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A Dios, Maríita

Pocas son las vidas que abren amplios y generosos surcos, en los
que el grano de mostaza germina y va dejando tras sí una estela de
bienes y gracias. La vida de Maríita es una de ellas.

Vida piadosa, marcada por la profunda fe en Cristo y en su virginal


madre. Muchos la recordarán catequizando, visitando enfermos,
dando el último adiós a quienes eran llamados a seguir el camino
celestial: como ella hoy. Este caminar, lleno de infinita bondad y de
entrega al prójimo, a ése que está desamparado y gime de hambre
y de frío, ese mismo que San Alberto Hurtado socorrió, marcando
una huella que Maríita seguiría con profunda devoción. Estaban tan
cerca ambos. La misma parroquia les vio en sus incesantes ir y
venir, entregándolo todo con infinito amor, dando cuenta real y
palpable del mandato divino. Maríita construyó, sin quererlo, sin
siquiera pensarlo, una huella de servicio y fe que aún hoy sigue
germinando en la parroquia Jesús Obrero.

Fui uno de los privilegiados que la conoció y pudo palpar en el día a


día su humilde santidad. Sentí su amor y su ejemplo. La vi amar,
como pocos, en cada acto que surgía espontáneo desde su
corazón. Amó y fue amada. Amó con modestia, silenciosamente,
sin alardes de alcanzar la vacía fama terrena. Forjó en cada tarea
diaria una parte de ese evangelio que desde niña leyó con profunda
fe.

Maríita ha sido un ejemplo de vida para todos quienes hoy hemos


venido a despedirla. Muchos recordaremos, por el resto de nuestras
vidas, su amor de esposa, de madre, de abuela, de bisabuela. Aún
observo sus celestes ojos, llenos de dulzura, de paz y de amor.
Esos celestes ojos que, en esta última jornada de su vital caminar,
serían su contacto diario con el mundo.

María Vera Moyano, en lo alto te espera San Alberto Hurtado.


Seguramente en el mundo celeste él te encomendará nuevas
tareas y tú las asumirás con el entusiasmo que siempre mostraste.
Allí, junto al abuelo Enrique, seguirán construyendo el reino de Dios
por toda la eternidad.

Maríita, descansa en paz.


L.P.V.