendría 17 o 18 años. Sus expectativas eran ir a cine de tres el sábado con la novia y ganarle al equipo de la otra cuadra. Tenía una particularidad: siempre llevaba una cachucha. El partido iba sin mayores contratiempos. Pero ya en el segundo tiempo el asunto había cambiado. Iban empatados y quedaba poco tiempo. De pronto sucedió algo que sacudió la zona de candela: un faul. Inmediatamente al árbitro se le iluminaron los ojos. Infló sus pulmones y como si estuviera abriendo las aguas del Mar Rojo con su soplo hizo sonar su pito al tiempo que corría al lugar del insuceso tan rápido como le permitieron sus piernas de tendero de barrio. Penalty... Penalty. Era la palabra que estaba escrita en el aire. Todo el mundo se situó detrás del arco del arquero de la cachucha, que no se supo bien de qué color era. Lo cierto es que en sus manos estaba el destino de su equipo. Era imperioso que atajara ese tiro desde el punto penal. Llegó la hora de la verdad. Todo el mundo en silencio. El universo entero paró su relojería para presenciar el tiro. Frente a frente, los dos hombres se miraron primero a los ojos. Luego el guardameta de la cachucha miró a la cintura, como le habían enseñado o tal vez había leído en un diario. Pero antes de que el delantero del otro equipo se cuadrara frente al balón, hizo lo que tenía que hacer: se quitó la cachucha y la puso en el fondo del arco para poder ver mejor la trayectoria del zapatazo del contrincante. Y vino el disparo. Una silueta cortó la línea del horizonte y la luz del sol se vio opacada por aquel hombrecito que voló y atajó el balón. La alegría fue total. Pero lo que sucedió después de este mágico instante fue muy rápido. Apenas cayó a tierra se incorporó con el balón en sus manos. Miró a su derecha, se acordó de la cachucha que se encontraba abandonada en el fondo de la red y caminó con todo y pelota hacia adentro. La recogió y se la puso. Conclusión: el réferi pitó gol y su equipo perdió.
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Nadie se olvida de Plakto
Las referencias del fútbol con otros registros de la cultura a veces son evidentes y otras no. Con la literatura es apenas obvio. Miguel Hernández les ha hecho poemas a los arqueros. Lo mismo sucede con Rafael Alberti. Albert Camus también llega a teorizar sobre el gol y el quehacer literario. En su novela La peste habla de que del mismo modo que para llegar al gol hay que “tejerlo” a través de muchas jugadas, también para hacer literatura y arribar al tono ideal se necesita dar mucha pata y leña a las palabras. Pero hay otros que mantuvieron una relación irónica con el fútbol. Es el caso del escritor argentino Jorge Luis Borges, a quien unos meses antes de empezar el Mundial de 1978, un reportero se le acercó y le preguntó qué pensaba del fútbol. Borges contestó tajantemente: “Son veintidós idiotas detrás de un desgraciado balón”. Pero si los escritores tienen posturas lúcidas sobre el fútbol, no pasa lo mismo con los políticos, por lo menos con los nuestros. Una tarde, un precandidato fue a un partido a un estadio de una ciudad colombiana. Cuando estaba en la mitad de una tribuna y sentía el calor de una multitud que tal vez electoralmente no era suya, se le acercó un cronista radial y le preguntó: “Doctor, doctor, ¿cuál es la pena máxima en Colombia?”. El político le respondió que en país la Constitución no contempla la pena de muerte. Sin embargo, el proceloso líder quedó “chiviado” cuando el cronista le dijo que la pena máxima en Colombia era el penalty.

Plakto
Nadie se olvida, Plakto no, nadie, nadie, nadie,
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oso rubio de Hungría. Ni el mar, que frente a ti saltaba sin poder defenderte. Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía. Ni el mar, ni el viento, Plakto, rubio Plakto de sangre, guardameta en el polvo, pararrayos. No, nadie, nadie, nadie. Camisetas azules y blancas, sobre el aire, camisetas reales, contrarias, contra ti, volando y arrastrándote. Plakto, Plakto lejano, rubio Plakto tronchado, tigre ardiendo en la yerba de otro país. Tú, llave, Plakto, tú, llave rota, llave áurea caída ante el pórtico áureo! No, nadie, nadie, nadie, nadie se olvida, Plakto. Volvió su espalda al cielo. Camisetas azules y granas flamearon, apagadas, sin viento. El mal, vuelto los ojos, se tumbó y nada dijo. Sangrando en los ojales, sangrando por ti, Plakto, por tu sangre de Hungría, sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu salto temieron las insignias. No, nadie se olvida del mar. Fueron diez rápidas banderas incendiadas, sin freno. Fue la vuelta del viento.
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La vuelta al corazón de la esperanza. Fue tu vuelta. Azul heroico y grana mandó al aire en las venas. Alas, alas celestiales y blancas, rotas alas, combatidas, sin plumas, encarcelaron la yerba. Y el aire tuvo piernas, tronco, brazos, cabeza. ¡Y todo por ti, Plakto, rubio Plakto de Hungría! Y en tu honor, por tu vuelta, porque volviste el pulso perdido a la pelea, en el arco contrario el viento abrió una brecha. Nadie, nadie se olvida. El cielo, el mar, la lluvia, lo recuerdan. Las insignias. Las doradas insignias, flores de los ojales, cerradas, por ti abiertas. No, nadie, nadie, nadie, nadie se olvida Plakto. Ni el final: tu salida, oso rubio de sangre, desmayada bandera en hombros por el campo. ¡Plakto, Plakto, Plakto, tú, tan lejos de Hungría! ¿Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte? Nadie, nadie se olvida, no, nadie, nadie, nadie. (Poema de Rafael Alberti dedicado al arquero Plakto de la selección de Hungría)

La Prensa, Bogotá, 29 de octubre de 1989, pp. 22 y 23
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Dios se desangra en el sur

En

el principio era la pestilencia. Entonces Dios dijo: “Hágase la ciudad”, y la basura se hizo. El primer día de la Cloaca, Dios caminaba hacia el sur y bendecía los sueños sangrientos de las fieras. El segundo día, el calor producido por las conflagraciones nucleares era insoportable. Entonces se sumergió en las aguas angustiosas de lagos ácidos y en las bahías contaminadas por el mercurio. En el tercer día, decidió crear el paraíso. Reunió un pedazo de Blue Bird, un poco de malgenio, mucho humo, el color de la miseria y muchos, pero muchos gritos pegados en el asfalto. Lo que salió fue un paraíso multifamiliar, con felicidad sin cuota inicial, agua sucia para los baños de purificación luego de los sueños urbanos con escapes de gas carbónico y acpm para la nutrición. El cuarto día, la sangre teñía los cielos y las carreteras. Conductores fantasmas arrollaban con sus autos negros la noche de los camaleones. Ya no había ni cama ni leones. Hacia las cinco de la tarde, Dios decidió darle olor a la Cloaca. Dirigió su mirada hacia el sur y allí decidió emplazar el espacio de la desesperación. En el norte decidió erigir estatuas de héroes muertos y centros comerciales con cinemas para películas X. Pero faltaba el olor del mundo, un olor natural, un olor del que alguien dijera: “así huele”. Subió entonces a las nubes de smog y roseó su jardín pestilente con napalm y dinamita. Millones de flores del mal germinaron en cada montaña, los pulmones de los animales se llenaron
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de ira divina, las aguas quietas se movieron y en ellas se reflejaron los espectros de los bombarderos del más allá, lluvias de odio cayeron sobre caminos sin nombre. Todo era evidente. El mundo tenía olor, la desesperación estaba en su punto, pero definitivamente faltaba la semilla de la degeneración. Había que crear al hombre. Era el quinto día a la altura de la carrera Quinta. A Dios se le había corrido la teja. Todavía caminaba hacia el sur mientras los ojos de los animales destilaban aniquilación. Todavía creía en ese pedazo de desesperación. Todavía desayunaba con bombas H. Entonces reunió lo mejor de la basura para fabricar al hombre. Para sus ojos, recopiló lo mejor de la tristeza de los mutantes que se paran debajo de los postes de la Empresa de Energía Eléctrica, unas miradas que van a cien angustias por hora, unas miradas contagiadas de gritos grises. Córneas de carnívoros en vías de extinción, pupilas dilatadas por barbitúricos metálicos. Ya estaba lista la mirada. Lista para matar. Lista para archivar. Lista para chiviar.

Mil millones de perros oscuros
Los huesos eran importantísimos. Esencial el calcio. Fundamental la leche de la mujer odiada, la leche pasada por agua, con bacterias, huesos con estafilococos dorados. Enfermedades brillantes para cuerpos oscuros. Por los caminos del sur era fácil hallar millones de huesos de perros arrollados por autos fantasmas con sus luces de neón-nada, que cada vez que iluminan un objeto lo inmovilizan como si se tratara de una inyección de metástasis. Los huesos eran blancos como las palomas que volaban asustadas cada vez que mil perros de fuego desgarraban las lunas y las sublunas en el fondo de las alcantarillas. Blancos como los colmillos de los reyes de la devastación cada vez que ingerían los licores de la rabia sobre sus tronos de acero mientras abajo la ciudad se
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regocijaba en su orgía perpetua. La piel, sí, la piel. Debía ser una piel del sur, curtida por el pito de los Blue Birds, por las injurias y por el paso de oxidados made in Taiwán. Una piel sangrante por cada poro, una piel lista para ser reparchada por la Secretaría de Obras Públicas. Una piel formada por células desgraciadas, por ácido muriático para baños públicos. Una piel para tiempos de guerra. Las manos, los pies. Las manos tenían que ser aptas para apalear a las futuras degeneraciones. Los pies, listos para patear las flores y los bebés, el presidente y sus ministros y el saque de honor en los estadios del país. Para embarrarla, para caminar por los senderos luminosos sembrados de noches incendiadas. Para correr hacia el fin del mundo. Faltaba la voz. Dios no sabe nada de estéreo. Ni de sonidos dolby. Era preciso la voz de un grito cortada por cuchillos de silencio cuando llega la mañana mojada por la lluvia gris de gas carbónico, mientras chorrea una sangre blanca como las circunvoluciones de una mente con daño cerebral. Esa era la voz. Entonces Dios creó esa voz para millones de seres tan numerosos como las estrellas regadas en el fondo del cielo como si fueran espermatozoides luminosos sembrando la semilla de la locura en el universo cerrado, Una voz para susurrar palabras podridas antes de dar el beso de Judas. Era el quinto día. Dios seguía caminando hacia el sur. Los sueños de las fieras ya se habían secado por completo. En sus ojos solamente quedaban los coágulos de las miradas dirigidas hacia mares con hidrofobia. Llego el sexto día. 666. Apareció la Reina de la Devastación, detrás de las luces rotas de las autopistas de la furia. -Comed y bebed. La guerra sea entre vosotros- dijo. Luego enroscó en un árbol de una selva afectada por el efecto invernadero. En ese momento sobre un ejército de ciegos cayó una eterna lluvia de luz, las más bellas mujeres parieron bestias de ojos púrpura; en las ciudades, taxis de papel periódico empezaron a recorrer las calles, los cielos se tornaron de mermelada azul. El final se aproximaba. Dios puso al hombre de basura en su palma y le dio un soplo. Por todos los rincones de la Cloaca se armaron los ejércitos alucinados con el
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humo en la cabeza. Los ríos se tiñeron de rojo, las siete plagas de Bogotá inundaron el mundo, el riñón de las ciudades se secó. Dios empezó a sangrar. La Reina de la Devastación hizo lo que tenía que hacer: escupió sobre su sangre.

La Prensa, Bogotá, 30 de noviembre de 1989, p. 20

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El gas sea con vosotros

El último diciembre de la década de los años 80. Vientos salvajes soplan
sobre los corazones, arrancan gritos y desatan tempestades de nieve sobre los pulmones castigados. Millones de niños crecieron escuchando Kim Carnes –Betty Davis Eyes-. 1979 terminó con el triunfo de los boy scouts de FSLN. Un año después la sensación era que el mundo se había vuelto viejo con la muerte de Lennon. De nada sirvió que en clase de religión nos dijeran que el reino de los cielos era para los hombres de buena voluntad, pues desde hacía unos veinte años, el reino de los cielos había sido tomado por asalto por un zoológico de cristal ardiente. De nada sirvieron tampoco las clases de semántica y sintaxis, pues después vendría un du du du, da da da, The Police. La policía “bien” inglesa. De nada fueron útiles las clases de música a las once de la mañana, mientras afuera el mundo ardía en tedio y de cuando en cuando se oía el rumor de un gol, pues unas bestias inglesas con apenas unos labios carnosos, unas guitarras y unos tambores, como si fueran una tribu alucinada, dieron al traste con el solfeo y el buen cantar. Los 80 quedaron justificados con sus majestades satánicas corriendo por los rincones linfáticos del cuerpo de Norteamérica. Steel Wheels. Todavía dando cuerda. Todavía sobre sus piernas flacas y viejas imponiendo el ritmo del “rocanrol” por debajo de los siete mares contaminados, por debajo de la tierra -conexión a tierra-, todavía con la sangre en sus poros, todavía con
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los micrófonos como si fueran látigos eléctricos para arrear a los millones de almas blancas y negras en sus conciertos. Todavía dando cuerda. Sí, los Rolling Stones, unos señores que se conservan muy bien. Los reyes de la aguja, aquellos Mick, aquellos Keith que se quedaban dormidos sobre una balsa inflable en sus piscinas, mientras alrededor ardían varios miles de billetes de cien dólares mezclados con sahumerios orientales para hacer más místico el rito donde se mezclaban las doctrinas de London School of Economics, el zen, la lengua afuera -la jeta del “rocanrol”- y las sensaciones blancas sobre las narices. Vida fuera de balance. Elección popular de alcaldes. Bus urbano. Dios urbano. El gas sea con vosotros. Ángel de mi guarda, no me fumigues ni de día ni de noche. Padre nuestro que estás en el gas, santificado sea tu gas, vénganos tu gas, en el cielo y en la tierra, déjanos caer en el gas, dadnos tu gas de cada día, líbranos del gas. Smog. Lo único que nos dejó la década de los 80 a esta ciudad condenada fue la calle 85. Es una calle de la que no se puede decir que sea totalmente biyi ni tampoco absolutamente chic. Allí pueden convivir perfectamente los perros calientes más nauseabundos de Bogotá, los trashumantes que recogen las basuras de los almacenes de cuero, con las luces de Navidad. Marlboro a cuatrocientos. El reloj de la Espiga marca las nueve. El reloj más visto en Bogotá. Hora oficial de la Espiga-meridiano-Carulla-calle 85: 9 y 10. El perro caliente, el producto cultural nocturno del norte bogotano más auténtico que ha producido esta década. Más auténtico que el Carmín, más apropiado que la reforma. La noche bogotana se puede dividir en antes y después del perro caliente. Junto al carro de perros se juntan los caníbales de la ciudad para reponerse luego de una jornada donde se ingieren venenos para decir palabras dulces producidas en serie en los ready mades del corazón con carburación acelerada. Te quiero no te quiero, te quiero, no te quiero, entonces es mejor pedir el perro caliente, sin cebolla por favor, el veneno empieza a producir efecto, los perfumes depravados del asfalto mojado llegan hasta el suelo y se devuelven. La ciudad se ve reflejada en los charcos de agua sucia. Es como si de pronto toda Bogotá estuviera encerrada en acuarios de agua
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contagiada en medio de seis millones de peces oxidados. De pronto Dios asoma su rostro invisible y se contempla en los espejos de lluvia negra de la ciudad, pero lo más seguro es que pase un carro y entonces salpica a Dios por todas partes. No se quejen si les ensucia la ropa. Dios urbano. El gas sea entre vosotros. Ángel de mi guarda, no me fumigues ni de día ni de noche. Padre nuestro que estás en el gas, santificado sea tu gas, vénganos tu gas, en el cielo y en la tierra, déjanos caer en el gas, dadnos tu gas de cada día, libéranos del gas. Smog. Los reyes magos vienen de Occidente. Se llaman The Rolling Stones. Se les puede encontrar en la carrera Trece junto al golpe de Tyson, la gafa “raiban” legítima, Mixed Editions en medio de los carros esferados de la cultura de Chapinero. Semáforos en rojo. Gatitas calientes. Gatitas ardientes en gafas negras y zapato rojo, una hamburguesa más allá del bien y el mal. Otra década con los Stones a bordo. Otro fin del mundo en la carrera Séptima. El fin se acerca. Por favor confesarse con sus majestades satánicas.

La Prensa, Bogotá, 21 de diciembre de 1989, p. 24

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Inyecta el veneno, Chapinero

Ride on, ride on, corre, corre que viene la policía a montarla. Lo más
seguro es que el Judío Perrante, un argentino que vendía aretes y toda clase de bocelería para las niñas bien pero mal de la Javeriana, más exactamente de Comunicación Social, se tuvo que ir con su tendido a otra parte. Aficiones: AC/DC, y claro está el equipo Vélez Sarsfield. Lo más seguro es que el olor a grasa pesada que salía de la Salsamentaria Switzerlandia va a extrañar la música de los hermanos Young y Brian Johnson. Lo más seguro es que todo quede inseguro. Otra vez AC/DC. Otra vez exiliado. Rock and roll is not pollution. Lo repetían una y otra vez, hasta el cansancio, hasta dejar su sangre contaminada de rabia en el escenario. Muchas veces fueron proscritos en su país natal por irreverentes. En las emisoras británicas por “sucios”. Y es que han dicho lo que tenían que decir sin miedo. You shook me all night long. Era la canción que el Judío Perrante ponía hacia las seis de la tarde cuando se iniciaba el desfile de las puticas tristes por la carrera Trece a la altura de la calle 61. Me haces estremecer toda la noche. ¿Entonces, mamita? Entonces nada porque Judío Perrante solo tenía para lo del hotel que queda en el centro, para el bus y para la miel. Sí, la miel. Una botella de Johnie Walker pero llena de miel. Miel para soportar la mierda de una ciudad. Para forrar la garganta con aceite dulce, para que las palabras no se gasten fácilmente. Se calcula que aproximadamente cada mil kilómetros, es decir, cada semana, Judío
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Perrante lubrica sus pulmones desesperados. We salute you. We salute you. Te saludamos Judío Perrante, and lonely, lonely, lonely... AC/DC solía sonar en la grabadora vieja de Judío Perrante todo el día. Hacia las once de la mañana llegaba a la 58. Loverboy. Rambo III. Toda clase de malevos entraban al Metro Riviera a destaparse los sesos con el plomo de made in Hollywood. Mientras tanto Judío Perrante ahí en el suelo sintiendo las emociones del cemento. Preciso en el instante cuando pasaba Olaya-Quiroga escupiendo un delicioso jugo de gas carbónico, Judío Perrante hacía sonar su grabadora con rock and roll is not pollution. Rock and roll will never die. Will never die.

Rueda de prensa en buseta
Hells Bells. Reyes furiosos, reyes de la devastación que escupen sobre la sangre. Reyes que escupen sobre la sangre. Reyes que cortan los gritos con cuchillos de silencio. Eso es la música de AC/DC. Sí, las Campanas del Infierno cerca de Campanella, una tienda de ropa íntima para mujeres. Mientras Angus Young se desbarataba tocando su Gibson, entraba al Campanella -letrero rosado- una dama con su cartera de cuero brillante, vogue rechinante en sus labios, escote abierto, tacones del Restrepo. Pero antes se peinaba con su cepillo Fuller comprado unas tres cuadras antes. No pudo comprar la Colgate venezolana de contrabando porque tenía que dejar para la liga. Lo más seguro es que rumbea en la Taberna Mexicana con algún mandril de la oficina. Take my fire, my fire, into your legs, the fire of hell baby. Y afuera sigue AC/DC sonando, sonando, andando y las busetas andando y la ciudad andando a mil por hora, rostros descompuestos, rostros con miradas destartaladas, cuerpos atracados, cuerpos sin Dios. En verdad, Dios se ha ido de Chapinero con AC/DC. Take my fire baby, take the fire of hell into your legs baby, rock and roll is not pollution, rock and roll
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will never die. Desde tiempos inmemoriales las casetas ocultaron la cara podrida de la ciudad. Tráfico, descontrol, me robaron, atájenlo, mierda, un chorizo con francés y colombiana, a cómo el polvo, ruido, ruido, metal, lata, lluvia sobre Chapinodromo, esferódromos, mundo: AC/DC. Si algún día los Rolling Stones o AC/DC vinieran a Bogotá en primer lugar tendrían que hacer una rueda de prensa con los choferes de buses, busetas y taxis, en el caso de los Stones por lo menos. Nunca antes se había visto en lugar alguno en el mundo una publicidad al mejor grupo de todos los tiempos como la que le hacen los choferes. Eso sí. Nada de que vamos a la 82. Nada. Los Stones en el Campín con todo Sidauto o la Empresa de buses rojos. Nada de barcitos, donde por poco trago mucho pagar. Mick Jagger sería feliz en un bus por la Caracas. Algo parecido sucedería con los AC/DC. Nada de pipelines. Cero. AC/DC le pertenecen a la Bogotá subterránea, a la Bogotá donde los servicios públicos son deficientes, a la Bogotá donde de nada valen los avalúos catastrales no ser para castrar a alguien. Se fueron los vendedores ambulantes, los areteros y Chapinero se quedó sin AC/DC. Rock and roll is not pollution. Ride on, run, run, run, the gun, corre, corre, ahí viene lo mejor de la Fuerza Disponible con sus cascos recién brillados, corre, corre. Pero no hay nada qué hacer: AC/DC no se rinde, AC/DC muere con las botas puestas, AC/DC arriba y abajo, almacenes Only, Only rock and roll, Only bolillo, ya no se puede comprar Mustang, ni la gafa negra, ni la Barbie con el Ken hawaiano para la fiesta de la niña, ni los collares del Judío Perrante, ni Los jinetes de la coca, ni El hueco, todo es un hueco, ni papel de arroz, ni el ungüento chino traído de Maicao, ni la legítima chaqueta Levi's traída de Panamá. De todos modos AC/DC ya hizo lo suyo: Inject the venom, inyectó el veneno en Chapinero para siempre...

La Prensa, Bogotá, 23 de febrero de 1990, p. 21

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Crónica marxiana

Solidaridad por Namibia no es lo mismo que Solidaridad por Colombia.
En Cuba suena más natural decir “vamos a Somalia” que “vamos a Carulla”. Tun tun tun tun tun tun tun tun tun tun tun... Misión Imposible. La llegada al aeropuerto José Martí parece un adelanto de un capítulo de Misión: Imposible. Apenas se abre la puerta del avión entra el calor nocturno de la isla. Lenin alguna vez dijo que el comunismo era la electricidad más dialéctica. Lo cierto es que en Cuba hay que decir que el socialismo está mezclado con el olor del mar. De algún modo todo el mundo asocia el comunismo con la nieve de la Plaza Roja de Moscú o con las caras rojas de las señoras polacas que en las noches de hielo se aventuran a comprar pan. El sol, la piel morena, el son, hacen del socialismo cubano una especie de rumba verde oliva. Pero la sensación de que todo es una trampa de Hollywood no termina: al salir del avión se encuentra una escalera, dos guardianes de verde oliva, las luces del avión dando vueltas, las motos checas de tres puestos, un bus para los turistas. Diplomáticos a la derecha, turistas a la izquierda, estudiantes y cubanos en el centro. ¿Compañero, de dónde viene usted? Aeroflot anuncia la llegada de un vuelo procedente de Lima con destino final Moscú. Entonces la pequeña sala del aeropuerto empieza a oler a estepa rusa. Todo es soviético. Una oleada de ron Varadero inunda el ambiente, ruso va, ruso viene, son diez dólares... Pom pom pom pom, Mexicana de Aviación anuncia la llegada de su vuelo procedente de México. El aeropuerto empieza a oler a tacos con chile. Lo único que falta es que Aerolíneas Checoslovacas anuncien la llegada de
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su avión lechero Praga, Sofía, Budapest, Madrid y La Habana. A esta hora el José Martí ya no soporta más rusos a los que las perestroika les llegó de la cintura hacia abajo, pues generalmente combinan unos bluyines con una camisa made in URSS y una chaqueta de paño marrón que hace pensar que es un vuelo de carpinteros rusos. Otra vez pom pom pom pom. Es el avión que llega de Miami. Es una especie de chárter de ancianos cubanos que vienen a ver a sus familiares. Llegan repletos de tenis “Nike”, camisetas, bluyines “Levi's”. Afuera es la locura. Compañero, muévase un poco más. Por favor, caballero. Llegar de noche a un país extraño es como entrar a dormir bajo sábanas extrañas. Por eso hay que esperar a que despunte el sol para ver con quién se está durmiendo.

El humo azul del cigarrillo Popular
Sí, señor, perdón, compañero, estamos en ciudad de La Habana, tal vez la ciudad más hermosa de América. Ahora es el ruido de las guaguas (buses) rumanas el que se confunde con los 33 grados centígrados del calor mientras la garganta pide a gritos una buena dosis de ron blanco con hielo. Caballero, tómese una foto, solamente le vale dos pesos. Estamos en Coppelia, una heladería cerca del hotel Habana Libre donde se comen los helados más ricos del Caribe. Ron ron ron ron, sigue pidiendo la garganta, pero tiene que sucumbir ante el cono de mango, haga la cola, compañero. ¡Granma, Granma! ¡Juventud Rebelde!... El último discurso del comandante en jefe, Granma, ¡peculado en la estación de gasolina La Capital...! No hay duda, estamos en Cuba. El helado de mango sabe a Cuba. El ruido de los buses es Cuba, las chicas de colegio en uniformes amarillo y blanco, sus piernas blancas, estamos en Cuba, Socialismo o muerte, estamos en Coppelia, tres milicianos con caras duras comen helados, hace fresco, es el viento del mar que sube hasta Coppelia. Bajo los árboles de Coppelia el socialismo sabe a mango o vainilla. Pero en lugar de decir “Patria o muerte” o “El año del
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guerrillero heroico” en Coppelia son las uñas pintadas de colores, los moños, las manos cogidas, el humo intenso del cigarrillo sin filtro Popular, todo mientras en fondo suena U2 -With or without you-, Donna Summer o Madonna. También José José o Rocío Durcal. Pero los ídolos son sin duda U2. U2 arriba y abajo, cerca y lejos, la voz de Bono, The Edge, U2, langostas que se comen el cielo azul. Otro helado de mango. Haga la cola, compañero. Contigo o sin ti puedo vivir. Pero no sin helado de mango. Se dice que en Cuba hay dos palabras que son míticas: son Fidel y el famoso “neumático”. En cuanto a la primera nadie sabe dónde vive, todos la pronuncian y por eso vive en la garganta de cada cubano. La segunda casi nadie la pronuncia. Esa la llevan unos cuantos en el fondo del estómago nadando entre los ácidos de la melancolía. Para ellos melancolía se viste de azul bluyín, tenis “Nike” y el resplandor de Miami que según dicen se ve desde el último piso del Habana Libre. Pero la melancolía también se desinfla. Está el caso de un compañero que se consiguió un compañero neumático. Sucedía que el compañero neumático nunca había salido de su pueblo, muy cercano a La Habana. Una madrugada se echó mar adentro destino Miami Beach a bordo del compañero neumático. Tras dos días de tempestades el compañero de pronto se alegró pues vio una playa enfrente de sus ojos. Como pudo llegó y su cuerpo se llenó de euforia pues la playa estaba llena de rubios y rubias. El compañero salió con el compañero neumático como si fuera un trofeo. Empezó a balbucear en inglés. Pidió un Marlboro. Una rubia en bikini se lo dio. No había duda. Estaba en Miami. Sin embargo todo se le aguó cuando apareció un policía cubano paseando por la playa. Estaba en playas de Varadero a tres horas de La Habana. No había caso. Saludó al policía y lo abrazó. Pensó que Fidel le había mandado un policía a Miami Beach para que los gringos no lo fueran a devolver. Lo cierto es que el compañero estuvo encarcelado, pero todavía no se sabe si en La Habana o en Miami.

Un eterno Baragua
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Definitivamente los taxistas son el mejor termómetro para conocer un país. Y más si son de una ciudad caribeña, donde el taxi es una especie de sala rodante en la que el conductor hablan con el extranjero de una manera clara y sincera. Algo así sucede en La Habana, donde un taxista perfectamente le puede hablar a uno de un partido de béisbol, del comandante en jefe Fidel, de las agresiones del enemigo, de la pizzería donde va su hija con un novio que a él no le gusta para nada y de materialismo histórico. Por el contrario, en Bogotá los taxistas no hablan casi. A esas alturas sobre el nivel del mar, lo único verdadero es la contaminación de las miradas, la confusión de los cuerpos y los vómitos de sangre. En La Habana, el mar de algún modo hace que las palabras suenen diferente, suenan a sal, a gaviota, a coral, a beso en el malecón. Por eso tampoco sobresalta el hecho de que el taxista que hace el recorrido Habana Libre-El Ranchón haya estado en Addis Abeba y en Angola. Parece increíble que ese hombre moreno con un reloj de fabricación rumana, que maneja suicidamente por las calles de La Habana, haya estado algún día en las estepas africanas comprobando hasta qué punto su vida valía la pena. A la altura del Túnel de Línea que divide al Vedado de Miramar, el taxista dice que frente a un fusil no hay verdades que valgan, por eso si uno no muere es porque está vivo de verdad, de lo contrario la vida era una mentira disfrazada de carne, angustias y pelo. Entonces viene el paso por el Túnel de Línea y toda Cuba se encierra en esos diez metros bajo tierra: junto al taxi rueda un ómnibus con ese característico sonido de bestia diésel encerrada en una jaula de lata, más atrás en un Lada mil trescientos centímetros cúbicos con una típica familia cubana, él, un hombre que seguramente no ha “capado” ninguna sesión del comité pleno del PC cubano, gafas de aros dorados, guayabera amarilla, la tez tostada por el sol y un habano en los labios, ella, algo regordeta, tez demasiado blanca, pañoleta de flores en la cabeza, atrás dos adolescentes que miran hacia las paredes del túnel. Allí en el vientre del túnel se concentran los olores del socialismo cubano: el diésel pesado del bus, el viento salado del mar, el ambientador barato del taxi, ese es el olor de Cuba a tres metros debajo del mar.
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Viene ahora el paso por la embajada soviética, que es una estructura que parece que hubiera sido construida por el libretista japonés de Mazinger, pues en verdad parece un robot. Afirma la leyenda que en caso de invasión del enemigo esta mole de cemento activa un mecanismo que la hace salir caminando. La hoz y el martillo ondean con el mar de fondo. Algunas caras rojas salen de la embajada y se suben a un Mercedes Benz. Más adelante se encuentra una de las famosas “Diplotiendas”, donde solamente pueden entrar los extranjeros. Allí adentro todo recuerda al Carulla de la 85. Uno se va metiendo en su atmósfera familiar: CocaCola, Marlboro, quesos suizos, pastas italianas. Pero algo indica que hay un elemento que no está funcionando bien: de pronto todo se vuelve amarillo. Es una pareja de vietnamitas que discuten a grito pelado sobre si comprar una caja de pastas italianas. Más adelante todo se vuelve rojo: unos polacos están frente al stand de licores viendo qué ron comprar para ir tomando mientras hacen mercado. Un tour de profesoras islandesas de kínder, rojas como camarones por el sol, se paran en la sección de carnes extasiadas por el corpulento moreno cubano que corta la carne. A cada hachazo que da el fornido carnicero que seguramente se llama “el compañero carnicero Lázaro”, la abominable y glacial colección de profesoras dejan escapar no menos horrendos gemidos semieróticos mientras la compañera sangre se va vaciando en un compañero balde. Y claro, no podía faltar el tour de turistas latinoamericanos donde se cuentan colombianos, venezolanos, ecuatorianos, chilenos, que se pasean en pantaloneta y gafas negras por el supermercado como si se creyeran en Cartagena. Caminan muy dignos por la “diplo” tratando de hacer ver que pueden gastar la misma cantidad de dólares que aquellos canadienses que tienen cara de escoger dónde ir por el sonido de los lugares y seguramente vinieron a La Habana procedentes de Katanga y después irán a Tabatinga. Once de la noche. Treinta y cinco grados centígrados. En Coppelia, las parejas se toman de la mano, el sonido de las guaguas envuelve las miradas. Estamos en Cuba. La noche huele a verde oliva.

La Prensa, Bogotá, 21 de junio de 1990, pp. 24 y 25
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La noche de los rábanos blancos

Todo empieza con el inconfundible ronroneo de la buseta que avanza
por la autopista que conduce de La Habana a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños. Entonces solamente se toma conciencia de que uno se encuentra en una carretera cubana y no en una carretera colombiana: de cuando en cuando se ven a uno que otro miliciano, vestidos de verde oliva. Al filo del asfalto esperan su ómnibus, más adelante la buseta pasa una moto checa de tres puestos, por un momento uno no sabe si está alucinando y nos encontramos en la Segunda Guerra Mundial. De pronto para la buseta. Una caravana de camiones con tanques en sus lomos avanzan lentamente rompiendo el calor de la noche. En ese momento se produce una música misteriosa entre el olor pesado del aceite quemado del convoy militar y el canto de las luciérnagas. Cualquiera diría que van de fiesta. Las luces giratorias de los camiones rotan. Todo sucede en cámara lenta, la buseta adelanta al convoy, la sensación del verde oliva iluminado por fogonazos de luz deja la impresión de estar en una escena de alguna película. Después todo se sumerge en la noche. Solamente los faros de la buseta rompen la monotonía del asfalto. Es asfalto cubano. No hay nada de extraordinario en eso, sin embargo, huele diferente. Huele a camión fatigado, a diésel, a tierra caliente. Huele como si un ejército entero pasara todas las noches por esa carretera hacia el final de los mundos. Es como tener un sol negro que en las noches calienta las carreteras, las miradas y la luna.
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Oscar d'León y Vietnam
La buseta que se dirige hacia la Escuela es una pequeña torre de Babel que rueda en medio de los gases diésel. En la parte de adelante un corpulento negro de Burkina Faso mira absorto por la ventana. Más atrás un venezolano trotamundos, que ya ha estado en la universidad Patricio Lumumba de Moscú, habla de Oscar d'León y su último larga duración. Es evidente. El venezolano instruye a un vietnamita que en medio de la charla selecciona una serie de semillas de rábanos blancos que va a sembrar en la huerta de la Escuela. En otra silla una pareja, él hindú, con sus ojos negros, profundos. Cualquiera diría que se trata de un estudiante de las teorías de la transmigración cósmica y la desintegración del universo en mil soles que se iluminan al mismo tiempo. Pero no. Es un estudiante de cine, que le habla a su novia, una cubana, que tal vez por estar enamorada del hindú parece de ese país: senos breves, mirada larga y cuerpo espigado. Hay algo delicado en aquella pareja. Es como si el dios Siva los protegiera con sus múltiples brazos del humo azul y denso del cigarrillo Popular que inunda todas las conversaciones, los cuerpos y las miradas de la gente en el interior de la buseta. Pero lleguemos de nuevo a la realidad latinoamericana. En el fondo de la buseta se respira lo que se podría llamar “neoexistencialismo del cono sur”. En efecto, una cáfila de argentinos y chilenos hablan de desapariciones, de Maradona, pero pibe, no che, macanudo, fenómeno, terrible, otra vez Maradona, Ménem, “Pinoché”. Todo vuelve a quedar en silencio. El estudiante de Burkina Faso, que significa “somos hombres libres”, está dormido y seguramente suela con leones verdes en la playa. Copietas. Pero de nuevo se empaña el ruido de la buseta con la discusión dialéctica entre el venezolano y un uruguayo que le dice: “Sos un boludo...”. Al fondo se ven las luces de San Antonio de Los Baños. Todo el mundo se tranquiliza. Es como si en medio del naufragio dialéctico de
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la noche los bombillos de esta población fueran una especie de puertos eléctricos. Es como si ya se sintiera la cercanía de la Escuela.

La jodedera de los gringos
La buseta avanza lentamente por las calles de San Antonio de Los Baños. Todas las puertas están abiertas de par en par. En los umbrales las parejas hablan, se abrazan, se confunden, se prometen amor eterno bajo los 110 watts de las bombillas, se besan, se vuelven a confundir, se aparean. A esta hora San Antonio de Los Baños huele a amor. Huele a aquella sábana cómplice que ha recibido dos cuerpos que se abrazan mientras en el fondo de la casa se oye el discurso del Comandante en jefe Fidel Castro, que da un parte de victoria de la Operación “Escudo Cubano” por la jodedera de los gringos cerca de aguas territoriales cubanas. En otra puerta un par de viejos hablan bajo el hechizo del olor del tabaco, duro, negro, humano. Es cierto. El tabaco hace a estos hombres más humanos. El sabor los une a la tierra. Es un constante rito. Cada vez que un veterano de estos prende un tabaco renueva su compromiso con la vida, es como si el humo azul fuera la puerta invisible hacia el reino de los sueños, de los amores perdidos, de la música del pasado. Pero este rumor se pierde cada vez que el tabaco agoniza en medio de una conversación. En fondo de las casas se ilumina con los destellos de la pantalla de los televisores. Todo parece un sueño, pues todos los televisores de San Antonio de Los Baños están en el mismo canal mientras la buseta pasa lentamente. Se alcanza a ver la mano de Fidel que se mueve mientras habla, la gesticulación, una serie de aviones Mig, Fidel besando a una abuela, otra vez el Mig, un pionerito pintando un fusil. La buseta sale del pueblo y el olor a casa encerrada por el tiempo, un olor mezclado a orines, actos de amor y libros viejos, se cambia por el olor peculiar de las naranjas en medio de la noche. A lado y lado de la carretera se extienden las plantaciones inmensas de naranjales, que
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duermen un sueño anaranjado en el núcleo de la oscuridad. Por fin la entrada de la Escuela Internacional de Cine y Televisión. La puerta metálica se corre y una pequeña avenida de palmas africanas protege la buseta de los fantasmas de la noche cubana. Cuando el ronroneo de la buseta ha cesado, el murmullo de un millón de ranas inunda el calor de la noche, pero sobre todo las miradas de una colombiana y una venezolana sabiendo que les espera una lucha sin cuartel contra los infames batracios. Efectivamente. Los apartamentos de los estudiantes están bajo el fuego cruzado del enemigo-rana, que entra sin remilgos de ninguna clase a aguas territoriales (entiéndase la taza del baño). Para sacar una rana de un apartamento se necesita armar un equipo de producción: un colombiano, una escoba cubana, el café derramado, préndanme un cigarrillo, la maldita rana ha saltado sobre la mermelada, al brasilero le da una risa nerviosa, llamen al Comandante. Por fin la compañera rana sabe que está agarrada y opta por suicidarse y entonces se lanza en caída libre desde un cuarto piso. El público femenino aplaude y entonces empiezan a hablar de Remedios La Bella volando por los aires.

Se la chingó
“Ahí viene Gabo”... “El maestro...”. Dice una argentina que hace Tai Chi en el borde de la piscina mientras todo el mundo se dedica a las artes etílicas y amatorias en el agua de la piscina. Nadie se imagina que el maestro del realismo mágico llegue a dar su taller en un flamante BMW azul profundo. Gabo camina hacia el salón número 6 vestido impecablemente blanco. Todo está listo. El salón huele a fresco. A mango, a vaca recién ordeñada. Primera regla del realismo mágico: el mando que han traído del comedor hay que comerlo descalzo. Diez de la mañana. Entonces se entra al reino de la dimensión desconocida. Gabo para arriba, Gabo para abajo, a los lados, en los costados. Doce
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estudiantes latinoamericanos. Doce rostros diferentes, doce lenguas diferentes, chévere, macanudo, buenísimo, bellísimo, aloa, aloa, chulada. El mexicano ha resuelto por fin su historia: “entonces el hombre se encuentra con la chava y se la tira... Y luego se chinga de paso a la hija...”. Mientras tanto el uruguayo se quita sus gafas y se ríe estrepitosamente. Los dos cubanos tratan de acomodar la dialéctica al despelote de las historias de los otros latinoamericanos y por eso cuando el brasilero dice que las vacas estaban felices porque llovía, el cubano dice que debe ser al contrario. O sea, que más bien la lluvia es producida por la presencia de las vacas. Bueno. El chileno enciende su cigarrillo sin filtro. Pregunta quién va a ir a La Habana a tomarse unos rones con él. Sin embargo solamente unos cuantos aceptan acometer la aventura. La razón es Fassbinder, que en ese taller se ha convertido en una especie de adicción. Luego del taller cada quien se va a su apartamento a ver películas del alemán y entonces de nada vale decirles que el ron se paga en pesos y no en dólares, que Fassbinder puede esperar. Pero todo llega a niveles insostenibles cuando uno de los brasileros saca películas subtituladas en checo, al otro día el Acorazado Potemkim, con el cual ha torturado a medio taller, pues la ha visto tres veces seguidas. Cuando se termina el taller, hacia la una de la tarde, viene la hora del almuerzo. Nada raro que hoy el almuerzo sea pizza con pasta y jugo de mango endulzado con medio ingenio azucarero. En la misma mesa el mundo entero: un morocho de Guinea Bissau, otra vez el hindú, un argentino mamertísimo, una chilena agresiva y una cubana bellísima. Luego de la terapia de la grasa de cerdo viene el cigarrillo sin filtro y una siesta donde se sueña con leones verdes con música de aviones de combate Mig, pues cerca de la escuela se encuentra la base aérea más importante de Cuba y sería el principal objetivo de los gringos. Luego hay que aguantar los ladrillos que saca el brasilero, otra vez el Acorazado, los alaridos de la argentina cada vez que Fassbinder hace decir algo terrible a alguna puta desgreñada, tetona, teutona, otro cigarrillo, hora de piscina. Por la noche el ambiente se caldea en la Escuela de Cine. Unos se van para La Habana a inyectarse ron en la mente, otros se quedan leyendo, otros vomitan sangre en los baños, algunos hacen el amor en la piscina, todo queda a la merced de las potencias del universo: la canción de las
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ranas, Remedios La Bella que se desviste, animales eróticos que escalan por los cristales de las ventanas, gemido va, gemido viene, nuevamente el Mig. Un ruido ensordecedor envuelve los cuerpos. Una de la mañana. Nuevamente a esperar que el realismo mágico llegue a bordo de su BMW o que en medio del taller alguien toque a la puerta y afuera un par de marinos gringos esperen con sus fusiles mientras García Márquez dice: “coño, no jodan la vida, que estoy dando clase...”.

La Prensa, Bogotá, 24 de junio de 1990, pp. 24 y 25

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Santa Carroña de Bogotá

Estamos en el año 2021. Bogotá se llama Santa Carroña de Bogotá. Es
un jueves 8 de diciembre. Es el día de la Virgen radioactiva. Por todos lados se ven madres y niños con farolitos. Es el día de los coheticos. Un sol pálido disipa sus rayos ultravioletas sobre el pavimento púrpura. Nos encontramos cerca de la entrada de la Estación del metro de Cerditos, marcada con un gran número “140” en neón amarillo y rojo. La gente camina, en silencio. Solamente se oye cómo arrastran sus zapatos de goma sintética sobre el piso de caucho. Sus rostros van cubiertos de máscaras y solo se ven esos ojos que miran hacia adelante, esos ojos que van a abordar el metro hacia otras estaciones como las de Unicentro, la de Bulevar, la de la 72. Sus manos están plastificadas. Su andar es lento. En el interior de la estación de Cedritos los policías de los CAI radioactivos requisan a los pasajeros. Los desquiciados son puestos a la derecha, los esquizoides en el centro y los pervertidos a la izquierda. Hacen tres filas y los policías los van marcando con tarjetas de plástico que les imprimen a un lado de la oreja. Por toda Santa Carroña de Bogotá se ve mucha gente que lleva colecciones enteras de tarjetas colgando de sus orejas. Los policías llevan pistolas láser con rayos de 678 watts de potencia. Sus rostros van cubiertos por una especie de nube invisible y sus placas brillan con sus nombres. En la Estación de Cerditos, conocida como “La 140”, todo es 140. Las pizzerías tienen 140 especialidades entre las que
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se destacan la pizza ultrahawaiana, la pizza con peperoni y desperdicios nucleares, la pizza de todas las carnes humanas, la pizza de pollo decapitado. En estas pizzerías la gente habla de cosas normales, diríamos. Del índice de polución en las escuelas, del último helado de vainilla púrpura, de la última enfermedad que desvanece a la gente. Parece que se llama Síndrome de Inmunoidentidad Adquirida. Se contrae al parecer por contacto visual y lo que aún es más grave por contacto verbal. Por eso nadie en Santa Carroña de Bogotá se habla, ni se mira a los ojos. Cada uno anda en su cuento. Todos comen mirando hacia su plato, en los bancos los clientes y los cajeros se comunican por impulsos electrónicos y en los metros todos leen los diarios o miran eternamente las paredes pintadas por los ñeros, que son los únicos que viven allí adentro, en las entrañas de las líneas del metro. De noche se les puede ver durmiendo cerca de los rieles. De noche sus voces suenan como una cadena arrastrándose sobre las chispas eléctricas de los rieles. Índices recientes dicen que ya no dan abasto con tantos enfermos del Síndrome de Inmunoidentidad Adquirida. Están postrados en camas blancas, pero en realidad son neveras repletas de hielo azul. Los enfermos de ese síndrome se meten allí, se acuestan, cierran los ojos, sueñan con playas de caracoles rojos, sueñan con mares de sangre que devastan ciudades enteras, sueñan con torres eléctricas que crecen hasta la luna, cierran los puños, cierran los párpados eléctricos y ven enormes peces negros que surcan los cielos de su nevera perfectamente inmaculada. No les falta la música. Generalmente pasan varios días o semanas o años. Eso es lo de menos. El Inseguro Social paga todo.

Un millón de televisores en tu cabeza
La estación del metro de Unicentro ha sido reconstruida, luego de la destrucción que sufrió por la guerra que durante varios meses se desarrolló allí entre las bandas de los Necrorreptiles, liderados por el
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temible Doctor Mengele, y la banda de los Decapitados, que se especializaban en la cacería de cabezas. Fue el horror. En las noches nadie se asomaba por esa estación. Ambas bandas se apoderaban del recinto y en las mañanas las vitrinas amanecían rotas y en alguna de ellas, junto a los zapatos, la ropa y la comida, se veían cabezas. La policía radioactiva no podía hacer nada porque ambas bandas poseían armas más poderosas, al parecer traídas de algún suburbio de Frankfurt. Eran armas cortas, negras, que producían un sonido tan agudo que podía penetrar cualquier cosa. En la estación Unicentro día y noche están encendidos un millón de televisores. Son televisores del tamaño de una persona y están por todas partes. En los techos, en las cúpulas de cristal, en los baños. Si alguien está orinando seguramente hay un televisor en frente suyo para que no se pierda la última telenovela intergaláctica, aunque hecha todavía en Venezuela. Parece ser que es en los baños donde la gente se atreve a mirarse. Los hombres todavía se asombran de tener ese miembro que les cuelga entre las piernas y las mujeres todavía se asombran de tener esos promontorios en el pecho. Claro está que esto está desapareciendo por la última moda dictada en Nueva York, luego de un asalto nuclear hace dos años en el que las mujeres quedaron sin senos. Por eso en la última temporada de moda llamada “pieles para el invierno nuclear”, las modelos no llevaban senos. No hubo caso, la moda se extendió por todo el mundo. Cada día los niños son alimentados por extrañas máquinas. Apenas nacen son conectados a una máquina que produce leche sintética, Nestlé, creo. Son hechas en Suiza y tienen una musiquita de circo incorporada. Cada vez que el niño chupa, suena la música. Todo el mundo anda comprando regalos de Navidad. Los almacenes no dan abasto. Todo el mundo quiere llegar temprano a sus multifamiliares, pero para llegar a los multifamiliares primero tienen que pasar por dos retenes, el bloque A, el bloque B, el bloque C, luego el interior 1, 2, 3 y finalmente esperar que algún ascensor suba hasta el piso 78 y baje y todo para encerrarse a ver la demencia de los coheticos sobre el cielo de Santa Carroña de Bogotá. Las madres llevan a sus hijos amarrados con cadenas a sus manos. Al parecer son cadenas de alta seguridad contra robo, pues “La Chupa” anda
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suelta por Bogotá. Según reportes de la policía se trata de una banda que roba niños con una gran aspiradora. Sin embargo, la semana pasada varios niños y sus madres fueron chupados por alguna de esas máquinas. Todos compran lo mismo: árboles de Navidad con bolitas de basura nuclear que chisporrotean y que dañan poco a poco el cerebro, cucarachas eléctricas, pistolas de agua contaminada, dulces de ácido sunshine para alucinar, pasteles de harina de hueso. Todos pagan con dinero plastificado. Son unas tarjetas de diversos colores que poco a poco van perdiendo su intensidad a medida de su uso. Las de más valor son azules, las de menor valor verdes. En la estación del metro de Unicentro de noche nadie se asoma. Solo se ven sombras que corren, fantasmas que recorren las vitrinas. Huele a caos, a anarquía. Se alcanza a percibir el olor a cianuro, que es el licor que toman el Doctor Mengele y sus Necrorreptiles, allá en el fondo de la estación. Los Necrorreptiles se pasean por allí y por allá y no dejan nada en pie. Nada. Los últimos habitantes están desapareciendo por la boca del metro de la estación de Unicentro. Las puertas del tren son negras y parecen una gran boca hambrienta que devora seres envueltos en aquellos abrigos negros. Da la impresión de que entran a un ataúd sobre rieles. Y así es en verdad. El metro de Santa Carroña de Bogotá es un gran ataúd subterráneo que pulula por las entrañas. Adentro se escucha música gregoriana hecha por sintetizador. Las voces de un millón de monjes mutantes, ciegos y castrados resuenan por todo el interior de este gran funeral. Todos van en silencio. En el techo del metro hay pequeños avisos publicitarios: “Plan 25 a Marte... no espere a que todo esté vuelto miércoles... acuda a nosotros”, “¿Su perro la seduce?”. La música gregoriana envuelve a los cuerpos, las miradas, y se confunde con el chirrido de los rieles. De vez en cuando las chispas de los rieles golpean contra las ventanas. De vez en cuando las chispas de los rieles dejan ver rostros que están allí afuera. Rostros que sacan la lengua, rostros que escupen a los vidrios de lata seguridad. Son cuerpos que cagan, orinan y que a veces saludan, pero no más. El inmenso funeral subterráneo avanza a gran velocidad hacia la estación del metro de Lourdes. Atrás, en la estación de Unicentro solamente han quedado las dos bandas, los
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Necrorreptiles y los Decapitados destrozando las vitrinas. Están celebrando la Navidad, se inyectan meteoritos en las venas, comen sándwiches de arena y se encargan de escribir con sangre en las paredes: “Merry Christmas... No!!! Merry Crisis!!!”. Entre tanto el funeral rueda rápido por debajo de la tierra a trescientas angustias por hora. Es la hora pico. Es Navidad y en las calles los tanques disparan descargas de helado radioactivo contra la multitud. Es Navidad.

Yo quiero un sunshine
Estamos en la estación del metro de Lourdes. Los rieles pasan por el centro de la iglesia donde a esta hora, siete de la noche, un centenar de fieles encienden la punta de las dagas con fuego y las lanzan hacia la gran cúpula de cristal. Los cuchillos encendidos suben lentamente hacia la cúpula y luego bajan y se clavan en los corazones de los fieles que yacen postrados de rodillas con los brazos abiertos. Entre tanto aparece un sacerdote envuelto en una túnica fosforescente e inicia una pequeña plegaria que se escucha a través de toda la estación de metro de Lourdes. Bombas nucleares, nuestra dulce compañía, no nos desamparen ni de día ni de noche. La multitud repite en coro y sus corazones se van abriendo poco a poco. Huele a atún. A la entrada del metro hay varios expendios de ácido sunshine en forma de pescaditos, de avioncitos, de carritos, pero definitivamente los que más les gustan a los niños son los ácidos sunshine en forma de misil. Apenas los comen los dientes de los niños se tornan luminosos y sus palabras suenan con eco, de sus orejas salen leves flores metálicas que pueden causar tormento. Más allá de la entrada están los locales de striptease. Es la zona de Chapinero Nud. Son grandes vitrinas del más variado estilo. Hay una que es un acuario. Las mujeres van nadando y se van desnudando lentamente. Se llama “La perla de acuario”. En otras vitrinas hay mujeres de goma manejadas a control remoto y son de todos
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los colores y olores. Son controladas por un operario que desde un cubículo maneja un serie de botones. Los habitantes pasan apurados y algunos se quedan mirando. El show en “El acuario” está a punto de terminar. Una mujer nada lentamente con movimientos armoniosos. De pronto aparece un gran tiburón, pero su cresta es en forma de falo. Algunos habitantes aplauden. La vitrina se llena de sangre. Uno que otro habitante aplaude. Otros gritan. La música se va apagando. “El acuario” se llena de pequeños pececillos obscenos que sacan la lengua y hay un receso. Los vendedores de ácidos sunshine siguen vendiendo a lo loco. En el interior de la iglesia de Lourdes el metro acaba de llegar y el sacerdote aprovecha los breves momentos para dar algunas indicaciones a los fieles de cómo enviar los cuchillos encendidos hacia el cielo. Todos miran cómo el sacerdote lanza una serie de dagas encendidas que alcanzan varias aves que volaban distraídas cerca de la gran cúpula de cristal. Poco a poco la estación del metro de Lourdes se va quedando desierta. Poco a poco el sonido lejano de los rieles se va apoderando de las paredes, de las puertas, de las miradas. Solamente quedan los vendedores de perros calientes, el último rezago del siglo XX. Pero ahora esos perros calientes tienen una salsa bárbara y gas mostaza traído especialmente de una usina ubicada a veintitrés kilómetros de Bagdag, en Irak. Es un 8 de diciembre del año 2021 en Santa Carroña de Bogotá. Son las siete y media de la noche. Es época de Navidad. Las calles están desiertas. Solamente se escucha el paso lento de los muñecos de carne que recorren ciertos lugares escarbando los desperdicios nucleares que helicópteros del Instituto Distrital de Basura y Turismo lanzan desde el aire. Abajo, en las entradas de la ciudad rueda un gran funeral, un gran ataúd subterráneo lleno de cadáveres envueltos en papel regalo. Creo que todo está dispuesto para un gran asalto nuclear.

La Prensa, Bogotá, 24 de noviembre de 1991, pp. 20 y 21

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Una cerveza con West Texas Intermediate, por favor

En la radio suenan Boogie night y en la primera página del diario hay un
titular que dice “Definido Arancel Externo Común Andino”. Son tiempos difíciles. El sol entra por las ventanas y se posa en los libros, se filtra por entre el humo azul del cigarrillo y nada de esto evita que los tiempos sigan oliendo tan difícil. Tal vez un café con crema ayude a diluirlo, pero sucede todo lo contrario. Mierda. No hay azúcar. No hay duda. A pesar de que suene Boogie Night en esa grabadora negra FM/SW/MW, sigan deslizándose suavemente, sin nada a la vista. La siguiente es una lista de instrucciones para soportar los tiempos difíciles:

Leche con Nargorno Karajab
La hora del desayuno es lo que se podría llamar la “alerta blanca”. Es indispensable una dieta a base de leche. No se le ocurra mezclar leche con las páginas de economía del periódico. Café con leche y páginas
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internacionales suena y huele bien. Veamos. Coja una olla, enciendan la cocina. Off. Ponga la olla, trate de no pensar en nada, vierta un poco de leche y espere a que la leche hierva lentamente. Goce viendo cómo sube esa espuma blanca, sosegadamente. Ponga la leche en una taza de color claro y échele café, pero únicamente el que tiene licencia de funcionamiento 1-A-15M-004 y que dice que el consumo debe ser exclusivamente en Colombia porque su exportación es un delito castigado con prisión. Mande todo para la mierda y tómese su café con las páginas internacionales. Así la novelista española Corín Tellado fue ingresada ayer a la Unidad de Cuidados Intensivos en Oviedo, qué rico café, debido a problemas respiratorios, quiero más café, el helicóptero MI-8 que se estrelló el pasado miércoles en Nagorno Karajab fue derribado con disparos hechos con armas automáticas, ya se está acabando el café, el primer ministro de Kiraguiza Nazirdin Isanov murió en un accidente de tráfico. Qué vaina, el café ya murió también. Todo parece indicar que la “alerta blanca” está en su máximo apogeo. Supongamos que usted se echó desodorante. Supongamos que es un día cualquiera de la semana y que el dólar sigue subiendo, Hommes se sigue riendo je je je, la guerrilla sigue de vacaciones y en TV Cable van a dar el partido de Los Celtics de Boston y el equipo de Atlanta y usted tiene que ir al banco. Supongamos que usted tiene una cuenta en el Banco Cafetero. Pero se acaba de enterar, por un titular de primera, que ese banco prestó 58 millones de dólares para comprar dieciocho aviones de combate para la Fuerza Aérea Colombiana. Atención. Acabamos de entrar a la “alerta naranja”. El día no está para héroes de cachucha azul y guardabarros en las orejas. El día no está para que le hablen a usted de alimentos y decolajes. Pero es así. Usted hace la cola pacientemente en el Banco Cafetero y sabe que mientras el cajero oprime las teclas de su máquina hay unos pilotos que con su plata están oprimiendo otro tipo de botones. La cosa funciona así: si usted va a sacar, por ejemplo, diez mil pesos para hacer un minimercado que consta de azúcar (para que no le pase lo que le pasó en el desayuno), jamón, una crema de dientes, unos cigarros y una revista, puede pasar lo siguiente: no señor, tiene que esperar porque no hay línea. Por favor siéntese allá en esa silla y espere quince minutos.
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Eso significa que sus diez mil pesos para comprar azúcar, la crema de dientes y todo lo demás, están embolatados a trece mil pies de altura en medio de gasolina de alto octanaje. No hay caso, su azúcar está siendo esparcida sobre los espacios aéreos colombianos, su azúcar está siendo untada en las nubes, su azúcar conoce de cerca la capa de ozono, su azúcar monta en avión de combate, un piloto de la FAC se limpia los dientes a veinte mil pies de altura con su crema de dientes, todo por el bien de la soberanía nacional. ¿Pero quién dijo que la soberanía nacional evita la caries? Mierda, yo quiero mi crema de dientes y mi azúcar. No hay línea. Siga esperando. ¿Y de los demás qué? Los cigarrillos estarán cerca de las brumas de Dios, la revista no la podrá leer porque los diez mil pesos están en los 58 millones de dólares para comprar los dieciocho aviones de guerra. Usted piensa en los aviones K-fir, usted piensa en un millón de aviones de combate echando bombas de azúcar sobre las ciudades de cielo azul, usted ve un millón de aviones que disparan crema de dientes sobre los mares. Usted está desesperado. Entre tanto el cajero se zambulle al ritmo de un chucuchucu espantoso. Cuenta plata y se mueve de aquí para allá, mil, dos mil, juepa, tres mil, juepa, cuatro, eso mamita, cinco mil, juepa y la línea nada que llega. Tiempos difíciles. Juepa je. Hubiera sido mejor que en lugar de aviones hubieran comprado aros de básquet, tazas para café, sillas para descansar en una playa a las tres de la tarde o algo por el estilo. Por fin llega la línea. Por fin. Por fin. Y el maldito cajero sigue convulsionando al son del chucuchucu. Agüita de coco para calmar la sed. Escucha uno de los catorce cañonazos bailables de fin de año. Usted piensa que debería meterle un cañonazo. Le dan los diez mil pesos y ya se va a poder comprar el azúcar, la crema y todo lo demás. Qué alivio. Pero a pesar de todo usted sabe que su plata está metida en la mitad del ruido de uno de esos dieciocho aviones de guerra que acaba de financiar el banco. Sus cigarrillos rompen la barrera del sonido. Usted es el único que fuma cigarrillos a trece mil pies de altura. Usted tiene un cáncer con soberanía nacional. No se sorprenda si en un titular de presa ve que alguna población fue arrasada con bombas. Si usted quiere estar tranquilo con su conciencia piense que fueron bombas de azúcar o de crema dental.
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Albahaca en el tercer inning
Llegó la hora del almuerzo. Ya han pasado los dieciocho aviones. Ahora viene bien mezclar un poco de carne, una cerveza, unas papas, unas habichuelas y de pronto las páginas de economía. La hora del mediodía debe ser la más tranquila de todas. Debe ser la hora para una cerveza. El mundo hecho una espumosa cerveza, un sillón y nada más. Que no se hable de cuentas de luz, ni de agua, ni de teléfono. Que se hable de cosas reales, por ejemplo de una cerveza, de una silla playera para descansar a las tres de la tarde, de una empanada de cangrejo, de un libro de Henry Miller, de una jugada de béisbol en el tercer inning, de la albahaca, del ajo, de la cebolla, de la sazón, por favor no hablen de la razón, por favor, porque estamos en “alerta roja”.

Maíz peto con Habana
Ya llega la noche. Usted ha pasado la tarde pensando en Fidel Castro y en Cuba. Ya no hay cigarrillos en las calles de La Habana. Tampoco ron. La Habana está triste. Las guaguas ruedan como monstruos pesados y rojos por la 23. El Habana Libre está sucio. Un paquete de cigarrillos. Compañía Colombiana de Tabacos. Dieciocho cigarrillos, menos mal son dieciocho malditos aviones de combate. Usted se mira al espejo. Son tiempos difíciles. De pronto se le ocurre que tiene cara de cubano. Sucede que se pega a la línea telefónica. Sucede que usted ya no es del eje Moscú-La Habana, sino del eje Siete de Agosto-Rionegro, porque el eje de su carro hay que recomponerlo en un taller de ese sector. En La Habana debe haber miles de gentes pasando hambre. Usted se siente
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solidario y pone a hacer una arepa de maíz peto y se la come pensando en el malecón. No hay caso. Los tiempos difíciles se los inventaron en La Habana. Usted se deja coger por la noche. Usted cierra los ojos y piensa en un avión decente, es decir en un viejo DC-3 plateado. Nada de aviones de combate. Usted se va a bordo de ese bello DC-3 volando sobre ríos de sangre, sobre cielos azules. Usted le pide al DC-3 que no se declare en emergencia existencial, pero que por lo menos haga una escala técnica en la locura...

La Prensa, Bogotá, 7 de diciembre de 1991, p. 8

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Eres un Bart-baro total

Oye, Bart Simpson, de pronto estoy frente al televisor y lo enciendo.
Son las cuatro de la tarde. Es un sábado, una tarde de sábado tal vez un poco lluviosa. En todo caso un sábado como cualquier otro, un poco oliendo a papas fritas, un sábado que sabe a no tengo ganas de hacer nada entonces enciendo el televisor, Cadena Uno, porque Uno es divertido, porque Uno es un mamón y sales tú y dices: “oye, ¿cómo va eso?” y yo desde aquí, desde el otro lado, desde mi control remoto, te respondo, “Bart, ¿cómo va eso?”. Siempre que enciendo mi TV estás encima de tu skateboard recorriendo alguna calle de Springfield. Me equivoco. Es una calle precisa la que recorres. Sales de clase, después de aguantar ocho horas con las nalgas aplastadas en un frío asiento, y te diriges a tu barrio, a tu casa. Pasas por un paradero del bus. Vas sonriente. Vas con el sol en tus huesos, en tu sangre. En tu interior sabes que eres la cosas más salvaje que ha producido Springfield. Tal vez mientras vas en el skateboard por un momento cierras los ojos, viejo Bart, cierras los ojos y piensas en las nubes, en el cielo azul y te sientes otra vez salvaje y de pronto entonas esa canción igualmente salvaje de ese otro salvaje que nunca te conoció pero tú debes adorar. Estoy hablando de esa canción de Jimi Hendrix llamada Wild thing. Sí, Bart. Estoy seguro que cuando vas a bordo de tu skateboard cantas Wild thing you make my heart sing, wild thing. Eres cosa salvaje, Bart. Cosa salvaje, en serio, no es broma. Eso es lo que más
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me gusta de ti. Tu forma salvaje de ser. Te importa un culo esa vida aburrida de Springfield, esa ciudad neurótica del país más neurótico del planeta. Antes de llegar a tu casa alcanzo a ir por una Coca-Cola a la cocina y seguro tú ya debes estar cerca de casa, cerca de Lisa, de Margie, de Homero, cerca de esos otros pequeños salvajes de tu casa y cuando vas llegando sigues cantando Wild thing you make my heart sing, wild thing. Lo más extraño de todo es que en tu ciudad nunca llueve. Eso es bastante grave, Bart. Debes imaginártelas para que llueva, mi querido Bart Simpson, porque cuando llueve se puede soñar mejor. En todo caso llegas a casa y tienes que aguantarte el olor a desperdicio nuclear de tu padre, Homero, ese hombre que atraviesa la espuma negra de los días en busca de unos dólares más. Lo único que más me gusta de tu padre es la forma como detesta a tus vecinos, los Flanders, esa familia creyente, apostólica, romana, decente, demasiado decente, demasiado limpia, demasiado yo no sé, demasiado conservadora. Me gusta que en tu casa el césped no lo corten cada ocho días. Me gusta que tu perro se cague de vez en cuando en el limpio césped de los Flanders. Me gusta que Lisa despierte al vecindario con su saxo mientras ejecuta algún blues triste que dice I have no money and my baby is gone away. Me gusta eso. Me gusta que juegues con tu padre con aquel juego electrónico de boxeo y que siempre lo aniquiles. Me gusta la forma como tratas a tu padre. Esa forma natural. Siempre le dices, “oye viejo, ve a cortar el césped y déjame en paz”. Eres un bárbaro, Bart. Un bárbaro total. Sin embargo, no me gusta el servilismo de tu padre con el jefe de la planta nuclear. Cuando grande debes acabar con eso, Bart. Yo sé que a lo mejor tienes todo el perfil para ser un asaltante de bancos. Sin embargo, espero verte como guitarrista o como cantante de un grupo de heavy metal. Sí, un grupo de heavy que vaya en contra de las industrias nucleares. Tal vez pondrás a tu grupo Los Apóstoles del Morbo de Springfield. Tu primer concierto será en el parque central de tu ciudad, teniendo como testigo a la estatua del fundador del pueblo a la que alguna vez le cortaste la cabeza. Cosa salvaje, Bart. Después irás a Nueva York, a San Francisco, a Londres, a Berlín, a Río. Oye, Bart, sigo enfrente del televisor y siempre te veo con la misma
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ropa. Pantalón azul, camisa roja. Cualquiera que te vea dirá que eres un niño como todos. Un niño que se toma su cereal antes de ir al colegio. Un niño que sabe la historia de Abraham Lincoln al derecho y al revés. Pero no es cierto. Tú siempre le robas el desayuno a tu hermana. Detrás de esa ropa azul y roja hay otro niño. Te importa un bledo ese Abraham. Tú prefieres saber la historia de Billy the Kid, ese legendario bandido del Oeste que no dejó un banco sin asaltar. Creo que a lo mejor si el Quijote te hubiera conocido te habría llevado por Castilla. Yo sé que habrías vuelto mierda a los molinos de viento. Zas. Scracth. Pum. Mierda. Física mierda. Oye, Bart Simpson, me encantó cuando te fuiste de casa con tu perro, que entre otras cosas parece alimentado con harina de tristeza porque luce muy flaco, y vendiste un poco de tu sangre para sobrevivir. Quiero decir que me encanta tu independencia, tu libertad, tu humor negro. Comparto totalmente contigo la idea de que entre más materias escolares te tires mucho mejor. En definitiva el colegio nunca ha sido un buen lugar. Nunca ha sido tan divertido, aunque yo sé que allí te diviertes mucho y eso me encanta. Me encanta que seas amigo del conductor del bus amarillo de la escuela y que hablen del último grupo de heavy, de deportes. Más tarde, cuando seas grande seguirás hablando de rock, pero también hablarás de mujeres, de sus senos, de sus nalgas, de sus manos llenas de lluvia y de polvo nuclear. Espero que no sea tarde. Oye, Bart, espero que sigas por donde vas. Ojalá nunca se te vaya a ocurrir enamorarte de una Flanders. Eso sería fatal, Bart. Fatal. Muy fatal. Grave. Gravísimo, Bart Simpson. No te imagino casado con una Flanders. No te imagino en misa orando. Por el contrario, Bart, te veo con una punketa saltando en un concierto de rock. No te veo tomando jugo con vitaminas que te prepara tu esposa para que rindas en el trabajo, para que seas responsable y sano y limpio y creyente como los demás. No, mi querido y salvaje Bart. Te veo más bien tomando una cerveza, mucha cerveza para no rendir en el trabajo, para no ser responsable, ni limpio, ni creyente como todos los demás. Así me gusta, Bart Simpson. Algún día tomaremos cerveza, Bart Simpson. Algún día de pronto nos encontraremos en un concierto de heavy metal. Ese día, esa noche me vestiré como tú te vistes, es decir con un pantalón azul y una camisa roja
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para que me reconozcas y entonces no nos importará nada. Oye, Bart Simpson, ya se acabó tu programa. Es un sábado en la tarde. Un sábado como cualquiera. No te olvides: saca ahora mismo a tu perro triste para que se cague en el jardín de los Flanders. Bueno, Bart, me preguntas “¿cómo va eso?” y yo te respondo “oye, Bart, ¿cómo va eso?”. Eres una cosa salvaje. Espero que te acuestes y sueñes con un sueño con lluvia mientras suena Wild thing you make my heart sing, wild thing. Cosa salvaje, Bart.

La Prensa, Bogotá, 25 de julio de 1992, p. 8

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Faustino no mataba perros amarillos

Era el año de 1970. Mamá estaba embarazada. Iba por la mitad del
embarazo. Yo era un niño de siete años y me gustaba matar perros amarillos en las tardes aburridas. El último perro amarillo que había matado fue tal vez un domingo después de cine. Mi hermano y yo habíamos ido a ver a Franco Nero. Ya saben, la típica película de vaqueros. Papas fritas, Coca-Cola y esa tristeza que se siente en la boca del estómago a las cinco de la tarde cuando la lluvia cae por entre los árboles y sabes que las aves se cagan de a poquitos sobre las ramas y sobre los techos mientras los tristes gatos que recorren los techos se escabullen silenciosos. Ese año realmente mis dos únicas pasiones eran matar perros amarillos y el equipo brasilero de fútbol que por ese mes de junio jugaba en el Mundial de México. Papá me había comprado el álbum de los jugadores, pero a mí solamente me interesaban Tostao, Gilmar, Pelé, Paulo César, Jairzinho y otros tantos de los que no me acuerdo. Creo que fue una vez en el parque, en medio del olor confuso de los pinos y de los urapanes, que mi hermano y yo nos sentimos en inferioridad de condiciones. En la casa las mujeres eran mayoría,. Estaban mamá, Isabel, Liliana y Silvia. Los hombres éramos papá, mi hermano y yo. Por eso cada vez que jugábamos fútbol en el parque que quedaba cerca de la casa deseábamos que en la barriga que tenía mi mamá no hubiera una niña caguetas, sino un hombre, un futuro Pelé. Por eso cada vez que cogía el
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balón entre mis piernas trataba de meter goles y pensaba que ese gol debía ser para que naciera un hombrecito, porque de no ser así la casa corría el riesgo de convertirse en un matriarcado irremediable. Y llegó la final. Brasil contra Italia. Nosotros, es decir papá, mi hermano y yo, dábamos por seguro que mamá iba a tener un hombre. Entonces llegamos a un acuerdo para sellar el acontecimiento. Ese futuro hombre tendría que llevar el nombre de un jugador de la selección de Brasil. Empezó el partido. Yo miré por la ventana y vi que el vecino se había dejado un bigote igual al de Rivelino. Era domingo. Las calles estaban vacías, el cielo estaba azul y los perros amarillos ladraban detrás de los árboles. Yo le dije a mamá que el niño que iba a nacer tendría que llamarse como el primer jugador de Brasil que metiera un gol. Mamá se rió y aceptó. Tal vez pensó: un juego de niños. Pero la cosa iba en serio. Lo que pasó fue que creo que el primer gol lo metió Jairzinho. Mierda. Papá, mi hermano y yo nos miramos aterrados. Ni por el putas. No podía ser que mi hermano se llamara Jairzinho. Tácitamente esperamos que otro jugador con otro nombre más “decente” metiera el gol. Entre tanto seguimos viendo el partido. De vez en cuando la cámara se iba hacia el público y allí, en esa tarde, frente al televisor, fue la primera vez que me enamoré de una mujer. Mierda. Hubo un foul y mientras los médicos iban a atender a los jugadores, la cámara enfocó a una mujer de gafas negras, pelo rubio que fumaba desprevenidamente y que miraba hacia alguna parte. Yo le mandé un beso y ya poco me importaban los cabrioles de Pelé y los riflazos de Rivelino. Solamente deseaba que la cámara se quedara allí con esa mujer para siempre. Era una imagen irreal. Su pelo dorado quemado por el sol, sus gafas negras, el humo azul entre sus dedos mientras su perfume lejano se diluía entre los gritos sordos de la multitud. Pero mierda. El partido continuó y Rivelino cobró. Del pelo dorado de aquella rubia pasé a conformarme con el bigote charro mexicano de Rivelino. Entre tanto mi hermano en gestación seguía sin nombre. Ya habíamos perdido totalmente las esperanzas. Sin embargo, llegando al final del partido Pelé saca uno, saca dos, saca tres, amaga, se para, estanca la bola y hace un pase a su derecha y llega el capitán del equipo, el espigado Carlos Alberto y ¡pun! Tremendo zapatazo y goooooooooooooooooooooooooooool. Tremendo goooooooooooooool el
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que le metimos a mamá. Llamamos a mamá y le mostramos el jugador que había dado su nombre al futuro hermano. Y efectivamente se llamó Carlos Alberto. Después apagamos el televisor y nunca más me volvieron a meter goles olímpicos en la mitad del corazón. Pasó el Mundial del 70 y mi hermano y yo seguíamos matando perros amarillos en las tardes aburridas del barrio. Pasó el Mundial y mi hermano y yo montábamos en bicicleta, pero no podíamos obtener satisfacción porque la niñez es un desequilibrio de lo real, porque en la niñez no tenemos recuerdos porque vivimos en los futuros recuerdos. Alguien decía que cuando un blanco coge una guitarra hace música. Y que cuando un negro coge una guitarra hace rock and roll y blues. Algo parecido sucede con el Tino. No había vuelto a sentir esa emoción que había sentido con Pelé, Jairzinho y Carlos Alberto. Pero al ver a Valencia, a Rincón y al Tino me devolví a los años cuando mataba perritos amarillos. Lo que sucede ahora es que ya no mato perros amarillos, sino que enamoro mujeres amarillas que tienen muchos gatos. Hace mucho que no veo figuras de los perros ahorcados balanceándose de las ramas fuertes de los pinos mientras llueve. No hace mucho abrí el periódico y leí una crónica del escritor argentino Oswaldo Soriano acerca del dos por uno que Colombia le propinó a Argentina en Barranquilla. Soriano decía que cómo era posible que un gordo mofletudo, refiriéndose a Valenciano, les hubiera metido un gol a los espigados argentinos. Y después Soriano se quejaba de que cómo era posible que un morocho, que parecía botones de un hotel, nos hubiera metido dos goles y que fuera de eso se ganara cincuenta millones de pesos al mes. Y tal vez eso es lo mejor del Tino Asprilla. Lo mejor es su aspecto de vendedor de lotería de Cali, lo mejor es que parece cualquier hijo de vecino de Tuluá, lo mejor de Asprilla es que creció jugando fútbol en polvorientas canchas destartaladas, lo mejor de Asprilla es que creció mientras se enamoraba del sol, lo mejor de Asprilla era que hacía goles mientras llovía, lo mejor de Asprilla es que pudo haber sido cantante de rap, vendedor de pescado, cantante de salsa, pero fue jugador de fútbol. Los últimos goles los vi en el noticiero. Tres golazos. Estaba con una mujer amarilla. Con una mujer que tal vez no entendía mucho de fútbol,
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con una mujer que tal vez no sepa qué es un tiro directo sin barreras, pero que al final supo meterme un golazo en el fondo de mi corazón. Tres goles del Tino. Domingo en la noche. Lluvia. Lluvia. Lluvia. Ella me miró a los ojos y me besó. Si hubiera estado solo no me hubiera importado. Hubiera sabido que estaba acompañado por los goles de Asprilla. Hace unos días mi hermano, el que lleva el nombre del capitán de Brasil del año 70, me dijo que había tomado la decisión más importante de su vida. Mierda, pensé yo. Se va a casar. O se va a ir de cura. Se va a cambiar de carrera. Va a cambiar la pizza de jamón y pollo por la de solo champiñones. En todo caso, me dijo que era una decisión importante: me dijo que se iba a cambiar el nombre por el de Faustino. Mamá está de acuerdo y hasta ya hace un arroz con coco que llama “arroz Tino”.

La Prensa, Bogotá, 26 de septiembre de 1993, p. 14

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Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro

La noche que murió Jim Morrison alguna gente, vecinos, aseguraron
haber visto bajarse del metro, en las estación cercana donde vivía el ex Doors, a un indio navajo anciano, que fumaba un apestoso tabaco negro y que murmuraba palabras extrañas, inaudibles, palabras tal vez mágicas. El anciano indio navajo tomó la acera y salió a la superficie y merodeó el apartamento donde Jim Morrison vivía exiliado con su novia, apartamento de donde casi no salía porque estaba dedicado a la lectura indiscriminada de los mejores poetas franceses y la sobredosis era pero de Rimbaud, Nerval, Baudelaire, etc. El anciano indio navajo miró hacia la luz donde vivían los Morrison y después se lo tragó tal vez la multitud., tal vez el calor del verano, tal vez las pequeñas luces alucinatorias de París en un caluroso mes de julio. Esa madrugada, 3 de julio de 1971, hacia las cinco, Jim Morrison murió y algunos clochards amigos de Morrison, y con los cuales este se ponía a tomar vino en la estación del metro de cuando en cuando, aseguraron que esa mañana vieron otra vez al indio navajo pasar por la estación del metro acompañado de Jim, pero que este no los saludó a pesar de que los clochards insistentemente lo saludaron y le recordaron la cita de esa semana para tomar vino barato, jugar dados, cantar antiguas canciones francesas y cantar la canción que más le gustaba a Morrison
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cuando estaba ebrio: Light my fire. Alguna vez Morrison había dicho que las mejores canciones de los Doors no debían ser cantadas en un concierto en Miami para sesenta mil personas, sino que deberían ser cantadas por los clochards borrachos del metro de París a la una de la mañana y caídos de la perra. Esa madrugada el indio navajo de la muerte se llevó a Morrison para siempre. Lo montó en el metro y después se lo llevó por el oscuro túnel de la incertidumbre eterna. Desde ese día los clochards amigos de Morrison se fueron muriendo de pena moral. Uno a uno fueron recogidos en las noches por el indio navajo de la muerte. Al cabo de un año ya nadie cantaba sus canciones con el aliento a vino rojo barato en las estaciones de París a las dos de la mañana, pero el mito se había encendido en otra parte: el cementerio Pére Lachaise, división sexta, es decir donde estaba enterrado Jim Morrison.

Jim está por aquí, baby
Para llegar al cementerio Pére Lachaise hay que coger el metro, dirección Gallieni y bajarse en la Pére Lachaise. Apenas se sale del metro, uno sabe que ha llegado definitivamente a otro planeta. En el bulevar Ménnilmontant los árboles se reúnen en grupos de tres o de a cuatro y fuman. A su lado los viejos perros pastores alemanes con las pulgas más viejas de París en sus espaldas deambulan como alucinados por entre las mareas del Gauloise, que impregna todo el bulevar y hace navegar a los árboles y a la gente en un sopor particular, en una nube alucinógena rota a la distancia por el ruido del metro, las sirenas de la policía, los cantantes que se paran en la boca oscura del metro y el ruido de los bares. Sin embargo uno sabe que está cerca de Jim Morrison por diversas razones. Cuando se baja, por ejemplo, en la estación Trocadoreo abundan
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los perfumes discretos, las cámaras de cuatro lentes, las jaurías de japoneses y alemanes. En cambio, en la estación Pére Lachaise lo primero que encuentras son perfumes indiscretos y si delante de uno hay una chica que camina descalza y lleva el pelo desordenado y una rosa en la mano con toda seguridad va a visitar a James Douglas Morrison. Toda clase de seres van a visitar a Jim. Pero en su mayoría son chicas, las chicas más bellas del universo, que vienen como sacerdotisas de la heroína y del whisky y le ofrecen sus ojos, le ofrecen sus tetas, sus manos, sus dientes, su cuerpo entero a Morrison. El desfile empieza a las nueve de la mañana y a esa hora cuando el aire está impregnado de mierda triste de triste paloma y por entre los árboles del cementerio se filtra ese olor a huesos con sangre antigua, las chicas, las devotas de Morrison, empiezan a llegar y se dirigen a la sexta división del cementerio. A medida que uno se acerca va viendo flechas que cien “Jim está por aquí, baby” y entonces por entre las tumbas se alcanza a escuchar esa vieja canción que dice “Vamos al bar de whisky más cercano porque si no moriremos... vamos al bar de whisky más cercano...”. Entonces se acercan a la tumba de Morrison, la única tumba vigilada del cementerio, pues en dos ocasiones se robaron su busto (en este momento solo hay una placa con su nombre) y le botan cigarrillos con inscripciones que dicen “Fúmame toda Jim” o “Para que no te aburras allá”. Otras más atrevidas le botan tabaquitos de hash o riegan whisky, mientras la policía, que no entiende tanta devoción, las saca a empellones.

Whisky, sangre, huesos, heroína
Mientras las chicas de todo el universo le riegan whisky a Jim Morrison el ámbito empieza a oler a un olor muy particular. Cerca de la tumba de Morrison hay un olor mezclado a lluvia, orines, sangre, whisky y
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heroína. Es el olor de aquel que nunca han dejado en paz. Los clochards de la estación de Pére Lachaise dicen que hay noches donde les parece oír la voz de Morrison gritando cada vez que pasa el metro que por favor no le jodan más la vida. Otros clochards dicen que a veces también, sobre todo en el verano, se le escucha cagado de la risa, al saber que otra vez va a venir a visitarlos el ejército más hermoso del universo, ese ejército de alemanas, españolas, de sudacas, de suecas, de inglesas, de gringuitas despistadas que se toman un sorbo de whisky sentadas en el borde de la tumba mientras el sol revienta en sus cabellos tristes. En todo caso cuando todo el mundo se va, cuando se cierra el cementerio, a las cinco de la tarde, los espíritus quedan otra vez en sosiego, pero solamente en una tumba hay flores, whisky y cigarrillos para toda la eternidad. Solamente en una tumba un muerto está sentado en el borde de su tumba con un cigarrillo en los labios, una botella de whisky, cantando hasta el amanecer, cuando llega el viejo indio navajo, le acaricia la frente, le limpia las lágrimas y lo manda a dormir un rato. Por eso la gente que sabe dice que Jim Morrison no está muerto, lo que pasa es que huele un poco raro.

La Prensa, Bogotá, 11 de febrero de 1994, p. 5

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Editoriales de Pink Tomate

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Bogotá S.A.

Bogotá con el Dr. Rock a bordo. Para curar la fiebre producida por el
smog. Bogotá, Bogotá, Bogotá. Una palabra chibcha que suena a bus urbano Blue Bird con escape de monóxido carbono, una palabra que es muchas palabras, muchas sensaciones, muchas luces y bombillos rotos, huecos, chanchullos. Paranoia. Una ciudad que es muchas ciudades silencios al tiempo. La primera Bogotá es aquella que empieza su rutina a las seis de la mañana. Y muere hacia las diez de la mañana. Es la Bogotá de los basuriegos, de los rusos que cogen los primeros rayos de sol y sus buses para ir a construir la Bogotá del cemento y la arena. La Bogotá de los gamines que salen de los puentes. Hacia las siete de la mañana ya son los estudiantes que empiezan a insertarse en esa nueva marea de busetas que huelen a colonia de contrabando, o a rostros demacrados por el cálculo y la física cuántica, a saco recién lavado en una máquina de cuatro velocidades y programable. A esa hora parece como si la luz apenas se estuviera construyendo, las pocas aves que hay vuelan y se posan en los árboles. Una que otra sonrisa, uno que otro cigarrillo, una que otra felicidad aplastada sobre el pavimento. A las diez de la mañana esa ciudad fenece. El último pitazo del chupa vestido de azul o de la mota con pañoleta vogue cinderella indica que ya ha comenzado el desfile de la otra Bogotá. Los trancones desaparecen, y
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empiezan en unos pocos metros cuadrados. En los bancos, en los ascensores, en los salones de las universidades. Es la Bogotá de los académicos, de los indicadores, de los comentarios de los artículos. La Bogotá de la censura. Censura que empieza cuando un diario, un columnista contraescapado de la izquierda y lambiéndole las puertas celestiales dice que fue un acto de “responsabilidad” no haber relevado los documentos que implicaban al Ministro de Gobierno. Censura sobre los cielos de Bogotá. Censura, cuando prohibieron el programa de Castro Caicedo, precisamente cuando no cualquier militar, sino su jefe, iba a hablar, a develar el misterio “semántico” que cae sobre ellos. A las doce del día vuelve y renace otra ciudad. Es la Bogotá de las minifaldas de cuero negro, del primer cigarrillo del día, de la hamburguesa o los crepes. Bogotá emparedada. Bogotá con Coca-Cola para sobrellevar esa modorra que le da a uno cuando el mesero ha traído la cuenta. Bogotá con propina. Bogotá es la propina que nos dio el infierno. Mil techos se confunden con el olor a helado de chocolate de la calle 24 con séptima y la mierda que hablan los periódicos y los políticos. Bogotá entre las tres de la tarde y las seis. Bogotá Radio Taxi Real S.A. Servicio puerta a puerta, apenas cuatro pesitos, el tanque lleno por favor, la jartera de ir a casa a hacer nada, a reciclar el tedio acumulado durante todo el día, a lavarse las manos para quitarse el olor a gris que se le pega a uno en Bogotá cuando camina por sus calles, a no recordar que Bogotá es un constante basurero de la memoria donde se siembran nostalgias y se recogen pesadillas. Bogotá, una palabra que suena a pesadilla o a café capuchino con crisis existencial de tercera categoría, es decir pasada con algo de la nueva trova cubana, Cuba connection. Una palabra que suena a pesadilla. Una pesadilla que suena a capuchino. Una ciudad que es un capuchino. Se la toman y la botan y lo peor es que la cobran, y bien cara.

Consigna, Bogotá, 30 de junio de 1989, p. 31
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Agosto sabe a octubre

Ya los vientos no soplan como antes. Ya las cometas no son como antes.
Agosto sabe a octubre, octubre sabe a noviembre y noviembre, no hay que decirlo, no sabe a diciembre. Una ciudad sin cometas es una ciudad sin dioses. Una ciudad sin dioses es una ciudad sin demonios y cuando no hay demonios no hay ciudad. La magia de coger un pedazo de papel, cuerda, las medias veladas de la mamá, se cambió por los multifamiliares de tres a cuatro etapas. De algún modo especialmente misterioso, el viento fue robado por las mezcladoras de cemento, las rejas, los celadores paranoicos y mil Sprint modelo 88. Poco a poco los potreros que había en la mitad de Bogotá han ido desapareciendo. La capa de ozono se ha ido reduciendo. Las cometas ya no son más que una leve sombra en el vasto viento del olvido. Este viento le ha jugado una mala pasada a las cometas. Lo cierto es que Bogotá ha dejado de ser niña. La inocencia infantil se ha ido perdiendo. Somos una ciudad adolescente que está creciendo, que come espacios desaforadamente tal como lo haría un muchacho luego de llegar de jugar fútbol. Hasta se habla de “metro”. En este sentido, si es que Bogotá todavía ofrece sentidos, las cometas eran los signos de una ciudad que todavía se podía dar el lujo de compartir con el sol y las estrellas. Éramos la ciudad-niña, la ciudad que
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se pintaba en la calle, calles con nombres de mujer o de perros lanosos, ciudad que se borraba cada tarde con el paso de la lluvia y que al otro día, en la mañana, había que pintar otra vez. Era, en síntesis, una pequeña y secreta obra de arte. Éramos la ciudad-niña, otra vez, con las cometas tratando de ver qué escondía una nube detrás de una breve mota de smog. Éramos las cometas tratando de tumbar el avión rojo que pasaba ensordeciendo los siete vientos de los siete mares. Pero quién sabe qué pasó, pues la ciudad de un momento a otro dejó su irresponsabilidad y entró a formar gente upaquizada, gente que habla con una papa en la boca y que dice “Superbien pero nada qué ver, bien...”. O “tenaz”. Y que generalmente estudian en el CESA o en la Facultad de Administración de la Javeriana. O en Economía en los Andes. Ya nadie se interesa por las cometas. Ya nadie se interesa por asuntos sensatos, como la magia o el ocio de irse una buena tarde de agosto a ver cómo el viento frío de las tres de la tarde se lleva el tiempo mientras la cometa se regocija allá arriba con un mar transparente. ¿Para dónde va Bogotá? ¿Dónde están aquellos vientos, aquella magia? ¿Por qué ya no hay cometas? Tan patológico es el asunto que a Bogotá se la está comiendo el acelere a ritmo de bus urbano a las seis de la tarde. Aquí ya no se puede elevar una cometa con el viento. Aquí se eleva, por el contrario, con tiempo, es él quien se la traga allá arriba. O mejor dicho se la tragó hace vientos.

Consigna, Bogotá, 15 de agosto de 1989, p. 45

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Hussein llega a Al Cuccah

El beso Hussein es un beso seco. Pero la mayoría de las beses puede
resultar altamente peligroso. En efecto, un beso Hussein puede redundar en besos mostaza. Y como se sabe los besos mostaza secan los pulmones, en las chupeteadas largas y extensas en los miradores, y otras partes vitales del cuerpo humano. Un beso Hussein comienza así: los labios invasores toman por asalto a los labios que duermen. Todo sucede hacia las dos de la madrugada cuando se puede penetrar a zonas que han bajado la guardia. La modalidad del beso Hussein ha mostrado un comportamiento bien claro: se empieza por las dos colinas donde la guardia está más baja que nunca. Más hacia el sur, a unos doscientos kilómetros, se encuentra el pozo de los deseos (también llamado Al Omblihigo), donde el beso Hussein hace una parada para reabastecerse. En este punto el beso Hussein se prepara para atacar la zona del Golfo Pélvico, que se encuentra unos kilómetros más hacia el sur, y donde la vasta selva que la rodea hace en un principio difícil su acceso. Las crónicas de Indias se han hecho famosas por la cantidad de aventureros que se han perdido en esta selva intrincada. “Es lo más delicioso, pero después de un recorrido por allí uno se pierde para siempre...” (comentario auténtico de un pasajero).
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En pleno Golfo Pélvico
La zona del Golfo Pélvico no está todavía en crisis. Esta entra en conflicto cuando el desplazamiento de los misiles se hace evidente. El beso Hussein generalmente tiene un único objetivo. Es un oasis en la zona del Golfo Pélvico llamado Al Cuccah, famoso por su riqueza en pozos de placer. La historia sagrada dice que este oasis antes se llamaba Cucalonia, lugar de perdición donde Nabucondonosor acostumbraba pasar sus vacaciones en un club que se llamaba el Melgar Pitching Club. El beso Hussein decide entrar en acción: Son las dos y diez de la madrugada. Los misiles empiezan a ser emplazados para atacar y tomarse por asalto el oasis de Al Cuccah (Hueco Sagrado en árabe), que a esta hora tiene las puertas de la fornicación cerradas. Sin embargo, siempre se intenta una acción diplomática. Por eso el beso Hussein promete regalar leche a cambio de poder entrar. La zona del Golfo Pélvico empieza entonces a calentarse peligrosamente. El beso Hussein recurre a ayuda internacional para romper el bloqueo y se hace amigo de los brazos armados de Al Fathah que recorre toda la zona del Golfo sembrando terror a diestro y siniestro. Finalmente las puertas son atacadas por fuego intenso del misil tipo tierra-aire-mecca-seca-mecca-saca. En este momento ha estallado el conflicto y toca esperar un tiempo para llegar al clímax del mismo. Las fuerzas en confrontación inician una guerra verbal sin precedentes: gritos, groserías y hasta gemidos. Una vez se consuma la invasión, la historia se repite: el oasis de Al Cuccah quiere que lo invadan para siempre...

Consigna, Bogotá, 15 de septiembre de 1990, p. 18

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El tiempo es un banano

Si

hubiera que escoger entre las frutas definitivamente ganaría el banano. De algún modo el banano es la fruta existencial por naturaleza. El banano está en la niñez, en la adolescencia, en la juventud y en la vejez. En la niñez el banano siempre estaba presente antes de los partidos de fútbol. Por eso la niñez sabe a cáscara de banano. La niñez es un racimo de bananos amarillos encima de la nevera Icasa. Siempre estaban ahí, listos para comer, inmóviles, oliendo a lo lejos, a muy lejos. Tal vez esos bananos encima de la nevera también olían un poco de Tarzán y Jane y Chita. Por eso el canal siete de Inravisión también alguna vez olió a banano sobre todo los domingos a las diez de la mañana, que era cuando la pantalla se inundaba con los gritos del Hombre Mono y Chita salía comiendo banana. Un banano, un balón de fútbol, una bicicleta, los bolsillos llenos de tornillos, ranas, palos, monas del álbum a-gogó. De todos modos el banano siempre estaba por delante de todos los símbolos de la niñez. Antes de ir a jugar un partido de fútbol en los parques era indispensable un banano que se compraba en la tienda de la esquina. Los bananos siempre estaban o suelen estar al lado de las revistas. Entonces se pedía un banano y un Kalimán. O un banano y una Playboy. Todo dependía del estado de ánimo. Si el cielo estaba gris lo mejor era decir por favor señor Martínez deme un banano y una Mickey Mouse. Pero si el cielo estaba
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azul lo más recomendable era decir por favor señor Martínez urgentemente páseme la Playboy de diciembre. Entonces los parques empezaban a oler a banano y a playmate californiana. El cielo generalmente estaba azul y Mary Moon, una descomunal ballena rubia, inundaba el cielo azul, las palomas, la copa de los árboles, las nubes, los cigarrillos y las calles con sus tetas de yo no fui o más bien de yo sí fui. Pero en todo caso Mary Moon siempre terminaba oliendo a banano. Lo mismo sucedía en la tarde. En efecto, la tarde, el sol, las canecas de basura, los buses ruta avenida Suba-Rionegro se impregnaban con el olor del banano. Era un olor fresco, amarillo, seco. El olor de la niñez. El olor de los primeros cigarrillos. Siempre después de un Phillip Morris Made in USA lo mejor era comerse un banano. En realidad no quitaban el olor a cigarrillo. Simplemente era como para recordar el pecado original en la mirada del parque lleno de hojas secas o en el fondo del baño del colegio en medio de los avisos groseros cerca de la taza que decían que el profesor de matemáticas tiene chucha, o a la doctora de biología se la come un estafilococo dorado. Chucho es una güeva, hágase vacunar contra la virginidad porque es una enfermedad peligrosa y contagiosa.

Besos con sabor a banano
Cuando no había anda qué hacer, lo mejor, lo más recomendable era siempre un banano. El ejercicio más interesante era montar cicla comiendo banano, viendo pasar la tarde a través del olor del banano. Enredarse en el vasto tejido de los días siempre con un banano en la mano, en la boca, en los dientes, en los ojos. El banano siempre estaba ahí. Cuando llegaba la hora de acostarse el cuerpo quedaba oliendo a banano. Era un olor que se metía como por entre los calzoncillos “Jockey”, como por debajo de los zapatos “Tractor”, como por debajo de todo, debajo del día, debajo de la cadena de la bicicleta. De algún modo la adolescencia también estaba dominada por el
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banano, pero ya bajo otra forma. Después del primer beso lo mejor era invitar a la chica a una banana split en el segundo piso de Unicentro cerca de la bolera. Atrás había quedado Mary Moon, la playmate de diciembre. Ahora tal vez había alguien de carne y hueso, una mujer que no olía a papel satinado, sino a otra cosa. De pronto a vainilla, a champú de fresa, de pronto a banano. El primer beso, como todos los primeros besos, siempre era en los parques, en medio de las hojas secas. Eran besos que duraban un minuto o dos minutos tres minutos o una eternidad y que sabían a crema dental bifluor contra la caries, pero también eran besos con sabor a banano. De todos modos al Urabá le debemos el sabor de los primeros besos pues de allí vienen los besos, los primeros, los que nunca se olvidan. Si no hubiera sido por el Urabá a lo mejor los primeros besos sabrían a papa tocarreña o algo así. Afortunadamente saben a banano. Después venía la invitación a banana split. Se cogía una buseta hasta Unicentro y en el segundo piso se pedía la banana split y se hablaba de qué mamera el colegio, voy rajado en matemáticas, me voy para Santa Marta, vamos mejor a cine, están dando King Kong. A pesar de las palomitas de maíz, de la gaseosa y del perro caliente, el olor del banano siempre salía invicto. Luego otra vez a coger buseta. Otra vez la tarde oliendo a King Kong, a banana split. Otra vez la vida estaba hecha de un poco de olor a buseta, de un poco de vallenato, de un poco de banana split metida en la mitad de la caja de cambios del corazón. Y bueno, en la universidad todo era diferente por dos razones. La primera era que temporalmente el banano salía derrotado frente a la cerveza. En esa batalla no tenía nada que hacer el banano. La segunda razón era que el banano en la universidad se volvió un símbolo negativo porque siempre se decía lástima de esa vieja, mire los bananos que tiene. Había otras que no tenían bananos, sino bulto de plátanos. Pero a pesar de todo el banano resultaba vencedor. Después de una tarde de cerveza Águila quedaba plata para dos cosas: un transporte y un banano porque qué hambre tan tenaz. En esencia el banano es una fruta que huele un poco a domingo, un poco a depresión, a nevera, a vacaciones, a coma banano porque todavía
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no está el almuerzo. El banano huele a cero en matemáticas, a ecuación de segundo grado 3x más 4 igual a 45 sobre 3y, y a deme un beso ya, a vamos a cine y luego a un parque, a cógeme la mano, a hoja seca, a tres de la tarde, a diez de la mañana. Huele a fox terrier detrás de una verja. Huele a tiempo. Huele a pasado.

La Prensa, Bogotá, 30 de junio de 1992, p. 8

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Nueve mamertos y medio

Cada cine tiene su público especial. En todo caso, un cine es como la
sala grande de la ciudad donde se ven mentiras que son verdades. Cada cine tiene su fauna especial porque en el fondo una sala de cine es una jaula de sueños, penumbras, besos, palomitas de maíz y calles asesinas. Cada sala de cine tiene sus asiduos. Las siguientes son las instrucciones para ir a ver cine en cada una de sus salas favoritas.

MAM
Referencia: algún ciclo sobre cualquier cineasta que haya hecho más de cien películas, que haya muerto de sobredosis y que “haya contribuido a la estética del cine contemporáneo”. 1. Miopía con más de tres dioptrías para entender la Nouvelle Vague francesa. Si usted tiene menos de tres dioptrías no insista. Mejor váyase a ver una película de vacaciones en el Palermo. 2. Curso obligatorio de las técnicas del guión y de la dirección cinematográfica a cargo del descrestador del momento. No olvide llevar la biblia de todo buen cinéfilo del MAM: “Conversaciones con
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3.

4. 5.

6.

Hitchcock”, de Truffaut. Indispensables por lo menos mil pesos para comprarles chocolates y papas fritas a la señora Méndez, que toda la vida ha vendido galguerías a la entrada. Mándese a hacer peluquear en la misma peluquería a donde va Enrique Pulecio Mariño. Diga que usted tiene una beca para ir a estudiar cine a la UCLA, pero que en el momento está haciendo cursos libres en la javeriana en la Facultad de Comunicación sobre cine alternativo. Lleve un antidepresivo para la salida del cine.

Cinemateca Distrital
1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. Lea toda la literatura posible sobre cine hindú de la posguerra, cine vietnamita, cine de Kuala Lumpur y cine de Burundi. Indispensable bufanda Batik, zapatos de gamuza Hevea y cigarrillo Pielroja. Lleve el libro ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo. Actualice el carné de su cine club. Si no tiene muestre el carné del equipo de microfútbol de Focine. Lleve a la vista el libro La historia del cine de Sadoul y consúltelo antes y después de la película. Salude a Gilberto Bello y a Hugo Chaparro Valderrama. Póngale a su hijo un nombre cinematográfico: por ejemplo, Francis Ford Coppola Rodríguez. Muestre el recorte de periódico donde dice que usted fue el asistente del asistente del asistente de luces en un cortometraje de la famosa época del sobreprecio. Diga que el padrino de su sobrino o de su hijo es Carlos Mayolo. Váyase a vivir a Cali. ¡Qué hace aquí, por Dios!

9. 10.

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Radio City
Referencia: función de media noche “Pink Floyd – The Wall”. La fuerza disponible en la entrada, tiras en los baños, Cruz Roja en los pasillos, palomitas de maíz con ácido en su dulcería favorita. 1. Papeles al día que la policía los exige. 2. Papel de arroz. 3. Marihuana de buena calidad, ojala de Corinto, Valle. 4. No use medias. 5. Bluyines rotos en la rodilla. 6. Salude a todos los integrantes de grupos de rock que se le atraviesen por delante. 7. No se bañe ocho días antes. 8. Certificado de salida de la clínica psiquiátrica Monserrat. 9. Gafas oscuras. 10. Gotas para los ojos. 11. Una grabadora con música de Pink Floyd. 12. Lleve su propia jeringa. 13. No consuma coca. Seguramente tiene Mexsana, una costumbre sana.

Centro Granahorrar
Referencia: alguna película de Woody Allen. En la cola se ven ex mamertos, arquitectos con ganas de hacer cine, psiquiatras que esperan encontrar en los chistes de Woody Allen o en la mirada de Mia Farrow la respuesta al Tánatos o al Eros. En todo caso hay muchos miopes calvos en la fila.
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1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8.

Tarjeta de crédito para pagar el parqueadero. Léase todo sobre jazz y algún manual psicoanalítico sobre las implicaciones freudianas de ir al odontólogo. Indispensable, un gabán gris. Medias de rombos. Zapatos “Bosi”. Échese Regaine antes de la película, aunque usted cada vez más se quiera parecer a Woody. Antes de la película recorra el centro comercial. Después de la película váyase a Oma de la 82 a tomarse un capuchino y a hablar de los encuadres de Allen y de sus implicaciones socio-culturales posmodernistas en la coyuntura de la cotidianidad urbana de fines de siglo.

Unicentro
Referencia: alguna película idiota promocionada por alguna emisora juvenil idiota. La entrada al cine huele a zona rosa, a zona fofa, a canzona rosa. 1. Salude a Alejandro Villalobos. 2. No se vista como Alejandro Villalobos, definitivamente es muy lobo. 3. Póngale a su perro Papuchis. 4. Tiene que saberse de memoria el top 40, el top 20, el top 10. 5. Actualice la espectacular biografía sobre Tito Frito Radioactivo. 6. Lleve el poster tamaño natural de Gabriel de las Casas. 7. Métase a la boca un crepe caliente antes de hablar.

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Chapinero 1
Referencia: función nocturna Las muñecas de la prisión. En la entrada se vende la última Pimienta donde sale el afiche de Helga, La Ardiente Bestia de las Nieves, una sueca que trabaja como secretaria en el edificio Olaf Palme de Estocolmo y que en las noches va al cabaret Osiris a divertir a los turcos y yugoeslavos que trabajan como obreros en Suecia. Medidas: 90-90-90. 1. Lleve el Kamasutra. 2. Si no lo tiene, lleve una revista Pimienta. 3. Resultado del examen de la prueba de ELISA. 4. Zapatos negros y medias blancas. 5. Certificado de pasado judicial al día. 6. Carné que lo acredita como miembro activo del Club Lucky Streap Tease de la calle 63. 7. Condones de alta seguridad. Compre dos y lleve tres. Promoción por tiempo ilimitado. 8. Coopex para las pulgas.

La Prensa, Bogotá, 11 de julio de 1992, p. 8

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En la misma nube de Jagger

Definitivamente sin Mick Jagger el mundo no sería lo mismo. Gracias
Mick por esa canción llamada I can't get no satisfaction. Gracias Mick por la forma como dices don't play with me because you play with fire mientras uno se toma una cerveza en el fondo de un bar junto al humo desolado de un cigarrillo azul en una noche de jueves mientras llueve, mientras hace frío, mientras pasan los buses atestados de cabecitas inciertas que salen del trabajo, mientras el bar se llena de soledades oscuras que vienen a meterse unos vodkas entre su piel, entre sus ojos, mientras afuera es de noche y adentro sigue usted señor Mick Jagger vomitando esas palabras de sus labios gruesos y groseros, esas palabras duras y secas, esas palabras llenas de whisky, besos y dólares. Gracias señor Mick Jagger por haber votado a la física mierda sus estudios de economía de la London School for Economics. Gracias por haber conocido a Keith Richards. Gracias por sentir ese mismo sentimiento que a veces se siente cuando todo llega y todo se va, ese sentimiento de vacío ante la estupidez del mundo, de las palomas y de las nubes, ese sentimiento parecido a las luces que no permite obtener satisfacción. John Lennon tuvo que decir que era más popular que Jesucristo para ganar más popularidad. Usted señor Mick Jagger no tuvo necesidad de hacer eso. Usted llegó en helicóptero hasta donde el obispo de la Iglesia
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anglicana y hablaba de la juventud, usted le dijo al obispo que un cacho de marihuana servía para ampliar un poco más las funciones cerebrales, usted señor Mick Jagger almorzó con el obispo anglicano y de nuevo se montó a su helicóptero, se fue para las nubes y siguió diciendo out of my cloud, fuera de mi nube, vete para la mierda, vete para la mierda la hipocresía, vete para la mierda las corbatas, vete para la mierda el pelo corto, vete para la mierda la guerra, vete para la mierda la reina y el rey y el príncipe, vete para la mierda las canciones dulzarronas de Lennon o McCartney, vete para la mierda el arroz chino, Biafra, Vietnam, Nixon, el frío de Londres, los turistas, los productores, las giras, los hoteles, los periodistas, las lechugas, la crema dental, las naranjas, los estilógrafos, la bolsa de Nueva York, la de Tokio, la de Berlín. Señor Mick Jagger: usted tiene casi cincuenta años y se le notan. Usted ha vivido como por veinte. Usted siempre fue un niño. A usted señor Mick Jagger siempre le gustaron las mujeres frágiles. Bueno en realidad le han gustado siempre de todos los gustos. Cuando empezaron, cuando apenas eran unos cagones que tenían que pagarle a la gente para que fueran a sus conciertos, tenían que encerrarlos como cerdos en un apartamento para que se pusieran de verdad a componer canciones. Señor Mick Jagger: Siga siendo niño, siga siendo así, siga mamándole gallo a la muerte en cada canción, en cada concierto, en cada estudio de grabación. Señor Jagger gracias a usted repetí cuarto de bachillerato, gracias a usted supe que la vida a veces sabe a cero en matemáticas, gracias a usted supe que había otras cosas más allá de Bogotá, Colombia, Suramérica, gracias a usted la cerveza y el whisky me saben diferente, gracias a usted supe que estábamos de algún modo en la misma nube de opio.

La Prensa, Bogotá, 8 de noviembre de 1992, p. 26

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Un submarino amarillo con mariposas, por favor

Bogotá es una ciudad de buses. El bus. El pito. El bus es ese gusano
ruidoso, ese acuario donde día a día miles de rostros se sumergen en sus aguas para atravesar la espuma ácida de la ciudad y los vapores venenosos de una ciudad que quema el aliento, la mirada, los cuerpos. Tal vez en ninguna otra ciudad del mundo entero existan buses con consultorios médicos, psicológicos y parapsicológicos. Esta es la única ciudad con buses, con brujos y médicos a bordo. El sol revienta contra los vidrios del bus. El smog se pega a las nubes. Los pitos revientan las hojas de los árboles. El mundo empieza a poblarse lentamente de ruidos, de nubes negras y buses. Entonces se sube al bus que va por la troncal un estudiante del centro médico naturista a promocionar el último purgante natural formulado por tres reconocidos médicos homeópatas que tienen su consultorio debajo de la Caracas y mierda, el chofer grita desde su asiento que por favor el caballero de atrás que tiene cara de cucaracha que no se haga el güevón, que por favor se corra al fondo del carro que está vacío y el caballero le responde que no se le da la puta gana porque esa mañana al despertarse se dio cuenta que estaba convertido en un monstruoso insecto y entre tanto el estudiante del centro naturista ya va diciendo que tal jarabe es de raíces chinas, de jingseng, y que tal, que todo tiene que ver con el ying y el yang, que el verraco jarabe tan solo vale doscientos pesos, que doscientos pesos no hacen pobre a nadie, que el jarabe limpia el hígado, los riñones, el aparato digestivo, pero qué vaina tan jodida, el jarabe no cura la chucha de la señora que se subió con tres paquetes de Cafam y que aletea de aquí para allá, del ying al yang sus brazos y mierda
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solamente un calendario de mochila le compra el purgante al estudiante naturista porque purgante es ir en ese bus lleno de rostros inciertos, purgante es el olor a zanahoria del bus, purgante son las nalgas descomunales de las monjitas que van en el asiento de atrás rezando Dios te salve María llena eres de gracia el Señor está contigo bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús, purgante es la cara del conductor del bus que nuevamente insiste en que el caballero de saco azul es un malparido que no se quiere correr un poco hacia atrás. Más adelante se sube el brujo de la troncal con las pócimas para el amor y las muertes. A cada pasajero le reparte unos frasquitos de colores. El color rojo es para recuperar el amor perdido. El frasquito verde es para enamorarse a primera vista y el amarillo para obtener dinero rápido y al instante, mejor dicho más efectivo que la instantánea. Un frasquito allí, otro frasquito allá y también la promoción de la cruz de los siete poderes bendecida a orillas del río Nilo por un brujo que conoce los secretos de Osiris, pero qué va, a lo mejor Osiris se llame en verdad Osiris González y tal vez el Nilo que conoce son las Residencias Nilo de Chapinero donde se lleva a las siete viejitas que trama con sus menjurjes, a ver, a ver, quién dijo suerte, quién dijo suerte, allá el caballero se le apunta a la fórmula mágica de los siete poderes, poderes comprobados y claro varios pasajeros compran los frasquitos y otros se ponen la cruz de los siete poderes y luego se bajan del bus pensando que ya tienen resuelto el problema ese de la soledad alquilada, y que a lo mejor con su frasquito amarillo la suerte cambiará y entonces la mañana será amarilla, se levantará una mujer amarilla, el desayuno les sabrá amarillo, reirán amarillo, harán el amor amarillo, respirarán amarillo, morirán amarillo y entonces por primera vez en sus vidas ya no volverán a tomar un bus amarillo, sino que saldrán a la calle y tomarán un submarino amarillo para atravesar ese océano negro de la ciudad infestado de pequeños náufragos que no saben dónde quedan las mañanas, pequeños náufragos ebrios de smog, vueltos mierda, que tienen las miradas pobladas de soledades amarillas. La Prensa, Bogotá, 13 de septiembre de 1992, p. 26
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Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?

Epicuro, aquel filósofo que fundó una escuela filosófica llamada “El
Jardín”, les propuso una vez a los griegos de su tiempo otra visión de los astros. Para muchos griegos los astros representaban en muchos casos divinidades. Epicuro, el primer griego en asumir el concepto de placer como tal, es decir el primero que dijo que la mejor manera de asumir el mundanal ruido era cayendo en él, les dijo a los griegos que había que tener múltiples puntos de vista en torno al asunto de los astros. Para Epicuro, el punto de vista religioso en torno a los astros era uno entre tantos. Epicuro estableció que debían tenerse ciertos puntos de vista físicos y científicos en torno a ellos. Esta referencia a Epicuro, cuyo principal postulado filosófico era la “eutaraxia” (una posible interpretación sería “la imperturbabilidad”, “la serenidad”) para alcanzar la felicidad, nos sirve para abordar un problema que no es tan problema y que por estos días tiene a más de un cura con la sotana alborotada. El asunto es el de la educación religiosa en los colegios y la libertad de cultos. La Iglesia Católica de este país, siempre tan mal acostumbrada a los privilegios, ve en esto una pérdida de su poder que día a día es más terrenal y menos celestial por lo menos desde la época de Justiniano. Alguien dijo que Cristo unió a los primeros cristianos en torno a él y después la Iglesia se encargó de someterlos. Esa es la diferencia: la unión solidaria de Cristo y otra muy diferente el sometimiento como en el caso de la “evangelización” de los indios americanos.
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En los últimos años, amplios sectores de la Iglesia colombiana, exceptuando algunas corbatas jesuíticas dedicadas a la investigación social, han asumido papeles regresivos que en lugar de ayudar a la conformación de un proyecto social conjunto han dado paso más bien a un regreso al oscurantismo. Mientras otras iglesias de otros países del continente como Brasil, Nicaragua y Chile, asumieron roles más cercanos a la vida social de sus pueblos, es decir asumieron una teología de la vida, la Iglesia colombiana asumió la teología de la muerte con pecado de omisión. En este sentido el pueblo colombiano es un pueblo que tiene que buscarse su vida espiritual en las calles, en la música popular, en el humor, en los buses, en los deportes, en el pedaleo de los ciclistas en tierras francesas porque la Iglesia no propone caminos espirituales. Qué triste realidad. La Iglesia colombiana no habla de vida. Es una iglesia que no hace propuestas de vanguardia a nivel espiritual, ontológico, metafísico. Sus propuestas solamente buscan mantener sus posiciones políticas, sus indulgencias económicas. Cada vez que habla un alto prelado siempre lo hace en tono negativo: “no vamos a dejar que la educación católica se vaya de los colegios”, “no vamos a dejar que se instaure la planificación”, “estamos en contra del uso del condón”. Muy raras veces la Iglesia propone caminos alternos de solución a los problemas de la vida cotidiana. En este sentido las vías de comunicación entre la Iglesia y su rebaño están obstruidas. No existe una microfísica espiritual que penetre los tejidos emocionales, las capas sociales más bajas. En las comunas tiene más sentido la música punk que el discurso clerical. El movimiento punk, para bien o para mal, propone en estos sectores opciones de vida, opciones éticas frente a la sociedad. El movimiento punk dice: “frescos locos, sí hay, sí hay futuro, repriman el presente”. Todo esto nos lleva a ver que hay otras opciones que están llenando el vacío que dejó una iglesia que se ha dedicado más bien a cuidar los predios donde pasta el rebaño que el rebaño mismo. La libertad de cultos religiosos y la posibilidad de otras opciones de educación religiosa son asuntos vitales para una sociedad que está entrando a la posmodernidad y que como tal debe actuar y pensar. Éticamente hablando la posibilidad de varias opciones vitales y
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espirituales es mucho más sana que una sola opción impuesta por la tradición más que por convencimiento. La posición de la alta jerarquía de la Iglesia es tan absurda como si un profesor de física dijera que el hecho de impartir los conocimientos de Newton perjudica las teorías de Kepler. O como si alguien le diera por decir que no se puede enseñar en los colegios francés o inglés porque esto va en detrimento del idioma español. Esto de la libertad de cultos y la libertad en la educación religiosa es un momento crucial para que el país asuma una visión posmodernista, es decir la opción de la multiplicidad de puntos de vista para poder actuar, sentir, amar, dormir, soñar y pensar con un espectro más amplio. De una vez por todas este país debe dejar atrás ese viejo olor a sonata, ese olor a incienso que tanto daño nos ha hecho a la hora de olfatear las verdaderas soluciones vitales y cotidianas de este pueblo. Señor: perdónalos porque no saben lo que dicen, pero sí saben el poder que protegen. ¡Dios mío! ¿Por qué nos has abandonado y nos has dejado en tan malas manos?

La Prensa, Bogotá, 26 de septiembre de 1992, p. 27

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El vértigo de escribir

Toda esta cosa extraña que es escribir empezó en la década de los 80 en
la Universidad de los Andes cuando el profesor Manuel Hernández nos inició a unos cuantos en los beneficios psicotrópicos de la música de Joe Cocker y sus Perros Rabiosos, en la biblioteca de Babel de Borges, en la hierba húmeda de la poesía de Walt Whitman y desde luego para terminar de alucinarnos nos arrastró hacia Rimbaud, que definitivamente nos cambió la temperatura interna de nuestras mentes con su Temporada en el infierno. El Joe Cocker que nos mostró Manuel Hernández nos hizo ver que la literatura podía alimentarse de otras fuentes diferentes a las de los libros. Nos hizo ver que de algún modo la literatura también es un acto musical, un acto que implica decir las palabras en voz alta, un acto que en sí mismo es un desequilibrio de la razón. Escribir es intentar explicar el vértigo rampante que se abre más allá de nuestros cuerpos y nuestras palabras. El Joe Cocker mostrado por Manuel Hernández nos dio la fuerza para escribir con espuma en la boca, con rabia, con desobediencia civil hacia las palabras. Después de aquellas clases la actitud hacia el acto de escribir cambió radicalmente. Entonces escribir se convirtió en ver la hoja en blanco como una vena pulsante donde inyectábamos la heroína de las palabras. Escribir produce mareo, vértigo. Escribir es meterse en la botella rota de los significados, escribir es algo parecido a recibir un botellazo de whisky en la cabeza, produce el mismo
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aturdimiento lúcido. En mi caso personal cuando escribí Opio en las nubes sentí lo que se siente en el momento cuando se está en un concierto de rock, es decir una descarga eléctrica, las palabras fluyen a la velocidad de la luz, no hay nada en frente, solamente la electricidad, los sonidos de las palabras, y entonces escribir ya no es un acto de construcción arquitectónica sino un acto de composición musical. En Opio en las nubes no hay frases construidas, hay frases compuestas a la manera musical. A este cocktail vino después Borges. Borges nos dio la luz suficiente para comprender que escribir es una transmigración eterna por el laberinto de los universos paralelos de las palabras. Borges nos dio la dimensión para entender que la literatura también podía ser una religión, donde siempre se está en permanente comunión con las palabras. El maestro de maestros Walt Whitman nos enseñó a ver la literatura como un ejercicio corporal. Con Whitman nos sentimos hermanos de las cosas más íntimas, nos enamoramos de los árboles, del viento, de la hierba húmeda, de la lluvia, de los trenes. Con Whitman vimos que la literatura era un acto corporal, era un acto hermano del acto de caminar, un acto que comprometía no solamente la imaginación sino también el tacto, el gusto, los ojos, las manos, la lengua, el trasero, los pies. Entonces empezamos a escribir con los zapatos viejos. El viejo Whitman nos habló y nos dijo “Muchachos, hay que llevar la lluvia, las aves, el cuerpo hermoso de las mujeres y los trenes a la hoja de papel en blanco”. Whitman, el cantor del viento, nos hizo ver el acto de escribir como algo carnal, como algo que conllevaba sangre y sudor. Después de leer a Whitman uno queda con la sensación de que sus libros son sagrados. Le queda a uno en la cabeza una sugerencia a los que escribieron la Biblia. Le provoca a uno decirles que incluyan al viejo Whitman y su Canto a mí mismo en alguna parte de la Biblia porque sus poemas son algo demasiado sagrado para este mundo. Esa es la sensación que el Viejo produce, es decir la de un viejo profeta mientras escribe. Whitman me dio para Opio en las nubes los niveles sensoriales que quería lograr en la novela. Con Whitman aprendí a escribir palabras, pero también aprendí que no se trata de descubrir una lluvia. Por el contrario se trata de producir una lluvia en la hoja de papel.
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El joven Arthur Rimbaud nos dejó en estado de coma. Lo leímos y fuimos directamente a urgencias a que nos colocaran anestesia general porque el desarreglo de los sentidos fue efectivo. Rimbaud nos dio esa dosis de veneno necesaria para escribir. Rimbaud nos transmitió todo el sabor del opio que es indispensable a la hora de enfrentar las palabras. Cuando se lee a Rimbaud hay dos opciones: o cortarse las venas o irse a escuchar una canción rabiosa como punk de los Sex Pistols, que es lo más parecido que se ha producido en este siglo a este profeta en estado salvaje, como lo llamó alguna vez alguien. Rimbaud nos dio el sabor salvaje de escribir, nos hizo ver las palabras como una tormenta, como una alucinación de opio. Después de leer a Rimbaud comprendimos que definitivamente no se puede “leer” a Rimbaud. Enfrentar a Rimbaud implica una actitud totalmente diferente y radical. Frente a un texto de Rimbaud estamos frente a una pipa tibia de opio. Y después Rimbaud nos inició en esa manera extraña de escribir. Escribir después de Arthur Rimbaud es como aspirar el aroma de las palabras, pero también es como si las palabras fueran un pedazo crudo de carne porque cuando uno escribe bajo el método Rimbaud la boca se llena de sangre, las manos se llenan de vidrios rotos y el cuerpo queda sumido en un letargo pesado. No hay nada qué hacer. Uno no va hacia las palabras. El fuerte olor de las palabras lo arrastra a uno y entonces el texto se convierte en una hemorragia que nadie puede contener. Rimbaud nos hizo ver que la literatura era una mujer de sangre caliente y ardiente, una amante apasionada que lo espera a uno en medio de las nubes de opio. Cuando no tengan LSD lean Rimbaud, por favor. La consigna sería: Mete Rimbaud, Rimbaud no destruye tu cerebro. Opio en las nubes es hijo del ritmo vertiginoso de Rimbaud. Opio en las nubes fue escrito con la misma fiebre que produce Rimbaud. Rimbaud me enseñó que escribir implica ritmo, que escribir es un acto trivial de antropofagia, de depredación, con los significados, con los sonidos. De algún modo hay que tocar tambores con las palabras. Hay palabras que son como tambores, sonoras, otras que son como suaves nalgas de mujer, otras que son deliciosas como los senos, otras son acuáticas, otras metálicas. Las palabras a veces son como pequeños seres que se escabullen sobre el papel blanco que le gritan y le escupen a uno a
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la cara y luego se esconden. Pequeños seres que poco a poco lo arrastran a uno hacia el vértigo, ese vértigo que se abre más allá de la razón. Escribir es el sabor a sangre que queda en la boca después de que las palabras le han pegado a uno un puño en la nariz. En el fondo de todo esto está el viejo Cervantes y el Quijote. Tal vez lo más importante del Quijote no fuera tanto su locura sino el ritmo trotón de su literatura. Por primera vez en la literatura alguien se atrevió a escribir desde un caballo demacrado y un burro. Esa elevación de la literatura permitió romper la ley de la gravedad de la literatura y permitió que después de Kafka se pudiera hacer literatura a ras de tierra con su cucaracha y que Gabo pudiera elevar a Remedios La Bella por los aires. Después del Quijote todo fue posible. Opio en las nubes le debe al Quijote el carácter pendenciero de alguno de sus episodios. El viejo Quijote no conoció el opio, pero tenía el amor imposible de Dulcinea. Con El Quijote aprendimos que el castellano es el mejor idioma para escribir porque la palabra mierda suena y huele a mierda y con la palabra beso dan ganas de dar besos y la palabra “sueño” en sí misma ya es un misterio. El Quijote nos hizo ver el idioma como algo más que un instrumento, nos hizo ver el lenguaje como una aventura. A partir de estas fuentes poco a poco se fue gestando Opio en las nubes, que es una novela que como ya dije en un comienzo, más que una construcción es una especie de composición musical. Opio en las nubes también es una novela de olores. Allí están presentes el olor de las calles, el olor de los bares, de la ciudad, de los gatos, de las pistolas, de los labios de mujeres, de las botellas de whisky, del humo azul de los cigarrillos. La novela está escrita a la manera de un vértigo. Leerla es una hemorragia. Es un libro que de algún modo huele a gasolina y a vodka. Escribirla fue un acto muy placentero y doloroso a la vez. Leer Opio en las nubes es entrar a la casa de Amarilla, darle un beso en la boca, hacerle el amor y después salir al amanecer con la sensación de que las nubes están llenas de opio.

La Prensa, Bogotá, 2 de mayo de 1993, p. 26
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Partidario del rock and roll

Poco

a poco nos acercamos a las elecciones presidenciales y seguramente dentro de muy poco empezarán las campañas. Pero, menos mal esto no me preocupa porque he decidido no votar nunca más en mi vida. Hay cosas mucho más interesantes que ver a un candidato chupando huesos de marrano en los pueblos. Desde hoy y para siempre me declaro totalmente apolítico y me declaro partidario de otras cosas. Me declaro partidario furibundo del rock and roll, del buen whisky, de las drogas suaves como Los Beatles, de las drogas pesadas como Led Zeppelin y de los Stones, me declaro partidario de un buen par de tetas, de un trasero hermoso, de unas manos transparentes como la lluvia, de las sonrisas limpias, me declaro partidario de la irresponsabilidad y de los sueños de los niños y de muchas otras cosas. Da lástima ver cómo la mayoría de los periodistas que se dicen “objetivos” y “veraces” ya han escogido candidato y han empezado a lamberle con la esperanza de que su nuevo presidente siga el vicio de Gaviria de tener a los medios muy consentidos, pero amarrados. Debo confesarlo. Ninguno de los candidatos me trama. A la larga todos parece inconsistentes, ambiguos, demasiado conservadores para mi gusto. Este país, curiosamente es anárquico en sus costumbres, pero no en sus ideas. Aquí la vida cotidiana es un caos total: el tráfico es angustiante, cualquier vuelta a una oficina pública es una tortura. Pero a nivel intelectual seguimos siendo un país atrasado, conservador. Todavía
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nos asustan las tetas y los traseros en televisión. Por eso he decidido que a lo único que debo guardarle lealtad es a la palabra. Al único que debo rendirle cuentas es a Cervantes y no a los pícaros de turno, o en teste caso a las pícaras de turno que aprovechan sus altas investiduras para manejar los dineros públicos y tráfico de influencias como si estuvieran en cualquier colegio de monjas descalzas de Pereira. Me quedo toda una vida con El Quijote, Rocinante, Sancho. Prefiero a la cucaracha llamada Gregorio Samsa, me casaría con Remedios La Bella y definitivamente creo que este país ya está cansado de tanto anacronismo. Necesitamos un poco de veneno en las calles, necesitamos rock and roll en el aire, en la lluvia, necesitamos que abran los bares al medio día, necesitamos que las mujeres anden desnudas por la calle, necesitamos que haya más aves en el cielo, que haya más caballos transparentes en la luna, necesitamos que la gente se dé más besos en los parques, necesitamos que la gente haga el amor sobre la hierba húmeda y que cuando lleguen al orgasmo sus cuerpos se llenen de florecitas amarillas, necesitamos que llueva whisky del cielo. No queremos más vallas, no queremos más sedes políticas, no queremos más discursos. No más.

La Prensa, Bogotá, 30 de mayo de 1993, p. 26

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En Praga se inventaron las mujeres

La

primera impresión de Praga es que llueve todos los días. Las mañanas praguenses tienen un tono gris que de algún modo hace que cualquiera se sienta como un insecto al despertarse. Temprano en la mañana solamente las hojas de los árboles se mueven envueltas en la ola del viento frío mientras algunos perros solitarios se mean en sus troncos. Kafka debió pasar muchas mañanas como esas, muchas mañanas quietas, llenas de ruidos lejanos. Las mañanas en Praga tienen una quietud extraña. Parece como si se estuviera inventando todo de nuevo. Todas las mañanas el viento frío de Praga inventa las hojas de los árboles, el rostro de las mujeres, las manos de los niños, el olor de las calles, la cerveza. Pareciera como dice Kundera (en realidad lo dijo otra persona) que la vida estuviera en otra parte porque en los parques solamente se ve a los ancianos sentados en las bancas mientras sus recuerdos y miradas son ametrallados por la canción triste de los tranvías. Sin embargo, hacia el mediodía el panorama cambia sustancialmente. La boca del metro empieza poco a poco a recibir a las mujeres más hermosas del planeta. Aparecen como abejas transparentes envueltas en sus perfumes. Son rubiecitas y trigueñas eslavas que se suben en la estación Jihiro Z Podebrad y que se bajan en la estación Muzeum. En Praga, sin lugar a dudas, se hallan las mujeres más hermosas que haya podido producir una especie de bandidos como la humana. Al ver tantas mujeres hermosas no cabe sino preguntarse hacia dónde se dirigen. ¿Será
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que habrá suficientes besos en el aire para tantos rostros hermosos? ¿Habrá suficientes estrellas en el cielo para untarles el cuerpo? Entonces Praga se convierte en otra cosa. Se convierte en una ciudad llena de vida, en una ciudad de mujeres que desbordan su sonrisa por las calles mientras el secreto paso del Golem de Praga se escucha dentro de los viejos edificios. Cuando uno llega a Praga le da la impresión de que cualquiera puede ser feliz. Solamente bastaría andar cogido de la mano de una rubia sonriente por el puente Carlos mientras hace sol. Praga es una ciudad eternamente femenina, tal vez un poco triste, un poco melancólica, una ciudad tal vez llena de lluvia. Es tal vez la única ciudad donde se pueden dar besos bajo los árboles y quedar borracho para siempre. Praga es una ciudad que siempre olerá a perfume de mujer mientras llueve cerveza desde el cielo. Praga es una ciudad donde uno se despierta por el ruido de mil insectos haciendo el amor bajo la lluvia.

La Prensa, Bogotá, 25 de julio de 1993, p. 26

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Perdónanos porque no sabemos lo que hacemos

Unas personas rezan en las iglesias. Yo rezo en los parques cuando las
aves son más transparentes y el aire me trae el sabor de tu nombre. Yo rezo para que los de abajo no sigan abajo, rezo por el whisky Jack Daniel's, rezo para que Jim Morrison enterrado en la sexta división del cementerio Pére Lachaise de París resucite algún día rodeado de las chicas más hermosas del universo mientras el cielo se llena de botellas rotas de whisky y de heroína, rezo para que las tetas y las nalgas de las mujeres cada día se les pongan más bellas, rezo por el brillo del sol estallando en el pelo de las rubias, rezo por los labios de las negras, rezo por el vientre de las árabes, rezo por el rock, rezo por las aves del cielo, rezo para que los niños se sigan sacando los mocos con el dedo en clase de matemáticas, rezo para que los niños se bañen desnudos en las fuentes de los parques, rezo para que los bares abran a las once de la mañana, rezo para que algún día dos más dos sea igual a cinco, rezo por los números negativos, rezo por el cero, rezo por los osos, rezo por la capa de ozono, rezo por el oxígeno fresco, rezo por la gasolina, rezo por todos los animales y las plantas del bosque, rezo por el Gran Jefe Seattle, rezo por el brillo del sol en las aguas de los lagos, rezo por la espuma del mar, rezo por la marihuana, rezo por Bob Marley, rezo por aquellos gatos del mundo que todas las noches se escabullen con sus gatas a hacer el amor en los techos mientras llueve, rezo por la lluvia, rezo por los tomates, rezo por la cerveza, rezo por el blues, rezo por B.B. King tocando
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Lucille, rezo por Eric Clapton tocando Cocaine, rezo por el opio, rezo por las nubes, rezo por los aviones, rezo para que la policía no siga matando a los ñeros, rezo por los habitantes de Bosnia, rezo por los habitantes de Somalia, rezo por los habitantes de Ciudad Bolívar, rezo por ti, rezo por mis padres y hermanos, rezo y le digo al Padre Nuestro, Padre Nuestro que estás en los cielos, en los bares, en los parques, en las prisiones, santificado sea tu nombre, en el cielo como en la tierra, vénganos tu reino, hágase tu voluntad, dadnos hoy nuestro whisky de cada día, dadnos hoy nuestro beso transparente de cada día, dadnos hoy nuestra lluvia fresca de cada día, perdona nuestras ofensas así como nosotros hemos perdonado a tantos que nos han ofendido, desde liberales hasta conservadores pasando por comunistas, no nos dejes caer en la tentación de los precandidatos, amén.

La Prensa, Bogotá, 31 de octubre de 1993, p. 26

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Bogotá es un acuario de peces tristes

Cuando llueve, Bogotá se convierte en la ciudad más triste del mundo.
La escena se repite una y otra vez. De pronto estás en la calle y miras hacia el cielo y ves allí en las nubes un grupo de aves que se escabulle. Entonces empieza a llover y a tu nariz llega el olor pesado de la lluvia bogotana. Es un olor mezclado con whisky, un olor mezclado con perfume de mujer y gasolina, un olor incierto que se apodera de tus pulmones, de tu garganta, de tus alvéolos, y te invade, te asalta, te jode, te pone down, triste, maluco. No hay nada qué hacer. A lo mejor te va a coger una de esas gripas tenaces que suelen dar en Bogotá. Una gripa maluquita con muchos moquitos, con muchas lagrimitas. Una gripa pendeja y estúpida. Cuando llueve en Bogotá te llega la tristeza primordial que se siente en Praga, en el puente Carlos a las seis de la tarde cuando los vendedores se recogen y las mujeres de cabellos dorados se van con el viento gris de la tarde. Ver llover en Bogotá es ver llover en Praga. La misma soledad que se siente cuando llueve en el parque de Lourdes se siente en la estación Muzeum a las cinco de la tarde. Ver llover en Bogotá es ver llover en París. También como Vallejo me podría morir una tarde en París mientras llueve. Ver llover en la carrera Trece es la misma sensación que te posee en el boulevard Ménilmontant cuando los árabes salen con sus perros viejos y antiguos, salen a las esquinas a mojarse, a fumar, a desgastarse bajo la lluvia remota de París, esa lluvia que uno sabe que
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humedece todos los besos, esa lluvia que uno tiene la cerveza de que humedece todos los labios salvajes que cobija con sus agujas invisibles todos esos gatos tristes y melancólicos que pasean por los techos de París. Uno sabe que esa lluvia es mágica. Es una lluvia que sabe a lo que saben tus babas, una lluvia que sabe a árboles lejanos, una lluvia contaminada por la luna, contaminada por las palomas grises. Ahora probablemente llueve sobre Bogotá. Llueve en la avenida Caracas, llueve en la carrera Séptima, en la avenida Chile, en el centro. Llueve. Llueve. Llueve y todos los rostros de los habitantes se ponen así, no sé, como más tristes, como más baratos, y entonces te dan unas ganas de volar hacia el centro de la lluvia, ganas de estar cagado de la risa en la mitad de la lluvia mientras te crecen alas transparentes en la espalda. Llueve y los corazones se humedecen y las mosquitas muertas que se estrellan contra las paredes sucias de los días caen y se arrinconan contra las alcantarillas mientras las luces de las patrullas de policía se reflejan en el pavimento húmedo. Probablemente cuando llueve Bogotá entra en otra dimensión. Bogotá se torna una ciudad más irreal, tal vez un poco más fantástica y en las calles se presiente el murmullo de diez millones de dragones tristes que recorren las calles húmedas y se introducen en el camino incierto de la niebla. Son las cinco de la tarde. Los buses parecen acuarios llenos de peces tristes que se zambullen en el agua sucia de la gasolina. Bogotá lluviosa. Bogotá es una ciudad de cucarachas. Una ciudad de culos y tetas tristes. Una ciudad con una lluvia que huele a cebolla blanca. No hay caso, son las cinco de la tarde y Bogotá es una postal triste y gris donde la gente trata de sonreír, una postal gris untada con la triste cagarruta de las palomas que vuelan sobre la plaza de Lourdes.

La Prensa, Bogotá, 14 de noviembre de 1993, p. 26

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Gasolina en el corazón

Desde que tengo diez años me siento enfermo. Ahora puedo recurrir a
los servicios del doctor Rock y de la enfermera jefe, pero en ese tiempo la enfermedad de vivir solamente la curaba Mick Jagger. Creo que a los diez años me atacó un extraño virus llamado “gripa Stone”, cuyos principales síntomas eran severas convulsiones, sudoración constante, tos persistente, pulso alterado al escuchar Satisfaction. De esa gripa extraña nunca me he curado y creo que no quiero curarme. De todos modos de vez en cuando acudo a los venenos del doctor Rock y de la enfermera jefe para soportar la insoportable levedad del ser, esa insoportable levedad de levantarse todas las mañanas con las tripas pegadas al corazón, esa insoportable levedad de tener pesadillas en el núcleo negro del asfalto, esa insoportable levedad de explotar en la mitad de la ola amarilla del calor, esa insoportable levedad de morir cada día en la confusión azarosa de los días. Más tarde llegaron otro tipo de enfermedades médicas crónicas. Un poco más tarde me atacó la enfermedad crónica Zeppelin con todas sus escaleras al cielo, con todos sus perros alborotados, con toda su lluvia, con todas sus guitarras, con todos sus gemidos, con sus gritos. La cuestión fue un día en un cine, a las tres de la tarde. Tristeza en la boca del estómago. Tristeza en la pantalla. Tristeza en la paleta de chocolate. El veneno Zeppelin se regó por todo el cuerpo como gasolina poderosa y llegó aquí y allá, atacó el corazón, los riñones, el hígado, el estómago y sobre todo la vejiga. Desde ese instante orinar es algo doloroso, es algo
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parecido a estar orinando mil perros negros mientras pasan por el cielo siete aviones negros regando bombas de napalm. Después llegaron al tiempo muchas cosas. Llegaron los primeros cigarrillos, las primeras novias y entonces en la mitad de mi cuerpo abierto aterrizaron Rimbaud y su temporada infernal y el extraño señor James Douglas Morrison y sus puertas cochinas. El coctel RimbaudMorrison fue mortal y me dejó en estado de coma. Entonces pequeños infiernos fueron apareciendo en los rincones de los pequeños días, pequeños infiernos salpicados con la voz profunda de Jim Morrison, Jim Morrison me condujo a su vez a William Blake y entonces ahí ya estaba con todos los huesos llenos de puntillas negras y en mi corazón un millón de moscas se disputaban los latidos, uno a uno. Poco a poco mi sangre se fue poniendo espesa como si estuviera infestada de peces de vidrio, de diamantes, de latas de cerveza, de botellas rotas, de rosas y pistolas, de bombas radioactivas, de sombreros negros, de palomas tristes, de balas, de turbinas. En estos momentos los servicios de urgencia del doctor Rock y de la enfermera jefe son requeridos por este columnista, pues tengo una sobredosis inminente de Janis Joplin, Kundera, ojos claros, manos blancas, Morrison, Pearl Jam, Nirvana, Mick Jagger, Jimi Hendrix, Baudelaire, Rimbaud, opio, nubes, Amarilla, Pink Tomate, Marciana, calles, buses, mierda, noches, camisa negra, café, tabaco, máquina de escribir, mañanas sin sol, lluvia, techos, bares, licor, humo azul, obladíoblada, pájaros negros, piedras en el zapato, aviones, gasolina en el corazón...

La Prensa, Bogotá, 20 de marzo de 1994, p. 26

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Bogotá

Bogotá pertenece a esa estirpe de las ciudades grises, esa estirpe de las
ciudades llenas de bruma y contaminación como Estambul, Lima, Saigón. Perfectamente un vendedor de cigarrillos de Saigón puede venir aquí a un semáforo y no se muere de hambre. El idioma es el mismo: la supervivencia. Bogotá, como Saigón o Estambul, es la ciudad más triste del mundo entero. Bogotá de un tiempo para acá es una ciudad perfumada por el olor de las cagarrutas grises de las palomas del parque de Lourdes y de la plaza de Bolívar. Bogotá se ha vuelto una ciudad donde la gente huele a mierda de perro policía. Una ciudad asaltada por el frío y por la lluvia. Una ciudad asustada por las balas que estallan en la oscuridad. Hay ciudades que tienen el signo del infierno. Una de ellas es París. Camus decía que París era como una gran puta que primero daba un beso y después escupía encima. Bogotá también es una ciudad infernal. Para nada es el mejor vividero del mundo. Cuando digo que es un infierno no digo que sea malo vivir aquí. Todo lo contrario, Bogotá ofrece la contradicción en su más primitiva esencia. Al mismo tiempo que se realiza un Festival de Teatro, también se realiza una masacre de indigentes. En Bogotá se mezclan los diversos olores: en el centro se mezcla el olor de los buses diésel con el olor de la marihuana de los
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pequeños ladronzuelos que se suben a los buses a robar carteras. En la troncal de la Caracas se mezclan los olores de los hare krishna que se meten al TSS a vender sahumerios con los perfumes baratos de las mujeres que van a ninguna parte mirando por la ventanita sucia del bus que rueda por la Caracas como un ataúd pestilente lleno de cadáveres tristes que ganan el salario mínimo y que cada día se desgastan en el tedio de los días sucios de su existencia. Bogotá podrá ser la ciudad más fea del mundo, pero es la ciudad más extraña, la más alucinante que haya dado la faz de la tierra. Aquí se puede cambiar de ritmo a ritmo de calle a calle. En una calle se encuentra uno en el ritmo de lo más posmoderno y a la siguiente está como en un pueblo. Lo discontinuo produce continuidad por lo menos en el espíritu. Por lo menos los gatos de los techos de Bogotá son más felices que los gatos de París. Por lo menos la lluvia de Bogotá todavía sabe a sangre fresca cuando llega a la boca.

La Prensa, Bogotá, 10 de abril de 1994, p. 27

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In Utero

Míster Kurt Cobain, cantante de Nirvana, era un pez. Un pez triste, un
pececito alucinado perdido en el vasto acuario lleno de agua sucia de los días y las noches. Kurt Cobain representaba todo el asco que se puede sentir con la sociedad de consumo norteamericana. Cobain, un punk inspirado en Hendrix, era tal vez el último de los anárquicos de una generación totalmente dominada por la oleada neoliberal en la conducta moral. Cobain, de 27 años, iba en contra de las buenas maneras en la mesa y en la cama, en contra de no sacarse los mocos. Míster Cobain era partidario de rascarse las pelotas en público y de escupir en frente de los poderosos de Norteamérica. En estos últimos días se fueron dos de los grandes. Míster Charles Bukowski, el escritor indecente de California, más indecente que Miller, y Míster Cobain. Ambos unas moscas en medio del desayuno con vitaminas norteamericanas. Ambos en el útero de la anarquía. Ambos desgraciados. Uno, Charles, creyente del sexo y del alcohol. El otro, creyente de la heroína y de la música. Héroes malditos de una sociedad maldita. Cobain, como ya lo había dicho, representaba la última granada de fragmentación de una generación que muy pronto dejó de ser joven y se dedicó a los negocios. Es mi misma generación, una generación sin identidad que desde la adolescencia fue educada en los valores de la producción y la reproducción, una generación que para ir en contravía de
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la generación de la gente que hoy tiene cuarenta y que se dedicó en su juventud a la irresponsabilidad, apoyó las bandeas de los padres, las banderas de la responsabilidad, la bandera de la “clean image”, la “clean image” del no al cigarrillo, del sí a la cultura del cuerpo y la mente sana, la “clean image” de los pensamientos claros y distintos, de los pensamientos razonables, de las buenas razones y la buena conducta. Tal vez sin saberlo Míster Kurt Cobain tenía un poco de Baudelaire, un poco de Rimbaud. Tal vez sin saberlo le quedó el mundo pequeño. Lo que sí tenía claro Míster Cobain era que este vértigo del mundo era mejor atravesarlo a través de un grito, a través de una jeringa, a través de un útero, a través de un cigarrillo amarillo, a través del cuerpo frágil de su novia punk Courtney Love, a través de una guitarra eléctrica. Tal vez sin saberlo Míster Cobain nos robó para siempre el Nirvana.

La Prensa, Bogotá, 17 de abril de 1994, p. 26

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Voto en blanco

La Prensa, Bogotá, 29 de mayo de 1994, p. 26
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La bondad de las vacas

Lo que le sucede al personaje de Albert Camus, en El extranjero, le
puede suceder a cualquiera. Ser extranjero no es simplemente estar en un país extraño. Ser extranjero es una condición mental propia de algunos habitantes de las grandes ciudades. Yo soy un extranjero en mi propio país. La guabina no me comunica nada. La arepa tampoco. Pero tampoco me comunica nada un raclette o un fondue. Soy un extranjero en mi propio cuerpo. Llega un momento donde uno se encuentra flotando en el vacío. El vacío. El vacío en la boca del estómago. El vacío de la ciudad, el vacío del aire, el vacío de las nubes, el vacío de la sangre, el vacío de la gasolina. Debe ser por eso que me gusta tanto aquella canción de los Stones: Satisfaction. No puedo obtener satisfacción con lo que me rodea. No entiendo esa maldita manía de estar conforme con lo que lo rodea a uno. No estoy satisfecho con este país que me tocó. No estoy satisfecho con el presidente Samper, no estoy satisfecho con esta ciudad derrumbada y destruida, no estoy satisfecho con el sabor de la lluvia cuando se filtra por las ramas verdes de los árboles, no estoy satisfecho con el oxígeno negro que entra a mis pulmones. Quisiera ser un gato, quisiera ser un piloto para tener un avión que derramara whisky sobre las ciudades. El vacío retorna otra vez. Es ese vacío de vivir en un país de traquetos, ese vacío de vivir en un país de corruptos, en un país de violentos, en un país donde siempre llueve, ese vacío de vivir en un país
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de pantanos inciertos, ese vacío de tener un gobierno insulso, ese vacío de no poder tomarse una cerveza en paz en un bar, ese vacío de no poder ir a un parque a leer, ese vacío de ver siempre a la gente sin sueños, ese vacío de ver siempre a la gente con los sombreros negros de la muerte sobre sus cabezas. Queda poco aire puro. Queda poca gente honesta. Por eso cada vez más creo que los burros no son tan estúpidos como parecen. Por eso creo en la suprema bondad de las vacas.

La Prensa, Bogotá, 9 de octubre de 1994, p. 26

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¿Quién va a soportar a Bogotá?

Tal como van las cosas Bogotá se está convirtiendo en la ciudad más
invivible del planeta. Ya no es como decía la gente “un buen vividero”. La falta de visión de los alcaldes que hemos tenido, la destrucción del patrimonio urbanístico ha hecho de esta ciudad un verdadero caos emocional, urbano y social. De verdad que en Bogotá quedaron muy pocos barrios donde se puede vivir dignamente. El resto de la ciudad es una colcha de retazos sin planeación. En Bogotá no se construyen parques y a los que hay no se les hace mantenimiento. Es verdaderamente triste ver cómo barrios enteros son arrasados para levantar allí horrorosos edificios o centros comerciales. A Bogotá le falta alguien que la quiera de verdad. Yo nunca había visto ciudad más fea que esta. No me da pena decirlo. Ya no podemos decir como los cachacos de antes que Bogotá era “digna y hermosa”. Ahora es como esas mujeres que en la adolescencia prometían ser muy hermosas y que en su madurez se han vuelto gordas, feas y mezquinas. Y la culpa está desde el colegio, ya que en esa inútil materia llamada urbanidad le enseñaron a uno cómo comportarse en la mesa y en la casa, pero no cómo comportarse en la ciudad. Debería haber una materia llamada “urbanismo”, para que los niños supieran la importancia de conservar el patrimonio arquitectónico, la importancia de un transporte adecuado, la importancia de conservar los viejos cinemas, las viejas cafeterías para charlar, la importancia de las avenidas arborizadas (y no esos horrores de las avenidas
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deshumanizadas: la Caracas, la Décima, la Primero de Mayo). A pesar de los tres billones de presupuesto para Bogotá, estoy completamente seguro de que no se van a ver por ninguna parte. Seguramente se harán más puentes para “descongestionar” la ciudad. Seguramente nos harán creer que esto es el mejor vividero del mundo.

La Prensa, Bogotá, 11 de diciembre de 1994, p. 27

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Un poco triste, pero más feliz que los demás

Ser escritor en este país es una aventura mental que solo comprenden
aquellos que están metidos en este oficio solitario. Todo empieza con preguntas estúpidas y obvias: ¿Es usted escritor? Uno responde orgulloso: Sí, soy escritor de novelas. La otra persona le pregunta ¿De qué novelas, de las del mediodía o de las de la noche? En ese momento uno ya ha encendido un cigarrillo y entonces tiene dos opciones: despedirse de la otra persona, desearle buena suerte (aunque por dentro prefiere que se pudra en el infierno) o decirle que son novelas de verdad, libros. Cuando opta por la segunda vía, la otra persona empieza a mirarlo a uno de forma extraña y dice estupideces de este estilo: ¿Por qué será que los escritores son como medio locos? O esta otra perla: Todos los escritores que conozco son alcohólicos, drogadictos, mujeriegos y vividores, inútiles, etc. Bueno, en parte tiene razón esa persona: los escritores somos mujeriegos; nos enamoramos de todas nuestras mujeres que creamos en los libros. Las conocemos en las primeras páginas. Salimos con ellas en las noches de los libros, vamos a bares imaginarios, hacemos el amor con ellas más o menos a la mitad del libro y cuando acabamos de escribir el libro nos olvidamos de ellas. ¿Inútiles? Sí, somos inútiles. No creemos en el neoliberalismo, no creemos que la raza
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humana “progrese” gracias al capitalismo salvaje, no creemos en la democracia de partidos tradicionales, mucho menos en el pacto social, en las instituciones, en la Iglesia, en los militares, en las buenas costumbres. Por este momento nuestro oyente ya está escandalizado y ya nos ha tildado de inmorales, comunistas, ateos, promiscuos, sucios, etc... Y eso que no hemos hablado de la forma como critican el hecho de uno encienda un cigarrillo tras otro. ¡Qué porquería, se va a morir de cáncer! Uno debería responder: Usted se va a morir de idiotez. Nadie ha comprendido que el tabaco es el mejor amigo del escritor en esas noches solitarias cuando uno está frente al computador y la pantalla está en blanco. El tabaco es una especie de mar extraño por donde navegan las ideas. Unas se van con el humo. Otras se quedan, permanecen. Se escriben. Si usted es escritor comprenderá a la perfección estas líneas. Si no lo es trate de entender. Si su hijo o hija están en pos de serlo, no se desespere. Tarde o temprano descubrirá que es escritor si se levanta tarde, se acuesta tarde, tiene ojeras, fuma mucho, es un poco triste, pero más feliz que los demás.

La Prensa, Bogotá, 22 de enero de 1995, p. 26

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Lucero Alto no es lo mismo que Alto de Rosales

Rosalba es una mujer de veinte años. Vive en el Lucero Alto. Todos los
días sale de su casa a las seis de la mañana hacia el Norte donde trabaja como muchacha de servicio. Ella es una tolimense desplazada por la violencia, ella huyó del sonido sordo de las granadas. Roberto es un muchacho de veinte años, vive en Alto de Rosales. Escucha el más violento heavy metal. Todas las mañanas su chofer lo lleva a su colegio, el Nueva Granada. Rosalba estuvo casada pero su marido, un celador, le daba mucho palo. Roberto tiene en su edificio diez celadores y juega polo. Rosalba gana siete mil pesos al día lavando pisos, baños, platos y barriendo la acera de la casa donde trabaja. Todos los días monta dos horas por la mañana y dos horas por la tarde en bus urbano. Roberto monta todos los días dos horas por la mañana y dos horas por la tarde en su precioso caballo de polo de siete millones de pesos. La dieta de Rosalba es muy simple: aguadepanela por la mañana, al mediodía y en la noche. La dieta del caballo del Roberto es a base de panela en la mañana, en la tarde y en la noche.
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Los hermanos de Rosalba juegan con tierrita a la salida del rancho en el Lucero Alto. Roberto va de paseo con sus amigos a sus diversas tierras alrededor de la sabana de Bogotá. Rosalba tiene peligro de contraer cólera por las deficientes condiciones de los servicios de agua y alcantarillado. Roberto monta en cólera cada vez que no le dan agua pura a su sediento caballo de polo. Rosalba todos los domingos monta en zorra por la Zona Roja. Roberto todos los viernes se emborracha con sus amigos en la Zona Rosa. Si propugnar por una repartición más justa de la riqueza es ser comunista, me declaro comunista línea Moscú, comunista línea Pekín, comunista línea Praga, comunista línea La Habana, anticlerical, ateo, etc., etc., etc.

La Prensa, Bogotá, 19 de febrero de 1995, p. 27

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La actitud del té

Tomar café no es lo mismo que tomar té. Mientras el café es la bebida
del estrés, el té es la bebida de la tranquilidad. Por cuestión de uso social el café se ha constituido en una bebida que ha perdido su valor sagrado. El café como el té son bebidas estimulantes y fueron diseñadas para tomarlas en momentos y lugares especiales. Sin embargo, el café ha pasado de ser una bebida de reyes y se ha constituido en una bebida de oficinistas. Ahora se toma un café en cualquier momento, porque sí. Ya no es una bebida para el espíritu, para la palabra. Se ha convertido en una bebida vulgar a la que ahora para terminar de completar se le añade Nutrasweet. Por el contrario con el té todavía queda una mínima esperanza. El té es la bebida para sentarse en una tarde de lluvia frente a una ventana. Es la bebida roja para leer un libro de Chesterton, es esa bebida pausada que al contrario del café, que se siente en el estómago; el té se siente regado en los pulmones, en el sistema nervioso central, en la punta de los dedos, en la lengua, en el aire, en las nubes, en la copa de los árboles, en las briznas del fuego. Me quedo con el té. Me quedo con su sabor extraño. Con su sabor a árbol rojo, con su sabor a viento amarillo, con su recuerdo de elefantes grises bajo la lluvia remota de Oriente. Me quedo con el sabor del té en la lengua, ese sabor que tiempla el ánimo y lo pone a temperatura ideal:
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la temperatura de la lluvia que cae sobre todos los parques del mundo a las cinco de la tarde, mientras los gatos se escabullen sobre los techos y las palomas se mueren de tristeza en la hierba fresca. La temperatura de la niebla cuando suenan todas las campanas de todas las iglesias del mundo mientras en los bares el humo se condensa y suena un blues triste.

La Prensa, Bogotá, 5 de marzo de 1995, p. 26

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Imprenta Universidad de Antioquia Teléfono: (574) 219 53 30. Telefax: (574) 219 53 32 Correo electrónico: imprenta@quimbaya.udea.edu.co Impreso en octubre del 2009 205

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